Sexton
La imagen de la poeta, tomada para el anuncio de una de sus
lecturas, la muestra fumando, con un vestido Courrèges y peinado
sesentoso, la mirada un poco ausente. No sonríe. Así aparece Anne Sexton
en la tapa de Poesía completa (Lumen), edición bilingüe traducida al
español por Ana Mata Buil. Contiene ochocientas páginas, trescientos
cincuenta poemas, unas ciento sesenta páginas de textos póstumos y un
jugosísimo prólogo de Maxine Kumin, escritora que compartió con Sexton
sus años decisivos. Más que prólogo, Kumin escribe un perfil
extraordinario de la poeta sin ahorrarse críticas a los patriarcas literarios
de la época (Robert Lowell, John Holmes) ni confidencias sobre su relación
con Anne.
Libro a libro, Sexton fue creando una obra que vuelve obsesivamente
sobre los mismos temas con distintas combinaciones de forma, intensidad
o género, como hizo en Transformaciones (1971), donde reinterpeta
magistralmente los cuentos de los hermanos Grimm que de chica le leía
Nana, su tía abuela, personaje familiar ambiguo que acaricaba de manera
confusa a la pequeña Anne.
Como sufría alucinaciones y trastornos de memoria, su psiquiatra le
aconsejó tomar notas de las sesiones. Así, a los treinta y cuatro años
Sexton empezó a escribir. La ambigüedad de casi todos los vínculos, el
persistente deseo de muerte y los malogrados intentos suicidas (¡Ladrona!,
le grita en un poema a Sylvia Plath por haberse robado la escena), el
sufrimiento físico y espiritual entrelazado con el goce son el núcleo
radioactivo que mantiene toda su poesía viva, caliente.
El primer libro, Al manicomio y casi de vuelta (1960), ya condensa
esos temas que la asedian como asedian los traumas. El abandono
durante tres años de sus hijas, Linda y Joyce, a quienes dejó tiradas “en
una zanja”; su madre como rival, “la elegante entre los absurdos / y los
raros”; un catálogo de hombres como figuras de autoridad y de salvación,
omnipotentes, manipuladores y abusivos, incapaces de comprenderla pero
de los que no podía prescindir, catálogo que incluye a un padre siempre
“hasta arriba de whisky”, a Alfred Muller Sexton II (Kayo), su marido, “Ay,
nazi mío / con tus ojos azul cielo de las SS…”; al doctor Martin Orne,
quien la atendió durante siete años y luego la abandonó (“Claro que lo
quiero / dios de nuestra ala, supremo príncipe de los zorros”); al poeta
John Holmes, mentor y cruel detractor del rumbo confesional que había
tomado la poesía de su alumna; a los cirujanos y médicos de la época
(“mientras, obligada, permito que el guante lubricado me viole”).
Para Todos mis tesoros (1962), Sexton eligió un epígrafe de Kafka,
aquello de “un libro debería servir de hacha para el mar congelado que
llevamos dentro”. Muchos de sus poemas comienzan con un hachazo:
“Sólo una vez supe para qué era la vida” (“Solo una vez”); “El fin de la
aventura siempre es la muerte” (“La balada de la masturbadora olvidada”);
“Una mujer que escribe siente demasiado” (“El arte oscuro”). Cuando se lo
propone, escribe poemas largos y complejos en verso libre, donde da
rienda suelta a una voz poética más narrativa, combina imagenes
surrealistas con lenguaje coloquial, y los estructura en fragmentos
numerados o titulados. Son poemas irregulares, deformes, que no siempre
funcionan bien en la extensión, pero suelen contener un verso (o dos o
tres) de alto impacto, hachazos, como la última línea de “Ganas de morir”:
“y el amor, sea lo que sea, una infección”. Otros poemas, en especial los
más tempranos, provienen de la tradición clásica del pentámetro yámbico
rimado. Cuenta Maxine Kumin que Sexton creía que las verdades más
duras saldrían a la luz si tenía que cumplir un patrón estófico, un
esquema de rima, una métrica predominante, como demuestra “La verdad
que conocen los muertos”, elegía dedicada a sus padres en métrica
estricta, rimada a b a b, muy difícil de traducir.
Incluidos en toda antología, “Menstruación a los cuarenta”, “Aborto”,
“Coraje”, “Ganas de morir”, los hits de Sexton suelen funcionar como
puerta de entrada y de salida para muchos lectores. Menos transitada y
leída, la obra posterior a Vive o muere (1966), libro que le valió el Pulitzer,
es más experimental, juguetona y despareja.
De Transformaciones (1971), Kumin señala que los cuentos de los
hermanos Grimm eran la extensión lógica del material que había trabajado
Sexton en el género confesional, pero esta vez con una capa de sátira
social. Concentra la atención en el gran abanico de roles ficticios que
desempeñan las mujeres: la obediente princesa, la bruja malvada, la
madrastra. Las constelaciones familiares de los cuentos son historias que
van desde exploraciones edípicas (“El príncipe sapo”), el abuso sexual
paterno del tenebroso “La Bella Durmiente”, a la infidelidad. En los
poemas irrumpen graciosas referencias a la cultura norteamericana;
cuando Hansel y Gretel empujan a la bruja al horno: “Su sangre empezó a
burbujear / como la Coca-Cola”. Y Sexton propone su versión de los
finales felices: la princesa y su marido están condenados al final feliz, “una
especie de ataúd, / una especie de depresión”. Transformaciones salió
publicado con prólogo de Kurt Vonnegut y significó la consagración
definitiva de la autora.
Confiada, pisando firme, abiertamente feminista, Sexton escribe El
libro de la locura (1972) y Los cuadernos de la muerte (1974), libros
extraños en los que pululan ángeles, salmos, escenas triviales de Jesús
(“Jesús dormido”, “Jesús cocina”, “Jesus mama”) y una serie de “furias”
con bellos títulos que quizá no han recibido la atención que merecen. “La
furia de los amaneceres”, “La furia de los huesos hermosos”, “La furia de
los domingos”, el imperdible “La furia de las vergas”: “Ahí están, /
colgando sobre las bandejas del desayuno, / Cuando cogen son Dios. /
Cuando se separan son Dios. / Cuando roncan son Dios / Por la mañana,
untan la tostada de mantequilla / No dicen gran cosa”.
Sus dos libros póstumos, El horrible remar hacia Dios (1974) y Calle
de la Piedad, 45 (1975), pueden ser leídos como un regreso a la fuente, a
los venenos predilectos, pero con una voz madura, sólida, lanzada hacia
nuevos temas, como en “Después de Auschwitz”, respuesta a Adorno
cargada de rabia y de impotencia. De los poemas póstumos que trae la
edición de Lumen vale la pena leer “Consejos para una persona muy
especial”, donde escribe “cuidado con el amor (salvo que sea verdadero y
toda parte de vos diga sí, incluso los dedos de los pies)”, y “Carta de amor
escrita en un edificio en llamas”.
Con una crudeza a la altura de la estética que practicó su amiga,
Maxine Kumin narra los últimos días: “Cuando tomaba Thorazine
engordaba, se ponía hipersensible al sol y se quejaba de que el cansancio
no le permitía escribir. Sin medicación, volvían las voces. A medida que se
hizo más dependiente del alcohol, los sedantes y los somníferos, los brotes
depresivos se volvieron más frecuentes. Pidió el divorcio, lo consiguió, pero
descubrió que vivir sola la sometía a niveles de ansiedad insoportables. En
la primavera de 1974, tomó una sobredosis de somníferos y más tarde me
reprochó por haberla ayudado a abortar aquel intento de suicidio. En esa
ocasión se prometió que la próxima vez que atentara contra su vida no le
avisaría a nadie. Así lo hizo, apenas seis meses después”.
María Negroni sostiene que el suicidio de Anne Sexton actúa como
advertencia: esperar compensación del trabajo creativo, del tipo que sea,
es un error: no existe consuelo para lo que se vivió. Los libros de Sexton,
saturados de ansia de muerte y notas suicidas, evitan preguntas inútiles.
También ofrecen alguna que otra escena con la que tal vez a ella le
gustaría ser recordada: “Bebo los martinis de las cinco / y ataco esta
página seca como una dura / cabra”.