Sexton
La imagen de la poeta, tomada para el anuncio de una de sus
lecturas, la muestra fumando, con un vestido Courrèges, peinado
sesentoso y mirada un poco ausente. No sonríe. Así aparece Anne Sexton
en la tapa del reciente Poesía completa (Lumen), edición bilingüe traducida
al español por Ana Mata Buil. Nacida en 1928 en Massachusets,
proveniente de un hogar WASP (blanco anglosajón protestante), Sexton
formó parte de los poetas confesionales norteamericanos, precursores de la
autoficción, género al que sumaron un giro extraliterario: el suicidio.
La primera fue Sylvia Plath, en 1963, que metió la cabeza en el
horno y abrió la llave; después, John Berrymann se arrojó de un puente en
Minneapolis, en 1972. Dos años más tarde, Anne Sexton fue al garaje de
su casa, encendió el motor del auto, un Mercury Cougar rojo, y, aspirando
los gases tóxicos del caño de escape, se quitó la vida. Tenía 45 años, dos
hijas, un Pulitzer, ocho libros publicados, otros dos listos para enviar a
imprenta, y un puñado de poemas póstumos a los que ahora tenemos
acceso gracias a esta nueva compilación.
Poesía completa contiene ochocientas páginas, trescientos cincuenta
poemas, unas ciento sesenta páginas de textos póstumos y un jugosísimo
prólogo de Maxine Kumin, escritora y poeta que compartió con Sexton sus
años decisivos. Más que prólogo es un perfil extraordinario de la poeta y
un estudio crítico de su poesía que no ahorra críticas ni confidencias.
El proceso creativo de Sexton, cuenta Kumin, partía de una
combinación de rimas y sonidos escrita a mano para luego, ante la
máquina de escribir, ir llenándolas de imágenes que componía el esqueleto
del poema. En ese pasaje, dejaba que afloraran los sentimientos. Las
emociones generaban a su vez más imágenes, tantas que no cabían en el
poema. Entonces venía el proceso de revisión. Sexton era una correctora
severa de su material, y llegaba a tener hasta veinte versiones de un
mismo poema.
Libro a libro, Anne Sexton fue creando una obra que vuelve
obsesivamente sobre los mismos temas, a veces con formas novedosas,
otras apropiándose de un género, como hace en Transformaciones (1971),
donde reinterpeta magistralmente los cuentos de los hermanos Grimm que
de chica le leía Nana, su tía abuela, un personaje familiar ambiguo, que
acaricaba de manera confusa a la pequeña Anne. Toda la poesía de Sexton
se alimenta de una fuente: un núcleo radioactivo de ambigüedad
irreductible. Sus emanaciones están por todas partes. En los poemas
dedicados a la relación con sus hijas, Linda Gray Sexton y Joyce Ladd
Sexton, a quienes abandonó durante tres años “en una zanja”, como dice
en su poema “Un pequeño himno sencillo”, incluido en Vive o muere
(1966): “de modo que la primera vela / y la segunda vela / y la tercera vela
/ se quemaron solas en tu tarta de cumpleaños”. En la madre como rival,
muerta de cáncer, “la elegante entre los absurdos / y los raros”, esposa de
un hombre alcohólico y ausente. En la búsqueda de Dios, que es también
burla y desencanto de Dios, un Dios de género mutante, como el Orlando
de Virginia, encarnado en la frágil figura de Jesús. Y en los hombres,
figuras de autoridad y salvación, omnipotentes, manipuladores y abusivos,
siempre incapaces de comprenderla. Alfred Muller Sexton II (Kayo), su
marido (“Ay, nazi mío / con tus ojos azul cielo de las SS…”), el poeta John
Holmes, mentor y cruel detractor del rumbo confesional qu había tomado
la poesía de su alumna, los cirujanos y médicos de la época en general
(“mientras, obligada, permito que el guante lubricado me viole”), el
psiquiatra que la estimuló a escribir, doctor Martin Orne, a quien le dedica
el poema que abre Al manicomio y casi de vuelta, (1960).
Este primer libro ya contiene todos los temas a los que va a volver en
distintas zonas de su obra. Escenas de manicomio, con internas
arrancándose “los pelos del labio superior” y tomando pastillas para
dormir: “es una espléndida perla / con ella salgo flotando de mi ser”; el
abandono de las hijas, el deseo de muerte: “Yo, que dos veces decidí /
matarme”.
Para Todos mis tesoros (1962) Sexton eligió un epígrafe de Kafka,
aquello de “un libro debería servir de hacha para el mar congelado que
llevamos dentro”. Muchos poemas de Sexton empiezan con un hachazo:
“Sólo una vez supe para qué era la vida” (“Solo una vez”); “El fin de la
aventura siempre es la muerte” (“La balada de la masturbadora olvidada”);
“No soy perezosa. / Estoy con la anfetamina del alma” (“Frenesí”).
Cuando se lo propone, Sexton escribe poemas largos y complejos,
donde da rienda suelta a una voz poética más narrativa, estructurada en
fragmentos numerados o titulados. Son poemas irregulares, deformes, que
no siempre funcionan bien en la extensión, pero siempre hay en ellos
versos potentes, hachazos: “como si fuera normal / ser madre y estar
ausente” (“La doble imagen”). Otros poemas, en especial los más
tempranos, provienen de la tradición clásica del pentámetro yámbico
rimado. Cuenta Maxine Kumin que Sexton creía que las verdades más
duras saldrían a la luz si tenía que cumplir un patrón estófico, un
esquema de rima, una métrica predominante, como demuestra el poema
inicial de Todos mis tesoros (1962), “La verdad que conocen los muertos”,
elegía dedicada a sus padres en métrica estricta, rimada a b a b.
Menos transitada y leída, la obra posterior al Pulitzer (1967) de Sexton es
mucho más experimental, juguetona y despareja. En Transformaciones
(1971) hace su interpretación de los cuentos clásicos de los hermanos
Grimm, para ella tan importantes en su educación como para otros
autores la Biblia o los mitos griegos. “Eran la extensión lógica del material
que había trabajado en el género confesional, pero esta vez con una capa
de sátira social. Concentra la atención en el gran abanico de roles ficticios
que desempeñan las mujeres: la obediente princesa, la bruja malvada, la
madrastra. Las constelaciones familiares de los cuentos son historias que
van desde exploraciones edípicas (“El príncipe sapo”) a la infidelidad “El
pequeño campesino”. Sexton combina los cuentos con referencias a la
cultura popular, como cuando Hansel y Gretel meten a la bruja en el
horno y “Su sangre empezó a burbujear / como la Coca-Cola”. Y da su
propia versión de los finales felices: es algo a lo que la princesa y su
marido están condenados “una especie de ataúd, / una especie de
depresión”.Transformaciones salió publicado con prólogo de Kurt Vonnegut
y significó la consagración de la autora como poeta.
Confiada, pisando firme, Sexton escribe El libro de la locura (1972) y
Los cuadernos de la muerte (1974), libros extraños en los que pululan
ángeles, salmos, escenas triviales de Jesús (“Jesús dormido”, “Jesús
cocina”), y una serie de “furias”, contenidas en Los cuadernos de la muerte
(1974), que no han recibido la atención que merecen: “La furia de los
amaneceres”, “La furia de los huesos hermosos”; “La furia de los
domingos”, el imperdible “La furia de las vergas: “ahí están, / colgando
sobre las bandejas del desayuno” “Cuando cogen son Dios / Cuando se
separan son Dios / Cuando roncan son Dios”.
Sus dos libros póstumos, El horrible remar hacia Dios (1974) y Calle
de la Piedad, 45 (1975), pueden ser leídos como un regreso a la fuente, los
venenos predilectos, pero con una voz madura, sólida, lanzada hacia
nuevos temas, como “Después de Auschwitz”, una respuesta a Adorno
cargada de rabia y de impotencia. De los poemas póstumos que trae esta
nueva edición, vale la pena leer “Consejos para una persona muy especial”
(“cuidado con el amor (salvo que sea verdadero y toda parte de vos diga sí,
incluso los dedos de los pies) y “Carta de amor escrita en un edificio en
llamas”.
Maxine Kumine narra sus últimos días: “Cuando tomaba Thorazine
engordaba, se ponía hipersensible al sol y se quejaba de que el cansancio
no le permitía escribir. Sin medicación, volvían las voces. A medida que se
hizo más dependiente del alcohol, los sedantes y los somníferos, los brotes
depresivos se volvieron más frecuentes. Pidió el divorcio, lo consiguió, pero
descubrió que vivir sola la sometía a niveles de ansiedad insoportables. En
la primavera de 1974, tomó una sobredosis de somníferos y más tarde me
reprochó por haberla ayudado a abortar aquel intento de suicidio. En esa
ocasión se prometió que la próxima vez que atentara contra su vida no le
avisaría a nadie. Así lo hizo, apenas seis meses después”.
Sus versos están sembrados de notas suicidas y claves que evitan las
preguntas estúpidas. “Como los carpinteros (los suicidas) quieren saber
con qué herramientas. / Nunca preguntan por qué construir” (“Querer
morir”), poema de Vive o muere (1966). Pero también de su ars poetica, de
homenajes a personas queridas o admiradas, como el poema dedicado a
Sylvia Plath, que le “robó” su muerte. De escenas que ofrecen pistas de
cómo le gustaría ser recordada. “Bebo los martinis de las cinco / y ataco
esta página seca como una dura / cabra”.