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Cora y el ciclo de las estaciones

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Cora, la Reina de Corazones

“Las flores hermosas crecen a partir de momentos oscuros”


Paseaba tranquilamente por el jardín. Ya casi hacia su trabajo de manera automática, y eso le dejaba
mucho tiempo para pensar. Realizar pequeños cambios de color aquí y allí cuando las flores se empeñaban
en crecer con la tonalidad que no les tocaba.

Hacía tiempo que las cosas no iban bien, y aunque hacía todo lo posible por qué no se notara, lo cierto
es que su hermana mayor cada vez adquiría más poder, y el pasotismo de su otra hermana tampoco
ayudaba. Lo cierto era que Cora estaba empezando a cansarse de aguantar el tirón, ya no encontraba apenas
motivaciones para seguir con su trabajo de Reina de la Primavera.

Cora había sido elegida, junto con su hermana biológica, Regina, para ostentar el cargo de Reinas de
las estaciones Primavera y Verano respectivamente. Ambas eran hijas de Lord Archibald, un noble
importante, y su esposa Lady Eliza y vivían cómodamente en un castillo, por lo que decidieron
llevar a las otras dos chicas seleccionadas para las dos estaciones restantes a vivir con ellas
en él, convirtiéndose las cuatro en hermanas por lazos más allá de la sangre.

Gothel era hija de una pareja nómada que no tuvo reparos en dejar
que la niña se criara en aquel lugar con todas las comodidades,
siempre que pudieran visitarla. Por otro lado Ingrid era
huérfana, por lo que también fue trasladada al castillo. Ellas
serían las Reinas del Otoño y de Invierno. Así las cuatro vivirían y
estudiarían juntas, al cuidado de nodrizas e institutrices, preparándose así para su
futuro cometido.

La infancia de Cora fue una época feliz. Bien es cierto que no todo era color de rosa, al ser la
pequeña de las cuatro muchas veces sufría el que el resto la hiciera de menos, excepto Regina. Pero
tampoco había motivo de queja.

Cora había sido una niña alegre de cabello rojo como el fuego, con cierta tendencia a los caprichos, se
enfadaba mucho cuando no conseguía algo que quería especialmente. Aunque también era cariñosa, muy
activa y a veces con cierto desdén por las normas. Abierta y participativa en cualquier juego que quisieran
proponerle, despreocupada en exceso y muy emocional. Según fue creciendo muchos de esos rasgos fueron
suavizándose, pero siempre quedó un pequeño vestigio de cada uno de ellos en la personalidad de la
muchacha.

Pese a la fuerte relación que unía a las cuatro hermanas, Cora jamás había podido llegar a conocer del
todo a Ingrid, la mayor de ellas. Lo había intentado, pero Ingrid siempre había sido muy reservada, con esa
mirada fría. Nunca la había tratado mal, no era eso, y Cora sabía que le tenía mucho cariño, simplemente es
que no la conocía más allá de lo que ella les había dejado conocer.

La relación con Gothel sin embargo era mucho mejor. La tercera hermana era mucho más abierta, más
alocada, le encantaba bailar descalza entre las hojas de los árboles y no eran pocas las veces que las había
arrastrado con ella. También era la que en más líos se había metido, pero siempre lograba salir de ellos con
su desparpajo. Y, quitando a Regina, era con quién mejor se llevaba.

Dónde Gothel le contagió la locura, Regina le dio


toda la confianza y apoyo. Todo aquel hechizo o
conocimiento que aprendía Regina intentaba
enseñárselo a Cora, y aunque la magia se le resistía un
poquito más que a su hermana mayor, lo cierto es que
aprendió muchas cosas con ella. Aunque las cuatro
eran hermanas por voluntad, al final Regina era su
hermana de sangre y quizá su vínculo era algo más
fuerte que el que tenía con las otras dos chicas.

Cora se quedó pensativa mirando uno de los


parterres de rosas. Se había abstraído pensando en su
niñez y se dio cuenta de que aquellas rosas siempre
habían sido rojas. “¿Por qué han florecido blancas esta
vez?” pensó y con un gesto de la mano las cambió de
color. Pero al momento volvieron a estar blancas. Se
fijó entonces más y vio que había pequeños trocitos
de escarcha en los pétalos.

Ingrid.

Levantó la vista y miró a su alrededor.

-Hola Cora, ¿qué tal te va esta primavera? -Dijo a


modo de saludo.
-Pues con tu ayuda un poco más difícil que otras veces, si he de ser
sincera, hermanita. -Volvió a agitar la mano y las rosas de nuevo volvieron a ser rojas,
quedando esta vez sí el color fijo. -¿A qué debo el placer de tu visita?

-Quería comprobar que estabas bien, tus avances y ese tipo de cuestiones, ¿tan raro es que
me preocupe por mi hermana pequeña?
-Si esta misma frase me la hubieras dicho hace unos años te diría que nada de raro. Pero Ingrid, creo
que sabes tan bien como yo que ahora mismo sí lo es.

Ingrid sonrió, pero no parecía una verdadera sonrisa, más bien era una mueca de arrogancia.

-Cora, entre tú y yo, nunca tuvimos una relación muy estrecha, pero siempre te he tenido cariño. Pero
también sé que tu poder nunca fue el más grande de las cuatro. Puedes pensar de mí lo que quieras, pero las
cosas van a cambiar, eso es inevitable, y no quiero que sufras en el camino.

-Es muy amable por tu parte, Ingrid, pero creo que ya soy mayorcita como para cuidarme sola. No sé a
qué cambios te refieres exactamente, pero si crees que puedo resultar lastimada con ellos y si de verdad
alguna vez me tuviste cariño, como dices, deberías ser tú la que evitases esos cambios.

-Bueno, yo he intentado avisarte, solo espero que recapacites. Hasta pronto Cora.

Sí, quizá en el pasado Ingrid le hubiera tenido cariño a Cora, un cariño a la manera peculiar de Ingrid,
pero las cosas habían cambiado. Ingrid ahora era muchísimo más fría y distante que antes. Pensó en hablar
con Regina cuando le fuera posible, a ver qué pensaba ella.

Se dirigió a su pequeño palacio. Uno de sus lacayos le recogió la capa.

-Tráeme un té rojo, por favor. -Sentía el corazón un poquito frío después de la visita de su hermana.

Se sentó en su butacón favorito, al lado de la chimenea con el té entre las manos. No hacía mala
temperatura fuera, pero el frío se le había metido en el cuerpo, sin duda la visita de Ingrid le había afectado.

De nuevo se sumió en sus ensoñaciones. A su mente acudió un recuerdo. Cierto día, cuando las cuatro
no sobrepasaban los 16 años, Cora llegó a casa con un precioso ramo de flores recién recogidas del jardín. Las
puso en un jarrón y las dejó al lado de una ventana del salón para que les diera la luz del sol. Era uno de los
primeros días de una primavera que se presentaba especialmente soleada y exuberante y Cora estaba
especialmente ilusionada.

Al día siguiente, al entrar al salón para el desayuno, en vez del primoroso y fragante ramo de flores en
su jarrón se encontró un bello y transparente, aunque también mortífero, bloque de hielo que encerraba en
su interior las flores. Se giró furiosa hacia su hermana Ingrid.

-¿Qué has hecho? -Le gritó llena de rabia.

-Así durarán hermosas por siempre. Estando vivas en realidad quedaban


condenadas a morir. Encerradas en el hielo durarán para siempre. -Contestó con
aquella fría calma que caracterizaba a su hermana mayor.

-Eso mientras dure el hielo, y después ¿qué?


-Entonces tendremos que hacer que el hielo dure para
siempre, ¿no crees?

Su nodriza intervino en ese momento. Regañó a Ingrid por haber jugado con las
flores de Cora e hizo que la primera pidiera perdón a la segunda por la travesura, aunque un
destello burlón asomó a los ojos de la mayor de las hermanas mientras lo hacía. Y en eso quedó
todo, en una más de las perrerías que sus hermanas mayores le habían hecho. Pero extrañamente
aquel episodio ahora mismo cobraba cierta importancia en la mente de Cora.

En aquel momento entró su lacayo en el salón, haciendo que la chica regresara a la realidad.

-Mi reina, tiene visita, Madame Mim querría que la recibiese.

-Hazla pasar.

La bruja entró en la sala. La verdad que desentonaba muchísimo con el palacio y con la propia Cora.
Mim vivía en el bosque y la vida palaciega no iba con ella. Pero aún así eran buenas amigas.

-Querida Mim, ¿qué tal estás? ¿Puedo ofrecerte algo? Yo misma estaba tomando un té.

-Gracias Cora, una achicoria no me vendría mal. -Cora hizo un gesto a su lacayo que salió de la
estancia para traer lo que había pedido.

Cora le indicó que se sentará en los sillones, haciendo ella misma lo propio. Hacía tiempo que no veía a
la bruja del bosque, pero seguía igual que siempre, no había cambiado apenas.

-¿Qué te trae por aquí, Mim? Hacía mucho tiempo que no te veía, ¿va todo bien?

-Me gustaría decirte que simplemente me apetecía verte y saber cómo estabas, y venir a visitarte es
algo que debía haber hecho hace tiempo, pero en realidad es una cuestión concreta la que me trae hoy a tu
palacio. ¿Has sabido algo de Gothel últimamente?

-La verdad es que muy poco.

-Es lo que me temía. Creo que está descuidando sus responsabilidades, ya me entiendes. El invierno
cada vez llega antes. Las setas son raquíticas, las castañas no maduran bien y los crisantemos apenas tienen
tiempo a florecer… -Mim se detuvo cuando entró el lacayo con las bebidas. Le dieron las gracias y éste
abandonó la sala. -Si la cosa sigue así podría tener consecuencias devastadoras. -Prosiguió. -No sólo de cara
al ciclo vital, si no también hacia la magia.

-No te voy a negar que he notado todo esto que me cuentas, pero ya sabes que Gothel se distrae con
facilidad, y algunos años ha sido el verano el que ha durado más de lo debido… -Intentaba justificar a su
hermana, pero sabía de sobra que el asunto era más serio de lo que quería hacer creer a Mim.

-Lo sé, pero hay algo más. La noto cambiada, ya no es solo su despiste natural, es que
ahora parece que no le importa. ¿Querrías hablar con ella?

-Puedo intentarlo, pero sabes que nunca me hizo mucho caso.


Ambas se quedaron en silencio contemplando el fuego. La
situación era más grave de lo que les gustaría admitir. Al cabo de un buen
rato Cora por fin habló.
-Creo que todo esto me sobrepasa, soy la más pequeña de las cuatro y nunca me
tuvieron muy en cuenta y mis poderes, aunque suficientes no llegan a la altura de los de ellas.
Iré la semana próxima a hablar con Regina, quizá ella sepa cómo afrontar esta situación.

-Está bien, mantenme al día de cualquier cuestión sobre este tema, ¿querrás?

-Por supuesto.

-Entonces me marcho ya, tengo que aprovechar a recoger las caléndulas antes de que se marchiten por
el frío. -Ambas se despidieron y el lacayo acompañó a Mim a la puerta. Cora suspiró.

No pasaron tres días y ya se encontraba de camino al palacio de Regina.

Quedaba muy poco para llegar a la ciudad y atravesaban un bosque como tantos otros. De repente el
carruaje frenó en seco y escuchó un grito ahogado. Miró al lacayo que viajaba con ella pero apenas les dio
tiempo a reaccionar cuando se abrió la portezuela de un tirón y un hombre zarrapastroso y con una sonrisa
socarrona y mellada les obligó a bajar de muy malas maneras. Al salir se dieron cuenta de que el cochero,
tendido en el suelo, tenía un puñal clavado en el pecho.

-Empezá a vaciar las borsas, señoritingüos y me se va quitando las joyas. -Le acompañaban otros
3 bandidos con el mismo aspecto.

Cora se llevó las manos al cuello con intención de quitarse el collar que llevaba pero
no le dio tiempo. Su lacayo sacó una pequeña daga que llevaba escondida y se abalanzó
contra el bandido que tenía más cerca. Era un muchacho demasiado joven que
no había empuñado nunca un arma, sus herramientas de trabajo no
pasaban de ser las jarras de servir el vino, por lo que de un
golpe de empuñadura quedó inconsciente en el suelo.

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