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Tristeza y soledad en un domingo

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Soledad

Soledad. Es la primera palabra que emerge de esta sucia y alquitranada mente al intentar
describir, sin esperanza alguna de detalle, mi calidad de vida. Siento que cada día me doy
más asco. No me malentiendan, no soy un amargado insufrible. Sólo que últimamente he
venido arrastrando la capa por varias razones.

Ya se hizo de noche y aún sigo aquí, en un sucio parque, tratando de seducir al papel con
las tristes memorias de un desdichado de espíritu, un maldito paria del lenguaje que sólo
secreta veneno contra las hojas en blanco esperando obtener consuelo, intentando rozar
los níveos dedos de esa divinidad misericordiosa a la que llaman Calma.

¿Por qué se ha ido? le pregunto a la noche. No escucho respuesta alguna, pero sí las
discretas vibraciones que me brinda el silencio. Un silencio rancio y recalcitrante que sirve
de sinfonía para esta tragedia cómica que se ha vuelto mi día a día.

Le he ofrecido todo lo que este miserable ser podía dar, y aun así no ha sido suficiente.
Me dejó. Me abandonó a mi suerte en este gélido infierno y ni siquiera me concedió una
última muestra del cariño que tanto me profesaba. No entiendo qué he hecho mal esta
vez, juro con todo el peso que cargo en mis hombros que en serio lo intenté. Pero debería
estar acostumbrado... la soledad se ha vuelto una constante en mi vida. Gente me busca,
me tiene y me olvida. No sé por qué esta vez duele tanto, quizá yo sentí demasiado y ella
muy poco. Quizá traicioné demasiado al tiempo, y le concedí una vida en un par de meses.
Se convirtió en mi razón de ser, en mi adorable excusa para existir, en la musa de mis
poemas, en la piedra angular de mis pensamientos. Sé que suena patético, pero soy de la
clase de hombres que se entregan en alma y cuerpo cuando sienten que una persona lo
merece.

La pequeña cantidad de gente que camina por estos lares comienza a verme raro, así que
lo mejor será marcharme. Miro a las estrellas. Parecen tan frías, tan distantes. Hermosos
escupitajos de nieve arrojados armoniosamente contra la cúpula celeste. Siento una
ambivalencia que con dificultad puedo plasmar sobre el papel: me parecen bellas, pero
las odio. Calcomanías insípidas, pálidas y anodinas de un manto incoloro y apagado que
se mecen con el estúpido contoneo de una prostituta. Me recuerdan a ella. Todo me
recuerda a ella. No sé qué hizo conmigo, o qué le permití hacer de mí; pero mi mente está
atiborrada de su esencia, de su ser. Recuerdo con precisión milimétrica la ligera curva que
trazaban sus labios cuando fingía reírse de mis bromas, la forma tan perfecta que tenía su
cabello al ondearse formando delicados hilos entretejidos con el apacible ronronear del
viento, la gracia inefable de sus altivos cachetes o ese grácil movimiento que hacía con la
pierna izquierda cuando se aburría. Dios, la amo. Y siento que es una tortura pensar en
ella ahora que no puede estar conmigo.

Siento rabia, quizá al llegar a casa rompa un espejo o me triture los nudillos contra alguna
pared. No. No puedo hacerlo, no soy de esa clase de personas. No puedo cegar mi ira con
lágrimas o desaforados actos de violencia. Soy de los que guardan el sufrimiento bajo el
tapete y escriben para disimular que la alfombra ya parece una pequeña montaña. Sé que
es tonto, no hay nada más idiota que dejarse consumir, morir internamente por la inercia
de nuestros actos, esperar cándidamente a que el dolor mitigue y la vida de un cambio de
tuerca. Pero no conozco otra forma de expiar mis cuitas y librarme de este tedio, de este
malestar interno.

Siempre he visto a los agujeros negros afines a mi vida, al menos metafóricamente.


Angustia, desesperanza, vacío. Es todo lo que puedo pensar en este momento. Quizá sólo
soy demasiado exagerado... quizá tengo alma de escritor. Cualquiera de las dos razones,
la detesto. No creo que inmolarme para que los demás vivan felices sea mi ideal divino,
mi arkhé, mi propósito, mi sentido...

Casi con orgullo puedo decir que deseo ser codicioso, un codicioso de emociones, de
sentido, de personas, de amor. Necesito alguien que me necesite. Necesito alguien que
permanezca conmigo.

Ya estoy a nada de llegar a casa. Genial. Ese hoyo vacío en el que mis penas parecen
acrecentarse no ha sido más que mi cruz en estos últimos meses. Quizá deba suicidarme,
me digo; pero la idea se desdibuja casi inmediatamente de mi cabeza. Estoy desvariando.
Debe haber alguna forma mejor de paliar esta tristeza maldita que recubre mis
pulmones...

Gente. Es la primera idea que ha emergido del pozo. Gente. Quizá comparta esto en
alguna parte, lo fotocopie y lo vaya repartiendo a personas completamente desconocidas
por la calle. Puede que transcriba esto en alguna página web, o lo narre en un audio y se
lo envié por correo a gente cualquiera. Espero encontrar entre ese tumulto de
desconocidos alguien que me entienda, alguien que logre burlar a esta dura soledad que
siento... alguien que se quede.

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