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Monster Among The Roses

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Moderadora
Julie

Traductoras
Mary Rada Julie Chachii
AnnyR' samanthabp Madhatter
Jadasa **Nore** Moreline
Lolitha Val_17 Vane Black
Lvic15 Clara Markov Dannygonzal
Genevieve Valentine Rose Jeyly Carstairs
mely08610 rihano Auris
Gesi Victoire Sahara
Miry Beatrix Ivana

Correctoras
Daliam Laurita PI Valentine Rose
Ailed Lynbe AnnyR'
Anna Karol Julie Clara Markov
Vane Black Jadasa

Revisión Final
Julie

Diseño
Genevieve
Sinopsis Capítulo 16
Prólogo Capítulo 17
Capítulo 1 Capítulo 18
Capítulo 2 Capítulo 19
Capítulo 3 Capítulo 20
Capítulo 4 Capítulo 21
Capítulo 5 Capítulo 22
Capítulo 6 Capítulo 23
Capítulo 7 Capítulo 24
Capítulo 8 Capítulo 25
Capítulo 9 Capítulo 26
Capítulo 10 Capítulo 27
Capítulo 11 Capítulo 28
Capítulo 12 Capítulo 29
Capítulo 13 Epílogo
Capítulo 14 Kissing the Boss
Capítulo 15 Sobre la Autora
Shaw Hollander está desesperado.
Quebrado, desempleado y determinado a ayudar a su madre
enferma, se topa con la amabilidad de un benefactor adinerad que está
dispuesto a darle un trabajo a Shaw en su mansión para que pueda pagar
las deudas de su madre. De repente encontrándose rodeado de riquezas
lujuriosas, él no tiene idea de qué implican verdaderamente sus deberes
hasta que es enviado al rosedal y conoce a la trágicamente mutilada
Isobel.
Esta historia de la Bella y la Bestia es fiel al núcleo de la fábula,
alejándose del elemento de la fantasía y arrastrándola a la realidad
actual. Shaw e Isobel están listos para dejarte subir a su camioneta
todoterreno y dar un paseo con ellos en su versión de este felices para
siempre, pero solo si primero te atreves a mirar al monstruo entre las
rosas.
Fairy Tale Quartet, #1
Traducido por Mary Rada
Corregido por Daliam

Torcí con nervios la gorra de béisbol entre mis manos, rozando mis
nudillos callosos con la factura desgastada. La habitación de espera era
más grande que mi apartamento entero, y el asiento en el que me senté
con cuidado costó probablemente más que todas mis pertenencias.
Olía a rico aquí. Como el dinero. Como si las paredes hubiesen sido
empapeladas en billetes frescos y crujientes de cien dólares directamente
desde el banco. Eché un vistazo entre mis rodillas a mis zapatos, con la
esperanza de no haber dejado suciedad en el suelo de mármol opaco, solo
para descubrir un grupito de barro seco descansando junto a mi zapatilla
derecha. Mierda. Lo pateé bajo la silla para ocultar la evidencia justo
cuando la puerta que estaba a mi lado se abrió.
Una mujer de cabeza gris con un pantalón azul; la misma con la
que hablé, anunciándome cuando llegué veinte minutos antes; se asomó.
—El señor Nash está listo para reunirse con usted.
Sintiéndome atrapado en el acto, dejé de jugar con el terrón de
tierra y me levanté, con la cara ruborizada. Empecé a deslizar mi gorra
de nuevo para ocultar lo que debe ser un caso de pelo desastroso, para
preguntarme luego si sería más respetuoso no tenerla puesta conocer a
un hombre como Henry Nash. Después de dudar unos cinco segundos,
sin saber qué hacer, me puse la gorra. Yo era así. Darse aires de grandeza
se sentía engañoso.
Haciendo un gesto con la cabeza a la secretaria para hacerle saber
que me encontraba listo, la seguí dentro de la guarida del león, solo para
detenerme lentamente hasta una parada intimidante justo dentro de la
puerta. Si me había asustado la opulencia de la sala de espera, el interior
de la oficina de Henry Nash me dejó impresionado. Las grandes pinturas
de tamaño mural habrían dado el efecto de un museo, si las sillas de
color gris pizarra frente a un colosal escritorio de granito negro y plateado
no hubieran gritado “oficina corporativa”. Tenía miedo de moverme y
seguir dejando huellas de barro por el suelo. Demonios, respirar en este
lugar se sentía algo tabú.
No pertenecía aquí. ¿Qué pensé para programar una reunión con
el Henry Nash? Iba a reírse de mí en su oficina de museo antes que
pudiera empezarle a mendigar.
La enorme silla detrás de la mesa giró hacia mí justo cuando el
hombre plantado colgó el teléfono en el que había estado hablando. Luego
se puso de pie.
—Ah, señor Hollander. —Dando la vuelta por el escritorio, caminó
hacia mí, donde estaba petrificado en la puerta—. Es bueno conocerle
por fin. Su madre solamente ha dicho cosas buenas.
La mención de mi madre hizo que la bola de terror en mi garganta
se endureciera y me cortara el aire.
—¿Cómo está? —preguntó mientras me tendía una mano para que
lo saludara. La pregunta era agradable y cortés. La mirada en sus ojos
era amable e interesada. Toda la manera en que se dirigió a mí, me
mantuvo lejos de él, simplemente fue... Quería sacudir el cabeza,
confundido.
Había construido a este hombre en mi mente como una bestia rica
y despiadada que comía gatitos para el desayuno y flambeaba a los
débiles y necesitados para la cena. Pisoteaba los sueños y se burlaba de
los pobres, ganando poder con cada lágrima que obligaba a caer. Los
avisos atrasados que llenaban nuestro correo con creciente regularidad,
exigiendo dinero, solo parecían mejorar mi impresión de él.
Pero aquí se hallaba, un mortal normal con una ligera panza en el
vientre y el cabello fino en la parte superior, y... y me sonrió como si en
verdad estuviera encantado de conocerme.
Agitado, no sabía qué decir. Qué hacer.
—Ella... uh... ella está... —Rápidamente, extendí la mano para
estrechar la suya. Su piel era cálida, seca y humana, y su agarre fue
sincero—. No se encuentra bien —dije.
Maldición, esperaba meterme en ese tema sutilmente.
—¿Oh? —El señor Nash inclinó la cabeza a un lado, con un gesto
de preocupación estropeando su frente.
—Sí, ella... —Me quité la gorra y comencé a inquietarme de nuevo.
El señor Nash estiró una mano y me invitó a entrar en la oficina.
—Vamos a sentarnos y discutirlo. Señorita Givens... —Hizo un
gesto con la cabeza a la secretaria, y ella salió de la habitación,
encerrándome en la grandiosa oficina solo... con el único hombre que
podía destruir a mi madre.
Con palmas sudorosas, las limpié en mis muslos y lo seguí a una
silla colocada delante de su escritorio. En vez de moverse detrás de la
mesa, él se sentó en el otro asiento al lado del mío. No me puso a gusto,
como pienso fue su intención; ahora solo me sentía más cerca de una
tabla de picar.
—Hábleme de Margaret.
Al mencionar el nombre de mamá, solté un largo suspiro. Estaba
aquí por ella, aquí para mendigar y aceptar cualquier cosa que Henry
Nash quisiera de mí. Por mi madre, yo podría hacer esto.
—Pues —dije lentamente, pasando mi lengua por los labios secos—
, como sabe, se cayó y se rompió la cadera hace unos tres meses.
—¿Ah sí? —El señor Nash levantó las cejas, el alma de la ignorancia
y la sorpresa, tal vez incluso preocupación.
Su sorpresa me confundió. —Sí... —respondí lentamente, tratando
de discernir si él estaba mintiendo y realmente sabía o si honestamente
no tenía ni idea—. ¿No lo mencionó cuando pidió la extensión del
préstamo?
El hombre mayor abrió la boca, solo para cerrarla. Pareció deliberar
algo antes de hablar de nuevo. —Lo siento, pero su madre nunca me pidió
una extensión del préstamo.
Lo miré fijamente.
¿Qué? Por supuesto que mamá lo pidió. Me dijo que se lo habían
negado. Me dijo... ¿qué diablos me había contado? Mi cerebro
tartamudeó, tratando de recordar sus palabras exactas.
Estaba seguro de que había ido a Nash Corporation y le pidió algo
de clemencia. Ella juró que había intentado todo. ¿Eso no incluía
lógicamente solicitar una extensión del préstamo? Por eso vine aquí.
Si Henry Nash no escuchó a mi pobre y herida madre, tal vez podría
conseguir que me escuchara, tal vez tendría más con que negociar que
ella.
Pero si mamá ni siquiera había hablado con él…
Sacudí la cabeza, negando la posibilidad. Por supuesto, ella pidió
una prórroga. Como lo haría cualquier persona en su posición. —Quizá
le preguntó a uno de sus empleados y nunca le llegó a usted —le dije.
Pero el hombre delante de mí entrecerró los ojos con duda.
—Todas las solicitudes de prórroga pasan a través de mí, señor
Hollander. Tomo esas decisiones.
Mis hombros se derrumbaron. Bueno, esto cambió las cosas.
Esto…
Necesitaba reagruparme y averiguar qué hacer.
Excepto que no, honestamente, no cambió mucho en absoluto... tal
vez solo la forma en que veía al hombre delante de mí.
El señor Nash se aclaró la garganta con discreción. —Si me
permite, sé que su madre ha estado atrasada en sus pagos. Muy
atrasada. Y soy consciente de que las personas que me buscan para un
préstamo por lo general lo hacen después que se les han rechazado la
ayuda del banco. Fue un riesgo prestar dinero a su madre para comenzar
su panadería. Fui consciente de esto desde el principio y he hecho mis
propias concesiones para prepararme para el peor de los casos. Si
Margaret está pasando por tiempos difíciles y necesita un poco de
margen, estoy dispuesto a...
—No lo entiende —dije con brusquedad, haciendo que el señor
Nash retrocediera y parpadeara. Pasando mis manos sobre mi cara, cerré
los dientes y traté de calmar el creciente pánico. Después de tomarme un
momento para calmarme, confesé—: Es peor que eso. Tuvimos que cerrar
la panadería. —Y casi nos desalojan del apartamento si no pagábamos la
renta atrasada, las facturas médicas no paran de llegar, los servicios
públicos nunca se detuvieron y…
Y era suficiente para hacerme sentir como si no pudiera respirar
cada vez que pensaba en ello.
—Ya ha superado con creces el momento de necesitar una
extensión. —Odié exponer esto. Me sentía como un fracaso cada vez que
lo pensaba. Decirlo en voz alta, a Henry Nash, podría ser el momento más
humillante de mi vida—. En la situación en la que estamos, no veo cómo
podríamos pagarle.
—Oh. —El señor Nash juntó sus manos calmadamente mientras
me estudiaba. Su mirada intencionada parecía atravesar mi cráneo como
si estuviera buscando mis pensamientos más íntimos. Luego murmuró—
: Parecía un hombre en una misión cuando entró en mi despacho, señor
Hollander. Me hace pensar que tiene una idea sobre cómo quiere resolver
este problema.
Le di un ligero movimiento de cabeza. —Así es.
Asintió. —Entonces creo que estaría muy interesado en escucharlo.
—Un trueque —respondí sin pensarlo.
El señor Nash levantó las cejas. —¿Un trueque? ¿De qué tipo?
—La deuda de mi madre —dije, deteniéndome antes de añadir—,
por mí.
Con una mirada entrecerrada, el hombre lentamente comenzó a
sacudir la cabeza. —Me temo que no entiendo.
—Le juro que estaré a su servicio, haré lo que quiera que haga, por
el resto de mi vida, si... si limpia sus deudas. —Lo dije de esta manera
con la esperanza de que se ocupara de todas las deudas, no solo la suya.
—A mi servicio —repitió, inclinando la cabeza hacia un lado, como
intentando comprender lo que quería decir—. ¿En qué sentido?
Me encogí de hombros. —Lo que usted quiera. Haré cualquier cosa.
—Cuando él simplemente parpadeó, añadí más enfáticamente—:
Cualquier cosa.
No era estúpido. Conocía a hombres tan poderosos y ricos como
Henry Nash que tuvieron que haber llegado a este punto haciendo un
poco de trabajo sucio. Me encontraba totalmente preparado para ser uno
de sus hombres sucios, entregar suministros ilegales, romper rótulas,
ayudarle a encubrir sus acciones oscuras, lo que requiriera de mí. Me
hacía sentir asqueroso cada vez que mi mente vagaba en esa dirección,
pero lo haría para salvar a mamá.
Como si una idea hubiera comenzado a infiltrarse en su cabeza,
repitió—: ¿Cualquier cosa?
Asentí y esperé con ansiedad. —Si ayuda a mi madre, le daría mi
vida.
Noté que mi pasión lo impresionó. Sus cejas arqueadas junto con
la mirada consideradora dijeron más de lo mismo. Pero se guardó el resto
de sus pensamientos. Llevando sus manos entrelazadas hasta su
barbilla, me midió de forma pensativa.
—Dígame esto, hijo. Si limpio la deuda de su madre a cambio de
su servidumbre, ¿cómo prevé que se mantenga después de eso? Quiero
decir, sin panadería para traer dinero, una cadera rota para evitar que
busque trabajo en otro lugar, y un hijo que ya no estará allí para ayudar;
ya que él me pertenecerá; ¿qué cree que le pasará?
Tragué saliva, no muy capaz de hacer la pregunta audaz que quería
realmente.
Pero el señor Nash debe haber leído la súplica en mi cara. —Oh ya
veo. No quiere que la ayude a salir de su deuda conmigo. Está pidiendo
más ayuda financiera. ¿Supongo que quiere que la ayude por el resto de
su vida?
No podía hablar. Mi laringe se había congelado con miedo,
ansiedad y esperanza. Simplemente asentí con humildad antes de
inclinar la cabeza, preparándome para ser expulsado de su oficina por mi
petición descarada.
Respiró profundo, y durante mucho tiempo fue el único sonido que
hizo. Esperé a que levantara la vista antes de que exhalara. —Debe usted
pensar muy bien de su capacidad para servir, señor Hollander.
—Yo... —Me sonrojé. Sinceramente, no creía que fuera digno de la
espléndida silla en la que me senté. Pero mi orgullo era lo primero que
iba a desertar cuando el futuro de mi madre se encontraba en riesgo—.
Haré cualquier cosa —susurré.
El señor Nash dirigió su mirada sobre mí, de la cabeza a los pies.
Fue un escrutinio tan personal que casi me sentí violado. Se me ocurrió
un nuevo pensamiento. Oh infierno, ¿y si su idea de servicio significaba
algo más... carnal? Tragué saliva, preguntándome si tal vez hubiese
algunas cosas que no haría después de todo.
Entonces el viejo lo empeoró, preguntando—: Qué edad tienes...
Shaw es tu nombre, ¿no?
Se me puso la piel de gallina y mi estómago se revolvió. —¿Qué?
Hizo un sonido entretenido. —Pregunté tu edad.
—Eh... tengo veintiocho años —confesé, esperando que quizá fuera
demasiado viejo para su gusto.
Pero entonces pensé en esos veintiocho años —todo ese tiempo que
tuve que hacer algo de mí mismo—, y sentí una oleada de vergüenza.
Muchas personas con las que asistí a la escuela se habían convertido en
exitosas y consumadas. Sentí como si yo me estuviera ahogando bajo las
cuentas y tratando de evitar que mi madre perdiera todo.
—¿No tienes empleo en otro lugar?
Más humillación me invadió. Agachando la cabeza, me aclaré la
garganta y admití—: La, uh, la fábrica donde trabajaba salió del mercado
hace aproximadamente seis meses.
Otros dueños de fábricas me contactaron casi de inmediato; se
corrió la voz de que era un trabajador honesto, confiable y fuerte. Pero
mamá ya tenía problemas en su tienda. Se había visto obligada a dejar ir
a todos sus empleados y el banco acababa de embargar su casa, así que
la trasladé a mi apartamento de un dormitorio, vendí mi camión para
pagar uno de sus préstamos e intenté salvar su negocio
—Empecé a ayudar a mi madre en la panadería, pero... —Sacudí
la cabeza.
Para cuando me involucré, ya no era salvable. Mamá nunca debería
haber recibido el permiso para dirigir su propio negocio. Siempre con su
corazón bondadoso y más preocupada por ayudar a los demás que por
lograr ganancias, solo acumuló más deuda en lugar de pagarlas. Nunca
les cobró lo debido a los clientes, a menudo regalaba su comida gratis a
las personas necesitadas. Luego había confiado en las personas
equivocadas, eh, persona, su propia hija para ser exactos.
—Tienes otros hermanos, ¿verdad? Cinco si lo recuerdo bien. ¿No
podrían...?
—No —casi espeté antes de sonrojarme de vergüenza. Pero, para
mí, mencionar a mis hermanos mayores últimamente era un punto
irritable. Ninguno de ellos estaba dispuesto a ayudar. Justin se negó
rotundamente, afirmando fríamente que mamá no debería haberse
metido en tal lío. Alice nunca contestó su teléfono, evitándonos a toda
costa. Mamá y yo perdimos contacto con Bryce y Becky. Ni idea de dónde
estaban. Y Victoria era una gran razón para nuestro desastre actual. Le
ayudó a mamá a comenzar su tienda, solo para dar la vuelta y vaciar la
cuenta bancaria de la panadería antes de largarse a sitios desconocidos.
Me aclaré la garganta y alejé la vista antes de admitir con más
tranquilidad—: No están... disponibles para ayudar.
—Ya veo —murmuró el señor Nash. Comencé a odiar cuando decía
eso. ¿Qué diablos veía realmente?
Seguro de que lo que veía en mí no podía ser bueno, solté un
suspiro de derrota. Venir aquí había sido tonto. No me ayudaría de
ninguna forma. Si fuera él, no me ayudaría.
El señor Nash bajó las manos al brazo de la silla. —Bueno, creo
que podemos llegar a un acuerdo —anunció, sonando demasiado jovial—
. ¿Cuándo puedes empezar?
Mi boca se abrió, incapaz de creer lo que acababa de oír.
Quería preguntar, ¿empezar qué? ¿Qué tenía exactamente en
mente para mí? Pero tenía miedo de escuchar la respuesta. Así que le
dije—: En cualquier momento. Ahora. Cuando quiera.
Se rio entre dientes y se puso de pie. —Me gusta el entusiasmo,
pero creo que mañana estará bien. —Sacando un bolígrafo y un bloc de
notas de su escritorio, anotó algo—. ¿Puedes llegar a esta dirección a las
nueve de la mañana?
Me sorprendió una desorientadora sensación de destino irreal. ¿En
serio estaba ocurriendo? Las cosas afortunadas nunca me sucedieron.
Tenía que haber una trampa.
—Eh... Sí, claro. —Para salvar a mi madre, estaría donde quiera
que él me necesitara, siempre que me lo pidiera.
Asintió satisfecho. —Bueno. Arreglaré un contrato esta noche,
aceptando que ayudaré a tu madre en su situación financiera a cambio
de tus servicios, y podremos revisarlo cuando llegues. Luego puedes
empezar.
Arrancó el trozo de papel del bloc y me lo entregó para revelar que
solo había enumerado una dirección. Una gota de sudor recorrió el centro
de mi espalda. Hacía frío y me causaba temblores.
Sin dudas en mi mente de que acababa de vender mi alma al diablo,
le dije—: De acuerdo. Estaré allí. —Y luego le di las gracias desde el fondo
de mi corazón desgraciado.
Traducido por AnnyR’ & Jadasa
Corregido por Daliam

¿Qué demo…?
Me detuve al final del camino que condujo hasta 24 Porterfield Lane
y me quedé boquiabierto. Con otra mirada en la nota de Post-it en mi
mano sudorosa que contenía el grueso garabato del señor Nash, observé
los números y las letras antes de volver mi atención al buzón cubierto de
ladrillos que decía 24 Porterfield Lane.
Dirección correcta.
Sacudiendo la cabeza, me enfrenté a la puerta. Un letrero metálico
colgaba de ella, diciéndome que llegué a Porter Hall Estate, residencia del
empresario Henry Nash.
Mierda, esta era su casa. Me había traído a su casa. El lugar tenía
que abarcar al menos quince hectáreas solo para tener el césped
delantero bien cuidado. Una hilera de árboles de hojas perennes ocultó
la mayor parte del edificio de la carretera, pero un par de pisos aún se
asomaban por encima de ellos. Y por lo que pude ver, la mansión era
enorme. Hablo de más de tres mil metros cuadrados.
Sacudí la cabeza y presioné el botón del intercomunicador situado
en el pilar de ladrillo junto a la puerta cerrada.
Una voz femenina vaciló a través del altavoz, preguntando—:
¿Puedo ayudarte? —Me aclaré la garganta seca, poniéndome más
nervioso a cada segundo.
—Yo, eh… sí. Shaw Hollander, aquí para ver al señor Nash.
—Por supuesto. Suba.
¿Que suba? ¿Estaban seguros? No parecía adecuado. Este tipo de
lugar estaba tan por encima de mí, que incluso de pie tan cerca de la
propiedad se sentía como si estuviera haciendo algo mal.
Pero la mitad de las barras de hierro forjado empezaron a
despegarse de la otra mitad, invitándome a entrar. Mi corazón dio un
salvaje vuelco. ¿Qué diablos hacía? ¿Por qué acepté cualquier cosa?
¿Cómo iba a vivir conmigo después si él… si él…?
Dios, creí que podría vomitar.
Árboles de pera ornamentales bordeaban el camino de entrada y
me proporcionaban una agradable sombra, pero mi estómago seguía
revuelto. Un sudor pegajoso se me pegó a la frente y se reunió bajo mis
fosas. No me había dado cuenta de que Porterfield Lane estaría tan lejos
de la ciudad y de mi vecindario deteriorado. Me había llevado una hora y
media llegar aquí a pie, y ahora probablemente apestaba hasta el cielo.
Tal vez eso detuviera al señor Nash, y me salvaría de “servirle” hoy.
O quizá me obligará a bañarme primero. Mierda, ¿y si quisiera bañarse
conmigo?
No podría hacer esto. No podría hacer esto. No podría… maldita
sea. Iba a hacer lo que fuera necesario… creo. La vida de mi madre
dependía de ello.
Está bien, bueno. No tenía ni idea de lo que iba a hacer. Y eso me
ponía más inquieto, no solo por lo que él me exigiría, sino por mi reacción
ante él.
Al llegar al comienzo del carril, pasé los árboles de pera, luego más
árboles de hoja perenne y —guau— vi la belleza de la granja de Nash.
Porter Hall. Nunca en mi vida había estado en una casa tan agradable.
Me sentía demasiado sucio y pobre para pararme aquí, mirándola. Con
otro vistazo a la nota empapada en mi mano para estar absolutamente
seguro de que me hallaba en el lugar correcto, enderecé los hombros y
marché hacia la puerta principal. No importaba si me volvía loco por
dentro; me enfrentaría a cualquier cosa que tuviera que enfrentar.
Se me ocurrió que tal vez debería haber encontrado una entrada
lateral —como una puerta de sirvientes— para golpear justo cuando ésta
se abrió. Una mujer de unos cuarenta años me sonrió. —Señor
¿Hollander?
Asentí. —Umm, sí. Ese soy yo.
Sonrió de forma reconfortante. —Entre. Soy Constance, la ama de
llaves. El señor Nash le espera en su estudio, si me sigue.
—Claro. —Después de entrar, miré con la boca abierta al vestíbulo
de dos pisos con una gran escalera curva, una fuente en el centro del
salón y…
—Por aquí —llamó Constance, apartando mi atención de lo que
juro que era un tanque de peces incrustado en el jodido piso alrededor
de la base de la fuente.
Apresurando mi paso, casi me encontré con un bebé desnudo con
alas, posando sobre un pedestal y sosteniendo un arco y una flecha,
porque seguía muy ocupado mirando al pez dorado nadando bajo
nuestros pies.
Agradecido de no haberme empalado en la punta de la flecha de la
estatua, decidí ver a dónde iba. Seguí a Constance por el pasillo, pasé
más estatuas, media docena de pinturas, y alrededor de dos esquinas
hasta llegar a una puerta cerrada, una puerta en forma de entrada de
catedral arqueada con diseños de metal en movimiento sobre la madera.
Parecía una jodida puerta de castillo.
Ella llamó.
—Adelante —se oyó la voz ahogada de Henry Nash.
Oh Dios. Aquí vamos.
Constance abrió la puerta. —El señor Hollander está aquí, señor.
—Bien, bien. Justo a tiempo. Déjalo entrar.
Haciéndose a un lado, Constance me hizo un gesto con la mano a
la habitación, que resultó ser otra oficina, pero ésta tenía más alfombra
y roble, con una chimenea de mármol y cristal parecida a la del edificio
de Nash Corporation en la ciudad. Más papel, libros y fotos cubrían este
espacio de trabajo, e incluso el propio señor Nash vestía ropa más casual.
Llevaba pantalones caquis y una camisa de cuello que era más bonita
que cualquier cosa que yo poseía, pero aun así mucho menos ostentosa
que el traje y la corbata que llevaba puesto ayer.
—Parece que has hallado bien el lugar —me saludó, indicándome
una silla para que me siente. No se levantó para saludarme, sino que
permaneció sentado frente a la computadora, estudiando atentamente
algo en la pantalla.
—Sí. Eh… lo siento. Me derretí un poco en el camino. —Haciendo
un gesto de dolor, extendí los brazos para mostrar todo lo que sudé.
Agitó una mano, despreocupado, sin prestar mucha atención a mi
apariencia. —No te preocupes. Estoy seguro de que sudarás mucho más
antes que acabe el día.
Hice una pausa antes de bajarme a la silla, tratando de imaginar
qué quería decir exactamente con eso.
Al darse cuenta de mi estado congelado y sin duda, mi expresión
de pánico, levantó la mirada antes de que sus ojos se agrandaran. —Oh
diablos. Nunca hemos entrado en detalles sobre lo que quería que
hicieras, ¿verdad?
Di un pequeño y silencioso movimiento de mi cabeza, temiendo…
Este era el momento que me enteraría…
—Bueno, con la tasa de reparaciones que hemos estado
necesitando en este lugar últimamente, se me ocurrió personal de
mantenimiento para tu título oficial. Pero hoy, quería que trabajaras en
las rosas.
Parpadeé, seguro de que lo había oído mal. ¿Pero, dijo personal de
mantenimiento?
Es decir, ¿alguien que hace reparaciones de la casa?
Mierda, ¿entonces no quería que le realizara favores sexuales?
Mi alivio fue tan grande que casi me desmayé.
El señor Nash me observaba como si esperase una respuesta.
Abrazarlo probablemente no era apropiado, así que me aclaré la garganta
y entrecerré los ojos. —¿Dijo rosas?
Una sonrisa orgullosa floreció en su cara antes de que comenzara
a escribir algo en su teclado. —Sí. Son la preciada posesión de mi hija,
aparte de su biblioteca, así que quiero que su jardín esté en la mejor
forma posible.
¿Hija? ¿Tenía una hija? Miré hacia una pared llena de fotos a través
de la habitación para ver que parecía que tenía una hija y un hijo, y una
esposa también. No estaba lo suficientemente cerca para ver detalles,
pero sus hijos parecían estar en su adolescencia y ambos tenían el pelo
oscuro como él, mientras que su madre era rubia.
—Hay un depósito de suministros donde puedes encontrar todas
las herramientas que estoy seguro necesitarás —continuó el señor
Nash—. Te mostraré dónde se guarda todo en un minuto, pero primero…
—Oprimió el dedo en un botón de su teclado y las hojas se comenzaron
a escapar de su impresora. Sacándolas, me las dio—. Lee esto y si estás
de acuerdo, firma.
Tomé el contrato lentamente, preocupado por encontrar algo que
no quería ver, alguna cláusula oculta que condenaba a mi madre en lugar
de ayudarla. Luego tomé una larga bocanada de aire y procedí a leer.
Lo que encontré fue mejor de lo que podría haber creído. Era como
si yo mismo hubiera redactado el acuerdo, detallando todo lo que
esperaba. Proporcionaría bien a mamá, e incluso mis condiciones de
empleo sonaban justas y legítimas. Me quería aquí ocho horas al día, seis
días a la semana, pero me permitía vacaciones, días festivos libres y
licencia por enfermedad. Sonaba como cualquier trabajo regular y válido.
Era tan… bueno, demasiado bueno para ser verdad.
Tenía que haber una trampa. En algún lado.
Levanté la mirada, con la esperanza de encontrar la trampa en su
expresión. Pero él solo me observaba desde ojos azules inescrutables.
—Uh… —Mi vista se desvió hacia el documento en mis temblorosas
manos—. Todo esto suena muy bien, en realidad.
Lo juro, un suspiro aliviado se le escapó. Sus hombros se relajaron.
Pero eso fue lo único que mostró. Luego asintió y levantó un bolígrafo.
Con mi atención de nuevo en las palabras, traté de hallar algo que me
tendiera una trampa, que hiriera a mi madre, pero no pude. Así que
contuve la respiración, cogí el bolígrafo y entregué mi vida con esa firma.
Ningún piso se abrió lanzándome hacia una mazmorra, y ninguna
barra cayó enjaularme adentro. No ocurrió nada dramático.
Lo que solo me puso más nervioso.
¿Por qué todo iba tan bien?
—Bueno… —El señor Nash tomó el contrato y lo firmó él mismo,
un poco demasiado ansioso si me lo preguntasen. Luego levantó la
mirada y mostró una sonrisa agradable—. Ahora que acabamos con esto,
déjame mostrarte el lugar.
Se puso de pie y se dirigió hacia la puerta, ya hablando algo sobre
las rosas. —Algunas son bastante raras, creo. Necesitan algo de cuidado
adicional. Isobel, mi hija, podría decirte todos sus nombres, estoy seguro;
se ha vuelto bastante experta. Y creo que tiene algunos libros en el
cobertizo para ayudar con cualquier pregunta que puedas tener.
Asentí. Libros con información sobre el cuidado de las rosas sería
estupendo, ya que no sabía casi nada de éstas. O las flores. O cualquier
planta en general. Una vez maté un cactus.
Salimos de la oficina y nos dirigimos por un corto pasillo hasta
llegar a la parte trasera de la casa, donde entramos a lo que parecía ser
un salón o sala de estar de algún tipo con una pared hecha
completamente de vidrio, frente al patio trasero.
—Una entrada al invernadero, donde están las rosas, pasando esas
puertas.
Parpadeé ante un conjunto de puertas francesas que conducían a
lo que parecía un corredor con cúpula de cristal que se conectaba a un
invernadero en forma de una enorme glorieta.
—Guau —susurré, acercándome y necesitando ver más.
Atraído por toda la belleza, extendí la mano hacia una de las
puertas francesas para entrar en el invernadero, pero el señor Nash
señaló una dirección diferente. —El cobertizo se encuentra hacia atrás,
por aquí.
Lo seguí, pero no antes de echar un vistazo al jardín. Había algunas
rosas trepadoras, algunos arbustos e hileras de tallo largo, que variaban
de blanco a rosa, rojo sangre, amarillo y lavanda, melocotón y morado.
Juro que incluso vi una rosa negra. El solo mirarlas se sintió mágico.
Nunca había sido una persona a la que le interesaban las flores, y
no tenía ni idea de cómo cuidarlas, pero de repente, me sentí emocionado
por entrar en ese jardín.
—Estas puertas se desbloquearán durante tus horas de trabajo por
lo que podrás ir y venir como quieras. —Abrió una puerta corredera de
vidrio que conducía directamente al exterior, a un patio de ladrillos. El
señor Nash se dirigió hacia una hilera de setos podados que se abría a lo
que parecía un laberinto.
Sin embargo, una vez que entramos, básicamente era un camino
directo, con un giro, que llevaba al cobertizo que mencionó. Un teclado
numérico mantenía la puerta cerrada. El señor Nash rápidamente tecleó
el código antes de abrirlo y entrar para encender la luz. Lo seguí de forma
vacilante, solo para parpadear asombrado. Si fuera un jardinero, este era
exactamente el tipo de cobertizo de ensueño que me gustaría. Todas las
azadas, rastrillos y... todo el lugar se hallaba bien organizado y parecía
tener lo mejor. Y sí, gracias, Dios, había incluso un pequeño estante de
libros sobre las rosas.
—Bueno, te dejaré. El almuerzo es al mediodía. —Ya saliendo del
cobertizo para dejarme con mis tareas, el señor se despidió y desapareció.
Me quedé boquiabierto ante la puerta vacía donde estuvo por
última vez y sacudí la cabeza, un poco perdido. El hombre no daba
muchas instrucciones detalladas, ¿verdad?
Asombrado de que tuvieran todos estos implementos de jardinería
y ningún jardinero de tiempo completo, pasé mis dedos por las manijas
colgantes de palas de todas las formas y tamaños, luego me acerqué a los
libros.
Libros que podría leer. Utilicé bien mi tarjeta de la biblioteca y
aprendí a lo largo de los años que si podía revisar el libro correcto, por lo
general podría arreglar la mayoría de los problemas en mi apartamento.
Sintiéndome un poco más optimista acerca de mi futuro, bajé “Rosas
para Novatos” y fui a aprender.
Parecía que las rosas ya fueron escogidas, compradas y plantadas,
de modo que salteé a los capítulos de riego, abono, fertilización y podado.
A medida que leía, recogí los suministros que creí necesarios: regadera,
podadoras, palas en miniatura y una bolsita de mezcla de macetas. Luego
apilé todo en un pequeño carrito que encontré contra una pared y lo
saqué del cobertizo.
De vuelta a plena luz del día, entrecerré los ojos. A partir de aquí,
había tres entradas diferentes para el sendero de setos. No podía recordar
cuál usamos para regresar a la casa, ni cuál utilizaría ahora para llegar
al invernadero.
Genial. Me perdí. Haciendo sombra con la mano sobre mis ojos,
decidí que el extremo derecho debería llevarme en la dirección general a
la que quería ir. Por lo que me fui por ahí, solo para terminar en el borde
de la casa, pero no donde comencé, y no lo bastante cerca de la rosaleda
para entrar.
Curiosamente, sin embargo, un chico jugaba afuera, usando tiza
para colorear una foto de... ¿qué diablos dibujaba? Quizás algún tipo de
animal moribundo con sangre brotando de su costado y una flecha que
salía de su espalda.
Lo que fuera, no se veía bien.
Sacudí la cabeza y aparté la mirada del dibujo perturbador y
mórbido. —Hola, chico.
El muchacho saltó y levantó la mirada, poniéndose de pie con un
salto y retrocediendo lejos de mí como si yo fuera el siniestro.
No tenía idea de quién era; se veía demasiado joven para ser el hijo
del señor Nash por las fotos que vi, además que tenía el cabello rubio
blanco, la sombra totalmente opuesta del joven en todas las fotografías
en la oficina del señor Nash. Pero él estaba aquí, de manera que tendría
que ser útil.
Queriendo parecer lo menos amenazante posible, le sonreí y
saludé. —Hola. Perdón por molestarte, ¿pero sabes cómo llegar al jardín
de rosas?
Eso debe de haber sido la pregunta equivocada para hacer. Su
rostro empalideció. —No —dijo, sacudiendo la cabeza—. No puedes ir allí.
¿Qué? —¿Por qué no?
—Un monstruo vive allí. La mitad de su rostro se derritió. Ella come
las espinas de las rosas para poder escupirlas a la gente, apuñalándoles
en el cuello para abrirles la garganta hasta que se desangren y mueran.
De… acuerdo.
De alguna manera, me topé con uno de los hijos del demonio.
Lindo.
Arqueado las cejas, di un paso hacia atrás. Hora de retirarme.
—Amigo, eso es espantoso.
Por favor no me mates. Por favor no me mates. Por favor no me
mates.
Él asintió con seriedad. —Es verdad. Mi mamá también te dirá que
es real.
—¿Oh sí? —Aliviado de que no afirmara que brotó de una muñeca
de repollo de Satanás, sino que en realidad tenía una madre, miré
alrededor buscando a este sabio progenitor que lo sabe todo. Quizás
podría decirme cómo llegar al invernadero—. ¿Quién es tu mamá?
—La cocinera —respondió, sacando pecho como si fuera el título
más importante de la casa—. Ha trabajado aquí durante quince años.
Sabe todo lo que hay que saber acerca de este lugar. Entonces... no entres
en la rosaleda. No saldrás vivo. Lewis, el jardinero, ni siquiera entra allí.
¡Ah! Así que este lugar tenía un jardinero. Lo sabía.
Entonces me tomé un segundo para reflexionar el motivo por el qué
me enviaron al jardín, cuando el señor Nash ya le pagaba a alguien para
que se encargara del lugar. Pero si Lewis se negaba a entrar en el rosedal,
tal como decía el chico, quizás se rumoreaba que se encontraba
embrujado o algo así, y ahí fue donde yo entraba. ¿Por qué no
contrataban a un nuevo jardinero que no fuera tan miedoso y
supersticioso? Dejé de pensar en los porqués. No me correspondía
cuestionar a gente desconocida y rica, y sus extrañas órdenes
extravagantes. Estaba aquí para hacer lo que me dijeran y salvar a mi
mamá.
Asintiendo con seriedad ante el muchacho, dije—: Gracias por la
advertencia, chico. Pero creo que me arriesgaré. ¿Por cuál camino voy?
Me miró como si nunca me volviera a ver dado que me encaminaba
hacia mi muerte, luego levantó la mano y apuntó en silencio hacia otra
entrada en el camino de los arbustos.
—Gracias. —Asentí y me alejé antes de que se me contagiara algo
espeluznante de parte de él.
Afortunadamente, me guió en la dirección correcta. Llegué justo en
la entrada al aire libre en la glorieta de vidrio. Atajando la puerta para
que se mantenga abierta, metí mis provisiones y luego me detuve para
respirar profundo.
Pero que me jodan, olía bien aquí. No tenías que ser un aficionado
a las flores para que este jardín te sorprendiera. Era como el santuario
de rosas. Un tipo de reverencia llenó mi pecho. Hechizado o no, me gustó.
Se sentía tranquilo y revitalizante.
De repente intimidado porque no quería desordenar nada en un
lugar tan perfecto, mis manos temblaron cuando volví a las páginas sobre
el cuidado de rosas. Sin embargo, cuanto más miraba, más confundido
me sentía.
Estas rosas no necesitaban una pizca de mi atención. Todas
estaban en excelentes condiciones, como si alguien ya las cuidara. Quizás
el chico espeluznante se equivocó, y Lewis, el jardinero, venía aquí cada
hora para cuidarlas.
Sin embargo... ¿qué diablos?
Fruncí el ceño y deslicé mi dedo a lo largo de los pétalos sedosos
de una rosa de color rojo sangre. Perfectamente podada, sin malas
hierbas y regada. Era tan impecable como era posible para una flor.
Pero no podía decirle al señor Nash que no necesitaban nada, ¿no?
¿Y si me despedía por falta de trabajo, o porque pensaba que era perezoso
y mentí sobre las rosas que no necesitaban cuidados?
Miré a mi alrededor otra vez, buscando algo que regar, o cortar, o
abonar. Era una locura cómo cada flor parecía estar floreciendo.
Quizá era una clase de prueba, y el señor Nash quería que
fracasara. ¿Qué pasaría si nunca hubiera tenido la intención de que
trabajara para él, y el contrato que firmé para salvar a mi mamá estaba
siendo quemado en la chimenea de su oficina mientras me encontraba
aquí como un idiota sin nada de mala hierba que arrancar?
Confundido, preocupado y un poco enojado, fruncí el ceño hacia
una pared llena de rosas trepadoras que crecían a mi derecha. Pero en
verdad eran demasiado lindas como para ser miradas con furia, por lo
que mi estado de ánimo mejoró.
Apuesto que a mamá les encantaría. Era fanática de las rosas. Y
flores. Además, éstas tenían buen olor. Sería un buen hijo si le llevara
una. Y parecía que crecían en abundancia, no como si fueran una de las
razas raras de las que habló el señor Nash. De modo que extendí mi mano
hacia una enredadera para arrancarla sin siquiera pensar más allá de lo
mucho que haría sonreír a mi madre.
Detrás de mí, una voz gruñó—: ¿Qué demonios crees que haces?
Muy sobresaltado porque había estado seguro que nadie se hallaba
conmigo, me giré para jadear—: ¡Mierda!
El hijo espeluznante de la cocinera no mintió.
Frente a mí se encontraba de pie una mujer furiosa, con la mitad
de su rostro derretido.
Traducido por Lolitha.
Corregido por Ailed

Tenía que ser una herida por quemadura, decidí. Una mitad estaba
perfectamente bien, incluso hermosa. Dudaba que alguien se diera
cuenta de que tenía las cicatrices si la vieran desde el lado bueno. La otra
mitad estaba llena de piel arrugada y estirada que parecía haber sido
calentada hasta derretirse y luego enfriarse de nuevo de mala forma. Las
arrugas seguían por su cuello, luego fueron brevemente cubiertas por su
camisa de manga corta, solo para continuar hasta el final de su brazo y
sobre el dorso de su mano. Me pregunté si se extendería más hacia bajo,
pero los pantalones y los zapatos ocultaron al resto su cuerpo.
Parecía tener mi edad, tal vez un año o dos más joven, con una
cabeza llena de cabello oscuro, ojos súper azules y las pestañas más
largas que había visto. Excepto que el aspecto en esos ojos
excepcionalmente encantadores era cualquier cosa menos amistoso.
—Te hice una pregunta —me recordó, con tono hostil. No podía
decir que la culpaba; había estado observando bastante groseramente.
Pero ella me asustó mucho, saliendo de la nada. En serio, ¿de dónde
vino?—. ¿Qué haces en mi jardín?
—¿Tu…?
¡Oh! Ésta debe ser la hija del señor Nash. ¿Cómo la había llamado?
¿Elizabeth? No. Izz... ¡Isobel! Eso fue todo. Pero todas las fotos que vi en
su oficina mostraban a una niña más joven. No me acerqué lo suficiente
para ver detalles o incluso recordar si era su rostro, pero no recordaba
ninguna de las fotos mostrando a una niña con cicatrices. Lo que
significaba que la cicatriz debió ocurrir después de su adolescencia... y
tal vez el señor Nash no había actualizado su colección pictórica desde
entonces.
Sería una vergüenza si hubiera estado demasiado disgustado por
sus heridas para colgar más fotos de ella. Acababa de empezar a pensar
que me podría agradar el señor Nash; no quería una razón para que me
decepcionara. Y que él, repentinamente, hubiera perdido el interés en su
hija solo porque ella había sido herida, mataría mi respeto.
—¿Hola? ¿Estás sordo? —siseó.
—¿Qué? ¡No! Yo... —Maldición, ¿qué me había estado
preguntando? ¡Rosas! ¿Por qué me encontraba en su jardín de rosas?
Fruncí el ceño, confundido—. Me dijeron que entrara aquí.
Resopló. —Imposible. Vete. —Su larga y sedosa cabellera se hallaba
atada en una cola de caballo, mostrando audazmente sus heridas, pero
se movió hacia un lado, ocultándomelas.
Cuando señaló hacia la salida que conducía de vuelta a la casa,
miré hacia allá antes de volverme hacia ella. —Pero no me puedo ir —
empecé, sin saber qué más decir. No quería molestar a la hija del señor
Nash y que me despidan. Pero tampoco quería desobedecerlo, porque
venir aquí y jugar con sus estúpidas flores era el único trabajo que me
había dado.
Isobel entrecerró los ojos y se acercó. —¿Qué quieres decir con que
no puedes? Tus piernas parecen funcionar bien.
Dios, había algo seductor en ella que me hizo inhalar
profundamente cuando acercó su rostro a mi cara. Era un poco más baja
que yo y de figura delgada, pero su conducta desafiante, mostrándome lo
poco que me temía, mostró su gran y vibrante personalidad, casi como si
tuviera que inflarse deliberadamente para ocultar todo lo pequeño e
inseguro dentro de sí. Era delicadamente valerosa. Además, olía bien,
como sus rosas.
—No puedo irme —repetí, tratando sin éxito que no me gustara su
proximidad—. ¿No me has oído? Me dijeron que viniera aquí.
—¿Quién?
Tiré de mi gorro solo para volver a ponerlo en mi cabeza,
negándome a revelar mis nervios mientras respondía—: El señor Nash.
Arqueó una ceja. —El señor Nash, es decir ¿Henry Nash?
—Sí, por supuesto. ¿Quién más?
—Bueno, eso es imposible. —Se inclinó hacia mí como si intentara
intimidarme—. Sabe que soy la única que toca estas flores. Nunca
enviaría a alguien más aquí para hacerlo. Este es mi jardín.
Me incliné hacia ella también, ya que no quería ser el primero en
retroceder. —Bueno, eso es exactamente lo que hizo, así que no sé qué
más decirte.
—Estás mintiendo.
Me reí y levanté las manos cuando un bufido incrédulo se me
escapó. —¿Por qué mentiría con esto?
Ella no tenía una respuesta lista, pero su ceño fruncido era
evidente. Se retiró molesta antes de resoplar. —Vamos a ver lo que mi
padre tiene que decir al respecto.
—Bien. Da igual. —Me encogí de hombros, aliviado de saber que el
señor Nash interferiría en la situación.
Frunció el ceño aún más por mi falta de miedo. Luego se volvió
hacia la entrada de la casa.
La seguí con la esperanza de saber qué demonios iba a pasar
conmigo.
Se movió rápidamente; casi tuve que correr para mantener su paso.
Rodeó bruscamente las esquinas, saltó sobre el suelo de madera, en cada
paso resonó su ira, antes de abrir la puerta del despacho del señor Nash
sin llamar.
—¿Quién diablos es el idiota en mi jardín de rosas? —preguntó sin
preámbulos.
—¿Idiota? —grité, siguiéndola adentro. No era necesario que me
calificara de idiota—. Tú fuiste la que empezó a gritarme por hacer lo que
me dijeron que hiciera.
Isobel cruzó los brazos con firmeza sobre el pecho, luego cambió de
postura otra vez para ocultarme su lado herido y procedió a ignorarme
mientras que su padre levantó la cara de lo que él estaba leyendo en su
computadora.
Miró entre nosotros con las cejas levantadas. —Veo que se han
conocido.
—¿Conocido? —repitió Isobel como si fuera una especie de acto
sacrílego.
—Sí —murmuré, cruzando mis brazos sobre mi pecho también,
imitándola—. Shaw Hollander. Es un placer conocerte. —Entonces casi
me enojé conmigo mismo cuando me di cuenta de cuán irrespetuoso fui
con la hija del señor Nash. Justo enfrente de él.
Maldición, iba a echarme de su propiedad en unos cinco segundos,
¿no?
Sin demasiado interés en mi saludo, Isobel entrecerró los ojos en
mi dirección antes de girar hacia su padre. —¿Quién es él?
En lugar de enfadarse conmigo, el señor Nash parecía entretenido.
Sus ojos se arrugaron y saltaron de alegría mientras que sus labios se
apretaban, tratando de esconder una sonrisa, lo que me hizo pensar…
Mierda santa, tal vez no iba a despedirme después de todo.
—Te lo dijo, cariño. Su nombre es Shaw Hollander. Lo contraté esta
mañana para que sea nuestro nuevo encargado de mantenimiento.
—¿Encargado de mantenimiento? —Miró fijamente a su papá como
si se hubiera vuelto loco. Sacudió la cabeza—. ¿Por qué? No necesitamos
una sabandija malhumorada e inepta —y sí, apuntó con la mano en mi
dirección cuando dijo sabandija—, que destroce las cosas cuando
podemos contratar a un profesional siempre que lo necesitamos.
Cuando el señor Nash abrió la boca, esperé que para ponerse de
mi lado, ella se apresuró a añadir—: Y además, ¿cuándo un encargado
de mantenimiento arranca rosas de mi jardín?
Su padre hizo una pausa para mirarme de soslayo. Me ruboricé,
incapaz de mentir y afirmar que no estuve a medio segundo de arrancar
una flor para mi mamá. Él parpadeó y volvió a mirar a su hija. —El hecho
es que quiero un encargado de mantenimiento, así que se quedará. Y solo
le sugerí que ayudara con tus rosas como una forma de libertarte de todo
el trabajo que pones en ellas. Te esclavizas hora tras hora todos los días,
querida. Pensé que te gustaría un descanso en algún mom...
—¡Pues no lo quiero! No quiero que nadie más ande dando vueltas
en mi jardín. Menos él.
¿Qué se supone que significa eso? ¿Menos yo? No había hecho nada
malo, excepto tratar de robar una sola rosa que estaba seguro de que ni
siquiera notaría, y apuesto a que cualquiera habría hecho eso. No tenía
que hacerme sentir como alguien despreciable y sin valor.
La fulminé con la mirada, inventando mentalmente media docena
de devoluciones repugnantes, como disculpas sarcásticas por ser
demasiado bajo para los altos estándares de su jardín de rosas, pero
mantuve la boca cerrada.
—Mantenlo lejos de allí —gruñó y se alejó con furia de la oficina.
Bien. Adiós a ti también, princesa.
Dios, qué perra.
Excepto que me sentía mal por pensar eso tan pronto como entró
en mi cerebro. No sabía nada de ella ni de cómo había sido su vida.
Apenas podía imaginar el dolor y el sufrimiento por el que pasó para
recibir esas cicatrices. Y el hijo de la cocinera la trató de monstruo. ¿Qué
pasaría si él le hubiera dicho así en su cara u otras personas? Tal vez
tenía una buena razón para atacar primero. Tal vez ella era la que solía
ser atacada. Su humor gritaba ser un mecanismo de defensa. Me hizo
sentir incluso más culpable por etiquetarla como una perra cuando,
probablemente, ella se puso en modo de auto-protección.
—Parecía muy apasionada contigo, ¿verdad? —murmuró Nash,
casi más para sí mismo que para mí. Y lo más sorprendente, era que
parecía complacido por la aversión “apasionada” de Isobel hacia mí, como
si algo estuviera funcionando exactamente de acuerdo a su plan.
Hizo que mis sospechas se elevaran. Lo miré con ojos
entrecerrados. —Usted sabía que ella no me querría en su jardín.
El señor Nash me miró antes de sonreír. —Por supuesto.
Sacudiendo la cabeza, tuve que preguntar—: ¿Entonces por qué me
envió allí?
Con un suspiro, el anciano se reclinó, más profundamente en su
silla, como si su explicación fuera demasiado larga y complicada para
responder sentado erguido. Pero todo lo que dijo fue—: Porque sabía que
ustedes dos se encontrarían si entrabas.
¿Qué? —No entiendo.
Asintió como si simpatizara con mi confusión. —Ya sabes, en la
época de la regencia, las solteras y las viudas ricas pagaban a mujeres
jóvenes y agradables para que vinieran a sentarse con ellas y sean sus
compañeras.
Bueno. Eso explicó... bueno, nada.
—Pero si se intenta algo así en estos días —añadió con un tono
irritado—, es bárbaro y te acusan de comprar amigos.
Cuando entrecerré los ojos, muy perdido, Henry soltó un pequeño
gruñido. —Mi Izzy no ha salido de la propiedad a excepción de las citas
médicas y alguna rara ocasión especial en ocho años. Ocho años. Se ha
convertido en una ermitaña por esas malditas cicatrices, y lo odio. No es
manera de vivir. Dice que no está sola, pero conozco a mi hija. Y está
sola. He intentado traer a mujeres de su edad para que le hagan
compañía, pero ella...
Sacudió la cabeza, viéndose vagamente avergonzado.
Mi propósito aquí por fin comenzó a hacerse evidente. Pero parecía
absurdo, así que meneé la cabeza, incluso cuando le dije—: Señor, si me
trajo aquí para ser amigo de su hija, ¿por qué no lo dijo desde el principio?
¿Y por qué parecía tan contento de que mi primer encuentro con
ella hubiera terminado desastrosamente? Causé lo opuesto a hacer
amistad.
—Porque no estás aquí para eso —respondió, sin contestar nada—
. Izzy tenía razón. Un compañero pagado no le aseguraría una amistad
genuina. Y eso es lo que necesita, a alguien que le guste. Si tuviera algo
menos, solo haría que se sintiera más hueca. Así que no quiero que seas
su amigo.
Maldita sea, volvía a estar confundido. —¿No quiere?
—Por supuesto que no. No soy estúpido. Por mucho que lo desee,
un padre no puede obligar a nadie a amar a su hijo, ni siquiera agradarle.
—Su expresión adquirió un desaliento melancólico—. Pero puedo darle...
No sé, entretenimiento, tal vez. Lo que me hizo pensar que tal vez
podrías...
Negué, no muy seguro de lo que yo podía hacer para entretener a
Isobel Nash. —¿Cree que podría hacer qué?
Sus hombros se desplomaron. —No estoy muy seguro, solo...
rompe la monotonía de su día. Dale contacto con alguien que no sea de
la familia. Interrumpe su rutina, moléstala, hazla enojar, hazla sonreír,
hazla reír, hazla gritar, no me importa, solo... solo hazla sentir de nuevo.
Quítale su soledad y sé sincero. —Después de una pausa para pensar,
levantó un dedo—. Lo único que te prohíbo es herirla. Si le haces daño,
te irás. Sin excepciones.
Asentí. De ninguna manera haría algo para herir a la hija de Henry
Nash. Pero todavía trataba de averiguar qué era exactamente lo que se
suponía que debía hacer para “entretenerla”.
—Si no hay más... —Henry alcanzó la taza de café en su escritorio
para tomar un sorbo largo. Luego se ruborizó y se encogió de hombros
con tristeza—. Bueno, eres un chico guapo. Tal vez disfrute viéndote
trabajar. Ya ha mostrado lo buena que encuentra tu apariencia.
Mi boca se abrió, estúpidamente, sin recordar ese momento para
nada. —¿Ah sí?
Sonrió. —Por supuesto. Cuando ella dijo “menos él”, de la manera
en que lo hizo, se delató. Tu belleza la hizo sentirse insegura.
Sacudí la cabeza, ya que no deduje eso de su comentario. Mirando
a su padre como si hubiera perdido la cordura, murmuré—: No estoy tan
seguro de que eso sea lo que quiso decir.
—Pero lo fue —argumentó alegremente—. Conozco a mi Izzy, y la
intimidaste. —Empecé a sacudir la cabeza otra vez, pero él me señaló―.
Lo hiciste. Eres una persona guapa que no parecía molesta por sus
cicatrices.
—No me molestó —aseguré.
—Exactamente. Y por eso te necesito. Eres justo lo que quiero para
forzarla a salir de su zona de confort. Ya que sus cicatrices no te afectan
negativamente, sé que no la harás sentir como un monstruo, sin
embargo, no vas a retroceder ante cualquier desafío que te lance y ella
seguirá volviendo por más porque se siente atraída por ti.
Empezando quizás a creer su afirmación de que Isobel pensaba que
me veía bien, una oleada de endorfinas tomó el control, chirriando a
través de mi torrente sanguíneo y de repente me hizo sentir muy vivo.
Recordé lo mucho que se acercó en el jardín de rosas y lo bien que olía.
El impulso de besar aquella descarada boca roja para cerrarla
correctamente había sido fuerte. Estaba comenzando a excitarme otra
vez.
De hecho…
Hice una pausa, dándome cuenta de lo que significaba todo
aquello. Por Dios, me contrataron para que sea un objeto bonito para una
mutilada solitaria.
Me aclaré la garganta, sin saber qué hacer con eso. Por otra parte,
vine aquí antes, preocupándome de que el señor Nash quisiera hacerme
su esclavo sexual, así que técnicamente esto era mucho más que un
alivio. Muchísimo más, ya que en realidad me atraía Isobel y no me pedía
que hiciera nada sexual. Pero entonces... esa parte también me hizo
sentir más incómodo. ¿Qué pasaría si cruzaba una línea que sabía que
no debería? Nada en la actitud del señor Nash sugirió que él quisiera que
yo intentara algo con ella. Pero sería demasiado fácil coquetear ahora que
sabía que mi propósito era prestarle atención.
Pero no, no iba a pensar en eso. La seguridad de mi madre dependía
de esto, así que me comportaría bien.
Lo haría.
—Bien, así que… ¿cómo quiere que haga esto, exactamente?
El señor Nash se encogió de hombros otra vez, sin ayuda alguna.
―Te contratamos como encargado de mantenimiento, así que haz algo...
útil.
Algo útil. Guau, eso era específico. Al ver la expresión en mi rostro,
Henry exhaló con impaciencia. —Estoy seguro de que puedes encontrar
algo para limpiar o arreglar en este lugar viejo.
¿Viejo? ¿Le decía vieja a esta inmaculada pieza de arquitectura de
vanguardia?
Vine de un mundo totalmente diferente al de este tipo.
Él movió una mano como si fuera a espantarme. —Solo ve donde
está Izzy y empieza a arreglar algo o limpia... u organiza lo que haya a su
alrededor.
Mi boca se abrió. No planeaba ser más útil que eso, ¿verdad?
—¿Cómo sé dónde va a estar?
Este lugar era enorme y aparentemente Izzy me había exiliado de
su precioso jardín de rosas.
—Ah, esa es la parte fácil. —El señor Nash parecía entretenido para
informarme—: Mi niña es religiosamente predecible. Si no se encuentra
en su jardín, estará leyendo en la biblioteca, en el teatro mirando una
película o en la cocina.
Traducido por Lvic15
Corregido por Ailed

Así que ahí me encontraba yo, perdido en una mansión a la que no


pertenecía para nada.
Me preguntaba si todos los millonarios —¿o acaso Henry Nash era
multimillonario?— dejaban que muchachos desconocidos y sin dinero
deambulasen por sus casas sin escolta. Sería demasiado fácil para mí
robar alguno y revenderlo. Es decir, un solo cuadro, o un reloj, o una
estatua podrían tener el valor del alquiler o los comestibles durante
meses.
No era que fuera a hacer eso, pero me preguntaba cuánto debía
costar todo lo que veía. Era una locura la cantidad de basura innecesaria
que coleccionaba la gente rica. Aun así, el lugar todavía se veía muy
desnudo, todo lo contrario de mi pequeño apartamento donde se hallaba
amontonada toda la mierda de panadería de mamá en cada rincón y
grieta donde cupieran.
Tal vez por eso Isobel se sentía tan sola. Había demasiado espacio
vacío aquí. Cada paso hacía eco, y los ecos parecían cosas tan solitarias.
El pasillo en sí debía casi tocar al ritmo de la reclusión justo a través de
su pecho cada vez que caminaba por él.
No es que ese desorden llenara la soledad, por sí misma. A veces
me subía a mi sofá cama por la noche, sintiendo que nadie en el mundo
podría jamás llegar a mí, o a entenderme. Lo cual debía significar que mi
teoría sobre las grandes casas atrayendo la soledad no era correcta. Rico
o pobre, lleno o espacioso, todos nos encontrábamos en peligro de caer
en el aislamiento.
Pero en serio, ¿dónde se hallaba todo el mundo? Isobel huyó a
quién sabe dónde, el hijo espeluznante de la cocinera desapareció por el
patio exterior, y Constance, la ama de llaves, se fue sin dejar rastro.
Incluso si pudiera encontrar su oficina de nuevo, me negaba a volver
donde el señor Nash y preguntarle dónde estaba la biblioteca, la cocina o
el teatro, Dios, ¿en serio? ¿Tenían un teatro? Ya le interrumpí lo suficiente.
No quería correr el riesgo de terminar por molestarlo de nuevo.
Así que continué deambulando por los largos pasillos que hacían
eco y en las habitaciones, llenando mis tripas con celosa injusticia.
No era justo que algunas personas tuvieran tanto, mientras que
otros…
Una conversación silenciada hizo eco en la siguiente habitación
donde entré. Hice una pausa, inclinando mi cabeza para determinar su
origen. Cuando decidí que era justo al frente, apresuré mi paso.
—…es solo un comentario. El tipo es absolutamente magnífico —le
decía Constance a una mujer mientras yo entraba en lo que era: ¡Sí!, la
cocina, una de tamaño industrial con una ridícula cantidad de armarios
y espacio en la encimera, pero aun así, una cocina. La otra mujer revolvía
algo en una de las tres cocinas mientras que el chico espeluznante de
fuera se encontraba sentado a la mesa, viendo un video en un iPad, era
probable que un documental sobre los dispositivos de tortura sangrientos
que se han inventado.
—Un diez de diez en la escala de sensualidad —despotricó—. Se
parece a Robbie Amell, no es broma. De ninguna manera el señor Nash
empleó de repente a un Don nadie de ninguna parte por sus capacidades
de mantenimiento. Creo que lo han traído aquí para…
Antes de que Constance pueda terminar su suposición, la cocinera
se giró de espaldas a la estufa, solo para verme en la puerta. Ella jadeó,
cortando cualquier motivo que su compañera tuviera para mi presencia.
Mientras la cocinera ponía sus manos en las mejillas, Constance
se dio la vuelta, con los ojos grandes por la culpa. —Oh Dios.
Le di un saludo incómodo, deseando poder retirarme de esta sala y
huir, pero necesitaba su ayuda para navegar por esta maldita casa.
Haciendo una mueca, dije—: Lo siento. No quería interrumpir. Solo
trataba de conocer el lugar. Y... esto debe ser la cocina —añadí sin
convicción mientras extendía mis brazos para abarcar la habitación a mi
alrededor.
—Oye, saliste vivo del jardín de rosas —proclamó el niño rarito
mientras levantaba su cara de la serie que estaba viendo. Sonrió, dejando
al descubierto un hueco en sus dientes superiores.
—Kit, ¿ya has conocido a este hombre? —preguntó la cocinera,
sobresaltada.
—Nos encontramos fuera —respondí por el niño—. Me mostró cómo
llegar al invernadero.
—Este es el señor Hollander —dijo Constance a la cocinera, cuya
boca se abrió.
Le di otro saludo. —O puede simplemente llamarme Shaw.
—Esta es la señora Pan, la cocinera —presentó Constance, y
haciendo un gesto hacia el chico, dijo—: Y su hijo, Kit.
Les sonreí a ambos. —Encantado de conocerlos.
La cocinera y su hijo me miraron como si fuera un ser extraño que
hubiera caído a través del techo.
Aclarándome la garganta, me moví un paso en sentido inverso. —
Así que, eh, me preguntaba si alguien sabía cómo llegar a la biblioteca.
—Sí, por supuesto. —Constance se movió hacia adelante—. Te lo
mostraré. —Se precipitó por delante de mí, con el rostro ruborizado.
Me despedí de la señora Pan y Kit antes de apresurarme tras la
ama de llaves. —He oído que hay un teatro por aquí —añadí,
deslizándome a su lado.
Asintió. —En la segunda planta, seguro.
Imitando su seria inclinación de cabeza, moví la mía propia. La
segunda planta. Era bueno saberlo. —¿Así que soy el primer hombre de
mantenimiento que el señor Nash ha contratado?
Constance comenzó a toser y su cara se volvió púrpura. No estaba
seguro de si se sentía avergonzada por haber sido sorprendida hablando
de mí, o si se estaba ahogando con algo en verdad. Parecía muy real.
Empecé a entrar un poco en pánico. —¿Se encuentra bien?
Su cabeza se sacudió de arriba abajo. —Sí. Vale. Uh, lo siento, ahí...
ahí está la biblioteca, justo allí, en línea recta por ese pasillo. —Señaló,
ya alejándose de mí. Y luego se giró y corrió en la dirección opuesta.
—Vale. Gracias —grité. Suspiré y enfrenté el final del pasillo.
Supuse que estaba solo a partir de aquí.
Un conjunto adornado de puertas dobles, una abierta, se hallaba
delante de mí, casi invitándome a que me acercara más, mientras que al
mismo tiempo me advertía que me alejara. Me acerqué, pero con cada
paso, estos se hacían más lentos hasta que era prácticamente un
perezoso para cuando llegué a la entrada de la biblioteca.
Conteniendo la respiración, me asomé dentro.
Y allí estaba ella: Isobel Nash, el monstruo de Kit entre las rosas.
La miré desde la puerta, recostada en un sofá, con sus pies con
calcetines levantados en un extremo, con sus piernas cruzadas por los
tobillos y su cabeza apoyada en el brazo opuesto mientras leía desde un
lector electrónico.
Me preguntaba si era posible que alguien te irritase tanto como te
intrigaba porque eso es exactamente lo que me causaba. No me gustaba,
o al menos no me gustaba alguien tan irritable y degradante, pero como
que ansiaba más encuentros con ella. Existía un estimulante adictivo
sobre su presencia. Tal vez eso me hacía loco. Nunca antes había pensado
que era masoquista, pero discutir con ella fue eléctrico. Era una oponente
digna.
Por otra parte, cuando no era consciente que alguien la miraba, no
parecía una mujer tan dura y descorazonada, y todavía sentía la
atracción. Quería acercarme, quitar sus capas y aprender más sobre ella,
ver qué la convirtió en lo que es. Así que tal vez no era solo su lado
antagónico lo que me atraía. Tal vez era solo ella.
Recordé que su padre me contó que se había vuelto muy aislada,
pero no parecía sola o triste en este momento. Parecía bastante cómoda
y contenta de enterrarse en su historia. En realidad, la envidaba y podía
imaginarme estirándome a su lado o acurrucándome a su alrededor para
leer las palabras en su pantalla sobre su hombro. Pasar mis días
acostado en el sofá y leyendo, sería mi sueño hecho realidad; sobre todo
con alguien que olía a rosas acurrucada en un sofá conmigo.
No es que debiera dejar que mi mente vagase en ese territorio. Se
suponía que debía hablar con ella, solo hablar. Ocuparle la mente, no el
cuerpo.
Ah, pero ese cuerpo…
Tranquilo, chico.
Volviendo a la fuerza a la tarea en cuestión, miré alrededor de la
sala y decidí que también me convertiría en ermitaño si tuviera esto en
mi casa, porque por fin, hallé una habitación que no se veía desnuda.
Las estanterías se hallaban repletas de libros, rebosadas. Muchos
estaban apilados en el suelo sin ningún otro lugar a donde ir. El lugar
era oscuro; las dos ventanas que iban del suelo al techo no dejaban entrar
mucha luz. Y las paredes oscuras con una cantidad limitada de lámparas
colgantes no iluminaban las cosas. Si esta fuera mi biblioteca, aclararía
el color de las paredes, instalaría algunas lámparas más y luego
construiría más estantes para todos los libros.
Pero, primero, limpiaría las ventanas sucias.
Era extraño; Porter Hall tenía un ama de casa, pero las ventanas
todavía parecían sin lavar. Tal vez Constance estaba demasiado ocupada
con los chismes como para acabar un buen día de trabajo, o tal vez este
lugar era tan grande que era imposible mantenerlo impecable. O tal vez
debería dejar de asumir tonterías, meterme en mis propios asuntos, y
ponerme a trabajar.
Eso fue lo que hice. Retrocedí de la habitación antes de que Isobel
pudiera bajar su lector electrónico y darse cuenta de mi espionaje, y di
unas pocas vueltas más, abriendo puertas raras hasta que encontré un
armario de suministros, que tenía un balde, una esponja y un limpiador
para todos los usos domésticos, además de una escalera de mano.
Me bastaba.
Cuando volví a la habitación, con los suministros, no hice ningún
sonido, solo pasé al lado del dragón descansando, eh, de Isobel, como si
tuviera todo el derecho a estar allí. Al mismo tiempo, mi corazón latía con
tanta fuerza que me sorprendió que no escuchase el caótico pum-pum,
tan pronto como pasé por su lado.
Llegué a la ventana sin ser asado a muerte por el fuego del dragón.
Entonces dejé el cubo de espuma caliente y abrí la escalera. No me tomó
mucho tiempo darme cuenta de que la escalera no sería lo
suficientemente alta como para ayudarme a alcanzar la cima de la
ventana —Dios, el techo de esta habitación era anormalmente alto para
una habitación de un piso—, pero sería un comienzo. Subí al peldaño
superior, cubo en mano, y saqué la esponja empapada antes de pasarla
a través del cristal.
En este punto, era imposible que no me hubiera visto en el salón
con ella, pero aún no me dijo nada, así que me imaginé que había
decidido ignorarme,
Imaginé mal.
—¿Qué crees que haces? —gritó de repente, casi haciendo que me
cayera de mi posición en la escalera debido al salto que me causó.
Pero, maldita sea, qué manera de matar a un chico: aguardar hasta
que no espera que hables, y luego apartarle de su trabajo con demandas
altivas.
Maldiciendo en voz baja, me tranquilicé y luego sumergí la esponja
de nuevo en la espuma. —Estoy lavando las ventanas —respondí antes
de finalmente mirarla por encima de mi hombro—. Lo siento, ¿te molesté?
La pregunta fue tan inocente y agradable que era difícil saber si
ella sabía que yo no lo sentía en absoluto.
Parpadeó sin comprender antes de dejar su lector electrónico y
levantarse del sofá. —Así no es cómo se lava una ventana. Así es como se
lava un coche.
Levanté mis cejas antes de mirar la ventana donde el agua jabonosa
corría por el cristal de la ventana en pequeños ríos. —¿Hay una
diferencia?
Resoplando, negó. —Dios mío. ¿Nunca has lavado una ventana?
Encogiéndome de hombros, admití—: Ahora que lo mencionas, no,
no creo que lo haya hecho. A menos que cuente una ventana de coche.
—A pesar de que dije las palabras gratamente, el reto en mi mirada hizo
que sus ojos se estrechasen cuando añadí—: ¿Has lavado tú una
ventana?
Sus ojos se estrecharon. —Ven conmigo. Y trae este... sin sentido.
No tenía ni idea de lo que tenía en mente para mí, pero mi función
principal era permanecer en su presencia, por lo que diligentemente bajé
de la escalera y la replegué antes de metérmela bajo el brazo, luego
levanté el cubo de jabón. Cuando la miré, listo para ir a donde quisiera,
parpadeó como si no se hubiera esperado que siguiera sus órdenes tan
fácilmente.
Para mostrarle que no me había convertido en el manso y obediente
servidor que ella sospechaba, le di una media reverencia burlona y sonreí.
—Como desees.
Resoplando, irritada, se dio la vuelta y salió de la habitación. La
seguí, emocionándome por enfadarla. Fui detrás pero dejando una cierta
distancia, por lo que ella se paró una vez y se giró, esperando a que la
alcanzara. Fulminó con su mirada mi andar cuando me negué a darme
prisa, pero le respondí con una sonrisa radiante, que solo pareció ponerla
en un estado de ánimo peor, mejorando el mío.
Dios, esto era muy divertido.
No tenía ni idea de por qué era tan vigorizante irritarla, pero lo era.
Apuesto a que no pasaba a menudo que la princesa mimada se
encontraba con alguien que no se desvivía tratando de complacerla. Su
indignación sorpresiva respecto a mi actitud indiferente era como una
victoria pequeña y personal.
Volvimos al armario de suministros, donde me hizo dejar el cubo y
la esponja. Luego me dio una botella de limpiacristales y un rollo de
toallas de papel, además de una escobilla de goma, murmurando—: Aquí
tienes. Usa esto. Y esa escalera también. —Señaló a otra pared, lo que
finalmente llevó mi atención a otra escalera grande que no había notado
antes.
—Ah —arrullé con admiración—. Mucho mejor. Gracias. —Le envié
una verdadera sonrisa de gratitud antes de comprender lo que hice.
Pero la sonrisa honesta pareció enojarla igual de bien, así que no
me podía arrepentir.
Regresé a la biblioteca, con los nuevos suministros en mano, y esta
vez iba adelante. Sabía que ella tenía que estar siguiéndome, sin
embargo, aunque no fuera por otra razón que para asegurarse de que no
metía la pata otra vez.
—Empieza arriba y ve hacia abajo —instruyó tan pronto como abrí
la escalera.
Casi me reí. Sí, no fue capaz de evitar darme órdenes.
—Lo que tú digas, princesa —contesté, subiendo los peldaños.
El gruñido que soltó detrás de mí, hizo que mi corazón se hinchase
con la conquista. —Mi nombre es Isobel.
—Ah, ¿sí? —Capaz de llegar a la parte superior de la ventana, rocié
el líquido y después limpié suavemente. Un sonido chirriante atravesó el
vidrio, avisándome que hacía bien mi trabajo. Absolutamente limpio—.
Tu padre te dijo Izzy.
—Bueno, no eres mi padre.
Casi me reí; Gracias a Dios. Lo consideraría un fracaso personal si
acababa con una hija tan estirada y grosera como ella. Pero lo que dije
fue: —Cierto. —De todos modos, me gustaba más como sonaba Isobel en
mi cabeza.
No debí cometer más errores de limpieza debido a que la reina de
la crítica permaneció en silencio. Contento por fin de estar haciendo bien
mi trabajo y cumplir con los altos estándares de la policía de la limpieza
de ventanas detrás de mí, me lancé a mi tarea hasta que el sudor caía
por mi frente y, más aún, por el centro de mi espalda.
Justo cuando pensé que se sentiría mucho más fresco si me
quitaba mi camiseta, me di cuenta que, probablemente debería
quitármela.
Después de todo, el señor Nash me contrató para que fuese un
objeto, ¿no? Tal vez debería ganarme el sustento. Además, la luz del sol
que entraba por el cristal se estaba volviendo más cálida.
Pero, sobre todo, si era sincero conmigo mismo, me daba
curiosidad lo que haría Isobel. ¿Se iba a poner tensa y remilgada, y
exigiría que me pusiera mi ropa de nuevo? ¿Iba a comerse con los ojos
los músculos de mi espalda y culo en silencio? ¿Le gustaría lo que vería?
Una oleada de expectación fluyó a través de mí, y antes de que
pudiera preguntármelo, me quité la camisa por encima de mi cabeza, y
me la guardé en el bolsillo de atrás.
No dijo nada. Contuve la respiración, ansioso por saber si su
silencio significaba algo bueno o malo. Una cosa era cierta: este suspenso
me estaba matando.
Incapaz de evitarlo, miré hacia atrás mientras bajaba un escalón.
Pero nunca obtuve mi respuesta en cuanto a lo que pensaba Isobel
sobre mi torso desnudo. Ella ya no se encontraba en la biblioteca.
Traducido por Genevieve & Mely08610
Corregido por Anna Karol

No vi a Isobel de nuevo el resto de la mañana. No estaba en el


teatro, el que encontré después de lavar las ventanas de la biblioteca, y
no la vi a través de las puertas francesas que daban a su jardín.
Deambulé a la cocina justo a tiempo para el almuerzo, pero ni ella ni el
señor Nash se aparecieron para comer.
Me senté con Constance, la señora Pan y Kit, preguntando—:
¿Dónde comen los Nash?
—El señor Nash ya ha llevado una bandeja a su oficina —respondió
la cocinera.
Asentí y esperé oír lo que hizo o haría el resto de la familia, pero
nadie volvió a hablar.
Justo cuando empecé a sentirme incómodo por el silencio brutal y
mordí un rollo casero para combatir la sensación, Constance dijo—:
Antes noté que limpiabas las ventanas de la biblioteca.
Levanté las cejas y mastiqué antes de limpiarme la boca. Los rollos
de la señora Pan eran buenos, casi tanto como los de mamá. Entonces
respondí—: Sí. ¿Eso está bien? No le robé su trabajo, ¿verdad?
—Oh, no. —Movió una mano, absolviéndome de la culpa—. Para
nada. No suelo molestar los espacios de la señorita Nash, y además... —
Se ruborizó antes de admitir—: Tengo un poco de miedo a las alturas.
Las ventanas de allí son demasiado altas para mi gusto.
Asentí, aliviado de no haberme entrometido con alguien... excepto
quizá con Isobel, pero me encontraba aquí para eso, así que tendría que
lidiar con ello.
—En realidad, me preguntaba... —empezó Constance antes de que
discretamente se aclarara la garganta—. Ya que parecías cómodo en una
escalera, ¿estarías dispuesto a cambiar unas bombillas en la lámpara del
vestíbulo? Normalmente le digo a Lewis, pero si estás dispuesto...
Después de la renuencia del señor Nash de asignarme cualquier
tarea específica, me sorprendía (y agradecía) una pequeña orden. —Claro
—dije, sonriendo con agradecimiento al ama de llaves—. Estaría feliz de
hacerlo.
El rostro de Constance floreció de placer. —Estupendo. Gracias.
Asentí justo cuando Kit se metió en la conversación, observándome
atentamente. —¿Cómo escapaste al monstruo en el jardín de rosas?
—¡Kit! —regañó la señora Pan, su cara sonrojándose de
vergüenza—. Cállate. No hablamos de la señorita Nash de esa manera.
Miré entre madre e hijo, queriendo defender a Isobel, y sin embargo
deseando no molestar a mis compañeros en mi primer día de trabajo al
referirme a uno de sus hijos de una manera grosera.
Le sonreí al chico. —Resulta que no había un monstruo después
de todo. Se transformó en una princesa hermosa que me perdonó de una
muerte causada por espinas.
Las dos mujeres parecían complacidas por mi respuesta, mientras
que Kit quería saber más sobre la misteriosa princesa.
—¿Cómo se convirtió en una princesa? ¿Cómo se veía? ¿Por qué no
te mató?
Me encogí de hombros, dándole al niño una sonrisa misteriosa. —
Al parecer soy resistente a las espinas. Y puesto que, sabes, la mejor
manera de derrotar a tu enemigo es amigarte con ellos, ella decidió ser
amable conmigo.
La señora Pan bufó entretenida contra su mano, mientras que Kit
fruncía el ceño ante esa respuesta antes de exigir—: ¿Es eso cierto?
Riéndome, le desordené el pelo. —Estoy trabajando en eso, chico.
Estoy trabajando en ello.
Las dos señoras mostraron su aprobación aunque Kit parecía más
confundido. —Pero, ¿qué...? —Fue interrumpido por la puerta trasera al
abrirse.
Un pequeño anciano silbador con una barba gris recortada, un
sombrero de paja, pantalones cortos y una camisa oscura con un pañuelo
rojo atado alrededor de su garganta, entró en la cocina, frotándose las
manos manchadas con tierra. —Jesucristo, hace cada vez más calor ahí
afuera. —Se acercó al fregadero como para lavarse las manos solo para
acercarse a la olla hirviendo a fuego lento sobre la estufa—. Bueno,
señora Pan, hoy su comida huele lo suficientemente buena como para
comer.
—Mantén las patas sucias lejos de mi estofado, Lewis —le
reprendió, haciendo que el hombre apartara la mano—. Y ¿qué quieres
decir con hoy? Dices que mi cocina huele bien todos los días.
—Sí, pero... —Se giró con una sonrisa traviesa, como si estuviera a
punto de decir algo más para que la cocinera frunciera el ceño. Tuve la
sensación de que se divertía tanto como yo irritando a Isobel. Pero luego
me vio y todas las bromas huyeron de su expresión—. Bueno... —susurró
con intriga—. ¿A quién tenemos aquí?
—Este es Shaw Hollander —me presentó Constance—. Es el nuevo
manitas que el señor Nash contrató esta mañana.
Dos cejas grises y peludas se elevaron. —¿Manitas, dices? Hmm.
—Su mirada vagó sobre mi cuerpo antes de quedarse en mis bíceps—. Se
ve bastante fuerte —decidió antes de dirigirse a mí directamente—:
¿Cuánto peso crees poder cargar, chico?
Parpadeé. —¿Disculpe?
—Oye, no soy tan rápido como antes —se defendió como si
estuviera siendo confrontado—. Este cuerpo viejo no puede llevar bolsas
de tierra de veinte kilos como antes. Y dijeron que eres un manitas,
¿puedes ayudarme con algo de trabajo pesado o no?
—Yo... —Mirando a las otras dos empleadas de Henry Nash, traté
de encontrar la respuesta apropiada. Se suponía que debía estar aquí
para conectar con Isobel, pero Constance y ahora Lewis parecían
necesitar mi ayuda, y ya había dicho aceptado el pedido de la ama de
llaves, así que sintiéndome como si no pudiera negarme, y no queriendo
decepcionar al anciano, me encogí de hombros—. Por supuesto. Cuando
me necesite.
Lewis asintió con satisfacción y empezó a lavarse las manos antes
de almorzar. Mientras tanto, la señora Pan trató de convencer a Kit de
que comiera más. —No puedes sobrevivir de rollos, cariño. Prueba tres
bocados más del estofado y asegúrate de que haya algo de zanahoria y
carne en cada cucharada.
Cuando Kit gimió pero cumplió con los deseos de su madre, miré a
los tres empleados que me rodeaban: Constance, la ama de llaves; Lewis,
el jardinero; y la señora Pan, la cocinera.
—¿Hay más empleados aquí? —pregunté, cada vez más curioso
sobre la dinámica de la casa. También quería saber cuándo y dónde
comían los Nass, y dónde se escondían la esposa y el hijo de Henry. No
había visto a ninguno de ellos durante todo el día.
Pero una cosa a la vez. Así que empecé con preguntas sobre el
personal.
—Solo somos nosotros tres —dijo la señora Pan alegremente antes
de añadir—: Y ahora tú, por supuesto.
Dio a entender que los cuatro constituíamos un personal mínimo
mientras que yo todavía trataba de entender el hecho de que cualquiera
pudiera necesitar tantos empleados a tiempo completo para cuidar de su
casa.
—Oh, y la señora Givens aparece cada dos semanas para revisar el
lugar —añadió Constance—. Es la ayudante personal del señor Nash, en
general trabaja desde su oficina en la ciudad, pero desde que su esposa
murió, La señora Givens toma las decisiones principales del hogar.
No sabía muy bien por qué escuchar que el señor Nash es viudo,
me quitó el aliento, pero entender que Isobel perdió a su madre además
de recibir esas cicatrices me golpeó como una bala. Parpadeé. —¿La
esposa del señor Nash murió? —Pensé en los retratos en su oficina de la
mujer rubia con dos niños de cabello oscuro.
—En un incendio —se apresuró a decir Kit.
—¿Incendió? —repetí al mismo tiempo que su madre negaba, con
una expresión de dolor.
Pero Kit no fue tan fácilmente silenciado. Con los ojos vivos de
ansiedad, exclamó—: El incendio que destruyó la primera casa. Pero la
reconstruyeron, incluso más grande y mejor. Yo era solo un bebé en casa
con mamá cuando sucedió, pero mi papá estaba aquí. En aquel entonces,
era el jardinero y trató de salvar a la señora Nash. —Su mirada se dirigió
a su madre antes de que terminara—: Excepto que terminó muriendo con
ella.
La señora Pan hizo un sonido ahogado y presionó una servilleta en
su boca.
—Bueno, ya basta hablar de eso —dijo Lewis suavemente, pero con
firmeza, poniendo una mano en el hombro del niño—. Haces que tu
madre se ponga triste.
Parpadeando sin pensarlo, Kit dijo—: Pero fue hace años.
Hace unos ocho años si tuviera que adivinar. El señor Nash dijo
que Isobel se aisló durante ocho años y el incendio en el que su madre
murió debió dejarle esas cicatrices. Además, Kit no parecía tener más de
ocho años, y si era un bebé en ese momento, bueno... todo tenía sentido.
Me invadió la simpatía. Debió ser difícil recuperarse de una herida
de esa magnitud, pero perder a un padre allí... Sacudí la cabeza, incapaz
de siquiera imaginar lo que debió pasar, cuando recordé al chico de
cabeza oscura en las fotos con la familia Nash. Oh, diablos, tal vez
también había perdido a su hermano.
—¿Qué pasó con el hijo del señor Nash? —pregunté, preocupado
por que haya fallecido también. ¿Exactamente cuánta tristeza aplastante
cayó sobre los hombros de Isobel a la vez?
Los tres adultos me miraron como si acabara de hacer la pregunta
más extraña que hubieran oído. Por último, Constance dijo—: ¿Ezra?
¿Qué pasa con él?
—¿Él no…? —Me ruboricé, dándome cuenta de que esta era una
pregunta incómoda—. En el incendio, quiero decir.
—¡Oh! No. —La señora Pan se apresuró a tranquilizarme—. No,
Ezra ya iba a la universidad. Continúa sano y vivo, viviendo a pocos
kilómetros de aquí en su propia casa.
Asentí, sintiéndome repentinamente tonto por preocuparme por él,
un completo desconocido. Pero la idea de que Isobel perdiera tanto a una
madre como a un hermano al mismo tiempo era más de lo que podía
soportar.
—El señor Nash se ausentó en un viaje de negocios ese fin de
semana —añadió la señora Pan, sin mencionar dónde se encontraba
Isobel.
Aunque ya sabía la respuesta, tenía que confirmarlo. —¿Y así fue
como su hija, Isobel se... es decir, así es como se convirtió...? —Me aclaré
la garganta, tratando de pensar en la forma más sensible de preguntarle,
cuando una voz detrás de mí habló.
—Sí, señor Hollander. Así es como me convertí en el monstruo que
soy actualmente.
Mi estómago cayó ante el sonido de su voz antes de retorcerme en
mi silla para encontrar a Isobel de pie en la entrada de la cocina, sus
manos empuñadas a los costados y ojos azules cubiertos con desdén
helado.
Antes, llevaba el pelo en una cola de caballo, revelando toda su
cara, pero ahora lo tenía suelto, una mitad cubría el lado mutilado,
mientras que la otra, se ocultaba detrás de la oreja para mostrar su lado
ileso. Me llenó de pesar un momento, esperando que no sintiera la
necesidad de esconder sus cicatrices debido a mí.
Frente a mí, Kit se quedó boquiabierto y se zambulló bajo la mesa
para esconderse mientras los otros tres adultos se congelaron con culpa,
como si pensaran haber sido atrapados haciendo algo malo.
Sonrojándome debido a que sus ojos estrechados me hicieron
pensar que me expresé mal, tartamudeé—: Yo... yo... —Apretando los
dientes por semejantes tonterías, fruncí el ceño a Isobel y murmuré con
humildad—: Tenía curiosidad. —¿Fue incorrecto preguntar tan simple
cosa? Entonces, porque continuaba mirándome fijamente y haciéndome
sentirme como una mierda por abrir la boca en absoluto, siseé—: Es
inteligente interesarse sobre el hogar para el que uno trabaja.
Sí. Eso sonó bien. Si se suponía que debía hacer un trabajo decente
aquí, necesitaba información.
Pero la mirada de Isobel se convirtió en dos finas rendijas de rabia.
—Ten por seguro que mi vida personal nunca será de tu incumbencia. Y
si no puedes controlar tu curiosidad, entonces pregúntame directamente
en lugar de chismear sobre mí a mis espaldas.
Ni siquiera hablaba de ella, pero me sentí avergonzado como si lo
hubiera hecho. Y me enojó la forma en que tan fácilmente me
avergonzaba. Así que me burlé: —Bien. Lo haré. Pregunta número uno:
¿siempre fuiste amargada y grosera, o el accidente te dejó marcada esa
mala actitud?
Solo quería preguntarle algo, cualquier cosa, para mostrarle que
no tenía miedo de enfrentarla, pero tan pronto como la pregunta salió de
mi boca, supe que estuvo mal. Muy mal.
Un silencio muerto llenó la cocina. La señora Pan, Constance y
Lewis nos miraban con la boca abierta antes de que la cocinera se
levantara.
—¿Puedo traerle un plato de estofado, señorita Nash? —preguntó
apresurándose a la estufa.
Pero Isobel agitó la mano. —No, gracias, señora Pan. —Su mirada
se desvió hacia mí antes de añadir—: He perdido el apetito.
Tan repentinamente como apareció en la cocina, se fue.
Mis hombros se desplomaron y pasé una mano por mi cabello. —
Soy un completo imbécil, ¿no?
Lewis ahogó un sonido antes de admitir—: Bueno, nunca he visto
a nadie reaccionar ante ella como lo hiciste, eso es seguro.
—¿Se fue? —preguntó una vocecita ahogada bajo la mesa.
—Sí, querido —dijo la señora Pan con suavidad—. Se ha ido. Ya
puedes salir.
Nadie lo regañó por tratar a Isobel como un monstruo al
esconderse. Me molestaba pensar que dejaban que el chico lastimara sus
sentimientos. Y me hizo sentir peor, lastimarlos yo mismo. El señor Nash
me despediría si supiera lo que acababa de hacer.
Preocupado por eso, pero aún más preocupado por cómo afectó a
Isobel mi comportamiento, me levanté de la mesa y me excusé.
Intenté encontrarla para poder pedirle una verdadera disculpa.
Pero no estaba en la biblioteca. Ni en el teatro. Y no pude localizarla a
través de ninguna de las paredes de cristal del invernadero. Así que me
encontré mirando sus flores, preguntándome, ¿por qué rosas? ¿Le
gustaba sin más la paz y la serenidad que acompañaba la jardinería? Las
flores no podían golpear su ego al ocultarse debajo de una mesa ni
hacerla sentir menos persona.
¿O era una razón más simple, como tal vez que solo olían bien?
¿O provenía de algo más psicológico? Quizá creía que se había
vuelto tan horrible después del incendio que necesitaba compensar al
mundo creando algo hermoso. Equilibrando las cosas.
Esperaba que no fuera así. Esperaba no haberla hecho sentir fea
al discutirle.
Esperaba que se hubiera convertido en una ermitaña en esta
enorme casa porque era muy introvertida y antisocial. Esperaba que las
cicatrices no gobernaran ninguna parte de su vida. Esperaba no haber
empeorado todo.
Cuando volví a casa esa noche, eran casi las siete antes de llegar a
mi edificio. Me sentí agotado a pesar de que no hice mucho más que subir
una escalera para lavar las ventanas y cambiar algunas bombillas en un
candelabro. Mi alma se sentía cansada porque seguía preocupándome
por Isobel.
Ni siquiera sabía por qué me preocupaba tanto; ella fue veinte veces
más desagradable conmigo de lo que fui yo. ¿Por qué me importaba si las
púas que lancé en su camino la habían alcanzado?
Porque quería enfurecerla. Quería que su rostro se ruborizara con
rabia que sabía que podía convocar justo antes de que se defendiera,
menospreciándome a cambio. Quería probar la victoria de otro combate.
En cambio, nada más que ácido me llenó la lengua porque sentía que la
había herido. Verdadera y profundamente.
Lentamente, empujé la puerta de entrada, para detenerme cuando
vi a la mujer sentada en el escalón inferior.
Cuando me vio, se levantó de un salto, con los ojos brillantes y el
pelo rubio al viento. —Hola, Shaw. ¿Dónde has estado todo el día? Tu
madre dijo que tienes un nuevo trabajo. ¿Conseguiste algo en la nueva
fábrica en Dover? ¿Te gusta?
Dejé salir un suspiro agotado, apenas conteniendo el gemido que
quería liberar. —Hola, Gloria.
Quise dejarla y seguir subiendo hasta mi puerta, pero su expresión
me recordó a un cachorrito ansioso. No podía patear al cachorro, aunque
sabía que cualquier bondad de mi parte solo la animaría a pensar que
por fin podría tener una oportunidad conmigo. Así que comprobé mi
buzón, retrasando el momento en que tendría que enfrentarla de nuevo.
Gloria era un dilema que no sabía cómo terminar. Era bonita, se
llevaba bien con mi madre, adoraba el suelo por el que yo caminaba,
preparaba el mejor pastel de calabaza que probé, provenía del mismo
pasado que yo, y era solo un año más joven. Parecíamos perfectamente
adecuados el uno para el otro, y probablemente debería agradecer a mis
afortunadas estrellas por haber encontrado semejante joya.
En realidad era pegajosa, entrometida, molesta y no podía invocar
un pizca de química por ella. Así que por lo general me sentía un imbécil
mal agradecido cuando se lanzaba hacia mí, obviamente haciéndome
saber que la podía tener cada vez que quisiera, o en cualquier momento
que mi madre tratara de empujarme hacia su dirección. Pero, hablando
en serio, una capa de sudor pegajoso cubría mi piel con el solo considerar
poner mi boca cerca de le suya. No pude hacerlo. Lo cual me hizo sentir
peor, y eso me hizo ser aun más agradable y cortés, lo cual a su vez,
alimentó sus esperanzas y sueños de que algún día desarrollaré algún
sentimiento.
No jugué con ella, lo juro. No lo hice. Traté de explicarle y también
a mi madre, en varios ocasiones, que nunca tendremos una relación. Y
las dos asentían como si hubieran comprendido, solo para acordar una
nueva trampa para intentar atraparme en las garras de Gloria una
semana más tarde.
Toda la situación era desastrosa, y daría cualquier cosa para poder
escapar.
De repente, decidiendo que no estaba de humor para aguantar un
encuentro con Gloria, cerré el buzón de correo vacío, asentí con la cabeza
y la rodeé para subir. —En fin, que tengas una buena noche.
No fue como si la disuadiera. Me siguió. —Y… ¿Qué tipo de cosas
te hizo hacer el señor Nash? —Su voz bajó mientras se acercaba—. ¿Algo
ilegal?
Suspiré, preguntándome por qué antes cuestionó dónde estuve y
si mi nuevo trabajo había sido en otra fábrica, cuando obviamente ya
había recibido todos los detalles sucios de mi madre. En verdad deseaba
que ella y mi mamá no estuvieran tan unidas, aunque me sentí mal tan
pronto como surgió ese pensamiento. Mamá no tenía muchos amigos.
Fue muy dulce de parte de Gloria visitarla, aunque sospeché que solo lo
hacía para tener primicias sobre mí.
—No, no fue nada ilegal —le respondí, sabiendo que probablemente
se enteraría de todo por parte de mi madre tarde o temprano—. Solo
quería que fuera un manitas en su casa.
Arrugó la nariz. —¿Un manitas? ¿Eso es todo? —Supongo que
habría sido más emocionante para ella si yo hubiera estado rompiendo
rótulas y manipulando sustancias ilegales.
Me encogí de hombros, muy complacido de decepcionarla. —Eso es
todo.
Asintió. —¿Y viste su casa? Apuesto que es elegante. ¿Cómo es el
interior de la casa de Henry Nash?
—Grande —le respondí, llegando a mi piso y deteniéndome antes
de pasar a su lado, teniendo cuidado de no tocarla físicamente en la prisa
de llegar a mi puerta—. Bueno, iré a ver a mi mamá. Ten un buen día,
Gloria.
—Oh, está bien. Acabamos de tener una encantadora…
La interrumpí deslizándome dentro de mi apartamento y cerrando
la puerta lo más rápido posible. El resto de sus palabras se amortiguaron
y cerré los ojos mientras apoyaba mi espalda contra la puerta,
sintiéndome mal por haber herido los sentimientos de otra mujer hoy.
Estaba en racha, ¿verdad?
—¿Shaw? —llamó la débil voz de mi madre—. ¿Eres tú, querido?
Mis ojos se abrieron de golpe, e inmediatamente me impulsé hacia
adelante. —Sí, mamá. Soy yo. —Entré con prisa en el único dormitorio
de nuestro apartamento y me di cuenta de que estaba oscuro, con una
manta colgando sobre la ventana para no dejar pasar toda la luz posible,
lo que significaba que tuvo otra migraña.
Haciendo una mueca de dolor porque no había estado aquí para
ayudarla a superarlo, me agaché junto al colchón a su lado para acariciar
su cabello fino y canoso. —Acabo de llegar a casa. ¿Te encuentras bien?
¿Quieres que te traiga una aspirina? ¿Agua?
—No, no. Estoy bien. Gloria me cuidó. —Hizo un vago movimiento
con su mano—. Me preocupaba que ese hombre te retuviera toda la
noche.
Le envié una sonrisa gentil. —No. Solo trabajé ocho horas. Es que
me tomó un tiempo caminar hasta casa.
—Él fue... ¿el trabajo estuvo bien? —Sonaba preocupada, así que
le besé la frente y volví a sonreír.
—El trabajo estuvo bien, mamá. Solo quiere que arregle las cosas
en su casa. Nada más.
Resopló. —Nada más hasta ahora. Los hombres ricos y poderosos
como él siempre tienen una agenda oculta.
Pensé en la agenda oculta de Henry Nash: Isobel y sus ojos
enojados y tristes, y su alma herida. —Esta vez no —mentí—. Creo que
no tiene segundas intenciones.
—Mmm. Eso ya lo veremos.
Le acaricié el dorso de la mano y cambié de tema. —¿Tienes
hambre? ¿Quieres que te prepare algo?
—Oh, cariño, no te preocupes por mí. Te lo dije, Gloria me cuidó
bien. —Con un suspiro de melancolía, añadió—: Qué niña encantadora.
Todavía no entiendo por qué no le das una oportunidad.
Me quejé. —Mamá, ya hemos hablado de esto. Gloria y yo no
tenemos nada en común.
—Lo sé, lo sé —se lamentó—. No le gustan los libros como a ti. Ni
tiene ideas tan extravagantes.
Y así, la culpa me nubló, por no poder querer a Gloria como
debiera, por ser un soñador sin sentido que quería....demonios, ni
siquiera estoy seguro. Tal vez inteligente y consumado eran las palabras
correctas para lo que yo quería ser. Deseaba ser algo que me hiciera
sentir significativo. Siempre pensé que sería genial ser arqueólogo o
incluso trabajar en un museo. Me encantaba la historia, descubrir
nuevas culturas y aprender sobre las sociedades ocultas. Convertirme en
un Indiana Jones de la vida real sería lo más grandioso de mi vida.
Tanto Gloria como mi mamá pensaron que ese sueño era tonto...
sus palabras. No les importaba mucho el pasado, ni sus culturas.
Preferían vivir en el presente.
—Es más que eso —le dije a mi madre.
Las pocas veces que traté de abrirme a Gloria y hablarle de mis
pasiones y metas en la vida, ella trató de convencerme de que eso no era
realmente lo que yo quería hacer, se aburría de escuchar o cambiaba de
tema. El verdadero problema era que ella no quería que yo fuera yo. Y lo
peor, tampoco parecía tener sus propios sueños, excepto tenerme a mí.
En serio, no sabía lo que quería de la vida, cuáles eran sus metas, qué
temía o amaba. Ni siquiera estaba seguro de que lo supiera. Y eso es lo
que me hizo alejarme de ella. No había ninguna conexión allí en absoluto.
—Solo quiero verte feliz y estable. —Esta vez, mamá fue la que me
tocó la cara—. Quiero que mi bebé tenga lo mejor.
—Lo tengo —le dije, apretando su mano en mi mejilla—. Te tengo
a ti. —Y cuidaría de ella hasta mi último aliento.
—Oh, tú... —Sonrió y me dio una palmadita en la mejilla antes de
dejar caer su agotada mano—. Eres el chico más dulce del mundo. No sé
qué haría sin ti.
Le besé la frente una vez más, contento de que hubiera dejado el
tema de Gloria, y me puse de pie. —Bueno, no tienes que averiguarlo,
porque no voy a ir a ninguna parte. Siempre cuidaré de ti. Siempre.
Y lo haría. Para mantener a mi madre a salvo y segura, me atrevería
a enfrentarme a Isobel mientras me resistía a esa poderosa e innegable
atracción que sentía hacia ella. Y lo haría tan bien que Henry Nash
agradecería el día que me conoció.
Todo iba a terminar bien.
Traducido por Gesi & AnnyR’
Corregido por Anna Karol

Al día siguiente era domingo. No trabajaba en Porter Hall los


domingos, por lo que pasé buena parte de la tarde en la biblioteca,
estudiando rosas. No tenía idea el motivo, ya que no se me permitió volver
a acercarme al jardín de Isobel. Pero aprendí todo lo que pude de todos
modos, porque ella me intrigaba, y las rosas parecían intrigarla. Además,
me sentí mal por la forma en que las cosas quedaron entre nosotros el
día anterior, razón por la cual llegué a trabajar el lunes con un paquetito
de semillas en mi bolsillo.
Pasé por una tienda de jardinería en el camino, planeando comprar
algo increíble para Isobel con la esperanza de que me perdonara por herir
sus sentimientos el sábado. Ya que me fue imposible disculparme con
ella en persona, pensé que tal vez un regalo —una rama de olivo, por así
decirlo—, sería suficiente.
Pero no tuve mucha suerte en la tienda. La mayoría de los rosales
que tenían eran de marcas comunes y abundantes. Quería algo raro, algo
especial que destacara, tal como ella. Cuando le pregunté a la dueña, me
sacudió la cabeza antes de decirme que todo lo que tenía eran un par de
semillas para unos rosales supremos de medianoche.
La trampa era que nadie que los hubiera comprado antes había
sido capaz de hacerlos crecer. Pensé que si alguien podía convencer a
una rosa de que brotara de su obstinada semilla, esa sería Isobel, así que
compré algunas de todas formas. La dueña se apiadó de mí, segura de
que no tendría más éxito que nadie antes que yo, así que me hizo un
descuento.
Cuando llegué a Porter Hall, toqué la campana al final del trayecto,
y la puerta se abrió automáticamente antes de que pudiera decirle a
alguien quién era. Caminé hacia la parte trasera, donde la entrada de
vidrio se encontraba desbloqueada, y entré.
No había nadie cerca, así que fui a la biblioteca, la cual se hallaba
vacía. Esperé unos minutos, pero Isobel nunca apareció, así que coloqué
el paquete de semillas en el asiento de su sofá con una nota.

Querida señorita Nash,


Quería disculparme por mi comportamiento del sábado. Espero que
aceptes estas semillas como ofrenda de paz. Me dijeron que son para un
extraño rosal de medianoche que se supone que brote en rosas negras con
puntas azules. Nadie que las haya plantado ha logrado que crezcan, pero
tuve el presentimiento de que serías la excepción a la regla. Buena suerte.
Saludos cordiales, Shaw Hollander.

Me sentía estúpido por haber dejado una nota tan cursi, pero me
abstuve tres veces de volver a buscarla o incluso revisarla, sin importar
lo cursi que de repente me sonaran “buena suerte” y “saludos cordiales”.
Lewis me mantuvo ocupado la mayor parte de la mañana, elevando,
cargando y trepando cosas por él antes de que Constance saliera para
preguntarme si podía ayudarla a mover una estatua que ella temía que
estuviera dejando una mella muy grande en la alfombra.
La escultura de bronce de un águila era pesada, pero juntos, la
trasladamos al otro lado de la sala. Gente rica, era lo único en lo que
podía pensar mientras di un paso atrás y miré la cosa fea y llamativa
después de que estuviera en su nuevo lugar. Sin duda tenían gustos
extraños.
Incapaz de evitarlo, regresé a la biblioteca para ver si Isobel ya
había visto su regalo. Ella no estaba allí, pero el paquete de semillas de
rosas junto con la nota que le escribí habían desaparecido.
Mi corazón se estremeció.
Me quedé mirando el diván vacío por mucho tiempo,
preguntándome qué significaba esto. Se llevó las semillas, así que no
podía ser malo. Pero seguía evitándome después de verlas, así que
tampoco podía ser bueno. Seguramente significaba que no me perdonó.
Apuesto a que había roto la nota y tirado las semillas.
Pero eso no me detuvo. Quería volver a verla, asegurarme de que
se encontraba bien, y no tenía nada que ver con el deseo de su padre de
que yo rompiera con la monotonía de su día. No pude dormirme las
últimas dos noches porque controló tantos de mis pensamientos. Y luego
fue lo primero que entró en mi cerebro cuando desperté. Me vestí ansioso,
más listo para volver a Porter Hall de lo que había estado en mucho
tiempo.
Me frustró que siguiera ocultándose. Vagué por su biblioteca vacía,
esperando que apareciera. No lo hizo. Así que leí los títulos de sus libros,
haciendo una pausa en los que se notaba que eran sus favoritos. Tenían
los lomos desgastados y, las páginas no eran crujientes y nuevas. Supuse
que era posible que los hubiera comprado ya usados y muy leídos, pero
¿una chica rica como ella? Probablemente no.
Recogí una novela, con curiosidad por saber cuántas veces tuvo
que leerla para que pareciera tan usada. No era una historia que hubiera
leído antes, así que tomé nota mentalmente para pasar por la biblioteca
pública de camino a casa y ver si podía llevar una copia.
Al final del día, después de no haberla visto ni una vez, traté de
convencerme de que era lo mejor. Solo necesitaba un poco de tiempo y
espacio antes de estar lista para volver a nuestros combates.
Excepto que el martes y el miércoles fueron una repetición del
lunes. No hubo rastro de Isobel por ningún lado. Terminé Dragonflight, y
tuve que echar un vistazo al siguiente libro de la serie porque me gustó
mucho el primero. Ella tenía un gusto interesante en literatura. Cuando
regresé a la biblioteca pública para Dragonquest, revisé su perpetua venta
de libros usados, como solía hacer para ver si tenían algo nuevo. Cuando
vi un libro de Anne McCaffrey, no de la serie Pern, lo encontré. Parecía
viejo pero se hallaba en perfectas condiciones, como si no hubiera sido
leído antes, así que renuncié a dos monedas de veinticinco centavos para
comprarlo.
Cuando regresé a Porter Hall el jueves, llevé el libro conmigo y me
dirigí directamente a la biblioteca de Isobel. Por una vez, me alegré de
que no estuviera allí.
Aunque era imposible poner todos sus libros en los estantes, tenía
una estrategia de organización decente. Agrupó autores e incluso géneros
similares. Así que no tardé mucho en examinar sus estantes y el piso a
su alrededor para descubrir qué libros tenía de Anne McCaffrey.
Emocionado al saber que no poseía que yo había comprado —al menos,
no una copia física— la dejé en su sofá con otra nota.

Pensé que te gustaría este. –Shaw

Me sentí mucho mejor con esa nota y, sin embargo, no inspiró nada
de su destinatario. Isobel permaneció escondida. Sin embargo, el libro
desapareció de su lugar en el sofá. Cuando regresé a la biblioteca un par
de horas más tarde para darme cuenta de que ya no estaba, mi
frustración cedió paso a la irritación.
¿Por qué diablos se mantenía alejada de mí y aceptaba mis regalos?
Intentaba hacerme amigo de ella. Aunque el señor Nash me aclaró que
eso no era lo que él quería, era lo que yo deseaba. Quería gustarle,
maldición. No tenía ni idea de por qué, pero algo de ella me cautivó, y
quería causarle lo mismo. Apestaba saber que no la afecté de la misma
manera que ella me afectó a mí.
Desanimado, ayudé a Lewis en el exterior el resto del día. Me dije a
mí mismo que no visitara la biblioteca antes de irme. No encontraría nada
allí, pero una chispa de esperanza dentro de mí se negó a escuchar.
Nunca fui bueno para rendirme, incluso cuando probablemente debería
haberlo hecho.
Entré a la biblioteca por última vez, de nuevo desalentado.
El sábado por la mañana, sin embargo, encontré oro. Algo estaba
apoyado en el sofá exactamente en el mismo lugar donde coloqué mis dos
regalos para Isobel.
Aguantando la respiración, me acerqué a descubrir que se trataba
de otro libro de dragones: una copia en mal estado de Eragon de
Christopher Paolini en tapa dura. Fue popular cuando era adolescente,
pero nunca lo había leído.
Lo miré durante mucho tiempo, tentado de abrir la primera página
y empezarlo de inmediato, mientras me preguntaba por qué estaba aquí.
No dejó ninguna nota, pero no pude evitar pensar... ¿Acaso Isobel la dejó
allí para que yo la leyera? La suposición parecía razonable, pero no sabía
con seguridad. Si lo tomaba prestado y me lo llevaba a casa, ¿me acusaría
de robarlo y haría que su padre me despidiera?
También era posible que lo hubiera estado leyendo ella misma y
que lo hubiera dejado allí por negligencia. Pero se hallaba exactamente
en el mismo lugar donde dejé mis regalos, y compartía el mismo género
que el libro que le traje. Tal vez simplemente me recomendaba una
lectura. Podía sacarlo de la biblioteca y no llevarme su copia. Pero, ¿y si
realmente quería que me lo llevara, y hería sus sentimientos al no
hacerlo?
Maldición, juro que me encontraba atrapado en un callejón sin
salida.
Una nota hubiera estado muy bien.
Conteniendo el aliento, recogí la novela y me la llevé conmigo. Ella
no me rastreó todo el día en el trabajo, así que con eso, supuse que quería
que leyera la historia.
Sin embargo, no quería quedármelo demasiado tiempo, pero estaba
decidido a terminarlo antes del lunes. El problema fue que no era una
novela corta. Me quedé despierto hasta muy tarde tanto el sábado como
el domingo para terminarlo, haciendo que mi mamá me preguntara sin
parar qué libro era tan interesante que no podía sacar la cabeza de él.
Gracias a Dios, fue lo suficientemente fácil y entretenido como para
asimilarlo, pero me arrastraba para cuando entré al trabajo el lunes por
la mañana, y a la vez, también estaba extrañamente lleno de energía. Mi
mente daba vueltas con todas las diferentes formas en que podía
devolverle el libro. ¿Debería ponerlo en el sofá donde lo dejó? ¿Esperar
hasta que la viera en persona? ¿Dejar un comentario o una nota de
agradecimiento?
¿Saldría de su escondite hoy?
Eso esperaba. Tanto que dolía.
No tenía ni idea de lo que le diría en ese caso, pero de todos modos
esperaba con ansias la oportunidad.
La biblioteca estaba vacía cuando llegué. Mi decepción fue
profunda, pero inmediatamente vi que dejó algo más en el sofá. Con el
corazón acelerado y mi sangre corriendo con anticipación, avancé con
prisa soolo para detenerme cuando vi la novela que le compré en la venta
de libros de la biblioteca pública allí de nuevo.
Me devolvió mi regalo. Me lo tiró a la cara.
Tal vez no debería haber tomado a Eragon después de todo si eso
la impulsó a devolver este. Cabizbajo, comencé a alcanzar el libro de
bolsillo cuando noté un trozo de papel metido en el centro y sobresaliendo
de la parte superior como un marcador de libros. Con curiosidad, lo
saqué y me quedé sin aliento.
Me escribió una nota.

Me gustó más las Crónicas de Pern.

No estoy seguro de porqué eso me hizo reír, pero tiré mi cabeza


hacia atrás y vociferé con alegría. Esto era… las palabras sonaron tan
parecidas a ella: negativa, altanera y directa. Además, significaba que
leyó el libro.
La verdad es que no habría importado qué haya escrito en su nota;
el hecho de que se tomó el tiempo de leer el libro y luego escribir algo fue
lo que hizo mi día. Isobel se comunicaba conmigo de nuevo. Y trató el
libro como si se lo hubiera prestado, lo que no fue mi intención, pero
saber eso se sintió mejor a que me regresara a propósito lo que pensó era
un regalo de mi parte.
Sintiéndome alegre, tomé su nota, taché sus palabras pesimistas y
decidí que tenía que escribir algo súper animado y positivo solamente
para molestarla. Entonces volteé la hoja y empecé a garabatear:

Gracias por el préstamo de Eragon. Tu generosidad es inspiradora


y me hace desear poder ser más como tú. El libro fue asombroso, por cierto.
Ya estoy disfrutando más del Ciclo de Herencia que de las Crónicas de
Pern, tanto así que tengo que saber que pasa después. Con gratitud, Shaw.

Todo ese optimismo amargaría su humor como un pastel de limón,


lo que hizo el mío incluso más optimista. Tarareaba mientras dejaba la
biblioteca y encontraba algo que hacer. Logré mantenerme ocupado por
el resto de la mañana, o mejor dicho… Constance y Lewis me
mantuvieron ocupado, incluso la señora Pan me tuvo abriéndole jarros o
alcanzando cosas de las estanterías altas. El personal parecía apreciar
mi presencia, aunque alguien con el apellido Nash no tanto. Pero eso era
bueno; Isobel me había escrito. La vida era mejor de lo que fue ayer.
Regresé a la biblioteca en la tarde, solo para encontrar el volumen
dos de la serie Herencia esperándome en lo que se convirtió nuestro lugar.
Aunque no hubo nota, una sonrisa se extendió por mi cara. No era un
signo oficial de perdón, pero interactuó conmigo. Mis huesos se aflojaron
y por fin me relajé.
Tarareaba en mi camino a casa esa noche.
Me tomó hasta la noche del miércoles terminar Eldest. Después de
que lo regresé a nuestro lugar el jueves en la mañana, el volumen tres
me esperaba para el momento en que dejé el trabajo. Pero este ¡este! tenía
una nota.

Creo que este se suponía que era el último libro, pero el autor dividió
la historia en dos (y luego se supone que debe escribir un quinto, espero).
Estuve feliz cuando lo dividió. No quería que la serie ya terminara.

Parpadeando, leí y releí las palabras una y otra vez, incapaz de


creerle a mis ojos. Pero… pero… Isobel fue… fue tan positiva. Una sonrisa
repentina iluminó mi cara. ¿Esto significaba que me perdonaba? ¿Estaba
lista para hablarme otra vez?
Esa noche, leí casi hasta el amanecer. Pero no pude acabar
Brisingr. Cuando me apresuré al trabajo el viernes, Isobel aún no se
encontraba en la biblioteca, o en cualquier otro lugar, pero eso era algo
bueno. Nuestra conversación en el diván se convertía en lo mejor de mi
día. Creo que era tan emocionante recibir algo suyo en nuestro lugar
como lo sería hablar con ella personalmente. Así que escribí una rápida
nota:

Voy en la página 458, espero que Murtagh esté bien. Me gusta.

Cuando regresé al mediodía, un nuevo trozo de papel me esperaba.

¿Quieres que te lo cuente?

Sonreí y escribí mi respuesta justo debajo de sus palabras.

Buen Dios, ¡NO!

Cuando revisé la biblioteca al final del día, tenía una respuesta


suya.

LOL. Está bien. Mis labios están sellados.

Una risa. Mierda santa. Le saqué una risa. En papel, pero aun así.
Me sentí como el rey del mundo. Salí de la biblioteca con lo que se sentía
como un pavoneo varonil y así fue casi todo el camino a casa antes de
darme cuenta de que ¡no le había respondido!
Oh, mierda.
Mi paso vaciló y mi sonrisa cayó. La urgencia de darme la vuelta y
caminar otra hora de regreso a su casa para responderle aumentó. Pero
volveré en la mañana. Eso sería suficientemente temprano, y además me
daría toda la noche para pensar en una respuesta perfecta.
Planeé ir derecho a la biblioteca el sábado, pero el señor Nash me
esperaba en el salón cuando crucé la puerta trasera. Me sorprendió verlo.
No lo vi desde ese primer día. Pero, probablemente trabajó en su oficina
en la ciudad la mayor parte del tiempo, y ya que era sábado, se
encontraba fuera de la oficina.
—¿Puedo hablar contigo? —dijo, sin sonar muy contento.
Sorprendido por su tono, asentí inmediatamente. —Por supuesto.
Lo seguí a su oficina, sintiéndome como un niño de colegio
regañado siendo enviado a la oficina del director, y ni siquiera me hallaba
seguro de por qué.
Se paró en la puerta, sosteniéndola abierta mientras lo pasaba y
entraba. Entonces la cerró calmadamente antes de girarse a mí y sisear—
: ¿Qué demonios pasa, Hollander? Juro que se ha vuelto más ermitaña
que nunca.
Parpadeé hacia él, aturdido. ¿Cómo demonios supo que me
evitaba?
Arqueó una ceja. —Constance dice que permanece fuera de la vista
mientras estás aquí.
¿Constance? ¡Esa canalla!
No tenía idea que alguien le daba reportes de progreso.
Arrinconado y atacado, sacudí la cabeza y tartamudeé: —Yo… yo…
¿está seguro de que es a mí a quien está evitando?
Estrechó los ojos. —¿Cuándo fue la última vez que hablaste con
ella?
Me tomó un segundo responder. ¿Nuestras notas se considerarían
como charla? Definitivamente eran una forma de comunicación, pero
eran correspondencia privada, sólo entre nosotros. No quería que su
padre supiera de ellas, arruinaría lo que empezaban a significar para mí.
Así que murmuré—: El primer día que trabajé aquí. —Ya que ese
fue el último día que de hecho vi su cara y oí su voz. Entonces hice una
mueca una fracción de segundo antes de que explotara, porque sabía qué
tan mal sonaba eso.
—¿El primer día? Han pasado dos semanas desde entonces. Eso no
es aceptable, en absoluto. ¿Qué le hiciste?
—Yo... no lo sé, señor —mentí, sabiendo exactamente lo que hice—
. Lo estoy intentando. Voy a donde usted dijo que estaría, y nunca está
allí. —Bajé la cabeza, avergonzado, y traté de prepararme contra la
posibilidad de que me despidan. Curiosamente, lo primero que pensé no
fue cómo se las arreglaría mi madre, sino que tal vez nunca volvería a ver
a Isobel.
Ella no podía simplemente entrar de golpe en mi vida un día, poner
todo patas arriba, y luego nunca más saber de ella. Eso no estaba bien.
Me arriesgué a mirar al señor Nash, para encontrarlo tan frustrado
y molesto como yo, por razones completamente diferentes. —Bueno, hay
que hacer algo al respecto —resopló.
Cuando me miró, supe que ese “algo” del que hablaba tenía que ser
hecho por mí. Excepto que no sabía qué. Pensaba que el intercambio de
libros y notas fue un progreso, pero como me negué a contárselos, no
tenía nada.
A no ser que irrumpiera en su dormitorio y la arrastrara por el pelo,
no tenía ningún control sobre dónde podría estar en un momento dado.
Tal vez podría plantarme en su sofá en la biblioteca y esperar allí todo el
día. Sabía que podía mantenerme ocupado con el resto de Brisingr. Podría
esperar a que ella entrara a hurtadillas ya que era obvio que visitaba la
habitación mientras yo trabajaba. Solo tenía que estar allí en el momento
adecuado. ¿Pero al señor Nash no le importaría que leyera en el trabajo,
o a su personal le molestaría tanta pereza?
Tenía que haber algo que pudiera hacer dentro de la biblioteca para
mantenerme ocupado.
Cuando se me ocurrió una idea, dije—: Estantes.
El señor Nash miró con curiosidad sus propios estantes. —¿Qué
pasa con ellos?
—No, en la biblioteca —dije, cada vez más impaciente—. No hay
suficiente espacio en las estanterías para todos los libros. ¿Y qué si hago
más? Tendría que consultar con ella sobre diseños, y tipos de madera, y
solo... —Sin mucho conocimiento del tema, agregué lamentablemente—:
Solo cada paso del proceso. ¿Verdad?
La idea le atrajo. Sus ojos se iluminaron con esperanza y asintió
lentamente antes de entrecerrar los ojos. —¿Sabes cómo construir una
estantería?
Sabía cómo cortar madera y luego volver a clavarla. El resto podría
aprenderlo, después de otro viaje a la biblioteca pública. Así que asentí
con la cabeza, murmurando—: Ajá.
Eso fue suficiente para el señor Nash. Aplaudió, con su sonrisa
floreciendo. —Perfecto. Ve a su biblioteca y empieza. Me aseguraré de que
Izzy sepa que tiene que verte si quiere opinar sobre la renovación de su
biblioteca.
Asentí. —Suena bien.
Y así se decidió; construiría estanterías. Excepto…
Mierda, ¿en qué demonios me metí? No tenía ni idea de cómo
construir estanterías.
Traducido por Miry
Corregido por Vane Black

En la biblioteca, papel y lápiz en mano, empecé el boceto.


Escribía mi idea para el tercer muro cuando la escuché.
—Déjame adivinar. Nunca has construido una estantería en tu
vida, ¿verdad?
Mi corazón dio un loco antes de que pudiera incluso subir la
cabeza. Luego se me atascó el aliento en la garganta. Llevaba su cabello
suelto, la mitad cubría sus cicatrices, así también mangas largas y finos
guantes negros. Era imposible notar que alguna vez fue herida. Pero no
me parecía hermosa solo por no ser capaz de ver sus cicatrices.
El fuego se hallaba de nuevo dentro de ella. Estaba lista para pelear
de nuevo. Eso la hacía crepitar con una vitalidad brillante.
Enviándole una sonrisa loca, porque mierda, ahí se encontraba, en
persona, me reí. —¿Qué me delató?
Suspiró pesadamente y se acercó más. —¿Qué exactamente hiciste
para inspirar a mi padre a contratarte como nuestro manitas?
—Dominé el arte del rogar —respondí, levantando la nariz como si
estuviera sumamente orgulloso de mi habilidad.
Isobel elevó una ceja y se detuvo a un metro y medio de la mesa de
estudio donde me encontraba sentado. —Por favor dime, ¿qué significa
eso?
Dejé de pavonearme y le dirigí una sonrisa triste. —Significa que
mi madre tenía una deuda con él... una deuda muy grande. Le supliqué
hasta que accedió a dejarme tratar de pagarle por ella.
Rodó los ojos como si encontrara esa noticia típica de su padre, y
suspiró. —Siempre supe que su corazón generoso le traería problemas.
Negándome a tomar su insulto personalmente, seguí sonriendo.
—Apuesto a que no dirás eso una vez que te haga las estanterías
más increíbles que hayan existido.
Elevó una ceja, demostrando que dudaba mucho de mis
habilidades, pero lo único que murmuró fue—: Mmm.
Me reí y le señalé. —Toma asiento. Escucha mis ideas. Luego dime
lo que quieres.
Después de un confuso parpadeo, dijo—: ¿Qué?
—Dime lo que piensas de mis ideas para tus estanterías. —Giré el
trozo de papel para que estuviera correctamente en su dirección—. Ya
tengo algunos planes.
Exitosamente atraída por el atractivo de las estanterías, se acercó
más. Metro y medio se convirtió en uno. Entonces en medio. Cuando vio
que tenía bastantes ideas, en silencio sacó la silla frente a mí y se sentó.
—¿Por qué estos están sombreados y estos no?
—Las sombreadas son las estanterías que ya se encuentran ahí —
expliqué, entusiasmado por contarle las ideas que se me venían a la
mente—. Las que no están sombreadas son las que me gustaría añadir.
Su dedo se deslizó sobre las tres filas de estantes colocados sobre
las sombreadas. —Pero…
—Las paredes de aquí son muy altas —le expliqué antes de que
pudiera preguntar—. ¿No sería asombroso si las estanterías llegaran
hasta el techo, y que instalemos una de esas escaleras rodantes de
biblioteca para alcanzarlas?
Sus labios se separaron con asombro y se giró hacia la pared donde
quería hacer precisamente eso. —Eso sería genial —dijo susurrando más
para sí misma que para mí, con una voz que nunca le escuché usar, una
voz que tenía el presentimiento era su verdadera voz, no un tono altanero
que usaba solo para hablar conmigo.
Luego, de repente, como si se acordara, se aclaró la garganta y se
giró hacia mí, con las mejillas teñidas de rosa.
Una sonrisa explotó en mi rostro. —Lo sé, ¿verdad? —Coloqué la
hoja de papel más cerca de mí para señalar algunas ideas más—. Y las
estanterías que tienes ahora son fijas y permanentes. Pero me gustaría
instalar algunas ajustables. No organizas tus libros en orden alfabético,
así que sería fácil economizar espacio al agrupar libros de tamaño similar
en cada fila para tener más filas.
Levantó de golpe el rostro. —¿Cómo sabes que no organizo en orden
alfabético?
La mirada que le envié fue astuta. Ignorando la pregunta, golpeteé
con el dedo el diseño. —Averiguaré el tipo de madera y los estilos de
estanterías actuales y voy a tratar de imitarlas, a menos que desees algo
diferente.
Isobel me miró un momento, obviamente aún distraída con el
hecho de que conocía tan bien su biblioteca, antes de sacudir la cabeza
y parpadear. —Yo... el mismo estilo estaría bien.
—De acuerdo, entonces. —Asentí—. Buscaré un acabado de
pintura que coincida mientras estoy en eso. ¿Quieres puertas en alguna
de las estanterías para que alberguen algunos de tus libros favoritos o
más raros?
—Yo... —Se giró para estudiar la pared. Luego asintió—. Sí, creo
que sería encantador tener tal vez una estantería con puertas. Gracias.
Me sentí absolutamente seguro de que su agradecimiento salió por
accidente, quizá sin que se diera cuenta. Me costó todo dentro de mí no
reaccionar por el miedo de que se diera cuenta de lo que acababa de decir
y tratara de retractarse.
Me gustaba este lado de ella, este lado más suave, humano. Me
gustaba mucho. Tal vez incluso más que su lado malicioso.
—Genial —le dije, adjuntando una nota de que ella necesitaba
algunas puertas mientras trataba de controlar lo acelerado de mi
corazón—. ¿Hay algo en mis planes que quieras cambiar?
Parpadeó ante los garabatos que hice, y tomé un segundo para
aclararme la garganta. —Lo siento, no soy muy artista. Espero que aun
así puedas entender lo que intentaba transmitir.
—Sí —murmuró vagamente—. Quiero decir... —Me miró a la cara—
. En realidad, esto se ve bien. Si puedes hacerlo.
Miré sus anormalmente azules ojos y sentí algo dentro de mi pecho
desplegarse. ¿Por qué hoy tenía que parecer tan suave, casi vulnerable?
Provocó algo protector dentro de mí.
—Lo haré —le aseguré.
Sus labios se separaron y apartó la mirada. —Bueno... tal vez
deberíamos... deberíamos hacer algunos cálculos. —Se levantó de la silla
como si la hubiera mordido, y empezó a apartarse—. Buscaré una cinta
métrica.
Mientras se apresuraba a salir de la habitación, la observé. Lo que
no daría para ver lo que pasaba en su cabeza. Ninguno de nosotros
mencionó las notas, los libros o las semillas que intercambiamos en el
sofá, y sin embargo parecía natural fingir que nunca sucedieron.
Cuando regresó, me hallaba de pie frente al tramo más largo de la
pared que contenía más estanterías, haciendo notas en un nuevo trozo
de papel. —Parece que esta pared puede contener tal vez siete estanterías
a lo ancho y diez hacia arriba —dije mientras se acercaba—. Eso hará un
total de setenta estanterías. Y debido a que ya tenemos cuatro a lo ancho
y siete en cada estantería, eso significaría que ya hay...
—Veintiocho —me informó Isobel cuando me tomó demasiado
tiempo calcularlo en mi cabeza.
La señalé con mi bolígrafo y le guiñé. —Gracias. Veintiocho. Así que
podemos añadir... cuarenta y dos estantes más para esta pared. Guau.
Eso te dará más del doble de espacio que ya tienes.
Una mirada de asombro se formó en su expresión mientras miraba
fijamente sus estantes. En ese momento, sus pensamientos eran fuertes
y hermosos. Ya pensaba en cómo reorganizaría sus libros con mucho más
espacio.
—¿Encontraste una cinta métrica? —pregunté.
Me mostró una.
—Genial. ¿Crees que podrías medir la distancia de aquí hasta allí
para mí? —Pasé por delante de ella, rozándola así que su olor a rosas me
llenó las fosas nasales. Mi cuerpo entró en enfoque extremo, llegando a
ser demasiado consciente de lo cerca que se hallaba mientras se
inclinaba hacia delante para colocar la cinta métrica donde le pedí.
Dios, olía tan bien, no pude evitarlo. Me incliné, acercándome más
y...
No, no debería estar haciendo eso, especialmente cuando su padre
se encontraba en casa y probablemente entraría en cualquier momento
para evaluar nuestro progreso.
Ese pensamiento ayudó a matar la reacción que experimentaba.
Me aclaré la garganta y escribí: ancho de cada estante en el papel para
distraerme. Pero en cuanto elevé la mirada, lo único que vi fue a ella... de
espaldas, levantando los brazos para medir con cuidado. Eso levantó la
parte de atrás de su blusa, mostrando una pequeña hendidura de piel
entre la parte inferior de su blusa y la parte superior de sus pantalones.
Pantalones que cubrían el trasero más exquisito que vi, perfectamente
redondeado y perfectamente curvo.
—Diez metros y sesenta y siete centímetros —informó, haciéndome
saltar y dirigir mi atención hacia la hoja de papel; me aclaré la garganta
antes de anotar la información.
—Estupendo. Gracias. ¿Y qué tan gruesa es la madera1?
Oh diablos. No pregunté eso, ¿verdad? Si preguntaba qué madera,
era hombre muerto. No sería capaz de controlarme.
—Parece de un centímetro y medio —dijo Isobel, y casi enloquecí.
¿Un centímetro y medio? Mmm no. Era más gruesa que eso, sobre
todo en este momento.
Cuando no respondí pronto, Isobel se giró, parpadeando. —¿Qué
sucede?
Mis ojos se abrieron de par en par. ¡Estantería! Hablábamos de
estanterías, aquí. Nada más. Regresa tu maldita mente de nuevo al juego,
Hollander, maldito pervertido de quinto grado.
Isobel inclinó la cabeza, estudiándome. —¿Estás bien?

1 Wood en inglés también se puede interpretar como erección.


—¿Qué? —pregunté de nuevo. Actuaba como desquiciado—.
Quiero decir sí. Sí —dije casi gritando—. Estoy bien. Estupendo. ¿Cómo
demonios te mantienes en tan buena forma?
Y oh Dios mío, ¿qué? ¿En serio acabé de preguntarle eso? ¿Por qué,
por qué, por qué algunas cosas se escapaban de mi boca sin más?
Quería golpear mi mano contra mi frente, luego hundirme en el
suelo y morir.
—¿Disculpa? —preguntó, y por una vez carecía totalmente de esa
actitud amarga, insultante o altiva cuando en realidad la merecía más.
Sonaba completamente confundida.
—Es que... —Con mi rostro en llamas, me aclaré la garganta y la
señalé—. Lo siento, acabo de notar que pareces estar realmente en forma,
y me preguntaba... —Maldita sea, no creía estarlo haciendo mejor. Más
incómodo, pero nada mejor—. Me preguntaba cuál era tu secreto.
Porque ese trasero. Mierda, un tipo podría hacer rebotar un
centavo sobre ese perfecto y apretado trasero.
No es que lo haya notado. Por supuesto que no. Eso sería un
comportamiento desvergonzado e indecoroso. Y yo era un tipo decente.
—Corro —dijo finalmente.
—¿En serio? —Mierda, no limpiaría conmigo una pared y parte de
otra por comprobarla. Gracias, Dios. Volví a aclararme la garganta;
Jesús, necesitaba un trago de agua o algo así; luego me obligué a volver
a la conversación—. ¿Cuándo corres? Nunca te he visto...
—Temprano por la mañana —cortó, afortunadamente
deteniéndome de más chillidos incontrolables—. Antes de que llegues
aquí. Hay un sendero alrededor del lago. Cuando sale el sol, se refleja en
la superficie del agua. A veces hay patos o gansos.
—Suena hermoso. —Y se veía hermosa mientras lo describía.
Isobel se encogió de hombros y se dio la vuelta. —Es pacífico.
Asentí. —No corro, nunca... a menos que algo me esté
persiguiendo.
Sonriendo ante la broma, aclaré mi garganta cuando no se rio.
Dios, yo era un idiota.
—Es un buen entrenamiento cardiovascular —dijo, abriendo la
cinta métrica para medir la altura de las estanterías.
Una vez más, estúpidamente, balanceé la cabeza hacia arriba y
hacia abajo. —Debería intentarlo entonces. ¿Crees que podría correr
contigo alguna mañana?
Se giró para mirarme como si hubiera perdido la cabeza, con la
cinta métrica golpeándose al volver a su caparazón como si estuviera
igualmente sorprendida por mi pregunta.
Me ruboricé, sintiéndome como un idiota. —Lo siento. Esa fue una
pregunta estúpida. Ignórame.
Después de un par de parpadeos, regresó a medir. Pero cada vez
que se inclinaba para meter el extremo de la cinta métrica en el fondo de
la estantería, su cabello caía en su rostro. Intentaba quitarlo
escupiéndolo y luego lo quitaba para poder ver lo que hacía, solo para
que la cinta métrica se liberara de dondequiera que estuviera
enganchándola.
—Dame —le ofrecí, dando un paso al frente para ayudarla.
Pero ella siseó—: Déjala. —Y sacó una cinta para el cabello de su
bolsillo antes de retirar sus largos y sedosos mechones oscuros hacia
atrás y asegurarlo todo lejos de su rostro.
Me detuve, sorprendido de que hiciera eso. Después una bola de
calor se expandió dentro de mí, comprendiendo que se sentía lo bastante
cómoda a mi alrededor para exponer sus cicatrices. Como si escuchara
mis pensamientos, me lanzó una mirada severa y entrecerró los ojos,
retándome con su expresión a decir una sola palabra.
Con su mirada, me dejó ver la piel que fue herida y distorsionada,
pero también reabrió su desafiante y altanera actitud aplastante. Era
increíble, en realidad. Odiaba tanto que las personas vean sus cicatrices
que se envolvió en este caparazón de ira auto-protectora como si
envolviera sus vulnerabilidades. El único problema con ese método era
que en lugar de esconder sus puntos blandos, en realidad atrajo más
atención.
Era triste, y me hizo querer abrazarla hasta que todo el dolor dentro
de ella se fuera.
—¿Qué? —preguntó, entrecerrando los ojos.
Sonriendo, ofrecí un pulgar hacia arriba. —Mucho mejor. Ahora
que terminaste de jugar con tu cabello, midamos esta mierda.
Traducido por Valentine Rose & Jadasa
Corregido por Anna Karol

No podíamos terminar nuestro cálculo sin usar una escalera. De


manera que regresé a la sala de suministros y arrastré mi escalera de
limpiar ventanas hasta la biblioteca. Antes de llegar a la entrada, sin
embargo, vi que un chico delante de mí también se acercaba a la puerta.
Frunciendo el ceño, ralenticé mis pasos hasta detenerme.
¿Quién era?
No era el señor Nash ni Lewis. Era más joven, como de mi edad,
con el cabello oscuro y anteojos de sol espejados. Cuando entró en la
habitación, me apresuré detrás, porque en serio, ¿quién diablos era?
Cuando vio a Isobel de espaldas a él mientras ella se encontraba
de pie ante la mesa de estudio analizando nuestros “planos”, su rostro se
iluminó con una sonrisa traviesa y se escabulló detrás.
No sabía si debía alertarla de su presencia, así que me detuve en
la puerta para verlo decir—: ¡Bu! —justo antes de que palmeara su
espalda.
Isobel gritó y se dio la vuelta. Parecía enfadada hasta que se
concentró en el rostro del recién llegado. Luego se transformó, saltando
hacia el extraño y arrojando sus brazos alrededor del cuello con una risa
alegre. Mis ojos se entrecerraron cuando la levantó y la hizo girar en un
círculo.
Algo sólido y desagradable cayó duro en la base de mi estómago.
Giró y se espumó en tanto Isobel descaradamente golpeaba el brazo del
hombre hasta que la bajó y dio un paso atrás. Ambos continuaron
sonriéndose el uno al otro.
Le gustaba, fuera quien fuera, en verdad le gustaba. Nunca la había
visto demostrar afecto genuino por nadie, y eso no me sentaba bien, sobre
todo porque nunca parecí gustarle tampoco.
Ah, diablos, estaba celoso.
Mentalmente haciendo a un lado esa desagradable comprensión,
observé al hombre, diseccionándolo. Parecía rico, amistoso, pulcro y casi
demasiado perfecto para ser real. Decidí que no me gustaba. Todo ese
brillo tenía que ser falso u ocultaba algo feo.
—¿Cuándo llegaste? —preguntó Isobel; sus ojos azules brillantes y
radiantes con un resplandor especial solo por él, el afortunado bastardo.
Sonrió, con sus dientes demasiado blancos y excesivamente rectos.
—Ahora. Pensé en venir a verte antes de quedarme atrapado en una larga
y aburrida reunión con el anciano. —Entonces suspiró dramáticamente,
haciendo reír a Isobel.
Mierda, se acabó de reír, lo hizo sinceramente. ¿Cómo en el mundo
este idiota la hacía reír? No estaba bien. No era para nada justo.
Ahora tenía que odiarlo.
¿Quién era?
¿Era su novio?
Su padre la hacía sentir tan aislada y solitaria sin nadie con quien
hablar, pero el señor Perfecto parecía llevándolo haciéndolo muy bien solo
haciéndola sonreír y reír.
Mis celos empeoraron.
Como si sintiera la intensidad de mi mirada furiosa, el Príncipe
Azul miró en mi dirección, solo para que su sonrisa radiante se detuviera
con un toque de conmoción. Al instante, se dio la vuelta hacia Isobel y
agarró sus hombros.
—No te asustes —le dijo con voz firme como si acabara de ver una
araña en su cabello y necesitaba que mantuviera la calma para poder
quitarla—, pero hay un tipo en tu biblioteca.
Inmediatamente, Isobel giró hacia mí como si recordara que todavía
existía.
Sí, ¿me recuerdas? El hombre que construye tus estantes.
Sus mejillas se veían ruborizadas, pero no sabía con certeza si era
porque sentía vergüenza dado que se olvidó de mí o la emoción de la
llegada de él.
—Oh —dijo, haciéndome sentir aún más pequeño porque en verdad
se había olvidado de mí—. Está aquí para construir estantes.
Claro, sí, dile a tu novio que solo estoy aquí para eso, quería gruñir,
antes de que me sorprendiera el darme cuenta de que la construcción de
sus estantes era la única razón por la que me encontraba en su
biblioteca. No me hallaba aquí porque éramos amigos o porque quería
pasar tiempo conmigo. Solo le proporcionaba un servicio para sus
preciosos libros.
El ácido rodeó los celos borboteando en mi estómago, en tanto el
hombre lindo y brillante se animaba ante la mención de los estantes.
—¿De verdad? —preguntó, intrigado. Sacándose los anteojos de sol
y metiéndolos en el bolsillo delantero, se acercó y miró la escalera que yo
sostenía débilmente—. Qué buena idea. Empezaba a preocuparme que,
uno de estos días, todos esos libros que coleccionabas comenzaran a
desbordarse en el vestíbulo y rebasaran toda la casa.
—Oye. —Isobel, quien lo siguió como una mascota fiel, clavó un
dedo castigador en su costado—. Si estás tan preocupado por el número
de libros que colecciono, ¿por qué siempre me traes uno nuevo cada vez
que me visitas?
Con una sonrisa en su dirección, le dio un guiñó. —Oh, por cierto,
gracias por recordarme... aquí tienes. —Sacó un libro en miniatura de su
bolsillo y lo lanzó en su dirección.
Ella se movió torpemente por un momento antes de atraparlo.
Luego levantó la tapa y jadeó. Después de que girara la página del título,
jadeó de nuevo. —Oh, Dios mío, esta es la primera edición de un libro de
cuentos de hadas. He estado buscando uno de estos desde hace mucho
tiempo. ¿Dónde lo encontraste?
—Oh... —Tras soplar en sus nudillos, el hombre los frotó contra su
hombro orgullosamente—. Tengo mis fuentes.
—Gracias. —Presionando el pequeño libro contra su pecho, Isobel
le envió una mirada llena de adoración y completa devoción.
Pensé que podría vomitar.
Él asintió, pareciendo similarmente prendado antes de regresar su
mirada curiosa hacia mí.
—Entonces... —Cuando no dijo nada más, simplemente me
examinó como si fuera un artefacto en un museo, conscientemente
extendí una mano.
—Shaw Hollander. —Quise agregar: es un placer conocerte, pero esa
parte se atragantó en mi garganta.
Asintió y estrechó mi mano. —Ezra Nash.
—¡Oh! —exclamé—. Eres el hermano.
El alivio y una avalancha de comprensión fluyeron a través de mí.
En una breve fracción de tiempo, me sentí tonto por esos celos
irracionales y, sin embargo, tan complacido de que no salía con Isobel
que casi me reí. Luego el momento pasó y un sudor frío me envolvió
cuando me di cuenta de lo que significaba. No me habría sentido tan
molesto al enterarme que tenía un novio si no estuviera interesado en el
puesto.
Y ese pensamiento me asustó. Sabía que siempre me gustó de esa
manera, pero mi reacción fue muy extrema
Se suponía que era un trabajo, solo un empleo. Enamorarme
únicamente podría causar problemas. Debía mantener mis sentimientos
bajo control. Necesitaba dejar de pensar en ella así, o de mirarla así, o...
—El hermano —repitió Ezra Nash con una sonrisa—. Eso suena
tan ominoso, pero sí, soy... el hermano.
—El hermano molesto —replicó Isobel, lo cual hizo que Ezra se
acercara sin siquiera mirarla y pellizcara su costado.
Ella gritó y le dio una palmada en la mano, haciéndole sonreír más
hacia mí.
Los miré fijamente con asombro e intriga por su cómoda y burlona
relación; y una vez más sorprendido por lo contento que me sentía al
descubrir que eran solo hermanos.
Modificando completamente mi opinión de él; decidí que, después
de todo, me gustaba. Mucho. Podía hacer a Isobel sonreír y reír, y no salía
con ella, de manera que en mi libro, él era un experto.
—¿Cuándo contrató a un carpintero papá? —preguntó,
haciéndome tragar porque el brillo en sus ojos mostraba sospecha, como
si ya supiera por qué Henry Nash me trajo a su casa.
—Hace dos semanas —respondió Isobel, mordisqueando la uña de
su pulgar a medida que estudiaba una sección de la pared cerca de
nosotros—. Y es nuestro nuevo empleado de mantenimiento para todo,
no solo un carpintero.
Una pizquita de calor creció en mi interior ante sus palabras. Sabía
que no era de ninguna manera un carpintero en ningún sentido de la
palabra, pero aún le hacía creer a su hermano que realmente podría
hacer estos estantes sin ningún problema. Aumentó el impulso de
tocarla, un simple toque, quizá en el brazo, para demostrar mi gratitud.
Ah, mierda. Sí, definitivamente me gustaba, tanto como un chico
podía interesarse. Esto era malo. Tan malo.
Afortunadamente, ella señaló la pared, apartando mi atención de
mi fatalidad. —¿Qué tan cerca de la ventana harás los estantes?
Eché un vistazo, asimilando el espacio antes de contestar—: Tan
cerca como quieras que los haga.
Sonrió, no una sonrisa completa, sino algo cálida y lo bastante
satisfecha como para destrozarme con codicia, deseando más, anhelando
su placer como una planta sedienta de agua y sol.
—No tan cerca —dijo—. No quiero bloquear más luz de la necesaria.
La habitación ya es oscura de por sí.
—En realidad… —Alcé un dedo, agradecido que haya mencionado
la luz—, pensaba que tal vez podríamos aclarar los muros e instalar
algunas lámparas colgantes o algo para ayudar con eso.
Isobel le echó un vistazo al cuarto, agrandando los ojos en lo que
consideraba la idea. Tras unos segundos, asintió.
—Ya —dijo lentamente—. Sí, creo que eso funcionará.
Una vez más, irradié desde el interior, absorbiendo su buen humor.
—Parece que los dos van a reparar el cuarto completo —aportó
Ezra.
—Pues, es necesario —le contestó Isobel.
Asentí. —Las bibliotecas deben ser lugares brillantes y
maravillosos, debido a que resguardan aventuras y mundos brillantes y
maravillosos.
Luego de mirarme sorprendida, Isobel me dedicó una suave
sonrisa. —Exacto.
Y sí, florecí bajo su mirada radiante. Mi pecho se expandió con aire,
haciéndome sentir como un globo con helio, y juro que hubiese salido
volando de no ser por mis pies atándome al suelo.
—Hmm —murmuró su hermano, observándonos con sospecha—.
Bueno, será mejor que vaya con papá. —Aplaudió y retrocedió un paso,
como si tres fuesen multitud y él era el que interrumpía.
Isobel se giró con rapidez en su dirección, sonrojándose como si la
atraparan haciendo algo malo. —¿Tu compañera sigue causándote
problemas?
Ezra se estremeció y una expresión de asco absoluto cruzó por su
rostro.
—¿Hablas de la bruja malvada? —Su tono se volvió sarcástico y
severo, y puso los ojos en blanco con insolencia—: Esa mujer vive para
hacerme la vida un infierno. Juro que intenta rechazar cada maldita cosa
que sugiero. Debo pelear con uñas y dientes para conseguir algo. Es
completamente ridículo. E injustificado.
Isobel me dedicó una mueca, como si se arrepintiera de preguntar
antes de decirle a su hermano—: Tomaré eso como un sí.
—Y aun así, “sí” es suave para describir la indigestión que me
provoca esa mujer. —Su rostro comenzó a enrojecer, como si con tan solo
mencionarla su presión sanguínea se alborotase extrañamente.
—Quizá deberías hablar con papá de eso —sugirió Isobel—.
Apuesto que te dará buenos consejos para poder lidiar con ella.
—Si no es cómo esconder un cuerpo, entonces no será un buen
consejo —murmuró de mala gana, pese a inclinarse para depositar un
beso en la mejilla sin daño de Isobel. Pero sus labios apenas rozaron la
piel antes de enderezarse, sorprendido—. Oye —su mirada se dirigió
hacia mí, luego a ella—, tienes el pelo recogido.
Isobel se ruborizó y me dedicó un vistazo rápido y culpable antes
de tomar un mechón que se escapó de su cola de caballo y colocarlo
detrás de la oreja. Luego cambió el peso al otro pie, escondiéndonos sus
cicatrices.
—Sí, ¿y?
—Y… —dijo Ezra, arrastrando las palabras—, siempre lo tienes
suelto y cubriendo tu… tu rostro.
La urgencia de entrometerme y defenderla fue fuerte. Excepto que
su hermano no había hecho nada en lo absoluto para atacarlo.
Simplemente la incomodó al señalar con audacia que no escondía sus
cicatrices. Y no me gustaba que se sintiera incómoda.
—Solamente es del personal —murmuró a la defensiva,
haciéndome sentir menos que un ser humano, como si ser parte del
personal me hiciera un don nadie. El personal no pensaba, no tenía
sentimientos ni cerebro. El personal no contaba.
Ezra me echó un vistazo como si pudiera detectar que el insulto
exudaba de mí. Con un rápido carraspeo, anunció—: Pues está bien. Iré
a hablar con papá. —Y salió de allí.
Isobel seguía congelada, evitando mirarme a propósito. Así que di
media vuelta para instalar la escalera junto a la pared. Luego encontré la
cintra métrica en la mesa y la agarré antes de subir. Una vez arriba,
levanté a ciegas la cinta hacia la pared, sin recordar ni un puto
centímetro.
—Así que, ese era tu hermano, ¿eh?
—Sí. —Sonaba tan distante y rígida, como si fuese a quien
acababan de insultar. O tal vez se sentía culpable por herir mis
sentimientos y no sabía cómo disculparse. No tenía ni idea.
Asentí, apretando los dientes. —Parece agradable.
—Lo es.
Vale, supongo que las respuestas monosílabas indicaban que no
quería hablar con el personal. Mensaje recibido.
Pero luego dijo—: Apenas el año pasado consiguió un trabajo en la
industria de la moda.
Me giré hacia ella, sorprendido de que ofreciera información de
forma involuntaria.
—¿Ah, sí? —pregunté, más interesado en el hecho de que por fin
me hablaba, abriéndose; hablaba de su hermano, pero aun así…
abriéndose.
Asintió rígidamente, como si hablar de cosas normales fuera nuevo
y extraño para ella.
—Sí, mi papá hizo una fusión con una compañía de ropa que
estaba teniendo problemas y en vez de venderla, decidió colocar a Ezra a
cargo de la mitad que compró para, ya sabes, darle algo de experiencia
en cómo administrar y dirigir una compañía real.
—¿Y le está yendo bien? —pregunté, ansioso de escuchar más de
su voz en aquel tono. Cuando no se encontraba enojada, o altiva o
amargada, sonaba más suave. Femenina. Dulce.
Cautivado, observé su rostro cuando se encogió de hombros.
—Supongo que sí. De todos modos, papá parece satisfecho. Ezra
lucha mucho para llevarse bien con la Copresidenta Ejecutiva de la mitad
original de la compañía. Supongo que es una verdadera bruja. Pero aun
puedo notar que le gusta muchísimo el resto de su trabajo. Le agrada, y
creo que se le da bien.
Sonreí. —Pues qué bueno. Eso es bastante genial. —Luego se me
ocurrió una idea—. ¿Alguna vez quisiste ser directora ejecutiva o dirigir
una compañía multimillonaria?
—¿Yo? —Abrió la boca y parpadeó unos segundos antes de negar—
. N-no. para nada. Nunca fue mi sueño.
—Entonces, ¿cuál era?
Sombras y fantasmas invadieron sus ojos, persiguiéndola.
Entrando en pánico debido a que lo provoqué, corregí mi pregunta.
—Cuando tenías cinco años —solté—. ¿Qué querías ser cuando
tenías cinco? —Luego sonreí y me reí de mí mismo—. Yo quería ser
cartero. Nada me gustaba más que la hora del correo. Mamá siempre me
dejaba abrir los anuncios, y yo fingía todo el día que eran documentos
importantes que requerían ser archivados y organizados.
Isobel se quedó mirándome unos segundos antes de decir—: Creo
que era una típica niña de cinco años. Quería ser una princesa.
Sonreí cuando la imaginé corriendo de un lado a otro en un vestido
lleno de tul, una tiara y tal vez una varita mágica. Probablemente era la
princesa de cinco años más adorable de todas.
—¿Y cuando tenías quince años? —pregunté.
—¿Quince? —repitió, alzando las cejas antes de inhalar y pensar.
Luego respondió—: Quería ser lectora profesional.
La respuesta me hizo reír y asentí con aprobación. —Me gusta. —
Y se me ocurrió algo—. ¿Sigues queriendo serlo? ¿Escribir reseñas de
todos los libros que lees?
Se encogió de hombros. —En realidad, no. Al menos nada de forma
profesional.
—Ah. —No sabía por qué me entristecía. Es que… era triste que
ninguno de sus sueños se hiciera realidad, y más encima, la vida le
obsequió el incendio y la muerte de su mamá. ¿Cuántas cosas más no
hizo? ¿Cuántas cosas más evitaba hacer debido a sus inseguridades?
—¿Qué edad tenías cuando murió tu mamá?
Mierda, ¿de dónde solté esa pregunta? Ni siquiera pensé en ello. De
verdad que tan solo salió sin ningún tipo de instigación de mi parte
racional del cerebro.
Isobel se congeló por un segundo antes de responder lentamente—
: Diecisiete.
Un nudo se formó en mi garganta. Qué edad más terrible para una
chica perder a su madre. A punto de terminar la escuela y dar un paso
hacia la adultez. Todo en su vida ya cambiaba; lo más probable es que
dónde más necesitaba a su madre, para que la guiase y aconsejase.
—Entonces, ¿tienes veinticinco?
La pregunta pareció haberla descolocado. Aturdió mi mente
también. No sabía por qué lo pregunté, quizá para ayudarle a olvidar
aquellos tristes recuerdos. Pero asintió.
La imité, y murmuré—: Tengo veintiocho años.
—Ah —dijo.
No parecía saber qué hacer con esa información, y no sabía por qué
la ofrecí. Sintiéndome como un idiota, me apresuré a agregar—: Tenía
tres años cuando mi papá murió.
Parpadeó. —Oh, yo… —Con lentitud subió la mano a la base del
cuello—, no lo sabía.
Encogí los hombros. —Fue un accidente automovilístico de camino
del trabajo. Fue su culpa, así que tuvimos que ayudarle a la aseguradora
a pagarles a otros que fueron lastimados ese día. Supongo que no
estábamos tan mal, financieramente hablando, hasta ese entonces. No
que recuerde. No recuerdo cómo eran nuestras vidas antes de eso… o
algo de mi papá.
—¿Qué crees que es peor? —susurró, observándome con
atención—. ¿Haber conocido a tu madre y extrañarla como nunca cuando
ya no está, o nunca recordarlo, y siempre sintiendo como si un gran
agujero de nada estuviera estancado en tu pecho?
La miré fijamente, impresionado. Acabó de describir a la perfección
lo que siempre sentí. Nunca lloré la muerte de mi papá como se debía
porque no lo recordaba del modo que mis hermanos mayores lo hacían.
Siempre me dijeron lo afortunado que fui, que nunca tuve que sufrir tanto
como ellos, pero aun así sentía algo. Un dolor que no podía describir.
Pero el modo que acababa de decir “un gran agujero de nada” fue
el término perfecto. Sí sufrí, al igual que mis hermanos, solo que de
distinta manera.
—No lo sé —murmuré—, como que los dos apestan.
—Sí —concordó lentamente—. Apestan.
El silencio nos invadió, pero era bueno, un silencio de vinculación,
donde, por una vez, parecíamos comprender el alma del otro, y esa alma
nos comprendía a nosotros.
—Usualmente comienzo a trotar a las cinco todas las mañanas —
dijo.
Le di toda mi atención. Mi corazón comenzó a latir con rapidez.
—¿A las cinco?
Asintió una vez, rehusándose a mirarme.
Esperanza, una que nunca había sentido, explotó en mi interior.
—Allí estaré.
Traducido por Julie
Corregido por Laurita PI

Era temprano. Era muy temprano para mí, mierda.


Salí de casa a las tres y media para llegar aquí a las cinco, y me
sentía muerto de cansancio. Después de pasar la mayor parte del fin de
semana cuidando de mi madre, que le agarró la gripe, leyendo sobre la
carpintería y terminando Brisingr, ya me había acostado tarde tanto el
sábado como el domingo, pero despertar a las tres en la maldita mañana
era lo que iba a derribarme.
Cuando llegué a la puerta al final del viaje, casi lloré, listo para
acurrucarme en el suelo y dormir durante un par de décadas. Excepto
que le dije a Isobel que correría con ella esta mañana.
Correr.
Cierto.
Apenas podía hacer que mis pies siguieran caminando.
Desde mi tercer viaje a Porter Hall, dejé de tocar el
intercomunicador en la puerta para pedir permiso para entrar. No había
una cerca alrededor de la propiedad; parecía molesto y un desperdicio de
tiempo llamar a alguien para que abra la puerta cuando podía rodearla.
Y como empecé a sentirme como si de verdad fuera bienvenido aquí,
rodeaba y subía con dificultad por el largo sendero.
Llevaba pantalones deportivos y zapatillas en lugar de mis usuales
vaqueros azules y botas de trabajo, pero metí la ropa de trabajo en la
mochila que llevaba, así como un cambio de camisetas.
El sol aún no se había levantado, pero estaba pensando en ello. Las
formas y las sombras comenzaban a distinguirse. Cuando llegué al final,
pude distinguir a alguien allí, estirando y tirando de su pierna tan lejos
que su dedo casi tocaba el centro de su columna vertebral.
—¿Isobel? —pregunté, solo para asegurarme de que era ella.
Gritó y dejó caer su pie, antes de jadear. —Oh. Estás aquí. —Luego
miró a mi alrededor—. Espera, ¿viniste caminado?
—Sí. —Me acerqué a ella, de repente ya no tan cansado—. ¿Has
estado esperando mucho? No llego tarde, ¿verdad?
—No… no. En realidad, llegas cinco minutos antes. —Juro que oí
vergüenza en su voz antes de aclararse la garganta—. Decidí reunirme
contigo aquí en caso de que no supieras cómo llegar al sendero de corrida.
—Oh —dije antes de reír—. Tienes razón. No habría tenido idea de
cómo llegar allí.
Asintió. —Entonces sígueme.
Lo hice. Caminamos detrás de la casa y bajo un par de árboles
grandes, pasando por unas edificaciones y un sendero estrecho de grava
bordeado de árboles. Pero siguió caminando, así que pensé que aún no
habíamos llegado al “sendero”. Yo tampoco había visto el lago que ella
mencionó.
Los grillos chirriaban a nuestro alrededor, una lechuza ululaba
arriba, y la grava crujía bajo nuestros pies. Para lo calurosos que eran
los días, todavía hacía frío tan temprano en el día. Me pasé las manos
arriba y abajo por los brazos, deseando por quincuagésima vez en la
última hora y media desde que salí de casa haber traído una chaqueta
conmigo. Isobel fue inteligente; llevaba una sudadera con capucha de
manga larga.
—¿Qué distancia caminas para llegar todos los días? —preguntó,
rompiendo el silencio.
Me encogí de hombros. —Oh... no tan lejos.
—No puede estar tan cerca —argumentó—. La mayoría de las casas
aquí, por un buen tramo de ocho kilómetros, pertenecen a los…
Ricos, no terminó.
—Vivo cerca de Pestle. —Ese fue el nombre de la fábrica de calzado
en la que había trabajado y que salió del negocio. Pero era lo bastante
reconocida como para que la gente todavía nombrara a esa parte de la
ciudad Pestle.
Soltó un jadeo audible. —Pero eso está en medio de la ciudad. Dios
Todopoderoso, Shaw, debes caminar más de una hora para llegar aquí
todos los días.
—Apenas más de una hora —le dije, al tiempo que mi cuerpo se
descontrolaba por el hecho de que usó mi nombre de pila por primera
vez. Me gustó cómo dijo Shaw. Sonaba bien en su lengua, saliendo de su
boca. Dulce. Auténtico. Íntimo.
Isobel dejó de caminar y se volvió hacia mí. —¿Por qué demonios
quieres correr después de caminar más de una hora para llegar aquí?
Vacilé, sin saber cómo responder a eso sin mentir o darle la verdad.
—Solamente... sí. No lo sé.
Un lugar comenzó a picar directamente detrás de mi oreja. Me quité
el gorro para rascarlo, luego volví a ponérmelo, sintiéndome aún más
expuesto por la penetrante mirada de Isobel. Así que me aclaré la
garganta y comencé a caminar sin ella.
—Revisé todos estos libros de la biblioteca este fin de semana sobre
la construcción de estanterías, pero los consejos más útiles que encontré
fueron realmente en Pinterest. ¿Y qué piensas de esto... un pasillo oculto
en la puerta del estante?
Cuando no respondió rápido, me apresuré a discutir mi idea,
porque en serio, nada en la tierra podría ser más genial que un pasillo
escondido en una puerta del estante. ¿Cierto? —No sé adónde lleva esa
puerta en la pared sur de la biblioteca, pero sería un lugar increíble para
poner una puerta de estante. ¿No lo crees?
—Yo... —Alcanzándome, sacudió la cabeza—. Sí. Por supuesto. Eso
estaría bien.
Mi brusco cambio de tema podría haberla desconcertado o
simplemente no estaba tan entusiasmada con la idea como yo, pero su
respuesta indiferente me hizo apresurarme a añadir—: Por supuesto, no
tenemos que hacerlo si no quieres.
—Sí quiero. La idea suena divertida.
—¿Pero...? —presioné, con el estómago revuelto de inquietud. Era
patético cuánto quería que le encantara todas mis ideas.
Ella simplemente negó con la cabeza. —Sin peros. Me gusta la idea.
Solo estoy preocupada por lo difícil que va a ser para ti.
—Uff. Eso es lo último en lo que debes pensar. Yo me preocupo del
cómo, y además —Le di lo que esperaba fuera una sonrisa contagiosa—,
cuanto mayor es el desafío mejor la aventura, ¿verdad?
Me quité la mochila de mis hombros y la dejé caer al suelo, luego
volteé mi gorra de béisbol por lo que la llevaba hacia atrás, antes de
empezar a correr. Acabábamos de llegar al borde del lago, y este parecía
el sitio donde adiviné que comenzaba su carrera por la mañana.
—Oye —me llamó, acunándose la boca con sus manos—, vas en
sentido contrario a las agujas del reloj. Siempre corro en el sentido de las
agujas del reloj alrededor del lago.
Me reí y me volví a correr en reversa para poder enfrentarme a ella
mientras seguía adelante. —Adáptate al cambio, Isobel. Adáptate al
cambio.
Murmuró algo que no pude oír, luego se apresuró a alcanzarme.
Sonriendo, me volví para ver por dónde iba, aunque seguía demasiado
oscuro para ver mucho. El cielo empezaba a cambiar de color. Naranja,
amarillo y rosas se asomaban por el horizonte y se reflejaban en la
superficie de las aguas tranquilas. Un pájaro vociferó en la distancia.
Respiré profundo, inhalando el olor de la tierra húmeda y el pino de los
árboles de hoja perenne.
—Dios, esto es impresionante. No es de extrañar que corras todas
las mañanas.
—Se siente extraño ir por esta dirección —murmuró.
Me reí. —¿Cómo correr por primera vez?
Ella me lanzó una mirada extraña antes de mirar a su alrededor
como si, sí, estuviera viendo el paisaje por primera vez. Con los labios
abiertos, volvió su atención hacia mí. —Más o menos. Sí.
Con un guiño, le ofrecí—: Mañana podremos correr en el sentido
de las agujas del reloj y luego alternar de un lado a otro cada día. ¿Te
parece bien?
—Pero... —Tenía la sensación de que le preocupaba que yo viniera
aquí a pie todas las mañanas desde las tres y media hasta las cinco,
hasta que se dio cuenta de que no me importaba. Así que murmuró—:
Sí. Bueno.
Era la sensación más satisfactoria en el mundo cada vez que dejaba
de pelear conmigo para consentir o suavizar su tono. Más gratificante que
cualquier cosa que recordaba haber experimentado.
No hablamos mucho después de eso. La paz de la mañana en su
despertar, aparte del asunto de respirar con dificultad por la carrera,
mantuvo la conversación limitada. Le pregunté cuánto tiempo corría
normalmente, respondió que ocho vueltas, lo que hizo aproximadamente
tres kilómetros, y eso fue todo lo que dijimos.
Como no estaba acostumbrado a correr, ella naturalmente siguió
el ritmo conmigo. Me hizo preguntarme lo rápido que solía ir y lo mucho
que tuvo que retrasarse para igualar mis pasos. Me exigí tanto como
pude, y sin embargo seguía jadeando para respirar y queriendo
desmayarme allí en el camino una vez que acabemos. Pero Isobel me
animó a seguir adelante, a caminar hasta que mi ritmo cardíaco se
regularizaba.
Sin embargo, tuve que agarrar mi pecho y doblarme con mi otra
mano sobre una rodilla durante un buen minuto antes de que pudiera
enderezarme.
—Oh, maldita sea —jadeé—. Eso fue... fue increíble. —Incluso tan
agotado como estaba, no creía que me sintiera tan vivo y energizado.
Cuando me puse de pie, ella me tendió una botella de agua abierta.
No tenía idea de dónde la había estado guardando, pero no me importaba.
La agarré y tragué con avidez.
—Gracias. Eres una santa. —Le devolví la botella, solo para que mi
boca se secara cuando ella bebió del mismo lugar en el que acababa de
poner mis labios.
Inclinando la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y tragó, su garganta
trabajando a cada trago mientras una gota de sudor acariciaba su mejilla
indemne antes de deslizarse por el lado de su garganta.
Me puse duro como piedra, imaginándome lamiendo la gotita.
Luego fue y se pasó la lengua por el labio inferior, recogiendo un poco de
agua perdida antes de volver a meterla en su boca. Mi piel empezó a
palpitar con tal conciencia que ya podía imaginar cómo se sentiría
empujar dentro de ella y que las paredes de su sexo me envolvieran y se
contrajeran por placer.
Cuando un gemido retumbó en mi garganta, Isobel se volvió hacia
mí.
Repentinamente dándome cuenta de que tal vez tenía a la maldita
Torre Eiffel destacando la parte delantera de mis pantalones, me incliné
y agarré mi mochila del suelo donde había estado esperando mi regreso
y la sostuve elegantemente en mi área del regazo.
Pero el movimiento solo atrajo la atención de Isobel, lo que me hizo
sentir más expuesto. Empujé la mochila, explicando—: Cambio de ropa.
Solo trataba de apartar su atención de mi entrepierna para que no
se diera cuenta de lo excitado que estaba, pero cuando su expresión
decayó, me pregunté si pensaba que traté de inventar una excusa para
irme porque no quería estar con ella por más tiempo.
Abrí la boca para decir... diablos, no tenía idea. Sabía que no quería
que pensara que no me gustaba.
Sin embargo, ella se me adelantó con las palabras. Volviendo un
poco la cara, para que no pueda ver sus cicatrices, indicó con una mano
hacia la casa. —Hay una ducha en la casa de la piscina si quieres usarla
para lavarte antes de cambiarte la ropa.
—Está bien —empecé a concordar, mi mente todavía incapaz de
dejar de imaginarla acostada de espalda y abriéndose a mí—. Espera. —
Sacudí la cabeza—. ¿Tienes una casa de la piscina? ¿Tienes piscina?
Entonces casi me golpeé en la frente. Por supuesto que tenían una
piscina y una casa de la piscina. Cada casa tan enorme y cara como esta
debe tener una maldita piscina y casa de la piscina. Más que nada me
sorprendí porque nunca la había visto.
Sin embargo mi sorpresa fue algo bueno. Pareció divertir a Isobel.
Se relajó hasta que se olvidó de ocultarme sus heridas quemadas. —Uno
de estos días, vas a necesitar una guía completa del lugar.
Sonreí. —Si accedes a ser mi guía, acepto.
No sabía por qué lo dije. Me di cuenta de lo coqueto que sonó tan
pronto como las palabras salieron de mi boca, pero no podía
arrepentirme. Isobel respiró hondo mientras su rostro se ruborizaba y su
boca se tensó en un esfuerzo por mantener sus emociones a raya. Luego
me miró, y sus ojos azules reflejaron toda la esperanza y el anhelo que
había estado sintiendo en mi propio pecho desde el momento en que la
conocí.
—Veremos —murmuró evasiva. Y me vi obligado a mantener mi
mochila colocada directamente sobre el área de mi regazo durante el resto
de la caminata a la casa de la piscina.
Traducido por samanthabp
Corregido por Lynbe

—Todavía no son ni las seis —dijo Isobel, distrayéndome de mis


pensamientos sobre la mejor manera de ocultar mi erección.
La miré y levanté las cejas. —¿Qué?
Se sonrojó y agitó la mano. —Todavía faltan más de tres horas para
que empieces a trabajar, pero sería contraproducente que vuelvas a casa.
Tendrías que dar la vuelta y empezar de nuevo cuando llegues a tu
puerta.
—Oh.... Sí. No pensé en eso. —En realidad, sí. Esperaba entrar a
hurtadillas en su casa y encontrar un lugar para dormir hasta las nueve.
Pero ahora que se había dado cuenta de la diferencia horaria, no estaba
tan seguro de poder dormir una siesta en cualquier parte.
Sin embargo, no podía estar demasiado molesto por mis planes
arruinados. Me alegró un poco que considerara mi situación lo suficiente
como para darse cuenta de mi dilema. Qué considerado de su parte.
Me gustaba estar en su mente.
—Apuesto a que a mi papá le parecería bien que te fueras hoy a las
dos si quieres empezar a trabajar a las seis.
—¿Eso crees? —Me gustó cómo quería ayudarme.
Asintió. —Y mañana... es decir, si aún quieres seguir corriendo,
puedo esperar hasta las siete. Entonces podrías trabajar de ocho a
cuatro.
Y me gustó cómo estaba dispuesta a reajustar su propio horario
para incluirme en sus planes.
De hecho, me gustó todo este nuevo lado de Isobel. Una vez que
dejó a un lado la amargura, podría ser extremadamente amable. Ella era
toda una dicotomía.
Mostrándole una sonrisa pícara, no pude evitar burlarme. —Así
que has decidido que soy un compañero de ejercicio aceptable, ¿eh?
Sus ojos se ampliaron y volteó su cara antes de murmurar—: Lo
serás.
De parte de Isobel, consideré esas dos palabras como un apoyo a
la santidad. Estaba muy lejos de: quién es el idiota en mi jardín de rosas.
En realidad, fue difícil para mí relacionar a esta con la misma mujer que
me regañó por intentar robarle una flor.
Le miré de reojo. Ya que salió el sol, la vi mejor. Y maldita sea, se
veía en forma y adorablemente sexy con pantalones negros de yoga, una
camiseta de manga larga y cola de caballo. Caminó a mi derecha para
que no pudiera ver sus cicatrices desde este ángulo, y me hizo
preguntarme si lo hizo a propósito. Me di cuenta de que lo hacía a
menudo, maniobrando a escondidas para mantenerlas ocultos.
Quería sentirme insultado. Es decir, ¿en serio pensó que la trataría
diferente por ellas? Pero honestamente, lo entendí.
Todos tenían problemas consigo mismos, partes que consideraban
feas o humillantes, y aspectos que querían ocultar porque esas cosas los
hacían sentir vulnerables. Por lo general, la gente no dejaba que los
demás vieran sus partes vulnerables hasta que se sentían seguros.
Nunca se sabía si alguien más estaría asqueado, si pensaría menos de ti,
o si usaría tu debilidad para hacerte daño. Era puramente naturaleza
humana y auto-preservación investigar a una persona antes de dejarle
probarte que podías confiar en ella lo suficiente como para ver si les
seguías gustando a pesar de, o incluso mejor, debido a tus defectos.
Así que debía ser un asco que la parte más vulnerable de Isobel
estuviera al descubierto, a la vista de todos. Ella no podía decidir quién
la veía; bueno, supongo que no era verdad. Se convirtió en una ermitaña
para mantener alejados a casi todos. Pero el punto era que tener algo que
claramente no le gustaba de sí misma a plena vista le quitaba mucho de
ese control y auto-preservación. Y parecía que la hacía querer cerrar aún
más otras partes de sí misma.
Lo que solo me hizo estar más decidido a ganar su confianza. Un
día, me miraría directamente a los ojos sin preocuparse por esconder
nada. Ese era mi objetivo.
—Aquí —murmuró, haciendo un gesto delante de nosotros.
Miré hacia arriba, prestando atención hacia dónde íbamos, solo
para detenerme aturdido. Ya no sabía por qué algo sobre Porter Hall
debería sorprenderme, pero esto... esto me escandalizó.
—¿Es una jodida broma? —dije bruscamente.
Acabábamos de terminar el camino de grava a través de los árboles
que salían del estanque, solo para entrar en un mundo completamente
nuevo. La piscina... vale, la piscina no era tan impresionante. Era más
pequeña de lo que me había imaginado y curvada en una linda forma de
frijol. Fue la casa de la piscina lo que me dejó con la boca abierta. Casa
no era una palabra exacta para la cueva frente a mí. Y estoy hablando de
una cueva de verdad. Habían amontonado una enorme pila de cantos
rodados de arcilla, lo suficientemente grandes como para que un arbolito
perenne, algunas plantas y arbustos crecieran al costado, formando la
casa. Una cascada brotó de lo que parecía ser una entrada al lugar con
otra abertura de tubo redondo que tenía que ser un tobogán.
No sabía cómo nunca vi esto antes cuando había estado ayudando
a Lewis a trabajar afuera, pero mierda... pensaba que ya era hora de tener
el recorrido completo de este lugar.
—Debería haber toallas y artículos de aseo en el cuarto de baño —
me dijo Isobel mientras presionaba un botón colocado al lado de la pared
de roca.
Mis ojos se abrieron de par en par cuando la pared se separó para
mostrar la abundancia que había dentro. No era nada más que pisos de
roca, techos de roca, paredes de roca y un bar de roca que corría a lo
largo de la habitación. Incluso el jacuzzi de tres metros y medio estaba
hecho de roca. Con una pecera, un televisor y una chimenea incrustados
en la pared lejana, todavía había suficiente espacio para albergar una
puerta que daba a lo que parecía ser el dormitorio.
Un jadeo de pura reverencia se me escapó.
—Podría vivir aquí —dije, volviéndome hacia Isobel,
preguntándome por qué ella no vivía aquí—. Quiero decir... ¿puedo vivir
aquí?
Me parpadeó, y sentí la necesidad de levantar la mano y decir: “Es
broma”, aunque en realidad no era así. En serio, podría vivir aquí. Sin
problemas. Este lugar, toda la propiedad de Porter Hall, era una
maravilla. Empezaba a preguntarme por qué a Henry Nash le preocupaba
tanto que su hija quisiera estar aquí todo el tiempo. Demonios, yo quería
estar aquí todo el tiempo.
—El baño está ahí, pasando el dormitorio —dijo Isobel. De repente
parecía incómoda.
Me pregunté si mi asombro al contemplar todo el esplendor la hizo
sentir cohibida, o si se dio cuenta de lo cerca que habíamos estado de
pie. Se volvió hacia un lado, escondiendo sus cicatrices. Quería decirle
que se detuviera, tocarle la barbilla y obligarla a mirarme directamente.
Pero se dio la vuelta y se fue de la casa de la piscina antes de que
yo reuniera el coraje.
Aclarándome la garganta, asentí y entré al dormitorio.
Sí, definitivamente podría vivir aquí. Muy cómodamente. La cama
era casi del tamaño queen y aproximadamente el doble de ancha que el
sofá cama que había estado usando desde que mamá se mudó conmigo
y se apoderó de mi dormitorio. Un poco deprimido por el hecho de que no
podía entrar aquí y tomar esa siesta en esta cama, encontré el baño y
agité la cabeza.
Una vez más, todo era roca con la mitad del espacio ocupado por
una ducha llena de puertas de cristal y una docena de cabezales de ducha
diferentes. Ya estaba babeando por la experiencia cuando cerré la puerta
y empecé a quitarme la ropa húmeda de correr tan rápido como pude. Me
quité la gorra y los zapatos mientras me sacaba los pantalones.
Fue casi un desafío encontrar como abrir los diferentes cabezales
y controlar la temperatura. Me congelé la espalda y después la quemé
antes de tenerla justo como quería. Y entonces... entonces me quedé de
pie allí, sintiendo en mi piel lo que era como un millón de mini masajes
húmedos.
—Cielos —gruñí levantando mi cara hacia el chorro—. Oh Dios.
Esto es el cielo.
Decidiendo que los dispensadores de acero inoxidable que colgaban
de la pared contenían el jabón y el champú que necesitaba, oprimí el
botón y llené mi mano con un jabón espumoso. Olía a madera y
masculino. Me enjaboné el cuerpo y lo enjuagué. Luego, no pude evitarlo
y me enjaboné de nuevo. Se sentía tan bien. Me podría bañar aquí todo
el día.
Pero no me tomó mucho recordar quién era, dónde estaba y qué
hora era. Serían las seis pronto y si quería empezar mi trabajo a las seis,
debería parar de usar todas las cosas de mi jefe e ir a trabajar.
Un poco avergonzado de mí mismo por holgazanear, me enjuagué
y cerré el agua antes de sacudirme para secarme. Después de abrir la
puerta de la ducha, busqué una toalla en el armario ubicado encima del
inodoro.
Me puse ropa interior limpia, medias y un par de vaqueros limpios.
Me entretuve tanto con toda esa agua caliente que la habitación se sentía
como un sauna. Tomé mis botas de trabajo y una camiseta doblada de
mi mochila antes de recoger toda mi mierda para correr y guardarla.
Entonces abrí la puerta para terminar de vestirme en el dormitorio menos
húmedo.
Apenas había levantado la camiseta y la había puesto por encima
de mi cabeza para deslizarla en mi cuerpo, cuando Isobel entró.
—Traje más toallas en caso de que no hubiera ninguna, ¡oh!
En lugar de apurarme para terminar de ponerme la camiseta, bajé
los brazos, pero la mantuve estirada a través de mi pecho ya que ya había
metido los brazos en las mangas. Solo un brazo, la parte de arriba de mis
bíceps y los lados de mis costillas estaban expuestos para ella.
Eso pareció ser suficiente para hacerla sonrojar. Abrazó las toallas
que había estado sosteniendo contra su pecho y parpadeó hacia mí.
El calor inundó mi piel recién lavada, construyéndose más hondo.
—Ya terminé —dije—. Y sí, había suficientes toallas. Pero gracias.
Movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo pero no habló. Sus ojos
parecían clavados en mi piel expuesta. A mis bíceps les gustó la atención.
Sin mi permiso, se movieron, ni fue una flexión completa, pero tampoco
un movimiento pequeño. Las malditas cosas estaban alardeando sin
duda, y fue suficiente para hacer saltar a Isobel y darse cuenta de que
ella había estado mirando. Se volvió hacia un lado, así que ya no se
encontraba de frente a mí.
Lo extraño fue que se dio vuelta hacia el lado donde podía ver sus
cicatrices por completo, y tuve que decir que le hizo bien a mi ego darse
cuenta de que mi estado de desnudez la había inquietado lo suficiente
como para olvidarse de esconderlas.
—Eso... —Se detuvo para tragar—. Eso fue rápido.
Para mí, había sido la ducha más larga que tomé, pero no iba a
discutir con ella. Me puse la camisa, tomándome mi tiempo y conteniendo
una sonrisa cuando la vi voltearse para mirar de nuevo.
—No estaba seguro de qué tan cerca estaba de las seis —le dije,
dándole la espalda mientras me inclinaba para ponerme los zapatos—.
No quería llegar tarde al trabajo.
Respiró profundamente antes de tartamudear: —Yo... tú... no
llegas tarde. —Parecía casi sin aliento mientras mantenía mi culo
cubierto con los vaqueros frente a ella todo el tiempo que me ataba las
botas.
Cuando terminé, coloqué los dobladillos de mis vaqueros sobre la
parte superior de mis botas antes de enderezarme y girarme hacia ella.
Sus hombros se levantaron y cayeron antes de añadir—: Llegas
justo a tiempo.
—Genial. —Sonreí y me peiné el pelo con los dedos unas cuantas
veces antes de conformarme y ponerme el gorro—. ¿Quieres regresar a la
biblioteca y revisar las estanterías? Investigué un poco este fin de semana
y encontré algunas ideas geniales, principalmente sobre molduras y
diseños.
Me impactó lo dolorosamente inepto que era para hacer estanterías
en un lugar como éste que albergaba lo que tenía que ser una cueva de
roca multimillonaria de la casa de la piscina. Pero si a Henry, y lo que es
más importante, a Isobel, no parecía importarle, entonces a mí tampoco
me iba a importar.
Isobel empezó a asentir. —De acuerdo. Yo... —Sus ojos se abrieron
de par en par, su mirada fija en mí. Pero cuando me acerqué a ella, dio
un paso atrás—. En realidad, no. Creo… que voy a tomar una ducha
rápida también. —Luego juro que la oí murmurar en voz baja: “Una
ducha fría”. Pero no estaba seguro porque lo siguió muy rápidamente
con—: ¿Por qué no vas a la cocina y le pides a la señora Pan que te sirva
el desayuno? Te veré allí, ¿de acuerdo?
—Está bien —dije, asintiendo con la cabeza; mi estómago gruñó
feliz ante la perspectiva de comida—. Me parece bien.
Empezó a darse la vuelta, solo para que me diera cuenta de que me
iba a abandonar allí para encontrar mi propio camino de regreso a la
casa. —Isobel, espera —exclamé, saltando tras ella.
Deteniéndome tan rápido que casi me choqué con ella, se dio vuelta
y se tropezó hacia atrás cuando se dio cuenta de lo cerca que estaba de
mí. Con los ojos abiertos de par en par, jadeó. —¿Sí?
Me encogí y le ofrecí una sonrisa de disculpa. —¿Cómo… uh, llego
exactamente a la cocina desde aquí?
Apesadumbrada, se sonrojó. —Oh. Cierto. Ven. Te llevaré allí.
Fui detrás de ella cuando salimos de la casa de la piscina, donde
tuve que mirar hacia atrás una última vez para echar otro vistazo a toda
la genialidad del interior. Al final del patio que rodeaba la piscina, surgió
el familiar laberinto de setos. Isobel eligió una abertura y la seguí. No era
lo suficientemente ancho para dos personas, así que tuve que quedarme
un paso detrás de ella.
Creo que eso la hizo sentir cohibida, lo cual sí, debería, ya que le
miraba su trasero en esos pantalones de yoga. Se aclaró la garganta y me
preguntó—: ¿Terminaste alguna lectura este fin de semana?
Sorprendido de que hubiera sacado a colación los libros y la
lectura, ya que solo nos escribíamos a través de notas, levanté mi
atención de su culo a su cara justo cuando me miraba por encima de su
hombro.
—Sí, en realidad, lo hice. Gracias por recordármelo. —Trasladando
mi mochila de la espalda al pecho, bajé la cremallera del bolsillo delantero
y saqué Brisingr—. Lo terminé. Gracias de nuevo por el préstamo. —Se lo
entregué, y tuvo que dejar de caminar y girar un poco para recibirlo, lo
que nos acercó más.
Sus dedos rozaron accidentalmente los míos cuando agarró el libro.
—Yo... —Su mirada se levantó hacia la mía y maldición, esos ojos se veían
tan malditamente azules mientras sus pestañas se veían imposiblemente
largas. Quería besarla. Quería besarla tanto.
Y luego se humedeció los labios, dándoles golpecitos con su lengua
rosada. Casi perdí el control. Pero me negué a dar el primer paso. Tenía
que ser ella. Me mataba permanecer tan quieto como fue posible, pero lo
hice, tratando de convencerla en silencio con todo dentro de mí, de que
me encontraba completamente de acuerdo con lo que tal vez quisiera
hacerme.
En lugar de acercarse, se aclaró la garganta y se alejó. —Entonces,
¿supongo que necesitarás el cuarto libro?
Me desinflé un poco con la decepción, pero logré asentir e incluso
le envié una sonrisa. —Claro. Eso sería grandioso. Gracias.
Con una inclinación de cabeza, se dio la vuelta y aceleró. Casi tuve
que correr para mantener el paso. No volvió a hablar durante el resto del
viaje a la cocina, y yo tampoco confiaba en mí para decir nada.
Cuando llegamos a una abertura en el sendero del seto,
terminamos en el patio donde conocí a Kit. Isobel se acercó a la puerta
trasera y entró, dejándola abierta para que yo la siguiera.
Cuando lo hice, me sorprendió ver al señor Nash en la cocina,
sentado a la mesa y desayunando. No lo había visto comer en la cocina
desde que vine a trabajar aquí. La mayoría de los días, salvo los sábados,
ya se había ido cuando llegué. Pero los dos últimos sábados, simplemente
le llevaban una bandeja a su oficina para comer.
Levantó la vista y sonrió. —Buenos días, cielo. ¿Tuviste un buen...?
Su voz se apagó cuando entré y cerré en silencio la puerta tras de
mí.
La señora Pan se dio vuelta desde la estufa donde estaba haciendo
panqueques, y Kit, que había estado sentado frente al señor Nash, se
metió bajo la mesa al ver a Isobel.
—¡Shaw! —exclamó la señora Pan—. ¿Qué haces aquí tan
temprano?
Se quedó congelada, con la espátula en la mano, esperando una
respuesta, mientras que el señor Nash parecía igualmente sorprendido.
Tragué, sin darme cuenta hasta ese momento de lo que podría
parecer pasar tiempo con Isobel fuera de las horas de trabajo. Pero ya no
existía manera de ocultarlo. Además, no había nada sórdido que ocultar.
Aun así, no pude evitar enviarle una mirada interrogadora para
asegurarme de que le parecía bien que contara nuestras sesiones de trote
antes de decirlo. —Decidí salir a correr con... —Estaba en la punta de mi
lengua para ser formal y llamarla señorita Nash, pero entonces pensé:
¿por qué molestarme? No escondía nada, así que terminé con—: ...Isobel.
Tanto la cocinera como el padre de Isobel parecían sorprendidos.
No estaba seguro si era por la manera informal en que me referí a ella o
por el hecho de que habíamos corrido juntos.
Isobel se aclaró la garganta. —Ya que vino tan temprano, le dije
que podía trabajar de seis a dos por hoy en lugar de su horario usual de
nueve a cinco. Eso te parece bien, ¿verdad, papá?
—Uh... —Le tomó a su padre unos segundos de más para cerrar su
boca, antes de que lentamente le diera a su cabeza una sacudida aturdida
de arriba hacia abajo—. Claro —se las arregló para responder—. Claro.
Lo que tú creas mejor, cielo.
Isobel también asintió. —Bien. Voy a darme una ducha. —Se
detuvo junto a su padre para besarlo en la cima de su calva cabeza—.
Qué tengas un buen día —dijo antes de salir de la cocina.
La señora Pan y el señor Nash parpadearon antes de volver a darme
su atención. —Yo... ¿le parece bien? —pregunté, ahora que Isobel se
había ido—. Que salga con ella, quiero decir.
Reaccionando de su sorpresa, el señor Nash saltó e
inmediatamente comenzó a asentir. —Sí, sí. Perfectamente bien. Es que...
no me di cuenta de que ustedes dos habían...
Respiré hondo. —Uh… Hablamos bastante el sábado mientras nos
poníamos de acuerdo sobre las estanterías.
—Bueno... —murmuró el señor Nash—. Eso es... eso es fantástico.
Sus ojos brillaron con un entusiasmo que me inquietaba. De
repente deseé que nunca se hubiera enterado de nuestra carrera. No
quería que pensara que lo hice por nuestro acuerdo. Ni siquiera pensé en
eso cuando le pregunté a Isobel si podía ir con ella.
Pero la mirada en su cara, me dijo que eso era exactamente lo que
estaba pensando.
Abrí la boca para, no sé, corregirlo tal vez. Pero la señora Pan me
interrumpió.
—¿Shaw, puedo ofrecerte algunas tortitas?
Cuando me di la vuelta para aceptar educadamente, Kit escogió ese
momento para volver a arrastrarse desde debajo de la mesa. Sin decir
una palabra, el señor Nash le dio una palmadita en la cabeza como para
calmar al niño, y perdí totalmente mi hilo de pensamiento,
preguntándome por qué todo el mundo permitía que el niño tratara a
Isobel de esa manera.
Así fuese lo último que hiciera, le iba a mostrar a Kit Pan que no
existía razón para temer a Isobel.
Traducido por **Nore**
Corregido por Lynbe

Para cuando Isobel regresó a la cocina, con el cabello suelto recién


lavado, cubriéndole la cara a medias, todos habían acabado de
desayunar, e incluso Constance y Lewis habían llegado, comido e ido de
nuevo. Kit se encontraba en la oficina de la señora Pan —como ella le
decía, aunque a mí me parecía más un cuarto de juegos para niños—
mientras que ésta misma se hallaba junto al fregadero con un puñado de
herramientas, lista para dármelas cuando se las pidiera. Y yo... bueno,
estaba tendido debajo del fregadero, tratando de averiguar qué le pasaba
al triturador de basura.
Acababa de comer mi último bocado de panqueque cuando la
señora Pan trató de deshacerse de... bueno, la basura, supongo, y había
hecho el sonido de trituración más horrible antes de que el olor a cables
eléctricos quemados y humo llenara la cocina.
Menos mal que el nuevo manitas estaba a mano. Me tragué lo
último del desayuno y me puse a trabajar. Tuve un poco de experiencia
con el tema. El triturador de la panadería se había atascado muchas
veces. Pero esto parecía peor. El botón de reinicio no había hecho nada.
Nada parecía estar goteando y la señora Pan dijo que nada se drenaba
lentamente. Así que adiviné que debía ser un problema eléctrico.
—¿Qué...? —Oí la voz de Isobel cuando entró en la cocina.
Me deslicé por debajo del fregadero, explicando—: El triturador de
basura.
Su respuesta inmediata fue: —No metas la mano por el desagüe.
Parpadeé, esperando que me dijera que era broma. Pero cuando me
parecía genuinamente preocupada de que yo pudiera intentar tal hazaña,
suspiré.
¿De verdad? ¿Ella piensa que soy tonto eh?
—Seguro, eso es exactamente lo que iba a hacer.
Tuvo la gracia de sonrojarse. —Lo siento, solo...
—No te preocupes —le dije—. Pero podría tomar un poco de tiempo
antes de que podamos volver a trabajar en lo de la estantería.
Con un movimiento de cabeza, empezó a retroceder. —Sí, por
supuesto. Lo entiendo. Completamente.
Pero no parecía que lo entendiera. La miré con los ojos
entrecerrados mientras se retiraba hasta que llegó a la entrada de la
cocina.
—Pero qué hay de tu... —Intenté preguntar, excepto que ella ya se
había ido—. ¿Desayuno?
—Normalmente no desayuna —me respondió la señora Pan.
La miré, preguntándome si Isobel lo habría hecho esta mañana si
no la hubiera espantado con mi proyecto de triturador de basura. Todavía
no almorzó con el personal desde que llegué. Claro, me estuvo evitando
durante las últimas dos semanas, pero aun así... por las reacciones de
Kit hacia ella, tuve la sensación de que se mantenía alejada hasta que
todo el mundo se fue antes de buscar comida.
Tal vez su padre tenía razón. Aparte de él y su hermano, Isobel
trató de evitar a las personas, incluso al resto del personal. Creo que no
me di cuenta de cuánto había progresado con ella hasta ese momento.
De repente quise ponerme de pie y correr detrás suyo, obligarla a volver
a la cocina a comer con otras personas. Pero la señora Pan necesitaba su
fregadero.
—¿Puedes cambiarlo por uno de cabeza plana? —pregunté,
elevando el destornillador Phillips que había estado usando para el
componente principal.
Hicimos el cambio y apreté los dientes mientras que apretujaba el
destornillador como una palanca entre el anillo de junta y la parte
principal de la máquina para soltarlo. Mientras tanto, no dejaba de
pensar en Isobel y en la mirada perdida y abandonada que había tenido
al salir de la cocina. Sin embargo, no la había abandonado y no veía la
hora de volver a la biblioteca para mostrarle eso.
El problema fue que arreglar el estúpido triturador de basura acabo
llevándome el resto del día. Me tomó unas dos horas para decidir que el
motor ya no tenía reparación. Luego tuve que esperar para que Lewis me
llevara a la ciudad y compramos uno nuevo en la tienda de suministros.
La instalación ocupó el resto de la tarde.
Para el momento en que entre a la biblioteca, limpiando las
manchas de grasa de mis manos en mis pantalones vaqueros, Isobel se
encontraba relajada en su sofá, leyendo.
—Siento que tomara tanto tiempo —dije, sintiéndome como un
idiota por dejarla esperando—. ¿Estás lista para volver a trabajar en esos
planes?
Pero Isobel se limitó a bajar el libro a su estómago y dijo—: Es la
dos menos cuarto.
Fruncí el ceño. —¿De acuerdo? —¿Qué significaba eso?
Me envió una sonrisa triste. —Te vas en quince minutos. No hay
tiempo suficiente para hacer nada.
Oh, mierda. Había olvidado por completo que me iba a las dos
desde que llegué tan temprano.
—Será mejor que esperemos hasta mañana para volver a los
planes.
Esta vez, yo estaba desanimado cuando asentí con la cabeza y salí
de la biblioteca.

***

Volví a las siete de la mañana siguiente, ansioso. Corrimos el


camino alrededor del lago en la dirección opuesta a la que lo hicimos la
mañana anterior. Luego tomé otra ducha en la increíble casa de la piscina
de la cueva de roca. Después de eso, desayunamos en la cocina, y sí,
Isobel comió conmigo, si llamamos comida a la granola y al yogur. Para
entonces, el señor Nash ya se había ido a trabajar, y Kit y la señora Pan
se fueron a otra parte. Igual que Lewis y Constance. Estábamos solos los
dos.
Discutimos la serie Herencias con una taza de café antes de poner
nuestros platos sucios en el lavavajillas y retirarnos a la biblioteca. Esta
vez, tuvimos medio día de planificación antes de que Constance llegara,
necesitando ayuda con una planta en maceta que accidentalmente había
derribado. Resultó que era más como un árbol y la maceta probablemente
pesaba casi doscientos kilos. La enderecé y ella aspiró la tierra
derramada.
El resto de la semana progresó en la misma línea. Nos interrumpía
constantemente Lewis, la señora Pan o Constance, necesitando ayuda.
Era sábado antes de que tuviéramos un sistema de planes con un cálculo
de cuánta madera y suministros necesitaríamos. Fue una coincidencia,
ya que el sábado el señor Nash se encontraba en casa.
Agarrando mi lista de suministros en la mano, me dirigí a su oficina
y llamé a la puerta, esperando a que contestara antes de entrar.
Sin embargo, ni siquiera llegué al tercer punto de la lista antes de
que asintiera con la cabeza y agitara una mano, cortándome. —Bien,
bien. Suena muy bien. Ve y compra lo que necesites.
—Espere, ¿quiere que yo compre los suministros? —Era imposible.
Incluso si me reembolsaba, ni siquiera podía permitirme una décima
parte de todo lo que necesitábamos.
Henry levantó la vista de lo que estaba escribiendo. —Abriré una
cuenta en el aserradero y les daré permiso para que te den acceso
ilimitado a los suministros que quieras.
—Oh! —dije, sorprendido de que fuera tan generoso, pero aun así—
: Gracias, pero, uh... —Me estremecí, sintiéndome como un fracaso.
El señor Nash suspiró. —¿Cuál es el problema, señor Hollander?
—Es sólo... —Me ruboricé—. Lo siento, pero no tengo un camión...
ya sabe, para transportar los suministros desde la tienda hasta aquí.
—¿No tienes?
Jesús, eso fue humillante. —No, señor.
—Oh. Bueno, claro, por supuesto. Supongo que supuse que eras
un hombre de camiones. —Luego se rió—. Supongo que sería difícil llevar
una tarima de madera en el maletero de tu coche.
—No, tampoco tengo coche —le ofrecí en voz baja.
El señor Nash parpadeó. —No... —Esta vez, lo dejé perplejo—. ¿Qué
quieres decir?
—No... no tengo ningún vehículo.
—¿Ninguno? —repitió, claramente sin entender.
—Bueno, tenía. Pero lo vendí para ayudar a mi mamá con... —No
parecía necesario terminar esa declaración. La comprensión llenó la
mirada del señor Nash.
—¿Entonces cómo has estado viniendo al trabajo cada día?
—Camino.
—Oh —murmuró, abriendo la boca antes de cerrarla. Luego se
aclaró la garganta y miró hacia otro lado—. Bueno, entonces... —Extendió
la mano—. Haré que me entreguen los suministros. No hay problema.
Esa es la lista de todo lo que necesitas, supongo.
—Yo... —Miré hacia abajo a la lista que tenía en la mano, solo para
volver al tema en cuestión—. Sí. Esto es todo. —Se la entregué—. Gracias,
señor.
Gruñó su respuesta, revisando brevemente los elementos de la hoja
antes de colocarla en el escritorio junto a él. —Me encargaré de ello.
Asentí, dándole las gracias de nuevo, y me fui de su oficina.

***

El lunes, llegué a trabajar para encontrar un nuevo camión negro


brillante ubicado en el camino de entrada. Elevé las cejas, impresionado,
antes de acercarme para encontrar a Isobel en el sendero. Me pregunté
quién estaba de visita que poseía una máquina tan grande. Pero cuando
le pregunté, solo se encogió de hombros.
—Ni idea.
Me pareció extraño que ni siquiera le importara de quién era el
camión que estaba en la entrada de su casa, pero yo también me encogí
de hombros y dejé de molestarla al respecto.
Mi pregunta se contestó finalmente cuando Constance me encontró
una hora después de nuestra carrera, mientras yo reorganizaba cosas en
la biblioteca, esperando que el aserradero entregara nuestros
suministros.
Me dio un sobre abultado. —Antes de irse esta mañana, el señor
Nash me pidió que te diera esto.
—De acuerdo —dije, frunciendo el ceño sospechosamente mientras
lo tomaba—. Gracias.
Abrí el sobre cuando el ama de casa salió de la habitación, solo
para encontrar una nota y un juego de llaves dentro. Fruncí el ceño ante
las llaves y saqué la nota.

Señor Hollander,
Resulta que ordenar madera no es mi fuerte, pero comprar camiones
sí. Me sentiría mucho más cómodo si usaras el camión para ir a comprar
los materiales de la estantería tú mismo. Es un Ford negro que está
aparcado frente a la casa. Creo que lo verás. Hay una tarjeta de gas en la
guantera así que no serás responsable de pagar por el combustible, y te
agradecería si lo llevaras desde y hacia el trabajo de aquí en adelante,
también. No sería conveniente si alguien te viera caminar todos los días y
tuviera la impresión de que no le pago a mis empleados lo suficiente para
incluso permitirse el transporte. Gracias por tu comprensión.
Henry.

Mi boca se abrió antes de tomar las llaves y observarlas con


incredulidad.
—¿Para qué son las llaves? —preguntó Isobel mientras entraba a
la biblioteca, comiendo una manzana.
Incrédulo, giré hacia ella, con las llaves aún pesando en mi palma.
—¿Sabías de esto?
Miró a su alrededor, confundida, antes de volverse hacia mí. —¿Si
sabía qué?
—Creo… que tu padre me acaba de comprar un camión.
Frenando hasta detenerse, se detuvo a medio masticar para
inclinar su cabeza hacia mí y darme una mirada extraña. Levanté la nota.
Después de leerla, levantó la cara, miró mi expresión sorprendida
y sonrió. —Bueno, ¿por qué sigues ahí de pie? Vamos a verlo.
Mis ojos se abrieron de par en par, pero no pude moverme. —Pero...
Se rió. Sonaba increíble y multiplicó mi sorpresa por diez, incapaz
de creer que la había hecho reír.
—Pero nada —me animó, tomándome del brazo. Sí, Dios, sus dedos
envueltos alrededor de la parte interior de mi codo causaron chispas que
se dispararon a través de todo mi cuerpo—. Vamos.
La seguí impotente. Parecía tan feliz por mí, lo que hizo crecer mi
propia expectativa. Una vez que pasamos junto a la estatua de Cupido,
el piso de la pecera y la fuente interior en el vestíbulo, ella abrió la puerta
y salió corriendo hacia la cálida y soleada mañana.
—Mierda —respiré, observando el camión que debía usar de aquí
en adelante. Me detuve a pocos metros y empecé a sacudir la cabeza—.
No. No puedo.
Isobel se volvió hacia mí, uniendo sus cejas con preocupación. —
¿No puedes qué?
—Yo... —Agitando con furia mi mano hacia el camión,
tartamudeé—: Esto... no puedo. No puedo conducir esto.
Parpadeó. —¿Por qué no? ¿No sabes conducir?
—Por supuesto —murmuré, frunciendo el ceño—. Es que... es tan
lindo. Es demasiado lindo. No pertenezco a un camión tan bonito.
Cuando fui a dar un paso atrás, Isobel me cogió del brazo. —Shaw
—advirtió, arqueando las cejas amenazadoramente—. No te atrevas a
enloquecer. Es solo un camión.
—¿So...solo un camión? —exploté. Solo un camión. Cierto. Y Porter
Hall Estate era solo una casa—. Es un nuevo Super Duty F-450 Platinum.
¡Eso es lo que es! Es como el jefe de los camiones geniales. ¿Sabes cuánto
tuvo que costar esta cosa? Mierda, Isobel. ¿Y si lo destrozo, o lo abollo, o
le hago un maldito rasguño? —Tenía miedo incluso de tocarlo, mucho
más conducirlo.
De hecho, di un paso atrás, preocupado de que mi aliento pudiera
manchar la pintura.
Isobel parpadeó, como si estuviera exagerando. —Estoy segura de
que está asegurado.
Dejé escapar una risa incrédula. —Esto es una locura. Te das
cuenta de lo loco que es esto, ¿verdad?
Se encogió de hombros. —Es un camión de trabajo, Hollander. No
es como que sea tuyo para siempre.
Asentí. Sí, lo sabía, pero aun así... iba a conducir esta bestia, esta
hermosa y espectacular bestia de carretera. Mis manos comenzaron a
temblar de nervios, las llaves palpitaban en mi palma. Mierda, no podía
creer que tuviera las llaves.
Rodando los ojos, Isobel pasó por delante de mí y abrió la puerta
del lado del conductor. Me estremecí, temiendo que alguna clase de
alarma sonara, advirtiéndome. Cuando no lo hizo, ella levantó una ceja y
me empujó hacia adelante. —Bueno, súbete. Mira cómo te queda.
—Oh, Dios —gimoteé, pero lentamente me adelanté antes de
agarrar la puerta, plantar mi pie en la barra lateral y levantarme hacia
adentro—. Mierda. Huele tan nuevo.
—No está tan mal —aceptó Isobel, subiéndose al escalón de la barra
lateral para inclinarse y revisar las cosas. Su cercanía me distrajo. Inspiré
rosas encima del olor de la camioneta nueva y centré mi atención en las
puntas de su cabello que me rozaron el muslo cuando ella se inclinó a mi
lado para examinar el tablero.
Olvidándome de todas mis inhibiciones al conducir, me encontré
preguntando—: ¿Quieres dar un paseo?
Su cara se elevó, sus ojos azules sorprendidos se encontraron con
los míos. —¿Qué?
Parpadeó y retrocedió como si le hubiera pedido que me enseñara
sus tetas. —Oh, no. No, no lo creo...
—Vamos —le animé, tomando su mano mientras la idea ganaba
energía. No solo quería que viniera conmigo, sino que probablemente el
señor Nash se mearía en los pantalones si se enteraba de que había
convencido a Isobel para que saliera de Porter Hall.
Pero ella se soltó de mi agarre y dio otro paso atrás. —No. Yo no...
no lo creo. No salgo mucho.
O nada, quería añadir.
Le envié una expresión llena de ojos suplicantes. —Me sentiría
mejor si estuvieras allí, asegurándome que escogí la madera correcta, la
pintura y...
—Confío plenamente en tus capacidades en este asunto.
La miré un momento antes de decirle—: Aún quiero que vengas
conmigo.
Agitó la cabeza.
Le envié una sonrisa triste y me rendí, sintiendo como si hubiera
perdido. —En otro momento, entonces.
Podría haber perdido esta batalla, pero seguía decidido a ganar la
guerra.
Traducido por Val_17
Corregido por Julie

Cuando conduje a casa esa noche, me esperaba que las luces rojas
y azules comenzaran a parpadear detrás de mí en cualquier momento
con algún policía amenazando con arrestarme por robo. Conduje con mis
ojos pegados en el espejo retrovisor en vez del camino delante de mí.
Para el momento en que llegué a la ciudad, sin esposas, mi
preocupación solo se incrementó. La gente no tenía autos tan bonitos o
nuevos como este en mi vecindario. Si estacionaba esta cosa en mi calle,
bien podría pintarle un enorme blanco. No sobreviviría a la noche.
Maldiciendo en voz baja, encontré un barrio mejor a unos quince
minutos de caminata del mío, donde los autos y las camionetas
comenzaban a verse en buen estado y era más seguro estacionar en la
calle. Me sentía mal por dejarlo allí, tan lejos de mi apartamento, pero
demonios, tenía una mejor oportunidad aquí.
—Estarás bien —dije, acariciando la pintura y tranquilizándome
más a mí que a la camioneta. Luego retrocedí, respiré hondo y me
apresuré a casa. Una vez que llegué al apartamento, recordé comprobar
la casilla del correo en el primer piso antes de subir las escaleras. Había
cerca de media docena de cartas, todas de parte de personas a las que
les debíamos dinero.
Notando que ya pasaron días desde que recibimos algún aviso de
retraso, empecé a sudar y abrí la primera carta. Me hallaba a medio
camino de la primera escalera cuando me di cuenta de lo que miraba.
Parando, me quedé boquiabierto por la incredulidad.
Sabía que había hecho el trato con el señor Nash, pero una parte
de mí nunca creyó plenamente que él cumpliría su mitad. Sin embargo,
allí estaba, con la mandíbula floja mientras miraba el aviso de préstamo
pagado en su totalidad. Era emocionante y un poco aterrador. Temía que
no fuera real.
Con las palmas sudadas, abrí la segunda carta. Otro aviso de
préstamo pagado.
Santa mierda. Él cumplió el trato. De verdad. Pagó todas las deudas
de mi madre.
Con la tercera carta abierta, parpadeé para contener las lágrimas
de emoción. Todo había sido pagado.
Me cubrí la boca con una mano y miré alrededor de la escalera
tranquila, sintiéndome abrumado.
Ella era libre. Mi madre finalmente se hallaba libre y segura.
Si Henry Nash estuviera allí en ese momento, lo habría abrazado.
Acababa de salvar a mamá. Para mí, él era un héroe.
Para el momento en que llegué al apartamento, mi alivio y alegría
de algún modo me dejaron agotado y aturdido. Así que quedé aún más
asombrado cuando abrí la puerta, solo para oler pan horneado junto con
manzanas y canela.
Oh Dios, no podía ser. No los famosos rollos de manzana y canela
de mamá. Se volvieron tan populares en todo el vecindario, que en
realidad fueron la razón de que mi hermana Victoria insistiera en que
abriera la panadería. Olerlos ahora fue agridulce. Me recordaba la
manera en que nuestras vidas se fueron a la ruina, pero también me
decía que mamá se encontraba levantada, horneando.
Me fui de prisa hacia la cocina, preocupado de encontrarla
tambaleándose sobre el horno y tosiendo lo último de su gripe. Pero
cuando llegué a la puerta, me detuve de golpe. Mamá parecía totalmente
recuperada de su enfermedad. Tarareaba para sí misma mientras
extendía la mantequilla sobre un pan todavía humeante. La cojera se
mantuvo mientras se movía hacia un plato en el otro extremo de la
encimera, pero incluso su andar irregular parecía mejor que cualquier
movimiento que hubiera hecho desde que se fracturó la cadera hace tres
meses. Su andador se encontraba sin usar al otro lado de la cocina.
—¡Shaw! —dijo, el placer floreciendo en su cara—. ¿Tienes hambre?
Hice suficiente para alimentarnos durante una semana, creo. —Se rió de
esa manera tintineante que siempre me recordaba a las campanillas o al
aleteo de las alas de un ángel. Me encantaba la risa de mi madre. Había
pasado tanto tiempo desde la última vez que la oí.
El afecto calentó todo mi pecho. Mamá se encontraba de vuelta,
mejor que nunca. Estaba libre de préstamos, además se veía saludable y
feliz.
—Podría comer —dije, acercándome—. Pero primero… —Envolví
mis brazos a su alrededor y le di el abrazo más grande, incluso la levanté
e hice que se riera.
Palmeando mi hombro y luego tocando mi mejilla, sonrió. —¿De
qué se trata todo esto?
Negué con la cabeza; ni siquiera sabía si podría expresar lo
contento que me sentía por toda nuestra buena fortuna. —Simplemente
ha sido un buen día.
Por supuesto, me malinterpretó totalmente, sin pensar que quizás
estuviera feliz debido a ella. —Algo debió ocurrir en el trabajo —
reflexionó, con sus ojos marrones, del mismo tono que los míos,
centelleando de alegría.
Comencé a sacudir la cabeza antes de recordar: Oh mierda, sí. —
Sí, supongo. —Me encogí de hombros, casi demasiado avergonzado para
contarle mis noticias—. El señor Nash me prestó una camioneta para
conducir hacia y desde el trabajo.
—Vaya, eso es agradable. —Mamá se volteó para recoger el rollo de
canela al que acababa de ponerle mantequilla para dármelo—. Ya no
tendrás que pasar tanto tiempo caminando hacia ese lugar.
Dijo ese lugar como si fuera un horrible presagio. Le dije una y otra
vez que no había nada sombrío sobre los Nash, pero seguía dudando.
Tomé el rollo y lo mordí, gimiendo por los sabores de la manzana y
la canela que explotaron en mi lengua. Entonces cerré los ojos,
disfrutando el sabor, antes de tragarlo. Cuando volví a mirar a mamá, le
echaba mantequilla a otro rollo. Me incliné contra la encimera y la
observé, tomando otro bocado.
—Mamá, agradable ni siquiera cubre la mitad de lo que es esta
camioneta. No lo entiendes. —Comencé a explicar el modelo y el año,
junto con todas las funciones y el motor que contenía—. Tenía tanto
miedo de conducirla a casa y estacionar en nuestro vecindario, tuve que
dejarla fuera de Denny’s en la Quinta.
—Oh, Shaw. —Rodó los ojos—. Puedes ser tan dramático, dulce y
precioso, hijo mío. Lo haces sonar como el Santo Grial cuando solo es
una camioneta de trabajo.
Resoplé y negué con la cabeza. —Suenas como Isobel.
—¿Quién es Isobel?
Salté ante la pregunta, porque no vino de mi madre. Sin darme
cuenta que había alguien más en el apartamento, me aparté de mi pose
casual contra el mostrador y me volteé hacia la nueva voz.
Gloria se encontraba allí, mirándome fijamente con los brazos
cruzados sobre su pecho.
—Jesús, ¿de dónde saliste tú?
Empezó a dar golpecitos con su pie. —Estaba en el baño cuando
entraste, refrescándome. ¿Quién es Isobel?
La clara indignación se extendía por su cara, y continuó
mirándome como si la hubiera engañado. Entrecerré los ojos y fruncí mi
boca, negándome a responder, porque no era asunto suyo quiénes eran
mis conocidos.
Pero entonces mamá tuvo que decir—: No creo que te haya oído
mencionar a una Isobel. ¿También trabaja para el señor Nash? —Luego
le pasó el rollo recién untado con mantequilla a Gloria, murmurando—:
Aquí tienes, querida.
Casi perdí la calma cuando Gloria lo tomó, respondiendo—:
Gracias, mamá.
No me gustaba que llamara “mamá” a mi madre. No me gustaba
que pasara el rato en mi apartamento todo el día. No me gustaba que me
mirara como si tuviera algún derecho sobre mí, y odiaba que fuera a tener
que responder a su pregunta demandante, porque ahora mamá también
quería saber quién era Isobel.
Maldición.
—Uh, no —dije, frunciendo el ceño entre las dos mujeres. El bocado
que acababa de comer parecía crecer en mi garganta en tanto más
trataba de tragarlo—. No es otra empleada. Es la hija del señor Nash.
Mamá sonrió cortésmente. Gloria frunció aún más el ceño.
—No sabía que él tenía hijos —dijo mamá.
Asentí. —Sí, está viudo con un hijo y una hija. Aunque el hijo vive
en otro lugar.
—¿Qué edad tiene la hija? —preguntó Gloria; sus celos eran
pesados y lívidos.
La miré fijamente, apretando la mandíbula. No quería responderle.
Pero mamá tuvo que presionar—: ¿Y bien?
Con un suspiro, murmuré—: Tiene veinticinco.
Gloria resopló. —¿Veinticinco años y todavía vive en casa con su
papi? Vaya, eso es impresionante.
Ladeé la cabeza, perforándola con una mirada insultada. —Tengo
veintiocho años y vivo con mi madre.
Ruborizándose, de inmediato comenzó a tartamudear—: Eso no
es… pero tu situación es única. Estoy segura de que el señor Nash podría
comprarle a su hija otra casa para vivir. Además, ¿por qué no tiene su
propio trabajo y se cuida sola?
—No puede —gruñí, necesitando defender a Isobel más de lo que
necesitaba mi próximo aliento.
Pero fui tan vehemente que las dos mujeres se sobresaltaron con
sorpresa, luego mamá dijo—: ¿Qué quieres decir con que no puede? ¿Qué
está mal con ella?
Mi respuesta instintiva era nada. No había nada malo con Isobel.
Ella era perfecta a mis ojos. Pero después de mi respuesta apasionada,
tenía que darles algo.
—Ella, uh, bueno… estuvo en el incendio que mató a su madre, y
quedó…
Mamá presionó una mano en su pecho. —Oh, esa pobre niña.
¿Está lisiada?
—No. —Sonreí un poco para mí mismo, pensando en cómo
mantenía su figura. Después de correr con ella durante una semana,
todavía no podía seguirle el ritmo. Definitivamente no estaba lisiada—.
Quiero decir, no utiliza mucho los dedos en su mano izquierda a causa
de sus quemaduras. —Noté eso sobre ella, de todos modos—. Pero en su
mayoría es solo… estético.
—¿Entonces luce horrible? —supuso Gloria, con una sonrisa
malvada iluminando sus rasgos.
—No —dije antes de que pudiera meditarlo. Si era honesto, tal vez
era mejor si dejaba que Gloria pensara que Isobel era demasiado
repulsiva para que tuviera algún interés en ella. Probablemente la odiaría
menos, y sabía que las dos nunca se encontrarían, pero no quería que
alguien odiara a Isobel, ni siquiera en espíritu—. No creo que las
cicatrices se vean tan mal, pero se ha vuelto bastante consciente de ellas.
No deja la propiedad, nunca.
Las dos mujeres me miraron un momento antes de que Gloria
proclame—: Qué chica más perezosa y cobarde.
Un breve instante, quedé demasiado conmocionado por sus
palabras como para responder. Luego parpadeé y lentamente dije—:
¿Disculpa?
—Está tan asustada de que la gente se ría de su aspecto que ha
decidido ser mantenida por su papá rico por el resto de su vida y, qué,
¿comer bombones en tanto tú le lustras sus zapatos? Eso es espantoso.
—Ella no es espantosa. —Me sentía tan asombrado por la crítica
que no pude contener mis palabras—. La forma en que se exige cada
mañana mientras corre, y cuán tenazmente cuida sus rosas, es lo opuesto
a la pereza. Además, ha sido la primera en la tropa, ayudándome a
construir sus estanterías. Creo que hoy llevó la misma cantidad de
suministros que yo desde la camioneta a la casa. ¿Y a quién demonios le
importa si vive el resto de su vida con el dinero de su papá? Confía en mí,
él ciertamente puede permitírselo.
Levantando la barbilla, Gloria entrecerró los ojos y bufó. —Supongo
que también tratarás de convencerme de que es valentía lo que la hace
esconderse del resto del mundo, ¿no es así?
—Sinceramente, ¿puedes culparla? —espeté—. Su vida cambió de
forma irrevocable. Solo trata de lidiar con ello de la mejor manera que
puede. Hasta que no hayas perdido a tu madre en un incendio y no tengas
la mitad de tu cara quemada, no tienes ningún derecho a juzgarla con
tanta dureza.
—Bueno —dijo Gloria, todo su ser rígido con pura indignación—,
creo que es hora de que me vaya.
Finalmente concordamos en algo. —Creo que tienes razón.
—Shaw —jadeó mamá, enviándome una mirada decepcionada—.
Invité a Gloria a quedarse a cenar.
Por supuesto que lo hizo. Tratando de controlar mi ira, inhalé
hondo. —Lo siento, mamá. No pretendía echar a tu invitada. —
Enviándole una sonrisa tensa a Gloria, hice un gesto con la mano—. Por
favor, quédate a cenar.
Con una sonrisita satisfecha, Gloria se pavoneó y se colocó el pelo
detrás de la oreja. —Claro, gracias. Creo que lo haré.
Con un solo asentimiento ante su conformidad, retrocedí. —Espero
que disfruten de su comida.
Ambas parpadearon. —¿Qué? Pero, ¿a dónde vas? —preguntó
mamá.
Le envié una sonrisa triste, ignorando completamente a la mujer a
su lado. —Creo que comeré fuera esta noche. —Le di un beso en la mejilla
antes de añadir—: Ten una gran velada, mamá.
Con eso, me di la vuelta y me dirigí hacia la puerta.
Mamá y Gloria me llamaron, pero seguí avanzando. Una vez que
estuve de regreso en la escalera del edificio, solo, finalmente maldije entre
dientes. Ojalá no hubiera sido tan rápido en defender a Isobel. Se sentía
como si acabara de pintar un gran blanco en su espalda para el odio de
Gloria. No era para tanto, seguro; las dos mujeres nunca se conocerían.
Gloria no podría tratarla mal en su cara, e Isobel probablemente nunca
sabría que le desagradaba a alguien, por mi culpa. Pero aun así deseaba
poder ocultar mejor mis sentimientos.
¿Y si Henry descubría el hecho de que ella empezaba a gustarme…
mucho?
Maldición, definitivamente iba a tener que aprender a controlarme
mejor que esto. Todo parecía depender de ello.
Traducido por Clara Markov
Corregido por Julie

Planear proyectos de estanterías y leer sobre éstas eran monstruos


totalmente diferentes a construir un jodido librero en verdad.
—Maldita sea —murmuré, tirando otra tabla que corté un cuarto
de centímetro demasiado corto—. Apesto en esto. De verdad.
Creerías que cortar sofisticados bordes o alinear y arruinar el unir
tablas sería el verdadero desafío para mí. Pero no, no podía ni medir y
cortar esta tontería.
—¿Otra vez muy corto? —preguntó Isobel desde el otro lado de la
habitación, en donde se hallaba sentada en la ventana abierta pasando
barniz a través de un estante recién lijado. Entre nosotros, el piso estaba
cubierto de plástico mientras aserrín aleteaba en el aire y el olor fresco
de laca flotaba en mi dirección gracias a la brisa que la ventana dejaba
entrar.
—Sí —contesté, quitándome el gorro para pasarme una mano por
el cabello e intentar no enloquecer. Pero, en serio, pensarías que
aprendería a no echar a perder la longitud de tan mala forma después de
las primeras cinco tablas que corté incorrectamente. De mal humor,
vuelvo a ponerme el gorro.
—Bueno, esta solo es la sexta vez que fallas —señaló, hundiendo
la brocha en la lata de metal que sostenía con una mano—. Fácilmente
has cortado bien tres veces ese número.
Parpadeé hacia ella, preguntándome qué demonios la convirtió en
alguien tan optimista y alentador. Y, ¿por qué era tan servicial? Desde el
momento en que le mostré mi idea de la biblioteca, se incluyó en este
proyecto en un cien por ciento, tanto como yo. De hecho, no construía
estos libreros solo. Éramos los dos.
El serrucho la asustó de muerte, por lo que no hizo nada de cortes,
pero lijó, biseló, midió, y ahora se encontraba barnizando. Se suponía
que este sería mi trabajo, pero ella hacía y sudaba tanto como yo. Y debía
admitir que era lindo. Discutíamos, deferíamos, y luego concordábamos
y complementábamos, y al parecer ahora nos alentábamos el uno al otro.
—¿Por qué no tomas un descanso de cortar? —sugirió—. Solo tengo
otra tabla que barnizar antes de quedarme sin más lijadas.
Agradecido de hacer algo más por un rato, me le acerqué.
—¿Necesitas más lijadas?
Apuntó con su brocha hacia una pila de tablas cortadas. —Esas de
ahí.
—Estoy en ello —dije, feliz de un cambio de escenario.
—Sé que no es plausible, pero esperaba que al menos hoy podamos
levantar algunos libreros. Me emociona ver cómo lucirán los nuevos al
lado de los antiguos.
Sonreía. Su entusiasmo era contagioso. Y adorable. Quería
asegurarme de que obtuviera lo que deseaba. Con una sonrisa, dije—:
Apuesto que podemos levantar uno antes de que termine el día.
Soltó un resoplido. —Probablemente nos tomará otras ocho horas,
trabajando sin parar, para llegar a ese punto, y sales del trabajo en —
Consultó su muñeca—, dos.
Me encogí de hombros. —No me importa quedarme un par de horas
más.
Parpadeando, se me quedó mirando como si acabara de sugerir que
le daría mi eterno amor y devoción.
—Pero… no tienes que hacerlo. Así como está, ya trabajas aquí casi
quince horas a la semana.
Lanzándole una sonrisa, simplemente comenté—: Pero también
quiero ver hoy uno de los libreros terminado.
Antes de que pudiera discutir incluso más, me coloqué mis lentes
de seguridad, encendí la lijadora y ahogué las protestas con ruido.
Llevábamos trabajando en el proyecto de estanterías desde hace
una semana. Y a lo largo de toda la planeación, lluvia de ideas y cálculos,
platicamos. Platicamos muchísimo. Hablamos sobre libros, películas, y
nuestros programas de televisión favoritos. Hablamos sobre mi familia,
la situación con mi mamá, la pérdida del negocio de la pastelería, y mis
hermanos ausentes. Ella no fue tan abierta sobre su familia. Mencionó
cosas sobre su papá y hermano, pero normalmente evitaba por completo
tocar el tema de su madre, al igual que sobre el fuego que cambió su vida.
En ocasiones, le preguntaba sobre su futuro, qué quería hacer con
su vida y si planeaba alguna vez mudarse de Porter Hall e irse por su
cuenta. Pero sus ojos se pondrían vidriosos con una expresión distante,
y no se adentraría en nada de eso. Por lo que tendría que cambiar de
tema.
Pero en su mayoría, las sonrisas y la conversación fluían fácilmente
entre nosotros, justo como lo hizo por el resto de la tarde.
En algún momento, el señor Nash se acercó a la habitación,
diciendo—: Izzy, ¿recibiste la nota que dejé, haciéndote saber que llegaría
tarde el viernes porque tenía una cena de negocios? —Estaba revisando
una pila de correos en su mano, sin prestar atención a nada del progreso
que llevábamos.
—Lo vi —respondió, con la voz tensa, porque se hallaba ocupada
sosteniendo dos tablones en su lugar para mí de manera que pudiera
atornillarlos.
Finalmente, Henry levantó su rostro y parpadeó. Miró la zona de
construcción que teníamos en proceso antes de regresar su atención a
nosotros. —Shaw —dijo con algo de sorpresa—, no debo haber estado
poniendo atención cuando entré al estacionamiento. No me di cuenta que
seguías aquí. Han pasado dos horas de tu hora de salida.
—Queríamos terminar de instalar un librero esta noche. —Miré
hacia Isobel—. ¿Lista?
Asintió, sus nudillos volviéndose blancos al tiempo que sostenía
todo en su lugar mientras yo atornillaba la madera.
Henry se acercó con curiosidad. —Está tomando forma —murmuró
con una nota de sorpresa—. También luce profesionalmente hecho.
—Eso es porque Shaw es un perfeccionista —anunció Isobel,
lanzándome una mirada burlona con un toque de desaprobación, pero
también orgullo—. Usualmente rehace una sola pieza varias veces antes
de que se sienta satisfecho con ella.
—No soy tan malo —discutí inmediatamente, solo para sonrojarme
cuando me miró con una ceja arqueada—. De acuerdo, tal vez soy así de
malo.
—Eres totalmente así de malo. —Se rio antes de girarse hacia su
papá—. Ya hemos llegado a este punto tres veces, solo para que él insista
que tenemos que volver a empezar.
Me moví incómodamente porque me encontraba seguro que el
señor Nash se enojaría al saber cuánta madera y provisiones había
gastado haciendo eso, y alcé la mirada hacia mi jefe, solo para verlo
observándonos extrañamente.
—Bueno —murmuró en voz baja—, parece que cualquier cosa que
está haciendo vale la pena, por lo que digo que debería seguir con el buen
trabajo.
El significado en sus ojos era claro. Henry no hablaba de libreros.
Miré hacia Isobel y me aclaré la garganta, preocupado de que
notara el mensaje oculto que su padre intentaba expresar. Después de
los últimos días, en realidad olvidé cuál era mi propósito principal aquí.
Me sentía tan impaciente por ver a Isobel, pasar el día a su lado, y
trabajar juntos en este proyecto. Que me recordara el por qué fui traído
originalmente a Porter Hall estropeó la belleza del momento.
—Parece que te has convertido en toda una asistente, cariño.
Isobel le envió a su papá una sonrisa complacida y a la vez
cansada. —Es probable que él necesite cinco asistentes, pero lo estamos
logrando. Poco a poco.
Tomando eso como pista de que ahora se podía retirar, Henry se
alejó un paso. —Entonces, supongo que mejor los dejo volver a trabajar.
Solté un resoplido a medida que empujaba un tornillo que había
estado sosteniendo entre mis dientes y lo insertaba al final del taladro.
—Qué amigable desaire hacia tu propio padre fue ese.
Isobel se sonrojó con culpabilidad antes de fruncirme el ceño. —No
pude evitarlo. Quería terminar esto esta noche, y nos estaba atrasando.
Con una risa, sacudí la cabeza y atornillé el siguiente tornillo en su
lugar antes de que me acusara de estarnos atrasando.
Una hora después, teníamos el primer librero unido y de pie. El
siguiente paso era anclarlo al muro.
—El soporte debería ir justo aquí —murmuró Isobel, marcando una
X en la pared con un lápiz al tiempo que sonó su sensor de montantes.
—¿Segura? —pregunté, acercándome con una cinta métrica.
Extendió la mano, invitándome a descubrirlo yo mismo. —Bueno,
¿por qué no taladras un hoyo para ver si golpea un soporte?
La idea me hizo detenerme sorprendido, pero Isobel continuó: —De
todos modos, no puede herir a nadie ya que este espacio se cubrirá con
libreros.
Me encogí de hombros. Buen punto. —De acuerdo. —Dejé la cinta
métrica y recuperé el taladro. Pero, al presionar la broca en el muro,
directamente contra la marquita de lápiz, me congelé.
Mirando fijamente a la mano que recargaba en contra del muro de
yeso, no podía lograr hacer un agujero.
—Bien, puedes comenzar —dijo Isobel a mi espalda.
¿Podía hacerlo? ¿En verdad? No estaba tan seguro. Esto de repente
se sentía enorme.
—En cualquier momento —añadió, para resoplar un segundo
después—. En serio, Hollander, no tienes que esperar.
—Lo sé —susurré, todavía sin poder trabajar.
—Entonces, ¿por qué no lo haces?
—Lo haré. —Alcé la mano que tenía presionada contra la pared,
esperando aquietar su impaciencia—. Dame un segundo.
—¿Un segundo para qué? Sabes cómo usar un taladro, ¿cierto?
—¡Sí! —Me giré para clavarle una de mis miradas más impactantes
e indignantes. Ella era consciente de que yo sabía cómo utilizar un
taladro; me vio usarlo toda la maldita semana. Luego me di cuenta que
me estuvo molestando a propósito, intentando provocarme, y fruncí el
ceño.
Alzando sus cejas para encontrar mi ceño, posicionó sus manos en
las caderas. —¿Cuál es el problema?
—Te lo dije… —Era difícil decirlo entre los dientes apretados, pero
me las arreglé para hacerlo—. Dame. Un. Segundo.
—Y te pregunté… ¿Para. Qué?
—¡Oh, Dios mío! —Bajé el taladro y me alejé de la pared, perdiendo
el control—. Para… para… ¿Sabes? Eres la mujer más molesta del
planeta. ¿Ni siquiera puedes esperar diez malditos segundos para que
pueda lidiar con esto y permitir que la gravedad de esto se estabilice?
Parpadeó un momento, antes de preguntarme en voz baja—: ¿La
gravedad de qué?
—De… ¡eso! —Señalé la pared vacía—. Esto. Todo. Finalmente me
estoy dando cuenta. Estos libreros van a ser permanentes.
Dejó escapar un resoplido que sonó degradante antes de darme un
codazo en el brazo y sonreír mientras ponía los ojos en blanco de forma
juguetona. —No te confíes tanto. Les doy un par de semanas. De hecho,
presiento que llamaremos a un verdadero carpintero en menos de un mes
para que arregle tu desastre.
—Vaya —murmuré—. Gracias por tu voto de confianza.
Se encogió de hombros, a pesar de que sus ojos resplandecían por
la broma.
—Es solo que… —Suspiré y me pasé los dedos por el cabello—. Esto
es lo primero que he hecho que va a durar. Y es para esta casa, esta
enorme y asombrosa casa en donde vive gente malditamente millonaria.
Mucho después de que muramos, estos libreros seguirán aquí, una pieza
de historia.
Hizo un sonido en la parte posterior de su garanta y arrugó la nariz.
—De nuevo, lo dudo.
Ignoré eso, necesitando sacarme este sentimiento del pecho antes
de ser capaz de comenzar a taladrar cualquier cosa. —Es como si
estuviera haciendo mi marca en el mundo. —Mi pecho se sentía lleno de
propósito—. Quiero decir, siempre he amado las cosas arqueológicas y la
historia de los objetos, aprender sobre culturas. Estudiar sobre ello
siempre ha sido mi más grande pasión, pero esto… hoy… es como si yo
fuera el que está aportando una pieza de mi propia vida para los futuros
arqueólogos y es… bueno, es increíble. Me pregunto si alguien en cientos
de años mirará mis estanterías y comentará sobre ellas, tal vez
especulará sobre por qué las construí de la manera en que lo hice o se
preguntará sobre la vida que viví. Es casi… aleccionador.
Isobel parpadeó en mi dirección.
Yo también parpadeé, dándome cuenta de lo mucho que revelé.
Una sensación de alarma me llenó el estómago. Después de que Gloria y
en parte también mi mamá, menospreciaron mi pasión por los artefactos,
siempre la empujaba lejos y trataba de ocultarla, pensando que era
estúpida e insignificante. También esperaba completamente que Isobel
se burlara de mí por ponerme tan sentimental y extraño.
Pero ella solo me estudió con la expresión más rara antes de girarse
hacia el muro vacío, como si nunca lo hubiera visto antes.
Un segundo después, se dio vuelta y empezó a caminar. La miré,
preguntándome qué significaba eso, qué pensaba de mí ahora, y a dónde
diablos iba. Se detuvo en el escritorio y abrió el cajón para remover todo
el contenido y salir con un marcador permanente grueso color negro.
—¿Qué…? —Arrugué la nariz, confundido, al tiempo que ella volvía
a mí.
No dijo ni una palabra, simplemente se detuvo frente a la pared,
alzó el marcador y comenzó a dibujar en grandes letras mayúsculas:
Isobel estuvo aquí.
Una lenta sonrisa se mostró en mi rostro.
Cuando se dio la vuelta hacia mí y arqueó una ceja arrogante,
asentí con aprobación y agradecimiento. No me hizo sentir como un loco;
se me unió, también haciendo su marca.
Mordiéndome el labio, tomé el marcador de ella y escribí encima de
su frase, añadiendo:
Shaw y…
Resopló y presionó una mano sobre su boca, conteniendo la risa.
—Ahora tienes que cambiar mi “estuvo” por “estuvieron”.
Alcé la mirada, releyéndolo todo, y sonrojándome. —Oh, cierto. —
Elevando el marcador de nuevo, rayé sobre la “o” y añadí “ieron” por
encima.
Cuando me alejé un paso para verificar el resultado, hice una
mueca. —Oh, genial. Ahora se ve como mierda.
—Sí —concordó Isobel, asintiendo—. Tal vez deberías levantar esos
libreros para cubrirlo.
Negué con la cabeza a su sarcasmo seco, incluso aunque seguía
entretenido por su ocurrencia. —Sabelotodo —murmuré, mordiéndome
el labio y conteniendo la sonrisa.
Entonces, levanté el taladro e hice un agujero en la pared de la
biblioteca de Porter Hall.
Traducido por Valentine Rose
Corregido por Julie

Las semanas pasaron, la biblioteca se trasformó, y una rutina brotó


entre Isobel y yo. Trotábamos, tomaba una ducha de ensueño (las duchas
comenzaban a mimarme cada vez más), desayunábamos juntos luego de
que todos hayan comido e ido de la cocina, y, tras eso, nos íbamos a la
biblioteca para renovar. Entre el trabajo de carpintería, pintábamos las
paredes de un brilloso color de cáscara de huevo e instalamos más luces.
Le pregunté a Isobel si deseaba que encontrase unos pintores
profesionales y eléctricos para que se encarguen de esa parte, pero
admitió que le gustaba esto de “hágalo usted mismo”. Significaba más
para ella. Sonreí a eso hasta que añadió—: Además, eres un obsesivo
perfeccionista, no tengo dudas de que lo harás bien.
De modo que leí más libros y aprendí de instalaciones eléctricas, y
al final terminé electrocutándome dos veces antes que todas las nuevas
luces estuvieran instaladas.
Estábamos terminando la última estantería un martes cuando Kit
entró con alegría a la biblioteca, llamándome, excepto que sonó más como
“Saw” debido a que le faltaban los dientes centrales.
—Mamá dijo que te dijera…
Pero luego notó a Isobel al otro lado del cuarto, ajustando el espacio
entre estanterías, y salió corriendo otra vez.
Resoplé y situé mis manos en las caderas. —Ese mocoso me
enfada. Detesto cómo actúa contigo.
—Ah, no es para tanto —reprendió, sin siquiera mirarme mientras
bajaba la estantería otro centímetro—. Si yo fuera él, también me tendría
miedo.
Negando, la quedé mirando mientras que ella seguía trabajando,
impresionado que defendiera a alguien que nunca la trató bien. —
¿Alguna vez alguien le ha obligado a conocerte así puede darse cuenta de
que eres perfectamente normal?
Por fin me dedicó una mirada y enarcó una ceja, sarcásticamente
insultada. —Solo perfectamente normal, ¿eh? Qué deprimente.
Suspiré y luego refunfuñé—: Ya sabes a qué me refiero. No debería
permitírsele tratarte así.
—Está bien, Shaw. Ya déjalo.
—No. No a menos que me mires a los ojos y me digas que su
comportamiento no te molesta en lo más mínimo.
Se giró para mirarme fijamente, y frunció el ceño. Tras resoplar,
susurró—: Ya dije que está bien.
—Si me preguntas, él es extraño.
Con una risa, sacudió la cabeza. —¿Extraño? ¿Porque le tiene
miedo a una mujer aterradora?
—No eres aterradora, y sí, extraño. El día que lo conocí, estaba
dibujando un animal muerto ensangrentado con tiza en el patio afuera
de la cocina.
Se encogió de hombros. —Suena como un niño normal.
Le fruncí el ceño. —Nunca dibujé cosas sangrientas.
—Tengo la sensación de que tampoco eras un niño normal. —Tenía
razón, pero me disgustaba pensar lo certero que era—. Creo recordar un
par de dibujos espantosos hechos por Ezra una o dos veces.
Abrí la boca para seguir discutiendo, porque ya fuera típico o
extraño, lo que importaba era que él continuaba lastimándola con su
comportamiento, y quería ponerle un fin. Pero la madre de Kit entró al
cuarto, toda sonriente, seguida por un ceñudo Lewis. Cada uno cargaba
una bandeja repleta de comida.
—Gujú —dijo jovialmente la señora Pan—. Envié a Kit para
avisarles que su comida está lista, pero dijo que ambos estaban
trabajando, así que decidí traerles en bandeja así recordarán comer en
algún momento del día.
—Y luego me obligó a ser su criado —murmuró Lewis, siguiéndola
a la mesa donde cada uno colocó las bandejas.
—Gracias, señora Pan. —Me alejé de la estantería que había estado
fijando al muro, pues la mención de comida hizo que me gruñera el
estómago. Un rápido vistazo al reloj indicó que eran pasada las dos de la
tarde.
Diablos, con Isobel nos perdimos en este proyecto, ¿no?
—Fue nuestro placer. —La cocinera me sonrió, juntando sus
manos en el estómago antes de que le diera un codazo a Lewis a su
costado, provocando que murmurara algo no tan placentero entre
dientes. Luego se giró para estudiar el cuarto—. Quería echarle un vistazo
a su progreso, de todos modos, y debo decir que… vaya. Están haciendo
un increíble trabajo.
—Gracias. —Isobel se acercó a la comida, luciendo igual de
hambrienta que yo—. Creo que está progresando bien.
—Ni siquiera luce igual. No se puede notar cuáles eran los antiguos
libreros de los nuevos.
Isobel y yo compartimos una mirada, el orgullo brillando en
nuestros ojos. La verdad es que nos lucimos con el cuarto. Podría señalar
una docena de errores que cometí, pero, en general, lucía genial.
—¿No solía haber una puerta allí? —preguntó Lewis, apuntando
hacia un muro lleno de nada más que estanterías.
Antes que pudiéramos responder, la señora Pan se giró hacia él,
frunciendo el ceño.
—¡Shh! —siseó—. Es grosero preguntar algo así.
El anciano simplemente la miró con confusión antes de rascarse la
cabeza. —¿De verdad?
Reí por lo bajo. —No hay problema. Y sí, la puerta sigue ahí. Miren
esto. —Me apresuré hacia la estantería así podía abrir la puerta secreta
y revelar el otro cuarto a la cocinera y encargado.
Estuvieron adecuadamente impresionados. Lewis incluso soltó un
silbido asombrado. Luego la señora Pan elogió la escalera movible que
instalamos ayer, justo antes de que golpeara a Lewis en el dorso de su
mano cuando quiso tomar una uva de una de las bandejas.
—No te atrevas a robarles su comida, vejestorio. Ya has almorzado.
—Pero no me diste uvas —se quejó Lewis.
Resoplando, agarró su oreja y la giró, haciendo que él aullara
mientras se iban de la biblioteca. —Quieres uvas, yo te daré. Pero no se
las robarás a la señorita Nash o a Shaw. ¿Me entiendes…?
Sus voces se volvieron indistinguibles en lo que se alejaban más
del pasillo. Quedé mirando por donde se fueron, sacudiendo la cabeza y
sonriendo.
—Son como el agua y aceite, ¿no?
Isobel se encogió de hombros mientras llevaba su propia uva a la
boca y tomaba asiento en la mesa. —El amor es algo extraño y curioso.
Elevó la tapa de la bandeja que yacía junto a su tazón de uvas. El
puré humeante y rebanadas de estofado cubiertas en salsa marrón me
hizo agua la boca, así que me senté de inmediato frente a ella, pese a que
su comentario me dejó perplejo y confundido.
—¿Amor? —dije.
Agarró el tenedor solo para detenerse y quedarse mirándome como
si yo fuera el confuso. —¿Qué? ¿No es obvio? Están completamente locos
por el otro.
Apunté hacia la entrada de la biblioteca donde la señora Pan
acababa de sacar a Lewis por la oreja. —Estamos hablando de las mismas
personas, ¿cierto? La cocinera y el encargado.
Rodó los ojos. —Sí, sé con exactitud de quienes hablamos. —Luego
llevó puré a su boca.
Me encontraba muy ocupado mirándola con la boca abierta como
para comer.
—Pero si se odian. Siempre están peleando.
Isobel terminó de masticar, tragó, luego bebió un largo trago de té
helado. En lo que volvía a colocar el vaso, respondió—: No sé qué decirte;
supongo que así funciona su relación. Pero Lewis siempre ha estado
colado por la señora Pan desde que llegó a trabajar. Y ella ha estado
intentando los últimos cinco años más o menos esconder sus propios
sentimientos por él.
Bajé la vista a mi comida y parpadeé un par de veces más. —¿De
verdad? —Al mismo tiempo, me pregunté cómo nunca me había
percatado de aquello.
—Me pregunto si se siente culpable al enamorarse del hombre que
obtuvo el trabajo que tenía su marido —reflexionó Isobel, con la voz llena
de simpatía y pena—. El señor Pan era un hombre increíble y amoroso.
No debe ser fácil para ella seguir adelante y volver amar. Y debe ser igual
de difícil para Lewis mantenerse alejado y esperar a que esté lista. Me
siento mal por ambos.
Alzando la vista para observarla comer con entusiasmo, quedé
mirando otra versión de Isobel que nunca había visto. Este lado empático
e intuitivo era una maravilla. Pero mientras más explicaba el aprieto de
Lewis y la señora Pan, más tenía sentido el porqué se trataban de tal
modo.
Me dolió el corazón por ellos. Si estaban enamorados, parecía lógico
que deberían estar juntos. Necesitando que ocurriera, y necesitándolo con
un fervor que era fuerte y completamente desconocido para mí, me senté
mejor y anuncié—: Deberíamos juntarlos.
Isobel por fin dejó de comer para mirarme con confusión. —¿Qué?
—Pues… no sé. —Me eché hacia adelante, entusiasmándome más
mientras la idea se elaboraba—. Influenciemos contacto entre ellos que
cree una oportunidad para que, ya sabes… se encaminen a esa etapa
donde por fin pueden estar juntos. Hagamos que uno de ellos dé el primer
paso.
Tenía la intención de que sonara como si simplemente
estuviéramos produciendo una grieta para que Lewis y la señora Pan
hicieran lo que ya querían hacer, pero mi explicación como que me
recordó a algo de las cosas que el señor Nash explicó sobre Isobel y yo
cuando me contrató. Le eché un vistazo, preguntándome…
Pero, no. Él dijo específicamente que no quería comprarle amigos.
De modo que no había manera de que estuviera intentando comprarle un
novio.
¿O sí?
Una segunda fisura de furia me invadió, preguntándome si esa idea
incluso se le pasó por el cerebro. Su hija era una mujer hermosa e
increíble. No me agradó siquiera la idea de que considerara obligar a un
hombre a fingir tener sentimientos por ella.
Pero, no, no era lo que él intentaba hacer, así que me calmé y
negué. Cuando me enfoqué en Isobel, me miraba como si estuviera loco.
—¿Cómo crearemos una oportunidad?
Me encogí de hombros. El romance no era mi fuerte. —Qué se yo.
¿Cómo se juntan normalmente las parejas? —Pasó mucho tiempo como
para recordar el mundo de las citas.
Arqueó las cejas, silenciosamente diciendo “¿Me estás preguntando
eso a MÍ? ¿En serio?”
Lo que indujo a que me preguntara cuántos encuentros románticos
ella había tenido. Si se aisló en esta casa desde el accidente, debió haber
tenido diecisiete años cuando básicamente se retiró del mundo de las
citas. No parecía lo correcto. Debió haber tenido el privilegio de tener
hombres peleando por ella, cortejándola, enamorándola, haciéndole
sentir muchas cosas. Se lo merecía. Merecía la atención halagadora de
un perseguidor insistente, el estimulante ajetreo del deseo, la
anticipación y excitación. No era correcto que no haya podido
experimentar nada de eso los últimos ocho años.
—¿Y si dejamos un poema para ella y que diga que es de él? —
sugirió.
Ladeé la cabeza, pensando que aquella idea era similar a los libros
y semillas que le había dejado en el sofá. Nunca dijo nada al respecto,
pero una calidez me invadió. ¿Y si por eso pensaba que “Lewis” dejándole
algo a la “señora Pan” era también romántico? Me gustaba esa idea.
Demasiado. Una gran sonrisa se extendió en mi rostro.
—Genial. O podría dejarle una flor o algo —añadí, aportando ideas
gracias a la suya.
Asintió. —¡Sí! Lewis es amante del aire libre. Eso tendría más
sentido.
Mis ojos se abrieron como platos, y chasqueé los dedos antes de
señalarla.
—Una de tus rosas. Eso sería perfecto.
Presionó una mano en su corazón. —¿Mis rosas? —Por la mirada
en su rostro, uno pensaría que sugerí que arrancara un riñón y lo donara
a la causa.
—¿No crees que valdría la pena? —insistí, curioso de lo encariñada
que estaba de sus flores—. A la señora Pan le encantaría. Y tus rosas…
tus rosas son una maravilla, Isobel. Ese tipo de belleza está destinada a
compartirse.
Frunció el ceño, indicándome que mi argumento fue un poco
dramático, pero luego sus hombros se desplomaron. —Vale, de acuerdo.
Podemos usar un par de mis rosas.
Traducido por Julie & Vane Black
Corregido por Lynbe

Le sugerí una, así que el hecho de que Isobel estuviera dispuesta a


renunciar a un par de rosas me hizo levantar las cejas, impresionado.
Pero ella debe haber confundido mi expresión con que consideré su
oferta escasa. Así que suspiró. —Bien. Puedo juntar una docena
completa.
Mierda. No pensé que llegaría tan lejos. Pero sonreí. —A la señora
Pan le encantará esto.
Aún pareciendo ofendida, bufó. —¿De qué color?
—No lo sé. —Otra vez, esto se alejaba de mi territorio—. ¿Qué
simbolizan los diferentes colores?
Pensé que me daría otra mirada que me dijera que no tenía ni idea
de eso tampoco, pero no. Cuando se trataba de rosas, Isobel conocía esa
mierda. —Bueno, el rojo es obviamente por el amor, la pasión, la belleza,
el valor o el respeto. Las rosas blancas son para la pureza, la inocencia,
el silencio o el secreto.
Sacudí la cabeza. —No, no queremos que sea algo de admirador
secreto. Tiene que saber que son de él.
Asintiendo, señaló con otro dedo. —El rosa oscuro es para el
aprecio y la gratitud. El rosa claro es para la admiración, simpatía, gracia,
alegría y dulzura. El naranja es para la fascinación, deseo o entusiasmo.
El melocotón es para el aprecio, cerrar el trato o reunirse.
—En serio —murmuré, mirándola con asombro—, ¿cómo sabes
todo esto?
Siguió adelante. —El coral es para el deseo. El lavanda simboliza el
amor a primera vista. El amarillo con puntas rojas son la amistad y el
enamoramiento. Una mezcla de rosas rojas y blancas significa…
—Está bien, está bien, está bien —la corté, agitando las manos. De
ninguna manera podría recordar nada de eso—. Vamos con las simples
rosas rojas.
Se encogió de hombros. —Me parece bien.
Entonces se levantó, abandonando su comida, y se dirigió hacia la
puerta como si fuera a buscar las rosas en ese mismo momento. Me puse
de pie y la seguí hasta llegar a la entrada del jardín. Dejó la puerta abierta
detrás de ella, lo que podría haber considerado una invitación, pero no
iba a arriesgarme.
La demanda “No quiero que nadie más ande dando vueltas en mi
jardín, menos él”, que dio ese primer día había sido explícita. No iba a
romper la regla a menos que me dijeran igual de explícito que estaba bien.
Balanceándome sobre mis talones, puse las manos detrás de mi
espalda y esperé con paciencia a que ella notara que ya no la seguía.
Cogió un par de guantes y unas tijeras, luego dijo algo que no pude oír,
antes de que se volviera y me frunciera el ceño.
—¿Qué diablos haces ahí afuera? —exclamó, frunciendo el ceño
con irritación.
Fingiendo sorpresa, presioné una mano contra mi pecho. —¡Oh!
¿Puedo entrar?
Me lanzó una mirada seca. —Entra aquí.
Sonreí, feliz de ponerla berrinchuda. Luego puse un pie dentro, solo
para respirar una bocanada de aire. —Maldita sea, huele bien aquí.
Isobel ignoró mi asombro, ya dada vuelta hacia las rosas y
mirándolas con un triste anhelo. —Van a tener que ser de tallo largo —
decidió.
Agité una mano despreocupada. —Cualquiera con que sientas que
puedes desprenderte. —Me negué a participar en la elección. Eran sus
bebés; ella tendría que ser la que decidiera cuál dejaba el nido.
Me volví hacia las enredaderas rosas a mi izquierda; juro que olían
mejor.
Detrás de mí, oí un recorte, luego otro. En verdad lo estaba
haciendo. El orgullo me llenó el pecho. Rehusándome a mirar, sobre todo
porque me daba miedo de que perdería el valor y le haría parar si veía
cualquier expresión torturada en su rostro, volví a poner las manos
detrás de mi espalda y empecé a caminar por la fila, estudiando los
diferentes tipos.
Cuando noté algo verde que crecía entre los arbustos, levanté las
cejas. —¿Qué es esto? Es esto... mierda, ¿hay maleza en tu jardín de
rosas?
Isobel apareció a mi lado, solo para quejarse entre dientes y sacar
de inmediato la maleza del suelo. Cuando parpadeé, tratando de no
sonreír, ella frunció el ceño. —¿Qué?
Sacudí la cabeza. —Nada. Solo me sorprende que dejes que uno
crezca tan grande. La primera vez que estuve aquí, todo estaba
impecable. Pensé que ni siquiera sería posible que una maleza...
—He estado un poco ocupada últimamente —replicó, enviándome
una mirada de muerte antes de volver a las flores y recortar
salvajemente—. La biblioteca nunca habría sido renovada si te permitía
hacerlo solo.
Como no miró en mi dirección, dejé que mi sonrisa creciera. Para
mí, era una buena señal que ya no pasara cada hora de vigilia aquí,
perfeccionando sus flores. Significaba que estaba aprendiendo a vivir un
poco. Su padre estaría complacido con este progreso. Pero lo que es más
importante, yo me sentí complacido.
Con mi paso un poco más ligero y la sonrisa un poco más brillante,
vagué hasta el final de la fila hasta que llegué a una estantería
sosteniendo alrededor de dos docenas de macetas minúsculas llenas de
suelo húmedo y hojas verdes en miniatura saliendo desde la mitad.
—Oh, ¿qué son?
Isobel brevemente levantó la mirada de su trabajo antes de volver
a su recorte. —Esas son las semillas que me diste.
Mis labios se abrieron con admiración. Pero, mierda, era
emocionante darse cuenta de que no las tiró, y aún más emocionante
saber que realmente las había hecho crecer.
—¿De verdad? —Me acerqué más—. Mierda. Están creciendo. No
lo puedo creer. Mira esas lindas hojitas de bebé. —Moví mi dedo índice
como si quisiera hacerle cosquillas a sus tallos, aunque no me atreví a
tocarlas con miedo de matar una.
—Esas lindas hojitas de bebé se llaman cotiledones.
Por supuesto que lo sabría. Sonreí, divertido por su formalidad.
—Bueno, se llamen cómo se llamen, solo quiero tenerlas brincando
en mis rodillas y apretujarles sus rechonchas mejillas de hoja. Son
adorables.
Isobel se echó a reír. En verdad se rio. —Eres muy extraño.
Mientras se estuviera riendo con diversión, podía decirme todo lo
que quisiera. Me encogí de hombros, sonriendo aún más y sintiendo que
estaba en la cima del mundo. —No puedo esperar para ver las rosas.
Negras con las puntas azules suena bastante genial.
Volvió a estudiar las rosas rojas antes de recortar otra para la
señora Pan. Me di cuenta que trataba de elegir lo mejor, y eso hizo que
mi pecho se expandiera. Ella tenía un corazón tan bueno.
Luego dijo en tono de conversación—: Sabes que no hay tal cosa
como rosas negras de punta azul, ¿verdad?
Abrí la boca, antes de parpadear y sacudir la cabeza, incapaz de
creer lo que acababa de oír. —¿Me repites eso?
—Las rosas vienen en tonos de blanco, rojo, amarillo y púrpuras, o
variaciones y mezclas entre ellos. Cualquier otra cosa es creada de forma
artificial.
Todavía moviendo lentamente la cabeza hacia adelante y hacia
atrás en negación inflexible, le dije—: No... no, eso no puede ser correcto.
Mi absoluta falta de voluntad para creer tal cosa le divirtió. —Lo es.
—Levantó otra rosa para la señora Pan.
Me quedé boquiabierto. —Pero... —Girándome salvajemente, hallé
una rosa que era una excepción a su regla—. ¡Allí! —le señalé—. Tienes
una rosa negra, ahí mismo.
Sus labios se tensaron mientras contenía una sonrisa. —Mira otra
vez, Hollander.
Me acerqué al rosal en cuestión y me arrodillé a su nivel antes que
el enrojecimiento empezara a mostrarse. —Que me condenen —murmuré
con admiración—. No es negra; es solo un rojo muy oscuro.
Cuando se echó a reír por segunda vez en el último minuto,
sacándome de mi estado de shock, la miré. —Espera, entonces... ¿esas
semillas? —Me giré para mirar los capullos que brotaban de las pequeñas
macetas.
—Sea lo que sean, no son rosas supremas de medianoche, eso es
seguro —admitió—, porque no existe tal cosa como una rosa negra y azul.
Tragué, sorprendido y mortificado de que mi regalo hubiera sido...
hubiera sido... —Pero la señora que trabajaba en la floristería dijo... ella
dijo...
Enviándome una mueca de auténtica simpatía, Isobel murmuró—
: Lo que te dijo fue una estafa. Tenía que haber sabido que las rosas
negras y azules no eran posibles.
—Pero... —Sacudí la cabeza, sintiéndome como un gran idiota
crédulo—. Leí todos estos libros sobre rosas, y no lo sabía. Quizá ella
tampoco. Tal vez…
—Vaya —murmuró, observándome con tristeza—. Simplemente no
puedes creer nada malo sobre nadie, ¿verdad? —Parecía que sentía pena
de mí, de mí, así que fruncí el ceño defensivamente.
—Puede que no lo supiera —exclamé—. Ella fue muy amable,
servicial y... —Levanté la mano, recordando—. Me dio un descuento.
¿Qué tipo de estafador da un descuento?
Isobel arrugó la nariz antes de decir—: Probablemente todos, para
convencer a los ingenuos como tú de que son almas amables y
benevolentes.
Fruncí el ceño a su humor, queriendo discutir mi caso. Pero no
había mucho que decir excepto, sí, fui un idiota total que se dejó engañar
por un maldito estafador. Bufé. —No puedo creer esto. —Mi mirada se
desvió hacia la rosa bebé—. Me pregunto de qué color resultarán. O si
son incluso rosas.
—Oh, definitivamente son rosas —me aseguró—, pero tu conjetura
es tan buena como la mía sobre el color.
Acercándome, apenas rocé una de las hojas nuevas con la yema
del dedo. —Supongo que nuestros bebés van a crecer y nos sorprenderán
a todos. —Sonriendo tiernamente, agregué—: Me gusta como suena.
Crezcan grandes y fuertes. Muéstrenle al mundo que son mejores que
cualquier arbusto supremo de medianoche falso.
Miré a Isobel para compartir la broma con ella, pero me miraba con
la expresión más extraña. —¿Qué? —pregunté, revisando
inmediatamente lo que acababa de decir en mi cabeza. Sí, había sido
extraño, pero todo era una burla, hasta que recordé las
palabras nuestros bebés, como si fuéramos sus padres.
Un calor inmediato se apoderó de mí. La idea de criar algo con
Isobel, incluso una rosa, era íntima y vinculante. La miré de nuevo,
preguntándome si sintió la misma conexión moviéndose entre nosotros.
Con la cara enrojecida, se aclaró la garganta y de repente miró
hacia otro lado, centrándose en las rosas en sus manos. —Trae tu trasero
aquí, Hollander —dijo—, y ayúdame a quitar las hojas y las espinas. Esta
fue tu idea.
—Claro. —Me aclaré la garganta y me dirigí hacia ella—. ¿De
verdad tenemos que quitar las espinas?
Me envió una mirada como si fuera una pregunta tonta. —
Queremos que parezca como si a él realmente le gustara, ¿verdad? Sacar
las espinas es una señal de que es serio. Si está dispuesto a pasar por
todo el trabajo de desnudar los tallos para proteger sus valiosos dedos…
—Está bien, me convenciste —le dije, levantando una mano—. Las
espinas tienen que irse.
—Ten. —Tendió las rosas que ya eligió y arrancó—. Hay otro juego
de guantes en el…
Pero yo ya extendía mi mano desnuda, y sí, me pinché en el pulgar
con una maldita espina. —¡Ay! Mierda.
Sumergí el apéndice herido en mi boca y chupé la sangre. Isobel
suspiró como si tratara con un niño que se portara mal. —Guantes —
repitió—. Justo ahí.
Busqué los guantes, pero pronto descubrí que tampoco eran mis
amigos. No tenía ni idea de cómo trabajaba Isobel con estas malditas
cosas. No pude agarrar la flor porque sentía como si la estuviera
aplastando si la sostenía demasiado fuerte, y era casi imposible deslizar
los dedos enguantados en las asas de las tijeras y luego hacer que
funcionaran correctamente. Miré repetidamente hacia Isobel para ver
cómo en el mundo las manejaba con tanto aplomo, pero era algo que yo
no podía dominar. Era un tipo más práctico, supongo.
—Solo lidiaré con las espinas —murmuré finalmente, arrancando
los guantes y recogiendo las tijeras con mucha más facilidad.
Isobel se rio para sí misma, pero no dijo nada. Fruncí el ceño en su
dirección, excepto que se veía tan contenta y en casa cortando flores que
todo mi malhumor se disolvió. Ni siquiera me molestó —mucho— cuando
piqué mi dedo otra vez treinta segundos después.
Trabajamos en cómodo silencio hasta que las flores se hallaban
listas. Entonces Isobel las juntó y encontró una cinta amarilla en sus
estantes para atarlas.
—¿Deberíamos dejar una nota? —pregunté—. ¿Así sabe que son de
él?
Contempló las rosas un momento antes de asentir. —Sí. Seguro.
Así que caminamos de regreso a la biblioteca para encontrar un
papel y un bolígrafo, donde Isobel me entregó ambos. —Escribe tú.
—De ninguna manera. —Empujé el papel de nuevo a ella—. Tengo
caligrafía horrible.
—No importa. Probablemente sea más masculina que la mía. La
señora Pan nunca creería que Lewis escribió la nota si la dejamos en mi
letra femenina y curvada.
—Cierto. —Hice una mueca—. Maldita sea. —Tomando el papel y
el bolígrafo, me quejé—: ¿Qué digo?
Se encogió de hombros.
Suspiré y me limpié la parte de atrás de la mano sobre la frente, ya
sintiéndome demasiado estresado para lidiar con esta tarea. —Bien, vale.
¿Cuál es el primer nombre de la señora Pan?
Un rubor le encendió las mejillas antes de confesar—: No tengo ni
idea.
—Oh, Jesús. —Estábamos condenados. Hasta que se me ocurrió
una idea—. Oh, ya sé. —Me incliné para poner la nota sobre la mesa y
comencé a escribir—. A la mejor cocinera y madre que conozco. Gracias
por ser cómo eres. Haces que venir a trabajar cada día se trate menos
acerca de los ingresos y más sobre llegar a verte. Lewis.
Cuando levanté la vista, con las cejas elevadas, para medir lo que
ella opinaba de eso, me quedé sin aliento cuando vi la mirada en su
rostro. Me miró como si hubiera escrito algunas de esas partes sobre
nosotros en lugar de Lewis y señora Pan.
Lo más aterrador era que sí lo hice.
Tragué y me enderecé antes de doblar la nota y extendérsela.
Nunca quitamos los ojos del otro mientras ella lo recibía lentamente y lo
llevaba al paquete de rosas que aún sostenía contra su pecho.
—Gracias —murmuró como si me diera las gracias por escribir
esas palabras y no por entregarle la nota.
Asentí, incapaz de hablar.
Otro momento de miradas intensas continuó antes de que ambos
apartáramos la vista.
Se aclaró la garganta. Me froté la nuca.
—Tal vez deberíamos, eh... —repliqué torpemente, antes de
dirigirme hacia la puerta—. Quiero decir, ¿crees que es un buen
momento para plantar la sorpresa? No debería estar en la cocina a esta
hora del día.
—¿Qué? —Los labios de Isobel se separaron cuando sus ojos azules
se encontraron con los míos marrones. Luego parpadeó rápidamente y
miró las rosas—. Oh... correcto. —Sacudió su cabeza del trance en el que
estuvo—. Sí... Quiero decir, sí, ahora es un buen momento.
Fuimos sigilosamente a la cocina. Dirigí la expedición, revisando
cada esquina primero antes de hacerle señas para que siga con las rosas.
La cocina estaba vacía, aunque el olor más agradable a pan horneado
flotaba desde el horno donde parecía que la señora Pan cocinaba panes
caseros.
Le hice un gesto a Isobel. Se apresuró hacia mí, con los ojos muy
abiertos. Juro que podía oír el latido de su corazón latiendo tan rápido
como el mío. Éramos tales nerds, divirtiéndonos al organizar regalos
románticos para otras personas. Pero demonios… era divertido.
—¿Dónde? —susurró, mirando alrededor de la cocina, buscando el
lugar perfecto.
Me encogí de hombros, pero me detuve cuando escuché un sonido
en la puerta trasera.
—¡Mierda! Aquí viene —siseé, susurrando demasiado fuerte
cuando agarré el brazo de Isobel y la saqué de la cocina conmigo. Gritó
con preocupación y sorpresa, tiró las rosas sobre la mesa y tropezó tras
de mí.
Nos detuvimos fuera de la entrada al mismo tiempo y nos miramos
fijamente con los ojos muy abiertos, comunicando silenciosamente lo
alegre que nos encontrábamos que no nos pillaron cuando me di cuenta
de que sostenía la muñeca de su mano con cicatrices. La piel era áspera
contra mi pulgar y quería explorar más, mover mi dedo más a lo largo de
su piel para investigar todas las crestas únicas, pero no parecía darse
cuenta de lo que tocaba, y no quería atraer su atención en caso de que la
asustara. Así que contuve el aliento y me quedé lo más quieto posible
mientras observaba su rostro, mientras ella escuchaba los pasos de la
señora Pan en la cocina.
Nos dimos cuenta del momento en que vio el regalo. Un jadeo llenó
la cocina y se derramó en el pasillo donde estábamos escondidos.
—Bueno... —suspiró, claramente complacida—. Qué sorpresa. —
El movimiento silencioso nos dijo que seguramente recogió las flores en
sus brazos—. Oh Dios. Huelen tan bien.
Isobel y yo compartimos una sonrisa emocionada. Intenté echar un
vistazo a la habitación para ver la expresión de la cocinera, pero Isobel
agarró la manga de mi camisa y me sacudió hacia atrás, fuera de la vista.
Le sonreí cuando la puerta de atrás se abrió y la señora Pan rugió
de repente—: Lewis, tonto idiota, ¿qué hiciste?
Bueno, eso no sonó complacido ni agradecido. Compartí una
mirada confusa con mi cómplice, solamente para encontrar que lucía tan
aturdida y preocupada como me sentía.
—¿Qué? —preguntó Lewis, con la voz llena de la misma
confusión—. ¿Qué hice?
—¿Robaste rosas del jardín de la señorita Nash? ¿Estás loco? Si se
enterara de esto, haría que su padre te despidiera. No puedo creer que
fueras tan idiota.
Mi boca se abrió y también la de Isobel. No previmos este tipo de
problema. Pero esto se hallaba a punto de explotar en la cara, y era todo
nuestra culpa. Nuestro experimento debía unir a Lewis y a la señora Pan,
no apartarlos.
—¿Qué hacemos? —dije, con preocupación frenética inundando
mis venas.
—No robé ninguna flor —aclamó Lewis, mostrando con el tono de
su voz que fruncía el ceño y se encontraba dispuesto a poner a la cocinera
en su lugar.
Apoyando la mano en su corazón, Isobel se precipitó a mi lado y
entró en la cocina. Empecé a ir tras ella, dispuesto a confesar todo a Lewis
y a la señora Pan, pero lo que ella dijo me detuvo: —Señor Lewis, decidí
que no quiero dinero en efectivo por las flores que me compró. Solo haré
que mi padre lo descuente de su cheque de pago. ¿De acuerdo?
—Yo... eh... —Un pálido Lewis tartamudeó y se quedó boquiabierto
un momento antes de mirar las rosas en los brazos de la señora Pan y
luego de nuevo a Isobel.
La cocinera se ruborizó con un profundo, avergonzado rojo antes
de hablar efusivamente—: Oh Dios, Lewis. Lo siento mucho. No me di
cuenta de que las compraste para mí. Eso es tan considerado. Me
encantan. —Las abrazó hacia su cara para poder olerlas. Luego sonrió al
jardinero con aprecio—. E incluso quitaste todas las espinas. Gracias.
La manzana de Adán de Lewis se balanceó antes de que asintiera
lentamente y con la misma lentitud contestó—: Fue... bueno, no fue
nada, señora Pan. Fue un placer. —Luego envió un gesto de
agradecimiento a Isobel—. Gracias, señorita Nash.
Ella dio un breve gesto de asentimiento y se dio vuelta antes de
salir rápidamente de la cocina.
Pasó a mi lado, pero no me tomó mucho tiempo alzar mi mandíbula
del piso y apurarme para alcanzarla. Estábamos casi en la biblioteca
antes de que pudiera decir—: Eso... eso fue genial.
Quería besarla. Quería arrastrarla a mis brazos y abrazarla antes
de dejarla sin aliento por los besos. Hizo toda la situación completamente
real manteniendo su altanería y culto, y la señora Pan no tuvo la menor
idea de que fue una trampa. Además Lewis lo interpretó perfectamente,
sabiendo cuándo salvar su trasero e impresionar a su chica. Quise atraer
a Isobel a mis brazos, reírme y bailar con ella.
En vez de eso, le mostré una sonrisa enorme y un choque de
manos. —Estuviste genial. Totalmente genial.
Sus labios finalmente sonrieron y sus ojos azules brillaron de
triunfo antes de golpear su palma contra la mía.
Y ese fue el momento en el que estuve bastante seguro de que me
enamoré de ella.
Traducido por rihano
Corregido por Lynbe

Un día después de nuestros esfuerzos de emparejamiento, Isobel y


yo oficialmente terminamos el proyecto de estanterías de la biblioteca.
Quería llamar a todo el mundo a la sala de inmediato y mostrarlo, a pesar
de que la mayoría del personal había venido periódicamente para seguir
nuestro progreso. Pero Isobel quería todo el lugar limpio y todos los libros
archivados antes de nuestra “gran inauguración”.
Así que mientras quitaba los paños tirados, las escaleras y las
herramientas, Isobel desempolvó y empezó a aspirar. Cuando llegó el
momento de archivar los libros, comenzó nuestro gran debate sobre cómo
organizarlos.
—Aquí es donde tenía los misterios —comenzó Isobel,
entrecerrando los ojos como si me desafiara a discrepar.
Sonreí, listo para jugar. —Pero este es un rincón más oscuro. ¿No
crees que los misterios deberían estar en la parte más oscura y misteriosa
de la habitación? Y los romances pertenecen a la luz, ya que son, ya
sabes, ligeros y llenos de amor con finales felices y esas cosas.
Me parpadeó como si hubiera perdido la cabeza. —Tienes la lógica
más extraña que he oído en mi vida.
Con un guiño, me reí. —Pero te gusta mi idea, ¿no?
Frunciendo el ceño un momento más, lo persiguió con un resoplido
antes de morderse el labio y mirar alrededor de la habitación. —Está bien,
de acuerdo. Los romances deben ir junto a las ventanas. Pero los
misterios deben estar en la estantería que cubre la puerta oculta, y las
novelas de terror pueden ir en la esquina más oscura.
Mi boca se abrió antes de que señalara y dijera—: Aún mejor.
Perfecto.
Así que nos pusimos a trabajar, llevando pilas de libros desde el
centro de la habitación, donde algunos habían sido guardados para el
proyecto, a sus áreas respectivas. Después de cinco minutos, noté un par
de ojos mirando desde la entrada de la biblioteca, observándonos.
No tenía idea de cuánto tiempo había estado Kit ahí, pero nuestra
ordinaria acarreada de libros claramente lo había fascinado.
—Hola, Kit —dije amablemente—. ¿Por qué no vienes a ayudarnos?
Isobel detuvo lo que hacía y se volteó para ver al muchacho.
Cuando este se dio cuenta que su atención estaba sobre él, jadeó y
desapareció.
—Eso es todo —murmuré, bajando la pila que estaba sosteniendo
y apresurándome detrás de él.
—Oh, déjalo —exclamó Isobel—. En serio. ¡Shaw! ¿Qué demonios
haces?
Levanté un dedo. —Regreso enseguida.
Entonces salí corriendo de la habitación y alcancé al muchacho
antes de que pudiera llegar a la cocina. —¡Oye! —Lo atrapé por la parte
trasera de la camisa, jalándolo para que se detuviera.
Me estremecí cuando él se tambaleó y casi se cae. Mierda, esperaba
que nadie hubiera visto eso. Pero cuando levantó la mirada hacia mí con
ojos grandes y asustados, resurgió mi razón para perseguirlo.
—¿Por qué huiste? —pregunté, sacudiendo la cabeza sin idea.
Miró hacia el salón como si buscara señales de Isobel antes de
voltearse hacia mí, susurrando—: Ella me miró.
—Sí. —Asentí antes de darle un guiño—. Y no te convertiste en
piedra. Esa es una buena señal, ¿no es verdad?
Considerando eso por un momento, dio un lento asentimiento. —
Sí. Supongo.
—Ven. —Sujeté su mano y lo insté a seguirme de vuelta hacia la
biblioteca—. Conócela. En verdad es muy agradable.
—Pero…
—Confía en mí, chico —le dije, mirándolo directo a los ojos—. Yo
no dejaría que nada malo te pasara.
Tragó audiblemente antes de susurrar—: ¿Lo juras?
—Por mi vida.
Después de darme un asentimiento, me siguió voluntaria pero
dudosamente a la biblioteca, pero tan pronto como llegamos a la entrada,
se presionó contra mi cadera y abrazó mi pierna.
—Nos encontré algo más de ayuda —le anuncié a Isobel, sonriendo
como si un tembloroso y asustado niño no estuviera colgado de mí.
Isobel me envió una mirada reprobadora, ordenándome en silencio
que dejara de torturar al pobre niño.
La ignoré. —Isobel, este es Kit. Kit, la señorita Isobel Nash.
Kit sacó su cara de mi muslo y lentamente volvió su atención hacia
ella.
Isobel le sonrió, incluso aunque le temblaban los labios. Tenía su
cabello apartado hacia atrás y el rostro completamente expuesto. Yo
sabía que le costaba mucho evitar esconderle sus cicatrices, pero creo
que los dos nos dimos cuenta que Kit tenía que verlas abiertamente antes
de que pudiera combatir su miedo a ellas.
—Hola, Kit —dijo—. ¿En serio estás aquí para ayudar? Porque
tengo algunos importantes libros raros que necesito poner en este estante
de ahí, y necesito a alguien especial para hacerlo.
Los músculos en el cuerpo de Kit se relajaron poco a poco, y sentí
cada uno de ellos porque parecía que los tenía todos pegados contra mí.
—Yo… supongo —murmuró.
La expresión de Isobel brilló. Se veía más hermosa que nunca.
—Genial —dijo—. Estos libros son súper importantes para mí. Son
primeras ediciones de cuentos de hadas con dibujos hechos a mano. En
realidad son buenos dibujos, también. —Empezó a reunir una brazada
de despedazados libros viejos—. ¿Sabías que en algunas de las versiones
originales de la Cenicienta, las hermanastras malvadas cortan partes de
sus pies para que entren en la zapatilla de cristal?
Kit se irguió, prestando atención y dejó de sostenerse de mi pierna
por completo. —¿En verdad?
—Sí. Y tienen dibujos de esto. Es desagradable y sangriento.
—Genial. —El chico se alejó de mí, apresurándose hacia Isobel en
tanto ella abría el libro en la cima de su pila y comenzaba a pasar a través
de las páginas.
—Aquí está. —Se arrodilló junto a él.
Los ojos de Kit se volvieron más grandes al verlo. —Es asqueroso
—murmuró con absoluto asombro.
Isobel me miró y sonrió. —Y, oh, deberías ver el dibujo del leñador
abriendo el estómago del gran lobo malo en Caperucita Roja. —Volteó
unas cuantas páginas más hasta que llegaron a la que buscaba.
—Increíble. —Kit parecía vibrar con la emoción cuando preguntó—
: ¿Hay algo más?
—Bueno. —Se mordió el labio antes de que sus ojos chispearan—.
Sí. Ellos tienen a una de las brujas quemándose en Hansel y Gretel justo
después de que ésta última la empujara en la estufa.
Cuando comenzó a voltear las páginas, Kit levantó la mirada para
estudiar su rostro. —¿Eso dolió mucho? —preguntó, mostrando simpatía
en su voz—. ¿Cuándo te quemaste en el incendio?
Isobel lentamente detuvo el pasar las páginas. Se volteó para
mirarlo antes de admitir—: Fue el peor dolor de mi vida.
Kit asintió lentamente, con los ojos enormes pero colmados de
comprensión. —¿Crees que a mi papá y a tu mamá les dolió mucho
cuando murieron?
Mierda. No había querido que las cosas tomaran este rumbo. Solo
deseaba que el muchacho dejara de tratarla como a un monstruo. Pero,
de repente, él lo llevaba a algún lugar del que no estaba seguro que Isobel
pudiera arreglárselas para salir. Comencé a avanzar hacia ellos, para
detener al chico, incluso alejarlo de ella si tenía que hacerlo. Pero Isobel
levantó su mano en mi dirección, pidiéndome que me detuviera mientras
mantenía su atención en Kit.
—Creo que dolió, sí —admitió, moviendo la garganta con lo que
tenía que ser un trago difícil. Entonces su barbilla se levantó una fracción
de centímetro—. Pero luego pienso que se terminó rápidamente. A mí, el
dolor duró meses y meses, porque sobreviví. A ellos, solo fue unos
momentos. Ese es el único consuelo que puedo darme a mí misma
cuando pienso en ellos. Al menos su dolor se detuvo.
El chico la observó un momento más antes de que su cabeza se
moviera lentamente de arriba abajo. —Creo que tienes razón —coincidió.
Suspiré, aliviado, contento de que el momento no hubiera
terminado tan desagradablemente como había temido. Mientras colocaba
mi mano contra mi corazón y acababa liberando un suspiro, la señora
Pan apareció en la biblioteca.
—¡Kit! Ahí estás. He estado buscándote por todas partes, niño. Es
hora de… —Sus palabras se desvanecieron cuando se dio cuenta de
quien se encontraba sentada junto a su hijo. Parpadeó una vez, luego dos
veces. Repentinamente, se sonrojó y comenzó a tartamudear—. Yo… lo
siento tanto, señorita Nash. ¿Está molestándola? Puedo…
—No, no —se apresuró a asegurarle Isobel, colocando el libro a un
lado y poniéndose de pie antes de frotar sus rodillas—. Solo estábamos
mirando dibujos en un viejo cuento de hadas.
—Son tan geniales, mamá. Deberías ver lo que las hermanastras
malvadas les hicieron a sus pies para meterlos en el zapato de Cenicienta.
—Yo… bueno… —La señora Pan sacudió la cabeza, y se sonrojó,
antes de que pareciera recordar porque originalmente había entrado en
la habitación, buscándolo—. Lo haré más tarde, querido. Por ahora,
necesito llevarte a la escuela e inscribirte en tercer grado.
—Oh hombre ¿de verdad, mamá? ¿Ya? Pero el receso de verano
acaba de empezar.
—Me temo que es así. Luego debemos ir a comprar los implementos
de la escuela y zapatos nuevos después de eso.
—¿Podemos comprar helado también? —rogó el chico, un
negociador natural.
Su madre entrecerró los ojos como si tuviera que pensarlo antes de
decir—: Tal vez.
Para Kit, supongo que eso significó por completo que sí.
—¡Sí! —Levantó el puño en el aire y se dirigió hacia su mamá, para
detenerse bruscamente y regresar hacia Isobel—. Gracias por mostrarme
el libro, señorita Isobel. ¿Crees que podría regresar más tarde a mirar
más dibujos y ayudarte a poner los libros de nuevo en los estantes?
Juro que el labio inferior de Isobel tembló antes de que hiciera un
lento asentimiento y sonriera, sus ojos brillantes y emotivos. —Me
gustaría mucho eso —dijo, con su voz tan ronca que casi susurró las
palabras.
—Genial. —Kit saltó hacia delante y le dio un abrazo.
La señora Pan se volteó ligeramente a un lado así podía limpiar
discretamente la esquina de su ojo, mientras el chico se alejaba de isobel,
diciendo—: Te veo más tarde. —Luego recordó saludar en mi dirección—
. Adiós, Shaw.
—Te veo más tarde, chico.
Y entonces él se había ido, corriendo desde la habitación a toda
velocidad.
—¡Kit! —gritó su madre detrás de él, persiguiéndolo hacia el
vestíbulo—. No corras en la casa.
Mientras sus fuertes pisadas se desvanecían de la habitación, me
arriesgué a echar un vistazo hacia la mujer parada ahí, aún mirando
hacia la entrada como si estuviera abrumada.
—¿Estás bien? —pregunté, acercándome un poco más.
Parpadeó, saliendo de su ensueño, y alzó la vista hacia mí. —¿Qué?
—Entonces sacudió la cabeza—. Es decir, sí, por supuesto —Una sonrisa
floreció en su rostro—. ¿Lo viste abrazarme?
—Lo vi.
Se tocó el lado de su cintura como si aún pudiera sentir la presión
de su abrazo. —Olía a mortadela —murmuró distraídamente.
Me reí entre dientes, moviéndome aún más cerca. —El típico olor
de un niño, apuesto.
Asintió, moviendo su mano al costado de su brazo. —Sí. Tal vez. —
Me miró de nuevo—. Ya no parecía tener miedo de mí al final, ¿verdad?
Sacudí la cabeza. —En absoluto.
Otra sonrisa iluminó su cara. —Eso fue bastante increíble.
Eres increíble, quise decir yo.
Me quedé junto a ella, esperando, sin estar seguro de qué hacer
excepto permanecer cerca en caso de que necesitara… bueno, cualquier
cosa.
—Supongo que deberíamos volver a guardar estos libros —
murmuró, sonando como si aún estuviera un poco perdida.
Se arrodilló y reunió la creciente pila que había colocado abajo con
el fin de revisar los libros de cuentos de hadas con Kit, y trató de pararse
con ellos en sus brazos.
—Espera, déjame ayudarte. —Estiré la mano, pero ella negó con la
cabeza.
—No, yo puedo. —Y trató de pararse de nuevo, pero yo continuaba
intentando liberarla de ellos.
Ambos éramos decididos, y esto de alguna forma causó un choque
en el cual nos golpeamos el uno con el otro y perdimos el equilibrio. Los
libros en sus brazos salieron volando, tropezamos con otra pila colocada
cerca, y fuimos al piso.
—¡Mierda! —Maldije, aterrizando encima de ella, de cara, mientras
pegaba su espalda al piso con una impresión completa de la mujer debajo
de mí, pechos, caderas, muslos, piernas—. Lo siento. Oh Dios, lo siento
tanto. Mierda. ¿Estás bien? ¿Isobel?
Me senté, atormentado por la sensación de sus pechos aplastados
en el mío.
Cuando bajé la mirada hacia ella, parpadeó, pero no se movió ni
habló. Solo miró al techo y dobló las manos contra su clavícula.
Me senté y me cerní sobre ella. —¿Estás bien? —repetí, temiendo
lo peor.
Comenzó a asentir, haciendo que un mechón suelto de cabello que
se había salido de su cola de caballo cayera en su rostro, unas pocas
hebras enredadas en sus muy largas pestañas.
Inconscientemente, las aparté de sus ojos, preguntando—:
¿Segura? No estás hablando.
—Estoy… —Jadeó cuando las puntas de mis dedos pasaron
ligeramente sobre su cicatriz mientras yo movía su cabello a un lado.
—¿Qué? —pregunté, comenzando a asustarme—. Estás herida ¿no
es verdad? ¿Dónde?
—No —dijo, sacudiendo la cabeza—. No, no lo estoy… no estoy
lastimada. Es solo que… tú…
—¿Qué? —exigí, listo para llevarla a un hospital si tenía que
hacerlo.
—Tocaste mis cicatrices —dijo en voz baja. Entonces me miró a los
ojos—. Nadie hace eso nunca.
Mi boca cayó abierta antes de que dijera—: Oh, Dios. Lo siento. No
me di cuenta de que eran tan sensibles. No quise lastimarte.
Soltó una risita y comenzó a sentarse. —Lo malinterpretaste. No
dolió. No siento casi nada ahí ya que las terminaciones nerviosas fueron
dañadas. Fue solamente… raro que alguien las tocara voluntariamente.
La observé apartar otro mechón de cabello de su cara. —¿Raro en
el buen sentido o malo? —Me atreví a preguntar finalmente.
Se detuvo y luego asintió. —En el buen sentido.
La forma en que lo dijo me hizo preguntarme si podría herir sus
sentimientos cuando la gente a propósito evitaba las cicatrices. Claro,
hacer bromas y degradarla por ellas la perturbaría, pero ¿tal vez
pretender que no estaban ahí era otra forma de desaprobación? Tal vez
solo quería que la gente las aceptara.
Comencé a estirar una mano sin pensarlo, solo para detenerme a
unos centímetros de su rostro. —Es decir… —dije, sacudiendo mi cabeza
como disculpa—. ¿Está bien si yo…? —Las palabras murieron
suavemente de mis labios.
Isobel parpadeó unos grandes y sorprendidos ojos antes de que
lentamente asintiera con su cabeza. —Es-está bien. Supongo. Si tienes
curiosidad.
Lo juro, ambos contuvimos nuestros alientos mientras lentamente
estiraba la mano. Tan pronto como mis dedos hicieron contacto,
liberamos el aire uno detrás del otro.
—No está tan mal como antes —me dijo—. Tuve mucha cirugía
láser, máscara de compresión, terapia de masaje. Pero es lo mejor que
pudieron conseguir. Mi papá no escatimó en gastos.
—¿Dolió? —pregunté—. Me refiero a todas las cirugías y trabajo
que hicieron.
Se encogió de hombros, lo que estoy seguro que quería decir sí.
Sonreí. Para la altiva y mimada esnob por la que la había tomado
el día que nos habíamos conocido, Isobel en verdad era bastante modesta.
—Tengo este urgente impulso de decir que en realidad no se ve tan
mal, porque honestamente, aún tienes todo tu cabello, tus orejas no
están colgando a la mitad de tu cuello y la piel no está en verdad tan
decolorada. Hay algunos bultos, pero no depresiones grandes ni nada. —
Miré a sus ojos, grandes y alertas—. Pero me parece que sería lo
equivocado por decir ¿no es verdad?
Asintió. —En realidad sí.
Asentí también. —Entonces no voy a decirlo. Pero honestamente,
eso no domina lo que veo cuando te miro. Algunas veces, incluso olvido
que las tienes. Y me volteo y te miro, y me sorprenden de nuevo. —Mi
sonrisa se volvió juguetona—. ¿Oyeron eso, cicatrices? —les dije—. Sé
que les gusta apartar toda la tención lejos de mi chica aquí, pero tengo
que decirles, que ella aún es más linda de lo que ustedes son feas. —
Luego me incliné y le besé la mejilla, presionando mis labios directamente
contra el tejido cicatrizado.
Maldición, siempre olía tan bien. Creo que las rosas eran mi nuevo
afrodisíaco.
Pero no llegué a disfrutar mucho tiempo de esta experiencia
elevada-cercana-y-personal. Isobel jadeó de nuevo, y se sacudió,
recordándome que extrañamente había puesto mi boca sobre ella.
Oh, mierda. Acababa de besar a Isobel. En la mejilla, pero aun así…
Con los ojos asombrados, me aparté y la miré a la cara, dándome
cuenta que parecía tan asombrada como me sentía. —Lo… Lo siento —
solté—. No sé lo que estaba pensando. —Oh, Dios. ¿Qué demonios había
hecho?—. ¿Vas a decirle a tu papá?
Me miró y presionó su mano en la cicatriz como si yo acabara de
abofetearla en lugar de besarla. Y entonces tuve que preguntarme si lo
hice. ¿Qué si algo de la mierda que acababa de murmurar
impulsivamente resultó todo equivocado y la molestó en lugar de hacerla
sentir mejor?
Mierda, oh mierda, oh mierda. Lo había jodido en grande, ¿cierto?
Ella se impulsó para levantarse, aún manteniendo la mano en su
mejilla y mirándome como si acabara de hundir un cuchillo en su
espalda. Luego murmuró—: Por supuesto que no voy a decirle. —Y salió
corriendo de la habitación.
Traducido por Victoire
Corregido por Laurita PI

Isobel no volvió a la biblioteca por el resto del día. Al principio me


sentí bien con su ausencia. Es decir, demonios, también necesitaba un
momento para recomponerme.
La besé. Las cosas cambiaron. Probablemente nunca volveríamos
al lugar en el que solíamos estar. Y esta nueva dirección podría llevarnos
a un lugar muy bueno, o muy malo. Así que sí, sentía miedo. Lo entendía.
Entendía que ella necesitara un momento para sí misma.
Quizás una hora o dos para ella misma.
Pero cuando pasaron cuatro horas, fue hora de irme, y ella nunca
volvió. Había tratado de colocar tantos libros en las estanterías como me
fue posible, con la esperanza de no poner uno en alguna parte en la que
no iba, pero se sentía incorrecto hacerlo solo. Habíamos empezado a
trabajar en esto juntos; deberíamos haberlo terminado juntos.
Lo peor de todo llegó a la mañana siguiente a las siete, cuando no
fue al lago para correr. Me quedé de pie en el camino, nuestro camino,
con las manos en las caderas en tanto giraba lentamente y miraba el
amanecer asombroso.
Maldita sea, incluso arruinó el amanecer para mí. No podía
apreciar los rosas, púrpuras y naranjas en el cielo sin su compañía.
Negándome a dejar que se alejara de mí otra vez, de la misma forma
en que lo hizo las dos primeras semanas que había estado aquí, me dirigí
a la casa.
Sin embargo, no necesité ir adentro para encontrarla. Mientras me
acercaba a la parte de atrás, vi una luz en el jardín de rosas. Así que me
desvié hacia allí. Incluso mientras me acercaba a la entrada, pude verla
en el interior, agachada entre los arbustos mientras le daba a sus flores
el ciento diez por ciento de la atención que necesitaban.
Al abrir la puerta, marché ofendido al interior.
—Buenos días —dije, tratando de ocultar mi cólera para que no se
supiera que tan furioso me sentía. Esperaba sonar bastante agradable.
Su cabeza se inclinó hacia arriba, sus ojos azules parpadearon.
Luego volvió al trabajo. —Buen día.
La vi arrancar hierba y luego llenar con paciencia el agujero creado
con un poco de tierra fresca. Cruzando los brazos sobre mi pecho, mordí
el interior de mi labio, deseando en mi interior que me mirara de nuevo.
No lo hizo.
Después de soltar un aliento profundo y calmado, dije—: Te eché
de menos en el sendero esta mañana.
Se encogió de hombros. La maldita mujer solamente se encogió de
hombros. —No tenía ganas de correr.
Bueno. Era justo. Hubo un montón de mañanas en las que podría
haber dormido y permanecido en la cama una hora más. Pero no lo hice,
porque sabía que estaría esperándome allí, contando conmigo para correr
a su lado, tal como esperé contar con ella esperándola esta mañana.
Y así, mi enojo emergió, fresco y nuevo.
—¿Podemos hablar? —exigí, mi tono ya sin rastro de educación.
Por lo menos, Isobel levantó la vista. —¿Hablar de qué?
Le envié una mirada sardónica, nada impresionado por su acto de
ignorancia.
—El beso —solté, viéndola estremecerse ante la palabra.
Pero volvió a su trabajo, utilizando la parte trasera de una pequeña
pala para presionar la tierra nueva en la vieja. —¿Qué pasa con eso?
Bueno, al menos me permitía que dijera lo que quería decir, que de
todos modos, era exactamente lo que pensé hacer. —Ahora todo se siente
incómodo y tenso. Tal vez sea solo yo, pero no lo creo. Me has evitado
desde que sucedió. Y ahora ni siquiera me miras a los ojos.
Levantó la cabeza, mirándome directamente a los ojos, a pesar de
que sus cejas se juntaron con fastidio.
Me arrodillé junto a ella, suavemente. —Solo dime si estás bien o
no.
—Estoy bien. —Dejó salir una risa fingida y luego arrugó la frente,
como si no pudiera creer que aún me sintiera preocupado.
Levanté mis cejas. —¿Estás segura?
Otra risa falsa. —Sí, estoy bien, Shaw. Lo que sea que imaginas, en
realidad está en tu cabeza, porque no pasa nada malo.
Mis hombros se desplomaron, decepcionado porque ella no
hablara. De todas maneras, me negaba a renunciar. Así que dije—:
Mentira.
Sus ojos se agrandaron. —¿Disculpa?
—Me escuchaste. Dije que es mentira. Si todo está bien, ¿por qué
me siento como la mierda? ¿Por qué siento como si hubiera cometido un
error terrible, horroroso y espantoso? Me lo dirías si lo hubiese hecho,
¿verdad?
—Por supuesto, pero no cometiste…
—Sí, lo hice. Pasa algo malo, y es mi culpa. No sé cómo lo sé, pero
lo sé, y no puedo entender qué es. Así que tienes que animarte y
decírmelo, para…
—Por Dios, te detuviste, ¿sí? Te detuviste.
Al principio pensé que me pedía que me detuviera, que me callara
porque mi charla la estaba volviendo loca. Pero entonces me di cuenta de
que habló del pasado.
Parpadeé, sintiéndome fuera de lugar.
—¿Qué?
Se sonrojó de vergüenza en un profundo color rojo violáceo. —Nada
—se apresuró a decir, dándose la vuelta.
Pero agarré su hombro y la di vuelta. —No. Dijiste que me detuve.
¿Qué detuve?
Cerrando los ojos, inclinó la cabeza. —Nada —insistió—. Es
estúpido y tonto, no quiero hablar de ello.
—Isobel —murmuré en moderada reprimenda, inclinándome hacia
ella hasta que nuestras frentes casi se tocaban—. No me importa si es lo
más estúpido del mundo, quiero saber. Necesito saber.
Por fin alzó la mirada, levantando su rostro para mostrarme el
miedo y la incertidumbre en sus ojos azules. —Me dejaste de besar —dijo
en voz tan baja que temblaba de nervios—. Te detuviste y te apartaste, y
entonces te disculpaste como... como si te hubieses arrepentido.
Mis labios se abrieron mientras la sorpresa sacaba todo el aire de
mis pulmones. —No —jadeé—. Oh, Dios, no. Isobel... Jesús, no, no es por
eso que me disculpé. No me arrepiento de besarte. No me arrepiento ni
siquiera ahora.
Sus ojos se veían tan azules, grandes, y confundidos. —Entonces,
¿por qué te disculpaste?
—Por… Porque tenía miedo que te ofendieras.
Negó con la cabeza, con el ceño fruncido. —¿Eh?
Me reí. Pero cuando su ceño se frunció como si pensara que me
reía de ella, me detuve. Ternura e incluso alivio me llenaron.
—Oh, chica loca —murmuré, tomando su cara entre mis manos,
una palma descansando contra su piel lisa y cálida, y la otra sosteniendo
el desgarrado tejido desigual de la cicatriz—. Si tan solo pudieras mirar
en mi cabeza ahora mismo y ver lo mucho que pienso en ti, ver qué pienso
de ti, nunca dudarías de mi deseo de besarte. Eres la dueña de todo mi
ser. No me arrepentiría de besarte en cualquier momento, en cualquier
lugar, en cualquier sentido. Te besaría en la mañana o por la noche, en
la oscuridad o en pleno día.
Con una risa, enterró su rostro en la parte delantera de mi camisa.
—Empiezas a sonar como el doctor Seuss.
Ya que había hecho que sonriera, seguí con ello, murmurando en
su oído—: Te besaría en una caja con un zorro o en una casa con un
ratón. Te besaría en un…
Me cortó levantando la cara y juntando su boca con la mía. Luego
agarró dos puñados de mi cabello, acercándome a ella. Mi gruñido de
sorpresa fue amortiguado por sus labios, vibrando entre nosotros. Luego
su lengua tocó la mía, y me dejé llevar. Listo. Perdido en la pasión.
Olía tan bien, se sentía tan suave, sabía a fruta —algo cítrico— y
emitió el gemido más encantador que había escuchado. Podía jurar que
repercutió directo en mis pantalones y me despertó el pene. De repente,
estaba duro y palpitante, centrado solamente en ella. Jadeó mi nombre y
un impulso primario de darme un festín con ella llenó mis sentidos.
Separé mi boca de la suya, bajando a su cuello. No podría incluso
decir si era el lado de su garganta con la cicatriz o no, solo sabía que se
sentía increíble contra mí, aún sin soltar mi pelo e inclinando la cabeza
hacia atrás para permitirme un mejor acceso. Quería todo de ella en ese
momento. Mi atención siguió deslizándose hacia abajo, y dejó escapar un
sonido de sorpresa cuando mis labios tocaron la curva de sus pechos a
través de su camisa.
Parpadeando para volver de alguna forma a la realidad, la miré a
la cara. —¿Esto está bien? —pregunté.
Asintió, respirando con dificultad. —Sí. Por supuesto, es que...
estamos a plena vista. Me siento expuesta.
Miré alrededor, notando dónde nos encontrábamos. De inmediato,
saqué mis manos de ella.
—Oh, mierda. Estamos en el... estoy en el trabajo. Me enrollo con
alguien en el trabajo. —No simplemente alguien, sino con la hija de mi
jefe.
Henry me iba a matar y luego a despedirme si se enteraba de esto.
Probablemente en ese orden.
Isobel se limitó a sonreír. Dios, ¿por qué tenía que verse tan
hermosa cuando sonreía de esa manera?
—Técnicamente no empiezas a trabajar hasta las ocho, y apenas
son las siete y media.
Me quedé mirándola, escuchando sus palabras, pero por alguna
razón, no me hizo sentir mejor.
—Tengo que decirte algo —solté; ni siquiera planeaba decirlo, pero
mi boca... la jodida estúpida cosa tenía una mente propia—. Y no creo
que te vaya a gustar.
Dios... maldición. ¿Por qué simplemente no podía mantener mi
boca cerrada?
Isobel se alejó de mí, con los ojos cautelosos y desconfiados. Sin
pensarlo intenté tocarla pero evadió mi toque.
Me enloqueció. Ni siquiera lo había confesado, y sin embargo, ya se
alejaba.
Sabía que iba a joderlo aún más, pero era incapaz de mentirle, ni
siquiera con una mentira por omisión, porque la culpa me volvería loco,
así que acerqué mis rodillas a mi pecho y envolví los brazos alrededor.
Probablemente parecía un niño perdido a punto de confesar mi miedo
más profundo, pero en cierto modo también me sentía como uno.
—¿Qué? —exigió—. Dilo de una vez.
Cerrando los ojos, admití—: Me trajeron aquí por ti.
Traducido por Beatrix
Corregido por Lynbe

El silencio que siguió a mi confesión fue resonante. Resonó en mi


cabeza hasta que el sudor se empañó en mi frente.
Abrí los ojos y encontré a Isobel mirándome, con expresión
sombría.
Agitó la cabeza. —¿Qué quieres decir?
Bajando la mirada a mis manos, comencé a rasgar un pedazo de
piel que se desprendía alrededor de un callo en la palma de mi mano.
—Te lo dije antes, originalmente fui a ver a tu padre por mi madre,
¿cierto?
Asintió. —¿Qué? ¿No es verdad?
—No, es verdad —dije. Luego respiré hondo y empecé mi historia—
. Fui a verlo porque ella le debía dinero. Le había dado un préstamo para
su panadería. Lo juro, le debía dinero a todo el mundo. No tengo idea de
cómo una sola persona pudo acumular tantas deudas, pero me lo ocultó
todo el tiempo que pudo. Para cuando me enteré, ya no pude controlarlo.
Vendí mi camioneta, vendí su casa, vendí la mayoría de nuestros
muebles. Y todavía no era suficiente. Para nada. Después de que se mudó
conmigo, se tropezó en la escalera fuera de mi apartamento. Vivo en el
segundo piso, y siempre han sido escaleras empinadas. Ojalá hubiera
podido trasladarnos a un lugar más seguro, pero trabajaba en Pestle.
Isobel asintió. —Pero cerraron el negocio —dijo por mí.
—Pero cerraron el negocio —repetí, asintiendo yo también—. Luego
mamá perdió la panadería y de repente no ganábamos dinero, así que no
podía permitirme mudarnos. Y después de que se rompió la cadera, tuve
que estar ahí para ella casi cada hora del día. Le tomó unos meses antes
de que pudiera moverse por su cuenta, lo suficiente como para que yo
pudiera dejar el apartamento y buscar trabajo con seguridad. Pero para
entonces, casi todos los que fueron despedidos en la fábrica de zapatos
ya ocuparon todos los puestos de trabajo disponibles. Las facturas
seguían llegando, incluyendo la de Corporación Nash. Mamá contaba
cómo llegó a hablar con Henry Nash personalmente cuando le dieron el
préstamo para su panadería, y era el hombre más rico que conocía con
el que pensé que podría hablar en persona, así que creí que tal vez me
dejaría entrar a mí también para verlo.
Me detuve para echar un vistazo a Isobel, midiendo su interés, su
estado de ánimo. En su mayor parte, parecía paciente y no demasiado
molesta.
Pero sabía que eso no iba a durar. Temiendo su reacción final,
respiré hondo y volví a sumergirme en mi historia.
—Estaba tan desesperado. No tienes ni idea de lo desesperado que
estaba. Cuando pude reunirme con tu papá, pensé... —Sacudí la
cabeza—. Ni siquiera estoy seguro de lo que pensaba. Trabajé tan duro
toda mi vida solo para caer en la deuda y la pobreza. Era humillante y
degradante. Me quitó la mayor parte del orgullo. —Con una mueca de
dolor, admití—: Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para salir de
este agujero. Y... bueno, estaba seguro de que alguien tan rico y poderoso
como Henry Nash tenía que ser fraudulento en el centro, que tenía que
tener una docena de negocios encubiertos, en el mercado negro, haciendo
chantajes con la gente. Así que fui a verlo para ofrecerme como... uno de
sus matones, supongo.
Isobel parpadeó antes de que una sonrisa apareciera en su rostro.
—Espera, ¿de verdad pensaste que mi papá era fraudulento? —
Resopló antes de empezar a reír—. Oh, Dios mío, eso es muy gracioso. Mi
padre mafioso. —Rió de nuevo.
Fruncí el ceño. —No es gracioso. Quiero decir, ¡no lo sabía!
—¿Qué diablos pensaste que iba a decir? “Claro, acabo de
conocerte, pero ven a ser mi secuaz malvado”. Oh, Dios.
Echó la cabeza hacia atrás, riéndose tanto que las lágrimas cayeron
por sus mejillas. Me senté allí, meditando y esperando.
—Ojalá pudiera haber visto cómo fue esa conversación. ¿Cómo
hiciste esa pregunta?
Me encogí de hombros, sintiéndome ridículo por pensar que Henry
podría ser una especie de señor de la mafia. —Le dije que haría cualquier
cosa —murmuré malhumorado.
De ninguna manera iba a decirle lo que primero temí que él quería
de mí cuando me contrató. Probablemente se le abriría el vientre con la
fuerza de su risa.
Sus cejas se arrugaron mientras sacudía la cabeza. —¿Así que... te
dio un trabajo sin más?
Aspiré. —En mi defensa, fui bastante convincente.
—Oh, estoy segura. —Presionando el dorso de su mano en su
frente, trató de imitar lo dramático que debió pensar que soné—. Por
favor, señor —gimió—, haré lo que sea.
Mi cara se puso incómodamente caliente. —Conseguí el trabajo,
¿no es cierto?
Se enderezó, preocupada. —Sí —murmuró pensativa. Entonces su
cara empezó a perder color, y en un susurro, dijo—: Sí. Así es. ¿Por qué
conseguiste el trabajo?
Notando que ya se había dado cuenta del por qué, suspiré. —No
me dijo lo que quería que hiciera. Me dio la dirección de Porter Hall y dijo
que estuviera aquí a las nueve de la mañana siguiente. No tenía ni idea
de lo que se suponía que tenía que hacer; me presenté preparado para
cualquier cosa. Absolutamente cualquier cosa. Así que cuando me dijo
que quería que yo fuera el nuevo manitas, me sentí aliviado. No tienes ni
idea, Isobel. Sentí como si me hubieran perdonado de una sentencia de
muerte y me hubieran permitido vivir después de todo. Todavía no tenía
ni idea de nada más que ser un manitas cuando el primer lugar al que
me envió fue el jardín de rosas.
Miré a mi alrededor, respirando el aroma de sus rosas y
sintiéndome triste por primera vez desde que llegué aquí.
—Oh, Dios —murmuró Isobel, sabiendo exactamente hacia dónde
se dirigía esto. Presionando sus manos contra su cara, miró hacia el
techo y soltó una fuerte risa—. Por supuesto que te envió a mis rosas. ¿A
dónde más te enviaría?
Empezaba a desmoronarse, así que hablé más rápido. —No me dijo
nada acerca de ti, solo mencionó que era el jardín de su hija y quería que
me ocupara de sus flores por encima de todo. Pero entonces... apareciste
y parecías tan inflexible que debería saber que no querrías a nadie allí.
Lo enfrenté después de que salieras de su oficina.
—Y déjame adivinar —dijo, sus ojos se llenaron de lágrimas
mientras soltaba otra risa amarga—. Finalmente te admitió tus
verdaderos deberes aquí. Oh por Dios. —Volviéndose a poner las manos
en la cara, se ahogó—. Todo este tiempo. Pensé que en realidad nos
estábamos volviendo amigos.
—Lo estábamos ¡Lo somos! —Alcancé sus manos, pero las apartó.
—¿Amigos? —dijo con una vocecita angustiada—. Pero fuiste
forzado a pasar tiempo conmigo en contra de tu voluntad.
—No, contra mi voluntad no. Estás haciendo que esto parezca más
espeluznante de lo que realmente fue. Nada fue forzado o no deseado.
Estaba desesperado, Isobel; habría hecho muchas cosas desagradables,
tal vez incluso ilegales, para pagar la deuda de mi madre. Así que cuando
dijo que solo quería que pasara tiempo contigo, pensé que gané la lotería.
Pero negó con la cabeza. —Simplemente no lo entiendes. Ya ha
intentado comprarme amigos, y...
Le agarré la mano antes de que pudiera mantenerla alejada de mí
y la presioné contra el centro de mi pecho. —Lo sé. Pero eso no es lo que
hizo esta vez. Me dijo desde el principio que no tenía que intentar ser tu
amigo. No era como esas otras veces.
Ella me miró, uniendo sus cejas como si dudara, pero tal vez, por
fin lista para escuchar lo que tenía que decirle. —Entonces, ¿cómo fue
exactamente?
Sonreí. —Creo que sus palabras exactas fueron que rompiera la
monotonía de tu día. Podría hacerte enfadar o hacerte reír, siempre y
cuando hiciera algún tipo de contacto para forzarte a una pequeña
interacción humana.
Su expresión se volvió pensativa. Trataba de decidir si quería creer
mi historia o no, si le gustaba mi historia o no.
Suspiré. —Sabía que estuvo mal tratar de comprarte amigos; me lo
admitió. Se dio cuenta de que quería que le gustaras a la gente por lo que
eras, no por cuánto podía pagarles, así que sus instrucciones para mí
eran en realidad no convertirme en tu amigo.
Sacudiendo la cabeza, admitió—: Eso no tiene sentido.
Con una sonrisa, admití—: Sí, tampoco tenía mucho sentido para
mí. Pero él pensó... —Me estremecí.
—¿Qué? —me instó—. Solo dilo.
Gemí antes de admitir—: Pensó que te sentirías atraída por mí, y
eso te ayudaría a distraerte de lo sola que te sentías.
Sus labios se abrieron. Me miró fijamente durante un rato largo e
incómodo. Entonces se mojó los labios y dijo—: ¿Mi papá me compró una
cara bonita?
Me encogí de hombros, con el rostro en llamas. —Más o menos, sí.
Creo.
—Oh, Dios mío. —Gimió y se cubrió los ojos con ambas manos—.
Esto es muy humillante.
Tenía que ser tan embarazoso para ella como para mí, pero no
podía soportar que se sintiera incómoda. Me acerqué más, le toqué el
hombro, tratando de consolarla, hacerla sentir mejor. —Con lo que creo
que no contaba, y espero que todavía no lo sepa, es que me sentí atraído
por ti también.
—No —gimió, sacudiendo la cabeza—. Por favor, no digas eso. Eso
es solo influencia del síndrome de Estocolmo.
Con una risa, agité mi cabeza y presioné mi frente contra la de ella
antes de suavemente apartar sus manos de sus ojos para que me mirara.
Cuando vi el cielo azul entre las pestañas más largas, confesé—: No, eso
es influencia de mi corazón.
Respiró hondo, pero sabía que no podía creerme. Aún no.
—Piénsalo, Isobel —le pedí—. Solo tenía que asegurarme de estar
en tu presencia a una hora programada. No tuve que llegar temprano
para correr contigo, o quedarme más tarde para construir estanterías
contigo. No tenía que abrirme a ti y contarte mi vida, mis mayores sueños.
No tenía que enamorarme de ti. Lo hice porque... porque no pude evitarlo.
—Espera. ¿Qué hiciste qué? —Sus ojos se agrandaron como si
estuvieran horrorizados—. ¿Qué acabas de decir?
No pude repetir las palabras. Mis manos ya temblaban y mi voz
empezaba a tambalearse. —Fui más lejos de lo que él me pidió. Me
acerqué más de lo que creo que quería que me acercara. Y el hecho es
que me preocupa mucho lo que va a hacer cuando se entere de lo cerca
que estoy de ti. Me dijo que no quería que me hiciera tu amigo; ¿qué
demonios va a hacer cuando se entere de que me he enamo…?
Agité la cabeza y tragué saliva. —¿Qué pasa si eso lo molesta y me
despide, rompe nuestro trato y recupera todos los préstamos que le pagó
a mi mamá? Diablos, ¿y si me dice que no puedo volver a verte? Porque
eso es lo que más me asusta. Mi mamá y mi propio sustento están en
riesgo aquí, y todo en lo que puedo pensar es en cuánto no quiero
perderte. Dios, estoy tan jodido ahora mismo, que no...
—Shh. —Presionó sus dedos en mis labios, deteniendo el flujo de
palabras.
Levanté la mirada hacia ella. Me dirigió una sonrisa suave.
—No te preocupes. Nunca dejaré que eso te suceda.
Besé sus dedos. —¿Me crees entonces? —La preocupación todavía
me ahogaba, pero la esperanza empezaba a ser eterna—. ¿Crees que esto
entre nosotros es real y no tiene nada que ver con tu padre?
Apartó un mechón de pelo de mi frente y me miró a los ojos. Luego
asintió. —Sí. Te creo.
—Oh, gracias a Dios. —Me hundí en ella, cerré los ojos y apoyé mi
frente en su hombro—. Estaba tan seguro de que me ibas a dejar cuando
te dijera la verdad. No tienes idea de lo preocupado que estaba.
—Me alegra que me lo dijeras. Gracias por confiar en mí con la
verdad.
Alcé la mirada y sonreí. —Confío en ti con mi corazón. Darte la
verdad fue fácil.
Traducido por Chachii & AnnyR’
Corregido por Lynbe

Puede que haya estado siguiendo a Isobel todo el día, como un niño
ansioso. Pero es que tenía esta molestia en el estómago, diciéndome que
no la dejase fuera de mi vista. ¿Qué ocurriría si de pronto cambiase de
parecer y decidiese no creerme después de todo? Quiero decir, todo lo que
tenía eran mis palabras y ninguna prueba real. ¿Y que si llegaba a
sentirse embaucada? ¿O decidiese que no le gusto? O…
De acuerdo, puede que haya sido un poco paranoico. ¿Pero podrían
culparme? Acababa de desnudar mi corazón ante esta mujer, totalmente
convencido de que lo iba a pisotear y tirar en mi cara. Eso me merecía.
Pero no. Se lo tomó sorpresivamente bien y me creyó aun cuando no tenía
nada con lo que respaldar mi historia. No podía creer que fuera tan
sencillo. En contraposición, probablemente la molesté bastante al
negarme dejarla sola en todo el día.
Gracias a Dios no parecía irritada por mi necesidad.
Pero creo que entendió lo que hacía y se aprovechó totalmente de
la situación. Sabiendo lo ansioso que estaba por complacerla, comenzó a
hacer preguntas personales, aquellas muy vergonzosas e incomodas que
los chicos odian que les preguntes, como por ejemplo cuántas novias
había tenido, y cuánto había durado mi última relación.
Balbuceé y tartamudeé inseguro de cómo responder porque,
honestamente, pasó tanto tiempo que no podía recordar ni cuántos
meses había durado. Definitivamente más de un año desde la última
mujer, tal vez dos. Así que eso es lo que le dije.
Excepto que la mirada que me devolvió se hallaba llena de duda,
logrando que alzase mis manos e insistiera. —Lo digo en serio. He pasado
por una larga sequía. Durante los últimos años Gloria espantó a
cualquier mujer que pareciera estar interesada en mí.
A lo cual ladeó la cabeza y entornó los ojos. —¿Quién es Gloria?
Gemí. —Oh, Dios. No me hagas hablar de Gloria.
Así que por supuesto que me hizo hablar de Gloria. Diez minutos
después, todavía me quejaba acerca de la pesadilla de mi existencia
mientras seguía a Isobel al invernadero por segunda vez en el día.
—…y entonces ella dijo: “Entiendo Shaw”. ¿Pero cómo diablos
podría hacerlo si regresó una semana después actuando como si yo no la
hubiera cagado? Insisto, toda esta cosa de Gloria me está volviendo loco.
¿Por qué no me ha dejado en paz ya? Sabe que no estoy interesado.
Isobel parecía divertida mientras se ponía los guantes. —Tal vez
porque ella también sabe que eres demasiado lindo para venir y herir sus
sentimientos por no corresponderle.
Resoplé. —Pero, ¿por qué? No entiendo por qué le gusto. Las pocas
veces que intenté abrirme con ella y que viera al verdadero yo, no le gustó
lo que vio. Pensó que mi sueño de convertirme en un arqueólogo era
absurdo. Sus palabras. Jodidamente absurdo. Yo hablaba muy en serio
y se rio en mi cara sobre algo que me era importante. Así que, en verdad,
si no le interesa lo que quiero o necesito en mi vida, ¿cómo diablos puede
esperar que me importe una mierda lo que quiere? ¿Y por qué me estás
mirando así?
Isobel sacudió la cabeza, con sus ojos brillando con diversión, pero
también arrugados en las esquinas como si estuviera analizándome,
aprendiendo mis componentes más básicos.
—No estoy segura ni de por dónde empezar —murmuró pensativa.
Con un suspiro, me apoyé contra la pared de madera del
invernadero. —Estoy bastante jodido, ¿ah?
—No. —Bajó la cabeza lentamente—. No estás jodido. Solo…
Cuando no respondió inmediatamente, tragué, sintiendo como si
fuera a decir algo negativo sobre mí, algo sobre cuán feo era que no
quisiera nada con una chica que obviamente me adoraba. Dios, yo era un
hombre espantoso y terrible, ¿verdad? La manera en que no dejaba de
estudiarme me hizo retorcer por dentro.
—¿Qué? —demandé—. Solo ¿qué?
Sacudió la cabeza. —Eres muy delirante. Dices no saber por qué le
gustas, por lo que me cuesta seguirte el paso a partir de ahí, sin contar
todo lo demás que dijiste.
—Yo no… ¿qué quieres decir con eso?
—Eres un chico asombroso. Eres apuesto, amable, considerado y
simpático. Y quizá un poco demasiado humilde para tu propio bien.
Cualquiera se sentiría atraída por eso sin ni siquiera conocer al verdadero
tú.
—No… —Quise discutir, pero diablos, no era un modelo de
persona. Era solo… yo. Había cerca de cincuenta cosas mal conmigo las
cuales podía comenzar a enlistar en mi cabeza.
—Y tienes buen corazón —continuó Isobel—. Con lo honesto,
sincero y amable que eres, la gente sabe que puede confiar en ti sin
reparos, incluso sus más oscuros secretos. Estoy curiosa de por qué,
además de Gloria, no hay más mujeres del vecindario detrás de ti.
Solté una bocanada de aire antes de aclarar mi garganta, de
repente incomodo con todos los elogios. —Sabes que no buscaba tantos
cumplidos, ¿verdad?
Sacudió la cabeza. —Sé que no pretendías nada. Solo te lo digo de
la forma en la que lo veo.
Me quedé sin aliento. De verdad me veía de la forma en que me
describía. Mi sistema lo registró en forma de un shock. —Bueno, sea cual
fuese la razón, hace que te quiera besar ya mismo. —Me alejé de la pared
para acercármele.
Resopló y rodó los ojos. —Confía en mí. No lo dije para…
Pero era demasiado tarde. Tomé su mano y la atraje contra mí. —
Te voy a besar de todas formas. —Entonces enterré mi mano en su
cabello, rozando mi boca con la suya.
Nuestros labios se movieron juntos, aferrándose uno al otro antes
de que ahuecara su rostro para profundizar las cosas. Nuestras lenguas
bailaban, nuestros cuerpos se acercaban y la respiración se nos iba. Mis
dedos bajaron por su cuello, a su espalda hasta alcanzar su trasero.
Maldición, se sentía incluso mejor contra mis dedos que a la vista de sus
calzas.
Cuando un gemido se escapó de su garganta, me separé un poco,
provocando el roce entre nosotros, mostrándole mi excitación.
—No puedo tener suficiente de ti —admití, arrastrando la punta de
mi nariz a lo largo de su garganta. Su aroma nublaba mis fosas nasales
y ambos nos estremecimos.
Sus manos se aferraron a mis hombros y sus dedos se hundieron
en mi camisa mientras tiraba su cabeza hacia atrás y soltaba una risa
ronca, burlándose de mí. —Qué lástima que ya es la hora.
Antes, había hecho una regla estricta de que no habría travesuras
entre nosotros mientras trabajaba. Fui inflexible al respecto, quería
seguir siendo honorable y digno de confianza para su padre. Pero para
Isobel, juro que se convirtió en un desafío tentarme a cada paso.
—Maldición —murmuré, retrocediendo—. Te pones ese labial rojo
a propósito, ¿verdad?
Sonrió; sus ojos brillaron con picardía.
Riendo, porque en realidad no me molestaban sus intentos de
seducción, sacudí la cabeza, murmurando—: Malvada. Eres simplemente
malvada. —Luego me incliné más cerca y silenciosamente añadí—: Me
gusta.
Su ceja se arqueó mientras bajaba la mirada a la obvia tienda en
mis pantalones. —Sí, creo que sí.
Le di mi mejor sonrisa de lobo. —No estaremos siempre justos con
la hora, ya lo sabes.
Su sonrisa y su cautivante risa lo eran todo. Tocarla, besarla, soñar
con ir más lejos… era genial, pero ser capaz de hacerla reír… eso era un
verdadero triunfo. Había cambiado tanto desde la primera vez que estuve
aquí, que no podía evitar hincharme de orgullo y satisfacción, sabiendo
que fui yo quien la sacó de su caparazón. Y era el que cosechaba los
beneficios de aquello, por supuesto, porque una vez que fue libre de sus
inseguridades, era asombrosa.
Con sus mejillas aún ruborizadas de placer, se aclaró la garganta
y se alejó. —De nuevo, ¿qué hacíamos aquí? —preguntó mirando un
estante plateado contra la pared—. Oh cierto, plantando los rosales bebé.
—Nuestros bebés —silbé inmediatamente cuando tomó el
tegumento donde el pequeño brote estaba creciendo. En lugar de tres
centímetros de alto como cuando los vi por primera vez, ahora eran de
siete centímetros—. Ah. —No podía evitarlo, mi corazón se derritió—. Son
tan lindas. ¿Podemos llamar a una Groot?
Isobel soltó una carcajada y sacudió la cabeza. —No podemos
ponerle nombre a una sola. —Dio una sonrisa traviesa—. Las demás se
pondrán celosas.
—Entonces está claro. —Chasqueé mis dedos—. Debemos nombrar
a todas. Esta puede ser Shaw Junior, y ooh, esa parece una chica. Será
Isobel Junior.
Se rió. —¿Cómo diablos distingues una chica de un chico en las
plantas?
Me encogí, simplemente disfrutando de la alegría del momento. —
Ni idea. —Señalé otra—. Tenemos que llamarla Margaret por mi mamá,
y… —Alcé la mirada—. ¿Cuál era el nombre de tu mamá?
Su mirada se resquebrajó y brilló con emoción; tragó saliva antes
de decir suavemente—: Annalise.
—Annalise —murmuré—. Es lindo. Me gusta el nombre.
Su sonrisa era triste pero agradecida. —Es mi segundo nombre.
Aparté un mechón de cabello de sus ojos y ella ni siquiera se
inmutó cuando accidentalmente rocé su cicatriz. —Entonces deberíamos
llamar a todas Annalise.
Hizo un sonido divertido, pero la tristeza permaneció en sus ojos,
lo cual seguramente fue la causa para que se alejara. —Entonces, ¿dónde
quieres plantarlas?
Me encogí. —No lo sé. Donde creas que es mejor. —No paraba de
mordisquearse el labio mientras estudiaba el jardín, incapaz de tomar
una decisión, por lo que señalé el primer parche vacío que vi—. ¿Qué te
parece ahí?
Se puso rígida, todas sus facciones quedaron tensas. —Ahí no.
Cuando inmediatamente se giró, arrugué la frente y me giré para
estudiar la tierra. —¿Por qué aquí no?
No dijo nada. Toqué su espalda. —¿Isobel?
Tomó una profunda bocanada de aire antes de contestar. —Ahí es
donde morí.
Mis pulmones se hincharon. Sacudí la cabeza. —¿Perdón?
Le tomó un rato darse la vuelta para mirarme. Cuando lo hizo, se
veía aún más triste que cuando mencionó el nombre de su mamá. —Fue
mi culpa —admitió—. El incendio.
Abrí la boca. Alzando mi mano para cubrir su mejilla cicatrizada,
murmuré—: Por Dios. No tenía idea. ¿Qué ocurrió?
Su atención se volcó en la porción de tierra desnuda. —Tenía un
novio. Eric. Era… —Quité mi mano de su cabello. Me miró con tristeza—
. Bueno, a los diecisiete pensé que él lo era todo. Mi primer novio de
verdad. Pensé que sería el último. Mi felices para siempre. —Rodando los
ojos, murmuró—: Pensé que lo amaba.
Asentí como si entendiera, excepto que no podía evitar que mi
estómago se revolviera. Ella hablaba en pasado, y aquello había ocurrido
hacía ocho años, pero nada de eso importaba. Odié a ese patán de Eric,
y quise aplastarle la cara por ninguna otra razón más que a Isobel le
había gustado por encima de los demás.
—¿Qué ocurrió? —pregunté, con mi voz baja y mis sentimientos
restringidos bajo un estricto control.
—Mi mamá encontró las pastillas anticonceptivas —confesó—. Nos
peleamos. Me dijo que era demasiado joven para ser sexualmente activa.
Le dije que no era asunto suyo, y luego ella… me encerró.
Sacudiendo la cabeza, me miró con una débil sonrisa. —Nunca
antes me había castigado. No estoy ni siquiera segura de que ella supiera
lo que implicaba un encierro. Ni yo, la verdad. Pero no me importara lo
que implicara. Era la princesa mimada de la mansión, la única hija de
Henry Nash. Siempre obtuve lo que quise. Por lo tanto, no había forma
de que aceptara su castigo.
Sacudí la cabeza con tristeza, imaginando a la pequeña, mimada y
heredera Isobel. Y mientras lo hacía, todavía me sentía mal por ella. Ni
siquiera una mocosa malvada merecía ese cruel destino.
—Fui tan estúpida —siguió, sus ojos concentrados en el pasado—.
Me escabullí para ir a verlo, me trepé por la ventana y salté al suelo. Me
olvidé de la vela que había dejado ardiendo en el escritorio frente a la
ventana. No estoy segura. Recuerdo haber mirado una sola vez allí y luego
saltar para asegurarme que mi mamá no me viera, y ahí es cuando vi el
resplandor naranja detrás del cristal.
»Volví a entrar corriendo, pero oh por Dios, ¿sabes lo rápido que se
esparce el fuego? Para el momento en que llegué a mi habitación, el fuego
la había engullido completamente. No podía pasar por la cortina de fuego,
como pensé hacer. Se me ocurrió correr y encontrar el extintor, pero mi
cerebro parecía estar trabajando entre la maleza. Todos mis
pensamientos iban en cámara lenta. Entré en pánico y terminé buscando
a mi mamá por ayuda, para advertirle o no lo sé. Solo sabía que había un
problema y que tenía que avisarle.
»Cuando dejamos su habitación, el fuego ya alcanzó al pasillo y
estaba consumiendo más habitaciones. Apenas podíamos ver el brillo
anaranjado entre todo el humo, pero mi mamá me agarró del brazo y
luego… una explosión vino en nuestra dirección.
Cuando hizo una pausa para respirar —como si el humo aún le
estuviera robando el oxígeno—, tomé su mano. No pareció darse cuenta,
incluso aunque sus dedos apretaron los míos.
—No estoy segura de si el resto es un recuerdo real o cosas que he
escuchado que ocurrieron, mezcladas con sueños que he tenido sobre
esa noche. Pero los sueños se sienten tan reales como un recuerdo
verdadero; más cosas borrosas me persiguen cuando estoy despierta. En
ellas, estoy atrapada y quemándome viva. Duele como nada que pueda
describir, por lo que grito pensando que voy a morir. Intento encontrar a
mi mamá, pero no puedo ver nada. Entonces la escucho llamándome
sobre las crepitantes llamas. Suena tan desesperada y asustada, pero no
sé dónde está.
Finalmente, Isobel se dio cuenta que estaba sosteniendo su mano
y gentilmente alejó sus dedos para acunarlos en su pecho. Sacudió la
cabeza.
—El señor Pan me salvó. Debe haber quitado la viga de encima de
mí porque sus brazos de repente me alzaron y bajaron por la escalera.
Me sacó aquí afuera, justo en este lugar. La primera vez que regresé aquí
después del incendio, todavía había un pedazo de carne humana
quemada en el pasto donde yo había yacido.
Colocó su mano contra la tierra desnuda, con sus ojos llenos de
lágrimas.
—En los sueños, al señor Pan le costaba respirar, su rostro estaba
lleno de hollín, su piel ampollada y sangraba allí donde se había quemado
para liberarme del fuego. Lo busco, rogándole que no me deje, pero dice
que tiene que buscar a mi mamá.
»Esperé allí a que llegaran, incapaz de moverme, escuchando cómo
el incendio consumía mi casa por completo, oliendo mi propia piel
quemada y experimentando la peor agonía de mi vida. De verdad pensé
que él sería capaz de llegar a ella y traerla de regreso. Finalmente, me
desmayé. Recuerdo despertarme varias veces cuando llegaron la
ambulancia y los paramédicos. Recuerdo que me levantaron del suelo.
Vagamente recuerdo pequeños atisbos y partes del interior de la
ambulancia. Intenté preguntar por mamá y el señor Pan pero no podía
hablar muy bien. Dijeron que mi corazón se detuvo tres veces y que tuve
un paro cardiaco en el medio. La primera vez fue cuando estuve aquí,
tirada en el suelo, esperando que mi mamá escapara del fuego que yo
había iniciado.
—Jesús, Isobel. —Sacudí la cabeza y me acerqué a ella,
atrayéndola a mis brazos.
Descansó su cabeza contra mi hombro.
—Murió porque yo era mimada y egoísta. El marido de la señora
Pan, el papá de Kit, murió porque yo hacía pucheros y rompía las reglas.
Mi casa de la infancia se quemó hasta las cenizas solo porque yo quería
ver a mi novio.
Quise discutir y decirle que esas no eran las razones. Pero sabía
que no me creería. Nadie podría convencerla de esto; algún día tendría
que hacerlo por su cuenta. Yo solo podía estar allí para contenerla hasta
que la culpa y la miseria pasaran.
—¿Qué le ocurrió a él? —pregunté—. A Eric.
—Oh, me dejó —dijo, su voz suave y despreocupada—. Después de
aquello, fui demasiado horrible para él.
Me puse rígido y la hice retroceder para ver su rostro. —¿Me estás
jodiendo?
Se encogió de hombros y alzó la cara. —Nadie lo culpó, yo menos.
Eso fue antes de todas las cirugías. Luzco mil veces mejor ahora. —Tocó
sus propias cicatrices—. ¿Recuerdas ese comentario que hiciste acerca
de cómo mi oreja no se había derretido hasta mi cuello? Bueno, en
realidad lo hizo, pero los médicos fueron capaces de ponerla nuevamente
en su lugar. Me veía horrible. Horrorosa. No puedo culpar a Eric por
dejarme.
Bueno, yo podía. No iba a darle ningún pase libre por largarse. Ese
pedazo de mierda. —Una oreja fuera de lugar no es razón para dejar a
una chica.
—Él solo tenía diecisiete años —intentó explicar.
—No me importa una mierda —murmuré—. Es un idiota.
Su sonrisa era cariñosa. Presionando sus manos contra mi pecho,
buscó en mis ojos, diciéndome con ellos que me amaba. —Eres una gran
persona; entiendo que para ti sea difícil entender las imperfecciones de
los demás. Eric no era…
—No soy tan bueno —argumenté, sacudiendo la cabeza—. Y no soy
malditamente perfecto. No hay nada de especial en mí. Cometo tantos
errores como cualquier chico. Pero no voy a perdonar a un idiota que te
dejó por tener cicatrices, no importa cuánto lo defiendas. Es un idiota.
Se rio entre dientes. —Ya dijiste eso.
—Bueno, merece repetición.
—Me haces feliz —murmuró, pasando su mano por mi pecho hasta
que envolvió sus dedos alrededor de mi cuello. Luego se inclinó hasta que
su boca estaba a solo unos centímetros de mí—. Me haces sentir ligera.
Y libre.
—Extraño —murmuré, presionando mi frente en la suya y tragando
para combatir el impulso de besarla—. Siempre me haces sentir pesado.
Pesado y caliente. Tan malditamente caliente.
Me quemé por ella.
—¿Shaw? —susurró.
—¿Sí? —susurré en respuesta, mi cuerpo vibrando y acelerando el
pulso.
Se lamió los labios. —Son las cuatro y cinco.
—Oh, gracias a Dios. —Oficialmente fuera del trabajo, aplasté mi
boca contra la suya.
La atraje a mis brazos y la arrastré contra mí. Cuando sus pechos
se estrellaron contra el mío, gemí. Cuando mi excitación le empujó la
cadera, jadeó. Nuestras manos se agarraban y se tiraban entre sí al
tiempo que nuestros dientes chocaban y las lenguas se enredaban. Le
agarré el culo, asegurándola a mí, mientras ella frotaba su cadera contra
mi frente, haciéndome gruñir una maldición gutural de placer.
Ninguno de los dos oyó la puerta de la casa abrirse.
—¿Qué demonios está pasando? —gruñó una voz.
Isobel y yo nos separamos antes de girar para hacer frente al nuevo
arribo. La vergüenza y el miedo me llenaron las venas cuando Henry puso
sus manos en sus caderas y entrecerró los ojos.
—Papá —jadeó Isobel. Se pasó la mano por la boca antes de
echarme un vistazo. Atrapé su mirada y compartimos un ups mezclado
con una mirada de oh mierda. Juntos, nos volvimos hacia él.
Bajé la mirada cuando ella tomó mi mano. Nuestros dedos se
entrelazaron, y por alguna razón eso me alivió. No importa lo que pasara,
éramos un frente unido.
—Besé a Shaw —anunció.
Eso era obvio, y sin embargo, todavía casi me molesté conmigo
mismo cuando lo dijo.
—Y me gusta. Mucho. —Usó mi mano que sostenía para acercarme
más a ella, todo el tiempo sin quitarle los ojos a su padre—. También le
gusto. ¿Tienes algún problema con eso?
Henry entornó su mirada en su hija, luego miró nuestras manos
conectadas antes de que levantara la vista, directamente a mis ojos.
Tragué, incapaz de descifrar lo que estaba pensando.
—Me gustaría hablar con Shaw en privado —le dijo a Isobel
mientras mantenía su mirada fija en mí.
Pero Isobel sacudió la cabeza. —No creo que sea necesario.
—Pero…
—Ya me habló de la razón por la que fue traído a trabajar aquí
como manitas.
Henry me atravesó con una mirada mortal. —Oh, ¿de verdad?
Parecía como si quisiera castrarme.
—Y no estoy enfadada contigo —continuó—. Estabas preocupado
por mí; puedo respetar y apreciar eso. No estoy contenta de que hayas
traído a otra persona aquí específicamente para mí, para que
me acompañe, o por cualquier razón que lo hayas hecho, pero como tus
intenciones mal hechas han resultado en lo mejor, puedo perdonarte y
seguir adelante.
—Bueno… —Henry pareció momentáneamente aturdido antes de
asentir, diciendo un humilde—: Gracias. Me alegro de que te des cuenta
de que venía de un lugar de amor y solo quería que tú…
—Lo sé, papá.
Sus palabras tranquilas parecieron afectarle dramáticamente. Su
rostro se ruborizó, sus ojos se humedecieron y comenzó a toser. Luego
asintió, se aclaró la garganta, y cambió su mirada hacia mí.
—Sin embargo —dijo lentamente—, Shaw es mi empleado, y me
gustaría hablar con él. A solas.
Asentí y empecé a dar un paso adelante, pero Isobel apretó mi
mano, manteniéndome junto a ella.
—Solo si prometes que su trabajo no está en peligro y no harás
nada para hacerle daño a su madre —dijo, tratando de negociar con su
padre por mi bien.
Después de fruncir el ceño a mi dirección, Henry se volvió hacia
ella. —Realmente te lo contó todo, ¿no?
—Sí. —Con un gesto de asentimiento, agregó—: Y le creo.
—Gracias —le dije sinceramente. Abrí la boca para hacerle saber lo
mucho que significaba para mí, pero su padre me interrumpió.
—A mi oficina, Hollander. Ahora.
Inclinándome, le di un beso rápido a la mejilla cicatrizada de Isobel,
luego me apresuré a buscar a su padre.
Henry esperó a hablar hasta que llegamos a su oficina. E incluso
después de que cerró la puerta y se volvió hacia mí, su mirada parpadeó
con indignación, pero mantuvo su voz baja, como si temiera que Isobel
escuchara en la puerta.
—Esto no era parte del acuerdo —siseó.
—Lo sé, señor. —Manteniéndome rígido, asentí—. No quería que
eso ocurriera.
Entrecerró los ojos, estudiándome astutamente. —¿Exactamente
qué no querías que pasara?
—Isobel y yo.
—¿Y qué está pasando entre Izzy y tú?
Arrugué mis cejas. —Eso no es asunto suyo —dije lentamente.
No pareció importarle esa respuesta. Su rostro era una máscara de
ira, se acercó más, agitando su dedo en mi cara. —Esto es un atropello.
Te traje a esta casa para hacerla sentir viva otra vez. No para… no para…
—Y lo hice —dije uniformemente—. No puede negar cuánto más
activa y social es ahora.
Gruñó y entrecerró los ojos.
Así que añadí—: Y a cambio, ella me hizo sentir vivo de nuevo. Sé
que no debía acercarme tanto como lo hice, y sé que con mi estación en
la vida, nunca seré lo suficientemente bueno para…
—Maldita sea, Hollander —gruñó—. No me hagas parecer pedante.
Te traje aquí por ella, solo para que ella se abra. No se suponía que se
convirtiera en un gran romance. No debías fingir una amistad.
—No lo hice. No fingí nada. —Pero él continuó como si ni siquiera
me oyera.
—No se suponía que debías seducirla, y maldición, no se suponía
que…
—¿Me enamore de ella? —interrumpí, la ira vibrando bajo mi piel—
. Lo siento, pero nunca lo había dejado claro. No estaba en el contrato, y
ciertamente no era algo que yo pudiera controlar.
Juré, que si pudiera, Henry habría exhalado fuego de su nariz. Su
mirada era abrasadora. Con un lento gruñido, dijo—: Así que vas a jugar
la carta de amor, ¿verdad?
Parpadeé, confundido. —No es una carta. Es la verdad.
—¿Lo es? —preguntó el padre de Isobel en voz baja, su mirada en
la mía—. ¿O es este el hombre desesperado que entró a mi oficina
pensando que finalmente encontró su boleto para asegurar su futuro en
los brazos de mi hija rica y vulnerable?
Algo en mí se quebró. No había otra manera de explicarlo. No podía
estar allí y dejar que él —o cualquier otra persona— cuestionara mis
sentimientos. Acercándome amenazadoramente, miré a sus ojos azules
que eran de la misma sombra que los de Isobel.
—Le dejaré cuestionar mis afectos una vez, y solo esta vez. Pero no
vuelva a cometer ese error. Ella es su hija; ya sabe lo increíble que es.
¿En serio piensa que pude pasar los últimos dos meses en su compañía
sin notarlo también? ¿Sin enamorarme? Es más inteligente que eso,
señor Nash. Podría ponerla en la calle ahora, sin un centavo a su nombre,
y la aceptaría, feliz de tenerla con nada más que la ropa en su espalda.
¿No es por eso que me contrató en primer lugar? ¿Porque sabía que era
el tipo de hombre que soy? Amo a su hija. Y si quiere despedirme y
romper nuestro acuerdo por eso, bien. Encontraré otra manera de cuidar
a mi madre. Pero no me impedirá sentir lo que siento por Isobel.
Henry me miró mucho después de haber terminado de hablar.
Luego soltó un largo suspiro, pasó las manos por su cabello delgado y
cayó en el asiento frente a su escritorio. —Espero que esto no me haga
un tonto, pero en realidad te creo.
Todavía no había respondido a mi pregunta más apremiante. Así
que le pregunté—: ¿Acabo de perder mi trabajo aquí o no?
Con una sorpresa divertida, levantó la mirada. Parecía cansado,
pero resignado. —No. Pero mi advertencia original se mantiene. Si le
haces daño, te vas.
Asentí, perfectamente bien con eso. —Preferiría cortarme el corazón
—le prometí.
Traducido por Mathatter & Gesi
Corregido por Lynbe

Isobel saltó tan pronto como salí de la oficina de su papá. —¿Y


bueno? —preguntó, agarrándome la mano.
Su preocupación me hizo sonreír. —Y bueno, ¿qué? —bromeé,
inclinándome para pasar mi nariz por su pómulo.
Reprimiendo su impaciencia, me empujó lo suficiente para ver mi
cara. —Bueno, ¿qué dijo? ¿Trató de despedirte? ¿Te pagó? ¿Te dijo que
te fueras? ¿Nos va a separar?
Con una carcajada, la arrastré hacia mis brazos. —No, no y no. Ya
te prometió que no me despediría y... ¿qué? ¿Pagarme? ¿Estás
bromeando? Ya casi me ha pagado al cuidar de mi madre.
—Pero…
—¿Y cómo crees que nos mantendría separados? Ambos somos
adultos. Eso no es ni siquiera... —Meneé la cabeza, riéndome de sus
preocupaciones.
Isobel olisqueó y me empujó el pecho. —Deja de reírte. Esto no es
gracioso. Podría haber...
—No podría haber hecho nada para mantenerme lejos de ti. —
Luego le guiñé un ojo—. No tiene lazos con la mafia, ¿recuerdas?
Sacudió la cabeza lentamente, sin estar divertida. —No me digas
que no estabas tan preocupado como yo cuando entraste en esa
habitación. Tu rostro estaba pálido y tus manos temblaban. Podría haber
amenazado la seguridad de tu madre.
—Pero no lo hizo —murmuré, enterrando mi nariz en su cabello—.
Así que todo está bien.
—¿Qué dijo? —Calmándose contra mí, suavizó su voz.
—Solo quería que le convenciera de que realmente me gustabas.
Me miró a los ojos. —¿Y lo hiciste?
Mi sonrisa fue inmediata. —Te convencí a ti, ¿verdad? Por supuesto
que lo convencí a él.
Dejando escapar un suspiro, asintió. —Es cierto, eres bastante
convincente. Casi creo que puedo gustarte genuinamente después de
todo.
—Oh, tú... —Al darme cuenta de que bromeaba conmigo, levanté
mis cejas en representación de una advertencia—. Me estás pidiendo que
te haga cosquillas, ¿no?
—¿Qué? No. —Sus ojos se abrieron de par en par y se alejó de
inmediato, manteniendo sus codos apretados a sus lados, casi
dejándome saber exactamente en dónde sentía más cosquillas—. No lo
harías.
—Retira lo dicho, y no lo haré. —Avancé, elevando los dedos
doblados preparados para hacerle cosquillas—. Dime que no estoy siendo
solo convincente, que simplemente estoy siendo honesto.
Retrocedió lentamente, sacudiendo la cabeza. —Pero ¿y si eres un
excelente actor?
—Isobel —gruñí—, te lo estoy advirtiendo. —Estiré la mano y chilló
por la sorpresa.
—De acuerdo, bien. Sé que te gusto. No lo estás diciendo
solamente.
La atraje hacia mis brazos y presioné mi frente contra la suya.
—Pruébalo.
Dejó de tensarse contra las posibles cosquillas y se enderezó para
mirarme a los ojos. Luego me miró un momento, su rostro descubierto y
sus cicatrices a plena vista. Sus labios relajándose en una sonrisa, tomó
mi cara en sus manos y me besó.
Detrás de nosotros, se aclararon una garganta. Nos separamos a
regañadientes para echar un vistazo y encontrar a Henry en la puerta de
su oficina, observándonos. Esta vez, que nos atraparan no nos hizo
saltar. En cambio, Isobel y yo nos acercamos, enfrentándolo al lado del
otro.
La mirada burlona y censurante de Henry se alivió cuando miró a
su hija. —Pareces más feliz —concedió finalmente.
Toda la presencia de ella se iluminó. —Lo soy.
Henry asintió. —Entonces yo también lo soy. —Después de un solo
gesto de aprobación en mi dirección, desapareció de nuevo en el interior
de su oficina, en donde cerró la puerta.
Dejé escapar un suspiro de alivio. Isobel se volvió hacia mí, su
sonrisa me dejó saber que se encontraba de mi lado. Yo había estado aún
más preocupado que ella por mi conversación con su padre.
Pero lo que me dijo fue—: ¿Vas a ir directamente a casa, o tienes
planes para esta noche?
La pregunta fue bastante rara para hacerme detener y
concentrarme en su rostro. Lucía expectante y esperanzada, sus ojos ya
mendigando, los cuales me hicieron saber que quería algo de mí. Mi
sangre palpitó con anticipación. Me moví hacia ella, listo para darle
cualquier cosa.
—No tengo planes —dije, concentrándome en su boca—. ¿Por qué?
¿Quieres que me quede?
Se mordió el labio. —En realidad no. Me gustaría ir a algún lugar.
¿Crees que podrías llevarme?
Sacudí la cabeza, seguro de que la había oído mal. —¿Qué?
—Dije que me gustaría ir…
—¿Me estás tomando el pelo? —grité—. ¡Sí! Me encantaría llevarte
a algún lado. Quieres decir, fuera de la casa, lejos de Porter Hall, ¿verdad?
Esto es tan... Mierda. ¿A dónde quieres ir?
Se mordió el labio. —Es una sorpresa.
Parpadeé. —¿Una sorpresa?
Con un asentimiento, se aclaró la garganta y apartó la mirada.
—Entonces... ¿vamos o no?
Asintiendo con fuerza, dije—: Por supuesto. A donde quieras ir, te
llevaré. Con mucho gusto.

***

—¿Cuándo fue la última vez que saliste de Porter Hall? —pregunté,


mirando hacia el lado del pasajero de la camioneta mientras esperábamos
que las puertas se abrieran y nos dejaran salir de la calzada.
Isobel se mordió el labio mientras pensaba en la respuesta. —Hace
unos seis meses, creo. —Se encogió de hombros—. Tuve un chequeo con
el médico.
—¿Y antes de eso?
Mantuvo la mirada fija en el parabrisas delantero, pero sus manos
se quedaron tensas en su regazo, revelando los nervios. Dejar la
propiedad era un gran problema para ella. Extendí la mano para cubrir
sus manos frías y temblorosas con las mías, cálidas y firmes, haciéndole
saber que la entendía. Cuando levantó su mirada, le mostré una sonrisa
de ánimo.
—¿Por cuál camino?
Me dijo la dirección hacia donde quería ir. Asentí, porque conocía
el área. Extrañamente, no se encontraba demasiado lejos de mi
apartamento. Entonces apreté mi agarre en sus nudillos y entré en la
carretera.
El viaje hacia la ciudad fue tranquilo. No dejaba de pensar que
debía iniciar un tema de conversación brillante e ingenioso, pero cuanto
más trataba de pensar algo interesante que decir, menos ideas surgían
de mi cerebro. De repente, me di cuenta de que me encontraba nervioso.
No porque estuviera saliendo al público con Isobel, sino porque ella
confiaba en mí lo suficiente como para llevarla hasta allí.
¿Qué pasaba si alguien decía algo o hacía algo para ofenderla y ella
nunca intentaba salir otra vez? Era mi responsabilidad hacer que valiera
la pena, hacerla querer intentarlo de nuevo. Este deber era enorme y casi
demasiado pesado para mí.
Quería que disfrutara de su tiempo lejos de Porter Hall.
—Oye ¿qué es eso?
La voz de Isobel me sacó de mis pensamientos. Mirando en la
dirección que señalaba, sonreí.
Todo el flanco que daba a la carretera del almacén de ladrillos
abandonados que pasamos, tenía una impresionante pintura de un lobo
sonriéndole a todos los coches que pasaban. Junto a ella, una cita decía:

La mejor manera de averiguar si puedes confiar en alguien, es confiar en


ellos.

—Ese es el trabajo de Black Crimson —dije—. ¿Te gusta?


—Es impresionante —murmuró—. Y la cita suena como si alguien
famoso debería haberla escrito.
—Alguien famoso la escribió. Ernest Hemingway —dije. Cuando me
miró, me encogí de hombros—. Tuve que buscarlo después de la primera
vez que vi la pintura.
Asintiendo, miró por encima de su hombro para mirar una última
vez la obra maestra antes de que hubiéramos pasado por completo.
Volviéndose de nuevo, preguntó—: ¿Quién es Black Crimson?
Negué. —Nadie lo sabe. Es el artista de grafiti más famoso de la
ciudad, o tal vez debería decir infame. Trabaja solamente con pintura en
aerosol negra, blanca y roja, y sus obras maestras en general representan
algún tipo de mensaje significativo. Están firmados como B.C., y así es
como se llamó Black Crimson.
Isobel arrugó la nariz. —Estoy segura que B y C son las iniciales
en su nombre, no los colores con los que trabaja.
—Es probable. Pero nadie lo sabe, así que lo llaman Black Crimson.
Suena mejor que B.C., supongo.
Se volvió para mirarme seriamente. —¿Qué piensas de ellos?
—Me gustan —dije sinceramente—. Odio cómo la ciudad pinta
sobre ellos. No son malvados y en realidad han parecido levantar la moral
de la gente, especialmente los que se vieron tan afectados después del
cierre de la fábrica de zapatos Pestle. Además, algún día, puedo
imaginarme a un futuro arqueólogo descubriéndolos y tratando de
descifrar el significado y la cultura detrás de ellos.
Isobel me miró en silencio antes de asentir. —Esa es una buena
respuesta. Creo que también me gustan.
No sé por qué el hecho de que concuerde conmigo me complace. No
habría importado si les hubieran gustado o no, pero se sentía bien el
saber que coincidíamos. Me hizo sentir como si nos comprendiéramos
mejor.
—¿Quieres que te lleve hasta mi favorito? No está demasiado lejos
de hacia dónde vamos. Podemos pasar junto a él de camino.
—Sí. —Asintió—. Eso me gustaría mucho.
Su respuesta fue tan formal, que me reí antes de contestarle—: De
acuerdo, mi señora.
Ella extendió la mano a través de la consola central para
empujarme el brazo y poner los ojos en blanco, mientras sonreía sobre
mi burla.
—Solo conduce.
Lo hice, pero aun así, tuve que sonreír mientras avanzaba.
Haciendo un pequeño desvío de nuestro destino original, giré hacia una
calle lateral hasta que pasamos por el museo histórico de la ciudad. La
pared exterior que daba a la calle no tenía ventanas, por lo que se
consideraba un lugar perfecto para que Black Crimson atacara. En esta
ilustración, él —o ella— había pintado una torre con un largo cabello que
fluía por el balcón en la cima. Fluyó hasta el suelo. Un chico
desafortunado había intentado trepar el pelo, pero debió perder el agarre
porque se agitaba en el aire, listo para caer a su perdición.
La cita de esta ilustración decía:

No tomes la vida demasiado en serio. No saldrás de ella con vida.

Desde el asiento del pasajero, Isobel se echó a reír. —Oh Dios, eso
es graciosísimo. —Sosteniendo su lado, se giró para mirarme—. ¿De
quién es esa cita?
Sus ojos brillaban con alegría y tuve que admitir, se sentía lindo,
sabiendo que ella se había dado cuenta de que ya me había asegurado de
encontrar la respuesta a esa pregunta.
—Elbert Hubbard —dije—. O al menos es similar a una de las
suyas.
Asintió. —¿Todo el arte de Black Crimson ilustra algún cuento de
hadas u otro?
Le envié una mirada curiosa.
Haciendo un gesto detrás de ella, explicó—: Bueno, esa obviamente
era Rapunzel. Y la anterior era Big Bad Wolf, ¿verdad?
—Mierda —grité, mirándola boquiabierto antes de sacudir mi
cabeza y regresar mi atención al camino—. Recuerdo que otro tenía a un
chico inclinado sobre una mujer durmiente y otro tenía una sirena, que
debe ser…
—La Sirenita —murmuró por mí.
Asentí antes de decir—: Me pregunto porque nunca antes caí en la
cuenta de eso.
—Bueno, las imágenes se ven bastante contemporáneas. Nadie
está usando mallas y armaduras o grandes y resplandecientes vestidos
con tiaras, lo cual usualmente le da a una persona la pista de un cuento
de hadas.
—Cierto —concedí antes de guiñarle un ojo—. O solo necesitaba a
alguien como tú que se diera cuenta de lo obvio por mí.
Mi elogio la hizo sonrojarse. Doblé otra esquina en un semáforo y
a la mitad de la cuadra, llegamos a la dirección que ella me había dado,
pero incluso antes de que me acercara a la acera, mis ojos ardieron de
asombro en la floristería donde encontré sus falsas semillas de rosas
supremas de medianoche.
—Oye —dije, mi sorpresa era evidente—. He estado aquí antes. Es
donde compré las...
—Lo sé. —Se puso seria cuando miró por la ventana del camión
hacia el edificio—. El nombre y dirección del lugar estaba estampado en
la parte de atrás del paquete de semillas de rosas que me diste.
—Oh. —Fruncí el ceño, solo más confundido—. Entonces... ¿por
qué estamos aquí? —Creí que no querría tener nada que ver con un
negocio que ofrecía tal estafa.
—Estaba un poco molesta con la dueña del lugar por estafarte de
la forma en que lo hizo —explicó con un encogimiento de hombros—. Así
que le compré el negocio.
La miré fijamente, parpadeando antes de sacudir la cabeza y
reírme, incapaz de tomar sus palabras literalmente. —¿Hiciste qué?
Se encogió de hombros. —La mujer no se merecía poseer una
florería si trata a los clientes de la forma en que te trató, así que se lo
compré. Y ahora… —Inclinó la cabeza hacia la tienda y se encontró con
mi mirada—. Tengo una florería.
—Yo… —Me volví a reír, inseguro de que pensar antes de estallar—
. ¿Hablas en serio?
—Como un ataque al corazón —dijo—. Entonces... ¿estás dispuesto
a ayudarme con este proyecto, o no?
Agité la cabeza, aturdido. —¿Ayudarte con qué? Mierda, no puedo
creer que le hayas comprado un negocio a alguien. ¿Sabes siquiera cómo
dirigir tu propia tienda?
—No. —Empezó a sonreír—. Por supuesto que no. He estado
encerrada en mi casa desde que tenía diecisiete años. Pero mi padre y mi
hermano pueden darme consejos, además... —Lo juro, sus pestañas
revoloteaban mientras me miraba suplicantemente—. Ayudaste a tu
madre a dirigir su panadería, ¿verdad?
—Solo por unos meses —argumenté—. Y acabó cerrando el
negocio. No creo que eso me convierta en una buena referencia.
—Tonterías —discutió—. Lo harás bien. Puedes ser la cara de la
empresa y tratar con los clientes. Trabajaré atrás, arreglando flores y...
ya sabes, haciendo esas cosas.
Esas cosas.
Fue suficiente para hacerme reír de nuevo. No porque fuera
gracioso. Fue simplemente... impresionante.
—Lo dices en serio —repetí, ya no preguntando, sino declarando.
Asintió. —¿Qué? ¿No crees que funcionará?
—Yo no... —Encogiéndome de hombros, le di mi respuesta
sincera—. En realidad no tengo ni idea. Quiero decir, por supuesto,
estaría dispuesto a ayudarte, no importa lo arriesgado que fuera. ¿Pero
qué hay de tu padre? Estoy en deuda con él y firmé un contrato diciendo
que trabajaría para él el resto de mi vida.
—Pero tu acuerdo era que pasaras tiempo conmigo, lo que estarías
haciendo.
—Yo… —Arrugué la frente antes de decir lentamente—: Sí.
Supongo que esa es una forma de decirlo. Pero…
—Entonces hablaremos con papá y veremos lo que dice.
Me volví a reír. —¿Y qué hay de ti? Nunca dejas la casa, y ahora,
de repente, ¿quieres abrir una florería donde estarás expuesta a los
clientes todo el día? ¿Realmente crees que podrías manejar eso?
Elevó la barbilla solemnemente. —Creo que ya te lo dije, lidiar con
los clientes será tu trabajo, no el mío.
—Pero debes saber que a veces no podrás ser capaz de evitarlo. Si
estoy ocupado, o enfermo, o tengo una pregunta que solo tú pudieras
contestar… habrá alguna exposición.
Pareció deliberarlo antes de dar un lento asentimiento. —Supongo
que podría manejar un poco de exposición. Es tiempo.
—Es un gran paso —le dije—. Como saltar directamente a la parte
más profunda, en vez de vadear lentamente hasta que te sientas cómoda.
¿Segura que estás dispuesta a hacerlo?
Asintió. —Estoy segura. —Entonces se sonrojó—. Tú me haces
sentir lista para cualquier cosa.
Exhalé, honrado por tal declaración, pero también intimidado. ¿Y
si algo saliera mal? ¿Entonces ella me culparía? Además…
—Aún estoy desconcertado aquí —admití—. ¿Qué te llevó a hacer
esto?
—Te dije…
—Sí, sí. Querías evitar que esa señora engañara a alguien más,
pero eso no significaba que tuvieras que quedarte con el lugar una vez
que lo compraste. Podrías animarlo, luego venderlo para obtener
ganancias. O poner a cargo a alguien más, en vez de hacerlo un proyecto
propio.
Respiró lentamente, antes de encontrarse con mi mirada y
admitir—: Me hiciste querer más.
—¿Qué? —susurré.
—Con las estanterías —prosiguió—, y corriendo juntos todas las
mañanas, y todo. Me he sentido más viva en estas últimas semanas que
en años, tal vez en siglos. Y me hizo sentir enjaulada en esa gran casa. Y
de repente, sentí esta urgencia por salir y hacer algo, de ganarme la vida,
de... vivir. Quiero hacer esto, Shaw, porque... porque realmente quiero
hacer algo. Como dijiste una vez, quiero hacer una diferencia en el mundo
y dejar mi marca. Incluso si es solo para hacer sonreír a la gente cuando
compran mis flores. Eso sería suficiente para mí.
Mis labios se abrieron con admiración. No estaba seguro de por
qué, pero en ese momento, no podía pensar en alguien más en el mundo
a quien admirara más. Verla pasar de ser la mujer vulnerable, distante y
llena de cicatrices en el jardín de rosas solo para florecer en la asombrosa
criatura ante mí fue nada menos que un milagro.
Estaba hipnotizado.
—Entonces, te ayudaré —me oí decir. No importaba lo que hiciera
falta o cómo convenceríamos a su padre para permitir mi asistencia, la
ayudaría. Eso lo sabía con seguridad.
Sonrío como si acabara de bajar las estrellas para ella, luego lanzó
sus brazos alrededor de mi cuello y abrió su boca para la mía.
Nuestras lenguas se encontraron primero, luego nuestros labios,
nuestras manos. Pero todavía estaba demasiado lejos. Comencé a tirar
de ella sobre la consola central y en mi regazo antes de que un auto
pasara tocando bocina. No tenía ni idea de si nos tocaron a nosotros o
algo más, pero, aun así, me calmó lo suficiente como para dejarla ir y
alejarme. Respirando bruscamente, me limpié la boca que aún sabía a
ella.
—Eso es probablemente lo más lejos que deberíamos ir en público
—dije, sonrojándome, antes de enviarle una lamentable mirada de
disculpa por haberla besado casi en frente de cualquiera que se molestara
en mirar dentro de la cabina de mi camión.
Isobel me miró fijamente, sus ojos azules serios. —Entonces
llévame a un lugar privado.
Mi estómago se sumergió en la decepción. —¿Quieres ir a casa?
—No... —Sacudió la cabeza y sus labios manchados del beso se
curvaron en una sonrisa—. Todavía no.
Traducido por Moreline
Corregido por Jadasa

Oh, santa mierda. Jodida mierda. ¿Significaba eso lo que pensé que
significaba?
No tenía ni idea, pero mi libido sin dudas empezó a subir un
montón. Instantáneamente duro, me moví en mi asiento para hacer más
lugar en mis pantalones antes de carraspear e inclinar la cabeza hacia la
tienda de flores. —¿No querías entrar?
Isobel miró por encima del hombro hacia la tienda que compró. Con
una mirada desinteresada, se volvió hacia mí. —No.
Liberé el aire de mis pulmones. —Entonces, ¿solo... en cualquier
lugar? —pregunté.
Cuando asintió, tuve que concentrarme en exhalar de nuevo. —
Está bien —dije—. De acuerdo.
Puse la camioneta en marcha y nos reincorporamos al tráfico.
Condujimos durante unos cinco minutos más mientras el día se deslizó
en el anochecer y mis faros se encendieron. Al principio, conduje sin
rumbo. No sabía con certeza adónde llevarla que fuera privado. Mamá se
hallaba en mi casa, y bueno... eso es lo más lejos que pude pensar. Hasta
que recordé la fábrica de zapatos cerrada y abandonada en la que trabajé
durante casi diez años. El muelle de carga en el departamento de envío
se encontraba bastante aislado, y con el lugar cerrado, estaría
absolutamente desierto.
Una cerca de alambre rodeaba el terreno, pero los saqueadores y
los vándalos hace tiempo rompieron la cadena con candado que mantenía
cerrada la entrada desvencijada. La puerta colgaba abierta únicamente
de una bisagra. A medida que avanzábamos, Isobel se inclinó con interés.
Habían pasado ocho meses desde que la fábrica se cerró, pero el pasto y
los hierbajos crecieron entre las grietas del asfalto del estacionamiento,
haciendo que el lugar pareciera tan descuidado como se hallaba. Conduje
lentamente la camioneta sobre las botellas de cerveza rotas y alrededor
del edificio principal hacia la parte de atrás. Se veía más espeluznante
ahora que ninguna vida o luz brillaba desde dentro. El cristal agrietado y
roto en las ventanas solo ayudaba a la sensación de desolación.
—Maldición —murmuré, sacudiendo la cabeza—. No me di cuenta
de que se sentiría tan muerto por aquí.
Empática a mi humor, Isobel silenciosamente preguntó—: ¿Este
lugar es dónde trabajabas?
—Aquí atrás —respondí, conduciendo hacia un estrecho espacio
entre los edificios para llegar a un patio donde el muelle de carga aún se
encontraba.
Cuando vi el trabajo de Black Crimson en una pared, sorprendido,
liberé un suspiro. —Bueno, eso es nuevo.
La pintura retrataba a una mujer apuntando una linterna hacia un
rincón oscuro solo para iluminar a un hombre que sostenía su mano para
protegerse de ella. El pobre tipo se veía como si tuviera abundante
cabello, una melena larga, barba peluda y todo. Tal vez era un oso, no un
hombre. No me encontraba seguro. Pero no quería que ella lo mirara.
En la cita al lado de la pintura se leía:

La oscuridad no puede expulsar la oscuridad; solo la luz puede hacerlo.


El odio no puede expulsar el odio; solo el amor puede hacerlo.

—¡Oh! Sé quién dijo eso. —Se iluminó—. Fue Martin Luther King,
Jr. —Me sonrió—. Escribí un artículo sobre él en la escuela secundaria.
Asentí, aparcando la camioneta y apagando el motor. El silencio y
luego la oscuridad nos recibieron cuando apagué los faros. Con el
desvanecimiento de la luz del día, apenas se distinguía el grafiti en la
pared.
—Me pregunto en qué cuento de hadas se supone que está esa
pareja. —Pensé en voz alta, todavía estudiando la obra de arte.
Isobel se volvió hacia mí, parpadeando. —¿No lo sabes?
—¿Qué? ¿Tú sí?
Su sonrisa era pura burla, y absolutamente impresionante. En
lugar de contestarme, dijo—: Tengo un regalo para ti.
Parpadeé. —¿En serio? —Entonces me reí y sacudí la cabeza—.
¿Por qué?
Se encogió de hombros, luciendo avergonzada y ruborizada
mientras sacaba una cajita de su bolso. —No es nada extravagante. Solo
un... un regalo de agradecimiento, si quieres.
—¿De agradecimiento? —murmuré, cada vez más intrigado—. ¿Por
qué me estás agradeciendo?
—Por ser tú. Por ser amable conmigo cuando no lo merezco. Por
mostrarme que no todo el mundo se preocupa tanto por las apariencias.
Por demostrarme que el mundo no es un lugar tan horrible después de
todo. Por hacerme desear vivir de nuevo.
Mis labios se abrieron. —Isobel —susurré, sin palabras y
aturdido—. Yo… —Comencé a sacudir la cabeza, incapaz de tomar crédito
por tanto. No parecía posible que pudiera generar tal impacto en la vida
de alguien. Pero por la forma en que me miraba, tampoco podía negar la
posibilidad.
Abrumado por saber qué la influenció tanto, solté un fuerte aliento,
tratando de mantener la compostura.
Sin embargo, Isobel malinterpretó mi reacción. Probablemente
pensó que no sentía lo mismo por ella o algo así, pero murmuró—: Tienes
razón. —Comenzó a meter la caja de nuevo en su bolso—. No sé en qué
pensaba. Esto fue estúpido y tonto. No debería…
—¡No! —Cubrí su mano con la mía para impedir que lo guardara.
Cuando se quedó callada y alzó la mirada con sus azules ojos asustados,
lentamente abrí su mano y tomé la caja de su palma.
—Gracias —dije significativamente antes de dejar caer mi mirada y
deslizarla hacia la tapa. La caja lucía como si tuviera una pieza de joyería,
pero cuando miré dentro, la única cosa que me devolvió la mirada fui yo
mismo, en el reflejo de un espejito de bolsillo.
Parecía viejo y bien utilizado. Sabiendo que tenía que haber una
historia detrás de él, lo saqué cuidadosamente y moví mi pulgar sobre el
cristal nublado antes de mirarla.
—¿A quién le perteneció?
Como si estuviera atrapada en el espejo, Isobel parpadeó, su
mirada reflejaba belleza y aún dolor. Entonces me miró a los ojos. —A mi
madre. Fue una de sus pocas pertenencias que pudimos salvar del fuego.
Lo tenía en la caja fuerte de la familia junto con algunas fotos que mi
padre luego enmarcó y colgó en la pared de su oficina. Pero esto… esto
era lo único real que quedaba de ella.
Respiré profundamente. —Oh, Isobel, no. —Presioné el espejo en
su mano—. Esto es importante para ti. No tiene precio. No merezco algo
tan especial.
Ella se limitó a mirarme fijamente, sus labios comenzaron a
temblar. —Es especial —coincidió—, importante, e inestimable. —Su voz
fue tan baja que tuve que esforzarme para oír su confesión en tanto
agregaba—: Por eso mismo quiero que lo tengas.
Con mi corazón expandiéndose dos tallas demasiado grandes para
mi pecho, coloqué mi mano sobre la de ella, atrapando el espejito entre
nuestros dedos. —¿Segura?
Asintió. —No quisiera que nadie más lo tuviera. Y pensé… —
Respiró hondo antes de continuar—: Pensé que siempre que estuvieras
triste, o dolido, o sintieras como si todo estuviera mal y feo en el mundo,
podrías simplemente mirar aquí, verte a ti mismo, y saber que aún queda
belleza, algo por lo que vale la pena vivir. Porque eso es lo que has hecho
por mí, simplemente siendo tú. Me has hecho querer vivir de nuevo.
Permanecí inmóvil.
Nada de lo que pudiera decir a cambio estaría a la altura de eso. Y
ni siquiera quería hacerlo. Solo deseaba vivir en este momento en el que
alguien pensaba que yo era algo.
Con los ojos cada vez más húmedos, parpadeé varias veces antes
de soltar una risa ronca. —Guau —dije antes de inclinarme hacia ella y
presionar mi frente contra la suya. Entonces entrelacé nuestros dedos
alrededor del espejo—. Nadie nunca me ha hecho sentir como tú —admití.
Me miró a los ojos. —Lo mismo digo.
Con un gemido, separé nuestras frentes para poder inclinar mi
boca sobre la suya. Se abrió para mí, deslizando su lengua alrededor de
la mía y agarrando el frente de mi camisa en su puño en tanto curvaba
mi mano libre en su nuca y hundía los dedos en su cabello.
Sin mirar lo que hacía, puse el espejo en el portavasos de la consola
central tan suavemente como pude. Luego levanté a Isobel a través de su
asiento y la senté en mi regazo.
Ella se rió contra mi boca antes de gemir y presionar su culo sobre
mi erección. Inhalé y arqueé las caderas para ayudarla a acomodarse.
Nuestros cuerpos se rozaron entre sí, provocando una corriente eléctrica
que se interpuso entre nosotros.
—Mierda —jadeé, tratando de recuperar el aliento.
El calor se acumuló bajo mi piel y pareció estallar cuando agarró
mi camisa y la arrastró por encima de mi cabeza, sacando mi gorra con
ella. Entonces sus manos se encontraban sobre mí, explorando y
agarrando los músculos, clavando las uñas, deslizándolas más abajo
hacia mi ombligo.
Sintiendo la necesidad de corresponder, tiré de su blusa hasta que
logré sacarla. El sostén negro acunando los orgullosos y regordetes senos,
fue todo lo que vi por un momento; hasta que me incliné para besarlos.
Fue entonces cuando finalmente noté las cicatrices. Se arrastraban sobre
su hombro y la mitad de su torso.
—Maldición —murmuré suspirando—. Eso debió haber dolido.
Deslizando mis dedos sobre ellas, miré el rostro de Isobel para tener
una mejor idea de cuánto dolor debió soportar, y sin embargo era incapaz
de imaginar la severidad.
Colocando mi mano alrededor de su cuello, la atraje hacia mí y
presioné mi boca contra la suya. —Ojalá pudiera darte el doble de placer
por cada segundo de dolor que hayas sufrido.
Acarició un poco de cabello en mi frente con sus dedos. —Estás
haciendo un buen trabajo hasta ahora —me aseguró con una sonrisa
suave.
La besé de nuevo. Luego otra vez. Y una vez más. Nuestras bocas
se aferraron hasta que agarré su hombro, solo para que mis dedos
entraran en contacto con la cálida piel desnuda. Necesitando investigar
más, comencé a besar un camino hacia abajo, a lo largo de su garganta,
sobre su clavícula, y finalmente hasta las hinchadas copas de sus
pechos.
Mirándola para asegurarme que lo aprobaba, deslicé los tirantes de
su sujetador por sus hombros y tiré de las copas hacia abajo. Sus
pezones, de un rosa pálido, se encontraban duros y tensos. Gemí antes
de tomar uno en mi boca y succionarlo.
Isobel gimió y me agarró la cabeza. Levanté la mirada hacia ella,
sin soltar su seno, para asegurarme de que era un gemido bueno. Sus
ojos eran tan azules como un mar tempestuoso y llenos de necesidad.
Me moví al segundo seno, solo para levantar la mirada de nuevo,
necesitando saber que deseaba esto tanto como yo.
Sonrió y acunó mi mejilla. —¿Por qué sigues mirándome como si
pensaras que de repente voy a alejarte y detenerte?
Porque seguía preocupándome que de repente se alejara y me
detuviera.
—Solo me estoy asegurando de que eres real, de que esto realmente
está sucediendo —dije.
Sus ojos azul claro se iluminaron con malicia. Estiró su labio
inferior entre sus dientes y comenzó a acariciar mi pecho. —Necesitas
una confirmación de la realidad, ¿eh? ¿Qué pasa con esto? ¿Se siente lo
suficientemente real?
Me tomó a través de mis pantalones vaqueros, y mi pene saltó a la
atención, esforzándose y palpitando por alcanzar sus dedos a través de
la tela.
—Santo infierno. —Toda la sangre en mi cabeza se precipitó hacia
el sur, corriendo hacia mi regazo. Cuando Isobel deslizó la cremallera
hacia abajo, me mareé y agarré su cabello antes de presionar mi rostro
contra su sien—. Cuidado. Ha pasado un tiempo desde… Mierda.
Sus dedos me rodearon, y casi enloquecí. No tenía ni idea de qué
diablos le hizo a su mano, pero lo juro por Dios, ninguna palma se había
sentido tan bien agarrando mi pene antes. Deslizó sus dedos hacia arriba
y hacia abajo como cualquier otra mano, y sin embargo cohetes
explotaron detrás de mis ojos.
Incapaz de procesar adecuadamente tanto éxtasis, solo pude
mirarla a los ojos y sentirla. Experimentar. Disfrutar.
Luciendo segura y satisfecha consigo misma, se lamió los labios.
—Quiero sentir todo esto… —Y me hizo recuperar el aliento en
tanto que me daba otra larga caricia de punta a punta—… dentro de mí.
—Entonces sostuvo un condón entre dos dedos—. ¿Crees que puedes
hacer eso?
Infiernos, sí.
Tomé el paquete y lo abrí, luego lo envolví a mi alrededor en cinco
segundos. Cuando levanté la mirada para agarrar sus caderas y
empujarla sobre mí, por fin me di cuenta de que ambos todavía nos
encontrábamos vestidos de la cintura para abajo.
—Mierda, esto no es muy romántico, ¿verdad?
No parecía importarle. Con ojos vivos de excitación y anticipación,
respondió—: Es mejor que romántico. Es emocionante.
Tomando la cintura de sus pantalones, empezó a bajarlos por sus
caderas. La observé, cautivado. —Dios, eres tan hermosa.
Simplemente sonrió, una diosa en todo su esplendor. —Si quieres
menos ropa puesta, ahora es el momento de ocuparse de eso.
La mujer tenía razón.
Apurándome para unirme a ella en su desnudez, golpeé mi codo
contra la manija de la puerta. Ella chocó la rodilla contra el volante. Nos
reímos y nos inclinamos el uno al otro, absorbiendo la diversión de
nuestra incomodidad entre nosotros.
—La primera vez que me subí a esta camioneta, pensé que era el
vehículo más grande en el que alguna vez estuve —dije—. ¿Por qué de
repente parece demasiado pequeño?
Isobel me sonrió y pasó los dedos por mi cabello. —Vamos a la parte
de atrás.
—Sí. Dios, sí —dije, solo para gemir y presionar mi cara contra su
hombro y murmurar—: No. Mierda, no. Nuestra primera vez no debería
ser en el asiento trasero de una camioneta que posee tu papá.
—Entonces... ¿crees que deberíamos volver a mi casa... que posee
mi papá? —Arqueó una ceja—. ¿O ir a la tuya... que posee tu madre?
Comencé a corregirla, diciéndole que era mi apartamento, no el de
mi madre, un hecho que ella ya sabía, cuando sus palabras me causaron
gracia. —Demonios, los dos aún vivimos con nuestros padres. ¿Qué tan
lamentable es eso?
—Completamente —coincidió, prestando atención a medias porque
parecía más enfocada en el camino de su mano en tanto arrastraba sus
dedos por mi pecho—. Deberíamos ir al asiento trasero y consolarnos por
ser tan perdedores.
Tras resoplar una risa, mordí juguetonamente su mentón. —Sabes
que no voy a decirte que no si esto es lo que realmente quieres. —Porque
era lo que realmente quería también, ubicación ideal o no.
Empecé a añadir un pero, excepto que Isobel se me adelantó.
—Oh, gracias a Dios. —Se incorporó y comenzó a moverse sobre
los asientos hacia la parte de atrás, deslumbrándome con su culo en el
proceso—. Pensé que iba a tener que ponerme violenta y forzarte.
Me estremecí cuando una visión de su forma de violencia entró en
mi mente. Consistía en dientes mordiéndome el hombro, uñas clavándose
en mi espalda, muslos de acero ahogando mis caderas, y su grito de
liberación haciendo estallar mis tímpanos mientras bombeaba dentro de
ella. Maldita sea, ahora deseaba que me forzara.
Colocando mi mano sobre su parte trasera, porque, ¿cómo podría
resistirme?, la ayudé a seguir, haciéndola caer en la parte trasera con un
suave rebote sorprendido. —Atácame de todas las formas que quieras, mi
pequeña bestia —dije antes de unirme a ella, empujándola sobre su
espalda y fijándola debajo de mí. Cuando le sonreí, me miró con ojos
azules sorprendidos—. De hecho —me incliné para mordisquearle el
mentón—, saca lo peor de ti, te desafío.
Su mirada se calentó, se inundó de desafío, y lo siguiente que supe
fue que agarró puñados de mi cabello y tiró de mi cara hacia abajo contra
la suya. El beso que siguió fue duro y brutal, uno de los más sensuales
de mi vida. Juro que me mordió. Incluso probé sangre.
Gruñendo de placer, encontré su rodilla y la abrí para mí antes de
encajar mis caderas entre sus muslos extendidos. Mi pene encontró el
camino hacia su entrada, y descansó allí un momento, anticipando ese
primer empuje. Mi boca se hizo agua y mis bolas se tensaron.
Al tiempo que chupaba mi lengua, Isobel apretó los muslos que me
rodeaban, agarró mi culo y se arqueó, empalándose a sí misma.
Tiré la cabeza hacia atrás y rugí, avanzando hacia el profundo cielo
húmedo que ella proporcionaba.
Dios, se sentía tan bien. Me apoyé contra ella, disfrutando de la
sensación y haciéndola lloriquear antes de salir y volver a embestir,
repitiendo el movimiento una y otra y otra vez. Se arqueó para
encontrarme, y nuestros cuerpos chocaron juntos, perdiendo todo
sentido de cordura a medida que nos acercábamos más el uno al otro,
nuestras necesidades primitivas y urgentes.
Mirándome a los ojos, chupó su labio inferior entre sus dientes y
se tensó alrededor de mí. Fue mi punto de ruptura. El sudor salió de mi
frente. Perdí el control. Me iba a correr.
Apretando los dientes para contenerlo lo más posible, presioné mi
frente contra la suya, miré hacia sus ojos azules aturdidos y carraspee—
: Córrete conmigo, Isobel. Córrete…
Cuando sacudió la cabeza y se mordió el labio; dejándome saber
que se encontraba cerca, pero todavía no lista, toqué su clítoris y arrastré
mi pulgar sobre él, provocándola hasta su liberación.
Jadeó, clavó las uñas en mi culo y empezó a retorcerse en tanto las
paredes de su sexo se estrechaban alrededor de mi pene. Le sonreí y
empujé profundamente dentro; vaciándome de todo, excepto de ella.
Traducido por Victoire & Mely08610
Corregido por Valentine Rose

No podía dejar de echar un vistazo a través de la cabina mientras


conducía de vuelta a Porter Hall.
Isobel anticipaba cada mirada robada y se encontraba con mis ojos
antes de soltar una carcajada y rodar los ojos. Pero enseguida aparecían
en nuestros rostros unas sonrisas locas y delirantes. Me mordí el labio
antes de llevar mi atención a la carretera. Cuando alcancé el interior de
la camioneta sin mirar, tomó mi mano y entrelazó nuestros dedos.
Maldita sea, me sentía atolondrado. Mareado. Francamente
debilitado. Era la mejor sensación del mundo.
—No quiero llevarte a casa —admití, aunque era exactamente
adonde la llevaba.
La noche había caído y solo podía ver su rostro gracias al brillo
azulado de la pantalla del tablero de la camioneta. Sin embargo, no tuve
problema en distinguir la esperanza en su expresión cuando dijo—:
Puedes pasar la noche... si quieres.
Estaba tentado. Por supuesto, pero luego en mi cabeza aparecieron
todas las razones por las que no podía, y terminé haciendo una mueca. —
No creo que pudiera acurrucarme contigo cómodamente bajo el techo de
tu papá. Y necesito ir a casa a ver a mamá, de todos modos, tengo que
asegurarme de que esté bien.
Asintió, pese a que casi pude oler la decepción irradiar de ella.
—Te invitaría a mi casa, pero… —Hice una mueca—. Actualmente,
mi dormitorio es la sala de estar y he estado durmiendo en el sofá-cama
más incómodo que existe.
Isobel parpadeó. —¿Y cuánto tiempo ha pasado desde que mudaste
a tu mamá contigo?
Me encogí de hombros. —No tanto tiempo. Me gustaría
encontrarnos un nuevo lugar. Preferiblemente algo con dos dormitorios.
Pero... ya veremos.
—Nunca he conocido a tu mamá —murmuró de pronto.
Le eché un vistazo. Lucía como si la hubieran dejado fuera de algo
importante. Acercando su mano a la boca, besé sus nudillos. —Vamos a
tener que arreglar eso, aunque ya sé que te va a amar.
Su sonrisa mostró alivio y deleite.
Cuando nos detuvimos en la entrada, bajé la ventanilla para
apretar el botón de llamada de la puerta. Tomó casi un minuto para que
algo pasara, y luego las barras de hierro empezaron a abrirse.
Henry abrió la puerta y salió para situarse en los escalones de la
entrada en lo que rodeaba la rotonda hacia la puerta delantera,
iluminado por los faros de la camioneta. Luego comenzó a acercarse a
nosotros incluso antes de que pudiera frenar y apagar el motor.
—No parece contento —reflexioné, desabrochando el cinturón.
—Lo sé —contestó Isobel, sonando igual de confundida. Me miró—
. Me pregunto de qué se trata.
—¿Crees que sabe lo que hicimos? —susurré.
Resopló, pero no respondió sí ni no.
Henry abrió la puerta del lado del pasajero, alcanzándola y
jadeando.
—Isobel.
—¿Papá? —Tomó su mano y dejó que la ayudara a bajar de la
camioneta—. ¿Está todo bien? Te ves molesto.
—¿Molesto? ¿Molesto? —rugió—. He estado buscándote por todas
partes. Has estado perdida durante horas.
—Yo... —Sacudió la cabeza, aparentemente perpleja, mientras yo
fruncí el ceño.
—¿No le dijiste a dónde ibas?
Trajo la mirada hacia mí cuando me uní a ella y a su padre junto a
la puerta del copiloto todavía abierta.
—No —respondió antes de parpadear—. Tú mismo lo dijiste: somos
adultos. ¿Por qué habría…?
—Debido a que no sueles salir de la casa —le expliqué—. Por
supuesto que iba a preocuparse. Yo me hubiese preocupado si hubieras
desaparecido de repente sin avisar tras ocho años de no ir a ninguna
parte.
—Gracias —dijo Henry, asintiendo mientras se giraba hacia su hija
y me señalaba—. Lo que él dijo.
—Pero yo... yo...
Sin palabras, tan solo quedó mirando a su padre y luego a mí antes
de aclararme la garganta y ofrecer—: Tal vez deberías avisarle cada vez
que salgas, solo hasta que se acostumbre a la idea de que estés yendo y
viniendo.
—Sí, exacto —agregó Henry—. Nunca se me ocurrió que
abandonaste la propiedad. Pensé que te habías hecho daño, o caído en el
lago, o… no sé. Solo sé que no te podía encontrar. Y fue horrible.
—Bueno, ya estoy en casa —contestó con lentitud antes de hacer
una mueca—. Y de verdad no quería que te preocuparas, papá. Siento
que lo haya hecho.
Henry asintió. —Ya está olvidado. Me alegro de que ahora estés
aquí, y bien. —Pero permaneció allí de pie entre nosotros, su mirada
yendo desde mí a Isobel como si tal vez (oh, Señor, esperaba que no)
pudiera ver con exactitud lo que habíamos estado haciendo—.
Entonces... ¿ustedes dos salieron? —preguntó al final.
—Sí. La pasamos de maravilla. —Sonrió y besó la mejilla de
Henry—. Y a que no sabes. Vamos a abrir una florería juntos y vender
algunas de mis rosas. Shaw me dijo que la belleza de mis flores está
destinada a ser compartida. Desde entonces, no he podido dejar de
pensar en ello. Quiero hacerlo. Compartirlas. Voy a abrir mi propia
tienda.
—Cariño, eso es... —dijo Henry, sacudiendo la cabeza antes de
aclararse la garganta—. Eso es genial. Estoy tan orgulloso de ti. Pero
¿estás segura de que no es demasiado pronto para…?
—Voy a estar bien, papá. No te preocupes. Pero tengo una
pregunta.
—¿Sí?
—Quiero que Shaw trabaje para mí, pero insiste en que te
pertenece a ti y solo puede hacer lo que tú le digas. ¿Así que puedes darle
permiso para que trabaje allí conmigo, en vez de aquí contigo?
—Yo... —Henry se volvió hacia mí y me miró por un instante antes
de decir—: Creo que puedo dejarte felizmente en manos de Isobel para
que trabajes, aunque no puedo decir que los otros miembros del personal
estarán felices por eso. Se han convertido muy dependientes de tus
habilidades de mantenimiento.
Incapaz de creer plenamente en este giro en los planes, asentí.
—Estoy seguro de que van a pasar meses antes de que consigamos
abrir la tienda. Hasta entonces, puedo seguir viniendo aquí como de
costumbre. Tal vez incluso puedo ayudarle a encontrar un nuevo
trabajador de mantenimiento para reemplazarme.
—No estoy seguro de poder encontrar a alguien que llene los
zapatos que dejas atrás, pero suena como una buena idea. Gracias,
Shaw.
Isobel sonrió y aplaudió. —Está arreglado, entonces.
Tragué saliva, sin saber cómo asimilar todo. Las cosas parecían
estar cambiando a una velocidad vertiginosa. Y una vez más, eran
demasiado buenas para ser verdad.
No obstante, ningún Nash parecía preocupado o interesado sobre
el destino interviniendo con algo drástico.
—Izzy —declaró Henry—, para celebrar que estoy muy orgulloso de
estos grandes pasos que estás tomando, quiero que vayan a cenar este
fin de semana. Yo invito. Me haré cargo de todos los arreglos.
—Papá, no tienes que…
—¡Insisto!
Con Isobel intercambiamos miradas. Se encogió de hombros. Así
que la imité, y eso fue suficiente para Henry. Colocó una mano en mi
hombro y otra en la de ella, sonriéndonos.
—Admito que esta tarde me preocupó cuando me di cuenta lo
cercanos que se han convertido, pero tras ver lo feliz que eres y cuánto
estás dispuesta a salir y experimentar el mundo de nuevo, estoy
empezando a pensar que es lo mejor que pudo haber ocurrido.
Tragué saliva, preocupado de que en realidad estuviera tentando al
destino y seguro de que me mataría si se enterase de que acababa de
tener a su hija en el asiento trasero de su camioneta. Pero me quedé en
silencio mientras observaba a padre e hija sonreírse el uno al otro.
—Gracias, papá —murmuró Isobel, presionando otro beso en su
mejilla. Luego se volvió hacia mí—. Y a ti —Agarró la parte delantera de
mi camisa antes de que su voz se volviera seductora—, te veré mañana.
—Luego tiró de mí para besarme.
Nuestros labios apenas se tocaron, la presión solo fue una promesa
de lo que se avecinaba. Pero aun así provocó que mi cuerpo se agitara.
Sentí el mismo vértigo cuando se alejó.
—Nos vemos —contesté en lo que daba media vuelta y comenzaba
a entrar.
Henry permitió que la mirara hasta que desapareció detrás de la
puerta antes de aclararse la garganta.
Me sobresalté, olvidando que se encontraba allí. Seguro de que iba
a lo que de verdad pensaba de mi relación con ella, me tensé.
Pero todo lo que dijo fue—: Creo que les voy a reservar en Urbane
para este sábado.
Asentí, aliviado. —Bueno. Gracias, señor. Pero, eh, ¿sabe cuánto
cuesta la comida allí, por lo general? No sé si podré permitirlo…
—Les dije que yo me encargaría de eso —anunció.
Pero gruñí—: Al diablo con eso. —Lo que provocó que los dos nos
sobresaltáramos y nos miráramos con la boca abierta.
Me sonrojé, incapaz de creer el modo que acababa de hablarle a mi
jefe.
—Digo... —Sonrojado al máximo y el corazón palpitante, expliqué—
: Con el debido respeto, señor, soy yo el que la va a llevar, ¿verdad? —
Era mera cuestión de orgullo. Debería ser yo el que pague por la cena. No
Henry.
—Pero dije que era por mi cuenta. No me refería a que tú…
—Quiero hacerlo —dije en voz baja.
Me miró un momento antes de darme una respetuosa inclinación
de cabeza. —Al menos permíteme ayudarte a vestir para la ocasión.
Eché una mirada a mi habitual vaquero andrajoso y playera, solo
para sentir otra ola de vergüenza. Nada de lo que tenía bastaría para salir
una noche al elegante restaurante Urban con Isobel.
—Vale —accedí—, eso estaría bien.
Asintió, mirándose un poco aliviado antes de que sacara un
teléfono de su bolsillo. Cuando quien sea que estaba al otro lado contestó,
inmediatamente le dijo—: Hollander llevará a Izzy a una cita el sábado, y
no tiene nada adecuado que usar. ¿Puedo contar contigo? Genial. Te lo
enviaré en este momento. —Colgó y me dictó una dirección para que
recordara—. Ve. Ponte en marcha.
Alcé las cejas. —¿Qué? ¿Ahora mismo?
Parpadeó como si le confundiera mi sorpresa. —¿Si no cuándo?
Mientras me despedía con un gesto, me quedé observándolo. Soltó
un suspiro y dijo—: Complace a un anciano, ¿sí? Ha pasado mucho
tiempo desde que Izzy salió en una cita real. Quiero que sea especial para
ella.
Aquellas eran exactamente las palabras que necesitaba para
ganarme. Con un asentimiento, cedí. Esta sería la primera cita que
tendría en ocho años. También quería que tuviera la mejor.

***

Diez minutos después, llegué a la dirección que Henry me había


dado. Era otra casa hermosa, ubicada en Portefierld Lane, pero no era
tan grande como Porter Hall. Aun así, era impresionante. Tan pronto
estacioné, la puerta principal se abrió y el hermano de Isobel salió.
No sé por qué me sorprendió verlo, tenía mucho sentido que Henry
me enviara al hombre que era dueño de la mitad de una compañía de
ropa.
Deteniéndose en los escalones de la entrada, Ezra se cruzó de
brazos.
—¿Esta cita fue idea tuya o de mi papá?
Suspiré mientras caminaba hacia él. —Bueno… —empecé.
Una sonrisa cruzó su cara. —Eso pensé. ¿Por qué no me sorprende
que se entrometiera en su relación?
Con un encogimiento de hombros, le respondí—: Conoces muy bien
a tu padre.
—Sí, lo hago. —Suspiró y se hizo a un lado, indicándome que
entrara a su casa—. ¿Se molestó en darte una charla parental, de respeta
a mi hija o mueres, o se emocionó tanto que Isobel estuviera haciendo
algo para variar, que lo olvidó por completo?
—Sí la dio. —le respondí. Algo así.
Ezra resopló. —Lo dudo. Es por eso por lo que creo que tendré que
dártela en lugar de él. —Apuntándome, entrecerró sus ojos—. No le faltes
el respeto a mi hermana o te mataré. Y no dejes que nadie más tampoco
lo haga. ¿Lo entiendes?
Alcé ambas manos y tragué saliva. —Lo entiendo.
Entrecerrando los ojos un segundo más para asegurarse de que
estuviera siendo sincero, al final dejó caer su mano y se relajó. Tras eso,
el Ezra llevadero que conocí reapareció. —Está bien, entonces vamos a
ver que tengo en mi closet que te pueda caber.
Comencé a seguirlo por el pasillo, pero solo para detenerme.
—Espera, ¿qué? ¿Voy a tomar prestada tu ropa?
Resopló y siguió caminando. —¿Qué demonios pensaste que ibas a
hacer cuando te envió aquí?
Uh, ahora que lo mencionaba, no lo había pensado. Con Henry
Nash involucrado, tomando las decisiones, podría haberme enviado a la
casa de un sastre para hacerme un traje a la medida.
Ezra desaparecía muy rápido frente a mí, así que me apresuré para
poder alcanzarlo. Entró a una habitación y, cuando lo seguí dentro, entré
a su cuarto, pero no se hallaba allí. —¿Dónde…?
—Aquí… —vociferó desde una puerta adentro del lugar.
Me acerqué para encontrar un vestidor.
—¿Algún color que quieras utilizar? —preguntó con amabilidad,
revisando chaquetas que colgaban de una pared. Sí, una pared llena de
chaquetas.
Sacudiendo la cabeza, observé aturdido al tiempo que se encogía
de hombros por mi respuesta y sacó uno. —Ve si este te queda.
Me lo arrojó. Agarrándolo contra mi pecho, lo sostuve antes de
probármelo a regañadientes. Era un maldito buen traje, no tan ajustado
en los hombros y no tan grande en la cintura, apenas unos centímetros
cortos en los brazos, lo cual solo me hizo sentir más incómodo. ¿En
verdad iba a usar ropa de otro hombre?
Ezra pasó su mirada por mi torso antes de encogerse de hombros
como si aquello funcionaría, y giró al carrusel lleno de corbatas.
Rápidamente me quité la chaqueta, sintiéndome como si tuviera
piojos ahora. —¿Soy solo yo, o un chico pidiendo prestada ropa a otro
chico es simplemente extraño?
—Mierda, sí que lo es. —Ezra agarró un puñado de corbatas—. Por
eso firmarás un acuerdo de confidencialidad antes que salgas de mi casa.
Resoplé. —Como si le fuera a decir a alguien más sobre esto, de
todos modos.
—Bien. —Se giró hacia mí, sosteniendo media docena de
corbatas—. ¿Cuál?
Santo cielo. —Maldición, como si supiera —le respondí con
honestidad.
Suspiró. —Mira, tienes que cooperar conmigo. ¿Quieres verte bien
para mi hermana o no?
Sacudí la cabeza. —Amigo, tú eres el que trabaja en la industria de
la moda.
Frunció el ceño de inmediato. —Soy administrativo.
Alcé las cejas, haciéndole saber que no me hacía ninguna
diferencia. Su closet era mucho más grande que todo mi apartamento, y
se encontraba repleto de trajes de marcas y hechos a la medida. Él tenía
que tener más sentido de la moda que yo.
Refunfuñando, Ezra escogió una corbata y la arrojó. La colgué en
mi hombro y lo observé murmurar un poco más a medida que escogía
una camisa de vestir y pantalones.
—Espera hasta que me vaya de aquí antes de probarte los
pantalones —instruyó antes de dejarme solo en su armario.
Lo hice, apresurándome en la tarea tan pronto salió.
Una vez más, todo encajaba muy bien. El pantalón era un poquito
corto, pero no lo suficiente para verse mal. Me moví con todo puesto,
aliviado que se sentía cómodo, pero aun así muy consiente que no usaba
mi propia ropa.
Con la misma rapidez, me quité la ropa y me puse mi vaquero lleno
de hoyos y remera.
Colocando el traje en sus respectivas perchas, acomodé todo con
cuidado en mi brazo y salí del closet. Ezra no esperaba en el cuarto, así
que salí al pasillo para encontrarlo en la sala, paseándose y frunciendo
el ceño por algo que leía en su teléfono.
—No me refería a eso, y lo sabes, Lana —gruñó mientras golpeaba
con dedos furiosos la pantalla de su celular, escribiendo una respuesta
al mensaje que obviamente acababa de recibir.
Me aclaré la garganta.
Alzó la vista, y luego las cejas, esperando un informe sobre las
medidas.
Hice una señal de aprobación. —Todo encaja perfecto —respondí,
y asentí en modo de agradecimiento, porque de verdad quería verme bien
para Isobel, aunque tenga que usar la ropa de alguien más para
lograrlo—. Gracias.
Asintió y empezó a seguirme cuando me dirigí hacia la puerta.
—Sabes que esta es su primera cita en ocho años, ¿verdad?
Me detuve de a poco, tragando saliva antes de enfrentarlo. —Lo sé.
¿Algún buen consejo?
—Sí —Me apuntó y entrecerró los ojos—, nada de sexo con mi
hermana en mi traje.
Con el ceño fruncido, gruñí—: Estoy hablando en serio, hombre.
—Yo también —discutió—. Pareces un tipo decente. Honestamente,
odiaría tener que matarte si te pasas de la línea.
—Y yo odiaría morir —argumenté—, pero hablando con toda la
seriedad del caso, quiero que esto sea asombroso para ella. Es tu turno
de cooperar conmigo.
—Viejo… —Sacudió la cabeza y lanzó una sonrisa divertida—…
creo que entiendes a Izzy mejor que nadie. Lo harás bien.
Solté un suspiro, sintiéndome apoyado por su fe en mí, pero aun
así un poco inseguro. —¿Tú crees?
Ezra rio. —Solo he pasado cinco minutos en un cuarto con ustedes
dos, y era jodidamente obvio. Ahora ve alistarte para tu baile, Cenicienta.
Arrugando la nariz, sacudí la cabeza. —No soy Cenicienta. —Y, ya
que soy patético y no pude pensar en una respuesta mejor, contesté—:
T-tú eres Cenicienta.
Ezra parpadeó. —Esa ha sido la peor respuesta en la historia de
las respuestas. Hablando en serio, Hollander, ¿en qué universo podría
ser yo Cenicienta?
Tenía razón. Pero yo no podría ser superado, así que me encogí de
hombros.
—Acabo de ver tu closet. Claramente, tienes algún fetiche con los
zapatos. A uno de esos mocasines de lujo le debe faltar su par.
—Débil —dijo, riéndose por lo bajo—. Ahora ve, antes que tu
debilidad sea contagiosa. —Pero sonreía con simpatía en lo que
respondía.
Me despedí con un gesto antes de darme cuenta de que no
habíamos discutido algo. —¡Ah! ¿Cuándo quieres que te lo regrese? —
Sostuve en alto su traje.
Hizo una mueca y se estremeció. —¿Estás loco? Es probable que
tengas sexo con mi hermana en ese traje. No lo quiero de vuelta nunca.
Rodé los ojos. —Si te hace sentir mejor, estoy seguro de que me
quitaré el traje antes de tener sexo con ella.
Luego salí por la puerta principal, incapaz de dejar de reírme.
¿Cómo estuvo esa respuesta débil?
—¡Jódete, Hollander! —gritó tras de mí—. Ríete ahora, maldito
bastardo. Ya veremos quien ríe último cuando esté parado sobre tu
tumba.
Traducido por Vane Black & Dannygonzal
Corregido por AnnyR’

A la mañana siguiente, me desperté temprano, ansioso por ver a


Isobel. Me quedé acostado allí durante una buena media hora hasta que
fue el momento habitual en que me levantaba. Luego me puse la ropa
para correr, metí otro traje en mi mochila, metí mi nuevo espejo en el
bolsillo delantero y revisé a mi mamá que todavía dormía pacíficamente
antes de salir corriendo. Me tomó unos diez minutos llegar a mi
camioneta, cuando normalmente tardaba unos quince. Y luego llegué a
Porter Hall en la mitad del tiempo del que solía conducir.
La puerta se abrió un minuto más tarde, dejándome entrar, y me
detuve en la parte de atrás en mi lugar de estacionamiento.
Isobel no había llegado al lago cuando yo corría a nuestro punto de
partida. Me paseé y estiré, impaciente por que llegara. Cuando finalmente
oí el crujido de grava mientras se acercaba, mi cuerpo repiqueteó con la
conciencia.
—Hola —dijo, con su voz llena de placer cuando me vio ya aquí—.
Llegaste temprano hoy… ¡mmf!
La corté con un beso, lanzándola a mis brazos e inmovilizando su
cuerpo contra el mío.
—¿Estás segura de que quieres correr hoy? —le pregunté sin
aliento cuando nos alejamos para respirar—. Puedo pensar en otra forma
de hacer ejercicio.
Sus ojos brillaron con calor antes de morderse el labio. —¿Qué
tenías en mente?
—Sexo en la ducha de la casa de la piscina —le dije,
mordisqueando un camino por su garganta mientras confesaba algo que
quería hacer cada vez que entraba en esa ducha: a ella—. Luego, en la
cama. Luego en la bañera de hidromasaje. No necesariamente en ese
orden.
Tembló en mis brazos y pasó sus dedos por mi cabello. —Creo que
estás teniendo éxito tentándome.
Sonreí contra la curva de su pecho. —Tenemos una hora completa
antes de que necesite fichar mi entrada. —Luego le mordí el pezón a
través de su camisa de correr y su sujetador deportivo—. Solo piensa en
todas las maneras en que podría hacerte venir en una hora.
Jadeó antes de tomar mi mano y tirar de mí por el sendero hacia la
casa de la piscina. —Bueno. Me convenciste.

***

Los dos estábamos riendo —bien, bien, soltando risitas— cuando


llegamos a la cueva.
En cuanto nos encerramos en el interior, Isobel sacó su camisa de
correr por encima de su cabeza, y fui rápido en seguirla, quitando la mía.
Nos miramos vertiginosamente, con prisa para ver quién podía
desnudarse primero.
Isobel ganó, canturreando sobre su triunfo cuando gritó—: Primero
la tina caliente. —Corrió para zambullirse en el agua caliente
burbujeante. Me apresuré a entrar después, lanzándola a mi regazo tan
pronto como ambos nos sumergimos. Se volvió para mirarme, sentándose
a horcadas sobre mí para poder envolver sus piernas alrededor de mi
cintura. Nos besamos, y mi pecho se deslizó contra sus senos
resbaladizos, el agua caliente derramándose entre nosotros con cada
movimiento de nuestros cuerpos.
Movió sus caderas hasta que presionaba su entrada justo contra
mi pene. Duro y palpitante, traté de empujarme hacia dentro, pero la
maldita agua funcionaba contra nosotros. Además, me di cuenta de que
no tenía protección, a pesar de que vi algunos en un cajón en el baño una
vez. Eso se encontraba demasiado lejos, así que estiré el brazo entre
nosotros y masajeé su clítoris, besándola en el hombro mientras el calor
y la vibración del agua la llevaban a un orgasmo.
Me clavó las uñas en el brazo mientras se deshacía. Jadeamos
juntos, con mi cuerpo en llamas. Los sonidos que hizo, la expresión en
su rostro, la forma en que tembló contra mí, fue lo mejor. Me sentí
poderoso y complacido cuando empezó a instalarse y relajarse contra mí.
—Eso fue tan caliente —dije en su oído cicatrizado, antes de
besarla—. Eres tan jodidamente hermosa.
Me miró. —¿Dijiste algo? No escucho tan bien con esa oreja.
Mis labios se separaron. Nunca supe eso. Sabía que no podía usar
su mano del mismo modo en el lado izquierdo, pero nunca supe del oído.
Me incliné y la besé suavemente.
—Dije que te amo —le dije.
Su rostro se suavizó. —Yo también te amo.
—Vamos a continuar esto en el dormitorio. Quiero estar en una
cama la próxima vez que esté dentro de ti.
***

Acaricié el cabello de Isobel mientras apoyaba su cabeza en mi


hombro y respiraba uniformemente. Se encontraba completamente
flácida y relajada, y sin embargo sabía que seguía despierta.
—¿Te he dicho que podría vivir aquí? —le pregunté, abandonando
su cabello para correr mis dedos por el lado de su brazo—. Podría vivir
en esta casa de piscina por el resto de mi vida.
Su risa vibró a través de mi pecho. —Sí, lo mencionaste una o dos
veces antes.
Me giré a un costado para mirarla, nuestras narices a solo unos
centímetros. —Quiero vivir aquí contigo. —Eso fue una parte nueva de mi
declaración: añadirla.
Sus mejillas irradiaron con placer. —¿De verdad?
Comencé a sonreír sobre la fantasía hasta que algo en su expresión
me hizo detenerme. Solo estuve pidiendo deseos en voz alta, pero la forma
en que se iluminó me hizo preguntarme si pensaba que sugerí que nos
mudáramos juntos. Congelándome, la miré a los ojos, sin saber qué decir.
Vivir con ella en esta casa de piscina sería un sueño absoluto hecho
realidad. No se podía negar eso. Pero no podía ver cómo podía convertirse
en una posibilidad. En primer lugar, no era mi casa para invitarla a vivir
conmigo aquí, e incluso si su padre nos permitiera la oportunidad, sería
un paso hacia atrás para Isobel y un paso hacia delante demasiado
grande para mí. No me hallaba seguro de poder manejar estar tan por
debajo de ella financiera y socialmente. Lo que me hizo preguntarme
cómo nuestra relación iba a continuar en absoluto. Tal vez Isobel no
tuviera ningún problema con que yo fuera pobre, pero no podía decir que
me importara ser el desprovisto, el que no podía tener éxito. ¿Y si
empezaba a sentirse resentida conmigo por arrastrarla o empezaba a
pensar que era una especie de buscador de oro? No mucho tiempo atrás,
pensé que mi orgullo se encontraba muerto, pero resultó que tenía algo,
y estar tan lejos por debajo suyo no se asentaba bien conmigo.
También debía pensar mi madre. No podía dejarla, aunque sabía
que ahora estaría bien.
Mientras miraba los esperanzados ojos azules de Isobel, tuve un
momento en el que todo entre nosotros parecía absolutamente imposible.
Nuestro futuro se sentía condenado. Envió una ráfaga de pánico a través
de mí. No quería perderla. El mundo se sentía mejor cuando estaba con
ella. Nos convertimos en un equipo, haciendo la mayor parte de mis
tareas de mantenimiento en la casa juntos. Y me encantaba por fin poder
tocarla, besarla… pero mierda. No podía imaginar una vida entre
nosotros, no donde podíamos casarnos, tener bebés y vivir felices para
siempre.
Eso me asustó. Fue solo una fracción de segundo de miedo; seguro
que lo habría superado en el siguiente aliento, y estaría bien otra vez.
Pero Isobel lo vio en mis ojos. Vio mi vacilación y supo que no estuve
sugiriendo seriamente que nos mudáramos juntos.
El problema era que también sabía que pensaba que era porque no
quería vivir con ella. Cuando se sentó y alcanzó su camisa para cubrir su
pecho, me senté también, y otra forma de pánico me inundó. Quería decir
algo, tranquilizarla, convencerla de que la amaba con todo lo que tenía y
quería estar con ella más de lo que siempre deseé estar con alguien. Pero
si expresaba alguna de mis reservas, temía que las viera como excusas
en vez de razones, y pensaría que no era sincero con mis sentimientos.
¿Y si consideraba insustanciales mis problemas e inquietudes, y trataba
de eliminarlos como si no fuera un gran problema? Eran una gran cosa
para mí. De repente podía imaginar esta enorme discusión entre nosotros
en la que me decía que estaba siendo un idiota —aunque ya sabía que lo
era— pero yo se lo negaba, e Isobel queriendo estrangularme, y yo
sintiéndome más inseguro, y todo esto separándonos.
Excepto que por permanecer en silencio ahora, creo que asumió
que no me importaba lo suficiente.
—Isobel… —Intenté, extendiendo la mano para tocar su espalda.
Se puso rígida contra mi mano. Me rompió el corazón, pero no me
rendí. Me acerqué detrás suyo y envolví mis brazos a su alrededor desde
la espalda antes de colocar mi barbilla en su hombro.
—No sé cómo mostrarte lo mucho que significas para mí —admití.
No sabía cómo arreglar esto.
Giró su mejilla hacia mí. —¿Qué?
Dándome cuenta de que me hallaba en su lado cicatrizado, pasé
mi barbilla a su otro hombro, y luego besé su mejilla. —¿Qué vamos a
hacer hoy? —le pregunté como si nada estuviera mal—. Son casi las
ocho. —Es hora de convertirse en el portero de Porter Hall.
Se volvió para mirarme y, por un momento, temí ver dolor en sus
ojos, pero en vez de eso sonrió. —Creo que ya era hora de que te diera el
gran recorrido.
Riendo entre dientes, meneé la cabeza. —Creo que ya vi casi todo,
¿no?
Ojos azules brillaron como si le divirtiera mi ignorancia. —Ah, pero
nunca escuchaste hablar de toda la historia detrás de todo lo que has
visto.
Me concentré en ello. —¿Historia?
Su sonrisa dijo: solo espera. —Sí. Como la araña en la entrada.
¿Sabías que vino de Alemania, donde la Gestapo la tomó de un hotel en
Francia durante la Segunda Guerra Mundial?
Mi boca se abrió. —De ninguna jodida manera —solté—. Cambié
las bombillas en esa cosa. —Juro que mis dedos comenzaron a
hormiguear, dándose cuenta de que toqué algo que tocaron los nazis. Mi
corazón amante de la arqueología comenzó a latir un poco más rápido.
Isobel me miró como si supiera exactamente lo que experimentaba.
—Cada pieza en esta casa tiene algún tipo de significado histórico. Papá
no suele comprar nada a menos que haya algún tipo de significado o
historia detrás de dicho objeto.
No era de extrañar por qué siempre me gustó Henry. —Es como un
museo —dije, atónito.
Con una carcajada, Isobel empezó a ponerse la ropa. —Algo así.
Papá permite que autobuses escolares llenos de niños vengan cada otoño
y primavera para un recorrido. Es una de sus contribuciones caritativas
a la comunidad, junto con dar un préstamo de alto riesgo a un candidato
digno cada año.
Me encontré con su mirada, y sus ojos me dijeron algo. Algo que no
consideré antes. —Él sabía que nunca volvería a ver ese dinero de mi
madre, ¿no? —adiviné.
Se encogió de hombros. —Rara vez recibe el reembolso de
cualquiera de ellos, por lo que los declara como donaciones.
Sacudí la cabeza. —Pero… la ayudó de nuevo, pagó el resto de su
deuda y… —Dejé de hablar cuando Isobel comenzó a sacudir la cabeza.
—El año pasado ayudó a tu mamá. Este año, creo que tú fuiste el
candidato que eligió para ayudar.
Mi boca se abrió. Comencé a sacudir la cabeza, salvo que no podía
negarlo. Tenía sentido. Excepto… ¿por qué? ¿Por qué me ayudaría? Yo
no estaba…
—De todos modos iba a ayudar a alguien —murmuró,
respondiendo mi pregunta—. Supongo que vio algo en ti que creía que lo
necesitaba más.
Tragué saliva, sin estar seguro de cómo tratar con este honor, pero
también cada vez más decidido que nunca a demostrar que era digno de
ello. —Guau —fue todo lo que pude manejar murmurar.
Totalmente vestida, Isobel se acercó a mí y tomó mi mano antes de
levantarse para besar mi mejilla. —Ven. Déjame mostrarte todo.

***

Media hora más tarde, me hallaba aún más asombrado por Porter
Hall que cuando puse inicialmente los ojos en el lugar. Resultó que la
estatua de querubín que casi me atravesó ese primer día estuvo colocada
en un jardín de Roma. Y la fuente en el vestíbulo perteneció a una casa
de spa en la antigua Bath, Inglaterra.
Me sumergí en cada palabra que Isobel dijo mientras me enseñaba,
diciéndome quién pintó qué retrato y de qué lugar exótico compraron
cada alfombra. Incluso la moldura de la corona de una habitación fue
retirada de la casa de algún monarca ruso.
—Y esto —dijo, guiándome hacia una nueva habitación donde la
única pieza central parecía ser un viejo y destartalado escritorio de
escuela, cubierto de pintura verde descascarada—… es la mesa de Henry
David Thoreau. Es el filósofo favorito de papá. Así que estaba emocionado
de comprarlo en el Museo Pratchett para evitar que salieran del negocio
cuando tuvieron problemas con la financiación. Pagó ocho mil por ello.
Sacudí la cabeza mientras silbaba. —Eso es tan loco. No puedo
creer que una mesita insignificante y fea pueda valer tanto. Parece que
una brisa fuerte podría despedazarla.
—Nah. Es más robusta de lo que parece. —Lo agarró por los lados
y le dio una sustanciosa sacudida. Cuando mis ojos sobresalieron de mi
cabeza y juro que mi corazón trató de abrirse camino por mi pecho por
su hostil trato, se rio—. Oh Dios mío. La mirada en tu cara cuando hice
eso no tuvo precio.
—Sí. —Suspiré a través de pulmones faltos de aire—. Casi tanto
como la mesa que trataste de destruir a sacudidas. —Me alejé de ella y
me paseé, estudiando las fotografías de la pared, la mayoría eran de
Henry David Thoreau o hechos sobre él.
—Dios, este lugar es increíble —murmuré, pasando mi dedo por
una biografía enmarcada—. Toda la historia, las diferentes culturas.
Cuando llegué por primera vez, pensé que toda esta mierda era solo una
cosa de ricos. Pero aprender el significado detrás de cada artículo… —
Sacudí la cabeza con asombro mientras miraba atónito hacia Isobel.
Arrugó la nariz. —¿Una cosa de ricos?
Tragué. Mierda. No quise insultarla.
—Sí, ya sabes… —Me encogí de hombros, solo para darme cuenta,
que realmente no lo sabía. Sonrojándome, hice una mueca de dolor—. Es
difícil describir los celos y la disminución de la autoestima que un tipo
como yo siente cuando entra en una casa así… —Extendí mis brazos para
abarcar la habitación, sin saber cómo definirla correctamente—. Así de
grande.
Al parecer sin estar ofendida por mi intento de explicarme, Isobel
me miró seriamente, antes de apoyarse contra el escritorio de Thoreau. —
Si pudieras elegir entre ser pobre pero hermoso y popular y amado por
todos, o rico más allá de tu imaginación más salvaje pero tan
horriblemente desfigurado hasta el punto de que nadie quisiera nada
contigo, ¿qué elegirías?
Me acerqué y puse mi mano en su cintura antes de murmurar—
: El más rico es aquel cuyos placeres son los más baratos.
Sus labios se separaron como si aquello fuera lo más profundo que
hubiera escuchado. Y podría haberlo sido, ya que originalmente salió de
los labios de Henry David Thoreau. Es por eso que no podía seguir
tomando crédito por ello.
Señalé hacia la pared con mi mano libre. —Por lo menos eso es lo
que dice Thoreau. —Miró hacia atrás para encontrar la cita impresa y
enmarcada sobre el escritorio.
—Oh. —Frunciendo el ceño, se dio vuelta para empujarme en el
estómago—. Hiciste trampa. Esa es la respuesta de un tramposo.
Me reí y me incliné para besarle la sien. —Elegiría cualquier opción
que me traiga de nuevo a ti cada día. Rico o pobre, no me importa. Solo
te quiero a ti.
El aliento salió de sus pulmones. Levantando los dedos, colocó un
mechón de mi cabello entre sus dedos y me lo quitó suavemente de la
cara, susurrando—: Me gusta esa elección. Incluso si es una frase cursi
que acabas de inventar.
—Me gustas tú. Y no fue solo una frase. —Poniendo mi otra mano
en su cintura para poder agarrarla y recogerla, la hice subir más sobre el
escritorio hasta que se encontraba sentada en este completamente y yo
empujaba mis caderas entre sus muslos—. ¿Está mal que quiera tomarte
aquí mismo, en la mesa de Thoreau?
—No, pero eso podría ser un ejercicio al que no sobreviva.
Le envié una sonrisa hambrienta. —Demonios sí, sobreviviría.
Se echó a reír y me dio un empujoncito en el pecho para hacerme
retroceder. —Conozco un lugar mejor al que podríamos ir.
—¿Oh, sí? —Retrocedí, dejando que se bajara de la mesa y tomara
mi mano antes de que me llevara a una puerta cerrada. Abriéndola, entró,
llevándome consigo. Pero apenas despejé la entrada antes de detenerme
abruptamente, con la boca abierta… otra vez, probablemente por
vigésima vez hoy—. Mierda. ¿Es esto…? —Me giré para levantar las cejas
a Isobel.
Asintió. —¿Una recreación del dormitorio de van Gogh? Sí, lo es.
—Guau. —Con veneración, me adentré en el cuarto, boquiabierto
ante la manta roja, las almohadas blancas y el alto estribo en la cama
para emparejar con la famosa pintura de van Gogh de su dormitorio. Las
sillas, la mesa lateral y la ventana lucían exactamente como deberían. Lo
juro, incluso los jarrones en la mesa y la ropa colgando de ganchos en la
pared dieron en el blanco. El color de las paredes, los pisos y las puertas
me sacudieron la cabeza con asombro. Era como si acabara de entrar en
la pintura.
Deambulé más por la habitación, deteniéndome en las impresiones
con el arte de van Gogh en la pared, donde dejé salir un silbido bajo e
impresionado. —Me pregunto cuánto cuesta todo esto —dije sin pensar.
Isobel enganchó su brazo a través del mío y apoyó su barbilla en
mi hombro mientras señalaba la pintura. ―Mucho menos que esa pintura
de allí, me imagino. Después de que papá se ganara esa cosa en una
subasta, tuvo toda la habitación diseñada de esta forma para colgarla
aquí.
—Espera. —Di un paso instintivo hacia atrás—. Me dices… —Ahora
señalaba la pintura enmarcada frente a nosotros—. ¿Que es
un original de van Gogh?
Los ojos azules de Isobel danzaron con travesura mientras sonreía.
—Sí. Uno de las menos populares, por supuesto. Fue llamada Iron Mill in
The Hague, pero aun cuesta casi medio millón, creo.
—Medio mill… —Di otro paso en reversa—. He estado trabajando
en una casa donde hay una pintura original de van Gogh, ¿y no tenía
idea? Mierda, acabé de respirar sobre ella.
Acababa de respirar sobre algo en lo que Vicent van Gogh respiró.
Isobel se rió. —Eres tan lindo.
Estaba tan fuera de mis recursos, eso es lo que era. Si antes me
preocupaba estar debajo de su estatus, ahora me encontraba convencido
de ello. Toqué su mejilla, mis dedos descansaron sobre su piel suave y
cálida, y me pregunté cómo iba alguna vez a ser capaz de mantener tal
premio. No merecía esto. No la merecía. Al final no podría. Tenía más
certeza de eso que de mi próxima respiración. Estar con Isobel podría ser
breve.
Debí haberme alejado entonces y abrazar mi destino fracasado.
Pero se hallaba aquí en este momento, sonriéndome, aceptándome. Así
que, de las palabras de Richard Bach vía el grafiti de Black Crimson:

La mejor manera de pagar por un momento encantador es disfrutarlo.

Decidí disfrutar este hermoso momento mientras durara. Me


incliné y presioné mis labios con los suyos, tierno al principio hasta que
me volví ansioso y en búsqueda. Envolvió sus brazos alrededor de mi
cuello y se arqueó contra mí. Retrocedí con ella hacia la cama y la puse
sobre el colchón.
Con los ojos abiertos, me empujó por los hombros y parpadeó.
—Pero aún estás trabajando.
Ya que yo era la única persona en la habitación a quien realmente
le importaba eso, sabía que la complací cuando gruñí—: A la mierda eso.
Necesito estar dentro de ti. Ahora.
El placer brotó en sus facciones. Sus labios se extendieron en una
sonrisa, tiró de mi ropa, sus manos en la cremallera de mis pantalones.
Comenzaba a desabotonar su blusa pero aún no tenía casi piel revelada
cuando la voz amortiguada de Kit nos asustó.
—¡Shaw! ¡Shaw!, ¿dónde estás?
Sonaba como si estuviera en la habitación del lado con el escritorio
de Thoreau, así que Isobel y yo nos enderezamos e inmediatamente
comenzamos a abotonarnos y a regresar todo a su lugar.
—Mamá necesita algo de ayuda en la cocina —gritó el niño—.
¿Shaw?
Nos bajamos de la cama, todavía respirando con fuerza. Cuando
estuvimos tan respetables como íbamos a llegar a estar, le grité en
respuesta—: Aquí.
La puerta se abrió, y Kit entró saltando. —Mamá me envió a
buscarte. Necesita ayuda con el lavaplatos. —Pero ya se había olvidado
de mí, su mirada se encontraba en Isobel—. ¡Oh! Hola, señorita Isobel.
¿Qué haces aquí? ¿Qué habitación es esta?
Mientras ella le explicaba quién era Vicent van Gogh, su mirada se
encontró con la mía sobre su cabeza.
Mañana, murmuré. Íbamos a terminar lo que comenzamos aquí en
nuestra cita de la noche.
Sus mejillas se iluminaron y sus ojos se calentaron en
concordancia, pero se volteó hacia Kit, dándole toda su atención.
Aunque me sentía demasiado incómodo con mi excitación
negándose a una rápida muerte, silbé mientras caminaba hacia la cocina.
El sábado no podía llegar lo suficientemente rápido.
Traducido por Jeyly Carstairs & Beatrix
Corregido por AnnyR’

Cuando llegó el sábado, me encontraba nervioso.


Nunca estuve en un restaurante sofisticado, y todo el mundo decía
que Urbane era la créme de la créme de los restaurantes de la zona. No
quería hacer nada para avergonzar a Isobel. Mierda, me preguntaba si
debería haber tomado una de esas lecciones para saber que cubiertos
iban con cada plato.
Iba a fracasar en grande con esto.
Pero por lo menos me iba a ver bien haciéndolo. Conduciendo la
camioneta de Henry Nash y llevando un traje de Ezra Nash, nadie sería
capaz de decir que era un don nadie. Un impostor.
Henry programó las reservas para las siete y media. Desde que salí
del trabajo a las cuatro, fui a casa a pasar un par de horas con mamá
antes de vestirme. Ella dio un silbido bajo, impresionada tan pronto como
salí de la habitación, tratando de arreglar los gemelos.
—Dios mío, ¿no te ves guapo?
Miré hacia donde se encontraba sentada en su silla desgastada,
usando una bata floral y viendo La Rueda de la Fortuna en la televisión
con su andador apoyado a su lado. Un dolor se apoderó de mí. ¿Cuántas
tardes nos sentamos aquí, comiendo en nuestras sillas y viendo este
programa juntos? Sentí como si estuviera abandonándola por irme y
tratar de ser algo que no era.
Por un momento, quería cancelar todo esto. Mi lugar no era con
Isobel. Era su manitas, su caso de caridad. Mi lugar era aquí con mi
madre, asegurándome de que permaneciera sana y salva. Pero luego
recordé la emoción en el rostro de Isobel cuando me dio un beso de
despedida hace solo unas horas.
Rozó la parte de atrás de sus nudillos a lo largo de mi mandíbula y
murmuró—: Nos vemos a las siete —y no había manera en el infierno de
que pudiera decepcionarla.
—¿Mi corbata se ve recta? —le pregunté a mamá.
—Te ves perfecto —respondió, algo radiante y satisfecho brillando
en sus ojos antes de añadir—: Estoy tan orgullosa de ti, Shaw. Este es el
tipo de vida que siempre he deseado para ti.
Me detuve, sin saber exactamente qué clase de vida era. En la que
me sentía atrapado entre dos mundos, pasando todo el día en una vida
de lujo tomando duchas suntuosas, solamente para volver a casa, a mi
apartamento de una habitación que a menudo apestaba a la caja de
arena para el gato de mi vecino. Me sentía como un pretencioso.
Creo que fue todo lo que vio mi madre. El traje que usaba y el
cabello que me había peinado hacia atrás. Así que asumió que me había
convertido en una especie de hombre fino, adinerado, o algo así.
—Te gusta esta chica, ¿verdad?
Y eso fue todo lo que tomó calmarme. Esto era sobre la chica, no el
traje.
Asentí. —Sí. Sí, me gusta.
Mamá sonrió. —Entonces la debes traer en algún momento. Quiero
conocerla.
Más nervios llenaron mi estómago mientras me imaginaba a Isobel
aquí, viendo cómo vivía, conociendo a mi madre que nunca se cepillaba
el cabello y rara vez se duchaba. No me encontraba seguro de lo que
pensaría de mí. De nosotros. Y luego, también estaba mamá. Sabía que
nunca sería abiertamente grosera con Isobel, pero ¿y si decía algo sobre
las cicatrices o el dinero para molestarla? Quería que las dos se
conocieran y se quisieran. Eso me hizo estresarme y me preocupaba que
algo saliera mal.
—Veré lo que puedo hacer —dije mientras cruzaba la habitación
para agacharme y besar la delgadísima mejilla de mamá—. Te vas a
quedar en casa esta noche, ¿verdad? —pregunté—. Vi al portero
limpiando el piso principal, probablemente hará las escaleras antes de
que acabe la noche. No quiero que te resbales y te caigas.
Mamá chasqueó la lengua y me dio una palmadita en el brazo. —
No te preocupes por mí. Solo vete, diviértete.
—Está bien, entonces. Te amo.
Me fui con otro beso en su frente y una mirada a la televisión donde
un hombre se encontraba girando la rueda y la multitud aplaudía. Eran
casi las siete cuando llegué a la camioneta. Con una media hora para
recoger a Isobel y llegar a Urbane a tiempo para nuestra reserva, empecé
a dirigirme a Porter Hall, tarareando bajo mientras golpeaba
nerviosamente mis dedos contra el volante.
La puerta se abrió tan pronto entré en la calzada, antes de que
pudiera incluso presionar el botón para anunciarme. Alguien estuvo
esperando y observándome. Esperaba que Isobel. La idea de que estaba
ansiosa por esta noche hizo que mi sangre corriera y mis propias
ansiedades aumentaran. No quería decepcionarla.
Casi esperaba que ella abriera la puerta y saliera tan pronto me
detuve frente a la entrada. Pero no lo hizo. Estacioné y apagué el motor.
Después de bajarme, bordeé el parachoques, subí los diez escalones del
frente, apresurándome entre el camino de luces solares que parecían
linternas colgantes y caminando debajo de la cornisa antes de tocar el
timbre.
Henry respondió, su mirada interrogativa y curiosa mientras me
dejaba entrar. Pero después de un simple vistazo, asintió.
—Sabía que Ezra te encontraría algo agradable. Combinaras con
Izzy perfectamente.
Miré alrededor buscándola, pero no se encontraba en el vestíbulo.
Con la esperanza de que no fuera a dejarme plantado, tragué saliva, con
mis palmas sudando.
—La niña tonta quería correr hacia ti —me dijo Henry rodando los
ojos—. Pero la hice esperar hasta que estuvieras dentro para que pudiese
hacer una entrada.
Riendo disimuladamente, levanté la mirada. —No es el baile de
graduación, ¿sabe?
Con un ceño fruncido, su padre murmuró—: Bueno, podría ser así.
Nunca llegó a su graduación.
Comencé a responder, pero golpeó su codo contra el mío y señaló
hacia el segundo nivel donde comenzaba la escalera.
La visión de pie allí me quitó el aliento. Con un vestido negro hasta
el tobillo, Isobel comenzó a descender.
—Mierda —suspiré.
Se veía impresionante. El vestido era lindo, con lentejuelas negras
brillantes en el corpiño ajustado, correas de dos centímetros sobre sus
hombros y una falda de seda que fluía de la cintura ceñida. Pero ella era
la que hacía que luciera bien, no al revés. Tenía el cabello recogido y sus
brazos eran delicados y estaban desnudos. No hizo nada para esconder
sus cicatrices. Eso me encantó.
Sus ojos azules se encontraron con los míos, y solo pude sacudir
la cabeza, incapaz de pensar en las palabras adecuadas. —Te ves tan…
—Finalmente se unió a nosotros, y yo todavía no podía decir nada
apropiado, así que extendí la mano, la agarré de la cintura con una mano
y la atraje hacia mí para presionar mi boca contra la suya.
—Suficiente de eso —anunció Henry, golpeándome en el brazo, a
pesar de que se reía de buena gana—. Tuve que mover algunas
influencias para conseguir esta reserva para ustedes.
Aparté mis labios de los de Isobel, pero no miré a su padre.
Levantando la única rosa roja de tallo largo que estuve sosteniendo detrás
de mi espalda desde que entré, dije—: Esto nunca será tan hermoso como
tú, pero al menos te puede consolar el hecho de que la robé del mejor
jardín de rosas en el estado.
Su boca cayó abierta antes de que se transformara en una risa.
—Has robado una de mis rosas para dármela.
Agité mis cejas. —Y le quité todas las espinas también.
Ni siquiera un poco ofendida por mi robo, Isobel alcanzó una de
mis manos solo para girarla ubicando mi palma hacia arriba. Cuando vio
los rasguños que me hice, sacudió la cabeza y sonrió. —Todavía no
puedes hacerlo con los guantes, veo.
—Nunca —admití, sonriendo.
Henry miró entre nosotros, claramente no tenía idea de lo que
hablábamos. —Lo juro, ustedes dos hablan su propio idioma. —Luego
dejó escapar una sonrisa triste—. Annalise y yo solíamos hacer eso.
—Oh, papá —Isobel se dio vuelta para abrazarlo—. No te pongas
sentimental. No traje ningún pañuelo.
Su burla funcionó. Soltó una risa y nos empujó hacia la puerta.
—Eh, suficiente de eso. Salgan de aquí ya. Que se diviertan. Y
tengan cuidado.
Ella lo besó en la mejilla y abrió la puerta principal. Me detuve un
momento para enviarle a su padre un asentimiento serio antes de
murmurar—: Gracias, señor.
Me apretó el hombro. —Gracias a ti.
En la camioneta, Isobel ya agarraba la manija de la puerta. Le grité,
corriendo por los escalones hasta que me encontraba a su lado y pude
abrirle la puerta. —Tienes que darme mi momento —dije, extendiendo
una mano para ayudarla a subir a la cabina de la camioneta.
Con una carcajada, sacudió la cabeza. —Mi papá y tú, lo juro. No
vamos a un baile de verdad, sabes.
Bueno, sin duda se sentía así. Sentía como si estuviera ayudando
a una princesa a entrar a mi camioneta. Para mí, podríamos estar en un
raro tipo de cuento de hadas.
Cuando me ubiqué detrás del volante, ella bajaba la visera para
revisar su labial. Me estremecí. —Lo siento. Supongo que no pensé en
cómo podría estropear tu labial.
Después de limpiar una esquina, me envió una sonrisa. —Créeme,
no me importó.
Mis cejas se alzaron. —¿No te importa si vuelvo a estropearlo, más
tarde?
Colocó la visera en su lugar. —Oh, estoy contando con eso.
Mi cuerpo se agito con calor. De repente, me encontraba pensando
en lo que haríamos después de la cena mucho más que en la comida en
realidad. Pero la idea de ser visto en público al lado de esta encantadora
mujer me impidió sugerir que nos saltáramos la comida y fuéramos
directamente al postre.
Mi primera experiencia con un aparcacoches fue incómoda; olvidé
darle propina al acomodador, así que Isobel lo hizo. Sonrojado, me incliné
mientras tomaba su codo para escoltarla a través de las puertas de la
entrada para murmurarle—: Gracias. Estoy acostumbrado a ser el que
recibe propina, no al revés.
—Estás bien. —Isobel empezó a tranquilizarme, solo para
disminuir la velocidad cuando levantó la vista. Sus labios se abrieron con
sorpresa—. Estás nervioso.
Mi frente se sentía húmeda y mi piel pegajosa. —Demonios sí, estoy
nervioso —siseé—. No pertenezco a un lugar como este.
Dejó de caminar así podía girarse para enfrentarme
completamente. Mis mejillas se calentaron con vergüenza porque alguien
nos mantuvo la puerta abierta, y nos traía atención excesiva.
A Isobel parecía no importarle. Mantuvo su voz baja y discreta
cuando dijo—: Te prometo que eres más digno de estar aquí esta noche
que cualquier persona. —Entonces sonrió—. Y tu presencia es lo único
que me impide experimentar mis propios nervios.
Mi mirada atrapó la suya. No sabía por qué olvidé por completo
preocuparme por ella. Esta era solo su segunda salida en los últimos seis
meses, y ni siquiera habíamos salido de la camioneta la primera vez que
dejamos Porter Hall.
Sintiéndome como un cretino por no pensar en ella, levanté su
mano a mis labios y le besé los nudillos. —Te mantendré tranquila si
puedes hacer lo mismo por mí.
Asintió dignamente. —Trato.
Así que entramos al restaurante, donde el maître nos mostró
nuestra mesa en la esquina más oscura de la parte trasera. Supuse que
trataba de darnos algo romántico y privado, donde Isobel y yo pudiéramos
hablar y concentramos en nada más que en el otro.
Un camarero llegó a tomar nuestros pedidos de bebidas un
momento más tarde. Me habló directamente, fingiendo que Isobel no se
encontraba presente. No tenía idea de si ella quería una botella de
champán de lujo o qué, así que alcé la mirada a través de la mesa, donde
Isobel dijo—: Agua está bien para mí.
—Solo agua para los dos —le dije al chico.
Asintió. —Muy bien, señor. —Y salió disparado de nuevo.
Fruncí el ceño tras él, sin estar seguro de por qué ni siquiera la
reconoció, cuando una voz desde unas pocas mesas flotó en nuestra
dirección.
—Oh, Dios mío, ¿viste el rostro de esa mujer?
Parpadeando, me giré en esa dirección para encontrar una mesa
de dos mujeres, inclinándose una hacia la otra ansiosamente mientras
que chismoseaban.
—¡Lo sé! —dijo la otra—. Esas cicatrices son asquerosas. Parece
que alguien la atacó con una licuadora de carne.
Aturdido por su comportamiento desagradable, me giré hacia
Isobel, que se encontraba tiesa y recta, con la barbilla levantada y los
ojos azules llenos de absoluta aceptación.
—¿Cómo en nombre de Dios, puede un chico tan apuesto salir con
ella en público? —continuó la primera mujer.
La otra se rió. —Debe ser muy adinerada. O increíble en la cama.
Compartieron una carcajada. —No veo cómo. Tendría que ponerle
una bolsa sobre la cabeza solo para que se le levante.
De acuerdo, eso fue todo. Era suficiente. Me giré para hacer frente
a las mujeres tan rápido que saltaron, sorprendidas, y levantaron sus
miradas amplias en mi dirección.
—O tal vez estoy con ella porque la encuentro hermosa —dije—.
Por dentro y por fuera. Me hace reír y sonreír. Mi corazón late más rápido
cada vez que entra en una habitación. Oh, y no es una idiota
excesivamente ruidosa, grosera y tendenciosa. Es extraño cómo esa clase
de mierda en realidad es importante para algunas personas, ¿no?
Con la boca abierta, las dos mujeres me miraban como si hubiera
perdido la cabeza.
—Sí, las oímos —agregué, contestando sus silenciosas sospechas—
. Alto y claro. Todo el maldito restaurante las escuchó. Y francamente,
con bocas tan fastidiosas como las suyas, me sorprendería que cada
hombre que ha dormido con ustedes dos no necesitara tapones para los
oídos para que se le levantara.
—¡Shaw! —jadeó Isobel.
Me giré hacia ella, diciendo—: ¿Qué? Me están molestando. Nadie
habla de ti así y se sale con la suya.
Su rostro se ruborizó y su expresión se volvió miserable. Sabía que
hubiera preferido que ignorara completamente a las dos mujeres, pero no
pude. Simplemente no pude.
—Discúlpeme, señor —preguntó el maître, acercándose a nuestra
mesa, retorciéndose nerviosamente las manos y echando un vistazo a los
otros clientes curiosos—. ¿Hay algún problema? —preguntó cortésmente,
pero la expresión en su rostro parecía decir que yo era el problema.
—Sí —dije, interrumpiéndolo—. Hay mucho más que un problema.
—Isobel siseo mi nombre otra vez, tratando de controlarme, pero estaba
demasiado ocupado mirando fijo al coordinador de meseros—. Esas dos
mujeres que están allí no paran de insultarnos y eso me molesta.
El hombre tragó saliva y miro a las mujeres, que lucían a partes
iguales culpables e indignadas. Luego se giró hacia mí. —Lo siento
mucho, señor. ¿Le gustaría que lo ubicáramos en otra mesa?
Levanté las cejas ante la sugerencia. —No —dije—. Me gusta aquí.
Nos ocupábamos de nuestros malditos asuntos, sin molestar a nadie más
hasta que ellas empezaron. ¿Por qué nos les pide que se muevan? O
mejor aún, ¿qué se vayan?
—Oh, Dios mío —gimió Isobel en voz baja—. Shaw, basta por favor.
La miré y me dolió el corazón. Se suponía que era su noche, su
noche especial para compensar su baile de graduación y cada otra cita
que se perdió en los últimos ocho años. Quería que fuera perfecta. Nada
malo se suponía que iba a suceder.
El maître siguió buscando las palabras correctas, porque
claramente no iba a reprender a las mujeres; no debió haber encontrado
ninguna ofensa de su parte.
Tragando toda la rabia y la injusticia que encontré en la situación,
lentamente tiré de la servilleta de tela de mi regazo y la puse suavemente
sobre la mesa frente a mí. Entonces me levanté tan deliberadamente,
hasta que estuve en toda mi altura, lo que resultó ser un buen par de
centímetros más que el maître.
Sus ojos se abrieron de par en par y dio un paso atrás como si
pensara que iba a estrangularlo. En su defensa, estoy seguro de que mi
mirada reflejaba lo mucho que sí quería hacerlo.
Pero todo lo que dije fue—: Creo que nos iremos. —Enviando a las
dos mujeres ruidosas una última mirada desagradable, añadí—: Hemos
perdido el apetito.
Cuando volví mi atención a Isobel y le extendí mi mano, la tomó
graciosamente y se levantó regiamente sobre sus pies. Nunca estuve tan
orgulloso de alguien en mi vida. Se aisló durante ocho años porque estaba
preocupada por experimentar momentos como este, y aquí se
encontraba, sobreviviendo a su peor miedo con perfección.
Con mi corazón en la garganta, besé sus labios, suavemente. Luego
miré al maître con los ojos entrecerrados y la llevé fuera del restaurante.
Isobel y yo permanecimos en silencio hasta que el aparcacoches
nos devolvió la camioneta y nos encerramos en su interior. Mi cólera se
había disuelto y la preocupación carcomía mi estómago. No sabía
interpretar su silencio ni aquella mirada inexpresiva en su rostro.
¿Se sentía herida, enojada o tal vez cansada de todo? ¿Empeoré el
problema al hacer una escena?
Esto de no saber me volvía loco.
Eché un vistazo a través del interior de la camioneta cuando
salimos a la carretera. —¿Quieres ir a comprar una pizza?
Sacudió la cabeza, sin mirarme.
—¿Hamburguesas? —intenté. La llevaría a cualquier parte, haría
cualquier cosa para complacerla.
—Solo quiero irme a casa. —Excepto eso, maldita sea, eso era lo
último que quería hacer por ella.
Mis esperanzas se marchitaron. Definitivamente fue afectada de
forma negativa, y el encuentro aún le molestaba.
Incapaz de dejar de resaltar que empeoré las cosas, le pregunté—:
¿Estás enojada conmigo?
Me quemó con una mirada penetrante. —¿Qué?
—¿Por, ya sabes, intensificar el problema?
Con un resoplido, se giró nuevamente a mirar por el parabrisas
delantero. —Por supuesto que no —murmuró, pero no había mucho
fervor detrás de sus palabras, haciéndome preguntar si decía eso para
callarme, cuando realmente, tal vez yo era la raíz de su agitación.
—No les creíste, ¿verdad? —continué, incapaz de soltarlo. No ser
capaz de medir donde se encontraba su mente me mataba—. ¿Cuándo
sugirieron que solo podía estar contigo porque eres rica?
Isobel gruñó. —¿Podemos por favor no hablar de ello?
Mi respiración se agitó. No, no podíamos no hablar de ello. ¿Les
creía o no? Necesitaba tranquilidad; necesitaba saber que seguíamos
estando bien. Fui yo quien la llevó a su primer viaje a la sociedad, y mira
lo que sucedió. ¿Me culpaba? ¿Me odiaba? ¿Alguna vez querría verme de
nuevo? ¿Por qué no podía simplemente decirme que estábamos bien?
Un segundo después, me di cuenta de lo egoísta que estaba siendo.
Isobel intentó algo que no hizo en ocho años, y fracasó. Por supuesto que
no iba a estar de buen humor. Intentar presionarla para que dijera que
no me odiaba no ayudaba en nada.
Aunque mis entrañas rodaban con inquietud, permanecí en
silencio, dándole el silencio que pidió. Una vez que entré en su casa y
aparqué delante de su puerta, traté una vez más de que se abriera. Aún
no había hecho un movimiento para salir de la camioneta; se encontraba
sentada allí, mirando por la ventana lateral. Haciéndome pensar que
quería decir algo antes de separarnos.
Así que le pregunté—: ¿Estás bien?
Pero suspiró como irritada por la pregunta. —Estoy bien.
No era cierto. Claramente, estaba todo menos bien. Busqué su
mano. —¿Puedo entrar contigo?
Apartando los dedos, sacudió la cabeza. —Prefiero estar sola.
Se me partió el corazón. Me sentía tan impotente, como si todo lo
que hacía solo empeoraba las cosas. —Lo siento —dije, con voz ronca.
—No lo sientas —me espetó, frunciendo el ceño, pero solo girando
a medio camino hacia mí—. No es necesario que te disculpes. No hiciste
nada malo.
Quería consolarme con sus palabras, pero todo me parecía tan
desalentador. Su angustia empezaba a rezumar y no podía arreglarlo. Y
entonces, cuando me di cuenta de por qué no me enfrentaba, ya no pude
contenerme.
—¿Estás ocultándome tus cicatrices? —acusé—. Maldita sea,
Isobel. No empieces de nuevo. —Tomé su brazo y traté de guiarla para
que me enfrentara, pero se resistió.
—¡Basta! —gritó, apartándose—. Solo déjame en paz. No entiendes
esto. No podrías entenderlo.
Comprendí que se hallaba molesta. Y comprendí ese dolor dentro
de mí que necesitaba para calmarla, para hacerla sentir mejor. Aparte de
eso, nada más importaba. Necesitaba la oportunidad de hacerla sentir
mejor.
Toqué ligeramente su hombro solo para que me quitara la mano
cuando se encogió de hombros, y le supliqué—: Entonces hazme
entender.
Su respiración se aceleró. No me hallaba seguro de si lloraba o
simplemente se encontraba más molesta. En cualquier caso, me hizo
sentir peor.
—Dime cómo mejorarlo.
Girando para enfrentarme completamente, siseó—: No puedes. No
puedes mejorarlo. Y fui una tonta por pensar que un monstruo como yo
podría mezclarse con el mundo exterior.
—No —comencé, no queriendo que se sintiera así. Había llegado
tan lejos para perder todo el progreso que hizo. Podía imaginarla
cerrándose por otros ocho años, y el pensamiento me aterrorizaba—.
Isobel…
—Solo déjame en paz —exclamó, abriendo la puerta de la
camioneta y arrojándose a la noche.
Abrí la puerta del lado del conductor y salté, corriendo detrás de
ella. Pero apenas acababa de rodear el frente del capó cuando levantó
una mano, alejándome. La silueta que formó bajo las luces solares en el
pasillo delantero la hicieron parecer una princesa trágica.
—No me sigas —ordenó—. Solo dame un poco de espacio.
Me detuve, entendiendo la palabra espacio. Podía darle espacio y
tiempo. Todo el mundo necesitaba un momento para recuperarse a veces.
Además, eran cosas que pasaban. No significaba que quisiera que me
mantuviera lejos para siempre.
—Te veré el lunes —dije mientras ella abría la puerta de entrada,
haciéndole saber que le daría espacio, pero solo por unos días.
Fingió no oírme, pero sabía que sí. Maldiciendo en voz baja
mientras la puerta principal se cerraba detrás de ella, agité la cabeza,
desanimado y volví al camión.
Quería volver a Urbane, encontrar a las dos mujeres que causaron
esto y estrangularlas a ambas. ¿Cómo pueden ser tan crueles y sin
corazón? Isobel no hizo nada que las molestara, y además, me pareció
completamente impresionante. ¿Y qué si tenía cicatrices desagradables?
No la hacían quien era. No podía creer que algunas personas pudieran
ser tan superficiales.
Dejando que mi ira ahogara la preocupación de que todavía pudiera
estar molesta conmigo, guié todo el camino a casa. Ni siquiera el paseo
desde donde aparqué hasta mi apartamento ayudó a enfriar mi estado de
ánimo. Quería plantar mi puño a través de una pared de ladrillo. Quería
volver a Porter Hall, entrar a la fuerza en la habitación de Isobel y hacer
que me dejara arreglarlo todo.
Pero pidió espacio, así que se lo daría.
Dios, odiaba esa palabra. Espacio. Era tan vaga, solitaria y triste.
Empujé la puerta principal de mi edificio, preguntándome si estaría
dispuesta a seguir su sueño de la floristería después de esto, cuando un
montón de ropa floral en el fondo de la escalera me hizo tropezar.
Al principio, pensé que alguien dejó caer su ropa en la base de los
escalones, bloqueando el camino. Pero luego un cabello gris, los brazos
carnosos y los zapatos tomaron forma del montículo. Al darme cuenta de
que parecía el muumuu de mamá que estuvo usando más temprano en
la noche, jadeé con miedo antes de correr hacia adelante y caer de rodillas
junto a la figura flácida.
—¿Mamá? —grazné, rodando a la persona en el suelo hacia mí
hasta que su cara se encontraba hacia mí.
Mis pulmones se atascaron en un grito ahogado cuando noté el
sangriento corte en su frente.
—Oh Dios, Oh Dios, ¿mamá? —Presioné mis dedos temblorosos al
punto del pulso en su cuello y casi lloré cuando sentí un latido. Estaba
inconsciente, pero al menos seguía viva.
Más allá de agradecido, presioné mi cara contra la suya y solo la
mantuve contra mí durante el segundo más largo, rezando para que su
corazón siguiera latiendo y sus pulmones continuaran bombeando aire.
Luego fui a buscar ayuda.
Traducido por Dannygonzal
Corregido por Julie

Era casi la una de la mañana cuando me dejaron entrar a la


habitación de hospital de mamá para verla. Malditas sean las horas de
visita; creo que se dieron cuenta que no iba a irme hasta que pudiera
verla en persona. Y entonces, una vez lograra entrar en su habitación, no
había forma en que pudieran sacarme. Estaría allí para siempre, un
accesorio permanente pegado a su lado.
Un gran vendaje rodeaba su cabeza. Recibió una contusión pero no
era la peor de sus heridas. Supongo que cuando se cayó, volvió a
quebrarse su cadera aún no totalmente sana de cinco meses antes. Lo
que era peor, algo de la médula ósea escapó y se metió en su torrente
sanguíneo. Los doctores tuvieron que llevar a cabo una cirugía inmediata
para evitar que la médula ósea alcanzara el corazón.
Si no la hubiera encontrada y llevado al hospital cuando lo hice,
pudo haber muerto allí en esas escaleras. Si mi noche hubiera ido bien e
Isobel no me hubiera alejado, mi madre estaría muerta.
No estaba seguro de qué pensar sobre eso. El mundo funcionaba
de formas misteriosas. Ello me dejó temblando por dentro. Casi perdí a
mi madre esta noche, y la única razón de que se encontrara aquí era
porque dos mujeres desagradables lastimaron a Isobel. Era difícil
entender eso.
Sentado en la silla junto a mamá y sosteniéndole la mano mientras
dormía pacíficamente después de la cirugía exitosa, pensaba en cada “y
sí” y “pudo haber sido”, y ninguno terminaba con un resultado
placentero. No tenía idea por qué intentó dejar el apartamento,
especialmente después de que le pedí que se quedara, además eso habría
llevado a un mejor resultado, si solo se hubiera quedado en el interior.
Cuando me cansé de intentar lograr resultados alternativos, llamé
a Justin y a Alice. Ningún hermano respondió el teléfono, así que les dejé
mensaje a los dos, haciéndoles saber lo que sucedió. Todavía no tenía
idea de cómo contactar a los otros tres, y ni siquiera quería hablar con
Victoria, así que no me molesté en tratar de encontrarlos. Cumplí mi
trabajo intentando darles la noticia, el resto dependía de ellos.
Mamá despertó cerca de las nueve a la mañana siguiente. Yo había
estado adormilado, encorvado en la posición más incómoda cuando oí mi
nombre siendo graznado. Saltando, me enderecé y pasé las manos por mi
cara antes de darme cuenta que sus ojos se encontraban abiertos y me
observaba.
—Mamá —respiré, sentándome hacia adelante y tomando su
mano—. Estás despierta. ¿Estás bien? ¿Te duele? ¿Necesitas una bebida?
Llamaré a una enfermera.
Comencé a estirarme por el botón para llamar a una enfermera,
pero mamá me hizo señas en silencio. —Una enfermera estuvo aquí
revisando mis signos vitales. —Su voz era débil y cansada, y sus ojos
medio abiertos, llenos de cansancio, pero sus palabras eran claras y su
sonrisa sincera—. Estoy bien —me aseguró.
Estaba lejos de estar bien. Se veía pálida, su cadera se encontraba
rota, de nuevo, y ahora tenía una contusión que manejar. Cuando tosió,
recordé, oh sí, se lastimó algunas costillas.
La mujer era afortunada de no haberse lastimado algo más, era
afortunada de estar viva, aun así, se hallaba lejos de estar fuera de peligro
y se dirigía hacia la recuperación.
Incapaz de dejar de preocuparme, presioné mi mano en su frente.
Cuando inhalé aire por lo caliente que la sentí, ella movió una mano para
desestimar mis preocupaciones. —Sí, tengo un poco de fiebre —
comentó—. La enfermera dijo que regresará con algo de ibuprofeno.
Asentí y le di más agua. No creo que tuviera sed, pero tomó un
trago para seguirme la corriente. Luego esperamos, esperamos y
esperamos. La enfermera no volvió hasta media hora después. Para
entonces, las mejillas de mi madre estaban sonrojadas y un brillo de
sudor cubría su frente.
—Siento que tomara tanto regresar —se disculpó—, pero salió los
resultados de uno de los exámenes de sangre de Margaret, y necesitaba
llamar al doctor.
Me senté derecho, en alerta. —¿Todo está bien?
La enfermera no se encontraba con mi mirada mientras enfocaba
toda su atención en darle las pastillas a mamá. Luego se aclaró la
garganta y respondió—: Se ve como si pudiera ser una infección. El doctor
puede hablarle más sobre ello cuando llegue.
Se fue pronto después de eso, y yo miré a mi madre, su cabeza se
mecía hacia un lado mientras comenzaba a dormirse. Me estiré de nuevo
y toqué su frente. Sabía que no existía forma de que la medicina pudiera
quitar tan rápidamente su fiebre, pero juro que se sentía dos veces más
caliente que la última vez que la verifiqué. Me preocupaba.
Ella chasqueó la lengua suavemente y murmuró mi nombre como
si tratara de tranquilizarme, luego estuvo inconsciente, durmiendo a
ratos entre la tos ocasional.
Para el mediodía, me di cuenta que no había forma en que lograra
ir a casa antes del día siguiente, y yo tampoco sería capaz de alejarme de
su lado, así que llamé a Porter Hall.
El mismo Henry respondió el teléfono, esperaba a Constance o tal
vez a la señora Pan, pero cuando oí su voz, me decepcionó un poco que
en cambio no hubiera respondido Isobel.
Después de explicarle lo que sucedió y de decirle que no estaba
seguro cuándo volvería al trabajo, él fue extremadamente comprensivo.
Aun así continué disculpándome.
—No te preocupes por eso, Shaw. Tu madre te necesita. Entiendo
totalmente. Tómate tanto tiempo como necesites.
Asentí en agradecimiento y murmuré un ronco—: Gracias.
Mi mente volvió a Isobel. Como lo hizo muchas veces durante la
noche mientras estuve aquí sentado, preocupándome por mi madre. Su
papá no la mencionó. No estaba seguro si él sabía sobre el resultado de
nuestra cita, o si fue educado al no mencionarlo porque yo tenía otras
preocupaciones, pero quería oír cómo iba ella.
En realidad, quería oír su voz y hablar con ella por mis propias
necesidades egoístas. Quería contarle por lo que pasaba y contarle todas
mis preocupaciones, hablar sobre lo aterrorizado que me sentía por la
vida de mi madre. Pero tenía miedo de que si pedía hablar con ella y oía
su voz, el anhelo de verla sería tan fuerte que le rogaría que viniera a
sentarse conmigo en el hospital. La necesitaba, ansiosamente la quería
conmigo, apoyándome a través de esto, necesitaba su mano envuelta
alrededor de la mía y su suave olor a rosas en mi nariz.
Pero ella lidiaba con sus propios problemas, y no quería pedirle que
dejara su casa si era demasiado.
Así que solo dije—: ¿Le hará saber a Isobel?
Su papá respondió—: Sí. Sí, por supuesto. —Y me sentí
marginalmente mejor, esperando, que tal vez, si mejoraba acerca de la
noche anterior, viniera por sí misma.
Después de colgar, miré desoladamente la cara de mi madre en
tanto dormía. Sus sacudidas se volvían peor. Su tos se volvió seca. Y el
doctor, quien finalmente apareció, sacudió la cabeza como si dijera: “Esto
no es bueno. Para nada bueno”.
Le tomaron más exámenes de sangre, le suministraron más
pastillas para el dolor, y mamá no mejoraba.
Me quedé a su lado en el hospital tres días seguidos, solo salía para
encontrar comida en la cafetería o para usar el baño donde me echaba
agua en la cara como la única forma de lavado.
Para cuando Gloria apareció en la puerta de la habitación del
hospital el jueves, estaba seguro de que mi cabello era una bola de grasa
desagradable y amasada y mi ropa, o mejor, la ropa de Ezra, se
encontraba a punto de arrugarme.
Pestañeé hacia ella con los ojos inyectados de sangre y cansados,
y sacudí la cabeza. —¿Gloria? ¿Qué haces aquí? —¿Cómo supo dónde me
encontraba?
Entró a la habitación, sus ojos color avellana llenos de
preocupación en tanto pasaba su mirada entre mi madre dormida y yo.
—Fui a tu apartamento, pero nadie respondió a la puerta. Luego un
vecino me contó que vio una ambulancia la otra noche, bajando a tu
madre en una camilla. Dios mío, Shaw. —Se sentó en la silla a mi lado y
tomó la mano pálida de mamá como si se preocupara por ella
sinceramente—. ¿Qué pasó? ¿Y por qué estás usando un traje?
No importaba que no fuera mi persona favorita sobre la tierra;
realmente parecía adorar a mi madre así que ignoré la pregunta del traje
y expliqué todo por lo que mamá había pasado. Incluso puse mi mano en
su hombro cuando se volteó con los ojos llorosos.
—Pudo haber muerto. —Se atragantó.
Tragué dolorosamente y asentí. —Sin embargo, es una luchadora.
—Volteé de nuevo hacia mamá—. Luchará.
—Por supuesto que lo hará. Tiene algo muy precioso por lo que
hacerlo.
Cuando me di cuenta que se refería a mí, le envié una mirada de
exasperación, no tenía humor para tratar con cualquier tipo de avance
de su parte.
Pero simplemente suspiró. —Oh, Shaw. —Apretó mi brazo—. Luces
horrible. ¿Cuánto tiempo has estado aquí con ella?
Sacudí la cabeza, sin responder, pero sabía que me veía mal. Mis
músculos estaban adoloridos de dormir y estar sentado todo el día en la
silla dura al lado de mamá, y mi estómago dolía de comer nada más que
comida de la máquina expendedora.
—Ve a casa —me instó Gloria amablemente—. Dúchate, toma una
siesta, mete algo de comida en tu sistema. Me quedaré aquí con ella por
un par de horas.
Comencé a sacudir la cabeza, pero por supuesto mamá escogió ese
momento para despertar de su siesta. Podría haberme negado fácilmente
con Gloria, pero cuando mi madre también me insistió en ir a casa por
un rato, no podía decirle a ella que no. Así que salí, de mala gana.
Solo iba a irme por un par de horas. Me limpié y arreglé algo de
comida pero de ninguna forma podía dormir. No mientras mi madre aún
estuviera en el hospital, luchando con una infección.

***

Cuando regresé, Gloria tenía apuro en irse.


—Durmió la mayoría del tiempo —dijo, parándose y agarrando su
bolso tan pronto como entré en la habitación.
Hice una pausa, parpadeando hacia ella. Mamá tosía dormida, pero
no parecía haber ninguna otra razón por la que ella ahuyentaría a alguien
en la forma en la que Gloria parecía tan ansiosa de salir. Además se
apresuró a mi lado, sin ni siquiera hacer contacto visual conmigo
mientras murmuraba un adiós preocupado, diciendo que tenía un lugar
en el que estar, y desapareció por la puerta. Ni siquiera me dio
oportunidad de agradecerle por quedarse con mi mamá.
Miré detrás de ella, no molesto por que se fuera sino reflexionando
el por qué había estado tan impaciente por irse.
Curioso. Muy curioso.
Entonces, con un suspiro, volví a donde mamá y me instalé en mi
silla a su lado.
Otros dos días pasaron, Gloria nunca regresó, e Isobel no apareció.
Sin embargo, la pensaba. Más de una vez, estuve tentado en llamar para
ver cómo iba ella, para decirle cómo lo llevaba yo. Pero después de la
forma en que salió el sábado, no estaba seguro cómo proceder desde allí.
Sin embargo, la extrañaba. La echaba de menos con un dolor que
golpeaba en los momentos más raros. Cuando me sentía en lo más bajo,
la quería aquí para que me ayudara a atravesarlo. Cuando mamá tenía
un buen momento, la quería aquí para que celebrara conmigo. Cuando
mamá dormía y estaba aburrido, la quería aquí para hablar sobre libros
o sus planes para la tienda de flores, o de cualquier cosa. Solo… la quería
aquí.
El jueves por la tarde llegó antes de que alguien más que no era
médico apareciera en la entrada de la habitación del hospital de mamá.
Mi hermana mayor, Alice, miró detenidamente la habitación antes de
asimilar la forma de mamá durmiendo y jadeó.
—Señor —suspiró, acercándose para mirar a nuestra madre con
ojos sorprendidos y amplios—. Está muy mal, ¿no?
—Está mejor de lo que estuvo —dije, sin estar seguro de por qué
trataba de consolar a Alice. Quería estar molesto con ella por mantenerse
alejada durante cinco días. ¿Dónde demonios había estado? ¿Por qué le
tomó tanto tiempo ponerse en contacto? ¿Nuestra madre significaba así
de poquito para ella?
Pero se veía sinceramente preocupada cuando se sentó a mi lado,
y además, era la única hermana que apareció. Por lo que decidí que me
alegraba compartir algo de preocupación con ella. La actualicé con todo
el progreso que había tenido mamá. Asintió e hizo preguntas, luego
ofreció ayuda.
Asentí, agradecido por el apoyo. —He estado lejos del trabajo por
cuatro días. —Además, necesitaba ver a Isobel—. ¿Crees que podrías
quedarte mañana con mamá?
Alice asintió sin decir palabra, y todo se sintió mejor.
Se sintió mejor hasta la mañana del viernes, de todos modos,
cuando me detuve en la entrada de Porter Hall y presioné el botón,
pidiendo entrada.
Me abrieron inmediatamente, y conduje la línea entre los árboles
de pera, impaciente por ver a Isobel, ansioso por sostenerla en mis brazos
y enterrar mi cara en su cabello.
Cuando Harry abrió la puerta del lado y cruzó los brazos sobre su
pecho, esperándome mientras estacionaba, parpadeé, confundido. No era
típico que se quedara en casa los viernes. Lo que incluso era más
preocupante fue la expresión de piedra en su cara.
Algo andaba mal.
—¿Qué pasa? —pregunté, saliendo del camión y apurándome para
encontrarlo.
—Señor Hollander —me recibió, con voz dura y firme, igual que sus
ojos—. Sus servicios aquí ya no son requeridos. Por favor abandone el
sitio y nunca vuelva. Si lo hace, lo trataremos como violación a la
propiedad y será arrestado.
Traducido por AnnyR’
Corregido por Jadasa

Me quedé boquiabierto.
Conmoción y confusión se mezclaron con ira. Pero en serio, ¿qué
demonios? Acababa de sobrevivir a una semana en el infierno, casi había
perdido a mi madre, y aún podría perderla si no se recuperaba. ¿Por qué
él me haría esto?
Sin explicación, extendió la mano. —Las llaves de la camioneta, por
favor.
Parpadeé, incapaz de procesar lo que decía. Después de un
segundo de no entender sus palabras, meneé la cabeza en tanto las
sacaba de mi bolsillo. Cuando las dejé caer en su palma, dije—: No
entiendo. ¿Qué pasó? ¿Esto es porque falté cuatro días?
—Por supuesto que no. —Henry se acercó entrecerrando los ojos—
. Creí que te dije explícitamente que no le hicieras daño.
Entrecerré los ojos, aún más confundido. —¿Se refiere a Isobel?
Soltó una respiración aguda y lívida como si le ofendiera que me
atreviera a decir su nombre.
—No le hice daño —fue todo lo que pude pensar en decir—. Nunca
lo haría.
—Oh, ¿en serio? —desafió, arqueando las cejas—. Entonces,
explícame su jardín de rosas.
Sin idea de lo que quiso decir con eso, pasé a su lado, marchando
hacia la casa y hacia su jardín.
—Oye —exclamó, apresurándose a alcanzarme. Empecé a caminar
más rápido. Cerró una mano alrededor de mi brazo justo cuando abrí las
puertas francesas que conducían al invernadero. Pero no tuve que dar
otro paso. Todas las cabezas de sus rosas fueron cortadas y esparcidas
por el suelo como soldados muertos que perdieron una guerra.
Me quedé allí, inmóvil, asombrado. El aire abandonó mis
pulmones. —¿Quién…? —Jadeé sin aliento y giré hacia Henry—. ¿Quién
hizo esto?
Mataría al bastardo. Lo agarraría, o a ella, por el cuello y golpearía
su cabeza contra una pared por tocar las preciosas rosas de Isobel.
¿Cómo podría alguien ser tan cruel?
—¿Quién crees? —dijo Henry en voz baja—. Isobel lo hizo.
Parpadeé, sin entender. Pero la mirada en sus ojos se estrechó
hasta que supe que tenía que ser verdad. Su expresión era demasiado
sombría, demasiado derrotada.
Sacudiendo la cabeza, volví mi atención a las rosas. —No. De
ninguna manera. Ella no lo haría.
—La atrapé en el acto, con unas tijeras en la mano.
—Pero… —Mi cabeza no paraba de moverse de un lado a otro,
negándolo—. ¿Por qué? —rugí—. ¿Por qué haría esto?
—Dímelo tú. —Su voz era baja y llena de veneno.
Lo fulminé con la mirada. —¿Si cree que hice esto, que hice algo
que la molestara lo suficiente como para hacer esto? Está jodidamente
loco. Jamás le causaría tanta desesperación.
Necesitando ver a Isobel, para saber qué ocurría, me dirigí hacia la
biblioteca. Pero Henry agarró mi brazo, clavando profundamente sus
dedos en mis bíceps.
Gruñí. —Voy a encontrar a Isobel. —Y entonces iba a matar a quien
la hirió.
—No. Te vas. Ya mismo.
Solté una risa dura. Sí, claro. La mujer que amaba se encontraba
sufriendo. Nadie me impediría verla.
—Quítese del camino. —No quería lastimar al viejo, pero
comenzaba a enojarme.
—Constance —dijo Henry en voz alta—, llama a la policía.
Conmocionado, miré a Constance, Lewis, la señora Pan e incluso a
Kit, que se hallaban allí de pie, mirándome boquiabiertos. La señora Pan
lloraba suavemente contra un pañuelo, Kit se escondió detrás de ella
como si tuviera miedo de mí, y Constance sostenía con una mano
temblorosa un teléfono. Lewis se adelantó, murmurando mi nombre con
suavidad, como si quisiera hacerme callar.
Los miré, confundidos. —¿Qué mierda está pasando? —exigí, solo
para volver a Henry—. ¿En serio no tiene ni idea de por qué está tan
molesta? ¿Ninguna?
Finalmente vaciló, pareciendo triste en lugar de enojado. —Ojalá lo
supiera.
—Entonces deme diez minutos con ella —supliqué—, y lo
averiguaré. Lo juro. Esto no se trata de mí. No puede ser.
Pero él tercamente negó con la cabeza. —No quiere verte.
Los fragmentos de mi corazón roto me apuñalaron desde el interior.
—¿Ella dijo eso?
—No en tantas palabras —dijo Henry, como si no estuviera seguro
de sí mismo, pero luego se enderezó y dijo—: Pero el significado era claro.
Así que ya no eres bienvenido en Porter Hall.
Apreté los dientes. —Se da cuenta de lo ruin que es esto, ¿verdad?
Cree que hice algo malo, pero no sabe qué. Cree que lastimé a Isobel,
pero no sabe cómo. ¿Entonces solo… me va a echar para siempre? ¿Así?
¿Sin ninguna prueba o explicación?
—Fui muy claro el primer día que viniste aquí, Hollander.
—¡Y estoy siendo muy claro ahora! —grité de inmediato,
extendiendo mis brazos—. No la lastimé. ¿Cuándo podría hacerlo? He
estado atrapado en el hospital con mi madre moribunda. Por el amor de
Dios, no… —Mi pecho se alzó en tanto trataba de estabilizar mi
respiración. Lo único que me mantuvo entero estos últimos días era la
idea de ver a Isobel de nuevo, de su presencia allí. Y ahora… ¿ahora me
decían que eso no iba a suceder?
—No me haga esto —supliqué—. Solo déjeme verla. Puedo
arreglarlo todo. Sé que puedo.
Cuando sacudió la cabeza, Lewis se apuró a ayudar a contenerme
en caso de que me resistiera. Miré a ambos hombres, luego a las mujeres,
y quise aullar ante la injusticia. ¿Por qué me alejaban de ella?
Sacudiendo la cabeza, me di la vuelta y salí de la casa. Me dirigí
hacia la camioneta antes de recordar que ya no era mía para conducirla.
Preocupado, regresé al hospital. Nada de esto tenía sentido, y era
aún más enloquecedor que nadie se quisiera buscar respuestas. Alterné
entre la ira y el desamor.
Solo podía suponer lo que le sucedió a Isobel, pero ninguna de las
razones que se me ocurrieron la llevarían a nunca querer volver a verme.
Decidido a descubrirlo, volví a los terrenos de Porter Hall a las cinco
de la mañana del sábado para atraparla en el lago antes de que
comenzara su carrera. No sabía con certeza si corría a las cinco o a las
siete. Solo pautó como tiempo a las siete luego de que comencé a
acompañarla, de manera que tuve la sensación de que volvería a su
horario habitual ahora que supuestamente desaparecí de su vida. Pero
no apareció a las cinco o a las siete, y odiaba estar lejos de mamá por
más tiempo que eso. Así que volví al hospital.
Mi madre no mejoró, y sin embargo me fue imposible concentrar
toda mi preocupación en ella. Quería odiar a Isobel por quitarme esto,
excepto que me sentía demasiado preocupado por ella como para sentir
una emoción tan desagradable.
Al día siguiente, volví a las cinco. Era un domingo. No sabía si
corría los domingos por la mañana, pero fui de todos modos.
Nunca apareció.
Alice se enojó conmigo. Me fui dos días seguidos, y desaparecí de
tres y media a ocho y media de la mañana. Pero no pude evitarlo. Salí de
nuevo el lunes, necesitaba ver a Isobel.
Necesitaba que algo en mi vida vaya bien. Tarde o temprano,
descubriría por qué Henry me despidió.
Mi corazón saltó a las siete el lunes cuando finalmente vi a Isobel
caminando por el sendero hacia el lago, vistiendo ropa deportiva. Siete.
Mantuvo nuestro horario. Por alguna razón, eso me dio esperanza. Salí
de la sombra de un árbol en el que había estado esperando y murmuré
su nombre.
Se detuvo un momento, su postura se volvió abatida. —¿Qué estás
haciendo aquí?
Me rompió verla en guardia. Me confundió, y luego me molestó. No
hice nada tan malo como para merecer esto.
—Necesito hablar contigo.
Se dio la vuelta y volvió a bajar el sendero hacia la casa. —Bueno,
no quiero hablar contigo.
—¿Por qué? —comencé, siguiéndola—. Estoy tan confundido,
Isobel. No tengo idea de qué pasó. ¿Estás bien? ¿Por qué tu padre me
echó de la propiedad y me dijo que nunca regresara? ¿Por qué dañaste
todas tus rosas? Por favor, solo dime qué está pasando aquí.
—No —advirtió—. Deja de fingir que te importa. No funcionará más
tiempo. Fue una buena actuación; fuiste muy convincente. Pero ya se ha
terminado.
—¿Actuación? ¿De qué diablos hablas? No entiendo nada de esto.
Se dio la vuelta para acercarse a mí y mirarme a los ojos. —Si no
lo sabes ya, entonces no mereces entender. Ahora sal de la propiedad de
mi padre. Nadie te quiere aquí.
Solo sacudí la cabeza. —No lo dices en serio —dije, desesperado
por que fuera cierto—. No puedes decirlo en serio. Nos amamos.
Nosotros…
Me dio una bofetada. Fuerte. Justo en la cara. Entonces su dedo
tembló mientras me señalaba. —No vuelvas a decirme eso.
Girando, se alejó.
Apoyé la mano contra mi rostro dolorido, y la miré boquiabierto,
sorprendido y cada vez más molesto por cada segundo.
—¿Pero por qué? —grité—. No puedes hacerme esto. No puedes
convertirte en todo para mí, y luego darte la vuelta y empujarme por la
puerta. Dios… maldita sea, Isobel.
La seguí, agarrándola del brazo, y la obligué a mirarme.
Inmediatamente comenzó a luchar. —Quítame las manos de
encima.
—Dime por qué —gruñí—. ¿Fue por lo que dijeron esas dos mujeres
en el restaurante? ¿Estás preocupada de que fuera cierto, que solo estoy
contigo por tu dinero? ¿Fue porque no te hablé directamente por teléfono
cuando mi mamá se resultó herida? ¿Por qué? Dímelo.
—Suéltame. —Empezó a luchar más; sus ojos se volvieron
frenéticos. Sin embargo, no pensé que estuviera asustada. ¿Cómo diablos
podría estarlo cuando era yo? Nunca la lastimaría. La amaba.
Pero su lucha se intensificó; temía que se lastimara si no la
liberaba.
—Dije que me soltaras —gritó.
No quería hacerlo. Necesitaba respuestas. Pero la solté, porque
mierda, ella tenía miedo de mí.
No tenía sentido. Me sentía tan confundido.
¿Qué demonios ocurría?
—¿Por qué? —susurré, derrotado. Las lágrimas me llenaron los
ojos. Me destrozaba. Y ni siquiera sabía por qué. Eso era lo peor. El no
saber.
Me miró a los ojos y juro que sentía el mismo dolor que yo. Pero lo
único que hizo fue girar y correr dentro de su casa.
Me quedé afuera, solo de pie allí. Era la oportunidad perfecta para
que las nubes se abrieran, para que la lluvia cayera sobre mí y mojara mi
alma. Me habría quedado allí, empapado y miserable, esperando a que
regresara, para que me diga que todo esto era solamente una broma
cruel, desagradable, o al menos explicara lo que sucedía. Pero la mañana
seguía siendo extraordinariamente brillante y alegre. E Isobel no regresó.
Me quedé, sin embargo, con las piezas de mi corazón arruinado
dispersas alrededor de mis pies.
Finalmente, llegó el auto de un policía. Ahí es cuando Henry salió.
Lo vi hablar con el oficial antes de señalar en mi dirección; pero no me
moví, solo los miré, sombrío y roto.
El oficial se acercó a mí, sacando las esposas de su cinturón de
servicio. No peleé, ni discutí, ni protesté en tanto me arrestaba. Solo miré
a Henry y le pregunté—: ¿Por qué?
En realidad parecía triste, como si se sintiera mal por mí. Luego
movió lentamente la cabeza. —No lo sé.
El oficial de policía comenzó a llevarme a su patrulla. Miré a Henry
por encima del hombro. —¿Me lo diría? —dije—. Si alguna vez se entera,
¿me lo diría?
Creo que dio una pequeña señal de asentimiento. Ésa era toda la
tranquilidad que necesitaba. Sabía con certeza que aún podía
recuperarla. Solo tenía que averiguar qué hice mal. No podría ser tan
malo. La amaba, adoraba el suelo por el que caminaba. ¿Cómo pude
haber hecho algo tan malo que no pudiera arreglarse?
No pensé en mi madre hasta que comenzaron a ficharme. Ella
seguía en el hospital. Alice no podía sentarse con ella para siempre.
¿Quién se quedaría con ella si terminara por no poder salir de aquí?
Entré en propiedad privada. Nada más. ¿Cuál era la pena máxima
para un crimen tan pequeño?
Nunca me enteré porque me liberaron mientras era fichado. Nunca
vi el interior de una celda. Un trabajador de la corrección llamó al que
tomaba mis huellas dactilares, preguntando—: ¿Es Hollander?
—Sí —fue la respuesta, ya que el tipo mantuvo la mayor parte de
su atención en rodar mi dedo meñique a través de una almohadilla de
tinta.
—Bueno, deja de ficharlo. Sus cargos ya han sido removidos. Es
libre de irse.
No sabía si fue Henry o tal vez incluso Isobel quien me liberó, pero
supuse que no importaba. Ambos dejaron explícitamente claro que no
era bienvenido.
Así que… escribiría una carta. Eso era lo que haría. Se la enviaría,
pondría mi corazón en cada palabra y le rogaría que me dijera lo que
sucedía.
Ya me hallaba componiéndola en mi mente cuando volví al hospital
para revisar a mamá.
Al llegar a su habitación, sin embargo, no estaba allí. Su cama se
encontraba vacía, y solo Alice permanecía en la silla al lado, llorando en
sus manos.
Mi corazón se detuvo. —¿Qu…?
Alice levantó la mirada. —Shaw. —Se puso en pie de un salto—.
¿Dónde diablos has estado? —Pero antes de que esperara una respuesta,
se acercó a mí y me jaló en un abrazo desesperado.
La abracé, aunque no podía apartar mi mirada de la cama vacía del
hospital.
—¿Dónde está mamá? ¿Qué pasó? —No me fui por tanto tiempo.
Mediodía. Se encontraba bien anoche cuando me senté con ella. Vimos
la Rueda de la Fortuna juntos, y nos reímos de algunas de las palabras
que inventamos para tratar de resolver los rompecabezas. Sonreía, y su
rostro tenía algo de color.
Había estado bien.
—Encontraron un coágulo de sangre. —Alice hipó y limpió algunas
lágrimas de su mejilla—. Uno malo. Se acercaba demasiado a su corazón,
de manera que volvió a entrar en cirugía.
—Cirugía —repetí; sintiendo piel de gallina, y luego enfriándome
con la sensación más extraña. Alivio y sin embargo, el miedo me inundó—
. ¿Así que sigue viva?
—¿Hollander? —preguntó un hombre de bata azul, echando una
mirada indecisa a la habitación.
—Aquí. —Alice y yo nos separamos para enfrentarnos a él—. ¿Está
bien nuestra mamá?
Parpadeó una vez y luego dijo—: Lo siento. No. Ella no sobrevivió.
—Continuó explicando más. Pero no oí nada después de ella no
sobrevivió.
No parecía real.
Mi madre estaba muerta.
Traducido por Auris
Corregido por Valentine Rose

Pasaron tres días.


Fueron un completo borrón como si volaran a una velocidad
asombrosa, y aun así cada hora, minuto y segundo pasaron tan lento
como para poder manejarlo.
El tiempo era un lío.
Yo era un lío.
Estaba caliente, seco y soleado cuando enterramos a mamá. Por
un milagro, sus cinco hijos llegaron al servicio. No sé cómo Alice los
encontró, pero llegaron en fila al cementerio justo a tiempo para que
empezara el último adiós. Los miré, pero no dije nada. Quería estar
enfadado de que esperaran tanto tiempo para aparecer, excepto que no
pude evocar la emoción.
Estaba entumecido.
Mamá se había ido. Mi propósito de estos últimos seis meses estaba
acabado.
¿Qué demonios se suponía que haga ahora?
Había trabajado tanto para salvarla, para mejorar su vida. Fui un
completo fracaso.
Cielos, iba a extrañarla.
¿Cómo pudo haberse ido mi madre? ¿Para siempre?
Después de la ceremonia, Alice invitó a los otros cuatro a mi casa.
—Tenemos que revisar las cosas de mamá y poner todos sus
asuntos en orden, luego decidir que vamos a hacer con todo.
Los otros asintieron, yo negué con la cabeza.
—¿Tenemos que hacerlo todo hoy?
—¿Cuándo más estaremos todos juntos? —preguntó Justin,
sonando demasiado lógico, muy poco afectado. Quería aplastar mi puño
contra su mandíbula—. Es buena idea terminar con eso ahora.
—¿Todavía le queda algo de la panadería? —preguntó Victoria—.
He estado pensando en abrir mi propia tienda.
La miré fijamente, transfiriendo mi ira de mi hermano mayor a
Victoria.
—Mierda, ¿estás bromeando? ¿Vas a abrir una nueva tienda con el
dinero que le robaste a mamá?
Parpadeando con sorpresa, se sobresaltó como si pudiera
estrangularla, lo que en realidad consideré, aunque nunca la tocaría
físicamente. Solo fantaseaba con ello.
—Tú eres la razón por la que acabó con el negocio en primer lugar,
tuvo que vender su casa y mudarse conmigo, donde terminó cayendo de
las escaleras y muriendo.
—¡Oye, oye! —Brice y Justin me agarraron y me hicieron para
atrás, apartándome de Victoria—. Cálmate, hermanito.
¿Yo? Tenía todo el derecho a estar turbulento.
Señalé a Victoria. —¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a robarle a
nuestra madre y luego empezar a hablar de lo que quiere arrebatar antes
de que incluso mamá se enfríe en el suelo?
—Oh, como si tú merecieras algo —se burla Becky—.
Fue tu edificio de apartamentos lo que la mató.
Mi corazón se retorció y una estaquilla de culpa cayó
profundamente en mi alma. Ese hecho ya me había estado persiguiendo
durante más de una semana. Supe que era peligroso para mamá ir por
esas escaleras. Ya se había caído una vez, y no me dediqué a encontrar
otro lugar para vivir.
Becky tenía razón. Fue mi culpa.
—Bien. —Les di la espalda, para no tener que ver a mis cinco
hermanos mirándome como si hubiera usado mis propias manos para
asesinar a mamá—. Revisa el departamento, toma lo que quieras. No me
importa.
No necesitaba ninguna de sus cosas para recordarla. Solo quería
que volviera.

***

No sabía lo que era peor: mis hermanos revisando las cajas llenas
de cosas de mi madre, comentando todas las cosas viejas que recordaban
de su infancia, haciendo observaciones a menudo de cuán malas y
ordinarias era, o todos los vecinos viniendo con comida, diciéndome
cuánto sentían mi pérdida. Quería gritarle a todos, preguntar por qué no
notaron a mamá yaciendo fracturada y herida en la parte baja de las
escaleras. ¿Por qué nadie la oyó caer y la ayudó? ¿Y por qué me sentía
más culpable con cada cazuela por irme y no haber estado allí para ella?
Cuando tocaron la puerta, casi a las siete de la tarde, me
encontraba a punto de enloquecer. Mi refrigerador no podía soportar más
comida de compasión, y mi paciencia no soportaba otro “lo siento
mucho”. Quería que me dejaran solo.
No, en realidad, quería a Isobel. No pude dejar de pensar en Isobel.
No mientras escogía un ataúd, los arreglos florales, o veía a mi madre ser
bajada al suelo. La había ansiado, solo la quería cerca, sostener su mano,
abrazar su cuerpo, que su olor a rosas calmara mi pena.
Me seguía preguntando si aparecería para estar conmigo. Siempre
la estuve buscando. Fue patético. Me había apartado, dejó que un oficial
de policía me arrestara para mantenerme lejos, y, aun así, era lo único
que quería.
Así que cuando abrí la puerta, y la encontré allí, casi lloré de alivio.
Con tan solo verla todo mejoraba. Y, aun así, empeoraba.
Dolía físicamente mirarla. Compartí tanto con ella, le di un pedazo
de mi alma, presioné mi pecho directo contra su latido, tuve su sabor en
mi lengua, me introduje profundamente en su interior, más de lo que
estuve dentro de alguien. Y pude haber jurado que me había dado lo
mismo. Sin embargo, demostró que me hallaba equivocado sacándome
de su vida.
Cuando más la necesité, no estuvo allí.
Verla ahora despertaba todo eso, y, aun así, estaba listo para
olvidar todo solo por la oportunidad de tocarla una vez más.
—Viniste. —Exhalé la palabra como una oración de acción de
gracias.
Me llevé el puño a mi boca, incluso cuando me acercaba a ella, ya
que necesitaba sentirla contra mí. Pero entonces me di cuenta de que se
hallaba con alguien.
Su hermano.
Ezra me miró fijamente, con un frío desdén. Volví mi atención a
Isobel, enfocándome por fin en su rostro. No parecía muy comprensiva
por mi pérdida. Tenía la mandíbula dura, y los azulados ojos indiferentes.
Alzando la barbilla, dijo—: Solo vine a recuperar el espejo de mi
madre.
Al principio, estaba seguro de que la había oído mal. No podía hacer
eso, ciertamente no hoy de todos los días. Nadie era tan insensible. Tan
malo.
No obstante, continuó mirándome fijo, como si esperara que fuera
a buscarle el espejo. Me le quedé mirando, seguro que todo esto era un
error. No podría haber estado tan equivocado en cuanto a Isobel. Sí, había
sido fría y distante al principio, pero solo trataba de proteger su propio
dolor. Nunca había sido intencionalmente cruel.
Pero meterse conmigo el día que enterré a mi madre...
¿Quién hacía eso?
Miré a su hermano y le pregunté—: ¿Habla en serio?
Este frunció el ceño. —Solo ve por el espejo, y nos volveremos a ir.
Que vaya por espejo, ¿eh? Oh, iría por el espejo. Iría por su maldito
y preciado espejo y lo rompería justo enfrente de ella. Lo destrozaría en
el suelo entre nosotros del mismo modo que me destrozaba.
Girándome con frialdad, dejé la puerta entreabierta y me dirigí
hacia mi mochila que se encontraba en el suelo junto al sofá-cama. Aún
tenía ropa empacada dentro, listo para cambiarme después de trotar con
ella. Los músculos de mi pecho se apretaron aún más. Nunca volvería a
correr con ella.
Tras abrir el bolsillo delantero, saqué el espejo, solo para que la
pena me golpeara de nuevo. Mis rodillas cedieron y casi caí al suelo. Era
un espejo pequeño, viejo, rayado, y devolverlo era semejante a prescindir
de mi humanidad.
¿Qué diablos le hice para justificar que perdiera tanta fe y
comprensión en mí?
La ira se apagó y la derrota reinó.
Volví a la puerta donde los hermanos permanecieron, esperando
reunirse con su herencia familiar. Cuando lo sostuve tranquilamente
entre dos dedos, Isobel dudó. Debió haber alguna expresión de mi rostro
que transmitía lo mucho que me había matado, pero no le hizo dudar
mucho. Agarró el espejo y lo guardó en su bolso.
Luego miró por encima de mi hombro, hacia el interior de mi
departamento cuando Becky y Bryce se echaron a reír por algo que no
me interesaba. Seguí observando su rostro mientras se arrugaba con
desdén.
—Siento interrumpir tu fiesta —se burló.
Cuando giraron para irse, me crucé de brazos y presioné mi espalda
contra el marco de la puerta, observándolos irse.
—Si quieres llamar una fiesta a que mis hermanos revisen las cosas
de mi mamá buscando un tesoro horas después de enterrarla para ver lo
que pueden reclamar, entonces eres más insensible de lo que imaginé.
Isobel frenó hasta detenerse. Mi sangre se aceleró. La odiaba en ese
momento, y, sin embargo, la idea de que girara para discutir conmigo
hizo que algo en mí volviera a la vida.
Da la vuelta, esa parte enferma y retorcida de mí le rogó en
silencio. Por favor, Dios, simplemente da la vuelta y enfréntate a mí.
Giró, y su rostro se encontraba drenado de color.
Mi aliento salió con dificultad de mis pulmones.
Quería estrangularla.
Quería besarla.
Quería enterrar mi rostro en su cabello y llorar.
—¿Enterrarla? —repitió con suavidad.
—¿Qué? —gruñí, manteniendo la espalda apoyada en el marco de
la puerta y los brazos cruzados tan firmemente sobre mi pecho como
podía... para evitar acercármele, arrodillarme frente a ella y suplicarle
que me amara de nuevo—. Como si no lo supieras.
—Yo… —Un extraño sonido salió de sus pulmones—. No lo sabía.
¿Cuándo… cuándo…?
—El lunes —contesté, entrecerrando los ojos e intentando
averiguar si en serio no sabía sobre mamá—. Murió el lunes, mientras
era arrestado.
Situó la mano contra su corazón y tragó visiblemente.
—Yo... Oh, Dios. Lo siento mucho. —Las palabras rechinaron con
su voz ronca. Luego se volvió hacia su hermano, luciendo perdida,
buscando orientación.
Este la tomó del codo, ya no pareciendo tan hostil.
—Deberíamos irnos.
Isobel comenzó a sacudir la cabeza; su barbilla temblaba, sus ojos
se llenaron de humedad. —Pero…
—Izzy, vámonos.
Ezra la giró hacia la escalera, pero justo cuando empezó a caminar
hacia allí, algo la hizo tropezar de nuevo con su hermano.
Miré más allá de Isobel para encontrar a Gloria llegando a la cima
de los escalones, sosteniendo un plato de cazuela. Y aunque ver otro de
esos hoy en día era horrible por sí solo, no podía ver por qué afectaría a
Isobel tanto como lo hizo.
Hasta que Gloria también la vio.
La amiga de mi madre y la cruz de mi existencia se detuvieron en
seco. Sus ojos se abrieron de par en par con reconocimiento, luego con
horror, antes de jadear—: Oh, no. —Y se girara, bajando deprisa las
escaleras y alejándose de nosotros.
Salí de mi departamento, alertado, pues algo importante pasaba.
—¿Qué fue eso? —pregunté.
Isobel me miró con el rostro en blanco, como si acabara de ver un
fantasma.
Señalé hacia donde Gloria estuvo parada. —¿La conocías?
Isobel tragó saliva, pero no dijo nada. Las lágrimas seguían
nadando en sus ojos y su barbilla seguía temblando. Era suficiente para
hacerme querer jalarla a mis brazos y abrazarla hasta que todo su dolor
desapareciera, excepto que su silencio seguía molestándome.
—Te reconoció —insistí, acercándome. Ezra levantó una mano para
alejarme, pero no le hice caso, ya que mi concentración se hallaba en su
hermana, cuyos ojos azules se encontraban llenos de dolor y confusión.
Negué, albergando un montón de mi propio dolor y confusión—. ¿Cómo
diablos conoces a Gloria?
No había ninguna razón para que alguna vez hubiera conocido a
Gloria, pero no se podía negar que se habían reconocido.
Isobel parpadeó. Luego se enderezó.
—Espera, ¿qué? —Sacudió la cabeza, se volvió hacia donde Gloria
estuvo parada, solo para girar de nuevo hacia mí—. ¿Esa era Gloria?
Asentí, mientras mi confusión aumentaba.
—Sí. ¿Quién creías que era?
—Yo... Yo... —Sacudió la cabeza antes de soltar—: Dijo que era tu
novia.
Traducido por Sahara
Corregido por Julie

Mis labios se separaron. —¿Mi… qué?


Los ojos de Isobel eran grandes y horrorizados. —Ella… ella…
—¿Cuándo conociste a Gloria?
—En el hospital —se apresuró a responder—. Fui de visita. Estaba
allí con tu mamá. Ella dijo... me dijo...
Sacudí la cabeza, luego empujé a Ezra a un lado para poder verla
mejor.
—¿Viniste al hospital? —Mi voz se quebró y mis ojos se nublaron—
. ¿En serio? —Mis labios temblaron, deseando sonreír, excepto... excepto
que todo seguía tan mal.
Isobel movió la cabeza de arriba abajo. —Quería venir el primer día,
pero no me lo pediste. No estaba segura si querías...
—Por supuesto que te quería allí —siseé antes de apretar los
dientes—. Pero no sabía si debía pedirlo. Dijiste que querías espacio y
actuaste como si nunca quisieras salir de tu casa otra vez. Me sentiría
egoísta al pedírtelo.
—Lo haría —dijo, secándose las lágrimas de las mejillas—. Quería,
y cuando finalmente lo hice, ella estaba allí. Estaba allí con tu madre, y
no me habías pedido que fuera.
—Tampoco se lo pedí a ella —insistí—. Ni siquiera le dije lo que
pasó. Se enteró y se presentó. Ella y mi madre eran unidas. No se sentía
como si pudiera echarla, no cuando mi mamá la quería allí. Y luego se
ofreció a quedarse con mamá mientras yo iba a casa y me bañaba.
Necesitaba un momento para recuperarme, solo unas pocas horas, lo
juro, solo me había ido unas horas.
¿Cómo podría Isobel haber venido a estar conmigo durante las
pocas horas que me fui?
—Cuando la vi, una desconocida que nunca había conocido
sentada con tu madre mientras yo no había sido invitada... —Su
expresión entera se arrugó al admitir—: Me dolió. Me destrozó.
Respiré hondo y sacudí la cabeza. —Isobel.
Pero levantó un dedo, pidiéndome que la dejara seguir hablando.
—Y luego, cuando le pregunté quién era, me dijo que era tu novia, y... y...
—¿Y le creíste? —pregunté, decepcionado y molesto. ¿Había sufrido
el doble de lo debido estos últimos días porque creyó la palabra de un
completo extraño sobre todo lo que le dije yo? Quería enfurecerme por
hacerme eso.
Las lágrimas corrían por sus mejillas. —Estaba allí —insistió—,
sentada con tu madre como si perteneciera allí. Y ya sabía quién era yo.
No tuvo que preguntar. Echó un vistazo a mis cicatrices y me dijo: “Debes
ser la hija de ese hombre rico para el que ha estado trabajando”. Me dijo
que solo habías sido amable y generoso conmigo porque no querías que
te despidan. Hizo que pareciera como si hubieras estado jugando conmigo
todo el tiempo por tu trabajo y la situación en la que te encontrabas. Y
yo... yo...
Suspirando, cerré los ojos y pellizqué el puente de mi nariz. —Voy
a matarla —me dije. Gloria estaba muerta para mí.
—¿Cómo sabía quién era? —preguntó Isobel, con voz quebrada—.
¿Cómo sabía de mis cicatrices?
—Le dije a mi madre —admití, sintiéndome pequeño—. Le dije a mi
madre acerca de ti, cómo no te gustaba salir de tu casa después de haber
sido lastimada en un incendio. —Entonces me encogí de hombros
impotente—. Y Gloria es su amiga. —No admití que estuvo allí cuando le
conté a mamá acerca de Isobel. Se sentía peor admitirlo, y además, no
importaba mucho. Gloria se había enterado por mí, y usó la información
contra Isobel para hacerle daño.
Sacudiendo la cabeza, me concentré en la mujer que tenía ante mí.
—Todavía no entiendo por qué no me confrontaste por lo menos respecto
a eso. Ella ya ha hecho este tipo de cosas. Ha mentido para mantener a
otras mujeres lejos de mí. Si alguna vez pensé que ustedes dos se
conocerían, te habría advertido que no creyeras nada de lo que te dijera.
Hubiera sido capaz de arreglar todo esto. Pero ni siquiera me lo contaste.
¡Te supliqué que me dijeras lo que pasó, y te negaste! Jesucristo, Isobel,
¿por qué no me lo dijiste? O... o preguntaste por su nombre. O…
—Volví para saber su nombre —dijo suavemente. Más lágrimas
bajaron por su mejilla—. Dejé esa habitación del hospital, lista para
enfrentarte y exigir la verdad, pero me encontraba a mitad del pasillo
antes de darme cuenta de que al menos necesitaba saber su nombre si
quería hablar contigo sobre ella. Así que volví.
Quería limpiar sus lágrimas y atraerla a mis brazos, y sin embargo,
quería echarla y gritar sobre lo mucho que me había destrozado. Que
innecesariamente me destrozó.
Dividido en dos direcciones, entrecerré los ojos. —¿Y cuál te dijo
que era su nombre?
Isobel sacudió la cabeza y otra lágrima se deslizó por su mejilla. —
No me dijo. Cuando llegué a la puerta, tu madre acababa de despertar.
Vio... vio a Gloria y le sonrió, luego tomó su mano. Entonces... entonces
ella le agradeció por estar allí, le dijo que era una buena hija, y no podía
esperar hasta que te casaras con ella y la hicieras su hija de verdad.
Cerré los dientes y clavé los dedos en mi pelo. Mi propia madre
apoyó sin saberlo la mentira de Gloria. La tristeza me quitó la respiración.
—Son... son amigas. —Fue todo lo que se me ocurrió decir antes
de sacudir la cabeza, perdido y derrotado—. Mamá siempre dice... —
Dándome cuenta de que acabé de hablar de ella en tiempo presente, hice
una pausa, esperé hasta que la lanza del dolor pasara, luego dije—: Ella
siempre decía esas tonterías, tratando de forzarnos a los dos, pero nada,
y en serio, nada, llegó a pasar. No estoy y nunca he estado con Gloria de
ninguna manera.
Isobel asintió, creyéndome, antes de enterrar la cara entre sus
manos y llorar. —Lo siento.
La rabia y el dolor me inundaron. Debería haber sido más
mezquino con Gloria hace años y obligarla a salir de mi vida para
siempre. Debería haber... No sé. Pero sentí como si hubiera podido evitar
que esto sucediera. Si tan solo hubiera hecho cositas aquí y allá de
maneras diferentes, podría haber evitado esto.
Enjugándose las mejillas, Isobel respiró profundo y se encontró con
mi mirada, su devastación clara y brutalmente expuesta. —Yo... lo siento
mucho, Shaw. Debería haberte hablado de esto, lo sé. Pero no podía. Solo
nos conocíamos por un par de meses. Todavía era tan fresco, nuevo y...
y no había ninguna prueba sólida detrás de cualquier cosa que me habías
dicho. Todo lo que tenía era tu palabra para saber si tus sentimientos
eran verdaderos o no. Siempre parecías retroceder cada vez que
empezábamos a hablar de un futuro entre nosotros dos. Y después de la
visita al hospital, me sentí como una tonta, estúpida, una idiota
engañada. Supuse que había estado tan desesperada y sola que estuve
dispuesta a creer al primer chico que actuó interesado. De repente me
pareció una locura que me hubieras amado. Nunca hice nada para
merecer a alguien que parecía tan perfecto como tú.
—El amor no se trata de merecer —siseé, sacudiendo la cabeza—.
¿Porque quién merece el amor realmente? Somos todos miserables e
idiotas imperfectos que es probable que necesitamos una patada en el
culo más que nada. No, el amor es acerca de la conexión y los
sentimientos, y yo lo tenía contigo. Tenía todo eso contigo. Nunca lo tuve
con nadie más.
Me envió una sonrisa triste y llorosa. —Tuve la misma conexión y
sentimientos por ti.
No sabía qué decir, qué hacer con esto.
Quería perdonarla y atraerla en mis brazos para aliviar algo de la
pena que me asediaba, pero no pude.
Quería odiarla por lo que me hizo pasar los últimos días, y sin
embargo no podía hacer eso tampoco.
Detrás de mí, más risas salían de mi apartamento. Becky comenzó
a contar en voz alta un recuerdo de una vez que se metió en problemas
con mamá. Era más de lo que pude soportar. Me pasé las manos por el
pelo antes de agarrarlo con ambas manos.
—¿Shaw? —La voz temblorosa de Isobel me atormentaba. Alargó la
mano.
Di un paso atrás, y ella rápidamente retiró los dedos.
Juro que ver la agonía cruzando sus rasgos después de mi rechazo
me hizo tanto daño como a ella.
Cerré los ojos, y dije entre dientes—: Solo necesito tiempo. No
puedo lidiar con todo de una vez.
—Por supuesto —prosiguió—. Sí, por supuesto.
Cuando abrí los ojos, ella se había alejado y estaba corriendo
escaleras abajo.
Una imagen de mi madre curvada y rota en el fondo de esa misma
escalera se apodero de mí, e instintivamente empecé ir detrás de ella,
preocupado de que tropiece con su prisa. Cayendo. Moribunda. Pero Ezra
puso una mano en mi pecho.
Si hubiera estado firme o enfadado, habría peleado para seguir
adelante. Le habría dado un puñetazo en el ojo y habría alcanzado a su
hermana antes de que saliera del edificio. Pero el chico solo se veía triste
y comprensivo.
—Creo que tienes razón sobre el tiempo. ¿Por qué no le das un día?
—sugirió—. Ocúpate de todo con tu mamá, trata con... —Agitó una mano
hacia la puerta abierta de mi apartamento donde mis hermanos seguían
adentro, derramando recuerdos—. Izzy también necesita un día, para que
asimile la realidad de lo que hizo. Luego ve a verla.
Oí que la puerta en la parte inferior de la escalera se abrió y cerró
de golpe, haciéndome saber que ella bajó las escaleras con seguridad, así
que asentí y la dejé ir.
Traducido por Ivana
Corregido por Clara Markov

En realidad, un día se volvió dos. Mis cinco hermanos ordenaron


casi todo lo que perteneció a mamá. Lo único que quedó fue su andadera,
ropa que nadie querría, y un montón de cosas rotas de la panadería.
Encontré una taza desportillada en la que amaba beber, así que me la
quedé, pero todo lo demás lo metí en cajas y lo llevé al contenedor de
basura.
Cada vez que pasaba por la base de la escalera en donde la
encontré, mi garganta se secaba y mi pecho se retorcía de dolor. En serio
necesitaba salir de este infierno.
No tenía idea de lo que haría con el resto de mi vida. No recibí
ninguna noticia de que Henry anulara alguno de los préstamos o cuentas
que había pagado por mi madre, pero tampoco ninguna prueba de lo
contrario. Si terminaba debiéndole, al menos era libre de encontrar un
trabajo en algún lugar que me pagara, entonces podría liquidarle. Ya no
me encontraba atado para cuidar a mamá, por lo que ahora era libre de
hacer algo, aunque esa idea me hizo sentir aun más patético. Cualquier
dificultad habría valido la pena para mantenerla viva por más tiempo.
Además, sin ella, no tenía ningún propósito. Sinceramente me
sentía perdido, como un pedazo de periódico arrugado a la deriva en el
viento. Era cuestión de tiempo antes de que alguien me atrapara y me
arrojara a la basura, en donde pertenecía.
El sábado completo lo planeé para sentarme en el sofá y ahogarme
en la miseria durante todo el día, pero terminé con dos visitantes. En
definitiva, tampoco me sentía feliz de verlos, pero me sorprendieron.
Gloria apareció primero, justo antes del mediodía.
No quería abrir la puerta. No tenía ganas de ser amable ni educado
con nadie y no quedaba nada aquí para que mis hermanos se lo llevaran.
La única razón por la que me arrastré del sofá fue porque pensé que podía
ser Isobel, aunque tampoco sabía con seguridad si quería verla. Todavía
no tenía la energía para lidiar con la clase de conversación que
necesitábamos tener, y mi mente seguía en mal estado como para tomar
decisiones sobre nosotros. Pero, de todas maneras, la atracción de que
tal vez volvería a verla me hizo abrir la puerta, incluso cuando mis
entrañas se tensaron por la ansiedad.
Al principio, no reconocí a la persona frente a mí. Me tomó otro
minuto darme cuenta de que incluso era una mujer. Tenía la cabeza
afeitada, ni siquiera cabello corto, sino que completamente calva, y
llevaba la ropa floja, colgando en un insulso montón de beige, como un
saco. Sin maquillaje en sus labios y los ojos. Hizo falta que dijera mi
nombre para reconocer su voz y darme cuenta de quién era.
Mis ojos se agrandaron. —¿Gloria?
Luego de respirar hondo, se pasó las manos por el estómago y
dijo—: Sé que lo que hice estuvo mal. Pero lo siento, así que, mira… —
Extendió los brazos para mostrarme su nueva apariencia—. Hice todo
esto para que te des cuenta de mi aflicción. Ahora sabes que no miento
cuando digo cuánto lo lamento.
Parpadeé hacia ella, la miré otros dos segundos y después dije—:
¿Te afeitaste la cabeza para que te perdone?
Asintió y se mordió el labio. —¿Funcionó?
Resoplé. —No. Eso es lo más estúpido que he oído que alguien
hiciera. —Y cerré de golpe la puerta en su cara.
Si tan solo eso la hubiera alejado.
Si tan solo.
Golpeó sus palmas contra la puerta, maldiciendo mi nombre a
través de la madera. Luego gritó—: Pensé que, si me volvía horrible, como
ella, al fin me verías.
Esas palabras apretaron un gatillo. Siendo detonado, abrí la puerta
y salí al pasillo para acercarme ominosamente sobre ella. Sabía que había
dado la respuesta incorrecta. Abrió la boca para retractarse, pero la
señalé, silenciándola.
—Oh, sí te vi —le dije con voz mortalmente tranquila—. Todos estos
años te vi; simplemente no me gustas.
Cuando sus ojos se llenaron de horror y su boca se abrió, me
acerqué, haciendo que se alejara con miedo.
—Pero a ti no te importó lo que yo quería, ¿cierto? Nunca te
importó. Si hubiera sido así, no te habrías portado como una perra
mentirosa cuando Isobel entró a la habitación de ese hospital. Puede que
te dieras cuenta de lo mucho que la amaba y necesitaba ese día. Pero no,
solamente pensaste en ti misma, y la ahuyentaste para alimentar tu
propio propósito, lo cual me destruyó. Me destrozaste la vida.
—Pero pensé que tú…
—¡No! —rugí—. No pensaste en mí en lo más mínimo. Pensaste en
ti, en cómo podrías intervenir y recoger los pedazos de mi pobre y
lamentable corazón roto, y en cómo después me unirías en algún molde
que pensabas que podría llenar para que así te diera el felices por siempre
que deseaste toda la vida. Pero no puedo. No soy el hombre que sigues
tratando de crear, y no quiero serlo.
Le temblaba el labio inferior. Lo cual me enojó incluso más. Señalé
hacia las escaleras.
—Vete y nunca regreses. Si alguna vez te veo otra vez, te haré daño
de maneras que nunca creíste posibles. —Le haría daño del mismo modo
en que ella me lo hizo.
A pesar de que se alejó de mí, revelando su miedo, levantó la
barbilla como desafío. —No lo dices en serio. Nunca me lastimarías.
Oh, sí, lo haría. Quizá no físicamente, pero si alguna vez lastimara
a cualquier mujer, habría sido a ella.
—¡Lárgate! —grité tan fuerte que provoqué que un par de puertas
se abrieran por el pasillo y los vecinos se asomaran con curiosidad. Di
un paso hacia Gloria, levantando las manos como para estrangularla—.
Lárgate.
Gritó de miedo.
Mis dedos temblaron por la fuerza de mi rabia. —Vete de mi piso.
Gloria retrocedió un poco más.
—Lárgate de mi edificio.
Comencé a seguirla, con clara intención en mis ojos. En realidad,
no estaba seguro de lo que habría hecho si la hubiera atrapado, pero era
bueno que retrocediera, se diera la vuelta y se arrastrara hacia la
escalera.
—¡Lárgate de mi vida! —grité a su espalda. Tan pronto como la
parte superior de su cabeza calva desapareció de la vista, agregué—: Y
espero que tu cabello nunca vuelva a crecer.
Menos de diez minutos después de que regresé a mi apartamento
y di un portazo, otro golpe vino de mi puerta. Aún me encontraba
demasiado lleno de ira y adrenalina para darme cuenta que el golpe fue
muy cortés para ser Gloria. Pero no podía pensar en quién más sería, así
que me acerqué con fuerza y la abrí, listo para decirle cuánto me
disgustaba.
En lugar de eso, cuando me topé cara a cara con Henry, vacilé,
perdiendo el equilibrio antes de poder estabilizarme. Al parecer no notó
la frustración que causó. Tenía la cabeza inclinada humildemente.
Cuando levantó el rostro, se veía arrepentido. —Shaw —murmuró,
asintiendo con respeto—, Ezra me contó lo que sucedió. Lamento
escuchar lo de Margaret.
Asentí y solté un suspiro inestable. —Gracias, señor.
Quería preguntar por Isobel, pero no estaba seguro de cómo
hacerlo.
Cuando alzó una mano en donde colgaban las llaves de mi
camioneta, devolviéndomelas silenciosamente, fruncí el ceño confundido.
—Adelante —insistió—, tómalas. De todos modos, nunca fueron
mías para quitártelas. Isobel fue quien compró la camioneta para ti.
Mi mirada se disparó hacia él, pura conmoción reverberando a
través de mí.
Sonrió tristemente. —Ella no quería que supieras que te compró
una camioneta; es por eso que hicimos que pareciera una camioneta de
trabajo para mí. Se enojó cuando le devolví las llaves. Así que, ten. Es
tuya, libre de todo gravamen. Sin ataduras.
Lentamente extendí la mano, tomándolas, aunque todavía no sabía
si aceptaría conservarlas o no.
—Y… —Henry se removió inquieto—. Si pudieras perdonarme por
el modo en que reaccioné sin descubrir primero la verdad, entonces
nuestro trato está completo. Con todo lo que has hecho en la casa, me
has pagado más que los préstamos que pagué. Además, con Margaret
fallecida… pues, no me debes nada más. Nuestro acuerdo concluye, y tu
vida vuelve a ser tuya.
Asentí, sin saber qué decir.
Pero negó con la cabeza. —Sin embargo, la razón principal por la
que vine aquí fue para agradecerte.
Mis cejas se levantaron. —¿Agradecerme?
—Sí, Shaw, gracias. —Dejó escapar un suspiro inestable—. Desde
que perdí a mi esposa y lo que pareció a mi hija en ese incendio, sentí
como si también me hubiera perdido. Pensé que, si tan solo pudiera ser
una mejor persona, si hacía suficientes obras de caridad, si pagaba mi
penitencia por lo que hice mal para perderlas en primer lugar, podría
recuperar a Izzy. Año tras año, di préstamos que nunca se terminaron de
pagar, esperando que un día, el destino diera la vuelta y el karma volviera
a brillar sobre mí. Y entonces entraste a mi oficina.
Me dio una sonrisa extraña.
—En verdad nunca pensé que cambiaría tanto el llevarte a mi hogar
y forzarte para que te acercaras a ella, pero lo hizo. Fuiste el milagro que
había estado esperando. Recuperaste a mi hija.
Empecé a negar con la cabeza, incapaz de aceptar ese tipo de
crédito, pero él me agarró del hombro y asintió.
—Lo hiciste. No estoy seguro de cómo fue, pero ella ahora es una
persona diferente, no es exactamente la adolescente que perdí hace
tantos años, sino una encantadora e increíble versión adulta de ella. Y
pase lo que pase de aquí en adelante, quería supieras que te agradezco
por esas semanas que me diste su verdadera y genuina sonrisa. Nunca
la había visto más feliz que contigo.
La agonía y los recuerdos agridulces de la sonrisa de Isobel me
atravesaron. Casi me doblé a causa de las oleadas.
Henry continuó mirándome como si quisiera que dijera que superé
mi dolor y enojo, y que me hallaba listo para perdonarla y seguir adelante,
pero negué con la cabeza. No sabía con seguridad lo que sentía. Todavía
estaba tan perdido y confundido.
—Me hizo mucho daño —admití.
Asintió, sin negarlo. —Lo sé. Lo echó a perder. Así como todos
somos propensos a hacerlo. Sin embargo, no tuvo intención de lastimarle,
solo que terminó así. Te amó todo el tiempo y te ama ahora. Además,
lamenta lo que hizo, y creo que aprendió la lección plenamente.
Por supuesto que su padre diría eso y se pondría de su lado, pero,
aun así, sus palabras me afectaron. Sabía que ella no tuvo ninguna mala
intención. Siempre lo supe. Y nadie era perfecto. Pero…
Maldita sea. No sabía cuál era el “pero”. Parecía haber uno, excepto
que no podía pensar en lo que sería. O recuperaba la compostura y la
perdonaba, o… ¿o qué? ¿Nunca la perdonaría? ¿Nunca la volvería a ver?
¿Nunca la volvería a besar? ¿Viviría el resto de mi vida sin ella?
¿Todo por un error que hirió mis sentimientos?
Un error que sabía que ella nunca repetiría.
Cuando encontré la mirada de su padre, asintió, dándose cuenta
de la conclusión a la que llegué. Una pequeña sonrisa iluminó su rostro.
—Nos vemos pronto —fue todo lo que dijo antes de girarse y
dejarme aceptar lo que había decidido.
Me tomó otro día antes de aparecer en la puerta principal del Porter
Hall y presionar el botón, buscando entrar.
Cuando la puerta se abrió lentamente, lo juro, me sentí como si me
admitieran en el cielo.
Conduje por el camino y me estacioné en el acceso circular delante
de la puerta de donde Henry salió para saludarme.
Dándome palmadas en la espalda cuando lo alcancé, me empujó
hacia la casa. —Está en la biblioteca.
Me aparté de él a trompicones antes de que pudiera aumentar el
ritmo. Al ver a Constance, Lewis y la señora Pan observándome cuando
di la vuelta en una esquina, los saludé con la mano mientras me lanzaban
sonrisas y señales de ánimo. Cuando noté que la cocinera y el jardinero
se tomaban de la mano, aumenté el ritmo, trotando por la casa hasta que
llegué hacia la biblioteca. Los felices para siempre podían alcanzarse, y
yo agarraría el mío con las manos.
Cuando entré y la vi sentada en el sofá, mirando las estanterías
que creamos juntos, contuve la respiración.
De repente, mis piernas se pusieron temblorosas.
Entonces, cojeé los últimos metros y me senté a su lado en el sofá.
No me reconoció, pero ella sabía que me encontraba ahí. Me lamí los
labios y eché un vistazo a la biblioteca, recordando todo el trabajo que
hicimos, todas las horas que pasamos juntos, conociéndonos,
enamorándonos. Y me sorprendió gratamente el buen trabajo que
logramos. Formamos un equipo excelente. Podíamos hacer un equipo
excelente por un largo tiempo si nos dispusiéramos a intentarlo.
Y sucedió que yo lo quería.
—Es extraño pensar que esta habitación se veía totalmente
diferente hace solo unos meses. Se sienten como años.
Isobel asintió lentamente. —Así es —concordó en voz baja.
Inclinándome, tomé su mano sin mirarla. Sus dedos se envolvieron
en los míos antes de que los apretara suavemente. Le devolví el apretón.
Finalmente, dijo—: ¿Qué haces aquí?
—Vine porque estás aquí.
—Pero… —Negó con la cabeza—. ¿Cómo puedes perdonarme?
Me encogí de hombros. —¿Cómo no voy a hacerlo? Te amo. El amor
perdona. Funciona a través de los problemas. Y se queda.
—Oh, Dios. —Comenzó a sollozar, sus hombros temblando, su
pecho agitado y lágrimas derramándose—. Yo también te amo.
La jalé hacia mis brazos. Se acurrucó sobre mi regazo y lloró en mi
hombro, agarrándome como si nunca me fuera a soltar otra vez.
Esperaba que no lo hiciera.
—Te extrañé —admití en su cabello.
Ella resolló y asintió. —Yo también te extrañé. —Ocultando su
rostro como si se avergonzara de mirarme, añadió—: No me merezco esto.
No… me debes perdonar. Tienes todo el derecho de odiarme. Yo…
—Shh. —Le acaricié el cabello—. Nunca podría odiarte. Además, no
hiciste nada malo.
—Le creí. Luego me negué a preguntarte la verdad. Si tan solo…
—Si tan solo —la corté—. Jesús, para empezar, hay un millón de
“si tan solo” que podría haber hecho para evitar que esto ocurriera. Es
suficiente para volverme loco. Pero nada de eso importa porque ya
terminó, y ahora está en el pasado. Encontramos el camino de regreso
para estar juntos y eso es todo lo que cuenta.
—Pero tuviste que lidiar solo con la muerte de tu mamá. Tuviste
que… no tenías a nadie.
—¿Te tengo ahora? —pregunté—. ¿Me apoyarás ahora?
Se apartó para mirarme el rostro. Las lágrimas se atascaron en sus
largas pestañas. —Por supuesto.
Sonreí. —Bueno. Eso también es lo que quiero. Nos ocuparemos
del resto cuando llegue.
—Te amo —susurró.
Y el mundo regresó a donde debería estar.
Traducido por Sahara
Corregido por Clara Markov

La campana de la puerta de Rosewood tintineó, alertándome de la


entrada de otro cliente. Sonreí mientras levantaba la cara para saludar
al recién llegado, solo para que mi sonrisa se ensanchara cuando lo
reconocí.
—Oye, es Cenicienta.
Los ojos de Ezra se entrecerraron cuando entró. —Esa sigue siendo
la respuesta más lamentable de la historia.
Me encogí de hombros. —Oye, si el zapato te queda… —Entonces,
lo señalé y comencé a reírme de mi propio juego de palabras.
Su mirada estaba seca como el polvo. —No eres tan divertido.
Pienso muy seriamente en enviar a mi hermana a un psiquiatra por
haberse enamorado de un idiota como tú.
—¿Qué puedo decir? Al amor no le importa la capacidad del
cerebro. —Y le guiñé un ojo—. Lo que significa que todavía tienes
esperanza, amigo.
Suspiró. —Solo dime dónde está mi hermana.
—Aquí estoy. —Isobel salió de la puerta detrás del mostrador, la
cual conducía a su cuarto de trabajo—. Podía oírlos discutiendo desde
allá atrás.
Habían transcurrido casi tres meses desde el funeral de mi madre.
Fue suficiente tiempo para que las rosas de Isobel volvieran a crecer y
para que ella desarrollara el coraje para tratar de volver a la sociedad
para abrir su negocio. Lo que no tenía previsto fue que sugiriera que
convirtiéramos Rosewood en una combinación de floristería y carpintería.
Ahora, al vender flores, construíamos estanterías, tablas y otros surtidos
de madera que los clientes solicitaban.
También limpiamos las habitaciones que se hallaban sobre la
tienda y las convertimos en un apartamento donde actualmente vivíamos
juntos. Henry se quejó de que Isobel se fuera, pero sinceramente, nos
encantaba. Bien podría haber sido un retroceso para ella, uno demasiado
grande, pero en su mayoría fue un felices por siempre para los dos. Cada
noche iba a la cama deliciosamente feliz y me despertaba igual de
complacido, con Isobel segura en mis brazos. Y por la sonrisa que me
daba cada vez que nuestras mirabas se encontraban, yo diría que se
sentía igual de contenta.
Tan pronto como tuve ahorrado suficiente dinero, le compré un
anillo y le pedí que se casara conmigo.
—Entonces, ¿qué ocurre? —preguntó Isobel, deteniéndose a mi
lado y apoyando la mejilla en mi hombro. Envolví un brazo alrededor de
su cintura, disfrutando de su calor y proximidad.
Ezra suspiró como si la vida no lo tuviera contento, y después de
mala gana le arrancó una hoja a una planta de rosas cercana que se
encontraba a la venta. —Nada —murmuró—. Solamente necesitaba ver a
mi hermanita y desestresarme.
Isobel me miró preocupada antes de girarse hacia él. —¿Otra vez…
la bruja malvada?
Puso los ojos en blanco. —Siempre.
—¿Qué hizo esta vez?
—Qué no hizo, sería una pregunta mejor. —Se tomó un momento
para verme a mí y a Isobel, su mirada persistiendo en mi mano que le
acariciaba perezosamente el brazo. Inmediatamente parpadeó y se enfocó
en nuestras caras—. ¿Recuerdas esa fiesta de Halloween que quería dar
para todos mis empleados? ¿La que es este fin de semana?
Ambos asentimos. Solamente la mencionó cada vez que hablamos
con él durante el último mes.
—Sí. Bueno, llamó a la empresa de catering y a la banda, y los
canceló. Esta misma mañana.
—¿Qué? —Isobel se puso una mano en el pecho—. Oh, Dios mío,
¿por qué haría eso?
—Porque es malvada —anunció—. Puro mal sin adulterar. Me tomó
dos horas encontrar un DJ y otro servicio de catering para reemplazarlos
en el último minuto. La fiesta es dentro de tres días. ¡Tres días! Me costó
cuatro veces más de sus tarifas regulares por hacer un trabajo de último
minuto como este.
—Guau. Eso es bastante frío —admití.
—¡Frío! —explotó—. Es francamente despiadado. Ya no la soporto.
Si tengo que seguir trabajando con ella, voy a… —Sacudió la cabeza y
pareció desinflarse—. Ni siquiera lo sé. Quiero levantar las manos y
terminarlo, que papá venda nuestra parte de la compañía, pero luego
pienso en todos los empleados atrapados allí con ella, y no soy capaz de
abandonarlos para que lo manejen por su cuenta. Casi pienso que me
necesitan allí más que a nadie para seguir luchando contra ella en su
nombre.
Alcé las cejas ante ese anuncio tan dramático. Entonces, miré a
Isobel para ver si era el único que pensaba que estaba siendo demasiado
intenso. Cuando la encontré mirando hacia atrás con las cejas
levantadas, nos echamos a reír.
Ezra bufó y nos miró. —¿Qué? —demandó.
—¿Te necesitan? —repitió Isobel antes reír con disimulo—. Vaya,
hermano. No nos dimos cuenta de que eras un superhéroe. ¿Deberíamos
comprarte una capa y unas medias a juego con ese complejo?
—Oh, cállate —murmuró con melancolía, tirando de su corbata—.
Si trabajaras allá, lo entenderías.
Sentía lástima por el tipo, ya que obviamente se encontraba al
límite de la paciencia, así que di unas palmadas en su brazo. —Aún no
te rindas, hombre. Tengo un buen presentimiento sobre esto. Si te quedas
un poco más, creo que te darás cuenta de que valió la pena el esfuerzo.
—Porque normalmente así era. Solo tenía que mirar hacia Isobel para
reafirmarlo.
—Espero que tengas razón —dijo, aunque me dio una mirada como
si estuviera totalmente en desacuerdo.
Isobel abrió la boca para expresar su opinión, pero la campana de
Rosewood tintineó otra vez, anunciando a un nuevo cliente.
Aunque solo llevábamos un mes abiertos, el hombre que entró era
un regular. Siempre ordenaba tres rosas blancas y una nota de disculpa
para que nosotros se la entregáramos a su novia, que trabajaba en la
calle de la cafetería.
Los tres que pasábamos el rato alrededor del mostrador, primero lo
observamos vagar a través de la parte de la carpintería, comprobando la
base de una cama, luego una mesa de ajedrez. No tenía ni idea de por
qué siempre exploraba esa zona antes de trasladarse a la de las flores
cuando siempre compraba lo mismo. Suponía que algunos hábitos eran
difíciles de romper.
—Creo que ese cliente es para ti, Hollander —señaló Ezra en voz
baja, haciéndome un gesto para que me acercara al hombre e hiciera mi
trabajo.
Pero Isobel sacudió la cabeza. —No. Está aquí por las flores.
Su hermano alzó las cejas. —Oh, eso crees, ¿eh? A mí me parece
que le interesa el lado de la madera.
Ella parpadeó antes de resoplar. —Está aquí por las flores.
Ezra entrecerró los ojos. —Apuesto a que no es así.
—Oh, cuenta conmigo —siseó Isobel—. ¿Cuál es la apuesta?
Se encogió de hombros. —¿Mil dólares? —preguntó, con la mirada
por completo segura de sí mismo.
Abrí la boca para advertirle que no fuera tan arrogante, solo para
que Isobel me clavara el codo en el costado y me callara.
Luego arrugó la nariz hacia su hermano. —Oh, no, no, no. No
puede ser una suma monetaria. No es divertido. Tiene que ser algo
humillante. ¡Oh! Ya sé. Si gano, puedo decidir qué traje vas a llevar a la
fiesta de Halloween de tu compañía.
Ezra resopló. —Sí, claro. Imposible.
—Guau, realmente debes pensar que vas a perder —se burló.
Sus ojos se estrecharon. —Está bien. Hecho. Y si gano, tendrás que
trabajar aquí al frente, con todos los clientes, durante una semana.
Lo que Ezra no sabía era que Isobel salía con bastante frecuencia.
Al menos una vez al día. Y siempre había un cliente. Avanzaba tan bien
al no dejar que sus cicatrices la retuvieran por más tiempo, que no
necesitaba que su hermano la presionara para hacerlo.
Pero mantuve la boca cerrada porque ya sabía que mi chica ganaría
esta apuesta. Al igual que ella. Me volteó a ver y compartimos una breve
mirada de conocimiento antes de que se girara hacia Ezra. —Hecho.
Él parecía presumido a medida que le tendía una mano para que
la estrechara. Pero, al fin y al cabo, ella también lo parecía.
Sonriendo, se giró en mi dirección. —Así que, ¿qué traje vergonzoso
debemos hacerle llevar a la fiesta?
Sonriendo, atrapé los ojos de Ezra. —Oh, conozco el traje perfecto
para él.
El rostro de Cenicienta palideció cuando se dio cuenta exactamente
lo que pensaba. —No —suplicó—. Por favor, Dios. No.
Lo cual, para Isobel y para mí, significaba: Oh, diablos, sí. Esto iba
a ser divertido.
Inspiración:
Para Porter Hall, la residencia del empresario Henry Nash:
En el momento de escribir esta historia, un lugar verdadero
llamado Chestnut Hall Estates estaba en el mercado para la venta en
Georgia por unos buenos $48 millones.
[Link]
Estos cinco mil metros cuadrados de espacio de vida se jactaron de
ubicarse en dieciocho acres de tierra, pero fue la colección de artefactos
que vino con la casa la que la hizo tan cara. Algunas de las estatuas
procedían de un jardín de Versalles. Contenía una lámpara de araña de
la época de la Guerra Civil, que trajo la idea de la araña en mi ficticio
Porter Hall procedente de una mansión en Francia que fue confiscada de
la Gestapo en la Segunda Guerra Mundial. También en Chestnut Hall,
había un águila de bronce de Benito Mussolini. Así que mantuve esa
estatua en mi Porter Hall también. Shaw ayudó a Constance a moverlo
por el pasillo para preservar la alfombra.

Para el jardín de rosas de Isobel:


Todo lo que sabía cuando empecé a escribir fue que quería que su
jardín de rosas esté conectado a la casa principal y me encantaba que
parezca un invernadero en forma de mirador. Cuando me encontré con
Tanglewood Conservatories en Denton, Maryland de una búsqueda en
línea, sabía que era el jardín de Isobel. Convirtieron una vieja casa de
carruajes en un invernadero. En el momento en que escribí esto, la
inspiración para el jardín de Isobel estuvo #7 en su carpeta de
conservatorios.
[Link]

Para la casa de la piscina:


Cuando hice una búsqueda de casas de la piscina para poder
describir la de Porter Hall, originalmente no tenía la intención de hacer
una cueva de roca hasta que me encontré con esta:
[Link]
A partir de ese momento, la casa de la piscina Porter Hall no podía
ser otra cosa. Nota: No estoy segura si en realidad hay un dormitorio en
la verdadera casa de la piscina. Supongo que no.

El escritorio de Henry David Thoreau:


El escritorio mencionado en la historia es algo de verdad. Es verde
y parece que podría desmoronarse en cualquier momento. En la historia,
Isobel le dijo a Shaw que su padre lo compró al Museo Pratchett, que es
un lugar ficticio. Por lo que sé, el Museo Concord en realidad tiene la
posesión de la mesa.
[Link]

La pintura
El Molino de Hierro en La Haya de Vincent van Gogh:
Esta pintura es real. [Link]
Parece que la pintura estuvo en subasta en el 2007 y se vendió por
un robo, solo 321.600 libras en Londres. Y si nunca has visto la pintura
de la habitación de van Gogh, he aquí una réplica para ayudarte a
imaginar cómo era la habitación:
[Link]
[Link]

Nombres en la historia:
Es probable que se hayan dado cuenta que la mayoría de los
nombres fueron adaptados de la versión de Disney de la Bella y la Bestia.
Bella se convirtió en Isobel, Gaston sería el equivalente de Gloria, Lumiere
se convirtió en Lewis. La señora Potts en la señora Pan, Cogsworth en
Constance, y originalmente convertí a Chip en Charlie, pero me gustó
cómo Kip rimaba con Chip. Excepto que Kip era tan parecido a Kit, y Kit
Harrington es mi actor favorito en la serie Game of Thrones, y así fue
cómo Kit recibió su nombre.
Shaw... ¡quién sabe de dónde vino Shaw! Simplemente me gustó.
Tengo la extraña obsesión de escribir suficientes héroes que cubro todas
las letras del alfabeto. Y me di cuenta de que aún no había escrito un
protagonista cuyo nombre comenzara con la S, así que para mí, ¡esto
significaba que su nombre tenía que empezar con una S! Podría haber
sido muy fácilmente Sam o Sebastian o Scully, pero por alguna razón,
me decidí por Shaw.
Sin embargo, puedo decirles de dónde viene el nombre Hollander.
En algún momento, iba a hacer que Shaw e Isobel tuvieran una
conversación donde Shaw hablaba de su bisabuelo, Gene, que sobrevivió
al Holocausto. Quería que su apellido fuera auténtico, así que busqué
nombres de sobrevivientes del Holocausto, hasta que encontré a un
Eugene Hollander que escribió el libro Del Infierno del Holocausto: La
historia del sobreviviente. Al final no escribí esa conversación en el libro,
pero así es como llegué al nombre de Shaw Hollander. Es extraño cómo
funciona mi mente, ¿no?

Rosas:
Tuve que hacer una pequeña investigación sobre las rosas porque,
como Shaw, no sabía nada. Mi objetivo era nombrar una rosa muy rara
para Isobel, y así es como me encontré con el nombre de “Medianoche
Suprema Rose Bush” en línea. Las semillas estaban a la venta, y se
suponía que debían cultivar rosas negras con puntas azules. Eso me
pareció bastante raro... y genial... así que las metí en la historia... solo
para averiguar con un poco más de investigación que las rosas negras
con puntas azules eran un fraude, ¡porque ni siquiera existían!
¡Sorprendente, lo sé! Qué descarados para engañarme así. Entonces me
topé con esta guía de rosas:
[Link]
Así pude aprender cuáles podía ser los colores posibles. Todavía
sintiéndome engañada, hice un poco más de investigación para saber si
uno siquiera podría hacer crecer rosas desde las semillas (¡sé que era una
preocupación tonta! Quiero decir, ¿cómo cualquier rosa llega aquí si al
menos no procede originalmente de algunas semillas?), y ahí es donde
me enteré de algo llamado estratificación para lograr que una semilla de
rosas formen raíz. Sin embargo, hice un poco de trampa en esa parte. Las
semillas de rosas necesitan estar en su tratamiento de estratificación
fría/húmeda durante cuatro a dieciséis semanas, y no creo que las
semillas de Isobel estén estratificadas mucho antes de que florezcan las
rosas bebés. Soy tramposa. Como sea... en lugar de sacar la falsa de las
rosas de medianoche, decidí hacer un tonto también de Shaw, ¡lo que
dirigió la historia en esa dirección!

Sobrevivientes de quemaduras:
No fui exacta en todo lo que pasó Isobel. Aparte de los problemas
de audición, es probable que ella también hubiera sufrido de problemas
de visión, y de pulmones dañados así como problemas de la laringe, que
cambiarían probablemente su voz. También podría existir la posibilidad
de complicaciones con hijos en el futuro debido a todas las radiografías
de tórax y los medicamentos que habría tenido que tomar. Si quieren leer
algunos relatos exactos de las personas asombrosas que no solo
sobrevivieron a las heridas de quemadura sino que fueron incitados a
hacer grandes cosas que ayudaban otros, aquí es un buen lugar donde
ir: [Link]
Pueden aprender sobre el hombre atrapado en un club nocturno
en llamas bajo pilas de gente, que tuvo que cavar su salida, solo para ser
golpeado en la cabeza por una viga de metal y aun así, logró encontrar la
salida a través del humo y las llamas. O el soldado en Irak que se
encontró consciente todo el tiempo que sus manos estaban siendo
quemadas después de que su convoy condujo sobre una mina terrestre.
Siguió corriendo, igual que Isobel. Pero sobre todo, aprenderán que el
apoyo que un sobreviviente de quemaduras puede recibir es inmenso y
maravilloso, y nadie tiene que pasar por los años de reclusión que pasó
Isobel. Siempre puedes hallar a alguien dispuesto a ayudarte si lo buscas.

El cuento de hadas:
Quería aprender de un par de las versiones más originales de la
Bella y la Bestia antes de escribir el libro, ¡pero fue imposible precisar de
dónde se originó la historia! La mejor respuesta es Francia del siglo XVIII.
Algunos dicen que la versión más temprana vino de Charles Perrault (que
murió en 1703), mientras que algunos dicen que Gabrielle-Suzanne
Barbot de Villeneuve la escribió en 1740. En una versión, Bella era la
más joven de seis niños. En otra, era la más joven de tres. Pero en la
mayoría de las versiones, Bestia atrapó a alguien robando una rosa, así
que supe que eso tenía que quedarse.
Creo que la adaptación de la película de 1946 surgió con Avenant,
un villano que quería matar a la Bestia, en vez de que las hermanas de
Bella fueran las malvadas culpables. Disney convirtió a Avenant en
Gaston, y ahí es donde se me ocurrió Gloria. Me parecía una locura que
Gloria trate de matar físicamente a mi Bestia (Isobel), pero pensé que sin
duda podría matar su espíritu, así que eso es lo que hizo.
Me gustó cómo el libro de Robin McKinley en 1978 y la versión de
Disney hizo de Bella una aficionada los libros, así que mantuve eso.
Además, quería conservar el tema principal de que una persona
necesitaba expresar su corazón y mente para convertirse en alguien digno
de amor, así que también lo usé.
También hay un espejo involucrado en el cuento de hadas original
que ayuda a juntar a la Bella y la Bestia de nuevo al final, así que
encontré una manera de que un espejo —sin todas las cosas mágicas
interesantes involucradas— los reúna al final de mi cuento también. ¡Y
así fue como la historia de Shaw e Isobel se convirtió en la historia de
Shaw e Isobel!
¿Qué es lo único que no deberías hacer
cuando tu jefe es tu malvada madrastra viuda
que te odia más que nadie?
Besar al hombre que le interesa a ella.
¿Qué se encuentra haciendo Kaitlynn Judge?
Sí, besa al hombre que su madrastra desea
actualmente, que también resulta ser el
director ejecutivo de la compañía donde
trabaja.
¿Podemos decir condenados?
Después de la muerte de su padre, la vida de
Kaitlynn se ha quedado estancada. Pero eso
comienza a cambiar después de conocer a un
extraño apuesto durante la fiesta de
Halloween de la oficina. Ahora tiene que navegar entre madrastras
vengativas, hermanastros entrometidos y chicos guapos que la persiguen
para llegar a su felices para siempre.
Mientras que se desvía un poco del aspecto de la fantasía, esta versión
contemporánea de la historia de la Cenicienta continúa aferrándose a
algunas de nuestras tradiciones favoritas. Todavía encontrarás la
opresión inmerecida junto con mujeres que huyen, zapatos perdidos,
compañeros ratones, varitas mágicas, aventones con aspecto de
calabazas a la gran fiesta, y mucho más. Así que ten por seguro que todo
es familiar y, sin embargo, extrañamente diferente.
Linda se crió en una granja lechera en el Medio Oeste
como la más joven de ocho hijos. Ahora vive en Kansas
con su esposo, su hija y sus nueve relojes de cucú. Su
vida ha sido bendecida con una gran cantidad de
personas de las que aprender y amar. Escribir siempre
ha sido una gran parte de su mundo, y está tan feliz de
compartir por fin algunas de sus historias con otros
amantes de los romances.
Por favor visita su sitio web:
[Link]

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