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Lírico y Teatral en España Post-1936

El documento analiza la evolución de la lírica y el teatro en España tras la Guerra Civil de 1936-1939, destacando el impacto del exilio y la censura en la producción literaria. Se identifican dos corrientes poéticas principales en los años 40: la poesía arraigada, de carácter neoclásico, y la desarraigada, que refleja el desasosiego existencial. A lo largo de las décadas, el teatro crítico y experimental emerge como respuesta a la represión, con dramaturgos que abordan temas sociales y políticos, culminando en un fenómeno de teatro independiente en los últimos años del franquismo.

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Lírico y Teatral en España Post-1936

El documento analiza la evolución de la lírica y el teatro en España tras la Guerra Civil de 1936-1939, destacando el impacto del exilio y la censura en la producción literaria. Se identifican dos corrientes poéticas principales en los años 40: la poesía arraigada, de carácter neoclásico, y la desarraigada, que refleja el desasosiego existencial. A lo largo de las décadas, el teatro crítico y experimental emerge como respuesta a la represión, con dramaturgos que abordan temas sociales y políticos, culminando en un fenómeno de teatro independiente en los últimos años del franquismo.

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TEMA 19. LA LÍRICA Y EL TEATRO POSTERIOR A 1936

En 1939 termina una guerra que dejó España en la más absoluta miseria, tanto económica como
moral y el exilio de la mayoría de los escritores e intelectuales: Salinas, Cernuda, Alberti, Machado. Otros
mueren en la guerra: Lorca, Unamuno. Así empieza una dictadura y una época de aislamiento
internacional que termina con la muerte del general Franco en 1975. La literatura se ve inmersa en una
represión política y en una censura permanente hasta los años 60, que empieza una etapa de desarrollo
económico y una lenta y paulatina relajación de la misma. Se levantan voces en las universidades y la
oposición al régimen se va haciendo cada vez más fuerte, con protestas y manifestaciones de los sectores
de la izquierda

Al acabar la contienda, las ausencias en el panorama literario son significativas: Juan Ramón
Jiménez, Salinas, Guillén, Alberti. Crean buena parte de su obra en el exilio autores como León Felipe
(Español del éxodo y del llanto), Juan Gil-Albert (Las ilusiones) y Pedro Garfias (Poesías de la guerra española).

A pesar de que el teatro es la suma de texto y espectáculo, muchas de las obras citadas no han
visto aún su puesta en escena; las razones pueden ser dos: la escasez de recursos económicos y la
censura. El final de la Guerra Civil lleva al exilio a gran parte de la intelectualidad española. En los países
americanos, prosigue la actividad dramática de los exiliados. Así, en Buenos Aires triunfa la más conocida
actriz de la época republicana, Margarita Xirgu, quien estrenó allí obras como El adefesio, de Alberti; La
dama del alba, de Casona y La casa de Bernarda Alba, de Lorca. De la producción posterior a la Guerra
Civil de algunos dramaturgos que marcharon de España podemos señalar a Max Aub (Los trasterrados,
Morir por cerrar los ojos y San Juan, que plantea las incidencias de emigrados judíos que huyen de los nazis
en un barco, el “San Juan”, y que no logran ser recibidos en ningún puerto), Alejandro Casona (que
estrena en Buenos Aires Los árboles mueren de pie), José Ricardo Morales (Teatro en libertad, Los
culpables), Jacinto Grau (Las gafas de don Telesforo) , Rafael Alberti (Noche de guerra en el Museo del Prado)
y José Bergamín (La muerte burlada).

Pese a la pobreza general de la cultura durante la primera década de posguerra, es quizá la poesía
el ámbito en el que hay mayor diversidad y riqueza artística. Tras la guerra, se marcan dos grandes
tendencias poéticas representativas de los años 40: la poesía arraigada, de carácter neoclasicista, y la
poesía desarraigada, de tono trágico y expresión sencilla.

Se impone la poesía propagandística (arraigada) de corte fascista de los vencedores de la guerra.


Sus componentes se llamaban a sí mismos “Juventud Creadora”. Rompen con la humanización de la
poesía que se había dado en la etapa anterior; así, encontramos poemas que vuelven los ojos al
Renacimiento y huyen del drama inmediato que vive el país. Se tiene una visión optimista del mundo. La
temática suele ser amorosa, religiosa, paisajística. Predominio del soneto. Aparecen dos revistas en las
que difunden sus ideas y poemas: Escorial y Garcilaso (fundada por José García Nieto). Forman parte de
este grupo Luis Rosales (La casa encendida), Dionisio Ridruejo (Sonetos a la piedra), Luis Felipe Vivanco
(Tiempo de dolor), Leopoldo Panero (Canto personal), José García Nieto (Hablando solo) y Rafael Morales
(Cántico doloroso al cubo de la basura).

En 1944 se producen tres importantes hitos poéticos: Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso
publican, respectivamente, Sombra del paraíso e Hijos de la ira, y en León aparece el primer número de la
revista Espadaña, la cual propone una poesía antiformalista que sea expresión de problemas y
circunstancias vitales reales. El mundo no es sereno y armonioso, es angustioso y caótico. Entre los
poetas que alientan este proyecto destacan Victoriano Crémer (Nuevos cantos de vida y esperanza) y
Eugenio García de Nora (Pueblo cautivo). Estas publicaciones son el punto de partida de la obra de unos
poetas que muestran su disconformidad con el mundo circundante, su desasosiego existencial y los

© CENTRO DE ESTUDIOS LUIS VIVES 167


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primeros indicios de una protesta social y política. Esta poesía desarraigada cala hondo en muchos poetas
del momento e influirá de forma decisiva en la orientación de la lírica española de los años siguientes.

En los años 40 no va más allá del teatro militante falangista o nacional-católico, de la comedia
burguesa en la línea de Benavente. Esta comedia se caracteriza por una cuidada construcción, la
dosificación de la intriga y la alternancia de escenas humorísticas y sentimentales. Los personajes suelen
pertenecer a la clase media y moverse en ambientes acomodados. Los temas insisten en asuntos
matrimoniales, problemas de celos, infidelidades diversas... Con todos estos rasgos escriben numerosas
piezas autores como Luca de Tena (Dos mujeres a las nueve) o José María Pemán (La hidalga limosnera).

También son frecuentes en los escenarios de posguerra las obras humorísticas. Los dos únicos
autores interesantes son Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura. El primero no sigue los moldes
teatrales dominantes y continúa con su afán renovador. La imaginación, el ingenio, lo inverosímil, lo
fantástico o lo absurdo siguen siendo la constante de sus nuevas piezas: Eloísa está debajo de un almendro,
Los ladrones somos gente honrada, Los habitantes de la casa deshabitada... Por su parte, Miguel Mihura es
autor de Tres sombreros de copa, estrenada en 1952, veinte años después de ser escrita.

Durante los años 50, también en la poesía es dominante el realismo social. Se concibe la poesía
como una herramienta que debe ayudar a la toma de conciencia social de los destinatarios y, en
consecuencia, colaborar en la transformación de la realidad. A veces, las dificultades de la censura
obligan a refinamientos elusivos que hacen difícil la comprensión de textos. Componen este tipo de
poemas Blas de Otero (Pido la paz y la palabra), Gabriel Celaya (Cantos íberos) y José Hierro (Cuanto sé de
mí).

Al igual que en los otros géneros, en los años 50 encontramos una corriente de realismo social,
fruto de la evolución de una corriente existencial gestada en la década anterior. Este teatro realista
intentó renovar la escena española y manifestar su oposición a la dictadura. Las obras plantearon temas
como la injusticia social, la explotación, la vida de la clase media y baja, la condición humana de los
humillados, los marginados. Pretenden ser una alternativa comprometida e innovadora al teatro
comercial que triunfaba, un teatro comercial plagado de melodramas y comedias burguesas o
humorísticas. Entre los dramaturgos cuyas obras muestran su disconformidad con la realidad política
española, se enfrenta a los que están dispuestos a atenuar su crítica (posibilismo) con aquellos que
pretenden expresarse con libertad aun a riesgo de toparse con la censura y no ver sus dramas puestos
en escena (imposibilismo). Son sus más destacados representantes Antonio Buero Vallejo y Alfonso
Sastre, respectivamente El estreno de Historia de una escalera, de Buero Vallejo, en 1949, y de Escuadra
hacia la muerte, de Alfonso Sastre, en 1953, marcan el punto de partida de esta tendencia que será la
dominante en la década de las 50.

La promoción poética del 60 está constituida por poetas nacidos entre 1925 y la Guerra Civil. En
la poética de estos autores pierde peso el concepto de la "poesía como comunicación" y pasa a hablarse
de "poesía de la experiencia". Destaca la presencia de lo íntimo, el gusto por el recuerdo, sin dejar de
lado la preocupación ética por la situación. Ángel González es quizá el ejemplo más claro de transición
de la poesía social al nuevo estilo poético con obras como Grado elemental y Áspero mundo.
Mencionaremos también a José Agustín Goytisolo (Palabras para Julia y otras canciones), Jaime Gil de
Biedma (Compañeros de viaje, Moralidades), José Ángel Valente (Material memoria, Mandorla), Antonio
Gamoneda (Descripción de la mentira, Arden las pérdidas), Francisco Brines (Las brasas, Palabras a la
oscuridad), Claudio Rodríguez (Don de la ebriedad, Conjuros).

A finales de los 60 surge un nuevo grupo de poetas que escriben una línea experimental y
minoritaria que acaba definitivamente con el realismo. Se les conoce como novísimos debido a su sonada
aparición colectiva en una antología preparada por el crítico José María Castellet publicada en 1970
(Nueve novísimos poetas españoles). Los antologados eran Manuel Vázquez Montalbán (Una educación

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Lengua y comentario de texto

sentimental), Antonio Martínez Sarrión (Una tromba mortal para balleneros), José María Álvarez (Museo de
Cera), Félix de Azúa (El velo en el rostro de Agamenón), Pere Gimferrer (La muerte en Beverly Hills), Vicente
Molina Foix (Los espías del realista), Guillermo Carnero (El sueño de Escipión), Ana María Moix (Call me
stone) y Leopoldo María Panero (Así se fundó Carnaby Street). Los rasgos comunes a estos poetas serán
la importante preparación cultural (formados en la cultura de masas con el cine, los cómics, la música la
radio y la televisión), el inconformismo y la rebeldía con el arte establecido; la búsqueda de una
renovación del lenguaje poético, tomando como modelos a poetas como Octavio Paz, Jorge Luis Borges,
Kavafis, T.S. Elliot o Ezra Pound. Combinan temas sociales o políticos con otros de tono intimista. En
general, reflejan una actitud pesimista y escéptica

A finales de los años 50 y en los años 60 continúa haciéndose un teatro crítico. A los ya citados
Buero Vallejo y Alfonso Sastre, se añade una nueva generación: Carlos Muñiz (a partir de El tintero,
orienta sus obras por el camino de un expresionismo deformante, como se aprecia en Un solo de saxofón),
Lauro Olmo (La camisa, donde denuncia la vida miserable que obliga a los trabajadores a emigrar), Martín
Recuerda (La llanura, Los salvajes en Puente San Gil, obras caracterizadas por el tono de denuncia y
rebeldía), Rodríguez Méndez (autor de Los inocentes de la Moncloa, entre muchas otras) y Antonio Gala
(Los verdes campos del Edén). La mayoría mantiene el espíritu del realismo crítico, pero tienden a un teatro
más alegórico, expresionista o de farsa. Los temas resultan comunes: la injusticia social, las precarias
condiciones de la clase obrera y su explotación, el egoísmo de los poderosos, la tristeza general y el
recuerdo de la Guerra Civil. Se emplea un lenguaje directo, sin eufemismos. Como hemos venido
señalando, no es el teatro crítico el más habitual, sino un teatro de consumo que oscila entre el
melodrama conformista y el humor intrascendente. Dentro del teatro comercial dominan los escenarios
las comedias melodramáticas, de intriga o de humor. Entre los dramaturgos de este tipo destaca Antonio
Gala, quien gozó del favor del público con Los buenos días perdidos, ¿Por qué corres, Ulises? o Las cítaras
colgadas de los árboles. Las obras de Gala se caracterizan por su tono poético, fácil simbología,
presentación escénica convencional y cierta inclinación a lo didáctico o moralizante.

El teatro realista de intención social se encuentra todavía con muchas dificultades de


representación debido a la censura, a las conservadoras estructuras del teatro comercial y a que al
público habitual no gusta de innovaciones radicales ni estética ni ideológicamente. Con todo, Sastre,
Martín Recuerda, Rodríguez Méndez o Lauro Olmo escriben nuevos textos en los que aúnan el propósito
social y la renovación escénica. Pero surge un grupo de dramaturgos que dan lugar al experimental, que
se define por su oposición estética al realismo y conecta con la tradición vanguardista teatral. Se rompe
la división entre el escenario y los espectadores, convirtiendo la escena en un espacio dinámico que
puede invadir el lugar correspondiente a la sala e invitar al público a participar en la función e integrarse
en ella. Temáticamente, sigue siendo habitual la denuncia social y política del régimen franquista. En
todos los nuevos dramaturgos hay una conciencia generacional que les hace insistir en los elementos de
ruptura ideológica y estética tanto con el teatro comercial o afín al franquismo como con los autores
realistas críticos. Quizá el más importante de todos sea Francisco Nieva, quien escribía obras desde los
años cincuenta, pero no las vio representadas de forma regular hasta después de la muerte de Franco
(Coronada y el toro, El rayo colgado). Otros dramaturgos experimentales son José María Bellido (Solfeo
para mariposas), Luis Riaza, (El palacio de los monos), José Ruibal (Las jaulas), Antonio Martínez Ballesteros
(Retablo en tiempo presente) y Miguel Romero Esteo (Fiestas gordas del vino y del tocino). Mención aparte
merece la figura de Fernando Arrabal, quien desde su exilio voluntario en París destacó y triunfó con su
teatro pánico, de corte netamente vanguardista y provocador (El triciclo, Fando y Lis, El laberinto, El
cementerio de automóviles).

En los últimos años del franquismo tiene notable importancia el fenómeno del teatro
independiente, grupos que, al margen del teatro comercial establecido, procuraban romper con su rigidez
y llevar el teatro a los más diversos rincones del país. Son aficionados o profesionales. Algunas de estas
agrupaciones alcanzaron gran repercusión: Los Goliardos, Tábano, Teatro Estudio de Madrid, Teatro

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Lengua y comentario de texto

Experimental Independiente y Teatro Libre en Madrid; Els Joglars y Els Comediants (quienes crearon la
ceremonia de los Juegos Olímpicos del 92) en Barcelona; Tabanque, Esperpento, Mediodía, Teatro
Estudio Lebrijano o La Cuadra en Sevilla; Teatro de Cámara de Zaragoza; Teatro Universitario de Murcia;
Quart 23 en Valencia; Akelarre en Bilbao; etc. Estos grupos son los que representan algunas de las obras
de los dramaturgos del realismo social y de los autores de teatro experimental que no encontraban lugar
en los cauces convencionales del teatro comercial.

19.1. EL TEATRO POSTERIOR A 1936 (SOLO PCE Y CFGS)


La Guerra Civil (1936-1939) supuso una fractura traumática en todos los ámbitos de la vida
hispánica. El desolador clima de los primeros años de posguerra contrasta con el rico ambiente cultural
de la República.

A pesar de que el teatro es la suma de texto y espectáculo, muchas de las obras citadas no han
visto aún su puesta en escena; las razones pueden ser dos: la escasez de recursos económicos y la
censura. El final de la Guerra Civil lleva al exilio a gran parte de la intelectualidad española. En los países
americanos, prosigue la actividad dramática de los exiliados. Así, en Buenos Aires triunfa la más conocida
actriz de la época republicana, Margarita Xirgu, quien estrenó allí obras como El adefesio, de Alberti; La
dama del alba, de Casona y La casa de Bernarda Alba, de Lorca. De la producción posterior a la Guerra
Civil de algunos dramaturgos que marcharon de España podemos señalar a Max Aub (Los trasterrados,
Morir por cerrar los ojos y San Juan, que plantea las incidencias de emigrados judíos que huyen de los nazis
en un barco, el “San Juan”, y que no logran ser recibidos en ningún puerto), Alejandro Casona (que
estrena en Buenos Aires Los árboles mueren de pie), José Ricardo Morales (Teatro en libertad, Los
culpables), Jacinto Grau (Las gafas de don Telesforo) , Rafael Alberti (Noche de guerra en el Museo del Prado)
y José Bergamín (La muerte burlada).

En los años 40 no va más allá del teatro militante falangista o nacional-católico, de la comedia
burguesa en la línea de Benavente. Esta comedia se caracteriza por una cuidada construcción, la
dosificación de la intriga y la alternancia de escenas humorísticas y sentimentales. Los personajes suelen
pertenecer a la clase media y moverse en ambientes acomodados. Los temas insisten en asuntos
matrimoniales, problemas de celos, infidelidades diversas... Con todos estos rasgos escriben numerosas
piezas autores como Luca de Tena (Dos mujeres a las nueve) o José María Pemán (La hidalga limosnera).

También son frecuentes en los escenarios de posguerra las obras humorísticas. Los dos únicos
autores interesantes son Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura. El primero no sigue los moldes
teatrales dominantes y continúa con su afán renovador. La imaginación, el ingenio, lo inverosímil, lo
fantástico o lo absurdo siguen siendo la constante de sus nuevas piezas: Eloísa está debajo de un almendro,
Los ladrones somos gente honrada, Los habitantes de la casa deshabitada... Por su parte, Miguel Mihura es
autor de Tres sombreros de copa, estrenada en 1952, veinte años después de ser escrita.

Al igual que en los otros géneros, en los años 50 encontramos una corriente de realismo social,
fruto de la evolución de una corriente existencial gestada en la década anterior. Este teatro realista
intentó renovar la escena española y manifestar su oposición a la dictadura. Las obras plantearon temas
como la injusticia social, la explotación, la vida de la clase media y baja, la condición humana de los
humillados, los marginados. Pretenden ser una alternativa comprometida e innovadora al teatro
comercial que triunfaba, un teatro comercial plagado de melodramas y comedias burguesas o
humorísticas. Entre los dramaturgos cuyas obras muestran su disconformidad con la realidad política
española, se enfrenta a los que están dispuestos a atenuar su crítica (posibilismo) con aquellos que
pretenden expresarse con libertad aun a riesgo de toparse con la censura y no ver sus dramas puestos
en escena (imposibilismo). Son sus más destacados representantes Antonio Buero Vallejo y Alfonso
Sastre, respectivamente El estreno de Historia de una escalera, de Buero Vallejo, en 1949, y de Escuadra

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hacia la muerte, de Alfonso Sastre, en 1953, marcan el punto de partida de esta tendencia que será la
dominante en la década de las 50.

A finales de los años 50 y en los años 60 continúa haciéndose un teatro crítico. A los ya citados
Buero Vallejo y Alfonso Sastre, se añade una nueva generación: Carlos Muñiz (a partir de El tintero,
orienta sus obras por el camino de un expresionismo deformante, como se aprecia en Un solo de saxofón),
Lauro Olmo (La camisa, donde denuncia la vida miserable que obliga a los trabajadores a emigrar), Martín
Recuerda (La llanura, Los salvajes en Puente San Gil, obras caracterizadas por el tono de denuncia y
rebeldía), Rodríguez Méndez (autor de Los inocentes de la Moncloa, entre muchas otras) y Antonio Gala
(Los verdes campos del Edén). La mayoría mantiene el espíritu del realismo crítico, pero tienden a un teatro
más alegórico, expresionista o de farsa. Los temas resultan comunes: la injusticia social, las precarias
condiciones de la clase obrera y su explotación, el egoísmo de los poderosos, la tristeza general y el
recuerdo de la Guerra Civil. Se emplea un lenguaje directo, sin eufemismos. Como hemos venido
señalando, no es el teatro crítico el más habitual, sino un teatro de consumo que oscila entre el
melodrama conformista y el humor intrascendente. Dentro del teatro comercial dominan los escenarios
las comedias melodramáticas, de intriga o de humor. Entre los dramaturgos de este tipo destaca Antonio
Gala, quien gozó del favor del público con Los buenos días perdidos, ¿Por qué corres, Ulises? o Las cítaras
colgadas de los árboles. Las obras de Gala se caracterizan por su tono poético, fácil simbología,
presentación escénica convencional y cierta inclinación a lo didáctico o moralizante.

El teatro realista de intención social se encuentra todavía con muchas dificultades de


representación debido a la censura, a las conservadoras estructuras del teatro comercial y a que al
público habitual no gusta de innovaciones radicales ni estética ni ideológicamente. Con todo, Sastre,
Martín Recuerda, Rodríguez Méndez o Lauro Olmo escriben nuevos textos en los que aúnan el propósito
social y la renovación escénica. Pero surge un grupo de dramaturgos que dan lugar al experimental, que
se define por su oposición estética al realismo y conecta con la tradición vanguardista teatral. Se rompe
la división entre el escenario y los espectadores, convirtiendo la escena en un espacio dinámico que
puede invadir el lugar correspondiente a la sala e invitar al público a participar en la función e integrarse
en ella. Temáticamente, sigue siendo habitual la denuncia social y política del régimen franquista. En
todos los nuevos dramaturgos hay una conciencia generacional que les hace insistir en los elementos de
ruptura ideológica y estética tanto con el teatro comercial o afín al franquismo como con los autores
realistas críticos. Quizá el más importante de todos sea Francisco Nieva, quien escribía obras desde los
años cincuenta, pero no las vio representadas de forma regular hasta después de la muerte de Franco
(Coronada y el toro, El rayo colgado). Otros dramaturgos experimentales son José María Bellido (Solfeo
para mariposas), Luis Riaza, (El palacio de los monos), José Ruibal (Las jaulas), Antonio Martínez Ballesteros
(Retablo en tiempo presente) y Miguel Romero Esteo (Fiestas gordas del vino y del tocino). Mención aparte
merece la figura de Fernando Arrabal, quien desde su exilio voluntario en París destacó y triunfó con su
teatro pánico, de corte netamente vanguardista y provocador (El triciclo, Fando y Lis, El laberinto, El
cementerio de automóviles).

En los últimos años del franquismo tiene notable importancia el fenómeno del teatro
independiente, grupos que, al margen del teatro comercial establecido, procuraban romper con su rigidez
y llevar el teatro a los más diversos rincones del país. Son aficionados o profesionales. Algunas de estas
agrupaciones alcanzaron gran repercusión: Los Goliardos, Tábano, Teatro Estudio de Madrid, Teatro
Experimental Independiente y Teatro Libre en Madrid; Els Joglars y Els Comediants (quienes crearon la
ceremonia de los Juegos Olímpicos del 92) en Barcelona; Tabanque, Esperpento, Mediodía, Teatro
Estudio Lebrijano o La Cuadra en Sevilla; Teatro de Cámara de Zaragoza; Teatro Universitario de Murcia;
Quart 23 en Valencia; Akelarre en Bilbao; etc. Estos grupos son los que representan algunas de las obras
de los dramaturgos del realismo social y de los autores de teatro experimental que no encontraban lugar
en los cauces convencionales del teatro comercial.

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Ejemplo de teatro posterior a 1936

DON ROSARIO. ¡Don Dionisio! ¡Don Dionisio…! ¡Tengo todo preparado! ¡Dese prisa en terminar!
¡Está el pasillo adornado con flores y cadenetas! ¡Las criadas tienen puesto el traje de los domingos y
le tirarán confeti!… ¡Los camareros le tirarán migas de pan! ¡Y el cocinero tirará en su honor gallinas
enteras por el aire!

DIONISIO. (Asomándose por encima del biombo.) Pero ¿por qué ha puesto usted eso…?

DON ROSARIO. No se apure, don Dionisio. Lo mismo hubiese hecho por aquel niño mío que se ahogó
en el pozo… ¡He invitado a todo el barrio y todos le esperarán en el portal! ¡Las mujeres y los niños!
¡Los jóvenes y los viejos! ¡Los policías y los ladrones! ¡Dese prisa, don Dionisio! ¡Ya está todo
preparado! (Y se va otra vez por el foro; y con su cornetín, desde dentro, empieza a tocar una bonita
marcha. Paula sale ahora con un sombrero de copa en la mano.)

PAULA. ¡Dionisio…!

DIONISIO. (Sale de detrás del biombo, con los pantalones del chaqué puestos y los faldones de la
camisa fuera.) ¡Ya estoy…!

PAULA. ¡He encontrado ya el sombrero…! ¡Ya verás qué bien te está! (Se lo pone a Dionisio, a quien
le está muy mal.) ¿Lo ves? ¡Es el que te sienta mejor…!

DIONISIO. ¡Pero esto no es serio, Paula! ¡Es un sombrero de baile…!

PAULA. ¡Así, mientras que lo tengas puesto, pensarás cosas alegres! ¡Y ahora, el cuello! ¡La corbata!
(Empieza a ponérselo, todo muy mal.)

DIONISIO. ¡Paula! ¡Yo no me quiero casar! ¡Yo no voy a saber qué decirle a ese señor centenario! ¡Yo
te quiero con locura…!

PAULA. (Poniéndole el pasador del cuello.) Pero ¿estás llorando ahora…?

DIONISIO. Es que me estás cogiendo un pellizco…

PAULA. ¡Pues ya está! (Termina. Le pone el chaqué.) Y ahora el chaqué… ¡Y el pañuelo en el bolsillo!
(Le contempla, ya vestido del todo.) Pero ¿y la camisa esta? ¿Se llevan así en las bodas…?

DIONISIO. (Ocultándose tras el biombo para meterse la camisa.) No. Si es que…

PAULA. ¿Cómo es una boda, oye? ¿Tú lo sabes? Yo no he ido nunca a una boda… Como me acuesto
tan tarde, no tengo tiempo de ir… Pero será así… ¡Sal ya! (Dionisio sale, ya con la camisa en su sitio.)
Yo soy la novia y voy vestida de blanco con un velo hasta los pies… Y cogida de tu brazo… (Lo hace.
Y se pasean por el cuarto.) Y entraremos en la iglesia…, así…, muy serios los dos… Y al final de la iglesia
habrá un cura muy simpático, con sus guantes blancos puestos…

Tres sombreros de copa, Miguel Mihura.

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19.2. LA LÍRICA POSTERIOR A 1936 (SOLO PCE Y CFGS)


En 1939 termina una guerra que dejó España en la más absoluta miseria, tanto económica como
moral y el exilio de la mayoría de los escritores e intelectuales: Salinas, Cernuda, Alberti, Machado. Otros
mueren en la guerra: Lorca, Unamuno. Así empieza una dictadura y una época de aislamiento
internacional que termina con la muerte del general Franco en 1975. La literatura se ve inmersa en una
represión política y en una censura permanente hasta los años 60, que empieza una etapa de desarrollo
económico y una lenta y paulatina relajación de la misma. Se levantan voces en las universidades y la
oposición al régimen se va haciendo cada vez más fuerte, con protestas y manifestaciones de los sectores
de la izquierda

Al acabar la contienda, las ausencias en el panorama literario son significativas: Juan Ramón
Jiménez, Salinas, Guillén, Alberti. Crean buena parte de su obra en el exilio autores como León Felipe
(Español del éxodo y del llanto), Juan Gil-Albert (Las ilusiones) y Pedro Garfias (Poesías de la guerra española).

Pese a la pobreza general de la cultura durante la primera década de posguerra, es quizá la poesía
el ámbito en el que hay mayor diversidad y riqueza artística. Tras la guerra, se marcan dos grandes
tendencias poéticas representativas de los años 40: la poesía arraigada, de carácter neoclasicista, y la
poesía desarraigada, de tono trágico y expresión sencilla.

Se impone la poesía propagandística (arraigada) de corte fascista de los vencedores de la guerra.


Sus componentes se llamaban a sí mismos “Juventud Creadora”. Rompen con la humanización de la
poesía que se había dado en la etapa anterior; así, encontramos poemas que vuelven los ojos al
Renacimiento y huyen del drama inmediato que vive el país. Se tiene una visión optimista del mundo. La
temática suele ser amorosa, religiosa, paisajística. Predominio del soneto. Aparecen dos revistas en las
que difunden sus ideas y poemas: Escorial y Garcilaso (fundada por José García Nieto). Forman parte de
este grupo Luis Rosales (La casa encendida), Dionisio Ridruejo (Sonetos a la piedra), Luis Felipe Vivanco
(Tiempo de dolor), Leopoldo Panero (Canto personal), José García Nieto (Hablando solo) y Rafael Morales
(Cántico doloroso al cubo de la basura).

En 1944 se producen tres importantes hitos poéticos: Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso
publican, respectivamente, Sombra del paraíso e Hijos de la ira, y en León aparece el primer número de la
revista Espadaña, la cual propone una poesía antiformalista que sea expresión de problemas y
circunstancias vitales reales. El mundo no es sereno y armonioso, es angustioso y caótico. Entre los
poetas que alientan este proyecto destacan Victoriano Crémer (Nuevos cantos de vida y esperanza) y
Eugenio García de Nora (Pueblo cautivo). Estas publicaciones son el punto de partida de la obra de unos
poetas que muestran su disconformidad con el mundo circundante, su desasosiego existencial y los
primeros indicios de una protesta social y política. Esta poesía desarraigada cala hondo en muchos poetas
del momento e influirá de forma decisiva en la orientación de la lírica española de los años siguientes.

Durante los años 50, también en la poesía es dominante el realismo social. Se concibe la poesía
como una herramienta que debe ayudar a la toma de conciencia social de los destinatarios y, en
consecuencia, colaborar en la transformación de la realidad. A veces, las dificultades de la censura
obligan a refinamientos elusivos que hacen difícil la comprensión de textos. Componen este tipo de
poemas Blas de Otero (Pido la paz y la palabra), Gabriel Celaya (Cantos íberos) y José Hierro (Cuanto sé de
mí).

La promoción poética del 60 está constituida por poetas nacidos entre 1925 y la Guerra Civil. En
la poética de estos autores pierde peso el concepto de la "poesía como comunicación" y pasa a hablarse
de "poesía de la experiencia". Destaca la presencia de lo íntimo, el gusto por el recuerdo, sin dejar de
lado la preocupación ética por la situación. Ángel González es quizá el ejemplo más claro de transición
de la poesía social al nuevo estilo poético con obras como Grado elemental y Áspero mundo.
Mencionaremos también a José Agustín Goytisolo (Palabras para Julia y otras canciones), Jaime Gil de

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Biedma (Compañeros de viaje, Moralidades), José Ángel Valente (Material memoria, Mandorla), Antonio
Gamoneda (Descripción de la mentira, Arden las pérdidas), Francisco Brines (Las brasas, Palabras a la
oscuridad), Claudio Rodríguez (Don de la ebriedad, Conjuros).

A finales de los 60 surge un nuevo grupo de poetas que escriben una línea experimental y
minoritaria que acaba definitivamente con el realismo. Se les conoce como novísimos debido a su sonada
aparición colectiva en una antología preparada por el crítico José María Castellet publicada en 1970
(Nueve novísimos poetas españoles). Los antologados eran Manuel Vázquez Montalbán (Una educación
sentimental), Antonio Martínez Sarrión (Una tromba mortal para balleneros), José María Álvarez (Museo de
Cera), Félix de Azúa (El velo en el rostro de Agamenón), Pere Gimferrer (La muerte en Beverly Hills), Vicente
Molina Foix (Los espías del realista), Guillermo Carnero (El sueño de Escipión), Ana María Moix (Call me
stone) y Leopoldo María Panero (Así se fundó Carnaby Street). Los rasgos comunes a estos poetas serán
la importante preparación cultural (formados en la cultura de masas con el cine, los cómics, la música la
radio y la televisión), el inconformismo y la rebeldía con el arte establecido; la búsqueda de una
renovación del lenguaje poético, tomando como modelos a poetas como Octavio Paz, Jorge Luis Borges,
Kavafis, T.S. Elliot o Ezra Pound. Combinan temas sociales o políticos con otros de tono intimista. En
general, reflejan una actitud pesimista y escéptica

Ejemplo de poesía posterior a 1936

Escribo
en defensa del reino
del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
«silencio»,
«sombra»,
«vacío»
etcétera.
Digo
«del hombre y su justicia»,
«océano pacífico»,
lo que me dejan.
Pido
la paz y la palabra.

Pido la paz y la palabra, Blas de Otero

174 © CENTRO DE ESTUDIOS LUIS VIVES

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