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Charla Ardiente: Deseos Prohibidos

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Charla Ardiente: Deseos Prohibidos

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CHARLA ARDIENTE: UN

MENAGE ROMÁNTICO
TARA CRESCENT
Traducido por
CINTA GARCÍA DE LA ROSA
Copyright © 2019 Tara Crescent
Todos los Derechos Reservados
Traducción del original de Cinta García de la Rosa
[Link]

Ninguna parte de este libro debe ser reproducida de ningún modo, ni por ningún
medio electrónico o mecánico incluyendo sistemas de almacenamiento y
recuperación de la información, sin el permiso por escrito de la autora. La única
excepción es cuando alguien escriba una reseña, ya que podrán citar fragmentos
cortos en sus reseñas.

Este libro es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares, e incidentes
son producto de la imaginación de la autora o han sido usados de modo ficticio.
Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, sucesos, o lugares es
pura coincidencia.
Creado con Vellum
ÍNDICE

Charla Ardiente
1. Cassie
2. Lucas
3. Cassie
4. James
5. Cassie
6. Lucas
7. James
8. Cassie
9. Lucas
10. Cassie
11. James
12. Cassie
13. Lucas
14. Cassie
15. James
16. Cassie
17. James
18. Lucas
19. Cassie
20. James
21. Cassie
22. Lucas
23. Cassie
Epílogo
Lean un Fragmento Gratis de Juegos Ardientes
Acerca del Autor
Otras Obras de Tara Crescent
CHARLA ARDIENTE

Confesión secreta – Me encanta Charla Ardiente.

James Fowler y Lucas Bennett son los hombres más


sexis de New Summit. Youtubers, famosos y
presentadores del show más caliente, y más sexi de
internet. Charla Ardiente.
Puede que me sienta un poquito atraída por ellos.
Oh, ¿a quién quiero engañar? No consigo saciarme
viéndolos. Son dos enormes tentaciones y no puedo
resistirme.
Dos. Enormes. Y gigantescas. Tentaciones.
Y vienen a mi cafetería todos los días, tentándome,
llamándome, susurrando que un pecadillo no importa
nada…
Pero no me puedo permitir rendirme. No puedo
tener un trío. Por mucho que quiera decir que sí —
por mucho que quiera gritar y gemir sus nombres —
tengo que decir que no.
Porque estoy a punto de conseguir todo lo que
siempre he querido, y James y Lucas son solo una
distracción.

¿Verdad?
1

CASSIE

E s lunes por la mañana. Los dos hombres más sexis de


New Summit están en mi cafetería. Suena bastante
bien, ¿cierto?
Se equivocan.
Porque estos no son unos simples hombres. No. Le estoy
sirviendo café y magdalenas a James Fowler y Lucas Bennett.
Vloggers de sexo, estrellas de YouTube, y presentadores del
show sin restricciones sobre mamadas, bondage, y sexo anal.
Sí. Señoras y señores, me estoy encaprichando con los
presentadores de Charla Ardiente. Mátenme ya.
Las campanillas de la puerta suenan y levanto la mirada,
plantando una sonrisa automáticamente en mi rostro, una
sonrisa que se desvanece cuando veo que se trata de mi
casero, el doctor George Bollington, psicoterapeuta y
auténtico dolor en el culo. Desde que Mia comenzó a salir con
Landon y Ben, el viejo malhumorado ha centrado su atención
en mí. Si Mia no fuera mi mejor amiga, la estrangularía.
—Hola, doctor Bollington —gorjeo—. ¿Puedo tentarle con
un bollito esta mañana? A cuenta de la casa, por supuesto.
Oye, no estoy por encima del soborno. La última vez que
Bollington estuvo aquí me soltó un sermón épico sobre las
urbanizaciones que están construyendo a las afueras de la
ciudad. Su diatriba duró veintiún minutos.
Tan solo eso habría sido bastante malo, pero empeoró.
Matthew Steadman, el capataz al mando de la construcción
de la comunidad cercada, había estado en mi cafetería en ese
momento y le había oído. No le dijo nada a Bollington, ya que
Matthew tiene demasiada clase como para comenzar una
pelea, pero se marchó y no ha vuelto desde entonces, al igual
que los miembros de su cuadrilla.
Mi casero examina los productos tras el mostrador de
cristal con el ceño fruncido.
—¿Te quedan magdalenas de zanahorias?
Solo una. «Perdóname, Mia. Sé que son tus favoritas, pero
sacrificaría a mi primogénito con tal de que Bollington se
marche de aquí.»
—Sí que me quedan —respondo alegremente, colocándola
sobre un plato blanco de cerámica y tendiéndosela—. ¿Cómo
toma el café?
—Grande, por favor.
Bollington deja la magdalena sobre la mesa comunitaria
de madera que llena la zona delantera del Café de Cassie.
Tarde, me maldigo por mi estupidez. Debería haber metido la
magdalena en una bolsa de papel, no en un plato. «¿Es que
quieres que se quede aquí todo el día, Cass?»
Por el rabillo del ojo puedo ver a Lucas intentando
contener la risa. «Patán,» le digo silenciosamente. Lucas
sabe perfectamente bien que estoy intentando deshacerme
de mi casero, y claramente le divierte mi incapacidad para
hacerlo.
James está sentado junto a Lucas en el maltrecho sofá de
cuero, con su ordenador portátil apoyado en las rodillas.
Levanta la vista y evalúa la situación con una sonrisa.
Sacudiendo la cabeza, se pone de pie y se acerca a nosotros.
—Doctor Bollington —saluda al anciano con entusiasmo
—. Es justo la persona con la que me quería encontrar hoy.
«Sí, claro.»
—¿Ah sí? —mi casero le mira receloso.
—Claro —James alarga la mano para saludarle—. Mi
nombre es James Fowler —dice—. Puede que no me conozca,
pero acabo de mudarme aquí.
Me río por dentro. Por supuesto que el doctor Bollington
sabe quienes son Lucas y James. Es un viejo chismoso que se
interesa intensamente por todas las personas que se mudan
a la ciudad. Es probable que su cabeza explote cuando la
nueva urbanización acabe de construirse y cientos de
extraños invadan New Summit.
El doctor Bollington le estrecha la mano a James con
expresión envarada. Estoy convencida de que desaprueba por
principios a cualquiera que no haya cumplido aún cuarenta
años.
—¿Cómo puedo ayudarle?
—Mi padre sufrió un derrame cerebral el pasado febrero
—responde James—. Está yendo a rehabilitación ahora, pero
es duro para él. Tiene que volver a aprender muchas cosas y
se frustra. He pensado que si hablara con un profesional
sobre ello…
Los ojos de Bollington se iluminan ante la perspectiva de
tener un nuevo cliente.
—Por supuesto —le da una palmada en la espalda a James
—. Es una idea excelente.
James me dedica un guiño de reojo.
—¿Le importaría que fuera a su consulta con usted para
concertar una cita? —le pregunta al terapeuta.
—Sí, sí, ciertamente. Cassie, necesito que me pongas el
café y la magdalena para llevar.
Me apresuro a hacer lo que me pide mi casero. «Gracias,»
le susurro a James, y luego observo cómo los dos salen por la
puerta, la oscura cabeza de James inclinada mientras escucha
algo que Bollington le va diciendo.
—Admítelo, Cassie —Lucas se ha acercado al mostrador y
está de pie delante de mí, sus ojos avellana brillan con una
sonrisa ladina—. En realidad, no soy tan patán.
—Ha sido James quien me ha rescatado de Bollington —
señalo, aunque no puedo evitar la sonrisa de respuesta que se
extiende por mi rostro—. ¿Es cierto lo que James estaba
diciendo? ¿Su padre ha sufrido un derrame?
La sonrisa de Lucas se apaga.
—Sí —confirma—. A Patrick no le va demasiado bien.
—Nunca le he visto por aquí, ¿verdad?
—No —Lucas se pasa la mano por el cabello—. Está
bastante deprimido y no sale mucho de su casa. James lo está
pasando fatal.
Hago cuentas en mi cabeza.
—Te mudaste aquí hace dos meses —digo con tono
inquisitivo—. ¿Por el derrame?
Lucas enarca una ceja ante mi inesperada cháchara y me
ruborizo. Desde que los dos me acompañaron a casa después
de la fiesta de cumpleaños de Sophia hacía tres semanas, he
estado manteniéndoles a distancia.
Esa noche habían estado flirteando conmigo y yo había
respondido. Luego llegué a casa y los busqué en Google. Una
vez descubrí lo de Charla Ardiente, supe que no podría
enredarme con ellos. Viven sus vidas delante de las cámaras
y yo tengo demasiados demonios como para arriesgarme a
que salgan a la luz.
—Sí —responde Lucas, satisfaciendo mi curiosidad
rápidamente—. Su seguro de salud no cubría todas sus
facturas y gastó todos sus ahorros mientras estuvo en el
hospital. Este lugar es mucho más barato que Manhattan.
—Así que James se mudó con su padre para ayudar. ¿Y tú
hiciste lo mismo? Has comprado esa ruina en Baker Street,
¿verdad?
He clasificado a James y a Lucas como chicos malos por los
tatuajes de Lucas y por lo obsceno de su programa, pero
ahora reconsidero mi primera impresión. Estos chicos son
mucho más de lo que se ve a primera vista.
—Vamos a necesitar varios meses más para
acostumbrarnos a que todo el mundo lo sepa todo en esta
ciudad —murmura Lucas con remordimiento—. Sí, Patrick
necesitaba nuestra ayuda —se encoge de hombros—. No es
gran cosa. Es lo que se hace por la familia, ya sabes.
Mi corazón siente una punzada. Mi relación con mis
padres fue mucho más problemática.
—No lo sé —respondo—. Mis padres están muertos.
Una expresión de compasión pasa por su rostro.
—Lo siento, Cass —dice calladamente.
—No te preocupes —intento usar un tono frívolo, pero a
juzgar por la expresión observadora en el rostro de Lucas, no
lo he conseguido—. Pasó hace casi nueve años. Murieron en
un accidente de coche.
No añado que, si no hubieran muerto en el accidente,
probablemente no nos hablaríamos. Mis padres, y en especial
mi madre, no se interesaban en mí si yo no estaba actuando.
Cuando ganaba todos los concursos de belleza infantil del
país, me aprobaban y me cubrían con regalos. Cuando
comencé a rebelarme, fueron menos amables. Mi madre me
solía decir que dejara de comer como una glotona cada vez
que nos sentábamos a comer. Añadía que nadie me
encontraría atractiva si engordaba.
Toma un consejo sobre crianza, mamá. Cuando tu hija
tiene siete años, no le digas que come como una cerda.
—¿Cass? —la voz de Lucas interrumpe mi ensoñación—.
¿Estás bien?
Devuelvo mi atención al chico guapo delante de mí. Dios,
es guapísimo. Su camiseta negra de Metallica abraza su
ancho pecho. Sus vaqueros descoloridos se tensan en su
entrepierna, y quiero agarrar su trasero y lamer cada pulgada
disponible de su ser. Y si James estuviera mirando… bueno,
eso sería incluso mejor.
Por desgracia, está mi fobia a las cámaras. Tras una
infancia en la que me hacían lucir como una muñeca sobre la
que baboseaban todos los viejos, he terminado con lo de
estar en el foco.
James vuelve a la cafetería.
—Me debes una —dice con una sonrisa—. A ese hombre le
encanta el sonido de su propia voz. No he podido intervenir
en la conversación.
—Lo siento —digo con arrepentimiento—. ¿Puedo
ofrecerte una magdalena gratis por tu ayuda?
—¿Una magdalena? —James sacude la cabeza con aspecto
indignado—. ¿He pasado por quince minutos de puro
infierno por una magdalena? Creo que no, Cass —sus labios
forman una sonrisa—. Cena conmigo.
Ojalá pudiera. De verdad que sí. No es la primera vez que
he rechazado a uno de los dos. Me pidieron salir la noche de
la fiesta de Sophia, y entonces les rechacé también.
—Lo siento —digo, manteniendo un tono ligero—, la
magdalena es todo lo que puedo ofrecer.
Lucas me mira inquisitivamente.
—No quieres cenar con James —dice—. No quieres cenar
conmigo. ¿Cenarías con los dos a la vez?
¿Saben a qué me recuerda este momento? Es como estar a
dieta y que alguien te ofrezca dos donuts con un glaseado
delicioso. Y están justo ahí, tentándome, llamándome,
susurrando que un pecadillo no importa…
—No puedo.
—Bueno, valía la pena intentarlo.
James me sonríe con facilidad, sin perturbarse por mi
negativa. ¿Por qué iba a perturbarle? Es una estrella de
YouTube. He leído la sección de comentarios de su canal. Las
mujeres se les tiran encima a James y a Lucas sin vergüenza,
ofreciéndose a hacer cualquier cosa por conseguir su propia
Charla Ardiente. Estoy bastante segura de que la única razón
por la que James y Lucas están interesados en mí es porque
he dicho que no. No es una palabra que oigan a menudo.
Vuelven a sentarse en el sofá. Lucas se acerca el portátil y
comienza a teclear algo. James ignora su ordenador y
juguetea con su teléfono, y yo vuelvo a la tarea de hacer café
y servir a los clientes.
Dos horas más tarde, el bullicio de la mañana casi se ha
apagado cuando la puerta vuelve a abrirse. Levanto la mirada
con una sonrisa pintada en el rostro, y mi corazón da un
vuelco cuando me doy cuenta de quien acaba de entrar.
Es Stuart Sutherland.
Capitán del equipo de fútbol americano del instituto, rey
del baile de graduación, y el chico más popular de nuestro
instituto, Stuart Sutherland era un símbolo de todo lo que yo
creía que quería en la vida cuando era adolescente. Yo era la
niña a la que su madre obligaba a participar en los concursos
de belleza. «Chusma» decían algunos despectivamente a
mis espaldas. «Está desesperada por llamar la atención»
decían otras personas tristemente. No es que nadie fuera a
intervenir, por supuesto. Eso simplemente no se hacía en
New Summit.
Stuart, por otro lado, lo tenía todo. Su madre era la
portavoz de la Asociación de Madres y Padres de Alumnos. Su
padre era el dueño del barco más grande del puerto. Vivía en
la mansión sobre la colina y cuando cumplió dieciséis años,
sus padres le compraron un Corvette rojo.
Después del instituto, Stuart fue fichado por la universidad
de Ohio para jugar al fútbol americano, e incluso llegó a
entrar en un equipo de práctica de la NFL. Ahora vive en
California y solo vuelve a New Summit para las vacaciones.
El pulso se me acelera. Es estúpido e infantil, pero estaba
súper colada por él en el instituto. Él ni siquiera me miró una
sola vez, pero Dios… estaba loca por él. Cuando cumplí
quince años, habría sacrificado a mi primogénito si eso hacía
que Stuart Sutherland se fijara en mí.
No tengo ni idea de qué está haciendo en el Café de Cassie.
—Cassie Turner —Stuart me lanza una sonrisa mientras
entra contoneándose—. Hace ocho años desde la última vez
que te vi, ¿verdad?
Me quedo con la boca abierta. ¿Stuart Sutherland sabe mi
nombre? La Cassie adolescente está bailando de alegría.
Ahora que lo pienso, por el modo en que mi corazón está
golpeteando contra mi pecho, la Cassie adulta está sufriendo
una reacción similar.
—Hola Stuart —contesto. «Tranquila, Cassie,
tranquila»—. No sabía que estuvieras en la ciudad.
—Sí, he vuelto para quedarme —responde, su mirada
paseándose por mi pequeño espacio. No tengo ni idea de lo
que piensa sobre las paredes de ladrillo visto, los altos
techos, y la cálida iluminación, porque no registro sus
siguientes palabras. Aún estoy atascada en el bombazo de
que ha vuelto a mudarse aquí.
Stuart Sutherland ha vuelto a la ciudad. La cosa mejora.
—Voy a trabajar para mi padre —añade. Saca la cartera de
su bolsillo trasero—. ¿Puedes servirme una taza de café para
llevar, por favor?
—Por supuesto.
Me apresuro a servir su pedido, limpiándome a escondidas
las sudorosas palmas en mi delantal. «Contrólate,» me
regaño.
—Gracias —dice, tomando la taza que le tiendo—. Por
cierto, Cassie, ¿te apetece salir el viernes por la noche? Tal
vez podamos quedar en el bar que hay calle abajo.
Stuart Sutherland acaba de pedirme salir. Señoras y
señores, ha llegado la hora de lanzar el confeti y las
guirnaldas.
—Sí —digo con voz ahogada—. Eso sería genial.
—Perfecto —saca una tarjeta de su cartera y la empuja
hacia mí—. Llámame el miércoles y decidiremos los detalles.
Cogiendo el cambio de su billete de cinco dólares, me
guiña el ojo y se marcha.
Por el rabillo del ojo puedo ver que James y Lucas han
observado toda la interacción con idénticas expresiones de
desaprobación en sus rostros. «No me importa,» me digo
desafiante. «Puedo salir con quien quiera.»
Aún así no puedo mirarles a los ojos.
2

LUCAS

R econozco a un imbécil cuando lo veo, ¿vale? Y este


tipo que acaba de pedirle salir a Cassie es uno de
ellos. Apostaría mi vida a que lo es.
—¿Quién es ese tío? —me pregunta James en voz baja—.
No le he visto por aquí antes. ¿Y tú?
Sacudo la cabeza frunciendo el ceño.
—Suena a que es de aquí, de la ciudad.
Sí, bueno. Pues he escuchado sin sentir vergüenza la
conversación de Cassie. No la conozco desde hace mucho,
pero me siento protector con ella.
Dejen que lo diga de otro modo. Me siento muy protector
con Cassie. Ha sido así desde que Amy Cooke nos enseñara
un vídeo de una Cassie de once años, su rostro cubierto de
maquillaje, bailando en algún estúpido concurso de belleza.
—Qué gracioso, ¿verdad? —había dicho riéndose—. Mira
el modo en que sacude las caderas. Cassie Turner fue siempre
toda una ramera.
Jodida zorra estúpida. Nina nunca debería haber
contratado a la chismosa recepcionista. No es que Amy
hubiera durado mucho en La Coqueta Alegre. Nina la
despidió tras su primera semana, cansada de las constantes
quejas y de su profunda holgazanería.
Los pueblos pequeños pueden ser crueles. Cada vez que
pienso en Amy riéndose de ese vídeo de Cassie, me
enfurezco. Nunca antes en mi vida le he pegado a una mujer,
pero ese día estuve jodidamente cerca de hacerlo.
—No me gusta —declara James—. No le ha dado propina.
En serio, ¿qué tipo de imbécil no le da propina a su
camarera?
Reprimo mi sonrisa. James solía trabajar en Starbucks
cuando iba a la universidad. Tiene sentimientos muy fuertes
hacia la gente que no deja propina a los camareros.
—Tal vez le resultara raro darle propina porque la conoce
—sugiero—. Además, Cassie no es exactamente una
camarera. Es la dueña de la cafetería.
—No defiendas al idiota, Lucas —salta él.
Es todo un cambio de roles para nosotros. Yo soy
normalmente el que pierde los nervios; James es más
tranquilo. La enfermedad de Patrick, sin embargo, le ha
pasado factura. Tras el derrame, los dos nos pasamos días
junto a su cama de hospital sin saber si iba a ponerse bien.
Una vez estuvo lo suficientemente recuperado como para que
le dieran el alta para trasladarlo a un centro de
rehabilitación, James tuvo que pelearse con una compañía
aseguradora que no quería cooperar y la cual se negaba
rotundamente a pagar su tratamiento. Ambos vaciamos
nuestras cuentas bancarias y estiramos el crédito de nuestras
tarjetas al límite para conseguirle a Patrick los cuidados que
necesitaba.
Si tuviera que volver a hacerlo, tomaría las mismas
decisiones. La familia lo es todo. Mi propio padre me echó de
casa cuando yo tenía dieciséis años, y Patrick me acogió. «Se
lo debo todo.»
No son los problemas económicos los que tienen a James
pendiente de un hilo. Es el estado de ánimo de Patrick. El
padre de James solía ser el hombre más animado del mundo,
alegre, sonriente, siempre riendo, siempre contando
chistes… pero desde el derrame ha cambiado. Es impaciente y
está malhumorado. Le fastidian sus nuevas limitaciones. Ya
ha ahuyentado a dos logopedas.
—¿Entonces has hablado con Bollington? —Patrick
necesita un psicólogo, pero pertenece a una generación que
considera el hecho de hablar con un loquero un signo de
debilidad. Nos dice con tozudez que todavía no está
preparado para un manicomio cada vez que sale el tema.
—Va a ir a verle mañana —contesta James con un suspiro
—. Eso si consigo convencer a mi padre de que salga de casa.
No hay buenas perspectivas entonces.
—¿Y qué hay del hermano de Sophia? —pregunta mi
amigo—. Él también es psicólogo. Parecía buena gente.
—He pensado en ello. Pero claro, tal vez papá se sentiría
más cómodo con alguien de edad cercana a la suya.
Supongo que James tiene razón. Patrick tiene sesenta y un
años, aunque nunca me ha parecido un viejo. Siempre ha
estado lleno de energía.
Ya no.
Miro a mi alrededor. La cafetería se ha vaciado. Cassie ha
desaparecido dentro de la cocina, así que no puedo
interrogarla sobre el idiota con quien va a salir el viernes. Es
hora de que nos vayamos a casa y trabajemos en nuestro
guion para el programa de mañana.
—¿Preparado para marcharnos?
James se pone de pie.
—Más nos vale —contesta—. Tengo que echarle un
vistazo al tejado también. Creo que tiene goteras.
Ah, las alegrías de estar completamente arruinados. La
casa que compramos es un absoluto desastre. Cassie la llamó
una ruina y estaba siendo amable.
—Vamos.
James se gira para mirar al mostrador una última vez.
—No me gusta ese tipo —murmura entre dientes.
A mí tampoco, colega. A mí tampoco. Pero, ¿qué podemos
hacer? Ambos hemos pedido salir a Cassie y nos ha
rechazado. No somos locos acosadores pervertidos. Podemos
aceptar una negativa.
«Más le vale a este tipo que la trate como una jodida
princesa.» No me gusta el modo en que mucha gente de New
Summit trata a Cassie. Cuando no se están riendo de sus
videos de los concursos de belleza, están sacudiendo la
cabeza por sus salvajes años adolescentes.
Tal vez sea porque la han conocido desde que era una niña,
pero no ven a la mujer adulta en la que se ha convertido.
Amable y generosa hasta decir basta. Nadie se da cuenta de
que Cassie siempre tiene una taza de café preparada para el
hombre sin hogar que vive en el parque. Al final del día, no la
ven llevar las galletas y magdalenas que no se han vendido al
banco de alimentos de la pequeña comunidad. En la fiesta de
Sophia, Mia nos contó que fue Cassie quien le dio el capital
inicial para abrir su boutique.
Por supuesto, eso no evita que le pidan que patrocine sus
equipos de fútbol y sus diversos eventos para recaudar
fondos. No, ellos toman su dinero y aceptan su generosidad
como si fuera un deber.
He estado con más mujeres de las que recuerdo, mujeres
que estaban interesadas en acostarse con un famoso,
mujeres para quienes yo no era más que otra muesca en el
poste de su cama. Nunca me importó.
Tras el derrame de Patrick, soy dolorosamente consciente
de mi propia mortalidad. Acostarme con montones de
mujeres no es suficiente; quiero más. Quiero estabilidad y
permanencia. Quiero amar y que me amen. Quiero despertar
cada mañana junto a una mujer que haga que mi corazón se
pare al verla.
Cassie sigue en la parte trasera. Empujo la puerta principal
y salgo a la calle. «Si ella fuera mía,» pienso en silencio, «le
diría lo especial que es todos los días.»
A mi lado, James suelta un taco por lo bajo.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
Hace una mueca.
—Nina no trabaja el viernes —dice—. Quería que nosotros
atendiéramos el bar, ¿recuerdas?
Caigo en cuenta. Vamos a estar en primera fila para
presenciar la cita de Cassie.
No consigo decidirme si eso es bueno o malo.
3

CASSIE

A
para mí.
las once, me dirijo hacia la boutique de Mia con dos
tazas de café, una magdalena de naranja con
arándanos para ella, y otra de trocitos de chocolate

—Le di mi última magdalena de zanahoria al doctor


Bollington —confieso antes de que pregunte—. Lo siento.
Ella se ríe.
—No te culpo.
Nos sentamos en el sofá de terciopelo de Mia y me como
mi magdalena, sin preocuparme de tener cuidado con las
migas. Mia va a sacar su aspiradora de mano al final de
nuestro mini descanso de todos modos. No es demasiado
ordenada en casa, pero es una loca del orden en su tienda.
—¿Qué tal tu fin de semana? —le pregunto—. ¿Los
loqueros sexis siguen estando igual de buenos?
Sus ojos brillan como lo hacen cada vez que menciono a
Ben y a Landon.
—Fue encantador —dice—. Salimos en el barco el sábado.
Te habría llamado, pero…
—Pero los tres acabaron dándole al tema como conejos.
Sonrío con malicia cuando sus mejillas se ruborizan. Puede
que el trío de Mia sea la comidilla de todo New Summit, pero
mi amiga sigue poniéndose roja como una remolacha cuando
alguien habla de sexo.
—Cambiando de tema —dice—. He oído que Stuart
Sutherland ha vuelto a la ciudad.
—Sí, vino a la cafetería. Dijo que había vuelto a New
Summit para quedarse —hago una mueca, sabiendo que a
Mia no le va a gustar lo que estoy a punto de decir—. Me
pidió salir.
—Oh Cass —suspira—. ¿En serio?
—Ya sé que él no te gustaba en el instituto —discuto—.
Pero ya es un adulto. Es una persona diferente.
—Lo dudo —le da un sorbo al café con expresión
desaprobadora en su rostro—. No creo que la gente cambie
tanto como tú crees que lo hacen. Ti any Slater era una
zorra animadora por aquel entonces, y ahora es una zorra
adulta. Amy Cooke era una chismosa sabelotodo de
adolescente, y la edad no la ha mejorado para nada. Stuart
Sutherland era un deportista egoísta en el instituto. Yo diría
que la probabilidad de que sea un imbécil es jodidamente
alta.
—Guau, ¿de dónde sale toda esa ira? —le digo en broma.
Sé de dónde sale. Uno de los amigos de Stuart, un chico
llamado Mike Payne, me llamó “gentuza” una vez delante de
Mia, y Stuart se había reído. Mia sigue enfadada por mí.
—Vas a salir con él —dice llanamente.
—Es Stuart Sutherland —intento razonar con mi mejor
amiga—. Además, no hay exactamente muchas opciones de
chicos con los que salir en New Summit.
—Lucas y James —responde de inmediato.
—Lucas y James —respondo, ignorando el modo en que
mi corazón parece latir más rápido ante la mención de sus
nombres—, son Youtubers.
—¿Y qué?
—Mia, por favor —le lanzo a mi amiga una mirada
exasperada—. Veo una cámara y quiero vomitar. No concibo
que la cosa funcionara entre nosotros.
Me esfuerzo al máximo para mantener un tono frívolo,
pero siento un nudo en la garganta. He tardado años en
llegar hasta el punto en que puedo comerme una magdalena
sin oír la voz de mi madre en mi oído, diciéndome que
engordaré. Aún me encojo de dolor cuando recuerdo la vez en
que algunas animadoras encontraron un viejo vídeo mío de
un concurso de belleza y se lo pasaron a todos,
convirtiéndome en el hazmerreír del instituto.
«Respira hondo, Cass. Eso es el pasado.»
Hay una expresión atípicamente terca en el rostro de Mia.
—Puede que Lucas y James sean famosos —dice—, pero
no veo por qué eso debería evitar que salgas con ellos. No es
como si te estuvieran pidiendo que seas parte de su
programa. En cualquier caso —continúa diciendo—, son
muy discretos. ¿Has oído alguna vez a James hablar sobre la
enfermedad de su padre en su programa?
Supongo que tiene razón.
—¿Cómo sabes tanto sobre James y Lucas? —pregunto,
esperando distraerla—. Yo me acabo de enterar hoy de que el
padre de James se está recuperando de un derrame.
—Sophia me lo contó —contesta. Por supuesto. La
hermana de Landon es ayudante de cocina en La Coqueta
Alegre, donde James y Lucas trabajan como camareros tres
noches a la semana. Me lanza una mirada inquisitiva—.
James y Lucas quedan en tu cafetería casi cada día. ¿Ninguno
de los dos te ha pedido salir? —una sonrisa traviesa aparece
en su rostro—. ¿O los dos?
Pongo los ojos en blanco.
—Mia, solo porque tú estés en una relación a tres no
significa que todo el mundo quiera lo mismo.
—¿En serio? —me desafía con voz escéptica—. ¿Nunca lo
has pensado? ¿Dos hombres prodigándote todas sus
atenciones, haciéndote sentir como si fueras el centro de su
universo? ¿Nunca te has sentido tentada?
Me siento tentada cada vez que veo a Lucas y a James.
Ella observa mi expresión.
—Exacto —dice con satisfacción—. Y en vez de darle una
oportunidad a algo que podría ser realmente bueno, vas a
salir con Stuart Sutherland —suena asqueada—. Cass, te
quiero como a una hermana, pero estás siendo ridícula.
—¿Quieres venir a La Coqueta Alegre el viernes? —le
pregunto, en otro intento por distraerla de su obsesiva idea
de “Cassie debería salir con James y Lucas”—. Puedes
fulminar con la mirada a Stuart toda la noche.
—No puedo —se sonroja—. Nos vamos a pasar el fin de
semana en un centro turístico de Vermont.
—Bien por ti, chica —le digo sinceramente—. Me alegro
de verdad por ti. Ben y Landon son unos tipos geniales.
Vale. Me siento en gran parte feliz por ella. Hay una parte
diminuta de mí que se siente deseosa. Me gustaría tener lo
que tiene Mia.
«Tal vez Stuart sea mi alma gemela.» Eso me digo
silenciosamente. Pero de algún modo lo dudo.
Confesión secreta: soy adicta a Charla Ardiente. Es un
programa genial. James y Lucas son una combinación mágica
de sexi hasta no poder más, y amistoso y cercano. Puedo
fantasear con tener sexo con ellos en el asiento trasero de un
coche, y también puedo visualizarles yendo a casa para
conocer a los padres. No a mis padres, obviamente, pero ya
saben a lo que me refiero.
Tengo una semana ajetreada y no tengo la oportunidad de
ponerme al día con el programa de James y Lucas hasta el
jueves. Para variar, no tengo nada planeado para la noche,
así que me sirvo un vaso de vino barato y me instalo en el
sofá con mi portátil apoyado en mis muslos. Llevo puesta
una camiseta larga y nada más. Venga ya, ¿a quién quiero
engañar? Tengo a James y a Lucas hablando de sexo en
YouTube, y tengo vino. La masturbación es una conclusión
inevitable.
Miss Miau, mi gata atigrada naranja, está medio dormida
en la silla frente a mí.
—No mires —le advierto—. Eres demasiado joven para ver
esto.
Me lanza una mirada desdeñosa y mete la cabeza bajo sus
patas. Riéndome un poco, examino el listado. Los chicos
suben un vídeo nuevo tres veces a la semana: martes, jueves,
y sábado. Me he perdido el episodio del martes, así que lo
busco y, cuando veo el título, mi corazón da un vuelco.
“Charla Ardiente: Tríos y Más”.
Oh cielo santo, esto es un sueño húmedo hecho realidad.
Pincho en el enlace, pongo el vídeo en pantalla completa, y
dejo el portátil sobre mi mesita con tapa de cristal, al lado de
mi vino. ¿Qué? Voy a necesitar ambas manos para esto.
¿James y Lucas van a hablar sobre tríos? Es como si hubieran
entrado en mi cabeza, hubieran elegido mi fantasía más
perversa y sucia, y decidieran hacer un programa sobre ello.
Por supuesto que voy a masturbarme.
—Hola, gente —dice James primero, lanzándole una
sonrisa a la cámara. Lleva puesta una camisa marrón
chocolate, sus mangas enrolladas de un modo casual, sus
fuertes antebrazos a la vista. Mis entrañas se encogen un
poco ante esa vista. «Tan sexi»—. Lucas y yo tenemos un
pedazo de programa para ustedes hoy. Vamos a hablar de los
placeres del sexo no tradicional. Específicamente, los tríos.
Lucas sonríe. Hoy lleva una camiseta de Metallica de su
gira S&M. Aparte de tener un aspecto tan deseable como un
cucurucho de helado en un caliente día de verano, tiene un
excelente gusto musical. No es justo.
—Y no estamos hablando de la fantasía de todos los
hombres. Esto no va de dos lesbianas ardientes que se
vuelven locas por sus pollas, amigos. Este programa es para
las damas.
Mis dedos recorren mi muslo. Cierro los ojos y dejo que el
sonido de sus voces me recorra. En mi imaginación, no son
mis manos las que están sobre mi cuerpo. Es James. En mi
imaginación, Lucas me susurra en el oído, llamándome chica
traviesa porque no llevo puestas las bragas.
—La semana pasada —dice James en pantalla—, nuestra
buena amiga Avery nos llamó presa del pánico.
¿Qué Avery? Paso de cero a loca zorra celosa en un
parpadeo. He visto todos los programas de Lucas y James, y
nunca antes he sabido nada de esta chica. ¿Quién demonios
es?
James continúa hablando.
—Su novio Kevin quería compartirla con otro chico y ella
se puso de los nervios. Avery no quiere salir ante las
cámaras, pero la tenemos al teléfono. Avery, habla con
nosotros.
—Hola a todos —Avery suena animada pero nerviosa. Me
la imagino de inmediato como una rubia bajita que se parece
a Kylie Minogue—. Pues sí, Kevin y yo habíamos estado
hablando sobre fantasías, ¿saben? Y él dijo que su fantasía
favorita es compartirme.
Vale, Avery me está cortando el rollo. Tengo vino, tengo
mis manos ahí abajo, y estoy preparada para oír hablar a
James y a Lucas, no a una chica.
—Y tú te horrorizaste porque… —la anima Lucas. Dios, su
voz. Ronca, profunda, divertida. Sí, me pongo a tono con la
voz de Lucas. Cállate, Avery. Deja que los chicos hagan el
programa.
Froto un pulgar sobre mis henchidos pezones.
Normalmente me centro más en mi clítoris, pero hoy mi
imaginación se descontrola. No son mis dedos los que pasan
sobre mis endurecidos pezones. Lucas y James no se darían
prisa. Se tomarían su tiempo. Explorarían cada centímetro de
mi cuerpo, despacio, deliberadamente, hasta que me
retorciera de ardor y deseo, hasta que temblara de necesidad,
hasta que suplicara más…
Avery le responde a Lucas, pero no le estoy prestando
atención, perdida como estoy en mis fantasías. Creo que se
está preguntando si su novio podría pensar que es una fulana
si le dice que acepta lo del trío.
—No seas ridícula —le regaña Lucas. La cámara se
concentra en él y yo me concentro en su rostro. Hay un poco
de vello cubriendo su mandíbula. Está reclinado en el sofá,
sus piernas extendidas delante de él, con aspecto relajado y
casualmente hermoso—. Si te pide que cumplas sus fantasías
y luego va a juzgarte por ello, deberías cortar con semejante
perdedor.
—Para que conste —dice James mirando a la cámara—.
Me encanta cuando una mujer con la que estoy saliendo me
cuenta sus fantasías. Me encanta que me confíe sus deseos
ocultos. Es muy íntimo.
Esa última palabra suena más baja, casi como una caricia,
y envía una oleada de calor por mi cuerpo. No me extraña que
Charla Ardiente tenga millones de seguidores.
Recorro mis dedos despacio por mi vagina. Finjo que los
ojos marrón chocolate de James están clavados en mí, que su
profunda y sexi voz está dirigida a mí. Es para ellos por
quienes me abro de piernas en mi sofá. Deslizo mi dedo
índice dentro de mi raja. Estoy empapada ante la idea de que
los dos me toquen al mismo tiempo, mirándome desnuda,
llenándome hasta el fondo con sus duras pollas.
Pensar en pollas duras es un modo seguro de hacer que me
corra. Solo lo digo.
—Es algo que me pone muy cachondo —está diciendo
Lucas—. Soy un hombre. Me gusta mirar, ¿y ver a una mujer
que me importa volverse loca de placer? Es mejor que el
mejor porno del mundo.
Estoy chorreando de deseo. Todo mi cuerpo se siente
ruborizado y enfebrecido. Estoy temblando mientras froto mi
clítoris más rápido. Mi cabeza cae hacia atrás. Me muerdo el
labio inferior cuando me acerco al clímax.
James se ríe.
—Yo también soy un poco mirón —admite—. Pero es más
que eso para mí. Quiero que la mujer con la que estoy se
sienta adorada, venerada, deseada.
Esas palabras mágicas me hacen caer por el precipicio.
Conteniendo un grito, exploto, todo mi cuerpo llenándose de
liberación.
El programa llega a su fin, pero aún me recorren el cuerpo
temblores de mi orgasmo. Perdida en mi deseo, apenas he
prestado atención a este episodio. Necesito volver a verlo.
Y necesito librarme de este encaprichamiento
inconveniente que siento por Lucas y James. «Nada de
seguir masturbándome con Charla Ardiente,» me digo con
firmeza. «Si necesitas masturbarte, mira porno como el
resto del mundo.»
Miss Miau me lanza una mirada de desdén. Su expresión
parece decir, «Sí, claro, ya he oído eso antes.»
4

JAMES

E n el negocio de los video blogs, la consistencia es


esencial. Lucas y yo hacemos un programa tres veces
por semana, sin vacaciones ni descansos. Nos
pasamos horas en las redes sociales, charlando con nuestros
fans. No es el modo más fácil de ganarse la vida, pero nos
gusta nuestro trabajo.
Esta es la cuestión. El porno fácilmente accesible ha jodido
las mentes de la gente en todas partes. «Especialmente las
de las mujeres.» Una chica nos dijo una vez en una fiesta en
Manhattan que sus labios internos eran demasiado largos, y
que su novio pensaba que debería hacerse una
reconstrucción vaginal.
Le dijimos que cortara con el cabrón. En serio. ¿Una mujer
está teniendo sexo contigo, imbécil, y tú te estás quejando
por la forma que tienen sus labios vaginales? «Estúpido.»
Y luego están todas las mujeres que creen que hacerse la
depilación brasileña es un paso esencial antes de una cita.
Chicas, escúchenme bien. Los hombres de verdad no
permiten que un poco de pelo se interponga en sus acciones,
y cualquiera que insista en que necesita pasar tiempo con la
cera caliente antes de recibir una polla, pues es un cabrón.
Para ser honestos, la mayoría de los consejos que damos
pueden resumirse en una frase. No seas imbécil, y no salgas
con un imbécil.
Nos estamos acercando al tercer aniversario de nuestro
programa, lo cual, en nuestro negocio, es un gran hito. Una
de nuestras fans nos preguntó cuánto tiempo pensábamos
estar haciendo Charla Ardiente, y dijimos que para siempre,
y lo decíamos en serio.
Por supuesto, la vida real se está interponiendo.
Todos los días aparecen facturas en el correo. Logopedas,
especialistas en rehabilitación, terapia física… todo cuesta
dinero. Mi padre, quien era el dueño de un taller mecánico en
Washington Heights, tenía una especie de seguro de salud,
pero la compañía ha estado remoloneando en lo concerniente
a cubrir su tratamiento.
Por mucho que no quiera hacerlo, bien podría tener que
renunciar al programa y conseguir un trabajo normal, uno
con un plan de salud que cubra a mi padre. Lucas y yo
tenemos una oferta de trabajo de un canal de televisión por
cable que sirve a un público femenino. Sammie Teale quiere
contratarnos para hacer un programa de consejos desde el
punto de vista de un hombre.
—Nuestras televidentes lo devorarán —nos había dicho
repetidas veces—. Las mujeres quieren saber lo que los
hombres piensan en secreto, especialmente en lo que
concierne a las citas y al sexo. Ustedes son perfectos.
Lo cual nos trae a la reunión de hoy con Spencer Calkins.
Calkins es el dueño de Pecado a Petición, un estudio de
películas para adultos que se especializa en porno apto para
mujeres. Me he encontrado con él en otros eventos de la
industria antes y nunca me ha importado mucho ese hombre.
Siempre consigue sonar como un pervertido.
La semana pasada, el ayudante de Calkins nos llamó de
repente y nos dijo que su jefe estaba planeando ir a New
Summit y quería reunirse con nosotros. Normalmente le
habríamos rechazado educadamente, pero con las facturas
apilándose no tenemos opción. La rehabilitación es cara y la
terapia no es barata, y estoy preparado para gastar todo lo
que haga falta para conseguir la recuperación de mi padre.
Además, seamos honestos. Me siento feliz por tener
cualquier excusa para ir a la cafetería de Cassie. Verla es el
punto álgido de mi día.
Me toca a mí comprar los cafés, así que me acerco al
mostrador. Cassie lleva una camisa de cuadros rojos y
pantalones cortos de color blanco. Sus piernas son largas,
esbeltas, y bronceadas. Cuando se estira para coger una
alegre taza amarilla de la estantería de arriba tras ella, se le
sube la camisa, exponiendo la parte baja de su espalda. Mi
polla se endurece.
Me aclaro la garganta.
—Hola, Cassie.
Se sobresalta y se gira en redondo.
—James —exclama—. Me has asustado. No te he visto
entrar.
—Estabas en la trastienda.
—Estaba haciendo inventario —me dedica una brillante
sonrisa—. Estoy planeando ir al supermercado en algún
momento este fin de semana.
La puerta se abre. Por el rabillo del ojo veo a un cuarentón
larguirucho entrar con una gorra de béisbol calada hacia
atrás sobre su cabeza. Spencer Calkins.
Calkins no me ve en el mostrador, pero ve a Lucas y
levanta una mano como saludo. Cassie observa al hombre
sentarse en el sofá.
—¿Es amigo suyo? —pregunta con curiosidad.
—Un socio de negocios —cojo las dos tazas de café que me
tiende y me acerco a ellos—. Señor Calkins —saludo al tipo
—. Es bueno verle —dejo el café en la mesa delante de
nosotros y le estrecho la mano.
—James Fowler y Lucas Bennett —muestra una amplia
sonrisa, frotándose las manos. Este tipo es muy raro—. Estoy
en presencia de famosos.
No sé cómo responder a eso. Tomando asiento, oculto mi
mueca mientras Lucas pone los ojos en blanco. Los tres
intercambiamos comentarios amables durante unos
minutos. Entonces me inclino hacia delante y voy directo al
grano.
—¿Quería reunirse con nosotros?
—Sí —cruza las piernas—. He estado viendo su programa
—dice—. Es bueno. Me gustaría hacer un trato con ustedes. Y
aquí está mi propuesta. Pecado a Petición patrocina su
programa durante seis meses. Por supuesto, a cambio del
dinero, querré tener cierto control editorial.
Intercambio una mirada con Lucas, quien está mirando su
café con el ceño fruncido. Una incomodidad recorre mi
espalda. ¿Darle control de edición a Calkins? No me gusta esa
idea.
—¿Qué tipo de control?
—Nada fuera de lo normal —dice ligeramente—.
Escogeremos invitados para que aparezcan en su programa,
sugeriremos temas para que los traten… ese tipo de cosas.
Calkins quiere controlarlo todo.
—¿Cuánto dinero?
Lucas me dedica una mirada aguda. Su expresión parece
preguntarme qué estoy haciendo.
—Cinco mil a la semana —responde.
Mierda. Cinco mil a la semana. Veinte mil al mes. Esa
cantidad de dinero pagará mucha terapia y rehabilitación.
—James y yo necesitamos discutirlo —interviene Lucas
firmemente—. Estaremos en contacto.
—Tienen dos semanas —responde poniéndose de pie—.
Tomen la decisión correcta, chicos. Esto es dinero que
cambia la vida.
5

CASSIE

T an pronto como entro en el bar con Stuart Sutherland


el viernes por la noche, tengo uno de esos momentos
en los que piensas “oh mierda”.
James y Lucas están de camareros esta noche. Y por
supuesto se ven guapísimos y, por supuesto, están rodeados
de mujeres que se ríen como tontas. Nunca me había dado
cuenta de la cantidad de mujeres solteras que existían en
varios kilómetros a la redonda de La Coqueta Alegre hasta
que los dos hombres comenzaron a trabajar allí.
Stuart se ilumina visiblemente cuando ve el grupo de
mujeres. Buen trabajo teniendo tacto, colega. Vaya forma de
hacer que me sienta especial. Las palabras de Mia suenan en
mi cabeza. «En vez de probar suerte con algo que podría
haber sido muy bueno, estás saliendo con Stuart
Sutherland.»
Maldita sea. Odio cuando mi mejor amiga tiene razón.
La Coqueta Alegre no tiene servicio en mesa los viernes
por la noche, así que Stuart se abre camino a codazos hasta
un extremo de la barra y llama con la mano al camarero más
cercano. En este caso es Lucas. Me encojo por dentro. Lucas y
James son mis amigos, y Stuart les está tratando como si
fueran criados.
Lucas levanta una ceja ante el gesto, pero se acerca con
una agradable sonrisa en el rostro.
—Hola, Cassie —me saluda con un guiño—. Qué sorpresa
verte por aquí —se gira hacia Stuart—. ¿Qué puedo servirles?
—Dos pintas de lo que sea que tengas en oferta —
responde Stuart sin mirarme.
—A Cassie no le gusta la cerveza —Lucas frunce el ceño y
se gira hacia mí—. ¿Una copa del vino de la casa, Cass?
Me encojo ante la expresión de disgusto de Stuart. Lucas
tiene razón: Mia es la fanática de la cerveza, no yo, pero él
está pinchando a Stuart deliberadamente.
—La cerveza está bien —respondo con rapidez.

D OS HORAS más tarde aún sigo bebiendo esa pinta de cerveza,


que ahora está caliente y sabe a agua pantanosa. Stuart está
en una esquina de la barra, recibiendo la atención del modo
en que lo hacía en el instituto. Está rodeado por el grupo de
las chicas malas: Ti any Slater, Amy Cooke, Gayla Jackson, y
el resto de las animadoras, y él está disfrutando de su
atención. Si me marchara, ni siquiera se daría cuenta.
—¿Quieres cambiar esa cerveza por un vino? —la voz de
Lucas suena en mi oído.
Dejando la pinta sobre el mostrador, le dedico una sonrisa
agradecida.
—Gracias.
James también se acerca.
—Te has arreglado mucho esta noche —dice—. Te ves
guapa.
—No puedo creer que me haya maquillado y me haya
afeitado las piernas por este tío —murmuro, cogiendo la
copa de vino que me tiende Lucas—. Vaya pérdida de tiempo
ha sido.
Los ojos de Lucas me recorren despacio.
—Eres la mujer más hermosa de la sala —dice suavemente
—. Con y sin maquillaje —se inclina hacia delante y pasa un
dedo por mi nuca—. No me había fijado en tu tatuaje —su
voz es baja y su expresión intensa y concentrada—. Libertad
peligrosa —lee.
Me siento mareada. Todo mi cuerpo se vuelve consciente
de su tacto, del modo en que James nos observa a los dos con
una ligera sonrisa en su rostro.
—Prefiero la libertad peligrosa a una esclavitud pacífica —
susurro.
—Thomas Je erson —dice James. Debo parecer
sorprendida de que hubiera reconocido la cita, porque sus
labios forman una sonrisa—. Licenciatura en Humanidades
—explica—. Es buena para todo tipo de información trivial.
—¿Por qué esa cita? —la voz de Lucas envía escalofríos
por mi espalda.
—Fui una adolescente rebelde —trago saliva. Estoy segura
de que James y Lucas han oído una versión de esta historia
porque, si hay algo que le encanta a New Summit, son los
chismes—. Cuando era niña, mi madre me presentaba a
todos los concursos de belleza en un radio de ochocientos
kilómetros. Me disfrazaba con lentejuelas y encajes, y me
exhibía. Cuando cumplí trece años decidí que estaba harta de
que me mostraran como a un perro de exhibición.
Los ojos de James muestran una cálida empatía.
—No te culpo.
—Mi madre no quería que lo dejara —mis labios se
retuercen cuando recuerdo los gritos, las lágrimas, y los
improperios—. A ella le encantaban las competiciones. Vivía
a través de mí y, cuando dejé de cooperar, no tenía ningún
uso para mí. De todos modos, para resumir, me saqué un
carnet de identidad falso y una noche, cuando tenía quince
años, cogí el autobús a la ciudad, entré en un salón de
tatuajes, y me lo hice.
Hay demasiada comprensión en sus expresiones. Me
aclaro la garganta.
—Cuando murieron, mi hermanastra se vino a vivir
conmigo. Las cosas mejoraron una vez que Kelli apareció.
Stuart se está riendo de algo que Ti any está diciendo, con
sus dedos apoyados en su antebrazo. Pues vaya con mi cita.
Lucas le lanza una mirada de desaprobación.
—¿Qué estás haciendo con ese asqueroso, Cass? —me
pregunta—. Deberías estar con alguien que te preste
atención, que te adore.
—¿Cómo tú? —todo el aire parece abandonar la habitación
—. ¿O como James?
—O los dos —hay una callada intensidad en la voz de
James—. Te vimos observando a Mia con Landon y Ben en la
fiesta de Sophia. Admítelo, Cass. Has pensado en ello,
¿verdad?
¿He pensado en James y Lucas aprisionándome entre sus
cuerpos? Pues sí, sí, claro que sí. Desde que conocí a ambos
hombres, esa es mi fantasía más persistente. Y anoche,
cuando escuché su programa sobre los tríos, me había
sentido muy cachonda, muy caliente por ellos.
Intento enumerar las razones por las que no debería estar
con Lucas y James, pero ahora mismo no puedo pensar en
una sola.
—Tal vez —susurro.
—Ven a casa con nosotros esta noche —me anima Lucas
—. Habremos terminado de trabajar en un par de horas.
Me siento tentada. Muy tentada. Estoy casi preparada para
abrir la boca y decir que sí, y a tomar por saco las
consecuencias.
Justo entonces, las animadoras recogen sus cosas y se
preparan para marcharse, y Stuart parece recordar mi
existencia.
—Oye, Cassie —dice—. Gayla va a dar una fiesta en su
casa. ¿Vamos?
Las opciones penden delante de mí. ¿Lucas y James, o
Stuart? ¿Una libertad peligrosa o una pacífica esclavitud?
¿Estoy preparada para tener un trío con dos Youtubers, o
debería elegir el camino más seguro? Stuart Sutherland no
hace que mi corazón lata más rápido, pero quizás eso sea lo
mejor.
—Claro —respondo—. Dame un segundo para ir al
servicio y estaré lista para irnos.

J AMES Y L UCAS me están esperando fuera de los lavabos. Las


manos de James forman puños a ambos lados de su cuerpo.
—No tienes por qué elegirnos —dice Lucas, su voz parece
tomada por la urgencia—. Pero no te marches con él, Cass.
Le hemos servido seis cervezas esta noche. No está en
condiciones de conducir.
Debería escucharlos. Mis padres murieron en un accidente
de coche.
Pero si me quedo por allí, tan seguro como que me llamo
Cassie Turner, sé que me iré a casa con ellos esta noche. Les
deseo demasiado.
Comparado con eso, Stuart Sutherland conduciendo
borracho me parece la opción más segura.
—Estaré bien —susurro. Evitando mirarlos, huyo.
Tonta, tonta Cassie.
6

LUCAS

T res horas más tarde, cerramos La Coqueta Alegre. Yo


estoy limpiando y James está contando el dinero de la
caja registradora cuando suena mi teléfono. Es Cassie.
—¿Lucas? —dice con voz temblorosa. Suena como si
hubiera estado llorando—. He intentado llamar a James, pero
sonaba y no me atendía.
—¿Qué ha pasado? —mi corazón late más rápido—.
¿Dónde estás?
—Entre la Autopista 7 y Honey Lane —responde,
nombrando una intersección que está a las afueras de la
ciudad—. Stuart casi choca contra un árbol y hemos acabado
en una zanja. La policía está aquí.
—Ahora mismo vamos para allá —digo al instante,
intentando mantener la rabia alejada de mi voz por el bien de
Cassie. ¿Cómo se atreve ese imbécil a poner a Cassie en
peligro? Estúpido bufón.

C ASSIE SOLÍA VIVIR con su hermana, pero Kelli recibió una


oferta de trabajo de un hospital de Pittsburgh a comienzos
del año. Tras recoger a Cassie en la escena del accidente, la
llevamos directamente a nuestra casa. Son casi las tres de la
mañana y Patrick está profundamente dormido.
La instalamos en el sofá de cuero de nuestro despacho, la
única habitación de la casa que no es una ruina. El resto de
las habitaciones tienen la estructura desnuda, y hemos
estado trabajando para aislar cada pared antes de instalar los
paneles de yeso. Es mucho trabajo y avanzamos despacio.
Le abrigo los hombros con una manta. James, quien cree
que una taza de chocolate caliente es la solución para todas
las desgracias de la vida, le pone una taza a Cassie entre las
manos.
—Bebe —dice suavemente.
Los dedos de Cassie tiemblan y la taza se sacude,
derramando chocolate por el borde.
—Sé que no debería haberme subido al coche con Stuart —
dice con voz monótona—. Mia está fuera este fin de semana.
De otro modo la habría llamado a ella. Siento haberlos
molestado.
—No nos has molestado —respondo de inmediato—.
Nunca eres una molestia, Cass —yo caminaría sobre cristales
rotos por esta chica, y ella ni siquiera lo sabe.
James intercambia una mirada preocupada conmigo. Se
sienta en el sofá junto a Cassie y le rodea los hombros con el
brazo.
—Estás a salvo —la consuela, acariciándole el cabello—.
Ahora estás aquí. No dejaremos que te pase nada.
Puto Stuart Sutherland. No solo había arriesgado su propia
vida conduciendo borracho, sino que también había
arriesgado la de Cassie. Le vimos en el asiento trasero del
coche de la policía cuando recogimos a Cassie, y el cabrón ni
siquiera tenía un rasguño.
Cassie apoya la cabeza en el hombro de James. Dejo la
envidia que siento a un lado y me siento al otro lado,
levantando sus pies desnudos para apoyarlos sobre mis
muslos.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta nerviosa.
—Dándote un masaje de pies —paso mis pulgares por su
empeine y ella suspira de placer—. Te ayudará a relajarte.
—Lo dudo mucho —susurra, aunque no se separa. Cierra
los ojos y da sorbitos a su chocolate caliente, y yo masajeo
sus pies hasta que está relajada y sin fuerzas.
Cuando la taza está vacía, James se la quita y la deja sobre
el sofá.
—¿Quieres otra taza, Cassie?
Ella sacude la cabeza.
—¿Tienes hambre? —le pregunta—. ¿Quieres que te haga
un sándwich de queso a la plancha?
Ella vuelve a negar con la cabeza.
—Solo hay una cosa que quiero ahora mismo —dice ella,
su voz apenas audible en la silenciosa sala.
—¿Qué es eso, Cassie?
Ella se incorpora y sus piernas caen al suelo.
—¿Me besarían? —nos pregunta—. ¿Por favor?
Mi corazón da un vuelco. Por supuesto que sí. No puedo
pensar en nada que me apetezca hacer más.
James es el primero en reaccionar. Coloca su mano en la
nuca de Cassie y tira de ella hacia él, reclamando sus labios
con un beso lento y profundo. Mientras lo hace, yo presiono
mis labios sobre el hombro desnudo de Cassie. Un pulso late
en la base de su cuello, y acaricio ese punto con mi pulgar.
—Sabes a miel —dice James con voz ronca, retirándose
con aspecto aturdido—. Dulce y cálida.
Quiero saborearla. Quiero sentir su cuerpo temblar bajo
mis manos. Quiero oírla gemir mi nombre mientras se corre.
Sujeto la barbilla de Cassie con mis manos, inclinándome
hacia ella, mirándola a sus seductores ojos grises.
—¿Estás bien, cielo? —le pregunto. Una parte de mí se
está preguntando por qué me estoy poniendo impedimentos
a mí mismo, pero me preocupo demasiado por Cassie como
para aprovecharme de ella. No quiero que se arrepienta de
habernos besado por la mañana—. Ya sabes que James y yo
te deseamos, pero has tenido una noche terrible.
—¿Lucas? —ella agarra mi camisa entre sus manos y tira
de mí para acercarme más a esos fruncidos labios rojos—.
Cállate y bésame.
Riéndome, presiono mi boca contra la suya. La beso
ligeramente al principio, recorriendo con mi lengua la unión
de sus labios hasta que los separa con un gemido. James
tiene razón. Sabe a miel y es jodidamente adictiva. Creo que
podría besarla toda la noche.
James toma los firmes pechos de Cassie en sus palmas.
—Te quiero desnuda —dice, su voz ronca por el deseo. Sus
pezones se endurecen como guijarros. Lleva su mano hacia la
cremallera de Cassie—. ¿Te parece bien?
Ella asiente, sus ojos están velados por el deseo.
James realiza su magia y el vestido de Cassie cae hasta su
cintura. Lleva un sujetador rosa de encaje transparente, y
cuando veo sus firmes pechos, sus pezones oscuros bajo el
encaje, trago saliva con fuerza. Es una visión y no puedo
retirar mis ojos de su cuerpo.
Mi polla está dura como una roca. Quiero llevarla a la
cama, arrancarle el resto de la ropa, y enterrarme en su
cuerpo.
Alargando la mano tras ella, desabrocho su sujetador, y se
lo quito.
—Tan jodidamente hermosa —gruño—. Ponte de pie,
cielo. Quítate ese vestido.
—¿Aquí? —mira alrededor de la habitación y luego se
tensa—. Mierda, este es su despacho —suelta de golpe.
—¿Sí? —mi voz está llena de confusión—. ¿Y qué? Es la
única habitación de la casa que no es un desastre.
—Aquí es donde graban el programa —se pone en pie de
un salto, sus dedos sujetando su vestido—. Oh cielo santo,
ustedes estaban sentados aquí cuando le hablaban a su amiga
sobre los tríos —recoge su sujetador del sofá y se lo pone—.
Y hay cámaras —chilla con los ojos bien abiertos.
—No están encendidas —James examina a Cassie con una
mirada de preocupación—. Cass, ¿qué pasa?
—Tengo que irme. Llamaré a un taxi o algo.
—No, por supuesto que no —no sé lo que acaba de pasar,
pero de ninguna manera voy a permitirle que se vaya sola a
casa en mitad de la noche—. Yo te llevaré.
Y tal vez cuando vuelva, James y yo podamos averiguar qué
hemos hecho o dicho para hacer que huyera. Porque una cosa
sí que sé. He probado a Cassie. Es como una droga en mis
venas, y no voy a alejarme de ella sin pelear.
7

JAMES

A l día siguiente me despierto de mal humor, de un


humor que solo empeora cuando veo el montón de
facturas que me espera sobre mi escritorio.
Necesito café antes de poder lidiar con esto.
Para mi sorpresa, mi padre ya está sentado en la mesa de
la cocina cuando llego allí.
—Te has levantado temprano —comento.
Él asiente.
—Me llamó un amigo mío. ¿Te acuerdas de Thomas Jobin?
Estuvimos en la misma unidad en el Golfo Pérsico.
Escuchándole, estoy maravillado por lo mucho que ha
progresado. Cuando recuperó la conciencia en el hospital, no
podía hablar. Despacio comenzó a formar palabras, pero era
difícil comprenderle. Chapurreaba y sus pensamientos
estaban desordenados, y me daba miedo que nunca volviera a
hablar de un modo adecuado.
Casi seis meses más tarde ya dice frases completas y se
comunica con pensamientos completos. Es una recuperación
impresionante. Su brazo derecho sigue paralizado, su pierna
derecha está agarrotada y necesita un andador para moverse,
pero teniendo en cuenta la gravedad de su derrame, su
progreso es milagroso. Aún le queda un ligero chapurreo al
hablar, pero solo es perceptible si lo buscas al escuchar.
—Vagamente.
—Me preguntó si querría ir a pasar el fin de semana con
él. Le he dicho que sí.
Levanto la vista al oír eso.
—¿Has dicho que sí?
Mi padre ha evitado a todos sus amigos mecánicos desde el
derrame. Como ha perdido destreza en sus manos, ya no
puede trabajar. Se ha convertido en algo así como un recluso,
pasando horas en su habitación, enfurruñado por lo fácil que
eran las cosas antes del derrame. Para él, aceptar la
invitación de Thomas Jobin es algo muy grande.
—¿Quién ha dicho que sí? —Lucas entra en la cocina, su
cabello despeinado, y los ojos rojos por la falta de sueño.
Cuando ve a Patrick sentado a la mesa, se detiene—. Vaya —
dice—. Estás despierto.
—Y ha hecho café —añado. Gretchen, la terapeuta
ocupacional de mi padre, ha estado intentando conseguir que
hiciera algunas tareas domésticas. Como ella decía, con voz
pacientemente implacable, «es duro hacer las cosas con una
mano, Patrick, pero eso no es motivo para no hacerlas.»
—No me mires tan sorprendido —gruñe mi padre—. Esa
maldita mujer vendrá aquí el lunes y me reñirá si no he
hecho los deberes. Tirana.
—Entiendo que esa maldita mujer es Gretchen, ¿verdad?
—sonríe Lucas—. Es una jodida obradora de milagros.
—Papá va a pasar el fin de semana con un amigo —le
cuento a Lucas, cuyas cejas suben ante las noticias—. ¿Estás
seguro de que puedes manejar una excursión para pasar la
noche? —le pregunto a mi padre.
—Sí, sí —desecha mi preocupación con una sacudida de la
mano.
Decido no presionarle.
—Hazme saber cuándo quieres marcharte —le digo—, y
yo te llevo.
—No hace falta —conducir es siempre un tema
problemático para mi padre. Como resultado del derrame ha
perdido su carnet de conducir. Vivimos bastante cerca del
centro y mi padre puede ir caminando a la mayoría de los
sitios, pero como es normal aún se siente molesto por las
limitaciones—. La hija de Tom, Annabelle, va a venir a
recogerme.
Vaya. En realidad suena alegre hoy. No sé si su buen
humor es porque va a ver a su viejo amigo, o porque se ha
reunido con Bollington un día de esa semana. Sea lo que sea,
es genial. Mi padre está despierto, está vestido, y está
sonriendo.

A NNABELLE J OBIN TIENE unos treinta años. Saluda a mi padre


con un abrazo y se gira hacia nosotros.
—No se preocupen —nos dice después de haber hecho las
presentaciones—. Cuidaré bien de él.
—No ha salido mucho desde que enfermó —digo en voz
baja.
Ella asiente comprensiva.
—Mi padre estaba igual después de su derrame —
contesta, y luego nota mi expresión—. ¿No lo sabías?
Sacudo la cabeza.
—No. ¿Cuándo sucedió?
—Hace dos años —me lanza una mirada tranquilizadora
—. Mejorará —dice—. Cuando estás superado por los
problemas, intentando averiguar cómo lo vas a hacer todo, sé
que uno se puede sentir sobrecogido, pero te aseguro que
mejora. Si vieras a mi padre, nunca adivinarías que ha
sufrido un derrame.
Ayuda a mi padre a entrar en su furgoneta con el mínimo
de problemas, luego se despide con la mano y se marcha
rugiendo.
Los dos les observamos partir en silencio.
—No puedo creerlo —dice Lucas finalmente mientras
sacude la cabeza—. Patrick se veía alegre de verdad.
Volvemos a entrar en la casa. Me sirvo otra taza de café,
luego respiro hondo y abro el primer sobre.
Mi buen humor se evapora al leer su contenido. Es de la
compañía aseguradora de mi padre. Según ellos, mi padre
solo debería haber pasado cuatro días en el hospital tras su
derrame. Se pasó allí siete días. La carta dice que, como
resultado, le pagarán al hospital lo que dictan sus directrices.
Y yo tengo que hacerme cargo del resto.
Lucas advierte mi expresión.
—¿Tan malo es? —pregunta.
Sin decir palabra, le tiendo la carta. La examina
rápidamente y luego suelta un fuerte taco.
—¿Les debemos treinta y cinco mil dólares?
—Nosotros no les debemos treinta y cinco mil dólares —
respondo de inmediato—. Se lo debo yo. Lucas, esto no es
problema tuyo.
Él me ignora.
—Y vence en un mes —vuelve a soltar un taco, luego me
mira—. Supongo que solo nos queda una cosa por hacer.
—Podríamos renunciar al programa y aceptar la oferta de
Sammie —señalo.
Lucas sacude la cabeza.
—No quiero marcharme de New Summit.
Yo tampoco. Mi cariño por esta pequeña ciudad tiene
mucho que ver con una cierta dueña de cafetería de pelo
color caramelo, sexis ojos grises, y labios carnosos y jugosos.
Aunque la pasada noche hubiera terminado en desastre, aún
deseo a Cassie.
—¿Entonces hacemos un trato con el diablo?
—Sí —Lucas suena tan dudoso como yo me siento—.
Aceptamos la oferta de Spencer Calkins.
Y le damos control de edición de Charla Ardiente. Esta
decisión no me da muy buena sensación.
8

CASSIE

P aso la mayor parte del sábado en una bruma.


Finalmente, a las cinco de la tarde, llamo a la puerta de
Nina. Mia está fuera todo el fin de semana, y necesito
desesperadamente hablar con alguien sobre James y Lucas.
Me siento muy confundida después de la noche anterior. Sé
que reaccioné de un modo exagerado por lo de su despacho, y
no sé cómo disculparme. Si les digo que me siento
aterrorizada porque su trabajo les exige que estén todo el
tiempo delante de una cámara, voy a sonar como una idiota.
—Hola, Cassie —Nina está obviamente sorprendida de
verme—. ¿Qué pasa?
—No pretendía molestarte —digo a modo de disculpa. No
me lo pienso dos veces antes de presentarme en la casa de
Mia sin avisar, pero no conozco tan bien a Nina.
—No, no —manifiesta con una sonrisa brillante—. No me
has molestado. Solo estaba poniéndome al día con la última
temporada de Doctor Who. Entra.
Hago lo que me dice. Nina vive en una casa pequeña a unos
cinco minutos andando desde su bar, a solo un par de calles
de distancia de la casa nueva de Ben, Landon, y Mia. He
estado en su casa, decorada de un modo ecléctico, varias
veces durante el último año, y cada vez que la visito, el salón
de Nina está pintado de un color diferente. Ahora mismo es
de un oscuro rojo sangre.
—Bonito —digo mirando alrededor—. Se ve muy intenso.
—Me gusta —dice con una sonrisa—. ¿Puedo invitarte a
tomar algo?
—No, gracias.
Se instala en el sofá y yo me siento en el sillón de cuero
frente a ella.
—Fui a por un café esta mañana y no te vi —comenta—.
¿Has encontrado a alguien para que abra los fines de
semana?
—Sí. Becky Suárez. Ella ocupó el piso de alquiler de Mia
cuando esta se mudó a vivir con Ben y Landon. Se dedica a la
música y necesita algo de dinero extra. Solo han pasado unas
semanas, pero por ahora parece genial.
—Eso está bien —dice ella—. Yo estuve al borde de un
colapso nervioso antes de contratar a James y a Lucas.
Gracias al cielo por esos dos —suelta una risita—. Además,
sus admiradoras son geniales para mi balance.
«Sí, sí, todo el mundo quiere a James y a Lucas. Yo soy la
única idiota que les espanta.»
Nina me dedica una mirada de curiosidad.
—¿Qué está pasando, Cass? —pregunta bruscamente—.
No estás aquí para una visita social.
—Necesito consejo —confieso—. Mia no está en la ciudad,
así que esperaba poder pedir tu opinión —me ruborizo
cuando me doy cuenta de cómo suena la frase—. Eso no ha
sonado bien. Es solo que conozco a Mia desde hace mucho
tiempo.
Ella se ríe.
—No hace falta que te expliques. No me he ofendido. ¿Qué
pasa?
Se lo cuento todo a Nina. Mi estúpido miedo a las cámaras,
mi atracción por James y Lucas, mi desastrosa cita con Stuart
Sutherland de la noche anterior. Cuando termino, me inclino
hacia delante.
—¿Qué debería hacer, Nina?
—Vale, puede que Mia sea súper amable y que tenga
mucho tacto, pero yo no soy así —advierte—. ¿Estás segura
de que quieres oír lo que pienso?
—Sí —asiento con firmeza—. Estoy desesperada.
—Bien, pero recuerda que tú has preguntado. Primero,
manda a Stuart Sutherland al carajo. Ese tipo no es bueno.
—Ni siquiera le conoces —protesto, aunque sé que Nina
tiene razón.
—Le conozco lo suficiente —dice con pesimismo—. Su
madre estuvo en La Coqueta Alegre esta mañana,
amenazando con demandarnos por no haber dejado de
servirle copas a su hijo. Al parecer, nosotros somos
responsables de que su precioso nene estuviera conduciendo
bajo la influencia del alcohol.
—¿Qué? Stuart tuvo el accidente después de estar en casa
de Gayla, no en La Coqueta Alegre.
—Y eso es lo único que me ha salvado de tener todo tipo de
problemas legales. Hay fotos en su teléfono que le muestran
bebiendo en la fiesta de esa chica, así que estamos libres de
toda sospecha. Pero eso no ha detenido a la señora
Sutherland y ha exigido que despida a James y a Lucas.
Mi corazón casi se detiene.
—No puedes hacer eso —grito—. No es culpa suya que
Stuart decidiera conducir a casa.
—Cálmate, Cassie. Por supuesto que no voy a despedir a
Lucas y a James. Solo estoy diciendo que un hombre de
verdad se haría responsable de sus acciones, y Stuart
Sutherland no lo está haciendo. De hecho, se está
escabullendo.
La miro con la boca abierta.
—Pero la policía estuvo allí. Joe Laramie tenía a Stuart en
el asiento trasero de su coche de patrulla.
Nina parece asqueada.
—Los Sutherland son ricos —dice—. Llamaron a sus
abogados. La gente como ellos lanza dinero a los problemas y
estos desaparecen.
Pienso en Stuart, y luego pienso en James y Lucas. Los dos
hombres solían ganarse bien la vida con su programa. No
hablan de ello, pero yo he averiguado su historia. Ambos se
endeudaron para pagar las facturas médicas del padre de
James. Están trabajando en el bar de Nina para conseguir
dinero extra para que Patrick pueda tener acceso a los
mejores servicios de rehabilitación.
No me importan las cámaras. No me importa Charla
Ardiente. Todo lo que puedo ver es la mirada de dolor en sus
ojos cuando salí corriendo la noche anterior.
Me pongo de pie bruscamente.
—Nina, ¿trabajan James y Lucas hoy?
—No. Estaban planeando arreglar la casa todo el fin de
semana. Lucas dijo algo acerca de paneles de yeso y pintura.
—Genial. Necesito hablar con ellos.
Ella muestra una amplia sonrisa.
—Me alegra haber ayudado —dice con un guiño. Luego se
pone seria—. Son tipos geniales, Cassie, y de verdad que les
gustas. Si no estás segura de desearles, no juegues con ellos,
¿vale? Solo porque las mujeres se lancen constantemente a
los pies de James y Lucas no significa que sus corazones no
se puedan romper.
Nina se está anticipando a los acontecimientos. Tras el
modo en que me marché ayer, consideraré una victoria que
los dos hombres no me den con la puerta en las narices.
9

LUCAS

L lamamos a Spencer Calkins y le decimos que


aceptamos su oferta.
—Excelente —dice, con una satisfacción
rezumando de cada sílaba—. Vale, y esto es lo que pienso que
deberíamos hacer. Anunciemos nuestra asociación en un
programa en directo. ¿Qué tal dentro de dos semanas?
—¿No deberíamos detallar todas las decisiones editoriales
en las que usted estaría implicado? —pregunta James con
tono dudoso. Me hace una mueca—. ¿Tal vez firmar un
contrato antes de hacer un anuncio?
—Formalidades —Calkins lo desestima ligeramente—. Si
tuviera que esperar a que mis abogados sellen su aprobación
cada vez que hago un trato, entonces nunca conseguiría
nada. Vale, haré que Stacy se ponga en contacto con ustedes.
Nuestro equipo técnico ha estado experimentando con
retransmisiones en vivo y ya tenemos toda la tecnología
preparada. Todo lo que necesitan hacer es dejar que su
audiencia sepa que van a hacer un gran anuncio, y nosotros
nos encargaremos del resto, ¿vale?
No, no vale. Cuanto más habla Calkins, más incómodo me
siento. Charla Ardiente es nuestro programa y nuestra
audiencia. Ahora Calkins nos está mangoneando y eso no me
sienta bien.
El rostro de James está sombrío.
—Claro —dice llanamente, y luego cuelga.

L AS ÚLTIMAS VEINTICUATRO horas han sido un desastre total, y


los dos estamos de un verdadero humor de perros. Solo
queda una cosa por hacer: trabajar en la cocina.
Durante cuatro horas colgamos paneles de yeso. Metallica
retumba por toda la casa mientras atornillamos los paneles
en su sitio. Una vez las paredes están instaladas, hacemos un
descanso para comer, luego comenzamos a enyesar. Es un
trabajo sucio y polvoriento, y para cuando hemos acabado
con la primera capa de yeso, tenemos calor y estamos
sudorosos, y el sol ha comenzado a ponerse.
—¿Qué hora es? —le pregunto a James, estirándome. Mis
músculos crujen y gruñen, pero el dolor merece la pena.
Pasamos mucho tiempo en esta cocina, y es agradable ver
que la habitación empieza a tomar forma.
En ese momento suena el timbre de la puerta. Lanzándole
a James una mirada inquisitiva, me abro camino hacia la
parte delantera de la casa y veo a Cassie de pie allí fuera con
aspecto incierto.
—Hola —dice nerviosa—. ¿Sabes que tienes una mancha
de pintura en la cara?
Una sonrisa aparece en mi rostro.
—James y yo estamos trabajando en la cocina. ¿Quieres
pasar a ver?
—Eso me encantaría —responde. Me hago a un lado y ella
entra, mirando el espacio con curiosidad—. No presté mucha
atención ayer —sus mejillas se ruborizan—. Obviamente.
Yo solo me alegro de que esté aquí. Después del modo en
que las cosas acabaron la noche anterior, no estaba seguro de
que volviéramos a tener otra oportunidad con Cassie. Cada
vez que pienso en el modo en que la sentí entre mis brazos,
mi polla se endurece, pero es más que una simple atracción
sexual. De verdad que me gusta Cassie.
Entramos en la cocina. James está alicatando el protector
contra salpicaduras. Levanta la vista cuando entramos, y sus
ojos se abren de sorpresa cuando advierte la presencia de
Cassie. Apaga la música.
—Hola, Cassie —dice con cuidado—. ¿Qué pasa?
Ella traga saliva.
—He venido a disculparme por el modo en que salí
corriendo —suelta de golpe—. ¿Puedo explicarme?
—No nos debes una explicación, Cassie.
—James y yo hemos hablado de lo que pasó y creemos que
sabemos por qué te asustaste tanto. Por el modo en que te
criaron, siempre expuesta, no te culpo por sentirte un poco
recelosa al considerar salir con nosotros.
—Creo que sí —responde con una expresión resuelta en su
rostro—. Cuando vi lo que había en su despacho, me entró el
pánico —se muerde el labio inferior y continúa en voz baja
—. He lidiado con la mayoría de los efectos de mi infancia. Ya
he superado mis trastornos alimenticios. Puedo disfrazarme
sin sentir que voy a vomitar. Y cuando la gente encuentra
vídeos míos online y se ríen de ellos a mis espaldas, he
aprendido a ignorarlos. Pero —mira fijamente sus manos—,
siento una extrema fobia a las cámaras. Cuando pienso en
hacerme una foto, se me cierra la garganta y no puedo
respirar.
—Nos figuramos que sería algo así —dice James con
remordimientos en su voz—. Lo siento, Cassie. Si lo
hubiéramos sabido, nunca te habríamos llevado al despacho
—sus labios forman una pequeña sonrisa—. El resto de la
casa está libre de cámaras.
Ella sigue con la mirada baja.
—Soy un desastre —susurra—. Entiendo totalmente que
no quieran tener nada que ver conmigo.
Ella está allí de pie, con aspecto triste y perdido, y no
puedo soportarlo. La envuelvo en un abrazo y respiro el
aroma de su pelo.
—Cassie —le digo con una promesa en mi voz—, no es tan
fácil deshacerse de nosotros.
Ella se libera y nos mira a los dos.
—¿Estás diciendo eso solo para que me sienta mejor?
James se ríe. Rodea su cintura con una mano y levanta su
rostro. Bajando la cabeza, la besa en sus bonitos y jugosos
labios.
—Cassie —dice con una sonrisa—, te pedimos salir
después de la fiesta de Sophia y dijiste que no. Te pedimos
que cenaras con nosotros al comienzo de esta semana, y
volviste a rechazarnos. Pasamos todas las mañanas en tu
cafetería, aun cuando tenemos una cafetera magnífica en
esta cocina —recorre el caos con su mirada y sacude la
cabeza—. Bueno, había una cafetera perfectamente buena en
esta cocina hacía dos días —se corrige—. Y una vez que
terminemos de pintar volverá a haber una.
—Lo que estamos diciendo, Cassie —digo, entrelazando
mis dedos con los de ella—, es que nos gustas. Disfrutamos
de tu compañía —sacudo mis cejas en su dirección—. ¿Te
gustaría quedarte a cenar?
Ella mira a su alrededor.
—¿Aquí?
—¿Quieres decir que no disfrutas de un poco de yeso y
polvo con tu comida? —se burla James—. Hay una barbacoa
en la parte de atrás.
Ella muestra una amplia sonrisa.
—En ese caso, sí, por favor.
10

CASSIE

J ames y Lucas me dejan en el patio trasero con una


copa de vino blanco mientras se duchan y recogen. Yo
bebo perdida en mis pensamientos. Quiero continuar
donde lo dejamos la noche anterior, pero de repente
estoy muy nerviosa. Todo un jardín lleno de mariposas se ha
instalado en mi estómago.
—Un penique por tus pensamientos —Lucas desliza la
puerta del porche. Lleva una bandeja con tres chuletones en
su mano—. Comes carne roja, ¿verdad?
—Sí —digo con voz estrangulada. Estoy demasiado
ocupada mirándole fijamente. Su cabello está húmedo por la
ducha. Su camiseta se pega a sus músculos. Parece fuerte,
sólido, y muy, muy masculino. Deseo gritar que nos saltemos
la cena y pasemos directamente al postre.
Me dedica una mirada extraña.
—¿Estás bien, Cass?
Define estar bien, Lucas. Si estar bien significa que les
deseo tanto que mis entrañas parecen haberse licuado,
entonces sí, estoy más que bien.
James se une a nosotros con un par de botellines de
cerveza en la mano.
—Si necesitamos llevarte a casa —dice con sus ojos llenos
de intención—, entonces no beberemos esta noche.
Trago saliva. Ahí estaba.
—Es una noche encantadora para una cerveza —susurro
—. Deberían tomarse una.
Sus ojos brillan con calor. Yo siento el mismo ardor por
todo mi cuerpo.

T RAS LA CENA , los tres nos quedamos merodeando en la parte


de atrás. James vuelve a llenar mi copa de vino.
Todo mi cuerpo está encendido por la anticipación. No
puedo creer que esté aquí, sentada con Lucas y James,
sabiendo que en unos minutos pasaremos al dormitorio. He
fantaseado con ellos durante tanto tiempo que no puedo
creer que este momento sea real. Que algo vaya a suceder en
realidad.
A diferencia de Mia, yo nunca he sido una buena chica. Mi
vida sexual ha sido satisfactoria, si no genial. Así que no es la
perspectiva de tener un trío lo que me llena de excitación
nerviosa. Es con quien voy a tenerlo. Lucas y James. He
sentido lujuria por ellos desde que se mudaron a la ciudad.
Este es el momento de la verdad.
—He visto su programa sobre los tríos —admito, dando
un sorbo de mi vino para ganar en valentía. Puedo sentir mis
mejillas arder por la vergüenza—. ¿Era cierto lo que dijeron?
—¿Qué dijimos? —pregunta James, una pequeña sonrisa
jugueteando en sus labios. Lucas se reclina hacia atrás con
los ojos fijos en mí. Puedo oír su voz en mi cabeza. Él había
dicho en su programa que le gusta mirar.
«Valor, Cass. Puedes hacerlo.»
—Que los pone muy cachondos —mi voz es baja, un
simple susurro.
—Olvídanos por un momento —dice Lucas—. ¿Qué
quieres tú, Cassie? —se inclina hacia delante y me mira a los
ojos, su expresión concentrada—. ¿Quieres esto? ¿Quieres
ver mi polla deslizarse en tu estrecho coño mientras tomas a
James en tu boca? Porque yo deseo eso. Quiero oírte gemir
mientras arremeto dentro de ti. Quiero verte envolver con tus
preciosos labios mi polla y que te saborees en mí.
Charla Ardiente. Por supuesto que se les da bien… es el
nombre de su programa.
—Sí —siento que estoy cruzando un umbral desde mi
antigua vida hacia algo nuevo, mágico, y aterrador. Una
libertad peligrosa, me recuerdo. Prefiero la libertad peligrosa
a una esclavitud pacífica.
—En ese caso —dice James, su voz llena de promesas—.
Entremos.

L A HABITACIÓN de Lucas está a oscuras, pero ninguno de los


dos hace ademán de encender la luz.
—¿Confías en nosotros, Cassie? —pregunta James con una
expresión inescrutable.
Mi respuesta es rápida.
—Sí —no hay duda en mi voz.
—Entonces cierra los ojos —ordena James.
La sorpresa cruza mi rostro ante su tono de mando. No me
lo esperaba de James, quien es bastante relajado fuera del
dormitorio. Es inesperadamente sexi. Me gusta.
Ambos se acercan más y sus manos recorren mi cuerpo.
Hay un momento de disonancia; no estoy acostumbrada a
que más de un par de manos me toque. Mis ojos se abren con
un parpadeo, y giro mi cabeza hacia los lados para intentar
ver quién está haciendo qué.
—No —dice Lucas firmemente, su mano está sujetando mi
barbilla—. Mantén los ojos cerrados, Cassie.
Un escalofrío recorre mi cuerpo ante su tono estricto, por
el modo en que sus fuertes manos sostienen mi cabeza.
Siento una oleada de calor entre mis piernas. Antes de poder
cuestionar la orden o protestar, Lucas presiona sus suaves
labios carnosos contra los míos, y pierdo el hilo de mis
pensamientos.
Sus besos son mágicos. Ni siquiera puedo recordar lo que
quería decir. Gruño y rodeo su nuca con mi brazo,
atrayéndole más cerca de mí. Apretada contra su fuerte
pecho, mis senos se sienten pesados y ardientes.
Mientras Lucas me besa, las manos de James recorren mi
cuerpo y sujetan mis caderas. Siento su aliento en mi oído y
luego sus labios envuelven mi lóbulo. Siseo de placer por las
agudas sensaciones que inundan mi cuerpo cuando
mordisquea mi oreja y me quedo sin aliento. Estoy
completamente perdida en el momento. Mis rodillas se
aflojan por la atención, y la única razón por la que aún sigo
de pie es porque estoy atrapada entre sus duros cuerpos.
Esto es surrealista.
James deja un camino de besos desde mi oreja hasta mi
mandíbula, y luego por mi cuello. Lucas sigue su ejemplo,
mordisqueando mi cuello también, su barba de varios días
raspando mi delicada piel. Mis pezones se endurecen.
—Por favor —suplico, incapaz de reprimir las palabras
que se derraman de mis labios. Abro mis ojos y miro
fijamente a Lucas mientras froto mi trasero contra la dura
polla de James—. Los necesito.
Un calor abrasador llena los ojos de Lucas.
—Dilo otra vez —me ordena.
—Los necesito —repito, casi sobrecogida por la excitación
que palpita en mis venas—. Por favor, no me hagan esperar.
Los dedos de James sujetan mis caderas.
—He esperado dos meses a oírte decir esas palabras —
susurra en mi oído—. Creo que puedes esperar unas dos
horas, ¿verdad?
—¿Dos horas? —casi sollozo de frustración—. No, no
puedo.
A través de la espesa bruma de deseo, noto dos pares de
manos deslizándose por debajo de mi camisa. Se deslizan y
bailan arriba y abajo por mis costados, acariciando mi piel,
pero evitando mis pechos hasta que estoy retorciéndome
entre ellos, preparada para suplicarles que aprieten los
hinchados pechos, que toquen mis pezones, que me hagan
morir de placer…
Finalmente, justo cuando pienso que no puedo soportarlo
más, sus manos cubren mis senos. Masajean mi carne. Mis
ojos han vuelto a cerrarse una vez más, así que no puedo ver
qué boca mordisquea mis duros pezones. No sé qué manos
sujetan mis pechos con toque hambriento y frenético.
Me sacan la camisa sobre mis hombros. Diestros dedos
desabrochan mi sujetador. Al mismo tiempo, siento un tirón
en mis pantalones cortos.
—Estoy impaciente por verte toda, Cassie —dice Lucas
con voz ronca.
Que les den. No voy a mantener los ojos cerrados por más
tiempo. Yo también quiero verlos desnudos.
Con deliberada lentitud, me bajo los pantalones por mis
piernas. Mis bragas le siguen. Estoy completamente desnuda
delante de los presentadores de Charla Ardiente.
Por la expresión de sus rostros, les gusta lo que ven. Se les
corta la respiración visiblemente.
—Cassie —dice James con suavidad. Sacude la cabeza y
cierra los ojos por un instante—. Eres tan hermosa.
Soy una superviviente de un millón de concursos de
belleza. Me han llamado guapa o preciosa o hermosa toda mi
vida. Principalmente hace que me sienta nerviosa. El amor de
mis padres era condicional; siempre y cuando estuviera
guapa y ganara concursos, yo era digna, pero si me comía
una galleta o me salía un grano en la cara, yo era una
decepción.
Pero con Lucas y James no quiero salir corriendo. Me han
visto. A la auténtica Cassie. La que huye aterrorizada cuando
ve una cámara. La que nunca ha visto una magdalena con
chispas de chocolate que no haya querido devorar. Ellos me
han rescatado de tener largas conversaciones con el doctor
Bollington. Me recogieron en mitad de la noche después de
que Stuart Sutherland cayera con el coche dentro de una
zanja.
Soy una persona real para ellos, no solo una cara bonita;
así que, cuando me llaman hermosa, sus palabras importan.
Sus palabras tienen peso y significado.
También siguen vestidos y eso no me parece justo.
—¿Van a desnudarse también? —pregunto con intención.
James ignora mi pregunta y pellizca mi pezón entre su
pulgar y su dedo índice, mientras que Lucas solo se ríe.
—Vamos a hacerte esperar dos horas, ¿recuerdas? —
bromea—. Haz todos los pucheros que quieras, Cassie.
Me derretiré hasta formar un pegajoso charco de
excitación si me hacen esperar dos horas. Solo lo digo.
James tira de mí hacia la cama, inmovilizándome con otro
beso apasionado. Su rodilla se apoya entre mis muslos
desnudos, y la aspereza de sus vaqueros contra mi piel
desnuda es algo que casi no puedo soportar en mi estado
sobreexcitado. Sus manos bajan por mis hombros, la punta
de sus dedos bailando ligeramente sobre mi piel. Mi cuerpo
chisporrotea por todas las partes que toca. Mi necesidad
amenaza con desbordarse. «Por favor,» pienso
silenciosamente. «Por favor, tómame. Por favor, toca mi
coño.»
Lucas sabe leer las mentes. Separa bien mis muslos y se
coloca entre mis piernas. Mi cabeza cae hacia atrás cuando
siento su cara cerca de mi coño, luego su lengua rodea mi
clítoris y casi me caigo de la cama al arquearme.
James se ríe.
—Creo que eso le gusta —comenta—. ¿Te gusta, Cassie?
Vaya que sí, gracias por preguntar.
Casi grito cuando Lucas se pone a ello, mis ojos se
pusieron en blanco hasta perderse dentro de mi cabeza.
Sujeto a James por el cuello de su camisa y le beso con
fuerza, disfrutando del modo en que su lengua se mueve en
mi boca.
—Oh Dios, sí —susurro cuando Lucas succiona mi clítoris
entre sus labios—. Sí, por favor, haz eso otra vez.
Obedece lamiéndome, una larga lametada subiendo por mi
rendija. Gimoteo como respuesta. James se concentra en mi
cuerpo. Besa mi mandíbula, mi cuello, y el punto justo
encima de mi clavícula.
Estoy empezando a sentirme un poco culpable. Hasta
ahora todo se ha concentrado en mí. Lo cual es genial, fiesta
para Cassie, pero esta experiencia no tiene precedentes. La
mayoría de los hombres con los que he estado consideraban
los preliminares como una tarea tediosa. James y Lucas los
están elevando hasta ser considerados un fino arte.
Alargo la mano hacia la dura polla de James, pasando mi
palma por el bulto a través del tejido. James inhala
bruscamente.
—Hazlo de nuevo —ordena.
La lengua de Lucas pasa entre los resbaladizos pliegues de
mi vagina una vez más, y cuando llega a mi clítoris succiona
el duro botón entre sus labios. Una descarga de deseo me
recorre todo el cuerpo y froto la polla de James con más
fuerza, buscando su bragueta. Quiero sentir su gruesa polla,
acariciar esa dura verga aterciopelada, y oírle gruñir como
respuesta. Quiero que ellos sientan tanto placer como el que
me están dando.
Lucas desliza un dedo dentro de mi húmedo calor y casi
sollozo de gratitud. Por fin. Ya no puedo esperar más.
—Estás empapada, Cass —dice, con un tono lleno de
satisfacción. Añade otro dedo, girándolo mientras busca mi
punto G—. Esto te gusta, ¿verdad?
Teniendo en cuenta que soy una masa chillona y
temblorosa, yo diría que es una suposición válida.
Estoy perdida en el placer, consumida por el calor. La boca
exploradora de James encuentra mi pezón y lo chupetea,
luego lo muerde. Inhalo con fuerza cuando mordisquea mi
tierna piel.
—Por favor —suplico, mi voz suena como un gemido—.
Haz eso otra vez.
Los dedos de Lucas entran y salen de mi vagina. Cada
caricia me ensancha, enviando descargas de excitación por
mi espalda. Estoy cerca. Puedo sentir mis músculos
encogerse y tensarse cuando se acerca mi orgasmo. Los
incansables dedos de Lucas, así como su boca, me acercan
más al borde.
Entonces, James agarra mis pechos con fuerza y frota su
mejilla sobre mis doloridos pezones, su barba de varios días
pinchando mi sensible piel. Es todo lo que necesito. Me
sacudo, retorciéndome, girándome, y moviendo los brazos
cuando el placer inunda mi cuerpo. Lucas sigue lamiendo
todo mi orgasmo, saboreando cada oleada que me hace
estremecer hasta que ya no puedo soportarlo más.
Mi respiración vuelve despacio a la normalidad.
—Gracias a Dios que no han sido dos horas —murmuro,
sintiéndome satisfecha y débil.
Lucas se ríe y me besa profundamente. Puedo saborearme
en su boca.
—La próxima vez —promete—. La próxima vez te
haremos esperar.
Cuando pienso en ello de nuevo, hago que se quiten la
ropa. Vale, resulta mandón por mi parte, pero venga ya. Sus
pollas están empujando contra el tejido de sus pantalones y
quiero ver sus erecciones. Quiero saborearlas, tomarlas en mi
boca, y sentirlas deslizándose dentro de mi vagina.
Relamiéndome cuando sus duras pollas aparecen, cierro
mis dedos alrededor de ellas. Ambos gruñen como respuesta.
—Cassie —dice Lucas con voz ronca—. Oh, joder, eso es
increíble.
Los tres nos tumbamos en la cama. Lucas a mi derecha y
James a mi izquierda. Mientras acaricio sus vergas, los dedos
de James recorren mi cuerpo y encuentran los pliegues de mi
vagina. Siseo. Mi piel está dolorosamente sensible tras mi
orgasmo.
—No puedo —jadeo—. Es demasiado.
—Calla —James pone un dedo sobre mis labios, sus
profundos ojos marrones clavados en mí—. Tendré cuidado,
cielo. Déjame sentirte.
Fiel a sus palabras, se mantiene alejado de mi clítoris,
acariciando mis pliegues suavemente. Sienta realmente bien,
como si acabara de meterme en una bañera de agua caliente.
Intentando no distraerme demasiado por las caricias de
James, continúo acariciando sus pollas. Muevo mis manos
arriba y abajo por sus vergas. Lucas me está observando, sus
ojos avellana están nublados por la excitación. Sus dedos
sobrevuelan mis pezones. Al mismo tiempo, el pulgar de
James acaricia mi clítoris suavemente. Me muerdo mi labio
inferior, conteniendo un gemido. Si siguen así, voy a
correrme otra vez.
Intentando distraerme de las placenteras sensaciones que
recorren mi cuerpo, concentro mi atención en sus erecciones.
Bombeo con más fuerza y con más rapidez, incapaz de
apartar mi mirada del modo en que sus ojos se cierran, el
modo en que sus rostros se contraen cuando el placer los
domina…
—Para —la voz de Lucas suena entrecortada, sus palabras
son como un rudo gruñido en mi oído—. Si sigues así voy a
eyacular por toda tu mano.
—Me parece bien —respondo de modo distraído. El dedo
de James frota mi clítoris y yo me retuerzo, intentando cerrar
mis piernas—. Estoy demasiado sensible —me quejo,
retirando mi mano momentáneamente de su polla y alejando
su mano.
—Abre las piernas, Cassie —James suena implacable, y oír
su firme tono hace que otro escalofrío de excitación ataque
mi cuerpo—. O las mantienes abiertas o tendremos que
sujetarlas para que las abras.
Oh cielo santo.
Mi mente está nublada por la lujuria. Cerrando los ojos,
me rindo a cada caricia. Siento a Lucas cambiar de posición.
Se arrodilla en la cama, su erección está empujando mis
labios. Sí, por fin. Tomo la punta de su polla dentro de mi
boca. Aunque el ángulo de nuestros cuerpos no es ideal, subo
y bajo mi cabeza sobre su longitud dura como la roca lo
mejor que puedo, y me veo recompensada con un
estremecimiento que vibra por todo mi cuerpo.
—Joder, Cassie —dice Lucas con voz preñada de lujuria—.
Oh sí, joder.
Por el rabillo del ojo veo a James deslizando un condón
sobre su polla. Casi dejo de respirar. He estado deseando que
llegara este momento desde el primer día en que me fijé en
ellos. He estado fantaseando con los dos durante dos meses.
He soñado con sus manos sobre mi cuerpo. Sus pollas en mi
boca, en mi vagina, e incluso en mi culo.
Y ahora está sucediendo.
James se empotra dentro de mí y todo pensamiento
abandona mi mente.
—La próxima vez —dice con dureza—, seré gentil y más
controlado, pero Cassie, he esperado demasiado tiempo a que
llegara este momento.
Sus manos abren bien mis piernas y empuja fuerte y
profundo dentro de mi vagina.
Los dedos de Lucas se entrelazan en mi pelo y devuelven
mi atención hacia él. Tomo su polla lo más profundo que
puedo, luego me retiro y caracoleo con mi lengua alrededor
de su brillante cabeza. Lucas vuelve a gruñir. Suelta mi pelo y
pellizca mis pezones, tironeando de ellos.
El placer me golpea desde todas las direcciones. He tenido
sexo antes. Pero no así, nunca así. Esto es mucho más que el
encuentro de tres cuerpos. Hay una conexión que no he
experimentado antes, una conexión que me asusta tanto
como me pone cachonda.
Lucas acaricia mi mejilla, su mirada es cálida.
—Cassie —dice suavemente—, si no quieres tragártelo,
probablemente deberías parar.
Aunque agradezco el aviso, no tengo ninguna intención en
absoluto de parar. Redoblo mis esfuerzos, concentrándome
en mantener un ritmo firme. Al mismo tiempo, James
embiste dentro de mi vagina, su ritmo en aumento, sus
empujones más profundos y más fuertes. Sus dedos
juguetean con mi clítoris.
Todos estamos cerca. Sonidos sexuales llenan la
habitación, nuestros gemidos y jadeos, nuestros suspiros de
placer. El resbaladizo calor de mi vagina cuando James
arremete contra mí, el sonido de piel golpeando piel.
Entonces James suelta un taco en voz alta, sus dedos
sujetan mis caderas dolorosamente cuando explota. Su
clímax provoca el mío y voy en caída libre hacia mi orgasmo,
mis músculos se contraen alrededor de la polla de James.
Lucas se corre dentro de mi garganta medio segundo más
tarde y me trago hasta la última gota.
Yo pensaba que mis fantasías eran calientes, ¿pero la
realidad de los dos tocándome, tomándome al mismo
tiempo? La realidad gana por goleada.
Lucas me estrecha entre sus brazos y James me abraza
desde atrás. Besa el tatuaje de mi nuca.
—¿Quieres pasar la noche con nosotros, Cassie?
Quise preguntarle a James qué pasaba con su padre.
Entonces decido que, si James no está dejando que eso le
preocupe, no va a preocuparme a mí. La verdad es que no
quiero marcharme.
—Vale —respondo.
Una mirada de alivio pasa por el rostro de Lucas.
—Bien —dice—. Porque quiero volver a hacerlo, pero voy
a necesitar unos minutos para recuperarme.
—¿Unos minutos? —digo con una risita.
Coge mi mano y la guía hacia su pene. Para mi sorpresa, ya
está medio erecto.
—Sí, listilla —dice—. Unos minutos.
Sonrío con ganas. Esta va a ser una noche de escándalo.
11

JAMES

P asamos varias horas juntos el domingo, pero tenemos


una cocina que renovar y Cassie tiene que ir a Costco a
comprar provisiones para su cafetería.
—Ojalá no tuviera que irme —dice con un gruñido
mientras se viste—. Estúpidas compras.
—Entonces quédate —sugiero.
Ella sacude la cabeza con remordimiento.
—Se me están acabando las tazas para llevar y el azúcar —
dice—. ¿Los veré mañana?
—Por supuesto —responde Lucas de inmediato—.
Estaremos en la cafetería toda la mañana. Cuando hayas
terminado de trabajar, ¿quieres quedar con nosotros?
—Me encantaría —responde.
Miro a Lucas con el ceño fruncido. Los lunes por la tarde es
cuando normalmente grabamos nuestro programa del
martes. Teniendo en cuenta el modo en que Cassie reaccionó
la última vez que estuvo en nuestro despacho, esto no me
parece una buena idea.

H AY un flujo constante de personas que entran por un café el


lunes por la mañana. Nos instalamos en nuestro lugar
habitual y nos ponemos a trabajar respondiendo a nuestros
fans. Una de mis partes favoritas de este trabajo es cuando la
gente nos escribe y nos cuenta cómo nuestros consejos han
mejorado sus vidas.
Hoy leo un email de Avery. “¡Lo hicimos! ¡Fue genial!” es
el título de su correo electrónico. Examino el mensaje con
una sonrisa. Avery y Kevin encontraron a un tercer
participante. Suena a que el sexo fue bastante fantástico y, lo
que es más importante, Avery escribe que la experiencia ha
hecho que Kevin y ella se sientan más unidos. “Pudimos
hablar sobre nuestras necesidades de un modo honesto, sin
miedo a ser juzgados,” dice en su email, “y eso nos ha
convertido en una mejor pareja. Gracias, chicos. Admito que
me daba miedo que el asunto pudiera ser un desastre, pero
confié en Kevin y me alegro de haberlo hecho”.
La exitosa experiencia de Avery haciendo un trío me da
que pensar. Es curioso cuanto pueden cambiar las cosas en
solo una semana. El lunes pasado invitamos a Cassie a cenar
y nos rechazó. Este lunes, estoy lleno de una sensación de
felicidad y bienestar.
Lucas y yo somos famosillos; tenemos dos millones de
seguidores. Hablamos sobre sexo y no somos unos cabrones.
Como resultado, nos hemos acostado con un buen montón de
mujeres.
He conocido a hombres que quieren pasarse toda la vida
yendo de flor en flor; yo no soy uno de ellos. Imaginaba que
me casaría algún día cuando conociera a la mujer adecuada,
pero todas las relaciones que he tenido se acabaron al llegar a
los tres meses.
Ahora está Cassie y, esta vez, quiero que dure.
Por supuesto, Lucas también está implicado.
—En cuanto a lo del sábado por la noche —le digo
calladamente. La cafetería está llena de gente y el sonido de
su ruidoso parloteo llena el aire; nadie puede oír nuestra
conversación.
Lucas me lanza una mirada recelosa.
—¿Qué pasa con eso?
—Bueno… —vacilo, preguntándome cuál es el mejor modo
de enfocar este tema. Es territorio sin explorar para los dos
—. Me gusta Cassie. Quiero seguir saliendo con ella. El
sábado por la noche no fue cosa de una sola vez.
—Tampoco lo fue para mí —su rostro muestra tensión—.
¿Me estás pidiendo que me retire?
Por un breve instante me pregunto si no sería más fácil
así, luego niego con la cabeza. Lucas ha sido mi mejor amigo
durante más de diez años. Construimos Charla Ardiente
juntos. Él vació su cuenta bancaria para ayudarme a pagar las
facturas médicas de mi padre. No haré nada que perjudique a
nuestra amistad.
—¿Te ves en un trío, James? —pregunta Lucas—. ¿Puedes
hacer lo que Ben, Landon, y Mia están haciendo? Porque eso
viene con un alto precio. Son la comidilla de New Summit.
—Solo hay tres personas en el mundo cuya opinión me
importa —respondo al instante—. Dos de ellas están en esta
sala. Cassie y tú. Y la tercera es mi padre. Todos los demás
son intranscendentes.
La expresión de Lucas se relaja al oír la certeza en mi voz.
—He estado pensando en lo que creo —dice despacio—.
En lo que es verdaderamente importante para mí.
—¿Y?
—Si Cassie accede a intentar estar con los dos, entonces yo
también me apunto.

A LAS DOS de la tarde, Cassie echa el cierre y cuelga el letrero


de “Cerrado”.
—Lo único bueno de empezar el día a las seis de la
mañana —dice con un suspiro cansado—, es que puedo
terminar la jornada a las dos de la tarde.
—¿No eres madrugadora?
Ella sacude la cabeza.
—Ni siquiera un poquito —responde—. ¿Cuál es el plan,
entonces? ¿Quieren que los ayude a pintar la cocina?
—Peor —Lucas parece precavido—. Necesitamos grabar
nuestro programa. ¿Te gustaría mirar? Podemos hacer algo
divertido cuando terminemos.
Su cuerpo se tensa.
—Cassie —digo suavemente, levantándole la barbilla con
un dedo para que me mire a los ojos—. No tienes por qué
hacerlo si no quieres. Habremos terminado a las cinco. Si lo
prefieres, te recogeremos cuando hayamos acabado y
podemos salir a cenar.
Ella se muerde el labio inferior.
—No —dice—. Mi fobia a las cámaras es ridícula. Ya es
hora de que lo supere.
Lucas entrelaza sus dedos con los de ella.
—¿Haría que te sintieras mejor saber que vamos a grabar
un programa sobre consoladores? —interviene—. Y tenemos
una gran caja de muestras.
Ella parece intrigada.
—¿En serio?
—Sí. Tenemos dos de cada uno. Uno para probarlo, y otro
para regalarlo a nuestros seguidores.
Sus labios se curvan en una traviesa sonrisa.
—Entonces, mientras están grabando el programa, ¿puedo
probar sus muestras?
Aparece en mi cabeza una imagen de Cassie sentada en
una esquina de nuestro despacho, sus piernas bien abiertas,
deslizando un consolador dentro y fuera de su estrecho
coñito. La sangre abandona mi cabeza y baja corriendo hacia
mi polla.
Lucas se aclara la garganta.
—Creo —dice con voz ronca—, que, si haces eso, vamos a
necesitar más de una toma para grabar nuestro programa.
Yo diría que eso es quedarse muy cortos.
12

CASSIE

M
bien.
ientras caminamos hacia su casa, mi pulso va como
loco y siento náuseas en el estómago. Recuerdo la
última vez que estuve en su despacho… y no acabó

«Esto es lo que James y Lucas hacen,» me digo


firmemente. «No van a grabarte. No van a pedirte que
participes. Cálmate.»
Ante la idea de observarles hacer su programa, mis nervios
se desvanecen y una saludable dosis de lujuria aparece. Me
he masturbado viendo Charla Ardiente demasiadas veces
como para llevar la cuenta, y hoy… ¿van a hacer un programa
sobre consoladores?
Vale, llámenme perversa, pero tengo la intención de
mostrarles un buen espectáculo.
—Trabajamos a partir de un guion poco definido —explica
James cuando llegamos a su despacho—. Típicamente
hacemos dos pases. En el primero, hacemos una guía,
grabando el audio pero no el vídeo. Luego, una vez que
hemos configurado lo que vamos a decir, haremos dos tomas
con las cámaras.
—Vale —me siento un poco aliviada. Nada de cámaras
ahora mismo.
Lucas me dedica una mirada divertida.
—Cassie —dice, su voz profunda y ligeramente ronca—,
mencionaste que veías nuestro programa.
Ante su tono, la excitación cosquillea por mi espalda.
—Sí.
—¿Y qué haces normalmente mientras lo estás viendo?
Pillada.
—A veces —admito con las mejillas ardiendo—, me toco.
James sonríe con picardía.
—¿A veces? —insiste—. El sábado dijiste que habías visto
nuestro programa sobre los tríos. ¿Te tocaste entonces?
Me siento tan mortificada que apenas puedo mirarlos a los
ojos, y entonces noto los bultos en sus pantalones. Están
totalmente excitados por la idea de que yo me masturbe con
su programa, y cuando me doy cuenta de ello, mi vergüenza
se desvanece.
—Lo hice —susurro, ocultando mi sonrisa—. ¿Les
gustaría que les enseñara cómo lo hice?
Hay una gran caja de cartón sobre la mesita de centro.
Lucas la señala.
—Abre la caja —ordena. Su voz es firme y dominante, su
mirada es de acero, y todo me parece sexi hasta la locura. Mis
rodillas tiemblan cuando me acerco a la mesa, y mis manos
tiemblan aún más cuando saco de la caja un perverso juguete
tras otro. Hay consoladores, tapones anales, vibradores,
esposas, cuerdas, pinzas para pezones, y palas… es una
fantasía obscena hecha realidad. Dejo todos los objetos sobre
la superficie de madera y, cuando la caja queda vacía, estoy
rodeada por un mar de pervertidos juguetes. Es como una
mañana de navidad para mayores de dieciocho años.
—Y yo pensaba que lo tenía todo porque me podía llevar a
casa las magdalenas que sobraban —bromeo—. Pero esto es
mucho mejor.
James se ríe.
—Hemos estado trabajando con el Palacio del Placer
durante unos seis meses —dice—. AJ es muy generoso con la
mercancía.
—¿AJ?
—Nuestro contacto en la compañía —responde—. En
realidad, es un poco inusual. La compañía tiene base en
Connecticut, pero, aunque no están lejos nunca hemos
conocido a nadie de allí. Ni siquiera hemos hablado con ellos
por teléfono. AJ solo responde por email —se encoge de
hombros—. Para gustos, colores. Dime, Cassie —me dice, su
voz bajando hasta convertirse en un sexi ronroneo—, ¿cuál
te llama la atención?
Ahora mismo me podrían estar enfocando un millón de
cámaras y no me importaría. Así de cachonda estoy.
Como la mayoría de mujeres solteras, tengo un vibrador,
aunque no lo uso muy a menudo, confiando más en mis
dedos para darme un orgasmo. Menos que limpiar de ese
modo. Examino la variedad de juguetes delante de mí. ¿Sería
avariciosa si estuviera interesada en todos ellos?
—No lo sé —admito—. Elijan ustedes por mí.
Los ojos de Lucas brillan. Examina la mesa
pensativamente durante unos minutos, y entonces elige un
paquete que contiene un consolador morado de dieciocho
centímetros con la punta curvada.
—¿No era lo que estabas esperando? —pregunta
advirtiendo mi mirada sorprendida.
—Pensaba que escogerías el grande.
Hay un consolador sobre la mesa que fácilmente mide
unos treinta centímetros y es tan grueso como mi muñeca.
Mis ojos están clavados en él, y me siento curiosa y
aterrorizada ante la idea de que algo tan grande me penetre.
Pero claro, teniendo en cuenta que una gran parte de mis
fantasías implica que James y Lucas me posean al mismo
tiempo, quizás debería acostumbrarme a la sensación de
estar completamente llena.
—Tengo otra cosa en mente —Lucas abre el paquete,
desenrosca la base del consolador, e introduce dos pilas AAA
en él—. Este juguete en particular tiene una característica
muy interesante, Cassie. ¿Quieres saber cuál es?
James tiene una ligera sonrisa en su rostro. Mi mente está
nublada por la lujuria y no consigo recordar cuál de los dos
dijo que le gustaba mirar, pero creo que sería seguro apostar
a que la respuesta es que a los dos. ¿Si la situación fuera al
revés, sacaran sus duras pollas, y sostuvieran sus gruesas
vergas entre sus puños? Me quedo sin aliento. Eso estaría
muy, muy bien.
—Dime qué estás pensando ahora mismo —ordena James
—. ¿Qué ha hecho que se te pongan esos preciosos pezones
duros?
«Pues bien, James, estoy algo cachonda porque me estás
mangoneando.»
—Me gustaría ver cómo se masturban —susurro con mis
mejillas ardiendo.
Las comisuras de la boca de Lucas se elevan en una
sonrisa.
—Hoy no —responde—. Pero tomo notal mental para el
futuro. Hoy, sin embargo —dice—, vamos a probar estos
juguetes contigo, Cass —señala hacia la otomana de cuero
negro que está apoyada contra una pared—. Desnúdate,
siéntate, y abre las piernas.
Lucas cree en ir directo al grano. Obedezco de inmediato.
Él sonríe con aprobación y me tiende el consolador. Sus ojos
brillan con diversión.
—James y yo necesitamos ensayar. Encontrarás un modo
de entretenerte tú sola, ¿verdad?
Oh, por favor. Estoy segura de que necesitan grabar su
programa. Estoy igualmente segura de que no va a pasar
mientras yo esté sentada desnuda en su despacho, metiendo
y sacando un consolador morado de dieciocho centímetros
en mi coño.
—Por supuesto —respondo de un modo sumiso—. ¿Les
molestaría si gimo? —mantengo sus miradas mientras
introduzco despacio el consolador en mi ya húmeda vagina
—. Si les va a distraer, intentaré estarme callada.
—Pequeña descarada —Lucas sacude la cabeza con
burlona desaprobación—. Nada de ruido, Cassie, a menos
que quieras que te castigue.
Dice castigo y mi coño comienza a chorrear de
anticipación.
—¿Vas a azotarme? —pregunto con los ojos bien abiertos.
«Por favor, azótame, Lucas. Eso me gustaría mucho.»
Justo entonces, el consolador cobra vida. Mis ojos vuelan
hacia sus rostros. Se me había olvidado lo de las pilas, pero
por supuesto vibra. Ahora entiendo por qué Lucas ha elegido
este consolador en particular de toda la selección sobre la
mesa.
James se ríe ante mi reacción y levanta un pequeño control
remoto.
—Fóllate —ordena—. Quiero oírte gemir, Cassie. Quiero
que tu coño esté empapado.
—Vamos a llenar cada uno de tus agujeros hoy, Cassie —
añade Lucas—. Vamos a poseer tu boca y tu coño y tu culo, y
te va a encantar cada minuto de todo eso. Dime, ¿has
practicado sexo anal antes?
¿Esperan que les conteste mientras el consolador vibra en
mi centro, mientras la punta curvada contacta con mi punto
G con cada empujón? No soy capaz de controlar tal nivel de
multitarea.
Con una sonrisa sádica, James gira un botón del control
remoto y la vibración aumenta en intensidad.
—Contéstale, Cassie.
Un calor placentero irradia desde mi vagina y llena mi
cuerpo.
—Sexo anal —me recuerda Lucas—. ¿Lo has practicado
antes?
—Una vez.
Están observando como me follo a mí misma con el
vibrador, con ojos ardientes, sus erecciones claramente están
visibles bajo su ropa. Mirando su excitación, mi propia
lujuria aumenta peligrosamente. Estoy empapada.
Paso el vibrador a mi mano izquierda. Con la derecha
separo mis pliegues, exponiéndome a sus miradas.
—Que se vaya al carajo el programa —digo, mordiéndome
los labios cuando la punta del vibrador golpea mi punto G—.
Que se vayan al carajo los juguetes. Vengan y fóllenme.
Ellos ignoran mi sugerencia.
—¿Lo disfrutaste? —pregunta Lucas.
—¿Si disfruté qué? —pregunto con la mente en blanco.
—El sexo anal —dice Lucas pacientemente.
—Oh.
¿Por qué me están pidiendo que piense? Seguramente
pueden ver que estoy al borde del orgasmo, luchando para
evitar que el clímax me domine. Mi cuerpo está cubierto por
una capa de sudor. Mis músculos están temblando, mis
entrañas se contraen y giran, y casi estoy ahí…
Las vibraciones mueren. Maldición. Casi lloro cuando mi
orgasmo se aleja de mi alcance.
—¿Por qué lo has parado? —gimoteo, llorosa—. Estaba
muy cerca.
—Vas a tener que contarnos lo de tu experiencia con el
sexo anal —repite Lucas implacablemente.
Lo miro con rabia, pero no se inmuta.
—Estuvo bien —respondo con tono enfurruñado—. No
duró mucho. Estaba empezando a gustarme cuando se acabó.
—¿Entonces querías que continuara?
Asiento. Mis muslos están bien abiertos sobre la otomana.
Hay un consolador dentro de mí y estoy ansiosa por volver a
lo bueno.
—¿Y no te pone nerviosa la idea de que los dos te
poseamos a la vez?
¿Nerviosa? Estoy chorreando ante la idea de tener sus
pollas dentro de mi vagina y mi culo.
—Siempre y cuando lo hagan despacio y dejen que me
vaya acostumbrando, estoy bastante a favor de esa idea —
respondo. Mi voz está cargada de necesidad, susurrante por
la lujuria. El deseo hierve en mi sangre, corre por mis venas.
—Buena chica.
Las vibraciones comienzan de nuevo y casi lloro de alivio.
—Voy a correrme —gimoteo.
—Claro que sí —responde Lucas—. Vas a correrte una y
otra vez, Cassie. Te quiero empapada, chorreando para
nosotros.
Estoy al borde del orgasmo; sus palabras me llevan al
extremo. Me corro, gritando y sollozando mientras las
oleadas de placer me inundan. Mi mano empuja el
consolador bien profundo dentro de mí. Cada terminación
nerviosa de mi cuerpo vibra mientras mis músculos se
contraen alrededor del duro falo. Las vibraciones me
estremecen, haciendo que mi clímax continúe hasta que me
quedo lánguida, agotada, y hecha polvo.
—Ese es tu primer orgasmo —Lucas se desabrocha los
pantalones y su polla salta fuera—. Si quiero durar en tu
apretado culito —añade con voz divertida—, voy a tener que
reducir la intensidad primero. Abre la boca, Cassie.
—Colócala a cuatro patas —interrumpe James—. Quiero
saborearla.
¿James también se está poniendo mandón? Siento un
escalofrío subir por mi espalda. El modo en que los dos están
delante de mí, con los brazos cruzados, sus ojos brillando,
las voces dominantes… está resultando ser una tarde de lo
más interesante.
La polla de Lucas está delante de mi cara, así que me
inclino hacia delante y le tomo dentro de mi boca. Distraída
como estoy por su gruesa verga, no me doy cuenta de lo que
James está haciendo hasta que siento un líquido frío
goteando por la raja de mi culo. Lubricante.
—Relájate, Cassie —me riñe James dándole un azote a mi
trasero—. Es solo un tapón anal.
Inserta un dedo en mi culo, cubriendo mi estrecha
abertura con el lubricante; luego empuja el tapón despacio y
con firmeza dentro de mi ano. Gimo contra la polla de Lucas.
El tapón me estira y duele un poco, pero al mismo tiempo
estoy empapada.
James pasa su dedo por mi clítoris, y yo gimo y me
retuerzo, aún sensible por mi primer orgasmo.
—Tan húmeda —dice, su voz rasposa por el deseo—. Tan
resbaladiza.
Siento su lengua lanzarse dentro de mi centro, y sus
manos sujetan mis caderas para que no me pueda mover. Sus
labios y dientes mordisquean mis pliegues, mientras que sus
dedos juegan con el tapón enterrado en mi trasero.
No estoy segura de poder aceptarlo. Su tacto me está
volviendo loca. Intento concentrarme en la polla de Lucas,
lamiendo el lateral de su verga y rodeando su cabeza con mi
lengua, y él me recompensa gruñendo, enterrando sus
manos en mi pelo, tirando más cerca de mí.
Todo mi cuerpo cosquillea mientras James bombea el
tapón dentro y fuera de mi culo, sus dedos y boca
concentrados en mi vagina. Una vez más, mi excitación
amenaza con desbordarse.
—Voy a correrme —gruño, las palabras amordazadas por
la polla de Lucas en mi boca. Bajo la mano y pellizco mis
pezones, arañándolos con mis uñas. Estoy temblando de
deseo. Estoy tan excitada que no puedo pensar a derechas.
Entonces Lucas sujeta mi pelo con más fuerza y eyacula en
mi garganta. Su clímax es la gota que colma el vaso. Cierro
los ojos y dejo que la dulce liberación me inunde.
James no afloja. Su lengua sigue lamiendo mi clítoris; sus
dedos siguen jugueteando con el tapón anal. Lucas se retira.
—Fóllame —jadeo, girándome en redondo para mirar a
James a los ojos.
—Oh, tengo la intención de hacerlo —dice. Se pone un
condón y empuja dentro de mi hinchado coño, gruñendo
cuando siente el tapón en mi culo. Lucas masajea mis pechos
y aprieta mis pezones mientras James me folla, duro y
profundo. Mi vagina se contrae a su alrededor. Esto es
demasiado bueno. Es placer que me sobreviene desde todas
las direcciones.
—Lucas, si tienes la intención de unirte, más te vale venir
aquí —ruge James.
Levanto la mirada. Sorprendentemente, la polla de Lucas
vuelve a estar erecta.
—¿Cómo?
—¿Estás de broma? —ríe ante mi expresión—. Lo único en
lo que he podido pensar durante la última hora es en meter
mi polla dentro de ese apretado culo tuyo.
Desenrolla un condón sobre su pene y James nos
reposiciona, de modo que él está tumbado sobre la otomana
y yo estoy encima de él. Tira de mi cuerpo hacia el suyo y mis
pechos rozan su duro pecho.
Los dedos de Lucas juegan con el tapón anal antes de
sacarlo. Vierte más lubricante sobre mi raja. Me tenso por
instinto, pero entonces me doy cuenta de lo que estoy
haciendo y me obligo a relajarme.
—Tendré cuidado.
La voz de Lucas es reafirmante. Su polla presiona contra
mi ano, luego se desliza dentro de mí, despacio, sin cesar,
dándome tiempo a acostumbrarme a su grosor, luego se
entierra hasta el fondo en mi trasero.
Oh. Dios. Mío.
Lucas me da unos minutos para acostumbrarme a su
tamaño, luego sale y vuelve a deslizarse dentro. Cuando
Lucas sale, James empuja bien profundo dentro de mí.
Alternan embestidas, haciéndome gemir, dejándome
delirante de lujuria. Esto es sucio y travieso y pervertido, y
me encanta.
Sus duras pollas me llenan por completo. Cierro los ojos y
sucumbo a las sensaciones. Cada músculo de mi cuerpo se
tensa. El deseo se arremolina en mi centro, cada vez más
tenso, hasta que la presión es demasiada. Contenerme se
vuelve algo imposible. Clavo mis uñas en el hombro de James
y grito cuando me corro.
A través de mi neblina, siento que sus embestidas se
aceleran, entonces James se envara al explotar. Lucas le va a
la zaga. Sus dedos se clavan en mis caderas, sus empellones
se vuelven erráticos, y explota con un gruñido gritado.
Durante unos minutos, ninguno de nosotros dice nada.
Finalmente, James rompe el silencio.
—Estúpido programa —murmura con voz triste—. Aún
tenemos que grabarlo.
Lucas gruñe.
—Cassie, cariño, ya no puedes masturbarte aquí más.
Nunca haríamos nada. Nada de nada.
13

LUCAS

L os días siguientes son los más felices de mi vida. La


perspectiva de que Spencer Calkins tenga control
editorial sobre Charla Ardiente es una sombra que
pende sobre mi cabeza, pero ni siquiera el asqueroso dueño
de Pecado a Petición puede empañar mi buen humor.
Cassie pasa mucho tiempo en nuestra casa. El lunes por la
noche, tras nuestra épica sesión de grabación de Charla
Ardiente, se la presentamos a Patrick, aunque no entramos
en detalles sobre nuestro poco convencional acuerdo. No es
que piense que a Patrick fuera a importarle; siempre nos ha
apoyado mucho en nuestras elecciones.
Al final del programa del jueves, hacemos lo que Calkins
nos pide.
—Vamos a hacer algo diferente el jueves que viene —
anuncio, sonriéndole a la cámara, intentando no hacer una
mueca ante la idea de trabajar con Calkins y su equipo de un
modo regular—. Vamos a retransmitir en directo y tenemos
un anuncio muy excitante que dar, así que apúntenlo en sus
agendas y no se olviden de sintonizarnos a las siete.
James apaga la cámara y sacude la cabeza.
—Sonabas como si fueras a anunciar la muerte de tu
cachorrito —dice—. Intenta sonar más animado.
—Hazlo tú entonces —respondo—. Porque yo no soy tan
buen actor. Sé que necesitamos el dinero, pero la idea de que
Calkins ponga sus mugrientas pezuñas en nuestro
programa… —mi voz se interrumpe.
James suspira pesadamente.
—Te entiendo —se pone de pie y cruza la habitación,
mirando fijamente por la ventana trasera—. Stacy ha estado
en contacto muchas veces acerca de los detalles técnicos,
pero cada vez que intento hablar sobre el contrato, dice cosas
imprecisas y me dice que no me preocupe.
—No confío en él, James.
Frunce el ceño.
—Yo tampoco —confiesa—. Su insistencia en hacer el
programa en directo me molesta. No puedo evitar pensar que
nos va a imponer algo mientras estamos en el aire, confiando
que no protestaremos porque las cámaras están encendidas.
Por mucho que me gustara creer que Calkins nunca haría
algo tan poco ético, no puedo mentirme. Ese hombre es un
depravado. La idea de trabajar con él y con su equipo me
pone la carne de gallina.
—¿Qué crees que está planeando?
—No lo sé —la voz de James está cargada de tensión—.
Siempre nos queda la oferta de Sammie.
Le lanzo a James una mirada cargada de intención.
—¿De verdad? —le pregunto—. ¿Ves un escenario en el
que nos volvemos a mudar a Manhattan? Patrick parece
haber salido finalmente de su depresión. Y luego está Cassie
—cuando pienso en mudarme a tres horas de distancia de
New Summit y poder ver a Cassie solo los fines de semana, se
me queda la garganta seca—. Su vida está aquí. Sus amigos
están aquí. Su cafetería está aquí.
—Tienes razón —responde—. Lo sé. Es solo que odio
sentirme así de desamparado. Es como ver un accidente de
tren a cámara lenta.
El teléfono de James suena justo entonces. Mira la pantalla
y una sonrisa aparece en su rostro.
—Es Cassie —dice—. Hola, cielo, Lucas está aquí también.
Voy a ponerte en manos libres.
Cassie está pasando la noche en su casa.
—Necesito dormir —anunció firmemente esa misma tarde
—. Si voy a su casa me distraigo. Además, Miss Miau
también necesita compañía. Se está volviendo una
cascarrabias. Ha reducido mi alfombra a tiras.
—¿Has cambiado de idea en cuanto a lo de pasar la noche
sola? —le pregunto ahora—. No pasa nada, cielo, puedes
admitir que nos echas de menos. ¿Quieres que James y yo
vayamos allí?
—No —dice con una risita—. Sé cómo terminaría eso.
Pretendo dormir más de cinco horas seguidas esta noche. He
llamado para preguntar qué van a hacer mañana.
—Mañana es viernes —responde James—. Estaremos de
camareros en La Coqueta Alegre. ¿Por qué?
—Excelente —responde—. Iba a tener una noche de chicas
con Mia, Nina, Maggie, y Becky. ¿Qué tal si vamos a La
Coqueta Alegre? —su voz se vuelve sugerente—. Si juegan
bien sus cartas, tal vez me vaya a casa con ustedes al final de
la noche.
Si cierro los ojos, puedo sentir sus suaves curvas contra mi
piel. Puedo oler el aroma floral del champú que usa. Estoy
loco por esta mujer. James y yo hemos pasado cada momento
libre de esta semana con Cassie, y aún no me parece
suficiente.
—No te preocupes —le digo—. Tengo la intención de jugar
mis cartas muy, pero que muy bien.
14

CASSIE

—¿T e resulta raro venir a divertirte a tu propio bar? —le


pregunto a Nina cuando las cinco entramos en La Coqueta
Alegre. Nos hemos vestido de punta en blanco y estamos
listas para la fiesta. Ha pasado mucho tiempo desde la última
noche de chicas y estoy deseando empezar.
—¿Estás bromeando? —ríe Nina—. Me encanta este lugar.
Las copas son gratis aquí. Para mí, por supuesto —añade
rápidamente.
Maggie pone los ojos en blanco.
—No te preocupes, Nina. Me gastaré unos treinta dólares
en copas esta noche —sonríe—. Por supuesto, siempre
puedes venir al China Garden a comer y me los volveré a
ganar. Y tú solo vienes a mi restaurante una vez a la semana.
Mia es adicta.
—Culpable de todos los cargos —mi mejor amiga es
impenitente—. Soy una yonqui de los rollitos de primavera y
no me importa. Además, Cassie, no es que nos dieras muchas
opciones a elegir otro lugar —me guiña un ojo—. Alguien
quiere echarle un ojo a sus hombres —dice con voz
cantarina.
No tengo secretos con Mia. Le conté todo acerca de
haberme enrollado con James y Lucas el día después de que
sucediera. Como se esperaba, se quedó encantada.
—Por un instante pensé que ibas a empezar a salir con
Stuart Sutherland —había dicho sobre el zumbido de la
aspiradora de mano que aspiraba las migas de nuestras
magdalenas—. Gracias a Dios que recobraste la cordura.
Becky me examina con curiosidad. Ella es el miembro más
reciente de nuestra pandilla. En el instituto éramos Maggie,
Mia, y yo contras las Animadoras del Infierno. Nina llegó
importada a New Summit, igual que Becky, pero nos
sentimos felices de adoptarlas.
—¿Entonces es cierto? —pregunta—. ¿Las dos están en
tríos?
—Y los chismes de New Summit golpean de nuevo —digo
dramáticamente—. Sí. ¿Eso te molesta?
—Ya veremos —responde secamente—. Si no hay
hombres solteros en el bar esta noche, entonces puede que
me queje de que algunas personas estén acaparando más de
lo que es justo —su expresión se mantiene seria durante un
par de segundos y luego rompe a reír—. Deberían ver sus
caras —dice riendo—. No, ¿por qué iba a importarme con
quién salen? No es asunto mío.
La barra en La Coqueta Alegre es larga y tiene forma de L.
Las cinco nos instalamos en una esquina, desde donde
teníamos una buena vista de la acción. No estoy a la caza esta
noche, ni Mia tampoco, pero Nina, Maggie, y Becky están
solteras y sin compromiso, y estamos preparadas para darles
nuestro apoyo.
En menos de un minuto, James está a nuestro lado.
—Señoras —dice con una sonrisa—, ¿qué puedo servirles?
Sus ojos me recorren, advirtiendo mi vestido rojo sin
tirantes.
—Es muy bonito —dice en voz baja—. Todos los hombres
en el bar van a querer irse a casa contigo, Cass.
—Y mira, solo hay dos hombres aquí que me interesan.
Me sonríe, sus ojos color chocolate me miran con calidez,
y mi corazón da un vuelco. Cojo la copa que me tiende con
dedos temblorosos y me retiro a una esquina, llevándome a
Mia conmigo.
—Creo que estoy enamorada de ellos —le digo—. ¿Estoy
loca?
—Oh, Cassie —deja su cerveza con cuidado sobre la barra
(a Mia no le gusta desperdiciar su cerveza) y me rodea con
sus brazos—. Me siento muy feliz por ti.
—Pero es demasiado pronto —tartamudeo—. ¿Verdad?
Tan solo lo hicimos por primera vez el sábado.
—Sí —dice con voz exageradamente paciente—, pero han
sido amigos durante… ¿cuánto tiempo antes de eso? ¿Dos
meses? ¿Tres? —sonríe ampliamente—. Landon me debe
veinte dólares. Él no creía que fueras a darte cuenta de que
estabas enamorada de ellos hasta dentro de otro mes, al
menos.
—¿Estaban apostando a costa de nosotros tres? —la furia
se pelea con la diversión, y la diversión gana.
—Y he ganado yo —responde Mia con satisfacción.
Vacío mi copa de vino de un trago.
—Bien, pues tú pagas la siguiente ronda.

—O H , oh. Huelo problemas.


La voz de Nina suena sombría y levanto la mirada para ver
sus ojos clavados en el hombre que acaba de entrar en La
Coqueta Alegre. Stuart Sutherland. Está rodeado por sus
seguidoras animadoras. Ti any Slater va riéndose junto a él,
y Amy Cooke le mira pestañeando sin cesar ante lo que está
diciendo. Incluso Gayla Jackson, quien es la más agradable de
todas, le está sonriendo como una tonta.
Me quedo con la boca abierta.
—Su madre amenazó con demandarte… ¿y tiene la
caradura de aparecer por aquí?
—Eso es evidente —Nina aprieta los labios con fastidio—.
Estúpido cabrón —murmura entre dientes.
Stuart se contonea hacia la barra y sacude un billete de
veinte en el aire como si el dinero fuera a hacer que James y
Lucas vinieran corriendo a cumplir su voluntad. Lucas se
toma su tiempo para responder, sirviendo a otras tres
personas antes de dirigirse hacia Stuart.
—¿En qué puedo ayudarte? —pregunta. Su tono es lo
suficientemente educado, pero puedo oír la tensión en su voz
y me pongo tensa. Tanto James como Lucas están furiosos
con Stuart por haberme hecho sufrir un accidente. Tengo una
mala sensación sobre todo esto.
—Ya era hora, carajo —salta Stuart—. Sí, tomaré un
whisky con soda. Señoras, ¿qué van a tomar?
Ja. Evidentemente, a Ti any, Amy, y Gayla sí que les
pregunta sobre sus preferencias en cuanto a la bebida.
Imagínatelo.
Las mujeres piden complicados cócteles de frutas, y Lucas
se marcha para prepararlos. Stuart se apoya en la barra,
saboreando su whisky, y examina la sala como si le
perteneciera. Ti any coge el cóctel que Lucas le tiende,
sonriéndole con afectación al darle las gracias. Me pongo
furiosa de inmediato.
—¿Sabes? Pareces preparada para ponerte a sacar ojos —
sonríe Nina—. No creo que necesites preocuparte por Lucas y
James. Solo tienen ojos para ti.
—Esa no es la única razón por la que quiero abofetear a
Ti any —digo con los dientes apretados—. Ella también se
acostó con el ex prometido de Mia.
Mia se encoge de hombros.
—Para ser justos —dice—, me siento muy agradecida de
que lo hiciera. Nunca habría roto con Dennis sin ese empujón
—le da un codazo a Maggie—. ¿Ves a ese grupo de chicos
junto al letrero de Sam Adams? —dice—. Nos han estado
mirando toda la noche.
A Nina le gusta lo que ve.
—¿Qué dicen, señoritas? —les pregunta a Maggie y a
Becky—. ¿Quieren ir a coquetear un rato?
Todos para ellas.
—¿Y? —insiste Mia una vez que no la pueden oír—. ¿Vas a
decírselo?
—¿Decirles qué? —por supuesto que sé a qué se refiere.
—Decirles a James y a Lucas que estás enamorada de ellos.
—No —respondo con énfasis—. Es demasiado pronto. No
quiero espantarlos.

D IEZ MINUTOS MÁS TARDE , Nina, Maggie, y Becky vuelven con


números de teléfono y amplias sonrisas en sus rostros. Estoy
exigiendo detalles cuando la chillona voz de Ti any Slater
atraviesa la sala. Se está sujetando a la barra, tambaleándose
de un modo inestable sobre sus tacones. Oh, por favor. Lucas
solo le ha servido una copa; ya debía estar mareada cuando
llegó.
—Me sorprende que me llamaras esta noche, Stuart —
dice, chapurreando las palabras—. Pensaba que estarías aquí
con esa puta de Cassie Turner.
Stuart se ríe con desprecio.
—¿Cassie? —dice sin molestarse en bajar la voz—. ¿Por
qué demonios iba a interesarme una hamburguesa cuando
puedo comerme un filete?
En realidad, estoy más divertida que ultrajada. Ti any
Slater es la persona con menos clase que conozco, pero sus
padres son ricos, y los Slater y los Sutherland son vecinos.
Pero Nina parece preocupada.
—Lucas y James lo han oído —dice, con su voz cargada de
tensión—. Y creo que van a montar una escenita.
Levanto la mirada con rapidez y, claro, Nina tiene razón.
Los ojos de Lucas brillan de rabia, e incluso James, que es
más calmado, parece furioso.
Vale, tengo que hacer algo. La señora Sutherland ya ha
amenazado con demandar a Nina, a La Coqueta Alegre, y a
Lucas y James por hacer que su niño bonito se emborrachara.
Si Lucas y James le pegan a Stuart, entonces Mary Sutherland
se asegurará de que los cargos se hagan efectivos.
—Oye, Stuart —se sobresalta cuando me ve, y sus mejillas
se ruborizan de un color rojo pálido. Supongo que no
pretendía que le escuchara—. Soy una hamburguesa,
¿verdad?
Mis ojos se entrecierran y mi sangre empieza a hervir.
Miren, he hecho montones de cosas estúpidas durante mi
vida. Vale, tal vez no tan estúpidas como para
emborracharme y ponerme tras el volante de un coche, pero
eso no viene al caso aquí. La cuestión es que, cuando hago
algo estúpido, ¿saben lo que hago?
Me disculpo.
¿Saben lo que no hago?
Enviar a mi mami a que intente solucionar el asunto en mi
lugar.
No puedo creer que Stuart tuviera la caradura de aparecer
en el bar de Nina después de lo que pasó el viernes por la
noche.
—Hola, Cassie —dice, aclarándose la garganta, incómodo
—. Eh, no te había visto.
—No me digas —no puedo evitar que mi voz denote
sarcasmo. Vaya comadreja. No puedo creer que estuviera
encaprichada con este tipo. «Cassie adolescente, tenías un
gusto de mierda»—. ¿Sabes qué, Stuart? Puede que yo sea
una hamburguesa, pero al menos yo lucho mis propias
batallas. No hago que mi mami amenace con demandar al bar
porque bebí demasiado y acabé metiendo el coche en una
zanja.
—Así se dice, Cassie —dice Mia con tenacidad.
Todo el mundo en el bar nos mira fijamente. Las manos de
Stuart forman puños y da un medio paso amenazante hacia
mí, pero antes de que yo pueda reaccionar, James y Lucas ya
están ahí.
—Si fuera tú —dice James, la amenaza es clara en su voz
—, saldría por esa puerta ahora mismo.
Stuart me mira con rabia durante un largo segundo,
entonces se gira en redondo y se marcha. Una vez la
adrenalina abandona mi cuerpo, comienzo a temblar, y Lucas
me rodea la cintura con su brazo, atrayéndome contra su
cuerpo.
—Se ha ido —dice con voz reconfortante—. Se ha acabado.
—No podía permitir que le dieran un puñetazo —balbuceo
contra su hombro—. Su madre habría hecho que los
arrestaran por asalto.
—Así que decidiste intervenir —la voz de Lucas es tierna
—. Cassie, no tienes que hacer eso. Podemos cuidar de
nosotros mismos, y nosotros siempre te defenderemos.
—No necesito que me defiendan —murmuro—. Solo
necesito saber que me apoyan.
James también está a mi lado. Todo el mundo en el bar
sigue mirándonos. Los ojos de Mia están brillantes y Nina
sonríe de oreja a oreja. Becky y Maggie sonríen con
aprobación.
Mañana por la mañana, todo el mundo en New Summit
sabrá que Cassie Turner está en un trío con esos dos
camareros de La Coqueta Alegre.
No me importa.
—Siempre —responde Lucas con certeza en su voz—.
Cassie, siempre te apoyaremos.
15

JAMES

L as mujeres se quedan hasta que cerramos, y luego


Lucas y yo llevamos a Cassie a casa. Mi padre está
dormido, así que recorremos la casa de puntillas y nos
dirigimos directamente a mi dormitorio. Una vez estamos
allí, me giro hacia Cassie.
—Estuviste increíble esta noche.
Lucas frunce el ceño.
—Odio el modo en que la gente te trata en este pueblo —
dice—. Quería darle un puñetazo a ese tipo.
Cassie se encoge de hombros.
—Estoy acostumbrada —dice, quitándose los zapatos y
dejándose caer en la cama tamaño King con un suspiro de
placer. Viéndola apoyar la cabeza contra el cabecero, mi polla
se remueve en mis pantalones, pero por mucho que desee a
Cassie ahora mismo, necesito asegurarme de que está bien.
—¿No te molesta? —le pregunto calladamente,
sentándome junto a ella en la cama.
—No —ella apoya la cabeza en mi hombro y le hace un
gesto a Lucas para que se acerque—. ¿Estás planeando unirte
a nosotros o no? —le pregunta—. ¿O es que vas a mirar?
—Las dos cosas suenan tentadoras —Lucas le dedica una
sonrisa perezosa.
El sexo suena maravilloso, pero quiero comprender mejor
a Cassie.
—¿Por qué no te molesta? —insisto.
Ella hace un puchero.
—Aquí estoy yo —dice—, prácticamente ofreciéndome a
ustedes, ¿y quieren hablar de mis sentimientos? ¿En serio?
Lucas se sienta en la cama al otro lado de Cassie y toma su
mano entre las suyas.
—Cassie —dice—, sabes que no estamos aquí solo por el
sexo. Nos preocupamos por ti. Eres importante para
nosotros.
Ella traga saliva.
—Cuando estaba en el instituto, solía molestarme que
todo el mundo pensara que yo era una palurda —dice—. Pero
entonces mis padres murieron y los chismes del pueblo no
parecieron importar tanto. Cuando cumplí dieciocho años
recibí un montón de dinero de la compañía aseguradora por
el accidente. Podría haberme mudado de New Summit y
haber empezado de cero en otra parte. Tenía elección.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque mis experiencias en el circuito de concursos de
belleza son una parte importante de mí —responde—. Me
enseñó lo que importa de verdad, y no es lo guapa que seas.
La belleza es temporal, y es fácil fingirla con el maquillaje
correcto, con la mejor iluminación, con la ropa que te siente
mejor. Las chicas que quería que fueran mis amigas eran las
agradables —me mira a los ojos—. ¿Quién sabe? Si mi madre
no hubiera estado obsesionada con los concursos de belleza,
tal vez hubiera acabado como Ti any Slater o como Amy
Cooke. Egoísta, preocupada solo por mí misma, y sin pensar
en los demás.
—Lo dudo —dice Lucas con fervor—. Trabajamos con
Amy Cooke durante una semana en La Coqueta Alegre. Vaya
inútil.
—No lo sé —dice con voz cauta—. Salí con Stuart
Sutherland. En el momento en que entró en la cafetería me vi
transportada de vuelta al instituto.
—¿Habrías salido con él una segunda vez? —pregunta
Lucas con astucia—. Si él hubiera entrado en la cafetería tras
haber estrellado el coche en la zanja, y te hubiera pedido de
nuevo que salieras con él, ¿habrías aceptado?
Se estremece.
—¿Tras ese desastre de cita? Dios, no. Aun cuando no
hubiera acabado en la zanja, le habría rechazado.
—Ahí está —digo—. Lo siento, Cassie. No me importa lo
mucho que protestes, pero creo que eres una persona
increíblemente valiente.
Ella pone los ojos en blanco.
—Eso lo dudo —responde secamente—. Ver sus cámaras
aún hace que quiera vomitar. No soy nada valiente.
—No vomitaste el lunes —señalo. Mis dedos recorren sus
piernas y voy subiendo, levantando el borde de su vestido
para retirarlo—. Bonito vestido —susurro en su oído—. Creo
que deberías quitártelo.
—Por fin —dice, su rostro mostrando una gran sonrisa—.
Me encantará hacerlo, James, pero no voy a ser la única que
se desnude aquí.
16

CASSIE

H emos hecho el amor muchas veces, pero esta noche


parece diferente. Quizás por la conversación que
acabamos de tener. Me siento más conectada a ellos.
Nos desnudamos. Todos. Son casi las tres de la mañana, y
Lucas y James han trabajado un turno largo en La Coqueta
Alegre. Deberíamos acurrucarnos y dormir, pero cuando veo
sus duras pollas la necesidad crece dentro de mí.
La mano de Lucas recorre el tatuaje de mi nuca,
acercándome más a mí. Sus labios tocan los míos y su lengua
se desliza entre mis labios, capturando mi boca con
hambrienta urgencia.
Gimo dentro de su boca.
James se sitúa detrás de mí, sus manos se curvan
alrededor de mi cintura. Su polla empuja contra mi culo; yo
me arqueo y me froto contra él.
—¿Quieres un polvo rapidito? —digo, sacudiéndome
contra él.
Lucas toca mi pezón con su dedo y lo observa endurecerse.
—¿Ya estás húmeda, Cassie? —pregunta, con sus ojos
brillantes de ardor. Agacha su boca hacia el otro pezón y
succiona entre sus labios, mordisqueando el bulto con sus
dientes. Agudo placer me recorre entera.
James recorre mi espalda con sus dedos y acaricia entre
mis piernas. Se me corta la respiración mientras me frota
ahí.
—Por favor —gimo. Les necesito. Mi coño está pesado por
el deseo.
—Está empapada —dice James—. ¿Verdad, Cassie?
—Siempre —exhalo—. Siempre estoy empapada para
ustedes.
—Eres tan hermosa —dice Lucas suavemente, recorriendo
mis hombros con sus dedos. Me vuelve a besar—. Eres como
una droga en mis venas, Cassie.
Nos tocamos por todas partes. Ellos pasan sus manos por
cada centímetro de mi cuerpo y yo les devuelvo el favor,
saboreando la sensación de sus anchos y musculados pechos,
sus prietos traseros, y sus duras erecciones.
Nuestras respiraciones van más rápido ahora. Tanto Lucas
como James cogen condones. James desliza algo de
lubricante sobre mi ano y su polla, luego separan mis piernas
y se cuelan dentro de mi coño y mi culo. Estoy aprisionada
entre los dos, gruñendo cuando me llenan, suspirando de
placer cuando comienzan a moverse, gimoteando cuando el
deseo cosquillea mi piel y nubla mi mente.
La rapidez de mi orgasmo me toma por sorpresa. El pulgar
de James frota mi clítoris, sus pollas arremeten contra mí, y
yo me lanzo por el borde del abismo, con mi orgasmo
seductoramente cerca.
Entonces, Lucas empuja bien profundo dentro de mí, su
rostro está contorsionado por el deseo. El éxtasis fluye por
mí y grito, jadeando sus nombres mientras mi cuerpo
convulsiona. Mientras me retuerzo y me estremezco entre
sus cuerpos, les siento explotar, roncos gruñidos escapando
entre sus labios.
Me quedo dormida, arropada entre sus cálidos cuerpos.
Mientras caigo en el sueño, mi rostro enterrado en el
hombro de Lucas con James presionado contra mi espalda, la
enormidad de mis sentimientos queda muy clara. Estoy
completa, loca, y absolutamente enamorada de Lucas y
James.
17

JAMES

E l sábado por la mañana, una vez que Cassie se


marcha, voy paseando con mi padre hasta la consulta
del doctor Bollington. Es un hermoso día de verano. El
sol brilla en el cielo, los pájaros cantan en los árboles, y me
siento feliz y optimista.
Los últimos meses han sido caóticos y estresantes de todos
los modos posibles, pero las cosas parecen estar finalmente
solucionándose. Mi padre está mucho mejor y su humor ha
mejorado de forma dramática durante las últimas dos
semanas. Aunque las sesiones de terapia del doctor
Bollington son indudablemente parte de la razón, tengo una
leve sospecha de que el mejor ánimo de mi padre tiene
mucho más que ver con haber visto a Tom Jobin y darse
cuenta de que la recuperación es posible. La esperanza es un
poderoso antidepresivo.
Incluso nuestra preocupación por el dinero parece estar
desapareciendo. Sí, Spencer Calkins aún sigue siendo
reservado con los detalles, pero en una mañana como esta es
difícil no ser optimista.
Gran parte de mi buen humor tiene que ver con Cassie.
Cada noche que pasamos con ella es increíble, pero la noche
pasada fue extra especial. Había sentido algo diferente en el
aire entre nosotros. Había habido más ternura, más
intimidad.
—Te estás enamorando de ella.
La voz de mi padre interrumpe mis ensoñaciones. Levanto
la mirada, nada sorprendido ante su conclusión. Mi padre
siempre ha sabido leerme.
—Sí —admito—. Estoy loco por Cassie —hago una pausa
por un segundo—. Ya sabes que Lucas y yo… —mi voz se
pierde. ¿Cómo demonios le cuentas a tu padre que estás en
un trío y que esperas que sea algo a largo plazo? No sé cuáles
son las palabras correctas. Esta parece una de esas ocasiones
para las que debería existir una tarjeta de Hallmark.
—¿Que los dos están saliendo con ella? —la voz de mi
padre sale un poco chapurreada, pero su cerebro está tan
agudizado como siempre—. No estoy ciego.
—No —respondo con remordimiento—. Siempre has
tenido ojos en la nuca. Era todo un incordio cuando yo era
adolescente.
Se ríe.
—Me aterrorizaba echarlo a perder —dice—. Tu madre
acababa de morir y yo no tenía ni idea de cómo criar a un
chico de catorce años.
Hizo muy buen trabajo. Mi padre trabajaba todo el día en
el taller y aún llegaba a casa a tiempo para asegurarse de que
yo tuviera una comida caliente sobre la mesa. Y cuando el
padre de Lucas le echó de casa, mi padre le acogió sin decir
palabra y le trató como a un hijo. Hay un motivo por el que
Lucas y yo haremos lo que sea para asegurarnos de que
Patrick Fowler reciba el cuidado que necesita.
—¿Te acuerdas del Mustang que te construí para tu
decimosexto cumpleaños?
—¿Cómo puedo olvidar ese coche? —mi voz suena
cariñosa—. Ese coche me ayudó a ganarme… no importa, no
quieres saberlo.
—Tienes razón, no quiero saberlo —hay una sonrisilla en
su rostro—. No dejabas que nadie condujera ese coche. Ni
siquiera me dejabas tocarlo.
—Me acuerdo.
—Entonces, un día, poco después de que Lucas viniera a
vivir con nosotros, su coche se averió y llegaba tarde a una
cita. Y sin siquiera pensarlo, le diste las llaves de tu Mustang.
—Confía en mí, he pensado en ello —respondo secamente
—. Le dije que le patearía el culo si le hacía el más mínimo
arañazo a mi bebé.
Mi padre sacude la cabeza.
—Siempre ha habido una conexión entre Lucas y tú.
Ah, la moraleja de la historia está clara ahora.
—Cassie no es un coche.
—¿He dicho que lo fuera? —me lanza una mirada aguda
—. Todo lo que digo es que, en lo que se refiere a ti y a Lucas,
las reglas normales no pueden aplicarse.
Su brazo derecho sigue paralizado. Su pierna derecha sigue
muy rígida y necesita un andador para moverse, pero no le
pasa nada malo a la mente de Patrick Fowler. Nada de nada.
—Eres un buen chico, James —dice—. Y Lucas también.
Un padre no puede pedir mucho más que eso.
Patrick Fowler no es propenso a los discursos floreados, a
las emociones salvajes y extravagantes. Es un hombre cuyas
acciones siempre hablan más alto que las palabras. Pero
cuando me dice esas palabras —“eres un buen chico,
James”— mis ojos se llenan de lágrimas.
Le dije a Lucas que solo hay tres personas cuya opinión me
importa. Lucas, Cassie, y mi padre. El hecho de que él acepte
mis elecciones poco ortodoxas significa para mí más que
nada en este mundo.
—Por cierto —mi padre se gira hacia mí—. ¿De qué
conoces a Annabelle?
Le miro con el ceño fruncido.
—¿Annabelle Jobin? No la conozco de nada. Nos vimos por
primera vez cuando vino a recogerte el otro día.
Parece sorprendido.
—Estuvo preguntando acerca de tu programa —dice—. ¿A
lo mejor es una fan?
—Puede ser.
Eso no me suena bien. Cuando la conocimos, Annabelle
había sido agradable, pero no actuaba como una fan. Ni
siquiera había mencionado Charla Ardiente.
Llegamos a la consulta del doctor Bollington en North
Street, y aparto el misterio de mi mente. Ayudo a mi padre a
subir las escaleras. Mi mente está en un millón de otras
cosas: Cassie, las reformas, Spencer Calkins, y el programa
en directo del jueves. Annabelle puede esperar.
18

LUCAS

E l fin de semana pasa, y ningún contrato nos llega de


parte de Spencer Calkins. Su equipo técnico aparece
para instalar sus propias cámaras para el programa en
directo del jueves, pero ellos no tienen ni idea de los detalles
del negocio. Intentamos llamar a la ayudante de Calkins el
miércoles, pero nuestra llamada va directamente al buzón de
voz y nunca nos devuelve las llamadas.
No necesito una bola de cristal para saber que esto no va
demasiado bien.
—¿Vas a ver la grabación del programa? —le pregunto a
Cassie el miércoles por la noche.
—Aquí no —tiene mala cara—. La grabación en directo me
está poniendo de los nervios. ¿Les parece bien que lo vea
desde mi casa? Le he pedido a las chicas que vengan para
darme apoyo moral.
—Por supuesto —le sonrío, intentando mantener mi
preocupación a raya—. ¿Vienes después para que lo
celebremos solo nosotros tres?
—¿No te estás olvidando de Patrick? —pregunta ella.
James sacude la cabeza.
—Ha quedado con Thomas Jobin mañana —dice—. Me
dijo que Annabelle le traería de vuelta en algún momento del
viernes. Tendremos toda la casa para nosotros.
—Suena bien —responde ella—. Una vez que las cámaras
estén fuera de la vista, ni unos caballos salvajes me
mantendrán alejada.
Normalmente, la idea de que Cassie venga después me
pondría contento. Hoy, mi sensación de inquietud es
demasiado grande.

C ALKINS APARECE a las seis de la tarde del jueves, su rostro es


todo sonrisas.
—Bueno —dice frotándose las manos—, mis chicos me
dicen que ustedes son la comidilla del lugar.
Levanto una ceja y se explica mejor.
—¿Se están tirando a la chica de la cafetería? —nos mira
con lujuria—. Los dos, a juzgar por lo que dicen —suelta una
risotada—. No los culpo, por supuesto. Yo me la tiraría.
—No vamos a discutir nuestra vida personal —la voz de
James suena helada. Aunque su rostro no muestra expresión,
puedo ver que está furioso. Igual que yo.
—Oye, oye —Calkins levanta las manos en un gesto
apaciguador—. No hace falta ponerse estirado conmigo. Solo
estamos charlando.
Ninguno de los dos nos molestamos en contestar. Estoy
listo para retirarme y me dan igual los treinta y cinco mil.
Cuanto más veo a Calkins, más comienzo a preguntarme si
alguna vez vamos a ver algo de dinero con este trato.
—¿Tiene nuestro contrato? —pregunto bruscamente—.
Ha sido sorprendentemente difícil contactar con su
ayudante.
—Por supuesto —el productor de porno parece ofendido
mientras saca dos documentos de diez páginas cada uno de
su maletín—. Mi equipo legal trabajó sin descanso para tener
esto redactado a tiempo. Francamente, encuentro su falta de
fe un poco insultante.
—Francamente —salta James—, encuentro difícil creer
que espere tener acceso a la audiencia que nosotros hemos
construido durante los años sin revelarnos los términos y
condiciones. Usted no es el primer patrocinador con el que
trabajamos, Calkins. Dadas las circunstancias, hemos sido
bastante complacientes.
Los tres nos miramos con rabia. Le quito a Calkins los
papeles de las manos, pero no tengo tiempo de revisar los
detalles. El cámara principal viene corriendo a nuestro lado
—. Salimos en directo en un minuto —dice—. ¿Están
preparados?
Hago un esfuerzo por calmarme y plantar una sonrisa en
mi rostro, pero mientras tomamos asiento delante de las
cámaras, solo hay un pensamiento en mi mente. Estamos
cometiendo el mayor error de todas nuestras vidas.
19

CASSIE

E stoy nerviosa cuando las cinco nos instalamos en mi


salón.
—James y Lucas no están felices con esto —le
murmuro a Mia mientras tomamos asiento alrededor de la
televisión. Normalmente veo Charla Ardiente en la pantalla
de mi portátil, pero el monitor de quince pulgadas no es
adecuado para que estén mirando cinco personas.
Nina me oye.
—Sí, han estado nerviosos toda la semana en el trabajo —
dice—. En realidad, espero que todo esto vaya bien.
Yo también, Nina. Yo también.
A las siete en punto, el programa comienza.
—Hola a todos —dice Lucas a la cámara—. Bienvenidos al
primer episodio en directo de Charla Ardiente. Ahora bien, ya
sé que los hemos estado poniendo los dientes largos con
promesas de un gran anuncio. Hemos estado respondiendo a
sus mensajes toda la semana, así que sin más dilación, dejen
que les presente a Spencer Calkins.
Sin ser consciente de ello, mis manos han formado puños.
Lucas parece relajado por fuera, pero hay una ligera tensión
en su voz. No está contento por algo… pero ¿qué?
La cámara se centra en Calkins, quien parece estar muy
contento consigo mismo.
—Para aquellos que no me conozcan —anuncia—, soy
Spencer Calkins. Dirijo una compañía llamada Pecado a
Petición, de la que estoy seguro que todos han oído hablar.
—¿Qué es Pecado a Petición? —pregunta Nina con el ceño
fruncido, demostrando que, en contra de lo que el productor
de porno parece creer, no todo el mundo conoce su
compañía.
—Hace porno apto para mujeres —digo sin apartar los
ojos de la pantalla—. Supuestamente.
—Me entusiasma decir que Pecado a Petición va a
asociarse con Charla Ardiente —está diciendo Calkins en la
pantalla—. En mi compañía somos grandes fans de las
discusiones honestas sobre sexo, y nadie hace eso mejor que
Charla Ardiente.
Hasta ahora, todo bien. Mantengo mis dedos cruzados y
espero lo mejor. Tal vez Lucas y James solo están siendo
paranoicos. Quizás Calkins no es un asqueroso después de
todo, y su fracaso a la hora de producir un contrato fuera
solo porque ha estado ocupado.
—De hecho, una de las máximas de Pecado a Petición es
que todo es mejor con sexo —continúa diciendo Calkins. La
cámara abre plano y puedo ver a James con aspecto receloso.
—¿Cómo va a ser todo mejor con sexo? —pregunta Maggie
en voz alta—. Apuesto a que puedo pensar en una docena de
cosas que no mejorarían con sexo.
—Cocinar con aceite caliente —dice Nina, levantando la
mano en el aire.
—Ssh —las fulmino con la mirada—. Estoy intentando ver
esto.
Se callan y devuelvo mi atención a la pantalla.
—Y se nos ha ocurrido un gran concurso —se gira hacia
Lucas con una amplia sonrisa. Algo en el modo en que sonríe
me pone nerviosa. No me gusta este hombre. Para nada. Ni
un poquito.
—Charla Ardiente tiene actualmente dos millones de
seguidores —dice—. Pecado a Petición quiere duplicar ese
número y se nos ha ocurrido un gran incentivo —le guiña un
ojo a la cámara—. Ahora bien, han estado manteniéndose
bastante callados, pero James y Lucas acaban de empezar a
salir con alguien. Estoy seguro de que les encantaría ver
quien es esa mujer misteriosa que tiene completamente
cautivados a James y a Lucas, ¿verdad?
La sala se queda en silencio.
—Esto no me gusta, Cass —dice Mia, con su voz cargada
de ansiedad.
—A mí tampoco —susurro. Se me pone la carne de gallina.
Tengo un nudo en la garganta y temor en mi corazón.
Incluso, la sugerencia de aparecer en Charla Ardiente es
suficiente para que me den náuseas.
Calkins se inclina hacia delante, la cámara hace zoom en
su cara.
—Aquí está la oferta —dice, haciendo una pausa para
conseguir un efecto dramático—. Si Charla Ardiente duplica
sus seguidores en seis meses, James y Lucas han aceptado
grabar un vídeo sexual con su chica misteriosa, producido
por Pecado a Petición.
Mi corazón deja de latir. El miedo me araña la piel. ¿Puede
ser eso cierto?
—No —la voz de Nina suena asombrada—. Ellos nunca
habrían accedido a tal cosa, ¿verdad?
Mira a Mia, quien a su vez me mira con aspecto indefenso.
—¿Cass? —pregunta suavemente—. ¿Te contaron James y
Lucas algo sobre esto?
Por un minuto no puedo pensar. No puedo respirar. No
puedo oír ni sentir ni hablar.
Entonces las palabras de Lucas resuenan en mi mente.
«Cassie, nosotros siempre te apoyaremos.»
Y les creo. Creo en James y en Lucas. Ellos nunca me
traicionarían. Ni en un millar de años, ni siquiera aunque
estuvieran enfrentándose a la ruina. Eso lo sé con tanta
certeza como sé que mi nombre es Cassie Turner.
Hay un drama desarrollándose en la pantalla. Lucas se
pone de pie de un salto, su rostro lleno de rabia, sus manos
son puños apretados.
—¿Cómo se atreve? —ruge.
Le lanza un puñetazo a Calkins y su puño conecta con su
mandíbula. La silla cae hacia atrás y Calkins se derrumba en
el suelo, con su rostro contraído de agonía.
—Lo lamentarás, Bennett —grita, cayéndole sangre desde
la nariz—. Voy a demandarte por cada penique que posees.
James apenas le dedica otra mirada a Calkins. Mira
directamente a la cámara. Parece imposible, pero siguen
retransmitiendo. Supongo que alguien piensa que una pelea a
puñetazos es buena para las valoraciones.
—No hemos hecho ese trato —dice claramente con ojos
atribulados—. Nunca haríamos ese trato.
Me está hablando directamente a mí, eso lo sé.
—¿Qué vas a hacer? —susurra Mia.
Ya me estoy dirigiendo hacia la puerta.
—Voy a buscarlos —respondo.
—Les crees, ¿verdad? —dice Nina, tensa—. Cassie, ellos
nunca te harían daño de ese modo.
—Lo sé —respondo simplemente—. Siempre me han
respaldado —y ya es hora de que yo les devuelva el favor.
20

JAMES

M e siento aturdido. Calkins acaba de marcharse,


gritando y amenazando con demandarnos hasta
que nadie se acuerde de nosotros. Ahora mismo no
puedo dedicarle ni un solo pensamiento. Todo en lo que
puedo pensar es en Cassie. Si ella creyera que la hemos
vendido a cambio de más seguidores y más audiencia… pero
no puede creerlo, ¿verdad? Yo nunca le haría eso. Quiero a
Cassie. Ella lo es todo para mí.
Alguien está aporreando la puerta principal. Me abro
camino hacia ella, vagamente notando que Lucas está
derrumbado en una silla con la cabeza entre las manos.
Debería comprobar cómo está y ofrecerle hielo para su puño.
Cassie está en la puerta. La miro y me fallan las palabras.
Debería decirle que Calkins nos tomó por sorpresa. Debería
asegurarle que no sabíamos lo que había planeado, pero
parece que no puedo formar ni una sencilla frase. Estoy
paralizado por el miedo a perderla.
—James —sus ojos son amables y cálidos, y hay amor en
su expresión—. Sé que no lo planearon. Confío en Lucas.
Confío en ti —me rodea con sus brazos y me acerca a ella,
besándome con sus infinitamente suaves labios—. Ahora —
dice—, averigüemos lo que vamos a hacer a continuación —
sube las escaleras que llevan hacia nuestro despacho y la
sigo.
Lucas levanta la vista cuando oye los pasos, y cuando ve a
Cassie allí, la esperanza refulge en sus ojos.
—Dime que nos crees cuando te decimos que no
planeamos esto, Cass —dice con voz ronca—. Calkins estaba
mintiendo.
—Les creo —responde de inmediato—. Por supuesto que
les creo.
Ella dijo algo acerca de hacer planes cuando entró, pero
ahora mismo no necesito planes. La necesito a ella. Necesito
su calidez y su suave calor, así como su amabilidad y su
amor. Necesito a Cassie.
La estrechamos entre nuestros brazos y nos dirigimos
hacia mi dormitorio.
21

CASSIE

A la mañana siguiente me despierto con un plan.


No es tanto un plan como tal. No resuelve los
problemas económicos de James. No les encuentra
otro patrocinador. Esos son problemas grandes y
complicados, y no tengo ni idea de cómo solucionarlos.
Lo que puedo hacer, sin embargo, es evitar que Spencer
Calkins los demande.
«Pero para conseguirlo voy a tener que hacer algo que me
aterroriza.»
James y Lucas piensan que soy valiente, pero se equivocan.
Durante quince años me he acobardado al ver una cámara,
encogiéndome cada vez que alguien enfocaba una lente en mi
dirección. He permitido que mi miedo controlara mi vida.
Eso cambia hoy.
Annabelle Jobin acaba de aparcar frente a la puerta
principal. James baja para ayudar a su padre, dejando a Lucas
en el dormitorio conmigo. Estoy intentando pensar en un
modo de deshacerme de él cuando nos llega la voz de James.
—Lucas —grita—, ¿puedes bajar un segundo?
Lucas se levanta con expresión sorprendida en el rostro.
Encogiéndose de hombros, baja las escaleras. Una vez se ha
ido, me visto con prisas y me deslizo en su despacho. Los he
visto manejar las cámaras más de una vez y sé qué hacer.
Con dedos temblorosos, le doy a “grabar” y tomo asiento en
el sofá.
No voy a tener tiempo suficiente como para hacer una
toma de prueba. Solo una toma.
—Hola —digo ante la cámara, oyendo el temblor en mi
voz. Tengo las palmas sudorosas, el estómago revuelto, y
saboreo la bilis en mi boca. «Lo estás haciendo por James y
Lucas,» me recuerdo. «Es hora de apretarse los machos,
Cass.»
—Pues el episodio de anoche fue una locura —James y
Lucas consiguen que su cháchara suene natural, pero no
tengo ni idea de qué decir a continuación. Oh, claro. Necesito
presentarme—. Por si acaso se están preguntando quien soy,
soy la mujer misteriosa.
Me seco el sudor de las manos en mi falda. El vídeo de
Lucas dándole un puñetazo a Calkins se ha hecho viral. El
episodio de anoche ya ha sido visualizado un millón de veces.
—De niña, mi madre me hizo participar en todos los
concursos de belleza en un radio de ochocientos kilómetros a
la redonda. Mis recuerdos de mi infancia son de ser obligada
a ponerme trajes de lentejuelas, con mi rostro cubierto de
maquillaje, y de estar todo el tiempo en el foco.
Respiro hondo.
—Un día, cuando tenía doce años, me puse enferma. Me
dolía la cabeza y tenía fiebre, y todo lo que quería hacer era
acurrucarme en la cama y dormir. Pero era la final estatal y
tenía que actuar.
Incluso hoy en día, no puedo pensar en ese día sin sentir
náuseas.
—El fotógrafo nos puso en fila y siguió haciendo fotos. Las
luces eran cegadoras y me dolían los ojos, y supliqué a mi
madre que me permitiera irme a la cama.
Mis dedos forman puños en mi regazo.
—Desde ese día —digo en voz baja—, no puedo ver una
cámara sin sentirme enferma. No puedo hacerme una foto
sin querer vomitar. James y Lucas lo saben, por supuesto.
Todo lo que hicieron ayer, lo hicieron para protegerme.
Mi voz suena más firme ahora cuando mi rabia toma el
control.
—Spencer Calkins no les dijo a James y a Lucas lo que
estaba planeando —digo—. Ocultó deliberadamente lo que
pretendía hacer porque sabía que James y Lucas nunca
accederían a seguir sus planes. ¿Por qué creen que insistió en
que el programa se hiciera en directo? Utilizó a James y a
Lucas para conseguir audiencia.
Me inclino hacia delante.
—Si eres una mujer —digo suavemente—, piensa en lo
que este hombre me ha hecho. Piensa en el tono casual que
usó para sugerir que yo grabara un vídeo sexual. Solo por los
índices de audiencia. Solo para conseguir que la gente lo
compartiera, lo retuiteara, y pincharan en “me gusta”.
Calkins afirma que él dirige un estudio de porno amable con
las mujeres —miro a la cámara—. Después de lo que hizo
ayer, ¿pueden creerle?
Hago una pausa.
—Si está escuchando, Calkins, esto es lo que tengo que
decirle —levanto la barbilla, mantengo la cabeza bien alta, y
cruzo los dedos para que mi apuesta tenga éxito—. Si
demanda a Lucas —digo claramente—, entonces todo el
mundo verá su acción como otro esfuerzo desesperado más
por mantenerse en el foco.
Paro la grabación.
Si suficiente gente ve mi video, y si suficiente gente está
de acuerdo conmigo en que Calkins se merecía lo que le pasó,
espero que este hombre entre en razón. No toda la publicidad
es buena publicidad, especialmente si Calkins quiere que las
mujeres compren sus videos porno.
Con dedos temblorosos, pulso “subir video”.
22

LUCAS

J ames, Patrick, y Annabelle Jobin están en el patio


trasero. Abro las puertas del patio y me uno a ellos.
—¿Qué pasa?
Patrick sonríe de oreja a oreja. James parece
ligeramente aturdido. Annabelle lleva gafas de sol, así que no
puedo leer su expresión.
—Annabelle Jobin —dice James con voz contenida—, es la
dueña del Palacio del Placer.
—¿Qué? —los miro con la boca abierta.
Annabelle se quita las gafas de sol y sonríe.
—Soy AJ —dice—. Siento toda la intriga y el misterio. A mi
padre le gustaría fingir que su hija no vende juguetes
sexuales por internet, y yo lo mantengo bastante en secreto.
Tomamos asiento alrededor de la mesa de picnic.
—Papá dijo que el hijo de Patrick tenía un programa de
internet que yo debería ver —continúa diciendo Annabelle—,
así que le eché un vistazo, y me gustó mucho. Por eso
organizamos el primer trato con ustedes.
Piezas del puzle caen en su lugar.
—Mi equipo de ventas me dice sin cesar que deberíamos
patrocinar su programa —dice ella—. Su demografía es
perfecta. Su audiencia está muy bien dividida entre hombres
y mujeres. Lo clavan en el rango de edad entre veinticinco y
cuarenta y cinco años, y ese es el segmento que gasta dinero
en juguetes.
—Presiento un “pero” en esta historia —interviene James.
Annabelle asiente.
—Pero he oído rumores de que iban a hacer un trato con
Pecado a Petición —frunce el ceño—. No me gusta Spencer
Calkins —dice—. Es un depravado. No querría hacer
negocios con alguien que trabajara con él.
Patrick muestra una amplia sonrisa, sus rodillas botando
de excitación.
—Entonces vimos el programa de anoche.
Annabelle suelta una risita.
—Fue todo un pedazo de programa. No apruebo la
violencia, por supuesto —dice con un guiño—, pero Calkins
se lo tenía merecido. Si aún están buscando patrocinadores,
me encantaría trabajar con Charla Ardiente.
—¿En serio? —siento que se me levanta un peso del pecho.
Aún tengo que averiguar cómo evitar que Calkins me
demande, pero las palabras de Annabelle me dan esperanza.
—En serio —ella inclina la cabeza hacia nosotros—. Tal
vez deberíamos entrar para concretar los detalles. A
diferencia de Calkins —añade con malicia—, mi equipo sabe
cómo redactar contratos con diligencia.
Justo entonces, mi teléfono vibra. El teléfono de James
suena, y el de Annabelle se ilumina con una sinfonía
telefónica. Bajo la mirada hacia mi pantalla para encontrar
una notificación esperándome.
Un nuevo vídeo ha sido subido al canal de Charla Ardiente.
—¿Qué carajo? —digo—. ¿Cómo?
Comprensión aparece en el rostro de James.
—El único ordenador que no necesita contraseña para
conectarse está arriba —dice.
—Cassie.
«¿Qué has hecho, cariño?»
23

CASSIE

M e están mirando con tanto amor en sus ojos que


estoy convencida de que voy a reventar por la pura
tensión del momento.
—Cassie —dice James calladamente—, no tenías por qué
hacerlo.
—Quería hacerlo.
Lucas toma mi mano entre las suyas.
—Te quiero —dice, su voz preñada de emoción—. Eres
valiente, amable, hermosa, y te adoro completamente.
El dedo de James acaricia mi nuca.
—E inteligente —añade—. Hemos visto tu vídeo. Diste
justo en el clavo. Calkins va a querer que esta controversia
pase al olvido. Estoy bastante seguro de que nunca
volveremos a saber de él.
Espero que eso sea cierto.
—Y tenemos más buenas noticias —su rostro se relaja con
una sonrisa—. ¿Te acuerdas de la caja de juguetes sexuales
que estuviste explorando una noche?
Mis mejillas se ruborizan. Esa noche fue ardiente. Aunque
seamos honestos. Todas las noches que he pasado con James
y con Lucas ha sido jodidamente memorable.
—¿Te acuerdas que dijimos que trabajábamos con alguien
llamado AJ?
—¿La persona que hizo el trato con ustedes por email?
Mi frente se arruga mientras intento recordar sus
palabras. Teniendo en cuenta lo muy a conciencia que me
han mantenido distraída, me sorprendo de poder recordar
cualquiera de nuestras conversaciones.
—Sí —asiente Lucas—. Acabamos de descubrir que hemos
estado trabajando con Annabelle Jobin.
Parpadeo confundida.
—¿La hija del amigo de Patrick?
James sonríe.
—Lo sé, es una locura. Es la dueña del Palacio del Placer.
Ella quiere patrocinarnos —respira hondo—. Al fin puedo
ver la luz al final del túnel —admite—. Por fin puedo parar y
pensar en el futuro —me lanza una mirada seria—. ¿Querrás
formar parte de nuestro futuro, Cassie? —me pregunta—. No
quiero que nuestra relación sea algo temporal. Quiero que sea
algo a la larga. Tú, Lucas, y yo.
Mi estómago se revuelve y se me cierra la garganta, pero
esta vez la emoción que siento no es pánico. Es felicidad.
Pura y completa felicidad.
—Yo también quiero eso —respondo, pletórica de
felicidad, rodeándoles con mis brazos.
—Bajemos —sugiere Lucas—, a firmar el contrato con
Annabelle, a acomodar a Patrick, y después… —su voz se
apaga y sus ojos recorren mi cuerpo. Cuando habla a
continuación, sus palabras envían una sacudida de pura
lujuria hasta mi centro—. Bueno, tras hacer todo eso, lo
celebraremos.
Había muchos juguetes en esa caja con los que no había
llegado a jugar. Tal vez podamos hacer eso. O quizás James y
Lucas me sorprenderán con algo diferente. Estoy preparada
para todo. Siempre y cuando esté con Lucas y James, sé que
mi vida será jodidamente buena.
EPÍLOGO
CASSIE

Seis meses más tarde…

E s curioso como todo cambia con el paso del tiempo.


Hace seis meses habíamos estado al borde de la
desesperación. Lucas le había dado un puñetazo a
Spencer Calkins, los chicos se enfrentaban a la bancarrota, y
todo parecía oscuro y vacío.
Ya no.
Las cosas no cambiaron de un día para el otro, por
supuesto. Después de todo, no ganamos la lotería. Pero
después de que Annabelle patrocinara Charla Ardiente
durante seis meses, eso proporcionó a James y a Lucas algo
de alivio pagando las facturas médicas. Les dio esperanza.
Y luego estaba el vídeo que yo había grabado. Cuando lo
grabé, mi único objetivo había sido evitar que Calkins
demandara Charla Ardiente. Resulta que consiguió mucho
más. Cuando se extendió la noticia del modo en que Calkins
les había tendido una emboscada a James y Lucas, las
mujeres comenzaron a surgir de la nada. Resulta que Calkins
había usado su posición como productor de porno para
acosar sexualmente, y en algunos casos para también
asaltar, a mujeres que aparecían en sus películas.
Conforme aumentaban las alegaciones, Calkins intentó
contenerlas, pero había demasiados testigos. Calkins fue
arrestado.
Su juicio es el año que viene, pero incluso si consigue
zafarse, el daño está hecho. Nadie se va a seguir creyendo lo
de que es amigo de las mujeres. Las ventas de sus películas se
han desplomado y su compañía acaba de declararse en
bancarrota.
Llámenme mezquina, no me importa. Estoy encantada por
la caída en desgracia de Calkins.

J AMES Y L UCAS siguen pidiéndome que me mude con ellos. Me


resistí al principio, no queriendo apresurarme, pero entonces
mi hermana Kelli se casó y volvió a mudarse a New Summit.
Ella necesitaba un lugar donde vivir y, honestamente, yo ya
estaba pasando la mayor parte de mi tiempo en casa de los
chicos. A finales de octubre, lo hicimos oficial. Kelli se mudó
a mi casa, y Miss Miau y yo nos mudamos con James, Lucas,
y Patrick.
Oigo el sonido de un perro ladrando y entonces Mollie
entra corriendo en la cocina, su cola se sacude con
entusiasmo, Lucas y James están a medio paso detrás de ella.
—Maldito perro —gruñe Lucas—. Nunca me escucha.
Por favor. Lucas adora a Mollie. Todos la adoramos. Es la
adición más reciente a nuestra casa. Técnicamente, es la
cachorrita de Patrick, aunque todos nos hemos enamorado
de ella. Ahora mismo nos está dedicando una mirada
esperanzada, así que cojo una galleta de la jarra encima del
frigorífico y se la doy.
—¿Cómo ha ido el paseo? —le pregunto a James.
—Frío —contesta, sentándose a la mesa de la cocina,
quitándose los guantes. Me lanza una mirada traviesa—. Ven
a sentarte en mi regazo para calentarme, Cass.
Durante la última semana nos hemos estado esforzando
mucho para conseguir que todo esté terminado. Hemos
pintado, colgado cuadros, instalado lámparas, colocado
alfombras en los suelos… no hemos parado. Como resultado,
no hemos tenido tiempo para el sexo.
Mi sangre arde.
—Tengo que cocinar —digo débilmente, intentando
resistirme. Todos vienen esta noche a una fiesta de
inauguración de la casa. El queso necesita ser cortado. Hay
que hacer las salsas. Los espárragos necesitan estar
envueltos en jamón.
—Todos traerán algo de comer —responde Lucas—.
Tenemos un montón de alcohol. Lo tenemos todo cubierto —
hace un gesto para que me acerque—. Venga, Cass. Tómate
un respiro. Acabamos de recibir una nueva caja del Palacio
del Placer. ¿No quieres ver lo que hay en ella?
Malditos sean. Saben exactamente lo que me pone
cachonda.
—Bien —digo, quitándome el delantal y tirándolo sobre el
respaldo de una silla—. Pero si la gente se queda con hambre
será culpa de ustedes.

J AMES CIERRA la puerta del dormitorio principal que ocupa


toda la tercera planta de la casa y me mira.
—Hemos estado trabajando en la casa toda la semana —
dice—, en vez de hacerte el amor, Cassie.
—Ha sido horrible —les digo con solemnidad, aunque la
risa en mi voz me delata.
—Sí —coincide Lucas—. Lo ha sido. Te he echado de
menos, Cassie. He echado de menos recorrer con mis manos
tus suaves curvas. He echado de menos tu sabor, el modo en
que gimes mi nombre. He esperado siete largos días, Cassie.
Quiero sentir tu coño contrayéndose a mi alrededor.
Vaya. Hace frío y muy mal tiempo fuera, pero la
temperatura en esta habitación acaba de subir a cien grados.
Es muy excitante cuando James y Lucas se ponen en modo
oscuro y dominante.
James se acerca a mí a zancadas.
—Voy a arrancarte la camisa, Cassie —dice con una
promesa en su voz.
Mi pulso se acelera cuando sus dedos tiran de la tela. Los
botones vuelan por todas partes.
—Quítate el sujetador —susurra en mi oído, y yo echo los
brazos hacia atrás y desabrocho el cierre.
Lucas se sitúa detrás de mí, tirando de mi arruinada
camisa y de mi sujetador, lanzando las prendas al otro lado
de la habitación. Su cuerpo presiona contra el mío y yo me
recuesto contra él, sintiendo su calor en mi piel. La lujuria
corre por mi flujo sanguíneo como un fuego salvaje y llevo
mis manos hacia mi espalda, buscando la dura polla de
Lucas.
—Todavía no, Cassie —dice, cogiendo mis muñecas entre
sus manos.
—Por favor —gimo con voz entrecortada—. Por favor, no
me hagas esperar.
James se acerca más a mí, sus ojos están clavados en los
míos con intención, concentrados.
—Ponte de rodillas —ordena.
Me dejo caer al suelo, mis ojos están al mismo nivel de su
impresionante bulto. Mis dedos buscan su cinturón, lo
desabrocho y bajo la cremallera de sus vaqueros. Su polla
salta fuera. Cierro mis dedos alrededor de la base y saco la
lengua, moviéndola alrededor de su cabeza.
—Oh sí, nena —gruñe James, entrelazando sus dedos en
mi pelo—. Justo así.
Mi vagina se contrae cuando oigo la cruda necesidad en su
voz.
Detrás de mí, Lucas se deja caer de rodillas. Me rodea con
sus brazos, sus dedos encuentran mis pezones. Los pellizca y
tironea de ellos, haciendo que yo gimotee en la polla de
James cuando la sensación me recorre. Sus uñas arañan mi
espalda y se me pone la carne de gallina.
Estoy empapada.
James libera su polla de mi boca y me pone de pie.
—Quítate la falda y las bragas, Cassie —ordena.
—Y métete en la cama —dice Lucas entre dientes—.
Quiero saborearte.
Me desnudo y trepo a la cama tamaño King,
posicionándome a cuatro patas. Alargo la mano hacia la polla
de James, lamiendo los laterales de su verga y tomando su
cabeza en mi boca. Sujetándole por las caderas, tiro de él
hacia mí, tomándole lo más profundo que puedo.
Lucas se mueve tras de mí.
—Abre bien las piernas —dice, deslizando dos dedos
dentro de mi coño—. He echado esto de menos —le da una
nalgada a mi trasero.
Ooh. Eso ha estado bien.
James suelta una risotada.
—Hazlo de nuevo, Lucas —sugiere—. Creo que a Cassie le
gusta que le azoten.
Lucas se ríe y vuelve a darme una nalgada. Separa mis
pliegues y se concentra en mi clítoris, acariciándome del
modo que me gusta, con la cantidad justa de presión en el
punto exacto…
Gimoteando, empujo contra los dedos de Lucas.
—Fóllame —jadeo contra la polla de James.
Lucas suelta una risa oscura y frota mi clítoris con más
fuerza. Un escalofrío estremece mi cuerpo. No voy a durar.
Mi orgasmo está justo ahí, tan cerca, al alcance de…
Me duele. Mi cuerpo palpita de deseo. Lucas retira sus
dedos de mi vagina. Antes de que pueda protestar, sus dedos
sujetan mis caderas y empuja dentro de mí, impulsándome
más profundamente contra la polla de James.
—Joder, sí —siseo. Está muy dentro de mí. Cada
arremetida contra mí hace que mis pensamientos se aclaren.
Estoy despistada por el placer. Mi cuerpo tiembla y se
estremece, y no puedo contener mi orgasmo, ya no.
Me corro con fuerza, mi cuerpo está temblando de deseo.
El placer me recorre en oleadas y muevo mi cabeza arriba y
abajo sobre la polla de James, rápida y frenéticamente. Mis
músculos tiemblan y se contraen, y las sacudidas viajan por
todo mi cuerpo.
James gruñe, sus dedos se entrelazan en mi pelo. Se corre
en mi garganta y me trago cada gota. Lucas no afloja. Sus
embestidas aumentan en frecuencia y viene también con su
orgasmo.
—Guau —jadeo cuando mi respiración se tranquiliza—.
Guau —me acurruco entre sus cálidos cuerpos—. Hagámoslo
de nuevo.
James se ríe.
—Venga —dice—. Pero dijiste algo de una fiesta, ¿verdad?
Me incorporo.
—Maldición, se me había olvidado por completo —me
pongo de pie e intento encontrar mi camisa, solo para darme
cuenta de que está desgarrada. Sacudiendo la cabeza, cojo
una de las camisetas de Metallica de Lucas—. Me debes una
camisa de sustitución —le digo a James.
—Ha merecido la pena.

D E VUELTA A LA COCINA , me giro hacia James.


—Patrick no está en casa, ¿verdad?
James frunce el ceño.
—¿No está en su apartamento?
No es exactamente un apartamento. La casa de James y
Lucas es un edificio de ladrillos con una gran y moderna
extensión en la parte trasera. Patrick vive allí. Le da más
privacidad y creo que prefiere la independencia.
El padre de James está haciendo increíbles progresos. Su
cojera ha desaparecido casi por completo, e incluso puede
mover su brazo derecho. La semana pasada, cuando mi coche
se negaba a arrancar, se puso a revisar el motor y consiguió
que arrancase. Es improbable que vuelva a trabajar como
mecánico, pero siempre y cuando pueda juguetear con los
coches, parece contento.
Además, Mollie es genial para ponerle de buen humor. Es
imposible estar de mal humor alrededor de la feliz y
simpática cachorrita. Solo Miss Miau no está completamente
enamorada del labrador color chocolate.
—Creo que está en casa de la señora Zhang —responde
Lucas con una sonrisa en su rostro—. Es la tercera vez esta
semana. Presiento un patrón aquí.
James sacude la cabeza.
—Es muy raro estar hablando de la vida amorosa de mi
padre —dice con remordimientos—. Preferiría fingir que es
célibe.
Suelto una risita.
—Doble rasero, ¿no te parece?
Admito que cuando me mudé allí, me sentía nerviosa por
cómo iba a reaccionar Patrick, pero me di cuenta
rápidamente de que no era un problema. El padre de James es
genial y no tiene ni un solo prejuicio en su cuerpo.
—Mis chicos presentan un programa llamado Charla
Ardiente, Cassie —me dijo una vez con voz seca—. Y en ese
programa hablan de sexo con detalles gráficos. Después de
eso, no hay nada que James y Lucas puedan hacer para
escandalizarme.
T RES HORAS MÁS TARDE , la fiesta está en pleno auge. El salón
está abarrotado de gente. Annabelle está charlando con
Becky y Mia. Su padre, Thomas, está riéndose de algo que
Patrick está diciendo. La señora Zhang está hablando con
Sophia, la hermana pequeña de Landon. Conociendo el amor
de Sophia por la cocina, me atrevería a decir que las dos
están intercambiando recetas.
Mirando a mi alrededor, la única persona a la que no veo
es Nina, lo cual es raro porque Nina es normalmente muy
puntual. Lucas y James están hablando con Matthew
Steadman y me abro camino hacia ellos.
—Hola, Matthew —saludo al capataz de obra
cordialmente—. ¿Cómo has estado?
—Cansado —responde—. Aún así, instalamos los últimos
paneles de yeso la semana pasada. Hemos terminado.
Matthew está hablando de la urbanización que su cuadrilla
ha estado construyendo en las afueras de la ciudad.
—¿Ya se está mudando la gente? —pregunto con
curiosidad.
—Solo los dueños —responde—. Amigos de Nina.
—¿Nina? —Maggie, quien está detrás de nosotros, nos oye
y se gira en redondo, tiene una expresión sorprendida en su
rostro—. Mi madre y yo estuvimos allí hace una semana
viendo una de las casas, y vimos a Nina allí, pero dijo que
solo estaba examinando el lugar.
Matthew niega con la cabeza.
—No —dice—. Ella conoce a Scott y a Zane. Apostaría mi
último dólar.
Qué misterioso. ¿Quiénes son Scott y Zane, y por qué
oculta Nina que los conoce?

U NA VEZ la fiesta ha terminado, James, Lucas, y yo decidimos


por unanimidad dejar la limpieza para el día siguiente.
—¿Saben qué está pasando con Nina? —les pregunto
mientras nos preparamos para acostarnos.
Lucas sonríe.
—Quieres saber quiénes son Scott y Zane, ¿verdad? —se
burla.
—Esperen. ¿Lo saben? —mi voz se eleva de indignación—.
¿Quiénes son? ¿Está Nina saliendo con uno de ellos? —se me
ocurre una idea—. ¿O con los dos?
—Lo siento, Cassie —los ojos de James brillan divertidos
—. Hemos jurado mantener el secreto. Si quieres saber qué
está pasando con Nina, deberías preguntarle a ella. No a
nosotros.
Oh, confíen en mí, pretendo hacerlo.
—Soy su novia —señalo con un puchero—. ¿No deberían
contármelo todo?
Lucas se ríe.
—En cuanto a eso —dice—. Tenemos algo para ti. Ven
aquí un momento.
Su tono es serio.
—¿Va todo bien?
—Todo va mejor que bien —me tranquiliza James.
Ambos intercambian miradas y Lucas saca una cajita de su
bolsillo trasero.
—Cassie —dice—, nos has hecho más felices de lo que
nunca hubiéramos podido soñar.
James continúa.
—Sé que lo que tenemos no es para todo el mundo —dice
—. No estaba seguro de si funcionaría bien, pero los últimos
seis meses me han demostrado que estaba preocupado sin
motivo.
Lucas abre la caja y saca un anillo. Tres perfectos
diamantes acunados en un brillante triángulo.
—Nos pertenecemos los unos a los otros —dice
calladamente—. ¿No estás de acuerdo?
Me quedo con la boca abierta.
—¿Eso es un anillo de compromiso?
—Sí —responde James—. Eres nuestra, Cassie. Y nosotros
somos tuyos. Durante el resto de nuestras vidas, si nos
aceptas.
—Sí —susurro—. Sí, por supuesto.
Abrazo a James y a Lucas con fuerza y parpadeo para
contener las lágrimas. Puede que fuera una locura, y puede
que fuera poco convencional, pero sé que vamos a vivir
felices para siempre. Por el resto de nuestras vidas.
¡G RACIAS POR LEER la historia de Cassie, Lucas, y James! Espero
que te hayan encantado tanto como a mí.

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Nina:

—¿Qué es eso que he oído de que el doctor Bollington va a


vender tu edificio? —me pregunta Maggie—. ¿Es uno más de
los chismes de New Summit, o es verdad?
—Es cierto —confirmo tristemente—. Me habló de ello la
semana pasada.
El doctor Bollington, mi cruz, mi casero del infierno, ha
decidido poner en venta el edificio que alberga mi bar, La
Coqueta Alegre. Normalmente me habría puesto a dar
volteretas por la calle ante la idea de tener un nuevo casero,
pero la economía de New Summit está floreciendo y varias
franquicias van husmeando en busca de oportunidades
inmobiliarias de primera. Si le vende el edificio a una de esas
franquicias, no tengo duda de que me desahuciarán.
—Voy a intentar no ponerme nerviosa por ello.
Maggie, Becky, y yo estamos en el China Garden, el
restaurante que Maggie dirige junto con su madre y su
hermano. Las tres hemos adoptado la costumbre de comer
juntas una vez a la semana, normalmente los martes.
Mia y Cassie se unen a nosotras con frecuencia, pero
ambas tenían otros planes hoy. Cassie está pintando el salón
de la casa que sus dos hombres, James y Lucas, están
reformando, y Mia está con sus novios, Ben y Landon, en
Nueva York, en una especie de firma de libros.
Sí, lo han leído bien. Mis dos amigas están en tríos. New
Summit es el paraíso de los ménage à trois. A este paso, toda
la ciudad se verá implicada en relaciones poco
convencionales, y las costuras de las leyes de la realidad se
rasgarán.
No es que yo tenga tiempo de pensar en todo eso. A pesar
de lo que les he dicho a Maggie y a Becky, me he pasado la
semana pasada aterrorizada ante la idea de la inminente
venta. Cuando abrí La Coqueta Alegre quince meses antes, mi
padre me prestó cien mil dólares para que mi negocio
pudiera despegar. Desde entonces le he entregado cada dólar
que gano y que me puedo permitir. Voy bastante adelantada
con la devolución de mi préstamo, pero aún le debo sesenta
mil dólares. Si me veo obligada a reubicar La Coqueta Alegre,
estaré jodida.
—¿El doctor Bollington no acaba de venderles a Ben y a
Landon el edificio de Mia? —pregunta Becky con el ceño
fruncido.
—Sí.— Está helando fuera, y el gran bol de sopa agridulce
calienta mis entrañas mientras la tomo—. Por desgracia, la
tienda de muebles junto a mí acaba de cerrar y no consigue
encontrar otro inquilino para ella. Sin inquilinos…
—Se le está acabando el dinero —Maggie sacude la cabeza
—. Mi madre siempre pensó que Bollington era terrible con
sus finanzas. ¿Encontrará comprador?
Seis meses antes habría estado segura de que el tiempo
jugaba a mi favor, pero New Summit estaba creciendo de un
modo inesperado. Están construyendo una enorme
urbanización en las afueras de la ciudad. Matthew Steadman,
el capataz de la construcción, nos dice que las casas estarán a
la venta en primavera y espera que todas las casas se vendan.
—Mucha gente joven trabaja desde casa actualmente —
me dijo la semana pasada, sonando sorprendentemente
como un agente inmobiliario—, y no pueden permitirse vivir
en Manhattan.
Antes de que Bollington soltara su noticia bomba, yo
estaba bastante encantada con la inyección de gente nueva
en la pequeña ciudad que ha sido mi hogar durante los
últimos veinte meses. Pero ahora la floreciente economía
está en mi contra. Los edificios del centro se han convertido
de repente en productos muy deseados. Starbucks compró un
edificio en la esquina noroeste de Water y Main el año
pasado, y las franquicias están husmeando en busca de
espacio que alquilar.
—Esperemos que no —digo, cruzando los dedos sobre mi
regazo—. Hablemos de otra cosa. Maggie, ¿qué novedades
tienes?
—Mi madre va a comprar una casa —responde. Agarrando
un rollito de primavera, lo moja en un pequeño recipiente de
salsa de ciruela picante que tiene al lado—. Fuimos a ver la
casa piloto de la nueva urbanización ayer.
Levanto una ceja sorprendida.
—¿Vas a mudarte fuera del centro?
Una amplia sonrisa aparece en su rostro.
—Yo no —responde—. Mi madre. Va a vivir sola.
—Vaya —Maggie volvió a mudarse al apartamento de su
madre cuando su padre murió, y lleva viviendo con ella desde
hace tres años. Aunque Maggie nunca se queja, sospecho que
ha sido todo un reto para mi amiga—. ¿Qué lo ha provocado?
Becky suelta una risita.
—¿No lo sabes? —pregunta—. La señora Zhang y Patrick
Fowler fueron vistos paseando por el parque juntos. Fueron
al cine la semana pasada, y el sábado por la noche el Corolla
rojo de la señora Zhang estuvo aparcado en la puerta de la
casa de Lucas y James toda la noche —se sirve arroz frito en
su plato desde la bandeja del centro—. Maggie, has crecido
aquí, así que quizás seas inmune a ello, pero esta ciudad es
tan chismosa que es una locura.
—Dímelo a mí —gruñe Maggie—. Cada vez que voy al
supermercado, la señora Fischer intenta sacarme
información. Incluso tuvo la caradura de preguntarle a
Dominic cómo se sentía ante la idea de que Patrick se uniera
a nuestra familia.
El hermano de Maggie es intensamente celoso de su
intimidad. Tengo que reprimir una risita cuando me imagino
su reacción ante la intromisión de la señora Fischer.
—¿Cuándo se muda?
Todavía queda un rollito de primavera en el plato y nadie
parece quererlo. Becky ha pasado al arroz y Maggie tiene un
rollito a medio comer delante de ella. Ya me he comido tres
de esos deliciosos rollitos y me pregunto en silencio si
parecería muy avariciosa si cojo el último.
—No estoy segura —responde Maggie—. Creo que la
cuadrilla de Matthew aún tiene que terminar los interiores.
Zane pensaba que pasaría un mes antes de que ella pudiera
recibir sus llaves.
«Zane.» Mi corazón deja de latir cuando oigo ese nombre.
«No puede ser.» El Zane que yo conocía era estrella del
rock, no promotor inmobiliario.
Solo que Zane no es un nombre muy común.
—¿Zane? —pregunto, asombrada de que mi tono se
mantenga casual—. ¿Es el de la inmobiliaria?
Maggie niega con la cabeza.
—Es el cantante de un grupo llamado Evolving Whistle —
contesta—. Charlamos un rato mientras nos enseñaba el
lugar. El padre de Zane es el constructor y Zane le está
ayudando, creo, mientras él y su amigo Scott trabajan en su
nuevo álbum —se abanica de un modo exagerado—. Son dos
hombres guapísimos —añade.
Becky deja el solitario rollito de primavera en mi plato
mientras Maggie continúa hablando.
—Estuvieron preguntando por La Coqueta Alegre —dice
—. Creo que podrían tocar en tu noche de micro abierto.
Y con esas palabras, mi apetito desaparece por completo.
En cierta ocasión, yo había estado locamente enamorada
de Zane Marshall y Scott Leyland. Durante año y medio viajé
con su grupo mientras iban de gira por Norteamérica y
Europa. Lo había dejado todo por ellos hasta que me quedó
meridianamente claro que, aunque yo estaba enamorada
hasta las trancas de ellos, mis sentimientos no eran
correspondidos.
Así que un día me marché y, justo como había sospechado,
ellos nunca intentaron averiguar por qué. ¿Por qué iban a
hacerlo? No tenían escasez de mujeres desesperadas por
ocupar mi lugar al lado de las estrellas del rock que eran tan
sexis que debería ser pecado.
Ahora, veinte meses más tarde, están en New Summit. Mis
emociones están patas arriba. Furia y rabia entran en
conflicto con la profunda herida que pensaba que el tiempo
había curado. La semana pasada tuve finalmente una cita por
primera vez desde que dejé a Scott y a Zane. He intentado
olvidarles. He luchado con todas mis fuerzas para tener paz
mental.
Y aquí están para arruinarlo todo. Para destrozar mi
corazón otra vez.
Pero esta vez no se los permitiré.

Zane

No estoy en New Summit por Nina. Solo estoy aquí porque mi


padre necesita un favor.
Esto es lo que pasa con mi padre. Es un buen hombre, pero
es un loco adicto al trabajo. Su compañía de construcción
siempre ha sido lo primero en su lista de prioridades. Eso lo
sé. Mi hermana lo sabe, y mi madre también lo sabe.
Solo que, tras treinta y cuatro años de sentirse como una
segundona, mi madre tuvo suficiente. Hace tres meses que lo
dejó, y esa fue la llamada de atención que mi padre
necesitaba. Fue tras mi madre, le prometió que las cosas
serían diferentes, y desde entonces ha estado
sistemáticamente buscando gente para que se haga cargo de
todos sus proyectos.
—La urbanización está casi acabada —me había dicho
cuando llamó—. Todo lo que tienes que hacer es dirigir el
proceso de ventas.
—En New Summit —había dicho yo secamente. Sí, está
bien. Lo admito. No soy un puto santo, ¿está bien? Busqué a
Nina en Google para ver dónde había acabado viviendo.
—Por favor, Zane —había dicho.
Fue su “por favor” lo que me convenció. Mi padre nunca
me ha pedido nada. No se quejó cuando me marché para
tocar con mi grupo en vez de unirme a su negocio. Se pasa
todo el tiempo trabajando, pero nunca he dudado que me
quiere.
Así que aquí estamos. El momento es bastante
conveniente. Por primera vez en meses no tenemos nada
programado en nuestras agendas. Tras más de cinco años de
estar de gira sin parar y de grabaciones sin fin, finalmente
tenemos tiempo para tomarnos unas vacaciones.
Hay muy poco que hacer en New Summit: no hay
discotecas, ni conciertos clandestinos, nada. El único bar
decente está regentado por mi ex novia. Pensé que echaría de
menos la energía de Manhattan, pero la tranquilidad es
sorprendentemente agradable.
Llaman con fuerza y repetidas veces a la puerta principal.
Frunciendo el ceño ante el ruido, me dirijo a abrirla.
—Si es alguna cría vendiendo galletas de las Girl Scout, me
voy a poner de mal humor —murmuro con pesimismo.
Scott levanta la mirada con una sonrisa.
—No le arranques la cabeza a la niña —aconseja—. Es por
una buena causa. Cómprame un par de cajas de galletas de
menta.
No hay ninguna Girl Scout en la puerta.
Es Nina.
Viste vaqueros y un jersey negro de manga larga. Una
bufanda de lana color verde musgo rodea su cuello. Sus
mejillas están sonrosadas por el frío y sus ojos verdes brillan
de rabia. Y cuando la veo, los dos años desaparecen.
—¿A qué coño estás jugando, Zane? —comienza a decir
con voz baja y peligrosa—. ¿Qué estás haciendo en mi
ciudad?
Por el rabillo del ojo veo que la furgoneta de Matthew
aparca delante de la última casa por terminar.
—¿Te gustaría gritarme en la calle, o prefieres entrar?
Ella ve a Matthew y suelta una maldición por lo bajo.
—Bien.
Me aparta para entrar furiosa en el salón, con una mueca
enfadada en el rostro. Nina es bastante diminuta, pero cada
centímetro de su cuerpo irradia ira.
Han pasado veinte meses desde que se marchó. «Pensaba
que ya la había olvidado,» pero el calor que recorre mi
cuerpo me dice que no soy tan inmune a Nina como me
gustaría ser.
El cuerpo de Scott se queda rígido cuando la ve y sus ojos
se vuelven precavidos.
—Nina —dice—. ¿A qué debemos este placer?
—No —ella sacude la cabeza con vehemencia—. No vamos
a charlar educadamente, Scott. No tienen derecho a hacer
esto. No pueden entrar contoneándose en New Summit, y no
pueden pisotear mi corazón otra vez —respira hondo y,
cuando continúa, la vida ha desaparecido de su voz—. ¿Por
qué están aquí, y cuándo se marchan?
Scott aprieta los labios con rabia.
—Tal vez nos mudemos aquí —responde fríamente—.
Siempre he querido dirigir una sala de conciertos, y he oído
que hay un edificio vacío junto a tu bar —su sonrisa no llega
a sus ojos—. ¿No está tu edificio a la venta? Puede que lo
compre.
El rostro de Nina se queda pálido.
—No lo harías —susurra, con sus manos apretadas
formando puños—. Ni siquiera tú llegarías tan lejos.
Scott se encoge de hombros.
—Ya me conoces, nena —dice sin piedad—. Soy un cabrón
con un puto montón de dinero.
Debería ponerle punto y final a esa conversación. Scott no
tiene intención de quedarse en New Summit. Solo está
atacando desde el centro de su dolor. Solo que yo no quiero
ser el pacificador y no quiero aliviar sus miedos. «Pensaba
que ya la había olvidado,» pero la rabia en mi corazón hace
que me dé cuenta de que me estaba mintiendo a mí mismo.
—¿Por qué estás actuando como si tú fueras la parte
agraviada, Nina? —la miro enarcando una ceja—. Estuvimos
juntos durante dieciocho meses, pero ni siquiera pudiste
despedirte en persona. Ni siquiera un aviso. Solo te
marchaste una noche mientras estábamos en el escenario…
¿y eres tú quien está enfadada con nosotros?
Mi voz comienza a subir. Respiro hondo y me obligo a
calmarme.
Nina suelta una risa aguda y de incredulidad.
—Vaya revisión de la historia tan fantástica, Zane —suelta
ella—. ¿Vas a quedarte ahí fingiendo que no te lo viste venir?
Durante dieciocho meses yo fui el segundo plato. El grupo
siempre iba primero. Se te ha olvidado de un modo muy
conveniente lo descolocada que me sentía, ¿verdad? Yo
seguía diciéndoles que no quería vivir en la carretera, y
seguían ignorándome para poner toda su concentración en el
siguiente concierto. ¿Se suponía que tenía que seguirles
como un perrito toda la vida?
—Yo tenía que concentrarme en el siguiente concierto —le
rujo, herido en lo más profundo ante la noción de que ella
piensa que era secundaria al grupo—. ¿Te crees que a mí me
gustaba estar en la carretera? ¿Piensas que yo disfrutaba de
los asquerosos moteles, los bares llenos de humo, la fatiga
constante? Lo estaba haciendo para asegurar nuestro futuro.
—Nuestro futuro —ella sacude la cabeza con expresión
resignada—. Estaban tan ocupados pensando en el futuro
que se les olvidó el presente. No me dejaron otra opción.
Tú no nos diste otra alternativa.
Inhalo con fuerza. Durante treinta y cuatro años, mi madre
esperó a que su marido se diera cuenta de lo que era
importante, y él nunca lo había hecho. Yo soy igual de
estúpido. Mi cuerpo se rebeló cuando Nina se marchó y perdí
mi voz durante una semana; aún así no lo comprendí, pero
ahora que ella está aquí, lo entiendo.
Ella se mete las manos en los bolsillos.
—Todo el mundo tiene un precio —dice, su mirada
pasando de mí a Scott—. ¿Cuál es el suyo?
—Quieres que nos vayamos.
—Sí.
No hay vacilación en su voz y una parte de mi corazón se
hace pedazos, pero al mismo tiempo la determinación
endereza mi espalda. «Pensaba que la había olvidado,» pero
no. Voy a luchar por ella.
—Nos marcharemos —respondo—. Con una condición.
—¿Qué quieren?
—Que juegues a un juego con nosotros.
Su cuerpo se pone tenso. Le habíamos dicho eso mismo la
noche en que la conocimos, y sus ojos habían brillado de
anticipación y deseo; «pero eso fue entonces y esto es
ahora.» Ella recuerda la frase porque responde usando las
mismas palabras que había pronunciado hacía más de tres
años.
—¿Cuáles son las reglas? —susurra.
—Eres nuestra durante cinco noches, desde las seis de la
tarde hasta las seis de la mañana. Sin restricciones. Sin
reprimirse.
—¿Esto va de sexo? —pone los ojos en blanco, con un asco
claramente visible en su rostro—. Por supuesto que sí.
Su suposición me deja sin aliento. Sacudo la cabeza,
sintiendo una profunda sensación de pérdida al darme
cuenta de lo poco que ella creía que nos importaba.
Junto a mí, Scott se ríe sin ganas.
—El sexo nunca fue el problema entre nosotros, Neen —
dice con sequedad—. Puedo entrar en tu bar y, en menos de
diez minutos, puedo encontrar a alguien que quiera
acostarse conmigo. Nuestra vida sexual fue jodidamente
buena, pero eso no era por lo que estábamos juntos.
Ella abre la boca para decir algo, pero Scott levanta una
mano para detenerla.
—Si ganas el juego —dice él—, puedes pedirnos lo que
quieras, y si entra en nuestras posibilidades concedértelo, lo
haremos.
—¿Se irán de la ciudad si hago lo que ustedes quieran
durante cinco noches?
—Sí —intervengo con voz dura.
Ella me mira a los ojos.
—Bien, Zane —dice—. Jugaré su juego. Venga.

Sigue leyendo Juegos Ardientes.


ACERCA DEL AUTOR

Tara Crescent escribe ardientes romances contemporáneos para lectoras que


disfrutan de héroes sexis y dominantes, así como de fuertes y atrevidas heroínas.

Cuando no está escribiendo, puedes encontrarla acurrucada en un sofá con un


buen libro, a menudo con un gato en su regazo.

Vive en Toronto.

Tara también escribe ciencia-ficción romántica bajo el nombre de Lili Zander.


Echa un vistazo a sus libros en: [Link]

Encuentra a Tara en:


[Link]
tara@[Link]
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LA SERIE ARDIENTE

Terapia Ardiente
Charla Ardiente
Juegos Ardientes
Palabras Ardientes

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