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Retratos icónicos de August Sander

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Retratos de August Sander.

La honestidad implacable

Carlos Alfieri

Inquietante, ambigua, con el cabello cortado «a lo garlón», su cuerpo


esbelto enfundado en un vestido negro con flores bordadas, la muchacha
vuelve su rostro anguloso hacia la cámara, a la que dirige una mirada car-
gada de desafío. No sabía esta secretaria de la emisora Westdeutscher
Rundfunk de Colonia que su imagen, captada una tarde de 1931 por August
Sander, se convertiría en uno de los iconos de la historia de la fotografía,
como tampoco sabían que compartirían ese destino los tres jóvenes cam-
pesinos sorprendidos en Westerwald en 1914 y cuya indumentaria domin-
guera -trajes, corbatas, sombreros y hasta bastones- no basta para atenuar
la rudeza de su condición. Es tan intensa la concentración de vida que
emana de estas dos imágenes, que sólo con verlas y antes de contemplar las
otras 178 de la exposición «August Sander. Retratos», hasta el espectador
más inadvertido percibía la evidencia de encontrarse ante la obra de uno de
los mayores artistas que ha dado la fotografía.
La muestra tuvo lugar en la sede madrileña de la Fundación Santander
Central Hispano, como parte del Festival Internacional de Fotografía Photo
España 2002, y estuvo centrada -pero sin excluir una abundante represen-
tación de otros temas- en «La mujer en el proyecto Hombres del Siglo
XX», gigantesca empresa que acometió el fotógrafo alemán con el propó-
sito de dar un testimonio exhaustivo de la sociedad de su tiempo. Todas las
clases, todos los oficios, todos los tipos humanos, todos los ámbitos socia-
les debían tener cabida en su proyecto, para el cual las fotografías estarían
divididas en siete grupos -El campesino, El artesano, La mujer, Las clases,
Los artistas, La gran ciudad y Las últimas personas, que comprendía a
enfermos, tullidos, moribundos, marginados- y subdivididas a su vez en
más de cuarenta y cinco porfolios temáticos. Desde 1910 Sander retrataba
a campesinos de las comarcas de Westerwald y Siegerland, pero fue a raíz
de su vinculación con el llamado «Grupo artistas progresistas» de Colonia,
particularmente con el pintor y escultor Franz Wilhelm Seiwert, con quien
intercambiaba ideas acerca de las posibilidades de la fotografía como
medio artístico y de indagación social, cuando fue perfilando su vasta cró-
nica de los «Hombres del Siglo XX». La primera formulación explícita de
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su plan y exhibición de su trabajo se registró en 1927 en la Kolner Kunst-


verein, en una muestra colectiva del mencionado grupo artístico. Dos años
después, el destacado editor de Munich, Kurt Wolff publicó una selección
de sesenta retratos de Sander en un libro titulado «El rostro de nuestro
tiempo» y prologado por Alfred Dóblin, apenas un anticipo del ambicioso
proyecto general que concitó una excelente acogida por parte de la crítica.
No fue fácil el acceso de August Sander al mundo de la fotografía. Naci-
do en Herdorf, al este de Colonia, en 1876, hijo de un modesto carpintero
de minas, a los 13 años se vio obligado a trabajar como peón en la escom-
brera de una mina de hierro de esa localidad. Allí se produciría un encuen-
tro decisivo con el fotógrafo profesional Heinrich Schmeck: deslumhrado,
el adolescente August (tenía 16 años) mira por primera vez a través del
objetivo de una cámara. Ese día decidió que quería ser fotógrafo; un tío de
posición económica más holgada lo ayuda a comprar su primer equipo (la
cámara funcionaba con las placas más pequeñas de la época, 13 x 18 cm.)
y su padre le construye un estudio en el fondo de la granja familiar. Había
encontrado su vocación. Cuando unos años después cumple el servicio
militar en Tréveris, ayuda en su tiempo libre al fotógrafo local Georg Jung,
que se dedica a retratar a los soldados. Una vez licenciado transitaría un
período de perfeccionamiento profesional -fotografía industrial y arquitec-
tónica- y de viajes: Berlín, Halle, Leipzig, Magdeburgo, Dresde, en cuya
Academia de Bellas Artes estudia durante un año dibujo y pintura, algo que
se consideraba casi de rigor entonces para la formación de un buen fotó-
grafo. Se traslada más tarde a Linz, Austria, donde trabaja para la Photo-
graphische Kunstanstalt Greif, estudio del que termina siendo dueño. En
1902 se casa con Anna Seitenmacher, una joven de origen burgués y con
estudios que le facilita sus relaciones con los círculos artísticos y con gen-
tes de clase acomodada. Conoce en Linz una considerable prosperidad eco-
nómica, que su pasión por los libros, los cuadros, las antigüedades contri-
buye a debilitar (él, un hijo de obreros, autodidacta, carente de educación
institucional, reverenciaba el mundo de la cultura; a menudo insistía en el
papel de la fotografía como transmisora de conocimientos).
En 1910 decide regresar a Alemania e instala su estudio en la Dürener
Strasse 201 de Lindenthal, un suburbio de Colonia. De lunes a viernes
retrata incansablemente a una clientela ciudadana, y los fines de semana
parte al campo en bicicleta para fotografiar a los campesinos. Si hasta su
permanencia en Linz había desempeñado su oficio con solvencia pero con-
vencionalmente, en Colonia hará un giro fundamental a su estética foto-
gráfica, que había obedecido a los cánones imperantes, y desplegará sin
ataduras su inmenso talento. Abominará de los fondos pintados, de los irri-
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sorios decorados delante de los cuales se situaba a la gente para retratarla


-«no hacen más que distraer la atención de las personas», decía- y optará
por los fondos lisos, monocromos, preferentemente grises; rehuirá las
poses rígidas, antinaturales, y casi prohibirá la sonrisa forzada de los retra-
tados, esa especie de ley iconográfica no escrita que aún en nuestros días
conserva su vigencia -«Es más fácil que la gente finja al sonreír que al estar
seria», aseveraba-; repudiará los vanos propósitos píctorialistas, que inten-
taban «jerarquizar» la fotografía procurando que se pareciese a un cuadro,
y defenderá las grandes potencialidades de su propio camino estético. San-
der creía con fervor en el carácter revolucionario del nuevo medio artístico,
en su idoneidad para reflejar la época, en su poder des velador de la verdad,
pero no era ingenuo: sabía también que podía convertirse en un instrumen-
to poderoso de la mentira. De lo que se trataba, entonces, era de buscar la
«fotografía exacta», clara, precisa, de renunciar a los artificios que impedí-
an a la mirada capturar la esencia desnuda de las personas y las cosas. Tam-
bién, de expulsar de la percepción todas las adherencias que el hábito había
ido fijando en ella para recuperar su virginal capacidad de conocimiento.
Eran postulados coincidentes con los de la Neue Saschlichkeit (nueva obje-
tividad), con los del denominado realismo mágico que en el campo de la
pintura conocería en Alemania su auge en el período posterior a la Prime-
ra Guerra Mundial. No es casual que Sander estuviera relacionado con
algunos de sus mejores representantes; sus admirables retratos de Otto Dix
y de Antón Raderscheidt -la figura de éste, una pura verticalidad clavada
en medio de una fantasmal calle desierta de Colonia-, por ejemplo, son
equivalencias fotográficas de sus mundos pictóricos.
¿Un realista, entonces? ¿Un minucioso antropólogo social? Alfred
Dóblin había escrito de él en 1929, en el prólogo a «El rostro de nuestro
tiempo», que realizaba «una suerte de historia cultural, o mejor dicho
sociológica, de los últimos treinta años», y Thomas Mann afirmó, a propó-
sito del mismo libro: «Esta colección de fotografías tan sutilmente retrata-
das como sencillas son un descubrimiento valioso para los estudiantes y los
amantes de la fisonomía, y suministran una excelente oportunidad para
explorar la huella ocupacional y estructurada en clases de la humanidad».
Conceptos como «realismo» o «indagación antropológica» requieren hoy
tantas precisiones que han dejado de ser útiles. Claro que en un sentido
muy amplio Sander era un realista y un antropólogo social, puesto que
fotografiaba a los hombres en sus circunstancias concretas. Pero lo era de
una manera ejemplar: nunca permitió que la construcción de una tipología
social devaluara las peculiaridades de cada individuo. Precisamente porque
era tan escrupuloso con las circunstancias concretas de cada ser humano su

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