La Mansion Espinosa
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Margaret Rogerson
La mansión Espinosa
ePub r1.0
Titivillus 06.03.2024
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Título original: Sorcery of Thorns
Margaret Rogerson, 2023
Traducción: Pilar Ramírez Tello
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Para quienes creen en los finales de cuentos de hadas.
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Uno
—¡No he sido yo! —insistió Nathaniel, que estaba apoyado en la puerta principal de
la casa mientras contemplaba con gesto de impotencia las enredaderas que azotaban
los arbustos espinosos, las plantas con forma de animales que merodeaban por el
jardín y el amenazador vendaval mágico que aullaba alrededor de la mansión
Espinosa—. Juro por la impía tumba de Baltasar que no he hecho nada.
Elisabeth lo miró, escéptica.
—Casi siempre que dices eso, al final resulta que…
—Sí, sí, lo sé.
—Como cuando empezaron a llover tazas de té en la calle Laurel…
—Creía que habíamos acordado no volver a hablar de eso.
—Y la vez que cayó un rayo sobre una de las torres del Magisterium y la voló en
pedazos…
—Vale, entendido. Pero anoche no tuve ninguna pesadilla, ¿verdad? Te habrías
dado cuenta, sin duda.
Elisabeth se ruborizó un poco.
—No, no tuviste ninguna.
Él sonrió; era injusto lo guapo que estaba en camisón, con el viento hinchándole
las mangas y tirándole del pelo en todas direcciones.
—El caso es que seguro que todo esto está relacionado con las defensas de la
mansión. Mira al otro lado de las puertas: la calle tiene un aspecto de lo más normal.
La joven entornó los ojos para escudriñar a través del huracán de escombros y vio
que tenía razón: el resto de Hemlock Park parecía disfrutar de una mañana de febrero
soleada y pacífica. Eso no la tranquilizó, y menos cuando vio que, justo detrás del
ciclón, se había congregado un grupo de personas; y, justo enfrente, había unos
cuantos…
—Periodistas —dijo Nathaniel en tono lúgubre.
—¡Elisabeth Escriba! —la llamaron, entusiasmados, al percatarse de que se había
abierto la puerta principal—. ¡Magíster Espinosa! ¿Algún comentario sobre la
situación? ¿Ha perdido el control de su magia? ¿Es cierto que ha regresado su
demonio?
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Nathaniel frunció el ceño. Entonces, otro periodista gritó:
—¿Afectará esto de algún modo a sus preparativos para el Baile de Invierno del
próximo f…?
Elisabeth no oyó el resto porque el magíster la metió a toda prisa en la casa y
cerró la puerta.
—¿Sabes lo que te digo? Que tampoco me importa tanto —comentó Nathaniel
ese mismo día, más tarde, mientras observaba con alegría un arbusto que pasaba
volando por delante de la ventana del vestíbulo—. De hecho, creo que empieza a
gustarme.
—No puedes dejarlo así para siempre —replicó Elisabeth—. Estamos encerrados.
Nos moriremos de hambre. Además, eso parece haberse caído del tejado.
Nathaniel usó su bastón para abrir la cortina un poco más y examinó con interés
el gigantesco pedazo de mampostería que pasaba dando vueltas. La multitud de
espectadores gritó y se agachó. En realidad, eso solo sirvió para que el joven se
sintiera aún más satisfecho.
—Bueno, seguro que tenemos provisiones suficientes para unas cuantas semanas.
Y si empiezan a salir goteras en el tejado, usaré la magia… ¿Escriba? —preguntó,
alarmado—. ¿Adonde vas?
Ella no respondió porque había agarrado a Asesina de Demonios y se dirigía a la
puerta con aire decidido.
Un momento después regresaba al interior con el mismo aire decidido, perseguida por
un ejército de enredaderas que se le pegaban a los talones y arañaban enfurecidas las
baldosas del vestíbulo con sus enormes espinas. Con ojos desorbitados y el pelo lleno
de hojas, gritó mientras daba espadazos a los tallos:
—¡La cabeza les vuelve a crecer!
—¡Pues claro! —chilló Nathaniel—. ¡Son arbustos mágicos! ¡Podría habértelo
dicho si no hubieras salido hecha una furia en pijama a luchar contra ellos!
Invocó una gota de fuego esmeralda que redujo a cenizas varias enredaderas y
dejó la habitación apestando al fuerte hedor de la combustión etérea. Pero no sirvió
de mucho. En cuanto las cenizas tocaron el suelo, otra oleada de enredaderas acudió a
reemplazarlas.
Se alargaban desde el seto hasta entrar en la casa, inagotables en número. Cuanto
más las cortaba Elisabeth y más las achicharraba Nathaniel con sus bolas de fuego,
más se multiplicaban, como las cabezas de una hidra. Las tornas cambiaron al fin
cuando Mercy salió del salón, aulló un potente grito de batalla y las atacó con una
escoba. Eso pareció funcionar durante un momento, aunque se debiera tan solo al
elemento sorpresa: el seto se encogió, pasmado. Antes de que pudiera reagruparse,
Elisabeth consiguió llegar hasta la puerta y cerrarla empleando toda su fuerza para
aplastar un único zarcillo espinoso que había tomado la iniciativa de entrar
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arrastrándose como una serpiente. Cuando se negó a retirarse, ella le cortó la punta
con la espada.
Horrorizados y en silencio, contemplaron el zarcillo, que brincaba por la
alfombra, todavía con vida. Al final, Mercy tuvo la presencia de ánimo suficiente
para atraparlo dentro de un cubo de basura del revés.
—Bueno, supongo que estamos atrapados aquí dentro —comentó mientras el
cubo daba botes y se agitaba con furia.
—Eso parece —convino Nathaniel, muy contento—. Qué contrariedad. Tardaré
semanas en resolverlo.
Elisabeth guardó silencio un momento, al recordar lo que había empezado a
preguntar el periodista, y se volvió hacia él.
—¿Qué es el Baile de Invierno?
Pero Nathaniel estaba ocupado sacudiéndose las cenizas de enredadera de las
mangas.
—Créeme, Escriba, será mejor que no lo sepas. Imagínate estar metida en el
rancio salón de baile de un hechicero, donde las lucernas están encantadas para que
goteen su cera encima de cualquiera que critique los entremeses, condenada a la
tortura de tener que hablar del tiempo durante horas y más horas.
—Es un acontecimiento social, señora Escriba —explicó una voz susurrante que
procedía del salón.
—Exacto —dijo Nathaniel.
A veces, Elisabeth todavía sentía un escalofrío de sorpresa cuando aparecía Silas.
Entre las sombras del vestíbulo, parecía un fantasma, y no era difícil imaginarse que
lo era: pálido, insustancial, con su fina silueta capaz de fundirse con el revestimiento
de madera. Le costaba desprenderse de la idea de que no era más que un producto de
su imaginación o una ilusión conjurada por Nathaniel durante una de sus pesadillas.
Pero no, era real. Lo había tocado. Les había servido el desayuno hacía un rato.
No distinguía su cara, aunque le daba la impresión de que hacía todo lo posible
por no mirar la capa de ceniza que cubría las baldosas de la entrada… ni, ya puestos,
el cubo de basura que temblequeaba con decisión camino de la sala. Siguió hablando
en voz baja:
—Es una tradición anual entre hechiceros, pensada para fortalecer los lazos entre
las casas. Cada invierno se elige a un magíster distinto para que sea el anfitrión del
baile.
Elisabeth observó a Nathaniel, suspicaz. Durante las últimas semanas, lo había
pillado echando cartas de aspecto formal al fuego.
—Se supone que este año te toca ser el anfitrión, ¿verdad?
—No veo por qué debería serlo. —De nuevo, se sacudía las mangas—. Hasta
hace apenas dos meses, ni siquiera era ya hechicero.
Ella entornó los párpados.
—¿Estás intentando librarte usando las defensas de la mansión?
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—No, aunque ojalá se me hubiera ocurrido. Es una idea brillante, ¿no?
Fuera, alguien gritó.
—Periodista —informó Mercy, que se había asomado a través de las cortinas—.
Sigue vivo.
—Una lástima —comentó Nathaniel.
En algún momento, Silas había salido de las sombras, aunque Elisabeth no lo
había visto moverse. Sus rasgos, blancos como el mármol, eran igual de
sobrenaturales a la luz de última hora de la tarde que se filtraba por los cristales
emplomados, una luz que parpadeaba con los fragmentos que pasaban volando y
proyectaban sombras titilantes por las baldosas de cuadros del vestíbulo.
—Quizá debamos retirarnos al comedor. He preparado la cena y se está enfriando.
No había ni rastro de amenaza en sus palabras. Aun así, todo el mundo se
apresuró a obedecer.
Cuando llegaron al comedor, descubrieron que la mesa estaba engalanada de una
forma poco habitual, incluso para Silas. Las candelas encendidas se reflejaban en la
superficie de caoba pulida de la mesa y lanzaban destellos al proyectarse sobre un
derroche de cubiertos y soperas de plata. Había colocado la porcelana fina y los
bajoplatos de jade, no solo para los tres comensales, sino para las dieciocho personas
que cabían en la mesa. Mercy vaciló en el umbral antes de sentarse con la espalda
muy recta y el gesto sombrío, como si se preparase para la batalla.
Elisabeth frunció el ceño, preocupada, hasta que Silas regresó con una bandeja en
las manos y el olor le desintegró la mente. Tuvo que devorar tres porciones de
pescado blanco en su punto, perdido entre las especias de la salsa de jengibre y el
delicado crujido de los tirabeques, para recuperar el raciocinio. Cuando por fin
levantó la vista, Nathaniel estaba picoteando la comida con el tenedor.
Sintió una punzada de compasión. Seguro que la idea de regresar a la esfera
pública de la sociedad mágica no le resultaba fácil. No después de su lesión, de los
periodistas y de las preguntas que circulaban sobre su hechicería. Pero perdió toda su
buena voluntad cuando la conversación volvió al tema de arreglar las defensas y él
fingió quedarse dormido.
—Si nadie les ha dado órdenes, ¿por qué se han despertado? —preguntó Mercy
tras echar un vistazo dubitativo a Nathaniel, que estaba despatarrado en la silla y
roncaba de un modo exagerado—. ¿Es que la mansión intenta decirnos que corremos
peligro si salimos de la casa? No será algo parecido a lo de Ashcroft, ¿no? —añadió,
ya que le habían contado casi todos los detalles de lo sucedido el otoño anterior.
Silas la miró sin pestañear. Elisabeth se puso tensa. Por la razón que fuera, se
alarmaba cada vez que el demonio se fijaba en la presencia de Mercy, pese a lo
educado que había sido con ella desde que regresó y se la encontró trabajando como
doncella en la mansión.
Sintió un alivio indeterminado cuando se limitó a decir:
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—No necesariamente, señorita. Los hechizos antiguos, como los que se lanzaron
en los cimientos de esta casa, pueden volverse temperamentales con la edad. Creo
que lo más probable es que algo haya activado una modificación menor de las
defensas. Los hechiceros han ido añadiendo sus propias cláusulas a lo largo del
tiempo, algunas bastante específicas. ¿Alguno de ustedes recuerda haber hecho algo
fuera de lo común en las últimas veinticuatro horas?
Lo preguntó en un tono templado, aunque todo el mundo se volvió a la vez para
mirar a Nathaniel, que demostró su estado de vigilia abriendo los ojos para protestar
entre balbuceos.
—Bueno, yo no —dijo Mercy, resuelta.
—Ayer me pasé todo el día en el estudio, trabajando —añadió Elisabeth.
—¡Si apenas pasé por casa! —exclamó Nathaniel—. Estuve en el Magisterium,
investigando sobre la colección de Ashcroft. No regresé hasta bien entrada la noche,
y entonces…
Los dos recordaron algo y se miraron.
—¿Qué pasa? —preguntó Mercy.
—Nada —respondió Elisabeth a toda prisa.
Y lo cierto era que no revestía importancia alguna. Había dormido en la
habitación de Nathaniel en innumerables ocasiones; lo había hecho casi todas las
noches durante su recuperación, para estar allí por si necesitaba levantarse para usar
el baño o empezaba a tener una pesadilla. Las defensas no habían protestado
entonces. También debía reconocer que, en esas ocasiones anteriores, había dormido
en el suelo y, la mayor parte del tiempo, ni siquiera se tocaban…
Aunque tampoco era que hubieran hecho nada la noche anterior. Solo unos
cuantos besos. Unos minutos de besuqueo y a dormir.
—Ya veo —dijo Silas, sin ofrecer más comentarios—. En tal caso, señor,
recomiendo que nos retiremos a nuestros aposentos y sigamos debatiendo sobre el
problema por la mañana.
Silas insistió en preparar un baño para Elisabeth, y ella tuvo que reconocer que no era
una sugerencia injustificada cuando vio que el agua de la bañera de cobre se tornaba
marrón y se llenaba de trocitos de hojas. Al menos, no la había obligado a lavarse el
pelo; con un suspiro, había cedido ante sus protestas y había dejado un peine de
marfil sobre la mesita de noche.
Cuando Elisabeth por fin logró dominar sus enredos salvajes, se sumergió un rato
en el agua con los ojos cerrados, escuchando los ruidos amortiguados que hacía Silas
al recorrer el cuarto abriendo y cerrando cajones. Después se obligó a sentarse y
cruzó los brazos sobre el pecho mientras el agua todavía humeante le resbalaba por la
piel. Silas le había dejado una toalla sobre el biombo y ropa de dormir limpia a los
pies de la cama. Al estirar el cuello, lo vio justo detrás del biombo: el demonio estaba
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de pie, de espaldas a ella; tenía en las manos la ropa que había destrozado la joven y
la examinaba con ojo crítico.
Rara vez se encontraba Elisabeth con la oportunidad de observarlo sin que se
diera cuenta. En silencio, a la luz tenue del dormitorio lila, lo miró. Tras una
inspección somera, dictaminó que tenía el mismo aspecto que antes de aquella
fatídica noche en la Biblioteca Real, con su belleza de alabastro intacta. Pero
Nathaniel estaba convencido de que el arconte lo había herido. No sabía explicar
cómo lo sabía, solo que percibía la indisposición de Silas como si fuera una sombra
atisbada por el rabillo de la mente.
Silas no les había contado cómo sobrevivió al enfrentamiento ni lo que le había
sucedido después en el Altermundo. Si Elisabeth lo observaba sin interrupciones,
empezaba a notar algo distinto, aunque era incapaz de explicar el qué: solo que
parecía desvanecerse, hacerse menos consistente, más insustancial. A veces, creía
distinguir su dolor acechando tras aquellos ojos amarillos, tan difíciles de interpretar
como la mirada impasible de un felino herido.
Fuera cual fuese su dolencia, se alegraba de que Mercy también trabajara allí para
que Silas no tuviera que hacerlo todo solo. En cuanto lo pensó, lamentó haberlo
hecho. Silas seguía siendo un experto en averiguar lo que pensaba. La miró
brevemente y apretó los labios.
—¿No es mejor contar con ayuda? —le espetó Elisabeth—. Es…, es una casa
muy grande. No tienes por qué hacerlo todo tú solo.
«No tienes por qué hacer nada», se abstuvo de añadir, puesto que ya se había
tratado el asunto y Silas había insistido en volver a su labor de criado con una
intensidad frágil y extraña que había puesto fin de inmediato a la discusión.
—Como usted diga, señora —dijo él.
Después la ayudó a salir de la bañera y le echó una toalla sobre los hombros
procurando apartar la mirada en todo momento. Luego se despidió con una
inclinación de cabeza y se marchó.
Elisabeth se mordió el labio. Se secó, se puso el camisón y, encima, la bata de
seda a juego. Cuando terminó, miró hacia el espejo y vio su reflejo ocupando la
superficie: la seda de color crema con un ribete de enredaderas verdes, el pelo
reluciente y ondulado que le caía casi hasta la cintura. Se tocó los mechones
plateados que destacaban entre el cabello castaño y daban fe del único día de vida que
Silas le había quitado, a juego con el pago simbólico de Nathaniel. Por pura
costumbre, cogió a Asesina de Demonios de la mesita de noche. Después, antes de
pararse a pensar, recorrió el pasillo en dirección al dormitorio de Nathaniel.
Algo de lo que había dicho había ofendido a Silas, aunque no sabía el qué o, al
menos, el porqué. Mientras caminaba descalza por el pasillo, meditó sobre todo lo
que no sabían ni sabrían nunca de Silas. Se preguntó si, cuando el demonio entró en
el círculo del arconte para sacrificarse, pensaba que quizá Nathaniel muriese de todos
modos. Cosa que casi ocurrió. Se preguntó qué sentiría al regresar y encontrárselo
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con vida y si, durante esas semanas que había esperado una invocación que no
llegaba, dio por sentado que había ocurrido lo peor. Sobre todo, se preguntaba si era
consciente de la asfixiante tristeza que se había apoderado de la mansión en su
ausencia, como si todo estuviera cubierto de telarañas; si sabía lo mucho que lo
habían echado de menos. Esperaba que sí. No obstante, no podía hablar con Silas
sobre algunas cosas. Se lo veía en los ojos y sabía que sería como acercarle hierro a la
piel.
Cuando apareció en el umbral de Nathaniel, él estaba sentado en el borde de la
cama, pensativo, contemplando la ventana a oscuras. Elisabeth se quedó fuera un
momento, sobrecogida por una timidez repentina. Aunque había estado presente en
todas las etapas de su recuperación, a menudo se sentía de nuevo vacilante cuando
estaban a solas. Todo lo sufrido a manos de Ashcroft parecía haberlo convertido en
una persona mayor, más misteriosa, más poderosa… Ahora era un hombre, no un
muchacho, como si durante los últimos meses hubiera cruzado un umbral invisible a
la madurez. Era sencillo pasarlo por alto cuando se comportaba de forma absurda (y,
cierto, lo hacía casi de continuo), pero, cuando estaban a solas y dejaba a un lado por
un momento el humor con el que se blindaba, le resultaba de todo punto imposible no
verlo.
Mientras lo miraba, tuvo que hacer algún ruido, porque Nathaniel levantó la
mirada y se giró para observarla. No se sorprendió al verla con una espada en la
puerta de su dormitorio. Tenía los ojos muy oscuros y el pelo algo húmedo. A
Elisabeth, el estómago le dio un extraño vuelco efervescente, como cuando se suelta
un cubito de hielo en una copa de champán.
—No sería mala idea que volvieras a dormir aquí —dijo él, mirándola—. Si un
arbusto decorativo se estrella contra la ventana, puede que tengamos que luchar
juntos contra él.
Elisabeth contempló la cama. Era una monstruosidad con cuatro postes tallados,
cortinajes bordados y una montaña de almohadas, grande de sobra para dos personas.
—Pero ¿tú no crees que quizá hayamos provocado todo esto al dormir juntos? En
la misma cama, me refiero; y al besarnos.
—Tampoco es que fuera la primera vez que nos besábamos en esta habitación —
comentó él, arqueando las cejas. A ella se le encendieron las mejillas y, no sin cierto
esfuerzo, consiguió no mirar hacia el asiento de la ventana—. Y, aunque hayamos
ofendido a la casa con nuestro pasmoso comportamiento, el daño ya está hecho. Dudo
que podamos empeorar la situación.
Elisabeth no estaba tan segura, pero se acercó al otro lado de la cama, colgó su
bata y se metió bajo las sábanas. Asesina de Demonios acabó sobre la mesita de
noche, al alcance de su mano.
—Nada de besos —dijo—. Por si acaso.
Él se puso de lado para tenerla de frente.
—Sí, peligro andante —respondió, obediente, con un brillo malvado en los ojos.
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Elisabeth cogió una de las almohadas y la colocó entre ellos, muy dispuesta, lo
que le arrancó una carcajada a Nathaniel. El joven chascó los dedos y los cortinajes
se liberaron de sus ataduras para cerrarse alrededor de la cama con un susurro
silencioso y aislarlos del mundo.
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Dos
Elisabeth se despertó más tarde, a oscuras, con nada más en mente que el calor del
cuerpo de Nathaniel muy cerca del suyo, casi tocándola; sintió la tela suelta de su
camisón rozando al joven cada vez que ella respiraba y, de repente, fue consciente de
todos los puntos en los que la tela sedosa le acariciaba la piel. Le llegaba el olor del
jabón que usaba Nathaniel, mezclado con el aroma cálido de ella. El pelo del
magíster le hacía cosquillas en la nariz. Cuando movía la cabeza un milímetro, allí
estaba el rostro de él, apenas a un par de centímetros del suyo.
El joven parecía muy relajado, salvo por una profunda arruga entre las cejas. Era
una expresión que lo hacía parecer serio, pero también un poco perdido, como si sus
sueños lo llevaran a vagar por lugares desconocidos. Se inclinó hacia delante y le dio
un beso en la arruga. Cuando se apartó, él estaba despierto y la observaba.
—Escriba —le dijo, solemne—, me parece que no has acertado en el sitio
correcto.
Y empezaron a besarse con urgencia y torpeza. La nariz de Elisabeth chocó contra
la de Nathaniel y el pie se le enredó en las sábanas mientras lo golpeaba todo con los
codos…, pero daba igual. Estaba claro que a él no le importaba. En cierto momento,
ambos estuvieron a punto de caer de la cama, instante en el que un único pensamiento
lúcido logró abrirse paso por su bruma mental como un rayo de sol: la almohada. ¿No
se suponía que había una almohada?
En cuanto lo recordó, el sonido del viento que gemía alrededor de la mansión se
transformó en un aullido peligroso. Le siguieron una serie de sacudidas y porrazos
fatídicos que procedían de arriba, como si algo corriera por el techo.
Los dos se quedaron paralizados y se miraron. A Elisabeth le cosquilleaban los
labios y el aliento de Nathaniel le acariciaba la cara en la oscuridad. Ninguno de los
dos habló, a la espera de que parara el ruido.
No lo hizo.
—Creo que deberíamos mirar en el tejado —susurró ella al fin.
Nathaniel se dejó caer bocarriba en la cama, gruñó y alargó la mano para coger su
bastón.
—Creo que deberías llevarte a Asesina de Demonios.
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Elisabeth asomó la nariz por los cortinajes y, al instante, se arrepintió: el
dormitorio de Nathaniel estaba helado.
—¿Adonde vamos? —preguntó mientras se ponía la bata y, para no quedarse
corta, se envolvía también en una de las mantas de la cama.
—Al desván —respondió él con un tono de voz que no presagiaba nada bueno.
Elisabeth nunca había estado en el desván. Se agachó para recoger a Asesina y
después siguió con curiosidad a Nathaniel por el pasillo, que resultó estar más helado
aún que el dormitorio. La vieja casa gruñía y se estremecía a su alrededor como un
barco azotado por la tormenta. Cuando la joven se detuvo un momento para apartar
las cortinas y asomarse al exterior, vio una gran manta de nieve que oscurecía la
vista.
La entrada del desván resultó ser una puerta para el servicio que estaba al final del
pasillo. Al otro lado había una escalera estrecha en la que la temperatura bajaba más
todavía: el aliento formaba nubes fantasmales en la penumbra. Nathaniel le pasó una
vela y la encendió mascullando un conjuro. La mecha se prendió con una llama verde
que proyectaba una luz espeluznante sobre los escalones torcidos, cuyas huellas
estaban cubiertas de una gruesa capa de polvo.
La escalera crujió para quejarse de su ascenso, y Elisabeth siguió de cerca al
magíster, que cojeaba, lista para atraparlo si le cedía la pierna; hacía un mes escaso
que era capaz de subir escaleras sin ayuda.
El ruido aumentaba de volumen a medida que se acercaban al desván. «No es más
que una teja suelta», se dijo la joven, aunque sonaba como si hubiera un demonio
agazapado en el tejado, intentando entrar. El corazón le latía a toda velocidad cuando
Nathaniel abrió una segunda puerta en lo alto de la escalera y dejó al descubierto un
espacio oscuro y abierto. Entonces, miró a su alrededor, maravillada.
La llama de la vela, ondulada y agitada por el viento, iluminaba un batiburrillo de
objetos que se adentraban en la oscuridad, como si fuera un museo: muebles tapados,
gigantescos espejos deslustrados, un balancín infantil con forma de caballo, baúles de
viaje, abrigos y vestidos anticuados colgados de perchas de latón, una caja llena de
muñecas de aspecto aterrador, una armadura medieval sobre un pedestal y, lo más
extraño de todo, un carruaje entero. Al cabo de un momento, se percató de que era el
carruaje en el que había viajado con Nathaniel; nunca se le había ocurrido preguntar
qué hacía con él cuando no lo usaba. Supuso que lo trasladaría al desván usando la
magia. Las telarañas colgaban de él como banderines hechos jirones que ondeaban
con el viento que entraba por las grietas. Hacía mucho frío y todo olía muchísimo a
polvo.
—Ten cuidado —le avisó Nathaniel cuando ella se dirigió a la armadura—.
Puedes echar un vistazo, pero no toques nada. De pequeño no me dejaban jugar aquí;
algunos de los objetos están malditos.
Elisabeth se aferró a la empuñadura de Asesina de Demonios al pasar por delante
de la caja de las muñecas.
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—Deberíamos volver cuando se haga de día. —Al ver que Nathaniel arqueaba
una ceja, ella se lo explicó—: Puede que haya un arma a juego con la armadura.
—Lo que nos faltaba ya, que te hicieras con un mandoble maldito por uno de mis
antepasados malvados. Escriba, sé que esto va en contra de tu naturaleza guerrera de
sangre caliente, pero, si ves algo puntiagudo, por favor, resiste el impulso de tocarlo.
Apenas lo oyó. Se preguntaba si le quedaría bien la armadura. Parecía del tamaño
justo. Se acercó tanto que su aliento empañó el metal, que estaba cubierto de un
intrincado diseño de espinas.
Un chirrido débil, de metal oxidado, rompió el silencio del desván cuando la
visera del casco se giró para mirarla, desprendiéndose de su capa de polvo. Elisabeth
retrocedió de un salto, con los pelos de punta. Tuvo que tragar saliva varias veces
antes de poder hablar sin quitarle la vista de encima a la armadura, que volvía a estar
inmóvil, como si nunca se hubiera meneado.
—Nathaniel…
—Está maldita —respondió él sin volverse para mirarla. Estaba garabateando
algo en una de las vigas con un trozo de tiza que se había sacado de la bata. Elisabeth
miró el caballito de juguete—. También está maldito —dijo Nathaniel, de nuevo sin
volverse.
—¿Por qué iba nadie a maldecir un caballito de juguete?
—Ya veo que no conoces a mi tío abuelo Wolfram. Por suerte, yo tampoco lo
conocí.
Después se abstrajo en un estado de concentración que no se debía interrumpir,
como Elisabeth bien sabía. Un brillo esmeralda le brotó de la mano, pasó a la viga y
subió por el tejado. Por fortuna, lo que estuviera haciendo funcionaba: el ruido
empezó a apagarse.
Elisabeth se quedó muy tiesa justo en medio del camino entre los objetos. Miró
con el ceño fruncido el caballito y después lanzó una mirada desafiante a las
muñecas. No se movieron. Justo cuando empezaba a relajarse, su mirada recayó en
algo extraño en una esquina, una mancha pálida entre las sombras en la que
concurrían una mezcla familiar de formas: los huecos oscuros de los ojos, la raja de la
boca. Levantó la candela. Atisbo apenas un rostro con la piel colgante, flotando en la
oscuridad tras el carruaje. Sin vacilar, levantó a Asesina de Demonios.
—Nathaniel —susurró—. Nathaniel. Hay un goblin en tu desván.
—¿Qué? Ah. —Se rio—. No, esa es la tía Clothilde.
—¡¿Está viva?!
Por la razón que fuera, su exclamación logró que el joven se riera con más ganas.
Seguramente lanzó un hechizo, puesto que la llama verde de la vela ardió con más
fuerza y alumbró lo suficiente para ver la madera que enmarcaba aquel rostro
abominable y dejarle claro a Elisabeth que se trataba de un retrato.
—Tenía que habértelo advertido. Silas lo puso ahí. Sospecho que los dos tuvieron
una relación difícil. —La joven oyó el golpeteo del bastón y después sintió el calor de
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Nathaniel en la espalda—. También te digo que quizá no andes desencaminada… Me
pregunto si no sería en parte goblin. Debería preguntarle a Silas si…, si eso es…
Dejó la frase en el aire. Durante su recuperación, a menudo decía cosas como
«debería preguntárselo a Silas» o «¿qué va a pensar Silas?», antes de darse cuenta de
que Silas ya no estaba y no regresaría jamás. Sin embargo, esta vez, la luz de sus ojos
solo se pagó un segundo, y se aclaró la garganta cuando se percató de que Elisabeth
lo observaba. Ella no sabía bien qué cara tendría, pero era como si el corazón se le
hubiera hinchado como una esponja mojada, así que probablemente una bochornosa.
—Como decía —siguió él—, estoy seguro de que a Silas le encantaría contarnos
la historia del conocimiento carnal entre humanos y… mfff.
Elisabeth le había tapado bien la boca con la mano.
Bajaron con decisión la escalera. Al pasar junto al reloj de pie del pasillo,
descubrieron que ya era primera hora de la mañana. Solo parecía plena noche porque
la tormenta tapaba el cielo.
Encontraron a Mercy abajo, en la sala, sosteniendo con indecisión una pala con
las cenizas de la chimenea, como si no tuviera dónde echarlas… Y quizá así fuera,
puesto que no podía salir al exterior.
—¡Que no he sido yo! —exclamó Nathaniel cuando Mercy se volvió para
lanzarle una mirada torva—. En serio, ¿por qué siempre pensáis todos que es culpa
mía? —añadió, exasperado, sin fijarse en la mirada que intercambiaron Elisabeth y
Mercy a sus espaldas cuando el joven pasó cojeando junto a ellas camino del
vestíbulo—. O, por lo menos, no he sido solo yo —añadió entre dientes.
El tentador aroma de los bollitos recién horneados los atrajo a la cocina. Aunque
Silas debía de haberlos oído llegar, no se giró cuando entraron. Había abierto la
puerta que daba al jardín y contemplaba con mudo reproche el muro de nieve sólida
que bloqueaba el paso. Cerró la puerta con ganas y, entonces, hizo algo que Elisabeth
no le había visto hacer nunca: se estremeció un poco, como un gato que se enfrenta al
frío. Nathaniel captó la mirada de la joven y sonrió.
—¿Descubrió anoche algo esclarecedor, señor? —preguntó Silas, que había
girado un poco la cabeza hacia ellos.
Elisabeth se ruborizó. Nathaniel levantó las manos.
—¡De acuerdo! Ayudaré a arreglar las defensas. A diferencia de lo que pudiera
pensarse, tengo mis valores. No pienso permanecer impasible mientras mi casa se
transforma en una mojigata.
—En tal caso, será mejor que fortalezca sus valores con un buen desayuno.
Buenos días, señora. Mercy.
Oyeron que alguien contenía una exclamación ahogada a modo de respuesta.
Mercy estaba detrás de ellos, paralizada. A Elisabeth no le costó descifrar la
expresión de recelo de la muchacha: al volver ella la vista atrás, Silas había
localizado las huellas de polvo que las zapatillas de Nathaniel y ella habían dejado en
el suelo de la cocina.
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A continuación, el caos.
—¡Yo lo limpio! —exclamó Elisabeth mientras se abalanzaba sobre un trapo.
A la vez, Mercy gritó:
—¡Déjeme a mí!
Forcejearon por el trapo hasta que Elisabeth se golpeó la cabeza contra la mesa.
Cuando por fin dejó de ver las estrellas, el trapo había desaparecido y Silas lo usaba
para limpiar el suelo.
—Veo que debo recordarles de nuevo que no soy un inválido —comentó mientras
las regañaba con la mirada.
Todos se miraron entre ellos. Habían acordado que debían encargarse de más
labores del hogar para que Silas descansara. Sin embargo, los había pillado al
instante; no solo podía, en esencia, leerles la mente, sino que descubrir que Nathaniel
había doblado su propia ropa era, al parecer, algo sin precedentes y muy sospechoso.
Guardaron silencio, incómodos. Nathaniel intentó aligerar el ambiente.
—Mira, Elisabeth, me parece que tu cabeza ha abollado la mesa.
Todos se acercaron para mirar. Y, en efecto, así era.
Unos cuantos minutos después, tras una embarazosa explicación a Mercy sobre
las defensas, se sirvió el desayuno. Elisabeth descubrió que no le importaba que la
tormenta aullara fuera cuando ella estaba allí sentada, en aquella cocina cálida y
acogedora, con el fuego encendido en la chimenea y el olor a bollitos en el aire. Silas
se los sirvió con mermelada de albaricoque e infusión de menta, e incluso había
doblado las servilletas en forma de flores, a lo que Nathaniel comentó:
—Deja de intentar intimidar a Mercy, por amor de Dios, Silas.
El demonio inclinó la cabeza para acceder; ni siquiera intentó negarlo.
Mercy se puso roja. Consternada, Elisabeth recordó la cena de la noche anterior y
se preguntó si eso era lo que Silas había pretendido entonces. Todavía recordaba la
cara de Mercy cuando se sentó: no era de sorpresa, sino la de alguien que lleva
soportando adversidades durante algún tiempo. ¿Llevaba eso pasando un mes y
medio entero, justo delante de sus narices? Miró a Silas, pasmada. Él, impasible,
quitó el hervidor del fuego usando una servilleta muy bien doblada; no lo hacía
porque el calor pudiera quemarlo, claro, sino porque el hervidor era de hierro.
—Silas —dijo, siguiendo un impulso—, ¿podrías ayudarnos de alguna forma con
las defensas? Aunque solo sea un poquito.
Él guardó silencio un momento y después dijo:
—Sin duda, señora.
Inclinó de nuevo la cabeza y salió de la cocina. Nathaniel murmuró algo que
sonaba a «favoritismo».
Elisabeth esperó hasta que Silas se hubo ido para apoyar una mano vacilante en el
brazo de Mercy.
—Ya sabes que no tiene nada que ver con el señor Hob.
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Hasta conocer a Silas, el único demonio con el que se había encontrado Mercy era
el goblin que se hacía pasar por el mayordomo de Ashcroft.
—Lo sé, señorita —respondió ella en voz baja.
—Es un tipo de demonio muy distinto. Uno bueno.
Mercy jugueteó con la cuchara sin atreverse a mirarla a los ojos.
—Lo sé. Les ayudó a salvar el mundo y todo eso, y se ha portado bien conmigo y
todo eso. Pero, señorita…
—Elisabeth —la corrigió ella.
Mercy le echó una mirada de reojo a Nathaniel. Entonces, bajó la voz aún más.
—Es que el señor Espinosa… ordenó a Silas que no me matara.
A su lado, Nathaniel tosió con fuerza el té.
—No quería que lo escucharas —consiguió decir una vez que recuperó el aliento.
—Ni yo quería que escuchara lo que acabo de decir —repuso Mercy—. El caso
—siguió hablando, decidida— es que estaba en el pasillo cuando se lo dijo, señor.
Una migaja cayó del trozo de bollo que Elisabeth tenía en la mano, olvidado de
camino a la boca.
—¿Qué? ¿Cuándo pasó eso? —exigió saber, mirándolos a ambos.
Nathaniel hizo una mueca.
—No lo decía en serio, Mercy, en su mayor parte.
—En su mayor parte —repitió Mercy, mirándolo.
—Silas nunca te mataría —insistió Elisabeth, apenas capaz de creer que estaba
diciendo esas palabras en voz alta.
Porque no lo haría, ¿no? Por otro lado…
Al sacrificarse, el demonio había perdido los treinta años que Nathaniel y ella le
habían cedido la última vez. Para sustituir el precio, solo le había quitado dos días de
su vida. En aquel momento, Elisabeth había dado por sentado que su naturaleza había
cambiado junto con su nombre y que ya no ansiaba la vida humana. Pero ¿y si no era
cierto? ¿Y si tenía hambre?
Una brisa fresca le alborotó el cabello.
—No existen los demonios buenos, señora —intervino Silas en voz baja, mientras
se inclinaba a su lado para colocar algo en la mesa—. Solo los demonios que tienen
buenos modales y los que no.
Ninguno de los presentes lo había oído regresar. Mercy dio un respingo; incluso
Elisabeth, que ya no le tenía miedo, sintió que se dejaba llevar por la reacción animal
de una presa ante un depredador: se le puso la piel de gallina cuando el pelo plateado
de Silas la rozó y sus dedos pálidos de uñas afiladas se apartaron del bulto envuelto
en tela que había dejado entre las tazas de té.
Nathaniel, que no se habría inmutado con Silas ni aunque este lo emboscara en
una cripta encantada, agradeció el cambio de tema.
—Si es otro pan de jengibre, dáselo a Elisabeth. Estoy intentando conservar mi
delicada figura.
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La joven se levantó y miró con interés el bulto rectangular, recordando el pan de
jengibre que Silas les había preparado durante las fiestas. Pero, en cuanto olisqueó el
aire con interés, supo lo que había dentro, y sintió una mezcla de emoción y fría
aprensión.
—No huele a amigo.
—Intuyo que ya no estamos hablando de pan de jengibre —dijo Nathaniel—. ¿O
sí? ¿Es uno de esos panes con forma de persona a los que hechizan para que corra por
ahí gritando de terror hasta que lo cortas con un cuchillo? Es una tradición de magos
—les explicó a Mercy y a Elisabeth, que lo miraban con cara de horror.
—No —respondió esta última—. Es un grimorio.
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Tres
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geométricas entrelazadas que se elevó un par de centímetros por encima de la página
cuando abrió el grimorio del todo; emitía una luz azul pálida. Y se movía: las formas
giraban en el aire como los engranajes del interior de un reloj, rodeadas de las volutas
circulares de un texto enoquiano. A Elisabeth se le escapó una exclamación ahogada.
Incluso Mercy, que rara vez se dejaba cautivar por la magia, se acercó más para verlo
mejor.
—Es el modelo de una defensa doméstica —dijo Nathaniel. Cuando se inclinó
para examinar el texto, la luz azul le iluminó el perfil anguloso y le encendió el gris
de los ojos—. Esa es la forma exacta que tienen en los cimientos. Me parece que esta
es la defensa contra intrusos en el jardín. Mi padre la desactivó durante las obras;
creo recordar que hubo un incidente muy desafortunado con el perro faldero de lady
Throckmorton.
—¿Y por qué no examinamos las defensas directamente? —preguntó Elisabeth,
sorprendida porque no se le hubiera ocurrido antes; por otro lado, hasta ese momento
se imaginaba que las defensas eran capas intangibles de hechizos invisibles que
envolvían la mansión, no diagramas físicos como el círculo de invocación de la
segunda planta.
—Es peligroso dejarlas al descubierto. Se crearon mediante magia antigua, de la
que se ilegalizó tras las Reformas. Y están selladas bajo cientos de toneladas de
piedra. Solo las vi una vez porque mi padre tuvo que reconstruir el suelo después de
que se inundara el sótano. Fue todo un espectáculo; el Magisterium envió a docenas
de funcionarios para supervisarlo. Así que ir a verlas tiene que ser nuestro último
recurso. —Juntó las puntas de los dedos y se los llevó a los labios mientras observaba
el grimorio—. Los archivos… ¿Dónde están?
—La puerta está junto al busto de Erasmus Espinosa, cerca del salón del ala sur.
—La sombra de una sonrisa surcó el rostro de Silas—. Les deseo mucha suerte a
ambos.
—¿Qué quería decir con eso de que los habían cerrado? —preguntó Elisabeth, que
miraba con curiosidad la pared de madera vacía junto al busto de Erasmus. No había
puerta por ninguna parte.
Nathaniel, en mangas de camisa y chaleco, se paseaba por delante de la pared
vacía dando golpecitos en el suelo con el bastón. Había probado a mascullar unos
cuantos hechizos, pero ninguno parecía funcionar; lo único que había conseguido era
dejar un leve hedor a embrujo en el aire.
—¿Alguna vez te has fijado en que la mansión parece más grande por dentro que
por fuera? Muchas de las habitaciones se crearon con magia y, cuando el señor (o la
señora, en algunos casos) de la casa ya no las necesita, ordena que las cierren. —Se
arrodilló para examinar los rodapiés y dejó escapar un siseo de dolor—. En las casas
normales, eso implicaría cubrir los muebles y cerrar con llave las puertas, pero, en las
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mágicas, directamente las desterramos. Al parecer, hay un salón de baile oculto por
alguna parte, pero no he sido capaz de encontrarlo.
Elisabeth no tenía ni idea de qué estaba haciendo Nathaniel. Quizá buscaba una
palanca escondida o algo similar.
—¿Adonde van cuando nadie las usa?
—Creo que se pliegan en el interior de las paredes. —Nathaniel se echó en el
suelo, pegó la mejilla al parqué y se asomó como pudo a una grieta—. ¿Alguna vez
has visto esas casas de papel para muñecas, esas que parecen brotar del interior de un
libro? Pues es lo mismo o, al menos, así me lo explicó mi madre.
Elisabeth comprendió enseguida a qué se refería. Había visto una casa de
muñecas como las que decía, pero en un grimorio, no en un libro corriente. Un
hechicero la había fabricado para su hija enferma, que había muerto antes de que la
terminara. Lo habían trasladado a Summershall para restaurarlo y la directora se lo
había enseñado a Elisabeth cuando esta era muy pequeña, cinco o seis años, así que el
recuerdo era casi como un sueño: el enorme tomo dorado se abría con una llave
diminuta que el hechicero había diseñado para que su hija la llevara al cuello, como
una bibliotecaria; las páginas se habían abierto solas para desvelarle una habitación
tras otra, todas llenas de muebles plegados que salían de las paredes de papel. Había
ventanas con contraventanas que se abrían y cerraban, y luz real que se filtraba a
través de las cortinas y cambiaba de color dependiendo de la hora del día. El papel de
la pared y la tapicería de los asientos estaban pintados con sumo esmero. Y también
había sonidos: el tintineo de un clavecín en la sala de música, el crepitar del fuego en
el estudio, el canto de un pájaro enjaulado en el porche techado.
La última habitación era una miniatura del dormitorio de una niña. No obstante,
allí no había ningún sonido, solo silencio.
—Deberíamos buscarlas —dijo, poseída por el mismo cosquilleo ardiente de
asombro que había sentido al ver aquel grimorio de la infancia, por el mismo impulso
que tiraba de su corazón—. Me pregunto si serán como el pasadizo de la Biblioteca
Real, el que nos llevó a aquellos archivos. Nathaniel —añadió, frunciendo el ceño—,
¿está tu casa viva, como la Biblioteca Real?
Se perdió la respuesta, puesto que, en cuanto planteó la pregunta, vio la puerta.
La vio aparecer en la madera justo por el rabillo del ojo. La silueta brillaba un
poco, como un espejismo, y, cuando se giró para mirarla, desapareció. Pero, al clavar
la vista en la pared, intentando someterla a su voluntad, volvió a formarse poco a
poco, como avergonzada por haberse dejado pillar. Tanto el pomo como las molduras
estaban cubiertos de polvo, como si nadie los hubiera tocado en varias décadas. Y,
delante, había una placa deslustrada de latón en la que habían estampado las palabras:
«SALA DE ARCHIVOS».
—Gracias —le dijo Elisabeth en tono formal a la puerta, ya que supuso que había
que tratar con educación a las casas mágicas posiblemente inteligentes, igual que a
los libros.
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—No tienes por qué darme las gracias, Escriba —dijo Nathaniel desde el suelo.
Todavía estaba mirando por las grietas del rodapié, arrastrándose a cuatro patas—.
Estoy dispuesto a ponerme a cuatro patas por ti siempre que me lo pidas.
Sin apartar la mirada de la puerta, Elisabeth alargó una mano, lo cogió del brazo y
lo puso de pie.
—Ah —exclamó él, comprendiéndolo de repente—. Claro, tendría que haberlo
supuesto: tu resistencia a la magia hace que a las habitaciones les cueste esconderse
de ti. Aunque parece que has tenido que presionarla un poco —añadió al ver que
Elisabeth seguía fulminando la puerta con la mirada; a la joven le daba la sensación
de que, si no lo hacía, intentaría desaparecer de nuevo.
Tras meterse el bastón bajo el brazo, Nathaniel giró el pomo.
En cuanto se abrió la puerta, Elisabeth entendió lo que Silas había querido decir
con «ciertos retos». La habitación era como una versión abarrotada de la sala de los
catálogos de la Biblioteca Real, con viejos cajones de madera apilados en las paredes,
desde el suelo hasta el techo, pero, en este caso, la mayoría de los cajones colgaban
medio abiertos y torcidos. La luz cálida y melosa que se derramaba de una ventana
con parteluz titilaba con las sombras de docenas de grimorios que aleteaban por el
aire en pleno caos. Tras décadas sin supervisión, se habían asilvestrado por completo:
las páginas hechas jirones cubrían el suelo polvoriento y, mientras Elisabeth
observaba, dos grimorios pequeños cayeron sobre un tercero y empezaron a
destrozarlo.
—¡No! —gritó, y se abalanzó sobre ellos para detener la pelea.
Mientras separaba a los tres grimorios, apartando las hojas de los agresores con
los codos, se fijó en que cada uno de los cajones abiertos tenía una etiqueta
amarillenta y medio despellejada que comprendía un periodo concreto: 1511-1515,
1516-1520, etcétera.
—Tranquilo, estás bien —le dijo al grimorio destrozado que aleteaba débilmente
en sus manos—. No te preocupes. Te arreglaré.
Con razón los grimorios huidos peleaban entre ellos. Los más antiguos no estaban
de acuerdo con los cambios escritos en los más jóvenes; a los más jóvenes les
irritaban las opiniones anticuadas de sus mayores. Los cajones no solo estaban
pensados para organizarlos, sino para mantenerlos separados. Al estar colocados por
orden cronológico, se guardaban con los grimorios con los que se llevaban bien o, al
menos, con los que no intentarían destriparlos.
—Dios mío, creo que a ese se lo han comido —dijo Nathaniel, que observaba una
triste pila de cuero y pergamino en una esquina.
Acababa de entrar y golpeaba el suelo polvoriento con el bastón. Uno de los
grimorios se detuvo y se volvió hacia él.
—Será mejor que te agaches —le dijo Elisabeth, pero su advertencia llegó
demasiado tarde: una lluvia de escupitajos de tinta ya había salido volando por la
habitación.
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No tardaron en percatarse de que examinar los archivos de la familia Espinosa no
sería tarea fácil. Nathaniel había paralizado los grimorios con un hechizo (se habían
quedado parados en el aire, rodeados de ondas de luz esmeralda), pero había docenas
de ellos y sufrían todo tipo de dolencias. Una infección de botarga blanca se había
propagado entre la población, lo que no era de extrañar, dado que el moho mágico
crecía en los lugares cálidos y mal ventilados y, además, a la mayoría de los
grimorios les faltaban páginas, arrancadas a lo largo de tantas décadas de riñas.
Aquel abandono enfurecía a Elisabeth, pero, no obstante, tenía que reconocer que
se divertía. No había nada que le gustase más que rodearse de libros, y no dejaba de
aprender cosas nuevas sobre los hechiceros, y de encontrar fragmentos interesantes y
preguntar a Nathaniel por ellos, como:
—¿Por qué reforzaron las almenas e instalaron un puente levadizo en 1587?
—Es probable que estuvieran en medio de una contienda —contestó él, que
observaba un grimorio entornando los ojos y dándole la vuelta para después volver a
ponerlo derecho; Elisabeth supuso que era el grimorio que ella había examinado
antes, cuyo texto aparecía del revés lo pusieras como lo pusieras—. Los hechiceros
solían sitiar las casas de sus colegas cuando las familias tenían desacuerdos por
matrimonios, política, qué primo tercero debía heredar el demonio…, esa clase de
cosas. A veces duraban años. Animaban estatuas, se lanzaban meteoritos unos a
otros… Es una de las razones por las que las Reformas obtuvieron tanto apoyo de la
población: estaban cansados de que los hechiceros entablaran batallas entre ellos de
un lado a otro de las vías públicas.
—Entonces, supongo que lo del caldero de aceite caliente tiene sentido —
comentó Elisabeth, con el ceño fruncido, mientras leía su grimorio—. Pero ¿y los
cocodrilos importados?
Nathaniel sonrió; tenía la cara tan manchada de tinta que los dientes destacaban
con su brillo.
—Como es natural, eran para el foso.
Elisabeth se imaginó a Mercy dándole con una escoba a un cocodrilo mientras
cruzaba el ancestral puente levadizo de la mansión Espinosa. De repente, notó un
cosquilleo desagradable reptándole por el estómago. Un segundo después, recordó
por qué.
—Nathaniel, en cuanto a Mercy… —Vaciló. Le parecía ridículo, pero debía
preguntarlo—. ¿Alguna vez ha matado Silas a alguien del servicio?
Nathaniel hizo una mueca. Poco a poco, dejó el grimorio que tenía en las manos.
—Al parecer, los empleados desaparecían de vez en cuando en circunstancias
sospechosas. Un mayordomo llamado Higgins desapareció cuando yo tenía ocho
años, más o menos; una noche, cuando se suponía que ya estaba en la cama, oí a mis
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padres hablar sobre lo que podría haberle pasado. Evidentemente, puede que no fuera
Silas. En una ciudad como Brassbridge te pueden suceder muchas cosas.
—Pero tú crees que fue él.
—Bueno, según mis padres, Higgins era conocido por dejar huellas en la plata.
Elisabeth tragó saliva. Pensó en Mercy, que trabajaba por primera vez en una
mansión y se hacía cargo de un montón de nuevas responsabilidades sin la formación
adecuada. ¿Había aceptado el trabajo por voluntad propia? Quizá no le hubiera
quedado otro remedio. A Elisabeth no se le había ocurrido antes, pero, al pensar que
ayudaba a Mercy, podía haberla atrapado en una vida que no deseaba.
Nathaniel la observaba.
—Silas no le hará daño a Mercy, te lo prometo. Es solo que le gusta ponerse
dramático cuando no se hacen las cosas de la casa justo como a él le gusta.
—Entonces, ¿por qué le ordenaste que no la matara?
Elisabeth sabía a ciencia cierta que darle órdenes a Silas iba contra la ética de
Nathaniel. Solo lo había visto hacerlo en una ocasión y estaba claro que había sido
una excepción.
La miró con sus ojos gris claro a la luz ámbar. Los cristales con forma de
diamante de la ventana le proyectaban un dibujo de sombras en el rostro. Por primera
vez, se le ocurrió preguntarse de dónde procedía la luz del sol; en teoría, deberían
encontrarse en una zona de la casa en la que no había ventanas y, en todas las horas
que llevaban allí dentro, la luz no había cambiado, permanecía suspendida en una
hora dorada perpetua. Por fin, Nathaniel respondió:
—Confío en él sin reservas. Pondría mi vida en sus manos sin dudarlo un
momento. De hecho, lo hago cada vez que me anuda el pañuelo al cuello. Pero,
aunque no creo que le hiciera daño a ninguno de los habitantes de esta casa, no podía
permitir que la vida de Mercy dependiera de mi confianza en él. Silas lo comprende.
«E incluso puede que lo apruebe», pensó Elisabeth. No entendía del todo el
extraño baile entre ellos, el delicado equilibrio que mantenían entre el peligro y la
comprensión. Quizá nunca lo hiciera. Por mucho que confiara en Silas, nunca lo haría
con la misma complejidad que Nathaniel, que había visto al demonio matar a su
padre… y había corrido a invocarlo justo después.
Por curiosidad, más que por nada, le preguntó:
—¿Alguna vez ha desobedecido una orden?
—Solo una vez. Fue horrible.
—¿Qué pasó?
Nathaniel negó con la cabeza. Al principio, Elisabeth creyó que no iba a
responder, pero entonces empezó a hablar sin mirarla a la cara, con la cabeza vuelta
hacia los cajones torcidos.
—Yo tenía doce años y me enfadé con él… No recuerdo por qué. Puede que
porque su comportamiento se parecía demasiado al de mi madre o mi padre, y era a
ellos a los que quería a mi lado. En cualquier caso, le ordené que saliera de mi cuarto
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y le prohibí que volviera a entrar. Después me quedé dentro y no quise salir, ni
siquiera para comer. —Una sonrisa triste le tiró de la comisura de los labios—. Fue
mi primera lección sobre la especificidad de las órdenes. Antes de eso, no
comprendía bien cómo era posible que los criados demoníacos asesinaran a sus
hechiceros. No había tenido en cuenta las lagunas. Le había ordenado que saliera del
cuarto, pero no que no abriera la puerta. Ni que no pusiera comida dentro, llamara o
me hablara desde el pasillo. Seguimos con ese juego durante varios días; él se
inventaba nuevas formas de frustrar mis planes, mientras que yo le daba órdenes cada
vez más estrictas. Recuerdo que, al final, apenas era capaz de hablar; tenía que estar
casi muerto de sed. Al final, me desobedeció. Se supone que desafiar una orden
directa es algo imposible para los demonios, pero lo hizo de todos modos. —Guardó
silencio un momento—. Creí que Silas se moriría. Que se moriría de verdad, no que
regresaría al Altermundo. Entonces decidí que no volvería a darle ninguna orden, a
no ser que no me quedara más remedio. No siempre he cumplido esa promesa, pero
puedo contar con los dedos de una mano las veces que la he roto.
Elisabeth dejó el grimorio que sujetaba, se acercó a él y le apoyó la cabeza en el
hombro. Solo después de hacerlo, cohibida, temió que su contacto no fuera
bienvenido, que quizá prefiriera que lo dejara en paz. Sin embargo, él levantó la
mano, se la apoyó en la nuca y le acarició el pelo.
Mientras seguía haciéndolo, con aire ausente, continuó con su historia:
—Todavía recuerdo el momento en el que me di cuenta de que, si Silas quisiera
matarme, podría haberlo hecho en cien ocasiones. Las órdenes que le había dado
después de invocarlo, las que suponía que me protegían de él en todo momento, eran
un mal chiste. No significaban nada para él.
Se hizo el silencio en la sala de archivos. Los grimorios flotaban en el aire a su
alrededor y sus páginas susurraban. Elisabeth se movió para mirar a Nathaniel.
Las manchas de tinta enfatizaban el contraste entre la palidez de su piel y el pelo
oscuro surcado de plata que le rodeaba la cara. Tenía los ojos grises ribeteados de
rojo y los labios más rojos aún, agrietados por culpa del frío invernal. Era raro verlo
tan serio. La joven se sintió culpable al pensar que, con aquella expresión, su belleza
resultaba casi insoportable.
Deseaba poder besarlo. Odiaba no poder hacerlo. El anhelo era un dolor en la
garganta, un nudo de deseo en el estómago, un ansia que, de algún modo, era tan
dulce como lacerante. En ese instante, pensó, feroz, que lo protegería siempre;
lucharía contra malvados, demonios y monstruos para mantenerlo a salvo. De poder,
lucharía incluso contra sus malos recuerdos.
—¡Por supuesto! —exclamó él de repente. Elisabeth levantó la cabeza cuando él
se enderezó como pudo, apoyado en el bastón. Se le habían iluminado los ojos. Se
metió entre los grimorios flotantes y rebuscó en un bolsillo—. Estos grimorios los
crearon los Espinosa. La conexión familiar debería bastar para controlarlos.
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—¿Cómo? —le preguntó ella, que intentaba espantar un mal presentimiento muy
nebuloso.
Nathaniel se había sacado una navaja del bolsillo y examinaba el filo con
indiferencia.
—Ah, nada complicado. Solo un poco de magia de sangre.
A Elisabeth se le pusieron todos los pelos de punta.
—¿Eso no es ilegal?
Él esbozó una sonrisa traviesa, la misma que la había dejado convencida de que
secuestraba vírgenes y transformaba a muchachas inocentes en salamandras.
—No si usas tu propia sangre —respondió, y se cortó el brazo con la navaja.
Una fina cinta roja le bajó por la piel. Las gotas de sangre salpicaron las tablas del
suelo. De pie sobre ellas, Nathaniel masculló unas cuantas palabras crepitantes en
enoquiano y las gotitas sisearon, echaron humo y se evaporaron.
Un susurro recorrió los grimorios paralizados; un zarcillo infiltrado de magia
esmeralda serpenteaba entre ellos. Entonces, empezaron a dar vueltas, atrapados en
un reluciente remolino verde cuya fuerza tiraba del pelo de Elisabeth y soplaba el
polvo que cubría el suelo y los armarios. Las hojas sueltas salieron volando por todas
partes y se colocaron en orden antes de introducirse de nuevo entre las cubiertas de
sus dueños. Los cajones de las paredes se abrieron del todo en un tamborileo de
golpeteos y porrazos amortiguados, y los grimorios se metieron en ellos y se
archivaron en filas ordenadas.
Elisabeth lo observaba todo, boquiabierta, pensando en lo útil que habría sido
contar con aquel hechizo en una Gran Biblioteca. A Katrien le encantaría verlo.
Aunque, por otro lado, quizá no le fascinara tanto como a ella la imagen de Nathaniel
en la cúspide de su poder, rodeado del brillo de la magia, con el pelo y la camisa
agitados por un viento sobrenatural.
Cuando los cajones terminaron de cerrarse, solo un grimorio quedó suelto en el
aire, todavía dando vueltas por la fuerza del torbellino que ya se disipaba. Cuando
dejó de girar, empezó a descender poco a poco.
—Será mejor que lo atrape —se ofreció Elisabeth, que corrió a ponerse de pie—.
Parece estar en mala forma.
Al final resultó que se había quedado corta: solo su larga relación con los
grimorios evitó que dejara caer el volumen cuando le aterrizó en las manos. Tenía las
tapas cubiertas de una pelusilla de moho blanco verdoso que despedía un intenso olor
a leche cortada. Al darle la vuelta con mucha precaución, se quedó helada.
—No te vas a creer quién lo escribió.
—¿Baltasar?
—Peor —declaró ella.
Giró el grimorio hacia él para que viera el nombre grabado en el lomo:
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CLOTHILDE ESPINOSA
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Cuatro
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Deseaba que hubiera una opción intermedia, una mezcla entre alcaide y
restauradora. Sentía con una pasión desgarradora que de verdad podía dejar huella y
cambiar las cosas: que, si le daban la oportunidad, encontraría el modo de proteger
tanto a humanos como a libros.
«Recuerda que el Collegium en sí también puede cambiar. Solo necesita a las
personas adecuadas para hacerlo». Eso era lo que la señora Wick (ahora la directora
Wick, tras la dimisión de Marius) le había dicho dos meses antes.
Todavía intentaba dar con la respuesta. Mientras tanto, tenía muchas otras cosas
de las que preocuparse.
El grimorio por fin había liberado una nube de esporas verde brillante, que eran
tan tóxicas que cualquiera que las inhalara se sumiría durante varios días en un coma
encantado. Envuelta en unas gafas protectoras prestadas y un pañuelo mágico con el
tratamiento químico justo, Elisabeth decidió no poner a prueba la teoría de que su
resistencia mágica le otorgaba algo de inmunidad. No había tiempo; según Silas, el
Baile de Invierno debía celebrarse dentro de una semana. Y, además, le había
prometido a Katrien que no haría ningún experimento sin ella.
Cuando las manchas de moho se retiraron, la corteza blanca se descascarilló como
si fuera caspa y dejó al aire los trozos de cuero inflamado y lleno de bultos. Por fin
vio el título: Volumen XXVI. El grimorio tenía que sentirse mejor, aunque el olor a
leche cortada no se iba y, por mucho que Elisabeth lo intentaba, no conseguía abrirlo.
Intentó convencerlo; intentó halagarlo; en una ocasión, incluso torció el gesto,
decidida, e intentó darle un masaje. Pero el Volumen XXVI permaneció cerrado,
tozudo, como una boca fruncida que rechaza una cuchara.
Ella no pensaba sucumbir a la desesperación. Por muy frustrante que resultara la
tarea, había descubierto algo maravilloso en los archivos de la mansión: la tía
Clothilde había sido una hechicera.
—¿La misma tía que sale en el tapiz del que está siempre intentando librarse? —
le preguntó Mercy, poco convencida, mientras Elisabeth aplicaba abrillantador de
cuero a la cubierta del Volumen XXVI, inclinada sobre el escritorio de Nathaniel, entre
pilas de papel y relucientes instrumentos de bronce y cristal.
—Técnicamente, era la hermana de mi tatarabuela —la corrigió él, que removía
el contenido de un caldero al fuego—. Y no intento librarme de él, sino destruirlo. Lo
hechizó para que nadie pudiera quitarlo de la pared. Una vez intenté prenderle fuego,
pero, como os imaginaréis…
—¿Cuántas hechiceras existen? —preguntó a toda prisa Elisabeth tras echarle una
mirada a Silas, que se echaba la siesta en el sofá, convertido en gato.
—No muchas. Los varones casi siempre heredan al demonio familiar, lo que es
absurdo, lo sé. Teniendo en cuenta lo hábil que era mi madre engañando a
Maximiliam para que se comiera las verduras, sospecho que habría sido mucho mejor
manejando a un demonio que la mayoría de los hombres del consejo.
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Elisabeth miró con el ceño fruncido su trapo manchado de abrillantador. Al
proceder del aislado mundo de las grandes bibliotecas, todavía no le encontraba el
sentido a tales costumbres. Una vez, Nathaniel le había contado que pocas personas
ajenas al Collegium sabían de la existencia de mujeres alcaides, y que la mayoría se
quedarían pasmadas con la idea de que hubiera mujeres que vestían pantalones y
blandían espadas.
Al pensarlo sintió cierta afinidad con la creadora del Volumen XXVI. Al margen
de lo demás, estaba claro que Clothilde Espinosa había sido una mujer de
convicciones férreas, lo suficiente como para que su personalidad dejara huella en el
grimorio. La vida en un mundo que apenas la aceptaba no debía de haber sido
sencilla. Puede que se hubiera comportado de otra manera en circunstancias más
favorables, rodeada de la influencia de otras hechiceras. Elisabeth no se imaginaba
cómo habría sido crecer sin tener a la directora Irena como referente y a Katrien
como cómplice.
Estaba convencida de que Katrien sabría cómo manejar el Volumen XXVI. Lo
habitual era que cenara en la mansión una o dos veces por semana, pero, tal como
estaban las cosas, no había forma de ponerse en contacto con ella. Elisabeth dudaba
de que sus mensajes pudieran llegar más allá del seto; o de la puerta, ya puestos. El
día anterior, cuando la nieve empezó a derretirse, recibieron una sorpresa muy
desagradable: ninguna de las entradas y salidas de la mansión cedían. No podían ni
abrir una ventana.
Por si acaso, se lo había pedido a Nathaniel, que había intentado garabatear un
mensaje y enviarlo mágicamente a la Gran Biblioteca, pero el papel reapareció en el
aire una fracción de segundo después y le dio un tortazo en la cara. Desanimados
pero no vencidos, siguieron a Mercy al vestíbulo para verla meter el palo de una
escoba en la ranura para el correo. Cuando la ranura de la puerta principal la partió
como si fuera una zanahoria, decidieron de inmediato no seguir provocando a la casa.
Se retiraron a conferenciar al estudio, donde analizaron en voz baja sus opciones,
como si temieran que la mansión los escuchara. En cierto momento durante la
conversación susurrada, Nathaniel y Elisabeth se acercaron demasiado sin querer, sus
rostros casi se tocaron, y un fragmento de nieve mojada cayó entre siseos a la
chimenea, procurando llenar de humo la habitación.
—Se acabó —dijo él, que se puso en pie de un salto, de modo que el camisón se
arremolinó con aire teatral—. Escriba, tengo que enseñarte algo.
Muerta de curiosidad, lo siguió a la habitación rosa, un dormitorio en desuso
escondido en un rincón ventoso de la casa. La curiosidad aumentó cuando lo vio
sacar una caja de madera de debajo de la cama. Estaba cerrada con clavos y ponía:
«PRUEBAS».
Tuvo un mal presentimiento incluso antes de que la abriera y dejara al descubierto
el espejo mágico en un lecho de paja, con los bordes de las briznas más cercanas al
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marco ya relucientes de escarcha. Elisabeth dio un paso atrás, con el corazón
acelerado.
—¿Qué hace eso ahí? Creía que lo habían destruido.
—Destruir objetos tan poderosos puede tener consecuencias imprevistas. El
Magisterium encontró la forma de neutralizar su magia. Después, me lo devolvieron;
lleva varias generaciones en mi familia y creo que se sentían mal porque yo había
perdido mi magia. —Puso una mueca—. Me lo entregaron cuando tú estabas en la
Biblioteca Real. Quería contártelo, pero se me había olvidado por completo hasta
ahora.
—¿Así que ya no funciona?
Se acercó con cautela y se asomó a la caja. De cerca, se fijó en que unas grietas
muy finas recorrían la superficie del espejo como si fuera una telaraña. El marco de
plata estaba combado y con manchas oscuras, como si se hubiera chamuscado en un
incendio.
—Sí que funciona, pero solo le queda una ínfima parte de su poder. Su rango de
acción es de apenas kilómetro y medio, y solo puede mirar a través de espejos que se
encuentren en lugares que el usuario ya haya visitado.
Elisabeth se mordió el interior de la mejilla. No sonaba tan horrible.
—Así que podría comunicarme con el interior de la Biblioteca Real.
Fue a coger el mango, pero vaciló al sentir el frío del metal en el aire rozándole la
punta de los dedos. Al Comité de los Preceptores no le gustaría mucho si se enteraba.
No les importaría nada que el espejo fuera ya casi inofensivo. No obstante, si algo
había aprendido gracias a los sucesos del año anterior, era que no podía vivir según
las normas del Collegium.
Tras reunir valor, sacó el espejo de la caja. Juntos, Nathaniel y ella se subieron a
la colcha floral de la cama y se inclinaron sobre el artilugio. A pesar de estar dañado,
el marco de plata parpadeaba con inocencia, mirando el mundo como si su lugar
estuviera en el tocador ribeteado de encaje de una dama. Pero Elisabeth no olvidaba
el mal que había provocado su gemelo en manos de Ashcroft.
De muy lejos, le llegó el eco de la voz de la directora Wick: «El conocimiento
siempre puede ser peligroso…».
Sin saber bien por qué, miró a Silas, que estaba encendiendo las lámparas, al que
un brillo blanco sobrenatural le enmarcaba el pelo incoloro mientras volvía a poner
en su sitio una de las pantallas de cristal. La miró a los ojos y asintió de manera casi
imperceptible.
Solo entonces se inclinó para exhalar sobre el espejo y ver cómo el aliento se
convertía en escarcha. Después levantó el mango helado y lo sostuvo para que
Nathaniel también pudiera verlo. A aquella hora del día, lo más probable era que
Katrien se encontrara en su dormitorio. La magia tardó un angustiante momento en
funcionar.
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Cuando se aclaró la bruma, una imagen apareció ante ellos: era la habitación de
Katrien en la Biblioteca Real, vista desde el ángulo del espejo de la cómoda, pero,
para decepción de todos, no se veía a la joven por ninguna parte. Otra figura, también
familiar, llenaba el marco; estaba examinando los papeles tirados encima de la cama.
—¿Parsifal? —preguntó Elisabeth, sorprendida.
Parsifal dio un respingo.
—¿Elisabeth? ¿Estás usando un espejo mágico? Ah, hola, magíster Espinosa —
añadió, y se le ruborizaron las orejas.
De repente, apareció la parte de atrás de la cabeza de Katrien, que debía de haber
estado sentada al lado de la cómoda, donde no la veían.
—No hables, Parsifal —dijo, echándole una manta encima—. Esta conversación
es confidencial.
—Todavía puedo oíros —respondió él desde debajo de la manta.
Katrien no le prestó atención. Aunque Elisabeth no la había llamado a través de
aquel medio desde lo de Ashcroft, no parecía en absoluto sorprendida por la intrusión
cuando se volvió hacia ellos.
—¿En qué lio te has metido esta vez? Supongo que tiene algo que ver con el
ciclón mágico gigante que rodea la casa de Nathaniel.
El joven gruñó.
—Imagino que ya lo sabe toda la ciudad.
—La directora Wick nos ha estado llevando de excursión. No pongas esa cara.
Tus defensas son un ejemplo excelente de los peligros de la hechicería anterior a las
Reformas.
Cuando Nathaniel terminó de balbucear, le explicaron a Katrien todo lo sucedido
con las defensas hasta entonces. A Elisabeth le habría dado más vergüenza contar la
parte de los besos de no haber conocido a Katrien, para la que los besos no eran más
que un asunto puramente científico, como los hábitos de apareamiento de los
escarabajos en peligro de extinción. Mientras hablaban, los enormes anteojos se le
resbalaban por la nariz y tenía que recolocárselos con el índice.
—¿Es que el Collegium no te puede dar unas gafas que te queden bien? —
preguntó por fin Nathaniel, frustrado.
—Estas no me quedan bien adrede.
—¿Qué?
—Es una distracción. Ni te imaginas la de personas que me dicen que están
demasiado preocupados por mis gafas como para prestar atención a lo que digo. En
fin, el caso es que tengo una idea. ¿Todavía tenéis algunas de las pertenencias de
Clothilde? Objetos con los que tuviera un vínculo estrecho. Puede que el grimorio
coopere en presencia de algo familiar.
Elisabeth se enderezó.
—Eso es una genialidad. Usaba el espejo mágico para espiar a su familia política,
¿no? A ver…
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Alargó la mano para acercar el Volumen XXVI.
Contuvieron el aliento un instante, pero no sucedió nada. El grimorio estaba
dormido, dejaba escapar silbidos débiles que se interrumpieron con un ronquido
fuerte y contrariado cuando Elisabeth probó, esperanzada, a abrirlo.
—Mi teoría sigue siendo sólida —dijo Katrien—. Es probable que no tuviera un
vínculo personal con el espejo. Os iría mejor con algo con lo que estuviera en
contacto mucho tiempo, como joyas o ropa, o un objeto de importancia emocional…
Algún tipo de recuerdo.
—¡El retrato!
Elisabeth ya había salido por la puerta con el libro bien pegado al pecho. Regresó
unos minutos después con el corazón al galope y el pelo alborotado por haber bajado
corriendo la escalera del desván.
—¡No ha funcionado! —exclamó, sin aliento.
Eso sí, mientras estaba allí arriba, habría jurado que una de las muñecas malditas
se había movido.
—Es extraño que no estuviera unida a él —caviló Nathaniel—. Siempre he creído
que capturaba sus verrugas en un ángulo muy favorecedor. Silas —añadió,
volviéndose—, tú serviste a Clothilde en su día. —A Elisabeth le resultaba
dificilísimo imaginárselo—. ¿Todavía tiene un dormitorio por alguna parte?
Silas guardó silencio un instante.
—Me temo que no puedo ayudarlo en este tema, señor.
—¿Por qué? ¿Te ordenó que no tocaras sus cosas después de morir?
—No.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Justo entonces, se abrió la puerta con un crujido. Mercy había asomado la cabeza
con mucha cautela. Silas hizo caso omiso de su llegada. Se había quedado inmóvil,
con la estrecha espalda rígida.
Por fin, su voz, suave y fría, rompió el silencio:
—Su armario, señor Espinosa. No pienso acercarme a él. Es una vergüenza para
esta casa. Nunca, ni antes ni desde entonces, he tenido que enfrentarme a unas
prendas tan pasadas de moda.
Tras decir lo cual, dio media vuelta y salió de la habitación, pasando junto a
Mercy como una corriente de aire helado.
Ella lo miró, incrédula. Después miró a Elisabeth y a Nathaniel en busca de una
explicación. No hizo falta más; ambos prorrumpieron en carcajadas histéricas. Se
aferraron el uno al otro para no doblarse por la mitad, rojos y estremecidos de risa. El
espejo espía cayó sobre la colcha y se llevó con él la mirada entornada de Katrien.
—Al menos, ahora sabemos que Clothilde todavía tiene un dormitorio en la
mansión —comentó Nathaniel, medio ahogado.
—Vamos a buscarlo —resopló Elisabeth, sin aliento—. Tenemos… ¡Tenemos que
verlo!
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—Ese conocimiento está prohibido, señora —contestó él, imitando tan bien el
susurro de Silas que ella cayó de lado, entre aullidos de risa.
—¿Puedo quitarme ya la manta? —preguntó Parsifal.
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Mientras intentaba inútilmente dar con las palabras adecuadas para responder, él
habló de nuevo sin volverse:
—Si se fija bien en las ventanas, verá que la vista es idéntica a la de la salita de
estar. Está en el mismo ángulo, a pesar de que esta habitación se encuentra en la
tercera planta y la salita, en la segunda.
Elisabeth se sentía algo aturullada, como si se hubiera entrometido en un
momento íntimo. Alzó deprisa el rostro hacia la ventana empañada. Una capa de
hielo la cubría y creaba patrones de encaje escarchado en los cristales con forma de
diamante. Sin embargo, incluso con parte de la vista tapada, se dio cuenta de que
tenía razón: distinguía la fuente helada del jardín. Era como si aquella habitación y la
salita de estar estuvieran compartiendo el mismo espacio de la mansión, a saber
cómo.
Algo más le resultaba peculiar. Al cabo de un momento, se percató de que el día
invernal del exterior no podía pertenecer al presente. No había escombros volando
por los aires, y el carruaje aparcado al otro lado del seto plácido y bien recortado
parecía muy antiguo.
Le dolía la cabeza al pensarlo. ¿Qué pasaría si en aquel preciso momento hubiera
invitados sentados en la salita o, también en aquel mismo instante, pero en el pasado
helado de la habitación? Si se mantenía en silencio, ¿lograría escuchar el fantasma de
sus risas y conversaciones, y probar las burbujas sin fuerza de su champán?
Pensó en el perfume del tocador y no logró reprimir un escalofrío involuntario. A
modo de respuesta, la tapa de un baúl crujió detrás de ella. Entonces, una manta
suave que olía a cedro le cayó sobre los hombros. Se volvió, arrebujada en ella, justo
cuando Silas daba un paso atrás. El movimiento del demonio apenas había agitado las
motas de polvo en el aire.
—¿Para qué ocultar estas habitaciones si no es por ahorrar espacio? —preguntó.
—Los hechiceros a menudo guardan secretos. Algunos de los ocupantes
esperaban evitar que sus descendientes registraran sus pertenencias. —Cogió con
cuidado del escritorio, usando dos dedos, la entrada de la ópera—. Otros solo
deseaban que los olvidaran.
Estaba a punto de preguntar por qué iba a querer nadie semejante cosa, pero
entonces vio la forma en que Silas examinaba la entrada, contemplando el pasado con
expresión inescrutable, y sintió que el peso de la historia de la habitación llovía sobre
ella como fino polvo dorado y le llenaba los pulmones. Recordó el dormitorio de niña
vacío en el grimorio de la casa de muñecas y sintió que el mismo silencio lo envolvía
todo.
—¿Le tenías cariño? —preguntó en voz baja—. ¿A la mujer que vivía aquí?
—No de un modo que usted pueda comprender.
No obstante, tras una pausa, se guardó la entrada en un bolsillo interior de la
chaqueta. Elisabeth comprendió lo mucho que Silas estaba desvelándole adrede al
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permitirle ver aquello; puede que más de lo que estaría dispuesto a desvelar a
Nathaniel.
Elisabeth vaciló. Tenía que preguntárselo, aunque parte de ella no quisiera
conocer la respuesta.
—Silas… ¿es verdad lo del personal de servicio?
La pregunta no lo tomó por sorpresa. Solo hizo una ligera inclinación de cabeza,
como invitándola a juzgarlo.
—He servido a la familia Espinosa durante más de trescientos años. Durante ese
tiempo, he visto ir y venir a muchos criados. El comportamiento de algunos de ellos
no me parecía el más apropiado. Hemos tenido asesinos. Ladrones. Hubo hombres
como los que la persiguieron hasta aquel callejón. Digamos que aceleré su decisión
de dimitir.
Ella tragó saliva.
—¿Qué me dices de Higgins? ¿Qué hizo él?
—Ah. —Silas la miró a través de las pestañas—. Me temo que era uno de los
peores. Dejaba huellas en la plata.
Ella se dejó caer en el taburete del tocador.
—Nunca sé bien cuándo estás de broma o en serio.
—Quizá sea mejor así —respondió él, que recogió la manta para recolocársela; a
la joven se le había resbalado de los hombros.
—Sé que no le harías daño a Mercy. —Él ladeó la cabeza con aire ambiguo; ni un
sí ni un no—. No lo harías.
—No lo haría —coincidió él—, aunque no porque sea bueno. —Sonaba amable,
pero no había calor alguno en su mirada. Detrás de los ojos se ocultaba un laberinto
retorcido y antiguo de pensamientos y motivos más allá de su comprensión—. Como
buen demonio, soy incapaz de sentir remordimientos. Si un humano me molesta, mi
primer instinto es librarme de él. Si matara a Mercy, no me sentiría culpable, igual
que no me he sentido nunca culpable por los muchos humanos que he matado,
algunos de ellos inocentes, incluso niños. De hecho, lo disfrutaría. Sé que no desea
creerlo, pero debe.
Tras reflexionar al respecto, Elisabeth se envolvió más en la manta.
—Eso no puede ser cierto. He visto…
—Pesar —la interrumpió él en voz baja—. Sí siento pesar, señora.
El frío de la ventana le subió a Elisabeth por el pelo y la piel que tenía al aire.
Recordó lo que Silas le había dicho el otoño pasado: «Para una criatura como yo, no
hay absolución».
—Cuando te invoqué, pensaba… —Vaciló—. Esperaba que hubieras sufrido
una…, una transformación, que ya no fueras un demonio o que ya no ansiaras vida
humana, pero si no es cierto…
—Me temo que tal cosa no es posible.
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Ella reprimió la pregunta que estaba desesperada por brotarle de los labios:
«¿Desearías que lo fuera?». Sospechaba conocer la respuesta, aunque no encontrara
muestra de ello en el rostro de Silas, ya que sus rasgos de huesos finos eran tan fríos
como una talla de mármol. Al cabo de un momento de ebullición silenciosa, le cogió
la mano.
—Una vez le dije a Nathaniel que quizá no hubiera visto lo que era capaz de
hacer, pero sí lo que decidía hacer. Puede que no seas bueno por naturaleza…
—Señora Escriba… —le advirtió él.
—Pero has tomado tu decisión —concluyó ella, mirándolo a la cara—. Sé que lo
has hecho. La de ser Silas y no Silariathas.
No lo negó. El mero hecho de haber pronunciado en alto su antiguo nombre y que
no pasara nada (que sus sílabas no le punzaran los oídos, que su voz no retumbara
con el eco de su terrible poder) era prueba de sobra. Al demonio le tembló la mano
como si fuera a apartarla de la de Elisabeth, pero se mantuvo inmóvil; sus ojos
amarillos eran insondables.
Elisabeth quería decir tantas cosas que su magnitud tácita le formó un nudo en la
garganta. Que, a su parecer, había distintas maneras de ser bueno; que era más fácil
para un hombre actuar como un monstruo que para un monstruo actuar como un
hombre. Pero para él sería como que una niña intentara consolarlo. El silencio se
alargó un minuto eterno y, al final, al ver que Silas miraba más allá de ella, a través
de ella, como si se le hubiera olvidado el paso mortal del tiempo, Elisabeth supo que
no sería él quien lo rompiera.
—Ahora se supone que tienes que hacerme una advertencia siniestra —apuntó.
Él parpadeó, volvió en sí y la miró.
—Al parecer, con usted no funciona, señora, lo que me resulta fastidioso en grado
sumo.
Elisabeth se rio, aunque Silas, más que ofenderse, tenía cara de sentirse satisfecho
de su broma o, quizá (y a Elisabeth no le quedaba más remedio que reconocer que era
igual de posible), aliviado de que no siguiera hurgando en sus asuntos privados.
La joven se calló un momento para pensar bien lo que decir a continuación. No
podía dejar pasar la oportunidad. Era la responsable de haber metido a Mercy en
aquella casa y no le bastaba con asegurar la supervivencia de la muchacha. Mercy se
merecía ser feliz.
—Puede pedirme lo que desee —comentó él, ya que los pensamientos de
Elisabeth eran tan diáfanos para él como siempre—. Obedeceré, pues estoy obligado
a cumplir sus órdenes.
Eso la sacó de sus cavilaciones y la irritó.
—No quiero eso. Si accedes a lo que te pida, debe ser por voluntad propia. Como
igual, no como sirviente.
La sombra de una sonrisa apareció en el rostro de Silas y ella se dio cuenta de la
ironía de su exigencia. Aunque los demonios pueden fingir ser sirvientes, consideran
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que sus señores humanos son poco más que insectos con los que jugar, inferiores en
todos los aspectos. Sin embargo, se limitó a decir:
—Le aseguro que nada de lo que pueda pedirme me resultaría inaceptable. —Ella
lo miró con el ceño fruncido—. Muy bien. Seré amable con Mercy, por mi propio
bien, ya que no deseo verla a usted descontenta.
Dicho lo cual, se inclinó y se llevó sus dedos a los labios. El beso que le rozó los
nudillos fue tan breve que bien podría habérselo imaginado; quizá solo hubiera
sentido su aliento contra la piel. Después, desapareció y la dejó sola en aquel cuarto,
con las motas de polvo y el sol que bañaba el papel rosa desvaído como única
compañía.
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Cinco
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Él chascó los dedos y unas llamas verdes cobraron vida en los apliques envueltos
en telarañas de la pared e iluminaron la ofensiva extensión malva del tapiz de la tía
Clothilde, en el que se representaba la empalagosa escena de una princesa a la que
asisten un unicornio y un león manso. Quienquiera que lo hiciera no era demasiado
buen artista, en opinión de Elisabeth; tenía el mismo problema que las gárgolas de la
mansión Espinosa: el rostro del león resultaba inquietante por su enorme parecido
humano.
—Es evidente, ¿no? Su dormitorio debe de estar oculto detrás de este espantoso
tapiz.
Apartó la tela con un gesto teatral.
No sucedió nada, salvo que se levantó un montón de polvo y Elisabeth estornudó.
Nathaniel entornó los ojos y masculló un encantamiento. Tampoco sucedió gran cosa;
nada más que un chisporroteo verde muy anticlimático y un olorcillo a combustión
etérea.
—Deja que pruebe yo —se ofreció ella a toda prisa antes de que el pasillo
empezara a oler como uno de los experimentos de Katrien. Cuadró los hombros y
miró con decisión la pared—. ¿Podemos entrar, por favor?
A regañadientes, la silueta de una puerta apareció en la pared, apenas distinguible
de las molduras polvorientas. Entonces, empezó a desaparecer de nuevo con actitud
sin duda arisca, como si esperase que se rindieran y se marcharan.
—Te derribará de una patada si no la dejas entrar —le advirtió Nathaniel, y la
puerta reapareció a toda prisa.
—No seas maleducado —le dijo Elisabeth entre dientes.
—Escriba, no puedes negarme que ha empezado la casa.
Ella meneó la cabeza y fue a coger el pomo. Antes de girarlo, respiró hondo para
darse ánimos. Aunque sabía que no existían los fantasmas, parecía posible que el
espíritu vengativo de la tía Clothilde se abalanzara sobre ellos, con verrugas y todo.
Al abrirse la puerta, descubrieron un dormitorio de mujer bañado en una luz rosa
titilante y sobrecogedora. Todo estaba ribeteado de encaje viejo: las faldas de la
cama, las cortinas y el tapete de la mesita de noche. Elisabeth entró de puntillas y se
le puso la carne de gallina. Unas llamas rosadas bailaban bajas en la chimenea, como
si alguien acabara de avivar el fuego.
—Llamas encantadas —explicó Nathaniel—. No emiten calor, pero el hechizo
puede durar años. Las farolas de Brassbridge las usaban antes de la invención de la
luz de gas.
Elisabeth se percató de que estaba apretando muy fuerte la empuñadura de
Asesina de Demonios, así que la soltó un poco. Miró a su alrededor con más
curiosidad y se demoró un momento en una bandeja de espejo cubierta de figuritas de
porcelana. Probó a rozar una caja de la mesita de noche, y la caja se abrió de golpe y
tocó una melodía tintineante desafinada mientras una bailarina desteñida daba vueltas
por el interior, moviéndose con espasmos agónicos.
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Se apresuró a cerrarla.
Un descomunal armario barroco ocupaba la pared frente a la cama. Elisabeth
sintió una mezcla de emoción e inquietud, pero Nathaniel tiró de las puertas y no se
abrieron.
—Cerradas con llave. ¿Tienes alguna horquilla?
Después de encontrar algunas en el tocador, desconcertada, Nathaniel se puso a
juguetear con la cerradura. Aunque resulte extraño, ver aquellos dedos largos y
pálidos manipulando las horquillas la dejó fascinada. Con el pelo surcado de plata
cayéndole sobre la cara, concentrado, él le explicó:
—Silas me enseñó a forzar cerraduras entre una clase y otra de qué cuchara usar
para la sopa y cómo entablar conversación en una fiesta. Afirma que a los hechiceros
les iría mejor si aprendieran a ser más prácticos, en vez de depender de la magia para
todo…
—¿Quién podría imaginarlo? —comentó Elisabeth.
—Sí, está claro que delira. —Tras echarle un vistazo a sus intentos, Nathaniel
hizo una mueca—. Puede que tarde un rato. Me falta práctica.
La penumbra no ayudaba, así que Elisabeth fue a abrir las cortinas y dejó entrar
un chorro de luz por el que flotaban las nubes de partículas de polvo. Se derramó
sobre una colección de libros que se encontraba sobre un aparador envuelto en
encaje; sobre las cubiertas descansaban los pétalos marchitos caídos de un jarrón.
Eran libros corrientes, no grimorios, con títulos como Etiqueta y buenos modales
modernos y Manual de comportamiento correcto para damas. Entre ellos había unos
folletos amarillentos que, tras un momento de examen, resultaron ser tratados morales
indignados sobre las jóvenes que vestían ropa impúdica y se desviaban de su lugar
natural en el hogar.
En ese instante perdió toda la afinidad que pudiera sentir con Clothilde.
Detrás de ella, Nathaniel dejó escapar un ruido ahogado. Elisabeth se volvió hacia
él, alarmada, pero no estaba herido, sino que se le sacudían los hombros de risa.
Había conseguido abrir el armario de Clothilde y sacar… algo. Al principio parecía la
piel de un animal muerto, hasta que la joven se fijó en que tenía borlas. ¿Una bata?
Mientras lo contemplaba, entre horrorizada y fascinada, él se la echó sobre los
hombros como si fuera su capa de magíster. Después, posó; los ojos le brillaban,
traviesos, por encima del raído borde de pelo.
—¿Cómo estoy?
Elisabeth era incapaz de responder. De repente, se percataba de una verdad
compleja: quería besar a Nathaniel incluso cuando llevaba puesta la horrenda bata de
una anciana.
Él esbozó una sonrisa maliciosa y volvió a zambullirse en el armario para
rebuscar entre la frágil espuma de encaje y raso. Salió con un vestido y lo sostuvo en
alto, como una invitación. Era del mismo tono malva que el tapizado de fuera, con un
estampado floral opresivo y el claro aire de llevar consigo el fantasma de las cortinas
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masacradas para crearlo. Los volantes caían en cascada de las mangas. Era la cosa
más horripilante que Elisabeth había visto en su vida, señor Hob incluido.
—No —respondió de forma categórica.
—Venga.
Ella negó con la cabeza, en silencio.
—Te he visto luchar contra demonios, Escriba.
Elisabeth dio un paso atrás.
—Ese vestido debería estar en el Salón de las Artes Prohibidas.
—Pero imagínate la cara de Silas. Si no te lo pones, me temo que no tendré más
remedio que hacerlo yo. No sería la primera vez que Silas me ve con vestido. De
hecho, puede que ni siquiera sea la segunda…
Nathaniel siguió hablando, pero Elisabeth había dejado de escucharle y estaba
examinando una de las mangas sueltas de la bata. Le había parecido que se movía.
Seguro que era cosa de su imaginación.
Pero, en ese preciso instante, la manga se alzó en el aire, como si se le hubiera
metido dentro un brazo invisible y la controlara como una marioneta. De repente,
recordó la armadura del desván.
—¡Cuidado! —gritó.
La advertencia llegó demasiado tarde. La otra manga de la bata salió disparada
hacia arriba y, juntas, lo machacaron con sus borlas. Elisabeth fue hacia él justo
cuando una ráfaga de luz esmeralda enviaba la prenda al otro extremo de la
habitación, donde se golpeó contra la pared y resbaló sin fuerzas hasta el suelo.
Nathaniel estaba despeinado y jadeante, con el cuello del camisón abierto y chispas
verdes de magia todavía bailándole sobre la piel. Con un aspecto bastante indecente,
la miró a los ojos y dejó escapar una carcajada de asombro.
Elisabeth intentó no pensar en que ese aspecto era por culpa de la bata de la tía
Clothilde.
Sin perder ni un segundo, le arrancó de las manos el vestido malva y lo lanzó al
interior del armario. Y menos mal, ya que, en cuanto cerró las puertas, el mueble
empezó a sacudirse con aire agresivo.
Miraron hacia la bata. Durante un instante, el charco de tela pareció inofensivo.
Entonces, se levantó de la alfombra como si lo alzaran unos hilos teatrales, con los
brazos colgándole sin fuerzas a los lados y su sombra, larga y encorvada, estirándose
hacia ellos por el techo.
Se miraron el uno al otro.
—Corre —dijeron a la vez.
Cuando ya iban por la mitad del pasillo, la puerta de Clothilde se abrió en la pared
con un crujido que sonó a disparo y una furiosa marea de ropa salió en tromba por
ella. Un estridente surtido de sombreros, medias, vestidos, túnicas, pololos y corsés
daba tumbos por el aire persiguiéndolos, como si lo empujara una potente racha de
viento.
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Mercy frenó patinando al final del pasillo. Al ver las fuerzas que se acercaban,
endureció el gesto. Levantó la mopa, valiente.
—¡Corre, Mercy! —le aulló Elisabeth.
—¡No, sálvanos! —chilló Nathaniel.
El rostro de Mercy empalideció un poco más.
—¿Son eso unos bombachos? —gritó.
Elisabeth se arriesgó a volver la vista atrás y descubrió que unos bombachos
antiquísimos se les habían echado casi encima, ondeando enfadados. La joven dejó
escapar un rugido feroz. La brillante hoja de Asesina de Demonios hizo jirones la
tela. Los fragmentos bajaron flotando hasta la moqueta y no volvieron a levantarse, lo
que la alivió hasta que vio lo que quedaba del ejército: la ropa seguía saliendo a
borbotones de la puerta abierta de Clothilde y no tenía visos de agotarse en el futuro
próximo.
Un crujido crepitante hendió el aire cuando Nathaniel invocó su feroz látigo
verde. Cuando el látigo volvió a su lado, las prendas de la vanguardia habían quedado
reducidas a un montón humeante. Y no solo eso: una larga raja horizontal recorría la
pared, de modo que los bordes del papel ardían sin llama. Tras una pausa de derrota,
uno de los sillones cayó al suelo, partido en dos.
—Es posible que no sea la mejor arma para interiores —reconoció—. Aunque, la
verdad, había que librar de su miseria a ese sillón.
Elisabeth empezaba a comprender las frecuentes referencias de Silas a las veces
que Nathaniel se había prendido fuego. Puede que él estuviera pensando en lo mismo,
porque el látigo desapareció con un chisporroteo. El resto de la ropa, que acechaba
fuera del alcance del arma, cautelosa, avanzó de inmediato.
De nuevo, salieron corriendo, y Elisabeth se echó el brazo de Nathaniel al hombro
cuando a este le falló la rodilla.
—Tendremos que plantarles cara en el vestíbulo —dijo él entre jadeos, saltando
sobre la pierna buena—. Necesitamos refuerzos.
Mercy le lanzó una mirada escéptica.
—¿De quién?
Elisabeth compartía sus dudas. Si Silas fuera a ayudarlos, ya habría aparecido. Se
lo imaginaba sentado en la salita de estar, leyendo con calma un periódico mientras
hacía caso omiso de la barahúnda de abajo. Y, si no se trataba de Silas, ¿de quién
estaba hablando Nathaniel?
El joven se limitó a esbozar una sonrisa irritante y a decir:
—Ya lo veréis.
Llegaron al vestíbulo justo a tiempo. Elisabeth y Mercy cerraron filas rodeando a
Nathaniel, rechazando el ataque de la ropa mientras él agachaba la cabeza para recitar
un encantamiento. Fuera cual fuera la magia en la que trabajaba, debía de ser
importante. La energía se acumulaba en el cuarto como si se cociera una tormenta, y
a Elisabeth se le taponaron los oídos y se le puso de punta el vello de la nuca. La
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sensación le recordó un poco a cuando había hecho que cobraran vida las estatuas de
la Biblioteca Real, pero no pudo reflexionar sobre ello mucho tiempo: un vestido
muy hostil reclamaba toda su atención.
La fregona de Mercy demostró ser de una eficacia sorprendente como arma.
Después de derribar una de las prendas, la tela empapada pesaba, así que no podía
hacer más que dar bandazos de un lado a otro. Pero la fregona era difícil de manejar,
y Mercy solo podía enfrentarse a los enemigos de uno en uno. La ropa no tardó en
comprender sus tácticas. Un par de medias se envolvieron en el mocho para enredarlo
y que fuera aún más torpe.
Elisabeth tenía la frente perlada de sudor. Una blusa con volantes estuvo a punto
de burlar sus defensas. Un sombrero de paja, con una pluma de adorno que temblaba
de indignación, le rebotó en la cara, seguido de un sujetador de encaje.
—¿Cuánto va a tardar ese hechizo? —chilló.
Nathaniel levantó la cabeza; un bucle de pelo oscuro le caía sobre la frente y tenía
cara de demonio. Desde lo alto de la escalera le respondieron unos chillidos y
graznidos estridentes, seguidos de unos porrazos amortiguados, como si estuvieran
sacudiendo una docena de alfombras a la vez. Entonces, una bandada de pavos reales,
ruiseñores y aves del paraíso descendió en tromba por la escalera y llegó al vestíbulo
en un caos de alas en movimiento. Sus plumas iridiscentes lanzaban destellos de
piedras preciosas mientras desgarraban la ropa con el pico y las garras. Pasmada,
Elisabeth reconoció los pájaros: habían salido del recargado estampado del papel de
pared de la habitación verde.
Se recuperó deprisa. Desde que vivía con Nathaniel, aquello era más o menos un
martes cualquiera. Aprovechó la ventaja para darle un tajo a una camisola bordada
que había logrado escaparse de un pavo real.
—¿Dónde está la bata? —le gritó Nathaniel en la oreja; parecía divertirse más de
lo que debería una persona que se defiende de los pololos homicidas de la hermana de
su tatarabuela—. ¡Tenemos que encontrarla mientras el resto está distraído!
—¿Que tenemos que hacer qué? —gritó ella a su vez, incapaz de oírlo por encima
de los graznidos cacofónicos de los pájaros.
—¡La bata es el pilar del hechizo! —chilló él, procurando pronunciar con cuidado
cada palabra—. ¡Si la derrotamos, las demás prendas dejarán de intentar asesinarnos!
A Elisabeth le dio un vuelco el corazón. Miró a su alrededor. Allí…, acechando
detrás de un abrigo lleno de adornos, atisbo unas borlas de color mostaza.
Sabía bien cómo sacarla de su escondite.
—Dame un beso —dijo en tono lúgubre.
Nathaniel arqueó las cejas.
—Elisabeth —le gritó lo bastante alto para que lo oyera toda la mansión—, sabía
que tus gustos eran poco convencionales, pero no tenía ni idea de que este tipo de
cosas te resultaran estimulantes. Si quieres, puedo guardar unos cuantos modelitos
para…
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No pudo terminar porque ella le agarró la cara y lo besó. Tras apartarse de golpe
de la risa jubilosa de Nathaniel, mientras veía por el rabillo del ojo que Mercy se
ponía roja como un tomate, la vergüenza de Elisabeth dio paso a una feroz sensación
de triunfo cuando la bata salió a campo abierto, con las borlas temblando de furia.
Tras dejar escapar un grito victorioso, se abrió paso entre la melé. La bata la vio venir
y salió disparada hacia la cocina. Sin embargo, antes de que pudiera escapar, ella la
agarró por el dobladillo y la tiró al suelo. Suponiendo que el hierro funcionaría tan
bien en los pijamas malvados como en los demonios, le clavó la espada en los
volantes de la cintura.
Henchida de aire, la bata se hundió poco a poco hasta caer en las baldosas de
mármol. Dio una última sacudida, casi sin fuerzas, y no volvió a levantarse.
A Elisabeth se le taponaron los oídos. Después, el resto de las prendas se
quedaron inmóviles y llovieron sobre el vestíbulo con un suave tamborileo. Tras
sacudirse de encima unas medias, descubrió que la habitación de repente parecía la
escena de una broma muy elaborada. La ropa colgaba de la barandilla y de la lucerna;
había una prenda interior diáfana muy perturbadora en el pomo de la puerta principal.
Los pájaros que quedaban por allí volvieron a subir a la planta de arriba y sus
chillidos fueron tornando en susurros hasta fundirse de nuevo con el papel.
Tras echarle un vistazo a aquel desastre (y, sospechaba Elisabeth, decidida a
evitar mirarlos a los ojos), Mercy se arremangó.
—Supongo que será mejor que limpiemos esto antes de que…
Dejó la frase en el aire. Silas acababa de aparecer entre las sombras y, desde el
otro lado del vestíbulo, contemplaba la bata como si fuera el cadáver de una antigua
némesis, sin más expresión en el rostro que la de sus espectrales ojos amarillos.
—Voy a por el grimorio —se apresuró a decir Elisabeth.
—¿Quieres decir que la casa desea que Nathaniel declare sus intenciones? —
preguntó varias horas más tarde, mientras deambulaba ruidosamente por el vestíbulo.
Silas estaba delante de la puerta del estudio de Nathaniel, después de haber
llamado con educación por segunda vez y que no le respondiera nadie. En la mano
enguantada sostenía un frasquito marrón con una de las tinturas del doctor Godfrey.
Elisabeth no dejaba de lanzarle miradas furtivas, pero no veía nada fuera de lo normal
en el demonio, tenía el uniforme impoluto y ademanes sosegados. Antes, por acuerdo
tácito, lo habían dejado solo en el vestíbulo. No tenía ni idea de lo que había hecho
con la ropa de la tía Clothilde y, la verdad, le daba demasiado miedo preguntarlo.
—Eso parece, señora —contestó él.
Elisabeth se agachó para mirar por la cerradura del estudio. El Volumen XXVI se
había abierto en cuanto lo llevaron a la habitación de Clothilde, y Nathaniel se había
pasado varios minutos estudiando el diagrama de la defensa modificada de su
antepasada, con cara de estar cada vez más horrorizado, antes de correr a su estudio,
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donde había permanecido encerrado durante las últimas horas. Nubes de un
pernicioso humo morado salían de la rendija bajo la puerta, acompañadas en un
ocasión por una bandada de murciélagos chillones. Este último incidente era la
explicación más probable para el paraguas al que se aferraba Mercy.
A través de la cerradura, Elisabeth solo veía un trocito del escritorio de Nathaniel
y los estantes de detrás, repletos de grimorios. El terciopelo de la chaqueta del
uniforme de Silas le rozó la mejilla cuando él alargó la mano para abrir la puerta.
El magíster hizo caso omiso de su entrada. Se paseaba por delante de la chimenea
con un leve cojeo que preocupó a la joven: todavía le dolía la pierna después de su
carrera al vestíbulo.
—Me cuesta creer —anunció en voz alta sin hablar con nadie en concreto— que
mi casa considere que no estoy lo bastante comprometido. No se me ocurre nada que
pueda haber hecho para causar esa impresión.
Silas cerró los ojos.
—Podría empezar usando el nombre de pila de la señora Escriba, en vez de
llamarla «Escriba» para siempre.
—¿Qué? —repuso él, tras girarse hacia Silas—. Yo no hago eso.
—Ayer lo hizo veintisiete veces, señor.
Nathaniel se volvió hacia Mercy, que se encogió de hombros para darle la razón
al demonio.
Elisabeth se preparó para otro estallido de murciélagos, pero Nathaniel se limitó a
dejarse caer en su sillón favorito para examinar con aire suspicaz a Silas y a Mercy.
—¿Ahora sois cómplices? ¿Tramáis contra mí? ¿Desde cuándo estáis en
connivencia?
Mercy se cuadró.
—Silas ha hablado conmigo esta mañana para asegurarme que no me va a
asesinar y enterrar en el jardín trasero. Me ha dado su palabra de caballero.
—Me parece curioso que sea tan específico —comentó Nathaniel—. Elisabeth,
recuérdame que nunca arranque las petunias. —La miró a los ojos y movió los labios
para que formaran la palabra «Higgins».
—¿Qué hacemos ahora? —repuso ella a toda prisa antes de que Mercy empezara
a hacer preguntas—. Sobre las defensas, me refiero.
Nathaniel lanzó a Silas una mirada atormentada que ella no logró descifrar. Silas
suspiró y se volvió hacia la joven.
—Al parecer, señora, la única forma de apaciguar a la mansión es con una
demostración de cortejo formal.
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—En los viejos tiempos, las familias de hechiceros contaban con sus propias
tradiciones de cortejo —le explicó después Nathaniel—. Solo las conozco por las
historias. Hace siglos que nadie las practica, y menos después de las Reformas.
—Pero las Reformas se aprobaron para evitar los duelos entre hechiceros, los
sacrificios humanos y esa clase de cosas —repuso Elisabeth, que tenía el ceño
fruncido mientras sacaba grimorios de la estantería.
—Exacto. Según mis antepasados, no hay nada más romántico que un anticuado
duelo a muerte.
Nathaniel seguía en el sillón, aunque no del todo por decisión propia; había
intentado levantarse, pero no le había quedado más remedio que volver a dejarse caer
poco a poco, pálido. Silas, procurando que se le notara bien lo poco sorprendido que
estaba, lo había obligado a levantar los pies para apoyarlos en un cojín y le había
dado una cucharada de la tintura del doctor Godfrey, como si fuera un niño.
Elisabeth lo miraba de vez en cuando, preocupada, mientras trepaba por la
escalera del estudio para consultar distintos grimorios en busca de información sobre
el cortejo mágico. No sabía bien si estaba nerviosa o emocionada por el giro de los
acontecimientos. Le sudaban las palmas de las manos y el estómago le daba brincos,
como un pez atrapado en una red. Cada vez que pillaba a Nathaniel mirándola, su
corazón perdía el paso de puro pánico. Las novelas que había leído no mencionaban
que estar enamorada tuviera síntomas, como la intoxicación alimentaria o la gripe.
Por fin encontró un candidato prometedor: Manual de tradiciones brujescas para
damas, de la señora Prudence Winthrop. Sospechaba que era una adquisición de la tía
Clothilde, ya que tenía una cubierta de tela rosa y olía a rosas viejas secas. Lo bajó
para examinarlo junto al fuego, pensando que Nathaniel sabría mejor qué buscar, pero
el libro dejó escapar un grito ahogado de escándalo cuando el joven intentó abrirlo y
se cerró de nuevo en una nube de perfume floral.
—Será mejor que te tapes los ojos —le dijo Elisabeth en tono de disculpa
mientras se lo quitaba de las manos.
Se acomodó en la alfombra, con la espalda apoyada en el sillón, muy consciente
de que, si se movía un par de centímetros hacia un lado, estaría pegada a su pierna
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buena y podría apoyar la cabeza en su rodilla.
El manual para damas dejó escapar un resoplido de indignación al verse tratado
así, pero se animó mucho cuando Elisabeth le dijo que tenía un pretendiente…, lo
cual ni siquiera era mentira, pensó, echándole un vistazo furtivo a Nathaniel. Él
estaba reclinado contra uno de los reposabrazos, con una mano sobre la frente en
actitud sufrida, y el meñique y el anular un poco levantados, como si estuviera a
punto de asomarse entre ellos. Pero no lo hizo; Elisabeth lo observó un momento y se
fijó en las pestañas bajadas, oscuras contra las pálidas mejillas, y en la forma en que
la sombra de su mano se proyectaba sobre el afilado ángulo del pómulo. Después se
volvió hacia el grimorio, acalorada.
Ahora que Nathaniel no miraba, el manual para damas estaba ansioso por
mostrarle sus secretos. Temblando de ilusión, pasó a un apartado relevante y, solícito,
metió una cinta de seda entre las páginas para marcar el lugar. La joven dedicó unos
minutos a intentar descifrar el escrito, ya que usaba un lenguaje muy anticuado,
como: «El home avrá de manifestar su ardor de aquestas maneras». Al volver las
páginas, frunció más el ceño. Se detuvo en la ilustración de un hechicero descargando
su magia sobre una sierpe que escupía fuego.
El tintineo de la plata en la porcelana anunció el regreso de Silas con el té.
—¿Cuántos hechiceros solían morir durante el cortejo? —le preguntó al levantar
la vista.
—Un porcentaje significativo. Se lo aseguro, señora, por lo general era para bien.
Al inclinarse sobre ella para dejar las tazas de té en la mesita, Elisabeth se fijó en
que el manual no reaccionaba a su presencia, ni siquiera cuando la mirada de Silas
recayó brevemente sobre sus páginas.
—Cuando muera intentando conseguir tu favor, asegúrate de que en la
necrológica se mencione que no fue por falta de un agudo ingenio y unos reflejos
perfectos.
Nathaniel alargó un brazo para tantear a ciegas en busca de su té, y lo habría
derramado de no ser por Silas, que le puso la taza en la mano.
Elisabeth hizo lo que pudo por no prestarle atención y siguió pasando las páginas.
—¿Alguna vez has oído hablar de las tres tareas imposibles? —preguntó al fin.
—Una princesa se sume en un sueño encantado y la única forma de romper el
maleficio es mover una montaña o conseguirle luz de estrellas y guardarla en un
tarro… ¿Algo así?
—Creía que no leías cuentos de hadas —repuso ella, sorprendida.
Una sonrisa pesarosa le tiró de la comisura de los labios.
—Te dije que no creía en ellos, no que no los hubiera leído.
Pensativa, la joven volvió a una ilustración en la que se veía a una princesa
dormida aferrada a una rosa. Al mirarla, la recorrió un escalofrío, ya que la
ilustración desvaída se movía: el pecho de la princesa subía y bajaba con suavidad
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bajo el vestido bordado, y los pétalos caían uno a uno hasta depositarse bajo los
dedos de la otra mano, que se había resbalado de la cama y colgaba en el aire.
Despacio, dijo:
—Aquí hay todo tipo de consejos sobre pretendientes que deben ganar duelos y
matar dragones por su dama, o agasajarla con tesoros mágicos de valor incalculable
(cosa que yo no quiero, por cierto), pero he encontrado algo que parece interesante.
—¿En un cuento de hadas? —preguntó él procurando usar un tono neutro.
Ella asintió. El corazón le latía deprisa y le cosquilleaban las yemas de los dedos,
como si estuviera haciendo equilibrios al borde de un precipicio.
—Se llama el pacto de los amantes. Según cuenta la leyenda, el hechicero que
consiga llevar a cabo tres tareas imposibles tiene derecho a pedir la mano en
matrimonio de su amor verdadero en cualquier circunstancia, a pesar de que la
familia objete o el rey prohíba su unión. Nada, ni siquiera la magia, puede separarlos.
—Siguió hablando a toda prisa—: Lo que quizá signifique que no tienes que hacer
nada peligroso, necesariamente, para apaciguar a las defensas.
—Solo imposible. Qué alivio.
Ella sintió una gratitud desesperada al ver que Nathaniel no parecía fijarse en la
palabra «matrimonio». Silas sí que lo había hecho; sentía la ligera presión de su
mirada en ella, aunque, cuando se volvió hacia él, estaba encargándose de la
chimenea, impasible.
Tragó saliva.
—En el cuento, el joven que despertó a la princesa le llevó la luz de las estrellas
haciendo que se reflejara en el agua, ¿no? Así que las tres tareas solo tienen que
parecer imposibles. Aunque la tía Clothilde se oponga, se verá obligada a obedecer la
tradición.
—O es un cuento de hadas —puntualizó Nathaniel—, no una ley mágica antigua
y vinculante, y a las defensas les dará igual.
—Solo hay un modo de averiguarlo.
Él suspiró.
—Tres tareas imposibles —caviló, recorriendo con el índice los contornos de su
rostro, sin abrir los ojos. Pasaron unos segundos—. ¿Y bien? —preguntó al fin.
La esperanza floreció en el pecho de Elisabeth.
—¿Y bien qué?
—Me imagino que las tareas las decides tú. Alguien tiene que hacerlo.
Elisabeth se alegró de que no viera su expresión. Cuando el manual para damas
soltó un gritito de protesta, se percató de que había estado apretándolo demasiado
fuerte, así que lo dejó a un lado, arrepentida.
«Amor verdadero». No lo había dicho en voz alta, pero el cuento de hadas insistía
en que era una parte esencial del pacto. Si de verdad era real (y, aunque no sabía decir
por qué, estaba segura de ello), solo funcionaría si era el amor verdadero de
Nathaniel.
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Y si no lo era…
Él no se enteraría. Pensaría que estaba en lo cierto desde el principio, que no era
más que un cuento de hadas, y probarían otra cosa.
Cerró los ojos con fuerza y se llevó las rodillas al pecho. Como ella misma había
dicho antes, solo había un modo de averiguarlo. Tenía que pensar en la primera tarea
imposible.
Concentrada, se devanó los sesos en busca de la tarea más improbable en la que
pudiera triunfar Nathaniel, algo que hasta las defensas de la mansión consideraran
imposible en grado sumo. Y, cuando por fin se le ocurrió una idea, era tan alarmante
que apenas logró decirla en voz alta.
Aquella noche durmió en su habitación, como había hecho desde el incidente del
tejado. O, al menos, eso pretendía, pero no lograba conciliar el sueño. Daba vueltas y
más vueltas, rebosante de energía nerviosa, pensando en bucle. De vez en cuando,
pateaba debajo de las sábanas, pero no sentía alivio. Al final apartó sábanas y mantas
a un lado, frustrada. Se acercó a la ventana y apretó la mejilla caliente contra ella para
que el cristal helado le enfriara la piel.
Hasta esa noche, no se había sentido atrapada de verdad dentro de la mansión.
Pero, en aquel momento, habría dado lo que fuera por dar un brioso paseo por
Hemlock Park y llenarse los pulmones del aire frío nocturno, para así bajar la
temperatura de sus febriles pensamientos bajo el resplandor invernal de las estrellas.
Cada vez que cerraba los ojos, veía a Nathaniel con el mismo aspecto de aquella
tarde, con la luz del fuego recorriéndole los rasgos angulosos y la mano tapándole los
párpados cerrados.
Le dolía el corazón. Sabía que lo que sentía era amor, amor por él, pero no
entendía por qué tenía que ser así; era como encontrarse en un barco desde el que se
divisaba una astilla lejana de tierra verde en el horizonte, mientras el viento le tiraba
del pelo, sin saber si se alejaba de la orilla hacia aguas desconocidas o si por fin
regresaba a casa. No sabía de cuál de las dos posibilidades se trataba porque parecían
ambas a la vez. Era una sensación muy parecida a la locura.
Nunca había pensado demasiado en lo que supondría su futuro con Nathaniel.
Ahora, era incapaz de pensar en otra cosa.
Si el pacto de los amantes funcionaba, ¿acabarían casados?
¿Quería ella casarse?
Apenas era capaz de concebirlo. Solo tenía diecisiete años. Si Nathaniel y ella se
casaban, pasarían juntos muchos más años de los que ya llevaba viva. ¿Cuántos?
¿Cincuenta? ¿Sesenta? Después de recuperar las décadas reclamadas por Silas, ambos
podrían vivir hasta los ochenta. La enormidad de esos números parecía inventada,
imposible de comprender. Abrumada, ocultó la frente en el recodo del brazo.
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Entonces se le ocurrió algo horrible: después de pasar una vida entera juntos,
ambos morirían, pero uno de ellos moriría primero. Un día, uno de ellos tendría que
perder al otro. Eso era lo que significaba amar.
De repente, la habitación la oprimía, no lo soportaba más. Se apartó de la ventana
y salió al pasillo, donde las tablas del suelo se apiadaron de ella y le refrescaron los
pies descalzos. Empezó a bajar la escalera, deslizando los dedos por el suave
pasamanos, calculando su avance a oscuras gracias a los nudos y bultos de la madera,
que conocía tan bien.
Y se detuvo a medio camino, cautivada por la imagen de Silas en el vestíbulo de
abajo, tan pálido y sobrenatural como un espectro. No vestía su uniforme de sirviente,
sino el traje que le había visto una vez lucir en las calles de la ciudad, con el pelo
peinado hacia atrás y recogido con una cinta negra a juego. Se había quitado los
guantes; uno de ellos le asomaba del bolsillo: un cuadrado de cabritillo gris perla
doblado a la perfección.
Había estado en el exterior. No estaba segura de cómo lo sabía, solo que sería
muy propio de Silas no contarles que era capaz de superar las defensas y, además, en
el vestíbulo flotaba el tenue aroma del invierno, como si un hilillo de aire frío y
limpio hubiera entrado pegado a sus talones.
No se volvió. Elisabeth tardó un momento en darse cuenta de que Silas estaba tan
sumido en sus pensamientos que no se había percatado de su presencia. La idea la
dejó conmocionada; era inquietante, estaba mal. Desde que lo conocía, jamás lo había
pillado desprevenido. Entonces, se fijó en lo que miraba el demonio: el espacio vacío
entre los retratos de Alistair, Charlotte y Maximiliam. El espacio que ocuparía el
retrato de Nathaniel un día después de su muerte.
Y puede que también el retrato de Elisabeth.
Despacio, bajó los escalones que faltaban. Silas por fin la descubrió. No se
movió, pero sí se puso un poco rígido antes de que ella se acercara y le tomara la
mano helada. Aunque no le devolvió el gesto, tampoco apartó la mano.
—¿Cómo era ella? —preguntó Elisabeth en voz baja mientras examinaba el
retrato de Charlotte.
De nuevo, le dio la impresión de que, a pesar de haber heredado el aspecto de su
padre, Nathaniel compartía la risa que se reflejaba en los ojos de su madre.
—Única. Una mujer íntegra. —La admiración velaba su voz seca y susurrante,
tan ligera como una vieja telaraña agitándose con la brisa—. De vez en cuando me
ordenaba que cuidara de los niños mientras Alistair y ella estaban fuera.
—Confiaba en ti.
—En cierto modo. Confiaba en que el histrionismo provocado por la muerte o la
lesión de los hijos pequeños de mi señor no habría sido de mi gusto.
Estaba claro que había algo más, pero Elisabeth no insistió, ya que sabía lo celoso
de su intimidad que era Silas. Si elegía mal una palabra, aquel frágil momento entre
ambos se rompería en mil pedazos.
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—Usted le habría caído bien —declaró él al fin—. Mucho, diría.
El dolor se clavó en el pecho de la joven como una flecha. Tras contemplar su
elegante perfil, cincelado por la luz tenue de las lámparas de la entrada, pensó en la
habitación del avestruz… y en la polvorienta entrada para la ópera que se había
guardado en la chaqueta. Y recordó su cara de paz al entrar en el círculo del arconte y
aceptar su propia destrucción. Era una piedad concedida a los mortales que Silas
jamás recibiría. Nunca sería el que muriera primero.
Con un nudo en la garganta, se llevó la mano del demonio a los labios y se la
besó. Tenía la piel pálida tan fría e impoluta como el alabastro. Notaba el filo de sus
uñas, e incluso a ellas las apreciaba.
—¿Señora? —preguntó él, y, a pesar de que la voz no lo traicionaba, Elisabeth se
dio cuenta de que, por una vez, lo había sorprendido.
—Quiero que sepas que… cuando muramos, no te dejaremos solo. Nos
aseguraremos de ello. Te lo prometo.
Se volvió hacia ella. Algo horrible le brillaba en los ojos: una pena inhumana
brutal e implacable, una pena capaz de devorar mundos. Por un momento, el miedo
atenazó el corazón de la joven. Entonces, él sonrió, el momento pasó, y el rostro de
Silas siguió siendo tan bello y tranquilo como la nieve recién caída.
—Vamos —dijo—. Me gustaría enseñarle algo.
La sacó del vestíbulo y la llevó al comedor, en dirección a la zona vacía de pared
entre dos armarios con puertas de cristal.
—¿Qué…? —empezó a decir ella, pero se calló cuando Silas tocó el papel de
pared y este se desvaneció para dejar al descubierto un umbral que antes no estaba.
Entraron en un salón de baile vacío, con ventanas altas arqueadas que brillaban a
la luz de la luna y proyectaban charcos fracturados en el suelo de mármol. La
exclamación ahogada de Elisabeth retumbó por las paredes y se desperdigó por los
altos techos como una bandada de pájaros.
Los espejos de las paredes multiplicaban sus reflejos hasta el infinito, creando la
ilusión de un espacio enorme poblado por cientos de sus propios dobles e infinitas
réplicas de Elisabeth mirándolo todo con la boca abierta. Por encima de ellos se
alzaba un palco con barandas que titilaban débilmente bajo una pátina de polvo, lo
que producía un efecto vertiginoso contra los frescos entrevistos que decoraban el
techo en delicados tonos azules y dorados. Tres lucernas descansaban en el suelo,
inclinadas, como si les hubiera entrado sueño y se hubieran dejado caer allí mismo
cual doncellas de cuento, con majestuosos vestidos de varias capas de cristal y cera
de vela.
Cada paso que daban cobraba vida en los espejos. Elisabeth se quedó hipnotizada
durante un instante con sus reflejos: Silas, ligero y formal con su traje de noche
negro; ella, en camisón, dándole la mano.
La voz suave de Silas rompió el hechizo.
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—La última vez que se abrió este salón de baile fue para el Baile de Invierno de
1807, cuando el señor Espinosa era un bebé. No recuerda este lugar. Perdóneme,
señora, por no haberlo cuidado como es debido. Procure imaginárselo como era hace
dieciocho años, con las lucernas en alto, las velas encendidas y los frescos hechizados
para moverse. Un cuarteto de cuerda tocaba en la esquina y, en el centro de la
habitación, había una escultura de hielo que transformaba en escarcha el aliento de
los que se acercaban. —Le soltó la mano y dio un paso atrás para señalar el umbral
—. Los invitados entraban por parejas, vestidos con sus mejores galas.
Elisabeth contuvo el aliento. Como si hubieran barrido una capa de polvo de
todas las superficies, vio la luz de las velas brillando en los palcos. Oyó la música,
vio las nubes flotar por el techo. Se imaginó a los bailarines dando vueltas junto a
ella, proyectados hacia la eternidad a través de los espejos.
La imagen la dejó embelesada. No había bailado nunca. No sabía hacerlo, ni
tampoco si sería capaz de aprender.
No se trataba de torpeza, sino de que existía en un mundo que no estaba diseñado
para las mujeres de su tamaño. Era fácil golpearse contra los marcos de las puertas
pensados para personas a las que sacaba media cabeza o derribar sillas al intentar
cruzar las piernas bajo una mesa estrecha. Y a pesar de saberlo…
Con aquella visión de bailarines fantasma flotando ante sus ojos, con los restos de
una música espectral temblándole en los oídos, se armó de valor y se giró hacia Silas.
—¿Me podrías enseñar a bailar?
Él sonrió. Resultaba evidente que esperaba su pregunta. De hecho, era la razón
por la que la había llevado hasta allí.
—También enseñaste a Nathaniel, ¿verdad? —preguntó ella, comprendiéndolo de
repente.
—Hace mucho tiempo, aunque tuve que emplear todas mis dotes de persuasión.
Desde entonces, ha malgastado todo lo aprendido.
Elisabeth recordó los cotilleos en la mansión Ashcroft: que Nathaniel nunca
bailaba en las fiestas.
—Bailará conmigo.
—Es la esperanza que albergo, señora. ¿Empezamos?
La ansiedad se apoderó de ella, pero la pisoteó como si fuera un piojo de los
libros. Bailar no podía ser más difícil que matar demonios.
—¿Qué tengo que hacer?
—Mire, así. —Le tomó la mano derecha con la izquierda y le apoyó la otra en la
cintura, sin apretar—. Sería mejor si guiara usted, dada la altura, pero creo que aquí
dará igual. El señor Espinosa es casi tan alto como usted, así que será capaz de ver
bastante bien lo que los rodea…
Entonces empezó a moverse, guiándola en círculos lentos y elegantes. Elisabeth
se pasó las primeras rotaciones con el ceño fruncido, concentradísima en sus pies,
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hasta que la mano de Silas se apartó de su cintura para levantarle la barbilla con uno
de sus afilados dedos. Al instante, ella le pisó la bota.
—Mejor la mía que la del señor Espinosa —comentó él con un brillo de guasa en
los ojos—. No se preocupe, señora. Sigo ileso. Y usted no aprenderá nunca si no deja
de mirarse los pies.
Tenía razón. Pronto, los pasos empezaron a salirle de forma natural y seguía el
ritmo del baile casi por instinto, como si siempre hubiera llevado dentro ese
conocimiento latente. A su alrededor, sus dobles flotaban por la superficie de los
espejos. Se imaginó el aspecto que tendría el salón durante un baile: vestidos
coloridos arremolinándose como flores atrapadas en la corriente de un río, girando sin
parar, mientras las joyas de las mujeres captaban los reflejos de la luz de las velas.
Sus huellas en el polvo del suelo de mármol formaban círculos cada vez mejor
trazados, como si se moviera sobre una fina capa de nieve.
Parecía imposible que bailar fuera tan sencillo. Aquella falta de esfuerzo tan
estimulante se debía, sin duda, a la pericia de Silas. Aunque nunca parecía controlar
sus movimientos, en ocasiones notaba que le ajustaba la postura subiéndole con
sutileza el brazo o con una leve presión en la cintura, seguida de una instrucción
murmurada. Todo ello sin dejar de observarla para evaluar su porte y la posición de
los pies.
—Muy bien —dijo al fin.
¿Dónde había aprendido Silas? ¿Es que a los demonios les enseñaban a bailar o
era otra de esas habilidades, como la cocina, que había adquirido en el mundo de los
humanos? Se lo imaginaba saliendo de noche, moviéndose por la sociedad sin ser
visto, estudiando bailes y modas; era un observador sobrio y pálido en el que nadie se
fijaba gracias a su traje oscuro y a su glamur para desviar la atención. Siempre solo,
con un rostro juvenil que no cambiaba a medida que transcurrían los siglos.
Se sintió desfallecer al percatarse de lo infantil que había sido su promesa. Era
muy bonito prometer no dejarlo solo cuando murieran Nathaniel y ella, pero ¿y
dentro de cien años? ¿De doscientos? Cuando ambos existieran tan solo en los
recuerdos de Silas y sus huesos no fueran más que polvo, ¿qué pasaría? Con una
intensidad veloz y casi traumática, se le formó un nudo en la garganta y las lágrimas
pugnaron por asomarle a los ojos.
—Señora —la reconvino Silas.
Después sacó un pañuelo de alguna parte y la dirigió a uno de los bancos de la
pared. En cuanto se sentaron, ella lo abrazó con fuerza. Silas se quedó muy quieto,
con los músculos tensos. Después, tras una pausa delicada, suspiró y le apoyó una
mano en la espalda.
—Lo siento —le dijo ella con el rostro oculto en su hombro.
—No es nada.
Sí que lo era. Lo quería. Lo quería tanto como quería a Nathaniel, con una
intensidad casi insoportable.
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¿Qué significaba querer a un demonio? ¿No solo preocuparse por él o sentir
lástima por él, sino quererlo?
—Está cansada —comentó Silas al cabo de un rato.
Se levantó y la cogió en brazos, como si no pesara nada. El tamaño de Elisabeth
no era relevante; mientras Silas cargaba con ella hacia la escalera, ella sintió la fuerza
de hierro de aquel cuerpo tan delgado.
No se había dado cuenta de lo cansada que estaba ni del frío que tenía; se le
habían quedado los pies entumecidos por culpa del frío suelo de mármol. Mientras se
preguntaba, como de lejos, si la había hechizado para escapar de su abrazo, se le
cerraron los ojos. El mundo pasaba flotando junto a ella. Por un momento, creyó
quedarse así para siempre, ingrávida, en sus brazos, pero entonces notó el colchón
blando debajo, que se hundía con su peso, y que alguien le subía la manta hasta la
barbilla.
Abrió los ojos como pudo y, a través de los párpados pesados, vio a Silas terminar
de alisar la manta y detenerse para tocarle el pelo. Sin mirar, sabía que había
acariciado con las uñas los mechones plateados.
—¿Te quedarás a mi lado hasta que me duerma? —le susurró ella cuando apartó
la mano.
Silas se detuvo a medio camino hacia la puerta y se lo pensó sin que su rostro
reflejara nada en la penumbra.
—Sí —respondió al fin—. Si es lo que desea.
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Siete
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Los huevos revueltos eran tan esponjosos como nubes y estaban condimentados con
una lluvia de cebollino y un ramito de perejil.
Con la boca hecha agua por el olor, miró a Nathaniel, incrédula.
—¿Lo has hecho tú? ¿No Silas?
—Él me ha dado instrucciones, pero sospecho que solo ha servido para
ponérmelo más difícil. Para una criatura que no ha probado nunca la comida humana
tiene unas opiniones muy firmes sobre la forma correcta de picar el cebollino.
Elisabeth levantó con cuidado una de las tostadas para mirar lo que había debajo.
Al no encontrar nada sospechoso tras su inspección, probó con precaución los
huevos, se preparó para lo peor y masticó. Abrió mucho los ojos, asombrada.
Antes de lograr encontrar las palabras adecuadas, la mansión respondió por ella:
las cortinas se abrieron de golpe, y la luz inundó la habitación y se reflejó en el jarrón
de cristal de la bandeja, en el que, ahora que se fijaba, había una única rosa roja.
Ya había probado un trocito de salchicha y devorado media tostada antes de
pararse a mirar a Nathaniel, que estaba sentado con la barbilla apoyada en las manos
y la miraba con cariño. ¿La había estado observando mientras comía? La joven vaciló
y se fijó en que el magíster estaba más pálido de lo normal. Era como si llevara
despierto toda la noche.
De repente, probó con timidez a inclinarse para ver mejor por la ventana. El
ciclón no había desaparecido, pero la cortina de escombros era mucho más fina y la
atravesaban relucientes rayos de sol.
—Creo que funciona —dijo.
Una sombra cruzó el rostro de Nathaniel, aunque fue algo tan veloz que Elisabeth
creyó haberlo imaginado.
—O quizá el desayuno en la cama esté entre las actividades aprobadas por la tía
Clothilde para los pretendientes con buenos modales. Espero que no crea que voy a
repetirlo, porque no sé bien si se me volverá a permitir la entrada en la cocina. No
bajes hasta dentro de un rato, por cierto.
Antes de que Elisabeth pudiera descifrar el críptico consejo, Mercy asomó la
cabeza con cautela.
—¿Sabía alguien que hay un salón de baile al lado del comedor?
—Así que ahí estaba. Ya me preguntaba si habría hecho las maletas para mudarse
a la casa de otro hechicero. A veces ocurre —explicó—. Los salones de baile
necesitan muchos mimos.
Mercy no parecía muy convencida. Elisabeth, por su parte, solo se sentía
agradecida por tener alguna prueba de que los acontecimientos de la noche pasada no
habían sido una ilusión. El recuerdo de Silas enseñándola a bailar parecía frágil,
irreal, como hilado con luz de luna y gasa. Lo había visto por última vez sentado en el
sillón junto a la cama, mientras se dormía, pero en el cojín no se veía la huella de su
peso.
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—¿Qué llevas en el pelo? —le preguntó a Mercy, al fijarse en la sustancia oscura
y pegajosa que apelmazaba los mechones que se le habían escapado del moño.
—Mejor será que no lo sepa —respondió ella en tono lúgubre antes de marcharse.
Lo descubrió después del desayuno, tras hacer caso omiso de los repetidos
intentos de Nathaniel por llevarla a la salita de estar de arriba. Toda la primera planta
de la mansión estaba inundada de una marea pegajosa de color morado oscuro, que
también había salpicado los zócalos y la escalera como si fuera alquitrán mojado,
aunque despedía un olor dulce muy característico. Se agachó para meter un dedo en
la sustancia y la probó. Tal y como se imaginaba, era mermelada de mora.
—Sin apenas ayuda alguna de la hechicería —comentó.
—Para ser justos, nos habíamos quedado sin reservas, y resulta evidente que no
podía ir al mercado a por otro bote. No te preocupes, el hechizo se desvanecerá
dentro de unas cuantas horas.
Elisabeth no estaba preocupada. Metió de nuevo el dedo en la mermelada y comió
un poco más.
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una cama angosta y bien hecha. Curiosa, dio un paso adelante y abrió la puerta del
todo con la punta de los dedos.
El corazón le dio un brinco extraño. Se había preguntado si Silas tenía una
habitación propia en la mansión, un lugar en el que guardar su ropa, aunque no
durmiera. Por fin tenía su respuesta. Repasó con la mirada la palangana de porcelana
de la mesita de noche y los objetos del interior del armario, dispuestos con una
precisión exquisita: unos guantes, un pañuelo doblado, una de las cintas que usaba
para recogerse el pelo. No terminaba de gustarle ver aquellos artículos mundanos
separados de Silas, prueba de que, a pesar de su inmortalidad, se levantaba, se lavaba
y se vestía como todo el mundo. Incluso después de haberlo visto desnudo en el
círculo de invocación, le resultaba surrealista imaginárselo quitándose el uniforme.
Entonces, vio los dibujos. Junto a la ventana había un caballete cargado de hojas
de papel, con carboncillos alineados en la repisa de abajo. Contra la pared y apilados,
había más papeles. La escena tenía algo anticuado, aunque indefinible, como si la
hubieran sacado del estudio de un artista del siglo XVII.
Se quedó hipnotizada, observando los bocetos en blanco y negro de las catedrales
y parques de Brassbridge, de las personas sentadas a solas, cogidas de la mano,
bebiendo té…, todas ellas compuestas de algo más que luces y sombras. Del modo
que fuera, Silas había logrado captar su alma. Eran preciosos y de una soledad
tremenda, aunque no sabría decir bien por qué. Puede que porque la mayoría de sus
modelos habían desaparecido hace siglos, no solo las personas, sino también partes
de la ciudad en sí: reconocía calles familiares cambiadas por el tiempo, edificios que
conocía al lado de otros demolidos en el pasado. Estaba segura de que los rostros
también pertenecían a personas reales, quizá a personas de la vida de Silas…
Su mirada recayó en un retrato a carboncillo de Nathaniel. Silas lo había dibujado
riendo, mirando a un lado, con un mechón de pelo sobre la frente. La sombra de una
emoción más triste y oscura le endurecía el rabillo de los ojos y le daba el aspecto de
alguien que luchaba por sonreír pese al dolor de una herida. Era tan fiel a la realidad
que se quedó sin aliento. Otros retratos se asomaban desde los innumerables paisajes
urbanos y representaban a Nathaniel a distintas edades y en distintas actitudes:
probándose un abrigo, concentrado en su escritorio, pillado en un sueño pacífico muy
poco habitual en él.
Sin embargo, el retrato a medio acabar del atril no era de Nathaniel. Era de ella.
Antes de poder detenerse, dio un paso hacia él.
No era como mirarse en un espejo; era algo más. Silas la había dibujado con una
mancha de tinta que destacaba entre sus rasgos serios, con el pelo enredado
envolviéndole la cara. En sus ojos brillaban con fuerza la esperanza, el valor y la
decisión; era la mirada de una santa vengadora, radiante en su empeño. Quien la
viera, diría que su expresión prometía salvación o castigo. Quizá, para algunos,
ambas cosas.
Elisabeth se quedó paralizada, cautivada por la imagen.
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«¿Es ese mi aspecto? ¿Así me ve él?».
Casi esperaba que le respondiera la voz susurrante de Silas, pero, cuando volvió
la vista, el pasillo estaba vacío.
Se estremeció. Ardía en deseos de internarse más en la habitación, de ver sus
otros dibujos y los secretos que quizá contuvieran. Al final, se apartó como pudo y
dejó de nuevo la puerta como estaba. Si Silas hubiera querido que lo viera, se lo
habría enseñado. Puede que algún día lo hiciera.
Al bajar la escalera se sintió perdida, pero el retrato le había dado una idea, así
que hizo otra visita al desván. Después se acercó a los archivos y repasó los cajones
más antiguos, donde leyó listas y más listas con las alfombras adquiridas, las
antigüedades vendidas y los retratos encargados, rodeada por los pacíficos susurros
de los grimorios satisfechos. Por fin encontró lo que estaba buscando.
«Guardado en el almacén, ya que la maldición parece irrompible…».
Encargó la tarea durante la comida. Después, el comportamiento de Nathaniel se
fue tornando cada vez más enigmático. Una vez que la mermelada hubo desaparecido
(Mercy le confió a Elisabeth que Silas se había pasado toda la mañana en su forma de
gato, negándose a bajar del armario de la cocina en el que se había encaramado),
pidió a Elisabeth que se quedara en el estudio mientras él se preparaba. Para pasar el
rato, sacó un grimorio de las estanterías. Cuando lo vio por primera vez, a finales del
otoño anterior, le había parecido muy triste y abandonado, y el dorado de la cubierta
se le pelaba de pura melancolía. Ahora estaba restaurado y exhibía un alegre azul
turquesa, y un diseño dorado de rosas, pájaros cantores y liebres que daban saltos
alrededor del título: Los cuentos de hadas completos de Austermeer. Hasta entonces
no había tenido la oportunidad de leerlo.
Cuando lo abrió, descubrió una dedicatoria escrita a mano en las guardas
estampadas: «A mi querida… Ojalá no dejes de creer nunca en los cuentos de hadas».
Sonriendo, recorrió las letras con los dedos, notando los surcos que habían dejado en
el papel. Era una de las cosas que más le gustaban de los libros. Puede que nunca
supiera quién había escrito la dedicatoria ni hace cuánto tiempo ni a quién, pero podía
estrecharles la mano brevemente a través de la eternidad, en aquel encuentro fortuito
de las almas, hecho posible gracias a compartir el amor por las historias.
Una segunda sorpresa la esperaba un instante después: la cinta azul del grimorio
marcaba un capítulo que le resultaba familiar: «Las tres tareas imposibles».
—¿Lo has hecho a propósito? —preguntó.
Era posible que el grimorio hubiera escuchado su conversación con Nathaniel el
día anterior. Pero el libro contestó agitando con energía su cinta para negarlo.
Después agitó las hojas y pasó a otro título llamado «El príncipe huérfano», antes de
volver a «Las tres tareas imposibles». Estaba intentando comunicarle algo, pero no
estaba segura de lo que era. Desconcertada, se puso a leer.
Las ilustraciones de aquel grimorio también se movían, aunque eran más
detalladas y representaban con todo lujo de detalles la torre iluminada por la luna en
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la que dormía la princesa y las piedras cubiertas de rosales. Cuando terminó de leer el
cuento, se demoró en la página en la que el campesino sostenía en alto un bote con el
reflejo de la luz de las estrellas antes de regresar a «El príncipe huérfano». Era un
cuento sencillo sobre un príncipe que se había perdido en el bosque de bebé, y allí lo
habían criado una liebre, después un búho, un zorro y un lobo, y de cada uno de ellos
había aprendido importantes lecciones. Estaba examinando las ilustraciones de su
coronación como rey cuando oyó un estruendo sobre ella.
Sin poder reprimir la curiosidad, se acercó con sigilo a la puerta del estudio y
pegó la oreja. Le llegaron más ruidos: golpes y estallidos lejanos, el crujido de la
escalera; en una ocasión, un fuerte estrépito metálico, seguido de un fuerte olor a
combustión etérea. No tenía ni idea de qué indicaba todo aquello.
Nathaniel se les unió tarde para cenar, con el pelo más alborotado que nunca, las
mangas chamuscadas y quemaduras en una mejilla. Se tragó la comida como si
corriera riesgo de morir de hambre y volvió a desaparecer en las entrañas de la
mansión sin decir palabra.
—No tema, señora —dijo Silas aquella noche cuando cerraba las cortinas de su
dormitorio para ocultar la oscuridad—. El señor Espinosa está a la altura de la tarea.
De lo contrario, estaría ahora a su lado, dejándole claro mi opinión al respecto.
Elisabeth se lo creía por completo.
—¿Así que no corre peligro?
Silas se limitó a sonreír.
—Buenas noches, señora —respondió en voz baja antes de retirarse
discretamente.
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Apenas podía respirar. Solo se había sentido así dos veces en toda su vida: la primera,
al recibir su granllave del Collegium a los trece años; la segunda, al descubrir que la
directora Irena le había dejado en su testamento a Asesina de Demonios.
Casi al límite de su percepción, era consciente de que Nathaniel la observaba, no
sonriente, sino estudiando su expresión como si la memorizara para repasarla con
detenimiento después, como una carta que un día acabará desgastada y arrugada de
tanto leerla.
—Tampoco es que la necesites —dijo en un tono engañosamente despreocupado
—. Ya eres indestructible hasta extremos aterradores. Pero me alegro de que te guste.
—Me gusta —respondió ella a toda prisa—. Nathaniel, me encanta. Gracias.
—¡La puerta principal vuelve a abrirse! —chilló Mercy desde abajo.
Ella se obligó a apartar la mirada de la armadura.
—¿Cómo lo has hecho? Se suponía que la maldición era indestructible.
Él se apoyó en la pared y sonrió.
—Digamos que la hechicería ha avanzado mucho desde el siglo XVII.
—Creo… que quiero probármela.
Sufrieron un breve revés porque él no había sido tan previsor (y, a modo de
respuesta, las ventanas se oscurecieron y las contraventanas empezaron a sacudirse de
forma bastante inquietante), pero Silas acudió enseguida al rescate con una pila de
ropa doblada de Nathaniel, más adecuada que un camisón para vestir debajo de una
armadura. Después, se quedó quieta estoicamente mientras Silas le indicaba a
Nathaniel cómo poner cada pieza («Es una cantidad considerable de hierro, señora,
así que preferiría no tocarla, ni siquiera con guantes»), y sufrió la tortura de notar
aquellos dedos tan largos abrochando con destreza grebas y hombreras, y el calor de
su aliento como la caricia de una pluma en la piel.
Cuando por fin terminó, Nathaniel tenía las pupilas oscuras. Al parecer, le supuso
bastante esfuerzo retirarse y bajarle la visera.
—Los arbustos siguen merodeando por ahí fuera —comentó, y el eco metálico de
su voz le resonó en los oídos—. ¿Te ves preparada para la revancha?
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probar a dormir con la armadura puesta, pero Silas la miró con malos ojos y ella
accedió de inmediato a quitársela.
Nathaniel parecía aliviado, curiosamente. Se había pasado la tarde fingiendo
dedicarse a varias tareas esenciales, que, en general, consistían en dar vueltas por la
mansión poniendo cara de estar muy ocupado, para después detenerse a mirarla
cuando creía que ella no se daba cuenta. Era obvio que fingía, porque él nunca se
encargaba de nada; además, no se le ocurría ninguna tarea que exigiera pasearse una
y otra vez entre el comedor y el vestíbulo mientras se desabrochaba con brío el cuello
de la camisa.
Aquella noche, Elisabeth soñó algo inquietante. Era un caballero de pie junto a un
trono en un salón enorme y resplandeciente, incapaz de moverse. Quería decirle a
Nathaniel que, al final, la maldición de la armadura no se había roto y estaba atrapada
dentro, pero, cada vez que intentaba abrir la boca, no lograba emitir sonido alguno. Él
era el rey de ese sueño, aunque el trono estaba vacío; Nathaniel estaba arrodillado en
el suelo de la tarima, donde había un círculo de invocación grabado en la piedra.
Mientras ella observaba, él derramó su sangre por el círculo y susurró un nombre que
Elisabeth no logró oír. Se apoderó de ella un terror frenético. ¿Qué nombre había
usado? ¿Silas o Silariathas?
Cuando Silas apareció sobre él, era imposible saberlo: tenía el aspecto con el que
siempre aparecía en el círculo de invocación, demacrado y con los ojos negros de
hambre. Salvo que, esta vez, sostenía una corona sobre la cabeza inclinada de
Nathaniel. Elisabeth intentó gritar una advertencia, sin éxito. Sabía que sucedería
algo horrible cuando la corona descendiera.
Un grito atravesó aquella horrible escena. Se despertó de golpe, con un cosquilleo
de miedo en los músculos. Durante un momento, no pudo moverse, como en el
sueño, y se quedó escuchando, paralizada, hasta que el grito se transformó en sollozo
desgarrado. Entonces se le aclaró la cabeza y entró en acción. Apartó las mantas a un
lado, agarró a Asesina de Demonios y se metió en el bolsillo un puñado de las balas
de sal que guardaba en el cajón de la mesita de noche.
Al salir vio que la mansión tenía un aspecto algo distinto: faltaba una cómoda y
había un cuadro en una pared que solía estar vacía. Silas le había explicado que ese
era el aspecto que tenía la casa cuando Nathaniel era pequeño. No era real, sino una
ilusión, como la que había creado para el Baile Real, conjurada por su mente
dormida. Si Elisabeth se acercaba a donde sabía que estaba la cómoda, se golpearía el
pie contra ella, a pesar de no verla.
Sintió la tentación de intentarlo, solo por asegurarse. El grito sobrenatural había
parado, y un leve olor a tierra y podredumbre flotaba en el aire. No era la pesadilla en
la que las paredes rezumaban sangre, ni la del espectro de Alistair Espinosa que se
sujetaba el cuello cortado mientras daba traspiés por el pasillo; ni siquiera esa en la
que la voz de torturada y ronca de Silas brotaba de desagües y armarios, suplicando
su ayuda.
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Casi deseaba que fuera una de aquellas.
Al doblar la esquina, estuvo a punto de chocarse con la espalda rígida de Mercy.
La muchacha estaba petrificada, contemplando la oscuridad más allá de las lámparas
medio encendidas. Elisabeth solo distinguía la figura de una mujer algo torcida hacia
un lado, vestida con una mortaja cubierta de tierra vieja. A la joven se le cayó el alma
a los pies. Por experiencia, sabía que no deseaba mirar demasiado de cerca el rostro
de la mujer. Antes de que sus rasgos le quedaran claros, lanzó una de sus balas de sal
y la ilusión desapareció en una nube blanco radiante.
Mercy dio un respingo cuando Elisabeth le tocó el hombro.
—No es más que otra pesadilla —le dijo.
—Esta es de las malas —comentó Mercy, pálida.
—Si quieres… —No terminó la frase porque recordó la valentía de Mercy con la
escoba y la fregona. Si Elisabeth le decía que podía esconderse en la cocina, no se
iría; creería que era como huir—. Puedes prepararnos una tetera —prefirió sugerir,
tras un momento de inspiración—. Puede que Nathaniel quiera una taza cuando
despierte.
Mercy asintió con un gesto rápido de cabeza y se fue hacia la escalera,
agradecida, aunque no sin volver de vez en cuando la vista atrás.
Las pesadillas no solían afectar a la cocina; a Elisabeth se le ocurrió que quizá
fuera porque Nathaniel no tenía demasiados recuerdos relacionados con ella. La idea
le formó un nudo de pena en el pecho, sin que el corazón dejara de latirle con una
fuerza ensordecedora en los oídos. Enfiló de nuevo por el pasillo y echó a correr. Al
acercarse al dormitorio de Nathaniel, la mujer reapareció, justo a un paso de la luz.
Esta vez, Elisabeth la dejó atrás sin interferir, resistiéndose al terrible impulso de
volverse para mirar. Aquel rostro no se parecía al que colgaba de la entrada, el de
Charlotte con la sonrisa amable y los ojos chispeantes.
La puerta del joven estaba abierta. Dentro, se lo encontró todavía en la cama,
pegado a la cabecera, pálido y con el camisón desabrochado por delante, de modo
que las cicatrices de su duelo con Ashcroft destacaban en relieve. Temblaba tanto que
hasta se le agitaban los rizos. Había un vaso en el suelo, a su lado, y una mancha
húmeda empapaba la alfombra; era su medicina.
Seguro que la había tirado de un manotazo cuando Silas se la daba. El demonio
estaba sentado a su lado, pero Nathaniel apenas parecía consciente de su presencia, ni
siquiera cuando Silas le sujetó la cara y lo obligó a volverla hacia él. Los ojos del
joven seguían clavados en la esquina del dormitorio.
—Señor, ahí no hay nada.
—Te equivocas —respondió él con voz ronca—. Lo veo.
—No permitiría algo así en la casa.
—¿Cómo puedes decir eso? Lo ayudaste, trajiste… —Se le quebró la voz—.
Trajiste aquí los cadáveres. Te vi.
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Silas cerró un instante los ojos. Después miró a Elisabeth, y en sus ojos brillaba
una petición tácita.
Ella entró, vacilante, y por fin vio lo que miraba Nathaniel: una criatura que una
vez fuera un niño, cubierto de la tierra de la tumba. Era aterrador. La joven había sido
testigo de muchas cosas horrendas durante las pesadillas de Nathaniel, pero nunca
había visto a su hermano pequeño, Maximiliam.
«No es más que una ilusión», se recordó mientras se metía la mano en el bolsillo
para sacar las balas de sal. Un segundo después, lo único que quedaba del espantoso
espectro era una nuble blanca brillante.
Nathaniel la miró, asombrado, como si ella fuera la que hubiese obrado magia, y
no él. La joven dejó la espada y se metió en la cama. Un instante después, lo abrazaba
con fuerza.
Silas se levantó, se acercó a la ventana y miró afuera.
—Estaba soñando —dijo con voz ronca Nathaniel, que acababa de darse cuenta.
Elisabeth no respondió, sino que se limitó a acariciarle el pelo sudoroso.
—Encárgame la tercera tarea —masculló con la boca contra su pecho.
—¿Ahora?
—Sí.
Quería otra cosa en la que pensar, comprendió ella. Tuvo que tragar saliva antes
de hablar.
—Llévame a patinar sobre hielo. Me lo prometiste.
Él se rio penosamente. A ella se le formó en la garganta un nudo… ¿de qué?
Seguro que era poco apropiado querer besarlo en un momento así. No obstante, el
deseo era abrumador. Quería besarle el hombro descubierto, la clavícula repleta de
cicatrices, la nuca… Como si, al hacerlo, pudiera librarlo de los demonios.
De todos menos de uno, que todavía miraba por la ventana.
—Señor —dijo en voz baja—. Señora.
Abrió más la cortina y dejó que entrara una brisa fría.
Elisabeth se sentó para mirar. Abrió mucho los ojos. Lo habitual era que por la
ventana se viera un paisaje encantador, compuesto por un batiburrillo de tejados
inclinados y las torres de la Gran Biblioteca y del Magisterium a lo lejos. Más abajo,
se veía un poco el jardincito de la mansión, con las plantas desaliñadas y el seto
espinoso rodeado de una valla de hierro forjado.
O, al menos, así era antes.
En aquellos instantes, el paisaje del otro lado de los cristales parecía pertenecer al
terreno de una hacienda. Entre las cortinas solo se columbraban algunas pinceladas
prometedoras: los diseños geométricos de un laberinto vegetal cuyas sombras
iluminadas por la luna se grababan en la nieve. Al principio, se le ocurrió la
demencial idea de que la mansión había cambiado de sitio y se había mudado fuera
de la ciudad. Entonces vio las luces lejanas de Brassbridge al otro lado del laberinto;
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seguían allí, titilando como un altar de velas agitadas por el viento mientras los
escombros del ciclón pasaban volando por su lado.
Sin pensar, miró a Nathaniel y, por la tensión que se le reflejaba en la cara, supo
que lo reconocía.
—No había visto los jardines formales desde que murió mi madre —dijo, todavía
con la voz ronca de gritar—. Desaparecieron esa misma noche y no regresaron jamás.
Silas inclinó la cabeza.
—Hace mucho tiempo que no hay una señora de la casa.
Elisabeth se estremeció. Siguiendo un impulso, puso una mano en la pared, sobre
la cama de Nathaniel. Allí había algo, algo similar a lo que sintió al tocar el grimorio
y sentir la consciencia que se agitaba bajo las tapas, la magia que circulaba por él
como un pulso vivo.
—Creo que la mansión quiere que salgamos.
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Ocho
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sereno, en absoluto afectado por la pesadilla salvo por una ligera palidez que se
resistía a marcharse, y resultaba imponente en su gabán de lana oscura.
Como intuía que se trataba de un momento privado, volvió a contemplar el jardín
a toda prisa, aunque, pese a ello, sus palabras le llegaron a través del espacio vacío
del salón de baile.
—Siento lo que dije antes.
—Solo dijo la verdad —contestó Silas, aunque en un susurro tan bajo que
resultaba casi imperceptible.
—Aun así. Actuaste siguiendo las órdenes de mi padre.
Silas le lanzó una mirada indescifrable. Después alargó los brazos para subirle el
cuello del abrigo y protegerlo del frío.
—Hay poco que no esté dispuesto a hacer por servir a la casa Espinosa. Por suerte
para este mundo, usted es mejor que su padre.
Durante un breve instante, el frío que irradiaba el cristal le robó el aliento a
Elisabeth. Dos imágenes se mezclaron: en vez de subirle el cuello a Nathaniel, Silas
estaba sobre él, sosteniendo una corona. Entonces parpadeó y la imagen se
desvaneció. Nathaniel estaba junto a ella y abría el pestillo de la puerta.
Una tormenta de copos de nieve pasó junto a ellos, succionada por el calor del
interior. El aire helado le fustigó la nariz y las mejillas, y la primera inhalación le
dolió de frío. Cuando se cerró la puerta detrás de ellos, cogió la mano de Nathaniel.
Él le envolvió la manopla con su guante.
Un silencio invernal se había tragado los ruidos nocturnos habituales de la ciudad.
Cuando el traqueteo ahogado de las ruedas de un carruaje se perdió a lo lejos, la
quietud fue absoluta. Se detuvieron un momento, callados, para observar la vista
desde la terraza. A Elisabeth le dio la impresión de haber entrado en uno de los
dibujos a carboncillo de Silas, en un mundo secreto de nieve blanca y ramas negras,
luminoso en la oscuridad de la noche. Se preguntó qué veía Nathaniel a su lado, si
recordaría el aspecto de los jardines en flor, vibrantes de color y vida. Después
descendieron los escalones que conducían al laberinto; la nieve crujía bajo las botas.
Los setos oscuros los llamaban; entre ellos había estatuas de mármol cubiertas de
enredaderas.
—¿Cómo encaja todo esto? —preguntó ella, dejando escapar nubes blancas de
aliento—. ¿Es otra dimensión, como el taller de Prendergast?
—No, por eso es ilegal. —Nathaniel sonrió desde detrás del cuello del gabán—.
Hacer desaparecer unos cuantos dormitorios es una cosa, pero me cuentan que la
magia necesaria para mantener el jardín deforma la realidad en las zonas cercanas.
—¿Y te han permitido hacerlo?
—Es como las defensas: los hechizos anteriores a las Reformas en las casas
antiguas están exentos.
—Eso suena a corrupción —comentó Elisabeth.
Él la miro con una chispa de guasa en los ojos.
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—Podemos volver adentro, si quieres.
—¡No! —se apresuró a responder ella, sujetándole la mano con más fuerza.
Avergonzada, intentó poner cara seria—. El daño ya está hecho. Supongo que el
Collegium estará al corriente, ¿no?
—Por supuesto. El director Marius ponía cara de haber chupado un limón cada
vez que alguien mencionaba que en la avenida Staircross los relojes iban marcha
atrás.
—Entonces, ya que está aquí, será mejor que lo disfrutemos.
—Debo reconocer que estoy estupefacto. —Nathaniel arqueó las cejas—. ¿La
estoy corrompiendo, Elisabeth Escriba?
Estaba a punto de darle un codazo en el costado cuando él hizo un gesto para
pedirle silencio. La miró a los ojos y le soltó la mano para señalar. Un arbusto con
forma de jirafa los observaba desde una curva. Al verlos mirándolo, cobró vida y se
escabulló hacia el interior del laberinto. Un instante después, vieron aparecer otras
cabezas de hojas a lo lejos; tras confirmar ellas también la noticia de la llegada de
Elisabeth, huyeron a toda prisa.
—Así que aquí es donde viven —dijo ella, reprimiendo una punzada de culpa. Se
recordó que los arbustos habían atacado primero.
Nathaniel la miró, fascinado.
—¿De dónde creías que habían salido?
—Cuando has crecido en una biblioteca donde tus únicos amigos eran los libros
parlantes, hay cosas que ni te planteas.
La risa de Nathaniel rompió el silencio de la noche y después desapareció. Habían
doblado una esquina y encontrado un banco cubierto de nieve bajo un cenador sin
hojas. Una única rosa blanca descansaba sobre él, con los pétalos escarchados.
Nathaniel se detuvo.
—Era el lugar favorito de mi madre. Casi se me había olvidado.
Se acercó más y cogió la rosa de la nieve.
Primero, Elisabeth supuso que alguien debía de haberla dejado allí antes de que el
jardín desapareciera, de modo que la magia la había conservado durante años, aunque
no parecía probable. Recordó a Silas en el vestíbulo, rodeado de aquel olor a aire
invernal, y se le ocurrió que la explicación era mucho más sencilla.
—Me habría gustado conocerla —dijo en voz baja.
—Las dos os habríais llevado bien. Solía leernos a Max y a mí un libro de cuentos
de hadas. Un grimorio… Mi padre se lo regaló la víspera de su boda. —Una sonrisa
triste le tiró de las comisuras de los labios—. Porque su amor era como un cuento de
hadas, decía él.
«Los cuentos de hadas completos de Austermeer», pensó ella con un escalofrío.
La dedicatoria era de Alistair para Charlotte. Con razón el grimorio estaba consumido
de melancolía.
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—¿Qué pasó? —preguntó—. Lo único que me contó Silas es que habían muerto
en un accidente.
Él meneó la cabeza, aunque no para negarse.
—Fueron a ver una carrera de barcas en el río. El muelle era viejo y había
demasiados espectadores. Se hundió con el peso. Casi una docena de personas
murieron ahogadas. —Le dio la vuelta a la rosa; tenía cara de estar muy lejos—. La
historia salió en todos los periódicos durante varias semanas. Hubo muchas teorías:
sabotaje, asesinato… Nadie era capaz de creer que la esposa y el hijo de un magíster
hubieran muerto en un simple accidente.
—Los periodistas —dijo ella con una punzada de dolor en el pecho—. No lo
sabía.
Nathaniel siempre había intentado que su aversión a los periodistas pareciera una
broma.
—Intentaron arrinconarme en el funeral. Se suponía que yo iba a ir con mi madre
y Max ese día al muelle, pero no me sentía bien, así que me quedé en casa en el
último minuto. Recuerdo uno de los titulares: «El legado Espinosa salvado por los
mocos».
Ella cerró la mano.
—Eso es horrible. ¿Dónde estaba…? —Rectificó antes de acabar la frase—:
¿Dónde estaba tu padre? —Había estado a punto de decir «Silas».
—Fuera, ocupado con asuntos de magíster, lo que lo empeoró todo. Bajé la
escalera al oír gritos, pero el ama de llaves no me lo quería contar, nadie quería
contarme lo sucedido hasta que regresara mi padre. Y, cuando lo hizo, estaba tan
transido de dolor que no era capaz de hablarme. Al final, fue Silas el que se sentó
conmigo y me lo explicó todo.
A Elisabeth no le costaba imaginarse la escena: un Nathaniel pequeño,
conmocionado y pálido sentado frente a Silas en la sala de estar, un epicentro de
calma sobrenatural en una casa poseída por el caos…
Cubrió la distancia que los separaba para envolverlo en sus brazos, torpe por
culpa del abrigo y las manoplas. El brazo libre de Nathaniel la rodeó para apretarla
contra él. Así se quedaron un buen rato. Después, él dejó con cuidado la rosa en el
mismo sitio en el que la había encontrado. La miró a los ojos; en las profundidades
grises de los suyos era palpable el dolor.
—Ese fue el día que descubrí que los cuentos de hadas son mentira.
A Elisabeth se le formó un nudo en el corazón. Una nube de su aliento mezclado
flotaba en el aire entre ellos, cálida y algo húmeda contra sus labios.
—No todas las historias tienen un final feliz —respondió—. Pero sí la mayoría, si
eres lo bastante valiente para seguir leyendo hasta el final.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
Le examinaba el rostro como si Elisabeth fuera una maravilla extraña y única, una
flor que brota entre los adoquines o una luz inesperada en la oscuridad distante.
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—Porque he leído muchos —contestó ella, muy seria.
Él dejó escapar una risa entrecortada.
La joven le dio la mano.
—¿Alguna vez has visto qué hay en el centro del laberinto?
—Unas cuantas —respondió él, aliviado por el cambio de tema—. No es gran
cosa, solo un estanque ornamental con peces.
Max y yo siempre sospechamos que se comían unos a otros para sobrevivir.
—¿Por qué no vamos a echar un vistazo? —preguntó ella, tirándole del brazo.
—No es mala idea —contestó él en un tono más alegre—. ¿Te has traído a
Asesina de Demonios? A estas alturas, puede que el canibalismo haya ido a peor.
Aunque ella negó con la cabeza, sonriendo, dentro le latía una extraña
mezcolanza de incertidumbre y anhelo. Desde que había tocado la pared por encima
de la cama de Nathaniel, tenía la impresión de que la mansión los conducía a alguna
parte, de que quería enseñarles algo.
Doblaron la última esquina del seto y llegaron a un arco cubierto descuidado y
protegido por un par de estatuas. Más allá había un estanque helado; las curvas de sus
orillas se apoyaban en un sauce blanco de escarcha y en un cenador de piedra mucho
más grande de lo que se había imaginado ella por la descripción de Nathaniel. Él se
paró en seco. A juzgar por su expresión, estaba claro que tampoco era lo que él
esperaba encontrarse.
—Supongo que, en efecto, me pediste que te llevara a patinar.
Ella abrió mucho los ojos. La petición no había ido en serio, sobre todo porque de
verdad parecía imposible.
—¿Ahora mismo?
—Sí, ahora mismo.
Ella le apretó la mano.
—Pero no tenemos patines.
—Eso sí que es un problema —respondió él, aunque el brillo de sus ojos hizo
sospechar a Elisabeth—. Aquí.
La guio hasta un banco, le pidió que se sentara de lado y que le pusiera las piernas
en el regazo. Después se agachó sobre los pies de Elisabeth y masculló un
encantamiento. Asombrada y encantada, vio que un par de patines se materializaban
sobre sus zapatos, traslúcidos y resplandecientes, como hechos de luz de estrellas.
Entonces se dio cuenta de algo: Nathaniel no podía hacer la magia que le diera la
gana siguiendo solo un impulso. Si no tenía ya memorizado el hechizo, tenía que
recitar el encantamiento leyendo un grimorio. Según él, no había ido a patinar desde
pequeño, lo que significaba que se había aprendido aquel hechizo para ella y que,
evidentemente, no había sido en los últimos treinta minutos. Llevaba semanas
planeándolo.
Contuvo el aliento y lo miró. La luz plateada se le derramaba entre los dedos y le
iluminaba la cara de concentración, mientras prestaba atención solo a la mano que
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flotaba sobre el tobillo de Elisabeth. Ella no sabía si el cosquilleo que sentía en la
parte de atrás de las piernas, justo donde tocaban con los muslos de Nathaniel, era
real o imaginario, o si tal vez se trataba del efecto del hechizo.
Intentó no parecer decepcionada cuando él le bajó las piernas y se puso con sus
patines.
—Intenta levantarte —le dijo Nathaniel cuando hubo terminado—. ¿Qué tal te
van?
La tomó de las manos y la guio hasta ponerla en pie. A ella le temblaban los
tobillos.
—No estoy segura —contestó, alarmada.
—Le pillarás el truco enseguida. Al menos, eso espero, porque, si te caes, me vas
a tirar contigo.
Dejó el bastón en el banco y apoyó su peso en el brazo de Elisabeth.
Ella reunió valor y, tras equilibrarse sobre las cuchillas plateadas, se bamboleó
camino al estanque y chilló cuando llegaron a la superficie helada y resbaló con un
pie. Tras agitar los brazos con desesperación un momento, Nathaniel la enderezó. Él
parecía muy cómodo con sus patines, aunque ella sabía que era una ilusión, ya que no
podía apoyar peso en la rodilla doblada y con el bastón caminaba con un cojeo rígido
y doloroso.
Despacio, se deslizaron por el hielo cogidos del brazo. Una euforia chispeante se
apoderó de ella mientras patinaba. Le daba la impresión de moverse muy deprisa, a
pesar de que sospechaba lo contrario. Pasaban junto a los setos, las estatuas y el
cenador cubierto de nieve; el viento helado le soplaba en los oídos. Al acercarse al
borde, estuvo a punto de estrellarlos contra la orilla, hasta que Nathaniel usó su peso
para que trazaran una curva más suave.
Los patines dejaban rastros gemelos de plata luminosa que se derretían poco a
poco tras ellos. Después de dar tres vueltas alrededor del estanque, Elisabeth ya no se
sentía insegura. Se había empezado a aclimatar a la sensación de deslizarse por el
hielo y lo percibía más como algo controlado que como una carrera temeraria,
acompañada por el ruido de las cuchillas al raspar la superficie. Con cada
movimiento, sentía los músculos de Nathaniel tensarse y cambiar de posición contra
su hombro a través de las capas de sus abrigos. Al final, se volvieron más atrevidos,
intentaron trazar círculos más cerrados e incluso ir marcha atrás, dejando arcos
plateados en el estanque. Sus risas se oían por todo el jardín.
No sabía bien cuánto tiempo llevaban patinando, solo que no quería que acabara
nunca. El cansancio la había calentado y hecho inmune al frío, salvo por las orejas y
la punta de la nariz. Por fin se detuvieron con un frenazo y giraron despacio para
ponerse frente a frente, de la mano.
Nathaniel estaba sin aliento, con las mejillas arreboladas. Empezaba a
difuminarse el brillo mágico que le cincelaba de plata los rasgos angulosos y le
convertía los ojos en cuarzo debajo de las pestañas largas y negras, mojadas por culpa
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de los copos de nieve derretidos. Elisabeth lo miró. A veces, el mero hecho de mirarlo
le resultaba doloroso; su belleza era como un cuchillo que se le clavaba entre las
costillas, cargado de anhelo desesperado. Hasta que él no le sujetó el rostro con una
mano y notó el frío del cuero contra la mejilla sonrojada, no se dio cuenta de que
quizá él sintiera lo mismo.
—Elisabeth, hace poco se me ocurrió que quizá no haya expresado en voz alta
como es debido lo que siento por ti.
Pese al escalofrío que notó, mezcla de nervios y de agradable sorpresa, también
sintió una punzada de sospecha.
—¿Habló Silas contigo anoche?
—Eso no tiene nada que ver. Ya sabes que…, que te quiero. Al parecer, no te lo
había dicho antes en lo que podría considerarse la forma oral acostumbrada.
—Hiciste aquel chiste horrendo sobre la poesía después de desmayarte sobre la
alfombra de lady Ingram —comentó ella, incapaz de resistirse.
—Tampoco diría que me desmayé. Más bien yací heroicamente. Es una postura
tradicional para hacer una confesión romántica.
A pesar de su tono, parecía algo desesperado. La timidez se apoderó de ella.
—Nathaniel, ya sé lo que sientes por mí. Sí que me has dicho que me quieres.
Él parecía perdido.
—Ah, ¿sí?
—No con palabras, pero te has quedado despierto toda la noche solo para
prepararme el desayuno. Casi te abrasas las cejas por quitarle la maldición a la
armadura.
—Solo por las defensas. Sospecho que la tía Clothilde no erraba respecto a cierto
tema: no he sido el pretendiente que te mereces.
—No quiero un pretendiente —contestó ella, emocionada—. Solo te quiero a ti,
Nathaniel, no actos de heroísmo que pongan en peligro tu vida ni…, ni tesoros de
valor incalculable, ni siquiera la luz de las estrellas en un tarro. No he cambiado de
idea. Todavía te quiero. Creo que es posible que te quiera aún más ahora que hace
tres meses.
Él apartó la cara y parpadeó.
—Perfectamente comprensible. Recuerdo que, en aquel momento, emitía cierto
olor.
—Nathaniel.
Volvió a mirarla; tenía el corazón pintado en los ojos.
—A la porra la casa —dijo entonces, y la besó.
Su boca era una descarga de calor contra el frío. Los pensamientos de Elisabeth se
hicieron añicos, como un vaso al caer al suelo. Levantó las manos para enterrarlas en
el cabello de Nathaniel, lo que resultó ser poco eficaz con las manoplas puestas, así
que acabó dándole una especie de palmaditas. Él se rio contra sus labios mientras
Elisabeth se arrancaba las manoplas y las tiraba al suelo, primero una y después la
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otra, sin importarle dónde acabaran. Cuando consiguió meterle los dedos entre el
pelo, él redobló la intensidad del beso.
Elisabeth se deslizó unos centímetros hacia atrás con los patines, empujada por el
peso de Nathaniel.
Aunque sabía que era absurdo pensarlo, era como si ambos acabaran de descubrir
los besos, como si fueran un secreto maravilloso que solo ellos conocían y se
inventaban sobre la marcha. Los dedos enguantados intentaron desabrocharle los
botones del abrigo (y ella, entusiasmada, se dio cuenta de que Nathaniel estaba
demasiado ansioso para usar la magia) y después se colaron dentro, deslizándose
hasta la cintura. La sensación de sus guantes sobre el camisón le resultaba muy
provocadora, incluso antes de que Nathaniel le acercara los labios al cuello desnudo,
provocándole un delicioso calor que se mezclaba con el roce esporádico de los
dientes.
—Se me olvidó mencionar lo atractiva que eres, hasta extremos
inconmensurables. No te rías. Es cierto. Eres valiente, fuerte y una defensora
imparable del bien (cosa que admiro aunque a mí me resulte muy poco práctico), y
me vuelves loco de pasión, sobre todo cuando vas por ahí con esa armadura
gigantesca.
Medio mareada por aquella mezcla de sensaciones, Elisabeth por fin lo
comprendió.
—No sabía que esas cosas te resultaran estimulantes.
Él gruñó y ocultó el rostro en su cuello.
—Podría usarla la próxima vez —añadió ella con ojos traviesos—. Ya sabes,
ponérmela.
—Elisabeth —dijo Nathaniel, y Elisabeth notó su aliento ardiente en la piel—.
Para. Vas a matarme.
—Es una pena que no te guardáramos ninguno de los vestidos de la tía Clothilde.
Estaban aferrados el uno al otro, temblando de risa, deslizándose por el hielo e
intentando sin éxito seguir besándose, cuando ocurrió: la sensación fue como la de
una gran ráfaga de viento que barría los jardines, salvo que el aire no se movía, ni
tampoco los arbustos ni las ramas de los árboles.
Elisabeth contuvo la respiración.
—¿Qué ha sido eso?
Nathaniel estaba más serio. Se llevó una mano al pecho, como para cerciorarse de
que el corazón le seguía latiendo.
—No estoy seguro. Nunca había sentido nada semejante. Era como magia, pero…
extraña. Antigua.
Miró más allá de ella, y Elisabeth siguió su mirada. Al principio no vio nada,
hasta que se dio cuenta de que esa era la diferencia: nada. Las luces de Brassbridge
brillaban con fuerza a lo lejos. La nube arremolinada de escombros de la mansión
había desaparecido.
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—El pacto de los amantes —susurró—. Nathaniel, era real.
Él miró los patines.
—Hemos completado la tercera tarea —murmuró, como si apenas se lo pudiera
creer.
Elisabeth le tocó la cara y guio su mirada de nuevo hacia ella. Los ojos del joven
recayeron en sus labios. Un vértigo de anhelo se apoderó de ella, la sensación de que
las posibilidades eran infinitas, como si mil puertas se hubieran abierto en su interior
y dejado al descubierto habitaciones y pasillos cuya existencia desconocía, y que
ahora estaban a la espera de que los explorase. Entonces parpadeó y frunció el ceño.
—Nathaniel —le dijo con repentina urgencia—, ¿qué día es?
Él abrió la boca para responder, pero se detuvo. Se miraron, aterrados. Habían
pasado diez días… y el Baile de Invierno era al día siguiente.
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Nueve
Lo primero que hizo Nathaniel fue hechizar rápidamente el seto exterior para
multiplicar por tres su altura y aislar la mansión antes de que los periodistas se
agolparan por fuera, y justo a tiempo: mientras Elisabeth recogía con timidez sus
manoplas, el cielo ya empezaba a adquirir el tono acuoso del alba.
Silas los esperaba en el salón de baile y estaba claro que se había pasado todo ese
tiempo con los preparativos. Se llevó a Elisabeth de inmediato, la ayudó a vestirse y
la peinó al triple de la velocidad normal, para después dejarle en la mano la tarjeta de
una modista (Lady Tremayne’s, ponía en letras plateadas, con una dirección grabada
debajo) y darle una hoja de instrucciones para la costurera, escritas con su caligrafía
enmarañada y antigua en papel de carta color crema.
—Creo que esto es hacer trampas —comentó mientras la conducía por un
pasadizo para los sirvientes hasta el carruaje que esperaba oculto en el exterior—,
pero me temo que estamos entre la espada y la pared. Sería una grave ofensa que la
vieran con el mismo vestido que llevó a la comida de lady Kicklighter.
No entendió a qué se refería con hacer trampas hasta que llegó al taller, tras un
pequeño desvío para recoger a Katrien de la biblioteca, ya que necesitaba el apoyo
moral. Al salir del carruaje, se encontró frente a una fachada negra y plata cuyos
relucientes escaparates mostraban sombreros, vestidos y guantes de encaje levitando
en el aire. Jóvenes vestidas a la moda se apiñaban en la acera y señalaban,
emocionadas, mientras hacían visera con las manos para asomarse al interior.
No era una tienda de ropa sin más, sino una tienda de ropa mágica. Incapaz de
apartar de su memoria las enaguas enfurecidas de la tía Clothilde, no pudo evitar el
impulso de llevarse la mano al pomo de Asesina de Demonios. Pero el interior de la
tienda no resultaba nada amenazante: estaba decorada como una especie de salón, con
sillones mullidos de terciopelo en color amarillo pálido y ramos de flores de
invernadero para decorar las mesas. No tuvo tiempo para mirar nada más, puesto que,
en cuanto la campanilla de la puerta sonó para darles la bienvenida, las costureras se
abatieron sobre Katrien y ella como gorriones sobre migajas de pan.
Una vez que las instrucciones de Silas fueron sacadas y leídas, las llevaron
enseguida a una salita privada, detrás de una cortina. Se pasaron unos treinta minutos
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envueltas en un remolino de medidas y pruebas, una operación dirigida con absoluta
precisión por lady Tremayne en persona, una mujer atractiva de vibrante cabello rojo
recogido en una redecilla de perlas. Elisabeth tardó un tiempo en acostumbrarse a las
cintas métricas encantadas, que azotaban el aire sin que nadie las guiara; lady
Tremayne les explicó que eran obra de un hechicero que proporcionaba hechizos a
muchas de las tiendas de la calle Lacebrick. Katrien consiguió capturar una y
guardársela en el bolso cuando no miraba nadie, seguro que para estudiarla mejor
cuando regresara a casa.
Después de una semana atrapada en la mansión Espinosa, tanto ruido y bullicio
aturullaban a Elisabeth. Se sintió aliviada cuando las costureras por fin
desaparecieron en el interior de su taller, charlando, para encargarse de los arreglos
mientras ella esperaba comiéndose piso por piso un expositor de dulces repleto de
pasteles glaseados y bombones de chocolate. Tras hacer un reconocimiento en la
puerta para empleadas, Katrien informó de que las agujas también estaban encantadas
y entraban y salían de la tela como marsopas de plata.
Cuando terminaron, tenían tantas cajas que necesitaron la asistencia de un mozo
que estuvo a punto de tropezar con la acera al llevarlas al carruaje, ya que no veía
nada por encima de la inestable montaña de paquetes envueltos en lazos. Alarmada,
Elisabeth se preguntó qué habría escrito Silas en aquellas instrucciones.
Todavía era temprano, así que pudo encargarse de un recado rápido después de
dejar a Katrien en la Biblioteca Real. Tras llegar de su destino, un edificio majestuoso
y abovedado en el barrio de los teatros, sudaba bajo su abrigo.
En Brassbridge hacía un calor muy poco propio de la estación. En el camino de
vuelta a casa, había visto a niños jugando en la calle, a parejas paseando con el rostro
vuelto hacia el cielo y sábanas tendidas al sol en los balcones. En el aire flotaban la
suavidad y el ensueño propios de principios de primavera. Nadie parecía con prisa
por llegar a ninguna parte; hasta los chóferes se saludaban unos a otros llevándose la
mano al sombrero en vez de correr a la acera para hacerse antes con un cliente.
Cuando regresó a la mansión (evitando la puerta principal, donde un desfile de
carruajes se agolpaba en la calle tras la muchedumbre de periodistas que intentaba
asomarse al seto) se encontró con que las ventanas estaban abiertas y los suelos
relucían. Los prismas de luz solar parecían quitarle una capa de polvo extra a las
superficies, de modo que el aire estaba tan claro y luminoso como el cristal. El
apetitoso vapor que brotaba de la cocina indicaba que Silas estaba trabajando dentro,
así que, después de que el atribulado conductor del carruaje cargara con los paquetes
por la entrada para los sirvientes, Elisabeth pasó junto a las cortinas al viento de la
mansión para buscar a Nathaniel y a Mercy.
Supuso que se los encontraría preparando el salón de baile. Como si el sol hubiera
pasado tras una nube, una melancolía repentina se apoderó de ella. La habitación tal y
como la había visto por primera vez, con las lucernas en el suelo y su misterioso aire
de ensueño, ya solo existiría en sus recuerdos. Nunca volvería a bailar con Silas sobre
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unas baldosas que llevaban toda una vida sin pisarse, ni la luz de la luna bañaría sus
huellas en el polvo. Los detalles empezaban a difuminarse.
«Silas me lo recordará —pensó—. Me lo volverá a contar todo». No obstante, eso
solo sirvió para que aumentara su tristeza.
Aquel humor extraño se evaporó cuando llegó al salón de baile, sustituido por un
asombro absoluto. Nathaniel ya casi había terminado con las ilusiones decorativas. Y
el tema que había elegido…
Las paredes y las columnas se habían convertido en bastas piedras de castillo,
como la torre de una princesa, con rosales trepando por ellas, repletos de flores de
distintos tonos de rosa y rojo. Las ventanas que daban a la terraza tenían cenadores
arqueados llenos de flores; y más flores aún caían en cascadas espumosas de las
lucernas, en las que descansaban los pájaros cantores. Elisabeth estuvo a punto de
soltar una exclamación ahogada cuando una liebre salió corriendo por el suelo
delante de ella y desapareció en uno de los espejos.
Se acercó despacio al espejo y descubrió que reflejaba su imagen, como siempre,
pero, en vez de reproducir el salón de baile que tenía detrás, la mostraba en un claro
del bosque. En el siguiente había un dormitorio con cortinas de gasa al viento y, en el
siguiente, un prado de flores silvestres en el que pastaba un unicornio que salió
corriendo como un ciervo asustado en cuanto el reflejo de la joven ocupó el marco.
Todas las escenas estaban sacadas de cuentos de hadas.
Nathaniel todavía no la había visto. Estaba recorriendo el centro de la sala,
vestido de gala con un frac verde esmeralda y un chaleco negro bordado con un
dibujo de espinas. En la mano libre llevaba un grimorio abierto y tenía el ceño
fruncido mientras pasaba las páginas. Elisabeth lo reconoció enseguida: Los cuentos
de hadas completos de Austermeer.
Con el mismo aliento, comprendió lo que el grimorio había intentado decirle.
Nathaniel era huérfano, así que era El príncipe huérfano. Él había marcado Las tres
tareas imposibles. A pesar de su rechazo a los cuentos de hadas, debía de haberlo
leído en su estudio la noche que ella le dio su primera tarea.
«Me quiere», pensó, y un cosquilleo muy agradable le recorrió el cuerpo. Una
cosa era escuchar las palabras en voz alta y otra muy distinta sentir en su interior la
antigua magia del pacto de los amantes.
Todavía ajeno a su escrutinio, él se detuvo a pasar la mano por una columna para
que brotaran más flores de los rosales que trepaban por sus piedras. Llevaba el
cabello suelto alborotado y el intrincado nudo de su pañuelo blanco estaba ya
bastante aflojado. Al imaginarse la reacción de Silas, Elisabeth sonrió.
Como si lo hubiese invocado, el demonio apareció a su lado y levantó la etiqueta
del paquete que ella llevaba en las manos para echarle un vistazo a lo que ponía.
—Espero que el trabajo de lady Tremayne esté a la altura —comentó—, aunque
no me atrevería a sucumbir al optimismo. —Parecía algo agobiado. Se le habían
soltado algunos mechones blancos de la coleta y llevaba un paño de cocina doblado
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al hombro—. Señor Espinosa —añadió, alzando su voz susurrante todo lo que esta le
permitía—, los invitados ya han llegado y esperan en la calle.
Nathaniel se volvió hacia él y la rosa que había estado intentando crear se
evaporó en una nube de humo verde.
—¿Ya? Ni siquiera son…
—Son las tres en punto, señor.
Elisabeth frunció el ceño.
—Creía que el baile no empezaba hasta las ocho.
Nathaniel se acercó y levantó la barbilla, preparándose para el ataque de Silas a su
pañuelo.
—Algunos de los invitados vienen de fuera de Brassbridge, así que se espera que
los alojemos esta noche. Silas, si alguna vez has deseado estrangularme, este sería un
buen momento.
—¿Cuántos hechiceros hay ahí fuera? —-preguntó Elisabeth, alarmada, al
recordar la fila de carruajes que se extendía por toda la manzana.
—Más de los que crees, aunque la mayoría no se molesta en asistir. El verdadero
fastidio es que se invita a cualquiera que pertenezca a una familia mágica. Un
ecosistema entero de primos inútiles sobrevive gracias a esta clase de
acontecimientos, mientras cruzan los dedos para que se mueran los familiares
suficientes y ellos puedan heredar un demonio antes de que todo el mundo deje de
darles aperitivos.
—Lo que me recuerda —dijo Silas con una impaciencia apenas velada— que no
sé cómo vamos a servir a los invitados. Como es natural, yo no puedo ejercer esa
función, aunque podría seguir cocinando sin que se me vea. No me cabe duda de que
ninguno de los invitados se atreverá a ir más allá de la recocina.
Elisabeth frunció el ceño.
—¿No esperarán verte?
—No en forma humana, señora. La costumbre dicta que los demonios
permanezcan en su forma animal cuando estén en público. No puedo hechizar a los
hechiceros para que crean que soy humano, y pocos fuera de la casa Espinosa me han
visto tal y como soy ahora. —«No lo han visto tal y como es ahora y han sobrevivido
para contarlo, quiere decir», pensó Elisabeth, al recordar a los hombres del callejón
—. Seguro que podría pasar desapercibido un tiempo, como hice durante la ilusión de
Nathaniel en el Baile Real, pero allí solo era un sirviente más entre muchos. Era
mucho menos probable que un hechicero me reconociera, si es que se dignaba fijarse
en un sirviente. Aquí, estaría solo.
—Se olvida de mí —dijo Mercy en voz baja y tensa.
Se había acercado aferrada a su fregona, con cara de ir a enfrentarse a su
ejecución… y con razón, pensó Elisabeth, y el alma se le cayó a los pies. Para que un
acontecimiento de ese tamaño saliera bien, era necesario contar con docenas de
sirvientes.
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—Tonterías —dijo Silas.
Elisabeth se tensó, indecisa, hasta que Silas se llevó a Mercy a la sala de estar,
donde el chófer y ella habían dejado los paquetes en una enorme pila sobre la mesa
plegable. Tras comprobar unas cuantas etiquetas más, eligió una y se la dio para que
la desenvolviera.
—Será mejor que se divierta porque, por muy heroicos que sean sus esfuerzos, es
poco probable que una sola criada vaya a salvarnos de este aprieto. Me tomé la
libertad de adivinar sus medidas.
Mercy abrió mucho los ojos. Al apartar el papel había descubierto una tela de
satén brillante color bermejo con un cuello de encaje y perlas bordadas. La miró con
un anhelo imposible durante un momento antes de alzar la barbilla y aplastar su
deseo.
—Este vestido es para una dama —protestó—. No estaría bien. No debería… No
puedo…
—Claro que puede. Seremos sinceros con nuestros invitados y les informaremos
de que es usted una amiga de la señora Escriba, como la señorita Dignapluma, que
también espero que asista, lo que sin duda será un revés para cualquier hechicero que
tenga la desgracia de acabar arrinconado para un análisis científico.
Elisabeth vio que la joven todavía no estaba del todo convencida.
—Soy huérfana, Mercy. Hasta el año pasado, mi mejor vestido lo había heredado
y ni siquiera era de mi talla. Si yo puedo ponerme un vestido como este, tú también.
Mercy vaciló. Después volvió a mirar el vestido, asombrada, y recorrió con los
dedos el satén, sin apenas poder creérselo, mientras un enrojecimiento muy revelador
le teñía el margen de los ojos.
—Puede que crea oportuno prepararse —le sugirió Silas, que le pasó otros
paquetes más pequeños cuyo tamaño apuntaba a accesorios: medias de seda, guantes,
un chal.
La muchacha asintió para darle las gracias y se dirigió a las escaleras; no se secó
las lágrimas con la manga hasta haberles dado la espalda.
Elisabeth no cabía en sí de gratitud hacia Silas. Estaba más contenta que nunca de
haber hecho otra parada de vuelta a casa, aunque no se atrevía a tocar los papeles que
guardaba en el pecho del corsé, por si él se fijaba y averiguaba dónde había estado.
—No es tanta amabilidad como se imagina usted, señora —comentó Silas, que
miraba hacia el vestíbulo—. Aunque no es culpa suya, Mercy no cuenta con la
preparación que estos invitados esperan. No quiero ser testigo de semejante horror.
A su lado, Nathaniel examinaba con aire resignado el montón de paquetes con
lazos de seda y papel de regalo a rayas que brillaban al sol.
—Supongo que esto lo he pagado yo, ¿no?
—Así es, señor. Puede que deba prestar más atención a sus deberes como
magíster durante un tiempo. Ahora, si me disculpan…
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Cuando se volvió para marcharse, Nathaniel le sujetó el brazo justo cuando iba a
quitarse el paño de cocina.
—Silas, no. Quédate. Que te vean.
Las cejas incoloras de Silas se alzaron para expresar sorpresa.
—Señor, no es lo acostumbrado.
—¿A quién le importa eso? A mí no, sin duda.
—Ya me había percatado —comentó Silas con frialdad.
Nathaniel se inclinó para tener el rostro a la misma altura que Silas. En vez de
bajar la mirada, el demonio se la devolvió sin achantarse.
—Silas, salvaste el mundo. Todas las personas que esperan en la puerta de esta
casa están vivas gracias a ti.
—No lo hice por ellas.
—Razón de más para no esconderte. —Nathaniel agarraba tan fuerte la manga de
Silas que le arrugó la tela—. Acechar entre las sombras mientras ellos comen tu
comida y cotillean sobre ti, solo para que se sientan cómodos…
—Señor Espinosa —lo interrumpió él, levantando una mano—, me da igual lo
que piensen o lo que digan. Y debo preguntarle algo: si se le ofreciera la posibilidad
de pasarse las próximas veinticuatro horas convertido en gato, ¿no le parecería algo
maravilloso? —le preguntó mientras miraba con intención hacia las ventanas, donde
esperaba una muchedumbre repleta, suponía Elisabeth, de primos hambrientos. Al ver
la cara de Nathaniel, Silas sonrió—. Eso pensaba.
—Otro paso atrás —dijo Nathaniel, evaluando la distancia entre la puerta principal y
ellos—. Con eso debería basar. ¿Estás lista, Escriba?
Con expresión lúgubre, Elisabeth miró por la ventana. Se veía movimiento al otro
lado.
—Si algo sale mal, tengo una espada.
Él la miró con ojos relucientes.
—Esa es mi chica.
Antes de poder reaccionar, el joven recitó un encantamiento que abrió de golpe
las puertas, acompañadas por una ráfaga de viento. De inmediato, el clamor de las
voces ahogó el tintineo de las lucernas.
Elisabeth solo pudo atisbar la cola de invitados que esperaban en el exterior, los
periodistas que gritaban más allá de ellos y la flota de carruajes que atestaba la calle,
algunos de ellos pintados con recargados dibujos y engalanados con blasones, antes
de que una mujer voluptuosa de mediana edad vestida con seda violeta glamurosa
entrara pavoneándose y los envolviera en una nube de perfume.
—¡Nathaniel, nos has tenido horas esperado! —gimió—. ¡Me siento languidecer,
querido!
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Elisabeth disfrutó, sorprendida, al ver que la señora procedía a agarrar a Nathaniel
y plantarle sendos besos en las mejillas, que quedaron manchadas de carmín. Después
se abalanzó sobre Elisabeth y la sometió al mismo trato, como si ya fueran amigas del
alma.
—Tita Louise —dijo Nathaniel—. Es un placer volver a verte. Ya has conocido a
Elisabeth. ¿Es ese tu mozo? —le preguntó, al parecer deseoso de que siguiera
avanzando.
La tita Louise no se amilanó y, con cara de admiración, sujetó a Elisabeth por los
brazos.
—Querida, ¡qué alta eres! ¡Y he oído maravillas sobre ti! No me extraña que le
hayas robado el corazón a nuestro querido Nathaniel. —Bajó la voz para susurrarle,
con aire cómplice—: Creíamos que no volvería a cortejar a una joven después de
aquel humillante incidente con lady Gwendolyn…
Nathaniel tosió y chascó los dedos para subir mágicamente su baúl a la planta de
arriba.
—Es una amiga de mi madre —le explicó a la joven cuando la mujer se fue,
mientras se limpiaba el carmín de las mejillas—. No es mi tía biológica, aunque no
me di cuenta de eso hasta que cumplí los siete años… Ah, hola, Wilfred. Los
aperitivos están por ahí.
El hombre en cuestión masculló un agradecimiento ambiguo y se escabulló.
Nathaniel estuvo ocupado un momento por la llegada de una compañía de músicos
que provocó un atasco en la entrada con los maletines de sus instrumentos. A juzgar
por la mirada de sorpresa, Elisabeth sospechaba que al joven se le había olvidado
contratarlos; estaba claro que Silas se había ocupado de ese detallito.
Para cuando empezó a reducirse el flujo de invitados, Elisabeth ya estaba hecha
un lío con tantos nombres y títulos. Aunque ninguno de los hechiceros había entrado
con su demonio, sí que vio un fascinante despliegue de marcas demoníacas, desde
garras hasta orejas puntiagudas, pasando por una hechicera (de las pocas que había)
que lucía una única escama en la mejilla, como si fuera un lunar. Se alegro mucho de
que Nathaniel tuviera una familia, en cierto modo; gente como la tita Louise, que lo
quería, pese a que era evidente que él los había mantenido alejados desde la muerte
de sus padres. Puede que Elisabeth lo ayudara a cambiar eso. No le importaría saber
qué podía contarle Louise sobre lady Gwendolyn.
Cuando por fin terminaron las presentaciones, fue un alivio poder subir a su
dormitorio, un remanso de paz, donde Silas la esperaba. Mientras la ayudaba a
prepararse, el cielo se oscureció al otro lado de la ventana entreabierta. La distante
melodía urbana de ruedas sobre adoquines, niños anunciando el periódico de la noche
y campanas de iglesia dando sonoramente la hora se mezclaba con las conversaciones
apagadas de los invitados que recorrían el pasillo.
Silas terminó de recogerle el pelo, le dio la mano, la ayudó a levantarse y la
volvió hacia el espejo.
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A Elisabeth se le hizo un nudo en la garganta. La luz de la lámpara proyectaba un
brillo dorado sobre la seda azul oscuro del vestido, que llevaba bordado un dibujo de
plumas de bronce en el pecho. Una capa diáfana de chifón flotaba sobre la falda, que
tenía más plumas brillantes bordadas, como si las hubieran atrapado en pleno
descenso al suelo. Era un vestido digno de cuento de hadas, pero había algo más: el
azul y el bronce eran los colores de las grandes bibliotecas. El bordado iba a juego
con la granllave que le colgaba del cuello, y las plumas recordaban a la llave y la
pluma cruzadas del Collegium.
Hace unos cuantos meses no habría sido capaz de vestir esos colores. Le habrían
recordado sus juramentos rotos o el tiempo que había pasado atrapada en la mansión
de Ashcroft, obligada a llevar un vestido azul mientras la interrogaba todas las noches
en su estudio. Pero ahora veía que no los había perdido para siempre. Volvía a
sentirse orgullosa de lucirlos.
Silas la observaba, a la espera de su reacción, y ella se dio cuenta de que no era
capaz de interpretarla. Por muy imposible que pareciera, no sabía con certeza si el
vestido había sido la elección correcta.
—Gracias —dijo Elisabeth, cogiéndole la mano—. Es perfecto. Silas…
Algo se le había ocurrido cuando él le recogía el pelo. El demonio parecía
versado en cuidar de ella desde la noche en que llegó a Brassbridge, pero se trataba
de habilidades que no podía haber aprendido criando a Nathaniel: cómo atar corsés o
hacer modificaciones a un vestido, o cómo peinarle bien la melena. Pensó en
Charlotte y en la misteriosa propietaria de la habitación del avestruz. Recordó los
dibujos que no había querido mirar en las dependencias de los sirvientes y se
preguntó…
—No importa —concluyó al final—. Quizá podamos hablar de ello en otra
ocasión.
Él no respondió. Cuando lo miró, sus ojos amarillos tenían un aire distante, como
si viera algo más allá de sus reflejos en el espejo. Justo cuando estaba a punto de
preguntarle si se encontraba bien, volvió en sí, dio un paso atrás y se llevó la mano
enguantada de Elisabeth a los labios.
—Diviértase, señora Escriba. Si me necesita, nunca ando lejos.
Al salir de su dormitorio le sorprendió la luz y la vida que rebosaba la mansión.
Abajo, la entrada llena de invitados brillaba como un joyero, moteada su multitud de
colores por la luz de lentejuelas que brotaba de la lucerna. Las voces y las risas se
derramaban por la escalera. Estaba segura de que la casa no albergaba tanta alegría
desde la época de Charlotte y Alistair.
Permaneció un momento con las manos en la barandilla, reuniendo valor como si
fuera a lanzarse al agua. Fue entonces cuando divisó la trenza oscura de Katrien
zigzagueando entre la multitud. Katrien la vio a la vez y corrió escaleras arriba, con la
falda recogida con las manos, resplandeciente en un vestido rosa viejo que se le ceñía
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al cuerpo y le resaltaba la piel morena. Elisabeth la miró; nunca había visto a Katrien
vestir algo que no fuera su túnica de aprendiza.
Al acercarse, Katrien le dijo:
—Dile a Silas que me avise la próxima vez que me envíe un paquete misterioso a
la residencia. Cuando soy yo la que hace algo así, suele ser una trampa. Estuve a
punto de lanzar el vestido por la ventana.
Después de llegar a la conclusión de que ninguna de las dos había visto a Mercy,
fueron a llamar a su puerta. Tras una pausa, la joven les abrió; estaba irreconocible
con su vestido bermejo, el cabello peinado a la perfección y las mejillas escarlatas. La
ayudaron a elegir entre los dos chales que Silas le había encargado y, después, las tres
bajaron juntas la escalera.
Encontrar a Nathaniel no le resultó tan sencillo como esperaba. Cada pocos pasos
la paraba alguien para hacerle un cumplido, estrecharle la mano con energía o
someterla a un interrogatorio: ¿qué opinaba de la condena de Ashcroft? ¿Era cierto
que una vez había acabado con un demonio sin más arma que sus propias manos? Y
¿cuándo pensaban casarse Nathaniel y ella? Empezaba a sospechar que algunos de
ellos quizá fueran periodistas encubiertos.
Poco a poco se fue separando de Katrien y Mercy, aunque, tras unos cuantos
vistazos furtivos, vio que se divertían y se tranquilizó. Mercy había encontrado a
Beatrice, la ayudante del doctor Godfrey, y las dos estaban enfrascadas en una
conversación y se sostenían las manos con fervor. Mientras tanto, Katrien estaba con
un corro de muchachas que charlaban animadamente sobre la tienda de lady
Tremayne. Soltaron un chillido cuando Katrien les contó lo de las agujas de coser
encantadas, lo que les valió una mirada sepulcral del canciller Sallow, el hechicero
delgado y lúgubre nombrado para sustituir a Ashcroft durante el resto de su mandato.
Se había colocado en un rincón del comedor, como una araña tejiendo una red, y
había conseguido arrinconar a un par de hechiceros más jóvenes que parecían
desesperados por escapar de sus garras.
Elisabeth no tenía ni idea del paradero de Nathaniel hasta que, por encima de la
música, oyó a alguien preguntar arrastrando las sílabas por culpa del alcohol:
—Pero ¿dónde diantres están sus sirvientes, magíster Espinosa?
Los cuerpos se movieron lo justo para permitirle ver que Nathaniel estaba
apoyado en una columna envuelta en rosas cerca de la entrada del salón de baile, con
una copa de champán en la mano, rodeado de invitados, como un príncipe
concediendo audiencia. De no haberlo conocido bien, habría pensado que se divertía,
pero sabía reconocer la incomodidad por lo forzado de la sonrisa.
—Pues justo he oído que no tiene ninguno —susurró uno de los mirones cerca de
Elisabeth—. Durante seis años, no ha tenido más compañía que su demonio. Pobre
señorita Escriba. ¿Cómo lo habrá pasado?
—Pues muy bien, la verdad —respondió Elisabeth—. El demonio prepara unos
bollitos excelentes —dijo, y siguió hacia el salón de baile sin detenerse a mirar sus
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caras de espanto.
Un poco más allá, Nathaniel examinaba a la multitud. Su mirada pasó por encima
de Elisabeth y, al percatarse, volvió rápidamente a ella. Como si se hubiera olvidado
de la presencia de los invitados (una persona seguía intentando hablar con él, sin
enterarse de nada), se despegó de la columna sin que sus ojos oscuros se apartaran ni
un segundo de Elisabeth. Ella ya estaba acalorada de antes, así que aquella mirada no
ayudó; se sentía sudorosa y ruborizada, en absoluto atractiva. Pero, cuando él se
acercó para llevarla al centro del salón y bailar con ella, todas las preocupaciones se
le borraron de la cabeza; porque, en aquel momento, estaba en el mejor sitio del
mundo, en brazos de alguien que la amaba.
Bailaron durante casi una hora, durante la cual no pisó a Nathaniel ni una sola vez,
antes de que la música parara un momento y ella fuera en busca de un refrigerio.
Habían dispuesto botellas y copas sobre un largo mantel blanco del comedor, y los
invitados se servían ellos mismos con un cuidado exagerado, mientras se reían de la
novedad. Todo el mundo estaba achispado, un espíritu generoso flotaba en el aire y
los presentes acudían a ayudar a sus vecinos cada vez que una copa estaba a punto de
volcarse o se derramaba una botella. El vaho empañaba los cristales de las ventanas y
emborronaba las luces de la ciudad.
Cuando regresó al salón de baile, pletórica, Nathaniel estaba absorto en la
conversación con un joven, uno guapísimo, de pelo rubio rizado y hoyuelos que
aparecían al sonreír. Parecía nervioso, jugueteaba con los gemelos. Intrigada,
Elisabeth se escondió detrás de una maceta para observar.
—De verdad que no te lo tengo en cuenta —decía con mucho sentimiento el
joven—. Ojalá hubieras contestado a mis cartas, pero entiendo que las circunstancias
no eran las ideales. Es solo que, teniendo en cuenta lo que pasó entre nosotros…
Mientras hablaba, Nathaniel cogió la copa de champán medio vacía de alguien y
se la terminó de un trago, sin prestar atención al lánguido grito de protesta.
—Félix —dijo con voz tensa, intentando no toser—, aunque el beso que
compartimos en el armario de la ropa de cama del lord Ingram fue memorable, siento
decirte que ahora tengo ciertas obligaciones.
—Obligaciones —repitió Félix, indeciso.
Elisabeth no lo culpaba por poner cara de preguntarse si Nathaniel conocía el
significado de esa palabra o si la había elegido al azar, como si se la hubiera sacado
del sombrero.
Nathaniel le dio una palmadita en el brazo.
—Es mi deber informarte que mi soltería ha tocado a su fin —dijo con voz seria.
A Félix se le hundieron los hombros, alicaído. La joven sintió pena por él.
—Entonces, ¿no hay esperanza para nosotros?
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Nathaniel acababa de abrir la boca para responder cuando una vibración recorrió
el suelo. Un grupo de copas vacías dejadas sobre una bandeja cercana empezó a
temblar de manera amenazadora, como si se tratara de los primeros temblores antes
de un terremoto. La orquesta dejó escapar una nota discordante; unos cuantos
murmullos desconcertados recorrieron el salón de baile ante el siniestro
estremecimiento de la mansión.
—Me temo que no —dijo Nathaniel, inquieto—. Lo cierto es que estoy…
comprometido.
La mansión se tranquilizó. Todas las conversaciones cercanas cesaron de golpe.
—¿Qué? —dijo Félix.
—¿Qué? —dijo Elisabeth, que salió de detrás de la maceta.
Nathaniel le lanzó una mirada de desesperación. Ella lo vio mascullar entre
dientes (un encantamiento) y sintió que algo frío le rodeaba el dedo anular de la mano
izquierda, donde, de repente, lucía un anillo. Resultaba evidente que se trataba de una
reliquia familiar de los Espinosa, de plata, con una esmeralda enorme. Después de un
instante de terror balbuceante, una felicidad extraordinaria la recorrió, como si se
hubiera caído de un precipicio para después descubrir que era capaz de volar.
—Cierto. Se me había olvidado. —Sonriente, levantó la mano—. Estamos
comprometidos.
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Epílogo
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No lamentaba el subterfugio. Por mucho que se abstuviera de los vicios de los
demonios, no era la primera persona ni la última que mataría al servicio de su señor y
su señora, y no podía permitir que la conciencia de sus humanos lo detuviera. Sobre
todo, no la de la señora Escriba, cuya alma recta ardía dentro de su cuerpo mortal
como una corona de fuego sagrado; un alma cuyo poder había probado y sin la que él
no habría sobrevivido.
Se detuvo en medio de la mazmorra y volvió a pensar en el olor que la
acompañaba cuando había regresado de las compras. A pesar de no haber visitado la
ópera durante muchos años, le resultaba inconfundible. La señora Escriba había
estado en el Teatro Real. Procuraría fingir sorpresa cuando ella le diera las entradas,
lo que no le costaría, ya que su gesto lo conmovía en lo más profundo.
Su objetivo se encontraba en el otro extremo de la mazmorra, grabado en las
piedras de la celda más grande, que en la antigüedad contaba con barrotes de hierro.
Aunque ahora estaban corroídos hasta casi desaparecer, todavía sobresalían del suelo
y del techo como raigones de dientes negros. Pasó entre ellos y examinó el
pentagrama con sus manchas de sangre vieja y sus mugrientos charcos de cera, donde
lo habían invocado una y otra vez, obteniendo así cientos de años de vida de una
interminable sucesión de miembros de la familia Espinosa.
Cómo habían cambiado las cosas. Entonces, en la cima de su poder, nunca se
había fijado en el frío.
Tras cambiar de brazo el bulto con el que cargaba, se quitó los guantes y se
pinchó en un dedo con una uña.
Se había planteado varias formas de deshacerse de la bata de Clothilde. Había
pensado en quemarla; en encerrarla en un cofre de hierro y lanzarlo al mar; en
abandonarla en el bosque para que la destrozaran los animales. Al final se había
decidido por un destino que le parecía más satisfactorio.
Al inclinarse para extender la perla de sangre del dedo por el grabado del
pentagrama, oyó vítores lejanos en el salón de baile de arriba. Sonrió.
Después pronunció un nombre que hizo que hasta las piedras guardaran silencio.
De haber estado presente un mortal, el sonido habría sido lo último que oyera, ya que
le habría robado el aire de los pulmones y detenido la sangre en las venas. Entrelazó
los dedos a la espalda y contempló la desaparición del pentagrama, sustituido por un
pozo que descendía a la oscuridad sin fondo.
Dentro del abismo, escamas húmedas rasparon la roca. Un par de enormes ojos
opalescentes brillaban con la intensidad de un fuego fatuo e iluminaban una cola que
se enrollaba formando toda una montaña de anillos. Una voz sibilante brotó de las
sombras como la marea hirviendo sobre huesos astillados:
—Soy el Gran Devorador, el que engulló mil ejércitos. Cuando el mundo era
nuevo, tragaba tormentas y me bebía el mar. ¿Quién se atreve a despertarme de mi
sueño?
Silas se asomó al borde. Los anillos temblaron por la sorpresa.
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—¿Silariathas? ¿Por qué me has invocado?
—Para lo de siempre. Deseo deshacerme de algo.
Levantó en alto la bata de Clothilde, a lo que siguió un largo silencio.
—¿Es eso una prenda humana? —preguntó el Gran Devorador.
—Me temo que esa es la intención —contestó Silas.
—No me la quiero comer.
—Eres el Gran Devorador. Tu propósito en esta existencia es consumir todo lo
que se ponga en tu camino.
—Ni por esas —remoloneó la serpiente sin apartar la vista de un volante de
encaje apolillado.
La punta de la bota de Silas se movió medio centímetro hacia el borde del
pentagrama. Debajo, el Devorador se encogió.
—Tienes un aspecto horrible, Silariathas —siseó—. Puede que seas capaz de
ocultarle tus heridas a tu señor humano, ¡pero no a mí! Los ejércitos del Altermundo
te encontrarán. Te arrancarán las extremidades una a una. ¡No dormirán hasta que se
atiborren de tu carne!
—Qué raro —dijo Silas.
—¿El qué? —preguntó el Devorador—. ¿Qué es raro?
—Cabría pensar que preferirían seguir con vida.
Un instante después, ya sin nada en las manos, mientras el hedor del Devorador
empezaba a disiparse, Silas sopesó sus opciones. Podía seguir allí abajo, en la
oscuridad, con la única compañía de sus recuerdos, rodeado por los persistentes ecos
de la muerte. Aunque ahora sentía el frío como nunca antes, la perspectiva de pasar
su tiempo allí no lo inquietaba. Se lo pensó un buen rato.
Después se volvió hacia la escalera, hacia la luz y la vida de arriba.
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Agradecimientos
En primer lugar, me gustaría dar las gracias a las personas que me leen y que no
dejaban de pedirme un epílogo más largo. De ahí saqué la inspiración para escribir
esta novela corta. No sé expresar con palabras lo mucho que significa para mí vuestro
amor por este mundo y sus personajes. Gracias a eso, la historia vive más allá de su
última página.
Gracias a mi agente, Sara Megibow, por sus sabios consejos y su apoyo constante.
A mi editora, Karen Wojtyla, por darle la forma definitiva a este libro con su mano
experta. Gracias también a Nicole Fiorica, Emily Ritter, Bridget Madsen, Irene
Metaxatos, Mitch Thorpe y todas las personas de Simón & Schuster que me han
ayudado a guiar mis palabras desde el primer borrador hasta los estantes de las
librerías. Sin su entusiasmo y su esfuerzo, esta historia no estaría en vuestras manos.
Todos los días doy gracias por la suerte que tengo con las preciosas cubiertas de
mis libros. Mi eterna gratitud a Charlie Bowater por sus ilustraciones y a Sonia
Chaghatzbanian por el diseño de sobrecubierta.
Por último, gracias a Tiffany Wang por sus comentarios y ánimos como lectora
beta; a las librerías de todo el mundo, cuyo trabajo resulta fundamental para conectar
a los lectores con mis libros; y a mi familia y amistades, que me han ayudado con su
amor y su apoyo a capear todas las tormentas.
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Margaret Rogerson se licenció en Antropología Cultural por la Universidad de Miami
y vive en Cincinnati, Ohio, donde se dedica a escribir, dibujar, jugar a videojuegos y
ver más documentales de lo que se considera socialmente aceptable (según algunos).
Un encantamiento de cuervos (2017) es su primer libro, una novela fantástica que
nada más publicarse entró en la lista de best sellers del New York Times.
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