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Algo más que un tesoro: Franco Vaccarini

Este documento es la biografía del autor Franco Vaccarini y una introducción a su obra Algo más que un tesoro. Describe eventos clave en la vida del autor y el proceso de escritura de esta novela, incluyendo investigaciones y versiones previas del manuscrito.
Derechos de autor
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Algo más que un tesoro: Franco Vaccarini

Este documento es la biografía del autor Franco Vaccarini y una introducción a su obra Algo más que un tesoro. Describe eventos clave en la vida del autor y el proceso de escritura de esta novela, incluyendo investigaciones y versiones previas del manuscrito.
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FRANCO VACCARINI

Algo más
que un tesoro
Franco Vaccarini

Algo más que


un tesoro
Ilustraciones de Gustavo Deveze
Esta obra fue realizada por el equipo de Editorial Estrada S. A. bajo la
coordinación general de Pedro Saccaggio.

Director de colección: Alejandro Palermo. Franco Vaccarini


Notas y actividades: Alejandro Palermo.
Corrección: Ediciones Pluma Alta.
Realización gráfica: Vanina Gambino.
Documentación gráfica: María Alejandra Rossi.
Jefe del Departamento de Diseño: Rodrigo R. Carreras.
Gerente de Preprensa y Producción Editorial: Carlos Rodríguez.
Algo más que
Vaccarini, Franco
un tesoro
Algo más que un tesoro / Franco Vaccarini; dirigido por
Alejandro Palermo - 1a ed. 4a reimp.- Boulogne: Estrada, 2014.
144 p., 19 x 14 cm (Azulejos; 45)

ISBN 978-950-01-1081-5

1. Material Auxiliar de Enseñanza. I. Palermo, Alejandro, dir.


II. Título
CDD 371.33

Colección Azulejos 45

© Editorial Estrada S. A., 2014.


Editorial Estrada S. A. forma parte del Grupo Macmillan.
[Link] Encalada 104, San Isidro, provincia de Buenos Aires, Argentina.
Internet: [Link]
Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.
Impreso en la Argentina.
Printed in Argentina.
ISBN 978-950-01-1081-5

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la


transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier
medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización y otros
métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por
las leyes 11.723 y 25.446.
7

Biografía

Uly Zilock
Fran­co Vac­ca­ri­ni na­ció en una zo­na ru­ral de
Lin­coln (pro­vin­cia de Bue­nos Ai­res) en 1963, sien­
do el sép­ti­mo de ocho her­ma­nos. Cuan­do te­nía seis años, su
fa­mi­lia se ra­di­có en Cha­ca­bu­co, tam­bién en el cam­po. Des­de
los tre­ce años vi­vió en un ca­se­rón que al­qui­la­ban sus her­ma­nas
y, lue­go, en pen­sio­nes de la ciu­dad de Lin­coln, don­de co­men­zó
a es­cri­bir.
Ra­di­ca­do en Bue­nos Ai­res des­de 1983, es­tu­dió pe­rio­dis­mo
y asis­tió, en­tre otros, a los ta­lle­res li­te­ra­rios de los es­cri­to­res Jo­sé
Mu­ri­llo y He­be Uhart.
Ac­tual­men­te es sub­di­rec­tor de la re­vis­ta de cuen­to la­ti­noa­
me­ri­ca­no Mil Ma­muts. Tam­bién co­la­bo­ró ac­ti­va­men­te en otras
pu­bli­ca­cio­nes li­te­ra­rias.
En 2006 ob­ tu­vo el pre­ mio de la co­ lec­
ción El Bar­ co de
Va­por, con la no­ve­la La noche del meteorito.
Ob­tu­vo men­cio­nes del Fon­do Na­cio­nal de las Ar­tes por el
li­bro de poe­mas El cul­to de los puen­tes y la no­ve­la La pa­sa­je­ra
en­can­ta­da (iné­di­ta), y fue se­lec­cio­na­do, en el gé­ne­ro de poe­sía,
pa­ra la Pri­me­ra Bie­nal de Ar­te Jo­ven (1989, ciu­dad de Bue­nos
Ai­res).
Pu­bli­có el li­bro de cuen­tos bre­ves No te­mas cuan­do la vi­si­
ta te sa­lu­de y dos vo­lú­me­nes de poe­sía: El cul­to de los puen­tes
y La cu­ra.
En­tre sus li­bros de cuen­tos y no­ve­las pa­ra jó­ve­nes, se des­ta­
can los si­guien­tes: La me­ce­do­ra del fan­tas­ma. Y otros mis­te­rios
sin re­sol­ver (cuen­to, en es­ta edi­to­rial), Los crí­me­nes del ma­go
In­fier­no (no­ve­la), Eneas, el úl­ti­mo tro­ya­no (ver­sión no­ve­la­da
de la Enei­da, de Vir­gi­lio), Odi­sea (ver­sión no­ve­la­da del poe­ma
ho­mé­ri­co), Los ojos de la igua­na (no­ve­la), El hom­bre que ba­rría
la es­ta­ción (cuen­to), Ga­nas de te­ner mie­do (cuen­to), “El maes­tro
del te­rror” (cuen­to, pa­ra la an­to­lo­gía Pa­ta­go­nia, tres via­jes al
mis­te­rio), “Las le­yen­das del rey Ar­tu­ro” y “El oro de los ni­be­
lun­gos” (re­la­tos, pa­ra el vo­lu­men Hé­roes me­die­va­les).
8 9

La obra

Un es­cri­tor cu­ba­no, que co­no­cí en Ca­ra­cas, me con­tó, en de un co­no­ci­do co­mún. De ese mo­do me enteré de la his­to­ria
1997, la his­to­ria de un pi­ra­ta, se­gu­ra­men­te ima­gi­na­rio. Es­te del pi­ra­ta que de­vol­vía vi­das y se lle­va­ba el oro. El me­jor
pi­ra­ta, ca­da vez que abor­da­ba un bar­co, se di­ver­tía ha­cién­ pro­gra­ma, en esos días, con­sis­tía en acer­car­me al mar, el
do­les ver a sus víc­ti­mas el la­do po­si­ti­vo de las co­sas: “Pues Ca­ri­be, tan en­ga­ño­sa­men­te tran­qui­lo, y de­jar pa­sar la tar­de,
mi­ren: ha­gan de cuen­ta que ya es­tán muer­tos. Pe­ro, si me mo­ja­do por el agua ti­bia, pe­ro no muy le­jos de la pla­ya (aún
dan el oro y to­do lo que ten­gan de va­lor, yo les de­vuel­vo la no ha­bía apren­di­do a na­dar).
vi­da”. En el in­vier­no de 2004, Me­chi en­tró en ca­sa con una
Esa char­la, que en­ton­ces me pa­re­ció irre­le­van­te, que­dó brú­ju­la que ha­bía en­con­tra­do en la ve­re­da. Mar­ca­ba el nor­
gra­ba­da en mi me­mo­ria. Aun­que, si hay al­go que nun­ca fui, te con una fle­cha co­lor pla­ta, aun­que de pun­ta ro­ja (lo que
es un lo­bo de mar. la di­fe­ren­cia­ba del pe­je­rrey na­da­dor). La brú­ju­la que­dó en
Na­cí en el cam­po bo­nae­ren­se, y los ma­yo­res es­pe­jos de mi es­cri­to­rio y allí per­ma­ne­ce has­ta el pre­sen­te, co­mo un
agua de la zona eran la­gu­nas: la la­gu­na de Gó­mez, por ejem­ ta­lis­mán. Co­men­cé a bus­car in­for­ma­ción so­bre el Ca­ri­be,
plo, en Ju­nín, pa­tria del pe­je­rrey “fle­cha de pla­ta”, un gran los pi­ra­tas, las flo­tas de los di­fe­ren­tes paí­ses, las le­yen­das,
na­da­dor de co­lor blan­co pla­tea­do. los ani­ma­les fa­bu­lo­sos que los na­ve­gan­tes cre­ye­ron ver en
A los 17 años, en Ne­co­chea, pu­de ad­mi­rar por pri­me­ra la re­gión. Una ami­ga, Adria­na Ba­lles­te­ros, me pre­gun­tó si
vez la cos­ta ma­rí­ti­ma, con sus vien­tos he­la­dos y sus ex­ten­sas me in­te­re­sa­ba lle­var a ca­bo una in­ves­ti­ga­ción so­bre pi­ra­te­ría
pla­yas. No me de­cep­cio­nó, pe­ro… ¡qué fría es­ta­ba el agua! Y pa­ra cier­ta edi­to­rial; aun­que el tra­ba­jo nun­ca se con­cre­tó,
yo, a di­fe­ren­cia del pe­je­rrey, no sa­bía na­dar. fue el dis­pa­ra­dor pa­ra ini­ciar la no­ve­la. Ro­bert Louis Ste­ven­
En agos­to de 1982 co­men­cé la cons­crip­ción en la Ba­se son rea­pa­re­ció en mi vi­da. Re­leí La is­la del te­so­ro, y vol­ví a
Na­val de Puer­to Bel­gra­no. El mar, en­ton­ces, es­ta­ba te­ñi­do en­con­trar­me con la ma­gia de aque­llos fi­li­bus­te­ros de vo­lun­
de es­pan­to por la re­cien­te gue­rra de las Mal­vi­nas. No pu­de tad a to­da prue­ba. ¿Se ba­ña­rían en al­ta mar? ¿Se­ría ver­dad
ex­pe­ri­men­tar su be­lle­za, en aquel puer­to sem­bra­do de cor­ que las ga­lle­tas se lle­na­ban de gu­sa­nos des­pués de va­rias
be­tas y fra­ga­tas de co­lor gris plo­mo. Los ca­ño­nes de las se­ma­nas de na­ve­ga­ción? ¿Y qué pa­sa­ba si un tri­pu­lan­te se
cu­biert­as me pa­re­cían los pi­cos de enor­mes pa­vas con las que en­fer­ma­ba? ¿Ha­bría mé­di­cos a bor­do?
se hu­bie­ra po­di­do ce­bar unos ma­tes a Moby Dick, la ba­lle­na Es­cri­bí tres ver­sio­nes. En el pa­so de la pri­me­ra a la
más fa­mo­sa de la li­te­ra­tu­ra. se­gun­da, mi ami­go Ma­rio Mén­dez se­ña­ló po­si­bi­li­da­des
Pa­sa­ron los años y co­no­cí otros ma­res… de­sa­pro­ve­cha­das y me su­gi­rió al­gu­nas me­jo­ras. Mi her­ma­na
Pe­ro vuel­vo al prin­ci­pio, a Ca­ra­cas. Ma­ría Ali­cia me alen­tó con su lec­tu­ra, y mi her­ma­na Vil­ma
Ha­bía ido a ver a Me­chi, mi es­po­sa, y a mi por en­ton­ces me pres­tó su im­pre­so­ra. Cuan­do Ale­jan­dro Pa­ler­mo con­fir­
úni­ca hi­ja, que ya lle­va­ban un tiem­po en Ve­ne­zue­la. De­bi­do mó la pu­bli­ca­ción de la no­ve­la en la pre­sen­te co­lec­ción, me
a que una compañía aé­rea que­bró ino­por­tu­na­men­te, Me­chi sen­tí un vie­jo lo­bo de mar. Aun­que…, an­tes de afir­mar es­to,
con­si­guió, por medio de la em­ba­ja­da ar­gen­ti­na, dos pa­sa­jes creo que de­be­ría apren­der, de una vez por to­das, a na­dar.
pa­ra vol­ver por otra ae­ro­lí­nea, pe­ro ade­lan­tan­do el re­gre­so.
Y yo, que las año­ra­ba en Bue­nos Ai­res, de pron­to me que­dé
año­rán­do­las en Ca­ra­cas (¡y ellas, en Bue­nos Ai­res!).
En una de mis so­li­ta­rias ex­cur­sio­nes, vi­si­té al es­cri­tor
cu­ba­no, con quien me ha­bía pues­to en con­tac­to por en­car­go
Algo más que un tesoro

1
El tesoro encuentra a los buscadores
Para Mechi.
Para Valentina y Camila. B uco Mungaro era el capitán más joven en todo el mar
de las Antillas1, fuerte como un búfalo y hábil para el
combate cuerpo a cuerpo, pero aquella mañana tem­
blaba de miedo entre las sábanas de su litera2. Despertó
de un salto, con el cabello húmedo y revuelto cayéndole
sobre la frente. Empujó hacia atrás los mechones rubios
con su mano callosa, sumido en la fiebre, pensando en
ciclones, caníbales y criaturas misteriosas. Al fin lúcido,
comprobó que había sufrido una pesadilla. Más todavía:
una sucesión de pesadillas. Mala señal. Se vistió y caminó
hasta la cubierta.
—¡Buen día, capitán! —lo saludó el vigía, firme en su
torre del palo mayor.
—Que así sea, buen día —respondió, no muy con­
vencido.
Se concentró en la rutina, el trabajo, las órdenes que
impartía con la seguridad de quien había nacido para
mandar en un mundo peligroso.
Su viejo bergantín3 parecía una presa débil, pero no
1 Grupo de archipiélagos de América Central que se extiende en forma de arco desde
las penínsulas de Yucatán y Florida hasta la costa de Venezuela, separando el océano
Atlántico del mar Caribe.

2 Cada una de las camas estrechas y sencillas que se usan en los barcos, y que se suelen
colocar una encima de otra para economizar espacio.

3 Buque de dos palos y vela cuadrada o redonda.


12 Franco Vaccarini Algo más que un tesoro 13

en vano se llamaba El Invicto. Los cañones podían toser hombre pasado de peso y con veleidades de aristócra­
pólvora de la buena, si se los obligaba con un cebo encen­ ta, don Ginés Casafuz de la Sierra, apodado, con malicia
dido. Del mástil pendía una orgullosa bandera blan­ marinera, Cebollafrita. Odiaba al loro.
ca que exhibía, estampadas en rojo, las palabras Paz y —Ed, por favor, ¡que este maldito animal se vaya de
Libertad. Con apenas veinte años, Buco Mungaro ya era aquí o lo convertiré en cena!
un navegante avezado. Su humor estable propiciaba un Ed Alegrías, un gigante hosco, de buen corazón, pelu­
ambiente agradable a bordo, sin las habituales refriegas, do y gordo como un ogro montañés, le contestó:
tan comunes entre los marineros, luego de varios días de —Y seguro que la guarnición será con cebollas, ¿ver­
navegación. Los más temerarios se atrevían a bromear dad, Cebollafrita?
con él, pero todos cumplían a rajatabla sus consignas. La Varios tripulantes festejaron la broma con risotadas.
furia del capitán era ocasional, pero, una vez desatada, Ecopicote se apoyó en el hombro de Ed, su protector.
más temida que los devastadores huracanes del trópico. Las quejas de don Ginés eran un espectáculo gratis para
El Invicto no era el único barco en aquellos archipié­ la dotación y la única cosa en el mundo que hacía son­
lagos fantásticos. Sobre las aguas turquesa se abrían paso reír al gigante. Porque a Ed Alegrías las malas noticias le
los galeones4 españoles, cargados de oro. Como donde sentaban de maravillas: el ceño fruncido y su pesimismo
hay queso hay ratones, abundaban los piratas5 y los cor­ crónico lo convertían en un recipiente ideal para llenar
sarios6 de bandera inglesa, holandesa o francesa cuya con historias de naufragios, de incendios y de pestes, que
misión era robar a los hispanos para sus propias coronas, él reproducía con inocultable placer. A pesar de todo,
y quedarse con su parte del botín. Otros navíos, sucursa­ era uno de los dos lugartenientes 7 del joven capitán, por
les del infierno, traficaban esclavos africanos. su habilidad para detectar problemas. El otro era Mulo
Espinas, llamado así por su paciencia casi terca y la barba
… dura. El doctor Brajó, médico del barco, vivía en su gabi­
nete, enfrascado en estudios y experimentos con plantas
Las olas mecían con suavidad al bergantín, tanto que medicinales y solo aceptaba la compañía del capitán cuan­
en alguno de sus camarotes se hubiera podido arrullar a do exploraban una isla, en busca de hierbas curativas.
un bebé. Pero en El Invicto no había nada parecido a un
bebé. Apenas un loro ronco, el consentido Ecopicote, que …
exigía comida en las orejas del cocinero de a bordo, un
Lejos de las pesadillas, apoyado en la baranda de la
4 Buques grandes de vela, con tres o cuatro palos. Podían ser de guerra y mercantes. cubierta, Buco Mungaro se entretenía observando a una
5 Personas que se dedicaban al abordaje de barcos en el mar, para robarlos.

6 Navegantes de buques mercantes, que tenían autorización del gobierno de su nación 7 Personas que tienen autoridad y poder para tomar el lugar del jefe, cuando este no
para perseguir a los piratas o a las embarcaciones enemigas. está.
14 Franco Vaccarini

bandada de pelícanos. Una y otra vez los veía descender


hasta el borde del agua, con el pico abierto, en busca de
un bocado apetecible. La gracia y la destreza de las aves
para caer en picada lo sumergieron en vagos ensueños. Se
consideraba a sí mismo un poeta y luego un hombre de
mar, aunque solo escribía de noche. De día no se permitía
distracciones, pero la visión de los pelícanos lo inspiró.
Podía sentir cómo las imágenes pujaban en su mente, las
palabras impacientes, el cautivante llamado de la belleza.
¡Cómo esperar hasta la noche!
Al cabo se contentó con memorizar unos versos. Cer­
ca rondaba Ed Alegrías.
—Deberías dejar de pelear con don Ginés y observar a
los pelícanos; vamos, te presto el catalejo —lo invitó Buco.
Ed Alegrías tomó el aparato, pero ignoró a los pelí­
canos.
—Sucias aves de mar —sentenció, para sí mismo.
Recorrió el lejano horizonte. Fiel a su carácter, dijo:
—¡Hmmm! Hay unas nubes al fondo.
Sobre su hombro, Ecopicote se apresuró a repetir:
—¡Currr! ¡Nubes al fondo, nubes al fondo!
—Esas nubes no vendrán por aquí, el viento las aleja
—diagnosticó Buco.
Ed, que conocía mejor que nadie las sutilezas del cli­
ma, concordó a medias:
—No vendrán… por ahora.
Y Ecopicote, a la par de su amo, graznó:
—¡Por ahora! ¡Currr!

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