Proverbios 1,21: “…desde lo alto de los muros llama, a la entrada de las puertas de la
ciudad”. El enigma estaba resuelto…»
Quizá se debiera a mi natural desconfianza, o a mi no menos acusada torpeza,
pero la cuestión es que yo no lo vi tan claro. Así, y con todo, tomé buena nota e hice
mías las reflexiones e inquietudes de este esforzado lector.
En otra de las comunicaciones, las cosas se complicaban todavía más. Hazor
podía ser entendido como un antiguo instrumento musical, usado por los hebreos.
Una especie de arpa de diez cuerdas oblicuas, semejante al kinnor y destinado a
acompañar al nabel. Y aquí surgía la posibilidad: Nabel, una ciudad de Túnez, a dos
kilómetros del golfo de Hammamet…
¿Debía buscar en las ruinas de Nabel? ¿O era en Venecia? Según este
comunicante, «San Marcos es el patrono de dicha ciudad italiana, siendo representado
con un león alado. Por otra parte, Venecia se encuentra a escasos kilómetros del
meridiano situado a 12o Este del de Greenwich. (Recordemos Marcos 1.2.) Y
Venecia, además, dispone de un gheto judío, con una sinagoga. (Recordemos Marcos
6.2.0: «y el sábado se puso a enseñar en la sinagoga».)
Hubo quien apuntó otro no menos inquietante sendero: el de Egipto. En la
mitología de este país, la vaca Hathor —¿Hazor?— podría conducirme a Horus, una
diosa con cabeza de halcón… ¿Había equivocado el rumbo? ¿Era en Egipto donde
debía investigar? ¿Y si todo aquel enredo —como insinuaba otro lector— obedeciera
al deseo del mayor de transmitir una fecha, un número de teléfono o una determinada
combinación de una caja de seguridad? Como muy bien descubría Ramón Ramos, de
Canarias, entre los «juegos» a que se prestaban los números del enigma, uno de ellos,
por ejemplo, podía ser interpretado como «12,6,2.012» (12 de junio del año 2012, en
la lectura española, o 6 de diciembre del mismo año, si consideramos la costumbre
inglesa). ¿Una fecha? ¿Y qué podía significar? Según los documentos que obraban en
mi poder, el diario —al menos la parte que yo conocía— había sido concluido en
abril de 1979.
Resté, sumé, multipliqué e hice mil cábalas con ésta y otras secuencias numéricas.
No hubo resultados o fueron tan pobres e inciertos que sólo contribuyeron a
emborronar el rompecabezas. Sólo una de las operaciones —al sustraer 1.979 de
2.012— parecía querer decir algo: 33 años o, sumando ambos dígitos, «6». Este
número me tenía y me tiene trastornado. Y no me falta razón, tal y como descubriría
poco después. He llegado a pensar, dada la mágica naturaleza del criptograma, que
quizá esa fecha —12 de junio o 6 de diciembre del año 2012— sea un momento de
gran trascendencia, aunque ignoro por qué ni para quién… ¿Quizá a nivel personal?
Todo será cuestión de esperar y comprobar.
Y conforme nos fuimos aproximando a Tel Aviv, digo yo que, como un
providencial milagro, este huracán de dudas se desvaneció. Y mi mente, en blanco,
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