bien barbado barbero.
Y, en llegando junto a él, el escudero se arrojó de la mula y fue a
tomar en los brazos a Dorotea, la cual, apeándose con grande desenvoltura, se fue a
hincar de rodillas ante las de don Quijote, y, aunque él pugnaba por levantarla, ella, sin
levantarse, le fabló en esta guisa: —De aquí no me levantaré, ¡oh valeroso y esforzado
caballero!, fasta que la vuestra bondad y cortesía me otorgue un don, el cual redundará
en honra y prez de vuestra persona y en pro de la más desconsolada y agraviada
doncella que el sol ha visto. Y si es que el valor de vuestro fuerte brazo corresponde a
la voz de vuestra inmortal fama, obligado estáis a favorecer a la sin ventura que de tan
lueñes tierras viene al olor de vuestro famoso nombre, buscándoos para remedio de sus
desdichas. —No os responderé palabra, fermosa señora –respondió don Quijote–ni oiré
más cosa de vuestra facienda, fasta que os levantéis de tierra. —No me levantaré, señor
–respondió la afligida doncella–, si primero, por la
y el valor de mi brazo descubra el deseo que tengo de serviros. Las mozas, que no
estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían palabra; sólo le preguntaron si
quería comer alguna cosa. —Cualquiera yantaría10 yo –respondió don Quijote–,
porque a lo que entiendo me haría mucho al caso. [...] Pusiéronle la mesa a la puerta de
la venta por el fresco, y trújole el huésped una porción del mal remojado y peor cocido
bacalao y un pan tan negro y mugriento como sus armas; pero era materia de grande
risa verle comer, porque, como tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía poner
nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba y ponía, y así, una de aquellas
señoras servía de este menester. Mas al darle de beber, no fue posible, ni lo fuera si el
ventero no horadará una caña, y, puesto el un cabo en la boca, por el otro le iba
echando el vino; y todo esto lo recibía en paciencia, a trueco de no romper las cintas de
la celada. Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos y, así como
llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual acabó de confirmar don
Quijote que estaba en algún famoso castillo y que le servían con música, y que el
abadejo eran truchas, el pan candeal, y las rameras damas, y el ventero castellano del
castillo; y con esto daba por bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más
le fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner legí
EGUNDA PARTE DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA
CAPÍTULO IX Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo
vizcaíno y el valiente manchego tuvieron EGUNDA PARTE DEL INGENIOSO
HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA CAPÍTULO IX Donde se concluye y
da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron
oy quito de la palabra que os di, pues con el ayuda del alto Dios y con el favor de
aquella por quien yo vivo y respiro, también la he cumplido. —¿No lo dije yo? –dijo
oyendo esto Sancho–. Sí que no estaba yo borracho; ¡mirad si tiene puesto ya en sal mi
amo al gigante! ¡Ciertos son los toros; mi condado está de molde! ¿Quién no había de
reír con los disparates de los dos, amo y mozo? Todos reían, sino el ventero, que se
daba a Satanás. Pero, en fin, tanto hicieron el barbero, Cardenio y el cura, que con no
poco trabajo dieron con don Quijote en la cama, el cual se quedó dormido, con
muestras de grandísimo cansancio. Dejáronle dormir y saliéronse al portal de la venta a
consolar a Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante, aunque más
tuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba desesperado por la repentina
muerte de sus cueros. [...] Dorotea consoló a Sancho Panza, diciéndole que cada y
cuando que pareciese haber sido verdad que su amo hubiese descabezado al gigante, le
prometía, en viéndose pacífica en su reino, de darle el mejor condado que en él hubiese.
Consolose con esto Sancho y aseguró a la princesa que tuviese por cierto que él había
visto la cabeza del gigante, y que, por más señas, tenía una barba que le llegaba a la
cintura, y que si no parecía era porque todo cuanto en aquella casa pasaba era por vía
de encantamento, como él lo había probado otra vez que había posado en ella. Dorotea
dijo que así lo creía, y que no