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Meditaciones de Descartes: Existencia y Duda

Este texto contiene extractos de las Meditaciones Metafísicas de Descartes. Los extractos presentan las ideas principales de Descartes sobre la duda metódica, la certeza de la existencia propia a través del pensamiento, la distinción entre mente y cuerpo, y el conocimiento de Dios como fundamento de toda verdad.

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Meditaciones de Descartes: Existencia y Duda

Este texto contiene extractos de las Meditaciones Metafísicas de Descartes. Los extractos presentan las ideas principales de Descartes sobre la duda metódica, la certeza de la existencia propia a través del pensamiento, la distinción entre mente y cuerpo, y el conocimiento de Dios como fundamento de toda verdad.

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DESCARTES.

TEXTOS DE LAS MEDITACIONES METAFÍSICAS

TEXTO 1
Así pues, ahora que mi espíritu está libre de todo cuidado, habiéndome procurado reposo seguro en
una apacible soledad, me aplicaré seriamente y con libertad a destruir en general todas mis antiguas
opiniones. Ahora bien, para cumplir tal designio, no me será necesario probar que son todas falsas,
lo que acaso no conseguiría nunca; sino que, por cuanto la razón me persuade desde el principio
para que no dé más crédito a las cosas no enteramente ciertas e indudables que a las
manifiestamente falsas, me bastará para rechazarlas todas con encontrar en cada una el más
pequeño motivo de duda. Y para eso tampoco hará falta que examine todas y cada una en particular,
pues sería un trabajo infinito; sino que, por cuanto la ruina de los cimientos lleva necesariamente
consigo la de todo el edificio, me dirigiré en principio contra los fundamentos mismos en que se
apoyaban todas mis opiniones antiguas. Todo lo que he admitido hasta el presente como más seguro
y verdadero, lo he aprendido de los sentidos o por los sentidos; ahora bien, he experimentado a
veces que tales sentidos me engañaban, y es prudente no fiarse nunca por entero de quienes nos han
engañado una vez. (Meditación I)

TEXTO 2
Así pues, supondré que hay, no un verdadero Dios —que es fuente suprema de verdad—, sino
cierto genio maligno, no menos artero y engañador que poderoso, el cual ha usado de toda su
industria para engañarme. Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos
y las demás cosas exteriores, no son sino ilusiones y ensueños, de los que él se sirve para atrapar mi
credulidad. Me consideraré a mí mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, ni sangre, sin sentido
alguno, y creyendo falsamente que tengo todo eso. Permaneceré obstinadamente fijo en ese
pensamiento, y, si, por dicho medio, no me es posible llegar al conocimiento de alguna verdad, al
menos está en mi mano suspender el juicio. Por ello, tendré sumo cuidado en no dar crédito a
ninguna falsedad, y dispondré tan bien mi espíritu contra las malas artes de ese gran engañador que,
por muy poderoso y astuto que sea, nunca podrá imponerme nada. (Meditación I)

TEXTO 3
Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo; ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos, ¿y no
estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo? Pues no: si yo estoy persuadido de algo, o
meramente si pienso algo, es porque yo soy. Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso y
astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero entonces no cabe duda de que, si me
engaña, es que yo soy; y, engáñeme cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras
yo esté pensando que soy algo. De manera que, tras pensarlo bien y examinarlo todo
cuidadosamente, resulta que es preciso concluir y dar como cosa cierta que esta proposición: “yo
soy”, “yo existo”, es necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi
espíritu. (Meditación II)

TEXTO 4
¿Qué soy, entonces? Una cosa que piensa. Y ¿qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda,
que entiende, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también, y que siente.
[…] Concedo que así sea: de todas formas, es al menos muy cierto que me parece ver, oír, sentir
calor, y eso es propiamente lo que en mí se llama sentir, y, así precisamente considerado, no es otra
cosa que “pensar”. Por donde empiezo a conocer qué soy, con algo más de claridad y distinción que
antes. (Meditación II)

TEXTO 5
Pues teniendo por costumbre, en todas las demás cosas, distinguir entre la existencia y la esencia,
me persuado fácilmente de que la existencia de Dios puede separarse de su esencia, y que, de este
modo, puede concebirse a Dios como no existiendo actualmente. Pero, sin embargo, pensando en
ello con más atención, hallo que la existencia y la esencia de Dios son tan separables como la
esencia de un triángulo rectilíneo y el hecho de que sus tres ángulos valgan dos rectos, o la idea de
montaña y la de valle; de suerte que no repugna menos concebir un Dios (es decir, un ser
supremamente perfecto) al que le falte la existencia (es decir, al que le falte una perfección), de lo
que repugna concebir una montaña a la que le falte el valle. (Meditación V)

TEXTO 6
Y así veo muy claramente que la certeza y verdad de toda ciencia dependen sólo del conocimiento
del verdadero Dios; de manera que, antes de conocerlo, yo no podía saber con perfección cosa
alguna. Y ahora que lo conozco, tengo el medio de adquirir una ciencia perfecta acerca de infinidad
de cosas: y no sólo acerca de Dios mismo, sino también de la naturaleza corpórea, en cuanto que
ésta es objeto de la pura matemática, que no se ocupa de la existencia del cuerpo. (Meditación V)

TEXTO 7
Por lo tanto, como sé de cierto que existo, y, sin embargo, no advierto que convenga necesariamente
a mi naturaleza o esencia otra cosa que ser cosa pensante, concluyo rectamente que mi esencia
consiste sólo en ser una cosa que piensa, o una substancia cuya esencia o naturaleza toda consiste
sólo en pensar. Y aunque acaso (o mejor, con toda seguridad, como diré en seguida) tengo un
cuerpo al que estoy estrechamente unido, con todo, puesto que, por una parte, tengo una idea clara y
distinta de mí mismo, en cuanto que yo soy sólo una cosa que piensa —y no extensa—, y, por otra
parte, tengo una idea distinta del cuerpo, en cuanto que él es sólo una cosa extensa —y no
pensante—, es cierto entonces que ese yo (es decir, mi alma, por la cual soy lo que soy), es
enteramente distinto de mi cuerpo, y que puede existir sin él. (Meditación VI)

TEXTO 8
Me enseña también la naturaleza, mediante esas sensaciones de dolor, hambre, sed, etcétera, que yo
no sólo estoy en mi cuerpo como un piloto en su navío, sino que estoy tan íntimamente unido y
como mezclado con él, que es como si formásemos una sola cosa. Pues si ello no fuera así, no
sentiría yo dolor cuando mi cuerpo está herido, pues no soy sino una cosa que piensa, y percibiría
esa herida con el solo entendimiento, como un piloto percibe, por medio de la vista, que algo se
rompe en su nave; y cuando mi cuerpo necesita beber o comer, lo entendería yo sin más, no
avisándome de ello sensaciones confusas de hambre y sed. Pues, en efecto, tales sentimientos de
hambre, sed, dolor, etcétera, no son sino ciertos modos confusos de pensar, nacidos de esa unión y
especie de mezcla del espíritu con el cuerpo, y dependientes de ella. (Meditación VI)

TEXTO 9
Advierto, al principio de dicho examen, que hay gran diferencia entre el espíritu y el cuerpo; pues el
cuerpo es siempre divisible por naturaleza, y el espíritu es enteramente indivisible. En efecto:
cuando considero mi espíritu, o sea, a mí mismo en cuanto que soy sólo una cosa pensante, no
puedo distinguir en mí partes, sino que me entiendo como una cosa sola y enteriza. Y aunque el
espíritu todo parece estar unido al cuerpo todo, sin embargo, cuando se separa de mi cuerpo un pie,
un brazo, o alguna otra parte, sé que no por ello se le quita algo a mi espíritu. Y no pueden llamarse
«partes» del espíritu las facultades de querer, sentir, concebir, etc., pues un solo y mismo espíritu es
quien quiere, siente, concibe, etc. Mas ocurre lo contrario en las cosas corpóreas o extensas, pues no
hay ninguna que mi espíritu no pueda dividir fácilmente en varias partes, y, por consiguiente, no
hay ninguna que pueda entenderse como indivisible. Lo cual bastaría para enseñarme que el espíritu
es por completo diferente del cuerpo, sí no lo supiera ya de antes. (Meditación VI)

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