"El joven rico: Un retrato de Anson Hunter"
"El joven rico: Un retrato de Anson Hunter"
El joven rico es la novela corta de Fitzgerald más importante y contiene su frase más
errónea y promiscuamente citada: «Son diferentes de nosotros». La escribió en Capri,
dividida en tres partes, mientras esperaba la publicación de El gran Gatsby, y la revisó en
París, dividiéndola en dos partes que aparecieron en Red Book (enero y febrero de 1926).
El personaje de Anson Hunter está basado en Ludlow Fowler, amigo de Fitzgerald desde
los años del colegio:
«He escrito un relato de quince mil palabras sobre ti llamado El joven rico: está todo tan
disfrazado que nadie, excepto tú y yo y quizá dos de las chicas implicadas, podría
reconocerte, a menos que tú lo contaras, pero se trata en gran medida de la historia de tu
vida, retocada aquí y allá y simplificada. Y hay bastantes partes que son fruto de mi
imaginación. Es franco, generoso pero comprensivo, y creo que te gustará. Es de lo mejor
que he escrito.»
Dos anécdotas sobre Hunter, que aparecían en la versión publicada en revista, fueron
suprimidas a petición de Fowler cuando El joven rico fue incluido en el volumen All the
sad young men. Recuperamos entre corchetes esos fragmentos.
A Fitzgerald le preocupaba la afirmación de su amigo Ring Lardner de que podría haber
alargado El joven rico hasta convertirlo en una novela; él mismo explicó a Maxwell
Perkins: «Me habría sido absolutamente imposible estirar El joven rico más allá de la
extensión de una novela corta».
I.
Empieza con un individuo y, antes de que te des cuenta, te encontrarás con que has creado
un tipo; empieza con un tipo y te encontrarás con que has creado… nada, absolutamente
nada. Y es que todos somos bichos raros, mucho más raros tras nuestras caras y nuestras
voces que lo que dejamos que los otros adivinen, o de lo que nosotros mismos sabemos.
Cuando oigo a uno que se proclama a sí mismo «un hombre normal, leal y honrado» estoy
completamente seguro de que padece alguna precisa y quizá terrible anormalidad que
intenta disimular, y que su declaración de que es normal, leal y honrado es una manera de
recordarse a sí mismo sus imperfecciones.
No existen tipos, ni identidades colectivas. Existe un joven rico, y ésta es su historia, no la
de sus iguales. Toda mi vida he vivido entre sus iguales, pero éste ha sido mi amigo. Y, si
yo escribiera sobre sus iguales, debería empezar rebatiendo todas las mentiras que los
pobres han dicho sobre los ricos y que los ricos han dicho sobre sí mismos: es tan
disparatada la estructura que han erigido que, cuando abrimos un libro sobre los ricos,
algún instinto nos predispone a la irrealidad. Incluso inteligentes y desapasionados
cronistas de sociedad han convertido el país de los ricos en algo tan irreal como el país de
las hadas.
Permitidme que os hable de quienes son riquísimos. Son diferentes a nosotros. Poseen y
disfrutan desde sus primeros años, y esto influye en su carácter: los hace blandos cuando
nosotros somos duros, cínicos cuando somos crédulos, de manera que, a no ser que hayas
nacido rico, es difícil que los comprendas. Piensan, en lo más profundo de sus corazones,
que son mejores que nosotros, porque nosotros hemos tenido que descubrir por nuestra
cuenta las recompensas y artimañas de la vida. Incluso cuando penetran en lo más hondo
de nuestro mundo, o caen más bajo que nosotros, siguen pensando que son mejores. Son
diferentes. El único modo para lograr describir al joven Anson Hunter será acercarme a él
como si fuera un extraño y aferrarme tenazmente a mi punto de vista. Si aceptara el suyo
un solo instante estaría perdido: sólo conseguiría una película absurda.
II.
Anson era el, mayor de seis hermanos que algún día se repartirían un patrimonio de
quince millones de dólares y habían alcanzado el uso de razón —¿se alcanza a los siete
años?— a principios de siglo cuando ya se deslizaban por la Quinta Avenida chicas
audaces en vehículos eléctricos. En aquellos días Anson y su hermano tenían una
institutriz inglesa que hablaba el idioma a la perfección, con claridad y concisión, así que
los dos chicos aprendieron a hablar como ella: sus palabras y frases eran concisas y claras,
jamás confusas y atropelladas como las nuestras. No hablaban exactamente como los
niños ingleses, pero adquirieron ese acento que es característico de la gente distinguida de
Nueva York.
En verano los seis niños dejaban la casa de la calle 71 y se mudaban a una gran finca al
norte de Connecticut. No era una localidad de moda: el padre de Anson quería que sus
hijos conocieran lo más tarde posible la vida de la gente distinguida. Era un hombre por
encima de su clase —la alta sociedad de Nueva York— y su época —la Edad de Oro de la
vulgaridad esnob y etiquetera—, y quería que sus hijos cultivaran la inteligencia, y
crecieran sanos y fuertes, y se convirtieran en honrados hombres prósperos. Su mujer y él
procuraron no quitarles un ojo de encima hasta que los dos mayores empezaron a ir al
colegio, pero una cosa así es difícil en las casas inmensas: era mucho más sencillo en
aquellas casas pequeñas o medianas en las que transcurrió mi juventud. Nunca estuve
fuera del alcance de la voz de mi madre, o de la sensación de su presencia, su aprobación
o desaprobación.
Anson empezó a tomar conciencia de su superioridad cuando se dio cuenta de la
deferencia desganada, típica de los americanos, con que lo trataban en aquella aldea de
Connecticut. Los padres de los chicos con quienes jugaba siempre le preguntaban por sus
padres, y parecían vagamente nerviosos cuando invitaban a sus hijos a que fueran a casa
de los Hunter. Anson aceptaba este estado de cosas como natural, y durante toda su vida
conservó una especie de impaciencia hacia aquellos grupos en los que no era el centro, por
su dinero, su posición social y su autoridad. No se dignaba luchar con otros chicos por
sobresalir: esperaba que su supremacía fuese reconocida libremente, y, si no era así, se
refugiaba en su familia. Le bastaba su familia, porque en el Este el dinero es todavía algo
feudal, algo que forma clanes. En el vanidoso Oeste el dinero divide a las familias en
camarillas.
A los dieciocho años, cuando se trasladó a New Haven, Alson era alto y fuerte, de cutis
limpio y color saludable gracias a la vida ordenada que había llevado en el colegio. El pelo
rubio le crecía de una manera cómica, y tenía la nariz aguileña —estos dos detalles le
impedían ser guapo—, pero era encantador, y estaba seguro de serlo, y tenía estilo, cierta
elegancia brusca, y las personas de elevada condición social con las que coincidía se
daban cuenta inmediatamente, sin que nadie les dijera nada, de que era un joven rico
educado en los mejores colegios. Sin embargo, su propia superioridad le impedía tener
éxito en la universidad: su independencia fue tomada por egocentrismo, y su negativa a
aceptar las reglas de Yale con el adecuado respeto reverencial parecía empequeñecer a
quienes las acataban. Así, mucho antes de terminar sus estudios, empezó a hacer de Nueva
York el centro de su vida.
En Nueva York se sentía a sus anchas: en Nueva York tenía una casa con «el tipo de
servidumbre que hoy ya no se encuentra»; en Nueva York vivía su familia, de la que,
gracias a su buen humor y cierta habilidad para conseguir que las cosas funcionaran,
rápidamente se estaba convirtiendo en el centro; en Nueva York se celebraban las fiestas
de presentación en sociedad, y Nueva York le ofrecía el viril y correcto mundo de los
clubes reservados a los hombres, y las juergas desaforadas y ocasionales con chicas
galantes que en New Haven sólo veías desde la fila quinta. Sus aspiraciones eran bastante
convencionales: hasta incluían la irreprochable sombra de una futura esposa, pero diferían
de las aspiraciones de la mayoría de los jóvenes en que no las empañaba ninguna nube,
ninguna de esas cualidades a las que se suele conocer por idealismo o ilusión. Anson
aceptaba sin reservas el mundo de las altas finanzas y de la extrema extravagancia, del
divorcio y la disolución, del esnobismo y los privilegios. Nuestras vidas suelen terminar
en un compromiso: la suya empezó con un compromiso.
Nos conocimos al final del verano de 1917, cuando Anson acababa de salir de Yale y,
como todos, estaba a punto de dejarse arrastrar por el bien urdido histerismo de la guerra.
Con el uniforme azul verdoso de los aviadores de la Marina llegó a Pensacola, donde las
orquestas de los hoteles interpretaban Lo siento, querida, y nosotros, jóvenes oficiales,
bailábamos con las chicas. A todos les caía bien, y, aunque andaba con bebedores y no era
precisamente un buen piloto, incluso los instructores lo trataban con cierto respeto. Solía
mantener largas y frecuentes conversaciones con ellos, con aquella voz lógica y segura de
sí misma: conversaciones que terminaban cuando conseguía resolver algún problema
acuciante, suyo o, con mayor frecuencia, de otro oficial. Era sociable, picante,
insaciablemente ávido de placeres, y nos sorprendió a todos cuando se enamoró de una
chica convencional y un tanto relamida.
Se llamaba Paula Legendre, una belleza morena, seria, de no sé qué lugar de California.
Su familia pasaba los inviernos en una casa muv próxima a la ciudad, y, a pesar de su
gazmoñería, Paula tenía muchísimo éxito con los chicos: existe cierta clase de hombres,
muy numerosa, cuyo egocentrismo no soporta que una mujer tenga sentido del humor.
Pero Anson no era de ésos, y no consigo explicarme la atracción que la «sinceridad» —
ésta era la cualidad que podía reconocérsele— de Paula ejerció sobre una inteligencia
aguda e irónica como la suya.
Pero se enamoraron, y según las condiciones que imponía Paula. Anson dejó de
frecuentar las reuniones en el Bar De Sota a la caída de la tarde, y siempre que se les veía
juntos estaban enfrascados en un largo y serio diálogo que se prolongaba durante semanas.
Mucho después me contaría que aquellas conversaciones no trataban de nada en especial,
sino que, por ambas partes, se alimentaban de frases inmaduras e incluso sin sentido: el
contenido emotivo que poco a poco iba llenando la conversación no nacía de las palabras,
sino de la extraordinaria seriedad con que eran pronunciadas. Era una especie de hipnosis.
A veces se interrumpía, cediendo su lugar a ese humorismo castrado al que llamamos
bromear; cuando estaban solos volvía a empezar, solemne, como un bajo, afinado para
darles una sensación de armonía de sentimientos y pensamientos. Se enfadaban si los
interrumpían, acabaron por ser insensibles a los chistes sobre la vida, e incluso al cinismo
amable de sus contemporáneos. Sólo eran felices cuando el diálogo se reanudaba, cuando
la seriedad los bañaba como el resplandor ámbar de una hoguera. Hacia el final, hubo una
interrupción que no les molestó: la pasión empezó a interrumpir el diálogo.
Aunque parezca extraño, Anson estaba tan absorto en aquellas conversaciones como
Paula, y tan profundamente afectado, pero al mismo tiempo era consciente de que, por su
parte, había mucho de insinceridad, como, por parte de Paula, había mucho de simple
ingenuidad. Al principio, despreciaba la ingenuidad emotiva de Paula, pero, gracias a su
amor, el carácter de Paula se hizo más profundo y maduró: ya no podía despreciarla.
Sentía que sería feliz si lograba entrar en la cálida y protegida existencia de Paula.
Aquellas largas conversaciones allanaron el camino, derribaron todos los obstáculos:
Anson le enseñó algo de lo que había aprendido con mujeres más atrevidas, y Paula
respondió con una intensidad arrebatada y sagrada. Una noche, después de un baile,
decidieron casarse, y Anson le escribió a su madre una larga carta sobre Paula. Al día
siguiente Paula le dijo que era rica, que su patrimonio personal ascendía a casi un millón
de dólares.
III.
Era exactamente como si hubieran podido decir: «Ninguno de los dos tiene nada:
compartiremos nuestra pobreza». Compartir la riqueza era igual de maravilloso: les daba
la misma sensación de compartir una aventura. Pero, cuando en abril Anson consiguió un
permiso, y Paula y su madre lo acompañaron al Norte, la posición social de su familia y su
tren de vida en Nueva York impresionaron a Paula. Cuando por primera vez se quedó sola
con Anson en la habitación donde había jugado cuando era un muchacho sintió que la
embargaba una emoción agradable, como si verdaderamente estuviera segura y protegida.
Las fotos de Anson con la gorra de su primer colegio, de Anson a caballo con la novia de
un verano misterioso y olvidado, de Anson entre un alegre grupo de damas de honor y
testigos de una boda, le hicieron sentir celos de su vida pasada, lejos de ella; y con tal
grado de perfección parecía la figura autoritaria de Anson resumir y simbolizar todas
aquellas antiguas posesiones, que, en un momento de inspiración, se le ocurrió casarse
inmediatamente y volver a Pensacola convertida en su mujer.
Pero nadie había hablado de la posibilidad de una boda inmediata, e incluso el
compromiso se guardaba en secreto hasta que acabara la guerra. Cuando Paula se dio
cuenta de que a Anson sólo le quedaban dos días de permiso, su descontento cristalizó en
la intención de conseguir que él tampoco quisiera esperar. Estaban invitados a cenar en el
campo, y Paula decidió forzar una decisión aquella noche.
Estaba con ellos en el Ritz una prima de Paula, una chica seca y resentida que quería a
Paula, pero un poco celosa de aquel impresionante compromiso matrimonial, y, mientras
Paula acababa de vestirse, la prima, que no iba a la cena, recibió a Anson en el vestíbulo
de la suite.
Anson se había encontrado con algunos amigos a las cinco y con ellos había estado
bebiendo sin medida ni discreción durante una hora. Había abandonado el Club de Yale a
la hora conveniente, y había ordenado al chófer de su madre que lo llevara al Ritz, pero no
estaba en la plenitud de sus facultades y la calefacción del salón le provocó un mareo
repentino. Al notarlo, se sintió alegre y arrepentido a la vez.
La prima de Paula tenía veinticinco años, pero era excepcionalmente ingenua, y al
principio no se dio cuenta de lo que sucedía. Era la primera vez que veía a Anson, y se
sorprendió cuando masculló alguna frase sin sentido y estuvo a punto de caerse de la silla,
pero hasta que apareció Paula no se le ocurrió que lo que había tomado por el olor de un
uniforme recién salido de la tintorería era en realidad olor a whisky. Paula se dio cuenta
inmediatamente, y su único pensamiento fue quitar de enmedio a Anson antes de que su
madre lo viera y, por su mirada, su prima comprendió lo que pasaba.
Cuando Paula y Anson bajaron, encontraron dentro del coche a dos hombres dormidos;
eran los amigos con quienes Anson había estado bebiendo en el Club de Yale, invitados
también a la cena. Anson había olvidado por completo que estaban en el coche. Se
despertaron camino de Hempstead y se pusieron a cantar. Eran picantes algunas de sus
canciones, y Paula, aunque intentaba resignarse al hecho de que Anson tuviera pocas
inhibiciones verbales, apretó los labios avergonzada y disgustada.
Y en el hotel la prima, confundida y nerviosa, tras reflexionar sobre el incidente, entró en
la habitación de la señora Legendre y le dijo:
—¿No es gracioso?
—¿Quién es gracioso?
—¿Quién? El señor Hunter. Me ha parecido muy gracioso.
La señora Legendre la miró con severidad.
—¿Por qué es gracioso?
—Me ha dicho que es francés. No sabía que era francés.
—Es absurdo. Seguro que no has entendido bien —sonrió—. Te ha tomado el pelo.
La prima negó con la cabeza, obstinada.
—No, me ha dicho que se ha criado en Francia. Ha dicho que no sabía inglés y que no
podía hablar conmigo. ¡Y es verdad que no podía hablar!
La señora Legendre desvió la mirada con impaciencia en el preciso instante en que la
prima, saliendo de la habitación, añadía:
—Sería por lo borracho que estaba.
El extraño episodio era verdad. Anson, advirtiendo que la lengua se le trababa sin
remedio, había recurrido a un subterfugio insólito: había dicho que no sabía inglés. Años
después solía contar la anécdota, e invariablemente contagiaba a todos la risa incontenible
que le provocaba aquel recuerdo.
En la hora siguiente, cinco veces intentó la señora Legendre hablar por teléfono con
Hempstead. Cuando por fin lo consiguió, hubo de esperar diez minutos más antes de oír la
voz de Paula en el auricular.
—La prima Jo me ha dicho que Anson estaba borracho.
—Ah, no…
—Ah, sí. La prima Jo dice que estaba borracho. Le dijo que era francés, y se cayó de la
silla y se portó como si estuviera muy borracho. No quiero que vuelvas aquí con él.
—¡Mamá! Está perfectamente. No te preocupes, por favor…
—Pues claro que me preocupo. ¡Qué horror! Quiero que me prometas que no volverás
con él…
—Eso es cosa mía, mamá…
—No quiero que vuelvas con él.
—Muy bien, mamá. Adiós.
—Recuerda lo que te he dicho, Paula. Pídele a alguien que te acompañe.
Paula retiró muy decidida el auricular de su oído y colgó. Estaba roja de irritación e
impotencia. Anson dormía a pierna suelta en un dormitorio del piso de arriba, y abajo la
cena se acercaba penosamente al final.
El viaje en coche, que duró una hora, lo había espabilado un poco —la llegada sólo fue
motivo de risas—, y Paula tenía la esperanza de que, a pesar de todo, no se estropeara la
noche, pero dos imprudentes cócteles antes de la cena completaron el desastre. Anson se
dirigió a los invitados ruidosamente, un poco agresivo, durante quince minutos y luego se
desplomó silenciosamente bajo la mesa, como en un grabado antiguo, pero, a diferencia
del grabado antiguo, la escena resultó espantosa sin ser en absoluto pintoresca. Ninguna de
las jóvenes presentes comentó el incidente: parecía merecer únicamente silencio. Su tío y
dos más lo subieron por las escaleras, e inmediatamente después Paula había hablado por
teléfono con su madre.
Una hora más tarde Anson se despertó entre nubes de dolor y angustia, y entre nubes
distinguió al cabo de unos segundos la figura de su tío Robert junto a la puerta.
—Digo que si te sientes mejor.
—¿Cómo?
—¿Te sientes mejor, amigo?
—Fatal —dijo Anson.
—Voy a darte otro calmante. Te ayudará a dormir, si no lo vomitas.
Con esfuerzo, Anson apoyó los pies en el suelo y se levantó.
—Estoy perfectamente —dijo con voz apagada.
—Despacio, despacio.
—Creo que si me das una copa de coñac podré bajar las escaleras.
—Ah, no.
—Sí, es lo único que necesito. Ya estoy bien. Me figuro que me estarán poniendo verde.
—Saben que te has pasado un poco de rosca —dijo el tío con desaprobación—. Pero no te
preocupes. Schuyler ni siquiera ha podido venir. Perdió el conocimiento en el vestuario del
club de golf.
Indiferente a todas las opiniones, excepto a la de Paula, Anson estaba decidido a salvar lo
que pudiera entre los escombros de la noche, pero, cuando, después de un baño frío,
apareció, casi todos los invitados se habían ido. Paula se levantó inmediatamente para
volver al hotel.
En el coche reanudaron el diálogo serio y antiguo. Paula sabía que le gustaba beber, pero
nunca se hubiera imaginado algo como aquello: tenía la impresión de que quizá, después
de todo, no estaban hechos el uno para el otro. Sus ideas sobre la vida eran demasiado
diferentes, y así sucesivamente. Cuando acabó de hablar, Anson tomó la palabra,
absolutamente sobrio. Luego Paula dijo que tenía que pensarlo, que no podía tomar una
decisión aquella noche; no estaba enfadada, sino terriblemente dolida. Ni siquiera le dejó
entrar en el hotel con ella, pero cuando salía del coche se inclinó y le dio un beso triste en
la mejilla.
La tarde siguiente Anson mantuvo una larga conversación con la señora Legendre
mientras Paula escuchaba en silencio. Llegaron al acuerdo de que Paula meditaría sobre el
incidente durante un periodo razonable y que luego, si madre e hija lo consideraban
oportuno, se reunirían con Anson en Pensacola. Anson, por su parte, pidió perdón con
sinceridad y dignidad: eso fue todo. Con todas las cartas a su favor, la señora Legendre fue
incapaz de obtener ninguna ventaja sobre Anson. Anson no prometió nada, no demostró
ninguna humildad, y se limitó a hacer algún sensato comentario sobre la vida, que al final
le dio cierto aire de superioridad moral. Cuando regresaron al Sur tres semanas después, ni
Anson, satisfecho, ni Paula, aliviada porque volvían a encontrarse, se dieron cuenta de que
el momento psicológico había pasado para siempre.
IV.
Me estoy marchitando
en este aire de sótano…
El humo se espesaba como niebla y, al abrirse una puerta, la corriente de aire llenó la
habitación de remolinos de ectoplasma. Ojitos Brillantes pasó como un rayo entre las
mesas buscando al señor Conan Doyle entre los ingleses que en el vestíbulo del hotel
representaban el papel de ingleses.
—Se podría cortar con un cuchillo.
—… cortar con un cuchillo.
—… con un cuchillo.
Cuando acabó la partida, Paula se levantó de repente y le dijo algo a Anson, en voz baja,
nerviosa. Casi sin dignarse mirar a Lowell Thayer, cruzaron la puerta y bajaron una larga
escalera de peldaños de piedra, y pronto paseaban por la playa, cogidos de la mano, a la
luz de la luna.
—Corazón, corazón…
Se abrazaban en las sombras, con pasión, imprudentemente Entonces Paula separó la cara
para que los labios de Anson pudieran decir lo que quería oír: sentía cómo las palabras
iban formándose mientras se besaban de nuevo… De nuevo se separó, a la escucha, pero,
mientras Anson volvía a acercársele, se dio cuenta de que no había dicho nada, sólo
«Corazón, corazón…», con aquel susurro profundo, triste, que siempre la había hecho
llorar. Humildemente, obedientemente, sus sentimientos se rendían ante él, y las lágrimas
le corrían por la cara, pero el corazón seguía exclamando: «Pídemelo, Anson, amor mío,
pídemelo».
—Paula… Paula….
Las palabras le oprimían el corazón como unas manos, y Anson, al sentirla temblar, supo
que aquella emoción ya era bastante. No era necesario que dijera nada más, que hiciera
depender sus destinos de un enigma poco práctico. ¿Para qué iba a hacerlo, si podía
tenerla así, mientras ganaba tiempo, otro año, siempre? Pensaba en los dos, y más en ella
que en sí mismo. Por un instante, cuando Paula dijo de repente que debía volver al hotel,
dudó, y pensó primero: «Ha llegado el momento», e inmediatamente: «No. Esperaremos.
Es mía».
Olvidaba que las tensiones de aquellos tres años también habían consumido íntimamente
a Paula: los sentimientos de Paula cambiaron para siempre aquella noche.
A la mañana siguiente Anson volvió a Nueva York, nervioso e insatisfecho. [Coincidió en
el tren con una preciosa debutante y comieron juntos un par de días. Al principio le contó
algo de Paula e inventó una misteriosa incompatibilidad que los separaba
irremediablemente. La chica tenía un temperamento impulsivo, desenfrenado, y las
confidencias de Anson la halagaron. Como el soldado de Kipling, Anson podría haber
conseguido lo mejor de ella antes de llegar a Nueva York, pero por fortuna estaba sobrio y
se dominó.] A finales de abril, sin previo aviso, recibió un telegrama desde Bar Harbor en
el que Paula le decía que se había prometido con Lowell Thayer y que se casarían
inmediatamente en Boston. Lo que jamás había creído que pudiera suceder, por fin había
sucedido.
Aquella mañana se empapó de whisky, se fue al despacho trabajó sin descanso, como si
temiera que pasara algo si se detenía. Al atardecer salió como siempre, sin decir una
palabra sobre lo ocurrido. Parecía afectuoso, de buen humor, atento. Pero había algo que
no podía evitar: durante tres días, donde estuviera y con quien estuviera, de repente hundía
la cabeza entre las manos y se echaba a llorar como un niño.
V.
VI.
Cuando Dolly se casó durante el otoño siguiente, Anson estaba en Londres en viaje de
negocios. Como la boda de Paula, fue algo imprevisto, pero le afectó de otra manera. Al
principio le pareció gracioso, y le daban ganas de reír cuando se acordaba. Pero luego
empezó a desanimarse: la noticia le hacía sentirse viejo.
Parecía que las cosas se repetían, aunque Paula y Dolly pertenecían a generaciones
distintas. Tuvo un anticipo de la sensación de un hombre de cuarenta años que se entera de
la boda de la hija de un antiguo amor. Mandó un telegrama de felicitación y, no como en el
caso de Paula, el telegrama era sincero: jamás había creído de verdad que Paula pudiera
ser feliz.
Cuando volvió a Nueva York se convirtió en socio de la empresa donde trabajaba, y,
conforme aumentaban sus responsabilidades, le fue quedando menos tiempo libre. La
negativa de una compañía de seguros a hacerle un seguro de vida le impresionó tanto que
dejó de beber un año, y presumía de sentirse mucho mejor físicamente, aunque yo creo
que echaba de menos contar alegremente aquellas aventuras cellinianas que, en los
primeros años de la veintena, habían ocupado una parte muy importante de su vida. Pero
nunca abandonó el Club de Yale. Era una figura en el club, una personalidad, y la
tendencia de sus antiguos compañeros de curso —ya hacía siete años que habían dejado la
universidad— a frecuentar lugares más serios era frenada por su presencia.
Nunca tenía la agenda demasiado llena, ni la mente demasiado cansada para prestarle
ayuda a quien se la pidiera. Lo que al principio hacía por orgullo y por convicción de su
propia superioridad, se había convertido en costumbre y pasión. Y siempre había algo: uno
de sus hermanos menores con problemas en New Haven; un amigo que se había peleado
con la mujer y quería arreglarlo; conseguirle trabajo a uno y aconsejarle a otro cierta
inversión. Pero la especialidad de Anson era resolver los problemas de los matrimonios
jóvenes. Los matrimonios jóvenes lo fascinaban, sus apartamentos le parecían casi
sagrados: conocía la historia de sus noviazgos, les aconsejaba dónde y cómo vivir, y
recordaba el nombre de sus hijos. Hacia las jóvenes esposas mantenía una actitud
circunspecta: jamás se aprovechaba de la confianza que sus maridos depositaban en él,
algo verdaderamente extraño si se tienen en cuenta sus confesadas aventuras.
Llegó a sentir como suyos los placeres de los matrimonios felices, y una agradable
melancolía cuando alguno se estropeaba. No había temporada en que no le tocara ser
testigo del fracaso de una unión que quizá él mismo había apadrinado. Cuando Paula se
divorció y casi inmediatamente volvió a casarse con otro de Boston pasó una tarde entera
hablándome de ella. Nunca quiso a nadie como había querido a Paula, pero insistía en que
le era indiferente desde hacía mucho tiempo.
—Jamás me casaré —llegó a decir—. He visto muchas bodas, y sé que un matrimonio
feliz es una cosa rarísima. Y ya soy demasiado viejo.
Pero creía en el matrimonio. Como todos los nacidos de un matrimonio afortunado y feliz
creía apasionadamente en el matrimonio, y como, viera lo que viera, nada podía minar su
fe, su cinismo se disolvía como humo. Pero creía de verdad que era demasiado viejo. A los
veintiocho años empezó a admitir con ecuanimidad la perspectiva de un matrimonio sin
amor; eligió a una joven de Nueva York perteneciente a su misma clase social, una chica
agradable, inteligente, compatible con él, irreprochable, e hizo lo posible por enamorarse.
Las cosas que le había dicho a Paula con sinceridad, y con elegancia a las demás, ya no
sabía decirlas sin una sonrisa, ni con el calor necesario para que resultaran convincentes.
—A los cuarenta años —dijo a sus amigos— alcanzaré la madurez. Me enamoraré de
alguna corista, como todos.
Pero perseveró en su intento. Su madre quería verlo casado, y Anson podía permitirse sin
problemas una boda: era agente de Bolsa y ganaba 25.000 dólares al año. La idea era
agradable: cuando sus amigos —pasaba casi todo su tiempo con el grupo que se había
creado alrededor de Dolly y él— se encerraban por la noche tras las paredes del hogar,
Anson no conseguía disfrutar de la libertad. Y llegaba a preguntarse si no debería haberse
casado con Dolly. Ni siquiera Paula lo había querido más que ella, y empezaba a darse
cuenta de lo raro que resulta encontrar, en el transcurso de una vida, emociones sinceras.
Empezaba a dejarse dominar por aquel estado de ánimo, cuando llegó a sus oídos una
historia inquietante. Su tía Edna, que ya había cumplido los cuarenta, mantenía sin
esconderse una aventura con un joven disoluto y bebedor llamado Cary Sloane. Todo el
mundo lo sabía, menos el tío de Anson, Robert, que, seguro de la fidelidad de su mujer,
fanfarroneaba en todos los clubes desde hacía quince años.
Anson oyó la historia una y otra vez con creciente irritación. Recuperó algo del viejo
afecto que había sentido por su tío, un sentimiento que rebasaba lo estrictamente personal:
era un salto atrás una vuelta a la solidaridad familiar en la que se basaba su orgullo. Su
intuición supo distinguir el elemento esencial del problema: que su tío no sufriera. Era su
primera experiencia en un caso en el que nadie había pedido su intervención, pero,
conociendo el carácter de Edna creía que podía ocuparse del asunto mejor que su tío y
mejor que uri juez.
Su tío estaba en Hot Springs. Anson investigó y comprobó las fuentes del escándalo para
que no existiera posibilidad de error llamó a Edna y la invitó a comer en el Plaza al día
siguiente. Algo en el tono de su voz debió de asustarla, y se mostró poco dispuesta a
aceptar, pero Anson insitió, proponiendo retrasar la cita, hasta que no le quedaron excusas.
Se encontraron a la hora fijada en el vestíbulo del Plaza: era una rubia de ojos grises,
encantadora, marchita, con un abrigo de marta rusa. Cinco enormes anillos, fríos de
diamantes y esmeraldas, brillaban en sus manos finísimas. Se le ocurrió a Anson que la
inteligencia de su padre, y no la de su tío, había ganado lo necesario para pagar las pieles y
las piedras preciosas, el rico fulgor que mantenía a flote la perdida belleza de Edna.
Aunque Edna percibía la hostilidad de Anson, no se esperaba la franqueza con que abordó
la cuestión.
—Edna, me sorprende lo que estás haciendo —le dijo con voz firme—. Al principio, no
podía creerlo.
—¿Creer qué? —preguntó con aspereza.
—No hace falta que finjas, Edna. Te estoy hablando de Cary Sloane. Al margen de otras
consideraciones, no creía que pudieras tratar a tío Robert…
—Oye, Anson —empezó a decir, irritada, pero la voz perentoria de Anson se impuso.
—… ni a tus hijos de esa manera. Llevas casada dieciocho años y tienes ya edad para
saber mejor lo que haces.
—¡No tienes derecho a hablarme así! Tú…
—Sí, tengo derecho. Tío Robert ha sido siempre mi mejor amigo.
Estaba muy emocionado. Sentía verdadera pena por su tío y sus tres primos.
Edna se levantó. No había probado el cóctel de mariscos.
—Esto es lo más ridículo…
—Muy bien, si no quieres escucharme le contaré a tío Robert toda la historia. Tarde o
temprano se va a enterar. Y luego iré a ver al viejo Moses Sloane.
Edna se derrumbó en su silla.
—No hables tan alto —le rogó. Las lágrimas le empañaban los ojos—. No sabes cómo
suena tu voz. Deberías haber elegido un lugar más reservado para hacerme todas esas
acusaciones disparatadas.
Anson no respondió.
—Sí, nunca te he caído bien, lo sé —continuó—. Aprovechas cualquier chisme ridículo
para intentar romper la única amistad interesante que he tenido. ¿Qué te he hecho yo para
que me aborrezcas así?
Anson siguió esperando, en silencio. Ahora Edna apelaría a su caballerosidad, a su
compasión y, por fin, a su elegante superioridad, y cuando Anson se hubiera abierto paso a
empujones entre esas tres barreras vendrían las confesiones y habría de luchar a brazo
partido con ella. Callando, impenetrable, volviendo constantemente a su mejor arma, que
eran sus sentimientos, la intimidó, la sacó de quicio, la fue desesperando conforme pasaba
la hora de la comida. A las dos Edna sacó un espejo y un pañuelo, borró la huella de sus
lágrimas y se empolvó los pliegues delicados donde se habían depositado. Estaba de
acuerdo: esperaría a Anson a las cinco en su casa.
Cuando Anson llegó, estaba tendida en un diván, cubierto por la cretona de los veranos, y
las lágrimas que Anson había provocado durante la comida parecían seguir en sus ojos.
Entonces advirtió la presencia sombría y angustiada de Cary Sloane junto a la chimenea
apagada.
—¿Qué es lo que quieres? —estalló Sloane inmediatamente—. Tengo entendido que
invitaste a Edna a comer y la amenazaste fundándote en calumnias vulgares.
Anson se sentó.
—No tengo razones para pensar que sean calumnias.
—He oído que vas a ir con el cuento a Robert Hunter y a mi padre.
Anson asintió.
—O acabáis con esto, o lo haré yo —dijo.
—¿Y a ti qué mierda te importa, Hunter?
—No pierdas el control, Cary —dijo Edna, nerviosa—. Sólo se trata de demostrarle lo
absurdo que…
—En primer lugar, está en juego mi apellido —interrumpió Anson—. Eso es lo único que
tienes que tener en cuenta, Cary.
—Edna no pertenece a tu familia.
—¡Claro que sí! —su indignación aumentó—. ¡Pero si le debe esta casa y los anillos que
lleva a la inteligencia de mi padre! Cuando se casó con tío Robert no tenía ni un céntimo.
Todos miraron los anillos como si tuvieran una importancia decisiva en la situación. Edna
hizo ademán de quitárselos.
—Me figuro que no son los únicos anillos que existen en el mundo —dijo Sloane.
—Ah, es absurdo —exclamó Edna—. Anson, ¿puedes escucharme? He descubierto cómo
han empezado todos estos chismes. Ha sido una criada a la que despedí, contratada por los
Chilicheff: todos estos rusos les tiran de la lengua a las criadas, y luego no entienden
bien lo que les han dicho —dio un puñetazo en la mesa, con rabia
Y eso que Robert les prestó la limusina un mes entero cuando nos fuimos al Sur el
invierno pasado.
—¿Te das cuenta? —se apresuró a intervenir Sloane—. Esa criada ha causado todo el
equívoco. Sabía que Edna y yo éramos amigos, y ha ido con el cuento a los Chilicheff. En
Rusia dan por supuesto que si un hombre y una mujer…
Convirtió el asunto en una larga disquisición sobre las relaciones sociales en el Cáucaso.
—Si se trata de eso, es mejor que tío Robert se entere —dijo Anson, seco—; así, cuando
le lleguen los rumores, sabrá que son mentira.
Adoptando el método que había utilizado con Edna durante el almuerzo dejó que
siguieran dándole explicaciones. Sabía que eran culpables y que muy pronto cruzarían el
límite entre las explicaciones y las justificaciones para condenarse a sí mismos mucho más
terminantemente de lo que él hubiera sido capaz. A las siete tomaron la desesperada
decisión de decirle la verdad: la indiferencia de Robert Hunter, la vida vacía de Edna, el
flirteo sin trascendencia que había encendido la pasión. Pero, como tantas historias
verdaderas, su historia tenía la desgracia de sonar a vieja, y su débil argumentación se
estrelló contra la armadura de la voluntad de Anson. La amenaza de recurrir al padre de
Sloane acabó de sumirlos en la impotencia, porque el señor Sloane, comisionista de
algodón en Alabama, ya retirado de los negocios, era un conocido fundamentalista que
dominaba a su hijo asignándole una estricta cantidad mensual fija y asegurándole que, a la
próxima extravagancia, la paga se acabaría para siempre.
Cenaron en un pequeño restaurante francés, y la discusión continuó. En cierto momento
Sloane recurrió a las amenazas físicas, pero, unos minutos después, la pareja suplicaba a
Anson que les concediera un poco de tiempo. Anson fue inflexible. Se había dado cuenta
de que Edna empezaba a derrumbarse, de que no convenía ofrecerle la oportunidad de
recuperar el ánimo gracias a un renacimiento de la pasión.
A las dos de la mañana, en un pequeño club nocturno de la calle 53, Edna perdió los
nervios y pidió que la llevaran a casa. Sloane no había dejado de beber en toda la noche, y
estaba a punto de deshacerse en lágrimas: se apoyaba en la mesa y lloriqueaba con la cara
entre las manos. Anson aprovechó para imponerles sus condiciones. Sloane pasaría seis
meses fuera de la ciudad, que abandonaría en un plazo de cuarenta y ocho horas. Cuando
volviera, la relación no sería reanudada, pero, dentro de un año, Edna, si así lo deseaba,
podría decirle a Robert Hunter que quería divorciarse e iniciar los trámites necesarios.
Anson se interrumpió un momento, pero la expresión de sus caras lo animó a pronunciar
la última palabra.
—Ah, hay otra cosa que podríais hacer —dijo lentamente—: si Edna quiere abandonar a
sus hijos, no puedo impediros que os escapéis juntos.
—¡Quiero volver a casa! —repitió Edna—. ¿No te parece que ya es bastante por hoy?
Era una noche oscura, aunque desde el fondo de la calle llegaba el resplandor borroso de
la Sexta Avenida. A aquella luz, los dos que habían sido amantes se miraron por última
vez, y vieron en sus caras trágicas que entre los dos no reunían la juventud ni la fuerza
suficientes para impedir la separación eterna. Entonces Sloane se perdió calle abajo y
Anson golpeó el brazo de un taxista medio dormido.
Eran casi las cuatro. El agua de las bocas de riego fluía pacientemente por las aceras
fantasmales de la Quinta Avenida y las sombras de dos mujeres de la noche aparecieron y
desaparecieron en la fachada oscura de la iglesia de Santo Tomás. Y surgieron los
desolados arbustos de Central Park, donde Anson había jugado tantas veces cuando era un
niño, y los números cada vez más altos, significativos como nombres, de las calles que
atravesaban. Esta era su ciudad, pensaba, donde su apellido había sido lucido con orgullo a
lo largo de cinco generaciones. Ningún cambio podría alterar la solidez de su posición en
la ciudad, porque el cambio era el sustrato esencial sobre el que él y los que llevaban su
apellido se identificaban con el espíritu de Nueva York. La capacidad de iniciativa y el
poder de la voluntad —pues sus amenazas, en manos más débiles, hubieran sido menos
que nada— habían limpiado el polvo que se acumulaba sobre el nombre de su tío, el
nombre de la familia e incluso el nombre de la figura temblorosa que iba sentada a su
lado, en el taxi.
El cadáver de Cary Sloane fue encontrado a la mañana siguiente al pie de uno de los
pilares del puente de Queensboro. En la oscuridad, en su estado nervioso, Cary había
pensado que el agua corría a sus pies, pero, apenas un segundo después, la diferencia
resultó insignificante, a no ser que Cary hubiera planeado dedicarle un último pensamiento
a Edna y repetir su nombre mientras se debatía débilmente en el agua.
VII.
Anson nunca sintió remordimientos por su intervención en este asunto: no era responsable
de la situación que la había provocado Pero el justo sufre por el injusto, y se encontró con
que su amistad más antigua y, en cierta manera, más preciosa, había terminado. Jamás
llegaron a sus oídos las falsedades que fue contando Edna, pero su tío no volvió a recibirlo
en su casa.
Poco antes de Navidad la señora Hunter se retiró al más distinguido de los cielos
episcopalianos, y Anson se convirtió oficialmente en el cabeza de familia. Una tía soltera
que desde hacía muchos años vivía con ellos llevaba la casa e intentaba con lamentable
ineficacia proteger y vigilar a las chicas más jóvenes. Todos los Hunter tenían menos
confianza en sí mismos que Anson, y eran más convencionales tanto en lo que se refiere a
las virtudes como a los defectos. La muerte de la señora Hunter había aplazado la
presentación en sociedad de una de las hijas y la boda de otra, y les había arrebatado a
todos algo absolutamente esencial, porque con su desaparición llegó a su fin la discreta y
costosa superioridad de los Hunter.
En primer lugar, el patrimonio familiar, considerablemente disminuido por los impuestos
de sucesión y destinado a ser dividido entre seis hijos, no era ninguna fortuna
considerable. Anson se dio cuenta de que sus hermanas pequeñas solían hablar con
bastante respeto de familias que ni siquiera existían hacía veinte años. Su sentido de
preeminencia no encontraba eco en sus hermanas, que, a lo sumo, a veces eran
convencionalmente esnobs. En segundo lugar, aquél era el último verano que pasarían en
la casa de Connecticut. El clamor contra la casa había crecido demasiado: ¿quién quería
perder los mejores meses del año encerrado en aquel pueblo sin vida? Anson cedió de
mala gana: la casa sería puesta a la venta en otoño, y en el próximo verano alquilarían una
casa más pequeña en el condado de Westchester. Significaba descender un peldaño de la
costosa sencillez que su padre había concebido y, aunque comprendía la rebelión, no podía
evitar sentirse disgustado. En vida de su madre no pasaba más de un fin de semana sin ir a
la casa, incluso en los veranos más animados.
También a él le afectaba aquel cambio, y, gracias a su extraordinario instinto vital, no se
había sumado, cuando tenía poco más de veinte años, a las exequias vanas de aquella clase
malograda y ociosa, pero no era plenamente consciente: aún creía que existía una norma,
un modelo de sociedad, aunque no existiera ninguna norma, y era dudoso que hubiera
existido alguna vez en Nueva York. Los pocos que todavía pagaban y luchaban por entrar
en un grupo restringido cuando lo conseguían se encontraban con que no funcionaba como
sociedad, o con que, y eso era aún más alarmante, la Bohemia de la que habían huido se
sentaba a la mesa con ellos, pero en mejor sitio.
A los veintinueve años la principal preocupación de Anson era su soledad, cada vez
mayor. Era evidente que nunca se casaría. Eran incontables las bodas a las que había
asistido como testigo o invitado: tenía en su casa un cajón rebosante de corbatas usadas en
tal o cual fiesta nupcial, corbatas que simbolizaban amores que ni siquiera habían durado
un año, parejas que habían desaparecido completamente de su vida. Pillacorbatas,
portaminas de oro, gemelos, regalos de una generación entera de novios habían pasado por
su joyero y se habían perdido, y en cada ceremonia nupcial cada vez era menos capaz de
imaginarse en el lugar del novio. La felicidad que había deseado de corazón a todos
aquellos matrimonios ocultaba la desesperación por su matrimonio nunca celebrado.
Y, cerca de la treintena, empezaron a dolerle las bajas que el matrimonio, especialmente
en los últimos tiempos, causaba entre sus amistades. Los grupos de amigos tenían una
desconcertante tendencia a disolverse y desaparecer. Sus antiguos compañeros de
universidad —a quienes precisamente había dedicado la mayor parte de su tiempo y afecto
— eran los más esquivos de todos. La mayoría se había retirado a lo más profundo del
ambiente hogareño, dos habían muerto, uno vivía en el extranjero y otro estaba en
Hollywood y escribía guiones de películas que Anson iba a ver fielmente.
Casi todos, sin embargo, estaban en permanente viaje de las afueras al centro, con una
complicada vida de familia centrada en algún lejano club de campo: este distanciamiento
era el que más le dolía.
En los primeros tiempos de su vida matrimonial todos lo habían necesitado. Les había
aconsejado sobre su frágil situación económica, como un adivino exorcizaba dudas sobre
la oportunidad de traer al mundo un niño en dos habitaciones con baño, y sobre todo era el
representante del mundo ancho y ajeno. Pero ahora los problemas económicos pertenecían
al pasado y el niño esperado con temor se había convertido en una familia absorbente.
Siempre se alegraban de ver a su viejo amigo Anson, pero se ponían para recibirlo el traje
de los domingos, intentaban impresionarlo con su nueva relevancia social, y ya no le
contaban sus problemas. Ya no lo necesitaban.
Pocas semanas antes de cumplir treinta años se casó el último de sus más viejos e íntimos
amigos. Anson desempeñó su acostumbrado papel de padrino, le regaló el acostumbrado
juego de té de plata y fue a despedir a los novios, que se iban de viaje en el barco
acostumbrado. Era una tarde calurosa de mayo, un viernes, y cuando se alejaba del puerto
recordó que había empezado el fin de semana y no tenía nada que hacer hasta la mañana
del lunes.
«¿Adonde puedo ir?», se preguntó a sí mismo. Al Club de Yale, naturalmente: bridge
hasta la hora de la cena, cuatro o cinco cócteles secos en la habitación de algún conocido y
una noche agradable y confusa. Lamentaba que no pudiera acompañarlo el recién casado:
siempre habían sabido aprovechar al máximo noches como aquélla. Conocían el modo de
conquistar a las mujeres y el modo de desembarazarse de ellas, sabían la cantidad exacta
de atención que su inteligente hedonismo debía prestarle a una chica. Una fiesta era algo
perfectamente organizado: llevabas a ciertas chicas a ciertos locales, gastabas exactamente
lo que merecían que gastaras para que se lo pasaran bien; bebías un poco más, no mucho,
de lo debido, y, por la mañana, a la hora exacta, te levantabas y decías que te ibas a casa.
Evitabas a los estudiantes, a los gorrones, los compromisos para el futuro, las peleas, el
sentimentalismo y las indiscreciones. Así era como debía ser. Lo demás era disipación.
A la mañana siguiente nunca te sentías profundamente arrepentido: no habías tomado
decisiones irreversibles, pero si habías exagerado y se resentía el corazón, dejabas de
beber unos días sin decírselo a nadie y esperabas hasta que la acumulación de
aburrimiento te arrastrara a otra fiesta.
El vestíbulo del Club de Yale estaba vacío. En el bar tres estudiantes muy jóvenes lo
miraron un segundo, sin curiosidad.
—Hola, Oscar —le dijo al camarero—. ¿Ha venido el señor Cahill esta tarde?
—El señor Cahill ha ido a New Haven.
—¿Y eso?
—Ha ido al fútbol. Ha ido mucha gente.
Anson echó otra ojeada al vestíbulo, se quedó pensativo un momento y se dirigió a la
Quinta Avenida. Desde el ventanal de uno de los clubes a los que pertenecía —un club en
el que quizá no entraba desde hacía cinco años— lo miró un hombre de cabellos grises y
ojos húmedos. Anson miró a otra parte: aquella figura, sumida en una resignación vacía,
en una arrogante soledad, le parecía deprimente. Se detuvo y, volviendo sobre sus pasos,
atravesó la calle 47, hacia el apartamento de Teak Warden. Teak y su mujer habían sido
sus amigos más íntimos: Dolly Karger y Anson solían ir a su casa cuando salían juntos.
Pero Teak se había aficionado a la bebida y su mujer había comentado públicamente que
Anson era una mala compañía para su marido. El comentario había llegado, muy
exagerado, a oídos de Anson, y; cuando por fin se aclararon las cosas, el hechizo de la
intimidad se había roto para siempre y sin remedio.
—¿Está el señor Warden? —preguntó.
—Se han ido al campo.
La noticia le dolió de manera inesperada. Se habían ido al campo y él no lo sabía. Dos
años antes hubiera sabido la fecha, la hora, les hubiera hecho una visita en el último
momento para beber la última copa, y hubieran planeado la próxima cita. Ahora se habían
ido sin decirle una palabra.
Anson miró su reloj y pensó en la posibilidad de pasar el fin de semana con su familia,
pero el único tren era un tren de cercanías, tres horas de traqueteo y calor agobiante. Y
tendría que pasar el sábado en el campo, y el domingo: no estaba de humor para jugar al
bridge en la terraza con educados estudiantes de último curso, ni para bailar después de la
cena en un hotel de carretera, una caricatura de la alegría que tanto había apreciado su
padre.
«No», se dijo. «No.»
Era un hombre serio, imponente, joven, un poco gordo ya, pero, por lo demás, sin ningún
signo de disipación. Hubiera podido ser tomado por el pilar de algo —en ciertos
momentos se tenía la certeza de que no podía tratarse de la sociedad; en otros, de que no
podía tratarse de otra cosa—, el pilar de la ley o de la Iglesia. Durante unos instantes
permaneció inmóvil en la acera, ante un edificio de apartamentos de la calle 47: quizá era
la primera vez en su vida que no tenía absolutamente nada que hacer.
Entonces echó a andar rápidamente por la Quinta Avenida, como si acabara de recordar
una cita importante. La necesidad de disimular es una de las pocas características que
tenemos en común con los perros, y me imagino a Anson, aquel día, como un perro de
raza bien adiestrado que ha visto cómo le cerraban sin motivo una puerta conocida. Anson
iba a ver a Nick, barman de moda en otro tiempo, solicitadísimo en todas las fiestas
privadas, empleado ahora en las bodegas laberínticas del Hotel Plaza, donde se ocupaba de
que se mantuviera frío el champán sin alcohol.
—Nick —dijo—, ¿qué ha pasado con todo?
—Está muerto —dijo Nick.
—Prepárame un whisky con limón —Anson le pasó una botella de medio litro por encima
del mostrador—. Nick, las mujeres han cambiado; tenía una novia en Brooklyn y se casó
la semana pasada sin decirme una palabra.
—¿En serio? ¡Ja, ja, ja! —respondió Nick con diplomacia—. Pues le ha jugado una mala
pasada.
—Absolutamente —dijo Anson—. Y habíamos salido juntos la noche antes.
—Ja, ja, ja! —respondió Nick—. ¡Ja, ja, ja!
—¿Te acuerdas, Nick, de aquella boda en Hot Springs, cuando les obligué a cantar a los
camareros y a la orquesta Dios salve al rey?
—¿Dónde fue aquello, señor Hunter? —Nick se concentraba, dubitativo—. Si no me
equivoco, fue en…
—En la boda siguiente quisieron repetir, y empecé a preguntarme cuánto les había pagado
la vez anterior —prosiguió Anson.
—Me parece que fue en la boda del señor Trenholm.
—No conozco a ése —dijo Anson, muy decidido. Le ofendía que un nombre extraño se
entrometiera en sus recuerdos. Nick lo notó.
—No, no —admitió—. No sé cómo he podido equivocarme. Era uno del grupo de
ustedes… Brakins… Baker…
—Bicker Baker —dijo Anson con entusiasmo—. Me montaron en un coche fúnebre, me
cubrieron de flores y me sacaron de la boda.
—Ja, ja, ja —respondió Nick—. Ja, ja, ja.
Fue perdiendo fuerza la actuación de Nick en el papel de viejo criado de la familia, y
Anson subió al vestíbulo. Miró alrededor: su mirada se cruzó con la mirada del
recepcionista, a quien no conocía, se posó en una flor de la boda que se había celebrado
por la mañana, una flor en el filo de una escupidera de bronce, a punto de caer dentro.
Salió del hotel y siguió la dirección del sol, rojo de sangre, por Columbus Circle. Y de
pronto volvió sobre sus pasos, otra vez hacia el Plaza, y se encerró en una cabina
telefónica.
Luego me contaría que me había llamado tres veces aquella tarde, y que había llamado a
todos los que podían estar en Nueva York: hombres y mujeres a quienes no veía desde
hacía años; una modelo de los tiempos de la universidad cuyo número todavía estaba,
borroso, en su agenda, aunque en la central telefónica le dijeron que ni siquiera existía la
línea desde hacía años. Por fin la búsqueda se dirigió hacia el campo, y mantuvo breves
conversaciones decepcionantes con criadas y mayordomos presuntuosos. Fulano no estaba
en casa, estaba montando a caballo, nadando, jugando al golf, había zarpado hacia Europa
la semana pasada. ¿De parte de quién?
Era intolerable tener que pasar la noche solo: el tiempo libre que planeas dedicar a estar a
solas contigo mismo pierde todo su atractivo cuando la soledad es forzosa. Siempre
puedes recurrir a ciertas mujeres, pero las que conocía parecían haberse evaporado, y ni se
le ocurrió pagar por una noche en Nueva York en compañía de una extraña: le hubiera
parecido algo vergonzoso y clandestino, la diversión de un viajante de comercio de paso
por una ciudad desconocida.
Anson abonó las llamadas —la telefonista intentó en vano bromear sobre el importe
desmesurado— y por segunda vez aquella tarde se dispuso a salir del Hotel Plaza para ir a
no sabía dónde. Junto a la puerta giratoria la silueta de una mujer, evidentemente encinta,
se perfilaba contra la luz: un ligero echarpe ocre le temblaba en los hombros cuando la
puerta giraba, y entonces ella miraba con impaciencia hacia la puerta, como si estuviera
cansada de esperar. En cuanto la vio se apoderó de él una violenta y nerviosa sensación de
familiaridad, pero hasta que no la tuvo a un metro de distancia no se dio cuenta de que era
Paula.
—¡Pero si es Anson Hunter!
Le dio un vuelco el corazón.
—Paula…
—Es maravilloso. No me lo puedo creer, Anson.
Paula le cogió las manos, y la libertad de aquel gesto le hizo comprender que Paula podía
recordarlo sin angustia. Pero a él no le ocurría lo mismo: sentía cómo lo iba dominando
aquel bien conocido estado de ánimo que Paula le provocaba, aquella dulzura con la que
siempre había acogido el optimismo de Paula, como si temiera empañarlo.
—Estamos pasando el verano en Rye. Pete tenía que venir al Este en viaje de negocios…
Sabrás, claro, que me casé con Peter Hagerty… Así que hemos alquilado una casa y nos
hemos traído a los niños. Tienes que venir a vernos.
—¿Cuándo te parece? —preguntó sin rodeos.
—Cuando quieras. Ahí está Pete.
La puerta volvió a girar y entró un hombre alto y agradable, de unos treinta años, con la
cara bronceada y un bigote bien cuidado. Su impecable forma física contrastaba con el
creciente volumen de Anson, evidente bajo un traje ligeramente entallado.
—No deberías estar de pie —dijo Hagerty a su mujer—. ¿Por qué no nos sentamos ahí?
Señalaba las sillas del vestíbulo, pero Paula no parecía muy decidida.
—Tengo que volver pronto a casa —dijo—. Anson, ¿por qué no te vienes y cenas con
nosotros esta noche? Todavía está todo un poco desordenado, pero si no te importa…
Hagerty reiteró la invitación con cordialidad.
—Sí, ven y quédate a dormir en casa.
El coche los estaba esperando ante el hotel, y Paula, con gesto cansado, se echó en unos
cojines de seda.
—Me gustaría contarte tantas cosas —dijo—. Me va a ser imposible.
—Quiero que me hables de ti. Estoy deseando saber cómo te va —Ay —le sonrió a
Hagerty—, eso también me llevaría mucho tiempo. Tengo tres hijos de mi primer
matrimonio. Tienen cinco, cuatro y tres años —volvió a sonreír—. No he perdido el
tiempo, ¿verdad?
—¿Son niños?
—Un niño y dos niñas. Y han ocurrido un sinfín de cosas y hace un año me divorcié en
París y me casé con Pete. Y nada más aparte de que soy inmensamente feliz.
En Rye se detuvieron ante una gran casa cerca del Club Marítimo, de la que surgieron de
repente tres niños delgados, de pelo oscuro, que se escaparon de su niñera inglesa y se
acercaron entre gritos esotéricos.
Como distraída, con trabajo, Paula los fue cogiendo en brazos, caricia que los niños
aceptaban con cierta rigidez, porque evidentemente les habían dicho que tuvieran cuidado
de no darle un golpe a mamá. Ni siquiera junto a sus caras frescas el cutis de Paula
revelaba el paso del tiempo: a pesar del cansancio, parecía más joven que la última vez
que Anson la había visto, hacía siete años, en Palm Beach.
Parecía, durante la cena, preocupada por algo, y después, mientras rendían homenaje a la
radio, se echó en el sofá con los ojos cerrados, y Anson llegó a preguntarse si su presencia
en aquel momento no sería una molestia. Pero a las nueve, cuando Hagerty se levantó y
dijo amablemente que iba a dejarlos solos un rato, Paula empezó a hablar despacio, a
hablar de sí misma y del pasado.
—La primera niña —dijo—, la que llamamos Darling, la mayor… Quería morirme
cuando supe que me había quedado embarazada, porque Lowell era como un desconocido.
No podía creer que la niña pudiera ser mía. Te escribí una carta, pero la rompí. Ay, qué
mal te portaste conmigo, Anson.
Era el diálogo, que volvía a empezar, con sus claroscuros y altibajos. Anson sintió cómo
revivían los recuerdos.
—Estuviste a punto de casarte, ¿no? —le preguntó Paula—. ¿Con una tal Dolly?
—Nunca he estado a punto de casarme. Lo he intentado, pero nunca he querido a nadie,
excepto a ti.
—Ah —dijo. Y un segundo después—: El niño que estoy esperando es el primero que
deseo de verdad. Ya ves, ahora estoy enamorada, por fin.
Anson no contestó, dolorido por la traición que suponían aquellas palabras. Y Paula debió
de darse cuenta de que aquel «por fin» le había hecho daño, porque añadió:
—Estaba loca por ti, Anson: podrías haber conseguido lo que hubieras querido. Pero no
hubiéramos sido felices. No soy suficientemente inteligente para ti. No me gustan las
cosas complicadas como a ti —hizo una pausa—. Tú eres incapaz de casarte.
La frase fue como un golpe a traición: quizá era la única acusación que nunca había
merecido.
—Me casaría si las mujeres fueran diferentes —dijo—. Si no las conociera demasiado, si
las mujeres no lo dejaran a uno inservible para el resto de las mujeres, si tuvieran un poco
de orgullo. ¡Si pudiera dormirme un instante y despertarme en un hogar que fuera
realmente mío! Porque es para lo que estoy hecho, Paula, y es exactamente eso lo que las
mujeres ven, lo que les gusta de mí. Lo único que pasa es que no soporto los requisitos
previos que hay que cumplir.
Hagerty volvió poco antes de las once; después de beber un whisky, Paula se levantó y
anunció que se iba a la cama. Se acercó a su marido.
—¿Dónde has estado, querido? —preguntó.
—He estado tomando una copa con Ed Saunders.
—Estaba preocupada. Ya creía que me habías abandonado —apoyó la cabeza en el pecho
de Hagerty—. Es maravilloso, ¿verdad, Anson? —preguntó.
—¡Desde luego! —dijo Anson, echándose a reír.
Paula levantó la cara hacia su marido.
—Bueno, estoy lista —dijo. Se volvió hacia Anson—: ¿Quieres ver las acrobacias
gimnásticas de la familia?
—Sí —dijo con curiosidad.
—Muy bien. ¡Adelante!
Hagerty la cogió en brazos sin esfuerzo.
—Éstas son las acrobacias gimnásticas de la familia —dijo Paula—. Me sube en brazos
las escaleras. ¿No es maravilloso?
—Sí —dijo Anson.
Hagerty inclinó la cabeza, y su cara rozó la de Paula.
—Y lo quiero —dijo Paula—. Ya te lo había dicho, ¿no, Anson?
—Sí.
—Es el ser más adorable del mundo, ¿verdad, mi vida? Venga, buenas noches. Allá
vamos. Tiene fuerza, ¿eh?
—Sí —dijo Anson.
—Encima de la cama tienes un pijama de Pete. Que duermas bien. Nos veremos en el
desayuno.
—Sí —dijo Anson.
VIII.
Los socios más antiguos de la empresa se empeñaron en que Anson pasara el verano en el
extranjero. Decían que llevaba casi siete años sin vacaciones. Estaba cansado y necesitaba
cambiar de aires Anson se resistía.
—Si me voy —dijo—, no volveré.
—Es absurdo, hombre. Volverás dentro de tres meses y habrás olvidado todos los
problemas. Estarás como nuevo.
—No —negó con la cabeza, testarudo—. Si lo dejo, no volveré al trabajo. Si lo dejo,
significa que me he rendido: se acabó.
—Estamos dispuestos a correr ese riesgo. Quédate fuera seis meses, si quieres. No
tememos que nos abandones. Te sentirías un desgraciado si no trabajaras.
Le reservaron el pasaje. Querían a Anson —todos querían a Anson— y el cambio que
había sufrido había caído como una mortaja sobre el despacho. El entusiasmo que siempre
había caracterizado su trabajo, el respeto hacia iguales e inferiores, su vitalidad y energía:
en los últimos cuatro meses un intenso agotamiento nervioso había transformado todas
aquellas cualidades en el quisquilloso pesimismo de un hombre de cuarenta años. En todos
los asuntos en los que intervenía resultaba un peso muerto y un obstáculo.
—Si me voy, no vuelvo —decía.
Tres días antes de zarpar, supo que Paula Legendre Hagerty había muerto al dar a luz. En
aquella época pasábamos mucho tiempo juntos, porque íbamos a viajar juntos, pero, por
primera vez desde que nos conocíamos, no me dijo ni una palabra sobre sus sentimientos,
ni vi el menor signo de emoción. Su mayor preocupación era que ya había cumplido los
treinta: siempre llevaba la conversación hasta el punto en que podía recordártelo y luego
se sumía en el silencio, como si estuviera convencido de que aquella afirmación podía
desencadenar una serie de pensamientos autosuficientes. Me sorprendía, como a sus
socios, el cambio que había experimentado, y me alegré cuando nuestro barco, el París, se
adentró en el húmedo espacio que separa dos mundos, dejando atrás el reino de Anson.
—¿Tomamos una copa? —sugirió.
Entramos en el bar con ese estado de ánimo desafiante que caracteriza el día de la partida
y pedimos cuatro martinis. Tras el primer cóctel cambió de repente: se echó hacia delante
y me palmeó la rodilla, el primer gesto alegre que le había visto desde hacía meses.
—¿Has visto a la chica de la boina roja? —pregunte)—. ¿Esa muy maquillada que se
trajo a dos perros policías para que la despidieran?
—Es guapa —admití.
—Me he informado en la oficina del barco: viaja sola. Voy a hablar con el camarero. Esta
noche cenaremos con ella.
Y se fue, y una hora después paseaba con ella, arriba y abajo, por la cubierta, hablándole
con su voz clara y potente. La boina roja destacaba como una mancha brillante de color
sobre el verde metálico del mar, y de vez en cuando la muchacha levantaba la vista con
una relampagueante sacudida de la cabeza y sonreía divertida, interesada, curiosa.
Bebimos champán en la cena, y estábamos verdaderamente alegres, y Anson jugó al billar
con un entusiasmo contagioso, y varias personas que me habían visto con él me
preguntaron quién era. Y Anson y la joven charlaban y reían juntos en un sofá del bar
cuando me fui a la cama.
Durante el viaje lo vi menos de lo que me esperaba. Incluso me buscó pareja, pero no
había nadie disponible, y sólo lo veía en las comidas. A veces iba al bar, a beber un cóctel,
y me hablaba de la chica de la boina roja y de sus aventuras con ella, describiéndolas
siempre, como sólo él sabía hacerlo, de manera extravagante y divertida, y me alegró que
volviera a ser el de antes o, al menos, aquél que yo había conocido y con el que me sentía
cómodo. No creo que pudiera ser feliz a menos que alguna mujer estuviera enamorada de
él, obedeciéndolo como las limaduras de hierro obedecen al imán, ayudándolo a
entenderse a sí mismo, prometiéndole alguna cosa. No sé qué. Quizá le prometieran que
habría siempre mujeres en el mundo que perderían sus horas más brillantes, vivas y
extraordinarias acunando y protegiendo aquella superioridad que abrigaba en su corazón.