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Pesadillas aterradoras y su impacto

El documento narra la historia de un hombre que visita a un psicólogo porque sufre de una serie de pesadillas recurrentes y cada vez más aterradoras. En las pesadillas, un hombre lo ataca y le corta partes de su cuerpo de forma violenta. El psicólogo escucha los relatos del hombre, que están llenos de detalles gráficos y terroríficos.

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Pesadillas aterradoras y su impacto

El documento narra la historia de un hombre que visita a un psicólogo porque sufre de una serie de pesadillas recurrentes y cada vez más aterradoras. En las pesadillas, un hombre lo ataca y le corta partes de su cuerpo de forma violenta. El psicólogo escucha los relatos del hombre, que están llenos de detalles gráficos y terroríficos.

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UNA NUEVA SERIE DE PESADILLAS

Hacía ya varios meses que el hombre de las pesadillas extrañas no venía a mi consultorio.
Cuando vino la primera vez, yo no estaba seguro de si esos sueños macabros que él me había contado los sufría en carne
propia o se trataba de ciertas historias que él mismo se inventaba.
Pensé en aquella época que, si de verdad los sufría, este hombre estaba al borde de la locura, pues tener esta clase de sueños,
tan fuertes y recurrentes, es como estar despierto todo el tiempo en un mundo de sobresaltos. Pensé que, si los inventaba,
estaba al frente de un hombre con una imaginación desbordante.
Fuera lo que fuera, este hombre sufría de un tipo de pesadillas que lo atormentaban en lo más profundo de su alma. Era por
eso por lo que acudía a mi consultorio.
Después de saludarme tímidamente, me dice:
--He vuelto porque las últimas noches…
De pronto hace la cabeza a un lado, dejando en el aire el inicio de su conversación. En sus grandes ojeras puedo ver la
sombra siniestra de sus noches macabras. Más que agotado por la vigilia en la cual o deben mantener estas pesadillas, lo
noto muy asustado. Por las miradas que nerviosamente da a su alrededor, me doy cuenta de que es atacado por lo que un
escritor amigo llama: “el pavor constante hacia el alrededor inmediato”. Le doy unos minutos para que se adapte de nuevo a
mi consultorio. No hago nada que pueda estimular su inquietud. Sencillamente me quedo tranquilo en mi silla, sin mirarlo.
Cuando pasan algunos minutos –tres o cuatro más o menos--, comienza de nuevo la conversación. Es como si en él se
hubiera instalado otra voz, pues esta vez habla con seguridad:
--Le estaba diciendo que las últimas noches han sido espantosas, pues he vuelto a tener esas atroces pesadillas. Como las de
la otra vez.
Aunque creo que éstas son peores. La nueva serie empezó el viernes pasado. Mientras voy caminando tranquilo por la calle,
un hombre baja del cielo y con una espada afilada me corta mi brazo derecho; con un dolor espantoso y botando mucha
sangre, miro cómo el hombre se eleva de nuevo y la mano, que pertenece a mi brazo, hace un gesto como si se despidiera de
alguien. Me quedo arrodillado en mitad de la calle, mientras mis lágrimas se pierden en el charco de sangre que se ha
formado en el pavimento. Ahí es donde me despierto llorando. Usted no sabe la alegría que siento cuando me despierto y
me doy cuenta de que son lágrimas de verdad las que en ese momento se pierden en mis sábanas. Todo el sábado sentí un
fuerte dolor en el cuerpo…
--Es algo comprensible… --lo interrumpo tratando de tranquilizarlo, pero él interrumpe también mi interrupción.
--Lo que quería decirle es que el dolor lo sentía justamente donde se supone que aquel hombre me había dado un tajo con su
espada. Estuve todo el día tratando de descansar hasta que llegó la noche y no me fue difícil dormir. En el sueño, se volvió a
repetir la misma escena. Mientras voy caminando tranquilo, el mismo hombre de la noche anterior baja del cielo y con la
misma espada me corta la pierna izquierda de un solo tajo: caigo al suelo de inmediato. Allí postrado puedo ver mi pierna
pataleando mientras ese hombre se la lleva hacia el cielo. Usted no se imagina el horror que me produjo el pataleo de mi
pierna izquierda en manos de aquel hombre corpulento. Me desperté desesperado. El domingo estuve deprimido todo el día.
Me esposa se inventó un paseo para distraerme. Lo acepté sin ponerle ningún obstáculo, algo muy extraño, pues siempre
había rechazado los paseos que ella se inventaba. Esto me comprobaba que le tenía un gran terror a quedarme solo en el
apartamento, pero, sobre todo, me comprobaba que le tenía un gran terror a que llegara la noche. Pero llegó, después de
haber dado un buen paseo fuera de la ciudad.
Estuvimos de nuevo en el apartamento a las siete de la noche, más o menos. Antes de acostarnos vimos una de esas
comedias donde todo es risa y felicidad. Me quedé dormido tan pronto como se acabó… otra vez el mismo comienzo. Voy
caminando tranquilo por la calle, y de pronto, ¡esta vez es escalofriante!, un cuervo baja del cielo y me saca el ojo derecho
de un solo picotazo. De inmediato pongo mi mano izquierda en la cuenca de mi ojo que sangra a borbotones, me tiro al
suelo y, aquí viene el verdadero terror: con el ojo que el cuervo se lleva puedo verme postrado en el suelo sin mi brazo
derecho, sin mi pierna izquierda, con la mano izquierda tapándome la cuenca que sangra de mi ojo derecho… La escena
deja de repetirse porque el cuervo que lleva el ojo que me observa, se aleja…
Me despierto aterrado y prendo la luz. Inmediatamente me doy cuenta de que mi esposa se ha ido a dormir al otro cuarto.
--Es comprensible—le digo.
--Es por eso por lo que he venido hoy lunes tan temprano, a ver usted qué me aconseja, llevo tres días sin dormir bien y,
para colmo, siento en todo el cuerpo un dolor insoportable…
Le pido que me dé un par de minutos. Salgo del consultorio y voy al baño que está al final del pasillo. Ya adentro, prendo
un cigarrillo. Necesito adaptarme a estos relatos tan aterradores y, más, si apenas hoy es lunes por la mañana.
No sé cómo mi amigo, el escritor, le irá a llamar a esta nueva serie de pesadillas cuando se las cuente. Pero, sobre todo, no
sé todavía qué decirle a este pobre desgraciado cuando termine el cigarrillo y tenga que volver a mi consultorio.
1

El libro cerrado está sobre la cama. No vale la pena contar las luces porque hay una sola. Pero las
sombras, ah, las sombras.

El ruido del cañón distante hace vibrar la tapa. O tal vez no sea culpa del papel sino de la mano que se
apoya y tiembla. Detrás hay un haz de músculos tensos.

–Te veo el martes –dice la voz que se va.

Sí, pero ¿cuánto falta? Todo sería más fácil si supieras qué día es hoy.

***

La pollera le llegaba hasta las rodillas. Cruzaba el puente de noche, sobre una plataforma rodante, con
la mirada en la punta de los zapatos. Podía haber acelerado la huida caminando, pero no lo hizo.

Era un blanco perfecto.

Algunas estrellas cambiaron de sitio. La sirena de un barco fantasma llenó la ciudad de miedo. La
plataforma rodante alcanzó el otro lado del puente mientras una bandada de palomas despertaba por
algún motivo incomprensible.

Los relojes tenían que dar la hora, y sólo dieron un indicio de que todo había dejado de funcionar.

Ahora sí, caminó. El ruido de los zapatos en la calle de ladrillos obligó a los perros a ladrar. Algo
oscurecía la luna. El tiempo se hizo lento, espeso. Todos vivíamos en el fondo del mar, donde apenas
podíamos llegar a peces.

La noche acabaría en algún momento, pero ni siquiera eso garantizaba nada.

***

Voy a ver un espectáculo de sombras chinescas. No sé cuántos actores participan, pero en el público
sólo somos doce, repartidos en tres hileras de butacas. Estoy en la hilera de atrás, en la segunda butaca
contando desde la izquierda.

Se apagan las luces de la sala y un reflector potente pone blanca, incandescente, la pared del frente.
Aparecen las primeras sombras.

Al principio resulta fácil adivinar los dedos y las manos que forman una cabeza de perro, una paloma,
un árbol, una pareja que se besa. Pero poco a poco las construcciones se hacen más complejas, y ya no
se sabe cómo crean la ilusión de una ardilla, un banco de plaza, un árbol, un auto, un semáforo, un
edificio de oficinas, una biblioteca, un anciano que camina con bastón.
Al mismo tiempo, delante de nosotros se desarrolla una historia. Quisiera relatarla, pero es tan tenue,
tan vaga y sutil, tan verdaderamente hecha de sombras que desafía las palabras. Ni siquiera hay banda
de sonido. Sólo se oye la respiración de los espectadores, una tos, movimientos involuntarios en las
butacas.

El relato empieza con cierto sentido del humor, que lleva a una mujer situada en la primera hilera a reír
sin control durante un minuto entero. Luego, imprevistamente, se pone tétrico. Hay muertes, caídas,
terror. Con el transcurso de las escenas siguientes la desolación nos invade a todos. Alguien solloza.
Durante un largo rato buscamos esperanzados el hilo que permita suponer un final feliz.

Pero no hay un verdadero final. Los personajes empiezan a desmembrarse, a perder fluidez, a olvidar
los respectivos roles. Los lugares se deshacen en huellas apenas visibles.

De pronto empezamos a distinguir otra vez los dedos y las manos que han estado fabricando todo. Lo
hacen a propósito. Dejan de simular que son otra cosa. Pero un minuto más tarde esos dedos y esas
manos también se deshacen, en dedos y manos más pequeños. Y los pequeños dedos y las pequeñas
manos se deshacen también, en otros que resulta difícil contar.

El proceso se repite dos o tres veces más, hasta que la pared blanca queda cubierta por una especie de
bosque puntillista de dedos infinitesimales. Entonces se apaga el reflector y quedamos a oscuras.
Empezamos a aplaudir.

***

Hay mil seiscientas cajas de madera apiladas hasta el techo, en este depósito oscuro y húmedo donde
hace años que nadie entra. Los lados de las cajas están hechos con listones como barrotes, y entre los
listones hay ranuras por las que apenas se puede ver el interior.

Cada caja contiene algo distinto. Algunos contenidos se mueven, pero casi todos están quietos. No es
fácil deducir qué hay en cada caja, ni siquiera cuando se mueve, cuando tiene olor o se derrama hacia
afuera.

Algunas cajas han caído al suelo y se han roto. Quedan pocos rastros de lo que guardaban. Hay
maderas mordidas, rasguñadas, cortadas, partidas. Hay manchas azuladas, grises, negras. Hay grumos
marrones y verdes.

Las puertas del depósito están cerradas por fuera, trabadas, encajadas en las paredes de manera que
nadie pueda abrirlas otra vez.

Una linterna serviría para averiguar más. Pero no tengo linterna. Dependo de la luz del día que entra
por una grieta de la pared, y ahora empieza a caer la noche.

***

A bordo del submarino nuclear опасность los violines nunca dejan de sonar. El sistema de audio se
extiende por las tripas del submarino hasta todos los rincones imaginables, incluyendo algunos donde
la tripulación no puede entrar. El clima interno, así, se ve modificado de un modo intenso, a veces para
bien, a veces para mal.

Cuando hay una emergencia, los violines suben una octava. Cuando el submarino llega a puerto, bajan
una quinta. No tocan ninguna música reconocible, avanzan y retroceden por melodías y series
armónicas siempre cambiantes, improvisadas por la inteligencia artificial que comandaría la nave si el
capitán se lo permitiera.

Los domingos, además de violines se oye una flauta. Pero no es electrónica.

Muchos tripulantes, hartos de tanto violín, usan protectores para los oídos. Por eso a bordo del
опасность sólo resulta fácil comunicarse con aparatos, a través de teclados, por ejemplo. Mucho más
fácil que con la gente, que anda por ahí con los oídos tapados y de mal humor.

El опасность evita los grandes puertos, los mares más transitados. Es un secreto. Un experimento que,
hasta el día de hoy, está fallando.

***

Si alguien supiera en qué piensa Naría cuando entrecierra los ojos, inclina un poco la cabeza hacia
abajo, hace chasquear los dedos de la mano izquierda, deja que un mechón de pelo negro le cubra la
cicatriz de la mejilla derecha, curva hacia arriba las cejas depiladas esta misma mañana, sonríe como
para sí misma y aspira hondo, preparándose para algo que sólo ella sabe, juntando la fuerza necesaria
para, en el momento siguiente, actuar.

***

Es de metal. O de plástico. De metal, pero parece plástico. Tiene punta. Se va cubriendo de sangre.
Gotea. Está agarrado a una especie de cuerda, o cable, que cuelga de un aparato con forma de cubo,
apoyado en tres patas.

Sobre el cubo hay un engranaje, y en uno de los lados un reloj que marca las cuatro y diez. Más atrás,
en la silla, varios libros sostienen una pirámide hueca, en cuyo interior hay una lámpara encendida

La cuerda, o el cable, tiene dos ramales, uno amarillo y el otro gris, el gris un poco más corto. El
amarillo se balancea en el aire.

El cubo es de aluminio, está manchado y tiene las esquinas abolladas. A veces el reloj se detiene, y
unos segundos más tarde arranca otra vez. El engranaje gira media vuelta con cada gota de sangre, o tal
vez sea la gota de sangre la que resulta de cada giro del engranaje.

Todo el conjunto huele a viejo, a moho, a haber estado bajo llave durante mucho tiempo.

El charco que las gotas de sangre han ido formando llega a los pies de la silla. Ahora se terminan los
gritos.
***

Los dos hombres están de pie, frente a frente. El de la izquierda habla sin parar, mientras mueve las
manos como para dar más sentido a lo que dice. El de la derecha escucha con atención, pero no mira las
manos sino los ojos del que habla, y a veces la boca. De vez en cuando asiente con un movimiento
débil de la cabeza.

Una serpiente muy larga y delgada, de color gris verdoso, asoma de la nariz del hombre que escucha y
se estira por el aire hasta entrar en la oreja derecha del hombre que habla. Ninguno de los dos parece
darse cuenta de esa cuerda viviente que cuelga entre ellos y los une, y que poco a poco sigue fluyendo
dentro de la oreja del que habla hasta que la cola se suelta de la nariz del que escucha y se agita
mientras sube y sube y sube.

A todo esto, el hombre que habla se ha ido poniendo pálido, y ha empezado a perder el control de las
palabras. Cuando la cola de la serpiente desaparece dentro de la oreja, el hombre que habla baja las
manos y se calla. Un segundo después cae el suelo. Su cadáver se deshace en una montaña de cenizas.

Pero ha quedado una silueta, un fantasma, un recuerdo del hombre que hablaba de que aún sigue de pie,
y que poco a poco levanta las manos otra vez y retoma el discurso. En tanto, mientras vuelve a asentir
con la cabeza, el hombre que escucha saca un escobillón que tenía medio oculto a sus espaldas y barre
las cenizas del piso.

***

Foster se arrastra por el laberinto de túneles, con la única luz de su casco y el peso intolerable del tubo
de oxígeno.

De vez en cuando le llega el ruido de otros exploradores, que se arrastran por túneles diferentes.

O tal vez sólo sea el eco de su propio arrastrarse, que va y vuelve rebotando en las paredes curvas.

O tal vez no sea el arrastrase de nadie, sino el movimiento inconsciente de las rocas, que crujen, se
acercan y se separan según el calor o el frío que les llegue por las aberturas de la Tierra.

O ni siquiera eso, sino el debatirse de los oídos de Foster, ansiosos por percibir algo que no provenga
del cuerpo que los incluye y los lleva consigo en una aventura de final imprevisible.

O apenas la imaginación de Foster, el intercambio de cantidades minúsculas de energía entre sus


neuronas desesperadas, que sólo esperan con deseo el momento de acabar con tanta soledad.

***

10

La larva está comiendo el tomo VI del Diccionario Enciclopédico, palabra tras palabra, ejemplo tras
ejemplo. Atraviesa un Ponerle como chupa de dómine y al otro lado del papel llega a Jugar con dos
barajas. No se detiene en Dar con los huevos en la ceniza ni en Más viejo que la sarna. Está muy
ocupada en huir de la digitalización.

***

11

En el centro de esa línea en espiral hay un punto anaranjado que no tiene explicación. Las huellas
llevan a cualquier parte menos al culpable. Sabemos muy poco, cada vez menos, como si el punto
anaranjado nos fuese absorbiendo los depósitos de memoria.

Alguien pulsa un botón, pero no hay respuesta. Quién nos dice que el botón esté conectado a algo.
Puede ser una trampa, pero si es así ya caímos.

Nos movemos lentamente, buscando los puntos de menor resistencia, tratando de aparentar que
estamos todos de acuerdo. Clara sonríe, pero nadie le hace preguntas.

***

12

Todo se va poniendo amarillo. Es una plaga, una catástrofe, un desafío a las leyes de la física.

El olor de las uvas se pone amarillo. Alguna gente empieza a preocuparse.

Sale en los diarios: “El tacto de la seda se puso amarillo.”

Sale en la televisión: “El sonido de las bocinas se puso amarillo.”

Hay quienes corren en busca de refugio, pero no tienen dónde ocultarse porque sus propias
percepciones los persiguen.

***

13

El policía, de pie en la vereda, toca silbato cada vez que alguien estaciona donde está prohibido. Mucho
más arriba, en el balcón del sexto piso, Di Biase saca un pelo de gato de la pierna izquierda del
pantalón y lo arroja en dirección al policía. El pelo se va hacia cualquier otro lado, llevado por las
corrientes de aire, pero a Di Biase no le importa porque su venganza es simbólica. ¿Qué probabilidades
hay de que ese pelo, dentro de diez minutos o seis días o cuatro meses, acabe justo en la gorra del
policía? El policía, de todos modos, estornuda. Como si presintiera algo.

***

14

La piedra de los acantilados es casi negra, igual que el agua del mar, igual que las nubes de tormenta
que pasan más arriba. Pero el paisaje está decorado con manchas de color: las puntas irisadas de las
olas con petróleo, los restos color ladrillo de la casa del guardaparque que cuelgan en lo alto, la luz
intermitente de un avión que vuela bajo.

La alegría y la pena están separadas por una línea curva.

***

15

Está pegando un papel en la puerta, con dos tramos de cinta adhesiva. Pone uno en la esquina superior
izquierda, y el otro en la esquina superior derecha. El papel queda un poco torcido. Trata de despegar el
tramo de la derecha, pero con él empieza a salir la capa de pintura blanca que recubre la puerta. Abajo
hay una capa de pintura verde, que hasta ahora le resultaba desconocida.

Corta otro tramo de cinta y la pega sobre el verde. Luego la arranca, y ve que abajo hay una capa de
pintura roja. Podría seguir del mismo modo y llegar al fondo de la verdad, pero tendría que ir a comprar
más cinta adhesiva.

Va a tirar el rollo vacío a la basura y regresa al papel, que dice: “Esta puerta es mía.” Saca una birome
del bolsillo y empieza a corregir el texto para que diga: “Esta puerta, con todas sus capas de pintura, es
mía.” Debido a la posición, el birome deja de escribir justo antes de la a de “pintura”. Queda así: “Esta
puerta, con todas sus capas de pintura”, y más abajo, “es mía”.

No importa. A quién se le va a ocurrir disputársela. Así como van las cosas, bien podría ser el último
hombre sobre la Tierra.

***

16

A bordo del Barma Farma, en algún lugar del Océano Índico

Nick se mordió el lado derecho del bigote. Bajo sus pies, la cubierta se alzó lentamente y luego volvió
a bajar. El mareo crecía con lentitud pero con firmeza. En unos minutos más llegaría al nivel máximo,
y lo obligaría a inclinarse sobre la borda para vomitar otro poco de espuma,, indistinguible de la
maravillosa espuma que adornaba las olas.

La música que llegaba del salón de fiestas era cada vez más insoportable. Trompetas dulces como
caramelo, violines llorosos como chocolate, una cantante tierna como crema recién batida. Nick sintió
que el estómago daba otra media vuelta, y a la vez percibió la mirada obtusa del capitán, borracho
perdido durante dos décadas enteras, que lo contemplaba desde la claridad relativa de una escotilla a
medio abrir.

–Mañana –dijo el capitán, estirando las vocales.

–¿Mañana? –preguntó Nick con un hilo de voz.

El capitán no respondió. Dio un paso atrás, y allá fue a reunirse con los violines y otro vaso de vodka.

Por encima de todos ellos, el sol iniciaba la última de sus tormentas.


***

17

–No, eso no –dijo Carla, y puso los ojos en blanco.

El operador aumentó el volumen de las risas enlatadas. Los ojos en blanco de Carla eran el punto más
alto del programa. Los ponía en blanco cada día, desde 1984. El rating no dejaba de aumentar. La
grabación de las risas enlatadas era la misma desde 1991, año en que habían reemplazado al productor
general.

Francis empuñó el control remoto y cambió de canal. Pero los ojos en blanco lo perseguían. En todos
los canales creía ver lo mismo. Levantó los pies y los usó para tapar una parte de la pantalla. El sonido
de las risas enlatadas se hizo más suave, hasta mezclarse con las olas de un mar que lentamente fue
inundando la ciudad hasta ahogar a todos los habitantes.

***

18

Los gases se expandieron hasta ocupar todo el espacio disponible. Los líquidos adoptaron la forma de
sus recipientes. Los sólidos, en cambio, conservaron sus formas. En la clase de física, esta vez, todo
anduvo de acuerdo con lo esperado.

***

19

Loriander Padla atravesó la habitación con tres pasos largos y abrió la ventana para que entraran los
cuervos. El ruido de las alas fue un concierto de música étnica. El movimiento, un mar de cenizas
levantado por el viento. Ojos, picos, garras: todo afilado.

El espejo giratorio se dio vuelta para enfrentar el espejo de la pared. La mirada de ambos se cruzó y así
construyeron un pasillo infinito en el que los cuervos se metieron a buscar su propio reino.

Durante las horas siguientes, las luces se encendieron poco a poco. Alguien se asomó al borde del
abismo y volvió para explicarlo a los demás. La nube roja avanzó con más rapidez que las otras,
mientras el sol se quedaba en la cima de las torres. Nunca más volvió el invierno.

***

20

El irlandés se agazapa tras una roca mientras el castillo pasa al trote. Nada de magia. Nada de hechizos
en la luna. El infierno está hecho de colecciones incompletas.

Traemos un vaso de vino al borde del lago. Es de noche. No hay estrellas porque el cielo está de viaje.
Si jugamos con fuego podemos terminar borrachos, pero es poco probable que alguien venga a pedir
revancha. Queremos correr riesgos.
El caucho apenas resiste. Cae una gota de lluvia, y ya estamos todos enfermos. No quedan cables lo
bastante tensos. Empezamos a mirar hacia abajo. Llegados a este punto ya no hay nada que nos
detenga.

Los oídos están tapados por una capa de algodón. El árbol, como de costumbre, no hace nada. Apenas
hay viento. Tragamos las pastillas más dulces sin sonreír, como si el horizonte se estuviera acercando.

El dolor es rojo.

RECUERDO

Clarita Spitz

Eran enormes. Parecían gatos. Las veíamos desde la azotea de la casa en el terreno de al lado.

A la sirvienta le daba pereza esperar el camión de la basura. Cuando el mocito pasaba unos minutos antes anunciando la
llegada con la campana, ella tomaba el tacho y salía de la casa, cantando, “a esconderse que allí viene la basura”. Entonces,
sin esperar, botaba las bolsas por encima del muro que separaba el patio del lote baldío. Ahí iban a parar los desperdicios.
Ahí se acumulaban.

Ella no entraba a la casa de inmediato. Se quedaba conversando con las demás sirvientas, hasta que el camión arrancaba y se
alejaba por la empinada cuesta.

Eran grises, con largas colas rosadas, y bigotes temblorosos. Hurgaban entre la basura, royendo las bolsas plásticas con sus
afilados dientes. El ruidito que producían me provocaba un escalofrío que me recorría toda la espalda y me hacía rechinar
los dientes. Era similar al que hacía la manicurista cuando le limaba las uñas a mamá los jueves por la mañana en la mesa de
la cocina.

Por las noches, me parecía escucharlas royendo la basura. Si cerraba los ojos, me parecía verlas corriendo de un lado para
otro. Imaginaba que escalaban el muro y entraban al patio de la casa. Se montaban en el carrito de las muñecas y aruñaban
sus lindos rostros de porcelana. Impregnaban el ambiente con su aroma nauseabundo.

No podía dormir.

Tenía sed, pero ni siquiera me atrevía a bajarme de la cama a tomar un vaso de agua. Me aguantaba las ganas de correr al
baño para hacer chichí.

Me levantaba por la mañana bañada en sudor. Pálida. El cabello pegado a la frente. Los ojos enrojecidos (hundidos).
Ojerosa.

Mamá empezó a preocuparse. Pero yo no podía contarle nada por miedo a que la sirvienta se enojara. Nos tenía
amenazados. Decía que el carro de la basura se llevaba a los niños chismosos. Me aterrorizaba que me jalara el cabello al
hacerme la cola de caballo.

Decidimos acabar con ellas.

Desde lo alto de la azotea, amarramos una bolsa de papel de estraza, de esas que usan en la panadería, con una larga cuerda.
Pusimos dentro un trozo de pan, y lo hicimos bajar lentamente hasta tocar el piso del lote. No tuvimos que esperar mucho.
La primera víctima se acercó, olisqueó la bolsa, y entró. La subimos de un tirón, y la suspendimos en el aire – pudimos ver
la cabeza asomarse moviendo los bigotes… y la soltamos. La bolsa cayó con fuerza, estrellándose contra el suelo. Se
escuchó un chillido aterrador -- ¡la rata salió corriendo con el pedazo de pan entre los dientes!

Nosotros gritamos del susto, y dejamos caer la bolsa con todo y cuerda hasta el suelo.

Hicimos tal alboroto que mi mamá subió corriendo hasta la azotea. Estaba pálida. Pensamos que le iba a dar un soponcio.

Hasta ahí llegó nuestra aventura. Al día siguiente, hicieron limpieza en el lote. Arrancaron los matorrales a machetazos.
Removieron las basuras. Por último llegaron a fumigar el terreno.
La sirvienta se fue sin despedirse siquiera. La vimos alejarse por la empinada cuesta.

(La sirvienta se alejó sin despedirse).


EL SALÓN 6.06
Alex Santiago

La coordinadora María García irrumpió en el salón de clases. Sus 1,80 metros de estatura atravesaron la puerta y su rostro
angelical recibió la mirada de miedo de todos los estudiantes del salón 6.06, especialmente los quince niños que llegaron
con el cabello engominado sacando pequeños cachito y otras figuras puntiagudas de sus escasos pelos.

Ella desvió la atención hacia la profesora Helena Márquez, quien a la vez la miraba tímidamente a través de sus espesos
anteojos.

-Profesora es usted la más nueva de la institución pero le agradezco que la próxima vez saque usted a todos los estudiantes y
los mande a lavarse la cabeza en el baño, o no los deje entrar a clases, y si no obedecen entonces me encargo de citar a sus
padres y hacerlos firmar un acta de compromisos.

Luis el pequeño situado al fondo del salón alzó la mano.

- Seño déjeme explicarle.

- No me diga nada, usted es uno de los que poca atención presta a las sugerencias que se les hace, como si estuviera en su
casa.

- El profesor Gonzalo Marañón nos sugirió que lo usáramos y que eso no es malo.

- Ahora mismo lo llamo a mi oficina, él no es aquí el rector para imponer normas, acaso no conoce el manual de
convivencia, profesora Helena continúe con la clase.

El espeso bigote del profesor Marañón apareció en la luminosa oficina y con sus ojillos verdosos besó la mano femenina de
la coordinadora, como buscando apaciguar su rabia y olvidar por un instante su fama de rígida, inflexible y agrio
temperamento que contrastaba con su escultural rostro.

- Ya sabe para que lo mandé llamar.

- Supongo que sí, ya me enteré de lo que sucedió, pero permítame explicarle y hablar sin tapujos. Sabe usted que los
científicos hallaron que el gen de la maldad; antes que genético, es social y dependiente del entorno.

- Y eso que tiene que ver, ¿acaso tiene usted un laboratorio para analizar a estos muchachos o trabaja en algún proyecto sin
que yo lo sepa?

- ¿Conoce usted el pueblo de los culeamuertas? Enfatizó el profesor.

- No pero…

- Es el pueblo más caliente de la costa, acaso no se enteró usted que más de cincuenta jóvenes sacaron de la bóveda a la
sobrina del alcalde, y después de 24 horas de muerta se pusieron condones y le hicieron el amor, algunos lo hicieron a cuero
pelao.

- Eso es un acto de satanismo y aquí no hay indicios que relacione a ninguno con esos ritos, todos vienen de familias
católicas.

- No se trata de eso profesora, todos eran evangélicos y la mayoría estudiaban en un colegio de monjas y probablemente la
hermana superiora hizo lo mismo que acaba de hacer usted hoy.

- ¿Qué quiere decir usted con eso, a dónde quiere llegar?

- Que la temperatura influye en el temperamento de todos los seres vivos, lo más probable es que los dinosaurios de sangre
fría vivían cómodamente a una temperatura de diez grados, pero al aumentar el promedio unos cinco grados, por causas
externas: un meteorito o un cometa que pasó cerca, las dendritas de sus neuronas se dilataron alrededor de una micra,
llevándolos a se violentos hasta a asesinar a sus crías, a sus padres y violar a sus parejas, este comportamiento los llevó al
exterminio.

- Nosotros no somos de sangre fría profesor.

- Pero si la temperatura ambiente aumenta por encima de los cuarenta grados, hay una fiebre exógena, provocando delirios,
deteriorando el cerebro y conduciendo a conductas extrañas como la necrofilia.

- ¿Usted cree que el gel es la solución?, o ¿tiene una fábrica de gel?

- Más que el dinero me interesan mujeres bellas como usted, que no sean violadas o asesinadas.

- Entonces profesor Marañón, mañana traeré condones llenos de gel y usted diseñe un gorro térmico.

- Yo además sugeriría, que los estudiantes entraran a las 5:00 de la mañana y salieran a las once, y así evitar los latigazos
del inclemente sol de mediodía. Y los alumnos de la jornada vespertina entraran a las tres de la tarde y salieran a las ocho de
la noche.

- Pondré esto en consideración de la comunidad educativa, pero no es fácil, el gobierno es el último en convencer con
altruistas ideas.

El profesor salió de la oficina satisfecho porque al fin después de tanto tiempo trasnochando con estas calamidades
visionarias, había inquietado a alguien con estas conclusiones. Caminó por los pasillos de los salones y el sonido del celular
le interrumpió sus pensamientos de éxito.

- Aló.

- Profesor Marañón, profesor Marañón, diríjase rápido al hospital,…su hija acaba de fallecer víctima de una bala perdida, al
coger el bus hacia el colegio.

El profesor enloqueció, arrojó con fuerza el maletín que llevaba al interior del patio y salió corriendo maldiciendo al sol de
los Aná Mok.

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