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L a Constit ución de 1814
E l 14 de septiembre de 1813, en virtud de excitativas
previas y reiteradas del egregio caudillo insurgente don
José María Morelos, se instaló en la iglesia parroquial de Chil-
pancingo, un Congreso Nacional formado por diputados re-
presentantes de las diversas provincias que en aquel entonces
integraban la Nueva España, como llamaban a México los con-
quistadores iberos.
Muerto el insigne iniciador de nuestra independencia, don
Miguel Hidalgo, el caudillo más caracterizado del movimiento
insurgente fue el Cura de Carácuaro, pueblecillo de la inten-
dencia de Michoacán, don José María Morelos, quien al princi-
piar el mes de octubre de 1810, en el pueblo de Charo, recibió
del señor Hidalgo instrucciones verbales para insurreccionar el
Sur e indicaciones respecto a la organización del gobierno in-
surgente y que Morelos llama “los elementos constitucionales
que conferencié con el señor Hidalgo”.
El Congreso de Chilpancingo se instaló con los siguientes
diputados: don Ignacio López Rayón, por Guadalajara; don
José Sixto Verduzco, por Michoacán; don José María Licea-
ga, por Guanajuato; don Andrés Quintana Roo, por Puebla;
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20 • La Constitución de 1814
don Carlos María de Bustamante, por México; don José Ma-
ría Coss, por Veracruz; don José María Murguía, por Oaxaca;
don José Manuel de Herrera, por Tecpan, y en calidad de se-
cretarios, don Cornelio Ortiz de Zárate y don Carlos Enríquez
del Castillo, quien días después murió combatiendo contra
fuerzas realistas.
En virtud del estado de guerra en que se encontraba el
país, no era posible realizar elecciones en las diversas provin-
cias del mismo y por ello fue que Morelos, como intérprete de los
deseos de la población insurgente, designó a la mayor parte de
los diputados antes mencionados, con excepción de los seño-
res Herrera y Murguía, quienes realmente fueron electos por
las provincias de Tecpan y Oaxaca, en donde gracias al pleno
dominio que en esos territorios ejercían los insurgentes, la fun-
ción electoral pudo llevarse a cabo sin dificultades.
Morelos, que se había dado cuenta cabal de lo que signifi-
caba la independencia, dio a conocer al Congreso sus puntos
de vista respecto de la organización que debía darse al gobier-
no nacional, y de esos puntos espigamos los siguientes:
“Que la América es libre e independiente de España y de
toda otra nación, gobierno o monarquía, y que así se sancione
dando el mundo las razones.
”Que la religión católica sea la única, sin tolerancia de otra.
”La soberanía dimana del pueblo, el que sólo quiere deposi-
tarla en sus representantes dividiendo los poderes de ella en Legis-
lativo, Ejecutivo y Judiciario, eligiendo las provincias sus vocales
y éstos a los demás, que deben ser sujetos sabios y de probidad.
”Que los empleos los obtengan sólo los americanos.
”Que no se admitan extranjeros, si no son artesanos capa-
ces de instruir y libres de toda sospecha.
”Que como la buena ley es superior a todo hombre, las
que dicte nuestro Congreso deben ser tales que obliguen a
constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia
y, de tal suerte, se aumente el jornal del pobre, se mejore sus
costumbres, aleje la ignorancia, la rapiña y el hurto.
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Enrique A. Enríquez • 21
”Que la esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la
distinción de castas, quedando todos iguales, y sólo distingui-
rá a un americano de otro, el vicio y la virtud.
”Que a cada uno se le guarden las propiedades y respeto
en su casa como en un asilo sagrado, señalando penas a los
infractores.”
Los puntos anteriores fueron comunicados al Congreso el
14 de septiembre de 1813, o sea, en la fecha de su apertura,
con el nombre de Sentimientos de la Nación, a fin de que, en
su oportunidad, el propio Congreso los tuviera en cuenta para
formular la Constitución insurgente.
Pero antes de realizar tan noble propósito, el Congreso
por sugestión de Morelos, expidió el Acta solemne de la De-
claración de Independencia de la América Septentrional, que
constituye la expresión categórica de la personalidad de México
libre de la tutela española.
Don Ignacio López Rayón, que se había distinguido por la
organización militar dada a sus tropas y por haber establecido
la Junta de Zitácuaro, con objeto de encauzar y regularizar el
movimiento insurgente, no fue partidario de que se expidiera
el Acta de Independencia en los términos en que se redactó,
o sea, declarando “que quedaba rota para siempre jamás y di-
suelta la dependencia del trono español”, sino que, sostenía la
conveniencia política de seguir usando el nombre de Fernando
VII, procurando de hecho la independencia.
El Acta de Independencia, tal como se expidió, satisfizo
los deseos de Morelos y demás jefes insurgentes que real y ver-
daderamente luchaban por la absoluta independencia del país,
repugnando la invocación del nombre de Fernando VII, que re-
sultaba injurioso y contradictorio con las ideas de libertad.
Cumplido el acto trascendental antes referido, el Congreso
se dedicó con positivo empeño, en medio de las zozobras de
la persecución de las tropas virreinales, a formular la Consti-
tución que serviría de norma al gobierno nacido de la insur-
gencia.
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22 • La Constitución de 1814
La Constitución de 1814 o de Apatzingán, así llamada
porque en este lugar de la entonces provincia de Valladolid y
hoy estado de Michoacán, se expidió con el carácter de provi-
sional, consta de dos partes: la primera se denomina: “Princi-
pios o elementos constitucionales” y, la segunda, “Forma de
gobierno”.
La primera parte comprende seis capítulos, que tienen por
rubro, respectivamente: I. De la religión; II. De la soberanía;
III. De los ciudadanos; IV. De la ley; V. De la igualdad, y VI.
De las obligaciones de los ciudadanos.
En el primer capítulo se establece que la religión católica,
apostólica, romana es la única que se debe profesar en el estado.
En el segundo se destacan los siguientes preceptos: que la facultad
de dictar y establecer la forma de gobierno, que más convenga a
los intereses de la sociedad constituye la soberanía (Art. 2); que
ésta es imprescriptible, inenagenable e indivisible (Art. 3);
que como el gobierno no se instituye por honra o intereses
particulares de ninguna familia, de ningún hombre y de nin-
guna clase de hombres, sino para la protección y seguridad
general de todos los ciudadanos, unidos voluntariamente en
sociedad, ésta tiene derecho incontestable a establecer el go-
bierno que más le convenga, alterarlo y modificarlo, y abolirlo
totalmente cuando su felicidad lo requiera (Art. 4); por con-
siguiente, la soberanía reside originalmente en el pueblo, y su
ejercicio en la representación nacional compuesta de diputa-
dos elegidos por los ciudadanos bajo la forma que prescribe la
Constitución (Art. 5); tres son las atribuciones de la sobera-
nía: la facultad de dictar leyes, la facultad de hacerlas ejecutar
y la facultad de aplicarlas en los casos particulares (Art. 11);
estos tres poderes, Legislativo, Ejecutivo y Judicial, no deben
ejercerse ni por una sola persona, ni por una sola corporación.
En el tercer capítulo se destaca este precepto: que se reputan
ciudadanos de esta América los nacidos en ella. En el capítulo
cuarto sobresalen estas disposiciones: ley es la expresión de la
voluntad general en orden a la felicidad común; esta expresión
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Enrique A. Enríquez • 23
se enuncia por los actos emanados de la representación nacio-
nal; la ley debe ser igual para todos, pues su objeto no es otro
que arreglar el modo con que los ciudadanos deben conducirse
en las ocasiones que la razón exija que se guien por esta regla
común. En el capítulo quinto se anotan los siguientes princi-
pios: la felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos
consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y li-
bertad; la íntegra conservación de estos derechos es el objeto
de la institución de los gobiernos y el único fin de las asociacio-
nes políticas; todo ciudadano se reputa inocente mientras no
se declare culpado; ninguno debe ser juzgado ni sentenciado
sino después de haber sido oído legalmente; la casa de cual-
quier ciudadano es un asilo inviolable, sólo se podrá entrar en
ella cuando un incendio, una inundación o la reclamación de
la misma casa haga necesario este acto; todos los individuos de la
sociedad tienen derecho a adquirir propiedades y a disponer de
ellas a su arbitrio con tal que no contravengan la ley; ningu-
no debe ser privado de la menor porción de lo que posea, sino
cuando lo exija la pública necesidad, pero en este caso tiene
derecho a la justa compensación; ningún género de cultivo,
industria o comercio puede ser prohibido a los ciudadanos,
excepto los que forman la subsistencia pública; la instrucción,
como necesaria a todos los ciudadanos, debe ser favorecida por
la sociedad con todo su poder; en consecuencia, la libertad de
hablar, de discurrir y de manifestar sus opiniones por medio
de la imprenta, no debe prohibirse a ningún ciudadano, a me-
nos que en sus producciones ataque el dogma, turbe la tran-
quilidad pública u ofenda el honor de los ciudadanos. En el
capítulo sexto, brilla la siguiente disposición: las obligaciones
de los ciudadanos para con la patria son: una entera sumisión
a las leyes, un obedecimiento absoluto a las autoridades cons-
tituidas, una prudente disposición a contribuir a los gastos pú-
blicos, un sacrificio voluntario de los bienes y de la vida cuando
sus necesidades lo exijan. El ejercicio de estas virtudes forma el
verdadero patriotismo.
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24 • La Constitución de 1814
La segunda parte de la Constitución, encabezada, como
antes se dijo, con el rubro de “Forma de gobierno”, en su pri-
mer capítulo nombra las diversas provincias constitutivas del
territorio nacional, que en ese entonces lo eran: México, Puebla,
Tlaxcala, Veracruz (que comprendía Tabasco), Yucatán, Oa-
xaca, Michoacán, Querétaro, Guadalajara, Guanajuato, Potosí
(que comprendía Nuevo Santander, ahora Tamaulipas), Zaca-
tecas, Durango, Sonora (que comprendía Sinaloa), Coahuila
(que comprendía Texas), Nuevo León y Tecpan, provincia esta
última que formó Morelos con parte del territorio de las de
México, Michoacán, Puebla y Oaxaca. En el segundo capítu-
lo se enuncian los tres poderes: el Legislativo, ejercido por el
Supremo Congreso Mexicano; el Ejecutivo, ejercido por tres
individuos, y el Judicial, desempeñado por el Tribunal Supe-
rior de Justicia. Los capítulos del tercero al décimo se ocupan
de la integración del Congreso y de la forma de la elección de
los diputados. El capítulo octavo trata de las atribuciones del
Poder Legislativo. El capítulo noveno se refiere a la sanción y
promulgación de las leyes, así como al modo de proponerlas
y discutirlas. Los capítulos diez, once y doce se refieren a la
organización, elección y facultades del Ejecutivo. Los capítulos
catorce, quince y dieciséis tratan del Poder Judicial, que sería
ejercido por el Supremo Tribunal de Justicia, compuesto de
cinco magistrados nombrados por el Congreso. Los capítulos
finales, o sea el dieciocho y el diecinueve, tratan de la creación
y funcionamiento del Tribunal de Residencia, que conocería
de las causas de responsabilidad oficial correspondientes a los
individuos del Congreso, a los del Supremo Gobierno y a los
del Supremo Tribunal de Justicia.
La Constitución fue expedida el 22 de octubre de 1814, en
el Palacio Nacional del Supremo Congreso Mexicano, en Apa-
tzingán, Michoacán, firmándola los diputados siguientes: José
María Liceaga, por Guanajuato, presidente; Dr. José Sixto Ber-
dusco, por Michoacán; José María Morelos, por Nuevo León;
Lic. José Manuel de Herrera, por Tecpan; Dr. José María Coss,
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Enrique A. Enríquez • 25
por Zacatecas; Lic. José Sotero de Castañeda, por Durango;
Lic. Cornelio Ortiz de Zárate, por Tlaxcala; Lic. Manuel de
Aldrete y Soria, por Querétaro; Antonio José Moctezuma, por
Coahuila; Lic. José María Ponce de León, por Sonora; Dr,
Francisco Argándar, por San Luis Potosí; Remigio de Yarza,
secretario; Pedro José Bermeo, secretario.
Según nota puesta después de las anteriores firmas, los di-
putados Ignacio López Rayón, Manuel Sabino Crespo, Lic.
Andrés Quintana Roo, Lic. Carlos María de Bustamante y
Antonio Sesma, aunque contribuyeron con sus luces a la for-
mación de la ley, no pudieron firmarla por estar ausentes al
tiempo de la sanción, enfermos unos y otros empleados en
diferentes asuntos del servicio de la patria.
Es verdad que la Constitución de Apatzingán en ningún
momento tuvo vigencia positiva en México, ya que la mayor
parte del territorio nacional se encontraba bajo el dominio de
las fuerzas virreinales, pero esa Constitución debe estimarse
como la realización del propósito insurgente de organizar po-
líticamente a la antigua Nueva España bajo la forma demo-
crática poniendo de resalto que no se trataba de una lucha
mezquina de carácter personalista, sino de una noble pugna
de principios en cuyo triunfo los insurgentes siempre tuvieron
una fe absoluta.
En la redacción de la Carta de Apatzingán tuvieron in-
fluencia la doctrina general de la Revolución Francesa y la
Constitución Liberal Española de 1812. La primera inspiró
la declaración relativa a la soberanía popular; la división de
poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial); la libertad de tra-
bajo, de expresión, de imprenta; la protección de los derechos
de propiedad, seguridad, libertad e igualdad. La Constitución
Española de 1812, inspiró el sistema electoral y el centralismo.
Alguno de los ejemplares de la Constitución que el Con-
greso hizo circular por todo el territorio nacional, llegó a po-
der del virrey Calleja del Rey a principios del mes de mayo de
1815. Este gobernante pasó el ejemplar de referencia a consulta
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26 • La Constitución de 1814
del Real Acuerdo, que el 17 de mayo siguiente, resolvió que
tal documento, por monstruoso y herético, debía quemarse
por las manos del verdugo en la Plaza Mayor de México, y que
igual ceremonia se verificara en todas las capitales de provincia.
En acatamiento a ese real acuerdo, el 24 de mayo de 1815,
estando las tropas de la guarnición de la plaza formadas en
cuadro en la bella y amplísima Plaza Mayor de la ciudad
de México y el virrey don Félix María Calleja del Rey, conde de
Calderón, en el balcón central del Palacio, acompañado de al-
tos dignatarios oficiales, el verdugo, instalado en un tablado
construido para el efecto enfrente de ese edificio, quemó la
Constitución, calificada, como antes se dijo, de monstruosa y
herética por los enemigos de nuestra emancipación.
El Cabildo Eclesiástico de México, no queriendo ser me-
nos que la autoridad civil, el 26 del propio mes de mayo, publi-
có un edicto en el cual se prohibía la lectura de la Constitución
bajo pena de excomunión mayor y mandó que los curas, con-
fesores y predicadores combatieran la expresada Carta Magna
porque en la misma se establecía la tolerancia de cultos, ase-
veración falsa, pues que precisamente el artículo primero de
la Ley Constitucional que nos ocupa, ordena que la religión
católica, apostólica, romana, sería la única que profesaría el
estado.
Sin embargo, el alto clero, en el que dominaba el elemento
español y el criollo españolizante, en su carácter de enemigo
sistemático de la independencia aprovechaba cualquier oportu-
nidad, como la presente, para combatir con saña y porfía toda
manifestación de ideas que contrariara los principios absolutis-
tas en los que se sustentaba la monarquía española.
La Inquisición, mediante un edicto publicado en julio de
1815, declaró incursos en excomunión mayor a quienes inspi-
rasen o propagasen el espíritu de sedición e independencia, e
hizo declaración semejante respecto de quienes poseyesen o
leyesen papeles publicados por los insurgentes.
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Enrique A. Enríquez • 27
Así que la Constitución de Apatzingán fue combatida por
el rey, por la Iglesia y por la Inquisición, pero no obstante la
fuerza considerable de esos organismos, las ideas democráti-
cas contenidas en aquella ley fundamental, y particularmente las
ideas del genial Morelos, consignadas en los Sentimientos de
la Nación, supervivieron y fueron, más tarde, la simiente de la
República democrática y liberal, a cuyo amparo vive el pueblo
mexicano.
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