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El Amor: Una Práctica, No una Existencia

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El Amor No Existe por Cecil Tavera, Psicoterapeuta Transpersonal

El amor es una palabra hartamente repetida en canciones, obras literarias,


exposiciones gráficas, televisión, cine, redes sociales, y demás sistemas de
expresión. Sin embargo es una palabra con acepciones tan diversas y, en
ocasiones, tan inconsistentes entre sí, que me han llevado a discernir que,
en realidad, el amor no existe. La frase “el amor no existe” es tan común
como la misma palabra “amor”. Mas, decir que el amor no existe, en mi caso,
no es con ánimos pesimistas, sino todo lo contrario: el amor no existe,
porque el amor se crea, se hace, se produce, se inventa, se reinventa, se
practica.

Ésta es la propuesta del presente ensayo, no me avocaré a conceptualizar


el amor como un objeto de estudio ni como una emoción, sino que pretenderé
justificar por qué el amor no es ninguna de las anteriores, sino una práctica,
un ejercicio; en términos precisos: una conducta.

Primeramente demostraré que el amor no es, no existe per se, sino mediante
un acto. En esta sociedad estamos acostumbrados a definir a todos los seres
que nos rodean a partir de lo que hacen, así llamamos a unos roedores, otros
mamíferos, otros carnívoros, otros agradables, otros responsables. Sin
embargo uno no nace responsable, uno se hace responsable a partir de sus
actos, es decir, si actúa responsablemente. Pero la responsabilidad no es un
estado de ser, si así lo fuera unos estarían predeterminados a siempre actuar
responsablemente y otros a siempre actuar irresponsablemente. Lo mismo
sucede con el amor, uno no puede ser amoroso, pero sí puede devenir
amoroso a partir de tener prácticas amorosas. Esta postura es coincidente
con la de Platón durante el Diálogo de Protágoras o de los Sofistas, donde
afirma “…no es posible ser virtuoso, es decir, perseverar siempre en este
estado; pero es posible hacerse o devenir virtuoso, como es posible devenir
vicioso”.1 Y siendo la virtud una propensión, facilidad y prontitud para
conocer y obrar el bien; no puede ser más que la expresión del amor misma.
Así mismo, el amor no es una emoción. Primero se nos enseña social y
erróneamente que las emociones se encuentran en el corazón y el día de San
Valentín atestiguamos en cada esquina un espectáculo de corazones: globos,
chocolates, arreglos florales, tarjetas, todo con forma de corazón. Mientras
tanto el hipotálamo sufre a solas que nadie reconozca sus funciones. Después
se nos enseña que ciertas reacciones fisiológicas engloban la experiencia
amorosa, pero son sólo reflejos hacia un estímulo agradable. Si estuviéramos
presenciando la ejecución del “ser amado”, nuestras reacciones fisiológicas
no responderían ante ese ser, sino ante la experiencia de desagrado del acto
homicida. El enamoramiento no es más que la exacerbación de ciertas
reacciones fisiológicas ante un estímulo que discriminamos como más
agradable que otros. Y la emoción con que se define apropiadamente a este
conjunto de reacciones fisiológicas es la alegría.

Ya descartamos que el amor sea una emoción y tenga existencia per se.
Entonces, ¿cómo podemos definir el amor? Si es que es, ¿qué es? Acepto el
reto de contestar esta pregunta no sin antes reconocer que es tarea ardua y
que las probabilidades de que el lector coincida totalmente con mi postura
podrían no ser muy favorables. Con miras a esto me permito citar a Osho
quien argumentaba que “El amor es una experiencia. Se ha de
experimentar, como el sabor. Si no has probado la sal no hay forma de
explicar a qué sabe”.2

Como dije previamente, si el amor es, es sólo a través de hacerse, a partir


de que alguien lo actúe. El mismo Jesús, ícono de la teología
cristiana, confirma el hecho de que el amor no es una emoción ni es por sí
solo sino a partir de un acto, y es así que pronuncia en los Evangelios “Oísteis
que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os
digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien
a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os
persiguen”.3Evidentemente no podemos esperar tener una reacción
fisiológica agradable hacia un estímulo que nos parece desagradable,
entonces Jesús no nos está pidiendo que experimentemos una emoción
positiva hacia ese ser. Jesús sabe que el amor no existe entre ese ser y tú al
menos que ejerzas una acción bondadosa por el bienestar de éste.

Platón y otros filósofos griegos dedicaron un espacio significativo al análisis


del amor. Ellos proponen tres tipos de amor: eros, filos y
ágape.4 Personalmente no creo que existan divisiones en el amor a través de
su expresión, el amor tan sólo es el acto bondadoso que procura el bienestar
del prójimo. Sin embargo, aunque la expresión sea siempre la misma, el
motivo que nos lleva a manifestarla puede provenir de distintas fuentes.

En el caso que nos atañe con los griegos, el amor denominado “eros”
proviene de los impulsos del placer, cualquier apetito físico humano.
Habremos de ser muy cuidadosos con no confundir y creer que se puede
tener amor a la comida, al sexo o al sueño, estos tres placeres son
únicamente el motivador. Sólo puede ser una manifestación de amor erótico
el cuidar del árbol porque disfruto comer sus frutos, procurar el bienestar del
ser deseado y de mí mismo porque gozo vincularme sexualmente, o atender
el lugar donde duermo porque me regocijo en dormir.

Por su parte, filos significa una atracción intelectual hacia algo o alguien que
se transforma en una forma de amor. Igualmente se procura el bienestar del
ser o el objeto que así mismo nos brinda bienestar, lo mismo que decir, le
amamos porque sabemos que somos amados. Es a partir de filos que
establecemos relaciones con nuestra familia, con nuestras amistades, con la
vida misma.

Por último, contamos con lo que los griegos considerarían la máxima


expresión del amor: ágape, el amor que no pide nada a cambio. Ágape es la
manifestación de compasión por los demás, entendiendo el sufrimiento de
todos los seres y procurando su prosperidad. Es el amor a la humanidad,
amor que observamos a partir de los actos de personajes como Gandhi, la
Madre Teresa de Calcuta, Martin Luther King, Jesús, Buda, entre otros. Los
propios griegos aseguraban que era este amor a la humanidad el motivador
mismo de la filosofía.

Por su parte, los budistas5 afirman que el amor tiene cuatro aspectos, siendo
éstos:

1) Maitri: benevolencia, que se define como la habilidad de brindar felicidad


a la persona que amas;

2) Karuna: compasión, habilidad para comprender y sosegar el sufrimiento


de otro ser;

3) Mudita: alegría; el gozo mismo de la experiencia amatoria; y

4) Upeksha: ecuanimidad o libertad, obtener la libertad en sí mismo y


procurar la libertad de la persona que amas.

Pero, ¿en qué consisten prácticamente estos cuatro factores? Iniciando por
el primer factor mencionado, “maitri” (benevolencia), sé que algunos
argumentarán que no puedes hacer feliz a otro, coincido con quienes sean
de esta opinión puesto que lo único que puedes hacer es contribuir a la
felicidad del otro, brindar motivos que inspiren felicidad, tener hacia él o ella
detalles que favorezcan su felicidad. Y todos poseemos este potencial,
aunque la decisión última de ser feliz pertenezca al otro.

En lo referente al segundo aspecto, “karuna”, la filosofía budista afirma que


la compasión es entender el sufrimiento del otro y, si no se puede hacer nada
para sosegar su sufrimiento, al menos debemos evitar contribuir a que éste
se exacerbe. Existen momentos en que se ama al no hacer nada, porque
inclusive no hacer nada ¡ya es hacer algo! Es haber tomado la decisión de no
intervenir, lo cual, en ocasiones, es lo que más beneficia al ser que amamos.
Tomemos por ejemplo el caso de una pequeña de cinco años con cáncer,
quien lleva año y medio internada, sin jugar, sin probar su comida favorita
debido a las náuseas, sin socializar con niños sanos, sometida
constantemente a tratamientos y estudios. Los doctores le informan a la
madre que la última opción disponible es cirugía, en la cual puede fallecer y,
en caso de sobrevivir, únicamente le daría un año más de vida en el hospital.
Si la niña no se somete a cirugía, su tiempo se ve reducido a dos meses de
vida. La madre opta por no hacer la cirugía, no luchar contra el cáncer, no
hacer nada. Se lleva a su niña a casa y, por no hacer nada, le regala dos
maravillosos meses, jugando, comiendo de acuerdo a su antojo, conviviendo
con otros niños y siendo feliz.

El cuarto factor, “murita”, habla sobre la alegría que trae consigo el amar a
otros. Este es un factor que comúnmente es malentendido, las personas
objetan que no siempre se está alegre cuando se ama, y eso es verdad. En
el caso de la niña con cáncer, no podemos aseverar que la madre esté alegre
porque su niña va a morir. En muchas ocasiones al tener un acto amoroso
no estamos alegres, pero a posteriori, cuando entendemos que ese acto
contribuyó al bienestar y la felicidad del otro, nuestro ser se alegra de haber
hecho lo correcto.

Por último nos resta analizar a “upeshka”, la libertad como factor


indispensable del amor. Saint-Exupéry, el filósofo galo, hace una estupenda
aseveración cuando dice “quizás el amor sea el proceso de dirigir al otro
gentilmente hacia él mismo”. Exactamente en eso consiste, en permitirle y
alentar que el otro sea la mejor versión de sí mismo, que explore y explote
todas sus potencialidades. El amor en sí mismo es una expresión de libertad.
Cada uno de los miembros en cualquier relación amorosa se debe a sí mismo.
Cuando estoy en relación, no quiero que la otra persona sea mía ni para mí,
quiero que sea de sí misma y para ella misma, para que entonces podamos
ser juntos, para que entonces podamos compartir nuestro amor.

No es relevante la cultura o tradición a la que se pertenezca, el amor es el


lenguaje universal. Si expusiéramos una fotografía de un vagabundo
ofreciendo su último trozo de comida a un perro callejero, sabríamos que es
amor; cuando observamos en la noticias sobre desastres naturales a
personas de todas partes del mundo contribuyendo desinteresadamente,
atestiguaríamos un acto de amor; las donaciones de sangre, médula y
órganos, son por sí mismas expresiones de amor. No existe tal cosa como
amar mucho o amar poco, amar a éste más que a aquél, el amor no presenta
magnitudes. Algunos días mi ser se ha visto lleno de dicha al observar la risa
de un niño en el transporte, por escuchar un saludo de buenos días o ante la
oportunidad de ofrecer la mano a una viejita que busca cruzar la calle.
Cualquier momento, cualquier circunstancia, cualquier espacio te ofrece la
capacidad de devenir amoroso, la decisión es de cada uno y empieza por
uno.

Sobre el amor seguirán surgiendo continuamente estudios científicos,


psicológicos, filosóficos, espirituales, sociales, transpersonales,
parapsicológicos y hasta chamánicos. Sin embargo, nada de lo que esté
escrito o sea dicho podrá jamás ser equivalente a la práctica misma del amor.
Espero que este ensayo sobre el amor haya cumplido con el cometido de
explicar por qué el amor no existe, aunque ciertamente ni yo, ni nadie, podrá
explicar todo lo que el amor sí es.

El amor no existe…el amor se crea, se destruye y se transforma.

Hay una palabra que nos libera de todo el peso

y el dolor de la vida: esa palabra es amor.


Referencias Bibliográficas.

1. Platón (1991). Diálogos (22 ed). México, Editorial Porrúa.

2. Osho (2008). Vida, amor y risa. Una nueva visión de la espiritualidad.


México, D.F., Editorial Planeta de Agostini.

3. Biblia Plenitud (Versión Reina Valera 1960). Miami, Florida, Editorial


Caribe.

4. Hirschberger, J. (2004). Breve historia de la filosofía. Barcelona, España,


Editorial Herder.

5. Thich Nhat Hanh (2006). True Love. A Practice for Awakening the Heart.
London, Shambhala Editorial.

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