1. OVIDIO: Metamorfosis I, 452-567 (trad. A. Ruiz de Elvira, Madrid, 1992, C.S.I.C.
El primer amor de Febo fue Dafne, la hija del Peneo, y no fue producto del ciego azar, sino de la
violenta cólera de Cupido. A éste lo había visto el Delio, orgulloso de su victoria sobre la serpiente, en el
momento en que el otro doblaba los extremos de su arco tirando de la cuerda, y le dijo: “¿Qué tienes tú
que ver, niño retozón, con las armas de los valientes? Llevar esa carga me cuadra a mí, que sé dirigir
golpes infalibles a una fiera o a un enemigo, que hace poco he tendido por tierra, hinchada por mis
innúmeras flechas, a Pitón, la alimaña que con su vientre venenoso oprimía tantas yugadas de tierra. Tú
conténtate con estimular con tu antorcha no sé qué pasiones amorosas, y no trates de aspirar a la gloria
que me es propia.” A lo que respondió el hijo de Venus: “Aunque tu arco atraviese todo lo demás, el mío
te va a atravesar a ti, y en la misma medida en que todos los animales son inferiores a la divinidad, otro
tanto es menor tu gloria que la mía.” Dijo, y batiendo las alas se abrió camino por los aires y fue raudo a
detenerse en la sombreada cima del Parnaso, donde sacó de su aljaba portadora de flechas dos dardos de
diferente efecto; el uno hace huir al amor, el otro lo produce. El que lo produce es de oro, y resplandece
su afilada punta; el que lo hace huir es romo y tiene la caña guarnecida de plomo. Este fue el que clavó el
dios en la ninfa del Peneo, mientras que con el otro hirió hasta la médula de Apolo después de atravesarle
los huesos. En el acto queda el uno enamorado; huye la otra hasta del nombre del amor, y se complace en
las espesuras de las selvas y en los despojos de las fieras que cautivan, émula de la virginal Febe; una
cinta sujetaba sus cabellos abandonados en desorden. Muchos la pretendieron, pero ella rechaza a sus
pretendientes y, libre de marido al que no soportaría, recorre los parajes más solitarios de los bosques y
desdeña enterarse de lo que es el Himeneo, el Amor o el lazo conyugal. Muchas veces le dijo su padre:
“Un yerno me debes, hija”. Muchas veces le dijo su padre: “Me debes nietos, hija mía”. Ella, que odiaba
como un crimen las antorchas nupciales, mostraba su bello rostro teñido de avergonzado rubor y, en los
brazos acariciantes de su padre y colgada de su cuello, le decía: “Concédeme, padre mío querido, poder
disfrutar de una virginidad perpetua; también a Diana se lo concedió su padre.” Él desde luego atendió a
sus ruegos; pero a ti tu mismo atractivo te impide lograr lo que deseas, y tu hermosura se opone a tus
anhelos. Febo esta enamorado, ha visto a Dafne y ansía unirse a ella; lo que ansía, espera conseguirlo, y le
engañan sus propios oráculos. Y como arden las pajas livianas una vez despojadas de las espigas, como
se incendian los cercados por las antorchas que acaso un viandante ha acercado en demasía o abandonado
al aproximarse el día, así se encendió en llamas el dios, así se quemaba su corazón entero y con sus
esperanzas alimentaba un amor estéril. Advierte que sus cabellos le caen por el cuello sin aliño y se dice:
“¿Y si se los peinara?”. Ve sus ojos que resplandecen como ascuas y semejantes a estrellas, ve su boca,
que no basta con ver; se extasía con sus dedos y manos, con sus brazos y con sus antebrazos desnudos en
más de la mitad; y las partes ocultas las supone mejores aún. Pero ella huye más veloz que la brisa ligera,
y no se detiene a estas palabras con que él la llama: “Ninfa, por favor, Peneide, deténte; no soy un
enemigo que te persigo; detente, ninfa. Así huye la cordera de lobo, así la cierva del león, así las palomas,
con las alas revoloteando, del águila, cada una de sus enemigos; el amor es el motivo que tengo para
seguirte. ¡Desgraciado de mi! No vayas a caerte de bruces, no vayan las zarzas a señalar tus piernas que
no merecen ser heridas, y no vaya yo a ser causante de tu dolor. Son fragosos los pasajes por donde te
precipitas; no corras tanto, yo te lo pido, y modera tu huida; también yo te seguiré más despacio. Pero
entérate de a quién gustas; no es un habitante del monte, no soy un pastor, no un ser repelente que guarde
aquí vacas o rebaños de ovejas. No sabes, temeraria, no sabes de quien huyes, y por eso huyes. A mí me
obedecen como esclavas la tierra de Delfos y Claros y Ténedos y la residencia real de Pátara; Júpiter es
mi padre; por mediación mía se revela tanto lo que será como lo que ha sido y lo que es; gracias a mí
suena el canto en armonía con las cuerdas. Infalible es mi flecha, desde luego, pero hay una que lo es aún
más que la mía, y que ha causado un aherida en mi corazón antes intacto. Invento mío es la medicina, en
todo el mundo se me llama auxiliador, y el poder de las hierbas me esta sometido. ¡Ay de mi, porque
ninguna hierba es capaz de curar el amor, y no sirven de nada a su señor las artes que sirven a todos los
demás!”
Aún iba a seguir hablando cuando la Penea huyó a la carrera, despavorida, y al abandonarlo dejándolo
con la palabra en la boca, aun entonces le pareció agraciada; el viento le descubría las formas, las brisas
que se le enfrentaban agitaban sus ropas al choque, y un aura suave le empujaba hacia atrás los cabellos;
con la huída aumentaba su belleza. Pero el joven dios no puede soportar por más tiempo dirigirle en vano
palabras acariciantes, y, obedeciendo a los consejos de su mismo amor, sigue sus huellas en carrera
desenfrenada. Cuando un perro de las Galias ha visto a una liebre en campo abierto, mientras él busca el
botín con la ligereza de sus patas, la liebre busca la vida; el uno parece que va a hacer presa, espera
conseguirlo de un momento a otro y con el hocico tendido va rozando las huellas; la otra está en la
incertidumbre sobre si estará ya apresada, se arranca de las fauces mismas de su perseguidor y deja atrás
el hocico que ya la tocaba; así corren veloces el dios y la muchacha, él por la esperanza, ella por el temor.
Sin embargo el perseguidor, ayudado por las alas del amor, es más rápido, se niega el descanso, acosa la
espalda de la fugitiva y echa su aliento sobre los cabellos de ella que le ondean sobre el cuello. Agotadas
sus fuerzas, palideció; vencida por la fatiga de tan acelerada huida, mira a las aguas del Peneo y dice:
“Socórreme, padre; si los ríos tenéis un poder divino, destruye, cambiándola, esta figura por la que he
gustado en demasía”. Apenas acabó su plegaria cuando un pesado entorpecimiento se apodera de sus
miembros; sus suaves formas van siendo envueltas por una delgada corteza, sus cabellos crecen
transformándose en hojas, en ramas sus brazos; sus pies un momento antes tan veloces quedan
inmovilizados en raíces fijas; una arbórea copa posee el lugar de su cabeza; su esplendente belleza es lo
único que de ella queda. Aun así sigue Febo amándola, y apoyando su mano en el tronco percibe cómo
tiembla aún su pecho por debajo de la corteza reciente; y estrechando en sus brazos las ramas, como si
aun fueran miembros, besa la madera; pero la madera huye de sus besos. Y el dios le habla así: “Está
bien, puesto que ya no puedes ser mi esposa, al menos serás mi árbol; siempre te tendrán mi cabellera, mi
cítara, mi aljaba; tú acompañarás a los caudillos alegres cuando alegre voz entone el Triunfo y visiten el
Capitolio los largos desfiles. También tú te erguirás ante la puerta de la mansión de Augusto, como
guardián fidelísimo, protegiendo la corona de encina situada entre ambos quicios; y del mismo modo que
mi cabeza permanece siempre juvenil con su cabellera intacta, lleva tú también perpetuamente el
ornamento de las hojas.” Terminó de hablar Peán; el laurel asintió con sus ramas recién hechas, y parecía
que, como cabeza, agitaba su copa.
2. JUAN DE MENA: La coronación del Marqués de Santillana, XXXIII y glosa (ed. M. A. Pérez
Priego, Barcelona, 1989, Planeta)
2a
Vi los collados monteses
plantados por los reguardos
de sus faldas e traveses,
altas palmas e çipreses
e çinamomos e nardos;
e vi cubiertos los planos
de jaçintos e platanos
e grandes linaloeles,
e de çedros e laureles
los oteros soberanos.
2b
E laureles: laurel traxo este nonbre desta palabra laus, por alabança, e de aqueste árbol en otro tienpo
coronavan a los poetas, e los antiguos laudea le solian llamar en latín, e por antigüedad fue sublata aquella
letra d e llámanlo laurus, e este árbol los griegos llaman dafnen, que quiere dezir árbol que sienpre dura
verde, e por ende los poetas en otro tienpo solían ser coronados a esta semejança de las ramas de aquel
árbol, que así como el laurel sienpre dura verde así la fama de los poetas nunca se seca nin pereçe, segund
escrive Isidoro en el déçimo sétimo de las Ethimologías, en el titulo 'De propriis nominibus arborum'.
Otrosí lo escrive por estenso el comentador de la Comedia del Dante en los sus preánbulos.
3. GARCILASO DE LA VEGA: Égloga III, 145-168 y Soneto XIII (ed. B. Morros, Barcelona, 1995,
Crítica)
3a
Dinámene no menos artificio
mostraba en la labor que había tejido,
pintando a Apolo en el robusto oficio
de la silvestre caza embebecido.
Mudar presto le hace el ejercicio
la vengativa mano de Cúpido,
que hizo a Apolo consumirse en lloro
después que le enclavó con punta d'oro.
Dafne, con el cabello suelto al viento,
sin perdonar al blanco pie corría,
por áspero camino tan sin tiento,
que Apolo en la pintura parecía
que, porque'lla templase el movimiento,
con menos ligereza la seguía;
é1 va siguiendo, y ella huye como
quien siente al pecho el odïoso plomo.
Mas a la fin los brazos le crecían
y en sendos ramos vueltos se mostraban;
y los cabellos, que vencer solían
al oro fino, en hojas se tornaban;
en torcidas raíces s'estendían
los blancos pies y en tierra se hincaban;
llora el amante y busca el ser primero,
besando y abrazando aquel madero.
3b
A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos qu'el oro escurecían:
de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aun bullendo 'staban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!
4. JUAN PÉREZ DE MOYA: Filosofía secreta II, 19, 14 (ed. C. Clavería, Madrid, 1995, Cátedra)
DE APOLO Y CUPIDO, Y COMO DAPHNE SE MUDÓ EN LAUREL
Después de haber Apolo muerto a la serpiente Phitón, estando por la victoria muy levantado en
soberbia, encontrándose con Cupido, hijo de Venus, viéndole traer arco y saetas, díjole: No conviene a ti,
mozo, traer estas armas, que son nuestras. Cupido, muy enojado, volando por el aire, asentóse en la altura
del Monte Parnaso y sacó dos saetas de su arjaba, una que hacia amar, que tenia la punta de oro, y otra
bota, con punta de plomo, que hace aborrecer; con la que hacía amar hirió, a Apolo, y con la que hacía
desamar hirió a Daphne, Nimpha, hija del río Peneo. Pasado esto, andando Apolo descuidado, encontró
con Daphne, y luego de su vista, quedó preso de su amor, comenzó seguirla diciéndole su pena. Ella, por
no oírle, huía por los lugares más ásperos que podía; ambos corrían, uno amando y otro desamando. Era
Apolo valiente y ligero, y acercándose a Daphne, cuyas fuerzas iba perdiendo, como cercana se viese de
las ondas de su padre Peneo, dijo: Oh padre, acorre si en estas aguas algún divinal poder está. Oh tierra;
trágame o múdame en otra figura. Apenas estos ruegos Daphne había acabado, cuando ya un enfriamiento
a todo el cuerpo le sobía y la corteza de árbol las entrañas le cubría; los cabellos en hojas se tornaron, los
pies en raíces perezosas. Apolo, aun a la así mudada no cesó de amar; y como puesta la mano sobre la
corteza sintiese debajo los miembros calientes bullir, abrazaba y besaba el árbol, aunque aun el árbol huía
de ser besado. Tornada Daphne en laurel dijo Apolo: Oh laurel, pues no puedes ser mi esposa, tú serás mi
árbol; y por esto, desde allí adelante, el laurel tuvo virtud de despedir de sí fuego semejante a las saetas o
rayos calurosos de Apolo.
SENTIDO NATURAL
Por Daphne se entiende la humidad, la cual es hija de Peneo, río. Apolo es el Sol, el cual amó a
Daphne, por cuanto el Sol con su gran calor virtual quiere consumir todas las humidades; y aquí ha lugar
lo que se dice del amor de Apolo y desamor de Daphne, porque cada cosa desama a su contrario; y así
huyendo Daphne o la humidad del calor de Apolo, quiérese encerrar debajo de la tierra para defenderse.
Daphne huyendo se tornó en laurel, porque la humidad, queriendo escapar y conservarse en su ser,
enciérrase en la tierra, y entonces el Sol con su virtud conviértela en laurel, estando en el lugar de la
simiente o seminal virtud del laurel o de otro cualquiera árbol. Ser Daphne hija del río Peneo y
convertirse en laurel más que en otro árbol, es porque cerca del río Peneo de Thesalia, nacen muchos
laureles.
Que el laurel después que Apolo le recibió, por su árbol tuviese virtud de despedir de sí fuego es
declarar cómo con la madera del laurel, frotando una con otra, se enciende lumbre, como en un tratadico
nuestro de cosas naturales mostramos.
La saeta con que Cupido hirió a Apolo era aguda y de oro, y con la que hirió a Daphne era bota y de
plomo; fue aguda, porque el amor pasa más que el desamor; el desamor es boto, porque no cala ni
traspasa, antes aparta de sí; por esto la una es aguda y traspasa; la otra bota y no traspasa. Dice ser la una
de oro y la otra he plomo para denotar la dignidad. Mayor dignidad es amor que desamor, y tanto difiere
uno de otro, como el oro del plomo; y porque el amor viene de condición aguda y de fuego, diéronle oro,
que es condición de fuego. El desamor viene de humor melancólico, negro, pesado y terrestre, como lo es
el plomo.
MORALIDAD
Por esta fábula quisieron los antiguos loar la castidad, fingiendo que los que la guardaban se convertían
en árboles siempre verdes, como Daphne en laurel y Lotos en otro árbol así llamado, dando a entender
por estos árboles la virtud de la castidad.
5. JUAN DE ARGUIJO: Sonetos (ed. S. Vranich, Madrid, 1971, Castalia)
5a
XII
[A DAFNE]
Con presto curso y con veloz denuedo
sigue Apolo la hija de Peneo;
hurtó el uno las alas al deseo
y al otro le prestó sus pies el miedo.
“Por qué te alejas, si alcanzarte puedo”,
le dijo, “de mi amor o digno empleo?
¿Piensas, cual Aretusa de su Alfeo,
huir de mí, que al vago viento excedo?”
Alentó la carrera, y ya rendida,
cuidó tener de Dafne la dureza,
tanto se le acercó el amante ciego.
Mas del piadoso padre socorrida,
trocando en árbol la mortal belleza,
burló su brazos, y avivó su fuego.
5b
XIII
A DAFNES Y APOLO EFEBO
“Victorioso laurel, Dafnes esquiva,
en cuyas verdes hojas la memoria
de tu rigor y de mi triste historia
quiere el Amor qu’[e]ternamente viva;
L’antigua palma y l’abundosa oliva
a ti de hoy más inclinarán su gloria;
tú ceñirás en permio de victoria
d’el fuerte vencedor la frente altiva”,
Dijo el burlado Cintio, y a la dura
corteza asido, la contempla, y luego
repite: “¡Dafnes fiera, mármol frío!
Del rayo ardiente viviras segura,
que no es bien que consienta ajeno fuego
quien pudo resistir al fuego mio”.
6. LOPE DE VEGA: soneto (ed. A. Carreño, Madrid, 1984, Cátedra)
37
Vierte racimos la gloriosa palma,
y sin amor se pone estéril luto;
Dafnes se queja en su laurel sin fruto,
Narciso en blancas hojas se desalma.
Está la tierra sin la lluvia en calma,
viles hierbas produce el campo enjuto,
porque nunca el Amor pagó tributo,
gime en su piedra de Anaxarte el alma.
Oro engendra al amor de agua y de arenas,
Porque las conchas aman el rocío
quedan de perlas orientales llenas.
No desprecies, Lucinda hermosa, el mío,
que al trasponer del sol, las azucenas
pierden el lustre, y nuestra edad el brío.
7. FRANCISCO DE QUEVEDO: Fábula de Dafne y Apolo; sonetos (ed. J. O. Crosby, Madrid,
1982, Cátedra)
7a
[De Dafne y Apolo, fábula]
Delante del Sol venía
Corriendo Dafne, doncella
De estremada gallardía,
Y en ir delante tan bella,
Nueva Aurora parecía.
Cansado más de cansalla
Que de cansarse a sí Febo,
A la amorosa batalla
Quiso dar principio nuevo,
Para mejor alcanzalla.
Mas viéndola tan cruel,
Dio mil gritos doloridos,
Contento el amante fiel
De que alcancen sus oídos
Las voces, ya que no él.
Mas envidioso de ver
Que han de gozar gloria nueva
Las palabras en su ser,
Con el viento que las lleva
Quiso parejas correr.
Pero su padre, celoso,
En su curso cristalino
Tras ella corrió furioso,
Y en medio de su camino
Los atajó sonoroso.
El Sol corre por seguilla,
Por huir corre la estrella;
Corre el llanto por no vella,
Corre el aire por oilla,
Y el río por socorrella.
Atrás los deja arrogante,
Y a su enamorado más,
Que ya por llevar triunfante
Su honestidad adelante,
A todos los deja atrás.
Mas viendo su movimiento,
Dio las razones que canto,
Con dolor y sin aliento,
Primero al correr del llanto
Y luego al volar del viento:
“Di, ¿por qué mi dolor creces
Huyendo tanto de mí
En la muerte que me ofreces?
Si el Sol y luz aborreces,
Huye tú misma de ti.
“No corras más, Dafne fiera,
Que en verte huir furiosa
De mí, que alumbro la Esfera,
Si no fueras tan hermosa,
Por la noche te tuviera.
“Ojos que en esa beldad
Alumbráis con luces bellas
Su rostro y su crueldad,
Pues que sois los dos estrellas,
Al Sol que os mira, mirad.
“¡En mi triste padecer
Y en mi encendido querer,
Dafne bella, no sé cómo
Con tantas flechas de plomo
Puedes tan veloz correr!
“Ya todo mi bien perdí;
Ya se acabaron mis bienes;
Pues hoy corriendo tras ti,
Aun mi corazón, que tienes,
Alas te da contra mí.”
A su oreja esta razón,
Y a sus vestidos su mano.
Y de Dafne la oración,
A Júpiter soberano
Llegaron a una sazón.
Sus plantas en sola una
De Lauro se convirtieron;
Los dos brazos le crecieron,
Quejándose a la Fortuna
Con el ruido que hicieron
Escondióse en la corteza
La nieve del pecho helado
Y la flor de su belleza
Dejó en la flor un traslado
Que al lauro presta riqueza.
De la rubia cabellera
Que floreció tantos Mayos,
Antes que se convirtiera,
Hebras tomó el Sol por rayos,
Con que hoy alumbra la esfera.
Con mil abrazos ardientes
Ciño el tronco el Sol, y luego,
Con las memorias presentes,
Los rayos de luz y fuego
Desató en amargas fuentes.
Con un honesto temblor,
Por rehusar sus abrazos,
Se quejó de su rigor,
Y aun quiso inclinar los brazos,
Por estorbarlos mejor.
El aire desenvolvía
Sus hojas, y no hallando
Las hebras que ver solía,
Tristemente murmurando
Entre las ramas corría.
El rio, que esto miró,
Movido a piedad y llanto,
Con sus 1ágrimas creció,
Y a besar el pie llegó
Del árbol divino y santo.
Y viendo caso tan tierno,
Digno de renombre eterno,
La reservó en aquel llano
De sus rayos el Verano,
Y de su hielo el Invierno.
7b
108
[A Apolo, siguiendo a Dafne]
Bermejazo Platero de las cumbres,
A cuya luz se espulga la canalla:
La Ninfa Dafne, que se afufa y calla,
Si la quieres gozar, paga y no alumbres.
Ojo del Cielo, trata de compralla:
En confites gastó Marte la malla,
Y la espada en pasteles y en azumbres.
Volvióse en bolsa Júpiter severo;
Levantóse las faldas la doncella
Por recogerle en lluvia de dinero.
Astucia fue de alguna Dueña Estrella,
Que de Estrella sin Dueiia no lo infiero:
Febo, pues eres Sol, sírvete de ella.
109
[A Dafne, huyendo de Apolo]
“Tras vos un Alquimista va corriendo,
Dafne, que llaman Sol, ¿y vos tan cruda?
Vos os volvéis murciélago sin duda,
Pues vais del Sol y de la luz huyendo.
“Él os quiere gozar, a lo que entiendo,
Si os coge en esta selva tosca y ruda.
Su aljaba suena, esta su bolsa muda:
El perro, pues no ladra, está muriendo.
“Buhonero de signos y Planetas,
Viene haciendo ademanes y figuras,
Cargado de bochornos y Cometas.”
Esto la dije, y en cortezas duras
De Laurel se ingirió contra sus tretas,
Y en escabeche el Sol se quedó a oscuras.
8. P. CALDERÓN DE LA BARCA: El laurel de Apolo, jornada II (ed. A. Valbuena, Madrid,
Aguilar)
Sale DAFNE [sin ver a APOLO]
DAFNE.--El mismo temor que anoche
de aquí me ausentó, me vuelve
con el día, persuadida
a que sus sombras, que siempre
horrores engendran, fueron
ilusiones aparentes,
y a desengañarme… Pero
Apolo está aquí.
APOLO.-- Detente
si ya no es que vergonzosa
de que sepa de quién eres
aborrecida y amada,
tirana la fuga intentes.
DAFNE.--Si hubieras sabido, Apolo,
que era yo la que imprudente
amaba o aborrecía,
fuera bien irme y no verte;
mas ¿por qué el que me aborrezcan
o me amen, ha de ponerme
en fuga tuya?
APOLO.-- Porque
no sé qué estimación pierde,
o aborrecida o amada,
una mujer, sea quien fuere,
que el saber que tiene hechos
los oídos a desdenes
o a favores, facilita
la acción de quien se la atreve.
DAFNE.--Antes se la dificulta;
que aborreciendo igualmente
al que aborrece y al que ama,
a entrambos afectos tiene
cerrado el paso; y lo pruebo.
APOLO.--¿De qué suerte?
DAFNE.-- De esta suerte.
Vase huyendo y él tras ella, y
vuelven por otra parte, sin cesar
la representación.
APOLO.--Aunque otra vez huyas, no,
como otra vez, detenerme
podrán villanos festejos.
DAFNE.--Sus alas Amor me preste.
APOLO.--¿Cómo ha de dar contra sí
sus alas Amor? Entranse.
(Dentro.) DAFNE.--
Si atiende
que es miedo el que a mí me valga,
para que de ti se vengue. Salen.
APOLO.--Si es venganza tuya, ingrata,
tu rigor yo he de vencerle,
triunfando de él y de ti.
(Dentro.) DAFNE.--
Tarde o nunca podrás.
(Id.) APOLO.--
¿Eres
el día de hoy, que del sol huyes?
(Id.) DAFNE.--
Soy el de ayer, que no vuelve.
(Id.) APOLO.--
No eres sino el de mañana,
pues a manos del sol vienes.
Salen. APOLO alcanza a DAFNE, y detiénela.
DAFNE.--¡Dadme vuestro favor, dioses!
APOLO.--¿Cómo un dios contra otro puede?
DAFNE.--¿No pudo Amor contra ti?
APOLO.--Ya es fuerza que lo confiese.
DAFNE.--Y que yo a los cielos pida
amparo.
APOLO.--Porque no lleguen
a oír tus voces…, ¡bella Iris!,
haz que las tuyas las lleven
confusas al aire.
DAFNE.-- ¡Eco!
Porque al alcázar celeste
suban, repitan las tuyas
mis ansias.
APOLO.--Todas se mezclen.
DAFNE.--Dioses, cielo, luna, estrellas…
(Dentro.) MÚS.--
Dioses, cielo, luna, estrellas…
DAFNE.--…montes, mares, prados, fuentes
MÚS.--[Dentro.]
…montes, mares, prados, fuentes…
Todo esto se ha de representar huyendo
ella, y desasiéndose de llegar a lucha.
DAFNE.--…troncos, riscos, plantas, flores…
MÚS.--[Dentro.]
…troncos, riscos, plantas, flores…
DAFNE.--…aves, frutos, fieras, peces…
MÚS.--[Dentro.]
…aves, frutos, fieras, peces…
DAFNE.--…dadme amparo…
MÚS.--[Dentro.]
…dadme amparo…
DAFNE.--.. .socorredme…
MÚS.--[Dentro.]
…socorredme…
DAFNE.-- de un tirano…
MÚS.--[Dentro.]
…de un tirano…
DAFNE--…de un aleve.
MÚS.--[Dentro.]
…de un aleve.
APOLO.--¿Ves cómo nadie te oye?
DAFNE.--Veo que todos me ofenden.
¡Gran Peneo, padre mío!…
MÚS.--[Dentro.]
¡Gran Peneo, padre mío!…
DAFNE.--…por tu honor y mi honor vuelve…
MÚS.--[Dentro.]
…por tu honor y mi honor vuelve…
DAFNE.--…no permitas…
MÚS.--[Dentro.]
…no permitas…
DAFNE.--…que yo Ilegue…
MÚS.--[Dentro.]
…que yo Ilegue…
DAFNE.--…a ver antes…
MÚS.--[Dentro.]
…a ver antes…
DAFNE.--…mi desdicha que mi muerte.
MÚS.--[Dentro.]
…mi desdicha que mi muerte.
APOLO.--Primero, ingrata, en mis brazos,
que te alivien y consuelen
los dioses a quien invocas,
ni los cielos a quien mueves,
verá el Amor…
DAFNE. Y MÚS.-- [Dentro.]
No verá.
Da vuelta un peñasco con DAFNE,
y queda a sus espaldas un laurel,
con quien se abraza APOLO.
APOLO.--¡Hados! ¿Qué prodigio es este?
¡La beldad que a abrazar iba
entre mis brazos, convierten
en yerto tronco los dioses,
que de su llanto se duelen!
A cuyo prodigio pasman,
a cuyo asombro fallecen,
aun más que ella mis sentidos;
pero no mi fuego ardiente,
pues a su pompa postrado,
es bien que idólatra quede
a serlo más de sus hojas,
que de mis rayos las gentes,
adorando su hermosura,
aun en su cadáver siempre.
9. RUBÉN DARÍO: “Dafne” (Prosas profanas, ed. I. M. Zulueta, Madrid, 1983, Castalia)
DAFNE
¡Dafne, divina Dafne! Buscar quiero la leve
caña que corresponda a tus labios esquivos;
haré de ella mi flauta e inventaré motivos
que extasiarán de amor a los cisnes de nieve.
Al canto mío el tiempo parecerá más breve;
como Pan en el campo haré danzar los chivos;
como Orfeo tendré los leones cautivos,
y moveré el imperio de Amor que todo mueve.
Y todo será, Dafne, por la virtud secreta
que en la fibra sutil de la caña coloca
con la pasión del dios el sueño del poeta;
porque si de la flauta la boca mía toca
el sonoro carrizo, su misterio interpreta,
y la harmonía nace del beso de tu boca.
10. FRANCISCO BRINES: “Palabras a un laurel” (Poesía completa, Barcelona, 1997, Tusquets)
PALABRAS A UN LAUREL
Llena de luz tus ojos,
ahora que cae el día
en las alas rasantes de los pájaros,
ahora que es miel y adelfa,
y en las cimas se vuelve adolescente
en su fragilidad, por su belleza.
Unge de luz tus ojos
y acércate al laurel, y toca en él a Dafne
que rechazó el amor,
tú que sólo estimaste la vida si era amor,
y mírate, con ella, en la desgracia
de centrar las delicias de la vida
en ese peso breve del pájaro en sus ramas,
en el tierno batir de la inocencia,
en el canto feliz que suena solitario.
Y dile que es también delicia de la vida
el oscuro follaje de sus ramas,
pero que no lo fue su historia desdichada,
más triste aún que mi propia desdicha.
11. VÍCTOR BOTAS: “Padre Apolo” (Poesía Completa, ed. J. L. García Martín, Oviedo, 1999,
Llibros del Pexe)
PADRE APOLO
Para ti, pobre imbécil,
tan délfico y profético y tan
vástago de Zeus y qué
sé yo qué
otras cosas; para ti, pobre imbécil,
(insisto: pobre imbécil)
el abrazo de Dafne nunca fue
más que un temblor sombrío de laureles.