Poética de Carlos Marzal en Poesía
Poética de Carlos Marzal en Poesía
poética POESÍA
CARLOS MARZAL
Madrid MMV
Carlos Marzal
1. Antonio Colinas
2. Antonio Carvajal
3. Guillermo Carnero
4. Álvaro Valverde
5. Carlos Marzal
y
poética POESÍA
11 y 13 de Enero de 2005
Edición al cuidado de Antonio Gallego
© Carlos Marzal
© de esta edición Fundación Juan March
Edición no venal de 500 ejemplares
Depósito legal:
Imprime: Imago Soluciones Gráficas S.L. (Madrid)
y
Preludio para Carlos Marzal
C
omenzamos el nuevo año, el segundo de Poética y Poesía,
inaugurando década poética, la de los sesenta. Carlos Marzal, en
efecto, nació en Valencia en 1961 y allí se licenció en Filología
Hispánica, sección de Literatura. No son muchos más los datos
biográficos que suele incluir en su currículum. Apenas si declara que
ha sido codirector, durante los diez años de su existencia, de la revista
de literatura y toros Quites, lo que puede extrañar a algunos, pero no
a un musicólogo que admira al gran Antonio Peña y Goñi, el buen
crítico y compositor decimonónico. También, que colabora en
revistas literarias y en los diarios ABC y Levante. Le oiremos decir
luego que ha ejercido muchos años como profesor y que ha
“aspirado a la condición de brujo”, es decir, a encarnar la figura del
profesor-hechicero que transmite su pasión –no solo su saber– a los
alumnos. Pero leyendo con atención los poemas sobre la casa de
Serra, los amorosos –a alguno me referiré luego– o los titulados
“Nasciturus” y “La pequeña durmiente”, ambos incluídos en la
antología que el autor nos ofrece pasado mañana, el buen lector saca
algunas conclusiones.
3
Fundación Loewe en 2003, fue publicado en la madrileña editorial
Visor en 2004. Además de las múltiples antologías colectivas en las
que sus poemas han sido incluídos, existen ya dos exclusivamente
dedicadas a su obra: la de Andrés Neuman Poesía a contratiempo
(Poéticas y prosas), Granada, 2002, y la de Francisco Díaz de
Castro Sin porqué ni adónde, Sevilla, 2003. Pocos poetas, pues, a su
edad tan consagrados.
... no comprende
que la música, el amor y la lluvia le hayan acontecido
a su cuerpo de hoy día.
4
Son éstos los acontecimientos que aún le salvan “el curso,
enfurecido, de la vida” en su libro central, Los países nocturnos. El
recuerdo de “La lluvia en Regent’s Park” le limpia, le acaricia, le
“vuelve a hacer aún digno, / aún merecedor / de algún día de gloria
de la vida.” ¿Y la música?
5
Pero en el poema siguiente, “El álgebra celeste” –heredero
directo de la Noche serena de Fray Luis, y como tal incluído en mi
discurso de ingreso en la Academia de San Fernando como último
eslabón entonces de las múltiples glosas contemporáneas a tan
célebre poema–, está la afirmación:
6
Es el amor, claro es, el físico y el espiritual, “El origen del
mundo” en uno de los poemas amorosos más memorables de
nuestra poesía contemporánea. ¿Recuerdan la trilogía de vivencias
salvadoras, la lluvia, la música, el amor? Son en realidad la misma
cosa. Pues así como la lluvia es un “grácil contrapunto” en
“Deprecación pluvial”,
7
por más que se presagie en certidumbres,
como una melodía en su instrumento,
como en su caracola el mar abstracto.
8
valor rupestre”, entonces ocurre lo sorprendente:
9
He de terminar ya, sin dilación. Y no he dicho nada de los
múltiples estímulos de las artes del diseño, de colores,
arquitecturas, del cine en estos poemas. Otra vez será. Dejo al fin a
Carlos Marzal que hable de su poética, advirtiendo que el título de
“Extraña forma de vida” es el de uno de sus poemas de Metales
pesados, el de la breve meditación ante aquella
inolvidable y sedienta bunganvilia grana. ¿Grana? “Música de la
luz”, llama Marzal al color en abstracto, en el poema “Color”. Ya
está, es suficiente.
A. G.
10
y
Extraña forma de vida
11
reflexionado sobre este asunto he estado tentado de darle la vuelta a
la sentencia, y acabar creyendo también en ella. El poeta se hace y
el poema nace.
¿Por qué no? El poeta se hace. El poeta, por más que necesite un
don originario, es, sobre todo, un individuo en marcha, un artista en
permanente construcción de sí mismo, en progreso constante hacia
la mejor idea que tiene de sí mismo y del artista, es decir, hacia la
mejor forma de aproximarse él mismo a los modelos de artista que,
en su opinión, constituyen los mejores ejemplos artísticos sobre la
tierra, hacia la idea suprema de su tradición. El poeta es, por tanto,
un ser en permanente elaboración y mejora de su figura, como
individuo y como individuo artístico, porque un artista, cuando
ejerce como tal, trata de vivir su vida conforme a la más alta idea de
su arte.
El poema nace. Incluso, si quisiéramos atenernos a la realidad
estricta del proceso creativo, deberíamos cometer un desajuste
gramatical y decir que el poema, en la mayor parte de las ocasiones,
se nace. La escritura se engendra a sí misma por obra de su propio
caudal, por obra del puro milagro del lenguaje.
Cualquiera que tenga la experiencia, por pequeña que sea, de la
escritura creativa, y aun de la escritura a secas, sabe que hay un
momento de su práctica en que la misma escritura nos sorprende en
su descubrimiento, en su propio fluir. Cualquiera que se haya
aventurado en el viaje, extenso o breve, de la literatura, sabe de qué
hablo.
Escribir consiste, en buena medida, en partir hacia un lugar sólo
intuido en la bruma, sólo vislumbrado en nuestros sueños. El paraje
al que se llega, el territorio de arribada, constituye un
descubrimiento absoluto, un lugar del lenguaje –la literatura son
palabras en un orden concreto– donde no sospechábamos que
llegaríamos, pero donde indefectiblemente se llega. De ahí que
12
entienda la literatura, además de como comunicación y como
conocimiento, además de como delectación y como enseñanza,
además de como cualquier cosa que se quiera añadir –porque la
literatura es inabarcable–, también como descubrimiento.
El descubrimiento poético sería, así –por intentar una fórmula
perifrástica que trate de decirlo todo sin lograrlo, que trate de
conciliarlo todo sin poder hacerlo jamás–, la comunicación al lector
de un conocimiento íntimo y ajeno, que nos deleita y nos enseña, en
la palabra.
Por consiguiente, considero correcto, también, hablar del poema
en términos de reflexividad: el poema se escribe a sí mismo, se hace
nacer en el propio lenguaje, por obra de su infinito fluir, del poder
inconmensurable de su tradición. Hay mucho de sorpresa –quien lo
probó lo sabe–, de hallazgo casual en el trabajo artístico.
Con su naturaleza omnímoda, Picasso afirmó que no buscaba,
sino que encontraba. Yo quiero interpretar esa orgullosa declaración
en el sentido de que crear es hallar, salir despierto y alerta al
encuentro de lo que no sabemos, pero que intuimos, de lo que
sospechamos, pero que todavía no está formulado en su justa
medida, de lo que sólo adquiere su forma verdadera en la definitiva
forma que el arte le da.
Por lo que a la poesía se refiere, ese encuentro con su forma
perfecta también nos es dado, también adviene, también constituye
un regalo. El poema se hace, se escribe a sí mismo, tanto como lo
escribimos, de la misma manera en que el lenguaje nos da forma,
tanto como nosotros damos forma al lenguaje. En la práctica poética
sucede algo similar a lo que ocurre con el uso de nuestras facultades
verbales: existe una parte consciente y otra inconsciente de la
actividad poética, un algo depositado por nosotros, y un mucho
sedimentado por el lenguaje mismo, por eso que Foucault
denominaba, con una hermosa metáfora, el derramarse infinito del
13
lenguaje, que es también, en lo que atañe al poema, el derramarse
infinito de la tradición poética.
De modo que un poeta, para no ser extremados en nada, para no
tratar de definir lo que por definición resulta casi indefinible, nace y
se hace, igual que el poema, que se hace pero que también se nace.
Espero no haber enredado más de la cuenta este asunto
introductorio, y que ustedes hayan podido descifrar las dos ideas
que guiaban mi razonamiento: en primer lugar, mi escepticismo ante
casi cualquier género de definiciones sobre la poesía; y en segundo,
mi entendimiento de la creación poética y de su resultado, el poema,
como la suma de muchos fenómenos distintos, y aun contrarios,
muchos de los cuales permanecen siempre en la cara oculta del
suceder las cosas, al otro lado del espejo del acontecer. Los poetas,
la poesía y los poemas nacen y se hacen, se fuerzan y son obra de la
pura casualidad, constituyen trabajo y germinación espontánea, son
voluntad y azar, son impuestos por el designio de los creadores y se
imponen a ellos mismos, son lo que creemos saber y también
mucho de lo que no sabemos, de ahí su misterio y su grandeza, su
gloria y su temblor.
14
Los escritores, mientras no se demuestre lo contrario, son lectores
apasionados que tratan de imitar el comportamiento de sus héroes,
que son sus autores favoritos. Que tratan de imitar, al menos, esa
parte de la vida de sus héroes a la que tienen acceso, esto es, su
obra.
Supongo que todas las vocaciones se fraguan cuando el barro del
carácter permanece tierno en aquellos lugares que aún son
susceptibles de sufrir modificaciones: durante la infancia y la
adolescencia.
Descubrir el mundo es la tarea de los jóvenes, tratar de
apropiárselo con las herramientas del temperamento, con las armas
de las ilusiones, con los utensilios de las esperanzas. El
descubrimiento de la poesía forma parte del descubrimiento general
del mundo para un lector. Es más: constituye un sistema de
apropiación de la realidad, y el hallazgo de todo un mundo de
mundos paralelo, de un mundo otro, de la otra realidad, que forma
parte de la primera, pero que no es ella por entero.
La literatura, para quienes han tenido la suerte de resultar
contagiados de su magia, constituye desde el inicio una manera de
hacer más intensa la vida, un modo de instalarse en el mundo y
procurar comprenderlo, al menos con esa fórmula de comprensión
parcial que consiste en disfrutarlo, y que, si no lo explica en
definitiva, sí que lo convierte en útil. Si la única tarea a la que el
hombre no debe renunciar es la de tratar de ser feliz en su paso por
la vida, la literatura constituye –o así al menos la entiendo yo– un
buen instrumento para acometerla.
Me convertí en adicto a edad muy temprana. Fui un lector precoz
porque tuve la suerte de tener un padre entusiasta de la lectura, uno
de los mejores conocedores que he tratado de la novela española de
los siglos XIX y XX, y devoto de don Antonio Machado. Pude
disfrutar de una biblioteca inabarcable, que reunía varias bibliotecas
15
familiares precedentes, desde el día en que nací. Pero más que la
circunstancia personal que me atañe, me interesa lo que puede haber
de común a los lectores en el hecho de nacer entre libros.
Cuando he hablado con anterioridad acerca de lo azarosas que
resultan todas las vocaciones, de su ingrediente incomprensible y
casual, me ofrezco como ejemplo. Mi hermano mayor, que dispuso
desde antes que yo de la misma biblioteca, no sintió esa llamada de
los anaqueles, no se dejó inocular el veneno literario, y su vocación,
de una manera no menos extraña, se encaminó hacia la ciencia,
aunque entre los libros familiares no había volúmenes científicos.
Mi padre fue un lector puro, un lector exento que no escribió
jamás –al menos que yo sepa– una sola línea de literatura. Lo más
parecido al trabajo literario que llevó a cabo fueron unas crónicas
taurinas de juventud que se emitían en Radio Alerta y de las que
sólo tengo el conocimiento mitológico de habérselo escuchado
relatar. Si digo esto es para apuntar una hipótesis indemostrable,
pero que me atrevo a considerar incontrovertible de puertas para
dentro de mi conciencia, y es la de que no existen los lectores puros,
es decir, los lectores que no hayan querido escribir alguna vez, que
no se hayan imaginado como autores, que no hayan soñado con esa
obra que estuviese a la altura de sus escritores favoritos y que ellos
mismos hubiesen leído con agradecimiento. No me refiero a que
detrás de cada lector, como es evidente, exista un autor que da vida
al gigante dormido del libro. Aventuro que no existe el lector
auténtico que no haya escrito alguna vez con voluntad creadora, que
no haya tramado en su cabeza su propia novela, su poemario de
gratitud y reproche hacia la vida, su ensayo clarividente acerca de su
pasión. Otra cosa es que esa incipiente escritura haya terminado por
convertirse en algo más que un proyecto. Los escritores se malogran
por mil razones: la falta de constancia, la holgazanería, el exceso de
lucidez.
16
Para ser escritor, es decir, para disponer de una obsesión, de una
chifladura del gusto, hace falta ser, en cierta medida, un optimista.
Al menos, un optimista práctico. Porque la acción, de cualquier
género, requiere su brizna de fe. Los que no actúan son los
absolutos desencantados, los negadores absolutos. La acción
constituye siempre una manera de afirmar. Las conciencias más
críticas de lo aconsejable para consigo mismas terminan por no
poder obrar, por no saber hacerlo.
De manera que, en mi particular modo de entender la inclinación
lectora, considero esta actitud como el primer paso de la escritura.
De igual manera que no hay verdaderos escritores sin que existan
auténticos lectores, no hay lector que no manifieste un escritor, en
ejercicio o en ciernes, en obra o en ausencia, en marcha o en
silencio. O dicho de otro modo, todos somos escritores secretos,
según para quién y según cómo. Lo que ocurre es que algunos
somos más o menos secretos que los demás.
17
Constituye un tópico –un tópico que además encierra una gran
verdad– el hecho de considerar fundamental el papel de los
profesores que son capaces de animar la curiosidad infantil y
adolescente hacia la poesía, hacia el arte, que nos ofrecen el
bebedizo de la literatura y nos lo hacen tomar con placer. Creo en la
figura del hechicero literario de la infancia, y no pretendo restarle
un ápice de prestigio –porque además he ejercido muchos años
como profesor y he aspirado a la condición de brujo–, pero
considero que sólo somos capaces de transmitir nuestra pasión a
todos aquellos que ya habían decidido apasionarse, que sólo
logramos convertir en adeptos lectores a todos aquellos que ya
formaban en nuestras filas desde antes de conocernos. En definitiva,
juzgo que la literatura sólo se puede ayudar a rememorar.
Así es como entiendo la hipótesis platónica de la reminiscencia,
aplicada a la materia concreta de la enseñanza literaria. Somos
dueños, por nacimiento, de toda la tradición artística, que
olvidamos, aunque resulte paradójico, por el hecho de nacer, pero
que vamos recuperando a medida que vivimos. Un lector es, en
buena medida, un emperador absoluto que ha sido desposeído de
sus tesoros, y que regresa a ellos mediante el conocimiento. Por eso
un maestro –un profesor, y también un guía vital– es alguien que
alumbra el camino, para quien ha decido adentrarse en el bosque.
Enseñamos a quien se ha propuesto aprender, encandilamos al ya
encandilado.
Yo también tuve esos profesores que alimentaron mi pasión
lectora, pero llegué a ellos con el fuego encendido. De la misma
forma que también tuve, como supongo que todos tuvimos,
profesores bienintencionados de los que me hube de defender. Más
que los gustos concretos, más que las indicaciones con nombre y
apellidos, imagino que lo que de verdad consigue cautivarnos de un
profesor es la actitud, la temperatura afectiva que sabe administrar a
18
aquello que explica. Gracias a ello, puede equivocarse en lo
concreto, a cambio de acertar siempre en lo genérico. A fin de
cuentas, lo que un profesor debería proponerse transmitir es una
disposición sentimental hacia la poesía, que más tarde se convierte
en una educación sentimental e intelectual de sus alumnos.
Igual que conté con buenos guías literarios en mi adolescencia
–aunque ninguno como la selva de la biblioteca familiar, en la que
perderme sin rumbo fijo, en la que extraviarme a conciencia–,
también sufrí algunos atropellos. Me vi en la obligación de
sobreponerme a una licenciatura en Filología Hispánica por la
Universidad de Valencia.
Salvo en contadas y honrosas ocasiones, mi paso por la
Universidad consistió en unas vacaciones lectoras. El libre buceo
libresco sin ton ni son, y las obligaciones lectoras académicas,
supusieron al fin y al cabo un método como otro cualquiera para
acumular experiencia. Aunque tuve que escuchar que la caída de
Calixto desde el balcón de Melibea representaba, sin ningún género
de dudas, la imposibilidad de pasar desde el modo de producción
feudal al modo de producción capitalista, también es cierto que
hubo hallazgos, deslumbramientos y alianzas para siempre. En los
años de la universidad, además, fue cuando empecé a tratar de
escribir con cierta constancia.
19
permanencia de la identidad en el fluir del tiempo, junto a su
imperceptible, pero indudable, cambio, constituye un misterio.
Lo digo porque me figuro que el joven que trataba de escribir
El último de la fiesta, mi primer libro, allá por los ochenta, tenía
similares ideas acerca del arte a las de mi yo actual, pero estoy
seguro que también habrán cambiado. Y aunque no hayan cambiado
las ideas, sí se han modificado los resultados, sí han sufrido los
poemas una evolución interior que ha terminado por ser, en mayor o
menor medida, una manera de ejercitar la escritura, y tal vez –ojalá
sea así– una modulación verbal de la voz propia.
He hablado de los resultados, es decir, de los textos, porque en
definitiva es lo único que debemos juzgar en materia literaria. He
dicho alguna vez que todo autor es culpable mientras no demuestre
lo contrario, y en la literatura la demostración del movimiento no es
otra que la propia escritura.
De poco importan las preceptivas, las poéticas –esta en especial–,
las mejores intenciones. Si el arte fuese una mera cuestión de
voluntad y de propósitos, los mejores artistas de todos los tiempos
serían los preceptistas, los teóricos, los historiadores, los eruditos. Si
la poesía fuese una simple tarea del empeño, un encauzamiento de
la energía, estoy seguro de que todos los lectores seríamos el mejor
poeta de todas las épocas, en todas las lenguas habidas y por haber.
Pero sabemos que la realidad es otra.
Las ideas, en el ámbito de la literatura, cumplen una función
–digamos– lumínica, nos permiten alumbrarnos en un bosque sin
límites definidos. Las ideas sobre la poesía, lo que llamamos
poéticas, representan un sistema útil para manejarse con un magma
de muy difícil manejo. Ahora bien, con las ideas, que son
necesarias, que representan una suerte de alfabeto inicial, no se
escriben los poemas, o no sólo con ellas.
20
Los poemas se escriben con palabras dispuestas en un orden
especial, conforme a un don, como todos los dones, imposible de
definir, pero fácil de sentir, fácil de comprender en sus efectos, en
sus obras. Creo que todos sabemos reconocer a un poeta, a un
artista inspirado, sin necesidad de que sepamos en qué consiste la
inspiración, de la misma forma en que comprendemos estar en
presencia de un avión, sin necesidad de que sepamos una palabra
de ingeniería aeronáutica.
Puede que esa sea, sin ningún género de dudas, una de las ideas
que tenía más o menos borrosas en su conciencia aquel joven que
fui: la poesía es un don, ese no sé qué de inaprehensible que
siempre queda balbuciendo cuando queremos explicarlo, pero que
se vuelve perfectamente comprensible cuando recurrimos a un gran
poema.
Por entonces, conjeturo que más que con ideas de los demás, de
quienes sí han tenido ideas clarividentes sobre qué debe ser la
poesía, yo me las arreglaba con prejuicios, que suele ser lo que los
jóvenes toman por ideas propias. Y digo prejuicios, anteojeras,
porque creo que en mi juventud creía saber cómo debían ser los
poemas, cosa que ahora sé ignorar por completo. Hoy estoy
convencido de que con casi cualquier poética –casi, para no resultar
maximalista– se puede hacer buena poesía, o, lo que es lo mismo,
estoy convencido de que las poéticas, que sirven para poco, no
representan maneras enfrentadas de entender la poesía, sino sendas
distintas para llegar a un mismo centro: el de la emoción estética.
Sin embargo, el autor primerizo que trato de revivir creía tener
una serie de principios más o menos acertados acerca de la materia
poética. La poesía debía escribirse al hilo de la vida. La poesía
debía tender hacia la minilocuencia y el coloquialismo, es decir,
acercarse a la lengua de todos los días, pasando por el filtro de la
literatura. La poesía debía ser clara. La poesía debía reivindicar su
21
inutilidad absoluta. Qué sé yo: un buen número brumoso de
deberes.
Mi recetario de andar por casa para asuntos poéticos no sé si ha
variado mucho, pero creo que se ha matizado, y que requiere, a
estas alturas del curso –como quien dice– pormenorizarse, para que
se comprendan en su justa medida, al menos, mis deficiencias y mis
caprichos, mis prejuicios de ahora y mis intuiciones. Sé que no son
de mi cosecha, sino que están tomadas de aquí y de allí. Por lo tanto
no reivindico su paternidad, sino tan sólo el derecho a mantenerlas a
mi lado, en usufructo, para que me sirvan de brújula.
He dicho que la poesía debía escribirse al hilo de la vida. En
realidad, hoy creo que la poesía no puede escribirse más que al hilo
de la vida, y termina por dar cuenta de la aventura del hombre que
la escribió, ya sea tratando de poner al descubierto esa aventura u
ocultándola. Trato de indicar que el poeta está constreñido en sí
mismo, condenado a su cuerpo, ceñido a los límites de su
temperamento, y que aquello que escriba, sea lo que sea, constituirá
un reflejo de todo ello. No es menos autobiográfico un escritor que
hace autobiografismo que un escritor paisajista, o que un descifrador
de las miserias y excelsitudes del lenguaje, por lo mismo que no es
menos autobiográfico un autorretrato que la más abstracta de las
telas.
La poesía –el arte– constituye una forma de conocimiento de la
vida propia, un método de engrandecimiento de lo vivido, la lupa
que algunos emplean para profundizar en la conciencia individual y
en la conciencia de la especie, esto es, en la cultura convertida en
conciencia humana. Gracias a la intensidad de la poesía, cuando
transmite la emoción estética, accedemos a una forma superior de
sabiduría, de comunión en el saber, que nos hace asentir al mundo
en lo que el mundo tiene de maravilla y que nos fuerza a mostrarnos
22
críticos con la existencia en aquello que la existencia alberga de
criticable.
Este asunto nos lleva de manera directa a tratar una palabra
controvertida, según quien la emplee. Me refiero a la palabra
experiencia.
Mi generación, o algunos de los autores de mi generación, hemos
sido denominados poetas de la experiencia. Sin necesidad de
ahondar en la polémica que a veces ha suscitado dicho término
–más por la malevolencia de algunos que por el hecho de que exista
algo sobre lo que discutir–, no me parece una mala etiqueta, dado
que alguna, al fin y al cabo, termina por nombrarnos. Mejor esa que
otra, me digo para mis adentros. Las denominaciones hechas a bulto
terminan por llegar, tarde o temprano.
Ahora bien, la considero aceptable siempre y cuando quienes la
empleen entiendan por experiencia algo similar a lo que yo
entiendo. La experiencia, para mí, constituye el entero patrimonio
físico y espiritual de la vida del hombre. Tan perteneciente a la
experiencia es el universo cultural, como los acontecimientos
biográficos. Tan propio de la intimidad es lo soñado como lo
acontecido dentro de los límites de la cotidianeidad. El lenguaje no
existe sino como la experiencia que cada cual posee del lenguaje en
abstracto y de su uso en concreto. El fenómeno religioso, el
psiquedélico, el místico son partes de un todo que podemos
denominar con la palabra experiencia, que alude a los intereses del
hombre en todos los ámbitos.
Si ese es el significado de la palabra experiencia, yo suscribo el
marbete de poesía de la experiencia. Aunque tal vez, en el preciso
momento de aceptarlo en la amplitud de su sentido, se vuelva
innecesario, por redundante, por obvio. Si la poesía da cuenta de la
23
vida al completo, hablar de la poesía de la experiencia parece
significar hablar de la vida dos veces, o dos veces de la poesía.
Con todo, no es una mala manera de referirse a la obra de ciertos
poetas, porque me vienen a la memoria definiciones mucho menos
consistentes, y, además, es fama que todo es susceptible de
empeorar. A la hora de ser justos, lo único sensato es analizar los
poemas de cada autor concreto, en relación con los poemas de la
poesía de su época y con los de cualquier época remota de su
tradición.
Ese asunto, la tradición, constituye el siguiente de mis
convencimientos más o menos firmes a la hora de especular acerca
de la poesía. La tradición de la poesía universal, que nos acoge y
nos ampara, la tradición de la poesía en cuya lengua escribimos, que
nos sustenta y nos nutre, y ambas como fruto del lenguaje, que nos
otorga la medida humana, representan nuestra verdadera
preocupación, la única patria a la que encomendarse en su tarea. De
ahí que pueda decir, con una fórmula que debemos interpretar sin
demasiadas pretensiones, que mi ejercicio de la escritura ha ido
desde la plasmación verbal de la poesía de la experiencia a la
experiencia de la poesía como aventura verbal.
Ese aspecto, el de embarcarse en el poema como quien parte
hacia una travesía de las palabras, para dar cuenta del mundo, es tal
vez el que más me interesa hoy en día. La realidad no es
enteramente verbal, como sabemos, pero tal vez sea el lenguaje la
única manera que poseemos los humanos para interpretarla. Cuando
nos paramos a analizar qué es anterior, si el mundo que conocemos
a través del lenguaje, o el lenguaje que nos permite interpretar el
mundo, no sabemos cómo responder, de tan hermanados como
viven en nosotros las palabras y las cosas. En cualquier caso,
sabemos que las palabras suponen una suerte de corriente sanguínea
24
para el espíritu. Pues con ese instrumento que nos da forma
tratamos de dar forma a nuestra idea de la vida, o nuestras ideas que
procuran descifrar la idea que nos forjamos de la vida.
Si en el comienzo de mis tentativas poéticas consideraba que
había una lengua poética de la contemporaneidad, de la modernidad
–cercana al habla diaria–, en mis tentativas recientes estoy
convencido de que no existe regla ninguna a la hora de sentarse a
escribir. La poesía no debe renunciar a ninguno de los registros del
lenguaje, a ninguna de sus herramientas. El joven que fui pensaba
que había determinadas tonalidades que no se podían utilizar,
determinadas palabras que no debían usarse, que no pertenecían al
lenguaje poético. Hoy no sólo pienso que ese juicio es, en el fondo,
un prejuicio, sino que además constituye una notoria falsedad.
Como lector que gusta de lo variado, e incluso de lo contrario y
contradictorio, considero que la poesía ha debe servirse a voluntad
de todas sus capacidades. Por principio, no existe un lenguaje
poético y otro que no lo sea. La única exigencia verdadera consiste
en el talento privado de cada poeta para extraer poesía de su modo
de sumergirse en esas aguas de la tradición verbal de las que ya
hemos hablado. El único prejuicio, es decir, el único juicio previo a
la lectura de poesía que debería poseer un buen lector, es el de que
no deben existir los prejuicios. La mejor sorpresa que nos depara la
literatura consiste en que sabe convencernos de aquello que no
creíamos posible, sabe vencernos en nuestras resistencias. En la
urdimbre verbal del texto, en la red de palabras anudadas que forma
el poema, cada vez valoro más como lector la capacidad de los
autores para encajar vocablos imposibles, para engastar esos
términos que nunca nos atreveríamos a introducir en nuestros
poemas.
25
Un parecido descreimiento me invade desde hace mucho tiempo
con respecto a uno de mis preceptos juveniles de lector: la
obligación de claridad. Se trata de un asunto comprometido, de un
problema de naturaleza delicada. Tengo la impresión de que la
claridad debe constituir un apriorismo no sólo de la poesía, sino de
la actitud vital del hombre: es decir, la vocación de claridad, la
pretensión de no añadir más sombras a nuestro sombrío mundo. Sin
embargo, de la misma manera en que nadie termina de entender por
entero en qué consiste la realidad, en qué consiste la vida, no hay
por qué pretender entender por completo todo el sentido de la obra
artística, o, al menos, no hay que alarmarse si en nuestro intento de
entender por completo la obra artística, algo queda entre brumas,
algo se nos escapa. También se nos escapa el sentido de lo que más
amamos, la vida, y no por ello dejamos de amarla. Existe una
manera de no terminar de entender las cosas, una niebla del no
saber, que puede convertirse en una manera más sugerente de
conocimiento.
En la poesía, más que en otros géneros, damos con esa forma de
conocimiento elíptico, de camino en el bosque donde no llega la luz
igual que a cielo abierto. Aunque no creo que se deba escribir con el
propósito de resultar hermético, muchos de los asuntos que nos
atañen son herméticos de por sí. De manera que no hay que
desdeñar ese género de poesía que a veces queda en las afueras del
sentido, extramuros de la transparencia. En definitiva, creo que
donde no hay nada que entender resulta imposible la emoción
estética, pero que, a veces, hay recovecos no del todo entendibles
que nos deparan un mayor entendimiento especial y una especial
emoción. Tan perteneciente a la Tradición con mayúscula es la
tradición de la diafanidad como la de la bruma, que nunca hay que
confundir con la confusión conceptual.
26
La tradición, de la que tanto hemos hablado, constituye la
verdadera patria del artista. La tarea del poeta es tratar de hacer más
habitable el mundo, para sí mismo y para sus lectores presentes y
futuros, mediante la palabra, sumar un eslabón propio, en el mejor
de los casos, a la larga cadena del ser, del ser literario; añadir una
brizna de voz propia al coro de la tradición.
Ahora bien, como sabemos, la tradición resulta inabarcable,
imposible de conocer por completo, aunque ella termine por
conocernos, por incorporarnos. La tradición obra por contagio, de
tal manera que, el reflejo de reflejos que supone toda lectura,
signifique la asunción de todo lo que sabemos que estamos leyendo
y conociendo, junto con todo lo que ignoramos que late por debajo
de lo que conocemos y leemos. La literatura constituye un
inextricable ovillo en el que todos los hilos terminan por anudarse
los unos en los otros. La metáfora que hace ver la tradición, y sus
influencias sin principio ni fin, como un benigno virus que se
propaga y multiplica, hasta perderse la noción de su origen y su
rumbo, me parece muy acertada. Leer es mecerse en el mar de la
literatura, dejarse llevar por unas olas que provienen quién sabe de
dónde. Nada hay más cierto que la afirmación de que, cuando
abrimos un libro, estamos abriendo muchos, estamos abriendo la
Literatura con mayúscula, porque en realidad estamos despertando
una infinita cadena de lecturas a través de lecturas, de influencias a
través de influencias, de admiraciones a través de admiraciones.
La tradición, sí, es inabarcable, pero, al mismo tiempo, sentimos
la necesidad de abarcarla, de acotarla. De ahí que un autor acabe por
formarse su tradición dentro de la Tradición, se sirva de ella para
constituir su familia próxima. Todo poeta tiene su altar de figuras
tutelares a las que les reza en secreto, y a cuyo ejemplo se acoge
27
con esperanza. Todo poeta tiene un panteón predilecto del que le
gustaría no desmerecer.
Creo que podemos obviar los nombres sagrados, porque en ellos
todos estaremos de acuerdo. No se puede ser poeta y no gustar
–digamos– de Homero, de Petrarca, de Shakespeare, de Pessoa. No
se puede escribir en español y no reverenciar a Manrique, a Fray
Luis, a San Juan, a Quevedo. El caso es que todos esos nombres
mayores de la literatura universal están disueltos en la linfa poética
que corre por la circulación verbal del universo.
Aunque no deja de ser verdad que quien escribe, provenga de
donde provenga, está en deuda con los más grandes, sería un
atrevimiento declararse en deuda directa con todos ellos, al menos
como escritor. Las influencias, dijo con acierto Jaime Gil de
Biedma, hay que merecérselas, y no sólo soñarlas. Por eso, los más
indicados para juzgarlas nunca son los autores, sino los lectores de
los autores. Que sean los demás quienes persigan ese infinito hilván
de las influencias en la tradición. Un individuo sensato sólo debería
nombrar sus figuras protectoras desde el punto de vista lector, pero
no insinuar que la obra propia vive bajo el dictado de esas obras
ajenas.
Otro asunto distinto consiste en la figura del maestro conocido en
vida. Algo he apuntado un poco más atrás, cuando me he referido al
maestro de escuela, al profesor. Ahora quisiera referirme al maestro
próximo, al poeta que representa a la vez un amigo, un padre y un
ejemplo. He tenido la suerte de coincidir en el tiempo con dos
grandes poetas valencianos que representan para mí esa figura del
maestro, de la tradición viva próxima, de cuyo temperamento
literario y de cuyo ejemplo vital nos gustaría ser dignos. Ese tipo de
poeta no es sólo una luz en el quehacer literario, sino, como digo,
un ejemplo de vida literaria, de manera de vivir la literatura en la
28
propia existencia.
Me refiero a César Simón y a Francisco Brines, que perpetúan
una forma de entender la literatura aprendida, a su vez, en dos
maestros antiguos propios –Gil–Albert para César, y Aleixandre en
el caso de Paco Brines–, que transmiten una manera de privilegiar la
verdad íntima a la pública, de consagrarse al trabajo gustoso porque
sí, y de considerar que el arte representa una manera de hacernos
sentir el mundo más nuestro. El reconocimiento de ese magisterio
del que me gustaría no desmerecer supone desde estas palabras mi
homenaje hacia sus respectivas vidas y obras.
29
momentos de reflexión, acaba por constituir una parte fundamental
de la vida de quien la elabora. Somos, en buena medida, aquello a
lo que consagramos nuestra vida. La poesía, la literatura, para los
escritores y los lectores verdaderos, supone una forma de vida.
Esa forma de vida me parece que aspira a la alegría, que
representa, en el fondo, una fe en la vida misma, por más que el
sustrato de una obra sea el pesimismo. No creo que se pueda
denigrar la existencia mediante el arte, por mucho que buena parte
del arte represente una manera de reproche y de denigración hacia
la existencia. La desdicha del hombre y su contento, su felicidad y
su desesperación, una vez se objetivan en arte, pasan a testimoniar
el milagro de haber sido, de estar siendo, como una floración en
mitad de la nada. De ahí que considere el hecho literario, hoy, como
una permanente acción de gracias de la especie, aunque no sea su
propósito el dar las gracias.
Desde el mero punto de vista personal, cada vez concibo más la
poesía, la literatura, el arte en general, como una forma de sanación,
de cura, de exorcismo que nos libra de nuestros monstruos interiores
y exteriores, reales y ficticios. Como se sabe, el psicoanálisis
constituye una suerte de terapia verbal, de sanación por el habla.
Pues bien, el ejercicio literario, que supone su parte de lectura y su
parte de escritura, también significa una forma de terapia, una
manera de curarse, en salud o en enfermedad. La poesía constituye
una sanación verbal, un hechizo, un conjuro que aspira a espantar
nuestros males. Quien canta su mal espanta, dice el hermoso refrán,
y la poesía no es otra cosa que canción, música de las palabras
dispuesta para convocar la dualidad sublime a la que aspira el
hombre en sus mejores sueños: belleza y verdad, que son, como
sabemos, una y la misma cosa en la obra de arte conseguida.
30
La poesía es sanación por la escritura y sanación por la escucha,
aunque sea por la escucha silente a la que nos entregamos las más de
las veces cuando leemos los poemas. Nombrar las pasiones del
hombre, ya sea mediante la ejecución de un poema propio o de la
recreación de un poema ajeno, manifiesta nuestra voluntad de
domesticarlas, de sumergirnos en ellas, pero sin que nos destruyan,
de mantenernos en la justa distancia para que hagan más honda
nuestra vida sin que por ello nos arrastren hacia lo hondo. Quien
pone nombre a las cosas –y la tarea del poeta es nombrar las cosas
con sus nombres nuevos, recién creados– se las apropia, las hace
suyas, y quien nombra las pasiones, las furias, de las que están
constituidas la literatura y la vida, tiene la voluntad de domeñarlas,
de rendirlas. Nombrar el mal es comenzar a conocerlo, y comenzar
a conocerlo significa empezar a saber cómo se vence.
La poesía nos cura las heridas, y ese valor medicinal la emparenta
con toda la actividad del espíritu humano, que tiene en definitiva el
objetivo práctico de hacer más habitable el mundo. Desde ese punto
de vista, la cultura posee un principio arquitectónico originario:
protegernos contra la intemperie, levantar una casa para el hombre,
con paredes de ladrillo, pero también de música, y de pintura, y de
reflexión, y de poesía. No somos muy distintos a nuestros hermanos
prehistóricos que se guarecían en las cuevas, y que pintaban con
pigmentos rojizos la caza simbólica del futuro para implorarla.
También buscamos cobijo, también imploramos alimento, también
permanecemos a la intemperie y perseguimos huir de la intemperie.
La poesía, también, nos alivia de la realidad y nos dispone para
amarla.
Ese dominio, el de la realidad, consista en lo que la realidad
consista, es el dominio del poeta. En los últimos tiempos, se ha
utilizado la expresión de poesía metafísica, para hablar de la obra en
31
marcha de algunos de los llamados poetas de la experiencia, y se me
ha incluido en ese grupo. No voy a repetir lo que pienso de las
denominaciones y los rótulos de la historia inmediata de la
literatura. Pero sí que me gustaría aclarar ciertos aspectos que han
de tomarse en cuenta a la hora de aceptar o no esa expresión. Me
parece que por poesía metafísica se pretende indicar poesía
reflexiva, poesía meditativa. La disciplina metafísica consiste en otra
cosa. Por lo que a mí respecta, no creo en el mundo de las esencias,
no hago distinción entre ser y existir, no me atengo a ningún mundo
paralelo ni a ningún más allá. Mi ámbito es lo real, lo real
inabarcable, ese territorio que da incluso para que imaginemos todo
lo que la metafísica explora.
Llegados a este punto, espero no haber dicho demasiado ni
demasiado poco, espero haber insinuado algo de lo que entiendo por
poesía, de lo que vislumbro. Podría haber resumido en una
definición provisional –una de esas definiciones de las que descreo–
mi idea de la poesía a estas alturas de mi edad con la siguiente
fórmula reiterativa: creo que la poesía podría entenderse como la
aventura verbal que trata de dar cuenta de la aventura vital de una
conciencia.
Con frecuencia pienso que el destino de los escritores resulta muy
curioso, dedicados a reunir palabras, a disponer las palabra en el
reñidero de las páginas en blanco, a tener fe en una actividad de
tanto aislamiento, de tanto encierro. Pero, a decir verdad, todas las
vidas resultan sorprendentes, se dediquen a lo que se dediquen. El
fundamento de la literatura, no obstante, es la persecución de la
alegría. No son malas compañeras las palabras para tratar de ser un
poco más felices. Tal vez sea una extraña forma de vida, pero es una
forma al fin y al cabo: la que algunos hemos elegido para habitar en
el mundo.
Diciembre de 2004
32
y
Selección de poemas
C
ÁLCULOS INFINITESIMALES
33
Ser es un fui que un no soy yo contempla
desconcertado desde un planeta ajeno.
La Historia y el futuro han sido para siempre
y acosan desde lejos, ya ocurridos.
La vida es la nostalgia incorregible
de habitar un rincón del firmamento
que sólo se ha erigido en el pasado
y cuyo planisferio hemos perdido.
34
No importa que no podamos ser, porque hemos sido;
no importa que en ti no pueda estar, porque ya estuve,
no importa si lo que ya ha acabado nunca nace.
Me incumbe la conciencia del álgebra celeste
y en lugar de alejarme de ti los números me acercan.
No puedo comprender esas distancias
y aunque las comprendiera no las vivo.
Hay una plenitud crepuscular
en la conspiración del universo
para que no nos encontremos tú y yo.
Ya no concibo una embriaguez más grande
que ese convencimiento con que irradias
la falsa luz de las estrellas muertas.
35
T
EMPERAMENTO ES DESTINO
36
abandonarse al dios de su progreso;
alude a que imaginan tantas cosas
que piensan que es verdad lo que imaginan.
37
M
ETAL PESADO
38
L
A CAVERNA
39
Frente a esta chimenea, sin reposo,
se estremecen eternas las figuras
de quienes nos habitan clandestinos
sobre el muro desnudo.
Demos gracias
por no alcanzar la luz que vive fuera
y estar a puro sol con nuestra imagen.
40
E
XTRAÑA FORMA DE VIDA
A Vicente Gallego
41
N
ASCITURUS
En germen, y ya en marcha,
en esbozo, y ya en obra,
mientras duermes
en el conjetural jardín de la inocencia
y al egoísmo del vivir te aplicas,
eres la historia entera de los hombres,
metáfora de todo en lo increado,
ascua de certidumbre en lo imposible.
Al mecerte
en tu oquedad marítima, no intuyes
42
de qué indómita herencia ya eres dueño,
de qué furiosa raza formas parte.
43
E
N DESNUDEZ
44
R
ESURRECCIÓN
45
Nuestra arrogancia debe mirar a las alturas,
consumirse en grandeza
por su descabellado pensamiento.
¿Tal vez es más difícil regresar que haber sido?
¿Acaso la enigmática caída en este mundo
es menos portentosa que la hipótesis
de volver a encontrarnos con nosotros?
46
P
ÁJARO DE MI ESPANTO
Pájaro de mi espanto,
ruiseñor peregrino del asombro,
deja tu migración por un instante,
abandona tu errancia sin motivo,
vuelve tus alas en el aire inhóspito,
y encamina tu rumbo hasta el país
de la clarividencia permanente,
ese fatal paisaje sin excusas
de estar por siempre insomne.
Pájaro de mi espanto,
ruiseñor delicado de mi desasosiego,
planea grácil sobre el hosco mundo,
y pósate después en esa rama
que el árbol de certezas aún guarda para ti.
47
Por eso quiero ahora, pájaro melancólico,
que entones la canción del sinsentido,
y que tu trino suene, diminuto,
en un instante de pureza eterna,
como una acción de gracias absoluta;
que tu gorjeo sea una plegaria
para el próximo dios del desconcierto,
un himno ejecutado a cuenta de la nada,
un arrebato de esplendor casual
que se propague a todos los rincones,
y que celebre en su perfecto escándalo
las ruinas ateridas del futuro.
48
R
OJO
49
E
L ORIGEN DEL MUNDO
A Felipe Benítez Reyes
50
El arca que contiene, memoriosa,
la alquimia milenaria de la especie.
La pretérita flor.
51
S
ERVIDUMBRE DE PASO
Nómadas en esencia,
muchedumbre
que cruza en extravío
del uno al otro lado de nosotros,
polizones
en la nave del mundo,
huéspedes
al amparo de nadie,
en deuda con la vida, que está en deuda
con el secreto amor que profesamos
a todo trance siempre hacia la vida.
Apátridas por fuerza en nuestro espíritu.
52
en un inacabable deambular,
al arte por el arte
de estar vivo.
53
E
L CORAZÓN PERPLEJO
54
ni que este inescrutable amor oscuro
cometa el gran pecado de estar triste.
Acógete a ti mismo en tus entrañas
con tu abrazo más fuerte,
tu mejor padre en ti, tu mejor hijo,
gobierna tu ocasión de madurez.
55
A CAPPELLA
Perseguimos el canto,
aun siendo mudos.
En voz abandonada,
persignamos la frente rumorosa
con que el hondo vivir se dilapida.
56
atacamos un himno primordial.
Emoción fría de las voces blancas,
nos redime
la excéntrica pureza de este alarde:
la música febril nos vuelve héroes,
somos dios en la tierra, si cantamos.
57
F
UERA DE MÍ
58
Estas décimas simples son la hoguera
con cuyo fuego, en círculo, me abrigo,
y observo, a ojos atónitos,
el éter constelado,
y aúllo hacia la luna,
y silabeo,
y danzo,
y soy mi tribu.
59
G
ENTE QUE VE LLOVER, GENTE QUE LLUEVE
60
llueve la mano franca,
llueve conformidad con lo cercano,
llueve clemencia en lo que más conozco,
llueve la adoración por lo sencillo.
61
L
A PEQUEÑA DURMIENTE
62
P
APAGAYOS
A Felipe Benítez Reyes
63
A
QUEL PÉTALO
En el jardín de invierno
su aura inhóspita,
sin otro relator que esta mirada,
sin más cantor que mi sorpresa muda,
he visto desasirse
de su rama aterida,
caer desde el confín
de su corola exhausta,
al demorado pétalo de otoño.
A contrasol,
translúcido en el aire que lo acoge,
a contraluz,
ardiendo del fulgor en donde habita,
su palidez sin savia ha levitado
un instante en la ruta hacia su nada:
vi la inmóvil centella en su declive.
64
Pétalo del invierno, mi flor huérfana,
mi pétalo otoñado, el sedicioso,
pétalo para mí,
mi extemporáneo,
para ninguno estás, colmo de enero.
65
U
BI SUNT
66
A fuerza de mudarse, nada cambia;
de tanto discurrir, todo está inmóvil.
Hay una sola frente pensativa
que entiende la hermandad de cuanto existe
y en cuanto ha muerto ve lo que no muere.
67
C
OLOR
A José Saborit
Me atengo a la emoción
y no me atañe nada que la explique;
me ajusto a mi dilema y me conmuevo,
y no me incumbe nadie
que me despierte del vivir sonámbulo.
Color, no te averiguo,
me coloro.
Me corono de ti, color de espasmo.
Me consterno de ti, de ti me iriso.
Voluntad de color,
color querer,
antojarse color, color saberlo.
68
No quiero decir más.
Quiero decir con nada.
No pinto más en mí.
Estoy en blanco.
Estoy en color vivo.
69
L
A LUNA SOBRE SERRA
70
socórrenos, socorre
a estos tus pobres huéspedes en vela.
Tú que riges las horas vehementes,
y el ritmo pasional de los desmayos,
ampáranos, ampara
a estos tus hijos incondicionales.
71
Á
GAPE
A Tito Ruiz y Lourdes Román
Démonos a conciencia
el merecido ágape, el banquete.
Comamos lo supremo en lo más simple:
alta conversación,
el pan flamante
y el lustre del aceite en su oro lánguido,
la madura energía de tenernos,
la fruta fresca,
el vino inteligente.
72
Que corra el vino hasta volvernos sabios
desde el hondo saber de la alegría:
aquel que mira el mundo envuelto en llamas
y canta su holocausto, sin tormento.
Que no se acabe el vino,
el animoso vino de los fuertes,
antes de habernos vuelto temerarios
en el amor de cuanto está al alcance.
Y celebrémonos.
Que sobrevenga en el azar del día
la perfumada sal de la concordia.
Y que jueguen los niños, endiosados,
y eduquemos la vida en su alboroto.
Cómo nos merecemos nuestra fiesta.
No hay nada de arbitrario en este obsequio.
Y debatamos.
Que en abandono cada cual profese
su mar del desvarío:
la vida va en su vela y boga plácida,
tanta canción
aplaca las tormentas.
73
Buen apetito en nuestras bodas últimas.
74
F
LORES PARA VOSOTROS
A Vicente Gallego
75
el azahar de nadie,
la rosa de los vientos.
76
L
A NOCHE DE HOSPITAL
La clepsidra de suero,
en cada gota,
escande el tiempo en sílabas adversas.
77
M
URO A LEVANTE
El muro en el bancal
yergue a Levante su figura impávida,
su ley sin otra ley que andar en alto.
A su pesar, ya es símbolo;
a su pesar, parábola,
lección sin más lección que seguir mudo,
saber sin más saber que su presente.
78
Parapeto de nadie y cruz escasa.
Hosca belleza horizontal sin rumbo.
79
A
QUILATAMIENTO
80
M
ATIZ
Sólo un perfil.
Una brizna tan sólo. Una pavesa.
81
Borras la letra
y se aparece el texto,
añades un acorde
y es la música.
(Inéditos)
82
Bibliografía de Carlos Marzal
1. Libros de poesía
El último de la fiesta, Sevilla, Renacimiento, 1987.
La vida de frontera, Sevilla, Renacimiento, 1991.
Los países nocturnos, Barcelona, Tusquets, 1996.
Metales pesados, Barcelona, Tusquets, 2001 (Premio Nacional
de la Crítica y Premio Nacional de poesía 2002).
Fuera de mí, Madrid, Visor, 2004 (Premio Internacional de
Poesía Fundación Loewe, 2003).
2. Antologías
Poesía a contratiempo (Poéticas y prosas), Edición de Andrés
Neuman, Granada, Colección El maillot amarillo,
Diputación Provincial de Granada, 2002.
Sin porqué ni a dónde, Edición de Francisco Díaz de Castro,
Sevilla, Renacimiento, 2003.
3. Traducciones
Enric Sòria, en el volumen Andén de cercanías, Valencia, Pre-
textos, 1996.
Pere Rovira, La vida en plural, Valencia, Pre-textos, 1998.
Miquel de Palol, Antología poética, Madrid, Visor, 2000.
4. Novela
Los reinos de la casualidad, Barcelona, Tusquets, 2005
(en prensa).
83
ÍNDICE
Pág.
Preludio para Carlos Marzal (A.G.) ........................................................................................................ 3
84
La luna sobre Serra ...................................................................................................................................... 70
Ágape .......................................................................................................................................................................... 72
Flores para vosotros (De Fuera de mí) .................................................................................... 75
La noche de hospital .................................................................................................................................. 77
Muro a Levante .............................................................................................................................................. 78
Aquilatamiento ................................................................................................................................................ 80
Matiz (Inéditos) ................................................................................................................................................81
85
Creada en 1955 por el financiero
español Juan March Ordinas, la
Fundación Juan March es una
institución familiar, patrimonial
y operativa, que desarrolla sus
actividades en el campo de la cultura
humanística y científica. Organiza
exposiciones de arte, conciertos
musicales y ciclos de conferencias y
seminarios. En su sede en Madrid, tiene
abierta una biblioteca de música y
teatro. Es titular del Museo de Arte
Abstracto Español, de Cuenca,
y del Museu d´Art Espanyol
Contemporani, de Palma de Mallorca.
En el ámbito de la sociología y la
biología, a través de sendos Centros,
promueve la docencia y la
investigación especializada y la
cooperación entre científicos españoles
y extranjeros.
86
87
88
y
p P
[5]