0% encontró este documento útil (0 votos)
191 vistas177 páginas

BRIAN Maya R. Stone

El documento narra una historia sobre una mujer llamada Fallon que tiene sueños extraños y está planeando vengarse de la familia O'Malley. Fallon ha estado siguiendo a Brian O'Malley en Boston y planea llevar a cabo su venganza cuando él viaje a Irlanda.
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
191 vistas177 páginas

BRIAN Maya R. Stone

El documento narra una historia sobre una mujer llamada Fallon que tiene sueños extraños y está planeando vengarse de la familia O'Malley. Fallon ha estado siguiendo a Brian O'Malley en Boston y planea llevar a cabo su venganza cuando él viaje a Irlanda.
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

BRIAN

Los O´Malley 2

MAYA R. STONE
©Todos los derechos reservados
INTRODUCCIÓN 1
INTRODUCCIÓN 2
UNO .
DOS
TRES
CUATRO
CINCO
SEIS
SIETE
OCHO
NUEVE
DIEZ
ONCE
DOCE
TRECE
CATORCE
QUINCE
DIECISÉIS
DIECISIETE
DIECIOCHO
DIECINUEVE
VEINTE
PRÓXIMOS LANZAMIENTOS:
INTRODUCCIÓN 1.

Corre… ¡Corre! La sensación de urgencia, de inminencia, lo


permeaba todo a su alrededor, la consumía. El único sonido que parecía
reverberar en el espacio extraño en que se movía era el de su agitada
respiración.
Sentía que sus pulmones quemaban y sus piernas colapsarían
por el agotamiento, y quiso frenar, su corazón palpitando a punto de salirse
del pecho. Pero no podía. Debía seguir, seguir…
Hacia dónde, no lo sabía. Adelante, apenas se vislumbraba una
angosta carretera que se perdía en la negrura. A medida que sus pasos
devoraban una porción de camino, este se convertía en nada. Fallon
miraba atrás y solo podía ver oscuridad.
El terror la sacudía, pero no la detenía. No podía atender a
esos gritos que procuraban llamar su atención. ¿Quiénes la llamaban, qué
querían con ella? Las voces parecían provenir del fin de los tiempos, y la
única convicción que la empujaba era que la dañarían si la atrapaban, y
eso no podía pasar.
Dolor, desolación, desesperanza, terror… Las emociones se
agitaban como remolinos en ella, la hacían jadear y sollozar, pero no debía
dejar que la drenaran y contuvieran, no. Sigue, sigue, gritaban sus
instintos.
Cuando su cuerpo la traicionaba y su carrera se volvía lentos
pasos, la negrura del entorno mutó y Fallon gritó ante la súbita sensación
de caída libre. Esta pareció llevarla por un vórtice, un espiral, y luego de
unos instantes, lo que hubo fue quietud y silencio.
Parpadeó, sin entender, y se incorporó. Era raro. Sentía sus
músculos, sus miembros, escuchaba sus pensamientos y sentía, ¡oh, cómo
sentía!, pero no lograba verse.
La sensación de alerta la movilizó. Nuevos sonidos
aparecieron. Voces nuevas llenaron sus oídos. No, no nuevas. Era, ¿ella?
¡Era su voz! ¿Cómo podía ser?
Hubo golpes, pero no los identificó. No eran metálicos, ni sobre
objetos. Sintió que la curiosidad la empujaba adelante. No había miedo, ya
no, y avanzó por un pasillo que le pareció conocido. Puertas. Oficinas, eso
eran. Uhú.
Susurros seductores la detuvieron frente a una puerta
entreabierta. Palabras soeces que aludían al sexo, a lo carnal. Una
sensación de tensión sensual la atosigó, y un calor furioso puso su cuerpo
en alerta. Cada poro, cada sentido, a la espera.
Asomarse fue como entrar en otra dimensión. Fallon se vio
replicada en la mujer desplegada sobre un lecho enorme. Era testigo y
participante, estaba aquí y allá.
Negras sábanas debajo del cuerpo que yacía en una pose
provocativa y antinatural, invitante, y sus ojos desmesurados y la boca
entreabierta la denunciaban. Deseo. Toda ella era deseo.
Su cabello alocado y revuelto, la manera frenética en que sus
manos se tocaban y su espalda se arqueaba, cada gesto era tentación para
atraer al hombre que estaba sentado en penumbras, del que solo veía sus
piernas desde la rodilla, y estas estaban muy abiertas.
Intuyó que la mano estaba en la entrepierna, tocándose,
excitado por la actitud de su desvergonzada réplica. Esto arrancó un
gemido bajito de la Fallon que era testigo silenciosa.
El hombre se incorporó y caminó sin prisa hasta el borde del
lecho. Estaba vestido con un traje de corte perfecto, elegante y caro, que
abrazaba su espalda ancha, su cintura estrecha y sus piernas largas y
musculosas.
El cabello era oscuro y lo suficientemente largo como para que
fuera necesario llevarlo recogido en un moño descuidado. No podía ver su
rostro, pero no importaba. Sabía que quería a ese hombre.
Con fascinación, lo vio tomar la pierna de la otra Fallon y tirar
de ella, y ordenarle con voz tórrida que se arrodillara. La mujer carecía de
otra voluntad que no fuera entregarse a él, eso le pareció. Imposible
culparla.
Cuando vio los movimientos que él producía al frotar su pelvis,
lujurioso, la testigo que era ella se movió para ingresar a la habitación y
quedar en un margen, como si no tuviera vergüenza de buscar el lugar
preferencial.
Justo a tiempo. Emergiendo de su cremallera abierta, aparecía
la polla más grande que hubiese visto. En realidad, recordó, no había
apreciado más que una, la del mariscal de campo con el que había
tonteado años atrás. Estaba lejos de las dimensiones de esta.
Su garganta se secó y adelantó la cabeza, en el mismo instante
en que la otra abría su boca y extendía su lengua vuelta pala, y su punta
hacía un círculo pequeño sobre la cabeza, degustando la humedad cremosa
y chasqueando su lengua en aprobación.
Entonces, con un movimiento lento y sin despegar su vista del
hombre inmóvil, sus labios se hicieron una O mayúscula y envolvieron el
largo del miembro hasta que este chocó con su garganta, y esto fue visible
en el convulso movimiento de sus tendones.
Lo que siguió fue un frenético succionar y el hombre moviendo
su cadera con ritmo para follar el rostro de la Fallon desconocida, que
tenía lágrimas en sus ojos y saliva corriendo por sus comisuras y hacia su
cuello, y redoblaba la apuesta, devorando la polla como si no pudiera vivir
sin ella.
Cuando él envolvió su mano en la cabellera roja y tironeó
hacia atrás, y sus embestidas fueron más salvajes, la testigo alcanzó a ver
su mandíbula tensa y los ojos chocolate la taladraron. A ella, no a la que le
estaba follando la garganta con energía animal.
—¿Te gusta, Fallon? ¿Te gusta mi sabor en tu boca? ¿Estar a
mi merced?
La otra mano envolvió un seno y lo apretó, torturando luego el
pezón, sin romper el juego de sus caderas, ni cortar la conexión de sus
ojos.
Sensaciones exhilarantes recorrían su cuerpo, excitando su
piel, que se erizó, y la humedecieron. El cosquilleo en su vulva aumentó, y
Fallon se encontró queriendo. Rogando por recibir el mismo disfrute que su
réplica.
Entonces, todo giró, y se vio sobre sus rodillas, presa del puño
de hierro que tironeaba su coleta. La que tenía el grueso y venoso pene en
su boca era ella.
Sus ojos desorbitados miraron los chocolate, intensos y fríos,
sobre sí. Su boca acarició la polla y fue consciente de su textura. Incapaz
de emitir sonido, se concentró en la fellatio.
Torpe, sin ritmo, imbuida de hambre y desesperación, a los pies
del hombre sexi que la controlaba, se sintió por primera vez en calma.
Cuando su garganta sintió el amargo sabor de la descarga masculina,
larga y acompañada del graznido gutural que él dejó escapar, su mente y su
corazón estuvieron en calma.
—Tócame… Acaricia mi piel… Bésame… Hazme tuya.

La cruda desesperación de sus ruegos fue lo que la despertó, y


Fallon se encontró en el lecho, respirando con agitación, acalorada y
humedecida por el sueño erótico más vívido. Se llevó las manos a la cara y
gritó con rabia.
¿Qué mierdas le enviaba el subconsciente? ¿Cómo era que tenía
estas pesadillas, en las que el hombre que odiaba la usaba sin prurito y ella
se complacía en la humillación de ser un recipiente para sus bajos instintos?
Desalentada, se incorporó y caminó hasta la ventana de la
habitación del hotel. Esta era la última noche en la ciudad, y la antesala de
la ejecución del plan. Sus ojos se movieron apreciando el fulgor de las luces
de la vida nocturna en Boston.
Hacía mucho tiempo que estaba en Boston. Extrañaba Irlanda,
joder. Estar aquí, haciendo del seguir a los miembros de esa familia su tarea
diaria, había removido mucho en ella.
Pero lo importante está hecho, Fallon. Es cuestión de unas
horas, y lo que tanto han esperado llegará. Lo hiciste bien, y es normal que
te sientas afectada. Lo que viene va a ser un catalizador, y debes dejar
atrás tus dudas y pruritos en pos de cumplir con tu papel y hacer honor a
esa promesa antigua.
Él merece lo que va a ocurrirle. Brian O´Malley fue criado en
el seno de una familia enferma y pútrida que nunca dudaron en tomar,
saquear y castigar a los inocentes.
Como a tu abuelo, a tu padre, provocando el debacle de la
familia. Y esas otras veinte que serán resarcidas. Como en el billar, Brian
es esa pieza que permitirá golpear a las otras: a su padre, a sus tíos, y con
eso, la venganza. Justicia por mano propia.
Había investigado sus empresas, leído la prensa cada día, y
ubicado cada dato que permitió componer la vida de los O´Malley en
Boston. Killian, el patriarca, vivía retirado y rodeado de seguridad con su
esposa.
Aidan, el mayor, vivía en Los Ángeles, y lo mismo la única
mujer, Brianna. Tenían familias conformadas, hijos. Cillian, al que había
considerado un posible blanco por un tiempo, había viajado a Japón y
volvió con una novia de la que no se separaba.
El único que vivía solo y por tanto era más débil y accesible,
era Brian O´Malley. Por ello habían concentrado sus esfuerzos en él. Lo
siguió sin cesar hasta saber su rutina y sus actividades.
Lo observó y estudió, y a los que lo rodeaban, y se convirtió en
una habitué de los lugares donde socializaban. Por ello supo de su partida
inminente a Irlanda.
La mujer que llevaba la agenda del pijo conversaba demasiado
y muy alto, y había mencionado que su jefe se iría el siguiente mes, y por
ello tendría vacaciones. Eso puso el plan en acción.
Fallon y sus hermanos habían trazado ideas por años, soñando e
imaginando la revancha. Preparar los detalles concretos había sido cuestión
de días. Todo estaba listo.
Solo faltaba que la presa pusiera un pie en Dublín. Sería
inmenso, peligroso, un riesgo total, pero no había vuelta atrás. Era lógico
estar conmovida, alterada, y que las dudas y la ansiedad la ganaran.
La mente jugaba malas pasadas, mezclaba datos, deseos,
recuerdos, esperanzas, miedos, y de ese combo, surgían sueños locos y
fantasías sin sentido. Nada más.
Respiró hondo y apoyó su frente en el vidrio frío,
conminándose a la calma. No podía quebrarse. Sus hermanos contaban con
ella.
El pasado la miraba a la cara y le gritaba que hacían lo
necesario, y luego de esto… Luego de esto, podrían vivir, por fin, y no
vegetar en las memorias de sus muertos.
INTRODUCCIÓN 2

Cork, Irlanda, 2004.

—Tengo el corazón roto, mi amor.


La voz masculina sonó muy baja, desafinada, y tras las
palabras llegaron las lágrimas. Silenciosas e imparables, como si un dique
hubiese explotado y lo que estaba contenido encontrara salida al fin.
Nolan Burke estaba inconsolable, y la sensación de que le
habían quitado un pedazo de sí era física. Como si lo desgarraran,
abriéndolo en canal. Hacía menos de una hora que había arrojado un
puñado de tierra sobre el ataúd de su padre.
Thomas Burke, periodista incansable, trotamundos, cronista de
guerra devenido en uno de investigación, había sido asesinado por la
mafia, y a nadie parecía importarle una mierda, salvo a él y a los suyos.
—Nolan, querido mío, ven, recuéstate, procura calmarte—le
dijo Adara, su esposa, que lo tomó amorosamente del brazo para llevarlo
hasta el sillón.
Se dejó conducir como un autómata, su mente dando vueltas
sobre lo mismo, una y otra vez, en bucle.
—¿Lo escuchaste? ¿Escuchaste a esa basura del dueño del
periódico sugiriendo que papá estaba haciendo trabajo freelance? ¿Que lo
lamentaba y esperaba que pronto se dilucidara la causa de su muerte?
¡Malditos bastardos, quitándose el lazo…!—gritó, sus puños crispados, y
Adara lo instó a bajar la voz, acuclillada frente a él.
—Shh, querido, los niños… No queremos que se alteren y…
—¡Oh, no, Adara! ¡Claro que queremos que se enteren, y que
se llenen de furor!
—Nolan, por favor, es importante que…—rogó ella, intentando
en vano frenar la ira que drenaba de cada poro del hombre.
—¡Tienen que saber lo que pasó! ¡Cada puto detalle! ¡Deben
conocer que su abuelo fue emboscado y asesinado como si no valiera nada!
Que nadie se va a molestar en investigar su muerte porque la maldita mafia
controla Dublín. Tienen que entender desde hoy que la justicia no existe.
¡Solo la venganza!
—Nolan, te lo imploro… Son tan pequeños… No podemos
arrebatarles su inocencia—suplicó Adara, volviendo su rostro
contorsionado de pena y preocupación para mirar las tres caritas que les
observaban, asomados en el vano de la puerta.
—Padre…—Kean, el mayor, con solo doce años, se adelantó, a
pesar de los gestos frenéticos de su madre que le instaban a marcharse—.
¡Dinos qué ocurre, por favor!
Nolan asintió con vehemencia e hizo gestos para que
ingresaran y que se sentaran a su alrededor, para desmayo de su esposa,
que meneó su cabeza, desalentada.
—Vengan aquí, conmigo. Tenemos que hablar. El abuelo
Thomas murió, pero nosotros vengaremos su muerte.

Cork, 2010.
—Mami, no bebas más, por favor. Eso te hace mal—rogó
Fallon, poniendo la botella detrás de su cuerpo.
Pero once años eran pocos, y ella era una niña esmirriada que
no podía controlar a una adulta empeñada en enterrarse en el olvido que el
alcohol implicaba.
—¡Déjame! Es lo único que me hace olvidar esta realidad
horrible. ¡Dámela, Fallon!—gruñó Adara, sus ojos inyectados en sangre y
un gesto de furor en su boca.
El cabello enredado, la ropa arrugada, el olor a traspiración
vieja, todo delataba el abandono en el que su madre se estaba dejando ir.
Fallon tragó saliva y procuró mantener su decisión, blindando el acceso a la
bebida, pero sus hermanos no estaban y no había posibilidad de ayuda.
Su madre había entrado en una espiral de autodestrucción desde
el momento en que su esposo Nolan murió de un síncope repentino y la
dejó sola con sus tres hijos y una carga de deudas impagables que la
hundieron en la desesperación.
—Debes comer algo y asearte, mami. Kean y Finnian van a
traer suficiente para la comida y …
—¡Ja! ¡Como si eso lograra que levantemos cabeza! Lo
perdimos todo, y la culpa es de esos malditos mafiosos. Los O´Malley…
¡Hijos de perra! Mataron a tu padre, a tu abuelo, y ahora, nos toca a
nosotros.
—Nada va a pasarnos. Kean se encargará… Lo haremos…—
afirmó, pero su madre resopló y se movió, para colapsar en el sillón en el
que solía dormitar y beber.
—Nada queda… Confrontar con la mafia nos arruinó—susurró
—. Si tan solo Thomas no hubiese sido tan porfiado. Lo remataron como a
un perro, en la calle, y el corazón de Nolan se fue con él—Un hipo escapó
de su boca—. De la misma forma que la mitad del mío lo hizo cuando él…
Cuando él… ¡Oh, Nolan, Nolan!—susurró, tomándose la cabeza con ambas
manos y llevando sus rodillas al pecho, volviéndose pequeña.
Fallon se retiró, encogida de tristeza. Su madre no bebería más
por un rato, al menos mientras estuviese metida en su cabeza, añorando el
pasado feliz y maldiciendo la serie de acontecimientos que los habían traído
al hoy.
Fallon odiaba a esos malditos que le habían arrebatado todo. A
su abuelo, el hombre dulce y gentil que les visitaba y les mostraba fotos del
mundo y les contaba relatos increíbles.
A su padre, el mecánico talentoso que adoraba a su padre y no
había podido vivir con la idea de que su progenitor había sido asesinado sin
piedad.
Era verdad lo que su madre les decía: el corazón de Nolan había
sufrido el golpe, y la suma de traumas emocionales y el odio feroz hacia los
perpetradores del atentado lo debilitó y terminó con su vida a tempranísima
edad.
Y su esposa, Adara… Su madre… Había perdido a su gran
amor y las ganas de vivir, como no fuera para enterrarse en la botella.
Los tres hermanos estaban sanos y juntos porque la fuerza de
voluntad de Kean, el mayor, era increíble. Por él tenían comida en la mesa,
por él seguían estudiando.
Kean falsificaba firmas, hacía changas en el puerto, y su talento
hacía que arreglara motocicletas y automóviles y consiguieran el dinero
para sobrevivir. Parte del cual su madre se quedaba bajo la amenaza de que
los entregaría a Servicios Sociales.
Kean, Finnan y Fallon amaban y odiaban a su madre con igual
fuerza. ¿Cómo era que no luchaba por ellos con la misma entrega con que
lo había hecho para sostener a su padre? Era como si les hubiese
abandonado en vida.
++++
Cork, 2015.
—Estar en ese centro es lo mejor para nuestra madre, Fallon.
Moriría en tus brazos uno de estos días, y nos estaba consumiendo. Lo suyo
ya no era vida, y ahora que yo no voy a estar…—Kean suspiró, y bajó su
voz—. Tienes que seguir estudiando, Fallon. Finnan se encargará de
cuidarte, y mi salario estará a su disposición. Es lo bueno del Ejército, ¿no?
Comida, ropa, gastos, todo cubierto.
—Si solo no tuvieses que irte para eso—Fallon inclinó su
cabeza, apesadumbrada, y su hermano la abrazó.
—Recibiré una formación que me servirá, Y con mi
conocimiento de motores, me irá bien. Y cuando hayas crecido y tengas ese
título que anhelas, iremos por ellos—los miró con concentración, y rodeó
las cabezas de Finnan y Fallon con sus brazos y las trajo junto a la suya—.
Nos vengaremos, lo haremos. Llegará el día en que no solo sobreviviremos,
sino que tendremos los recursos para sostenernos con la cabeza en alto, y
entonces golpearemos a los que nos lastimaron—afirmó, repitiendo el
mantra de su padre —. Cuando hayamos dominado nuestro pasado, seremos
amos de nuestro futuro, se los prometo.
Fallon quería creerlo, lo necesitaba, porque era lo único que les
había mantenido en pie por años. La venganza. Eran ella y sus dos
hermanos, nada más quedaba.
UNO .
El agotamiento y sueño que lo habían tenido al maltraer en la
tarde se esfumaron a medida que bebía y su ánimo se volvía más y más gris.
Hundido en uno de los sillones de la enorme sala y a oscuras, luchaba para
recuperar su mente de la vorágine de pensamientos fastidiosos.
Lo mejor sería irse a su pent-house, pero había tomado
demasiado. Los colchones inflables estaban apilados contra una pared. Se
habían usado unas horas antes para acomodar a los niños mientras miraban
películas, y servirían para que su cuerpo cansado y con más alcohol del
necesario no extrañara su lecho.
El comentario que su padre le había hecho en la tarde volvió a
Brian, y revoloteó en su cabeza mientras saboreaba el scotch. Irlanda, un
mes, solo para él. Sin las presiones que los negocios y reuniones
implicaban. Sin la obligación de quedarse con los parientes de la rama
paterna en Dublín.
Libre para hacer y viajar, para dejarse llevar. La convicción de
que eso era lo que necesitaba y quería se fue haciendo fuerte en él a medida
que los minutos pasaron. Nada de emergencia lo retenía aquí, su presencia
no urgía.
Los negocios funcionaban bien, y Cillian podía lidiar con las
decisiones más complejas. Su primo Declan, personalidad compleja si las
había, era eficiente e inteligente y sería apoyo suficiente para su hermano,
de ser necesario.
Sí, decidió. Aceptaría el regalo que su padre le ofrecía. Este no
aparecía de la nada, por supuesto. Su familia estaba en ascuas por él,
pisando sobre cáscaras de huevo a su alrededor, conscientes de su creciente
malhumor y comportamiento errático.
Lo notaba en las miradas subrepticias de su madre, que lo
llamaba casi a diario y trataba de atraerlo a la mansión fin de semana tras
fin de semana. Y él venía, porque no tenía más que hacer.
Su gemela, Brianna, también estaba pendiente a pesar de los
cuatro mil kilómetros que los separaban, llamándolo cada pocos días y
hurgando sin tacto, como era su costumbre, frontal como pocas.
<<¿Qué diantres te ocurre? ¿Por qué tienes esa expresión de
limón constante?>>
<<Me dice mamá que vas del trabajo al pent-house, y a la
mansión de tanto en tanto. Esa no es vida.>>
<<Brian, ¿estás bien, hermanito? Sabes que puedo viajar allí y
…>>
Sí, Brianna lo entendía mejor que nadie, el vínculo era
innegable, y los ataba a pesar de la distancia, pero no podía decirle nada
concreto, porque ni él se comprendía.
El gilipollas de Cillian lo hostigaba sin cesar en el trabajo,
cuando se hacía tiempo, luego de contestar los mensajes a su noviecita o
programar cenas románticas y viajes relámpagos con ella.
Resopló y se conminó a no ser un cabrón envidioso. Cillian y
Ágata estaban en la etapa primaria de su romance y él se alegraba
infinitamente por su hermano. Lo merecía, por supuesto que sí.
Todos creían que debía ver a un terapeuta y que tenía
situaciones por superar. Se aclaró la garganta y se incorporó,
tambaleándose, sintiendo la liviandad de mente que el whiskey imponía.
No, tendría que estar desvariando para consultar a un gilipollas
a que le dijera que estaba sufriendo los efectos de haber sido emboscado y
herido años atrás.
El verde de Irlanda le vendría bien y sería la mejor terapia,
decidió. Tal vez podía reencontrarse a sí mismo, espantar huellas que el
atentado había dejado en su psiquis.
Estas estaban, lo sabía. Cada vez menos, pero había noches en
las que despertaba sudoroso y con el corazón agitado. El temor permanecía
en él.
Salir de su rutina invariable, viajar, lo descontracturaría. Podría
conocer a alguna mujercita que lo hiciese vibrar y recuperar el deseo de
follar. Joder, solo que una llamara su atención, le excitara y le pusiera la
polla dura sería bienvenido.
El mundo parecía haber perdido sabor, teñido de letargo y
desinterés. Follar con verdadero entusiasmo y pasión sería una novedad
estos días. No llevaba la cuenta de los meses que hacía que no tenía una
diversión sexual, como no fuese con su mano.
Las ofertas no le faltaban, claro que no, pero carecían de
atractivo. Había algo muy decepcionante y desestimulante en eso de ser
foco de miradas lascivas y ofrecimientos carnales que él intuía que venían
atados a condiciones.
Lo había hablado hasta el hartazgo con Cillian antes del viaje a
Japón en el que su hermano había conocido a la mujer que lo doblegó. Una
que lo quería por sí mismo y lo hacía feliz, y eso era evidente en cada gesto,
palabra y acción de Cillian desde hacía unos meses.
Ágata era especial, y su renuencia ingenua a malgastar el dinero
que a Cillian le sobraba y moría por gastar en ella era conmovedora, pero
muestra obvia de que estaba con su hermano por amor y no era su fortuna la
que la había atraído.
No importaba que las revistas y los portales de Internet dijeran
que los O´Malley eran guapos o el objeto de deseo de muchas, la pregunta
que acuciaba a Brian cada vez que alguien se acercaba era si lo veía a él o
lo que él podía darle. Era frustrante y desmotivador.
Él quería lo que tenían sus hermanos. Un romance puro, un
amor de esos que sacudían el alma. Joder, Brian, ¿qué mierda estás
diciendo? ¿Es que estás envidioso de lo que ellos tienen y tú careces?
No, negó, suspirando, encaminándose al baño de la planta baja.
No era envidia, o sí lo era, pero de las sanas. Quiero tener su suerte. La que
Aidan tuvo con Avery. La que hizo que Brianna conociera a Hawk, y Ágata
aceptara el trabajo que Cillian le ofreció.
Hacía semanas que venía pensando en esto, dando vueltas a la
noción de que estaba más que listo para que le tocara el turno. Tenía que
ser, ¿o no? La bola de la ruleta tenía que caer en su número, era tiempo.
Sus hermanos se le reirían en la cara si les dijera que se había
vuelto un simplón que no podía esperar a tener a alguien entre sus brazos,
arrullándola hasta que se durmiera luego de hacerle el amor.
Alguien que le diera color a sus días y evitara que estos fueran
una sucesión de números y decisiones de empresas. Quiero vivir a pleno, se
dijo.
<<Tienes que levantar cabeza y mirar a tu alrededor, hijo. Hay
gente buena y linda si prestas atención y la buscas. Pero tienes que estar
abierto, disponible. No encerrado en ese bunker que es tu pent-house>>.
Su madre no había dejado de decirle esto una y otra vez, con distintas
palabras, durante este año.
Mañana en el desayuno les haré saber que voy a aceptar el
regalo que me ofrecen. Debo cambiar si no quiero enloquecer, y ninguno de
mis hermanos consiguió al amor de su vida quedándose quieto. Brianna
persiguió al pobre Hawk hasta abajo de las piedras. Cillian lo encontró en
Tokio, lejos de la empresa, y lo mismo Aidan. Y si no está en Irlanda, al
menos descansaré y me sacudiré la monotonía de encima.

Avanzó por el pasillo y se detuvo en la puerta de la sala de


vigilancia, ocupada mayormente por las computadoras y servidores que
guardaban la información más importante del conglomerado O´Malley.
Estos equipos controlaban las cámaras de acceso al edificio,
además de las que estaban en cada uno de los tres pisos y oficinas. En el
centro de la oficina estaba sentado Louie, el eficiente empleado que era el
gurú de las comunicaciones, barrera primaria contra los eventuales hackeos
al sistema de la corporación, así como a las cuentas bancarias familiares.
El rubio y delgado hombre parecía más joven que sus
veinticinco años, probablemente por la delicadeza de sus facciones y sus
ojos de un prístino azul, así como por sus maneras gentiles.
Un hombre cuya timidez brutal se había ido atemperando como
consecuencia del lidiar constante con Cillian, él mismo y Declan. Este en
particular, y ahora mismo estaba ladrando órdenes.
—Tenemos que saber el origen de ese intento de comprometer
nuestra red, sin demora. Debes concentrar tu trabajo en ello.
—En eso estoy—respondió Louie en voz baja, reconcentrado,
sus dedos volando en el teclado—. He contactado a Minerva y Jeff y es
cuestión de unas horas para ubicar al hacker, pero puedo asegurar que no
llegó a comprometer la red ni…
—¿Estás ciento por ciento seguro?—dijo Declan con rudeza,
caminando detrás del ingeniero con los brazos al pecho, como un general
frente a un recluta, y Brian rodó los ojos.
Declan era un auténtico cabrón y su impaciencia y malhumor
no colaboraban con el buen ambiente en la empresa, aunque su trabajo era
impecable y brillante.
No en vano había creado una empresa desde cero y la llevó a la
cúspide, y si hoy se había quedado sin ella, esto era resultado de su decisión
de salirse de las garras de la mafia.
Una que le había costado muchísimo, y las ramificaciones aún
seguían llegando. Su colaboración con el FBI lo habían mantenido lejos de
la cárcel, pero su seguridad y patrimonio estaban en la cuerda floja.
La decisión de Brian y los suyos de sostenerlo, al igual que a su
hermano Brady, había sido lo que permitió a Declan reposicionarse y
encontrar una red de contención para no tener que huir a algún lugar
recóndito del mundo.
—No puedo dar esa certeza, señor Declan, y usted lo sabe—
dijo Louie suspirando, y miró a Brian con rostro de ruego.
—Declan, deja a nuestro ingeniero trabajar. Sabes que es el
mejor, y si te asegura que todo está bien, es así. Ven conmigo, quiero que
charlemos.
Su primo hizo un sonido, a medias entre un gruñido y una
afirmación, y pasó a su lado para comandar la marcha hacia la pequeña sala
donde estaba la máquina de café, la nevera con bebidas frescas, y unos
sillones.
—¿Todo está bien?—inquirió Brian, y Declan hizo un gesto
indescifrable.
El jodido era como una pared, y si la relación entre ellos había
mejorado, todavía no lograba entenderlo. No es que esta fuera una de sus
prioridades, por cierto.
—Podrían ir mejor si tuviera mi compañía de vuelta y no viera
sombras del pasado cada vez que voy a las instalaciones del FBI. Estoy
harto—bufó, y Brian asintió, sorprendido por el exabrupto.
—Falta menos, supongo. Imagino que tus testimonios han
ayudado a desmantelar las redes que los federales querían hacer caer y…
—Sí, las locales y las que tenían que ver con los rusos y
colombianos, pero pretenden que descubra la familia en Irlanda. Eso no va
a pasar.
—Por supuesto—dijo.
La decisión de su padre Killian, años atrás, fue abandonar las
actividades clandestinas y legalizar sus negocios. Esto provocó un corte y
enfriamiento de relaciones con la mafia en la madre patria, comandada por
los tíos Patrick y Cormack. Estos habían presionado para evitarlo, pero
finalmente lo aceptaron.
Aidan profundizó la brecha, y hubo una parte de la familia que
nunca los perdonó, y Deacon, un primo había sido el principal opositor. El
mismo Brian había sido víctima de un atentado impulsado por él, el que
casi le costó la vida, pero eso era historia pasada.
Deacon estaba muerto. Como Declan decía, disentir con la
forma de vivir no implicaba que cometerían la traición de destapar los
negociados de su sangre.
Había un pasado que los unía. Era la razón de parte de su
fortuna, y si hoy día Brian y sus hermanos se aseguraban de donar grandes
sumas a organizaciones benéficas válidas y necesarias, había quien aún les
consideraba mafiosos, o ponía un estigma sobre ellos.
—Me dijo Cillian que vas a viajar a Irlanda.
La mirada acerada de su primo lo evaluó, imperturbable, y
Brian asintió.
—Necesito vacaciones. Alejarme un poco de la rutina, tomar
perspectiva.
—Extraño lugar para hacerlo. ¿No temes que se malinterprete
tu llegada?
Carraspeó, elevando su ceja izquierda.
—No tiene por qué ser así. No voy con otra intención que no
sea recuperar contacto con mis raíces. Fui muy feliz allá cuando era niño—
indicó—. Tú lo sabes, estuviste allí.
Declan asintió, sentándose en uno de los grandes sillones,
haciendo su cabeza atrás, mientras estiraba sus piernas.
—Lo estuve, y es cierto lo que dices. Pero ha corrido agua bajo
el puente. Nuestros tíos y primos están… reacios a nuestra presencia.
Desconfían, no saben qué pensar. Brady y yo tuvimos que responder cientos
de preguntas, y el tío Patrick, aunque más achacoso, no olvida los
encontronazos con tu padre.
—Mi padre me sugirió ir allá, y debo suponer que se encargó ya
de hablar directamente con Patrick. Recuerda que mi familia estuvo allá
hace poco…
—Sí, pero solo en contacto con Riordan y los suyos—Esa era la
rama honesta y limpia de la familia en Dublín—, y eso no cayó bien. Hubo
reticencias y molestias. Patrick lo vio como una falta de respeto, lo mismo
Cormack, y sé que tu padre y él discutieron al respecto—indicó Declan—.
Las cosas han cambiado mucho allá. Hay mandos medios que no conoces.
El hecho de que Patrick solo tuvo hijas mujeres y lo mismo Cormack, ha
abierto el clan. Sus yernos o los soldados más eficientes nos ven con escasa
gracia, y si la autoridad de nuestros tíos está intacta, las presiones para
entablar tratos con mafias de países europeos de Europa del Este son
constantes. Tuve algunos encontronazos cuando estuve allá.
—No tengo nada que ver con eso. No voy en plan de visitas
familiares, aunque pasaré a saludar a la tía Marie y a Cormack.
Ellos eran sus personas favoritas: la esposa de Patrick, el jefe
máximo de la mafia dublinesa, y el tío más gracioso de todos. Tenía los
mejores recuerdos de ellos, y habían estado en esporádico contacto a lo
largo de los años.
—Evita Dublín, sería mi sugerencia, y concéntrate en visitar la
campiña y las maravillas naturales. ¿Cuándo es que partes?
—En cinco días. Tengo que cerrar algunos tratos y dejar la
documentación al día.
—No tienes que hacerlo. Sabes que puedo suplirte, como hice
con Cillian. Eso me dará algo para distraer mi cabeza y hacerme olvidar que
me quedan tragos amargos adelante para recuperar mi empresa y mis
cuentas.
Levantó sus cejas con interés. Esto era nuevo.
—¿Cómo…?
—Tendré que soportar una investigación con un equipo de
forenses contables, pronto. Pero hay posibilidades de que me den el visto
bueno.
—Pues deberás hacerlo con gracia y sin hostigarlos, de lo
contrario, pierdes—sentenció, y luego suspiró—. Pipen debe estar
siguiendo la situación allá con atención, o ha hablado contigo, porque no ve
con buenos ojos que vaya solo. Pero no encuentro que haya amenazas.
Como dices, habrá rostros serios, miradas hoscas y tal vez algún exabrupto,
pero Cormack y Patrick no permitirán que nadie me toque.
—Creo lo mismo. Pipen tiende a sobrestimar las amenazas—
gruñó Declan.
No era tan así, pero Brian se encogió de hombros. La agencia
de seguridad que el gigante escandinavo comandaba era de excelencia, y
había provisto de tranquilidad a la familia en los últimos años.
Hawk, su cuñado, el esposo de Brianna, y parte de la agencia de
seguridad del mítico Matt Turner, tenía respeto por ellos, y esto era garantía
de excelencia.
—Puede ser, sí.
—La única brecha que tuvieron este tiempo fue esa periodista
en Navidad, y digamos que la prensa es una jodida piedra en el zapato de
cualquier celebridad o familia poderosa. Esos bastardos agitan la bandera de
la libre prensa y se cuelan en el hogar y la vida de cualquiera, como unas
cucarachas.
Asintió, y la imagen difusa de una mujercita pelirroja se formó
en su mente. Había perdido registro de los rasgos concretos, pero la
impresión recibida todavía le duraba.
La atrevida había mentido para ingresar a la mansión y había
terminado enrostrándoles que les investigaba y les desenmascararía, para
luego arrollar uno de los enanos de jardín de su madre.
Era la muestra viva de que algunos aún conectaban a la mafia
con su familia, a pesar de los ingentes y largos esfuerzos por separarse de
ella, qué se le iba a hacer.
—Mmm. Pipen la investigó y encontró que sus credenciales
eran auténticas. Buscaba una primicia, pero de seguro una investigación
más a fondo la desestimuló.
—Espero que encuentres lo que buscas allá, Brian. Te he visto
distraído, algo errático—dijo su primo.
Enarcó las cejas y resopló, meneando la cabeza.
—¿Tú también? No me digas, crees que debo ver un terapeuta.
—Ni en cien años. Te recomiendo mucho sexo y alcohol.
Funciona para mí.
—Si tú lo dices… En fin, trata de no aterrorizar a los empleados
mientras no estoy. Ahora que Cillian vive en una nube romántica, no tiene
mucho tiempo para frenar tu brusquedad.
—No te preocupes.
No lo haría, decidió. Estaba al límite, y no veía la hora de dejar
atrás la empresa por unas cuantas semanas.
DOS.

Fallon elevó sus ojos de su móvil y comprobó que su objetivo,


el hombre sobre el que tenía puesta su mirada desde hacía semanas, estaba
todavía en su lugar. Imposible no ver al maromo ataviado en un elegante
sport.
Sus jeans eran de diseñador, y la aparente sencillez de su
playera, visible debajo de su chaqueta de cuero, no engañaba a Fallon. El
dinero que costaba su atuendo pagaría varios meses de su renta en Irlanda.
Cada prenda abrazaba su silueta de la mejor forma posible,
había que reconocerlo. El gesto hosco no deslucía lo buen mozo que era.
Todos esos pijos O´Malley eran hombres atractivos, mucho, pero este…
Tanto como lo detestaba y despreciaba, sus ojos no podían dejar
de devorar cada detalle de él. Su cuerpo, su caminar, sus expresiones. Había
algo difícil de descifrar en el rostro serio y en los ojos tormentosos de Brian
O´Malley.
Había tenido un sinfín de oportunidades para apreciarlo y
considerarlo, porque lo había observado desde las sombras por semanas.
Él era el eslabón débil de una cadena poderosa, o al menos así
lo había establecido la vigilancia que ella y sus hermanos habían hecho
sobre la familia O´Malley durante dos años.
Investigación virtual y desde la lejana Dublín, primero, y luego
in situ, porque Fallon viajó a Boston para seguir sus movimientos de cerca.
Ser una periodista freelance que cubría temas de política internacional le
permitió desplazarse de Europa a los Estados Unidos sin poner en riesgo su
fuente laboral.
Diferente era el caso de Finnian o Kean, que tenían trabajos
fijos y solo podían dedicar parte de sus tardes y noches a la causa. La
causa… Parecía alocado llamar así al juramento de sangre que habían hecho
cuando tenían 14, 12 y 8 años respectivamente, pero así lo sentían y vivían.
Aquel día, hacía tanto, aparecía fresco en su memoria. Kean les
había reunido en el jardín de la casa de la que estaban siendo expulsados
por falta de pagos, apenas a semanas de la muerte de su padre, y les había
cortado la yema de un dedo para que sus sangres se mezclaran.
Quienes nos hicieron esto van a pagar. Esos mafiosos O´Malley
van a pagar, habían repetido como un ritual.
Fallon sacudió su cabeza y se concentró en el presente, justo
cuando uno de los empleados vino a ella, y le inquirió por su presencia en el
lobby exclusivo para la primera clase.
Sonrió, fingiendo confusión, y se disculpó, emprendiendo la
retirada para el lugar que le correspondía. No iba a atraer atención sobre sí.
No podía perder el foco, sus hermanos confiaban en ella.
Esta era la oportunidad que habían estado esperando, y no podía
equivocarse por emociones tontas o arrepentimientos.
Brian O´Malley era uno de los cuatro hijos de Killian O´Malley,
otrora gran jefe de la mafia irlandesa en Irlanda, y luego en Boston, y era su
blanco. Los otros hermanos, entre ellos la gemela de Brian, estaban casados
y eran inalcanzables.
Protegidos en sus mega mansiones o pent-houses de lujo, con
guardias constantes y sistemas de vigilancia anti hackeo. Habían intentado
acceder a ellos, vaya que sí, pero los sistemas que protegían sus cuentas
bancarias, empresas y casas eran infranqueables. Como si tuviesen en su
nómina a los mejores hackers.
Tal vez era así, Fallon no lo sabía. También era verdad que si
bien Finnian tenía habilidades tecnológicas, era autodidacta y tenía
limitaciones en lo que podía lograr en la web.
El aviso de abordar a primera clase apareció en la pantalla que
miraba con fijeza, y volvió sus ojos al pijo millonario, a tiempo para ver
que salía del área privada y se dirigía a paso vivo a la puerta
correspondiente.
Sus pasos largos y seguros condujeron su elegante figura entre
las personas que iban y venían por el aeropuerto y pasó a cinco metros de
ella. Tenía una presencia que imponía, y no era solo el traje.
Era alto sin exageración, tal vez un metro ochenta y cinco, y su
pecho y espalda ancha así como sus miembros musculosos lo hacían objeto
de miradas de deseo y admiración, así como de envidia.
Jodidamente atractivo. Apretó sus dientes, molesta por su línea
de pensamiento, y endureció sus facciones, incorporándose y tomando su
bolso para dirigirse rauda a la puerta de acceso al avión.
Ella no viajaría en primera clase, pero eso no importaba. Estaría
atrás, a metros de O´Malley, separada por una cortina, esperando para que
el plan urdido comenzara a ejecutarse, al llegar.
No, se corrigió. El plan se había puesto en marcha mucho antes.
Cuando viajó a Boston, vigiló la empresa, lo siguió desde su pent-house a
los pocos sitios que frecuentaba. Así se familiarizó con su figura, sus
expresiones, su rutina.
Sus ojos habían estado sobre él constantemente, hasta que casi
podía decir que conocía sus intereses y gustos al dedillo. No que estos
fueran muy variados, por cierto.
El hombre visitaba la mansión familiar al menos tres veces a la
semana, se reunía con ejecutivos en el mismo restaurante, invariablemente,
y corría como enajenado al amanecer y al anochecer.
Su cuerpo trabajado sin exageración, elástico y musculoso, era
resultado de eso y del ejercicio que hacía en el gimnasio del edificio en que
vivía.
Entrar a este no había sido difícil, a pesar de la seguridad que
existía. Hacerse con un pase le había tomado un par de sonrisas
prometedoras y expresiones de admiración ante las fanfarronadas de uno de
los miembros del servicio. Lo había usado solo esa vez, luego de fingir
marcharse prometiendo un encuentro.
Había llegado hasta la puerta del departamento del millonario y
entrar fue sencillo. Kean había aprendido mucho en las calles, y se lo
enseñó sin dudar.
Ser capaz de disparar, golpear y defenderse, abrir cerraduras y
esposas, desatar nudos imposibles, entre otros menesteres, podía salvarle la
vida, así lo había establecido. Fallon lo aprendió todo con solvencia.
La morada de Brian O´Malley era ordenada, lujosa sin
estridencias, masculina y relajada. Los beiges, marrones y azules
predominaban en los detalles y acá y allá se desperdigaban las muestras del
amor que sentía por su familia.
Fotografías enmarcadas en repisas, sobre la mesita de noche, en
paredes, rivalizaban con pinturas que debían ser muy caras y a las que ella
no encontraba sentido, porque detestaba la abstracción.
Pero eran intensas, coloridas, mescolanza de trazos en los que
los pintores habían dejado impreso turbulencia interna. Eran las únicas
muestras de desorganización y caos en la vida de Brian, o eso parecía.
Kean diría que estaba adjudicando demasiado sentido a algo sin
importancia, pero Fallon intuía que debajo de ese exterior compuesto y
apuesto, debajo del agua calma que era la fachada de Brian O´Malley, había
corrientes desconocidas.
Esos ojos marrones que se volvían casi negros cuando airados
no mentían. Había sido foco de ellos la pasada Navidad, cuando se
apersonó en la casa paterna fingiendo ser una periodista de hogares
interesada en las decoraciones navideñas de las mansiones bostonianas.
Sí, no había sido su mejor momento, pero la curiosidad la
carcomía. Había querido ver de primera mano a la familia reunida, conocer
el sitio donde vivían en opulencia aquellos que le habían quitado todo.
Como una glotona de la autoflagelación, había pretendido
apreciar cómo se vanagloriaban de su riqueza y vivían ajenos al dolor que
habían dejado atrás.
Probablemente porque necesitaba combustible para el fuego de
su odio, que en ocasiones parecía perder fuerza y volverse brasas, agotada
por la energía que le consumía.
Odiar y vivir para la venganza drenaba, y Fallon sentía culpa
cada vez que su mente le hacía cuestionarse el sentido de esto. Porque era
como traicionar a los suyos, a los que amaba.
La matriarca O´Malley no había sospechado nada, pero Brian
la había mirado con desconfianza de inmediato, recordó. Había cruzado
sus brazos sobre el pecho y como un perro con un hueso, la instó a
identificarse hasta que ella tuvo que reconocer que había ido con otra
misión.
<<Nombre de la revista para la que trabaja,>> había dicho, con
voz acerada, entrecerrando los ojos.
Ella había entrado en pánico, pero lo disimuló bien, sacando la
pequeña grabadora de su bolsa, como si esta fuese la credencial requerida.
<<¿Su carné de prensa, o algo que acredite que pertenece a
esa revista de la que todavía no nos dice el nombre?>>
Ella había resoplado y rodado los ojos en una muestra de
fastidio y molestia que estaba lejos de sentir. Antes bien, esos ojos y esa
actitud de superioridad le habían atenazado la garganta, y lamentó el haber
ido a la mansión de sus enemigos.
¿Qué tal si la ubicaban, o la reconocían?, había pensado con
alarma que no trasuntó en su faz. No era solo Brian, quien la miraba, sino
su hermano Cillian y su novia, además de la madre.
<<Bien, en verdad no soy de una revista de decoración, y sí
periodista de investigación,>> había dicho, sin mentir en esto, y había
tomado su cámara y comenzó a tomarles fotografías y lanzar preguntas
como si esta fuese su misión aquí.
<<¿Qué hay de cierto en que su familia controla la operativa de
contrabando del puerto de Boston? Ha habido diez muertos en este año, y
todos en área que se dice que ustedes controlan. ¿Qué tienen para decir al
respecto?>>
La adrenalina que sintió todavía la hacía vibrar, y verles rojos,
sorprendidos, furibundos, había hecho su día, hasta que el pijo Brian se
adelantó y tomó su cámara, que estrelló de inmediato en el suelo, furioso.
Sus ojos había sido carbones sobre ella, su respiración agitada,
toda compostura perdida. Esa versión del hombre era la verdadera, se había
dicho. Escondida, contenida, su personalidad era mucho más de lo que
dejaba entrever.
<<Usted es Brian, y sé que fue objeto de un atentado. ¿Fue un
ajuste de cuentas entre bandas? >> le espetó, desafiándolo, y él había
encajado las mandíbulas y sin más, se acercó a ella y la tomó por el codo,
moviéndola para llevarla hasta su vehículo, del que abrió la puerta y sin
ceremonia alguna, la empujó para que entrara.
Hoy, sentada en el duro asiento del avión, mirando al frente,
Fallon pareció vivir de nuevo el episodio, y tocó el sitio donde él había
dejado una marca indeleble.
Habían sido él y ella frente a frente entonces, los demás habían
parecido desaparecer, y Fallon estaba roja y había temblado, de furor se
había dicho, de coraje.
<<Tengo mi mirada en su familia, y voy a hacer público lo que
esconden>>, había gritado, y él gruñó que había llegado diez años tarde.
Apoyando su brazo en la portezuela del auto, había bajado su
cabeza para mirarla.
<< No vuelva a intentar engañar a mi madre o …>>
<<¿O qué? No tengo miedo de sus amenazas, señor mafioso.>>
<<No es una amenaza. Es un consejo. Tenemos los mejores
abogados que el dinero pueda pagar, y digamos que su vehículo y su ropa
no dicen lo mismo de usted.>>
Esa respuesta había sido lo que podía esperar de alguien como
él y reflejaba lo que había creído de ellos por años, por lo que su deseo de
un combustible para atizar su ira había funcionado a la perfección.
Había encontrado lo que buscó. Amenazas, desprecio,
humillación, sentimiento de inferioridad bajo el peso de la fortuna hecha
con sangre y lágrimas ajenas.
La calma y la convicción de que estaba haciendo lo correcto la
habían llenado entonces, y tuvo las fuerzas para seguir. Por ello estaba aquí,
en las horas previas a la ejecución de la parte central del plan.
Era una cuenta muy vieja la que venían a cobrar, y tal vez no lo
harían con el responsable primero, pero… Provocarían sufrimiento en
aquellos que les habían quitado lo que amaban.
Al llegar a Dublín, sus hermanos se encargarían de atrapar a la
presa que ella había observado por meses, y por fin harían justicia por su
padre y su abuelo.
Fallon no creía ni por un minuto que los O´Malley
estadounidenses tuviesen las manos limpias, como Brian dejó entrever.
Raleigh, la novia de su hermano Finnian, había estado en el seno de la
mafia irlandesa, entre los tíos y primos de Brian, y proclamaba que los
vínculos entre Irlanda y Boston eran firmes.
Su cuñada había sido ayudante de Declan O´Malley, el primo de
Brian que hoy día trabajaba en las empresas que gestionaban Cillian y
Brian. Raleigh había escapado de una muerte segura.
Había manejado la contabilidad de ese maldito mafioso y
escapó cuando la situación entre ambos se volvió insostenible. Él era un
hombre iracundo, sin límites, oscuro, y Raleigh finalmente había tenido las
fuerzas para huir, temiendo que irían tras ella.
Finnian había la había encontrado, porque el mundo era
pequeño o la Providencia grande, y así se había unido a ellos. Las víctimas
de esos monstruos tenían que estar unidas, así lo había dicho. Que esos dos
se enamoraran había sido muestra de que el destino ponía las cosas en su
sitio.
Hoy ayudarían al destino, se dijo, removiéndose en su asiento.
Era cuestión de algunas horas
TRES.

Brian se desperezó, estirándose, y miró por la ventanilla para


apreciar el aterrizaje en el aeropuerto de Dublín.
Había sido un vuelo agradable y diferente a sus habituales
viajes, en los que solía estar embebido en su computadora o con archivos y
carpetas, dilucidando números o estrategias de negocios.
Todo lo que había hecho en este era disfrutar del servicio de
primera clase, terminar un libro que venía postergando por semanas, y mirar
una película. Se sentía raro, pero era bueno. Distinto, y eso de por sí era
interesante.
Había decidido que daría pasos lejos de su rutina en cada
oportunidad, y lo primero había sido el vestuario. No había empacado ni
uno solo de sus trajes; solo jeans, pantalones deportivos, sudaderas,
camisas, remeras, y sus chaquetas de cuero y jean, además de botas y
zapatillas.
Tenía pensado caminar mucho para conocer porciones de la
campiña y poblados irlandeses que no conocía, entre ellos el de sus lejanos
antepasados.
Había dejado atrás su móvil de trabajo, sin dudar, y esa era otra
prueba de la necesidad de desconexión.
La azafata que le había atendido en el vuelo vino a él y le indicó
que uno de los integrantes del staff de la aerolínea le esperaba para ayudarlo
a realizar los trámites necesarios e ir por el equipaje.
Agradeció con una sonrisa, apresurándose para salir del avión y
caminar por los metálicos pasillos, pasando migraciones y obteniendo la
única valija que constituía su equipaje.
—Puedo conducirlo al lobby de primera clase si lo desea—
señaló el empleado que le había hecho sortear los trámites con celeridad, y
negó con la cabeza.
—Se lo agradezco, pero me esperan.
Su tío Riordan sabía de su arribo y enviaría por él. Brian se
había contactado con su otro tío, Cormack, sabedor de que esto pondría
sobre aviso a Patrick, y de esa manera quedaría establecida la necesaria
cortesía.
No necesitaba su aprobación para estar en Dublín, pero era
recomendable si quería evitar reproches y malos momentos. No descartaba
que su tío, el gran jefe, lo enviara a buscar con algunos matones para
hacerle saber cómo se hacían las cosas aquí. No tenía sentido arriesgarse.
Luego de estar dos días en la ciudad, comenzarían sus
vacaciones reales, y pretendía vivirlas solo, manejando a su antojo por el
país, redescubriéndolo, viéndolo con los ojos del Brian adulto. Y dejándose
llevar, para variar.
Caminó más rápido, deseando que las horas pasaran para poder
emprender su camino en paz, y casi se dio de bruces con un hombre alto y
pelirrojo.
—¿Brian O´Malley, señor? Me enviaron a recogerlo—le indicó,
y Brian se reacomodó y miró al cartel algo arrugado que sostenía en las
manos.
Parpadeó, mirando al desconocido de pies a cabeza, y la faz
agradable, aunque seria, le convenció.
—Gracias, esperaba que estuviese a la salida.
—Oh, me pareció mejor estar cerca para ayudarle con su
equipaje, señor.
Hizo ademán de tomar su maleta, pero Brian negó.
—No es necesario, viajo liviano. ¿Vamos?
—Claro, claro, por aquí—asintió el joven, que debía estar en la
segunda mitad de su veintena, y se movía con nervio, sus ojos algo
huidizos.
Brian lo atribuyó a cortedad, porque sus manos arrugaban el
papel con su nombre ahora, caminando adelante y haciendo gestos para que
le siguiera.
Probablemente fuese uno de los nuevos hombres en la nómina
de su familia, aunque no extranjero. Sus rasgos, la pronunciación, todo lo
denunciaba como irlandés de pura cepa.
—¿No vamos por la puerta principal?—preguntó, pero la
conmoción detrás le hizo detenerse y mirar.
Había confusión, empujones y gritos entre miembros de
seguridad que corrían hacia un tumulto, y una voz femenina gritaba. No
alcanzó a distinguir a nadie en el enredo de cuerpos que se hacía cada vez
mayor.
—Esa es la razón. Hay protestas de alguno de los trabajadores
del área de servicios, algo así, y están dificultando todo. Sígame, conozco
una salida lateral que hará más fácil llegar al vehículo—le señaló el
pelirrojo, sin detenerse, y Brian se encogió de hombros y le siguió.
Al emerger del edificio, Brian vio la gran limusina de vidrios
polarizados que se acercaba. El pelirrojo hizo señas al chofer, adelantándose
para cargar su bolso en el baúl en un santiamén, y corrió a abrir la puerta
para darle ingreso al asiento trasero.
Apenas se sentó, la portezuela se cerró con fuerza, y Brian se
sobresaltó por la urgencia. De inmediato fue consciente de la presencia de
alguien a su lado, y giró para saludar a quien supuso su tío Riordan.
Entonces el dolor pareció hacer estallar su cráneo, y una mano
de hierro apretó una tela contra su nariz y boca, y sus intentos de lucha se
evaporaron a medida que el olor fuerte y dulzón invadía sus narinas y se
expandía por su sistema, hasta hacerle caer en la inconsciencia.

Despertó al borde del vómito, un repiqueteo feroz naciendo en


la base de su cabeza y extendiéndose por sus sienes, haciéndole sentir atroz.
Arcadas secas lo sacudieron, y abrió los ojos, un sudor frío
extendiéndose por su espalda y torso. Intentó incorporarse con frenesí,
ciego al entorno, y el tirón en sus muñecas lo desconcertó.
Pasaron unos cuantos segundos antes de que pudiera entender lo
que le ocurría, así como darse cuenta de que no estaba en un sitio conocido,
ni mucho menos elegido.
Recordó el vehículo, el golpe, el olor del sedante, y de nuevo
intentó pararse, sin éxito. Parpadeó, y sus ojos se enfocaron en las cadenas
que controlaban sus brazos.
Miró alrededor, en alerta máxima, y lo precaria de su situación
lo sacudió. En un camastro en el que apenas si cabía, encadenado a la pared,
su cuerpo sufriendo los efectos del golpe y el narcótico que usaron para
noquearlo, y en un habitación de tres por cuatro, a lo sumo, sin ventanas.
—¿Qué cojones es esto, joder?—susurró, intentando no dejarse
invadir por el temor y la irracionalidad, pero al borde.
Tragó saliva y se conminó a sentarse y llevar su espalda contra
la pared de piedra. Se instó a observar cada porción de la habitación y buscó
algo que le diese una pista, aunque minúscula, de donde estaba.
Piedra y madera. Cadenas gruesas que pendían de ganchos
ferrosos, y estos y los eslabones tenían el mismo color.
Quienes fueran los que le habían atacado y lo habían colocado
aquí lo habían hecho bien. No había sospechado nada. Sabían que llegaría
hoy, la hora, su nombre. Esta no era una confusión, estaba claro.
¿Es que su padre, Declan, e incluso su tío Riordan se habían
equivocado? ¿Los O´Malley de Irlanda pretendían hacer un ejemplo con él?
¿Cobrarse lo perdido cuando su padre y Aidan blanquearon los negocios y
dejaron en otros grupos la cuota de poder que tenían en la costa Este de los
Estados Unidos?
La posibilidad de que esto fuese lo que estuviese ocurriendo lo
agitó por unos minutos, y en su cabeza pasaron mil imágenes. El
distanciamiento por años con los primos y tíos de Dublín.
La guerra entre los O´Malley en Boston, de los cuales su primo
Deacon había sido uno de los más duros y que costó a Brian semanas en el
hospital y de recuperación para su cuerpo.
Acudió a su fuerza de voluntad y se focalizó en respirar y
mantener a su mente en la racionalidad. No podía ser, esto no podía ser
fruto de una orden de su tío Patrick.
No tenía sentido, y no es que lo creyera por atribuir peso al
amor intrafamiliar. Era una cuestión lógica: la paz y el buen vínculo entre
los O´Malley era el estado más beneficioso para la organización criminal
que lideraba su tío en Dublín.
Esta tenía otros enemigos, y fuertes, esperando por un fallo, por
una oportunidad para hacerse con sus negociados. Italianos, serbios, rusos,
lituanos, y más, todos querían una porción.
Desgastarse en una lucha fratricida crearía el hueco para que
esas bandas se colaran y tomaran las rutas del tráfico de drogas y armas y
aniquilaran a los irlandeses.
Brian estaba seguro de que sus hermanos y su padre vendrían a
por él y no tendrían prurito en arrasar con tíos y primos si los creían
responsables de su secuestro, o de su muerte.
Aunque si lo que quisieran fuera eliminarlo, habían tenido la
oportunidad, y no lo hicieron.
Era su mala suerte, decidió. Las primeras vacaciones en años, y
no sacaba un pie del aeropuerto que lo habían atrapado y lo metían en un
cuarto inmundo y frío.
Se inclinó para mirar el habitáculo sin puerta que estaba a un
lado. El baño. Seguramente no pretendían que hiciese sus necesidades ahí,
consideró, pero se forzó a pensar en la imagen más grande.
Su meta tenía que ser sobrevivir, y dejar que detalles como ese
lo cegasen no lo beneficiaría.
El sonido de la llave girando en la puerta llamó su atención y se
enderezó, su rostro serio y su mente focalizada en no mostrar temor y en
adquirir la información que le diese una pista de lo que pretendían de él.
Tenía que ser astuto y no perder un detalle de la situación,
evaluando a sus secuestradores y sus intenciones y negociando si esto era
posible. Mostrar la aprensión que lo invadía no le haría nada bien.
Nadie respetaba la debilidad, y él menos que nadie. No sería un
cobarde a la hora de enfrentarles, se prometió.
El que entró a la habitación fue un hombre alto, tal vez un
metro ochenta y cinco, y de musculatura desarrollada, que el apretado
Henley y los pantalones cargo evidenciaban.
Cabello muy corto y rojizo, lo que hizo que Brian recordara al
pelirrojo que lo había engañado en el aeropuerto. Cuello grueso y
mandíbula cuadrada potenciada por el gesto hosco. Cejas de color claro y
pobladas, y los ojos de un verde muy claro.
Había hostilidad en su expresión, acentuada por los brazos
ligeramente separados del cuerpo. La suya era una falsa calma. Las manos
estaban arrolladas en puños, y los nudillos se veían blancos, como si
estuviese conteniendo los deseos de arremeter contra él.
Trató de encontrar ese rostro en su memoria, pero falló. No bajó
la mirada a pesar del escrutinio o el gesto de desprecio que los labios
dibujaron antes de mirar a un costado, como si su dueño procurara volver
en sí.
—¿Por qué estoy aquí? ¿Qué quieren conmigo?—inquirió, y la
voz brotó rasposa de su garganta seca y afectada.
—Brian O´Malley—dijo el otro, moviéndose para colocarse
contra la pared opuesta, su espalda y pie derecho recostados contra ella,
mientras cruzaba sus brazos sobre el pecho, haciendo que los músculos se
marcaran todavía más—. Bienvenido a mi humilde morada. No tiene el lujo
de las mansiones u hoteles que acostumbra a disfrutar, pero deberá bastarle.
Va a estar aquí por un tiempo.
La voz era profunda, grave, pero impersonal, y esto pareció
erróneo en relación con su actitud. Este hombre pretendía mostrarse neutral,
indiferente, pero sus ojos y su faz lo denunciaban. Había desprecio, inquina,
ira en ellos.
—¿Quién es usted?—espetó Brian con un dejo de soberbia, su
carácter rebelándose a la orden de su cerebro—. ¿Qué quiere de mí? Si cree
que…
—Lo que yo crea es la ley en este lugar, imbécil pila de mierda
—masculló, despegándose de la pared y viniendo hasta escaso medio metro
de Brian, y lo miró con reconcentración—. Está encadenado y encerrado a
mi merced, incomunicado y dependiendo de mi comida y mi piedad, y sepa
que esta no es gratuita.
—Si dinero es lo que quiere…
—Lo tendré, no necesito que me lo diga—Se retiró un poco y
sacó su móvil del bolsillo trasero, y le fotografió, haciendo un gesto de
asentimiento al mirar la imagen en la pantalla—. Esto bastará para
convencer a los suyos de cooperar.
—No tiene ni idea de con quien se mete—alzó la voz—. Si cree
que somos una familia millonaria normal y …
—Sé exactamente quiénes son los O´Malley y lo que son
capaces de hacer. Hace mucho, mucho tiempo que espero por una
oportunidad como la que su altiva majestad nos dio hoy. Tal vez pensó que
viajar solo al corazón de la verde Irlanda, a reencontrarse con sus ancestros,
sería una aventura fantástica. No se imagina el viaje que va a tener.
El tono ominoso, las palabras crípticas, el dolor en su cabeza y
la miseria general de la situación hicieron que la actitud de Brian
comenzara a resquebrajarse.
Por fortuna, el hombrón dejó la habitación con un portazo, sin
mirarlo más, y no vio el temblequeo de sus manos.
Cálmate, no puedes desmoronarte, gilipollas, se instó, pero le
llevó un buen rato doblegar la pesadumbre y la derrota que pesaba sobre sus
hombros.
El tío Riordan debe haber puesto a todos en alerta. Las
cámaras deben haber mostrado que me condujeron por otra salida, la
matrícula del auto puede ser rastreada.
A menos que estuviese cubierta, y hubiesen tomado por
caminos alternativos, por supuesto. Algo que debían haber hecho, a menos
que fuesen unos imbéciles absolutos, y hasta este momento, el único idiota
había sido él, decidió.
Este es un grupo, consideró. El pelirrojo que lo había
interceptado, el que estuvo recién, el chofer de la limusina. Con
información de primera mano sobre él y su familia, y esto incluía a la de
Dublín.
¿Cómo habían hecho para sortear a quienes de verdad
esperaban por él, en sus narices? Tenía que reconocerles cojones.
¿Era dinero lo que querían? Tal vez. Era un blanco interesante,
y la posibilidad de arrancarle algunos millones a los suyos debía ser
tentador. Pero…
¿Arriesgarse a la ira O´Malley, una mafia asentada en Irlanda
que tenía generaciones y vería esto como un desafío a su autoridad? Eso era
suicida, a menos que pretendiesen irse del país. O que hubiese algo más
atrás de todo esto. Algo le decía que debía ser así. Esos ojos furiosos sobre
él…
Cerró sus ojos y se acostó en la cama con cuidado, tratando de
lograr una posición cómoda para sus brazos. Era humillante, con franqueza.
Tomarlo había sido como coser y cantar.
¿Dónde había quedado el entrenamiento que tuvo desde niño
para detectar amenazas y defenderse? Suspiró. No ganaba nada con
flagelarse y culparse.
No existió motivo para inquietarse, las amenazas a su familia
habían ido disminuyendo, los antiguos rivales entendiendo que ya no
comandaban la red de negocios turbios en Boston.
Tenía que calmarse y esperar. Su familia vendría,
eventualmente. Tenían recursos que estos imbéciles no. Sus hermanos
convocarían a Pipen y a Matt Turner y los suyos, y los jodidos eran ex
Boinas Verdes y francotiradores, además de que contaban con hackers que
localizarían sus dispositivos en un tris tras.
Si los secuestradores se habían desecho de su equipaje, Minerva
y Jeff tendrían al menos un punto de partida, y accederían a cámaras de
tráfico y …
Esto es Irlanda, no Estados Unidos. No hay cámaras por
doquier, y menos si estoy en la campiña, se dijo, pero no se dejó arredrar
por el pensamiento negativo.
Me ubicarán, encontrarán la forma, sentenció. No había algo
que esa mujercita rara, la hacker de la Agencia Turner, no pudiera lograr. La
había visto actuar.
Y por otro lado, estaba la rama O´Malley local. Tenían
tentáculos largos, soplones, conocimiento del terreno. No, no estaría mucho
aquí, y solo cabía esperar, y rogar que los que le tenían atrapado no fuesen
tan estúpidos como para enredarse y pegarle un tiro entre los ojos cuando
les descubrieran.
Jodida forma de morir, intentando hacer turismo en Irlanda.
Resopló, apretando los párpados cerrados para intentar frenar el pinchazo
que hacía doler su cabeza.
Menos que antes, pero aun molestando, quitándole claridad.
Estás bien, Brian, y estarás mejor. Salvo que cuando vuelvas, tu madre va a
llevarte a terapia en andas. Sí, podía verlo.
El sonido de la cerradura otra vez lo alertó de visitas, y se
preparó, cruzando una pierna sobre la otra y doblando los brazos para posar
su cabeza en ella.
No les daría la satisfacción de verlo inquieto, o quebrado. Esta
era su tarea. Controlarse, hasta que lo encontraran.
El que ingresó era el pelirrojo del aeropuerto, y a pesar de la
diferencia de tamaño en favor del que estuvo más temprano, Brian
reconoció el parecido. Tenían que ser hermanos.
No tenían prurito en mostrar sus rostros. No tenían temor a que
los identificara posteriormente, eso era evidente. No dio espacio a la
inquietud que esta convicción gestó en su mente..
—La Bella Durmiente despertó—dijo, con sorna, pero su
actitud no era tan firme como la del otro hombre.
Había algo más humano, menos animal, aunque el mismo
desprecio en esos ojos de un verde similar al del grandulón. Brian le
observó pero no emitió palabra, esperando.
No tuvo que hacerlo mucho, porque el pelirrojo vino a él y lo
tomó por el cabello, tirando de él en forma salvaje para colocarlo a
centímetros de su rostro.
—Las cosas cambian cuando no estás rodeado de la cohorte de
sirvientes y guardaespaldas, ¿no es así, cabrón? Sin el dinero no son más
que blancos andantes. Solo fue necesario vigilar y esperar, y aquí estás. El
primero en caer, y contigo heriremos a tu familia de la misma forma que…
—¡Finnian! ¡Es suficiente! Kean te dijo que no dejaras tu
puesto.
La voz femenina seca y autoritaria hizo que Brian desorbitara
sus ojos, y forzó su cabeza fuera del puño del nombrado Finnian, que había
aflojado la presión ante la orden.
Para estupefacción de Brian, en la puerta de la celda en que lo
tenían, porque eso era, estaba la mujer que había estado en la mansión de su
familia en Boston, la pasada Navidad.
Esto… Joder… ¡Joder! Les habían estado vigilando en su país,
de verdad habían esperado y espiado. ¿Cómo era su nombre?, pensó,
frenético.
Lo había escuchado, había leído un informe escueto de Pipen
sobre ella. ¿Farrah? ¿Fanny? ¡Fallon! La periodista.
—Jodida mujer…—graznó—. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué
buscas con mi familia?—le gritó, pero ella no respondió, haciéndose a un
lado y dejando que el pelirrojo pasase y cerrara, dejándolo solo y
enardecido de rabia y dudas.
Eran familia, lo eran. El color de ojos, el cabello, la rabia
contenida. Esto no era un secuestro por dinero, al menos, no solo por eso.
Algo más profundo y oscuro era causa de su presencia
desmadejada y prisionera en este habitáculo, decidió, y la frase sin terminar
vino a él, otra vez…
El primero en caer, y contigo heriremos a tu familia de la
misma forma que… ¿Qué cojones estaba pasando aquí?
CUATRO.

Sus manos temblaban levemente, por los que las metió en los
bolsillos de su chaqueta mientras caminaba detrás de Finnian. La adrenalina
comenzaba a descender, pero todavía sentía la emoción.
¡Lo estaban haciendo! De verdad estaban ejecutando los planes
que habían plagado sus conversaciones por años. Tenían a uno de los O
´Malley en su poder.
Se estremeció y mordisqueó su labio inferior con nerviosidad,
sintiendo el agitado palpitar de su corazón en el pecho, y la náusea que le
provocó ver a Brian O´Malley encadenado y maltrecho en la pequeña y
oscura habitación. Habían sido segundos, pero la impresión le duraba.
La incredulidad desorbitó los ojos chocolate del millonario, y
ella había desviado su mirada, tironeando a Finnian para extraerlo del lugar.
Había cometido la torpeza de deslizar nombres, pero había sido
necesario frenar a su hermano, que tenía al millonario por el cabello en un
agarre feroz y deslizó comentarios reveladores.
No pasaban unas pocas horas y ya estaban perdiendo
compostura, se dijo. Ella no estaba menos sacudida que Finnian, por cierto.
Mas donde su hermano era furia candente, ella era confusión.
En un primer plano de su mente danzaban las dudas que había
sofrenado con solvencia mientras planificaban en el aire y desde la lejanía.
Esta era la realidad, se dijo, observando las paredes
ennegrecidas del pasillo por el que circulaban, y luego la estancia amplia
que constituía su centro de operaciones.
La antigua casona de piedra en la zona rural de Cork había sido
adquirida a un precio muy conveniente. Amplia, alejada de otras
construcciones, con varias hectáreas de campo alrededor, y construida en
piedra y madera, era ideal, había asegurado Kean.
Rastrearlos aquí era imposible, por lo que estarían seguros y
podrían proceder con los planes.
¿Cómo era que ella estaba en este estado de ansiedad e
incertidumbre, entonces? Carraspeó y fue a sentarse al lado de donde lo
hizo Finnian.
Este respiraba con algo de ruido, tratando de calmarse, sus
puños sobre la mesa, apretados. La tensión lo atravesaba.
—Finnian, debes calmarte. Dijimos que no dejaríamos que
nuestras emociones nos cegaran, y …
—Eso lo dijo Kean, y para él es fácil. No estará aquí, no tendrá
que ver a ese pijo sonreír con altanería a pesar de que está prisionero y con
cadenas en sus muñecas. ¡Esa pedantería, esa idea de que aún de rodillas es
mejor que nosotros…!
—No te dejes manipular. Él debe estar atemorizado aunque no
lo demuestre. No te dejes provocar…
—¿Cómo no hacerlo?—elevó sus brazos al aire—. Por primera
vez tenemos a uno, Fallon, estamos cumpliendo lo que prometimos. Eso es
increíble. El comienzo de nuestra justicia.
—Venganza—corrigió, casi en automático. Fallon no se
engañaba y tenía claro que lo que estaban haciendo no calificaba como
justicia. Era muchas cosas, excepto delirante—. ¿Por qué tiene sangre en su
cabeza?—preguntó—. ¿No funcionó el cloroformo?
Finnian rio, sin alegría.
—Claro que sí, pero Kean se divirtió un poco con él.
Fallon hizo un gesto de molestia. No era lo que habían hablado.
Ella odiaba la sangre.
—Cada vez que tocan a ese hombre, dejan pruebas de ADN
sobre él—gruñó—. Golpearlo, lastimarlo puede ser satisfactorio—se
estremeció al escucharse hablando así—, pero la idea es atormentarlo
mentalmente, lo hablamos. Quebrarlo, y con ello a su familia.
Finnian la miró con largura y sacudió su cabeza.
—Vamos, hermanita. No puedes seguir creyendo que esto va a
ser algo inmaculado, una declaración de principios, y que ese bastardo se
irá de aquí con una palmada en el hombro y una advertencia.
—Kean dijo que…
—Kean mintió para que no te echaras atrás, Fa. ¿Crees de
verdad que pretende que ese pijo salga vivo de aquí?—resopló Finnian, y se
desmadejó sobre la silla, abriendo el ordenador—. Es ojo por ojo,
hermanita.
Fallon tenía su boca entreabierta y la ansiedad puso su corazón
en la garganta. No era lo que habían planificado, Finnian desvariaba, pensó.
Ella estaba convencida de que Kean no tenía intenciones letales con Brian
O´Malley.
Querían darle un escarmiento a la familia, uno profundo y largo.
Aterrorizarlo, hacer que dudara de sí mismo y temiera a su sombra cuando
lo dejaran ir, luego de haberle hecho vivir el infierno de vivir con miedo e
incertidumbre, mal alimentado y sin nadie o nada a qué aferrarse. Como
ellos habían vivido su infancia y adolescencia.
Hacer sufrir a la familia con el tormento de no saber qué había
pasado con él, si vivía o no. Drenarlos con exigencias de dinero y forzarlos
a tomar decisiones para favorecer a otros afectados por esos mafiosos.
Fallon había confeccionado la lista de acciones que deberían
ejecutar, Finnian había diseñado caminos digitales y creado cuentas para
que el dinero fluyera a las manos de viudas, hijos o nietos de asesinados por
la mafia irlandesa. Incluso habían pensado cómo hacer para que Killian O
´Malley, el padre de Brian, fuera contra su hermanos Patrick y Cormac, los
caudillos de la mafia dublinesa.
Forzarían la guerra fratricida, y verían a los malos arder. Esa era
la verdadera venganza, lo habían soñado juntos. Lo que Finnian decía
rompía con el gran plan, porque terminar con Brian era poner sangre en sus
manos, y eso lo cambiaba todo.
—Fi, eso que dices no tiene sentido y va contra lo que
imaginamos. El esquema que montamos, que nos tomó años crear y meses
diseñar se cae con la muerte de este hombre. No somos asesinos.
—Kean ha matado—argumentó Finnian, encogiéndose de
hombros, mientras pulsaba teclas como si nada, para desconcierto de
Fallon.
Había pasado mucho tiempo viajando estos últimos dos años,
por exigencia de su profesión, además de que había aprovechado el tiempo
para espiar a su objetivo.
Lo había hecho bien, porque fue su vigilancia la que permitió
encontrar la ventana de oportunidad para tener a Brian prisionero. Ese
tiempo fuera la desconectó de sus hermanos.
Aquella cercanía de la adolescencia y primera juventud se había
roto por vez primera cuando Kean se enroló al Ejército, pero ella y Finnian
habían continuado viviendo juntos. Eran muy pegados, compinches,
amigos.
Fallon no veía aquel jovencito amable y algo dulce en este
hombre que tenía a su lado. Finnian parecía duro, arrogante, anunciando sin
desmayo que Brian O´Malley tenía los días contados y que serían ellos los
que le darían muerte.
Esto era inadmisible, consideró, tenía que ser el calor del
momento, fruto de las emociones vividas. Habían pasado mucho nervio y
temido fallar. Debieron actuar con celeridad e improvisar para evitar que
quienes habían venido por Brian los descubrieran.
Un séquito de dos autos había estado esperándolo, y Kean había
dicho que estaban armados. Esos mafiosos siempre lo estaban. Les había
tocado a ella y a Raleigh montar una distracción para atraer la atención de
los guardias y los pasajeros y permitir que Finnian condujera a un distraído
Brian por un pasillo lateral, donde había estado el auto y Kean.
Una vez que lo tuvieron inconsciente, retirarse había sido
cuestión de nada. Ella y Raleigh habían fingido un entredicho por equipaje,
y luego de cinco minutos de gritos y aspavientos, lo habían solucionado,
caminando en direcciones distintas, y retirándose del aeropuerto hacia
direcciones opuestas, en previsión a cámaras.
Llegar a Cork y a esta casa había tomado a Fallon varias horas
más, y había usado autobús y luego un auto que le había sido dejado por sus
hermanos en un estacionamiento, días antes.
Todo había sido meticulosamente diseñado, no tenía sentido dar
vuelta a las cosas. Era tentar al destino.
—Fi, matar cuando eres un soldado es algo que puede pasar, es
esperable. No es nuestro caso.
—Raleigh dice que es inevitable—le contestó, y Fallon apretó
sus labios.
Este comentario era alarmante. ¿Cómo iba a ser inevitable
matar a sangre fría? Ellos no eran asesinos, joder.
Que Raleigh dijera eso era muy preocupante, porque la
influencia que tenía en Finnian era demasiada. Frunció el ceño mientras
procesaba lo que escuchaba y procuraba ordenar qué decir.
Esa mujer se había colado en la vida de su hermano como un
rayo, y si lo había considerado maravilloso desde la distancia, había algunos
detalles de su relación que le hacían ruido. Ella era mayor, unos años, por
comenzar, y su personalidad era avasallante.
Las escasas veces en que compartió tiempo con ella y Finnian,
este había parecido un ratoncillo embelesado ante una hermosa serpiente.
—Finnian, no vamos a matar a nadie, y nos atendremos al plan.
—Eso no lo decides tú, Fallon. Somos cuatro en esto, y tres de
nosotros estamos decididos—la miró, y Fallon parpadeó, incrédula.
La frialdad en esos ojos verdes la interpelaban. ¿Dónde estaba
esa conexión y ese acuerdo que les había hecho la vida más fácil cuando
jovencitos? Ella y Finnian solían ser tan unidos.
—¿Lo hablaron?—Él asintió, bajando sus ojos a la pantalla, y
un ligero tinte rojizo cubrió sus pómulos—. ¿No creyeron necesario
comentármelo? ¿Decirme que habían virado sus planes, y que estos eran
tanto homicidas como suicidas?
Su voz se elevó, y las últimas tres palabras fueron gritos
agónicos. No era solo que le dolía que la hubiesen dejado por fuera de las
consideraciones, cuando ella era parte interesada en la operación.
Un dolorcillo agudo le partió del pecho a la garganta, y la
decepción y el sentimiento de traición se mezclaron.
—No exageres, Fa, es solo un cambio menor…
Finnian habló bajo y pretendiendo quitar importancia al tema,
su mirada huidiza y sus manos frenéticas sobre el teclado.
Nervios y tensión en su postura, reconoció ella. Las emociones
que lo asolaban cuando no estaba seguro de sí mismo, reconoció Fallon, y
se aferró a esa idea.
—Fi, tú no quieres esto, no me mientas más. Por algo lo soltaste
apenas me ves, hermanito. ¿Cómo es que no me dijiste nada antes?
—Kean y Raleigh me dijeron que no lo hiciera—confesó, y
pareció desmoronarse sobre su portátil—. Y tenían razón. ¡Mírate, como
loca por lo que le pueda pasar a un asesino!
Ella sacudió su cabeza, y se movió para acuclillarse al lado de
su hermano. Tenía que convencerlo para ponerlo de su lado. Kean se
detendría si ambos se lo pedían.
—Brian O´Malley no es un asesino. Es un pijo arrogante, un
millonario pomposo y su familia hizo su fortuna con malas artes, sí. Pero no
merece morir.
Era así, ni más ni menos. En rigor, en su lugar hoy y aquí
deberían estar Patrick o Cormack O´Malley, los tíos, o su padre Killian, que
había sido el gran jefe cuando el abuelo de Fallon fue asesinado.
La razón por la que era Brian quien estaba en este sitio,
prisionero y a su merced, era que había sido marcado como un blanco
accesible en una familia rodeada de guardaespaldas y protecciones.
Ella lo había seguido en múltiples oportunidades aunque
hubiesen estado frente a frente solo cuando ella estuvo en la mansión en
Navidad. Kean, de hecho, le había dicho que se acercaba demasiado,
recordó, y ella lo adjudicó a su veta periodística y su rigurosidad.
Conocía su rutina, sus intereses, sus gestos. El hombre
trabajaba, corría, visitaba a su familia, y poco más. No había apreciado
ningún encuentro con maleantes, no había estado en los galpones portuarios
que seguían siendo de su familia y que no estaban operativos.
Por lo que había averiguado con periodistas policiales de
Boston, la familia O´Malley se había retirado de los negocios de la mafia y
esta había quedado desarticulada, favoreciendo el camino a rusos e
italianos, que se disputaban el control.
Brian había sido herido de bala en un atentado atribuido a un
primo, Deacon, que pretendió quedarse con dicho poder, pero su fracaso
determinó el retroceso irlandés en la ciudad y la costa Este en general.
Aidan O´Malley, el primogénito, vivía en Los Ángeles, donde
también estaba su hermana Brianna, y Brian y Cillian controlaban la
corporación de negocios que tenía tentáculos en la aeronáutica y la
construcción, entre otros rubros.
Así que no, Brian O´Malley no era un mafioso, ni un asesino, y
tomar la decisión de matarlo no era algo con lo que ella acordaría. No
permitiría que sus hermanos lo hicieran. No solo porque el millonario no lo
merecía, sino por ellos.
No debían ensangrentar sus manos y teñir sus conciencias.
Asesinar en nombre de la venganza era demasiado, máxime cuando esta se
cobraba tan tarde y sobre protagonistas secundarios.
Claro que la repercusión llegaría a los implicados primarios,
porque no tenía dudas de que Killian O´Malley lloraría a su hijo y se
quebraría como Nolan Burke, su padre, lo hizo al enterrar a su progenitor.
Pero Fallon y los suyos habrían cruzado una línea que los
convertía en lo mismo que odiaban.
—Nuestro abuelo no lo merecía. Lo asesinaron sin piedad,
Fallon, recuerda. Es por él que lo hacemos. Por el dolor que se llevó a
nuestro padre y enterró a nuestra madre en vida, volviéndola una zombi
insensible a nuestra necesidad y desesperación. Han perseguido a Raleigh
sin cesar desde que ella amenazó con denunciarlos, Fa. Y son ellos. El tal
Declan, para el que ella trabajó y quien la acosó, dirige sus empresas, están
en contacto directo. Han engañado a todos, siguen siendo los criminales de
siempre, solo que más listos.
El convencimiento con el que Finnian hablaba era notable. Y
otra vez la mención de Raleigh. Suspiró. Había algunos detalles que no
cuadraban con lo que ella había investigado, eso era cierto.
Su hermano había encontrado una oferta de cincuenta mil
dólares por la muerte de Raleigh en el Internet oscuro, tal como ella dijo
que ocurría. Declan O´Malley había estado viviendo varios meses en
Irlanda, y los tiempos de los que Raleigh hablaba eran coincidentes. Y sí,
Declan trabajaba para Cillian y Brian.
Se movió, confusa y agitada. Como fuera, matar estaba fuera
del esquema. No eran ellos, no reivindicarían a su abuelo convirtiéndose en
criminales.
—¿Tú le darás muerte, Finnian? ¿Mirarás como Kean lo hace?
¿Cómo inserta una bala en su cráneo, o clava una daga en su pecho? ¿Lo
mirarás sangrar y apreciarás como se desvanece y abandona el mundo de
los vivos?—señaló, incorporándose e inclinándose hasta estar a centímetros
de la faz blanca y pecosa de Finnian—. No lo haré, ni lo permitiré, te lo
advierto. Nos quebraron y modificaron hace dos décadas, no miraré cómo
nos convertimos en los monstruos que detestamos.
Finnian suspiró y meneó su cabeza.
—Kean está decidido, Fa. Él… El Ejército lo cambió, lo hizo
más duro, más… Su obsesión se agudizó. Pero fue nuestra roca, nos crio,
nos alimentó. Creo que en el fondo siempre supimos que esto llegaría.
Desorbitó sus ojos.
—No, Finnian, no. No hablamos de matar, nunca. La venganza
puede ser terrible sin necesidad de llegar al extremo. Lo planeamos muy
bien, hermanito. Es perfecto. Y así como Kean estuvo para sostenernos, hoy
debemos hacerlo nosotros, evitando que mate sin necesidad.
—No lo vas a convencer, y Raleigh está de su lado, porque dice
que es la manera de quitarse a esos bastardos de encima. No puedo perderla,
Fa, yo la amo—susurró.
Tomó su mano por encima de la mesa y la apretó, sonriéndole
levemente a pesar de la ansiedad que la recorría.
¿Cómo no entender esa necesidad de Finnian? Habían vivido
sus años más tiernos privados de amor, de cariño. Los había moldeado una
realidad injusta y las palabras de dolor y odio.
Hacía años que Fallon se preguntaba cuánto los cambiaría el
ejecutar la venganza, y cuánto de verdad los sanaría. No la cuestionaba,
porque parecía un llamado, pero… Sus dedos tamborilearon, nerviosos.
—No vas a perderla, Fi. No creo que el amor de Raleigh esté
sujeto a matar o no a Brian O´Malley, ¿no lo crees?—indicó—. Sería un
absurdo.
—No quiero verme débil o timorato.
—¿Por elegir no matar? No, eso te muestra con valores, Fi.
Seguro que Raleigh ha hablado desde el miedo, desde el temor a que nos
descubran.
—Él ha visto nuestros rostros, sabe nuestros nombres…
—Porque estamos cometiendo errores, y eso tiene que ver con
nuestra falta de control y el hecho de que no nos apegamos al plan original.
Eso estaba cubierto, ¿recuerdas? Tenemos una vida planificada para cuando
esto termine. Otro lugar, nuevas historias por forjar. Tendrás a Raleigh a tu
lado y habremos dejado la oscuridad atrás, satisfechos de haber cumplido
con las promesas a nuestro padre.
—Eso suena… Sí, eso suena perfecto—admitió Finnian,
resoplando largo—. Joder, debo confesar que esto me tiene… Enredado,
confundido.
Finnian era un alma sensible, un hombre impresionable y Fallon
había hecho suya la tarea de defenderlo de acosadores y ayudarle a aclarar
su mente y elegir el camino a seguir.
Kean había sido el guía, el líder, el proveedor. Fallon, la
práctica que se encargaba de la planificación y la ejecución.
Finnian era la herramienta, el que arreglaba las cosas, hacía los
recados, conseguía los insumos y, ya más grande, quien solucionaba lo
relativo a comunicaciones, logística, documentación.
Así habían funcionado bien, se habían complementado. Alejarse
había hecho que perdieran ese equilibrio que les hacía funcionar, pero lo
recuperarían, determinó. Hablarían. Kean entraría en razón.
No sabían cuánto tiempo tomaría el secuestro, y tendrían que
funcionar para mantener a su prisionero vivo y obligar a sus parientes a
cumplir con sus órdenes.
Llevarían sosiego y oportunidad financiera a algunos que
habían sido desposeídos por el crimen. Harían que esos O´Malley
persiguieran su cola y se enfrentaran hasta que se devoraran mutuamente.
Luego, el pijo volvería a los suyos, y ella y sus hermanos
finalizarían este impasse que era su vida desde la niñez, y tomarían control
de su futuro, sin las cadenas que los atrapaban al pasado.
Porque el juramento que su padre les arrancó cuando niños y su
madre no dejó de repetir cada día, incluso ebria, había sido eso. Grilletes.
CINCO.

Fallon: Tenemos que hablar. Fi dice que tienen decidido barrer


todo al final. Esto no es lo que planificamos, hermanito. No coincido.
Así escrito no parecía nada raro, pero se habían acostumbrado a
ser escuetos y escribir en clave. Finnian les había mostrado que casi todo
era rastreable hoy día.
Se hizo atrás en el lecho y colocó una mano sobre sus ojos, el
móvil en la mesa de noche. Respiró hondo y se estremeció. La vieja casa
tenía coladeras por varios sitios, y el aire frío no era atemperado por
ninguna calefacción.
No habían hecho ninguna refacción a la vivienda, con
excepción de limpiarla, reparar aberturas y asegurar que la red eléctrica y la
plomería funcionasen.
Finnian se encargó de que hubiese algunas camas, colchones,
sábanas, toallas y alimentos no perecederos, además de agua embotellada.
Se habían preparado para mantener a una persona prisionera sin levantar
sospechas.
Lejos de cámaras de tránsito en carreteras transitadas y
gasolineras, sin vecinos cercanos, la reclusión natural de la granja era
perfecta. Los pocos animales que había, algunas vacas y ovejas, más
gallinas, servían para sostener la fachada y eran fáciles de mantener sin
tener que acudir a empleados.
Finnian era quien se había encargado de esto casi
exclusivamente, porque trabajaba seis horas en un pueblo distante unos
cuarenta kilómetros. Un puesto de cajero en una tienda de abarrotes,
aburrido y mal pago, pero que le daba una pantalla perfecta.
Su hermano obtenía la mayor parte de su dinero de trabajos de
mantenimiento y creación de páginas web.
Esta realidad implicaba que sería Fallon quien quedaría en la
casa y atendería al prisionero, empezando mañana. Agua, comida, y poco
más. Habían sido creativos pensando en los castigos que infligirían.
Consideraron los placeres mundanos que él extrañaría y
decidieron que una lección sería que vivenciara cómo vivían las personas
comunes y sin dinero.
Torturarlo con escasas raciones de comida de mala calidad.
Hacerlo usar su ropa hasta que esta estuviese hecha jirones, y cuando fuera
necesario, proveerle una de segunda mano confeccionada con telas que
picaban.
Quebrar el espíritu del hombre acostumbrado a manjares sin
precio ni limitación, a indumentaria de diseñador. Obligarlo a suplicar por
lo que necesitaba.
Alejarlo del mundo exterior, desconectarlo de la realidad global
y familiar. Golpear su mente con ideas desmoralizantes.
Hacerle perder esperanzas en un rescate hasta que, cuando fuera
el momento, este se diera en los términos y condiciones que Fallon y sus
hermanos determinaran.
Estarían a salvo y lejos, entonces, y Brian O´Malley sería una
sombra de sí mismo. Esa había sido su meta.
Fallon había encontrado que ese tipo de estrategias eran usadas
en prisiones tercermundistas que albergaban a guerrilleros u opositores, y
funcionaban.
No le había parecido mezquino y terrible, hasta hoy. Era
alarmante la manera en que su mente comenzaba a evaluar los supuestos
que habían guiado sus acciones desde otras aristas, y despertaban pruritos y
surgían dudas que no imaginó.
Vengarse era más sencillo y menos costoso en la teoría. Pero
estamos en el baile, y hay que danzar sin perder un paso ni errar el ritmo,
se dijo. No era tiempo de dudar.
El éxito estaba en seguir el plan, uno aceitado y analizado
durante mucho tiempo. El fracaso venía de la improvisación. Podían hacer
mucho bien apretando las clavijas de Brian O´Malley y su familia.
Abrió los ojos y extendió su mano para tomar el móvil y
comprobar que el sonido estaba activado y su hermano Kean no le había
contestado.
El mensaje aparecía leído, empero. Típico de él, no contestar de
inmediato, y tomarse el tiempo para pensar su respuesta.
FALLON: ¡Contesta! Esto es muy serio como para que lo
gastes en tus jueguitos psicológicos. No estoy de acuerdo y no va a pasar.
Tenemos un plan, hay que seguirlo paso a paso.
Jodido e intenso cabrón. Lo amaba con todas sus fuerzas, pero
podía ser intransigente y algo volátil. Había pensado que el Ejército limó
ese rasgo, pero tal vez se equivocó. O la oportunidad había despertado
sentimientos difíciles de domar.
Ella los vivenciaba. Estaban transitando una instancia
trascendente. Habían ejecutado lo que había sido un sueño y fantasía por
años, y tenían en sus manos a un hombre poderoso, prisionero.
Brian era la representación en carne y hueso de la familia cuyo
apellido habían susurrado o gritado con ira y odio por años.
El sonido del mensaje entrante la alivió, y leyó con rapidez el
saludo inicial y el emoticón de mariposa y corazón amarillo con el que su
hermano mayor siempre aderezaba su diminutivo. De hecho, así la tenía
agendada en su teléfono.
Fa, eres delicada como una mariposa e igual de bonita. Y mi
corazón, hermanita, le solía decir cada vez que tenía que dejarlos por unos
días para ir a trabajar o buscar con qué alimentarlos.
KEAN: Fa , no te inquietes. Todo está bien. Hablaremos
cuando pueda ir. Cuida al mediano, y sigue las instrucciones.
Releyó el mensaje, y meneó su cabeza. No desmentía lo que
Finnian había dicho. Buscaba calmar las aguas y tirar la situación hacia
adelante.
FALLON: Tú también.
Se sentó en la cama y se estiró. Su estómago gruñó, y se dirigió
a la cocina, en la que Finnian ya tenía una cacerola lista. Se acercó y aspiró
el olor que la retrotrajo al pasado, y sonrió, aliviada del atisbo de
normalidad.
Puso la mesa y ambos comieron en silencio por un rato. Luego,
Finnian le hizo saber la rutina con los animales, que no tenía ninguna
dificultad.
—Volveré en la tarde cada día. Serán pocas horas.
—Lo sé, no me inquieta, Finnian. Puedo manejarlo, sabes que
sí.
—Hay una motocicleta en el galpón, cubierta con una lona.
Tiene combustible y un casco, y …
—¿Para qué me dices eso? ¿Crees que voy a salir a pasear, Fi?
—lo miró con seriedad, y él sonrió.
—No, pero me inquieta que algo pueda ocurrir. Si alguien
llega…
—El vehículo está cerca. Además, nunca viene nadie, pero hay
un arma y sabes que soy buena con la defensa personal.
—Si Raleigh llega…
—No puede venir, Fi—le dijo, seria—. No es conveniente.
Sabes que dijimos que debemos evitar atraer atención. Si alguien la
relaciona con nosotros…
—¿Cómo podría?
—Si alguien la filmó en el aeropuerto, si la identifican. Declan
O´Malley la conoce.
—Es muy inteligente, por eso evitó que la atraparan—dijo con
orgullo obvio.
—No lo dudo. No te preocupes, estaré bien.
—No lo des nada a ese bastardo. Que se consuma de hambre y
sed.
—Como lo establecimos—contestó.
No tendría hambre, probablemente. Tenía entendido que en
primera clase comían muy bien. Sed, por otro lado…
El cloroformo y el golpe en la cabeza podrían tenerlo a mal
traer. Puede tomar agua del lavabo, se dijo. Pero tenía que ser cuidadosa
con eso, o con la infección de heridas.
—Vamos a descansar, Fallon. Comienza la etapa más larga, y
necesitaremos estar muy lúcidos. Me iré temprano mañana y volveré cerca
de la hora de la cena.
—Me encargaré de cocinar.
—Me temo que eso fue lo único que no pensamos bien—dijo su
hermano, y ella hizo un gesto de sentirse herida por el intento de humor.
—Ya verás, te sorprenderé.
—O tendremos una forma alternativa de torturar al hijo de perra
—sentenció, y ella asintió, y lo saludó con un beso en la mejilla.
Por un momento, mientras pasaba cerca de la puerta de la
improvisada celda, pensó chequear en qué situación estaba el prisionero,
pero se arrepintió. Ya tendría oportunidad en la mañana, más descansada.
SEIS.

Había despertado de golpe luego de un sueño agitado y que no


dudó estuvo plagado de pesadillas. Parpadeó y su cuerpo aterido por el frio,
así como el dolor en sus hombros, antebrazos y muñecas se hizo sentir con
fuerza. Jodidas cadenas.
Su ánimo se agrió minuto a minuto a pesar del esfuerzo por
mantenerlo elevado. Era mucho más fácil pensarlo que hacerlo dadas las
circunstancias, y no podía culpar a su mente por enviarle mensajes
depresivos. El entorno que la alimentaba lo era.
El presente era decadente. Una habitación fría y sin otra fuente
de luz que la de un bombillo que se apagaba desde el exterior y era la única
señal del transcurso del día o la llegada de la noche.
Una que podría estar siendo manipulada para engañarlo y
hacerle perder sentido del tiempo. Creía que hacía al menos tres días que
estaba aquí, y solo había visto a sus captores el primero.
El agua había aparecido ayer sobre la mesita con ruedas.
Aprovecharon que dormía para traerla, probablemente para evitar
interacciones innecesarias. Había una cámara en uno de los ángulos de la
habitación por la que supuso miraban qué hacía. Como si tuviese muchas
opciones.
Su ropa estaba asquerosa, sucia de sangre y sudor, y se le
pegaba al cuerpo. El camastro era pequeño e incómodo y las posiciones que
las cadenas le permitían eran limitadas, por lo que solía despertar
sobresaltado por el golpe de los eslabones en la cara o las orejas.
No daría más por sentado su lujoso somier y las sábanas
egipcias, pensó con ironía. Había vivido desconforme y anhelando un
cambio el año anterior, y aquí estaba. Cuidado con lo que sueñas y deseas
era una frase que venía de perillas en estas circunstancias.
Se obligó a la acción, porque permanecer sentado o acostado,
sumido en un bucle de miseria, jodería con su cabeza. Más aún. Esta ya no
le dolía ni punzaba, y la sensación de náusea había desaparecido, por lo que
debía mantenerla clara y enfocada. Pensar, planear, ejercitar, estar alerta, era
lo que podía hacer.
Se sentó, estiró sus brazos arriba y movió sus hombros y
cabeza, sintiendo los cracs y pops de los huesos y los músculos al
distenderse. Luego, se incorporó y plegó su cuerpo a la mitad para alcanzar
sus tobillos, y volvió a ascender. Luego hizo algunas sentadillas.
Caminó hasta el baño, que no tenía puerta, e hizo sus
necesidades, obligándose a no lamentarse por las condiciones. Lavó su
rostro, cuello y manos, y miró en pedacito de cielo plomizo que el
ventanuco alto permitía apreciar.
Volvió al cuarto y observó. Estaba todo pensado al milímetro.
Las cadenas eran lo suficientemente largas como para que alcanzara el
retrete y la palangana, que distaban metro y medio de su cama. Lo midió
otra vez con pasos, como si necesitara reafirmación.
Luego, repitió el proceso hasta la mitad de la habitación. Sus
captores podían entrar y permanecer fuera de su alcance sin problemas. Y
para la comida, agua o lo que fuese que le proveyeran, usarían esa mesita
con ruedas.
Tironeó las cadenas, otra vez, probando su tensión y resistencia,
y luego fue hasta la base, estudiando la pared. Era sólida.
No habían dejado nada al azar, y esto daba cuenta de que su
captura había sido fruto de una planificación extensa y milimétrica. Una
banda de tres, en principio, atendiendo a que habían tenido la gentileza de
mostrarse, pensó airado.
El grandote musculoso con porte y corte militar, el más
lánguido y de cabellera larga que tenía un moño, y la mujer. Pelirrojos, con
facciones similares, eran familia, no cabía duda alguna. Burke, ese era su
apellido.
Fallon Burke, recordó. Chocó los dientes y la ira volvió a
llenarlo. ¿Qué muestra más obvia de planificación que esa mujer
invadiendo con osadía la mansión de su familia, a miles de kilómetros de la
verde Irlanda?
Su radar había funcionado bien en aquel momento, pensó con
agitación. Había sabido que ella no era quien decía. O sí, porque periodista
era, pero no de hogares o decoración como le mintió a su madre.
La investigación que encargó a Pipen, el líder de la agencia de
seguridad que cuidaba a su familia, la había ubicado. Era periodista de
investigación, pero también una secuestradora.
Tal vez la profesión y su belleza eran las fachadas y carnada que
usaba para engañar incautos y atraerlos a su guarida.
Sus hermanos se encargaban del resto. Una banda de vulgares
criminales que pretendían lucrar con su captura, eso eran, no podía ser otra
cosa. ¿Habían considerado lo que provocaría el secuestro?
Ellos sabían que una parte de los O´Malley era mafiosa. No
solo porque eran irlandeses, sus acentos lo delataba, sino porque ella había
tirado acusaciones claras aquella Navidad.
Tontas, infundadas, sin asidero a la realidad de su familia
directa, pero que mostraban que sabía que había peligro
Pensar en su propia familia hizo que su ánimo se demudara
más. Joder, sus padres y hermanos tenían que estar desesperados.
No se había comunicado con su madre al llegar, como le
prometió, y era más que seguro que cuando Cormack no lo encontró en el
aeropuerto debió pedir a su hermano Riordan para que preguntara por Brian
en Boston.
La charla entre su padre Killian y sus tíos mafiosos de Dublín
no era del todo aceitada, pero no significaba que no se preocuparan. Por
otro lado, uno de la banda le había tomado una fotografía que sin duda ya
debía haber utilizado para comenzar el chantaje a los suyos.
Brianna debió ser la primera en sentir que algo andaba mal,
empero, no tuvo duda de ello. Nunca habían sabido como definir o
catalogar cómo intuían los momentos más álgidos o sublimes del otro, pero
lo hacían.
No solían hablarlo mucho porque la gente no lo creía o lo
atribuían a algo místico o sobrenatural, y Brian creía que tenía que ser que
su red neuronal y su inconsciente estaba semi conectado, porque ser gestado
al mismo tiempo y de la división celular primaria tenía que ver.
Un misterio, pero apostaba que Bri sabía que estaba en
problemas desde el minuto uno, aunque le hubiese llevado algunas horas
dar sentido a la aprensión que sentiría al comienzo. A él le había ocurrido
no pocas veces con su alocada hermanita.
La llave giró en la puerta y esta se abrió sin ruido, a pesar de lo
pesada que era. En el vano, la silueta de la mujer se recortó, iluminada
desde atrás por una luminosidad que no era artificial, así que imaginó que
había una ventana no muy lejos.
La observó con ojos entrecerrados, y se acercó a la mitad de la
estancia, desafiante, o lo que pudo fingir, considerando que las cadenas lo
sostenían.
Ella no bajó la vista, y Brian sintió todo el peso de sus ojos
verdes, enormes en el rostro tan blanco y en contraste con el fuego de su
cabello.
Recorrió su cuerpo de pies a cabeza, sin molestarse en cortesías,
procurando que ella fuese bien consciente de la acusación que hacía su
mirada. Quería que se sintiera disminuida, poca cosa, despreciable.
Embutida en una sudadera muy grande y con jeans ajustados a
unas redondeadas caderas, y calzada con unas zapatillas de correr, no se
parecía en nada a una criminal. Pero lo es, afirmó. Aquí te tiene, atrapado.
—Retrocede y empuja la mesita hacia aquí—le ordenó, y Brian
elevó su ceja derecha, manteniéndose en su lugar con obstinación.
—Oblígame—le dijo, y el reto de su voz no sonó tan macho
como hubiese querido, pero es que él mismo se percataba de lo fútil de su
rebeldía.
Ella rodó los ojos y mostró lo que tenía en cada mano. Otra
botella de agua y una barra energética.
—Obedece, a menos que no necesites esto—ella hizo amague
de retroceder, y él resopló y cedió, caminando atrás y empujando la mesa,
que rodó hasta la mujer.
Esta colocó todo y la empujó de vuelta hacia Brian, pero este se
sentó en la cama, sin apresurarse a tomar la comida. No le daría satisfacción
de que viera el hambre feroz que parecía pegar las paredes de su estómago.
—¿Cuánto tiempo creen que pueden tenerme aquí? Es cuestión
de horas para que mi familia venga por mí, y entonces lo van a lamentar.
—Pensé que los tuyos eran hombres y mujeres de bien que no
matan una mosca—le contestó con ironía, y la voz baja y algo rasposa
provocó sensaciones en Brian, que desestimó de inmediato.
—Somos millonarios y trabajamos de manera honrada
sosteniendo nuestras empresas y dando trabajo honesto a miles, así es.
Nuestro abuelo hizo su fortuna en la mafia, sí, y mi padre y hermano
cavaron con esfuerzo nuestra salida de esta. Pero no significa que no
defendemos a los nuestros, y contamos con todos los recursos para
ubicarlos. Además de que mis tíos en Dublín siguen activos. Pero todo eso
ya lo saben, y aun así, no dudaron en tomarme. Jodidos codiciosos que sois,
estáis buscando dar un golpe que los saque de la miseria.
La diatriba le brotó alta y airada, y le agotó, porque tenía sed. Si
ella fingió indiferencia al principio, torciendo su cabeza a un lado, plegando
la naricilla y haciendo un gesto de que no le importaba nada con la mano, la
última frase pegó en el blanco, y ella lo miró con furia en sus pupilas.
—No somos vulgares criminales, nosotros…
—Oh, sí, son una clase especial, Robin Hood de los
secuestradores, tratando de expoliar a la familia O´Malley para darle a los
pobres, imagino—se burló, y se incorporó, viniendo otra vez hasta el límite
de sus posibilidades—. ¡Mentiras! ¡Que tuvieses el atrevimiento de
acercarte a mi madre, a mis hermanos y sobrinos en Navidad, nada menos,
procurando husmear para dar tu golpe, es repugnante! ¿Estabas observando
a tus presas, viendo quien era más fácil de tomar?
Ella abrió y cerró su boca, en la que Brian se detuvo más de lo
necesario, porque esos labios gruesos eran… Sacudió su cabeza, espantando
ideas idiotas. Sí, ella era atractiva y totalmente su tipo, pero era de la peor
calaña.
—¡Nosotros no tomamos niños o mujeres! Nuestra intención es
castigar y …
—Oh, no me digas, son una banda que procura que los cerdos
capitalistas paguen y recurren al secuestro como forma de dar a conocer su
mensaje al mundo—resopló, y ella tensó sus puños y llevó su cabeza
adelante, furiosa.
—Tú y tu padre, tus hermanos… Tú mismo dijiste que la mafia
es el origen de su dinero, y es cosa sabida en Dublín que tu tío tiene el
control de los ilícitos en Irlanda. Alguien tiene que detenerlos.
—¿Te das cuenta de lo loco que suena lo que dices?—rio, y ella
enrojeció.
Para ser una criminal, la afectaba mucho que se lo arrojaran a la
cara, consideró Brian.
—No voy a darte explicaciones. Cree lo que quieras, pero no
gastes tu energía. Tu reclusión será larga, y solo cuando estemos seguros de
que logramos que los tuyos cumplan nuestras exigencias, te liberaremos.
—¿Oh, de verdad, lo harán?—su tono se tornó más agresivo y
oscuro, porque tenía claro que sus perspectivas no eran buenas—. No han
tenido problemas con mostrar sus caras, sé tu apellido y te investigué, es
real. No creo ni por un momento que piensen dejarme ir.
Ella parpadeó, y algo en su expresión le dijo que había dudas,
que el tema no estaba en sus manos, lo que no le llamó la atención. Si lo
iban a ejecutar, lo haría el grandulón, y tal vez no lo habían dicho a la
mujer.
Si esta no lo imaginaba, era tonta. No lo impresionaba como
una gilipollas, sin embargo.
—No somos asesinos. Queremos cobrar una deuda añeja con
nuestra familia, y castigar a tu padre a través tuyo. Tu padre Killian, él
mandó a asesinar a mi abuelo, hace dos décadas. Hay maneras de que
hagamos justicia sin derramar sangre, pero tal vez la vida de crimen de los
tuyos no te lo mostró. Los esqueletos han de ser muchos en el gran ropero
de la familia O´Malley.
Pomposa cabrona, pensó, y se indignó por la moralina de su
discurso cuando lo tenían atrapado y sin posibilidad de defenderse, por
crímenes supuestos que no cometió en persona.
—Por favor, ahórrame tu discursito. En menudo caballo estás
subida. ¿Qué visión de ti o tus hermanos tienes? Supongo que eso son esos
dos catetos que vi. Me secuestraron, van a pedir una fortuna por mi
supuesta liberación y me matarán para evitar ser atrapados, y tienes el
atrevimiento de enrostrarme el pasado de mi familia.
—¡No vas a morir, gilipollas, y buscamos venganza por nuestra
familia y justicia para otros que sufrieron por las decisiones criminales de
los tuyos!—estalló ella, elevando un pie y golpeando el suelo con el talón,
en una pataleta que divirtió a Brian, encantado de afectarla.
Ella, roja y fuera de sí, no le dio tiempo a más nada,
retrocediendo y desapareciendo de su vista, dando un portazo antológico.
Geniosa fierecilla, pensó, divertido, a pesar de todo. Esto era
bien loco, consideró luego, y se acostó, sopesando sus opciones.
El peso de la realidad, momentáneamente opacada por el ida y
vuelta con Fallon, se le presentó prístina. No había querido verbalizar lo
que temía, pero no dudaba de que planeaban eliminarlo al final.
Ella le aseguraba que no, parecía convencida de que estaban en
una cruzada por una venganza que hundía sus causas en la familia de estos
tres, pero también mencionó justicia por otros afectados.
Joder, esto era complicado, y se pondría feo. No tenía miedo, no
obstante. No por él. Que hubiesen tomado la decisión de usarlo era lo mejor
para su familia.
Era el único que no tenía ataduras extras, y más allá del
sufrimiento que su desaparición provocaría en sus padres y hermanos, no
tenía una mujer que lo llorara, o hijos.
Algo de lo que se había lamentado, por cierto, pero que hoy se
veía como un aspecto a favor.
¿Cómo vas a justificar tu causa cuando me veas sin vida a tus
pies, fiera y hermosa Fallon? Mi sangre va a teñir tus delicadas manos y no
habrá lejía que pueda quitarla de tu consciencia. Si es que tienes una, y por
tus reacciones, intuyo que sí, y te está molestando ya.
SIETE.

Avanzó rápido por el pasillo y hasta la sala, enojada con ese


cateto O´Malley, pero en especial con ella misma. ¿Por qué carajos dejaba
que sus palabras se le metieran bajo la piel? Él buscaba provocarla, ni más
ni menos, y caía como una tonta.
No permitas que te cuestione, o a tus motivos. En su mente, tú
eres la villana porque lo tienes encadenado y aislado, y… Okay, sí, eso no
era lo que de normal haría una persona honesta y decente, pero hay
circunstancias que lo explican, joder.
No tenía que justificarse con él. Brian O´Malley era una pieza
en un dominó mayor, la primera que caía y empujaría a las otras de su
familia.
Es horrible pensar en una persona en esos términos, Fallon, se
instó. Lo haces ver como alguien inocente, un mártir en sacrificio. No lo es.
Te lo dijo, sabe que su dinero está sucio, y no desconoce lo que hacen
Patrick O´Malley y su otra familia en Dublín.
Al menos no es un mentiroso, eso se lo tenía que reconocer.
Tampoco un cobarde. La miró a los ojos y no hubo temblor ni súplica en su
voz cuando estableció que creía que lo matarían al final.
Fue hasta la ventana y apoyó sus manos en el alfeizar,
inclinándose para mirar el paisaje. Pasto, plantíos a lo lejos, animales y
arboleda. El galpón donde estaban las herramientas de la granja.
Detestaba estar aquí, y en especial, el silencio sepulcral de los
días y noches, apenas sacudido por el piar de pájaros, mugir de las vacas o
el sonido del viento agitando los visillos.
Fallon era una mujer de ciudad, de urbes, de ruidos de tráfico y
de gente que iba y venía. El ruido externo apagaba su mente y la hacía
seguir la rutina. Acá los pensamientos tenían peso y sonido, y había poco
que hacer que los mantuviese a raya.
Las dudas la sacudían y amenazaban con derrumbar la
resolución implacable que la había acompañado los años anteriores, cuando
el vengarse era el leitmotiv que guiaba sus días, la zanahoria que la hacía
seguir.
La realidad era distinta, compleja, y mucho más enredada.
Exasperante, además, porque ese hombre no bajaba sus humos ni daba lugar
a lo que Fallon quería que entendiese.
Sé justa, tú no entenderías nada si te tomaran de golpe y te
metieran en una celda y te tuviesen hambriento y con poca información.
Debería estar más humilde, consideradas las circunstancias. La
potencia física no parecía afectada a pesar de que tenía que estar con
hambre y sed.
Su aspecto desaseado y su cabello revuelto no opacaban el
brillo de su mirada café y lo masculino y atractivo que era, en general.
La realidad es que la cohibía un pelín. Así había sido desde el
inicio, y le molestaba no poder controlarlo. Es que has pasado una vida
escapando al contacto masculino. Eres una virgen de veinticuatro años, y
ese pijo O´Malley es un seductor nato.
La forma en que la miró hoy, por Dios. Como si quemara su
ropa y fuera capaz de verla desnuda. Así había sido aquella Navidad,
aunque entonces estuvo exenta de desprecio.
No des lugar a la empatía o a la aprehensión, eso no hará más
que complicarte. Tienes cosas que aclarar con tus hermanos. Brian O
´Malley no miente, o cree que no lo hace porque ignora parte de la historia.
No tienes que explicarle. Lo que necesitas es contactar a Kean y presionar
para que deseche la idea de eliminar al prisionero. Eso no puede pasar.
No cedería en esto, bajo ningún concepto. Se les iba la
humanidad en ello, y Brian… Este O´Malley no lo merecía. Le acababa de
asegurar que no lo matarían, que no era lo que buscaban.
Nunca lo fue, y torcer las cosas era abdicar de principios
básicos. No era Ley del Talión, no.
FALLON: Sé que has de estar trabajando, pero necesito que
reflexiones y vuelvas a las bases. Necesito que prometas que no haremos
nada reprochable. No estaré tranquila hasta que lo hagas. Cumpliste cada
una de las que nos hiciste desde que era una niñita, no me decepciones en
esto. Nos apegamos al plan, júralo.
Se movió a la mesa donde estaba la laptop de Finnian, y buscó
la lista que sabía estaba en una carpeta nombrada como su abuelo. Los tres
tenían la misma en sus ordenadores, y la habían comenzado cinco años
atrás.
En ella estaban los archivos con información de la familia O
´Malley, fotografías de ellos y sus mansiones, datos básicos, imágenes
escaneadas de la prensa del 2004, además de la lista detallada del plan al
que habían llegado luego de meses de pensar, esbozar ideas, considerar
posibilidades y posibles resultados del secuestro.
Al comienzo, habían dirigido su atención a Killian, el padre de
Brian, o a Aidan, pero la protección en la que vivían y los sucesos que los
envolvieron los mostraron inaccesibles. Por ello su atención mutó a Brian.
Buscó la imagen que estaba en su mente y sabía que la
calmaría, la de la casa que habían alquilado en Ámsterdam. Era
encantadora, en una calle tranquila y con vecinos retirados, pero cerca de
todo.
Tenía un pequeño jardín adelante, disfrutable desde un balcón, y
cuatro habitaciones y dos baños, un estar gigantesco. Era hermosa. Allí
comenzarían su nueva vida, y harían base los tres. O los cuatro, pensó,
porque la adición de Raleigh al conjunto había puesto las cosas más raras.
La vivienda era cara, y por ello habían debido ajustarse mucho
en el pasado año, pero podrían mantenerla el primer año con parte de lo que
obtendrían del rescate de Brian.
Era un grano de arena en el dinero que exigirían, que iría en su
mayoría a las veinte familias que habían elegido como las más afectadas
por el clan O´Malley en Irlanda.
La acusación de lucrar con él no tenía sentido. Les debían un
nuevo comienzo luego de una vida de mierda, consideró.
No es culpa de él que tu padre no superara la muerte del
abuelo, o que tu madre se sumiera en la bebida y no cumpliera el rol que
debía.
Ahogó el pensamiento, fastidiada por el boicot de su cabeza y
por la imposibilidad de encontrar la foto. Seguro Finnian la había borrado
por seguridad.
Abrió la aplicación de Google Earth y colocó las coordenadas
que sabía de memoria, y sonrió cuando tuvo visión de la zona y luego hizo
zoom para ver la casa. Ahí estaba.
Parpadeó y le llamó la atención que hubiesen cambiado el color
del frente, que ahora era un extraño rosa viejo. Habían quitado el viejo roble
también. Y el cartel de Vendido estaba superpuesto al de renta. ¿Qué
cojones?
Miró otra vez, moviendo su dedo en el touchpad de la laptop
con impaciencia para que en la pantalla esto se reflejara permitiéndole ver
la calle, la ciudad, las coordenadas, y si era una visión del presente.
Sí, verificó, lo era. Pero, ¿qué era ese cartel? Habían firmado el
contrato, Kean se lo había enviado, lo escaneó, lo firmó.
Lo buscó en la carpeta, sin éxito. Esto estaba bien extraño. Miró
la hora y comprobó que faltaba mucho para que Finnian volviera. Anotó el
número de teléfono que se veía en el cartel y llamó, esperando.
Cuando el agente inmobiliario contestó, le preguntó
directamente por la casa, diciéndole que había pasado por allí y le había
encantado. El hombre se había lamentado al informarle que había estado
alquilada por un año y finalmente habían hecho uso de la opción de compra
cuatro meses atrás.
Le ofreció otras opciones, y le contestó que lo llamaría si le
interesaban, pero su cabeza ya no estaba en eso. Habitada por un año y
comprada hacía cuatro meses.
No era posible que Kean la hubiese alquilado, como dijo. Se
sentó en el extremo de uno de los bancos de madera adosado a la mesa de
tablones, y colocó su mentón sobre sus antebrazos.
Tenía la cabeza muy enredada, confundida. Kean la estaba
evitando, había tomado decisiones sin consultarla, y le había mentido. ¿Por
qué?
Sacó su móvil del bolsillo de su sudadera y escribió, borró y
reescribió un mensaje, tratando de hacerlo liviano e inocuo. Tenía que
averiguar si estaba pensando bien o si había habido algún cambio de último
momento que no le habían dicho inmersos en la vorágine del secuestro.
Debía ser así.
FALLON: ¡KEAN! ¡Contesta, joder! Estoy super aburrida
aquí.
FALLON: No te olvides de girar el dinero a la I de A apenas
depositen. No quiero que perdamos esa belleza por retrasarnos.
Si bien había cambiado el chip de su teléfono antes de salir de
Boston para evitar que la rastrearan, no dejó de ser cuidadosa con lo que
escribía. Lo último que quería era que los ubicaran por su indiscreción.
Pasaron unos minutos que se le hicieron eternos, pero por fin llegó un
mensaje.
KEAN: Está asegurado, no te inquietes. El plan está vigente,
con los cambios necesarios.
Esperó otro mensaje, uno que ampliara, y en el que estuviese la
promesa. No llegó. El nudo en su garganta se hizo doloroso, y las sienes
comenzaron a pulsarle. ¿Qué estás haciendo, Kean, por favor?
FALLON: Tenemos que vernos. Te extraño y necesito claridad.
KEAN: Lo haremos, cuando tenga libre en mi trabajo.
¡No, Kean, cabrón! Hoy. Mañana mismo. ¡Estás poniendo mis
nervios de punta y rompiendo años de cuidadosa planificación, y esto va a
hacernos volar por los aires!, deseó poder escribirle, pero la frenó la
prudencia.
Tiene que ser que Kean sabe algo que nosotros no. Tal vez lo
vigilan y siente que la ubicación de Ámsterdam está comprometida.
Entonces, ¿por qué no lo dijo cuando se vieron, tres meses atrás? Ya debía
saber de la casa y su venta.
No era capricho por esa vivienda, ni la ciudad. Era que el
imaginarla le había dado esperanzas, perspectiva de futuro y de que todo
estaría bien.
Sin ese aliciente, ahora sentía que cada paso lo daba en una
ciénaga, porque no tenía seguridad alguna. Su hermano, el referente, le
mentía. ¿Finnian sabría esto?
El dolor en su antebrazo izquierdo la volvió a la realidad, y
lanzó una exclamación al ver que tenía marcas de arañazos brutales en él, y
sangre en las uñas de su mano derecha.
Volvió a la casa y se lavó con abundante agua, y luego
desinfectó y cubrió con apósitos. Tenía que controlarse. Cuando su mente
perdía solidez, su cuerpo sufría. Había sido así en su adolescencia, cuando
solía cortarse.
Se estremeció, y se instó a la calma, trayendo la colchoneta
liviana al centro y asumiendo posición de meditación, respirando con
agitación mientras buscaba un podcast en su móvil.
Cuando el sonido de agua fluyendo y suaves acordes comenzó a
sonar, y la voz calma y sedante de la mujer comenzó a darle instrucciones
para respirar y dejarse ir, limpiando su mente de cualquier pensamiento que
no fuese el aquí y ahora, el ritmo de sus latidos bajó y su tensión comenzó a
drenar.
Finnian y Kean te aman, lo sabes, se dijo. Respiró por el
abdomen con lentitud, y soltó con suavidad, hundiendo su ombligo, para
volver a tomar aire y repetir el proceso.
Los planes son guías, deben ser reacomodados a la realidad,
consideró, y focalizó en la voz femenina que le decía que saludara las ideas
que iban y venían, pero que respirara para no perder su centro.
Hablarás con ellos y te escucharán, y al final, todo saldrá bien,
se dijo, y se acostó adoptando la postura de descanso, aflojando cada
porción de su cuerpo que la instructora le nombraba, logrando al final de la
práctica la relajación tan ansiada que la alejó de la ansiedad que llevaba al
descontrol y al miedo.
Un baño caliente reforzó el efecto, y se vistió con la ropa que le
daba confort: sus pijamas de dos piezas con las medias gruesas, y puso
música mientras cocinaba.
Pan casero con la más simple de las recetas, sopa y puré de caja,
y calentó la carne que Finnian había dejado fileteada de la noche anterior.
Su hermano llegó media hora después, cuando ella sorbía su
vino mirando un programa de supervivencia en una isla en el Pacífico. Se lo
veía cansado, pero le sonrió apenas ingresó, y Fallon sintió alivio.
Finnian la miraba con el mismo cariño de siempre, y vino a ella
para darle un beso en la mejilla, y aprovechó a robarle la copa y dar un
largo sorbo.
—¡Ey, sírvete tu propia bebida!
—Nah, este sorbo es suficiente. Estoy cansado y si bebo, me
dormiré al instante. ¿Cómo estuvo el día?
—Aburrido. Pero tranquilo—respondió.
No lo atosigaría con sus dudas, había decidido. Si había algo de
lo que enterarse, esto tenía que surgir con naturalidad en la conversación.
Finnian sabría lo que Kean quisiera decirle, por otro lado.
Había pensado que tal vez le ocultaban algunos aspectos en un
afán de protegerla, como muchas veces Kean había hecho en el pasado.
Como cuando su madre gastó en whiskey el dinero que su hermano había
ahorrado para comprarle una torta en su cumpleaños número diez.
O cuando el mayor negó enfáticamente la presunción de Fallon
de que su madre se estaba prostituyendo por bebida. Le había dicho que el
vecino le pagaba por limpiar su casa. Ejemplos sobraban, pero eran de
cuando era una niña.
—Mm, esto se ve muy rico.
—Es el hambre que traes, probablemente—indicó, y se
aproximó para sentarse a su lado.
Partió el pan y le pasó un poco mientras él se servía sopa, y
consumieron esta y luego la carne y el puré con conversación acerca de la
tienda de abarrotes y la rutina allá, el tema del artículo que Fallon estaba
escribiendo, en el que avanzaba poco, y luego ella decidió ser más incisiva.
—¿Cómo está Raleigh?
—Bien, aunque molesta porque no podemos vernos tanto como
quisiéramos.
—Es entendible, pero serán unas semanas. Dime, Fi, ¿ella
accedió a ir contigo a Ámsterdam?
Lo miró con atención, y él respondió con naturalidad absoluta,
sonriendo y mirándola con ilusión, la misma del pasado cuando abrían
algún regalo inesperado o Kean había traído el helado de fresas que
adoraba.
—Sí, le encanta esa ciudad, me dijo. La libertad que hay allí, las
posibilidades.
—Es una suerte que la casa es amplia y podremos convivir sin
tirarnos de los pelos—añadió ella.
—Claro que sí, y la sala es grande. Ella adora la jardinería,
además. Ese espacio adelante será perfecto.
—Maravilloso—dijo, y se metió un gran pedazo de carne en la
boca, masticando con calma—. Cuando los O´Malley paguen, Kean tiene
que hacer el depósito a la inmobiliaria, se lo recordé. Y también le dije que
pensar en matar al prisionero es la peor idea. Nos perseguirán por siempre
si eso ocurre, y no podremos vivir con nuestra conciencia.
—Lo estuve pensando con largura, Fa, y sé que tienes razón.
Confieso que lo acepté sin darle un solo pensamiento, porque sabía que
enloquecería. Me alegro tanto de que seas tan fuerte, hermana. Sólida como
una roca, el fiel de nuestra balanza—tomó su mano y la apretó, sonriendo.
Fallon recordó esta misma sonrisa en una carita con menos
dientes, década y media atrás, y el amor por sus hermanos resurgió fuerte.
Lo que fuese que estaba impactando en Kean y haciéndole tomar decisiones
drásticas, tenía que averiguarlo y traerlo a la cordura.
Raleigh era el único factor externo que se había colado entre
ellos. Fallon no sabía si eran celos de ella los que hacían que no pudiese
aceptarla del todo y que, ante la menor duda, la señalase como la causa del
conflicto.
Puede ser en caso de Finnian, pero el que está cambiado es
Kean, consideró. Todos lo estamos, pensó luego. ¿O no has dudado de cada
paso que diste desde que comenzaste a rondar a Brian O´Malley?
Reconócelo, lo seguiste más de lo necesario, obsesionándote con él, con su
figura, con sus rutinas.
Había tomado más fotografías de las necesarias del hombre en
distintos atuendos. Trajes, jeans, deportivos, todos le quedaban perfectos.
En sudaderas, camisa y corbata, remera apretando su torso y
bíceps, Brian O´Malley era el tipo de hombre que la conmovía y la agitaba.
Era su secreto, uno del que se avergonzaba.
No lo diría en voz alta y lo negaría a muerte, pero era real.
Había desarrollado una obsesión con el maromo. Mas esto no impactó un
ápice en su tarea. Peleó esa atracción, de la que se arrepentía pero a la que
no controlaba.
No tenía derecho alguno a considerar débil a Finnian por
enamorarse de una mujer a la que ella no apreciaba y a la que veía artificial
y fría con su hermano.
Sonrió a Finnian y le ayudó a levantar y lavar los trastos. Él se
despidió temprano para irse a su habitación, llevándose la laptop con él.
Charlaría con Raleigh por alguna aplicación o línea segura, supuso.
Tenía que ser difícil estar separado de alguien a quien se quería.
No tenía esa experiencia. Era una solitaria.
Abrió su dispositivo de lectura y trató de concentrarse en
retomar la novela que llevaba por la mitad, pero la abandonó al cabo de
media hora. Apagó la luz de la sala y se sirvió un vaso de agua. Esto le
recordó que Brian debía estar sediento.
Cortó unas rebanadas de pan y tomó una botella, y caminó hasta
la celda, internamente fustigándose por su debilidad y el deseo de ver su
estado. Abrió tratando de no hacer ruido para no atraer a Finnian, e ingresó.
Lo primero que vio fueron sus ojos, quemándola desde su
posición, su torso desnudo recostado contra la pared y sus piernas abiertas.
Sus pectorales brillaban, y él pasó su mano por ellos, limpiando
el sudor, pasando por sus abdominales y luego posándose en su pelvis.
Fallon se encontró clavada en su sitio, mirando transfigurada su cuerpo
esculpido.
La cicatriz dejada por la herida de bala sufrida años atrás era
visible en uno de sus lados, y había dos tatuajes simples cerca de ella. Uno
era una palabra. ¿El nombre de una mujer, tal vez? Él no tenía novia, ni
había tenido una oficial, se había ocupado de saberlo.
—¿Mirando algo que te gusta, Mérida?
Ella parpadeó y frunció el ceño, y se ruborizó, consciente de
que había estado mirándolo con fijeza.
—¿Mérida? ¿Ya estás sufriendo los efectos de la
deshidratación?
—Oh, estoy bien. El agua del baño no es de mi marca favorita,
pero mi instinto de supervivencia es mayor. Mérida es la pelirroja salvaje de
esa película de niños, Valiente, creo que se llama. La miré hace poco con
mis sobrinos. No imaginé que me enfrentaría con una similar.
Movió su mano con cadencia, llevándola a los abdominales otra
vez, y luego hacia su entrepierna, que acarició sin prurito, y ella desvió su
mirada entonces, aleccionándose a no caer en el jueguito del idiota, que
parecía con energías inagotables.
Joder, ¿es que no sentía el efecto del encierro, de la falta de
comida, el perder sus privilegios de pijo rico?
—Dime, Mérida, ¿cómo van las cosas? ¿No les ha alcanzado el
sentido común todavía? ¿Siguen creyendo que me pueden mantener aquí
por mucho? ¿Cuánto pasará para que me den el tiro de gracia?
Ella se movió rápido para dejar la bebida y comida en la mesa,
y la empujó hacia él, dándose la vuelta para irse, sin más consideraciones.
No tenía que venir aquí cuando estaba confundida.
Él era una tentación que evitar. Su imagen, desmadejado y en
posición tan erótica no se la quitaría en toda la noche, estaba segura de ello.
A su cabeza, o a sus hormonas, mejor expresado, no les
importaba que era obvio que el prisionero buscaba conmoverla y que esto
jugara a su favor.
Mi reacción es fruto de mi inexperiencia, no es raro que mis
fantasías cobren vuelo cuando un seductor guapo me da motivos, se
aleccionó.
Si te sigues mostrando débil, él va a hacer su meta el quebrarte,
Fallon. Y si tus hermanos descubren cómo te afecta Brian O´Malley, van a
hacerte a un lado. Ya lo está haciendo Kean.
Chasqueó la lengua y golpeó suavemente el muro mientras
subía la escalera hasta su habitación.
Soy fuerte, y jamás traicionaría a mi familia. Sí, ese hombre me
excita, alimenta mi mente con imágenes tórridas, y esta a mi vagina, pero
no pasa nada más. Deseos prohibidos que surgen y que controlo.
OCHO.

La reclusión, la falta de luz e información, además del hambre y


la sed lo estaban afectando, pero no cejaría en su decisión de no dejarse
quebrar.
A pesar de sus restricciones, había ejercitado Tai Chi por una
media hora, estirando sus músculos y aflojándolos, además de serenar su
mente y ordenar sus ideas.
Apenas había terminado cuando Fallon ingresó. La manera en
que le había mirado, conectando con sus ojos y luego observando su cuerpo
con apreciación indudable le resultó reveladora.
Por ello no había dudado en acudir a su costado seductor, que
no por poco usado en los últimos meses se había deteriorado. ¿Era eso, o
ella era una presa cautiva de antemano?
Qué mujer difícil de desentrañar. ¿Le odiaba, le despreciaba,
pero se sentía atraída por él? Cosas más raras se veían. De hecho… Él no
podía decir que era inmune a su atractivo. Si la primera vez que la había
visto se le había quedado grabada en la retina, joder.
Aquella pierna torneada emergiendo del vehículo, la figura
perfecta de Fallon mirándole con fiereza, el cabello rizado y en un color
furioso llamando su atención.
Si se hubiese topado con ella en otras circunstancias, la habría
querido en su cama al instante. Había algo en ella que gritaba a su lado más
primario. Apostaba a que la atracción no era unilateral.
Tenía que usarla a su favor, no tenía otra alternativa para salir
de esta situación. Fallon Burke, la mujer que le espió y su carcelera actual
tenía que ser su carta de salida.
Seducirla sería su misión. Ella parecía ingenua, o así lo
mostraba la forma en que se sonrojaba, y llevaba el corazón en un puño,
defendiendo a su familia a rajatabla. Por ello estallaba con facilidad cuando
la pinchaba.
Estás asumiendo cosas apenas con dos charlas a medias, se
dijo, pero intuía que no se equivocaba. Tal vez más que vergonzosa o
sensible era volátil, mentalmente inestable, y la cagaría intentando
conquistarla para salvarse.
No tengo otro camino a mi frente, y tengo tiempo para ver si me
equivoco. Ella es desconfiada, por lo que si mi plan es bueno, lograr que
sus paredes caigan me tomará días.
Decidido, tomó el pan y lo partió en pedacitos, que comió
masticando lento, disfrutando la textura y el hecho de que estaba blando.
Luego bebió algunos sorbos de agua y se tendió en la cama, decidido a
dormir.
Los días siguientes fueron muy similares, salvo que Fallon se
mostró reacia a hablar y enredarse en discusiones o desafíos, y si la
reacción de molestia era segura cuando la nombraba Mérida, lo ignoró.
Mañana y tarde ella entraba y le traía agua, y comenzó a variar
el alimento, y aunque fuese poco y con escaso sabor, le agradeció en alta
voz.
—Este guisado huele bien—le dijo, y ella hizo un gesto de
pretendida indiferencia—. ¿Lo cocinaste tú? Apuesto a que sí. Bonita y
hacendosa—bromeó, y ella se dio la vuelta y se retiró.
—¿Puedes conseguirme algo de leer? Las horas son
interminables—le pidió el día siguiente, y ella no le contestó, pero en la
tarde le dejó una novela de Stephen King.
-¿Casualidad, o sabías que era mi autor preferido?—le preguntó
al otro día, y ella resopló y rodó sus ojos, pero se dignó a contestar.
—Es mi libro, no te des tanta importancia pensando que lo sé
todo de ti.
—Como sea, te lo agradezco. Dime, ¿has sabido algo de mi
familia? ¿De mi madre?
Había estado pensando y decidió que apostar a su lado sensible
era importante. Ella hablaba de la importancia de su familia.
Hacerle ver que él tenía una que se preocupaba por él contribuía
a humanizarlo, a que no lo redujera a un mero hombre al que alcanzaba
agua y alimento.
—No sé nada de ellos.
—¿Qué hay de la tuya? ¿Tus hermanos siguen negociando con
mi vida?
—Mis hermanos están bien, gracias—se dio la vuelta para irse.
—Necesito ropa.
—No va a pasar—le respondió, y él suspiró con frustración.
Esa tarde hubo un cambio en la rutina. El ruido en la puerta lo
alertó y se incorporó dispuesto a seguir en su intento de encontrar eco en
Fallon, pero la que ingresó era una mujer morena muy hermosa y sensual,
vestida con ropa ajustada y exhibiendo una sonrisa amplia que no encontró
réplica en sus ojos.
La falta de empatía que vio en ellos fue notable, y fue cuando
comprendió que lo que veía en Fallon era justamente sentimiento,
expresión, algo de lo que esta carecía.
—Buenas tardes, señor O´Malley. Espero que esté disfrutando
de su estadía con nosotros—ironizó, y la vista de Brian pasó por encima del
hombro de la morena para fijarse en Fallon, que estaba en la puerta, su
expresión casi inescrutable.
Casi, porque Brian apreció la leve mueca de sus labios y lo
intenso de la desaprobación en sus verdes pupilas. Su Mérida no
simpatizaba con esta tigresa.
—Siéntese y coloque esta cartel co ntra su pecho.
Se lo alcanzó usando la mesa, y él lo tomó y leyó. Giren los
putos diez millones de euros o me muero, rezaba el mensaje.
—Sutil—sentenció, y miró con altanería a la morena—. ¿Qué
pasa, problemas en el Paraíso? No creyeron que sería fácil, ¿o sí? Negociar
con los O´Malley nunca lo es.
—¿Te diviertes? Creo que no te estamos haciendo sentir el rigor
de tu situación, gilipollas—la expresión de sorna se convirtió en una de
crueldad—. Hay recursos a los que no hemos recurrido, como hacerte sentir
mucho dolor. No nos obligues, no quisiéramos que tu madre recibiera algún
dedo o alguna otra parte tuya.
Hija de puta, pensó, y su mirada volvió a traspasar su hombro y
focalizar en Fallon. La expresión de espanto en su faz era descriptiva. Su
Mérida no toleraba la idea de infligir dolor o torturar.
Dio la vuelta y se colocó en la posición que la otra quería, y la
foto fue hecha de inmediato. La mujer dio la vuelta rápido y casi se da de
bruces con Fallon, que la miraba seria y retrocedió lento para dejarla pasar.
Cuando la puerta se cerraba, Brian alcanzó a escuchar sus palabras:
—No debiste decir algo así, Raleigh.
Aidan y Cillian debían estar haciendo demandas para que les
enviaran pruebas de que estaba vivo, de ahí la necesidad de la imagen. Diez
millones era el precio de su cabeza, barruntó, y volvió a enfurecerse con el
discurso moralizante de Fallon. El día siguiente, la atacó con eso.
—Criminales comunes queriendo volverse ricos, eso son. Al
menos mi familia dejó atrás el infame pasado y ha hecho lo posible por
redimirse y sostiene beneficencias. ¿Cortar dedos, enviarlos a la familia?
Tácticas mafiosas si las hay.
—Eso no ocurrirá, ella buscaba asustarte—murmuró.
—¿De verdad? ¿Puedes garantizarlo? Porque me da la
impresión de que eres un mando bajo en esta banda y no tienes autoridad
para asegurar nada.
Si no hubiese estado frustrado tal vez hubiese disfrutado más
del rostro indignado y de la manera en que ella se llevó las manos a las
caderas y se irguió para hacerse más imponente en su metro sesenta. Se
acercó a él de una manera imprudente, tanto, que podría haberla atrapado
sin problemas, pero se frenó.
Someterla no lo liberaría de estas cadenas, y le haría perder
terreno y que ella elevara sus defensas, además de que probablemente lo
castigarían y no le traerían comida y agua. Tenía las de perder y su
oportunidad estaba en el plazo largo y en generar confianza en ella.
Todas estas consideraciones, empero, se le volvieron nada
cuando ella estuvo a centímetros gritando que era parte e igual en la
ecuación, y que su palabra valía y era honesta.
Lo primero de ella que lo alcanzó fue su fragancia fresca y
limpia a flores y frutas y aspiró hondo, extasiado. Lo siguiente fue la visión
de los rojos labios pulposos elaborando palabras, y esto lo nubló, y le hizo
actuar por instinto, llevando silencio a la boca con un beso inesperado que
sorprendió a ambos.
Un impulso voraz que pareció detener el tiempo y los ruidos,
que inmovilizó a Fallon por un instante, del que reaccionó con un salto
atrás.
Parpadeaba y abría y cerraba su boca, como si hubiese perdido
capacidad de hablar por la sorpresa. Luego, retrocedió y huyó, pero Brian
vio que se llevaba una mano a los labios mientras movía la puerta.
Lo último que vio antes de que esta se cerrara totalmente fueron
los ojos más grandes y verdes del mundo.
Esto sí que había sido espontáneo e inesperado, razonó,
meciéndose sobre sus pies, y una sonrisa grande se le dibujó en los labios.
Podía paladear todavía la tibieza de la boca de Fallon en ellos, y eso que
había sido un toque fugaz, casi una anécdota en términos de lo que era un
beso de verdad. No obstante, c ontaba, y ¡cómo!
Café y canela, a eso sabía, determinó. Se movió para acercarse a
su desayuno, que ella había dejado lejos, y debió estirarse mucho para
lograr que la mesa rodara.
La atención mejoraba, decidió, degustando y disfrutando el
café, a pesar de que estaba tibio, y consumió la medialuna con voracidad,
deleitándose, mientras una y otra vez volvía a él el instante en que la tuvo a
su merced.
Podría haberla atrapado y lastimado, si fuese un criminal de
verdad. Ella era una polvorita y estallaba sin consideraciones por su
integridad física. Frunció el ceño, preocupado, y luego rodó los ojos,
incrédulo. Estaba enloqueciendo, no podía ser visto de otra manera.
Estaba en una posición muy complicada y peligrosa, su
integridad física comprometida, sin libertad, y su mente se consumía en
pensamientos calenturientos con uno de sus captores.
Fallon es parte de una banda, Brian, te tienen prisionero y
quieren diez millones por ti. Y van a matarte, porque conoces sus rostros y
nombres. ¡Despierta, gilipollas!
Suspiró y se sentó en el piso, la cabeza hacia atrás, apoyándose
en el colchón, de manera que miraba al techo. Tenía que confiar en que sus
hermanos y las agencias de seguridad que contrataban estaban haciendo su
mejor trabajo para localizarlo y sacarlo con vida.
Comprarían tiempo al exigir pruebas de vida, y sus captores
tenían que responder, y eso les irritaba, como la morena dejó traslucir.
Había tensión entre ella y Fallon, era evidente, y no eran familia.
Pipen debe tener a sus hombres rastreando mis últimos
movimientos, triangulando estos. Seguro que Minerva está involucrada y
esa mujercita valía oro. Me van a encontrar, lo harán. Tengo que
asegurarme de que Fallon no haga nada grave que la ponga en graves
problemas.
Estas rematadamente loco, o debe ser el Síndrome de
Estocolmo que te está afectando. No hay otra manera de explicar que te
preocupe más que pasará con tu secuestradora que contigo, Brian.
Joder, si Brianna supiera el desastre que era, el vaivén de sus
emociones y pensamientos se haría una fiesta con él, y le daría de hostias
hasta obligarlo a razonar.
Lo estoy haciendo. El beso forma parte de la estrategia. Ella es
mi salida, mi posibilidad. La única que me ha mostrado algo de empatía a
pesar de que se llena la boca con expresiones de desprecio a lo que soy o lo
que cree que es mi familia.
Ella ha manifestado su aprensión a la violencia desatada y cree
con firmeza que se está vengando y tomando justicia por otros. La están
usando, sin dudas, para obtener dinero, y tal vez la harán a un lado cuando
no la necesiten como carcelera.
La idea de que pudiera correr una suerte similar a la suya le
heló la sangre. No, no debía ser así. Eran sus hermanos esos dos que
conoció, su familia, y ella parecía confiar ciegamente en ellos.
Joder, resopló. Se le acababa de abrir un nuevo frente de
inquietud. ¿Por qué cojones esa pelirroja se le había metido tanto en el
pecho?
Mañana comenzaría a ponerla en alerta y buscaría las respuestas
que le negaba. Tenía que tomar una postura más agresiva con ella, obligarla
a despertar de la fantasía de novela en la que estaba.
NUEVE.

—¡Maldita sea! ¡Hijos de perra, malnacidos!


La furia de Cillian se expresó más que con gritos de furor, pues
barrió con los objetos encima de su escritorio, ordenador incluido, y si
algunos de estos cayeron en la acolchada alfombra, lo que atemperó el
ruido, el jarro de cerámica en que había tomado su café no corrió igual
suerte.
—Tienes que calmarte—dijo Pipen, su voz profunda y ronca
sonando como la de la razón, que en este momento Cillian carecía—. Al
menos sabemos que está en una pieza. Está vivo y así seguirá mientras
estén convencidos de que les daremos lo que exigen.
—Si le tocan un solo cabello…—amenazó Aidan,
despegándose del sillón en el rincón de la gran oficina de la Corporación O
´Malley en Boston—. Si algo le pasa a nuestro hermano no tendrán lugar en
el planeta donde esconderse, porque los perseguiremos como las ratas que
son y no habrá piedad para ellos.
—Tenemos que concentrarnos en localizarlo, y en eso estamos.
Minerva y Jeff están en ello. Louie les… Cuéntales, muchacho—gruñó
Pipen, haciendo un gesto para poner al joven en el centro de la charla, y este
se sonrojó, pero asintió
—Señores O´Malley…—aclaró su voz—. Hemos estado
haciendo esfuerzos por localizar al señor Brian desde que recibimos la
primera fotografía. Desgraciadamente no hemos tenido mucho éxito. Su
teléfono y dispositivos en general aparecieron tirados en un contenedor en
un estacionamiento cercano al aeropuerto, los hombres de su tío lo
encontraron.
—Al menos Cormack encontró algo—gruñó Cillian—. Es una
pena que no se dignara ir en persona a recibir a Brian al interior del
aeropuerto. Seguramente podría haber evitado el secuestro.
Cormack O´Malley, el hermano de su padre Killian y del líder
de la mafia dublinesa, Patrick, había enviado gente a recibir a Brian, pero
aproximadamente a la misma hora en que este estaba siendo raptado, el tío
recibió un mensaje de texto que le decía que había desistido de viajar.
Fue escrito desde el móvil de Brian, por lo que Cormack no
dudó y retiró a su gente. Esto creó la ventana de oportunidad para los
captores, que tuvieron casi un día para desaparecer sin que nadie
sospechase nada.
Cuando la primer fotografía de Brian prisionero fue enviada al
correo personal de Cillian, la sorpresa y la incertidumbre habían estallado.
Cillian llamó a Aidan, a su padre, a su primo Declan, y entre los cuatro
intentaron dilucidar qué ocurría.
Al comienzo hubo sospechas de que era la propia familia en
Dublín la que había tomado a Brian, pero las llamadas entre Killian,
Patrick, Cormack y Riordan, los cuatro hermanos, habían establecido que
todo había sido una jugada ingeniosa y que Brian estaba en alguna parte de
Irlanda en manos de desconocidos que no tenían temor de desafiar a la
mafia.
Brian había dejado Boston y volado directo al aeropuerto de
Dublín, y allí se perdía su rastro. Alguien lo había interceptado y se las
ingenió para que desapareciese como si se lo hubiese tragado la tierra.
Y ese alguien tenía las peores intenciones, porque Brian
aparecía con sangre en su cabeza, golpeado y con expresión algo groggy.
Esto hizo que Aidan viajara desde Los Ángeles a Boston de inmediato.
Pipen había sido convocado para que pusiese en movimiento a
sus hombres y diseñase la estrategia que les permitiese ubicar a Brian. El
especialista en seguridad había comenzado por pedir a Louie, el ingeniero
de sistemas de la corporación, que ubicase los dispositivos electrónicos de
Brian, con el resultado que este acababa de comentar.
La nueva fotografía llegó otra vez a Cillian, justo cuando
estaban alistándose para un vuelo en avión privado a Irlanda.
La imagen mostraba a Brian esposado y con un cartel contra su
pecho, en el que se establecía la exigencia de un pago de diez millones de
euros y se amenazaba con matarlo. No se especificaba cuándo o dónde
debían depositarlo, empero.
—Tengo que enviar esta fotografía a Minerva—dijo Louie—.
Puede encontrar algo que nos ayude a acercarnos.
—Hazlo. Mientras tanto, viajaremos a Dublín. El tío Patrick nos
aseguró su apoyo total y nos dará hombres y recursos para proceder, pero
necesitamos saber por dónde comenzar. Una zona, una calle, algo—dijo
Cillian, sobando la parte trasera de su cabello.
—No sé si esto puede ayudar, pero logramos imágenes internas
del aeropuerto en la hora en la que el señor Brian debió llegar allí, cuando
el vuelo aterrizó—dijo Louie, que tomó la laptop que tenía sobre sus muslos
y se incorporó, llevando el dispositivo para el escritorio.
Los demás se colocaron en abanico detrás suyo. El video que se
veía era una composición de distintos planos de cámaras del aeropuerto y
mostraron a Brian haciendo los trámites de ingreso y luego fugaces de él
mirando a un lado y cambiando de dirección.
—Hubo un fallo en una de las cámaras—dijo Louie—. Fue
hackeada, y es la que nos daría una visión de con quien habla y a quien
sigue, porque no recorrió el camino lógico hacia la salida. Hubo además un
problema que hizo que los guardias debieran intervenir y …
—¿Problema?—inquirió Pipen—. ¿Hay registro de eso?
—Sí—contestó Louie, y las imágenes ahora mostraron una
toma lejana de un grupo de personas entre las que había empujones y
discusiones.
—¿Qué pasó?—inquirió Aidan.
—No fue nada grave, porque no se llenó registro escrito de
incidente, pero …
—¿Se puede mejorar el video?—dijo Cillian, acercándose, y
Louie asintió, manejando el teclado con habilidad y presteza para ampliar la
escena y limpiar el pixelado.
—Esto es más lejos de donde el señor desapareció, de todos
modos.
—Esa mujer…—Cillian tocó la pantalla, y Louie retiró su dedo,
y luego enrojeció.
—Disculpe—susurró.
—Esa mujer, la pelirroja… Acerca más la imagen.
—Sí, trataré de mejorar la resolución, deme unos segundos.
—¿Qué dices, Cillian?-dijo Aidan, impaciente.
—Me parece conocida.
—La típica mujer irlandesa—gruñó Declan, sus brazos
cruzados.
—No, no es solo eso. Eso, mira…—La imagen mostraba ahora
a la mujer con mayor claridad, con un gesto enfurruñado de su rostro y el
cabello cayendo en ondas—. ¡Esa mujer es la que estuvo en la mansión en
Navidad, Aidan! La que engañó a mamá diciendo que era periodista de
decoración.
—¿Estás seguro?—dijo Aidan, y Declan superpuso la misma
pregunta.
—Sí, sí, es ella—Pipen elevó su voz y se golpeó la frente—.
Brian me pidió que la investigara, lo recuerdo—la excitación en su voz fue
creciendo—. No encontramos nada inconveniente o llamativo, eso lo
recuerdo. Joder, tengo que acceder a mis archivos.
—Puedo hacerlo desde aquí, señor Pipen—dijo Louie, y se
sonrojó cuando Pipen lo miró con el entrecejo fruncido—. No es que lo
vaya a hackear, señor, pero…
—Dame eso—murmuró, y lo hizo a un lado empujándolo con
suavidad.
Mientras él accedía a su cuenta, los demás aguardaron en
silencio.
—Si esa mujer tiene que ver y lo daña…—dijo Aidan—. Ay de
ella, no tendremos piedad.
—Debe ser parte de una banda, y lo organizaron todo muy bien
y con mucho tiempo. Sabían que Brian viajaba, tenían ojos sobre él—
añadió Declan.
—Acá está. Su nombre es Fallon Burke, y trabaja como
periodista de investigación policial para varios medios de Estados Unidos y
de Europa. Freelance, no está en la nómina de ninguno. Es de origen
irlandés—agregó Pipen—. No ahondé en su familia entonces, no detecté
que fuera una amenaza—murmuró, y su faz mostró su furia—. Debí…
—No vamos a mirar atrás para lamentarnos, no ganamos nada
—cortó Aidan—. Averigua todo lo que sea necesario saber sobre ella. Cada
detalle de su vida.
—Oh, lo haremos—dijo Pipen—. Viajo con ustedes, por
supuesto. Y llevaremos a Louie.
—Oh, ¿de verdad?—Él parpadeó—. Pero tengo trabajo aquí y

—La prioridad absoluta es Brian—cortó Cillian—. Salimos en
una hora.
—Avisa a Minerva y a Jeff Sanders, jovencito—ordenó Pipen a
Louie, y este asintió con vehemencia—. Tú serás sus ojos y dedos en
Dublín para ellos.
—Oh, joder, Brianna está frenética—suspiró Cillian, mirando
su móvil—. Algo anda mal, me dice. No puede contactar a Brian y su
instinto le grita que está en problemas. Ese vínculo suyo es infalible.
—Dile que te encargarás de averiguar si pasa algo, sin darle
más detalles—intervino Aidan.
—Si se entera por otro lado va a estar furiosa.
—Lo soportaremos. Que Hawk no cometa el error de decirle
nada, y lo mismo Minerva—instruyó Aidan a Louie, y este asintió,
tecleando en su móvil de inmediato, probablemente poniendo a la hacker de
la Agencia Turner en antecedentes de lo que harían.
—Resiste, hermano, vamos por ti—se escuchó a Cillian, y hubo
asentimientos y gestos de confianza, aunque los rostros estaban serios, muy
serios.
DIEZ.

Fallon caminó hacia el granero y tomó la ración para completar


el comedero de las gallinas, que se derramó al exceder el recipiente,
distraída como estaba, inmersa en elucubraciones.
Se derrumbaba, se dijo. Estaba perdiendo seguridad y se
equivocaba, una y otra vez, demostrando que no estaba a la altura de la
misión que se habían trazado.
Creyó que sí, que podía con todo, pero los hechos la
confrontaban con su debilidad. Mental y física. Su cabeza era un caos, y la
obsesión que había dejado crecer, y alimentó cada vez que se deleitó en
secreto al mirar a Brian O´Malley, se mostraba un inconveniente grave.
Había perdido control de sus acciones y se había acercado a él,
exponiéndose, creando la chance para que él la dominara, la lastimara y
diera por tierra con todo.
Pero no lo hizo, Fallon. Pudo, te tuvo a tiro porque
enloqueciste, pero solo te besó.
Un toque sobre sus labios, eso había sido. No había sido
devorador, no había existido presión de su parte.
Su boca en la suya, deteniendo el tiempo y haciéndola sentir,
vibrar, volar. ¿Cómo la trastornaría un beso apasionado si este la conmovía
de manera inimaginable?
Brian O´Malley era peligroso. Lograba reacciones inusitadas en
ella. Había sido conocerlo y comenzar a sentir y pensar como no lo había
hecho antes.
No habían existido dudas en ella antes de estar frente a frente
con él o de observarlo desde las sombras.
Hoy pulsó botones que le dolieron. Un mando bajo en la banda.
No tienes autoridad en ella.
Joder, tenía razón, y por ello había perdido la calma. Gritarle
que sí era importante y que había diseñado el plan que lo tenía prisionero
había sido más que nada para sí misma, porque necesitaba convencerse de
que no estaba siendo dejada de lado por sus hermanos.
Tocó sus labios con dos dedos, acariciando el inferior con
suavidad, todavía sintiendo el peso de la boca masculina en ellos. ¿Por qué
la besó, por qué? Con eso la confundía más y más.
Podía entender que la golpeara y la insultara, porque ella lo
tenía encerrado y alejado de su familia y de lo que amaba. De las
comodidades, del confort, de los afectos.
A base de agua, sopa, barras energéticas y pan, en su ropa sucia
y sujeto a la pared por dos cadenas que le impedían moverse más de varios
metros cuadrados. Aun así, él la trataba con gentileza, porque ese toque de
labios fue la sutileza hecha beso.
Dejó la bolsa con la ración en un rincón del galpón y se dirigió
a la salida. Debía llenar el bebedero donde el caballo y las cuatro vacas de
la propiedad bebían.
Lo hizo en automático, y hubiese optado por caminar por la
propiedad en procura de aclarar su cabeza de no ser porque el vehículo de
Raleigh apareció en el camino, veloz, y frenó cerca de la entrada.
¿Qué está haciendo aquí, otra vez?, se preguntó, aunque
disfrazó el gesto de fastidio que su boca esbozó. Tenía que tolerarla, a pesar
de que sus actitudes déspotas y su creciente gesto de superioridad
comenzaban a volverse molestos.
Habían hablado sobre la necesidad de no atraer atención sobre
la pequeña granja, y el trasiego de un vehículo de alta gama como el que
Raleigh conducía no pasaría desapercibido para los habitantes de la zona.
Idiota, murmuró, avanzando hacia la casa, en la que la morena ya se había
introducido.
Fallon se limpió las manos en los lados de su pantalón cargo e
ingresó. Raleigh estaba sentada frente a la laptop de Finnian, mirando la
pantalla, y elevó su vista cuando escuchó los pasos de Fallon.
—Buenos días. Joder, estás hecha un desastre, querida. ¿Mala
noche?
No debería, pero el comentario la hizo sentir insegura, y se
llevó la mano a la cabellera, buscando ordenar sus rizos y dar cierta
semblanza de prolijidad.
—Incómoda. Fría, además—respondió, y fue hasta la cocina
para servirse una taza de café—. ¿Quieres?—levantó la jarra al ofrecer, pero
Raleigh negó, frunciendo la nariz.
—No, detesto el agua sucia que Finnian llama café—respondió,
y Fallon se fastidió ante el comentario tan frio y desconsiderado.
Eso, justamente, era uno de los aspectos que detestaba de esta
mujer. No parecía apreciar nada de lo que Finnian decía o hacía por ella.
Sí, el café no era gourmet, pero Finnian se había levantado a las
5.30 de la mañana y había tenido la gentileza de dejarlo listo para Fallon y
quien viniera.
—Es guapo el pijo, ¿eh?—agregó, y se inclinó adelante, su
mirada fija en la pantalla, y Fallon se acercó, tratando de esconder la
molestia que le provocó la frase—. Seguro que tenía una pila de mujeres
haciendo fila para colarse en su cama. Con su aspecto y su dinero…
Raleigh había movido la cámara a distancia y estaba mirando a
Brian, que estaba haciendo abdominales, solamente vestido en sus bóxer.
No se veía su ropa por ningún lado, y Fallon parpadeó, recordando que él le
había pedido que le alcanzara indumentaria más cómoda, pedido que ella no
había considerado.
—Tenía una vida bastante sencilla—acotó, bebiendo su café y
escondiendo su expresión detrás del jarro de porcelana—. El tiempo que lo
investigué, no vi que saliera en citas.
—Estos ricachones gustan de controlar su entorno.
Probablemente tiene alguna querida a la que mantiene en un departamento
de lujo, o le proveen prostitutas. Ha de estar extrañando el servicio. ¿Le has
visto masturbarse?—le preguntó, y Fallon se atoró con el café, sorprendida
por el giro en la conversación.
No había ningún intercambio previo entre ambas que diera pie a
una charla tan guarra, consideró, y la miró con seriedad, notando que
Raleigh estaba divertida por su reacción.
Seguro que la consideraba una pacata, pero que se fuera a tomar
por culo. No sería hoy ni pronto que hablaría de la intimidad de Brian O
´Malley.
—Me limito a cuidar que las cosas funcionen y que no haya
inconvenientes, Raleigh. Eso es todo lo que importa, ¿no te parece? Dime,
¿qué te trae por aquí? Tu convertible se está haciendo peligrosamente
familiar por la región, querida, y eso no es bueno.
Se encogió de hombros, y suspiró, mirándose las uñas.
—Estar en ese poblado me altera los nervios. Al menos
conducir los distiende.
—Con seguridad Finnian puede ir a ti una de estas tardes, no te
inquietes. A esta hora no lo encontrarás nunca, sabes su horario.
¿Por qué mierda venía aquí cuando sabía que su hermano estaba
trabajando? Era como si se moviera siempre a contracorriente, evitándolo.
—Me preocupé ayer—le dijo, fría, y mirándola a los ojos—.
Pareces haber desarrollado una atadura con este pijo, y eso te impide ver lo
que es necesario. Kean dice que estás reacia a aceptar la decisión de
eliminar al prisionero cuando la hora llegue. Finnian también me lo dijo.
—No tienes que preocuparte por nada, querida—contestó,
procurando insuflar a su tono la misma despreocupada frialdad con la que
estaba siendo interpelada—. He tenido muy claro lo que hay en juego antes
de que nuestro plan se volviera realidad. Han sido años para pensar y
organizar—A los que tú eres una recién llegada, quiso agregar, pero se
contuvo—. No tengo más ataduras que a mis hermanos y mi pasado, pero
discrepo en lo que llamas necesario.
—Ese hombre ya nos vio, sabe nuestros nombres… Si lo
liberamos, será cuestión de días que nos encuentren.
—No si procedemos como lo planificamos, con cuidado y
atención al detalle—aclaró, y se sentó a su lado—. Esos términos que
usas… Eliminar, lo necesario… Nosotros no somos la mafia, Raleigh. No
asesinamos, no nos teñimos las manos de sangre. Queremos cobrar una
deuda de honor, y hacer justicia.
Raleigh la observó con atención, sus uñas largas y decoradas
tamborileando sobre el plástico del ordenador, y algo mutó en sus ojos y
expresión, que se hizo más distendida.
No llegó a engañar a Fallon, que notaba sus cambios de humor
y el que se cuidaba de no hablar de más o ir a la ofensiva con ella. Por
Finnian, probablemente. Ojalá fuera eso.
—Entiendo tu punto, Fallon, de verdad. Estoy nerviosa, te
confieso. Ha sido mucho tiempo de sentirme insegura, perseguida por esos
hombres… No quiero que le pase nada malo a Finnian, y estoy ansiosa
porque todo termine.
—También yo—asintió.
—Fallon… Si las circunstancias lo imponen, habrá que hacer
sacrificios—insistió Raleigh—. Patrick O´Malley es implacable, y si
averigua que lo tenemos, vendrá por nosotros.
—Si nos cuidamos, no usamos dispositivos comprometidos, no
nos exponemos, no nos encontrará. Tienen peso en Dublín, pero no tienen
ojos y oídos en los poblados menores o en el campo. Tenemos que mantener
la cabeza contra el piso y esperar.
—Sí, lo dijiste—señaló con impaciencia—. Pero te digo,
Fallon, puestos a elegir entre estar segura y mantener mi vida y tu justicia,
no dudaré en poner una bala en ese esculpido pecho, y sé que Kean opina
como yo. Finnian también, si no estuviera tan pegado a tu cadera.
Hablaba con una frialdad escalofriante y difícil de entender en
una mujer que Finnian definía como sensible y delicada, una sobreviviente
de maltrato y perseguida.
Esta no era una víctima, sino un predador. Fallon podía
reconocer eso en ella, así como podía ver que Brian O´Malley no era el
lobo.
No lo era, y no lo creía porque no podía dejar de pensar en ese
beso. ¿Qué mierdas diría sobre ella Raleigh si se enteraba del caos que era
su cabeza? Atadura, había dicho, y en verdad no le había errado tanto.
En verdad, no había buenos en esta historia, o inocentes y
culpables absolutos. Brian era inocente de la muerte de sus familiares, pero
su familia no.
Ella era culpable de mantenerlo prisionero y de usarlo como
ficha en un juego mayor, pero no sería la responsable de su muerte. Se
negaba.
—¿Crees que quiero evitar la muerte de ese O´Malley por una
cuestión de debilidad? Te equivocas. No es solo eso. Me niego a perder mi
humanidad y a volverme como ellos, y pretendo lo mismo para mis
hermanos. Hemos sufrido y buscamos venganza, no convertirnos en los
monstruos que combatimos.
—No seas exagerada. Hay decisiones necesarias, logísticas…
—No me parece que matarlo nos quite a los O´Malley de la
espalda, al contrario. Si encuentran su cadáver, no dejarán de perseguirnos.
No solo sus hermanos, su familia en Estados Unidos, que son mega
millonarios. Patrick O´Malley enviará a sus esbirros tras nosotros. Se
convertirá en una cuestión de honor familiar. No dejarán de cazarnos.
—Con el dinero del rescate podremos ir adonde queramos. Son
diez millones de euros, Fallon.
—Ese dinero es para resarcir a las familias de esas veinte
víctimas de la mafia. Nos quedaremos con una porción que nos permita
perdernos de vista y comenzar una vida nueva—aclaró, entrecerrando sus
ojos.
Raleigh reaccionó a las palabras con un gesto que pretendió
disimular, pero Fallon está en posición de verlo por el espejo pequeño de la
pared. Desprecio. No le importó.
No usaremos este dinero para lujos ni viajes, Raleigh. No habrá
perfumes, ni bolsas, ni jeans de diseñador, pensó. Oh, cómo deseaba
equivocarse con ella, pero no lo creía. En mala hora había llegado a sus
vidas.
—Una nueva vida, sí.
—En Ámsterdam. Lo hemos pensado bien. ¿Irás?
Tendió la trampa con cuidado. Tenía que saber si Raleigh estaba
al tanto, si sabía de la casa.
—Mm, sí, sí. Una casa muy bonita, Finnian me mostró las
fotos. Él está muy emocionado con comenzar una vida de calma y sin las
sombras del pasado. Pienso igual. Kean me encomendó los detalles del
alquiler—Kean hablaba demasiado con ella, por lo que se veía. No parecía
propio de su hermano—. Yo misma hice el depósito de la renta, así que eso
está asegurado.
Maldita mentirosa, quiso gritar, y el esfuerzo por no
denunciarse fue atroz, por lo que se incorporó, girando hacia la cocina. ¿Era
eso, entonces? ¿Raleigh estaba engañando a Kean con lo de la casa en
Ámsterdam?
Quería creerlo porque pensar que no era su hermano el
responsable, el que le mentía, le quitaba un peso de los hombros, y
respiraba mejor. Incluso si esto dejaba una gran incógnita en relación con su
futuro inmediato.
El sonido de la canción que su cuñada tenía como tono en su
móvil se elevó, y ella se incorporó para tomar la llamada, mirando a Fallon
de reojo.
—¿Es Finnian?
—Mm, no, no. Es Kean—respondió, y se movió para alejarse
de la mesa—. Hola. Sí, estoy en la casa, vine a ver cómo estaba Fallon. Está
todo tranquilo aquí, pero voy a esperar a Finnian y me marcho, no te
inquietes.
Fallon permaneció unos instantes pensativa. ¿Cómo era que
Kean tenía tiempo para hablar con su cuñada y no con su hermana?
Probablemente ya se dio cuenta de que tiene que controlar a esta gilipollas.
Su hermano era astuto y no se le escapaban detalles.
Mm, aunque el fallo con la casa de Ámsterdam sería uno
grande, de confirmarse, y Fallon tenía las intenciones de averiguar lo que
había pasado y cómo iban a proceder.
Miró su reloj y decidió retirarse a su habitación. Pretextó que
debía trabajar en un artículo y Raleigh no le dio mayor importancia, estirada
en el sofá de dos cuerpos, inmersa en su móvil.
Ya en la intimidad de la recámara, se concentró en aclarar sus
pensamientos. Los signos de que las cosas estaban cambiando se
acumulaban.
¿Por qué no podía Kean reunirlos en algún sitio y charlar frente
a frente? Solo los tres hermanos, como antes, como había sido siempre.
Lo que fuere que había cambiado, fue antes de dar el paso de
secuestrar a Brian. ¿Por qué no hablarlo previamente? Es como si hubiese
tenido claro que lo matarían desde el inicio, y la dejaron creer que podían
proceder sin derramar sangre.
Joder, ella estaba segura de que era factible. Tenía que
convencerlos. Sensaciones desagradables llenaban su pecho de ansiedad y
su cabeza estaba dividida entre lo que sabía, lo que quería, y aquello que
eran penumbras.
Lo que no ocurriría era que ella se quedaría inmóvil o de brazos
cruzados mientras sus hermanos boicoteaban la operación que les había
tomado años planificar, y se abocaría a remendar los huecos creados.
Decidida, volvió a salir de su habitación, sin zapatos, y se
movió para observar a Raleigh. Seguía en el sofá, pero ahora tenía la laptop
de Finnian en sus muslos, y sus pulgares se movían con velocidad para
escribir mensajes.
Fallon apretó sus labios, molesta. Su móvil parecía el de una
asceta, y Raleigh no paraba de enviar y recibir mensajes. Relájate, debe
estar comunicada con Finnian, se dijo.
Cálmate y no dejes que los celos te cieguen. Tus hermanos te
quieren y respetan, no te están haciendo a un lado. Tiene que haber alguna
explicación racional para los detalles que no te cierran. Eso podía ser, sí.
Mas matar no era un detalle.
El rostro de su cuñada mostró diversión, y luego, gestos más
eróticos. Se mordió el labio y susurró, y sus manos se posaron en sus senos.
Fallon enrojeció y se hizo atrás en su sitio, cerrando los ojos.
¿Lo ves? Es Finnian. Sexo telefónico, eso tiene que ser. No es
apropiado, pero tampoco están tramado sin mí.
Estaba regresando a su habitación cuando escuchó la puerta, y
al mirar, vio que Raleigh se incorporaba con rapidez y terminaba la
llamada, acomodándose el cabello y componiendo su rostro.
Cuando Finnian ingresó, y su faz se iluminó de alegría al
encontrar a su novia, Fallon supo con claridad que no era quien había
estado hablando con Raleigh.
Su hermano demostró y expresó su total sorpresa por
encontrarla aquí, y Raleigh perdió la expresión de deleite que tenía al
teléfono. El amor de Finnian era obvio, y parecía brotar de cada poro;
Raleigh, por otro lado, le dio la mejilla para recibir el beso, y se alejó luego
de recibir un abrazo.
El cambio era demasiado dramático como para no darse cuenta,
y Fallon era una observadora por naturaleza. Algo estaba mal entre ambos,
pero su hermano no se daba cuenta. Estaba demasiado envuelto en el amor
que sentía.
Tengo que ver ese teléfono. Saber con quién hablaba, pensó,
volviendo rápido a su habitación. Se calzó e hizo ruido con su puerta,
anunciando que iba hacia la sala.
—Tortolitos, no pueden dejan de verse, aun cuando nos puede
comprometer—fingió sonreír, sin mirar a su cuñada, porque le provocaba
darle una hostia.
—No sabía que Raleigh me sorprendería, pero estoy
encantando. No puede quedarse, pero…
No, claro, ahora que viniste, está urgida por marcharse y
evitarte.
—Oh, pero ya está aquí, por lo menos compartan un rato. Sé
que he dado la tabarra con cuidar las idas y venidas, pero… Seguro que
mueren por estar juntos. Anda, Finnian, lleva a Raleigh a una cita, aunque
más no sea en alguno de esos sitios de camino. Les permitirá distenderse.
Estaremos bien aquí. El pijo ese no irá a ningún lado, y yo me dedicaré a
escribir.
—¿Te parece, Fa?—dijo Finnian, obviamente encantado con la
idea, y si a Raleigh no pareció fascinarle, porque apenas distendió los
labios, el improvisado plan funcionó.
En media hora no estaban, y Fallon no tardó nada en abrir el
historial en el buscador web de la laptop. Había estado usando la aplicación
anti hackeo que Finnian había comprado en el Internet oscuro y que evitaba
el ser rastreado.
Abrió el archivo que aparecía como enviado a su hermano
Kean. Se quedó de una pieza al ver que este incluía la foto que Raleigh le
había tomado a Brian, pero esta aparecía editada en la parte del cartel que
tenía frente a su pecho.
Lo que las aplicaciones gráficas permitían hoy día, pensó,
alelada. Nadie diría que allí había habido otras palabras. O mejor dicho, otra
cifra. En lugar de los diez millones, ahora se leía una cifra muy superior.
Treinta millones.
Joder, esa perra codiciosa está infiltrando cada aspecto de la
operación para quedarse con el dinero, o una parte de él.
Debía confrontarla, mostrarle a sus hermanos que tenían un
problema serio entre manos, y había que lidiar con él, mal que le pesara.
Entonces, se dio cuenta de que Kean había respondido al envío
con un pulgar hacia arriba, y la frase Quedó muy bien, me gustan esos
números. Su resolución se resquebrajó y se llevó la mano a la garganta,
perpleja y herida. ¿Qué cuernos estás haciendo, Kean?
ONCE.

Estuvo un buen rato sentada y sin más acción que la de


parpadear, inmersa en sus pensamientos y recuerdos. Todo estaba
desvirtuado, nada marchaba como quería, como planearon.
Era atemorizante, porque no tenía de qué asirse para calmarse,
como no fuera sus convicciones, y estas le decían dos cosas muy claras. No
permitiría que mataran a Brian, y el dinero que obtuviesen debía ir a otras
manos que no fuesen las de los Burke, y esto no incluía a Raleigh.
Fallar en esos dos aspectos los pondría a nivel con los mafiosos
que odiaban, y condenaría a un inocente. Sí, es cierto, no hay buenos y
malos, hay grises, pero él no mató al abuelo.
La mera idea de ver la vida escapándose de sus ojos oscuros y
de encontrar su cuerpo frio y desmadejado le hizo subir las palpitaciones y
la angustió sobremanera.
Con un golpe de su dedo cerró la aplicación y accedió a la
visión de la cámara de la improvisada celda. Por un momento, pareció
irreal. Como la escena de una peli. Pero acá estaba, carcelera de un hombre
al que tenían que estar buscando y extrañando.
Él estaba sentado con sus piernas contra su pecho, y recordó
que había estado vestido apenas con ropa interior. Estaba frío, y si no se
abrigaba, se enfermaría, decidió, por lo que se movió para buscar una manta
más abrigada, que le llevó y dejó sin hablar.
Se abocó a preparar una comida simple pero nutritiva. No sería
raro que se resfriara, considerando que vivía en una burbuja de confort allá
en Boston. Torturarlo había dejado de ser su prioridad.
No quería debilitarlo. Llegado el momento que temía, Fallon
elegiría liberarlo, y escapar requería de energías. Sí, su mente comenzaba a
virar y a ver otros escenarios.
Lo que podía ver del actual no le gustaba, y no tenía control de
nada. Qué pedían, con quién hablaban, lo que harían con el prisionero al
final. Todo se desvirtuaba, si daba valor objetivo a las migas de pan que
eran los detalles que logró averiguar.
La venganza había sido un ideal, la bandera que guio sus
acciones, y en su cabeza de niña y adolescente, pareció natural. La mujer
había tenido dudas, había sentido que sus años se le iban en glorificar un
pasado y la revancha, pero su familia era lo principal.
Luego de elegir al blanco, su determinación había estado
minada por dudas. Mas el golpe de gracia lo estaba dando Kean y Raleigh.
Tal vez también Finnian, no lo sabía bien.
Todavía puedes convencerlos y doblar sus voluntades para que
esto no sea el final del legado Burke, y de su libertad y vida. ¿Qué estaba
pasando por la cabeza de esos catetos?, pensó, mientras avanzaba por el
pasillo con la bandeja.
Maniobró con la llave, con cierta dificultad, y luego ingresó,
colocando el tazón de sopa de pollo, pan y agua en la mesa, además de dos
píldoras.
—Aquí tienes, comida y bebida, además de medicina por si
tienes algún golpe o dolor.
Él abrió sus ojos con lentitud y la observó, envuelto en la
manta, pero no acostado. Su cabello aparecía revuelto, como si hubiese
pasado parte del día tocándolo. Su barba candado estaba perdiendo forma,
además.
—Te ves terrible—indicó, meneando su cabeza, aunque cuando
la manta cayó y su pecho quedó al aire, revelando su trabajado torso, Fallon
se dijo que era una mentirosa.
Él se veía perfecto, incluso a pesar de las circunstancias.
—Curioso y algo irónico que lo menciones, Mérida, pero te lo
haré corto. El aspecto físico decae y la moral se desalienta cuando te
secuestran y no te alimentan bien. Cuando te tienen sin acceso a lo más
básico, como ropa limpia y seca—contestó, la voz más ronca, lo que hizo
que Fallon pensara que debería hacerle un té con miel.
—Esta sopa te hará bien. Come, no quiero quejas—indicó, y se
recostó contra la pared, mirándolo mientras él olía la sopa.
—¿Echaste algo raro aquí?—le inquirió, mirándola con
desconfianza, y ella rodó sus ojos.
Pijo tonto. Si quisiera hacerle daño, vendría con un arma, no
con un tazón de sopa.
—No la cocinó un chef con estrellas Michelin en su haber, si es
lo que preguntas.
—No, Mérida, pregunto si intentas drogarme.
—No me llames así—gruñó—. Además, ¿por qué querría
drogarte?
—Para no tener que lidiar conmigo en las siguientes horas o
días, y con eso, hacerte más fácil la transición.
Ella parpadeó, sin entender.
—¿Transición? Pero, ¿de qué hablas, tío?
—Me imagino que te resultará más fácil aceptar mi muerte si no
me ves como un ser humano, o si estoy vivo. Si estuviera inconsciente o
drogado, sería más sencillo.
La frialdad con la que describía el que pensaba que sería su
final la deja sin resuello.
—Escucha…—se despegó de la pared y avanzó un poco hacia
él, mirándolo con seriedad—. Te repito, lo he dicho, no quiero matarte.
—Tú no, tal vez, pero lo verán necesario. No han hecho nada
para disfrazar sus rostros o voces. Y la otra mujer fue clara en su postura,
así como lo expresó el grandulón que no ha vuelto a venir desde el día uno.
Te han dejado con toda la tarea, al parecer.
—Tenemos roles, eso es—respondió, pero sintió que se quedaba
sin palabras.
No había mucho para agregar, salvo que quisiera faltar a la
verdad. Fallon tenía muchas más dudas que certezas, y no quería engañar a
este hombre que la miraba con valentía y la interpelaba, que se mostraba
altivo a pesar de que creía que tenía sus días contados.
Pero también había empecinamiento en el gesto decidido de su
faz, y un dejo de furia larvada en sus ojos y en sus manos, que apretaban la
cuchara con la que estaba comenzando a sorber su sopa.
Probablemente siente la misma desesperación que yo, muy
adentro. Esa convicción de que hay poco en nuestras manos.
—¿Quién tomará el rol de asesino?
—Nada te pasará si puedo evitarlo y si depende de mí.
—Mm—hizo una pausa, y la miró, sus ojos más calmos,
evaluándola—. Es bueno saberlo, pero, ¿crees que dependerá de ti?—le
preguntó, haciendo la cabeza a un lado.
Por un instante sus ojos quedaron conectados. Fallon no pareció
poder desprenderse de esa mirada, y luego, de la imagen de sus labios, esos
que la habían besado hacía tan poco.
En otra vida… Si nuestras familias no hubiesen colisionado de
una manera tan atroz… Deja de soñar tonterías, Fallon. Los dados están
echados, tú elegiste esto.
—Te prometo que haré lo necesario para que nada más te pase.
El que estés aquí es resultado de un plan elaborado con cuidado, por años, y
nunca estuvo en los planes el matar a alguien.
—Sí, pero algo cambió, y eso te preocupa y te tiene en ascuas—
su cabeza asintió, y sus ojos no cedieron, quemándola. Fallon apretó sus
labios y desvió su vista—. Tú y tus hermanos lo tenían todo pensado, pero
hubo variantes. Y esa mujer, la morena… Creí notar tensión entre ustedes.
Ella no es familiar, ¿no es así? Suele pasar que los de afuera cambian las
dinámicas de las familias. Esa morena es fría de cojones, por cierto. Ni un
pelo se le movió al tomarme la fotografía que amenaza con matarme.
—Termina tu sopa—señaló, y él asintió, concentrándose en
comer hasta la última miga de pan.
Maldición. Sus ojos volvían una y otra vez a los labios
sensuales, y él entrecerró sus ojos, percatándose. Bajó sus ojos y hundió su
mano en el bolsillo para tomar la barra de cereales con chispas de chocolate
y manzana, y se acercó para dársela.
Esta vez no podía adjudicar el estar dentro del rango de alcance
a la ira o a ser desafiada. Simplemente lo dejó pasar, como si su mente
continuara queriendo comprobar que Brian O´Malley no era peligroso para
ella.
Lo es, oh, vaya si lo es. No puedo seguir pensando en él como
lo hago. Tiene que vivir porque no somos Dios o criminales, no solo porque
yo…
La mano amplia y cuidada, de largos dedos, apretó su muñeca
sin lastimarla, y tironeó con levedad para acercarla y hacer que sus ojos
estuviesen cerca.
—Mírame, Fallon Burke. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué
persistes en esta locura? Mantenerme aquí, matarme… No es lo que
quieres. Puedo ver las dudas que te carcomen.
Intentó desprenderse, súbitamente consciente de la locura que
hacía al acercarse y darle tanto poder sobre ella en el mismo instante en que
se sentía perdida, pero él la atrajo sin permitirle retroceso.
Su boca vino a ella más lenta que la primera vez, y en esta
oportunidad, Fallon cerró sus ojos. Tal vez si no lo veía, podía imaginar que
era una de sus fantasías recurrentes. Esas con las que había peleado batallas
nocturnas indignadas, allá en Boston.
El beso fue… Suavidad de los labios rozándose y tocándose,
para luego volverse furia apretada y succiones con ruidos suaves. Tibieza
recorriéndola, naciendo en sus comisuras, viajando por su quijada y
estrangulando su garganta, haciendo que su cabeza se perdiera.
La lengua demandó entrada en su boca y recorrió su paladar,
sus carrillos, para luego desafiar a duelo a su homóloga, haciendo nacer un
deseo feroz que fue directo a su centro en la pelvis.
De pronto, sus manos sostenían su rostro y se perdían en su
cabellera, y Fallon sintió la frialdad de las cadenas contra su pecho,
haciéndola reaccionar. Y huyó, cerrando la puerta con estrépito.
Espantada por su falta de restricción, por la entrega que su
cercanía y la rendición de su boca demostraban, por los gemidos que
escaparon al sentirse entre su brazos.
¿Cómo podía pensar en fundirse con él cuando estaban en un
punto de inflexión en sus vidas? Uno que podía implicar la vida y la
libertad de los que amaba.
A los tumbos, agitada, temblando, fue a su dormitorio. ¿Qué
estás haciendo? No puedes acercarte más. No es un juego, no lo es.
¿Cómo convencía a este corazón loco y a esa parte de su cabeza
que lo sabía, pero aun así, se maravillaba del contacto y quería más, más?
Con razonamiento, puro y duro, se dijo. Tienes que pensar. La
prioridad es hablar con Kean y exigirle la verdad. Luego, rearmarse y
rehacer el plan. Tomar el toro por los cuernos y demandar respuestas.

Si Aidan le viese ahora, o incluso Brianna, lo tacharían de loco.


¿Cómo puedes pensar con tu polla en una situación así, en la que te juegas
la vida?
Espabila, cateto, que te limpian. Sonrió sin alegría, un pinchazo
de nostalgia erosionando su ánimo. Extrañaba a su familia, su rutina, su
trabajo. Las mismas cosas de las que había necesitado alejarse,
irónicamente.
Envolvió la manta alrededor de su cuerpo desnudo, y echó su
cabeza atrás. Había lavado su ropa interior, camisa y jeans en la palangana,
no soportando más la grima y el olor. Al menos el polvo, la sangre y el
sudor se habían ido por el drenaje, aunque demorarían en secar.
Por fortuna, Fallon le había traído esta manta. Debía haberle
visto temblando a través de la cámara, imaginó. La idea de que ella pudiera
estar mirándolo ahora mismo hizo que focalizara su mirada en el ojo
mecánico.
No sabía qué pensar o qué creer de ella. Esa pelirroja era una
suma de contradicciones y emociones en colisión, se le notaba en los ojos y
los gestos de su rostro, que parecía no poder mentir.
Llevaba su sentir en la piel, y provocarla no era difícil, aunque
la idea de hacerlo y sacarla de quicio no le interesó tanto como debiera.
Debería odiarla, despreciarla. Aprovechar cualquier descuido y
momento tonto para lograr una ventaja que le abriese esa puerta y le
permitiese volar de este sitio. Mas no, no era eso lo que intoxicaba su
cabeza.
En su lugar, ella lo tenía debilitado y echo un lío, pensando en
besarla otra vez, en cardar el fuego que era su melena espesa y rizada, en
deslizar sus yemas por esa piel nacarada y dibujar esas curvas sinuosas.
Joder, su mente se afanaba en el disfrute de la seducción y no en
la logística de esta como una herramienta de liberación. Estaba jodido, sí,
no había otra explicación.
Había algo casi visceral en la atracción que esa mujercita
confusa ejercía en él. Esta Mérida… Sí, era estúpido, pero la comparación
era adecuada, porque así de pelirroja, salvaje y osada era Fallon Burke,
exacto como el personaje de la peli.
La de carne y hueso estaba, más que probablemente, algo rota,
y sufría por estigmas de un pasado terrible. Uno del que responsabilizaba a
su padre. Brian había intentado convencerla de lo contrario, porque los
tiempos y los hechos contrastaban con esta seguridad.
Al parecer su tío había matado al abuelo de Fallon, pero los
Burke estaban mal informados. Su padre era Killian, pero también su tío
Patrick. Poner a dos hijos el mismo nombre debía ser el ejemplo acabado
del egocentrismo, y algunos relatos que había escuchado sobre su abuelo lo
pintaban así.
Brian y sus hermanos habían sido criados en un ambiente
diferente, merced a la retirada progresiva de su padre de las acciones más
cruentas de la mafia. La influencia de su madre había sido catalizadora, y
por ello habían dejado Irlanda y viajado, con Aidan pequeño, a los Estados
Unidos.
Su labor había sido manejar la filial mafiosa allí, y lo había
hecho por lealtad, pero sin el alma en ello, procurando blanquear
actividades y demostrando que estas podían ser más redituables. Aidan
continuó su tarea, y les sacó del círculo criminal.
Mas esto no lo sabían Fallon y sus hermanos, que debían haber
echado combustible a su sed de venganza por años y se convencieron de
que tenían sus ojos sobre los blancos correctos. Gran error, y por ello estaba
aquí.
Prisionero y perdiendo la moral, y probablemente la cordura,
porque no parecía poder dejar de pensar en su carcelera, y estudiarla.
Analizarla. Apreciarla. Las grietas comenzaban a aparecer en su coraza, y él
quería repararlas para que no la dañaran, más que usarlas a su favor. Era un
completo idiota, sí, lo entendía, pero… Eso no alteraba su sentir.
Quería saberlo todo. ¿Qué le había pasado con exactitud? Lo
que le hubiese pasado a su familia, fue cuando era una niñita, y para que
esto se hubiese pegado a su mente y la de sus hermanos con tal virulencia
que les había hecho buscar venganza por años, debía haber tenido un efecto
explosivo en su red de contención primaria, sus padres.
Ese odio que los dos hombres habían vomitado había sido
alimentado sin pausa. En el proceso, les había dañado, era obvio en Fallon.
Ese beso… Joder, había sido el más increíble de su vida, y no
creía que fuese solo por las circunstancias que lo envolvían. Lo había
disfrutado, paladeado, y lo hubiese alargado sin dudar. Ella se abrió a él
como una flor, y su fragancia lo envolvió como una crisálida invisible.
Resopló, y golpeó el borde del camastro con frustración. Tenía
la mente enredadísima en el peor momento. Había sido golpe del destino
que le atraparan en uno de sus momentos emocionales más complicados.
No había estado deprimido, pero sí había estado cuestionando
su vida y las premisas que la controlaban. Había estado sintiéndose solo y
ansiando encontrar a alguien que lo motivara y sacudiera. Otra vez, cuidado
con lo que deseas, consideró, haciendo una mueca incrédula.
¿Sería que estaba atrapado en las emociones que provocaba el
Síndrome de Estocolmo? Tal vez. Había leído algo sobre eso. Identificación
emocional y empatía con el agresor eran una de las principales
características, creía recordar, y esto… Vaya si estaba.
Pero esto no me hace perder foco en la realidad, se dijo,
achinando sus ojos y procurando desentrañar sus sentimientos y
pensamientos. Sé que están equivocados, odio las condiciones en que me
tienen, quiero volver con los míos, y salvo ella, los otros tres no me
provocan nada más que indignación y furia.
Ella le intrigaba, llamaba a su protector interno, además de que
alteraba sus hormonas y lo ponía a mil. No iba a disfrazar las ganas que le
tenía con zarandajas.
La idea de besarla, acariciarla y de hundirse en ella estaban a
flor de piel. Si la hubiese conocido en otras circunstancias, no hubiese
dudado en perseguirla y seducirla hasta hacerla caer rendida a sus pies.
Hostia puta, la idea de tenerla de rodillas y haciéndole un oral
se le presentó clarísima, mucho más que cualquier estrategia de liberación.
Su polla lo traicionaba, no pensaba con la cabeza correcta.
Se incorporó de un salto, olvidando las cadenas, que sonaron al
golpear el camastro y lo hicieron tambalearse. Lanzó una maldición y buscó
el equilibrio, ingresando al baño para mojar su cara, dejando correr el agua
para ver si el líquido gélido le hacía volver en sí.
Lo único que logró fue enfriarse, y volvió al camastro en un
temblor, las gotas corriendo por su cuello, espalda y torso. Joder, cómo
echaba de menos una buena ducha, la tibieza del agua y las toallas suaves,
las sábanas tersas, la ropa confortable y de buena calidad, la comida
sazonada…
Mataría por una porción de carne aderezada con finas hierbas,
por una copa de fino vino tinto, pan tibio…
Para volver a eso, a tu vida, a los tuyos, tienes que convencer a
esa mujercita del error mayúsculo que cometen. Tienes que hacerle ver que
está en una burbuja de negación y que los que la rodean quieren el dinero y
no la justicia que ella pretende.
Necesitaba convencerla de soltarlo. Fallón parecía ser la única
que se interponía entre él y la libertad, porque no había más presencias y
sonidos que los de ella con él, salvo las ocasiones puntuales en que habían
venido a él sus hermanos, o la mujer morena.
Esos tres debería trabajar, aparentando que sus rutinas no
habían cambiado, que nada alteró sus vidas, posiblemente. En un país
donde las paredes y las calles podían ser testigos y oídos de Patrick O
´Malley, y esta gente lo tenía que saber, lo inteligente era no hacer
movimientos que delataran la posición.
La única salida que Brian veía era horadar su cautiverio desde
adentro, y para ello tenía que ganarse la confianza de Fallon. Escapar era su
prioridad, y para ello tenía que usar a la joven.
No hagas falsas promesas ni le mientas, se dijo, pero
convéncela de que si no te deja ir, te daña, y se expone. Ella y los suyos.
Porque cuando los O´Malley llegaran, y lo harían, no le cabía duda, iban a
ser implacables, máxime si Brian no podía adelantarse y explicarles…
Lo inexplicable, se dijo, lo inexcusable, porque ¿cómo haría
entender a Aidan, a Brianna, a Patrick o Cormack, de que él no
consideraba a Fallon una persona terrible que debía ser castigada?
Ella podía terminar muy lastimada, incluso muerta. El
estremecimiento visceral no fue por frío, esta vez, y la congoja llevó la bilis
por su esófago y le provocó arcadas. Joder, joder, ¿qué le había hecho esta
mujercita?
DOCE.

FALLON: Deja de esquivarme, estoy comenzando a pensar


que me ocultas cosas y no me gusta. Hay demasiado en juego, joder.
Contesta. Contesta. ¡Contesta, por mil cojones! Su pierna
derecha no paraba, y no podía dejar de dar vueltas a las mismas cosas. Kean
la evitaba, y le mentía.
El hermano que había sido el héroe de su infancia y juventud, el
hombre que admiraba y su referencia para el sexo masculino, se
resquebrajaba ante sus ojos.
Fallon tenía miedo, mucho, y no por su vida, aunque bien
podría afirmarse que esta estaría en cuestión si los enemigos que habían
despertado la encontraban. Su temor era diferente: perder a la única familia
que tenía, la que había mantenido su cordura.
O no, le sugirió la voz interna que hacía meses que trataba de
advertirle y a la que aplastaba sin cesar en pos de una fantasía que hoy lucía
lejana y despintada.
Las personas normales no hacen de la revancha su grito de
guerra y sacrifican su tiempo y sueños por esta.
Mensaje entrante. Su mano temblorosa alcanzó el móvil, y la
respuesta no logró que el remolino de frustraciones y miedo colapsara. Por
el contrario, los reforzó, y Fallon se sintió de pronto muy sola.
Desamparada en la convicción de que no tenía seguridades,
nada de qué o quién asirse.
KEAN: Todo va como debe, no te inquietes. Tienes que dejar
de cuestionarlo todo, Fa. No te ocultamos nada. No estés reacia y a la
defensiva, sé que el temor es un catalizador importante, pero no debes
sentirlo. No hay peligro, tenemos cubierta cada posibilidad. Hubo algún
que otro cambio, pero la teoría se debe adaptar a la práctica, y en eso
estamos.
¿Quiénes? Porque ella y Finnian de seguro que no. Kean usaba
las mismas palabras que Raleigh. Reacia. Temerosa e incapaz de entender
que los planes cambiaban, eso decían. Pues ella veía otra cosa. Eran los
hombres los que cambiaban, aquellos que fueron rocas de las que asirse,
reflexionó.
¿Cómo había logrado esa bruja convencer a sus dos hermanos?
Podía comprender a Finnian, porque los sentimientos nublaban, hacían ver
las cosas desde ángulos distintos, lo enredaban todo.
Pero Kean… El mayor había vivido mucho y conocido a las
personas. Lo peor y mejor de ellos, a no dudar, porque las calles de Dublín
lo habían visto crecer y buscar sustento, y los campos de batalla lo habían
confrontado con lo más terrible.
¿Es culpa de Raleigh que haya cambiado las cantidades y
acepte lucrar con un secuestro que debía ser sanador y justicia para ellos,
no una transacción? Habían hecho cálculos, por Dios.
Dinero para pagar las casas y deudas, la educación de los niños
y jóvenes que crecieron sin referentes porque la mafia los mató. Ellos
apenas tomarían lo que cubriera gastos y lo que les permitiría iniciar una
vida.
Había información que ella no tenía, y Raleigh era la clave. No
ama a Finnian, estoy segura. Lo está usando, pero… ¿Qué busca, solo
dinero? Había cometido la estupidez de creer en ella y sus intenciones
porque vio el cambio positivo en Finnian. Su alegría, su esperanza, el amor
que derramaban sus ojos al verla.
La desconfianza la hizo analizar otra vez interacciones del
pasado. Raleigh no era una mujer afectuosa con Finnian. Lo conducía como
a una mascota, lo comandaba. Y lo evitaba físicamente tanto como podía.
Parpadeó y se enderezó cuando escuchó que su hermano bajaba
la escalera. Le sonrió y se incorporó.
—Anda, siéntate, que te sirvo café. Hay tostadas y mermelada
en la mesa. ¿Cómo estuvo la noche?—inquirió, de espaldas, tratando de
sonar natural—. Espero que todo esto no esté afectando lo tuyo con
Raleigh.
—Oh, no, por cierto que no. Ella está ansiosa, ¿sabes? No ve la
hora de que termine y estemos en Europa, dejando atrás la mierda.
Dibujó una sonrisa comprensiva y le llevó el jarro con café, que
él bebió con fruición, y dio un suspiro.
—Imagino que habrán hablado de lo que les espera allá.
Ámsterdam, o donde decidan instalarse luego, debe ser un buen sitio para
formar una familia. ¿Han pensado en casarse, hijos?
—Puf, pero qué intensa estás—sonrió—. Te confieso que yo
hago planes de ese tipo desde que la conocí.
Sonrió de verdad, enternecida por la confesión de Finnian.
—Sabía que sería así, te conozco.
Aunque eso pensaba también sobre Kean, y parecía que no
tanto, consideró.
—El caso es… Raleigh ha pasado por mucho y no quiere saber
nada de planear el futuro de pé a pá.
—Dejar que este fluya. Sí, nosotros sabemos un poco de
pasados difíciles, ¿no es así?—Finnian asintió, y untó sus tostadas, en
silencio, por lo que Fallon decidió preguntar un poco más—. Nunca quise
preguntarte mucho sobre su pasado, entiendo que fue afectada por los O
´Malley. ¿Declan era?
—Comenzó a trabajar de muy joven en una empresa de
Cormack O´Malley, y era bastante malo. Vio mucha mierda, Fa, eso la
devastó. Luego, cuando ese bastardo estuvo aquí, hace unos años, fue un
infierno. La persiguió, trató de incriminarla con Cormack cuando ella no
aceptó sus avances.
—Dios, qué fuerte debió ser para soportar todo eso.
Movió su cabeza fingiendo una compasión que no sentía,
porque no le creía nada. Con gusto se daría la cabeza contra la mesa, porque
si hubiese averiguado más antes de hoy, habría detectado que Raleigh no
era quien decía ser.
El tal Declan era un bastardo frío, lo concedía, pero se había
distanciado de la mafia hacía un tiempo, y ella había escuchado la historia
cuando entrevistó a un federal estadounidense, las primeras semanas que
estuvo en Boston.
Fallon había acudido a él pretextando que realizaba una
investigación periodística sobre las ramificaciones de la mafia irlandesa en
la costa Este de los Estados Unidos, y el agente le había provisto de mucho
dato fuera de grabaciones que hicieron en las dos ocasiones en que lo
contactó.
Por ello sabía que Declan O´Malley había perdido su empresa,
la joya que había construido de la nada, y vio caer su imperio en su retirada
de las actividades delictivas, acción que pareció emular la que habían hecho
sus primos tiempo atrás.
Declan había viajado a Irlanda con su hermano Brady cuando
tuvieron que cuidarse de represalias y sus activos bancarios estaban
congelados. El federal dijo que se lo había vigilado todo el tiempo, porque
se estaba intentando convertirlo en el testigo estrella del FBI contra la mafia
rusa. Por tanto, no podía haber actuado bajo las órdenes de Cormack O
´Malley, jamás.
—Cuando comencé a leer sus primeros mensajes, me sentí
identificado, Fa. Ella es tan víctima como el que más, aunque parezca fría.
La han valorado por su físico, han intentado quebrarla. Desde que llegó de
Montenegro fue así. Su familia sufrió mucho la desintegración de
Yugoslavia, la guerra entre etnias. Escaparon y la pasaron muy mal.
—Mm. Creí que su origen era Polonia.
El dato comenzó a pulsar en su mente como una baliza. Algo no
cuadraba, pero no podía ubicarlo de inmediato.
—Ella suele decir que viene de allí porque hay gente que ve de
mala forma a los emigrados de los Balcanes. Sabes lo rápida que es la gente
para prejuzgar.
—Por supuesto. Debe haber sido muy difícil llegar aquí sin
apoyo familiar. Al menos nosotros nos teníamos el uno al otro.
—Oh, ella tiene un par de primos. Conocí a uno hace unas
semanas, muy hosco, por cierto. Lo vi por casualidad en una oportunidad
en que la visité.
Por sorpresa, imagino, quiso decirle, pero se frenó. Se
desanimaba más y más, porque la obviedad de que estaban siendo
engañados desde el inicio se presentaba clara.
Eran unos ingenuos, personas quebradas a las que no era difícil
engañar, al parecer. Finnian se incorporó.
—De todos modos, Raleigh me dijo que cortará cualquier
amarra para ir con nosotros. Eso habla volúmenes, ¿no te parece? Seremos
ella y yo comenzando de cero.
—Y Kean y yo, aunque nos mantendremos al margen—agregó,
y Finnian la abrazó.
—Tontita, claro que no, te adoro—le besó la frente—. Dime,
¿estás bien? Raleigh dice que pareces cansada y teme que la situación te
afecte demasiado. Kean también está un poco inquieto, eso me dice ella.
Sonrió.
—¡Qué amable al considerarlo, y hacer de puente entre
nosotros! Pero no, estoy bien, te lo aseguro.
Herida y aterrada, porque nos están mintiendo, Fi, y no puedo
decirte porque no quiero romperte el corazón sin pruebas contundentes.
—Voy tarde, pero puedo echar un ojo al bastardo por ti. No he
querido mostrarme ante él para evitar alterarme como el primer día.
—No es necesario. Anda, ve, gánate el pan que yo cuido la casa
como un mastín.
Había decisiones que tenían que tomarse, y pronto. El cuadro
que su cabeza iba componiendo tenía piezas faltantes, pero las que estaban
esbozaban una imagen distinta a la que debería.
Esto debía ser sencillo. Secuestro de Brian O´Malley. Retención
de este, tratarlo como a un prisionero de guerra, afectar moralmente a su
familia, cobrar un rescate que se dividiría entre víctimas de la mafia. En el
mejor de los casos, lograr que los mafiosos se enfrentaran.
Para ellos, comenzar una vida en otro país y ciudad. Como
familia, unidos, habiendo obtenido venganza para ellos y justicia para los
otros.
Comenzaba a dudar que la parte de dividir el dinero y comenzar
una nueva vida juntos estuviera en los planes de Kean, y eso era como un
cuchillo en su pecho. Devastador.
Cuando Finnian estuvo lejos, se dejó vencer por la
desesperación y sollozó angustiada por un buen rato, con el desconsuelo
con el que se llora por aquello que muere.
La confianza ciega en los otros, y en el amor que decían sentir
por ella, así como la muerte de la confianza en que el futuro les sonreiría.
Este aparecía oscuro y teñido de traición.
No supo cuánto tiempo transcurrió, pero finalmente encontró
las fuerzas para obligarse a funcionar. Brian O´Malley estaba encerrado y
en condiciones terribles, tratado como un enemigo y un delincuente, y ella
había llenado su boca con palabras como revancha, justicia, presentando a
los suyos como honorables cobradores de deudas del pasado O´Malley.
Resultaba que eran depredadores en busca de dinero, mal que le
pesara y aunque ella no lo pretendía. Tampoco Finnian.
Vertió café y lo endulzó, apilando además tostadas, frutas, y
más barras energéticas. Seleccionó una botella de una bebida energizante y
con todo ello en una bandeja, se dirigió a la habitación que habían hecho
una celda.
Respiró hondo antes de ingresar, y cuando lo hizo, se topó al
instante con la intensidad de esos ojos oscuros. No hubo agobio, empero.
Era tan raro sentirse en calma en este sitio y frente a él, cuando debían
confrontarla con decisiones que estaban demostrándose muy equivocadas.
Caminó con calma hasta la mesa, que estaba al alcance de
Brian, pero ya habían pasado por esto. Él no la lastimaría ni forzaría, lo
sabía. Lo creía, y debía estar loca, porque sus certezas habían caído todas
estos días.
Lo vio posar sus pies en el frío suelo y se estremeció al verlo
apenas cubierto con la manta. Ese cuerpo era una obra de arte, construido
por el cincel del deporte. Sabía que corría y nadaba casi a diario. Su mirada
se deslizó por sus músculos, y luego volvió a sus ojos.
—¿Por qué estás desnudo?
—Porque no me has traído otra ropa, y no podía seguir usando
la mía.
—Eres un mimado, Brian O´Malley—indicó, sin calor en su
voz, y se dio la vuela, dejándolo solo para ir a rebuscar a la habitación de
Finnian, de la que trajo prendas básicas, que dejó sobre la cama mientras él
la observaba y daba cuenta de los alimentos.
—Gracias, Mérida.
—No me digas así.
—Me gusta. Me recuerda al tiempo con mi familia, y te
pareces, ya lo establecimos.
—Cuéntame de los tuyos—le dijo, y fue a un extremo,
deslizándose para quedar sentada en el piso, mirándolo con seriedad.
Quiero que me convenzas de que mereces que te deje ir, Brian
O´Malley. Que nos equivocamos y puedo resarcir los errores antes de que
sea muy tarde. Cuéntame de los tuyos, de ti.
Él la observó con curiosidad y algo que no pudo discernir
inundó sus ojos y aflojó sus gestos. Recuerdos, supuso. Memorias de su
familia.
—Ya sabes que somos cuatro hermanos, y viste a mi madre.
—Dime cómo son. Qué los hace especiales para ti.
—Supongo que lo mismo que los tuyos lo son para ti—le
contestó, con cuidado, y Fallon sintió que las lágrimas se agolpaban en sus
ojos, y peleó con fiereza para que no se vertieran, haciendo su cabeza a un
lado.
—Supongo, sí.
—Aidan es lo que se espera de un hermano mayor. Mandón,
impaciente, pero es el protector por naturaleza. Cambió mucho cuando
pudo quitarse la presión de los negocios en el puerto.
—Lo criminal.
—Eso es. Su esposa fue lo mejor, empero. Avery es todo lo que
Aidan merecía, y más.
—Mm, tal vez, no lo sé. Solía pensar que no merecían más que
mucho castigo.
—¿Solías? Eso me suena bien—murmuró él—. Cillian es el
alegre, el positivo, el que encuentra la diversión y al que costaba sentar
cabeza. Pero fíjate, bastó que conociera Ágata, y también cambió. Sigue
siendo un idiota en varios ámbitos, pero de los buenos.
El afecto se colaba en las frases, a pesar de los términos. Había
amor ahí, era obvio.
—El común denominador del cambio son mujeres, por lo que
veo.
—Sí, buenas mujeres.
Eso resonaba de maneras oscuras en su realidad, tristemente,
consideró.
—¿Qué hay de tu hermana? Tu gemela.
El rostro se distendió de manera particular, y Fallon pudo leer
en él la importancia de Brianna O´Malley para este hombre.
—Bri es mi otra mitad, o algo así. Esa conexión que dicen de
los gestados en el mismo óvulo, es real. Ciento por ciento. Aún lejos,
intuimos cuando estamos bien o mal. Bri supo cuando fui herido, hizo de
todo para llegar a mí, cruzando el país a pesar de amenazas. Estoy seguro
de que supo al instante que algo me había pasado.
—Tal vez—asintió.
—¿Qué hay de ti, Fallon? ¿Tu familia son tú y esos dos
gilipollas devenidos en secuestradores?
Ella hizo un gesto de asentimiento.
—Los Tres Mosqueteros. Todos para uno, y esas gilipolleces—
indicó con desánimo.
Somos cuatro, y Raleigh está lejos de ser D’Artagnan. Este era
honorable, y esta perra es todo lo opuesto. La furia que trató de controlar
comenzó a bullir, y pugnó por no dejarla escapar.

—Algo grave ocurre con ustedes, ¿no es así?—dijo Brian, que


se incorporó, dejando caer la manta, y exhibiéndose sin prurito mientras
procedía a vestirse.
Fallon no bajó la vista un segundo, y el calor invadió cada zona
de su cuerpo, de manera que lo que hervía en ella fue pasión y lujuria, por
unos instantes imponiéndose a la ira. Si esto la amortiguaba, que así fuera,
decidió, permitiéndose disfrutar.
Él finalizó el proceso, que no apuró un segundo, sin arredrarse
frente a la intensa mirada de Fallon. ¿Por qué debería, en realidad? De
seguro obtenía reacciones de este tipo dondequiera que fuese.
—Cuéntame de ellos y de ti, Fallon. Quiero entender.
Su voz adquirió una cualidad de comando al que ella se
subordinó sin pensar más. Estaba prisionero y ella también, y necesitaba
drenar pensamientos y sentimientos que eran pústula en heridas viejas, pero
en especial de las recién infligidas.
—Nacimos en Irlanda. Kean es el mayor, Finnian el segundo, y
yo la menor—No se preocupó por cambiar los nombres, después de todo, la
idea era… o había sido, cambiar sus identidades. Nacer de nuevo, digamos
—. Una familia normal, típica. Feliz…
Apenas tenía recuerdos de eso, y era lamentable, pensó en este
instante, y por unos instantes se perdió en esa consideración. Los buenos
recuerdos se fueron al drenaje cuando lo que se impuso fue la lógica del
lamentar la muerte de su abuelo y odiar a los culpables de esta.
—Serías una niñita adorable de coletas corriendo para que no te
atrapase el zorro, me imagino—dijo Brian, y Fallon lo miró, aunque lo que
vio fueron ecos del pasado volviendo a ella.
<<—¿Qué hora es, señor Zorro?—gritaban ella, Finnian y
otros niños.
—La una en punto—contestaba Kean, que era el Zorro y
estaba al centro del círculo.
Fallon se veía avanzando paso a paso hacia él, hasta que
su hermano gritaba:
—¡Hora de comer!
Entonces, corrían como el viento, y Fallon se escuchaba reír
y zigzaguear para no ser atrapada.>>
—¿Fallon?
Parpadeó rápido, y lo miró con desmayo. ¡Cuánto tiempo había
pasado, cuántas cosas, tanto dolor! Se sentía la misma niñita ahora, pero sin
alegría en su corazón, perdida la esperanza.
—Kean siempre fue el fuerte, el capaz, el protector. Finnian el
gentil y sensible.
—Me imagino que el grandote es el mayor, y si el de cabello
más largo es al que llamas gentil, lamento discrepar. No me lo pareció nada
cuando intentaba romperme la crisma.
—Está enamorado, y cree que tu familia le jodió la vida a su
novia.
—Cree siendo la palabra clave, me temo—indicó, elevando una
ceja y ella no pudo evitar pensar lo extraordinario que era que él estuviese
charlando con ella sin agravios ni tensión en su voz, cuando lo tenía
encadenado, subalimentado y apenas acababa de proporcionarle ropa usada.
Una vergüenza infinita precipitó la sangre a su cuello y rostro, y
bajó sus ojos.
—Sí, me temo que debo darte la razón—respondió finalmente,
mirándolo—. Creo que estamos siendo timados, además, y por ello estoy en
ascuas.
—¿Timados?
—No importa. No te incumbe—señaló—. Lo que sea, no
invalida que tu familia lastimó a la mía.
—Lo que creas que les hicimos, no fue así, estoy seguro.
—No se pueden desmentir los hechos. Tu padre dio la orden
para que mataran a mi abuelo, y ello destrozó a mi familia. Éramos niños,
pero a partir de esa tragedia, lo perdimos todo.
—Lo que dices ocurrió aquí, en Irlanda, y eso no coincide con
la presencia de mi padre. Él migró a Estados Unidos hace más de treinta
años. Aidan era pequeño cuando la familia se retiró de aquí, crecimos allá.
¿Como mataría a alguien aquí, y por qué motivos? No pasó.
—Él era el jefe de la mafia—dijo, terca.
—Sí, pero en Boston, no Dublín—porfió, y ambos estaban
hacia adelante, seguros de lo que decían—. Aquí el líder siempre fue
Patrick, su hermano.
—Killian O´Malley era a quien mi abuelo investigaba. Él era
periodista, uno comprometido, honesto. Cuando se acercó mucho, tu padre
decretó su muerte.
No podía negar esto, era historia establecida. Él la miró por un
largo momento, y entonces, suspiró.
—El primer nombre de mi tío Patrick también es Killian.
Obsesión de su madre por usar los mismos nombres, imagino que empujada
por un esposo narcisista. Es por esa razón que mi padre usa su segundo
nombre, al menos entre nosotros. En los papeles, puede ser que…
Fallon se quedó sin palabras. Esto era nuevo, y si parecía un
detalle, podía hacer la diferencia. Azorada, lo miró en silencio, tratando de
recomponer el mundo que se le acababa de desmoronar adentro. ¿Podía ser?
Algo tan obvio, tan minúsculo como un nombre.
Cuando se nombraba a los instigadores de la muerte de su
abuelo, su padre siempre había sido vago, impreciso. Los O´Malley.
Cuando, ya mayores, buscaron datos, el nombre que surgió en los papeles
era Killian, y esto los condujo al hombre en la costa Este de los Estados
Unidos.
No pensaron en hacer más arqueología que esa. No tenían idea
de cuándo había partido hacia aquel país, ni siquiera lo pensaron. Ciegos,
habían estado ciegos. Si el error se comprobaba, lo que estaban haciendo
con Brian definitivamente entraba dentro de la agresión injustificada y lo
criminal.
La idea se volvió bucle y Fallon sintió su respiración acelerarse
y su corazón latir fuerte, muy fuerte. El pánico la tomó prisionera y perdió
sentido de la realidad.
La voz que la llamaba se volvió norte y lo único a lo que atinó
fue a apoyarse en el torso del que la instaba a calmarse y acariciaba su
cabello y su rostro.
—Respira, Fallon, respira. Estás bien, debes calmarte. Respira,
lento. No pienses en nada, haz lo que te digo. Inhala profundo, muy
profundo. Ahora, larga el aire por la boca. Eso, eso es. Otra vez, anda,
vamos, Mérida. Inhala… Exhala.
Cuando por fin pudo arrancarse del ataque de pánico en que la
ansiedad de saber algo que lo cambiaba todo la sumió, su cuerpo se sentía
preso de un cansancio añejo.
No quería dejar esos brazos que la rodeaban sin presionar, ni
evadirse de esos labios que estaban posados en su frente. Era extraño, pero
en el abrazo de Brian O´Malley ella encontraba por primera vez sentido de
pertenencia. Estaba loca, loca.
Y perdida, porque temía que había sido presa de la atracción
hacia él desde el inicio. La convicción fue lo que la impulsó a tratar de
desprenderse, pero él no lo permitió.
De hecho, la reacomodó en su falda, y le susurró que dejara
salir todo lo que la agobiaba, y ella trató, quiso sujetarse, pero el llanto
brotó imparable. Todo estaba mal, todo. Lo había estado por años, se daba
cuenta, y habían echado a rodar una rueda terrible por error. ¿Se podía ser
más imbécil?
—Shh, Mérida, déjate ir, te tengo.
—Es ridículo… Si Finnian o Kean vienen y me ven… Van a
matarte, y no tendré tiempo de decirles que es un error. Porque a menos que
haya perdido el juicio, y eso podría ser, creo que dices la verdad.
—Lo hago. No te mentiría—la miró con seriedad, y ella lo
observó, pensativa.
—¿No? Porque no sería difícil. Estos días no han hecho más
que mostrarme que me he equivocado de cabo a rabo en todo. ¡Todo!
Sollozó, y él apretó el abrazo y la fundió en su pecho, y Fallon
lo dejó hacer, abandonada a la idea del consuelo que le suponía su calor y
su comprensión.
Cuando sus labios tocaron los suyos, mojados, se sintió natural,
y la desesperación la hizo besarlo fiera, sus manos ascendiendo para
posarse en el torso masculino y enredándose en la tela para atraerlo más y
más.
Suavidad de labios en colisión, a la que se sumaron los leves
pinchazos de la barba, desprolija por la falta de mantenimiento. La visión
de ese mentón dejando marcas rojas en su piel la desconcentró, pero
mordisqueó su labio inferior, mientras lo miraba.
El chocolate espeso brillaba en esa mirada voraz, y Fallon se
preguntó si sus ojos también brillaban así. Hubo un choque de narices,
torpe, y un reacomodar de los rostros para volver a besarse. El tiempo
perdió sentido mientras se sorbían los labios y dejaban que sus lenguas
conectaran.
Cuando finalmente se separaron, Fallon ya no lloraba, al menos
externamente. Su mente la instaba a correr a hablar con sus hermanos y
contarles el error. Demandar el abortar la misión que habían emprendido y
que hoy los tenía bien jodidos.
Pero eso podía esperar diez minutos, quince. Ahora, necesitaba
ser perdonada por el que habían afectado directamente, y este toque, estos
besos, parecían decir que había posibilidades y ella no era vista como la
malvada de la película de terror.
Su mano se coló por debajo de la tela del sweater y buscó
posarse sobre el corazón masculino, pero se detuvo en la cicatriz que había
visto cuando él estuvo expuesto.
—¿Cómo fue?
—¿Ser herido?—inquirió, y ella asintió. El rostro de Brian se
demudó—. Horrible. Pensé que moriría. Dolió y demoró en curar, y me
costó recuperarme. Sentí miedo por mucho tiempo. Veía peligro en todos
lados.
Oh, joder, joder. Habían agregado causas para la inseguridad de
este hombre, que era inocente. Siempre lo fue, y lo sabías, por ello tus
dudas desde el inicio. ¿Cómo podría perdonarla? Ella no podía perdonarse,
y recién comenzaba a valorar la inmensidad del horror cometido.
—Lo lamento—susurró, su mirada al suelo, conmovida.
—Es el pasado. Lo que importa es saber qué harás ahora que
sabes la verdad—dijo Brian, y le acarició el rostro con leve toque de sus
yemas.
Ella se mordió el labio con virulencia, porque si su razón
gritaba que debía liberarlo, que era lo correcto y justo, era también
consciente de que la decisión que se imponía no podía ser tomada sin
consultar al resto, aun cuando había mentiras de por medio.
—Yo… Necesito… Debo hablar con los demás, explicarles.
Necesitarán pruebas para creerte.
—Basta con mirar información corporativa, Fallon. El nombre
completo de Patrick está en sus declaraciones de impuestos, en la web de su
corporación. Es trabajo de un niño comprobarlo. Pueden hacer lo mismo
con mi padre, mirar en los papeles de migración. Imagino que alguno de
ustedes es bueno con las redes.
—Ruego que así sea, pero…—sacudió su cabeza—. Me he
dado cuenta de que hay algunas situaciones inesperadas que debo manejar
con cuidado y …
Cortó la frase, guardándose detalles que él no tenía por qué
saber, y que solo añadirían inquina hacia sus hermanos. No tenía las cosas
tan claras como para afirmar que la estaban traicionando, después de todo.
Kean podría arribar con una explicación que diese sentido a todo.
—No te preocupes, no me iré a ningún lado—dijo él en su oído,
y la avergonzó tanto como la entibió el hecho de que él intentara un chiste
con su situación.
—Perdóname, haré todo para liberarte, lo prometo.
Acunó su mejilla en su palma ahuecada, su pulgar acariciando
su barba y sus ojos presos de esos labios que la hacían volar y olvidar. La
acució entonces un sentimiento nuevo, nostalgia de lo que no ocurrió: el
conocerse en otro tiempo y espacio, sin las barreras de la confusión y su
dolor y ciegos deseos de revancha. Tal vez entonces podrían haber tenido
una oportunidad.
—Te creo. Lo poco que te conozco me demuestra que cuando te
propones algo, eres una fuerza natural. Y tanto como estoy sintiendo los
efectos de tu tormenta…—Brian colocó su palma en la base de su cráneo
con aire posesivo y la atrajo más hacia él—. No puedo decir que lo lamente
como debería. Eso me desconcierta, lo confieso, pero creo que somos dos
seres muy confusos en este momento.
Ella asintió, su frente colocada sobre la del hombre que había
pretendido odiar. Falló en esto antes de saber que su sentir era infundado e
injusto. Parecía cierto eso de que el corazón sabía más.
—Voy a confesarte algo, Fallon. Estuve pensando en seducirte
como forma de lograr mi liberación—susurró, mordisqueando sus labios y
trazando el contorno de estos con la punta de su lengua.
Fallon agradeció estar sentada, porque la corriente eléctrica fue
desde las comisuras hasta su pelvis en línea directa, y su sexo respondió
pulsando. Que su grupa estuviera sobre sus muslos, vecina a la entrepierna
masculina, no hizo más que calentar la situación, porque el miembro se hizo
sentir en el costado de su pierna.
—Si esa es tu estrategia, no deberías haberla expuesto. Mostrar
las cartas no es astuto—sentenció, haciendo su cabeza atrás para tomar más
de esa mano que masajeaba su cuero cabelludo con suavidad.
Él se inclinó y besó su cuello, cortos picos que trazaron su
tendón y luego la zona media de su garganta, ascendiendo por la línea de la
mandíbula hasta su lóbulo, en el que se entretuvo.
Fallon no sabía qué hacer con las sensaciones acuciantes y
divinas que la transportaban y amenazaban con quemar sus neuronas.
Sentir. Sentir y no pensar. Gozar y quedarse en el momento,
robando estos momentos de placer inesperado que la descubrían anhelante
de más, de él, Brian O´Malley, su prisionero.
¿O era ella la cautiva? Probablemente. No sabía qué hacer con
las decisiones que había tomado, con las verdades que destapaba y dolían,
pero sí sabía que estos minutos podían ser los únicos de real satisfacción y
felicidad, y por ello, se los permitió.
—Tanta suavidad y sensibilidad en un empaque tan bello—
murmuró él, y su voz se escuchó grave, conmovida.
Bien, eran dos, y si mentía, ¿qué más daba? Fallon prefería
pensar que no, que él realmente deseaba esto.
—Me atraes de manera formidable. ¿Crees que estoy loco?
—No, pero no estoy tan bien como para determinarlo.
—Mis padres me empujaron a tomarme vacaciones, a venir a
Irlanda para que me reencontrara conmigo mismo. Pretendían que viese un
terapeuta, creían que no había logrado recobrarme del trauma del atentado.
—Lamento haber agregado más a tu plato—susurró Fallon,
colgándose de su cuello y posando una mejilla en su hombro—. Creo que
somos dos los que necesitamos terapia, aunque me temo que es tarde para
mí.
—No puedo dejar de pensar que el mejor tratamiento sería entre
tus brazos y piernas—señaló Brian con tono profundo que resonó en Fallon
y amenazó con derretirla.
—En unos minutos vas a volver a odiarme—prometió ella,
luchando con la sensación de debilidad y necesidad de él.
Tenía que recuperar control, contenerse.
—No te odio, ¿no lo ves?—Sus manos la tomaron por el cuello
y la obligaron a mirarlo—. Ese es el quid de este enredo: debería
maldecirte, detestarte, pero lo que siento es necesidad, deseo. Quiero salir,
eso es obvio. Merezco estar libre y no en cadenas, y lo sabes. Sé que no
pasará mucho para que ocurra, tanto si te decides a darme la libertad como
si la obtiene mi familia. Pero no quiero que salgas lastimada, me aterra esa
posibilidad, Fallon.
Le creyó, ¿cómo no? Si su voz sonaba urgida y sus ojos
denunciaban su preocupación. ¡Qué par de tontos eran! En especial él, que
no veía lo jodida y enferma que estaba ella. La bomba de tiempo que era.
Sentir tanto la iba a hacer explotar. Tenía que moverse a arreglar
las cosas antes de colapsar, decidió, y cuadró sus hombros en resolución.
—Desearía haberte conocido en otras circunstancias—dijo él.
—Pero no fue así—respondió, con pena, y se apoyó en sus
hombros para incorporarse, y lo dejó atrás sin volver a mirarlo. No podía
detenerse más.
TRECE.

Brian movió sus hombros en círculos procurando aflojar la


tensión y dolor, el mismo que azotaba a sus cervicales. El mal dormir y las
posiciones complicadas que imponían las cadenas en sus muñecas eran la
causa, pero también la preocupación y su creciente ansiedad.
Lo emocional pesaba más que lo físico, y eso era decir. Estaba
cayendo por esa mujer. Fallon lo tenía prisionero no solo en un sentido
literal, y eso jugaba con su cabeza. En ella se enredaban temores,
curiosidad, esperanzas y desesperanzas, además del deseo físico por esa
pelirroja que encendía sus sentidos.
La manera en que el mundo funcionaba no dejaba de azorarlo.
Un nombre, una confusión de décadas, y un odio secular los había enredado
y los puso juntos en este lugar.
Sus destinos no debieron cruzarse, pero aquí estaban. Ambos
alelados y bien jodidos por la atracción feroz que hacía que no pudieran
dejar de besarse. Brian no había encontrado un sabor más único y adictivo
en otra boca.
No podía pensar con claridad cuando la veía, y tenía que
hacerlo, porque era urgente que ella reaccionara y tomara la decisión
correcta. Que no era otro que dejarlo libre. Brian había respirado cuando
ella aceptó sin dudas la explicación sobre los nombres.
Una palabra, siete letras del nombre de su padre y tío habían
hecho estragos. Solo podía agradecer que el afectado finalmente hubiese
sido él, porque mal que pesara a su lógica, había encontrado en este sitio a
la que lo completaba.
Estaba majareta, tal vez, porque tal como acababan de
establecer, ambos tenían heridas por sanar. Las de Fallon estaban en carne
viva, pero Brian creía que si venía con él, si dejaba que la ayudara, habría
redención para ella. Y la idea de que esta fuera en sus brazos se colaba una
y otra vez en sus pensamientos.
Pero los tiempos apremiaban. El reloj corría y con él la
posibilidad de que los hombres de Patrick entraran a esta casa disparando y
sin preguntar. Era imperioso que ella tomara la resolución de liberarlo.
Sin embargo, y a pesar de que supo que le creía, sus palabras
dejaron traslucir que había más detalles en la ecuación, y él los ignoraba.
¿Y si ella es nada más que una actriz ejemplar y te usa para su
placer, mientras espera por el dinero que la hará rica a tu costa? ¿O si sus
desequilibrios corren más profundo de lo que te imaginas y está quebrada
de manera irreversible? Brian, estás jugando con fuego y te vas a quemar,
jodido. Las emociones te envuelven, no piensas con claridad.
Habían pasado horas desde que ella estuvo entre sus brazos y
lloró. Sus ojos no mentían, su actitud, su fragilidad era pura y convincente.
Si su mente buscaba equilibrio para no perderse, su corazón le decía que lo
que vio y sintió era real. Los unía el deseo, la necesidad de tocarse, de
solazarse en el cuerpo del otro, pero había sentimientos creciendo.
El ruido de la cerradura le hizo envararse y se decidió a hacer
todo para convencerla de soltarlo ahora mismo, para buscar juntos la
solución a la intrincada situación en la que estaban.
Sin embargo, su ánimo se desinfló cuando vio aparecer frente a
sí al más corpulento de sus captores. Kean, había dicho Fallon, el hermano
mayor. El rostro era muy serio y su expresión de granito no se modificó
mientras lo observaba, como si evaluara el estado de su cautiverio.
—Creí que una familia habituada a la violencia sería más astuta,
pero la tuya deja que desear. Se niegan a pagar, ¿puedes creerlo? Cualquiera
diría que intentas deshacerse de ti.
—No sería inteligente pagar sin garantías—respondió, sin
dejarse arrastrar por el tono belicoso.
Este era un hombre al que no convenía incordiar. No le temía,
pero no era tonto, estaba incapacitado para devolver golpe por golpe.
—Una prueba de vida, eso quieren. Estoy tentado de enviarles
uno de esos dedos sin callos y suaves que tienes. Dedos que no saben de
trabajo duro.
—Trabajar no es solo empuñar una pala o un arma. En lo que
respecta a mi dedo, no te lo recomiendo. Molestarías sin necesidad a mis
tíos, que considerarían un desafío personal que algo le pase a su familia en
sus dominios.
—¡Mafiosos de porquería, eso son!—escupió a un lado, y por
un momento pareció perder el control de su temperamento, pero logró
rehacerse—. Ahora, presta atención. Voy a filmarte mientras hablas y
aseguras que estás bien y viviendo tu mejor momento. No te las des de
listillo, ruega para que paguen. Es tu garantía de vivir.
—Esa constante preocupación por el dinero no va bien con la
autoproclamada intención de venganza.
—No pretendas saber qué nos guía, cabrón—le asestó un golpe
brutal en la quijada, y cayó sobre el lecho—. Pero si quieres saberlo, ese
dinero no alcanza para pagar décadas de sufrimiento. Son muchas víctimas
a las que asistir y …
—¿Planeas asesinarme?—le inquirió con frialdad, sobándose la
mandíbula, sin demostrar el dolor que sentía.
El bastardo no le respondió y elevó el móvil para grabar. Brian
no perdió tiempo discutiendo más, y pronunció las palabras que su
secuestrador le instruyó. Desafiarlo era inútil, este gigante no haría lugar al
razonamiento. Brian tenía que convencer a Fallon.
Se quedó mirando como el hombrón salía, y antes de que
cerrara la puerta, la mujer morena que había estado unos días antes se
acercó y le besó con rapidez. Fue una visión fugaz, y Brian entrecerró sus
ojos, desconcertado. Fallon había dicho que su hermano Finnian estaba
enamorado, y él asumió que era de esta mujer. ¿Se había equivocado, había
más integrantes en esta banda? Podía ser.
El dolor de su mandíbula fue disminuyendo, aunque su cabeza
no dejó de pensar, planear, considerar. ¿Por qué Fallon no vino con él? No
le había dicho nada a su hermano acerca del error cometido, y el plan de
cobrar el rescate estaba firme. Demasiado.
La desconfianza y dudas lo carcomían, y pasaron horas hasta
que ella vino a él. Se la notaba ojerosa, triste, y muy cansada.
—Te extrañé hoy—dijo, y un pelín de descontento se coló en su
voz.
Ella parpadeó, y entonces pareció apreciar que algo no estaba
bien, y vino a él, rozando su barbilla.
—Tienes sangre seca. ¿Qué te ocurrió?—inquirió, y él
entrecerró sus ojos en descrédito.
—¿No escuchaste a tu hermano Kean cayéndome a puñetazos?
Ella abrió su boca en sorpresa.
—Yo… Salí unas horas. Pero… ¿Kean estuvo aquí?
—Sí, y tiene un puño como una roca. Necesitaba una prueba de
vida, al parecer. Los planes de cobrar el dinero siguen activos—la miró con
acusación en sus ojos, y ella se encogió sobre sí misma.
—No he tenido oportunidad de conversar con él. Me evita—
susurró, y se abrazó en la zona media, demostrando una fragilidad
preocupante—. Le dije que debía hacer recados, y él vino, consciente de
que no estaba—hablaba para sí misma, parpadeando.
Definitivamente algo andaba mal entre sus captores, determinó.
Estos desencuentros, las dificultades de comunicación… No eran buena
señal.
—Pues hizo su presencia muy evidente. Por un momento temí
que estuvieses mirando por la cámara y acordaras con sus métodos—
agregó, y sí, lo había pensado y le dolió tanto como el golpe.
Esta fijación lo tenía liado, y lo emocional era más difícil de
controlar que lo físico.
—¡No, no, yo no…!—negó, sus ojos muy grandes, acercándose
para tocar su barbilla—. No quiero lastimarte, Brian. Esto no debió pasar.
¡Si solo ese tonto de Kean me escuchara!—gruñó entre dientes, enojada.
—Me hizo grabar un audio para mi familia, luego de amenazar
con cortarme un dedo y enviarlo como prueba de que aún respiro—agregó,
y exhaló hondo, estremecido de lo que algo así podría haber causado entre
los suyos.
Ella lo miró con horror, y negó enfática.
—No, no, Kean no haría eso, jamás—aseguró, pero Brian
estaba seguro de que Fallon tenía una imagen edulcorada de su hermano.
¿No la teníamos todos, en general? Los peores homicidas
podían ser encantadores y plácidos entre los suyos, mutando de fachadas
como de ropa. Lo que Brian había visto en el hombrón no fue otra cosa que
frialdad y violencia apenas contenida.
Su historia debía ser terrible, pues si Fallon había sufrido,
manifestó crecer bajo la sombra del mayor. ¿Qué no habría hecho este para
criar a sus dos hermanos? Parpadeó y recordó entonces el otro detalle
interesante del día.
—Su noviecita, la morena que vino hace unos días. Ella estuvo
también, y es afín a sus métodos, porque lo besó muy contenta.
—Ah, no, entonces te equivocas—ella pareció semi aliviada—.
Ese era Finnan.
—No—negó con énfasis—. Finnian es el más flaco, el que tu
detuviste de que me castigara el primer día. El que vino hoy es el gigantón
de cabello muy corto, que por su porte, adivino es o fue militar.
Ella lo miraba con descrédito, sus párpados finas aletas y su
boca excelsa dibujando una O muy grande, gestos que precedieron a las
sombras que demudaron su faz. Luego, sacudió su cabeza, como si se
negara a creer lo que esta cocía, los pensamientos que danzaban y que no le
gustaban.
—Estás jugando conmigo, ¿verdad? Tú lo que quieres es
confundirme, ¿eso es? ¿Ponernos uno contra el otro? Eso sería lógico, yo lo
haría. Dividir para sacar rédito.
Se mordió el labio con fiereza, y una gota de sangre brotó en él.
Lo miró en silencio, y pasados largos segundos vino a él, muy seria, y se
hincó a sus pies.
—¿Cuánto valoras a tu hermana, Brian?
Él frunció el ceño, sin entender su punto, desconcertado.
—Brianna lo es todo para mí, te lo dije.
—Júrame por tu hermana que lo que me estás diciendo es real.
Que no mientes.
—Lo juro—dijo, sin dudar, y sus dos manos encadenadas se
movieron para posarse en el rostro pálido y plagado de pecas que pareció
descomponerse en la mueca más triste.
Sus ojos no dejaron de contemplar los de ella, esos faros
maravillosos donde la desazón más atroz acababa de anidar. No obstante,
mostró su voluntad al retraerse, incorporándose para caminar unos pasos
hacia la puerta, todo su cuerpo en tensión.
Cuando finalmente traspasó el umbral, su actitud era de
absoluto agobio, y Brian no pudo más que temer por la implosión que se
avecinaba. Sus captores tenían asuntos por resolver, y esto resultaría de dos
modos para él.
Podía estar en el centro o en la periferia del estallido, cuando
este se produjera, pero las esquirlas lo tocarían de un manera u otra.
Si leía bien la situación, la morena estaba en el centro de un
triángulo amoroso con los hermanos de Fallon, y al menos uno de ellos no
lo sabía, con el consiguiente drama que esto creaba.
En esta banda de vengadores—justicieros—secuestradores,
había dos engañando al otro par, y Fallon y el llamado Finnian habían
estado ciegos a las intenciones espurias de los otros dos.
El hermano gentil y sensible, recordó las palabras con las que lo
describió Fallon, llevaba los cachos, y era la persona de su mayor confianza
la que lo adornaba. El hermano mayor, el que proveía y cuidaba, también de
acuerdo a la pelirroja.
Esto tenía consecuencias directas para él. Los que tramaban y
engañaban eran los que estaban interesados en el dinero y en darle muerte,
razonó Brian. Urgía que Fallon decidiera a su favor y le liberara.
Ella confiaba… O había confiado en su hermano mayor, pero la
reciente bomba debía estar jodiendo con su cabeza, y eso no podía ser
evitado, consideró.
Desentrañar el engaño, sacudirse el dolor, ver cómo proceder,
esto no se hacía en una hora, a pesar de que Brian se sacudía de
impaciencia y podía ver que necesitaban correr sin demora de esta locación.
Él estaba con las manos atadas, y nada más literal que esto. La
frustración le hizo gritar y golpear la pared, gesto fútil que no consiguió
drenar ni un pelín de sus preocupaciones. Debemos salir de aquí, pronto.
Tengo que hacerle ver que esto terminará mal para ambos. Si su hermano
los engaña, ya esto está jodido desde la base. Estoy seguro de que ella llora
por lo que le pasará a su familia y no está pensando en el dinero.
Esto sonaría idiota a los oídos de cualquiera, probablemente
muy ingenuo, pero Brian tenía confianza en la falta de codicia de Fallon.
No era esta lo que la había animado, estaba convencido.
Estaba bien jodido, lo aceptaba. Había una pulsión entre ambos
que los atraía y convocaba. Una especie de llamado antiguo tal vez hilado
por las tres Nornas, las viejas hilanderas de la mitología celta.
A Brian siempre le había fascinado el concepto así que, ¿por
qué no creer que el nombre de Fallon había sido cuidadosamente tejido para
él? Ella era la única mujer que había hecho latir su corazón en años.
Un hombre no podía ignorar el llamado a completarse; esta
pelirroja insegura y que otros verían como una criminal, era esa mitad que
había estado echando en falta por tanto tiempo.
Que tuviese que pelear para mantener su vida y salvarla de sí
misma y de las decisiones que había tomado por error… Era el precio que
pagar y lo tomaría, porque intuía que no habría otra que le pusiera el
corazón, la mente y el cuerpo a mil.
Convencerla era el primer paso. Debían irse de aquí, y ya vería
Brian de rodearla de los cuidados que su fragilidad necesitaba para
rearmarse. Nadie salía indemne de años de un desastre, y esta situación lo
era.
Mal que le pesara, los Burke y sus acciones eran el resultado de
un golpe atroz asestado por su familia, si no directa, cercana.
¿Cuántos otros seres rotos como ellos vivían en Irlanda, o
incluso Boston? Fallon sugirió que habían planeado ayudarlos con el dinero
del rescate. Si ello no hablaba del corazón tibio y bueno que había en el
pecho de su Mérida, no sabía qué otra cosa lo haría.
Esto no iba a calmar la rabia de Patrick O´Malley, empero. Su
tío debía estar furibundo, considerando el secuestro de su sobrino como un
golpe personal a su poder.
El cabrón era un orgulloso con algunos destellos de
megalomaníaco, y no importaba que tuviera en baja estima a los hijos de su
hermano desertor, Killian. Daría orden a sus hombres de disparar sin
preguntar.
CATORCE.

No puede ser. No es posible. Debe haber un error. Tiene que ser


Finnian. Brian no los conoce, se equivocó.
La mente de Fallon no dejó de hablarle mientras arrastraba sus
pasos para llegar a la sala. Se sentó pesadamente en la silla y demoró en
levantar la pantalla de la laptop. Joder, qué cansada estaba. Era un golpe
tras otro, y la sacudida emocional estaba minándola.
Con dedos tembleques pulsó las teclas para abrir la aplicación
de la cámara y rebobinar la grabación. Allí estaba Kean, arrogante y brutal,
con su móvil en la mano, hablando a un Brian que no se arredró, a pesar de
sus cadenas, y no demostró un pelín de temor.
No le hubiese juzgado, porque el rostro de su hermano era…
Tan falto de emociones, apático, inexpresivo. Solo cuando descargó el
puñetazo inesperado que movió el cráneo de Brian y torció su mandíbula,
Kean expresó algo. Placer. Percatarse de esto la dejó sin aire. No había visto
antes esta faceta de su hermano.
Dos dedos fueron a la pantalla y se posaron en la figura de
Brian, que se reacomodó en el camastro y no apareció afectado, a pesar de
la sangre, que se limpió con el dorso de su brazo derecho.
Luego de unos segundos, le vio hablar a la cámara del móvil de
su hermano, y este se dio la vuelta sin más luego de unos segundos. Una
prueba de vida, eso buscaba.
No había bastado la fotografía que Raleigh tomó, al parecer. La
trucada. ¿Lo sabía Kean? Imposible conocerlo. Exploró el resto de la
filmación, pero el ángulo de la cámara no permitía ver la puerta, por lo que
su principal preocupación ahora mismo no podía ser despejada.
No creía que Brian le mintiese, no en realidad. ¡Qué tonto,
porque sería lo más cómodo y menos lesivo para su salud mental! Suspiró
con largura. La realidad es que las inconsistencias se acumulaban y
abonaban la idea de algo extraño con Kean. Que Raleigh estuviese en el
centro de cualquier trama era algo que creía sin mayor duda, no obstante.
¿Podía ser que Kean estuviese engañándolos? ¿A Finnian, su
sangre? ¿Que se metiera en la cama con esa mujer sabiendo que era la novia
y el amor de su hermano? Kean sabía lo frágil que era Finnian, lo que algo
así podría hacerle. ¿Sería tan cruel? No quería creerlo.
Tenía que saberlo. No podía quedarse desmadejada en su
asiento como una damisela que no podía lidiar con la realidad. Le tocaba
hacer control de daños de un modo u otro, porque este secuestro había
dejado de tener los objetivos planificados y ella no estaba dispuesta a
convertirse en una criminal común y corriente.
Había sacrificado años de su vida en pos de la venganza y la
justicia, no para hacerse rica con el sufrimiento de un inocente. Y no sería
una pieza en las maquinaciones de Raleigh, o de su hermano. Aunque le
doliera en el alma, su objetivo era proteger a Finnian, a Brian, y a ella
misma.
Saber la verdad completa y tener pruebas de esta eran su
inmediata misión. Desenmascarar a Raleigh y confrontar a Finnian con el
hecho de que la que quería lo engañaba. Con Kean. Lanzó el suspiro más
triste de todos.
¿Será verdad? ¿Puedo confiar en la palabra de un hombre que
tiene todo para ganar si nos quiebra y nos divide? ¿Puedo creer que Brian
O´Malley no me está mintiendo? No sería difícil. Parecía que era una mujer
muy crédula.
Las lágrimas no demoraron en llegar, silenciosas, y no las frenó.
Estaba cansada de detener al dolor de encontrar salida y a fingirse fuerte y
en control. Iba a llorar lo que fuese necesario ahora, y luego, procedería.
Fue hasta su habitación, donde buscó el álbum de fotos que
siempre llevaba consigo. Las fotografías del pasado no eran muchas, y
estaban gastadas. Acostada en el lecho, repasó las que eran memorias
dolorosas pero también de amor incondicional. ¿Cuándo se habían roto?
¿Cuándo?
No supo cuánto tiempo pasó, y el golpe en su puerta la
despertó, sobresaltada. Se incorporó con rapidez y voló para abrir, y cuando
vio el rostro de Finnian, confiado y sereno, debió hacer un grandísimo
esfuerzo por no aullar.
—Ey, Fa, ¿estabas durmiendo tan temprano? Sí que te has
puesto holgazana, hermanita—le guiñó un ojo.
Hizo una mueca que pretendió ser sonrisa y se tragó la hiel que
le trepaba por el esófago. No podía decir nada, porque no tenía las pruebas
necesarias, y una verdad tan delicada y terrible sería increíble.
Ella no creería que Kean podría hacerles mal si no hubiese ido
descubriendo sus mentiras. Aún hay esperanza, puede ser que haya una
equivocación. Brian estaba golpeado, pudo haberse confundido. Y hasta
que esto no ocurriese, había margen para el crédito.
—Tuve una noche de pesadillas, ya sabes—Finnian asintió. No
era extraño, sus dos hermanos la habían consolado de muchas cuando eran
niños—. ¿Has sabido de Kean?
—Sí, me llamó hoy, desde el puerto. Estaba haciendo unas
horas extras. Está todo bien, los hermanos del pijo han manifestado que
pagarán. Están sudando y amenazando, pero lo harán.
—Mm—dijo, y su mente gritaba Mentiras, mentiras. Estuvo
aquí, el puerto, una mierda.
—Raleigh estará tan contenta cuando esto termine. La
decepciona no poder venir, pero me puse firme con eso la otra noche. Para
evitar cualquier sospecha de los vecinos, como dijimos.
¡Qué decepción tan grande vas a sentir, Fi! Quisiera poder
evitarlo, pero dos mintiendo a la vez, es demasiada coincidencia, pensó.
—¿Las instrucciones para la distribución de los diez millones
entre la gente están listas?—dijo, y Finnian asintió.
—Sí, será automático. Cuando la cuenta principal reciba el
dinero, distribuirá a las adyacentes la cifra estimada. Solo hay que activar la
operación, que aparece como agendada.
—Eso lo harás tú cuando…
—Ah, no, eso lo maneja Kean. Tendremos las manos llenas con
el pijo.
—No lo vamos a matar, Fi.
Este resopló y se mesó el cabello.
—Esto me tiene muy nervioso. Los demás están convencidos de
que es la única solución, y me tiemblan las piernas y las manos de pensarlo,
Fallon. Estoy contigo en esto, pero no sé cómo convencer a Kean de …
El mayor había llamado para taladrar la cabeza de Finnian, eso
era. Imaginó que Raleigh estaba haciendo lo suyo también. Y qué
conveniente el manejo bancario del dinero, que excedía en mucho lo que
Finnian creía la cifra global.
Su hermano era muy bueno con las computadoras, pero no
miraba las pistas que estaban en su dispositivo personal, eso era claro. ¿Por
qué lo haría, después de todo? ¿Cómo esperar la puñalada viniendo por la
espalda y dirigida por su sangre?
—Hablaré con él, no te inquietes. Lo resolveremos. Escucha,
mañana voy a salir. Tengo que comprar algunos elementos, cosas de
mujeres.
—No hay problema, tengo el sábado para mí. Me encargaré de
todo. El prisionero no tendrá una queja mía. Salvo algún que otro zamarreo.
Fallon negó con su cabeza.
—No, Fi, no lo hagas. Hemos estado equivocados con él.
Enarcó sus cejas, y luego movió su cabeza, mirándola con
sospecha.
—Fa, ese hombre, lo que te haya dicho.
—¿Sabes que Patrick es el segundo nombre del mafioso? ¿Que
su primer nombre es Killian? Los dos hermanos se llaman igual, regalo del
padre, al parecer. Y el Killian al que adjudicamos la muerte del abuelo… Se
fue a Estados Unidos tres décadas atrás. Killian Patrick O´Malley ha sido la
cabeza de la mafia de Irlanda desde entonces.
Finnian boqueaba en incredulidad, y se tomó del vano de la
puerta, tratando de hablar.
—Pero… ¡Eso no es posible, Fallon! Vimos los archivos,
leímos la investigación que el abuelo dejó inconclusa…
—Y todo hablaba de actividades delictivas en Irlanda y puertos
europeos. No lo pensamos, no se nos ocurrió investigar.
—Pero si eso es cierto…
—Lo es. Lo investigué, fue tan sencillo como mirar la Junta
Directiva de una de las empresas Killian P. O´Malley.
—Entonces… El pijo… Su padre…—las implicancias
comenzaban a colarse en la cabeza de Finnian, que arrugaba su nariz en el
gesto nervioso que lo caracterizaba—. No fueron responsables.
—Nos equivocamos, Fi. La cagamos, hondo. Y si lo
matamos…
—Tendremos sangre inocente en las manos…—susurró, y se
tomó el cabello con ambos puños, tironeando—. ¿Qué haremos? Los
verdaderos culpables están afuera, ilesos, y … ¡Raleigh y Kean lo tienen
que saber!
—No, aún no—se apuró a frenarlo—. Mira, yo me reúno con
un informante mañana. Voy a corroborar unos últimos detalles. Aún está el
asunto de Declan O´Malley y lo que le hizo a Raleigh. Este es muy unido
con la familia de Brian. Tenemos que estar seguros de cada arista antes de
alborotar el avispero. Dejemos a Kean y Raleigh en paz hasta que vuelva
mañana, ¿sí?
—Sí, sí, Okay—aseveró.
La mención a Raleigh y su supuesto affaire con Declan lo
calmó, y eso le daría tiempo a actuar, supuso. Fallon tenía su mente clara, y
lo que haría.
Hacía tres años los tres habían decidido que era necesario tener
forma de ubicarse ante la eventualidad de una desaparición forzada, por lo
que los tres usaban una pulsera de oro, simple, que no se quitaban nunca.
Mañana activaría la aplicación para ubicar a Kean y confrontarlo.

Apenas estaba amaneciendo cuando Fallon fue a la celda y


llevó café, barras y una bebida energética a Brian. Él dormía con pesadez y
ruido, evidentemente resfriado y tal vez algo afiebrado, lo que la preocupó.
Tocó su frente con suavidad y lo notó caliente, por lo que fue en busca de
tylenol, que dejó al lado de la bebida.
Lo observó por unos instantes, preocupada, y pensando que si él
enfermaba de gravedad, sería su culpa. Luego decidió que la mejor forma
de terminar con esto era averiguar la verdad que lo liberaría.
Se retiró y dejó una nota a Finnian para que chequeara a Brian
por la cámara de tanto en tanto por signos de enfermedad que debiera ser
atendida de inmediato. Confiaba en que este lo haría, más proclive a tratarlo
con humanidad a la luz de la nueva información sobre su prisionero.
Ya en el vehículo, respiró hondo y abrió su Tablet, buscando la
aplicación y activándola para buscar a Kean. Mientras esta trabajaba,
condujo lento para salir de la granja y alejarse sin que Finnian la detuviera.
Cuando el punto rojo titiló en una locación que distaba apenas
cuarenta kilómetros de las suya, en un pueblo ubicado en dirección opuesta
a aquel en que trabajaba Finnian, el dolor en su pecho se convirtió en
omnipresente los cincuenta minutos que le llevó recorrer la distancia.
Pasó por el frente de un hotel, lugar en el que el punto rojo
establecía como el paradero de su hermano mayor, y dio la vuelta con
cuidado para finalmente detenerse a unos cien metros del sitio. Se dispuso a
esperar lo que fuese necesario.
Pasó una hora hasta que la temida imagen se corporizó. Kean y
Raleigh emergieron de la mano, a las risas. El shock de la visión fue
potenciado por la actitud de su hermano. Parecía otro. No había nada del
hombrón estoico y serio, casi gruñón.
Eran una pareja normal, corriente, juguetona y enamorada, eso
parecía. Se le rompió el corazón por Finnian y por la familia que habían
sido, porque esto lo cambiaba todo.
Podía sentir cómo se rompía en pedazos la admiración que
había sentido por Kean. En su lugar, comenzó a nacer una ira grande,
potente, bajo la que subyacía el dolor de la pérdida.
Brian no había mentido. Kean sí, Raleigh también, y habían
sido sistemáticos con esto. Falsos. Despreciables. Indignos.
Podría haberlo comprendido de alguien ajeno a la trinidad que
habían sido, porque Raleigh era una recién llegada a su vida, pero Kean…
Era imperdonable.
Solo le tocaba inmortalizar la traición para que no fuese su
palabra contra la de estos dos judas. Levantó su iPhone e hizo zoom para
fotografiar a los dos caminando de la mano, luego abrazados y riendo, Kean
besándola, ella rodeando su cintura con un abrazo apretado.
La bilis se sentía ácida en la base de su garganta, y cuando
entraron a una cafetería y se perdieron de vista, encendió el vehículo y
emprendió la vuelta. Tenía lo que había venido a buscar, pensó con tristeza,
lo que deseó no haber visto. Las pruebas de la infamia.
Finnian, pobrecillo, casi sollozó, y luego se obligó a pensar con
mayor practicidad y realismo. Es un hombre hecho y derecho, Fallon. Se va
a desarmar, pero estarás con él para ayudarlo a recomponerse. Si algo ha
demostrado con los años, es su resiliencia. Sí, siente todo muy fuerte, pero
también puede rehacerse de sus cenizas. Cada vez que lo golpeaban y se
burlaban de él en el colegio lo demostró. Es sensible, pero orgulloso.
Esa perra fría y calculadora estaba muy equivocada si creía que
iba a separar a su familia, envolviendo a sus hermanos con su belleza, y se
haría rica en el proceso. No le cabía duda de que era una ambiciosa sin
escrúpulos, y ya sabía que su historia con Declan no cerraba.
Liberar a Brian, eso era lo que haría al llegar. Él era ajeno a
todo, un hombre atrapado en una telaraña. Ja, rio sin alegría. Creímos ser la
araña, y no fuimos más que otras moscas atrapadas en ella, Finnian y yo.
Solo podía esperar que ese hombre les perdonara. Se
arrodillaría ante él, le rogaría piedad. No le importaba qué pudiera pasar
con ella, pero haría lo que estuviese en sus manos para salvar a Finnian.
Tenía que pensar cómo le diría a este la verdad, pero se tomaría
tiempo para ello. Necesitaba saber que estaba bien y sacarlo de la ecuación
de peligro. Y la ignorancia era lo que podía evitar que este lo encontrara.
Cuando estuvo muy cerca de la propiedad, condujo para ocultar
su vehículo detrás de una arboleda, quitándolo del camino principal, y
llamó a Finnian. Con calma le hizo saber que su carro se había
descompuesto, y le dio la dirección de un poblado distante una hora, en una
dirección que lo alejaba de Kean y de la granja.
No tuvo que esperar más de veinte minutos que entrevió a
Finnian pasando por su posición, y esperó unos instantes antes de
maniobrar y alcanzar la propiedad. Allí, actuó con pericia, armando su
bolso con ropa básica, en el que también cargó una muda de ropa extra para
Brian, y tomó la laptop. Cuando tuvo todo cargado, fue hasta la celda.
Brian estaba recostado contra la pared, y parecía estar bien.
Había tomado el medicamento y devorado el desayuno, comprobó. Avanzó
hacia él, y le mostró las llaves de los candados que ataban las cadenas.
Él desorbitó sus ojos y se movió con presteza, y la dejó hacer,
sin preguntar nada. Su rostro debía dar cuenta de lo mal que se sentía,
consideró. Él se sobó las muñecas apenas estuvo libre, y su primer
movimiento fue para atraerla hacia su pecho y besar su cabeza.
¿Cómo podía ser tan gentil, con lo que ella le había hecho? Un
sollozo la ahogó, y peleó por contenerlo. No era momento de quebrarse.
Tenía que arreglar lo que había generado.
—Vamos, no podemos perder tiempo—susurró, sus manos en el
pecho, separándolo de sí, con esfuerzo.
Allí le gustaría guardarse y refugiarse, sin dudas, pero… No era
momento, ni lugar, y él no tardaría en rechazarla, cuando estuviese a salvo.
Así debía ser, y la convicción le danzó en el pecho, justo al lado del dolor y
la desesperanza.
Él estaba clavado allí, fijado, desde hacía mucho. El cautiverio
no había hecho más que cimentar los sentimientos que le despertaba. Lo
quería, oh, sí que lo quería, pero no había oportunidad aquí.
—Fallon… ¿Estás bien?
—No, pero no importa. Tengo que sacarte de aquí y acercarte a
los tuyos. Luego, estarás libre. No preguntes nada.
Él asintió y la siguió hasta el coche, que Fallon encendió y
condujo con determinación alejándose de la granja, y tomando dirección
hacia Dublín. Luego de un rato, el nudo en su garganta se aflojó lo
suficiente como para que pudiese hablar. Con voz monótona, le dijo:
—Tenías razón, ¿sabes? Lo comprobé, cada detalle. Hice la
sencilla búsqueda en Internet que me dijiste acerca de tu tío. Y también
verifiqué que mi hermano Kean y la novia de Finnian, Raleigh, tienen un
amorío. No te imaginas lo que se siente—susurró.
—Lo lamento—dijo él, y le tomó su mano derecha,
apretándola.
Fallon lo miró, confundida. No había un ápice de sorna en su
voz o expresión, como podría esperarse en alguien que acababa de ser
liberado. Le habían hecho pasar un infierno, y él la bañaba con la gentileza
de su comprensión.
Era un hombre como no había conocido otro, pensó, y no pudo
evitar el comenzar a llorar.
—Detén el auto, Mérida. No estás bien—dijo, y ella negó.
—Tenemos que alejarnos. Compré tiempo haciendo que Finnian
fuera hasta un pueblo distante una hora, pero Kean se queda en uno no muy
lejos, y si viene y se da cuenta nos va a perseguir. Va a activar mi rastreador,
como hice yo para ubicarlo y descubrir sus mentiras…
—Quiero que te calmes—dijo él, y colocó su mano en el
volante, girándolo con cuidado—.Detente—la instó, y ella se hizo a un
costado del camino y frenó.
Brian acarició su cabeza y luego su mejilla, enjugando las
lágrimas que la recorrían. Fallon meneó su cabeza en descrédito.
—¿Por qué eres tan bueno conmigo? Te he hecho pasar las de
Caín, y …
—Tal vez soy un masoquista, Mérida—sonrió él con calidez, y
ella se mordió el labio, que él liberó con un gesto de su pulgar—. Ha sido
duro, sí, no voy a negarlo. Pero… Veo el alma gentil que habita debajo de
ese exterior que pretende comerse el mundo.
—No estoy nada segura de eso. Me he equivocado tanto, tanto
—enterró su cabeza entre sus manos.
—Sé que de algún modo mi familia es responsable de parte del
dolor que forjó esa coraza que te protege, y sentó las bases para esa cruzada
que comenzaron.
—Una cruzada, esa era una forma adecuada de definir lo que
estuvo en la base. Pero eso derivó en algo sórdido… Mi familia… Pensé
que nada ni nadie podía romper nuestra unión, y que el amor era
incondicional. Lo teníamos todo pensado. Te haríamos pagar en nombre de
tu padre… Afectaríamos a los tuyos, te quebraríamos moralmente, y con
ello a los tuyos—se estremeció, consciente del peso de sus palabras—. ¡Qué
terrible y frío se escucha! Desalmado.
—No te voy a mentir, no es agradable escucharlo—sentenció él,
y Fallon le miró.
Esos ojos, no obstante, no la juzgaban, como deberían. Eran
cálidos al observarla. Desnudando al hombre de cabo a rabo.
—Todo en nombre de una creencia falsa. Oh, ¡qué absurdos en
nuestra fantasía! Haríamos justicia por los débiles, en nombre de las
víctimas de la mafia. Me temo que estábamos más rotos de lo que nunca
acepté.
Suspiró, y levantó su cabeza, meneándola con desesperanza.
—¡Perdóname, te lo ruego, Brian! Necesito… No lo merezco,
pero quisiera tu perdón. Estamos más allá de la redención, lo entiendo,
pero…—Podría respirar mejor y tolerar el dolor de no tenerlo si él no la
odiaba—. El vehículo es tuyo. Conduce como el viento, contacta a los
tuyos. Ten—frenética, las manos temblando, buscó dinero en su bolsa, que
le tendió—. Hay ropa limpia en ese bolso.
Sin más, abrió la portezuela y bajó una pierna, pero fue todo el
movimiento que pudo hacer antes de que él la inmovilizara, envolviendo su
antebrazo con gentileza, y la atrajera hacia el centro del vehículo, para
luego besarla, decidido, sus manos en sus hombros.
El beso pareció frenar el tiempo y devolverle calor a sus huesos
helados. Se permitió esos instantes de conexión de sus bocas, regodeándose
en el placer de los labios gruesos apoderándose de los suyos y de la lengua
decidida prodigando caricias a su cavidad.
La necesidad de dejarse ir era feroz, pero eso… Permitirse
disfrutarlo no arreglaría nada. Se separó, despacio, los ojos cerrados, sus
manos temblorosas asidas de los lados del cuello masculino.
—No iré a ningún lado sin ti—dijo él con decisión, echándose
atrás y llevando sus brazos cruzados al pecho, y Fallon agrandó sus ojos.
—Pero… Pero… ¡Tienes que irte! Kean y Raleigh vendrán, te
lo aseguro, y entonces los confrontaré y les haré ver que lo sé todo, que sus
mentiras fueron descubiertas. Y tengo que proteger a Finnian, él debe
enterarse por mí.
—No quiero que nada te pase—dijo con fiereza, viniendo hacia
ella, tomando sus manos—. Ven conmigo. Esa mujer es peligrosa,
claramente trama lo peor. Es la piedra de la discordia. Logró permear a tus
hermanos, meterse entre ambos. Esas mentiras y traición de las que
hablas…
—Nunca imaginé que algo así podría pasar—movió su cabeza,
el descrédito aún vivo—. Kean nos crio, nos protegió… Por él tuvimos
comida, mantuvimos el techo… Luego de que nuestro padre murió… El
corazón, ¿sabes? Nunca superó el asesinato de su padre. Nos hizo prometer
que lo vengaríamos. Y nuestra madre perdió la cordura, se hundió en el
alcohol. Kean tuvo que ser el adulto. ¿Cómo pudo olvidarlo? ¿Cómo pudo
traicionarnos?
No podrían recomponerse de algo así.
—Ven conmigo, Fallon. Puedo protegerte, lo juro. Nada te
pasará.
Él no dejaba de acariciar su cabello y la miraba con intensidad.
No había odio en sus ojos, ni palabras atroces, ni la dominaba.
—¿Por qué harías algo así? No lo merezco.
—Porque lo necesitas. Y créelo o no, me importa lo que ocurra
contigo. ¿O crees que beso y perdono a todos mis captores?—pretendió
bromear, pero ella negó.
—No minimices lo que has pasado. Has estado prisionero por
siete días, recibiendo desprecio, golpes, mal alimentado. Y es mi culpa.
—Sí. Y nunca había besado a alguien que me hiciera sentir lo
que tú, créelo o no. Eso lo cuento como un gran sí en mi reseña de
cautiverio.
—Pues el dato no dice nada bueno sobre tu vida amorosa—
quiso bromear, pero no tenía fuerzas—. No puedo decir algo mejor de la
mía. Inexistente—murmuró—. Estaba tan feliz por Finnian. De que hubiese
conseguido alguien con quien compartir, a quien amar…
—Esa morena es un sapo más. Tu hermano conseguirá un amor,
ya verás.
Lo miró con desmayo.
—Iremos a la cárcel, si no nos encuentra tu familia primero—se
estremeció—. Tienes que ir con ellos, mostrarles que estás bien. Evita que
paguen, porque temo que ese dinero no irá nunca a mejorar la vida de
aquellos que elegimos—hizo una mueca.
—Nadie irá a la cárcel, aunque sí me preocupa que los hombres
de mi tío estén cerca. Escucha. Mira. Irás conmigo… No, no quiero
negativas. Si no vas, tampoco yo.
Fallon respiró con ruido, y finalmente asintió. Porfiado Brian O
´Malley. ¿Es que no se daba cuenta de que cada momento juntos ella caía
más y más por él? Tal vez esa sería su venganza. Enamorarla y luego
abandonarla. Decidió que correría el riesgo.
—Vamos—asintió, y puso el coche en marcha otra vez.
—Tomaremos una habitación en un hotel de la próxima ciudad,
y allí pensaremos qué hacer.
—Tienes que hacer saber a tu familia que estás bien. A tu
hermana. Ella debe estar desesperada—indicó, bajito.
No era solo porque eso quitaría mastines de su retaguardia y de
la de sus hermanos… De verdad era importante que los seres que amaban a
este hombre gentil y bello pudiesen respirar en la convicción de que estaba
libre y bien.
—Y tú pensarás como decirle a Finnian sobre Raleigh, y Kean.
Y a este, de que ya lo sabes todo.
—Él solo verá que lo traicioné, que te liberé y con ello jodí sus
planes. Puede ser tan intenso… Aunque eso me importe poco, porque estoy
tan furiosa y dolida con él.
—¿Crees haber hecho lo correcto?
—¡Claro que sí!—lo miró, y dejó que esta verdad se
evidenciara en su rostro—. Siempre supe que lo que habíamos planeado nos
marcaría, pero creí que era lo justo. No imaginé que nos rompería en
pedazos.
Su móvil comenzó a sonar con la canción de la llamada entrante
que tenía asignada para Finnian. Suspiró, y se recostó más contra su asiento,
cerrando en los ojos. Luego, decidida, habilitó el manos libres para
contestar.
—Fa, ¿dónde estás?—la voz de su hermano demostraba su
confusión—. He recorrido este pueblo de cabo a rabo.
—Hermanito, escucha… Descubrí algo—susurró—. Algo muy
malo, feo, y sé que va a ser doloroso de oír y difícil de entender.
—Fallon, ¿qué…?
—Kean no está en Dublín. Estuvo en la granja ayer. Con
Raleigh.
—¿Cómo…? No, ella está…
—Mira las grabaciones de la laptop, Fi. He descubierto… Es
muy doloroso, pero nos han mentido. Tenía detalles, pero hoy… Usé la
aplicación para rastrear a Kean. Están a cuarenta kilómetros de la granja, él
y Raleigh. Tienen amorío. Los vi, Fi. Abrazados. A las risas.
El silencio del otro lado fue ensordecedor, y Fallon imaginó a
su hermano colapsando, quebrándose. Dejó pasar unos segundos.
—No es cierto—le contestó, alto, con el tono porfiado con el
que su hermano solía usar para evadir lo que no quería—. ¿Por qué haces
esto?
—Oh, cariño, ojalá no lo fuera—murmuró—. Me rompió el
corazón verlo, Fi. Esa mujer… No sé qué busca, pero… Te engaña.
—Mientes—indicó.
—No. Sabes que no lo hago. Me conoces. Soy yo, tu hermana.
Jamás te engañaría.
—Kean no podría…
—No, eso pensé… Pero nos ha mentido. Por ello, y porque
pretende que seamos asesinos, he soltado al prisionero, Fi. Brian O´Malley
no es el responsable de nada de nuestro pasado, y culparlo de este solo lo
hará un chivo expiatorio.
—¡Qué dices! ¿Me rompes el corazón y te vas, con él? Es eso,
te lavó la cabeza—gritó Finnian, y Fallon sollozó.
—Haz como yo, rastrea a Kean y a Raleigh, Fi. Investígala
como si la conocieras este día, porque te aseguro que nos engañó, y se las
arregló para enredar a nuestro hermano, Fi. Hay algo malo con ella, muy
malo. Kean nunca habló de matar, o tú, hasta que ella estuvo cerca. No te
cierres en tu dolor, actívate, busca.
—Oh, Dios…—hubo un largo silencio. Voy a matarlo—señaló
con voz átona, y Fallon cerró sus ojos y negó, frenética.
—No, no lo harás, porque ese no eres tú. Y Kean sigue siendo
quien nos salvó, Fi. Por él vivimos, comimos, estudiamos. Nunca supimos
el precio que pagó por ello, Fi. Nunca preguntamos, cuestionamos. Como
sea… Tienes que irte de la granja. No quieras venganza, no los confrontes.
Busca un lugar seguro y espera a que te contacte. Tenemos que
desenmascarar a esa perra.
Largo silencio del otro lado. Tan largo que pensó que había
cortado, pero entonces, un sollozo quebrado surgió de los parlantes del
vehículo, y ella colocó su cabeza en el volante, y luego frenó. Era
descorazonador, desolador.
—No hay sosiego ni amor para nosotros, Fa.
—No lo sé, Fi. No lo sé.
Cortó la llamada y de inmediato seleccionó dos de las
fotografías que había tomado. Tenía que hacerlo, y no buscaba escarbar en
la llaga abierta. Las dudas asolarían a su hermano apenas quedara solo.
Finnian tenía que ver lo que ella. Tenía que comprobar que
decía la verdad, por pútrida que esta fuese. Y Fallon solo podía confiar en
su poder de recuperación.
—Eso fue… Duro—murmuró Brian, y le miró, su cara
contorsionada en pesar.
—Lo fue.
Con determinación, miró adelante, y luego suspiró y se quitó la
pulsera. Miró alrededor, y se bajó corriendo, dejándola debajo de un
montón de piedras.
Estaba comprando tiempo para poder alcanzar su objetivo:
llevar a Brian hasta Dublín, y ponerlo en manos de su familia, a salvo de la
suya.
QUINCE.

Su situación acababa de girar, otra vez, pero en un sentido


positivo. Estaba libre y en camino a Dublín, y esto se debía a la decisión de
Fallon. No hubo entrega de dinero, no hubo rescate. Ella había tomado la
determinación de soltarlo cuando comprobó que los objetivos del líder y
guía de su familia habían virado.
Era bueno comprobar que lo que creyó era cierto. Que no había
un pelín de interés económico personal en Fallon, más allá de que había
querido usar el dinero para resarcir a otros.
Estaba muy afectada, mucho. Conmovida. Esperó obtener cierre
por heridas viejas, y tenía otras a flor de piel. Se le notaba en la sonrisa
temblorosa con que lo miraba aquí y allá, mientras conducía y lo acercaba a
la capital. En la explicación que le había dado y los ruegos por su perdón.
Lo tenía, sin dudar, porque uno exonera a aquellos que quería
cuando comprobaba que habían dañado por error. Así saldaba el papel de
Fallon en su secuestro: un error garrafal que ella estaba enmendando.
Luego de escucharla y de rechazar la intención de dejarla atrás,
había llamado a Brianna, y explicado a grandes rasgos su situación actual.
Sin mayores detalles, porque lo que importaba era que esta estuviese
tranquila y comunicara al resto que había sido liberado, que iba hacia ellos,
y que no debían tener tratos con los secuestradores.
Por supuesto que Hawk, su cuñado, controlador como era, se
había involucrado en la conversación y pretendió decirle qué hacer y cómo
actuar, pretextando su trabajo en seguridad. No le había hecho caso en la
parte logística, porque no iba a esperar que un equipo lo ubicase y le quitase
el tiempo a solas con Fallon que necesitaba.
Lo que sí hizo cuando Fallon paró para ir a un baño, fue una
llamada a Pipen, cuyo número sabía de memoria. Atajó cualquier intento de
rescate, le hizo saber que estaba bien y que Fallon Burke fue quien le liberó
y estaba con él. Es mi protegida, enfatizó.
Le pidió que hiciera control de daños con la rama de Patrick y
Cormack, sus tíos, y que nadie debía acercarse a Finnian o Kean sin darle
cuenta. Pipen escuchó y gruñó, pretendiendo disentir, pero le cortó.
Ella era su puzle, y se encargaría de ayudarla a encajar las
piezas que el dolor había movido. Haría lo que podía para fortalecerla y
averiguar su sentir en relación con él. Quería estar seguro de que, como su
corazón le decía, valía la pena pelear por ella.
Pararon en una hostería que tenía una habitación libre y
tuvieron el cuidado de aparcar su vehículo en la parte trasera, en la
eventualidad de que Kean viniera tras ellos. No sabía que esperar,
francamente, pese a que Fallon insistía en que no le temía.
Brian no sabía qué actitud tomaría con él ese hombre violento y,
muy probablemente, fuera de sí, que sería cuestionado por sus hermanos y
su amante. Esta no estaría feliz con perder a la gallina de los huevos de oro,
suponía.
La habitación era sencilla, pero cómoda, pero lo que Brian
abrazó con alivio fue la posibilidad de una ducha larga y caliente. No se
estimaba lo que se tenía hasta perderlo. Su piel y sus músculos agradecieron
la caricia, y el aroma a hierbas silvestres del jabón fue un cambio sustancial,
llevándose la suciedad, el sudor y la fatiga.
Con calma, frotó cada rincón de su cuerpo y luego lavó su
cabello, mientras pensaba. Estaba libre, y pronto llegaría a la seguridad que
implicaban los hombres de Pipen y probablemente los de sus tíos.
Estos deberían ser despachados de inmediato. No los quería
metiendo sus narices cerca de Fallon y averiguando lo que no debían. Que
su familia había secuestrado a Brian por error, y que su blanco real debería
ser Patrick.
Eso equivaldría a una sentencia de muerte, a pesar de que la
pelirroja no podía pensar en otra cosa que en su fracturada familia. No la
dejarían respirar si consideraban que podía ser un peligro futuro.
Joder, ¡cómo le había cambiado la vida esta mujercita! Ella y
los suyos eran banderas rojas, pero él parecía no poder evitar correr como
un toro bravo hacia las que se agitaban. Envolvió la toalla en su cintura y
miró su rostro en el espejo.
Su barba estaba muy crecida para su gusto, pero no tenía
implementos para cortarla. Peinó el cabello con los dedos y luego lo elevó
en el moño usual. Se miró y se encontró más flaco, como era lógico luego
de días de barras energéticas, sopa, pan y algunas tazas de café.
Volvió a la habitación, y su mirada se clavó en Fallon, que
estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, concentrada en la
pantalla de su móvil. Tecleaba sin cesar, frunciendo su nariz, delatando su
preocupación. Debía estar comunicada con Finnian. Ese pobre bastardo
debía estar pasando horas tortuosas, y no lo envidiaba.
Se tendió a su lado, con cuidado, y colocó su mano en el muslo
femenino, llamando su atención con el gesto. Ella dibujó un puchero y
suspiró, meneando su cabeza, el cabello suelto cayendo como una cortina
sobre parte de su cara. Elevó sus dedos y envolvió un mechón,
acariciándolo. Seda roja, eso era.
—¿Cómo estás?
—Inquieta. Aterrada. Finnian ha comprobado que Kean está en
el poblado que le dije, y está frenético. No he parado de rogarle que no haga
nada loco, pero me da miedo. Kean y Raleigh aun están en su mundo.
Bajó su mano y sostuvo su mentón, y luego golpeó el colchón a
su lado, instándola a descansar a su lado.
—No puedes hacer más sin desatar el pandemonio. Tienes que
serenarte.
Ella se recostó, y él giró, quedando de costado, observándola,
llenando su vista con la exquisita figura y rasgos finos que lo obsesionaban
al punto de que prefería estar aquí, con ella, y no le urgía llegar a los suyos.
No hasta asegurarse de que ella venía con él.
—Estoy agotada. Es un cansancio viejo, me temo. ¿Sabes la
energía que consume vivir pendiente de una promesa? Eso lo inició. La
promesa a mi padre de que haríamos pagar la muerte de su padre.
Sonaba loco. Egoísta. ¿Cómo se podía envenenar el alma de
unos niños y comprometerlos en una cruzada de venganza? La niñez de su
Mérida debió ser triste, gris, dolorosa. Lo mismo sus hermanos, intuyó.
—No lo sé, pero suena a un esfuerzo muy grande para hombros
y espaldas de niños.
—Aún así, nos dio un norte. Aunque está visto que lo perdimos
en algún momento de nuestro trayecto.
—Estás haciendo lo necesario para torcer el timón y recuperar
el rumbo.
—¿Eso hago?—Él asintió, y rozó la línea media de su rostro,
focalizando en su nariz y luego en su boca—. Fi tiene razón. Nos
endurecimos. Nos faltó amor, crecimos sin abrazos o besos. La carencia de
afecto hizo que Finnian y Kean cayeran ante las migajas que Raleigh les
dio.
—Probablemente—asintió.
—No somos dignos de ser amados—susurró.
Se movió sin pensarlo, impulsado por la necesidad de frenar la
espiral de auto conmiseración y las falacias que escapaban de esa boca
deliciosa. Sobre ella, atrapándola con su cuerpo, sostenido sobre sus
antebrazos y rodillas, le dijo:
—Equivocarse y sufrir te hizo desconfiada y te refugiaste en los
únicos en los que viste refugio y amor. Tus hermanos. El amor a tu padre, a
tu abuelo, fue lo que te guio. Tu profundo amor a Finnian te tiene devastada
por él, y sé que tanto como detestas lo que Kean ha hecho, no has dejado de
considerarlo tu querido hermano.
—¿No es increíble? Es un traidor, y aun así…
—Fue tu puntal, tu guía, tu protector. Y está perdido.
—¿Cómo eres tan comprensivo?
—Tú me haces serlo. No puedo dejar de mirarte y pensar que
eres la persona que he esperado por años…
Lo miró con ojos enormes, sorprendidos, y aguados.
—¿Sabes que van a pensar que estás afectado por estos días de
prisión? Probablemente lo estés—dijo, mirando al techo, y él trajo su
mirada verde sobre sí una vez más, a influjo de su mano izquierda.
—Estoy muy afectado por ti, Fallon Burke. Sería justo decir
que el impacto tiene larga data. No se olvida a la mujer que atropella al
gnomo familiar.
Ella sonrió, pero había tristeza en la expresión. A pesar de ello,
su boca lo llamaba. Acercó sus labios a la tentación que eran esos pétalos
demudados, y los sorbió, deleitándose en la sensación.
—Ah, Fallon—susurró, separándose unos milímetros—. No
parece que pueda dejar de paladearte.
—Brian—dijo ella, y su nombre sonó tan suave que no estuvo
seguro de que sus labios se movieran.
Su mano, pequeña y suave, trazó una caricia sutil por su
esternón, y la otra fue a su rostro y lo recorrió, llegando a su cabello, donde
se hundió. No dejó de mirarlo con reconcentración, como evaluando qué
efecto tenía su toque, y él se estremeció.
Sus labios volvieron a conectar, fieros, sedientos, y el beso se
tornó intenso y voraz. Dominante y profundo. Lleno de sentimiento y
expectativas de su lado. No sabía qué guiaba al de Fallon, pero lo disfrutó
de igual manera.
Pareció durar unos segundos, pero estuvo seguro de que fue
bastante más, porque lo que les separó fue la falta de aire, no de ganas.
Todo él eran ganas, y se sostenía con porfía sobre sus antebrazos para no
aplastarla y hacer evidente su deseo en forma de enorme erección.
—Oh, Fallon… Si supieras cuánto te deseo… Pero no quiero
que creas…
—Solo tócame—le dijo, arqueándose para que su pelvis tocara
la suya, y una corriente eléctrica lo sacudió y lo hizo vibrar, con lo que su
resolución se resquebrajó.
—No me debes nada. No tomaré nada que no quieras darme—
susurró, y se hizo a un lado, peleando contra la lujuria.
—He tenido sueños… Desde el primer instante. Enredados a
pesadillas, ahí estabas tú. Tocándome. Erizándome—suspiró.
Brian tragó saliva, alelado, y el aire tibio que escapó de sus
labios lo enervó más.
—¿Soñabas conmigo, Mérida?—preguntó, abriendo sus labios
para posarlos en su garganta.
—Me hacía sentir terrible, sucia, pero… Sí—confesó muy
bajito, sus pestañas muy largas batiendo tímidas.
—Te he sentido mía desde que vi tus ojos claros posados en mí.
No aprisionaste solo mi cuerpo, Fallon, quiero que lo sepas—le murmuró
con ardor en su oreja, su lengua jugueteando con las líneas de la misma, y
deleitándose en el temblor que la hizo vibrar.
La acercó contra sí y le hizo notar lo hinchado de su miembro,
estudiando su reacción. Ella no retrocedió, aunque su rostro parecía un
incendio en erupción, y sus manos fueron a él, posándose en la frontera que
separaba la toalla de su piel desnuda.
—Dime que me deseas—la urgió, llevando una mano a su torso
y jugó con la piel de su pecho, dibujando líneas, que lo acercaron al primer
botón, que desprendió, y luego a otro.
—No es solo eso… Te necesito…—respondió, sus dedos
trémulos trabajando para quitar la toalla—. Necesito que me hagas olvidar,
que me hagas sentir deseada, saciada.
—No recuerdo una oración que me haya hecho más feliz—
contesto, y mordisqueó el inicio de uno de los senos, expuestos con rapidez.
Tan cremosos y con pecas salpicadas, turgentes. Deliciosos,
exquisitos, sentenció, y con torpeza bajó el corpiño hasta la base, haciendo
que estos se elevaran y trajeran los pezones a centímetros de su boca,
invitantes.
Sus labios envolvieron uno y succionaron con deleite, y Fallon
esbozó un gemido suavísimo de placer. La empujó con suavidad para que
quedase de espaldas, y abrió la blusa por completo, dejando ante sus ojos la
maravilla de su torso desnudo y festín gourmet. Sus dedos, su lengua y su
boca trabajaron sin prisa, construyendo pasión, deleitándose.
Cada sonido que le arrancó fue música de fondo erótica, cada
gesto de placer de ella lo bebió con frenesí, y su boca volvía a los labios
pulposos y tibios como si no pudiesen subsistir sin ella.
Sus ganas estaban por las nubes, y su polla estaba tan dura que
dolía, y necesitaba entrar en ella, sentirse en el interior de esa magia que lo
llamaba, lo convocaba. Con impaciencia, pugnó por bajar la cremallera de
sus jeans y cuando lo logró, la instó a ayudarle para que estos se deslizaran
y dejaran de ser odiosa barrera.
Notar lo pequeño de su tanga casi lo hizo acabar ahí mismo,
pero su mano fue a la base de su pene y apretó fuerte en la zona para relegar
el clímax y no terminarse como un niñato que comenzaba a vivir el sexo.
—Mírate—señaló, su voz ronca—. Una obra de arte, mía.
—Brian… Tómame… Solo… Despacio. Nunca…—bajó su
rostro, casta.
Brian no supo si bendecir su suerte, porque la idea de una
Fallon intocada para él era exhilarante, o si maldecir, porque, ¿cómo iba a
contener de derramarse apenas la penetrara?
Se colocó de espaldas, desnudo y erecto, y la trajo hacia él,
abrazándola, moviéndola para que se pusiera encima y se frotara en su
miembro, que no podía estar más feliz de contactar con ese coño caliente y
húmedo. Luego de unos instantes, giró para ponerla debajo, y devoró un
pezón, excitándolo con su lengua, mientras su mano masajeaba el otro
pecho, suave y sin pausa.
—Tu piel…—susurró—. Suave por doquier… Mírate…—elevó
su torso, y observó a la mujer bellísima que era rojo en cabello y mejillas,
blanco etéreo en su piel, marrón muy suave en sus pezones diamantinos, y
verde imposible en sus ojos extasiados.
Y no era suficiente. La quería salvaje y loca, estremecida, por lo
que deslizó sus dedos por su vientre, ligeramente abombado, y bajó más y
más, explorando su vulva, mojándose con su excitación, y hundió uno muy
hondo, buscando comenzar a hacer sitio para su polla.
—Aquí… Aquí voy a entrar y sé que vas a apretarme tan fuerte
que no voy a evitar correrme al instante…
Ella echó atrás su cabeza y gimió.
—¡Oh, Dios!
No dio descanso al dedo mayor, comandándolo para abrirla,
pero también para que desperdigara la humedad por sus pliegues,
humectando el camino que tomaría su polla en la conquista. Unió otro dedo
y pujó, y Fallon acompañó el movimiento gimiendo.
Agregó su pulgar a la fiesta, comandándolo para que encontrara
el clítoris. La necesitaba excitada, abierta, apasionada. No cabía en sí de
deseo, y se movió marcha atrás sobre sus rodillas para sentarse entre sus
piernas, que separó, para mirar el lugar de las delicias. Rosa, perfecto.
Pequeños toques, alternados con círculos brevísimos construyeron tensión.
¡Lo vocal que era, joder!
—Sí, ahí… Tócame más, ahí… Ese sitio, me… encanta… ¡Ah,
uy Dios, Brian!
Hizo una pausa, que aprovechó para llevar sus dedos a la boca y
succionar, y cerró sus ojos, chasqueando su lengua con placer.
—Delicioso—Ella lo miraba con los ojos como volados, y le
sonrió—. Nada sabe como tú, Mérida, nada.
Era así. Estaba perdido, porque esto que estaba viviendo… No
podía replicarlo con alguien más. Esto se sentía, se vivía como mucho más
que follar. Era una experiencia, y recién empezaba. Joder, ella lo arruinaría
para siempre, para otras.
Cálmate, se urgió. Tócala, excítala, prepárala para que tome tu
polla. Es su primera vez, gilipollas. Haz que cuente, que no lo olvide. Que
quiera más, mucho más.
Volvió a incrustar sus dedos en ella, y la comandó a abrirse. En
pocos minutos, ella le follaba la mano y exigía.
—¡Bésame, Brian! Tócame ahí, sí…
Todo se lo dio, y cuando ya no podía sostener su lujuria, casi
desvariaba de deseo, se movió para colocarse encima y la cabeza de su
verga encontró el sitio de sus fantasías. Se coló sin dudar por el canal y con
lentísimos embistes, fue haciéndose sitio. Apretado, tan apretado que casi
aullaba del placer feroz que apresaba su polla y la empujaba al Nirvana.
Cuando estaba en la mitad, pujando con la calma que le restaba,
se dio cuenta de que no tenía el condón, y lanzó una imprecación que fue
lastimera, porque no tenía. Joder, no tenía.
—No tengo preservativo…—susurró, y ella parpadeó, perdida
en su placer—. No tengo protección, Fallon, pero estoy limpio.
—Pastillas… Tomo…—indicó, y Brian casi gritó de júbilo.
Se concentró en avanzar, y para ello acarició su clítoris con
ritmo sostenido, y besó sus pezones. La quería enloquecida, enfebrecida.
Que lo logró lo dijeron sus grititos y gemidos, sus piernas abriéndose como
alas, y que su polla fue devorada por completo, rompiendo la barrera que lo
contuvo por unos instantes.
Pujó entonces. Oh, cómo pujó y embistió, enardecido,
exaltadísimo, sin poder creer que estaba en ella. No había nada más, ni
tiempo ni espacio, que no fuera Brian follando a Fallon con entrega, deseo,
necesidad y esperanza.
—Vas a correrte para mí, Fallon, y quiero mi nombre en esos
labios hermosos—farfulló, sin dejar de empujar en ella, con lujuriosa
rudeza que ella autorizaba con sus ojos fijos en él, y sus palabras como
gasolina.
—¡Fuerte, no me rompo! Te necesito, hazme sentirte!
El estallido lo anticipó un desmesurar de ojos, el estrujar de las
sábanas baratas y un grito que quedaría por siempre en él.
—¡Briaann! ¡Ohhhhh!
El orgasmo no se había visto nunca tan bello, decidió,
cabalgando hacia el suyo, dejándose ir en ella, disfrutando de las
contracciones de la vagina que lo apretaba, del choque de pieles, de los
fluidos en comunión. De la mirada vuelta caricia y en la que se encontró
perdido, preso, enamorado.
De un cuerpo que no podía dejar de mirar, acariciar y besar. De
sonidos crudos, intensos y deliciosos de placer primario. Del tacto de su
piel, del aroma femenino y su sabor. Del todo contradictorio, volátil y
hermoso que era Fallon Burke, la mujer que le había robado el corazón
cuando lo secuestró.
Jodido, tan jodido estaba, pero no lamentaba nada. Nada, se
dijo, mientras acariciaba su cabello y la traía contra su cuerpo para pegar
sus pieles y disfrutar de su tibieza y formas.
—Eres una adicción que no voy a superar, y no quiero hacerlo.
Eres mía, Fallon, tanto como yo soy tuyo. Recuérdalo. No lo dudes.
DIECISÉIS.

Era extraño sentirse así. Dividida, en contradicción. Extasiada,


saciada, y aterrorizada. Miró el rostro de Brian y observó el vaivén de su
pecho. Dormía con tanta placidez que era maravilloso, y a la vez increíble.
¿Cómo no tenía segundos pensamientos?
Acababa de follarla como si se le fuese la vida en ello, y sus
palabras apasionadas hablaban de posesivo interés. Hablaban de un
después, de un mañana con el que ella no se atrevía a soñar. Era sexo, nada
más.
Y nada menos, se dijo. Había perdido su virginidad en una
posada de segunda clase y luego de traicionar a Kean, y dejar en la estacada
a Finnian. Pero nada de eso contaba. Ella no traicionó, se recordó, ni
mintió. Finnian estaría bien, y si tomaba decisiones contra las que le había
advertido, estaría en él. No podía vivir presa de las emociones y decisiones
de otro. No más.
Por ello, para olvidar, pero también para vivir, se entregó sin
restricciones a Brian, y fue tan bonito y mágico como lo imaginaba. La gran
diferencia con sus tórridos sueños era que no hubo miedo ni
preocupaciones. En sus brazos y poseída por su polla, no hubo más que
disfrute y liberación.
Se movió con suavidad, y el semen que él había vertido en ella
se deslizó por la parte interna de sus muslos. Se sonrojó como una doncella.
Técnicamente lo había sido, consideró. No había tenido tiempo ni ganas de
sexo hasta que lo conoció. Desechó oportunidades, invitaciones, porque
nadie la había atraído lo suficiente.
Hasta que lo conoció. En el mismo instante en que había
marcado a Brian como el blanco de su venganza, lo había vuelto el sujeto
de su obsesión. Por ello los sueños. Las dudas. La incertidumbre.
Hoy, esta noche, entre ambos… Se había sentido más que sexo,
y por ello se congratulaba. En sus brazos experimentó la lujuria, pero
también el cuidado y la gentileza de un amante considerado.
¿Cómo no llevarse una marca indeleble en su corazón y cuerpo
cuando se separaran? Brian no había sido sino generoso, cuidadoso y
caballero con ella. Un hombre en todo el sentido del término.
—Puedo escucharte pensar—murmuró él, moviéndose y
abriendo sus ojos, y Fallon se sintió inerme ante esa intensidad.
Tragó saliva y esbozó una tímida sonrisa, llevando la manta
bajo su cuello. Él la observó, y su mano serpenteó para llegar a sus pechos,
que acarició con suavidad.
—No tengas cortedad frente a mis ojos, Fallon. No me prives de
mirarte—susurró—. Tu belleza es un regalo. No es un juego lo que dije. Te
considero mía. No en un sentido Neandertal, sino… En mí… Conmigo…
No sé cómo explicarlo sin sonar loco o posesivo, pero…
Ella tomó su mano y la envolvió, y le sonrió.
—Entiendo. Mas… Sé que no puede durar. No quiero hacerme
ilusiones falsas. Estoy en una posición extraña. Tú y yo… Solamente
nosotros podemos pensar que podría ser.
—A mí se me antoja suficiente—dijo él, apoyando su cabeza en
su mano.
—Soy una de tus captoras, Brian. Tu familia lo sabe ya, o estará
por averiguarlo.
—Nada va a pasarte. No dejaré que nadie te toque.
—No soy solo yo. Finnian, Kean… Tenemos cosas que
resolver, graves. Yo… ¿Cómo haríamos que funcionase algo puro entre
nosotros si lo que te hicimos estará siempre en el medio? Tus padres, tus
hermanos… Nunca me aceptarían.
—Eso me lo tienes que dejar a mí—indicó, su atractivo rostro
en un gesto de obcecación.
Llevó su mano a la frente y retiró el cabello rebelde, para luego
acariciar su pómulo y barbilla.
—No estoy bien, Brian. Necesito hablar con mis hermanos, y
luego, hacer terapia. Tengo asuntos sin resolver.
—¿Quién no?—dijo él—. Te conté que mi madre ha intentado
que consulte a un psicólogo. Vayamos juntos—dijo, y ella meneó su cabeza.
—¿Así nomás? En lugar de una cita a cenar, terapia juntos.
—¿Quién dice qué es normal y que no?
¿Cómo no había visto lo dulce y amoroso que era este
millonario? Lo había tachado de inmoral, consentido, hijo y sobrino de
asesinos, y tantas cosas. Había errado, mucho. Lo había castigado. Y él
respondía con amor. Porque solo desde el amor se podía estar tan
obnubilado y ofrecer un mundo a quien, como ella, había pecado de
soberbia y estupidez. Solo la crianza hostil la salvaba de merecer un castigo
divino.
—Te haría mal.
—No. Eres la medicina que necesito hace años. No me quieras
convencer de otra cosa. Eres perfecta para mí. Y lo soy para ti. No des
vuelta a las cosas, es tedioso, Mérida. Cuando un O´Malley cae, lo hace
fuerte y con ruido. Caí por ti, aprovéchame—finalizó, sus ojos brillando.
La traía de rodillas, la derretía, y le hacía sentir que podía
redimirse. Joder, quería hacerlo. Lo anhelaba con desesperación.
—Los cabos sueltos se irán atando—prometió—. Estaré al
frente, protegiéndote, y luego a tu lado, caminando juntos.
—Estás intoxicado todavía. ¿Y si te equivocas? Si te das cuenta
de que lo que sientes es una ilusión.
—No va a pasar.
No había un asomo de duda en él. Era una invitación que ella
moría por aceptar.
—Yo… No sé qué hacer, que…
—Déjalo en mis manos. Confía en mí.
La tomó de la mano y ella asintió. ¿Qué podía perder? El dolor
de no tenerlo se haría más pungente si Brian se arrepentía, pero… Ya sabía
que vivir sin él le costaría. Había sido casi un año rondándolo, viviendo
cerca. Estos días pasados cimentaron lo inevitable. Habían estado
destinados a ser. La pregunta era, ¿durarían? No lo sabía, pero lo
averiguaría.

Un nuevo y cortísimo llamado a Brianna permitió que su


familia tuviera el número del nuevo chip con el que sustituyeron al de
Fallon, para evitar ser rastreados. De nuevo, compraban tiempo.
La urgencia de saber de él hizo que en menos de cinco minutos
Pipen estuviese llamando.
—Pipen, veo que me echas de menos.
—Corta la sorna, gilipollas. Tus hermanos están en mi garganta,
vas a provocarme una úlcera sangrante. ¿Dónde cojones estás?
—Cerca de Dublín. Necesito un refugio donde mis tíos no
puedan encontrarme.
—El hotel en que estamos. Es un bunker, a estas alturas,
tenemos el piso alto rentado.
—¿Estás en Dublín?—inquirió, sorprendido, y la imprecación
del agente fue antológica.
—¿Es que eres tonto? ¿Imaginas que tus hermanos mirarían la
situación de lejos? Estamos Declan, Louie, y Cillian. Me están volviendo
locos—rezongó.
—Estoy bien, más que bien, aseguró. Envíame el nombre del
hotel. Escucha, voy con Fallon Burke. Es mi protegida.
—Esa mujer y sus hermanos son los responsables de tu
secuestro. Vimos las cámaras del aeropuerto, y …
—Es mi protegida. Viene conmigo. Se los explicaré. Tú
concéntrate en despistar a los esbirros de Patrick. Y escucha, ¿hay
novedades de mí?
—¿Estás bien?—inquirió Pipen, sin entender.
—Me refiero, ¿se han comunicado ayer u hoy en procura del
dinero?
—Llegó un video ayer en la mañana. Se te veía maltrecho.
—Estoy bien.
—¿Qué cojones pasa? ¿Convenciste a la mujer de soltarte?
—Sí, pero es complicado.
—Siempre lo es—gruñó el grandulón, suspirando—. Bien,
hazme saber cuando estés cerca, y arreglaré para que Louie los esté
esperando. Nosotros saldremos para llevarnos a los ojos que estén vigilando
el hotel. Tu tío Cormack no ha dejado de molestar y está frenético. Hablan
de desafío a los O´Malley y de matar a quienes están en esto y bla bla.
—Los quiero lejos, Pipen. Y vamos a necesitar más guardias
cuando estemos a resguardo.
—Me encargaré en su momento. No hagas nada idiota. O más
idiota, porque me temo que hay algo antológico en proceso.
Le cortó sin más, pero sin negar el asunto tampoco. La
definición se ajustaba, en cierta forma. Suspiró y miró a Fallon, que estaba
muy quieta en el asiento del acompañante, su cabellera oculta debajo de un
pañuelo. Tenían los últimos kilómetros por delante.
—Todo estará bien. Tenemos un destino y la tranquilidad de
que estaremos protegidos y bien. Entonces podremos pensar con calma.
Resolver.
Ella asintió y se recostó, y Brian encendió el vehículo,
emprendiendo la marcha. Pipen era un hombre eficiente y letal, y tenía
vasta experiencia. Estaba seguro de que no le fallaría. Su temor de ser
interceptado por Patrick y los suyos había sido atemperado, pero no
respiraría tranquilo hasta tener a Fallon segura.
—Ese hombre, ¿sabe de mi familia?
—Sí, vieron videos del aeropuerto, y conectaron tu imagen con
el pedido de información que hice de ti, cuando estuviste en Boston, en la
mansión.
Ella asintió, y luego sonrió.
—Una impresión duradera. Metí la pata ese día en mi afán de
verlos, de estar cerca.
—Una impresión fortísima—dijo él, y apretó su mano—. ¿No
te lo había dicho ya?
—Lo hiciste—susurró—. Temo que no tenga el mismo efecto
entre los que te quieren.
—Sí, seguramente, pero cuando vean que no hay manera de
torcer mi resolución de mantenerte a mi lado y noten que estamos pegados
por la cadera… U otras zonas más divertidas—hizo un gesto obsceno con
las cejas, y ella quedó bordó, lo que le hizo reír alto—. Ya, ya… Van a
deponer su desconfianza. Después de todo, nada grave pasó. Conmigo—se
corrigió con rapidez, corrigiendo el error—. Estoy libre y con muchas
anécdotas. Y con un amor a mi lado.
La mirada de ella fue como una caricia, y asintió.
—No reduzcas las cosas. Ellos van a ver tus kilogramos de
menos, saben que la pasaste muy mal. Muy mal—repitió, y su mano se
alargó para acariciarlo, y él acercó su cabeza.
No había escenario en que no aprovecharía cada gesto de cariño
que ella demostrara. Se abría para él, sus barreras colapsaban, y emergía la
mujercita frágil y necesitada de amor, la que temía el rechazo y se sabía
insegura.
Pipen le envió la ubicación del hotel y cuando estuvo a dos
cuadras, le avisó. Esperó quince minutos, atendiendo a las instrucciones que
llegaron, y luego avanzó hasta ubicar la figura de Louie, que estaba
hojeando su celular.
Este se acercó e ingresó en la parte trasera del vehículo, y le dio
instrucciones para ingresar al estacionamiento en el subsuelo del hotel, y
luego los llevó hasta el ascensor de servicio. El joven miró a Fallon con
curiosidad no disimulada, pero no dijo nada.
Alcanzaron el piso quince y luego los llevó por escaleras hasta
el dieciocho, y cuando estuvieron adentro, finalmente respiró, y tomó la
mano de Fallon.
—Aquí estamos, a salvo.
—Sí—asintió ella, nerviosa, y mirando al frente.
La ominosa figura de Declan estaba en el centro de la
habitación, con su gesto más serio, y el bastardo podía demostrar actitud.
—Declan—dijo, y le sonrió.
—Brian, ¿estás bien?—inquirió, y analizó su figura de pies a
cabeza, y luego miró a Fallon, inquisidor.
—Estoy bien, sí. Libre, y …
—Acompañado por la que tenemos entendido que es una de las
secuestradoras.
—Esta es Fallon, y viene conmigo. Mi invitada de honor.
Lo desafió con la mirada, y Declan elevó su ceja, y luego
asintió con brevedad.
—Pipen y Cillian van a volver pronto. ¿Tienes hambre? Parece
faltarte carne en esos huesos.
Vio a Fallon ruborizarse y agitarse.
—Podríamos comer. Ha sido un viaje largo.
—Apuesto a que si. ¡Louie!—el joven apareció otra vez a su
lado—. Encarga todo lo que haya en el menú.
—Sí, por supuesto. ¿Alguna preferencia, señor Brian?
—No, Louie, lo que elijas estará bien.
DIECISIETE.

Hacía varias horas que habían llegado, y había pasado de todo


en ese lapso. La frialdad y las miradas de desprecio con las que la recibió
Declan O´Malley habían contrastado con la actitud amable de Louie, un
hombre joven y muy eficiente.
A su influjo había aparecido indumentaria fina que Brian vistió
luego de darse una ducha, y mientras Fallon hacía lo mismo, tres bandejas
habían sido provistas por el servicio a la habitación del restaurante del
hotel.
Comida variada, presentada con exquisitez, ricamente especiada
y que olía como los dioses, y que Brian había devorado. Ella no pudo tragar
bocado, consciente de que el tiempo de que se le exigieran explicaciones y
tal vez, el que la arrojaran a los leones, estaba por llegar.
Este fue evidente con el arribo de Cillian, que ingresó en la
habitación como un viento huracanado. Se había fundido en un abrazo
apretado con Brian, y hubo intercambio de palmadas en la espalda, susurros
y apretones en los bíceps. El amor era tan evidente que la hizo pensar en los
suyos, y su ánimo colapsó, más aún.
Luego, la mirada como laser de Cillian había focalizado en ella,
y Fallon recibió como un aguacero impenitente las duras expresiones que le
dirigió, unas que Brian intentó atemperar con intervenciones que poco
hicieron por calmar a su hermano.
—¡Eres una criminal, y no importa que hayas logrado afectar a
Brian con cualquier acto lastimero, no eres bienvenida!
—Cillian, ¡basta!
—¡No, tengo que decir lo que pienso y llevar razón a esa cabeza
tuya! No pude creerlo cuando Pipen me lo dijo, y no lo creo ahora. ¿Es que
no tienes consciencia del mal que has hecho? Lo que hiciste… ¡Fue inmoral
y malvado—acusó, y Fallon no se movió, aceptando sus palabras en
silencio. Las merecía. Cillian no demoró su mirada en ella, porque su
verdadero interés era Brian—. ¡Te vigiló, te secuestró, te golpeó y te ha
lavado el cerebro!
—¡Basta, Cillian! Es mi invitada aquí. No voy a discutir, estoy
agotado, y hay asuntos por tratar.
—¡Oh, por Dios, Brian! ¡Esta no es una fiesta, joder! Estuviste
prisionero, ella te…
—¡Tengo mis razones, unas que no entenderás hasta que te
calles y escuches! ¡No quiero oírte más!
El vendaval no atemperó, sino que se hizo más y más
incómodo, al punto de que ella estuvo al borde del llanto, pero se había
conminado con furia a aceptar lo que primero Aidan O´Malley y luego
Brianna le gritaron a través de la distancia y por videollamada.
Los epítetos se habían repetido, y no hacían más que refrendar
lo que Fallon sabía. Se había equivocado, había sido una perra fría y hostil,
había dañado física y mentalmente a Brian, merecía la cárcel.
Y por cada golpe verbal, por cada acusación hecha por sus
hermanos, Brian fue escudo. ¿Cómo no entender la frustración de los tres, y
la preocupación que veía en los ojos de Pipen, el jefe de seguridad? El
comportamiento de Brian parecía el de un hombre alienado por el encierro
y el destrato.
En su defensa, aunque pobre y una que no esbozaría en alta voz,
el tiempo en que estuvo retenido fue corto y las condiciones no habían sido
extremas, por lo que el trauma no podía ser tan extenso. O eso quería creer.
Las aguas se habían calmado lo suficiente luego de la primera
hora, y entonces vino el interrogatorio clínico y extenso de Pipen, uno que
respondió con la cabeza alta y con el calor de la mano de Brian envolviendo
la suya.
<<Cuéntame el plan paso a paso. ¿Cuántos integrantes tenía
la banda? ¿Qué narcóticos usaron en Brian? ¿Por qué él? ¿Cómo
planeaban terminar el secuestro?¿Cómo escaparían. ¿Por qué lo
liberaste?
Responder tratando de sintetizar lo complejo era abrumador, y
por ello dudó y se atoró con las palabras más de una vez, en las que Brian
vino al rescate, ganándose chasquidos y graznidos de Cillian y Declan.
>>Sí, estuve en Boston y lo vigilé, a todos al comienzo. Saber
sobre ustedes no es difícil, porque los rumores de oficina se filtran en
conversaciones de empleados, y tienen sentido cuando uno tiene piezas y
las combina con paciencia.
Pipen había maldecido y Cillian había gritado que había que
hacer firmar documentos a sus empleados para que no revelaran
información sensible, como viajes.
>>Mis hermanos y yo… Queríamos hacer pagar la muerte de
mi abuelo. Queríamos justicia por él, es por eso que procedimos.
>>¡Nuestra familia no tuvo nada que ver con eso, leí el archivo
de tu familia!>>, acusó Cillian y ella lo miró a los ojos y le contestó que
ahora lo sabían. Había recibido incredulidad y confusión de vuelta, y Brian
explicó el tema de los nombres. No habían sido comprensivos con el
estúpido y horrible error cometido, por supuesto. Lo merecía.
>>Brian era el más débil, por su soledad, confesó, y bajó la
vista. La oportunidad del viaje lo decidió todo.
>>La familia viajó junta hace un tiempo, había acotado Cillian,
cuando estuve en Japón, y ella asintió, y dijo que había demasiada
protección entonces.
>>Así que aprovechaste la desprotección de mi hermano y
atacaste, la confrontó con su vileza, y ella asintió. No tenía excusa. Quiso
retirar la mano de la de Brian, y este se la apretó más.
>>Fallon me liberó apenas se dio cuenta del error, además de
estar en desacuerdo con los planes de su hermano mayor y la amante de
este. Ellos son los que han manejado los hilos del plan, y los planes con
respecto al dinero cambiaron.
>>Oh, ¿no escaparían con él a vivir la vida loca luego de
terminar con la vida de mi hermano?
>>Matarlo nunca fue el plan, al comienzo. De no haber sido
por esa mujer… Había sido consumida por la rabia al decirlo. El dinero se
repartiría entre las víctimas de atentados y asesinatos hechos por su
familia. Teníamos una lista, les haríamos llegar doscientos mil dólares a
cada uno. Un resarcimiento por el dolor causado.
>>¿Quieres hacernos creer que son unos Robin Hood. La
trama es digna del Conde de Montecristo,>> había dicho Cillian con
venenosa sorna, y Fallon no se ofendió. Nadie que no estuviese en sus
zapatos y hubiese sido criada con la diaria retahíla de insultos a los O
´Malley y promesas de revancha entendería.
La tormenta había durado dos horas, largas, que se cobraron su
cuota en agotamiento y desánimo. Pero al menos, estaba en una pieza y con
Brian a su lado. Este no la había dejado un instante, y apenas estuvieron
solos, la abrazó y ella encontró su lugar en su pecho.
Luego de un rato, la instó a refrescarse, porque su rostro era un
desastre. Había comenzado a llorar y temblar cuando traspuso el umbral del
dormitorio, y sus ojos estaban hinchados.
—Me odian—murmuró, ingresando en la habitación desde el
baño, con paso lento, y Brian la abrazó por detrás, encerrando su cintura por
completo, para luego traer su boca a su cuello y besarla allí con breves
toques, la mayor suavidad del mundo en el contacto de sus labios con su
piel.
Ella hizo atrás su cabeza para apoyarla en ese hombro que se
había demostrado almohada y contención, y aspiró el perfume especiado
con fruición y deleite, sintiendo los vellos de sus brazos enervarse.
La masculina fragancia era como un sello de identidad, y uno
de los primeros detalles que había apreciado de él, además de… Bueno, de
sus ojos de ese marrón tan particular, de la curva de su labio superior, de su
espalda y manos elegantes, del trasero que cada pantalón que usaba amaba,
no importaba si era uno de traje, jeans o deportivos.
Se había concentrado en beber de cada rasgo en las fotos que
veía en revistas o redes sociales, así como había hecho de cada salida de
Brian una suya, rondando como un satélite en su órbita.
Meses y meses de cuidadosa investigación, como le llamó,
documentación de su rutina, actividad que dejaba para partir y realizar la
asignación de turno, pero había vuelto en forma reiterada. Fijación en la
meta, había dicho, pero en verdad, había estado cayendo por él.
—No te odian. Están confusos, y alertas. Es natural. Han estado
muy preocupados, esperando por lo mejor para mí, pero temiendo lo peor—
dijo él en voz baja.
—No los culpo y entiendo sus palabras y reacciones—dijo,
apurándose a eliminar cualquier idea equivocada en Brian.
—También yo, y lo hacen porque me quieren, pero no
entenderán lo nuestro, al menos por un tiempo. Con el paso de los días y
meses, lo aceptarán.
Ella se dio la vuelta en sus brazos, la boca abierta y los ojos
desmesurados, además del corazón latiendo a un ritmo ensordecedor. Joder,
qué intensa era la esperanza cuando pulsaba y pujaba como lava en
ebullición.
—No me creo que estés pensando en esto como… Como si no
fuera algo con fecha de caducidad—susurró, y su frente colapsó sobre el
torso de Brian.
Él la separó lo suficiente como para que sus ojos conectaran, y
sus manos envolvieron su cabeza, tras lo que adelantó y bajó su cabeza para
quedar a milímetros.
—No te das cuenta por completo del impacto que tienes en mí.
De lo que significas. Pero lo verás. No soy un hombre fácilmente
impresionable, Fallon. Pero tú… Tienes toda mi atención, indivisa,
reverente, y a largo, larguísimo plazo.
¿Qué hacía una mujer cuando ponían en sus manos un corazón
sensible y las emociones más puras, sin que las mereciera? Pues lo
atesoraba todo, y se volvía digna de la divina confianza que depositaban en
ella, se dijo. Y hacía lo mismo, en retribución.
—Te juro que no voy a dañarte, Brian. No más. Eres… No
tengo palabras que digan con justicia lo que representas… Yo… Encuentro
que no hay nadie que me haga sentir como tú. Vista, apreciada. Perdonada.
Y adorada, pensó, abriéndose a la boca que cubría la suya y
besaba cada milímetro de sus labios con meticulosa obsesión, que luego
trasladó a su barbilla, clavícula, y a cada porción de piel que fue
descubriendo.
Como un prestidigitador consumado, la ropa fue
desapareciendo a medida que sus manos exploraban, y lo que la vestía era
el rubor y la excitación. Ella cobraba vida y calor a medida que sus yemas y
sus labios la despertaban.
—Brian… Oh, Brian…—entonaban sus labios, estremecidos
por el avance inexorable bajo el cual se rendían sus zonas erógenas, que
caían sin resistencia.
Él descubría lo que la hacía estremecer, pero también para ella
era nuevo. ¿Cómo saber que la succión de sus lóbulos hacía que su cuerpo
vibrara en una frecuencia tan alta y conectaba con su coño?
¿Cómo explicar lo que su boca lograba en los picos de sus
senos, poniéndolos tan rígidos como rocas? ¿Cómo traducir en palabras lo
que el trazo húmedo y sinuoso de su lengua por su estómago, caderas y
pelvis producía?
—Oh, por Dios, por Dios, oh—entonó cánticos, porque parece
que eso hacía ahora, en especial cuando dicha lengua se colaba por los
pliegues de su vulva, los que los dedos colaboraban abriendo.
Las sensaciones. El placer. Era tan intenso que se quedaba sin
aire, y solo le quedaba gemir, elevar su pelvis pidiendo más, y anclarse a su
cabeza, envolviendo su cabello en sus manos, así como posando sus talones
en el espalda baja del hombre que la devoraba.
Los ojos chocolate… Adoraba ese color, que la miraba con
intensa devoción desde el reducto entre sus piernas, entre las que su boca
hacía magia para transportarla al Paraíso.
Estaba atrapado por sus muslos, talones y manos, pero se las
arreglaba para disfrutarlo, eso era obvio, porque los obscenos sonidos de su
lengua incitando su clítoris e ingresando en su canal, más los de los labios
succionando la delicada zona de sus labios vaginales… Era increíble…
Estaba alcanzando el punto de ignición cuando él se movió
como el viento para bajar la cintura de sus deportivos, bajo los que iban en
cueros, y la penetró sin más trámite, su polla como una losa de granito,
cortándola al medio con el envión, que hizo que sus testículos chocaran con
la base de los glúteos femeninos.
El gemido alto se lo tragó él al besarla con fiereza, y Fallon
envolvió su cuello y lo trajo hacia ella, dejándose aplastar por el peso
maravilloso sobre sus senos, mientras sentía que la follaba sin piedad ni
pausa. No lo querría de otro modo, y envolvió sus caderas con sus piernas.
No quería una película de aire entre ambos.
Era desesperado éxtasis y necesitado contacto el suyo, quería
que la marcara por dentro y por fuera.
—Tuya… Solo tuya…—susurró, y cuando él los giró y ella
quedó sobre la pelvis, semi incorporada, pudo tomar control.
Ahora ella movía sus caderas en movimientos circulares, y
luego se frotaba, y probaba y experimentaba cambiando los ángulos, y
priorizaba el que friccionaba sobre el nudito de nervios que lo potenciaba
todo.
Brian embestía desde abajo, y cuando las embestidas tocaron
algo mágico en las paredes de su coño, todo pareció detenerse en su mente,
que quedó en blanco, y su cuerpo tomó control, sacudiéndose y vibrando en
la melodía añeja del orgasmo, en la que ella tocó un solo por unos
segundos, pero Brian se unió al coro y no hubo más que melodía encantada
y clímax absoluto.
Volver de una experiencia tan brutal les tomó tiempo. Hubo
silencio y abandono a las sensaciones del roce de pieles. Hubo abrazo y un
abandonarse al cansancio y al sueño. Y hubo frases leves de confesión
mutua, que pudieron o no pasar, Fallon no estuvo segura.
—Te quiero, Mérida.
—Te amo, Brian.
DIECIOCHO.

—Esta es Raleigh. Ignoro el apellido. Fallon me dijo que


apareció hace cuatro meses en la vida de su hermano Finnian. Lo contactó
por las redes, en un foro donde se abrió un hilo entre víctimas de los O
´Malley.
—Joder. ¿Un foro? Pero…
—Nuestro tío no es un hombre sutil, Cillian—dijo Declan—.
¿Por qué crees que tu padre o el mío se fueron? No por falta de huevos, sino
por no compartir los métodos.
—Fallon y sus hermanos seleccionaron gente para darles
dinero, ella lo dijo.
—Muy conveniente, el de tu rescate. Una mujer muy práctica.
Y con habilidades… interesantes—dijo Declan, sus labios apretados, su
mirada en el sitio donde Brian sabía que tenía una marca de labios.
El cabrón era insufrible, y Brian veía que había estado
preocupado. Mas si hablaba algo más sobre Fallon, le caería a hostias.
Cillian no necesitaba más que un empujón para comenzar su diatriba, y
Aidan y Brianna lo atomizaban con mensajes preocupados.
Les había repetido ya varias veces que estaba más que bien, y
ella era quien lo liberó. En más de un sentido, pero no lo verían hasta que
las aguas se calmaran. Podía esperar, pero lo haría forzándolos a respetar su
decisión. Y esta era tener a Fallon a su lado. Era su mujer.
—Louie, pide a Minerva que corra un reconocimiento de esta
mujer en bancos de fotografías del FBI, la Interpol, lo que sea. ¿Dices que
viene de los Balcanes?—dijo Pipen, y Brian asintió.
—De Montenegro, supuestamente.
—¿Y qué es esa historia de que la conozco y la acosé?—Declan
elevó la voz, su entrecejo fruncido.
—Fallon descubrió que mentía sobre eso, además de que está
enredada con sus dos hermanos.
—Joder, un drama agregado.
—El plan era liberarme hasta que ella se coló en la banda. Con
Raleigh apareció la convicción de que tenía que morir, el aumento de la
recompensa pedida, se desechó el plan de contingencia que llevaría a los
hermanos a vivir a Ámsterdam—dijo Brian.
Fallon le había contado todo en el trayecto a Dublín, y había
podido apreciar la cuidadosa planificación y cómo esto colapsó, afectando a
Fallon y Finnian.
—Bien, Minerva ya está en eso—dijo Louie desde el escritorio
de la esquina.
—Espero que no tome mucho tiempo—dijo Declan—. Aunque
no sé para qué hacemos esto. ¿Le daremos el nombre a Cormac y Patrick?
¿Esa es la idea?
—Cormac está a un tris de entrar al hotel con sus hombres.
Quieren verte, y conocer de primera mano lo que pasó. Quiénes lo hicieron.
Brian apretó sus labios, y asintió.
—Fallon no será mencionada—les dijo, su mirada fiera un
comando sobre los que estaban a su alrededor—. Y quiero que Finnian
tenga la oportunidad de escapar ileso. Me consta que sus intenciones eran…
—¡Ay, por favor, Brian! Eran tenerte prisionero, que ocurrió, y
cobrar dinero, y eventualmente matarte—explotó Cillian.
—Sí, y no. Esos fueron Kean y Raleigh.
—No puedo contigo, hermano. Mamá tenía razón, necesitabas
terapia antes de esto—dijo, frustrado, y Brian encajó sus mandíbulas,
furibundo.
—¡Óyeme bien, cateto!—fue hasta Cillian, y este se incorporó,
quedando ambos frente a frente como dos gallos de riña—. Que me sentía
alicaído, sí. Que me costó recuperarme de la impresión del ataque, también.
Pero lo que más me pesaba era la soledad, y confieso que resentí un poco el
ser el único sin una pareja. Pero no te confundas… No estoy loco.
—No digo eso—suspiró Cillian, que aflojó su postura y puso
una mano en su hombro—. Estoy muy preocupado, Brian. Los demás
también. Reconoce que es extraño, por lo menos. Ella… Esa mujer te
acosó, te raptó. ¿No has considerado que desarrollaste una especie de
Estocolmo?
—Lo pensé, y lo deseché—indicó—. Escucha… No soy tonto,
ni estoy loco. Sé lo que quiero, y eso no va a cambiar. Tú no conoces a
Fallon, no en realidad. Dame la derecha en esto.
—No seré quien me ponga en tu camino, al menos para
estorbar. Pero no dejaremos de vigilar.
—Cormac está en la recepción—dijo Pipen, rodando los ojos—.
Dejemos las discusiones. No puedo postergar su visita.
—Louie, ve con Fallon y dile que no salga—ordenó Brian—.
Los demás…
—Señor Brian…—dijo Louie, pero levantó un dedo para
cortarlo.
—Un momento. Cillian, Declan, déjenme hablar a mí. Le diré
que escapé, pero ….
—Señor Brian. Minerva acaba de enviar datos de Raleigh.
Las miradas confluyeron en Louie, y fueron hacia él,
formándose en abanico para leer. Las imágenes mostraban a una Raleigh
más joven, y del brazo de un hombre de rasgos severos.
—Raleigh Jovanovic. Hija de Dimitar Jovanovic, lugarteniente
de Darko Vasic…
—¡Vasic! ¡El mafioso serbio!—dijo Declan—. ¡Joder! El tío
Patrick lo odia. Ha estado atacando sus bases en los puertos de Europa por
años. Esto no es casual, esa mujer…
—No encontró a los Burke por casualidad, no—asintió Pipen
—. Pero, ¿qué…?
—Cormack está subiendo—intervino Pipen, mirando su móvil
y frunciendo el ceño—. Usaremos esto que tenemos.
La tensión la sintió Brian en su estómago, y urgió a Louie a ir al
dormitorio para que contuviera a Fallon. No pasaron más de un par de
minutos que su tío irrumpió, seguido de dos esbirros del tamaño de Pipen.
—¡Brian, querido, dichosos los ojos!—avanzó Cormack, y le
abrazó con fuerza, palmeando su espalda.
Brian devolvió el gesto. Su tío era un mafioso, pero siempre
había sido agradable y amable con sus sobrinos. Había tenido sus más y sus
menos con su padre Killian cuando este abandonó Irlanda, sintiéndolo como
una decepción.
Era incondicional a Patrick, eso también era cierto, pero no era
un hombre irrazonable. Probablemente sus enemigos no dirían lo mismo,
empero.
—¿Cómo estás? Han sido días muy largos, y hemos estado
buscándote sin pausa. Es una ofensa que te hayan hecho esto en nuestras
narices—infló sus carrillos—. El que ustedes estén del otro lado de la línea
me hizo ser laxo con la seguridad, y lo lamento—Bajó su cabeza, contrito, y
luego lo miró con férrea determinación—. Les haremos pagar.
Brian contuvo el escalofrío.
—Estoy bien, puedes verlo. Fui liberado sin necesidad de pagar
el rescate.
—¿Cómo? ¿Quién?—Cormack se acercó, mirándolo como un
halcón.
—Los que me tenían prisionero estaban siendo presionados,
amenazados—. Esta mujer es la responsable—señaló la pantalla, en la que
la imagen de Raleigh aparecía ampliada.
Cormack se acercó, sus ojos entrecerrados, y Pipen tomó el
control.
—Raleigh Jovanovic.
—¡Jovanovic! ¿Es…?
—Hija de Dimitar.
—¡Esos malditos serbios! ¡Se atrevieron a tomar a uno de los
nuestros! ¡A venir a nuestro territorio!—dijo, con voz muy grave, su rostro
una máscara pétrea—. Pero, ¿qué pretendían? ¿Dinero?—movió la cabeza
en señal de incomprensión.
—Siéntate, Cormack. Vamos a beber y pensar—dijo Declan, y
su tío asintió.
Se movieron al área del estar, y por unos minutos no hubo más
que algunas preguntas básicas a Brian sobre su estado físico y el lugar de
detención. Cuando la charla derivó hacia los carceleros, la presencia de
Louie lo alertó y palideció. ¿Qué hacía aquí, por qué no estaba con Fallon?
—Si me permiten. Las personas que lo liberaron fueron muy
detallistas, indicando cómo fueron presionadas y obligadas. Me dirigieron a
un foro, y he estado mirando el mismo por quince minutos. Las charlas de
las últimas semanas. Esa mujer y otros como ella, usando alias, han estado
azuzando a víctimas o familiares de estas para buscar revancha y hacer
acciones contra los O´Malley irlandeses.
—¿De qué cojones hablas?—dijo Cormack, que se incorporó y
fue hasta Louie, que se hizo atrás, temeroso.
Pipen se colocó adelante, deteniendo a Cormack, que rodó sus
ojos.
—No voy a hacer nada, grandulón, pero quiero explicaciones.
Han estado orinando en nuestro territorio.
—Louie, explícate.
—Sí, sí—aclaró su garganta—. Verá, señor Cormack, en la
Internet profunda hay foros… Gente hablando, complotando… Este hilo de
conversación es muy específico. Agrupa a las víctimas de los mafiosos O
´Malley—entrecomilló sus palabras—. Hay relatos de cómo fueron
afectados, fechas, nombres… En fin, de todo. Y al parecer, han estado
buscando organizarlos para…
—Jodernos. Maldita sea. Pero, ¿qué pueden hacer unos niñatos
rebeldes contra nosotros? ¿Para qué esa mujer …?
—Bueno… Un secuestro movilizó y distrajo tus fuerzas,
Cormack. Quitó tu atención de otros asuntos—le dijo Pipen—. Imagina
focos por muchos sitios… ¿Cuántos participan en ese foro, Louie?
—Ciento veinte, lo que he podido leer.
Declan silbó, y Cormack se mesó el cabello.
—Dividir su atención, sus fuerzas, implica menos foco en los
asuntos que a los serbios les interesan. Más posibilidades de atentados
efectivos.
—El año pasado hubo uno fallido contra Patrick, ¿no es así?—
dijo Declan, y Cormack asintió.
—Intentaron envenenarlo. Un don nadie, O’Donnell.
—Hay dos O’Donnell en este foro—dijo Louie.
Hubo un silencio de muerte, y Cormack encajó sus mandíbulas.
—Voy a necesitar acceso a ese foro. Y datos para ubicar a esa
mujer.
—Puedo atraerla hacia usted.
Brian cerró sus ojos y un frío atroz recorrió su espalda al
escuchar la voz de Fallon, que se llevó la atención de todos. Cormack
avanzó hacia ella.
—¿Quién eres?
—Me llamo Fallon. Mis hermanos y yo fuimos engañados por
esa mujer. Cuando lo descubrí, liberé a Brian y le conté todo.
—¿Tú y tus hermanos son quienes…?
—Es mi novia—intervino Brian, y vino a ella, envolviendo su
cintura—. Intocable, por lo tanto—sentenció, y Cormack les miró con
atención por un largo momento, para luego asentir.
—Voy a necesitar que traiga a esa mujer hasta mí, señorita
Fallon. Lo consideraré un favor personal, y un salvoconducto para usted.
—Y mis hermanos—dijo ella, la barbilla elevada.
—Eventualmente—le contestó—. ¿Cuánto tiempo necesita?
Ella parpadeó y miró a Brian, y luego a Louie.
—Un par de días.
—Muy bien. Tiene esas cuarenta y ocho horas.
—Cormack…—Brian siguió a su tío, y este lo miró con
seriedad.
—Quiero a esos serbios, Brian. Asegúrate de que ella procede
con habilidad y no caga esto.
Asintió, y cuando la puerta se cerró, se dio la vuelta y miró a
Fallon con desmayo.
—Tiene que hacerse—dijo ella, yendo a él—. Les escuché. Esa
mujer nos engañó, y hará que Kean muera, y tal vez Finnian. Para
complacer a su jefe. No puedo permitirlo.
—No lo haremos—le dijo, y besó su frente, para luego inquirir
—. ¿Cómo la traemos a la trampa?
Ella suspiró, y miró nerviosa a su alrededor.
—Mm. Raleigh te necesita por el rescate y para provocar el
caos que tu muerte puede traer para beneficio de su grupo. Serás la presa.
—¡De ningún modo!—dijo Cillian, pero Pipen elevó su mano y
la instó a seguir.
—No estará en peligro. Es cuestión de recuperar mi rastreador y
pedirle a Finnian que sugiera a Raleigh que lo encienda. En el medio,
llamaré a Raleigh y le haré saber que sé lo que está haciendo y pretendo
salvarte.
—No me gusta—negó—. Esa mujer es impredecible, y
Finnian… ¿Qué tal si ya confrontó a Kean y …?
—No, no lo hizo. Finnian no puede hablar cuando está
procesando sus emociones. Se encierra, desaparece.
—Lo máximo que podría pasar es que no caiga en la trampa—
anunció Declan, y le encontró razón.
—Y que ella mate a mis hermanos—dijo Fallon con intensidad.
—Algo a lo que se expusieron desde que abrazaron ser
criminales.
—Justicia, eso queríamos…
—Para eso se acude a los juzgados—dijo Cillian.
—Lo haremos—cortó Brian. Peor no irás sola a esperar a esa
mujer.
—Claro que no. Estaremos con ella—dijo Pipen.
DIECINUEVE.

Cuando colocó el chip en el dispositivo, el sonido de los


mensajes entrantes no dejó de permear el aire. Con nerviosismo, comenzó a
leer uno por uno, consciente de que era observada desde varios puntos del
departamento.
A su lado, Brian la flanqueaba como un soldado, y no se había
alejado. Era consciente de que había minado su objetivo de que el bando de
Patrick O´Malley no la ubicara, pero no había podido evitarlo.
Sus instintos gritaron que Raleigh se desharía de sus hermanos
si no intervenía, y si lo que Kean había hecho era doloroso, no era más que
producto de viles engaños y manipulación.
Ellos tres eran tierra fértil para los depredadores, claramente,
cegados como habían estado. Y no eran los únicos, si Raleigh y sus aliados
estaban logrando convencer a otros. Víctimas que se empoderaban contra
una mafia para beneficio de un grupo rival. Patético.
KEAN: ¿Qué haces, Fa? ¿Dónde coño estás?
KEAN: Contesta, joder. ¿Por qué liberaste al prisionero?
¿Dónde está Finnian?
Había una veintena de mensajes más del mismo tenor.
RALEIGH: Fallon, contesta a tu hermano. Está desesperado.
No le hagas esto.
RALEIGH: Está desconsolado y teme por tu vida, Fallon. Se
culpa. Y Finnian… Mi pobre amor está desaparecido.
Bruja manipuladora, intentando usar las emociones de mi
hermanos y las mías para su beneficio, pensó, sus manos temblando.
Con calma, fue hasta los últimos mensajes, y finalmente
comenzó a escribir. Habían estado considerando cómo tender la trampa de
manera de atrapar a Raleigh y liberar a sus hermanos. Dividir, concluyó, tal
como ella había hecho con los Burke.
Lo primero fue pedir a Finnian que buscase su pulsera, la que
había dejado en el camino, y la activase en una locación solitaria que fue
sencillo alquilar por una semana.
Hazlo y vete de allí, Fi. Te estaré esperando, le había escrito.
Le envió la dirección del hotel, pero Pipen le aseguró que su
hermano vendría, porque él enviaría dos hombres para asegurarse de que
hiciese lo solicitado y se retirara de la locación. Esperaba que no fuese
necesario, pero si había que sacudir un poco a Finnian para mantenerlo con
vida, que así fuera.
Lo más complejo era lograr que Kean no siguiese a Raleigh. La
habilidad de los hackers que trabajaban con los O´Malley se demostró al
enviar un mensaje a la mujer como si fuese Finnian, habiendo previamente
bloqueado el que este pudiese hacerlo, en previsión de que las emociones
sacudieran a su hermano mediano.
FINNIAN: Hay que activar la aplicación para usar el
rastreador que Fallon tiene. Lo había olvidado. Sé que me engañas, pero
mi hermana es más importante que eso. No quiero que nada le pase. No voy
a confrontar a Kean con esto, espero que sean felices. No me escribas ni
llames.
La contestación fue tan detestable como la misma mujer.
RALEIGH: Oh, Finnian, no quise lastimarte. Kean me
amenazó, lo juro. Su ambición no tiene límites, y siempre ha estado
envidioso de tus dotes. Tus hermanos no te merecen, Fi. No desaparezcas,
te necesito. Ayudaré a tu hermana, ya la localicé. La salvaré de los O
´Malley.
—Planea matarlos a todos—dijo Pipen, y hubo asentimiento
general—. Va a ir a por ti, y por Brian. Llama a Kean, ya—la instó, y Fallon
no perdió tiempo.
El móvil sonó varias veces, y finalmente Kean atendió.
—¿Fallon? Oh, Dios, ¿eres tú?
—Sí, Kean, sí. Escucha… ¿Está Raleigh contigo?
—¿Raleigh? Mm, no, ¿por qué estaría…?
—Corta la mentira. Sé que tienen un amorío, y Finnian también.
Está vigilándolos, y está fuera de sí. Aléjate de Raleigh si no quieres
ponerla en peligro, hazlo ya.
—Pero… ¿Cómo? Oh, joder, joder—gruñó, y lo imaginó dando
vueltas, tironeando su cabello, los ojos huyendo de un lado al otro.
Desesperado, en alerta.
Le dolió que fuera por las razones equivocadas. Tener que
acudir al subterfugio de separarlo de ella para protegerla de su propia
sangre. Era tan triste.
—Tú… ¿Estás bien? ¿Tienes al O´Malley contigo?
—Estoy bien. Sal de donde estás y toma la carretera a Dublín.
Finnian te seguirá, y yo los esperaré a la entrada de la ciudad. Hablaremos y
lo resolveremos. Te ayudaré.
El sollozo la sobrecogió. Su hermano mayor no lloraba.
Resolvía. Protegía. Cuidaba.
—Lo siento tanto, Fa. Me enamoré, no lo pude evitar, lo juro.
Ella siente igual, y no sabemos cómo confrontar a Fi. Tú… ¿desapareciste
por eso, entonces? ¿Por qué liberaste a ese hombre? Era nuestra salida, la
oportunidad…
—Estábamos equivocados sobre quien mató al abuelo. Lo
averigüé, Kean. Te explicaré. Todo estará bien. Vete de ahí, protege a
Raleigh.
—Sí, sí—se apuró a decir—. Vengo llegando. Le diré que me
llamaron del puerto… Algo así…—escuchó el sonar de llaves y luego una
exclamación—. No será necesario mentirle, no está aquí. Le dejaré una
nota.
—Hazlo, y muévete. Te pasaré mis coordenadas.
Cortó, y se recostó, mirando a Brian, que vino a su lado.
Necesitaba su aliento, su calor, su sostén.
—Estaremos esperándolo—dijo Pipen—. Nada le pasará. Lo
que decidan finalmente, empero…—suspiró largo—. Mi consejo es que se
vayan del país. Lo que pasará en esa locación será feo. Cormac estará
esperando a los serbios, y Raleigh posiblemente muera en la confrontación.
Si escapa, su cabeza tendrá precio. Si el tal Kean o Finnian deciden
buscarla…—meneó su cabeza.
—Cuando conozcan quién es en verdad, sus intenciones. Hay
chats, fotografías… Estarán devastados, pero vivos.
—No serán bienvenidos cerca de los nuestros—indicó Cillian, y
Fallon lo miró y asintió, y frenó la respuesta que nacía en Brian.
—Lo entiendo.
Las horas que siguieron fueron largas. El corazón en la
garganta, los nervios a flor de piel, expectante ante cualquier mensaje o
llamado que llegaba. Rogaba porque los dos hermanos hicieran lo que les
pidió y no se resistieran.
Cuando Pipen le hizo saber que Cormack había llamado y había
dicho que la amenaza había sido eliminada, suspiró con un alivio colosal. Si
satisfacerse por la muerte de esa mujer la hacía malvada, que así fuera.
Había sido una mala semilla, una depredadora.
Lo que le tocó después fue devastador. Ver a sus hermanos por
separado por temor a que se mataran a golpes era de por sí triste. Notar la
incredulidad con la que miraban la información sobre Raleigh y el
percatarse del uso y abuso que hizo de sus emociones, de sus traumas, fue
lo más descorazonador.
Kean pasó de una actitud combativa y rabiosa a un silencio
sepulcral, y Fallon lo vio replegarse sobre sí mismo.
—Los traicioné y me dejé envolver por una malvada… Rompí a
los que amo por una mentirosa. Me convertí en lo que odiaba… Nunca van
a perdonarme.
—Kean…—suspiró—. Es muy difícil… Esa mujer fue una
manipuladora hábil y una criminal. Una psicópata sin sentimientos,
probablemente. Está muerta, Kean, y nos hizo daño, mucho. Pero tú estás
vivo. Puedes sanar. Y hacer lo que sea necesario para recuperar a Finnian.
No sé qué pasará con él y contigo, pero yo no dejé de quererte. Tienes que
tratarte. Todos debemos hacerlo. Estamos rotos.
La charla con Finnian había sido menos emocional. Este había
tenido más tiempo de procesar los engaños, y su herida abierta era Kean.
Hablaron mucho rato, mucho. Él le dijo que había decidido emigrar y
alejarse. Viajar. Lo alentó a eso, pero le contó que ella iría a los Estados
Unidos, a Boston. Le contó sobre Brian, y si esto fue desconcertante para
Finnian, no tuvo palabras de rencor. Por el contrario, se mostró arrepentido.
—Tal vez algún día podamos estar cerca otra vez, ser una
familia—le dijo, y él sonrió.
—Tú siempre serás mi familia. Y no reniego del pasado. Kean
nos crio, nos salvó. No voy a perdonarlo rápido ni fácil, pero… Algún
día…
Eso era esperanzador, suponía. No dejaría de contactarlos, de
mirar por ellos y de rogarles que fueran una mejor versión de sí mismos.
Después de todo, la venganza había dejado de ser su horizonte. Habían
provocado olas enormes en su persecución.
Cuando finalmente volvió al departamento, Brian esperaba por
ella, y su rostro era de interrogación, pero también de profundo interés y
devoción. Fue hasta él y lo besó, pegándose a él, aferrándose al ancla que
representaba.
—Siento que tomará mucho tiempo, que hay heridas muy
profundas, pero… Hay esperanzas para mis hermanos, para mi familia. El
amor salva… Y tú, Brian O´Malley. No te haces una idea de lo que
representas en mi vida. Te amo, ¿sabes?—susurró, y él la besó más fuerte, y
luego sonrió sobre su boca.
—Las palabras más dulces que he escuchado. Yo también.
—Es increíble, increíble—se escuchó el rezongo de Cillian, que
levantó sus brazos al cielo cuando lo miraron.
Tenía el móvil en su mano, y estaba en videollamada con su
mujer.
—¿Ves lo que te digo, Ágata? No puedo creer que eso sea sano.
—¡Cillian!—se escuchó—. El amor llega de maneras
inesperadas. ¿Qué te da derecho a juzgar? ¡Discúlpate!
Fallon negó, y se adelantó, y Brian la siguió.
—Hola. No te inquietes. Entiendo el punto, sé que no voy a ser
aceptada en la familia, pero eso no evitará que ame a Brian.
—Y que yo la ame de vuelta.
—Pero eso no afectará a los O´Malley, lo prometo—dijo Fallon,
mirando a Cillian con seriedad—. No haré nada por dañar a su familia, y al
vínculo hermoso que Brian tiene con ustedes. Sé lo que es, y lo terrible que
se siente perderlo.
—Bien—le dijo Cillian—. La humildad y los años pueden darte
alguna oportunidad con nosotros.
El gruñido de Brian y sus ojos encendidos demostraron que no
estaba de acuerdo, pero Fallon no se preocupó. Pretendía ser fiel a su
promesa. Amaba a este hombre, y no haría nada para debilitar su vínculo.
Vivir en sus cercanías y tenerlo para sí de tanto en tanto sería
suficiente, se dijo.
VEINTE.
Caminó con calma y aspiró hondo, deleitándose con el aroma
intenso de las flores. Peonias, rosas, jazmines, y más se mecían en la brisa y
regalaban su perfume. No podía estar más contenta.
El pequeño jardín, su proyecto personal, estaba precioso.
Trabajar con sus manos era algo que la centraba, que le daba paz y producía
placer, porque de sus manos surgían cosas bellas.
Lo había aprendido tarde, y la terapia tenía que ver con eso.
Porque sí, había comenzado a asistir regularmente al consultorio de una
profesional que era maravillosa.
Una mujer sencilla que le había ayudado a entender partes
oscuras y confusas de sí misma, que la había empujado a cuestionarse y a
perdonarse. Porque las primeras semanas en el país, luego del secuestro y
su desenlace, había entrado en crisis.
La culpa la había atosigado y embriagado, impidiéndole
disfrutar de la felicidad de tener a Brian a su lado. Lloraba mucho y estaba
triste, extrañaba, tenía remordimientos. Solo los besos y abrazos de Brian
ayudaban.
Tu y tus hermanos sufrieron una crianza abusiva, Fallon,
aunque no lo parezca. Tus padres fueron débiles y no hicieron su tarea. Tu
padre fue emocionalmente muy frágil y se derrumbó, pero eligió el odio.
Instruirlos en él. Y tu madre no tuvo herramientas para impedirlo. Colapsó.
Que los hermanos hayan permanecido juntos fue importante, y el amor
entre ustedes ayudó. Pero hubo secuelas, y no se trataron. No dudo que tu
hermano Kean haya sufrido muchísimo.
Lo entendía ahora, porque había ido reconstruyendo su pasado
desde otra óptica. Recordando las veces que Kean vino golpeado, llorando
en silencio. Cuando vino herido. Había sido un niño, un adolescente.
Exigido, presionado. ¿Cuán fácil había sido para Raleigh permearlos?
Habían sido tierra fértil para su cizaña.
Cortó un ramo de distintas flores y fue al interior para colocarlo
en un jarrón de cerámica que ella misma había creado. Otro de sus hobbies,
que también le sanaba el alma. Esto de ser la esposa de un millonario le
daba los tiempos para explorarlos y experimentar su potencial sanador.
Brian era la medicina principal, no obstante. Oh, lo que amaba a
ese hombre que en este momento ascendía la cuesta que unía el camino
principal con la casa. Volvía de correr sus diez kilómetros matinales, que
hacía más tarde los sábados.
Se movió para esperarlo y, al verla, él distendió su boca en la
más amplia de las sonrisas. Lo recibió con los brazos en alto, y se fundieron
en un beso tierno que él especió con su mano en su trasero, que apretó,
mientras le hablaba sobre su boca.
-Esta falda marca tus curvas de manera maravillosa, preciosa.
¿Cómo estás hoy?
-No podría estar mejor. Sí menos nerviosa-susurró.
-No tienes que estarlo-la tomó por la cintura y la llevó adentro-.
Ven, siéntate, debes descansar.
-Oh, nada de eso. ¿Qué debo esperar en los siguientes siete
meses, si actúas con este cuidado desde el inicio? No estoy enferma, Brian,
solo embarazada.
Él sonrió más, los ojos chocolate brillando con orgullo y
alegría, y ella se mordió el labio. Era increíble. Si alguien le hubiese dicho
dos años atrás que estaría casada con un O´Malley y esperando un hijo, le
hubiese escupido la cara. Lo hubiese considerado un insulto personal.
Aquí estaba, sin embargo. Viviendo con el hombre más dulce,
al que había acosado y secuestrado. Pero al que también salvó, recordaba
siempre, porque así lo establecía él. En especial cuando su familia se ponía
antipática con ella, lo que aún ocurría.
La relación con ellos mejoraba, pero estaban dando mutuos
pasos de bebé. El más difícil era Aidan, sin dudas, porque se veían menos, y
era recio. La influencia positiva de su esposa, la gentil Avery, ayudaba.
Brianna no era gran problema, probablemente porque sentía la
felicidad de su gemelo, y le bastaba. Cillian había cedido porque vio como
ella procedió para desarmar a la banda y atrapar a Raleigh.
El vínculo con los padres de Brian era bueno, básicamente
porque no sabían todo lo ocurrido, y porque la matriarca era adorable. Que
Fallon diseñara y produjera un gnomo en la clase de cerámica y se lo
llevara la elevó ante sus ojos, y ahora que sabía que estaba embarazada,
estaba embelesada.
Vivir con Brian había sido más sencillo de lo pensado. La
atracción y el amor que surgió en medio del conflicto derivó en un vínculo
sano que se fue fortaleciendo.
Que Fallon se abriese a ser feliz y olvidar lo malo, y que él
perdonase sin condiciones fue la base sobre la que construyeron su relación.
Cuando las risas fueron más que los llantos, cuando aceptó que el tiempo
ayudaría en la recomposición de la relación con sus hermanos, porque los
tres trabajaban para ello, cuando entendió que Brian estaba en su vida para
quedarse, y por ello su familia terminaría aceptándola, toda la presión
desapareció.
Entonces, había aceptado el anillo que Brian le había ofrecido y
habían ido a Las Vegas a casarse, sin más testigos que Louie, que era un
amor de persona y se había convertido en un amigo, y Pipen, que se mostró
estoico, aunque sonrió una vez al felicitarlos.
Era lo que revelarían hoy en la cena familiar que su suegra
había organizado para anunciar a todos la noticia del embarazo. La mamá
de Brian había insinuado la importancia de formalizar el vínculo, y se
ofreció a organizar una boda exprés.
Fallon no sabía cómo decirle que ya no era posible, aunque
Brian había ofrecido una solución. No habían tenido la fiesta de casamiento,
y no estaba de más celebrar y que todos entendieran que Fallon y él eran un
combo que se había construido en la tragedia pero que perduraría en la
calma.
-Nada de nervios, lo repito. Imagina la felicidad de mamá
cuando entienda que le ofrecemos organizar la fiesta de boda y el baby
shower.
-Sí, puede ser. Brian… ¿Crees que mis hermanos podrán
conocer a nuestro bebé?
Él respiró y meneó su cabeza.
-Creo que Finnian no demorará en visitarte, porque la
frecuencia de llamados y tarjetas muestran que te extraña. Y esa mujercita
que conoció… Va a querer que la conozcas. No dudo que querrá ver a su
sobrino o sobrina cuando llegue el momento. Kean…-chasqueó su lengua-.
Al cabrón le tomará tiempo, lo sabes. Está más cerca. Tal vez algún día
puedas ir a él.
Asintió. Finnian viajaba por el mundo, y Kean se había
instalado en Canadá. Había enviado un correo y en él pedía perdón y
mostraba que vivía en soledad y muy austero, pero había paz en su rostro.
Fallon había respirado con calma por esto.
-Mi hermosa Mérida, te invito a un paseo por nuestra
propiedad. Tienes que tomar aire y sol-le besó la mano, y luego se arrodilló
a su frente y besó la levísima curva de su tripa.
Ella posó sus manos en su cabeza y lo acarició. Este hombre…
Lo que provocaba en ella. Sus ojos se anegaron, pero era felicidad.
Su mente estaba limpia y sin resentimientos, y si algunas
porciones de su personalidad estaban en revisión, y tenía andamios en
heridas del pasado, el futuro se veía brillante.
-Te amo tanto, Brian, no tienes idea. Lamento decir que no me
arrepiento de haberte raptado.
-No extraño las cadenas ni la comida, mi Mérida, pero me
quedo con el resultado, una y mil veces. No hay alguien más amado que tú,
mi querida.
La besó y la estrechó contra su pecho, y Fallon respiró con
satisfacción. No daría por sentado ni dejaría de apreciar uno solo de los días
brillantes que avizoraba.

FIN
PRÓXIMOS LANZAMIENTOS:

EL PR Ó XIMO EN LA SERIE, LO PUEDES


RESERVAR AQU Í : [Link]/1G99MP

SINOPSIS EN CONSTRUCCIÓN.

LA SERIE RANCHEROS TRAERÁ UNA NUEVA


ENTREGA, ASEGÚRATE DE NO PERDÉRTELA:
[Link]/RYPC97
Billy
Como capataz del rancho Sullivan, el más grande e importante
de Montana, Billy tiene trabajo duro y constante, pero no hay nada que
quiera o disfrute más. La relación de su familia con la tierra y las montañas
de Montana se remonta a la conquista del Oeste, y está jodidamente
orgulloso de ello.
No hay como cabalgar libre y a velocidad en el lomo de un
caballo como para olvidar cualquier problema, no, señor.
¿Controlar vaqueros porfiados y con sangre caliente? No hay
problema, no hay en la redonda un cabrón como él. ¿Domar el bronco más
salvaje? El desafío le hace hervir la sangre con excitación. No hay tarea del
rancho que le sea ajena.
Y la vida se hace dulce con un whisky en la mano y el prospecto de un ligue
de fin de semana. New Essex es el paraíso en el mundo, sí, señor.
Su vida no está abierta para la dulce de ojos verdes y cabellos
miel que lo mira con inocente adoración. No, no hay nada bueno en él para
llenar la vida de la preciosa Winona.
Winona.
¡Joder con ese vaquero porfiado! ¿Qué no ve que ella no tiene
ojos más que para él? Ya no sabe qué más hacer para que la aprecie y le de
una oportunidad. Ella podrá ser algo naive, pero sus pretensiones no son
demasiadas, ¿o sí?
Un hombre al que amar, brazos en los que descansar y en los
que vibrar. ¿Ese tonto capataz cree que su diferencia de edad y su mirada de
fingido desinterés la van a desestimular? No, no, no.
Winona puede ser considerada una romántica incurable, y no ve
nada malo en ella. Puede ser más porfiada que él, y está cansada.
Operación conquista del capataz de los Sullivan modo on.
¡Sujeta esas bridas, vaquero, porque voy por ti!

También podría gustarte