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Fe y Razón: La Búsqueda de la Verdad

Este documento es una carta del Papa Juan Pablo II sobre las relaciones entre fe y razón. El Papa destaca que la fe y la razón son como dos alas que permiten al espíritu humano elevarse hacia la contemplación de la verdad. También describe la búsqueda de la verdad como un camino recorrido por la humanidad a lo largo de los siglos.

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Fe y Razón: La Búsqueda de la Verdad

Este documento es una carta del Papa Juan Pablo II sobre las relaciones entre fe y razón. El Papa destaca que la fe y la razón son como dos alas que permiten al espíritu humano elevarse hacia la contemplación de la verdad. También describe la búsqueda de la verdad como un camino recorrido por la humanidad a lo largo de los siglos.

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La Santa Sede

CARTA ENCÍCLICA
FIDES ET RATIO
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS
DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE LAS RELACIONES
ENTRE FE Y RAZÓN

Venerables Hermanos en el Episcopado,


salud y Bendición Apostólica

La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva
hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de
conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda
alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf. Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn
14, 8; 1 Jn 3, 2).

INTRODUCCIÓN
« CONÓCETE A TI MISMO »

1. Tanto en Oriente como en Occidente es posible distinguir un camino que, a lo largo de los
siglos, ha llevado a la humanidad a encontrarse progresivamente con la verdad y a confrontarse
con ella. Es un camino que se ha desarrollado — no podía ser de otro modo — dentro del
horizonte de la autoconciencia personal: el hombre cuanto más conoce la realidad y el mundo y
más se conoce a sí mismo en su unicidad, le resulta más urgente el interrogante sobre el sentido
2
de las cosas y sobre su propia existencia. Todo lo que se presenta como objeto de nuestro
conocimiento se convierte por ello en parte de nuestra vida. La exhortación Conócete a ti mismo
estaba esculpida sobre el dintel del templo de Delfos, para testimoniar una verdad fundamental
que debe ser asumida como la regla mínima por todo hombre deseoso de distinguirse, en medio
de toda la creación, calificándose como « hombre » precisamente en cuanto « conocedor de sí
mismo ».

Por lo demás, una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad como en distintas
partes de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan al mismo tiempo las preguntas de
fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y a
dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida? Estas mismas preguntas las
encontramos en los escritos sagrados de Israel, pero aparecen también en los Veda y en los
Avesta; las encontramos en los escritos de Confucio e Lao-Tze y en la predicación de los
Tirthankara y de Buda; asimismo se encuentran en los poemas de Homero y en las tragedias de
Eurípides y Sófocles, así como en los tratados filosóficos de Platón y Aristóteles. Son preguntas
que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del
hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé
a la existencia.

2. La Iglesia no es ajena, ni puede serlo, a este camino de búsqueda. Desde que, en el Misterio
Pascual, ha recibido como don la verdad última sobre la vida del hombre, se ha hecho peregrina
por los caminos del mundo para anunciar que Jesucristo es « el camino, la verdad y la vida » (Jn
14, 6). Entre los diversos servicios que la Iglesia ha de ofrecer a la humanidad, hay uno del cual
es responsable de un modo muy particular: la diaconía de la verdad.1 Por una parte, esta misión
hace a la comunidad creyente partícipe del esfuerzo común que la humanidad lleva a cabo para
alcanzar la verdad; 2 y por otra, la obliga a responsabilizarse del anuncio de las certezas
adquiridas, incluso desde la conciencia de que toda verdad alcanzada es sólo una etapa hacia
aquella verdad total que se manifestará en la revelación última de Dios: « Ahora vemos en un
espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero
entonces conoceré como soy conocido » (1 Co 13, 12).

3. El hombre tiene muchos medios para progresar en el conocimiento de la verdad, de modo que
puede hacer cada vez más humana la propia existencia. Entre estos destaca la filosofía, que
contribuye directamente a formular la pregunta sobre el sentido de la vida y a trazar la respuesta:
ésta, en efecto, se configura como una de las tareas más nobles de la humanidad. El término
filosofía según la etimología griega significa « amor a la sabiduría ». De hecho, la filosofía nació y
se desarrolló desde el momento en que el hombre empezó a interrogarse sobre el por qué de las
cosas y su finalidad. De modos y formas diversas, muestra que el deseo de verdad pertenece a la
naturaleza misma del hombre. El interrogarse sobre el por qué de las cosas es inherente a su
razón, aunque las respuestas que se han ido dando se enmarcan en un horizonte que pone en
evidencia la complementariedad de las diferentes culturas en las que vive el hombre.
3
La gran incidencia que la filosofía ha tenido en la formación y en el desarrollo de las culturas en
Occidente no debe hacernos olvidar el influjo que ha ejercido en los modos de concebir la
existencia también en Oriente. En efecto, cada pueblo, posee una sabiduría originaria y autóctona
que, como auténtica riqueza de las culturas, tiende a expresarse y a madurar incluso en formas
puramente filosóficas. Que esto es verdad lo demuestra el hecho de que una forma básica del
saber filosófico, presente hasta nuestros días, es verificable incluso en los postulados en los que
se inspiran las diversas legislaciones nacionales e internacionales para regular la vida social.

4. De todos modos, se ha de destacar que detrás de cada término se esconden significados


diversos. Por tanto, es necesaria una explicitación preliminar. Movido por el deseo de descubrir la
verdad última sobre la existencia, el hombre trata de adquirir los conocimientos universales que le
permiten comprenderse mejor y progresar en la realización de sí mismo. Los conocimientos
fundamentales derivan del asombro suscitado en él por la contemplación de la creación: el ser
humano se sorprende al descubrirse inmerso en el mundo, en relación con sus semejantes con
los cuales comparte el destino. De aquí arranca el camino que lo llevará al descubrimiento de
horizontes de conocimientos siempre nuevos. Sin el asombro el hombre caería en la repetitividad
y, poco a poco, sería incapaz de vivir una existencia verdaderamente personal.

La capacidad especulativa, que es propia de la inteligencia humana, lleva a elaborar, a través de


la actividad filosófica, una forma de pensamiento riguroso y a construir así, con la coherencia
lógica de las afirmaciones y el carácter orgánico de los contenidos, un saber sistemático. Gracias
a este proceso, en diferentes contextos culturales y en diversas épocas, se han alcanzado
resultados que han llevado a la elaboración de verdaderos sistemas de pensamiento.
Históricamente esto ha provocado a menudo la tentación de identificar una sola corriente con todo
el pensamiento filosófico. Pero es evidente que, en estos casos, entra en juego una cierta «
soberbia filosófica » que pretende erigir la propia perspectiva incompleta en lectura universal. En
realidad, todo sistema filosófico, aun con respeto siempre de su integridad sin
instrumentalizaciones, debe reconocer la prioridad del pensar filosófico, en el cual tiene su origen
y al cual debe servir de forma coherente.

En este sentido es posible reconocer, a pesar del cambio de los tiempos y de los progresos del
saber, un núcleo de conocimientos filosóficos cuya presencia es constante en la historia del
pensamiento. Piénsese, por ejemplo, en los principios de no contradicción, de finalidad, de
causalidad, como también en la concepción de la persona como sujeto libre e inteligente y en su
capacidad de conocer a Dios, la verdad y el bien; piénsese, además, en algunas normas morales
fundamentales que son comúnmente aceptadas. Estos y otros temas indican que, prescindiendo
de las corrientes de pensamiento, existe un conjunto de conocimientos en los cuales es posible
reconocer una especie de patrimonio espiritual de la humanidad. Es como si nos encontrásemos
ante una filosofía implícita por la cual cada uno cree conocer estos principios, aunque de forma
genérica y no refleja. Estos conocimientos, precisamente porque son compartidos en cierto modo
por todos, deberían ser como un punto de referencia para las diversas escuelas filosóficas.
4
Cuando la razón logra intuir y formular los principios primeros y universales del ser y sacar
correctamente de ellos conclusiones coherentes de orden lógico y deontológico, entonces puede
considerarse una razón recta o, como la llamaban los antiguos, orthòs logos, recta ratio.

5. La Iglesia, por su parte, aprecia el esfuerzo de la razón por alcanzar los objetivos que hagan
cada vez más digna la existencia personal. Ella ve en la filosofía el camino para conocer verdades
fundamentales relativas a la existencia del hombre. Al mismo tiempo, considera a la filosofía
como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la fe y comunicar la verdad del
Evangelio a cuantos aún no la conocen.

Teniendo en cuenta iniciativas análogas de mis Predecesores, deseo yo también dirigir la mirada
hacia esta peculiar actividad de la razón. Me impulsa a ello el hecho de que, sobre todo en
nuestro tiempo, la búsqueda de la verdad última parece a menudo oscurecida. Sin duda la
filosofía moderna tiene el gran mérito de haber concentrado su atención en el hombre. A partir de
aquí, una razón llena de interrogantes ha desarrollado sucesivamente su deseo de conocer cada
vez más y más profundamente. Se han construido sistemas de pensamiento complejos, que han
producido sus frutos en los diversos ámbitos del saber, favoreciendo el desarrollo de la cultura y
de la historia. La antropología, la lógica, las ciencias naturales, la historia, el lenguaje..., de alguna
manera se ha abarcado todas las ramas del saber. Sin embargo, los resultados positivos
alcanzados no deben llevar a descuidar el hecho de que la razón misma, movida a indagar de
forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece haber olvidado que éste está también
llamado a orientarse hacia una verdad que lo transciende. Sin esta referencia, cada uno queda a
merced del arbitrio y su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos
basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe
ser dominado por la técnica. Así ha sucedido que, en lugar de expresar mejor la tendencia hacia
la verdad, bajo tanto peso la razón saber se ha doblegado sobre sí misma haciéndose, día tras
día, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser. La
filosofía moderna, dejando de orientar su investigación sobre el ser, ha concentrado la propia
búsqueda sobre el conocimiento humano. En lugar de apoyarse sobre la capacidad que tiene el
hombre para conocer la verdad, ha preferido destacar sus límites y condicionamientos.

Ello ha derivado en varias formas de agnosticismo y de relativismo, que han llevado la


investigación filosófica a perderse en las arenas movedizas de un escepticismo general.
Recientemente han adquirido cierto relieve diversas doctrinas que tienden a infravalorar incluso
las verdades que el hombre estaba seguro de haber alcanzado. La legítima pluralidad de
posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que
todas las posiciones son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más difundidos de la
desconfianza en la verdad que es posible encontrar en el contexto actual. No se substraen a esta
prevención ni siquiera algunas concepciones de vida provenientes de Oriente; en ellas, en efecto,
se niega a la verdad su carácter exclusivo, partiendo del presupuesto de que se manifiesta de
igual manera en diversas doctrinas, incluso contradictorias entre sí. En esta perspectiva, todo se
5
reduce a opinión. Se tiene la impresión de que se trata de un movimiento ondulante: mientras por
una parte la reflexión filosófica ha logrado situarse en el camino que la hace cada vez más
cercana a la existencia humana y a su modo de expresarse, por otra tiende a hacer
consideraciones existenciales, hermenéuticas o lingüísticas que prescinden de la cuestión radical
sobre la verdad de la vida personal, del ser y de Dios. En consecuencia han surgido en el hombre
contemporáneo, y no sólo entre algunos filósofos, actitudes de difusa desconfianza respecto de
los grandes recursos cognoscitivos del ser humano. Con falsa modestia, se conforman con
verdades parciales y provisionales, sin intentar hacer preguntas radicales sobre el sentido y el
fundamento último de la vida humana, personal y social. Ha decaído, en definitiva, la esperanza
de poder recibir de la filosofía respuestas definitivas a tales preguntas.

6. La Iglesia, convencida de la competencia que le incumbe por ser depositaria de la Revelación


de Jesucristo, quiere reafirmar la necesidad de reflexionar sobre la verdad. Por este motivo he
decidido dirigirme a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado, con los cuales comparto la
misión de anunciar « abiertamente la verdad » (2 Co 4, 2), como también a los teólogos y filósofos
a los que corresponde el deber de investigar sobre los diversos aspectos de la verdad, y
asimismo a las personas que la buscan, para exponer algunas reflexiones sobre la vía que
conduce a la verdadera sabiduría, a fin de que quien sienta el amor por ella pueda emprender el
camino adecuado para alcanzarla y encontrar en la misma descanso a su fatiga y gozo espiritual.

Me mueve a esta iniciativa, ante todo, la convicción que expresan las palabras del Concilio
Vaticano II, cuando afirma que los Obispos son « testigos de la verdad divina y católica ».3
Testimoniar la verdad es, pues, una tarea confiada a nosotros, los Obispos; no podemos
renunciar a la misma sin descuidar el ministerio que hemos recibido. Reafirmando la verdad de la
fe podemos devolver al hombre contemporáneo la auténtica confianza en sus capacidades
cognoscitivas y ofrecer a la filosofía un estímulo para que pueda recuperar y desarrollar su plena
dignidad.

Hay también otro motivo que me induce a desarrollar estas reflexiones. En la Encíclica Veritatis
splendor he llamado la atención sobre « algunas verdades fundamentales de la doctrina católica,
que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas ».4 Con la presente
Encíclica deseo continuar aquella reflexión centrando la atención sobre el tema de la verdad y de
su fundamento en relación con la fe. No se puede negar, en efecto, que este período de rápidos y
complejos cambios expone especialmente a las nuevas generaciones, a las cuales pertenece y
de las cuales depende el futuro, a la sensación de que se ven privadas de auténticos puntos de
referencia. La exigencia de una base sobre la cual construir la existencia personal y social se
siente de modo notable sobre todo cuando se está obligado a constatar el carácter parcial de
propuestas que elevan lo efímero al rango de valor, creando ilusiones sobre la posibilidad de
alcanzar el verdadero sentido de la existencia. Sucede de ese modo que muchos llevan una vida
casi hasta el límite de la ruina, sin saber bien lo que les espera. Esto depende también del hecho
de que, a veces, quien por vocación estaba llamado a expresar en formas culturales el resultado
6
de la propia especulación, ha desviado la mirada de la verdad, prefiriendo el éxito inmediato en
lugar del esfuerzo de la investigación paciente sobre lo que merece ser vivido. La filosofía, que
tiene la gran responsabilidad de formar el pensamiento y la cultura por medio de la llamada
continua a la búsqueda de lo verdadero, debe recuperar con fuerza su vocación originaria. Por
eso he sentido no sólo la exigencia, sino incluso el deber de intervenir en este tema, para que la
humanidad, en el umbral del tercer milenio de la era cristiana, tome conciencia cada vez más
clara de los grandes recursos que le han sido dados y se comprometa con renovado ardor en
llevar a cabo el plan de salvación en el cual está inmersa su historia.

CAPÍTULO I
LA REVELACIÓN DE LA SABIDURÍA DE DIOS

Jesús revela al Padre

7. En la base de toda la reflexión que la Iglesia lleva a cabo está la conciencia de ser depositaria
de un mensaje que tiene su origen en Dios mismo (cf. 2 Co 4, 1-2). El conocimiento que ella
propone al hombre no proviene de su propia especulación, aunque fuese la más alta, sino del
hecho de haber acogido en la fe la palabra de Dios (cf. 1 Ts 2, 13). En el origen de nuestro ser
como creyentes hay un encuentro, único en su género, en el que se manifiesta un misterio oculto
en los siglos (cf. 1 Co 2, 7; Rm 16, 25-26), pero ahora revelado. « Quiso Dios, con su bondad y
sabiduría, revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9): por Cristo, la
Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y
participar de la naturaleza divina ».5 Ésta es una iniciativa totalmente gratuita, que viene de Dios
para alcanzar a la humanidad y salvarla. Dios, como fuente de amor, desea darse a conocer, y el
conocimiento que el hombre tiene de Él culmina cualquier otro conocimiento verdadero sobre el
sentido de la propia existencia que su mente es capaz de alcanzar.

8. Tomando casi al pie de la letra las enseñanzas de la Constitución Dei Filius del Concilio
Vaticano I y teniendo en cuenta los principios propuestos por el Concilio Tridentino, la
Constitución Dei Verbum del Vaticano II ha continuado el secular camino de la inteligencia de la
fe, reflexionando sobre la Revelación a la luz de las enseñanzas bíblicas y de toda la tradición
patrística. En el Primer Concilio Vaticano, los Padres habían puesto en evidencia el carácter
sobrenatural de la revelación de Dios. La crítica racionalista, que en aquel período atacaba la fe
sobre la base de tesis erróneas y muy difundidas, consistía en negar todo conocimiento que no
fuese fruto de las capacidades naturales de la razón. Este hecho obligó al Concilio a sostener con
fuerza que, además del conocimiento propio de la razón humana, capaz por su naturaleza de
llegar hasta el Creador, existe un conocimiento que es peculiar de la fe. Este conocimiento
expresa una verdad que se basa en el hecho mismo de que Dios se revela, y es una verdad muy
cierta porque Dios ni engaña ni quiere engañar.6
6
de la propia especulación, ha desviado la mirada de la verdad, prefiriendo el éxito inmediato en
lugar del esfuerzo de la investigación paciente sobre lo que merece ser vivido. La filosofía, que
tiene la gran responsabilidad de formar el pensamiento y la cultura por medio de la llamada
continua a la búsqueda de lo verdadero, debe recuperar con fuerza su vocación originaria. Por
eso he sentido no sólo la exigencia, sino incluso el deber de intervenir en este tema, para que la
humanidad, en el umbral del tercer milenio de la era cristiana, tome conciencia cada vez más
clara de los grandes recursos que le han sido dados y se comprometa con renovado ardor en
llevar a cabo el plan de salvación en el cual está inmersa su historia.

CAPÍTULO I
LA REVELACIÓN DE LA SABIDURÍA DE DIOS

Jesús revela al Padre

7. En la base de toda la reflexión que la Iglesia lleva a cabo está la conciencia de ser depositaria
de un mensaje que tiene su origen en Dios mismo (cf. 2 Co 4, 1-2). El conocimiento que ella
propone al hombre no proviene de su propia especulación, aunque fuese la más alta, sino del
hecho de haber acogido en la fe la palabra de Dios (cf. 1 Ts 2, 13). En el origen de nuestro ser
como creyentes hay un encuentro, único en su género, en el que se manifiesta un misterio oculto
en los siglos (cf. 1 Co 2, 7; Rm 16, 25-26), pero ahora revelado. « Quiso Dios, con su bondad y
sabiduría, revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9): por Cristo, la
Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y
participar de la naturaleza divina ».5 Ésta es una iniciativa totalmente gratuita, que viene de Dios
para alcanzar a la humanidad y salvarla. Dios, como fuente de amor, desea darse a conocer, y el
conocimiento que el hombre tiene de Él culmina cualquier otro conocimiento verdadero sobre el
sentido de la propia existencia que su mente es capaz de alcanzar.

8. Tomando casi al pie de la letra las enseñanzas de la Constitución Dei Filius del Concilio
Vaticano I y teniendo en cuenta los principios propuestos por el Concilio Tridentino, la
Constitución Dei Verbum del Vaticano II ha continuado el secular camino de la inteligencia de la
fe, reflexionando sobre la Revelación a la luz de las enseñanzas bíblicas y de toda la tradición
patrística. En el Primer Concilio Vaticano, los Padres habían puesto en evidencia el carácter
sobrenatural de la revelación de Dios. La crítica racionalista, que en aquel período atacaba la fe
sobre la base de tesis erróneas y muy difundidas, consistía en negar todo conocimiento que no
fuese fruto de las capacidades naturales de la razón. Este hecho obligó al Concilio a sostener con
fuerza que, además del conocimiento propio de la razón humana, capaz por su naturaleza de
llegar hasta el Creador, existe un conocimiento que es peculiar de la fe. Este conocimiento
expresa una verdad que se basa en el hecho mismo de que Dios se revela, y es una verdad muy
cierta porque Dios ni engaña ni quiere engañar.6
7
9. El Concilio Vaticano I enseña, pues, que la verdad alcanzada a través de la reflexión filosófica y
la verdad que proviene de la Revelación no se confunden, ni una hace superflua la otra: « Hay un
doble orden de conocimiento, distinto no sólo por su principio, sino también por su objeto; por su
principio, primeramente, porque en uno conocemos por razón natural, y en otro por fe divina; por
su objeto también porque aparte aquellas cosas que la razón natural puede alcanzar, se nos
proponen para creer misterios escondidos en Dios de los que, a no haber sido divinamente
revelados, no se pudiera tener noticia ».7 La fe, que se funda en el testimonio de Dios y cuenta
con la ayuda sobrenatural de la gracia, pertenece efectivamente a un orden diverso del
conocimiento filosófico. Éste, en efecto, se apoya sobre la percepción de los sentidos y la
experiencia, y se mueve a la luz de la sola inteligencia. La filosofía y las ciencias tienen su puesto
en el orden de la razón natural, mientras que la fe, iluminada y guiada por el Espíritu, reconoce en
el mensaje de la salvación la « plenitud de gracia y de verdad » (cf. Jn 1, 14) que Dios ha querido
revelar en la historia y de modo definitivo por medio de su Hijo Jesucristo (cf. 1 Jn 5, 9: Jn 5, 31-
32).

10. En el Concilio Vaticano II los Padres, dirigiendo su mirada a Jesús revelador, han ilustrado el
carácter salvífico de la revelación de Dios en la historia y han expresado su naturaleza del modo
siguiente: « En esta revelación, Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tm 1, 17), movido de amor, habla a
los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Ba 3, 38) para invitarlos
y recibirlos en su compañía. El plan de la revelación se realiza por obras y palabras
intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y
confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras
proclaman las obras y explican su misterio. La verdad profunda de Dios y de la salvación del
hombre que transmite dicha revelación, resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la
revelación ».8

11. La revelación de Dios se inserta, pues, en el tiempo y la historia, más aún, la encarnación de
Jesucristo, tiene lugar en la « plenitud de los tiempos » (Ga 4, 4). A dos mil años de distancia de
aquel acontecimiento, siento el deber de reafirmar con fuerza que « en el cristianismo el tiempo
tiene una importancia fundamental ».9 En él tiene lugar toda la obra de la creación y de la
salvación y, sobre todo destaca el hecho de que con la encarnación del Hijo de Dios vivimos y
anticipamos ya desde ahora lo que será la plenitud del tiempo (cf. Hb 1, 2).

La verdad que Dios ha comunicado al hombre sobre sí mismo y sobre su vida se inserta, pues, en
el tiempo y en la historia. Es verdad que ha sido pronunciada de una vez para siempre en el
misterio de Jesús de Nazaret. Lo dice con palabras elocuentes la Constitución Dei Verbum: «
Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras por los profetas. «
Ahora en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo » (Hb 1, 1-2). Pues envió a su Hijo, la
Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la
intimidad de Dios (cf. Jn 1, 1-18). Jesucristo, Palabra hecha carne, « hombre enviado a los
hombres », habla las palabras de Dios (Jn 3, 34) y realiza la obra de la salvación que el Padre le
8
encargó (cf. Jn 5, 36; 17, 4). Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre (cf. Jn 14, 9); él, con su
presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte
y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación
».10

La historia, pues, es para el Pueblo de Dios un camino que hay que recorrer por entero, de forma
que la verdad revelada exprese en plenitud sus contenidos gracias a la acción incesante del
Espíritu Santo (cf. Jn 16, 13). Lo enseña asimismo la Constitución Dei Verbum cuando afirma que
« la Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en
ella plenamente las palabras de Dios ».11

12. Así pues, la historia es el lugar donde podemos constatar la acción de Dios en favor de la
humanidad. Él se nos manifiesta en lo que para nosotros es más familiar y fácil de verificar,
porque pertenece a nuestro contexto cotidiano, sin el cual no llegaríamos a comprendernos.

La encarnación del Hijo de Dios permite ver realizada la síntesis definitiva que la mente humana,
partiendo de sí misma, ni tan siquiera hubiera podido imaginar: el Eterno entra en el tiempo, el
Todo se esconde en la parte y Dios asume el rostro del hombre. La verdad expresada en la
revelación de Cristo no puede encerrarse en un restringido ámbito territorial y cultural, sino que se
abre a todo hombre y mujer que quiera acogerla como palabra definitivamente válida para dar
sentido a la existencia. Ahora todos tienen en Cristo acceso al Padre; en efecto, con su muerte y
resurrección, Él ha dado la vida divina que el primer Adán había rechazado (cf. Rm 5, 12-15). Con
esta Revelación se ofrece al hombre la verdad última sobre su propia vida y sobre el destino de la
historia: « Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado », afirma la Constitución Gaudium et spes.12 Fuera de esta perspectiva, el misterio de
la existencia personal resulta un enigma insoluble. ¿Dónde podría el hombre buscar la respuesta
a las cuestiones dramáticas como el dolor, el sufrimiento de los inocentes y la muerte, sino no en
la luz que brota del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo?

La razón ante el misterio

13. De todos modos no hay que olvidar que la Revelación está llena de misterio. Es verdad que
con toda su vida, Jesús revela el rostro del Padre, ya que ha venido para explicar los secretos de
Dios; 13 sin embargo, el conocimiento que nosotros tenemos de ese rostro se caracteriza por el
aspecto fragmentario y por el límite de nuestro entendimiento. Sólo la fe permite penetrar en el
misterio, favoreciendo su comprensión coherente.

El Concilio enseña que « cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe ».14 Con
esta afirmación breve pero densa, se indica una verdad fundamental del cristianismo. Se dice,
ante todo, que la fe es la respuesta de obediencia a Dios. Ello conlleva reconocerle en su
divinidad, trascendencia y libertad suprema. El Dios, que se da a conocer desde la autoridad de
9
su absoluta trascendencia, lleva consigo la credibilidad de aquello que revela. Desde la fe el
hombre da su asentimiento a ese testimonio divino. Ello quiere decir que reconoce plena e
integralmente la verdad de lo revelado, porque Dios mismo es su garante. Esta verdad, ofrecida al
hombre y que él no puede exigir, se inserta en el horizonte de la comunicación interpersonal e
impulsa a la razón a abrirse a la misma y a acoger su sentido profundo. Por esto el acto con el
que uno confía en Dios siempre ha sido considerado por la Iglesia como un momento de elección
fundamental, en la cual está implicada toda la persona. Inteligencia y voluntad desarrollan al
máximo su naturaleza espiritual para permitir que el sujeto cumpla un acto en el cual la libertad
personal se vive de modo pleno.15 En la fe, pues, la libertad no sólo está presente, sino que es
necesaria. Más aún, la fe es la que permite a cada uno expresar mejor la propia libertad. Dicho
con otras palabras, la libertad no se realiza en las opciones contra Dios. En efecto, ¿cómo podría
considerarse un uso auténtico de la libertad la negación a abrirse hacia lo que permite la
realización de sí mismo? La persona al creer lleva a cabo el acto más significativo de la propia
existencia; en él, en efecto, la libertad alcanza la certeza de la verdad y decide vivir en la misma.

Para ayudar a la razón, que busca la comprensión del misterio, están también los signos
contenidos en la Revelación. Estos sirven para profundizar más la búsqueda de la verdad y
permitir que la mente pueda indagar de forma autónoma incluso dentro del misterio. Estos signos
si por una parte dan mayor fuerza a la razón, porque le permiten investigar en el misterio con sus
propios medios, de los cuales está justamente celosa, por otra parte la empujan a ir más allá de
su misma realidad de signos, para descubrir el significado ulterior del cual son portadores. En
ellos, por lo tanto, está presente una verdad escondida a la que la mente debe dirigirse y de la
cual no puede prescindir sin destruir el signo mismo que se le propone.

Podemos fijarnos, en cierto modo, en el horizonte sacramental de la Revelación y, en particular,


en el signo eucarístico donde la unidad inseparable entre la realidad y su significado permite
captar la profundidad del misterio. Cristo en la Eucaristía está verdaderamente presente y vivo, y
actúa con su Espíritu, pero como acertadamente decía Santo Tomás, « lo que no comprendes y
no ves, lo atestigua una fe viva, fuera de todo el orden de la naturaleza. Lo que aparece es un
signo: esconde en el misterio realidades sublimes ».16 A este respecto escribe el filósofo Pascal:
« Como Jesucristo permaneció desconocido entre los hombres, del mismo modo su verdad
permanece, entre las opiniones comunes, sin diferencia exterior. Así queda la Eucaristía entre el
pan común ».17

El conocimiento de fe, en definitiva, no anula el misterio; sólo lo hace más evidente y lo manifiesta
como hecho esencial para la vida del hombre: Cristo, el Señor, « en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre
la grandeza de su vocación »,18 que es participar en el misterio de la vida trinitaria de Dios.19

14. La enseñanza de los dos Concilios Vaticanos abre también un verdadero horizonte de
novedad para el saber filosófico. La Revelación introduce en la historia un punto de referencia del
10
cual el hombre no puede prescindir, si quiere llegar a comprender el misterio de su existencia;
pero, por otra parte, este conocimiento remite constantemente al misterio de Dios que la mente
humana no puede agotar, sino sólo recibir y acoger en la fe. En estos dos pasos, la razón posee
su propio espacio característico que le permite indagar y comprender, sin ser limitada por otra
cosa que su finitud ante el misterio infinito de Dios.

Así pues, la Revelación introduce en nuestra historia una verdad universal y última que induce a
la mente del hombre a no pararse nunca; más bien la empuja a ampliar continuamente el campo
del propio saber hasta que no se dé cuenta de que no ha realizado todo lo que podía, sin
descuidar nada. Nos ayuda en esta tarea una de las inteligencias más fecundas y significativas de
la historia de la humanidad, a la cual justamente se refieren tanto la filosofía como la teología:
San Anselmo. En su Proslogion, el arzobispo de Canterbury se expresa así: « Dirigiendo
frecuentemente y con fuerza mi pensamiento a este problema, a veces me parecía poder
alcanzar lo que buscaba; otras veces, sin embargo, se escapaba completamente de mi
pensamiento; hasta que, al final, desconfiando de poderlo encontrar, quise dejar de buscar algo
que era imposible encontrar. Pero cuando quise alejar de mí ese pensamiento porque, ocupando
mi mente, no me distrajese de otros problemas de los cuales pudiera sacar algún provecho,
entonces comenzó a presentarse con mayor importunación [...]. Pero, pobre de mí, uno de los
pobres hijos de Eva, lejano de Dios, ¿qué he empezado a hacer y qué he logrado? ¿qué buscaba
y qué he logrado? ¿a qué aspiraba y por qué suspiro? [...]. Oh Señor, tú no eres solamente aquel
de quien no se puede pensar nada mayor (non solum es quo maius cogitari nequit), sino que eres
más grande de todo lo que se pueda pensar (quiddam maius quam cogitari possit) [...]. Si tu no
fueses así, se podría pensar alguna cosa más grande que tú, pero esto no puede ser ».20

15. La verdad de la Revelación cristiana, que se manifiesta en Jesús de Nazaret, permite a todos
acoger el « misterio » de la propia vida. Como verdad suprema, a la vez que respeta la autonomía
de la criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la trascendencia. Aquí la relación entre libertad y
verdad llega al máximo y se comprende en su totalidad la palabra del Señor: « Conoceréis la
verdad y la verdad os hará libres » (Jn 8, 32).

La Revelación cristiana es la verdadera estrella que orienta al hombre que avanza entre los
condicionamientos de la mentalidad inmanentista y las estrecheces de una lógica tecnocrática; es
la última posibilidad que Dios ofrece para encontrar en plenitud el proyecto originario de amor
iniciado con la creación. El hombre deseoso de conocer lo verdadero, si aún es capaz de mirar
más allá de sí mismo y de levantar la mirada por encima de los propios proyectos, recibe la
posibilidad de recuperar la relación auténtica con su vida, siguiendo el camino de la verdad. Las
palabras del Deuteronomio se pueden aplicar a esta situación: « Porque estos mandamientos que
yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el
cielo, para que no hayas de decir: ¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los
oigamos y los pongamos en práctica? Ni están al otro lado del mar, para que no hayas de decir
¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en
11
práctica? Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la
pongas en práctica » (30, 11-14). A este texto se refiere la famosa frase del santo filósofo y
teólogo Agustín: « Noli foras ire, in te ipsum redi. In interiore homine habitat veritas ».21 A la luz
de estas consideraciones, se impone una primera conclusión: la verdad que la Revelación nos
hace conocer no es el fruto maduro o el punto culminante de un pensamiento elaborado por la
razón. Por el contrario, ésta se presenta con la característica de la gratuidad, genera pensamiento
y exige ser acogida como expresión de amor. Esta verdad relevada es anticipación, en nuestra
historia, de la visión última y definitiva de Dios que está reservada a los que creen en Él o lo
buscan con corazón sincero. El fin último de la existencia personal, pues, es objeto de estudio
tanto de la filosofía como de la teología. Ambas, aunque con medios y contenidos diversos, miran
hacia este « sendero de la vida » (Sal 16 [15], 11), que, como nos dice la fe, tiene su meta última
en el gozo pleno y duradero de la contemplación del Dios Uno y Trino.

CAPÍTULO II
CREDO UT INTELLEGAM

« La sabiduría todo lo sabe y entiende » (Sb 9, 11)

16. La Sagrada Escritura nos presenta con sorprendente claridad el vínculo tan profundo que hay
entre el conocimiento de fe y el de la razón. Lo atestiguan sobre todo los Libros sapienciales. Lo
que llama la atención en la lectura, hecha sin prejuicios, de estas páginas de la Escritura, es el
hecho de que en estos textos se contenga no solamente la fe de Israel, sino también la riqueza de
civilizaciones y culturas ya desaparecidas. Casi por un designio particular, Egipto y Mesopotamia
hacen oír de nuevo su voz y algunos rasgos comunes de las culturas del antiguo Oriente reviven
en estas páginas ricas de intuiciones muy profundas.

No es casual que, en el momento en el que el autor sagrado quiere describir al hombre sabio, lo
presente como el que ama y busca la verdad: « Feliz el hombre que se ejercita en la sabiduría, y
que en su inteligencia reflexiona, que medita sus caminos en su corazón, y sus secretos
considera. Sale en su busca como el que sigue su rastro, y en sus caminos se pone al acecho. Se
asoma a sus ventanas y a sus puertas escucha. Acampa muy cerca de su casa y clava la clavija
en sus muros. Monta su tienda junto a ella, y se alberga en su albergue dichoso. Pone sus hijos a
su abrigo y bajo sus ramas se cobija. Por ella es protegido del calor y en su gloria se alberga » (Si
14, 20-27).

Como se puede ver, para el autor inspirado el deseo de conocer es una característica común a
todos los hombres. Gracias a la inteligencia se da a todos, tanto creyentes como no creyentes, la
posibilidad de alcanzar el « agua profunda » (cf. Pr 20, 5). Es verdad que en el antiguo Israel el
conocimiento del mundo y de sus fenómenos no se alcanzaba por el camino de la abstracción,
22
Él ha sido creado y después encuentra en Él su plenitud (cf. Col 1, 17).

35. Sobre la base de estas consideraciones generales, es necesario examinar ahora de modo
más directo la relación entre la verdad revelada y la filosofía. Esta relación impone una doble
consideración, en cuanto que la verdad que nos llega por la Revelación es, al mismo tiempo, una
verdad que debe ser comprendida a la luz de la razón. Sólo en esta doble acepción, en efecto, es
posible precisar la justa relación de la verdad revelada con el saber filosófico. Consideramos, por
tanto, en primer lugar la relación entre la fe y la filosofía en el curso de la historia. Desde aquí
será posible indicar algunos principios, que constituyen los puntos de referencia en los que
basarse para establecer la correcta relación entre los dos órdenes de conocimiento.

CAPÍTULO IV
RELACIÓN ENTRE LA FE Y LA RAZÓN

Etapas más significativas en el encuentro entre la fe y la razón

36. Según el testimonio de los Hechos de los Apóstoles, el anuncio cristiano tuvo que
confrontarse desde el inicio con las corrientes filosóficas de la época. El mismo libro narra la
discusión que san Pablo tuvo en Atenas con « algunos filósofos epicúreos y estoicos » (17, 18). El
análisis exegético del discurso en el Areópago ha puesto de relieve repetidas alusiones a
convicciones populares sobre todo de origen estoico. Ciertamente esto no era casual. Los
primeros cristianos para hacerse comprender por los paganos no podían referirse sólo a « Moisés
y los profetas »; debían también apoyarse en el conocimiento natural de Dios y en la voz de la
conciencia moral de cada hombre (cf. Rm 1, 19-21; 2, 14-15; Hch 14, 16-17). Sin embargo, como
este conocimiento natural había degenerado en idolatría en la religión pagana (cf. Rm 1, 21-32),
el Apóstol considera más oportuno relacionar su argumentación con el pensamiento de los
filósofos, que desde siempre habían opuesto a los mitos y a los cultos mistéricos conceptos más
respetuosos de la trascendencia divina.

En efecto, uno de los mayores esfuerzos realizados por los filósofos del pensamiento clásico fue
purificar de formas mitológicas la concepción que los hombres tenían de Dios. Como sabemos,
también la religión griega, al igual que gran parte de las religiones cósmicas, era politeísta,
llegando incluso a divinizar objetos y fenómenos de la naturaleza. Los intentos del hombre por
comprender el origen de los dioses y, en ellos, del universo encontraron su primera expresión en
la poesía. Las teogonías permanecen hasta hoy como el primer testimonio de esta búsqueda del
hombre. Fue tarea de los padres de la filosofía mostrar el vínculo entre la razón y la religión.
Dirigiendo la mirada hacia los principios universales, no se contentaron con los mitos antiguos,
sino que quisieron dar fundamento racional a su creencia en la divinidad. Se inició así un camino
que, abandonando las tradiciones antiguas particulares, se abría a un proceso más conforme a
23
las exigencias de la razón universal. El objetivo que dicho proceso buscaba era la conciencia
crítica de aquello en lo que se creía. El concepto de la divinidad fue el primero que se benefició de
este camino. Las supersticiones fueron reconocidas como tales y la religión se purificó, al menos
en parte, mediante el análisis racional. Sobre esta base los Padres de la Iglesia comenzaron un
diálogo fecundo con los filósofos antiguos, abriendo el camino al anuncio y a la comprensión del
Dios de Jesucristo.

37. Al referirme a este movimiento de acercamiento de los cristianos a la filosofía, es obligado


recordar también la actitud de cautela que suscitaban en ellos otros elementos del mundo cultural
pagano, como por ejemplo la gnosis. La filosofía, en cuanto sabiduría práctica y escuela de vida,
podía ser confundida fácilmente con un conocimiento de tipo superior, esotérico, reservado a
unos pocos perfectos. En este tipo de especulaciones esotéricas piensa sin duda san Pablo
cuando pone en guardia a los Colosenses: « Mirad que nadie os esclavice mediante la vana
falacia de una filosofía, fundada en tradiciones humanas, según los elementos del mundo y no
según Cristo » (2, 8). Qué actuales son las palabras del Apóstol si las referimos a las diversas
formas de esoterismo que se difunden hoy incluso entre algunos creyentes, carentes del debido
sentido crítico. Siguiendo las huellas de san Pablo, otros escritores de los primeros siglos, en
particular san Ireneo y Tertuliano, manifiestan a su vez ciertas reservas frente a una visión cultural
que pretendía subordinar la verdad de la Revelación a las interpretaciones de los filósofos.

38. El encuentro del cristianismo con la filosofía no fue pues inmediato ni fácil. La práctica de la
filosofía y la asistencia a sus escuelas eran para los primeros cristianos más un inconveniente
que una ayuda. Para ellos, la primera y más urgente tarea era el anuncio de Cristo resucitado
mediante un encuentro personal capaz de llevar al interlocutor a la conversión del corazón y a la
petición del Bautismo. Sin embargo, esto no quiere decir que ignorasen el deber de profundizar la
comprensión de la fe y sus motivaciones. Todo lo contrario. Resulta injusta e infundada la crítica
de Celso, que acusa a los cristianos de ser gente « iletrada y ruda ».31 La explicación de su
desinterés inicial hay que buscarla en otra parte. En realidad, el encuentro con el Evangelio
ofrecía una respuesta tan satisfactoria a la cuestión, hasta entonces no resulta, sobre el sentido
de la vida, que el seguimiento de los filósofos les parecía como algo lejano y, en ciertos aspectos,
superado.

Esto resulta hoy aún más claro si se piensa en la aportación del cristianismo que afirma el
derecho universal de acceso a la verdad. Abatidas las barreras raciales, sociales y sexuales, el
cristianismo había anunciado desde sus inicios la igualdad de todos los hombres ante Dios. La
primera consecuencia de esta concepción se aplicaba al tema de la verdad. Quedaba
completamente superado el carácter elitista que su búsqueda tenía entre los antiguos, ya que
siendo el acceso a la verdad un bien que permite llegar a Dios, todos deben poder recorrer este
camino. Las vías para alcanzar la verdad siguen siendo muchas; sin embargo, como la verdad
cristiana tiene un valor salvífico, cualquiera de estas vías puede seguirse con tal de que conduzca
a la meta final, es decir, a la revelación de Jesucristo.
24
Un pionero del encuentro positivo con el pensamiento filosófico, aunque bajo el signo de un cauto
discernimiento, fue san Justino, quien, conservando después de la conversión una gran estima
por la filosofía griega, afirmaba con fuerza y claridad que en el cristianismo había encontrado « la
única filosofía segura y provechosa ».32 De modo parecido, Clemente de Alejandría llamaba al
Evangelio « la verdadera filosofía »,33 e interpretaba la filosofía en analogía con la ley mosaica
como una instrucción propedéutica a la fe cristiana 34 y una preparación para el Evangelio.35
Puesto que « esta es la sabiduría que desea la filosofía; la rectitud del alma, la de la razón y la
pureza de la vida. La filosofía está en una actitud de amor ardoroso a la sabiduría y no perdona
esfuerzo por obtenerla. Entre nosotros se llaman filósofos los que aman la sabiduría del Creador y
Maestro universal, es decir, el conocimiento del Hijo de Dios ».36 La filosofía griega, para este
autor, no tiene como primer objetivo completar o reforzar la verdad cristiana; su cometido es, más
bien, la defensa de la fe: « La enseñanza del Salvador es perfecta y nada le falta, por que es
fuerza y sabiduría de Dios; en cambio, la filosofía griega con su tributo no hace más sólida la
verdad; pero haciendo impotente el ataque de la sofística e impidiendo las emboscadas
fraudulentas de la verdad, se dice que es con propiedad empalizada y muro de la viña ».37

39. En la historia de este proceso es posible verificar la recepción crítica del pensamiento
filosófico por parte de los pensadores cristianos. Entre los primeros ejemplos que se pueden
encontrar, es ciertamente significativa la figura de Orígenes. Contra los ataques lanzados por el
filósofo Celso, Orígenes asume la filosofía platónica para argumentar y responderle. Refiriéndose
a no pocos elementos del pensamiento platónico, comienza a elaborar una primera forma de
teología cristiana. En efecto, tanto el nombre mismo como la idea de teología en cuanto reflexión
racional sobre Dios estaban ligados todavía hasta ese momento a su origen griego. En la filosofía
aristotélica, por ejemplo, con este nombre se referían a la parte más noble y al verdadero culmen
de la reflexión filosófica. Sin embargo, a la luz de la Revelación cristiana lo que anteriormente
designaba una doctrina genérica sobre la divinidad adquirió un significado del todo nuevo, en
cuanto definía la reflexión que el creyente realizaba para expresar la verdadera doctrina sobre
Dios. Este nuevo pensamiento cristiano que se estaba desarrollando hacía uso de la filosofía,
pero al mismo tiempo tendía a distinguirse claramente de ella. La historia muestra cómo hasta el
mismo pensamiento platónico asumido en la teología sufrió profundas transformaciones, en
particular por lo que se refiere a conceptos como la inmortalidad del alma, la divinización del
hombre y el origen del mal.

40. En esta obra de cristianización del pensamiento platónico y neoplatónico, merecen una
mención particular los Padres Capadocios, Dionisio el Areopagita y, sobre todo, san Agustín. El
gran Doctor occidental había tenido contactos con diversas escuelas filosóficas, pero todas le
habían decepcionado. Cuando se encontró con la verdad de la fe cristiana, tuvo la fuerza de
realizar aquella conversión radical a la que los filósofos frecuentados anteriormente no habían
conseguido encaminarlo. El motivo lo cuenta él mismo: « Sin embargo, desde esta época empecé
ya a dar preferencia a la doctrina católica, porque me parecía que aquí se mandaba con más
modestia, y de ningún modo falazmente, creer lo que no se demostraba —fuese porque, aunque
25
existiesen las pruebas, no había sujeto capaz de ellas, fuese porque no existiesen—, que no allí,
en donde se despreciaba la fe y se prometía con temeraria arrogancia la ciencia y luego se
obligaba a creer una infinidad de fábulas absurdísimas que no podían demostrar ».38 A los
mismos platónicos, a quienes mencionaba de modo privilegiado, Agustín reprochaba que, aun
habiendo conocido la meta hacia la que tender, habían ignorado sin embargo el camino que
conduce a ella: el Verbo encarnado.39 El Obispo de Hipona consiguió hacer la primera gran
síntesis del pensamiento filosófico y teológico en la que confluían las corrientes del pensamiento
griego y latino. En él además la gran unidad del saber, que encontraba su fundamento en el
pensamiento bíblico, fue confirmada y sostenida por la profundidad del pensamiento especulativo.
La síntesis llevada a cabo por san Agustín sería durante siglos la forma más elevada de
especulación filosófica y teológica que el Occidente haya conocido. Gracias a su historia personal
y ayudado por una admirable santidad de vida, fue capaz de introducir en sus obras multitud de
datos que, haciendo referencia a la experiencia, anunciaban futuros desarrollos de algunas
corrientes filosóficas.

41. Varias han sido pues las formas con que los Padres de Oriente y de Occidente han entrado
en contacto con las escuelas filosóficas. Esto no significa que hayan identificado el contenido de
su mensaje con los sistemas a que hacían referencia. La pregunta de Tertuliano: « ¿Qué tienen
en común Atenas y Jerusalén? ¿La Academia y la Iglesia? »,40 es claro indicio de la conciencia
crítica con que los pensadores cristianos, desde el principio, afrontaron el problema de la relación
entre la fe y la filosofía, considerándolo globalmente en sus aspectos positivos y en sus límites.
No eran pensadores ingenuos. Precisamente porque vivían con intensidad el contenido de la fe,
sabían llegar a las formas más profundas de la especulación. Por consiguiente, es injusto y
reductivo limitar su obra a la sola transposición de las verdades de la fe en categorías filosóficas.
Hicieron mucho más. En efecto, fueron capaces de sacar a la luz plenamente lo que todavía
permanecía implícito y propedéutico en el pensamiento de los grandes filósofos antiguos.41
Estos, como ya he dicho, habían mostrado cómo la razón, liberada de las ataduras externas,
podía salir del callejón ciego de los mitos, para abrirse de forma más adecuada a la
trascendencia. Así pues, una razón purificada y recta era capaz de llegar a los niveles más altos
de la reflexión, dando un fundamento sólido a la percepción del ser, de lo trascendente y de lo
absoluto.

Justamente aquí está la novedad alcanzada por los Padres. Ellos acogieron plenamente la razón
abierta a lo absoluto y en ella incorporaron la riqueza de la Revelación. El encuentro no fue sólo
entre culturas, donde tal vez una es seducida por el atractivo de otra, sino que tuvo lugar en lo
profundo de los espíritus, siendo un encuentro entre la criatura y el Creador. Sobrepasando el fin
mismo hacia el que inconscientemente tendía por su naturaleza, la razón pudo alcanzar el bien
sumo y la verdad suprema en la persona del Verbo encarnado. Ante las filosofías, los Padres no
tuvieron miedo, sin embargo, de reconocer tanto los elementos comunes como las diferencias
que presentaban con la Revelación. Ser conscientes de las convergencias no ofuscaba en ellos el
reconocimiento de las diferencias.
26
42. En la teología escolástica el papel de la razón educada filosóficamente llega a ser aún más
visible bajo el empuje de la interpretación anselmiana del intellectus fidei. Para el santo Arzobispo
de Canterbury la prioridad de la fe no es incompatible con la búsqueda propia de la razón. En
efecto, ésta no está llamada a expresar un juicio sobre los contenidos de la fe, siendo incapaz de
hacerlo por no ser idónea para ello. Su tarea, más bien, es saber encontrar un sentido y descubrir
las razones que permitan a todos entender los contenidos de la fe. San Anselmo acentúa el
hecho de que el intelecto debe ir en búsqueda de lo que ama: cuanto más ama, más desea
conocer. Quien vive para la verdad tiende hacia una forma de conocimiento que se inflama cada
vez más de amor por lo que conoce, aun debiendo admitir que no ha hecho todavía todo lo que
desearía: « Ad te videndum factus sum; et nondum feci propter quod factus sum ».42 El deseo de
la verdad mueve, pues, a la razón a ir siempre más allá; queda incluso como abrumada al
constatar que su capacidad es siempre mayor que lo que alcanza. En este punto, sin embargo, la
razón es capaz de descubrir dónde está el final de su camino: « Yo creo que basta a aquel que
somete a un examen reflexivo un principio incomprensible alcanzar por el raciocinio su
certidumbre inquebrantable, aunque no pueda por el pensamiento concebir el cómo de su
existencia [...]. Ahora bien, ¿qué puede haber de más incomprensible, de más inefable que lo que
está por encima de todas las cosas? Por lo cual, si todo lo que hemos establecido hasta este
momento sobre la esencia suprema está apoyado con razones necesarias, aunque el espíritu no
pueda comprenderlo, hasta el punto de explicarlo fácilmente con palabras simples, no por eso, sin
embargo, sufre quebranto la sólida base de esta certidumbre. En efecto, si una reflexión
precedente ha comprendido de modo racional que es incomprensible (rationabiliter comprehendit
incomprehensibile esse) » el modo en que la suprema sabiduría sabe lo que ha hecho [...], ¿quién
puede explicar cómo se conoce y se llama ella misma, de la cual el hombre no puede saber nada
o casi nada ».43

Se confirma una vez más la armonía fundamental del conocimiento filosófico y el de la fe: la fe
requiere que su objeto sea comprendido con la ayuda de la razón; la razón, en el culmen de su
búsqueda, admite como necesario lo que la fe le presenta.

Novedad perenne del pensamiento de santo Tomás de Aquino

43. Un puesto singular en este largo camino corresponde a santo Tomás, no sólo por el contenido
de su doctrina, sino también por la relación dialogal que supo establecer con el pensamiento
árabe y hebreo de su tiempo. En una época en la que los pensadores cristianos descubrieron los
tesoros de la filosofía antigua, y más concretamente aristotélica, tuvo el gran mérito de destacar la
armonía que existe entre la razón y la fe. Argumentaba que la luz de la razón y la luz de la fe
proceden ambas de Dios; por tanto, no pueden contradecirse entre sí.44

Más radicalmente, Tomás reconoce que la naturaleza, objeto propio de la filosofía, puede
contribuir a la comprensión de la revelación divina. La fe, por tanto, no teme la razón, sino que la
busca y confía en ella. Como la gracia supone la naturaleza y la perfecciona,45 así la fe supone y
27
perfecciona la razón. Esta última, iluminada por la fe, es liberada de la fragilidad y de los límites
que derivan de la desobediencia del pecado y encuentra la fuerza necesaria para elevarse al
conocimiento del misterio de Dios Uno y Trino. Aun señalando con fuerza el carácter sobrenatural
de la fe, el Doctor Angélico no ha olvidado el valor de su carácter racional; sino que ha sabido
profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de algún modo « ejercicio del pensamiento
»; la razón del hombre no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a los contenidos
de la fe, que en todo caso se alcanzan mediante una opción libre y consciente.46

Precisamente por este motivo la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás como maestro de
pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología. En este contexto, deseo recordar lo
que escribió mi predecesor, el siervo de Dios Pablo VI, con ocasión del séptimo centenario de la
muerte del Doctor Angélico: « No cabe duda que santo Tomás poseyó en grado eximio audacia
para la búsqueda de la verdad, libertad de espíritu para afrontar problemas nuevos y la honradez
intelectual propia de quien, no tolerando que el cristianismo se contamine con la filosofía pagana,
sin embargo no rechaza a priori esta filosofía. Por eso ha pasado a la historia del pensamiento
cristiano como precursor del nuevo rumbo de la filosofía y de la cultura universal. El punto capital
y como el meollo de la solución casi profética a la nueva confrontación entre la razón y la fe,
consiste en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias radicales del Evangelio,
sustrayéndose así a la tendencia innatural de despreciar el mundo y sus valores, pero sin eludir
las exigencias supremas e inflexibles del orden sobrenatural ».47

44. Una de las grandes intuiciones de santo Tomás es la que se refiere al papel que el Espíritu
Santo realiza haciendo madurar en sabiduría la ciencia humana. Desde las primeras páginas de
su Summa Theologiae 48 el Aquinate quiere mostrar la primacía de aquella sabiduría que es don
del Espíritu Santo e introduce en el conocimiento de las realidades divinas. Su teología permite
comprender la peculiaridad de la sabiduría en su estrecho vínculo con la fe y el conocimiento de
lo divino. Ella conoce por connaturalidad, presupone la fe y formula su recto juicio a partir de la
verdad de la fe misma: « La sabiduría, don del Espíritu Santo, difiere de la que es virtud
intelectual adquirida. Pues ésta se adquiere con esfuerzo humano, y aquélla viene de arriba,
como Santiago dice. De la misma manera difiere también de la fe, porque la fe asiente a la verdad
divina por sí misma; mas el juicio conforme con la verdad divina pertenece al don de la sabiduría
».49

La prioridad reconocida a esta sabiduría no hace olvidar, sin embargo, al Doctor Angélico la
presencia de otras dos formas de sabiduría complementarias: la filosófica, basada en la
capacidad del intelecto para indagar la realidad dentro de sus límites connaturales, y la teológica,
fundamentada en la Revelación y que examina los contenidos de la fe, llegando al misterio mismo
de Dios.

Convencido profundamente de que « omne verum a quocumque dicatur a Spiritu Sancto est »,50
santo Tomás amó de manera desinteresada la verdad. La buscó allí donde pudiera manifestarse,
28
poniendo de relieve al máximo su universalidad. El Magisterio de la Iglesia ha visto y apreciado en
él la pasión por la verdad; su pensamiento, al mantenerse siempre en el horizonte de la verdad
universal, objetiva y trascendente, alcanzó « cotas que la inteligencia humana jamás podría haber
pensado ».51 Con razón, pues, se le puede llamar « apóstol de la verdad ».52 Precisamente
porque la buscaba sin reservas, supo reconocer en su realismo la objetividad de la verdad. Su
filosofía es verdaderamente la filosofía del ser y no del simple parecer.

El drama de la separación entre fe y razón

45. Con la aparición de las primeras universidades, la teología se confrontaba más directamente
con otras formas de investigación y del saber científico. San Alberto Magno y santo Tomás, aun
manteniendo un vínculo orgánico entre la teología y la filosofía, fueron los primeros que
reconocieron la necesaria autonomía que la filosofía y las ciencias necesitan para dedicarse
eficazmente a sus respectivos campos de investigación. Sin embargo, a partir de la baja Edad
Media la legítima distinción entre los dos saberes se transformó progresivamente en una nefasta
separación. Debido al excesivo espíritu racionalista de algunos pensadores, se radicalizaron las
posturas, llegándose de hecho a una filosofía separada y absolutamente autónoma respecto a los
contenidos de la fe. Entre las consecuencias de esta separación está el recelo cada vez mayor
hacia la razón misma. Algunos comenzaron a profesar una desconfianza general, escéptica y
agnóstica, bien para reservar mayor espacio a la fe, o bien para desacreditar cualquier referencia
racional posible a la misma.

En resumen, lo que el pensamiento patrístico y medieval había concebido y realizado como


unidad profunda, generadora de un conocimiento capaz de llegar a las formas más altas de la
especulación, fue destruido de hecho por los sistemas que asumieron la posición de un
conocimiento racional separado de la fe o alternativo a ella.

46. Las radicalizaciones más influyentes son conocidas y bien visibles, sobre todo en la historia
de Occidente. No es exagerado afirmar que buena parte del pensamiento filosófico moderno se
ha desarrollado alejándose progresivamente de la Revelación cristiana, hasta llegar a
contraposiciones explícitas. En el siglo pasado, este movimiento alcanzó su culmen. Algunos
representantes del idealismo intentaron de diversos modos transformar la fe y sus contenidos,
incluso el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, en estructuras dialécticas
concebibles racionalmente. A este pensamiento se opusieron diferentes formas de humanismo
ateo, elaboradas filosóficamente, que presentaron la fe como nociva y alienante para el desarrollo
de la plena racionalidad. No tuvieron reparo en presentarse como nuevas religiones creando la
base de proyectos que, en el plano político y social, desembocaron en sistemas totalitarios
traumáticos para la humanidad.

En el ámbito de la investigación científica se ha ido imponiendo una mentalidad positivista que, no


sólo se ha alejado de cualquier referencia a la visión cristiana del mundo, sino que, y
29
principalmente, ha olvidado toda relación con la visión metafísica y moral. Consecuencia de esto
es que algunos científicos, carentes de toda referencia ética, tienen el peligro de no poner ya en
el centro de su interés la persona y la globalidad de su vida. Más aún, algunos de ellos,
conscientes de las potencialidades inherentes al progreso técnico, parece que ceden, no sólo a la
lógica del mercado, sino también a la tentación de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y
sobre el ser humano mismo.

Además, como consecuencia de la crisis del racionalismo, ha cobrado entidad el nihilismo. Como
filosofía de la nada, logra tener cierto atractivo entre nuestros contemporáneos. Sus seguidores
teorizan sobre la investigación como fin en sí misma, sin esperanza ni posibilidad alguna de
alcanzar la meta de la verdad. En la interpretación nihilista la existencia es sólo una oportunidad
para sensaciones y experiencias en las que tiene la primacía lo efímero. El nihilismo está en el
origen de la difundida mentalidad según la cual no se debe asumir ningún compromiso definitivo,
ya que todo es fugaz y provisional.

47. Por otra parte, no debe olvidarse que en la cultura moderna ha cambiado el papel mismo de la
filosofía. De sabiduría y saber universal, se ha ido reduciendo progresivamente a una de tantas
parcelas del saber humano; más aún, en algunos aspectos se la ha limitado a un papel del todo
marginal. Mientras, otras formas de racionalidad se han ido afirmando cada vez con mayor
relieve, destacando el carácter marginal del saber filosófico. Estas formas de racionalidad, en vez
de tender a la contemplación de la verdad y a la búsqueda del fin último y del sentido de la vida,
están orientadas —o, al menos, pueden orientarse— como « razón instrumental » al servicio de
fines utilitaristas, de placer o de poder.

Desde mi primera Encíclica he señalado el peligro de absolutizar este camino, al afirmar: « El


hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce, es decir, por el resultado del
trabajo de sus manos y más aún por el trabajo de su entendimiento, de las tendencias de su
voluntad. Los frutos de esta múltiple actividad del hombre se traducen muy pronto y de manera a
veces imprevisible en objeto de “alienación”, es decir, son pura y simplemente arrebatados a
quien los ha producido; pero, al menos parcialmente, en la línea indirecta de sus efectos, esos
frutos se vuelven contra el mismo hombre; ellos están dirigidos o pueden ser dirigidos contra él.
En esto parece consistir el capítulo principal del drama de la existencia humana contemporánea
en su dimensión más amplia y universal. El hombre por tanto vive cada vez más en el miedo.
Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor parte, sino algunos y precisamente
los que contienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de
manera radical contra él mismo ».53

En la línea de estas transformaciones culturales, algunos filósofos, abandonando la búsqueda de


la verdad por sí misma, han adoptado como único objetivo el lograr la certeza subjetiva o la
utilidad práctica. De aquí se desprende como consecuencia el ofuscamiento de la auténtica
dignidad de la razón, que ya no es capaz de conocer lo verdadero y de buscar lo absoluto.
30
48. En este último período de la historia de la filosofía se constata, pues, una progresiva
separación entre la fe y la razón filosófica. Es cierto que, si se observa atentamente, incluso en la
reflexión filosófica de aquellos que han contribuido a aumentar la distancia entre fe y razón
aparecen a veces gérmenes preciosos de pensamiento que, profundizados y desarrollados con
rectitud de mente y corazón, pueden ayudar a descubrir el camino de la verdad. Estos gérmenes
de pensamiento se encuentran, por ejemplo, en los análisis profundos sobre la percepción y la
experiencia, lo imaginario y el inconsciente, la personalidad y la intersubjetividad, la libertad y los
valores, el tiempo y la historia; incluso el tema de la muerte puede llegar a ser para todo pensador
una seria llamada a buscar dentro de sí mismo el sentido auténtico de la propia existencia. Sin
embargo, esto no quita que la relación actual entre la fe y la razón exija un atento esfuerzo de
discernimiento, ya que tanto la fe como la razón se han empobrecido y debilitado una ante la otra.
La razón, privada de la aportación de la Revelación, ha recorrido caminos secundarios que tienen
el peligro de hacerle perder de vista su meta final. La fe, privada de la razón, ha subrayado el
sentimiento y la experiencia, corriendo el riesgo de dejar de ser una propuesta universal. Es
ilusorio pensar que la fe, ante una razón débil, tenga mayor incisividad; al contrario, cae en el
grave peligro de ser reducida a mito o superstición. Del mismo modo, una razón que no tenga
ante sí una fe adulta no se siente motivada a dirigir la mirada hacia la novedad y radicalidad del
ser.

No es inoportuna, por tanto, mi llamada fuerte e incisiva para que la fe y la filosofía recuperen la
unidad profunda que les hace capaces de ser coherentes con su naturaleza en el respeto de la
recíproca autonomía. A la parresía de la fe debe corresponder la audacia de la razón.

CAPÍTULO V
INTERVENCIONES DEL MAGISTERIO
EN CUESTIONES FILOSÓFICAS

El discernimiento del Magisterio como diaconía de la verdad

49. La Iglesia no propone una filosofía propia ni canoniza una filosofía en particular con
menoscabo de otras.54 El motivo profundo de esta cautela está en el hecho de que la filosofía,
incluso cuando se relaciona con la teología, debe proceder según sus métodos y sus reglas; de
otro modo, no habría garantías de que permanezca orientada hacia la verdad, tendiendo a ella
con un procedimiento racionalmente controlable. De poca ayuda sería una filosofía que no
procediese a la luz de la razón según sus propios principios y metodologías específicas. En el
fondo, la raíz de la autonomía de la que goza la filosofía radica en el hecho de que la razón está
por naturaleza orientada a la verdad y cuenta en sí misma con los medios necesarios para

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