Stuart Hall
Introducción: ¿Quién necesita identidad?
En los últimos años se ha despertado una discusión y crítica con respecto al concepto
“identidad”. ¿CÓMO SE HA PENSADO LA IDENTIDAD? Desde la Filosofía se critica al sujeto
moderno que está centrado en la metafísica. Desde el feminismo y crítica cultural se
analizan los procesos inconscientes de la formación de la subjetividad y en la
posmodernidad se presenta a un Yo incesantemente perfomativo.
Entonces ¿por qué se aborda nuevamente esta cuestión? ¿Quién lo necesita?
Dos razones:
La primera consiste en señalar un rasgo distintivo de la crítica deconstructiva a la
que fueron sometidos muchos de estos conceptos esencialistas. A diferencia de las
formas de crítica que intentan reemplazar conceptos inadecuados por otros más
verdaderos o que aspiran a producir conocimiento positivo, el enfoque
deconstructivo somete a “borradura” de los conceptos clave. Esto indica que ya no
son buenos para ayudarnos a pensar pero como no fueron reemplazados ni
superados dialécticamente no hay otra que seguir pensándolos. La identidad es un
concepto que funciona “bajo borradura”. (PERMITE REPENSARLO)
La segunda nos exige señalar dónde y en relación con qué conjunto de problemas
surge la irreductibilidad del concepto identidad. Tanto su relación con la política
como de la agencia. En lo político refiere a la significación del significante
“identidad” en la movilización política moderna. Y agencia refiere a una
reconceptualización de sujeto e identidad, de sujeto y prácticas discursivas.
La identificación se construye en base del reconocimiento de algún origen o unas
características compartidas con otra persona, grupo o con un ideal que genera solidaridad
y lealtad. En contraste con el “naturalismo” de esta definición, el enfoque discursivo ve la
identificación como una construcción, un proceso nunca terminado: siempre “en
proceso”. La identificación es en definitiva condicional y se
afinca en la contingencia.
Desde la mirada de Freud: La identificaciónes, de hecho, ambivalente desde el comienzo
mismo. Se funda en la fantasía, la proyección y la idealización. El concepto de identidad
aquí desplegado no es esencialista, sino estratégico y posicional.
En la evolución de la obra de Foucault requiere una reconceptualización: pensarlo en su
nueva posición desplazada o descentrada dentro del paradigma. Al parecer, la cuestión de
la identidad o, mejor, si se prefiere destacar el proceso de sujeción a las prácticas
discursivas, y la política de exclusión que todas esas sujeciones parecen entraña r, la
cuestión de la identificación, se reitera en el intento de rearticular la relación entre sujetos
y prácticas discursivas.
De su uso psicoanalítico, el concepto de identificación hereda un rico legado semántico.
Freud lo llama «la primera expresión de un lazo emocional con otra persona» En el
contexto del complejo de Edipo, sin embargo, toma las figuras parentales como objetos a
la vez amorosos y de rivalidad, con lo cual instala la ambivalencia en el centro mismo del
proceso. “La identificación es ambivalente desde un comienzo”
Se funda en la fantasía, la proyección y la idealización. Dentro de una agencia como el
superyó, por ejemplo, coexisten demandas que son diversas, conflictivas y desordenadas.
De manera similar, el ideal del yo está compuesto de identificaciones con ideales
culturales que no son necesariamente armoniosos»
El concepto de identidad aquí desplegado no es, por lo tanto, esencialista, sino
estratégico y posicional.
No es: yo colectivo o verdadero que se oculta dentro de muchos otros "yoes" construidos
que generan una historia y una ascendencia que tienden a fijar una unicidad o pertenencia
cultural sin cambios, subyacente a todas las otras diferencias culturales
Lo que es: construcciones fragmentadas propias del carácter “estable” de gentes y
culturas en relación con la globalización, caracterizados de la migración global. ¿Cómo
surgen? En prácticas discursivas en ámbitos históricos e institucionales. Se construyen a
través de la diferencia y no al margen.
El concepto acepta que las identidades nunca se unifican y en los tiempos de la
modernidad tardía están cada vez más fragmentadas y fracturadas nunca son singulares,
sino construidas de múltiples maneras a través de discursos, prácticas y posiciones
diferentes, a menudo cruzados y antagónicos. De tal modo, las identidades son puntos de
adhesión temporaria a las posiciones subjetivas que nos construyen las prácticas
discursivas
Precisamente porque las identidades se construyen dentro del discurso y no fuera de él,
debemos considerarlas producidas en ámbitos históricos e institucionales específicos en el
interior de formaciones y prácticas discursivas específicas, mediante estrategias
enunciativas específicas.
Por otra parte, emergen en el juego de modalidades específicas de poder y, por ello, son
más un producto de la marcación de la diferencia y la exclusión que signo de una unidad
idéntica y naturalmente constituida: una “identidad” en su significado tradicional, implica
la admisión radicalmente perturbadora de que el
significado “positivo” de cualquier término —y con ello su
“identidad” sólo puede construirse a través de la relación con el Otro, la relación con lo
que él no es, con lo que justamente le falta, con lo que se ha denominado
su afueraconstitutivo
Toda identidad tiene como “margen” un exceso, algo más. La unidad, la homogeneidad i
interna que el término identidad trata como fundacional, no es
una forma natural sino construida de cierre, y toda identidad nombra como su otro
necesario, aunque silenciado y tácito, aquello que le “falta” Laclau sostiene con vigor y
persuasión que «la constitución de u na identidad social es un acto de poder» dado que, si
una objetividad logra afirmarse parcialmente, sólo lo hace reprimiendo lo que la amenaza.
Derrida demostró que la constitución de u na identidad siempre se basa en la exclusión de
algo y el establecimiento de una jerarquía violenta entre dos polos.
De modo que las «unidades» proclamadas por las identidades se construyen, en realidad,
dentro del juego del poder y la exclusión y son el resultado, no de una totalidad natural e
inevitable o primordial, sino del proceso naturalizado y sobre determinado de cierre.
Si las “identidades” sólo pueden leerse a contrapelo,
vale decir, específicamente no como aquello que fija el juego de la diferencia en un punto
de origen y estabilidad, sino como lo que se construye en o través de la diferencia.
¿Cómo debe analizarse la subjetividad poscolonial racializada y de género? El hecho
de que el psicoanálisis privilegie la "diferencia sexual" y la primera infancia, ¿limita su
valor explicativo en lo concerniente a ayudarnos a comprender las dimensiones psíquicas
de fenómenos sociales como el racismo? ¿Cómo se articulan el "orden simbólico" y el
orden social en la formación del sujeto? En otras palabras, ¿cómo debe teorizarse el
vínculo entre la realidad social y la realidad psíquica?
Uso “identidad” para referirme al punto de encuentro, por un lado, los discursos y
prácticas que intentan hablarnos o ponernos en nuestro lugar como sujetos sociales de
discursos particulares y, por otro, los procesos que producen subjetividades, que nos
construyen como sujetos susceptibles de «decirse». De tal modo, las identidades son
puntos de adhesión temporaria a las posiciones subjetivas que nos construyen las
prácticas discursivas.
Las identidades son, entonces las posiciones que el sujeto está obligado a tomar,
a la vez que siempre “sabe” que son representaciones, que la representación siempre se
construye a través de una “falta”, una división, desde el lugar del Otro, y por eso nunca
puede ser adecuada a los procesos subjetivos investidos en ellas.
Pécheux intentó hacer una descripción con referencia a los mecanismos de la puesta en
posición de sus sujetosusando la noción foucaultiana de la formación discursiva como
factor determinante de lo que puede y debe decirse.
«Los individuos se constituyen como sujetos por medio de
la formación discursiva, un proceso de sujeción en el cual el individuo es identificado
como sujeto de esa formación en una estructura de desconocimiento La interpelación
da nombre al mecanismo de esta estructura de desconocimiento, en concreto el término
del sujeto en lo discursivo y lo ideológico, el punto de su correspondencia.
La crítica de Hirst logró mostrar que todos los mecanismos constituyentes del sujeto en el
discurso como una interpelación corrían el peligro de presuponer un sujeto ya constituido.
Sin embargo, como nadie propuso renunciar a la idea del sujeto constituido en el discurso
como un efecto, aún quedaba por demostrar cuál
era el mecanismo no susceptible de ser considerado un supuesto previo que podía
emprender esa constitución.
En su artículo sobre “El estadio del espejo” Lacan señaló que el niño, en un momento en
que, por breve que sea, es superado por el chimpancé en inteligencia instrumental, ya
puede, no obstante, reconocer su propia imagen en el espejo. El estadio del espejo no es
el comienzo de algo, sino la interrupción —la pérdida, la falta, la división— que inicia el
proceso “undador” del sujeto sexualmente diferenciado (y el inconsciente), y esto
depende no sólo de la formación instantánea de alguna capacidad cognitiva interna, sino
de la ruptura dislocadora de la mirada desde el lugar del Otro. Para Lacan ya hay un
fantasma: la imagen misma que sitúa al niño divide su identidad en dos. Por otra parte,
ese momento sólo tiene sentido en relación con la presencia y la mirada de apoyo de la
madr e, que garantiza al niño su realidad. Este argumentoexplota la indeterminación
inherente a la discrepancia entre la temporalidad de la descripción lacaniana del
encuentro del niño con su imagen corporal en el espejo como un "estadio" y el carácter
puntual de su retrato de ese encuentro como una "escena", cuyo momento dramático se
limita a las relaciones entre sólo dos "personajes": el niño y su imagen corporal». Sin
embargo, como dice Osborne, o bien representa una adición crítica al argumento del
estadio del espejo o bien introduce una lógica diferente cuyas implicaciones no se
abordan en la obra ulterior de Lacan.
Foucault también lleva a cabo una historización radical de la categoría del sujeto. Este es
producido como un efecto a través y dentro del discurso, en el interior de formaciones
discursivas específicas, y no tiene existencia y, sin duda, ninguna continuidad o
identidad trascendental de una posición subjetiva a otra. En el trabajo « foucaultiano los
discursos construyen posiciones subjetivas por medio de sus reglas de formación y
modalidades de enunciación pero estos textos proponen una descripción formal de
la construcción de las posiciones subjetivas dentro del discurso, pero revelan poco sobre
la causa por la cual algunos individuos ocupan ciertas posiciones y no otras. Al
omitir analizar cómo interactúan las posiciones sociales de los individuos con la
construcción de ciertas posiciones subjetivas discursivas vacías, Foucault reinscribe una
antinomia entre las posiciones subjetivas y los individuos que las ocupan. Así, su
arqueología presenta un tramiento formal crítico pero unidimensional del sujeto del
discurso.
Las posiciones subjetivas discursivas se convierten en categorías a priori que los individuos
parecen ocupar de manera no problemática.
La posición central de las cuestiones de poder y la idea de que el discurso mismo es una
formación reguladora y regulada, cuya entrada queda determinada por las relaciones de
poder queimpregnan el reino social, a la vez que es constitutiva de ellas acercan la
concepción de Foucault de la formación discursiva a algunas de
las cuestiones clásicas que Althusser trató de abordar por medio del concepto de
“ideología”, desprovisto, por supuesto, de su reduccionismo de clase y sus
insinuaciones economicistas y con pretensiones de verdad.
En el área de la teorización del sujeto y la identidad, persisten algunos problemas. Una de
las implicaciones de las nuevas concepciones del poder elaboradas en
este Corpus es la deconstrucción radical del cuerpo, el último residuo o refugio del
Hombre, y su reconstrucción en términos de sus formaciones históricas, genealógicas
y discursivas. El cuerpo es construido, modelado y remodelado por la intersección de una
serie de prácticas discursivas disciplinarias. La tarea de la genealogía, declara Foucault es
exponer el cuerpo totalmente marcado por la historia y los procesos de destrucción del
cuerpo por la historia. Para expresarlo con crudeza, vuelve a sujetar las cosas que la teoría
de la producción discursiva de los sujetos, si se la llevara a sus extremos, fracturaría y
dispersaría de manera irreparable.
En la introducción crítica a El uso de los placeres, Foucault enumera lo que para entonces
cabía esperar de su obra -“la correlación entre campos de saber, tipos de normatividad y
formas de subjetividad en culturas específicas”- para luego agregar críticamente “las
prácticas mediante las cuales los individuos se vieron
en la necesidad de concentrar la atención en sí mismos, descifrarse, reconocerse y
admitirse como sujetos de deseo, poniendo en juego entre unos y otros cierta
relación que les permitía descubrir, en el deseo, la verdad de su ser, fuera natural o caído.
Ensuma, con esta genealogía la idea era investigar cómo fueron inducidos los individuos
a practicar, en sí mismos y en otros, una hermenéutica del deseo”.
Foucault describe este aspecto como “un tercer cambio, a fin de analizar
lo que se denomina "sujeto". Parecía apropiado buscar las formas y modalidades de la
relación con el yo mediante las cuales el individuo se constituye y reconoce como sujeto”.
Foucault, sin duda, no haría nada tan pedestre como desplegar realmente el término
“identidad”, pero creo que con “la relación con el yo” y la constitución y el
reconocimiento de “sí mismo” como sujeto nos aproximamos a una parte del territorio
que, en los términos antes establecidos, pertenece a la problemática “identitaria”.
Para Marx, para Althusser, para Foucault, nunca bastó con elaborar una teoría que
explicara cómo se convoca a los individuos a su lugar en las estructuras discursivas.
Siempre fue preciso exponer, además, cómo se constituyen los sujetos. En resumen,
queda pendiente la exigencia de pensar esta relación del sujeto con las formaciones
discursivas como una articulación. En consecuencia, es tanto más fascinante
constatar que, cuando por fin Foucault se movió efectivamente en esa se vio impedido,
desde luego, de acudir a una de las principales fuentes de reflexión sobre este
aspecto olvidado, a saber, el psicoanálisis; impedido de moverse en esa dirección por su
propia crítica de este como una mera red más de relaciones disciplinarias de poder. Lo que
produjo fue, en cambio, una fenomenología discursiva del sujeto y una genealogía de las
tecnologías del yo. Pero se tratabade una fenomenología que corría el riesgo de caer bajo
el peso deun énfasis excesivo en la intencionalidad, precisamente porque no podía
enfrentarse con el inconsciente.
Judith Butler abordó, a partir de su interés en “los límites discursivos del sexo” y la
política del feminismo, las transacciones complejas entre el sujeto, el cuerpo y la
identidad, para lo cual reunió en un marco analítico ideas extraídas de u na perspectiva
foucaultiana y psicoanalítica. Con la adopción de la postura de que
el sujeto se construye discursivamente y que no lo hay antes o al margen de la Ley, Butler
elabora un argumento rigurosamente fundamentado en el cual sostiene que “el sexo es,
desde el principio, normativo; es lo que Foucault llamó un "ideal regulatorio". En este
sentido, entonces, el sexo no sólo funciona como una norma, sino que es parte de una
práctica regulatoria que produce (por medio de la repetición o reiteración de una norma
sin origen) los cuerpos que gobierna, es decir, cuya fuerza regulatoria se ilustra como una
especie de poder productivo, el poder de producir -deslindar, circular, diferenciar- los
cuerpos que controla. El "sexo" es unconstructo ideal que se materializa forzosamente a
través del tiempo”. La materialización se replantea aquí como un efecto de poder. La idea
de que el sujeto se produce en el curso de su materialización tiene un sólido fundamento
en una teoría performativa del lenguaje y el sujeto, pero la performatividad queda
despojada de sus asociaciones con la volición, la elección y la intencionalidad y se relee
“no como el acto por medio del cual un sujeto da origen a lo que nombra, sino más bien
como el poder reiterativo del discurso de producir los fenómenos que regula y constriñe”
Sin embargo, desde el punto de vista del argumento que se desarrolla aquí, el cambio
decisivo es “una vinculación de este proceso de "asunción" de un sexo con la cuestión de
la identificación y los medios discursivos por los cuales el imperativo heterosexual permite
ciertas identificaciones sexuadas e impide o desaprueba otras”. Este lugar central
asignado a la cuestión de la identificación, junto con la problemática del sujeto
que “asume un sexo”, da acceso en la obra de Butler a un diálogo crítico y reflexivo entre
Foucault y el psicoanálisis, que es enormemente productivo.
Sea como fuere, este texto acepta como un punto de partida la idea de Foucault de que el
poder regulatorio produce los sujetos que controla, y que el poder no sólo se impone
externamente sino que actúa como el medio regulatorio y normativo gracias al cual se
forman los sujetos. El retorno al psicoanálisis, entonces, está orientado por la inquietud
de saber cómo ciertas normas regulatorias forman un sujeto "sexuado" en términos que
establecen el carácter indistinguible de la formación psíquica y corporal”. La significación
de la postura de Butler para el argumento es mucho más pertinente, sin embargo,
porque se desarrolla en el contexto de la discusión del género y la sexualidad, moldeada
por el feminismo, y por lo tanto recurre directamente a las cuestiones de la identidad y
la política identitaria. En este punto Butler argumenta con vigor que todas las identidades
actúan por medio de la exclusión, a través de la construcción discursiva de un afuera
constitutivo y la producción de sujetos abyectos y marginados, aparentementeal margen
del campo de lo simbólico, lo representable, la producción de un "afuera", un dominio de
efectos inteligibles” que luego retorna para trastornar y perturbar las exclusiones
prematuramente llamadas “identidades”. Butler despliega este argumento con eficacia en
lo concerniente a la sexualización y la racialización del sujeto: un argumento que exige ser
elaborado si se pretende que la constitución de sujetos en y a través de los efectos
normalizadores del discurso racial alcance el desarrollo teórico hasta ahora reservado al
género y la sexualidad.
Según lo señaló James Souter“la crítica interna que Butler hace de la política identitaria
feminista y suspremisas fundacionales cuestiona la adecuación de
una política representacional cuya base es la presuntauniversalidad y unidad de su sujeto,
una categoría inconsútil de mujeres». La paradoja es que, como en todas las otras
identidades tratadas políticamente de una manera fundacional, esta identidad «se basa en
la exclusión de mujeres "diferentes" y en la priorización normativa de las relaciones
heterosexuales como fundamento de la política feminista”. Esta unidad es una “unidad
ficticia”, “producida y restringida por lasmismas estructuras de poder mediante las cuales
se busca la emancipación”. De manera significativa, sin embargoesto no induce a Butler a
sostener que todas las nociones de identidad deberían, por ende, abandonarse debido a
sus defectos teóricos. En rigor, esta autora toma la estructura especular de la
identificación como una parte crítica de su argumento. Pero admite que tal argumento
sugiere, en efecto, los límites necesarios de la política identitaria.
Las identificaciones nunca se construyen plena y definitivamente; se reconstituyen de
manera incesante y, por eso, están sujetas a la volátil lógica de la reiterabilidad. Son lo que
se ordena, consolida, recorta e impugna constantemente y, a veces, se ve forzado a ceder
el [Link] esfuerzo, hoy, de pensar la cuestión de la distintividad de la lógica dentro de la
cual el cuerpo racializado y etnicizado se constituye de manera discursiva, por medio del
ideal normativo regulatorio de un “eurocentrismo compulsivo” no puede
incorporarse meramente a los argumentos antes esbozados con brevedad. Pero estos
recibieron un enorme impulso original de esa enredada e inconclusa
argumentación, demostrativa, más allá de toda duda, de que el cuestionamiento y la
teorización de la identidad son un asunto de considerable significación política que
probablemente sólo será promovido cuando tanto la necesidad como la imposibilidad de
las identidades, y la sutura de lo psíquico y lo discursivo en su constitución, se reconozcan
de manera plena e inequívoca.