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Apelación en caso de daños: Wagner vs. Mitre

La sentencia analiza una demanda por daños y perjuicios. Confirma la condena a una empresa de transporte y aseguradora a pagar una indemnización. Explica que si bien rige un nuevo código, deben aplicarse las leyes anteriores para los hechos del caso. La cuantificación del daño se rige por la normativa actual.

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Apelación en caso de daños: Wagner vs. Mitre

La sentencia analiza una demanda por daños y perjuicios. Confirma la condena a una empresa de transporte y aseguradora a pagar una indemnización. Explica que si bien rige un nuevo código, deben aplicarse las leyes anteriores para los hechos del caso. La cuantificación del daño se rige por la normativa actual.

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Poder Judicial de la Nación

CAMARA CIVIL - SALA A

“Wagner, Susana Beatriz c/ Microomnibus Mitre S.A. s/ Daños y


perjuicios”

Expte. n.° 57737/2014

En la ciudad de Buenos Aires, capital de la


República Argentina, a los 12 días del mes de febrero del año dos
mil veintiuno, reunidos en acuerdo –en los términos de los arts. 12 y 14 de
la acordada n° 27/2020 de la C.S.J.N.– los señores jueces de la Sala “A” de
la Excma. Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil, para conocer en los
recursos de apelación interpuestos en los autos caratulados: “Wagner,
Susana Beatriz c/ Microomnibus Mitre S.A. s/ Daños y perjuicios”,
respecto de la sentencia de fs. 615/629, establecen la siguiente cuestión a
resolver:
¿SE AJUSTA A DERECHO LA SENTENCIA
APELADA?
Practicado el sorteo, resultó que la votación
debía realizarse en el siguiente orden: señores jueces de cámara doctores:
SEBASTIÁN PICASSO – RICARDO LI ROSI
A LA CUESTIÓN PROPUESTA, EL DR.
SEBASTIÁN PICASSO DIJO:
I.- La sentencia de fs. 615/629 hizo lugar a la
demanda interpuesta por Susana Beatriz Wagner, y condenó a
Microomnibus Mitre S.A. y a Jorge Daniel Escobar a abonar a aquella la
suma de $ 470.000, con más intereses y costas. Asimismo, hizo extensiva la
condena a Metropol Sociedad de Seguros Mutuos en los términos del art.
118 de la ley 17.418
Contra dicho pronunciamiento se alzan las
quejas de los emplazados con fecha 26/10/2020, presentación que mereció
réplica de la demandante el 3/11/2020. Por su parte, esta última expresó
agravios el 25/10/2020, que fueron contestados por los emplazados con
fecha 11/11/2020.
II.- Memoro que los jueces no están obligados a

Fecha de firma: 12/02/2021


Firmado por: SEBASTIAN PICASSO, JUEZ DE CAMARA
Firmado por: RICARDO LI ROSI, JUEZ DE CAMARA
Firmado por: JUAN PABLO LORENZINI, SECRETARIO DE CAMARA

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hacerse cargo de todos y cada uno de los argumentos expuestos por las
partes ni a analizar las pruebas producidas en su totalidad, sino que pueden
centrar su atención únicamente en aquellos que sean conducentes para la
correcta decisión de la cuestión planteada (art. 386, Código Procesal).
Asimismo aclaro que, al cumplir los agravios de
la demandante, la crítica concreta y razonada que prescribe el art. 265 del
Código Procesal, en aras de la amplitud de la garantía de defensa en juicio,
y conforme al criterio restrictivo que rige en esta materia (Gozaini, Osvaldo
A., Código Procesal Civil y Comercial de la Nación. Comentado y
Anotado, La Ley, Buenos Aires, 2006, t. II, p. 101/102; Kielmanovich,
Jorge L., Código Procesal Civil y Comercial de la Nación. Comentado y
Anotado, Lexis Nexis, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 2003, t. I, p. 426), no
propiciaré la sanción de deserción que postula la contraria en la
presentación electrónica de fecha 11/11/2020
En otro orden de cosas, creo menester poner de
resalto que, si bien a partir del 1 de agosto de 2015 ha entrado en vigor el
Código Civil y Comercial de la Nación, los hechos ventilados en el sub lite
(y por ende, la constitución de la obligación de reparar) han acaecido
durante la vigencia del Código Civil y el Código de Comercio derogados.
Por consiguiente, la cuestión debe juzgarse a la luz de la legislación
abrogada, que mantiene ultractividad en este supuesto (art. 7, Código Civil
y Comercial de la Nación; vid. Roubier, Paul, Le droit transitoire. Conflit
des lois dans le temps, Dalloz, Paris, 2008, p. 188/190; Kemelmajer de
Carlucci, Aída, La aplicación del Código Civil y Comercial a las relaciones
y situaciones jurídicas existentes, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2015, p.
158).
Debe hacerse excepción a esta regla en lo que
respecta a las normas relativas a la cuantificación del daño, dado que ellas
no se refieren a la constitución de la relación jurídica (obligación de
reparar) sino solo a las consecuencias de ella, y no varían la naturaleza ni la
extensión de la indemnización que tiene derecho a percibir la víctima, pues
se limitan a sentar una pauta para su liquidación. En este sentido dice
Kemelmajer de Carlucci: “Hay cierto acuerdo en que debe distinguirse

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entre la existencia y la cuantificación del daño. La segunda operación debe


realizarse según la ley vigente en el momento en que la sentencia
determina la medida o extensión” (Kemelmajer de Carlucci, Aída, La
aplicación del Código Civil y Comercial a las relaciones y situaciones
jurídicas existentes. Segunda parte, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2016, p.
234). Por este motivo las reglas contenidas en los arts. 1741 -último
párrafo-, 1746 y concs. del Código Civil y Comercial son directamente
aplicables al sub lite.
No obstante, incluso en los aspectos que
continúan siendo regidos por la legislación derogada, las disposiciones del
Código Civil y Comercial constituyen una valiosísima pauta interpretativa,
en tanto condensan las actuales tendencias doctrinales y jurisprudenciales y
expresan además la intención del legislador de nuestros días (esta sala,
25/6/2015, “C., Jésica María c/ B., Carlos Ricardo y otros s/ Daños y
perjuicios”; ídem, 30/3/2016, “F., Celeste Ester c/ D. P., Virginia Gabriela y
otro s/ Daños y perjuicios”, expte. n.° 11.725/2013; 11/10/2016, “R., Jorge
Oscar c/ A., Adrián Bartolomé y otro s/ Nulidad de acto jurídico” y “A.,
Adrián Bartolomé y otro c/ R., Jorge Oscar s/ Restitución de bienes”,
exptes. n.° 47.289/2001 y 38.328/2003; ídem, CAC y C, Azul, sala II,
15/11/2016, “Ferreira, Rodríguez Amelia c/ Ferreira Marcos, y otra s/
Desalojo”, LL 2017-B, 109, RCCyC 2017 (abril), 180; Galdós, Jorge
Mario, “La responsabilidad civil y el derecho transitorio”, LL 16/11/2015,
3).
Adicionalmente, es conveniente explicar
brevemente por qué, pese a algunos avatares legislativos, continúa
plenamente vigente la doctrina plenaria elaborada a lo largo del tiempo por
esta cámara. En efecto, si bien el art. 303 del Código Procesal fue derogado
por el art. 12 de la ley 26.853, en virtud del art. 15 de aquella norma tal
disposición recién entraría en vigor a partir de la efectiva integración y
puesta en funcionamiento de los tribunales que allí se crearon (vid. la
acordada n.° 23/2013 de la Corte Suprema de Justicia de la Nación). Ahora
bien, esos tribunales nunca vieron la luz, y, de hecho, el art. 4 de la ley
27.500 abrogó –a su vez- la ley 26.853 –con excepción de su art. 13- y

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reinstauró el recurso de inaplicabilidad de ley y la obligatoriedad de los
fallos plenarios.
Por último, es pertinente destacar que la
cuestión relativa a la forma en la que ocurrieron los hechos y la
responsabilidad de los emplazados se encuentra firme, ya que la decisión en
tal sentido ha sido consentida por todas las partes.
III.- Sentado lo que antecede, trataré los
agravios sobre las partidas indemnizatorias.
a) Incapacidad sobreviniente
La Sra. juez de grado otorgó, en concepto de
“incapacidad física”, la suma $ 200.000 y por el ítem “daño psíquico”, el
monto de $ 150.000. La actora cuestiona estos importes por considerarlos
exiguos, mientras que los emplazados entienden que son elevados.
Ante todo debe dejarse en claro que el daño, en
sentido jurídico, no se identifica con la lesión a un bien (las cosas, el
cuerpo, la salud, etc.), sino, en todo caso, con la lesión a un interés lícito,
patrimonial o extrapatrimonial, que produce consecuencias patrimoniales o
extrapatrimoniales (Calvo Costa, Carlos A., Daño resarcible, Hammurabi,
Buenos Aires, 2005, p. 97). En puridad, son estas consecuencias las que
deben ser objeto de reparación (Pizarro, Ramón D. – Vallespinos, Carlos
G., Obligaciones, Hammurabi, Buenos Aires, 1999, t. 2, p. 640), lo que
lleva a concluir en la falta de autonomía de todo supuesto perjuicio que
pretenda identificarse en función del bien sobre el que recae la lesión (la
psiquis, la estética, la vida de relación, el cuerpo, la salud, etc.). En todos
estos casos, habrá que atender a las consecuencias que esas lesiones
provocan en la esfera patrimonial o extrapatrimonial de la víctima, que
serán, por lo tanto, subsumibles dentro de alguna de las dos amplias
categorías de perjuicios previstas en nuestro derecho: el daño patrimonial y
el moral.
La lesión de la psiquis de la actora, entonces, no
constituye un perjuicio autónomo y distinto de la incapacidad
sobreviniente. Se trata, en ambos casos, de lesiones –causadas en la psiquis
o el cuerpo de la víctima– que producen una merma en la capacidad del

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sujeto para realizar actividades patrimonialmente mensurables. Es esta


merma, que resulta en una disminución patrimonial (un lucro cesante), lo
que en definitiva constituye el daño resarcible.
En sentido concorde, esta sala ha sostenido en
forma reiterada que los perjuicios físicos y psíquicos deben ser valorados
en forma conjunta, porque los porcentajes de incapacidad padecidos por el
damnificado repercuten unitariamente, lo cual aconseja que se fije una
partida indemnizatoria que abarque ambos aspectos ya que, en rigor, si bien
conformarían dos índoles diversas de lesiones, se traducen en el mismo
daño, que consiste, en definitiva, en la merma patrimonial que sufre la
víctima por la disminución de sus aptitudes y para el desempeño de
cualquier trabajo o actividad productora de beneficios materiales (esta sala,
12/3/2013, “Heredia, Ricardo Alejandro c/ Empresa Ciudad de San
Fernando y otros s/ Daños y Perjuicios”, L. n° 610.399; ídem, 22/8/2012,
“Rein, Flavio Eduardo c/ Bayer S.A. y otros”, L n° 584.026; ídem,
19/6/2012, “García, Josefina c/ Transporte Escalada S.A.T. y otro s/ daños y
perjuicios”, L. n° 598.408; ídem, 23/2/2012, “Giménez, Victoria Yasmin c/
Morales, Pablo y otros s/ daños y perjuicios”, LL 18/06/2012 , 9; ídem,
1/6/2010, “Amaya, Alfredo Edmundo c/ Transporte Metropolitano General
San Martín S. A.”, LL Online, cita: AR/JUR/43022/2010, entre muchos
otros).
Establecido que corresponde dar a la
incapacidad un tratamiento unitario es preciso, como primera medida,
definir adecuadamente a qué tipo de perjuicios se refiere este rubro.
Desde un punto de vista genérico, la
incapacidad puede definirse como “la inhabilidad o impedimento, o bien,
la dificultad apreciable en algún grado para el ejercicio de funciones
vitales” (Zavala de González, Matilde, Resarcimiento de daños,
Hammurabi, Buenos Aires, 1996, t. 2a, p. 343). Ahora bien, es evidente que
esa disminución puede, como todo el resto de los daños considerados desde
el punto de vista “naturalístico” (esto es, desde el punto de vista del bien
sobre el que recae la lesión; vid. Bueres, Alberto J., "El daño moral y su
conexión con las lesiones a la estética, a la psique, a la vida de relación y a

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la persona en general", Revista de Derecho Privado y Comunitario, Daños a
la persona, n° 1, Santa Fe, 1992, p. 237 y ss.), tener repercusiones tanto en
la esfera patrimonial como en la extrapatrimonial de la víctima. Este último
aspecto no puede, a mi juicio, subsumirse en la incapacidad sobreviniente,
sino que se identifica, en todo caso, con el daño moral. No coincido,
entonces, con quienes engloban en el tratamiento de este rubro tanto a las
consecuencias patrimoniales de la incapacidad como otras facetas
relacionadas con lo espiritual (la imposibilidad de realizar ciertas
actividades no lucrativas que llevaba adelante la víctima, tales como
deportes y otras atinentes al esparcimiento y la vida de relación), pues tal
tesitura implica, en puridad, generar un doble resarcimiento por el mismo
perjuicio, que sería valorado, primero, para fijar la indemnización por
incapacidad sobreviniente, y luego para hacer lo propio con el daño moral.
De modo que el análisis a efectuar en el presente
acápite se circunscribirá a las consecuencias patrimoniales de la
incapacidad sobreviniente, partiendo de la premisa –sostenida por la
enorme mayoría de la doctrina nacional, lo que me exime de mayores citas–
según la cual la integridad física no tiene valor económico en sí misma,
sino en función de lo que la persona produce o puede producir. Se trata, en
última instancia, de un lucro cesante actual o futuro, derivado de las
lesiones sufridas por la víctima (Pizarro, Ramón D. – Vallespinos, Carlos
G., Obligaciones, Hammurabi, Buenos Aires, 2008, t. 4, p. 305).
Lo hasta aquí dicho en modo alguno se
contrapone con la doctrina que sigue actualmente la Corte Suprema de
Justicia de la Nación, a cuyo tenor “cuando la víctima resulta disminuida
en sus aptitudes físicas o psíquicas de manera permanente, esta
incapacidad debe ser objeto de reparación al margen de que desempeñe o
no una actividad productiva pues la integridad física tiene en sí misma un
valor indemnizable y su lesión afecta diversos aspectos de la personalidad
que hacen al ámbito doméstico, social, cultural, y deportivo, con la
consiguiente frustración del desarrollo pleno de la vida” (CSJN,
27/11/2012, “Rodríguez Pereyra, Jorge Luis y otra c/ Ejército Argentino s/
daños y perjuicios”; ídem, Fallos, 308:1109; 312:752 y 2412; 315:2834;

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327:3753; 329:2688 y 334:376, entre otros). En efecto, entiendo que el eje


de la argumentación del alto tribunal estriba en los siguientes parámetros:
a) por imperio constitucional, la reparación debe ser integral; b) eso quiere
decir que deben resarcirse todas las consecuencias de la incapacidad, y no
únicamente las patrimoniales, y c) a los efectos de evaluar la indemnización
del daño patrimonial es insuficiente tener en cuenta únicamente los
ingresos de la víctima, pues la lesión de su integridad física afecta también
sus posibilidades de realizar otras actividades que, aunque no resulten
remuneradas, son económicamente mensurables. Es en este último sentido,
a mi juicio, que debe interpretarse la referencia de la corte a que la
integridad física “tiene en sí misma valor indemnizable”, pues la otra
alternativa (esto es, afirmar que debe asignarse a la integridad física un
valor en sí, independientemente de lo que produzca o pueda producir)
conduciría al sinsentido de patrimonializar un derecho personalísimo, y
asignar artificialmente (¿sobre la base de qué parámetros?) un valor
económico al cuerpo de la persona.
Por otra parte, el criterio que se propone en este
voto respeta el principio de reparación integral de todas las consecuencias
de la incapacidad sobreviniente, aunque distingue adecuadamente según
que ellas se proyecten en la esfera patrimonial o en la espiritualidad de la
víctima. Respecto del primer punto, y como se verá enseguida, no tomaré
en cuenta exclusivamente el monto del salario que el damnificado
eventualmente percibiera, sino que evaluaré también la incidencia de la
incapacidad en la realización de otras actividades no remuneradas, pero
patrimonialmente mensurables, así como sus eventuales posibilidades de
mejorar su situación laboral o patrimonial por medio de su trabajo.
No otra cosa dispone ahora, expresamente, el
art. 1746 del Código Civil y Comercial, específicamente aplicable a estos
casos.
Establecidos de ese modo la naturaleza y los
límites del rubro en estudio, corresponde ahora hacer una breve referencia
al método a utilizar para su valuación.

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Al respecto, el texto del ya mencionado art.
1746 del Código Civil y Comercial –en cuya redacción participé
personalmente, en tanto miembro del grupo de trabajo que asesoró a la
Comisión de Reformas en materia de responsabilidad civil- es terminante
en tanto dispone que los jueces deben aplicar fórmulas matemáticas para
evaluar el lucro cesante derivado de una incapacidad sobreviniente. Es que
no existe otra forma de calcular “un capital, de tal modo que sus rentas
cubran la disminución de la aptitud del damnificado para realizar
actividades productivas o económicamente valorables, y que se agote al
término del plazo en que razonablemente pudo continuar realizando tales
actividades” (art. 1746, recién citado). Por lo demás, esa es la
interpretación ampliamente mayoritaria en la doctrina que se ha ocupado de
estudiar la citada norma (López Herrera, Edgardo, comentario al art. 1746
en Rivera, Julio C. (dir.) – Medina, Graciela (dir.) - Esper, Mariano
(coord.), Código Civil y Comercial de la Nación comentado, La Ley,
Buenos Aires, 2014, t. IV, p. 1088/1089; Picasso Sebastián – Sáenz Luis R.
J., comentario al art. 1746 en Herrera, Marisa – Caramelo, Gustavo –
Picasso, Sebastián (dirs.) Código Civil y Comercial de la Nación
Comentado, Infojus, Buenos Aires, 2015, t. IV, 9. 461; Carestia, Federico
S., comentario al art. 1746 en Bueres, Alberto J. (dir.) – Picasso, Sebastián
– Gebhardt, Marcelo (coords.), Código Civil y Comercial de la Nación y
normas complementarias, Análisis doctrinal y jurisprudencial, Hammurabi,
Buenos Aires, 2016, t. 3F, p. 511; Zavala de González, Matilde – González
Zavala, Rodolfo, La responsabilidad civil en el nuevo Código, Alveroni,
Córdoba, 2018, t. III, p. 335; Picasso, Sebastián – Sáenz, Luis R- J.,
Tratado de Derecho de Daños, La Ley, Buenos Aires, 2019, t. I, p. 440 y
ss.; Pizarro, Ramón D. – Vallespinos Carlos G., Tratado de responsabilidad
civil, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2017, t. I, p. 761; Ossola, Federico A., en
Rivera, Julio C. – Medina, Graciela (dirs.), Responsabilidad Civil, Abeledo
Perrot, Buenos Aires, 2016. p. 243; Azar, Aldo M. – Ossola, Federico, en
Sánchez Herrero, Andrés (dir.) - Sánchez Herrero Pedro (coord.), Tratado
de derecho civil y comercial, La Ley, Buenos Aires, 2018, t. III, p. 560;
Acciarri, Hugo A., “Fórmulas y herramientas para cuantificar

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indemnizaciones por incapacidad en el nuevo Código”, LL, 15/7/2015, p. 1;


ídem, “Sobre el cómputo de rentas variables para cuantificar
indemnizaciones por incapacidad”, JA 2017-IV, cita
online: AR/DOC/4178/2017; Galdós, Jorge M, “Cuatro reglas sobre la
cuantificación del daño patrimonial por incapacidad (el art. 1746 CCCN)”,
RCyS, diciembre 2016, portada; Sagarna, Fernando A., “Las fórmulas
matemáticas del art. 1746 del Código Civil y Comercial”, RCyS 2017-
XI , 5; Carestia, Federico, “La incorporación de fórmulas matemáticas para
la cuantificación del daño en caso de lesiones a la integridad psicofísica. Un
paso necesario”, [Link] - DC2B5B).
El hecho de que el mecanismo legal para
evaluar la incapacidad sobreviniente consiste ahora en la aplicación de
fórmulas matemáticas es reconocido incluso por autores que, en un primer
momento, habían sostenido que no era forzoso recurrir a esa clase de
cálculos. Tal es el caso de Galdós, quien –en lo que constituye una
rectificación de la opinión que expuso al comentar el art. 1746 en
Lorenzetti, Ricardo L., Código Civil y Comercial de la Nación comentado,
Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2015, t. VIII, p. 527/528 - citado por mi
colega–, afirma actualmente: “el art. 1746 Código Civil y Comercial ha
traído una innovación sustancial pues prescribe que corresponde aplicar
fórmulas matemáticas tendientes a calcular el valor presente de una renta
futura no perpetua. A fines de cuantificar el daño patrimonial por
incapacidad psicofísica (lo que también es aplicable al daño por muerte
del art 1745 CCCN) las referidas fórmulas se erigen como un parámetro
orientativo que no puede ser omitido por la judicatura a la hora de
cuantificar los daños personales por lesiones o incapacidad física o
psíquica o por muerte (…) Por consiguiente, conforme lo prescribe el art.
1746 CCCN, resulta ineludible identificar la fórmula empleada y las
variables consideradas para su aplicación, pues ello constituye el
mecanismo que permite al justiciable y a las instancias judiciales
superiores verificar la existencia de una decisión jurisdiccional
sustancialmente válida en los términos de la exigencia consagrada en los
arts. 3 y 1746, Código Civil y Comercial (arts. 1, 2, 3, 7 y concs. Código

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Civil y Comercial)” (Galdós, Jorge M., su voto como juez de la Cámara de
Apelaciones en lo Civil y Comercial de Azul, Sala II, in re “Espil, María
Inés y otro c/ APILAR S. A. y otro s/ Daños y perjuicios”, causa n.º 2-
60647-2015, de fecha 17/11/2016).
En conclusión, por imperativo legal, el lucro
cesante derivado de la incapacidad sobreviniente debe calcularse mediante
criterios matemáticos que, partiendo de los ingresos acreditados por la
víctima (y/o de la valuación de las tareas no remuneradas, pero
económicamente mensurables, que ella llevaba a cabo y se vio total o
parcialmente imposibilitada de continuar desarrollando en el futuro), y
computando asimismo sus posibilidades de incrementos futuros, lleguen a
una suma tal que, invertida en alguna actividad productiva, permita al
damnificado obtener mensualmente (entre ese margen de beneficios y el
retiro de una porción del capital) una cantidad equivalente a aquellos
ingresos frustrados por el hecho ilícito, de modo que ese capital se agote al
término del período de vida económicamente activa que restaba al
damnificado. Así se tiene en cuenta, por un lado, la productividad del
capital y la renta que puede producir, y, por el otro, que el capital se agote o
extinga al finalizar el lapso resarcitorio (Zavala de González,
Resarcimiento de daños, cit., t. 2a, p. 521).
Sentado que ese es ahora el criterio legal, señalo
que, si bien los fallos y los autores emplean distintas denominaciones
(fórmulas “Vuoto”, “Marshall”, etc.), se trata en realidad, en casi todos los
casos, de la misma fórmula, que es la conocida y usual ecuación para
obtener el valor presente de una renta constante no perpetua (Acciarri,
Hugo – Irigoyen Testa, Matías, “La utilidad, significado y componentes de
las fórmulas para cuantificar indemnizaciones por incapacidad y muertes”,
LL, 9/2/2011, p. 2).
Emplearé entonces la siguiente expresión de la
fórmula:
C = A . (1 + i)ª - 1
i . (1 + i)ª
Donde “C” es el capital a determinar, “A”, la

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ganancia afectada, para cada período, “i”, la tasa de interés a devengarse


durante el período de extracción considerado, decimalizada (emplearé una
tasa del 6%), y “a”, el número de períodos restantes hasta el límite de la
edad productiva o la expectativa de vida presunta de la víctima.
Corresponde ahora aplicar estas directrices al
caso de autos.
El perito médico explicó a fs. 461/469 que,
como consecuencia del hecho de autos, la demandante sufrió una fractura
supra sindesmal de peroné y tobillo izquierdo, y que presenta una
incapacidad del 10% (vid. fs. 469 vta.). Asimismo, aclaró: “la esclorosis a
doble curva que menciona la parte actora, no tiene relación causal con el
accidente de autos, y no tiene características de hecho nuevo, pues la
actora tiene este problema desde hace mucho tiempo atrás” (fs. 610).
En la faz psicológica, a fs. 444/459 la perito
concluyó: “Susana Beatriz Wagner padece un trastorno adaptativo crónico
moderado (…) Por tal motivo el grado de incapacidad psíquica es del 20
%”.
Destaco, en este punto, que la circunstancia de
que la perito haya fijado la necesidad de encarar un tratamiento
psicoterapéutico en nada obsta a la reparación de este perjuicio, pues aquel
fue aconsejado con la finalidad de que no se agrave el cuadro de la víctima
(fs.458), mas no para restablecer totalmente su estructura psíquica. De
modo que este ítem, y el otorgamiento de una suma para sufragar una
terapia (que corresponden, además, a un daño emergente y un lucro cesante,
respectivamente), no resultan incompatibles.
No pierdo de vista que las pericias fueron
objeto de pedidos de explicaciones e impugnaciones por parte de los
litigantes (fs. 474/474 vta., 485/486 –pericia médica–; fs. 476/480 vta. –
pericia psicológica–). Sin embargo, subrayo que tales observaciones se
dedujeron sin el respaldo de consultores técnicos y derivan, por lo tanto, de
meras apreciaciones subjetivas que carecen de análoga relevancia técnica,
insuficientes para conmover las conclusiones que contiene el informe
pericial.

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Es preciso recordar que, aunque las normas
procesales no acuerdan al dictamen pericial el carácter de prueba legal,
cuando los informes comportan –como en el sub lite– la apreciación
específica en el campo del saber de los peritos, para desvirtuarlos es
imprescindible contar con elementos de juicio que permitan concluir
fehacientemente en el error o el inadecuado uso que aquellos hubiesen
hecho de sus conocimientos técnicos o científicos, de los que por su
profesión o título habilitante ha de suponérselos dotados. Por ello, cuando –
como ocurre en este caso– los peritajes aparecen fundados y no existe otra
prueba de parejo tenor que las desvirtúe, la sana crítica aconseja, frente a la
imposibilidad de oponer argumentos de mayor peso, aceptar las
conclusiones de aquél (esta sala, L. 574.847, del 10/11/2011, LL 2011-F,
568).
Por lo tanto, otorgo pleno valor probatorio a los
dictámenes periciales presentados en autos (art. 477, Código Procesal).
Ahora bien, apunto que la damnificada tenía 55
años de edad al momento del accidente, y era empleada doméstica (fs. 15
de la causa penal n.° 07-00-033543-13), pero no acreditó sus ingresos
actuales. Así las cosas, corresponde justipreciar sus estipendios mensuales
acudiendo a la facultad que otorga a los magistrados el art. 165 del Código
Procesal. Sin embargo, si bien puede acudirse a la precitada facultad
judicial, el importe en cuestión debe fijarse con parquedad, para evitar que
pueda redundar en un enriquecimiento indebido de la víctima (esta sala,
10/11/2011, “P., G. A. c/ A., J. L. y otros s/ Daños y perjuicios”, LL 2011-F,
568; ídem, 25/11/2011, “E., G. O. c/ Trenes de Buenos Aires S. A. y otro s/
Daños y Perjuicios”, LL 2012-A, 80 y RCyS 2012-II, 156). Por
consiguiente, partiré para efectuar el cálculo de un ingreso actual y mensual
de $ 20.587,50, correspondiente al salario mínimo, vital y móvil.
En definitiva, para determinar el quantum
indemnizatorio de este rubro tendré en cuenta los siguientes datos: 1) que el
accidente acaeció cuando la actora tenía 55 años de edad, por lo que le
restaban 20 años de vida productiva –considerando como edad máxima la
de 75 años–; 2) que el ingreso mensual actualizado de la actora debe fijarse

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en la suma de $ 20.587,50, como ya lo mencioné con anterioridad; 3) una


tasa de descuento del 6 % anual, equivalente a la ganancia pura que se
podría obtener de una inversión a largo plazo, y 4) que la incapacidad
estimada, en este caso, es del 30%.
Por lo que los guarismos correspondientes a la
fórmula antes mencionada quedarían establecidos del siguiente modo: A =
80.291,25; (1 + i)ª – 1 =2,207135 ; i . (1 + i)ª =0,192428.
En función de lo expuesto, teniendo en cuenta el
hecho de que la indemnización debe computar también la pérdida de la
capacidad de la víctima para efectuar otras actividades no remuneradas,
pero mensurables económicamente, propongo al acuerdo que se modifique
esta parte del fallo recurrido y se fije, en concepto de incapacidad
sobreviniente, la suma de $ 930.000 (art. 165, Código Procesal).
No se me escapa que la demandante pidió por
este ítem una suma menor, pero la sujetó a lo que en más o en menos
resultare de las constancias de autos (fs. 148). Además, por tratarse de una
deuda de valor, es pertinente liquidar su importe según valores al tiempo de
la sentencia.
b) Daño moral
La colega de grado otorgó por este rubro la
suma de $ 80.000, lo que genera la queja de la demandante, quien solicita
su elevación.
Dispone el art. 1741 in fine del Código Civil y
Comercial: “El monto de la indemnización debe fijarse ponderando las
satisfacciones sustitutivas y compensatorias que pueden procurar las
sumas reconocidas”. Resalto deliberadamente el término “debe”, que
señala muy claramente que no se está ante una simple opción para el
magistrado, sino que existe un mandato legal expreso que lo obliga a
evaluar el perjuicio moral mediante el método establecido por la ley (vid.
Picasso-Sáenz, Tratado..., cit., t. I, p. 481; Márquez, José F., “El daño moral
contractual: interpretación, facultades de los jueces y prueba”, RCyS 2020-
VII, 63).

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Se trata de la consagración legislativa de la
conocida doctrina de los “placeres compensatorios”, según la cual, cuando
se pretende la indemnización del daño moral, lo que se pretende no es hacer
ingresar en el patrimonio del damnificado una cantidad equivalente al valor
del daño sufrido sino de procurar al lesionado otros goces que sustituyen o
compensan lo perdido. La suma de dinero entregada como indemnización
debe ser suficiente para lograr esos goces (Mosset Iturraspe, Jorge,
Responsabilidad por daños, Ediar, Buenos Aires, 1971, t. V, p. 226;
Iribarne, Héctor P., “La cuantificación del daño moral”, Revista de Derecho
de Daños, n.° 6, p. 235).
De este modo, el Código Civil y Comercial
adopta el criterio que ya había hecho suyo la Corte Suprema de Justicia de
la Nación. Dijo, en efecto, ese alto tribunal: “Aun cuando el dinero sea un
factor muy inadecuado de reparación, puede procurar algunas
satisfacciones de orden moral, susceptibles, en cierto grado, de reemplazar
en el patrimonio moral el valor que del mismo ha desaparecido. Se trata de
compensar, en la medida posible, un daño consumado (…). El dinero es un
medio de obtener satisfacción, goces y distracciones para reestablecer el
equilibrio en los bienes extrapatrimoniales. El dinero no cumple una
función valorativa exacta, el dolor no puede medirse o tasarse, sino que se
trata solamente de dar algunos medios de satisfacción, lo cual no es igual
a la equivalencia. Empero, la dificultad en calcular los dolores no impide
apreciarlos en su intensidad y grado, por lo que cabe sostener que es
posible justipreciar la satisfacción que procede para resarcir dentro de lo
humanamente posible, las angustias, inquietudes, miedos, padecimientos y
tristeza propios de la situación vivida” (CSJN, 12/4/2011, “Baeza, Silvia
Ofelia c/ Provincia de Buenos Aires y otros”, RCyS, noviembre de 2011, p.
261, con nota de Jorge Mario Galdós).
En otras palabras, el daño moral debe “medirse”
en la suma de dinero equivalente para utilizarla y afectarla a actividades,
quehaceres o tareas que proporcionen gozo, satisfacciones, distracciones y
esparcimiento que mitiguen el padecimiento extrapatrimonial sufrido por la
víctima (Galdós, Jorge M., “Breve apostilla sobre el daño moral (como

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“precio del consuelo”) y la Corte Nacional”, RCyS, noviembre de 2011, p.


259).
Así las cosas, a la luz de las pautas esbozadas en
las líneas precedentes, debe ponderarse la atención médica recibida por la
demandante, los padecimientos y angustias que pudo sufrir como
consecuencia de un hecho como el de autos, y las lesiones psicofísicas
descriptas en forma precedente.
Ahora bien, al mes de septiembre de 2014 la
actora pidió por este rubro la suma de $ 60.000, y es sabido que, en
principio, nadie mejor que la víctima puede cifrar esta clase de perjuicios,
en atención a su carácter subjetivo y personal. Por ese motivo, aun cuando
el reclamo se haya sujetado –como en el caso– a lo que en definitiva
resultare de la prueba a producirse en autos, no corresponde conceder más
de lo solicitado si las producidas en el expediente no arrojan elementos
adicionales a los que pudieron haber tenido en cuenta la actora al demandar
respecto de este punto (esta sala, 22/8/2012, “R., Flavio Eduardo c/ Bayer
S. A. y otros s. Daños y perjuicios”, L n° 584.026; ídem, 18/2/2013, “S.,
Sebastián Nicolás c/ Transportes Metropolitanos General Roca S. A. y otros
s/ Daños y perjuicios”, L. n° 534.862). Sin perjuicio de ello, tengo en
consideración también que por tratarse de una deuda de valor es procedente
que el juez fije el importe del perjuicio extrapatrimonial evaluando su
cuantía al momento de la sentencia, aunque –por los motivos atinentes al
carácter subjetivo del rubro, que ya he señalado– debe procurar mantener
una razonable proporción con lo solicitado al momento de interponerse la
demanda.
Así las cosas, por aplicación del criterio legal,
considero que los importes del rubro en examen deben elevarse a la suma
de $ 300.000, que corresponde aproximadamente al valor de un viaje a un
balneario del Uruguay (como La Paloma o La Pedrera) por una semana con
todo pago (art. 165 del Código Procesal). No se me escapa que esta suma es
insuficiente a efectos de procurar a la actora satisfacciones que compensen
los disgustos que padeció, pero resulta proporcional –en los términos recién
expuestos– al pedido de $ 60.000 realizado en la demanda en el año 2014.

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c) “Daños punitivos”
Con relación a los agravios de la demandante
que giran en torno al rechazo de este rubro, debo recordar que el art. 265
del Código Procesal exige que la expresión de agravios contenga la crítica
concreta y razonada de las partes del fallo que el apelante considera
equivocadas. Y en este sentido, el contenido de la impugnación debe
consistir en una fundamentación de cada uno de los agravios que se tengan
contra las partes del fallo que se consideren equivocadas. Es decir, se
relaciona con la carga que incumbe al recurrente de motivar y fundar su
queja, señalando y demostrando, punto por punto, los errores en que se
hubiere incurrido en el pronunciamiento, o las causas por las cuales se lo
considera contrario a derecho (Gozaíni, Osvaldo A., Código Procesal Civil
y Comercial de la Nación. Comentado y Anotado, La Ley, Buenos Aires,
2006, t. II, p. 101/102; Kielmanovich, Jorge L., Código Procesal Civil y
Comercial de la Nación. Comentado y Anotado, Lexis Nexis, Abeledo-
Perrot, Buenos Aires, 2003, t. I, p. 426).
Desde esta perspectiva, considero que las quejas
de la actora lejos se encuentran de cumplir, aunque sea mínimamente, con
los requisitos antes referidos. Es que solo se limitan a describir nociones
conceptuales de este instituto, citar jurisprudencia y hacer referencia a que
las lesiones físicas que padeció fueron producidas por el accionar
imprudente del chofer de colectivo, pero no se hace cargo del fundamento
central que la sentenciante de grado tuvo en cuenta para rechazar este
rubro: “la ausencia de una conducta gravosa de tal magnitud que
justifique la procedencia de la sanción medida” (sic, fs. 628).
Por estos motivos, postulo declarar la deserción
de los agravios de la actora en lo atinente al rechazo del ítem “daños
punitivos” (art. 265 del Código Procesal).
Sólo a mayor abundamiento, destaco que he
sostenido en diversas ocasiones que el art. 52 bis de la ley 24.240 es
inconstitucional. Esta constatación se funda en que, en primer lugar, los
“daños punitivos” tienen naturaleza penal, y en segundo término, en que el
mencionado art. 52 bis no respeta las condiciones constitucionalmente

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necesarias para la imposición de una sanción de esa naturaleza, y además –


al disponer que la multa es embolsada por la víctima- vulnera el principio
de igualdad ante la ley (vid. Picasso, Sebastián, “Nuevas categorías de
daños en la Ley de Defensa del Consumidor”, en Vázquez Ferreyra,
Roberto (dir.), Reforma a la ley de defensa del consumidor, suplemento
especial La Ley, Buenos Aires, 2008, p. 123 y ss.; ídem., comentario al art.
52 bis en Picasso, Sebastián-Vázquez Ferreyra, Roberto A., Ley de defensa
del consumidor comentada, La Ley, Buenos Aires, 2009, t. I, p. 593 y ss.;
ídem, “Los daños punitivos en el Proyecto de Código Civil y Comercial
unificado”, en Revista de Derecho Comercial, del Consumidor y de la
Empresa, octubre de 2012, p. 82; Bueres, Alberto J. – Picasso, Sebastián,
“La responsabilidad por daños y la protección del consumidor”, Revista de
Derecho Privado y Comunitario, 2009-1-31; ídem., “La función de la
responsabilidad civil y los daños punitivos”, Revista de Derecho de Daños,
2011-2-21).
En la especie, sin embargo, dado que la suerte
del agravio sobre este tema ya se encuentra determinada por la deserción,
considero innecesario extenderme sobre la cuestión, sin perjuicio de dejar
sentada mi opinión al respecto (a mayor abundamiento, remito a mi voto in
re “M., Mariano Sebastian y otro c/ Organización de Servicios Directos
Empresarios s/ Daños y perjuicios”, expte. n.° 111.090/2011, de fecha
17/10/2017).
IV.- La Sra. juez de grado dispuso que las sumas
por las que prosperó la condena debían devengar intereses desde la fecha
del hecho y hasta el efectivo pago, a la tasa activa cartera general –
prestamos– nominal anual vencida a treinta días del Banco de la Nación
Argentina; con excepción de los ítems “tratamiento psicológico” y “gastos
futuros”, cuyos intereses deberían computarse a partir del dictado de la
sentencia de primera instancia. Los emplazados solicitan la aplicación de
una tasa menor.
La cuestión ha sido resuelta por esta cámara en
el fallo plenario dictado en los autos “Samudio de Martínez, Ladislaa c/
Transportes Doscientos Setenta S. A. s/ daños y perjuicios”, del 20/4/2009,

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que estableció, en su parte pertinente: “2) Es conveniente establecer la tasa
de interés moratorio. 3) Corresponde aplicar la tasa activa cartera general
(préstamos) nominal anual vencida a treinta días del Banco de la Nación
Argentina. 4)La tasa de interés fijada debe computarse desde el inicio de la
mora hasta el cumplimiento de la sentencia, salvo que su aplicación en el
período transcurrido hasta el dictado de dicha sentencia implique una
alteración del significado económico del capital de condena que configure
un enriquecimiento indebido”.
No soslayo que la interpretación del
mencionado fallo plenario, y particularmente de la excepción contenida en
la última parte del texto transcripto, ha suscitado criterios encontrados. Por
mi parte estimo que una correcta apreciación de la cuestión requiere de
algunas precisiones.
Ante todo, el propio plenario menciona que lo
que está fijando es “la tasa de interés moratorio”, con lo cual resulta claro
que –como por otra parte también lo dice el plenario- el punto de partida
para su aplicación debe ser el momento de la mora. Ahora bien, es moneda
corriente la afirmación según la cual la mora (en la obligación de pagar la
indemnización, se entiende) se produce desde el momento en que se sufre
cada perjuicio objeto de reparación. Por lo demás, así lo estableció esta
cámara en otro fallo plenario, “Gómez, Esteban c/ Empresa Nacional de
Transportes”, del 6/12/1958.
Así sentado el principio general, corresponde
ahora analizar si en el sub lite se configura la excepción mencionada en la
doctrina plenaria, consistente en que la aplicación de la tasa activa “en el
período transcurrido hasta el dictado de dicha sentencia implique una
alteración del significado económico del capital de condena que configure
un enriquecimiento indebido".
En ese derrotero, la primera observación que se
impone es que, por tratarse de una excepción, su interpretación debe
efectuarse con criterio restrictivo. En consecuencia, la prueba de que se
configuran las aludidas circunstancias debe ser proporcionada por el
deudor, sin que baste a ese respecto con alegaciones generales y meras

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especulaciones. Será necesario que el obligado acredite de qué modo, en el


caso concreto, la aplicación de la tasa activa desde el momento del hecho
implica una importante alteración del significado económico del capital de
condena y se traduce en un enriquecimiento indebido del acreedor. En
palabras de Pizarro: “La alegación y carga de la prueba de las
circunstancias del referido enriquecimiento indebido pesan sobre el deudor
que las alegue” (Pizarro, Ramón D., “Un fallo plenario sensato y realista”,
en La nueva tasa de interés judicial, suplemento especial, La Ley, Buenos
Aires, 2009, p. 55).
Así las cosas, no creo posible afirmar que la
sola fijación en la sentencia de los importes indemnizatorios a valores
actuales basta para tener por configurada esa situación. Esto por cuanto, en
primer lugar, y tal como lo ha señalado un ilustre colega en esta cámara, el
Dr. Zannoni, la prohibición de toda indexación por la ley 23.928 –
mantenida actualmente por el art. 4 de la ley 25.561- impide considerar que
el capital de condena sea susceptible de esos mecanismos de corrección
monetaria. En palabras del mencionado colega: “La circunstancia de que,
cuando se trata de resarcimientos derivados de hechos ilícitos, el juez en la
sentencia estima ciertos rubros indemnizatorios a valores actuales –como
suele decirse-, a los fines de preservar en equidad el carácter resarcitorio
de la indemnización, no significa que se actualicen los montos reclamados
en la demanda o se apliquen índices de depreciación monetaria”, pues tales
mecanismos de actualización están prohibidos por las leyes antes citadas
(Zannoni, Eduardo A., su voto in re “Medina, Jorge y otro c/ Terneiro
Néstor Fabián y otros”, ésta cámara, Sala F, 27/10/2009, LL Online, entre
otros).
Pero más allá de ello lo cierto es que, aun si se
considerara que la fijación de ciertos montos a valores actuales importa una
indexación del crédito, no puede afirmarse que la tasa activa supere
holgadamente la inflación que registra la economía nacional, de forma tal
de configurar un verdadero enriquecimiento del acreedor. La fijación de
tasas menores, en las actuales circunstancias del mercado, puede favorecer
al deudor incumplidor, quien nuevamente se encontrará tentado de

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especular con la duración de los procesos judiciales, en la esperanza de
terminar pagando, a la postre, una reparación menguada –a valores reales-
respecto de la que habría abonado si lo hubiera hecho inmediatamente
luego de la producción del daño.
Por las razones expuestas no encuentro que se
configure, en la especie, una alteración del significado económico del
capital de condena que configure un enriquecimiento indebido de la
demandante, razón por la cual considero que debería confirmarse la tasa
activa a partir del hecho (momento en que la obligación de reparar se tornó
exigible) y hasta el efectivo pago para todos los ítems indemnizatorios.
La solución que propongo (es decir, la
aplicación de la tasa activa establecida en la jurisprudencia plenaria) no se
ve alterada por lo dispuesto actualmente por el art. 768, inc. “c”, del Código
Civil y Comercial de la Nación, a cuyo tenor, en ausencia de acuerdo de
partes o de leyes especiales, la tasa del interés moratorio se determina
“según las reglamentaciones del Banco Central”. Es que, como se ha
señalado, el Banco Central fija diferentes tasas, tanto activas como pasivas,
razón por la cual quedará como tarea de los jueces, en ausencia de pacto o
de la ley, la aplicación de la tasa de interés que corresponda (Compagnucci
de Caso, Rubén H., comentario al art. 768 en Rivera, Julio C. – Medina,
Graciela (dirs.) – Espert, Mariano (coord.), Código Civil y Comercial de la
Nación comentado, La Ley, Buenos Aires, 2014, t. III, p. 97). Asimismo, y
en referencia a la tasa activa fijada por el plenario “Samudio”, se ha
decidido: “con relación a los intereses devengados a partir de la entrada
en vigencia del nuevo Cód. Civil y Comercial de la Nación y hasta el
efectivo pago, al ser una consecuencia no agotada de la relación jurídica
que diera origen a esta demanda, la tasa que resulte aplicable para
liquidarlos por imperio del art. 768 del citado ordenamiento, nunca podrá
ser inferior a la que aquí se dispone, pues ante la falta de pago en tiempo
de la indemnización y dadas las actuales circunstancias económicas, iría
en desmedro del principio de la reparación plena del daño que se ha
causado” (esta cámara, Sala B, 9/11/2015, “Cisterna, Mónica Cristina c/
Lara, Raúl Alberto s/ Daños y perjuicios”, LL Online,

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AR/JUR/61311/2015).
Adicionalmente, apunto que –como se ha dicho
con acierto–, más allá de que el plenario recién citado se haya originado en
la interpretación de una disposición legal hoy derogada (art. 622 del Código
Civil), lo cierto es que los argumentos recién expuestos permiten trasladar
las conclusiones de aquella exégesis a la que corresponde asignar a las
normas actuales, máxime si se repara en que las tasas del Banco Nación
deben suponerse acordes a la reglamentación del Banco Central (esta
cámara, Sala I, 3/11/2015, “M., G. L. y otro c. A., C. y otros s/ daños y
perjuicios”, RCyS 2016-III, 124).
Por todo lo que llevo dicho, mociono confirmar
este aspecto del fallo recurrido.
En lo que hace específicamente al dies a quo de
los intereses sobre los rubros “tratamiento psicológico” y “gastos futuros”,
que la juez fijó a partir de la fecha de la sentencia de la instancia de origen,
señalo que el hecho de que la demandante haya o no realizado esos
tratamientos en nada incide sobre el momento desde el cual efectivamente
se debe dicha suma. Dado que es indemnizable el daño futuro (como lo es
también, por ejemplo, la incapacidad sobreviniente, respecto de la cual, sin
embargo, la sentencia estableció una fecha de partida distinta), la suma
respectiva a esa reparación se debe también desde el momento del hecho
ilícito, y genera intereses desde ese mismo instante. Por lo demás, la
reparación es un crédito del cual es titular el damnificado, que puede hacer
lo que le plazca con ella, sin necesidad de destinarla a sufragar
determinados tratamientos, aunque ellos puedan contribuir a su mejoría y
hayan sido considerados para fijar la indemnización. Sin embargo, toda vez
que esta cuestión fue consentida por la demandante, me veo impedido de
proponer su modificación en esta alzada.
V. Los emplazados dicen agraviarse por lo
resuelto respecto de la oponibilidad de la franquicia pactada en el contrato
de seguro.
Entienden que la condena solo debe hacerse
extensiva a la aseguradora en la medida del contrato celebrado con la

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empresa de transporte, y que debe respetarse la franquicia pactada en la
póliza.
Considero que la pretensión deducida por el
letrado apoderado de los emplazados Microomnibus Mitre S.A., Jorge
Daniel Escobar y Metropol Sociedad de Seguros Mutuo, trasunta intereses
contrapuestos, ya que la admisión del planteo fundado en la oponibilidad de
la franquicia beneficiaría a la aseguradora y perjudicaría a la asegurada, que
debería afrontar la parte de la condena que excediera aquella.
El art. 35 inc. 5 del Código Procesal impone a
los sujetos del proceso actuar con lealtad, probidad y buena fe, y lo propio
hace la ley 23.187 al imponer esa conducta a los abogados entre sus deberes
específicos (art. 5, inc. “e”), como también la expresa prohibición de
“representar, patrocinar y/o asesorar simultánea o sucesivamente, en una
misma causa, intereses opuestos” (arts. 10, inc. “a” y 20 inc. “g” y art. 19
del Código de Ética dictado por el Colegio Público de Abogados de la
Capital Federal).
De esta manera, el apoderado mencionado ha
obrado en violación de esos principios, y con ello, dada su naturaleza, en el
aspecto de que aquí se trata su actuación procesal ha sido ineficaz (art. 953,
Código Civil). Así lo han resuelto otras salas de esta cámara en similares
ocasiones (Sala H, 15/8/2008, “Zapata, Joaquín Horacio c/ Trasporte Sol de
Mayo y otro s/ Daños y perjuicios”; ídem, Sala I, 3/10/2009, “Brizuela,
Silvia Ester c/ NUDO S. A. y otros s/ Daños y perjuicios”), y también esta
sala (14/5/2013, “L., Juan José c/ Empresa General Tomas Guido SACIF s/
Daños y perjuicios”, L. 611.104, con voto del Dr. Molteni; ídem,
24/5/2013, “R. L., Antonieta Jannette c/ M., Jesús Ramón y otros s/ Daños
y perjuicios”, L. n° 562.140, “Q., Ada Noemí y otros c/ M., Jesús Ramón y
otros s/ Daños y perjuicios”, L. n° 562.141 y “R., María Elena y otros c/
M., Jesús Ramón y otros s/ Daños y perjuicios” L. n° 562.143; ídem,
10/8/2015, “B., Sergio Darío y otros c/ Microómnibus Quilmes S. A. Línea
219 y otros s/ Daños y perjuicios”, expte. n.° 39.978/2010).
Por tales razones, el pedido de que la condena
sea soportada por la empresa de transporte en la medida del seguro resulta

Fecha de firma: 12/02/2021


Firmado por: SEBASTIAN PICASSO, JUEZ DE CAMARA
Firmado por: RICARDO LI ROSI, JUEZ DE CAMARA
Firmado por: JUAN PABLO LORENZINI, SECRETARIO DE CAMARA

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inadmisible, y en consecuencia, propongo rechazar ese planteo y confirmar


lo decidido al respecto por la juez de grado.
VI. En atención al resultado de los agravios de
los apelantes, en los términos del art. 68 del Código Procesal, juzgo que las
costas de alzada deberían imponerse a los emplazados, quienes –de seguirse
mi criterio– resultarían sustancialmente vencidos.
VII. En síntesis, y para el caso de que mi voto
fuere compartido, propongo al acuerdo hacer lugar parcialmente al recurso
de la demandante y rechazar el de los emplazados, y en consecuencia: 1)
modificar la sentencia en el siguiente sentido: a) desestimar la fijación de
una reparación separada de la “incapacidad física” y el “daño psíquico”, y
conferir por “incapacidad sobreviniente” (comprensiva de los desmedros
físicos y psíquicos) la suma única de $ 930.000, y b) elevar el monto de
condena del rubro “daño moral” a las cantidad de $ 300.000; 2) confirmar
el pronunciamiento apelado en todo lo demás que decide y fue objeto de
apelación y agravios, y 3) imponer las costas de alzada a los emplazados.
A LA MISMA CUESTIÓN, EL DR. LI ROSI
DIJO:
Adhiero a la solución propuesta por el Dr.
Picasso con las siguientes aclaraciones:
I.- En lo que hace al cálculo del resarcimiento
en concepto de incapacidad sobreviniente, debo destacar que la reparación,
cualquiera sea su naturaleza y entidad, debe seguir un criterio flexible,
apropiado a las circunstancias singulares de cada caso, y no ceñirse a
cálculos basados en relaciones actuariales, fórmulas matemáticas o
porcentajes rígidos, desde que el juzgador goza en esta materia de un
margen de valoración amplio (conf. esta Sala, libres n° 509.931 del
7/10/08, n° 502.041 y 502.043 del 25/11/03, 514.530 del 9/12/09, 585.830
del 30/03/12, Expte. n° 90.282/2008 del 20/03/14, entre muchos otros).
Ello, por cierto, concuerda con las pautas de
valoración establecidas en el art. 1746 del Código Civil y Comercial de la
Nación, en tanto que “para evaluar el resarcimiento no es necesario
recurrir a criterios matemáticos ni tampoco son aplicables los porcentajes

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fijados por la Ley de Accidentes de Trabajo, aunque puedan resultar útiles
para pautas de referencia, sino que deben tenerse en cuentas las
circunstancias personales del damnificado, la gravedad de las secuelas, los
efectos que éstas puedan tener en su vida laboral y de relación” (conf.
Lorenzetti, Ricardo Luis “Código Civil y Comercial de la Nación, anotado,
concordado y comentado", T VIII pág. 528, comentario del Dr. Jorge Mario
Galdós al art. 1746).
Hecha esta aclaración, adhiero a la suma
propiciada por el Dr. Sebastián Picasso, en tanto a mi juicio resulta ajustada
a las particularidades del caso.
II.- En lo que refiere al daño moral, habré de
señalar que su evaluación constituye una tarea delicada, ya que no se puede
pretender dar un equivalente y reponer las cosas a su estado anterior. El
dinero no cumple una función valorativa exacta, el dolor no puede medirse
o tasarse, sino que se trata sólo de dar algunos medios de satisfacción, lo
que no es igual a la equivalencia. Sin embargo, la dificultad en calcular los
dolores no impide apreciarlos en su intensidad y grado, por lo que cabe
sostener que es posible justipreciar la satisfacción que procede para resarcir,
dentro de lo humanamente posible, las angustias, inquietudes (conf.
CNCiv., Sala F, en autos “Ferraiolo, Enrique Alberto c/ Edenor S.A. y otro
s/ daños y perjuicios”, voto de la Dra. Elena Highton de Nolasco, del
6/9/2000; CSJN, en autos “Baeza, Silvia Ofelia c/ Provincia de Buenos
Aires y otros” del 12/04/2011, Fallos: 334:376).
Es que, cuantificar este daño es tarea ardua y
responde a una valuación necesariamente subjetiva por tratarse de daños
insusceptibles de ser apreciados cabalmente en forma pecuniaria. La
valoración de los sentimientos presuntamente afectados debe ser hecha por
el Juez en abstracto y considerando objetivamente cuál pudo ser el estado
de ánimo de una persona común colocada en las mismas condiciones
concretas en la que se halló la víctima del acto lesivo. Se llega así a la
determinación equitativa de la cuantía de este daño no mensurable (conf.
Bustamante Alsina, Jorge “Equitativa valuación del daño no mensurable”,
publicado en “Responsabilidad Civil-Doctrinas Esenciales-Partes General y

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Especial”, dirigido por Félix A. Trigo Represas, T° III, pág. 689).


Sin perjuicio de lo expuesto, teniendo en cuenta
la efectiva aflicción espiritual que un hecho como el de autos y sus
consecuencias pudieron haberle ocasionado a la accionante, y consideradas
también sus circunstancias personales, entiendo que la suma propuesta por
el Dr. Picasso es razonable.

III.- Respecto a la tasa de interés a aplicar, de


acuerdo a lo establecido por la doctrina plenaria sentada por esta Cámara
Civil en los autos "Samudio de Martínez, Ladislaa c/ Transportes
Doscientos Setenta S.A. s/ daños y perjuicios" del 20/04/09, sobre el capital
reconocido corresponde aplicar la tasa activa cartera general (préstamos)
nominal anual vencida a treinta días del Banco de la Nación Argentina.

El citado fallo plenario prevé la utilización de la


mencionada tasa, salvo que su aplicación en el período transcurrido hasta el
dictado de la sentencia implique una alteración del significado económico
del capital de condena que configure un enriquecimiento indebido.

En función de lo allí dispuesto, he venido


sosteniendo que, en los casos en que la cuantificación de los rubros se ha
realizado a valores vigentes a la fecha de la sentencia apelada, corresponde
aplicar un interés puro del 8% anual desde la mora y hasta la entrada en
vigencia del Código Civil y Comercial.

Sin embargo, la realidad del mercado


financiero, contingente y variable, me lleva a revisar el criterio que he
venido utilizando, pues considero que la tasa de interés establecida en el
mencionado fallo plenario no altera, actualmente, el contenido económico
del capital establecido en la sentencia.

En función de lo expuesto, entiendo que desde


el inicio de la mora, y hasta el efectivo pago, deben calcularse los intereses
a la tasa activa cartera general (préstamos) nominal anual vencida a treinta
días del Banco de la Nación Argentina.

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A su vez, coincido con la anterior sentenciante
en cuanto a la excepción que efectuara sobre el lapso de devengamiento de
intereses sobre los rubros tratamiento psicológico y gastos futuros, los que
deberían devengarse desde la sentencia de primera instancia.-

IV.- Dejando a salvo las aclaraciones efectuadas,


adhiero al voto del Dr. Picasso.

La vocalía nº 2 no interviene por hallarse


vacante.
Con lo que terminó el acto.

SEBASTIÁN PICASSO
3

RICARDO LI ROSI
1

Buenos Aires, 12 de febrero de 2021.-


Y VISTOS:
Por lo que resulta del acuerdo que informa el
acta que antecede, se resuelve: 1) modificar la sentencia en el siguiente
sentido: a) desestimar la fijación de una reparación separada de la
“incapacidad física” y el “daño psíquico”, y conferir por “incapacidad
sobreviniente” (comprensiva de los desmedros físicos y psíquicos) la suma
única de $ 930.000, y b) elevar el monto de condena del rubro “daño
moral” a las cantidad de $ 300.000; 2) confirmar el pronunciamiento
apelado en todo lo demás que decide y fue objeto de apelación y agravios, y
3) imponer las costas de alzada a los emplazados.
Atento lo decidido precedentemente
corresponde adecuar los honorarios fijados en la instancia de grado, de
conformidad con lo establecido por el artículo 279 del Código Procesal.
Ello así, valorando la calidad, extensión e

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importancia de la labor desplegada por los profesionales intervinientes


dentro de las tres etapas en que se dividen los juicios ordinarios, monto de
la condena con sus intereses y lo establecido por los artículos
3,16,19,20,21,29 y 59 de la ley 27.423 corresponde fijar los honorarios de
la letrada patrocinante de la parte actora, Dra. P. S. R. en 142.40 UMA –
PESOS QUINIENTOS MIL ($ 500.000), los del letrado apoderado de la
parte demandada y citada en garantía, Dr. D. E. D. M. en 214 UMA –
PESOS SETECIENTOS CINCUENTA Y UN MIL ($ 751.000), los de
los peritos contadora A. B. M., médico A. C. P., psicóloga S. S. S. e
ingeniero M. E. C. en 62.66 UMA –PESOS DOSCIENTOS VEINTIDOS
MIL ($ 220.000) para cada uno de ellos y los de la mediadora, Dra. M. B.
J. A. en PESOS OCHENTA Y DOS MIL ($ 82.000).
Por su labor en la alzada que diera lugar al
presente fallo, de conformidad con lo establecido por el artículo 30 de la ley
arancelaria, se fijan los honorarios del Dr. D. D. M. en 64,16 UMA –
PESOS DOSCIENTOS VEINTICINCO MIL TRESCIENTOS ($
225.300) y los de la Dra. P. S. R. en 49.84 UMA –PESOS CIENTO
SETENTA Y CINCO MIL ($ 175.000).
Notifíquese en los términos de las acordadas
31/11, 38/13 y concordantes de la C.S.J.N., comuníquese a la Dirección
de Comunicación Pública de la C.S.J.N. en la forma de práctica, y
devuélvase. SEBASTIÁN PICASSO- RICARDO LI ROSI

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