Apelación en caso de daños: Wagner vs. Mitre
Apelación en caso de daños: Wagner vs. Mitre
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hacerse cargo de todos y cada uno de los argumentos expuestos por las
partes ni a analizar las pruebas producidas en su totalidad, sino que pueden
centrar su atención únicamente en aquellos que sean conducentes para la
correcta decisión de la cuestión planteada (art. 386, Código Procesal).
Asimismo aclaro que, al cumplir los agravios de
la demandante, la crítica concreta y razonada que prescribe el art. 265 del
Código Procesal, en aras de la amplitud de la garantía de defensa en juicio,
y conforme al criterio restrictivo que rige en esta materia (Gozaini, Osvaldo
A., Código Procesal Civil y Comercial de la Nación. Comentado y
Anotado, La Ley, Buenos Aires, 2006, t. II, p. 101/102; Kielmanovich,
Jorge L., Código Procesal Civil y Comercial de la Nación. Comentado y
Anotado, Lexis Nexis, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 2003, t. I, p. 426), no
propiciaré la sanción de deserción que postula la contraria en la
presentación electrónica de fecha 11/11/2020
En otro orden de cosas, creo menester poner de
resalto que, si bien a partir del 1 de agosto de 2015 ha entrado en vigor el
Código Civil y Comercial de la Nación, los hechos ventilados en el sub lite
(y por ende, la constitución de la obligación de reparar) han acaecido
durante la vigencia del Código Civil y el Código de Comercio derogados.
Por consiguiente, la cuestión debe juzgarse a la luz de la legislación
abrogada, que mantiene ultractividad en este supuesto (art. 7, Código Civil
y Comercial de la Nación; vid. Roubier, Paul, Le droit transitoire. Conflit
des lois dans le temps, Dalloz, Paris, 2008, p. 188/190; Kemelmajer de
Carlucci, Aída, La aplicación del Código Civil y Comercial a las relaciones
y situaciones jurídicas existentes, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2015, p.
158).
Debe hacerse excepción a esta regla en lo que
respecta a las normas relativas a la cuantificación del daño, dado que ellas
no se refieren a la constitución de la relación jurídica (obligación de
reparar) sino solo a las consecuencias de ella, y no varían la naturaleza ni la
extensión de la indemnización que tiene derecho a percibir la víctima, pues
se limitan a sentar una pauta para su liquidación. En este sentido dice
Kemelmajer de Carlucci: “Hay cierto acuerdo en que debe distinguirse
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reinstauró el recurso de inaplicabilidad de ley y la obligatoriedad de los
fallos plenarios.
Por último, es pertinente destacar que la
cuestión relativa a la forma en la que ocurrieron los hechos y la
responsabilidad de los emplazados se encuentra firme, ya que la decisión en
tal sentido ha sido consentida por todas las partes.
III.- Sentado lo que antecede, trataré los
agravios sobre las partidas indemnizatorias.
a) Incapacidad sobreviniente
La Sra. juez de grado otorgó, en concepto de
“incapacidad física”, la suma $ 200.000 y por el ítem “daño psíquico”, el
monto de $ 150.000. La actora cuestiona estos importes por considerarlos
exiguos, mientras que los emplazados entienden que son elevados.
Ante todo debe dejarse en claro que el daño, en
sentido jurídico, no se identifica con la lesión a un bien (las cosas, el
cuerpo, la salud, etc.), sino, en todo caso, con la lesión a un interés lícito,
patrimonial o extrapatrimonial, que produce consecuencias patrimoniales o
extrapatrimoniales (Calvo Costa, Carlos A., Daño resarcible, Hammurabi,
Buenos Aires, 2005, p. 97). En puridad, son estas consecuencias las que
deben ser objeto de reparación (Pizarro, Ramón D. – Vallespinos, Carlos
G., Obligaciones, Hammurabi, Buenos Aires, 1999, t. 2, p. 640), lo que
lleva a concluir en la falta de autonomía de todo supuesto perjuicio que
pretenda identificarse en función del bien sobre el que recae la lesión (la
psiquis, la estética, la vida de relación, el cuerpo, la salud, etc.). En todos
estos casos, habrá que atender a las consecuencias que esas lesiones
provocan en la esfera patrimonial o extrapatrimonial de la víctima, que
serán, por lo tanto, subsumibles dentro de alguna de las dos amplias
categorías de perjuicios previstas en nuestro derecho: el daño patrimonial y
el moral.
La lesión de la psiquis de la actora, entonces, no
constituye un perjuicio autónomo y distinto de la incapacidad
sobreviniente. Se trata, en ambos casos, de lesiones –causadas en la psiquis
o el cuerpo de la víctima– que producen una merma en la capacidad del
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la persona en general", Revista de Derecho Privado y Comunitario, Daños a
la persona, n° 1, Santa Fe, 1992, p. 237 y ss.), tener repercusiones tanto en
la esfera patrimonial como en la extrapatrimonial de la víctima. Este último
aspecto no puede, a mi juicio, subsumirse en la incapacidad sobreviniente,
sino que se identifica, en todo caso, con el daño moral. No coincido,
entonces, con quienes engloban en el tratamiento de este rubro tanto a las
consecuencias patrimoniales de la incapacidad como otras facetas
relacionadas con lo espiritual (la imposibilidad de realizar ciertas
actividades no lucrativas que llevaba adelante la víctima, tales como
deportes y otras atinentes al esparcimiento y la vida de relación), pues tal
tesitura implica, en puridad, generar un doble resarcimiento por el mismo
perjuicio, que sería valorado, primero, para fijar la indemnización por
incapacidad sobreviniente, y luego para hacer lo propio con el daño moral.
De modo que el análisis a efectuar en el presente
acápite se circunscribirá a las consecuencias patrimoniales de la
incapacidad sobreviniente, partiendo de la premisa –sostenida por la
enorme mayoría de la doctrina nacional, lo que me exime de mayores citas–
según la cual la integridad física no tiene valor económico en sí misma,
sino en función de lo que la persona produce o puede producir. Se trata, en
última instancia, de un lucro cesante actual o futuro, derivado de las
lesiones sufridas por la víctima (Pizarro, Ramón D. – Vallespinos, Carlos
G., Obligaciones, Hammurabi, Buenos Aires, 2008, t. 4, p. 305).
Lo hasta aquí dicho en modo alguno se
contrapone con la doctrina que sigue actualmente la Corte Suprema de
Justicia de la Nación, a cuyo tenor “cuando la víctima resulta disminuida
en sus aptitudes físicas o psíquicas de manera permanente, esta
incapacidad debe ser objeto de reparación al margen de que desempeñe o
no una actividad productiva pues la integridad física tiene en sí misma un
valor indemnizable y su lesión afecta diversos aspectos de la personalidad
que hacen al ámbito doméstico, social, cultural, y deportivo, con la
consiguiente frustración del desarrollo pleno de la vida” (CSJN,
27/11/2012, “Rodríguez Pereyra, Jorge Luis y otra c/ Ejército Argentino s/
daños y perjuicios”; ídem, Fallos, 308:1109; 312:752 y 2412; 315:2834;
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Al respecto, el texto del ya mencionado art.
1746 del Código Civil y Comercial –en cuya redacción participé
personalmente, en tanto miembro del grupo de trabajo que asesoró a la
Comisión de Reformas en materia de responsabilidad civil- es terminante
en tanto dispone que los jueces deben aplicar fórmulas matemáticas para
evaluar el lucro cesante derivado de una incapacidad sobreviniente. Es que
no existe otra forma de calcular “un capital, de tal modo que sus rentas
cubran la disminución de la aptitud del damnificado para realizar
actividades productivas o económicamente valorables, y que se agote al
término del plazo en que razonablemente pudo continuar realizando tales
actividades” (art. 1746, recién citado). Por lo demás, esa es la
interpretación ampliamente mayoritaria en la doctrina que se ha ocupado de
estudiar la citada norma (López Herrera, Edgardo, comentario al art. 1746
en Rivera, Julio C. (dir.) – Medina, Graciela (dir.) - Esper, Mariano
(coord.), Código Civil y Comercial de la Nación comentado, La Ley,
Buenos Aires, 2014, t. IV, p. 1088/1089; Picasso Sebastián – Sáenz Luis R.
J., comentario al art. 1746 en Herrera, Marisa – Caramelo, Gustavo –
Picasso, Sebastián (dirs.) Código Civil y Comercial de la Nación
Comentado, Infojus, Buenos Aires, 2015, t. IV, 9. 461; Carestia, Federico
S., comentario al art. 1746 en Bueres, Alberto J. (dir.) – Picasso, Sebastián
– Gebhardt, Marcelo (coords.), Código Civil y Comercial de la Nación y
normas complementarias, Análisis doctrinal y jurisprudencial, Hammurabi,
Buenos Aires, 2016, t. 3F, p. 511; Zavala de González, Matilde – González
Zavala, Rodolfo, La responsabilidad civil en el nuevo Código, Alveroni,
Córdoba, 2018, t. III, p. 335; Picasso, Sebastián – Sáenz, Luis R- J.,
Tratado de Derecho de Daños, La Ley, Buenos Aires, 2019, t. I, p. 440 y
ss.; Pizarro, Ramón D. – Vallespinos Carlos G., Tratado de responsabilidad
civil, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2017, t. I, p. 761; Ossola, Federico A., en
Rivera, Julio C. – Medina, Graciela (dirs.), Responsabilidad Civil, Abeledo
Perrot, Buenos Aires, 2016. p. 243; Azar, Aldo M. – Ossola, Federico, en
Sánchez Herrero, Andrés (dir.) - Sánchez Herrero Pedro (coord.), Tratado
de derecho civil y comercial, La Ley, Buenos Aires, 2018, t. III, p. 560;
Acciarri, Hugo A., “Fórmulas y herramientas para cuantificar
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Civil y Comercial)” (Galdós, Jorge M., su voto como juez de la Cámara de
Apelaciones en lo Civil y Comercial de Azul, Sala II, in re “Espil, María
Inés y otro c/ APILAR S. A. y otro s/ Daños y perjuicios”, causa n.º 2-
60647-2015, de fecha 17/11/2016).
En conclusión, por imperativo legal, el lucro
cesante derivado de la incapacidad sobreviniente debe calcularse mediante
criterios matemáticos que, partiendo de los ingresos acreditados por la
víctima (y/o de la valuación de las tareas no remuneradas, pero
económicamente mensurables, que ella llevaba a cabo y se vio total o
parcialmente imposibilitada de continuar desarrollando en el futuro), y
computando asimismo sus posibilidades de incrementos futuros, lleguen a
una suma tal que, invertida en alguna actividad productiva, permita al
damnificado obtener mensualmente (entre ese margen de beneficios y el
retiro de una porción del capital) una cantidad equivalente a aquellos
ingresos frustrados por el hecho ilícito, de modo que ese capital se agote al
término del período de vida económicamente activa que restaba al
damnificado. Así se tiene en cuenta, por un lado, la productividad del
capital y la renta que puede producir, y, por el otro, que el capital se agote o
extinga al finalizar el lapso resarcitorio (Zavala de González,
Resarcimiento de daños, cit., t. 2a, p. 521).
Sentado que ese es ahora el criterio legal, señalo
que, si bien los fallos y los autores emplean distintas denominaciones
(fórmulas “Vuoto”, “Marshall”, etc.), se trata en realidad, en casi todos los
casos, de la misma fórmula, que es la conocida y usual ecuación para
obtener el valor presente de una renta constante no perpetua (Acciarri,
Hugo – Irigoyen Testa, Matías, “La utilidad, significado y componentes de
las fórmulas para cuantificar indemnizaciones por incapacidad y muertes”,
LL, 9/2/2011, p. 2).
Emplearé entonces la siguiente expresión de la
fórmula:
C = A . (1 + i)ª - 1
i . (1 + i)ª
Donde “C” es el capital a determinar, “A”, la
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Es preciso recordar que, aunque las normas
procesales no acuerdan al dictamen pericial el carácter de prueba legal,
cuando los informes comportan –como en el sub lite– la apreciación
específica en el campo del saber de los peritos, para desvirtuarlos es
imprescindible contar con elementos de juicio que permitan concluir
fehacientemente en el error o el inadecuado uso que aquellos hubiesen
hecho de sus conocimientos técnicos o científicos, de los que por su
profesión o título habilitante ha de suponérselos dotados. Por ello, cuando –
como ocurre en este caso– los peritajes aparecen fundados y no existe otra
prueba de parejo tenor que las desvirtúe, la sana crítica aconseja, frente a la
imposibilidad de oponer argumentos de mayor peso, aceptar las
conclusiones de aquél (esta sala, L. 574.847, del 10/11/2011, LL 2011-F,
568).
Por lo tanto, otorgo pleno valor probatorio a los
dictámenes periciales presentados en autos (art. 477, Código Procesal).
Ahora bien, apunto que la damnificada tenía 55
años de edad al momento del accidente, y era empleada doméstica (fs. 15
de la causa penal n.° 07-00-033543-13), pero no acreditó sus ingresos
actuales. Así las cosas, corresponde justipreciar sus estipendios mensuales
acudiendo a la facultad que otorga a los magistrados el art. 165 del Código
Procesal. Sin embargo, si bien puede acudirse a la precitada facultad
judicial, el importe en cuestión debe fijarse con parquedad, para evitar que
pueda redundar en un enriquecimiento indebido de la víctima (esta sala,
10/11/2011, “P., G. A. c/ A., J. L. y otros s/ Daños y perjuicios”, LL 2011-F,
568; ídem, 25/11/2011, “E., G. O. c/ Trenes de Buenos Aires S. A. y otro s/
Daños y Perjuicios”, LL 2012-A, 80 y RCyS 2012-II, 156). Por
consiguiente, partiré para efectuar el cálculo de un ingreso actual y mensual
de $ 20.587,50, correspondiente al salario mínimo, vital y móvil.
En definitiva, para determinar el quantum
indemnizatorio de este rubro tendré en cuenta los siguientes datos: 1) que el
accidente acaeció cuando la actora tenía 55 años de edad, por lo que le
restaban 20 años de vida productiva –considerando como edad máxima la
de 75 años–; 2) que el ingreso mensual actualizado de la actora debe fijarse
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Se trata de la consagración legislativa de la
conocida doctrina de los “placeres compensatorios”, según la cual, cuando
se pretende la indemnización del daño moral, lo que se pretende no es hacer
ingresar en el patrimonio del damnificado una cantidad equivalente al valor
del daño sufrido sino de procurar al lesionado otros goces que sustituyen o
compensan lo perdido. La suma de dinero entregada como indemnización
debe ser suficiente para lograr esos goces (Mosset Iturraspe, Jorge,
Responsabilidad por daños, Ediar, Buenos Aires, 1971, t. V, p. 226;
Iribarne, Héctor P., “La cuantificación del daño moral”, Revista de Derecho
de Daños, n.° 6, p. 235).
De este modo, el Código Civil y Comercial
adopta el criterio que ya había hecho suyo la Corte Suprema de Justicia de
la Nación. Dijo, en efecto, ese alto tribunal: “Aun cuando el dinero sea un
factor muy inadecuado de reparación, puede procurar algunas
satisfacciones de orden moral, susceptibles, en cierto grado, de reemplazar
en el patrimonio moral el valor que del mismo ha desaparecido. Se trata de
compensar, en la medida posible, un daño consumado (…). El dinero es un
medio de obtener satisfacción, goces y distracciones para reestablecer el
equilibrio en los bienes extrapatrimoniales. El dinero no cumple una
función valorativa exacta, el dolor no puede medirse o tasarse, sino que se
trata solamente de dar algunos medios de satisfacción, lo cual no es igual
a la equivalencia. Empero, la dificultad en calcular los dolores no impide
apreciarlos en su intensidad y grado, por lo que cabe sostener que es
posible justipreciar la satisfacción que procede para resarcir dentro de lo
humanamente posible, las angustias, inquietudes, miedos, padecimientos y
tristeza propios de la situación vivida” (CSJN, 12/4/2011, “Baeza, Silvia
Ofelia c/ Provincia de Buenos Aires y otros”, RCyS, noviembre de 2011, p.
261, con nota de Jorge Mario Galdós).
En otras palabras, el daño moral debe “medirse”
en la suma de dinero equivalente para utilizarla y afectarla a actividades,
quehaceres o tareas que proporcionen gozo, satisfacciones, distracciones y
esparcimiento que mitiguen el padecimiento extrapatrimonial sufrido por la
víctima (Galdós, Jorge M., “Breve apostilla sobre el daño moral (como
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c) “Daños punitivos”
Con relación a los agravios de la demandante
que giran en torno al rechazo de este rubro, debo recordar que el art. 265
del Código Procesal exige que la expresión de agravios contenga la crítica
concreta y razonada de las partes del fallo que el apelante considera
equivocadas. Y en este sentido, el contenido de la impugnación debe
consistir en una fundamentación de cada uno de los agravios que se tengan
contra las partes del fallo que se consideren equivocadas. Es decir, se
relaciona con la carga que incumbe al recurrente de motivar y fundar su
queja, señalando y demostrando, punto por punto, los errores en que se
hubiere incurrido en el pronunciamiento, o las causas por las cuales se lo
considera contrario a derecho (Gozaíni, Osvaldo A., Código Procesal Civil
y Comercial de la Nación. Comentado y Anotado, La Ley, Buenos Aires,
2006, t. II, p. 101/102; Kielmanovich, Jorge L., Código Procesal Civil y
Comercial de la Nación. Comentado y Anotado, Lexis Nexis, Abeledo-
Perrot, Buenos Aires, 2003, t. I, p. 426).
Desde esta perspectiva, considero que las quejas
de la actora lejos se encuentran de cumplir, aunque sea mínimamente, con
los requisitos antes referidos. Es que solo se limitan a describir nociones
conceptuales de este instituto, citar jurisprudencia y hacer referencia a que
las lesiones físicas que padeció fueron producidas por el accionar
imprudente del chofer de colectivo, pero no se hace cargo del fundamento
central que la sentenciante de grado tuvo en cuenta para rechazar este
rubro: “la ausencia de una conducta gravosa de tal magnitud que
justifique la procedencia de la sanción medida” (sic, fs. 628).
Por estos motivos, postulo declarar la deserción
de los agravios de la actora en lo atinente al rechazo del ítem “daños
punitivos” (art. 265 del Código Procesal).
Sólo a mayor abundamiento, destaco que he
sostenido en diversas ocasiones que el art. 52 bis de la ley 24.240 es
inconstitucional. Esta constatación se funda en que, en primer lugar, los
“daños punitivos” tienen naturaleza penal, y en segundo término, en que el
mencionado art. 52 bis no respeta las condiciones constitucionalmente
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que estableció, en su parte pertinente: “2) Es conveniente establecer la tasa
de interés moratorio. 3) Corresponde aplicar la tasa activa cartera general
(préstamos) nominal anual vencida a treinta días del Banco de la Nación
Argentina. 4)La tasa de interés fijada debe computarse desde el inicio de la
mora hasta el cumplimiento de la sentencia, salvo que su aplicación en el
período transcurrido hasta el dictado de dicha sentencia implique una
alteración del significado económico del capital de condena que configure
un enriquecimiento indebido”.
No soslayo que la interpretación del
mencionado fallo plenario, y particularmente de la excepción contenida en
la última parte del texto transcripto, ha suscitado criterios encontrados. Por
mi parte estimo que una correcta apreciación de la cuestión requiere de
algunas precisiones.
Ante todo, el propio plenario menciona que lo
que está fijando es “la tasa de interés moratorio”, con lo cual resulta claro
que –como por otra parte también lo dice el plenario- el punto de partida
para su aplicación debe ser el momento de la mora. Ahora bien, es moneda
corriente la afirmación según la cual la mora (en la obligación de pagar la
indemnización, se entiende) se produce desde el momento en que se sufre
cada perjuicio objeto de reparación. Por lo demás, así lo estableció esta
cámara en otro fallo plenario, “Gómez, Esteban c/ Empresa Nacional de
Transportes”, del 6/12/1958.
Así sentado el principio general, corresponde
ahora analizar si en el sub lite se configura la excepción mencionada en la
doctrina plenaria, consistente en que la aplicación de la tasa activa “en el
período transcurrido hasta el dictado de dicha sentencia implique una
alteración del significado económico del capital de condena que configure
un enriquecimiento indebido".
En ese derrotero, la primera observación que se
impone es que, por tratarse de una excepción, su interpretación debe
efectuarse con criterio restrictivo. En consecuencia, la prueba de que se
configuran las aludidas circunstancias debe ser proporcionada por el
deudor, sin que baste a ese respecto con alegaciones generales y meras
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especular con la duración de los procesos judiciales, en la esperanza de
terminar pagando, a la postre, una reparación menguada –a valores reales-
respecto de la que habría abonado si lo hubiera hecho inmediatamente
luego de la producción del daño.
Por las razones expuestas no encuentro que se
configure, en la especie, una alteración del significado económico del
capital de condena que configure un enriquecimiento indebido de la
demandante, razón por la cual considero que debería confirmarse la tasa
activa a partir del hecho (momento en que la obligación de reparar se tornó
exigible) y hasta el efectivo pago para todos los ítems indemnizatorios.
La solución que propongo (es decir, la
aplicación de la tasa activa establecida en la jurisprudencia plenaria) no se
ve alterada por lo dispuesto actualmente por el art. 768, inc. “c”, del Código
Civil y Comercial de la Nación, a cuyo tenor, en ausencia de acuerdo de
partes o de leyes especiales, la tasa del interés moratorio se determina
“según las reglamentaciones del Banco Central”. Es que, como se ha
señalado, el Banco Central fija diferentes tasas, tanto activas como pasivas,
razón por la cual quedará como tarea de los jueces, en ausencia de pacto o
de la ley, la aplicación de la tasa de interés que corresponda (Compagnucci
de Caso, Rubén H., comentario al art. 768 en Rivera, Julio C. – Medina,
Graciela (dirs.) – Espert, Mariano (coord.), Código Civil y Comercial de la
Nación comentado, La Ley, Buenos Aires, 2014, t. III, p. 97). Asimismo, y
en referencia a la tasa activa fijada por el plenario “Samudio”, se ha
decidido: “con relación a los intereses devengados a partir de la entrada
en vigencia del nuevo Cód. Civil y Comercial de la Nación y hasta el
efectivo pago, al ser una consecuencia no agotada de la relación jurídica
que diera origen a esta demanda, la tasa que resulte aplicable para
liquidarlos por imperio del art. 768 del citado ordenamiento, nunca podrá
ser inferior a la que aquí se dispone, pues ante la falta de pago en tiempo
de la indemnización y dadas las actuales circunstancias económicas, iría
en desmedro del principio de la reparación plena del daño que se ha
causado” (esta cámara, Sala B, 9/11/2015, “Cisterna, Mónica Cristina c/
Lara, Raúl Alberto s/ Daños y perjuicios”, LL Online,
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AR/JUR/61311/2015).
Adicionalmente, apunto que –como se ha dicho
con acierto–, más allá de que el plenario recién citado se haya originado en
la interpretación de una disposición legal hoy derogada (art. 622 del Código
Civil), lo cierto es que los argumentos recién expuestos permiten trasladar
las conclusiones de aquella exégesis a la que corresponde asignar a las
normas actuales, máxime si se repara en que las tasas del Banco Nación
deben suponerse acordes a la reglamentación del Banco Central (esta
cámara, Sala I, 3/11/2015, “M., G. L. y otro c. A., C. y otros s/ daños y
perjuicios”, RCyS 2016-III, 124).
Por todo lo que llevo dicho, mociono confirmar
este aspecto del fallo recurrido.
En lo que hace específicamente al dies a quo de
los intereses sobre los rubros “tratamiento psicológico” y “gastos futuros”,
que la juez fijó a partir de la fecha de la sentencia de la instancia de origen,
señalo que el hecho de que la demandante haya o no realizado esos
tratamientos en nada incide sobre el momento desde el cual efectivamente
se debe dicha suma. Dado que es indemnizable el daño futuro (como lo es
también, por ejemplo, la incapacidad sobreviniente, respecto de la cual, sin
embargo, la sentencia estableció una fecha de partida distinta), la suma
respectiva a esa reparación se debe también desde el momento del hecho
ilícito, y genera intereses desde ese mismo instante. Por lo demás, la
reparación es un crédito del cual es titular el damnificado, que puede hacer
lo que le plazca con ella, sin necesidad de destinarla a sufragar
determinados tratamientos, aunque ellos puedan contribuir a su mejoría y
hayan sido considerados para fijar la indemnización. Sin embargo, toda vez
que esta cuestión fue consentida por la demandante, me veo impedido de
proponer su modificación en esta alzada.
V. Los emplazados dicen agraviarse por lo
resuelto respecto de la oponibilidad de la franquicia pactada en el contrato
de seguro.
Entienden que la condena solo debe hacerse
extensiva a la aseguradora en la medida del contrato celebrado con la
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empresa de transporte, y que debe respetarse la franquicia pactada en la
póliza.
Considero que la pretensión deducida por el
letrado apoderado de los emplazados Microomnibus Mitre S.A., Jorge
Daniel Escobar y Metropol Sociedad de Seguros Mutuo, trasunta intereses
contrapuestos, ya que la admisión del planteo fundado en la oponibilidad de
la franquicia beneficiaría a la aseguradora y perjudicaría a la asegurada, que
debería afrontar la parte de la condena que excediera aquella.
El art. 35 inc. 5 del Código Procesal impone a
los sujetos del proceso actuar con lealtad, probidad y buena fe, y lo propio
hace la ley 23.187 al imponer esa conducta a los abogados entre sus deberes
específicos (art. 5, inc. “e”), como también la expresa prohibición de
“representar, patrocinar y/o asesorar simultánea o sucesivamente, en una
misma causa, intereses opuestos” (arts. 10, inc. “a” y 20 inc. “g” y art. 19
del Código de Ética dictado por el Colegio Público de Abogados de la
Capital Federal).
De esta manera, el apoderado mencionado ha
obrado en violación de esos principios, y con ello, dada su naturaleza, en el
aspecto de que aquí se trata su actuación procesal ha sido ineficaz (art. 953,
Código Civil). Así lo han resuelto otras salas de esta cámara en similares
ocasiones (Sala H, 15/8/2008, “Zapata, Joaquín Horacio c/ Trasporte Sol de
Mayo y otro s/ Daños y perjuicios”; ídem, Sala I, 3/10/2009, “Brizuela,
Silvia Ester c/ NUDO S. A. y otros s/ Daños y perjuicios”), y también esta
sala (14/5/2013, “L., Juan José c/ Empresa General Tomas Guido SACIF s/
Daños y perjuicios”, L. 611.104, con voto del Dr. Molteni; ídem,
24/5/2013, “R. L., Antonieta Jannette c/ M., Jesús Ramón y otros s/ Daños
y perjuicios”, L. n° 562.140, “Q., Ada Noemí y otros c/ M., Jesús Ramón y
otros s/ Daños y perjuicios”, L. n° 562.141 y “R., María Elena y otros c/
M., Jesús Ramón y otros s/ Daños y perjuicios” L. n° 562.143; ídem,
10/8/2015, “B., Sergio Darío y otros c/ Microómnibus Quilmes S. A. Línea
219 y otros s/ Daños y perjuicios”, expte. n.° 39.978/2010).
Por tales razones, el pedido de que la condena
sea soportada por la empresa de transporte en la medida del seguro resulta
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fijados por la Ley de Accidentes de Trabajo, aunque puedan resultar útiles
para pautas de referencia, sino que deben tenerse en cuentas las
circunstancias personales del damnificado, la gravedad de las secuelas, los
efectos que éstas puedan tener en su vida laboral y de relación” (conf.
Lorenzetti, Ricardo Luis “Código Civil y Comercial de la Nación, anotado,
concordado y comentado", T VIII pág. 528, comentario del Dr. Jorge Mario
Galdós al art. 1746).
Hecha esta aclaración, adhiero a la suma
propiciada por el Dr. Sebastián Picasso, en tanto a mi juicio resulta ajustada
a las particularidades del caso.
II.- En lo que refiere al daño moral, habré de
señalar que su evaluación constituye una tarea delicada, ya que no se puede
pretender dar un equivalente y reponer las cosas a su estado anterior. El
dinero no cumple una función valorativa exacta, el dolor no puede medirse
o tasarse, sino que se trata sólo de dar algunos medios de satisfacción, lo
que no es igual a la equivalencia. Sin embargo, la dificultad en calcular los
dolores no impide apreciarlos en su intensidad y grado, por lo que cabe
sostener que es posible justipreciar la satisfacción que procede para resarcir,
dentro de lo humanamente posible, las angustias, inquietudes (conf.
CNCiv., Sala F, en autos “Ferraiolo, Enrique Alberto c/ Edenor S.A. y otro
s/ daños y perjuicios”, voto de la Dra. Elena Highton de Nolasco, del
6/9/2000; CSJN, en autos “Baeza, Silvia Ofelia c/ Provincia de Buenos
Aires y otros” del 12/04/2011, Fallos: 334:376).
Es que, cuantificar este daño es tarea ardua y
responde a una valuación necesariamente subjetiva por tratarse de daños
insusceptibles de ser apreciados cabalmente en forma pecuniaria. La
valoración de los sentimientos presuntamente afectados debe ser hecha por
el Juez en abstracto y considerando objetivamente cuál pudo ser el estado
de ánimo de una persona común colocada en las mismas condiciones
concretas en la que se halló la víctima del acto lesivo. Se llega así a la
determinación equitativa de la cuantía de este daño no mensurable (conf.
Bustamante Alsina, Jorge “Equitativa valuación del daño no mensurable”,
publicado en “Responsabilidad Civil-Doctrinas Esenciales-Partes General y
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A su vez, coincido con la anterior sentenciante
en cuanto a la excepción que efectuara sobre el lapso de devengamiento de
intereses sobre los rubros tratamiento psicológico y gastos futuros, los que
deberían devengarse desde la sentencia de primera instancia.-
SEBASTIÁN PICASSO
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RICARDO LI ROSI
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