Segun Ortiz una de las implicaciones de ese cambio es lo que concierne a la conformación
del Estado-nación. Desde la revolución industrial, la nación se afirmó como un elemento de
aglutinamiento social. Su totalidad integraba la economía, la vida social y política de los
pueblos. Cada nación definía así una territorialidad y una centralidad propia. Cada territorio,
cada país, involucra a sus ciudadanos en una identidad particular, distinta de la de otros
países. La nación se presentaba así como un espacio dotado de autonomía, capaz de
ordenar la sociedad nacional de acuerdo con su historicidad, sus fuerzas económico-
sociales, finalmente sus contradicciones internas. El proceso de globalización redefine este
cuadro de equilibrio. La modernidad-mundo es una tendencia que supera las fronteras
nacionales. Eso no significa que el Estado-nación esté a punto de desaparecer. Pero la
globalización le quita mucho de su autonomía anterior. Parte sustantiva del poder ya no se
encuentra circunscrita al territorio del Estado-nación. Éste se sitúa en el intersticio de las
fuerzas transnacionales. En este sentido, la noción de soberanía nacional se ve restringida
y redefinida dentro de este nuevo contexto. En segundo lugar, autonomía cultural. La nación
define un espacio geográfico en el interior del cual se realizan las aspiraciones políticas y
los proyectos personales. El Estado-nación no es sólo una entidad político-administrativa,
es una instancia de producción de sentido. La identidad nacional encauzar las inquietudes
que se manifiestan en su territorialidad. Por otro lado, para constituirse en tanto tal, la
nación debe conciliar los intereses de grupos diversificados, hasta un cierto momento, el
Estado-nación consiguió equilibrar mínimamente el conjunto de esas contradicciones. La
identidad nacional es el principio dominante de orientación de las prácticas sociales. Las
otras identidades posibles están subsumidas en ella. En el momento en que la
modernidad-mundo se radicaliza, acelerando las fuerzas de descentramiento y de
individuación. los límites anteriores se tornan exiguos. Si hasta entonces la nación era la
fuente privilegiada de la producción de sentido colectivo, tenemos ahora a su lado otras
instancias identitarias. Cada una de ellas es productora de sentido y afirma su idiosincrasia
de manera concurrente o complementaria.
En la globalización, hay otra dimensión que afecta al universo de la cultura. El proceso de
mundialización incide sobre la propia noción de espacio. En la historia de las sociedades
humanas la cultura siempre estuvo enraizada en el medio físico qué la contenía. Dentro de
ellas se manifiestan las identidades culturales de cada pueblo. Se instaura así la existencia
de un «nosotros», fuente permanente de referencia, que se contrapone a un «ellos»,
situado fuera de sus fronteras. El espacio se torna el lugar de materialización de las
culturas. Con sus costumbres, sus vestimentas, sus creencias, sus maneras de trabajar el
suelo, su modo de vida. La globalización rompe (pero sin anular) esta relación entre cultura
y espacio físico. Por eso el concepto de desterritorialización. Desenraizamiento que se
desdobla en el plano de la producción (la fábrica global), de la tecnología (medios de
comunicación y la cultura (imaginarios colectivos transnacionales). La desterritorialización
de los bienes culturales y de los productos constituye un buen ejemplo de ello. Consumidos
en el mercado global, estos últimos se alejan de sus raíces anteriores. son todos objetos
que se hallan distantes de cualquier enraizamiento nacional o regional. Las
transformaciones ocurridas en el universo de la técnica agudizan esta tendencia de
«desencaje». Las tecnologías comunicacionales cambian nuestra concepción de proximidad
y distancia, de familiaridad y extrañamiento. Lo que se encontraba «allá afuera», lo que nos
resultaba «extranjero», pasa ahora a formar parte de nuestra cotidianidad. Lo distante se
torna familiar y el vecino a veces se distancia de nosotros. Los límites que anteriormente las
separaban se tornan cada vez más opacos. En este proceso el espacio no deja de existir.
La desterritorialización no es una negación del espacio, sino que crea una espacialidad
desvinculada de forma inmediata del medio físico pero la complementa con un movimiento
de reterritorialización, tornándose también un lugar de interacción entre los individuos: culto
de los mismos ídolos de música pop, formas de vestir, inclinaciones estéticas, formas de
entretenimiento, grupos de discusión en Internet, etcétera). El mundo contemporáneo no es,
por lo tanto, un «mundo sin fronteras», como muchas veces se dice. Surgen en verdad
nuevas fronteras que sin necesariamente eliminar las anteriores, las redefinen, las
reorganizan.
Cada grupo posee una lengua, un sistema de creencias y de parentesco, intrínseco a su
cultura. Es eso lo que vuelve importante la cuestión de la tierra. Perderla sería
desenraizarse. En este caso, diversidad significa la afirmación de una modalidad social
radicalmente otra. En la discusión sobre las «diferencias» es necesario calificarlas. Es un
equívoco postularlas como equivalentes, tal como se hace en el discurso posmoderno. La
diversidad cultural tampoco puede ser vista sólo como una «diferencia», o sea, algo que nos
remite a alguna otra cosa. Toda diferencia es producida socialmente y es portadora de
sentido simbólico y de sentido histórico. Afirmar el sentido histórico de la diversidad cultural
supone sumergirla en la materialidad de los intereses y de los conflictos sociales
(capitalismo, socialismo, colonialismo, globalización). Las sociedades son relacionales pero
no son relativas. Sus fronteras se entrecruzan y muchas veces amenazan el territorio
vecino. Decir que la diferencia es producida socialmente nos permite distinguirla de la idea
de pluralismo. En el mundo contemporáneo las «diferencias» no existen en tanto textos
autónomos sino que participan de un «pluralismo jerarquizado» administrado por las
instancias dominantes en el contexto de la modernidad-mundo. Por lo tanto, de aquí se
desprende que las diferencias también esconden relaciones de poder. Por eso es
importante saber cuándo la cuestión de la diversidad cultural oculta la de la desigualdad.
Sobre todo cuando se mueve en un universo en el cual la asimetría entre países, clases
sociales y etnias es indisimulable.
Las interacciones entre las diversidades no son arbitrarias, ellas se organizan de acuerdo
con las relaciones de fuerza manifiestas en situaciones históricas. Si las diferencias son
producidas socialmente, eso significa que más allá de sus sentidos simbólicos, ellas estarán
marcadas por los intereses y conflictos definidos fuera de su círculo interno. La diversidad
cultural es diferente y desigual porque las instancias e instituciones que la construyen
poseen distintas posiciones de poder y legitimidad (países fuertes versus países débiles,
transnacionales versus gobiernos nacionales. El ejemplo más claro de ello son las
organizaciones transnacionales, que monopolizan sectores enteros en el área cultural. Las
grandes corporaciones, a través de las fusiones de sectores estratégicos, actúan en el
sentido de la concentración del mercado, multiplicando su lucro a escala planetaria.
Integración y diferenciación son parte del mismo proceso.
Cabe recordar que las ciencias sociales se institucionalizaron a fines del siglo XIX. momento
en el cual el principio de la nación se afirmaba con toda su fuerza. En este sentido, el
esfuerzo del pensamiento por aprehender la lógica de la modernidad se concentró en una
configuración particular, el Estado-nación. «Clases sociales», «Estado», «partidos
políticos», «cultura», «identidad». El problema es que la modernidad-mundo rompe con las
fronteras del Estado-nación. Si las ciencias sociales nacen y se desarrollan como una
especie de autoconciencia científica de la realidad social, ellas necesariamente deben rever
el arsenal de conceptos que poseen. Hablar de «sociedad global», de «world system», de
«modernidad-mundo», implica afirmar la existencia de relaciones sociales que trascienden
la nación. La globalización/mundialización altera, por lo tanto, el objeto de las ciencias
sociales. En la medida en que atraviesa, en forma desigual y diferente, las clases y los
grupos sociales, es necesario preguntarse por su lógica y sus nexos estructurales. En
verdad, la globalización/mundialización es una situación histórica en la cual las relaciones
sociales son redefinidas. Para aprehenderlas es necesario repensar el conjunto de
conceptos que poseemos. En este sentido, no nos encontramos sólo frente a un nuevo
objeto; son las propias categorías de pensamiento, necesarias para comprenderlo, las que
también se hallan cuestionadas.