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Nosedive: Tecnología y subjetividad social

La historia analiza como en un futuro cercano las redes sociales y la tecnología podrían dar lugar a una sociedad donde el estatus social y la pertenencia a grupos se determinan por la popularidad y la cantidad de 'me gusta'. La protagonista Lacie se esfuerza por aumentar su puntaje social a cualquier costo, pero termina dándose cuenta que el sistema promueve valores vanos y no hay lugar para la dignidad o diversidad.
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Nosedive: Tecnología y subjetividad social

La historia analiza como en un futuro cercano las redes sociales y la tecnología podrían dar lugar a una sociedad donde el estatus social y la pertenencia a grupos se determinan por la popularidad y la cantidad de 'me gusta'. La protagonista Lacie se esfuerza por aumentar su puntaje social a cualquier costo, pero termina dándose cuenta que el sistema promueve valores vanos y no hay lugar para la dignidad o diversidad.
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Nosedive | Caída en picada: La responsabilidad del sujeto y la subjetividad de su época

Por Giselle Andrea López


En el mundo contemporáneo la tecnología y, especialmente, las redes sociales, han ganado
un lugar preponderante en la vida cotidiana de las personas, imprimiendo modificaciones
tanto en las conductas como en los lazos sociales. No obstante, se mantiene el particular de
época de la modernidad, regido por el sistema jurídico, el valor del dinero, las clases
sociales, etc. Ahora bien, ¿qué pasaría si la tecnología disponible y las normas sociales
propiciaran un nuevo orden de aceptación y ascenso social? ¿Qué sucedería si la fascinación
que producen las redes sociales fuese aprovechada por el poder mercantil elevándola a su
máxima potencia, empleando así la popularidad como elemento de selección y pertenencia
a un grupo de elite? A partir del episodio “Nosedive” de la serie Black Mirror [1], nos
proponemos analizar, a través de los avatares de su protagonista Lacie, algunas cuestiones
en relación con el uso de la tecnología y el impacto en la subjetividad, poniendo el foco en
la responsabilidad del sujeto.
La historia transcurre en un mundo color de rosa, literal y metafóricamente, que tiene lugar
en un futuro próximo, donde los dispositivos celulares se han convertido en una suerte de
prolongación del cuerpo humano, incluyendo un implante en la córnea con el que están
sincronizados y que agrega a la capacidad de ver la identificación de los otros, con su
nombre, apellido y su número de “puntaje”. ¿En qué se basa dicho puntaje? Para quien no
ha visto el episodio, cada persona, en cada encuentro con los otros, les otorga un valor
numérico a través de su teléfono inteligente, el que va de 1 a 5 estrellas, siendo 5 el máximo.
Esta calificación, además, se otorga en la interacción de las redes sociales, al modo de los
“likes” (“me gusta”) que conocemos en la actualidad. Así, las escenas cuidadosamente
producidas y seleccionadas de la vida de las personas son expuestas en las redes, siempre
mostrando las mejores sonrisas, salidas, paseos, eventos con el objetivo de lograr el puntaje
más alto. De este modo, el nuevo valor de mercado ya es no tanto el dinero, sino el estatus
social determinado por la adecuación a una norma particular: ranking que da “consistencia”
al ser, sostenido en una valoración social que puede determinar el acceso a los lugares más
selectos, o bien la segregación de la sociedad. En consecuencia, una persona “es” su
puntaje.
Bajo las reglas de la puntuación en cuestión, lo que queda valorado positivamente es una
estética particular y una impostura de pleno bienestar, felicidad y éxito, siendo que la
expresión de las genuinas y humanas emociones es condenada. El enojo, la ira, la
frustración, la vergüenza, el desgano al parecer quedan leídos como signos de la barbarie,
instalándose así un imperativo de ofrecer una imagen amable para los otros, la que se
configura no solo por ciertos cánones establecidos de la belleza, sino por darse a ver sin
fallas. En este universo, no solo las palabras, sino también los cuerpos se moldean en una
estética particular. Un tratamiento del pathos humano para ceñirlo y reducirlo solamente a
los afectos positivos y políticamente correctos. Consecuentemente, el ranking social anula
la dimensión del sujeto y su singularidad, opacando el deseo en virtud de producir una
mostración que iguala a los sujetos, eliminando la diversidad y la diferencia.
La protagonista de nuestra historia, Laice Pound, es una joven cuyo máximo interés es lograr
ser reconocida en el ámbito social, de acuerdo con estas pautas de su época. La
encontramos siempre esmerándose y esforzándose por actuar acorde a lo esperado y
agradar a los demás, cualquiera sea la ocasión y a cualquier precio.
Vive con su hermano, Ryan Pound, un joven que pasa largas horas jugando juegos en red
online con sus amigos, quien está conforme con la vida que lleva siendo un “3,2”.
Comparten un pequeño departamento y cuando deben dejarlo al concluir su contrato de
alquiler, Lacie decide jugar todas sus cartas para poder “pertenecer” al grupo de las
personas más selectas. Por lo tanto, abonará por adelantado la garantía de un
departamento muy costoso y exclusivo para el que necesita aumentar su puntaje.
Perseverante con su propósito, consultará expertos en el manejo del ranking personal que
-paradójicamente a lo que ella cree- le sugieren: “Sea usted misma”. Es que en este
movimiento de mostrar una versión de sí que encaje con el sistema, cuando más reprime
sus genuinas emociones, más “errores” comete. Algo de lo más propio del sujeto se impone
frente al Yo, quien decide comandar y medir sus pasos para ajustarse a las reglas del juego.
Sin embargo, será la invitación a la boda de su ex compañera de primaria Ney Ney, una
joven millonaria “de 4,7”, lo que la impulsará a comenzar un derrotero donde se propone
escalar socialmente a cualquier costo, enceguecida completamente sin poder advertir que
son sus propios movimientos los que la llevan al fracaso de su empresa de manera rotunda.
Paradojal ceguera en el universo triunfal de la imagen y del dar a ver que produce un intento
por borrar lo más propio de sí en tanto sus gustos, anhelos y emociones, intentan ser
arrasados.
Casi como al pasar, somos testigos de una escena ejemplificadora del particular imperante.
En determinado momento, todos los compañeros de trabajo de Lacie han decidido “hacerle
el vacío” a Chess, un joven simpático y correcto, solamente porque han tomado partido por
su ex pareja. Lacie, que lo aprecia y no tiene ningún problema con él, terminará
condenándolo a la marginación social al restarle puntos, empujada solo por lo que hace la
mayoría, para no perder el nivel logrado. Al modo de un detalle ínfimo en la trama, se
expone cómo el maltrato social puede adquirir nuevas dimensiones a través del uso de las
redes sociales, velando así la propia responsabilidad bajo una nueva modalidad de
formación de masa en el sentido freudiano.
De este modo, se muestra con crudeza cómo la moral de la época se orienta hacia cierta
degradación de los valores propios de la condición humana, en tanto no hay lugar para la
dignidad en la mirada hacia sí y hacia los otros, ni para la diversidad en cuanto todo lo
diferente es segregado.
La responsabilidad del sujeto
En varias oportunidades Lacie argumenta que su posición es la única posible en este mundo:
esforzarse por aumentar su puntaje social a cualquier costo. Su hermano intenta
persuadirla varias veces. La interroga sorprendido: “¿Quién eres?” cuando la ve erguirse en
pose para conversar con Ney Ney, recordándole: “siempre te trataba mal”. Intenta
confrontarla con su cambio radical: “Extraño a tu antiguo yo, cuando conversábamos”. Pero
nada de esto produce el efecto esperado. Lacie solo responde acusando la vergüenza que
siente por el puntaje de su hermano, clausurando allí el lazo amoroso, profundizándose aún
más el goce autoerótico y narcisista que la encierra en un círculo vicioso, obstaculizando
todo lazo genuino posible.
La “caída en picada” comenzará cuando su esperado viaje a la boda de Ney Ney comience
a verse demorado por diversas situaciones que -ajenas inicialmente a la voluntad de Lacie-
son resueltas por ella de un modo que obstaculiza su propósito cada vez más. En medio de
estos avatares la protagonista se topará con Susan, una mujer que conduce un camión y
quien se ofrece a acercarla a su destino. Susan posee un aspecto rudo, contrastando con la
estética femenina romántica que portan aquellas con quienes se compara Lacie. Esta mujer
la observa y le cuenta su propia historia: habiendo tenido un muy alto puntaje en el pasado,
en el momento en que su amado esposo enfermó y murió sin poder acceder al mejor
tratamiento a causa del ranking, advirtió lo cruento y vano del sistema. Advirtió, además,
que la prometida felicidad residía en ocultar las pasiones, callar los enojos, no dar lugar a la
palabra verdadera, desestimar la dignidad de los sujetos en pos de un valor absolutamente
arbitrario, y –paradójicamente- carente de todo valor. Susan claramente se sale del guión
de la época, de los signos del Otro (Ariel, 1994). Asume el costo de la decisión, que siempre
entraña algo del orden de la pérdida. Pero, en ese movimiento, el sujeto gana. Gana en
autenticidad, en libertad, en lazos genuinos, en poner a circular el deseo, sin una común
medida que lo obstaculice.
Cuando Lacie le cuenta que sus puntos mermaron debido a que gritó en el aeropuerto y la
sancionaron, Susan la interroga: “¿Y cómo te sentiste al gritar?” Momento propicio para la
interpelación del sujeto, quien no logra aún, al decir de Oscar D’Amore (2006), dejarse tocar
por ese real que se le presenta e insiste. “Mientras consigo lo que quiero, debo seguir con
el juego de los números, ya sabes todos estamos dentro, así funciona el condenado
mundo”, dichos que develan el lugar de la impotencia en que se sume el personaje,
relevándose así de asumir quién es y qué desea, bajo el slogan de que no hay otro horizonte
posible.
Recién cuando Ney Ney le prohíba su asistencia al evento, Lacie podrá confrontarse con sus
propias miserias: en el reflejo del espejo del Otro, tendrá ocasión de advertir con precisión
su propia posición banal. Al final, todo era sólo por el puntaje.
“Nosedive”, además, expone la lógica del sistema económico-político que rige en el mundo
occidental, el que hace uso de los objetos que nos ofrece la tecnociencia, empujando al
consumo, tal como Jacques Lacan caracterizara al pseudo-discurso capitalista (1972), donde
el consumido, finalmente, es el sujeto. Resulta interesante destacar que para Lacan el
discurso capitalista implica una disyunción entre poder y saber: el saber ahora refiere al
desarrollo tecnocientífico, que avanza sin límite alguno. A la vez, el sujeto dirige la verdad,
por eso este discurso supone el rechazo de la castración.
Será recién en la escena final, una vez liberado el cuerpo del gadget tecnológico, donde, a
pesar de estar encerrada en una celda, Lacie podrá dejarse ser, emergerá la subjetividad en
ese grito final hacia su compañero de prisión. Algo del orden de la verdad del sujeto parece
hacerse escuchar.

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