10.
Las dos transiciones a la
democracia en la Argentina
(1973 y 1983)
Nicolás Simone
Introducción
En el capítulo anterior se abordaron los conceptos de golpe de
Estado e interrupciones institucionales; en el primero de estos
se trata de una acción que, de triunfar, produce un cambio de
régimen político, en general desde uno democrático a otro no
democrático.
Por eso ahora podemos preguntarnos ¿qué sucede en cambio,
cuando se retira un régimen no democrático? ¿Cómo se transita
el difícil camino que lleva de un régimen no democrático a otro
democrático? ¿Qué conceptos han utilizado las ciencias sociales
para pensar este cambio de régimen?
En este capítulo abordaremos el concepto de “transición democrá-
tica” que permite analizar y estudiar el período entre la caída de
un régimen autoritario hasta la instauración de uno democrático.
Para ello, explicaremos en el primer apartado el surgimiento del
concepto de transición que inició la llamada transitología, una ver-
tiente dentro de la ciencia política.
122 Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
En segundo lugar, abordaremos el análisis de los diferentes actores
involucrados en las transiciones para estudiar más en detalle en el
tercer apartado, a la élite política y el rol que juega en esos suce-
sos. Por último, analizaremos las transiciones argentinas de 1973
y 1983.
Definiciones
La siguiente definición sirve para explicar el concepto de “transi-
ción” que abordaremos a continuación:
Entendemos por transición al intervalo que se extiende entre un
régimen político y otro […] Las transiciones (a la democracia)
están delimitadas por la disolución del régimen autoritario y por
el establecimiento de alguna forma de democracia (O’Donnell,
Schmitter y Whitehead, 1988: 19-20).
La transición, entonces, es un lapso que comienza cuando un
régimen no democrático de un país empieza a retirarse y termi-
na cuando un régimen democrático se impone ya sin riesgo de
ser derrocado.
La transición, en sentido amplio, se consuma cuando no existe pe-
ligro de regresión autoritaria; es decir, cuando se eliminó la opción
de que los militares hagan otro golpe de Estado.
En esta segunda etapa los partidos compiten por el control de insti-
tuciones políticas que sienten que se mantendrán indefinidamente.
Se alcanza cuando las elecciones son rutina, aunque es difícil de-
terminar en qué momento un proceso democrático ya está consoli-
dado (O’Donnell, 1997: 330).
Un ejemplo que se ajusta a esta definición en sentido estricto refie-
re al período que se abre cuando la última dictadura fue derrotada
Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado 123
en la guerra de Malvinas en 1982. La derrota dejó al gobierno mi-
litar sin ningún apoyo y con el repudio total de los ciudadanos por
lo que se vio obligado a llamar a elecciones democráticas.
El fin de la guerra marcó el inicio de la transición entre ambos re-
gímenes, de no democrático a democrático. Esa transición abarcó
dos gobiernos democráticos, el de Alfonsín y parte del de Menem
luego del cual la democracia ya estuvo consolidada.
El período de transición, en sentido amplio, finalizó cuando
el gobierno de Menem –a quien Alfonsín entregó el poder en
1989– derrotó definitivamente a los militares “carapintada” en
diciembre de 1990.
Esa victoria del gobierno democrático sobre los militares golpistas,
obtenida por la fuerza, dio a la democracia un impulso definitivo
y, a partir de entonces, ya no hubo peligros de retroceso (Romero,
2017).
Los estudios e investigaciones sobre las transiciones a la demo-
cracia comenzaron en la década de 1980.1 Estos temas fueron im-
pulsados por un grupo de expertos en ciencias sociales que tenían
un doble objetivo, por un lado, producir textos académicos que
analizaran los procesos de los que eran testigos y, por otro lado,
mejorar la calidad de las democracias que empezaban a instalarse.2
Estos especialistas en el tema asumieron un compromiso militante
con la democracia. Tenían la idea de que esos nuevos regímenes
1. El último período de transiciones a la democracia comenzó en Europa con Portugal (1974), Grecia
(1974) y España (1975), para luego extenderse por América Latina desde 1978 (Argentina en 1983).
Con la caída del muro de Berlín en 1990, la democracia avanzó también sobre el este europeo,
África y Asia.
2. Algunos de ellos eran Guillermo O’Donnell, Manuel A. Garreton, Juan Carlos Portantiero, José
Nun, Laurence Whitehead, Phillipe Schmitter, Adam Przeworski, Marcelo Cavarozzi, Alfred C. Ste-
pan y Juan Linz.
124 Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
que surgían en la década de 1980 eran una oportunidad para la di-
rigencia política de cada país. Es decir, la élite política podía cons-
truir un orden nuevo, capaz de canalizar de manera armónica los
conflictos políticos, económicos y sociales y, consecuentemente,
dejar de lado la forma violenta y dictatorial.
Pero ¿a qué democracia se referían estos cientistas sociales?
Como se desarrolla en “Poliarquía” de Batlle y “Democracia de-
legativa” de Bertino (véanse los Capítulos 5 y 6), una democracia
es un sistema de reglas en el que los ciudadanos se expresan libre-
mente y eligen a sus gobernantes.
Esas reglas incluyen la libertad política para asociarse en partidos
u organizaciones civiles, la libertad de expresión de opiniones, la
posibilidad de elegir y de ser elegido en el ejercicio de elecciones
limpias y competitivas, como algunas de sus características prin-
cipales.
Como se desarrolla con más profundidad en el texto de Batlle, la
democracia se define como una poliarquía que no incluye todo lo
que una democracia sustantiva podría ser, sino que se limita a todo
aquello que no puede dejar de tener. Es decir, una versión mínima
pero que, por esa misma razón, puede lograr más consenso.
Los actores políticos en la transición a la democracia
La transición es, como se ha dicho, un período de tiempo muy
complejo. En ese lapso, los actores políticos conviven y compiten
a la vez. Un primer actor fundamental es la élite política de cada
país que está conformada por los dirigentes políticos que fueron
expulsados del poder, más o menos violentamente, por los milita-
res y sus aliados en los golpes de Estado.
En el primer momento de la transición, la élite política comien-
za una especie de “conspiración” contra el régimen autoritario
Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado 125
lo que la convierte en el primer actor y el más fundamental del
proceso. Esto ocurre cuando las dictaduras van perdiendo legiti-
midad por algún motivo, que puede ser una crisis económica o
por la represión ejercida por el gobierno que genera descontento
en la población.
Para la transición a un régimen democrático se necesita que el
gobierno autoritario se encuentre debilitado.
Los miembros de la élite empiezan a reunirse y, con sus diferen-
cias, llegan a algunos acuerdos, aprovechando que el gobierno no
democrático está débil. Los consensos se logran aun cuando los
miembros del gobierno no democrático siguen en el poder.
Los acuerdos son muy generales, no tienen que ver con progra-
mas de gobierno muy detallados, sino con la intención de expulsar
cuanto antes al gobierno no democrático. Los pactos de las élites
apuntan, sobre todo, a lograr un llamado a elecciones en las que los
partidos se puedan presentar libremente. Es decir que la élite po-
lítica comienza a moverse cuando la dictadura ya no es tan fuerte,
con la intención de volver a un sistema democrático donde esta sea
el recambio de los dictadores.
La élite es el grupo más importante dentro de cada sector: polí-
ticos, intelectuales, empresarios, sindicalistas, y poseen un rol
clave en el paso de un régimen a otro.
En segundo lugar, la sociedad civil es otro actor clave en una tran-
sición (véase el Capítulo 1 de N. Yanuzzi). Esta, mediante sus ac-
ciones, como movilizaciones o pedidos de apoyo internacional,
suele presionar en favor de la democracia. Los sindicatos, las or-
ganizaciones de derechos humanos y los estudiantes universitarios
126 Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
son algunos de los actores que quedan incluidos en este grupo.
La participación activa de la sociedad civil es posible porque la
transición comienza cuando la dictadura está débil y su final se
percibe cercano. Por eso, la represión es cada vez menor. Esta de-
bilidad estimula un crecimiento de participación de la sociedad ci-
vil ya que implica correr menos riesgos.
El aumento de la presión por parte de la sociedad civil tiene dos
funciones importantes. La primera es apoyar a la élite política para
que logre la vuelta a un sistema democrático y, al mismo tiempo,
empujar fuera del sistema a los sectores nostálgicos, es decir, dejar
aislados y sin apoyos a quienes desean continuar con un régimen
no democrático.
La segunda función es ampliar la agenda pública con temas que,
luego, los partidos políticos deben canalizar, es decir, influir en los
temas que se discuten en una sociedad, tanto en los medios como
en la vida cotidiana de las personas.3
La sociedad movilizada puede imponer determinados temas en las
agendas públicas de discusión, aunque los partidos no quisieran in-
cluirlos ya que los obligarían a tomar posiciones arriesgadas elec-
toralmente.
Un ejemplo de esto son las demandas de la sociedad argentina con
respecto a la cuestión de las violaciones a los derechos humanos
de la dictadura. Las movilizaciones y la presión social hicieron
que muchos partidos y dirigentes tomaran posiciones en este tema,
aunque a priori, no deseaban hacerlo.
En estas coyunturas de transición la sociedad movilizada tiene
la posibilidad de imponer algunos temas y rechazar otros.
3. La agenda pública la integran aquellos temas que la sociedad percibe como urgentes e inmediatos
y así se lo exige a las autoridades.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado 127
En tercer lugar, otros actores que se pueden distinguir en un proce-
so de transición de un régimen no democrático a otro democrático
son los sectores blandos del régimen autoritario. Bajo este nombre
se agrupa a dirigentes que apoyaron inicialmente la dictadura y
que, como se está terminando, se inclinan ahora por una salida
democrática.
Los grupos “blandos”, en principio de forma clandestina, partici-
pan de esa conspiración a favor del llamado a elecciones. Comien-
zan, así, a actuar en forma conjunta con sectores de la élite política
que quieren volver a un régimen democrático.
En algunos casos, buscan mantener su influencia, aunque cambie
el régimen político. En otros, pretenden negociar para evitar futu-
ras investigaciones judiciales o porque creen que es lo correcto. En
la última transición argentina, eso se ve muy bien con el llamado
pacto militar-sindical (Romero, 2017).
Los sectores que apoyaron al régimen no democrático suelen
dividirse frente a una transición. Los “blandos” apoyaron ini-
cialmente la dictadura, pero en ese momento prefieren una sa-
lida democrática. Los “duros” son quienes quieren continuar
la dictadura aun cuando ya no hay legitimidad para que eso
ocurra.
En cuarto lugar, existen los que podrían llamarse nostálgicos del
régimen autoritario. Estos son grupos que durante la transición
hasta las elecciones, y también luego de asumido el gobierno de-
mocrático, pueden conspirar contra la consolidación de este. Aun-
que la dictadura esté llegando a su fin, los grupos nostálgicos están
dispuestos a hacer todo lo posible para sostener al régimen auto-
ritario donde tenían poder e influencia, y con el cual coincidían
ideológicamente.
128 Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
En la Argentina, este fue el caso de los militares Aldo Rico y Mo-
hamed Alí Seineldin durante la transición iniciada en 1983, pero
también de políticos, sindicalistas y grupos ligados a la Iglesia ca-
tólica y la prensa (Romero, 2017).
Siempre en una transición hay grupos que actúan –sobre todo
una vez que la dictadura se retiró y está iniciando su camino
el nuevo régimen democrático– para volver al régimen ante-
rior. Estos grupos pueden llegar a generar caos o violencia para
mostrar que la democracia no garantiza el orden.
Al existir un grupo que quiere mantener el régimen autoritario y
evitar la llegada de un régimen democrático, la transición es un
momento complejo. Por eso, los expertos afirman que es importan-
te que los sectores prodemocráticos puedan aislar a los grupos que
desean la vuelta de la dictadura y limitarles el margen de maniobra.
Para lograr esto y evitar esas regresiones autoritarias, la élite que busca
la democracia debe aliarse aunque pertenezca a partidos diferentes.
Ante la inminencia de elecciones, los políticos tienen que mantener el
equilibrio entre sus ambiciones y el peligro de que los sectores nostál-
gicos aprovechen para volver a un régimen no democrático.
Es decir, los sectores democráticos no deben competir entre ellos
descarnadamente. La manera en que los políticos pueden bloquear
intentos de retroceder a una dictadura es por medio de pactos y
acuerdos de gobernabilidad.4
Los actores internacionales son el quinto actor a tener en cuenta.
Se trata de una serie de organismos que presionan desde afuera de
4. Eso ocurrió, por ejemplo, en la transición española con los conocidos “Pactos de la Moncloa”. En
la Argentina no hubo pactos entre radicales y peronistas y ello, como se ve en Romero (2017), fue
aprovechado por grupos de las Fuerzas Armadas que conspiraban para destituir a Alfonsín.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado 129
las fronteras del país con el objetivo de lograr la efectiva instala-
ción de la democracia: organizaciones internacionales de partidos
tales como la Internacional Socialista o la Demócrata Cristiana,
que apoyan a los políticos locales afines a sus ideas, con dinero o
logística para las elecciones (Pedrosa, 2012).
También componen este grupo los organismos supranacionales
(eso quiere decir que están “por encima” de la naciones) como la
Organización de las Naciones Unidas (ONU) o la Organización de
los Estados Americanos (OEA).
La presión internacional es clave para que el régimen democrá-
tico se consolide.
En momentos de conflicto e incertidumbre, con los sectores duros
y nostálgicos actuando para evitar la democratización, los mensa-
jes de organismos internacionales y otros países puede volcar el
rumbo hacia uno u otro régimen.
Incertidumbre, élites políticas y pactos
Los procesos de democratización suelen estar a cargo de una élite
política. Es decir de aquellos que integran y, a la vez, se recono-
cen mutuamente como parte del elenco político de un país. La
élite es la encargada de conducir el proceso de instalación de la
democracia y, como se afirmó anteriormente, muchas veces recu-
rre a los pactos.
Las élites toman muchas decisiones, algunas pensando en el bien
común y otras tratando de sacar el máximo beneficio personal o
grupal. El cálculo del beneficio propio en una transición es com-
plejo por los grados de incertidumbre reinantes. En el período de
transición es importante distinguir cuándo es el momento en que se
130 Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
deben moderar ambiciones y cuándo jugarse al beneficio personal.
La activa acción de los nostálgicos del régimen autoritario anterior
obliga a que los políticos de diversos partidos tengan que acordar
reglas entre sí para controlar la luchar por el poder.
Para acordar estas reglas, los miembros de una élite deben alcanzar
pactos que den formas institucionales a los acuerdos. Estos pactos
pueden ser secretos o públicos y tienen como fin generar garantías
recíprocas para competir en igualdad de condiciones por el poder.
Por ejemplo, los políticos pueden acordar que no habrá proscrip-
ciones (eso significa que ningún candidato o partido estará prohi-
bido), qué día serán las elecciones o cuál será el sistema electoral,
entre otras muchas posibilidades.
Quienes definen esas reglas son los miembros de la élite política
que tiene como objetivo alcanzar un sistema en el que sea posible
la alternancia en el poder, es decir, que los partidos que gobiernan
vayan cambiando y que ninguno se quede para siempre en el poder
o fuera de él.
Los pactos entre los dirigentes de la élite de distintos partidos son
importantes por dos motivos. El primero de esos motivos es por-
que se constituyen en la garantía de que los sectores nostálgicos
del régimen autoritario no tendrán margen de maniobra para inten-
tar otro golpe de Estado. El segundo motivo es porque la alianza de
la élite forma una red de contención de las demandas de una socie-
dad que salen a la luz, producto de las expectativas que produce el
regreso de la democracia.
El modelo de pactos fue tomado en su mayor parte del caso de la
transición española, considerada un modelo para ser imitado por
los demás países.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado 131
Los pactos y la necesidad de moderar las demandas y expec-
tativas de la sociedad, y a la vez contener posibles golpes de
Estado, son las claves para que una transición sea exitosa y
ordenada.
En casos como el de la Argentina, apenas hubo pactos parciales
y limitados a los partidos políticos que apuntaban a alcanzar una
democracia, al menos, poliárquica, o sea, en la que se respeten
las reglas de competencia entre partidos. Esto implica que puedan
ejercer sus derechos políticos libremente, competir y alternarse en
el poder y que los gobernantes sean siempre elegidos por el voto
popular transparente y universal. Como se analiza en el siguiente
apartado, los partidos lograron estos acuerdos a pesar de las difi-
cultades y las mutuas desconfianzas.
En la Argentina hubo, a lo largo del siglo XX, cinco golpes de
Estado: 1930, 1943, 1955, 1966 y 1976, y varias interrupciones
institucionales (véase el Capítulo 9 de F. Deich). Los tres primeros
golpes fueron breves y se ensayaron rápidas restauraciones al or-
den democrático en 1932, 1946 y 1958.
En cambio, las dictaduras de 1966-1973 y 1976-1983 se exten-
dieron más en el tiempo, fueron más represivas y derivaron en
las transiciones de 1973 y 1983 que signaron el actual régimen
democrático.
La transición fallida de 1973
En marzo de 1971, el Ejército designó al general Agustín Lanusse
como el encargado de pactar una transición a la democracia (Ro-
mero, 2017). Los militares buscaban controlar el proceso y abrie-
ron negociaciones con todos los partidos políticos incluyendo al
peronismo.
132 Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
La propuesta consistía en que, a cambio de llamar a elecciones,
Juan D. Perón quedaba excluido de estas. Los partidos rechazaron
formalmente la invitación, pero aprovecharon la situación para te-
jer algunos acuerdos (Romero 2017).
El proceso continuó en 1972 con acuerdos parciales que se fueron
concretando con la sanción de una ley que fijó nuevas reglas para
las elecciones. También se aprobó el actual Código Electoral Na-
cional que consagró al sistema proporcional vigente que se usaba
desde 1960 de manera precaria.
El gobierno militar cumplía con su parte del acuerdo al fijar las
reglas para las elecciones, aunque mantenía el veto a la candidatu-
ra de Perón. Esto no impidió que el general en el exilio regresara
al país a fines de 1972 para cerrar acuerdos políticos. De hecho,
se reunió con las dos facciones del radicalismo y con ambos tejió
acuerdos.5
Los intransigentes se sumaron a las listas del peronismo en el Fre-
juli y los populares sellaron una especie de acuerdo simbolizado
en el abrazo que se dieron Perón y Balbín el 19 de noviembre de
1972.6
Las elecciones de marzo de 1973 consagraron al candidato de Pe-
rón, Héctor Cámpora, que a poco de asumir advirtió que su poder
era nulo ante la inminencia de un regreso definitivo de Perón. Así
fue que renunció y llamó a nuevas elecciones en las que pudiera
participar el general en el exilio (Romero, 2017).
El acuerdo con los militares se había roto, pero el de los parti-
dos políticos se mantuvo y todos acompañaron el segundo proceso
5. Recordemos que, entre 1955 y 1973, el radicalismo se había fracturado entre intransigentes
(UCRI) y populares (UCRP). Los primeros gobernaron en 1958-1962 y los segundos en 1963-1966
(Romero, 2017). De los primeros también surgió una escisión que se autodenominó intransigentes.
6. Allí, ambos líderes dejaron atrás viejos enfrentamientos y se reconocieron mutuamente con un
otro que también expresaba un sector de la sociedad.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado 133
electoral. Mientras tanto, la situación política y económica empeo-
raba: escalaba la violencia política de derecha y de izquierda, y la
economía explotaba en el marco de la crisis mundial del petróleo.
Los años 1974 y 1975 fueron vertiginosos: Perón se enfrentó a las
facciones de izquierda de su partido y esas y otras organizaciones
armadas pasaron a la clandestinidad. Mientras tanto, se extendían
grupos paramilitares que se enfrentaban a estas organizaciones,
mayormente peronistas y trotskistas.
Perón ya estaba enfermo y se diluía la opción del “salvador” que
pudiera contener los conflictos. Finalmente, murió el 1 de julio
de 1974 y lógicamente la violencia se profundizó. En el año 1975
hubo más de 300 asesinatos políticos y el gobierno civil no tenía
reacción al respecto (Romero, 2017).
Para fines de 1975, los militares ya habían tomado intervención en
el conflicto con las organizaciones armadas gracias a los decretos se-
cretos firmados por el presidente provisional, Ítalo Luder, que sería
el candidato del peronismo en 1983 contra el radical Raúl Alfonsín.
Un mes antes del golpe del 24 de marzo de 1976, el líder del radi-
calismo, Ricardo Balbín, hizo un llamado desesperado por evitar
el golpe y llegar hasta las elecciones pautadas para octubre de ese
año; pero no alcanzó para evitar la intervención militar que se con-
cretó el 24 de marzo de 1976.
La transición definitiva de 1983
Entre 1976 y 1983, cuatro juntas militares ejercieron un gobierno
autoritario y represor (véase el Capítulo 11 de G. Etcheves). Al
principio aplicó un plan criminal de exterminio, pero con los años
su poder se fue diluyendo entre fracasos económicos y denuncias
por las violaciones a los derechos humanos que se desparramaban
por el mundo.
134 Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
Como una especie de último recurso, la tercera junta de gobierno
militar, encabezada por el general Leopoldo F. Galtieri, inició un
conflicto bélico contra Gran Bretaña por las Islas Malvinas. Aun-
que la derrota fue el golpe final, el declive del gobierno militar
había comenzado unos años antes.
En 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de
la Organización de Estados Americanos visitó el país y denunció
las violaciones a los derechos humanos. Fue la primera vez que
el gobierno militar se vio obligado a reconocer la existencia de
desaparecidos. Además, la situación económica argentina bajo el
gobierno militar era cada vez peor. La crisis del petróleo, la falta de
proyecto económico y la nula cohesión entre las cúpulas militares
desgastaron rápido al régimen (Romero, 2017).
La recuperación de Malvinas fue un intento desesperado por el
cual los jefes militares buscaron recobrar la unidad y el apoyo per-
dido. Pero su efecto fue el contrario y la gesta militar seguida de la
resonante derrota dejó expuestas sus debilidades y errores. El fra-
caso del gobierno militar era rotundo y, por eso, el régimen militar
se derrumbó como un castillo de naipes.
La sociedad y la élite política, ahora sí más convenidos que en
1973, exigían el llamado a elecciones ante el derrumbe del poder
militar. Galtieri renunció y fue reemplazado por el general Bigno-
ne, quien las convocó inmediatamente. No tenía margen para hacer
otra cosa.
Las reglas con las que fueron los partidos a aquellas elecciones se
basaron en los acuerdos de 1973, aunque algunos puntos quedaron
suspendidos hasta 1994: se volvió al sistema de colegio electoral,
se eliminó la segunda vuelta y las elecciones directas de senador,
también la representación por minoría en el Senado. Así se redujo
la cantidad de senadores de 69 a 46, pero se aumentó la de diputa-
dos de 243 a 254.
Herramientas para el análisis de la sociedad y el Estado 135
Estas medidas moldearon el régimen político que recomenzó en
1983 que complementaba y reformaba la experiencia de 1973. Eso
fue producto de un acuerdo general en el que participaron tanto los
militares que las promulgaron como los políticos que las cumplie-
ron. Sobre otros temas, como el tratamiento de las violaciones los
derechos humanos, no hubo tal acuerdo.
Aunque débil y por etapas, los políticos y los militares acorda-
ron las reglas mínimas para ir a las elecciones, pero dejaron para
después cualquier otro tipo de pacto más amplio, como fueron los
pactos de la Moncloa en España que, para la misma época, forjaron
las bases del actual Estado de bienestar español.
En 1983 se celebraron las primeras elecciones y ganó el radical
Raúl Alfonsín, el candidato que más criticaba al régimen saliente:
se había opuesto a la guerra de Malvinas y prometía juzgar a los
militares culpables de violar los derechos humanos (Pucciarelli,
2006). Desde 1983 hasta la actualidad, aun con crisis, se mantuvo
el régimen democrático; pero entonces, apenas recuperada la de-
mocracia, los peligros de un nuevo golpe fueron visibles durante
todo el mandato del dirigente radical (Novaro, 2009).
La ausencia de pactos firmes más allá de las elecciones se hizo
evidente en los desacuerdos sobre política económica y en sobre
qué hacer con los militares represores. El gobierno radical, en sole-
dad y en cumplimiento de lo que había prometido en su campaña,
enjuició y condenó a las cúpulas de los militares responsables del
golpe y de las desapariciones desde 1976. Este hecho hizo que los
sectores nostálgicos del régimen militar se mantuvieran en alerta y
mostraran constantemente su capacidad de daño.
Se produjeron así tres levantamientos (rebeliones) militares duran-
te los años de Alfonsín, y un cuarto en el mandato de su sucesor,
el peronista Carlos Menem. Este último resolvió el asunto de raíz:
reprimió a los militares rebeldes y a cambio concedió indultos que
136 Fernando Pedrosa, Florencia Deich, Cecilia Noce (compiladores)
dejaron libres a los militares juzgados en el gobierno de Alfonsín.
Desde entonces, se consolidó la democracia política y finalizó la
transición ya que los militares nunca volvieron a ser una amenaza
para el poder civil.
A modo de cierre
Como se ha visto hay dos tipos de transiciones. Una más corta,
que se extiende desde que se aflojan los controles autoritarios y se
instala el primer gobierno surgido de elecciones; y una segunda
etapa que se alcanza cuando ya no existe miedo a una regresión
autoritaria.
Sobre la primera etapa, se mostró que los militares salientes fija-
ron tanto en 1973 como en 1983 buena parte de las reglas de las
elecciones y que, una vez que se instalaron en poder, los civiles no
las cambiaron. Sobre la segunda etapa, la consolidación definitiva,
resulta evidente que la de 1973 falló, pero también, que sentó las
bases del éxito de la de 1983, en la que la élite política logró acor-
dar reglas mínimas de procedimiento democrático (poliarquía) que
aun hoy regulan el acceso al poder.
Bibliografía
Novaro, M. (2009): Argentina en el fin de siglo: democracia, mercado y nación
(1983-2001), Buenos Aires, Paidós.
O’Donnell, G. (1997): Contrapuntos. Ensayos escogidos sobre autoritarismo y
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O’Donnell, G.; Schmitter, P. y Whitehead, L. (1988): Transiciones desde un
gobierno autoritario (4 vols.), Barcelona, Paidós.
Pucciarelli, A. (coord.) (2006): Los años de Alfonsín. ¿El poder de la democra-
cia o la democracia del poder?, Buenos Aires, Siglo XXI Editores.
Romero, L. A. (2017): Breve historia contemporánea de la Argentina. 1916-
2016, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.