0% encontró este documento útil (0 votos)
9 vistas7 páginas

La búsqueda del Arpa Succubi

Este documento cuenta la historia de Tarkrat, un aprendiz de magia que busca recuperar un arpa maldita que fue robada. Después de varias pistas y encuentros, Tarkrat logra recuperar el arpa con la ayuda de su nuevo maestro Zhindal y juntos la destruyen para evitar que caiga en malas manos.

Cargado por

Alex Monton
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
9 vistas7 páginas

La búsqueda del Arpa Succubi

Este documento cuenta la historia de Tarkrat, un aprendiz de magia que busca recuperar un arpa maldita que fue robada. Después de varias pistas y encuentros, Tarkrat logra recuperar el arpa con la ayuda de su nuevo maestro Zhindal y juntos la destruyen para evitar que caiga en malas manos.

Cargado por

Alex Monton
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Autor: Gran Mago Terrae

Creado para IGARol

Efeyl2002

Mi nombre es Tarkrat, el antiguo aprendiz de Derkon un poderoso hechicero de la ciudad fronteriza


de Tir-Quanor.

Todo empezó hace una semana. Un extraño forastero llegó a la bella ciudad que me vio crecer, que
no nacer, pues nada recuerdo de mis años de infancia, ni siquiera quienes eran mis padres. Derkon
me tomo como aprendiz y en cierto sentido era como un hijo para él: un hijo no deseado, me temo.

Pues como decía, un forastero llegó a Tir-Quanor y me preguntó por la localización exacta de una
cueva. Una cueva de la que poco sabía, a parte de que guardaba gran cantidad de trampas... y
tesoros. No le dí mucha importancia al tema y le hablé de dicho lugar ¡¿Qué sabía yo lo que iba a
acarrear?!

Cuando mi maestro lo supo se enfureció muchísimo conmigo. Marchó a la cueva y cuando regresó
me dijo que en aquel lugar había un objeto que estaba bajo su custodia y que el individuo que había
entrado se lo había robado.

Tras muchos remordimientos de conciencia me ofrecí voluntario para encontrar al ladrón y


recuperar el objeto. Unos días después descubrí que el individuo en cuestión era un bardo. Bueno...
quizás Lyreel, una famosa cantante de Tir-Quanor, me podría ayudar. Si ese ladrón quería mantener
su trabajo sin riesgos tendría que ir al Gremio de Bardos e inscribirse.

¿Pero que tipo de artefacto había sido robado? Tomé uno de los libros de mi maestro y me puse a
investigar mientras él se encontraba de viaje. Y entonces supe que me había metido en un buen lío.
El objeto que buscaba era el infame HARPA SUCCUBI, un instrumento musical maldito capaz de
invocar a una horda de estos seres viciosos y drenadores de la fuerza vital de los mortales: los
demonios Succubos. Ishtriaxxala´zh fue su última dueña: un poderoso succubo que estuvo a punto
de acabar con un pueblo entero. Los Caballeros del Fuego y la Espada acabaron con la criatura hace
ya 100 años, pero el arpa se perdió en el olvido... y por lo visto nadie la destruyó.

Aún no me podía creer que mi maestro pudiera tener un objeto tan maléfico como ese. ¿Pretendía
utilizarlo? ¿Acaso estaba bajo su custodia para que nadie lo utilizará? Siempre consideré a mi
maestro un tipo extraño y misterioso, a veces incluso confabulador, pero un diabolista...

Hace dos días me puse en camino. Inspeccioné la cueva para buscar más pistas, pero no pude
averiguar nada más. Regresé a Tir-Quanor y decidí buscar a alguien que me indicara donde podría
encontrar el Gremio de Bardos. ¿Y qué mejor lugar para encontrar un bardo que en la taberna del
León Rampante?

Allí tomé algo de beber y pude charlar con el recaudador de impuestos que tomó asiento junto a mi.
Una mendiga loca llegó al cabo del tiempo y nos pidió algunas monedas, empezó a desvariar y a
contar historias sobre hombres sin rostros, luces y duendes que la dejaron sin hogar. Bastantes
problemas tenía yo como para preocuparme por los demás...

1 /7
Autor: Gran Mago Terrae
Creado para IGARol

El posadero anunció un espectáculo: la actuación de Zantia y de su hermana. El espectáculo se


retrasó unos instantes pues, por lo que me pude enterar, la hermana de Zantia llevaba mucho tiempo
perdida y al fin la había encontrado. El bello canto de las dos mujeres dio calor a la concurrencia,
pues aquel día hacía un frío de mil demonios.

Cuando el canto cesó, me dirigí a Zantia y después de felicitarla por su actuación le pedí
información sobre un bardo especialista en el uso del Arpa. Ella no sabía nada de su paradero; pero
una moneda de plata reavivó su memoria:

– " Tan solo puedo deciros que el nombre del único especialista en el arpa de esta región
empieza por "R", nada más recuerdo de él "- dijo Zantia con una sonrisa.

Bien, al menos tenía algo con lo que empezar. Tras salir de la taberna pude entrevistarme con
Lyreel. A ella le pregunté por aquel bardo misterioso. Ella me dijo que solo conocía a un tal
Rawton, pero que en esos momentos no se encontraba en Tir-Quanor.

¡Maldita sea! El bardo se escapaba y mi maestro me castigaría de por vida si no conseguía aquel
objeto. Anduve por las calles de Tir-Quanor en compañía de Lyreel, pasando frío y penurias. Pude
ver movilización de tropas, el arresto de la mendiga loca por los Caballeros del Fuego y la Espada,
como la guardia apresaba al conde, teniendole que soltar a los pocos minutos pues no le pudieron
acusar de traición a la corona. El regimiento Drake marchaba por los alrededores. Pero hay algo que
me llamó mucho la atención...

¿Estaban ciegos mi ojos o en Tir-Quanor se encontraba la Gran Nigromante? Dilavia, la infame


señora de los no-muertos, la que se dice que con la ayuda de sus artes oscuras invocó al gran
demonio Dansalatignatius. Mi maestro me había hablado de ella; tan sólo un año había pasado
desde los terribles [Link] dama oscura marchó hacia una cabaña. Se le negó el paso, o
quizás dio unas ordenes cortas y precisas a sus moradores, y marchó por la Puerta Sur de la muralla.
Suspiré de alivio, al ver que ella y sus secuaces se marchaban y continué mi búsqueda.

Al fin encontré el gremio de bardos y allí se encontraba Cassandra, la consejera del Conde. Hablé
con ella sobre el objeto que estaba buscando y le pedí protección ante el poder de mi maestro y que
me matuviera bajo su tutela. Ella ya tenía una aprendiza bajo su cargo, pero me permitió marchar en
su compañía junto a sus dos mercenarios guardaespaldas.
Un extraño individuo se encontraba en la cabaña junto a Cassandra y su guardia. Lyreel se acercó a
mi y me dijo en secreto que ese sujeto era Rawton.

¡Al fín! ¡Ese sucio ladrón me las iba a pagar!

Le pedí que saliera conmigo fuera de la cabaña a charlar porque era importante. Mis conjuros para
desarmarle en caso de que me quisiera atacar estaban listos para ser lanzados. Si acaso no me
quisiera dar el arpa siempre podría hechizarle con un conjuro de Sugestión...
Comencé el interrogatorio. Rawton me dio largas al principio, pero conseguí ganarme su confianza
lo suficiente como para que reconociera que él tenía el arpa y que él fue quien la robó. Por lo visto
ya la había utilizado y había sentido el poder maligno que se guarda en su interior. Yo le dije que
quería destruirla, pero como él no llegaba a confiar del todo en mí hice un trato con él.

2 /7
Autor: Gran Mago Terrae
Creado para IGARol

– " Está bien, yo solo pretendo acabar con el Arpa, pero como no tengo el poder suficiente, te
permitiré que la lleves hasta que podamos destruirla " - dije.
– "De acuerdo... " - dijo Rawton mirándome con desconfianza.

Cassandra tenía que marchar a Athkar y yo decidí acompañarla, pues era la única que podía
protegerme de la furia de mi maestro en esos momentos. Rawton y la guardia de Cassandra iban con
ella. Lyreel iba conmigo pues decía que no confiaba en Rawton.

Cuando estabamos poniéndonos en camino, Zhindal, el consejero del Duque de Rhoden nos salió al
paso y habló sobre una reunión mágica de la que aquí nada detallaré.
Puesto que era miembro de la comunidad mágica de la región me ofrecí a participar en ésta y
ayudar en todo lo que pudiera. Zhindal parecía un mago noble y ambicioso, pero puro de
intenciones, eso me llamó la atención y decidí tomarle como tutor y guía en los secretos de la
magia, si él lo deseaba...

Le conté mi problema: la historia del Arpa, sobre Rawton, sobre Cassandra y todo lo que me había
acontecido. Él no confiaba en Cassandra y decidió tomarme como aprendiz a pesar de tener ya a
otro hechicero bajo su tutela. Marchamos a Athkar ya de noche para entrevistarnos con los druidas
del lugar. Un extraño encapuchado nos acompañó durante gran parte del viaje, pues decía que era
un simple comerciante. No le quitamos ojo de encima.

La entrada a la ciudad thalesiana se nos prohibió durante largo rato. Ya que podríamos ser
enboscados en cualquier momento decidí invocar los poderes del Gran Espíritu de la Magia: el Gran
Dragón. Rezé una súplica a la Diosa Luna, esposa del Gran Espíritu y una luz potente brotó de la
punta de mi bastón, iluminando la noche.

Al fín pudimos entrar en la ciudad. Un par de no-muertos fueron capturados en los alrededores y los
druidas se los llevaron para sacrificarlos en su altar. La reunión no se pudo celebrar. Zhindal tenía
que regresar a Tir-Quanor. Urdimos un plan para arrebatarle el Arpa a Rawton y lo conseguimos. A
punta de flecha Rawton tuvo que entregar su arpa a los Lobos de Rhoden, la guardia de Zhindal.
Allí le dejamos a su suerte. El mago se guardo el arpa y marchamos a Tir-Quanor. Mi conjuro de
luz iluminó el camino a los Lobos, y tuvimos una vuelta a casa de lo más inquietante. El heróico
Lobo Negro, capitán de la guardia de Rhoden, y sus hombres nos protegieron todo el camino y
llegamos a Tir-Quanor a salvo. En el camino pudimos salvar la vida a un guerrero Thalesiano, muy
malherido, que fue llevado a las Casas de la Curación de nuestra ciudad.

Unos individuos envueltos en vestiduras negras, diabolistas según el criterio de mi nuevo maestro,
se unieron a nuestro grupo. Era mejor no combatir con ellos en ese momento pues estabamos
demasiado cerca de la ciudad y quizás era mejor alertar a la guardia. Aún así solo teníamos
sospechas y no podíamos dar ninguna prueba para acusarles de Adoración al Maligno...

En Tir-Quanor Zhindal entregó el Arpa al Obispo que la destruyó al conocer los poderes oscuros
que guardaba. Se oían historias de nigromantes y terribles maldiciones, y que una peste estaba
asolando la ciudad. Zhindal me envió a las Casas de Curación para investigar todo lo que pudiera
sobre ese asunto.

3 /7
Autor: Gran Mago Terrae
Creado para IGARol

La peste empezaba a remitir (o eso fue lo que me contaron) y gracias a una planta misteriosa que ya
se había dado orden de buscar, el pueblo sanaría con rapidez. Rhawton estaba en la ciudad, y me
acusó de traidor, a lo que yo solo pude decir que no pretendía que el asunto se resolviera de esa
manera y que sentía mucho que mi maestro le hubiese tendido esa violenta trampa. Me gané el
perdón (aunque ya nunca olvidaría lo que le hice) y me contó que mientras estuvo en Athkar pudo
ver como un grupo de druidas invocaban a la Fuerza de la Naturaleza para acabar con la amenaza
nigromántica. También que estuvo a punto de morir sacrificado a la Madre Naturaleza por mi culpa,
¿pero qué sabía yo?

Zhindal tenía que volver a Athkar y de nuevo me uní a la expedición. Dejé a Lyreel en la ciudad y
ya no la volví a ver hasta el día siguiente. Esta vez la visita sería a toda carrera, con tan solo dos
guardabosques, uno de ellos bastante cansado y magullado de tantos combates.

Cuando llegamos a la ciudad thalesiana ésta estaba casi vacía. Encontramos a varios thalesianos
reunidos y armados, dispuestos para la batalla... Mi maestro pudo oir a uno de los jefes que
marcharían contra Tir-Quanor, como se había previsto.
Regresabamos a Tir-Quanor tan rápido como podíamos, cuando unas figuras envueltas en siniestros
mantos oscuros pasaron cerca de nosotros. Las antorchas fueron apagadas y los conjuros de luz
anulados. Las tres figuras no estaban a más de diez metros, pero no se percataron de nuestra
presencia. Unos instantes después mientras permanecíamos agachados y escondidos entre los
matorrales oímos las voces de lo que creíamos que eran aliados. Les salimos al paso y descubrimos
que era el ejército thalesiano que marchaba con una Fuerza de la Naturaleza entre sus filas. El
enorme ser nos miró con sus ojos sobrenaturales, como si estuviara cuantificando o juzgando
nuestras fuerzas. Se giró y continuó la marcha. Mi maestro Zhindal consiguió engañar a los
thalesianos (o quizás estos mismos tenían cosas más importantes que hacer que ocuparse de
nosotros) y nos dejaron marchar.

Llegamos a Tir-Quanor a tiempo de reunir a la guardia y avisar del inminente ataque a sus
habitantes. Llegaron rumores de que los nigromantes estaban aliados con las fuerzas thalesianas y
que la llamada Luminaria (la planta que curaría la peste) había sido destruida...

La Fuerza de la Naturaleza entro en la ciudad a golpes, buscando a su objetivo. "Nigromaaaantes,


Nigromaaaantes" gritaba con voz gutural. La guardia de la ciudad y varios guerreros acabaron con
lo que la Iglesia considera una abominación...
Más tarde se produjo el conocido simulacro de ataque contra la ciudad por parte del bando
thalesiano. La nobleza kendoriana había pactado con los jefes thalesianos para acabar con los
nigromantes. Pero el plan salió mal y los nigromantes consiguieron escapar... La noche cubrió los
cielos y nuestros esfuerzos por reunir a los hechiceros de la región fracasó. Quizás podríamos
conseguirlo la mañana siguiente...

Y entonces llegó la peste... La Muerte afiló su guadaña y segó la vida de nuestros conciudadanos
como si fuera trigo maduro. La mañana se tornaba gris y terrible para la desdichada Tir-Quanor. El
Obispo ordenó traer los cuerpos de los difuntos a la puerta de la Iglesia. Allí los cuerpos serían
purificados y sus almas salvadas con el poder del fuego. El horror invadió mis entrañas. Tuve que
cargar con el desdichado Rawton, desde mi cabaña hasta el exterior, y pude comprobar lo que la
falta de humanidad puede llegar a hacer. Los mercenarios contratados por Cassandra se abalanzaron
sobre el pobre bardo y le despojaron de todas sus riquezas antes de que yo pudiera hacer nada.

4 /7
Autor: Gran Mago Terrae
Creado para IGARol

Mi propio maestro, Zhindal, había caído presa de la peste y yacía muerto junto a uno de los
arbotantes del muro. ¿Qué podía hacer yo ahora? Estaba perdido. Sin maestro, sin aliados, sin
familia... Y no sólo eso, mi antiguo maestro Derkon me destruiría si llegaba a enterarse de mi
traición...

Los cuerpos fueron quemados en una de las cabañas de la ciudad. Siendo purificadas sus almas por
el fuego ningún nigromante podría alzarlos. Pero el poder de Dilavia y sus aliados era muy grande.
Los espectros de los recién fallecidos se alzaron de entre las cenizas e intentaron acabar con todos
nosotros. La guardia y todo habitante capaz de empuñar un arma (incluso yo mismo) nos dedicamos
a limpiar la ciudad de la infame presencia no-muerta. Poco sabía de los no-muertos, pero de lo que
estaba seguro es que volverían mientras que los nigromantes estuviesen vivos.

Llegaron a mi rumores de que el HARPA SUCCUBI, había sido robada y que un nigromante la
estaba utilizando dentro de la casa del molinero, que por lo visto les estaba dando cobijo. ¿Es que
acaso el Obispo no la había destruído? Cassandra, su aprendiza, la consejera del Conde, y yo mismo
marchamos al lugar. Un caballero del Fuego y la Espada y dos arqueros nos escoltaron.

El molinero abrió las puertas de su hogar y le obligamos a que sacara de allí a los individuos a los
que estaba dando cobijo. Dos figuras, vestidas de negro, salieron del molino y los conjuros volaron
de un lado a otro. Una bola de fuego golpeo al supuesto nigromante e hirieron a su compañero, al
molinero y al caballero del Fuego y la Espada. Cassandra giró sus manos y un electrizante
relámpago salió de la palma de su mano para acabar con la vida del nigromante. Yo sentí como el
Dragón, señor de la magia, hacía hervir mi sangre. Respiré las nieblas mágicas que éste exhala por
sus fauces y sentí que la energía mágica estaba a punto de salir a borbotones de mi mente. Con un
pase de mi mano y un suave siseo la voz del emcapuchado compañero del nigromante desapareció
de su garganta para siempre.

Los restos del nigromante fueron purificados en una cabaña junto con el Arpa. Su compañero,
privado de voz para siempre, fue detenido.

Según transcurría la mañana se oían rumores de que un ejército de no-muertos había atacado
Athkar, pero ésta resistía con tenacidad. Cuando apenas el Sol había levantado su brillante faz, el
espíritu de mi maestro se manifestó ante mí como una visión de esperanza. Me dijo que aún no
había muerto del todo y que un sacerdote con fe verdadera le podría traer de entre los muertos.
Zhindal también habló con los restantes hechiceros del lugar y les instó a que celebraran la reunión
de magos con los druidas, ya que los nigromantes pretendían acabar con todos nosotros. Los
Caballeros del Fuego y la Espada rezaron por el alma de su compañero caído delante de su tumba y
purificaron su cuerpo con el voraz fuego de sus antorchas. El Obispo bendijo las espadas de los
caballeros de la Iglesia y los revitalizó proclamando una gran Cruzada contra el Mal.

La guardia marchó contra los no-muertos que pululaban por los alrededores: nos dejaban indefensos
ante cualquier posible ataque. Yo me mantuve junto a la puerta escudriñando cualquier posible
enemigo que pudiera acabar con todos nosotros. Pero entonces llegó la traición. Uno de nuestros
conciudadanos abrió la Puerta Sur de la muralla y decenas de no-muertos cargaron contra nosotros,
avidos de saciar su hambre antinatural devorando nuestra carne. A golpe de sandalia escapé veloz
por la puerta principal y ascendí por la pequeña colina que desde el Noreste vigilaba nuestra ciudad,

5 /7
Autor: Gran Mago Terrae
Creado para IGARol

caída en desgracia.

Desde allí intentamos mantener nuestras fuerzas unidas, pero habíamos perdido a muchos de
nuestros aliados. El Regimiento Drake había caído en su mayoría y ahora estaba de parte de los
nigromantes, como no-muertos. El horror se apoderó de mi cuando vi marchar al zombi de Turain y
del Barón contra nosotros. Ya no quedaba ni un rastro de humanidad en sus ojos lechosos. Invoqué
los poderes del Espíritu de la Montaña de Fuego, el Gran Dragón. Mis manos ardían con el
abundante maná. Haciendo uso de varias palabras de poder descargué mi conjuro contra sus
espadas. El acero comenzó a calentarse hasta límites insospechados y el olor a carne quemada
invadió mis fosas nasales. Los zombis soltaron sus armas y huyeron del lugar: tan solo habíamos
ganado una batalla.

Un demonio y otros zombis atacaron nuestra posición. Los pocos guerreros y arqueros que teníamos
de nuestra parte lucharon con mucho valor, entre ellos uno de los guardias de Cassandra y un
extraño mago que había visto mendigar por las calles de nuestra ciudad. Pero al fin mi maestro
regresó en cuerpo y alma y me habló de una alianza entre thalesianos y kendorianos que se estaba
celebrando en la frontera con Athkar, junto al puente (que había sido destruido). La guardia aún
continuaba con vida, también los Caballeros del Fuego y la Espada y los valerosos caballeros del
Dragón, varios mercenarios y gran cantidad de hechiceros y druidas. Quizás aún teníamos una
esperanza.
Los magos sabíamos que la única manera de vencer sería acabar con la gran nigromante y con todos
sus aprendices y aliados para que los no-muertos no pudieran regresar de sus tumbas. El espíritu del
Conde (convocado por quién sabe qué tipo de magia) apareció delante de nuestro y nos indicó la
posición de Dilavia y los restantes no-muertos.

La guardia y todos los guerreros disponibles atacaron la ciudad. Yo marché junto a mi maestro
contra una de las diabolistas, mientras contemplaba como nuestra amada ciudad ardía en llamas. La
Diabolista alzó sus brazos y convocó un conjuro de Terror contra nosotros pero mi maestro deshizo
el conjuro antes de que éste hiciera efecto. El comandante de la guardia descendió su espada sobre
ella, pero solo cortó un jirón de su capa negra antes de que desapareciera de nuestra vista. Se había
teleportado...

La batalla continuaba en el interior de las ardientes murallas de Tir-Quanor. Me interné en el lugar


escoltado por un par de guerreros. Desarmé a un par de zombis con mis conjuros, pero mis reservas
de maná quedaron completamente agotadas, así que decidí no arriesgarme y escapar del lugar.

En el exterior, Cassandra, la Gran Druidesa y un par de magos más habían apresado a un


nigromante que decía estar arrepentido por sus actos de maldad. Los magos decidimos que no
podíamos creerle y a golpe de bastón abrí la cabeza del infeliz como si fuera un melón maduro.
Otros horrores, como el fanatismo de la Iglesia, tuve que contemplar. El acero de los Caballeros del
Fuego y la Espada descendió sobre una Fuerza de la Naturaleza que se encontraba de nuestro lado y
también contra una indefensa druida que se paseaba por los alrededores. Bajas innecesarias, me
temo, y que me hacen temer más aún a esos fanáticos religiosos. Un único rayo de esperanza
alcanzó mi corazón: Dilavia había muerto. La Gran Nigromante había caído bajo el cuchillo traidor
de uno de sus discípulos. Al menos los no-muertos no se alzarían de nuevo.

6 /7
Autor: Gran Mago Terrae
Creado para IGARol

Todo acabó aquí. Zhindal y su guardia de guardabosques regresan al Ducado de Rhoden. Yo, como
aprendiz marcho a su lado. Nunca derramé una sola lágrima por nadie y tampoco lo hice por mi
ciudad. La rabia y el deseo de venganza me impiden llorar. Giré mi cabeza por última vez para
despedirme de los antaño orgullosos muros de Tir-Quanor. Ahora sus piedras ennegrecidas y sus
casas ruinosas mostraban su raquítico esqueleto a los pocos supervivientes de la catástrofe.

Algún día regresaré, no como aprendiz, sino como Maestro y acabaré con esos malditos
nigromantes para siempre... Algún día...

7 /7

También podría gustarte