En la ciudad de Atenas se encontraba Diógenes, un hombre que vivía de acuerdo con
sus propios preceptos, desafiante ante las normas de la sociedad. En el otro
extremo del espectro, Alejandro Magno, el conquistador cuya fama y poder resonaban
en todo el mundo conocido. Este es el contexto del encuentro legendario entre dos
figuras icónicas de la historia.
El ruido y el alboroto de una procesión real sacaron a Diógenes de su estado
semiconsciente. Acostumbrado a la soledad y la despreocupación, se encontró rodeado
por una multitud ansiosa por ver a Alejandro Magno, el hombre que, con su elegancia
y poder, representaba todo lo contrario a lo que Diógenes valoraba.
Alejandro, al haber escuchado con anterioridad sobre Diógenes, se acercó y le dijo:
"Soy Alejandro", a lo que Diógenes, con desdén y un toque de sarcasmo, respondió:
"Y yo soy Diógenes, el perro". En ese breve intercambio, quedó claro que Diógenes,
aunque no tenía nada material, poseía una riqueza interna inquebrantable. Su
filosofía de vida se basaba en la austeridad extrema y la autosuficiencia,
desechando incluso lo que consideraba superfluo, como un plato y un cuenco, después
de ver a un niño usando sólo sus manos para comer y beber.
El tenso ambiente se agitó aún más cuando Alejandro le preguntó por qué lo llamaban
"perro". "Porque alabo a los que me dan, ladro a los que no me dan y muerdo a los
malos", replicó Diógenes. Intrigado, Alejandro le ofreció concederle cualquier
deseo. "Solo te pido una cosa", dijo Diógenes, "que te muevas, porque me estás
tapando el sol".
Esta interacción simboliza la eterna batalla entre dos enfoques de la felicidad: la
búsqueda insaciable de poder y riqueza, representada por Alejandro, y la completa
renuncia a los deseos materiales, personificada en Diógenes.