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Equilibrio en Constelaciones Familiares

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¿QUE NOS REGALA EL CAMINO?

“El sentido de la vida, depende en gran medida de aquello que cada


individuo hace con lo que le es dado”

Bert Hellinger

Este camino nos permite descubrir la mirada del alma. Así, reconocemos cómo cada paso que
damos estamos guiados por lo más Grande. Las Constelaciones nos permite resignificar y
redescubrir muchos conceptos que en nuestra vida cotidiana damos por ciertos. Con esta
mirada se disipa la bruma y reconocemos el amor contenido en todo: tal vez desordenado, sin
embargo, no deja de ser amor.

LA GRANDEZA1
Grande sólo es aquél que se siente igual a los otros, dado que lo más grande que tenemos
es aquello que compartimos con todas las personas. Aquél que siente eso grande en su interior y
lo reconoce, se sabe grane y al mismo tiempo se siente unido a todas las demás personas. Si lo
remoce en su interior, lo reconoce al mismo tiempo en todas las personas, por ende, sebe y se
siente igual a ellas. Por eso también puede admitir sin inhibiciones esa grandeza en sí mismo, ya
que no lo eleva por encima de otros, lo coloca a la par. De esa manera confirma a los demás la
grandeza de ellos, y ellos le confirman la grandeza de él. Ama a los demás en su grandeza y es
amado por los demás por la grandeza de él. Así, esa grandeza une a todas las personas con
humildad y amor.
Aquel que se eleva por encima de otros pierde su conexión con ellos. Se retira de ellos y ellos se
retiran de él. Por esa razón ese envanecimiento conduce a la soledad. Y hace que se desconfíe.
Aquel que se enaltece debe temer que los demás lo rechacen, que secretamente estén a la espera
de que se precipite desde esas arrogantes alturas hasta volver a ser igual a ellos. Si secretamente
él mismo espera su caída, porque su alma no aguanta es enaltecimiento a lo largo del tiempo.
Finalmente comete errores que para los de afuera resultan incomprensibles pero que están en
sintonía con su alma.
Aquel que se rebaja y se ubica por debajo de las demás personas también pierde la con concesión
con ellas. Ellas perciben la exigencia en ese tipo de humildad y la negación de hacer lo que es
adecuado para la grandeza humana.
La verdadera grandeza es exigente, pero de una manera que hace bien. Porque, así como reconoce
a los otros, también pretende ese reconocimiento por parte de ellos. Esa exigencia beneficia a

1Revista Hellinger, Septiembre 2008. Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el
mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

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todos. Une allí
donde la exigencia enaltecida o la exigencia que niega las grandes acciones separan.
Sin embargo, parte de la Grandeza es también que en mí reconozca lo singular que me ha sido

regalado, y que al mismo tiempo reconozca en cada una de las demás personas lo que es singular
en ellas. Por ese motivo, lo singular también es algo que todas las personas tienen en común y une
en lugar de separar. Porque lo singular está al servicio del todo. Por eso, incluso allí donde parece
diferente, en el todo, esa singularidad es igual a cada una de las otras singularidades.

CONCEPTOS A TENER QUE TENER EN CUENTA2

CULPA E INOCENCIA EN LAS RELACIONES HUMANAS


Las relaciones humanas se inician dando y tomando y con ello empieza también nuestra
experiencia de culpa e inocencia. Porque el que da siente derecho a exigir y el que recibe se siente
endeudado. La exigencia por un lado y la deuda por el otro constituyen, en cada relación, la raíz
de los sentimientos de culpa e inocencia. Estos sentimientos están al servicio del dar y del tomar,
dejando sin sosiego a los protagonistas hasta que encuentren un equilibrio, o dicho de otra
manera, hasta que el que exige pueda dar y el que da pueda tomar.

EL EQUILIBRIO
Una vez en África, un misionero fue trasladado a otra región. En el día de su partida,
recibió la visita de un hombre que había caminado muchas horas para llegar hasta él y ofrecerle,
a modo de adiós, un pequeño obsequio, del valor de treinta centavos. El misionero se dio cuenta
que el hombre le quería agradecer – le había visitado varias veces en su aldea cuando estaba
enfermo – pero también sabía que este dinero representaba una suma grande para él.
Estuvo a punto de devolvérselo y sobre todo de hacerle otro favor. Pero de pronto se percató de
lo que ocurría, aceptó el dinero y le dio las gracias.
Cuando recibimos algo de alguien – por muy bonito que sea - perdemos nuestra independencia
y nuestra inocencia. Al tomar, nos sentimos obligados y en deuda con el que nos da.
Experimentamos esta deuda como una incomodidad y una presión y buscamos deshacernos de
ella, dando nosotros también. El tomar existe a este precio.
En cambio, vivimos la inocencia con placer. Después de haber dado sin tomar nada a cambio, o
cuando damos más de lo que tomamos, lo percibimos como un derecho a pedir. Y

2Revista Hellinger, Septiembre 2008. Los textos citados son las transcripciones autorizadas por el
mismo Bert Hellinger de sus entrenamientos y conferencias. Algunos son extractos de sus libros.

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experimentamos esta inocencia como levedad y libertad, libres de deuda, cuando no necesitamos
nada o cuando hemos devuelto después de recibir.

Para alcanzar o mantener ese estado, conocemos diferentes maneras de comportarnos.

La inocencia
Algunos quieren conservar su inocencia, renunciando a involucrarse. Prefieren
abstenerse antes que tomar. De esta forma, no se comprometen. Esta es la inocencia del
«caballero solitario», del que no quiere participar. Pero sólo vive a medias y se siente
proporcionalmente vacío e insatisfecho.
Encontramos esta actitud en muchos depresivos. Su negación a tomar está ligada en
primer lugar a uno o a ambos padres. Más tarde, transfieren esta negación a otras
relaciones y a las cosas buenas de la vida.
Algunos motivan su rechazo con el reproche siguiente: lo que se les ha ofrecido o
dado era muy poco o no era lo bueno. Otros justifican su abstención de tomar con
los fallos del que les da. El resultado sin embargo es idéntico. Ellos se quedan en la
inactividad y el vacío.

La plenitud
Observamos el efecto contrario en los que han conseguido tomar a sus padres tal y
como son, tomando todo lo que reciben de ellos. Ese tomar a los padres es vivido
como una continua corriente de energía y de felicidad, haciéndoles capaces de tener
otras relaciones en las cuales pueden dar y tomar mucho.

El ideal del ayudante


Una segunda manera de sentir la inocencia es la pretensión con respecto a otros
por haberles dado más de lo que ellos me han dado. Esa inocencia es, la mayoría de
las veces, fugaz ya que en cuanto tomo de otro, termina mi pretensión. Sin
embargo, ciertos individuos prefieren mantener sus pretensiones antes que aceptar
verse ofrecer algo. Por así decirlo, viven según el lema: «Mejor te sientes tú en
deuda que yo». Encontramos esta actitud en numerosas personas bien
intencionadas y la reconocemos como la del ayudante ideal.
Sin embargo, sentirse tan libre de deudas se opone a las relaciones. El que sólo
quiere dar se coloca en una superioridad que debería ser breve para no quitarle al
otro la posibilidad de ser igual. Y de aquel que no quiere tomar de nadie, los demás
pronto se cansan, alejándose o enojándose con él. Tales ayudantes se quedan solos
y a menudo se vuelven amargos.

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EL INTERCAMBIO
La manera de vivir la inocencia y por cierto la más bonita, es gracias al alivio
resultante del equilibrio, cuando no sólo hemos recibido (o tomado) sino que hemos dado
también. Este intercambio entre dar y recibir (o tomar) ocurre entre los participantes, es
decir que el que toma de otro le da a cambio lo equivalente.
Pero no sólo se trata del intercambio sino también del importe. Un dar y tomar de poca
cantidad trae pocas ganancias. En cambio, un dar y tomar caro nos enriquece. Va
acompañado de sentimientos de felicidad y de plenitud. Esta felicidad no nos cae del cielo,
es construida. El dar y recibir mucho nos despierta un sentimiento de levedad y de libertad,
de justicia y de paz. De las muchas posibilidades de experimentar inocencia, esta es la más
liberadora. Es una inocencia contenta.

DAR HACIA DELANTE


En cierto tipo de relaciones es imposible ignorar la necesidad de devolver cuando entre
el que da y el que toma existe una jerarquía, como por ejemplo entre padres e hijos o entre
maestros y alumnos. Porque padres y maestros son los que dan, e hijos y alumnos son los que
toman. Por cierto, los padres también reciben de sus hijos y los maestros de sus alumnos, pero
la desigualdad entre ellos no se puede borrar, sino que sólo se puede reducir.
Pues, los padres también fueron hijos alguna vez y los maestros alumnos. Alcanzan el equilibrio
en cuanto dan a la generación siguiente lo que recibieron de la anterior. Y sus hijos o alumnos,
tienen la posibilidad de hacerlo también, en su momento.
Lo que vale entre padres e hijos, entre maestros y alumnos vale también en todas las situaciones
en las que no es posible la compensación a través del devolver y del intercambio.
Es decir que podemos, a pesar de todo, liberarnos de la deuda dando más adelante lo que hemos
recibido.

AGRADECER
Una última posibilidad de restaurar el equilibrio entre el dar y el tomar es el
agradecimiento. Con ello, me libero de la necesidad de devolver. Es a veces la única repuesta
adecuada después de tomar, cuando se trata por ejemplo de un discapacitado, de un enfermo, de
un agonizante o, incluso, de un ser amado.
Aquí entra en juego, al lado de la necesidad de compensación, aquel amor de fondo que atrae y
mantiene en cohesión los miembros de un sistema social, así como la gravidez las partes del

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universo. Este amor precede y acompaña el dar y el tomar. Y se manifiesta como agradecimiento
al tomar.
El que da las gracias reconoce: “Tú me das, independientemente de si te lo puedo devolver o no
y lo acepto de ti como un regalo”. Aquel que recibe las gracias dice: “Tu amor y tu reconocimiento
de que te doy me valen más que todo lo que aún me deseas ofrecer”.
Con el agradecimiento no sólo atestamos lo que nos damos mutuamente sino también lo que
somos el uno para el otro. En relación a esto os contaré una historia.

EL TOMAR
Alguien se sentía en profunda deuda frente a Dios, por haberse salvado de un gran peligro. Le
preguntó a un amigo qué debía hacer para que su agradecimiento estuviera a la altura de su
Señor. El amigo le contó lo siguiente: Un hombre estaba enamorado de una mujer y le pidió
casarse con él. Pero ella tenía otras cosas en mente. Un día en que estaban cruzando la calle
juntos, la mujer estuvo a punto de ser atropellada por un coche y la salvó la sangre fría de su
compañero, que le dio un tirón hacia atrás. Entonces, la mujer se giró hacia él y le dijo: “Ahora
sí, me caso contigo”.
“¿Qué piensas de cómo se sintió el hombre con eso?” preguntó el amigo. El otro no
respondió, pero hizo una mueca escéptica. “Ves, tal vez Dios siente lo mismo en tu caso”
dijo el amigo.

Os cuento otra historia.

“El retorno”
Un grupo de amigos se fue a la guerra, todos vivieron indescriptibles peligros y, mientras
muchos eran matados o heridos, dos de ellos regresaron ilesos.
Uno de los dos se había vuelto muy tranquilo. Sabía que no tenía ningún mérito en estar
vivo y aceptó la vida como un regalo, como una gracia.
El otro en cambio se pavoneó contando sus actos heroicos y los peligros de los que había
escapado. Era como si todo lo vivido hubiera sido en vano.

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LA FELICIDAD
Una felicidad no merecida se vive con frecuencia como algo amenazador y asustador. Esto tiene
que ver con que, en nuestro interior, pensamos que nuestra felicidad puede despertar la envidia
del destino o de otra gente. Por lo tanto, vivimos la aceptación de la felicidad como la
trasgresión de un tabú, como la responsable por una deuda, como el asentimiento a un peligro.
El agradecimiento permite reducir la angustia. Aun así, para vivir la felicidad hace falta además
humildad y valentía.

LA EQUIDAD
La interrelación entre culpa e inocencia se pone en marcha a partir del dar y del tomar y se
regula por la necesidad común a todos de buscar la medida justa. En cuanto se alcanza el
equilibrio existe la posibilidad que se termine la relación o que, gracias a un nuevo dar y tomar,
la relación se vea impulsada y reavivada.
Sin embargo, no hay intercambio durable si no se llega de manera repetida a un equilibrio. Es
como con el andar. Al conservar el equilibrio, nos quedamos parados y cuando lo perdemos,
nos caemos. Y avanzamos cuando lo perdemos y lo recuperamos alternamente.
El sentimiento de culpa en calidad de obligación y el sentimiento de inocencia en calidad de exigencia
y descargo, están ambos al servicio del intercambio. Gracias a ellos, nos incentivamos mutuamente y
nos vinculamos en lo bueno. Esta culpa y esta inocencia son una buena culpa y una buena inocencia.
Lo experimentamos como algo bueno, que trae orden y control.

PÉRDIDA Y PERJUICIO
Pero existe también en el dar y el tomar un aspecto negativo, una culpa mala y una inocencia
mala cuando, por ejemplo, el que toma es un perpetrador y el que da es su víctima, cuando
alguien daña a otro sin que éste pueda defenderse, o cuando el uno tiene reivindicaciones que
perjudican al otro, causándole sufrimiento. Aquí también están ambos sujetos a la necesidad de
compensación. La víctima se siente el derecho a pedir y el perpetrador se sabe en deuda. Pero
esta vez, el equilibrio está al precio del daño recíproco. Pues, después del daño perpetrado, hasta
el inocente estudia la posibilidad de dañar. Desea devolver el perjuicio al otro y causarle un mal
equivalente. Al culpable se le exige aún más que una reparación por el daño, se le pide
eventualmente expiar.
Sólo cuando ambos, tanto el culpable como su víctima, han estado enfadados en igual medida,
han perdido lo mismo y han sufrido, se sienten de nuevo iguales. Sólo entonces es posible la paz
y la reconciliación entre ellos y puede la relación retomar un impulso hacia lo bueno. Si el dolor
y el daño fueron grandes, esto permitirá al menos separarse en paz.

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UNA VÍA DE SALIDA
Un hombre contó a un amigo que su mujer le guardaba rencor desde hacía veinte años por
haberla dejado sola durante seis semanas, a los pocos días de haberse casado. El motivo de su
ausencia había sido el tener que hacer de chofer para sus padres en sus vacaciones. Todas las
discusiones y todo el arrepentimiento y todas las disculpas habían sido inútiles hasta la hora.
El amigo le sugirió: “Lo mejor es que le ofrezcas la posibilidad de pedirte un favor o algo que te
cueste tanto como le costó a ella en aquella época”.
El hombre entendió y su rostro se iluminó. Ahora tenía una clave para la solución.
Algunos pretenden que no hay reconciliación posible si, en estos casos, el inocente no se pone
malo y no exige una expiación. No obstante, según el viejo dicho que afirma que reconocemos el
árbol por sus frutos, sólo necesitamos mirar lo que pasa en uno y otro caso para saber lo que
realmente es bueno o lo que realmente es malo.

LA IMPOTENCIA
En el ámbito del perjuicio y de la pérdida, es posible experimentar la inocencia de maneras
variadas. La primera sería a través de la impotencia. Pues el perpetrador actúa y la víctima
sufre. Solemos considerar el culpable tanto más culpable y sus actos tanto más malos
cuanto que la víctima es más indefensa e impotente. Y, sin embargo, si viene al caso, la
víctima raras vez se queda sin resguardo. Podría entonces actuar y pedir justicia y
expiación, poniendo fin a la culpa y permitiendo un nuevo comienzo.
Pero cuando la víctima no actúa, otros lo hacen en su lugar. A la diferencia que tanto el
daño como la injusticia que otros perpetran por ella son mucho peores que si la víctima se
hubiera hecho cargo de sus propios derechos y rabia.

Aquí tengo un ejemplo:

LA DOBLE TRANSFERENCIA
Una pareja de muchos años participó en un curso de desarrollo personal y ya en la
primera noche, la mujer desapareció. Reapareció al día siguiente, plantándose frente a su
marido y dijo: “He estado con mi amante”.
La mujer se comportaba frente a los demás con esmero y dedicación. Pero en presencia
de su marido parecía estar fuera de sus casillas. No era comprensible para las personas
presentes la razón por que era tan mala con su marido, especialmente porque él no se
defendía, sino que permanecía neutro.
Resulta que esta mujer de niña pasaba las vacaciones de verano con su madre y demás

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hermanos en el campo, mientras el padre permanecía en la ciudad con su amante. A
veces venía él a visitar a su familia, acompañado por esta mujer. Y la madre les servía a
ambos, sin queja y sin reproches. Reprimía su cólera y su dolor, pero los hijos lo notaban.
Existe la tentación de nombrar eso una virtud heroica, pero sus efectos son malignos.
En el sistema humano, la saña reprimida vuelve siempre a surgir y por cierto en aquellos
que menos se pueden defender de ella, generalmente en los niños o los nietos y ni siquiera
se dan cuenta. Así llega a producirse una doble transferencia.
En primer lugar, una transferencia a otro sujeto, en nuestro ejemplo, de la madre a la
hija.
En segundo lugar, la transferencia a otro objeto, en nuestro ejemplo hacia el marido
inocente en lugar del padre culpable. En este caso concreto, el que se transforma en
víctima es el que menos se puede defender, porque ama a la culpable. Cuando los
inocentes prefieren sufrir en vez de actuar, pronto notamos que aumentan las víctimas
inocentes y los perpetradores culpables con el transcurso del tiempo.

La solución, en nuestro ejemplo, habría sido que la madre de la mujer se revelara


abiertamente frente a su esposo. Como consecuencia, él habría tenido que situarse y se
habría podido dar o un nuevo comienzo o una clara separación.

Es importante notar aún que aquí la hija que venga a su madre no sólo la ama, sino
que también ama a su padre. En el comportamiento hacia su marido, ella reproduce el de
su padre hacia su madre. Se puede ver aplicado aquí un patrón más de culpa-inocencia,
por el cual el amor nos hace ciegos para el orden. Dicho de otra manera, la inocencia nos
impide ver los actos culpables y sus consecuencias.

LA VENGANZA
Un hombre de cuarenta años tuvo, durante una psicoterapia, el sentimiento angustiante de ser
capaz de ejercer violencia sobre alguien. Su personalidad y su comportamiento no daban motivos
para temer un acto de esta índole. Por eso, el terapeuta le preguntó si en su familia había habido
actos de violencia.
Se descubrió que su tío, hermano de su madre, era un asesino. Tenía en su empresa una
empleada, que a la vez era su amante. Un día, le enseñó la foto de otra mujer y le pidió que fuera
al peluquero para hacerse un corte idéntico al de la mujer en la foto. Después de un tiempo
prolongado, en que todos la vieron con este nuevo corte de pelo, el tío se la llevó de viaje al
extranjero y allí, la mató. Luego regresó a su país con la mujer de la foto, la guardó como su
empleada y su amante. Pero su crimen fue descubierto y él estuvo condenado a cadena perpetua.
El terapeuta, buscando de dónde venía el impulso para el acto criminal, quiso conocer más
detalles acerca de los familiares, sobre todo de los abuelos del cliente, padres del criminal. Pero

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el cliente no pudo dar mucha información. Del abuelo ignoraba todo y la abuela había sido una
mujer devota y apreciada. Investigando más, descubrió que, durante la época del nazismo, la
abuela había depositado una queja judicial contra su marido por homosexualidad, llevando a su
arresto y su envío a un campo de concentración donde fue ejecutado.
El perpetrador real en el sistema, del cual surgió la energía asesina, era la abuela piadosa. El hijo
en cambio, deslumbrado por una doble transferencia y como un segundo Hamlet, se transformó
en el vengador de su padre: es decir, se hizo cargo de la venganza en lugar de su padre. Eso fue
la transferencia del sujeto. Luego, respetando la vida de su madre, mató en su lugar a la otra
mujer amada. Eso fue la transferencia del objeto.
A continuación, aceptó las consecuencias no sólo por sus actos sino también por los de la madre.
Así se identificó a sus dos padres, a la madre por los actos, al padre por el encarcelamiento. De
esto se puede comprender que es una ilusión creer que podemos permanecer libres del mal,
conservando las apariencias de la impotencia y de la inocencia en vez de confrontar la culpa del
perpetrador, aún si también provocamos un daño. Si no, la culpa no encuentra su desenlace.
Desde luego, quien se conforma pasivamente con la culpa de otro, no sólo no consigue preservar
su propia inocencia, sino que siembra desgracia.

EL PERDÓN
Existe, como substituto a la confrontación inaplazable con los hechos, el perdón que evita
y oculta el conflicto en lugar de resolverlo.
Sus efectos son particularmente nocivos cuando la víctima absuelve al culpable de su culpa,
como si tuviera derecho a hacerlo. Pero si se da una verdadera reconciliación, entonces el
inocente no sólo tiene derecho a una reparación, sino que también le incumbe reclamarla.
Y el culpable no sólo tiene la obligación de cargar con las consecuencias de sus actos, sino
que eso es su derecho.

Os doy un ejemplo:
LA SEGUNDA VEZ
Un hombre y una mujer, ambos ya casados, se enamoraron. Cuando la mujer se encontró
embarazada, cada uno se separó de su pareja anterior y juntos iniciaron un nuevo
matrimonio. La mujer no tenía hijos aún. Pero el hombre sí, una hija pequeña a la que dejó
con la madre. Ambos se sentían culpables frente a la primera esposa y su hija. Deseaban
que la ex - esposa les perdonara, pero ésta les tenía enfado por tener que pagar con su
desgracia y la de su hija la suerte que les tocaba.
Los dos hablaron con un amigo y éste les sugirió imaginar cómo se sentirían si la mujer les
perdonara. Asimismo, reconocieron que, hasta entonces, habían eludido las consecuencias

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de su culpa y que su esperanza de perdón les quitaba a todos su dignidad y sus derechos.
Reconocieron que su nueva felicidad se construía sobre la desgracia de la primera mujer y
su hija. Decidieron entonces dar respuesta a sus exigencias legítimas, quedando sin
embargo firmes con respecto a su nueva elección de vida.

LA RECONCILIACIÓN
Pero existe también un perdón positivo, que conserva su dignidad al culpable y permite no
alterar la de la víctima. Este perdón requiere que la víctima mantenga sus exigencias de
reparación dentro de un marco razonable y que acepte la compensación y la penitencia
ofrecidas por el perpetrador. Sin ese perdón positivo no hay reconciliación posible.

Os doy otro ejemplo.

UNA REVELACIÓN
Una mujer había dejado a su marido por un amante, pidiendo el divorcio. Muchos años
más tarde, se dio cuenta de lo mucho que le quería aún a su esposo y le pidió aceptarla
otra vez como su mujer. Pero él no estaba bien decidido. En todo caso, decidieron
consultar juntos a un psicoterapeuta para aclarar el asunto.
El terapeuta le preguntó al hombre lo que esperaba de la consulta. Éste le respondió:” Pues,
¡una revelación!” El terapeuta contestó que iba a ser difícil pero que haría lo posible por ello.
Luego preguntó a la mujer lo que ella tenía para ofrecer a su marido y convencerle. Pero ella se
lo había imaginado sin mucho esmero y su propuesta no tuvo efecto. Nadie se asombra que el
hombre no quedara convencido.
El terapeuta le hizo ver entonces que lo más importante era reconocer el daño que había hecho.
El hombre tenía que sentir su buena disposición para reparar la injusticia causada. La
mujer quedó pensando un rato, luego le miró al hombre a los ojos y le dijo:” Siento lo que te he
hecho. Te ruego que me tomes como tu mujer. Te amaré y te cuidaré. Y en el futuro, podrás
confiar en mí”.
El hombre quedó impasible. El terapeuta le observó y luego dijo:” Lo que tu mujer te ha hecho
en el pasado debió ser muy doloroso, y no quieres arriesgarte una segunda vez.” Los ojos del
hombre se humedecieron. El terapeuta siguió:” Aquel que sufrió tanto daño se siente
moralmente superior al culpable. Justifica así el derecho de rechazar al otro, como si no
lo necesitara más. Frente a esta inocencia, el culpable no tiene ninguna perspectiva de éxito”.
El hombre esbozó una sonrisa, como cogido en fragante. Entonces se giró hacia la mujer y la
miró amablemente a los ojos.
El terapeuta le dijo:” Aquí tienes tu revelación. Te cuesta cincuenta marcos. Y ahora, haceros
humo, no quiero saber nada de cómo les fue”.

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EL DOLOR
Cuando, en las relaciones humanas, la culpa del causante le lleva a una separación, en aquel
momento le consideramos una persona independiente y libre. Si no realizase el acto perjudicial,
es posible que se quede sin prosperar, guardando rencor y alimentando reivindicaciones y
exigencias.
En muchos casos, el culpable busca “comprar” la separación, sufriendo tanto antes de tomar la
decisión que le parece compensar así el dolor de la víctima. Talvez la separación le permite
abrirse a una dimensión mayor o nueva y sufre, porque lo logra únicamente causando daño y
estrago al otro. Pero hay que ver que, en una separación, no sólo el culpable sino también la
víctima se ganan las posibilidades inesperadas de un nuevo comienzo.
En cambio, si la víctima se niega a ello y persiste en el dolor, lo hace difícil para el culpable
encontrar un nuevo camino y ambos quedan trabados el uno al otro a pesar de su separación.
Pues bien, si la víctima realiza la oportunidad de un nuevo arranque en la vida, le brinda al
culpable libertad y alivio. De todos los ejemplos de perdón, es posiblemente el más bonito,
porque permite la reconciliación, aunque no borre la separación.
En situaciones donde la culpa y los daños adquieren proporciones fatales, la reconciliación
se da únicamente renunciando por completo a la expiación. Eso constituye un perdón
modesto y una aceptación humilde de la propia impotencia. Ambos, víctima y culpable, se
someten a un destino impredecible y ponen fin a la culpa y a la expiación.

BIEN Y MAL
Nuestra tendencia es dividir el mundo en dos, una parte teniendo el derecho de existir y la
otra que en verdad no debería estar, aunque está y actúa. Calificamos a la primera parte
como buena o sana, sacra o apacible. Y la segunda, como mala o enferma, pecadora o
belicosa. Las calificamos de mil maneras. Eso tiene que ver con nuestra tendencia a
considerar como bueno y alentador lo que nos resulta fácil y lo que nos cuesta y nos resulta
difícil, lo consideramos malo.
Pero si nos paramos para observar con atención, nos fijamos que la fuerza que saca
adelante el mundo consiste justamente en lo que nosotros vemos como malo, difícil o
terrible. Y el incentivo para ir hacia lo transformador surge de aquello que quisiéramos
apartar o rechazar. Por lo tanto, si buscamos sustraernos ante la dificultad, ante lo que se
considera pecaminoso o belicoso, perdemos justamente lo que quisiéramos conservar: es
decir, nuestra vida, nuestra dignidad, nuestra libertad y grandeza. Sólo el que se enfrenta
a las fuerzas oscuras y asiente a ellas, está conectado con sus raíces y con la fuente de su
energía. Aquellas personas son más que buenas o malas, se encuentran en sintonía con

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algo mayor, con su profundidad y su fuerza.

EL DESTINO PERSONAL
Pues bien, pueden darse en nuestro destino personal elementos terribles o difíciles. Por
ejemplo, una enfermedad congénita, o circunstancias trágicas de nuestra infancia, o una
culpa personal. Al acoger y aceptar eso en nuestra vida, se convierte para nosotros en una
fuente de fuerza. Pero aquel que se rebela contra el destino, imaginemos por ejemplo una
herida de guerra, entonces le resta fuerza a su destino. Y eso vale también para la culpa
personal y sus consecuencias.

EL DESTINO AJENO
En los sistemas familiares, otro individuo se hará entonces cargo del destino que
rechazamos o de la culpa sin asumir. Los efectos de eso se revelan doblemente difíciles.
Un destino ajeno o una culpa ajena no dan fuerzas, porque la fuerza nos viene sólo de
nuestro propio destino y de nuestra propia culpa. Y al cargarnos con el destino o la culpa
de otro, aquel también se debilita ya que su destino o su culpa dejan de fortalecerle.

LOS DESTINOS INTRINCADOS


Nos sentimos culpables cuando el destino nos favorece - sin que podamos influir en ello- a costa
de otro. Un ejemplo sería el niño que nace y cuya madre no sobrevive al parto. Por cierto, él es
inocente. A nadie se le ocurriría considerarle responsable. Pero él no puede dejar de pensar lo
contrario porque su vida va fatalmente entrelazada con la muerte de su madre. Y no podrá soltar
la presión que esto crea en él.
Otro ejemplo sería el del automovilista que, a la circular, se le revienta una llanta y después de
un derrape, se estrella contra otro coche. El otro conductor muere en el accidente y él mismo se
salva. Obviamente, no tiene la culpa, pero desde ahora su vida está ligada con el dolor y la muerte
de otros y a pesar de una inocencia probada, él se siente en deuda.
Un tercer ejemplo sería lo que contó alguien: al final de la guerra su madre, embarazada de él,
se fue en busca de su esposo en algún hospital de campo, para traerlo a casa. Pero en el camino
de vuelta fueron amenazados por un soldado ruso. Defendiéndose, le mataron. Y aunque esto
fuera una defensa legítima, se sienten aún ahora, y el niño también, culpables de lo hecho porque
ellos viven mientras alguien que cumplía con su deber, está muerto.
En los casos donde la culpa y la inocencia son el juego del destino, nos sentimos completamente
impotentes. Y por eso, nos cuesta tanto soportarlo. Si fuéramos realmente culpables o inocentes,
tendríamos fuerza e influencia para actuar. Pero aquí vemos que tanto en lo bueno como en lo
malo, estamos en las manos de un destino imprevisible que actúa independientemente de

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nuestro “ser bueno” o “ser malo”, y que decide entre muerte y vida, salvación y perdición, suerte
y desgracia.
Esta impotencia frente a la fatalidad es tan abrumadora para algunos, que prefieren descartar la
felicidad o la vida que les toca en vez de aceptarlas como una gracia.
A veces intentan a posteriori encontrarse alguna culpa o mérito para evitar sentirse entregados
a un destino que salva sin mérito y culpabiliza al inocente.
Una reacción clásica en casos de culpa relacionada con un hecho del destino es que aquel que se
encuentra aventajado a costa de otro, minimiza su ventaja o incluso la rehúsa y la rechaza. Esto
le puede llevar al suicidio, a la enfermedad o a actos culpables que implican sanciones.
Estas soluciones tienen que ver con el pensamiento mágico del niño y son una forma infantil de
manejar una felicidad gratuita. Observándolo bien, vemos que esto no reduce el peso de la
dificultad, sino que lo aumenta. El niño cuya madre murió en el parto y que se limita en su vida
o decide suicidarse, anula el sacrificio de su madre además de hacerla responsable de su
desgracia. Pero si el niño dice: “Querida madre, ya que has perdido la vida dándome a luz, haré
que no sea en vano. Recordándote, haré algo bueno con la mía”. Entonces se transforma la
presión del destino en el motor para una vida en que los actos requieren una gran fuerza, no
otorgada a cualquiera. Y el sacrificio de la madre impulsa efectos beneficiosos por encima de su
muerte, generando paz y reconciliación.
Como en otros casos, todas las personas implicadas están en la búsqueda de un equilibrio.
El que ha sido beneficiado por el destino se siente incentivado a dar más lejos. Y cuando
no lo puede hacer, busca por lo menos renunciar a lo equivalente. Pero esos caminos
habituales suelen llevar al vacío porque el destino no se turba por nuestras reivindicaciones
o exigencias, tampoco por nuestras compensaciones o expiación.

LA HUMILDAD
En realidad, es la propia inocencia que hace la culpa tan difícil de aguantar. Si me
encuentro culpable y recibo un castigo o si me encuentro inocente y me veo salvado,
entonces entiendo que el destino está sometido a un orden moral y a ciertas reglas que, con
mis actos inocentes o culpables, consigo aplicar. Pero cuando me salvo,
independientemente de mi culpa o inocencia y otros perecen independientemente de su
inocencia o culpa, se puede decir que estamos totalmente en manos de ese poder que nos
confronta, culpables o inocentes, insoslayablemente a nuestra impotencia.
La única salida que me queda es la sumisión a ese orden todo poderoso, aceptando e
integrándome a sus leyes, sea por mi bien o no. Llamo esta actitud de renuncia a la
negociación, humildad. Me permite tomar mi vida y mi felicidad el tiempo que duran,
independientemente de lo que les cuesta a otros. Me permiten también asentir a mi destino
y a mi propia muerte cuando me toque, sean cuales fuesen mi culpa y mi inocencia.

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Esta humildad me ayuda a comprender que no soy maestro de mi destino, sino que él me
determina, me lleva, me alza y me deja caer según leyes cuyo misterio no puedo ni debo
destapar. Esta humildad es la respuesta apropiada a la culpa y la inocencia que nos brinda
el destino. Gracias a ella, no soy más ni menos que las víctimas. Las puedo honrar, no por
estar en deuda con ellas o por limitarme o por rechazar lo que tengo sino porque lo tomo
todo con gratitud y sin miras hacia el precio elevado, y lo transmito más lejos.
Acabo de exponer principalmente las nociones de culpa e inocencia en el dar y el tomar.
Pero culpa e inocencia tienen muchas facetas y muchos efectos. Las relaciones entre
humanos se tejen desde un conjunto complejo de necesidades y de órdenes que buscan
imponerse a través de distintas vivencias de culpa e inocencia.

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