Julio Ramón Ribeyro - Alienación
Alienación
eu l rosedal , Dhecdó y (Cuento edificante seguido de breve colofón)
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gida reina en las representaciones de fin de curso. Queca no estudiaba sus faldas se alargaron, sus saltos perdieron en impudicia y su trato con
con las monjas alemanas del Santa Ursula, ni con las norteamericanas la pandilla se volvió más distante y selectivo. Todo eso lo notamos no-
del Villa María, sino con las españolas de la Reparación, pero eso nos sotros, pero Roberto vio algo más: que Queca tendía a descartar de su
tenía sin cuidado, así como que su padre fuera un empleadito que iba a atención a los más trigueños, a través de sucesivas comparaciones,
trabajar en ómnibus o que su casa tuviera un solo piso y geranios en lu- hasta que no se fijó más que en Chalo Sander, el chico de la banda que
gar de rosas. Lo que contaba entonces era su tez capulí, sus ojos verdes, tenía el pelo más claro, el cutis sonrosado y que estudiaba además en
su melena castaña, su manera de correr, de reír, de saltar y sus invenci- un colegio de curas norteamericanos. Cuando sus piernas estuvieron
bles piernas, siempre descubiertas y doradas y que con el tiempo serían más triunfales y torneadas que nunca ya sólo hablaba con Chalo Sander
legendarias. y la primera vez que se fue con él de la mano hasta el malecón com-
Roberto iba sólo a verla jugar, pues ni los mozos que venían de otros prendimos que nuestra deidad había dejado de pertenecernos y que ya
barrios de Miraflores y más tarde de San Isidro y de Barranco lograban no nos quedaba otro recurso que ser como el coro de la tragedia griega,
atraer su atención. Peluca Rodríguez se lanzó una vez de la rama másalta presente y visible, pero alejado irremisiblemente de los dioses.
de un ficus, Lucas de Tramontana vino en una reluciente moto que tenía Desdeñados, despechados, nos reuníamos después de los juegos en
ocho faros, el chancho Gómez le rompió la nariz a un heladero que se una esquina, donde fumábamos nuestros primeros cigarrillos, nos aca-
atrevió a silbarnos, Armando Wolff estrenó varios ternos de lanilla y riciábamos con arrogancia el bozo incipiente y comentábamos lo irre-
hasta sc puso corbata de mariposa. Pero no obtuvieron el menor favor de mediable. A veces entrábamos a la pulpería del chino Manuel y nos to-
Queca. Queca no le hacía caso a nadie, le gustaba conversar con todos, mábamos una cerveza. Roberto nos seguía como una sombra, desde el
correr, brincar, refr, jugar al voleibol y dejar al anochecer a esa banda de umbral nos escrutaba con su mirada, sin perder nada de nuestro parlo-
adolescentes sumidos en profundas tristezas sexuales que sólo la mano teo, le decíamos a veces hola zambo, tómate un trago y él siempre no,
caritativa, entre las sábanas blancas, consolaba. gracias, será para otra ocasión, pero a pesar de estar lejos y de sonreír
Fue una fatídica bola la que alguien arrojó esa tarde y que Queca no sabíamos que compartía a su manera nuestro abandono.
llegó a alcanzar y que rodó hacia la banca donde Roberto, solitario, ob- Y fue Chalo Sander naturalmente quien llevó a Queca a la fiesta de
servaba. ¡Era la ocasión que esperaba desde hacía tanto tiempo! De promoción cuando terminó el colegio. Desde temprano nos dimos cita
un salto aterrizó en el césped, gateó entre los macizos de flores, saltó el en la puiperia, bebimos un poco más de la cuenta, urdimos planes in-
seto de granadilla, metió los pies en una acequia y atrapó la pelota que sensatos, se habló de un rapto, de un cargamontón. Pero todo se fue en
estaba a punto de terminar en las ruedas de un auto. Pero cuando se la palabras. A las ocho de la noche estábamos frente al ranchito de los ge-
alcanzaba, Queca, que estiraba ya las manos, parcció cambiar de lente, ranios, resignados a ser testigos de nuestra destitución. Chalo llegó en
observar algo que nunca había mirado, un ser retaco, oscuro, bembudo el carro de su papá, con un elegante smoking blanco y salió al poco rato
y de pelo ensortijado, algo que tampoco le era desconocido, que había acompañado de una Queca de vestido largo y peinado alto, en la que
tal vez visto como veía todos los días las bancas o los ficus, y entonces apenas reconocimos a la compañera de nuestros juegos. Queca ni nos
se apartó aterrorizada. miró, sonreía apretando en sus manos una carterita de raso. Visión fu-
Roberto no olvidó nunca la frase que pronunció Queca al alejarse a gaz, la última, pucs ya nada sería como antes, moría en ese momento
la carrera: «Yo no juego con zambos». Estas cinco palabras deci toda ilusión y por ello mismo no olvidaríamos nunca esa imagen, que
su vida. clausuró para siempre una etapa de nuestra juventud.
Todo hombre que sufre se vuelve observador y Roberto siguió
yendo a la plaza en los años siguientes, pero su mirada había perdido
toda inocencia. Ya no era el reflejo del mundo sino el órgano vigilante
que cala, elige, califica. Casi todos descrtaron la plaza, unos porque preparaban el ingreso a
Queca había ido creciendo, sus carreras se hicieron más moderadas, la universidad, otros porque se fueron a otros barrios en busca de una
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imposible réplica de Queca. Sólo Roberto, que ya trabajaba como re- berto se había librado a un largo escrutinio y trazado un plan de acción
partidor de una pastelería, recalaba al anochecer en la plaza, donde Antes que nada había de deszambarse. El asunto del pelo no le
otros niños y niñas cogían el relevo de la pandilla anterior y repetian fue muy difícil: se lo tiñó con agua oxigenada y se lo hizo planchar.
nuestros juegos con el candor de quien cree haberlos inventado. En su Para el color de la piel ensayó almidón, polvo de arroz y talco de bo-
banca solitaria registraba distraídamente el trajín, pero de reojo seguía tica hasta lograr el componente ideal. Pero un zambo teñido y empol-
mirando hacia la casa de Queca. Así pudo comprobar antes que nadie vado sigue siendo un zambo. Le faltaba saber cómo se vestían, qué
que Chalo había sido sólo un episodio en la vida de Queca, una especie decían, cómo caminaban, lo que pensaban, quiénes eran en definitiva
de ensayo general que la preparó para la llegada del original, del cual los gringos.
Chalo había sido la copia: Billy Mulligan, hijo de un funcionario del Lo vimos entonces merodear, en sus horas libres, por lugares apa-
rentemente incoherentes, pero que tenían algo en común: los frecuen-
consulado de Estados Unidos.
Billy era pecoso, pelirrojo, usaba camisas floreadas, tenía los pies taban los gringos. Unos lo vieron parado en la puerta del Country
Club, otros a la salida del colegio Santa María, Lucas de Tramontana
enormes, reía con estridencia, el sol en lugar de dorarlo lo despellejaba,
pero venía a ver a Queca en su carro y no en el de su papá. No se sabe juraba haber distinguido su cara tras el sero del campo de golf, alguien
dónde lo conoció Queca ni cómo vino a parar allí, pero cada vez se le le sorprendió en el aeropuerto tratando de cargarle la maleta a un tu-
fue viendo más, hasta que sólo se le vio a él, sus raquetas de tenis, sus rista, no faltaron quienes lo encontraron deambulando por los pasillos
anteojos ahumados, sus cámaras de fotos, a medida que la figura de de la embajada norteamericana.
Chalo se fue opacando, empequeñeciendo y espaciando y terminó por Esta etapa de su plan le fue preciosa. Por lo pronto confirmó que
desaparecer. Del grupo al tipo y del tipo al individuo, Queca había al los gringos se distinguían por una manera especial de vestir que él cali-
ficó, a su manera, de deportiva, confortable y poco convencional. Fue
fin empuñado su carta. Sólo Mulligan sería quien la llevaría al altar,
con todas las de la ley, como sucedió después, y tendría derecho a aca- por ello uno de los primeros en descubrir las ventajas del blue-jeans, el
riciar esos muslos con los que tantos, durante años, tan inútilmente so- aire vaquero y varonil de las anchas correas de cuero rematadas por
gruesas hebillas, la comodidad de los zapatos de lona blanca y suela de
jebe, el encanto colegial que daban las gorritas de lona con visera, la
ñamos.
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alma y haber intentado usurpar su apariencia. La ciudad los toleraba aplicada. ¿Dónde quedará Scúl? Hay muchos anuncios y cabarets.
unos meses, complacientemente, mientras absorbía sus dólares ahorra- Luego cartas del frente, que nos enseñó cuando le vino el primer ata-
dos. Luego, como por un tubo, los dirigía hacia el mecanismo de la ex- que y dejó de trabajar unos días. Gracias a estos documentos pudimos
pulsión. reconstruir bien que mal lo que pasó. Progresivamente, a través de
A duras penas obtuvieron ambos una prórroga de sus visas, mien sucesivos tanteos, Boby fue aproximándose a la cita que había concer-
tras trataban de encontrar un trabajo estable que les permitiera que- tado desde que vino al mundo. Había que llegar a un paralelo y hacer
darse, al par que las Quecas del lugar, y eran tantas, les pasaban por las frente a oleadas de soldados amarillos que bajaban del polo como
narices, sin concederles ni siquiera la atención ofuscada que nos des cancha. Para cso estaban los voluntarios, los indómitos vigías de Oc-
pierta una cucaracha. La ropa se les gastó, la música de Frank Sinatra cidente.
les llegaba al huevo, la sola idea de tener por todo alimento que co- José María se salvó por milagro y enseñaba con orgullo el muñón
merse un hot-dog, que en Lima era una gloria, les daba náuseas. Del de su brazo derecho cuando regresó a Lima, meses después. Su patrulla
hotel barato pasaron al albergue católico y luego a la banca del parque había sido enviada a reconocer un arrozal, donde se suponía que había
público. Pronto conocieron esa cosa blanca que caía del cielo, que los emboscada una avanzadilla coreana. Boby no sufrió, dijo José María,
despintaba y que los hacía patinar como idiotas en veredas heladas y la primera ráfaga le voló el casco y su cabeza fue a caer en una acequia,
que era, por el color, una perfidia racista de la naturaleza. con todo el pelo pintado revuelto hacia abajo. El sólo perdió un brazo,
Sólo había una solución. A miles de kilómetros de distancia, en un pero estaba allí, vivo, contando estas historias, bebiendo su cerveza he-
país llamado Corea, rubios estadounidenses combatían contra unos ho- lada, desempolvado ya y zambo como nunca, viviendo holgadamente
rribles asiáticos. Estaba en juego la libertad de Occidente, decían los de lo que le costó ser un mutilado.
diarios y lo repetían los hombres de estado en la televisión. ¡Pero era La mamá de Roberto había sufrido entonces su segundo ataque,
tan penoso enviar a los boys a ese lugar! Morían como ratas, dejando a que la borró del mundo. No pudo leer así la carta oficial en la que le
pálidas madres desconsoladas en pequeñas granjas donde había un decían que Bob López había muerto en acción de armas y tenia derc-
cuarto en el altillo lleno de viejos juguetes. El que quisicra ir a pelear cho a una citación honorífica y a una prima para su familia. Nadie la
un año allí tenía todo garantizado a su regreso: nacionalidad, trabajo, pudo cobrar.
seguro social, integración, medallas. Por todo sitio existían centros de
reclutamiento. A cada voluntario, el país le abría su corazón.
Boby y José María se inscribieron para no ser expulsados. Y des- COLOFON
pués de tres meses de entrenamiento en un cuartel partieron en un
avión enorme. La vida era una aventura maravillosa, el viaje fue inol- ¿Y Queca? Si Bob hubiera conocido su historia tal vez su vida ha-
vidable. Habiendo nacido en un país mediocre, misérrimo y melancó- bría cambiado o tal vez no, eso nadie lo sabe. Billy Mulligan la llevó a
lico, haber conocido la ciudad más agitada del mundo, con miles de su país, como estaba convenido, a un pueblo de Kentucky donde su pa-
privaciones, es verdad, pero ya eso había quedado atrás, ahora llevaban dre había montado un negocio de carnes de cerdo enlatada. Pasaron
un uniforme verde, volaban sobre planicies, mares y nevados, empuña- unos meses de infinita felicidad, en esa linda casa con amplia calzada,
ban armas devastadoras y se aproximaban, jóvenes aún colmados de verja, jardín y todos los aparatos eléctricos inventados por la industria
promesas, al reino de lo ignoto. humana, una casa en suma como las que había en cien mil pueblos de
ese país-continente. Hasta que a Billy le fue saliendo el irlandés que di-
* simulaba su educación puritana, al mismo tiempo que los ojos de
Queca se agrandaron y adquirieron una tristeza limeña. Billy fue lle-
La lavandera María tiene cantidades de tarjetas postales con tem- gando cada vez más tarde, sc aficionó a las máquinas tragamonedas y a
plos, mercados y calles exóticas, escritas con una letra muy pequeña y las carreras de auto, sus pies le crecieron más y se llenaron de callos, le
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sal un lunar maligno en el puescuezo, los sábados se inflaba de bour-
bon en el club Amigos de Kentucky, se enredó con una empleada de la
fábrica, chocó dos veces el carro, su mirada se volvió fija y aguachenta
y terminó por darle de puñetazos a su mujer, a la linda, inolvidable
Queca, en las madrugadas de los domingos, mientras sonreía estúpida-
mente y la llamaba chola de mierda.
París, 1975
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