Julio Ramón Ribeyro - Alienación

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El documento cuenta la historia de Roberto, un joven zambo que quería parecerse a los rubios de la ciudad pero que sufre discriminación racial. Un día tiene la oportunidad de jugar con el gr…

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Alienación
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A pesar de ser zambo y de llamarse López, quería parecerse cada


vez menos a un zaguero de Alianza Lima y cada vez más a un rubio de
Filadelfia. La vida se encargó de enseñarle que si quería triunfar en
una ciudad colonial más valía saltar las etapas intermediarias y ser an-
tes que un blanquito de acá un gringo de allá. Toda su tarea en los años
que lo conocí consistió en deslopizarse y deszambarse lo más pronto
posible y en americanizarse antes de que le cayera el huaico y lo con-
virtiera para siempre, digamos, en un portero de banco o en un chófer
de colectivo. Tuvo que empezar por matar al peruano que había en él y
por coger algo de cada gringo que conoció. Con el botín se compuso
una nueva persona, un ser hecho de retazos, que no era ni zambo ni
gringo, el resultado de un cruce contranatura, algo que su vehemencia
hizo derivar, para su desgracia, de sueño rosado a pesadilla infernal.
Pero no anticipemos. Precisemos que se llamaba Roberto, que años
después se le conoció por Boby, pero que en los últimos documentos
oficiales figura con el nombre de Bob. En su ascensión vertiginosa ha-
cia la nada fue perdiendo en cada etapa una silaba de su nombre.
Todo empezó la tarde en que un grupo de blanquiñosos jugibamos
con una pelota en la plaza Bolognesi. Era la época de las vacaciones es-
colares y los muchachos que vivíamos en los chalets vecinos, hombres
y mujeres, nos reuníamos allí para hacer algo con esas interminables
tardes de verano. Roberto iba también a la plaza, a pesar de estudiar en
un colegio fiscal y de no vivir en chalet sino en el último callejón que
quedaba en el barrio. Iba a ver jugar a las muchachas y a ser saludado
por algún blanquito que lo había visto crecer en esas calles y sabía que
era hijo de la lavandera.
Pero en realidad, como todos nosotros, iba para ver a Queca. Todos
estábamos enamorados de Queca, que ya llevaba dos años siendo cle-

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gida reina en las representaciones de fin de curso. Queca no estudiaba sus faldas se alargaron, sus saltos perdieron en impudicia y su trato con
con las monjas alemanas del Santa Ursula, ni con las norteamericanas la pandilla se volvió más distante y selectivo. Todo eso lo notamos no-
del Villa María, sino con las españolas de la Reparación, pero eso nos sotros, pero Roberto vio algo más: que Queca tendía a descartar de su
tenía sin cuidado, así como que su padre fuera un empleadito que iba a atención a los más trigueños, a través de sucesivas comparaciones,
trabajar en ómnibus o que su casa tuviera un solo piso y geranios en lu- hasta que no se fijó más que en Chalo Sander, el chico de la banda que
gar de rosas. Lo que contaba entonces era su tez capulí, sus ojos verdes, tenía el pelo más claro, el cutis sonrosado y que estudiaba además en
su melena castaña, su manera de correr, de reír, de saltar y sus invenci- un colegio de curas norteamericanos. Cuando sus piernas estuvieron
bles piernas, siempre descubiertas y doradas y que con el tiempo serían más triunfales y torneadas que nunca ya sólo hablaba con Chalo Sander
legendarias. y la primera vez que se fue con él de la mano hasta el malecón com-
Roberto iba sólo a verla jugar, pues ni los mozos que venían de otros prendimos que nuestra deidad había dejado de pertenecernos y que ya
barrios de Miraflores y más tarde de San Isidro y de Barranco lograban no nos quedaba otro recurso que ser como el coro de la tragedia griega,
atraer su atención. Peluca Rodríguez se lanzó una vez de la rama másalta presente y visible, pero alejado irremisiblemente de los dioses.
de un ficus, Lucas de Tramontana vino en una reluciente moto que tenía Desdeñados, despechados, nos reuníamos después de los juegos en
ocho faros, el chancho Gómez le rompió la nariz a un heladero que se una esquina, donde fumábamos nuestros primeros cigarrillos, nos aca-
atrevió a silbarnos, Armando Wolff estrenó varios ternos de lanilla y riciábamos con arrogancia el bozo incipiente y comentábamos lo irre-
hasta sc puso corbata de mariposa. Pero no obtuvieron el menor favor de mediable. A veces entrábamos a la pulpería del chino Manuel y nos to-
Queca. Queca no le hacía caso a nadie, le gustaba conversar con todos, mábamos una cerveza. Roberto nos seguía como una sombra, desde el
correr, brincar, refr, jugar al voleibol y dejar al anochecer a esa banda de umbral nos escrutaba con su mirada, sin perder nada de nuestro parlo-
adolescentes sumidos en profundas tristezas sexuales que sólo la mano teo, le decíamos a veces hola zambo, tómate un trago y él siempre no,
caritativa, entre las sábanas blancas, consolaba. gracias, será para otra ocasión, pero a pesar de estar lejos y de sonreír
Fue una fatídica bola la que alguien arrojó esa tarde y que Queca no sabíamos que compartía a su manera nuestro abandono.
llegó a alcanzar y que rodó hacia la banca donde Roberto, solitario, ob- Y fue Chalo Sander naturalmente quien llevó a Queca a la fiesta de
servaba. ¡Era la ocasión que esperaba desde hacía tanto tiempo! De promoción cuando terminó el colegio. Desde temprano nos dimos cita
un salto aterrizó en el césped, gateó entre los macizos de flores, saltó el en la puiperia, bebimos un poco más de la cuenta, urdimos planes in-
seto de granadilla, metió los pies en una acequia y atrapó la pelota que sensatos, se habló de un rapto, de un cargamontón. Pero todo se fue en
estaba a punto de terminar en las ruedas de un auto. Pero cuando se la palabras. A las ocho de la noche estábamos frente al ranchito de los ge-
alcanzaba, Queca, que estiraba ya las manos, parcció cambiar de lente, ranios, resignados a ser testigos de nuestra destitución. Chalo llegó en
observar algo que nunca había mirado, un ser retaco, oscuro, bembudo el carro de su papá, con un elegante smoking blanco y salió al poco rato
y de pelo ensortijado, algo que tampoco le era desconocido, que había acompañado de una Queca de vestido largo y peinado alto, en la que
tal vez visto como veía todos los días las bancas o los ficus, y entonces apenas reconocimos a la compañera de nuestros juegos. Queca ni nos
se apartó aterrorizada. miró, sonreía apretando en sus manos una carterita de raso. Visión fu-
Roberto no olvidó nunca la frase que pronunció Queca al alejarse a gaz, la última, pucs ya nada sería como antes, moría en ese momento
la carrera: «Yo no juego con zambos». Estas cinco palabras deci toda ilusión y por ello mismo no olvidaríamos nunca esa imagen, que
su vida. clausuró para siempre una etapa de nuestra juventud.
Todo hombre que sufre se vuelve observador y Roberto siguió
yendo a la plaza en los años siguientes, pero su mirada había perdido
toda inocencia. Ya no era el reflejo del mundo sino el órgano vigilante
que cala, elige, califica. Casi todos descrtaron la plaza, unos porque preparaban el ingreso a
Queca había ido creciendo, sus carreras se hicieron más moderadas, la universidad, otros porque se fueron a otros barrios en busca de una

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imposible réplica de Queca. Sólo Roberto, que ya trabajaba como re- berto se había librado a un largo escrutinio y trazado un plan de acción
partidor de una pastelería, recalaba al anochecer en la plaza, donde Antes que nada había de deszambarse. El asunto del pelo no le
otros niños y niñas cogían el relevo de la pandilla anterior y repetian fue muy difícil: se lo tiñó con agua oxigenada y se lo hizo planchar.
nuestros juegos con el candor de quien cree haberlos inventado. En su Para el color de la piel ensayó almidón, polvo de arroz y talco de bo-
banca solitaria registraba distraídamente el trajín, pero de reojo seguía tica hasta lograr el componente ideal. Pero un zambo teñido y empol-
mirando hacia la casa de Queca. Así pudo comprobar antes que nadie vado sigue siendo un zambo. Le faltaba saber cómo se vestían, qué
que Chalo había sido sólo un episodio en la vida de Queca, una especie decían, cómo caminaban, lo que pensaban, quiénes eran en definitiva
de ensayo general que la preparó para la llegada del original, del cual los gringos.
Chalo había sido la copia: Billy Mulligan, hijo de un funcionario del Lo vimos entonces merodear, en sus horas libres, por lugares apa-
rentemente incoherentes, pero que tenían algo en común: los frecuen-
consulado de Estados Unidos.
Billy era pecoso, pelirrojo, usaba camisas floreadas, tenía los pies taban los gringos. Unos lo vieron parado en la puerta del Country
Club, otros a la salida del colegio Santa María, Lucas de Tramontana
enormes, reía con estridencia, el sol en lugar de dorarlo lo despellejaba,
pero venía a ver a Queca en su carro y no en el de su papá. No se sabe juraba haber distinguido su cara tras el sero del campo de golf, alguien
dónde lo conoció Queca ni cómo vino a parar allí, pero cada vez se le le sorprendió en el aeropuerto tratando de cargarle la maleta a un tu-
fue viendo más, hasta que sólo se le vio a él, sus raquetas de tenis, sus rista, no faltaron quienes lo encontraron deambulando por los pasillos
anteojos ahumados, sus cámaras de fotos, a medida que la figura de de la embajada norteamericana.
Chalo se fue opacando, empequeñeciendo y espaciando y terminó por Esta etapa de su plan le fue preciosa. Por lo pronto confirmó que
desaparecer. Del grupo al tipo y del tipo al individuo, Queca había al los gringos se distinguían por una manera especial de vestir que él cali-
ficó, a su manera, de deportiva, confortable y poco convencional. Fue
fin empuñado su carta. Sólo Mulligan sería quien la llevaría al altar,
con todas las de la ley, como sucedió después, y tendría derecho a aca- por ello uno de los primeros en descubrir las ventajas del blue-jeans, el
riciar esos muslos con los que tantos, durante años, tan inútilmente so- aire vaquero y varonil de las anchas correas de cuero rematadas por
gruesas hebillas, la comodidad de los zapatos de lona blanca y suela de
jebe, el encanto colegial que daban las gorritas de lona con visera, la
ñamos.

* frescura de las camisas de manga corta a flores o anchas rayas vertica-


les, la variedad de casacas de nylon cerradas sobre el pecho con una
Las decepciones, en general, nadie las aguanta, se echan al saco cremallera o el sello pandillero, provocativo y despreocupado que se
del olvido, se tergiversan sus causas, se convierten en motivo de irri- desprendía de las camiseras blancas con el emblema de una universi-
dad norteamericana. .
sión y hasta en tema de composición literaria. Así el chancho Gomez
se fue a estudiar a Londres, Peluca Rodríguez escribió un soneto real- 'odas estas prendas no se vendían en ningún almacén, había que
mente cojudo, Armando Wolff concluyó que Queca era una huachafa encargarlas a Estados Unidos, lo que estaba fuera de su alcance. Pero a
y Lucas de Tramontana se jactaba mentirosamente de habérsela pa- fuerza de indagar descubrió los remates domésticos. Habían familias de
chamanqueado varias veces en el malecón. Fue sólo Roberto el que gringos que debían regresar a su país y vendían todo lo que tenían, pre-
sacó de todo esto una enseñanza veraz y tajante: o Mulligan o nada. vio anuncio en los periódicos. Roberto se constituyó antes que nadie
¿De qué le valía ser un blanquito más si habían tantos blanquitos fan- en esas casas y logró así hacerse de un guardarropa en el que invirtió
farrones, desesperados, indolentes y vencidos? Había un estado supe- todo el fruto de su trabajo y de sus privaciones.
rior, habitado por seres que planeaban sin macularse sobre la ciudad Pelo planchado y teñido, blue-jeans y camisa vistosa, Roberto es-
gris y a quienes se cedía sin peleas los mejores frutos de la tierra. El taba ya a punto de convertirse en Boby.
problema estaba en cómo llegar a ser un Mulligan siendo un zambo.
Pero el sufrimiento aguza también el ingenio, cuando no mata, y Ro-
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* otra. Algo había descuidado en su estrategia y era cl aprendizaje del in-
glés. Como no tenía recursos para entrar a una academia de lenguas se
Todo esto le trajo problemas. En el callejón, decía su madre cuando consiguió un diccionario, que empezó a copiar aplicadamente en un
venía a casa, le habían quitado el saludo, al pretencioso. Cuando más le cuaderno. Cuando llegó a la letra C tiró el arpa, pues ese conocimiento
hacían bromas o lo silbaban como a un marica. Jamás daba un centavo puramente visual del inglés no lo llevaba a ninguna parte. Pero allf es-
para la comida, se pasaba horas ante el espejo, todo se lo gastaba en tra- taba el cine, una escuela que además de enseñar divertía.
pos. Su padre, añadía la negra, podía haber sido un blanco roñoso que En la cazuela de los cines de estreno pasó tardes íntegras viendo en
se esfumó como Fumanchú al año de conocerla, pero no tenía ver- idioma original westerns y policiales. Las historias le importaban un
gienza de salir con ella ni de ser pilotín de barco. comino, estaba sólo atento a la manera de hablar de los personajes. Las
Entre nosotros, el primero en ficharlo fue Peluca Rodríguez, quien palabras que lograba entender las apuntaba y las repetía hasta grabárse-
había encargado un blue-jeans a un purser de la Braniff. Cuando le las para siempre. A fuerza de rever los films aprendió frases enteras y
llegó se lo puso para lucirlo, salió a la plaza y se encontró de sopetón hasta discursos. Frente al espejo de su cuarto era tan pronto el vaquero
con Roberto que llevaba uno igual. Durante días no hizo sino maldecir romántico haciéndole una irresistible declaración de amor a la baila-
al zambo, dijo que le había malogrado la película, que seguramente lo rina del bar, como el gangster feroz que pronunciaba sentencias lapida-
había estado espiando para copiarlo, ya había notado que compraba ci- rias mientras cosía a tiros a su adversario. El cine además alimentó en
garrillos Lucky y que se peinaba con un mechón sobre la frente. él ciertos equívocos que lo colmaron de ilusión. Así creyó descubrir
Pero lo peor fue en su trabajo. Cahuide Morales, el dueño de la pas- que tenía un ligero parecido con Alan Ladd, que en un western apare-
telería, era un mestizo huatón, ceñudo y regionalista, que adoraba los cía en blue-jeans y chaqueta a cuadros rojos y negros. En realidad sólo
chicharrones y los valses criollos y se había rajado el alma durante tenía en común la estatura y el mechón de pelo amarillo que se dejaba
veinte años para montar ese negocio. Nada lo reventaba más que no caer sobre la frente. Pero vestido igual que el actor se vio diez veces se-
ser lo que uno era. Cholo o blanco era lo de menos, lo importante era guidas la película y al término de ésta se quedaba parado en la puerta,
la mosca, el agua, el molido, conocía miles de palabras para designar esperando que salieran los espectadores y se dijeran, pero mira, qué
la plata. Cuando vio que su empleado se había teñido el pelo aguantó curioso, ese tipo se parece a Alan Ladd. Cosa que nadie dijo, natural-
una arruga más en la frente, al notar que se empolvaba se tragó un ca- mente, pues la primera vez que lo vimos en esa pose nos reímos de él
rajo que estuvo a punto de indigestarlo, pero cuando vino a trabajar en sus narices.
disfrazado de gringo le salió la mezcla de papá, de policia, de machote y
de curaca que había en él y lo llevó del pescuezo a la trastienda: la pas- *
telería Morales Hermanos era una firma seria, había que aceptar las
normas de la casa, ya había pasado por alto lo del maquillaje, pero si no Su madre nos contó un día que al fin Roberto había encontrado un
venia con mameluco como los demás repartidores lo iba a sacar de allí trabajo, no en casa de un gringo como quería, pero tal vez algo mejor,
de una patada en el culo. en el club de Bowling de Miraflores. Servía en el bar de cinco de la
Roberto estaba demasiado embalado para dar marcha atrás y prefi- tarde a doce de la noche. Las pocas veces que fuimos alli lo vimos relu-
rió la patada. ciente y diligente. A los indígenas los atendía de una manera neutra y
francamente impecable, pero con los gringos era untuoso y servil. Bas-
taba que entrara uno para que ya estuviera a su lado, tomando nota de
su pedido y segundos más tarde el cliente tenía delante su hot-dog y su
Fueron interminables días de tristeza, mientras buscaba otro tra- coca-cola. Se animaba además a lanzar palabras en inglés y como era
bajo. Su ambición era entrar a la casa de un gringo como mayordomo, respondido en la misma lengua fue incrementando su vocabulario.
jardinero, chófer o lo que fuese. Pero las puertas sc le cerraban una tras Pronto contó con un buen repertorio de expresiones que le permitie-
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ron granjearse la simpatía de los gringos, felices de ver un criollo que tener una beca o parientes allá o mucho dinero. Ni López ni Cabani-
los comprendiera. Como Roberto era muy difícil de pronunciar, fueron llas estaban en ese caso. No vieron entonces otra salida que el salto
de pulga, como ya lo practicaban otros blanquiñosos, gracias al tra-
ellos quienes decidieron llamarlo Boby.
Y fue con el nombre de Boby López que pudo al fin matricularse bajo de purser en una compañía de aviación. Todos los años convo-
en el Instituto Peruano-Norteamericano. Quienes entonces lo vieron caban a concurso y ambos se presentaron. Sabían más inglés que na-
dicen que fue el clásico chancón, el que nunca perdió una clase, ni dejó die, les encantaba servir, eran sacrificados e infatigables, pero nadic
los conocía, no tenían recomendación y era evidente, para los califi-
de hacer una tarea, ni se privó de interrogar al profesor sobre un punto
oscuro de gramática. Aparte de los blancones que por razones profesio- cadores, que se trataba de mulatos talqueados. Fueron desaprobados.
nales seguían cursos allí, conoció a otros López, que desde otros hori-
*
zontes y otros barrios, sin que hubiera mediado ningún acuerdo, ali-
mentaban sus mismos sueños y llevaban vidas convergentes a la suya.
Se hizo amigo especialmente de José María Cabanillas, hijo de un sastre Dicen que Boby lloró y se meznó desesperadamente el cabello y
de Surquillo. Cabanillas tenía la misma ciega admiración por los grin- que Cabanillas tenté un suicidio por salto al vacío desde un modesto
gos y hacía años que había empezado a estrangular al zambo que había segundo piso. En su refugio de Mogollón pasaron los días más som-
en él con resultados realmente vistosos. Tenía además la ventaja de ser bríos de su vida, la ciudad que los albergaba terminó por convertirse en
más alto, menos oscuro que Boby y de parecerse no a Alan Ladd, que un trapo sucio a fuerza de cubrirla de insultos y reproches. Pero el
después de todo era un actor segundón admirado por un grupito de ni- ánimo les volvió y nuevos planes surgieron. Puesto que nadie quería
ñas snobs, sino al indestructible John Waynne. Ambos formaron en- ver aquí con ellos, había que irse como fuese. Y no quedaba otra vía
tonces una pareja inseparable. Aprobaron el año con las mejores notas que la del inmigrante disfrazado de turista.
y míster Brown los puso como ejemplo al resto de alumnos, hablando Fue un año de duro trabajo en el cual fue necesario privarse de todo
de «un franco deseo de superación». a fin de ahorrar para el pasaje y formar una bolsa común que les permi-
tiera defenderse en el extranjero. Así ambos pudieron al fin hacer ma-
* letas y abandonar para siempre esa ciudad odiada, en la cual tanto ha-
bían sufrido y a la que no querían regresar así no quedara piedra sobre
La pareja debía tener largas, amenísimas conversaciones. Se les veía
piedra.
siempre culoncitos, embutidos en sus blue-jeans desteñidos, yendo de
*
aquí para allá y hablando entre ellos en inglés. Pero también es cierto
que la ciudad no los tragaba, desarreglaban todas las cosas, ni parientes
ni conocidos los podían pasar. Por ello alquilaron un cuarto en un edi- Todo lo que viene después es previsible y no hace falta mucha ima-
ficio del jirón Mogollón y se fueron a vivir juntos. Allí edificaron un re- ginación para completar esta parábola. En el barrio dispusimos de in-
ducto inviolable, que les permitió interpolar lo extranjero en lo nativo formaciones directas: cartas de Boby a su mamd, noticias de viajeros y
al final relato de un testigo.
y sentirse en un barrio californiano en esa ciudad brumosa. Cada cual
Por lo pronto Boby y José María se gastaron en un mes lo que pen-
contribuyó con lo que pudo, Boby con sus afiches y sus posters y José
Maria, que era aficionado a la música, con sus discos de Frank Sinatra,
saban les duraría un semestre. Se dieron cuenta además que en Nueva
Dean Martin y Tomy Dorsey. ¡Qué gringos eran mientras recostados York se habían dado cita todos los López y Cabanillas del mundo, asiá-
ticos, árabes, aztecas, africanos, ibéricos, mayas, chibchas, sicilianos,
en el sofá-cama, fumando su Lucky, escuchaban «The strangers in the
night» y miraban pegado al muro el puente sobre el río Hudson! Un es- caribeños, musulmanes, quechuas, polinesios, esquimales, ejemplares
fuerzo más y ¡hop! ya estaban caminando sobre el puente. de toda procedencia, lengua, raza y pigmentación y que tenían sólo en
Para nosotros incluso era dificil viajar a Estados Unidos. Había que común el querer vivir como un yanqui, después de haberle cedido su

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alma y haber intentado usurpar su apariencia. La ciudad los toleraba aplicada. ¿Dónde quedará Scúl? Hay muchos anuncios y cabarets.
unos meses, complacientemente, mientras absorbía sus dólares ahorra- Luego cartas del frente, que nos enseñó cuando le vino el primer ata-
dos. Luego, como por un tubo, los dirigía hacia el mecanismo de la ex- que y dejó de trabajar unos días. Gracias a estos documentos pudimos
pulsión. reconstruir bien que mal lo que pasó. Progresivamente, a través de
A duras penas obtuvieron ambos una prórroga de sus visas, mien sucesivos tanteos, Boby fue aproximándose a la cita que había concer-
tras trataban de encontrar un trabajo estable que les permitiera que- tado desde que vino al mundo. Había que llegar a un paralelo y hacer
darse, al par que las Quecas del lugar, y eran tantas, les pasaban por las frente a oleadas de soldados amarillos que bajaban del polo como
narices, sin concederles ni siquiera la atención ofuscada que nos des cancha. Para cso estaban los voluntarios, los indómitos vigías de Oc-
pierta una cucaracha. La ropa se les gastó, la música de Frank Sinatra cidente.
les llegaba al huevo, la sola idea de tener por todo alimento que co- José María se salvó por milagro y enseñaba con orgullo el muñón
merse un hot-dog, que en Lima era una gloria, les daba náuseas. Del de su brazo derecho cuando regresó a Lima, meses después. Su patrulla
hotel barato pasaron al albergue católico y luego a la banca del parque había sido enviada a reconocer un arrozal, donde se suponía que había
público. Pronto conocieron esa cosa blanca que caía del cielo, que los emboscada una avanzadilla coreana. Boby no sufrió, dijo José María,
despintaba y que los hacía patinar como idiotas en veredas heladas y la primera ráfaga le voló el casco y su cabeza fue a caer en una acequia,
que era, por el color, una perfidia racista de la naturaleza. con todo el pelo pintado revuelto hacia abajo. El sólo perdió un brazo,
Sólo había una solución. A miles de kilómetros de distancia, en un pero estaba allí, vivo, contando estas historias, bebiendo su cerveza he-
país llamado Corea, rubios estadounidenses combatían contra unos ho- lada, desempolvado ya y zambo como nunca, viviendo holgadamente
rribles asiáticos. Estaba en juego la libertad de Occidente, decían los de lo que le costó ser un mutilado.
diarios y lo repetían los hombres de estado en la televisión. ¡Pero era La mamá de Roberto había sufrido entonces su segundo ataque,
tan penoso enviar a los boys a ese lugar! Morían como ratas, dejando a que la borró del mundo. No pudo leer así la carta oficial en la que le
pálidas madres desconsoladas en pequeñas granjas donde había un decían que Bob López había muerto en acción de armas y tenia derc-
cuarto en el altillo lleno de viejos juguetes. El que quisicra ir a pelear cho a una citación honorífica y a una prima para su familia. Nadie la
un año allí tenía todo garantizado a su regreso: nacionalidad, trabajo, pudo cobrar.
seguro social, integración, medallas. Por todo sitio existían centros de
reclutamiento. A cada voluntario, el país le abría su corazón.
Boby y José María se inscribieron para no ser expulsados. Y des- COLOFON
pués de tres meses de entrenamiento en un cuartel partieron en un
avión enorme. La vida era una aventura maravillosa, el viaje fue inol- ¿Y Queca? Si Bob hubiera conocido su historia tal vez su vida ha-
vidable. Habiendo nacido en un país mediocre, misérrimo y melancó- bría cambiado o tal vez no, eso nadie lo sabe. Billy Mulligan la llevó a
lico, haber conocido la ciudad más agitada del mundo, con miles de su país, como estaba convenido, a un pueblo de Kentucky donde su pa-
privaciones, es verdad, pero ya eso había quedado atrás, ahora llevaban dre había montado un negocio de carnes de cerdo enlatada. Pasaron
un uniforme verde, volaban sobre planicies, mares y nevados, empuña- unos meses de infinita felicidad, en esa linda casa con amplia calzada,
ban armas devastadoras y se aproximaban, jóvenes aún colmados de verja, jardín y todos los aparatos eléctricos inventados por la industria
promesas, al reino de lo ignoto. humana, una casa en suma como las que había en cien mil pueblos de
ese país-continente. Hasta que a Billy le fue saliendo el irlandés que di-
* simulaba su educación puritana, al mismo tiempo que los ojos de
Queca se agrandaron y adquirieron una tristeza limeña. Billy fue lle-
La lavandera María tiene cantidades de tarjetas postales con tem- gando cada vez más tarde, sc aficionó a las máquinas tragamonedas y a
plos, mercados y calles exóticas, escritas con una letra muy pequeña y las carreras de auto, sus pies le crecieron más y se llenaron de callos, le

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sal un lunar maligno en el puescuezo, los sábados se inflaba de bour-
bon en el club Amigos de Kentucky, se enredó con una empleada de la
fábrica, chocó dos veces el carro, su mirada se volvió fija y aguachenta
y terminó por darle de puñetazos a su mujer, a la linda, inolvidable
Queca, en las madrugadas de los domingos, mientras sonreía estúpida-
mente y la llamaba chola de mierda.

París, 1975

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