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Resumen de Veritatis Splendor

Este documento resume la encíclica Veritatis Splendor del Papa Juan Pablo II. La encíclica trata sobre la moralidad y la libertad humana, y cómo la libertad debe estar basada en la verdad y el amor. También discute sobre la relación entre la ley natural, la libertad y la naturaleza humana.

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Resumen de Veritatis Splendor

Este documento resume la encíclica Veritatis Splendor del Papa Juan Pablo II. La encíclica trata sobre la moralidad y la libertad humana, y cómo la libertad debe estar basada en la verdad y el amor. También discute sobre la relación entre la ley natural, la libertad y la naturaleza humana.

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RESUMEN DE VERITATIS SPLENDOR

1. INTRODUCCIÓN
1. Intro Cristo es el único que responde al deseo del hombre de perfeccionarse.

2. 3 Todos puedan salvarse Vaticano II: «Los que sin culpa suya no conocen el evangelio de Cristo y su Iglesia, pero
buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a
través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna»

3. Crisis de la libertad, separación de la libertad de la verdad y la visión objetiva del bien, el moral llega a ser subjetiva,
buscamos aclararlo.

2. EL AMOR COMO BASE DEL MORAL


4. 7 es una pregunta (que debo hacer) de pleno significado para la vida. En efecto, ésta es la aspiración central de toda
decisión y de toda acción humana, la búsqueda secreta y el impulso íntimo que mueve la libertad. Esta pregunta es, en
última instancia, un llamamiento al Bien absoluto que nos atrae y nos llama hacia sí; es el eco de la llamada de Dios,
origen y fin de la vida del hombre.

5. Dios siendo fin del hombre es su máximo bien, y para alcanzarlo hay que amar:la vida moral se presenta como la
respuesta debida a las iniciativas gratuitas que el amor de Dios multiplica en favor de hombre. Es una respuesta de
amor,...

6. 9 Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien porque él es el Bien. Pero Dios ya respondió a esta pregunta:
lo hizo creando al hombre y ordenándolo a su fin con sabiduría y amor, mediante la ley inscrita en su corazón (cf. Rm 2,
15), la «ley natural». Ésta «no es más que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios.

7. 13 Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19, 19; cf. Mc 12, 31). En este precepto se expresa precisamente la singular
dignidad de la persona humana, la cual es la «única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» 21. En
efecto, los diversos mandamientos del Decálogo no son más que la refracción del único mandamiento que se refiere al
bien de la persona, como compendio de los múltiples bienes que connotan su identidad de ser espiritual y corpóreo, en
relación con Dios, con el prójimo y con el mundo material.

8. 13 Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su
verificación.

9. 15 Jesús lleva a cumplimiento los mandamientos de Dios —en particular, el mandamiento del amor al prójimo—,
interiorizando y radicalizando sus exigencias: el amor al prójimo brota de un corazón que ama y que, precisamente
porque ama, está dispuesto a vivir las mayores exigencias. Jesús muestra que los mandamientos no deben ser
entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y
espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor (cf. Col 3, 14).

10. 17 libertad del hombre y la ley de Dios no se oponen, sino, al contrario, se reclaman mutuamente. El discípulo de
Cristo sabe que la suya es una vocación a la libertad.

11. 20 Jesús, al llamar al joven a seguirle en el camino de la perfección, le pide que sea perfecto en el mandamiento del
amor, en su mandamiento: que se inserte en el movimiento de su entrega total, que imite y reviva el mismo amor del
Maestro bueno, de aquel que ha amado hasta el extremo. Esto es lo que Jesús pide a todo hombre que quiere seguirlo:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24).

12. 24 Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor... Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también
nosotros debemos amarnos unos a otros... Nosotros amemos, porque él nos amó primero» (1 Jn 4, 7-8. 11. 19). ...Se
puede permanecer en el amor sólo bajo la condición de que se observen los mandamientos, como afirma Jesús: «Si
guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y
permanezco en su amor» (Jn 15, 10).

13. 29 Ciertamente el Magisterio de la Iglesia no desea imponer a los fieles ningún sistema teológico particular y menos
filosófico, sino que, para «custodiar celosamente y explicar fielmente» la palabra de Dios 48, tiene el deber de declarar la
incompatibilidad de ciertas orientaciones del pensamiento teológico, y de algunas afirmaciones filosóficas, con la verdad
revelada 49.
3. FALLOS EN RELACIÓN A LA LIBERTAD
14. 32 En algunas corrientes del pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de
considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores. Pero, de este modo, ha desaparecido la necesaria
exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma que
se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral. Como se puede comprender inmediatamente,
no es ajena a esta evolución la crisis en torno a la verdad. Abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien,
que la razón humana puede conocer, ha cambiado también inevitablemente la concepción misma de la conciencia: a
ésta ya no se la considera en su realidad originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona, que debe aplicar el
conocimiento universal del bien en una determinada situación y expresar así un juicio sobre la conducta recta que hay
que elegir aquí y ahora; sino que más bien se está orientado a conceder a la conciencia del individuo el privilegio de fijar,
de modo autónomo, los criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia. Esta visión coincide con una ética
individualista, para la cual cada uno se encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los demás. El individualismo,
llevado a sus extremas consecuencias, desemboca en la negación de la idea misma de naturaleza humana. Estas
diferentes concepciones están en la base de las corrientes de pensamiento que sostienen la antinomia entre ley moral y
conciencia, entre naturaleza y libertad.

15. 33 Paralelamente a la exaltación de la libertad, y paradójicamente en contraste con ella, la cultura moderna pone
radicalmente en duda esta misma libertad. Un conjunto de disciplinas, agrupadas bajo el nombre de «ciencias humanas»,
han llamado justamente la atención sobre los condicionamientos de orden psicológico y social que pesan sobre el
ejercicio de la libertad humana. Pero algunos de ellos, superando las conclusiones que se pueden sacar legítimamente
de estas observaciones, han llegado a poner en duda o incluso a negar la realidad misma de la libertad humana.

16. 34 Pues quiso Dios "dejar al hombre en manos de su propia decisión" (cf. Si 15, 14), de modo que busque sin
coacciones a su Creador y, adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección» 57. Si existe el derecho de
ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno,
de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida 58.

17. 35 ley de Dios, pues, no atenúa ni elimina la libertad del hombre, al contrario, la garantiza y promueve.

18. 36 Algunos, sin embargo, olvidando que la razón humana depende de la Sabiduría divina y que, en el estado actual
de naturaleza caída, existe la necesidad y la realidad efectiva de la divina Revelación para el conocimiento de verdades
morales incluso de orden natural 62, han llegado a teorizar una completa autonomía de la razón en el ámbito de las
normas morales relativas al recto ordenamiento de la vida en este mundo. Tales normas constituirían el ámbito de una
moral solamente «humana», es decir, serían la expresión de una ley que el hombre se da autónomamente a sí mismo y
que tiene su origen exclusivamente en la razón humana.

19. 38 Quiso Dios "dejar al hombre en manos de su propio albedrío", de modo que busque sin coacciones a su Creador
y, adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección»

4. LEY MORAL, NATURAL, ETERNO


20. 40 Por otro lado, la razón encuentra su verdad y su autoridad en la ley eterna, que no es otra cosa que la misma
sabiduría divina 69. La vida moral se basa, pues, en el principio de una «justa autonomía» 70 del hombre, sujeto
personal de sus actos. La ley moral proviene de Dios y en él tiene siempre su origen. En virtud de la razón natural, que
deriva de la sabiduría divina, la ley moral es, al mismo tiempo, la ley propia del hombre. En efecto, la ley natural, como se
ha visto, «no es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se
debe hacer y lo que se debe evitar. Dios ha donado esta luz y esta ley en la creación»

21. 42 La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e
inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El
hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección
del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados para ello»

22. 43 este contexto, como expresión humana de la ley eterna de Dios, se sitúa la ley natural: «La criatura racional, entre
todas las demás —afirma santo Tomás—, está sometida a la divina Providencia de una manera especial, ya que se hace
partícipe de esa providencia, siendo providente para sí y para los demás. Participa, pues, de la razón eterna; ésta le
inclina naturalmente a la acción y al fin debidos. Y semejante participación de la ley eterna en la criatura racional se llama
ley natural» 82.

5. DIVISIÓN DE ALMA Y CUERPO, LIBERTAD Y NATURALEZA


23. 47 En este contexto han surgido las objeciones de fisicismo y naturalismo contra la concepción tradicional de la ley
natural. Ésta presentaría como leyes morales las que en sí mismas serían sólo leyes biológicas. ...El amor al prójimo
significaría sobre todo o exclusivamente un respeto a su libre decisión sobre sí mismo. Los mecanismos de los
comportamientos propios del hombre, así como las llamadas inclinaciones naturales, establecerían al máximo —como
suele decirse— una orientación general del comportamiento correcto, pero no podrían determinar la valoración moral de
cada acto humano, tan complejo desde el punto de vista de las situaciones.

24. 48 Una libertad que pretenda ser absoluta acaba por tratar el cuerpo humano como un ser en bruto, desprovisto de
significado y de valores morales hasta que ella no lo revista de su proyecto. Por lo cual, la naturaleza humana y el cuerpo
aparecen como unos presupuestos o preliminares, materialmente necesarios para la decisión de la libertad, pero
extrínsecos a la persona, al sujeto y al acto humano.

25. 50 la «naturaleza de la persona humana» 89, que es la persona misma en la unidad de alma y cuerpo; en la unidad
de sus inclinaciones de orden espiritual y biológico, así como de todas las demás características específicas, necesarias
para alcanzar su fin. «La ley moral natural evidencia y prescribe las finalidades, los derechos y los deberes,
fundamentados en la naturaleza corporal y espiritual de la persona humana.

26. 52 Por otra parte, el hecho de que solamente los mandamientos negativos obliguen siempre y en toda circunstancia,
no significa que, en la vida moral, las prohibiciones sean más importantes que el compromiso de hacer el bien, como
indican los mandamientos positivos. La razón es, más bien, la siguiente: el mandamiento del amor a Dios y al prójimo no
tiene en su dinámica positiva ningún límite superior, sino más bien uno inferior, por debajo del cual se viola el
mandamiento. Además, lo que se debe hacer en una determinada situación depende de las circunstancias, las cuales no
se pueden prever todas con antelación; por el contrario, se dan comportamientos que nunca y en ninguna situación
pueden ser una respuesta adecuada, o sea, conforme a la dignidad de la persona. En último término, siempre es posible
que al hombre, debido a presiones u otras circunstancias, le sea imposible realizar determinadas acciones buenas; pero
nunca se le puede impedir que no haga determinadas acciones, sobre todo si está dispuesto a morir antes que hacer el
mal.

6. LA CONCIENCIA
27. 58 Se puede decir, pues, que la conciencia da testimonio de la rectitud o maldad del hombre al hombre mismo, pero
a la vez y antes aún, es testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las
raíces de su alma, invitándolo «fortiter et suaviter» a la obediencia: «La conciencia moral no encierra al hombre en una
soledad infranqueable e impenetrable, sino que lo abre a la llamada, a la voz de Dios.

28. 59 un juicio que aplica a una situación concreta la convicción racional de que se debe amar, hacer el bien y evitar el
mal. Sin embargo, mientras la ley natural ilumina sobre todo las exigencias objetivas y universales del bien moral, la
conciencia es la aplicación de la ley a cada caso particular, la cual se convierte así para el hombre en un dictamen
interior, una llamada a realizar el bien en una situación concreta.

29. 62 Ella no es un juez infalible: puede errar. No obstante, el error de la conciencia puede ser el fruto de una ignorancia
invencible, es decir, de una ignorancia de la que el sujeto no es consciente y de la que no puede salir por sí mismo.

30. 63 De cualquier modo, la dignidad de la conciencia deriva siempre de la verdad: en el caso de la conciencia recta, se
trata de la verdad objetiva acogida por el hombre; en el de la conciencia errónea, se trata de lo que el hombre,
equivocándose, considera subjetivamente verdadero. Nunca es aceptable confundir un error subjetivo sobre el bien moral
con la verdad objetiva, propuesta racionalmente al hombre en virtud de su fin, ni equiparar el valor moral del acto
realizado con una conciencia verdadera y recta, con el realizado siguiendo el juicio de una conciencia errónea 108. El
mal cometido a causa de una ignorancia invencible, o de un error de juicio no culpable, puede no ser imputable a la
persona que lo hace; pero tampoco en este caso aquél deja de ser un mal, un desorden con relación a la verdad sobre el
bien.

7. DIVISIÓN DE LA OPCIÓN FUNDAMENTAL DE LOS ACTOS CONCRETOS


31. 65 El interés por la libertad, hoy agudizado particularmente, induce a muchos estudiosos de ciencias humanas o
teológicas a desarrollar un análisis más penetrante de su naturaleza y sus dinamismos. Justamente se pone de relieve
que la libertad no es sólo la elección por esta o aquella acción particular; sino que es también, dentro de esa elección,
decisión sobre sí y disposición de la propia vida a favor o en contra del Bien, a favor o en contra de la Verdad; en última
instancia, a favor o en contra de Dios. Justamente se subraya la importancia eminente de algunas decisiones que dan
forma a toda la vida moral de un hombre determinado, configurándose como el cauce en el cual también podrán situarse
y desarrollarse otras decisiones cotidianas particulares....Ahora bien, según la opinión de algunos teólogos, ninguno de
estos bienes, parciales por su naturaleza, podría determinar la libertad del hombre como persona en su totalidad, aunque
el hombre solamente pueda expresar la propia opción fundamental mediante la realización o el rechazo de aquéllos.

32. 67 Separar la opción fundamental de los comportamientos concretos significa contradecir la integridad sustancial o la
unidad personal del agente moral en su cuerpo y en su alma. ...Pero los preceptos morales negativos, es decir, los que
prohíben algunos actos o comportamientos concretos como intrínsecamente malos, no admiten ninguna excepción
legítima; no dejan ningún espacio moralmente aceptable para la creatividad de alguna determinación contraria. Una vez
reconocida concretamente la especie moral de una acción prohibida por una norma universal, el acto moralmente bueno
es sólo aquel que obedece a la ley moral y se abstiene de la acción que dicha ley prohíbe.

33. 70 La exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia ha confirmado la importancia y la actualidad


permanente de la distinción entre pecados mortales y veniales, según la tradición de la Iglesia. Y el Sínodo de los
obispos de 1983, del cual ha emanado dicha exhortación, «no sólo ha vuelto a afirmar cuanto fue proclamado por el
concilio de Trento sobre la existencia y la naturaleza de los pecados mortales y veniales, sino que ha querido recordar
que es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y
deliberado consentimiento» 116.

8. LOS ACTOS HUMANOS


34. 71 Los actos humanos son actos morales, porque expresan y deciden la bondad o malicia del hombre mismo que
realiza esos actos 120. Éstos no producen sólo un cambio en el estado de cosas externas al hombre, sino que, en cuanto
decisiones deliberadas, califican moralmente a la persona misma que los realiza y determinan su profunda fisonomía
espiritual.

35. 72 El obrar es moralmente bueno cuando testimonia y expresa la ordenación voluntaria de la persona al fin último y la
conformidad de la acción concreta con el bien humano, tal y como es reconocido en su verdad por la razón. Si el objeto
de la acción concreta no está en sintonía con el verdadero bien de la persona, la elección de tal acción hace moralmente
mala a nuestra voluntad y a nosotros mismos y, por consiguiente, nos pone en contradicción con nuestro fin último, el
bien supremo, es decir, Dios mismo.

9. RELACIÓN ENTRE ACTO Y FIN


36. 73 En este sentido, la vida moral posee un carácter «teleológico» esencial, porque consiste en la ordenación
deliberada de los actos humanos a Dios, sumo bien y fin (telos) último del hombre.

37. 74 Algunas teorías éticas, denominadas «teleológicas», dedican especial atención a la conformidad de los actos
humanos con los fines perseguidos por el agente y con los valores que él percibe. Los criterios para valorar la rectitud
moral de una acción se toman de la ponderación de los bienes que hay que conseguir o de los valores que hay que
respetar. Para algunos, el comportamiento concreto sería recto o equivocado según pueda o no producir un estado de
cosas mejores para todas las personas interesadas: sería recto el comportamiento capaz de maximizar los bienes y
minimizar los males.

38. 75 Este «teleologismo», como método de reencuentro de la norma moral, puede, entonces, ser llamado —según
terminologías y aproches tomados de diferentes corrientes de pensamiento— «consecuencialismo» o
«proporcionalismo». El primero pretende obtener los criterios de la rectitud de un obrar determinado sólo del cálculo de
las consecuencias que se prevé pueden derivarse de la ejecución de una decisión. El segundo, ponderando entre sí los
valores y los bienes que persiguen, se centra más bien en la proporción reconocida entre los efectos buenos o malos, en
vista del bien mayor o del mal menor, que sean efectivamente posibles en una situación determinada.

10. EL OBJETO DEL ACTO HUMANO


39. 78 La moralidad del acto humano depende sobre todo y fundamentalmente del objeto elegido racionalmente por la
voluntad deliberada, como lo prueba también el penetrante análisis, aún válido, de santo Tomás. ...El objeto es el fin
próximo de una elección deliberada que determina el acto del querer de la persona que actúa. «Sucede frecuentemente
—afirma el Aquinate— que el hombre actúe con buena intención, pero sin provecho espiritual porque le falta la buena
voluntad. Por ejemplo, uno roba para ayudar a los pobres: en este caso, si bien la intención es buena, falta la rectitud de
la voluntad porque las obras son malas. En conclusión, la buena intención no autoriza a hacer ninguna obra mala.
"Algunos dicen: hagamos el mal para que venga el bien. Estos bien merecen la propia condena" (Rm 3, 8)» 128....La
razón por la que no basta la buena intención, sino que es necesaria también la recta elección de las obras, reside en el
hecho de que el acto humano depende de su objeto, o sea si éste es o no es «ordenable» a Dios, al único que es
«Bueno», y así realiza la perfección de la persona. Por tanto, el acto es bueno si su objeto es conforme con el bien de la
persona en el respeto de los bienes moralmente relevantes para ella. El «mal intrínseco»: no es lícito hacer el mal para
lograr el bien (cf. Rm 3, 8).
40. 80 Ahora bien, la razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a
Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición
moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos («intrinsece malum»): lo son siempre y por sí mismos,
es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las circunstancias. Por
esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la
Iglesia enseña que «existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre
gravemente ilícitos por razón de su objeto» 131. El mismo concilio Vaticano II, en el marco del respeto debido a la
persona humana, ofrece una amplia ejemplificación de tales actos: «Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios
de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad
de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción
psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos
arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones
ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres
y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana,
deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al
Creador» 132....Sobre los actos intrínsecamente malos y refiriéndose a las prácticas contraceptivas mediante las cuales
el acto conyugal es realizado intencionalmente infecundo, Pablo VI enseña: «En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un
mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas,
hacer el mal para conseguir el bien (cf. Rm 3, 8), es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es
intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o
promover el bien individual, familiar o social» 133.

11. LIMITACIÓN DE LA LIBERTAD


41 86 La reflexión racional y la experiencia cotidiana demuestran la debilidad que marca la libertad del hombre. Es
libertad real, pero contingente. No tiene su origen absoluto e incondicionado en sí misma, sino en la existencia en la que
se encuentra y para la cual representa, al mismo tiempo, un límite y una posibilidad. Es la libertad de una criatura, o sea,
una libertad donada, que se ha de acoger como un germen y hacer madurar con responsabilidad. Es parte constitutiva de
la imagen creatural, que fundamenta la dignidad de la persona, en la cual aparece la vocación originaria con la que el
Creador llama al hombre al verdadero Bien, y más aún, por la revelación de Cristo, a entrar en amistad con él,
participando de su misma vida divina. Es, a la vez, inalienable autoposesión y apertura universal a cada ser existente,
cuando sale de sí mismo hacia el conocimiento y el amor a los demás 138. La libertad se fundamenta, pues, en la verdad
del hombre y tiende a la comunión.

12. EL MARTIRIO
42. 90 El no poder aceptar las teorías éticas «teleológicas», «consecuencialistas» y «proporcionalistas» que niegan la
existencia de normas morales negativas relativas a comportamientos determinados y que son válidas sin excepción, halla
una confirmación particularmente elocuente en el hecho del martirio cristiano, que siempre ha acompañado y acompaña
la vida de la Iglesia.

13. EL ASPECTO SOCIAL


43. 100 A este respecto, el Catecismo de la Iglesia católica, después de afirmar: «en materia económica el respeto de la
dignidad humana exige la práctica de la virtud de la templanza, para moderar el apego a los bienes de este mundo; de la
virtud de la justicia, para preservar los derechos del prójimo y darle lo que le es debido; y de la solidaridad, siguiendo la
regla de oro y según la generosidad del Señor, que "siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais
con su pobreza" (2 Co 8, 9)» 157, presenta una serie de comportamientos y de actos que están en contraste con la
dignidad humana: el robo, el retener deliberadamente cosas recibidas como préstamo u objetos perdidos, el fraude
comercial (cf. Dt 25, 13-16), los salarios injustos (cf. Dt 24, 14-15; St 5, 4), la subida de precios especulando sobre la
ignorancia y las necesidades ajenas (cf. Am 8, 4-6), la apropiación y el uso privado de bienes sociales de una empresa,
los trabajos mal realizados, los fraudes fiscales, la falsificación de cheques y de facturas, los gastos excesivos, el
derroche, etc. 158. Y hay que añadir: «El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra
razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad
personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra la dignidad de las personas y
sus derechos fundamentales reducirlos mediante la violencia a la condición de objeto de consumo o a una fuente de
beneficios. San Pablo ordenaba a un amo cristiano que tratase a su esclavo cristiano "no como esclavo, sino... como un
hermano... en el Señor" (Flm 16)» 159.

14. LA INTELIGENCIA DEBE BUSCAR A ENTENDER


44. 109 Aunque la verdad revelada supere nuestro modo de hablar y nuestros conceptos sean imperfectos frente a su
insondable grandeza (cf. Ef 3, 19), sin embargo, invita a nuestra razón —don de Dios otorgado para captar la verdad— a
entrar en el ámbito de su luz, capacitándola así para comprender en cierta medida lo que ha creído.

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