Historia militar y uniformes argentinos
Historia militar y uniformes argentinos
¡CALACUERDA!
Publicación de estudios históricos militares de la SHM
EN ESTE NÚMERO:
Normativas de la bandera
argentina y su moharra
americana
El Batallón de Serenos de la
Confederación 1840-1852
1
Calacuerda es una publicación de la sociedad de historia militar,
cuyo objetivo principal es el de difundir y divulgar el rico acervo
histórico nacional en esta temática, pero no agotándose en ella,
sino abarcando todos los períodos y regiones del globo.
Año 2 – Número 15 - 2022 Ilumina nuestra portada un par de figurines del 1.° Rgto. de
Caballería de Línea, de la magna obra del abogado, docente, político,
folklorista e historiador brasileño Gustavo Barroso, Uniformes do Exer-
Dirección y Redacción
cito Brasileiro 1730-1922, que reseña la historia de la institución en ese
Diego Argañaráz
período, a la vez que lo complemente con una enorme serie láminas so-
bre los uniformes del Ejército; de allí hemos extraído el detalle que pre-
sentamos, correspondiente a la lámina Nro.46.
Consejo de Edición Por Decreto del 1 de diciembre de 1824, se organizó al Ejér-
Leonardo Diego Muñoz (SHM Córdoba) cito Imperial en unidades de 1ra. y de 2da. Línea, esto es las tropas ve-
Miguel Escalante Galain teranas o permanentes y las milicias, respectivamente. El 1.° Regimiento
Alejandro Millán Seeber de Caballería había sido creado por el rey Juan VI en la Corte, Rio de
Janeiro, el 13 de mayo de 1808. Su base fue el Escuadrón de Dragones
de la Guardia del Virrey y se organizó en 4 escuadrones de a 2 compa-
Colaboradores ñías cada uno. Por el citado decreto, quedó encuadrado en las fuerzas
permanentes; su uniforme era de casaquillas azules con cuello y vueltas
Carlos A. Piñero
encarnadas, vivos y barras blancas, botón blanco, centro azul con franja
Gabriel Popolizio
encarnada, gorra de parada con filete en la visera, carrilleras y chapa de
Rodrigo Galeano latón, correajes blancos con bandolera porta-cartuchera, cinto con tiros
Alejandro Canaval y portapliegos. Sobre los hombros, cadenillas de latón, reemplazadas en
Diego Alejandro Nuñez el oficial por las charreteras y capona de grado (se trata de un teniente).
Oscar Turchi Hache (SHM Córdoba) En este número iniciamos lo que esperamos sea una fructífera
Daniel Castiglione colaboración del Sr. Miguel Carrillo Bascary, especialista en vexilología
Cristián Fernández e historiador. Acompañamos también con un artículo sobre uno de los
Roberto Ávila primeros enfrentamientos entre las nacientes repúblicas desgajadas del
Mariano De Nucci tronco hispánico, así como trabajos que esperamos sean del interés de
Miguel Carrillo Bascary los lectores.
3
ÍNDICE
febrero – marzo 2024
Nuestra Portada 3
4
La Bandera Argentina y su moharra
El Área de Investigación del Museo Histórico Nacional pidió asesoramiento al Instituto Nacional Belgraniano
atento a la competencia que le asigna el decreto Nº1.635/ 1992 (Art. 3º). El pedido fue derivado al autor por su
presidente, el Lic. Manuel Belgrano (Ref. Nota INB Nº140/ 2023) El siguiente es el texto completo del informe que
elaboró el firmante en su carácter de miembro de número de la entidad remitido al solicitante por Nota Nº203/
2023.
Introducción
Por tradición, la Bandera Oficial de la Nación Argentina en sus versiones de ceremonia y de sitio se
emplea adosada a un asta que termina en una moharra. Conforme a lo solicitado en este informe se procurará
responder los siguientes interrogantes: ¿Qué es una moharra? ¿Qué función posee? ¿Qué razones pudieron de-
terminar la incorporación de una media luna en la base de la lanza? ¿Qué circunstancias históricas definen su
empleo en el ceremonial de la Bandera Oficial de la Nación argentina? ¿Qué normativa regula su empleo?
5
Sobre la moharra
En el Real Diccionario de la Academia Española[2] se define la moharra como una: “Punta de la
lanza, que comprende la cuchilla y el cubo con que se asegura en el asta”. El vocablo sería de origen árabe,
aunque su etimología se caracteriza como incierta. Se especula que podría derivar del árabe andalusí muḥárraf
(orillado) o de mohárrib (aguzado). Se agrega que “se utiliza como un término comprensivo de armas enasta-
das”. La definición no es una afirmación dogmática, como en todos sus enunciados la Real Academia se basa
en usos que gozan de aceptación a nivel general, por lo que corresponde darle el crédito que merece.
Las moharras son armas que demandan ser usadas con ambas manos. A lo largo de la Historia presentan
una amplia variedad de formas que los expertos clasifican conforme a sus diversas funciones: ensartar, cortar,
desgarrar o traccionar, algo particularmente necesario si se combatía a enemigos montados, a estos hierros se
los denominaba “petos”. La moharra era un arma propia de la infantería, pero también la empleó la caballería.
Obviamente que se construían en acero o hierro forjado, se moldeaban en una sola pieza a golpes de
martillo sobre el yunque o bien sus partes se trabajaban independientemente para luego ensamblarlas. El cabo
de la moharra se insertaba en el extremo de un asta de madera fuerte, particularmente de roble[3], tejo[4] o
fresno[5], aunque de faltar, cabía usar la que estuviera disponible. El largo variaba según diversos factores
locales y hasta por el gusto del usuario.
La moharra que interesa al presente estudio es un arma compuesta, formada por una lanza (también
nominada como “cuchilla” o “chuza[6]”) con punta en diamante o de estilete aguzado, de uno o más palmos de
extensión. En su base lleva una media luna con sus extremos (cuernos) hacia adelante. Se adosa al asta con una
pieza cilíndrica hueca, llamada “cubo”, un nombre evidentemente engañoso, en el que se inserta el palo[7].
Usualmente se complementaba con el regatón, pieza metálica similar a un dedal que recubría el extremo inferior
6
del palo, con lo que se la preservaba de la humedad y de los golpes contra el piso; además equilibraba el peso
del arma, ya que en caso contrario tendía a bajarse la punta, lo que requería ejercer mayor fuerza en su empleo.
Las piezas que subsisten indican que el ancho de la media luna era variable, las hay de unos veinte centímetros,
pero también se registran otras de menores dimensiones, como la que se ilustra seguidamente:
Pieza usada por la caballería española, siglo XIX (es de bronce niquelado y se atornilla al asta mediante el cubo).
En ocasiones el segmento curvo se sustituía por uno recto, transversal al eje del asta, al que se denomina
espontón[8], lo que también dio nombre al arma completa; tenía la función de parar los golpes de sable del
enemigo. Para algunos derivaría de un arma similar, la partesana[9].
Se advierte que si se usa el término moharra para designar al extremo metálico de todas las armas
enastadas suele caerse en el muy común error de confundirla con la alabarda[10] y con otras similares.
Función: en su origen
La moharra cumplía tres propósitos:
a) Ofensivo. La lanza se concibió para penetrar en el cuerpo del enemigo, la media luna complementaba su
accionar ya que si su lado cóncavo se afilaba aumentaba el daño que ocasionaba la punción, particularmente
cuando se giraba en el tórax del enemigo.
b) Defensivo. A este fin servía la media luna, pues con ella era posible parar los golpes de sable de la caballería
rival o el impulso de un agresor munido de otra arma enastada. El conjunto podía afirmarse contra el piso,
sirviéndose del regatón, lo que permitía resistir la carga de un enemigo a caballo o de una línea de infantes que
avanzaba en bloque.
c) Otro aspecto de esta función era la de evitar que la cuchilla penetrara muy profundamente en el pecho
de un contrario, con lo que se hacía difícil liberarla exponiendo al portador a ser atacado por otro enemigo.
Más aún, desde la perspectiva actual resulta difícil percibir otro efecto que justificó usar media lunas en las
moharras de las astas-banderas, este factor radicaba en tratar de preservar la integridad de la pieza textil.
Se advierte al lector que las líneas siguientes pueden parecer truculentas, pero hace a la dura realidad
de las luchas cuerpo a cuerpo. Efectivamente, si carecía del elemento y el abanderado debía defenderse lan-
ceando al enemigo, el paño se introducía profundamente en la caja torácica, y al extraer el hierro las costillas
7
fracturadas destruían el ángulo del cantón del vexilo. En cambio, si el arma contaba con medialuna, sus
cuernos quedaban atrapados entre las costillas, con lo que se reducía la adversidad del factor comentado. De
esta manera se intentaba preservar las banderas, las que nunca fue sencillo de reemplazar, ya que por entonces
tenían un considerable costo pues se construían con telas preciosas y sus emblemas se bordaban con hilos de
oro y/o plata.
Podría pensarse que existe un vínculo entre la moharra y el desjarretador, que era una herramienta
rural usada en las ganaderías, en una faena que en América se llamó vaquería. El instrumento se empleaba
desde el caballo con el que se perseguía al animal y con un golpe se le cortaba el tendón de una pata trasera
dejándolo inerme en el campo. Luego se volvía por él, se le daba muerte y se lo faenaba quitándole el cuero,
que se comercializaba posteriormente.
Desjarretador
El argumento principal en contrario es que la media luna, sin la lanza, era un arma muy inferior en manos de un
abanderado, aun tratándose de un portaestandarte montado, ya que el paño prácticamente impedía maniobrarlo
con un mínimo de comodidad. Con esto se puede descartar que la media luna tuviera origen en el hilal[12]
(media luna) que muchas veces ornamentaba las astas de las banderas moras[13]. Empero, al desjarretador lo
empleaban a guisa de lanza los soldados de caballería, como bien lo recuerda Fernando Assunzao[14]. Con el
tiempo, los brazos del arco perdieron el filo y mutaran en cuernos, con lo que se acentuó su función defensiva
en desmedro de su potencial eventualmente ofensivo.
Función: en la actualidad
Desaparecido su carácter bélico la moharra hoy es un implemento de naturaleza ceremonial, en la que puede
distinguirse dos funciones:
a) Decorativa, pues corona el extremo superior del asta, con lo que realza el paño.
b) Axiológica, ya que evidencia los valores que debe adornar al abanderado y remite a la fuerza de las tradicio-
nes y los procesos históricos implicados en su empleo original. Esto último suele ser desconocido por el gran
público, aunque a los efectos simbólicos tiene una importancia esencial.
Clasificación
Según su forma las moharras usadas en las astas-banderas podrían catalogarse como:
8
• Partesana: lanza larga de moharra ancha, simétrica, de doble filo y con aletillas o cuernos laterales. Esta
designación es la que corresponde al modelo fijado en Argentina.
• Corcesca o coresca: una variante de la partesana, cuyas aletas tienen forma de arpón. Se la llamaba ron-
cona, cuando el elemento central era largo y fino, con lo que su principal función consistía en ensartar al
enemigo, aprovechando la fuerza extra que aportaba la masa del asta.
Mayor letalidad
La potencialidad de daño de la moharra con respecto a una sencilla hoja de lanza es absolutamente
evidente y su efecto como defensa tampoco es despreciable, lo que justificó obviamente que se adoptara para
las astas-banderas.
Circunstancias históricas
El documentalista colombiano y experto en armas Juan L. Calvó[15] consigna que:
“Las lanzas adoptadas entonces [se refiere a la Guerra de la Independencia española, 1808-1814] se
indican construidas sin sujeción a modelo, y sin otra regla que el capricho de los jefes, y aún a veces de los
mismos soldados, que modificaban y arreglaban la suya a su costa y capricho, notase en ellas mucha variedad,
con especialidad en las moharras, parte principal que constituye esta arma, y bien se comprende no podía
menos de suceder así en aquellas circunstancias, nada a propósito para establecer reglas fijas en la introduc-
ción de esta nueva arma para la caballería”.
Continúa aportando que, en España, las características de las lanzas recién se reglamentaron en 1815,
de manera que lo ordenado no pudo trascender en la conformación de las usadas por los primeros ejércitos que
armaron las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Después de la Revolución de Mayo de 1810 hay testimonios, entre los que se cuenta el académico de la
Historia Carlos Páez de la Torre[16], quien además cita al especialista Juan Beverina, de que los soldados acu-
dían a la lanza con bastante disgusto, y solamente como “arma de emergencia”, cuando escaseaban los sables,
carabinas y pistolas. La apreciación tiene lógica ya que para el vulgo disponer de un arma de fuego era toda una
distinción, por ser muy escasas y por su importante costo, igual ocurría con los sables, que se consideraban
armas propias de oficiales.
Las lanzas fueron de reglamento para los blandengues[17] que custodiaban las fronteras, si bien más
tarde las complementaron con sables y carabinas. De hecho, cuando la Defensa de Buenos Aires (1807) contra
la Segunda Invasión Inglesa, los cuerpos milicianos de “Pardos y Morenos” al igual que los “Labradores y
Quinteros[18]”, los más humildes de los que se formaron entonces, estaban armados casi íntegramente con
lanzas. El general San Martín fue uno de los más decididos impulsores de su empleo, valga como ejemplo que
dotó con ellas a la mitad de sus Granaderos, a quienes instruyó personalmente en su manejo[19]; además, reco-
mendó a Belgrano que armara con ellas a sus hombres, lo que así hizo. Sobre el empleo de la lanza en el Ejército
9
Auxiliador del Alto Perú bajo su mando, Belgrano escribió a San Martín el 25 de septiembre de 1813 desde
Lagunillas, en respuesta a la recomendación que el segundo le habría aportado[20]:
“Creo a Guibert[21] el maestro único de la táctica, y sin embargo convengo con Usted en
cuanto a la caballería, respecto de la espada y lanza; pero no habiendo de propósito marchado, cuando
recién llegué a este ejército, más de 30 leguas hacia el enemigo con una escolta de 8 hombres con
lanzas, y sin ninguna otra arma, para darles ejemplo, aun así no he podido convencer […] a nuestros
paisanos de su utilidad; solo gustan de la arma de fuego y la espada; sin embargo, saliendo de esta
acción [se refiere a la batalla de Vilcapugio, que se dio el 1º de octubre de 1813], he de promover, sea
del modo que fuese, un cuerpo de lanceros y adoptaré el modelo que Usted me remita”.
Tiempo después Belgrano vuelve a escribir a San Martín, esta vez desde La Ciénaga (Salta), el 14 de
enero de 1814[22], pidiéndole que la remita 45 lanzas, lo que revela haber cumplido su anterior propósito.
El general José María Paz[23], a propósito de la precariedad de armamento con que se reorganizó el
ejército mandado por Belgrano con antelación a la batalla de Tucumán, refiere que:
“A falta de sables y armas de chispa, se daban alguna vez lanzas, y los soldados se creían
vilipendiados y envilecidos con el arma más formidable, para quién sabe hacer uso de ella. He visto
llorar amargamente, soldados valientes de caballería, porque se les había armado de lanza, y oficiales,
sumergidos en una profunda tristeza, porque su compañía había sido trasformada en lanceros. Ya se
deja entender, que en la primera oportunidad se tiraban las lanzas, para armar al caballero con una
tercerola o un fusil largo”.
Más adelante Paz relata otra acción de la que fue testigo, donde la cita tiene particular interés para el
presente estudio, ya que probaría fehacientemente el uso de la moharra en ocasión de la batalla de Ayohuma
(14 de noviembre de 1813). Se trascribe[24]:
“Un oficial a caballo se había colocado al frente, y dándonos la espalda para hacerse entender
mejor de sus soldados, gritaba con toda la fuerza de su voz: ‘Alto el fuego’. A este se dirigió el mayor
[Máximo] Zamudio que iba a la cabeza de nuestro grupo, dándole una terrible lanzada por la espalda
que lo hizo inclinar sobre el cuello de su caballo, pero que al mismo tiempo le hizo perder la lanza que
saltó de su mano. El oficial realista se reincorporó, y volviendo la cabeza tomó la lanza por cerca de
la moharra y se quedó como en expectativa por unos momentos”.
Hacia 1813 las tropas patriotas adicionaron banderolas a sus lanzas, artificio que tenía como función
espantar a los montados enemigos cuando flameaban ante sus ojos[25], sin descartar el efecto sicológico sobre
el ánimo de los jinetes rivales montados, como también lo consigna Paz[26]:
“[…] en los pocos días que precedieron a la acción de Ayohuma, se mejoró la organización
de nuestra caballería y se empezó a dar a la lanza la preferencia que merece; […] Por primera vez se
distribuyeron banderolas para las lanzas, que eran bastante grandes, de género de algodón blanco y
celeste. Con los soles y lluvias perdió el último su vivacidad y quedó poco menos que blanco. Los
10
enemigos, que ignoraban esta circunstancia, y que ni remotamente se les ocurrió que se podían poner
banderolas, viendo acercarse un grupo de hombres con insignias blancas, creyeron los más entendidos,
que íbamos pasados”.
Pese a lo observado inicialmente, a fines de la década de 1820 la lanza había demostrado sus méritos
en numerosas batallas por lo que su uso se generalizó, particularmente en las unidades montadas. También el
general Martín Miguel de Güemes equipó con ella a sus caballerías gauchas[27]. Del arriesgado Gregorio Aráoz
de La Madrid y del jujeño Francisco (“Pachi”) Gorriti se dice que fueron eximios lanceros, al igual que el
caudillo Juan Facundo Quiroga (el “Tigre de los Llanos”) quien previo al combate de El Puesto (23 de mayo de
1823) enfrentó a lanza limpia al general riojano Miguel Dávila, dándole muerte. Otro duelo similar que se hizo
célebre ocurrió en 1867 frente al fuerte de San Rafael (Mendoza), implicó al capitán Ezequiel Montoya del
Regimiento 1 de Caballería de Línea, y un tal Barros (otras fuentes lo nominan Cáceres), que había sido trompa
de la unidad, quien desertó y se constituyó con el tiempo en un capitanejo de la indiada que en número enorme-
mente superior cercaba al destacamento. Planteado duelo singular, el primero empuñó su lanza de negro ébano
y traspasó a su rival en la embestida inicial, con lo que el resto de los sitiadores se batieron en retirada[28].
En la guerra que enfrentó a la Argentina contra el Imperio del Brasil (1825-1828) la lanza se consagró
definitivamente como arma de reglamento en el ejército de línea y en las milicias. También con ella se peleó en
las luchas por la organización nacional, como evidencia de esto consta la lanza del tipo espontón que perteneció
al general Urquiza que hoy se preserva en el Museo Histórico Nacional[29], mide 2,70 metros de largo.
Por su parte, la pica y su evolución, la alabarda, fueron las armas típicas de la infantería, ambas se
empleaban en formaciones cerradas que requerían de la tropa un alto grado de entrenamiento. La literatura
militar refiere que la última se usó esporádicamente en los ejércitos patrios por cuanto su manufactura era más
compleja e insumía un tiempo excesivo para las muy requeridas armerías patriotas, además su empleo deman-
daba mucha ejercitación para adquirir una capacitación táctica aceptable. Aparentemente las alabardas que hubo
fueron residuos de partidas llegadas de España para equipar a las escoltas de las autoridades realistas. De hecho,
este tipo de armamento había quedado relegado desde que surgió la bayoneta a fines del siglo XVII[30], al cabo
de cien años en la Península solo las empleaban los guardias de corps.
11
Las moharras y las banderas
Desde la Antigüedad se utilizaron lanzas o picas a las que se adosaba algún tipo de distintivo, pudiera
ser que crines, lienzos, cintas, abalorios, trenzas o cualquier otro elemento, algunos en sus colores naturales y
otros teñidos, para hacerlos más llamativos.
Con esto se procuraba que el elemento que portaba el abanderado se destacara de entre un conjunto de
combatientes con lo que de esta forma se referenciaba la posición de la entidad o unidad a la que pertenecía,
circunstancia valiosísima para el liderazgo en situación de combate, particularmente en épocas donde la unifor-
midad era muy relativa y donde el polvo levantado y las anfractuosidades del terreno dificultaban la visión.
Así, el Egipto faraónico aporta testimonios pictóricos y materiales sobre el empleo de picas coronadas
de algún distintivo (tótems, podríamos llamarlos)[31], su mejor ejemplo es la “Paleta de Narmer[32]” datada
hacia el 3050 a.C. Similares emblemas se documentan en Cartago, Persia, Sumer, Hatti, Babilonia y otras civi-
lizaciones del Viejo Mundo, incluso en el pueblo de Israel, donde cada tribu contaba con su emblema de iden-
tidad, según consta en la Biblia. También hubo vexilos en la América prehispánica, en las hordas mongolas, en
los imperios de China, Japón y la India, los vikingos, samnitas, germanos, francos y etruscos contaban con
emblemas parecidos. En todos los casos sus caracteres los tornan exponentes de las culturas vernáculas.
12
Estela donde pueden verse cuatro vexilos.
Vexilo con forma de halcón (Horus), hallado en la tumba de Tutankamon (1334-1325 a.C.).
En este proceso, la tradición castrense de Roma indica el uso de varios tipos de símbolos, entre los que
se destaca el vexillia[33] o vexillum, que identificaba a una sección de los cuerpos militares, tanto de infantería
como de caballería[34]. Básicamente era una lanza, con un travesaño en la parte superior del que pendía una
pieza textil cuadrangular dotada de un elemento singularizador.
13
Vexilo de la Legión II (s. III a C. Museo Pushkin de Bellas Artes, San Petersburgo), hallado en Egipto, y figura a escala de su vexiliario.
Esta práctica tuvo continuidad durante la Edad Media donde los señores feudales adosaban vexilos
triangulares a sus lanzas para señalar su posición y reunir a sus huestes en el curso de un combate. La Edad
Moderna, que implicó el batallar con grandes masas de hombres, se impuso el empleo de banderas de gran
superficie que permitían identificar a las unidades desde lejos. Los textiles se portaban en armas enastadas de
diversas formas.
Con el avance de la técnica bélica estos vexilos evolucionaron y se sistematizó su uso. En muchas
culturas se emplearon con diversos formatos, hasta que a partir del siglo XV predominaron los cuadrangulares,
con lo que propiamente surgieron los que hoy conocemos con el nombre de banderas.
14
Vexilos empleados por diversas culturas euroasiáticas.
Una simple necesidad de supervivencia justificó que los portadores de tales enseñas utilizaran armas
enastadas, ya que en el fragor del combate debían atender a su propia defensa. En este contexto los estandartes
del rival siempre fueron objetivos tácticos apetecidos pues su captura privaba al comando contrario de un punto
de referencia y, además, connotaba un aspecto místico de supremacía. Por esta razón los abanderados contaban
con escoltas para defenderlos y, los reemplazaban si eventualmente caían heridos o muertos. La variedad de las
armas que se usaron para llevar las banderas es inconmensurable, derivaban de preferencias personales, de usos
locales, del equipamiento reglado de la unidad y de otros muchos factores.
15
Moharra ensamblada[36] y de construcción plana[37].
Lamentablemente la inmensa mayoría de las banderas que se conservan en los museos del país han sido
desprovistas de sus astas originales, lo que impidió tomarlas en consideración para este informe. La iconografía
de mediados del siglo XIX aporta alguna variedad en la materia, como se demostrará seguidamente.
a) En el óleo nominado “Batalla de Yatay” (inventario del Museo Histórico Nacional-MHN- 3289), librada el
17 de agosto de 1865: se advierten tres banderas que porta la infantería argentina, todas coronadas con la clásica
moharra de tres puntas.
16
Detalle ampliado de las moharras de las banderas.
b) En la composición titulada “Llegada del Ejército Aliado a Itapirú el 18 de abril de 1866” (MHN 3294,
datada en 1880), el contingente uruguayo muestra su bandera con igual tipo de moharra, más atrás se observan
dos unidades argentinas con idéntico elemento:
c) En “Ataque del Boquerón visto desde el Potrero Piris” (MHN 3667, datado en 1894) se ilustra el encuentro
ocurrido entre el 16 y el 18 de julio de 1866, en donde nuevamente se advierte una unidad argentina cuya
bandera de guerra lleva moharra con tres puntas.
17
*
d) En “Rendición de Uruguayana” (MHN 3270, sin data) se alude al sitio a esa ciudad, que se extendió desde
el 16 de julio al 18 de septiembre de 1865. Se observan distintos elementos de caballería que usan esas mismas
moharras, aunque también hay de otros tipos.
18
*
19
*
20
Esto demuestra que el Ejército Argentino y las milicias comprometidas en la conflagración que se desa-
rrolló entre 1864 y 1866, emplearon moharras compuestas de lanza y medialuna y que también las usaron como
topes de sus banderas de guerra.
Otro valioso testimonio sobre el uso del arma con forma idéntica a la que conocemos hoy, es un óleo
firmado por Serapio Herrera datado “a comienzos del siglo XX” (según consta en la información de la obra),
que se preserva en el Museo Nacional “Casa del Acuerdo” (San Nicolás, provincia de Bs. Aires)[40]. Allí se
ilustra a un oficial, dos escoltas, un tambor, un trompa y un abanderado que porta un asta-bandera terminada en
una moharra clásica.
21
La moharra como objeto ceremonial
Con la multiplicación de las armas de fuego hacia fines del siglo XVIII las enastadas perdieron la im-
portancia táctica que tuvieron en tiempos anteriores, además se hicieron más livianas y cortas. Otras se conti-
nuaron empleando en los ejércitos, pero lentamente quedaron reducidas a fines ceremoniales[41] y, como ex-
cepción en algunos casos se transformaron en insignias de mando de los suboficiales.
Cuando finalizaba el siglo XIX las armas enastadas entraron en un decidido eclipse, aunque algunos
cuerpos de caballería todavía empleaban lanzas. Al estallar la Primera Guerra Mundial, ya eran totalmente ob-
soletas. Su canto del cisne en la guerra moderna fue la carga de los lanceros polacos de la brigada “Pomorska”
contra una unidad de infantería del III Reich durante la invasión a su país[42], en los albores de la II Guerra
Mundial. Las armas blancas enastadas hoy solo subsisten como equipo reglamentario en unidades históricas
que emplean uniformes de épocas pretéritas[43] y que sirven de escoltas a las más altas autoridades de una
nación. Así, las moharras que coronan las astas de las banderas de ceremonia y de sitio en Argentina mutaron
su función, privadas ya de poder ofensivo se transformaron en simples objetos ornamentales, hasta el punto en
que la lanza perdió todo filo y la punta adquirió un acabado romo. Con la media luna ocurrió otro tanto. Hoy su
aspecto recuerda vagamente a la moharra bélica, aunque haya perdido su carácter de arma, se conservan como
un símbolo de los valores de entrega y sacrificio que se demandan a los abanderados. Dicho de otra manera, la
moharra hace mucho tiempo ya que dejó de evidenciar la violencia bélica para transformarse en un símbolo de
las virtudes cívicas puestas al servicio de la Patria.
Las tradiciones y costumbres de diferentes estados son coincidentes en esta transformación, lo que se
traduce en una amplia variedad de topes que adornan las banderas de ceremonia y de sitio.
22
En algunos países se prevé un modelo reglado y, por lo tanto, uniforme. Un ejemplo típico es Argentina,
como se comprueba en el Decreto Nº1.650/ 2010[44]. En otras naciones, la legislación no trata el punto, lo que
implica una gran libertad de formas. Ejemplo característico puede ser Estados Unidos, en donde toma la forma
de un águila en posición de remontar vuelo o con sus alas desplegadas, también se usan estrellas[45]. En Japón
es común colocar los kamons[46] de sus clanes. Mientras que en Gran Bretaña suelen verse coronas. En la
Europa Central las lanzas adoptan formas con siluetas caladas, que incorporan diversos símbolos en su interior.
Ucrania luce un tridente (tryzub) y Chile un cóndor. Las banderas corporativas e institucionales suelen llevar
sus emblemas característicos como topes, lo que replican algunas confesiones religiosas dotando a sus astas con
cruces de diversos tipos, estrellas de David (Maguén), media lunas islámicas, siglas y otros símbolos. Hay logias
masónicas que muestran escuadras y compases superpuestos. En las enseñas empleadas por los países domina-
dos por el comunismo se observan hoces y martillos o estrellas; las de España franquista, lucían haces de flechas.
En la India aparece un león de Ashoka[47].
Topes: iza. y arriba centro, de Estados Unidos; abajo centro, de Chile y a la der., soviética.
23
Varios ejemplos de topes modernos.
También existen terminales con forma de hacha, que en Argentina tuvieron alguna aceptación a co-
mienzos del siglo XX, unos pocos subsisten a despecho de la reglamentación vigente. Al parecer este diseño
registra influencia del gusto francés en la materia. Como esta variedad supo ser usada como insignia de los
suboficiales a este modelo también de la denominó “sargenta”.
Además, es factible apreciar algunas moharras como la que existe en la “Casa Histórica de la Indepen-
dencia”, en Tucumán[48], que se elaboraron en bronce fundido estilo art nouveau lo que recuerda vagamente
al modelo tradicional o quizás a la parmesana, tal como resulta de la siguiente fotografía[49]. Un ejemplar
idéntico remata la pieza que luce en el mismísimo despacho del Presidente de la Nación.
24
Moharra de la bandera presidencial.
Pese a las peculiaridades referenciadas, en Argentina siempre fue mayoritario el formato tradicional de
moharra, que luego consagró como exclusivo el Decreto Nº1.650/ 2010, en ocasión de cumplirse el bicentenario
de la formación del Primer Gobierno Patrio, sobre lo que se amplía más adelante.
La moharra en Argentina
Referencia general
Las prescripciones contenidas en el Decreto Nº1.650/ 2010 disponen imperativamente que la moharra
allí prevista debe ser usada como accesorio uniforme en todos los ejemplares de la Bandera Oficial de la Nación,
tanto en sus versiones de ceremonia como en las que se denominan “de sitio” o “de posición”. La Ley Nº27.134
especifica en su Artículo 3º[50] que la moharra de la Bandera Nacional de la Libertad Civil, emblema patrio
histórico, será idéntica que la prevista para la Enseña Oficial[51].
Atento a las pautas generales del Ceremonial, cuando acompañen a la Bandera Oficial de la Nación
también corresponderá usar el mismo modelo de moharra en las enseñas de otros estados y de organizaciones
internacionales (siempre que el dispositivo se arme en territorio argentino, y que sea necesario uniformar todas
ellas). También corresponderá cuando se sumen las banderas de provincias y/o de la Ciudad Autónoma de Bs.
Aires, municipios y comunas.
25
Para las enseñas de instituciones privadas, en principio no rige la pauta normada, aunque en estos casos
deberá cuidarse que sus características morfológicas y la calidad del material no sean superiores comparadas
con la Oficial.
26
alabardas. En el Tomo Segundo, donde se prescribe la forma en que los oficiales abanderados debían saludar
con las enseñas que portaban, también acá se menciona la moharra de sus astas[54].
Un aparte oportuno. Este tipo de rendición de honores es propia de las monarquías ya que en ellas el
poder reside en el rey y las banderas son simples manifestaciones de su persona. Por esto, tal práctica resulta
absolutamente reñida con la forma democrática de gobierno, donde las banderas evidencian nada más ni nada
menos que la soberanía popular caracterizada en el Estado, por lo que nunca debieran inclinarse[55].
Período independiente
Las Fuerzas Armadas Argentinas son sucesoras de los ejércitos hispanos, su raigambre entronca en las
tradiciones peninsulares, tanto en la organización y disciplina, como en el armamento y el ceremonial. No ha
sido posible precisar si existió alguna normativa que reglamentó la forma de las moharras empleadas en las
banderas argentinas del temprano siglo XIX, sin embargo, a la luz de la obra de Cándido López que se analizó
previamente, es evidente que los ejércitos nacionales usaron con amplitud la moharra compuesta por la fusión
de lanza y medialuna.
27
La normativa argentina que se pudo recopilar para componer este informe relativo a la moharra de las
astas-banderas es la siguiente:
a) Decreto sin número del 9 de agosto de 1895. (Reglamenta la Bandera de guerra para uso de los cuerpos
de línea y la Guardia Nacional), donde se consigna como accesorio del símbolo:
“Artículo 5º.- La moharra, de acero, de la misma forma que la reglamentaria en las lanzas
que usa la caballería de línea, de veinte centímetros de largo, la que llevará como base
una media luna, que medirá de vértice a vértice doce centímetros”.
La referencia al uso en la caballería de Línea resulta de capital importancia, ya que certifica la antigüedad y la
tradición de este tipo de piezas como accesorio de las astas-banderas.
b) Decreto sin número del 8 de julio de 1925 (Reglamentación de la Bandera Nacional de guerra para uso
de los cuerpos e institutos del Ejército de Línea y la Guardia Nacional), que determina:
“Artículo 4º.- […] La moharra, [será] de acero, de veinte centímetros de largo, la que lle-
vará como base una media luna, que medirá de vértice a vértice doce centímetros”.
c) Decreto Nº856 del 15 de enero de 1948 (Características de la Bandera nacional de guerra de las unidades
e institutos del Ejército), que establece:
“Artículo 6.002. – Bandera Nacional de Guerra. a. 5) […] la moharra será de acero cromado
inoxidable, de veinte centímetros de largo […]”
e) Reglamento de Ceremonial Naval, Armada Argentina (R.G-1-92) 2da. Edición, 1975, que consigna:
f) Reglamento de Ceremonial, Fuerza Aérea Argentina (R.A.G. 9) Edición 2003, Capítulo I – Bandera Na-
cional. Bandera de Guerra, que estipula:
“Artículo 14.- La moharra será de acero de VEINTE (20) centímetros de largo, y llevará
como base una media luna que medirá de vértice a vértice DOCE (12) centímetros”.
28
g) Resolución del Ministerio de Cultura y Educación Nº1.635/ 1978 (Ceremonial del mismo) edición 1991,
la que establece:
h) Ceremonial para la Acción Militar Conjunta – Ministerio de Defensa. Estado Mayor Conjunto de las
Fuerzas Armadas. (RC 29-04). En la edición 1992, Capítulo 9 – Símbolos. Sección 1. Símbolos nacionales,
Artículo 9.02.- Bandera Nacional de Guerra, reza:
“Artículo 1.4. Asta de la bandera. […] La moharra [será] de acero cromado o acero inoxi-
dable de veinte centímetros de largo”.
Lo expuesto manifiesta que en la mayoría de los casos se describe a la moharra compuesta de lanza y
medialuna, en otras no se precisa, quizás por entender que se mantenía la conformación tradicional. En la nor-
mativa citada el ancho de la medialuna varía desde los doce hasta los veinte centímetros. El acero define su
uniforme materialidad y desde 1948 en algunos casos se prescribe que será cromado.
3. 1. 2. 1.- Adultos. Deben ser de bronce o aleación de aluminio (zamac[57]), pulido y cromado. La
moharra debe tener 260 mm de largo total, y debe llevar una media luna de 111 mm, medidos desde
la parte externa de ambos extremos (Figura 3) […]”
Esa imagen es la que se reproduce seguidamente en la versión para ser portada por personas adultas.
También hay otra menor para los niños.
29
Moharra para la bandera de ceremonia para adultos: frente y perfil (Norma IRAM-DEF D 7675, Figura 3).
En conclusión
Desde el dictado del Decreto Nº1.650/ 2010, la moharra reglamentaria es de uso obligatorio y corres-
ponde a la imagen previa. Con respecto a las regulaciones previas al citado decreto, la punta de lanza ganó en
longitud, ya que pasó de 20 a 26 cm; mientras que la media luna se contrajo, ya que de contar con 12 cm entre
sus extremos la distancia es hoy de 11,1 cm.
Lege ferenda[58]
Como es usual que la Bandera Oficial de la Nación se utilice en forma conjunta con las de provincias,
la Ciudad Autónoma de Bs. Aires y las de municipios o comunas, es pauta de coherencia que todas tengan
moharras idénticas. Eventualmente, alguna norma provincial o municipal podría disponer usar de un tope espe-
cífico, a condición de que su tamaño no sea superior al de la moharra definida por el Decreto Nº1.650/ 2010, lo
que hasta el momento no ha ocurrido.
30
Como particularidad, se ha constatado que la bandera del pueblo mapuche-tehuelche de Chubut[59] (un
vexilo que cuenta con reconocimiento oficial de esa provincia), se enasta usualmente en una caña coligüe[60],
terminada con una punta de lanza de pedernal tallado de antigua data[61]. También en algunas comunidades se
enastan las wiphalas con terminales de madera, invocando razones ecológicas y por considerarse que la moharra
de la Bandera Nacional argentina recordaría a las que portaban las huestes de Francisco Pizarro, estas son apre-
ciaciones de reciente data, las sostienen algunos referentes, pero otros son indiferentes al respecto. Resulta evi-
dente que ese rechazo posee caracteres ideológicos vinculados con la leyenda negra y que se inspira en la archi-
conocida imagen del español, munido de yelmo, botas hasta más arriba de la rodilla, peto de acero, alabarda,
espada con gavilanes y cazoleta, una vestimenta y armamento estereotipados, que recrea un fenómeno parecido
al que acuñó Hollywood para la iconografía del cowboy. Como aporte a la cuestión cabría citar la autorizada
palabra de Alberto M. Salas[62], quien refiere “[…] la alabarda y la partesana, ambas debieron ser muy poco
usadas en la Conquista”, ya que se hicieron innecesarias por cuanto la infantería española no tuvo que enfrentar
caballerías, ya que los pueblos americanos no la tenían. Más tarde se emplearían en alguna media en las luchas
intestinas protagonizadas por las diversas fracciones hispanas. Otras comunidades andinas colocan sobre las
wiphalas, a manera de terminación del asta, algunas plumas de cóndor y, eventualmente, la cabeza disecada de
un ejemplar macho de esta ave. El juicio sobre esta última práctica queda a juicio del lector.
Irregularidades varias
Lamentablemente es factible constatar como demostración de un supino desconocimiento de la norma-
tiva vigente que, en algunas escuelas y reparticiones públicas se han reemplazando las moharras reglamentadas
por terminales de barrales de cortinas con forma esférica u otras, elaborados en metal similar al bronce pulido
o madera. En otros espacios, invocando “razones de costo” las moharras son inexistentes y en su lugar se tornea
la punta del asta en forma cónica o se emplean piezas igualmente cónicas de extremo romo integradas sobre una
media esfera, todo en flagrante violación de lo dispuesto por el Decreto Nº1.650/ 2010.
31
De más está decir que las moharras deben mantener la integridad de su constitución, aunque no resulta
excepcional aparezcan algunas que exponen la factura de un extremo de la media luna o, peor aún, que haya
desaparecido la punta de lanza, con lo que el elemento se asemeja al antiguo desjarretador. En estos casos lo
que corresponde es reemplazar el elemento degradado y, de no ser posible, excusar la presentación pública del
vexilo que le estaba destinado.
Obviamente que tales irregularidades constituyen faltas administrativas de las que deberá responder el
titular del establecimiento educativo o institución pertinente. Más grave aún será si se trata de un ejemplar usado
por una repartición oficial. En contra lo que puede pensarse estas conductas desidiosas no configuran el de-
lito[63] previsto por el Artículo 222 del Código Penal vigente, al menos en principio.
De manera entonces que ninguna norma de inferior jerarquía puede validar el uso de moharras de dife-
rentes características, ni de cualquier otro elemento que sirva de terminal al asta, imperativamente deberán re-
emplazarse por ejemplares acordes al Decreto citado.
Por ahora no se conocen referencias de que se hayan sustituido las moharras regladas por un otro ele-
mento o símbolo que exprese discriminación, toma de posición política o que manifiesten otra expresión secto-
rial, algo inaceptable si se considera que la Bandera Oficial de la Nación debe plasmar la unidad del pueblo
argentino. Sin embargo, a juzgar por otras desviaciones que se computan en la realidad, no sería extraño que
pudieran aparecer anomalías como las indicadas. En su caso, estos hechos serían faltas administrativas, pero,
según las circunstancias concretas, también podrían tipificar el delito referenciado.
Concluyendo
• Desde la Antigüedad se emplearon armas enastadas para portar las banderas.
• Una de las razones que avalaron ese uso fue que el abanderado pudiera utilizarlas en defensa del vexilo y
de su persona.
• Se define como “moharra” al conjunto integrado por una lanza con una media luna en su base. Su difusión
devino de la funcionalidad táctica que aportaba esta combinación.
32
• Inicialmente sus características no estuvieron uniformadas, ni en España ni en el Río de la Plata.
• Al comenzar la lucha por la independencia argentina el uso de la lanza no fue popular entre las tropas
patriotas, pero con los años se impuso por sus buenos desempeños. Entre sus impulsores se hallaron los
generales San Martín, Belgrano y otros acreditados jefes.
• Hay evidencias fácticas y documentales que acreditan el extendido uso de la moharra con media luna en
Argentina, al menos desde mediados del siglo XIX, particularmente en la caballería de línea, lo que también
implicó que se empleara en las astas-banderas.
• Con la evolución de las tácticas bélicas las moharras embotaron sus aristas y adquirieron una función me-
ramente ceremonial. Los ejemplares en uso actual técnicamente no son armas, carecen de letalidad, expresan
los valores y tradiciones que definieron a los abanderados combatientes.
• Desde el año 2010 el Decreto Nº1.650 definió un único modelo de moharra como elemento accesorio de la
Bandera Oficial de la Nación en su versión de ceremonia lo que resulta extensiva a la de sitio. La Ley
Nº27.134, que regula la Bandera Nacional de la Libertad Civil, ratificó indirectamente lo dispuesto por el
decreto.
• Es de buena práctica, conforme a la uniformidad definida por los principios del Ceremonial, que las bande-
ras que acompañan a la Oficial de la Nación utilicen el mismo modelo de moharra.
• La inobservancia de los caracteres de la moharra definidos en el citado decreto no tipifica delito, pero sin
duda constituye una falta administrativa de la que será responsable la autoridad del caso.
Interrogante 2: ¿Qué función posee? Actualmente las moharras solo tienen una función ceremonial, expresan
los valores y tradiciones que caracterizaron a los abanderados combatientes.
Interrogante 3: ¿Qué razones pudieron determinar la incorporación de una media luna en la base de la lanza?
La incorporación de una media luna en la base de la lanza se justifica en razones funcionales determinadas por
su antigua condición de arma defensiva-ofensiva.
Interrogante 5: ¿Qué normativa regula su empleo? La normativa que regula a la moharra como accesorio de
las Banderas Nacionales está contenida en el Decreto Nº1.650/ 2010 y en la Ley Nº27.134, respectivamente,
33
que establece con carácter imperativo y excluyente un modelo preciso que deberá portar todo ejemplar de Ban-
dera Oficial de la Nación de ceremonia y de sitio o posición.
Anexo
Ejemplares de moharras empleados en lanzas durante el siglo XIX en Argentina y la República Oriental del
Uruguay
34
Notas y referencias
[1] Vexilólogo. Historiador. Abogado. Consultor senior en Ceremonial y Protocolo oficial. Fue profesor titular en la Fa-
cultad de Derecho (Universidad Nacional de Rosario) y director general del Monumento Nacional a la Bandera. Publicista
y divulgador, produce el blog [Link] Correo: mcarrillobascary@[Link]
[3] Esta magnoliopsida pertenece a la familia de las fagáceas, género quercus. Su madera es pesada, sólida y robusta. La
especie más extendida resulta ser la quercus robur (roble común).
[4] Esta conífera es originaria de Europa, se la clasifica en la familia de las taxáceas. La especie más extendida es la taxus
baccata (tejo negro). La Mitología lo considera el árbol de la vida y de la muerte.
[5] El fresno de la familia de las oleáceas, género fraxinus, reconoce diversas variedades. Su fibra es recta y extremada-
mente recta, como que sus troncos pueden alcanzar de 15 a 20 metros de alto.
[6] Si bien este último término se utiliza con propiedad para designar un simple hierro aguzado colocado en el extremo de
un palo.
[8] Arma blanca formada por un asta y una hoja acorazonada, en cuya base se encuentra una cruceta perpendicular al palo.
[9] Arma blanca enastada, compuesta de un asta y una cuchilla con aletas por su base.
35
[11] Producida en el año 2000, bajo dirección de Roland Emmerich. Sus principales protagonistas fueron: Mel Gibson y
Heath Ledger.
[12] Este término se usa para referirse a la media luna considerada como emblema de la religión islámica.
[13] KERWIN, Norma. Del vocablo moharra al hilal árabe. 2009: [Link]
[Link]
[14] ASSUNCAO, Fernando. Pilchas criollas, p.367. Emecé. Bs. Aires. 1991.
[16] PAEZ DE LA TORRE, Carlos. “Peleando con la formidable lanza” en diario La Gaceta (San Miguel de Tucumán),
edición del 11 de octubre de 2015. Se advierte que en esta nota se deslizan citas equívocas en cuanto al origen de otras
fuentes y que, verificada la referencia que allí consta sobre el general Pablo Ricchieri, lo consignado peca de inexacto:
[Link]
dium=social&utm_campaign=botondesktop
[17] [Link]
[19] ESPEJO, Gerónimo. El Paso de los Andes. Crónica histórica de las operaciones del Ejército de los Andes para la
restauración de Chile en 1817. Imprenta de Mayo. Bs. Aires. 1882, p. 52. Donde también se aportan otras referencias sobre
el temprano uso de la lanza: [Link]
zRhGk1iOXyDOt6M3VciIJv7enn73u4SGMMmjPyZ9nESccFjVc7wM8dRLO8rdLrOxtK2HxLV3xjUP6Qb7L1PkWUP
bVM3GUHaQEy7H0Hp3chKWark_EInP59Mu5XQEeOMe5F5D5MlCwzdnS_inbIF38Th2KwTCSmHsgN-
zUrZdS4RDClWuwkYzzLf2njisCoRq1T2D0himdy-qtduoiPuWuv5ubrvMfQv0KEQm0fu1V0slLAGSy2MSXJVTudp7
[20]INSTITUTO NACIONAL BELGRANIANO. Documentos para la historia del general Don Manuel Belgrano. Tomo
VI, p. 539. Bs. Aires. 2009.
[21] Se refiere a Jacques Antoine de Guibert (1743-1790), conde, mariscal y miembro de la Academia francesa. Autor del
Ensayo General Táctico (París, 1800), obra fundamental del arte militar.
[22] Oficio de Belgrano a San Martín, 16 de enero de 1814. En INSTITUTO NACIONAL BELGRANIANO. Documentos
para la historia del general Don Manuel Belgrano. Tomo VII, p. 354. Bs. Aires. 2015.
[23] José María Paz (1791-1854), tuvo una larga carrera en las armas de Argentina desde su primer destino en el Ejército
Auxiliador del Perú que mandaba Belgrano, por lo tanto, fue un testigo directo de las luchas por la independencia y la
organización nacional, cuyas vivencias plasmó en sus Memorias. Se lo reputa uno de los mayores tácticos argentino y
eximio artillero, por lo que sus juicios sobre el uso de la lanza aquí consignados gozan de particular fuerza. Las citas fueron
tomadas de Memorias póstumas del general José María Paz. 2ª. Edic. Tomo I, pp. 55/56. Imprenta La Discusión. La Plata.
36
1892:[Link]
ral_Jos%C3%A9_Mar%C3%ADa_Paz.pdf
[25] CALVÓ, J. L. Ob. cit. p.1. citando a DE SALAS, Ramón. Prontuario de Artillería. Madrid. 1833.
[27] El salteño Güemes tuvo a su cargo defender la frontera de las Provincias Unidas con el Alto Perú y se reveló como un
notable comandante de caballería.
[28] MOYANO DELLEPIANE, Hernán. “Jurisprudencia caballeresca provinciana. Los duelos en el interior del país”. En
revista Cruz del Sur Nº14, pp. 174/176. Bs. Aires, 2015: [Link]
020/RHCZDS-01405-Moyano-Jurisprudencia_caballeresca_provinciana.pdf También en ARAUJO, Emiliano, CHIAVA-
ZZA, Horacio y MATEO, Samanta. “Conflicto y vida cotidiana en la frontera sur de Mendoza durante la segunda mitad
del siglo XIX. El caso del Fuerte nuevo del Diamante. Gral. Alvear, Mendoza”. XVI Jornadas Interescuelas, p. 15. Depar-
tamento de Historia. Facultad Humanidades. Universidad Nacional de Mar del Plata. Mar del Plata. 2017: [Link]
[Link]/000-019/[Link] En ambos casos tomado de FOTHERINGHAM, Ignacio. La vida de un soldado, reimpresión.
Buenos Aires. 1971, p. 207.
[29] Carpeta Nº3658, elemento ingresado al Museo Histórico Nacional el 29 de agosto de 1904.
[30] Su nombre deriva de la ciudad de Bayona (Francia) donde se acepta que surgió en 1670; aunque hay referencias
anteriores, pero no mayores a las tres décadas previas.
[31] Referencialmente puede verse: MILLETT, Nicholas Byram. The Narmer Macehead and related objects. Journal of
the American Research Center in Egypt XXVII, 1990, pp. 53-59: [Link]
[32] PÉREZ LARGACHA, Antonio. “La Paleta de Narmer y el vaso Uruk. Ejemplos de la memoria cultural en los procesos
formativos del estado en Egipto y Uruk”. Universidad de Castilla la Mancha, Ciudad Real. En BAEDE, Boletín de la
Asociación Española de Egiptología, Nº21, 2012, pp. [Link]: 1331-6780: [Link]
PALETA-DE-NARMER-Y-EL-VASO-URUK.-EJEMPLOS-DE-LA-MEMORIA-CULTURAL-EN-LOS-PROCESOS-
[Link]
[33] De este término deriva “Vexilología”, que es la disciplina que estudia los vexilos, banderas, pendones y estandartes;
fue acuñado por el profesor de la Universidad de Boston, Whitney Smith en 1957, hoy está aceptado internacionalmente
incluso consta en el Diccionario de la Real Academia Española: [Link]
[34] Un panorama general puede verse en Fernando QUESADA SANZ. “En torno al origen de las enseñas militares en la
Antigüedad”. En MARQ, Arqueología y Museos, Nº2, 2007, pp. 83-98: [Link]
mento/1446794678645/[Link]
[35] Generalmente se insertaban en un extremo del asta, aunque en los ejércitos de Europa se atornillaban al mismo.
[36] [Link]
37
[37] [Link]
[38] Implicó a los aliados Argentina, Brasil y Uruguay en contra del Paraguay. Se extendió desde fines de 1864 hasta el 9
de marzo de 1870 en que se produjo la rendición de los restos del ejército paraguayo tras la muerte de su general en jefe y
presidente Fráncico Solano López.
[40] [Link]
[41] Por su vistosidad solían ser de reglamento para las guardias de corps de monarcas y señores feudales, en la actualidad
las alabardas son equipamiento de gala dela Guardia Suiza que protege a los papas. En las dos primeras décadas del siglo
XIX, en Argentina se emplearon alabardas para la guardia de virreyes, gobernadores y aún se las menciona en el caso de
jefes de ejército. El patriota José de Moldes (1785-1824), instruido como militar en España, creó dos compañías de alabar-
deros cuando en agosto de 1810 fue designado teniente gobernador de Mendoza.
[42] El encuentro fue el 2 de septiembre de 1939 y finalmente los lanceros fueron vencidos. Al respecto se generó la
leyenda de que habían cargado contra una columna de blindados alemanes, pero esto no fue así, en realidad atacaron un
conjunto de infantes que los repelieron con ametralladoras, causando la mortandad imaginable entre los polacos. La tergi-
versación del evento fue parte de una acción psicológica destinada a enaltecer el valor de la resistencia de Polonia contra
los nazis.
[43] Un caso típico son los célebres “Granaderos a Caballo Genera San Martín”, escolta presidencial del presidente argen-
tino, lo que se replica en otros estados de América y de Europa en forma acorde a sus tradiciones históricas.
[44] Esta norma aprobó precisas disposiciones técnicas sobre las características, colores y proporciones de la Bandera
Oficial de la Nación y sus accesorios.
[45] El águila con alas desplegadas se reserva para le enseña del Presidente de los Estados Unidos. En la Marina se utilizan
diversos elementos para distinguir las jerarquías del militar al que acompañan.
[46] Para un panorama general sobre los mons o kamons, puede verse: [Link]
[47] Son emblemas del primer imperio que unificó el subcontinente (dinastía Mauyria, hacia el siglo III a C.)
[49] “Casa Histórica de la Independencia”, San Miguel de Tucumán. La pieza mide: 25 cm de alto por 12 de ancho:
[Link]
[50] [Link]
38
[51] Este vexilo fue creado por el general Manuel Belgrano como testimonio de agradecimiento al sacrificio del pueblo de
Jujuy en ocasión del Éxodo de 1812 y por su desempeño en las batallas de Tucumán y Salta, a quien lo entregó el 25 de
mayo de 1813. La ley de referencia lo reconoció como “símbolo patrio histórico”, es de uso opcional y complementario
con la Bandera Oficial de la Nación. Sobre el mismo puede abundarse en CARRILLO BASCARY, Miguel, La Bandera
Nacional de la Libertad Civil, su historia y su pueblo. Instituto Belgraniano de Jujuy. San Salvador de Jujuy. 2015.
[52] [Link]
[Link]?id=aOZn8phXkasC&redir_esc=y
[53] S. M. CARLOS III, Ordenanzas Reales de S. M. para el régimen, disciplina subordinación, y servicio. Madrid. Edi-
ción de la Secretaría de Guerra. Tomo Primero, Tratado II, Título IV, p. 5: [Link]
[Link]/books?id=JQ7gfF99ZlIC&printsec=frontcover&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false
[54] S. M, CARLOS III. Ob. Cit. Tomo Segundo, Tratado IV, Título XV, p. 136: [Link]
[Link]/books/content?req=AKW5QacM-zWJUqtzUNC2vL4O3XPc8t14lQesertTcbMbzOr53KRAivBPaD-
w5L4OLiK6pZrpBG2pUJ-3TSY1H8fMNjhk6nhr3xE0OKMur1PKZUgr434U5tHwGz3azZPxnvh-
9CxqwTfG5PUW_alc88Ddg_TZnrrWRnNxvT3UkISj0PwI5ALuU7Y2Pw9AnuPFY6ptVpqgsixe-
RIRqxe_uxNQzbsZvV_r7YUo-nYkVzA7-4EqJA8wL-Q4HI7yRnq_w8JPljubMbjyfYwkbczPuLyF-
AkpqqgQKHxg2f_yvop3rh-_hgZAN4Jg
[55] CARRILLO BASCARY, Miguel. La Bandera Argentina no se inclina ante nada ni nadie: [Link]
[Link]/2019/11/[Link]
[57] El zamac es una aleación de zinc con aluminio, magnesio y cobre. Permito el procesado por inyección, a presión en
la matriz, con sensible ahorro de costos, reduce el maquinado y facilita los acabados.
[58] Esta locución latina significa el concepto enunciado debería ser tenido presente “para una futura reforma de la ley” o
“con motivo de proponer una ley” (RODRÍGUEZ, Agustín W. y GALETTA, Beatriz. Diccionario Latín Jurídico, locu-
ciones latinas de aplicación jurídica actual, p. 70. Ed. García Alonso. Bs. Aires, 2008).
[59] El vexilo fue reconocido oficialmente por la provincia de Chubut mediante el Decreto Nº1.820/ 1991.
[60] Este tipo de caña, Chusquea culeou, es una planta poáceas (gramíneas), perteneciente a la familia del bambú; era
empleada por los nativos del Sur Oeste de Argentina y el Sur de Chile para construir sus lanzas.
[61] En la Patagonia argentina resulta relativamente usual encontrar antiguas puntas de lanza de pedernal tallado que usaba
el pueblo tehuelche en sus actividades.
[62] SALAS, Alberto M. Las armas de la Conquista. Emecé. Buenos Aires. 1950.
39
El batallón de serenos
1840-1852
Diego argañaráz
Reconstrucción hipotética (por el autor) de la bandera regimental del Batallón de Serenos c.1840; la misma sigue los parámetros de
los ejemplares existentes de la época y, en particular, la del 2.° Batallón de Policia.
Introducción
Desde el siglo XVI, con la gradual conformación institucional de los dominios españoles en el Río de
la Plata, estuvieron presentes funcionarios dedicados a las tareas policiales. En 1606, el Cabildo designa a dos
alcaldes de la Hermandad para cumplir funciones policiales y judiciales al norte y sur de la campaña bonaerense.
La Santa Hermandad era una institución plenamente hispánica, que en el medio rioplatense estuvo sobre los
hombros de los estancieros; sus tareas eran intervenir robos, hurtos, muertes (naturales y forzadas), incendios
de campos productivos, secuestros, violaciones de “mujeres honestas” y todo hecho similar que ocurriera en el
medio rural.
40
De la mano de la creación del virreinato, en 1778 hubo ocho alcaldes: dos para los arrabales de la ciudad,
dos para la región entre los ríos Las Conchas y la Matanza, dos para los pagos de Magdalena y dos para los de
Areco. En 1785 se llegaría a veintidós alcaldes.
Así fue evolucionando, de la misma manera que lo hacía la “Gran Aldea”, las instituciones encargadas
de la vigilancia y orden en la sociedad porteña.
El Cuerpo de Serenos
En noviembre de 1833, el entonces gobernador de Buenos Aires, el Brig. Gral. Juan José Viamonte
nombró al veterano [Link]. Lucio Mansilla como jefe de Policía. Eran tiempos álgidos: con Rosas en campaña
por los inhóspitos parajes patagónicos, el mes anterior había tenido lugar la “Revolución de los Restauradores”.
Así, Mansilla tomó la iniciativa de crear dos cuerpos que reemplazaran a los celadores de cuadra; así
surgen el Cuerpo de Serenos y los Vigilantes de Día. El primero entró en servicio activo el 13 de marzo de 1834
con catorce hombres, encargados de la vigilancia de una treintena de manzanas. Dependían en primera instancia
del Departamento de Policía, institución creada en 1823 y que fungía en el antiguo edificio del Seminario Con-
ciliar, contiguo al cabildo porteño; no obstante, su sostenimiento económico era sobrellevado a través de un
impuesto particular a los vecinos, administrado por una comisión de aquellos.
El 20 de marzo de 1834 se estableció el reglamento de Serenos: los hombres cumplían turnos desde la
noche hasta el cañonazo que se disparaba desde la fortaleza la romper el alba; en primavera y otoño iniciaban
sus tareas a las 22 hs., en invierno a las 21 hs. y, en verano, a las 23 hs. Debían patrullar las calles y cumplir
comisiones adicionales, solicitadas por vecinos en particular, como despertarlos a horas específicas, llamar y
acompañar a los médicos y sacerdotes confesores a las viviendas, detener ebrios y cualquier sujeto sospechoso,
avisar sobre reuniones extrañas y estar alera a incendios. Cumplían sus labores con un farol pendiente de una
lanza corta, una pistola de chispa y un silbato; caminaban por las manzanas porteñas y, cada media hora, canta-
ban la hora, según la campana del Cabildo, y el tiempo. Lo más importantes para sus miembros era que, en tanto
estuvieran en activo en el cuerpo, estaban librados de prestar servicio tanto en las milicias como en la tropa
veterana o permanente.
41
1841 el Batallón de Serenos contaba con las 6 compañías de ordenanza: 1 de granaderos, 4 de fusileros y 1 de
artillería.
La unidad debía ajustarse a la Ley de Milicias de 1823, por la cual la Plana Mayor formaría con coman-
dante veterano, sargento mayor veterano, 2 ayudantes mayores veteranos, 1 abanderado y tambor de órdenes;
cada compañía debía constituirse con capitán, 2 tenientes, 1 subteniente, y 80 de clases y tropa. El cuadro vete-
rano del batallón debía ser de 21 sargentos, 21 cabos y 10 tambores. La compañía de artilleros con sólo capitán,
teniente, subteniente y 50 de clases y tropa. La banda se compondría de 2 sargentos 1.°, 2 cabos 1.° y 16 músicos.
Para la segunda mitad de la década de 1840 se sumaría un piquete de gastadores.
Los Serenos continuaron con sus tareas múltiples en la ciudad y estuvieron presentes en la batalla de
Caseros en 1852, tras la cual fueron desmilitarizados, volviendo a sus labores de índole policial y control noc-
turno de las calles porteñas.
Uniformes
Entre 1840 y 1850 el batallón llevó el traje común a la infantería federal: chaqueta azul con cuello y
vueltas azules, vivos grana, botón amarillo, pantalón azul con franja grana, botín de paño negro, gorrete azul
con vivos y borla grana, correajes blancos. Los granaderos sumarían sardinetas blancas o amarillas por fuera de
las vueltas y las casacas de oficiales y clases con granadas en las barras, cordones y penacho punzó o grana en
los morriones. Los artilleros deberían llevar granadas amarillas a ambos lados del collarín. Los suboficiales
veteranos, como era de uso y costumbre, en parada deberían llevar casacas y morriones como en otros cuerpos
de infantería.
Los gastadores llevaban casaca azul con cuello y vuelta azules, vivo encarnado, charreteras granas,
centro azul con galón encarnado, botín de paño negro; gorras de pelo con chapa de latón, carrilleras, manga
grana con vivos y borla blanca, penachos punzó; mandiles blancos de ante e instrumentos de zapa.
Los oficiales deberían haber llevado casacas con la misma configuración que la tropa, centro blanco y
azul y morriones; para 1850 es probable que los oficiales llevaran para diario, como sus camaradas de los bata-
llones de Policía, chaquetas azules con cuello, vueltas y vivo punzó, chaleco punzó, centro azul y blanco, go-
rretes azules o gorras de plato azul con banda punzó.
En cuanto a la banda, se presentó un proyecto para el vestuario de músicos de los batallones de Policía
el 2 de septiembre de 1846, proyecto que probablemente afectó también al persona del batallón, por lo que se
puede conjeturar que los tambores y músicos llevaron en parada casaquillas grana con cuello, vueltas y barras
azules, botón amarillo, ojales largos blancos al pecho para músicos más jinetas blancas en las mangas para los
tambores, charreteras grana con flecos amarillos, centro azul y blanco con botines a juego, gorra de suela con
chapa de latón, cordones amarillos y banda superior oro, penacho punzó. La caja de guerra con cuerpo punzó y
aros amarillos o dorados, probablemente con escudo nacional con trofeos pintado en la caja.
Para 1850, según las investigaciones de Alfredo Villegas, los gastadores seguían llevando cascas todas
azules, con sólo vivo grana, charreteras granas con medialuna de latón, mamelucos de brin blanco con botines
42
a juego, gorras de pelo con manga y penacho punzó, escudo de latón al frente, mandil de zapa y guanteletes de
manoplas charoladas.
De izq. a der.: fusilero de Serenos, de parada c.1840; gastador de parada c.1850 (por el autor, descripciones en el texto).
43
De izq. a der.: capitán de diario, tambor veterano de parada, teniente coronel de parada c.1840-1845 (por el autor, según
documentación; ver en el texto); el tambor replica el uniforme para los tambores de los batallones de Policía, mientras que el capitán
podrían también llevar una gorra de plato de paño azul con banda encarnada y galón oro.
44
De izq. a der.: sargento 1.° veterano de fusileros, de parada 1840-1845; sargento 1.° de artilleros de diario (por el autor). La clases y
tropa veterana llevaban uniformes distintos o ciertas distinciones que, precisamente, resaltaban su condición de fuerza de Línea.
Probablemente los sargentos de la cía. de granaderos llevaran las insiginias correspondientes: sardinetas en las vueltas, granadas en
las barras, etc.
45
Oficial de Policía, de diario c.1850, por E. Marenco. Luce basicamente el mismo uniforme que la lámina de la pag. 44, pero gasta gorra
de plato o pastel, con visera charolada y la chaqueta abierta deja ver el chaleco de paño punzó; el montado va enjaezado con los
adornos de rigor federales.
Bibliografía
CJE, Reseña histórica y orgánica del Ejército Argentino, T. 1, Círculo Militar, Bs. As., 1972.
de Beaufort, L.; Uniformes de L´Armée Argentine, 1953, Brown University Co. (material cedido por R. Galeano).
Balaguer, J.; El Ejército de Rosas. Confederación Argentina, Cuadernos de Historia Militar N.°2, Ed. del A., Bs. As.,
1999.
Rodríguez, A.E.; Cuatrocientos años de Policia en Buenos Aires, Ed. Policial, Bs. As., 1981.
46
Regimiento de voluntarios
de caballería de la frontera
47
El problema de la frontera con las sociedades indígenas en el Río de la Plata tuvo su nacimiento desde
el establecimiento mismo de los primeros colonos españoles, problemática que se tornó más acuciante a partir
del proceso revolucionarios en 1810, con los diversos gobiernos enfocados en los múltiples teatros de operacio-
nes. Recién en mayo de 1812, con la disolución del Rgto. de Caballería de la Patria, los antiguos Blandengues,
se dispuso que parte de sus restos en Buenos Aires pasaran a formar el nuevo Voluntarios de Caballería de la
Frontera, con la misión de custodiar la dilatada frontera bonaerense. El cuerpo debía organizarse, siguiendo las
aún vigentes ordenanzas de Carlos III, en una Plana Mayor miliciana de coronel (cte. a su vez del 1.° Esc.),
teniente coronel (cte. del 2.° Esc.), 2 comandantes de escuadrón (para los escs. 3.° y 4.°); los veteranos serían
un sargento mayor, 2 ayudantes mayores y 4 trompas. Cada escuadrón debía formar con 110 hombres en 3
compañías cada una con al menos capitán, teniente, alférez y 4 sargentos.
Para la primera mitad de la década de 1810, la avanzada fronteriza se hallaba en Chascomús, con Car-
men de Patagones como un enclave militar casi autónomo; la extensa línea de frontera estaba a cargo del regi-
miento, entonces al mando del [Link]. Carlos Belgrano. El cuerpo padecía las constantes deserciones, a la vez
que su equipamiento era escaso y defectuoso; los fuertes que debían defender sólo lo eran de nombre: uno o dos
miserables ranchos, rodeados con suerte por una empalizada de palo a pique, cuando no sin siquiera un foso.
En este estado de cosas, Alvear, nombrado General en Jefe de las fuerzas militares de Buenos
Aires, propuso a principios de 1814 la reorganización del regimiento y el cambio de mando. Este recayó en el
Cnl. Juan Ramón Balcarce que, a su vez, acercó el plan de que los escuadrones fueran autónomos, manteniendo
la organización de 3 compañías de 100 plazas cada una, con la obligatoriedad de los ciudadanos a concurrir a
los ejercicios doctrinarios y deslindar el proceso de reclutamiento de las autoridades civiles. Para enero de 1814
el 1.° Esc. tenían acantonadas sus compañías en Capilla del Rosario, el Arroyo Pavón, San Nicolás; el 2.° en
San Antonio de Areco, San Pedro y Cañada de la Cruz; el 3.° en Lomas de San Isidro, Villa de Luján, Escobar
y Pilar; el 4.° en Santos Lugares, Magdalena y San Isidro. El cuerpo continuaría sirviendo en la frontera bonae-
rense hasta su disolución en el álgido 1820.
En cuanto a su vestuario, Balcarce, al tomar el mando del cuerpo en 1814, se quejó de la apariencia
“arbitraria y ridícula” de los hombres (AGN sala X-7-9-3), con algunos llevando todavía el de los disueltos
Blandengues (Caballería de la Patria), por lo que propuso otro, recreado aquí por Jorge H. Fernández Rivas.
Consistía para parada de casquilla azul de paño con cuello encarnado, vueltas y barras azules, vivo blanco, botón
blanco, centro blanco, botas fuertes. Como cubrecabeza sombrero armado con penacho blanco y cucarda patria.
El armamento de la unidad sería de carabinas, tercerolas, espada o sable y lanzas cuando no hubiera armas
suficientes.
En 1815 Balcarce, que fungía además como comandante de las milicias de campaña, propuso una serie
de medidas aprobadas por el Directorio, pero que no pudieron llevarse a cabo en su totalidad, dadas la situación
política del momento. Gracias a ello, en 1816 se organizaron 6 regimientos de milicias de caballería de campaña,
a los que se sumó en diciembre de ese año el revivido Rgto. de Blandengues, sobre la base de un escuadrón que
48
servía en un fortín de la laguna Kaquelhuincul (zona de Chascomús). Todas estas unidades, junto a los Volun-
tarios de la Frontera tratarían de mantener la seguridad de la extensa frontera, la mayoría de las veces sin los
recursos suficientes.
Mapa esquemático de la frontera de Buenos Aires en 1815 con algunas de sus principales localidades y cabeceras de unidades (en base
a J.C. Walther, La conquista del Desierto). El territorio bajo dominio “blanco” básicamente iba desde el Arroyo del Medio al NO, discu-
rriendo por el Salado hasta la costa Atlántica.
Bibliografía
Fernández Rivas, J.H.; Uniformes del Ejército Argentino 1810-1820, ALL-COP Ed., Bs. As., 1972.
Walther, J.C.; La conquista del desierto. Síntesis histórica de los principales sucesos ocurridos y operaciones militares
realizados en La Pampa y Patagonia, contra los indios (años 1527-1885), EUDEBA, Bs. As., 1970.
Villegas, A.G., de Beaufort, L.; “Los uniformes militares usados en el Río de la Plata (1702-1810)”, en Biblioteca de Mayo,
Vol. 19, Senado de la Nación, Bs. As., 1964.
49
Batalla del Portete de Tarqui 1829
Diego argañaráz
Bandera peruana tomada por los colombianos en la campaña de Tarqui, Museo y Templete
de los Héroes del Colegio Militar, Ecuador; esta enseña pasó por un proceso de restauración
en 2016. La enseña es de tafetán de tres franjas verticales del mismo ancho, encarnadas las
laterales, blanca la del centro. Allí lleva el escudo de armas peruano establecido por decreto
del 24 de febrero de 1825 y la leyenda “Batallón Callao N.°2”. Este y otros trofeos fueron
entregados a Bolívar en ceremonia el 22 de marzo de 1829 y, luego, el Libertador cedería la
del Callao al Gral. Flores como presente por su actuación en la batalla.
Antecedentes
El inicio de la intervención colombiana en Perú trajo tanto el fin del proyecto monárquico sanmartiniano
así como el intento de la república autoritaria, con un Ejecutivo vitalicio y un cuerpo legislativo reducido y
elitista por parte de Bolívar. El objetivo del “Libertador del Norte” era conformar un bloque fuerte de los nuevos
Estados, que evitara la intromisión de los liberales intransigentes, promotores, según su opinión, de los desór-
denes al querer implantar normas en pueblos aún sin conciencia para autogobernarse. Atrayéndose a las antiguas
elites prerrevolucionarias, veía el venezolano, se aseguraría que estas cimentaran el nuevo orden. Un primer
paso fue la concreción de la formación de la República de Colombia, que unió bajo su égida a la Nueva Granada,
Venezuela y Guayaquil.
El triunfo de Ayacucho posibilitó que el modelo se implementara en la naciente Bolivia y, en 1826, la
Constitución bolivariana suplantó en el Perú a la carta magna de 1823, de corte liberal. No obstante, las tensiones
en la propia Colombia entre los partidarios de Bolívar y los republicanos legalistas llevaron a Bolívar a marchar
50
al norte. La extensa permanencia de las bayonetas colombianas en Perú
(desde 1822) desgastó a los propios colombianos, que se levantaron en
armas en Lima en enero de 1827, con el apoyo encubierto de elementos
peruanos. Una comisión formada por la elite limeña volvería a poner en
vigencia la Constitución liberal de 1823, siendo nombrado en pocos me-
ses el nuevo presidente, el Mariscal José de La Mar. La caída del régi-
men vitalicio en Perú desencadenó idéntico proceso en Bolivia, donde
Sucre perdió rápidamente su base política; a mediados de 1828 un ejér-
cito peruano al mando del Gral. Gamarra penetraba en Bolivia, dando
el golpe final para el proyecto bolivariano en el Sur con la firma del
Tratado de Piquiza (6-VI-1828).
La guerra
Ambos contendientes entraron en la refriega con el lastre de
Gran Mariscal Agustín Gamarra; otro ame-
sus debilidades internas; al costo financiero a afrontar el conflicto se
ricano veterano del ejército español, en el
sumaba el disenso político en ambas repúblicas: como se dijo, en Co- que sirvió hasta 1821, cuando se pasó a los
independentistas. Autoritario y conserva-
lombia el partido antibolivariano cobraba cada vez mayor empuje, dor no cejó hasta alcanzar el poder con el
derrocamiento de La Mar en 1829.
51
mientras que, en Perú, la vía del caudillismo hacía endeble el aparato estatal naciente.
El conflicto tuvo dos facetas claras con distintos resultados: por un lado, una de características nava-
les, donde la poderosa escuadra peruana se impuso a su contraria y posibilitó la capitulación de la plaza de
Guayaquil el 19 de enero de 1829. Luego de esto, la escuadra peruana se dedicó a bloquear la costa del Pacífico
colombiana y a dar caza a los aislados buques de guerra enemigos.
La otra faceta sería la terrestre, que tuvo como acción más destacada, la del Portete de Tarqui.
Arriba, a la izq., el mariscal Sucre; laureado en Ayacucho había sido el mascarón de proa en Bolivia para el proyecto boliva-
riano de una federación de repúblicas hegemonizadas por el venezolano como presidente vitalicio, un virtual rey sin corona.
Apoyó a aquel hasta el final, lo que llevó a que fuera asesinado en el convulso fin de la República de Colombia. Arriba, a la
der.: el Gral. Juan José Flores; venezolano, desde los 12 años lucho en las filas revolucionarias. Luego de Tarqui fue nom-
brado Jefe Supremo del independiente Ecuador en 1830 y puede que estuviera involucrado en el magnicidio de Sucre.
Autoritario y conservador, logró mantenerse en el poder en diversos altos puestos, hasta ser derrocado en 1845. Exiliado
en España, se inmiscuyó en unas oscuras tratativas acerca de la la reconquista de Ecuador para la corona, proyecto que
fracasó. A su regreso al país continuaría ejerciendo el poder hasta resultar muerto en 1864 en una asonada.
Oponentes
El Congreso peruano había ordenado a La Mar que pusiera al país en pie de guerra el 17 de mayo de
1828; pronto, aquel ordenó al Gral. Gamarra, entonces en Bolivia, que marchara al norte con su División del
Sur, mientras que todo el ejército se encuadró en tres cuerpos: la 1.° División del Norte al mando de La Mar, la
2.° División del Sur, la de Gamarra, y la 3.° División de reserva, bajo el Gral. Antonio Gutiérrez de la Fuente,
acuartelada en Arequipa; en Lima se ordenaba la activación de las milicias de Cívicos y se solicitaban contin-
gentes a otras prefecturas. En tanto, un lento Gamarra recién arribo a destino en enero de 1829.
52
Ya con la agrupación llegada desde el sur, La Mar dispuso la reorganización del Ejército; el presidente
se dio el cargo de “Director de la Guerra” o sea conductor estratégico de las operaciones, mientras que Gamarra
fue nombrado como General en Jefe de las fuerzas en campaña.
En cuanto al orden de batalla es algo confuso de dilucidar, dadas las varias diferencias entre las fuentes
y el complejo sistema de nominalización de las unidades de infantería peruana; aquí seguiremos principalmente
la de la Historia General del Ejército Peruano:
Columna ligera
CEJ: Cnl. Miguel Benavídez
Bón. provisional (cías. de cazadores de los bons. 2.° “Ayacucho”, 2.° “Callao”, 1.° “Pichincha” y 1.° “Zepita”).
División de Caballería
CEJ: Gral. Mariano Necochea
Rgto. de Húsares de Junín
Rgto. de Lanceros del Callao
Rgto. de Dragones de Arequipa
Artillería
Cía. de 4 piezas de a 6 libras
53
Además de estas fuerzas, un Bón. N.°9 quedó en cuadro organizándose en la localidad de Lambayeque,
mientras que, a partir del 3.° Esc/Húsares de Junín y el 3.° Esc./Drags. de Arequipa se formó un regimiento de
nueva creación, el de Granaderos del Callao, que quedó en reserva. Quedaban también en reserva en el norte
los batallones de milicias de Cuzco, Arequipa y Puno. El bagaje y parque estaba bien surtido y la fuerza total
del Ejército era de 7.500 efectivos, sin embargo, no queda claro en las fuentes cuántos hombres participaron
activamente en la campaña; probablemente el número sería menor, de alrededor de 6.000-6.500 efectivos.
En tanto, en Colombia, luego de la declaración de guerra peruana, Bolívar había lanzado un duro desafío
en una proclama en Bogotá, el 3 de julio de 1828:
“Armaos, colombianos del Sur. Volad a la frontera del Perú y esperad allí la hora de la vindicta. Mi
presencia entre vosotros será la señal del combate.”
Como se dijo, Colombia había impuesto un ultimátum a caducar el 3 de septiembre de 1828, pero Perú
ya había comenzado acciones con la ocupación de la provincia de Loja. El 10 de septiembre arribó desde Bolivia
el mariscal Sucre y el 19 entraba en Guayaquil. La situación colombiana no era para nada favorable: las faccio-
nes antibolivarianas estaban en activo, encabezando levantamientos apoyados subrepticiamente por el Gral.
Santander, mientras la escuadra peruana bloqueaba los puertos ecuatorianos. Sin embargo, el Gral. Juan José
Flores, comandante de las fuerzas colombianas en la región había logrado organizar eficazmente sus fuerzas.
54
Flores había querido anticiparse a los peruanos, lanzando una operación ofensiva contra la zona de
concentración de La Mar, pero Bolívar no quería aparecer como el bando agresor, tanto para el público externo
como interno, por lo que se volcó a una guerra defensiva abierta a algún acuerdo que evitara el conflicto. El 21
de enero de 1829 Flores terminó con la concentración de sus fuerzas en Cuenca, mientras que Sucre, aún en
Quito, era nombrado por Bolívar como jefe superior de los distritos del Sur, mientras que Flores continuaba
como comandante en jefe.
El 27 de enero Sucre arribaba a Cuenca y, el 28, las tropas reconocían su autoridad, aprestándose para
marchar contra los peruanos, que además Loja habían ocupado Saraguro y Oña; el ejército constaba de las
siguientes unidades:
Ejército de Colombia
1.° División
CEJ: Gral. Rafael Urdaneta
Bón. Rifles
Bón. Yaguachi
Bón. Caracas
Esc. Cedeño
4.° Esc. de Húsares
2.° División
CEJ: Gral. Arthur Sandes
Bón. Cazadores de Cauca
Bón. Pichincha
Bón. Quito
División de Caballería
Esc. de Granaderos a Caballo
Esc. de Dragones del Istmo
2.° Esc. de Húsares
3.° Esc. de Húsares
Según el parte de Sucre, el ejército contaba con 3.800 infantes y 600 de caballería, pero los autores
venezolanos decimonónicos Rafael María Baralt y Ramón Díaz hablan de 5.800 de infantería y 800 de caballe-
ría, por lo que los efectivos colombianos deben haber rondado los 5.000 hombres en 6 batallones y 6 escuadro-
nes. El 29 de enero rompieron la marcha contra las avanzadas peruanas, que se hallaban en la localidad de
Nabón, a poco más de 60 km de Cuenca.
55
Fusilero del 1.° Bón. Zepita N.°4 de Línea, c.1829 (por el autor); en 1825 se formuló el Reglamento para la Infantería y Caballería del
Perú”, por el que la infantería se organizaba en regimientos de a 2 batallones. Dos años después, se volvió al sistema de batallones,
por lo que cada cuerpo recibió la denominación de “primero” o “segundo” batallón, según el regimiento de origen, pero con la nume-
ración de Línea. Cada cuerpo se organizaba en 8 compañías: 1 de granaderos, 1 de cazadores y 6 de fusileros. Entre 1827 y 1828 se
varió el uniforme de la infantería, que quedó en uno general de casaca azul con divisa encarnada, botón amarillo, número del cuerpo
en el collarín, centro blanco en parada, azul en campaña con botines a juego, morrión de parada. Los granaderos llevaban penacho
encarnado, granadas en las barras y sardinetas en las vueltas, los cazadores penacho verde y cornetas y, los fusileros, pompón encar-
nado y cordones blancos. Este fusilero lleva una mezcla de parada y campaña, preservando los valiosos zapatos atados a la mochila y
usando, para la marcha, alpargatas de cuero.
56
Las operaciones
Ante el avance colombiano, los peruanos retrogradaron a Saraguro; los primeros arribaron el 4 de fe-
brero de 1829 a la localidad, dándose un ligero encuentro entre 2 compañías colombianas y un batallón peruano,
que repasó el río homónimo de la localidad. Sucre había recibido la autorización de Bolívar para iniciar nego-
ciaciones, las que comenzaron por esos días; no obstante, los peruanos aprovecharon las tratativas para que una
columna de 250 infantes y 50 jinetes flanqueara a los colombianos, ocupando Cuenca el 10 de febrero, donde
se encontraba el hospital de las fuerzas de Sucre. Advirtiendo los movimientos en el campo peruano en la noche
del 12 de febrero, Sucre ordenó a Flores realizar un reconocimiento en fuerza, llevado a cabo por un piquete del
Bón. Yaguachi, la 4.° cía. de fusileros del Caracas y la cía. de granaderos del Cauca. El ejército peruano mar-
chaba en dirección de Yunguilla a Girón: tomados por sorpresa y en la confusión nocturna la retaguardia pe-
ruana, formada por los batallones Ayacucho N.°6 y el Callao N.°8, resultó dispersa, perdiendo bagajes, arma-
mentos, prisioneros y 2 piezas de artillería.
El 13 de febrero Sucre ordenó a Flores, con el amanecer, retroceder sobre Oña y Nabón, donde esperaron
hasta el 16 para marchar a Girón. Los peruanos, en tanto, buscaban flanquear a los colombianos dirigiéndose a
Cuenca para contactar con sus fuerzas en Guayaquil (ocupada desde el 1 de febrero por tropa desembarcada de
la escuadra), cortar las comunicaciones de Sucre y enlazar con los elementos antibolivarianos de la región de
Pasto. Al anoticiarse de la marcha de los colombianos, los peruanos se corrieron por la derecha de estos, apos-
tándose entre la localidad de Lenta y la de San Fernando, cortando los puentes sobre el río Ricay y el Ahillaba-
mba; la posición era sumamente ventajosa y presentaba un frente demasiado estrecho para ser asaltado.
Ante tal situación, Sucre ordenó ocupar Tarqui el 18; tres días después los peruanos se reconcentraron
en San Fernando a la vez que destacamentos realizaban operaciones de distracción, amenazando Girón. Mientras
el Gral. Flores libraba algunos encuentros con estas partidas, el mariscal de Ayacucho llevó al ejército a una
posición más cercana a Cuenca, situándose en las proximidades de Baños, sufriendo el frío de las alturas.
El Portete de Tarqui
El Portete de Tarqui es una colina alta con una quebrada a su frente, formada por un riachuelo pedregoso
con una elevada barranca que limita el paso a fuerzas muy limitadas, haciendo impracticable un asalto frontal;
en un flanco el terreno era muy escabroso y escarpado (este tipo de terreno se denomina localmente “breña”),
mientras que en el otro flanco se levanta un cerro cubierto de chaparrales y monte, en donde se hallaba el
desfiladero que conducía a Girón: este último es lo que se denominaba Portete.
La División de vanguardia peruana, cuando se posicionó, ocupó la altura y las breñas, que quedaron a
su derecha, mientras que el bosque desmontado, a su flanco izquierdo, quedó sin ocupar por considerarlo in-
transitable debido a la quebrada.
57
Mapa del teatro de operaciones (en Historia General del Ejército del Perú, T. V); en rojo los movimientos peruanos, en azul segmen-
tado, las colombianas.
58
La batalla
Los ejércitos permanecieron separados por 50 km hasta que el 24 de febrero La Mar ordenó el avance
de la División del Gral. Plaza con el objetivo de tomar Cuenca; extrañamente, sólo esta fuerza marcharía al
ataque sin el acompañamiento del resto del ejército, que quedaba en San Fernando. El 26 se pusieron en marcha
los colombianos al conocer el avance en solitario de Plaza, bajo un fuerte aguacero, llegando a Tarqui a las 19
horas; para ese momento los peruanos ya se hallaban en el Portete de Tarqui, a 15 km de los colombianos.
En la noche del 26 al 27 los colombianos comenzaron su avance, decididos a una acción definitoria; por
recomendación del Gral. Flores, la vanguardia se formó con 150 hombres escogidos de todos los batallones al
mando de un capitán Piedrahita, en vez la columna provisional de cazadores. Este destacamento iba apoyado
por el Esc. Cedeño, que se adelantó en demasía y quedó comprometido, sufriendo los fuegos de la infantería
peruana desde arriba; para cubrirlo, a eso de las 4 de la madrugada se adelantó el Bón. Rifles, pero la aún
reinante oscuridad y lo irregular del terreno motivó que este cuerpo se desordenara en su avance, debiendo
combatir en solitario por más de veinte minutos. Para complicar más la situación, en ese momento llegó el
destacamento del capitán Piedrahita que, nuevamente por la oscuridad, confundió a los rifleros con enemigos,
haciéndose fuego entre ambos.
Ya con las primeras luces, el Gral. Flores avanzó con los batallones Yaguachi y Caracas por el bosque
de la derecha, mientras que la cía. de cazadores del primero fue por la izquierda. El Yaguachi logró forzar la
quebrada, apoyando al Rifles y, en conjunto, estaban haciendo zozobrar a los peruanos del 1.° Ayacucho y 1.°
Callao, que para colmo de males sólo tenían la munición que cada soldado llevaba consigo. En esta difícil
situación para la División Plaza, a eso de las 7 de la mañana llegó en su auxilio la 2.° División de Infantería al
frente del Gral. Gamarra; sin embargo, para este momento, incluso Plaza y sus dos Ayudantes ya habían sido
tomados prisioneros. Lo estrecho del desfiladero impidió a los recién llegados desplegar en línea, por lo que
Gamarra ordenó que las compañías ligeras que tomaran el cerro que conducía al Portete, pero lo accidentado
del terreno y el ataque inminente de los colombianos hizo fracasar la maniobra.
Cuando la resistencia peruana cejaba, llegó al escenario la 2.° División de Sandes, que recibió la orden
de adelantarse a paso redoblado, mientras que la cía. de cazadores del Bon. Cauca se plegó a su homóloga del
Yaguachi en las breñas. En este momento de indecisión, el Caracas, Rifles y Yaguachi se lanzaron a la carga
con el apoyo del Esc. Cedeño, terminado de quebrar el frente peruano, cuyas tropas comenzaron a retirarse en
derrota, dejando el campo en manos colombianas.
A pesar del agotamiento, la persecución continuó encabezada por el Bón. Yaguachi, una parte del Ca-
racas y el Esc. Cedeño, mientras que el Rifles se dedicó a tomar prisioneros. En la huida, el peruano Gral.
Cerdeña logró aunar en su figura un cuerpo de fugitivos que tentaron resistir, pero fueron avasallados por los
colombianos. En este momento, el de mayor peligro para los peruanos en retirada, el Rgto. de Húsares de Junín
cargó con el Gral. Necochea al frente contra la caballería colombiana, haciéndolo volver caras y frenar el avance
de su infantería. Aquí se dio un suceso particular, cuando el comandante de los montados colombianos, el Cnl.
José María Camacaro lanzó un desafío a los peruanos, para ahorrar la sangre de sus hombres. Contestó el Tcnl.
59
Domingo Nieto, jefe del 1.° Esc. de los Húsares de Junín; el duelo se hizo a lanza, ganando el peruano y resul-
tando muerto el colombiano. El Esc. Cedeño buscó vengar a su comandante, pero fueron sableados por los
húsares, que los aniquilaron.
De izq. a der., soldado del Bón. Rifles y fusilero de un batallón de Línea colombianos (por el autor) c.1829, según el Reglamento vigente
de 1826; el primero lleva traje de campaña de lienzo liviano que podía ser, por ejemplo, de cotonía con la divisa celeste de la infantería
ligera y forro del morrión de brin. Este famoso cuerpo fue rehabilitado para la campaña de Tarqui. El segundo es un fusilero con el
traje de gala correspondiente, con divisa grana y vivos amarillos (para mayor detalle ver Calacuerda Nro. 6). El Congreso colombiano
autorizó por decreto del 6 de agosto de 1827 la fuerza militar de la República en 9.980 hombres entre veteranos y milicianos de todas
las armas.
60
Desenlace
Despejado el campo de batalla, se detuvo la persecución colombiana luego del freno puesto por los
Húsares peruanos; en la llanura que se abría al final del desfiladero ya se encontraba el resto del ejército de La
Mar. Los colombianos aún contaban con 3 batallones y 5 escuadrones frescos, además de los comprometidos.
Pronto Sucre comenzó tratativas para llegar a una capitulación con La Mar, que dio como fruto el Tratado de
Girón del 28 de febrero de 1829; por el mismo los peruanos debían desocupar Guayaquil y Loja, ambas repú-
blicas reducirían sus tropas fronterizas y se darían satisfacciones mutuas por las ofensas inferidas, entre otros
arreglos, como el uso de los prisioneros peruanos como reemplazos de las bajas sufridas por los de Sucre.
Caballería colombiana, de izq. a der., clarín mayor y soldado de caballería ligera, lancero y teniente 1.° de caballería de línea (por el
autor) c.1829, según el Reglamento de 1826. Los primeros con el traje de parada y el último con uno de campaña (para mayor detalle
ver Calacuerda Nro. 5). Los cabos de la caballería serían blancos y para campaña la tropa podía llevar un traje de cotonía o lienzo blanco
como la infantería, pero con sus propias divisas.
61
Las bajas fueron considerables para ambos bandos: los colombianos habrían sufrido entre 500-800 bajas
entre muertos y heridos, mientras que los peruanos tuvieron entre 1.200-2.000 muertos, heridos y prisioneros.
El ejército peruano se retiró a Piura, mientras que en Lima arreciaban las críticas a La Mar por donde
el arreglo acordado. Cuando el 7 de junio en Lima era derrocado el vicepresidente, al día siguiente Gamarra
hizo lo mismo con La Mar, que resultó exiliado a Centroamérica. En Lima se formó un nuevo gobierno, donde
el intrigante Gamarra fue nombrado presidente, que arregló el cese de las hostilidades, cediendo Guayaquil a
Colombia el 20 de julio de 1829.
El 22 de septiembre se firmó un tratado de paz definitivo, que preveía la preparación una comisión
mixta para arreglar los límites entre ambos Estados. No obstante, a pesar de haber llegado a un preacuerdo, la
disolución de la República de Colombia en 1830 llevó al Perú a desconocer el tratado, lo que daría inicio al
largo conflicto limítrofe entre aquel y Ecuador.
En tanto, en Quito, al recibir las nuevas de que Venezuela se había separado de la Nueva Granada, el
Distrito Sur de Colombia declaró su independencia el 30 de mayo de 1830, reuniéndose una Asamblea consti-
tuyente que declaró el 22 de septiembre a los departamentos de Azuay, Guayaquil y Quito como formativos del
Estado del Ecuador.
Monumento en conmemoración de la batalla de Tarqui (en Revista Militar del Ejército de los Ecuatorianos, Nro.2).
Conclusiones
Desde el inicio, queda claro que, en el nivel del alto mando, la conjunción Sucre-Flores fue mucho más
positiva que la de La Mar-Gamarra: la relación de los últimos estaba atravesada por ser La Mar representante
del liberalismo que imperaba en el Congreso peruano, frente al caudillismo encabezado por Gamarra.
62
Si bien las maniobras tácticas peruanas no estuvieron mal planteadas y la elección del Portete fue co-
rrecta, el error de La Mar fue confiar la operación a sólo un elemento de su ejército, apenas un millar de hombres,
dejando que fuera vencido en detalle, mientas que el resto de su infantería, caballería y la artillería restante
llegaba tarde al campo de batalla. Esto permitió a los colombianos comprometer todo su ejército contra solo una
parte del enemigo, aunque fue suficiente para vencerlo una de sus dos divisiones: los 1.500 hombres de Urdaneta
arrollaron a los 1.000 de Plaza, llevándose luego por delante al intento de Gamarra.
63
¿Por qué La Mar no buscó renovar la acción? Si bien aún tenía fuerzas de importancia, tal vez sus tropas
se hallaban desmoralizadas por la derrota y más de la mitad del ejército colombiano aún estaba presto para
defender la posición ganada en Tarqui. Además, al parecer el mismo Gamarra aconsejó a su comandante no
tentar otro empuje: recuérdese que los peruanos ya habían sufrido la sorpresa de Saraguro y éste tenía otros
objetivos políticos: un triunfo de La Mar podría elevarlo en demasía para los intereses de Gamarra.
Si bien el triunfo colombiano no fue una victoria aplastante, los acuerdos posteriores llevaron al fin de
la campaña de una u otra forma, dado el golpe de estado contra La Mar y, a su vez, la caída de la República de
Colombia. Lo cierto es que, a posteriori, Tarqui se transformó en un componente básico para la construcción de
un “mito de origen” en el Ecuador independiente: el 25 de febrero de 1948 el entonces presidente Carlos Julio
Arosemena Tola decretó el 27 de febrero como “Día del Ejército Ecuatoriano, del Civismo y de la Unidad
Nacional”.
Fachada y obelisco conmemorativo del Museo “Casa de los Tratados”, Ecuador, donde se celebraron los acuerdos de Girón entre
Colombia y el Perú tras la acción de Tarqui (en Revista Militar del Ejército de los Ecuatorianos, Nro.2).
Bibliografía
Baralt, R.M., Díaz, R.; Resumen de la Historia de Venezuela desde el año 1797 hasta el de 1830, T. II, Imprenta de H.
Fournier y Cía., Paris, 1841.
Basandre Grohmann, J.; Historia de la República del Perú 1822-1933, T. 1, El Comercio, Lima, 2005.
Dellepiane, C., Historia Militar del Perú, T.1, Ministerio de Guerra, Lima, 1977.
Documentos de la guerra de 1828-1829, Vol.3, Centro de Estudios Históricos del Ejército, Quito, 1992.
Halperin Donghi, T.; Historia contemporánea de América Latina, Alianza, Madrid, 1997.
Historia Militar del Ejército de los Ecuatorianos, N.°2, centro de Estudios Históricos del Ejército. Quito, 2016
Morey, T.H., Medina Montoya, L., Sánchez Ortiz, G., Gálvez Ríos, M.; Historia General del Ejército del Perú, T. V,
Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú, Lima, 2005.
64
Ecuatorianos en las campañas del Perú
1822-1824
Introducción
Los primeros guayaquileños y quiteños que participaron en el Perú fueron aquellos contingentes sus-
traídos por el Cnl. Andrés de Santa Cruz, cuando la División auxiliar peruana que sirvió en Pichincha volvió a
su país, habiendo reemplazado las bajas propias con hombres de la región. Sin embargo, la mayor proporción
de contingentes del futuro Ecuador tendría lugar en la organización de las unidades que debían culminar la gesta
emancipadora en el Perú.
Unidades colombo-ecuatorianas
Tras los acuerdos que reglarían la ayuda colombiana al Perú, se constituyó la primera división que debía
partir hacia ese destino: formada por dos brigadas, una al mando del Gral. Urdaneta con los batallones Vence-
dores y Voltígeros (antiguo Numancia, que ya servía en el Perú), y la otra bajo el Gral. José María Córdova con
los Yaguachi y Pichincha.
El Batallón Yaguachi había sido creado en la provincia de Guayaquil mediante la fusión de los batallo-
nes ecuatorianos Tiradores y Voluntarios de la Patria, el 5 de febrero de 1822. En cuanto al Pichincha, se había
formado luego de la batalla homónima en Quito con la integración de los batallones Paya y Magdalena, con
una amplia mayoría de recluta de guayaquileños, hombres de Cauca y más de 600 quiteños. En julio de 1822,
al momento de su partida al Perú, el Yaguachi, con la fuerza de 477 plazas fue aumentado a 800 hombres, todos
ecuatorianos. Así, se embarcó el 14 de julio, pero el disenso entre ambos Estados con respecto a la metodología
del auxilio colombiano llevó a que toda la división retornara a Guayaquil a principios de 1823.
En tanto, en febrero de ese año se imponía en el gobierno del Perú José de la Riva-Agüero tras la diso-
lución de la Suprema Junta Gubernativa. Éste se propuso acabar finalmente la última resistencia realista y esto
agilizó llegar a un nuevo acuerdo con Bolívar, firmado el 18 de marzo: ahora sí el Perú se comprometía a suplir
las bajas sufridas por los colombianos con recluta local, así como a hacerse cargo de la provisión de vestuario
y mantenimiento de las fuerzas.
Luego de la campaña que finalizaría con la batalla de Bomboná, a principios de abril de 1822, los
batallones Bogotá y Vargas debieron ser reconstituidos con recluta quiteña para luego intervenir en reducir a
los enclaves realistas en Pasto. Concluida ésta, Bolívar ordenó a finales de enero de 1823 que los batallones
completaran sus filas hasta los 1.200 hombres cada uno; así, el Batallón Bogotá se recompuso con quiteños y
guayaquileños, mientras que el Yaguachi pasó a ser el Vargas, éste último casi en cuadro.
El Rifles llegó a Quito el 17 de julio de 1822, donde se completó con quiteños hasta completar los 1.200
hombres, para partir al Perú a mediados de [Link] Batallón Vencedor también fue enviado a Guayaquil luego
del primer retorno desde Perú; se le reforzó con recluta guayaquileña antes de salir nuevamente al Sur.
65
El “desaparecido” Batallón Yaguachi fue recreado por orden de Bolívar en 1824 con la tropa sobrante
de los cuerpos de infantería en Guayaquil y una compañía suelta del Riobamba hasta llegar a las 800 plazas,
alistándose para el Perú entre finales de ese año y principios de 1825.
También los cuerpos de caballería completaron sus filas en Guayaquil, Quito y los alrededores. Según
investigadores ecuatorianos, investigando las listas de revistas posteriores a Ayacucho, los Húsares y los Gra-
naderos a Caballo colombianos tuvieron dos centenares de ecuatorianos en sus filas.
Esta fue la contribución del futuro Ecuador a las últimas campañas por la independencia americana.
Colombianos según una lámina de Valmont c.1827; de izq. a der. oficiales de infantería, el de Línea con elástico, una especie de casa-
quilla muy corta y mamelucos. El siguiente con los colores de la infantería ligera. El siguiente aparece en el original como “voltigeur”,
lo que por el color de la divisa se podría presumir que se trata de un soldado de una cía. de cazadores de un batallón de línea, también
con mamelucos; obsérvese el uso del tipo particular de hombreras, de estilo británico y los correajes de bandoleras y cinturón. Por
último, un soldado de caballería, con lo extraño de llevar divisa de caballería ligera, según el Reglamento de 1826, pero con chaqueta
a lo húsar.
Bibliografía
Macías Núñez, E.; Historia General del Ejército Ecuatoriano. El Ejército en las guerras de la independencia, Vol. 21,
T.2, Quito, 2009.
66
La división de voluntarios reales
1816-1823
Diego argañaráz
“Revista das tropas destinadas a Montevideú na Praia Grande, em 7 de Junho de 1816”, por J.B. Debret.
El material principal para este artículo proviene de las investigaciones del historiador portugués Jorge Quinta-Nova,
que se ha dedicado al estudio del cuerpo de referencia en el marco de su análisis del Ejército Portugués de 1790-1830.
Este historiador difunde sus trabajos a través de su blog (cita al final del artículo), acercándose a sus propuestas a
través de documentos lusitanos, brasileños y, en este caso, uruguayos.
La Corona en Brasil
La invasión napoleónica trajo la corte entera de los Braganza a América en 1808; aquí instalado, pronto
el príncipe regente, Don Juan, se percató de las ventajas económicas de la antigua colonia, con sus vastos re-
cursos y la autonomía que le brindaba la lejanía del problemático contexto europeo.
Desaparecida la amenaza napoleónica, y observando la tensa existencia del revolucionario Río de la
Plata, esto lo movió a tentar la expansión de su reino mediante la conquista del “anárquico” territorio de la
Banda Oriental. Posesionado del mismo, Brasil tendría como límite el importante río, fuente de comunicación
con el interior de la región, así como colocaría a sus fuerzas a un salto de los antiguos dominios de los Borbones.
67
La División de Voluntarios del Prín-
cipe
A raíz de estas necesidades mi-
litares en el ámbito del Plata, a finales
de 1814 se ordenó que se constituyera
en Portugal una división multiarmas,
con la fuerza general de 5.000 plazas.
Para tal medida se puso al frente al ve-
terano [Link]. William Carr Beres-
ford, entonces comandante en jefe del
ejército lusitano; la desaparición de la
amenaza francesa posibilitó que un nú-
mero de curtidos combatientes de la
guerra en España y Portugal fueran re-
clutados para dicha fuerza.
Primera organización
La División fue puesta al
mando del [Link]. Carlos Frederico
Lecor, veterano de las campañas napo-
leónicas: había participado de la orga-
nización de la “Leal Legión Portu-
guesa” en 1808 y, luego, estuvo al
mando de diversas formaciones en to-
dos los niveles, desde batallón a divi-
Tropas portuguesas en Europa, de izq. a der.: oficial del 5.° Rgto. de Caballería
sión, llegando a comandar la 7.° Divi- de Línea y fusilero del 6.° Bón. de Cazadores (por B. Younghusband, Osprey
MAA Nro. 346), ambos del período 1810-1815. Como es natural, servirían de
sión de Infantería del ejército anglo-lu- base tanto para el uniforme de la División como del Ejército Lusitano a ambos
lados del Atlántico.
sitano del Gral. Wellesley, a finales de
la lucha en la península ibérica. Entonces gobernador de armas de la Provincia de Alentejo, se afanó a la orga-
nización de la División de Voluntarios del Príncipe que debía partir a Rio de Janeiro.
Según el plan organizativo del 30 de mayo de 1815, la División debía contar de un Estado Mayor con
comandante (teniente general), ayudante general, maestre general del Cuartel General, 2 oficiales de ingenieros
y 2 auditores a cargo de la Intendencia. Las tropas se estructuraron en la 1.° y 2.° Brigadas Reales de Voluntarios
del Príncipe; cada una formaría con 2 batallones de a 8 compañías, 3 escuadrones de caballería y 1 compañía
de artillería.
Cada batallón debía formar con una plana mayor de teniente coronel, 2 mayores, ayudante, maestre de
cuartel, 2 cirujanos mayores, sargento ayudante, sargento mayor, corneta mayor, armero, carpintero (a cargo de
68
la reparación de las cajas de los fusiles). Las compañías, todas de ca-
zadores, formarían con capitán, teniente, 2 alféreces, 1 sargento 1.°, 4
sargentos 2.°, 6 cabos, 6 anspeçadas (soldados de primera), 2 cornetas,
88 soldados. El total hacía una fuerza de 908 oficiales, clases y tropa
por batallón.
Al 24 de junio de 1815 la 1.° Brigada tenía como comandante
al Brigadier Jorge de Avillez Zuzarte Ferreira de Sousa, con el 1.° Bón.
de Cazadores al mando del Tcnl. Manuel Jorge Rodrigues y el 3.° Bón.
de Cazadores con el Tcnl. António José Claudino de Oliveira Pimentel
a su frente. La 2.° Brigada era comandada por el Brigadier Francisco
Homem de Magalhaes Quevedo Pizarro, con el Tcnl. Francisco de
Paula Rosado al mando del 2.° Bón. de Cazadores, y el Tcnl. Joao
[Link]. Carlos F. Lecor, vizconde de la La-
guna (MHN de Uruguay); siempre residente
Crisóstomo Calado, frente al 4.° Bón. de Cazadores.
en Montevideo, luego de la independencia La caballería tenía un EM de teniente coronel, 2 mayores, ayu-
oriental en 1828 se trasladó a Rio, donde
fue nombrado consejero imperial. dante, cuartelmaestre, capellán, 2 cirujanos mayores, picador, sar-
gento ayudante, sargento cuartelmaestre, trompeta mayor, sillero, car-
pintero, armero. Cada escuadrón formaba con 2 compañías, y estas con capitán, teniente, alférez, 2 sargentos,
furriel, 4 cabos, 4 anspeçadas, trompeta, herrador, 48 soldados montados, 8 soldados de a pie. Esto asía que el
total de la caballería en cada brigada fuera de 447 oficiales, clases y tropa con 400 caballos. Para junio 1.°
Cuerpo de Caballería de la 1.° Brigada estaba al mando del Tcnl. Antonio Manoel de Almeida Morais Pessanha,
mientras que el 2.° Cuerpo de la 2.° Brigada tenía a su frente al Tcnl. Joao Vieira Tovar de Alburquerque.
La artillería divisional formaba con un EM de mayor, ayudante, cuartelmaestre, sargento ayudante, sar-
gento cuartelmaestre, corneta mayor, 2 herreros, 2 cerrajeros, 4 carpinteros; la fuerza era de 2 compañías de a 4
piezas: 3 cañones de a 6 libras y 1 obús de 6 pulgadas. Cada compañía formaba con capitán, teniente 1.°, 3
tenientes 2.°, sargento 1.°, 2 sargentos 2.°, 2 artificieros, furriel, 6 cabos, 2 cornetas y 100 artilleros. El total del
Cuerpo de Artillería era de 252 oficiales, clases y tropa al mando del My. Maximiliano Augusto Penedo.
En América
La división cruzó el Atlántico en dos contingentes, uno en septiembre y otro en diciembre de 1815 (con
este último fue Lecor). El primero arribó en los primeros días de noviembre a Rio de Janeiro y, el segundo, a
inicios de 1816. Luego de una breve recuperación de la tropa, se dedicaron a instrucción y ejercitaciones.
El 2 de mayo de 1816 la División fue reorganizada en previsión de su entrada en operaciones; el falle-
cimiento de la reina María I el 20 de marzo de ese año llevó a la coronación de su hijo como Juan VI, por lo que
el cuerpo cambió su denominación a División de Voluntarios Reales. En realidad, ya en Europa el mariscal
Beresford había propuesto una modificación de su estructura y, a partir de la fecha citada quedó constituida por
2 regimientos de infantería de a 10 compañías, 2 batallones de a 6 compañías, 1 regimiento de caballería de 12
compañías y la artillería, con 2 compañías.
69
División de Voluntarios Reales
CEJ. [Link]. C.F. Lecor
EM: 25 jefes y oficiales.
En operaciones
El 29 de mayo de 1816 la División se embarcó con rumbo a Santa Catalina y, una vez allí, Lecor optó
por continuar el tránsito vía terrestre, supuestamente por temor a alguna tragedia o accidente marítimo que lo
privara de cualquier elemento de su cuerpo de elite. La marcha se fue por el litoral atlántico, con el apoyo de la
poderosa escuadra lusitana: un primer tramo desde Villa Nova do Desterro (actual Florianópolis) hasta las cer-
canías de Porto Alegre demandó 20 días de julio. Luego, la División continuó a Rio Grande do Sul, donde arribó
a partir de la última semana de agosto. El resto del ejército lusitano comprometido en la invasión avanzó en un
arco, desde la zona de Cerro Largo con una columna al mando del Brig. Bernardo Da Silveira Pinto y, al norte,
otra bajo el marqués de Alegrete.
El tránsito había sido complicado, bajo un clima frío y húmedo para unas tropas que se estaban adap-
tando a las condiciones de la región; otro problema fue la crónica falta de animales de monta, lo que motivó que
la División recién pudiera penetrar en territorio oriental a principios de noviembre. El 31 de agosto, Lecor había
emitido una proclama llamando a los orientales a no resistir a los portugueses, dado que el Ejército Lusitano
sólo venía a imponer la paz y el orden contra los “anárquicos” seguidores de Artigas.
70
Mapa de la marcha del [Link]. Lecor con la División de Voluntarios a lo largo de la costa atlántica en 1816; también se muestran las
posiciones iniciales de las columnas del Centro, del Gra. Curado, y de la Derecha, con Chagas (en Barroso, G.; História Militar do Bra-
sil). Al norte de Maldonado se observa el Arroyo India Muerta, donde se dio la batalla homónima.
71
Sarandí de las Palomas, a su retaguar-
dia, para asegurar la retirada. No obs-
tante, los orientales permanecieron pasi-
vos, lo que dio ímpetu a Pinto a tentar
un ataque: la infantería avanzó, mientras
que, desde la retaguardia, se buscaba
poner en posición la pieza con la que se
contaba, lo que se logró tras grandes es-
fuerzos: sus fuegos comenzaron a picar
en el ala izquierda oriental.
Como aun así no se producía ningún
ataque artiguista, Pinto desplegó en lí-
nea su infantería, con 3 compañías de
cazadores adelantados en guerrillas y,
Mapa esquemático de la batalla de India Muerta.
en apoyo, 4 de granaderos. En tanto, su
caballería del ala derecha, el 1.° Esc. de
Voluntarios Reales cargó sable en mano contra la caballería oriental por columnas de compañía. A pesar de la
carga algo desorganizada y dispersa de los lusitanos (los caballos de remonta no habían podido ser entrenados
como correspondía), los orientales permanecieron inmutables, aparentemente aguardando órdenes que no lle-
garon, por lo que al ver al enemigo venírseles encima, luego de unos tiros de tercerola, volvieron caras. En ese
momento hizo su aparición salvadora un piquete de milicianos al mando de mismo Fructuoso Rivera, que logró
poner en derrota a los portugueses, sólo para que el 2.° Esc. de Voluntarios entrara en acción en apoyo de sus
camaradas y obligara al comandante oriental a volver a la protección de sus filas.
En el ala izquierda fueron los orientales los que tentaron el asalto con su caballería, pero los escuadrones
de Sao Paolo y Rio Grande resistieron el empuje, apoyados por su infantería, que avanzó cerrándose sobre su
homóloga artiguista. En este avance, los cazadores echaron al frente guerrillas de tiradores, armadas al parecer
con fusiles rayados, sorprendiendo a su enemigo por la precisión y distancia desde la que hacían fuego. A pesar
de que la infantería portuguesa comenzó a dejar claros en su formación mientras avanzaban, los orientales no
aprovecharon la situación y comenzaron a desbandarse. Algunos elementos buscaron ofrecer resistencia, pero
para las 16 horas todo el ejército oriental estaba en plena fuga, habiendo perdido una treintena de prisioneros y
dos centenares de hombres entre muertos y heridos. Las bajas portuguesas fueron de 30 muertos y 50 heridos.
Esta victoria, junta a otros sucesos favorables en el teatro de operaciones, como la toma de Maldonado el 22 de
noviembre elevaron la moral de los invasores y, más importante, aclaró en algo el panorama de la campaña: en
un principio se había pensado que la División llevarían la ofensiva a lo largo de la costa, mientras que las fuerzas
de Rio Grande hasta el Uruguay custodiarían la frontera, mientras una tercera columna al mando del Brig.
Silveira Pinto con 2.000 riograndenses avanzarían hacia Salto. Ante lo visto, Lecor ordenó que la Columna
Silveira (Centro) y la Derecha marcharan en paralelo a su fuerza principal con objetivo a Montevideo.
72
La toma de Montevideo y la continuación de la campaña
Mientras que en el norte del teatro de operaciones los lusitanos libraban y triunfaban en la gran batalla
de Catalán (4-I-1817), con las primeras luces del 20 de enero de 1817 tenía lugar la revista de la División de
Voluntarios Reales y otras tropas en la plaza de Montevideo, tras su capitulación.
Paradójicamente, de manera similar a la guerra en Iberia, la conquista de la plaza fuerte enemiga no
significaba que su hinterland quedara bajo dominio del vencedor: el tipo de guerra de partidas llevada adelante
por las fuerzas artiguistas, al estilo de las guerrillas españolas, obturó el triunfo final de los lusitanos. La cam-
paña oriental estaba alzada en armas y los portugueses sólo eran dueños del suelo que pisaban. Dado esto, que
generaba graves privaciones en Montevideo por la falta de alimentos, el [Link]. Lecor comandó una primera
salida en marzo en la que participó toda la División, excepto el 2.° Rgto. de Infantería, que quedó de guarnición
la ciudad; el objetivo era anular a las grandes partidas enemigas que impedían el aprovisionamiento de Monte-
video, así como forrajear para el sostenimiento de la guarnición.
Figurines contemporáneos de la infantería de la División, a su partida desde Portugal (en Los Voluntarios Reais, de Quinto-Nova).
La expedición se dirigió hacia el norte, en dirección a Canelones, donde se hallaba la división al mando
de Rivera, que se buscaba derrotar. Luego de permanecer en el pueblo de Canelones, el 19 de marzo Lecor
ordenó el avance del 2.° Bón. de Cazadores hacia un paso (Paso Cuello) sobre el río Santa Lucía. El ejército
oriental de Rivera formaba con el Batallón de Libertos Orientales y la caballería de Lavalleja y la del propio
comandante, haciendo un total de alrededor de 1.400 hombres. Rivera situó en emboscada en un monte cercano
al vado a los Libertos, unos 200 hombres, y el resto de su fuerza a media legua del paso. Lecor ordenó al 2.° de
Cazadores forzar el paso y los curtidos veteranos lo hicieron a la carrera, sorprendiendo y tomando prisioneros
73
a casi todo el Bón. de Libertos; Rivera, al ver el paso en manos enemigas y habiendo perdido a su infantería, se
retiró más al norte, cerca de Florida. Si bien Lecor ordenó la persecución, su caballería tenía los montados en
muy malas condiciones, por lo que hubo de detener aquella; se intentó recoger ganado de remonta, pero las
partidas orientales habían retirado los animales haciéndole el vacío a los lusitanos. En una de las salidas de
forrajeo, un destacamento formado por media compañía del 2.° Cazadores y una compañía del Rgto. Real de
Caballería de Voluntarios del Rey, unos 80 hombres, fue sorprendido el 23 de marzo en el Arroyo Pintado, a
alrededor de 30 km al norte de Florida, resultando destruido por una partida oriental. Si bien fue un suceso
menor, el factor de peso fue el desprestigio para las armas lusitanas. Luego de este suceso, Lecor volvió a
Montevideo, dejando de hecho la campaña al sur del Río Negro en manos de Artigas.
En mayo de 1817 se hizo otra salida con el fin de recoger trigo y ganado, compuesta por 1.° Rgto. de
Infantería, el 2.° Bón. de Cazadores y 4 escuadrones del Rgto. Real de Caballería de la División, junto con un
escuadrón de milicias de Sao Paolo y Rio Grande y artillería veterana de Rio de Janeiro. Con destino a la
localidad de Toledo, 23 km al NE de Montevideo; allí, a partir del 5 de mayo se sucedieron varios encuentros
con una partida oriental que ocasionó una docena de bajas a los lusitanos y por lo menos el doble a los artiguistas.
A medida que iba pasando el tiempo, la División comenzó a sufrir de el retraso del pago de la soldada,
lo que empeoró las condiciones de vida tanto de la tropa como de los oficiales; a su vez, esta y otras circunstan-
cias también alentaron la deserción en el cuerpo.
Caballería de la División de Voluntarios, a su partida desde Europa (en Quinto-Nova, Los Voluntarios Reais).
74
El largo fin de la resistencia oriental
Para 1818 Artigas se conservaba activo a pesar de haber sufrido varios contrastes; lo fundamental era
que sus fuerzas dominaban el río Uruguay, evitando así la unión de las fuerzas portuguesas del Norte y la del
Sur. A principios de ese año el Gral. Sebastiao Pinto recibió la autorización para tentar la ocupación o, por lo
menos, llevar una acción ofensiva sobre Entre Ríos, santuario y base de las fuerzas de Artigas. Las fuerzas de
Pinto, que partieron desde Santa Catalina, constaban de un batallón de libertos y milicias de caballería de Rio
Grande, Sao Paulo y Santa Catarina. Lecor, temiendo que esta fuerza fuera sorprendida o atacada, ordenó que
se montara una expedición para enlazar con Pinto: esta fue encomendada al Gral. Bernardo da Silveira y se
constituyó con un batallón provisional a partir de 2 compañías del 2.° Rgto. de Infantería, 2 del 1.° Bón. de
Cazadores y 2 del 2.° de Cazadores, más 2 escuadrones del Rgto. Real de Caballería, junto con un escuadrón de
caballería veterana, guerrilleros y una batería de 3 cañones y un obús, en todo, unos 800 hombres. El 9 de febrero
partió la columna, que marchó sin contratiempos, hasta reunirse el 20 de marzo en las márgenes del Arroyo
Barriga Negra, a 190 km al NE de Montevideo. El Gral. Silveira convenció a Pinto del mal estado de su fuerza,
por lo que ambos volvieron hacia Montevideo; esta vez el retorno estuvo salpicado de encuentros fugaces con
partidas orientales, llegando a destino a principios de abril.
Las acciones a partir de entonces se resolvieron en los frentes norte, en particular en las Misiones. Los
portugueses buscaron reprimir a las partidas que aún se sostenían, así como controlar la costa occidental del
Uruguay, principal vínculo de comunicación de Artigas con el Litoral argentino. Ese 1818 vio en abril la captura
de Juan Antonio Lavalleja, uno de los líderes artiguistas más importantes. En mayo se compuso una expedición
naval para la captura de la Colonia, donde habitantes portugueses se habían levantado en armas contra las auto-
ridades orientales; con 4 compañías del 1.° de Cazadores y 1 batería de artillería ligera, de la División, más
milicias de Sao Paulo, un escuadrón de Rio Grande y partidas de Guerrillas, Colonia pasó a manos lusitanas el
13 de mayo.
En 1819 finalmente se logró el dominio de toda la frontera entre Brasil y la Banda Oriental, mientras
que los diversos líderes orientales eran capturados o se acogían a la amnistía implementada por Lecor. Por
último, el 22 de enero de 1820 las fuerzas de Artigas fueron aplastadas en la batalla de Tacuarembó, lo que
significó el fin del a resistencia oriental a los lusitanos.
En el camino a la independencia
Las ideas de independencia en el Brasil también habían cobrado ímpetu como en el resto del mundo
iberoamericano; cuando aún la División se hallaba en plena campaña en 1817, estalló en Pernambuco un movi-
miento emancipador, que fusionaba el descontento socioeconómico de un Brasil interior empobrecido por la
reactivación económica mundial, que disminuyó el precio de los productos de exportación brasileños, y la vida
augusta y disipada de la corte absolutista en Rio de Janeiro. El movimiento republicano logró se aplastado a
sangre y fuego.
75
Sin embargo, en Portugal, a cinco años de la clausura de la etapa napoleónica, la ausencia del rey Juan
VI comienza a caldear los ánimos de una burguesía vinculada al perdido monopolio con la lejana colonia tras-
atlántica. Cundía un espíritu renovador a partir de las propuestas por un liberalismo constitucionalistas y, el 24
de agosto de 1820 estalló en Oporto una rebelión liberal y nacionalista encabezada por militares. La noticia del
movimiento llevó a los primeros movimientos anti-absolutistas en Brasil, nuevamente de la mano de los mili-
tares: el 1 de enero de 1821 en Belem, el 10 de febrero en Bahía, el 24 y el 25 de este último mes en Rio se
dieron levantamientos que exigían la conformación de juntas gubernativas que expidieran una constitución li-
beral para el reino. Ante el dilema planteado por Portugal, que demandaba el retorno del rey, un remiso Juan VI
finalmente se izo a la mar el 26 de abril de 1821, dejando a su hijo Pedro para gobernara el Brasil con el sostén
de diversos ministros de su círculo interno. En tanto, la coyuntura había motivado serios problemas de disciplina
y faccionalismo al interior de la División.
El 31 de julio de 1821 se proclamaba la creación del Estado Cisplatino como parte integrante del Reino
Unido de Brasil, Portugal y Algarve, mientras que, en Rio, la facción más conservadora cerraba el cerco sobre
el príncipe Pedro, aislándolo cada vez de las decisiones de gobierno. En Portugal, las Cortes se movían hacia
una política que parecía querer retornar al Brasil a su condición colonial, pero los grupos de poder brasileños,
favorecidos por la autonomía económica de la que habían disfrutado desde 1808, apoyaban a un Pedro que
buscaba dirigir el proceso autonómico para evitar la hegemonía del radicalismo republicano.
Convocada una asamblea constituyente y ante la cerrada oposición de las Cortes en Lisboa a cualquier
reformismo, Pedro declaró la independencia del Brasil el 7 de septiembre de 1822. En la Cisplatina, los antiguos
enemigos se habían conjugado bajo la bandera lusitana en un primer momento: tanto Rivera como Lavalleja se
habían integrado al Ejército Portugués desde 1821 y, el 17 de octubre de 1822, junto con Lecor, estuvieron en
la firma del acta de aclamación y reconocimiento del emperador Pedro I de Brasil.
En esa encrucijada muchos hombres de la División, desde oficiales a tropa, se plegaron al movimiento
y optaron por seguir sirviendo al nuevo Estado imperial; no obstante, un núcleo importante de los Voluntarios,
al mando del Brig. Álvaro da Costa de Sousa, que servían como guarnición de Montevideo se negaron a reco-
nocer la independencia, por lo que fueron sometidos a un asedio del nuevo ejército brasileño. El mismo tuvo
todas las características propias de este tipo de guerra, con salidas y combates de variada entidad entre sitiados
y sitiadores. Por ejemplo, el 19 de abril de 1823, una fuerza compuesta por una compañía del 1.° Rgto. de
Infantería, dos del Rgto. Real de Caballería, una compañía de caballería veterana y las milicias de caballería de
Manuel Oribe y Caetano Rodríguez, libraron un combate en las afueras del recinto, ocasionándoles una veintena
de bajas a los brasileños. El 15 de julio una destacamento del 2.° Rgto. de Caballería de Voluntarios Reales,
milicias de Canelones y 2 compañías de infantería cortaron a una fuerza enemiga, ocasionándole varios muertos
y tomando 16 prisioneros.
Tales encuentros se siguieron sucediendo hasta finales de 1823, cuando se logró llegar a un acuerdo,
que posibilitó la evacuación de la División de Voluntarios en marzo de 1824 y su retorno a Portugal.
Así terminó la aventura lusitana de la División de Voluntarios en el Brasil.
76
Infantería de la División de Voluntarios c.1815-1816 (por el autor): de izq. a der., soldado del 1.° Bón. de Cazadores (vista de frente) y
del 3.° de Cazadores (vista de espalda). Los batallones formaron sólo con compañías de cazadores, sin otras de preferencia, más allá
de la posibilidad de que existieran destacamentos selectos de tiradores armados con fusiles rayados. El uniforme seguía los parámetros
de los cazadores portugueses en Europa, pero con unas líneas más sencillas: las casaquillas no llevaban alamares y el morrión era de
estilo troncocónico. El equipamiento es según lo ilustrado por Debret y las láminas del Museo Militar de Lisboa; esto es correajes
negros de cuero, mochila inglesa tipo “Trotter” con correajes blancos, utensilio de rancho de lata fijado a la tapa, morral de loneta,
cantimplora de madera pintada de verde con corneta en negro. Según Debret la tapa de la mochila también llevaba pintada en blanco
una corneta. En las investigaciones de Chartrand en el Archivo Histórico Militar, cada batallón llevaba un color particular de divisa (ver
texto), que aquí reflejamos; en la obra de Barroso, los cazadores son reconstruidos todos con divisa verde. Puede que también llevaran
bajo la corneta de latón del morrión, el número del cuerpo.
77
Uniformes y equipo
Las unidades de cazadores en el Ejército Portugués del período napoleónico fueron creadas a finales de
1808: 6 batallones de a 5 compañías, 1 de Tiradores y 4 de Cazadores; estos se fueron organizando entre ese
año y 1810. Bajo la instrucción de oficiales británicos, estas unidades se consolidaron y adquirieron el estatus
de tropas de elite por su comportamiento en combate. El uniforme de los Cazadores fue reglamentado al mo-
mento de su creación, siendo confeccionado con paños locales de color pardo o marrón, de casacas cortas con
distintos colores de divisa, alamares de cordón negro en el pecho, centros marrones con botines negros y gorras
estilo stovepipe.
Según las pinturas de J.B. Debret, todos los batallones enviados al Brasil tuvieron un vestuario de casa-
quillas de paño marrón, de corte derecho con botonadura negra, hombreras verdes, vivos y barras negras, centro
blanco, botines negros y zapatos. Aparentemente, cada batallón tenía un color de divisa particular; según René
Chartrand, el 1.° Bón. llevaba cuello marrón y vueltas celestes, el 2.° cuello celeste y vueltas marrones, el 3.°
cuello marrón y vueltas encarnadas, y el 4.° cuello negro y vueltas encarnadas. Si bien la fuente citada por el
investigador canadiense habla de gorras stovepipe con penacho verde, cordones marrones y corneta de latón con
número de cuerpo al frente, Debret, testigo contemporáneo, muestra morriones troncocónicos de estilo francés,
con pompón verde y una corneta de latón. Los músicos adornaban sus casaquillas con alamares de cordón negro
en el pecho.
Los correajes consistían en bandoleras porta-bayoneta y porta-cartuchera de cuero negro; la mochila
eran de estilo inglés, de cuero negro con correas blancas, con una corneta pintada en blanco en la tapa, capote
gris, utensilios de rancho de lata, morral de brin, cantimplora inglesa de madera, pintadas de verde con una
corneta negra. Los oficiales llevaban vestuario de mejor calidad, cordones oro en el morrión, cinturón y bando-
lera con cartuchera de caballería, fajas rojas.
Los últimos llevaban sables, las clases y tropa llevaba fusiles Brown Bess India Pattern y los subofi-
ciales y músicos sables cortos. Probablemente hubo destacamentos de Tiradores en cada batallón, los hombres
con mejor puntería recibieron fusiles rayados Baker a nivel de media compañía; estos tal vez recibieran correajes
de rifleros: cinturón con cartuchera ventral y bandolera porta sable-bayoneta.
La caballería, según Chartrand, llevó casaquillas azules con cuello, vueltas, vivos y barras blancos,
botón amarillo, pantalón azul con refuerzo de cuero. El morrión era troncocónico con carrilleras de latón y
penacho encarnado; tal vez no contara con chapa en el cubrecabeza. Los correajes eran de cuero blanco, llevando
además portapliegos, morral y cantimplora. El armamento era de sable de caballería ligera Mod.1796 y carabi-
nas Tower.
La artillería llevaba casaquillas azules con cuello y vueltas negras, vivos y barras amarillos, botón ama-
rillo, centro azul o blanco y morriones con penacho negro.
Estos fueron los uniformes del cuerpo a su arribo a Brasil; es probable que los mantuvieran en una
primera etapa, pero tal vez variaran hacia 1820, sino antes, cambiando el color de la casaquilla de marrón a azul.
Tampoco sabemos si las divisas se unificaron con su reorganización, en el caso de los regimientos de infantería
1.° y 2.°.
78
De izq. a der.: soldado de Caballería y teniente de artillería de la División; el primero lleva el uniforme modelo 1806, de casaca corta
con divisa blanca, botón amarillo, hombreras de cadenillas de latón, centro azul con refuerzo de cuero. La gorra de parada probable-
mente llevara algún tipo de chapa. Los correajes son blancos y lleva como equipo morral de lienzo y caramañola de madera, pintada
aquí, arbitrariamente, de celeste. El armamento es el clásico sable de caballería ligera británico y una tercerola Tower. El oficial lleva
la casaca de parada con pantalones de marcha o campaña; la divisa del arma era negra con vivos y cabos amarillos.
Bibliografía
Barroso, G.; Uniformes do Exercito Brasileiro 1730-1922, Ministerio da Guerra, A. [Link] ed., Paris, 1922.
Barroso, G.; História Militar do Brasil, Senado Federal, Vol.192, Brasilia, 2019.
Bethell, L. (ed.); Historia de América Latina, Vol.5, Ed. Crítica, Barcelona, 1991.
Chartrand, R., Younghusband, B.; The Portuguese Army of the Napoleonic Wars (2), MAA 346, Osprey Publsh., Welling-
borough, 2000.
Luzuriaga, J.C.; Una batalla asimétrica en la frontera: India Muerta 1816, XVI Jornadas Interescuelas, Dpto. de Historia,
Facultad de Humanidades, UNMDP, Mar del Plata, 2017.
Fuente en línea
Quinta-Nova, J.; Los Voluntarios Reais, en [Link]
79
En los álgidos años de la década de 1840 la Confederación Argentina estaba comprometida con
el sitio de Montevideo: en 1841 Rosas había ordenado el cierre de los puertos de los ríos Paraná y Uru-
guay, autorizando a su vez la guerra de corso contra los buques orientales. Ese mismo año comenzó
efectivamente, en mayo, el bloqueo naval de la plaza, sucediéndose varios encuentros navales contra la
escuadra oriental bajo el mando de John H. Coe.
En 1843 el Estado Oriental y los emigrados unitarios comenzaron a mover las piezas en Europa
para tentar la intromisión de Francia y Gran Bretaña en el conflicto. Comenzó entonces una operación
diplomática por los enviados de estas potencias, en un tire y afloje que se resultó en el fracaso de las
negociaciones a finales de julio de 1845, cuando los enviados europeos se retiraron de Buenos Aires. El
2 de agosto de ese año, al hacerse a la mar la escuadra argentina, los buques de guerra franceses y
británicos rodearon a aquella, capturando sus buques y declarando el bloqueo al puerto de Buenos Aires.
Si bien está flagrante acción dejó a la Confederación sin escuadra, eso no significó que los
marinos porteños quedaran ociosos: oficiales y tropa estuvieron destinados a resistir las acciones euro-
peas en los ríos interiores, en lo que muchos autores llaman “La guerra del Paraná”.
Los grados en la Marina de Guerra, hasta el inicio del proceso de profesionalización de las
fuerzas armadas en el último cuarto del siglo XIX tenían la misma designación que en el ejército, con el
suplemento de la especialidad naval; así existían teniente coronel de marina, coronel de marina, etc. El
uniforme del último grado era similar en todo al del ejército, con la variedad que hasta 1836 se utilizaba
en la casaca de parada solapa azul como el resto de la prenda. A partir de esa fecha, por decreto del 29
de septiembre las solapas pasan a ser de paño grana, igualándola al color de cuello, vuelta y barras.
A partir de la documentación pertinente y facturas de sastre, retratos de época, etc., el investi-
gador Fernández Rivas (él mismo Capitán de Ultramar de la entonces marina mercante argentina) re-
construyó el uniforme de parada del insigne General de Marina William Brown, patrón de la Armada
Argentina. El uniforme de Brown era de casaca de paño azul índigo con cuello, solapas y vueltas grana,
barras blancas, botón oro, serretas y entorchados oro en las divisas, centro azul con galón oro. El elástico
de fieltro negro con galón bordado y borlas oro, cucarda azul y blanca, plumero blanco, azul y rojo. Las
charreteras son indiferenciables de las usadas por los generales argentinos, sin insignia particular alguna
con referencia naval.
Por último, luce sobre el pecho la omnipresente divisa punzó de la Federación.
Bibliografía
Fernández Rivas, J.H.; Uniformes navales 1805-1854, Ed. del A., 1985.
80
Brigadier General de Marina William Brown
Marina de Guerra de la Confederación Argentina
1846
(por Jorge H. Fernández Rivas)
81