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El bunker de Wilton Rodríguez

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El bunker

Wilton Rodríguez entró presurosamente a su oficina y respirando agitado. En un solo movimiento,


corrió a la derecha el sillón estilo francés que cubría la entrada al bunker. Por más que se esforzaba
en mantenerse sereno, las manos lo traicionaban y temblorosas, no acertaban con encontrar los
pestillos secretos del panel de madera. Podía escuchar claramente el bullicio en la gran sala. Se dio
cuenta que la frente y el cuello le estaban sudando. Era un sudor molesto, incómodo, un sudor de
miedo, de ansiedad. A parte de la traición de González, eso era lo que más le molestaba.

Rodríguez se consideraba a sí mismo un hombre valiente. Por eso odiaba sudar por estrés. Una vez
empezaba a sudar, sentía cómo las gotas corrían por su espalda, por su cuello, por su frente. Sentía
que los demás podían oler ese sudor, ese miedo, esa angustia. Por eso mandó a poner una ducha
en la oficina. Por eso y porque a la licenciada Shanty le gustaba bañarse después de acostarse con
él. -“Me gusta sentirme fresca” le dijo “¿Por qué no mandás a poner una ducha?”. Realmente no
era por eso. La verdad es que a ella le daba un poco de repugnancia el cuerpo de Wilton. Pero para
ella, acostarse con Rodríguez era un sacrificio necesario si deseaba llegar a ser jefa de bloque. Wilton
de alguna manera lo intuía, pero se negaba a darle rienda suelta a este tipo de pensamientos. Nunca
le gustó imaginarse en situaciones desventajosas. -“Los pensamientos negativos son los
pensamientos de un perdedor”, se decía a sí mismo. Por eso mandó a poner la ducha en su oficina.

El ruido se hacía cada vez más fuerte o al menos eso le parecía a Wilton. –“Cuando esos hijos de
puta se calmen, me voy a dar un baño” pensó para sí mismo. Por fin, logró dar con los pestillos y
retiró el panel de madera que recubría la entrada. Se agachó para ingresar y colocó de nuevo el
panel de madera. Desde adentro del bunker, puso los pasadores y verificó la línea de teléfono que
lo comunicaba con su seguridad personal. Todo en orden. Ahora solo era cuestión de esperar.
“González hijo de puta. Pero me las va a pagar el desgraciado...” Obviamente había sido el licenciado
Iñaki González quien le había filtrado el audio a la prensa. Probablemente lo había hecho bien
temprano, antes de las siete. Para las nueve de la mañana la mayoría lo había publicado oficialmente
y para las diez de la mañana las redes sociales estallaban en ira e insultos hacia su persona. “Un día
más en el trabajo” bromeó con su secretaria. Pero se equivocaba. No era un día más en el trabajo.

Dicho sea de paso, lo que Wilton Rodríguez llamaba bunker no tenía mayor cosa de búnker. Le decía
búnker porque la palabra le parecía elegante. Era una salita de tres metros por cuatro que
anteriormente había sido un archivo del salón de reuniones de la par. Pero con la remodelación de
las oficinas, Wilton creyó que sería una buena idea hacer un pequeño “centro privado de gestiones”
como le gustaba llamarlo. Cerró el acceso desde el salón, hizo una entrada que conectaba con su
oficina y mandó a hacer varios estantes de madera de cedro, escritorios con cajones con doble
fondo, una especie de baúl estilo gaveta y hasta un mini bar con dos pequeños pero cómodos
sillones. Allí guardaría todos los documentos y el dinero de las “gestiones necesarias” que según su
posición era “ineludible” hacer. “No se puede llegar lejos si estamos todo el tiempo cediéndole el
paso a todos” era otra frase que solía decir para justificarse a sí mismo los sobornos y coimas que
recibía. Para que su alma no lo castigara con remordimientos de las extorsiones y amenazas que
eran su día a día.
Poco a poco los estantes empezaron a llenarse de cajas y sobres llenos de fajos de billetes de cien y
doscientos quetzales. Los cajones de doble fondo de los escritorios también se empezaron a llenar
pero de dólares. Una tarde, mientras Wilton se servía su cuarto trago de Buchanan’s, Shanty le
preguntó –“¿Qué vas a decir si alguien alguna vez encuentra esta oficina?”. Wilton ya un poco ebrio,
se aflojó la corbata y en tono burlón le dijo –“Que es mi lugar personal para orar...” y ambos se
rieron.

Así había funcionado la cosa durante un tiempo. Pero el maldito de González tenía que cagarse en
todo. A pesar de que cada vez que alguien entraba al bunker le pedía que dejara su teléfono en una
de las gavetas, de alguna manera González le había grabado “renegociando” los términos del
contrato de la ampliación del estadio nacional. Hasta ahí, no había nada grave. Ya antes había
pasado con lo de la Carretera al Atlántico. Los medios de comunicación se enteraron de la
renegociación, lo publicaron, la gente se ofendió pero no pasó de ahí. Nada pasó. Pero esta vez era
distinto.

Un partido de clasificación al mundial abarrotó el estadio y el maldito graderío del lado norte tenía
que caerse. Doscientas o doscientas cincuenta personas habían muerto, todavía no se tenían datos
claros, porque algunos seguían debatiéndose entre la vida y la muerte. “¿Quién putas los manda a
encaramarse como monos en ese graderío mierda?” se preguntó Wilton. Su experiencia le dijo que
las investigaciones iban a empezar, que la constructora estaría en la mira, que llegarían a González
y de Gonzales a él y tarde o temprano la prensa lo terminaría hostigando. En todo caso, era González
quien había suscrito los contratos, el único que aparecía en los papeles, al único al que se le podría
endilgar responsabilidad penal. Pero no contaba con que González tenía esa maldita grabación.

La tragedia del partido había sido el domingo. Para el lunes se había convocado una vigilia en honor
a los fallecidos que no iba a acabar hasta que se diera con los responsables, según dijeron los
familiares de las víctimas. El martes la cosa empezó a tornarse política cuando el diputado Gabriel
Marroquín señaló pública y directamente a González de recibir coimas de Construcciones &
Desarrollo para obtener el contrato. Fue ahí donde Wilton supo que era hora de hacer un sacrificio
de sangre y dio vía libre a la investigación contra González. Algunos en redes sociales incluso le
aplaudieron la decisión. Aprovecharía la crisis para renovar su liderazgo, para afianzar su poder y
demostrarles a todos sus “colaboradores” que nadie era imprescindible. Además, desde hacía
tiempo sentía que González estaba saliéndosele de control. Dos pájaros de un tiro.

Por eso cuando los medios de comunicación publicaron los audios y las notas donde aparecía su voz,
la población reaccionó tan violentamente. A las doce del día, la concentración en honor a las
víctimas se transformó en manifestación que se encaminó al Congreso. Caldeados los ánimos, los
manifestantes empezaron a somatar las puertas de madera que desde las once de la mañana se
habían cerrado por precaución. Fue allí cuando Wilton decidió recurrir al bunker. Esperaba que los
antimotines lograran disolver la manifestación. Los antimotines llegaron pero no disolvieron la
manifestación, solo la transformaron en una turba iracunda que entró por fuerza a las oficinas del
Congreso. Wilton escuchó cuando entraron a su oficina pero estaba confiado en que jamás
encontrarían su escondite. Se quedó callado a pesar de que oía cómo los manifestantes estaban
destrozando su oficina. Oyó como patearon las estanterías y cómo voltearon su pesado escritorio
de madera. Lo que realmente le preocupó fue cuando sintió el olor a humo. De algún lado salió una
molotov que le prendió fuego a unas largas cortinas azul y blanco. Cuando el incendio empezó a
tomar dimensión, manifestantes y diputados salieron despavoridos. El viejo artesonado se contagió
de llamas rápidamente. Wilton intentó salir de su escondite, pero el pesado escritorio volteado le
bloqueaba la salida. Empujó en repetidas veces pero todo era en vano. Además le empezaba a costar
no toser, pues el humo se hacía cada vez más denso. Oyó las sirenas de los bomberos y comenzó a
gritar desesperadamente. Los bomberos entraron al Congreso y escucharon los gritos de Wilton,
pero por más que lo intentaban, no lograban ubicar la fuente del sonido.

Wilton pensó con horror cómo los escritorios, las gavetas, los sobres y los paquetes de dinero
empezarían a arder. Respiraba cada vez con más dificultad y pensó en que realmente le hubiera
gustado tener una biblia para orar en ese momento. La tos se apoderó de él. El maldito calor lo hacía
sudar nuevamente. Pensó en Shanty, en el maldito González, en la ducha. Pero sobre todo pensó
en que llenar su bunker de materiales inflamables no había sido una buena idea.

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