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Nuevos Horizontes en Derecho Penal

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Los NUEVOS HORIZONTES

DEL

D E RECHO Y DE P OCEDIMIENTO PEN11


POR

ENRICO FERRI

PROFESOR DE DERECHO Y DE PROCEDIMIENTO PENAL

EN LA UNIVERSIDAD DE 'SIENA

legnnda edieton eorregida y snmentada. son one Tabl raflea dp la er(minaltdad en italic.
y an pr5logo del antor, ey ertto eipreaantente pars In edtelt^n eRpauola.

VERSION CASTELLANA DE

DON ISIDRO PEREZ OLIVA


A806ADO OEL ESTADO

'
( `^^ n
(C ^0 A , p

fr, G
MADRID
CEIITRO EDITORIAL DE GONGORA
Ancha de San Bernardo, 50.
S .7
Hecha la traducción de esta obra
eon permiso de] autor, queda prohi-
bida su reimpresión.
Queda hecho el depósito que is
ley inarca.
INTRODUCCIbN

A LA TRADUCCIÓN ESPAÑOLA

Invitado por mi distinguido amigo el ilustrado traduc-


for de mi libro, Sr. Pérez Oliva, para hacer una introduc-
ción para la edición española de Los NUEVOS HORIZONTES DEL
DERECHO Y DEL PROCEDIMIENTO PENAL, aprovecho gustoso la
ocasión para contestar á la crítica del profesor Aramburo y
Zuloaga, crítica hecha á nuestras ideas en el libro La ATue-
va eie^acia penal (exposición y crítica); Madrid, 1887.
Comienzo, ante todo, por reconocer con mucho gusto,
que el distinguido profesor ha dado prueba de gran lealtad
al combatir la escuela criminal positiva. Esto es importan-
tísimo, no sólo porque se diferencia, procediendo así, Úe
otros críticos, especialmente italianos, que han combatido
nuestras ideas sin conocerlas exactamente, sino porque las
han enunciado de una manera incompleta, cambiándolas y
mutilándolas para proporcionarse el placer de combatir un
enemigo que ellos se han forjado á su capricho; crítica de
que me he ocupado ya en otros trabajos (1).
Es digna de mención la lealtad critica del profesor
Aramburo, porque demuestra la sinceridad de sus convic-
ciones, su amor por la investigación de la verdad, y cuando
esto sucede, importan poco las diferencias de ideas, ya que
ninguno, ni positivista, ni metafísico, ni ecléctico, tiénen
el monopolio de la verdad, que resultará siempre vencedo-
ra cuando se libre la batalla de buena fe.

(1) Polemica in difesa della scuola criminale positiva; Bolo


-nia,186.—Uosprtdelíina;Tur,187.
-VI--
La mejor respuesta á las críticas de Aramburo creo que
se encuentra en las páginas de mi libro, porque, como
verá el lector, la,mayor parte de las objeciones del distin-
guido Catedrático español, las había consignado y refuta -
do; así es que en este lugar mi principal tarea será antici-
par ideas que el lector encontrará más ampliamente desen_
vueltas en el libro.
Refiriéndome sólo á las líneas generales del libro cita-
do, afirmaré, en primer lugar, que entre Aramburo y nos-
otros los positivistas, existe una profunda y sustancial di-
ferencia, no sólo en las teorías particulares del derecho pe-
nal, sino también en los principios filos+íficos fundamenta-
les, y hasta en el método de estudio. La divergencia es tan
profunda, que no sólo no creo que la discusión pueda ser
útil, sino que ni aun la creo posible.
Se puede llegar á un acuerdo entre dos adversarios
cuando estén conformes al menos en los principios gene-
rales y disientan únicamente en las teorías especiales;
pero cuando todas las ideas más cardinales, y casi diré,
cuando todos los sentimientos son distintos en absoluto en
uno y en otro, en este caso hablan una lengua científica
diversa, y no hay posibilidad de entenderse. como sucedería
si un español y un alemán, hablando cada uno su lengua,
quisieran entenderse y ninguno conociera la lengua del
otro.
Esto es verdad reconocida por el mismo Aramburo en la
página 142 de su libro la sincere repugnancia «que siento
ante la pretensión de someter los fenómenos de la crimina-
lidad á los materiales elementos anatómicos y antropomé-
tricos» (aquí olvida que los positivistas ponemos en primer
lugar los elementos psicológicos), y ser este «un criterio
que pugna g randemente con aquel á que, estamos acostum-
brados los devotos á las ciencias morales.»
No podia faltar esta objeción contra la éscuela positiva,
á la que siempre se oponen los preconceptos, las costumbres
mentales de determinado criterio, y la repugnancia á prin-
cipios tan diversos de los que imperan, consiguiendo con
esto el descrédito de un sistema ' que no atiende para juz-
-VII-
gar á las pruebas de hecho, á las verdades científicas y de-
mostradas, sino á conceptos a priori.
Hé aquí por qué una de las objeciones que más fre-
cuentemente emplea Aramburo contra nuestra escuela no
tiene, en mi sentir, importancia científica de ninguna es-
pecie.
Con gran habilidad, Aramburo pone de manifiesto con-
tradicciones que existen en algunos particulares entre
Lombroso, Garofalo y yo, contradicciones de hecho ó teóri-
cas, y con esto cree haber demostrado la falsedad de la es-
cuela. «Así observareis cómo he de recurrir alguna vez á
-este medio de combatir á uno con los argumentos del otro;
lo cual, tratándose de diferencias profundas (?) entre soste
una tesis común, es un poco significativo para-nedors
decidir de la verdad de la tesis mismas (pág . 110).
Esto puede ser verdad para los metafisi'cos ó para los
que juzguen a priori, pero no para las teorías positivas, y
en esto consiste precisamente la gran superioridad de éstas
sobre aquéllas.
E1 sistema metafísico es un edificio que el autor eleva
sólo á fuerza de silogismos sobre eFfundamento de un pri-
mer principio sentado a priori; y en este caso se comprende
que si hay divergencia entre las diversas partes del siste-
ma, el edificio vacile y el autor no pueda cambiarlo; es pre-
ciso, ó sostenerlo todo, ó abandonarlo.
Una teoría positiva no es sino la suma de los resultados
que se han deducido de la observación de los hechos, y por
lo tanto, no es un edificio hecho en un solo momento, no,
es un organismo que nace y se desarrolla poco á poco, y en
el cual se puede corregir, y es más, se puede abandonar
una parte, sin que por esto sufran, en lo más mínimo, las
demás; porque cada parte tiene su fundamento en los he-
chos de que se deriva, y no se trata 2inica y exclusivamente
del primer principio a priori como en el sistema heterodoxo.
La metafisica es unitaria, el positivismo es federal; cada
parte tiene en el positivismo vida autónoma, pero en ar-
monía con las partes restantes.
Hé aquí por qué, aunque existiesen algunas diferencias
-VIII-
(no esenciales, sino accidentales) entre Lombroso, Garofa-
lo y yo, esto no implica la falsedad de la escuela positiva,
demostrando solamente que, en tal ó cual punto, uno de los
tres tendrá razón y los demas estarán en el error, sin que
esto influya en la totalidacl de los principios que sustenta
la escuela positiva.
Yo puedo creer, por ejemplo, que el tatzcage (tatuaggio)
en los delincuentes tiene menos importancia de la que le
asigna Lombroso, y que la deportation a Ultramar es menos
util de lo quo tree Garofalo, pero esto no implica quo no es-
temos de acuerdo en lo fundamental, en las tendencias y en
las conclusiones principales de la escuela criminal positiva.
Y ademas, precisase no hablar de cuerda en casa del
ahorcado. Si la critica de Ara mburo (que puede ser buena
como arte de abogado, pero no como medio da investiga-
cibn cientifica) fuese verdaderamente convincente ; cuan-
tas y cuán profundas contradicciones (por ejemplo, en la
causa justificante de la penalidad) podriamos hater notar
entre los más ilustres sostenedores de la escuela clasica del
derecho criminal!
Dejando aparte estos argumentos de dialéctica forense,.
quo pueden hater impresión sobre honrados agricultores 6
sobre los comerciantes llamados a ser Jurados, penetremos
en el fondo de la cuestion.
Aqui se me pres^nta la respuesta ms fundamental quo
debo dar a Aramburo.
Sus criticas es verdad quo se refieren a todo el campo
de la escuela positiva (que es cierto ha nacido poco tiem-
po ha y está en su periodo de formation y desarrollo), pero
ha olvidado discutir el asunto principal de la escuela posi-
tiva, esto es, sobre la direction que ha dado al estudio del
fenomeno criminal.
Yo podria, no obstante mis convicciones, conceder a
Arariburo que su minuciosa critica de alounas conclusiones
particiulares de la escuela positiva, fuese verdadera, pero con
esto no se demostraria quo la escuela esté en el error; pue-
do concederle que las categories de delincuentes sean
cuatro y no cinco; que la definition que Garofalo da de de-
— IX —

lito es incompleta; que los datos antropológicos encontra-


dos por Lombroso no sean definitivos; que mis investiga-
ciones sobre la psicologia de los delicuentes sean incom-
pletas; que mis proposiciones sobre tos sostitutivi penali no
sean del todo prácticas; que no sean aceptables nuestras
reformas procesales ; pero la escuela criminal positiva
puede ser cierta, no obstante nuestros errores en algunas
conclusiones particulares.
Lo escuela positiva consiste en lo siguiente: estudiar el
delito, primero en su génesisnatural, y después en sus efec-
tos jurídicos, para adaptar jurídicamente á las varias cau-
as que lo producen los diversos remedios, que por consí-
guiente serán más eficaces.
Esta es la innovación nuestra., no tanto en las particu-
lares conclusiones, como en el mptodo de estudio: hasta
ahora en todos los tratados de derecho criminal lagéne-
sis natural del delito ka sido completamente descuidada; se
considera el delito ejecutado como dato initial, y sobre esto
se construyen las teorías jurídicas, ilusionándose con fáci-
les remedios, sin estudiar las causas del mal.
Nosotros, por el contrario, buscamos los datos y deci-
mos (y en esto existe acuerdo absoluto y completo entre
todos los positivistas) que es menester estudiar primero
las causas que producen el delito y después construir las
teorías jurídicas sobre el mismo.
Hé aquí nuestro principio cardinal, del que Aramburo
ha prescindido por completo, y perdiéndose, como otros mu-
chos criticos, en censuras minuciosas de este ó de aquel
otro dato, de esta ó de aquella proposición sin importancia,
pierden de vista lo que es para los posjtivistas la brújula
':ientífica, y que debería ser el punto principal de ataque
por los que pretendan combatir nuestra escuela.

**

Ocupándome de las principales observaciones que Aram-


bui o hate á mis ideas, diré que en el capítulo primero
(Génesis de la nneva escuelapenal) son bastante exactas las
-x-
noticias y consideraciones históricas (que estan consigna-
das en la introducción del presente libro (Raton hi$t6rica
de la escuela criminal positiva.)
Existe, sin embargo, un grave olvido, en nuestro sentir;
Aramburo no se ocupa casi nada de la principal razón histó-
rica de la nueva escuela, que consiste en la necesidad, por
todos sentida, de poner un limite a las exageraciones del in-
dividualismo en favor de los delincuentes, para obtener ma-
yor respeto a los derechos de los honrados, que son los mns.
En la Edaci Media se exageró la crueldad contra los de-
lincuentes; la escuela cliisica, con Beccaria en derecho cri-
minal y con Howard en disciplina penitenciaria, produjo
una mitigación de la penalidad, que por reaction al prin-
cipio vigente en la EdadMedia, se ha exagerado demasiado
a favor de los delincuentes. La escuela positiva tiende al
equilibrio de los derechos individuales y sociales, y por esta
razón no es necesario, como hate Aramburo, sorpren-
derse [Link] rapida difusionn (pag. 43), sino reconocer en
este hecho la prueba de que responde la escuela a una ver-
dadera necesidad y que la reclama la conciencia universal
de que se ponga fin a exagerados sentimentalismos en fa-
vor de los malhechores, cuando se olvidan la miseria y los
idolores de tantos millones de pobres honrados.
En el capitulo segundo(El delito), hablando sobre las in-
vestigaciones hechas acerca de la embriologia del delito,
Aramburo dice (págs. 69 y 70) que da contradiction es so-
bradamente clara, si se insiste después en calificar de cri-
menes a los hechos singulares contenidos en leyes de per-
feccionamiento constante e indefinido.> Y de aqui que de
todas maneras, aquellos hechos observados en los animales,
no pueden considerarse como crimenes, porque «Zen dónde
tienen los animales la conciencia y el código, que les cau-
se remordirnientos y les dicte penas contra los supuestos
delitos? El pecado y el delito, lino suponen elementos de
que los animales carecen?
En la introduction al volumen sobre El homicidio (in-
troducción ya publicada a una obra que esta en prensi. y
que aparecerá a la mayor brevedad) ya decia que para en-
— XI —

contrar el equivalente á las muertes criminales en los ani-


males, no se precisa mirar la muerte de un animal ejecu-
tada por otro de especie diversa, que es una manifestación
natural de la férrea ley de la naturaleza. Pero el hecho se
convierte en antinatural cuando el que mata y el muerto
pertenecen á la misma especie; si un león mata á una cabra,
tenemos un hecho natural; si un león mata á otro león,
existe un hecho antinatural; y hé aquí el verdadero equi-
valente embriológico á la muerte de un hombre ejecutada
por otro hombre; mientras si un hombre mata á, una cabra
para comerla, este hecho no es ni antinatural ni criminal.
Nadie niega que en el delito humane existan elementos
psicológicos y jurídicos que no se encuentran en el delito
cometido por los animales; pero' para nada influye esto en la
verdad de nuestras observaciones, de que el hecho de un
animal que mata á otro de su misma especie es antinatu-
ral, y por tanto, y humanamente hablando, un hecho cri-
minal.
Yo estoy de acuerdo con Aramburo cuando considera
que el hecho de la aaña que coge las moscas no puede ser
un hecho criminal, como dice Lombroso, porque la una y las
otras pertenecen á especie, ó más bien, á reinos naturales
diversos.
En este capítulo trata Aramburo de la cuestión del li-
bre albedrío; pero habiendo escrito cuatrocientas páginas
para examinar los argumentos en pro y en contra (1), é indi-
cado la cuestión en el primer capítulo (le Los NUEVOS HOR1-
zoNTls, no puedo abrir aquí una discusión que no conduciría
á ningún resultado práctico. Continúe cada uno con sus
ideas, y el tiempo decidirá, como ya ha comenzado á deci-
dir, y la prueba es que cada año que pasa aumenta nota-
blemente el número de los que dan al libre albedrío el
verdadero valor que le concede la psicología positiva; esto
es, el de una ilusión (como tantas otras) de nuestra con-
ciencia.

(1) La teorica dell'impulabilità e la nega [Link] del libero arbi-


trio; Florencia, 1878.
-XII-
Porque así se considere el libre albedrïo no concluirá el
mundo, estando, por consiguiente, muy lejos de creer yo
con Aramburo, que aun suponiendo que fuese mera ilusión
de la conciencia la fe en la propia libertad, sería fomentar
los delitos empeñarse en destruir esa ilusión.
No lo creo, en primer lugar, porque la verdad es preci-
so reconocerla y proclamarla, sean cuales fueren sus pre-
tendidas consecuencias; además, porque en el hombre que
cree, en el libre albedrío existen otras fuerzas morales para
luchar con el mal, sin que el perder la ilusión del libre ar-
bitrio sea causa para que sucumba en la lucha.
Yo me creo tan honrado ahora, que no creo en el libre
albedrío como cuando creía, y existen delincuentes tanto
entre los que creen como entre los que niegan la libertad
moral.
Tampoco admito la otra afirmación de Aramburo (pági-
na 322), de que, Qparadójicamente proclaman las libertades
públicas los que niegan la libertad moral del hombre», por-
que á pesar del nombre, la libertad politica nada tiene que
ver con la libertad moral ó el libre albedrío; tan es asi,
que los más entusiastas defensores del libre albedrío exis-
tieron en la Edad Media, y entre los actuales están los más
encarnizados enemigos de toda libertad política.
E1 razonamiento que inspira este capitulo es una nueva
petición de principios. Dice Aramburo, «que el delito supo-
ne abandono consciente de normas de conducta enlazadas
con el orden universal, dictadas para un sér capaz de com-
prenderlas y capaz de negarlas, en cuanto es inteligente y
libre».
A esto contestamos: ignoramos si tenemos razón ó esta
-mosequivcadntrsfmioe,pcs
firme^riente que no es posible oponer al adversario, como
prueba de su error, la simple exposición de un principio
combatido ya con numerosísimas razones.
El delito, según la escuela clásica y el derecho cri
que Aramburo supuso existe-minalvget,supod
eu el delito, que es lo que hemos demostrado que es en gran
parte erróneo. Para responder (í nuestra•crítica, se precisan
— XIII —

otros argumentos y no desnudas afirmaciones que han


sido rudamente combatidas.
En el tercer capitulo (El delincuente,) Arainburo se ocu-
pa principalmente de los Gatos antropológicos de Lombroso,
y no es esta la ocasión opo: tuna de defender aquí á mi que-
rido maestro y amigo. Por mi parte, haré observar que el
profesor Aramburo ha prescindido por completo de dar noti-
cias y de examinar los diversos estudios de psicología crimi-
nal que he publicado en el A rchivio di psichiatria e scienze
penali sobre la conducta de los delincuentes, sus senti-
mientos, su imprevisión, y el estudio sobre el remordimien-
to en los delincuentes, que traducido en el Bulletin de la so-
cieté des prisons de París, ha dado ocasión á doña Concep-
ción Arenal (Psychologie comparée du dé[Link], ibid., 1886,
núm. 5.°) para confirmar, con la gran autoridad de su saber
y de su experiencia, el hecho de la falta de remordimiento
en muchísimos delincuentes, contra la general ppinión de
aquellos que, como los criminalistas clásicos, no observan
de cerca á los delincuentes y los juzgan como otro cualquie-
ra hombre normal.
De dos ideas mias se ocupa Aramburo en este capítulo:
los factores naturales del delito y las categorías antropoló-
gicas de los delincuentes.
En cuanto á lo primero, me hace dos observaciones im-
portantes: primera, que mi clasificación de las causas de
criminalidad tiene el defecto de confundir «lo principal con
lo accesorio; lo meramente ocasional con lo causal, etc.
(pg. 115). Segunda, que hay una especie de confusión en-
tre los factores físicos y los factores sociales, y para estos
últimos diversas energías sociales, que impulsan, no sólo
al mal, sino también al bien; «si el cargo y la data acusan
sendas partidas en el libro de los factores sociales, y si ve-
mos que éstos anulan la eficacia de los físicos, vendría á re-
sultar en el cómputo final una nivelación que, sig nifican -
do cero {ó un recto de cantidad insuficiente, dado que se
rechazase la nivelación supuesta) para la eæplicación matn-
mática de la producción del cielito, nos obli g aría á la net -
ción del delito mismo» (pág. 119) .

CORD Obi
— XIV —

Me parece en extremo fácil responder: en primer lugar,


es extraño que mientras, que yo para demostrar y confirmar
la realidad positiva del triple orden de factores individcales,
físicos y sociales del delito, he recurrido á muchas y arduas
investigaciones de antropologia, psicología., estadística,
fisiología (como se puede observar en este libro), y he pre-
sentado una serie de hechos, es extraño, repito, que se crea
poderlos destruir con silogismos más ó menos aislados. Para
mí, la lógica de los hechos vale mucho mis que la lógica
filosófica. Si Aramburo me opone hechos que desmientan
los que presento, entonces habr<< una discusión científica
y no solamente dialéctica; de otro modo, tendrá tan fácil
victoria como el caballero de la Edad Media, que cubierto
de hierro y lanza en ristre combatiese contra un pobre pe-
chero mal vestido y armado de un sencillo palo.
No es exacto que yo haya confur%ido lo principal con lo
accesorio, lo ocasional con lo causal; aun bajo el punto de
vista filosófico, no veo entre estos diferencias esenciales; el
corazón es principal, las venas son accesorias, y ambos son
necesarios de distinta manera al organismo animal; á pe-
sar de la ocasión que lo determina, ni aun el hecho se veri-
fica en contra de las demás causas precedentes; una gota
de agua será ocasional, pero sin ella el líquido que llene el
vaso no se derramará; es, por tanto, una causa concurrente
y necesaria, y sin ella el efecto no tiene lugar.
En cuanto á la segunda observación hecha á mi teoría
de los factores del delito, aun admitiendo que los factores
sociales puedan en algunos casos servir de contrapeso á los
factores físicos, sin embargo no me parece que esto pueda
establccerse sin más ni más como regla absoluta; por el con-
trario, sucede muchas veces que los factores sociales en
vez de servir de contrapeso â los físicos duplican la acción
tentadora de estos últimos; ejemplo, las malas medidas del
gobierno (factores sociales) en casos de crisis agrarias (fac-
tores físicos), etc., etc.
Igualmente, si es verdad que en los sociales existen fuer-
zas que impulsan al bien, ho quiere esto decir que reduzcan
á cero la influencia de las fuerzas maléficas. por la sencilla
--xv-
razón de que existen también los factores individuales , ó
sean aquellas disposiciones personales por las que precisa-
mente el individuo, mientras siente mucho las tentaciones
al mal, permanece indiferente á los impulsos al bien, y por
esto delinque.
Por consiguiente, el problema no es tan sencillo como
tree Aramburo; no se trata de «una explicación mate-
mática» de la génesis del delito, porque, según la escuela
clásica, toda la complejidad del delito se reduce á un punto
matemático de unfiat del libre albedrío; para nosotros, todo
delito es el efecto de causas complicadísimas que concu-
rren, en parte acumulándose y en parte eliminándose, á
producir las causas, sin las que no se concibe cient^fccamen-
te por qué cada año y en cada pais se ejecutan un determi-
nado número de delitos, no se comete ninguno, ó que la
proporción de la criminalidad aumenta notablemente.
Para responder á las observaciones de Aramburo á mi
división de los delincuentes en cinco categorías antropoló-
gicas, según el predominio de los diversos factores, debo
repetir que es muy distinto hater silogismos en el despacho
a estudiar centenares de delincuentes en las cárceles, en los
manicomios, en los casos de pericia médico-legal y en las
cifras de la estadistica. Si Aramburo hubiese hecho esto,
se hubiera persuadido de que el haber nosotros defendido la
clase de delincuentes que Garofalo llama fortuitos y yo oca-
sionales no es «una brecha en la fortaleza que parecería
más inexpugnable si no presentase ese portillo por donde
entran tantos y tantos malvados que no se sujetan al tipo
grabado en el cliché, ni obedecen á los resortes supuestos
del mecanismo criminal» (pág. 135).
El delincuente de ocasión no es una figura inventada
para mayor comodidad de una clasificación; es un tipo real
y frecuepte, que tiene secs peculiares caracteres, corm los tie-
nen los demás tipos de delincuentes. No es exacto, . como
dice Aramburo en la página 133, que haya entre los positi-
vistas «desacuerdo acerca de las categorias en que deben
ser clasificados los delincuentes», porque, como se verá en
el cap. II de este libro, las diferencias de la clasificación
- XVI -
son cuestiones de forma; en el fondo existe perfecto acuerdo.
Ahora bien: siguiendo tal sistema se podría negar todo
valor aun á la zoología y á la botánica, con el pretexto de
que hay desacuerdo entre los que á estas ciencias se dedi-
can en alguna singular clasificación de plantas ó animales.
La verdad es, por el contrario, que el principio de la
clasificación de los delincuentes se impone hoy, no sólo en la
disciplina penitenciaria, sino en la misma ley penal y en la
ciencia, porque la experiencia de todos los días nos enseña
que á más de las supzuestas circunstancias modificativas de
la imputabilidad, según la escuela clásica, existe siempre la
circunstancia de que un mismo delito tiene caracteres y te-
mibilidad diversa, según que lo comete un delincuente nato,
de ocasión, ó habitual. La medida ponderadora de la escue-
la clásica confunde en una sola figura algebráica todos los
delincuentes, para fijarse sólo en el delito jurídicamente
considerado: es un concepto metafísico y la última razón
de la bancarrota de nuestros sistemas penales que el mismo
Holtzendorff ha reconocido. Dice Aramburo: «z,No podemos
preguntarnos cuánto mayor sería este ascenso de crimi-
nalidad á no existir la penalidad vigente ó á ser aun más
defectuosa de lo que es?» (pág. 252). Yo podría preguntarle
fácilmente: ¿Y quién sabe cuánto menor sería aquel au-
mento, si en vez de los vigentes sistemas penales se pusie-
ran en nráctica otros más rationales y eficaces?
En el cap. IV (La penal se combaten mis dos teorías de
la responsabilidad social y de los sustitutivos penales (ros-
titutivi penali).
En cuanto á la primera, se comprende que las profun-
das diferencias de convicciones filosóficas no hagan posible
un acuerdo entre Aramburo y nosotros. Aunque no quiera
repetir lo que el lector verá en el capítulo primero de mi li-
bro, no puedo prescindir de manifestar que Aramburo no se
ha fijado en el fundamento que yo asigno al concepto de res-
ponsabilidad penal, y demuestra no haberlo comprendido
perfectamente, cuando dice (pág. 230): «Si se niega la res-
ponsabilidad individual ó se desconoce lo que la sociedad
es, 6 hay que negar la responsabilidad social; lo uno impli-
XVII -

ca lo otro, yen el todo no ha de surgir por mono mava'villoso


aquello de que en absoluto carece la parte.»
Yo no he negado «la responsabilidad individual»; he di-
cho, por el contrario, que la ciencia y la ley penal no pue-
den fundar la pena sobre la responsabilidad moral del in-
dividuo (consistente en el libre albedrío), por la razón de
que no se puede fundar una institución tan necesaria como
la pena sobre una base como el libre albedrío, (que suponien-
do lo menos) está seriamente combatido por muchos y no-
tables hombres de ciencia.
Yo no creo científico el crite yio de la responsabilidad
moral del individuo, y por eso lo he sustituido por el de la
responsabilidad social; pero no en el sentido de que la res-
ponsabilidad de los delitos corresponda á la sociedad, sino
en el sentido de que el individuo debe responder, social ó
jurídicamente, de sus acciones criminales, por el solo hecho
de vivir en sociedad. Eu la sociedad, el individuo tiene de-
rechos y por tanto deberes hacia la misma sociedad; esto
independientemente de si tiene ó no el libre albedrio; si
practica el bien, será' respetado; si practica el mal, tendrá
el mal, esto es, será castigado. Hé aquí todo.
No me varece muy convincente la observación de Aram-
buro, que «sin ser libre el agente; ni el acto seria imputa-
ble, ni seria responsable el criminal, ni el reo capaz de en-
mienda» (pág. 270), porque—y perdóneme la repetición—
esto no es sino la desnuda afirmación de un principio tra-
dicional que nosotros hemos discutido.
A este principio, que no es un dogma, le hemos opuesto
razones de hecho, citando entre otras, cómo ha cambiado
el sentimiento de la generalidad en materia de delitos, y
que no seria difícil que cambiara inclinándose á la tenden-
cia proclamada por la escuela positiva.
Finalmente, contestaré á Aramburo que fundamos el
derecho de punir sobre la necesidad de la conservación so-
cial y no sobre la simple utilidad, y por tanto, si es verdad,
como dice (pág. 229) que «la utilidad por si sola no crea un
derecho, u es también evidente que la necesidad es bastante
— XVIII —

para crearlo y legitimarlo de una manera absoluta, por-


que la necesidad no reconoce ley.
Respecto de la teoria de los sostitzctivi penali, deb3 hater
notar, ante todo, que no es exacto que yo haya sostenido
que no tengan eficacia alguna las penas contra los delitos; lo
que sostengo, es que son mucho menos eficaces que to que
generalmente se tree por criminalistas -y legisladores, y
por esto creo mucho más útiles los sostitutivi pcnali. «Pero
es claro, dice Aramburo (pág. 256) que con ellos no se sus-
tituye la pena que aparece después del delito, » pero subiata
causa tollitur effectus, yï la prevención obra como se de-
sea, la pena es ínútil, porque no se ha de cometer delito.
A pesar de esto, no he pensado nunca que los sostitutivi
penali hagan desaparecer el delito de la faz de la tie-
rra, habiendo sostenido en otro lugar la opinión contra-
ria (1); por tanto, no tiene fuerza la observación de Aram-
buro tomada de Tarde, de que á lo más los delitos cambia-
rán de forma. «vY quién asegura que la delincuencia dismi-
nuída con relación á una determinada categoria de delitos,
merced á los remedios, no reaparecerá en otra forma y
afectando á otra clase de intereses?» (pág. 258). Efectiva-
mente, los sostitutivi penali no sirven, ó tienen menos efica-
cia contra los delincuentes natos que contra los delincuen-
tes de ocasión; para éstos es para los que sirven, porque, se-
gún el proverbio, «la ocasión hate al ladrón;» y repito, qui-
tadas la ocasiones en muchos casos, se quita el delito, pro-
duciendo así una disminución de criminalidad real y abso-
luta y no solamente aparente. Efectivamente, estudiando
la estadística criminal y no refiriéndose solamente á silo-
gismos, se observa que, por ejemplo, en [Link], la vas-'
to y eficaz aplicación de muchos remedios preventivos, es-
pecialmente para la infancia abandonanda, ha producido
por resultado una verdadera y definitiva disminución de la
criminalidad.

(1) Socialisma e criminalità, Turin, 1883.


-XIX-
Yo temo que Aramburo no haya comprendido bien mis
teorías sobre los sostitutivi penali, cuando veo que dice
(pág. 258-59) que «el político experimentado sabe hasta
dópde llega la fuerza de un hábito añejo que echó hondas
raíces en el carácter del pueblo, y si no busca conflictos,
que en el caso presente se traducirán en aumento de cri-
minalidad, sorteará con prudencia y tino los peligros de
una resolución franca y radical, y buscará la línea curve
como Ia más corta para llegar del propósito al éxito. Eri el
plan de Ferri hay, en sentir de Garofalo, un olvido de estas
elementales reglas de procedimientos.»
Ahora bien, mi teoría de los sostit?aivi penali y de la
prevención indirecta consiste precisamente en considerar
más eficaz no tomar de frente la línea recta contra el de=
lito (como se hace con las penas), sino la curva, acudiendo
á las fuentes á impedir que tenga lugar. Y hó aquí que mi
teoría es exactamente la misma que Aramburo dice que no
es, y que en esto consiste su defecto.
Eu el cap. V (El juicio)creo oporturno no detenerme, por-
que ya es demasiado larga esta introducción y porque los
argumentos empleados contra las reformas que he propues-
to en el procedimiento penal se encuentran suficientemente
contestadas en el cap. IV de este libro, y además, porque no
están en relación tan directa como las anteriores con las
teorías fundamentales de la escuela criminal positiva.
Antes de despedirme del cortés lector, tengo especial
gusto en declarar que la defensa de las ideas nada quita de
mi estima al profesor Aramburo, al que estrecho cordial-
mente la mano por ser adversario leal, porque él, separán-
dose en esto de algunos críticos italianos que se ensañan
con la nueva escuela de una manera inconsiderada, reco-
noce (págs. 346 y 347) que las teorías de la escuela positiva
«fuerza es reconocerles un valor negativo en cuanto con-
tribuyan á templar ó contrapesar otros irreflexivos impul-
sos, ó á madurar por entero las soluciones que hayan de
llevarse á la práctica. Que esto mer?ce consideración, sólo
puede desconocerlo quien desconozca la índole y el estado
actual de los estudios penales..^
-xx-
Esto es ya mucho: aun prescindiendo del valor positivo
de nuestras investigaciones, valor que creo haber demos-
rado evidentemente, es dato importantísimo la gran difu-
sión de las nuevas teorías en toda Europa, incluso España,
donde los señores Pérez y Oliva, Morote, Gil Osorio, Pérez
Caballero y Doña Concepción Arenal, han dado á conocer
las nuevas ideas, y en donde con feliz acuerdo el Gobierno
español ha reanudado la publicación de la Estadística
criminal, que dará un nuevo impulso (como lo ha producido
el notable trabajo de Gimeno Agius) á la investigación po-
sitiva sobre los delitos. La escuela positiva ha encontrado
en la Universidad de Buenos Aires un entusiasta defensor
en el profesor Norberto Piñero, que en un discurso publi-
cado en La 1Vacidn, de Buenos Aires, el 18 de Mayo de
1887, ha explicado y sostenido franca y resueltamente los
principios fundamentales de la escuela positiva.
Finalmente, ya en los Parlamentos legislativos se co-
mienzan á acoger con agrado las consecuencias prácticas de
las nuevas ideas, y prueba de ello lo que á mí me sucedió
en el Parlamento italiano el 19 de Marzo pasado, con moti
discurso pronunciado sobre la criminalidad y sobre-vodel
las cárceles de Italia.
Siempre las nuevas ideas, chocando con las costumbres
de los sabios y del público, pasan por los siguientes esta-
dos de evolución: en los comienzos se prescinde de ellas
por los mais; después se las estudia, pero no profundamen-
te, incurriéndose con frecuencia en grandes errores; des-
pués se toman seriamente en cuenta y concluyen por con-
quistar pacificamente la opinión general y se hacen prin-
cipios comunes á que el porvenir reserva el choque y el
predominio de otros principios nuevos, porque las ideas,
como sucede con los dem=is seres, sostienen una especie de
lucha por la existencia, sin la cual no existiría vida fecun-
da y duradera.
ENRICO FERRI.

Roma, Junio de 188'7.


PREFACIO
Tengo el especial gusto de comenzar este libro recor-
dando aquella triada gloriosa de pensadores italianos, á
quienes debo mi vida intelectual: Roberto Ardigo, Pietro
Ellero y Cesare Lombroso.
Dedicado á los estudios de filosofia positiva y de antro-
pología criminal, por las lecciones de. Roberto Ardigo y de
Cesare Lombroso, apenas había comenzado á delinear, en
algunas publicaciones, el alcance y el valor científico de
los nueves datos que el estudio positivo del hombre oponía
á las teorías existentes sobre el delito, sobre la pena, sobre
el juicio, cuando tuve el honor de suceder en la Universi-
dad de Bolonia á mi maestro de Derecho criminal, Pietro
Ellero. En la introducción á aquel curso (Diciembre 1880),
que filé la primera edición de este trabajo, recogí y coordi-
né los primerós resultados de mis investigaciones, para
señalar la nueva dirección que me proponía en el estudio
y en la enseñanza de la ciencia criminal.
Una acogida inesperada tuvo la nueva escuela, y el que
sus ideas tuvieran tal expansión, es buen síntoma de que
responden á las necesidades de la vida social.
Ahora presento, como reunión de nociones preliminares
é introducción general al estudio positivo de la ciencia cri-
minal, el desarrollo de aquel primer esbozo de mis ideas,
no sujetas á un método determinado, sino como se repre-
sentaban según los hechos observados. Añado muchos con-
ceptos, recogidos de otros trabajos publicados en Revistas
diversas, y prescindo de otros, que antes consigné y que
tenían su origen en la incertidumbre de una emancipación
no completa de los preconceptos metafísicos. Asistiendo
ahora á la natural evolución de mi pensamiento científico,
me acerco al momento de presentar una síntesis menos
incompleta de la nueva ciencia criminal.
ENRICO FERRI.
Siena, Febrero 1884. .
s

INTRODUCCIÓN

Razones históricas de la escuela positiva del Derecho criminal.

Ya que el afirmarse y el progresar de una nueva idea es


un fenómeno natural determinado por las condiciones de
tiempo y de lugar y que serfa desacertado el considerarlo
solamente como efecto de veleidades personales más ó
menos arbitrarias, será conveniente indicar ante todo las
principales razones históricas de la escuela positiva del
Derecho criminal (1).
Ni los romanos, tan grandes en el Derecho civil, ni los
prácticos de la Edad Media habían sabido elevar el Dere-
cho criminal à la dignidad de sistema filosófico. Fué Becca-
ria quien, guiado más bien del sentimiento que del rigor
científico, dió un extraordinario impulso â la ciencia de los
delitos y de las penas, y fué seguido de una pleyade de filó-
sofos del derecho.
Beccaria habla reasumido las ideas y los sentimientos
de los filósofos y de la pública opinión de su tiempo (2).

(1) Razones ya desarro!ladas en la Introducción La Escuela po-


sitiva del Derecho criminal, Siena, 1883, que aqua reproduzco en
parte, en vez de hacer una segunda edición separada.
c) Véase á este propósito, DPsjardins Les cahiers des Eta is Ge-
n aux en 1789 et la legislation criminelle, París 1883. En la in-
troducción se habla det estado de la opinión pública en aquel tiempo,
que reclámaba la reforma de las leyes criminales. Y se habla también
de Ia hostilidad y de las acusaciones de trastorno social que se lan-
zaron contra los innovadores del Derecho criminal, y los sucesores y
actuales representantes de aquéllos, olvidando que han sido revolu-
cionarios hace cien años, repiten contra los innovadores positivistas
idénticas acusaciones, que no bastaran á contener las nuevas ideas,
como antes no impidieron el triunfo de principios que hoy son orto-
doxos.

— 4 ---
Pero de las varias Corrientes científicas que hubieran
podido d^sarrollarse de la base capital de su inmortal libro,
una prevaleció, en Italia especialmente, que se hizo después
el fundamento de la escuela clásica del Derecho criminal.
Esta escuela tenía y tiene un fin práctico, la disminu-
ción de las penas, y la abolición de muchas de ellas, Como
noble y generosa reacción contra el empirismo feroz de la
Edad Media; y tenía y tiene una direccibn teórica, estudiar
a priori el delito, Como ente jurídico abstracto.
Alguna otra corriente se ha delineado en nuestro siglo,
Como la escuela correccionalista, defendida especialmente
por Roeder, bajo el aspecto de la enmienda moral ó de la
enmienda jurídica. Mas si bien tuvo discípulos en Alema-
nia, algunos en Italia y en Francia y más en España (1), dis-
cípulos ardientes y convencidos, si bien representase tam-
bién una fi lantrópica reacción á los sistemas carcelarios de
la Edad Media, que aun viven más ó menos entre nosotros,
no ha podido tener larga vida autónoma, porque demasiado
sujeta à inmediatos y continuos mentís de los hechos à su
principio cardinal, y porque ella también, en resúriien, no
hacía más que oponer silogismos a otros silogismos,
mientras la única manera de obtener la victoria, es oponer
hechos numerosos y coordinados à las a r gumentaciones
abstractas y arbitrarias.
Queda hoy Como remanente de otras escuelas crimina-
les el principio de que la pena debe enmendar al culpable;
pero fuera de que este principio es puesto en línea secun-
daria del derecho, las nuevas observaciones .antropológi-
cas, psicológicas y estadísticasde que hablaremos después,
la han dado el último golpe, corno teoria fundamental, ha-
biéndose puesto en evidencia que bajo cualquiera y aids de-
licado régim en penitenciario, existen siempre tipos de de-
lincuéntes para los que la enmienda es imposible ó suma-
mente difícil é inestable, porque les domina una constitu-
ción orgánica ó psíquica anormal. A esto se une, el que re-
sidiendo la génesis del delito, no solamente en el individuo
delincuente, sino también y en gran parte en el ambiente

(1) Giner, Las doctrinas fundamentales reinantes sobre el delito,


y la pena; traducción de la obra de Roeder.—Madrid, 1877.
-- 5 —
fisico ó social que lo rodea, la sola enmienda del individuo
no basta para impedir las recaídas, si primeramente no se
corrige, pasta donde sea posible, el mismo ambiente exter-
no, sobre todo en el order} social. La obligación y la utili-
dad de la enmienda individual, la conserva la escuela po-
sitiva para cuando sea posible en algunas categorías de
delincuentes (de ocasión ó por ímpetu de las pasiones); pe-
ro como punto fundamental de una teoría cïentífica., aquel
principio está muerto, ó cuando menos agonizante.
Solamente, pues, la escuela clásica prevalece en Italia,
con parciales discrepancias de algunos criminalistas, pero
única como método y como conjunto general de principios
y consecuencias. Y mientras que en la vida práctica ha
logrado en gran parte su objeto, con una grandísima y
á veces excesiva mitigación de las penas, en la vida teórica
ha dado al mundo científico, después de tantas obras maes-
tras de criminalistas italianos que aun viven, el Pr°ograma
de Carrara, en el que del principio a priori, que «el delito
es un acto jurídico, una infracción, no una acción», se de-
ducen con sólo la fuerza de una maravillosa y potente ló-
gica todas las principales consecuencias jurídicas abstrac-
tas de que el principio era susceptible (1).
La especulación teórica en los modernos espiritualistas
italianos ha llegado á tal punto, que aun después de veinte
años de trabajos preparatorios, el legislador italiano no
ha podido dar una forma positiva, ó más bien national
á estas especulaciones. Y este hecho, si se funda en otras
razones de orden histórico y político, depende, sobre todo,
según creemos, de que por un lado aquellas abstracciones
jurídicas se han alejado â menudo de la realidad de los he-
chos cuotidianos, y además porque, siendo en su mayor par-
te fruto de opiniones personales y apriorísticas, más bien
que observaciones positivas deducidas de la base común de
los hechos observados, sucedía y sucede que los principios
que habían de formularse en el nuevo Código penal, varia-
ban y varían a veces sustancialmente, con el cambio de los
criminalistas llamados en diversas épocas â preparar el
proyecto.

(1) Carrara, Programma, parte general, quinta edición, prefacio,


página 5, párrafos 33 y 34.
Ahora bien; con Carrara y con los más ilustres represen-
tantes modernos de la escuela clásica italiana, se reasume
y se cierra el glorioso ciclo científico iniciado por .Beccaria,
como lo prueba, entre otras cosas, la evidente escasez de
producciones científicas de derecho criminal, en Italia y
fuera de Italia, según los principios y el método de la es-
cuela clásica. Esto y el hecho de que los criminalistas em-
piecen á volver la vista hacia un procedimiento penal, hasta
ahora muy abandonado, tieneu el mismo significado, el de
un agotamiento del derecho criminal clásico, si se piensa
que todavía en la parte especial de éste falta afin mucho, y
en otras partes ó nada se ha hecho ó no se han completado.
Mas para aquellos que queriendo permanecer en el mis-
mo orden de ideas de la escuela clásica, Et los nuevos cul-
tivadores de esta ciencia, no les quedaría, como dice Carra-
ra (1), mas que una esfera tan modesta como estéril; esto es,
la esfera de comentarlos tratados clásicos, perdiendo como
hacen muchos el mejor tiempo en la inútil discusión de fór-
mulas y silogismos. Sin embargo, existe un hecho doloro-
so, que fuera de las escuelas reclama la indagación cientf -
fica y que la sociedad provea: el hecho, revelado por la es-
tadística criminal, es, que la delincuencia aumenta continua-
mente, y que las penas hasta ahora aplicadas, mientras no
sirven para defender Et los honrados, corrompen aun más á
los criminales (2).

(i) Carrara, Opuscoli di diritto criminale, volumen V, pág. 39.


(2) Existe en algunos la tendencia de afirmar, que si el aumento de
criminalidad existe en otros países (donde las estadísticas criminales
lo dicen de una manera terminante) en Italia hay una rebaja conside-
rable; sin embargo, prescindiendo de lo incompletas que son las esta-
dísticas italianas, consignaré que recientemente he tenido ocasión, con
las estadísticas en la mano, de demostrar, no solamente para Francia,
sino también para Italia: í.° Que si en 1881 y 1882 hubo disminución
notable en la criminalidad de Italia, no puede considerarse sino como
una de las frecuentes oscilaciones anuales que en nada contrarían el
aumento que se nota en grandes períodos de tiempo. 2.° Que efectiva-
mente en Italia, las disminuciones últimas no han producido en el
trienio 1880-1882 (y ni aun en cada año) aquellas condiciones menos
graves de criminalidad, que se hablan producido por otra de las fre-
cuentes oscilaciones en el trienio 1874-1876 (E. Ferri, La criminalita
in Italia, en el Archíoio depsichriatria seienze penali, etc., etc., vo-
-7—
De much!simos años á esta parte, se ha determinado en
la ciencia criminal un nuevo movimiento, iniciado en la
parte antropológica por Lombroso y afirmado en seguida,
en la parte jurídica, por una persona, que no importa nom-
brar, con un libro que, entre los defectos naturales de una
obra juvenil, afirmaba ((el entendimiento de aplicar el mé-
todo positivo â la ciencia del Derecho criminal.»
Es ley psicológica humana, que toda innovación, en
cualquier orden de hechos, produzca la desconfianza de las
primeras tentativas. Y este sentimiento de conservación, no
sólo es legítimo, sino necesario, siempre que no trascienda
á la suprema ilusión de impedir toda otra aspiración pro-
gresiva, que â su vez es legítima y otro tanto necesaria al
bien de la sociedad: la vida, que es resultante de aque-
llas dos tendencias, opuestas entre sí, pero conformes en su
último fin. Así Spencer decía, que todo progreso realizado
es un obstáculo â los progresos futuros; porque todo el que
haya dedicado su vida a obtener alguna reforma, algún ade-
lanto, naturalmente, queda vencido, y solamente pocas in-
teligencias privilegiadas pueden sustraerse a las ilusiones
de que sea la última de las mejoras humanas, y creyendo
haber tocado el, non plus ultra, . ayer revolucionario, se
hate hoy conservador. Y así, sobre aquella persona que
afirmaba la necesidad de renovar el derecho criminal, llo-
vieron ,las acusaciones de «nihilismo científico», «manía
innovadora)) de (trastornos morales y sociales, etc., etc.))
Pero aquella persona que, encontrándose por sus estu-
dios en el campo jurídico, no hacía otra cosa que recoger y

lumen IV, cuaderno 1I). Más recientemente, la Rivista percale de Di-


ciembre de 1883, reasumiendo los discursos de apertura de los Tribu-
nales, añadía algunos datos sobre la criminalidad en Italia, restrin-
giendo el número de condenados por homicidio y salteamientos, y sola-
mente desde 1875, y el número de las instructorias de las denuncias y
de las querellas, solamente desde 1879; concluyendo «que si no es pre-
ciso lisonjearse sobre los resultados estadísticos de algunos años, que
pueden resolverse en oscilaciones momentáneas y transitorias, no es
preciso tampoco poner en tortura la inducción y la lógica para ocultar
ó negar la escasa luz, pero que promete más, que se extremece en la
oscura noche de la delincuencia», pág. 502. A to que resta observar
solamente, sin torturar «la inducción y la lógica», que cifras parc i ales
no pueden dar nunca conclusiones generales.
—8—
coordinar las ideas esparcidas ya en las ciencias naturales
y psicológicas, y expresar una sentencia ya madurada por
un largo período de incubación y ya viva en la conciencia
de una contradicción entre muchas abstracciones jurídicas,
y los hechos palpitantes de las Cortes de Assises y de los
Tribunales, aquella persona proseguía su estudio, y reco-
nociendo en aquellas oposiciones un fenómeno psicológico
natural, y por tanto inevitable, dejaba que las ideas siguie-
ran espontáneamente su evolución.
Y la idea, defendida en el campo antropológico por Lom-
broso y en el campo jurídico por mí, ha seguido un rapidí-
,simo movimiento de expansión y ha encontrado en Italia y
fuera, en juristas, naturalistas y sociólogos, una falange
cada vez más numerosa y conforme, falange que le dió el
derecho de afirmarse como nueva escuela científica, que
tiene una dirección común y un común patrimonio de ideas
y aspiraciones (1). Y esto no por mérito especial de los pri-

(1) A más de los muchos partidarios que, tanto en el campo natu-


ralista como en el jurídico tendré ocasión de citar, la nueva escuela
tiene ya un órgano especial, en el Archivio di psichiatria science pe-
nali e antropología criminale. (Turin, Boca editQres desde el 1880)
y ha dado origen á una biblioteca especial Biblioteca antropológico-
giuridica (Turin, Boca, editores). En Italia, entre las principales re-
vistas jurídicas que defienden la nueva tendencia, á más de la Rivista
Carceraria, que fué la precursora, podemos citar la Temi veneta de
Bolaffio, el Graoina, de Precone; la Rivista di Giurisprudenz a, de
Pugliese, etc., etc. En el extranjero, la Zeitschrift für die gesamte
Stráfrechtswissensehaft, del profesor Listz, que en la apertura del
curso de la Universidad de Marburg (Der Zwesckgeda^nke im Stra-
frecht,1883), sostuvo las principales conclusiones de la escuela.
Para recordar las solas publicaciones periódi^as, Lacassagne,
Richet, en la Revue scientifique; Maury, en el Journal des savants;
Bournet, en Lyon mecal; Soury, en la Nouvelle revue; Tarde, en
la Revue philosophique.; Brissaud, en la Revue general de dróit; Heil,
en la Magyar Igazsagügy; Tauffer, en el Ayramer Zeitung; Kirchen-
heim, en el Centrablatt fir Rechtswissenschaft; y Pérez Caballero,
en la Revista general de Legislacián y Jurisprudencia, han hecho co-
nocer recientemente la nueva escuela italiana á los franceses, húnga-
ros, alemanes y españoles. Finalmente, Mierzejewski fundaba en San
Petersburgo el Wiestnik psychiatríi i nerronoy pathologii, con la
misma tendencia que el Archivio di psichiatria e antropologia cri-
minale.
-9—
meros iniciadores, sino únicamente porque aquella tenden-
cia no esperaba más .para presentarse y extenderse que
una abierta afirmación, porque estaba ya en el aireque res-
piramos y es hoy la última expresión de una necesidad
evidente, entre las teorías criminalistas y la justicia práC-
tica .
La insuficiencia de las penas, hasta ahora usadas para
contener los delitos; el aumento continúo de las reinciden-
cias; las consecuencias peligrosas y á veces absuì das de
teorías sobre la locura que razona y sobre la fuerza irre-
sistible, aplicadas fuera de propósito y sobrepuestas á las
teorías médicas sobre la imputabilidad moral del hombre;
la exageración de algunas formas procesales; el ingerto
inorgánico de instituciones extranjeras sobre el viejo tron-
co de nuestro procedimiento; todo estó, y aun más, recla-
maba y reclama en la conciencia común un remedio cien-
tífico y legislativo que quite ciertos abusos que favorecen á
los delincuentes y perjudican á los honrados.
Este es el resultado práctico de la escuela positiva del
Derecho criminal, que, nótese bien, no se presenta para
abatir todo cuanto se ha hecho hasta ahora en la ciencia,
sino que se presenta como un desenvolvimiento 'ulterior de
esta misma ciencia criminal, de la que acepta aquellos prin-
cipios y teorías que s pan comprobadas por la observación
de los hechos, criterio único de esta escuela.
En primer lugar, se necesita hater desaparecer la idea
incompleta de Lombroso (1) y de algún otro jurista, de que
esta escuela no es sino un partial connubio, una simpáti-
ca alianza entre el derecho penal y la antropología criminal.
No es verdad; es algo más, tiene un mayor valor científico
y práctico; es la aplicación del método experimental al es-
tudio de los delitos y de las penas, y como tal introduce en
el tecnicismo jurídico abstracto el refuerzo de nuevas obser-
vaciones hechas, no sólo por la antropología criminal, sino
por la psicología, por la sociología; representa verdadera-
mente una nueva fase en la evolución de la ciencia cri-
minal.

(1) Lombroso, Ueber den . Ursprung, das Wesen and die Bestre-
bungen der neuen anthropologiseh- kríminalísiisschen Schule in
Italien, en la Zeitsch f. die ges Strafrw, I. 1.
-10
En Itália, el1m todó experimental no es ninguna nove-
dad; nació coil el Renacimiento, por obra de Galileo y los
que le siguieron. Lo que sucede es que la aplicación de
este método á las ciencias físico-naturales no produjo des-
confianza alguna, y produce muchísima al aplicarlo á las
morales y sociales; mientras es evidente, que si este méto-
do ha producido tan buenos resultados en algunas ciencias,
debe producir los mismos en las demás, porque todas las
ciencias tienen una misma esencia y un objeto idéntico: el
estudio de la naturaleza y el descubrimiento de sus leyes,
en. beneficio de la hu manidad .
Y esto es tan verdadero, que mientras con el método
a priori traditional, la filosofía, como dice Spencer, era un
continuo proceso de suicidios, porque cada filósofo echaba
por tierra los sistemas anteriores y el suyo era destinado à
ser abatido por los posteriores: en cambio, con el método
experimental, una vez hecho el descubrimiento, lo está para
siempre y es tan inmutable como los hechos en que se
funda. Mientras en la filosofía metafísica se observa à me-
nudo una gran oposición de sistemas, incompatibles entre
sí, porque no tienen más base que la fantasia del pensador,
en la filosofía positiva no hay más que diferencias parcia-
les de apreciación, quedando siempre la base común, el
hecho observado. Hay otra ley psicológica, que el hombre
se preocupa de las ciencias tanto más cuanto que éstas son
ó aparecen mâs en conformidad con sus sentimientos y con
sus intereses personales. .-
Por esto, cuando Galileo defendió el use del método po-
sitivo en las ciencias físicas, pocos protestaron, y no hubo
desconfianzas, fuera de aquellas personas que velan en
ciertos descubrimientos una oposición à sus creencias ó à
sus intereses de casta. Pero no fué mucha la oposición al
método experimental, cuando éste se mantuvo en la astro-
nomía, física, química, geología, botánica, etc., etc.
Pocos a ri os después, Claudio Bernad quiso aplicarlo
à la fisiología humana, echando por tierra las viejas fanta-
sías metafísicas sobre la vida. Se murmuró un poco, pero
no por mucho tiempo, porque se creía entonces d la fisio-
logía no relacionada íntimamente con la parte moral del
hombre.
Compte en Francia, Spencer en Inglaterra, Ardigo en
- 11 -
Italia y Wundt en Alemania, quisieron extender el método
positivo al estudio moral y psicológico del hombre; la ba-
talla fué terrible; los sentimientos y las costumbres here-
dadas, las creencias religiosas, se creyeron amenazadas
de esta primera tentativa y se levantaron poderosas, mien-
tras por fortuna, el sentido común, la religión y la ciencia
se mueven en diversa esfera. Cuanto más se extiende el do-
minio de la ciencia, más se restringe el del vulgar sentido
común y de la religión, porque en el individuo, como en la
humanidad, inteligencia y sentimiento tienen por regla
general una marcha contraria, ó cuando menos el desarro-
llo de la inteligencia, si no disminuye por completo el sen-
timiento, lo domina y lo transforma. De tal manera, que si
se quisiera hacer una graduación psicológica del hombre,
se podria decir, que wimero existe la observación común
y separada de los fenómenos naturales, que es el grado
meños elevado; donde no alcanza, llega la ciencia que no
es otra cosa sino una observación coordinada y sistemática
de los hechos, y donde la ciencia no llega á explicar los
problemas últimos de la vida, a11í alcanza la fe, con la
intuición vaga de lo desconocido, â. lo que el hombre siem-
pre ha aspirado yaspi rará.
La psicología también se ha hecho ciencia positiva y el
mundo lo encuentra perfectamente, y las nuevas generacio-
nes se suceden á desarrollar siempre mejor la nueva vida.
Cuando después vino quien quiso aplicar el mismo mé-
todo positivo â las ciencias sociales, y especialmente más
relacionadas con la vida cuotidiana, á la económía política
y al derecho penal, entonces crecieron las sospechas y las
oposiciones, viendo la pretendida amenaza de un trastorno
económico y jurídico en la sociedad, porque los intereses
que creían en peligro; les preocupaban y no les dejaban ver
serenamente la nueva dirección de las ideas y sus benéfi-
cos efectos.
¿Qué razones existen para negar la existencia del método
positiv4 â las ciencias sociales, cuando este método ha pres-
tado tan grandes servicios â. otras ciencias'? Evidentemente,
ninguna, para el que serenamente contemple estas altas mi-
ras de la evolución científica de nuestro tiempo. Los ejem-
plos de esta continua expansión del método positivo â todos
los ramos del saber humano, se presentan é, cada paso.
0

- 12 -
Fuera de las ciencias, aun asistimos al nuevo movi-
miento del arte moderno: siempre en nombre de la observa-
ción, se quiere sustituir á los tipos fantásticos del romanti-
cismo y de la Academia, el estudio de lo real, de lo verdada-
ro, cumpliéndose así una evolución progresiva, que ajusta
la vida del arte con la norma general del pensamiento mo-
derno.
Para permanecer en el campo científico, tenemos otros
ejemplos que me parece refuerzan nuestras aspiraciones,
con la incontrastable autoridad de experiencias hechas en
otras ciencias.
Se sabe que hasta principios de nuestro siglo, y aun des-
pués, la medicina práctica había seguido siempre un mé-
todo, que se puede decir era metafísico y abstracto. La me-
dicina era [Link] nosológica, esto es, se estudia-
ban, se describían y se curában las enfermedades, como
entidades abstractas y en modo abstracto. El médico, é, la
cabecera del enfermo, lo miraba secundariamente y procu-
raba solamente descubrir qué morbo trabajaba el organis-
mo: convencido, por ejemplo, de que era la fiebre ú otra co-
sa, prescindía del enfermo, y, recurriendo à sus conocimien-
tos nosológicos, combatía la fiebre en sí y por sí como entes
abstractos. Fuese de temperamento sanguíneo, linfático ó
nervioso el individuo enfermo; tuviere ó no precedentes he-
reditarios ó personales, fuese esta ó aquella la causa exter-
na ó interna del desorden orgánico, no importaba; la fiebre
era la fiebre y era necesario combatirla.
Después se ha determinado un nuevo movimiento, en el
sentido de aplicar a la medicina el método de observación
de los hechos, y se comenzó ante todo a estudiar la persona
enferma, sus precedentes, el género de vida, las manifes-
taciones orgánicas, y con los nuevos medios experimenta-
les de la auscultación, de la percusión, de la termometría,
del examen de la orina, etc., etc., etc., se llegó â proscribir.
de la ciencia el antiguo sistema abstracto, se dejaron aparte
los morbos, y en vez de curar las enfermedades, se cura-
ron los enferu os. Y la misma enfermedad puede ser curada
con medio diversos cuando sean diversas las condiciones
del ambiente y del individuo.
En el terreno de la especulación, Bufalini y Concato, To-
massi y otros, siguiendo el ejemplo de los médicos alema-
-1$—
nes, introdujeron en Italia este método positivo, que hoy es
por todos seguido; como Lombroso importo tambien de Ale-
mania el método experimental en la psiquiatria. En esto, del
mismo modo, antes se combatian las enfermedades en si,
como entes abstractos: la mania, la melancolia, la mono-
mania, etc., etc., pero después, y a: pesar de la oposicibn y
del ridiculo con que se recibib la teoria en un principio, se
comprendio que era necesario curar los locos y no la locu-
ra, estudi á ndolos con todos los medios de observation que
constituyen boy el arsenal de la psiquiatria moderna.
Ahora bien: quien no ye cuánta analogia hay entre este
fecundo y utilisimo movimiento de las ciencias medicas y
el que la nueva escuela representa en el Derecho criminal,
que debiera ser una patologla y una clinica social`? El Dere-
cho criminal ha consistido hasta ahora en el estudio de los
delitos, como elites abstractos: el criminalista ha estudiado
el hurto, el homicidio, la estafa, en si, como c<entes juridi-
cos», como abstracciones, y con el auxilio de la logica abs-
tracta, y de los propios sentimientos de hombre lionrado,
creyendo, cuarido no lo son, iguales sus propios sentimien-.
tos a los del delincuente, ha establecido que el remedio de
los delitos es la pena, y'con un c á lculo que muchos é ilus-
tres criminalistas declaran imposible cientificamente, ha
establecido para cada delito una pena, como en las anti-
guas formulas medicas a cada enferrhedad se seiialaba un
remedio. El hombre que comete el delito, para el crimina-
lista cl á sico est . en un lugar muy secundario, como antes
el enfermo para los medicos, y no es para el como para es-
tos, sino el sujeto de aplicacion de las formulas teoricas.
Evidentemente, el criminalista, como el medico de las anU-
guas escuelas, han debido ocuparse del delincuente como
del enfermo, por algunas condiciones personales demasia-
do pronunciadas, para prescindir, segun las cuales, se dice
modificada la imputabilidad moral del hombre. Pero las de-
mâs condiciones orgánicas o psiquicas del delincuente, que
no estan enumeradas en las contadas que aprecian (menor
edad, sueño, locura, embriaguez, impulso de afectos), tales
como la inluencia hereditaria, las condiciones del ambiente
fisico y social, que constituyen los precedentes inseparables
de la persona del delincuente y por consiguiente de sus ac-
ciones, el criminalista prescindia en absoluto. Curaba los
- 14 -
delitos y no los delincuentes, precisamente como los mé-
dicos de otro tiempo.
Yo no digo que todo el estudio de lo que en sI es el deli-
to, como ente jurídico, haya sido inútil, como no digo que la
medicina no haya sido ayudada en gran parte de los estu-
dios nosológicos anteriores, lo que si afirmo es, que el es-
tudio abstracto del delito separado del delincuente, no basta
hoy, y de aquí la razón de la evolución de la escuela que
pretende que se estudie el delito en si, mas estudiando pri-
mero el delincuente que to comete con todas las ventajas que
ofrece el método positivo. Si hoy se preguntase á un crimi-
nalista por la razón de que en Italia se cometan tres ó cua-
tro mil homicidios, mientras que en otros países de mayor
población los homicidas están en menor número; ó cuál
sea el motivo por que en un año no se cometa ningún homi-
cidio, ó en cambio sean cuatro mil los efectuados en otros; y
además cuáles pueden ser los remedios para impedir los
homicidios ó al menos para dismirnuirlos; si esto se pregun-
tase â un criminalista de la escuela clásica, no sabría dar
una respuesta, porque no se habrían fijado en tal cosa: sa-
bria decir cuándo un delito ha sido tentado, frustrado ó con-
sumado, cuándo esté acompañado de atenuantes ó de agra-
vantes, etc., etc., y esto nos será muy útil, pero no sabrá
responder â aquellos problemas para los cuales reclama la
sociedad una resolution práctica y eficaz.
Si se respondiese que la ciencia penal ha dado las penas
como remedio â los delitos, â nuestra vez observaríamos,
que éstas, más ó memos en todos los sistemas carcelarios,
se han mostrado tan inferiores y de tan poca utilidad, que
realmente hay necesidad de proveer con urgencia. No pue-
de suceder otra cosa dado el que la pena se impone, como
consecuencia de un silogismo abstracto, y no como estudio
positivo de los hechos. El criminalista, hasta lo de ahora,
se ha encastillado en su conciencia de hombre honrado y
desde a11í ha juzgado y regulado el mundo de los delin-
cuentes, partiendo de la idea de que todos ellos fuesen hom-
bres como él. En tal creencia, ha sentado un principio a
priori: el hombre por su naturaleza tiende al bien; si prac-
tica el mal, lo hate ó por ignorancia ó por malvada y libre
determinación de su voluntad. De aquí, como consecuencia
lógica, la necesidad de oponer â esta perversa inclinación
— 15 —
de la voluntad un obstáculo pcicolOgico, que present á ndose
con los caracteres del dolor, sirviese a detener el mal deli-
berado; y, present á ndose con los caracteres de la sancibn
legal, sirviese para ((afirmar el Jerecho violado por el deli-
to.)) El razonamiento era lbgtco, pero no respondia a los he-
chos, porque las observaciones practicadas en los manico-
mios, en las c á rceles, nos prueban la existencia de muchos
hombres a los quo no repugna lo que los honrados llaman
mal o delito, para los que el hurto no es mas que un o fi cio,
que tiene sus peligros (la cartel) como otra cualquiera pro-
fesi6n, y el homicidio no es un delito, singel ejercicio de un
derecho, 8 al menos una accibn indiferente. Y estas decla-
raciones las hemos oido nosotros en las cârceles a. los
condenados, que debiendo tener interés en mostrarse arre-
pentidos, proclamaban que, una vez puestos en libertad,
robarlan aiun, y que pensaban en matar a los testigos de la
acusacibn, a. la victima salvada, etc., etc., etc. Cierto que
todos los delincuentes no son asi, pero, de todas man eras,
existe el hecho de quo hombres que no son locos en el
verdadero sentido de la palabra, piensan y sienten de un
modo diverso al que suponen los criminalistas, los cua-
les piensan y sienten como hombres honrados y no du-
dan el que se pueda pensar o sentir de otra manera.
Y estos mismos delincuentes aseguran que la pena no
es para ellos más que un inconvenie^ to del oficio, como el
caer de un tejado para un albariil, un escape de gas para un
minero; y añaden que muchos delitos los ejecutan en 1a se-
guridad de completa impunidad, y Os dicen, que cuando
son condenados (y esto no es muy frecuente, porque el 40
por 100 de los delincuentes no se descubre, y el 30 por 100
se quedan sin castigar) a. dos meses, un ai o, cinco aflos,
no es un gran mal, porque, como dice la cancion del preso

«Qua sol trovi i fratelli e qua gli amici,


Denari, ben mangiare e allegra pace;
Faori sei sen,pre in mezzo ai tuoi nemie;
Se non puoi lavorar muori di fame.» (1).

(1) Aquf solamente encuentras los hermanos; aqua los amigos; di


- 16 -
Los hechos no confirman la impresión que el crimina-
lista tiene de la cárcel, que el cree un dolor y una infamia,
mientras que para muchos delincuentes no es más que una
reunión de camorristas (*) ó medio de vivir à costa del Es-
tado.
De la, misma manera que en la medicina práctica, cuan-
do la experiencia ha demostrado, que una cierta droga, que
se creía eficaz contra una enfermedad, no lo es, cambia y
se buscan otros remedios, así la ciencia criminal, que re-
gula la suprema función social de la defensa del orden ju-
rídico, visto [Link] penas hasta lo de ahora usadas no
cumplen su misión, debe pensar en cambiarlas, buscando
otros remedios diversos menos ilusorios, y si es posible,
menos dispendiosos. Ya que basta ahora se ha comproba-
do que el delincuente que es descubierto (que no sucede
siempre), y que va á la cárcel con frecuencia, no trabajan-
do, impone á los contribuyentes un nuevo gasto, para que
él se mantenga en el ocio.
Pero téngase en cuenta que estos remedios que se. bus-
can más eficaces, no es por medio de abstracciones y de
silogismos como se encuentran, es necesario buscarlos por
medio de la indagación positiva, y esta es la nueva ten-
dPncia que se quiere dar al Derecho criminal, para que re-
sulte una verdadera ciencia social y positiva.
Si se quiere otro ejemplo elocuentísimo, más en relación
aun eon las ciencias jurídicas, ejemplo que confirma la
oportunidad de nuestras aplicaciones, lo tenemos en la
Economia política.
Se puede decir que Adam Smith representa en la Econo-
mía politica, loque César Beccaria en el Derecho criminal.
Ellos iniciaron dos grandes y gloriosas corrientes científi-
cas que tenían de común un noble espíritu de reacción con-
tra el empirismo de la Edad Media: los dos alzaban la ban -

nero, comer bien y paz alegre; fuera estás siempre en medio de tus
enemigos; si no puedes trabajar, mueres de hambre.
Lombroso, L`uoro delinquente; Tomo II edición Turin, 1878,
página 218.
(*) La camorra es una asociación de criminales, que en la prisión
hacen los proyectos para cuando estén en libertad.


- 17 -
dera del individualismo, bien bajo la forma del libre cambio
contra un exagerado mercantilismo y proteccionismo, ó en
forma de los derechos personales y humanos contra la in-
vasión feroz del Estado en el campo criminal. Estas dos
escuelas clásicas han producido grandes beneficios a la so-
ciedad; pero las dos han conclufdo ya su triunfal cìclo, han
llegado ya ó tal vez pasado su meta. •
Adam Smith, ó más bierï su escuela, usa el método a
priori, y estudia los fenómenos económicos, como entes
abstractos, iguales en todos los tiempos y lugares; el con-
sumo, la producción, la distribución de la riqueza, y dictan
leyes universales, absolutas, inmutables. Se parte de un
gran principio; el hombre basca siempre su bienestar, y de
éste deducen Ias leyes más generales. De pocos años â esta
parte, primero en Alemania y después en otras naciones, se
ha iniciado un movimiento diverso en la ciencia económica,
y ha dado orígen á.1a escuela realista histórica ó positiva
de la Economía politica, de la que son famosos represen-
tantes, aun aquellos que el Diputado prusiano Oppenheim
llamó socialistas de la Câtedra, escuela que con tanto entu-
siasmo ha divulgado en Italia Cusumano. Esta nueva evo-
lución se va extendiendo por toda Europa, como indican
' Laveley y otros (1).
Ahora bien: ¿quién no ve que esta tendencia positiva de
la ciencia económica, tendencia que•proclama la necesidad
de observar los hechos económicos, no en abstracto, sino
como suceden en la realidad, en determinadas condiciones
de tiempo y de lugar, de las que se deducen leyes históricas
que sirven para un país en un período de tiempo, no para
otros países y en otras épocas? (2) ¿Quién no ve que esta
tendencia es del todo análoga â la que defiende la escuela
positiva, y que ha comenzado â aplicarse â las ciencias
criminales y penales? Y quién no ve, ahora, que reunido
así el hecho aislado de la nueva dirección del derecho cri-

(i) Laveley, Le socialisme contemporain; 2. a edicibn; Paris, 1883.


Lampertico, Economía dei popoli, é degli Stati; volúmen I; Mi-
lán, 1879.
(2) Tal es la idea sostenida por Loria en su introducción, La legge
di popolazione it sistema sociale; Siena, 1882.
FERRI. 3
u
— 18 —
misal, con los otros hechos análogos en el arte y en la
ciencia, se tiene una prueba elocuentisima de su oportuni-
dad histórica y utilidad práctica? Por otra parte, todo esto
no hace más que confirmar un concepto ya establecido: que
ningún fenómeno es milagroso ni arbitrario, que todo lo
que debe suceder, sucede, porque el hecho no es sino el
efecto de causas determinantes: de aquí que si en las cien-
cias criminales se ha manifestado y se manifiesta cada vez
más este movimiento progresivo, sería demasiado miope
quien viese en esto una veleidad personal, más bien que la
manifestación necesaria é inevitable de una determinada
condición histórica de la ciencia y de la vida social.
Tenía, por tanto, razón al afirmar que nuestra escuela
no es una parcial unión, más ó menos orgánica, una sim-
pática alianza más ó menos duradera del Derecho penal con
las ciencias antropológicas, sino que es una de tantas de
las fecundas aplicaciones del método experimental al estu-
dio de los hechos naturales, y como tal, es un desenvolvi-
miento ulterior de la escuela clásica que inició Beccaria.
En efecto, hemos visto que ésta se propone y obtiene en
en el orden práctico la disminución de las penas, y en el or-
den teórico, el estudio abstracto dei delito como ente jurídico;
la nueva escuela se propone también dos ideales. En el
campo práctico tiene como objetivo la disminución de los
delitos, que aumentan siempre y en considerable propor-
ción, y en el campo teórico, para conseguir el fin práctico,
se propone el estudio concreto del delito, no como abstrac-
ción jurídica, sino como hecho natural; y por tanto, quiere
estudiar, no solamente el delito en sí, como relación jurídi-
ta, sino también á quien comete este delito: el estudio del
hombre delincuente.
Y ya que por la medicina sabemos que para encontrar
los remedios de una enfermedad, es necesario en primer
lugar investigar y descubrir las causas, así en la ciencia
criminal, la nueva parte que empieza á desenvolverse,
indaga las causas naturales del fenómeno de patologia so-
cial que se llama delito, y se pone en la buena senda para
descubrir remedios eficaces, que sirvan, no para suprimir-
lo, porque en la naturaleza existen anomalías tales, que se
pueden mitigar, pero no destruir, sino para contenerlo, para
impedirle que se salga de ciertos limites.
- 19 -
De la misma manera que la escuela clásica venía, en
nombre del individuo, à reivindicar derechos exagerados del
Estado de la Edad Media (1), así la escuela positiva preten-
de poner un límite a la preponderancia a veces excesiva del
individualismo y tiende â restablecer el equilibrio entre el
elemento social y el individual. Y este carácter de la nueva
ciencia del Derecho criminal es común á todas las ciencias
jurídicas y sociales, entre las cuales esta la Economía po-
lítica, en la que sobresale la tendencia moderna de evitar
un exagerado y metafísico individualismo, dando una ma-
yor representación al elemento social (2). Esto es conve-
niente a la gran ley de acción y de reacción que domina el
mundo físico, como el mundo moral; por ella, una fuerza
con demasiadó impulso en una cierta dirección determina
una reacción en sentido contrario, la cual, â su vez, llega
siempre a pasar de los justos límites; y sólo después de
este movimiento extremo en opuestas direcciones, se da
lugar a la corriente media ó conciliadora.
De aquí se deriva la consecuencia de que, en el orden
teórico,aceptamos de buen grado y con reconocimiento todo
cuanto hasta ahora ha hecho presente la escuela clásica en
el estudio jurídico dei Derecho, reservândonos, naturalmen-
te, la facultad de modificar aquellas ideas que los progresos
de las ciencias naturales han demostrado no estar confor-
mes con la realidad de los hechos. Reconocemos también
que, sin el trabajo glorioso de nuestros predecesores, noso-
tros no podríamos proseguir, como exige la ley universal
de la evolución, de la cual, como dice Leibnitz, el presente
es hijo del pasado, pero es padre del porvenir.
Siendo tales los origenes y los propósitos de la escuela
positiva, no se sabrían explicar sino por los acostumbra-
dos prejuicios y por la repugnancia a toda innovación, las

(1) F. Ptiglia, ^I eroluziorìe stórica e scientífica del diritto e della


procedura penale; Mesina, 1882.
(2) G. Boccardo, Gli eretici in Economía política e la loro missione
nella Sociología, en la Rivista di Filosofía scienUjica; dirigida por
E. MorseU i, I, 6.
- 20 -
acusaciones que los teóricos y prácticos la han hecho. Fui-
mos acusados de ((nihilismo)) en Derecho penal, sólo por
decir que esta ciencia, en su estado actual, no se apoya en
gran parte sobre bases positivas, y que así como de la as-
trología habíase desarrollado la astronomía, de la alquimía,.
la química, de la demonologia, la psiquiatría, así de la
ciencia de las penas, prácticamente ilusoria, tenía que nacer
una disciplina más positiva y socialmente más útil. Nues-
tros detractores no se fijaron en que este era el significado
de la nueva escuela, que venia â, vigorizar con los nue-
vos elementos de los estudios experimentales la parte ver-
dadera y perenne del Derecho criminal, compensando con
este gran beneficio la pérdid a de aquellas ramas que la me-
tafísica había secado. Es ley de la naturaleza que todo pro-
grese gradualmente; y así la ciencia criminal, como todo or-
ganismo en sus progresos, no se propone la destrucción de
todo cuanto se ha hecho hasta ahora en el campo jurídico,
sino solamente la separación de las partes muertas y el des-
arrollo de aquellos gérmenes que no han podido desenvol-
ver los criminalistas, preocupados con su misión histórica
y desviados â, menudo por un método que fué siempre in-
fecundo.
La nueva escuela no mereció solamente las anteriores
acusaciones; 1ós hombres prácticos afirmaban rotunda-
mente que venía «â, oscurecer el reino de la justicia)) y â,
desquilibrar la sociedad, abriendo las puertas â, los ladro-
nes y â los asesinos; esto sin fijarse que si hay un modo
de no perder el camino y la luz en el intrincado laberinto de
los hechos humanos, no es sino por el estudio y por la ob-
servación de sus condiciones naturales; y sin fijarse tám-
poco, que si hay alguna severidad en la nueva escuela, es
contra los malhechores, sobre los cuales colocamos la ne-
cesidad de la defensa soy^ial, obtenida, no con la persecu-
ción despiadada de los infelices que violan las leyes, peso •
sin olvidar por esto los presidios y las garantías debidas â

la parte sana de la sociedad.


La fuerza de los hechos es tal, que aun nuestros adver-
sarios, tanto los teóricos como los prácticos van desenga-
ñándose. Y vemos que criminalistas italianos, algunos que
no han repetido jamás aquellas injustas acusaciones, coma-
- 21 -
Ellero y Pessina, proclaman la utilidad de la nueva direc-
ción en el estudio del delito (1); y otros que, hicieron'ó que
hacen una fuerte y franca oposición á la nueva escuela, to&
davía admiten, en su lealtad, que algún bien se ha obtenido
de aquellos estudios experimentales (2).
Y no falta entre ellos quien proclàme abiertamente la
utilidad de ((Una simpática alianza)) entre las ciencias antro-
pológicas y las penales; olvidan, no obstante, que la nueva
escuela no consiste solamente en esta alianza, sino que es
una innovación en el método científico; y además se olvi-
dan de que la utilidad que pretenden de la alianza simpá-
tica, hostilizándola al repudiar las principales conclusiones
de la antropología criminal, sin estudiar los hechos en que
se fundan.
Entre los hombres prácticos, se va hoy difundiendo la
idea de que las nuevas teorías, partiendo del estudio de la
sociedad humana como de un organismo natural, y por
tanto necesario en sus aplicaciones prácticas, no pueden
mends de coadyuvar, á una continua mejora, y á una esta-
bilidad mayor del cuerpo social, siendo su fin la elimina-
ción de todos los elementos patoló;icos y antisociales que
turban el orden. Es un indicio muy favorable para nosotros
el número siempre creciente de los dignos representantes
del Ministerio fiscal, que en sus discursos inaugurales se
acercan a nuestras ideas y las aprueban, una vez compren-
dido su verdadero sentido y no el aparente, el falseado por
los prejuicios; éstós, porque están más en relación con los
hechos, ve'l más facilmente la grande utilidad y eficacia so-
cial de la nueva escuela .

(i) Lo demuestra implícitamente Ellero, en más de una ocasión La


rifoma civile, Bologna, 1879, cap. CLI1, CLXI, CLXIII y CLXVIII y ex-
plícitamente Pessina, en su discurso inaugural Sul naturalismo é le
scienze giuridiche, Nápofes, 1879, sostiene la necesidad para las cien-
cias sociales «de renovar sus doctrinas en las puras ondas del natura-
lismo y de su saber positivo, para tener en cuenta las comliciones rea-
les de la vida de los individuos y de las naciones, y para sustituir á las
hipótesis abstractas un estudio profundo de los hechos.»
(2) Brusa, Appunti per un` introduc. al torso di dir. é proved-pe-
nale, Turin, 1880, 8, 4.°, Buccellati, Il nihilismo e la ragione del di-
ritto penale, Milan, 182, par. 7, 8, 37, etc.
- 22 -
En resumen, la escuela positiva del Derecho criminal
no sé propone otra cosa sino el llevar á la ciencia de los de-
litos y de las penas el vivificador aliento de los últimos des-
cubrimientos hechos por la antropología, renovada con las
nuevas doctrinas evolucionistas.
Quién hubiera dicho que las observaciones de Laplace
sobre las nebulosas, que los viajes en los países salvajes,
que los primeros estudios de Camper, de White, de Blumen-
bach sobre el tamaño del cráneo y del esqueleto humano,
que las investigaciones de Darwin sobre las variaciones ob-
tenidas en la educación de los animales, que las observa-
ciones de Haeckel en embriología, yde tantos otros natura-
listas, interesaran un día el Derecho penal? En la moderna
división del trabajo científico, resulta difícil preveer las re-
laciones posibles entre los diversos ramos de la ciencia; y,
sin embargo, de aquellas observaciones astronómicas, de
aquellos viajes, en que los actuales salvajes nos represen-
tan el estado infantil de la humanidad primitiva, y de aque-
llas investigaciones zoológicas y antropológicas, salióla pri-
mera idea, y se obtuvieron siempre nuevas confirmaciones
á la ley universal de la evolución que hoy domina y re-
nueva todo el mundo científico, sin excluir las ciencias mo-
rales y sociales, entre las que se halla el Derecho penal.
El criminalista moderno que no se conforme con un ejer-
cicio más ó ménos retórico, desmentido constantemente en
los Tribunales, debe ocuparse de aquellos descubrimientos
que más se relacionan con el hombre para pedir á las cien-
cias experimentales la base positiva de sus apreciaciones
jurídicas. Valoración jurídica de los actos criminales, que
corresponde al criminalista y que no puede retardar por dos
razones: primera, para evitar que los profanos deduzcan de
aquellos hechos, que desmienten las antiguas teorías, con-
clusiones erróneas ó exhorbitantes (1); segunda, porque
mientras las otras ciencias jurídicas prestan atención á las
relaciones sociales, hecha abstracción de las particularida-

(1) Así dice Turati en su trabajo Sulle critiche alla nuova scuola
penale. A rchi. di psichiatria e scienze penali; volúmen II, cuaderno 3.°
respondiendo á unas objeciones de Buccellati. (Annuario delle scienze
giuridiche; año 1I.)
- 23 -

des individuales, que directamente no alteran el valor; en


-cambio, la disciplina de los delitos y de las penas tiene por
objeto continuo é inmediato al individuo que realmente vive
y trabaja en el ambiente social.
Ahora bien: reunidas las más importantes divergencias
de los nuevos resultados de las ciencias positivas, que estu-
dian el hombre en sí mismo y como individuo de una so-
ciedad, de las ideas fundamentales de la doctrina metafísica
sobre el delito y la pena, se pueden reducir á las siguientes:
Entre los puntos esenciales del Derecho criminal y penal,
como se ha entendido hasta ahora, están estos tres postu-
lados:
1. 0 Que el hombre está dotado de libre albedrío ó de li-
bertad moral.
2.° Que los delincuentes tienen las mismas ideas y sen-
timientos que los demás hombres.
3.° Que el efecto principal de las penas es impedir el
aumento de los delitos. Nosotros encontramos al contrario
estas conclusiones de la ciencia experimental.
1. 0 Que la psicología positiva ha demostrado ser una
pura ilusión subjetiva el llamado libre albedrío.
2.° Que la antropología criminal demuestra con hechos
que el delincuente no es u n hombre normal, sino que
constituye una clase especial que, por anomalías orgánicas •
ó físicas, representa en parte en la sociedad moderna, las
primitivas razas salvajes, en las que las ideas y los senti-
mientos morales, si existen, es en embrión.
3. 0 Que la estadfstica prueba à la evidencia que el au-
mentar, disminuir y el desaparecer los delitos, en gran
parte, proviene de otras causas, que no son las penas san-
cionadas por los Códigos y aplicadas por los Magistrados.
A primera vista, parecerá que estas nuevas conclusio-
nes, basadas en los hechos, no son otra cosa que la ora-
ción fúnebre del Derecho penal. Esto podría temerse de
quien no pensase que ningún fenómeno ó institución so-
cial es. fruto del capricho 6 del arbitrio humano, sino que
es el resultado necesario de las condiciones naturales de
existencia de la humanidad; y que por tanto, mientras
estas condiciones no se cambien esencialmente, el fon-
do de aquellas instituciones debe subsistir hasta que se
pueda variar el modo de justificarlas, de estudiarlas, de
- 24 -
regularlas, en conformidad con los nuevos datos de he-
cho (1). Este libro tiene por objeto demostrar que el Dere-
cho penal, sea como ministerio ejercitado por la sociedad
en propia defensa, sea como complemento de estudios cien-
tíficos, reguladores de este ministerio, tiene siempre razón
de existir, aí`iadiéndole, por supuesto, lo necesario en sus
primeros principios, en su dirección, y en sus aplicaciones
prácticas.

CAPÍTULO PRIMERO

La negación del libre albedrío y la responsabilidad penal.

El razonamiento en que el sentido común y la filosofía


traditional, y con ellas la escuela clásica de Derecho cri-
minal, fundan'la punibilidad del hombre por los delitos que
ejecute, es el siguiente: El hombre está dotado de libre a1=
bedrío, de libertad moral; puede querer el bien ó el mal;
si escoge el mal, le serf imputable y serf castigado. Según
que es ó no es libre, ó bien, más ó menos libre en la eléc-
ción de] bien ó del mal, es imputable ó no, ó más ó menos
imputable y punible. La escuela positiva del Derecho cri-
minal no acepta este silogismo jurídico, por dos razones
• principales: priméra, porque la fisio-psicología positiva ha
destruido por completo la creencia del libre albedrío, de la
libertad moral, demostrando que es una pura ilusión de la
observación psicológica subjetiva; segunda, porque, aun-
que se acepte el criterio de la imputabilidad individual, se
encuentran dificultades insuperables, tanto en la teoría,
como en la práctica, para la aplicación â los casos espe-
cìales y se deja campo libre â errores, haciendo falsas de-
duccio»es de los nuevos é incontestables datos de la fisio-
psicologfa, errores ventajosísimos â los criminales, y que
ponen en peligro constantemente â la parte honrada de la
sociedad.

(t) Que en un orden de cosas totalmente diverso del presente, co-


mo se profetiza por las varias escuelas soeialistas, el delito debe des-
°^^^ier, y con esto toda función penal, es problema muy distinto, que
traté amp iiau.;:te en otra ocasión Socialismo e criminalita; Tu-
rin, 1883.

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