Leyenda de la Luciérnaga
Hace mucho tiempo, en Mayab, existió un hombre que curaba toda
enfermedad. Cuando alguien le pedía ayuda para sanar, él tomaba una piedra
verde entre sus manos y murmuraba unas palabras. Después, esa persona se
curaba rápidamente.
Un día, el curandero salió a pasear y empezó a llover tanto que echó a correr
para llegar a casa. En el camino, la piedra se resbaló de su bolsillo y se cayó.
Al llegar a casa, un niño esperaba para ser curado. El curandero buscó la
piedra, pero no la encontró. Entonces pidió ayuda a Cocay (luciérnaga), un
insecto muy pequeño que conocía el bosque a la perfección.
Cocay se recorrió cada rincón, rastreo, hojas, árboles. Pero la noche llegó y la
oscuridad le impedía ver. El insecto estaba muy apenado y se puso a llorar. De
repente, su pequeño cuerpo empezó a emitir una luz. Cocay siguió buscando
hasta que dio con la piedra.
El curandero se emocionó tanto que le dijo:
—Has encontrado la piedra gracias a tu esfuerzo y perseverancia. Por eso,
tienes luz propia Cocay.
Desde entonces, Cocay y los suyos se convirtieron en luciérnagas.
Leyenda de la Flor de Nochebuena
Dice la leyenda que, hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo de México,
vivía una niña muy humilde a la que le encantaba la Navidad.
El día de Nochebuena la joven acudió a misa junto a sus padres. En el camino,
vio que todos llevaban ofrendas y juguetes al niño, pero ellos eran tan pobres
que no podían regalarle nada a Jesús. La niña se sintió muy triste y apenada
por ir con las manos vacías, así que corrió a los arbustos y se puso a llorar.
De repente, escuchó una voz al fondo que le decía:
—No llores. Toma esas plantas verdes de ahí y llévalas al altar de Jesús.
La muchacha hizo caso y agarró una parte de aquellos arbustos. Después,
entró a la iglesia y caminó hacia el altar. El rostro de los presentes cambió de
repente cuando el color de las hojas cambió de forma repentina. Ahora, el
manojo había tomado un color rojo intenso.
La niña se alegró al ver el regalo tan hermoso que le hacía al niño Jesús.
Desde aquel día, creció la flor de nochebuena en todos los lugares de México.
Leyenda del Baobab
Dice la leyenda que, hace muchos años, el baobab era el árbol más alto y
bonito de todos los de la tierra.
Todos estaban cautivados por su belleza, desde los más pequeños animales
hasta los dioses. Su tronco era muy fuerte, tenía ramas muy largas y un color
que hipnotizaba. Un día los dioses decidieron hacerle un regalo: convertirlo en
uno de los seres vivos más longevos.
Con esta nueva condición, el baobab no paró de crecer durante años y quiso
tocar el cielo y ser como los dioses. Esto impedía que el resto de árboles
recibieran la suficiente cantidad de luz del sol. Con gran orgullo, el baobab
anunció que pronto alcanzaría a los dioses y se pondría a su altura.
Cuando sus ramas estuvieron a punto de alcanzar a los dioses que habitaban
en el cielo, éstos se enojaron tanto que le arrebataron su bendición para darle
una lección de humildad. También, le condenaron a crecer al revés y así vivir
con las flores en la tierra y sus raíces en el aire, dándole el aspecto que hoy
presenta.
Se desconoce si el baobab aprendió o no la lección, pero lo que si se sabe es
que desde entonces presentan el aspecto extraño que tienen hoy en día.
La Llorona
Cuenta la leyenda que, hace muchos años, los vecinos de Xochimilco en
México escuchaban por las noches los temibles gritos de una mujer que
lamentaba: “¡Ay Mis hijos!"
Los habitantes del pueblo se aguardaban en sus casas y no se atrevían a salir,
asustados por los lamentos de aquella misteriosa mujer.
Se dice que tiempo atrás una mujer se casó con un hombre con el que tuvo tres
hijos. Un tiempo después, este hombre los abandonó.
Al suceder esto, la mujer, llena de ira, se llevó a sus hijos y los introdujo en el
río. Cuando se dio cuenta de su acto, ya era demasiado tarde para salvarlos.
Desde entonces, su alma en pena vaga por las calles del pueblo, vestida de
blanco, llorando y lamentando el acto que había cometido.
El pescador y la tortuga
Un joven pescador llamado Urashima Taro fue testigo de como unos niños
golpeaban a una tortuga en la orilla de la playa. Entonces, liberó al animal
para que regresara al mar.
Al día siguiente, mientras pescaba, una tortuga lo llamó por su nombre. Esta le
contó que vivía en el Palacio del Dragón, ya que era hija del emperador del
mar. Después lo invitó a su residencia para agradecerle que la salvara.
Una vez allí, la tortuga se convirtió en una bella princesa. Urashima Taro
estuvo durante tres días en palacio. Después, el joven se marchó para cuidar
de su madre enferma. Antes de partir, la princesa le dio una caja y le dijo que
jamás debía abrirla, solo de esta forma podría ser feliz para siempre.
Una vez en la superficie, Urashima fue a su casa. Allí ya no estaba su madre.
En su lugar, vivía un joven que le habló de un pescador que regresó del océano
hace más de 300 años. Urashima abrió la caja y se convirtió en un anciano.
Después, escuchó una voz que salía de la caja que le decía: “Te dije que no
debías abrir la caja. En ella residía tu edad”.
Las cinco águilas blancas
Cuenta la leyenda que, al principio de los tiempos, vivía Caribay, hija del sol y
la luna, quien tenía el don de comunicarse con los animales. La muchacha iba
siempre por el bosque oliendo las flores e imitando el canto de las aves.
Un día, mientras estaba a la orilla de un río, vio sobrevolar cinco grandes
águilas blancas, hasta entonces, no había visto nada tan hermoso. Entonces,
quiso alcanzarlas y las persiguió ascendiendo montañas y atravesando valles.
Pronto, al anochecer, perdió la pista de las aves.
Al no poder alcanzarlas, Caribay se lamentó para invocar a su madre, la luna.
Su triste canto llamó la atención de todos los que habitaban en el bosque.
Pronto, al escuchar el canto de la joven, las cinco águilas descendieron. Cada
una de ellas, en una de las cimas de las cinco montañas. Cuando Caribay se
acercó a la cima de una de las montañas, vio que las águilas estaban
petrificadas. La muchacha se sintió culpable, pero pronto se dio cuenta de que
las águilas despertaron y comenzaron a aletear, dejando un hermoso manto de
nieve.
Desde entonces, las cumbres de estas cinco montañas permanecen siempre
cubiertas de nieve.
Leyenda del sol y la luna
Dice una antigua leyenda que, antes de que existiese el sol y la luna, en la
tierra reinaba la oscuridad. Para crear a estos dos astros que hoy iluminan el
planeta, los dioses se reunieron en Teotihuacán, ciudad situada en el cielo.
Como un reflejo, se encontraba en la tierra la ciudad mexicana del mismo
nombre.
En la ciudad, encendieron una hoguera sagrada y, sobre ella, debía saltar aquel
poderoso que quisiera convertirse en sol. Al evento, se presentaron dos
candidatos. El primero, Tecciztécatl, destacaba por ser grande, fuerte y,
además, poseía grandes riquezas. El segundo, Nanahuatzin, era pobre y de
aspecto desmejorado.
En el momento en que debían saltar la hoguera, Tecciztécatl no se atrevió a
saltarla y salió corriendo; Nanhuatzin, lleno de valor, se arrojó a la hoguera. Al
ver esto, los dioses decidieron convertirlo en sol.
Tecciztécatl, arrepentido y avergonzado, también saltó la hoguera. En ese
momento, en el cielo apareció un segundo sol. Los dioses, tomaron la
determinación de apagar a Tecciztécatl, ya que no podía haber dos soles,
entonces se convirtió en luna. Como recuerdo de su cobardía, las deidades
arrojaron un conejo a la luna. Desde entonces, puede verse este conejo
reflejado durante los días de luna llena.
La mariposa azul
Una antigua leyenda oriental cuenta que, hace mucho tiempo en Japón, vivía
un hombre viudo con sus dos hijas. Las muchachas eran muy curiosas e
inteligentes y siempre estaban dispuestas a aprender. Continuamente le hacían
preguntas a su padre y este trataba siempre de darles respuesta.
A medida que pasaba el tiempo, las niñas tenían cada vez más dudas y hacían
preguntas más complejas. Incapaz de responder, el padre decidió mandar a sus
hijas una temporada con un sabio, un antiguo maestro que vivía en la colina.
Enseguida, las niñas quisieron hacerle todo tipo de preguntas. El sabio
siempre respondía todas las cuestiones.
Pronto, las niñas decidieron buscar una pregunta para la que el maestro no
tuviera respuesta. Así, la mayor decidió salir al campo y atrapó una mariposa,
después, le explicó a su hermana el plan: “Mañana, mientras sostengo la
mariposa azul en mis manos, le preguntarás al sabio si está viva o muerta. Si
dice que está viva, la aplastaré y la mataré. En cambio, si responde que está
muerta, la liberaré. De esta forma, sea cual sea su respuesta, siempre será
incorrecta”.
Al día siguiente, cuando le preguntaron al sabio si la mariposa estaba viva o
muerta, deseando que cayera en su trampa, este les respondió calmado:
“Depende de ti, ella está en tus manos”.
La leyenda del maíz
Cuenta la leyenda que, antes de la llegada del Dios Quetzalcóatl, los aztecas
solo se alimentaba de raíces y algún que otro animal que podían cazar. El maíz
era un alimento inaccesible porque estaba oculto en un recóndito lugar situado
más allá de las montañas.
Los antiguos dioses intentaron por todos los modos acceder quitando las
montañas del lugar, pero no pudieron conseguirlo. Entonces, los aztecas
recurrieron a Quetzalcóatl, quien prometió traer maíz. A diferencia de los
dioses, este utilizó su poder para convertirse en una hormiga negra y,
acompañado de una hormiga roja, se marchó por las montañas en busca del
cereal.
El proceso no fue nada fácil y las hormigas tuvieron que esquivar toda clase
de obstáculos que lograron superar con valentía. Cuando llegaron a la planta
del maíz, tomaron un grano y regresaron al pueblo. Pronto, los aztecas
sembraron el maíz y obtuvieron grandes cosechas y, con ellas, aumentaron sus
riquezas. Con todos los beneficios, se cuenta, que construyeron grandes
ciudades y palacios. Desde aquel momento, el pueblo azteca adora al Dios
Quetzalcóatl, quien les trajo el maíz y, con ello, la dicha.