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Conjura de poder: Amenaza al reino

Este resumen describe una conspiración que amenaza al reino y a los Guardabosques. Las Panteras, lideradas por Lasgol, deberán descubrir la conspiración y detenerla para salvar al reino. Viggo despierta a Lasgol en medio de la noche para advertirle de problemas, aunque no da más detalles. Los eventos parecen indicar que algo grave está sucediendo en el castillo.
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Conjura de poder: Amenaza al reino

Este resumen describe una conspiración que amenaza al reino y a los Guardabosques. Las Panteras, lideradas por Lasgol, deberán descubrir la conspiración y detenerla para salvar al reino. Viggo despierta a Lasgol en medio de la noche para advertirle de problemas, aunque no da más detalles. Los eventos parecen indicar que algo grave está sucediendo en el castillo.
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Conjura de poder Pedro Urvi

Una siniestra conjura amenaza al reino y a los guardabos-

ques. ¿Podrán las Panteras detenerla? Lasgol y sus compa-

ñeros tendrán que enfrentarse al mayor peligro que han co-

rrido hasta el momento y descubrir la conspiración que

amenaza no sólo a los Guardabosques sino a todo el reino.

¿Podrán desenmascarar a los conspiradores? ¿Salvarán a

los Guardabosques? ¿Salvarán al reino?

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Conjura de poder Pedro Urvi

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Conjura de poder Pedro Urvi

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Conjura de poder Pedro Urvi

Esta serie está dedicada a mi gran amigo Guiller.

Gracias por toda la ayuda y el apoyo

incondicional desde el principio cuando sólo era

un sueño.

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Conjura de poder Pedro Urvi

Capítulo 1

—¡Lasgol, despierta!

Una mano sacudía con fuerza el hombro de Lasgol que

dor mía profundamente. Entreabrió los ojos con dificultad,

intentando despertarse y vislumbró a una figura intentando

despertarlo.

—¡Vamos, levanta! —dijo la voz y continuó sacudiéndo-

lo, ahora con más energía.

La mente de Lasgol reaccionó y un intenso sentimiento

de peligro le subió por el pecho hasta la garganta. Se in-

corporó de medio cuerpo sobre su catre. Miró alrededor en

la penumbra y pudo discer nir que seguía en la habitación

que tenía asignada en la torre de los Guardabosques en el

Castillo Real. ¿A qué venía que lo despertaran así en medio

de la noche? No podía correr ningún peligro allí. ¿O sí? Se

centró en la figura que lo zarandeaba y finalmente pudo ver

algo de su rostro en medio de la oscuridad.

—¡Viggo! ¿Se puede saber qué haces? —protestó Las-

gol intentando ter minar de despejar su mente que seguía

ador mecida.

—Baja la voz y vístete. Rápido.

—Pero… ¿Qué…? ¿Por qué…?

Viggo se llevó el dedo índice a los labios.

Lasgol cerró la boca y miró junto a su cama. Sus dos

amigos estaban allí y miraban a Viggo con la misma expre-

sión de sorpresa que él.

—Problemas —susurró Viggo.

—¿Aquí? ¿Cómo?

—Vístete, rápido —insistió su amigo.

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Conjura de poder Pedro Urvi

Lasgol se puso en pie e hizo lo que Viggo le indicaba.

En la habitación solo estaban ellos, aparte de Ona y Camu,

y todo parecía en orden. Como no podía ver bien por la os-

curidad y para asegurarse de que nada se le estaba pasan-

do por alto, usó su habilidad Presencia Animal. Un destello

verde recorrió su cuerpo y luego se propagó por toda la

habitación.

Nada. Allí no había nadie más que ellos. Estaban en la

primera planta de la torre, en una habitación apartada que

Nilsa les había conseguido para que pudieran estar tranqui-

los con las dos fierecillas. No querían que ningún Guarda-

bosques se topara accidentalmente con ellas, en especial

con Camu, pues tendrían que explicar demasiadas cosas.

Lasgol no identificó ningún peligro, lo cual le resultó extra-

ño por la for ma en la que su amigo se estaba comportan-

do. Se preguntó si sería una de sus bromas, pero lo dese-

chó. Viggo bromeaba con casi todo, pero no con el peli-

gro. De eso se cuidaba mucho.

—¿Es ya de día? —preguntó Lasgol. La habitación no

tenía ventanas y estaba a oscuras.

Viggo negó con la cabeza mientras miraba hacia la

puerta.

Por el sueño que tenía y lo poco que creía haber dor mi-

do, Lasgol dedujo que todavía faltaba mucho para que

saliera el sol.

«¿Qué pasar?» preguntó Camu transmitiendo extrañeza.

«No lo sé. En cuanto lo averigüe os lo contaré».

Ona gimió con tono de preocupación.

«Yo estoy tan sorprendido como vosotros, os lo asegu-

ro».

—¿Preparado? —le preguntó Viggo.

—Lo estaría más si me contaras qué pasa —replicó con

tono de queja.

—Enseguida lo verás y me parece que no va a ser algo

bueno —dijo Viggo con tono misterioso.

—¿Cómo que no va a ser algo bueno?

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Conjura de poder Pedro Urvi

—Me temo que no, pero no puedo asegurarlo. Es solo

una sospecha.

Lasgol echó la cabeza atrás.

—¿Solo una sospecha? ¿Sobre qué?

—Sígueme y lo averiguaremos. Vamos.

Lasgol se plantó.

—No voy a ir a ningún lado hasta que me aclares qué

sucede.

—Si quieres rescatar a tu amada Astrid será mejor que

me sigas en silencio. Ahora.

Lasgol se quedó conmocionado por la respuesta. No

podía ver bien el rostro de Viggo, pero el tono que había

usado era serio. No bromeaba.

—Está bien —cedió Lasgol de mala gana y a tientas co-

gió sus ar mas del baúl frente a su catre.

«Mal asunto» transmitió Camu preocupado.

«Sí, a mí también me ha sonado muy mal» respondió

Lasgol.

«Viggo no broma».

«Sí, y eso me preocupa» respondió Lasgol y se sorpren-

dió de la intuición de Camu. Cada vez entendía más, no so-

lo el lenguaje sino las expresiones e intenciones de la gen-

te, sobre todo de los compañeros, que era con los que más

tiempo pasaba. Su intelecto y percepción continuaban de-

sarrollándose a medida que la criatura seguía creciendo.

Viggo abrió la puerta sin un chirrido y algo de luz entró

en la estancia procedente del pasillo que estaba iluminado

por un par de antorchas a cada extremo. Lasgol comprobó

que Viggo también iba ar mado y eso le preocupó. ¿Acaso

intuía que iban a encontrarse problemas serios en mitad de

la noche? ¿Y en el castillo? ¿Por qué razón? Debía ser algo

importante y había mencionado a Astrid, lo que todavía le

resultaba aún menos tranquilizador.

«No sé qué pasa, pero por si acaso camúflate, Camu» le

envió a su amigo que de inmediato obedeció.

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Conjura de poder Pedro Urvi

Salieron al pasillo y de allí se dirigieron a la entrada de

la torre. Encontraron la gran puerta entreabierta y nadie vi-

gilándola. Esto sorprendió a Lasgol y le pareció muy sospe-

choso pues siempre había dos Guardabosques de guardia

en la puerta. ¿Dónde estaban? ¿Qué les había pasado?

Viggo llegó hasta la puerta. Lasgol fue a decirle algo,

pero Viggo le cortó de inmediato llevándose el dedo índice

a los labios. Le hizo un gesto para que le siguiera en silen-

cio. Fuera de la torre todo estaba en calma en medio de la

oscuridad. Viggo cerró la puerta en cuanto salieron.

—¿Dónde está el Guardabosques de guardia? —le pre-

guntó a Viggo susurrándole a la oreja.

—Está indispuesto —le respondió Viggo.

Lasgol echó la cabeza atrás.

—¿Qué le has hecho? —acusó y le lanzó una mirada de

incredulidad.

Viggo se encogió de hombros y puso cara de circuns-

tancias.

—Vamos, sígueme, no quiero perder me lo que viene

ahora.

—¿Qué viene ahora? ¿Qué va a pasar? —preguntó Las-

gol muy frustrado con el secretismo de su amigo.

—Lo verás enseguida —dijo y comenzó a correr agaza-

pado entre las sombras de la noche.

Lasgol no tuvo más remedio que seguirlo. No entendía

por qué se ocultaban. Estaban en el Castillo Real, no había

por qué hacerlo, tenían todo el derecho a estar allí. La

guardia no se extrañaría de verlos en el patio de ar mas o

los alrededores de la torre de los Guardabosques. Miró ha-

cia el otro extremo del patio y vio los edificios de las barra-

cas de los soldados y la torre de los Magos más al fondo,

pasado el edificio principal del castillo, al que ellos no te-

nían per miso para acceder, pues era donde el Rey y la corte

descansaban. Se distinguían soldados de guardia en dife-

rentes posiciones abajo y sobre la muralla que rodeaba el

castillo. Era una mala idea intentar esconderse de ellos. So-

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Conjura de poder Pedro Urvi

bre todo, cuando no había ninguna necesidad. ¿Qué tra-

maba Viggo? ¿Por qué no quería que los vieran los solda-

dos del Rey?

—Siempre metiéndote en líos —masculló Lasgol.

—Así soy yo —le respondió Viggo y siguió adelante.

«Viggo siempre divertido» le envió Camu que iba a su

lado.

«Esto no es divertido. Los líos de Viggo no son diverti-

dos» le replicó Lasgol al que la situación le gustaba cada

vez menos.

Llegaron hasta los establos reales y Viggo se escondió

tras unos barriles. Estaban en la parte posterior de la larga

estructura de madera que albergaba más de un centenar

de los mejores caballos y ponis Norghanos. Eran para el

uso de los nobles de la corte, los oficiales, Magos y algunos

Guardabosques. Los soldados Norghanos eran en su mayo-

ría de infantería por lo que únicamente los mensajeros rea-

les tenían monturas allí. En la ciudad había otros dos gran-

des establos donde la caballería ligera tenía sus caballos.

Los Norghanos consideraban que un soldado debía de lu-

char y caminar a pie a través de montañas y valles. No ha-

bía tradición de caballería en el reino y por ello los establos

eran siempre reducidos.

—Subimos —dijo Viggo indicando la parte superior del

establo.

—¿Por qué? —preguntó Lasgol que había distinguido al

acercarse a varias personas en el interior de los establos

con sus monturas preparándose para partir.

—Es una sorpresa —le respondió Viggo que le guiñó un

ojo y comenzó a trepar por la pared de madera.

—Te voy a colgar —se quejó Lasgol entre dientes con

amargura.

Viggo subía por la estructura con una facilidad pasmosa.

Se subió al tejado y comenzó a desplazarse sobre este

arrastrándose como una serpiente en total silencio.

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Conjura de poder Pedro Urvi

«Ona, quédate aquí» le dijo Lasgol a la pantera que se

quejó con un suave gemido.

Comenzó a subir y escuchó algo a su lado en la pared.

Era Camu que con sus palmas adhesivas podía subir y col-

garse de casi cualquier superficie sin ningún problema. Lle-

garon hasta donde les esperaba Viggo. Lasgol vio una do-

cena de soldados en fila de a dos acercarse provenientes

de los barracones. Era una patrulla de la Guardia Real de

ronda noctur na cruzando el patio de ar mas. Tragó saliva. Si

los descubrían allí arriba muy probablemente la cosa se

pondría fea. No entenderían qué hacían allí, aunque él tam-

poco lo entendía. Por suerte la patrulla pasó y continuó la

ronda hacia la puerta del castillo.

—¿Qué hacemos aquí arriba? —preguntó Lasgol con

tono de enfado.

Viggo le hizo una seña para que se mantuviera tumbado

y en la penumbra y luego señaló las dos torres junto a la

puerta con rastrillo de la muralla. Lasgol vio a los guardias

en las torres. Por fortuna vigilaban mirando hacia el exterior

y no hacia el interior de la fortaleza.

—Escucha, creo que llegamos en el momento idóneo —

le dijo Viggo y se descolgó un poco dejando que su cabeza

pudiera ver lo que ocurría en el interior del establo mirando

por un gran ojo de buey en la parte de superior del edifi-

cio.

Lasgol resopló y viendo que no iba a conseguir respues-

tas, lo imitó.

Varios jinetes aguardaban montados en sus caballos.

Eran soldados de la Guardia Real, no había duda pues eran

tan enor mes como los Salvajes de los Hielos. Con ellos es-

taba el Duque Orten, her mano del Rey, y uno de los Magos

de Hielo. De inmediato a Lasgol le interesó aquella extraña

reunión noctur na. Tuvo un mal presentimiento.

«Ver Trotador» le llegó el mensaje de Camu. Debía estar

a su lado espiando como él y Viggo.

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Conjura de poder Pedro Urvi

«Sí, me dejan tenerlo aquí porque soy un Guardabos-

ques y lo cuidan muy bien».

«Trotador divertido».

«Camu, concéntrate que algo pasa y me parece que es

malo».

«Yo concentrar».

Lasgol no estaba muy seguro de que Camu entendiera

el concepto de concentrarse, pero como quería saber qué

estaba pasando allí y por qué Viggo quería espiar a aque-

llos hombres, no dijo nada y prestó toda su atención.

—¿Estás seguro de que es esto lo que busco, Maldreck?

—preguntó Orten al Mago de Hielo.

—Lo estoy, mi señor. Es este —le dijo y le mostró un ob-

jeto envuelto en un paño blanco con bordes plateados.

—Enséñamelo —demandó Orten casi en un ladrido.

Maldreck descubrió el objeto y se lo enseñó. Lasgol tu-

vo que aguantar una exclamación de sorpresa. ¡Era la Estre-

lla de Mar y Vida! Abrió los ojos desorbitados. ¿Qué hacía

aquel Mago de Hielo? ¿Por qué se la mostraba al Duque

Orten? ¿Por qué allí? Fue a decir algo y la mano derecha

de Viggo le tapó la boca. Viggo negó con la cabeza. Los

dos colgaban con medio cuerpo fuera del tejado cabeza

abajo, lo cual no era una posición idónea para realizar mo-

vimientos raros. Viggo retiró la mano al cabo de un mo-

mento y continuaron observando la escena.

—Sí, parece una gran estrella de mar, pero… ¿estás se-

guro de que es el Objeto de Poder?

—Lo es, mi señor. Es el Objeto que Eicewald trajo del

Reino Turquesa.

—Demuéstramelo. Quiero ver que en realidad es lo que

dices.

—Por supuesto, mi señor.

El Mago puso una mano sobre la Estrella y cerrando los

ojos se concentró. Entonó unas palabras de poder y el ob-

jeto comenzó a brillar con gran intensidad con un color azu-

lado.

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Conjura de poder Pedro Urvi

Orten lo observó de cerca. Puso cara de desagrado.

—Bien. Veo que es mágico y parece que tiene poder.

Me convence. Apágalo… no me gusta tener magia cerca.

El Mago hizo lo ordenado.

—Lo he traído como me ordenasteis —dijo con tono de

total servilismo.

—Más te valía. Los que no cumplen mis deseos suelen

sufrir accidentes…

El Mago de Hielo tragó saliva.

—Mi persona está siempre al servicio de mi señor —dijo

y se agachó en una reverencia.

—Espero que te refieras a mi servicio y no al de Ei-

cewald. Ambos somos tus superiores. Ambos ostentamos

mayor rango que tú.

—La vuestra, por supuesto, mi señor Duque. El her ma-

no del Rey es el segundo hombre más importante del reino

—aseguró el Mago con una profunda reverencia—. Vuestra

voluntad está por encima de la de mi señor Eicewald —le

aseguró.

—Así me gusta, que tengas las ideas claras. Hay quien

confunde lealtades. Eso suele ser muy peligroso.

—Conozco bien mi lugar y mis lealtades son claras.

—Eso me satisface —sonrió Orten con una sonrisa falsa

y llena de ironía.

—Señor… Eicewald… —balbuceó Maldreck.

—¿Qué ocurre con Eicewald?

—No aceptará la pérdida de la Estrella. Será un proble-

ma…

Orten negó con la cabeza.

—No será un problema importante.

—Se contrariará… el objeto significa mucho para él…

pedirá explicaciones.

Orten rio con una risa profunda y despectiva, como si

las preocupaciones del Mago del Rey fueran totalmente in-

consecuentes.

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Conjura de poder Pedro Urvi

—Tiene suerte de conservar el cuello. Si cree que voy a

dejar que se quede con este ar ma tan poderosa después

de ver lo que le hizo al Espectro Helado, está muy equivo-

cado. Yo me haré cargo de ella.

—Se quejará al Rey…

—Yo me encargo de mi her mano. No se opondrá, él

tampoco quiere que este Objeto de Poder esté en manos

de alguien que no es de nuestra entera confianza.

—Eicewald es el Mago del Rey…

—Lo es, pero no lo ha demostrado. Ha perdido mi con-

fianza y la de mi her mano. Sin embargo, tú, Maldreck, estás

ganando posiciones y podrías llegar a lo más alto entre los

Magos de Hielo. El puesto de Mago del Rey no es vitalicio,

como bien sabes, y el Rey puede desposeer a quien lo os-

tenta en cualquier momento si así lo ve conveniente. Al

ayudar me en este asunto, estás posicionándote bien para,

llegado el caso, ser su sucesor… Yo podría sugerir tu nom-

bre a mi her mano… apoyar tu candidatura… susurrarle

quién es el candidato más adecuado a ocupar el cargo.

—Me honráis, señor… el cargo de Mago del Rey es el

mayor honor… no osaría soñar con alcanzar tal puesto.

—Ya, claro, claro… ¿Entonces me estás diciendo que no

te interesa la posición? Porque hay otros Magos de Hielo

muy capaces…

—No dudo que mis compañeros sean capaces, sin em-

bargo, yo deseo lo mejor para la corona y la familia real.

Deseo servir y llevar a Norghana a un nuevo tiempo de glo-

ria.

—Eso está muy bien. Mi her mano y yo agradecemos tu

apoyo.

—Por eso es un gran honor para mí ayudaros en este

asunto y llevar a cabo vuestras órdenes —dijo con una pe-

queña reverencia.

—Recuerda que quien no cumple mis órdenes, suele te-

ner un mal final.

Maldreck asintió.

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Conjura de poder Pedro Urvi

—Cumpliré con la voluntad de mi señor.

Orten le lanzó una mirada hosca.

—No lo olvides nunca o tu tiempo sobre esta tierra será

muy corto —amenazó.

Lasgol no podía creer lo que estaba presenciando.

Aquel Mago de Hielo, que debía lealtad a Eicewald por ser

el Mago del Rey, lo estaba traicionando. Y lo hacía a cam-

bio de obtener el favor del Duque para ascender a la posi-

ción que ahora ocupaba Eicewald, desplazándolo. Sintió

una rabia enor me que le subió por el pecho hasta la gar-

ganta como si estuviera devolviendo ácido.

—Por supuesto, mi señor.

—Muy bien, así me gusta. Eicewald no será un proble-

ma —le aseguró el Duque Orten—. No tienes por qué

preocuparte.

—Gracias, mi señor.

Aquel comentario preocupó a Lasgol. ¿Qué le iba a ha-

cer Orten a Eicewald? ¿No iría a matarlo…? No, eso sería ir

demasiado lejos. Le entró la duda. Orten era un bruto sin

escrúpulos y podía muy bien estar tramando matar al Ma-

go. Tenía que ponerle sobre aviso, no podía per mitir aque-

lla traición. Eicewald se había comportado bien en la misión

de la Reina Turquesa y había colaborado y luchado dándolo

todo por conseguir regresar con la Estrella. Además, había

destruido al Espectro Helado. Era un héroe de Norghana y

como tal no merecía ser traicionado así.

—Ahora escucha bien mis indicaciones —le dijo Orten a

Maldreck con el dedo índice alzado—. Llevarás este Objeto

de Poder a mi fortaleza. Quiero la Estrella asegurada en mi

baluarte, la fortaleza de Skol. ¿La conoces? Está situada en

el extremo suroeste del reino, en la frontera.

—No he tenido el placer de poder visitarla, mi señor. Sé

que es magnífica.

—Ya lo creo que es una fortaleza magnífica, más que

eso, es inexpugnable. Vigila las llanuras que se abren hacia

el sur y el oeste de nuestro reino. Detrás del baluarte se al-

14
FIN DEL FRAGMENTO

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