“SEAMOS LIBRES”
(José de San Martín)
de Adrián Di Stefano
Personajes: (Algunos personajes pueden ser representados por un mismo actor)
San Martín Abuelo
General San Martín
José Félix Bogado
Mercedes, la hija de San Martin
Paulino Rojas
Francisco Olmos
Patricio Gómez
Francisco Vargas
Damasio Rosales
Mercedita
Fraile Zapata
Dama Mendocina
Toribio Reyes
Trompa Miguel Chepoya
Remedios de Escalada
LA ACCIÓN TRANSCURRE EN UN ESPACIO ATEMPORAL CON ALGUNOS
ELEMENTOS EN EL MISMO DISTRIBUIDOS POR TODO EL LUGAR, A SABER:
SILLÓN DE DESCANSO, SILLAS, MESA, UN BANCO, UNA BANDERA,
PERCHERO Y UNA MANTA CON OBJETOS PROPIOS DE DONACIONES
RECIBIDAS. LA ESCENA SE ENCUENTRA EN PENUMBRAS Y SE DESTACA
LA FIGURA DE SAN MARTÍN DE PIE EN PROSCENIO MIRANDO HACIA LA
PLATEA, PENSATIVO EN SILENCIO. ENTRA UN SOLDADO (BOGADO) QUE
NO SE ANIMA A INTERRUMPIRLO.
PRIMER CUADRO:
SAN MARTIN.- Pase soldado. ¡Anímese!
BOGADO.- Perdón, mi General; pero lo noto más pensativo que nunca. ¿Le ocurre
algo?
SAN MARTÍN.- ¡Mire! Mire hacia allá. (LE INDICA HACIA EL FRENTE. BOGADO
LO HACE) ¿Qué ve?
BOGADO.- Las montañas, mi General.
SAN MARTÍN.- Así es. Muy cierto. Y del otro lado de la montaña, ¿qué ve?
BOGADO.- (CON TÍMIDA SINCERIDAD) ¡Nada, mi General!
SAN MARTÍN.- Y sigue siendo cierto.
BOGADO.- ¿Usted ve algo?
SAN MARTÍN.- (SE QUEDA EN SILENCIO) Por ahora, no.
BOGADO.- ¿Le ocurre algo mi General? Quiere que…
SAN MARTIN.- Ahora cierre los ojos, y dígame qué ve.
BOGADO.- (CIERRA SUS OJOS) Nada, mi General. Y perdón, pero con los ojos
cerrados no veo nada.
SAN MARTIN.- No tengo nada que perdonar. Ha dicho la verdad.
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BOGADO.- ¿Usted ve algo?
SAN MARTIN.- Si cierro los ojos, sí.
BOGADO.- Debería descansar un poco, mi General. Le está exigiendo mucho a su
cuerpo.
SAN MARTIN.- Mi cuerpo no está cansado, está enfermo. Pero mi mente, mi alma sí
está cansada pero de estar acorralada dentro de este cuerpo.
BOGADO.- Déjela salir, señor… Perdón.
SAN MARTÍN.- Nada de perdón.
BOGADO.-Mi General, ¿no me permite cerrar los ojos de nuevo?
SAN MARTIN.- Desde ya. (BOGADO CIERRA SUS OJOS) ¡No se me vaya a quedar
dormido!
BOGADO.- ¿Y por qué no? Lo que no veo despierto lo podría ver en sueños.
SAN MARTIN.- ¿Y qué quisiera soñar, soldado?
BOGADO.- En una Patria libre y soberana. Y si usted está mirando desde su interior al
otro lado de la cordillera, es porque está pensando en toda América… Perdóneme
General, pero necesito abrir los ojos, aunque me de vergüenza. (FROTA SUS OJOS
PARA DISIMULAR SU LLANTO)
SAN MARTIN.- Nada de perdón, le he dicho. Y tómese el día soldado. Esa montaña
me entristece, pero usted me alegró el día.
BOGADO.- No, mi General. Hasta que usted no descanse no puedo ser menos. Si nos
marca el camino lo seguimos y nos vamos a detener cuando usted lo haga. No antes.
SAN MARTIN.- ¿Cómo se llama, soldado?
BOGADO.- Bogado, mi General. José Félix Bogado y tengo el inmenso honor de ser
Alférez de su Regimiento de Granaderos a Caballos.
SAN MARTIN.- Y nació en Villa Rica, allá en el norte en la Provincia del Paraguay, un
año antes que yo en mil setecientos setenta y siete. Así que le debo respeto a los
mayores. ¿Y me viene a decir que yo le doy un ejemplo? ¿Qué se trajo consigo mismo?
Nada más que lo justo y necesario. Usted es símbolo de los hombres probos y ya algún
día lo van a premiar por ser un Heroico Defensor de la Patria.
BOGADO.- Pero mi General, ¿cómo sabe eso de mí?
SAN MARTIN.- ¿Y usted cree que un solo soldado de mi ejército no merece ser
conocido por mí? No me perdonaría jamás si se me escapa uno solo. Porque uno solo
vale todo un Regimiento. Y cuando yo le digo que se tome el día de descanso me hace
caso o lo saco de acá a patadas en el…
BOGADO.- ¡Mi General!, que hay damas en el salón contiguo.
SAN MARTÍN.- ¡Traste! ¿Qué creía que le iba a decir?
BOGADO.- ¡Cómo me alegra verlo enojado, mi General.
SAN MARTÍN.- Esa montaña me enoja porque nos separa de nuestros hermanos
chilenos. ¡Porqué el destino es tan hostil y dificultoso!
BOGADO.- Será por la medida del valor del éxito.
SAN MARTIN.- Venga, Bogado. (BOGADO SE LE ACERCA) Le voy a confesar
algo. Si algún día, no llegara a completar el trayecto de mi obsesionado objetivo,
quisiera que lo concluya un hombre como usted. Lo admiro mi amigo.
BOGADO.- Parece una broma que usted me admire a mí. Lo tomo como un cumplido.
SAN MARTIN.- Se está ganando la patada nomás. Fuera de aquí, no se lo repito más.
BOGADO.- ¡Gracias, mi General! (APAGON)
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SEGUNDO CUADRO:
CUANDO VUELVE LA LUZ, ESTA SAN MARTÌN SENTADO, CON UN PONCHO
QUE NOS EVIDENCIA OTRO MOMENTO DE SU VIDA, YA ENVEJECIDO,
ESCRIBIENDO ALGO. ENTRA SU HIJA, MERCEDES.
MERCEDES.- Papa, ¿qué estas escribiendo?
SAN MARTIN.- Nada, algunos recuerdos.
MERCEDES.- Ya te dije que te hace mal. (SAN MARTIN LA MIRA) No me lo puedes
leer?
SAN MARTIN.- (VISIBLEMENTE AGRADECIDO) De veras, ¿quieres escucharlo?
MERCEDES.- Sí.
SAN MARTIN.- ¡Gracias!
MERCEDES.- No se demore mi General.
SAN MARTIN.- Las mujeres no me llamaban así.
MERCEDES.- Le recuerdo mi General, que ellas son las que más lo han honrado.
SAN MARTIN.- Ellas y unos pocos pero muy valiosos hombres. Y también, ¿sabes
quién?
MERCEDES.- ¡No!
SAN MARTIN.- Los caballos. Fieles e incansables. A ellos les debemos tanto. Y jamás
haberles oído una queja.
MERCEDES.- Te escucho.
SAN MARTIN.- “Yo serví en el ejército español desde la edad de trece a treinta y
cuatro años, hasta el grado de Teniente Coronel de Caballería. En una reunión de
americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos de Caracas, Buenos
Aires, etc. resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento a fin de prestarle
nuestros servicios en la lucha” … (PAUSA)
MERCEDES.- ¿Y por qué te quedas callado?
SAN MARTIN.- No voy a seguir leyendo. No quiero abusar de tu paciencia.
MERCEDES.- Un poco más de cuando fuiste Gobernador de la Provincia de Mendoza,
antes del cruce de Los Andes.
SAN MARTIN.- Cuando fui Gobernador de la “Ínsula Cuyana” planificaba y dirigía
todo en la vida de los cuyanos. Les pedía que busquen debajo de las piedras los recursos
que fueran. Y trataba de ser simple y sincero, porque sabía que allí todo se podía por el
valor de su gente. Y gracias al apoyo de todo un pueblo se pudo llevar a cabo la gran
empresa cuyana. Quise ser un líder transparente y honesto y desde el trabajo personal y
cotidiano pedir el esfuerzo que yo mismo realizaba. Y daba el ejemplo cuando pedía
una contribución, recortándome el sueldo, realizando sacrificios y llevando una vida
austera tanto pública como privada. No era momentos de lujos sino de entregar todo por
la libertad de la patria…
MERCEDES.- Te estas agitando. Ya está bien. Por hoy me alcanza.
SAN MARTIN.- ¿Y cómo te fue en la Escuela? ¿Sufriste otra vez con las matemáticas?
MERCEDES.- Hoy me toco Letras.
SAN MARTIN.- ¡Qué bien!... ¿Qué bien?
MERCEDES.- Sí. Obtuve un sobresaliente.
SAN MARTIN.- Muy bien. Te felicito.
MERCEDES.- Tuvimos que escribir sobre un tema libre.
SAN MARTIN.- ¿Y qué elegiste?
MERCEDES.- “El cruce de Los Andes”
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SAN MARTIN.- (PAUSA) El… ¿y desde cuándo sabes algo de eso? Yo nunca te
conté…
MERCEDES.- Me lo contaron tus ojos. Vi a través de ellos. No necesité ninguna
palabra para describir lo que habrás pasado.
SAN MARTIN.- Tenías que haber observado solamente mi cara de susto cuando
levanté la vista y vi la inmensidad de esa montaña. Miré para los costados y como por
suerte estaba yo siempre adelante, y nadie me vio, me acerqué a mi caballo y le susurré
al oído: “¿te animas?”. Me relinchó fuerte y yo pensé que estaba diciendo que sí. Pero
me parece que estaba más asustado que yo. Apreté los dientes y sin volver la vista atrás
emprendimos el camino.
MERCEDES.- (OJEANDO SU ESCRITO) Te estás copiando de mi escrito.
SAN MARTÍN.- A ver, trae para acá (TOMA EL ESCRITO Y LO LEE) Pero te juro
que no lo había visto antes… ¡A mí me pasó todo eso! Tú te has copiado de mí.
¡Impostora! ¿Cuándo me lo has oído contar? Si nunca…
MERCEDES.- Ya te dije que lo leí en tus ojos, me lo contó tu pensamiento. Cuando te
observo mirar absorto ese cuadro, con la fuerte presencia de ese animal noble y fuerte,
me lo están diciendo tu espalda, tu expresión, tu silencio.
SAN MARTIN.- Si sigo leyendo…
MERCEDES.- Puede que la historia se asemeje. No será igual sin duda, pero el espíritu
te aseguro que sí.
SAN MARTÍN.- ¿Quieres que te diga cuál fue la arenga, antes de partir?
MERCEDES.- Pero con eso basta por hoy.
SAN MARTIN.- ¡Prometido! Escucha bien porque la recuerdo como si lo estuviera
diciendo hoy: “Compañeros del Ejército de los Andes, la guerra la tenemos que hacer
como podamos. Si no tenemos dinero…”
MERCEDES.- (LEYENDO SU ESCRITO. SAN MARTIN LA MIRA Y SE
ASOMBRA COMPLACIDO) … “Carne y tabaco no nos tiene que faltar” …
SAN MARTIN.- “…Cuando se acaben los vestuarios…”
MERCEDES.- “…nos vestiremos con los trapos que nos tejan nuestras mujeres…”
SAN MARTIN.- “…Y si no andaremos en…” (SE MIRAN)
MERCEDES.- “…desnudos…”
SAN MARTIN.- “…como nuestros paisanos los indios. Seamos libres…”
MERCEDES.- “…y lo demás no importa…”
SAN MARTIN.- “… Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano hasta ver el
país enteramente libre…”
MERCEDES.- “…o morir con ellas como hombres…”
SAN MARTIN.- “…y mujeres…”
MERCEDES Y SAN MARTIN.- (JUNTOS) “…de coraje.” (APAGÓN)
TERCER CUADRO:
CUANDO VUELVE LA LUZ, ESTÁ SAN MARTIN POSTRADO EN UN
CAMASTRO, CON DOS SOLDADOS JUNTO A ÉL, VISIBLEMENTE ENOJADO.
SAN MARTIN.- … No me importa. Si es necesario me llevan en camilla.
ROJAS.- Pero mi General no sea cabeza dura.
OLMOS.- Su úlcera no lo deja en paz.
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SAN MARTIN.- Olmos, me importa un comino mi úlcera. Que reviente y si es posible
frente al enemigo. Para que lo salpique el pus. Quiero llegar a la cuenca de Chacabuco y
allí empezaremos la liberación de Chile.
ROJAS.- Mi General, los soldados están contrariados.
SAN MARTIN.- ¿Por qué Rojas?
OLMOS.- Dicen que les dan más de comer a los caballos y a las mulas.
SAN MARTIN.- Y por supuesto. Ellos sufrirán la peor parte y si los soldados están
pesados les costará más. Así que a no olvidarse de fabricar y colocarles herraduras.
¿Cómo anda lo demás?
ROJAS.- La fabricación de armas, sables, fusiles y cañones muy avanzado.
SAN MARTIN.- ¿Y los uniformes?
OLMOS.- También, mi General.
ROJAS.- Fray Luis Beltrán está probando un sistema de poleas para pasar los
precipicios con los cañones y puentes colgantes.
SAN MARTIN.- ¿La sanidad?
ROJAS.- A cargo del cirujano ingles James Paroissien.
SAN MARTIN.- ¿Y los planos de los cruces?
OLMOS.- A cargo del Coronel Álvarez Condarco.
SAN MARTIN.- Su memoria y su astucia nos ha servido de maravillas.
ROJAS.- Solo a usted se le ocurrió enviarlo por el camino más largo, por el Paso de los
Patos con una copia de la declaración de Independencia de las Provincias Unidas para el
Gobernador Español de Santiago Marcó del Pont.
OLMOS.- Que como no podía ser de otra manera, y furioso como estaría mandó
quemarla.
SAN MARTIN.- Y nos devolvió al Coronel sano y salvo por el camino más corto, que
resultó ser el Paso de Uspallata. Y así poder diseñar los mapas para este cruce.
ROJAS.- Una verdadera “Zapada”.
SAN MARTIN.- ¿Cómo ha dicho Rojas?
ROJAS.- ¿Qué dije? Vaya no me acuerdo.
SAN MARTIN.- Ha dicho “zapada”. Y me sonó muy apropiado. Como meterle un sapo
al enemigo. Claro que les haremos una “guerra de zapa”.
OLMOS.- ¡De cómo engañar al enemigo!
SAN MARTIN.- ¿Hablaron con los mapuches?
OLMOS.- Si, y alguna información le llegará al Gobernador Realista Marco del Pont; lo
que nos beneficiará.
ROJAS.- Al creer que el grueso del batallón cruzará por el sur, deberá dividir sus
fuerzas.
SAN MARTIN.- ¿Con cuántos hombres contamos?
OLMOS.- Cuatro mil hombres y mil doscientos milicianos de tropas de auxilio para
conducción de víveres y municiones.
SAN MARTIN.- Presten atención: el ejército se dividirá en seis columnas. Cuatro
secundarias, cuyo objetivo será distraer a las fuerzas enemigas en zonas alejadas de la
capital, Santiago de Chile, dirigidas por Ramón Freire. Las dos columnas principales,
que concentrarán el grueso del batallón estarán comandadas por mí. La primera
atravesará la cordillera por el paso de Los Patos, al mando del General O´Higgins. La
segunda al mando del General Las Heras, marchará por el paso de Uspallata
conduciendo todo el parque y la artillería, imposible de llevar por el camino más
escabroso de Los Patos. Las dos se reunirán en el valle del Aconcagua, mientras que
efectivos menores dispersarán las fuerzas enemigas. En las dos columnas principales
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quiero tres mil quinientos soldados, cien baqueanos, mil caballos, diez mil mulas, de las
que seguramente tendremos que lamentar que llegarán menos, treinta cañones, una
millonada de cartuchos de fusil, muchas toneladas pólvora y alimento para hombres y
animales para un mes de marcha.
ROJAS.- Es un avance verdaderamente épico. Habrá que cruzar las montañas más altas
del mundo. No nos permitirá descansar salvo que alguna tormenta de granizo nos
detenga.
SAN MARTIN.- Habrá que estar preparados no solo por las altas montañas sino por los
grandes desiertos sin agua.
OLMOS.- Pero mi General, se olvida el motivo de esta travesía. Una vez sorteado esos
escollos nos espera lo peor.
SAN MARTIN.- Ya nos veremos las caras en Potrerillos, en Chacabuco y la victoria
será nuestra. Y no quiero ni una baja. Pero si las hay, parte de mí se irá con ellos. Cada
hijo de esta tierra va a regar con su sudor y con su sangre el mejor fruto y verá la luz
con cada amanecer y la puesta del sol será el faro de los descendientes de esta Patria. A
ver, traigan ese vino mendocino bendecido por Dios, con su mejor néctar. (SE
LEVANTA)
OLMOS.- No se levante, mi General.
SAN MARTIN.- Pero usted soldado se cree que este vino lo voy a tomar postrado. Eso
es una blasfemia. Este vino es de Mendoza, hombre. Y un vino de Mendoza, que es la
mejor tierra, se lo honra. Y nos dará el valor, el valor de la victoria. ¡Salud
compatriotas! ¡Por una América libre, unida y soberana! (APAGÓN)
CUARTO CUADRO:
ENTRANDO MERCEDES Y DETRÁS SAN MARTIN.
MERCEDES.- Papá, por favor. No exageres. Pero si era un simple insecto. Te enfadas
porque quise matar una mosca.
SAN MARTIN.- ¿Y en qué te molestaba? Si no eres sensible con algo tan pequeño
como pretendes humanizar tu carácter. El mundo es demasiado grande para todos.
MERCEDES.- ¿Por qué te enojaste tanto con ese hombre?
SAN MARTIN.- Porque me estaba mintiendo. Sabes del amor que siento por la verdad
y el odio que me provoca la mentira. Inspírate en ello y serás inmensamente feliz.
MERCEDES.- Pero, papá; fuiste muy duro con él.
SAN MARTIN.- Y lo voy a ser hasta el último de mis días.
MERCEDES.- Es imposible contigo. Tampoco mi madre habrá podido lograr controlar
tu carácter.
SAN MARTIN.- Tu madre fue una gran mujer, pero también una gran amiga. Y amaba
la naturaleza y era más dura que yo. Y ni te imaginas como debía cuidarme en jamás
decirle una mentira por más piadosa que fuera. Sentí mucho cuando se fue. Y sentí que
no solo se iba mi mujer sino como te dije también una gran amiga. ¿Y tienes idea la
grandeza que ostenta la palabra amiga? No hay nada más inmenso que el valor de una
amistad. Debes confiar y respetar a un amigo e inspirarte en ofrecerle toda tu confianza.
Y en Remedios se completaba todo el sentido de la palabra amor, en todas sus formas.
¿Has visto cuando veníamos caminando por esa callejuela angosta?
MERCEDES.- Te le acercaste a una mendiga y le ofreciste todo lo que tenías encima.
SAN MARTIN.- Y le hubiera dado más de haberlo tenido. Caridad por los pobres, hija.
MERCEDES.- Esta bien, pero, ¿por qué le pediste que se acercara dónde estabas?
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SAN MARTIN.- Porque sin darse cuenta estaba ubicada sobre una propiedad ajena y se
debe respetar y enseñar a respetarla. Pero prométeme una cosa.
MERCEDES.- ¿Qué, padre?
SAN MARTIN.- Que esto que has visto no lo vas a contar. No se hace caridad para
contar que se hizo. Debes saber y aprender a guardar un secreto.
MERCEDES.- ¡Lo juro, padre!
SAN MARTIN.- No hace falta jurarlo. Con tu palabra me alcanza. Ninguna religió lo
promulga. Y sea cual fuere para ti deben ser todas consideradas como tal y ser
respetadas. Y así como fui caritativo con esa mendiga, debes ser por igual dulce y
amable con los criados, pobres y ancianos. Y aprende a despreciar el lujo excesivo y
desmedido.
MERCEDES.- Una cosa aprendí, obligada contigo, pero lo aprendí.
SAN MARTIN.- ¿Qué, hija?
MERCEDES.- Hablar poco y preciso.
SAN MARTIN.- No sigas mis pasos. Que mi boca fue mi perdición.
MERCEDES.- ¿Por qué me das estos consejos?
SAN MARTIN.- Porque es el único legado que puedo dejarte. Porque si alguna vez
llego a trascender será en tu educación. Y quiero que se me recuerde como un buen
padre.
MERCEDES.- Se te recordará por algo más. ¿O te olvidas de tu Patria?
SAN MARTIN.- ¿Has visto con cuanto amor recibo noticias de nuestra Patria? ¿Con
cuánta ansiedad las espero? ¿Y la tristeza que siento por sentirme tan lejos? ¿Qué
demuestra eso? ¿Cómo se llama esa pena y ese dolor que te carcome por dentro? ¡Amor
a la Patria! Y por sobre todas las cosas amor a la libertad, ¡porque si hay libertad, todo
sobra! ¡Si somos libres, nada nos falta y todo nos sobra! (APAGÓN)
QUINTO CUADRO:
AL VOLVER LA LUZ, SE ENCUENTRA UN SOLDADO COMO EN ACCION DE
SER CENTINELA DE UN INGRESO A UN LUGAR IMPORTANTE. ENTRAN SAN
MARTIN Y DOS DE SUS SOLDADOS, PATRICIO GÓMEZ Y FRANCISCO
VARGAS.
GOMEZ.- Mi General, hoy se quedó dormido.
SAN MARTIN.- Y no me lo perdono.
VARGAS.- Nunca había sobrepasado las cuatro de la mañana.
SAN MARTIN.- Y usted Vargas llegó a las cinco y quince y sabe que lo quiero a las
cinco en punto.
GOMEZ.- Lo dejó despabilarse un poco más.
SAN MARTIN.- Gómez no lo disculpe.
VARGAS.- Ocupándose hasta las diez de la mañana en los detalles de la organización
del ejército…
SAN MARTIN.- No me alcanza. Necesito que el día tenga más horas. ¿Puede hacer
algo al respecto Gómez?
GOMEZ.- Me temo que no.
SAN MARTIN.- Un día de arresto entonces.
VARGAS.- Mañana me ocupo del tema, mi General.
SAN MARTIN.- Un día de arresto Vargas por mentiroso. (TODOS FESTEJAN LA
GRACIA DEL MOMENTO). ¿Las audiencias de mañana?
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GOMEZ.- (PAUSA) Le pidió audiencia el Capitán Toribio Reyes, una dama mendocina
y el Fraile Zapata. Como siempre a partir de las diez y treinta.
SAN MARTIN.- El Capitán se encarga de los sueldos del Ejército y al Fraile lo
recuerdo bien. No le pidan el nombre a la Dama mendocina, no hace falta. ¿Qué es
aquello? (POR EL LUGAR EN DONDE ESTÁ EL SOLDADO CENTINELA)
GOMEZ.- El laboratorio de mixtos.
SAN MARTIN.- ¿Y están trabajando ahora?
VARGAS.- Si, señor. Están haciendo cartuchos, lanzas, fuegos, espoletas para granadas
y otras cosas.
SAN MARTÍN.- Quiero verlo. (SE ACERCA CON LA INTENCIÓN DE ENTRAR, A
TIEMPO QUE EL SOLDADO DAMASIO ROSALES SE INTERPONE)
ROSALES.- ¡Alto ahí, señor; no se puede entrar!
SAN MARTIN.- ¿Cómo es eso? ¿No me conoce usted que soy el General en Jefe?
ROSALES.- Si, señor. Lo conozco. Pero así no puede entrar (SAN MARTIN
INTENTA NUEVAMENTE ENTRAR Y EL SOLDADO LO DETIENE CON SU
BAYONETA) Ya le dicho que así no puede entrar, señor.
SAN MARTIN.- ¿Pero porque no puedo entrar, soldado?
GOMEZ.- Señor, la consigna que el centinela tiene es que nadie puede entrar al
laboratorio vestido de uniforme, por temor de un incendio. Y es por eso que se le ha
resistido la entrada. Si quiere entrar, va a tener que pasar a este cuarto a cambiar de traje
Para que pueda hacerlo en la forma en que es permitido.
SAN MARTIN.- Prepáreme ropa apropiada (VARGAS SALE) Soldado, ¿cuál es su
nombre?
ROSALES.- Damasio Rosales, mi General.
SAN MARTIN.- Entiende que se ha subordinado.
ROSALES.- Si, mi General.
SAN MARTIN.- Dígame solo Señor.
ROSALES.- Si, señor San Martín.
SAN MARTIN.- Le dije que me diga señor solo.
ROSALES.- Si, señor.
SAN MARTIN.- ¿Y sabe lo que es ser obediente y entiende el concepto del respeto que
le debe inspirarle un superior?
ROSALES.- Sí.
SAN MARTIN.- ¿Qué?
ROSALES.- Si, señor.
SAN MARTIN.- Y el valor que tiene el fiel cumplimiento de sus deberes.
ROSALES.- Si, señor.
SAN MARTIN.- Entonces, que sea la última vez que me tenga que repetir una orden.
Me usa la bayoneta en la primera oportunidad. ¿Entendió?
ROSALES.- Si, señor.
SAN MARTIN.- General.
ROSALES.- Si, señor.
SAN MARTIN.- General San Martin.
ROSALES.- Si, señor.
SAN MARTIN.- ¡Tome! (LE ENTREGA UNA MONEDA) Se lo ha ganado. (SALE)
ROSALES.- (HABLANDO CON GOMEZ) ¡Me dio una onza de oro!
GOMEZ.- ¡Eso porque lo has hecho enojar! (APAGON)
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SEXTO CUADRO:
AL VOLVER LA LUZ, SAN MARTIN ESTA RECOSTADO EN UN SILLON,
VISIBLEMENTE MÁS AVEJENTADO. ENTRA LLORANDO MARCEDITA CON
UNA MUÑECA EN SUS MANOS, SENTÁNDOSE LEJOS DE ÉL.
SAN MARTIN.- Mercedita, ¿qué te ocurre; porqué estás llorando?
MERCEDITA.- Porque las tontas de mis amigas se pusieron a jugar con mi muñeca
preferida.
SAN MARTIN.- Y eso está muy bien. No hay nada más lindo que compartir lo que uno
más aprecia con sus amigos.
MERCEDITA.- Pero me rompieron la muñeca abuelo.
SAN MARTIN.- ¿Cómo que te rompieron la muñeca?
MERCEDITA.- Si, Tenía una bufanda y se la arrancaron.
SAN MARTIN.- A ver, tráela para acá que quiero verla. (LA NIETA SE LE ACERCA
Y SE LA ENTREGA. EL LA TOMA CON MUCHO CUIDADO) No veo que esté rota.
MERCEDITA.- Si, abuelo; acá tenía una bufanda. Y ahora tiene frio sin ella.
SAN MARTIN.- Tienes razón. (LE ENTREGA LA MUÑECA Y SE LEVANTA Y SE
DIRIGE HACIA EL APARADOR Y TOMA ALGO QUE SE LO LLEVA A SU
NIETA) A ver, tráeme de vuelta esa muñeca (ELLA SE LA DA Y LE COLOCA UNA
MEDALLA CON SU CINTA ALREDEDOR DEL CUELLO) ¿Así estará bien?
MERCEDITA.- ¿Pero esa medallita no le molestará?
SAN MARTIN.- No creo. No le demos la última vuelta. ¿Cómo se llama?
MERCEDITA.- Remedita.
SAN MARTIN.- ¿Remedita?
MERCEDITA.- Si, porque cuando crezca se llamará Remedios como mi abuela.
SAN MARTIN.- ¿Pero si no la has conocido? ¿Cómo sabes que ella querrá llamarse
así?
MERCEDITA.- Mi mamá me dijo que sí. Que no hay mejor nombre. Y yo le creo. ¿A ti
no te gusta?
SAN MARTIN.- Si, claro. ¿Cómo no ha de gustarme si le gusta a tu madre?
MERCEDITA.- Mira la sonrisa de Remedita. Se ve que se le fue el frio. ¡Gracias
abuelo! (SE LE ACERCA Y LE DA UN BESO Y SALE. SAN MARTIN SE QUEDA
SOLO Y CON SU BASTON Y CAMINANDO EN FORMA DIFICULTOSA
VUELVE A SU SILLÓN. ENTRA MERCEDES CONTRARIADA CON SU PADRE)
MERCEDES.- Padre, ¿te has fijado lo que le has dado a la niña? Es la Condecoración
que el Gobierno de España te ha dado cuando vencieron a los franceses en Bailén.
SAN MARTIN.- (SONRIENTE SIN REPARAR EN EL ENOJO DE SU HIJA) ¿Y
qué? ¿Cuál es el valor de todas las cintas y Condecoraciones si no alcanzan a detener el
llanto de una niña? Además… ven hija; acércate. (ELLA LO HACE) Esa
Condecoración me la dio el Gobierno de España.
MERCEDES.- Pero padre, también merece respeto.
SAN MARTIN.- Por supuesto que sí. Y por eso se la entregué. ¿Dónde va a estar mejor
que en sus manos? Sabes cómo la va a cuidar. Por otra parte me quedan las de mi Patria.
MERCEDES.- ¡Padre!
SAN MARTIN.- ¿He dicho algo malo?
MERCEDES.- Era la última que te quedaba. Todas las has regalado.
SAN MARTIN.- Bueno, tampoco fueron tantas.
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MERCEDES.- Con más razón las debías haber guardado.
SAN MARTIN.- ¿Para qué?
MERCEDES.- ¿Cómo para qué? Para darle a tu nieta una de nuestra Patria, en todo
caso.
SAN MARTIN.- En eso tienes razón. Y no he guardado ninguna para ti.
MERCEDES.- Yo no las necesito.
SAN MARTIN.- ¿Me la hubieras despreciado?
MERCEDES.- (SONRIENDO) Te tengo a ti.
SAN MARTIN.- Por poco tiempo. Balcarce sabrá cuidarte. Yo ya no puedo.
MERCEDES.- Puedo cuidarme sola. Algo me has enseñado.
SAN MARTIN.- Acércate… (ELLA LO HACE) Pero no me has de decir que no es
hermoso ser cuidada por un gran hombre, como tu marido. Óyeme, debes prometerme
una cosa…
MERCEDES.- Dime.
SAN MARTIN.- Que la cuides a la tía María Elena por siempre y le otorgues una
pensión.
MERCEDES.- No hace falta que me lo pidas.
SAN MARTIN.- Y después a Petronila, su hija.
MERCEDES.- Desde ya.
SAN MARTIN.- Mi sable corvo favorito, el de las batallas de Chacabuco y Maipú sea
entregado al Gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas.
MERCEDES.- Así se hará.
SAN MARTIN.- Y desearía que mi corazón siguiera latiendo en Buenos Aires…
(TRATA DE CAMBIAR DE TEMA OSTENSIBLEMENTE) Nunca te he contado la
historia de esta medalla. La primera recibida y tal vez por eso fue la última en ser
entregada. (SE ASOMA MERCEDITA Y SIN SER VISTA POR SU MADRE Y
ABUELO OYE LO HABLADO POR ELLOS)
MERCEDES.- No, no me las contado.
SAN MARTIN.- Habíamos vencido a los franceses en la batalla de Bailén, cerca de
Andalucía aunque Francia tomó posesión de España. Y cuando Napoleón entra a una
ciudad en la que yo estaba, divisa mi uniforme. Se me acerca y con una mirada muy
profunda y tocándome con su dedo índice, me dice “Bailén” en claro reconocimiento al
triunfo de mi tropa. (LA NIETA SALE Y VUELVE A ENTRAR CON LA MEDALLA
EN SUS MANOS)
MERCEDITA.- Abuelo, Remedita me dijo que ya no tiene frio. Que le hizo muy bien
estar calentita con su nueva bufanda pero que ya no la necesita. (LE DA LA
MEDALLA A SU ABUELO. EL LA TOMA Y SE LA COLOCA EN EL CUELLO A
SU NIETA)
SAN MARTIN.- Entonces mi nieta no me va a despreciar este hermoso collar que su
abuelo le regala. ¡Mira que bien te queda!
MERCEDITA.- ¿Le puedo poner un nombre?
SAN MARTIN.- Claro. ¿Cuál le vas a poner?
MERCEDITA.- ¡Bailén! (SALE CORRIENDO. SE QUEDAN SIN HABLAR SAN
MARTIN Y MERCEDES MIRÁNDOSE Y OBSERVANDO LA SALIDA DE LA
NIÑA)
MERCEDES.- ¡Lo lleva en su sangre!
SAN MARTIN.- ¡Cómo todos los nietos de los hombres de la Patria!
MERCEDES.- Es una pena que no estés allá para comprobarlo.
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SAN MARTIN.- Es una dicha no estar allá. Algún día sí será una dicha. No es tiempo
todavía.
MERCEDES.- Basta, padre. Ya habrá tiempo para esas cosas. Ahora a descansar.
SAN MARTIN.- Te había hablado de un deseo…
MERCEDES.- Será para otra oportunidad (ENTRA MERCEDITA DE NUEVO)
MERCEDITA.- ¿Abuelo, no tienes otra para ella? Le gustó tanto que me gustaría que
ella tuviera una igual.
SAN MARTIN.- (MIRÁNDOSE CON SU HIJA) No, Mercedita. Y no sabes lo que lo
lamento.
MERCEDES.- No abuses de tu abuelo.
MERCEDITA.- Bueno, la usamos un día cada una.
SAN MARTIN.- Espera. (VA HACIA EL APARADOR Y TOMA UNA TROMPETA
Y SE LA ENTREGA A SU NIETA) ¡Toma!
MERCEDES.- Padre, pero ella no sabe tocarla y es muy valiosa.
SAN MARRTÍN.- Tienes que aprender primero tú, y después enseñarle a Remedita. En
unos años tienen que hacer sonar esa trompeta bien fuerte.
MERCEDITA.- Pero, abuelo esta trompeta… ¡No! Mamá tiene razón; debe costar
mucho dinero y me da miedo que se me rompa.
SAN MARTIN.- Ya lo creo que tiene un valor incalculable. Y por eso mismo tiene que
estar en las mejores manos. Eso sí, si se la prestas a tus amiguitas, no te mueves de al
lado. La usan un rato y la vuelves a guardar. ¡Anda!
MERCEDITA.- ¿Qué hago mamá?
MERCEDES. Es imposible contradecir a tu abuelo. A cabeza dura no hay quien le gane.
SAN MARTIN.- En felicidad de ver a mi hija y mi nieta feliz no hay quien me gane. ¿Y
qué esperas? No le vas a mostrar a Remedita tu nuevo regalo.
MERCEDITA.- Si, abuelo (SALE CORRIENDO. VUELVE A ENTRAR Y LO BESA)
¡Gracias; eres el mejor abuelo del mundo! (PAUSA. SE QUEDAN AMBOS EN
SILENCIO Y MIRÁNDOSE ENTRE SÍ)
MERCEDES.- Nunca supe de la existencia de esa trompeta.
SAN MARTIN.- Es una historia muy sentida. Me la obsequiaron los siete granaderos
que volvieron a Buenos Aires. Siete de tantos que partieron inicialmente… En cuanto
intente hacer sonar esa trompeta, se va a escuchar la mejor melodía que jamás pudiste
escuchar. Hubiera dado la vida por oírla cuando sonó…
MERCEDES.- ¿Por qué te quedas callado? ¿No piensas contármela?
SAN MARTIN.- Hoy estoy muy cansado. Recuérdame que luego te la cuente. (SE OYE
EL SONIDO DE LA TROMPETA EN PEQUEÑOS ACORDES)
MERCEDES.- Ya sabía que no se iba a poder aguantar.
SAN MARTIN.- Y tiene razón en no aguantarse. No importa cómo suene. Lo
importante es que suene. ¿Te das cuenta el valor que le dan los jóvenes a las cosas
simples de la vida, cuando los adultos lo ignoramos? Esta trompeta estaba guardada en
el cajón de mis recuerdos en silencio. Y ahora en manos de mi nieta se va a oír en todo
el mundo. Y nada ni nadie la va a hacer callar. Y su sonido será tan fuerte que algún día
hará sonar la melodía más hermosa, como un canto de libertad, que como a mis
Granaderos, podrán igualar, pero jamás superar. (APAGON)
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SEPTIMO CUADRO:
AL VOLVER LA LUZ, ESTA SAN MARTIN SENTADO ESCRIBIENDO UN
APUNTE. ENTRA UN SOLDADO, MIGUEL CHEPOYA.
CHEPOYA.- Permiso, mi General. Es hora de las audiencias.
SAN MARTÍN.- ¿Ya son las diez y media?
CHEPOYA.- Si, señor.
SAN MARTIN.- Muy bien. Qué pase el primero. ¿Quién es?
CHEPOYA.- El Capitán Toribio Reyes.
SAN MARTÍN.- El pagador de los sueldos del ejército. Que pase. (SALE. AL
INSTANTE INGRESA REYES. PAUSA. AL NOTAR EL SILENCIO SAN MARTIN
LO SALUDA) ¡Buenos días Capitán Toribio Reyes!
REYES.- Buenos días… (ANTE EL SILENCIO Y LA SORPRESA DE SAN
MARTIN, AGREGA) Mi General.
SAN MARTIN.- Lo escucho.
REYEZ.- Podría hablar con el señor San Martín.
SAN MARTIN.- (PAUSA) Lo está haciendo.
REYES.- Es que necesito hablar con el Señor San Martín, porque no quiero que se
entere el General San Martín, de una acción tan vil que he cometido y para expresarle
mi profundo arrepentimiento. (SAN MARTIN SE LEVANTA, SACÁNDOSE SU
SACO, Y BOTAS, SE ADELANTA TOMÁNDOLO DEL BRAZO)
SAN MARTÍN.- ¿Qué ha pasado mi amigo?
REYES.- Me he gastado el dinero que tenía para pagar a los soldados.
SAN MARTIN.- ¿El General lo sabe?
REYES.- No. Me avergüenza que se pudiera enterar.
SAN MARTIN.- ¿Cuánto dinero necesita?
REYES.- Veinte onzas que devolveré en cuanto me sea posible.
SAN MARTIN.- Tome. (LE DA DINERO) ¿Y se puede saber en qué lo ha gastado?
(PAUSA) Le recomiendo que el General no se entere porque es capaz de pasarlo por las
armas.
REYES.- Muchas gracias, señor San Martín. (SALE. ENTRA CHEPOYA
VISIBLEMENTE SORPRENDIDO)
CHEPOYA.- ¿Qué le ha dicho que el Capitán salió tan conmovido?
SAN MARTIN.- (PONIÉNDOSE NUEVAMENTE LAS BOTAS Y LA CHAQUETA)
¡Yo, nada! El General San Martín no le ha dicho nada.
CHEPOYA.- Lo está esperando el Fraile Zapata.
SAN MARTIN.- El mismísimo Fraile Zapata. Hágalo entrar y le pido un favor. Cuando
yo lo vuelva a llamar despidiéndolo al Fraile, llámelo por su nombre para acompañarlo
hasta la salida.
CHEPOYA.- No lo entiendo, mi General.
SAN MARTIN.- Le ruego que haga lo que le pido. Solo llámelo por su nombre
diciéndole que lo acompaña hasta la salida.
CHEPOYA.- Muy bien, mi General.
SAN MARTÍN.- Ahora hágalo pasar no más. (CHEPOYA SALE, QUEDANDO SOLO
SAN MARTIN QUE SE VUELVE A SENTAR EN SU ESCRITORIO. ENTRA
ZAPATA)
ZAPATA.- Con permiso, General San Martín.
SAN MARTIN.- Perdón, no lo escuché.
ZAPATA.- Solo lo saludé, diciéndole con permiso… General San Martín.
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SAN MARTIN.- Adelante, póngase cómodo Fraile… Perdón, pero no recuerdo su
nombre.
ZAPATA.- ¡Zapata!
SAN MARTIN.- ¿Zapata?
ZAPATA.- Así es General.
SAN MARTIN.- Muy bien, Fraile Za… ¿Cómo me dijo?
ZAPATA.- ¡Zapata!
SAN MARTIN.- Lo escucho.
ZAPATA.- Vengo a presentarle mis disculpas General.
SAN MARTIN.- A mí, ¿Por qué?
ZAPATA.- Porque seguramente habrá llegado a sus oídos el anterior contenido de mis
prédicas.
SAN MARTIN.- Algo he oído. Me las puede repetir. No hay nada mejor que ir a las
fuentes.
ZAPATA.- Que yo cuando…
SAN MARTIN.- No, no… Haga de cuenta que está en el púlpito.
ZAPATA.- Pero General…
SAN MARTIN.- Vamos, hombre, perdón Fraile. No se preocupe que estamos solos Si
yo no los llamo, no entra nadie. (TOMANDO UNA SILLA) Venga; súbase a esta silla y
haga de cuenta que está en el púlpito. Yo lo ayudo. Y yo me voy a sentar en las gradas
para escuchar su sermón. (EL FRAILE AYUDADO POR SAN MARTIN SUBE A LA
SILLA Y ÉL SE SIENTA EN UN BANCO ENFRENTÁNDOLO)
ZAPATA.- ¿Y qué quiere que haga General?
SAN MARTIN.- Se había referido a mí. Repita, por favor, lo que dijo, como si fuera el
momento en qué lo hizo.
ZAPATA.- No recuerdo exactamente las palabras.
SAN MARTIN.- Le sugiero que lo recuerde Fraile. Si yo repito lo que me contaron
seguro que no sería conveniente. Y por otra parte es algo grosero para que lo diga en
frente suyo.
ZAPATA.- “San Martín”… eso lo recuerdo…
SAN MARTIN.- Siga, siga…
ZAPATA.- “Su nombre… es una… (CON MUCHA VERGÜENZA Y CASI EN
SUSURRO) blasfemia”…
SAN MARTIN.- Perdón, Fraile, no lo oigo. Lo puede repetir más fuerte.
ZAPATA.- (ELEVANDO MUY POCO LA VOZ) ¿Todo?
SAN MARTIN.- No, solo el final que no lo escuché.
ZAPATA.- “Blasfemia”…
SAN MARTIN.- ¡Más fuerte!
ZAPATA.- (GRITANDO) “Blasfemia”.
SAN MARTIN.- ¡Blasfemia! Pero esa palabra no es tan fuerte como la que me
contaron. ¿Vio Fraile, que le convenía recordarla? Siga…
ZAPATA.- “No le llamen San Martín, sino Martín.”
SAN MARTÍN.- ¿Martín solo? ¿Por qué? ¿En alusión a quién?
ZAPATA.- “Cómo a Martín Lutero, el peor y más detestable de los herejes”.
SAN MARTIN.- ¡Cómo! ¿Usted me ha comparado con Lutero, excomulgado de la
Iglesia y que injustamente lo tildaron de “borracho alemán”, quitándome el San? ¿Cómo
era su nombre?
ZAPATA.- Zapata, señor General.
SAN MARTIN.- ¿Cómo?
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ZAPATA.- ¡San Martín!
SAN MARTIN.- Pues desde hoy le quito el “Za” en castigo y lo fusilo si alguien le da
su antiguo nombre. ¿Y qué hace parado sobre una de mis sillas?
ZAPATA.- Usted me dijo que lo hiciera.
SAN MARTIN.- ¿Yo? No lo recuerdo. ¿Y no le da vergüenza pararse sobre una silla?
La misma en donde en un momento va a depositar su sentadera una noble mujer
mendocina. ¡Bájese de ahí!
ZAPATA.- ¿Me puede ayudar General?
SAN MARTIN.- ¿No puede solo? (LO AYUDA A BAJARSE. LLAMANDO)
¡Sargento Trompa Miguel Chepoya!
CHEPOYA.- (ENTRANDO) Si, mi General.
SAN MARTIN.- Acompañe al Fraile… ¿lo recuerda, no? Acompáñelo hasta la salida.
CHEPOYA.- Fraile Zapata, por aquí por favor.
ZAPATA.- (TAPÀNDOLE LA BOCA MIENTRAS SAN MARTIN QUEDÓ
INMUTABLE DE ESPALDAS) ¡No, no soy el Padre Zapata, sino el Padre Pata! Me va
en ello la vida… (SALE. NO SIN ANTES CRUZARSE MIRADAS ENTRE SAN
MARTIN Y CHEPOTA. QUEDA SOLO SAN MARTIN QUE ACOMPAÑA A
AMBOS CON LA MIRADA. VUELVE A ENTRAR CHEPOYA)
CHEPOYA.- Mi General, el Fraile salió aterrado.
SAN MARTIN.- No le van a alcanzar las patas para despedirse de Zapata. (PAUSA)
Me había dicho que había una dama mendocina que tenía una cita hoy conmigo.
CHEPOYA.- Sí. ¿La hago pasar? Deliberadamente me dijo que no le preguntara su
nombre.
SAN MARTIN.- Así es. Hágala pasar, no quiero hacerla esperar. (CHEPOYA SALE,
SAN MARTIN ACOMODA LAS COSAS DE SU ESCRITORIO, LIMPIANDO LA
SILLA EN DONDE ESTUVO PARADO EL FRAILE. ENTRA LA DAMA) No me
dio tiempo a limpiar y acomodar un poco todo esto. Le ruego me disculpe.
DAMA.- General San Martín, ya bastante está limpiando nuestra Patria, para encima
ocuparse de la limpieza de su cuarto. De haberlo sabido me ocupaba yo de eso.
SAN MARTIN.- Mi querida Señora, a ustedes las necesitamos para cosas más
importantes.
DAMA.- ¿Y le parece que no es importante ordenar y limpiar las cosas del General San
Martín?
SAN MARTIN.- Me enorgullece su comentario, pero no merezco ese honor yo solo.
DAMA.- En eso estoy de acuerdo. (SE LE ACERCA Y LE OFRECE ALGO)
Permítame obsequiarle este escapulario. Ojalá tuviera uno para cada soldado de la
Patria. ¿Le puedo dar un beso?
SAN MARTÍN.- Es un honor señora.
DAMA.- Que Dios y la Virgen los protejan. Este escapulario que prendo en su pecho
será un escudo protector. Y ¡nada de llanto! ¡Los valientes no lloran; solo saben luchar
por la Patria! Ya ve: en mis ojos no hay ni una sola lágrima. ¡Qué orgullosa estoy por
haber dado a la Patria mis cuatro varones!
SAN MARTIN.- No quise saber su nombre aunque me avergüence por ello.
DAMA.- Hizo muy bien. Mi nombre no tiene importancia.
SAN MARTIN.- Pero lo que sí sé, es que su esposo y sus tres hijos, están en mi
ejército.
DAMA.- Así es General. Y sé que me los va a cuidar, de la misma manera que se me va
a cuidar usted.
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SAN MARTIN.- Como a cada uno de mis soldados. (SE LE ACERCA Y LE
ESTRECHA FUERTEMENTE LA MANO) ¡Gracias, noble mujer! ¡Vuestro sacrificio
no será en vano! ¡Ahora sé de dónde sacan firmeza mis soldados! ¡Con madres como
usted la Patria está salvada! (APAGON)
OCTAVO CUADRO:
CUANDO VUELVE LA LUZ, ESTA SENTADO EN SU SILLÓN SAN MARTIN
CON SU NIETA ARRODILLADA EN EL SUELO A SU LADO.
SAN MARTIN.- “Una calurosa mañana de mil ochocientos veintiséis…”
MERCEDITA.- Yo no había nacido.
SAN MARTIN.- No, tú naciste por fortuna en Buenos Aires en mil ochocientos treinta
y tres.
MERCEDITA.- Sigue, abuelo.
SAN MARTIN.- Los vecinos de Buenos Aires contemplan con asombro e indiferencia a
una caravana de carretas precedida por hombres de a caballo, que ingresan a la ciudad.
No eran gauchos, ni comerciantes y por más que sus ropas estaban gastadas y
polvorientas y sus físicos se mostraban deteriorados y sus barbas muy crecidas, había en
ellos una gallardía y una dignidad íntima que provocaba inquietud y desconcierto.
MERCEDITA.- ¿Quiénes eran abuelo?
SAN MARTIN.- ¡Espérate! El cuento tiene que tener un poco de misterio y suspenso.
Tú prepárate a interpretarlo.
MERCEDITA.- (SE SIENTA EN UN BANCO Y TOMA ACTITUD COMO DE
TENER RIENDAS EN SUS MANOS) Acá estoy, tomando las riendas de mis caballos,
pero sin saber quién soy.
SAN MARTIN.- Pronto un rumor empezó a circular entre quienes los veían pasar. Los
hombres eran nada más y nada menos que los Granaderos de San Martín, que
regresaban a su ciudad, luego de catorce años de ausencia.
MERCEDITA.- Ah, entonces saco pecho y me levanto, pero no suelto las riendas.
SAN MARTIN.- Vuélvete a sentar. No hace falta estar parada.
MERCEDITA.- Pero eran tus soldados.
SAN MARTIN.- Eran los soldados de la Patria.
MERCEDITA.- ¿Y volvieron todos?
SAN MARTIN.- Mil hombres marcharon en su momento hacia Mendoza, para
incorporarse al Ejército de Los Andes. Estuvieron en Chile, Perú, Ecuador, Colombia y
Bolivia. Ganaron y perdieron batallas, pero en esa mañana de mucho calor, solo
volvieron siete mezclados con otros setenta y uno que se fueron sumando.
MERCEDITA.- ¿Y los recibieron con bombos y platillos, no? (COMIENZA A
SALUDAR COMO SI ELLA MISMA ESTUVIERA RECIBIENDO LOS SALUDOS
DE IMAGINARIAS PERSONAS) ¡Gracias!... ¡Gracias!...
SAN MARTIN.- No eran buenos aires los que soplaban en el Río de la Plata. Los
vientos de guerra estaban amenazantes. La guerra con Brasil y las guerras civiles. No
tenían ganas de recibir visitas inoportunas y que recordaran mi nombre.
MERCEDEDITA.- (SE SIENTA MOLESTA Y MALUMORADA) ¡Uh!... ¿Pero por
qué, si habías levantado la bandera de libertad en toda América?
SAN MARTIN.- No me perdonaban no haber regresado para defender a Buenos Aires
de los ataques federales. (ENTRA MERCEDES QUE SE QUEDA
OBSERVÁNDOLOS EN SILENCIO)
MERCEDITA.- ¿Entonces esos hombres qué hicieron?
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SAN MARTIN.- Como nadie los esperaba ni hubo ceremonias oficiales… Oye, ¿dónde
tienes la trompeta que te regalé?
MERCEDITA.- La dejé con Remedita.
SAN MARTIN.- ¡Vamos, ve a buscarla! (MERCEDITA VA A SALIR Y PASA POR
DELANTE DE SU MADRE SIN DARSE CUENTA QUE ESTABA AHÍ PARADA)
MERCEDES.- ¡Es hora de tu siesta! Se te ve algo cansado.
SAN MARTIN.- ¡Me voy a ir a dormir justamente ahora cuando esta por sonar la
trompeta! ¡Ni loco! De aquí no me mueve nadie.
MERCEDES.- ¡Papá! Mariano va a venir en un momento y la va a retar a su hija y va a
ser por tu culpa.
SAN MARTIN.- El señor Balcarce no debe inmiscuirse en cuestiones caseras. Ya
bastantes líos tiene en su Embajada. (ENTRA COMO UNA TROMBA MERCEDITA
CON SU TROMPETA Y SE DISPONE A TOCARLA) Espera… espera…
MERCEDITA.- Ya estoy lista.
SAN MARTIN.- Antes debes saber que estas frente a la Pirámide de Mayo y que quien
va a hacer sonar esa trompeta es el Sargento Miguel Chepoya, estando ante él el
Coronel Feliz Bogado, el Sargento Paulino Rojas, el Capitán Francisco Olmos, el
Sargento Patricio Gómez, Francisco Vargas y Damasio Rosales. Siete Granaderos que
no faltaron a ninguna cita. Combatieron en Vilcapugio, Ayohuma, SipeSipe. Estuvieron
en San Lorenzo, Chacabuco, Maipú y Cancha Rayada. Y después se lucieron en Río
Bamba, Pichincha, Junín y Ayacucho. Ciento diez batallas sobre sus costillas…
(MERCEDITA SE TIRA EN EL SUELO) ¿Qué haces Mercedita?
MERCEDITA.- ¡Me has cansado! ¡Después de cientos diez batallas como quieres que
me quede de pie!
SAN MARTIN.- Imagínate como habrán quedado ellos.
MERCEDES.- Levántate de ahí y eres tú quien estás cansando al abuelo.
MERCEDITA.- (LEVANTÁNDOSE) Me gustó la historia, pero no terminó bien. ¿Y
qué supiste de ellos abuelo?
SAN MARTIN.- No mucho. De ellos seguro habrán quedado cicatrices pero sin
reconocimiento ni honores. Alguien alguna vez los recordará. No recuerdo quien me
dijo un día “ante el peligro se acude a Dios y al soldado. Cuando el peligro ha pasado,
Dios es olvidado y el soldado despreciado”.
MERCEDITA.- ¡Yo prometo recordarlos!
MERCEDES.- Bueno, basta por hoy. Ya has cansado al abuelo. Vamos, ve a tu pieza
antes que llegue tu padre.
MERCEDITA.- (SE ACERCA AL ABUELO Y LO BESA) ¡Gracias abuelo! ¡Serás el
Padre y el Abuelo de la Patria! (SALE)
SAN MARTIN.- (QUEDAN EN SILENCIO. SE MIRAN Y SIN DECIR PALABRA
MERCEDES VISIBLEMENTE CONMOVIDA INICIA EL MUTIS. SAN MARTIN
LA DETIENE) ¡Espera! (SE LE ACERCA A SU HIJA) ¡Cuídala! Que no se pelee con
su hermana Pepa. Y si logras hacerla quedar un poco quieta, que jamás olvide su lengua
madre. Háblale siempre en castellano.
MERCEDES.- Pelearse con su hermana será una constante, pero solo por ser traviesa.
Hacer que se quede quieta, imposible. Pero olvidarse del idioma de su abuelo, del mío y
de su patria, donde ha nacido y por desgracia solo tiene muy pocos recuerdos, puedes
estar bien seguro que jamás la olvidará. Lo que se lleva en la sangre se guarda y se
cuida. Y la vida va en ello. ¡Y aunque no lleve el apellido de su abuelo, tu descendencia
estará marcada a fuego en cada uno de los hijos argentino! (APAGON)
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NOVENO CUADRO:
CUANDO VUELVE LA LUZ ESTA SAN MARTIN JUGANDO AL AJEDREZ CON
BOGADO MIENTRAS VA Y VIENE HACIA EL FRENTE DE LA ESCENA EN LA
MISMA ACTITUD DEL COMIENZO.
SAN MARTIN.- Esa jugada ha sido muy riesgosa de su parte Bogado.
BOGADO.- No tan riesgosa como su loca decisión de cruzar esa inmensa cordillera.
SAN MARTIN.- ¿Se acuerda cuando hace un tiempito le pregunté qué veía detrás de
esas montañas?
BOGADO.- ¡Cómo olvidarlo mi General! Pero ahora concéntrese en el juego si no
quiere perder la partida.
SAN MARTIN.- ¿Y usted piensa que no puedo hacer ambas cosas? ¿O se cree que por
un instante puedo yo olvidarme de esas benditas cumbres? ¡Ni Napoleón tuvo que
sortear tantos enemigos! Y si me trae una guitarra lo desafío a un improvisado
concierto. (ENTRA CHEPOYA CON REMEDIOS DE ESCALADA, LA ESPOSA DE
SAN MARTIN)
CHEPOYA.- ¡Cómo el de ayer a la noche mi General! Sus “Compañeros del Ejército de
Los Andes” como los llama se han quedado atónitos con sus dotes. Pero me temo que
esta vez va a tener motivos para desconcentrarse (REFIRIÉNDOSE A SU ESPOSA)
SAN MARTÍN.- ¡Remedios! (SE ABRAZAN)
CHEPOYA.- Lo dejamos solos un momento, mi General.
SAN MARTIN.- Muchas gracias.
BOGADO.- Pero mi General…
SAN MARTIN.- No va a creer que voy a meterle una mula, Bogado.
BOGADO.- No me refería a eso, pero ya lo tenía a punto.
SAN MARTIN.- No me venga a correr Bogado. Me distraigo un momento y lo dejo
frito. (BOGADO Y CHEPOYA SALEN)
REMEDIOS.- No había necesidad de esta interrupción.
SAN MARTIN.- Es solo un momento. ¿Cómo te sientes?
REMEDIOS.- ¡Muy bien!
SAN MARTIN.- No me mientas. Anoche has tosido más que de costumbre.
REMEDIOS.- Es solo una mala noche y nada más. Se despertó Mercedita y me levanté
sobresaltada y eso me provocó una pequeña inquietud. (TRANSICIÓN) Pude recolectar
todas estas joyas. Es increíble la devoción con que las damas mendocinas colaboran con
esta causa. (LAS DEJA EN DONDE ESTAN OTROS OBSEQUIOS)
SAN MARTIN.- Es increíble la devoción que tienes por mí. Y en verdad no me van a
alcanzar los días de mi vida para poder agradecértelo.
REMEDIOS. Ojalá los días de mi vida fueran muchos más para poder devolverte toda
la inmensa felicidad que siento a tu lado.
SAN MARTIN.- No pienses eso. Cuando parta, irás a casa de tus padres que podrán
atenderte mucho mejor que lo que yo puedo hacer. Y al lado de ellos recibirás todo el
amor que en estos momentos cruciales yo no puedo brindarte. Y créeme que no
encuentro paz…
REMEDIOS.- (TAPÁNDOLE CON SUAVIDAD LA BOCA) La paz la tendrás cuando
cumplas con tu misión. Todos venimos al mundo con una misión y es una dicha saber
cuál es la de uno. La mía ha sido acompañarte en los momentos más importantes de tu
vida y la tuya bregar por el bienestar de todo un continente. Hace un momento me
encontré con una mujer que parecía como si me estuviera esperando. Me entregó este
escapulario y no hubo manera de no aceptarlo. Ni me preguntó quién era, y no quiso
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darme su nombre. Solo me dijo “una dama mendocina” y es evidente que sabía quién
era yo. ¿Quieres llevarlo?
SAN MARTIN.- Ya me entregó uno a mí también. Forman parte de mi ejército su
esposo y sus tres hijos.
REMEDIOS.- Y me entregó también un anillo de compromiso diciéndome “mi esposo
estaría orgulloso de esta entrega”. Y sin mediar palabra se alejó sin poderle siquiera
agradecerle tanta generosidad.
SAN MARTIN.- Así son las mujeres de esta tierra. ¿Por qué te crees que podremos
emprender esta empresa? Sin ustedes a nuestro lado sería absolutamente imposible.
REMEDIOS.- ¡Cuídate mucho José!
SAN MARTIN.- ¡Cuídate mucho tú también Remedios!
REMEDIOS.- Todos los días que me queden de vida estaré pensando y rezando por ti.
SAN MARTIN.- Ya sabes que no me gustan las despedidas. Así que Señora Remedios
de Escalada de San Martin, me permite continuar con mi tarea. Que debo concluir una
partida de ajedrez y no me permitiría perder esta parada y echarle un último vistazo a
esas montañas, para no perder ninguna de mis pisadas.
REMEDIOS.- Mis ojos estarán guiándote en cada paso que des. Y desde donde esté no
te soltaré mi mano hasta que cumplas todos y cada uno de tus objetivos. La Patria algún
día lo sabrá reconocer, y tu nombre brillará como el de un verdadero padre.
SAN MARTIN.- ¿Te has propuesto verme débil? No tienes a mano un pañuelo que el
mío me lo he olvidado. Un pequeño Resfriado me acoso de repente.
REMEDIOS. ¡Déjame secarte esas lágrimas! Son las del mayor y mejor hombre que
ninguna mujer pudo conocer en la vida. ¡Y Dios me ha premiado! (LO ABRAZA)
SAN MARTIN.- ¡Ya vete que entendí cuál es el movimiento que debo realizar y lo
tendré acorralado a Bogado! (REMEDIOS SALE) ¡Qué Dios te bendiga, mujer! ¡Jamás
te olvidaré! (ENTRAN BOGADO Y CHEPOYA) Lo estaba esperando Bogado, y
prepárese para despedirse de este juego. (HACE UN MOVIMIENTO DE FICHAS) No
ha nacido quien le gane a San Martín.
BOGADO.- (MOVIENDO TAMBIÉN SUS FICHAS) Pero nunca se topó con alguien
como yo, mi General.
SAN MARTIN.- No me tire de la lengua Bogado que ni siquiera le voy a permitir
ganarme al ajedrez.
BOGADO.- (ATENTO AL JUEGO DE AJEDREZ) “Jaque mate mi General”.
SAN MARTIN.- No es posible. Bogado me hizo trampa cuando yo me distraje mirando
a esa montaña.
BOGADO.- Usted nunca se distrae mi General.
SAN MARTIN.- Lo salva su halago, Bogado. (TRANSICIÓN) ¿La bandera está en
buenas manos?
BOGADO.- Si, mi General.
CHEPOYA.- Fue su esposa la que encontró las telas de color celeste y blanca como
usted pidió.
SAN MARTIN.- No podían ser de otro color.
CHEPOYA.- Y ella misma se puso a coser y sus amigas a bordar.
BOGADO.- El escudo de armas fue dibujado por el Capitán Bermúdez y el Sargento
Antonio Arcos.
CHEPOYA.- El ovalo diseñado por la Señora de Huissi y las manos dibujadas por el
Brigadier Soler.
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SAN MARTIN.- La primera bandera independiente que se levantará en américa. No veo
la hora de continuar esta loca aventura. Lo que se postergaría la independencia
americana sino se contase con locos para derrotar a las montañas y a los españoles.
BOGADO.- Sus soldados lo esperan.
SAN MARTIN.- No quiero a nadie sobre un caballo. Todos a lomo de mula. Si la mula
se planta es porque no puede pasar. No quiero forzar a los caballos. El terreno no es
apto para ellos. Y los quiero bien frescos para las batallas.
CHAPOYA.- Las reses para su carneada y las provisiones de comida listas.
SAN MARTIN.- Y a no olvidar los forrajes para los animales. Lo quiero todo listo para
seguir adelante. Y vino y aguardiente. Va a hacer frio y mal tiempo. Y la ropa de abrigo
para los soldados. (TOMA UNA CARTA QUE TENÍA ENCIMA Y LA LEE EN
SILENCIO) El General Pueyrredón ni sabe lo que nos ha costado todo esto y en tan
poco tiempo. Esta carta es de noviembre de mil ochocientos dieciséis. No han pasado ni
cuatro meses. (LA LEE) “Van los doscientos sables de repuesto que me pidió. Van las
doscientas tiendas de campaña y no hay más. Va el mundo, va el demonio, va la carne.
Y yo no sé cómo me irá con las trampas en que quedo para pagarlo todo, a bien que, en
quebranto me voy yo también. No me vuelva a pedir usted más, si no quiere recibir la
noticia que he amanecido ahorcado en un tirante de la fortaleza”. (ENTRAN ROJAS Y
VARGAS)
ROJAS.- El charquicán preparado mi General.
VARGAS.- Ha sido una buena idea para transportarlo al secar la carne al sol. No solo
hay buen vino en Mendoza. Esta comida típica condimentada con grasa y ají picante y
preparado luego con agua caliente y harina de maíz ha sido la comida ideal.
CHEPOYA.- Y los cuernos de vaca en lugar de las cantimploras ya que no hay dinero
para comprarlas.
SAN MARTIN.- Ya lo creo. Para el agua… (PAUSA. TODOS MURMURAN POR LO
BAJO) ¡He dicho para el agua… ardiente, y el vino que va a hacer mucho frio!
(ENTRA ROSALES CON UNA BANDERA)
ROSALES.- Mi General, a la orden y todos dispuestos.
SAN MARTIN.- ¿Alguna vez me podré vestir con esta tela? ¿Aunque no roce mi piel o
lo que quede de ella? No se imaginan la emoción que me embarga desplegar entre mis
manos los colores de mi Patria.
ROSALES.- No es mayor que la nuestra mi General.
SAN MARTIN.- Tiene razón Rosales, en esto somos todos iguales. No hay jerarquías
para el sentimiento Patrio. A ver esas manos. Un poco de bandera para cada uno. Que la
bandera nos une y juremos no soltarla jamás.
SAN MARTIN.- (TOMANDO LA BANDERA) “Compañeros del Ejército de los
Andes, la guerra la tenemos que hacer como podamos. Si no tenemos dinero, carne y
tabaco no nos tiene que faltar. Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con los
trapos que nos tejan nuestras mujeres. Y si no andaremos desnudos, como nuestros
paisanos los indios, los verdaderos dueños de este país. Seamos libres y lo demás no
importa. Juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el país, toda américa libre o
morir con ellas como hombres de coraje. ¡Si somos libres!...
TODOS.- ¡Lo somos, mi General!
SAN MARTIN.- ¡Si somos libres!...
TODOS.- ¡Lo somos, mi General!
SAN MARTIN.- ¡Nada nos falta!... ¡Todo nos sobra! (APAGON)