24 Todo era para siempre, hasta que dejó de existir
Unión Soviética en “un mundo sin significado, sin acontecimientos
y sin humanidad” (Thom, 1989, p. 156). A finales de los años noven-
ta, Frank Ellis llevó un poco más allá sus elucubraciones:
Cuando la razón, el sentido común y la decencia se
menoscaban de forma habitual, la personalidad se degrada y
la inteligencia humana se desintegra o se doblega. La barrera
que separa la verdad de la mentira irremediablemente se
desmorona. […] Educado en ese clima, temeroso y privado
de toda iniciativa intelectual, el Homo sovieticus jamás podría
ser otra cosa que un portavoz de las ideas y las consignas
del partido; no tanto un ser humano, entonces, sino un
receptáculo a ser vaciado y llenado de acuerdo con los
dictados de las políticas partidarias (Ellis, 1998, p. 208).
Incluso cuando se otorga alguna clase de agencia a los sujetos en
este tipo de relatos, sus voces casi nunca logran hacerse oír por
causa de la opresión y del miedo. Por ejemplo, John Young des-
cribe a los ciudadanos soviéticos como disidentes “inconformistas”
que “contrarrestan los engaños del gobierno contrastando ‘los he-
chos’ con las falacias oficiales” en “conversaciones con amigos tan
frustrados como ellos, a puerta cerrada; en un lenguaje de signos
creado por los miembros de la familia porque sospechan que la po-
licía secreta ha colocado micrófonos ocultos en su apartamento; en
manuscritos y grabaciones que pasan de mano en mano” (Young,
1991, p. 226). Se trata de ejemplos extremos que, sin embargo, re-
presentan una tendencia bien definida a la hora de conceptualizar
la vida soviética.11
Las metáforas binarias también son muy habituales en los análisis
retrospectivos del socialismo que se han escrito fronteras adentro
de la antigua Unión Soviética desde “el colapso”. En esas aproxi-
maciones, la cultura soviética se divide en “oficial” y “extraoficial”:
una división que según los sociólogos Uvarova y Rogo partiría de
una ideología disidente característica de los años setenta, que sos-
tenía que “en principio, nada bueno ni digno de confianza podía
aparecer en un periódico [oficial] soviético, y que solo en las publi-
caciones extraoficiales [samizdat] o en las publicaciones extranjeras
[tamizdat] era posible leer textos fieles a la verdad” (1998). Además
de criticar esta división, Uvarova y Rogov proponen a su vez dividir