Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
Simon Snow es el mago más poderoso del mundo, tiene
diecisiete años y es el Elegido, el único que puede salvar su
mundo.
La verdad: Simon es el peor Elegido que nadie podría ha-
ber elegido.
Al menos eso es lo que dice Baz, su némesis. Y Baz será
malvado y un vampiro y gilipollas, pero aquí tiene razón. La
mayor parte del tiempo, Simon ni siquiera puede controlar
su magia, ¿y tiene que salvar el mundo?
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Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
Índice de contenido
Cubierta
Moriré besando a Simon Snow
LIBRO UNO
1 SIMON
2 SIMON
3 SIMON
4 PENELOPE
5 SIMON
6 LUCY
7 SIMON
8 LUCY
9 SIMON
10 EL HECHICERO
11 LUCY
12 SIMON
13 AGATHA
14 SIMON
15 SIMON
16 SIMON
17 SIMON
18 LUCY
19 SIMON
20 PENELOPE
21 EL HECHICERO
22 SIMON
23 PENELOPE
24 AGATHA
25 LUCY
26 SIMON
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Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
27 SIMON
28 SIMON
LIBRO DOS
29 BAZ
30 BAZ
31 SIMON
32 BAZ
33 BAZ
34 BAZ
35 SIMON
36 PENELOPE
37 AGATHA
38 BAZ
39 SIMON
40 BAZ
41 LUCY
LIBRO TRES
42 SIMON
43 BAZ
44 SIMON
45 SIMON
46 BAZ
47 SIMON
48 BAZ
49 SIMON
50 SIMON
51 BAZ
52 SIMON
53 BAZ
54 SIMON
55 BAZ
56 FIONA
57 AGATHA
58 LUCY
3
Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
59 PENELOPE
60 SIMON
61 BAZ
62 SIMON
63 AGATHA
64 BAZ
65 SIMON
66 PENELOPE
67 BAZ
68 AGATHA
69 LUCY
LIBRO CUATRO
70 NICODEMUS
71 SIMON
72 SIMON
73 PENELOPE
74 SIMON
75 BAZ
76 BAZ
77 AGATHA
78 BAZ
79 LUCY
80 AGATHA
81 EBB
82 SIMON
83 BAZ
84 LUCY
85 PENELOPE
EPÍLOGO
PENELOPE
BAZ
AGATHA
SIMON
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Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
NOTA DE LA AUTORA
AGRADECIMIENTOS
Autora
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Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
Para Laddie y Rosie,
para que luchen sus propias batallas
y forjen sus propias alas.
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Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
LIBRO UNO
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Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
SIMON
Voy solo a la estación de autobuses.
Siempre ar man muchísimo lío con mis papeles cuando
me voy. Durante el verano, ni siquiera me dejan ir al super-
mercado Tesco sin un acompañante y per miso de la mismí-
sima reina de Inglaterra. Pero, cuando llega el otoño, sim-
plemente fir mo el documento de salida del centro de me-
nores, y me dejan ir me.
—Él va a un colegio especial —le explica una de las se-
ñoras de la secretaría a la otra cuando me voy.
Están sentadas sobre una caja de poliespan y yo les de-
vuelvo mis papeles deslizándolos a través de una ranura en
la pared.
—Es una escuela para jóvenes delincuentes —susurra.
La otra mujer ni siquiera levanta la cabeza.
Esto se repite cada mes de septiembre, a pesar de que
nunca repito centro de menores.
El Hechicero en persona vino a buscar me para llevar me
a la escuela la primera vez, cuando tenía once años. Pero,
al año siguiente, me dijo que podía llegar a Watford yo so-
lo.
—Has sido capaz de matar a un dragón, Simon. Segura-
mente serás capaz de caminar un poco y coger un par de
autobuses.
Yo no quería matar a aquel dragón. No creo que quisie-
ra hacer me daño. (A veces todavía sueño con eso. El modo
en que el fuego lo consumió de dentro hacia fuera, como
una quemadura de cigarrillo consumiendo un trozo de pa-
pel.)
Llego a la estación de autobuses y me como una choco-
latina de menta marca Aero mientras espero el primer auto-
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Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
bús. Después tengo que coger otro. Y luego un tren.
Cuando estoy instalado en el tren, intento dor mir con la
maleta en el regazo y los pies apoyados en el asiento de
enfrente, pero un hombre un par de filas atrás no deja de
mirar me. Siento sus ojos trepando por mi nuca.
Podría ser un simple pervertido.
O un policía.
O podría ser un cazarrestos que sabe cuánto le pagarían
por mi cabeza.
—Se llaman cazarrecompensas —le dije a Penelope la
primera vez que nos enfrentamos a uno de ellos.
—No, se llaman cazarrestos —respondió ella—. Porque
son tus restos, tus dientes y tus huesos, más concretamen-
te, lo que se quedan de ti si te pillan.
Me cambio de vagón y ni siquiera intento volver a dor-
mir me. A medida que me acerco a Watford, me voy po-
niendo cada vez más nervioso. Todos los años considero la
opción de saltar del tren en marcha y así lograr evitar el res-
to del camino a la escuela, aunque eso signifique quedar-
me en coma.
Podría hechizar el tren con un ¡Date prisa!, pero es un
hechizo arriesgado, y los primeros hechizos que conjuro a
principios de curso no suelen salir me bien. Se supone que,
durante el verano, debería practicar con hechizos peque-
ños, predecibles, cuando nadie me vea. Como encender fa-
rolas. O transfor mar manzanas en naranjas.
—Practica abrochándote los botones de la camisa, o
atándote los cordones —sugirió la señorita Possibelf—. Ese
tipo de cosas.
—Solo tengo un botón que abrochar me —le dije y, lue-
go me sonrojé cuando ella bajó la vista hacia mis vaqueros.
—Entonces, usa tu magia para hacer las tareas domésti-
cas —dijo—. Para fregar los platos. Para sacarle brillo a la
cubertería de plata.
No me molesté en decirle a la señorita Possibelf que los
platos en los que como en verano son desechables y los
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Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
cubiertos son de plástico (solo tenedores y cucharas, nunca
me dejan usar cuchillos).
Ni siquiera me he molestado en practicar mi magia este
verano.
Es aburrido. Y no tiene sentido. Y no sirve de nada. No
consigo ser mejor mago a base de práctica, lo único que
consigo es cabrear me y perder el control.
Nadie sabe por qué mi magia es así. Por qué se dispara
como una bomba en lugar de fluir a través de mí como un
maldito arroyo o como narices les funcione a los demás.
—No lo sé —me dijo Penelope cuando le pregunté qué
experimenta ella con la magia—. Supongo que podría des-
cribirlo como un pozo en mi interior. Tan profundo que ni
siquiera alcanzo a ver el fondo. Pero en lugar de bajar cu-
bos para sacarla, lo único que tengo que hacer es tirar de
ellos para que afloren a la superficie. Y, entonces, simple-
mente aparece la cantidad necesaria que necesite mientras
consiga concentrar me.
Penelope siempre consigue concentrarse. Además, ella
es poderosa.
Agatha no lo es. No tanto, al menos. Y a Agatha no le
gusta hablar de su magia.
Pero una vez, en Navidad, conseguí mantenerla despier-
ta hasta que estuvo tan cansada y atontada que logré que
me confesara que, para ella, lanzar un hechizo es como fle-
xionar un músculo y mantenerlo en esa posición.
—Igual que en el croisé devant —me dijo—. ¿Sabes lo
que es?
Negué con la cabeza.
Estaba tumbada sobre una alfombra de piel de lobo de-
lante de la chimenea, acurrucada como una preciosa gatita.
—Es un paso de ballet —dijo ella—. Es como tener que
mantener una posición el máximo tiempo posible.
Baz dice que, para él, es como encender una cerilla. O
apretar un gatillo.
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En realidad, no tenía intención de contár melo, pero se
le escapó cuando tuvimos que luchar contra la quimera en
el bosque en quinto. La quimera nos tenía acorralados, y
Baz no era lo suficientemente poderoso como para comba-
tir solo contra ella. (Ni siquiera el Hechicero tiene poder su-
ficiente para luchar solo contra una quimera.)
—¡Hazlo, Snow! —me gritó Baz—. ¡Hazlo! Libérala aho-
ra, joder.
—No puedo —intenté explicarle—. No funciona así.
—Claro que funciona así, maldita sea.
—No puedo activarla sin más —respondí.
—Inténtalo.
—Que no puedo, mierda.
Yo estaba blandiendo mi espada a mi alrededor; a los
quince años ya la manejaba bastante bien, pero la quimera
no era corpórea. (Así es mi mala suerte, casi siempre. En
cuanto empiezas a manejarte con la espada, todos tus ene-
migos se vuelven niebla y telarañas.)
—Cierra los ojos y enciende una cerilla —me dijo Baz.
Los dos estábamos intentando esconder nos detrás de
una roca. Él lanzaba un hechizo tras otro; prácticamente los
estaba cantando.
—¿Qué?
—Eso era lo que solía decir me mi madre —comentó—.
Enciende una cerilla en tu corazón, y luego sopla sobre la
hojarasca.
Para Baz, todo está relacionado con el fuego. Me cuesta
creer que todavía no me haya incinerado. O quemado en
un hoguera.
Cuando estábamos en tercero, le divertía amenazar me
con un funeral vikingo.
—¿Sabes qué significa eso, Snow? Una pira en llamas, a
la deriva, en el mar. Podríamos hacer la tuya en Blackpool,
para que todos tus amigos Nor males chungos puedan ve-
nir.
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Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
—Vete a la mierda —respondía yo, tratando de ignorar-
lo.
Yo nunca he tenido amigos Nor males, ni chungos ni de
ningún tipo.
En el mundo de los Nor males, todo el mundo huye de
mí si puede evitarlo. Penelope dice que perciben mi poder
y me evitan instintivamente. Como los perros que no esta-
blecen contacto visual con sus amos. (Que no es que yo
sea el amo de nadie, no quiero que suene así.)
De todas maneras, con los magos me pasa justo al re-
vés. Les encanta el olor de la magia. Tengo que esforzar me
mucho para conseguir que me odien.
A no ser que el mago en cuestión sea Baz. Él es inmune.
Después de compartir habitación conmigo durante siete
años, semestre tras semestre, quizá haya desarrollado cierta
tolerancia a mi magia.
Aquella noche que estuvimos luchando contra la quime-
ra, Baz estuvo gritándome hasta que perdí el control y esta-
llé.
Los dos despertamos unas horas más tarde en un aguje-
ro renegrido. La roca detrás de la que nos habíamos estado
escondiendo se convirtió en polvo, y la quimera en vapor.
O, tal vez, simplemente desapareciera.
Baz estaba convencido de que le había chamuscado las
cejas, pero a mí parecía que estaba perfectamente, ni un
solo pelo fuera de su sitio.
Típico de Baz.
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Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
SIMON
Durante los veranos, no me per mito el lujo de pensar en
Watford.
Después del primer curso allí, cuando tenía once años,
me pasé el verano entero pensando en ello. Pensaba en to-
da la gente que había conocido en la escuela: Penelope,
Agatha, el Hechicero. En sus torres y sus jardines. En la ho-
ra del té. En los postres. En la magia. En el hecho de que
yo también era mágico.
Llegué a poner me enfer mo de tanto pensar y soñar con
la Escuela Mágica de Watford, hasta que empecé a sentir
que solo era un sueño. Una simple fantasía con la que pasar
el tiempo.
Como cuando solía soñar con que algún día sería futbo-
lista y que mis padres, mis padres biológicos, volverían a
por mí…
Imaginaba que mi padre sería fútbolista profesional. Y
mi madre una modelo de alta costura. Y me explicarían que
tuvieron que abandonar me porque eran demasiado jóve-
nes para ocuparse de un bebé, y porque tenían que sacar
adelante sus carreras.
—Pero siempre te echamos de menos, Simon —me di-
rían—. Te hemos estado buscando.
Y me llevarían a su mansión.
La mansión de un jugador de fútbol… Un inter nado má-
gico…
A la luz del día, en el mundo real, ambas fantasías eran
igual de mierda. (Sobre todo si te despiertas en una habita-
ción con otros siete chavales abandonados por sus fami-
lias.)
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Moriré besando a Simon Snow Rainbow Rowell
Aquel primer verano ya casi había reducido a polvo el
recuerdo de Watford cuando me llegó el billete de autobús
y mis documentos, junto con una nota del Hechicero en
persona…
Real. Todo era real.
Así que, durante el verano siguiente, después de mi se-
gundo año en Watford, no me per mití pensar en absoluto
en la magia durante meses. Simplemente, fue como si me
desconectara de ella. No la eché de menos, no me apete-
ció usarla.
Decidí dejar que la Escuela Mágica llegara como un
gran regalo sorpresa en septiembre, si es que llegaba. (Y
llegó. Hasta el momento, siempre lo ha hecho.)
El Hechicero solía decir que quizá algún día me dejaría
pasar los veranos en Watford, o que tal vez incluso podría
pasarlos con él, donde quiera que pase él los veranos.
Pero luego decidió que era mejor que pasara parte del
año con los Nor males. Para acostumbrar me a su lenguaje y
mantener me alerta:
—Deja que las dificultades te afilen, Simon.
Al principio creí que se refería al filo de mi espada, pero
después me di cuenta de que se refería a mí.
Yo soy la espada. La Espada del Hechicero. No estoy se-
guro de que pasar los veranos en casas de acogida me «afi-
le» de ninguna manera… Pero sí me hace sentir más… ávi-
do. Como hambriento. Hace que quiera ir a Watford como,
no sé, como si me fuera la vida en ello.
Baz y los de su calaña —las Familias Antiguas y ricas—
opinan que nadie iguala su capacidad de entender la ma-
gia. Ellos creen que son los únicos a los que se les puede
confiar el don de la magia.
Pero no hay nadie a quien le guste la magia más que a
mí.
Ningún otro mago —ninguno de mis compañeros, nin-
guno de sus padres— sabe cómo es vivir sin magia.
Yo soy el único que lo sé.
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FIN DEL FRAGMENTO
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