J.P.
BOHÓRQUEZ 525
EL PODER CONSTITUYENTE, FUNDAMENTO
DE LA DEMOCRACIA: CARL SCHMITT*
Juan Pablo Bohórquez Montoya**
Recibido: 04/09/10 Aprobado evaluador interno: 10/10/06 Aprobado evaluador externo: 02/11/06
Abstract
This work analyzes the perspective of the German theoretician of law and politics Carl
Schmitt (1888-1985) about one of the fundamental subjects of the political philosophy during
the 20th century: democracy and its foundation. Constituent power is the foundation of
democracy and its substance depends on the answer given to the question: which is the
subject of constituent power? This is still a valid question in a global world where new
social subjects are arising. It is in this world where Schmitt’s ideas prove their currency
and explanatory capacity. Indeed, Carl Schmitt’s theory about constituent power allows to
question rigorously, among other subjects, the status that gives validity and determines the
limits of the forms of effective democracy in the national space, as well as recent democratic
forms which are beginning to form, in the “new global order”.
Key words: Carl Schmitt, constituent power, constitution, democracy, liberal democracy,
parlamentarism, right state.
* Deseo agradecer a Guy Laforest, profesor de ideas políticas de la Universidad Laval, Québec
(Canadá), y a todos los comentaristas anónimos sus generosas observaciones, las cuales permitieron
mejorar y hacer más claro este ensayo. Ninguna de estas personas es responsable de los errores o
inconsistencias que pudiese contener este trabajo.
** Economista, psicólogo, magíster en análisis de problemas políticos, económicos e internacionales
contemporáneos. Candidato al doctorado en Ciencia Política de la Universidad Laval, Québec (Québec),
Canadá; Áreas de especialización: sociología política, filosofía política y estudios internacionales.
[Link]-montoya.1@[Link], jpablobm@[Link]
Pap. Polít. BogotáPap. Polít. Bogotá
(Colombia), (Colombia),
Vol. 11, Vol. 11,julio-diciembre
No. 2, 525-555, No. 2, 525-555,2006,
julio-diciembre 2006
ISSN 0122-4409
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Resumen
Este trabajo analiza la perspectiva del teórico alemán del derecho y la política Carl Schmitt
(1888-1985) sobre uno de los temas fundamentales de la filosofía política durante el siglo
veinte, la democracia y su fundamento. El poder constituyente es el fundamento de la
democracia y su sustancia depende de la respuesta que se dé a la pregunta: ¿Cuál es el
sujeto del poder constituyente? Pregunta que sigue siendo válida en un mundo globalizado
donde están surgiendo nuevos sujetos sociales; es en este mundo donde las ideas de Schmitt
muestran su actualidad y capacidad explicativa. Precisamente, la teoría de Carl Schmitt
sobre el poder constituyente permite interrogarse rigurosamente, entre otros temas, sobre
el estatus que da validez y determina los límites de las formas de democracia vigente en el
espacio nacional, así como de aquellas que están comenzando a configurarse en el “nuevo
orden global”.
Palabras clave: Carl Schmitt, poder constituyente, Constitución, democracia, democracia
liberal, parlamentarismo, Estado de derecho.
Hoy día, la referencia a Schmitt a la hora de tratar de teoría política es obligada. Una vez que se le
ha leído, es difícil prescindir de sus conceptos y definiciones para seguir pensándola.
Monserrat Herrero López
La obra de Schmitt está escrita demasiado
inteligentemente y es demasiado importante para
dejarla en manos de apologistas o detractores.
Wilfried von Bredow,
citado por Bendersky
Uno de los temas más debatidos el siglo pasado fue la democracia. Este
1 Al español ha sido traducida una parte de la obra de Schmitt. Entre sus trabajos vale la pena destacar:
(1982), Teoría de la constitución, Madrid, Alianza; (1983), La defensa de la Constitución, Madrid, Tecnos;
(1975), Teología política, Madrid, Docel; (1984), El concepto de lo político, Buenos Aires, Folios; (1984),
teoría del partisano, Buenos Aires, Folios; (1968), La dictadura, Madrid, Ediciones de la Revista de
Occidente.
2 Bendersky, J. W. (1983), Carl Schmitt: theorist for the Reich, Princeton, Princeton University Press, p. x.
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debate continúa actualmente. Entre los puntos más álgidos de esta controversia,
se pueden mencionar su definición, sus fundamentos, las ideas que comparte
con otras formas de gobierno, el tipo de democracia deseable y la mejor
ideología para ella, entre otros temas.
Carl Schmitt (1888-1985), filósofo alemán del derecho y la política,1 quien
ha sido puesto a la altura de pensadores como Maquiavelo, Hobbes y Weber,2
entre otros, contribuyó de manera significativa a éste debate. Su colaboración
con el régimen nazi, entre marzo de 1933 y diciembre de 1936, lo llevó, después
de la Segunda Guerra Mundial, al ostracismo académico. Colaboración que
ha sido atribuida, algunas veces, a la naturaleza de su teoría política, otras a
una debilidad de carácter, o a un oportunismo político, e incluso a un instinto
de supervivencia del teórico alemán. Sin embargo, luego de la caída del Muro
de Berlín (1989), el interés por su obra renació, sobre todo, en Alemania y en
los países anglosajones.3
Schmitt planteó que el gran problema de la democracia, aquél que puede
detener su desarrollo y puede igualmente llevar a su desaparición, son sus
relaciones con la ideología liberal.4 El autor, formuló una crítica radical del
liberalismo que solamente es comprensible si se aprehende el concepto de
poder constituyente, tal como él lo enunció, si se asume su lógica y se examina
atentamente la forma en la cual Schmitt se opone a las ideas liberales.
Este ensayo comprende cuatro partes. En “Algunas aproximaciones al
concepto de poder constituyente”, se examinan algunos comentarios a la obra
de Schmitt, para determinar como ha sido estudiado este concepto en la obra
3 El interés por la obra de Carl Schmitt y la inmensa literatura sobre ésta han sido comparados, por
ejemplo, con un diluvio y con la teoría del “Big Bang” (la Gran Explosión) acerca del origen del universo.
Cfr. Thornhill, Chris J., (2000), “Carl Schmitt after the deluge: a review of the recent literature”, en
History of european ideas, vol. 26(3-4), pp. 225., y Seitzer, J. (2001), Comparative history and legal theory:
Carl Schmitt in the first german democracy, Westport, Greenwood Press (Col. Global Perspectives in
History and Politics), pág. xiii. Ya en 1998, la obra de Schmitt había sido el objeto de estudio de más
de 2.500 libros (sin mencionar los innumerables artículos), la mayor parte en alemán. Cfr. Cristi, R.,
(1998), Carl Schmitt and authoritarian liberalism: strong state, free economy, Cardiff, University of Wales
Pres (Col. Political Philosophy Now), p. 1.
4 Cfr. Thornhill, C. J., (2000), op. cit., pp. 225-240.
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del autor alemán. A continuación en “Fundamentos del orden constitucional”,
se desarrollará el concepto de poder constituyente y por qué éste legitima el
orden político democrático. En seguida, la “Significación de la representación
política”, mostrará el problema de la representación en la democracia y si
hablar de ella equivale a hacerlo de pluralismo. Finalmente, en “Los límites
del Estado de derecho”, se expondrán las barreras que la ideología liberal
impone a la democracia y se analizará sucintamente la solución propuesta
por Schmitt a los problemas impuestos por esta ideología.
I. Algunas aproximaciones al concepto
de poder constituyente
La teoría de Schmitt ha sido controvertida y debatida en múltiples ocasiones.
Discusiones donde se ha destacado la critica al liberalismo como uno de
los puntos más azarosos. En estos debates se mencionan comúnmente la
soberanía, el papel de la ley y la norma en la actividad política. Sin embargo,
el concepto de poder constituyente, fundamental para la comprensión y
crítica de su obra, ha sido tratado, muchas veces, negligentemente, reducido
al problema de la representación, o es escasamente mencionado por algunos
de sus intérpretes.
Entre los últimos se ubican, por sólo mencionar algunos, Jeffrey Seitzer,
quien no alude al concepto de poder constituyente en su libro sobre la
democracia alemana y la influencia de Schmitt en ella. La obra de Seitzer tiene
como objetivo refutar las tesis de Schmitt, utilizando su lógica y categorías.5
Joseph W. Bandersky, estudia la vida pública y los escritos de Schmitt para
tratar de determinar el lugar de éste en la historia intelectual alemana, pero
no menciona el concepto de poder constituyente.6 George Schwab, uno de
5 Cfr. Seitzer, J. (2001), op. cit., p. 18.
6 Cfr. Bendersky, J. W. (1983), op. cit.
7 Cfr. Schwab, G. (1970), The challenge of the exception: an introduction to the political ideas of Carl Schmitt
between 1921 and 1936, Berlin, Duncker & Humblot.
8 Cfr. Müller, J.W. (2003), A Dangerous mind: Carl Schmitt in post-war european thought, London, Yale
University Press, p. 245.
9 Cfr. Ibíd., pp. 133-143, 169-180. Sobre todo los capítulos: “Don Carlos en Iberia: Los ‘nuevos estados’
y la integridad de la vieja Europa” (“Don Carlos in Iberia: The ‘new status’ and the integrity of old
europe”) y “Uniones peligrosas: Schmitt, la nueva izquierda y los límites del liberalismo” (Dangerous
Liaisions: Schmitt, The New left and the limits of liberalism”).
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los primeros estudiosos de Schmitt en la posguerra, en su libro sobre las ideas
políticas del autor alemán entre 1921-1936, también obvia el concepto de
poder constituyente.7 Jan-Werner Müller, igualmente, rehuye éste concepto,
en su estudio Una mente peligrosa (A dangerous mind), donde trata de demostrar
que las tesis de Schmitt son equívocas, ya que están basadas en la separación
de la moral y la (acción) política, separación que favorece a la segunda. El
objetivo último del pensador alemán, según Müller, sería evitar el cambio
que lleva hacia la democracia.8 Lo anterior permitiría la utilización las ideas
de Schmitt, tanto por conservadores como por izquierdistas.9 José A. Estévez
Araujo, en su estudio sobre la crisis de la República de Weimar y las ideas
de Schmitt, escasamente menciona el concepto de poder constituyente y lo
vacía de toda su potencia al reducirlo a un engranaje del “decisionismo”.
Es decir, a ser el poder constituyente el sujeto que, en un acto de voluntad,
toma una decisión política para resolver una situación de conflicto. Decisión,
según Estévez Araujo, que es autoritaria, pues la autoridad política la toma
autónomamente y la impone a los sometidos a ella, en aras de la conservación
del orden existente.10
Por otra parte, para Renato Cristi, la obra de Schmitt desarrolla un
pensamiento liberal autoritario, en el cual los conceptos de poder constituyente
y soberanía están estrechamente ligados. La relación de estos dos conceptos
buscaría negar al pueblo su potencia y poder transformador en la democracia,
es decir, despojarle de su estatus de sujeto del poder constituyente. Así, el
pueblo sería solamente convocado para decidir, con un sí o un no, los temas
que se le propongan en un plebiscito, en un referéndum, etc. Por tanto la
teoría de Schmitt niega la democracia participativa e instaura una democracia
plebiscitaria.11
William E. Scheuerman, quien repite muchas de las críticas más comunes a
la obra de Schmitt, en su libro Carl Schmitt: El fin de la ley (Carl Schmitt: the end of
law) examina la influencia de Schmitt en el pensamiento político norteamericano
10 Estévez Araujo, J. A. (1988), La crisis del Estado de derecho liberal: Schmitt en Weimar, Barcelona, Ariel
(Col. Ariel Derecho), pp. 134, 140, 211-215.
11 Cristi, R. (1998), op. cit., pp. 108-125, 206.
12 Scheuerman, W. E., (1999), Carl Schmitt: The end of law, Lanham, Rowman & Littlefield Publisher (Col.
20th Century Political Thinkers), p. 6.
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de la posguerra, especialmente en Joseph Schumpeter, Friedrich A. von Hayek
y Hans Morgenthau. Scheuerman afirma que Schmitt abraza la tesis de la
“indeterminación legal”. De acuerdo con esta teoría es aconsejable y necesario
una esfera de relativa discreción que permitiría la interpretación de las leyes,
normas y reglas. De este modo, por ejemplo, se podría delegar una autoridad
discrecional, administrativa y judicial a las cortes o burócratas con el objeto
de servir a propósitos legítimos.12 Precisamente esto le habría permitido al
autor alemán acoger las ideas del nazismo.
Schmitt argumenta que el pensamiento liberal jurídico, según la
interpretación de Scheuerman, reconoce la existencia de un poder
constituyente, omnipotente, inalienable e indivisible. El poder constituyente
sería el pueblo, pero al igual que Cristi, Scheuerman arguye que éste es reducido
al acto plebiscitario. No obstante, este interprete, añade otro elemento. En un
momento dado, una dictadura basada en las masas puede ser la expresión
adecuada del poder constituyente, siendo el “Estado total cuantitativo” su
mejor expresión.13
Monserrat Herrero López, en su libro El nomos y lo político: La filosofía política
de Carl Schmitt trata de formalizar el pensamiento de Schmitt y encontrar las
categorías que constituyen una filosofía política. En este marco, la voluntad
del pueblo hace parte del poder constituyente. Pero en oposición a las idea
de Estévez Araujo, esta autora considera que la voluntad del pueblo no es
un sujeto de una “decisión concreta, sino voluntad de asentimiento a una
decisión propuesta o tomada.”.14 Sin embargo, sólo los representantes pueden
explicitar lo que el pueblo aprueba.15 Es decir el pueblo y el poder constituyente
13 Ibíd., pp. 68-73. El argumento de Scheuerman según el cual el “Estado total cuantitativo” sería para
Schmitt la mejor expresión, en un momento determinado, de la omnipotencia del poder constituyente,
se opone a la interpretación de Cristi. Para éste último, el “Estado total cualitativo” es la expresión
adecuada del poder constituyente en Schmitt. Igualmente, se opone a la concepción de Schmitt
quien evalúa negativamente el “Estado total cuantitativo” y favorece el “cualitativo”. Véase la nota
de pie de página No. 55 de este ensayo.
14 Herrero López, M., (1997), El nomos y lo político: La filosofía política de Carl Schmitt, Pamplona, Eunsa,
p. 330.
15 Ibíd., p. 331.
16 Pasquino, P. (2001), “Schmitt: Théorie de la Constitution, 1928», en F. Châtelet, O. Duhamel y É. Pisier
(eds.), Dictionnaire des oeuvres politiques, Paris, Presses Universitaires de France (Col. Quadrige), pp.
131-138.
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quedan encerrados en la representación.
Uno de los estudios más importantes sobre el concepto de poder
constituyente y la democracia es presentado por Pasquale Pasquino. Éste autor,
en un corto artículo sobre el libro de Schmitt Teoría de la constitución, muestra
cómo el teórico alemán restituye el concepto de poder constituyente, que
había sido borrado de la teoría de la soberanía del Estado por el liberalismo y
por el positivismo jurídico. Pasquino sostiene que esta noción es fundamental
para pensar la democracia moderna, ya que rehabilita al pueblo como sujeto
de la unidad política y el Estado. El poder constituyente es entonces quien
determina el contenido normativo de la Constitución. Sin embargo, el poder
constituyente se mueve sobre un eje que va de la representación absoluta
hasta la identidad absoluta. La primera vacía al Estado del pueblo y la segunda
presupone la homogeneidad total del pueblo (o la nación en algunos casos
según Pasquino), 16 por consiguiente, la vida política democrática existe entre
los dos polos, siempre y cuando se plantee la destitución del principio de
“inigualdad substancial” entre los representantes y los representados como lo
hace Schmitt.17 Es decir, en cierta forma se restablece la representación como
fundamento democrático.
Finalmente, en el campo de la acción política, las ideas de Schmitt han
servido para fomentar cambios constitucionales democráticos, como los
propuestos por Álvaro Leyva Durán en la Asamblea Constituyente colombiana
de 1991. Leyva Durán sostiene, utilizando la Teoría de la Constitución de
Schmitt, que la Asamblea Constituyente es, en ese momento, el poder
constituyente, pues ella puede cambiar el orden constituido y constituir un
nuevo orden legal-constitucional democrático. La anterior habría permitido
a la Asamblea Constituyente sustraerse a los poderes constituidos, los cuales
estarían buscando frenar cualquier cambio democrático.18 Es decir, en una
democracia los representantes del pueblo pueden ocupar su lugar como
poder constituyente.
17 Ibíd., pp. 1038.
18 Cfr. Bohórquez Montoya, J. P. (2001), Concepciones políticas en la Constitución de 1991, Medellín,
Cooimpresos, pp. 54-56.
19 Schmitt, C., (1993), Théorie de la constitution, Paris, Presses universitaires de France (Col. Léviathan),
pp. 132-134.
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Este ensayo pretende mostrar el lugar e importancia del poder constituyente
en la obra de Schmitt, señalando como éste puede contribuir a pensar la
democracia e incluso avanzar más allá del problema de la representación. No
obstante, no se trata de soslayar los problemas que la misma teoría coloca ni
las opciones políticas del autor, pero tampoco de desechar los aportes que
realizó a la ciencia política y a la filosofía política que pueden ayudar a abordar
problemas cruciales hoy día.
II. Fundamentos del orden constitucional
La Constitución es considerada como uno de los principales elementos
de los Estados modernos democráticos. Su importancia emana del hecho de
que ella conjuga en sí misma las libertades, los derechos fundamentales y la
separación de los poderes. Pero, sobre todo, para Carl Schmitt, ella abarca la
estructura global de la unidad política, una forma particular de dominación y
el orden social de un Estado preciso.19 La Constitución es entonces un orden
de la sociedad y, para poder comprenderla, se deben responder dos preguntas:
¿De dónde surge? y ¿qué la hace válida?
A. El poder constituyente
El poder constituyente (concepto propuesto por Emmanuel Joseph Sieyès,
1748-1836) es la voluntad política que determina la existencia de la unidad
política.20 A este respecto, el poder constituyente define los procedimientos
de su propia expresión, la forma que toma la autoridad política y la estructura
jurídica (sobre este punto regresaremos más adelante). En consecuencia, él
es el fundamento de toda autoridad gubernamental. El poder constituyente
tiene la facultad de transformar todo el orden social y político, y esto, sin
necesariamente cambiar su propia naturaleza.
20 Ibíd., p. 212.
21 Id., (1988), «Parlementarisme et démocratie», en Schmitt, C., Parlementarisme et démocratie, Paris, Seuil,
p. 24.
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¿Cuál es el sujeto del poder constituyente? Para Schmitt, solamente existen
dos poderes constituyentes: el monarca y el pueblo. El primero engendra la
monarquía y el segundo la democracia; este ensayo se interesa exclusivamente
en el pueblo en tanto que poder constituyente.
Se tomaran dos definiciones de pueblo presentes en toda la obra teórica de
Schmitt. En primer lugar, el pueblo, son aquéllos que no gobiernan, que no
representan y que no tienen una función directa dentro del marco del Estado;
el lugar ocupado por el pueblo lo hace objeto de toda acción del Estado y de
sus órganos de poder. En segundo lugar, el pueblo es la potencia que tiene
la capacidad de actuar políticamente, de otorgarse una Constitución y de
conducir la opinión pública.
La articulación de estas dos definiciones de pueblo le permite a Carl
Schmitt formular su concepto de democracia moderna. Ésta se expresa en “la
idea de que toda la autoridad del gobierno emana de los gobernados”.21 Ésta
noción, Schmitt la utilizará implícitamente para hacer la crítica del “Estado
de derecho burgués”.
Ahora bien, el concepto de democracia reposa sobre algunos presupuestos.
Primero que todo, Schmitt afirma que el pueblo es homogéneo y este atributo
le permite la unidad para la acción como titular del poder constituyente. Pero,
aunque la homogeneidad es un principio conductor, esto no significa, por
consiguiente, que el pueblo sea una entidad uniforme. Al contrario, pueblo
quiere decir diversidad, clases sociales y grupos de intereses, entre otros. De
hecho, el principio que procura la homogeneidad reside en un elemento que
expresa o da coherencia a la voluntad de existir políticamente del pueblo
como ser diverso; este principio puede ser la lengua, la cultura, la nación o
cualquier otro elemento.22
22 Es necesario precisar que Schmitt opta algunas veces por la nación. Cfr.: (1993), Théorie de la constitution,
op. cit., pp. 213-218; (1997); (1997), État, mouvement et peuple, Paris, Kimé (Col. Philosophie politique),
pp. 48-49; (1988), «Parlementarisme et démocratie», op. cit., pp. 32-34; y sobre todo (1988), “L’ère des
neutralisations et des politisations», en Schmitt, C., La notion de politique; théorie du partisan, Paris,
Calmann-Lévy, p. 140, donde Schmitt afirma que “cada nación posee su propio concepto de nación
y encuentra en ella misma, no en las otras, los elementos constitutivos de la nacionalidad.”
23 Id., “Parlementarisme et démocratie», p. 33.
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Además, para poder pensar la democracia, en la cual los constituyentes
son, en la realidad, heterogéneos, es necesario postular la identidad entre:
Los gobernantes y los gobernados, del dirigente y de los sujetos, la identidad
del sujeto y del objeto de la autoridad estatal, la identidad del pueblo con
su representación en el Parlamento, la identidad entre la ley y el Estado,
y en última instancia la identidad de lo cuantitativo (mayoría numérica o
unanimidad) y lo cualitativo (justeza de la ley).23
De esta forma, se afirma la igualdad entre los componentes de la unidad
política, pues éstos comparten el mismo atributo, que hace posible la
homogeneidad.
Las identificaciones o ficciones, como las denomina Schmitt, dan origen
a todas las posibles expresiones de la voluntad del pueblo, sean estas voto,
plebiscito, aclamación u otro medio. Por otra parte, estas mismas ficciones
muestran la fuerza del poder constituyente para fundar, modificar o cambiar
el orden de una sociedad democrática.
El poder constituyente revela toda su fuerza y su capacidad de configurar el
24 Id., Théorie de la constitution, pp. 212-213.
25 Para Schmitt “[s]oberano es quien decide en la excepción”, (1945), Political theology: four chapters on
the concept of sovereignty, Cambridge, The MIT Press (Col. Studies in Contemporary German Social
Thought), p. 5.
26 Cristi, R. (1997), “Carl Schmitt on sovereignty and constituent power”, en Canadian Journal of Law and
Jurisprudence, Vol. 10, No. 1, p. 195, y Carl Schmitt and authoritarian liberalism: strong state, free economy,
p. 117.
27 Schmitt, C., (1968), La dictadura: desde los comienzos del pensamiento moderno de la soberanía hasta la
lucha de clases proletaria, Madrid, Ediciones de la Revista de Occidente (Col. Biblioteca de Política y
Sociología), p. 183.
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orden social cuando crea la Constitución. Con este acto, el acto constituyente,
la unidad política adquiere una forma particular. Como tal, el poder
constituyente es previo a todo pacto social o Constitución. Así, pues, según
Schmitt, la modificación o la desaparición de la Constitución y de las leyes
constitucionales no alteran el poder constituyente.
Esto le permite a Schmitt sacar ciertas conclusiones. En primer lugar, el acto
constituyente no agota ni suprime al poder constituyente. El acto constituyente
que ha engendrado la constitución es solamente una expresión del poder
constituyente (si se quiere fundamental, pero no única). En segundo lugar, la
decisión política de la Constitución no puede suplantar o suprimir el poder
constituyente; si esta situación se presenta, los fundamentos de la unidad
política y la democracia desaparecen. Finalmente, el poder constituyente
incluye a todos los otros poderes como el legislativo, el ejecutivo y el judicial
y por esta razón, él no puede estar sometido a estos mismos poderes.24
Dadas estas condiciones, el poder constituyente es, en la democracia,
el verdadero soberano.25 Él es también el que puede resolver la situación
de excepción que no es un estado de urgencia o inestabilidad social, ni de
caos. Ella presenta el período donde la unidad política y todo el orden social
están desapareciendo o en gran peligro de hacerlo. El sentido más radical de
esta situación, lo enuncia Renato Cristi cuando dice que ella es el momento
donde una Constitución es destruida y donde nace otra.26 Se vislumbra en
este instante todo el potencial innovador del poder constituyente.
Así, se ha constatado que el poder constituyente decide la existencia
política y detenta la soberanía, él tiene la capacidad de resolver la situación
excepcional. Sin embargo, estos dos momentos, que podrían ser los más
revolucionarios de la teoría del poder constituyente de Schmitt, arrastran
una concepción “conservadora”.
28 Id., Théorie de la Constitution, p. 152.
29 Kelsen, H. (1997), Théorie générale du droit et de l’État, Paris, Bruyant L.G.D.J. (Col. Pensée juridique),
p. 166.
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El poder constituyente al manifestarse en la fundación y transformación
de la democracia no se muestra como un elemento de su desenvolvimiento
y se restringe a una de las identidades que ya hemos mencionado: el pueblo
y su representación (como asamblea constituyente, como parlamento),
sujeto y objeto27 de la autoridad estatal (el Estado durante una situación
excepcional).
En síntesis, el poder constituyente —del pueblo— es la fuerza creativa de
la democracia, a la cual él puede formar y transformar sin límite. Enunciado
en la Constitución, el poder constituyente existe solamente en tanto que
voluntad de acción política de un pueblo.
B. La legitimidad de la Constitución y el Estado
Según Carl Schmitt, la Constitución nace de un acto del poder constituyente,
que “determina en una decisión única la globalidad de la unidad política,
desde el punto de vista de su forma particular de existencia.”28 De esta forma,
el surgimiento de una nueva Constitución representa siempre una solución
a la situación excepcional, ya que ella instaura una nueva disposición de la
estructura social en todos sus aspectos, sea en cuanto a su alcance, sea en
cuanto a su forma y sus fines. Pero, aquello que hace realmente la constitución,
es establecer los contornos del Estado.
Ya que la Constitución es el resultado de un proceso excepcional, su validez
puede ser cuestionada y con ella la del Estado. ¿Qué garantiza la legitimidad
de la Constitución? Una primera respuesta afirma que la Constitución es
válida por sus características jurídicas, si ella es una norma sistemática, es
decir, si ella hace parte de un cuerpo de normas. En el mismo sentido, una
segunda respuesta declara que la validez se desprende de la justeza de las
normas. Hay aún otra respuesta, desde nuestro punto de vista, que abarca
todas las demás: la Constitución tendría en sí misma, por su sola existencia,
su justificación.
30 Schmitt, C., Théorie de la constitution, p. 169.
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El anterior argumento ha sido expresado por Hans Kelsen en su concepto
de norma fundamental: “Nosotros llamamos norma ‘fundamental’, a una
norma cuya validez no puede ser deducida de una norma superior. A todas las
demás normas nosotros podemos rastrearles su validez hasta una sola y única
norma”.29 Esta norma fundamental funda toda la estructura normativa del
derecho y del Estado. En consecuencia, ella no necesita ninguna legitimación
exterior.
Carl Schmitt rechaza estas explicaciones, pues considera que la Constitución,
por el sólo hecho de ser el producto de la voluntad del poder constituyente, es
válida. Todas las características de la Constitución y de las leyes constitucionales
emanan del acto constituyente. Por este sólo hecho, la Constitución puede
generar un consenso a fin de resolver los conflictos normales que acaecen
en una sociedad.
Si se acepta que la Constitución se otorga ella misma su propia justificación,
el poder constituyente se convierte en uno de los objetos sobre los cuales ella
aplicará su potencia. En la Constitución, en un sentido formal, es decir, como
cuerpo normativo escrito, se buscará, entonces, definir y poner en movimiento
todos los mecanismos que permitan dirigir la expresión del poder constituyente:
su alcance, el tiempo y lugar de su expresión y los temas sobre los cuales él
se pronunciaría. De esta forma, una tensión fundamental se establece entre
los elementos conservadores y las fuerzas innovadoras, entre la Constitución
como poder constituido y el pueblo como poder constituyente.
Si el poder constituyente se convierte en constituido, la sociedad perderá
a la vez su principio transformador y el elemento que permite resolver la
situación excepcional.
31 Ibíd., p. 324.
32 Ibíd., p. 264.
33 El momento histórico en el cual Carl Schmitt publicó la Théorie de la Constitution (1928), representa
el tipo de situación de la cual hablamos, pues la Constitución de Weimar no aportaba ninguna
solución a los graves problemas económicos y sociales de Alemania. Al contrario, esta Constitución
actuaba como un marco rígido de normas que respondía a la situación política del momento cuando
fue decretada (11 de agosto de 1919). Cfr. Poulantzas, N. (1970), Fascisme et dictature, Paris, François
Maspero, pp. 104-113, 181-192.
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Así, Carl Schmitt afirma que la legitimidad de la Constitución es otorgada
por el poder constituyente y, como tal, ella ha surgido de una situación
excepcional que marca la tensión constante que reina entre las diferentes
identidades. De la misma forma, esta tensión muestra cómo el conflicto es
inherente a la sociedad y a la unidad política, e igualmente que el proceso
constituyente permanece siempre abierto.
El interés de este ensayo se centra en la constitución del Estado moderno,
y no en una teoría general de la Constitución y de su legitimidad, llamada por
Schmitt constitución democrática liberal, ya que ella une el poder constituyente
del pueblo y la teoría liberal —o al menos dos de sus componentes— cuando
existe un texto escrito: la separación de los poderes y el sistema de garantías
de la libertad burguesa.30
Como texto escrito
La Constitución como texto escrito representa un documento de referencia,
ella garantiza la continuidad de las normas y de los procesos que rigen las
relaciones entre los miembros de una unidad política; debe enunciar los
principios del desenvolvimiento de la unidad política, expresar claramente
los fundamentos que garantizan su estabilidad a largo plazo y mencionar los
procedimientos de su transformación y derogación.
Este documento escrito debe prever una separación de los poderes del Estado,
distinguiendo el ejecutivo, el legislativo y el judicial. De este modo, él define
las competencias y el alcance de los poderes y, al mismo tiempo, mantiene un
equilibrio entre ellos.31
Los dos componentes sostienen la garantía de la libertad burguesa, que es
entendida como la protección del ciudadano contra todo abuso por parte del
34 Marcuse, H. (1970), “La lutte contre le libéralisme, dans la conception totalitaire de l’État”, en --------.,
Culture et société, Paris, Minuit (Col. Sens commun), pp. 67-68. En el mismo sentido, cfr. Mehring, R.
(1997), “Liberalism as a metaphysical system: the methodological structure of Carl Schmitt’s critique
of political rationalism”, en Canadian Journal of Law and Jurisprudence, Vol. 10, No. 1, pp. 108-118.
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poder del Estado. De otro lado, la existencia de la libertad es anterior a la del
Estado.32
La presencia de estos dos componentes liberales en la Constitución del Estado
moderno tiene por objeto limitar su potencia y su poder. El Estado se convierte,
entonces, en un poder limitado, si fuese posible, al campo administrativo-
económico, donde estaría desprovisto de toda identificación. En este marco
preciso, la Constitución sería el verdadero instrumento de la gestión social.
Ella puede entonces oficiar como nuevo soberano.
Desde este punto de vista, la concepción liberal, según Schmitt, reduce
las posibilidades del Estado de resolver las situaciones urgentes, que pueden
convertirse en situaciones excepcionales. Como la Constitución es el producto
de la acción del poder constituyente en un momento histórico determinado,
su naturaleza la hace conservadora, sobre todo si se le añaden los principios
liberales, que restringen la acción del Estado; cuando las condiciones sociales
de una unidad política están transformándose, la Constitución y el Estado
serán, en aquel momento, incapaces de emplear los medios necesarios para
resolver los conflictos.
Pretender hacer de la Constitución, a la vez, el soberano y el poder
constituyente, es una contradicción en sí, ya que la Constitución puede solamente
utilizar medios normales o extraordinarios, cuando las situaciones exigen, no la
aplicación de una norma, sino ante todo la creación de un nuevo orden.33 Por
esa razón, Schmitt formulará su crítica de la concepción liberal del Estado y de
su expresión práctica que él llama el Estado de derecho burgués (hablaremos
de esto ampliamente en la parte IV).
Sobre este punto, y en general, sobre las críticas al liberalismo que justifican
el paso al Estado totalitario, Herbert Marcuse afirma que no se dirigen contra
los elementos fundamentales de la ideología liberal (su estructura social o
35 Schmitt, C., “La notion de politique», p. 66.
36 Id., Théorie de la constitution, p. 228.
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económica), sino contra las reivindicaciones que aquélla no ha desarrollado
totalmente, a saber: la libertad de expresión y de prensa, el carácter público de
la vida política, el sistema representativo y el parlamentarismo, la separación
y el equilibrio de los poderes.34
En síntesis, se constata que el poder constituyente establece, según Carl
Schmitt, las condiciones que legitiman el orden político y social del Estado
democrático moderno. La potencia del poder constituyente provoca siempre
enfrentamientos con los poderes constituidos y sus diferentes manifestaciones.
Esta concepción del poder constituyente y de la legitimidad de la Constitución
son los fundamentos de la crítica del liberalismo formulada por Schmitt.
III. El significado de la representación política
Cuando se habla de democracia, se piensa en las diferentes formas de
expresión de sus miembros y de las configuraciones que ella podría tomar.
En este sentido, es lícito preguntarse si el sujeto del poder constituyente
se manifiesta directamente o si él necesita un medio especial para hacerlo.
Responder esta pregunta implica determinar quiénes pertenecen al pueblo,
la manera en la cual éste manifiesta su diversidad y las consecuencias que
esto tiene para la democracia.
A. Representación y proceso normativo
La democracia, según Carl Schmitt, solamente se encuentra en las dos
definiciones de pueblo vistas anteriormente y que comprenden dos nociones
fundamentales: el principio de identidad y de representación. En primer
lugar, el pueblo es idéntico a sí mismo; sus características, sus atributos, sus
cualidades y su potencia no dependen de sus elementos constitutivos. Así
pues, la capacidad de actuar políticamente del pueblo es otorgada por su
sola existencia.
37 Schmitt señala cuatro límites de la democracia; sin embargo, en este ensayo sólo estudiamos el
primero de ellos. Cfr. Schmitt, C., Théorie de la Constitution, pp. 419-425.
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La homogeneidad está directamente relacionada con la identidad del pueblo
consigo mismo y su unidad. Si el pueblo no tiene ningún elemento que le
dé cohesión, él se disolverá en sus componentes, que pueden ser las clases
sociales, los sindicatos y los grupos religiosos, entre otros. Cada componente,
entonces, buscará alcanzar sus objetivos particulares, tratando de utilizar y
manipular el poder constituyente. En consecuencia, la unidad política y su
forma concreta perderán su cohesión e igualmente el poder constituyente
se disolverá.
La fórmula homogeneidad-identidad es necesaria, no solamente para
mantener la unidad política, sino también —y sobre todo— para marcar la
diferencia entre el amigo y el enemigo, concepto clave en la teoría política
de Carl Schmitt: “El sentido de la distinción del amigo y del enemigo es
manifestar el grado extremo de unión o desunión, de asociación o disociación”.35
Esta distinción sirve para determinar quiénes son los miembros de la
comunidad política y, por consiguiente, quiénes son los sujetos de la acción
del Estado.36
De la misma manera, esta distinción aporta la idea de igualdad a la
democracia porque no se puede hacer ninguna diferencia en el seno del
pueblo, ya que todos sus miembros tienen la misma sustancia, que les da la
homogeneidad. De hecho, cualquier otra igualdad depende de esta igualdad
de naturaleza.
Solamente es posible establecer diferencias con los enemigos, es decir “el
otro, el extranjero”. Por consiguiente, esta distinción se emplea únicamente
entre unidades políticas, entre pueblos y, en último caso, entre los componentes
que determinan la existencia de un Estado federal y su poder constituyente.
La distinción entre amigo y enemigo es sustraída, de este modo, del ámbito
privado y de los juicios morales, éstos son solamente posibles una vez que
se ha establecido la distinción entre el amigo y el enemigo.
38 Id., “Légalité et légitimité”, p. 57.
39 Id., Théorie de la constitution, p. 416.
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La expresión del pueblo como ser concreto es la manifestación más grande
de la unidad política. La unidad política del pueblo nunca puede tomar la
forma de un ente real, según Schmitt, a menos que todo el pueblo sea reunido
físicamente en un sólo lugar. El pueblo necesita seres reales que lo expresen.
Por esta razón se introduce el principio de representación.
El principio de representación existe en la vida pública, al manifestar un ser
invisible —el pueblo— por intermedio de otro ser presente en la vida pública.
La representación no genera la unidad política, ella la expresa, a semejanza
de la homogeneidad. Entonces, más representación del pueblo producirá
más gobierno. Pero si los representantes hacen visibles las exigencias de los
particulares, de los grupos, de las clases, de los individuos o de otros entes,
se pone en peligro la unidad.
La concepción de la unidad y la representación de Carl Schmitt plantea
muchas preguntas: ¿Cuáles son las formas de representación adecuadas en una
democracia? ¿Cuáles son las posibilidades de integración de nuevos grupos
sociales en la democracia? ¿Es posible la existencia del pluralismo dentro de
la unidad política? y por último ¿Cuáles son los límites de la democracia?
La democracia está atravesada por la tensión que existe entre los dos
principios de los cuales se ha hablado anteriormente. En otros términos,
la concepción de la democracia de Schmitt muestra la necesidad de la
representación del pueblo, ya que la expresión directa de éste hace posible
gobernar; la representación supone un máximo de homogeneidad del pueblo.
40 Ibíd., pp. 458-459.
41 Según Schmitt, “un pueblo dotado de cualidades como la voluntad humana y la conciencia humana
de sí es una nación”. Ibíd., p. 458.
42 Dominique Leydet dice que “porque la asamblea representativa fue el modo mediante el cual la sociedad
se presentó ante el Estado, el parlamento pudo razonablemente presentarse como representante de
los intereses de la sociedad en contra de aquéllos de la Corona.” [(1997), “Pluralism and the crisis of
parliamentary democracy”, en Canadian Journal of Law and Jurisprudence, Vol. 10, No.1, p. 51].
43 Schmitt, C., (1990), “L’État de droit bourgeois”, en --------., Du politique « légalité et légitimité » et autres
essais, Paris, Pardès (Col. Révolution conservatrice), pp. 34-35.
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No obstante, el hiperdesarrollo del principio de representación vacía la
democracia de su sustancia;37 es decir, del poder constituyente.
Lo anterior constituye el límite de la democracia. Las formas de rebasar este
límite son los plebiscitos y el otorgamiento de más poderes a las instancias de
representación, de cualquier tipo que éstas sean. Sin embargo, la única solución,
conforme con la teoría de Schmitt, es el desarrollo total de las identidades del
sujeto y del objeto de la autoridad estatal, de la ley y del Estado (cfr. II.A.).
Si se quiere alcanzar el desarrollo de estas identidades, es necesario alejarse
totalmente de la concepción de la ley y las normas que se desprende de la
teoría positiva del derecho (cfr. II.B.); a saber, que las leyes y las normas son
válidas por su referencia a una norma anterior y, en última instancia, que la
Constitución es válida por el sólo hecho de existir.
La ley debe ser entendida como la manifestación de la voluntad del
pueblo, de su potencia. Ella está enmarcada en circunstancias históricamente
determinadas. Así, la ley democrática, según la fórmula de Schmitt, “es
la expresión pasajera de la voluntad del pueblo tal como ella se da en un
momento determinado, en otras palabras, es la voluntad de una mayoría
momentánea.”38 La conclusión a la que llega Carl Schmitt, es que el pueblo
puede derogar todo el sistema de la “normatividad legiconstitucional”, pues
él es al mismo tiempo juez y legislador supremo.39
Teniendo en cuenta las dos identidades (sujeto y objeto de la autoridad
estatal, ley y Estado), la ley democrática puede variar en su contenido, pero
su sentido reside siempre en expresar la acción del Estado sobre sus sujetos.
La flexibilidad del sistema de normas constitucionales es, entonces, la forma
adecuada de un Estado en mutación constante, que debe afrontar múltiples
desafíos, como el de anular la tensión existente entre la identidad del pueblo
44 Id., Théorie de la constitution, p. 466.
45 Id., “La notion de politique», p. 82.
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consigo mismo y su representación. Entonces, sólo cuando la primera
identidad es llevada hasta el límite, el Estado se convierte en el representante
representativo del pueblo, pues él es el pueblo; es decir, se produce una
identificación absoluta, al anularse las diferencias entre los elementos que
componen la identidad.
B. Parlamentarismo y pluralismo
El parlamentarismo sería la instancia que permitiría el desarrollo natural
del principio de identidad del pueblo y, en consecuencia, del principio de
representación. Él haría visible al pueblo, a su unidad. El sistema parlamentario
sería pues, un tipo de manifestación de la nación (cfr. II.A.), ya que aquella no
puede expresar su voluntad sin algún intermediario. En el mismo sentido,
el parlamentarismo reuniría en su concepción, en su disposición orgánica, la
democracia (e impediría igualmente una autoridad ilimitada del Estado).
Esta concepción del parlamentarismo es claramente expresada por Hans
Kelsen, quien en La democracia su naturaleza, su valor (La démocratie sa nature
– sa valeur), afirma que aquél es el destino de la democracia, pues el pueblo
no puede expresar su voluntad directamente en los Estados modernos y el
parlamentarismo es el portador de la idea de libertad.
Al contrario, según Schmitt, el parlamentarismo sólo representa a un grupo
social muy determinado, en el marco de unas circunstancias históricamente
dadas. Pues, aquél era la forma de inserción de la burguesía en el Estado
monárquico, teniendo en cuenta que en ese momento el monarca era la
encarnación del poder constituyente, y solamente durante la Revolución
francesa el pueblo se convierte en el poder constituyente. Como tal, el
parlamentarismo debería responder a dos características de la burguesía:
ser instruido y propietario. La instrucción permitía a la burguesía intentar
46 Mouffe, C., (1997), “Carl Schmitt and the paradox of liberal democracy”, en Canadian Journal of Law
and Jurisprudence, Vol. 10, No. 1, p. 32.
47 Schmitt, C., Théorie de la constitution, p. 150.
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presentarse como representante de la nación,40 mientras que la propiedad
representaba sus intereses particulares.
En otras palabras, la burguesía, con el parlamentarismo y un concepto de
nación41 apropiado a sus características, puede intentar ser el representante
representativo42 (cfr. III.A.). Sin embargo, los intereses económicos y políticos
de la burguesía no se lo permitirían. Schmitt precisa también que el parlamento
no puede ser la instancia de representación, porque él está imbuido en la
lógica de la separación de los poderes, siendo, este modo, el medio para
limitar la potencia del Estado. Por todas estas razones, el Parlamento no es el
lugar donde puede ser alcanzada la identidad total.
Cuando la monarquía ha desaparecido y la burguesía ha adquirido la
predominancia económica y política en el Estado, el parlamentarismo, según
Schmitt, se transforma en un sistema vacío, que no puede dar ninguna solución
a nuevos problemas, como por ejemplo, a la integración en la unidad política
del proletariado —que no es ni instruido, ni propietario— y a la composición
heteróclita del pueblo.43
Actualmente, este cuestionamiento toma de nuevo relevancia, pues una
de las tareas del parlamento es “integrar” a la unidad política a los nuevos
sujetos políticos (mujeres, etnias, emigrantes, entre otros), que no quieren
ser representados sin tener la posibilidad de participar directamente en el
proceso de toma de las decisiones que les conciernen.
Schmitt constata del mismo modo que el Parlamento no es el lugar donde
las decisiones fundamentales se toman, sino que es en otro lugar: claramente
entre los jefes de los partidos, entre los grupos de intereses, entre otros. Las
sesiones parlamentarias sólo sirven para hacer valer los acuerdos alcanzados
por fuera del Parlamento. Este último no manifiesta ni la voluntad del pueblo
ni la de los electores, él ha perdido su carácter representativo.44 El problema
48 Ibíd., pp. 160 - 161.
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de la no-representatividad del Parlamento, se puede extender a toda entidad
representativa; esto es claro cuando los representantes actúan en contra de
la opinión de los representados, bajo el pretexto que conocen mejor lo que es
bueno para aquellos. Entonces, los primeros no simplemente actúan contra
de los segundos, sino también en contra del poder constituyente, el cual es,
como lo afirma Schmitt, el conductor de la opinión pública.
Carl Schmitt ha introducido, así, un problema que tiene tres elementos. En
primer lugar, el Parlamento no puede representar la unidad del pueblo, su
homogeneidad. En segundo lugar, él tampoco puede representar a los nuevos
sujetos políticos (Schmitt afirma que el sujeto a integrar en la unidad política
era el proletariado). Finalmente, el Estado sería el verdadero representante
del pueblo. Todo lo anterior se resumiría en la siguiente pregunta: ¿Es posible
el pluralismo dentro de la democracia?
Es necesario bosquejar algunos elementos que permitan abordar esta
pregunta. Schmitt considera imposible que la unidad tuviese algún sentido si
el poder constituyente tiene múltiples sujetos. Si el pueblo no es homogéneo
—siendo un conjunto más o menos coherente que refleja los intereses y los
objetivos de sus diversos componentes— su expresión hará imposible el
ejercicio de la soberanía; el poder constituyente se disolverá, de este modo,
en la acción.
Subsecuentemente, Schmitt arguye que el verdadero problema no es
la existencia o no del pluralismo en la democracia, ya que, en la realidad,
los sujetos son heterogéneos. La dificultad reside en el hecho de concebir
al individuo como adscrito en múltiples asociaciones, relaciones o grupos,
ninguno de los cuales tiene la predominancia o la soberanía absoluta.45
Al respecto, Chantal Mouffe dice que Schmitt tiene razón cuando afirma
49 Id., “Légalité et légitimité”, p. 39.
50 Id., Théorie de la constitution, p. 361.
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la necesidad de la homogeneidad en la sociedad para detener la disolución
de la unidad política. Aunque Mouffe piensa que la teoría de Schmitt falla
cuando supone que la identidad del pueblo es algo dado y estable. Según
Chantal Mouffe, para comenzar a salir de este callejón sin salida, el cual niega
el pluralismo, es necesario considerar la identidad del pueblo como una
construcción, una articulación política que es resultado de una estructuración
hegemónica. Por consiguiente, la competencia entre las múltiples y posibles
identificaciones permite la construcción de la identidad del pueblo, identidad
que se revela como provisional. La democracia liberal es el reconocimiento
del vacío constitutivo existente entre el pueblo y sus identificaciones.46
La plausible teoría de Chantal Mouffe no aporta nada nuevo porque Schmitt
admite que las identidades son ficciones y además reconoce la existencia del
pluralismo. La crítica de Schmitt está dirigida contra el parlamentarismo y,
más específicamente, contra la idea de representación de intereses opuestos.
En otras palabras, el Parlamento reconoce las diferencias entre sus electores,
pero él no las representa en tanto miembros de la unidad o futuras partes
integrantes. Sin embargo, Mouffe comete un error cuando considera al pueblo
como totalmente constituido en la teoría de Schmitt.
El pueblo es el poder constituyente en la medida en que actúe políticamente.
Él es el principio dinámico del poder democrático, él constituye y desconstituye
los poderes porque cambia en sincronía con el pueblo y su identidad —ninguno
de los dos últimos permanece estático o fijo—. Precisamente, el poder
constituyente ejerce su potencia para transformar los poderes constituidos
y la Constitución cuando ellos paralizan su dinámica y no responden a sus
necesidades.
En efecto, existe un problema, el cual reside en la definición del acto
constituyente y su adjetivo única. El acto constituyente “determina en una
decisión única la globalidad de la unidad política”.47 El adjetivo única, en la
teoría de Schmitt, significa algo excepcional en carácter y en género. Debido a
51 Hans Kelsen dice sobre este punto «que en forma de ley pueden ser formuladas, no solamente las
normas generales que reglamentan la conducta humana, sino igualmente las medidas administrativas.”
[(1962), Théorie pure du droit, Paris, Dalloz (Col. Philosophie du droit), p. 72].
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lo anterior, el acto constituyente transforma todo el orden político y social, en
cualquier momento. La expresión del poder constituyente no tiene un tiempo
determinado o una sola forma, ella está, en realidad, abierta. Esta dinámica
del poder constituyente introduce la inestabilidad en la democracia, ¿acaso
la democracia puede resistir la inestabilidad?
El problema ha sido, entonces, transformado —no ha sido resuelto— y el
pluralismo solamente constituye una parte de este problema, el cual concierne
solamente a un modelo de democracia y no a la democracia moderna en general.
Schmitt sostiene que la “voluntad de obtener la unidad política y el sentido del
Estado prevalecen claramente y sin duda sobre todas las querellas de religión
y de clases, con el fin de relativizar todas estas diferencias confesionales y
sociales.”48 El parlamentarismo, como representación de intereses competitivos,
aumenta la inestabilidad de la democracia.
Resumiendo, la representación es la síntesis de la democracia porque
ella hace visibles los sujetos que la constituyen, es decir su dinamismo y sus
relaciones con el Estado. La representación permite, igualmente, comprender la
inestabilidad y la tensión presentes en la democracia: la tensión entre el poder
constituyente y el poder constituido, entre la estabilidad y el dinamismo.
IV. Límites del Estado de derecho
La Constitución moderna conjuga elementos democráticos y liberales.
Estos últimos, según Schmitt, definen “el estado de derecho burgués” que
predomina actualmente en casi todas las constituciones. En este marco, el
poder del Estado adquiere diferentes formas, que muestran igualmente
distintas concepciones de la política y, a su vez, como éstas conciben al Estado
y la actuación de su potencia.
52 Schmitt, C., Théorie de la constitution, p. 337.
53 Id., “La notion de politique», p. 85.
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A. Forma política
Las clasificaciones tradicionales, que dividen los gobiernos en monarquía,
aristocracia y democracia, son todas rechazadas por Schmitt quien establece
una nueva clasificación partiendo de las configuraciones de los poderes y
de su disposición interna. Así, la posición adoptada por Schmitt establece
un desplazamiento parcial de la teoría del poder constituyente hacia los
componentes que existen en el seno del poder del Estado, los cuales determinan
su acción. Este recorrido conducirá de nuevo al poder constituyente.
Se entiende por forma política la disposición del poder del Estado,
que da o retiene su capacidad de modelar la misma unidad política y sus
componentes, determinando, de esta forma, su campo de acción en la sociedad.
En “Legitimidad y legalidad” (“Légalité et légitimité”), Schmitt elabora una
tipología de las formas políticas que corresponden a concepciones políticas
específicas. Entre todas estas formas políticas, él insiste particularmente sobre
“el Estado legislador parlamentario”, que apareció con la supremacía del
Estado de derecho burgués y el sistema parlamentario.
Hablar de Estado legislador parlamentario significa que “las normas […]
expresan lo más perfectamente posible la voluntad general, sin que hubiese
lugar a discusión.”49 Estas características hacen que este tipo de Estado sea
identificado generalmente con la democracia.
El Estado legislador parlamentario toma el lugar del poder constituyente
(cfr. III.). Las normas ocupan el lugar de la potencia del poder constituyente,
pues ellas lo expresan no como una fuerza extraordinaria, que puede resolver
54 Id., “L’État de droit bourgeois”, p. 35.
55 Carl Schmitt expuso dos concepciones de “Estado total” en su conferencia de 1932 “Estado fuerte
y economía sana: conferencia a los líderes económicos.” La primera concepción, la cual Schmitt
comparte, considera que “El Estado total es en este sentido un Estado especialmente fuerte. Él es
total en el sentido de la cualidad y la energía. El Estado fascista se autodenomina Estado totalitario, y
esto significa que los nuevos poderes de coerción pertenecen exclusivamente al Estado y fomentan
el aumento de su poder.» Una página más adelante Carl Schmitt afirma que “[h]ay, sin embargo, otro
sentido de la expresión de “Estado total”. Desafortunadamente ésta puede ser aplicada al actual Estado
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la situación excepcional, sino y ante todo como un principio presente y activo
en toda acción que se desprende del ejercicio del poder del Estado.
La norma —y también la Constitución como norma de normas—, para ser
válida y expresar la voluntad general, debe ser el producto de las instancias
competentes en materia de legislación, según los procedimientos prescritos.
Ellas deben, a veces, tener algunas cualidades morales y lógicas.
La instancia competente que, en el Estado moderno, tiene la potencia de
crear la legislación —que puede producir las normas que actuarán como poder
constituyente— es el Parlamento. Primero, se supone que el Parlamento es el
representante del pueblo y, por consiguiente, las normas que él promulga, con
las características mencionadas anteriormente, expresan la voluntad general.
Desde este punto de vista, el liberalismo puede intentar hacer de la Constitución
el soberano (cfr. II.) y, como corolario, él puede sostener una concepción de
la democracia, método para ejercer ciertas actividades del Estado.50
La forma política que representa el Estado legislador parlamentario coloca
el problema de la legitimidad de la unidad política en otros términos: ley
formal, también llamada ley burguesa por Schmitt, y ley política. La primera
tiene las características mencionadas más arriba, en cuanto a la segunda es
el producto del acto constituyente.
alemán. Este tipo de Estado total es aquél que penetra todos los dominios y las esferas de la existencia
humana, uno que no conoce una esfera libre del Estado porque él ya no puede distinguirse. Él es
total en un sentido puramente cuantitativo, en el sentido del puro volumen y no en el sentido de la intensidad
o de la energía política.” [ (1998), “Strong state and sound economy: an address to business leaders”,
en Cristi, R., Carl Schmitt and authoritarian liberalism: strong State, free economy, Cardiff, University of
Wales Press, (Political Philosophy Now), pp. 217-8].
Renato Cristi investiga éstas dos concepciones del Estado total para sustentar que el Estado total de
Schmitt se identifica con la de un Estado autoritario liberal y no con la de un Estado totalitario. Para
ello Cristi expone la crítica de Friedrich A. von Hayek a la obra de Schmitt, al mismo tiempo que
muestra la semejanza y los puntos comunes de éstos dos pensadores. Lo anterior permite a Cristi
explicar el apoyo explicito de Hayek a la dictadura de Augusto Pinochet en Chile y fundamentar la
tesis de su libro. Cfr. Cristi, R, Carl Schmitt and authoritarian liberalism: Strong State, free economy; véase
especialmente el capítulo 7, “Hayek contra Schmitt”, pp. 146-168.
56 Id., “Légalité et légitimité”, p. 43.
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Cuando la ley política es subsumida por la ley formal,51 la legitimidad se
vuelve legalidad: es la conclusión a la cual llega Carl Schmitt, después de
Max Weber. A partir de este momento, el poder constituyente —establece
todo el orden social y político— permanecerá sometido a los procedimientos
formales para poderse expresar. Al respecto, Schmitt añade que la legalidad se
convierte, a su turno, en una serie no solamente de normas, sino de prácticas
y ritos fijos.
Los procedimientos formales establecen la forma, el lugar, el tiempo y
los sujetos de su expresión. Así, toda expresión del poder constituyente
como fuerza radical, con la capacidad de transformar la unidad política,
es anulada. En consecuencia, cuando la acción del Estado, y de cualquiera
de sus poderes, se somete a la ley y a sus procedimientos, el resultado es
la anulación del Estado y de la democracia. A pesar de esta crítica Schmitt
admite parcialmente que la forma de expresión del poder constituyente en la
democracia es el plebiscito (por el principio de la unidad del pueblo (cfr. III.).
Sin embargo, constata que las preguntas formuladas en un plebiscito pueden
ser solamente respondidas con un sí o un no, que los ciudadanos en general
dejan las decisiones políticas a otros y estos emiten respuestas que implican
un mínimo de decisión. En una frase, el plebiscito es un procedimiento que
no desarrolla verdaderamente la democracia.
En síntesis, si el Estado es sometido a una serie de procedimientos legales,
57 Ibíd, p. 42.
58 Para Thomas Hobbes la soberanía esta relacionada con las “leyes civiles […] que no son otro cosa
que las ordenes [commands] de quien tiene el poder supremo en la república [commonwealth] acerca
de las futuras acciones de los ciudadanos.” [(1949), De cive or the citizen, New York, Appleton Century
Crofts (Col. Appleton Century Philosophy Source Books), pp. 74-5]. Esta definición es fundamental
contrastarla con la de soberano de Schmitt, mencionada en este ensayo en: II. Fundamentos del orden
constitucional, A. El poder constituyente.
59 Recientes estudios muestran cómo a nivel internacional se están constituyendo nuevos sujetos
políticos que sobrepasan los términos de la representación que ciertos organismos internacionales
han tratado de imponer, cfr. Sassen, S., (2000), Cities in a world economy, Thousand Oaks, Pine Forge
Press (Col. Sociology for a New Century) y Drainville, A., (2004), Contesting globalization: space and
place in the world economy, London, Routledge (Col. RIPE Series in Global Political Economy). Sobre la
importancia de la obra de Schmitt para comprender el ordenamiento internacional contemporáneo
y sus modificaciones actuales pueden consultarse la revista científica —enteramente dedicada a este
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perdiendo de este modo su potencia para afrontar las situaciones urgentes
y caóticas. Igualmente, desaparece su capacidad de impedir que aquellas
situaciones se conviertan en excepcionales, o aún su capacidad de responder
rápidamente a las exigencias normales del ejercicio del poder político. En otros
términos, la acción política del Estado ha sido totalmente anulada y vaciada
de todo contenido político. El Estado legislador parlamentario, que constituía
supuestamente un elemento esencial de la democracia, se convierte en un
medio para destruirla.
B. Liberalismo y democracia
Carl Schmitt se interesa en las ideas liberales cuando ellas están integradas
en las constituciones modernas, cuando entran en contacto con la unidad
política del pueblo, lo cual produce el Estado de derecho burgués. Este nuevo
Estado es comúnmente identificado con la democracia, y se piensa que la
segunda no puede existir sin el primero.
A las ideas liberales que conforman el Estado de derecho burgués, Schmitt
las reduce a dos: los derechos fundamentales del individuo y la distinción
de los poderes. Los derechos fundamentales encuentran su origen en la
libertad ilimitada del individuo. La libertad podría solamente encontrar un
límite en el Estado (pero el ideal sería que ella no tuviese ningún límite). En
consecuencia, el Estado debe ser muy bien definido, en cuanto a sus funciones
y sus campos de intervención. Dicho de otra forma, el Estado debería tener
aspecto de la obra de Schmitt— The South Atlantic Quartely (104)2, Spring 2005; especialmente los
siguientes artículos: Jameson, F. (2005), “Notes on the Nomos”, South Atlantic Quarterly, 104(2), pp.
199-204; Levinson, B, (2005), “The coming nomos; or, the decline of other orders in Schmitt”, South
Atlantic Quarterly, 104(2), pp. 205-215; Mouffe, C., (2005), “Schmitt’s vision of a multipolar world
order”, South Atlantic Quarterly, 104(2), pp. 245-251; Watson, J, (2005), “Oil wars, or extrastate conflict
‘beyond the line’: Schmitt’s nomos, Deleuze’s war machine, and the new order of the earth. South
Atlantic Quarterly, 104(2), pp. 349-357.
60 C. B. Macpherson avanzó en la crítica de las relaciones de la democracia y la teoría liberal. Crítica
realizada desde la misma teoría liberal y en la cual se muestran los distintos conceptos liberales
de poder, propiedad, individuo, libertad, entre otros, los cuales son contradictorios entre sí. Estas
contradicciones son en parte, según Macpherson, las responsables de algunos de los problemas
fundamentales de la democracia liberal actual, cfr. Macpherson, C. B., (1973), Democratic theory: essays
in retrieval, London, Oxford: Clarendon Press; (1979), La teoría política del individualismo posesivo: de
Hobbes a Locke, Barcelona, Fontanela, (Col. Libros de Confrontación Filosofía 2) y (1997), La democracia
liberal y su época, Madrid, Alianza (Sección Humanidades).
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una potencia limitada.
Para limitar la potencia estatal, el liberalismo utiliza la distinción de los
poderes. El Estado es dividido en grandes campos y subcampos, con múltiples
órganos de control. Estas divisiones limitan toda acción del Estado y la hacen
de vez en cuando contradictoria, y por esta misma razón ineficaz.
Schmitt llega a la conclusión de que los principios liberales en la democracia
son “solamente una colección de entrabes y controles al Estado, un sistema
que sirve para garantizar la libertad burguesa y hacer relativo el poder del
Estado.”52 El liberalismo aparece, entonces, como un medio para frenar la
expresión de la voluntad del pueblo y para someterla a fines exteriores.
Schmitt va un poco más lejos cuando afirma que el Estado de derecho
burgués es una forma indirecta de destrucción de la democracia. De una parte,
las ideas liberales introducen una diferencia y un antagonismo radical entre
los individuos y el Estado, ya que ellas cortan todo lazo orgánico entre ambos.
En otras palabras, la identificación entre gobernados y gobernantes (cfr. IIA)
desaparece y con ella el concepto de política. La operación estará completa
cuando el Estado se convierta en un servidor de la sociedad, esencialmente
dirigida por la economía.53
De otro lado, la identidad entre pueblo y Estado es suprimida igualmente.
El pueblo existiría, ahora, como expresión de las mayorías en los escrutinios,
pues la noción de pueblo sería la suma de las expresiones individuales y
aleatorias que se manifiestan en el espacio público. En este nivel, el Estado
no sería ya la fórmula de la unidad, pues ella no existiría tampoco.
Finalmente, la distinción entre amigo y enemigo, atributo de la asociación
política, se convierte en una noción propia de la esfera privada, dotada de
connotaciones económicas o morales. Pero, un nuevo problema surge: el
enemigo podría ser un posible o un antiguo miembro de la asociación política
y, como tal, él no debe ni puede ser integrado; él debe ser, más bien, alejado
o abatido. De este modo, el liberalismo había introducido un elemento
suplementario para disolver la unidad política y destruir la democracia.
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El corolario de los principios liberales en la democracia es intentar instaurar
el sesgo de los procesos individuales y secretos, como es el caso del voto
individual. La responsabilidad pública y colectiva se convierte en un objeto
particular, donde diferentes individuos toman las decisiones concernientes al
destino de la unidad política. A lo anterior, Carl Schmitt opone otra definición,
a saber, la democracia sería la decisión de la mayoría del pueblo, que resuelve
los asuntos políticos de manera creativa y responsable.
En resumen, el Estado de derecho burgués significa la anulación del
poder constituyente y la impotencia de la unidad política, que son limitados
por una serie de procesos formales. Estos procesos serían sinónimos de
democracia. Schmitt concluye que el resultado de la acción del liberalismo
es “la democracia sin demos, sin pueblo, sin Volk”.54 En pocas palabras, una
democracia sin sustancia.
Carl Schmitt propone una solución a los problemas que el Estado de derecho
burgués pone a la democracia: la refundación de la democracia y de la forma
política —para así dar una respuesta a los cambios económicos y sociales—.
En “El Estado de derecho burgués” (1928) Schmitt declara que es necesario
buscar las soluciones fuera de los métodos político democráticos y de la forma
parlamentaria; la respuesta, la dará él en “Legalidad y legitimidad” (1932):
el Estado moderno está en evolución; la tendencia actual hacia el Estado
totalitario,55 con su consecuencia inevitable, la predilección de los planes (y
ya no, como en el siglo pasado, el amor a la libertad).56
Conclusión
La teoría de Carl Schmitt está compuesta de identidades y cada uno de
los términos de éstas matiza al otro. El conjunto de estas identidades permite
a Schmitt criticar el aspecto liberal de la democracia. Para él, el liberalismo
dirige su fuerza para limitar la potencia de la identidad del pueblo —poder
constituyente, fundamento de la democracia y, en última instancia, para vaciar
a la democracia de pueblo—.
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El poder constituyente como fuerza creativa de la democracia tiene la
autoridad absoluta para darle la forma y los procedimientos que él quiera.
Esta potencia, el liberalismo la quiere destruir en beneficio de la libertad
individual. Finalmente, la ideología liberal pretende igualmente transformar
la Constitución en el soberano. Por consiguiente, esta ideología aspira hacer de
la representación parlamentaria y del pluralismo los medios para disolver la
potencia del pueblo. Y con todo esto para obligar al Estado a ser el servidor de
los intereses privados y que no sea ya el servidor de los intereses colectivos.
Así, el liberalismo reduce la democracia a un simple conjunto de
procedimientos y disposiciones para conducir los asuntos del Estado. Al mismo
tiempo, esta democracia formal quita al Estado los medios necesarios, que
puede utilizar para hacer frente a los cambios sociales, económicos y políticos
propios de las sociedades contemporáneas.
La solución que Carl Schmitt plantea al desafío liberal consiste en volverle
a dar sustancia a la democracia. Él lo hará desarrollando la identidad total
entre pueblo y Estado, donde el primer elemento expresa absolutamente
el poder constituyente; sin embargo, no cualquier Estado puede llenar las
condiciones que permitan alcanzar esta identidad, solamente “un Estado
administrativo, en el cual las medidas serían tomadas considerando la situación
presente claramente definida, con un espíritu puramente objetivo y práctico.”57
Únicamente el Estado total llenaría estas condiciones, según Schmitt.
Como lo afirma Leo Strauss en “Notas sobre Carl Schmitt, el concepto
de lo político” (“Notes on Carl Schmitt, the concept of the political”), una
crítica radical del liberalismo sólo es posible si nosotros comprendemos
correctamente a Hobbes y su concepto de soberanía58 absoluta; de la misma
forma, la crítica del liberalismo y las alternativas que Schmitt propone
solamente son comprensibles si se interpreta adecuadamente el concepto de
poder constituyente como él lo hace.
La reflexión de Schmitt sobre el poder constituyente, más allá de la
crítica del liberalismo, es de una gran actualidad, pues levanta nuevos
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cuestionamientos: ¿Quién es el sujeto del poder constituyente en un mundo
que busca “el gobierno mundial”? ¿Podrían ser las grandes potencias –—como
lo insinúan las relaciones internacionales en los últimos años— o los organismos
internacionales? ¿Es que las unidades políticas nacidas fuera de la voluntad
general del pueblo son democráticas por el sólo hecho de que ellas adopten
la forma y los procedimientos de la democracia liberal? ¿Dónde reside hoy
en día la legitimidad y la legalidad de la democracia?
Mientras Carl Schmitt escribía su Teoría de la constitución, nuevos sujetos
políticos surgían. Hoy también, otros sujetos políticos están emergiendo y
ellos demandan no solamente la representación política, sino también el
derecho de poder tomar sus propias decisiones políticas, y esto, en el campo
nacional, internacional y transnacional.59 ¿Serán ellos el sujeto del poder
constituyente o los poderes constituidos a nivel global? La teoría de Schmitt
tiene aún muchas herramientas que permiten comprender la realidad política
y así poder actuar para transformarla. Ella, además, es un punto de apoyo
para realizar una crítica profunda del liberalismo y del “neoliberalismo”,
que vienen planteándose como las únicas concepciones del mundo y de la
democracia válidas.60
Referencias
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Press.
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