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Sociabilidad en Buenos Aires: 1880-1910

Este documento analiza los cambios en la sociabilidad de la elite porteña en la década de 1880 en Argentina. Marca esta década como un momento de ruptura con el pasado debido a cambios sociales, políticos y económicos. Varias obras literarias de la época reflejan esta ruptura al evocar nostálgicamente el pasado. Sin embargo, también había continuidades con tendencias previas hacia la europeización y aristocratización. El capítulo examinará cómo se resignificaron estas continuidades para dar lugar a nuevas características de la al

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Sociabilidad en Buenos Aires: 1880-1910

Este documento analiza los cambios en la sociabilidad de la elite porteña en la década de 1880 en Argentina. Marca esta década como un momento de ruptura con el pasado debido a cambios sociales, políticos y económicos. Varias obras literarias de la época reflejan esta ruptura al evocar nostálgicamente el pasado. Sin embargo, también había continuidades con tendencias previas hacia la europeización y aristocratización. El capítulo examinará cómo se resignificaron estas continuidades para dar lugar a nuevas características de la al

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Capítulo II. Modalidades de sociabilidad en el cambio de siglo: los clubes sociales.

A partir de 1880 se define un contexto hasta entonces inédito en buena medida como
consecuencia de los sensibles cambios que se conjugan en el plano social (bajo el impacto
de la inmigración masiva), político (con la pacificación y la unificación política que
consolida el roquismo, pero también a causa de los reequilibrios que supone en la clase
política) y económico (por un período de crecimiento que, exceptuando el cimbronazo del
noventa, se reanudaría hacia el fin de siglo para extenderse hasta la primera guerra
mundial). En este sentido, ¿se aprecia también desde entonces un nuevo escenario en las
características definitorias de la alta vida social porteña?
Un primer indicador que autorizaría a contestar de manera afirmativa lo constituyen las
diversas obras que comenzarán a evocar el pasado precisamente en esa década, sugiriendo
así que su clausura coincidía con este momento temporal. Esas evocaciones, en efecto,
interesan menos en su representatividad que como signo de una lectura contemporánea que
entendió a los años ochenta como un momento de ruptura sensible.
Aparece además un pliegue adicional: no coinciden en sus énfasis y diagnósticos. Son
miradas distintas sobre el pasado porque sostienen diferentes concepciones del presente.
Por un lado, allí están las páginas de Calzadilla que subrayan las rupturas, y que frente a
ellas exalta el carácter criollo de la sociabilidad de mediados de siglo y critica la
extranjerización contemporánea (expresada en un amplio universo: desde las tertulias y los
rasgos fisonómicos de las beldades femeninas, pasando por un sugestivo énfasis en el
rechazo que las familias criollas tenían a casar sus hijas con británicos)1.
Por otro, la emblemática novela de Lucio López, La gran aldea (1884), que no desconoce
las discontinuidades pero matiza la ponderación del pasado y desde allí, los alcances de lo
nuevo: si la gran aldea es objeto de añoranza, sus insuficiencias son también subrayadas,
por ejemplo (como se verá páginas abajo) con relación a su ámbito social distintivo, el Club
del Progreso. Lo aldeano sobrevive a pesar de su progresivo desdibujamiento, como
metáfora de comportamientos sociales: el imperio del lujo y la riqueza que posibilita el
ochenta, si es mirado críticamente en La gran aldea, no lo es desde una prescripción por

1
S. Calzadilla, Las beldades de mi tiempo (1891), Buenos Aires, CEAL, 1982, pp. 20-21, 28, 34-40, 47-49,
55-60, 135-136.

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retornar a la sencillez que impera en Calzadilla. Por el contrario, se debe educar la
disposición de la riqueza, poner fin al “rastacuerismo” que López tan bien retratara a través
de Don Polidoro en Recuerdos de Viaje (de 1880)2.
Miguel Cané (cuyo En viaje –de 1884- parece además anticipado por el libro de su amigo y
coetáneo López) delineó también por entonces una imagen escasamente positiva de la
aldea: suponía un mundo social relativamente circunscripto que sólo favorecía la “atrofia de
la individualidad”3.
Estas lecturas sugieren los pliegues generacionales (junto a los sociales y políticos
promovidos por el roquismo) que tienen lugar hacia esa década en la vida social porteña.
Como punto intermedio, en este sentido, podría colocarse a Vicente Quesada, quien declara
abiertamente su pretensión de imparcialidad, en tanto que sus respectivos juicios están
mediados por una ciudad criolla que se relaciona con su juventud y la “cosmópolis” del fin
de siglo, que coincide con su vejez. Así, si añora la sencillez de la ciudad de mediados de
siglo, saluda más exultantemente que Calzadilla (cercano a él generacionalmente) el
afrancesamiento de la haute4. Sin dudas, también podrían citarse pasajes que moderan las
contraposiciones5.
Pero una observación de distinto tenor es sin embargo más significativa. Como ha señalado
Fernando Aliata, debe evitarse también que el análisis histórico reproduzca el
costumbrismo literario que desprende la fiebre memorialista de los ochenta; quedar presos
de sus propias construcciones6. Y en efecto, es posible trazar un paralelismo para la alta
sociabilidad con las observaciones de Aliata sobre la historia urbana: si la ciudad anterior al
ochenta no puede definirse estrictamente como aldea sino como una “ciudad intermedia”
que contiene anunciaciones de la gran urbe de fines de siglo, la sociabilidad anterior a esa
década incluye entre sus características (por debajo y más allá de la austeridad y la sencillez

2
Cfr. López, La gran aldea (1884), Buenos Aires, CEAL, 1992, pp. 122 y ss.
3
Cané, “De cepa criolla” (1884) en Prosa ligera, Buenos Aires, A. Moen Ed, 1903, p. 118.
4
V. Quesada, Memorias de un viejo, Buenos Aires, Ed. Ciudad Argentina, 1998, pp. 75 y 363 y ss. Estas
crónicas, firmadas con el seudónimo de Víctor Gálvez, aparecieron originalmente en la Revista de Buenos
Aires, dirigida por el propio Quesada, desde 1881.
5
Calzadilla no dejará de ponderar las ventajas de la educación francesa en algunas páginas de su libro. López,
por su parte, también incluirá negativas alusiones a la “apertura” hacia los extranjeros y las paralelas
“postergaciones” de los “hijos del país” que podían tener lugar en la high life porteña. Cfr. Calzadilla, Las
beldades, p. 10; López, La gran aldea, p. 128.
6
F. Aliata, “La construcción de la historia urbana del Buenos Aires anterior a Caseros”, en Entrepasados, año
II, nº 3, fines de 1992.

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que, positiva o negativamente, subrayan en sus miradas retrospectivas Calzadilla, José A.
Wilde, Lucio López o Vicente Quesada) rasgos que definirían a la high life del cambio de
siglo: rasgos que, en pocas palabras, podrían sintetizarse como aristocratización y
europeización de usos y conductas7.
Los contrastes, con todo, son igualmente significativos. Así, no resulta casual que Lucio
Mansilla, tan proclive a marcar su lugar en la elite porteña subrayando su excepcionalidad
(ya se volverá sobre él en el capítulo III) incluyera referencias a su apariencia francesa en el
escenario de la Buenos Aires de los años cincuenta8. Por entonces, en efecto, las
aspiraciones cosmopolitas, a pesar de la convivencia del patriciado criollo con ingleses,
franceses y demás extranjeros radicados desde los años veinte en Buenos Aires, eran,
fundamentalmente, “sólo aspiraciones”9.
Difícilmente la apariencia francesa de Mansilla pudiera haber sorprendido a un círculo
social para el cual no sólo la experiencia del viaje era ya crecientemente posible en los
ochenta, sino cuya vida social, a través de las tertulias que por entonces auspicia Diego de
Alvear o eventos como el “Bachellor’s Ball”, había acentuado ya la gravitación de los usos
europeos10. Pautas que, superada la crisis del noventa, se consolidarían en el fin de siglo, y
cimentarían así la discontinuidad entre ambos períodos.
De esta manera, el inédito contexto social, político y económico que inaugura el ochenta
supuso que las continuidades inscriptas en él se resignificaran hasta alcanzar las
características de novedades sin raíces previas, y que ese escenario emergiera como un
cambio sensible. Apreciación sostenida, entonces, desde ambos lados: por quienes
añoraban el pasado y por quienes enfatizaban el carácter fundacional del período abierto en
estos años.

7
Incluso uno de los primeros emplazamientos del Jockey (los “altos” de la Confitería del Aguila) ofrece un
signo adicional del delicado equilibrio entre rupturas y continuidades: un sugestivo exponente de la transición
de los “cafés” a los “clubes” como espacios de sociabilidad de la upper-class. Cfr. S. Gayol, Sociabilidad en
Buenos Aires. Hombres, honor y cafés, 1862-1910, Buenos Aires, Ediciones del Signo, 2000, pp. 122-123.
8
L. V. Mansilla, Los siete platos de arroz con leche (selección de las “causeries” publicadas en Sud América
–1884/1892-), Buenos Aires, AGEA, 2001, pp. 16-17.
9
R. Cicerchia, Historia de la vida privada en la Argentina. T. I, Buenos Aires, Troquel, 2001, p. 247. Cfr.
también L. A. Romero, “Una convivencia acriollada”. Como escribiera el propio Mansilla a fines de los años
1860, haber estado por entonces en París era un “barniz que no ha todos se les conoce”. Id., Una excursión a
los indios ranqueles (1870), Buenos Aires, Biblioteca Ayacucho/Hyspamérica, 1986, p. 43.
10
El Bachellor’s Ball se celebraba anualmente en el fin de siglo, organizado por la comunidad británica
(ingleses, irlandeses, etc). En los años ochenta aparece retratado como un importante canal de introducción
del “refinamiento” europeo en la high life de la ciudad. Cfr. ED, 5, 13 y 14/5/1884.

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En este sentido, el propósito del presente capítulo es obtener una primera aproximación al
alcance y al significado de este delicado equilibrio entre rupturas y continuidades (y desde
allí a las características que asume la vida social de la elite porteña en el fin de siglo)
tomando como vías de acceso la sociabilidad formal, esto es, los perfiles institucionales de
dos importantes clubes de la high life de ese entonces: el Club del Progreso y el Jockey
Club. Primera aproximación en tanto en el próximo capítulo se profundiza al abordar la
sociabilidad informal (la discurrida en paseos, espacios públicos, ámbitos residenciales, etc)
y los modelos femeninos y masculinos de identificación y conductas construidos en ella11.
Cotejar ambas entidades es en efecto relevante para aprehender rupturas y continuidades,
en tanto provienen de contextos bien diferentes: el Progreso nace poco después de Caseros
(en 1852) mientras que el Jockey Club es un emergente de la pax roquista (se crea en
1882). A su vez, porque se delinea un proceso de reemplazo del Progreso por el Jockey
como principal club de alta sociedad en las primeras décadas del siglo XX (como en efecto
se desprendía de la reconstrucción prosopográfica).
Relacionado con esto, dos razones adicionales sostienen esta decisión. En primer lugar, este
tipo de entidades constituyen válidas puertas de entrada a las construcciones simbólicas de
la elite en tanto son creaciones de los propios actores sociales, ámbitos de nucleamiento y
circulación y difusión de prácticas, consumos y conductas. En segundo término,
desprendido de lo anterior, si constituyen espacios privados de sociabilidad, también
establecen posicionamientos frente a lo público así como las prácticas y conductas
prescriptas en ellos constituyen signos de expresión de la posición ante la sociedad12.
En este sentido, la atención se concentrará en sus modalidades de reclutamiento de socios y
en los rasgos que definen a sus perfiles institucionales. En un primer momento, con todo, se
traza una semblanza de sus respectivas evoluciones institucionales, significativa pues viene
a completar y a consolidar el señalado panorama de reemplazo del Progreso por el Jockey
hacia el cambio de siglo.
El análisis de ambos perfiles institucionales puesto en contexto con este desplazamiento
ofrece en efecto interesantes elementos iniciales para conocer el terreno en el que se asienta

11
Tomo esta diferenciación según la plantea J. Canal i Morell, “El concepto de sociabilidad en la
historiografía contemporánea (Francia, Italia y España)”, en Siglo XIX, nueva época, nº 13, enero-junio 1993.
12
Cfr. M. Agulhon, “La sociabilidad como categoría histórica”, en AAVV, Formas de sociabilidad en Chile
1840-1940, Santiago de Chile, Fundación Mario Góngora, 1992”.

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la vida social de la elite de este período, y los cambios que las pautas consolidadas hacia el
fin de siglo implican en sus construcciones identitarias y en su posicionamiento frente a la
sociedad.
Vale rescatar que la aproximación comparativa que aquí se propone entre estos clubes no
ha sido en general recorrida por la historiografía. Antes bien, se cuenta con trabajos
significativos pero delimitados a una institución o a un determinado momento histórico, o a
publicaciones auspiciadas por las propias instituciones, que ofrecen información valiosa
pero descuidan una dimensión más propiamente analítica13.

1. Evoluciones institucionales.

La evolución de ambos centros sociales a lo largo del período, así como testimonios e
indicios desprendidos de distintas fuentes contemporáneas, subrayan la progresiva
sustitución del Club del Progreso por el Jockey Club en la vida social de la elite porteña.
En los ochenta, el Progreso se recorta como el principal club social de la ciudad. Sus bailes
emblemáticos (los de carnaval y los anuales realizados en julio y septiembre) recibían de
parte de la prensa, como se irá señalando oportunamente, una amplia y exclusiva cobertura.
Asimismo, la literatura más emblemática de esos años, La gran aldea de López, las novelas
de Eugenio Cambaceres (excepto Música Sentimental, cuya acción se desarrolla en
Europa), La Bolsa de José María Miró (Julián Martel), lo tienen como centro de referencia.
Precisamente en términos de Cambaceres, la pertenencia al Progreso por entonces era “un
diploma de valer social, de distinción”, así como, a causa de ello, el rechazo o la exclusión,
suficientes para “ser tildado, ya que no de mulato o de ladrón, de guarango, por lo menos,
de individuo de medio pelo, de tipo, de gentuza”14. Los visitantes extranjeros llegados por
entonces a la ciudad transmiten la misma impresión: entre los centros sociales de la ciudad

13
Con relación al Jockey Club, los ya citados trabajos de Edsall, Elites, y F. Korn, “La gente distinguida”.
Para el Progreso, el también ya mencionado de P. González Bernaldo, Civilidad y política; H. Iñigo Carrera,
“El Club del Progreso: de Caseros a la ‘belle époque’”, en Todo es Historia, nº 57, enero 1972. Respecto de
las publicaciones auspiciadas por las propias instituciones, principalmente L. Gálvez, Club del Progreso. La
sociedad, los hombres, las ideas. 1852-2000, Buenos Aires, 1999; y Newton & Sosa de Newton, Historia del
Jockey Club.
14
E. Cambaceres, En la Sangre (1887), en Id., Obras Completas, Santa Fé, Castellví, 1968; p. 430.

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“el principal de todos es el Club del Progreso”. A él pertenecía “lo más granado de Buenos
Aires”15.
En los ochenta su rival posiblemente más significativo, teniendo en cuenta además la
particular relación que existía entre ambos (sobre la que se volverá líneas abajo) y
acentuada por coincidir en los eventos auspiciados (como los bailes de carnaval), era el
Club del Plata, “uno de los elegantes centros de reunión de nuestra sociedad” de acuerdo a
un joven Miguel Cané, quien decía que aquel “que desdeña asistir a un baile del Plata [...]
lo declaro un estúpido”16. Aún así, hacia los años ochenta el Plata parece encontrarse ya en
una frágil situación, o al menos en una posición relativa escasamente comparable con la del
Progreso. En 1884 tenía de acuerdo a El Diario 225 socios (y un déficit de $ 7662) “cuando
cualquier sociedad de candombe tiene 500, 600 o más”. El Progreso, en cambio, osciló
durante la primera mitad de los ochenta entre los 500 y los 1000 miembros, con un pico de
1200 en 188917.
Por entonces, el Jockey Club tampoco se encuentra, en cuanto a su membresía, en una
situación cercana a la del Progreso. Fundado en 1882, al cumplirse el año de su creación
contaba con 143 socios. Avanzando la década éstos aumentarán de forma progresiva,
aunque sólo levemente superarán el umbral de los 500 hacia los años finales de ese
decenio: en 1888 tiene 554 socios activos (es decir, poco menos de la mitad de la cantidad
del Progreso por entonces)18.
Aún más, si en esos años comienza las obras de remodelación del Hipódromo Nacional, no
cuenta con una sede social propiamente dicha. Surgido en el salón de la imprenta La
Minerva, su primer centro de residencia fueron los altos de la Confitería del Aguila, en
Florida entre Piedad (hoy Bartolomé Mitre) y Cangallo (hoy Perón). Al cual le sucedieron
sucesivos traslados: en 1886, a una propiedad ubicada también en la calle Florida, al 100;

15
A. König, A Través de la República Argentina. Diario de Viaje, Santiago de Chile, Imprenta Cervantes,
1890, pp. 350-353.
16
M. Cané a L. V. López, Bs As, 4/9/1869, AGN, Sala VII, Colección y Archivo los López, leg. 2381, doc.
5702. Sobre la “rivalidad” entre el Plata y el Progreso por sus bailes de carnaval, cfr. “En los clubs”, ED,
15/2/1888.
17
“Club del Plata”, ED, 24/6/1884; Club del Progreso, Datos históricos sobre su origen y desenvolvimiento,
Buenos Aires, 1902, p. 113. König, en el pasaje citado, presentaba una “jerarquización” similar: al Club del
Progreso lo seguían en orden de importancia el Jockey Club, el del Plata y el de Gimnasia y Esgrima. López
retrató un panorama similar en su novela, hundiendo incluso sus raíces en años anteriores: ya en los setenta
era chic ser del Progreso y cursi ser del Plata. Cfr. La gran aldea (1884), p. 86.
18
“El Jockey Club. Su gloriosa década. Su importancia actual”, ECES, 6/9/1892; J. Newton & L. Sosa de
Newton, Historia del Jockey, pp. 65 y ss.

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entre 1889 y 1892, a una casa perteneciente a la familia Elía, en Cuyo (hoy Sarmiento) al
600; de 1892 a 1893 funcionó en una propiedad de Saturnino Unzué, en Rivadavia al 800,
también pronto abandonada al ser una de las manzanas afectadas por el trazado de la
Avenida de Mayo. Así, entre 1893 y 1897 el club se estableció en la que fuera residencia de
Eduardo Wilde, en 25 de mayo entre Lavalle y Tucumán19. Esta carencia contrastaba con la
situación del Club del Progreso, cuya sede era desde 1856 el célebre Palacio Muñoa en
Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen) y Perú.
No obstante, ambas instituciones afrontan propósitos y complicaciones similares entre fines
de los ochenta y mediados de los noventa: la búsqueda de cambiar o adquirir nuevos
edificios para sus respectivas sedes sociales, objetivo precisamente obstaculizado por el
impacto de la crisis del noventa.
A comienzos de esa década el Club del Progreso se encontraba en efecto en una situación
tambaleante. Con motivo de su 40º aniversario en 1892 La Prensa recordaba su “época de
gran esplendor” y subrayaba que “ahora se resiente algo su situación del malestar de estos
tiempos”. Aún así, la recuperación se consolida en la segunda mitad de esa década,
paralelamente a la del conjunto de la economía nacional, al punto que hacia 1896 el primer
mandato de Roque Sáenz Peña en el club culminaba con buenos augurios20.
Recién en ese año de 1896, al contar con 1400 socios, logra superar el punto culminante
que había alcanzado a fines de los ochenta. Paralelamente la disponibilidad financiera del
Progreso era también significativa. De acuerdo a La Nación, al cierre del balance de 1897,
el capital del club ascendía a $ 159 153, aumentando así en $ 10 800 respecto del período
anterior. Por su parte, la recuperación de la masa societaria le garantizaba al club un ingreso
de $ 140 000. Poco después, al momento de su cincuenta aniversario en 1902, la situación
de prosperidad se mantenía: el club poseía un capital de $158 988 y un fondo de reserva de
$ 28 235, y su masa societaria había aumentado a 1760 individuos. La cuota de ingreso por

19
R. Müller, El Jockey Club de la calles Florida, Buenos Aires, Jockey Club, 1997, p. 6.
20
“40º Aniversario del Club del Progreso”, LP, 2/5/1892. Al finalizar el primer período de Sáenz Peña como
presidente del Club, se resaltaba que “la institución ha recuperado mucho de su antiguo prestigio, ha
aumentado extraordinariamente el número de los socios así como el fondo de reserva, ha instalado servicios
nuevos, proveido [sic] a una serie de necesidades urgentes, mejorado todo cuanto podían desear los
asociados”. “Vida social”, ED, 25/9/1896.

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entonces alcanzaba los $ 100021. Expresión sintomática de esa recuperación fue la
inauguración de su nueva sede en Avenida de Mayo al 600, ocurrida en 1900.
El Jockey Club atraviesa en la década final del siglo XIX una situación similar, aunque con
algunos matices importantes. En pocas palabras, menor cantidad de socios (aunque en
crecimiento) pero una situación económica comparativamente ya distinta a la del Club del
Progreso.
En relación con este último punto, el poder económico fue una característica central del
Jockey como institución, gracias a la administración de los eventos hípicos. La
disponibilidad de recursos se dobló en otro de sus rasgos emblemáticos, de los que se
volverá a hablar a lo largo de este trabajo: un importante impulso y sostén a actividades y
entidades benéficas, e incluso a la política social del Estado.
Así, desde su aparición y hasta 1900, el Jockey había distribuido entre entidades e
iniciativas benéficas y caritativas la suma de $ 287 791, monto que había crecido de manera
sostenida a pesar del impacto de la crisis del noventa. Entre este último año y 1900 las
donaciones prácticamente se habían duplicado: hasta 1890, el Jockey había distribuido la
suma de $ 141 75622. Ello no implica, en efecto, que la crisis del noventa no hubiera
repercutido en la institución. A un descenso de socios (de 763 a 723), se le sumó sobre todo
la necesidad de posponer la construcción de la sede social, impulsada ya en 1888 cuando un
conjunto de socios levantó un empréstito para comenzar la construcción de lo que sería el
palacio de la calle Florida, en un terreno que perteneciera a Ambrosio Olmos23.
La recuperación en efecto se consolida con la inauguración del Palacio el 30 de septiembre
de 1897, la cual sin embargo había sufrido sucesivos retrasos (además de por el cuidado
minucioso con el que la tarea fue llevada adelante) en buena medida como consecuencia de
la espiral creciente de gastos que había revestido24.

21
“Club del Progreso”, LN, 30/9/1897; “Notas sociales”, Id., 29/9/1902; Club del Progreso, Datos históricos,
p. 114. Siempre según La Nación, en 1897 el mobiliario del club estaba valuado en alrededor de $ 74 500, y
su biblioteca, en $ 43 300. La presentación estadística publicada por el propio Club en su cincuentenario –
citada-, presenta una masa societaria algo mayor a la que consigna La Nación: 1950 miembros.
22
Jockey Club, Breve reseña desde su fundación en 1882 hasta el 31 de agosto de 1917, Buenos Aires, 1917,
pp. 29-31.
23
R. Müller, El Jockey Club; la nómina de socios que levantaron el empréstito en Breve reseña, pp. 3-4 (el
monto fue de $ 516 000).
24
Pellegrini supo escribirle a Cané que “la casa está quedando soberbia; pero se traga plata que es un gusto,
pues hay que poner todo al mismo nivel”. Pellegrini a Cané, Bs As, 24/7/1896, AGN, S. VII, Fondo Cané,
leg. 2201. Según se desprende de esta correspondencia, el presupuesto inicial de 60000 francos terminó
alcanzando los 150 000. El propio Pellegrini estimó el valor final “con muebles y todo”, en tres millones de

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Para entonces, el Jockey rondaba los 750 socios, es decir, poco más de la mitad de la del
Progreso por el mismo año (alrededor de 1400), y una cantidad prácticamente estable si se
recuerda la de comienzos de los noventa, mencionada líneas arriba (723)25. De manera
significativa, Pellegrini consideró positivo alentar su crecimiento, entre cuyos motores
(como lo observó el propio Pellegrini) se encontró precisamente la expectativa generada
por el palacio, lo cual señala la creciente gravitación que el club tenía ya en la sociedad
porteñ[Link] el cambio de siglo su cuota de ingreso era la misma que la del Club del
Progreso, $ 1000 moneda nacional27.
Coincidentemente con lo señalado hasta aquí, no está demás recordar que para este
momento podía deducirse de nuestro trabajo prosopográfico una proximidad social entre
los directivos de ambas entidades. Con todo, avanzando las primeras décadas del siglo XX
los caminos de uno y otro comienzan a bifurcarse.
Esa diferenciación encuentra en la prensa distintos testimonios. Por un lado, la cobertura de
la renovación de las mesas directivas (en abril o mayo) del Jockey Club es una noticia
infaltable en las publicaciones de la ciudad, diferentes a la más esporádica que reciben en
todo caso las del Club del Progreso, al punto que se las definía (a la elección de directivos
del Jockey) como “el acontecimiento más comentado de la semana en nuestros principales
círculos sociales”28.
Por otra parte, basta repasar las secciones de “Sociales” de diarios como La Nación durante
este período, para percibir que en apartados específicos como “Banquetes”, “Comidas” o
“Despedidas”, el Jockey es un escenario recurrente, mientras que es mucho más esporádica

pesos. Cfr. Pellegrini a Cané, Bs As 4/6/1896, 24/9/97 y 2/10/1897, en Ibid. Parte de esta correspondencia ha
sido publicada –aunque con inexactitudes de lectura y de fechas- por Newton & Sosa de Newton, en Historia
del Jockey, cap. 5
25
“Nómina de socios del Jockey Club”, en Libro de Oro, Imprenta La Nación, Buenos Aires, 1898. El
número coincide con la asistencia estimada para el baile inaugural del Palacio (contando que la asistencia era
femenina y masculina, obviamente, y los socios del Jockey, sólo hombres): 1500 personas. Cfr. “En el Jockey
Club. El gran baile inaugural”, LN, 1/10/1897.
26
Según Pellegrini, “en la nueva casa no vamos a entrar si sigue la afluencia de nuevos socios, van 80 en
estos meses”. Poco tiempo después reiteraba afirmaciones similares: apuntaba que la casa del Jockey era ya
“una preocupación social. Cada viernes se reúne la comisión y acepta de 10 a 20 socios nuevos. Así es que
tenemos que esmerarnos para no defraudar una expectativa que crece por día”. Pellegrini a Cané, Bs As,
24/7/1896 y 29/10/1896, AGN, S. VII, Fondo Cané, Leg. 2201. La comisión directiva del Club del Progreso
también atribuyó el crecimiento de su masa societaria a la atracción de la nueva sede inaugurada en 1900. Cfr.
Datos históricos, pp. 113-114.
27
F. Korn, “La gente distinguida”, p. 54. La exigencia económica de ese monto era realmente significativa:
piénsese que el salario nominal de un obrero hacia 1900 alcanzaba los $ 53,84 m/n mensuales. Referencia
tomada de Cortés Conde, El progreso argentino. 1880-1914, Buenos Aires, Sudamericana, 1979, p. 230.
28
“La elección de la nueva junta directiva”, CC, año V, nº 183, 5/4/1902.

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la presencia del Progreso. De manera coincidente, en las guías sociales publicadas durante
la belle époque porteña enmarcada entre 1900 y el estallido de la guerra mundial, se incluye
en distintos números una sección específica que reproduce la lista de socios del Jockey
Club (y también, aunque más eventualmente, del Círculo de Armas) pero no la del Club del
Progreso29.
A su vez, hacia el Centenario (y a diferencia de los años ochenta) la referencia de la alta
sociabilidad es indiscutiblemente el Jockey Club. Los visitantes extranjeros de entonces
coincidían: allí concurría “no sólo la riqueza de la Argentina, sino también la mejor
sociedad de la nación”, alcanzando un “gran grado inusual de perfección”30.
En las publicaciones especiales que se realizan en el país por entonces, sintomáticamente se
subraya que “entre las más ricas instituciones sociales que tienen su sede en la Capital
argentina, cuéntase en primer término el Jockey Club”, en tanto que el Progreso sólo
reconocía su definición como “el más antiguo centro social recreativo que hoy existe en la
capital argentina”. Igualmente, La Nación publica en 1916 un suplemento especial con
motivo del centenario de la declaración de independencia, destacando las principales
asociaciones –sociales, económicas, etc- del país. El Jockey aparece a través de una extensa
entrevista con el director de la biblioteca. No hay mención al Club del Progreso31.
En la década del veinte, las breves referencias que aparecen con relación a los aniversarios
número 70 y 75 del Club del Progreso contrastan con las que el Jockey recibe en ocasión de
sus cuarenta años, y más aún, de su cincuentenario en 193232.
Estas distintas coberturas reflejan en buena medida las evoluciones institucionales de
ambos centros. En efecto, el equilibrio de las membresías entre uno y otro se alteró entre
mediados de la primera década del siglo XX y los albores de los años veinte. Si en 1904 el
Club del Progreso tenía alrededor de 1500 socios y el Jockey poco más de 1000, hacia fines

29
Cfr. Libro de Oro, 1898, 1904, 1905, 1908, 1911.
30
W. H. Koebel, Argentina. Past and Present, London, 1910, p. 160. También cfr. F. Carpenter, South
America, Social, Industrial and Political, Ohio, The Sadfield Publishing Company, 1903, p. 316; V. Blasco
Ibañez, Argentina y sus grandezas, Madrid, 1910, pp. 516-517; G. Clemenceau, Notas de viaje por América
del Sur. Argentina, Uruguay, Brasil, Buenos Aires, Cobaut y Cía Eds, 1911, pp. 110-113; A. Posada, La
República Argentina. Impresiones y comentarios, Madrid, 1912, pp. 114-115.
31
Cfr. M. Chueco La República Argentina en su primer Centenario, Buenos Aires, Cía Sudamericana de
Billetes de Banco, 1910; cap. “Sociedades e instituciones”; LN, Número especial 1816-1916.
32
Cfr. la cobertura de La Nación de los dos aniversarios mencionados del Progreso, y la que reciben los
cuarenta años del Jockey en El Hogar, o los cincuenta años en la misma La Nación. Esta última es
especialmente significativa: un suplemento especial el 14 de abril de 1932, y extensas referencias el 10 y el 16
de ese mes. LN, 1/5/1922 y 1/5/1927; 10, 14 y 16/4/1932; EH, nº 665, año XIX, 17/2/1922.

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de los años diez este último había alcanzado los 2700, mientras que el Progreso, de acuerdo
a su presidente Tomás Arias, rondaba en su setenta aniversario (1922) la misma cantidad de
socios que a comienzos de siglo: 150033. En remembranzas ubicadas en estos años, Julio
Irazusta puntualizaba que Estanislao Zeballos habría tomado una represalia contra él por los
ataques sufridos durante la Reforma Universitaria, colocándole la bolilla negra cuando
pretendió acceder al Progreso presentado por Mario Jurado. Según Irazusta, lo que más le
pesó fue el rechazo de Zeballos antes que la imposibilidad de acceder al club34.
En efecto, hacia el final de los años veinte y ya en los treinta la situación de uno y otro no
podía ser más disímil. Con motivo de su cincuentenario en 1932, el Jockey difundía que
desde la entrada en vigencia en los años diez de las leyes que habían regulado la
distribución de los beneficios por las competencias hípicas, había aportado $ 28 904 330 al
gobierno nacional y 32 019 072 a la Municipalidad de Buenos Aires, así como $ 36 484
657 para la construcción de escuelas en la ciudad35.
Esta sólida situación financiera, facilitada por los ingresos que ofrecía el Hipódromo,
refleja un contraste notable con la del Club del Progreso por entonces: en 1939, su comisión
directiva apeló a la ayuda oficial para evitar el ocaso institucional, ofreciendo al gobierno la
sede de Avenida de Mayo y la conversión pública de su Biblioteca a cambio de algún tipo
de sostén financiero, ante la crítica situación en que lo había dejado la compra de campos
en Ranelagh para levantar un predio deportivo en 1925, acentuada como consecuencia de la
crisis del treinta. La propuesta sin embargo fracasará no pudiendo impedir el remate de sus
propiedades, forzando su traslado a la sede de Sarmiento al 130036.
Las tendencias que se sugerían a través de la reconstrucción prosopográfica, entonces, se
condicen con esta distinta evolución institucional. En nuestra muestra, la membresía al

33
Las membresías de principios de siglo extraídas de R. Hogg, Guía biográfica, Buenos Aires, 1904; Jockey
Club, Nómina de socios 1918; sobre el Club del Progreso en 1922, LN, 2/5/1922.
34
Cfr. J. Irazusta, Memorias. Historia de un historiador a la fuerza, Buenos Aires, Ediciones Culturales
Argentinas, 1975, p. 75. De forma coincidente, Manuel Gálvez, en el primer tomo de sus memorias,
reconstruía su juventud presentándose como “un empleado, sin más recursos que su sueldo”, de 200 $ en la
Cámara Procesal en lo Comercial, Civil y Correccional. Aún reconociendo que Gálvez enfatizara quizá en
demasía una situación de carestía, acorde con el perfil y la trayectoria social que se adjudica en sus recuerdos
(en el capítulo VII se volverá sobre las peculiaridades de las construcciones retrospectivas de Gálvez), es
significativo que semejante semblanza no fuera incompatible en su memoria con precisar que a su vez era
socio del Club del Progreso por entonces. Cfr. Id., Amigos y maestros de mi juventud (1944), Buenos Aires,
Hachette, 1961, pp. 46-51.
35
LN, 14/4/1932.
36
Cfr. L. Gálvez, Club del Progreso, p. 33.

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Jockey Club crecía paralelamente a que se reducía la del Progreso. Igualmente, desde su
proximidad social inicial, la comparación entre sus directivos arrojaba una divergencia
creciente entre los dos últimos años considerados (1905 y 1925), tanto en sus actuaciones
sociales, como en su presencia en espacios sociales exclusivos (el Círculo de Armas) e
incluso en las características de sus ascendientes familiares, ante lo cual era posible plantear
la limitada vinculación del Progreso con el mundo social de la elite porteña hacia el último
año incluido en el trabajo prosopográfico (1925).
Es relevante, por lo tanto, reflexionar sobre qué implica y significa, y qué procesos, pautas,
tendencias, subyacen a este proceso.

2. Modalidades de reclutamiento.

Los desplazamientos que acarrea el contexto político y económico abierto en 1880 se


reflejan en los círculos de la alta sociabilidad de la ciudad de Buenos Aires. Testimonios
sugestivos al respecto son las calificaciones que lanzaron las familias más acendradamente
porteñas contra las tertulias de Diego de Alvear (paradójicamente, quien fuera impulsor y
presidente del Club del Progreso en 1852) precisamente por ser los eventos sociales que
reunían a las filas del nuevo oficialismo: “corte federal” y “high life de mercado”37.
El pasaje del Club del Progreso al Jockey Club como principal club de la ciudad también
alumbra el nuevo escenario político y económico. Ante todo, desde sus mismos móviles de
fundación (la cría de caballos de carrera), al perfil social de sus núcleos dirigentes, el
Jockey marca la estrecha relación que al compás de la modernización económica, comienza
a dibujarse entre gravitación económica y gravitación social. Como se viera en el capítulo
anterior, en términos comparativos con el Progreso, en el Jockey se delinea una
preeminencia de ricos sobre políticos e intelectuales (nuevamente, vale la salvedad de que
esta afirmación no busca diluir matices, sino subrayar contrastes).
Al mismo tiempo, en los años ochenta, uno y otro club están respectivamente vinculados
con los postergados y los triunfadores del equilibrio político consolidado ese año: se ha
subrayado que 19 de los 26 legisladores porteños que no obedecieron el traslado a Belgrano
de las autoridades nacionales en el contexto del conflicto por la federalización de la ciudad

37
Fernández Lalanne, Los Alvear, Buenos Aires, Emecé, 1980, pp. 356-359.

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(esencialmente mitristas) eran miembros del Progreso38. Por su parte, el vínculo inicial del
Jockey, creado en 1882, con el roquismo porteño encuentra su manifestación más nítida en
la inscripción política de su fundador Carlos Pellegrini a comienzos de la década del
ochenta39.
Huella de estos aspectos, la imagen que se desprende de los dos clubes al comienzo de
nuestro período, cuando ambos son gravitantes en la alta vida social, es nítidamente
distinta: un claro sello porteño y tradicional en el caso del Club del Progreso, y una mayor
heterogeneidad y renovación relativas en el caso del Jockey Club.
En el Progreso, en efecto, si en el fin de siglo se aprecia una mayor pluralidad política, esto
es, una atenuación del porteñismo que lo había definido hasta entonces (y que lo había
hecho prácticamente desde su año inaugural, cuando son desplazados de su conducción
quienes simpatizaban por Urquiza –más abajo volveremos a hacer referencia a este punto-)
y cierta ampliación al elenco roquista, la misma estuvo sin embargo acompañada por un
marcado sello porteño y tradicional en cuanto al origen social de sus integrantes40. Ambos
rasgos, vale recordar, se plasmaban efectivamente en su comisión directiva de 1885, según
lo mostraba la reconstrucción prosopográfica presentada en el capítulo anterior: todos sus
integrantes tenían ascendientes patrilineales coloniales, y más de la mitad provenían por esa
rama de familias coloniales porteñas. Las listas de asistencia a sus bailes de los ochenta
reproducidas por la prensa arrojan la misma semblanza: si reflejan cierta apertura (política
y asimismo relativamente geográfica en cuanto a las procedencias sociales) destilan
también ese nítido sesgo porteño y tradicional41.
El Jockey, en cambio, aparece en sus inicios con un perfil apreciablemente diferente. Como
lo ha mostrado F. Korn, fue relevante la heterogeneidad de su núcleo fundador en cuanto a
la antigüedad temporal de sus ascendientes familiares y su raigambre en la ciudad: de

38
L. Gálvez, Club del Progreso, p. 20.
39
La identificación del Jockey con el roquismo en sus comienzos aparece también en ciertas apreciaciones de
la prensa: así, algunas disposiciones del club se correlacionaron con medidas emblemáticas del nuevo
oficialismo, como la definición del Stud Book (que registraba la cría de pura sangre) como el equivalente del
Registro Civil para el ganado equino. Cfr. ECES, 6/9/1892.
40
Cfr. L. Gálvez, Club del Progreso; Iñigo Carrera, “El Club del Progreso: de Caseros a la ‘belle époque’”.
41
En la del baile anual de 1882, por ejemplo, aparece el apellido Uriburu, pero prácticamente como excepción
que confirma la regla. En efecto, predominan apellidos porteños, de fuerte impronta tradicional –en lo que
hace a su “antigüedad” en la ciudad- junto a cierta pluralidad de tendencias –y antecedentes familiares- en el
campo político, según las que pueden relacionarse con esos apellidos: en orden alfabético, Alzaga, Arana,
Bilbao, Bunge, Casares, Goyena, Guerrico, Lezica, Oromí, entre otros (Bunge, claro está, menos “tradicional”
que los otros). Cfr. “El baile del Club del Progreso”, ED, 9 y 10/7/1882.

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acuerdo a sus estimaciones, había un 17% de extranjeros, un 38% de hijos de extranjeros,
un 20% de nietos de extranjeros y sólo el restante 25% de los fundadores del Jockey
descendía de familias con tres o más generaciones en el país (siempre considerando la rama
patrilineal)42. Este perfil se reflejaba, nuevamente, en la comisión directiva del Jockey de
1885 incluida en nuestra muestra: casi la mitad de sus integrantes provenían por rama
patrilineal de familias llegadas a estas playas después de 1810 (frente a la ausencia de este
tipo de ascendencia en los directivos del Progreso de ese mismo año –según se mencionó
líneas arriba-)43.

42
Korn, “La gente distinguida”, p. 51. El núcleo fundador del Jockey lo componen los siguientes individuos:
Enrique Acebal; Juan Acebal; Mariano H. Alfonso; Bernabé Artayeta Castex; Eudoro Balsa; Tomás Bell;
Otto S. Bemberg; Agustín Bibolian; Federico Bridger; Luis M. Campos; Juan Cano; Roberto Cano; Vicente
L. Casares; Alberto Casares; Eduardo Casey; Esteban Castaing; Pedro Chapar; Tomás Duggan; Ricardo
Fernández; Santiago B. Gahan; Tomás A. Gahan; Eugenio Gahan; Remigio González Moreno; Manuel J.
Güiraldes; Patricio Ham; Anacarsis Lanús (h); Pedro O. Luro; Rufino Luro; Santiago Luro; Ernesto Madero;
Francisco D. Madero; Julián Martínez; Emilio Nouguier; Carlos Pellegrini; Héctor C. Quesada; Eliseo
Ramírez; Ezequiel Ramos Mejía; Ataliva Roca; Carlos P. Rodríguez; Victoriano Rodríguez; Augusto Schang;
Alejandro Shaw; Juan Shaw; Guillermo H. Taylor. Extraído de Newton & Sosa de Newton, Historia del
Jockey Club, pp. 62-63.
Valga entonces una precisión adicional: en el núcleo fundador del Club del Progreso se contaban también
algunos extranjeros, como puede apreciarse en los suscriptores del acta fundacional de 1852, reproducida a
continuación: José M. Achával; Diego Alvear; Alejo Arocena; Augusto Bornefeld; Luis Cáceres; Diego
Calvo; Santiago Calzadilla; Miguel Cané; Carlos Casares; Mariano Casares; Vicente Casares; Emilio Castro;
Cayetano Cazón; Francisco Chas; Manuel J. Cobo; Luis Costa; José M. Cullen; Angel de Elía; Hermenegildo
de la Riestra; Norberto de la Riestra; Manuel P. del Cerro; Ambrosio del Molino; Mariano Drago; Rufino
Elizalde; Mariano M. Escalada; Juan Manuel Estrada; Daniel Gowland; Manuel J. Guerrico; Tomás Guido;
Bonifacio Huergo; Delfín Huergo; José M. Lagos; Bernardo Larroudé; Wilfrid Latham; Felipe Llavallol;
Jaime Llavallol; Ramón Llavallol; Mariano Lozano; Franciso B. Madero; José M. Maldonado; José Mármol;
José Martínez de Hoz; Antonio Moreno; Francisco Moreno; Bernabé Ocampo; José Pacheco; Ramón
Pacheco; Jacobo Parravicini; Vicente Peralta; Gervasio Posadas; Antonio Romaguera; Patricio Sala; Félix
Sánchez de Zelis; Carlos Sívori; J. J. Urquiza; Mariano Varela.
Con todo, hay matices significativos con relación a los apellidos del Jockey de inmigrantes arribados después
de 1810. Entre los fundadores del Progreso casi la totalidad están vinculados con la creación del Club de
Residentes Extranjeros de 1841 (Gowland, Larroudé, Parravicini, Latham). Incluso el propio Daniel Gowland
supo trazar la asociación entre un evento y otro al comparar el brindis inaugural del Progreso con el celebrado
once años antes, “cuando inauguramos a la manera de los clubs de París y Londres, el de Residentes
Extranjeros”. No es así en el caso de los apellidos “extranjeros” del Jockey: sólo Shaw y Nouguier remiten a
fundadores del Club de Residentes Extranjeros (nuevamente, algo parecido se veía en nuestros directivos,
donde sólo el apellido Bullrich figuraba entre los fundadores de dicha entidad). Esto sugiere, en efecto, la
promoción o la inscripción social más tardía de las familias de inmigrantes anteriores al último cuarto del
siglo XIX que se cuentan entre los fundadores del Jockey Club. La cita de Gowland en Iñigo Carrera, “El
Club del Progreso”, p. 73; la lista de socios fundadores del Progreso, en Club del Progreso, Datos históricos,
p. 7. El cruzamiento con el Club de Residentes Extranjeros, a partir del listado ofrecido por J. Navarro Viola,
El Club de Residentes, pp. 109-187.
43
La correspondencia con los índices de Korn sería mayor si se considera que, según nuestra categorización,
quienes eran nietos de extranjeros en 1882 –y quizá algunos hijos- muy probablemente entrarían en nuestro
universo de “coloniales”.

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Un panorama similar surge al contemplar la lista de familias asistentes al baile inaugural
del palacio de la calle Florida en 1897: se aprecia una importante presencia de apellidos de
inmigrantes anteriores al último cuarto de siglo, así como aparecen los de algunas familias
del interior de gran peso político desde entonces. Aún así, el predominio de familias
porteñas es igualmente significativo en esa oportunidad. Vale recordar que en nuestra
misma muestra podía apreciarse que familias tradicionales porteñas vinculadas con la
fundación del Club del Progreso incluían miembros en la conducción del Jockey Club en el
cambio de siglo (una continuidad que también se aprecia en sus núcleos fundadores, como
puede verse en los listados citados en estas páginas). Esta peculiar articulación se observa
en efecto en la cobertura de la prensa del baile inaugural del palacio de Florida: se anotaba
que había asistido “toda nuestra buena sociedad”, sin resultar “la reunión de círculo
convencional y forzada por la admiración inmotivada y mutua de unos cuantos, sino una
fiesta amplia”44.
En este sentido, es interesante considerar a los clubes sociales como una sugestiva vía para
acercarse a las modalidades por las cuales los grupos establecidos al comienzo de nuestro
período afrontaron la relación entre consolidación y renovación, apelando a los dos
conceptos clásicos de Pareto referidos a la estructuración y circulación de las elites45.
Esto no debe sin embargo hacer olvidar un sesgo inherente, resultante de que la membresía
(como se desprende de lo visto en el apartado anterior) era un signo en sí de la fortaleza o la
consolidación institucional de estos clubes, y por lo tanto, en cierta medida, se alentaba su
engrosamiento. Con todo, resultan lentes relevantes a través de los cuales acercarse a las
relaciones recíprocas entre incorporación de nuevos y diferenciación.
Las modalidades de ingreso en el Progreso y el Jockey eran similares. De acuerdo a una
disposición estatutaria de 1884, para ingresar al primero “todo socio debe ser presentado
por tres miembros del Club, que quedan obligados a dar a la Comisión Directiva informes
de él y de su familia, y que el miembro del Club que presente un socio sin conocerlo, queda
inhabilitado por dos años a firmar las targetas [sic] de presentación”. La votación era

44
LN, 1/10/97. Entre los asistentes enumerados por este diario aparecían, entre otros (en orden alfabético):
Alvear, Altgelt, Alzaga, Arana, Atucha, Cambaceres, Cantilo, Damianovich, de la Riestra, Frías, Fuschini,
Gallardo, García Merou, Gorostiaga, Gowland, Hale, Lagos, Láinez, Lumb, Luro, Madero, Martínez de Hoz,
Mitre, Mackintosh, MacKinlay, Napp, Ocampo, Pearson, Pellegrini, Pereda, Pinedo, Saavedra, Unzué. Entre
los apellidos de orígenes provinciales aparecen por ejemplo: Correa Morales, Cullen, Juárez Celman, Roca,
Videla Dorna.
45
V. Pareto, The Rise and Fall of Elites, pp. 59-89.

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secreta con bolillas negras y blancas entre los integrantes de la comisión directiva,
implicando dos de las primeras el rechazo y una la suspensión de la votación por diez días
hasta nuevos informes46.
El Jockey tuvo un sistema similar, aunque una evolución diferente, que en sus términos,
supone un camino hacia una mayor flexibilidad: en un primer momento una sola bolilla
negra implicaba el rechazo. Avanzando el período, hacia los años veinte, si dos bolillas
negras determinaban el rechazo, una sola implicaba una segunda votación, en la que si se
repetía el mismo resultado, se ingresaba al club47.
En efecto, sus definiciones institucionales respecto de sus grados de permeabilidad e
inclusividad fueron distintas en sus respectivos momentos de surgimiento y apogeo.
El Club del Progreso ya en 1852 había puesto un tope al número máximo de socios
admisible (210)48. Este sello fundacional, junto con la fuerte marca porteña que adquiriría
progresivamente (política y luego más bien referida a la procedencia social de sus
miembros, como se vio líneas arriba), sostiene un retrato de esta institución como
fuertemente exclusivo y cerrado hasta el último cuarto del siglo XIX (así se destacaba la
limitada gravitación de extranjeros en sus filas)49. Una característica aún reconocida como
vigente en el momento de celebrar los cincuenta años del club50.
El Jockey, en cambio, en consonancia con las características de su núcleo fundacional, se
delineó sobre un perfil que no consideraba el cierre taxativo como el camino a seguir. Ese
posicionamiento lo expresó claramente Miguel Cané, en una conocida carta enviada al
diario La Prensa bajo el seudónimo de Travel, contemporánea a la inauguración de la sede
de Florida:

46
“Club del Progreso” en ED, 9/4/1884.
47
Newton & Sosa de Newton, Historia del Jockey, p. 22; Edsall, Elites, pp. 75-76.
48
“El Club del Progreso. Su importancia política y social”, El País, 22/11/1900, en Club del Progreso, Datos
históricos, p. 88.
49
A. König, A través de la República, p. 353. Piezas literarias como las ya citadas de López (“la entrada era
cosa ardua, no entraba cualquiera”) y Cambaceres –que retrata la obsesión de Genaro por conseguir una buena
presentación para su admisión- refuerzan esta exclusividad del Progreso aún en los ochenta. Cfr. La gran
aldea, p. 86; En la Sangre, pp. 432-438.
50
En la publicación que la institución lanza en esa oportunidad, y en las notas de la prensa allí reproducidas,
el “exclusivismo” y el “porteñismo” son rasgos nítidamente destacados. Cfr. Club del Progreso, Datos
históricos.

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“El Jockey Club de Buenos Aires no será, ni podrá ser jamás, una
imitación de sus homónimos de París o Viena, un círculo cerrado,
estrecho, una camarilla de casta, en la que el azar del nacimiento y a
veces la fortuna, reemplazan toda condición humana. Será un club
aristocrático, si entendemos por aristocracia lo único que puede
entenderse en nuestros días, esto es, una selección social, vasta y abierta,
que comprende y debe comprender a todos los hombres cultos y
honorables”51.

Coincidente con esto, y a diferencia del Progreso en su momento inicial, no estableció por
entonces un tope máximo de socios.
Según se vio en el apartado anterior, el número creciente de socios en el Jockey Club fue
significativo a lo largo del período, paralelamente a que se estanca el del Progreso (esto
último, más que por la huella de su exclusivismo, por un paulatino declive de su centralidad
en el mundo social de la elite porteña).
Es interesante entonces correlacionar la creciente masa societaria del Jockey Club con su
potencial población de reclutamiento (la población masculina adulta de la ciudad de Buenos
Aires –25 años en adelante-). Esta ponderación se presenta en el cuadro II. 1 a través de tres
cortes temporales: el año de inauguración del palacio de Florida (1897), mediados de los
años diez (1915) y el cincuentenario de la institución (1932).

Cuadro II.1. Relación socios activos Jockey Club- Población masculina adulta de Buenos Aires. 1897-

1915-1932 .
Socios activos Población masculina Socios activos Población masculina
Jockey Club adulta total Jockey Club adulta nativa
1897 750: 0.41% 180 753: 100 750: 2.62% 28 566: 100
1915 2209: 0.53% 413 567: 100 2209: 2.3 % 95 926: 100
1932 3500: 0.49% 713 957: 100 3500: 1.23% 284 081: 100

51
LP, 5/11/1897.

Fuentes: Libro de Oro, Socios del Jockey Club, 1898; Jockey Club, Nómina de Socios, Buenos Aires, 1915;
LN, 14/4/1932; Segundo Censo Nacional de la República Argentina. 1895, T. II, Buenos Aires, 1898, pp. 11-
12; Tercer Censo Nacional de la República Argentina. 1914, T. III, Buenos Aires, 1916, pp. 3-21; Z. L.
Recchini de Lattes, La población de Buenos Aires. Componentes demográficos del crecimiento entre 1855 y
1960, Buenos Aires, Editorial del Instituto, 1971, cuadro A. 1 “Población de la ciudad de Buenos Aires en
1936”, p. 149.

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De la correlación entre la masa societaria del Jockey Club y la población masculina adulta
total de la ciudad se desprende que el peso relativo de la primera en la segunda fue
significativamente estable a lo largo de los tres años considerados, e incluso que habría
crecido entre fines de siglo y mediados de los años diez para luego estabilizarse, o reducirse
levemente. Todo lo cual podría leerse como signo de una entidad que no se cierra
fuertemente ante el crecimiento de la población. Esta lectura, sin embargo, debe matizarse,
más aún para la segunda mitad del período, en tanto el Jockey dispuso hacia la década del
veinte que sólo podían ingresar dos extranjeros cada diez nativos52.
Por lo tanto, resulta más pertinente y confiable girar hacia la ponderación sobre la
población masculina adulta nativa. En ella se observa que, en efecto, la proporción de
socios del Jockey habría disminuido avanzando el período (de 2.62 a 1.23%). Aún así, es
relevante marcar que el descenso es bastante leve entre 1897 y 1914 (de 2.62% a 2.3%),
teniendo en cuenta que hacia el momento del segundo censo nacional la proporción de
argentinos de primera generación es ya significativa53; y que, en efecto, el descenso se
acentúa desde entonces (entre 1914 y el cincuentenario).
En otras palabras, esto sí indicaría un cierre paulatino del Jockey a medida que se
recompone socialmente su potencial población de reclutamiento (aunque aún es
apreciablemente tenue hasta mediados de los años diez), un proceso en última instancia
esperable en un club que se define de elite. De manera significativa, en 1919 estableció una
disposición restrictiva: se contempló la necesidad de limitar el número de socios al por
entonces existente, “no pudiendo aceptarse nuevos socios, sino para llenar las vacantes que
se produzcan por renuncia, eliminación o fallecimiento”54.
En este sentido, algunas de las apreciaciones trazadas sobre la composición social de la
masa societaria del Jockey hacia los albores de los años treinta (recordemos que rondaba
los 3500 individuos al momento de su cincuentenario) reconociendo la perdurabilidad de
apreciables grados de heterogeneidad y permeabilidad a lo largo de las tres primeras
décadas del siglo XX, señalan sin embargo que éstas se matizarían con relación a los años
ochenta del XIX: así, se propone que en el paulatino aumento de la masa societaria incide
de forma progresiva el crecimiento geométrico de familias que hacia el fin de siglo tenían

52
Edsall, Elites, p. 75.
53
Germani, Población y sociedad, pp. 187-188.
54
Newton & Sosa de Newton, Historia del Jockey, pp. 20-22.

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una sola generación en el país y que para los albores de la década del treinta tendrían ya dos
o tres generaciones, cuyos miembros varones ingresaron al Jockey55.
Aún así, la heterogeneidad social de los socios de este club sería en efecto todavía bastante
apreciable a comienzos de los años treinta. Estimaciones recientes calculan que para
entonces entre el 35 y el 50% de los socios del Jockey no tenía vínculos con los círculos
tradicionales de Buenos Aires56. Un panorama similar surgía de nuestra reconstrucción
prosopográfica: la antigüedad familiar se desprendía como un rasgo posiblemente
significativo, pero tampoco necesariamente excluyente para acceder a la alta sociabilidad.
Sin embargo, las cosas son también más complejas: junto a los potenciales clivajes sociales,
la creciente exclusividad podía estar provocada por ejes más estrictamente económicos.
En efecto, la evolución del monto de las cuotas de ingreso son también índices
significativos sobre su grado de permeabilidad. En los años 1890, por ejemplo, cuando
según se señaló el Jockey no fue refractario a una significativa demanda de admisión, esa
tendencia fue acompañada por un importante aumento de la cuota de ingreso (que pasa de
500 $ m/n a 1000$ m/n)57. De manera coincidente, si los mecanismos de admisión por
bolillas se flexibilizaron relativamente hacia los años veinte (según se vio más arriba), entre
principios de siglo y fines de esa década, la cuota de ingreso subió a $ 3000, aumento que,
de acuerdo a ciertas estimaciones, estuvo un 77% por encima de la inflación del período58.
Así, por ejemplo, se ha señalado que ya en los años treinta el club experimentó una sensible
pérdida de socios como consecuencia del alto valor relativo de las cuotas en el contexto de
la crisis económica de comienzos de la década59.
Por lo tanto, la consideración en conjunto de todos estos aspectos señala que definir al
Jockey Club como abierto o cerrado cosificaría y simplificaría su perfil institucional: si por
un lado es esperable que por definición (esto es, en tanto que espacio que se pretende de
elite) tienda a atenuar o restringir su permeabilidad ante una sociedad que cambia
estructuralmente, por otro, tampoco clausuró sus puertas desde un primer momento y de
forma taxativa ante una sociedad dinámica: los índices relativos a la correlación entre su

55
Korn, “La gente distinguida”, p. 54.
56
Edsall, Elites, pp. 91-93. El autor llama a este conjunto “elite de mérito”.
57
“Vida social”, ED, 26/10/1896
58
Korn, La gente, p. 54.
59
Edsall consigna que por esa causa en 1934 dejaron de ser socios 199 individuos, una cantidad inédita hasta
entonces, Elites, p. 78.

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masa societaria y su potencial población de reclutamiento, y a la composición social de
aquella, señalan que sería inadecuado definirlo como un club cerrado para el período en su
conjunto, compuesto exclusiva o aún mayoritariamente por las familias tradicionales
incluso a finales de nuestro arco temporal, sin olvidar, a su vez, que en todo caso su grado
de permeabilidad no estuvo sólo incidido por clivajes sociales sino también por los más
propiamente económicos.
Concluir por una u otra opción (abierto o cerrado) impide además aprehender relevantes
ejes adicionales, prácticas más sutiles de diferenciación y de exclusiones.
En efecto, hay una segunda dimensión significativa, ya no entre el Jockey y el afuera, sino
en el interior del club.
Las diferenciaciones internas entre los socios fueron un rasgo significativo de todas estas
entidades, delineándose por diferentes cauces: el vínculo, personal o por vía familiar, con la
creación o con la dirección del club; la antigüedad de pertenencia, etc. Esas
diferenciaciones, como lo testimoniara Eduardo Wilde con relación al Progreso de los años
ochenta, no parecían resguardarse ni quedar necesariamente implícitas en la cotidianeidad
de la vida de club60.
Pero a su vez, se traducían en disposiciones institucionales. De acuerdo al reglamento
interno de 1897, los socios con derecho de acceso a las comisiones directivas en el Jockey
debían tener más de diez años de antigüedad como socios activos. Los hijos de los socios
vitalicios (socios activos de más de cuarenta años de antigüedad) y de aquellos con más de
diez años de antigüedad se exceptuaron de la citada resolución restrictiva de 1919.
Asimismo, los hijos y hermanos de socios de distinto grado de antigüedad (cinco o diez
años; más adelante en el tiempo, los vitalicios) también tenían disminuciones en el monto
de las cuotas. Esto revela, en efecto, las articulaciones establecidas entre los señalados
clivajes económicos y sociales, así como que, si ambos podían incidir en el ingreso al club,

60
Según Wilde, “en Buenos Aires cuando un socio retraído entra por casualidad en el Club del Progreso los
concurrentes asiduos que gastan el gas, usan los muebles y leen los periódicos que él también paga, asumen
una actitud airada y parece que le arrojan al rostro la palabra intruso, aplicada sin razón al que no usa de su
derecho todos los días, simplemente porque no lo usa”. “Carta sobre Juvenilia, 1884”, en Recuerdos,
Recuerdos… Entre la niebla, en Obras Completas, 2º parte. Literarias, vol. VII, Buenos Aires, 1914; p. 203.

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también lo hacían sobre la permanencia y sobre la promoción individual en la vida de la
institución61.
Por otro lado, como se señaló líneas arriba, posiblemente a causa de las exigencias
económicas que implicaba la admisión y la membresía, la masa societaria solía presentar
una movilidad importante de año a año. Esto sugiere que si la membresía constituía un
signo de status, no era uno necesariamente durable ni por ello mismo implicaba una
incorporación social más propiamente dicha a la clase alta62.
A la inversa, las comisiones directivas del Jockey reconocen una significativa estabilidad
durante estos años63. En ellas, además, como se vio en el capítulo anterior, predomina
paulatinamente no sólo un origen colonial y porteño, sino también un fuerte
emparentamiento recíproco, por relaciones establecidas en generaciones anteriores o ramas
laterales, pero también por las propias concertaciones matrimoniales de sus integrantes.
Por lo tanto, teniendo en cuenta que de acuerdo a lo visto en el capítulo I y al lugar que el
Jockey toma en la high life de la ciudad durante este período, sus grupos fundadores y
núcleos directivos constituyen válidos exponentes de una elite de prestigio social en estos
años, se percibe que ese universo social estableció, en sus espacios de sociabilidad
institucionales, complejos caminos para combinar renovación y diferencia, cierres y
aperturas.

61
Cfr. Pellegrini a Cané, Bs As, 5/4/1897, AGN, S. VII, Fondo Cané, Leg. 2201. En el Club del Progreso, la
figura de “socio vitalicio” se crea de manera bastante tardía, según se desprende de la prensa de la época. La
disposición, por lo demás, parece haber tenido un sentido meramente simbólico, de reconocimiento a un
vínculo extendido con el club, dispuesto con ocasión del 70º aniversario de la institución. Cfr. LN,
20/12/1921, 2/5/1922.
62
Las memorias anuales dan cuenta de ello. El contraste entre dos años próximos entre sí a mediados de
nuestro período puede servir de ejemplo: si durante 1915 (cuando el Club rondaba los 2200 socios activos)
ingresaron 14 socios y dejaron de serlo 43, a lo largo de 1918 ingresaron 222 socios activos y dejaron de serlo
99 (cuando el Jockey contaba 2732 socios activos). “Memoria anual del Jockey Club”, LN, 5/5/1916 y
4/5/1919. La información disponible no permite certificar si se incluyen en estas cantidades quienes dejaban
de ser socios por fallecimiento (pensemos que la tasa de mortalidad para adultos nativos de mediana de edad –
entre 45 y 49 años- ha sido estimada en 24‰ para mediados de los años diez), pero aún así estos indicadores
sugieren un movimiento societario significativo, cuyos índices de ingreso además, por debajo de sus
fluctuaciones, se corresponden con el promedio anual de ingresantes calculado para los años 20 y 30 (entre
100 y 150 nuevos socios por año). Referencias tomadas de M. S. Muller, La mortalidad en Buenos Aires
entre 1855 y 1960, Buenos Aires, Editorial del Instituto, 1974, Tabla A.3 “Ciudad de Buenos Aires. Tasas
anuales de mortalidad observadas, estimadas y ajustadas por edad, sexo y origen. 1894-1896 a 1913-1915”, p.
125; Edsall, Elites, p. 76.
63
Los listados completos de las mismas pueden verse en Newton & Sosa de Newton, Historia del Jockey,
cap. 11.

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Por un lado, el Jockey se definió institucionalmente como un club no-cerrado (como lo
expresa el citado pasaje de Cané -alejándose así del exclusivismo que había signado al Club
del Progreso en sus años dorados-) e incluso puede sostenerse que muestra un grado de
permeabilidad y heterogeneidad social importante en su reclutamiento a lo largo del
período.
Pero por otro, el crecimiento de la membresía estuvo acompañado, en su interior, por un
celoso cuidado en el grado de rotación de los cargos directivos, la delineación de
disposiciones y categorías societarias que no se guiaban por el mérito y que implicaban de
manera más o menos explícita grados desiguales de pertenencias institucionales, cubriendo
así de matices el significado social de esa pertenencia. Esto es, se establecen precisiones en
la correspondencia entre pertenencias institucionales y pertenencias sociales. Si este tipo de
disposiciones no eran absolutamente originales, su significación reside, precisamente, en el
tipo de institución en el que se inscribían y en el contexto social en que tenían lugar: un
club que formalmente proponía un reclutamiento abierto al mérito y un escenario como el
del cambio de siglo, bien diferente al de la gran aldea en que primara el Progreso, en
términos sociales y poblacionales.
Es aquí interesante incluir en estas consideraciones al Círculo de Armas. En efecto, el grado
de permeabilidad tiene aquí criterios muchos más definidamente establecidos que en el
Jockey: recordemos que el Círculo delimitaba por estatuto a 400 el número máximo de
socios64. En este sentido, es sugestivo verlo como el complemento institucional (cerrado)
del modelo que el Jockey simbolizaría comparativamente (abierto) e incluso como el
espacio institucional de los grupos más establecidos del Jockey Club. Esto es, aquel ámbito
en el cual los filtros se refinarían y la convivencia que el Jockey después de todo implicaba,
se atenuaría.
Esta hipótesis es plausible teniendo en cuenta, ante todo, la relación más cercana entre el
Círculo de Armas y el Jockey Club que entre el Círculo y el Club del Progreso desprendida
del trabajo prosopográfico, en tanto que entre quienes eran socios del Círculo predominaba
la membresía al Jockey Club antes que al Club del Progreso. Según ya se ha señalado, el

64
Sin poder establecer relaciones “causales”, es sugestivo el paralelismo entre este número fijado por el
Círculo de Armas y el que desde 1892 dará nombre a la elite neoyorkina, luego de que Ward McAllister, en
ocasión del célebre baile del 1º de febrero de 1892 en la mansión de Mrs. Astor, pase la lista de la
concurrencia al New York Times: los “Four Hundred”. Cfr. Baltzell, Philadelphia Gentlemen, p. 385.

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carácter de puente potencial del Jockey para ingresar al Círculo de Armas reflejaría un
escalonamiento de prestigio entre clubes, que pudo ser un factor adicional del declive
relativo del Club del Progreso y de la consolidación del Jockey Club en el mundo de los
clubes distinguidos porteños.
A su vez, la cercanía entre el Jockey Club y el Círculo de Armas encuentra otros puntos de
apoyo, como su contemporaneidad (se crean en 1882 y 1885 respectivamente), y en
relación con esto, su correspondencia con nuevas tendencias en la sociabilidad de high-life,
concretamente, espacios exclusivamente masculinos y vinculados en principio con el
creciente cultivo de los deportes. Así, de los 78 socios fundadores del Círculo, si 32 fueron
también socios del Club del Progreso, 53 pertenecieron al Jockey, ocho de los cuales,
además, se contaron entre los socios fundadores de este último club65.
Incluso parecen haber existido proyectos de fusión entre ambas entidades. En 1896 Cané le
señalaba a Pellegrini que por entonces “hacía camino” esa idea. Incluso más, sus
integrantes fueron definidos como la guardia joven del Jockey Club66.
La intimidad y el carácter de puente intergeneracional, así como su asociación con lo
tradicional de Buenos Aires fue un punto subrayado al definir al Círculo como espacio
social. Como afirmara La Nación en ocasión de su cincuentenario, su “severo exclusivismo
[...] ha transformado al Círculo de Armas en un postrer reducto del viejo Buenos Aires
solariego”, contribuyendo “a dar al club una fisonomía completamente distinta de las
instituciones similares de la capital. Recuerda más bien algunos cerrados clubs

65
Los socios fundadores del Círculo de Armas fueron: Bernardino Acosta; Samuel Alberú; Carlos de Alzaga;
Belisario F. Arana; Rodolfo Araujo Muñoz; Luis Arditi y Rocha; Bernabé Artayeta Castex; Francisco J.
Beazley; Otto Bemberg; Bernardino Bilbao; Carlos Blaquier; Julio Botet; Osvaldo Botet; Hugo Bunge;
Emilio N. Casares; Héctor F. Casares; Vicente L. Casares; Jorge Castro Sundblad; Antonio F. Crespo;
Agustín de Elía; Ezequiel de Elía; Leopoldo del Campo; Leopoldo del Campo (h); Carlos Delcasse; Luis M.
Doyhenard; Lázaro Elortondo; Daniel Escalada; Arturo H. Gamboa; Fidel B. García; Julio A. García; Manuel
J. García; Eugenio Garzón; Carlos González Moreno; César González Segura; Arturo Gramajo; Gervasio
Granel; Manuel Guerrero; Felipe M. Harilaos; Horacio D. Harilaos; Raúl Harilaos; Felipe Haymes; Mauricio
Lariviere; Eugenio Lartigau; Eduardo B. Legarreta; Federico R. Leloir; Remigio Lezcano; Faustino Lezica;
José Luro; Julián Lynch; Alejandro Madero; Francisco D. Madero; Mariano Marengo; Plácido Marín; Julián
Martínez; Adolfo Montier; Manuel S. Ocampo; Carlos Olivera; Santiago Olivera; Mariano J. Paunero;
Máximo Paz; Héctor C. Quesada; Manuel Quintana (h); Alberto Ramos Mejía; Ezequiel Ramos Mejía; Carlos
Roseti; Manuel F. Rubio; Manuel Ruybal; Alberto Sáenz; Eduardo Sáenz; Miguel Salas; Salvador J. Socas;
Gregorio Torres (h); Diógenes de Urquiza; Víctor Victorica; Benito Villanueva; Hernán Vivot; Benjamín
Williams; Walter Woodgate. Extraído de Círculo de Armas, En el centenario de su fundación, pp. 11-12.
66
Cfr. Cané a Pellegrini, París, 4/12/1896, AGN, S. VII, Fondo Cané, Leg. 2203; V. Blasco Ibáñez,
Argentina y sus grandezas, p. 517.

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londinenses”67. Ese severo exclusivismo, precisamente, favorecía la recreación de un
ámbito de intimidad que convertía al Círculo en un vaso comunicante entre generaciones,
idóneo frente a los cambios sociales, como Julio Roca (h) resaltara en el discurso
pronunciado en ocasión de ese aniversario, al rememorar su propio ingreso cuarenta años
antes (el cual es en sí mismo, además, otro sugestivo símbolo de cómo los clubes de alta
sociedad aparecidos en los ochenta dan cuenta de las recomposiciones que en las altas
esferas sociales acarrea el contexto abierto por entonces)68.
Los clubes, por lo tanto, antes que reflejar una tendencia de la elite social “a constituirse
cuanto antes en estrechas oligarquías”69, una opción decidida o unilateral por el cierre o por
espacios cerrados, sugieren por el contrario la búsqueda de complementar delicados cierres
y aperturas, en el interior y entre los clubes. Un proceso similar también recorrió a los
clubes de la elite porteña en su emblemática plaza de veraneo en gran parte de este período:
al relativo proceso de apertura del Club Mar del Plata (de 1908) y la aparición del más
“democrático” Club Pueyrredón, se le conjugó el surgimiento del más exclusivo Ocean
Club (de 1913), en el cual, a su vez, no dejaron de tejerse diferenciaciones internas70.
Se percibe así un panorama similar al que se ha planteado para la costa este norteamericana
de las primeras décadas del siglo XX: un alto mundo social en el que la upper class se
recorta dentro, y no al margen, de un entramado más heterogéneo signado por quienes han
experimentado una movilidad social ascendente. Este panorama emerge, como se ha
propuesto también para casos y momentos aún más alejados por sus particularidades de la
Buenos Aires de este período, de un escenario definido por importantes cambios sociales y
demográficos71. Pero también de una carencia y una imposibilidad: la aristocracia porteña
no podía recortarse unilateralmente y cerrarse sobre sí misma a través de sus centros de
sociabilidad –como lo había advertido Cané al diferenciarla de las de París o Viena-, y

67
LN, 1/7/1935.
68
Círculo de Armas, En el centenario, p. 16.
69
J. L. Romero, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo XXI, 1976, p. 286.
70
Cfr. E. Aldao de Díaz, Veraneos marplatenses de 1887 a 1923, Buenos Aires, Agencia General de Librería
y Publicaciones, 1923; pp. 70-77, 84-86. La high life en Mar del Plata será explorada con mayor detenimiento
en los dos próximos capítulos.
71
Baltzell, Philadelphia Gentlemen, pp. 15-30; K. J. MacHardy, “Cultural Capital, Family Strategies and
Noble Identity in Early Modern Habsburg Austria, 1579-1620”, in PP, n. 163, may 1999, esp. pp. 62-66.

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como sí podía hacerlo, por ejemplo, la aristocracia piamontesa contemporánea a este
período en su exclusiva Società del Whist72.
En este sentido, entonces, la aparición contemporánea del Jockey Club y del Círculo de
Armas, esto es, de dos clubes cercanos social e institucionalmente, en donde uno
formalmente rechaza el exclusivismo (si bien no deja de trazar diferenciaciones en su
interior y de atenuar su permeabilidad al compás de los cambios de la sociedad) y otro,
comparativamente, lo encarna, es sugestivo pensarla como una expresión de un eje central:
la búsqueda de conciliar diferencia y legitimidad. Aparece después de todo como una
alternativa superadora y más sutil que un exclusivismo unilateral, carácter que aún en el fin
de siglo era atribuido a la entidad hasta entonces distintiva, el Club del Progreso, como
consecuencia de un reclutamiento que había estado permeado por diversas aristas (de las
políticas a las espaciales). De manera significativa, Roque Sáenz Peña, cercano por
vínculos de amistad y generacionales a los impulsores del Jockey, encararía una renovación
institucional del Progreso en el cambio de siglo, y subrayaría como uno de los rasgos a
dejar atrás en ese ensayo, el exclusivismo que lo había signado (como lo expresó
nítidamente en el discurso por el cincuentenario de la institución)73.
Con todo, el éxito del Jockey Club en el mundo de los clubes de alta sociedad se sostuvo en
factores adicionales. Esto es, supuso un cambio de énfasis en el mismo estilo de la high life,
que si había sido anunciado ya por el Progreso en años anteriores, se consolidó con aquel,
apareciendo y siendo entendidos contemporáneamente como nítidas rupturas en las pautas
que guiaban la vida social de la ciudad.

3. De la civilidad a la distinción.

El Club del Progreso es un emergente del “fervor asociativo” pos-Caseros. En este sentido,
conjuga dos aspectos característicos señalados para ese período. Por un lado, como parte de
ese impulso asociacionista, constituye un signo del progresivo proceso de conformación de
una sociedad civil autonomizada del Estado. Por otro, expresa también el significativo peso

72
A. Cardoza, Aristocrats in Bourgeois Italy. The Piedmontese nobility, 1861-1930, Cambridge University
Press, 1997, pp. 155-161.
73
Reproducido en LN, 2/5/1902.

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de lo público sobre la dimensión privada, precisamente como consecuencia del carácter aún
preliminar del primer proceso74.
La gravitación de lo público se explicita en los criterios fundacionales del Progreso:
“desenvolver el espíritu de asociación con la reunión diaria de los caballeros más
respetables, tanto nacionales como extranjeros... uniformando en lo posible las opiniones
políticas por medio de la discusión deliberada y mancomunar los esfuerzos de todos hacia
el progreso moral y material del país”75.
Como ha mostrado Pilar González Bernaldo, en su momento fundacional el Club del
Progreso expresó una forma de sociabilidad que aún a pesar de reconocer una importancia
creciente al ocio y la recreación, estaba atravesada por un eje y un propósito central: la
civilidad. Ese propósito se derivaba del contexto pos-rosista: la vida social era una
adecuada dimensión para delinear consensos, pero a su vez para dar forma a una elite apta
para conducir el diseño político e institucional de la República. En otras palabras, para
articularla como grupo social y a su vez reforzar su posición de prioridad en ese proceso, la
dimensión política como eje de la sociabilidad tenía una gravitación relevante76.
El Jockey, emergente de la pax roquista, se propone en cambio (como lo escribiera Cané en
su carta citada en el apartado anterior) como ámbito de nucleamiento de una aristocracia.
En este plano, es posible proponer aquí que la aparición y la afirmación del Jockey implica
el tránsito de la civilidad a la distinción como propósito y criterio central subyacente a la
sociabilidad. Distinción, empleando el término en un sentido cercano al que definiera Pierre
Bourdieu: un conjunto de prácticas, consumos y conductas, sociales y culturales, que
expresan en una dimensión simbólica los atributos de una determinada posición social77.

74
Al respecto, cfr. P. González Bernaldo, Civilidad y política; H. Sábato, La política en las calles. Entre el
voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-1880, Buenos Aires, Sudamericana, 1998; R. di Stéfano, H.
Sábato, L. A. Romero y J. L. Moreno, De las cofradías a las organizaciones de la sociedad civil. Historia de
la iniciativa asociativa en la Argentina, Buenos Aires, Gadis, 2002; R. Cicerchia, Historia de la vida privada
en la Argentina. Desde la Constitución de 1853 hasta la crisis de 1930 (T. II), Buenos Aires, Troquel, 2001,
pp. 31-33; J. Myers, “Una revolución en las costumbres: las nuevas formas de sociabilidad de la elite porteña,
1800-1860”, en F. Devoto y M. Madero, Historia de la vida privada. T. I.
75
“Acta fundacional” en Club del Progreso, Datos históricos. La apelación a los extranjeros es poco
sorprendente por entonces teniendo en cuenta –como lo precisa González Bernaldo en su trabajo- su rol
pionero en el “asociacionismo” pos-Caseros (arriba hemos hecho referencia a la relación puntual que se
estableció entre la fundación del Club del Progreso y el de Residentes Extranjeros).
76
P. González Bernaldo, Civilidad y política, pp. 261-264.
77
P. Bourdieu, La distinción. Criterio y bases sociales del gusto, Madrid, Taurus, 1988. González Bernaldo
utiliza el término de distinción, no en el sentido bourdiano, sino para expresar cómo la sociabilidad signada
por la civilidad, favorece o refuerza más bien la “diferencia” social, la posición de prioridad de la elite.

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Esto es, el pasaje del Club del Progreso al Jockey Club constituye en la alta sociabilidad
una manifestación de la consolidación de una esfera privada con relación a la dimensión
pública (de la cual sus respectivos momentos de surgimiento son signos significativos:
1852 y 1882). Es decir, como ámbitos privados de sociabilidad (volcados hacia el interior
de un grupo social) sus criterios pasan de sostenerse en ejes vinculados con lo público (lo
republicano, la civilidad) a definiciones más propiamente privadas, es decir, desmarcadas
de lo público y que se pretenden exclusivas de una determinada posición social (la
distinción, la aristocracia).
Esta transición puede apreciarse de manera sugestiva en la decoración y ornamentación de
sus respectivas sedes sociales, en tanto se pensaron como instrumentos activos de una
pedagogía volcada hacia el interior del círculo social que pretendían nuclear, constituyendo
así ejes reveladores del perfil de elite prescripto por ambas instituciones.
El énfasis republicano y la puesta en escena simbólica de la nación que el Club del
Progreso dispone a través de eventos sociales desarrollados en momentos de fuerte sentido
cívico-político (como sus bailes anuales celebrados los 9 de julio) y de una decoración de la
sede poblada por bustos y retratos de figuras como Rivadavia, San Martín o Belgrano, entre
otros, no tiene lugar en el Jockey78. El sentido republicano emerge también en otra arista
del club, propia del fervor asociacionista posterior a Caseros, y también ausente en el
Jockey: su publicación periódica, El Progreso79.
El propósito central de la sede del Jockey en la calle Florida está más cerca de una
pedagogía estética-cultural. Así lo reflejan las coberturas de la prensa sobre la inauguración
del Palacio en 1897, y los propósitos perseguidos por sus impulsores más activos:
Pellegrini y Cané80.
La Nación definió el evento como “la gran manifestación de la temporada”, pues allí “todo
revela gusto, distinción y elegancia. En los muebles, en los trajes, en las joyas, reina un
buen tono admirable”. El Diario no fue menos enfático: señaló que “seguramente pasará
algún tiempo sin que nos sea dado presenciar un cuadro más animado, más deslumbrador y

78
P. González Bernaldo, Civilidad y política, pp. 202-205; 263-264.
79
Al respecto, cfr. P. González Bernaldo, “Pedagogía societaria y aprendizaje de la Nación en el Río de la
Plata”, en A. Annino, L. Castro Leiva y F. X. Guerra, De los imperios a las naciones: Iberoamérica,
Zaragoza, Ibercaja, 1994.
80
Sobre las características arquitectónicas y estilísticas del “palacio” de Florida, cfr. R. Müller, El Jockey
Club.

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completo que éste”. Sus apreciaciones eran similares a las de La Nación: predominaba todo
“lo que no es desentono, sino armonía, lo que las formas y las costumbres han consagrado
como expresión de nuestra cultura moral”. Si todo había sido dispuesto (remarcaba El
Diario) “para no entorpecer la circulación de los concurrentes y permitir el baile con
comodidad”, en el nuevo edificio se destacaba (subrayaba La Nación) la escalera y la Diana
de Falguiere (que fuera propiedad de Aristóbulo del Valle): “deslumbra desde el primer
tramo de la regia escalera por donde la vista asciende, como imantada, por la gracia
perfecta de una estatua blanca y serena como una aparición de ensueño: La Diana, de
Falguiere, que ilumina con luz de arte la suntuosa galería, a la que convergen todas las
miradas, atraídas por el embeleso que inspiran sus formas ideales”81.
De manera significativa, la atención volcada sobre la disposición y el diseño de la escalera
había sido una de las razones detrás de las demoras en la inauguración y de los costos
crecientes de la empresa82.
Buen tono, armonía, distinción, embeleso despertado por el gusto. El propósito buscado por
Pellegrini y Cané se había plasmado, las intenciones subyacentes a las elecciones de
decoración y disposición habían surtido su efecto. Como Pellegrini le escribiera al segundo
en una conocida carta, “la casa impone”, ya que “hasta el más guarango quedaba vencido y
dominado”. De igual manera, como lo afirmara Cané, decoración y objetos como los que el
Jockey conjugaba, “educan como las ideas y allí donde el arte y la preocupación por la
belleza reinan y se imponen, es fácil alcanzar ese pensamiento espiritual, esa cortesía de
maneras y lenguajes que constituyen la esencia de la alta cultura”83.
Así, por lo tanto, la pedagogía cívica y republicana del Progreso en sus instancias
fundacionales contrasta con la pedagogía estética-cultural, de tonos aristocráticos, del
Jockey Club pensada por Cané y Pellegrini.

81
ED, 30/9 y 1/10/1897; LN, 1/10/1897.
82
Inicialmente, la idea de Cané de colocar una estatua en el vestíbulo, aprobada por Pellegrini, no había
evitado que este señalara que “voy a ocultar el precio”. De la misma forma, el preciosismo de Pellegrini con
relación a la escalera no dejó de generarle fastidios por los retrasos que implicaba: “La escalera va como la
mona, es una batalla de todos los días que no tenía capital. A pesar de todas mis peleas, no creo inaugurar
antes de mayo (de 1897)”. Vale recordar que la inauguración es finalmente a fines de septiembre de ese año.
Cfr. Pellegrini a Cané, Bs As, 10/1/1897y 18/2/1897, AGN, S. VII, Fondo Cané, Leg. 2201.
83
Pellegrini a Cané, Buenos Aires, 2/10/1897, en Ibid. Esta carta se reproduce también en Korn “La gente
distinguida”, p. 49, y Newton & Sosa de Newton, Historia del Jockey, pp. 110-111. La cita de Cané en
Müller, El Jockey Club, p. 18. Sobre la figura de Pellegrini y sus relaciones con el proyecto del Jockey, cfr. E.
Gallo, Pellegrini. Los nombres del poder, Buenos Aires, FCE, 1998, esp. pp. 15-22.

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Es cierto que (recurriendo a términos de R. Chartier) este propuesto proceso de
privatización no supuso sin más un retraimiento de lo público84.
En efecto, en su carta fundacional de 1882, el Jockey Club fijó también un compromiso
activo con el progreso del país. Se define como “un centro social y una asociación que
propende al mejoramiento de la raza caballar y al fomento de las actividades culturales,
benéficas y deportivas de la República”85.
Así, si el Club del Progreso fue el escenario en el que cobran forma tanto la Bolsa de
Comercio (1854) como la iniciativa para la primera línea férrea86, una de las primeras
medidas del Jockey fue la constitución de un Stud Book que diera cuenta de la evolución de
la crianza nacional de pura sangre, y las actividades deportivas (el turf) se fundamentaron
como canal necesario para el desarrollo de esa industria. En tanto que entidad propiciatoria
de ambas (en lo que aparece como un complemento para el ganado equino del aliento al
refinamiento del vacuno por la Sociedad Rural), el Jockey contribuía al progreso nacional87.
Igualmente extendidas, como se vio arriba, estuvieron sus iniciativas filantrópicas.
Sin embargo, como puede advertirse, ese rol público se definía a partir de la extensión de
prácticas que bien podían aparecer, al mismo tiempo, como expresiones simbólicas de la
posición de un determinado círculo social (el deporte –ocio-, la cría de caballos, la
filantropía, etc.). Propósito presente también en la pedagogía delineada por el Jockey.
¿A qué atribuir, entonces, esta transición?
Según se dijera más arriba, puede pensarse como una manifestación en la alta vida social de
un fenómeno más amplio, una sociabilidad en la que gana preeminencia lo privado frente a
lo público, como consecuencia de la acentuación de la separación entre sociedad civil y
Estado. Con todo, también debe dirigirse la mirada hacia los criterios y necesidades más
definidamente internos de la elite porteña que se yuxtaponen con ese proceso, o mejor aún,
que contribuyen a consolidarlo.

84
R. Chartier, “Espacio público y opinión pública”, en Espacio público, crítica y desacralización en el siglo
XVIII, Barcelona, Gedisa, 1995.
85
Cfr. Newton & Sosa de Newton, Historia del Jockey Club, pp. 57-63.
86
Cfr. H. Iñigo Carrera, “El Club del Progreso”, p. 77.
87
El vínculo entre Sociedad Rural y Jockey Club en este terreno no estuvo ausente: desde 1905 el Jockey
realizaba en las instalaciones de la Rural en Palermo la exposición de caballos orientada a la remonta del
Ejército, actividad en la que tuvo un protagonismo también importante. El perfil de la institución como eje de
progreso a partir del auspicio de estas actividades aparece explícitamente en publicaciones lanzadas por el
propio club. Cfr. por ejemplo Breve reseña desde su fundación.

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Uno de ellos es la negativa concepción de la política como eje de articulación social de la
elite. Esto ya se había demostrado ampliamente en la historia del propio Club del Progreso.
Diego de Alvear, su impulsor y primer presidente, debió abandonar el cargo a mediados del
mismo año fundacional de 1852 como consecuencia de las repercusiones en la ciudad del
Acuerdo de San Nicolás, a raíz de sus simpatías por Urquiza, y a pesar de haberse opuesto
personalmente al Acuerdo. El equilibrio cambió rápidamente: del filourquicismo inicial
predominante (incluso expresado en un banquete en honor a Urquiza poco antes del 11 de
septiembre) a una hegemonía de figuras vinculadas con el Partido Liberal porteño88.
Entre los años sesenta y ochenta, la incidencia de la política en la sociabilidad perduraría en
la identificación de distintas entidades con determinadas tendencias, e incluso su aparición
a causa de los conflictos desprendidos del campo político. Tal parece haber sido el caso del
Club del Plata, surgido en los albores de la década del sesenta precisamente de los sectores
porteños filourquicistas, e incluso de antecedentes rosistas, que habían sido desplazados del
Progreso. Bernardo de Irigoyen, uno de sus impulsores, señaló que su pretensión máxima
era evitar que el Progreso y sus directivos fueran “los únicos oráculos” de referencia social
de la ciudad89. Rasgos que, no está demás señalar, tampoco se delimitaron por entonces a
la ciudad de Buenos Aires90.
De esta manera, el vínculo del Club del Progreso con lo público no sólo se plasma en los
criterios subyacentes a su proyecto fundacional, sino también en este otro doblez de una
vida institucional en la que repercuten los avatares de la política. Como se viera en el
apartado anterior, el porteñismo político del Club fue una identificación que mantuvo su

88
Nótese que, a pesar de la declamada búsqueda de consensos políticos, y de la presencia de figuras como
Rufino de Elizalde o Delfín Huergo junto a la de J. J. de Urquiza, Bartolomé Mitre no aparece entre los socios
fundadores del Club (al respecto, ver supra, nota 42). Puede pensarse que esto trasluce una rivalidad ya
implícita, teniendo en cuenta que ya en abril de 1852 aparecen El Progreso, diario de Alvear, por un lado, y
Los Debates, fundado por Mitre, por otro. Cfr. L. Gálvez, Club del Progreso, pp. 11-14; H. Iñigo Carrera, “El
Club del Progreso”; P. Fernández Lalanne, Los Alvear, pp. 316-319.
89
Carta a V. F. López, cit. en Fernández Lalanne, Los Alvear, p. 252.
90
Vicente C. Gallo ha dejado testimonios de la contraposición en Tucumán entre el Club del Progreso y el
Club Social en los años sesenta y setenta: “las familias que concurrían al Club Social no asistían al Club del
Progreso y a la inversa [...]. La política estaba en todas partes”, De la vida cívica argentina, Buenos Aires,
Talleres Gráficos de la Argentina, 1941, p. 10. Algo similar ocurrió en Paraná, con la división entre el Club
Socialista y el Club Argentino (si bien posteriormente se reunificaron bajo el nombre Club Socialista
Argentino). Cfr. R. di Stéfano, “Orígenes del movimiento asociativo: de las cofradías coloniales al auge
mutualista”, en Di Stéfano, Romero, Sábato y Moreno, De las cofradías, pp. 75-79.

101
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vigencia aún a fines de siglo, cuando todavía se lo definía como el “centro de un partido
que fue primero genéricamente llamado unitario”91.
En este sentido, el posicionamiento del Jockey, aún formalmente vinculado en sus inicios
con el roquismo porteño, fue diferente: parece haber buscado desde un principio resguardar
que el mundo social se desenvolviera sobre los ejes de cerradas identificaciones políticas
compartidas. Así lo reflejaban los directivos del Jockey de nuestra muestra (pertenecientes
por trayactorias familiares o inclinaciones personales a diferentes tendencias políticas), e
incluso indicadores adicionales, como los concurrentes al baile de inauguración de 189792.
Este posicionamiento se reafirmaría a través de modalidades alternativas, referidas
abiertamente a evitar las repercusiones de la vida política en la vida de club, como las
disposiciones que prohibían hablar de este tipo de temas en sus sedes (ya anunciadas por el
propio Progreso, signo de cómo se va tejiendo un paulatino proceso de privatización de los
núcleos de sociabilidad de la elite)93; o aquella según la cual, como se viera en el capítulo
anterior, se inhabilitaba a intervenir en la vida institucional a los socios que ingresaban al
club por su desempeño de cargos políticos. En este movimiento de lateralización de la
política de la sociabilidad incidirían también lecturas más propias del fin de siglo,
vinculadas con las transformaciones que recorren por entonces al campo político, no sólo
en cuanto a su conflictividad, sino como ocupación. Sobre estos aspectos se volverá en el
capítulo V.
Aquí interesa marcar un segundo punto, central para entender la planteada transición de la
civilidad a la distinción. Este cambio encuentra un elemento crucial en el desplazamiento
de los ejes significativos para la construcción y ratificación de una posición de
preeminencia social que se produce entre mediados y fines del siglo XIX. En efecto, hacia
los años ochenta, los propósitos centrales que habían impulsado la constitución del Club del
Progreso (el diseño político e institucional de la República), habían sido ya en buena
medida concluidos. El fin de siglo, en cambio, apareja desafíos hasta entonces inéditos para

91
En Club del Progreso, Datos Históricos, p. 89. De igual manera, el escrito de la comisión directiva que
encabezaba esta publicación realizada en ocasión del cincuentenario, consideraba relevante aún destacar el
antirrosismo entre las cualidades de su núcleo inicial (que en cierta medida era una construcción retrospectiva:
miembros fundadores como Calzadilla o Guerrico, por ejemplo, habían tenido vínculos con la “tiranía”). Cfr.
Ibid, “A los Señores Socios del Club del Progreso”, p. 5.
92
Para los concurrentes al baile, ver supra, nota 44.
93
Cfr. L. Gálvez, Club del Progreso, p. 19; Jockey Club, Reglamento Interno, Buenos Aires, 1897, art. 9, p.
21.

102
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demarcar diferencias sociales, a causa de los profundos cambios que comienzan a tener
lugar en la sociedad.
Así, podría afirmarse que se acentúan las necesidades privadas a que debe responder la alta
sociabilidad. Acudiendo a una expresión de Jorge Myers, si el contexto anterior al ochenta
ve una incidencia de las demandas de lo público sobre las esferas privadas (tanto por las
propias identificaciones construidas por la elite para afirmar su posición –como la que
expone el proyecto fundacional del Progreso- como por la repercusión de la vida pública en
los ámbitos sociales privados –con su huella de división o fractura-)94, en el fin de siglo el
cambio de énfasis se remite también a que la sociabilidad está más profundamente recorrida
por las demandas de lo privado, posibilitadas por el proceso más amplio que supone la
rearticulación de las relaciones entre Estado y sociedad, pero también por los desafíos que
el nuevo escenario social plantea a la elite.
De esta manera, conviene subrayar especialmente que el propósito del Jockey indica, de
manera implícita, que el círculo social que lo impulsa requiere construir(se) los ejes que
afirmaran su posición en la sociedad, su diferencia. Transición y propósitos que se
traslucen, entonces, en el significativo desplazamiento de énfasis de las identificaciones
construidas: de elite republicana a aristocracia.
En este sentido, si esta transición puede atribuirse también al propio cambio en el perfil
social de la upper-class que, según se viera en el apartado anterior, se dibuja en el pasaje de
la preeminencia del Club del Progreso al Jockey Club, no debe olvidarse que hay también
continuidades apreciables, importantes familias porteñas que figuran en los momentos de
creación de uno y otro, o en sus círculos directivos. De esta manera, entonces, junto a los
contrastes deben considerarse los vasos comunicantes.
En este sentido, los proyectos fundacionales del Club del Progreso y del Jockey Club
podrían pensarse como dos momentos en un proceso más amplio que persigue la
articulación y la afirmación social de la elite, posibles de ser definidos como dos instancias
de un proceso civilizatorio, en el sentido planteado por N. Elias: ambas instituciones, con
sus distintos énfasis en dimensiones particulares, impulsan a través de la sociabilidad

94
Myers, “Una revolución”, p. 137.

103
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instancias de reducción de la violencia en las relaciones sociales y un cambio en la
sensibilidad de ese círculo social95.
Si el propósito de uniformización de opiniones políticas impulsado por el Progreso puede
leerse como una búsqueda de superación de las disputas que se habían expresado en las
guerras civiles, el Jockey, a su vez, será una manifestación y un activo impulsor de un
conjunto de prácticas sociales que a través de la educación corporal, gestual y estética
pretenden la delineación de conductas que se visualicen como signos de distinción social y
que se concilian con la idea de Elias de una dominación emotiva. A ello también
contribuirán las prácticas auspiciadas por el Círculo de Armas: el propósito fundacional,
motorizado por Mariano Paunero, Ezequiel Ramos Mejía y Carlos Delcasse, fue la creación
de un club de esgrima, sugestiva práctica deportiva por el disciplinamiento corporal así
como por la resignificación de la violencia que supone96.
Después de todo, el Club del Progreso anuncia desde los años sesenta del siglo XIX una
senda continuada posteriormente por el Jockey, la aristocratización de la vida social. En
realidad, ésta y el énfasis republicano y en la civilidad fueron tendencias en disputa ya
desde un primer momento. La tensión –como la define Pilar González- entre un club a la
francesa o un club a la inglesa. Tendencias que Diego de Alvear habría intentado conciliar
marcando la complementariedad entre lo recreativo y la civilidad republicana97. Es así
sugestivo pensar si los reveses experimentados en sus propósitos más decididamente
políticos (de proponerse como canal propiciatorio de consenso, a aparecer poco después
atravesado por el faccionalismo que pretendía superar) no habrían impulsado el cambio de
rumbo.
Lo cierto es que el mismo se afirma ya en 1856 con la inauguración del Palacio Muñoa, la
sede que ocupará hasta 1900 (en sus primeros años el club residía en un edificio cercano: en
Perú entre las actuales Hipólito Yrigoyen y Alsina).
En efecto, el edificio se acondicionó con compras realizadas en Europa, decisión que no
dejó de generar recelos y colocar al club en una situación delicada (la comisión directiva se
vio obligada a requerir un aporte individual de $ 800 a los socios, en cuotas y

95
N. Elias, El proceso de civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, Buenos Aires, FCE,
1993.
96
El lugar y los significados de los deportes en la high life del cambio de siglo se verán en el capítulo
siguiente.
97
P. González Bernaldo, Civilidad y política, pp. 263-264.

104
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reembolsables, para afrontar los gastos). No obstante, desde la década del sesenta el
Progreso se consolidó en su papel de liderazgo en la alta sociabilidad porteña, a partir de
sus bailes (anuales y de carnaval), una diversificación de sus instalaciones (biblioteca, salas
de juego –esencialmente de billar, naipes, ajedrez-), e innovaciones como la iluminación a
gas, o el acceso a cierto consumo suntuario (como vinos y cigarros importados)98.
Ese era el lugar que, como se señaló al comienzo de este capítulo, aún retenía en los
ochenta. Así, sus eventos característicos merecían extendidas coberturas de la prensa. Con
motivo del baile anual de 1882, El Diario anunciaba “una fiesta espléndida”, de “una
suntuosidad desconocida hasta ahora” en buena medida porque el Club estaba en
condiciones de “emplear en lujos delicados, en exquisitas voluptuosidades para los ojos y el
paladar, un concurso extraordinario de dinero”. Seis años más tarde apuntaba el impacto
que el Salón Luis XV de la sede tendría sobre los asistentes al baile anual por “su
ostentación y riqueza”, así como con relación a los bailes de Carnaval afirmaba que “los
palaciegos europeos no encontrarían, de seguro, la falta de un detalle”. Los bailes del
Progreso aparecían, en estos juicios exultantes, como expresiones “por su esplendor y brillo
de los progresos realizados por la gran capital Sudamericana”99.
Con todo, paralelamente se percibe y comienza a afirmarse una caracterización del Club del
Progreso como un centro social que progresivamente desentona con las exigencias y
expectativas abiertas por ese nuevo escenario.
Por un lado, es sugestivo pensar que en ello haya incidido una resignificación de su lugar
en la sociedad operada por el mismo Club a causa de los sucesos del ochenta; esto es, que
fuera un exponente del “sentimiento de derrota” que, de acuerdo a ciertos visitantes
extranjeros, se leía en la vida social de la elite porteña luego de los episodios políticos de
ese año100.
Lo cierto es que cobra forma una creciente semblanza del Progreso como reservorio de la
tradición de la high life porteña. Un vaso comunicante con una etapa perimida, un espacio
en el cual reencontrarse con la huella de los mayores, antes que un centro innovador de las

98
L. Gálvez, Club del Progreso, pp. 15-18.
99
ED, 6/7/82; 26/9/88; 15/2/88.
100
H. Rumbold, The Great Silver River. Notes of a Residence in Buenos Aires in 1880 and 1881, London,
John Murray, 1890, p. 46.

105
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pautas de la alta vida social101. Un reposicionamiento que, no puede dejar de señalarse,
encuentra un sugestivo paralelismo en la mirada que por entonces (según se viera más
arriba) también trazó en sus impresiones personales una figura que había tenido una
actuación gravitante en él (Santiago Calzadilla).
Por otra parte, no estarán ausentes los juicios que lo retratan como una institución
desacomodada para traducir en verdadera distinción las posibilidades que ofrecía el
provechoso contexto económico de los años ochenta. Prácticamente como una expresión
institucionalizada del rastacuerismo102.
Ambas aristas son las que reflejan los conocidos pasajes de Lucio López en La gran aldea,
de 1884, que, según se señalara al comienzo de este capítulo, son a su vez una apropiada
expresión de los complejos balances que los años ochenta despiertan en él: entre la
añoranza por esa ciudad de los sesenta y setenta, y la búsqueda de abandonar, precisamente,
los rasgos aldeanos que aún la definían en la nueva coyuntura103. En efecto, como allí
escribe López, los bailes anuales de julio podían ser aún la gran attraction de la season
porteña, pero esa afirmación se completaba con otras que la resignificaban en sus alcances.
En efecto, lo destacable era reconocer que “allí han hecho sus primeras armas los que hoy
son abuelos”, ya que ese “centro del buen tono” era “esencialmente criollo”, sin “la
distinción aristocrática de un club inglés ni el chic de uno de los clubs de París”104.
De igual manera, hacia el cambio de siglo, el sello tradicional del Progreso, y su
descontextualización con las expectativas de la sociedad, sería un rasgo especialmente
subrayado para dar cuenta de su pérdida de gravitación a manos del Jockey. Según El
Diario,

101
Era el centro “de la cultura porteña, donde brillaron nuestras abuelas y nuestras madres”; el que “vio pasar,
sobre su rica e inmensa alfombra, la flor y nata de muchas generaciones de hermosas mujeres argentinas”,
ED, 26/9/1888 y 24/11/1900. Cfr. también Nuestros Centros Sociales. El Club del Progreso, 26/2/1896, en
Club del Progreso, Datos históricos, pp. 107-111.
102
Con ocasión del baile anual de 1884, se alertaba que “el Club del Progreso avanza más y más en el camino
de un mal gusto ornamental que amenaza ofuscar la alta reputación adquirida por las cervecerías de Viena y
los bailes públicos invernales de Londres [...] los directores actuales del gran centro social han perdido la
tradición de aristocrática sencillez en la ornamentación”, ED, 9/7/1884.
103
Cfr. R. Müller, “La memoria y el desencanto”, estudio preliminar a La gran aldea (1884), Buenos Aires,
Jockey Club 2003.
104
L. López, La gran aldea, pp. 84-86. Caracterización en la que late también una diferenciación de sí mismo
con el contexto en el que se inscribe: el Progreso impresionaba al viejo porteño que no había salido nunca de
Buenos Aires, o al joven provinciano; no al joven cosmopolita, al “clubman de raza”, que era como se
presentaba el alter-ego de López en la novela.

106
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“la civilización con su cortejo de refinamiento golpeó su puerta, ascendió
la escalera caracol, estrecha y triste, llegó a sus salones, fríos y
desmantelados, sorprendió ante las mesas envejecidas por el uso a los
porteños de otros tiempos [...] rutinarios [...] [y] les habló de las calles
pavimentadas de asfalto y de madera, del Jockey Club, que levantaba su
palacio gigante sobre la calle Florida, del Círculo de Armas, el ‘home
hospitalario’, donde la intimidad no ha excluido el refinamiento, habló de
luz eléctrica, de decorados, de ascensores, de los mil detalles del confort
moderno, y se retiró luego, dejando en las cabezas agitadas por la visión
de un porvenir brillante, proyectos, esperanzas e ilusiones”105.

De esta manera, si el Progreso había iniciado ya en los sesenta y los setenta una
aristocratización de la vida social porteña, hacia los ochenta ese lugar había comenzado a
desdibujarse.
En este sentido, si debe buscarse un antecedente de los ejes que el Jockey consolidará en el
fin de siglo, es apropiado desplazar la mirada (significativa pero también irónicamente) al
otrora presidente y fundador del Progreso, Diego de Alvear: en los años ochenta, era
definido ya como el ocupante del “trono de la high life porteña”106. Esa posición
descansaba en las iniciativas renovadoras que signaban las veladas de su mansión,
especialmente la introducción de usos europeos que anunciaban una creciente
formalización de la vida social, paralelamente a que el Progreso por ejemplo desestimaba la
instalación de luz eléctrica en sus salones107.
Todo lo cual muestra, nuevamente, cómo la renovación de la high life se correspondió con
el nuevo equilibrio político (como se vio en el apartado anterior, ni Alvear ni Pellegrini
formaban parte en los primeros años ochenta de las tendencias políticas porteñas).
Más allá de esto, los ejes que el Jockey expresará en la high life reconocían entonces
antecedentes ya en otros núcleos de la alta sociabilidad de la ciudad. Con todo, para pensar

105
ED, 24/11/1900. Cfr. en un mismo sentido CC, año III, nº 113 y 115, 1/12 y 15/12/1900; LP, 2/11/1900,
ésta última en Club del Progreso, Datos históricos, pp. 99 y ss.
106
ED, 30/7/1883.
107
“Código del haut-fion”, en ED, 23-24/7/1882. Sobre la luz eléctrica en el Progreso, ED, 6/7/1882. Debe
tenerse en cuenta la novedad que para entonces supondría ese aditamento: recién en los años noventa la
municipalidad de la ciudad avanzaría en la introducción de la electricidad; aún predominaba la iluminación a
gas. Hacia 1912, incluso, la electricidad sólo estaba extendida en el centro, Barrio Norte y Flores. De allí,
entonces, que también en 1882 se destacara como un gran evento social la fiesta que ofreció Benigno Ocampo
para celebrar la instalación de luz eléctrica en su residencia. Cfr. ED, 26/8/1882. Sobre la evolución de este
servicio público, G. Bourdé, Buenos Aires: urbanización e inmigración, Buenos Aires, Huemul, 1977, pp.
107-111.

107
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su lugar en la vida social porteña es pertinente retratarlo de manera similar a como Adrián
Gorelik definió la figura del intendente Torcuato de Alvear: si “actúa sobre un espacio
fuertemente connotado […] el cambio de escala que propone va más allá de consumar una
tendencia establecida”108.
Uno de los cambios de escala que el Jockey (y el Círculo de Armas) representa y afirma,
vinculado con la esfera más definidamente privada, es la afirmación de una sociabilidad
con una nítida diferenciación sexual. El Jockey y el Círculo son ámbitos exclusivamente
masculinos. El Progreso, aunque de manera esporádica, no había dejado de extender la
condición societaria a mujeres109.
Vinculado con esto, a diferencia de los clásicos bailes del Progreso, el Jockey sólo los
ofreció esporádicamente (como en la inauguración de su sede). Diferentes aspectos están
detrás de este cambio, de los que se hablará en el próximo capítulo: no sólo la
diferenciación sexual de la sociabilidad, también un progresivo desplazamiento en los
escenarios para el desarrollo de ese tipo de eventos.
Pero ante todo, el éxito del Jockey en el fin de siglo reside entonces en que resultaba un
emergente, pero también un impulsor y un activo definidor, de los cambios en la alta
sociedad, y posicionamientos superadores de los que habían recorrido hasta entonces a los
espacios de high life.
En este sentido, el cambio de escala que representa con relación a los antecedentes de
aristocratización y europeización de la vida social de la elite porteña (como los que el
propio Club del Progreso había expresado) radica, vale volver a subrayarlo, en
corresponderse con las expectativas que despierta el contexto de fin de siglo (por ejemplo,
con su florecimiento económico), pero también con las necesidades que impone, frente al
impacto de la inmigración masiva y la intensa movilidad social, inéditas y disparadoras de
desafíos ausentes en la ciudad criolla.
Por un lado, allí estaba la novedosa relación que el Jockey establecía con la dimensión
pública: un distanciamiento con el campo político que sin embargo no se doblaba en un
cerrado desinterés por los problemas públicos. La filantropía, la beneficencia, e incluso los
aportes financieros al Estado así lo probaban. El sentido y los alcances de ese

108
A. Gorelik, La grilla y el parque. Espacio público y cultura urbana en Buenos Aires, 1887-1936, UNQ,
1998, p. 106.
109
Cfr. “A través de las actas del Club del Progreso”, en Datos históricos, pp. 116-119.

108
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posicionamiento supo definirlo bien el español Blasco Ibáñez: el Jockey era un “estado
dentro del estado”. Esto es, una expresión de poder sin vínculos directos con el campo
político, y de un interés y compromiso con la cuestión social que aparejaba la
modernización110.
Asimismo, la consolidación del Jockey como centro social supone la clausura de los rasgos
aldeanos que aún sobrevivían en el Progreso. En este sentido, si la inauguración de su
palacio en Florida es en sí una manifestación de la prosperidad económica de la belle
époque extendida entre fines del XIX y los prolegómenos de la Gran Guerra, su éxito como
símbolo de la elite porteña radica en disociar la expresión de la riqueza del rastacuerismo.
El Jockey expresa que la sencillez aristocrática no residía ya en una austeridad de resabios
aldeanos sino (según lo marcaban nítidamente las coberturas de la prensa ya citadas) en
saber disponer de la riqueza, en el bon ton, en el gusto. Como lo recordara una integrante de
la elite, representó emblemáticamente ese rasgo perseguido por la high life del cambio de
siglo (y que, de acuerdo a El Diario, había sido determinante en la lateralización del Club
del Progreso): el refinamiento111.
Como Pellegrini lo señalara con relación al Palacio y al Hipódromo: “tenemos el edificio de
Club más lujoso, más cómodo y más artístico de cuantos he visto y creo haber visto los
mejores. Es no sólo mi opinión, sino las de los diplomáticos extranjeros que pueden
apreciarlo”. Respecto al Hipódromo: “nada podemos envidiar ya a Ascot; y si esto sigue
así, nuestro Grand Prix será un reflejo hermoso del de allá”112.
Por lo demás, en estas apreciaciones de Pellegrini aparecen de manera bastante nítida las
lógicas subyacentes al europeísmo, ese destacado signo del alto mundo social del fin de
siglo. Por un lado, es el soporte (coincidente con una lectura preeminente en la segunda
mitad del siglo XIX) de la civilización de la elite (tomando el sentido de Elias, y
recuperando los pasajes del propio Pellegrini y de Cané citados más arriba en el momento
de la inauguración de 1897), esto es, de un cambio en su sensibilidad que la diferencia de
su pasado bárbaro o criollo. Posiblemente de allí que ante esa búsqueda de ruptura con el

110
Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas, p. 516.
111
C. Láinez de Estrada, Y la familia quería saber, Buenos Aires, Indugraf, p. 194.
112
Pellegrini a Cané, Buenos Aires, 2/10/97 y 20/10/1897, AGN, S. VII, Fondo Cané, Leg. 2201. No faltaron,
en efecto, comparaciones elogiosas de la escalera del Jockey con la de la Opera parisina (en cuyo modelo
precisamente se había inspirado su diseño) o con la del Museo de Bellas Artes de Berlín. Cfr. ED, 1/10/1897.

109
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pasado, el perfil tradicionalista que se intuye en el Progreso de los ochenta erosionara
paulatinamente su lugar en la high life porteña.
En segundo lugar, la adopción europea es también una manera de construir la separación
social y cultural (la distinción) para ese círculo social en la móvil y porosa sociedad
contemporánea del cambio de siglo, a través de la adopción de distintos hábitos, consumos
y prácticas; la modalidad de creación de una alta cultura, como escribiera Cané113.
Hábitos, consumos, prácticas, que el Club en sí mismo ofrecía: la exquisitez culinaria de su
restaurante, dirigido por los principales chefs de Buenos Aires (Sempé, del Café de París;
Charpentier, de la Rotisserie Francaise); la galería artística; la biblioteca, y más adelante,
sus ciclos de conferencias; la sala de armas, a cargo del esgrimista de reputación
internacional E. Pini114.
Aquí se vislumbra de manera nítida el señalado tránsito de la civilidad a la distinción. El
Jockey alienta la construcción de diversas expresiones simbólicas que se pretenden
exclusivas de una determinada posición social (el refinamiento, el bon ton, el ocio, la
civilización gestual, corporal y emocional). Ese es el significado nodal del amplio arco de
actividades que auspicia, por las aristas y capitales que propiciaban, pero también exigían:
el capital cultural y el gusto subyacentes a los consumos culturales (y gastronómicos); el
ocio que en última instancia también significaba y representaba la vida de club; la
educación corporal que favorecía la esgrima y los deportes de armas (reapareciendo aquí
nuevamente, la proximidad entre los móviles institucionales del Jockey y del Círculo de
Armas).

113
Por ambas razones, a su vez (como se verá oportunamente), la “recuperación” de lo “criollo” no dejará de
crear disonancias, a pesar que en realidad supusiera formas alternativas de construir la “diferencia” frente a
escenarios cambiantes.
114
Según Pellegrini, Pini “me dijo: ‘Aquí me quedo; esta es la más hermosa sala de armas que conozco y
conozco muchas’”. El restaurante estuvo en principio a cargo del club, pero luego se lanzó a concesión,
dirigiéndolo desde entonces chefs como los mencionados. La biblioteca, por su parte, tuvo un significativo
enriquecimiento en la primera década del siglo XX al adquirirse la colección del político español Emilio
Castelar. Con todo, su significación crecerá aún más a comienzos de los años veinte, más precisamente en
1921: para entonces se inaugura una nueva sala, cuando la biblioteca alcanzaba ya los 35 000 volúmenes. Es
en ese entonces cuando se lanza el ciclo de conferencias, iniciada con la que Ricardo Rojas ofreció sobre
Pellegrini. Finalmente, en 1928 el Jockey abrió también el Salón Anual de Bellas Artes, que ofrecía un
premio de $ 5000 a la mejor obra. Cfr. Pellegrini a Cané, 2/10/1897, AGN, S. VII, Fondo Cané, leg. 2201;
Jockey Club, Breve reseña sobre la influencia cultural de la institución en la sociabilidad argentina, Buenos
Aires, 1949, pp. 17-30; Ibid, Breve reseña desde su fundación, pp. 9-10; R. Müller, El Jockey Club, pp. 20-21,
28-29.

110
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El éxito de la alternativa del Jockey y el cambio de escala que representa con relación a sus
antecesores, encuentra un significativo indicador en que precisamente el Club del Progreso
pretendió adoptar para sí su perfil institucional.
Ese fue el propósito de la reforma que Roque Sáenz Peña impulsó en los primeros años del
siglo XX en el Progreso. Tanto en sus palabras en ocasión de la inauguración de la nueva
sede de Avenida de Mayo en 1900 como en el cincuentenario del club en 1902, Saénz Peña
trazó un delicado equilibrio entre el respeto por la tradición con la cual se identificaba al
club y la necesidad de renovarlo. Así (en una definición que bien le cabe a sus
posicionamientos políticos) el Progreso debía ser “conservador y progresista”115.
De esta manera, si Sáenz Peña resaltaba el decanato que el club ejercía en la sociabilidad
porteña por su arraigo temporal, consideraba necesario adaptar la institución a los nuevos
tiempos. Según se ha marcado ya, esa adaptación implicaba dejar atrás ciertos rasgos de su
perfil institucional que, si no vigentes, aún subsistían como atributos de la institución: su
porteñismo exclusivista, y desde allí, su porosidad frente a los avatares del campo político.
Pero también debía renovarse en cuanto a las actividades y prácticas auspiciadas. Como se
vio más arriba, publicaciones como El Diario expusieron esta situación de manera nítida: el
cambio de sede del Palacio Muñoa a la Avenida de Mayo venía a ser, por un lado, una
búsqueda de recuperar un lugar perdido. Pero por otra parte, esa recuperación no dejaba de
reconocer que los centros de referencia ya eran otros: el Jockey Club y el Círculo de
Armas.
Así, la nueva sede del Progreso incorporaba servicios y locaciones ausentes en la anterior, y
distintivas del palacio del Jockey inaugurado tres años antes: si los espacios de
esparcimiento de la casa Muñoa habían sido las salas de billar y las destinadas al mus, la
nueva sede incluía una sala de armas y una sala de esgrima. A diferencia de los ochenta, y a
semejanza del Jockey, ahora sí lo cruzaba “el corte de los clubs europeos”116.
Asimismo, también a semejanza del Jockey y del Círculo de Armas, y a diferencia de su
pasado, el nuevo Progreso se constituyó en un club de hombres117.

115
LN, 2/5/1902. En lo que sigue, las palabras citadas de Sáenz Peña han sido extraídas de aquí, y también del
discurso por la inauguración de la sede de Avenida de Mayo, reproducidas en LN, 9/12/1900.
116
Ibid; ED, 24/11/1900.
117
L. Gálvez, Club del Progreso, p. 27.

111
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De esta manera, el complejo equilibrio entre el club a la francesa o el club a la inglesa que
lo había recorrido, se inclinaba, bajo el peso del éxito del Jockey, hacia el último lado.
Con todo, vale señalar que el nuevo perfil, si bien renovó por entonces el lugar del Progreso
en la sociabilidad porteña, no recuperó el que supiera ejercer en años anteriores, según se
ha visto en el primer apartado de este capítulo. Es atractivo incluso ver una metáfora de ese
lugar diferente jugado en la high life en las respectivas ubicaciones espaciales de sus sedes
sociales: la aristocrática Florida en el Jockey, y la Avenida de Mayo en el Progreso,
asociada por la elite ya en los primeros años del siglo XX con un “emblema […] de la
burguesía rastacuera y los nuevos ricos inmigrantes”118.
Más allá de esto, el programa sáenzpeñista no parece haber contado con pleno consenso:
algunos testimonios dan a entender el recelo cuando no el desagrado de la guardia vieja del
club con los nuevos rumbos, en lo que parece, por lo demás, una reafirmación del
tradicionalismo que lo había ganado en los últimos años del siglo XIX119.
Aún así, el Progreso profundizó en las décadas siguientes las tendencias delineadas por
Sáenz Peña. De esta manera, a mediados de los años veinte inauguró su campo de deportes
en Ranelagh, especialmente de canchas de golf, que supusieron un costo de $ 400 000.
Antonio Crouzel, su presidente por entonces, expresaba una tesitura similar a la de Sáenz
Peña más de veinte años atrás. Esas nuevas iniciativas, si modificaban el perfil original del
club eran también necesarias para sostener su vigencia en la high life porteña: “el viejo club
de más aristocrático abolengo, el de mejor tradición social y política, paga hoy tributo a la
evolución de los tiempos”120.
Sin embargo, a diferencia del Jockey, el Progreso no contó con una situación patrimonial
que le permitiera sostener ese perfil adaptado a los tiempos. De esta manera, el cambio
institucional, antes que favorecer una recuperación del lugar perdido, terminó debilitándolo
aún más. De manera significativa, así supo expresarlo su propia comisión directiva al dar
cuenta de las razones de la quiebra en los años treinta: “El haber querido amoldarse a las
118
A. Gorelik, La grilla y el parque, p. 216. El Círculo de Armas ocuparía en este sentido un lugar
“intermedio”: desde 1889 tenía su sede en Corrientes al 600. Cfr. El Círculo de Armas, pp. 30-32.
119
“Ha tenido que luchar la comisión para convencer a los viejos habitués de cuarenta años que van ganando
con el cambio [...] Para los viejos, el nuevo local significa algo así como el abandono del hogar solariego,
donde han visto y sentido tantas cosas agradables”, LP, 2/11/1900. En un tono similar al de López en La gran
aldea, en En la Sangre Cambaceres había retratado ya cierta tensión generacional en el interior del club: “los
viejos, los socios fundadores, son generalmente más duros, más llenos de escrúpulos y de historias [...] los
jóvenes, los muchachos, no pasan de seguir siendo muchachos para ellos”, Ibid, p. 432.
120
Cfr. “El Club del Progreso inauguró en Ranelagh su campo de golf”, LN, 25/5/1925.

112
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exigencias de la vida moderna, dándole también un aspecto deportivo, hirió de muerte sus
finanzas”121.

Recapitulaciones.

Vale precisar, entonces, algunos aspectos. En estas líneas se ha hecho especial énfasis en
los contrastes entre los perfiles institucionales del Club del Progreso y del Jockey Club
para, por un lado, entender los factores subyacentes al reemplazo institucional de uno por
otro, que el análisis prosopográfico ya sugería, y que sus respectivas evoluciones
institucionales, presentadas en este capítulo, exponen.
Por otro, a fin de, a partir de allí, obtener una primera aproximación a los cambios en los
criterios y propósitos implícitos en la alta sociabilidad porteña y más específicamente, a las
pautas que se afirman hacia fines de siglo en las identificaciones y las prácticas sociales por
las cuales la elite se articuló y se expresó frente a la sociedad en nuestro período.
Todo esto, no obstante, no supone afirmar que las características que el Jockey permite
entrever, fueron unívocas o permanecieron inmutables a lo largo de estos años.
Como se verá en los dos próximos capítulos, la sociabilidad del fin de siglo de la cual el
Jockey es un emergente emblemático, disparó apreciaciones negativas y tensiones.
Asimismo, los símbolos de posición que el Jockey ayudó a establecer sufrieron
resignificaciones y reapropiaciones a lo largo del período, así como se validaron otros en
algún momento censurados o lateralmente considerados en una primera instancia.
Sin embargo, es significativo retener en el final de este capítulo un punto aquí ya
visualizado y sobre lo que se volverá a lo largo del trabajo: el carácter aristocrático que
presentan las adopciones europeas; un perfil prescripto para la elite, construcciones
identitarias, que tienden a definirla como aristocracia (operaciones nítidas por ejemplo en
los textos de López, Cambaceres o Cané citados en este capítulo). No porque esa
identificación resulte extraordinaria o exclusiva de la elite porteña. Como se volverá a
marcar oportunamente, es un fenómeno extendido en Occidente en el cambio de siglo. Pero

121
Carta de la comisión directiva del Club del Progreso al presidente Ortiz, noviembre de 1939, cit. en L.
Gálvez, Club del Progreso, p. 33.

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sí porque nos devuelve a un eje ya mencionado aquí: la conciliación entre diferencia y
legitimidad.
El éxito del Jockey Club puede pensarse que reside en ofrecer una conjugación de ambas
aristas. Por un lado, alienta prácticas y escenarios aristocráticos, definición cualitativa,
entonces, que hace referencia al tono de los signos que se pretenden exclusivos de una
posición, a los ejes que operan en la afirmación de la diferencia. Por otro, los hábitos,
consumos y prácticas que operan en la educación civilizatoria de la elite (en su cambio de
sensibilidad) y desde allí, en su diferenciación social, se presentan también en
correspondencia con, e incluso como agentes activos de, el progreso y la civilización de la
sociedad en su conjunto. Así, la institución que ofrece un consumo y un escenario que se
recorta como un signo de posición (el turf y el Hipódromo), es también aquella que
favorece una pacificación y moralización de la sociedad al regular y resignificar las
violentas carreras criollas122.
En este sentido, el Jockey no sólo colabora en un disciplinamiento social, relevante para
intervenir sobre una sociedad en profundos procesos de cambio. También recorta una
conjugación entre grupo social distinguido y clase dirigente responsable (contribuye al
progreso del país –con la industria caballar-, interviene sobre las cuestiones sociales –a
través de la filantropía-, moraliza las conductas –mediante las reglamentaciones de las
competencias hípicas-).
La construcción de una diferencia legítima estuvo atravesada sin embargo por diversos
condicionamientos. Es aquí significativo volver sobre Miguel Cané.
Por un lado, como ya se ha señalado, allí está su imagen de una aristocracia republicana
abierta y meritocrática, prescripta al momento de inaugurarse el palacio del Jockey Club.
Más arriba en este capítulo se planteó que las modalidades de reclutamiento de socios de
entidades como el Jockey, con delicados equilibrios entre cierres y aperturas, aparecen
como manifestaciones de esta concepción: una aristocracia relativamente abierta en su
sociabilidad formal, que legitima así a sus integrantes fundadores, pero también consagra

122
Cfr. “El Jockey Club”, ECES, 6/9/1892; Jockey Club, Breve reseña. Aquí podría trazarse, salvando las
peculiaridades, un paralelo con lo observado por Pilar González para el “modelo” que expresa el Club del
Progreso en los cincuenta: la “civilidad” encarnada por la sociabilidad de la elite era deseable que se
difundiera porque facilitaba una pacificación social. Cfr. Id., Civilidad y política, pp. 317-320, 345-346.

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una movilidad que, después de todo, constituía asimismo un reaseguro contra una
conflictividad social más seria.
Junto a esta mirada, sin embargo, aparecen los párrafos contenidos en aquel capítulo de su
novela inconclusa, De cepa criolla (de 1884), que se dibujan como el reverso de ese
escenario, como las experiencias que posiblemente acarreaba una delimitación de fronteras
complejamente equilibrada entre exclusiones e inclusiones. A la manera de las por entonces
contemporáneas novelas de Cambaceres o como lo haría José María Ramos Mejía desde un
discurso científico, Cané alertaba allí, a través de una estigmatización ridiculizadora, contra
los “guarangos enriquecidos” que lograban acceder a los salones. La apertura se traduce en
disolución de jerarquías, en invasión de espacios hasta entonces propios. El camino era
“cerrar el círculo” y velar sobre él123.
A su vez, también en De cepa criolla, Cané precisaba los alcances de la aristocracia social
que prescribía: sólo en esa dimensión; “en las instituciones, en los atrios, en la prensa, ante
la ley, la igualdad más absoluta es de derecho”. Y en esa dimensión social, antes que un
grupo humano definido, la aristocracia era “una concepción de vida” (es decir, la distinción
y la alta cultura que el Jockey debía promover)124.
Pero, en un pliegue adicional, las prácticas y capitales que definían esa concepción de vida
tampoco podían restringirse en exceso. Al respecto, es sugestiva una carta que le envía al
intendente Torcuato de Alvear, más aún por los paralelismos –casi literales- que guarda con
sus propias apreciaciones, y las de Pellegrini, respecto de la finalidad pensada para el
Jockey en el interior de la elite:

“Puesto que somos republicanos, pensemos un poco en el humilde pueblo


que no posee, y eduquemos lentamente su espíritu, facilitándoles la
contemplación de objetos elegantes y correctos. Un salón bien puesto
educa más que un pedagogo, y el guarango más acabado lo es menos al
cuarto de hora de respirar una atmósfera de buen tono. Pongamos el buen
tono en nuestras calles; la democracia no está reñida con la educación. Si

123
M. Cané, Prosa ligera, pp. 129-130. A pesar de sus innegables aportes, en el trabajo de Edsall
(probablemente por una decisión metodológica menos concentrada en una dimensión cualitativa) sobrevuela
la imagen “exitosa” de estas formas de diferenciación, contenida en su comentada idea sobre las separaciones
entre “aristocracia” y “elite de mérito” en el interior del Jockey Club.
124
Ibid, pp. 130-131.

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así fuera, más de uno renunciaríamos sin gran desgarramiento, a los
beneficios del sufragio universal”125.

Detrás de esta apreciación reaparecen tensiones semejantes a las que entrañan las
demarcaciones de fronteras sociales a través de la sociabilidad y las modalidades de
reclutamiento de los clubes: si el cierre en éstos no debía ser taxativo (como después de
todo lo expresa el funcionamiento institucional del Jockey durante gran parte de este
período), tampoco podía serlo el acceso a los ejes sobre los cuales la elite construía en
última instancia su posición, porque el propio proyecto político fundacional del que
provenía también su legitimidad lo exigía. De esta manera, si el período que nos ocupa se
caracteriza por una intensa expansión de los capitales y recursos que formalmente
facilitaban el acceso a posiciones de influencia social e incluso a consumos y prácticas
semejantes a los de la cultura aristocrática de la elite, esta situación, así como las
circunstancias que podían favorecer las convivencias y el acortamiento de las distancias
(como la movilidad social ascendente), estaban propiciadas por la implementación de un
proyecto político en el cual la propia elite (o más precisamente, destacados integrantes de la
misma) tuvo en última instancia un papel destacado.
Así, en Cané conviven el republicano que busca convertir la ciudad en un dispositivo
estético y civilizatorio para el conjunto de la población; el aristócrata que concibe al Jockey
como un dispositivo semejante pero para un círculo social más delimitado; el prescriptor de
una elite abierta al mérito; aquél que observa con una conjugación de desprecio e
inseguridad la invasión de espacios propios y recomienda cerrar el círculo (todas
formulaciones, además, cercanas entre sí en el tiempo, cuando no simultáneas)126.
Estas formulaciones, con las contradicciones, reposicionamientos y desplazamientos que
contienen, no reflejan entonces un actor social plenamente consciente o seguro de los
caminos y vetas a seguir para ratificar su posición en la Buenos Aires del novecientos. Esto

125
M. Cané a T. de Alvear, 14/1/1885, cit. en A. Beccar Varela, Torcuato de Alvear. Primer intendente
municipal de la ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1926, p. 487.
126
Estos pasajes de Cané se mencionan por su carácter ilustrativo para dar cuenta de la compleja díada entre
diferencia y legitimidad que atravesó a la elite porteña. Sus propios posicionamientos no se agotan en los aquí
señalados (como por ejemplo lo ilustra su desencantamiento con el horizonte democrático), ni tampoco
dejaban de incluir un ensayo de diferenciación con relación a sus propios “pares” (a través de su
identificación como intelectual). A ellos se hará referencia en los capítulos V y VII, cuando se avance en los
posicionamientos de la elite en las diferentes esferas de la sociedad.

116
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emerge de dos condicionamientos ya anunciados en estas páginas, presentes en efecto en
los citados pasajes de Cané.
Por un lado, las pérdidas de exclusividades que acarrea la modernización social. De esto ya
alumbraba indicios sugestivos el trabajo prosopográfico: el círculo social en el que Cané se
incluía y al que pertenecía, la aristocracia o, como aquí se la ha definido, una elite social en
un sentido específico en tanto que impulsa o dirige los principales espacios del alto mundo
social porteño y está integrado por familias mayoritariamente insertas en la sociedad local
con anterioridad al último cuarto del siglo XIX, si cuenta entre sus integrantes a destacados
protagonistas de diferentes dimensiones sociales a lo largo del período, el grado en que
coinciden los integrantes de este círculo social y los individuos que ocupan posiciones
gravitantes en los distintos campos sociales también se atenúa entre fines del siglo XIX y
las primeras décadas del XX a caballo de la modernización social y la complejización de la
estructura y composición de las altas esferas porteñas. Como lo sugiere De cepa criolla,
algo similar ocurre con los escenarios más propiamente sociales, según se verá en los dos
próximos capítulos.
Por otro, en los pasajes de Cané se manifiestan de manera nítida el sentido de las
construcciones identitarias y de las operaciones simbólicas de diferenciación social, y los
condicionamientos que esta sociedad móvil y republicana les impone. En efecto, se aprecia
por un lado cómo la diferencia debía guardar cierta correspondencia con los ejes que
subyacían a la sociedad: la demarcación de fronteras y diferenciaciones sociales y la
legitimación como grupo son dos necesidades de peso igualmente relevante. Vestirse de
aristocracia no implicaba dejar de ser un círculo distinguido de una sociedad republicana,
por lo cual su legitimación no podía cerrarse sobre sí misma (como sí podían hacerlo en
todo caso las verdaderas aristocracias).
Con todo, se aprecia también cómo esa diferencia legítima (ser una aristocracia
republicana) conllevaba una contradicción irresoluble en una sociedad atravesada por
cambios estructurales: apostar por la legitimidad aparejaba el peligro de ver diluidas las
diferencias o las exclusividades; por ello mismo, el énfasis en construir y expresar la
diferenciación acarreaba serios riesgos de ilegitimidad o irrelevancia.
Desde este doble condicionamiento, según se desarrollará en la tercera parte de este trabajo,
es posible pensar, en efecto, el lugar y las construcciones y prácticas simbólicas de la elite

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social porteña (y las contradicciones entre ellas) en las diferentes esferas de la sociedad y
en la recurrencia a distintos capitales de posición. Es decir, no sólo las modalidades de
sociabilidad, sino también, con sus especificidades, los posicionamientos políticos, las
prácticas de expresión simbólica de la posición en una dimensión económica, su lugar en el
campo cultural, y las propias autodefiniciones colectivas que la recorren en este período.
Por lo tanto, emerge entonces una elite social cuyas contradicciones, antes que pragmáticas
(que presupone un actor social que elige entre diferentes opciones desde una posición
segura e inequívoca para sus propios intereses) son más bien el reflejo de un círculo social
rodeado de dificultades e incertidumbres para la construcción y expresión de su
excepcionalidad, de la diferencia, como consecuencia del contexto social sobre el que tenía
que afirmarse, y de las características que debían reunir las prácticas e identidades que la
posibilitaran127.
Un eje adicional incide también en ello: sus propias peculiaridades como grupo social.
Precisamente, los dos próximos capítulos se detienen en este punto, y sobre sus formas de
posicionamiento frente a la sociedad a través del eje que los estructura: el análisis de su
vida social en principio más informal por los escenarios en que discurre (paseos y espacios
públicos, ámbitos residenciales; en el cambio de siglo –capítulo III-, y desde la segunda
mitad de los años diez -capítulo IV-).

127
Tomo la expresión de “pragmatismo” de Gladys Onega, precisamente utilizada en su análisis de los
planteos de Cané vistos en estas líneas. Cfr. Id., La inmigración en la literatura argentina (1880-1910),
Buenos Aires, CEAL, 1980, pp. 52-56.

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