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Library
of the
University of Toronto
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LOS RAROS
RUBÉN DARÍO
LOS RAROS
(Segunda edición, corregida y aumentada)
BARCELONA BUENOS AIRES
Casa Editorial Maucci Maucci Hermanos
Calle Mallorca, 166 Calle Cuyo, 1070,
1905
Esta obra es propiedad de la
Gasa Editorial Maucci.
Imprenta de la Gasa Editorial Maucci,— Barcelona
PRÓLOGO
Fuera de las notas sobre ÜVLauclair y Adam, todo
lo contenido en este libro fué escrito hace doce
años, en Buenos Aires, cuando en Francia estaba
el simbolismo en pleno desarrollo. Me tocó dar á
conocer en América ese movimiento y por ello y
por mis versos de entonces, fui atacado y calificado
con la inevitable palabra «decadente...» Todo eso
ha pasado, — como mi fresca juventud.
Hay en estas páginas mucho entusiasmo, admi-
ración sincera, mucha lectura y no poca buena
intención. En la evolución natural de mi pensa-
miento, elfondo ha quedado siempre el mismo.
Confesaré, no obstante, que me he acercado á algu-
nos de mis ídolos de antaño y he reconocido más de
un engaño de mi manera de percibir.
— VI —
Restan la misma pasión de arte, el mismo reco-
nocimiento delas gerarquías intelectuales, el mismo
desdén de lo vulgar y la misma religión de belleza.
Pero, una ra^ón autumnal ha sucedido á las explo-
siones de la primavera.
Rubén Darío.
París, Enero de igo5.
£1 arte en silencio
No se ha hecho mucho comentario sobre V Art
en silence , de Camilo Mauclair, como era natural,
i El «Arte en silencio», en el país del ruido! así de-
bía ser. Y pocos libros más llenos de bien, más her-
mosos y más nobles que éste, fruto de joven, im-
pregnado de un perfume de cordura y de un sabor
de siglos, Al leerle, he .aquí el espectáculo que se ha
presentado á mi imaginación: un campo inmenso
y preparado para la labor; un día en su más bello
instante, y un labrador matinal que empuja fuer-
temente su arado, orgulloso de que su virtud trip-
tolémica trae consigo la seguridad de la hora de
paz y de fecundidad de mañana. En la confusión
de tentativas, en la lucha de tendencias, entre los
juglarismos de mal convencidos apóstoles y la imi-
tación de titubeantes sectarios, la voz de este dig-
no trabajador, de este sincero intelectual, en el
absoluto sentido del vocablo, es de una transcen-
dental vibración. No puede haber profesión de fe
más transparente, más noble y más generosa.
«Creo en la vanidad de las prerrogativas socia-
les de mi profesión y del talento por sí mismo.
Creo la misión difícil, agotadora y casi siempre
— 8 -
ingrata del hombre de letras, del artista, del cir-
culador de ideas ; creo que, el hombre que en nom-
bre del talento' que Dios le ha prestado, descuida
su carácter y se juzga exonerado de los deberes
urgentes de la existencia humana, desobedece á
la humanidad y es castigado. Creo en la acepta-
ción de todos los deberes por la ayuda de la cari-
dad y del orgullo; creo en el individualismo artís-
tico y social. Creo que el arte, ese silencioso apos-
tolado, esa bella penitencia escogida por algunos
seres cuyos cuerpos les fatigan é impiden más que
á otros encontrar lo infinito, es una obligación de
honor que es necesario llenar, con la más seria,
la más circunspecta probidad; que hay buenos ó
malos artistas, pero que no tenemos que juzgar sino
á los mentirosos, y los sinceros serán premiados
en el altísimo cielo de la paz, en tanto que los bri-
llantes, los satisfechos, los mentirosos, serán cas-
tigados. Creo todo eso, porque ya he visto prue-
bas alrededor mío, y porque he sentido la verdad
en mí mismo, después de haber escrito varios li-
bros, no sin sinceridad ni trabajo, pero con la con-
fianza precipitada de la juventud.»
En efecto, ¿ quiénes habrían podido prever, en
el autor de tantas páginas de ensueños, — «corona
de claridad» ó «sonatitas de otoño»— este rumbo
hacia mi ideal de moral absoluta, en las regiones
verdaderamente intelectuales donde no hay nin-
guna necesidad de hacer ruido para ser escuchado ?
El ha agrupado en este sano volumen, á varios ar-
tistas aislados, cuya existencia y cuya obra pueden
servir de estimulantes ejemplos en la lucha de las
ideas y de las aspiraciones mentales. Mallarmé,
Edgar Poe, Flaubert, Rodenbach, Puvis de Chavan-
nes y Rops, entre los muertos; y señaladas y ac-
tivas energías jóvenes. Antes, conocidos son sus
ensayos magistrales, de tan sagaz ideología, sobra
Jules Laforgue y Auguste Rodin.
Cada día se afirma con mayor brillo, la gloria ya
sin sombras de Edgar Poe, desde su prestigiosa
introducción por Baudelaire, coronada luego por
el espíritu transcendentalmente comprensivo y se-
ductor de Stephane Mallarmé. Mas entre lo mucho
que se ha escrito respecto al desgraciado poeta
norteamericano, muy poco llegará á la profundi-
dad y belleza que se contienen en el ensayo de
Mauclair. Es un bienhechor capítulo sobre la psi-
cología de la desventura, que producirá en cier-
tas almas el bien de una medicina, la sensación
de una onda cordial y vigorizante. Luego el es-
píritu penetrante y buscador, hace ver con luz
nueva la ideología poeana, y muchos puntos que
antes pudieran aparecer velados ú obscuros, se ven
en una dulce semiluz de afección que despide la
elevada y pura estética del comentarista.
Una de las principales bondades es la de borrar
la negra aureola de hermosura un tanto macabra,
que las disculpas de la bohemia han querido ha-
cer aparecer alrededor de la frente del gran yanqui.
En este caso, como en otros, como en el de Mu-
sset, como en el de Verlaine, por ejemplo, el vicio
es malignamente ocasional, es el complemento de
la fatal desventura. El genk» original, libre del
alcohol, ú otro variativo semejante, se desenvol-
vería siempre, siendo, en esa virtud, sus floracio-
nes, libres de obscuridades y trágicas miserias. En
resumen, Poe queda, para el ensayista, «sin imita-
dores y sin antecesores, un fenómeno literario y
mental, germinado espontáneamente en una tierra
ingrata, místico purificado por ese dolor del que
ha dado la inolvidable transposición, levantado en
ultramar, entre Emerson misericordioso y Whit-
man profético, como un interrogador del porvenir.»
De Flaubert — ese vasto espectáculo — presenta
una nueva perspectiva. La suma de razonamientos
nos conduce á este resultado: «Flaubert no tiene
-lO-
cle realista sino la apariencia, de artista impasible
la apariencia, de romántico, la apariencia. Idea-
lista, cristiano y lírico, he ahí sus rasgos esencia-
les.» Y las demostraciones son llevadas por medio
de la amable é irresistible lógica de Mauclair, que
nos presenta la figura soberbia del «buen gigante»,
por ese aspecto que permanece ya definitivo. Es
también de un fin reconfortante, por el ejemplo
de voluntad y de sufrimientos, en la pasión inven-
cible de las letras, la enfermedad de la forma, so-
portada por otros dones de fortaleza y de método.
Sobre Mallarmé la lección es todavía de una vir-
tud que concreta una moral superior. ¿Acaso no
va ya destacándose en toda su altura y hermosu-
ra ese poeta á quien la vida no consentía el triun-
fo, y hoy baña la gloria, «el sol de los muertos»,
con su dorada luz?
La simbólica representación está en la gráfica
idea de Felician Rops: el harpa ascendente, á la
cual tienden, en el éter, innumerables manos de
lo invisible. La honorabilidad artística, el carácter
en lo ideal, la santidad, si posible es decir, del sa-
cerdocio, ó misión de belleza, facultad inaudita
que halló su singular representación en el mara-
villoso maestro, que á través del silencio, fué ha-
cia la inmortalidad. Una frase de Mine. Perier en
su «Vida de Pascal», sirve de epígrafe al ensayo^
afectuoso, admirable y admirativo, justo, consa-
grado al doctor de misterio: «Nous n’ avons su
toutes ces choses qu’ apres sa mor te.»
La estética mallarmeana por esta vez ha encon-
trado un expositor que se aleje de las fáciles ten-
tativas de un Wisewa, de las exégesis divertidas
de varios teorizantes, como de las blindadas opo-
siciones de la retórica escolar, ó lo que es peor,
junto; á la burda risa de una enemistad que no ra-
zona, la embrolladora disertación de más de un
p sendo discípulo .
11 -
Las páginas dedicadas á Rodenbach, con quien
la juventud le une más cercanamente, en una
afección artística fraternal, mitigan su tristeza en
la afirmación de un generoso y sereno carácter,
de una inda como autumnal, iluminados crepuscu-
larmente depoesía y de gracia interior. «Le hemos
conocido irónico, entusiasta, espiritual y nervio-
so; pero era, ante todo, ,un melancólico, aun en
la sonrisa. Le sentíanlos menos extraño por su voz
y ciertos signos exteriores, que lejano por una sin-
gular facultad de reserva. Ese cordial era aislado
de alma. Había en esa faz rubia y fina, en esa boca
fina, en esos ojos atrayentes, una languidez y un
fatalismo que no dejaban de extrañar. Es feliz,
pensábamos, y, sin embargo, ¿qué tiene? Tenía
el gusto atento y la comprensión de la muerte.
Se detenía en el dintel de la existencia, y no en-
traba, y desde ese dintel nos miraba á todos con
una tristeza profundamente delicada. Ha vuelto á
tomar el camino eterno : era un transeúnte encanta-
dor que no ha dicho todo su pensamiento en este
mundo. Estaba «haníé» por su misticismo minu-
cioso [Link]ño, evocaba todo lo que está difun-
to, recogido, purificado por la inmóvil palidez de
los reposos seculares. Llevaba por todas partes
su claustro interior, y si ha deseado ser enterra-
do en esa Bruges que amó tanto, puede decirse
que su alma estaba dormida ya en la pacífica be-
lleza de una muerte harmoniosa. Decid si no es
este camafeo de un encanto sutil y revelador, y
si no' se ve á su través el alma melancólica del
malogrado animador de «Bruges la muerta.» Estos
párrafos de Mauclair son comparables, como retra-
to, en la transposición de la pintura á la prosa,
al admirable pastel en que perpetúa la triste faz
del desaparecido, el talento comprensivo de Levy
Dhurmer.
Algunos vivos, son también presentados y estu-
— 12 -
diados, y entre ellos tuno que representa bien la
fuerza, la claridad, la tradición del espíritu fran-
cés, del ¡a|lma francesa, el talento más vigoroso de
los actuales escritores de este país.
He nombrado á Paul Adam. Así sobre Elemir
Bourges de obra poco resonante, pero muy esti-
mado por los intelectuales, consagra algunas notas,
como sobre León Daudet.
La parte que denomina «El crepúsculo de las téc-
nicas», debía traducirse á todos los idiomas y ser
conocida por la juventud literaria que en todos
los países busca una vía, y mira la cultura de Fran-
cia y el pensamiento francés, como guías y mode-
los. Es la historia del simbolismo, escrita con toda
sinceridad y con toda verdad; y de ella se des-
prenden Utilísimas lecciones, enseñanzas cuyo pro-
vecho es inmediato, así el estudio sobre el senti-
mentalismo literario, en que el alma de nuestro
siglo está analizada con penetración y cordura á
la luz de una filosofía amplia y generosa, poco
conocida en estos tiempos de egotismos superhom-
bríos y otras nieztschedades. No sabría alabar su-
ficientemente los capítulos sobre arte, y el home-
naje álaltos artistas — artistas en silencio — como Pu-
vis y Felician Rops, Gustave Moreau y Besnard,
así como los fragmentos de otros estudios y en-
sayos que ayudan en el volumen! á la comprensión,
al peso, y para decirlo con mi sentimiento, á la
simpatía que se experimenta por un sincero, por
Un laborioso, por un verdadero y grande expo-
sitor de saludables ideas, que es al propio tiem-
positor de saludables ideas, que es al propio tiem-
po, él también, un señalado, uno que ha hallado
su rumbo, cierto, y como él gustará que se le llame,
un artista silencioso.
Edgar alian ?oc
(Fragmento de un estudio.)
En una mañana fría y húmeda llegué por primera
vez al inmenso país de los Estados Unidos. Iba el
«steamer» despacio, y la sirena aullaba roncamen-
te por temor de un choque. Quedaba atrás Fire
Island con su erecto faro ; estábamos frente á San-
dy Hook, de donde nos salió al paso el barco de
sanidad. El ladrante slang yanqui sonaba por to-
das partes, bajo el pabellón de bandas y estrellas.
El viento frío, los pitos arromadizados, el humo
de las chimeneas, el movimiento de las máqui-
nas, las mismas ondas ventrudas de aquel mar es-
tañado, el vapor que caminaba rumbo á la gran
bahía, todo decía: «all right.» Entre las brumas
se divisaban islas y barcos. Long Island desarro-
llaba la inmensa cinta de sus costas, y Staten Is-
land, como en el marco de una viñeta, se presen-
taba en su hermosura, tentando al lápiz, ya que
no, por la falta de sol, la máquina fotográfica. So-
bre cubierta se agrupan los pasajeros: el comer-
ciante dé gruesa panza, congestionado como un
pavo, con encorvadas narices israelitas; el clergy-
man huesoso, enfundado en su largo levitón ne-
gro, cubierto con su ancho sombrero de fieltro, y
- 14 -
en la mano una pequeña Biblia; la muchacha que
usa gorra de jokey y que durante toda la trave-
sía ha cantado con voz fonográfica, al son de un
banjo; el joven robusto, lampiño como un bebé,
y que, aficionado al box, tiene los puños de tal
modo, que bien pudiera desquijarar un rinoceron-
te de un solo impulso... En los Narrows se alcanza
á ver la tierra pintoresca y florida, las fortalezas.
Luego, levantando sobre su cabeza la antorcha sim-
bólica, queda á un lado la gigantesca Madona de
la Libertad, que tiene por peana un islote. De mi
alma brota entonces la salutación: «A ti, prolífi-
ca, enorme, dominadora. A ti, Nuestra Señora de
la Libertad. A ti, cuyas mamas de bronce alimen-
tan Un sinnúmero de almas y corazones. A ti, que te
alzas solitaria y magnífica sobre tu isla, levantando
la divina antorcha. Yo te saludo al paso de ¡mi
«steamer», prostemándome delante de tu majes-
tad. ¡Ave: Good moming! Yo sé, divino icono, oh
magna estatua, que tu solo nombre, el de la ex-
celsa beldad que encarnas, ha hecho brotar estre-
llas sobre el mundo, á la manera del fíat del Señor.
Allí están entre todas, brillantes sobre las listas
de la bandera, las que iluminan el vuelo del águi-
la de América, de esta tu América formidable, de
ojos azules. Ave, Libertad, llena de fuerza; el Se-
ñor es contigo: bendita tú eres. Pero ¿sabes? se
te ha herido' mucho por el mundo, divinidad, man-
chando tu esplendor. Anda en la tierra otra que
ha usurpado tu nombre, y que, en vez de la an-
torcha, lleva la tea. Aquélla no es la Diana sagra-
da de las incomparables flechas: es Hécate.»
Hecha mi salutación, mi vista contempla la masa
enorme que está al frente, aquella tierra corona-
da de torres, aquella región de donde casi sentís
que viene un soplo subyugador y terrible: Man-
hattan, la isla de hierro, New-York, la sanguínea,
la ciclópea, la monstruosa, la tormentosa, la irre-
— 15 -
sistible capital del cheque. Rodeada de islas me-
nores, tiene cerca á Jersey; y agarrada á Brooklin
con la uña enorme del puente, Brooklin, que tiene
sobre el palpitante pecho de acero un ramillete
de campanarios.
Se cree oir la voz de New-York, el eco de un
vasto soliloquio de cifras. ¡Cuán distinta de la
voz de París, cuando uno cree escucharla, al acer-
carse, halagadora como una canción de amor, de
poesía y de juventud! Sobre el suelo de Manha-
ttan parece que va á verse surgir de pronto un
colosal Tío Samuel, que llama á los pueblos todos
á un inaudito' remate, y que el martillo del rema-
tador cae sobre cúpulas y techumbres produciendo
Un ensordecedor trueno metálico. Antes de entrar
al corazón del monstruo, recuerdo la ciudad que
vió en el poema bárbaro el vidente Thogorma:
Thogorma dans ses yeux vit monter des muradles
De fer dont s’ enroulaient des spirales des tours
Et des palais cerclés d’ araín sur des blocs lourds;
Ruche enorme, géhenne aux lúgubres entrailles
Oú s’ engouffraint les Forts, princes des anciens jours.
Semejantes á los Fuertes de los días antiguos,
viven en sus torres de piedra, de hierro y de cris-
tal, los hombres de Manhattan.
En su fabulosa Babel, gritan, mugen, resuenan,
braman, conmueven la Bolsa, la locomotora, la
fragua, el banco, la imprenta, el dock y la urna
electoral. El edificio Produce Exchange entre sus
muros de hierro y granito reúne tantas almas cuan-
tas hacen un pueblo... He allí Broadway. Se expe-
rimenta casi una impresión dolorosa; sentís el do-
minio del vértigo. Por un gran canal cuyos lados
los forman casas monumentales que ostentan sus
cien ojos de vidrios y sus tatuajes de rótulos,
pasa un río caudaloso, confuso, de comerciantes,
— 16 —
corredores, caballos, tranvías, ómnibus, hombres-
sand-sandwichs vestidos de anuncios, y mujeres
bellísimas. Abarcando con la vista la inmensa ar-
teria en su hervor continuo, llega á sentirse la
angustia de ciertas pesadillas. Reina la vida del
hormiguero : un hormiguero de percherones gigan-
tescos, de carros monstruosos, de toda clase de
vehículos. El vendedor de periódicos, rosado y ri-
sueño, salta como un gorrión, de tranvía en tran-
vía, y grita al pasajero ¡intanrsooonwoood! lo que
quiere decir si gustáis comprar cualquiera de esos
tres diarios el «Evening Telegram», el «Sun» ó el
«World.» El ruido es marcador y se siente en el
aire una trepidación incesante; el repiqueteo de
los cascos, el vuelo sonoro de las ruedas, parece
á cada instante aumentarse. Temeríase á cada mo-
mento un choque, un fracaso, si no se conociese
que este inmenso río que corre con una fuerza
de alud, lleva en sus ondas la exactitud de una
máquina. En lo más intrincado de la muchedumbre,
en lo más convulsivo y crespo de la ola de movi-
miento, sucede que una lady anciana, bajo su ca-
pota negra, ó luna iniss rubia, ó una nodriza con su
bebé quiere pasar de una acera á otra. Un corpu-
lento policeman alza la mano; detiénese el torren-
te; pasa la dama; ¡all right!
«Esos cíclopes...» dice Groussac; «esos feroces
calibanes...» escribe Peladan. ¿Tuvo razón el raro
Sar al 10 amar así á estos hombres de la Américia
del Norte? Calibán reina en la isla de Manhattan,
en San Francisco, en Boston, en Washington, en
todo el país. Ha conseguido establecer el imperio
de la materia desde su estado misterioso con Edi-
son, hasta la apoteosis del puerco, en esa abruma-
dora ciudad de Chicago. Calibán se satura de wish-
ky, como en el drama de Shakespeare de vino;
se desarrolla y crece; y sin ser esclavo de ningún
Próspero, ni martirizado por ningún genio del aire,
engorda y se multiplica;17 su - nombre es Legión.
Por voluntad de Dios suele brotar de entre esos
poderosos monstruos, algún sér de superior natu-
raleza, que tiende las alas á la eterna Miranda de
lo ideal. Entonces, Calibán mueve contra él á Si-
corax, y se le destierra ó se le mata. Esto vió el
mundo con Edgar Alian Poe, el cisne desdichado
que mejor ha conocido el ensueño y la muerte...
¿Por qué vino tu imagen á mi memoria, Stella,
Alma, dulce reina mía, tan presto ida para siem-
pre, el día en que, después de recorrer el hirviente
Broadway, me puse á leer los versos de Poe, cuyo
nombre de Edgar, harmonioso y legendario, en-
cierra tan vaga y triste poesía, y he visto desfi-
lar la procesión de sus castas enamoradas á través
del polvo de plata de un místico ensueño ? Es por-
que tú eres hermana de las liliales vírgenes can-
tadas en brumosa lengua inglesa por el soñador in-
feliz, príncipe de los poetas malditos. Tú como ellas
eres llama del infinito amor. Frente al balcón,
vestido de rosas blancas, por donde en el Paraíso
asoma tu faz de generosos y profundos ojos, pasan
tus hermanas y te saludan con una sonrisa, en la
maravilla de tu virtud, ¡oh mi ángel consolador,
oh mi esposa ! La primera que pasa es Irene, la da-
ma brillante de palidez extraña, venida de allá,
de los mares lejanos; la segunda es Eulalia, la dul-
ce Eulalia de cabellos de oro y ojos de violeta,
que dirige al cielo su mirada; la tercera es Leo-
nora, llamada así por los ángeles, joven y radiosa
en el Edén distante; la otra es Francés, la amada
que calma las penas con su recuerdo; la otra es
Ülalume, cuya sombra yerra en la nebulosa región
de Weir, cerca del sombrío lago de Auber; la otra
Helen, la que fué vista por la primera vez á la
luz de perla de la luna; la otra Annie, la de los
ósculos y las caricias y oraciones por el adorado;
Los raros — a
18
la otra Annabel Lee, que amó con un amor envi-
dia de los serafines del cielo; la otra Isabel, la de
los amantes coloquios en la claridad lunar; Ligeia,
en fin, meditabunda, envuelta en un velo de extra-
terrestre esplendor... Ellas son, cándido coro de
ideales oceanidas, quienes consuelan y enjugan la
frente al lírico Prometeo amarrado á la montaña
Yankee, cuyo cuervo, más cruel aun que el buitre
esquiliano, sentado sobre el busto de Palas, tor-
tura el corazón del desdichado, apuñalándole con
la monótona palabra de la desesperanza. Así tú
para mí. En medio de los martirios de la vida, me
refrescas y alientas con el aire de tus alas, por-
que si partiste en tu forma humana al viaje sin
retorno, siento la venida de tu ser inmortal, cuando
las fuerzas rae faltan ó cuando el dolor tiende
hacia mí el negro arco. Entonces, Alma, Stella,
oigo sonar cerca de mí el oro invisible de tu escu-
do angélico. Tu nombre luminoso y simbólico sur-
ge en el cielo de mis noches como un incompara-
ble guía, y por tu claridad inefable llevo el incien-
so y la 'mirra á la cuna de la eterna Esperanza.
I. — El hombre
La influencia de Poe en el arte universal ha sido
suficientemente honda y transcendente para que
sil nohibre y su obra no sean á la continua recor-
dados. Desde su muerte acá, no hay año casi en
que, ya en el libro ó en la revista, no se ocupen
del excelso poeta americano, críticos, ensayistas
y poetas. La obra de Ingram iluminó la vida del
hombre; nada puede aumentar la gloria del soña-
dor maravilloso. Por cierto que la publicación de
aquel libro cuya traducción á nuestra lengua hay
que agradecer al señor Moyer, estaba destinada al
grueso público,
— 19 -
¿Es que en el número de los escogidos, de los
aristócratas del espíritu, no estaba ya pesado en
su propio valor, el odioso fárrago del canino Gris-
wold? La infame autopsia moral que se hizo del
ilustre difunto debía tener esa bella protesta. Ha
de ver ya el mundo libre de mancha al cisne in-
maculado.
Poe, como un Ariel hecho hombre, diríase que
ha pasado su vida bajo el flotante influjo de un
extraño misterio. Nacido en un país, de vida prác-
tica y material, la influencia del medio obra en él
al contrario. De un país de cálculo brota imagi-
nación tan estupenda. El don mitológico parece
nacer en él por lejano atavismo y vese en su poesía
un claro rayo del país de sol y azul en que nacie-
ron sus antepasados. Renace en él el alma caba-
lleresca de los Le Poer alabados en las crónicas
de Generaldo Gambresio. Amoldo Le Poer lanza
en la Irlanda de 1327 este terrible insulto al ca-
ballero Mauricio de Desmond : « Sois un rima-
dor.» Por lo cual se empuñan las espadas y se
traba una riña que es el prólogo de guerra san-
grienta. Cinco siglos después, un descendiente del
provocativo Amoldo glorificará á su raza, erigien-
do sobre el rico pedestal de la lengua inglesa, y
en un nuevo mundo, el palacio de oro de sus
rimas.
El noble abolengo de Poe, ciertamente, no in-
teresa sino á «aquellos que tienen gusto de ave-
riguar los efectos producidos por el país y el lina-
je en las peculiaridades mentales y constitucio-
nales de los hombres de genio,» según las palabras
de la noble señora Whitman. Por lo demás, es
él quien hoy da valer y honra á todos los pasto-
res protestantes, tenderos, rentistas ó mercachi-
fles que lleven su apellido en la tierra del hono-
rable padre de su patria, Jorge Washington.
Sábese que en el linaje del poeta hubo un bravo
— 20 —
Sir Rogerio que batalló en compañía de Strong-
bow; un osado Sir Amoldo que defendió á una
lady acusada de bruja; una mujer heroica y viril,
la célebre «Condesa» del tiempo de Cromwell; y
pasando sobre enredos genealógicos antiguos, un
general de los Estados Unidos, su abuelo. Des-
pués de todo, ese sér trágico, de historia tan ex-
traña y romanesca, dió su primer vagido entre
las coronas marchitas de una comedianta, la cual
le dió vida bajo el imperio del más ardiente amor.
La pobre artista había quedado huérfana desde
muy tierna edad. Amaba el teatro, era inteligente
y bella, y de esa dulce gracia nació el pálido y
melancólico visionario que dió al arte un mundo
nuevo.
Poe nació con el envidiable don de la belleza
corporal. De todos los retratos que he visto su-
yos, ninguno da idea de aquella especial hermo-
sura que en descripciones han dejado muchas de
las personas que le conocieron. No hay duda que
en toda la iconografía poeana, el retrato que debe
representarle mejor es el que sirvió á Mr. Ciar-
te para publicar un grabado que copiaba al poeta
en el tiempo en que éste trabajaba en la empresa
de aquel caballero. El mismo Clarke protestó con-
tra los falsos retratos de Poe que después de su
muerte se publicaron. Si no tanto como los que
calumniaron su hermosa alma poética, los que des-
figuran la belleza de su rostro son dignos de la
más justa censura. De todos los retratos que han
llegado á mis manos, los que más me han llamado
la atención son el de Chiffart, publicado en la
edición ilustrada de Quantin, de los «Cuentos ex-
traordinarios,» y el grabado por R. Loncup para
la traducción del libro de Ingram' por Mayer. En
ambos Poe ha llegado ya á la edad madura. No
es por cierto aquel gallardo jovencito sensitivo
que al conocer á Elena Stannard, quedó trémulo
*- 21 -
y sin voz, como el Dante de la «Vita Nuova...»
Es el hombre que ha sufrido ya, que conoce por
sus propias desgarradas carnes cómo hieren las
asperezas de la vida. En el primero,' el artista pa-
rece haber querido hacer una cabeza simbólica.
En los ojos, casi omitomorfos, en el aire, en la
expresión trágica del rostro, Chiffart ha intentada
pintar al autor del «Cuervo,» al visionario, al
«unhappy Master» más que al hombre. En el se-
gundo hay más realidad : esa mirada triste, de
tristeza contagiosa, esa boca apretada, ese vago
gesto de dolor y esa frente ancha y magnífica en
donde se Entronizó la palidez fatal del sufrimien-
to, pintan al desgraciado en sus días de mayor
infortunio, quizá en los que precedieron á su muer-
te. Los otros retratos, como el de Halpin para la
edición de Amstrong, nos dan ya tipos de lechu-
guinos de la época, ya caras que nada tienen que
ver con la cabeza bella é inteligente de que habla
Clark. Nada más cierto que la observación de Gau-
tier:
«Es raro que un poeta, dice, que un artista sea
conocido bajo su primer encantador aspecto. La
reputación no le viene sino muy tarde, cuando
ya las fatigas del estudio, la lucha por la vida y
las torturas de las pasiones han alterado su fiso-
nomía primitiva: apenas deja sino una máscara
usada, marchita, donde cada dolor ha puesto por
estigma una magulladura ó una arruga.»
Desde niño Poe «prometía una gran belleza.» (1)
Sus compañeros de colegio hablan de su agili-
dad y robustez. Su imaginación y su temperamento
nervioso estaban contrapesados por la fuerza de
sus músculos. El amable y delicado ángel de poe-
sía, sabía dar excelentes puñetazos. Más tarde dirá
(1) Ingram.
— 22 —
de él una buena señora: «Era un muchacho bo-
nito.» (1)
Cuando entra á West Point hace notar en él un
colega, Mr. Gibson, su «mirada cansada, tediosa y
hastiada.» Ya en su edad viril, recuérdale el biblió-
filo Gowans: «Poe tenía un exterior notablemente
agradable y que predisponía en su favor: lo que
las damas llamarían claramente bello.» Una per-
sona que le oye recitar en Boston, dice: «Era la
mejor realización de un poeta, en su fisonomía,
aire y manera.» Un precioso retrato es hecho de
mano femenina: «una talla algo menos que de
altura mediana quizá, pero tan perfectamente pro-
porcionada y coronada por una cabeza tan noble,
llevada tan regiamente, que, á mi juicio de mucha-
cha, causaba la impresión de una estatura domi-
nante. Esos claros y melancólicos ojos, parecían
mirar desde una eminencia...» (2) Otra dama re-
cuerda la extraña impresión de sus ojos: «Los ojos
de Poe, en verdad, eran el rasgo que más impre-
sionaba y era á ellos á los que su cara debía su
atractivo peculiar. Jamás he visto otros ojos que
en algo se le parecieran. Eran grandes, con pes-
tañas largas y un negro de azabache : el iris acero-
gris, poseía una cristalina claridad y transparan-
cia, á través de la cual la pupila negra-azabache
se veía expandirse y contraerse, con toda som-
bra de pensamiento ó de emoción. Observé que
los párpados jamás se contraían, como es tan usual
en la mayor parte de las personas, principalmente
cuando hablan; pero su mirada siempre era llena,
abierta y sin encogimiento ni emoción. Su ex-
presión habitual era soñadora y triste: algunas
veces tenía un modo de dirigir una mirada ligera,
de soslayo, sobre alguna persona que no le observa-
(1) Miss. Royster — citada por Ingram.
(2) Miss. Heywod.—Ibid.
— 23 -
ba á el, y, con lu{na mirada tranquila y fija, parecía
que mentalmente estaba midiendo el calibre de la
persona que estaba ajena de ello. — ¡Qué ojos tan
tremendos tiene el señor Poe! — me dijo una señora.
Me hace helar la sangre el verle darse vuelta len-
tamente y fijarlos sobre mí cuando estoy hablan-
do.» (1) La misma agrega: «Usaba un bigote negro,
esmeradamente cuidado, pero que no cubría com-
pletamente una expresión ligeramente contraída de
la boca y una tensión ocasional del labio superior,
que se asemejaba á una expresión de mofa. Esta
mofa era fácilmente excitada y se manifestaba por
un movimiento del labio, apenas perceptible y,
sin embargo, intensamente expresivo. No había en
ella nada de malevolencia; pero sí mucho sarcas-
mo.» Sábese, pues, que aquella alma potente y ex-
traña estaba encerrada en hermoso vaso. Parece
que la distinción y dotes físicas deberían ser nati-
vas en todos los portadores de la lira. ¿Apolo, el
crinado numen lírico, no es el prototipo de la be-
lleza viril? Mas no todos sus hijos nacen con dote
tan espléndido. Los privilegiados se llaman Goe-
the, Byron, Lamartine, Poe.
Nuestro poeta, por su organización vigorosa y
cultivada, pudo* resistir esa terrible dolencia que
un médico escritor llama con gran propiedad «la
enfermedad del ensueño.» Era un sublime apasio-
nado, un nervioso, uno de esos divinos s embocos
necesarios para el progreso humano, lamentables
cristos del arte, que por amor al eterno ideal tie-
nen su calle de la amargura, sus espinas y su cruz.
Nació con la adorable llama de la poesía, y ella le
alimentaba al propio tiempo que era su martirio.
Desde niño quedó huérfano y le recogió un hom-
bre que jamás podría conocer el valor intelectual
de su hijo adoptivo. El señor Alian— cuyo nombre
(1) Mrs. Weiss.— lbld.
- 24 -
pasará al porvenir al brillo del nombre del poeta—
jamás pudo imaginarse que el pobre muchacho
recitador de versos que alegraba las veladas de su
«home», fuese más tarde un egregio príncipe del
arte. En Poe reina el «ensueño» desde la niñez.
Cuando el viaje de su protector le lleva á Londres,
la escuela del dómine Brandeby es para él como
un lugar fantástico que despierta en su sér extrañas
reminiscencias; después, en la fuerza de su genio,
el recuerdo de aquella morada y del viejo profesor
han de hacerle producir una de sus subyugadoras
páginas. Por una parte, posee en su fuerte cerebro
la facultad musical; por otra, la fuerza matemá-
tica. Su «ensueño» está poblado de quimeras y de
cifras como la carta de un astrólogo. Vuelto á Amé-
rica, vérnosle en la escuela de Clarke, en Rich-
mond, en donde al mismo tiempo que se nutre de
clásicos y recita odas latinas, boxea y llega á ser
algo como un «Champion» estudiantil; en la carre-
ra hubiera dejado atrás á Atalanta, y aspiraba á los
lauros natatorios de Byron. Pero si brilla y des-
cuella intelectual y físicamente entre sus compañe-
ros, los hijos de familia de la fofa aristocracia del
lugar miran por encima del hombro al hijo de la
cómica. ¿Cuánta no lia de haber sido la hiel que
tuvo que devorar este sér exquisito, humillado por
un origen del cual en días posteriores habría or-
gullosamente de gloriarse? Son esos primeros gol-
pes los que empezaron á cincelar el pliegue amar-
go y sarcástico de sus labios. Desde muy temprano
conoció las acechanzas del lobo racional. Por eso
buscaba la comunicación con la naturaleza, tan
sana y fortalecedora. «Odio sobre todo y detesto
este animal que se llama Hombre», escribía Swift
á Pope. Poe á su vez habla «de la mezquina amis-
tad y de la fidelidad de polvillo de fruta (gossa-
mer fidelity) del mero hombre.» Ya en el libro de
Job, Eliphaz Themanita exclama: «¿Cuánto más
- 25 -
el hombre abominable y vil que bebe como la
iniquidad?» No buscó el lírico americano el apo-
yo de la oración; no era creyente; ó al menos, su
alma estaba alejada del misticismo. A lo cual da
por razón James Russell Lowell lo que podría lla-
marse la matematicidad de su oerebración. «Hasta
su misterio es matemático, para su propio espí-
ritu.» La ciencia impide al poeta penetrar y ten-
der las alas en la atmósfera de las verdades idea-
les. Su necesidad de análisis, la condición alge-
braica de su fantasía, hácele producir tristísimos
efectos cuando nos arrastra al borde de lo desco-
nocido. La especulación filosófica nubló en él la
fe, que debiera poseer como todo poeta verdadero.
En todas sus obras, si mal no recuerdo, sólo unas
dos veces, está escrito el nombre de Cristo. (1) Profe-
saba sí la moral cristiana; y en cuanto á los desti-
nos del hombre, creía en una ley divina, en un
fallo inexorable. En él la ecuación dominaba á la
creencia, y aun en lo referente á Dios y sus atri-
butos, pensaba con Spinoza que las cosas invisi-
bles y todo lo que es objeto propio del entendi-
miento no puede percibirse de otro modo que por
los ojos de la. demostración; (2) olvidando la pro-
funda afirmación filosófica: «intelecíus noster sic
¿de habet? ad prima entitim quoe sunt manifestis-
sima in natura, sicut oculus vespertilionis ad so-
lem.» No creía en lo sobrenatural, según confesión
propia; pero afirmaba que Dios, como creador de
la naturaleza, puede, si quiere, modificarla. En
la narración de la metempsícosis de Ligeia hay
una definición de Dios, tomada de Granwill, que
parece ser sustentada por Poe: Dios no es más que
una gran voluntad que penetra todas las cosas
por la naturaleza de su intensidad. Lo cual esta-
(1) Tiene, no obstante, un himno á María en Poems and Essays,
(2) Spinoza. Tratado teológico-político.
— 26 —
ba ya dicho por Santo Tomás en estas palabras:
«Si las cosas mismas no determinan el fin para
sí, porque desconocen la razón del fin, es nece-
sario que se les determine el fin por otro que
sea determinador de la naturaleza. Este es el que
previene todas las cosas, que es ser por sí mismo
necesario, y á éste llamamos Dios...» (1) En la
«Revelación Magnética», á vuelta de divagaciones
filosóficas, Mr. Vankirk — que, como casi todos los
personajes de Poe, es Poe mismo— afirma la exis-
tencia de un Dios material, al cual llama materia
suprema é imparticulada. Pero agrega : «La ma-
teria imparticulada, ó sea Dios en estado de re-
poso, es en lo que entra en nuestra comprensión,
lo que los hombres llaman espíritu.» En el diálo-
go entre Oinos y Agathos pretende sondear el mis-
terio de la divina inteligencia; así como en los de
Monos y Una y de Eros y Charmion penetra en
la desconocida sombra de la Muerte, producien-
do, como pocos, extraños vislumbres en su concep-
ción del espíritu en el espacio y en el tiempo.
(1) Santo Tomás. Teodicea, xliv.
Ceceóle de Osle
Ka muerto el pontífice del Parnaso, el Vicario
de Hugo : las campanas de la Basílica lírica están
tocando vacante. Descansa ya, pálida y sin la san-
gre de la vida, aquella majestuosa cabeza de sumo
sacerdote, aquella testa coronada, — coronada de
los más verdes laureles,— llena de augusta her-
mosura antigua y cuyos rasgos exigen el relieve
de la medalla y la consagración olímpica del már-
mol.
Homéricos funerales deberían ser los de Leconte
de Lisie. En hoguera encendida con maderos olo-
rosos, allá en el corazón de la isla maternal, en
donde por primera vez vió la gloria del Sol, con-
sumiríase su cuerpo al vuelo de las odas con que
un coro de poetas cantaría el Triunfo de la Lira,
recitaríanse estrofas que recordarían á Orfeo enca-
denando con sus acordes la furia de los leopardos
y leones, ó á Melesigenes cercado de las musas en
la maravilla !de una apoteosis. ¡ Homéricos funerales
para quien fué homérida, por soplo épico que pa-
saba por el cordaje de su lira, por la soberana ex-
presión y el vuelo soberbio, por la impasibilidad
casi religiosa, por la magnificencia monumental
- 28
estatuaria de su obra, en la cual, como en la
del Padre de los poetas, pasan, á nuestra vista por-
tentosos desfiles de personajes, grupos escultura-
les, marmóreos baj orelieves, figuras que encarnan
los odios, los combates, las terribles iras; homéri-
da por ser de alma y sangre latinas y por haber
adorado siempre el lustre y el renombre de la
Hélade inmortal! Griego fué, de los griegos tenía,
como lo hizo notar muy bien Guyau, la concepción
de una especie de mundo de las formas y de las
ideas que es el mundo mismo del arte; habiéndose
colocado por una ascensión de la voluntad, sobre
el mundo del sentimiento, en la región serena de
la idea, y revistiendo su musa inconmovible el es-
culpido peplo cuyo más ligero pliegue jio pudiera
agitar el estremecimiento de las humanas emocio-
nes, ni aun el aire que el Amor mismo agitase con
sus alas. «Vuestros contemporáneos, — díjole Ale-
jandro Dumas (hijo), — eran los griegos y los hin-
tíus.» Y 'es, en efecto, de aquellos dos inmensos fo-
cos de donde parten los rayos que iluminan la
obra de Leconte de Lisie, conduciendo uno la idea
brahamánica desde el índico Ganges cuyas aguas
reflejaran los combates del Ramayana y el otro
la idea griega desde el harmonioso Aífeo, en cuyas
linfas se viera la desnudez celeste de la virgen
Diana.
La India y Grecia eran para su espíritu tierras
de predilección: reconocía como las dos origina-
les fuentes de la universal poesía, á Valmiki y á
Homero. Navegó á pleno viento por el océano in-
menso de la teogonia védica, y profundo conoce-
dor de la antigüedad griega, y helenista insigne,
condujo á Homero á orillas del Sena. Atraíale la
aurora de la humanidad, la soberana sencillez de
las edades primeras, la grandiosa infancia de las
razas, en la cual empieza el Génesis de lo que él
llamara con su verbo solemne «la historia sagra-
29 —
da del pensamientoi humano en su florecimiento
de harmonía y de luz;» la historia de la Poesía.
El más griego1 de los artistas, como le llamara
Un joven esteta, [cantó á los bárbaros, ciertamente.
Como había en su reino poético, suprimido todo
anhelo por un ideal de fe, la inmensa alma medioe-
val no tenía para él ningún fulgor ; y calificaba la
Edad Media como una edad de abominable barba-
rie. Y he aquí que ninguno entre los poetas, des-
pués de Hugo, ha sabido poner delante de los ojos
modernos, como Leconte de Lisie, la vida de los
caballeros de hierro, las costumbres de aquellas
épocas, los hechos y aventuras trágicas de aque-
llos combatientes y de aquellos tiranos; los som-
bríos cuadros monacales, los interiores de los claus-
tros, los cismas, la supremacía de Roma, las mu-
sulmanas barbaries fastuosas, el ascetismo cató-
lico, y el temblor extranatural que pasó por el
ttiundo en la edad que otro gran poeta ha lla-
mado con razón, en una estrofa célebre, «enorme
y delicada.»
Puso el espíritu sobre el corazón. Jamás en toda
su obra se escucha un solo eco de sentimiento;
nunca sentiréis el escalofrío pasional. Eros mis-
mo, si pasa por esas inmensas florestas, es como
un ave desolada. No se atrevería la Musa de Mu-
sset á llamar á la puerta del vate serenísimo; y
las palomas lamartinianas alzarían el vuelo asus-
tadas delante del cuervo centenario que dialoga
con el abad Ser apio de Arsinoe.
Nacido en una isla cálida y espléndida, isla de
sol, florestas y pájaros, que siente de cerca la
respiración de la negra Africa, sintióse poeta el
«joven salvaje» ; la lengua de la naturaleza le ense-
ñó su primera rima, el gran bosque primitivo le
hizo sentir la influencia de su estremecimiento,
y el mar solemne y el cielo le dejaron entrever
el misterio de su inmensidad azul. Sentía él latir
— 30 -
su corazón, deseoso de algo extraño, y sus labios
estaban sedientos del vino divino. Copa de oro
inagotable, llena del celeste licor, fué para él la
poesía de Hugo. Al llegar «Las Orientales» á sus
manos, al ver esos fulgurantes poemas, la luz mis-
ma de su cielo* patrio le pareció brillar con un res-
plandor nuevo ; la montaña, el viento africano, las
olas, las aves de las florestas nativas, la natura-
leza toda, tuvo para él voces despertadoras que le
iniciaron en un culto arcano y supremo.
Imaginaos un Pan que vagase en la montaña so-
nora, poseído de la fiebre de la harmonía, en bus-
ca de la caña con que habría de hacer su rústica
flauta, y á quien de pronto diese Apolo una lira
y le enseñase el arte de arrancar de sus cuerdas
sones sublimes. No de otro modo aconteció al poe-
ta que debiera salir de la tierra lejana en donde
nació, para levantar en la capital del Pensamien-
to un templo cincelado en el más bello paros, en
honor del Dios del arco de plata.
El que fué impecable adorador de la tradición
clásica pura, debía pronunciar en ocasión solemne,
delante de la Academia francesa que le recibía en
su seno, estas palabras: «Las formas nuevas son
la expresión necesaria de las concepciones origi-
nales.» Digna es tal declaración de quien sucedie-
ra á Hugo en la. asamblea de los «inmortales» y
de quien como su sacrocesáreo antecesor, fué jefe
de escuela, y de escuela que tenía por fundamento
principal el culto de la forma. Hugo fué en verdad
para él la encarnación de la poesía. Leconte de
Lisie no reconocía de la Trinidad romántica, sino
la omnipotencia del «Padre», Musset; «el Hijo», y
Lamartine «el Espíritu», apenas si merecieron una
mirada rápida de sus ojos sacerdotales. Y es que
Hugo ejercía sobre él la atracción astral de los
genios individuales y absolutos; el hijo de la isla
oriental fué iniciado en el secreto del arte por el
— 31
autor de «Las Orientales» ; el que debía escribir
los «Poemas antiguos» y los «Poemas bárbaros»,
no podía sino contemplar con estupor la creación
de ese orbe constelado, vario, profuso y estupen-
do que se llama «La Leyenda de los siglos.» Lue-
go. fué á él, barón, par, príncipe, á quien el Carlo-
magno de la lira dirigiera este corto mensaje im-
perial y fraternal: «Jungamus dextras.» Después,
él fué siempre el privilegiado. Hugo le consagró.
Y cuando Hugo fué conducido al Pantheon, fué
Leconte de Lisie quién entonó el himno más fer-
viente en honor de quien entraba á la inmortali-
dad. Posteriormente, al ocupar su sillón en la Aca-
demia, colocó aún más triunfales palmas y coro-
nas en la tumba del César literario. Recorrió con
su pensamiento' la historia de la poesía universal,
para llegar á depositar sus trofeos en aras del
daimon desaparecido, y presentó con la magia de
su lenguaje la creación toda de Hugo. Hizo apa-
recer con sus prestigios incomparables «Las Orien-
tales», cuya lengua y movimiento, según confesión
propia, fueron para él una revelación; el prefacio
de «Cromwell», oriflama de guerra, tendido al vien-
to; las «Hojas de otoño» ; los «Cantos del crepúscu-
lo», las «Voces interiores», los «Rayosl» y las «Som-
bras», á propósito de los cuales lanzó una flecha
de su carcaj dirigida al sentimentalismo, los «Cas-
tigos», llenos de rayos y relámpagos, bajo los cua-
les coloca los «Yambos» de Chenier y las «Trá-
gicas» de Agrippa d’ Aubigné; «La Leyenda de los
siglos», «que permanecerá como la prueba brillante
de una potencia verbal inaudita, puesta al servi-
cio de una imaginación incomparable.» Y todos
los poemas posteriores, «Canciones de calles y bos-
ques», «Año terrible», «Arte de s,er abuelo*», el «Pa-
pa», la «Piedad suprema», «Religión y religiones!»,
vEl asno Torquemada» y los «Cuatro vientos del
Espíritu.» De todas estas últimas obras nombra-
das, la que llama su atención principalmente es
«Torquemada.» ¿Por qué? Porque Leconte de Lis-
ie sentía el pasado con una fuerza de visión insu-
perable, á punto de que Guyau llama á la Trilo-
gía «Nueva Leyenda de los siglos.» «Bien que nin-
gún siglo, escribe el poeta, haya igualado al nues-
tro en la ciencia universal ; que la historia, las len-
guas, las costumbres, las teogonias de los pueblos
antiguos nos sean reveladas de año en año por
tantos sabios ilustres; que los hechos y las ideas,
la vida íntima y la vida exterior; que todo lo que
constituye la razón de ser, de creer, de pensar de
los hombres desaparecidos, llama la atención de
las inteligencias elevadas, nuestros grandes poe-
tas han raramente intentado volver intelectualmen-
te la vida al pasado.» Tiempos primitivos, Edad
Media, todo lo que se halla respecto á nuestra
edad contemporánea como en una lejanía de en-
sueño, atrae la imaginación del vate severo. La
exposición de la obra novelesca de Víctor Hugo,
dióle motivo para lanzar otra flecha que fué di-
rectamente áclavarse en el pecho robusto de Zola,
cuando habló de «la epidemia que se hace sentir
directamente en una parte de nuestra literatura, y
contamina los últimos años de un siglo que se
abriera con tanto brillo y proclamara tan ardien-
temente su amor á lo bello» y de «el desdén de
la imaginación y del ideal que se instala impru-
dentemente en muchos espíritus obstruidos por
teorías groseras y malsanas.» «El público letra-
do, agrega, no tardará en arrojar con desprecio
lo que aclama hoy con ciega admiración. Las epi-
demias de esta naturaleza pasan y el genio perma-
nece.»
Al contestar el discurso del nuevo académico,
Alejandro Dumas, hijo, entre sonrisa y sonrisa,
quemó en honor del recién llegado este puñado
de incienso: «Cuando un gran genio (Hugo) ha
— 33 —
tenido desde la infancia el hábito de frecuentar
Un círculo de genios anteriores, entre los cuales
Sófocles, Platón, Virgilio, Lafontaine, Corneiile y
Moliére no ocupan sino un segundo término y en
donde Montaigne, Racine, Pascal, Bossuet, La Bru-
yere no penetran, se comprende fácilmente que
el día en que ese gran genio distingue entre la
muchedumbre que se agita á sus pies un poeta y
le marca en la frente con el signo con que ha
de reconocer, en lo porvenir, á los de s;u raza y
familia, ese poeta tendrá el derecho de estar or-
gulloso. Ese poeta sois vos, señor.»
Fueron ciertamente los «Poemas bárbaros» la
anunciación espléndida de un grande y nuevo poe-
ta. ¿Qué son esos poemas? Visiones formidables
de los pasados siglos, los horrores y las grande-
zas épicas de los bárbaros evocados por un lati-
no que emplea para su obra versos de bronce,
versos de hierro, rimas de acero, estrofas de gra-
nito. Caín surge en el ensueño del vidente Tho-
gorma, en un pócima» primitivo, bíblico, que se
desarrolla en la misteriosa, inmemorial «ciudad
de la angustia», en el país de Hevila. Caín es el
mensajero de la nada. Luego, es aún en la Biblia
donde se halla el origen de otros poemas; la viña
de Maboth, el Eclesiastés, que declara como la
irrevocable Muerte es también mentira; después
el poeta va de un punto á otro, extraño cosmo-
polita del pasado; á Tebas, donde el rey Khons
descansa en su barca dorada; á Grecia donde sur-
girá la monstruosa Equidna, ó un grupo de hir-
sutos combatientes; á la Polinesia, en donde apren-
derá el génesis indígena; al boreal país de los
Nomos y escaldas, donde Snorr tiene su infer-
nal visión; á Irlanda, tierra de bardos. Y se ad-
vierten blancas pinturas de países frígidos, figu-
ras cinceladas en nieve; Angantir que dialoga con
Los raros — 3
- 34 -
Hervor; Hialmár que clama trágicamente, el oso
que llora, los cantos de los cazadores y runoyas;
el norte aun, el país de Sigurd; los elfos que co-
ronados de tomillo danzan á la luz de la luna,
en un aire germánico de balada; cantos tradicio-
nales; Kono de K emper ; el terrible poema de
Mona; cuadros orientales como la preciosa y mu-
sical «Verandah»; las fases ásperas de la natura-
leza; el desierto; la india y sus pagodas y fakires;
Córdoba morisca; fieras y aves de rapiña; fuen-
tes cristalinas, bosques salvajes; la historia reli-
giosa, la leyenda, el Romancero; América, los An-
des. .; y sobre todo esto, el «Cuervo», el cuervo
desolador, y la silenciosa, fatal, pálida y como
deseada imagen de la Muerte, acompañada de su
obscuro paje, el dolor.
En los «Poemas antiguos» resucita el esplen-
dor de la belleza griega, lanzando al mismo tiempo
un manifiesto, á manera de prólogo. He aquí lo
que pensaba de los tiempos modernos: «Desde Ho-
mero, Esquilo y Sófocles que representan la poe-
sía en su vitalidad, en su plenitud y en su unidad
harmónica, la decadencia y la barbarie han inva-
dido el espíritu humano.
En lo tocante á arte original, el mundo romano
está al nivel de los Dados y de los Sármatas; el
cielo cristiano, todo es bárbaro. Dante, Shakes-
peare y Milton, no tienen sino la altura de su ge-
nio individual; su lengua y sus concepciones, son
bárbaras. La escultura se detiene en Fidias y en
Lisipo; Miguel Angel no ha fecundado nada; su
obra, admirable en sí misma, ha abierto una vía
desastrosa. ¿Qué queda, pues, de los siglos trans-
curridos después de la Grecia? Algunas individua-
lidades potentes, algunas grandes obras sin liga y
sin unidad. La poesía moderna, reflejo confuso
de la personalidad fogosa de Byron, de la religio-
sidad ficticia de Chateaubriand, del ensueño mis-
- 35 —
tico de Ultra-Rhin y del realismo de los lakistas,
se turba y se disipa. Nada menos vivo y menos
original, bajo el aparato más ficticio. Un arte de
segunda mano, híbrido é incoherente. Arcaísmo
de la víspera, nada más. La paciencia pública se
ha cansado de esta comedia sonoramente repre-
sentada á beneficio de una autolatría de présta-
mo. Los maestros se han callado ó quieren callar-
se, fatigados de sí mismos, olvidados ya, solitarios
en medio de sus obras infructuosas. Los poetas
nuevos, criados en la vejez precoz de una estéti-
ca infecunda, deben sentir la necesidad de remo-
jar en las fuentes eternamente puras la expresión
usada y debilitada de los sentimientos generosos.
El tema personal y sus variaciones demasiado re-
petidas, han agotado la atención; con justicia ha
venido la indiferencia, pero si es posible abando-
nar á la mayor brevedad esa vía estrecha y banal,
es preciso aun no entrar en un camino más difí-
cil y peligroso, sino fortificado por el estudio y
la iniciación.
Una vez sufridas esas pruebas expiatorias, una
vez saneada la lengua poética, las especulaciones
del espíritu perderán algo de su verdad y su ener-
gía cuando dispongan de formas más netas y más
precisas. Nada será abandonado ni olvidado; la
base pensante y el arte habrán recobrado la savia
y el vigor, la harmonía y la unidad unidas. Y más
tarde, cuando esas inteligencias profundamente agi-
tadas se hayan aplacado, cuando la meditación de
los principios descuidados y la regeneración de
las formas hayan purificado el espíritu y la letra,
dentro de un siglo ó dos, si todavía la elaboración
de los tiempos nuevos no implica una gestación
más alta, tal vez la poesía llegaría á ser el verbo
inspirado é inmediato del alma humana...»
Esa declaración demuestra el por qué Leconte
de Lisie no vibraba á ningún soplo moderno, á
— 36
ninguna conmoción contemporánea, y se refugia-
ba, como Keats, aunque de otra suerte, en viejas
edades paganas en cuyas fuentes su Pegaso: se
abrevaba á su placer.
Los «Poemas trágicos» completan la trilogía. Hay
como en los anteriores una rica variedad de te-
mas, predominando los paisajes exóticos, recons-
trucciones históricas, ó fantásticas y brillantes pin-
turas de asuntos legendarios. El kalifa de Damasco,
abre la serie, entre imanes de Meca y emires de
Oriente.
Es este un libro purpúreo. Los «Poemas bárba-
ros» son un libro negro. La palabra más usada en
ellos es noir. Libro rojo es éste, ciertamente, que
comienza con la apoteosis de Muza-al-Kebir, en
país oriental, y concluye en la Grecia de Orestes,
con la tragedia funesta de las Erinnias ó Furias.
Oiréis entre lanío un canto de muerte de los
galos del siglo sexto, clamores de moros medioeva-
les; veréis la caza del águila, en versos que no
haría mejores un numen artífice; después del águi-
la vuela el albatros, el «prince des nuages» de Bau-
delaire; pasan lúgubres ancianos como Magno, frai-
les como el abad Jerónimo, cual surge en poema
que sin duda alguna, Nuflez de Arce leyó antes
de escribir «La visión de fray Martín» ; mons-
truos simbólicos como la Bestia escarlata; tipos del
romancero español como don Fadrique, y entre
todo esto el severo bardo no desdeña jugar con
la musa, y ensaya el pantum malayo, ó rima la
villanelle como su amigo Banville.
Las «Erinnias» es obra de quien puede recorrer
el campo de la poesía griega, y conversar con Pa-
rís, Agamenón ó Clitemnestra. Artistas egregios ha
habido que hayan comprendido la antigüedad pro-
funda y extensamente; mas de seguro ninguno con
la soberanía, con el poder de Leconte de Lisie.
Pudo Keats escribir sus célebres versos á una
- 3? ~
urna griega; pudo el germánico Goethe despertar
á Helena d espués de un sueño de siglos y hacer
que iluminase la frente de Euforión la luz divina,
y que Juan Pabk> escribiese una famosa metáfo-
ra. Leconte de Lisie desciende directamente de
Homero; y si fuese cierta la transmigración de
las almas, no hay duda de que su espíritu estuvo
en los tiempos heroicos encamado en algún aeda
famoso ó en algún sacerdote de Delfos.
Bien sabida es la historia del Hamlet antiguo,
de Orestes, el desventurado parricida, armado por
el destino y la venganza, castigador del materno
crimen, y perseguido por las desmelenadas y ho-
rribles Furias. Sófocles en su «Electra», Eurípi-
des, Voltaire, Alfieri, han llevado á la escena al
trágico personaje.
Leconte de Lisie, en clásicos alejandrinos que
bien valen por hexámetros de la antigüedad, evo-
ca en la parte primera de su poema á Clitemnes-
tra, en el pórtico del palacio de Pelos; á Tallibios
y Euribates, y un coro de ancianos, asimismo la
sollozante Casandra de profética voz. En la se-
gunda parte, ya cometido el crimen de su madre,
Orestes, vengará, apoyado por el impulso sororal
de Electra, la sangre de su padre. Las Furias le
persiguen entre clamores de horror.
El poeta, como traductor, fué insigne. A Homero,
Sófocles, Hesiodo, Teócrito, Bion, Mosco, tradú-
jolos en prosa rítmica y purísima en cuyas ondas
parece que sonasen las músicas de los metros ori-
ginales. Conservaba la ortografía de los idiomas
antiguos; y así sus obras tienen á la vista una aris-
tocracia tipográfica que no se encuentra en otras.
Cuando Hugo estaba en el destierro la poesía
apenas tenía vida en Francia, representada por unos
pocos nombres ilustres. Entonces fué cuando los
parnasianos levantaron su estandarte, y buscaron
¡un jefe que los condujese á la campaña. ¡El Par-
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naso ! No fue más bella la lucha romántica, ni tu-
vieron los Joven-Francia más rica leyenda que la
de los parnasianos, contada admirablemente por
Uno de sus más bravos y gloriosos capitanes. De
esa leyenda encantadora y vivida, no puedo menos
que traducir la hermosa página consagrada al can-
tor excelso por quien hoy viste luto la poesía de
Francia, la Poesía universal.
«...Y lo que nos faltaba también era una firme dis-
ciplina, una línea de conducta precisa y resuelta.
Ciertamente, el sentimiento de la Belleza, el ho-
rror de las abobadas sensiblerías que deshonra-
ban entonces la poesía francesa, lo teníamos nos-
otros! ¡Pero qué! tan jóvenes, desordenadamente
y un poco al azar era como nos arrojábamos á la
brega, y marchábamos á la conquista de nuestro
ideal. Era tiempo de que ios niños de antes toma-
ran actitudes de hombres, que de nuestro cuerpo
de tiradores formase un ejército regular. Nos fal-
taba la regla, una regla impuesta de lo alto, y
que sobre dejarnos nuestra independencia intelec-
tual, hiciera concurrir gravemente, dignamente,
nuestras fuerzas esparcidas, á la victoria ¡entrevista.
Esta regla la recibimos de Leconte de Lisie. Des-
de el día en que Francois Coppée, Villiers de Flsle
Adami, y yo>, tuvimos el honor de ser conducidos á
casa de Leconte de Lisie,— M. Luis Ménard, el poe-
ta y filósofo, fué nuestro introductor,— desde el
día en que tuvimos la alegría de encontrar en casa
del maestro á José María de Heredia y á León
Dierx, de ver allí á Arrnand Silvestre, de rencon-
trar á Sully Prudhomme, desde ese día data, ha-
blando propiamente, nuestra historia, que cesa de
ser una leyenda; y entonces fué cuando nuestra
adolescencia se convirtió en virilidad. En verdad
nuestra juventud de ayer no estaba muerta de
ningún modo, y no habíamos renunciado á las aza-
rosas extravagancias en el arte y en la vida. Pero
39 -
dejamos todo eso á la puerta de Leconte de Lisie,
como ¡se quita un vestido de carnaval, para llegar
á la casa familiar. Teníamos alguna semejanza con
esos jóvenes pintores de Venecia que después de
trasnochar cantando en góndola y acariciando los
cabellos rojos de bellas muchachas, tomaban de
repente un aire reflexivo', casi austero, para en-
trar al taller del Ticiano.
» Ninguno de aquellos que han sido admitidos en
el salón de Leconte de Lisie, olvidará nunca el re-
cuerdo de esas nobles y dulces tardes, que durante
tantos años, fueron nuestras más bellas horas. Con
qué impaciencia al pasar cada semana esperába-
mos el sábado, el precioso sábado, en que nos era
dado encontrarnos, unidos en espíritu y corazón,
alrededor de aquel que te nía nuestro corazón y
toda nuestra ternura! Era en un saloncito, en el
quinto piso de una casa nueva, boulevard de los
Inválidos, en donde nos juntábamos para contar-
nos nuestros proyectos, llevar nuestros versos nue-
vos, y solicitar el juicio de nuestros camaradas y
de nuestro grande amigo. Los que han hablado de
entusiasmo mutuo, los que han acusado á nues-
tro grupo de demasiada complacencia consigo mis-
mo, esos, en verdad, han sido mal informados.
Creo que ninguno de nosotros se ha atrevido, en
casa de Leconte de Lisie, á formular un elogio ó
una crítica sin llevar íntimamente la convicción1
de decir la verdad. Ni más exagerado el elogio,
que acerba la desaprobación.
«Espíritus sinceros, he ahí en efecto lo que éra-
mos; y Leconte de Lisie nos daba el ejemplo de
esa franqueza. Con rudeza que sabíamos que ¡era
amable, sucedía que á menudo/ censuraba resuelta-
mente nuestras obras nuevas, reprochaba nues-
tras perezas y reprimía nuestras concesiones. Por-
que nos amaba no era indulgente. Pero también
qué precio daba á los elogios, esta acostumbra-
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da severidad ! Yo no sé que exista mayor gozo que
recibir la aprobación de un espíritu justo y fir-
me. Sobre todo, no creáis, por mis palabras, que
Leconte de Lisie haya nunca sido uno de esos ge-
nios exclusivos, deseosos de crear poetas á su ima-
gen, y que no aman en sus hijos literarios sino
su propia semejanza! Al contrario. El autor de
«Kain» es quizá, de todos los inventores de este
tiempo, aquel cuya alma se abre más ampliamente
á la inteligencia de las vocaciones y de las obras
más opuestas á su propia naturaleza. El no pre-
tende que nadie sea lo que él es magníficamente.
La sola disciplina que imponía — era la buena— con-
sistía en la veneración del Arte, y el desdén de
los triunfos fáciles. El era el buen consejero de
las probidades literarias, sin impedir jamás el vue-
lo personal de nuestras aspiraciones diversas, él
fué, él es aún, nuestra conciencia poética misma.
A él es á quien pedimos, en las horas de duda,
que nos prevenga del mal. El condena, ó absuelve
y estamos sometidos.
« jAh ! yo me acuerdo aún de todas las bromas que
se hacían entonces, sobre nuestras reuniones en
el salón de Leconte de Lisie. ¡Y bien ! los burlones
no tenían razón, pues, en verdad, lo creo y lo
digo, — en esta época felizmente desaparecida en
que la poesía era por todas partes burlada; en
que hacer versos tenía este sinónimo: morir de
hambre; en que todo el triunfo, todo el renombre,
pertenecía á los rimadores de elegías y verseros
de couplets, á los lloriqueadores y á los risueños;
en que era suficiente hacer un soneto para ser un
imbécil y hacer una opereta para ser una espe-
cie de grande hombre; en esta época era un bello
espectáculo el de aquellos jóvenes prendados del
arte verdadero, perseguidores del ideal, pobres la
mayor parte, y desdeñosos de la riqueza, que con-
fesaban imperturbablemente, venga lo que vinie-
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re, su fe de poetas, y que se agrupaban, con una
religión que nunca ha excluido' la libertad de pen-
samiento, alrededor de un maestro venerado, po-
bre como ellos!
»Otro error sería creer que nuestras reuniones
familiares fuesen sesiones dogmáticas y morosas.
Leconte de Lisie era de aquellos que pretenden
apartar, sobre todo del elogio, su personalidad ín-
tima y por tanto mi conversación no tendrá aquí
anécdotas. No diré de las sonrientes dulzuras de
una familiaridad de que estábamos tan orgullosos,
de las cordialidades de camarada que tenía con
nosotros el gran poeta, ni de las charlas al amor
del hogar, — porque se era serio, pero alegre, — ni
todo el bello humor casi infantil de nuestras apaci-
bles conciencias de artistas en el querido salón,
poco lujoso, pero tan neto y siempre en orden,
como una estrofa bien compuesta ; mientras la pre-
sencia de una joven en medio de nuestro amisto-
so respeto, agregaba su gracia á la poesía espar-
cida.»
Tai es el recuerdo que consagra Catulle Mendés
en uno de sus mejores libros, al hoy difunto jefe
del Parnaso. El alentó á los que le rodeaban, como
en otro tiempo Ronsard á los, de la Pléyade, al
cual cenáculo ha consagrado Leconte de Lisie muy
entusiásticas frases; pues quien en «Las Erinnias»
pudo renovar la máscara esquiliana, miraba con
simpatía á Ronsard, que tuvo el fuego pindárico,
anhelo de perfección y amor absoluto á la Be-
lleza.
Mas Leconte brillará siempre al fulgor de Hugo.
¿Qué porta-lira de nuestro siglo no desciende de
Hugo? ¿No ha demostrado triunfantemente Men-
dos— ese hermano' menor de Leconte de Lisie, —
que hasta el árbol genealógico de los Rougon Mac-
quarl'lia nacido al amor del roble enorme del más
grande de los poetas? Los parnasianos proceden,
- 42 -
de los románticos, como los decadentes de los par-
nasianos. «La Leyenda de los siglos» refleja su
luz cíclica sobre los «Poemas trágicos, antiguos
y bárbaros.» La misma reforma métrica de que
tanto se enorgullece con justicia el Parnaso, ¿quién
ignora que fué comenzada por el colosal artífice
revolucionario de 1830?
La fama no ha sido propicia á Leconte de Lisie.
Hay en él mucho de olímpico, y esto le aleja de
la gloria común de los poetas humanos. En Fran-
cia, en Europa, en el mundo, tan solamente los
artistas, los letrados, los poetas, conocen y leen
aquellos poemas. Entre sus seguidores, uno hay
que adquirió gran renombre: José María de He-
redia, también como él nacido en una isla tropi-
cal. En lengua castellana apenas es conocido Le-
conte de Lisie. Yo no sé de ningún poeta que le
haya traducido, exceptuando al argentino Leopol-
do Diaz, mi amigo muy estimado, quien ha pues-
to en versos castellanos el «Cuervo», —con motivo
de lo cual el poeta francés le envió una real es-
quela,—«El sueño del condor», «El desierto», «La
tristeza del Diablo», y «La espada de Angantir»,
todo de los «Poemas bárbaros», como también
«Los Elfos», cuya traducción es la siguiente:
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Del bosque por arduo y angosto sendero
en corcel obscuro marcha un caballero.
Sus espuelas brillan en la noche bruna,
y, cuando en su rayo le envuelve la luna
fulgurando luce con vivos destellos,
un casco de plata sobre sus cabellos.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
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Cual ligero enjambre, todos le rodean,
y en el aire mudo raudos voltegean.
— Gentil caballero, ¿dó vas tan de prisa?
La reina pregunta, con suave sonrisa.
Fantasmas y endriagos hallarás doquiera;
ven, y danzaremos en la azul pradera.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
— ¡No! Mi prometida, la de ojos hermosos
me espera y mañana seremos esposos.
Dejadme prosiga, Elfos encantados,
que holláis vaporosos el musgo en les prados.
Lejos estoy, lejos de la amada mía,
y ya los fulgores se anuncian del día.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados,
—Queda, caballero, te daré á que elijas
el ópalo mágico, las áureas sortijas
y, lo que más vale que gloria y fortuna:
mi saya tejida con rayos de luna.
— ¡No!— dice él.— ¡Pues anda!— Y su blanco dedo
su corazón toca é infúndele miedo.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Y el corcel obscuro, sintiendo la espuela,
parte, corre, salta, sin retardo vuela,
mas el caballero, temblando, se inclina:
ve sobre la senda forma blanquecina
que los brazos tiende, marchando sin ruido.
— ¡Déjame, oh demonio, Elfo maldecido!
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
— 44 -
—¡Déjame, fantasma siempre aborrecida!
Voy á desposarme con mi prometida.
•—Oh, mi amado esposo, la tumba perenne
será nuestro lecho de bodas solemne.
¡He muerto! — dice ella, y él, desesperado,
de amor y de angustia cae muerto á su lado.
De tomillos y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Duerma en paz el hermoso anciano, el caballero
de Apolo. Ya su espíritu sabrá de cierto lo que se
esconde tras el velo negro de la tumba. Llegó por
fin la por él deseada, la pálida mensajera de la
verdad.
Pinjóme la llegada de su sombra á una de las
islas gloriosas, Tempes, Amatantes celestes, en
donde los orfeos tienen su premio. Recibiránle con
palmas en las manos, coros de vírgenes cubiertas
de albas, impalpables vestiduras; á lo lejos des-
tacarás© la harmonía del pórtico de un templo;
bajo frescos laureles, se verán las blancas bar-
bas de los antiguos amados de las musas, Homero,
Sófocles, Anacreonte. En un bosque cercano, un
grupo de centauros, Quirón á la cabeza, se acerca
para mirar al recién llegado. Brota del mar un
himno. Pan aparece. Por el aire suave, bajo la cú-
pula azul del cielo, un águila pasa, en vuelo rápido,
camino del país de las pagodas, de los lotos y de
los elefantes.
Paul Verlaine
Y al fin vas á descansar; y al fin has dejado de
arrastrar tu pierna lamentable y anquilótica, y tu
existencia extraña llena de dolor y de ensueños,
¡oh pobre viejo divino! Ya no padeces el mal de
la vida, complicado en ti con la maligna influen-
cia de Saturno.
Mueres, seguramente en uno de los hospitales
que has hecho amar á tus discípulos, tus «palacios
de invierno», los lugares de descanso que tuvieron
tus huesos vagabundos, en la hora de los impla-
cables reumas y de las duras miserias parisienses.
Seguramente, has muerto rodeado de los tuyos,
de los hijos de tu espíritu, de los jóvenes ofician-
tes de tu iglesia, de los alumnos de tu escuela, ¡oh
lírico Sócrates de un tiempo imposible!
Pero mueres en un instante glorioso: cuando tu
nombre empieza á triunfar, y la simiente de tus
ideas, á convertirse en magníficas flores de arte,
aun en países distintos del tuyo; pues es el mo-
mento de decir que hoy, en el mundo entero, tu
figura, entre los escogidos de diferentes lenguas
y tierras, resplandece en su nimbo supremo, así
sea delante del trono del enorme Wagner.
- 46
El holandés Bivanck se representa á Verlaine
como un leproso sentado á la puerta de una cate-
dral, lastimoso, mendicante, despertando en los fie-
les que entran y salen, la compasión, la caridad.
Alfred Ernst le compara con Benoit Labre, vivien-
te símbolo de enfermedad y de miseria; antes León
Bloy le había llamado también el Leproso en el por-
tentoso tríptico de su «Brelan», en donde está pin-
tado en compañía del Niño Terrible y del Loco:
Bar bey d’ Aurevilly y Ernesto¡ Helio. ¡Ay, fué su
vida así ! Pocas veces ha nacido de vientre de mu-
jer un ser que haya llevado sobre sus hombros
igual peso de dolor. Job le diría: «¡Hermano mío!»
Yo confieso que después de hundirme en el agi-
tado golfo de sus libros, después de penetrar en
el secreto de esa existencia única; después de ver
esa alma llena de cicatrices y de heridas incura-
bles, todo el eco de celestes ó profanas músicas,
siempre hondamente encantadoras; después de ha-
ber contemplado aquella figura imponente en su
pena, aquel cráneo soberbio, aquellos ojos obscu-
ros, aquella faz con algo de socrático, de pierro-
tesco y de infantil; después de mirar al dios caído,
quizá castigado por olímpicos crímenes en otra
vida anterior; después de saber la fe sublime y
el amor furioso y la inmensa poesía que tenían!
por habitáculo aquel claudicante cuerpo infeliz,
sentí nacer en mi corazón un doloroso cariño que
junté á la grande admiración por el triste maestro!
A mi paso por París, en 1893, me había ofrecido
Enrique Gómez Carrillo presentarme á él. Este
amigo' mío había publicado una apasionada im-
presión que figura en sus «Sensaciones de Arte»,
en la cual habla de una visita al cliente del hos-
pital de Broussais. «Y allí le encontré siempre dis-
puesto á la burla terrible, en una cama estrecha
de hospital. Su rostro enorme y simpático cuya pa-
lidez extrema me hizo pensar en las figuras pin-
47 —
tadas por Ribera, tenía un aspecto hierático. Su
nariz pequeña se dilata á cada momento para as-
pirar con delicia el humo del cigarro. Sus labios
gruesos que se entreabren para recitar con amor
las estrofas de Villón ó para maldecir contra los
poemas de Ronsard, conservan siempre su mueca
original, en donde el vicio y la bondad se mezclan
para formar la expresión de la sonrisa. Sólo su
barba rubia de cosaco, había crecido un poco y
se había encanecido^ mucho.»
Por Carrillo penetramos en algunas interiorida-
des de Varíame. No era éste en ese tiempo el viejo
gastado y débil que uno pudiera imaginarse, antes
bien «un viejo robusto.» Decíase que padecía de
pesadillas espantosas y visiones en las cuales los
recuerdos de la leyenda obscura y misteriosa de
su vida, se complicaban con la tristeza y el terror
alcohólicos. Pasaba sus horas de enfermedad, á
veces en un penoso aislamiento, abandonado y ol-
vidado, a pesar de las bondadosas iniciativas de
los Mendés ó de los León Deschamps.
¡Dios mío! aquel hombre nacido para las espi-
nas, para los garfios y los azotes del mundo, se
me pareció como un viviente doble símbolo de
la grandeza angélica y de la miseria humana. An-
gélico. lo era Verlaine; tiorba alguna, salterio al-
guno, desde Jacopone de Todi, desde el Stabat Ma-
ter, ha alabado á la Virgen con la melodía filial,
ardiente y humilde de «Sagésse»; lengua alguna,
como no sean las lenguas de los serafines proster-
nados ha cantado mejor la carne y la sangre del
Cordero; en ningunas manos han ardido mejor
los sagrados carbones de la penitencia; y penitente
alguno se ha flagelado los desnudos lomos con igual
ardor de arrepentimiento que Verlaine cuando se
ha desgarrado el alma misma, cuya sangre fresca
y pura ha hecho abrirse rítmicas rosas de mar-
tirio.
— 48 ~
Quien lo haya visto en sus «Confesiones», en sus
«Hospitales», en sus otros libros íntimos, compren-
derá bien al hombre — inseparable del poeta— y ha-
llará que en ese mar tempestuoso primero, muerto
después, hay tesoros de perlas. Yerlaine fué un
hijo desdichado de Adán, en el que la herencia
paterna apareció con mayor fuerza que en los de-
más. De los tres Enemigos, quien menos mal le hizo
fué el Mundo. El Demonio le atacaba; se defendía
de él, como podía, con el escudo de la plegaria.
La Carne sí, fué invencible é inaplacable. Raras
veces ha mordido cerebro humano con más furia
y ponzoña la serpiente del Sexo. Su cuerpo era la
lira del pecado. Era un eterno prisionero del de-
seo. Al andar, hubiera podido buscarse en su hue-
lla, lo hendido del pie. Se extraña uno no ver so-
bre su frente los dos cuernecillos, puesto que en
sus ojos podían verse aún pasar las visiones de
las blancas ninfas, y en sus labios, antiguos cono-
cidos de la flauta, solía aparecer el rictus del egi-
pán. Como el sátiro de Hugo, hubiera dicho á
la desnuda Venus, en el resplandor del monte sa-
grado: «¡Viens nous en...!» Y ese carnal pagano
aumentaba su lujuria primitiva y natural á medi-
da que acrecía su concepción católica de la culpa.
Mas ¿habéis leído unas bellas historias renova-
das por Anatole Franco de viejas narraciones ha-
giográficas, en las cuales hay sátiros que adoran
á Dios, y creen en su cielo y en sus santos, lle-
gando en ocasiones hasta ser santos sátiros? Tal
me parece Pauvre Lelián, mitad cornudo flautista
de la selva, violador de hamadriadas, mitad asceta
del Señor, eremita que, extático, canta sus salmos.
El cuerpo velloso sufre la tiranía de la sangre, la
VoluntaH imperiosa de los nervios, la llama de la
primavera, la afrodisia de la libre y fecunda monta-
ña; el espíritu se consagra á la alabanza del Pa-
dre, del Hijo, del Santo Espíritu, y sobre todo.
- 49 -
He la inatemal y casta Virgen; de modo que al dar
la tentación su clarinada, el espíritu ciego, no mira,
queda como en sopor, al son de la fanfarria car-
nal; pero tan luego como el sátiro vuelve del bos-
caje y el alma recobra su imperio y mira á la
altura de Dios, la pena es profunda, el salmo bro-
ta. Así, hasta que vuelve á verse pasar á través de
las hojas del bosque, la cadera de Kalixto...
Cuando el Dr. Nordau publicó la obra célebre
digna del Dr. Triboulat Bonhoment, «Entartung»,
la figura de Verlaine, casi desconocida para la ge-
neralidad—y en la generalidad pongo á muchos de
la élite en otros sentidos— surgió por la primera
vez, en el más curiosamente abominable de los re-
tratos. Elpoeta de «Sagessé» estaba señalado como
Uno de los más patentes casos demostrativos de
la afirmación pseudocientífica de que los modos
estéticos contemporáneos son formas de descom-
posición intelectual. Muchos fueron los atacados;
se defendieron algunos. Hasta el cabalístico Ma-
llarmé descendió de su trípode para demostrar
el escaso intelectualismo del profesor austro ale-
mán, en su conferencia sobre la Música y la Lite-
ratura dada en Londres. Pauvre Lelian no se de-
fendió á sí mismo. Comentaría cuando el caso con
algunos ¡dám! en el Frangote! I ó en el D‘ Harcourt.
Varios amigos discípulos le defendieron; entre to-
dos con vigor y maestría lo hizo Charles Tennib,
y su hermoso y justificado ímpetu correspondió
á la presentación del «caso» por Max Nordau:
«Tenemos ante nosotros la figura bien neta del
jefe más famoso de los simbolistas. Vemos un es-
pantoso degenerado, de cráneo asimétrico y rostro
mongoloide, un vagabundo impulsivo, un dipsóma-
no... un erótico... un soñador emotivo, débil de es-
píritu, que lucha dolorosamente contra sus malos
Los raros — 4
— 50 —
Instintos y encuentra á veces en su angustia con-
movedores acentos de queja, un místico cuya con-
ciencia humosa está llena de representaciones de
Dios y de los santos; y un viejo chocho etc.»
En verdad que los ¡clamores de ese generoso De
Amicis contra la ciencia que acaba de descuartizar
á Leopardi después de desven trar al Tasso, son
muy justos, é insuficientemente iracundos.
En la vida de Verlaine hay una nebulosa leyen-
da que ha hecho crecer una verde pradera en que
ha pastado á su placer el «pan-muflisine.» No me
detendré en tales miserias. En estas líneas escri-
tas al vuelo-, y en el momento de la impresión cau-
sada por su muerte, no puedo ser tan extenso como
quisiera.
De la obra de Verlaine, ¿ qué decir ? El ha sido el
más grande de los poetas de este siglo. Su obra está
esparcida sobre la faz del mundo. Suele ya ser ver-
gonzoso para los escritores ápteros oficiales, no
citar de cuando en cuando, siquiera sea para cen-
surar sordamente, á Paul Verlaine. En Suecia y
Noruega los jóvenes amigos de lonas Lee, propagan
la influencia artística del maestro. En Inglaterra,
á donde iba á dar conferencias, gracias á los es-
critores nuevos, como Symons, y los colaboradores
del Vello w Book, el nombre ilustre se impone; la
New Review daba sus versos en francés. En los Es-
tados Unidos antes de publicarse el conocido estu-
dio de Symons en el «Harpers’s— The decadent
movement in litera ture»— la fama del poeta era
conocida. En Italia, D’ Annunzio reconoce en él á
uno de los maestros que le ayudaran á subir á la
gloria; Vittorio Pica y los jóvenes artistas de la
Tavola Rotonda exponen sus doctrinas; en Holan-
da la nueva generación literaria— nótese un es-
tudio de Werwey — le saludan en su alto puesto;
en España es casi desconocido y serálo por mucho
tiempo: solamente el talento de Clarín creo que
- 51 — -
lo tuvo en alta estima; en lengua española no se
ha escrito aún nada digno de Verlaine; apenas lo
publicado por Gómez Carrillo; pues las impresio-
nes y notas de Bonafoux y Eduardo Pardo, son li-
gerísimas.
Vayan, pues, estas líneas, como ofrenda del mo-
mento. Otra será la ocasión en que consagre al
gran Verlaine el estudio que merece. Por hoy, no
cabe el análisis de su obra.
«Esta pata enferma me hace sufrir un poco: me
proporciona, en cambio, más comodidad que mis
versos, que me han hecho sufrir tanto! Si no fue-
se por el reumatismo yo no podría vivir de mis
rentas. Estando bueno, no lo admiten á uno en el
hospital.»
Esas palabras pintan al hermano trágico de Vi-
llon.
No era mala, estaba enferma su animula , blan-
dicia, vagula... Dios la haya acogido en el cielo
como en un hospital!
SI (onde jVtatías Augusto de Villiers
de £‘ Jslc Mata
¡Va. oultre!
(Divisa de los Villiers de L’ Isle Adam),
«Este era un rey...» Así, como en los cuentos
azules, hubiera debido empezar la historia del mo-
narca raté , pero prodigioso poeta, que fué en esta
vida el conde Matías Felipe Augusto de Villiers
de T Isle Adam. Puédese construir este fragmento
de historia ideal: «Por aquel tiempo— fué á me-
diados del indecoroso siglo XIX, — el país de Gre-
cia vio renacer su esplendor. Un príncipe seme-
jante á los príncipes antiguos, se coronó en Ate-
nas, y brilló como un astro real. Era descendiente
de los caballeros de Malta; había en él algo del
príncipe Iiamlet y mucho del rey Apolo; hacía
anunciar su paso con trompetas de plata; recorría
los campos en carrozas heroicas, tiradas por cua-
drillas de caballos blancos; echó de su reino á
todos los ciudadanos de los Estados Unidos de Nor-
te América;, pensionó magníficamente á pintores,
escultores y rimadores, de modo que las abejas
áticas se despertaban á un sonido de cinceles y de
liras; pobló de estatuas los bosques; hizo volver
á los ojos de los pastores la visión de las ninfas y
- 54 -
de las diosas; recibió la visita de un soberano so-
ltador que se llamaba Luis de Baviera, señor her-
moso como Lohengrin, y á quien amaba Loreley
y vivía junto á un lago azul nevado de cisnes; llevó
á Wagner á la harmoniosa tierra del Olimpo, de
modo que el bello sol griego puso su aureola de
oro en la divina frente de Euforión; envió emba-
jadas á los países de Oriente y cerró las puertas
del reino álps bárbaros occidentales; volvió gracias
á él la gloria de las musas; y cuando murió no se
supo si fué un águila ó un unicornio quien llevó
su cuerpo á un lugar misterioso.»
Pero la suerte, ¡oh, sire, oh excelso poeta! no
quiso que se realizase ese adorable sueño, en este
tiempo que ha podido envolver en la más alta
apoteosis la abominable figura de un Franklin!
Villiers de P Isle Adam es un sér raro entre los
raros. Todos los que le conocieron conservan de
él la impresión de un personaje extraordinario.
A los ojos del hermético y fastuoso Hallarme
es un tipo de ilusión, un solitario, — como las más
bellas piedras y las más santas almas:— además,
en todo y por todo, un rey; un rey absurdo si
queréis, poético, fantástico; pero un rey. Luego
un genio. «El joven más magníficamente dotado
de su generación», escribe Henry Laujol. Mendés
exclama á propósito de Villiers, en 1884:
«¡Desgraciados los semidioses! Están demasia-
do lejos de nosotros para que les amemos como
hermanos y demasiado cerca para que les adore-
mos como á maestros.» El tipo del semi-genio,
descripto por el poeta de «Panteleia», es verdadero.
Más de una vez habréis pensado en ciertos espí-
ritus que hubieran podido ser, como una chispa
más del fuego celeste con que Dios forma los gen
nios, genios completos, genios totales; pero que,
águilas de cortas alas, ni pueden llegar á la supre-
— 55 —
lila altura, como los cóndores, ni revolar en el bos-
que, como los ruiseñores.
Van más allá del talento los semi-genios; pero
no tienen voz para decir, como en la página de
Hugo, á las puertas de lo infinito: «Abrid; yo soy
el Dante.» Por flo tanto flotan aislados sin poder
subir á las fortalezas titánicas de Shakespeare, ni
acogerse á los kioscos floridos de Gautier. Y son
desgraciados.
Hoy, ya publicada toda la obra de Villiers de
F Isle Adam, no hay casi vacilación alguna en
poder saludarle entre los espíritus augustos y su-
periores. Sigenio es el que crea, y el que ahonda
más en lo divino y misterioso, Villiers fué genio.
Nació para triunfar y murió sin ver su triunfo';
descendiente de nobilísima familia, vivió pobre, ca-
si miserable; aristócrata por sangre, arte y gus-
tos, tuvo que frecuentar medios impropios de su
delicadeza y realeza. Bien hizo Verlaine en incluir-
le entre sus poetas Malditos. Aquel orgulloso, del
más justo orgullo; aquel artista que escribía: «¿Qué
nos jmporta la justicia? Quien al nacer no trae
en su pecho ,su propia gloria no conocerá nunca
la significación real de esa palabra», —hizo su pe-
regrinación por la tierra acompañado del sufri-
miento: y fué ¡un maldito.,
Según Verlaine, y sobre todo, según su biógrafo
y primo R. du Fontavice de Heussey, comenzó
por escribir versos. Despertó á la poesía en la
campaña bretona, donde, como Poe, tuvo un amor
desgraciado, una ilusión dulce y pura que se llevó
la muerte. Es de notarse que casi todos los gran-
des poetas han sufrido el mismo dolor: de aquí
esa bella constelación ,de divinas difuntas que bri-
llan milagrosamente en el cielo del arte, y que se
llaman Beatrice, Lady Rowena de Tremain, y la
dama sublime que hizo vibrar con melodiosa tris-
56 -
teza el laúd de Dante Gabriel Rossetti. Villiers
á los diecisiete años, cantaba ya:
¡Oh! vous souvenez vous, forét délicieuse,
de la jolie enfant qui passait gracieuse,
souriant simplement au ciel, á P avenir,
se perdant avec moi dans ces vertes allées?
¡Eh bien! parmi les lis de vos sombres vallées
vous ne la verrez plus venir.
Villiers no' volvió á amar con el fuego de sus
primeros años; esa casi infantil pasión, fue la más
grande de su vida.
Advierte Gautier, al hablar en sus «Grotesques»
de Chapelain, cómo la familia de éste, contrarian-
do el natural horror que los padres tienen por la
carrera literaria, se propuso dedicarle á la poesía.
El resultado fué dotar á las letras francesas de un
excelente mal poeta. No fué así por cierto el caso
de Villiers. Sus padres le alentaron en sus luchas
de artista, desde los primeros años; por ley atá-
vica existía en toda esa .familia el sentimiento de
las grandezas y la confianza en todas las victorias.
Jamás dejaron de tener esperanza los buenos vie-
jos,—principalmente ese soberbio marqués, bus-
cador de tesoros, — en que la cabeza de su Matías
estaba destinada para la corona, ya fuese la de
los reyes, ó la verde y fresca de laurel. Si apenas
logró entrever ésta en los últimos días de su exis-
tencia,— á punto de qué Verlaine le llamase «trés
glorieux»— la de crucificado del arte llevó siempre
clavada, el infeliz soñador.
Cuando Villiers llegó á París era el tiempo en
que surgía el alba del Parnaso. Entre todos aque-
llos brillantes luchadores su llegada causó asom-
bro. Coppée, Dierx, Heredia, Verlaine, le saluda-
ron como á un triunfante capitán. Mallarmé dice:
«¡Un genio!» Así lo comprendimos nosotros. El
- 57 -
genio se reveló desde las primeras poesías, pu-
blicadas en un volumen dedicado al conde Alfred
de Vigny. Luego, en la «Revue Fantaisiste» que
dirigía Catulle Mendés, dió vida al personaje más
sorprendente que haya animado la literatura de
este siglo: el Dr. Tribulat Bonhomet. Solamente
un soplo de Shakespeare hubiera podido hacer
vivir, respirar, obrar de ese modo, al tipo estupen-
do que encarna nuestro incomparable tiempo.
El Dr. Tribulat Bonhomet, es una especie de Don
Quijote trágico y maligno, perseguidor de la Dul-
cinea del utilitarismo y cuya figura está pintada
de tal manera, que hace temblar. La influencia
misteriosa y honda de Poe ha prevalecido, es in-
negable, en la creación del personaje.
Oigamos á Huyssmans: habla de Des Esseintesi:
«Entonces se dirigía á Villiers de 1’ Isle Adam, en
cuya obra esparcida notaba observaciones aún se-
diciosas, vibraciones aún espasmáticas ; pero que
ya no (lardeaban — á excepción de su Claire Le-
noir, al menos, — un horror tan espantable...»
La historia de «discréte et scientifique personne,
dame veuve Claire Lenoir», que es la misma en
que aparece el Dr. Bonhomet, tiene páginas en que
se cree ver un punto: más allá de lo desconocido.
Shakespeare y Poe han producido semejantes
relámpagos, que medio iluminan, siquiera sea por
un instante, las tinieblas de la muerte, el obscuro
reino de lo sobrenatural. Este impulso hacia lo
arcano de la vida persiste en obras posteriores,
como los «Cuentos crueles», los «Nuevos cuentos
crueles», «ísis» y una de las novelas más originales
y fuertes que se hayan escrito: «La Eva futura.»
Espiritualista convencido, el autor, apoyado en He-
gel y en Kant, volaba por el orbe de las posibili-
dades, teniendo á su servicio la razón práctica,
mientras tomaba fuerza para ascender y asir de
su túnica, impalpable á Psiquis, Tullía Fabriana,
- 58 ~
primera parte de «Isis», acusa en Villiers, á los
ojos de la crítica exigente, exageración romántica.
A esto no habría que decir sino que Tullía Fa-
briana fué el «Han de Islandia» de Villiers de
T Isle Adam.
Su vida es otra novela, otro cuento, otro poe-
ma. De ella veamos, por ejemplo, la leyenda del
rey de Grecia, apoyados en las narraciones de
Laujol, Verlaine y B. Pontavice de Heussey. Dice
el último: «En el año de gracia de 1863, en la épo-
ca en que el gobierno imperial irradiaba con su
más fulgurante brillo, faltaba un rey al pueblo de
los helenos. Las grandes potencias que protegían
á la heroica y pequeña nación á que Byron sacri-
ficó su vida, Francia, Rusia, Inglaterra, se pusie-
ron á buscar un joven tirano constitucional para
darlo á su protegida. Napoleón III tenía en esta
época voz preponderante en los congresos, y se
preguntaban con ansiedad si él presentaría un can-
didato y si éste sería francés. En fin, los diarios
aparecían llenos de decires y comentarios sobre
ese asunto palpitante: la cuestión griega estaba
á la orden del día. Los noticieros podían sin te-
mor dar rienda suelta á la imaginación, pues mien-
tras que las otras naciones parecían haber defini-
tivamente escogido al hijo del rey de Dinamarca,
— el emperador, tan justamente llamado «el prínci-
pe taciturno» por su amigo de días sombríos, Carlos
Dickens, — el emperador, digo, continuaba callado
y haciendo- guardar su decisión. Así estaban las
cosas, cuando una mañana de principios de mar-
zo, el gran marqués (habla del padre de Villiers)
entra como huracán en el triste salón de la calle
Saint-Honoré, blandiendo un diario sobre su ca-
beza y en un indescriptible estado de exaltación
que pronto compartió toda la familia. He aquí en
en efecto la extraña noticia que publicaban esa
mañana muchas hojas parisienses: «Sabemos de
- 59 —
fuente autorizada que una nueva candidatura al
trono de Grecia acaba de brotar. El candidato esta
vez es un gran señor francés, muy conocido de
todo París: el conde Matías Augusto de Villiers de
T Isle Adam, último descendiente de la augusta
línea que ha producido al heroico defensor de
Piodas y al primer gran maestre de Malta. En la
última recepción íntima del emperador, habiéndole
á éste preguntado uno de sus familiares sobre el
éxito que pudiera tener esta candidatura, su ma-
jestad ha sonreído de una manera enigmática. To-
dos nuestros votos al nuevo aspirante á rey.» Los
que me han seguido hasta aquí se figurarán segu-
ramente el efecto que debió producir en imagina-
ciones como las de la familia de Villiers semejan-
te lectura, etc., etc.» Hasta aquí Pontevice. Sea,
pase que haya habido en la noticia antes copia-
da, engaño ó broma de algún mistificador; pero
es el caso que en las Tullerías se le concedió una
audiencia al flamante pretendiente, para tratar del
asunto en cuestión. He allí que bien trajeado — ¡no,
ah, con el manto, ni la ropilla, ó la armadura de
sus abuelos!— fué recibido el conde en el palacio
real, por el duque de Bassano. Villiers vivía en el
mundo de sus ensueños, y cualquier monarca mo-
derno hubiera sido un buen burgués delante de
él, á excepción de Luis d e Baviera, el loco. Ma-
tías I,el poeta, desconcertó con sus rarezas al cham-
belán imperial; creyó ser víctima de ocultos ene-
migos, pensó una tragedia shakespeariana en po-
cos minutos; no quiso hablar sino con el empera-
dor. «II vous faudra done prendre la peine de ve-
nir une autre fois, monsieur le comte, dic le duc
en se levant; sa majesté était occupée et m’ avait
chargé de vous recevoir (1).» Así concluyó la pre-
tensión al trono de Grecia, y los griegos perdie-
(1) V. Poulavice.
- 60 -
ron la oportunidad de ver resucitar los tiempos
de Píndaro, bajo el poder de un rey lírico que
hubiera tenido un verdadero cetro, una verdader
ra corona, un verdadero manto; y que desterran-
do las abominaciones occidentales,— paraguas, som-
brero de pelo, periódicos, constituciones, etc.,— la
Civilización y el Progreso, con mayúsculas, haría
florecer los viejos bosques fabulosos, y celebrar
el triunfo de Hornero, en templos de mármol, bajo
los vuelos de las palomas y de las abejas, y al
mágico son de las ilustres cigarras.
Hay otras páginas admirables en la vida de este
magnífico desgraciado. Los comienzos de su vida
literaria los lian descripto afectuosamente y elo-
giosamente, Coppée, Mendés, Verlaine, Mallarmé,
Laujol; los últimos momentos de su vida, nadie
los ha pintado como el admirable Huysslnans. El
asunto del progreso con motivo de «Perrinet Le-
crerc», drama histórico de Lockroy y Anicet Bour-
geois, dio cierto relieve al nombre de Villiers;
pues únicamente una alma como la suya hubiera
intentado, con todo el fuego de su entusiasmo,
salir á la defensa de un tan antiguo antepasado
como el mariscal Jeau de Y Isle Adam, difamado
en la pieza dramática antes nombrada. Después
el duelo con el otro Villiers militar, que desdeñán-
dole antes, al llegar el momento del combate, le
abraza y reconoce su nobleza.
Algunas anécdotas y algunas palabras de Co-
ppée:
Se refiere á la llegada de Villiers al cenáculo par-
nasiano: «Súbitamente en la asamblea de poetas
un grito jovial fué lanzado por todos: ¡Villiers! ¡Es
Villiers ! Y de repente un joven de ojos azul pálido,
piernas vacilantes, mordiendo un cigarro, movien-
do con gesto capital su cabellera desordenada y
retorciendo su corto bigote rubio, entra con aire
turbado, distribuye apretones de mano distraídos^
— 61 — -
ve el piano abierto, se sienta, y, crispados sus de-
dos sobre el teclado, canta con voz que tiembla,
pero cuyo acento mágico y profundo jamás olvida-
rá ninguno de nosotros, una melodía que acaba
de improvisar en la calle, una vaga y misteriosa
melopea que acompañaba duplicando la impresión
turbadora, el bello soneto de Beaudelaire:
Nous aurons des lits pJeihs d’ odeurs légers,
Des divans profonds comme des tombeaux, etc.
Después cuando todo el mundo está encantado,
el cantor, mascullando las últimas notas de su
melodía, se interrumpe bruscamente, se levanta,
se aleja del piano, va como; á ocultarse á un rincón
del cuarto, y enrollando otro cigarrillo, lanza á
su auditorio estupefacto un vistazo desconfiado y
circular, una mirada de Hamlet á los pies de Ofe-
lia, en la representación del asesinato de Gonzaga.
Tal se nos apareció, hace dieciocho años en las
amistosas reuniones de la rué de Douai, en casa
de Catulle Mendos, el conde Augusto Villiers de
1’ Isle Adam.»
El año de 1875 se promovió un concurso en Pa-
rís, para premiar con una fuerte suma y una meda-
lla, «al autor dramático francés que en una obra
de cuatro ó cinco actos, recordara más poderosa-
mente el episodio de la proclamación de la inde-
pendencia de los Estados Unidos, cuyo centésimo
aniversario caía en 4 de julio de 1876.» El tema
habría regocijado al Dr. Tribulat Bohomet. Villiers
se decidió á optar al premio y á la medalla.
El jurado estaba compuesto de críticos de los
diarios, de Augier, Feuillet, Legouvé, Grenville, Mu-
rray, del «Herald» de New York, Perrin y, como
presidente de honor, Víctor Hugo. El conde Ma-
- 62 -
tías creó una obra ideal en un terreno prosaico y
difícil.
No lo hubiera hecho de distinto modo el autor
de los «Cuentos extraordinarios.» En resumen, y,
naturalmente, no se ganó el premio.
Furioso, fulminante, se dirigió nada menos que
á casa del dios Hugo, que en aquellos días estaba
en la época más resplandeciente y autocrática de
su imperio. Entró y lanzó sus protestas á la faz
del César literario, á quien llegó á acusar de des-
lealtad, y á cuya chochez aludió.
Un señor había allí entre los príncipes de la corte,
que se encaró con Villiers y le arrojó esta frase:
«¡La probidad no tiene edad, señor!»
Villiers le midió con una vaga mirada, y muy
dulcemente respondió al viejo: «Y la tontería tam-
poco, señor (1).»
Cuando Drumont hizo estallar su primer torpedo
antisemita, con la publicación de la France juive ,
los poderosos israelitas de París buscaron un es-
critor que pudiese contestar victoriosamente la obra
formidable del panfletista. Alguien indicó á Vi-
lliers, cuya pobreza era conocida; y se creyó com-
prar su limpia conciencia, y su pluma. Enviáronle
con este objeto un comisionado, sujeto de verbo y
elegancia, comerciante y hombre de mundo. Este
penetró á la humilde habitación del poeta insig-
ne, le babeó sus adulaciones mejor hiladas, le puso
sobre el techo de la sinagoga, le expuso las injus-
ticias persistentes é implacables del rabioso Dru-
imiont y, por último, suplicó al descendiente del de-
fensor de Rodas, dijese cuál era el precio de sus
escritos, pues éste sería pagado en buenos luisas
de oro inmediatamente. Quizá no habría comido
Villiers ese día en que dio esta incomparable res-
(1) Pontavice. Vida de Villiers.
- 63 -
puesta: «¿Mi precio, señor? No ha cambiado des-
de Nuestro Señor Jesucristo: treinta dineros!»
A Analote France, cuando llegó un día á pedirle
datos sobre sus antepasados:
« — ¡Cómo! ¡queréis que os hable del ilustre gran
maestre y del célebre mariscal, mis antepasados,
así no más, en pleno sol y á las diez de la ma-
ñana!»
En la mesa del pretendido delfín de Francia Na-
undorff, con motivo de un rasgo de soberbia y de
desprecio que tuvo aquél para con un buen ser-
vidor, el conde de F... y en momentos en que este
pobre anciano se retiraba llorando avergonzado:
« — Sire, bebo por vuestra majestad. Vuestros tí-
tulos son decididamente indiscutibles. ¡Tenéis la
ingratitud de un rey!»
En sus últimos días, á un amigo:
« — ¡Mi carne está ya madura para la tumba!»
Y corno estas, innumerables frases, arranques,
originalidades que llenarían un volumen.
Su obra genial forma un hermoso zodiaco, impe-
netrable para la mayoría: resplandeciente y lleno
de los prestigios déla iniciación, para los que pue-
den colocarse bajo su círculo de maravillosa luz.
En los «Cuentos crueles»,' libro que con justicia
Mendés califica de libro extraordinario», Poe y
Swift aplauden.
El dolor misterioso y profundo se os muestra,
ya con una indescriptible, falsa y penosa sonrisa,
ya al húmedo brillo de las lágrimas. Pocos han reí-
do tan amargamente como Villiers. «Le Nouveau
Monde», ese dram!a confuso en el cual cruza como
una creación fantástica la protagonista — obra ante
la cual Maetérlink debe inclinarse, pues si hay hoy
drama simbolista, quien dió la nota inicial fué Vi-
lliers,— «Le Nouveau Monde», digo, aunque difí-
cilmente representable, queda como una de las ma-
~ 64 --
infestaciones más poderosas de la moderna dramá-
tica. El esfuerzo estético principal consiste á mi
modo de ver, en la presentación de un personaje
como mistress Andrews — en el medio norteameri-
cano, de suyo refractario á la verdadera poesía,—
tipo rodeado de una bruma legendaria, hasta con-
vertirse en una figura vaporosa, encantada y poé-
tica. A. Edilh Evandale sonríen cariñosa y frater-
nalmente las heroínas de las baladas sajonas. La
Eva Futura no tiene precedente ninguno: es obra
cósmica y única; obra de sabio y de poeta; obra
de la cual no puede hablarse en pocas palabras.
Sea suficiente decir que pudieran en su frontispi-
cio grabarse, como un símbolo, la Esfinge y la Qui-
mera; que la andreida creada por Villiers no admi-
te comparación alguna, á ¡no ser que sea con la Eva
del Eterno Padre; y que al acabar de leer la última
página, os sentís conmovidos, pues creéis escuchar
algo de lo qUe murmura la Boca de Sombra. Cuando
Edison estuvo en París en 1889, alguien le hizo co-
nocer esa novela en que el Brujo es el principal
protagonista. El inventor del fonógrafo quedó sor-
prendido. «He aquí dijo, un hombre que me su-
pera: ¡yo invento; él crea!» «Ellen» y «Morgane»,
dramas. La fantasía despliega sus juegos de colores,
sus irisados abanicos. «Akedysseril», la India con
sus prestigios y visiones; coros de guerreras y
guerreros, el himno de Iadnour-Veda y la palabra
de la felicidad; evocaciones de antiguos cultos y
de liturgias suntuosas y bárbaras; sacrificios y
plegarias; un poema de Oriente, en el cual la reina
Akedysseril aparece, hierática y suprema, vence-
dora en su esplendorosa majestad.
No cabría en los límites de este artículo una com-
pleta reseña de las obras de Villiers; pero es impo-
sible dejar de recordar á «Axel», el drama que aca-
ba de presentarse en París, gracias á los esfuerzos
— 65 —
ele una noble y valiente escritora: M adame Tola
Dorián.
«Axel», es la victoria del deseo sobre el hecho ;
del amor ideal sobre la posesión. Llégase hasta
renegar — según la frase de Janus — de la naturale-
za, para realizar la ascensión hacia el espíritu ab-
soluto. Axel, como Lohengrin, es casto; fin de esa
pasión ardorosa y pura, no puede tener más des-
enlace que la muerte.
Esc poema dramático, escrito en un luminoso,
diamantino lenguaje, representado por excelentes
artistas, y aplaudido por una muchedumbre de
admiradores, de poetas, de oyentes escogidos— sin
que dejase de haber, según las crónicas, gentes
«malfilatres», como diría el inmortal maestro, — hu-
biera sido para él conquista soberana en vida. Mas
quien fué tan desventurado, no tuvo ni esa reali-
zación de uno de sus más fervientes deseos, en tiem-
pos en que se ponía los pantalones de su primo y
tomaba por todo alimento diario una taza de caldo !
En 1889, en el establecimiento' de los hermanos
de San Juan de Dios, de París, el conde Matías
Augusto de Villiers de 1’ Isle Adam, descendien-
te de los señores de Villiers de 1‘ Isle Adam, de
Chailly, originarios de la Isla de Francia; quien
tuvo entre sus antepasados á Pedro, gran maestre
y porta-oriflama dVe Francia; á Felipe gran maes-
tre de la orden de Malta y defensor de la isla de
Rodas en el sitio impuesto por la fuerza de Soli-
mán; y á Francisco, marqués, «gran louvetier de
Frailee» en 1550; se unía, en matrimonio, en el le-
cho de muerte, á una pobre muchacha inculta
con la cual había tenido un hijo. El reverendo padre
Silvestre, que había ayudado á bien morir á Bar-
bey d Aurevilly, casó al conde con su humilde y
antigua querida, la cual le había amado y servido
Los raros — 5
66 —
con adoración en sus horas amargas de enfermo y
de pobre; — y el mismo fraile preparóle para el
eterno viaje. Luego, después de recibir los sacra-
mentos, rodeado de unos pocos amigos, entre los
cuales Huyssmans, Mallarmé y Dierx, entregó su
alma á Dios el excelso poeta, el raro artista, el
rey, el soñador. Fué el 20 de agosto de 1889. Sire,
«¡Va oultre!»
£(ia Biey
Je suis escorié de quelqu’un qui
me chuchóte sans cesse que lavie
bien entendue doit étre une conti-
nuelle persécution, tout vaillant hom-
me un persécuteur, et que c’est la
seule maniere d’étre vraiment poete.
Persécuteur du genre humain, per-
sécuteur de Dieu. Celui qui n’est pas
cela, soit en acte, soit en puissance,
est indigne de respirer.
León Bloy. (Prefacio de «Propos
d’un entrepreneuz de démolitions».)
Cuando William Ritter llama á León Bloy «el
verdugo de la literatura contemporánea», tiene ra-
zón.
Monsieur de París vive sombrío, aislado, como
en un ambiente de espanto y de siniestra estrañeza.
Hay quienes le tienen miedo; hay muchos que le
odian; todos evitan su contacto, cual si fuese un
lazarino, un apestado ; 1 a familiaridad con la muer-
te ha puesto en su sér algo de espectral y de ma-
cabro; en esa vida lívida no florece una sola rosa.
¿Cuál es su crimen? Ser el brazo de la justicia.
Es el hombre que decapita por mandato de la ley.
León Bloy es el voluntario verdugo moral de esta
generación, el Monsieur de París de la literatura,
el formidable é inflexible ejecutor de los más crue-
les suplicios; él azota, quema, raja, empala y de-
capita; tiene el knut y el cuchillo, el aceite hir-
viente y el hacha: más que todo, es un monje de
la Santa Inquisición, ó un profeta iracundo que
- G8 ~
castiga con el hierro y el fuego y ofrece á Dios el
chirrido de las carnes quemadas, las disciplinas
sangrientas, los huesos quebrantados, como un ho-
menaje, como un holocausto. «¡Hijo mío predilec-
to!» le diría Torquemada.
Jamás veréis que se le cite en los diarios; la pren-
sa parisiense, herida por él, jse ha pasado la pa-
labra de aviso: «silencio.»
Lo mejor es no ocuparse de ese loco furioso; no
escribir su nombre, relegar á ese vociferador al
manicomio del olvido... Pero resulta que el loco
clama con una voz tan tremenda y tan sonora, que
se hace oir como un clarín de la Biblia. Sus libros
se solicitan casi misteriosamente; entre ciertas gen-
tes su nombre es una mala palabra; los señalados
editores que publican sus obras, se lavan las ma-
nos; Tresse, al dar á luz «Propos d’ un entreprc-
neur de demolitions», se apresura á declarar que
León Bloy es un rebelde, y que si se hace cargo
de su obra, «no acepta de ninguna manera la so-
lidaridad de esos juicios ó de esas apreciaciones,
encerrándose en su estricto deber de editor y de
«marehand de curiosités litteraires.»
León Bloy sigue adelante, cargado con su monta-
ña de odios, sin inclinar su frente una sola línea.
Por su propia voluntad se ha consagrado! á un cruel
sacerdocio. Clama sobre París como Isaías sobre
Jerusalén: «¡Príncipes de Sodoma, oid la palabra
de Jehová; escuchad la ley de nuestro Dios, pue-
blo de Gomorra!» Es ingenuo como un primitivo,
áspero como la verdad, robusto como un sano
roble. Y ese hombre que desgarra las entrañas de
sus víctimas, ese salvaje, ese poseído de un deseo
llameante y colérico, tiene un inmenso fondo de
dulzura, lleva en su alma fuegos de amor de la ce-
leste hoguera de los serafines. No es de estos tiem-
pos. Si fuese cierto que las almas transmigran, di-
ríase que uno de aquellos fervorosos combatientes
de las Cruzadas, ó más bien, uno de los predica-
dores antiguos que arengaban á los reyes y á
los pueblos corrompidos, se ha reencarnado en
León Bloy, para venir á luchar por la ley de Dios
y por el ideal, en esta época en que se ha cometido
el asesinato del Entusiasmo y el envenenamiento
del alma popular. El desafía, desenmascara, inju-
ria. Desnudo de deshonras y de vicios, en el in-
menso circo, armado de su fe, provoca, escupe,
desjarreta, estrangula las más temibles fieras: es
el gladiador de Dios. Mas sus enemigos, los «espa-
dachines del Silencio», pueden decirle, gracias á
la incomparable vida actual:
«los muertos que vos matáis,
gozan de buena salud.»
¡Ah, desgraciadamente es la verdad! León Bloy
ha rugido en el vacío. Unas cuantas almas han
respondido á sus clamores; pero mucho es que
sus propósitos de demoledor, de perseguidor, no
le hayan conducido á un verdadero martirio, bajo
el poder de los Dioclecianos de la canalla contem-
poránea. Decir la verdad es siempre peligroso, y
gritarla de modo tremendo como este inaudito cam-
peón es condenarse al sacrificio voluntario. El lo
ha hecho; y tanto, que sus manos capaces de des-
quijarar leones, se han ocupado en apretar el pes-
cuezo de más de un perrillo de cortesana. He di-
cho que la gran venganza ha sido el silencio. Se
ha querido aplastar con esa plancha de plomo al
sublevado, al raro, al que viene á turbar las ale-
grías carnavalescas con sus imprecaciones y cla-
rinadas. Por eso la crítica oficial ha dejado en
la sombra sus libros y sus folletos. De ellos quie-
ro dar siquiera sea una ligera idea.
¡Este Isaías, ó mejor, este Ezequiel, apareció en
el Chat No-ir!»
70 -
«Llego de tan lejos como de la luna, de un país
absolutamente impermeable á toda civilización co-
íno á toda literatura. lie sido nutrido en medio
de bestias feroces, mejores que el hombre, y á
ellas debo la poca benignidad que se nota en mí.
He vivido completamente desnudo hasta estos úl-
timos tiempos, y no he vestido decentemente sino
hasta que entré al «Chat Noir.» (1) Fué Rodolfo
Salís, «le gentil homme cabaretier», quien le ayu-
dó á salir á flote en el revuelto mar parisiense.
Escribió en el periódico del «cabaret» famoso,
y desde sus primeros artículos se destacaron su
potente originalidad y su asombrosa bravura. En-
tre las canciones de los cancioneros y los dibujos
de Villete, crepitaban los carbones encendidos de
sus atroces censuras; esa crítica no tenía prece-
dentes esos
; libelos resplandecían ; ese bárbaro abo-
feteaba con manopla de un hierro antiguo; jine-
te inaudito, en" el caballo de Saulo, dejaba un re-
guero de chispas sobre los guijarros de la polé-
mica. Sorprendió y asustó. Lo mejor, para algu-
nos, fué tomarlo á risa. ¡Escribía en el «Chat Noir!»
Pero llegó un día en que su talento se demostró
en el libro; el articulista «cabaretier» publicó «Le
Revelateur du Globe», y ese volumen tuvo un pró-
logo nada menos que de Barbey d’ Aurevilly.
Sí, el condestable presentó al verdugo. El con-
de Roselly de Lorgues había publicado su «Histo-
ria de Cristóbal Colón» como un homenaje; y al
mismo tiempo como una protesta por la indife-
rencia universal para con el descubridor de Amé-
rica. Su obra no obtuvo el triunfo que merecía
en el público ébrio y sediento de libros de escán-
dalo; en cambio, Pío IX la tomó en cuenta y nom-
bró á su autor postulante de la Causa de Beatifi-
cación de Cristóbal Colón, cerca de la Sagrada
(1) Le «Orneme cercle de l’Eufer.)
Congregación de los Ritos. La historia escrita por
el conde Roselly de [Link] y su admiración por
el «Revelador del Globo» inspiraron á León Bloy
ese libro que, como he dicho, fué apadrinado por
el nobilísimo y admirable Barbey d’ Aurevilly. Bar-
bey aplaudió al «obscuro», al olvidado de la Crí-
tica. Hay que advertir que León Bloy es católi-
co, apostólico, romano intransigente, — acerado y
diamantino. Es indomable é inrayable: y en su
vida íntima fino se le conoce la más ligera mancha
ni sombra. Por tanto, repito, estaba en la obscu-
ridad, á pesar de sus polémicas. No había naci-
do ni nacería el onagro con cuya piel pudiera
hacer sonar su bombo en honor del autor honra-
do, el periodismo prostituido.
La fama no prefiere á los católicos. Helio y Bar-
bey, han muerto en una relativa obscuridad. Bloy,
con hombros y puños, ha luchado por sobresa-
lir, ¡y apenas si lo ha logrado! En su «Revelador
del Globo» canta un himno á la Religión, celebra la
virtud sobrenatural del Navegante, ofrece á la igle-
sia del Cristo una palma de luz. Barbey se entu-
siasmó, no le escatimó sus alabanzas, le procla-
mó el más osado y verecundo de los escritores
católicos, y le anunció el día de la victoria, el
premio de sus bregas. Le preconizó vencedor y
famoso. No fué profeta. Rara será la persona que,
no digo entre nosotros, sino en el mismo París,
si le preguntáis: «¿Avez-vous la Baruch?» ¿ha leído
usted algo de León Bloy? responda afirmativa-
mente. Está condenado por el papado de lo me-
diocre; está puesto en el índice de la hipocresía
social; y, literariamente, tampoco cuenta con sim-
patías, ni logrará alcanzarlas, sino en número bas-
tante reducido. No pueden saborearle los asiduos
gustadores de los jarabes y vinos de la literatu-
ra á la moda, y menos los comedores de pan sin
sal, los porosos fabricantes de crítica exegética,
~ 72 -
cloróticos de estilo, raquíticos ó cacoquimios,
i Cómo alzará las manos, lleno de espanto, el reba-
ño de afeminados, al oir los truenos de Bloy, sus
fulminantes escatologias, sus «cargas» prof éticas y
el estallido de sus bombas de dinamita fecal!
Si el «Revelador del Globo» tuvo muy pocos lecto-
res, los «Propos», con el atractivo de la injuria cir-
cularon aquí, allá; la prensa, naturalmente, ni me-
dia palabra. Aquí se declara Bloy el perseguidor y
el combatiente. Vese en él una ansia de pugilato,
un gozo de correr á la campaña semejante al del
caballo bíblico, que relincha al oir el son de las
trompetas. Es poeta y es héroe y pone al lado
del peligro su fuerte pecho. El escucha una voz
sobrenatural que le impulsa al combate. Como
San Macario Romano, vive acompañado de leones,
mas son los suyos fieros y sanguinarios y los
arroja sobre aquello que su cólera señala.
Este artista— porque Bloy es su grande artista—
se lamenta de d a pérdida del entusiasmo, de la
frialdad de estos tiempos para con todo aquello
que por el cultivo del ideal ó los resplandores
de la fe nos pueda salvar de la banalidad y seque-
dad contemporánea. Nuestros padres eran mejo-
res que nosotros, tenían entusiasmo por algo; bue-
nos burgueses de 1830, valían mil veces más que
nosotros. Foy, Beranger, la Libertad, Víctor Hugo,
eran motivos de lucha, dioses de la religión del
Entusiasmo. Se tenía fe, entusiasmo por alguna
cosa. Hoy es el indiferentismo como una ankilo-
sis moral; no se piensa con ardor en nada, no se
aspira con alma y vida á ideal alguno. Eso poco
más ó menos piensa el nostálgico de los tiempos
pasados, que fueron mejores.
Una de las primeras víctimas de «Propos» elegi-
da por el Sacrificador, es un hermano suyo en
creencias, un católico* que ha tenido en este siglo
la preponderancia de guerrero oficial de la Tgle-
n
sia, por decir así, Luis Veuillot. A los veintidós
días de muerto' el redactor de «L’ Univers», pu-
blicó Bloy en la «Nouvelle Revue» una formidable
oración fúnebre, una severísima apreciación sobre
el periodista mimado de la curia. Naturalmente,
los católicos inofensivos protestaron, y el innume-
rable grupo de partidarios del célebre difunto se-
ñaló aquella producción como digna de reproches
y excomuniones. Bloy no faltó á la caridad, — vir-
tud real é imperial en la tierra y en el cielo; — lo
que hizo fué descubrir lo censurable de un hom-
bre que había sido elevado á altura inconcebible
por el espíritu de partido, y endiosado á tal punto
que apagó con sus aureolas artificiales los rayos
de astros verdaderos comoj los Helio y Barbey. Bloy
no quiere, no puede permanecer con los labios
cerrados delante de la injusticia: señaló al orgu-
lloso, hizo resaltar una vez más la carneril estu-
pidez de la Opinión — esfinge con cabeza de asno,
que dice Pascal, — y demostró las flaquezas, hin-
chazones, ignorancias, vanidades, injusticias y aun
villanías del celebrado y triunfante autor del «Per-
fume de Roma.» Si á los de su gremio trata impla-
cable León Bloy, con los declarados enemigos es
dantesco en sus suplicios; á Renán ¡al gran Re-
nán! le empala sobre el bastón de la pedantería;
á Zola lie sofoca en un ambiente sulfídrico. Grandes,
medianos y pequeños son medidos con igual ra-
sero. Todo lo que halla al alcance de su flecha,
lo ataca ese sagitario del moderno Bajo Imperio
social é intelectual. Poctevin, á quien él con clara
injusticia llama «un monsieur Francis Poctevin»,
sufre un furibundo vapuleo; Alejandro Dumas pa-
dre es el «hijo mayor de Caín» ; á Nicolardet le
revuelca y golpea á puntapiés; con Richepin es
de una crueldad horrible; con Jules Vallés despre-
ciativo é insultante; flagela á Willette, á quien
había alabado, porque prostituyó su talento en
74
un dibujo sacrilego; no es miel la que ofrece á
Coque 1in Cadet; al padre Didon le presenta gro-
tesco y malo; á Catulle Mendés... ¡qué pintura la
que hace de Mendés!; con motivo de una estatua
de Coligny, recordando «La cólera del Bronce»,
de Hugo, en su prosa renueva la protesta del bron-
ce colérico... azota á Flor O’ Squarr, novelista an-
ticlerical ;la francmasonería recibe un aguacero de
fuego. Hay alabanzas á Barbey, á Rollinat, á Go-
deau, á muy pocos. Bloy tiene el elogio difícil.
De «Propos» dice con justicia uno de los pocos es-
critores que se hayan ocupado de Bloy, que son el
testamento de un desesperado, y que después de
escribir ese libro, no habría otro camino, para su
autor, si no fuese católico, que el del suicidio. No
hay en León Bloy injusticia sino exceso de celo.
Se ha consagrado á aplicar á la sociedad actual
los cauterios de su palabra nerviosa é indignada.
Donde quiera que encuentra la enfermedad la de-
nuncia. Cuando fundó «Le Pal», despedazó como
nunca. En este periódico que no alcanzó sino a
cuatro números, desfilaban los nombres más cono-
cidos de Francia bajo una tempertad de epítetos
corrosivos, de frases mordientes, de revelaciones
aplastadoras. El lenguaje era una mezcla de des-
lumbrantes metáforas y bajas groserías, verbos im-
puros y adjetivos estercólanos. Como á todos los
grandes castos, á León Bloy le persiguen las imá-
genes carnales; y á semejanza de poetas y viden-
tes como Dante y Ezequiel, levanta las palabras
más indignas é impronunciables y las engasta en
sus metálicos y deslumbrantes períodos.
«Le Pal» es hoy una curiosidad bibliográfica, y
la muestra más flagrante de la fuerza rabiosa del
primero de los «panfletistas» de este siglo.
Llegamos á «El Desesperado», que es á mi enten-
der la obra maestra de León Bloy. Más aun: juz-
go que ese libro encierra una dolorosa autoloio-
75 —
grafía. «El Desesperado» es el autor mismo, y gri-
ta denostando y maldiciendo con toda la fuerza
de su desesperación.
En esa novela, á través de pseudónimos trans-
parentes y de nombres fonéticamente semejantes
á los de los tipos originales, se ven pasar las figu-
ras de los principales favoritos de la Gloria lite-
raria actual, desnudos, con sus lunares, cicatrices,
lacras y jorobas. Marclienoir, el protagonista, es
una creación sombría y hermosa al lado de la cual
aparecen los condenados por el inflexible demole-
dor, como cadena de presidiarios. Esos galeotes tie-
nen nombres ilustres : se llaman Paul Bourget, Sar-
cey, Daudet, Catulle Mendés, Armand Silvestre,
Jean Richepin, Bergerat, Jales Yaliés, Wolff, Bou-
netain y otros, y otros. Nunca la furia escrita ha
tenido explosión igual.
Para Bíoy no hay vocablo que no pueda emplear-
se. Brotan de sus prosas emanaciones asfixiantes,
gases ahogadores. Pensaríase que pide á Ezequiel
una parte de su plato,. en la plaza pública... Y en
medio de tan profunda rabia y ferocidad indomable,
¡cómo tiembla en los ojos del monstruo la hume-
dad divina de las lágrimas ; corma ama el loco á los
pequeños y humildes; cómo dentro del cuerpo del
oso arde el corazón de Francisco de Asis! Su com-
pasión envuelve á todo caído, desde Caín hasta
Bazaine.
Esa pobre prostituta que se arrepiente de su vida
infame y vive con Marchenoir, como pudiera vi-
vir María Egipciaca con el monje Zózimo, en amor
divino y plegaria, supera á todas las Magdalenas.
No puede pintarse el arrepentimiento con mayor
grandeza y León Eloy, que trata con hondo afecto
la figura de la desgraciada, en vez de escribir obra
de novelista ha escrito obra de hagiografo, igua-
lando en su empresa, por fervor y luces espirituales,
á un Evagrio del Ponto, á un San Atanasio, á un
76
Fra Domenico Cavalca. Su arrepentida es una
santa y una mártir: jamás del estiércol pudiera
brotar flor más digna del paraíso. Y Marchenoir
es la representación de la inmortal virtud, de la
honradez eterna, en medio de las abominaciones y
de los pecados; es Lot en Sodoma. «El Desespera-
do» como obra literaria encierra, fuera del mérito
de la novela, dos partes magistrales: una mono-
grafía sobre la Cartuja, y Un estudio sobre el Sim-
bolisíno en la historia, que Charles Morice califica
de «único», muy justamente.
«Un brelan d’ excomunniés», tríptico sober-
bio, las imágenes de tres excomulgados: Barbey
d’ Aureviliy, Ernest Helio, Paul Verlaine: «El Niño
terrible», «El Loco» y «El Leproso*» ¿No existe
en el mismo Eloy un algo de cada uno de ellos?
El nos presenta á esos tres seres prodigiosos; Bar-
bey, el dandy gentilhombre, á quien se llamó el
duque de Guisa de la literatura, el escritor feudal
que ponía encajes y galones á su vestido y á su
estilo, y que por noble y grande hubiera podido
beber en el vaso de Carlomagno; Helio, que poseyó
el verbo de los profetas y la ciencia de los docto-
res; Verlaine, Pauvre Lelian, el desventurado, el
caído, pero también el harmonioso místico, el in-
menso poeta del amor inmortal y de la Virgen.
Ellos son de aquellos raros á quienes Bloy quema
su incienso, porque al par que han sido grandes,
han padecido naufragios y miserias.
Como una continuación de su primer volumen
sobre el «Revelador del Globo», publicó Bloy, cuan-
do el duque de Veraguas llevó á la tauromaquia á
París, su libro «Christophe Colombo devant les
taureaux.» El honorable ganadero de las Españas
no volverá á oir sobre su cabeza ducal una voz
tan terrible hasta que escuche el clarín del día
del juicio. En ese libro alternan sones de órgano
- 77 — ¡
con chasquidos de látigos, himnos cristianos y fra-
ses de Juvenal; con un encarnizamiento despiada-
do se asa al noble taurófilo en el toro de bronce de
Falaris. La Real Academia de la Historia, Fernán-
dez Duro, el historiógrafo yankee Harisses, sori
también objeto de las iras del libelista. Dé gra-
cias á Dios el que fué mi buen amigo don Luis Vi-
dart de que todavía no se hubiesen publicado en
aquella ocasión sus folletos anticolombinos. Bloy
se proclamó caballero de Colón en una especie
de sublime quijotismo, y arremetió contra todos
los enemigos de su Santo genovés.
Y he aquí una obra de pasión y de piedad, «La
caballera de la muerte.» Es la presentación apo-
logética de la blanca paloma real sacrificada por
la Bestia revolucionaria, y al propio tiempo la
condenación del siglo pasado, «el único siglo in-
digno de los fastos de nuestro planeta, dice Wi-
lliam Ritter, siglo que sería preciso poder supri-
mir para castigarle por haberse rebajado tanto.» En
estas páginas, el lenguaje, si siempre relampaguean-
te, es noble y digno de todos los oídos.
El panegirista de María Antonieta ha elevado
en memoria de la reina guillotinada un mausoleo
heráldico y sagrado, al cual todo espíritu aristo-
crático y superior no puede menos que saludar
con doloroso respeto.
Los dos últimos libros de Bloy son «Le Salut
par les juifs» y «Sueur da sang.»
El primero no es por cierto en favor de los per-
seguidos israelitas; mas también los rayos caen
sobre ciertos malos católicos: la caridad frenética
de Bloy comienza por casa. El segundo es una co-
lección de cuentos militares, y que son á la gue-
rra francoprusiana lo que el aplaudido libro de
d’ Esparbés á la epopeya napoleónica; con la di-
ferencia deque allá os queda la impresión glorio-
sa del vuelo del águila de la leyenda, y aquí la
- 78 -
Francia suda sangre... Para dar una idea de lo
que es esta reciente producción, baste con copiar
la dedicatoria:
A LA MÉM0IRE DIFFAMÉE
de
FranQois- Achifle Bazatne
Marechal de l’Empire
Qui porta les peches de toute la France.
Están los cuentos basados en la realidad, por
más que en ellos se llegue á lo fantástico. Es un
libro que hace daño con sus espantos sepulcrales,
sus carnicerías locas, su olor á carne quemada,
á cadaverina y á pólvora. Bloy se batió con el
alemán de soldado raso; y odio como el suyo al
enemigo, no lo encontraréis. «Sueur de sang» fué
ilustrado con tres dibujos de Henry de Groux,
macabros, horribles, vampirizados.
Robusto, como para las luchas, de aire enérgico
y dominante, mirada firme y honrada, frente es-
paciosa coronada por una cabellera en que ya ha
nevado, rostro de hombre que mucho ha sufrido
y que tiene el orgullo de su pureza: tal es León
Bloy.
Un amigo mío, católico, escritor de brillante ta-
lento, y por el cual he conocido al Perseguidor,
me decía: «Este hombre se perderá por la soberbia
de su virtud, y por su falta de caridad.» Se perde-
ría si tuviese las alucinaciones de un Lamennais,
y si no latiese en él un corazón antiguo, lleno de
verdadera fe y de santo- entusiasmo.
Es el hombre destinado por Dios para aclamar
en medio de nuestras humillaciones presentes. El
siente que «alguien» le dice al oído que debe cum-
plir con su misión de Perseguidor, y la cumple,
aunquíei á su voz se hagan, los indiferentes los «prín-
cipes de Sodoma» y las «Archiduquesas de Gomo-
rra», tiene la vasta fuerza de ser un fanático. El
fanatismo, en cualquier terreno, es el calor, es la
vida: indica que el alma está toda entera en su
obra de elección. El fanatismo es soplo que viene
de lo alto, luz que irradia en los nimbos y aureolas
de los santos y de los genios!
M. Jean Richepin
lean ftichcsin
A propósito de «Mes Paradis»
Para frontispicio de estas líneas, ¿qué pintor,
qué dibujante puede darme retrato mejor que el
que ha hecho Teodoro de Banville, en este pre-
cioso esmalte?
«Este cantor, de toisón negro y rostro ambarino,
ha resuelto parecerse á un príncipe indio, sin duda
con el objeto de poder desparramar, sin llamar
la atención, un montón de perlas, de rubíes, de
zafiros y de crisólitos. Sus cejas rectas casi se
juntan, y sus ojos hundidos, de pupilas grises,
estriados y circulados de amarillo, permanecen co-
munmente como durmientes y turbados; coléri-
cos, lanzan relámpagos de acero. La nariz peque-
ña, casi recta, redondamente terminada, tiene las
ventanillas móviles y expresivas; la boca peque-
ña, roja, bien modelada y dibujada, finamente vo-
luptuosa y amorosa; los dientes cortos, estrechos,
blancos, bien ordenados, sólidos como para co-
mer hierro; dan una original y viril belleza al poe-
ta de las «Caricias.» La largura avanzada de la
mandíbula inferior, desaparece bajo la linda barba
rizada y ahorquillada; y ocultando sin duda una
Los raros- ó
— 82
alta y espaciosa frente, de la cima del cráneo se
precipita hasta sobre los ojos una mar de hondas
apretadas: es la espesa y brillante y negra y on-
dulante cabellera.» Confrontando esta pintura con
la agua-fuerte de León Bloy, la fisonomía adquie-
re sus rasgos absolutos: sea al amor de aquella
cariñosa efigie, ó al corrosivo efecto de los ácidos
del panfletista, la figura de Richepin es intere-
sante y hermosa. Robusto y gallardo, tiene á or-
gullo el ser turanio, bohemio, cómico y gimnasta.
Hace sus versos á su imagen y semejanza, bien
vertebrados y musculosos; monta bien en Pega-
so como domaría potros en la pampa; alza los
cantos metálicos de sus poemas como un hércules
sus esferas de hierro', y juega con ellos, haciendo
gala de bíceps, potente y sanguíneo. En el feuda-
lismo artístico en que Hugo es Burgrave, Riche-
pin es barón bárbaro, gran cazador cuyo cuerno
asorda el bosque y á cuyo halalí pasa la tempes-
tuosa tropa cinegética, en un galope ronco y so-
noro, tras la furia erizada y fugitiva de los jaba-
líes y los vuelos violentos de los ciervos.
Los que le colocan en el principado del «caboti-
nismo», ¿no creen que tenga derecho este hombre
fuerte á cortarle la cola á su león?
No son pocos los golpes que ,ha recibido y re-
cibe, desde la catapulta de Bloy hasta las flechas
rabelesianas de Laurent Tailhade. A todos resis-
te, acorazando su carne de atleta con las planchas
de bronce de su confiada soberbia. Busca lo rojo,
como los toros, los negros y las mujeres andalu-
zas, princesas de los claveles: de sus instrumentos
el tímpano y la trompeta; de sus bebidas el vino,
hermano, de la sangre; de sus flores las rosas pic-
tóricas: de su mar las ásperas sales, los iodos y
los fósforos. Como Baudelaire, revienta petardos
verbales para espantar esas cosas que se llaman
«las gentes.» No de otro modo puede tomarse la
— 83
ocurrencia que Bloy asegura haber oído de sus
labios, superior, indudablemente, á la del jardi-
nero de las «Flores del Mal», que alababa el sabor
de los sesos de niño...
«La chanson des gueüx», fué la fanfarria que
anunció la entrada de ese vencedor que se ciñó
su corona de laureles en los bancos de la policía
correccional. «Mon livre n’ a point de feuille de
vigne et je m’ en flatte.» Voluntariamente enca-
nallado, canta á la canalla, se enrola en las tur-
bas de los perdidos, repite las canciones de los
mendigos, los estribillos de las prostitutas; engas-
ta en un oro lírico las perlas enfermas de los bur-
deles; Píndaro «atorrante» suelta las alondras de
sus odas desde el arroyo. Los jaques de Quevedo
no vestían los harapos de púrpura de esos jaques;
los borrachos de Villón no cantaban más triun-
fantemente que esos borrachos. Cínica y grosera,
la musa arremangada baila un «chahut» vertigino-
so; vemos á un mismo tiempo el Moulin Rouge y
el Olimpo ; las páginas están impregnadas de acres
perfumes; brilla la tea anárquica; los pobres can-
tan la canción del oro ; el coro de las nueve her-
manas, ya en ritmos tristes ó en rimas joviales,
se expresa en «argot»; la Miseria, gitana pálida y
embriagada, danza un prodigioso paso, y de Orion
y Arturo forma sus castañuelas de oro. La crea-
ción tiene su himno; las bestias, las plantas, las
cosas, exhalan su aliento ó su voz; los jóvenes va-
gabundos sujuntan con los ancianos limosneros;
el son del pifferaro responde á la romanza gas-
tada del organillo. Oid un canto á Raúl Pouchon,
valiente cancionero de París, mientras rimando una
frase en griego de Platón, se prepara el juglar á
disculparse de su amor por las máscaras, apoya-
do en el brazo de Shakespeare.
Se ha dicho que no es la voz de los verdaderos
«gueux» la que ha sonado en la bocina de Riche-
pin, y que su sentimiento popular es falsificado ; el
mismo Arístides Bruant, clarín de la canción, le
aplaude con reservas y señala su falta de since-
ridad. No he de juzgar por esto menos poeta á
quien ha revestido con las más bellas preseas de
la harmonía el poema vasto y profundo de los
miserables.
En «Las Caricias» se ve al virtuoso, al ejecutan-
te, al organista del verso; acuña sonetos como
medallas y esterlinas; tiene la ligereza y el vigor;
chispas y llamaradas, saltantes «pizzicati» y pres-
tigiosas fugas. Como tirada por catorce cisnes, la
barca del soneto recorre el lago de la universal
poesía; á su paso saluda el piloto paraísos de Gre-
cia, encantadas islas medioevales, soñadas Cápuas,
divinos Eldorados; hasta anclar cerca de un edén
Watteau, que se percibe en el país de un abanico
de catorce varillas. La delicadeza y distinción del
poeta dan á ¡entender que lo púgil no quita lo Buc-
kingham.
En este poema, como en todos los poemas, como
en todos los libros de Richepin, encontraréis la
obsesión de la carne, una furia erótica manifestada
en símiles sexuales, una fraseología plástico -geni-
tal que cantaridiza la estrofa hasta hacerla vibrar
como aguijoneada por cálida brama; un culto fá-
lico comparable al que brilla con carbones de un
adorable y dominante infierno en los versos del
raro, total, soberano poeta del amor epidérmico
y omnipotente: Algernon C. Swinburne.
Al eco de un rondó vais al país de las hadas y
de los príncipes de los cuentos azules; huelen los
campos florecidos de madrigales; tras el reino de
Floreal, Thermidor os enseñará su región, en don-
de á la entrada, se balancea un macabro ahorca-
do alegre, que me hace recordar cierta agua-fuer-
te de Felicien Rops, que apareció en el frontispi-
cio de las poesías del belga Théodore Hannon,
- 85 -
Tras las brumas de Bramarlo, Nivoso dirige sus
bailarinas en un amargo cancán; y después de es-
tas caricias, de estas «Caricias», queda en el áni-
mo una pena tan honda, como la que aprieta y
persigue á los fornicarios en los tratados de los
fisiólogos y la anunciada en los versículos de los
libros santos.
En «Las Blasfemias» brota una demencia verti-
ginosa. El título no más del poema, toca un bombo
infamante. Lo han tocado antes, Baudelaire con sus
«Letanías de Satán» y el autor de la «Oda á Pria-
po.» Esos títulos son comparables á los que deco-
í'an, con cromos vistosos los editores de cuentos
obscenos. «¡Atención, señores! ¡Voy á blasfemar!»
¿Se quiere mayor atractivo para el hombre, cuyo
sentido más desarrollado es el que Poe llamaba
el sentido de perversidad? Y he aquí que aunque
la protesta de hablar palabras sinceras manifes-
tada por Riehepin, sea clara y franca, yo, — sin
permitirme formar coro junto con los que le lla-
man cabotín y farsante,— miro en su loco hervor
de ideas negativas y de revueltas espumas meta-
físicas, á un peregrino sediento, á un gran poeta
errante en un calcinado' desierto, lleno de deses-
peración y de deseo, y que por no encontrar el
oasis y la fuente de frescas aguas, maldice, jura
y blasfema. Cuando* más, me acercaría á la som-
bra de Guyau, y vería en esta obra única y reso-
nante, un concierto de ideas desbarajustadas, una
harmonía de sonidos en un desorden de pensa-
mientos, un capricho de portalira que quiere asom-
brar á su auditorio con el estruendo de sonatas
estupendas y originales. De otro modo no se ex-
plicaría ese parado jal grupo de sonetos amargos,
en el que las más fundamentales ideas de moral
se ven destrozadas y empapadas en las más abo-
minables deyecciones.
Ese soneto sobre Padre y Madre, forma pareja
con la célebre frase frigorífica que León Bloy ase-
gura haber oído de boca de Richepin. El carnaval
teológico que en las «Blasfemias» constituye la di-
versión principal de la fiesta del ateo, con sus
cópulas inauditas y sus sacrilegos cuadros ima-
ginarios, sería motivo para dar razón al icono-
clasta Max Nordau, en, sus diagnósticos y afirma-
ciones. Pocas veces habrá caído la fantasía en
Una histeriá, en una epilepsia igual; sus espumas
asustan, sus contorsiones la encorvan como un
arco de acero, sus huesos crujen, sus dientes re-
chinan, sus gritos son clamores de ninf omaníaca;
el sadismo se junta á la profanación: ese vuelo de
estrofas condenadas precisa el exorcismo, la des-
infección mística, el agua bendita, las blancas hos-
tias, un lirio del santuario, un balido del corde-
ro pascual. La cuadrilla infernal de los dioses caí-
dos no puede ser acompañada sino por el órgano
del Silencio. Habla el ateo con las estrellas, para
quedar más fuerte en su negación, y su plegaria,
cuando parodia la oración, como un pájaro sin
alas, cae. El judío errante dice bien sus alejandri-
nos y prosigue su marcha. Las letanías de Bau-
delaire tienen su mejor paráfrasis en la apología
que hace Richepin del Bajísimo.
Con una rodilla en tierra, y en vibrantes versos,
entona, él también su ¡Pape Satán, Pape Satán
alepe! Mas donde se retrata su tipo desastrado,
es en las que él llama canciones de la sangre: su
árbol genealógico florece rosas de Bohemia: sus
antepasados espirituales están entre los invasores,
los parias, los bandidos cabalgantes, los soldados
de Atila, los florentinos asesinos, los atormenta-
dores, los súcubos, los hechiceros, y los gitanos.
En esas canciones se encuentra una estrofa har-
moniosísima que Guyau considera como la mejor
imitación fonética del galope del caballo, olvidan-
- 8? -
do el ilustre sabio el verso que todos sabemos
desde el colegio:
Cuadrupedantem putem sonitu quatit
Ungula campum...
Nada existe de divino para el comedor de idea-
les; y si hace tabla rasa con los dioses de todos
los cultos y con los mitos de todas las religiones,
no por eso deja de decir á la Razón desvergüen-
zas, de abominar á la Naturaleza, montón de de-
yecciones, según él, y de reirse, tonante y bur-
lón, del Progreso, para señalarse como precursor
de un Cristo venidero cuya aparición saluda, el
blasfemo, con los tubos de sus trompetas alejan-
drinas. Eran sus intenciones, según confesión pro-
pia, cuando echó al mundo ese poema candente
y escandaloso, instaurar á su modo una moral,
una política y una cosmogonía materialista. Para
esto debía publicar después de las «Blasfemias»,
el «Paraíso del Ateo», el «Evangelio del Antecris-
to» y las «Canciones eternas.» El poema nuevo
«Mis paraísos» corresponde á aquel plan.
Una palabra siquiera sobre una de las más fuer-
tes, quizá la más fuerte, de Jean Richepin: «El
Mar.» Desde Lucrecio' hasta nuestros días, no ha
vibrado nunca con mayor ímpetu el alma de las
cosas, la expresión de la materia, como en esa
abrumadora sucesión de consonantes que olea, sa-
la, respira, tiene flujo' y reflujo, y toda la agita-
ción y todo el encanto vencedor de la inmensidad
marina. De todos los que han rimado ó escrito so-
bre el mar, tan solamente Tristán Corbiére (dé la
academia hermética de los escogidos), ha hecho
cantar mejor la lengua de la onda y del viento,
la melodía oceánica. Hay que saber que Richepin,
como Corbiére, conoce prácticamente las aventu-
ras de los marineros y de los pescadores, y bajo
Sus pies ha sentido los sacudimientos de la piel
azul de la hidra. No sé si de grumete empezó ; pero
sí que ha hecho la guardia, á la media noche,
delante de la mirada de oro de las estrellas; y en-
vuelto en la bruma de las madrugadas, ha dicho
entre dientes las canciones que saben los lobos
de mar. Loti delante de él es un «sportman», un
«yachtman»; René Maizeroy, un elegante que va
á tomar las aguas á Trouville; Michelet, un admi-
rable profesor; solamente Corbiére le presta su
pipa y su cuchillo^ y le aplaude cuando salmodia
sus cristalizadas letanías, ó enmarca maravillosas
marinas que no han sabido crear los pintores de
Holanda, ó retrata y esculpe los tipos de á bordo,
ó con la linterna mágica de un poder imaginati-
vo excepcional ilumina cuadros fantasmagóricos
sobre las olas, concertando la muda melodía de
los castos astros con la polémica eterna de las
ebrias espumas.
El Richepin prosista ha cosechado laureles y
silbas; pues si con sus cuadros urbanos de París
ha realizado una obra única, con sus novelas ha
llegado hasta las puertas aterradoras del folletín.
Jamás creería yo en un rebajamiento intelectual
de tan alado poeta, y no seré de los que lo abur-
guesan, á causa de tal ó cual producción; y que
son los mismos que llaman á Zola «un monsieur
á génie.» Mme. André se va con sus tristezas hu-
manas; y «Braves gens» junto con Miark, ceden el
paso al «conteur.» Pues si algún poder tiene Ri-
chepin después del de lírico; es el que le dá la
forma rápida y vivaz del cuento. Ya nos pinte las
intimidades de los cómicos, á los cuales le acerca
una simpatía irresistible; ya vaya al jardín de
Poe á cortar adelfas ó arrancar mandragoras, al
lívido resplandor de las pesadillas; ya juegue con
la muerte, ó se declare paladín de anarquistas,
humillando, mal poeta en esto, la idea indestruc-
tibie de las jerarquías, su palabra tiene carne y
sangre, vive y se agita, y os hará estremecer.
En «Mes Paradis» hay ya una ascensión. Como
las «Blasfemias», el poema está dedicado á Mau-
rice Bouchor. Quien, espiritual y místico, deberá
aplaudir el cambio experimentado en el ateo. Ya
no todo está regido por la fatalidad, ni el Mal es
el invencible emperador. La explicación podrá qui-
zá encontrarse en esta declaración del poeta: «Las
Blasfemias» fueron escritas de veinte á treinta años,
y «Mis Paraísos», de treinta á cuarenta.» Comien-
za su último poema con un tono casi prosaico,
y protesta su buena voluntad y la sinceridad de
su pensamiento. Buen gladiador, hace su ¿saludo
antes de entrar en la lucha. Luego, las primeras
bestias fieras que le salen al encuentro son dra-
gones de ensueño, ó frías víboras bíblicas que nos
vienen á repetir una vez más que en el fondo de
toda copa hay amargura, y que la rosa tiene su
espina y la mujer su engaño. Vuelve Richepin á
ver al diablo, á quien canta en sonoros versos de
pie quebrado ; antes le había visto igual físicamente
á un hermano de Bouchor, ahora le adula, le rue-
ga y le habla en su idioma, como un ferviente ado-
rador de las misas negras.
Pero no todo es negación, puesto que hay una
voz secreta que pone en el cerebro del soñador la
simiente de la probabilidad.
Para ser discípulo del demonio, Richepin filosofa
demasiado y sobre todo el tejido de su filosofía
sopla un buen aire que augura tiempo mejor. La
barca en que va, con rumbo á las Islas de Oro,
pasa por muchos escollos, es cierto; pero esto
nos da motivo para oir el suave son de muy lin-
das baladas. Sensual sobre todo, el predicador del
culto de la materia nos dice cosas viejas y bien
sabidas. ¿Es acaso nuevo el principio que resume
la mayor parte de estas primeras poesías: «coma-
«-.So-
mos, bebamos, gocemos, que mañana todo habrá
concluido?» ¿O este otro: «vale más pájaro en
mano que buitre volando?» Oh, sí; los panales, las
rosas, los senos de las mujeres, las uvafc y los vinos,
son cosas que nos halagan y encantan; pero ¿esto
es todo? Diré con el misino Richepin: «Poete, n’as
tu pas des ailes?»
El amor á los humildes se advierte en toda esta
obra; no un amor que se cierne desde la altura del
numen, sino un compañerismo fraternal que jun-
ta al poeta con los «gueux» de antaño. Las cancio-
nes transcienden á olores tabernarios. Decidida-
mente, ese duque vestido de oro tiene una ten-
dencia marcada al «atorrantismo.» Gracias á Dios,
que buen aire ha inflado las velas y tenemos á
la vista las costas de las anunciadas áureas islas.
Sabemos aquí que la vida vale la pena de nacer;
que nuestro cuerpo tiene un reino extenso y rico;
que nada hay como el placer, y que la felicidad
consiste en la satisfacción de nuestros instintos.
Islas de oro pálido, islas de oro negro, islas de
oro rojo, ¿son estas las flores que brotan en vues-
tras maravillosas campiñas?
Lo que llama al paso mi atención son dos coinci-
dencias que no tocan en nada la amazónica origi-
nalidad de Richepin, pero me traen á la memo-
ria conocidísimas obras de dos grandes maestros.
En la página 229 de «Mes Paradis» tiembla la ca-
bellera de Gautier, y en página 368 se lee:
Enivre-toi quand-méme, et nos moins follement,
de tout ce qui survit au rapide moraent,
des chiméres de l’art, du beau, du vin, des réves
qu’on vendange en passant aux réalités breves, etc.
Lo cual se encuentra más ó menos en uno de los
admirables poemas en prosa de Baudelaire.
Todo hay, en fin, en esas islas de oro : maravi-
91 -
lias de poesía satiriaca, estrofas en que ha queri-
do demostrar Richepin como él también puede
igualar las exquisiteces de la poética simbolista;
paisajes de suprema belleza, decoraciones orien-
tales, ritmos y estrofas de una lengua asiática en
que triunfa el millonario de vocablos y de recur-
sos artísticos; relámpagos de pasión y ternuras
súbitas; las apoteosis del hogar y la poetización
de las cosas más prosaicas; las flautas y harpas
de Verlaine se unen á las orquestas parnasianas;
el treno, el terceto monórrimo de los himnos la-
tinos precede al verso libre ; el elogio de la pala-
bra está hecho en alejandrinos que parecen conti-
nuación de los célebres de Hugo, y si turba la
harmonía órfica la obsesión de la metafísica, pron-
to nos salva de la confusión ó del aburrimiento
al galope metálico y musical de las cuádrigas de
hemistiquios. En largo discurso rimado nos expli-
cará por qué es á veces prosaico, ó trivial. Su
pensamiento' pesa mucho, y no pueden arrastrar-
lo en ocasiones las palabras.
Islas de oro pálido, islas de oro -rubio, islas de
oro negro, todas sois como países de ensueño. No
hay arcos de plata y flores para recibir al catecú-
meno. Richepin no es aún' el elegido de la Fe. Lo
que hay de consolador y de divino en este poema
es que al concluir presenciamos la apoteosis del
amor. Y el Amor lleva á Dios tanto ó más que la
Fe. Amor carnal, amor ideal, amor de todas las
cosas, atracción, imán, beso, simpatía, rima, rit-
mo, el amor es la visión de Dios sobre la faz de la
tierra!
Y pues que vamos á esos paraísos, á esas islas
de oro, celebremos la blancura de las velas de seda,
el vuelo de los remos, el marfil del timón, la proa
dorada, curva como un brazo de lira, el agua azul,
y la eterna corona de diamantes de la Reina Poe-
sía!
lean jfioms
El retrato que el holandés Byvanck hizo de Mo-
reas en un libro publicado no ha mucho tiempo,
no es de una completa exactitud. Moreas no está
contento con la imagen pintada por el Teniers
filólogo, como llama Anatole Franoe al profesor de
Hilversum, Ha llegado hasta calificar á éste, en
el calor de la conversación, sencillamente de «im-
bécil.» Palabra que no- osé contradecir, aunque me
pareció harto dura é injusta, y de todo punto in-
aplicable para el excelente villonista, para el «sa-
bio pensativo» para quien, según el mismo Franoe,
con todo y ser filólogo, se interesa por el movi-
miento intelectual...
Cierto es que en su libro, á vuelta de justos
elogios y de una admiración que demuestra in-
dudablemente su sinceridad, nos ha dado un Mo-
reas caricatural, un Moreas inadmisible para los
que tenemos el gusto de conocerle. Y no puede ser
excusa salvadora, el que las anécdotas bufas refe-
rentes alpoeta estén en la narración de Byvanck
puestas en los labios de antiguos amigos del hoy
jefe de la escuela romana. ¡Todo lo contrario! Bien
sabe el pensador de Holanda que del «cher con-
94 -
frére» y Idel « cher rnaítre» gustan mucho los dientes
literarios en todas partes del mundo... Un mordis-
co al «querido compañero», un arañazo al «queri-
do maestro», no hay nada mejor, principalmente
cuando ello va acompañado con la salsa del ri-
dículo! Es un don especial del lobo humano. Al
lobo humano parece que el arte le pusiese en el
hígado una extraña y áspera bilis. Hasta hoy no se
ha visto sino muy raras veces una amistad pro-
funda, verdadera, desinteresada, y dulcemente fran-
ca, entre dos hombres de letras. ¡Y los poetas,
esos amables y luminosos pájaros de alas azules!
Los triunfos de Morcas, enconaron á mhchos de
sus colegas. El banquete que se dio, cuando la apa-
rición del primer «Pelerin Passionné» fué causa de
bastantes rencores. No impunemente so logra una
victoria.
Morcas, si es que era tal como aparece retra-
tado en el libro de Byvanck, ha cambiado en dos
años muy mucho. Cierto es que hay algo en él del
espadachín idealizado^ en sus hermosos versos:
La main de noir gantée á la hauche campée,
avec sa toque á plume, avec sa longue epée,
il passe sous les hauts balcons indolemment.
Por lo demás, si usa siempre el «monocle», no
dice «Píndaro y yo», ni se admira de tener las
manos blancas y finas. La «toque á plumo» es un
flamante sombrero de copa; su traje es correcto,
de intachable corte. Alta y serena frente; cabello
de klepto; porque, corno en París se sabe, Moreas,
es griego de Galia.
«No es un pachá, es un klepto de negra cabelle-
ra.» Cuerpo fuerte y bien erguido, manos aristocrá-
ticas, el aire un si es noi es altivo y sonrientemente
desdeñoso; gestos de gran señor de raza; bigotes
bien cuidados. Y entre todo esto, una nariz sober-
- 95 -
bia y orgullosa, á propósito de la cual, un perio-
dista risueño, ha dicho que Moreas es semejante
á una cacatúa.
¿Qué misteriosa razón hará que ese apéndice
facial llame tanto la atención de la crítica? La na-
riz de Moreas es, vuelvo á repetirlo, una soberbia
y orgullosa nariz, ni atrozmente aumentada con un
garbanzo, como la de Cicerón, ni tan desarrollada
como la de Cornéille, ni fea hasta la provocación
y el insulto, como la de Cyrano de Bergerac. En
resumen, nuestro poeta tiene un gallardo tipo da
caballero.
Con ropilla y sombrero emplumado, se podría
afirmar: «Velazquez pinxit.» Como Ronsard y co-
mo Chenier tienen en las venas sangre de Grecia.
Su familia es originaria del Epiro y su apellido
es ilustre: Diamanto; precedido de la palabra Pa-
pa, y seguido de la terminación «poulos», lo pri-
mero para indicar que hay entre los miembros que
ilustran la casa, un gerarca de la iglesia, y lo se-
gundo, que es en griego equivalente al «off», al
«vitch» ó al «ski» slavos. A principios del siglo,
esa familia de nombre inmenso, «Papadiamanto-
poulos», emigró al Peloponeso, á la Morea; y de
aquí el nuevo nombre, el nombre adoptivo hoy
en uso. El poeta es de raza de héroes. Su abuelo
fué un gran luchador por la libertad de la Grecia'
Su padre había quedado en la capital y era digna-
tario de la corte del rey bávaro Othon, impuesto
por las potencias. «Y aquí, — decía Moreas á By-
vanck,— y aquí comienza la historia de mi rebelión.
Mis padres habían concebido una alta idea de mi
porvenir y querían enviarme á Alemania, donde re-
cibiría una buena educación. Hay que recordar que
la influencia alemana prevalecía en la corte. Ha-
bía aprendido á un tiempo griego y francés, y no
separaba ambas lenguas. Quería ver la Francia;
niño aun, ya tenía la nostalgia de París. Creyeron
- 96 -
forzar mi resistencia, enviándome á Alemania, y
me volví dos veces. En fin, me fui á Marsella y de
allí á París. Era que el destino me señalaba mi
nita; pues yo era aún muy joven para darme cuen-
ta de mis acciones. He sufrido horriblemente ; pero
no me he dejado abatir y he mantenido alta la ca-
beza. Mi familia me reprochaba mi pereza,— según
sus palabras,— y hacía espejear ante .mis ojos el alto
empleo que hubiera podido obtener en Atenas.
Pero basta. Se siente uno herido en lo más vivo
cuando las personas que ama no le comprenden,
y aun le hieren. Yo nunca he hablado de esto con
nadie...»
Y he ahí que ha llegado en la terrible ciudad de
la gloria á conquistarse un envidiado nombre. Des-
pués de brega y sufrimiento, el desconocido es ya
«alguien.» Anatole France, á quien isiempre habrá
que citar, le llama «el poeta pindárico de palabras
lapidarias.» Si Moreas no fuese tan descuidado de
su renombre, si tuviese el don de intriga y de aco-
modaticia humildad de muchos de los que fueron
antaño sus compañeros, su gloria habría sido so-
noramente cantada por el clarín prostituido de la
Fama fácil. Mas el joven «centauricida» está aco-
razado de orgullo, casqueado de desdén olímpico.
Alrededor de ese orgullo y ese desdén, se ha for-
mado más de una leyenda, que circula por los ca-
fés estudiantiles y literarios del Barrio Latino.
Ya es el Moreas hinchado de pretensiones, irres-
petuoso con los genios, con ios Santos Padres de
las letras, que observa con su «monocle» á Pínda-
ro, que blasfema de Hugo y acepta con reservas
á Leconte de Lisie; ya es el Narciso que se deleita
con su belleza en un espejo de cervecería; ya es
el corifeo de las primeras armas, que entraba al
café seguido de una cohorte de acólitos papanatas ;
ya es el rival de Verlaine, que ve ele reojo al fauno
maldito; ya el recitador de sus propios versos.
- 97 -
qtie se alaba pontifical y descaradamente, delante
de un concurso asombrado ó burlón. Después de
todo, la mala voluntad ha quedado vencida. No hay
sino que reconocer en el autor del «Pelerin Passion-
né», á un egregio poeta. «El único, — dice el escri-
tor holandés,— que en todo el mundo civilizado pue-
de hablar de su Lira y de su Musa, sin caer en ri-
dículo.» Moneas ha tomado muchos rumbos antes
de seguir la senda que hoy lleva. El apareció en
ei campo de las letras, como revolucionario. Una
nueva escuela acababa de surgir, opuesta hasta
cierto punto á la corriente poderosa de Víctor
Hugo y sus hijos los parnasianos; y en todo y por
todo, á la invasión creciente del naturalismo, cuyo
pontífice aparecía como un formidable segador de
ideales. Los nuevos luchadores quisieron librar á
los espíritus enamorados de lo bello, de la peste
Rougon y de ia plaga Macquart. Artistas, ante todo,
eran, entusiastas y bravos, los voluntarios del Arte.
Tales fueron los decadentes, unidos en un princi-
pio, y después separados por la más extraña de las
anarquías, en grupos, subgrupos, variados y cu-
riosos cenáculos. Morcas, como queda dicho, fué
uno de los primeros combatientes; él, como un de-
cidido y convencido adalid, tuvo que sostener el
brillo de la flamante bandera, contra los innume-
rables ataques de los contrarios. Casi toda la pren-
sa parisiense disparaba sus baterías sobre los re-
cién llegados. Paul Bourdc se alzaba implacable
en su burla, desde las columnas del «Temps.» Lla-
maba á los decadentes con tono de reproche, hi-
jos de Baudelaire; dirigía sus más certeros proyec-
tiles contra Mallarmé, Moreas, Laurent Tailhade,
Yignier y Charles Morice; y pintaba á los odiados
reformadores, con colores chillones y extravagan-
tes perfiles. Todos ellos no eran sino una muche-
dumbre de histéricos, un club de chiflados. Las fan-
Los raros —7
— 98
tasías escritas de Moreas, eran según el crítico,
sentidás y vividas. ¿El joven poeta quería ser Khan
de Tartaria, ó de no sé dónde, en un bello verso?
Pues eso era muestra de un innegable desorden
intelectual. Moreas era un sujeto sospechoso, de
deseos crueles y bárbaros. Además, los decaden-
tes eran enemigos de la salud, de la alegría, de la
vida en fin. Moreas contestó á Bourde tranquilo y
bizarramente. Le dijo al escritor del más grave de
los diarios que no había motivo para tanta alga-
rada; que el distinguido señor Bourde se hacía eco
de fútiles anécdotas inventadas por alegres desocu-
pados; que ellos, los decadentes, gustaban del buen
vino, y eran poco afectos á las caricias de la diosa
Morfina; que preferían beber en vasos, como el co-
mún de los mortales, y ¡no en el cráneo de sus abue-
los; y que, por la noche, en vez de ir al sábado de
los diablos y de las brujas, trabajaban. Defendió
á la censurada Melancolía, de la Risa gala, su gor-
da y sana enemiga. «Esquilo, dijo, Dante; Shakes-
peare, Byron, Goethe, Lamartine, Hugo, los gran-
des poetas, no parece que hayan visto en la vida
una loca kermesse de infladas alegrías.» Fué el
campeón de las lágrimas. Después se ocupó de la
exterioridad de la poesía decadente y expuso sus
cánones. Al poco tiempo apareció en el «Fígaro»
un manifiesto de Moreas. Fué la declaratoria de
la evolución, la anunciación «oficial» del simbolis-
mo. Los simbolistas eran para los románticos re-
zagados y para el naturalismo, lo que el romanti-
cismo páralos pelucas de 1830. ¿Pero no eran ellos
los de la joven falan je, nietos de Víctor Hugo?
Ese célebre manifiesto en que aparecían decla-
rados los principios del simbolismo, el organismo
de la naciente escuela, su ritual artístico, su teoría,
sus intentos y sus esperanzas, fué analizado y com-
batido por Anatole Frailee, con la manera magis-
tral y la superior fuerza que distinguen á ese es-
— 99 —
critor. Moreas respondióle, en unas cuantas líneas,
con caballeresca cortesía, manteniendo, buen pa-
ladín, sus ideas. De esto hace ya algunos años.
Moreas desdeña hoy, mira con cierta reprocha-
ble falta de cariño, sus primeras producciones.
¿Por qué? Ellas marcan el sendero que debía seguir
el talento del autor, son los vuelos en que se ensa-
yaban las alas, y para el observador ó el biógrafo,
constituyen valiosísimos documentos. Nuestro poe-
ta no habla nunca de sus trabajos en proáa. Como
todo verdadero poeta, es un excelente prosador.
A pesar de Xas inextrincahles montañas simbóli-
cas y de las raras brumas, amontonadas en el «The
chez Miranda», ó en las «Dcmoiselles Goubert»,
ambas obras escritas en colaboración con Paul
Adam, esos dos trabajos primigenios son ya un an-
gurio de poder y de victoria. Hay en ellos riqueza,
derroche de intelectualidad y de pasión artística.
Son revuelta y amontonada pedrería, joyas rega-
das; lujo desbordado de la fantasía, locura de an-
sioso príncipe adolescente. ¿Qué hay distancia de
esos libros al último «Pelerín?» Claro está.
«He crecido»,— dice Hugo en una célebre epísto-
la. El antiguo camarada de Moreas, el Paul Adam
de estos momentos, que corona de geUiias ilustres
la cabeza hierática de las princesas bizantinas, ¿no
empieza á mostrar los quilates de sus oros y dia-
mantes allá, al principio, cuando los tanteos de su
pluma delineaban los contornos de un estilo pres-
tigioso y potente?
El Moreas de «Les Syrtes», no es, en verdad, el
lírico capitolino y regio de los últimos poemas;
sin embargo, algunos preferirían muchos de esos
primeros versos á varias de las sinfonías verbales
recientemente escritas por el joven maestro. La
razón de esto quizá esté en que hay en la prima-
vera de su poesía más pasión y menos ciencia. Es
innegable que la orquestación exquisita del verso
«- 100 — ’
libre, «la máquina del poema poliformo modernísi-
mo», son esfuerzos que seducen; más es irresistible
aquella magia, de los vuelos de palomas, de las
frescas rosas, bien rimadas en estrofas harmóni-
cas ; la consonancia dulce de los labios, luciente de
los ojos, ideal y celeste de las alas y el lenguaje
de la pasión y de la juventud.
Esto, volviendo á afirmar que el verso libre,
tal como hoy impera en la poética francesa, es en
manos de una legión triunfante de rimadores, ins-
trumento precioso, teclado insigne y vasto de in-
comparable polifonía. Mas volvamos á los prime-
ros versos de Morcas, «¡Syrtis inhóspita!» Clama
Ovidio. «Incerta Syrtis», dice Séneca. Aun no ha
acabado la aurora de -esperezarse, y ya la barca del
joven soñador ha padecido la rudeza de los esco-
llos. ¡El poeta empieza por el recuerdo! Ya hay
un tiempo ido, al cual el alma vuelve los nostálgi-
cos ojos. Quizá no es la culpa del soñador. El viene
después del enfermo René y del triste Olimpio.
Es el invierno. Arde en la chimenea
El tuero brillador que estalla en chispas,
como dice un poeta mi amigo! á quien quiero mu-
cho. Fuera pasan los vientos de la fría estación.
Dentro, el gato mayador se enarca y se estira lán-
guidamente. Algo flota sobre la ramazón bordada
de los cortinajes.
Es el pasado ; es el pasado, que clama lamentando
las ternuras acabadas y los amores difuntos. El
recuerdo vuela primero al divino país de Grecia.
Allá es donde «bajo los cielos áticos los crepúscu-
los radiosos tiñen de amatista los dioses esculpidos
en los frisos de los pórticos; donde en el follaje
argentado de los árboles de torsos flacos, crepi-
tan las agrias cigarras, ebrias de las copas del Es-
tío.» Es en la tierra de las olímpicas divinidades y
— 101 —
de las musas, donde la virgen helénica, de flore-
cientes senos, despertó el amor del adolescente,
poniendo el embriagador vino del primer beso so-
bre sus labios secos de sed. Luego pasará la dama
enigmática, encarnación del inmortal femenino. Va
en una barca mágica ó en una góndola amorosa,
y á su paso hacen vibrar el aire los «pizzicatti» de
las mandolinas. Es la mujer ideal del ensueño lar-
go tiempo acariciado, la dama que se yergue como
una flor, con su falda de brocatel, cual pintado por
el viejo Tintoreto. Eva y Helena, hermanas fatales,
reinarán siempre, bajo apariencias distintas. Si un
rostro de niña rubia se asoma á la ventana, será
la pálida Margarita. En un paisaje duro y vigoroso,
al canto de las cascadas, brotará la forma de una
catalana, de pie pequeño y ojos brilladores; y en
París,— -seguramente en un decorado de cámara pri-
vada,—ríe la serpentina parisiense, bajo su som-
brero florido.
Y es en ese instante, cuando el poeta casi siem-
pre casto, pone el oído atento á la lección del en-
cendido Sátiro. Al vagar ideal, hará sus ramilletes
galantes en los parques ducales, cerca de los vie-
jos chambelanes que madrigalizan. Nos mostrará
á esa misteriosa Otilia de labios de bacante y
ojos de madona, que cruza semejante á la vaga fi-
gura de un mito, en tanto que las harpas dejan es-
capar un trémulo acorde en el salón de las arma-
duras. La oda irá, como una águila, á tocar con
sus alas la frente del vate recordándole las futuras
apoteosis de la Gloria. Nuestros ojos se deten-
drán ante un retrato de mujer, esfíngico y encan-
tador, ó veremos al enamorado dedicar, adorador
tíe unas blancas manos, perlas á los dedos liliales.
Querrá también, tentado como Parsifal, ofrecer sa-
crificios á la Venus carnal y matadora; pero pro-
tegido por especial virtud, cual por un Graal San-
to, volverá á flotar en el azul de la eterna idealu
- 102
dad. En el claro de la luna, un beso. El amor que
soñará será triste y sollozante, lleno de medita-
ciones y furtivas caricias. Canta su amargura de-
lante de la triunfal beldad, y, á pesar de la obsesión
de los deseos clandestinos, y del soplo impulsivo
de Mefistófeles, el alma flota en un delicado y mís-
tico ambiente. El sueña con la bella vida del amor
invencible. La canción invernal languidece en las
cuerdas. La amada y el amado están cerca de las
llamas de oro de la chimenea, y admiran un paisaje
de desconocido pintor, donde en tina fiesta de co-
lores corre el agua de una fuente, bajo un toldo
de hojas; se alza á lo lejos, la montaña, y, en pri-
mer término, bajo el sol del trópico, grandes bue-
yes blancos,— como los del robusto Fierre Dupont,
— elevan hacia el cielo la doble curva de los firmes
cuernos. La feliz pareja sólo soñará un instante,
pues pronto llega la amarga onda á invadir los co-
razones. Los corazones sangran martirizados como
en los versos de Heine; el invierno será tan sólo
nuncio de penas y de desilusiones ; los besos han
partido como pájaros en fuga; las rosas están mar-
chitas, y los brazos deseosos, los brazos viudos,
en vano buscarán la mística figura. Es un cuento
de amor, un cuento otoñal, escuchado cuando el
viento de la tarde pasa haciendo temblar las ramas
de los árboles deshojados. Todo muy confuso, di-
réis, muy wagneriano. Muy bello.
De cuando en cuando convierte el triste los ojos
á una visión que presto desaparece. Son las ne-
gras cabelleras, los talles, las caderas harmoniosas,
las pupilas húmedas, de miradas profundas. ¡Y
las manos! Esta deliciosa parte de la escultura
femenil, atrae especialmente á Morcas. ¡Qué pre-
ciosos retratos nos haría este encantador, de Diana
encombando un arco, ó de Ana de Austria des-
hojando una rosa, ó vertiendo en una copa de pla-
ta un poco de sangre moscatel!
— 103 -
Carmencita, la española, desfila, mas no como era
de esperarse, en nn paso de cachucha ó en un giro
de fandango; á esa hechicera meridional, canta el
poeta un lied del norte.
Amores, intenciones de amor, ya en la basílica
al brillo aurisolar de la custodia, ó en el aposento
tapizado de rosa y aromado de lilas; y como di-
vino pájaro de un alba inextinguible, se ve al ave
azul que resucita las esperanzas ; pero la cual bus-
cará en vano el náufrago, pues volará hacia esas
sirtes en que el propio piloto ha buscado el nau-
fragio. Hasta el final de este primer libro se siente
el influjo del desencanto. Mas aun, la sombra de
Baudelaire sugiere á ese joven ágil y pletórico,
que aprendió á amar y á cantar en Atenas, sugie-
re vagas ideas obscuras, relámpagos de satanismo.
El se pregunta:
Quel succube au pied bot m’a t-il done envouté?
Sin saberse en qué momentos, han empezado á
vegetar en el jardín del soñador, las plantas que
producen las flores del mal. Y sobre el suelo en
que crecen esas plantas, bien pueden ya percibirse
á la luz del claro sol, las huellas del pie hendido
de Verlaine. Por allí ha pasado Pan, ó el demonio.
La pobre alma quiere librarse de las llamas liber-
tinas, de las larvas negras, de las salamandras in-
vasoras. Lamenta la pérdida de la alegría de su
corazón, la sequedad de su rosal espiritual, sobre
el que ha agitado las alas un mal vampiro. El ten-
derá sus brazos á la naturaleza y al Oriente divi-
no. Pero todas sus quejas serán vanas; y aun más,
incomprensibles. Ya Mallarmé se oye sonar; sus
trompetas cabalísticas auguran una desconocida
irrupción de rarezas, bellas, muy bellas y lumi-
nosas, pero caóticas, como una puesta de sol en
nuestros cielos americanos, en que la confusión
es el mayor de los encantos.
La adolescencia es ida, y los años de las dulces
cosas juveniles, cuando Julieta nos canta con su
dulce voz vencedora de la de la alondra: «¡No te
vayas todavía!» «Las Cantinelas» encierran el nue-
vo período. El traje del caballero es de un tono
más obscuro. La espada siempre pende al cinto;
se nota el triunfo de los terciopelos sobre los en-
cajes. Ha sufrido el joven caballero griego. No son
por cierto notas alegres las que primero escucha-
mos. Los sonetos, que vienen como heraldos, traen
vestiduras de duelo. La pena del placer perdido
hace demandarlas voces arrulladoras y los aromas
embriagantes; el jardín de Fletcher decorado por
la musa sonámbula de Poe, solloza en sus fuen-
tes; hay una admósfera de duelo, de llanto, casi
de histerismo, y una luz espectral sirve de sol, ó
mejor dicho de luna.
Que je cucille la grappe, et la feuille de myrte
qui tombe, et que je sois á l’abri de la syrte
oú j’ai fait si souvent naufrage prés du port.
Así canta el mal herido de desesperanzas.
Su voz se dirige á las hadas propicias, pero ellas
no llegan todavía. El va cerca de la mar, de la mar
femenina y maternal, á dejar en sus riberas lo que
queda de sus ensueños y hasta el último hilo de la
púrpura de su orgullo. Su alma está triste hasta
la muerte. En el interludio parece que quisiera
entregarse á la felicidad de una alegría ficticia.
Así el gaitero de Gijón de nuestro admirado y que-
rido Campoamor, toca la gaita y rige las danzas
con el alma apuñalada de pena. Gestos, expresio-
nes, impresiones fugaces, paisajes nocturnos en una
calle parisiense; y en las estrofas una mezcla de
vaguedad germánica y de color meridional.
105
El «never more» fatídico del cuervo de Poe, es
escuchado por el cantor nostálgico, á la luz del
gas de París.
Preséntasenos también una legendaria escena
nocturna que ya habíamos visto, lector, acompa-
ñada por blanda música, gracias al inmenso cor-
daje de la lira de Leconte de Lisie. Los Elfos del
norte cantan coronados de hojas perfumadas y
frescas, cuando el caballero de la balada viene en
su caballo negro, haciendo espejear su casco ar-
gentino á la luz de la luna. Es osado, y sus armas
no han conocido nunca la vergüenza de las derro-
tas. Su corcel va como si fuese alado, á las punza-
das de las espuelas de oro. El caballero muere ven-
cido en las «Odas bárbaras.»
El personaje de Moreas, cuya figura no se alcan-
za á ver y cuyo caballo apenas se oye galopar,
no es aprisionado por el encanto. En el instante
del nacimiento de la aurora, lo que alcanza á divi-
sarse en la selva es la silueta del emperador Bar-
barro ja, que medita, apoyada la frente en las ma-
nos.
Pero he aquí que nos ilumina el sol de Floren-
cia. Después de tanta niebla, halaga una visión de
claros ríos y de puentes pintorescos.
El cielo es azul y entre dos rimas y dos acordes
musicales, desfilan una marquesa enamorada y un
envuelto capuchino. Moreas es un exquisito gra-
bador de viñetas. Riega los madrigales y miniatu-
ras, decora y viste sus personajes sin que una fal-
ta de tocado turbe la exactitud de ese conocedor
de todos los refinamientos.
«Las Asonancias» son bosquejos de leyendas;
pocas, pero admirables, cortas pero conmovedoras.
El klepto siente volver á su memoria las narra-
ciones de la infancia: Maryó tejiendo su lana, ven-
cedora en su fidelidad; y, tal como se sabe en las
narraciones de la isla de Candía, la mala madre
— 106 —
que oye hablar al corazón desde el plato y que
después sufre el castigo de sus crímenes. En esta
sección nos deleita el errante perfume de la fábu-
la, las ingenuas repeticiones de versos y de pala-
bras de los poemas primitivos, los metros apro-
piados á la música de las danzas; y nuestro aso-
nante español, aplicado en estrofas cortas, y en
argumentos donde aparece algún héroe de gesta
ó alguna princesa de tradición, en sangrientos su-
cesos de antiguos adulterios y de incestos inme-
moriales. Poesía de leyenda y de romancero; da-
mas del tiempo de Amadis; armaduras que se en-
trechocan en la sombra medioeval.
En cuanto el poeta dirige las riendas de Pegaso
á la región de los conceptos puros, nos sentimos
envueltos en una sombra absolutamente alemana.
Su metafísica adormece. Subimos á alturas inac-
cesibles, rodeadas de obscuridad. Felizmente pron-
to entramos al reino encantado de las ficciones
portentosas. Raimondin, corre á nuestra vista, en
su cabalgadura, y la celeste claridad le envuelve
en su sutil polvo de plata. Los castillos del tene-
broso encantamiento se deshacen y la Enteléquia,
desnuda, resplandece al amor de la luz del día. No
es sino en una fuga crepuscular donde se esfuma
la vieja de Berkeley, el enano Fidogolain, «que,
ni muy loco ni muy vulgar, sabía cantar baladas»,
y la Muerte, la Thanatos cabalgante, que exige
para el contorno de su esqueleto el lápiz visionario
de Alberto Durero.
Refiriéndose á la concepción que de la digni-
dad de su arte han tenido dos ilustres prerafaeli-
tas ingleses — casi huelga nombrarlos: Rossetti y
Burne Jones — dice un escritor británico que la
desventaja única de la elevación aristocrática de
su ideal es la de ser incomprensible excepto para
unos pocos. Algo semejante puede afirmarse de
la obra de Moreas. Tal como los ritos musicales
— 10? —
de Beyruth, Meca de los wagneristas, ó como las
excelencias delicadas del arte pictórico de los pri-
mitivos, las poesías del autor del «Pelerin Passion-
né» necesitan para ser apreciadas en su verdadero
valor, de cierto esfuerzo de intelecto, y de cierta
iniciación estética. «Autant en emporte le vent» fué
escrito de 1886 á 1887. Es en ese librito donde se
encuentran las que se podrían llamar primeras
manifestaciones quatrocentistas de Moreas, Made-
leine, Agnes, Enone, son encantadoras figuras del
siglo décimoquinto ; sus facciones exigen la huma-
na sencillez y al propio tiempo la milagrosa ex-
presión de un Botticelli. La Edad Media es para
nuestro poeta como para Dante Gabriel Rossetti,
familiar y amada, y los sujetos que ella le sugiere,
son plausiblemente idealizados, sin una tacha ana-
crónica, sin una falta ó debilidad en la idea íntima
ni en la ornamentación exterior. El espíritu vuela
á los tiempos de la caballería. Leyendo los poemas
medioevales de Moreas se comprende el valor del
conocido verso de Verlaine:
... le Moyen age énorme et délicat...
El poeta vive la vida de los príncipes enamorados,
de los guerreros galantes. Los lugares que se pre-
sentan á nuestra vista son los viejos castillos tra-
dicionales y poéticos ; ó alguna decoración que apa-
rece como por virtud de un ensalmo, ó del movi-
miento de la mano de una hada. Las parejas lle-
nas de amor, cortan flores en fantásticos parques.
Tras un rosal se alcanza á ver de cuando en cuan-
do, ya la joroba de un bufón, ya la cola irisada de
un pavo real. «Agnes» es una deliciosa y extraña
sinfonía. Las estrofas están construidas de mano
maestra, y el alma atenía del artista se siente aca-
riciada por la repetición de un suave «leit-motive.»
Í08 -
La poética de Moreas £stá definida en estas cor-
tas palabras del maestro Mallarmé:
«Una euphonie fragmentée, selon Y assentiment
du lecteur intuitif, avec une ingénue et precieuse
justesse...»
En resumen, Moreas posee un alma abierta á
la Belleza como la primavera al sol. Su Musa se
adorna con galas de todos los tiempos, divina cos-
mopolita é incomparable poliglota. La India y sus
mitos le atraen, Grecia y su teogonia y su cielo de
luz y de mármol, y sobre todo la edad más poética,
la edad de los santos, de los misterios, de las jus-
tas, de los hechos sobrenaturales, la edad terrible
y teológica; la edad de los pontífices omnipoten-
tes y de los reyes de corona de hierro; la edad de
Merlin y de Viviana, de Arturo y sus caballeros;
la edad de la lira de Dante, la Edad Media. El
nombre del «Pelerin Fassionné» está tomado de
Shakespeare. La calección de versos amorosos de
Moreas no tiene con la del poeta inglés ningún
punto de contacto, como no sea el pertenecer al
mismo género, al erótico, y el empleo de variedad
de metros y de caprichos rítmicos. Shakespeare usa
desde el verso que equivale en inglés á nuestro en-
decasílabo español:
When my love swears that she is made of truth,
hasta los «trenos», imitados de los himnos latinos
cristianos:
Beauty truth and varity
grace in an simplicty
here enclosed in cinders lie.
Y Moreas, siguiendo las huellas de Lafontaine,
ya aumentando ó cortando á la moderna el número
de sílabas, ha logrado hacer de sus poemas, con
una técnica delicada y fina, maravillas de harmo-
nía; que por supuesto, no han dejado de produ-
cir escándalo en la crítica oficial.
La aparición del «Pelerin» fué saludada con un
gran banquete que presidió Mallarmé y que fué
un resonante triunfo. Fué la exaltación de la obra
del joven luchador, que en aquellos instantes re-
presentaba elmás bello de los sacerdocios; el del
Arte. Eran ya conocidas esas creaciones y amables
resurrecciones que atraviesan por la senda del Pe-
regrino. Enone, la del claro rostro, que arrastra
en el poema un rico manto constelado de rimas
como piedras preciosas, en una gradería de estro-
fas de pórfido, y del más blanco pentélico; el ca-
ballero Joé, meditabundo, que en revista mental,
mira el coro de beldades que guarda en su memo-
ria, entre las cuales: Madama Emelos, la caste-
llana de Hiverdum que se llamaba Bertranda, y
Sancha, que engañó al amante con tres capitanes.
Doulce, á su vez, es una princesa de cuento azul.
En el «Pelerin» es donde florece de orgullo el
laurel heleno-galo. Sin temor á la edad contem-
poránea, se proclama Morcas tal como se juzga.
Alaba el arle que inventa. Mantenedor del renom-
bre griego, de la tradición latina, no vacila en lle-
var consigo, junto á la lira de Píndaro, la lanza
de Aquiles; y no hay sino inclinarse ante el orgu-
llo de sus carteles y el esplendor de sus trofeos.
Sus alegorías pastorales son un escogido ramillete
eclógico, con más de una perla que no sería in-
digna del joyero de la Antología. Y para concluir:
si escuchamos un clamor de trompas, y percibimos
una bandera agitada por un fuerte brazo, es que
la campaña Romanista ha sido empezada. ¡A otros
las nieblas hiperbóreas y los dioses de los bárba-
ros! El jefe que llega en nuestro bravo caballero;
la diosa de azules ojos que le cubre con su égida
es Minerva: la misma que protegerá al editor Va-
nier,— según sus editados, — y le hará ganar tanto
110 -
dinero como Lemerre; y el abanderado, que viene
cerca del jefe, henchido de entusiasmo, es el ca-
ballero Mauricio Du Plessis, lugarteniente de la fa-
lange, y cuyo «Primer libro pastoral» es su me-
jor hoja de servicios.
Morcas confía en su completa victoria. Nuevo
Ronsard, tiene por Casandra una beldad galo gre-
ca. Y él confía en que gracias á sus ritos
Sur de nouvelles fleurs, les abeilles de Gréce
Butineront un miel franjáis.
Y con Racine exclama:
Je me suis applaudi, quand je me suis come...
Así vive en París, indiferente á todo, desdeñan-
do escribir en los diarios, enemigo del reporta-
je; en una existencia independiente, gracias á su
familia, «reconciliada ya con las rimas», como di-
ce Mendés; ignorando que existen Monsieur Car-
not, el sistema parlamentario y el socialismo. No
ha parido hembra humana un poeta más poeta...
Üachilde
Tous ceux qui aunent le rare
I’ examinaient avec inquiétude.
Maurice Barres.
Trato de una mujer extraña y escabrosa, de Un
espíritu único esfíngicamente solitario en este tiem-
po finisecular; de un «caso» curiosísimo y turbador,
déla escritora que lia publicado todas sus^obras con
este pseudónimo, Rachilde; satánica flor de deca-
dencia picantemente perfumada, misteriosa y he-
chicera y mala como un pecado.
Hace algunos años publicóse en Bélgica una no-
vela que llamó la atención grandemente y que se-
gún se dijo había sido condenada por la justicia.
No se trataba de uno de esos libros hipománicos
que hicieron célebre al editor Kistemaekers, en
los buenos tiempos del naturalismo; tampoco de
esas cajas de bombones afrodisíacos á lo Mendés,
llenas de cintas, aromas y flores de tocador. Se tra-
taba de un libro de demonómaná, de un libro im-
pregnado de una desconocida ú olvidada lujuria,
libro cuyo fondo no había sido sospechado en los
manuales de los confesores: una obra complicada
y refinada, triple é insigne esencia de perversidad.
Libro sin anteceden tes, pujeísi ,á sju lado arden com-
pletamente aparte, los carbones encendidos y san-
grientos del «divino marqués», y forman grupo se-
- ÍÍ2
parado las colecciones prisioneras y ocultas en el
«inferí» de las bibliotecas. Este libro se titulaba
«Monsieur Venus», el más conocido de una serie
en que desfilan las creaciones más raras y equívo-
cas de un cerebro malignamente femenino y pere-
grinamente infame.
Y era una mujer el autor de aquel libro, una
dulce y adorable virgen, de diecinueve años, que
apareció á los ojos de Joan Lorrain, que fué á
visitarla, como un ser extraño y pálido, «pero de
una palidez de colegiala estudiosa, una verdadera
«jeune filie», un poco delgada, un poco débil, de
manos inquietantes de pequeñez, de perfil grave
de efebo griego, ó de joven francés enamorado...
y ojos —¡oh los ojos!— grandes, grandes, cargados
de pestañas inverosímiles, y de una claridad de
agua, ojos que ignoran tocio, á punto de creer que
Rachilde no ve con esos ojos, sino que tiene otros
detrás de la cabeza para buscar y descubrir los
pimientos rabiosos con que realza sus obras.»
Esa mujer, esa colegiala virginal, esa niña era la
sembradora de mandragoras, la cultivadora de ve-
nenosas orquídeas, la juglar esa decadente, aman-
sadora de víboras y encantadora de cantáridas,
la escritora ante cuyos libros, tiempos más tar-
de, se asombrarán, como en una increíble alu-
cinación, los buscadores de documentos que es-
criban la historia moral de nuestro siglo. Los pin-
tores potentes, dice Bar bey d’ Aurevilly, pueden
pintarlo todo, y su pintura es siempre bastante
moral cuando es trágica y da el horror de las
cosas que manifiesta. No hay de inmoral sino los
«Impasibles» y los «Mofadores.»
Rachilde no es impasible ¡qué iba á serlo ese
crujiente cordaje de nervios agitados por una con-
tinua y contagiosa vibración !— ni es mofadora,—
no cabe ninguna risa en esas profundidades obs-
curas del Pecado, ni ante las lamentables defor-
- 113 -
maciones y casos de teratolología psíquica qué
nos presenta la primera inmoralista de todas las
épocas.
Imaginaos el dulce y puro sueño de una virgen,
lleno de blancura, de delicadeza, de suavidad, una
fiesta eucarística, una pascua de lirios y de cis-
nes. Entonces un diablo,— Behemot quizá, — el mis-
mo de Tamar, el mismo de Halagabal, el mismo
de las posesas de Lodun, el mismo de Sade, el
mismo de las misas negras, aparece. Y en aquel
sueño casto y blanco hace brotar la roja flora
de las aberraciones sexuales, los extractos y aro-
mas que atraen á incubos y sucubos, las visiones
locas de incógnitos y desoladores vicios, los be-
sos ponzoñosos y embrujados, el crepúsculo mis-
terioso en que se juntan y confunden el amor,
el dolor y la muerte.
La virgen tentada ó poseída por el Maligno, es-
cribe las visiones de sus sueños. De ahí esos li-
bros que deberían leer tan solamente los sacer-
dotes, los médicos y los psicólogos.
Maurice Barrés coloca «Monsieur Venus», por
ejemplo, al lado de «Adolphe», da «Mlle. de Mau-
pin , do «Crime d’ Amour», obras en que se han es-
tudiado algunos fenómenos, raros de la sensibilidad
amorosa. Alas Rachilde no tiene, bien mirado, an-
tecesores,— á no ser la «Justina», — ó ciertos libros
antiguos cuyos nombres apenas osan escribir los
bibliófilos del amor, ó del Libido, como el inglés
que anima D’ Annunzio en su «Piacere.» Apenas
podrían citarse á propósito de las obras de Ra-
childe, pero colocándolas bastante lejanamente, al-
gunas pequeñas novelas de Balzac, la «Religiosa»
de Diderot, y en lo contemporáneo, «Zo Har» de
Mendés. Un compañero tiene, sin embargo, Ra-
childe, pero es un pintor, un aguafuertista, no
un escritor: Felicien Rops. Los que conozcan la
Los raros— 8
- 114 -
obra secreta de Rops, tan bien estudiada por Huys-
mans, verán que es justa la afirmación.
El mayor de los atractivos que tienen las obras
de Rachilde, está basado en la curiosidad pato-
lógica del lector, en que se ve la parte autobio-
gráfica, en que se presenta al que observa, sin
velos ni ambajes, el alma de una mujer, de una
joven finisecular con todas las complicaciones que
el «mal del siglos ha puesto en ella. Barres se
pregunta: ¿Por qué misterio Rachilde ha alzado
delante de sí á Rauole de Vénerande y Jacques
Silvert? ¿Cómo de esta niña de sana educación
han salido esas creaciones equívocas? Es en ver-
dad el problema atrayente y cuidoso. No hay sino
pensar en lejanas influencias, en la fuerza de on-
das atávicas que han puesto en este delicado sér
la perversidad de muchas generaciones; en el des-
pertamiento, descubrimiento ó invención de pe-
cados antiguos, completamente olvidados y borra-
dos del haz de la tierra por las aguas y los fue-
gos de los cielos castigadores.
Exponiendo los títulos de sus obras, puede en-
treverse algo de las infernales pedrerías de la an-
ticrisíesa: «Monsieur de la Nouveauté», «La fem-
me du 199o», «Monsieur Venus», «Gueue de poi-
sson», «Ilistoires bétes», «Nono», «La virginité de
Diane», «La voise du sang», «A rnort», «La Mar-
qúese de Sade», «Le tiroir de Mimi-Corail», «Ma-
clame Adonis», «L? homme roux», «La sanglante
iroriie», «Le Mordu», «L? anímale»: parece que se
miraran nudos de brillantes y coloreados áspides,
frutos bellos, rojos y venenosos, confituras enlo-
quecedoras, ásperas pimientas, vedados genjibres.
Entrar en detalles no podría, á menos que lo hi-
ciese en latín, y quizá mejor en griego, pues en
latín habría demasiada transparencia, y los mis-
terios eleusíacos, no eran por cierto para ser ex-
puestos á la luz del sol.
— 115 — -
Los tipos de sus obras son todos excepcionales.
Su libro «Sangrienta ironía», por ejemplo, pre-
senta, como todos los otros suyos, á un desequi-
librado, un «détraqué.» Se trata de un joven que
ha asesinado á su querida en un momento de
alucinación. Prisionero, cuenta y explica por qué
sucesión de causas ha llegado á cometer aquel
acto. La figura de Sylvain d’ Hauterac, el desequi-
librado, es una de las mejores creaciones de Ra-
childe, pero la crítica le ha señalado como inve-
rosímil. Ello no quita que la obra sea de una vida
intensa, y de un análisis psicológico admirable.
Ha escrito un drama simbolista titulado «Ma-
dame la Mort.» La acción se circunscribe á una
lucha desesperada del protagonista, entre la muer-
te y la vida. A propósito; ¡qué dibujo macabro el
de Paul Gauguin; dibujo que simboliza á Madama
la Muerte!
Un fantasma espectral, en un fondo obscuro de
tinieblas. Se advierte la anatomía de la figura;
un gran cráneo; el espectro tiene una mano lle-
vada á la frente, una mano larga, desproporcio-
nada, delgada, de esqueleto; se miran claramen-
te los huesos de las mandíbulas; los ojos están
hundidos en las cuencas. ,
El artista visionario ha evocado las manifesta-
ciones de ciertas pesadillas, en que se contem-
plan cadáveres ambulantes, que se acercan á la
víctima, la tocan, la estrechan, y en el horrible
sueño, se siente como si se apretase una carne
de cera, y se respirase el conocido y espantoso olor
de la cadaverina...
La novela «Monsieur Venus» es un producto in-
cúbico. Jacques Silvert es el Sporus de la cruel-
mente apasionada césarina; un Sporus vulgar de
ojos de cordero, bestia, sonriente, pasivo. Raoule
de Yénerande una especie de mademoiselle Des
Esseints, se enamora de ese primor porcino; se
“ 116 =
enamora, aplicando á su manera el soneto de Sha-
kespeare :
A womans’s face, with n atures own
hand painted...
Raoule de Vén erando es de la familia de Nerón,
y de aquel legendario y terrible Gilíes de Laval,
sire de Rayes, que murió en la hoguera; según él
por causa de Suetonio. En cuanto al emasculado
y detestable Jacques, ridículo Ganimedes de su
amante vampirizada, es un curioso caso de clíni-
ca, cliente de Krafft-Ebing, de Molle, de Gley. La
androginia del florista la explica Aristófanes en
el banquete de Platón. Krafft-Ebing le colocaría
entre los casos que llama de «eviratio, ó transmu-
tatio sexus paranoia.»
El Sar Peladán en su etopea ha abordado temas
peligrosos, con su irremediable tendencia á idea-
lizar el androginismo. Barbey también penetró en
algunos obscuros problemas; mas ni el autor de
las «Diabólicas», ni el Mago y caballero Rosa Cruz,
han logrado como Rachilde poseer el secreto de
la Serpiente. Ella dice á nuestros oídos:
... des mots si specieux tout bas
que notre áme depuis ce temps tremble et s’étonne.
Una mujer, una joven delicada, intelectual, ce-
rebral, os descubre los secretos terribles: he ahí
el mayor de los halagos, el más tentador de los
llamamientos. Y advertid que penetramos en un
terreno dificilísimo y desconocido, antinatural, pro-
hibido, peligroso.
Hay un retrato de Rachilde, á los 25 años. De
perfil; desnudo el cuello, hasta el nacimiento del
seno; el cabello enrollado hacia la nuca, como
una negra culebra 5 sobre la frente, recortado, se-
- 117 —
gún la moda pasada, recortado y cubriendo toda
la frente; la mirada, ¡qué mirada! mirada de ojos
que. dicen todo, y que saben todo; la nariz deli-
cada y ligeramente judía; la boca... ¡oh boca com-
pañera de los ojos! y en toda ella el enigma di-
vino y terrible de la mujer: «Misterium.» Sobre
el pecho blanco, prendido con descuido, hay un
ramillete de botones de rosas blancas.
Sé de quien, estando en París, no quiso ser pre-
sentado á Rachilde, por no perder una ilusión
más. Rachilde es hoy madame Alfred Vallette; ha
engordado un poco ; no es la subyugadora enig-
mática del retrato de 25 años, aquella adorable
y temible ahijada de Lilitli.
Casada con Alfred Vallette es hoy «mujer de
su casa» mas no deja de producir hijos intelec-
tuales. Hace novelas, cuentos, críticas.
Tiene Rachilde un vivo sentido crítico, descubre
en la obra que analiza, las faces más ocultas, con
su hábil y rápida perspicacia de mujer. En la
revista que dirige Vallette, suele escribir ella ya
un «compte rendu» teatral, ya una vibrante ex-
posición de un libro nuevo; critica con la firme-
za de una ilustración maciza, y con la admirable
visión de su raro talento. Tiene palabras especia-
les que os descubren siempre algo ignorado y «so-
bre entendidos» de una sutileza y malicia que in-
quietan.
Es profundamente artista. Oid este grito: «¡Oh,
son necesarios, esos, los convencidos de nacimien-
to, para que se enmiende ó reviente la Restia Rur-
guesa, cuya grasa rezumante concluye por untar-
nos á todos!.
»Obra de odio y obra de amor deben unirse
delante del enemigo maldito: la humanidad indi-
ferente.»
Veamos algunas de sus ideas, al vuelo. «El ver-
so libre,— dice á propósito de un libro de su ami-
- lis
ga María Krysinska, — es un encantador «non sens»,
es un tartamudeo delicioso y barroco que con-
viene maravillosamente á las mujeres poetas, cu-
ya pereza instintiva es á menudo sinónimo de ge-
nio. No veo ningún inconveniente en que una mu-
jer lleve la versificación hasta su última licencia!
En el prólogo de su teatro, hállase esta franca
declaración: «Moi, je ne connais pas mon école,
je n’ ais pas d’ esthétique.»
Según Charles Froment, en nuestra época no
se tiene en absoluto la noción de lo bello. Rachil-
de escribe su «Vendeur de Soleii», pieza dramá-
tica que se ha presentado casi en toda Europa con
éxito, para demostrar que los únicos que no han
visto el sol son los románticos. ¿Y si buscando
bien encontrásemos en la genealogía de Rachilde
sangre romántica...? Ella, ciertamente, ha empe-
zado conversando con «Joseph Delorme», y ha
bebido en el mismo vaso que Baudelaire, el Bau-
delaire de las poesías condenadas: «Le Léthe», «Les
metamorphoses du Vampirer», «Lesbos...» y que
escribió un día en sus «Fusées»: «Moi, je dis:
la volupté unique et supréme de Y amour git dans
la certitude de faire le mal. Et 1’ homme et la
femme savent, de naissance, que dans le mal se
trouve toute volupté.»
En nuestros días, dice Rachilde, hay instigado-
res de ideas,— como antes «moneurs de loups», —
pues en nuestra época llamada moderna, mil ve-
ces más siniestra que la sangrienta Edad Media,
son precisas apariciones mil veces más flagelantes ;
y esos «meneurs», conduciendo sus ideas carnice-
ras á los asesinatos de las viejas teorías, de los
viejos principios, abriendo locamente los ojos del
espíritu, son también los precursores del Angel !
i Bien locas las gentes que no comprenden que los
tiempos están próximos, porque los azuzadores de
ideas se suceden con una asombrosa rapidez sobre
el sombrío horizonte!
Así, ¿no tengo razón en llamar á Rachilde ma-
dama la Anticristesa? Ella comprende, ella sabe,
y ella es también un Signo. ¡ Qué página escribiría
el profético Bloy sobre las anunciaciones del Jui-
cio !
¿Cómo dar una muestra de lo que escribe Ra-
childe, sin grave riesgo?... Felizmente encuentro
una paginita magistral, inocente y hasta santa, que
escribió con el título: «Imagen de Piedad.»
Es la que sigue:
«Era de aquellos que no conocen ni el reposo,
ni) as fiestas, el pobre buen hombre viejo. Lle-
vaba al dueño de su pequeño cortijo, la entrega
del mes de agosto: el medio saco de trigo molido^
tres pares de pollos, cuyos huesos sobresalían ba-
jo las plumas erizadas, y un poco de mantéela..
Sus hijos, desembarazándose del servicio para ir á
los oficios, le habían puesto la brida del asno en
el puño, del viejo asno casi tan enfermo como él
y; «Hue! Papá! Conduisez droit notre Martin!...»
En momentos en que él llegaba á la orilla, re-
cibió en plena frente como un deslumbramiento,
una visión del paraíso, y permaneció allí estúpi-
damente plantado, en una admiración respetuosa;
el asno, reculó, afirmándose sobre sus jarretes:
era la procesión que se desenvolvía, con sus gran-
des muselinas talares, sus banderas llenas de re-
flejos, sus cordones floridos, con sus ángeles, ni-
ños y niñas, «tout en neuf», inflando sus mejillas
bajo sus coronas de rosas. Después el sacerdote,
vestido de un inmenso manto de oro, levantando
al buen Dios, pálido, á través de una custodia de
fuego...
Los jovencitos y las jovencitas se codearon y
querían reventar de risa; ciertamente, no se des-
arreglaría ese bello orden de cosas por un viejo*
— 12Q
hombre acompañado de un asno viejo... Y toda
la procesión rozó á esos dos seres ridículos, con
el extremo de sus suntuosas vestiduras de reina.
El viejo tuvo conciencia de su indignidad, se
puso de rodillas, se quitó su gran sombrero. El
asno bajó las orejas lamentablemente, sus orejas
demasiado largas, roídas de úlceras y cubiertas
de moscas. De la alforja de la izquierda, las ca-
bezas asustadas de los volátiles, salieron abrien-
do el pico, tendiendo la lengua puntiaguda, muer-
tos de sed, pues hacía un calor espantable, un pleno
sol que devoraba el piadoso grupo con sus dien-
tes de brasa. El campesino se apoyaba en el ani-
mal y el animal en el campesino, sudando uno y
otro, los flancos palpitantes, no osando ni uno
ni otro, mirar esas magnificencias que caían del
cielo con llamas. La procesión, con su paso lento,
ceremonioso, de gran dama, se acercaba al pró-
ximo altar de Corpus; eso no concluía; siempre
filas nuevas de mujeres endomingadas, nuevas fi-
las de los señores notables; no volvería el viejo
de su asombro de haber visto una tan enorme mu-
chedumbre de cristianos bien puestos. En fin, lle-
gó el momento en que pasaron los cojos, los en-
fermos, las madres llevando los niños de pecho,
los mal vestidos, la vergüenza de la parroquia:
«Menoux», el de las muletas, que tomaba rapé cada
diez pasos: Ragotte, la bociosa, que tenía la manía
de plantar su enfermedad sobre un vestido de
cachemir verde.
Entonces, nuestro viejo se levantó, vacilante so-
bre sus piernas adoloridas, conmovido; levantó al
asno por la rienda, siguió... No sabía ya lo queí
hacía, pero se sentía á su vez tirado como su
asno, por una cuerda invisible, un hilo de oro sa-
lido de los rayos de la custodia, que corría á lo
largo de las guirnaldas de flores y llegaba á su
frente de viejo encaprichado, bajo la forma lan-
cíñante de una flecha de sol. Muy chico, antes
(¡oh! en la mañana de los tiempos), ha seguido
al sacerdote con vestidos purpúreos, arrojando ho-
jas de rosa entre los humos del incienso, y había
tenido gozos de orgullo ; más grande, se había co-
locado tras las mozas risueñas, intentando en veces
distraerlas de su rosario; había tenido las mismas
altiveces inexplicables, los mismos fuertes latidos
de corazón, confundiendo el brillo de las piedras
preciosas, de las casullas, con la dulce cintilación
de los ojos de «Marión», su prometida... y después,
no se acordaba mucho, los aiios corrían todos igua-
les, como las tocas blancas, como las alas pal-
pitantes de todas esas cabezas de mujeres piado-
sas, perdiéndose sobre las azules lejanías del cie-
lo... Ño se acordaba más; seguía sin embargo, siem-
pre el último, el menos digno, tirando de su asno
con mano obstinada, olvidando hasta el objeto de
su viaje. Y «Martin» dócilmente, ritmaba su mar-
cha con el coro del cántico; los pollos, fuera de
la alforja inclinaban la cresta, con aire de resig-
narse, pues que se iba al paso...
Había quienes se volvían á menudo entre la fila
de fieles escandalizados. Se le enviaban mucha-
chos para decirle que se volviese... ó qiie dejase
su asno. ¡Qué cola de procesión, la de Martín!
Circulaban risas de muchachas, con susurros de
abejones; y solamente, el señor cura, no quería
darse cuenta de nada, aparentando no entender
lo que venía á murmurarle su sacristán al pre-
sentarle el incensario.
La procesión después de las paradas de uso, se
entró bajo el pórtico de la iglesia. El viejo se
encontró solo, en medio de una playa desierta.
Entrar con «Martín» no era casi posible. Aban-
donar á «Martín», los pollos, la manteca, la mon-
tura. ni pensarlo quería. Y no tendría él su par-
te de la gran bendición, de aquella que inclinada
á los fieles, cargados de pecados, sobre las bal-
dosas, como las espigas maduras bajo el vence-
dor relámpago de la hoz... Lanzando un profun-
do suspiro, el pobre viejo se signó, descubierta
su frente, una última vez, ante la ojiva sombría
del pórtico. Mas he aquí que, bruscamente, brota
de esa obscuridad temible una extraordinaria apa-
rición: del fondo de la iglesia, el cura le llevaba
la custodia; sí, el cura asombrando á sus feligre-
ses endomingados, el cura con su casulla lumi-
nosa, aureolado de estrellas, de cirios, nimbado
de las nubes del incienso... y el sacerdote, con
una mirada de extraña dulzura, pronuncia las pa-
labras sagradas, mientras que resplandece, más
fulgurante aun, la custodia de allá arriba, el sol,
sobre el humilde viejo que lloraba de alegría, so-
bre el triste «Martín» cuyas orejas ulceradas, pen-
dían,ay,
i tan lastimosamente... !»
Esa página de Rachilde da á conocer el fondo de
amor y de dulzura que hay en el corazón de la
terrible Decadente. Rachilde, la Perversa, habría
sido disputada entre Dios y el diablo, según Luis
Dumur. ¿Qué casuista, qué teólogo podría demos-
trarme la victoria de Satanás en este caso? Ra-
childe se salvaría, siquiera fuese por la intercesión
del viejo campesino y por la apoteosis de «Mar-
tín», el cual también rogaría por ella... ¿No se sal-
vó el Sultán del poema de Hugo, por la súplica
del cerdo?
George ¿‘Espartó?
Como el hecho no demuestra sino la oportunidad
de una ocurrencia de poeta, que en todo caso no
merece sino aplausos, y como me fué narrado
delante de Jean Carrere, que aprobaba con su son-
risa, no creo ser indiscreto al comenzar estas lí-
neas contando la historia de un telegrama de Ate-
nas, leído en el reciente banquete de Víctor Hugo
y firmado George D’ Esparbés, telegrama que re-
produjo toda la prensa de París.
Jean Carrere, en unión de otros jóvenes brillantes
y entusiastas, literatos, poetas, quisieron manifes-
tar que no era cierla la fea calumnia levantada
contra la juventud literaria de Francia, que ha
sido tachada de irrespetuosa para con Víctor Hugo.
Para ello, y con motivo de la nueva publicación
de «Toute la Lyre», organizaron un banquete que
tuvo la correspondiente resonancia; un banque-
te que pudiérase llamar de desagravio.
Fueron ágapes á que asistió gran parte del Pa-
rís literario— viejos románticos, parnasianos y es-
cuelas nuevas, y de las que brotó, maldita flor
de discordia,— á pistola, treinta pasos, sin resul-
tado,—un duelo entre Catuhe Mendés y Jules Bois,
124 -
quienes no hace mucho tiempo eran excelentes
amigos. Fué la fiesta una deuda pagada, una cere-
monia cumplida con el dios, y la cual, con gran
pompa, y por contribución internacional, debería
realizarse anualmente. Esta es una idea poético-
gastronómica que dejo á la disposición de los hu-
gólatras.
En la mesa, cuando el espíritu lírico y el cham-
paña hacían sentir en el ambiente un perfume de
real mirra y de glorioso incienso, en medio de
los vibrantes y ardientes discursos en honor de
aquél que ya no está, corporalmente, entre los
poetas, después de los brindis de los maestros,
y de los versos leídos por Carrere y Mendés, se
pronunció por allí el nombre de George D’ Espar-
bés. D’ Esparbés no estaba en el banquete, él, que
ama la gloria del Padre, y que como él ha canta-
do, en una prosa llena de soberbia y de harmonía,
los hechos del «cabito», la epopeya de Napoleón.
Jean Carrere, el soberbio rimador, se levanta y
ausenta por unos segundos. Luego, vuelve triun-
fante, mostrando en sus manos un despacho tele-
gráfico que acababa de recibir, un despacho fir-
mado D’ Esparbés.
¿Pero dónde está ahora él? Nadie lo sabe. Está
en Atenas, dice Carrere. Y lee el telegrama, una
corona de flores griegas que desde el Acrópolis
envía el fervoroso escritor á la mesa en que se
celebra el triunfo eterno de Hugo. Pocas pala-
bras, que son acogidas con una explosión de pal-
mas y vivas. Nadie estaba en el secreto. Cuando
aparezca D’ Esparbés no hay duda de que «reco-
nocerá» su telegrama.
Y ahora hablemos de esa portentosa «Leyenda
del Aguila» napoleónica.
La «Leyenda del Aguila» es un poema, con la
advertencia de que D’ Esparbés canta en cuentos.
La epopeya es toda una, mas cada cuento está
— 125 *=
animado por su llama propia, en que el lirismo y
la más llana realidad se confunden.
No hace falta el verso, pues en esta prosa mar-
cial cada frase es un toque de música guerrera,
las palabras suenan sus fanfarrias de clarines, ha-
cen rodar en el ambiente sus redobles de tambo-
res, son á veces un cántico, un trueno, un ¡ay! un
omnisonante clamor de victoria.
También el final es triste, al doble sonoro y do-
loroso de las campanas que tocan por la caída del
imperio. Napoleón no aparece aumentado, no es
un Napoleón mítico y de fantasía; antes bien al-
gunas veces como que el poeta se complace en
achicar más su tan conocida pequeña estatura.
Pensaríase en ocasiones un joven Aquiles co-,
mandando un ejército de cíclopes, guiando á la
campaña batallones de gigantes. Porque si emplea
el lente épico D’ Esparbés, es cuando pinta las
luchas, el decorado, el campamento, los soldados
imperiales. Los soldados crecen á nuestra vista,
aparecen enormes, sobrehumanos, como si fuesen
engendrados en mujeres por arcángeles ó por de-
monios. Sus talantes se destacan orgullosa y he-
roicamente. Tienen formas homéricas, son verda-
deros androleones; llega á creerse que al caer uno
de ellos herido, debe texñblar alrededor la tierra,
como en los hexámetros de la Diada.
Tal húsar es inmenso; tal granadero podría lla-
marse Amico ó Polifemo, tal escuadrón de caba-
llería podría entrar en el versículo de un profeta,
terrible y devastador como una «carga» de Isaías.
Y en todo esto una sencillez serena y dominadora.
Podría intercalarse en este libro, sin que se no-
tase diferencia en tono y fuerza, el episodio de
Hugo en que vemos á Marius asomarse á la ven-
tana y lanzar un ¡viva el emperador! al viento y
á la noche.
D’ Esparbés ha elegido para su obra el cuento.
- 128 ~
este género delicado y peligroso, que en los últi-
mos tiempos ha tomado todos los rumbos y todos
los vuelos. La prosa, animada lioy por los presti-
gios de un arte deslumbrador y exquisito, jun-
tando los secretos, las bizarrías artísticas de los
maestros antiguos ó los virtuosísimos modernos,
es para él un rico material con que pinta, esculpe,
suena y maravilla. Batallista de primer orden, con-
ciso, nervioso y sugestivo, supera en impresiones
y sensaciones de guerra á Stendahl y á Tolstol,
y si existe actualmente quien puede igualarle —
alguno diría superarle— -en campo semejante, es
un escritor de España, Pérez Galdós, el Pérez Gal-
dos de los «Episodios Nacionales.»
Desde que comienza el poema, con el cuento de
los tres soldados; tres húsares altos como enci-
nas, viene un potente soplo que posee, que arre-
bata la atención. Estamos enfrente de tres máquinas
de carne de cañón, tres soldados, rudos y muscu-
losos como búfalos, tres grandes animales crina-
dos del rebaño de leones del pastor Bonaparte.
Porque es de ver cómo esos sangrientos luchado-
res, esos fieros hombres del invencible ejército,
hablan del «emperadorcito», del pequeño y real
ídolo, corno de un divino pastor, como de un Da-
vid. Así cuando se pronuncia su nombre, las fau-
ces bárbaras, los fulminantes ojazos, se suavizan
con una dulce y cariñosa humedad. Son tres sol-
dados que después de la jornada de Jena, tienen,
lo que es muy natural en un soldado después de
una batalla, tienen hambre.
Ingenuamente y «necesariamente» feroces, esos
tres hombres degüellan á uno del enemigo, con
la mayor tranquilidad, pero sufren y se inquie-
tan cuando sus caballos no comen.
Por eso cuando hallan un cura que les hospeda,
en Saalfeld, del lado de Erfurth, y les da buena
vianda y buen pan, lo que está conforme con la
— 127 —
lógica militar es que sus tres cabalgaduras, tam-
bién hambrientas, entren á comer en los mismos
platos de ellos, espantando á la criada, y hacien-
do que el sacerdote medite, y vea el alma de esos
hombres; y no se extrañe. Es uno de los mejores
cuentos del poema. No resisto á citar una frase.
Los soldados comen como desesperados de ape-
tito. El cura les contempla, meditabundo y sacer-
dotal. De cuando en cuando les hace preguntas.
Ha tiempo que están en armas. Desde jóvenes han
oído las trompetas de las campañas. No saben
de nada más. Y sobre todo, Napoleón se alza de-
lante de ellos semejante á una inmortal divinidad.
El cura dice á uno:
« — Y vos, hijo mío, ¿creéis en Dios padre todo-
poderoso ?»
El soldado no comprende bien. Piensa: «Dios
padre... Dios hijo... Dios...»
«—¡Y bien!— grita de repente:
« — ¡Todo eso!... ¡eso es la familia del Empera-
dor!»
Después surge á nuestra vista un colosal tam-
bor mayor del ejército de Italia, alto como una to-
rre y tierno como un saco de pan.» Su nombre es
un verdadero nombre de gigante, más hermoso y
tremendo que el de Cristóbal ó el de Fierabrás, ó
el de Goliat; se llama Rougeot de Salandrouse.
Un gallardo bruto, que cuando reía, «il montrait
comme les bétes une épaisse gueule de chair rouge
qui semblait saigner.»
Este bello monstruo que gustaba de las, viejas
historias de guerra y de las sublimes mitologías,
amaba sobre todo la harmonía musical, las cor-
netas, los parches del combate. Bonaparte le nom-
bró subteniente, teniente y capitán; después de lo
de Areola, después de lo de Mantua, después de
lo de Trebia. Pero el hijo de Apolo cifraba su am-
bición en las pompas radiantes, en los compases,
- 128 --
en el bastón que guiaba á los tambores: quería
ser tambor mayor. Lo fué después de mucho pe-
dirlo al emperador; y el titánico testarudo salu-
dó con su admirable uniforme y sus vanidosos
gestos, el triunfal sol de Austerlitz. Le vió [Link]
desde su caballo, le vió Soult, le vió Bernadotíe,
le vió el insigne caballero Murat: y junto con Ber-
thier y Janoí, le vió, sonriendo, el «petit caporal»,
príncipe y dueño del Aguila. Y cuando llega la
áspera brega, en medio de los choques, de la con-
fusión sangrienta y de la muerte, la figura de Sa-
landrouse, guiando sus tambores, adquiere pro-
porciones legendarias.
Herido, soberbio, incomparable, hace que los par-
ches no cesen de tocar un son de victoria; y hay
que ir á arrancarle de su puesto, donde se yergue,
maravilloso como un dios, al canto ronco y sor-
do de los pellejos cribados.
El desdén de la muerte, el respeto de la consig-
na, el amor á la vida militar y sobre todo, la ado-
ración por el que ellos miran como favorecido de
la omnipotencia divina;- — conquistador victorioso,
señor del mundo, Napoleón, — forman el alma de
estos épicos relatos.
Ya es el conde subteniente que sufre sin gemir,
y muere oyendo leer, cual si fuese un santo bre-
viario, un libro de oro de la nobleza heroica;
ya es el grupo de bravos rústicos que no sabían
cargar los fusiles en medio de la más horrible
carnicería, y que luego fueron condecorados, ya
son los rudos gascones que luchan como tigres
y gritan Como diablos; ya es la marcha que bate
un tamborcito casi femenil, para que desfilen ante
los ojos aquilinos de Bonaparte ciento veinticinco
hombres, resto de los treinta y ocho mil de Elkin-
gen; ó la visión de los cascos coronados por pe-
nachos de cabellos de mujeres españolas; ó «Le
kenneck», valiente y fiel, delante del rey de Pru-
sia; ó el águila del Imperio que sale, apretando
el rayo con las garras, del vientre del caballo
muerto; ó esta orden trágica, casi macabra, dada
en lo más duro de la batalla: «En avant, les cada-
vres!... ó el capellán que parafrasea la Biblia al
ruido de las descargas; ó ese cuadro cuya senci-
lla magnificencia impone, asombra y encanta, cuan-
do el Cabito tiene frío, y va, á la tienda de la guar-
dia inmortal, y duerme y se le hace lumbre con
millonés de oro, con Murillos, con Goyas, con por-
tentos de Velázquez, con encajes de marquesas y
abanicos de manólas; ó el león de vida de gato
que creía ser inmortal si no se le mataba con su
sable; ó el abandono de los caballos, alas de los
caballeros; ó el oficial que condecora y el empe-
rador que aprueba; ó el fantasma del «shakó» que
se alza para responder con bizarría y cae en la
muerte; ó Duelos con sus charreteras, que conde-
cora llorando á Un viejo luchador, y cuando el em-
perador lepregunta: «Duelos, ¿conoces á ese hom-
bre?» le contesta: «¡Señor, es mi padre!» ó el águi-
la, el águila viva, que vuela y grita sobre el pabe-
llón que marcha al Austria; ó el fúnebre clamor
del abismo ; ó, en fin, los cañones que doblan cuan-
do ya el Grande ha caído, ¡lúgubres y fatales cam-
panas del Imperio!
¡Libro magistral; poema ardiente y magnífico!
La mujer no aparece sino raras veces, y en los
recuerdos de los héroes: las madres, las abuelas
llenas de canas, alguna esposa que está allá lejos!
Donde brota un grupo de ellas, como un coro de
Esquilo, terribles, suplicantes, gemidoras como
mártires, coléricas como gorgonas, es en el capí-
tulo, en el cuento de las crines. A un gran número
de las hijas de España, en su pueblo invadido, un
coronel fantasista, jovial y plúmbeo, hace cortar
las cabelleras para adornar los cascos de sus dra-
Los raros — 9
— 130 -
gones. Y como una mujer, aullante de dolor como
Hécuba, se presenta con sus espesos cabellos ya
canosos, el coronel se los hace también cortar y
los pone sobre su cabeza marcial, donde los hará
agitarse el huracán de la guerra. Y otra mujer bri-
lla como una estrella de virtud y de grandeza, di-
vina suicida, augusta delante de la muerte. Sucum-
be con su niño en el más sublime de los sacrifi-
cios; pero también quedan emponzoñados, rígi-
dos y sin vida, en la casita pobre, ocho cosacos
como ocho bestias fieras.
¿Qué otra figura femenil? Hay una, envuelta en
el misterio. Ella, la vaga, la anunciadora de las
desgracias, la que se pasea silenciosa por los vi-
vacs, haciendo malos signos; ella, solitaria como
la Tristeza, y triste como la Muerte. ¿Qué otra
más? La Victoria, de real y soberano perfil, de
cuello robusto y erectas mamas; creatriz de los
lauros y de los himnos.
Este libro es una obra de bien. El es fruto de
un espíritu sano, de un poeta sanguíneo y fuerte;
y Francia, la adorada Francia, que ve brotar de
su suelo,— por causa de una decadencia tan lamen-
table como cierta, falta de fe y de entusiasmo, fal-
ta de ideales;— que ve brotar tantas plantas en-
fermas, tanta adelfa, tanto .cáñamo indiano, tan-
ta adormidera, necesita de estos laureles verdes,
de estas erguidas palmas. Libros como el de D’ Es-
parbés recuerdan á los olvidadizos, á los flojos y
á los epicúreos el camino de las altas empresas,
la calle enguirnaldada de los triunfos.
Y puesto que de Vogüe ha visto el feliz anuncio
de un vuelo de cigüeñas, alce los ojos Francia y
mire si ya también vuelve, sonora, lírica, inmensa,
el Aguila antigua de las garras de bronce!
Augusto Je Armas
Hace algunos años un joven delicado, soñador,
nervioso, que llevaba en su alma la irremediable
y divina enfermedad de la poesía, llegó á París,
como quien llega á un Oriente encantado. Deja-
ba su tierra de Cuba en donde había nacido de
familia hidalga. Tenía por París esa pasión nos-
tálgica que tantos hemos sentido, en todos los cua-
tro puntos del mundo; esa pasión que hizo dejar
á Heinesu Alemania, á Morcas su Grecia, á Paro-
di su Italia, á Stuart Merrill su Nueva York. Hijo
espiritual de Francia y desde sus primeros años
dedicado al estudio de la lengua francesa, si llegó
a escribir preciosos versos españoles, donde de-
bía encontrar la expresión de su exquisito talento
do artista, de su lirismo aristocrático y noble, fué
en el teclado polífono y prestigioso do Banville.
¡Banville! Pocos días antes de morir aquel maes-
tro maravilloso y encantador, recibió un libro de
versos en cuya portada se leía: «Augusto de Armas
—Rimes Byzantines.» Leyó las rimas cinceladas
de Armas y entonces le escribió una carta llena de
aliento y entusiasmo.
Theodore de Banville había escrito, á propósi-
- Í32 ~
to de Wagner, estas palabras: «Le vrai, le seuI,
1’ irremisible défaut de son armure c’ est qu‘ il á
fait des vers franjáis. L’ homine de génie, qui doit
tout savoir, doit savoir entre autres choses, que
nul étranger ne fera jamais un vers franjáis qui
ait le sens commun. On t’ en fricasse des filies
comme nous! voilá ce que dit la Muse franfaise á
quiconque n’ est pas de ce pays ci, et lorsqu’ elle
disait cela en se mettant les poings sur les hanches,
Henri Heine, qui était un malin, 1’ a bien enten-
du.» Ciertamente, le escribió el gran poeta á Au-
gusto de Armas, — he dicho eso; pero huélgome de
confesar que vos sois la excepción de lo que afirmé.
Basta leer una sola de las poesías del refinado
bizantino de Cuba, para reconocer que fué con
justicia armado caballero de la musa francesa al
golpe de la espada de oro de Banville. ¿Quién ha
cantado en más ricos hemistiquios el oleaje sono-
ro de los alejandrinos? Como Carducci que lleno
del fuego de su estro entona su cántico «¡Ave ó
Rima... !» como Sainta Beuve que á (manera de Ron-
sard celebra ese mismo encanto musical de la con-
sonancia, Augusto de Armas, con el más elevado
deleite, alaba la forma del verso francés en que
se han escrito tantas obras maestras y tantos te-
soros literarios; alaba el instrumento que ha he-
cho resonar desde el «Poema de Alejandro» hasta
las colosales harmonías de «La Leyenda de los
siglos.»
Su libro es labrado cofrecillo bizantino, lleno
de joyas. Su verso es flor de Francia; su espíritu'
era completamente galo. Ha sido uno de los pocos
extranjeros que hayan podido sembrar sus rosas
en suelo francés, bajo el inmensfo roble de Víctor
Hugo. El abate Marchena no sé que haya hecho
en francés nada como su curiosidad latina del
falso Petronio; Menendez Pelayo, pasmo de sabi-
- 133 —
duría, según se dice en España, dudo que se aco-
modase á las exigencias de las musas de Galia;
Longfellow dejó muy medianejos ensayos, colmo
su juguete «Chez Agassiz», Swinburne, que como
Menendez Pelayo versifica admirablemente en len-
guas sabias, en sus versos franceses va como es-
trechado y sin la libertad y potencia de sus poesías
en su lengua nativa. Lo mismo Dante Gabriel Ros-
setti.
Heine lo que escribió en francés fue prosa; lo
propio Tourgueneff. Los casos que pueden citar-
se, semejantes al de Augusto de Armas, son el
de su paisano José María de Heredia, que se ha
colocado orgullosamente entre el esplendor de sus
trofeos; el de Alejandro Parodi, que ha logrado
hasta el laurel de las victorias teatrales; el de
Jean Moreas, gran maestro de poesía; el de Stuart
Merrill, que sólo puede ser yankee porque como
Poe nació en ese país que Peladan tiene razón en
llamar de Calibanes ; el de Eduardo Cornelio Price,
distinguido antillano, el de García Mansilla, poe-
ta y diplomático argentino que escribe envuelto
en el perfume del jardín de Coppée. Pero José Ma-
ría de Heredia llegó á París muy joven, y apenas
si tiene de americano el color y la vida que en sus
sonetos surgen, de nuestros ponientes sangrien-
tos, nuestras fuertes savias y nuestros calores tó-
rridos. Heredia se ha educado en Francia; su lengua
es la francesa más que la castellana. Parodi, por
una prodigiosa asimilación, pertenece al Parnaso
francés; Moreas llegó de Atenas, histórica herma-
na de París; Stuart Merrill, como Poe, brota de
una tierra férrea, en un medio de materialidad y
de cifra, y es un verdadero mirlo blanco; for-
mando Poe, el pintor misterioso y él, la trinidad
azul de la nación del honorable presidente Was-
hington Price, no pasa de lo mediano; y García,
- 134 -
Mansilla, me figuro, que á pesar de sus preciosas
producciones, y con todo y creerle dominador de
la rima francesa y poeta y refinado artista, me
figuro, digo, que debe de ser un cultivador elegan-
te de la poesía, un trovero gran señor que ritma
y rima para solaz de los salones, versos que deben
ser impresos en ediciones ricas, y celebrados por
lindas bocas en las bellas veladas de la diplomacia.
Augusto de Armas representaba una de las gran-
des manifestaciones de la unidad y de la fuerza del
alma latina, cuyo centro y foco es hoy la lumino-
sa Francia. El, que había nacido animado por la
fiebre santa del arte, llevó al suelo francés la re-
presentación de nuestras energías espirituales, y
Banville pudo reconocer que el laurel francés, hon-
ra y gloria de nuestra gran raza, podía tener quien
regase su tronco con agua de fuente americana,
y que un americano de sangre latina podía ceñirse
una corona hecha de ramas cortadas en el divino
bosque de Ronsard.
¿Pero el soñador no sabía acaso que París que
es la cumbre, y el canto, y el lauro, y el triunfo
de la aurora, es también el maelstrom y la ge-
henna? ¿No sabía que semejante á la reina ar-
diente y cruel de la historia, da á gozar de su be-
lleza á sus amantes y en seguida los hace arrojar
en la sombra y en la muerte? ¡Pobre Augusto de
Armas! Delicado como una mujer, sensitivo, iluso,
vivía la vida parisiense de la lucha diaria, viendo
á cada paso el miraje de la victoria y no abando-
nado nunca de la bondadosa esperanza. Entre los
grandes maestros, encontró consejos, cariño, amis-
tad. Dios pague á Sully Prudhomme, al venerable
Leconte de Lisie, á Mendés y á José María de
Heredia, los momentos dichosos que podían dar
al joven americano, alimentando su sueño, su no-
ble ilusión de poeta. Y también á los que fueron
— 135 ~
generosos y llevaron á la cama del hospital en que
sufría el pálido bizantino de larga cabellera, el
consuelo material y la eficaz ayuda. Entre estos
diré dos nombres para que ellos sean estimados
por la juventud de América: es el uno Domingo Es-
trada, el brillante traductor de Poe y el otro M. Au-
relio Soto, expresidente de la república de Hon-
duras.
£umt TiKluuk
Rarísimo. Es, ni más ni míenos, un poeta. Estas
palabras que se han dicho respecto á él no pue-
den ser más exactas: «Es un supremo refinado que
se entretiene con la vida como con un espectácu-
lo eternamente imprevisto, sin mas amor que el
de la belleza, sin más odio que á lo vulgar y lo
mediocre.»
Como poeta, como escritor, no ha tenido la noto-
riedad que sólo dan los éxitos de librería, los cua-
les desprecia el olímpico Jean Moreas, supongo que,
fuera de la razón lírica, porque recibe una buena
pensión de su familia de Atenas. Como hombre,
raro es el que no conozca á Tailhade en el «quar-
tier. »
Y á propósito, ¿recuerdan los lectores lo que
aconteció á este otro poeta cuando el alboroto
de los estudiantes, años há? No le dieron sus ver-
sos, por cierto, la fama que los garrotazos y he-
ridas que recibió. Poco más ó menos sucede ahora
con Laurent Tailhade. Sus libros que antes sola-
mente circulaban entre un público escogido y en
ediciones de subscripción, es probable que tengan
hoy siquiera sea una pasajera boga; aunque su
- 138
refinamiento y su aristocracia artística no serán
ni podrían ser para el gran público de los indu-
dablemente ilustres Tales y Cuales. El cómo ve
la vida Laurent Tailhade lo explica un carica-
turista de esta manera: El poeta, vestido á la griega,
tócala lira admirando un hermoso caballo salvaje.
Poseído del «deus», no advierte el peligro. Resul-
tando: Oríeo recibe un par de coces que le echan
fuera de la boca toda la dentadura.
Y Castelar á su vez, hablando de la explosión
que tan maltrecho dejó al lírico: «Hallábase allí
entre tantos adoradores de la belleza divorciada
del bien, un escritor anarquista, el amado Tailha-
de, quien dijo que importaba poco el crimen co-
metido por Vaillant, ante la hermosura de su ac-
titud y de su gesto al despedir la bomba, sólo com-
parables, añado yo, al gesto y actitud de Nerón,
cuando vestido de Apolo y llevando en las manos
áurea cítara tañida por sus delicados dedos, cele-
braba el incendio de la sacra Ilión entre las lla-
mas que consumían la Ciudad Eterna. Pues bien,
el apologista de Vaillant y su crimen estaba en
el comedor cuando estalló la nueva bomba; y efec-
to del estallido, cayó casi deshecho en tierra, per-
diendo un ojo arrancado á su rostro por los vi-
drios ardientes. Al sentirse así, no dijo nada el
cuitadísimo de gestos y actitudes, llevóse la mano
á la herida y gritó: «¡Al asesino!» Hay providen-
cia.»
¡El «amado Tailhade», anarquista!
El gusta de los buenos olores y de las cosas be-
llas y poéticas. No quiso ir al último banquete de
la Pluma, porque «olía á remedios.» ¿Será anar-
quista elque sabe como todos que, no digamos el
anarquismo sino la misma democracia, huele mal?
Tengo á la vista sus «Vitraux.» Mi número es el
226 del tiraje único de quinientos ejemplares que
sobre rico papel de Holanda hizo el editor Vanier.
«YitraUx» es la primera parle de «Sur Champ
D’ Or.» La carátula está impresa á tres tintas,
rojo, violeta y negro), sobre un papel apergaminado.
Y la dedicatoria que escribió ese admirador de
Vaillant es la siguiente:
A Madame
La Comtesse Diane de Beausaq
L. T.
Laurent Tailhade dedica á esa dama aristocrática
sus versos, porque debe de ser bella1, tiene un lin-
do nombre y el blasón es siempre bello. Y pro-
nunció la «boutade» sobre Vaillant porque, como
Castelar, se imaginó que el dinamitero había lan-
zado la bomba con un bello gesto. En cuanto á
Nerón, era sencillamente otro poeta, muy inferior
por cierto al raro de quien hoy escribo. Porque, no,
no haría ni con todas las lecciones de cien Séne-
cas, el imperial rimador, versos á sus dioses, como
estos burilados, miniados adorables versos que Tai-
lhade ha escrito «Sur Champ D’ Or» en homenaje
á la religión católica... y á la mujer amada. Éisi
un homenaje sacrilegamente artístico, si queréis;
son joyas profanas adornadas con los diamantes
de las custodias, labradas en el oro de los altares
y de los cálices. Cierto que en los tercetos á Nues-
tra Señora, no se muestra el resplandor sagrado
de la fe; que vemos en la liturgia de Verlaine;
son obras inspiradas en la belleza del culto cris-
tiano, del ritual católico.
Pero después de «Pauvre Lelian», que con fe pura
y profunda y arte de insigne maestro, ha escrito
prodigios de rimado amor místico, nadie ha igua-
lado siquiera al Laurent Tailhade de los «Vitraux»,
en ninguna lengua, por la gracia primitiva, el sa-
grado vocabulario y el sentimiento de las hermo-
suras y magnificencias del catolicismo. Es aquí
140 —
demasiado profano, es cierto, y vierte en el agua
bendita un frasco de opoponax... ¿Le perdonaremos
en gracia al «bello gesto?» Para escribir estos poe-
mas ha debido recorrer los viejos himnarios, las
prosas, los antiguos cantos de la iglesia; las se-
quencias de Notker, las de Hildegárda, las de Go-
deschalk, y las poesías de aquel divino Hermanas
Contractus que nos dejó la perla de la Salve Re-
gina.
Laurent Tailhade es buen latinista, y ha versi-
ficado imitando á Adam de Saint-Víctor.
Ejemplo :
¡Salve vinda! ¡fulge lémur!
Amor nunc foveamur:
Per te, virgo, virginemur.
Sus »Vitraux» son comparables á los de las an-
tiguas catedrales. En ellos la Virgen conversa inge-
nuamente con el encantador serafín:
Les calcédoines, les rubis
Passementent ses longs habits
De moire antique et de tabis.
Ses cheveux souples d’ ambre vert
Glissent comme un rayón d* hiver
Sur sa cotte de menu-vair.
¡Oh! ¡ses doigts fréles et le pur
Mystére de ses yeux d’ azur
Eblouis du pardon futur!
Tremblante elle recoit 1 ’Ave.
Par qui le front sera lavé
De V antique Adam réprouvé.
- 141
«Emperiére au bleu pennon,
Sur le sistre et le tympanon,
Les cieux exaltent ton renom.
¡Toi de Jessé royal provin,
Pain mistique, pain sans levain,
Fontscellé de 1 ’Amour diyin!
¡Toison de Gédéon! [Cristal
Dont le soleil oriental
N’ adombre pas le feu natal!...
La letanía continúa magnífica y preciosamente
encadenada. Delicado, perfumado con mirra celes-
te, su «Hortus Conclusus» resuena con el eco de
un himno en la fiesta de la purificación:
Quia obsequentes oferunt
Ligustra et alba lilia.
Candor sed horum vincitur
Candore casti pectoris.
Siempre la Reina Virgen, la «Mére Marie» de Ver-
laine— ¡y de todos los que sufren ¡—aparece ra-
diante, vestida de sol, la Hija del Príncipe que
cantó el Profeta. Todos los bálsamos de conso-
lación brotan de ella: todos los perfumes: el del
olibán, el del cinamomo, el del nardo de la Espo-
sa del Cantar de los Cantares.
Un soneto litúrgico hay, que no puedo menos
que reproducir. Para él no habría traducción po-
sible en verso castellano.
Es este:
Dans le minbe ajouré des vierges byzantines,
Sous 1’ auréole et la chasuble de drap d’ or
Oú a* irisent les clairs saphirs du Labrador,
Je veux emprisonner vos graces enfan tiñes.
- 112
iVases myrrhins! ¡trépieds de Cumes ou d’Endor!
¡Maitre-autel qu’ ont fleuri les roses de matines!
Coupe lústrale des ivresses libertines,
Vos yeux sont un ciel calme ou le désir s’ endort.
¡Des lis! ¡des lis! ¡des lis! Oh páleurs inhumaines!
¡Lin des etoles, choeur des froids catéchuménes!
¡Inviolable hostie oferte á nos espoirs!
Mon amour devant soi se prosterne et P admire *
Et s’ exhale, avec la vapeur des encensoirs,
Dans un parfum de nard, de cinname et de myrrhe.
Imagináos un enamorado que fuese á las santas
basílicas á arrancar los mejores adornos para de-
corar con ellos la casa de su querida. Podría ci-
tar exquisitas muestras de este volumen admira-
ble: pero sería alargar mucho estas apuntaciones.
He de observar, sí, algo de su poética. Hay en
ella mezcla de Decadencia y de Parnaso. Algunas
veces se pregunta uno: ¿es esto Banville? Prueba:
C’ est un jardín orné pour les métamorphoses
Oú Benserade apprend ses rondeaux aux Follets,
Oú Puck avec Trilby, prés des lacs violéis,
Débitent des fadeurs, en adorables poses.
Y el «Menuet d’ automne», es¡ un espécimen de
la poética modernísima. Pero en todo, se reconoce
la distinción, la aristocracia espiritual, y la mag-
nífica realeza de ese «anarquista.»
Cierto es que es éste el anverso de la medalla:
la faz del inmortal Apolo.
En el reverso nos encontramos con una cara
conocida, ancha y risueña, con la cabeza de un
bonachón y picaro fraile que nos saluda con estas
palabras: «¡Buveurs trés iltustres, et vous, vero-
lés trés précieuxL.» Laurent Tailhade ha renovado
143 —
á Rabelais en sus escasamente conocidas «Lettres
de mon Ermitage.» Después, su risa hiriente y
sonora se ha derramado en una profusión de bala-
das que le han acarreado un sinnúmero de enemi-
gos. En este terreno es una especie de León Bloy
rimador y jovial. Quisiera citar algún fragmento
de las cartas ó de las baladas; ¿pero cómo serán
ellas cuando en las revistas que se han publicado
se ven llenas de lagunas y de puntos suspensivos?
Con un tono antiguo y bufonesco, burla á sus con-
temporáneos, empleando en sus estrofas las pala-
bras más brutales, obscenas ó escatológicas. Sus
baladas son el polo opuesto de sus «Vitraux.» Esas
baladas se conocieron en las noches literarias de la
«Plume» ú otras semejantes, y hoy pueden verse
en un elegante volumen ilustrado por H. Paul.
Nombres de escritores, asuntos políticos y socia-
les, son el tema. Ya despelleja á Pcladan,
... C’ est Peladan-Tueur-de Mouches...
Quand Peladan coiffé de vermicelle...,
ya pone en berlina á Loti, ó á Bonnetain, ó á
Barres, ó á Jean Moreas; ya la emprende con el
senador Bérenger, de pudorosísima memoria; ya
toma como blanco al burgués y alaba la terrible
locura de Ravachol ó de Vaillant.
Allá en el fondo de su corazón de buen poeta,
hallaréis honrada nobleza, valor, bravura y un
tesoro de compasión para el caído. Exactamente
lo mismo que en el fulminante Bloy.
Como conferencista ha atraído un escogido pú-
blico á la Bodiniére. Su figura es apropiada á
la elocuencia, y sus gestos son bellos, en verdad.
Hay un retrato de «Dom Juniperien» — pseudó-
nimo suyo, en el «Mercure» — que le representa
sentado en una vieja silla monástica, vestido con
su hábito de religioso, la capucha caída. La frente
144 —
asciende en una ebúrnea calva imponente; sobre
el cuello robusto se alza la cabeza firme y enér-
gica; los ojos escrutadores brillan bajo el arco de
las cejas; la nariz recta y noble se asienta sobre
un bigote de sportman, cuyas guías aguzadas de-
nuncian lapomada húngara. De las obscuras man-
gas del hábito salen las manos blancas, cuidadísi-
mas, finas, regordetas, abaciales.
Fué de los primeros iniciadores del simbolis-
mo. Vive en su sueño. Es raro, rarísimo. ¡Un poeta!
pra pomenko (acalca
No tengo conocimiento de que se haya tradu-
cido á nuestra lengua ningún libro del «primiti-
vo» Fra Domenico Cavalca, en cuyas obras en pro-
sa y en verso brilla la luz sencilla y adorable,
la expresión milagrosa de las pinturas de un Bo-
tticelli. Al menos, Estelrich, que es, en lo moderno,
quien mejor se ha ocupado en su magnífica Anto-
logía, de las traducciones de obras italianas en
idioma español, no cita eri las noticias bibliográ-
ficas de su obra el nombre del fraile Cavalca,
de cuyas producciones dice Manni, citado por Fran-
cisco Costero, hablando de las «Vite scelte dei san-
ti padri», que son merecedoras de todo encomio,
«non solamente peí fatto di nostra favella, ma
eziandio per la materia stessa di erudizione, di
buon costume, di ottimi esempli, di antichi riti e
di profonda, sovrana dottrina fornita e ripiena» :
Costero le coloca en el rango de primer prosista
de su tiempo, apoyado en Barretti, y en la mayor
parte de los críticos modernos.
Si la pintura «primitiva» ha dado vuelo á la ins-
piración de los prerrafaelitas, la poesía, la lite-
ratura trecentista y quatrocentista, resuena tam-
Los raros— io
— 146 —
bién en el laúd de Dante Gabriel Rossetti, en la
lira de Swinburne. En Francia ha inspirado á más
de un poeta de las escuelas nuevas. Verlaine, Mo-
neas, Vielle Griffin,— quien con su Oso y su Aba-
desa ha escrito una obra maestra,— son muestra
de lo que afirmo. Ese mismo Laurent Tailhade,
ese mismo poeta de las baladas anárquicas, ha
escrito antes sus «Vitraux», en los cuales halla-
réis oro y azul de misal viejo, sencillas pinceladas
de Fra Angélico. Hay un tesoro inmenso de poesía
en la gloriosa y pura falange de los místicos an-
tiguos.
Cuando en nuestra Bolsa el oro se cotiza dura-
mente, cuando no hay día en que no tengamos no-
ticia de una explosión de dinamita, de un escánda-
lo financiero, ó de un baldón político, bueno será
volar en espíritu á los tiempos pasados, á la Edad
Media.
Le Moyen Age énorme et délicat...
He aquí á Cavalca, dulce y santo poeta que res-
piraba el aroma paradisíaco del milagro, que vivía
en la atmósfera del prodigio, que estaba poseído
del amor y de la fe en su Señor y rey Cristo. An-
tes que él, Fra Guittone d’ Arezzo pedía en un cé-
lebre soneto á la Virgen, que le defendiese del
amor terreno y le infundiese el divino ; y el inmen-
so Dante, en medio de sus agitaciones de comba-
tiente, ascendía por las graderías de oro de sus
tercetos, al amor divino, conducido por el amor
humano.
Eran los antiguos místicos prodigiosos de virtud;
sus grandes almas parece que hubiesen tenido co-
municación directa con lo sobrenatural ; de modo
que el milagro es para ellos simple y verdadero
como la eclosión de una rosa ó el amanecer del
sol. Y ¡Y qué artistas, qué iluminadores! en la tela
- 147
de la vida de un anacoreta, de un solitario, os
bordan los paisajes más ideales, las flores más
poéticamente sencillas que podáis imaginar. La ca-
ridad, la fe, la esperanza, iluminan, perfuman, ani-
man las obras. Es el tiempo del imperio de Cristo.
Para aquellos corazones únicos, para aquellas men-
tes de excepción, la cruz se agiganta de tal mane-
ra que casi se llena todo el cielo. El Padre mismo
y la paloma blanca del Espíritu están en el res-
plandor del Hijo. Y la Madre, la emperatriz María,
pone con su sonrisa una aurora eterna en la ma-
ravilla del Empíreo.
La hagiografía fué en aquellos siglos ocupación
de las mejores almas. Fra Domenico si dejó es-
critos religiosos y teológicos, y vulgarizó más de
una obra desconocida, si fué poeta en sus serven-
tesios y laudes, lo que le ha señalado un puesto
único en la literatura mística universal, son las
«Vidas» ; aunque ellas no sean originales sino arre-
glos y versiones. «Le Vite dei Santi Padri» furono
ser iti e parte de San Gerolamo, parte da Evagrio
del Ponto e da Sant’ Atanasio, e Fra Domenico
Cavalca le tradusse del latino», dice Costero. Pero
hay tal encanto, tal ingenua gracia y tal animación
en ese italiano antiguo; es tan nítido y suave el es-
tilo de Fra Domenico, que la obra pasa á ser suya
propia. No conozco las otras traducciones suyas
de obras diversas, como el «Pangilingua» ó «Su-
ma de Vicios», de Guillermo de Francia, ú otras
de que habla Costero : Un diálogo y Una epístola de
San Gregorio, las «Ammonizione» de San Jeróni-
mo á Santa Paula, un libro de Fra Simone de Cas-
cia, el «Libro de Ruth», y «Tratado de Virtudes y
Vicios.»
La musa de Cavalca, dice De Sanctis, es el amor.
Respira, en efecto, amor todo aquello que brota
de su pluma: el absoluto amor de Dios. La ternu-
ra rebosa en la vida de Santa Eugenia, que tanto
148
entusiasmó á escritora como la Franceschi Ferruc-
ci. En la de San Pablo, primer ermitaño, flota un
ambiente de deliciosa fantasía. No creo equivo-
carme si digo que Anatole- Frunce ha leído á nues-
tro autor para escribir imitaciones tan preciosas
como la «Leyenda» y «Celestín» de su «Etui de na-
cre.» Las creaciones del paganismo alternan con
las figuras ascéticas. Pinturas hay de Fra Dome-
nico que tienen toda la libertad de la inocencia,
y que en boca de un autor moderno serían dema-
siado naturalistas. En la vida de San Pablo es don-
de se cuenta el caso de aquel mancebo que, tentado
para pecar, por una «bellísima meretriz», sintién-
dose ya próximo á faltar á la pureza, se cortó la
lengua con los dientes y la arrojó sangrienta á
la cara de la tentadora.
El viaje de San Antonio en busca de su hermano
en Cristo, Pablo, que habitaba en el Yermo, es
página curiosísima.
Allí es donde vemos afirmada la existencia real
de los hipocentauros y de los faunos. El santo pe-
regrino encuentra á su paso un «rnezzo uomo e
mezzo cavallo», que conversa con él y le da la di-
rección que debe seguir para encontrar al eremita.
Luego un sátiro, un «uomo piccoloi, col naso ritor-
to e íungo, e con coma in fronte, e piedi quasi
come di capra», le ofrece dátiles y le ruega que
interceda por él y sus compañeros con el nuevo
Dios, con el triunfante Cristo.
Para Fra Domenico, que era un digno poeta, la
existencia de esos seres fabulosos es cosa indis-
cutible, é indudable. Más aun, da en su apoyo citas
históricas. «De estas cosas, dice, no hay que dudar,
por creerlas increíbles ó vanas; porque en tiempo
del emperador Constantino, un semejante hombre
vivo fué llevado á Alejandría, y después, cuando
murió su cuerpo fué conservado «(insalato)» para
que el calor no le descompusiese, y llevado á Air-
tioqiüa, al emperador, de lo cual casi todo el mun-
do puede dar testimonio.»
Pero nada como la odisea de los monjes Teófilo,
Sergio y Elquino, cuando se propusieron para edi-
ficación de la gente narrar y escribir las admira-
bles cosas que Dios les había hecho ver, en su
viaje en busca del Paraíso terrenal. Esto se ve en
la vida de San Macario. Habiendo renunciado al
siglo, entraron á un monasterio de Mesopotamia de
Siria, del cual era abad y rector Asclepione. El
monasterio estaba situado entre el Eufrates y el
Tigris. Teófilo un día en medio de una mística con-
versación, propuso á sus dos nombrados hermanos
en Cristo ir en peregrinación por el mundo, «has-
ta llegar al lugar en que se junta el cielo con la
tierra.» Partieron todos juntos, y la primera ciu-
dad que encontraron después de muchos días de
caminar fué Jerusalém, en donde adoraron la santa
cruz y visitaron los lugares santos. Estuvieron en
Belén, y en el monte de los Olivos. Después se diri-
gieron á Persia, el cual imperio recorrieron. Luego
van, á la India, y empiezan para ellos los encuentros
raros, los peligros y las cosas extranaturales. Les
rodean tres mil etiopes, en una casa deshabitada
en la cual habían entrado á orar; les cercan de
fuego, para quemarles vivos; oran ellos á Cristo;
Cristo les salva; les encierran para darles muerte
de hambre ; Dios les saca libres y sanos. Pasan por
montes obscuros, llenos de víboras y fieras. Cami-
nan días enteros y pierden el rumbo. Un bellísimo
ciervo llega de pronto y les sirve de guía. Vuelven
á encontrarse solos, en un lugar lleno de tinieblas
y de espantos: una paloma se les aparece y les
conduce. Encuentran una tabla de mármol con una
inscripción referente á Alejandro y á Darío. En
la cual tabla miran escrita la dirección nueva que
deben tomar. Cuarenta días más de peregrinación
y caen rendidos de cansancio. Llaman á Dios, y
- ISO —
adquieren nuevas fuerzas. Se levantan y ven un
grandísimo lago lleno de serpientes que parecían
arrojar fuego, «y oímos voces, dice la narración,
salir estridentes de aquel lago, como de innumera-
bles pueblos que gimiesen y aullasen.» Una voz del
cielo les dijo que allí estaban los que negaron á
Cristo.
Hallaron después á un hombre inmenso— una
especie de Prometeo,— encadenado á dos montes, y
martirizado por el fuego. Su clamop doloroso
«s? udiva bene quaranta miglia alia lunga...» Des-
pués en un lugar profundísimo, y horrible, y ro-
cal oso y áspero— los adjetivos son del original, —
vieron una fea mujer desnuda á la cual apretaba
un enorme dragón, y le mordía la lengua. Más ade-
lante encuentran árboles semejantes á las higueras,
llenos de pájaros que tenían voz humana y pedían
perdón á Dios por sus pecados. Quisieron nuestros
monjes saber qué era aquello, mas una voz celeste
les reprendió: «Non ci conviene á voi conoscere li
segreti giudici di Dio; andate alia via vostra.» Con
esta franca indicación los buenos religiosos pro-
siguieron su camino. Hallan en seguida cuatro an-
cianos, hermosos y venerables, con coronas de oro
y gemas, palmas de oro en las manos; ante ellos,
fuego y espadas agudas. Temblaron los peregrinos ;
pero fueron confortados: «Seguid vuestro cami-
no seguramente que nosotros estaremos en este
lugar, por Dios, hasta el día del juicio.»
Anduvieron cuarenta días más, sin comer. Des-
pués viene la pintura de una visión semejante á
las visiones, de los fuertes profetas— Ezequiel,
Isaías, — pero en un lenguaje dulce y claro, de una
transparencia cristalina. No es posible dar tradu-
cidas las excelencias originales. Dicen que, en su
camino, escucharon como cantar la voz de un pue-
blo innumerable; y sintieron al mismo tiempo per-
fumes suavísimos, y una dulzura en el paladar
— 151 —
como de miel. Gozaban todos los sentidos santa-
mente. Como en la bruma de un ensueño, vieron
un templo de cristal, y un altar en medio, del cual
brotaba una agua blanca como la leche, y alrede-
dor hombres de aspecto santísimo que cantaban
un canto celestial con admirable melodía. El tem-
plo, en su parte del mediodía, parecía de piedras
preciosas; en su parte austral era color de sangre;
en la del occidente, blanco como la nieve. Arriba
estrellas, más radiantes que las que vemos en el
cielo:— sol, árboles, frutas y flores y pájaros me-
jores que los nuestros; y este precioso detalle: «la
térra medesima é dall’ uno lato bianca come neve
e dall’ altro rosa.» No concluyen aquí las mara-
villas encontradas por estos divinos Marco Polos.
Después de verse frente á frente con una tribu ex-
trañísima á la cual ponen en fuga de muy curiosa
manera, gritando, — Dios calma sus hambres y se-
des con hierbas que brotan de la tierra como cayó
el maná bíblico del cielo.
Todo cubierto de cabellos blancos, «come 1’ uc-
cello delle penne», aparece ante ellos el ermitaño
San Macario. Si la blancura de sus cabellos ha sido
comparada con la de la niéve, no obsta para com-
pararla con la de la leche. El retrato del solitario:
«Su faz parecía faz de ángel; y por la mucha vejez
casi no se veían los ojos. Las uñas de los pies y de
las manos cubrían todo el cuerpo; su voz era tan
sutil y poca que apenas se oía, la piel del rostro
casi como una piel seca.»
Así León Bloy dibujaría una de sus viñetas ar-
caicas, á imitación de los viejos maestros alema-
nes. Macario conversa con los peregrinos, después
de reconocer en ellos á hijos y ministros de Dios,
y les aconseja no proseguir en su intento de lle-
gar al Paraíso.
El mismo ha querido hacer el viaje: lo ha hecho:
¡está tan cerca aquel higar de delicias donde vi-
vieron Adán y Eva! veinte millas, no más. Pero
allá está el querubín con una espada de fuego en
la mano, para guardar el árbol de la vida: sus
pies parecen de hombre, su pecho de león, sus
manos de cristal. Macario recomienda sus hués-
pedes á sus dos leones: «Hijitos míos, esos herma-
nos vienen del siglo á nosotros: cuidado con ha-
cerles ningún mal.» Cenaron raíces y agua; dur-
mieron. Al siguiente día ruegan á Macario que les
narre su vida. Nuevos y mayores prodigios.
Macario, nacido en Roma, cuenta cómo dejó el
lecho de sus nupcias, la propia noche de bodas,
para consagrarse al servicio de Cristo.
Guías sobrenaturales, milagrosos senderos, ha-
llazgos portentosos; todo eso hay en la vida del
anciano. También él, perdido en el monte, tuvo
por compañero á un onagro maravilloso, después
de ser conducido por el arcángel Rafael; mués-
trale el sendero que debe seguir luego un ciervo
desmesurado; frente á frente con un dragón, el
dragón le llama por su nombre y le conduce á su
vez, más ya transformado en un bellísimo joven.
Halló una gruta y en ella dos leones, que desde
entonces fueron sus compañeros. Esos dos leones
escoltaron como pajes, un buen trecho, á los pe-
regrinos, cuando se despidieron del santo eremita.
Al tratar de los demonios y sus costumbres, en
las «Vidas», Fra Domenico es copioso en detalles.
Deben haber consultado sus obras los Bodin, Go-
rras, Sinistrari, Lannes, Sprenger, Remigius, del
Río, para escribir sus tratados demonológicos. En
la vida de San Antonio Abad toma el Bajísimo for-
mas diversas : ya es una mujer bellísima y provoca-
tiva; ó un mozo horriblej; ó surge el diablo en for-
ma de serpiente; y fieras, leones fantásticos, toros,
lobos, basiliscos, escorpiones, leopardos y osos, que
amenazan al solitario en una algarabía infernal.
Después en otro capítulo, explícase cómo los de-
153 —
monios pueden venir en forma de ángeles lumino-
sos, y parecer espíritus buenos. San Antonio cuenta
de cuantas maneras se le aparecieron : en forma de
caballeros armados, ó de fieras ó monstruos; de
un gigante y de un santo monje. San Hilarión les
oye llorar como niños, mugir como bueyes, ge-
mir como mujeres, rugir como leones. San Abraham
mira á Lucifer en su celda en medio de una mara-
villosa luz, ó en forma de hombre furioso, de niño,
de una agresiva multitud. A San Macario le tienta
en figura de preciosa doncella, ricamente vestida.
A San Patricio le arroja á un fuego demoníaco,
del cual se libra por la oración. Pero casi siempre
es en forma de mujer, ó por medio de la mujer
que Satán incita, pues según dice con justicia Bo-
din: «Satan par le moyen des femmes, attire les
hommes á sa cordelle.» Y es probado.
Lo que se presenta con especial y primitiva gra-
cia en las «Vite» son las adorables figuras de las
santas. Semejan imágenes de altar bizantino, de
vidrieras medioevales; la virgen Eufrasia; Euge-
nia, mártir; Eufrosina que vivió en un monasterio
con hábito masculino, como murió Palagia; María
Egipciaca, dulce pecadora que va á Dios y resplan-
dece como una estrella en el cielo de la santidad;
Reparada, que cambia en agua fría el plomo de-
r etido y ¡entra al homo ardiente y sale intacta.
Al acabar de leer la obra de Fra Domenico Ca-
valca siéntese la impresión de una blanda brisa
llena de aromas paradisíacos y refrescantes. Hay
algo de infantil que deleita y pone en los labios á
veces una suave sonrisa.
Todas las literaturas europeas tienen esta clase
de escritores — hagiógrafos ó poetas, — por desgracia
hoy demasiado olvidados é ignorados. — Raro es
un Rémy Gourmont que resucite y ponga en ma-
ravilloso marco las bellezas del latín místico de la
Edad Media, por ejemplo. No son muchos— no digo
entre nosotros; eso es claro— los que conocen jo-
yeles como las «Secuencias» de santa Hildegarda,
y otros tesoros de poesía mística antigua. Alema-
nia posee el «Barlaam» y «Josaphat», el cántico
de San Hannon, etc. Tieck intentó que la poesía
alemana de su tiempo se abrevase en las límpidas
aguas de Wackenroder y otros autores de su tiem-
po. Fué un precursor de Dante Gabriel Rossetti,
del prerrafaelismo; y sufrió por sus intentos más
de una picadura de las abejas de Heine.
{¿«afile $uks
«Los violines también se callan, los violines que
tocaban tan vigorosamente para la danza, para
la danza de las pasiones ; los violines se callan tam-
bién.» Estas palabras de la «Angélica» de Heine,
escucháis al entrar al parque solitario en donde
la fiesta tuvo sus luces y sus cantos.
Eduardo Dubus es un raro poeta, poeta que en-
guirnalda con rosas marchitas el simulacro de la
Melancolía.
Vamos allá al recinto abandonado... ya pasó la
hora de la partida; ya las barcas van lejos; ya las
marquesas, los caballeros galantes, los abates ro-
sados van lejos. Callaron los violines y partieron,
con su dulce alma harmoniosa... Los violines, si-
lenciosos, van ja lejos...
En mes reves, oú regne une Magicienne,
Cent viólons mignons, d’ une gráce ancienne,
Vétus de bleu, de rose, et de noir plus souvent
Vienent jouer parfois, ou dirait pour le vent,
Des musiques de la couleur de leur coutume,
Mais on pleurent de folies notes d’ amertune,
Que la Fée, une fleur an Ierres, sans émoi,
Ecoute longuement se prolonger en moi,
- 158 -
Et dont je garde souvenir, pour luí compíaire,
Et raaint joyau voilé d' ombre crépusculaire,
Qu’ orfévre symbolique et pieuse sortis
A sa gloire,
Quand Ies violons sont partís.
Si vuestra alma pone el oído atento, en las fiestas
de ensueños del poeta, oiréis los maravillosos so-
nes de los violines: los azules cantan la melodía
de las dichas soñadas, los alcázares de ilusión, las
babilonias de pálido oro que vemos á través de
las brumas de los vagos anhelos; los rosados di-
cen las albas de las adolescencias, la luz adora-
ble del orto del amor, la primera sutil y encantada
iniciación del beso, las palomas, las liras; los ne-
gros, ¡oh los negros! son los reveladores de las
tristezas, los que plañen los desengaños, los que
sollozan líricos de profundis, los que riman la
historia de los adioses, en una enternecedora len-
gua crepuscular. Todos ellos mezclan á sus sones
divinos la nota melancólica; todos, á su «gracia
antigua», agregan como una visión de desesperan-
za: así escucha el Hada, una flor en los labios...
La aparición de Ella, es semejante á una de las
deliciosas visiones de Gachons, ese discípulo pres-
tigioso de Grasset, rosa suave, violeta suave, un
poniente melancólico; la Mujer surge intangible;
no es la Mujer, es la Apariencia; sus ojos son ado-
radores de los sueños, enemigos de las fuertes y
furiosas luces; aman las neblinas fantásticas; bus-
can las lejanías en donde crece el sublime lirio
de lo Imposible. Luego la contemplamos en un
jardín hesperidino:
Parmi les fleurs pales, auxsenteurs ingénues,
Qui n’ ont jamais vibré sous lessoleils torrides,
Elle va le regará éperdu vers les núes.
157
Son ame, une eau limpide et calme de fontaine:
Sous le grand nonchaloir des ramures funébres,
Refléte indolement la réverie hautaine
Des lis épanouis dans les demi tenebres.
Une angelique Main, qui lui montre la Voie,
Seule dans sa pensée eut la gloire d’ ócrire,
Et le ciel, d’ une paix divine lui renvoie
L’ echo perpétuel de son chaste sourire...
Es tina misteriosa y pura figura de primitivo:
su paso es casi un imperceptible vuelo; su delica-
deza virginal tiene el resplandor albísimo de una
celeste nieve... Etcétera...
Y así podría seguir, violineando poema en pro-
sa, para encanto de los snobs de nuestra Améri-
ca ¡que también los tenemos! si no debiese pre-
sentar como se lo merece, en la serie de los Ra-
ros, á este poeta Dubus, que es ciertamente ad-
mirable, y en el mismo París, como no sea en
ciertos cenáculos literarios, muy escasamente co-
nocido.
León Deschamps compara la cara de Dubus á
«la máscara de Baudelaire joven», lo cual quiere
decir que era de un hermoso tipo, si recordáis la
impresión de Gautier; era joven y vigoroso, «un
grand enfant réveur, pervers pas mal et fantasque
joliment.» Del retratito pintado con humor y ca-
riño por su amigo el jefe de «La Plume», se ve que
había en el lírico envainado un fantasista, y en el
soñador un terrible, que quería á toda costa es-
pantar á los burgueses. No hay que olvidar que
los peores enemigos de las «gentes» se han hallado
siempre entre los hombres jóvenes y cabelludos
que besan mejor que nadie las mejillas, muerden
las uvas á plenos dientes y acarician á las musas,
como á celestiales amadas y ardientes queridas.
Era así Dubus,
— 158
No se adivinaría tras su faz, al melancólico que
deslíe los pálidos colores de sus ensueños, en los
versos exquisitos que rimaba, cuando los violines
habían ya partido...
Quería tener fama en «Francisco I en el Vache-
tte, en todo el barrio de ser morfinómano y no
había visto nunca, dicen sus íntimos, una Pra-
vaz; de ser pornógrafo y era casto, tan casto en
sus versos, como un lirio de poesía; de mal suje-
to», y era un excelente muchacho. Su Maga le pro-
tegía; su Maga le enseñaba la más dulce magia;
su Maga le enseñaba los melodiosos versos, las
músicas de sus enigmáticos violines...
Henri Degron— otro perfecto desconocido-nos
ha contado de él cómo apenas tenía diez años de
vida artística; que comenzó en el «Scapin» de Va-
llette con Denise, Samain, Dumur, Stuart Merrill;
que luego juntando dos cosas horriblemente an-
tagónicas, poesía y política fué conferencista re-
volucionario en la sala Jussieu; y se batió en due-
lo; periodista clamoroso y aullante en el «Cri du
Peuple», en la «Jeune Republique» y en la escan-
dalosa «Cocarde» de boulangística memoria; poe-
ta en el «Chat Noir», con Tinchant y Crossj, y com-
pañero constante de la parvada mantenedora de
las «revistas jóvenes», entre las cuales brotaron
dos que hoy son lujo intelectual del alma nueva
de Francia, y á las que¡ no nombro por ser muy
conocidas de los «nuevos.»
Hízose luego Dubus pontífice ó cosa así de una
de esas religiones de moda más ó menos indias ó
egipcias; budhista, kabalista, ó lo que fuese, lo
que buscaba su espíritu era huir de la banalidad
ambiente, hallar algo en que refugiarse, sediento
de ensueños y de fábulas, enemigo del bulevar,
de Coquelin y de la «Revue de Deux Mondes», uno
de tantos «des Esseintes», en fin.
Guando la publicación de su libro-bijou, «Quand
— 159 —
les violons sont partis», — libro especial, defendi-
do de los hipopótamos callejeros porque era de
subscripción y no se vendía en las librerías, — los
pocos, los que le comprendieron, le saludaron co-
mo á uno de los más ricos y brillantes poetas de
la nueva generación.
Ni descoyuntó el verso francés; ¡y era revolu-
cionario y simbolista! ni mimó á Mallarmé; ¡y era
decadente!... ni ostentó la escuadra de plata y la
cuchara de oro de los impecables albañiles del Par-
naso; ¡y era parnasiano! Lo único que le denun-
ciaba su filiación era un cierto perfume de Bau-
delaire; pero un Baudelaire tan sereno y melan-
cólico...
Al comenzar vimos cómo era el alma del poeta,
es decir, la mujer, la inspiración. Simboliza Du-
bus en ella á la reina de un soñado país que sq
desvanece, de un reino hechizado que se borra,
que se esfuma:
Elle pairait ainsi bien Reine pour ces temps
Enveloppés de leurjinceul de décadencé,
On tante joie est travestie de Mort qui danse,
Et 1’ Amour en vieillard, dont les doigts mécontents,
Brodent, sans foi, sur une trame de mensonge
Des griffons prisonniers dan des palais de songe.
En ella, como en un altar, se verifican todos los
sacrificios, se queman todos los inciensos. Se mi-
ran, como á través de una gasa diamantina, ó más
bien, de clara luz lunar, los jardines de su vida,
su primavera, en un estremecimiento de oro; ó
es ya su perfil, el perfil de una emperatriz bizan-
tina—algo como la Ana Commeno que pinta Paul
Adam— sus deseos y sus ensueños, bajeles-cisnes
que parten á desconocidos países de amor, en bus-
ca de nuevos ardores, de nuevos fuegos: y mirad
la transformación: cómo la mujer intangible mar-
_ 160 —
chita ahora con sólo su aliento las corolas frescas;
cómo estremece de asombrado espanto los blanco-
res liliales con sólo la visión de sus crueles é im-
periales labios de púrpura, la roja violadora de
lises.
La segunda parte del libro está precedida de un
son de siringa de Verlaine;
Ceeurs tendres, mais affranchis du serment.
En toda obra de poeta joven actual se ve necesa-
riamente pasar la sombra del Caprípede.
Es el que ha enseñado el secreto de las vagas
melodías sugestivas, de aquellas palabras
si especieux, tout bas,
que hacen que nuestro corazón «tiemble y se ex-
trañe...» primero con la proclamación del imperio
musical— de la «musique avant loute chose» — y las
maravillas del matiz, en una poética encantadora
y sabia; después con la sapientísima gracia de una
sencillez más difícil que todas las manifestacio-
nes que parecieron al principio tan abstrusas.
Dubus canta su romanza teniendo la visión de
aquel parque verleniano en que iban las bellas,
prendidas del brazo de los jóvenes amantes, so-
ñadoras; y en donde los tacones luchaban con las
faldas...
J’ ameráis bien vous égarer un soir
Au fond du pare desert, dans une alléc
Impénétrable á la nuit etoilée:
J’ aimerais bien vous égarer un soir.
Je ne verrais que vos longs yeux féeriques,
Et nous vivons, lévres eloses, révant
A la chanson languisante du vent;
Je ne verrais que vos longs yeux féeriques.
161 — -
—
Luego las pequeñas cosas divinas del amor, en
medio de los perfumes del gran bosque misterio-
so, las dos almas olvidadas de la tierra; vuelos de
mariposa, sombras propicias...
¿Quelle serait la fin de 1’ aventure?
¿Un madrigal accueilli d’ airs moqueurs?
¿Nous fumes tant les dupes de nos coeurs?
¿Quelle serait la fin de 1’ aventure?
Abates de corte, marquesas, ecos de las Fiestas
galantes. Como en éstas, la expresión de un inde-
cible «régret», y el refugio de la desolación en el
ensueño.
En ritmos de Malasia continúan las lentas y va-
gorosas prosas de las ilusiones fugitivas, de las
«reveries» crepusculares, de las laxitudes que de-
jan los apasionados besos idos; se oyen en el »pan-
tum» como las quejas de un viejo clavicordio, que
hubiese sido testigo de las horas de pasión, en
la primavera en que florecieron las ilusiones, y
que hoy rememora ¡tan tristemente! las albas amo-
rosas que pasaron. ¿ Hay algo más melancólico que
el rostro de viuda de esa musa entristecida que
tiene por nombre Antes?
En «Les Jeux fermés» las reminiscencias de Ver-
laine aparecen más claras que en ninguna. Si me
favoreciese la memoria, recordaría el pasaje ori-
ginal del maestro. Pero los pocos lectores para
quienes escribo estas líneas, podrán hacer la con-
frontación :
Toute blanche, comme une aubepine fleurie,
Voici la Belle-au-bois-dormant: on la marie,
Ce soir, au bien-aimé’qu’ elle atendit cent ans.
Los raros — 1 1
Cendrillon passe au bras de I’ Adroite-Princesse...
Et les songes épars des eontes, vont sans cesse
Souriant aux petits enfants jusqu’ au reveil.
La parte siguiente la preside Mallarmé; un Ma-
llarmé que viene desde las lejanías del Ecíesiastes:
¡La chair est triste hélasl et j’’ai Iu touts les livres!
¿Los violines, los dos violines de la cuadrilla, llo-
ran, ó ríen? Es el fin del baile. La respuesta qui-
zá la encontraríamos en «La Nuit perdue», bajo
los tilos radiosos de girándulas, en donde la or-
questa da al aire alegres y frívolos motivos.
Aquel mismo parque lleno de adorables visiones,
y de ruidos de músicas suaves y de besos, es el
lugar de la nueva escena. Al claro de la luna se
inicia un amorío deleitoso y loco. Pero el éxtasis
es rápido. No quedará muy en breve sino la lán-
guida atonía del recuerdo.
«La Mensonge d’ Autunne» está escrita con la
manera suntuosa y hermética de Mallarmé: ape-
nas entrevistas apariencias, enigmáticas evocacio-
nes, músicas sutiles y penetrantes, despertadoras
de sensaciones que un momento antes ignoraba
uno dentro de sí mismo.
Aurora. lía pasado la noche de la fiesta. «El oro
rosado de la aurora incendia los; «vitraux» del pa-
lacio en donde se danza una lenta pavana desfa-
l eciente, á los perfumes enervantes del aire puro.»
Un detalle :
L’ éclat falot de la bougie agonise
A 1’ infini, dans les glaces de Venise.
¿Habéis visto un final de fiesta, cuando el alba
empieza y la luz del sol va inundando el salón
- 163 —
iluminado por las arañas y los candelabros? Los
rostros cansados, las ojeras, las fatigas del cuerpo
y una vaga fatiga del alma.
La musique a des sous bien étranges;
On dirait un remords qui pérore.
Mourants ou morts deja Ies sourires miévres.
Les madrigaux sont morís sur tous les lévres.
Dans la salle de bal nue et vide
Reste seul un bouquet qui se fane,
Pour mourir du méme jour livide
Que 1’ espoir des danseurs de pavane.
L’ éclat falot de la bougie agonise
A P infini, dans Ies glaces de Venise...
Después una canción jovial cuyo final nos lleva-
rá al ineludible páramo de los desengaños; una
«feerie» — para Racliilde — que sería maravillosa-
mente á propósito para ser interpretada por Odi-
lon Redon.
Y en los «bailes», son las alegres danzantes, las
amadas, las adoradas— ¡ah, crueles gatas nietzs-
chianas!— las alegres danzantes que danzan al son
de los violines y de las flautas.
Entre aromas y sonrisas y músicas, helas allí
del brazo de los caballeros, de los pobres enamo-
rados caballeros.
— Bellas nuestras ¿queréis colocar en el lugar de
las rosas, sobre vuestro corazón los corazones nues-
tros?
¡Ah! ellas dicen que sí, toman los corazones, se
los prenden al corpiño, y ríen. Los pobres caba-
- 164 -
lleros partirán y han de ver cómo las bellas dan-
zan en la sala del baile, y cómo se desprenden los
corazones de los corpiños, y cómo ellas siguen dan-
zando,
... et Ieurs petits souliers
Glissent éclaboussés de gouttes purpurines.
Otra noche de fiesta. Los pájaros azules han vo-
lado desde el amanecer del día, pero vuelven como
heridos, con un incierto vuelo. Las rosas del ca-
mino, están más pálidas y son más raras que nunca.
Las flores están desoladas bajo un cielo ahogador.
Casi concluye esta parte con una sensación de pe-
sadilla.
Ciertamente, el poeta sabía ya cómo la carne es
triste; y había leído todos los libros...
En la otra parte, cuyo epígrafe es este verso de
Gerard de Nerval:
Crains dans le mur un regard qui t’epie,
es una sucesión de cuadros fastuosos, en donde
predomina siempre la bruma de una tristeza irre-
mediable. Es el reino del desencanto.
Así en un soneto invernal, como en el «pantun»
del Fuego, dedicado á Saint Pol Roux El Magní-
fico; como en el palacio monumental que alza en
Una Babilonia de ensueño; como en la canción
«para la que llegó demasiado tarde» ; como en Epa-
ves, donde los galeones cargados de esperanzas se
hunden en un océano de olvido, antes de llegar á
la España soñada: como en el jardín muerto, un
jardín á lo Poe, en donde reina la Desolación.
La parte siguiente presídenla dos corifeos de la
Decadencia (¡habrá que llamarla así!): Villiers de
F Isle Adam y Charles Morice.
— 165 -
El Eterno Femenino alza al cielo ¡un cáliz enguir-
naldado de locas flores de voluptuosidad:
La haute coupe, d’ un metal diamanté
Oú se profilent de lascives silhouettes,
A V attirance d? un miroir aux alonettes,
Et nos divins désirs, qu’elle eblouit un jour,
Viennent, V aile ivre, éperdument voler autour,
Criant la grande soif qui nous brule la bouche,
Jusqu’ á V heure de la communión farouche
Ou chacun boit dans le metal diamanté
La Science: qu’ il n’est au monde volupté
Hormis Ies fleurs donts’ enguirnalde le cálice,
Pour que s’ immortalice un merveilleux supplice.
Las letanías que siguen tienen su clarísimo origen
en Baudelaire; pero tanto Dubus, como Hannon,
como todos los que han querido renovar las ad-
mirables de Satán, no han alcanzado la señalada
altura. No se puede decir lo mismo respecto á la
«Sangre de las rosas», en donde el autor se revela
exquisito artista del verso y poeta encantador.
Después oímos el canto que rememora el nau-
fragio de los que atraídos por las fascinantes si-
renas hallaron la muerte bajo la tempestad, «cerca
de los archipiélagos cuyos bosques exhalan vagas
sinfonías y perfumes cargados de languideces infi-
nitas.»
C’ etait le chant suave et mortel des sirenes,
Qui avancaient, avec d’ ineffables lenteurs,
Les bras en lyre et les regarás fascinateurs,
Dans les rales du vent divinement sereines.
Algo soberbio es «El Idolo», poema fabricado la-
pidariamente, cuyo símbolo supremo irradia una
majestad solemne y grandiosa.
Seguidamente viene la última parte, en la cual
166 -
Vuelve á oirse el paso del Pie de chivo, y su flauta
de carrizos :
¿Te souvient-il de notre extase ancienne?
Llama á la Resignación, con una cordura comple-
tamente verleniana; Don Juan se queja en dísticos.
Es ya un piano viejo y roto, demasiado usado. Ha
cantado muchos amores y muchas delicias. Las
mujeres han aporreado sus teclas con aires infa-
mes, y «traderiderá y laitou»,
iTant et tout! que les trémolos
Eussent la gaité des sanglots.
En el parque antiguo yace la estatua de Eros,
caída ; las canciones ha tiempo que se han callado :
el solitario desterrado halla apenas un refugio:
el orgullo de los recuerdos: «Superbia.» Al finali-
zar hay un clamor de resurrección.
Pour devenir enfin celui que tu receles,
Et qui pourrait périr avant d? avoir été
Sous le poids d’ une trop charnelle humanité,
¡O mon áme! il est temps en fin d' avoir des ailes.
Concluye el libro con un inmemoriam| á la adora-
da que un tiempo sacrificó el corazón del pobre
poeta; á la adorada reina, amante de la sangre del
sacrificio, cruel como todas las adoradas,-— Hero-
dias.
Los violines se han callado, los violines han par-
tido. Y el poeta ha partido también, camino del
cielo de los pobres poetas, camino de su hospital.
Los violines negros deben haber iniciado un mis-
terioso «De profundis», los violines negros que le
acompañaron en sus desesperanzas y en sus dolo-
res, cuando la vida le fué dura, la gloria huraña
y la mujer engañosa y felina.
Teodoro jtannon
... M. Théodre Hannon, un poéte
dft talent, sombré, sans excuse de
misére, á Bruxelles, dans la cloaque
des revues de fin d- année et les
nauseéeuses ratatouilles de la basse
presse.» Y. K. Huysmans.
¿Arthur Symons?... no estoy seguro; pero es en
libro de escritor inglés donde he visto primera-
mente la observación de que la mayor parte de
los poetas y escritores «fin de siglo» de París, de-
cadentes, simbolistas, etc., han sido extranjeros y,
sobre todo, belgas.
Escribo hoy sobre Theodore Hannon, quien si
no tiene el renombre de otros como Maeterlink,
es porque se ha quedado en Bruselas, de revistero
de fin de año y periodista, cosa que á Des Essein-
tes provoca náuseas.
¡Raro poeta, este Theodore Hannon! Apareció
entre la pacotilla pornográfica que hizo ganar al
editor Kistemackers, propagador de todas las can-
táridas é hipomanes de la literatura. Fueron los
tiempos de las nuevas ediciones de antiguos libros
obscenos; de la reimpresión del «En 18....» de los
Goncourt, con las partes que la censura francesa
había cercenado. Paul Bonnetain daba á luz su
«Charlot s’ amuse», Flor O’ squarr su «Cristiana»,
que le valdría unos cuantos golpes del knut de León.
- 168 — :
Eloy, Poetevin, Nizet, Caze... la falange escandalosa
se llamaba en verdad legión. Entonces surgió Han-
non con su «Manneken-pis», anunciado como «cu-
riosísimo y originalísimo volumen.» Amédée Lv-
nen le había ilustrado con dibujos «ingenuos.» No
siendo suficiente esa campanada, dio á luz el «Mir-
liton.» El diablo de las ediciones Kistemacker, no
podía estar más satisfecho, rabudo y en cuclillas,
sóbrelas carátulas «Las Rimas de Gozo» nos mues-
tran ya un Theodore Hannon, si no menos tentado
por el demonio de todas las concupiscencias, sua-
vizado por los ungüentos y perfumes de una poe-
sía exquisita. Depravada, enferma, sabática si que-
réis, pero exquisita.
He ahí primero ese condenado suicidio del he-
rrero, que dio tema á Felicien Rops para abraca-
dabrante aguafuerte, que no aconsejo ver á ningu-
na persona nerviosa propensa á las pesadillas ma-
cabras. Esos versos del ahorcado, parécenme la
más amarga y corrosiva sátira que se ha podido
escribir contra la literatura afrodisíaca. No ten-
dría Theodore Hannon esas intenciones ; pero es el
caso que le resultaron así.
Discípulo de Baudelaire «su alma flota sobre
los perfumes », como la del maestro. Busca las sen-
saciones extrañas, los países raros, las mujeres
raras, los nombres exóticos y expresivos. Me ima-
gino el enfermizo gozo de Des Esseintes al leer las
estrofas al Opoponax: «¡Opoponax! nom trés bi-
zarro,—et parfum plus bizarre encore!» Tráete el
perfume de apelación exótica, visiones galantes,
tentadores cuadros, maravillosos conciertos orgiás-
ticos; la nota de, ese aroma poderoso sobrepasa á
las de los demás, en un efluvio victorioso.
Gusta del opoponax porque viene de lejanas re-
giones, donde la naturaleza parece artificial á nues-
tras miradas; cielos de laca, flores de porcelana,
pájaros desconocidos, mariposas como pintadas por.
- 164
un pintor caprichoso: el reinado de lo postizo.
El poeta de lo artificial se deleita con los vuelos
de las cigüeñas de los paisajes chinos, los arro-
zales, los boscajes ocultos y misteriosos impreg-
nados de vagos almizcles. Estrofas inauditas como
esta:
La chinoise aux lueurs des bronzes
En allume ses ongles d’ or
Et sa gorge citrine oú dort
Le désir insensé des bonzes.
La japonaise en ses ranQons
Se sert de tes acres salives.
Luego se dirigirá á Marión, la adorada que ado-
ra el opoponax. (El amor en la obra de Hannon
no existe sino á condición de ser epidérmico).
Para adular á la mujer de su elección le canta,
le arrulla, lo diré con la palabra que mejor lo
expresa, le maúlla letanías de sensualidad, colla-
res de epítetos acariciadores, comparaciones pi-
mentadas, frases mordientes y melifluas... Es el
gato de Baudelaire, en una noche de celo, sobre
el tejado de la Decadencia. El opoponax es su tin-
tura de valeriana.
Como paisajista es sorprendente. Nada de Co-
rot; para hallar su procedimiento es preciso bus-
carlo entre los últimos impresionistas. Tal pinta
una tarde obscura de tempestad y nubarrones;
mar brava, negros oleajes, vuelo de pájaros ma-
rinos; ó un florecimiento de nieve, los acuosos
vidrios del hielo, la blancura de las nevadas; sin-
fonías en blanco, inmensos y húmedos armiños.
Pero de todo brota siempre el relente de la ten-
tación, el soplo del tercer enemigo del hombre,
más formidable que todos juntos: la carne.
Solamente en Swinburne puede hallarse, entre»
— 170 — :
los poderosos, esta poética y terrible obsesión. Más
en el inglés reina la antigha y clásica furia amo-
rosa, el Libido formidable que azotaba con tirsos
de rosas y ortigas á la melodiosa y candente Safo.
Theodore Hannon es un perverso, elegante y re-
finado; en sus poemas tiembla la «histeria men-
tal» de la ciencia, y la «delectación morosa» de
los teólogos. Es un satánico, un poseído. Más el
Satán que le tienta, no creáis que es el chivo im-
puro y sucio, de horrible recuerdo, ó el dragón
encendido y aterrorizador, ni siquiera el Arcángel
maldito, ó la Serpentina de la Biblia, ó el diablo
que llegó á la gruta del santo Antonio, ó el de
Hugo, de grandes alas de murciélago, ó el labra-
do por Antokolsky, sobre un picacho, en la som-
bra. El diablo que ha poseído á Hannon es el que
ha pintado Rops, diablo de frac y «monocle», mo-
derno, civilizado, refinado, morfinómano, sadista,
maldito, más diablo que nunca.
Si Gorres escribiese hoy su «Mística diabólica»,
no pintaría al Enemigo, «alto, negro, con voz inar-
ticulada, cascada, pero sonora y terrible... cabe-
llos erizados, barba de chivo...» antes bien: buen
mozo, elegante, perfumado con aromas exóticos,
piel de seda y rosa, bebedor de ajenjo, sportman,
y, si literato, poeta decadente. Este es el de Theo-
dore Hannon, el que le hace rimar preciosidades
infernales y cultivar sus flores de fiebre, esas flo-
res luciferinas que tienen el atractivo de un aro-
ma divino que diera la eterna muerte.
Hannon pagó tributo á la chinofilia y tejió se-
dosos encajes rimados en alabanza del Imperio
Celeste y del Japón... Allá le llevó el amor acre
y nuevo de la mujer amarilla y el opio sublime
y poderoso, según la expresión de Quincey. Tam-
bién, como al autor de las, «Flores del Mal», le per-
sigue el spleen. Luego, lanza en esas horas cansa-
idas y plúmbeas, su desdén, al amor ideal. Rompe
’ '
— 171 —
los moldes en que su poesía pudiese formar este
ó aquel verso de oro en honor de la pasión espiri-
tual y pura; fleta un barco para Cíteres, y arro-
ja al paso ramos de rosas á las mujeres de Lesbos.
La vendedora de amor será glorificada por él y
corre hacia el abismo de las delicias en una espe-
cie de fatal é ineludible demencia. Va como si le
hubiese aguijoneado los riñones una abeja del jar-
dín de Petronio.
Hele allí bajando á la bodega de los abuelos,
á buscar el buen vino viejo que le pondrá sol y
sangre en las venas; ó en el tren expreso que va
á llevarle á saborear los labios deseados; ó ad-
mirando en una íntima noche de diciembre, la
estatua viviente de las voluptuosidades felinas. De
pronto un efecto de luna en un mar de duelo,
en un fondo negro de tinieblas. El «odor di fem-
mina» se encuentra en una serie de versos, como
esos perfumes concentrados en los «sachéis» de
las damas. A veces creyérase en una vuelta á la
naturaleza, á las frescas primaveras, pues brilla
sobre la harmonía de una estrofa, la sonrisa de
mayo. Es una nueva forma de la tentación, y si
oís el canto de un mirlo será una invitación pica-
resca. Como su maestro de una malabaresa, Han-
non se prenda de una funámbula, para la cual
decora un interior á su capricho, y á la que ofre-
ce la sonata más amorosamente extravagante del
harpa loca de sus nervios. Todo, para este sen-
sual, es color, sonido, perfume; línea, materia. Bau-
delaire hubiera sonreído al leer este terceto:
Le sandrigham, 1’ Ylang-Ylang, la violette
De ma pále Beauté font une cassolette
Vivante sur laquelle errent mes sens rodeurs.
Si hay celos son celos del mar, que envuelve en
un beso inmenso el cuerpo amado. He visto cua-
- 172 -
dros, muchos, que representen sugerentes escenas
de baños de mar; pero ningún pintor ha llegado,
á mi juicio, á donde este maldito belga que hasta
en el agua inmensa y azul vierte filtros amatorios,
como un brujo. En ocasiones es banal, emplea sí-
miles prosaicos, como ferroviarios y geográficos.
Pero cuando canta las medias, esas cosas prosai-
cas, os juro que no hay nada más original quei
esa poesía audaz y fugitiva; sobre una alfombra de
seda é hilos de Escocia, danza la musa Serpentina
uno de sus pasos más prodigiosos. Cuando llega
mayo, madrigaliza el poeta tristemente. No es raro:
«Omnia animal post...» etc.
A Louise Abbema dedica una linda copia rít-
mica de su cuadro «Lilas blancas»; ¡suave des-
canso! Pero es para, en seguida, abortar una es-
túpida y vulgar blasfemia. ¿Hannon ha querido
imitar ciertos versos de Baudelaire? Baudelaire
era profunda y dolorosamente católico, y si es-
cribió algunas de sus poesías «pour épater les
bourgeois», no osó nunca á Dios. Pasa Theo-
dore Hannon con sus bebedoras de fósforo: esas
son las musas y las mujeres que le llevan la ale-
gría de sus rimas ; dedica ciertos limones á Cheret,
y el pintor de los joviales «affiches» gustará de
esas limonadas; quema lo que él llama «incienso
femenino», en una copa de Venus con carbones
del Infierno ; pinta mares de espumosas ondas les-
bianas y celebra á su amada de figura andrógi-
na; es bohemio y errabundo, soñador y noctám-
bulo; prefiere las flores artificiales á las flores de
la primavera; labra joyas, verdaderas joyas poé-
ticas, para modistas y perdularias; dice sus desen-
gaños prematuros; nos describe á Jane, una dia-
blesa; nos lleva á un taller de pintor en donde un
pobre viejo modelo sufre su martirio; los «Sone-
tos sinceros» son tres canciones del amor moder-
ólo, llenas de rosas y de besos, y sus iconos bizan-
- 173 -•
tinos son obras maestras de «degeneración.» To-
mando por modelo las letanías infernales de Bau-
delaire, escribe las del Ajenjo, que á decir ver-
dad, le resultaron más que medianas. Su histeris-
mo estalla al cantar la Histeria; su «Mer enrhu-
mée» es una extravagancia. Canta á unos ojos ne-
gros y diabólicos que le queman el alma; canta
el Pecado. Nos presenta un cuadro de «toilette»
que es adorable de arte y abominable de vicio;
en sus versos se sienten todos los perfumes, y
se miran todos los afeites y menjurjes de un to-
cador femenino, desde el coldcream diáfano, la
leche de Iris, la Crema Ninon, el blanco Empera-
triz, elpolvo divino, el polvo vegetal, hasta la azu-
rina, el carmín, Ixor, new-mownhay, frangipane,
stepíanotis... ¡qué sé yo! todo en los más crista-
linos, diamantinos, tallados, cincelados, admirables
frascos. ¡Raro poeta este Theodore Hannon!
£1 conde de £a»Wa»ont
Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lau-
tréamont es pseudónimo. El se dice montevidea-
no; pero ¿quién sabe nada de la verdad de esa
vida sombría, pesadilla tal vez de algún triste án-
gel á quien martiriza en el empíreo el recuerdo
del celeste Lucifer? Viyió desventurado y murió
loco. Escribió un libro que sería único si no exis-
tiesen las prosas de Rimbaud; un libro diabóli-
co y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso;
un libro en que se oyen á un tiempo mismo los
gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de
la Locura.
León Bloy fue el verdadero descubridor del con-
de de Lautréamont. El furioso San Juan de Dios
hizo ver como llenas de luz las llagas del alma
del Job blasfemo. Mas hoy misino, en Francia y
Bélgica, fuera de un reducidísimo grupo de inicia-
dos, nadie conoce ese poema que se llama «Can-
tos de Maldoror», en el cual está vaciada la pavo-
rosa angustia del infeliz y sublime montevideano,
cuya obra me tocó hacer conocer á América en
Montevideo. No aconsejaré yo á la juventud que
se abreve en esas negras aguas, por más que en
ellas se refleje la maravilla de las constelaciones.
~ 176 --
No sería prudente á los espíritus jóvenes conver-
sar mucho con ese hombre espectral, siquiera fue-
se por bizarría literaria, ó gusto de un manjar
nuevo. Hay un juicioso consejo de la Kabala: «No
hay que jugar al espectro, porque se llega á ser-
lo» : y si existe autor peligroso á este respecto,
es el conde de Lautréamont. ¿Qué infernal can-
cerbero rabioso mordió á esa alma, allá en la re-
gión del misterio, antes de que viniese á encarnar-
se en este mundo? Los clamores del teófobo po-
nen espanto en quien los escucha. Si yo llevase á
mi musa cerca del lugar en donde el loco está
enjaulado vociferando al viento, le taparía los oí-
dos.
Como á Job le quebrantan los sueños y le tur-
ban las visiones; como Job puede exclamar: «Mi
alma es cortada en mi vida; yo soltaré mi queja
sobre mí y hablaré con amargura de mi alma.»
Pero Job significa «el que llora»; Job lloraba y
el pobre Lautréamont no llora. Su libro es un
breviario satánico, impregnado de melancolía y de
tristeza. «El espíritu maligno, dice Quevedo, en
su «Introducción á la vida devota», se deleita en
la tristeza y melancolía por cuanto es triste y me-
lancólico., y lo será eternamente.» Más aun: quien
ha escrito los «Cantos de Maldoror» puede muy
bien haber sido un poseso. Recordaremos que cier-
tos casos de locura que boy la ciencia clasifica
con nombres técnicos en el catálogo de las enfer-
medades nerviosas, eran y son vistos por la Santa
Madre Iglesia como casos de posesión para los
cuales se hace preciso el exorcismo. «¡Alma en
ruinas!» — exclamaría Eloy con palabras húmedas
de compasión.
Job: — «El hombre nacido de mujer, corto de
días y harto de desabrimiento...»
Lautréamont: — «Soy hijo del hombre y de la
— 177
mujer, según lo que se me ha dicho. Eso me ex-
traña. ¡Creía ser más!»
Con quien tiene puntos de contacto es con Ed-
gar Poe.
Ambos tuvieron la visión de lo extranatural, am-
bos fueron perseguidos por los terribles espíritus
enemigos, «horlas» funestas que arrastran al al-
cohol, á la locura, ó á la muerte; ambos experi-
mentaron la atracción de las matemáticas, que son,
con la teología y la poesía, los tres lados por don-
de puede ascenderse á lo infinito. Mas, Poe fué
celeste, y Lautréamont infernal.
Escuchad estos amargos fragmentos:
«Soñé que había entrado en el cuerpo de un puer-
co, que no me era fácil salir, y que enlodaba mis
cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello
como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no
pertenecía más á la humanidad! Así interpretaba
yo, experimentando una más que profunda ale-
gría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto
de virtud había realizado, para merecer de parte
de la Providencia este insigne favor...
»¿Más quién conoce sus necesidades íntimas, ó
la causa de sus goces pestilenciales? La metamor-
fosis no pareció jamás á mis ojos sino como la
alta y magnífica repercusión de una felicidad per-
fecta que esperaba desde hacía largo tiempo. ¡ Por
fin había llegado el día en que yo me convirtiese
en un puerco ! Ensayaba mis dientes sobre la cor-
teza de los árboles; mi hocico, lo contemplaba con
delicia. «No quedaba en mí la menor partícula
de divinidad» : supe elevar mi alma hasta la exce-
siva altura de esta voluptuosidad inefable.)»
León Bloy que en asuntos teológicos tiene la
ciencia de un doctor, explica y excusa en parte
la tendencia blasfematoria del lúgubre alienado,
suponiendo que no fué sino un blasfemo por amor.
Los raí* os— \ 2
— 178 —
«Después de todo, este odio rabioso para el Crea-
dor, para el Eterno, para el Todopoderoso, tal como
se expresa, es demasiado vago en su objeto, pues-
to que no toca nunca los Símbolos», dice.
Oid la voz macabra del raro visionario. Se refie-
re á los perros nocturnos, en este pequeño poema
en prosa, que hace daño á los nervios. Los perros
aúllan «sea como un niño que grita de hambre,
sea como un gato herido en el vientre, bajo un
techo; sea como una mujer que pare; sea como un
moribundo atacado de la peste, en el hospital; sea
como una joven que canta un aire sublime;— con-
tra las estrellas al norte, contra las estrellas al
este, contra las estrellas al sur, contra las estre-
llas al oeste; contra la luna; contra las montañas;
semejantes, á lo lejos], á rocas gigantes, yacentes en
la obscuridad ;— contra el aire frío que ellos aspi-
ran á plenos pulmones, que vuelve lo interior de
sus narices rojo y quemante; contra el silencio de
la noche; contra las lechuzas, cuyo vuelo oblicuo
les roza los labios y las narices, y que llevan un
ratón ó una rana en el pico, alimento vivo, dulce
para la cría; contra las liebres que desaparecen en
un parpadear; contra el ladrón que huye, el galo-
pe de su caballo, después de haber cometido un
crimen ; contra las serpientes agitadoras de hierbas,
que les ponen temblor en sus pellejos y les hacen
chocar los dientes;— contra sus propios ladridos,
que á ellos mismos dan miedo ; contra los sapos,
á los que revientan de un solo apretón de mandí-
bulas, (¿para qué se alejaron del charco?) contra
los árboles, cuyas hojas muellemente mecidas son
otros tantos misterios que no comprenden, y quie-
ren descubrir con sus ojos fijos inteligentes; — con-
tra las arañas suspendidas entre las largas patas,
que suben á los árboles para salvarse; contra los
cuervos que no han encontrado que comer duran-
te el día y que vuelven al nido, el ala fatigada;
- 179 -
contra las rocas de la ribera; contra los fuegos
que fingen mástiles de navios invisibles; contra el
ruido sordo de las olas ; contra los grandes peces
que nadan mostrando su negro lomo y se hunden
en el abismo;— y contra el hombre que les escla-
viza...
«Un día, con ojos vidriosos, me dijo mi madre:
— Cuando estés en tu lecho, y oigas los aullidos de
los perros en la campaña, ocúltate en tus sábanas,
no rías de lo que ellos hacen, ellos tienen una sed
insaciable de lo infinito, como yo, como el resto
de los humanos, á la «figure palé et longue...» «Yo,
— sigue él,— como los perros sufro la necesidad de
lo infinito. ¡No puedo, no puedo llenar esa necesi-
dad!» Es ello insensato, delirante; «mas hay algo
en el fondo que á los reflexivos hace temblar.»
Se trata de un loco, ciertamente. Pero recordad
que el «deus» enloquecía á las pitonisas, y que la
fiebre divina de los profetas producía cosas seme-
jantes: y que el autor «vivió» eso, y que no se
trata de una «obra literaria», sino del grito, del
aullido de un sér sublime martirizado por Satanás.
El cómo se burla de la belleza, — como de Psiquis,
por odio á Dios,— lo veréis en las siguientes com-
paraciones, tomadas de otros pequeños poemas:
«...El gran duque de Virginia, era bello, bello
como una memoria sobre la curva que describe
un perro que corre tras de su amo...» «El vautour
des agneaux, bello como la ley de la detención del
desarrollo del pecho en los adultos cuya propensión
al crecimiento no está en relación con la cantidad
de moléculas que su organismo se asimila...» El
escarabajo, «bello como el temblor de las manos
en el alcoholismo...»
El adolescente, «bello como la retractibilidad de
las garras de las aves de rapiña», ó aun «como la
poca seguridad de los movimientos musculares en
las llagas de las partes blandas de la región cervi-
— 180
cal posterior», ó, todavía, «como esa trampa per-
petua para ratones, «toujours retendu par 1’ ani-
mal pris, qui peut prendre seul des rongeurs in-
définiment, et fonctionner méme caché sous la pai-
lle», y sobre todo, bello «como el encuentro for-
tuito sobre una mesa de disección, de una máqui-
na de coser y un paraguas..,»
En verdad, oh espíritus serenos y felices, que
eso es de un «humor» hiriente y abominable.
¡Y el final del primer canto ! Es un agradable
cumplimiento para el lector el que Baudelaire le
dedica en las «Flores del Mal», al lado de esta
despedida: «Adieu, viellard, et pense á moi, si tu
m’ as lu. Toi, jeune homme, ne te désespere point;
car tu as un ami dans le vampiro, malgré ton opK
nion contraire. En comptant 1’ acarus sarcopte
qui produit la gale, tu auras deux amis.»
El no pensó jamás en la gloria literaria. No es-
cribió sino para sí mismo. Nació con la suprema
llama genial, y esa misma le consumió.
El Bajísimo le poseyó, penetrando en su sér por
la tristeza. Se dejó caer. Aborreció al hombre y
detestó á Dios. En las seis partes de su obra sem-
bró una Flora enferma, leprosa, envenenada. Sus
animales son aquellos que hacen pensar en las crea-
ciones del Diablo; el sapo, el buho, la víbora, la
araña. La desesperación es el vino que le embria-
ga. La Prostitución, es para él, el misterioso sím-
bolo apocalíptico, entrevisto por excepcionales es-
píritus en su verdadera transcendencia: «Yo he
hecho un pacto con la Prostitución, á fin de sem-
brar el desorden en las familias... ¡ay! ¡ay!... gri-
ta la bella mujer desnuda: los hombres algún día
serán justos. No digo más. Déjame partir, para ir
á ocultar en el fondo del mar mi tristeza infinita.
No hay sino tú y los monstruos odiosos que bu-
llen en esos negros abismos, que no me despre-
cien,»
Y Bloy: «El signo incontestable del gran poeta
es la «inconsciencia» profética, la turbadora fa-
cultad de proferir sobre los hombres y el tiempo,
palabras inauditas cuyo contenido ignora él mis-
mo. Esa es la misteriosa estampilla del Espíritu
Santo sobre las frentes sagradas ó profanas. Por
ridículo que pueda ser, hoy, descubrir un gran
poeta y descubrirle en una casa de locos, debo
declarar en conciencia, que estoy cierto de haber
realizado el hallazgo.»
El poema de Lautréamont se publicó hace dieci-
siete años en Bélgica. De la vida de su autor nada
se sabe. Los «modernos» grandes artistas de la
lengua francesa, se hablan del libro como de un
devocionario simbólico, raro, inencontrable.
Paul Ato
De cuando en cuando, la primera página del
«Journal» viene como pesada. Dos, tres, cuatro
columnas nutridas, negras, casi de una sola pieza,
hacen ya adivinar la firma. Y el lector avisado se
prepara, alista bien su cabeza, limpia los cristales
del entendimiento, y recibe el regalo con placer y
confianza. Es el artículo de Paul Adam. Y es como
salir al campo, ó á la orilla del mar. Hay, pues,
algo más que el aposento perfumado, los senos lu-
juriosos, los chismes de la condesa, los cancanes
de la política, las piernas de las bailarinas y las
evoluciones del protocolo. La sensación es de ex-
trañeza al propio tiempo que de satisfacción. Sa-
lir de la perpetua casa de cita, del perpetuo bar,
de los perpetuos bastidores, del perpetuo salón
«oú lc on flirt©» ; dejar la compañía de lechugui-
nos canijos y de vírgenes locas de su cuerpo, por
la de un hombre fuerte, sano, honesto, franco y
noble que os señala con un hermoso gesto un
gran espectáculo histórico, un vasto campo mo-
ral, un alba estética, es ciertamente consolador y
vigorizante. Los politiqueros de la patriotería dan
vueltas cada mañana al mismo cantar. Rochefort
Í84 —
redobla cuotidianamente en su viejo tambor, fu-
rioso; Drumont destaza su semita de costumbre;
Coppée, inválido lírico metido á sacristán, se pone
á la par del ridículo Dérouiéde; los escritores de
la literatura, explotan sus distintos lenocinios.
M. Jean Lorrain cuenta sus historias viciosas de
siempre ; Mendés, cuya pornografía de color de rosa
no está ya de moda, hace la crítica teatral, gene-
ralmente plástica; Fouquier, el maestro periodista,
da lecciones útiles y generosas; — entre todos, más
alto, más joven, más enérgico, más vigoroso, Paul
Adam aparece,— al lado de Mirbeau; — llega con su
misión, obligatoria y dignificadora, y ara en la
prensa, en el campo malsano de esta prensa, con
su deber, firme airado.
Yo admiro profundamente á M. Paul Adam. No-
ble por familia y origen, se ha consagrado á una
tarea de solidaridad humana cuyos frutos se vier-
ten para los de abajo. Dueño de una voluntad,
propietario de un carácter, fecundo de ideas, pic-
tórico de conocimientos, archimillonario de pala-
bras, ha desdeñado la parada de un Barres, que
le hubiera conducido á una diputación, ha recha-
zado los flonflones de la literatura fácil, la «glo-
rióle» de los éxitos azucarados; ha podado su an-
tiguo estilo de ramas superfluas ; ha puesto su cuño
de pensamientos circulantes en pleno sol, en plena
claridad; se ha ido á vivir fuera de París, para
trabajar mejor; y diciendo la verdad, clamando al
porvenir, recorriendo lo pasado, estudiando lo pre-
sente, sacudiendo la historia, escarbando naciones,
da, periódicamente, su ración de bien para quien
sepa aprovecharla.
No haya vacilación en creer que éstos son pocos.
Páralos de abajo la elevación mental, la frase sim-
plificada y amacizada de M. Paul Adam no es fá-
cilmente accesible; para los puros ideólogos, este
- 185 -
organizador, este lógico, este filósofo de combate,
no inspira completa confianza. Por otra parte, la
media intelectualidad halla la selva demasiado tu-
pida, y la pereza es enemiga del hacha, encuentra
el mar muy peligroso, y cree más agradable fumar,
sentada en una piedra de la orilla, por donde los
ensueños pasan y se cogen con la mano.
Hablando recientemente con el poeta Moreas,
cuyos olímpicos juicios son conocidos y sonreí-
dos, preguntóle, su opinión sobre su antiguo cola-
borador y amigo. Con las condiciones que él sue-
le establecer, el amable descontentadizo me conce-
dió: «Mais il est tres fort, tout de méme!» Sabido
es que M. Paul Adam comenzó en el grupo de los
que en un tiempo ya lejano se llamaron simbo-
listas y decadentes, y que escribió en unión de
Moreas «Les demoiselles Goubert» y «Le thé chez
Miranda», con un estilo ultra exquisito, jeroglífi-
co casi y quintaesenciado, obras en que se llevaba
al extremo un propósito intelectual, para dejar
mejor asentadas las doctrinas entonces flamantes
que producirían en lo futuro muchos fracasados,
pero algunos nombres que ilustran la prosa y la
poesía francesas contemporáneas, y que, reco-
rriendo el mundo, causarían en todos los países
y lenguas civilizados, movimientos provechosos.
¿Quién reconocería al pintor extraño de aquellas
decoraciones y al tejedor de aquellas sutiles telas
de araña, en el musculoso manejador de mazas
dialécticas, fundidor de ideas regeneradoras y tra-
baador
j triptolémico de ahora?
Amontona en la balanza del pensamiento francés,
libro sobre libro, y ya su obra pesa Como la car-
ga de cien graneros. Esta transformación la ha
operado la voluntad guiadora de la labor; la labor
ordenada que lleva su propósito, y la conciencia
que hace cumplir con la tarea que se creó una obli-
— 186 -
gación, una obligación para con su propia persona-
lidad, que se difunde en el bien de su patria, la
Francia, y por lo tanto en favor de toda la estirpe
humana.
Desde «Soi», hasta sus novelas de alta psicología
histórica, una obra enorme atestigua la potencia de
ese singular entendimiento. Sus reconstrucciones
bizantinas son de un encanto dominador, y junto
á lo concreto de la época, brilla el lujo de un teso-
ro verbal único, de un decir que no admite com-
plementos, total. Batallista, arregla, táctico del es-
tilo, sus escenas y su decoración, con una magis-
tralidad soberbia y matemática. Y, conciso en lo
abundoso, rico de perspectivas, de líneas y colo-
res, con dos ó tres pincelazos planta su cuadro á
la vista, neto, definitivo. En sus estudios del alma
de las muchedumbres, como en sus análisis de ti-
pos psíquicos, su fino espíritu ahonda y aclara,
en súbitos golpes de luz, los más hondos recodos.
Y jamás el soplo nórdico, la cosa germana, ó la
cosa escandinava, ó la cosa rusa, le han pertur-
bado ó fascinado en su camino. M. Paul Adam per-
manece francés, nada más que francés, y lleno del
soplo de su época, cumple con su deber actual,
pone su contingente en la labor de ahora, y hace
lo que puede por ver si no es imposible la regene-
ración, la consecución de un ideal de grandeza fu-
tura, humano, seguro y positivo.
No creáis que porque su amor á la justicia y su
pasión de belleza y de verdad le conduzcan á la
exaltación de las ocultas fuerzas populares, haya
en él ni un solo momento, un adulador de muche-
dumbres, ni un político de oportunidades, ni un
cantor de marsellesas y carmañolas. Moralmente,
es un aristócrata, y no confundirá jamás su alma
superior, en el mismo rango ó en la misma oleada
que la de los rebaños pseudosocialistas. El obra
- 18? -
en pro de los trabajadores; lleva su utopia por
el sendero en que se suele encontrar el casi impo-
sible sueño de la supresión de la miseria y del des-
aparecimiento delos ejércitos guerreros. Un críti-
co sutil y penetrante, M. Camille Mauclair, concen-
tra en estas palabras la sociología de M. Paul Adam :
«Para él no hay más que un asunto en los libros
y en la vida, la lucha de la fuerza y del espíritu.
El opone la fuerza creadora á la destrucción, la
fecundidad activa al nihilismo de la guerra, el in-
ternacionalismo al«chauvinismo», los conflictos de
clases á los conflictos de naciones, el intelectua-
lismo al militarismo, Lucifer y Prometeo á Júpi-
ter y á Jehová, dioses de la fuerza brutal.»
M. Paul Adam es un intelectual, en el único sen-
tido que debía tener esta palabra. El pone en el
intelecto la fuente del perfeccionamiento, y da á
la idea, su valor de multiplicación vital, y de repar-
tidora de bienes en la muchedumbre humana.
Si M. Paul Adam, guiado por su voluntad de siem-
pre quisiese un día ir á la acción política, á la lu-
cha directa, sería un gran conductor de pueblos,
pero me temo mucho que tuviese la suerte de un
héroe ibseniano. En las muchedumbres no tienen
éxito los cerebrales; el sentimentalismo priva en
seres casi instintivos. El pueblo oye y entiende con
mayor placer y facilidad las tiradas tricolores de
un Coppée, que las altas palabras de quien se des-
interesa de las bajas aventuras presentes, y desea
formar caracteres, hacer vibrar noblemente las con-
ciencias y asentar y rehacer y solidificar la patria.
Una de las fases más simpáticas y sobresalientes
de M. Paul Adam, es su faz de periodista. El
«Triomphe des mediocres» es una obra maestra en
su género. Sin la escandalosa escatología pátmica
de León Bloy, sin las farsas, ó compadrerías de
un Drumont, ó de un Rochefort, ha blandido las
- 188 —
más bien templadas ideas, ha herido mucho y bien
en esas carnes sociales, ha flagelado costumbres,
se ha burlado duramente de los carnavales políti-
cos, de las paradas monarquistas, de la caridad
falsa, de la ciencia abotonada y de palmarás; ha
denunciado á inicuos, á sinvergüenzas y merca-
deres de patriotismo, falsos socialistas, aristocrá-
ticas fantochesas, cepilladores de moral y remen-
dones de la virginidad literaria.
¡Y qué hermosa prosa, de un lirismo sofrenado,
que va latigueando) á ¡un lado; y otro, sin desbocarse,
sin sobresaltos, sin caídas, que dice lo que hay
que decir, y nada más ; que tiene el adverbio justo,
el verbo propio, y que clava el adjetivo como un
rejón, de manera que queda vibrante, arraigado y
seguro! No hay duda de que M. Paul Adam es uno
délos maestros déla prosa contemporánea, en ese
maridaje estupendo de la claridad con la energía,
la vivacidad con la fiereza, y el ímpetu con la pon-
deración.
Y este vigoroso que tiene la médula de un sabio
y las alas de un artista, llena su misión con la ma-
yor serenidad y tranquilidad, no lejos del sonoro
y ronco maelstrom de París. Uno de los mayores
bienes que su personalidad esparce, es ese conti-
nuo ejemplo de actividad, esa incesante campaña,
esa inextinguible ansia de trabajar,, y de trabajar
bien. «La lucha por el pan, por el oficio de escri-
tor y de periodista, salva á los fuertes de la abs-
tracción estéril», dice M. Mauclair. Y dice bien. A
pesar de su alejamiento de centros y camarillas,
ó por esto mismo, creo que se le respeta y se le
reconoce como el más potente y el más noble. Al
verle así, en su aislada residencia, sin mezclarse
en las locuras y chismes y revueltas parisienses,
cultivando su vasto talento con tanta voluntad y
tanto tino, me suelo imaginar á uno de esos gentiles
— 189 -•
hombres de la campaña, que mientras la ciudad
danza y se prostituye, siembran sus campos, tran-
quilos y laboriosos, y llenan, llenan sus trojes;
y cuando la peste llega y llega el hambre á la
ciudad, dan la limosna de sus graneros, abren sus
depósitos, brindan sus almacenes.
Y quizá muy pronto tenga hambre Francia.
CMax Ü^Lcrdau
Max Kordau
Mi distinguido colega en «La Nación», Dr. Schim-
per, se ocupó el año pasado del primer volumen
de «Entartung» de Max Nordau. Ha poco apareci-
do el segundo: la obra está ya completa. Una en-
diablada y extraña Lucrecia Borgia, doctora en
medicina, dice en alemán, para mayor autoridad,
con clara y tranquila voz, á todos los convidados
al banquete del arte moderno: «Tengo que anun-
ciaros una noticia, señores míos, y es que todos
estáis locos.» En verdad Max Nordau no deja un
solo nombre, entre todos los escritores y artistas
contemporáneos, de la aristocracia intelectual, al
lado del cual no escriba la correspondiente clasi-
ficación diagnóstica: «imbécil», «idiota!», «degene-
rado», «loco peligroso;». Recuerdo que una vez al
acabar de leer uno de los libros de Lombroso, que-
dé con la obsesión de la idea de una locura poco
menos que universal. A cada persona de mi conoci-
miento le aplicaba la observación del doctor ita-
liano y resultábame que, unos por fas, otros por
nefas, todos mis prójimos eran candidatos al mani-
comio. Recientemente una obra nacional digna de
elogio, «Pasiones», de Ayarragaray, llamó mi aten-
ción hacia la psicología de nuestro siglo, y presentó
— 192 -
á mi vista el tipo del médico moderno que penetra
en lo más íntimo del sér humano. Cuando la lite-
ratura ha hecho suyo el campo de la fisiología,
la medicina ha tendido sus brazos á la región obs-
cura del misterio.
Allá á lo lejos vense á Moliére y Lesage atacar á
jeringazos á los esculapios. Había cierta inquina
de los hombres de pluma contra los médicos, y el
epigrama y la sátira teatral no desperdiciaban mo-
mento oportuno para caer sobre los hijos de Gale-
no. Sangredo había nacido, y no todo él del cerebro
de su creador, pues sabemos por Max Simón que
Sangredo vivió en carne y hueso en la personali-
dad del médico Hecquet. El mismo Max Simón hace
notar la acrimonia especial con que el más ilustre
de los poetas cómicos y el más grande de los no-
velistas de su época atacaron á los médicos. En
uno y otro, dice, se nota un verdadero desprecio
por el arte que profesan aquellos á quienes ata-
can. Moliere, irónico y fuerte. Lesage injurioso y
despreciativo, están siempre listos con sus alja-
bas. Monsieur Purgón, formalista, aparatoso y ciego
de intelecto, y los dos Tomases Diafoirus apare-
cieron como encarnaciones de una ciencia tan apa-
ratosa como falsa. Sangredo fué, según Waltter
Scott, el mismo Helvecio. En resumen, los ataques
literarios se dirigían contra los doctores de sangría
y agua tibia. Son los tiempos en que Hecquet publi-
ca «Le Brigandage de la 'Medicine,» en el cual están
en su base los principios de Gil Blas, y en el que
eran más que comunes diálogos á la manera del
que en una obra del gran cómico sostienen Desfo-
rmo drés y Tomes.
Si los médicos del siglo XVII se enconaron con
las bromas de Moliére, los del siglo XVIII no fue-
ron tan quisquillosos con las sátiras de Lesage (1).
(1) Max Simón,
En nuestro siglo, la última gran campaña literaria,
el movimiento naturalista dirigido por Zola, tiene
por padre á un médico, Claudio Bernard. En tanto
que la literatura investiga y se deja arrastrar por
el impulso científico, la medicina penetra al reino
de las letras ; se escriben libros de clínica tan ame-
nos como una noveela. La psiquiatría pone su lente
práctico en regiones donde solamente antes había
visto claro la pupila ideal de la poesía. Ante el pro-
fesor de la Salpetriére, junto con los estudiantes
han ido los literatos. Y en el terreno crítico cierta
crítica tiene por base estudios recientes sobre el
genio y la locura: Lombroso y sus seguidores.
Guyau, el admirable y joven sabio, sacrificó en
las aras de los nuevos ídolos científicos. El com-
probó, como un profesor que toma el pulso, el es-
tado patológico de su edad, el progreso de fiebre
moral siempre en crecimiento. El juntó en un capí-
tulo de un célebre libro á los neurópatas y delin-
cuentes, como invasores, como conquistadores vic-
toriosos en el reino de la literatura. «Et s’y font
une place tous les jours plus grande,»'— decía de
ellos. Como principal síntoma del mal del siglo, se-
ñala la manifestación de un hondo sufrimiento, el
impulso al dolor, que en ciertos espíritus puede
llegar hasta el pesimismo., El tipo que el filósofo
presenta es aquel infeliz Imbert Galloix, cuya pá-
lida figura pasará al porvenir iluminada en su do-
lorosa expresión por un rayo piadoso de la gloria
de Víctor Hugo. ¡Y bien! si la desgracia es desequi-
librio, bien está señalado Imbert Galloix. Ese gran
talento gemía bajo la más amarga de las desven-
turas. Sentirse poseedor del sagrado fuego y no po-
der acercarse al ara; luchar con la pobreza, estar
lleno de bellas ambiciones y encontrarse solo, aban-
donado á sus propias fuerzas en un campo donde
Los raros — 1 3
— 194 -
la fortuna es la que decide, es cosa áspera y dura.
A propósito de un joven cubano poeta muerto re-
cientemente en París— Augusto de Armas uno de.
tantos Imbertos Galloix!— dice con gran razón el
brillante Aniceto Valdivia: «Sólo un temperamento
de toro, como el de Balzac, puede soportar sin
rajarse, el peso de ese mundo de desdenes, de olvi-
dos, de negaciones, de injustos silencios bajo el
cual ha caído el adorable poeta de «Rimes Byzan-
tines.» La autopsia espiritual que del desgraciado
joven ginebrino hace el sereno analizador soció-
logo, me parece de una impasible crueldad.
Aquí de las comparaciones que ofrece la nueva
ciencia penal, entre los desequilibrados, locos y
criminales. Porque un cierto Cimmino, bandido
napolitano, se ha hecho tatuar en el pecho una
frase de desconsuelo, quedan condenados á la
comparación más curiosamente atroz todos los
admirables melancólicos que representan la tris-
teza en la literatura. El nombre de Leopardi,
por ejemplo, aparecerá en la más infame pro-
miscuidad con el de cualquier número de peniten-
ciaria ó de presidio, por obra de tai razonamiento
de Lacassagne ó de tal opinión de Lombroso. En
las especializaciones de Max Nordau la falta de
justicia se hace notar, agravándose con una de las
más extrañas inquinas que pueden caber en crítico
nacido. Bien trae á cuento Jean Thorel un caso
gracioso que aquí citaré con las mismas palabras
del escritor: «Recuerdo haber leído una vez en
una revista inglesa un largo estudio, muy concien-
zudo, de argumentación apretada é irrefutable, que
probaba— que no se contentaba con afirmar, sino
que probaba con numerosos ejemplos— que Víctor
Hugo era un escritor sin talento y un execrable
poeta. Para mejor convencer á sus lectores, el
crítico que se había señalado la tarea de «demo-
— 195 -
ler» á Víctor Hugo, había tenido cuidado de acom-
pañar cada una de sus citas de una notita que
hacía conocer el título de la obra de que se había
extraído la cita, con todas sus indicaciones acce-
sorias, lugar y año de publicación, número de la
edición, cifra de la página cuyo era el verso ci-
tado, etc. Y se tenía inmediatamente el sentimien-
to de que si en verdad se hallaba en tal página de
tal libro, el mal verso que se acaba de leer en la
revista, Víctor Hugo era, realmente, un poeta las-
timoso. Me decidí temblando á llevar á cabo esta
verificación, y encontré ¡que cada vez que el pi-
caro verso estaba en realidad en el libro indicado,
descubría también al mismo tiempo que al lado
de ese había diez, cien ó mil versos que eran de
una completa belleza.» Tiene razón Jean Thorel.
Max Nordau condena el poema entero por un verso
oojo ó luxado; y al arte entero, por uno que otro
caso de morbosismo mental. Para estimar la obra
de los escritores á quienes ataca, pues principal-
mente por los frutos declara él la enefrmedad del
árbol, parte de las observaciones de los alienis-
tas en sus casos de los manicomios. Al tratar Guyau
de los desequilibrados, hablaba de «esas literatu-
ras de decadencia que parecen haber tomado por
modelos y por maestros á los locos y los delin-
cuentes.» Nordau no se contenta con dirigir su
escalpelo hacia Verlaine, el gran poeta desventu-
rado ó á lino que otro extravagante de los últimos
cenáculos de las letras parisienses. El sentencia
á decadentes y estetas, á parnasianos y diabó-
licos, á ibsenistas y neomísticos, á prerrafaelistas
y tolstoistas, wagnerianos y cultivadores del yo;
y si no lleva su análisis implacable con mayor
fuerza hacia Zola y los suyos, no es por falta de
bríos y deseos, sino porque el naturalismo yace
- 106
enterrado bajo el árbol genealógico de los Rou-
gon-Macquart.
Una de las cosas que señala en los modernos
artistas como signo inequívoco de neuropatía, es
la tendencia á formar escuelas y agrupaciones.
Sería deliciosamente peregrino que por ese sólo
hecho todas las escuelas antiguas, todos los cená-
culos, desde el de Sócrates hasta el de N. S. Jesu-
cristo y desde el de Ronsard hasta el de Víctor
Hugo, mereciesen la calificación inapelable de la
nueva crítica científica.
Otras causas de condenación: amor apasionado
del color: fecundidad: fraternidad artística entre
dos; esta afirmación que nos dejará estupefactos,
gracias á la autoridad del sabio Sollier: es una par-
ticularidad de los idiotas y de los imbéciles tener
gusto por la música. Thorel señala una contradic-
ción del crítico alemán que aparece harto clara.
La música, dice este, no tiene otro objeto que des-
pertar emociones; por tanto, los que se entregan
á ella son ó están próximos á ser degenerados, por
razón de que la parte del sistema nervioso que está
dotada de la facultad de emotividad, es anterior
atávicamente á la substancia gris del cerebro, que
es la encargada de la representación y juicio da
las cosas; y el progreso de la raza consiste en la
superioridad que adquiere esta parte sobre la pri-
mera. Entretanto Nordau coloca entre los grandes
artistas de su devoción á un gran músico: Reetho-
ven. De más está decir que las ideas que Max Nor-
dau profesa sobre el arte son de una estética en
extremo singular y utilitaria. El carro de hierro,
la ciencia, ha destruido según él los ideales reli-
giosos. No va ese carro tirado, ciertamente, por una
cuádriga de caballos de Atila. Y hoy mismo, en el
campo de humanidad, después del paso del mons-
truo científico, renacen árboles, llenos de flores
— 197 -
de fe. Tampoco el arte podrá ser destruido. Los
divinos semi-locos «necesarios para el progreso,»
vivirán siempre en su celeste manicomio conso-
lando á la tierra de sus sequedades y durezas con
una armoniosa lluvia de esplendores y una ma-
ravillosa riqueza de ensueños y de esperanzas.
Por de pronto, en «Degeneración,» los números
de hospital, entre otros, son los siguientes: Tols-
toi, — puesto que lleno de una santa pasión por el
mujick, por el pobre campesino de su Rusia, se
enciende en religiosa caridad y alivia el sufrimien-
to humano, queda señalado. Queda señalado tam-
bién Zola, ese búfalo. Dante Gabriel Rossetti tiene
su pareja en tal casa de orates, en tal lesionado
que padece de alalia. Esto á causa de los motivos
musicales de algunos de sus poemas que se repiten
con frecuencia. Deben acompañar lógicamente en
su deshaucio, al exquisito prerrafaelita, los bucó-
licos griegos, los autores de himnos medioevales,
los romancistas españoles y los innumerables can-
cioneros que han repetido por gala rítmica una
frase dada en el medio ó en el fin de sus estrofas.
El admirado universalmente por su alta crítica
artística, Ruskin, queda condenado: es la causa
de su condenación el defender á Burne Jones y á¡la
escuela prerrafaelita. En el proceso del libro, des-
filan los simbolistas y decadentes. El ilustre jefe,
el extraño y cabalístico Mallarmé con el pasaporte
de su música encantadora y de sus bramas hermé-
ticas, no necesita más para el dignóstico. Charles
Morice, de larga cabellera y de grandes ideas, al
manicomio. Lo mismo Regnier, el orgulloso ejecu-
tante en el teclado del verso; Julio Laforgue, que
con la introducción del verso falso ha hecho tan-
tas exquisiteces; Paul Adam, que ya curado de
ciertas exageraciones de juventud, escribe sus
«Princesas Bizantinas;» Stuard Merril, prestigioso
rimador yankee-francés ; Laurent Tailhade, que re-
sucita á Rabeiais después de cincelar sus joyas mís-
ticas. No hay que negarle mucha razón á Nordau
cuando trata de Verlaine con quien — en cuanto al
poeta,— es justo. Mas el que conozca la vida de
Verlaine y lea sus obras, tendrá que confesar que
hay en ese potente cerebro, no el grano de locura
necesario, sino la lesión terrible que ha causado
la desgracia de ese «poeta maldito.» En cuanto
á Rimbaud— á quien un talento tan claro como el
de Jorge Vanor coloca entre los genios. Tan orate
como él, aunque menos confuso, y á Tristan Cor-
biere, á quien sus versos marinos salvan... Des-
pués René Ghil y su tentativa de instrumentación,
Gustavo Khan y su apreciación del valor tonal de
las palabras son más bien— á mi ver — excéntricos
literarios llevados por una concepción del arte,
en verdad abstrusa y difícil. Y por lo que toca
á Moréas, cuyo talento es sólido é innegable, y
á quien por buena amistad personal conozco ínti-
mamente, puedo afirmar que lo que menos tiene
dañado es el seso. Risueño, poeta, conocedor de su
París, ha sabido cortarle la cola á su perro, y
nada más.
Los wagnerianos van en montón, con el olímpico
maestro á la cabeza. No oye el médico de piedra
el eco soberbio de la floresta de armonías. Mien-
tras Max Nordau escribe su diagnóstico, van en
fuga visionaria Sigfrido y Brunhilda, Venus desnu-
da, guerreros y sirenas, Wotan formidable, el ma-
rino del barco-fantasma; y, llevado por el blanco
cisne, alada góndola de viva nieve, rubio como un
Dios de la Walhalla, el bello caballero Lohéngrin.
Pláceme la dureza del clínico para con el grupo
de falsos místicos que trastruecan con extrava-
gantes parodias los vuelos de la fe y las obras de
religión pura.
Así también á los que, sin ver el gran peligro de
las posesiones satánicas que en el vocabulario de
la ciencia atea tienen también su nombre— pene-
tran en las obscuridades escabrosas del ocultismo
y de la magia, cuando no en las abominables farsas
de la misa negra. No hay duda de que muchos de
.los magos, teósofos y hermetistas están predestina-
dos para una verdadera alineación.
Todos los médicos pueden testificar que el es-
piritismo ha dado amichos habitantes á las celdas
de los manicomios.
Por la puerta del egoísmo entran los parnasianos
y diabólicos, los decadentes y estetas, los ibsenis-
tas, y un hombre ilustre que, desgraciadamente,
se volvió loco: Federico Nietzsche. ¿El egoísmo
es un producto de este siglo? Un estudio de la his-
toria del espíritu humano, demostrará que no.
No ha habido mejor defensor del egoísmo bien
entendido, en este fin de siglo, que Mauricio Barres.
Ya Saint-Simón, en la aurora de estos cien años,
combatía el patriotismo en nombre del egoísmo.
Y en el estado actual de la sociedad humana ¿quién
podrá extrañar el aislamiento de ciertas almas esti-
litas, de pie sobre su columna moral, que tienen
sobre sí la mirada del ojo de los bárbaros?
Entre los parnasianos, si no cita á todos los clien-
tes de Lemerre, que con el oro de la rima le reple-
tarán su caja de editor millonario, señala al so-
berbio Theo, que va á su celda, agitando la cabe-
llera absalónica y junto con él Banville, el mejor
tocador de lira de los anfiones de Francia. ¿Y
Mendés?
On y rencontre aussi Mendés
A qui nul rythme ne resiste,
Qu’ il chante V 01 impe ou V Ades,
— 200
También se encuentra allí Mendés, entre los de-
generados, á causa de sus versos diamantinos y de
sus floridas priapeas. Y al paso de los estetas y
decadentes, lleva la insignia de capitán de los pri-
meros Oscar Wilde. Sí, Dorian Gray es loco rema-
tado, y allá va Dorian Gray á su celda. No puede
escribirse con la masa cerebral completamente sana
el libro «Intentions...» Y lo que son los decadentes,
— ¡Nordau como todos los que de ello tratan, des-
barra en la clasificación! — van representados por
Villiers de L’ Isle-Adam, el hermano menor de Poe,
por el católico Barbey d’Aureville... por el turanio
Richepin, por Huyssmans, en fin, lleno de múscu-
los y de fuerzas de estilo, que personificara en Des
Esseintes el tipo finisecular del cerebral y del
quien tesen ciado, del manojo de vivos nervios que
vive enfermo por obra de la prosa de su tiempo.
Si sois partidarios de Ibsen, sabed que el autor de
«Heda Gabler» está declarado imbécil. No citaré
más nombres de la larga lista.
Después de la diagnosis, la prognosis; después de
la prognosis la terapia. Dada la enfermedad, el pro-
ceso de ella; luego, la manera de curarla. La pri-
mera indicación terapéutica es el alejamiento de
aquellas ideas que son causa de la enfermedad. Para
los que piensan hondamente en el misterio de la
vida, para los que se entregan á toda especulación
que tenga por objeto lo desconocido, «no pensar
en ello.» Cuando Ayarragaray entre nosotros se-
ñala el campo, la quietud, el retiro, «Cantaclaro»
protesta. Nordau pasando sobre el hegelianismo y
el idealismo transcendental de Ficht en persecu-
ción del «egoísmo morboso,» explica etiológicamen-
te la degeneración como un resultado de la debili-
dad de los centros de percepción ó de los nervios
sensitivos; cuando trata de la curación debe per-
mitir que sus lectores abran la boca en forma de
O. Receta: prohibición de la lectura de ciertos
libros, y, respecto á los escritores «peligrosos,»
que se les aleje de los centros sociales, ni más ni
menos como á los lazarinos y coléricos. Y «¡horres-
co referens!» que de no tomar tal medida, se les
trate exactamente como á los perros hidrófobos.
Este seráfico sabio trae á la memoria al autor de
la «Modesta proposición para impedir que los niños
pobres sean una carga para sus padres y su país,
y medio de hacerles útiles para el público.» Ya
se sabe cuál era ese medio que Swift proponía
«with the tread and gaiety of an ogre,» que dice
Thackeray : comerse á los chicos. Mas cuando Max
Nordau habla del arte con el mismo tono con que
hablaría de la fiebre amarilla ó del tifus, cuando
habla de los artistas y de los poetas como de
«casos,» y aplica la thanatho terapia, quien le son-
ríe fraternalmente es el perilustre Dr. Tribulat
Bonhomet, «profesor de diagnosis,» que gozaba vo-
luptuosamente apretándoles el pescuezo á los cis-
nes de los estanques. El, antes de la indicación del
autor de «Entartung» había hecho la célebre «Mo-
ción respecto á la utilización de los terremotos.»
El odiaba científicamente' á «ciertas gentes tole-
radas en nuestros grandes centros, á título de ar-
tistas,» «esos viles alineadores de palabras, que
son una peste para el cuerpo social.» «Es preciso
matarlos horriblemente.» decía. Y para ello pro-
ponía que se construyese en lugares donde fuesen
frecuentes los temblores de tierra, grandes edifi-
cios de techos de granito; y «allí invitaremos para
que se establezca á toda la inspirada «ribambelle
de ces pretendus Reveurs,» que Platón quería, in-
dulgentemente coronar de rosas y arrojarlos de
su República.» Ya instalados los poetas, los «soña-
dores.» un terremoto vendría, y el efecto sería el
— 202 -
que caracterizaba Bonhomct con esta inquietante
onomatopeya :
¡ ¡ ¡Krrraaaak ! ! !
Pero el viejo Tribulat no era tan cruel, pues
ofrecía dar á sus condenados á aplastamiento,
horizontes bellos, aires suaves, músicas armonio-
sas. Por tanto, yo, que adoro al amable coro de
las musas, y el azul de los sueños, preferiría antes
que ponerme en manos de Max Nordau, ir á casa
del médico de Clara Lenoir, quien me enviaría al
edificio de granito, en donde esperaría la hora de
morir saludando á la primavera y al amor, cantan-
do las rosas y las liras, y besando en sus rojos la-
bios á Gloe, Calatea ó Cidalisa!
3tuca
No hace mucho tiempo han comenzado las explo-
raciones intelectuales al Polo. Ya Leconte de Lisie
había ido á contemplar la naturaleza y aprender
el canto de las runoyas; Mendés á ver el sol de
media noche y á hacer dialogar á Snorr y Snorra,
en un poema de sangre y de hielo. Después los
Nordenskjóld del pensamiento descubrieron en las
lejanas regiones boreales, seres extraños é inaudi-
tos: poetas inmensos, pensadores cósmicos. Entre
todos, hallaron uno, en la Noruega; era un hombre
fuerte y raro, de cabellos blancos, de sonrisa peno-
sa, de miradas profundas, de obras profundas. ¿ Es-
taba acaso en él el genio ártico? Acaso estaba en
él el genio ártico. Parecería que fuese alto como
un pino. Es chico de cuerpo. Nació en su país mis-
terioso; elalma de la tierra en sus más enigmáticas
manifestaciones, se le reveló en su infancia. Hoy
es ya anciano; ha nevado mucho sobre él; la glo-
ria le ha aureolado, como una magnifícente aurora
boreal. Vive allá, lejos, en su tierra de fjords y
lluvias y brumas, bajo un cielo de luz caprichosa
y esquiva. El mundo le mira como á un legenda-
rio habitante del reino polar. Quienes, le creen un
extravagante generoso, que grita á los hombres
~ 204
la palabra de su sueño, desde su frío retiro; quie-
nes, un aposto! huraño, quienes, un loco. Enorme
visionario de la nieve! Sus ojos han contemplado
las largas noches y el sol rojo que ensangrienta
la obscuridad invernal: luego miró la noche de
la vida, lo obscuro de lá humanidad. Su alma es-
tará amargada hasta la muerte.
Maurice Bigeon, que le ha conocido íntimamente,
nos le pinta: «La nariz es fuerte, los pómulos rojos
y salientes, la barbilla vigorosamente marcada, sus
grandes anteojos de oro, su barba espesa y blanca
donde se hunde lo bajo del rostro, le dan «l’air
brave homme,» la apariencia de un magistrado
de provincia, envejecido en el cargo. Toda la poe-
sía del alma, todo el esplendor de la inteligencia,
se han refugiado, aparecen en los labios finos y
largos, un tanto sensuales, que forman en las co-
misuras una mueca de altiva ironía; en la mira-
da, velada y como abierta hacia adentro, ya dulce
y melancólica, ya ágil y agresiva, mirada de mís-
tico y luchador, mirada turbadora, inquietante,
atormentada, bajo la cual se tiembla, y que parece
escrutar las conciencias. Y la frente, sobre todo,
es magnífica, cuadrada, sólida, de potentes con-
tornos, frente heroica y genial, vasta como el mun-
do de pensamientos que abriga. Y, dominando el
conjunto, acentuando todavía más esta impresión
de animalidad ideal que se desprende de su fiso-
nomía toda, una crinada cabellera blanca, fogosa,
indomable...
...Un hombre, en resumen, de esencia especial,
de tipo extraño, que inquieta y subyuga, cuyo igual
es inencontrable,— un hombre, que no se podría
olvidar aunque se viviesen cien años.»
— 205 — -
Pues todo hombre tiene un mundo interior y los
varones superiores tiénenlo en grado supremo, el
gran escandinavo halló su tesoro en su propio
mundo. «Todo lo he buscado en mí mismo, todo
ha salido de mi corazón.»
Es en sí propio donde encontró el mejor venero
para estudiar el principio humano. Hizo la propia
vivisección. Puso el oído á su propia voz y los
dedos al propio pulso. Y todo salió de su corazón.
¡Su corazón! 1
El corazón de un sensitivo y de un nervioso.
Palpitaba por el mundo. Estaba enfermo de hu-
manidad.
Su organización vibradora y predispuesta á los
choques de lo desconocido, se templó más en el
medio de la naturaleza fantasmal, de la atmósfera
extraña de la patria nativa. Una mano invisible
le asió, en las tinieblas.
Ecos misteriosos le llamaron en la bruma. Su
niñez fué una flor de tristeza. Estaba ansioso de
ensueños, había nacido con la enfermedad. Yo me
lo imagino, niño silencioso y pálido, de larga ca-
bellera en su pueblo de Skien, de calles solitarias,
de días nebulosos. Me lo imagino en los primeros
estremecimientos producidos por el espíritu que
debía poseerle, en un tiempo perpetuamente cre-
puscular, ó en el silencio frío de la noche norue-
ga. Su pequeña alma infantil, apretada en un ho-
gar ingrato; los primeros golpes morales en esa
pequeña alma frágil y cristalina; las primeras im-
presiones que le hacen comprender la. maldad de
la tierra y lo áspero del camino por recorrer.
Después en los años de la juventud, nuevas as-
perezas. El comienzo de la lucha por la vida, y
la visión reveladora de la miseria social. ¡Ah, él
comprendió el duro mecanismo; y el peligro de
tanta rueda dentada; y el error de la dirección
— 208 «
de lia máquina; y la perfidia de los capataces y
la universal degradación de la especie. Y su alma
se hizo su torre de nieve. Apareció en él el lucha-
dor, el combatiente. Acorazado, casqueado, arma-
do, apareció el poeta. Oyó la voz de los pueblos.
Su espíritu salió de su restringido círculo nacio-
nal; cantó las luchas extranjeras; llamó á la unión
de las naciones del norte; su palabra, que apenas
se oía en su pueblo, fué callada por el desencan-
to; sus compatriotas no le conocieron; hubo para
él, eso sí, piedras, sátira, envidia, egoísmo, estu-
pidez: su patria, como todas las patrias, fué una
espesa comadre que dio de escobazos á su pro-
feta. De Skien á Grimstad, á Cristiania. De la mano
de Welhaven su espíritu penetra en el mundo de
una nueva filosofía. Después del desencanto, halla
otra vez su joven musa cantos de entusiasmo, de
vida, de amor. En los tiempos de las primeras lu-
chas por la vida había sido farmacéutico. Fué
periodista después. Luego, director de una erran-
te compañía dramática. Viaja, vive. De Dinamarca
vuelve á la capital de su país, y se ocupa también
en cosas de teatro. En su trato con los cómicos,
—tal Guillermo Shakespeare — comienza á entrever
el mundo de su obra teatral. Está pobre; no le
importa; ama. — Se enloquece de amor: tanto se
enloquece que se casa. Úna dulce hija de pastor
protestante, fué su mujer. Imaginóme que la buena
Daé Thoresen debe de haber tenido los cabellos
del más lindo oro, y los ojos divinamente azules.
Después de su «Catilina», simple ensayo juvenil,
el autor dramático surge. La antigua patria renace
en «La Castellana de Ostroett». los que conocéis la
obra ibseniana, oiréis siempre el grito final de
Dame Ingegerd, agonizante: «¿Lo que yo quiero?
— 207 ~
Un ataúd, un ataúd cerca del de mi hijo.» Des-
pués «Los Guerreros de Helgeland» esa rara obra
de visionario. Recordad:
«Hjordis. — El lobo, allí está, ¿lo ves? allí. No me
deja nunca; me tiene clavados sus ojos rojos, in-
candescentes. ¡Ah, Sigurd, es un presagio! Tres
veces se me ha aparecido, y seguramente eso quiere
decir que moriré esta noche.
Sigurd.— ¡ Hjordis ! ¡ Hjordis !
Hjordis.— Acaba de desaparecer allá, en el suelo.
Ahora, ya lo sé.
Sigurd.— ¡Oh, Hjordis, ven, estás enfermo! Vol-
vamos á casa.
Hjordis. — No: esperaré aquí. Tengo muy poco
tiempo de vida.
Sigurd. — ¿Pero qué tienes?
Hjordis.— ¿Qué tengo? No sé. Pero ya lo ves, tú
has dicho la verdad hoy. Gunuar y Daquy están
allí, entre nosotros. Dejémosles. Dejemos esta vida;
así podemos vivir juntos.
Sigurd. — ¿Podemos? ¿Tú lo crees?
Hjordis. — Desde el día en que has tomado otra
mujer, yo estoy sin patria en este mundo», etc.
«Los pretendientes á la corona,» donde hay el
admirable diálogo, entre el Poeta y el Rey, y el cual
tiene que haber influido muy directamente en la
forma dialogal característica de Maeterlink, en sus
dramas simbólicos, seguida en parte por Eugenio de
Castro en su suntuoso «Belkiss.» Véase:
El rey Skule. — Me hablarás de eso dentro de poco.
Pero dime, Skalda, que has errado tanto por países
extranjeros, ¿has visto una mujer que ame al hijo
de otra? Y cuando digo amar, entiendo amar no con
un sentimiento pasajero, sino amar con todas las
ternuras del alma.
El poeta Jatgeir. — Eso no acontece sino á las mu-
jeres que no tienen hijos.
— 208 —
El rey.— ¿A ellas solamente?
El poeta.— Sobre todo á las que son estériles.
El rey. — ¿Sobre todo á las que son estériles?
¿Aman entonces á los hijos de otra, con todas las
ternuras de su alma?
El poeta. — Sí, á ¡menudo.
El rey.— Y, ¿no es cierto? Sucede que esas muje-
res estériles matan á los hijos de otra, despecha-
das de no haber tenido ellas.
El poeta. — Sí. Pero eso no es obrar prudente-
mente.
El rey.— ¿Prudentemente?
El poeta. — No, no es obrar prudentemente, por-
quedan, (aquellos
á cuyos hijos matan, el don del su-
frimiento.
El rey. — Pero ¿crees tú que el don del sufrimien-
to sea una buena cosa?
El poeta. — Sí, señor.
El rey.— Islandés, hay como dos hombres en tí.
Estás entre la muchedumbre, en algún alegre fes-
tín, y pones un manto sobre tus pensamientos. Se
está á solas contigo, y te asemejas á los raros á
quienes voluntariamente se escogería por amigos.
¿ Por qué es así ?
El poeta.— Señor, cuando os queréis bañar en el
río, no os desvestís cerca de donde pasan los que
van! á la iglesia, sino que buscáis un lugar solitario...
El rey.— Naturalmente.
El poeta.— ¡Y bien ! yo también tengo el pudor del
alma y por eso es que no me desvisto cuando hay
tanta gente en la sala.
El rey. — ¿Eh? Cuéntame, Jatgeir, cómo has llega-
do á ser poeta y quién te ha enseñado la poesía.
El poeta. — Señor, la poesía no se aprende.
El rey. — ¡La poesía no se aprende! Entonces,
¿cómo has hecho?
— 209 —
El poeta.— He recibido el don del sufrimiento y
así lie llegado á ser poeta.
El rey.— Así pues, ¿el don del sufrimiento es nece-
sario alpoeta?
El poeta.— Para mí fué necesario; pero hay otros
á quienes ha sido concedida la alegría, la fe ó la
duda.
El rey.— ¿Aun la duda?
El poeta. — Sí; pero es preciso que sea la duda de
la fuerza y de la salud.
El rey. — ¿Y cuál es la duda que no sea la de la
fuerza y de la salud?
El poeta. — Es la duda que duda aún de su duda.
El rey. — Paréceme que eso debe ser la muerte.
El poeta. — Es más horrible que la muerte misma:
son las tinieblas profundas,» etc.
La «Comedia del Amor» marca el humor fino que
hay también en Ibsen, siempre á propósito de erro-
res sociales; y es una puerta de libertad, abierta
al santo instinto humano de amor.
Con la hostilidad de los cómicos cuya dirección
tenía, y el clamor de odio y de villanía que contra
él alzaron unos cuantos periodistas, tuvo que mos-
trar hombros de hierro, cabeza resistente, puños
firmes. Su tierra le desconocía, le desdeñaba, le
odiaba, le calumniaba. Entonces, sacudió el polvo
de sus zapatos. Se va, mordiendo versos contra el
rebaño de tontos; se va, desterrado por la fosiliza-
da familia de retardatarios y ¡de [Link]í, más
se ahonda en su corazón el sentimiento de la re-
dención social.
El revolucionario fué á ver el sol de oro de las
naciones latinas.
Después de este baño solar nacieron las otras
obras que debían darle el imperio del drama mo-
derno. y colocarle al lado de Wagner, en la altura
Los raros — 14
— 210 —
del arte y del pensamiento contemporáneo. El ha-
bía sido el escultor en carne viva, en su propia car-
ne. Animó después sus extraños personajes simbó-
licos por cuyos labios saldría la denuncia del mal
inveterado, en la nueva doctrina. Los pobres ten-
drán en él un gran defensor. Es un propósito de
redención el que le impulsa. Es un gigantesco ar-
quitecto que desea erigir su construcción monu-
mental, para salvar las almas por la plegaria en la
altura, de cara á Dios.
El hombre de las visiones, el hombre del país de
los kobolds, encuentra que hay mayores misterios
en lo común de la vida, que en el reino de la fanta-
sía: el mayor enigma está en el propio hombre.
Y su sueño es ver la vida mejor, el hombre rejuve-
necido, la actual máquina social despedazada. Nace
en él el socialista; es una especie de nuevo re-
dentor.
Así surgen «El pato salvaje», «Nora», «Los apare-
cidos», «El enemigo del puebloi», «Rosmersholmp,
«Hedda Gabler». Escribía para la muchedumbre,
para la salvación de la muchedumbre. La máquina
recibía rudos golpes de su enorme martillo de dios
escandinavo. Su martilleo se oye por todo el orbe.
La aristocracia intelectual está con él. Se le saluda
como á uno de los grandes héroes. Pero su obra
no pruduce lo que él desea. Y su esfuerzo se vela de
una sombra de pesimismo.
Fué á ver el sol de las naciones latinas.
Y en las naciones latinas encuentra luchas y ho-
rrores, desastres y tristezas: su alma padece por la
amargura de Francia. Llega un momento en que
juzga muerta el alma de la raza. Mas no se va del
todo la esperanza de su corazón. Cree en la resu-
rrección futura: «Quién sabe cuándo la paloma
traerá en su pico el ramo precursor? Lo veremos.
Por lo que á mí loca, hasta ese día, permaneceré en
mi habitáculo enguatado de Suecia, celoso de la
soledad, ordenando ritmos distinguidos. La multi-
tud vagabunda se enojará sin duda alguna, y pie
tratará de renegado- pero esa muchedumbre me
espanta, no quiero que el lodo me salpique; y de-
seo, en traje de himeneo, sin mancha, aguardar
la aurora que ha de venir.» ¡Ah, la pobre humani-
dad perdida! ese extraño redentor quiere salvarla,
encontrar para ella el remedio del mal y la senda
que conduce al verdadero bien. Pero cada instan-
te que pasa le da muerte á una ilusión. Los hom-
bres están originalmente viciados. Su mismo or-
ganimo es un foco infectivo; su alma está sujeta al
error y al pecado. Se va sobre lodazales ó sobre
cambroneras. La existencia es el campo de la men-
tira y el dolor. Los malos son los que logran co-
nocer el rostro de la felicidad, en tanto que el in-
menso montón de los desgraciados se agita bajo la
tabla de plomo de una fatal miseria. Y el redentor
padece con la pena de la muchedumbre. Su grito
no se escucha, su torre no tiene el deseado coro-
namiento. Por eso su agitado corazón está de luto,
por eso brotan de los labios de sus nuevos perso-
najes palabras terribles, condenaciones fulminan-
tes, ásperas y flagelantes verdades. Es pesimista
por obra de la fuerza contraria. El ha entrevisto
el ideal, como un miraje. Ha caminado tras él,
ha despedazado sus pies en las piedras del cami-
no, no ha logrado sino cosechas de decepciones,
su fata-morgana se ha convertido en nada.
Y su progenie simbólica está animada de una
vida maravillosa y elocuente. Sus personajes son
seres que viven y se mueven y obran sobre la tie-
rra. en medio de la sociedad actual. Tienen la
realidad de la existencia nuestra, Son nuestros ve-
212 —
cinos, nuestros hermanos. A veces nos sorprende
oir salir de sus bocas nuestros propios íntimos
pensamientos. Y es que Ibsen es el hermano de
Shakespeare. El proceso shakespeareano de León
Daudet tendría mejor aplicación si se tratase del
gran escandinavo. Los tipos son observados, to-
mados de la vida común. La misma particularidad
nacional, el escenario de la Noruega, le sirve para
acentuar mejor los rasgos universales. Después,
él, creador, ha exprimido su corazón: ha sondeado
su océano mental; ha penetrado en su obscura sel-
va interior; es el buzo de la conciencia general,
en lo profundo de su propia conciencia. Y había
habido un día en que desde el vientre materno su
alma se llenara de la virtud del arte. Su dolencia
debía de ser la sublime dolencia del genio; de un
genio peregrino, en que se juntarían las ocultas
energías psíquicas de países remotos en los cuales
parece que se encontrase, en ciertas manifestacio-
nes, la realidad del Ensueño. Y ese «aristo», ese
excelente, ese héroe, ese casi superhombre, había
de hacer de su vida un holocausto ;, había de ser
el apóstol y el mártir de la verdad inconquista-
ble, un inmenso trueno en el desierto, un prodi-
gioso relámpago en un mundo de ciegas pupi-
las. Y buscó los ejemplos del mal por ser el am-
biente del mal el que satura el mundo. Desde Job
á nuestros días jamás el diálogo ha sentido en su
carne verbal los sacudimientos del espíritu que
en las obras de Ibsen. Habla todo, los cuerpos y
las almas. La enfermedad, el ensueño, la locura,
la muerte, toman la palabra; sus discursos vienen
impregnados de más-allá. Hay seres ibsenianos en
que corre la esencia de los siglos. Nos hallamos
á muchos miles de leguas distantes de la literatura,
esa agradable y alta rama de las Bellas Artes.
JSs un mundo distinto y misterioso, en que el pen-
sador tiene la estatura de los arcángeles. Se siente,
en lo obscuro vecino, una brisa que sopla de lo
infinito, cuyo sordo oleaje oímos de tanto en tanto.
Su lenguaje está construido de lógica y animado
de misterio. Es Ibsen, uno de los que más honda-
mente lian escrutado el enigma de la psique huma-
na. Se remonta á Dios. Parte la fuente de su pensar
de la montaña de las ideas primordiales. Es el hé-
roe moral. ¡Potente solitario! Sale de su torre de
hielo para hacer su oficio de domador de razas, de
regenerador de naciones, de salvador humano, su
oficio, ay, ímprobo, porque cree que no será él
quien verá el día de la transfiguración ansiada.
No os extrañéis de que sobre su obra titánica
floten brumas misteriosas. Como en todos los es-
píritus soberanos, como en todos los jerarcas del
pensamiento, su verbo se vela de humareda cual
las fisuras de las solfataras y los cráteres de los
volcanes.
Consagrado á su obra como á un sacerdocio, es
el ejemplo más admirable que puede darse en la
historia de la idea humana, de la unidad de la ac-
ción y del pensamiento.
Es el misionero formidable de una ideal religión,
que predica con inaudito valor las verdades de su
evangelio delante de las civilizadas flechas de los
bárbaros blancos.
Si Ibsen no fuera un sublevado titán, sería un
santo, puesto que la santidad es el genio en el ca-
rácter, elgenio moral. Y ha sentido sobre su faz
el soplo de lo desconocido, de lo arcano; á ése so-
plo ha obedecido su autoinvestigación en las ti-
nieblas del propio abismo. Y va por la tierra en
medio de los dolores de los hombres siendo el eco
de todas las quejas. Los versos al cisne recorda-
dos por Bigeon cantan así: «Cisne cándido, siem-
pre mudo, en calma siempre ! Ni el dolor ni la ale-
gría pueden turbar la serenidad de tu indiferencia;
protector majestuoso del Elfo que se aduerme, tú
te has deslizado sobre las aguas sin jamás produ-
cir un murmullo, sin jamás lanzar un cántico.
Todo lo que juntamos en nuestros pasos, jura-
mentos de amor, miradas angustiosas, hipocresías,
mentiras ¡qué te importaban! ¿Qué te importaban?
Y sin embargo, la mañana de tu muerto suspi-
raste tu agonía, murmuraste tu dolor...
¡Y eras un cisne!»
El olímpico pájaro de nieve cantado tan melan-
cólicamente por el Poeta ártico— y que en su ciclo
surgiera de manera tan mágica y armoniosa por
obra del dios Wagner— es para Ihsen nuncio del
ultraterrestre Enigma.
He ahí que la inviolada Desconocida aparecerá
siempre envuelta en su impenetrable nube, fuerte
y silenciosa; su fuerza, el fin de todas las fuer-
zas, y su silencio, la aleación de todas las armo-
nías.
¿Cuál sería el poeta que apoyado en el muro
kantiano ordenase con mayor soberanía el himno
de la Voluntad? ¿Quién diría la voluntad del Mun-
do y el mundo de la Voluntad? Necesitaríase un
Pitágoras moral. El Noruego ha comprendido esa
armonía y sus -cantos han sido seres vivos. Ha
sido un intérprete de esa representación de Dios.
Ha sido un incansable minador de prejuicios y ha
ido á perseguir el mal en sus dos principales ba-
luartes, la carne y el espíritu. La carne, que en su
infierno contiene los indomables apetitos y las tor-
mentosas consecuciones del placer, y el espíritu,
que presa de vacilaciones ó esclavo de la menti-
ra ó arrebatado del pecado luciferino, cae también
en su infierno.
Autoridad, constitución social, convenciones de
los hombres engañados ó perversos, religiones
— 215 —
amoldadas á usos viciados, injusticias de la ley y
leyes de la injusticia; todo el viejo conjunto del
organismo ciudadano, todo el aparato de cultura
y de progreso de la colectividad moderna, toda
la grande y monstruosa Jericó, oye sonar el des-
usado clarín del luminoso enemigo, pero sus muros
no se conmueven, sus fábricas no caen. Por las
ventanas y almenas adviértese cómo las caras ro-
sadas de las mujeres que habitan la ciudad ríen
y los hombres se encogen de hombros. Y el clarín
enemigo suena contra los engaños sociales; contra
los contrarios del ideal; contra los fariseos de la
cosa pública; contra la burguesía, cuyo principal
representante será siempre Pilatos; contra los jue-
ces de la falsa justicia, los sacerdotes de los falsos
sacerdocios ; contra el capital cuyas monedas, si se
rompiesen, como la hostia del cuento, derramarían
sangre humana; contra la explotación de la mise-
ria; contra los errores del estado; contra las ligas
arraigadas desde siglos de ignominia para mal del
hombre y aun en daño de la misma naturaleza;
contra la imbécil canalla apedreadora de profe-
tas y adoradora de abominables becerros; contra
lo que ha deformado y empequeñecido el cerebro
de la mujer logrando convertirla en el transcurso
de un inmemorial tiempo de oprobio, en ser infe-
rior y pasivo; contra las mordazas y grillos de los
sexos; contra el comercio infame, la política fan-
gosa y el pensamiento prostituido: así en «Los apa-
recidos», así en «Heddia Gabler'», así en «El enemi-
go del pueblo», así en «Solnessfo, así en «Las co-
lumnas de la sociedad», así en «Los pretendientes á
la corona», así en «La Unión de los jóvenes», así
en «El pequeño Eyolf».
El arcángel de la guarda del enorme Escandina-
vo tiene por nombre Sinceridad. Otros hay que le
escoltan y se llaman Verdad, Nobleza, Bondad,
- 216 -
Virtud. Suele también acompañarle el querubín
Eironeia. Al final de las «Columnas de la sociedad».
Lona proclama la grandeza de la Libertad y de la
Sinceridad. Camille Mauclair decía al finalizar su
conferencia sobre «Solness», cuando Lugne-Poe ha-
cía á París el servicio que acaba de hacer á Buenos
Aires Alfredo De Sanctis: «Seamos sinceros delan-
te de nosotros mismos, cuidémonos del demonio
tonto.» ¡Cuán elevado y provechoso consejo inte-
lectual! Y Laurent Tailhade al predicar á su vez
las excelencias de «El enemigo del pueblo», decía:
«Si algo puede hacer perdonar al público de las
primeras representaciones^ mundanos y bolsistas,
pilares de club y folicularios, bobos y snobs de
todo pelaje, la asombrosa impericia que le distin-
gue, el apetito monstruoso que muestra comunmen-
te para toda especie de chaturas, es la acogida que
ha hecho desde hace tres años á los dos genios,
cuya amargura parece caber menos en lo que se
llama tan justamente «el gusto francés»; me refie-
ro á Ricardo Wagner y á Henrik Ibsen.» Si esto
ha sido aplicado á París, pongan oído atento los
centros pensantes de otras naciones. Surjan las
excelencias del gusto nacional y asciéndase á las
altas cimas de la Idea y del Arte; ecúchese la doc-
trina de los señalados maestros conductores, exor-
cícese con ideal agua bendita al tonto demonio.
Ibsen no cree en el triunfo de su causa. Por eso
la ironía le ha cincelado su especial sonrisa. ¿Pero
quién podría afirmar que no pueden llegar todavía
á ser dorados por el fulgor de la esperada aurora,
los cabellos blancos é indomables de ese sober-
bio y hecatonquero Precursor del Porvenir?
Jos* Martí
El fúnebre cortejo de Wagner exigiría los true-
nos solemnes del «Tannhauser;» para acompañar'
á su sepulcro á (ün dulce poeta bucólico, irían, como
en los bajos relieves, flautistas que hiciesen la-
mentarse á sus melodiosas dobles flautas ; para los
instantes en que se quemase el cuerpo de Melesí-
genes, vibrantes coros de liras; para acompañar
—¡oh! permitid que diga su nombre delante de la
gran Sombra épica; de todos modos, malignas son-
risas que podáis aparecer, ya está muerto !... para
acompañar, americanos todos que habláis idioma
español, el entierro de José Martí, necesitaríase
su propia lengua, su órgano prodigioso lleno de
innumerables registros, sus potentes coros verba-
les, sus trompas de oro, sus cuerdas quejosas, sus
oboes sollozantes, sus flautas, sus tímpanos, sus
liras, sus sistros. Sí, americanos, hay que decir
quien fué aquel grande que ha caído ! Quien escri-
be estas líneas que salen atropelladas de corazón
y cerebro, no es de los que creen en las riquezas1
existentes de América... Somos muy pobres... Tan
pobres, que nuestros espíritus, si no viniese el
alimento extranjero, se morirían de hambre. De-
2í8 —
bcmos llorar mucho por esto al que ha caído!
Quien murió allá en Cuba, era de lo mejor, de lo
poco que tenemos nosotros los pobres; era millo-
nario y dadivoso: vaciaba su riqueza á cada ins-
tante, y como por la magia del cuento, siempre
quedaba rico: hay entre ios enormes volúmenes
de la colección de «La Nación», tanto de su metal
fino y piedras preciosas, que podría sacarse de
allí la mejor y más rica estatua. Antes que nadie,
Martí hizo admirar el secreto de las fuentes lumi-
nosas. Nunca la lengua nuestra tuvo mejores tin-
tas, caprichos y bizarrías. Sobre el Niágara cas-
telariano, milagrosos iris de América. ¡Y qué gra-
cia tan ágil, y qué fuerza natural tan sostenida
y magnífica!
Otra verdad aun, aunque pese más al asombro
sonriente: eso que se llama el genio, fruto tan so-
lamente de árboles centenarios— ese majestuoso fe-
nómeno del intelecto elevado á su mayor potencia,
alta maravilla creadora, el Genio, en fin, que no
ha tenido aún nacimiento en nuestras repúblicas,
ha intentado aparecer dos veces en América; la
primera en un hombre ilustre de esta tierra, la
segunda en José Martí. Y no era Martí, como pu-
diera creerse, de los semi-genios. de que habla
Mendes, incapaces de comunicar con los hombres
porque sus alas les levantan sobre la cabeza de
éstos, é incapaces de subir hasta los dioses, por-
que el vigor no les alcanza y aun tiene fuerza la
tierra para atraerles. El cubano era «un hombre.»
Más aun; era como debería ser el verdadero su-
per-hombre, grande y viril ; poseído del secreto de
su excelencia, en comunión con Dios y con la na-
naturaleza.
En comunión con Dios vivía el hombre de co-
razón suave é inmenso; aquel hombre que abo-
rreció el mal y el dolor, aquel amable león de pe-
— 2iá —
cho columbino, que pudiendo desjarretar, aplastar,
herir, morder, desgarrar, fue siempre seda y miel
hasta con sus enemigos. Y estaba en comunión con
Dios, habiendo ascendido hasta él por la más fir-
me y segura de las escalas, la escala del Dolor. La
piedad tenía en su sér un templo; por ella diríase
que siguió su alma los cuatro ríos de que habla
Rusbrock el Admirable; el río que asciende, que
conduce á la divina altura; el que lleva á la com-
pasión por las almas cautivas, los otros dos que
envuelven todas las miserias y pesadumbres del
herido y perdido rebaño humano. Subió á Dios,
por la compasión y por el dolor. ¡Padeció mucho
Martí!— desde las túnicas consumidoras, del tem-
peramento y de la enfermedad, hasta la inmensa
pena del señalado que se siente desconocido entre
la general estolidez ambiente; y por último, desbor-
dante de amor y de patriótica locura, consagróse
á seguir una triste estrella, la estrella solitaria
de la Isla, estrella engañosa que llevó á ese des-
venturado rey mago á caer de pronto en la más
negra muerte!
Los tambores de la mediocridad, los clarines
del patrioterismo tocarán dianas celebrando la glo-
ria política del Apolo armado de espada y pisto-
las que ha caído, dando su vida, preciosa para la
humanidad y para el Arte y para el verdadero
triunfo futuro de América, combatiendo entre el
negro Guillermón y el general Martínez Campos!
¡Oh Cuba! eres muy bella, ciertamente, y hacen
gloriosa obra los hijos tuyos que luchan porque
te quieren liebre; y bien hace el español de no
dar paz á la mano por temor de perderte, Cuba
admirable y rica y cien veces bendecida por mi
lengua; mas la sangre de Martí no te pertenecía;
pertenecía á toda una raza, á todo un continente;
pertenecía á una briosa juventud que pierde en
220 -
él quizá al primero de sus maestros; pertenecía
al porvenir!
Cuando Cuba se desangró en la primera guerra,
la guerra de Céspedes, cuando el esfuerzo de los
deseosos de libertad no tuvo más fruto que muer-
tes é incendios y carnicerías, gran parte de la in-
telectualidad cubana partió al destierro. Muchos
de los mejores se expatriaron, discípulos de don
José de la Luz, poetas, pensadores, educacionistas.
Aquel destierro todavía dura para algunos que no
han dejado sus huesos en patria ajena, ó no han
vuelto ahora á la manigua. José Joaquín Palma,
que salió á la edad de Lohengrin con una barba
rubia como la de él, y gallardo como sobre el cisne
de su poesía, después de arrullar sus décimas «á
la estrella solitaria» de república en república, vió
nevar en su barba de oro, siempre con ansias de
volver á su Bayamo, de donde salió al campo á pe-
lear después de quemar su casa. Tomás Estrada
'Palma, pariente del poeta, varón probo, discreto
y lleno de luces, y hoy elegido presidente por los
revolucionarios, vivió de maestro de escuela en la
lejana Honduras; Antonio Zambrana, orador de
fama justa en las repúblicas del norte que á punto
estuvo de ir á las Cortes, en donde habría honrado
á los americanos, se refugió en Costa Rica, y allí
abrió su estudio de abogado ; Eizaguirre fué á Gua-
temala; elpoeta Sellén, el celebrado traductor de
Heine, y su hermano, otro poeta, fueron á Nueva
York, á hacer almanaques para las píldoras de
Laminan y Kemp, si no mienten los decires ; Martí,
el gran Martí andaba de tierra en tierra, aquí en
tristezas, allá en los abominables cuidados de las
pequeñas miserias de la falta de oro en suelo ex-
tranjero; yatriunfando, porque á la postre la ga-
— 221 —
rra es garra y se impone, ya padeciendo las con-
secuencias de su antagonismo con la imbecilidad
humana; periodista, profesor, orador; gastando el
cuerpo y sangrando el alma; derrochando las es-
plendideces de su interior en lugares en donde
jamás se podría saber el valor del altísimo inge-
nio y se le infligiría además el baldón del elogio
de los ignorantes; — tuvo en cambio grandes gozos:
la compresión de su vuelo por los raros que le
conocían hondamente; el satisfactorio aborreci-
miento de los tontos, la acogida que «F élite» de
la prensa americana— en Buenos Aires y Méjico,—
tuvo para sus correspondencias y artículos de cola-
boración.
Anduvo, pues, de país en país, y por fin, des-
pués de una permanencia en Centro América, par-
tió á radicarse á Nueva York.
Allá, á aquella ciclópea ciudad, fué aquel caba-
llero del pensamiento á trabajar y á bregar más
que nunca. Desalentado, él tan grande y tan fuer-
te,Dios
¡ mío ! desalentado en sus ensueños de
Arte, remachó con triples clavos dentro de su crá-
neo la imagen de su estrella solitaria y dando tiem-
po al tiempo, se puso á forjar armas para la
guerra, á golpe de palabra y á fuego de idea. Pa-
ciencia, la tenía; esperaba y veía como una vaga
fatamorgana, su soñada Cuba libre. Trabajaba de
casa en casa, en los muchos hogares de gentes de
Cuba que en Nueva York existen; no desdeñaba
al humilde: al humilde le hablaba como un buen
hermano mayor, aquel sereno é indomable carác-
ter, aquel luchador que hubiera hablado como El-
ciis, los cuatro días seguidos, delante del podero-
so Otón rodeado de reyes.
Su labor aumentaba de instante en instante, como
si activase más la savia de su energía aquel inmen-
so hervor metropolitano. Y visitando al doctor de
la Quinta Avenida, al corredor de la Bolsa, y al
periodista y al alto empleado de La Equitativa,
y al cigarrero y al negro marinero, á todos los cu-
banos neoyorkinos, para no dejar apagar el fuego,
para mantener el deseo de guerra, luchando aún
con más ó menos claras rivalidades, pero, es lo
cierto, querido y admirado de todos los suyos, te-
nía que vivir, tenía que trabajar, entonces eran
aquellas cascadas literarias que á estas columnas
venían y otras que iban á diarios de Méjico y Ve-
nezuela. No !hay duda de que ese tiempo fué el más
hermoso tiempo de José Martí. Entonces fué cuan-
do se mostró su personalidad intelectual más bella-
mente. En aquellas kilométricas epístolas, si apar-
táis una que otra rara ramazón sin flor ó fruto,
hallaréis en el fondo, en lo macizo del terreno,
regentes y ko-hinoores.
Allí aparecía Martí pensador, Martí filósofo, Mar-
tí pintor, Martí músico, Martí poeta siempre. Con
una magia incomparable hacía ver unos Estados
Unidos vivos y palpitantes, con su sol y sus al-
mas. Aquella «Nación» colosal, la «sábana» de an-
taño, presentaba en sus columnas, á cada correo
de Nueva York, espesas inundaciones de tinta. Los
Estados Unidos de Bourget deleitan y divierten:
los Estados Unidos de Groussac hacen pensar : los
Estados Unidos da Martí son estupendo y encan-
tador diorama que casi se diría aumenta el color
de la visión real. Mi memoria se pierde en aque-
lla montaña de imágenes, pero bien recuerdo un
Grant marcial y un Sherman heroico que no he
visto más bellos en otra parte: una llegada de hé-
roes del Polo : un puente de Brooklin literario igual
al de hierro: una hercúlea descripción de una ex-
posición agrícola, vasta como los establos de An-
glas; unas primaveras floridas y unos veranos,
¡oh, sí! mejores que los naturales; unos indios
— 223 —
sioux que hablaban en lengua de Martí como si
Manitii mismo les inspirase : unas nevadas que da-
ban frío verdadero, y lili Walt Whitman patriarcal,
prestigioso, líricamente augusto, antes, mucho an-
tes de que Francia conociera por Sarrazin al bíbli-
co autor de las «Hojas de hierba.»
Y cuando el famoso congreso pan-americano,
sus cartas fueron sencillamente un libro. En aque-
llas correspondencias hablaba de los peligros del
yankee, de los ojos cuidadosos que debía tener
la América latina respecto á la Hermana mayor;
y del fondo de aquella frase que una boca argen-
tnia opuso á la frase de Monroe.
Era Martí de temperamento nervioso, delgado,
de ojos vivaces y bondadosos. Su palabra suave y
delicada en el trato familiar, cambiaba su raso y
blandura en la tribuna, por los violentos cobres ora-
torios. Era orador, y orador de grande influencia.
Arrastraba muchedumbres. Su vida fue un combate.
Era blandílocuo y cortesísimo con las damas; las
cubanas de Nueva York teníanle en justo aprecio
y cariño, y una sociedad femenina había, que lle-
vaba su nombre.
Su cultura era proverbial, su honra intacta y
crristalina; quien se acercó á él se retiró querién-
dole.
Y era poeta; y hacía versos.
Sí, aquel prosista que siempre fiel á la Casta-
lia clásica se abrevó en ella todos los días, al pro-
pio tiempo que por su constante comunión con
todo lo moderno y su saber universal y poliglota
formaba su manera especial y peculiarísima, mez-
clando en su estilo á -Saavedra Fajardo con Gau-
tier, con Goncourt,— con el que gustéis, pues de
todo tiene; usando á la continua del hipérbaton
— 224 —
inglés, lanzando á escape sus cuadrigas de metá-
foras, retorciendo sus espirales de figuras; pintan-
do ya con minucia de pre-rafaelita las más peque-
ñas hojas del paisaje, ya á manchas, á pinceladas
súbitas, á golpes de espátula, dando vida á las
figuras; aquel fuerte cazador, hacía versos, y casi
siempre versos pequeñitos, versos sencillos— ¿no
se llamaba así un librito de ellos?— versos de tris-
tezas patrióticas, de duelos de amor, ricos de rima
ó armonizados siempre con tacto; una primera
y rara colección está dedicada á un hijo á quien
adoró y á quien perdió por siempre: «Ismaelillo.»
Los «Versos» sencillos, publicados en Nueva
York, en linda edición, en forma de eucologio, tie-
nen verdaderas joyas. Otros versos hay, y entre
los más bellos «Los zapatieos de Rosa.» Creo que
como Banville la palabra «lira» y Leconte de Lisie
la palabra «negro», Martí la que más ha emplea-
do es «rosa.»
Recordemos algunas rimas del infortunado:
¡Oh, mi vida que en la cumbre
Del Ajusco hogar buscó,
Y tan fría se moría
Que en la cumbre halló calor!
¡ Oh los ojos de la virgen
Que me vieron una vez,
Y mi vida estremecida
En la cumbre volvió á arder!
II
Entró la niña en el bosque
Del brazo de su galán.
— - beso,
Y se oyó un beso,225otro
Y no se. oyó nada más.
Una hora en el bosque estuvo
Salió al fin sin su galán:
Se oyó un sollozo; un sollozo,
Y después no se oyó más.
III
En la falda del Turquino
La esmeralda del camino
Los incita á descansar :
El amante campesino
En la falda del Turquino
Canta bien y sabe amar.
Guajirilla ruborosa,
La mejilla tinta en rosa
Bien pudiera denunciar,
Que en la plática sabrosa
Guajirilla ruborosa,
Callar fué mejor que hablar.
IV
Allá en la sombría,
Solemne Alameda,
Un ruido que pasa,
Una hoja que rueda,
Parece al malvado
Gigante que alzado
Él brazo le estruja,
La mano le oprime,
Y el cuello le estrecha,
Y el alma le pide, —
Los raros— i
— 226
Y es ruido que pasa
Y es hoja que rueda;
Allá en la sombría,
Callada, vacía,
Solemne Alameda...
— ¡Un beso!
— ¡Espera !
Aquel día
Al despedirse se amaron.
—¡Un beso!
— Toma.
Aquel día
Al despedirse lloraron.
VI
La del pañuelo de rosa,
La de los ojos muy negros,
No hay negro como tus ojos
Ni rosa cual tu pañuelo.
La de promesa vendida,
La de los ojos tan negros,
Más negras son que tus ojos.
Las promesas de tu pecho.
Y este primoroso juguete:
De tela blanca y rosada
Tiene Rosa un delantal,
Y á la margen de la puerta
227 —
Casi, casi en el umbral,
Un rosal de rosas blancas
Y de rojas un rosal.
Una hermana tiene Rosa
Que tres años besó abril,
Y le piden rojas flores
Y la niña va al pensil,
Y al rosal de rosas blancas
Blancas rosas va á pedir.
Y esta hermana caprichosa
Que á las rosas nunca va,
Cuando Rosa juega y vuelve
En el juego el delantal,
Si ve el blanco abraza á Rosa,
Si ve el rojo da en llorar.
Y si pasa caprichosa
Por delante del rosal
Flores blancas pone á Rosa
En el blanco delantal.
Un libro, la Obra escogida del ilustre escritor,
debe ser idea de sus amigos y discípulos.
Nadie podría iniciar la práctica de tal pensamien-
to, como el que fué no solamente discípulo queri-
do, sino amigo del alma, el paje, ó más bien «el
hijo» de Martí: Gonzalo de Quesada, el que le
acompañó siempre leal y cariñoso, en trabajos y
propagandas, allá en Nueva York y Cayo Hueso
y Tampa. ¡Pero quién sabe si el pobre Gonzalo de
Quesada, alma viril y ardorosa, no ha acompaña-
do al jefe también en la muerte!
Los niños de América tuvieron en el corazón de
Martí predilección y amor.
Queda un periódico único en su género, — los
— 22S =
pocos números de un periódico que redactó espe-
cialmente para los niños. Hay .en uno de ellos
un retrato de San Martín, que es obra maestra.
Quedan también la colección de «Patria» y varias
obras vertidas del inglés, pero eso todo es lo me-
nor de la obra literaria que servirá en lo futuro.
Y ahora, maestro y autor y amigo; perdona que
te guardemos rencor los que te amábamos y ad-
mirábamos, por haber ido á exponer y á perder
el tesoro de tu talento. Ya sabrá el mundo lo que
tú eras, pues la justicia de Dios es infinita y se-
ñala á cada cual su legítima gloria. Martínez Cam-
pos que ha ordenado exponer tu cadáver, sigue
leyendo sus dos autores preferidos: «Cervantes...»
y «Ohnet.» Cuba quizá tarde en cumplir contigo
como debe. La juventud americana te saluda y te
llora, pero ¡oh Maestro, qué has hecho!...
Y paréceme que con aquella voz suya, amable
y bondadosa, me reprende, adorador como fué
hasta la muerte del ídolo luminoso y terrible de
la Patria; y me habla del sueño en que viera á los
héroes: las manos de piedra, los ojos de piedra,
los labios de piedra, las barbas de piedra, la es-
pada de piedra...
Y que repite luego el voto del verso:
Yo quiero cuando me muera,
Sin patria, pero sin amo,
Tener en mi losa un ramo
De flores y una bandera!
&ifltwio de Castro
(Conferencia leída en el Ateneo de Buenos Aires)
Señor presidente, señoras, señores: Os saludo al
comenzar esta conferencia sobre el poeta Euge-
nio de Castro y la literatura portuguesa. Es el
asunto para mi gratísimo. Mi deseo es que al aca-
bar de escuchar mis palabras llevéis con vosotros
el encanto de un nuevo y peregrino conocimiento:
el del joven ilustre que hoy representa una de
las más brillantes fases del renacimiento latino, y
que, como su hermano de Italia — el Ermete mara-
vil oso— se mantiene en la consagración de su ideal
«en ¡la sede del arte severo y del silencio,» allá
en la noble y docta ciudad de Coimbra. Este nom-
bre os despierta desde luego el recuerdo de una
antigua vida escolar, los estudiantes tradicionales,
la Fuente de los Amores, el Mondego, celebrado
en los versos, y la figura dulce y trágica de aque-
lla adorable señora que tuvo el mismo apellido
que nuestro poeta: Inés de Castro, tan bella cuan-
to sin ventura. Es en aquella ciudad universitaria
en donde ha surgido el admirable lírico que ha-
bía de representar, el primero, á la raza ibérica,
en el movimiento intelectual contemporáneo, que
- 230 -
ha dado al arte espacios nuevos, fuerzas nuevas
y nuevas glorias. Vogüe, que antes mirara el vue-
lo simbólico de las cigüeñas anunciaba, no hace
mucho tiempo, á propósito de la obra de Gabriele
D’ Annunzio, una resurrección del espíritu latino.
Las harpas y las flautas sonaban del lado de Ita-
lia. Hoy la armonía se oye del lado de Iberia.
Ya es un conjunto de músicas orientales; ya un
son melodioso de siringa, semejante á los que la
muerte ha venido á suspender en los labios del
divino Panida de Francia, Paúl Verlaine; ya un
heráldico trueno de trompetas de plata, que avisa
el paso de una caravana salomónica. ¿Conocéis
al prestigioso Gama que corona Camóens de esplen-
dorosas gemas poéticas en los triunfos de sus «Lu-
siadas? Es el viajero casi mitológico que vuelve
de los países recónditos á donde su valor y su sed
de cosas desconocidas le han llevado. A semejan-
za de aquellos antiguos atrevidos navegantes por-
tugueses que iban á las playas distantes de las tie-
rras asiáticas y africanas en busca de tesoros pro-
digiosos y volvían con las perlas arábigas, los dia-
mantes de Golconda, las resinas y aromas y ám-
bares recogidos en los misteriosos continentes y
en los hechiceros archipiélagos, trayendo al pro-
pio tiempo la impresión de sus visiones en la rea-
lidad de las leyendas, en las visitas á islas raras
y penínsulas de encantamiento, Eugenio de Cas-
tro, bizarro y mágico Vasco de Gama de la lira,
vuelve de sus incursiones á un Oriente de ensue-
ño, de sus expediciones á los fantásticos imperios,
á países del pasado, lleno de riquezas, dueño de
raras piedras preciosas, conquistador y argonauta,
vestido de suntuosos paramentos é impregnado de
exóticos perfumes.
Señores: Mientras nuestra amada y desgraciada
madre patria, España, parece sufrir la hostilidad
— 231 -
de mía suerte enemiga, encerrada en la muralla
de su tradición, aislada por su propio carácter,
sin que penetre hasta ella la oleada de la evolu-
ción mental de estos últimos tiempos, el vecino
reino fraternal manifiesta una súbita energía, el
alma portuguesa llama la atención del mundo, la
patria portuguesa encuentra en el extranjero len-
guas que la celebran y la levantan, la sangre de
Lusitania florece en harmoniosas flores de arte
y de vida: nosotros, latinos, hispanoamericanos,
debemos mirar con orgullo las manifestaciones vi-
tales de ese pueblo y sentir como propias las vic-
torias que consigue en honor de nuestra raza.
Es digno de tocias nuestras simpatías ese bello
y glorioso país de guerreros, de descubridores y
de poetas. Una de las más gratas impresiones de
mi vida ha sido la que produjo esa tierra en que
florecen los naranjos. Lisboa, hermosa y real, fren-
te á su soberbia bahía, un cielo generoso de luz,
lina tierra perfumada de jardines, una delicia na-
tural esparcida en el ambiente, una fascinación
amorosa que invita á la vida, altivez nativa, nobleza
ingénita en sus caballeros, y en sus damas una
distinción gentilicia como corona de la belleza.
Y consideraba al hollar aquella tierra, las proezas
de tantos hijos suyos famosos, Magallanes cuyo
nombre quedó para los siglos en el extremo sur
argentino, Albuquerque, el que fué á la lejana
Goa, Bartolomé Díaz y la figura dominante, aureo-
lada de fuegos épicos, del gran Vasco.
Y evocaba la olma de la lira, los ingenuos balbu-
ceos en la ¡corte ele Alfonso Henriquez, en donde
la linda Doña Violante, antojábaseme harto cruel,
con el pobre Egas Moniz, agonizante de amor, por
aquel «corpo d’oiro;» los trovadores, formando sus
ramilletes de serranillas; Don Diniz, el rey poeta
y sapiente, semejante á Alfonso de España, y á
- 232 -
quien Camoéns comparara con el grande Alejan-
dro :
Ei despois vem Diniz, que bem parece
Do bravo Affonso, estirpe nolbe é dina;
Con quen a fama grande se escurece
Da liberalidade Alexandrina:
Com este o reino próspero florece
(Alcanzada já á paz aurea divina)
En constituicoes, leis e costuines,
Na térra já tranquilla claros lumes.
Fez primeiro ein Coimbra exercitar-se
O valeroso officio de Minerva;
E de Helicona as Musas fez passar-se
A pizar do Mondego a fértil herva.
Quanto pode de Alhenas desejar-se,
Tudo o soberbo Apollo aquí reserva:
Aqui as capellas dá tecidas de ouro,
Do bacliaro e do sempre verde louro.
Y después viene Dionisio, que bien parece del
bravo Alfonso estirpe noble y digna; por quien
la fama grande se obscurece de la liberalidad Ale-
jandrina: Con éste el reino próspero florece (ya
alcanzada la áurea paz divina) en constituciones,
leyes y costumbres, é iluminan claras luces la ya
tranquila tierra. Hizo primero en Coimbra que se
ejercitase el valeroso oficio de Minerva; y las musas
del Helicón por él fueron á pisar la fértil hierba
del Mondego. Cuanto puede de Atenas desearse,
todo el soberbio Apolo aquí reserva: Aquí da las
coronas tejidas de oro y de siempre verde laurel;»
Y luego los romanceros, el «Amadís» que despierta
el «Quijote;» Mascías que muere por el amor, y
tanto porta-lira que en tiempos propicios á las
Musas las glorificaron en el suelo lusitano.
— 233 —
No había llegado aún á mis oídos el nombre de
Eugenio de Castro, ni á mi mente el resplandor de
su arte aristocrático. La literatura portuguesa ha
sido hasta hace poco tiempo escasamente conocida.
Existe cerca de nosotros un gran país, hijo de
Portugal, cuyas manifestaciones espirituales son en
el resto del continente completamente ignoradas;
y hay, señores, en Portugal, y hay en el Brasil
una literatura digna de la universal atención y
del estudio de ios hombres de pensamiento y de
arte. En nuestra América española, el conocimien-
to de la 'literatura de lengua portuguesa se re-
duce al escaso número de los que han leído á Ca-
moéns,
vaya porla lo 'mayor parteEnen cuanto
antiguo. malas átraducciones
lo moderno,y
se sabe que ha existido un Herculano gracias á
los versos de Nuñez de Arce, y un Eca de Queiroz,
por un «Primo-Basilio,» que ha esparcido á los
cuatro vientos, en castellano, una feroz casa editora
peninsular.
No era poco el triste asombro del eminente Pin-
heiro Chagas, cuando en Madrid en la hospitala-
ria casa del conde de Peralta oía de mis labios
la lamentación de semejante indiferencia. ¡Pero
qué mucho, si en España misma, á pesar del es-
fuerzo de propagandistas como la Pardo Bazán
y Sánchez Moguel, el alma lusitana es tanto ó más
desconocida que entre nosotros! Y de Gil Vicente
á nuestros días, hay un teatro vario y rico. De
Sa de Miranda y Camoéns, á Joáo de Deus, el ca-
mino lírico está lleno de arcos triunfales. De Du-
hartc Galvao á Alejandro Herculano la historia
levanta monumentales y fuertes construcciones; la
filosofía, la filología y la erudición están repre-
sentadas por más de un nombre ilustre en los
anales de la civilización humana; su lengua, que
ha pasado por evoluciones distintas, ha llegado
234
á ser en manos de Eugenio de Castro y de sus se-
guidores, el armonioso instrumento que nos da
esas puras joyas del arte moderno, como «Sagra-
mor» y «Belkiss.»
Este siglo tuvo mal comienzo para el pensamien-
to portugués. Sus alas no se abrieron en el aire
angustioso que esparciera la tempestad napoleó-
nica. ¿Qué figuras vemos aparecer en esa agita-
da época? Una especie de Quintana, José Agustín
de Macedo, que sopla su hueca trompa; una espe-
cie de Ponsard, Aguiar Leitao, que se pavonea en-
tre la pobreza y sequedad de sus tragedias; y el
curioso y desjuicido José Daniel, que á falta de
Terencio y Planto, se iba solo, por una senda poco
envidiable. Manuel de Nascimiento, arrojado por
una tormenta política, estaba en París. El obispo
Lobo, á quien se ha comparado con De Maistre,
señala el principio de una nueva era. Almeida
Garret, que como Nascimiento había ido á París
y había sido ungido por Hugo, llevó á su país la
iniciación romántica. Eugenio de Castro reconoce
en uno de sus escritos, cómo el fondo del alma
portuguesa está impregnado de melancolía. Cier-
tamente, ese pueblo viril siente de modo hondo y
particular el soplo de la tristeza. Los portugueses
tienen esa palabra que indica una enfermiza y es-
pecial nostalgia, un sentimiento único, lleno de la
más melancólica dulzura: «saudade.» Tal sentimien-
to forma gran parte del espíritu de la poesía de
Almeida Garret, que había llevado su barca sobre
las mansas y sonoras olas del lago lamartiniano.
El es uno de los precursores del nuevo movimien-
to. El marca un nuevo rumbo á la generación lite-
raria, afianzando en un sólido fundamento clásico,
pero con largas vistas hacia el futuro. El prefacio
de «Doña Branca,» que Loiseau parangona con el
de «Cromvell,» fue un manifiesto que señaló defi-
nitivamente la renovación. El sentimentalismo de
los románticos y las caballerescas aventuras están
de triunfo. Doña Branca está en el castillo morisco
con una hada y Adozinda, pura como un lirio de
nieve, es perseguida, cual la memorable italiana,
por el incestuoso fuego paternal. Almeida Garret,
—sin que intente defender la perfección de su obra,
—ha quedado como uno de los grandes románticos,
que á comienzos de esta centuria han iniciado una
revolución en formas é ideas en el arte de escri-
bir. Antonio Feliciano de Castilho se presenta, «en-
fant sublime», con su áulico «Epicedion(»i á los quin-
ce años; su obra posterior, si es de un romántico
declarado, como que procede inmediatamente de
Nascimiento, arranca en su fondo de antiguas fuen-
tes clásicas, á punto de que se haya nombrado
á propósito de su «Primavera,» á Safo, Anacreon-
te y Ovidio. Y se yergue luego, altiva y majestuosa,
la talla de quien, cuando cayó en la tumba, hizo
brotar de la más bien templada lira castellana un
célebre canto fúnebre: comprenderéis que me re-
fiero á Alejandro Herculano. El gran historiador
fué asimismo aficionado á las musas. Cuando va-
yáis por su jardín lírico, no dejéis de observar
que por ahí ha pasado el Lamartine de las «Medi-
taciones.» Pero era un vigoroso, era un fuerte, y
en la piedra fina y duradera de su prosa, supo
construir más de un soberbio monumento. Si sus
novelas y los que podíamos llamar con Galdós,
episodios nacionales, son de notable valer, su fama
se asienta sobre el pedestal de su obra histórica,
al cual su violento liberalismo no alcanzó á pro-
ducir raja alguna. Castello Rranco dejó una pro-
ducción copiosísima en donde se pueden encontrar
algunos granos de oro. Nos hallamos en pleno pe-
ríodo contemporáneo. La voz de Pinheiro Chagas
resuena. Magalhaes Lima va agitar á París la ban-
236 —
dera portuguesa; brillan los nombres de Casal Ri-
beiro, Machado, Oliveira Martins, y tantos otros,
entre los cuales despide excepcional luz el del no-
ble y egregio Teófilo Braga. Conocemos algunas
poesías de Antero de Quental. Doña Emilia nos in-
forma desde Madrid, de cuando en cuando, que
existen tales ó cuales liras lusitanas.
Leopoldo Díaz, hábil husmeador de elegantes
novedades, nos traduce una que otra poesía por-
tuguesa; nos comienzan á llegar los ecos de un
renacimiento en las letras brasileras y en notables
revistas jóvenes; y de pronto un clamor doloroso
nos anuncia al mismo tiempo que la muerte de
Verlaine, la del gran poeta Joáo de Deus.
El viejo Joáo de Deus, «el poeta del amor,» á
quien Louis Pítate de Brinn Gaubast no ha vaci-
lado en llamar «un Yerlaine — con la pureza de un
Lamartine,» fué también un precursor de los ar-
tistas exquisitos que hoy han colocado á tan gran
altura las letras portuguesas. Como en España,
como entre nosotros, la exageración romántica, el
lacrimoso, falso y grotesco lirismo personal que
tuvo la fecundidad de una epidemia, halló en Por-
tugal su falange en los seguidores de Palmeirim
y Joáo de Lemos.
Contra esos se opuso Joáo de Deus, ayudado por
el triste y malogrado Soares de Passos, que ini-
ciaron algo semejante á la labor parnasiana de
Francia, pero poniendo en el fondo del vaso buen
vino de emoción. La obra de Joáo de Deus, condén-
sala en pocas palabras Teófilo Braga: «volvió á
la elocución más ideal por la naturalidad; dió al
verso la armonía indefectible por la concordan-
cia de los acentos métricos con la acentuación de
las palabras; hizo de la rima una sorpresa y al
mismo tiempo un colorido vivo ; combinó nuevas
formas estróficas, renovando también el soneto y
- 237
el terceto camonianos, con un tinte de gracia de
los modismos populares. En la fábula de la «Ca-
bra» ó «Carneiro e o Cebado,» resolvió magistral-
mente el problema presentido por los llamados
nephelibatas, de la remodelación de la estructura
del verso ; encontró que el verso puede quebrarse en
los hemistiquios más caprichosos, y aun sin síla-
bas definidas, pero siempre cayendo dentro de la
armonía fundamental y orgánica del verso tal
como el oído romántico lo estableció. La perfec-
ción de la forma no bastaba para que Joáo de Deus
ejerciese un influjo inmediato; sería admirado co-
mo artista pero no tendría el invencible poder de
sugestión en los espíritus. Además de esa perfec-
ción parnasista, sus versos expresan estados de
alma, la pasión íntima, vaga y casi timorata de
los antiguos trovadores; aspiraciones indefinidas,
como las de los neoplatónicos ó petrarquistas del
Renacimiento : la unción mística, como 1a. de los
versos de los poetas extáticos españoles: y, final-
mente, la sátira mordiente, como la de los «go-
liardos» y estudiantes de la tuna de las univer-
sidades medioevales, cuyo espíritu se advierte en
las estrofas de «Dinheiro,» la «Lata» y la «Mar-
melada.» La impresión que produjo cuando la poe-
sía caía desacreditada por las exageraciones ultra-
románticas, f ‘é grande, se hizo sentir en una rá-
pida transfoi nación de gusto y esmero en los nue-
vos poetas. Con verdad y justicia, Joáo de Deus fué
proclamado el maestro de todos nosotros.»
Muerto ese maestro ilustre, á quien con tanto
amor celebra Teófilo Braga, y cuyos despojos se
habían cubierto de blancas rosas frescas y de lau-
reles, un joven le despide con un saludo glorioso,
como se saluda á un pabellón, en el instituto de
Coimbra. Ese joven era el mismo que enviara al
féretro del consagrado cantor de amores, una co-
— 238
roña de violetas y crisantemos, con esta leyenda:
«A Joao de Deus, Eugenio de Castro.» Le despide
con nobleza y orgullo principales, salvando la esen-
cia lírica del maestro. Su ofrenda fué la presen-
tación verdadera de la obra de Joao de Deus, libre
de las tachas y aglomeraciones perturbadoras que
impone la crítica indocta y fácil en la incompeten-
cia de sus admiraciones. Lamentó con una honda
voz de artista puro, la belleza poluta por la bruta-
lidad de la moderna vida, por las bajas conquistas
de interés y de la utilidad. «El americanismo rei-
na absolutamente: destruye las catedrales para le-
vantar almacenes: derrumba palacios para alzar
chimeneas, no siendo de extrañar que transforme
brevemente el monasterio de Batalha en fábrica
de conservas ó tejidos, y los Jerónimos en depó-
sito de carbón de piedra ó en club democrático,
como ya transformó en cuartel el monumental con-
vento de Mafra. Las multitudes triunfantes acla-
man al progreso; Edison es el nuevo Mesías; las
Bolsas son los nuevos templos. El humo de las fá-
bricas ya obscurece el aire; en breve dejaremos
de ver el cielo!» Tal es la queja; es la misma de
Huysman en Francia, la queja de todos los artistas,
amigos del alma; y considerad si se podría lanzar
con justicia ese Clamor de Coimbra, en este gran
Buenos Aires que con los ojos fijos" en los Esta-
dos Unidos, al llegar á igualar á Nueva York, podrá
levantar un gigantesco Sarmiento de bronce, como
la libertad de Bartholdi, la frente vuelta hacia
el país de los ferrocarriles.
Ese artista que de tal manera exclama «en breve
dejaremos de ver el cielo!» es uno de los más ex-
quisitos con que hoy cuenta la moderna literatura
europea, ó mejor dicho, la moderna literatura cos-
mopolita. Pues existe hoy ese grupo de pensadores
y de hombrres de arte que en distintos climas y
- 239 -
bajo distintos cielos van guiados por una misma
estrella á la morada de su ideal; que trabajan
mudos y alentados por una misma misteriosa y po-
tente voz, en lenguas distintas, con un impulso
único. ¿Simbolistas? ¿Decadentes? Oh, ya ha pasa-
do el tiempo, felizmente, de la lucha por sutiles
clasificaciones. Artistas, nada más, artistas á quie-
nes distingue principalmente, la consagración ex-
clusiva á su religión mental, y el padecer la perse-
cución de los Domicianos del utilitarismo; la aristo-
cracia de su obra, que aleja á los espíritus super-
ficiales, ó esclavos de límites y reglamentos fijos.
Entre las acusaciones que han padecido, ha sido
la de la obscuridad. Se les adjudicó el imperio de
las tinieblas. Las gentes que se nutren en los pe-
riódicos les declararon incomprensibles. En los
países de sol, se dijo: «son cosas de los países del
Norte. Esos hombres trabajan en las nieblas; siga-
mos nuestras tradiciones de claridad.» Y resulta
por fin, que la luz también pertenece á esos hom-
bres, y que los palacios sospechosos de encanta-
miento que se divisaban entre las brumas de Es-
candinavia y en tierras donde sueñan seres de ca-
bellos dorados y ojos azules, alzan también sus
cúpulas entre las fragancias y esplendores del me-
diodía, y en tierras en que los divinos sueños y las
prodigiosas visiones penetran también por las pu-
pilas negras.
En los tiempos que corren, dice de Castro, el
diletantismo literario, ese joyero de piedras falsas,
dejó de ser un monopolio de los burgueses, ha
pasado hasta las más bajas clases popidares. Cuan-
do las otras ocupaciones intelectuales, la filosofía
y el derecho, las matemáticas y la química, por
ejemplo, son respetadas por el vulgo, no hay por
ahí «boni frate» que no se juzgue con derecho de
invadir el campo literario, exponiendo opiniones,
— 240 -=
distribuyendo diplomas de valer ó de mediocridad.
Lo cierto es, sin embargo, que la literatura es
sólo para los literatos, como las matemáticas son
sólo para los matemáticos y la química para los
químicos. Así como en religión sólo valen las fes
puras, en arte sólo valen las opiniones de concien-
cia, y para tener una concienzuda opinión artísti-
ca, es necesario ser un artista.
¿Ha tenido que luchar Eugenio de Castro? Indu-
dablemente, sí.No conozco los detalles de su cam-
paña intelectual, pero no impunemente se llega
á tan justa gloria á su edad, ni se producen tan
admirables poemas. La gloria suya, la que debe
satisfacer su alma de excepción, no es por cierto
la ciega y panúrgica fama popular, tan lisonjera
con las medianías ; es la gloria de ser comprendido
por aquellos que pueden comprenderle, es la glo-
ria en la comunidad de los «aristos.» Su nombre
no resuena sino desde hace poco tiempo en el mun-
do de los nuevos. Su «Oaristos» apareció hace ape-
nas seis años. Después se sucedieron «Horas,»
«Sylva,» «Interlunios.» No he leído sus obras sino
después que conocía al poeta por la crítica de Ita-
lia y Francia. Abonado por Renny de Gourmont y
Vittorio Pica, encontró abiertas de par en par las
puertas de mi espíritu. Leí sus versos. Desde el
primer momento reconocí su iniciación en el nuevo
sacerdocio estético, y la influencia de maestros
como Verlaine. Y en veces su voz era tan semejante
á la voz verleniana, que junté en mi imaginación
el recuerdo de de Castro, al del amado y malogra-
do Julián del Casal, un cubano que era por cierto
el hijo espiritual de «Pauvre Lelian.» Eran ver-
sos de la carne y versos del alma, versos caldeados
de pasión, ó de fe; ya reflejos de la roja hoguera
swinborniana ó de los incensarios y cirios de «Sa-
gesse.»
- 211 —
Oid:
«Tu frialdad acrece mi deseo : cierro los ojos para
olvidarte y cuanto más procuro no verte, cuanto
más cierro los ojos, más te veo.
Humildemente tras de tí sigo, humildemente, sin
convencerte, cuanto siento por mí crecer el gélido
cortejo de tus desdenes.
Sé que jamás te poseeré, sé que «otro» feliz ven-
turoso como un rey abrazará tu virginal cuerpo
en flor.
Mi corazón entretanto no se detiene : aman á me-
dias los que aman con esperanza;— amar sin espe-
ranza es el verdadero amor.»
Ya en «Horas» el tono cambia.
«No perpetuemos el dolor, seamos castos de una
castidad elevada. Tú como Inés, la santa de los tu-
pidos cabellos, yo como el purísimo San Luis Gon-
zaga.
La Pureza conviene á almas como las nuestras,
las mucosas tientan solamente á las almas vulgares,
la sonrisa con que me encantas sea rosa mística!
y sean las miradas tuyas el argentino «pax tecum.»
No son ya tus gráciles gracias de doncella las que
me cautivan. Del Arcángel la espada reluciente de-
capitó á la Lujuria que hiere y que hiela: lo que
adoro es tu corazón.»
Después llegó á mis manos, en el «Mercure de
France,» un poema simbólico y extraño, de un sen-
timiento profundamente pagano, hondo y audaz.
«Sagramor» y «Belkiss» me hechizaron luego.
Los raros — iñ
242 -
«Sagramor» comienza en prosa, en la prosa musi-
cal y artística de de Castro. Sagramor es un pas-
tor al principio. Luego, caballero, recorrerá todas
las cimas déla vida, en busca de la felicidad. Goza
del amor, de las grandezas mundanas, de la varie-
dad tíe paisajes y cielos, de las victorias de la fama:
Como un eco del Eclesiastes debía repetirle á cada
instante la vanidad de las cosas humanas. ¿Qué le
consolará de la desesperanza, cuando ha hallado
polvo y ceniza? Ni la ciencia, ni la luz del creyen-
te, ni la voz de la triste Naturaleza. Hay una vir-
gen fiel que podría salvarle y acogerle: la Muerte;
pero la Muerte no le abre sus brazos. A través de
soberbios episodios, en mágicos versos, desfila una
sucesión de visiones y de símbolos que va á pa-
rar al obscuro reino de la invencible Desilusión,
á la fatal miseria del Tedio. En lo más amargo del
desencanto, Sagramor quiere consolarse con el re-
cuerdo de su primera y dulce pasión, Cecilia, que
apenas surge un instante, «creatura bella bianco
vestí ta,» y desaparece. Oid las voces que llegan de
tanto en tanto, á invitarle al goce de la existencia:
Primera voz
O viandante que estáis llorando, ¿ por qué lloras ?
Ven conmigo; reiremos cantando las horas. Ven,
no tardes; yo soy el Amor; quiero dar alas á tus
deseos! De lindas bocas, copas en flor, beberás
dulces, suaves besos!
Sagramor
¿Besos?... Los besos, hojas vertiginosas, son ve-
nenos. Deshojan rosas sobre las bocas, pero abren
llagas en el corazón.,.
— 213 —
Segunda voz
He aquí oro, llénate de oro, toma, no llores...
Con los ducados de este tesoro, tendrás palacios,
gemas y flores... ¡Mira, ve cuán rubio es el oro
y cómo resplandece...
Sagramor
¿Oro?... ¿y para qué? La Felicidad no la vende
nadie.
Tercera voz
¿Por qué lanzas tan lamentables quejas, con tan
tétrico y angustioso tono? ¡Viajemos! gozaremos
bellos días...
Sagramor
El mundo es pequeño. Lo he recorrido ya todo.
Cuarta voz
Soy la Gloria, alegre genio de un radioso país
solar... ¡Tú serás el mayor poeta del mundo!
Sagramor
Dicen que el mundo está para concluir...
Quinta voz
Serás un sabio: desde mi albergue verás pronto
aclarado todo.
_ 244 -
Sagramor
Si hubiera conservado mi ignorancia, no me ha-
bría sentido tan desventurado...
Sexta voz
Yo soy la muerte victoriosa, madre del misterio,
madre del secreto...
Sagramor
¡Oh, no me toques! ¡Yete! ¡Tengo miedo de tí!
Séptima voz
¡Yo soy la Vida ! Ya que el morir te da miedo, te
daré mil años.
Sagramor
¡No, Dios mío! ¡No he sufrido yo tantos atroces
desengaños !
Muchas voces
¿Quieres los más raros, los más dulces placeres?
¿Quieres ser estrella, quieres ser rey?- Responde,
¿Qué quieres?
Sagramor
No sé... No sé...
Un delicado poema suyo:— «La Monja y el Rui-
señor», que dedicó á s¡u amigo el conde Robert
— 245
de Montesquiou-Fezensac,— otro exquisito de Fran-
cia. Os traduciré fielmente esos preciosos versos.
De los argentinos plátanos á la sombra
La linda monja, que antes fuera princesa,
Deja vagar sus ojos por el paisaje...
Vese el monasterio, á lo lejos, entre las hojas...
Allá, en un balcón que domina las aguas,
Las otras monjas ríen, contemplando
agitado,
tan límpidos ’ ,
El de las mar,
Que polífono olas los aljófares
Sobre la tela de los hábitos cintilan,
Dando á aquellas pobrecillas el aspecto
De reinas que se divierten en una boda.
La princesa real, que se hizo monja, j
Que una corona trocó por cilicios,
Y las fiestas por la dulce paz del claustro,
Lejos de las compañeras sonrientes
Jamás á las diversiones de ellas se junta.
Cuando no duerme ó reza, su vida
Es vagar por el encierro,
Tan ajena á sí misma, tan suspensa
Cual si las nieblas de un sueño atravesase...
La monja piensa...
Un día, siendo novicia,
Al despertar, sus claros ojos vieron
Cerca de sí un ruiseñor dulcísimo
Que le dijo:
«Soy yo, el alma tuya,
Que esta forma tomé, para, volando,
Recorrer distantes, luminosos países,
Cuyos prodigios mil y mil encantos
Vendré á contarte en las serenas noches...»
Entonces, el ruiseñor batió las alas;
Pero nunca más volvió á su dueña
Que por volverle á ver se desespera,
Sufriendo tanto que, llorosa juzga
Haber tenido quizá dos almas,
Porque, huyendo la una, no sentiría
Tales penas, si no le quedase otra.
Apágase el día...
He aquí que al nacer la luna
Entre las aves que vuelven á sus nidos
A la esbelta monja se acerca un ruiseñor
Mirándola y remirándola, hasta que rompe
En un argentino cantar:
«¿No me conoces?
Soy yo, tu alma... ten paciencia
Si de ti me he apartado por tanto tiempo.
¡Ah! Pero tú no calculas, amiga mía,
Cuán lindas cosas he visto, qué lindas cosas
Traigo que contarte...»
La paz de la noche
Se aterciopela por los tranquilos prados;
Y entonces la monja que en transporte lánguido
Parece oir allí celestes coros,
A la linda monja cuyos ojos mansos
Se van cerrando en mística voluptuosidad,
El airoso ruiseñor cuenta los viajes
Que hizo por las estrellas diamantinas...
¡Oh! ¡qué dulce cantal'! Cantar tan lindo
Que el sol nació, subió y en fin, hundióse,
Sin que la monja en su curso reparase,
Toda abstraída al oir el divino canto...
¡Y el canto no termina! Y la luna blanca
De nuevo surge en el aire, de nuevo expira,
Nuevamente el sol brilla y palidece,
Y siempre el canto encanta á la monja.
El canto celestial la va llevando
Por divinos jardines maravillosos
Donde los pálidos ángeles sonrientes,
Con aéreos vestidos de perfumes,
Andan curando heridas mariposas.
Llévala el canto por la vía láctea,
Donde hay floresta, blancas, todas blancas,
Y donde en lagos de leche pasan cisnes
Arrastrando de los serafines extáticos
Las barcas de cristal llenas de lirios...
¡Y el ruiseñor no cesa! Cuenta, cuenta
Maravillas, prodigios, esplendores...
Y la linda monja, al oirlo, sueña, sueña...
Sin comer ni dormir, días y días...
Muere por fin el otoño, llega el invierno,
Cae nieve, el frío corta, mas la monja
Sólo oye al ruiseñor... y nada siente...
Muere el invierno, llega la primiavera, »
Retorna el verano y pasan meses,
Pasan años, ciclones, tempestades,
¡Y el ruiseñor no cesa! cuenta... canta...
Y la linda monja al oirlo, sueña, sueña...
¡Oh qué delicia aquella! ¡Qué delicia!
De sus compañeras queda apenas
El frío polvo en las frías sepulturas,
Y el fuego destruyó todo el convento
~ 24ís —
— Y sin embargo, la monja no sabe nada!
Oyendo al ruiseñor no vió el incendio
Ni los dobles oyó que anunciaran
De las otras monjas la distante muerte...
Nuevos años se extinguen...
Una guerra
Tuvo lugar allí, muy cerca de ella,
Que nada oyó ni vió, escuchando el canto :
Ni el funesto estridor de las granadas,
Ni los suspiros vanos de los moribundos,
Ni la sangre que á sus pies iba corriendo...
¡Un día, al fin, el ruiseñor se calló!
De los argentinos plátanos á la sombra
La monja despertó, suavemente
Y murió, como niño que se duerme,
Mientras el ruiseñor volaba, ledo,
Para el país que tanto le deslumbrara...
El ruiseñor había cantado trescientos años...
Si no habéis podido juzgar de la melodía original
del verso, de seguro os habrá complacido esa deli-
ciosa fábula. Si os fijáis bien, podréis encontrar
que ese ruiseñor es hermano de aquel que oyó el
monje de la leyenda; pero confesaréis que ambos
pájaros paradisiacos cantan unánimes con igual
divina gracia.
Y he aquí que llegamos á la obra principal de
Eugenio de Castro, «Belkiss», traducida ya á varios
idiomas y celebrada como una verdadera obra
maestra.
Léese en el «Libro de los Reyes,» en la parte del
reinado de Salomón: «Et ingressa Jerusalem multo
cum comitatu, et divitiis, camelis portantibus aro-
mata, et aurum infinitum nimis, et gemmas pretio-
sas, venit ad regem Salomonen, et locuta est ei
— 249 -
Universa quae habebat in corde suo.» Y más adelan-
te: «Rex autexn Salomón, dedit regina; Saba omnia
quee voluit et petivit ab eo ; exceptis his, quae ultro
obtulerat ei numere regio. Quae reserva est, et abiit
in terram suam cum servís suis.» Es esa reina de
Saba, la Makheda de la Etiopía de cuya descenden-
cia se gloria el negus Menelik, la Belkiss arábiga.
Al solo nombrar á la reina de Saba sentiréis como
un soplo perfumado de ungüentos bíblicos, miraréis
en vuestra imaginación un espectáculo suntuoso
de poderío oriental; tiendas regias, camellos enjae-
zados de oro, desnudas negras adolescentes con
flabelos de plumas de pavos-reales; piedras precio-
sas y telas de incomparable riqueza. ¡Y bien! Eu-
genio de Castro ha evocado mágicamente la mis-
teriosa y bella persona. La reina de Saba de Axum!
y del Hymiar se anima, llena de una vida ardien-
te, en fabulosas decoraciones, imperiosa de amor,
simbólica víctima de una fatalidad irreductible.
Es un poema dialogado, en prosa martillada por
un Flaubert nervioso y soñador, y en donde la
reminiscencia de Maeterlink queda inundada en un
torbellino de luz milagrosa, y en una harmonía
musical, cálida y vibrante. Lo pintoresco, las aco-
taciones, en su elegancia arqueológica nos llevan
á recordar ciertas páginas, de «Herodias» ó de
la «Tentación de San Antonio.» Belkiss en sus sun-
tuosos triunfos, habrá de padecer después el ine-
ludible dolor. Para que David nazca ella jpasará
sobre la experiencia y sabiduría de Jophesamin,
su mentor ó ayo; y sentirá primero la tempes-
tad de amor en su sexo y en su corazón; y hará
el viaje á Jerusalén, entre prodigios y misterios,
y sentirá por fin el beso del adorado rey, y tem-
blará cuando contemple bajo sus pies las azuce-
nas sangrientas.
Una sucesión de escenas fastuosas se desarrolla
al eco de una wagneriana orquestación verbal. Pue-
de asegurarse sin temor á equivocación, que los
primeros «músicos,» en lél sentido pitagórico y en
el sentido wagneriano, ¡del arte de la palabra, son
hoy Gabriel D’ Annunzio y Eugenio de Castro.
Quisiera daros una idea de ese poema— que ha
rendido la indiferencia oficial en Portugal,— donde
á los 27 años ha sido su autor elegido miembro de
la Real academia de Lisboa, y que ha arrancado
aplausos fraternales en todos los puntos del globo
en que existen cultivadores del arte puro. Mas ten-
dría que ser demasiado profuso, y prefiero aconse-
jaros, como quien recomienda una especie rara
de flor, ó un delicioso licor exótico, que leáis
Belkiss, en la versión de Picea, en italiano, que es
de todo punto admirable, ó, en el bello librito
arcaico impreso en Coimbra por Francisco Franca
Amado. Y tened presente que hay que acercarse á
nuestro autor con deseo, sinceridad y nobleza esté-
ticas. Os repetiré las palabras del crítico italiano:
«Ciertamente, la poesía de Eugenio de Castro es
poesía aristocrática, es poesía decadente, y por lo
tanto, no puede gustar sino á un público restricto
y selecto, que, en los refinamientos de las ideas y
de las sensaciones, en la variedad sabia y musical
de ¡Ijos ritmos, halla una singular voluptuosidad
del espíritu. El común de los lectores, acostum-
brados á los azucarados jarabes de los poetitas
sentimentales, ó solamente de gusto austero y que
no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los
autores clásicos, vale más que no acerquen los la-
bios álas ánforas curiosamente arabescadas y pom-
posamente gemadas de los cantos ya amorosos, ya
místicos, ya desesperados del poeta de Coimbra; ya
que en ellos está contenido un violento licor que
quema y disgusta' á quien no está hecho1 á las fuer-
tes drogas de cierta refinada y excepcional lite-
ratura modernísima.»
Se trata, pues, de un «raro.» Y será asombro
curioso el de aquellos que lean á Eugenio de Castro
con la preocupación de moda de los que creen
que toda obra simbolista es un pozo de sombra.
«Belkiss», está lleno de luz.
Señores: He concluido esta conferencia sobre el
poeta Eugenio de Castro y la literatura portuguesa.
INDICE
Páginas
Prólogo. . 5
El arte en silencio 7
Edgar Alian Poe 13
Leconte de Lisie 27
Paul Yerlaine 45
El conde Matías Augusto de Villiers de L’Isle Adam. 53
León Bloy 67
Jean Richepin 81
Jean More as 93
Rachilde . . 111
George d’ Esparbés 123
Augusto de Armas 131
Laurent Tailhade 137
Fra Domenico Cavalca. .......... 145
Eduardo Dubus 155
Teodoro Hannon 167
El conde de Lautréamont 175
Paul Adam 183
Max Nordau 191
Ibsen 203
José Martí : . 217
Eugenio de Castro .0 ? , 229
Obras del autor
Primeras notas Verso.
Azul Prosa y verso.
Abrojos Verso.
Prosas profanas .... Id.
España Contemporánea . . Prosa.
Los Raros Id.
Peregrinaciones .... Id.
La Caravana pasa ... Id.
Tierras solares Id.
EN PREPARACIÓN
Los Cisnes y otros poemas. Verso.
Opiniones . . , . . . Prosa.
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