Dilthey, Wilheim Guzmán Cerros Jazmín
“Las Ciencias del Espíritu Curso de Filosofía E01
Constituyen un Todo 14/ Abril / 2007
Autónomo frente a las
Ciencias de la Naturaleza”
en Introducción a las
Ciencias del Espíritu.
Fondo de Cultura
Económica. Segunda
reimpresión, México, 1978.
pp, 13-21
IDEA CENTRAL
En este artículo se hablará sobre las ciencias del espíritu, de lo que son y de la
delimitación ante las ciencias de la naturaleza al constituir un todo.
CONCEPTOS PRINCIPALES
Ciencias del espíritu, ciencias de la naturaleza, metafísica,
CONCEPTOS NUEVOS
Ciencias del espíritu, ciencias de la naturaleza,
DESARROLLO
Según Dilthey, el conjunto de las ciencias que tienen por objeto la realidad
histórico-social tienen el nombre de “ciencias del espíritu”, que constituyen un todo y
se ven delimitadas frente a las ciencias de la naturaleza.
Dilthey explica que el lenguaje corriente entiende por ciencia un conjunto de
proposiciones cuyos elementos son conceptos, constantes y de validez universal en
todo contexto mental y en el que las partes se encuentran entrelazadas en un todo a
los fines de la comunicación. De este modo, la expresión de ciencia se designa a todo
complejo de hechos espirituales en que se dan las indicadas características. Estos
hechos espirituales que se han desarrollado históricamente y a los que el uso común
del lenguaje conoce como ciencia del hombre constituyen la realidad que tratamos de
comprender. El método empírico exige que la cuestión del valor de los procedimientos
de que el pensamiento se sirve para resolver sus tareas se decida histórico-
críticamente dentro del cuerpo de esas mismas ciencias y que se esclarezca mediante
la consideración de ese proceso cuyo sujeto es la humanidad misma, la naturaleza del
saber y del conocer. Este método se encuentra en oposición con otro el que practican
los positivistas, y que consiste en deducir el concepto de ciencia de la determinación
conceptual del saber obtenida en el trabajo de las ciencias de la naturaleza,
resolviendo con ese patrón qué actividades intelectuales merecerán el nombre y rango
de ciencia. Así se ha negado el rango de ciencia, mientras que otros han creído
pertinente transformar en un conocimiento acerca de la realidad aquellas ciencias que
tienen como fundamento suyo imperativos.
Por lo que Dilthey dice que el complejo de hecho espirituales que cae bajo este
concepto de ciencias se divide en dos miembros de los que uno lleva el nombre de
“ciencias de la naturaleza”; para el otro miembro no existe una designación
reconocida, pero él la denomina “ciencias del espíritu”, ya que el nombre escogido
tiene por lo menos la ventaja de dibujar el círculo de hechos centrales a partir del cual
se han verificado en la realidad la visión de la unidad de estas ciencias, se les ha fijado
su ámbito y se las ha demarcado con respecto a las ciencias de la naturaleza.
Dilthey expone que la razón por la cual se ha de separar en unidad estas
ciencias de las de la naturaleza tiene sus raíces en las honduras y la totalidad de la
autoconciencia humana. Para el hombre existe únicamente lo que es hecho de su
conciencia, en la independencia de este mundo espiritual, que actúa autónomamente,
se halla todo valor, todo fin de vida, y en la creación de hechos espirituales toda la
meta de sus acciones. Así separa del reino de la naturaleza en un reino de la historia
en el cual chispea la libertad; separa los hechos de la voluntad que, en contraposición
con el curso mecánico de los cambios naturales, producen en verdad algo nuevo y
originan un desarrollo en la persona y en la humanidad: por encima de la vacía y
yerma repetición en la conciencia del curso natural, en cuya idea, convertida en ideal
del progreso histórico parecen encontrar su delicia los fetichistas del progreso
intelectual.
La época metafísica, explica Dilthey, ha luchado inútilmente por obtener y
fundamentar fórmulas que sirvieran de base objetiva a esta diferencia entre los hechos
de la vida espiritual y los del curso natural. Entre todos los cambios experimentados
por la metafísica de los antiguos en el pensamiento medieval ninguno ha tenido
consecuencia mayores que el hecho de que, por razón de la conexión con los
movimientos religiosos y teológicos, que guardaba ese pensamiento, se colocó en el
centro del sistema la fijación de la diferencia entre el mundo de los espíritus y el
mundo de los cuerpos, y luego la relación de esos dos mundos con la divinidad.
Dilthey dice que la aventurada explicación de que la divinidad mantenía el juego
de las interacciones mediante intervenciones repetidas y la otra idea de que, Dios,
como el más excelente de los artitas, había sincronizado de tal suerte los dos relojes,
el sistema materia y el mundo espiritual, que parecía que un acontecer natural
producía una sensación y un acto de voluntad un cambio en el mundo exterior,
demostraron la incompatibilidad de la nueva metafísica de la naturaleza con la
metafísica tradicional de las sustancias espirituales.
Por lo que explica que este problema operó para la liquidación del punto de vista
metafísico. Esta liquidación se llevará por completo con el conocimiento ulterior de que
la vivencia de la autoconciencia constituye el punto de arranque del concepto de
sustancia, éste ha nacido de la adaptación de esta vivencia a las experiencias
externas llevada a cabo por el conocimiento progresivo según el principio de razón
suficiente y que esta teoría de las sustancias espirituales significa un retraslado del
concepto a la vivencia de donde había tomado su origen.
Según Dilthey, en lugar de la oposición de sustancias materiales y espirituales se
presentó la oposición entre el mundo exterior, el mundo de lo dado en la percepción
externa a través de los sentidos y el mundo interior que se nos ofrece por la captación
interna de los acaeceres y actividades psíquicas.
Dilthey argumenta que la fundación honda de la posición autónoma de las
ciencias del espíritu frente a las ciencias de la naturaleza, se lleva a cabo en ella paso
a paso al verificarse el análisis de la vivencia total del mundo espiritual en su carácter
incomparable con toda la experiencia sensible acerca de la naturaleza. Con esto
Dilthey aclara un poco el problema al referirse al doble sentido en el cual se pueda
afirmar la incompatibilidad de ambos grupos de hechos: y el concepto de los límites
del conocimiento natural cobra también significado doble.
Dilthey expone que la realidad, como correlato de la experiencia, se nos da en la
cooperación del sistema de nuestros sentidos con la experiencia interna, la diferente
procedencia de sus partes integrantes condiciona una incomparabilidad dentro de los
elementos de nuestro cálculo científico. Así, sólo por medio de la facticidad de la
sensación táctil llegamos desde las propiedades de lo espacial a la representación de
la materia. Tenemos que marchar de la sensación a percatarnos de los estados
internos para tener una situación de conciencia en un momento determinado. Todo
nuestro conocimiento se halla limitado al establecimiento de uniformidades en la
sucesión y en la coexistencia, con arreglo a las cuales se mantienen en relación según
nuestra experiencia. Estas son limitaciones que radican en las condiciones de nuestra
experiencia misma, se trata de condiciones inmanentes. La existencia de estos límites
inmanentes del conocimiento no constituye obstáculo alguno para la función del
conocer. Si entendemos por conceptuación la transparencia plena en la captación de
una conexión, estamos en presencia de los límites de la conceptuación.
La imposibilidad, explica Dilthey, de derivar hechos espirituales del orden
mecánico de la naturaleza no impide la acomodación de los primeros en el sistema de
los últimos.
Por lo que Dilthey dice que el problema fundamental reside, por lo tanto, en fijar
un determinado género de incomparabilidad entre las relaciones de los hechos
espirituales y las uniformidades de los fenómenos materiales que excluya la
acomodación de los primeros, su consideración como propiedades o aspectos de la
materia y que, por consiguiente se debe ser algo muy diferente de la diferencia que
existe entre os diversos grupos de leyes de la materia tal como los representa la
matemática, física, química y fisiología, con una relación de subordinación que se
desenvuelve cada vez con mayor consecuencia.
La existencia de límites inmanentes de la experiencia en modo alguno decide la
cuestión acerca de la subordinación de los hechos espirituales a la conexión del
conocimiento de la materia. Su demostración de que los fenómenos espirituales no se
pueden comprender por sus condiciones materiales se desarrolla de la siguiente
manera. A pesar del conocimiento completo de todas las partes del sistema material,
de su posición respectiva y de su movimiento, resulta incomprensible cómo no habría
de ser indiferente a una colección de átomos de carbono