Sinopsis
Francesca Abbal
No nací en cuna de oro, aunque crecí como si lo hubiese hecho. Adoptada
por una de las familias con apellidos más resonantes de la zona, nunca se esperó
menos que perfección de mi parte. Y el agradecimiento y amor hacia mi padre me
llevaron a cometer el más grande error de mi vida. En algún momento, el camino
empezó a tornarse negro y lo perfecto se convirtió en un infierno.
Puede que ahora el diablo ya no ronde los alrededores, pero las cicatrices
que él dejó jamás me liberarán. Los fantasmas me persiguen y se roban poco a
poco mi vitalidad. No quiero volver a entregarme, jamás.
Por eso me resisto cuando se entromete ese hombre con apariencia de
vikingo, que con su magnitud intenta arrastrarme cerca. Es un luchador de la
vida y algo más. Su enormidad me asusta, pero sus ojos me hacen temblar. No
confío, no puedo hacerlo. ¿Es su intención ayudarme a renacer? ¿O sólo es otro
diablo intentando arrebatarme lo poco que me queda?
León Navarro
Sé de pérdidas y sufrimiento. Entiendo sobre el dolor. Me quedé solo desde
muy joven y aprendí a vivir sin los que más amaba. Ahora, con treinta y cinco
años, soy el líder de la hermandad de motociclistas “Furia de los Leones”, y no
puedo estar más orgulloso de mi clan. Lo que empezó como un juego se convirtió
en algo grande y poderoso, ya no me imagino una vida lejos de mis chicos. Mi
familia.
Cuando Francesca aparece en mi vida, recién salida de un terrible
matrimonio, no puedo evitar quedarme prendado de ella. De sus enormes ojos
exóticos, vacíos y sin esperanza. La necesidad de sanarla me abruma. Quiero
revivirla. Quiero encenderla. La deseo más que nadie.
No importa cuántas veces intente alejarse, insistiré. Lucharé.
Porque nada en la vida se gana sin pelear.
ADVERTENCIA: Esta historia es sólo apta para mayores de dieciocho
años, contiene escenas que pueden herir susceptibilidades.
Índice
Prólogo Capítulo 16
Capítulo 1 Capítulo 17
Capítulo 2 Capítulo 18
Capítulo 3 Capítulo 19
Capítulo 4 Capítulo 20
Capítulo 5 Epílogo 1
Capítulo 6 Epílogo 2
Capítulo 7 Epílogo 3
Capítulo 8 Lista de canciones
Capítulo 9 Lo que viene
Capítulo 10 Agradecimientos
Capítulo 11 Contacto
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
“Ahí donde la vida duele, curan los ojos del amor…”
—Soy mi soberado (Gustavo Cordera)
Prólogo
— ¿Estás bien, chiquita?—preguntó el padre, rebuscando en su rostro—
. Te ves pálida, ¿estás cansada? ¿Álvaro te trata bien?
Para Raúl Abbal su hija era su vida entera, su sol en cada amanecer.
Después de años intentando tener un hijo con su esposa Josefina sin
muchos resultados, fue una bendición encontrar a Francesca. Ellos ya
habían entrado en la fase de los cuarenta y se dieron por vencidos con los
tratamientos. Es cierto, no era una hermosa bebita de meses cuando la
acogieron, tenía diez maduros años, pero no pudieron resistirse cuando la
vieron en el hogar. Se enamoraron de sus enormes ojos oscuros que pedían
a gritos un poco de cariño.
Fue gracias a un amigo de la familia, un vecino muy querido, que
rescató a Francesca de la horrible casa donde vivía con padres adictos y
abusivos, en un barrio pobre. Él les comentó de la situación en la que esa
niña vivía y que se encontraba tan sola, a la espera de una adopción. Algo
difícil, todo el mundo sabía que los niños ya mayores tenían más
dificultades de conseguir una familia que los apañara. De todas maneras,
decidieron tomar el consejo de ir a visitarla y no se arrepintieron, se
quedaron prendados, ya no hubo marcha atrás. Tomaron la decisión el
mismo día, sin dudas ni contratiempos, y semanas después ella ya estaba
viviendo con ellos, en la gran casa.
Le dieron la mejor educación, las más exclusivas ropas y joyas, la
convirtieron en su consentida. La amaban, y ella se dejaba amar. Callada,
reservada, dulce y atenta. Agradecida. Con el tiempo los inspiró a seguir
adoptando y la familia Abbal terminó agrandándose dos veces más. Juan
Cruz de doce años fue el siguiente, un rubio precioso de grandes ojos azules
que creció sin problemas y se convirtió en el orgullo de la casa, poniéndose
al frente de la empresa de su padre. Y otra niña de catorce, María, ella fue
algo espinosa por un tiempo, era una rebelde, pero logró enderezarse a
tiempo y terminó siendo la primera en abandonar el nido a los veintidós,
contrayendo matrimonio con un buen hombre trabajador que le brindaba
todo lo que se merecía.
Francesca se acostumbró a ser cuidada y adorada, aunque jamás olvidó
de dónde provenía y cuál era su verdadero lugar. Obedecía inmediatamente
cuando su madre le corregía la postura en la mesa durante las comidas, los
acompañaba a eventos de caridad, callaba y escuchaba con atención y
respeto a las personas con las que se rodeaba. Con el tiempo amó a sus
padres, y siempre sintió como si les debiera algo.
Su infancia había sido oscura, devastadora, sus padres adictos la
habían ignorado por años, obligándola a educarse y abastecerse sola. Lo
aceptó, porque su naturaleza era voluble y encajaba con facilidad, se
amoldaba a cada situación que la rodeara. Y siempre creyó que esa era una
de sus grandes virtudes.
Hasta que se casó.
Después de la muerte tan repentina de su madre, que dejó a todos
conmocionados y tristes, Raúl comenzó a decaer. Su salud se vio
desprotegida y sus pulmones empezaron a fallar, toda una vida de fumador
debía tener un precio al final. Cayó postrado en una cama, débil y sin
muchas reservas. Para ese entonces Álvaro Echavarría concurría muy
seguido por la casa de los Abbal, por negocios y amistad, y siempre se vio
atento e interesado en la hermosa hija adoptiva de ellos. La persiguió,
cortejándola elegantemente, regalando sus más hermosas sonrisas
adornadas con brillantes ojos turquesas. Era encantador y dulce, y aunque
eso no alcanzaba para que Francesca se enamorara locamente, creyó que
podía tener una cita con él. Por su padre. Porque siempre parecía intentar
emparentarlos.
El agradecimiento hacia Raúl Abbal fue el principio de su infierno.
—Estoy bien, papá—le respondió ella, serena—. Perfectamente.
Mentira descarada, Francesca no estaba bien. Nada en su vida era
como debía ser. Álvaro, a poco tiempo de contraer matrimonio, se convirtió
en una pesadilla. El hombre de sonrisa fácil y encantadora se volvió un
monstruo feo y violento.
—No te veo bien, Fran—suspiró él, escarbando más en sus ojos—. ¿Él
es bueno? ¿Estás cómoda en su casa, cariño?
Las preguntas preocupadas de su padre la ponían nerviosa, debía
esforzarse en ser transparente con él, era un hombre muy observador e
intuitivo. Le sonrió, transformando su cara, llevándola a fingir una alegría
explosiva que no sentía.
—Tengo que darte una noticia, papá—susurró, acercándose.
Allí sentada en el borde del lecho se abrió a él y, por más que no
quisiera, le contó que estaba embarazada. Que le daría un nieto en unos
meses, y su corazón se contrajo en su pecho cuando él soltó lágrimas
felices. Se sintió un poco mejor al verlo tan contento, después de una mala
época, meses y meses solitario y apagado. Le pidió que se inclinara y lo hizo,
él le besó la frente y le acarició el pelo. Repitió una y otra vez que se
encontraba muy feliz por ello, que esperaba llegar a sostener su nietito
cuando naciera. Francesca se permitió soltar una única lágrima, una sola,
que descendió por su mejilla. La limpió enseguida, no quería que nadie la
viera llorar.
No quería que Álvaro la viera llorar.
Se quedó un rato más con él hasta que su esposo la recogió, tocando la
bocina, ni siquiera apeándose del coche para visitar a su amigo, suegro y
socio. Raúl sonrió, lo excusó diciendo que entendía de su apuro por ir a
casa a esas horas. Ella tenía claro que no. Álvaro pocas veces iba apurado,
él sólo quería molestarla.
Ni bien subir al coche sintió el fuerte olor a whisky caro, quiso con toda
su alma levantar una mano y taparse la nariz. Todo en Álvaro la asqueaba,
y pensar que meses atrás creyó estar enamorada de él. Ya no importaba, se
dijo a sí misma. Poco a poco el cariño se esfumó, cada vez más invisible
hasta desaparecer, como humo de cigarrillo saliendo de sus labios.
El amor salió y se desvaneció, dejando el verdadero veneno dentro de su
organismo.
—Estás pasando demasiadas horas con él—carraspeó, dando la marcha
atrás para salir de la entrada de los Abbal—. Se está llevando nuestro
tiempo juntos, ya es momento de que le digas que vendrás de visita sólo
una vez a la semana.
Francesca no respondió, permaneció en silencio mirando al frente.
Pocas veces sabía qué hacer, si asentía podía recibir un golpe. También si
hablaba. Y también si no hablaba. El tirón de cabello vino a continuación, la
voz cortada de Álvaro pinchó sus oídos.
— ¿Escuchaste?—la zarandeó—. ¿Entendiste lo que te dije?
—Sí, Álvaro—dijo, monótona.
Esa misma noche suspiró con alivio cuando fue a dormir, él se había
ido de la casa después de cenar. O mejor dicho, lanzarle la cena en la cara.
Tomó su botella de whisky favorita, encendió su coche y salió. Cada vez que
él hacía eso ella se aflojaba, se sentaba en el sofá y respiraba agitadamente,
como si el estar con él le robara el aire. Y en cierta menara así era, él se
apoderaba poco a poco de todo. Su aire, su piel, su cuerpo, su libertad.
Estaba resignada a que llegaría un momento en el que ya no habría nada
un su vida, sólo la sombra de un marido abusivo en su espalda,
controlándola.
Raúl despertó en medio de la noche, un ataque de tos despejando su
cabeza del sueño. Encendió la luz de su mesa de noche y se sobresaltó,
porque allí, en el sofá junto a la cama, se encontraba su yerno mirándolo
con ojos muertos.
—Álvaro—suspiró—. Me asustaste, hombre. ¿Estás bien? ¿Cómo está
mi hija?
Él alzó las cejas y le envió una mirada desinteresada, se encogió de
hombros y bebió del pico de su botella. Abbal entrecerró los ojos, recién
notando tal cosa en su mano. El hombre se veía peligroso, no borracho,
sino, desprovisto de alma. Temible.
— ¿Está mi hija bien?—quiso saber, con más urgencia.
El joven tragó y sonrió maléficamente.
—La puta de tu hija está bien, Raúl—soltó, cruel—. Todo lo bien que
puede estar un pedazo de mierda como ella.
El hombre mayor saltó en su cama, empalideció. Sus palabras lo
tomaron desprevenido, dejando caer un telón invisible que demostraba la
verdadera naturaleza de su socio.
— ¿Qué mierda me estás diciendo?—se alteró Raúl, intentando sin
mucho éxito sentarse sobre la cama, si pudiera ya le habría pateado el
culo—. Sabía que algo no estaba bien…
Se quedó sin aire al abrir los ojos ante la realidad. La culpa se apoderó
de él, supo en ese instante el enorme error que había cometido al animar a
su hija a salir con él. A casarse con él. Ahora mismo estaba siendo testigo
de la verdad escondida en Álvaro Echavarría, que lo estaba mirando con
esos depredadores ojos turquesas, la botella colgando de él como un arma
apuntando en su dirección. Directo a su pecho. Supo que tenía que salvar a
su hija.
—Ya veo—gruñó, cayendo en la cuenta de que todos esos años de
sociedad habían sido engañosos, Álvaro escondía bien sus instintos de los
demás, engañaba como un profesional—. La estás lastimando. Estás
lastimando a mi Francesca.
—Ella ya no es tuya, viejo—se burló el otro, se puso de pie, caminando
de acá para allá en la habitación—. Ahora es mía, puedo hacer todo lo que
quiera con ella.
Los ojos de Raúl comenzaron a picar, el dolor era insoportable. El
sentimiento de injusticia e indignación por las cosas que su hija debía estar
pasando junto a ese sociópata lo envolvieron. La culpa, el horror plagando
su corazón.
—Voy a hundirte—quiso gritar, pero sólo salió un graznido
empobrecido—. Voy a destrozarte, Echavarría. Vas a morir en una a cárcel,
perderás todo tu dinero y tu vida por esto.
Álvaro se rio, sin duda estando en su salsa. ¿Un viejo moribundo tenía
la osadía de amenazarlo? Él debía saber que no ganaría, que Álvaro estaba
al mando. Y siempre lo estaría.
—Lástima que ya no te quede tiempo para eso, viejo—sonrió.
Abbal abrió los ojos muy grandes cuando lo vio acercarse con decisión.
A la pasada tomó uno de los grandes almohadones de decoración en el final
de la cama, le sonrió con desprecio y locura brillando en sus pupilas. Quiso
levantarse, luchar, sacarse de encima a esa fiera que estaba destrozando la
vida de su Francesca. Pero fue inútil, no tuvo fuerzas para salvarse y así
rescatarla.
“Encontrá ayuda, hija.”
El almohadón acalló sus gritos, negándole más reservas de oxígeno. Él
sabía que su hija estaba acorralada, que no tenía escapatoria. Ahora ya no.
Si ella hubiese hablado, si se lo hubiese confesado. “¿Por qué no confiaste en
mí, hija? ¿Por qué?” Él entendió por qué, las telarañas del abuso iban más
allá de las heridas físicas. Conocía a Francesca, tan reservada, tímida,
hasta sumisa de vez en cuando. Álvaro la había elegido bien, supo que ella
sería perfecta.
Antes de su último aliento, de sus últimas lágrimas, rezó para que
alguien la ayudara.
1
Francesca
«Las ásperas manos del monstruo levantaron el dobladillo de mi vestido,
no delicadamente. Mucho menos romántica. Ya, para estas alturas, había
perdido cualquier esperanza de experimentar el acto de amor en su medio
más puro, sólo me estaba acostumbrando a movimientos demandantes y
penetraciones violentas que me rasgaban por dentro. Siempre estaba
preparada para el dolor, cerraba los ojos y lo esperaba.
Las primeras veces luché, como aquella en la que él me obligó a darle
sexo oral porque se lo debía, por cocinar una cena para los dos. Al principio
pensé que estaba bromeando, me reí. Dejé de hacerlo porque se me abalanzó
y me empujó abajo, sobre mis rodillas. Y todo cayó en su lugar. La verdad
quemó en mi pecho y a través de mi garganta mientras derramaba su
asqueroso y podrido semen en ella.
Corrí al baño a vomitar inmediatamente, mientras lloraba y mi mente
apenas tomaba la situación por lo que era. Había violado mi boca. Mi boca
antes que todo lo demás. Me sentí sucia, hedionda hasta en las mismísimas
entrañas, vomité todo el contenido, y aun así no funcionó. El ardor, el asco, no
se iban. Jamás se irían. Así me encontró él, llorando, sonrió despectivamente
y me aseguró que no era para tanto, que eso era lo que hacían las esposas.
Arrodillarse y chuparla hasta el cansancio, hasta dejarlo seco. Una y otra
vez. Eso era lo que me correspondía.
Entonces me sujetó del brazo y me arrastró a la cama, me quitó la ropa,
me golpeó cada vez que quise detenerlo y entró en mi cuerpo como un animal.
Me retuvo de las caderas y me montó. Dolió como nada, me entumeció, sangré
por dentro, me rompió. No le importó, otra vez se derramó en mi interior,
ensuciándome todavía más. Castigó mi carne, no acalló mis gritos porque le
gustaban. Le hacían sentir poderoso, cada vez que arremetía con su miembro,
mi dolor lo hinchaba y le hacía latir.
Ese fue el principio. No lo vi venir, me tomó desprevenida y me volvió
frágil. Más frágil.
Reconocí que siempre fui una mujer débil, fragmentada, perdida. Nunca
supe en realidad lo que deseaba en la vida, nunca entendí cuál era mi
propósito en el mundo. Sólo convivía e intentaba mantener contentas a las
personas que me rodeaban, estando allí para ellos. Haciendo cosas que los
hicieran felices. Me gustaba hacerlo, se sentía bien. Y en el proceso me olvidé
de mí misma.
Me recordé esa noche.
Esa cena lo cambió todo, me di cuenta de que ésta era yo. Ahora. La
mujer de un monstruo en la piel de un cordero. Allí, tendida en la cama,
inmóvil mientras mi esposo se arreglaba las ropas, miré el techo y me
encontré. Por primera vez tuve consciencia de mí misma. Por primera vez supe
lo que quería en la vida. Morirme.
Fregarme bajo la ducha. Morirme. Vomitar. Morirme.
Así que ya no luchaba cuando quería algo de mí, ya no gritaba, ya no me
movía. No me cubría. No me quejaba. Lo dejaba hacer, y en el fondo le
molestaba. Le enfurecía tanto que ya no demostrara mi dolor que se
esforzaba por provocarlo. Se volvía cada vez más y más cruel, despectivo.
Mortífero. Acepté que ese era mi destino, permití que me fragmentara en
pequeños cachos. Dejé que asesinara cada pequeña partecita de mí. Porque
no había voluntad. Nunca hubo voluntad en este cuerpo.
Y no había nadie a quien podía decírselo, él me mataría.
Él iría a por las personas que yo más quería.
Y si no podía resguardarme a mí misma, por lo menos lo haría con
quienes amaba. Los protegería. Ellos no necesitaban saber. No les hacía falta
sufrir.»
— ¿Francesca?—alguien me sacude y despierto del reposo, saltando
fuera de la cama como si me quemaran.
Entrecierro los ojos hacia la tía Olga que se encuentra a mi lado,
inclinada sobre mí, con su vestido lujoso y el maquillaje intacto, sus ojos
preocupados. Le interrogo con los míos, y ella señala a la ventana, a los
coches entrando por el camino de piedras en dirección a la casa. Trago y le
echo un vistazo a Abel, durmiendo en su cuna. Me acaricio el vientre
ovalado y sobresaliente con nerviosismo.
Puede que Álvaro Echavarría esté muerto, pero eso no hace mi vida más
fácil. Aun incinerado y en el infierno, sigue complicando mi existencia.
Robándome la paz. Desapareció de este mundo dejando enormes deudas,
algunas a gente decente. Otras, no tanto. Casualmente le debía millones a
ciertas personas, delincuentes. Y quieren cobrar, es entendible. El gran
problema es que no tengo el dinero. Algo, no todo. Cinco millones de dólares
es demasiado y Álvaro me dejó en banca rota.
La primera vez que aparecieron, tuve suerte de que no estuvieran de
malas y con ganas de crear problemas, o dispuestos a asesinarnos a todos.
Sin embargo, me amenazaron explícitamente con llevarse a mi hijo si no
pagaba la próxima vez que vinieran. Llegó la hora y no estoy ni de cerca
preparada para saldar la deuda. Le pedí ayuda a Juan Cruz, él me cedió lo
que pudo, sólo un par de millones. Necesito tres más, y desgraciadamente
no tengo una galera para hacerlos aparecer como por arte de magia.
—Seguime—susurra mi tía.
Envuelvo a Abel en la misma sábana con la que está cubierto y lo
levanto en mis brazos. Es bueno que sea un niño con sueño pesado y le
cueste despertarse una vez que cierra sus párpados. Sigo los pasos de mi tía
por los pasillos, adentrándonos apuradas en la biblioteca. Saca una llave
que cuelga de una cadena en su cuello y frente a mis ojos destraba una
puerta secreta entre los libros. No puedo dejar de estar asombrada,
relacionando todo esto como la escena más loca de alguna película.
Ella me dirige dentro de lo que parece un bunker secreto y me cuelga la
llave en el cuello.
—No salgas por nada del mundo, Francesca—me ordena—. Hay comida,
el baño funciona perfectamente y tenés todo lo que necesitas para Abel.
—Pero, tía…—doy un paso adelante, sin entender bien.
—No me lleves la contraria, esto es lo único que podemos hacer—
asegura, pidiendo con su mirada que respete su pedido—. Permanece, por
lo menos, veinticuatro horas acá. No salgas, ¿escuchas? Yo enfrentaré a
esos matones, jamás llegaran a tu bebé.
Mi corazón cae en picada al entender lo que esto significa, mi enfoque
se borronea por las lágrimas y me adelanto para abrazarla. Aferrarme a ella.
—No puedo dejar que hagas esto, entra conmigo—susurro, rogando—.
Quédate conmigo.
Niega y sale, parándose junto a la entrada.
—Yo los enfrentaré, los desviaré—dice, convencida—. Espera
veinticuatro horas, si es posible, un poco más. Entonces serás libre, corre a
resguardarte—encierra mi rostro mojado en sus manos—. No les diré nada,
mentiré que te fuiste de esta casa y corriste a la ciudad, se quedarán
rondando, seguramente. Pero se cansarán y perderán la paciencia al ver que
no hay ningún movimiento. Al salir, toma uno de los coches y aléjate lo más
rápido que puedas.
No me da tiempo ni a responder, se aleja y empuja la puerta de regreso,
ésta se cierra con un impactante click y me quedo sola con mi bebé
dormitando en mis brazos. No sé qué hacer, permanezco allí de pie por lo
que parecen horas, mis brazos acalambrándose, mi respiración acelerada.
Mi cabeza contemplando miles de posibilidades. Ninguna buena.
En algún momento me muevo hacia la cama del rincón y recuesto a
Abel, me hace sentir mejor que permanezca dormido. Me siento a su lado y
miro al vacío. Sé que no puedo quedarme aquí adentro mientras lastiman a
mi tía, tengo que hacer algo. Es injusto que le pase esto por protegerme. Me
acerco a la puerta y apoyo la oreja con intenciones de escuchar algo del
exterior, es imposible, es un lugar insonorizado. Aprieto la llave que cuelga
de la cadena en mi cuello, ésta quema en mi palma.
Mi bebita elige ese momento para removerse y me quita el aliento, llevo
una mano a la parte baja de mi vientre, acariciándome para calmar las
molestias. Empiezo a sudar sin parar, temblando. Sintiéndome
claustrofóbica.
No puedo quedarme oculta, no puedo. No soporto estar aquí a salvo
mientras otra persona se arriesga por mí. He jugado a las escondidas
muchas veces en mi vida. Cuando era niña e intentaba mantenerme fuera
del radar de mis padres adictos, con el tiempo aprendiendo a evitar ser un
saco de boxeo. Y, ¿con Álvaro? No me escondía, pero sí protegía a Abel, lo
encerraba en su habitación mientras dormía y mantenía la llave conmigo.
Así que, cuando el monstruo que dominaba a su padre despertaba, no
estaba cerca. Solo yo. Yo antes que un bebé inocente.
Álvaro nunca tocó a nuestro hijo, las pocas veces que interactuaron fue
dulce con él, atento. Hasta pensé que le tenía verdadero cariño, pero yo no
podía arriesgarme. No podía permitirme perder la única cosa que hacía el
suplicio menos tortuoso. Si algo le pasaba a mi hijo yo no podría soportarlo,
jamás. Era lo único bueno en ese infierno.
Otro tirón viene y tengo que doblarme sobre mí misma para soportar el
dolor. Me apoyo en la puerta, procurando no caer de rodillas. “No ahora,
bebé”, suplico en mi mente. Pero es lógico, estoy al borde de la fecha de
nacimiento. Con mi suerte es muy probable que mi hija esté intentando
salir justo ahora, en un momento tan crítico como este. “Por favor, sólo
espera un poco más” le rezo.
Sigo de pie allí, empapada en sudor, mis extremidades sacudiéndose,
me atraganto cada vez que florece una nueva contracción. Quiero llorar por
este destino, pero no me lo permito, tengo que ser fuerte. Si hay algo que no
he tenido en mi vida es fortaleza, ahora es el momento de llenarme. Por mis
bebés. La presión bajo mi estómago se enciende y jadeo, apoyando mi frente
en la madera fría de la puerta. Mis pies están helados, las plantas soldadas
en el suelo. Me estremezco mientras me recupero.
Ahí es cuando decido salir de una vez, enderezo mi espalda y quito la
llave de mi cuello, abro la puerta sólo un poco y espío, no hay nada. No se
escucha más que silencio. Le doy un vistazo a Abel, está igual, en paz.
Coloqué almohadones en sus costados para que no ruede y se caiga del
colchón. Estará bien, si despierta y llora, al menos no será escuchado por
nadie. Podrá soportar un ratito de llanto sin su mamá. Sólo espero que no
intente bajarse de la cama.
Me salgo del escondite y cierro, colgando la cadena de nuevo en mi
cuello, para asegurarme de no perderla. Emprendo mi camino por el pasillo,
sigiloso y lento, pequeños pasos insonoros. Sostengo mi respiración a raya,
y trato de no alterarme cuando otra contracción viene, me freno a mitad de
camino hasta que se detiene. Cada vez son más seguidas, sé perfectamente
lo que eso significa. Tenía la esperanza de que fueran sólo unas patadas.
Claramente no.
Sigo hasta bajar un tramo de escaleras, yendo por el pasillo donde está
mi habitación, puedo escuchar voces en la planta baja, aunque no distingo
lo que dicen. Suspirando llego a destino y corro con desesperación hasta mi
cama, me las arreglo para alzar un poco el colchón y obtener mi arma.
Adela me la dio ese tiempo que estuve con ella, en la cabaña del recinto del
club de motociclistas. Lo hizo con intenciones de hacerme sentir segura, en
ese momento no lo aprecié, ahora mismo lo agradezco infinitamente. Está
bien cargada y espero que me sea suficiente si esto empeora.
Me acerco a las escaleras y las desciendo con cuidado, empuñando la
pistola con mi pulso inestable. Tengo que estar concentrada, no titubear si
las cosas se ponen locas. Una creciente ola de contracciones me asalta y
pierdo el enfoque, mareándome un poco. Cierro los ojos oyendo los
imparables jadeos que ahogo como puedo, me paso la lengua por el labio
superior y el sabor salado de mi transpiración entra en mi boca. ¿De
verdad? ¿Tenía que comenzar mi trabajo de parto justo ahora?
Llego al final y permanezco escondida, escuchando gente moverse a
través de la cocina. Alcanzo a divisar por la ventana que sólo hay un único
coche afuera, sin rastros del otro.
—No va a salir, cariño. Hará todo lo que le dije—escucho susurrar—. Es
una chica fácil de manejar, lo sabes.
Mi sentido del oído se agudiza y detengo mi respiración para escuchar
con atención. Todo mi cuerpo en alerta. Ignoro las gotas viscosas que se
deslizan por entre mis muslos, mi sexo punza contrayéndose,
provocándome un ardor casi insoportable, aun así me mantengo de pie.
—Sólo tiene dos millones, Olga—el suspiro es claramente masculino.
Trago, respiro a través de mi boca entreabierta.
—Lo sé… pero es eso o nada…
Mis ojos se llenan de inmediato respondiendo ante el dolor, paso el
bulto por mi garganta con dificultad. No puede ser. No puede ser. Esto no
está pasando.
—Agarremos la plata y vayámonos—pide mi tía—. Ella saldrá y no
encontrará nada.
—Quiero los cinco—reniega el tipo—. No hice toda esta mierda por
nada. No aterroricé a una mujer embarazada para llevarme menos de la
mitad.
—Está en banca rota, es todo lo que tiene—le explica ella.
No puedo verlos, no sé quién es el hombre. Lo único que tengo claro es
que mi tía me está traicionando, ¿ella planeó todo esto? ¿Intenta robarme?
Sabe perfectamente que no tengo nada, que Álvaro no dejó más que deudas.
Ni siquiera tengo el dinero de mi herencia, él se lo quedó también. Se lo
gastó en juegos y alcohol.
—Dijiste que tendría más—el desconocido se oye muy enojado.
—Bueno, mi hermana y su marido eran ricos—sisea ella, ofendida—.
Echavarría también. Sólo lo asumí. Por lo visto no le ha quedado nada, no
creí que esto sería tan catastrófico.
El tipo gruñe y se escuchan pasos lentos, como si se estuviera paseando
ida y vuelta pensando. Un largo momento de silencio se estanca, y me
esfuerzo por no retorcerme ante nuevas olas de calambres, termino sentada
en uno de los escalones, abrazando un barrote de hierro de las escaleras
con fuerza. Me trago los quejidos de dolor.
Tengo que pensar en cómo salir de esta casa sin que lo noten y quieran
mantenerme encerrada de nuevo y por las malas. Me paro, notando mi
camisón húmedo, no le hago caso. Sé perfectamente que tengo que ir en
busca de ayuda, no puedo tener a mi bebé en esta casa. Debo arriesgarme.
Por lo poco que he oído sólo hay dos personas más en la casa, mi tía y su
amigo. O socio. O lo que sea. Y sostengo un arma.
Quizás pueda defenderme.
Me apoyo pobremente contra la pared mientras me decido a moverme, ya
dejando atrás las escaleras. Avanzo hasta la cocina y lo primero que veo es a
Olga junto a la mesada, sus brazos cruzados y rostro muy serio. Ella levanta
la vista al ver movimiento y su boca se abre con sorpresa. Su mirada se
vuelve cautelosa de un segundo a otro, clavada en la pistola a mi costado,
colgando de mi mano. Trago, no me encorvo al sentir más dolores, sólo la
observo con mi mentón en alto, desafiante. Como nunca antes me atreví a
hacer.
“Esto es por mis hijos. Esto es por mis hijos” Repito continuamente en mi
mente, porque ningún otro pensamiento me daría este tipo de valor.
Paso la puerta y el hombre entra en mi campo de visión, yo también en
el suyo. Me detengo a una distancia prudencial. No lo conozco, jamás lo vi
en mi vida, pero no me importa, le apunto directo al pecho y Olga jadea por
lo bajo, tensa. Él sólo me observa, ilegible, apenas una leve palidez
cubriendo la piel de su rostro afeitado. Quiero decir algo, pero nada
abandona mi boca, estoy incapacitada, mi pulso firme por una vez en mi
vida. Los ojos puestos en el rostro del desconocido, de inmediato quiero
bajar la vista a mis pies cuando me devuelve la mirada, pero me esfuerzo en
quedarme como estoy.
No demostrar debilidad. No ahora.
—Francesca…—musita mi tía, afectada—. ¿Qué estás haciendo?
No le digo nada, atenta al tipo del otro lado de la barra que separa la
cocina a la mitad.
—Francesca, baja el arma—ordena ella—. Con todo lo que he hecho por
vos y Abel, ¿nos amenazas así?
Ahora sí la miro, mi rostro de piedra, sin demostrar ni una emoción. Ni
siquiera el dolor que arrasa mi cuerpo cada vez más intensamente.
—Lo hiciste porque querías robarme…—le acuso.
Vuelvo a poner los ojos en él. Pienso que ya he dejado hoy mismo de
confiar en las personas, todos tienen segundas intenciones ocultas.
Siempre. Ella me ofreció ayuda en el peor momento de mi vida y, me costó,
pero decidí aceptarla, puse el pequeño rayo de fe que me quedaba en Olga.
Y mira cómo ha terminado eso. Ya no me queda nada, solamente mis bebés.
El desconocido hace un movimiento hacia mí, un pequeño paso, su
mano se mueve hacia su bolsillo trasero y me asusto. Me sobresalto y en la
desesperación aprieto el gatillo. El sonido de la explosión saliendo de la boca
de mi pistola nos aturde y el grito horrorizado de Olga le sucede, un olor
extraño me llena las fosas nasales y mi brazo cuelga a mi costado, laxo.
Estoy temblando ahora, viendo al hombre derribado en el suelo tocándose el
estómago, su rostro torcido con dolor. Mi tía corre hacia él y cae de rodillas
a su lado, lloriqueando y gritando.
Me doy la vuelta reaccionando al recordar a mi hijo en el último piso,
encerrado detrás de la biblioteca, corro escaleras arriba ahora aullando
roncamente a los pasillos sin que me preocupe hacer silencio, las
contracciones a punto de derribarme a medio camino. Lágrimas corren por
mis mejillas y, a duras penas, llego hasta mi hijo. Abel está llorando,
sentado en medio de la cama y se tranquiliza un poco al verme. Con
aceleración y movimientos torpes, lo envuelvo en el cobertor de la cama y lo
abrazo contra mi pecho, la pistola sigue en mi mano. Por más que queme en
mi palma, no la dejo caer. Me escurro de nuevo por las escaleras, los fuertes
espasmos intentando derribarme de rodillas. No me freno en ningún
momento.
Una vez en la planta baja, recorro apresuradamente la sala de estar,
esquivo la cocina donde mi tía sigue junto al herido, ha sacado su celular y
está marcando con desesperación a la ambulancia. No me permito ni un
mínimo segundo sentir culpa por lo que hice, era él o mis bebés. Yo siempre
voy a elegir a mis hijos por encima de todo. A través de una puerta me cuelo
en el garaje, encontrando mi coche estacionado. Listo para salir, suspiro
con alivio al ver la sillita del niño enganchada todavía en el asiento trasero y
no pierdo tiempo, por más que llore y berree como loco, recuesto a Abel con
cuidado y lo ato. Rodeo el coche y entro detrás del volante, uso el control
remoto para abrir las puertas eléctricas, el reflejo de la nieve me obliga a
entrecerrar los ojos. Con la última contracción enciendo el coche y derrapo
ruidosamente alejándome de la casa de mi tía.
Me seco los ojos mientras tomo la carretera peligrosa y resbaladiza por
la humedad, no puedo detenerme, acelero tanto como puedo. Le canto
preciosas canciones a un Abel intranquilo y quejumbroso en el asiento
trasero. Le aseguro que mamá está bien, y que pronto estaremos a salvo.
A salvo. ¿Dónde?
Lloro. Me permito hacerlo, ahora que no hay nadie a mi lado que
subestime mis lágrimas y me golpee por derramarlas. Pienso, intento
suspirar y enviar paz a mi mente para poder considerar mis posibilidades.
Sólo me queda una opción, y debo obligarme a creer que es la correcta.
Tengo que convencerme de que todavía existe una persona en la que puedo
confiar. Alguien que debería haber dejado entrar mucho tiempo antes.
Adela.
León
Las cuentas van bien, hemos sumado grandes entradas estos últimos
meses. Desde nuestro trato con los salteños todo ha ido mejorando. Ahora
podemos expandir nuestro negocio más allá, incluso internacionalmente.
Eso nos viene como anillo al dedo porque los Leones están empezando a
formar sus familias. Santiago ya ha conocido a su chica, Adela, y ella es
parte. Lo fue desde el principio. Max y Lucre están mejor que nunca, eso me
hace suspirar, quita un gran peso sobre mis hombros. No es lindo ver a uno
de los tuyos enterrarse en el barro cada vez más, como estuvo haciendo por
años. Gracias al cielo Max ha sabido traerse a sí mismo a la superficie y
disfrutar del amor de una mujer especial que lo ama con la vida. Y vienen
en camino gemelos. Gemelos.
Estamos expectantes porque, por primera vez en mucho tiempo, el clan
está en orden y feliz. Lucrecia ya me ha asegurado que no alejará a sus
hijos de nosotros, que somos su familia también y eso me llena de orgullo y
emoción. Podría estar en desacuerdo, resguardarlos, alejar a dos inocentes
bebés de este club delincuente, porque eso somos, trabajamos con dinero
sucio, eludiendo la ley. Definitivamente no. No puedo. Soy egoísta. Soy
irresponsable en este tema.
Somos malos, atraemos la violencia y llenamos nuestras manos con
dinero manchado de sangre. Las armas que traficamos asesinan personas,
fomentan la guerra y la muerte. Y siento cierto tipo de culpa por eso, pero es
de lo que vivimos, es con lo que les doy de comer a mis chicos. Una cosa
llevó a la otra y terminamos del otro lado. El malo, no el respetable. Sin
embargo, no me importa cambiar, ya es tarde. Si soy un mal hombre por
eso, entonces estoy preparado para el infierno cuando éste llegue.
Un par de ahogados golpecitos suenan detrás de la puerta de mi oficina
y dejo las cuentas para dar permiso, Gregorio entra luchando con sus
muletas. Le sonrío y me quito las gafas de leer.
Lo conozco desde que tengo uso de razón, mejor amigo de mi padre y
ahora mi confidente. Él estuvo cuando mis padres se fueron, me ayudó a
levantar este pequeño imperio, ahora apenas puede caminar y se está
poniendo viejo, pero eso no lo limita a la hora de visitar día a día al clan.
—Hijo—saluda, dando una cabezadita.
Le señalo la silla al otro lado de mi escritorio y él se deja caer sin
muchos miramientos, apartando las muletas. Su crecida barba encanecida
se mueve cuando me devuelve la sonrisa, sus ojos arrugados se achican en
mi dirección.
—El negocio antes que nada—comenta, echando un vistazo a las
carpetas.
Me echo hacia atrás, relajado y uno mis manos contra mi estómago.
—Es lo que nos da de comer, ¿qué sería de nosotros si descuido esto?
Nos reímos y me levanto para servirle un par de dedos del mejor whisky
que tengo, lo mantengo escondido de la multitud de borrachos allá abajo.
Siempre que Greg viene, pasamos un buen momento de esta forma. Nos
mantenemos en silencio disfrutando del exquisito alcohol, y es raro este
ritual viniendo de ambos, aunque ya nos hemos acostumbrado a él.
También espero que diga lo que viene a decir, porque es obvio que tiene
ganas de soltarme algo, se expresión precavida lo grita.
—Sandra va a volver al pueblo en un par de meses—larga, después de
un pesado suspiro.
Mis párpados se entornan, pesados, aburridos. Sabía que sería sobre
ella, siempre se prepara antes de hablarme de su hija. Intento no encogerme
de hombros, no quiero menospreciar su información, vale mucho para él y
es obvio que quiere desahogarse conmigo.
—Me alegro por ustedes, viejo—le doy una leve curva de labios cerrados.
No muestro mis dientes, no por algo que tenga que ver con ella, la
última vez que lo hice terminé en prisión.
—Yo sé que sí, León—le da un sorbo largo a su bebida—. Sabes, quería
decírtelo, necesitaba advertirte si vas a intentar visitarnos en un tiempo.
Asiento, y me fijo en mi vaso por un par de largos segundos.
—Está bien—digo, por lo bajo—. No quiero que te sientas mal, viejo,
pero nada que tenga que ver con ella me interesa…
Me da una triste sonrisa, que parece más una mueca, y tengo por
seguro que me entiende. Demasiado bien. Sabe que tengo todas las razones
y derechos para sentirme así al respecto.
—Me sentiría igual, hijo—susurra, y termina su trago—, si ella no fuera
mi niña—agrega—. Con Laura queremos darle una oportunidad, ha pasado
mucho tiempo, todavía nos queda esperanza. Y confiamos en que ha dejado
lo malo atrás.
—Hacen bien, Greg—lo conforto—. Hacen muy bien.
Siento su seguridad volver y se tranquiliza. No quiero que se sienta
culpable, él no tiene nada que ver con lo que pasó. Greg y Laura son como
mis segundos padres, los amo. Nunca consideraría alejarlos sólo porque
quieren de vuelta a su única hija. No soy así de egoísta.
Se da envión para ponerse en pie nuevamente. Toma sus muletas y
salgo de mi silla para acompañarlo abajo, no le hago notar que me preocupa
que vaya a terminar rodando por las escaleras. Él no apreciaría eso.
Descendemos con cuidado, yo detrás, vigilándolo de cerca. Lo acompaño al
estacionamiento después de quedarnos un rato con los pocos muchachos
que ya entraron en el bar.
Le despido con una cabezada mientras se retira en su coche, y a la
vuelta me cruzo con Max que tomará una de las SUV para ir al pueblo por
compras. Sí, compras. Entro en el bar riéndome a carcajadas por eso,
Medina poniéndose todo hogareño es algo nuevo. Sin duda extraño, pero de
muchas maneras reconfortante. Será un buen padre, apuesto todo por eso.
Una vez más en la oficina, termino con los papeles importantes,
compenetrado y en silencio. La puerta cerrada ahoga cualquier sonido que
viene de abajo, sin embargo no me impide escuchar la terrible explosión que
ocurre afuera, más parecido a una colisión de coches. Salto de mi lugar
como si me hubiese quemado, lanzo mis gafas sobre la mesa sin mucho
cuidado y corro escaleras abajo, al mismo tiempo los hermanos se
amontonan en la salida, mirando en dirección al choque. Veo que un coche
negro y desconocido ha dado de trompa contra la cola de la SUV que Max
conducía, él está fuera, tratando de llegar al conductor.
No pierdo tiempo, voy a ofrecer ayuda y es al estar cerca que veo bien
quién está detrás del volante del coche oscuro. Mi corazón salta a mi
garganta y mi pecho se infla con la necesidad de llegar a ella. Francesca.
Creí que jamás volvería a ver ese oscuro par de ojos grandes y exóticos.
Todavía recuerdo como si fuera ayer aquel día que corrimos a ayudarla y
alejarla de las sucias manos de su marido abusivo, gracias al pedido
desesperado de Adela. No he olvidado el estado en el que la encontramos,
justo debajo del hijo de puta, con el rostro desfigurado a golpes. Ese ha sido
material de pesadillas todos estos meses. No importa cuántos hombres yo
haya matado, cuantas muertes he presenciado. Ver esa escena me rompió
por dentro, la pobre mujer indefensa siendo abusada e inmovilizada,
sangrando. Carajo, nunca voy a poder sacarlo de mi cabeza.
Desplazo a Max lejos, tomando la delantera y voy por ella, que está
encorvada en su asiento, por suerte viéndose ilesa. No estoy pensando con
claridad cuando la libero del cinturón y la tomo en mis brazos, levantándola
como si fuera una pluma, notando su tensión. Permanezco atento en su
rostro pálido, torcido de dolor e ignoro todo lo demás en medida que avanzo
hasta mi lugar privado, en el piso justo encima del bar. Dejo a todo el
mundo atrás.
La recuesto sobre mi cama, recién ahora notando que lleva sólo un
camisón de maternidad, y se aprisiona el estómago sobresaliente con manos
inquietas. Se retuerce y gime, sus ojos aguados. Me mira, no dice nada, sólo
me ruega en silencio, incapaz de hablar. Me inclino sobre ella y, con
delicadeza, quito los gruesos mechones de pelo color chocolate de su cara
sudorosa, buscando entenderla.
—Ne-necesito…—tartamudea en voz baja, traga con fuerza—. ¡Necesito
pujar!—suelta en una intensa bocanada de aire.
Me voy hacia atrás de un tirón, dándome cuenta ahora de la situación,
me quedo en blanco observando cómo se enrosca sobre sí misma,
despegando su cabeza del colchón. El camisón está húmedo a la altura de
la entrepierna, supongo que eso significa que ha roto fuente. Me apresuro
hacia la puerta y grito por ayuda, tanto que mi tono retumba por todo el
lugar. Claro que necesito ayuda, no sé qué mierda se hace en una situación
así.
Un remolino de cabello rubio atraviesa la puerta y me calmo un poco,
Adela llega detrás con Santiago persiguiéndola. Me quedo clavado junto a
Francesca mientras los veo a todos tomar el control de la situación.
Lucrecia se pone en marcha buscando toallas, Adela se quita el abrigo y se
pone al otro lado de su cuñada, Santiago observa con determinación,
remangándose los puños, yendo al baño. Vuelve con una botella de alcohol
etílico y se restriega las manos con él, yo acomodo una leve montaña de
almohadones para que Francesca se recueste más cómoda en ellos. Las
chicas, inmediatamente, colocan un montón de toallas bajo la mujer
retorciéndose en la cama.
Francesca gruñe, bañada en sudor, todo su cuerpo se estremece y a
causa de un fuerte impulso busca a ciegas mi mano y se sujeta a ella,
apretándome en necesidad de apoyo. En ese preciso momento dejo de
sentirme como un inútil y me fijo como un ancla a su lado, totalmente
dispuesto a brindarle lo que le haga falta. Me tomo el atrevimiento de barrer
de nuevo los mechones de pelo de sus mejillas, despejando su precioso
rostro de porcelana. Tan hermoso, dulce y suave, por más expresión de
tortura que esté demostrando.
La Máquina se planta al final de la cama, sube la falda del camisón,
desnudando las largas y pálidas piernas temblorosas de la madre a punto
de dar a luz. Con una expresión ilegible, la tantea más allá, anunciando en
voz baja que hay dilatación. Todo ocurre frente a mis ojos tal como una
escena a cámara lenta de una película, él le ordena pujar y así comienza
esta ardua tarea de traer al bebé al mundo. Estoy maravillado, ni siquiera
reparando en el dolor de mis dedos cada vez que Francesca los estruja en
su mano caliente y húmeda. No existe nada más que ella haciendo el
esfuerzo, tomando fuerzas de mí para poder seguir. Sus ojos se cierran con
agotamiento después de cada empujón, cae pesadamente sobre las
almohadas, yo no me puedo quedar en silencio, le susurro palabras de
aliento al oído, hasta le seco las lágrimas que se escapan por las comisuras
de sus ojos.
En alguna parte del camino ella termina con el rostro escondido en el
hueco de mi cuello, su mano libre formando un duro puño en mi camiseta,
la otra aun sujetando la mía. La siento respirar con esfuerzo en mi piel, me
estremezco a la par y la sujeto de la nuca en el último envión antes de que
el bebé salga. El llanto llena la habitación y la madre se despega de mí,
aplastándose en la cama ya sin fuerzas, a punto de desmayarse. Sin
siquiera ser consciente entrelazo mis dedos con los suyos, ya flojos. Todo su
cuerpo flácido y exprimido. Santiago anuncia que es una niña, la envuelve
en una manta y la acerca a Francesca con cuidado. Todavía unidas por el
cordón, ella la sostiene mientras llora y le besa la frente.
Paz viene después, mientras la habitación se despeja por unos minutos.
No me despego de la madre y la bebita, observándolas hipnotizado, mi
pecho revolucionado. Enamorado de la dulce imagen frente a mis ojos.
Tengo que desviarme un instante para tomar aliento, sintiéndome
sobrepasado, me limpio los ojos y trato de enterrar los viejos sentimientos
que intentan adueñarse de mí. Esto me trae recuerdos de aquellos tiempos
en los que creí tocar el cielo con las manos, y de lo efímeros que resultaron
ser al final.
Las enfermeras toman posesión de mi hogar, entrando por la puerta con
apuro, seguidas por un médico que de inmediato va sobre la cama para
revisar la situación. Me quito del medio un poco, aun quedándome cerca,
sentado en el borde de la cama viéndolos trabajar. Llevan a cabo lo que
resta del parto, limpiando a Francesca y revisando a la bebita. Llegan a la
conclusión de que está todo en orden y no van a necesitar llevarlas al
hospital por observación. El médico se asegura de darme indicaciones a mí,
porque al tenerme tan cerca hace suposiciones erróneas. No le corrijo, le
escucho con atención dispuesto a ayudar cuanto sea posible.
—Es preciosa—comenta sonriente una de las enfermeras, devolviendo la
bebé ya cambiadita a los brazos de la madre—. Los felicito.
Francesca está demasiado cansada como para reparar en el desliz de la
joven y yo sólo asiento a sus palabras, con poco interés en alejarla del error.
Con Santiago salimos afuera un rato cuando Adela se dispone a cambiar el
camisón de su cuñada y vestirla con ropa limpia de dormir que Lucre
consiguió. Él baja las escaleras, en cambio me quedo cerca, con intenciones
de volver a entrar a ver cómo está todo. El personal se va retirando y antes
de despedirlos pido el favor de que alguna de las enfermeras se quede por
precaución, para sentirnos más seguros. Una de ellas asiente y se ofrece,
aunque noto que no quiere permanecer mucho tiempo en este lugar. Le
dedico mi mejor sonrisa de agradecimiento, y le aseguro que se lo
recompensaré. Entiendo que algunas personas se sientan intimidadas de
entrar en nuestra zona.
Una vez dentro de nuevo, veo que Francesca ya está dentro de las
mantas, recostada cómodamente, la bebé durmiendo en su pecho. Pestañea
lentamente, en poco tiempo sabemos que caerá dormida. Adela se sienta a
su lado y acaricia con la yema de su índice la mejilla de la niña. La
enfermera se queda apartada, atenta.
— ¿Ya has pensado su nombre?—pregunta, enfrascada.
Veo cómo el rostro pálido de la mujer se sonrosa, tal vez por vergüenza,
y niega casi imperceptiblemente. Se siente mal por no haberle dado un
nombre a su hija todavía. Me acerco unos pasos a ellas, con mis brazos
cruzados en el pecho, no puedo evitar sonreír al rostro pequeño y dulce de
la bebé.
—Está bien—la consuela Adela, sonriendo—. Hay tiempo hasta que
vayamos a registrarla.
Me adelanto y cautelosamente tomo la niñita en mis brazos, enseguida
me estremezco por lo diminuta que es. Me fijo en Francesca y la encuentro
estudiándome con los párpados entornados, Adela viene cerca de mí para
seguir embobada con su sobrina.
—Te queda bien—susurra, bromeando.
Me rio bajo y llevo mi atención a la niña, ella está tranquila, sus ojitos
cerrados, su piel enrojecida. No sé por cuánto rato la sostengo embelesado,
caminando de un lado a otro, hasta que comienza a ponerse inquieta,
seguramente necesitando los brazos de mamá. Me dirijo a ella y la devuelvo,
los ojos color chocolate no se despegan de mi rostro. No tengo dudas de que
mi presencia intimida a Francesca, la pone nerviosa, sin embargo no creo
ser capaz de mantenerme alejado ahora.
Le doy mi mejor sonrisa conciliadora, intentando darle un mensaje lleno
de amabilidad. Es lo que ella y sus hijos necesitan después de tanto dolor.
Me inclino para rosar la pelusita oscura en la pequeñita cabeza y susurro:
—Cuando nace un bebé, con él viene la esperanza—mi voz suena lenta
y suave.
Los ojos de Francesca se espesan en contacto con los míos, cuando
nuestra mirada se vuelve extensa y bastante íntima baja el rostro,
escondiéndolo entre sus largos cabellos oscuros. Eso no me impide ver las
lágrimas que comienzan a recorrer sus mejillas mientras mira a su hijita.
—Esperanza—murmura tan bajo que casi me parece imaginarlo, lleva
los labios a la pequeña frente arrugada y los deja allí soldados, inmóviles.
Antes de desaparecer a través de la puerta para al fin darle privacidad,
mis ojos vuelven a caer en ella y los suyos me toman de regreso un instante
antes de cerrarse y dejarme marchar.
2
León
«Caminé atravesando la vereda, dejando atrás mi moto en el
estacionamiento. Mis manos metidas en los bolsillos, la cabeza gacha, viendo
mis botas desgastadas pisar el suelo con lentitud. Me daba miedo entrar,
pero debía hacerlo, necesitaba hacerlo. Pasé la puerta sin frenar, enseguida
una ola de personas vestidas de blanco me rodeó, quise negarme el respirar
ese fuerte olor a desinfectante. Odiaba el olor a hospital, sin embargo no pude
eludirlo. Sólo enderecé mis hombros y subí las escaleras hasta el segundo
piso, donde papá me estaba esperando en los pasillos. Él me pidió que
viniera, porque ya no creía que tuviéramos más tiempo.
Tragué el nudo estorbando en mi garganta y llegué a la puerta, antes de
levantar mis ojos al rostro de papá me aparté los largos mechones de pelo de
mi cara. Los irises azules del viejo estaban opacos, tristes, me miraban con
resignación. Entendí el mensaje silencioso que quería darme con ellos. Yo me
detuve de gritarle al mundo por qué nosotros teníamos que pasar por esto,
que era injusto. Pero mamá ya me lo había explicado tiempo atrás, no
podíamos pretender que la vida fuera justa sólo porque éramos buenas
personas. Las cosas malas le ocurrían a todo el mundo, y tendría que
aprender a superarlo.
—Está despierta—musitó papá, apagado.
Me recosté pesadamente contra la pared, justo al lado de la puerta.
Suspiré para darme ánimo, no podía entrar en la habitación a llorar como un
niño, yo debía ser fuerte por ella. Me enderecé después y tanteé el picaporte,
abrí y de un solo paso que funcionó como envión, estaba dentro. Viendo
directo a la cama donde estaba mamá, descansando.
Consumida, pálida, débil. La observe tanto como pude permitírmelo,
reparando en esos ojos que antes habían sido azules, y ahora sólo quedaba
un deslucido grisáceo. Me acerqué a la cama, tomando una bocanada de aire
antes de inclinarme sobre ella y besarle la frente.
—Mi chiquito—saludó ella en voz muy baja.
Me senté a su lado en el borde de la ancha cama de hospital y le tome la
mano fría y ya huesuda. Intenté no estremecerme al rosar con mis dedos
cada filoso ángulo de los huesos.
—Hola, ma—le sonreí.
Ella me devolvió el gesto, aunque más desvaído y torcido. Se quedó
mirándome muy fijamente, como si estuviese embebiéndose con mi imagen
para grabarla a fuego en su mente antes de irse.
—Tu pelo—susurró, sonrió.
Asentí, me coloqué los mechones detrás de la oreja. Ella siempre me
enviaba a cortarlo cuando se crecía demasiado, este último tiempo no pensé
mucho en ello.
—Tengo que cortarlo—le dije.
Negó, sin quitar esa expresión de amor y admiración de su cara llena de
agotamiento. Se veía serena, ninguna señal de dolor, se encontraba en paz. Y
yo sabía que eso significaba morfina. Grandes dosis de morfina.
—No lo cortes, te queda bien—aseguró y estiró una mano para tocarlo, yo
se lo facilité yendo sobre ella.
— ¿No parezco una chica?—me reí, recordando las burlas de mis
compañeros de secundario.
No me afectaban, porque yo hacía mi vida. Aparte de todo. Yo creía en mí
y me gustaba llevar el pelo así. Por la única persona que lo cortaría sería por
esta hermosa mujer en la cama, mirándome con cariño. Por la mujer que me
ayudó a crecer y dio todo por mí.
—Seguro a las chicas les encanta—alza las cejas, modo de broma.
Carcajeé y asentí. Estaba siendo mamá otra vez, la loca que le gustaba
hacer bromas y reía ruidosamente en la mesa, a riesgo de parecer
irrespetuosa. La que entraba en estrechos vaqueros y se dejaba el cabello
rubio largo hasta las caderas. La que volvía loco a papá de todas las
maneras que existían. Dios, la amábamos. Y ahora se estaba apagando.
La vi ponerse seria lentamente, dejando atrás el divertido momento,
volviendo a poner esa mueca de cansancio, las ojeras oscuras marcándose
más profundamente. Me estaba viendo fijamente, con afecto todavía, pero
también tristeza y conformismo. Tragó, y yo tuve que hacer lo mismo para
prepararme.
—Cuida a tu padre, León—sus ojos se empañaron.
Los míos siguieron ese ejemplo y tuve que desviar la vista hacia otro lado
porque no deseaba desarmarme sobre mamá. Quería hacerlo en soledad.
—Sos un chico fuerte…—siguió—. Sé que eventualmente vas a salir de
esto. El tiempo te curará, te enseñará a vivir con la cicatriz que significará
perderme. Pero tu padre es otra historia… él va a necesitar tu ayuda, hijo.
Asentí varias veces seguidas para darle énfasis, yo lo haría. Ella sabía
que yo estaría junto a papá para ayudarle, lo que me partía el corazón era
que tuviera que irse sintiendo miedo por él, por dejarlo solo y roto. Mamá
sabía que era un hombre difícil, con un pasado duro. Ella misma lo había
alejado de las drogas y lo ayudó a convertirse en un mejor hombre. Hoy era
uno de los policías más devotos y respetados de la ciudad.
Se relajó un poco, enterrada sobre tantas almohadas, viéndose pequeñita
y quebradiza. Su mano me dio un leve apretón y se lo devolví, me dedicó otra
sonrisa torcida un poco ida. Estaba cansada y seguro pronto caería dormida
por los tranquilizantes.
— ¿Me prometes que vas a ser feliz, hijo?—suelta de improvisto.
Tragué, no quería prometerle algo así, porque yo realmente no sabía si
sería feliz o no. En ese mismo momento estaba siendo infeliz, el dolor por ver
a mamá en ese estado era insoportable.
Ella pareció leerme el pensamiento y me dedicó otra sonrisa cansada,
sus párpados a medio cerrar.
—Ser feliz es una elección, León—susurró bajito—. Siempre habrá algo
adentro, o ahí afuera, que nos provoque sufrimiento; tropiezos, ausencias,
heridas, recuerdos, desengaños. La vida es así para todos, está en nuestro
corazón elegir superarlo y seguir el camino. Está en nosotros despertar cada
mañana sonriendo por el simple hecho de seguir vivos…
»La vida es para vivirla, no para llorarla.
La miré fijamente por largos segundos, mi corazón latiendo con fuerza,
ella esperó mi respuesta.
—Voy a hacerlo lo mejor que pueda cada día, mamá—le juré.
Mamá sonrió esta vez con algo más de fuerza.
—Fui y soy muy feliz—me aseguró—. No me importa el ahora, yo los
tengo a ustedes…
Mi nariz picó e hice mucha fuerza para que las lágrimas no cayeran. Pasé
hacia abajo el enorme nudo atascado en mi faringe, y pestañeé para eliminar
los residuos de humedad en mi vista.
— ¿León?—llamó.
Levanté mi cabeza y llevé mis ojos a los suyos.
— ¿Sí, mamá?
—Los hombres también lloran…
—Lo sé.
—Entonces llora—agregó—. Llora conmigo, acá, en mi hombro.
Abrió los brazos y entré en ellos, desplomándome. Sollocé en sus ropas,
mojándolas y ella hizo lo mismo con mi camiseta. Me palmeó casi
imperceptiblemente la espalda para consolarme.
—Te voy a extrañar—ahogué suspiros.
—No voy a estar muy lejos, de eso estoy segura—me dijo al oído, me
sostuve para no aplastarle pero no me moví lejos de ella, necesitaba este
abrazo, esta especie de despedida, y ella también—. Te amo demasiado, mi
León.
—También te amo, ma. Con todo mi corazón—respondí.
Dejé ir a mi madre dos días después. Fue la primera cosa difícil que tuve
que hacer. El primer puño que la vida me lanzó. Con dieciséis años levanté la
primera piedra en mi camino para seguir adelante. Lo hice por la vieja. Porque
no quería faltarle a mi promesa de que intentaría tener una vida buena. A
partir de entonces haría mi mejor esfuerzo.»
Adela se queda en compañía de Francesca y sus hijos por los siguientes
días en mi apartamento, me mantengo cerca pero no me dejo ver. No quiero
que la mujer piense que estoy invadiendo su espacio personal, es evidente
que mi cercanía le afecta. Me paso los días en las oficinas y el bar, atento,
con órdenes explícitas a Adela para que venga a mí por cualquier
inconveniente. Lucrecia también ha dado una mano a su amiga, y resulta
ser de mucha ayuda, pero pronto ya no podrá hacer más esfuerzos y tendrá
que tomar mucho reposo.
Estoy ocupado organizando nuestra próxima hazaña, un viaje para
llevar mercancía a través del sur del país, no es muy largo, pero nos va a
llevar varios días. Quizás medio mes. Aunque no saldremos hasta que la
nieve baje un poco, seguramente eso llevará cerca de treinta días o más.
Mientras tanto dejo todo listo para no hacerlo a último momento. Eso me
deja tiempo libre, muchísimo más del que estoy acostumbrado y me pone
inquieto. Necesito conservarme ocupado.
Hice espacio en mi oficina para colocar un colchón en un rincón,
apenas queda lugar para caminar alrededor del escritorio, pero me las
arreglo muy bien. No me es molesto, al contrario, siempre que pueda me
gusta ayudar a las personas. Francesca no tiene a donde ir, ella acudió a
Adela en un momento de desesperación, nosotros somos una gran familia y
siempre estamos ahí el uno para el otro. Eso me recuerda a la mañana
siguiente del nacimiento de la bebita, cuando Adela golpeó en mi oficina
para hablar conmigo.
—Le disparó a un hombre—soltó, dejándose caer en la silla frente a
mí—. La tía de Francesca había planeado sacarle plata, armó todo un circo
con un amigo suyo. Él y algunos otros se hicieron pasar por mafiosos a los
que Álvaro les debía dinero en vida…
El rostro de la chica empezó a cambiar más y más de color mientras
relataba la historia de su cuñada. Estaba roja de tan furiosa y, que Dios no
pusiera a esa tal Olga frente a ella, porque con una mínima mirada sería
convertida en cenizas. Entendí el sentimiento, esa noticia también me
golpeó y me llenó de rabia. Parecía que la vida no dejaba en paz a la pobre
Francesca, todo el mundo daba la impresión de que quisiera lastimarla.
Gradualmente sentí mi corazón calentarse y vibrar como una pava de agua
hirviendo en el fuego.
—León, necesitamos que averigües si ese tipo está internado en alguna
de las clínicas de la zona, si enviará a la policía en busca de Francesca…—
los ojos preocupados de Adela se ampliaron—. O si lo mató.
Asentí sin dudar.
—Lo haré—aseguré—. Me tomará un par de llamadas.
Ella suspiró y se relajó, se frotó los ojos con agotamiento.
—Y no voy a permitir que nadie abra cargos contra ella, esté él muerto o
no… eso no va a pasar—mi voz sonó convencida y firme.
Sobre mi cadáver vendrían a por ella, era mi protegida ahora. Nadie
más llegará a ella para hacerle daño. Jamás pasará de nuevo.
—Gracias—susurró Adela, mirándome con cariño—. Muchas gracias,
jefe.
Le sonreí y quité importancia con un mohín de despreocupación. Eso
para mí era sólo un pequeño esfuerzo, no me llevaría nada de tiempo y
dinero levantar el tubo del teléfono y llamar a ciertos contactos. Me informé
de inmediato, no hubo ninguna acusación hacia Francesca y sí que había
entrado un tipo con herida de bala en la clínica del pueblo, sin embargo él
no dijo absolutamente nada que la vinculara. Al igual que la mujer que lo
acompañaba, que asumí que sería la bendita tía Olga. Flor de desgraciados.
Solicité la gauchada de que me mantuvieran informado, tanto desde la
comisaría, como la clínica. Si algo pasaba yo me haría cargo. Lo que fuera.
Y se mantiene tranquilo por ahora.
En las mañanas bajo al bar a hacerme el desayuno y me retiro al área
de la piscina donde hago ejercicio y a veces nado un poco. Tomo el lugar de
Adela en las noches dejándole encargarse solamente de Francesca y los
bebés. Santiago también pasa bastante tiempo con ellos, le ayuda a su
chica, pero no tanto como querría ya que la mujer no se siente muy cómoda
que digamos cuando hay cerca algún hombre. Se siente intimidada por la
fuerza y grandeza masculina, lo he notado las pocas veces que he mirado en
sus ojos. Por eso no he vuelto a entrar a mi apartamento, aunque quiero.
Siento una extraña necesidad de verla de nuevo, de estar cerca. Sin
embargo, voy a respetar sus alrededores.
Francesca
“Cuando nace un bebé, con él viene la esperanza”.
No puedo sacar de mi mente ese par de intensos ojos azules, mientras
amamanto a mi bebé. Estoy perdida en tiempo y espacio. Repitiendo en
silencio sus palabras tan sinceras y bien intencionadas, acompañadas por
la profundidad de su mirada cristalina. Lo que dijo atravesó mi corazón, no
sé realmente cómo ni por qué, sólo se clavó en mí como una flecha. Tanto
que llamé a mi hija Esperanza. León lo dijo como una forma de darme
aliento, porque él quería que yo sintiera fe. Fe en que el futuro mejoraría.
Adela va y viene hablando sobre cosas sin sentido, encargándose de
todo, ordenando el lugar. Abel está abajo, siendo cuidado y vigilado por
Lucrecia y Max, o por cualquiera de los hombres que pasan el tiempo allí.
Yo permanezco sobre la cama, inmóvil, mis ojos fijos en la nada. Reviviendo.
Entiendo que no estaba totalmente en mis cabales cuando sujeté la
mano del hombre, el dolor era más fuerte que cualquier miedo, pero ahora,
recordándolo, me estremezco con sólo pensarlo. Aborrezco el tacto de las
personas, y mucho más si es de un hombre desconocido.
Aunque hay algo en esos ojos que me hace creer que los he visto en el
pasado.
Él ha sido agradable cada vez que estuvo cerca, aun así muchas
sensaciones me impiden aceptar su amabilidad. Si se mantiene lejos,
mucho mejor para mí. Siento como si pudiese ver en mi interior cada vez
que busca mi mirada, como si entendiera mi alma. Me deja expuesta y es
incómodo. Aterrador.
— ¿Francesca?—Adela se sienta a mi lado, sus grandes ojos espejados
en mi cara.
Pestañeo y me aclaro la garganta.
—Perdón, no estaba escuchándote—le digo, bajo la vista sonrosándome.
Ella se ríe por lo bajo y niega, repite lo que estaba diciéndome.
—Ayer hablé con León—dice, me tenso y trato de disimularlo—. Él se
encargó de todo, me pidió que te dijera que se asegurará de mantenerte a
salvo…
Abro y cierro mi boca sin saber qué decir. Debería dar las gracias y
marcharme, es lo ideal. No quiero causar molestias a nadie. Por lo visto, en
este mismo momento, me encuentro ocupando la casa de León, eso tiene
que ser incómodo para él.
—Yo…—me freno, intentando que mi voz no salga tan vacilante—. Voy a
marcharme cuando me sienta mejor.
No miro a Adela a los ojos, sólo mantengo mi vista enfocada en mi hija
alimentándose con sus ojos cerrados.
—Francesca—susurra, suspirando—. Ni yo ni León vamos a dejar que
eso pase.
No respondo, trago saliva y despego a Esperanza de mí para limpiar su
boquita con una toalla, la coloco en mi pecho y palmeo su espaldita
levemente. Adela se levanta y sale por la puerta, sabe que no debe
presionarme con el tema y que necesito estar sola. Mi mandíbula tiembla a
la par que mis manos y me trago la bola subiendo por mi garganta. Apenas
puedo mirar a los ojos a la gente, me esfuerzo, lo hago, pero es un
impedimento más fuerte que cualquier otra cosa. Ni siquiera puedo luchar
con Adela, ponerme firme en la decisión de que me iré en cuanto pueda.
Levantar el mentón y hacerme valer por mí misma.
Ella vuelve unos quince minutos después con Abel, lo deja en la cama a
mi lado y me quita a Esperanza de los brazos para recostarla en su moisés,
también prestado.
—Mami—me llama mi hijo y le abro los brazos para que caiga entre
ellos, me envuelve alrededor del cuello y sonrío.
Tiene un bigote marrón y un pegote en la mejilla, de lo que parece
chocolate.
— ¿Qué has estado haciendo, chiquito?—pregunto despeinando su
cabello oscuro.
Adela viene a nosotros y él sin pensarlo se lanza contra ella.
—Abel tiene un nuevo amiguito—se ríe—. ¿No es cierto?—mira a su
sobrino con ternura—. Se llama Tony y no han parado de jugar en todo el
día… ¡Y León hizo chocolate para la merienda!—Abel ríe con sus aplausos y
salta sobre el colchón.
Sonrío con ellos, por ver a mi hijo tan contento en este lugar, cerca de
su tía. Observo que, al contrario de mí, él no se encuentra afectado por la
gran masa de hombres yendo y viniendo de acá para allá. Parece realmente
feliz en este lugar y está hablando más, eso era algo que me preocupaba, ya
está cerca de cumplir los dos años y sólo pronunciaba lo básico. Quizás era
mi forma de actuar la que lo retrasaba, me siento culpable. Mientras estuve
viviendo con Olga apenas salí al exterior, pasé los siguientes meses de
embarazo encerrada, apenas hablando con la gente. Con ello recluí a mi hijo
también, soy la peor madre que existe.
Adela desviste a Abel y lo lleva a darse un baño, él no protesta, es que
los baños con ella son divertidos, porque yo no lo dejo chapotear demasiado.
Me salgo de la cama y tuerzo el gesto por mis músculos entumecidos, ya
casi he recuperado energía después del parto y me muevo mucho mejor.
Puedo valerme por mí y mis hijos, no necesito tanta ayuda. Sólo persisten
algunos dolores internos y flujo constante, pero se irán gradualmente. El
baño es despejado con Adela saliendo, Abel cubierto en toallas en sus
brazos. Se ríen y me llena el corazón verlos siendo tan compinches, tan
cercanos. Él se retuerce mientras ella le hace cosquillas al secarlo.
Un par de golpecitos suenan desde la puerta y Adela me busca con la
mirada, asiento, porque estoy vestida y no tengo escusas para no recibir
visitas.
—Adelante—da el permiso.
Santiago entra, tan altivo y grande, sus profundos e inexpresivos ojos
azul medianoche se posan en mí y me da una única cabezada como saludo.
Inclino mi cabeza en respuesta, con la diferencia de que la dejo baja
mirando el suelo, esquivando sus ojos. Es tonto, lo sé, él me abrió de
piernas para ayudar a traer a mi hija al mundo, no es necesario ser tan
tímida. Sin embargo, el saber que haciendo esto estoy siendo una terrible
idiota no lo detiene.
Sin siquiera excusarme me meto en el baño, busco un par de toallas y
enciendo la ducha caliente. Necesito esto, aflojar mi cuerpo, cerrar mis
párpados y aspirar el vapor. Privacidad.
Soledad.
Siempre fui una solitaria, me gustaba recluirme de los demás y estar
conmigo misma, sumida en el silencio. Supongo que es una costumbre que
adquirí desde niña, cuando me escondía de mis padres. Solía meterme
debajo de la cama con una linterna a leer libros, o doblarme dentro del
armario para no tener nada que ver con el mundo exterior. Porque sea
donde sea, allí estaban ellos. Gritando, bebiendo, esnifando, teniendo sexo
sucio. De niña no entendía con claridad por qué tanta gente entraba en mi
sala de estar y hacía todo aquello, con el tiempo se volvió normal y dejó de
interesarme. Sólo me perdía de vista y ponía mi cabeza en un millón de
lugares diferentes.
Me introduzco debajo del agua corriendo y suspiro, dejo que todo mi
cuerpo se empape y caliente, de inmediato el cuarto se llena de vapor y me
siento segura. Me enjabono el cuerpo empeñada en ignorar las estrías y el
hinchado estómago, trato de enviar lejos las hirientes palabras de Álvaro.
“Cúbrete esas marcas, son feas. Estás horrible, Francesca. Apenas
puedo mirarte.” “¿Cuándo pensás bajar todos esos quilos de más? No puedo
llevarte así a ningún lado, me avergüenzas”.
Todavía tengo claro su rostro en mi mente cada vez que las repetía
seguidamente, no me dejaba tranquila. Y no me deja en paz ahora,
tampoco. Debí haber sido más inteligente, más cerrada, para que ninguna
de las cosas que me decía entraran y me afectaran, pero no podría haberlo
logrado. Álvaro era letal, sabía cómo golpear duro a una persona, cómo
derribarla. Tanto verbal como físicamente. Él tenía el primer premio al hijo
de puta más cruel del universo. Y yo sólo era una pequeña conejita
indefensa a su lado. No había forma de luchar y ganar. Yo no era fuerte, no
soy fuerte. No como Adela. Ella supo cómo dar pelea y huir antes de que la
consumiera.
Simplemente dejé que me convirtiera en nada. Y no sé cómo volver a ser
algo. Pensándolo bien, creo que jamás lo fui. Álvaro tomó a una chica rota y
sólo la terminó de deshacer. Me rasgó la piel tal como a una muñeca de
trapo, vació mis entrañas y me dejó abandonada en un rincón oscuro, sin
ninguna posibilidad de arreglo. Yo no tengo idea de cómo recoger mis
pedazos. Yo… no tengo ni la más pálida idea de quién soy aparte de la pobre
viuda abusada y maltratada. Un paquete entero de miedos. Traumas,
inseguridades, pesadillas.
Salgo de la ducha y me envuelvo en una toalla a la altura de los pechos,
hago una mueca por la molestia en esa zona. Con la palma de mi mano
limpio el espejo empañado que cuelga encima del lavabo y me miro a mí
misma a los ojos. Trago. La mujer que me ve desde el otro lado tiene la
mirada incolora, inexpresiva. Está muerta en vida.
—Necesito ayuda…—bajo los ojos, susurrando, mis manos forman
puños—. Necesitas ayuda, Francesca…
“Si querés que tus hijos sean felices, necesitas revivir… como sea…”
Me miro de nuevo, lágrimas mezclándose con las gotas de agua en mis
mejillas. Unos suaves golpecitos suenan y me limpio de inmediato. Adela
abre la puerta, apenas una rendija, asomándose. Me da una opaca sonrisa,
como si supiera lo que transcurre en mi mente, y deja una pila de ropa
sobre la tapa del inodoro. Doy un suspiro y le agradezco, había olvidado
traerme una muda limpia con el apuro de escabullirme.
—Voy un ratito abajo, vuelvo rápido—avisa, asiento—. Esperanza
duerme, yo me llevo a Abel para que cene con los demás…
Debería decirle que ya estoy bien y que puedo cocinarle a mi hijo, aun
así dejo que se lo lleve, sabiendo que es mejor para él no pasar tanto tiempo
conmigo. Mi estado no puede ser bueno para un niño pequeño. Espero a
que todos se vayan para salir, me siento en el borde de la cama, mirando el
vacío, luego de chequear a mi hija. Tomo un par de respiraciones
intentando que mis manos dejen de temblar. Ni siquiera me he peinado, los
largos mechones de pelo oscuro gotean, todavía empapados, ni siquiera lo
noto. Intento luchar contra la presión forzándose dentro de mi pecho.
Angustia. Tanta angustia.
La puerta se abre y en mi desesperación lo escupo hacia afuera.
Necesito sacarlo, Adela va a entenderme. Ella es la indicada para saber
cómo me siento.
—Tengo que hacer algo—murmuro, llevo mis dos puños al pecho,
doblándome hacia adelante—. No puedo criar a mis hijos así. No puedo
darles un buen futuro—sorbo por la nariz y escondo mi cara entre mi pelo
cayendo—. No sé cómo seguir, Adela. Necesito ayuda.
Se oye un paso acercándose y me tenso, suena demasiado pesado como
para provenir de las suelas de una chica. Me pongo de pie y giro, me
sobresalto, el aire dejando mis pulmones de golpe, cuando veo a León
dentro de la habitación. Sus manos cuelgan a sus costados, apretadas y
tensas, toma un profundo respiro que agranda su pecho y sus ojos—bajo la
mirada antes de posarla siquiera un segundo en ellos—son tan azules y
puros que me obligan a dar un paso atrás.
Él levanta un brazo y lo estira en mi dirección, sus dedos abiertos
enviándome el mensaje de que no tiene intenciones de lastimarme. Rogando
que no me esconda. Doy otro paso lejos, miro los dedos desnudos de mis
pies.
—Francesca—me llama, eso hace que mi garganta se cierre por
completo en pánico—. ¿Qué necesitas? ¿Qué puedo hacer para ayudarte?
Incluso si pudiera, no sabría qué decirle. Apenas puedo hablarle a
Adela sin tartamudear, mis cuerdas vocales no se abrirían a él. Me doy la
vuelta y me apresuro hacia el baño, cierro la puerta y la trabo después de
entrar. Me abrazo a mí misma y me siento en la tapa del inodoro,
balanceándome. Pienso en que acabo de dejar a mi hija con él y me repito
una y otra vez que es bueno, que no le hará daño. Que no nos hará daño. El
gran problema es que espero lo peor de todo el mundo y no confío en nadie.
Abro un poco la puerta para espiar y aprieto mis pestañas húmedas con
alivio al ver que León se ha ido y Esperanza sigue dormida en su moisés tan
pequeña y pacífica. Ojalá yo fuera ella.
Corro hacia la cama y entro bajo las sábanas, tapándome hasta la
cabeza, formo un ovillo y me quedo así hasta que mi respiración se amansa.
Adela vuelve y acuesta a Abel a mi lado, nos dice las buenas noches, apaga
la luz del techo y se va a dormir a su apartamento, con su novio. Me aflojo y
me remuevo, saco con cuidado a mi bebé del moisés y la recuesto en el
medio, entre Abel y yo. Nos acurruco a los tres cerquita. Me duermo
sintiendo el calor de mis hijos, tomando la fuerza de ambos para hacer lo
correcto y seguir adelante.
León
Sabía que no debía entrar. Estuve toda la maldita tarde refrenándome
continuamente, pero quería hacerlo. Tanto. Tanto que sucumbí. No soy un
tipo impulsivo, dejé esa forma de ser cuando fui lo suficientemente mayor
para actuar más sabiamente, después de tanto tropezar. Esta vez me dejé
llevar, me arrepiento, aunque no de la forma correcta. Quiero decir, sé que a
ella no le hizo bien verme, y lo hace mucho peor el hecho de que sus
palabras no iban dirigidas a mis oídos. Me sentí un intruso, sin embargo,
también conseguí perspectiva sobre ella. Sobre sus sentimientos, sobre lo
rota que se encuentra. Tiene el corazón tan entumecido y rasguñado que
sus ojos han perdido color y vida. Su forma de hablar, de moverse, de mirar,
todo demuestra que, efectivamente, necesita ayuda. Es bueno que ella lo
sepa, que lo acepte, porque ese es el primer paso hacia la curación.
Trago con fuerza mientras camino directo a mi oficina, me encierro y
voy en busca de una de mis botellas de whisky para servirme un par de
dedos y dejarme caer en el colchón desordenado del rincón. A pensar. A
planear. Yo voy a ser el que le de a Francesca las oportunidades de sanar.
Yo seré quien esté allí para ella, aunque no lo sepa. Aunque no me vea. Seré
su ayuda invisible. Al principio. Porque poco a poco me iré colando en su
vida, de la forma que sea. Más cerca. Tan, tan lentamente que se dará
cuenta cuando ya sea demasiado tarde para volver atrás. Me tendrá allí y no
le quedará otra opción que recibir mi abrazo.
Se me agranda el pecho con determinación. Una necesidad extraña y
fortalecedora.
Nunca tuve esta confianza para desarrollar un plan como este. Sé que
no quiero fallar, estoy convencido de que el resultado valdrá la pena. Sonrío.
Mamá estaría acomodándose de piernas cruzadas allá arriba con
intenciones de seguir mis movimientos, verme avanzar. Esto es algo que ella
haría. No le gustaba ver a la gente sufrir, siempre se esmeraba en sacar
sonrisas. Yo soy igual, me siento de la misma forma. Quiero que Francesca
y sus hijos sonrían, que no le teman a nada ni a nadie. Tengo entendido que
será difícil.
También estoy seguro de que remaré contra viento y marea para
conseguirlo.
Pocas veces han visto a León Navarro rendirse.
3
Francesca
— ¡Buenos días!—aúlla Adela irrumpiendo por la puerta a la mañana
siguiente.
Abel se apresura hacia ella y se deja levantar en el aire. Ya está aseado
y cambiado para el día y le he dado de desayunar antes de amamantar a
Esperanza. Santiago entra detrás de ella y se queda anclado a un lado de la
puerta, él no pone sus ojos en mí. Al menos no tan fijamente como otras
veces, eso me tranquiliza en cierto sentido. No es que sea algo personal con
él, ocurre con todos los hombres generalmente. O cualquier persona
desconocida. Me intimidan tanto. Algo estúpido y sin sentido, y me provoca
una fuerte indignación desmedida hacia mí misma por no poder sostener
una simple mirada. Aun así, es una poderosa sensación que no puedo
despegarme de encima.
Entro en la cocina para lavar los utensilios que usé para el desayuno y
los ordeno cada uno en su lugar. Me hace sentir culpable estar moviéndome
por este altillo como si fuera mi hogar, cuando claramente se lo he quitado a
alguien más. Tengo que pedir disculpas, dar las gracias y largarme de acá
cuanto antes, no se siente bien hacer esto. Soy una intrusa.
Adela se acerca cuando estoy terminando y se me acerca, miro hacia
atrás para ver a Abel agarrado del pantalón de Santiago y me tenso, alerta,
porque él observa a mi hijo como si fuera un extraterrestre subiendo por su
pierna. Adela se ríe y me pide que no le de importancia, Santiago sólo está
siendo tonto y dramático. Lo observo un poco más y me doy cuenta de que
está tan tieso, que si alguien lo empujara y cayera al suelo se rompería en
mil pedazos. Qué hombre tan raro. Y él trajo a mi hija al mundo. ¿Habrá
puesto la misma cara cuando la sostuvo en brazos al nacer? No lo recuerdo.
—Francesca—me llama Adela.
Quito mi atención de ellos y la dirijo frente mí. Está muy seria,
estudiándome con detenimiento. Sus ojos turquesas son tan parecidos a los
de Álvaro que me provocan estremecimientos, sin embargo no corro la
mirada, ella parece ser la única persona que me da confianza. Hace unos
días aseguré que no confiaría en nadie de nuevo, pero ahora, al estar a su
lado, me siento muy cercana y no puedo evitar aferrarme como si esta chica
de veinte años fuera un salvavidas en medio del infinito y profundo océano.
Supongo que funciona como un acto reflejo. Las personas, aún las más
rotas, necesitan a alguien en quien confiar. Y apenas sin darme cuenta he
dejado entrar a Adela, porque es algo que mí ser busca para sobrevivir.
Quizás sea algo positivo para mí.
Estira su mano y toma la mía con cuidado, tan cautelosa, seguro para
darme tiempo a negarme a ser tocada. Se lo permito, su tacto suave no me
envía de un salto hacia atrás, aunque suspiro y un escalofrío corre por mi
espalda a lo largo. Deposita en mi palma un pedazo de cartulina
rectangular. Una tarjeta de contacto. Bajo la vista y leo lo que dice. “Isabel
Rojas, psicoterapeuta”. Mi nariz pica y mis ojos se nublan, de inmediato
detengo las abrumadoras ganas de llorar y me dirijo a Adela. Ella habla
antes de que yo pronuncie cualquier palabra.
—Creo que lo necesitas…—susurra.
Me apoyo precariamente en la mesada y asiento, casi imperceptible. Me
estudia con amabilidad, esperando.
—Sí, sí lo necesito—digo con tono apagado—. Pero… pero no tengo
cómo pagarlo...
Ella me sonríe y hace un mohín quitando interés a mis palabras.
—Yo pagaré—se niega a dejar que me queje por eso—. Yo haré esto.
Tómalo como una ayuda a mis sobrinos, sé que las dos queremos lo mejor
para ellos. Es un regalo que quiero que tomes. Yo quiero verte bien,
Francesca.
Me hago pequeña entre mis hombros y envío un asentimiento. Está
bien, puedo aceptarlo porque es algo importante, porque es por Abel y
Esperanza. Se lo devolveré cuando pueda, me convenzo por dentro. Cuando
esté lista y pueda, se lo pagaré de regreso. Ella me está sonriendo orgullosa
cuando al fin la miro, después da un paso hasta mí y me abraza. Delicada y
suavemente, me permito tomar el calor de su apoyo.
—Te dejo para que llames—dice, alejándose—. Me llevo al príncipe para
que juegue con su amiguito—me guiña un ojo.
Unos segundos después sólo queda el silencio y camino lentamente
hasta el teléfono inalámbrico, lo estudio fijamente, mi cabeza yendo en
todas direcciones, confundida. Tardo en decidirme, pero al fin lo hago y
marco el número, mis labios temblando a la par del tono. Suena unas cinco
veces antes de que una suave voz atienda.
—Isabel Rojas, buenos días—se escucha un tono pacífico que se parece
al de una mujer mayor.
—Buenos días—respondo, me atraganto antes de seguir, mi boca seca
con nerviosismo—. Soy Francesca Abbal y necesito una sesión, si eso puede
ser posible…
Ya no sé cómo hacer esto, hablar con la gente, expresarme para
conseguir lo que quiero.
—Hola, Francesca—parece que está sonriendo—. Podemos empezar en
dos semanas, ¿te parece bien? Anota el día y la hora, cariño.
Su forma de dirigirse a mí me apacigua y busco lápiz y papel para
anotar lo que dicta. Maravillosamente, mi mano no tiembla mientras
escribo, e Isabel me transmite seguridad a medida que sigue hablando. Ella
me gusta, creo que será muy buena para mí. Por primera vez en mucho
tiempo puedo sentir la esperanza florecer, pongo fe en una mejoría cercana.
Quizás sí pueda recoger mis pedazos después de todo.
León
Me apresuro sobre Adela una vez que sale de mi casa junto con Abel y
Santiago. Mis ojos interrogantes sobre ella, insistentes.
Esta mañana la llamé para que se encontrara conmigo, se quejó un
poco y escuché a Santiago bufar a través del teléfono, y tuve que jugar mis
cartas como jefe para que levantara el culo y se moviera temprano por una
vez. Ni bien entró en mi oficina con sus ojeras por el suelo y cayó en el sofá
frente a mí, la atosigué con mis planes.
—Vas a darle esto a Francesca—pegué la tarjeta de contacto de un
manotazo en mi escritorio, frente a ella—. Obviamente no le vas a decir que
va de mi parte…
Pestañeó aun despejándose del sueño y asintió, leyéndola.
—Ambos sabemos que ella necesita eso—sigo, me froto la frente con
preocupación—. Ayer fui a verla y le encontré sentada en el borde de la
cama, temblando. Me habló creyendo que eras vos, me dijo que necesitaba
ayuda—señalé con mi dedo la tarjeta—. Ahí está la ayuda. Pero si se da
cuenta que va de mi parte no la aceptará… Así que necesito que se lo
ocultes. Y pagaré por esto también, sólo convéncela. ¿Está bien?
Adela no habló, estuvo de acuerdo con un mínimo movimiento de
cabeza, sus ojos despiertos de golpe. Estaba tratando de leerme, lo supe. No
había mucho que pudiera descubrir, era evidente que estaba tratando de
ayudar.
—Isabel es una profesional de primera, tiene todo lo que hay que tener
para ayudar a una chica herida como Francesca. Ella ayudó a mi padre
cuando perdimos a mamá—le conté, tirándome hacia atrás en mi asiento—.
Es una mujer mayor, amable, la tratará dulcemente y estará allí para ella.
Se compenetra bien con sus pacientes.
Adela se guardó la tarjeta en el bolsillo del abrigo.
—Lo sé, León… estoy segura de que ella es perfecta para ayudar a
Francesca—dice, me da una sonrisa de labios cerrados.
Ella, más que yo quiere ver a su cuñada sanar. Con respecto a esto
ambos nos encontramos en la misma página. Inmediatamente se levantó de
su lugar y fue hacia la puerta, seguramente para volver a su casa por el
desayuno. Antes de salir completamente se dio la vuelta y clavó esos
grandes y fríos ojos en mí. Me preparé para lo que saldría de su boca.
—Te gusta—probó, fija en mis ojos—. Francesca te gusta.
No me moví, seguí completamente relajado en mi silla, mis manos
enganchadas sobre el estómago, le di una media sonrisa pensativa. Mi
cabeza intentando considerar el significado de sus palabras. No, la mujer no
me gustaba. No en el sentido en el que ella lo figuraba.
—Ella es especial—aseguré sin titubeos.
Francesca es especial, lo fue desde la primera vez que la vi.
Volviendo al presente, Adela me sonríe con esperanza y levanta a su
sobrino del suelo.
—Ella aceptó, va a llamar en cualquier momento, estoy segura—dice, su
mirada ahora me está estudiando con agradecimiento y admiración.
Antes de que pueda responder ella se marcha, dejándome con Santiago
en el pasillo. Él me mira con esos profundos ojos que me abren como una
caja de pandora, su semblante inamovible como el granito. Ilegible. La
Máquina es buena en leer a las personas, y él con sólo una ojeada nota lo
que yo siento. Todo lo contrario pasa con él, nadie puede leerlo excepto
Adela.
—Ella me teme—suelta, se apoya en la pared e introduce sus manos en
los bolsillos del vaquero—. Nos teme.
Me apoyo a su lado y estaciono mi atención en la puerta cerrada de mi
altillo. No digo nada, no hace falta, también lo sé.
—Pero estoy trabajando en eso—explica, serio—. Vengo todos los días y
estoy un rato en la misma habitación, la acostumbro a mí, poco a poco…
Generalmente se esconde, pero hoy no se ha ido corriendo como si yo fuera
a atacarla, se quedó cerca. Supongo que con el tiempo se va a ir adaptando.
Él entiende a Francesca. Más allá de que se vea siempre recluido del
resto, solo en un rincón, es más observador de lo que parece. Nunca va a
dejar que ciertos detalles se le escapen de las manos. No vive en una
burbuja, no señor, es sólo un depredador con la mente dando vueltas cada
maldito segundo. Y está poniendo su granito de arena para que Francesca
sane, porque sabe que con eso consigue la felicidad de su chica de regreso.
Y me está advirtiendo, dándome pistas. Si quiero que esa mujer tan rota
que vive en mi casa actualmente no tenga miedo de mí, voy a tener que
mover mis fichas, centímetro a centímetro.
Es bueno que me lo diga, aunque yo ya había estado pensando cada
uno de mis movimientos a seguir.
En la noche me permito relajarme y me quedo con los chicos abajo,
Adela ya volvió a su lugar habitual y Lucre ha subido un rato a hacerle
compañía a Francesca. Cuanta más gente demuestre amabilidad, con más
facilidad ella se irá acoplando a este lugar, que puede ser intimidante pero
nada ni nadie va a lastimarla.
Me siento en la mesa de La Máquina y subo mis botas apoyando la
suela en el borde, la otra encima. Me llevo el pico de mi porrón de cerveza a
los labios y bebo, notándome sediento. El Perro se nos une y hace lo mismo,
los tres nos mantenemos cómodamente en silencio, sin necesidad de decir
nada. Mi atención camina más allá, en el rincón, a los dos pequeños de no
más de dos y tres años jugando con dos Harleys en miniatura, tan
concentrados en su mundo de fantasía que me hacen sonreír.
—Eh, Satán—llama alguien desde la barra.
Me volteo para ver a Gusto chiflar en dirección a Jorge entrando por la
puerta, éste pone los ojos en blanco y camina hacia él, a regañadientes
acepta un porrón. Me río cuando Max, que estaba junto a Gusto, se da
media vuelta y viene hacia nosotros, evitando a su primo (o hermano, a
estas alturas ya no vale de nada negarlo). Él se sienta frente a mí
sosteniendo con demasiada fuerza su poción ambarina, parece que va a
partir el vaso.
¿Debería sentirme culpable porque uno de mis chicos está teniendo un
momento difícil gracias a una presencia indeseada que yo mismo le estoy
imponiendo? No. No me parece correcto. Me siento bien por poder ayudar a
un padre que lo único que desea es proteger a su hijo de tres años. Los
inocentes no entran en mis listas de rencor. Y por más desagradables que
hayan sido mis enfrentamientos con las Serpientes, opino que Jorge merece
una oportunidad de mi parte. Después de todo, él se redimió conmigo
evitando que su gente llevara a cabo una masacre en este mismo suelo,
donde sólo la sangre de mis guerreros sería derramada hasta que nos
convirtiéramos en la nada misma. Me advirtió y me dio tiempo para
prepararme para la guerra. Y sé, yo más que nadie, lo doloroso que debe
haber sido para él dejar a su gente correr en derechito a una muerte segura.
A Jorge Medina no le queda nada. Nada además de nosotros, los que
por años fuimos enemigos de muerte. Nada además de su hijo. Nada
además de un hermano furioso que no puede olvidar el pasado. Y no es que
no comprenda a Max, claro que lo hago, él vivió muchas feas en manos de
su hermano mayor, sufrió y es lógico que le cueste enterrar la mierda. Sin
embargo tengo fe y espero que puedan sortear sus diferencias. Porque, si
Jorge decide quedarse y formar parte, yo le dejaré ejecutar la maldita
prueba de pasaje.
—El idiota lo llama Satán porque significa adversario—escupe Max
sobre la mesa, haciendo rotar el vaso de cristal entre sus dedos—. ¿Qué tan
retorcido es eso?—gruñe, su rostro poniéndose rojo—. ¿Qué tan retorcido es
darle refugio a tu enemigo? Lo llama de esa forma por el motivo equivocado,
debería hacerlo porque es un hijo de puta cruel y maligno… Jorge es el
diablo, es capaz de cualquier maldita cosa…
Me tomo todo el tiempo del mundo antes de responder, acabando mi
cerveza.
—Nosotros no somos ningunos santos—sigo, me estiro en mi silla,
perezosamente—. No meamos agua bendita y cuando abrimos la boca no lo
hacemos justamente para cantar en un coro celestial. No somos los más
indicados para juzgar.
—Yo he visto lo que las Serpientes hacen…—carraspea él, enojado.
—No mató ningún niño, ni violó a ninguna mujer, te lo dijo él mismo…
Y creo que eso es suficiente para darle una chance. Y trae a un niño con él,
por el amor de Dios, ¿esperas que yo los largue a la calle para que sean
fusilados por el resto de las viejas Serpientes que quedan? Max, sos mejor
hombre que esto…
Sabe que tengo razón, que mi punto es válido ante todo. Lo único que él
tiene que hacer es superar su odio y empezar desde cero. No veo a un mal
tipo cuando miro a Jorge, sólo a uno que creció rodeado de la peor mugre
que existe y logró salir antes de que se terminara de calcinar su alma. Hay
esperanza en él, yo la veo.
Muchos dicen que soy un blando. Puede ser, es que espero lo mejor de
la gente. Y con sólo ver a una persona intuyo si será mala o buena para mi
clan. Cada uno de estos tipos apareció de un día para el otro y los fui
aceptando por algo en especial, una palpitación en el pecho que me
adelantaba que terminarían valiendo la pena. Me pasó con Adela, también.
Y con Giovanni. Ahora con Jorge.
No digo que la perspicacia no me ha fallado, muchas veces erré y pequé
de inocente. Algunas de las personas que dejé entrar me terminaron por
traicionar cuando menos lo esperaba y tuve que actuar al respecto. Tuve
que ser un líder firme y hacerles pagar, porque no vivimos dentro de un
jodido juego de niños. Personas mueren todo el puto tiempo. Dolió haberme
equivocado, tanto como la decepción hacia ellos. La resignación de aprender
que jamás podría volver a confiar. Y tuve que seguir adelante igual, me puse
el chaleco más derecho, alcé mi cabeza y me mantuve en pie. Equivocarme
no me gusta, pero los errores ocurren todo el tiempo y a veces son
necesarios para brindar enseñanza.
Seguro como la mierda que las piedras con las que me he tropezado no
se colarán de nuevo en mi camino.
Esto me hace pensar en el plan que he estado maquinando en mi
cabeza. Yo confío en estos tipos, pero hace falta una marca. Hace falta una
prueba de compromiso, y tengo que ponerla en marcha.
— ¿Cuántos de ustedes tiene nuestra insignia tatuada?—pregunto de la
nada, interrumpiendo a los chicos mientras tratan de calmarse.
Max deja de lado su frustración y responde.
—Yo la tengo, justo encima del corazón—asegura.
Lo sé, se la he visto un millón de veces y estuve cuando los viejos se lo
hicieron en el saloncito trasero, reservado para los tatuajes. Me sentí
orgulloso, fue por eso y otras cosas que supe que, no importaba de dónde
provenía, él nunca me traicionaría. Está metido hasta las cejas en mi clan,
sólo la muerte lo expulsaría.
—Yo me la hice en el omóplato derecho, no hace mucho—salta la
Máquina.
Creí que no lo tenía, supongo que encontró lugar libre entre todo ese
arte que tiene encima. Está tatuado prácticamente de pies a cabeza, eso lo
hace aún más espeluznante para las personas.
Miro al Perro y él me da una media sonrisa de lado, se remanga la
camiseta y ahí está la marca. El León tribal con las descripciones, le guiño y
le muestro el pulgar. Ellos están bien, no importa el tamaño o el lugar
donde lo tengan, sólo el mensaje. Son de los nuestros, cada uno de estos
hombres es uno de mis soldados, un León, y el mundo debe saberlo. Quien
no quiera tener el tatuaje, lo lamento, tendrá que irse. No seré flojo en este
asunto.
Francesca
«Eran las tres de la madrugada cuando Álvaro volvió a casa, me despertó
porque golpeó la puerta sin muchos miramientos al entrar, el ruido retumbó
en los pisos de arriba. Abrí mis ojos de golpe y detuve el aliento, sintiéndolo
subir las escaleras pesadamente. Obviamente venía borracho y de mal
humor. Y me estaba buscando. Me necesitaba. A mí. Me mantuve inmóvil, de
lado, mis manos unidas por las palmas descansando entre mi mejilla y la
almohada, mi respiración enloqueció por más que yo no quisiera. Mis ojos se
empañaron con terror, fijos en la nada.
Esperé.
El otro lado de la cama se hundió, sus zapatos cayeron al suelo, seguidos
por el resto de sus ropas y se volteó en mi dirección. Se inclinó cerca de mí.
Recibí pequeñas olas de su aliento caliente y alcoholizado contra la piel de mi
hombro, respiró profundo mientras me descubría. Me quedé muy quieta
sabiendo que estaba admirando mi cuerpo enfundado en un elegante
camisón de satén azul cielo. La prenda me gustaba mucho, pero ahora, al
saber que lo excitaba ya no lo hacía tanto. De hecho, me ordené a mí misma
tirarlo a la basura al día siguiente. Lo donaría, pero después de esta noche
seguro no querría que ninguna otra mujer usara algo que tuviera que ver con
Álvaro y su salvajismo.
Enterró sus dedos en mi muslo con inquina antes de subir la corta falda y
hacerme rodar boca arriba, enseguida lo tuve sobre mí. No quise mirarlo a la
cara, pero fui obligada a enfrentar ese par de ojos plateados y fríos. Él me
observó fijamente y rosó con su pulgar mi mejilla.
— ¿Por qué me provocas tanto, Francesca?—susurró—. ¿Por qué haces
que me convierta en un monstruo? Me obligas a hacerte daño, querida.
¿Yo? ¿Qué le hice? ¿Qué fue lo que hice mal para enojarlo? Nada. Estoy
segura de que no hice nada. Mi mente se pone a rodar buscando alguna falta,
y en lo profundo sé que nada de esto es mi culpa, mi corazón grita negándose
a tomar la responsabilidad. Sin embargo, otra parte de mí se encoje y acepta
la acusación, e intenta inmediatamente encontrar el error para no repetirlo en
el futuro.
—No llamaste para decirle a tu padre que irías una vez a la semana—
aprieta los dientes y sus fosas nasales se ensanchan—. Te dije que lo
hicieras.
Pestañeé confundida, no dije nada. No hubo tiempo para decir nada,
tampoco. Él levantó más mi camisón y arrancó mis bragas, hice una mueca
cuando arañaron mi piel. Se sostuvo sobre mí con uno de sus brazos junto a
mi cabeza, la mano libre tocándome íntimamente antes de correr a mis
pechos y dejarlos a la vista. Mi respiración se volvió más ruidosa, y eso no
significaba que estaba excitada por esto. Estaba aterrada, porque sabía que
iba a doler. Siempre dolía.
Álvaro bajó su cabeza y empezó a besarme el cuello, el yeso blanco del
techo se volvió de repente muy interesante para mí. Entré en trance, mi mente
se cerró y sólo me escapé del presente. Él fue deslizando su boca a las
elevaciones de mis pechos y succionó de vez en cuando, respirando con
fuerza. Comenzó a frotar su erección entre mis piernas, repitió mi nombre
seguidamente, su voz transformándose en un monstruoso susurro ahogado.
No pude esquivar el horrible olor a whisky que me rodeaba.
Se deshizo de su ropa interior y se posicionó para entrar en mí, lo hizo de
una única grosera vez, castigándome con sus caderas. Su miembro entró
entero y quemó mis paredes mientras me estiraba y me abría para él. En el
balanceo sentí como si mis sensibles paredes fueran raspadas, como si su
sexo estuviera cubierto de pequeñas partículas de arena gruesa que
funcionaban como lija áspera para madera vieja. En mi mente podía darle un
sonido a mi tortura. Crajjj-crajjj-crajjj. Cerré los ojos, sellé mis labios.
Y, porque no reaccioné, él se vengó.
Clavó sus dientes en la cima de mi pecho derecho y apretó, el filo cortó mi
piel y me tensé. Un jadeo salió de mi boca y a él le gustó. Volvió a morder con
más violencia la siguiente vez, sus colmillos perforándome. Grité y me removí,
sus caderas golpearon y su pene se hinchó. Al siguiente mordisco me alteré e
intenté sacarlo de encima y desprenderlo de mí.
—No—musité, temblorosa.
El dolor era inaguantable y cuando me soltó al fin, pude ver la sangre
saliendo de las heridas. Lágrimas brotaron desde mis pestañas, me escurrí
quejándome por la molestia de su pene saliendo de mi interior, intenté
escapar de la cama y caí al suelo.
— ¡No!—grité, él aferrándose de mis brazos levantándome de un tirón.
—Te gusta hacerte la difícil, ¿no es así?—me dobló y enterró mi rostro en
el colchón ahogándome.
Me inmovilizó sobre mi estómago y se zambulló en mí desde atrás tan
bruscamente que volví a gritar. Arrancó mi cabello para levantar mi cara, mi
cuello sonó torcido en un ángulo extraño un pinchazo atravesándolo. Él quería
ver mis lágrimas. Y lloré, no para su espectáculo, sino porque cada centímetro
de mi cuerpo se quejaba y pedía clemencia.
—Estás hermosa, Francesca—ronroneó en mi oído, su voz perdiendo tono
en cada estocada—. Tan hermosa. Y te sentís tan bien, amor.
Estaba por culminar y mi llanto cesó esperando el momento, deseando el
fin. Él se atiesó encima de mis huesos, su garganta soltando repugnantes
gorgoteos, dejó de respirar un par de segundos para luego dejarse caer,
aplastándome. Sentí su semen llenar mis secas e irritadas cavidades y
aguanté hasta que se revolvió para dejarme libre.
— ¿Vas a hacer lo que te digo de ahora en adelante, cariño?—preguntó
poniéndose en pie.
No le dirigí la mirada, no quería verlo todo sudado, aplacado y satisfecho
después de obtener placer a causa de mi sufrimiento. Gracias a mi tonta
debilidad que se lo permitía. Se marchó del cuarto y yo me levanté,
acomodándome el camisón caminé como pude hasta el baño de la habitación
continua y me encerré en él. Mis extremidades temblaban y apenas podía
mantener mi equilibrio, me planté frente al lavabo y abrí la canilla, el agua
helada colándose entre mis dedos inestables.
Con mi mano libre ahogué mis sollozos y evité con todas mis fuerzas
mirar mi reflejo. No quería ver las marcas sangrantes que sus dientes tallaron
en mis pechos. La tela que los cubría ya había absorbido las gotas carmesí.
“Ahí está”, me dije, “ahora sí puedo tirarlo a la basura. Ya se estropeó. Como
el cuerpo que lo llena, ya no sirve más. Ya no vale nada”.
Él nunca me hizo esto antes, nunca sacó sangre de otro lugar que no
fuera mi feminidad. Pero era su forma de matar la frustración por negarse a
golpearme, porque no quería interrumpir mi embarazo. Creí que sería leve
esta vez, porque hacía cerca de una semana que no había violencia. Pero
estaba equivocada, Álvaro siempre encontraba una forma para destrozarme.
Me di la vuelta y caí de rodillas junto al inodoro, ignore las espesas gotas
de su semen y mi sangre bajando por mis piernas. Yo sólo debía sacarlo de
mi sistema antes de meterme bajo el agua caliente de la ducha.»
Me despierto dándome cuenta de que estoy llorando en sueños, mis
jadeos oyéndose en la habitación a oscuras. Llevo mis ojos aguados a Abel y
Esperanza, dormidos a mi lado y me aflojo. Suspiro, me seco el borde de los
ojos y me movilizo hasta sentarme en el borde de la cama. Me tomo un par
de minutos para tranquilizar los latidos de mi corazón y me levanto, yendo
despacio al baño.
No importa cuántas veces me diga que Álvaro no está cerca para
hacerme daño de nuevo. Él nunca se mueve del punto fijo en mi mente. Las
pesadillas cada vez son más, y agigantan mi necesidad de sentirme limpia.
Mi ser demanda ser purificado para sacarme de encima su olor, las huellas
de su tacto, el dolor que provoca a mi interior.
Sigo llorando, las gotas saladas no detienen el descenso y yo castigo mis
rodillas contra el suelo. Hiperventilando, me aferro al borde del inodoro y lo
estudio fijamente por un rato largo, mi cuerpo tambaleándose. Entonces,
cuando estoy lista, me inclino e introduzco los dedos en mi boca hasta el
fondo. No pasa nada con la primera arcada, tampoco con la segunda, me
fuerzo a ir más allá, las afiladas terminaciones de mis uñas rasgan la
entrada de mi garganta y eso es suficiente. Lo que ingerí en la cena sube,
sube y sube, y se derrama fuera. Toso, me retuerzo y mi vista se nubla, pero
no paro hasta sentirme vacía, hasta que mis entrañas se sienten despejadas
de nuevo.
Inmediatamente después me dejo ir hacia abajo. Sentándome en el piso
jalo la cadena, toda mi mierda gira en remolino y desaparece de mi vista. La
veo irse, aspiro aire y me apaciguo. Me mantengo un rato más allí, inmóvil
hasta que junto fuerzas para elevarme e ir a enjuagarme la boca. Antes de
salir, miro la ducha con añoranza, ansiando asearme por fuera también, sin
importar que hayan pasado sólo unas pocas horas desde la última vez. Aun
así, sé que no puedo dejar a mis bebés solos, de modo que esto es lo que
puedo tener. Tendré que luchar contra la sensación de suciedad hasta que
Adela venga en la mañana. Entonces podré bañar mi piel, y al fin me sentiré
menos sucia.
4
León
Las siguientes semanas pasan bastante rápido para mi alivio, la nieve
se calmó un poco y pudimos movernos a la ciudad. Adela y yo llevamos a
Francesca y a su hija a un control pediátrico que incluyeron algunas
vacunas, y también realizamos todos los trámites correspondientes para la
identidad de la recién nacida. Todo está en orden al fin, no queda nada por
hacer más que verla crecer.
No se me pasó desapercibido que Francesca esperaba que Santiago
condujera la SUV, pero ese sería mi lugar mientras pudiera. Llevarla a la
ciudad o al pueblo son mis primeros pasos para ir acercándome poco a
poco. Y hoy es el día de la primera consulta con la terapeuta. Adela no nos
acompaña esta vez, sólo somos Francesca y yo. Mientras la espero apoyado
contra el vehículo, fumando un cigarro, rezo para que no se sienta muy
sobrepasada al estar conmigo a solas en un auto. No la miraré, ni siquiera
le dirigiré la palabra, sólo quiero que se acostumbre a mi presencia.
La veo salir con Lucre del bar y la observo cuanto puedo,
embebiéndome con su pequeña figura encogida dentro de un enorme abrigo
color rojo. Le queda bien ese color, va con su tez blanca y su cabello de
chocolate que se derrama alrededor de su rostro. Lleva las manos en los
bolsillos y camina hasta mí con la cabeza baja. Sabe que tendrá que ir a
solas conmigo, por un momento siento una abrumadora pena que me hace
querer pedirle a Lucre que venga también. Me resisto. Ella necesita esto. Yo
quiero esto. Y es por su bien.
Lucre la acompaña hasta la puerta del lado del acompañante y le abre
la puerta, le sonríe con entusiasmo para darle ánimo, sin parar de charlar
algunas cosas sobre chicas, mientras Francesca sube y se acomoda. Lanzo
mi colilla al suelo y me giro para entrar en mi lugar, también. Me acomodo
el cinturón de seguridad, ella hace lo mismo y Lucre nos despide cerrando
su puerta. Un silencio sepulcral nos invade después, mi compañera se mira
las manos y yo pongo en marcha el motor, saliendo poco a poco del
estacionamiento.
Mi naturaleza habladora no soporta la calma que se respira acá dentro,
quiero decirle algo. Lo que sea. Lograr sacarle una sonrisa, conseguir que
levante sus ojos a mí. Me concentro en la ruta frente a mí, agarrando el
volante despreocupadamente, fingiendo que no siento la maldita tensión
que viene de ella. Está aterrorizada, no se mueve, ni siquiera se entretiene
con el hermoso paisaje blanco que nos rodea. Estoy empezando a pensar
que esto es un error, pero no estoy dispuesto a tirar la toalla y resignarme.
Tiene que haber constancia, y desde hoy comienza.
Estiro el brazo y enciendo la radio, cambio las estaciones dándonos
tiempo a reconocer cada una, no parece haber algo muy interesante, sólo
basura comercial. La dejo estancada en una balada que jamás he
escuchado.
—No hay mucho—comento, miro por la ventanilla a mi lado—. Podés
cambiar, si querés.
Espero, regresando la vista al frente pero centrado en ella por el rabillo
del ojo. Está mirando la radio fijamente, una de sus manos hace un
pequeño movimiento, apenas perceptible, realmente quiere sacar esa mierda
de canción. No se anima. Está atascada. Apuesto a que su cabeza está
gritando hacerlo pero hay algo que la detiene, la timidez no es algo que se
supere de un segundo a otro.
No agrego más nada, sólo sigo conduciendo, en otra ciscunstancias ya
habríamos llegado al pueblo, pero no puedo llevar más rápido la SUV por
esta carretera húmeda. Me concentro en el camino, el agua nieve mojando
el parabrisas. No sé realmente cuánto tiempo pasa hasta que Francesca
estira el brazo, tan lentamente que el camino de sus dedos a la radio se
hace eterno, y cambia la música. De inmediato somos rodeados por la
melodía silbante de ‘The Black Keys’ con ‘Tighten Up’. No sigue buscando,
parece agradarle. Y a mí simplemente me encanta. Cuando rueda su cabeza
en dirección a la ventanilla, se apoya en el asiento y se queda el resto del
camino viendo al exterior. No es que se haya ido toda su tirantez, pero
extrañamente se ve más tranquila. Más… confiada que minutos antes. No
puedo evitar chocar los cinco en mi cabeza y sonreír a medias mientras
impulso el coche por la entrada del pueblo. Me siento a rebosar de alegría
ahora mismo. Carajo, que ella elevara su grácil mano y cambiara la música
fue más de lo que creí que conseguiría de su parte en nuestro primer viaje
juntos. Este es un gran paso. Al menos así lo considero yo.
Entro en el barrio de clase media donde vive Isabel y me estaciono
frente a su casa, Francesca abre su puerta antes de que yo llegue a hacerlo
por ella y se baja, metiendo sus manos en los bolsillos del abrigo. Recorre el
frente de la casa, no puedo leer su expresión pero seguramente no se
esperaba esto. Isabel no hace uso de un consultorio, le gusta recibir a sus
pacientes en su cálida sala de estar, servirles té y “charlar”, así lo llama ella.
Es genial. Por eso se me ocurrió que Francesca podía venir, me estremezco
al pensar en ella recibiendo terapia severa. Necesita tomar confianza y
relajación junto a su terapeuta e Isabel no va a intimidarla, porque es
suave, amable y la maniobrará con mucho cuidado.
Se empuja hacia delante y camina hasta la puerta de madera oscura, yo
la sigo, unos pasos detrás sin invadir su espacio personal, Al llegar, toca la
puerta y espera, su espalda derecha como una tabla. Cuando Isabel aparece
ante nosotros le da una gran sonrisa de bienvenida, adornada por pequeñas
arruguitas a los costados de sus ojos amables.
— ¡Hola! Debes ser Francesca—asume y estira una mano suavemente
frente a ella—. Un gusto conocerte al fin.
Francesca acepta el saludo aunque le cuesta muchísimo devolver la
sonrisa. Enfatizo uno de los puntos mentales que me propuse: hacerla
sonreír más. Hacerla sonreír infinitamente.
Francesca
Isabel me permite pasar a su recibidor y me señala uno de los sillones
de la sala antes de volverse hacia León y cuchichear un saludo y algunas
otras palabras. Parecen conocerse bien, hay familiaridad entre los dos. Me
hundo en el esponjoso sofá y espero por ella. También me tomo un
momento para estudiarla con atención, ya que es una mujer muy
particular. Va vestida con una blusa blanca lisa que le queda bastante
suelta y unos pantalones coloridos que caen alrededor de sus piernas, la
hacen parecer una gitana. Es menuda, mucho más que yo y ostenta una
sonrisa cegadora. Su pelo está recogido en la nuca en un rodete bastante
desprolijo que le da un toque de personalidad a su estilo. Le calculo cerca
de unos cincuenta años, aunque tranquilamente podrían ser menos.
Despide a León, éste me dirige una mirada perezosa y me indica que
volverá dentro de una hora y media, no alcanzo a asentir que ya está fuera
de mi vista y la puerta se cierra. Isabel me sonríe y da un decidido aplauso
uniendo sus dedos frente a su mentón.
—Pasemos a mi cocina, Francesca—me indica, la sigo sin rechistar—.
Un poco de té te vendrá bien para calentarte, está helado ahí afuera. ¿Cuál
te gusta? Tengo variedad…
Coloca en mis manos una cajita que contiene varios saquitos y enciende
el fuego de su cocina. Rebusco hasta encontrar uno de hierbas y se lo
tiendo para que lo coloque en espera dentro de una gigantesca taza de
arcoíris. Ella toma para sí uno de manzanilla.
—Qué bueno que te estás quedando con León—comenta, entretenida
junto a la pava calentándose—. Él es un buen hombre, lo conozco desde
que era un adolescente rebelde—me guiña un ojo, sonriente.
No digo nada, no sé si espera que lo haga porque enseguida vuelve a
darme la espalda para atender que el agua no llegue a hervir. Su comentario
me devuelve al rato que pasé con él en el coche. Fue extraño. Él no intentó
comenzar una conversación, de hecho pareció ignorarme todo el trayecto.
Solamente me permitió cambiar la radio y luché por dentro un montón
antes de permitirme hacerlo. Fue tan estúpido de mi parte dudar si hacerlo
o no. Me grité a mí misma “¿Acaso sos una pequeña niña de tres años que
teme tocar algo y romperlo?” No, claro que no, mi miedo no era romper la
radio, sino que el tocarla me rompiera a mí. Me arriesgué, dejé mis molestas
reservar de lado un nanosegundo. Y me mantuve intacta después, y León
tuvo todo el tiempo su vista lejos de mí. Eso me relajó, muchísimo.
Cuando Adela me dijo antes de salir que no podría acompañarme, entré
en un ligero estado de pánico interior, lo disimulé cuanto pude y me repetí
un millón de veces que no era la muerte de nadie tener que compartir un
corto viaje con él.
El problema es que León es muy intimidante, su tamaño es enorme y
sus ojos me traspasan. Hay una intensidad en él que jamás he sentido en
alguien más. Es poderoso, profundo, inmenso. En el auto me permití a mí
misma echarle un vistazo a sus manos tatuadas tomando el volante, eso me
llevó a tragar una bola de nerviosismo, con esas cosas enormes podría
hacerme mucho daño. Las de Álvaro no eran de ese tamaño tan intimidante.
De hecho, estoy segura de que la fuerza de mi esposo muerto no le llegaría
ni a los talones a la de León. La diferencia en el tamaño de por sí ya es
drástica.
León es un nombre que le va como anillo al dedo. Es el rey del lugar, lo
supervisa todo con precisión y poderío. Sus hermanos le tienen una alta
estima, lo respetan y admiran. No es que haya estado mucho en presencia
de ellos, no hace falta, con sólo escuchar a Adela y Lucre una lo descubre.
Según ellas, él es un hombre justo, leal, sincero y mucho más. Mucho más.
“Un tipo que vale oro” dijo Lucre una de las noches en las que subió a cenar
con nosotros.
Puedo ver todo eso en él, claro que sí, sin embargo mis fuertes
necesidades de resguardo me frenan de poder tener cualquier contacto. Hoy
temprano, en el camino, he querido decirle algo, cualquier cosa, fue inútil.
Mi garganta se cierra y ni siquiera puedo hacer uso de mis cuerdas vocales
para soltar un simple hola o un gracias cada vez que hace algo por mí. Y, si
vamos al caso, está haciendo demasiado por mí. Nos está dejando su lugar,
su propia casa, y por tiempo indefinido. Para alguien normal eso ya es una
enorme prueba de cordialidad y confianza, en cambio, mi pobre persona
requiere más que eso.
Soy patética.
Isabel termina de preparar las infusiones y nos dirige de nuevo a la
salita, me siento donde estuve antes y ella se instala frente a mí, ambas
separadas por una enana mesita de café. Enlaza la manija de su taza, igual
a la mía, y le da un sorbo cauteloso, después me mira y sonríe.
—Contame de vos, Francesca—pide, amable—. ¿Qué es lo que te trae a
mi sala de té?—se ríe un poco ante sus palabras.
Ella debe saberlo, obviamente, todo el mundo lo vio en los noticieros
cuando Álvaro se “suicidó”. Mi historia se reprodujo una y otra vez en los
medios y fui acosada por varias semanas a causa de la carta que
supuestamente dejó él como despedida. La cual sirvió como prueba. La cual
alguien filtró para que se volviera pública. Fue una pesadilla de nunca
acabar. Todo el mundo supo que mi matrimonio era un maldito infierno.
Me enderezo en mi lugar y mis ojos van a los oscuros de Isabel, me
miran con paciencia e interés.
—Yo… fui abusada por mi marido—suelto, náuseas quieren invadir mi
garganta al decirlo en voz alta, pero las empujo abajo y me lleno de fuerza.
Necesito esto si es que quiero tener una vida normal—. Fui víctima de la
violencia de género por dos años. He perdido el norte de mi vida.
Trago saliva porque mis ojos se llenan de humedad y me enfoco en la
taza que quema en mi mano, tomo un poco de mi té y disfruto el sabor, está
de verdad muy rico y el líquido me afloja.
— ¿Cuándo terminó, Francesca?—pregunta ella.
Sus ojos me están leyendo, pero no es molesto.
—Nunca…—susurro—. Nunca terminó. Nunca para. Mi mente no se
detiene. Lo revivo una y otra vez.
—Vamos a trabajar en eso, niña—me anuncia, es una promesa segura
en su tono—. Vamos a quitarlo de tu sistema. El pasado no se puede borrar,
eso está claro, pero el dolor que él nos provoca puede ser dejado atrás…
¿Eso es lo que querés, Francesca? ¿Dejar ir el dolor?
Una lágrima se escapa por el borde de mis párpados y recorre mi
pómulo hasta mi mejilla, se detiene allí hasta que es empujada por otra. Se
unen y caen.
—Más que nada—asiento y me limpio con el dorso de la mano, tomando
aire profundamente por mi nariz—. Más que nada en el mundo. Tengo dos
hijos, dos preciosos bebés que amo con el alma y tengo que estar bien para
ellos.
Isabel toma la caja de pañuelos descartables que hay sobre la mesita y
desprende dos, tendiéndomelos con una leve curva cerrada en los labios. Su
mirada me recorre con comprensión, no con lástima y a eso lo valoro
mucho. Me hace sentir más cómoda y menos aplastada por la situación.
—Todo terminó hace siete meses—empiezo, mi boca se reseca y me llevo
el borde de la taza a los labios—. Ingenuamente creí que cuando mi hija
naciera iba a sentirme mejor. Que todo el dolor se iría como por arte de
magia con sólo verla y tenerla en mis brazos—. Niego, más para mí misma—
. Nada pasó, a-apenas disfruto de ella… Y-y se supone que una madre se
ilumina cuando da a luz un bebé… Yo no siento nada al respecto…
Bajo mi vista al suelo, avergonzada.
—Siento tanta culpa por no estar tan enamorada de mi bebita como se
supone que debo. La amo, pero falta algo, falta ese latido al corazón que
sentí cuando Abel nació. Ahí es cuando me di cuenta de que realmente
estaba demasiado rota como para arreglarme por mí misma…
Más pañuelos son colocados en mis manos para acabar con el río de
llanto que no se detiene. No sé cómo esta mujer lo hizo. No entiendo cómo
pudo abrirme tanto con sólo un par de preguntas. Tal vez es su forma de
actuar, como si fuera más una amiga de toda la vida sentada frente a mí,
escuchando mis miserias y dando consejos. Simplemente funciona para mí,
me hace sentir segura y reconfortada porque no escarba dentro de mí con
insistencia, si no con delicadeza y bondad. Ella no está procediendo como
un doctor que se ocupa en sanar mi zona herida de forma impersonal, sino
que hace esto como si realmente le interesara todo de mí. Mi persona. Como
si quisiera genuinamente ayudarme a reparar mi espíritu destrozado. Para
Isabel esto no es una obligación, no soy su proyecto. Me siento más que eso.
Por primera vez en mi vida me siento sostenida.
—No te sientas culpable, Francesca— se estira y le da un dulce apretón
a mi rodilla—. Eso es normal, estás entumecida. Anestesiada. Te sentís así
porque has guardado demasiado peso dentro, a medida que avancemos te
vas a sentir más liviana. Más libre. Y vas a ver cómo tu corazón revive y late
con fuerza cada vez que mires a tu bebé—sonríe con confianza—. Estás tan
sobrepasada que no hay lugar para otros sentimientos que no sean la
amargura y el dolor. Te puedo prometer que juntas vamos a salir adelante,
¿me crees?
Me muerdo el labio inferior con fuerza para que deje de temblar, me
termino por secar una vez más el rostro y concuerdo con ella.
—Sí, te creo—suspiro y pruebo más té.
Y no es una mentira, le creo. Acabo de agregar una persona más al
círculo de confianza y estoy sorprendida. Para bien, claro. Ella empieza a
explicarme cómo iremos procediendo de ahora en adelante y estoy de
acuerdo. Yo haré todo lo que ella me diga, si eso significa mejorar y sentirme
mejor conmigo misma.
Y darles a mis hijos la madre que merecen.
La vuelta al recinto es igual al viaje anterior, sólo que esta vez León no
dice nada y deja quieta la radio. Se mantiene concentrado en la ruta y yo
permanezco inmóvil en el asiento, es bueno que no se dirija a mí y note mis
ojos arritados por el llanto. No soy de lágrima fácil, o al menos no lo era
hasta hace un tiempo atrás. Sólo lloro cuando no aguanto más las
emociones en el interior y hoy Isabel tocó la tecla exacta para derribar mi
muro de resguardo. Hacía mucho que no me derramaba tan
desconsoladamente, no conté la cantidad de pañuelos que tiré a la basura
en el final de la sesión.
Al llegar los dos caminamos hasta el bar y ni bien entrar me escabullo
hacia las escaleras y las subo casi corriendo.
—Hola—me sonríe Lucre, tiene a Esperanza en brazos y la balancea de
un lado a otro—. ¿Lo hiciste bien?
Lucrecia es una chica muy hermosa y dulce, con ella es muy fácil
hablar, y en su mirada amable siempre hay entendimiento y paciencia. No
me siento amenazada. Estoy muy sorprendida de lo fácil que ella ha llegado
a mí. ¿Ahora puedo decir que tengo amigas? Trago con fuerza al pensarlo.
No he tenido amigas desde que iba a la escuela.
—Creo que sí—le digo, me siento en el borde de la cama y ella me tiende
a mi hija.
Los redondos y adormilados ojos oscuros me observan fijamente y yo
roso su regordeta mejilla con el reverso de mi dedo índice. Está tranquila,
en realidad ella siempre lo es, salvo cuando tiene hambre. La beso en la
frente y me impregno con su olorcito a bebé.
—No pude evitar sostenerla cuando despertó—comenta Lucre, camina a
la cocina y se ocupa en preparar un café para las dos—. Es tan dulce.
Sonrío, lo es. Mi hija es preciosa y transmite una paz al interior. Bueno,
creo que todos los bebés hacen eso.
—El mes que viene seguro el doctor va a ordenarme hacer reposo—
suspira, se deja caer en una de las sillas—. No voy a quejarme, últimamente
me estoy sintiendo muy cansada.
Le echo un vistazo al prominente vientre que luce bastante grande como
para ser de sólo cinco meses, puedo entender por qué se siente tan
cansada.
—Sí—dice, leyéndome el pensamiento—. Pero estoy segura de que
crecerán de golpe en los últimos dos meses, esto va a ser duro—sonríe, pero
veo que está asustada y trata de esconderlo.
—Todo va a salir bien—digo, casi sin pensarlo.
Ella asiente y me dedica una radiante curva de labios como
agradecimiento. Me ruborizo y bajo la vista a mi hija que se ha dormido. He
perdido la cuenta del tiempo que hace que no tengo una conversación
normal, generalmente siempre pienso gravemente las palabras que voy a
decir, porque con Álvaro me acostumbré a ser así. No podía decir la primera
cosa que se me cruzara por la cabeza, en un momento sólo me resigné y
dejé de hablar tanto con él como con la gente. Aprendí a usar monosílabos
como nadie. Así que la charla espontánea es una etapa nueva a la que
recién me estoy adaptando.
Acepto el café, me doy un pequeño lujo después de meses y meses de
evitarlo, Lucre en cambio elige para ella un té. Me muevo a la mesa después
de dejar a Esperanza en su cuna y merendamos en silencio, hablando de
vez en cuando.
—Deberías bajar alguna noche de estas, los días de semana es todo
muy tranquilo—suelta, revolviendo su taza—. Ya sabes, pasar un rato con
nosotras…
Desde que llegué he evitado el bar a toda costa. No es que me esfuerce
mucho, tampoco, acá arriba estoy muy bien.
—Quizás más adelante, no me gusta dejar mucho tiempo sola a la
bebé—susurro y bebo, el líquido caliente baja con gusto por mi garganta.
—Oh, eso es verdad—se da cuenta—. Bueno, podrías bajar con ella, te
aseguro que no sería un problema.
No, no sería. Pero sí sé que no es un ambiente muy recomendable para
un bebé recién nacido. La Guarida es un bar, allí adentro es ruidoso.
Además por ahora sólo prefiero mantenerme acá arriba. Creo que no estoy
preparada para enfrentar a todos ellos.
Todavía.
5
León
«— ¡Me voy!—me gritó papá desde la sala.
Yo estaba en mi habitación tratando de dejarla un poco ordenada antes
de sentarme a tocar algo. Le grité que lo esperaría para cenar y al minuto
siguiente escuché la puerta del frente cerrarse, el coche se encendió y mi
padre emprendió camino hasta la comisaría. Al fin estaba volviendo a la
normalidad, costó, pero lo logró después de meses perdido y encerrado,
lidiando con la muerte de mamá. No fue fácil.
Un mediodía, cerca de un mes atrás, llegué del colegio y no estaba por
ningún lado, ni siquiera tratando de cocinar algo para los dos. La cocina
intacta, ningún olor a almuerzo. Así que corrí a su cuarto y lo encontré tirado
en la cama, sin ni una pisca de ánimo. Mi corazón se hundió en mi pecho
porque me di cuenta de que así había permanecido durante toda la maldita
mañana. No se había levantado. Y papá odiaba no empezar sus días
temprano. Me senté en el borde de la cama y él entreabrió los ojos, me miró y
tragué cuando vi una gruesa lágrima deslizarse hasta el borde de su nariz.
— ¿Papá?—murmuré.
—Ella era mi ancla—dijo, su tono ahogado por las mantas y el llanto—.
Era mi todo. Yo… me despertaba por ella… Vivía por ella…
Apreté mi mandíbula y tomé una larga respiración. Tuve que poner toda
mi energía en no acurrucarme y llorar con él. Me había esforzado con seguir
mi vida de forma habitual, ignorando el golpe en las entrañas que me
producía llegar a casa y no encontrar a mamá allí rodeada con su rock and
roll. Ahora no persistía su aroma en el aire y ya no había más música en esta
casa.
—Papá…—pensé algo para decirle, pero ninguna de las cosas que venían
parecían ser las correctas—. Ella no quería esto para nosotros...
Asiente y se lleva una mano a la cara para limpiarse.
—Lo sé—se aclaró la garganta—. Perdón…
Le palmeé la espalda.
—No tenés que pedirme perdón—bufé—. Yo sé que duele… que duele
como nada en el mundo—agregué, musitando.
Se removió en la cama, colocándose de espaldas. Su barba muy crecida
hacía que su rostro se viera más flaco y pálido de lo que estaba.
—Sé que te sentís como si hubieras entregado todo, y te has quedado
vacío—me miré las manos, haciendo rebotar los talones y mis piernas en el
suelo.
Asintió y se frotó los ojos.
—Perdón por ser un pobre tipo justo ahora—suelta, se rasca la mejilla—.
Debería ponerme en marcha…
—No, está bien—le sonreí—. Quédate, voy a traerte un poco de comida.
No hizo caso, empezó a salir de la cama.
—Hagamos un trato—lo empujé para que se quedara quieto, me reí—.
Hoy te quedas en la cama el tiempo que necesitas, yo voy a cuidarte, y
mañana empezás de cero…
Se quedó un largo momento mirándome fijamente. Yo podía ver qué tan
cansado estaba, seguramente no pegaba ojo en las noches. Su palidez y las
manchas bajo sus azules ojos lo decían todo.
—Este vendría a ser como un último día de vacaciones—le dije.
Por dentro me encogí, no eran las palabras adecuadas. Como si el duelo
por mamá fuera igual a ir a la playa a tomar sol. Sin embargo no me corregí,
sólo esperé.
—Bueno—aceptó, un poco cauteloso—. Prometo que mañana volveré a la
normalidad.
Y así fue. Al día siguiente se calzó sus botas de policía y fue a trabajar, si
no fuera porque era muy respetado y querido por todos sin duda habría
perdido su trabajo por abandonarlo por casi dos meses, pero ninguno de sus
compañeros o superiores diría nada. Era como una retribución por todas las
cosas que papá hizo por el pueblo, y no eran pocas.
Armé mi cama y tiré la cantidad de bolas de papel que había sobre mi
escritorio, habían quedado ahí desde la noche cuando hice las tareas. Me
estaba esforzando en el colegio porque era el último año y no quería deber
ninguna materia. Cuando saliera sería para nunca volverlo a pisar. El
instituto sería agua pasada dentro de poco.
Saqué mi guitarra acústica del armario y corrí al sofá de la sala para
tocar. Empecé a hacerlo desde chico, mamá quería que supiera tocar algo,
aunque fuera un solo instrumento. Papá tenía una guitarra vieja por ahí y
probé con ella un tiempo. Me gustó, demasiado. Y ahora, a los diecisiete, era
todo un apasionado y no podía abandonar la maldita cosa. Esta era la
primera guitarra que me compraba con mis ahorros, y era una bestia. Amaba
escucharla acompañarme.
La puerta fue azotada unas cuantas veces mientras estaba en mitad de
una canción, un cigarro adornando mi boca. Di la orden de entrada porque
sabía quién era. De inmediato se abrió y la voluptuosa vecina de diecinueve
entró.
—Cuando no, vos—soltó y se despatarró en el lugar frente a mí—. ¿No
paras?
Negué y le di mi mejor sonrisa torcida. Sí, como la mierda que estaba
coqueteando. La mina estaba de infarto. Tenía un par de piernas
interminables enfundadas con un par de vaqueros al extremo ajustados y
una camiseta que me daba el permiso para ver el nacimiento de unos muy
redondos y grandes pechos. A ella le gustaba que la mirara. Yo o cualquier
otro maldito infeliz.
Se retorció y sacó algo de su bolsillo, me hizo señas pidiendo un
encendedor.
—No—dije y paré la música—. Acá adentro no. No quiero que papá sienta
el olor cuando llegue.
Se encogió de hombros y volvió a guardar el porro. Se levantó y comenzó
a recorrer la sala, chusmeando. Retomé mi tema y sólo fuimos rodeados por
el sonido un buen rato. La vi ir de acá para allá meneando sus caderas y
haciendo bailar su cabello castaño en su espalda. Me encantaba todo de ella.
— ¿Tu papá está mejor? Lo vi salir hace un rato—comentó, entretenida
con una de las piezas decorativas que sólo a mamá le habían gustado.
Claro que lo había visto salir, sino no estaría acá conmigo. Esperando.
Asentí, relajado contra el almohadón, sin dejar de mover mis dedos y sacar
humo de mi segundo cigarro.
—Me alegra saberlo—sonrió—. Papá y mamá estaban muy preocupados.
—Él está de nuevo en el baile—dije, cambié de canción.
Sandra caminó hasta mí y me observó tocar ahí de pie por un largo, largo
rato, hasta que obviamente se cansó de mi falta de interés en abandonar.
Suavemente me quitó la guitarra de las manos y la dejó a un lado, su cuerpo
la reemplazó en un pestañeo. Saqué el cigarro de mis labios y lancé una
bocanada lo más lejos de su rostro que pude. Sus grandes ojos verdes se
posaron en mi boca. Estacioné mi mano abierta en su muslo y sus caderas se
balancearon contra las mías, encerró mi cara entre sus manos y se inclinó. Su
semblante hambriento hizo que mi pene se endureciera en tiempo récord.
— ¿Cómo fue que te pusiste tan fuerte, pendejo?—gruñó contra mi boca
antes de morder mi labio inferior, su entrepierna se molió contra mí.
—Ingiero mucha carne—carraspeé.
Sus pupilas brillaron, me dio una sonrisa traviesa. Seductora.
— ¿Qué tipo de carne?—su aliento caliente golpeó contra mis labios.
No respondí, sonreí de lado y le miré las tetas. Eso la excitó bastante. Su
respiración se agitó cuando corrí mi mano y la dejé firme en la tela tirante que
cubría su culo.
—León—jadeó cuando se percató de mi erección.
— ¿Qué?
Me masajeó con dedos expertos.
—Llévame a tu habitación—ordenó.
—Con gusto, vecina.
Me levanté con ella en brazos y caminé por el pasillo hasta encontrar mi
cama. Esta era la segunda vez que lo hacíamos, no sabía cómo carajo había
empezado. No me importaba. Se sentía demasiado bien y supe que me iba a
volver un adicto a su cuerpo en llamas con bastante rapidez.»
—Envido, hijos de puta—Gusto dice y ataca su porrón sonriendo como
idiota.
Está mintiendo, se delata cuando pone esa cara de ganador, este tipo
no sabe una mierda de nada. Me inclino hacia atrás y miro a mi compañero,
Max se encoge de hombros y no agrega nada.
—Quiero—suspiro.
Gusto alza las cejas y se ríe.
—Veinticuatro.
El Perro lo mira con odio.
—Veintiséis son mejores, marica—digo y carcajeo.
Ganamos esta ronda juntos con dos más, Alex tiene cara de perro y Max
se caga de risa con las payasadas de su adversario. A mí no me importa
ganar o perder, me da exactamente igual. Sólo estoy pasando el rato.
—No te tomas nada en serio, pendejo—le digo.
Gusto se encoje de hombros y sigue metiendo alcohol en su sistema.
—No juego por la gloria—nos dice y tira su carta—, sólo me divierto.
Le guiña a Alex, su equipo, y se hamaca en las patas traseras de su
silla, a continuación le lanza un beso. Ellos ganan esta ronda, y el chico de
ojos plateados a mi lado cambia un poco el ánimo. En la siguiente mano
estamos en silencio, sopesando las oportunidades. Lucre se acerca y toma
posición sobre el regazo de Max, él la rodea con sus brazos y le besa el
cuello. Nos mantenemos tranquilos un rato más, hasta que Gusto vuelve a
abrir esa boca, poniéndose serio.
—La Pampa tiene el ombú, el ñandú la ligereza— apoya un codo en la
mesa, mirándonos con determinación—, y este bicho acá colgando tiene flor
de…
— ¡Che!— Max lo corta gritando, frunce el ceño con enojo.
Lucre esconde el rostro en su cuello y tapa su boca, todos la vemos
agitarse a causa de un ataque de risa. Le alzo una ceja al pendejo boca
sucia y lo estudio de arriba abajo, cuando quiere puede ser incorregible.
—Quiero verla al terminar, pedazo de mierda—le muestro los dientes.
Obvio, me estoy refiriendo a la flor que acaba de cantar, no a la cabeza
del bicho ahí colgando. Nos ganan esta ronda también y quedamos
empatados. A Max ahora le salta la vena competitiva. Gusto se levanta de su
silla mientras junto las cartas devolviéndolas al maso, y se lleva las manos
al botón del pantalón.
— ¿Qué estás haciendo?—le frunzo el ceño.
—Dijiste que querías verla al terminar—baja el cierre.
Me rio y niego, Alex se levanta, lo empuja abajo y le da una fuerte
palmada en la cabeza, aunque no puede aguantarse la sonrisa que se le
escapa. Max finge ofenderse tanto como puede, pero no hace falta, su chica
sabe bien que de caballero no tiene nada. Además no es muy fácil de
impresionar, vive rodeada de tipos que no hacen más que maldecir y soltar
groserías.
Mientras todos se divierten, el chico vuelve a abrocharse los pantalones.
Santiago se acerca desde la barra, donde antes estuvo haciéndole compañía
a su chica, y se para a nuestro lado, observando con atención nuestra
próxima partida, no reacciona ante las bromas del moreno de pelo largo y se
ve pensativo.
—Toma mi lugar, Máquina—le invito mientras salgo de mi silla—, me
voy arriba a terminar unos papeles.
Sin decir una palabra se sienta y recibe sus cartas, Gusto ahora no se
ve tan dispuesto a bromear y antes de irme, veo a Santiago enviarle una
sonrisa torcida, sus ojos prometiendo sangre. Mierda, me gustaría
quedarme para ver cómo él y Max los terminan de rematar. Santiago nunca
dice una palabra pero siempre se las arregla para ganarle a cualquier
maldito. Max se ve contento por eso y se frota las manos.
Subo las escaleras perezosamente y entro en mi oficina, me tomo media
hora para terminar de ordenar ciertos papeles y después me quedo tendido
en la silla sin más nada que hacer. Pienso que quizás en un par de semanas
más podremos hacer ese viaje que se fue atrasando por el invierno, y no veo
la hora, así ya nos desligamos de ese tema pendiente.
Me sirvo una copa, pensativo, y dirijo mi mirada hacia la estrecha
puerta del rincón, la que siempre permanece cerrada con candado. Es sólo
un pequeño archivador sin terminar, los días fueron pasando y nunca más
le coloqué las estanterías. Ahora lo uso para guardar algunas cosas que
ocuparían mucho lugar en mi altillo. Mis dedos pican y una sensación de
necesidad me abruma, de modo que quito la seguridad del último cajón de
mi escritorio y lo abro, para buscar la llave entre el quilombo. Después me
levanto y voy hasta el candado. La puerta chilla un poco cuando la muevo,
será porque no hago esto a menudo, sólo cuando me acuerdo de limpiar el
polvo que se pega a los estuches.
Los dos estuches que mantienen resguardadas mis guitarras.
Puede que las tenga ahí abandonadas, escondidas del mundo, pero eso
no quiere decir que no persista el deseo insistente de sostenerlas y hacer
bailar mis dedos. Hace años que no me dejo llevar, quizás porque crecí y
empecé a tener otras obligaciones. Porque la adultez me encaminó por una
dirección en la que no hay tiempo para sentarse a disfrutar. O, capaz que
me resentí con ellas. No, niego con mi cabeza, no creo en esa última opción,
no soy así. Me inclino más por la opción de que es muy posible que ellas le
traigan algo de nostalgia a mi corazón. Me recuerdan a mamá, a papá. A…
Sandra. Me traen a la mente esa juventud que ya no tengo, esa sensación
de eternidad y poder, que con el tiempo fue opacada por la tristeza que
causaron las pérdidas.
Hoy sólo soy un poco más humano. Menos inmaduro y más asentado.
No me disgusto con el pasado ni con la vida, porque esa no es mi
naturaleza. Puede que haya perdido mucho, sin embargo, estoy al tanto de
que si me quedo estancado en ello, perdería lo que hoy tengo también. He
llorado lo que había que llorar y al final obtuve más fuerza para levantarme,
y gracias a eso hoy tengo lo que tengo y soy lo que soy. Perdí una familia,
con el tiempo la vida me dio otra. Uno nunca suma sin restar. ¿Rencor? No
hay lugar para eso en mi sistema.
Y esto es a lo que mamá se refería, ahora lo entiendo mucho mejor. La
verdad es que no supe bien qué le estaba prometiendo en aquella
despedida. ¿Ser feliz? Yo no estaba seguro de que lo sería, porque en ese
entonces estaba equivocado. Estaba errado, como tanta gente, al pensar
que la felicidad necesitaba motivos. Y la felicidad no depende de cosas
ajenas a nosotros mismos, sino de lo que hay en nuestro interior. Nosotros
elegimos cómo sentirnos. Y a mi forma de ver, hay dos clases de personas:
las que tienen motivos para estar amargadas pero eligen sonreír a la vida de
cualquier forma; y las que optan por dejarse arrastrar por la oscuridad.
Consigo un trapo húmedo y quito la fina capa de polvillo que yace sobre
las superficies de las maderas hasta que brillan. Saco los dos estuches del
agujero, y los coloco apoyados en la pared, justo al lado de la puerta. Me
decido a abrir el de la guitarra acústica y sonrío cuando mi mano se cierra
en ella y la elevo hasta mí. Se siente como si todos estos años me hubiese
faltado una extremidad y ahora mismo la estuviera recuperando. No hay
dudas de que esta guitarra era como una extensión de mí mismo.
Me dejo caer en el desordenado colchón del rincón y pruebo mis dedos,
están un poco entumecidos por la pérdida de costumbre pero ellos no se
han olvidado de cómo tratar a esta preciosura. Recuesto mi espalda en la
pared y me dedico algunas notas, cierro los ojos y disfruto.
Se siente como si volviera a ser yo.
Francesca
Entre la cena y acostar a los niños se me hace la medianoche y no
puedo hacer más que caer agotada en mi lado de la cama. Me duermo de
inmediato, algo que se siente muy, muy bien para mí. Eso de recostar la
cabeza en la almohada y no poder conciliar el sueño, dar vueltas y vueltas
llenando mi cabeza de recuerdos negros es lo más parecido a una tortura.
Es como si mi cuerpo reaccionara ante ellos, como un adicto que no puede
dejar atrás su dosis. Estoy tan acostumbrada al dolor que ahora que se ha
ido físicamente persiste de cualquier forma.
Resulta que no duermo más que un par de horas y el silencio que viene
desde abajo me golpea. Parece que todos decidieron irse a dormir temprano,
me remuevo sobre mi espalda y me quedo muy quieta mis ojos en el techo.
Es raro no escuchar ruidos en el bar antes de las cuatro de la madrugada, y
a veces hasta más tarde. La luz nocturna entra por la ventana e ilumina mi
alrededor. Me fijo en mis bebés durmiendo tan plácidamente. Esperanza
despatarrada entre Abel y yo, sus manitos dobladas en suaves puños
abiertas a sus lados, su boquita haciendo ruiditos, un acto reflejo a causa
del chupete que se le ha caído. Mi hijo a su lado, enroscado muy cerca de
ella. La pureza de ellos hace que mi alma se sienta en paz. Ojalá fuera así
todo el tiempo.
Doy un suspiro y de la nada empieza a sonar una melodía,
acompañándolo. Detengo mi aliento, escuchando con atención. Me doy
cuenta de que viene de una guitarra, supongo que estaba equivocada y no
todos se fueron a dormir. Permanezco inmóvil, mis manos descansando en
mi estómago, me pierdo. Pienso que me gustaría escucharla más de cerca,
la canción es conocida, pero no logro conectar cuál es. Quizás si me
asomara un poco…
No me espero más, me levanto y tomo una bata blanca de los pies de la
cama para no salir en camisón. Este es un lindo conjunto que Lucre me
regaló, lo compró para mí. No quise aceptarlo, pero la chica fue demasiado
insistente y cuando supe que se estaba ofendiendo porque pretendía
rechazarlo, me rendí. Abro la puerta y enseguida el sonido se vuelve más
fuerte, aun así no logro distinguir de qué tema se trata. No importa. Se
escucha hermoso y me interno en el pasillo, atraída. Como una mosca hacia
el pastel.
Quiero saber quién está tocando y cuál es la canción, me resulta
familiar. Llego a las escaleras y me deslizo abajo, no lo suficiente como para
ser vista por alguien. Me asomo apenas y espío hacia el salón, me sorprendo
al encontrar una única figura reclinada en una silla, largas piernas
estiradas, los pies cruzados y apoyados en el borde de una mesa. León tiene
la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, está realmente sintiendo la
melodía.
Inconscientemente mis piernas ceden y acabo sentada en los escalones,
abrazando un barrote de madera sin poder quitar mi mirada de él, mis
oídos de la música. Se acaba, se remueve y vuelve a empezar. Sus dedos
son suaves, su forma de tratar las cuerdas y abrazar la guitarra me indican
que ama profundamente lo que está haciendo. Veo pasión. Y alaba la
guitarra con una intensidad que me hace querer ser ella. Estar en su lugar.
Trago. ¿De verdad? Mi respiración se escandaliza y mi mente se revela ante
el anterior pensamiento. Yo no quiero y no puedo ser tocada, no sé cómo
llego ese pensamiento ahí.
En un momento se detiene y estira un brazo para conseguir un trago
del vaso de whisky que está encima de la mesa, inmediatamente vuelve a su
posición anterior y comienza desde el principio otra vez. Me encuentro
sopesando la idea de escucharlo cantar, me gustaría mucho. ¿Cómo será su
voz? ¿Suave? Niego. El fuma demasiado, apuesto a que es rasposa. Ronca y
atractiva.
Mis mejillas se calientan de golpe.
Me frunzo el ceño a mí misma, no sé qué me pasa. Yo no soy así. De
hecho le temo bastante, no me gusta mucho tenerlo cerca. Tal vez esta
reacción se debe a que él me recuerda que antes, mucho tiempo atrás, me
gustaba muchísimo la música, todo lo que tuviera que ver con ella. De
adolescente mi madre adoptiva me envió a tomar clases de piano, aprendí
muy poco y no tenía tanto talento. Sin embargo, amaba esa hora del día en
la que paseaba mis dedos por las teclas y más cuando me salía alguna de
las notas que el profesor me ordenaba como tarea. Eran de esos pocos
instantes en los que fui plenamente feliz.
Y ahora, veo a León tocar su guitarra con tanto sentimiento que mi
corazón se hincha y noto mi vista espesarse. Entonces él murmura algo y se
me escapa el aire de golpe, mis ojos se abren muy grandes. “¿Todas las
cosas que me gustan tienen tu cara…?”. Y así es como reconozco la canción.
Mi garganta se cierra y el recuerdo me golpea. Me pierdo en el pasado con
ayuda de esos acordes.
«Mi zapatilla estaba rota. Miré el agujero, concentrada, mi ceño muy
fruncido, mientras pateaba de regreso a casa desde la escuela. Casi podía
ver mi dedo gordo sobresalir, enfundado en un soquete rayado de colores. No
sabía cómo iba a conseguir unas nuevas, tendría que ir a pedirlas a la salita
solidaria. Ahí fue donde conseguí éstas. Mamá no me daba nunca dinero
para abastecerme de ropa. Antes muerta que gastarse el ingreso para sus
drogas.
Ayer cumplí nueve y ni siquiera recibí un beso de su parte, o un abrazo.
Pero ya no me importaba, ya no dejaba que mis padres me afectaran. Ya
había aceptado que estaba por mi cuenta. Así pude ahorrar unos centavos la
semana pasada, para comprar un alfajor en el kiosco de la esquina. Aunque
la señora Ñata me lo regaló al final. No sé por qué lo hizo, aun así se lo
agradecí mucho. Después corrí a casa y esperé la medianoche, entonces le
saqué el papel y le clavé una vela que encontré perdida en los cajones de la
mesada. Me escondí debajo de la cama a oscuras, la encendí y la miré por un
largo, largo rato. Canté el “Feliz Cumpleaños” en mi mente, ni siquiera lo
susurré. A continuación soplé y después disfruté de mi mini pastel de
chocolate. Abajo papá y mamá estaban de fiesta, una que no era la mía.
Claro.
Yo era invisible, salvo cuando necesitaban un mandado al almacén en
busca cigarrillos. O cerveza. Al tipo que lo atendía no le importaba venderle a
un menor de edad, o quizás papá ya le había avisado que iba a mandar a su
hija de nueve a buscar todo eso. Me encogí. No me importaba, a veces, si
papá estaba muy perdido, podía quedarme con alguna moneda a escondidas.
Arrastré las extra finas suelas de mis pies por la vereda, me estaba
retrasando. No quería llegar a casa, no quería oír gritos y no encontrar leche
en la heladera. Mi panza se quejó con el pensamiento. Me rasqué la nariz y
me limpié el sudor de la frente, el sol estaba en lo alto y se sentía bien. Este
era un lugar muy frío la mayor parte del tiempo.
Una tranquila melodía cortó el aire, la brisa la atrajo hacia mí y me paré,
mirando para todos lados. Busqué el lugar de donde provenía pero no divisé
a nadie cerca. Entonces mis ojos se posaron en un grueso árbol en la vereda
de una de las próximas casas, sea quien sea que estuviera tocando estaba
detrás de él. Seguramente.
Me acerqué y la música paró, alguien maldijo y volvió a empezar. Me fui
contra el árbol y no dejé que la persona me viera, sólo me senté a los pies, en
el otro lado y le escuché. Y como si hubiese estado esperando que yo llegara,
empezó a cantar, mitad tarareo mitad letra.
“Qué linda que estás, sos un caramelo;
te veo en el recreo y me vuelvo loco.
Todas las cosas que me gustan, tienen tu cara.
Y espero a los asaltos, así juego a la botellita con vos…”
Siguió cantando después de eso, pero no entendí mucho de lo que dijo y
no me gustó tanto como esa primera estrofa. Aunque sí me deleitaba mucho
con la melodía acompañando su voz. Podía saber que era un chico joven
quien estaba cantando. Crucé mis piernas en posición de chiquito y arranqué
hierbas, compenetrada. No existía el resto del mundo en ese momento y me
fascinó, porque a mí que me encantaba recluirme del exterior. Me perdí
fácilmente, hasta que una voz chillona interrumpió mi felicidad y, por lo visto,
la de él, porque maldijo por lo bajo.
—Pendejo, necesito que me ayudes con algo—dijo, escuché los pasos
acercarse, aplastando es pasto.
Me congelé, mis ojos abiertos como platos.
— ¿Qué?—dijo el chico, ahora sonaba brusco.
—Quiero colgar una…—la chica se frenó, rodeó el árbol, notándome—.
¿Tenés compañía?
No esperé más, me levanté con rapidez y salí corriendo como si el diablo
me persiguiera, escuché a la chica reírse a carcajadas, seguro se estaba
burlando de mi manera de escapar. Yo no estaba haciendo nada malo, sólo
quería escucharlo, no debería haber entrado en pánico. Pero me avergoncé
como nunca. No había querido que el chico me descubriera, era obvio que
estaba allí con intenciones de estar solo.
No miré atrás. Doblé la esquina y corrí el resto de las cuadras que me
quedaban hasta llegar a casa. Estaba mortificada, aun así no me arrepentí
de haber tomado el camino más largo porque quería esquivar a los chicos que
se burlaban de mis zapatillas rotas. Eso me llevó a escuchar algo precioso.
Sonreí.
Sentí como si Dios me hubiese enviado mi regalo de cumpleaños.
Al día siguiente me arriesgue a pasar por el lugar de nuevo, pero no
había música. La vereda estaba vacía. Miré hacia la casa y fruncí mi
entrecejo, decepcionada por no ver ni un poco de movimiento. Había querido
tanto volver a escucharlo que mi corazón dolió. No volví a hacerlo de nuevo.
Sin embargo, meses después, la vida volvió a ponerlo en mi camino.”
6
León
«—Voy a ir a la ciudad con los chicos esta tarde—le dije a papá mientras
almorzábamos—. Vamos a tocar en la plaza—mastiqué mi pedazo de carne y
esperé.
Él tragó su comida y tomó un sorbo de agua, después me miró fijamente.
— ¿Van a tocar en la plaza?—preguntó, atento. Asentí— ¿Vos vas a tocar
en la plaza?
Entorné los ojos en su dirección, me extrañaba que preguntara eso.
—Sí—alcé las cejas.
Él sonrió, orgullo instalándose en su rostro barbudo. Entonces entendí a
lo que había querido llegar.
—Pero yo no voy a cantar—aclaré, su expresión cayó—. Sólo voy a
aportar con mi guitarra. Pedro será la voz.
Chasqueó la lengua y negó, desilusionado. Yo no cantaba para nadie,
sólo en privado. Seguro que cada vez que lo hacía en mi habitación el me
escuchaba, pero no quería que nadie más lo hiciera. No era por vergüenza,
sólo me gustaba cantar en privado, no sabía muy bien el por qué. Tal vez
porque la presencia de la gente alrededor me desconcentraba, me desviaba
de mi línea. Y me gustaba proyectar mis covers con precisión, no quería
arruinar las canciones. No sabía si esa mierda tenía sentido para los demás,
pero no importaba.
—Sabes que tu voz revolcaría la de Pedro o cualquier otro—comentó,
revolviendo el arroz, quitándole los pedazos de ají rojo y dejándolos
abandonados en el borde del plato—. El mundo tiene que escucharte, no
dejes que se pierda tu talento.
Torcí el gesto y negué, me interesaba una mierda el mundo. Mi voz era
para mí. Llámalo egoísmo, si querés.
—Lo que sea—carraspeé y me llené la boca—. El punto es que…
—El punto es que querés que te preste el auto, lo imaginé—me cortó,
conociéndome.
Asentí y le sonreí, él terminó su plato y lo corrió hacia el centro de la
mesa, suspirando y palmeándose el estómago. Había comido muy poco,
demasiado poco como para un hombre de su tamaño. Consideré que volver al
trabajo lo devolvería a la normalidad, pero parecía que faltaban muchos
niveles para llegar a eso. Picoteaba sus comidas diarias, sus ojos siempre
estaban raros, las marcas moradas bajo ellos no se desaparecían. Y estaba
consumido. No dije nada al respecto, ya estaba cansado de repetirle que
comiera más y pelear por eso.
—Vas a tener que dejarme en la comisaría de pasada, antes de irte—
comentó, se levantó de su lugar y comenzó a juntar la mesa obviando el
hecho de que yo todavía estuviera almorzando.
Me aclaré la garganta cuando agarró mi vaso para llevarlo al lavadero.
—Perdón, no me di cuenta—murmuró, limpió las migas de su lado y
después se perdió en el pasillo.
Acabé rápido e inmediatamente lavé todo, lo sequé y lo guardé donde
correspondía. Papá salió de su cuarto ya cambiado con su uniforme y me
esperó mientras me aseaba antes de salir. Al entrar en el coche él se puso
tras el volante y dio la marcha atrás, una vez en la calle bajó la ventanilla y
encendió su cigarro, yo hice lo mismo pidiéndole el encendedor.
—Deberías dejarlo—comenté cuando le agarró un ataque de tos seca.
Se rio por lo bajo.
—Vos también—lanzó su pelota.
Me encogí de hombros, y miré por mi ventana semi abierta entrecerrando
los ojos, sonriendo.
—Algún día—dije soltando humo.
Él no tenía nada que decir a causa de su hijo de diecisiete empezando a
fumar. Lo cierto es que tuve mi primer cigarro a los dieciséis, él no lo sabía.
Aunque creo que tampoco le hubiese importado. Mis padres eran bastante
permisivos, si se puede decir, tenían ciertos límites pero no tantos como los de
mis amigos del secundario. Yo ya conducía, fumaba y no tenía horarios de
llegada a casa. Mis padres habían considerado que yo era lo suficiente
grande para ser responsable de mí mismo. Funcionaba porque yo los
respetaba y era un buen chico, dentro de todo. Puede que no obtendrían las
mismas respuestas de un hijo más propenso a los problemas.
Seguimos andando por las calles de nuestro barrio y de pronto el auto
frenó de golpe y fui impulsado hacia adelante hasta casi tragar vidrio, el
chillido de los frenos impregnó los alrededores. Papá grito barbaridades,
completamente fuera de su control. Me giré para mirarlo y mis ojos no
llegaron a él, se quedaron clavados en una niña de pelo oscuro cayendo al
suelo con violencia, un hombre, quizás su padre, gritándole con potencia.
Fruncí el ceño ante las porquerías que le decía. La chica no aparentaba tener
más de diez años.
Papá salió del auto, su pecho inflado de rabia. Los seguí, sintiéndome
igual.
—Estos hijos de puta me tienen las pelotas llenas—gruño yendo directo
al hombre que estaba rojo de ira y miraba a la niña como si planeara
asesinarla—. ¡¿Qué carajo estás haciendo, Sánchez?!—vociferó.
Me puse a la par, mi mirada sostenida sobre la niña levantándose del
suelo. Sus rodillas y palmas sangraban por la caída y quise gritar. Patearle el
culo al hijo de puta. Me coloqué a su lado y papá se fue hasta él. El pelo
oscuro de ella le tapaba el rostro, lo despejó con sus dedos y alzó su enorme
y exótico par de ojos a los míos. No estaba llorando, me sorprendió, esperaba
que sus mejillas estuvieran mojadas. Sólo se veía pálida y sorprendida por mi
presencia a su lado. La observé fijamente con mis párpados entrecerrados.
— ¿Estás bien?—solté.
Sus ojos de chocolate se abrieron más haciendo juego con su boca. Era
como si me estuviera reconociendo, aunque yo no la recordaba de ningún otro
lado. Jamás la había visto en la vida, y eso que vivíamos prácticamente en el
mismo barrio.
Asintió, sin quitar su atención de mí.
—Ese maldito parásito me estuvo robando—gritó el tipo a mi padre, y lo
empujó lejos—. Deja de meterte en mis cosas, que seas milico no te justifica,
hijo de puta—lo empujó de nuevo.
Papá estaba cerca de explotar.
—Yo sólo quería unas zapatillas nuevas—susurró la niña a mi lado.
La volví a mirar, estaba cruzada de brazos y se había acercado más a
mí. Su cabeza baja, la atención en sus pies. Tragué el nudo en mi garganta
cuando vi sus zapatillas agujereadas, mi corazón se hundió hasta llegar a mi
estómago.
Una mujer de largo cabello negro salió por la puerta de la arruinada casa
y se tambaleó hasta instalarse junto a su marido. Tenía una desgastada
apariencia hippie, aunque todos acá sabíamos que no tenía nada que ver con
ello. Miró a la niña a mi lado y le frunció el ceño, después buscó a papá y
también le dio un empujón.
—Deja de molestarnos, Navarro—lo volvió a alejar—. ¡Andate de mi casa!
Arrugué la nariz.
—Está fumada—me dije en voz baja.
—Ambos—me corrigió la pequeña—. Siempre.
La chica era dulce e inteligente, demasiado para ese par de mierdas
apestosas. No supe cómo carajo había salido así de buena, por suerte no se le
habían pegado las malas enseñanzas de esos dos.
—Hijo—me llamó papá—, llévate a la nena a la comisaría.
El roñoso se le fue encima y mi viejo se defendió, antes de que las cosas
se pusieran peor agarré a la pequeña del brazo y me la llevé al auto. No se
resistió, se sentó en el asiento del acompañante sin que siquiera se lo pidiera.
Me fui como alma que lleva el diablo, antes de desaparecer vi a papá golpear
al tipo y lanzarlo al suelo, después tocó su cinturón y supe que estaba
llamando a los refuerzos. Ojalá él terminara en la cárcel, pero supuse que eso
sería difícil, la justicia pocas veces existía para niñas como la que iba
asentada en silencio a mi lado y me miraba como si fuera Superman. Mi
padre merecía esa mirada de adoración, no yo.
La llevé a la comisaría y una de las mujeres de la oficina se encargó de
ella, atendió los raspones. La chica aún seguía buscándome con sus
hermosos ojos de chocolate, brillantes. Expectantes. No podía imaginar que
era lo que le pasaba por la cabeza. Me mantuve por ahí un rato, hasta que
papá volvió, un poco más tranquilo. Le gritó a todo el mundo que la chica no
iba a ir a ningún lado, por más quilombo que hicieran los drogadictos de sus
padres. Luego llamó a servicios sociales y les insultó enfurecido, ordenó que
se hicieran cargo de una puta vez. Porque éste no era el primer inconveniente
con la familia, varios vecinos habían estado repartiendo denuncias durante el
último año. Y los servicios sociales sólo estuvieron rascándose el culo
mientras tanto.
Me fui cuando todo se tranquilizó y él me dejó ir en el coche. No quería
salir del pueblo, me sentía nervioso por dejar a la chica ahí, sin embargo yo
sabía que papá la cuidaría hasta que todo se solucionara. Busqué a mis
amigos y nos fuimos a la ciudad cargados con nuestras guitarras. Hicimos
unos cuántos mangos en la plaza y usé mi parte para hacer lo que mi corazón
pedía.
La tarde siguiente fui con Aurora, una de las mujeres que atendían la
casita de huérfanos del pueblo, e hice que me dijera el número que calzaba la
pequeña. Días después ella recibió un par nuevo de zapatillas rosas. Me sentí
realizado y feliz, a eso sumándole la satisfacción que me dio el saber que
papá le había conseguido unos respetables y amorosos padres adoptivos que
iban a cuidarla como se merecía.»
Francesca
El día siguiente pasa sin inconvenientes, tan igual a los anteriores. Al
caer la noche tengo la cena lista y alimento a Abel, antes de acostarlo.
Amamanto a Esperanza sintiendo mi ansiedad crecer. Muy en el fondo de
mi pecho espero que León decida volver a tomar su guitarra y tocar para mí.
No es que él lo sepa, no tiene ni idea de que soy una fan que escucha a
escondidas. Mejor que quede de ese modo.
La noche anterior, después de recordar, me alcé sobre mis pies,
temblorosa, y me escabullí de nuevo en el altillo, antes de que me
descubriera allí espiándolo. Al meterme en la cama el llanto silencioso me
azotó, derramé infinitas lágrimas por descubrir que él es aquel mismo chico
que tocaba su guitarra tras el árbol. El mismo milagro que recibí aquel día
en el que fui alejada de la casa de mis padres para no volver nunca más a
verlos.
Quiero tanto darle las gracias.
Anhelo tanto poder decirle lo que significó para mí recibir ese par de
zapatillas nuevas de color rosa. La niña de diez años que fui lloró mucho ese
día, emocionada, y rezó volver a verlo. Pero mis padres adoptivos vivían en
la ciudad y me llevaron con ellos a su casona. El destino no me dio el gusto
hasta unos años después.
Tenía quince cuando vi a León otra vez. Mi mente nunca lo había
olvidado, estaba realmente obsesionada con él. Recuerdo caminar por la
ancha vereda de mi colegio privado. Mi pelo suelto, llevaba puesta mi
camisa blanca con el distintivo bordado, mi falda cuadrillé volando bailando
con la brisa y mi mochila colgando de un hombro. Iba mirando el suelo,
sintiendo el calor del sol encima de mi cabeza, era casi verano, las clases
estaban terminando.
Mis zapatos golpearon el suelo en cada paso, estaba desanimada
porque me había retrasado en una materia, seguramente tendría que
rendirla en diciembre. Yo quería hacer las cosas bien por mis padres, por su
esfuerzo y cariño. Me encontraba hundida, lidiando con mis pensamientos,
entonces el zumbido de una moto se fue acercando y levanté mi vista en su
dirección. Destellos de pelo rubio sujeto en un descuidado moño en la nuca
detuvieron mi corazón. Frené mi avance, estancándome en la acera. Se veía
casi igual a como lo recordaba, con la diferencia de que se notaba más
crecido. Era ya un magnífico adulto, de pies a cabeza. Barba de unos pocos
días salpicaba su rostro y su mirada de un azul endurecido iba atenta en el
camino frente a él. No la corrió nunca en mi dirección, y deseé poder
levantarle la mano, llamarlo a gritos. Decirle que yo era aquella niña que
salvó cinco años atrás, abrazarlo por el par de zapatillas rosas.
No me dedicó ni una mínima ojeada, ni siquiera de soslayo.
Todo lo contrario de la chica que lo acompañaba, pegada a su espalda,
abrazada a su ancho torso. No reparé en ella antes porque estaba
demasiado ocupada comiéndome a su novio. Culpable. Será por eso que
levantó el brazo y su mano me mostró el dedo medio. Su pelo castaño
volando tras ella, sus ojos verdes destellando con malicia en mí. Un mensaje
claro manando de ella: “Mirá todo lo que quieras. Es mío, todo mío, y no tenés
ninguna oportunidad”. No me importó ella, aunque en ese momento no pude
esquivar el pensamiento de por qué él estaba con alguien tan odiosa.
La moto dobló la esquina y se perdió, me encontré queriendo chillar y
pisotear el suelo como una niña encaprichada. Creo que hasta gruñí desde
lo más profundo de mi garganta. Todo lo que ansiaba era volver a verlo. Un
segundo más, sólo uno.
Me pregunto por qué en la actualidad no lo reconocí. Seguro es por su
espesa y abundante barba oscurecida. Además su cabello ya no es rubio
claro, con los años fue perdiendo tonos. Y el tamaño de su cuerpo dobla el
del chico joven que recuerdo. León se ha endurecido con el tiempo. Pero
sigue siendo el mismo. Sigue siendo el héroe de mi niñez. Y mis fantasías de
adolescencia. Ahora incluso es más que antes, su formidable corazón
generoso está ayudando de nuevo a esta chica que parece ser perseguida
por la maldad y la oscuridad, vaya a donde vaya.
Es como si Dios lo hubiese enviado para ser mi ángel en la tierra.
Chasqueo descontenta y desprendo a una Esperanza dormida en mi
pecho. ¿Qué es lo que pasa conmigo? ¿Por qué estoy pensando en esas
cosas? Estoy siendo cursi y soñadora, y me aviso a mí misma que ser así no
me ha traído buenas cosas a lo largo de la vida. Sólo me ha dado
desilusiones y golpes. Que León sea aquel chico con el que soñé
encontrarme antes no significa nada. Nada. Tengo que esforzarme en poner
mi mente en blanco.
Nos vamos a dormir antes de las doce, después de que Adela viene a
comprobarnos y darnos las buenas noches. Abajo parece que el movimiento
va a quedarse por mucho tiempo y suspiro, desanimada. No me puedo
dormir, sigo pensando en él. Quiero oírlo, empezar hoy y terminar cuando
muera. No hay recuerdos amargos esta noche, sólo una sensación nueva,
completamente bienvenida. Anticipación, necesidad de algo desconocido.
Mi cerebro acaba por agotar sus reservas un par de horas y varias
vueltas bajo las sábanas después, y termino por perderme. Algo en mí debe
de haber estado alerta, porque cerca de las cinco de la mañana mis ojos se
abren instantáneamente, un segundo antes de que las cuerdas de la
guitarra vibren desde la planta baja. Salto de la cama, tambaleándome por
la brusquedad, busco mi bata y camino sin dudar hasta la puerta, saliendo
al pasillo y cayendo justo en el lugar que tomé la noche anterior.
Esta vez reconozco los acordes, por más esfuerzo que él ponga en
transformar la canción a su propio estilo. “Vivir sin tu amor” de Spinetta. Me
acuerdo de que hubo una época en la que no paraba de escucharla.
Suspiro, mis hombros abajo, ojalá él la cantara, sonaría perfecta. No es que
lo sepa, su voz es ahora poderosa, distinta a la del chico detrás del árbol,
pero estoy plenamente segura de que sonaría preciosa.
Lo miro por un largo rato pasar de una canción a otra, esta vez está
sentado derecho en la silla, inclinado sobre la guitarra, mirando sus manos
moverse. Me fijo en que no tiene el pelo atado y éste cae sobre su cara,
revuelto, lo hace verse más joven. Le sienta bien. Su torso se mueve al ritmo
y juega con las notas transformando las versiones originales, poniendo su
firma en ellas. Es extraordinario.
No puedo evitar sostener toda mi atención en él, hay pocas luces
encendidas en el bar, una justo sobre su cabeza, creando un haz de luz que
lo hace ver efímero y especial. Como de otro mundo. Me duele cuando se
detiene abruptamente y se queda inmóvil, detengo el aliento esperando a
que siga, en cambio gira su cabeza en su cuello y traba esos intensos ojos
azules en los míos.
Los latidos de mi corazón se detienen abruptamente mientras le
devuelvo la mirada desde mi lugar. Ahí en los escalones, aferrada a los
barrotes como una metafórica prisionera de mí misma. Mis pulmones
colapsan.
— ¿Te desperté?—pregunta, su voz ronca colándose en mis oídos
aturdidos por mis propios latidos asustados—. Vine acá abajo para no
molestarlos…
Abro y cierro mi boca incontables veces como un pequeño e indefenso
pececito fuera del agua. Sudor abrumador situándose en cada rincón de mi
cuerpo. Trago con fuerza, tomando una bocanada desesperada.
—No—mis cuerdas vocales se destraban—. Ya estaba despierta.
Me sorprendo al reconocer que no acabo de tartamudear ni vacilar. Mi
voz fue clara y medianamente segura. Él asiente y me dedica una sonrisa
que provoca que los bordes de sus ojos se arruguen. Estoy a punto de
levantarme y volver, cuando se reacomoda y empieza la música otra vez. Me
obliga a permanecer allí agachada, no me puedo mover. No hasta que lo
deje.
Me tranquiliza que no me vuelva a hablar y esté concentrado sólo en lo
que hace, me siento mejor cuando me ignoran. Aunque hay una pequeñita
parte de mi ser, un pinchazo de rebeldía, que desea que se dé vuelta y me
diga algo más. Ignoro eso, apago la chispa antes de que se avive más.
Yo sólo lo escucharé hasta que decida que es suficiente.
León
Entre Francesca y yo se ha forjado una rutina nocturna. Siempre que
escucha mi guitarra la veo aparecer en las escaleras. Cuando me quiero
acordar ella está allí acurrucada escuchándome con atención, si puede ser,
también admiración. Y esa mirada me recuerda a la de la niña de diez años
viajando a mi lado en el coche, en dirección a la comisaría. Hace que mi
corazón bombee con energía y la sangre que recorre mis venas se vuelva
cálida.
Siento como si el paseo de mis dedos entre las cuerdas la hiciera feliz,
por eso no consigo parar de tocar hasta que el amanecer llega y el exterior
se ilumina creando la ruptura del momento, por eso me freno y obligo a mi
cuerpo cansado a levantarse e ir a la cama. Las primeras veces ella se
marchó incluso antes de que yo apagara las luces y llegara a la escalera,
pero últimamente me espera y camina unos pasos delante de mí hasta
llegar a la puerta del altillo y yo a la de la oficina. Nos miramos, sin mediar
palabra, pero eso no me impide leer sus ojos al darme la despedida y a
continuación entramos en nuestros lugares al mismo tiempo.
Con poca frecuencia nos vemos antes de cada noche, sólo cuando la
llevo a sus sesiones con Isabel, no hay dudas de que las partes en las que
ella es protagonista se han vuelto mis preferidas del día. Me encuentro a mí
mismo esperándolas con impaciencia, incluso hasta planeo el tipo de
canciones que tocaré para ella la próxima vez.
Me gustaría que me dijera lo que piensa, porque sé que en su cabeza
hay demasiadas entidades que su boca tímida se esfuerza en callar. Y
también deseo hablarle más directamente sobre todo, o sobre nada. Me
apresa la insistente necesidad de decirle que recuerdo con nitidez y detalles
el día que con papá la ayudamos a salir de la apestosa casa de sus padres
drogadictos. Que fui yo quien le hizo ese regalo días después. Sólo no lo
llevo a cabo por miedo a abrumarla o espantarla. Me parece adecuado darle
su espacio porque puedo notar la manera en la que se atiesa cuando
alguien se dirige a ella directamente. Así que no charlamos, sólo calzo el
instrumento en mis brazos y le permito escuchar mis alabanzas. El motivo
es que deduzco que eso la ayuda y la rodea de buenas sensaciones. A ello se
le suma que estoy empezando a amar profundamente el simple hecho de
reconfortarla.
—Veo pequeños cambios en ella—asegura Adela, sacándome de mi
mente—. Pequeños pero significativos.
Ambos estamos en la cocina mientras termina de limpiar y guardar
algunas pocas cosas antes de terminar la noche. Es bastante temprano y
eso me viene como anillo al dedo porque voy a tener más tiempo de tocar
para Francesca.
— ¿Cómo qué?—pregunto, ansioso por saber.
No es que yo no haya notado algunos, el más grande es que venga a mí
y elija pasar tiempo cerca mientras me escucha. Ese es un cambio abismal
viniendo de una mujer que apenas podía soportar la compañía masculina.
El asunto es que quiero saber todo, estar al tanto de cómo es ella con Adela
y Lucrecia, porque sé que se han vuelto las tres muy cercanas.
—Ya no hay una expresión de profundo y continuo terror en su rostro—
dice, yendo de acá para allá, pero también prestándome atención—. Antes
miraba todo lo que le rodeaba como si fuera a atacarla, incluso ya no se
espanta cuando Santiago va conmigo a visitarla. Y su tez ya no es tan pálida
y enfermiza, hay más color en sus mejillas. Sus ojos brillan más.
Me hace muy feliz escuchar eso, tanto que logro asustarme un poco por
la intensidad de la emoción.
—Y ha estado muy apegada a Esperanza, mucho más desde que nació—
sus ojos plateados me miran directamente.
Frunzo en entrecejo, tanto que seguro mi cara se ve toda arrugada.
Adela suspira al ver mi confusión y apoya el costado de sus caderas en el
borde de la mesada, cruzándose de brazos.
—Cuando la bebita nació, de inmediato sentí una falta de conexión—
dijo ella, seria y preocupada—. Tuve mucho miedo de que su mente la
culpara por-por la… forma en… la que fue concebida…—se rascó la cabeza,
una mueca en su rostro blanco y atractivo—. No sé cómo explicarlo. Ella
lloró en mi hombro porque no quería otro bebé cuando se enteró que estaba
embarazada, y… el día que dio a luz miró a su hija como si no acabara de
salir de ella un momento antes. Fue desgarrador para mí.
Mi estómago se siente hueco mientras la escucho.
—Pero Abel también fue concebido de la misma manera… creo—agrego,
aunque no tengo ni idea sobre lo que sería inteligente de aportar.
—Sí—asiente—. Pero eso fue al principio de todo, Francesca no estaba
por completo rota cuando él nació. En cambio con Esperanza, sí se veía
verdaderamente perdida. Bueno—suspira frustrada—, es una loca teoría.
Aunque opino que tiene lógica y Santiago también. El punto acá es que ella
es ahora más cercana a la niña, incluso la escuché cantarle hace un par de
días...
Me da una limpia sonrisa entusiasmada.
—Todas esas mejorías, estoy completamente segura, de que son gracias
a vos… por obligarme a sugerirle a un terapeuta—Adela se acerca a mí y ya
no me gusta la expresión estancada en su cara—. La estás salvando,
León…—susurró.
Comienzo a negar con energía y no me deja rebatir. Gira y se va en
dirección a la barra, abandonando mi negativa. Esto no es mérito mío, sólo
de Isabel, ella es especial y su terapia ha ayudado a muchísimas personas
del pueblo. Por un tiempo sacó adelante a papá, realmente lo vi mejorar con
mis propios ojos, no la culpo de que al final la debilidad de él fuera más
fuerte que cualquier tratamiento. Algunas personas rotas no quieren ser
reparadas, sólo prefieren ser llevadas al límite. Papá era una de ellas,
escogió estar muerto en vida antes que seguir sin mamá.
— ¿Cuándo crees que podremos salir con el encargo retrasado?—me
aborda Gusto, leyendo mi rostro con seriedad mientras me dirijo a las
escaleras.
Está ansioso por irse, como todos los otros o incluso más. Este chico
ama la carretera, es una fuerte devoción lo que le provoca cada vez que
salimos de viaje. Sospecho que es su modo de escape; los viajes, este lugar,
nosotros… somos como su otro lado. El que de verdad ama.
Gusto no vive en el recinto, forma parte de la mayoría que tiene casa en
la ciudad o el pueblo, aunque sabe que, si quisiera, podría mudarse en
cualquier momento. Se ve que todavía hay algo del otro lado que lo
mantiene atado. Es una sospecha mía, nada más, no es que sepa mucho
sobre su vida, así de sociable que suele parecer, todavía sigue siendo un
misterio. Sólo estoy al tanto de que su padre está forrado en guita y no lo
deja vivir su propia vida. Típico. Uno diría que con veintisiete años ya es lo
suficientemente mayor como para salirse del camino solo, pero allí hay algo
más.
Entro en mi lugar y rodeo el escritorio, él cierra la puerta tras de sí.
—Seguramente la semana que viene—respondo de mala gana, porque la
verdad es que esta vez no estoy deseando irme.
Por Francesca.
» ¿Qué vas a hacer con el pago de la entrega anterior?—quiero saber
mientras se hunde en la silla frente a mí.
Se encoje entre sus hombros y toma una gomita de sujetar papeles, se
pone a jugar con ella.
— ¿Podés ponerlo con mis otros ahorros?—alza sus ojos oscuros hacia
mí—. ¿Todavía se puede? Si no hay más lugar, dámelo y voy a ver qué hago
con ello.
Él ha estado ahorrando todas las ganancias que le ha dado el clan, no
se ha gastado ni un peso. Y confía en mí para que mantenga todo en su
correcto estado, cuando me lo pidió no tuve el corazón para decirle que no.
Es una responsabilidad que no me cuesta tomar. No es ninguna molestia
para mí mantener su dinero en una de las cajas fuertes.
—Puedo guardarlo, no hay problema—busco entre los cajones y
encuentro su fajo de dólares, donde estuvo por casi un mes esperando ser
cobrado.
Después me doy la vuelta y abro una de las camufladas cajas fuertes, la
que simula ser un enchufe es la que uso para su dinero. Me agacho y lucho
con ello hasta que está todo en su lugar. Al darme la vuelta y alzarme veo
que él se ha ido de su silla y se encuentra inclinado sobre los estuches de
las dos guitarras, apoyados en la pared del fondo.
—Eh, eh, eh—le suelto al ver que estira un brazo para tocar—. Deja la
mierda como está, pendejo.
Al girar su cabeza para mirarme veo que tiene esa expresión de
travesura y curiosidad que tanto lo caracteriza, le entrecierro mis párpados.
—Déjame verlas, jefe—casi chilla.
Doy una cabezada, resignado. No pierdo nada con dejarle mirar, ¿no?
Va primero hasta la caja de madera pintada de rojo y suelta los ganchos
como si fuera un maldito regalo de cumpleaños para él. Aparta la tapa y
detiene el aliento.
—Carajo—sisea, encantado con lo que ve.
Me apoyo contra el escritorio cruzado de brazos, siento un poco de
orgullo pero estoy tenso. No me gusta una mierda que otros toquen mis
cosas, mucho menos a mis chicas.
—Es una…—sus dedos se curvan—. ¡Es una Gibson ES-335! Jodida
mierda…
—Preferiría que la dejes en su lugar—digo, mi sugerencia va perdiendo
fuerza cuando saca la guitarra y la levanta—. No es un juguete…—gruño.
Él me da una mirada exasperada y chasquea la lengua.
— ¿Crees que soy idiota?—me frunce el ceño, es algo raro de ver en él—.
Yo entiendo sobre estas cosas, he tomado clases… tengo una en casa pero
no está ni de lejos a la altura de esta, aquella Gibson es una porquería
barata ¿Ésta? Es una original del ’58, mierda. ¡La más hermosa que he
visto! ¿Dónde carajo la conseguiste?
Me relajo un poco al ver que la trata con amor, suspiro y caigo sobre la
silla que antes ocupó el, observándolo de cerca. Podía ver las ganas que
tenía de rosar las cuerdas, pero antes de eso yo tenía que ajustarla un poco.
Con la otra tuve que hacer lo mismo, tanto tiempo sin uso no puede ser
bueno para ellas.
—Resulta que un amigo de mi viejo viajó a [Link] de vacaciones y la vio
por ahí, se acordó de mí, supo que yo estaría encantado de tener una de
éstas y la consiguió. Pagó una fortuna por ella, estoy seguro—le cuento
inclinándome hacia atrás—. Al volver, me llamó para que le hiciera una
visita, y cuando entré por su puerta la vi. Justo frente a mí sostenida por
un soporte. Como si la fantástica cosa me estuviera dando la bienvenida.
Casi caigo de rodillas, y por primera vez, en tan sólo dos minutos, pude
sentir la fuerza de un mundo de envidia nacer dentro de mí—carcajeo por lo
bajo, recordando—. Lo felicité y él soltó que, no, no era suya, sino mía. Te
imaginas mi cara, hermano, estaba a punto de llorar como un bebé. Le dije
que no podía quedármela porque no tenía la plata para pagarle. El hijo de
puta me aseguró que podría ir entregándole pequeñas cuotas. Me salió
muchísimo, y es el día de hoy que sospecho que me dijo un precio menor al
que realmente había pagado allá. En fin, fue un regalo que quiso darme,
supongo—me rio, aunque me llega un deje de tristeza.
Eso fue un par de meses después de que papá muriera, estoy seguro de
que el gesto de su amigo fue para calmarme un poco. La lástima hace esas
cosas de vez en cuando. Tuvo mucho mérito, en verdad, supe que era muy
parecido a un proyecto de caridad. No me importó, mi orgullo ni siquiera
levantó cabeza, fui verdaderamente feliz ese día.
Gusto guarda la guitarra en su lugar y va directo a la otra, la acústica.
La que había reemplazado a la vieja de papá. Esa que fue mi compañera por
años, y sigue siéndolo. Con ella atraigo a Francesca por las noches, no me
quedan dudas de que la música puede hacer milagros en la gente. Lo dejo
tocarla un poco, no demasiado, soy un jodido celoso. No sé por qué, no soy
posesivo con el resto de mis cosas, tampoco lo fui con las mujeres que he
tenido. Pero, ¿mis guitarras? Son sólo mías.
—Sabes… si les cuento a todos que sabes tocar estas cosas
monstruosas, no vas a poder escaparte—comenta, cuando todo vuelve a
estar en su sitio.
—No serías capaz—digo, secamente.
— ¿Me estás diciendo justo a mí que no soy capaz, jefe?—se ríe con
fuerza y antes de que reaccione sale por la puerta y se desliza escaleras
abajo.
Lo puteo en privado, no voy a perseguirlo por todo el recinto por
semejante estupidez. Si quiere, puede contarles a todos, me importa una
mierda. No van a lograr hacerme tocar para ellos.
Son las tres de la madrugada cuando el bochinche se termina y Adela
se marcha cerrando la puerta del frente con llave a su espalda. La veo
caminar junto a Santiago, que pasa un brazo por encima de sus hombros y
la atrae contra él, los dos yendo en dirección al complejo. Sujeto mi guitarra
por el mástil y bajo las escaleras, enciendo sólo un par de luces amarillas,
las dejo un poco bajas, y voy directo a una silla, subo mis piernas en el
borde de la mesa y me apoyo hacia atrás. No dejo que nadie fume dentro del
bar, de todas formas opino que sólo uno no va a hacer la diferencia, sólo soy
yo. Y es mi puto lugar. Lo incendio y lo llevo a mis labios, allí empiezo con
mis primeros acordes da la noche.
Antes de la mitad de ‘La Ciudad de la Furia’ ella aparece, como siempre,
vestida de blanco como un ángel de medianoche. Clavo la mirada en la suya
tan oscura pero brillante a la vez. Suelto humo, flota delante de mi cara y
entrecierro los ojos, nunca abandonándola. No me paro al ver que deja atrás
la espalera, estoy tan sorprendido que pestañeo varias veces para
corroborar que no lo estoy imaginando. En efecto, no lo estoy. La persigo
mientras camina por el salón, deja de mirarme para chequear su alrededor,
interesada. Le echa un vistazo a las mesas y sillas que están por todo el
lugar, desordenadas. Sin siquiera pensarlo comienza a ordenarlas, cada
mesa con sus respectivas cuatro sillas, dejando lugar entre los grupos para
poder moverse entre ellos. Al mismo tiempo, la acompaño cambiando las
canciones sin hacer pausas, quiero decirle que deje de hacer eso, que no
hay necesidad de que se esfuerce. Sólo permanezco callado, porque no me
gustaría espantarla o echarla hacia atrás, ya que esto es bastante grande.
Es como un regalo para mí y mi música.
Termina con eso y camina hasta los ventanales, se pierde en el exterior
oscuro por una buena parte de la siguiente hora, hasta que se acerca y se
sienta en una de las mesas, un par de lugares más allá de mí, sus pies
colgando del borde. El pelo enmarcando su pálido y suave rostro, sus
enormes ojos atractivos se posan en mí, al segundo siguiente se sonroja.
Entonces me doy cuenta de que estoy sonriendo, a la par mis dedos le dan
vida a ‘Wonderwall’ de Oasis.
Una poderosa sensación se adueña de mí, justo en medio del pecho.
Bajo mi cabeza y estudio lo que estoy haciendo, tomando un momento. Sin
embargo no me puedo resistir por mucho tiempo y, como un imán, mi
atención vuelve a su lugar. Sin querer me quedo estancado en sus piernas,
no existe duda alguna de que no tiene ni idea de la sensualidad que abunda
de su cuerpo. No importa qué tan rota y encogida sobre sí misma se
encuentre, es hermosa. Toda ella. Y sé que no me está mostrando la piel
descubierta de sus largas y elegantes extremidades a propósito, no es
consciente de eso, ha perdido la capacidad de darse cuenta cuándo alguien
la está deseando. Y me siento sucio al notar lo que estoy haciendo, por ese
motivo, me obligo a subir y ver su cara, sus párpados cerrados
escuchándome, escondidos detrás de finos mechones de cabello lacio y
castaño oscuro.
Francesca Abbal es el sueño de cada pobre tipo pisando esta tierra, y no
me entra en la cabeza cómo fue que el malnacido de Echavarría le haya
hecho todas aquellas cosas horribles. Que haya tenido la desalmada y
enferma voluntad de poner una mano sobre ella y destrozarla hasta casi no
dejar nada. Me dan ganas de revivirlo y hacer todas esas cosas que
realmente quise en aquel momento cuando lo tuvimos encerrado en el
galpón de atrás. Pero más ganas tengo de dejar mi guitarra a un lado y
correr a abrazarla.
Para nunca más soltarla.
— ¿Francesca?—la llamo en un tierno susurro para no sobresaltarla
una vez que tejo de tocar.
Ella levanta su rostro en mi dirección y me mira de frente, sin
esconderse. Sin reservas o miedos. Un nudo apretado se atasca en la parte
baja de mi garganta, impidiéndome hablar de inmediato.
— ¿Sí?—espeta, bajito, casi inaudible.
Le arrebato una bocanada al aire.
— ¿Me dejarías acompañarte a tu puerta?—digo, poniéndome sobre mis
botas, sintiendo mis músculos quejarse.
Ya es bastante tarde, cerca del amanecer.
La tensión me abandona en el instante en que me regala una
cabezadita, aceptando. Camino despacio a apagar las luces, me espera, y
luego la sigo por las escaleras. Esta vez no me freno en la puerta de la
oficina, sino que la sigo más allá, muy de cerca. Demasiado para su bien,
por suerte ella no se ve cohibida.
Espero a que empuje su puerta, pero sólo se queda allí inmóvil,
subiendo su dulce vigilancia a la mía. Encajamos y en ese mismo momento
el planeta deja de girar para mí. No hay nada más que ella y yo, ni siquiera
los segundos avanzando. Caigo preso de un impulso y elevo mi mano hacia
su pelo, despacio, dándole tiempo a reaccionar y alejarse. No lo hace, así un
mechón se cuela entre mis índice y pulgar. La oigo tragar, capto el
movimiento de su fino cuello, y me pregunto a qué sabría si posara mis
labios justo allí.
Dejo caer mi brazo flojo a mi lado ante el pensamiento saliéndose de
contexto.
—Que duermas bien—le deseo.
Me doy vuelta y regreso por encima de nuestros pasos, entro en mi
cuarto al mismo tiempo que ella al suyo. Una vez en resguardo, dejo salir el
aire que por un interminable período estuvo encerrado en mis pulmones.
Allí mismo, me aseguro que la paciencia y la constancia siempre obtienen la
enorme recompensa al final de todo.
7
Francesca
Abel salta sobre la cama sin parar mientras le preparo el desayuno, es
temprano, demasiado para mi sueño. Parece que ha decidido empezar el día
ya. Y con un gran subidón de energía, por lo que veo. Esperanza está
recostada entre un montón de almohadones, despierta y creo que le gusta el
movimiento del colchón cada vez que su hermano cae.
—Abel—le advierto desde la cocina—. Vas a aplastar a tu hermanita.
Él se ríe y sigue saltando, le echa un vistazo a Esperanza, cuidándose
de no aplastarla. Su pelo oscuro está revuelto, sus ojos turquesas
soñolientos y esa enorme sonrisa es pura picardía. Y no para de reírse, mi
cabeza duele, no he dormido lo suficiente. Supongo que mis noches
dedicadas a León están empezando a pasarme la factura.
La leche termina de calentarse y la paso a su mamadera antes de ir a
buscarlo. ¿Debería empezar a dársela en una taza? Me digo a mí misma que
tengo que ir enseñándole de a poco. Él me recibe abrazando con fuerza mi
cuello, tironeándome abajo, a la cama, gimo medio riendo bajito por su
energía matutina sobre mí. Después me da un beso todo baboso en la
mejilla, mi corazón no puede evitar derretirse como cera sobre fuego. Le
devuelvo el beso y lo ayudo a recostarse en las almohadas para tomar su
leche. Inmediatamente voy hacia la solitaria y pequeña Esperanza que tiene
sus ojos oscuros muy abiertos y no se ve muy feliz de que su hermano haya
parado de saltar. La levanto en brazos y la posiciono para amamantarla.
Abel, interesado, se sienta y se acerca a nosotras para mirar. Le peino los
mechones con los dedos, sabiendo que necesita un corte.
Estamos un buen rato en silencio y es la primera vez que soy consciente
de la familia que tengo. De los hijos hermosos que estoy teniendo el
privilegio de criar. No todo ha sido cruel conmigo, hay cosas en mi vida que
todavía me hacen creer que vale la pena seguir.
Miro alrededor y pienso que ya debería estar buscando un lugar para
vivir, no voy a estar toda la vida ocupando el piso de León, además es
pequeño para contener a mis dos hijos. No es apropiado. No he decidido qué
hacer con la casona de la ciudad, Adela me ha dado el poder. Según ella, me
corresponde, para mí no es así. Yo esperaba que se hiciera cargo, no siento
como si fuera algo mío, en absoluto. Y ahora, considerándolo, tal vez si la
vendemos pueda usar un poco del dinero para comprarme una sencilla
casita de barrio, eso sería perfecto para nosotros. El resto iría todo a Adela,
no quiero tener nada que ver con él. Y voy a tener que conseguir un
trabajo… Un trabajo. No tengo ni idea sobre si seré buena en algo, tendré
que aprender a arreglármelas como pueda.
Estoy por mi cuenta. Eso significa que… ¿soy libre? Y si soy libre, ¿sé
qué hacer con eso?
Tres golpes provienen de la puerta y estoy en mitad de dar el permiso
cuando Adela se cuela y grita los buenos días. Se ve igual o peor que yo por
la falta de sueño. Es raro que aparezca tan temprano. Abel termina su
mamadera y chilla en su dirección. Ella lo abraza y sin decir más se lo lleva
para asearlo y vestirlo. Me pregunto qué haría sin ella.
Esperanza se duerme prendida a mí y la alzo contra mi pecho para que
suelte su provechito. Palmeo y sonrío cuando llega sobresaltándole y
provocando que se despierte. Salgo del borde de la cama para ordenar un
poco el lugar, la vacía mamadera de Abel abandonada entre las mantas.
Esperanza vuelve a cerrar los ojitos, cómoda en el hueco de mi cuello.
La puerta vuelve a ser golpeada y doy la invitación a entrar al mismo
tiempo que enjuago con una mano la mamadera. Unos minutos después me
doy cuenta de que nadie vino y frunzo el entrecejo, yendo a abrir la puerta.
Creí que sería Santiago, o quizás Lucre, aunque ella acaba de comenzar el
reposo este mes. Sin embargo, no hay nadie, y al bajar los ojos encuentro
un termo de acero en el suelo. Me agacho, teniendo cuidado con la bebé, lo
tomo extrañada. Hay una pequeña nota pegada con cinta adhesiva, papel
blanco escrito con tinta azul.
“Escuché que te pusiste en marcha temprano. Algo dulce para
empezar bien la mañana”
L.
Al instante siento mis mejillas calentarse, no puedo dejar de leer una y
otra vez las palabras. Tan sencillas, y aun así hacen que mi estómago se
sienta revuelto de una manera completamente agradable. Como la noche
anterior, cuando me acompañó a mi puerta y estiró su gran mano para
acariciar mi pelo, me quedé inmóvil sin poder asumir lo preciosos que eran
sus ojos mientras me miraba. Creí ver en ellos muchos sentimientos y por
un mínimo momento me convencí de que había admiración allí. Que le
gustaba profundamente lo que estaba haciendo. Tocarme. Tuve que tragar el
puñado de emociones, mi boca secándose y mi cuerpo reaccionando, como
nunca lo hizo. Calidez me consumió y mi corazón subió a un nivel
impensado sus latidos. Jamás en mi vida me sentí de esa forma, y al entrar
en la habitación me abrazó el miedo.
Uno diferente. Miedo a querer y no poder. Si es que tiene eso algún
sentido.
— ¿Dónde está el peine de…—Adela viene con Abel prendido de su
mano, le ha mojado el pelo para peinarlo.
Se interrumpe, fija en mi rostro. Le devuelvo la mirada, extrañada por
su expresión.
— ¿Estás sonriendo?—sonríe, sus ojos brillantes.
Pestañeo, sin entender.
— ¿Por qué estás sonriendo? ¿Qué es eso?—se me acerca y quita el
termo de mi mano—. Oh, es la letra de León… —su mirada se vuelve
comprensiva y parece que esto la hace muy feliz.
Ahora el calor ha tomado todo el camino desde mi cuello y siento mi
cara arder. La ignoro y acuesto a Esperanza en su cuna. Adela consigue el
peine y se entretiene con el pelo de Abel. Después lo viste y sin quitar esa
sonrisa conocedora de su rostro me avisa que se lo lleva a buscar a Tony
para jugar. Al quedarme sola suelto un suspiro nervioso, realmente me sentí
avergonzada con ella. Entro en la cocina y veo el termo sobre la mesada,
enseguida desenrosco la tapa y lo huelo.
Chocolate caliente.
Había escuchado a las chicas decir que León hacía un chocolate con
leche exquisito los días de mucho frío. Busco una taza y vierto hasta la
mitad. Sólo el olor me tienta, como si fuera una poción mágica. Bebo y el
líquido apenas espeso de amolda a mi lengua y suaviza mi garganta. Se
siente como si jamás he probado algo tan rico y suave.
Si él quería hacer más llevadera mi mañana, le ha salido a la perfección.
Porque, de hecho, no sólo ha mejorado mi mañana, sino mi día entero,
también. Nadie nunca hizo algo tan lindo por mí, eso atrae lágrimas a mis
ojos. Por primera vez me siento mimada, y no sé cómo me siento con
respecto a León entrando poco a poco en mi vida.
Me da miedo, sí, pero también siento muchas otras emociones aparte.
Acompañadas de sensaciones positivas.
Después de almuerzo puedo permitirme una siesta, sólo un par de
horas, pero se sirven para recuperar algo de sueño. No estoy ni de lejos
descansada, aun así no dejo pasar mi momento con León, cerca de las
cuatro de la madrugada resuena la primera nota de su guitarra.
Prácticamente corro escaleras abajo para no perderme nada.
— ¿Alguna sugerencia?—me pregunta al ver cómo me acomodo un par
de lugares lejos de él.
Está sonriendo y la piel se me pone de gallina al notar que está
recorriéndome con la mirada de pies a cabeza. Me pregunto por dentro qué
será lo que piensa al verme de ese modo. ¿Es inapropiado que venga a él en
pijama? Tengo una bata cubriéndome, ¿será suficiente?
Niego a su pregunta, él puede tocar lo que sea, yo vendré a oírlo sin
importar lo que elija. Aunque me gustaría pedirle que cante. No soy capaz.
Mis cuerdas vocales no funcionan, no tanto como para pedírselo. Si él no
canta será por algo, ¿no? Quizás es vergonzoso. Supongo.
Otra vez me fijo en su cabello rubio oscuro suelto, cayendo desprolijo
alrededor de sus firmes y marcados rasgos masculinos. Su barba es incluso
más oscura, no puedo explicarme por qué el color se ha oscurecido tanto.
No se ve como un hombre que se tiña el cabello, de ninguna manera. Debe
ser de esa clase de personas que son rubias de niños y jóvenes, y con los
años el tono se les va oscureciendo. Como una metamorfosis más marcada
camino a la adultez. Supongo que todo el mundo pasa por ciertos cambios
físicos, más que de personalidad.
Estoy divagando, y yo nunca hago eso.
Definitivamente me quedo con el cuadro de él con su pelo suelto, lo
hace ver más despreocupado, debe ser porque siempre parece tener miles
de cosas en su cabeza. Además, me parece que este momento de música
también lo aleja de los enlaces que le preocupan, como un ritual para sacar
afuera el estrés. Ambos estamos acá por algo, refugiándonos. Me gusta la
idea de León tocando para mí porque le hace feliz y le tranquiliza por
dentro. No hay dudas de que eso es lo que él me hace a mí. Provoca que me
olvide de ciertas cosas. Del pasado, del miedo, la soledad, la amargura. El
dolor. Cuando lo veo agitar sus dedos para crear esta música hermosa no
existe nada más que una mujer distinta en mi lugar, alguien que no
arrastra nada malo y no tiene oscuridad formando sombras sobre su
cabeza. Me siento libre. Anónima.
Y me gusta ser anónima, para todos, menos para León.
Necesito hablar esto con Isabel, estoy convencida de que ella me
entenderá. Porque estoy empezando a considerar que me estoy
obsesionando con este hombre. Es como si después de saber que él es ese
mismo chico que quería tanto de niña como de adolescente, me hubiese
transformado. Como si ese sentimiento de desear estar cerca, observarlo por
horas, hablarle, esperar que me note, haya vuelto a mí. Se ha llenado de
nuevo ese espacio dentro de mi alma que perdí cuando dejé de ser una
adolescente y me convertí en una mujer disipada, sin ambiciones, ni deseos
propios. Sin nada más que la necesidad de hacer feliz a terceros.
Entonces, especulando todo eso acá mismo, me doy cuenta de que
jamás en mi vida quise algo tanto como a ese chico de la guitarra tras el
árbol. Nunca quise nada más que tenerlo cerca, a él, al chico que me regaló
ese par de zapatillas rosas. Al hombre joven vestido de cuero andando sobre
una moto, que noté a los quince años en la acera de la escuela. Nunca he
querido nada más. Entonces la realidad me golpea con un bate de béisbol
justo en la boca del estómago, la misma clase de dolor que te deja sin aire y
tambaleante. Porque sé que no importa cuán duro lo haya querido en el
pasado, lo he perdido sin siquiera tenerlo. Porque ya no soy capaz de
entregarme a alguien más. Nunca podré hacerlo otra vez. Jamás conseguiré
dejar que un hombre me roce de nuevo sin asociar en mi mente esas feas
imágenes y sensaciones. Estoy rota, y no importa cuánto trate de
arreglarme a mí misma con ayuda de Isabel, no soy la clase de mujer que
puede darle a un hombre como León lo que de verdad se merece.
Una mujer entera, decidida, fuerte, feliz. Soy todo lo contrario a eso.
— ¿Francesca?—susurra él, y me doy cuenta de que se ha detenido.
Ya no hay música entre los dos y el silencio hace crecer la quemazón en
la base de mi garganta.
— ¿Estás bien?—pregunta, sus preciosos ojos azul claro tratando de
leerme.
No encuentro la fuerza para responder, ni siquiera para negar con mi
cabeza. Trago las lágrimas y salgo de mi lugar, camino en dirección a las
escaleras apenas consciente. Antes de llegar algo rosa mis dedos, piel
áspera y cálida, no me sujeta. Trago y mis pies se paran en seco. Siento la
respiración agitada de León cuando su mano vuelve a intentar encerrar la
mía. Su tacto me provoca estremecimientos. Lenta y suavemente me obliga
a girar, ambos frente a frente.
—Habla conmigo—pide en voz baja, parece una súplica.
Estamos tan cerca que el calor que emana su cuerpo grande llega hasta
el mío, los poros de mi piel se ensanchan, como queriendo respirarlo.
—Me acuerdo—digo, no sé si es lo suficientemente audible—. Me
acuerdo del par de zapatillas rosas…
Lo oigo detener el aliento, mis ojos no encuentran el envión de
seguridad que necesitan para despegarse de su ancho pecho y recorrer el
camino ascendente hacia los suyos.
—Y… desde entonces he querido darte las gracias…
Se acerca un paso más y mi garganta quiere chillar por el terror que se
adueña de todas mis terminaciones nerviosas, sin embargo tomo un lento
respiro y me mantengo en mi lugar, sin retroceder. Porque quiero esto,
quiero poder aguantar su cercanía. Ansío… ser normal con él por, aunque
sea, un insignificante minuto.
—N-nadie nunca hizo algo t-tan bonito por mí—me atraganto, pero no
me freno, porque tengo que obligarme a hacer esto de una vez—. Gracias.
No me doy cuenta de que estoy soltando pequeñas lágrimas hasta que
él eleva su mano y las barre con el pulgar. El aliento se atasca en mi pecho
y me atieso, sólo para aflojarme un par de segundos después.
—No tenés que agradecerme—habla en tono bajo, la profundidad de su
voz me da escalofríos—. Eso fue algo que hice desde el corazón.
Suena tan sincero que me da otro ataque de llanto silencioso, y le dejo
secar la humedad de mis mejillas porque siento como si me estuviera
sanando desde adentro. Se sienten bien las yemas de sus dedos en mi
rostro.
—Y gracias por todo esto que estás haciendo por mis hijos y por mí—
trago antes de volver a tartamudear—, no sé cómo voy a devolvértelo.
—No quiero que me devuelvas nada, Francesca—asegura.
No importa lo que diga, toda la vida me sentiré en deuda con él.
—Prometo que cuanto antes voy a buscar un lugar para mudarme—
musito, aun sin poder mirarlo a la cara—, así pronto podrás volver a tu
casa…
Se tensa, siento toda su dureza ser transmitida hasta mí, a través de los
pocos centímetros que nos separan. Comienzo a respirar con fuerza, y me
atieso esperando el estallido. Sin embargo nada llega, las manos de León me
abandonan.
—No quiero—carraspea.
— ¿Q-qué?—pestañeo afuera la humedad.
—No quiero que se vayan—dice, acercándose más.
Una pequeña ola de pánico golpea contra mi cuerpo, lucho contra ella.
Su cercanía está rompiendo mi espacio personal. Me digo una y otra vez que
él no va a lastimarme.
—No quiero que te vayas—su aliento cálido me llega a la altura de la
sien.
No respondo, no sé qué decirle. Mi naturaleza sumisa me pide que
mantenga mi boca cerrada y no discuta, sólo una pequeña parte de mí
quiere que le diga que pronto me iré, quiera él o no. Sin embargo, es sólo
una leve chispa que muere de inmediato por no conseguir más poder.
—Vamos—me insta León—. Déjame acompañarte a tu puerta.
Esta vez no intenta tocarme, sólo se queda de pie muy cerca esperando
que entre. Al fin le digo las buenas noches usando palabras y no sólo una
cabezadita de despedida. Abro la puerta y antes de entrar alzo mi mirada a
la suya, brilla mientras me sonríe. La expresión más encantadora que he
visto jamás venir de un hombre. Mi pecho truena con el impulso de
devolverle el gesto, mi rostro se sostiene impasible ignorándolo.
Recuesto mi cabeza en la almohada después de chequear a mis bebés,
ellos siguen rodeados por la paz del sueño. Antes de cerrar mis párpados,
reproduzco en mi cabeza sus palabras. Revive mi corazón, que reacciona
alterándose ante el recuerdo del tono ronco y convencido de León al
pronunciarlas.
“No quiero que te vayas.”
León
El resto de la semana transita sin contratiempos, el invierno nos está
dejando poco a poco y ya no hay más excusas para salir a la carretera y
ponernos al día con nuestra entrega atrasada. A decir verdad, no quiero
irme, de ninguna jodida manera, porque eso significa perderme las noches
con Francesca. Aun así, el deber llama y éstas son las consecuencias de
trabajar en lo que hacemos, muchas veces hay que dejar nuestros hogares
por días, semanas. Incluso meses. Este próximo viaje es sólo durante medio
mes, calculándolo más o menos, y si no tenemos ningún inconveniente.
Algo que pocas veces ocurre.
Comenzamos los preparativos y elijo a quienes llevaré conmigo, dejo
afuera a Max, ya que Lucre está ahora en pleno reposo, y a Santiago, para
que se encargue de llevar a Francesca a terapia mientras yo no esté. Sé que
ella no se sentiría cómoda yendo con cualquier otro de los chicos. El resto
va conmigo, incluidos El Perro y Gusto. Hoy temprano me acompañaron los
dos a acomodar el camión, en los galpones de un campo vecino, donde está
toda la maquinaria pesada que no podemos esconder en el recinto. Así que,
ya estamos listos para arrancar en cualquier momento.
La tarde permanece pacífica, poco movimiento en el bar, los que van a
viajar seguro están reservando energías y los que no, están empezando a
aparecer de a poco. Estoy apoyado junto a la puerta de entrada, fumando,
cuando un coche de las autoridades aparece en mi campo de visión, éste
para en la entrada del estacionamiento. Me mantengo inmóvil con mis
tobillos y brazos cruzados, mientras René Sosa se acerca con pasos
tranquilos hasta mí, su porte arrogante y seguro de sí mismo, ostentando
su insignia de policía. Le doy una media sonrisa cuando lo tengo en frente y
le tiendo una mano, él no se anda con vueltas y me devuelve el saludo.
—Navarro—inclina la cabeza, pone esa mueca seria que caracteriza a
los policías.
Admito que me cae bien, nada que ver a ciertos compañeros suyos que
creen que se llevan el mundo por delante con sólo entrar en un uniforme
como ese.
—Sosa—termino mi cigarro y lanzo lejos la colilla—. ¿Qué te trae por
casa?
Sus ojos azules se vuelven preocupados y de inmediato un manto
sombrío transforma su rostro moreno.
—Encontraron un cuerpo, unas hectáreas más allá de tu propiedad—
me tenso porque sus ojos me taladran, rebuscando—. En el límite con el
terreno de los Montana—prosigue—. Sexo femenino, parece que se trata de
Olga Montana…
—La tía de Francesca—escupo, un gusto agrio posándose en mi boca—.
¿Saben qué le pasó?
René se mete las manos en los bolsillos y lanza la cabeza hacia un lado,
concentrado en la conversación.
—Un disparo en la cabeza—carraspea—. Estoy acá porque me enteré de
que Francesca está viviendo con ustedes ahora…
Detengo el impulsivo gruñido que sube por mi garganta, mi espalda se
tensa y trato, todo lo que puedo, de parecer relajado. Aunque quiero
empujarlo y gritar como un salvaje que ella no hizo nada de esa mierda.
—Sí, ella está con nosotros—digo.
—Necesito llevarla para que identifique el cuerpo—me frunce el ceño.
Trago. De ninguna manera voy a dejar que ella tenga que pasar por eso.
Demasiado tiene ya con lo que lidiar.
—Mira, hombre—suspiro y me enderezo—. Ella no está
psicológicamente estable para hacer eso, ¿sabes? Ha pasado por mucha
mierda, no se ha recuperado… seguramente va a llevarle años. Ver el
cuerpo de su tía va a retroceder todos los pequeños avances que estuvo
haciendo durante el último mes…
Asiente, y fija el rostro en la nieve que rodea el bar, sus párpados
entrecerrados por el reflejo.
—Entiendo, León—deja ir—. ¿Dónde estuvo ella hace una semana?
Sus pupilas se agrandan comiéndose el azul eléctrico de sus ojos,
interés profundo, y sé lo que significa esa pregunta.
—No ha salido de su habitación, permanece aislada con sus hijos en mi
altillo—explico, y tengo que encender otro cigarro, la preocupación me está
carcomiendo—. La he estado llevando a su terapia dos veces a la semana, la
dejó allí y la voy a buscar una hora y media después. Ese es el único
contacto que Francesca ha tenido con el exterior. ¿A qué van tantas
preguntas?—escupo.
No se me pasa desapercibido que estoy siendo algo brusco, porque me
siento a punto de estallar a causa de que parece estar intentando encontrar
el culpable en Francesca.
—Bueno, esto es un asesinato, y es obvio que estoy indagando por
información. Olga no se trataba con mucha gente y, por unos cuantos
meses, su sobrina estuvo viviendo con ella… Así que, eso me lleva a
preguntar… ¿Por qué ahora está viviendo con ustedes?
Mi pecho se infla con rabia acumulada, mi sensatez queriendo salir
disparada para darle lugar al desagrado. Y a la violencia. Me digo que él se
encuentra haciendo su trabajo, y meto aire despacio hasta mis pulmones
tensos. Me lleno de serenidad, tanto como puedo.
—Su tía quiso robarle dinero, ella se fue de su casa…—me encojo de
hombros—. Llegó a nosotros en medio del trabajo de parto, la asistimos, y
terminó quedándose… Es mi protegida, ahora…
Recalco la última parte, quiero que sepa que le va a costar un huevo
llegar a ella sin pasar por encima de mí.
—Igual—agrego—hicimos la denuncia… Fíjate, tiene que estar asentada
por ahí… Olga tenía un cómplice, quizás fue él mismo quien la asesinó…—
me encojo de hombros, terminando el último cigarro—. Esa mujer estaba
metida en cosas turbias. Si era capaz de chantajear a su propia sobrina
embarazada y sola, seguramente tenía enemigos…
Sosa está de acuerdo, todavía viéndose pensativo. Me aflojo un poco ya
que veo que mis palabras le han convencido. No del todo, pero algo es algo.
Este tipo es inteligente y muy, muy desconfiado. Eso lo hace un buen
policía. No tengo que estar a la defensiva, me repito, ya que estoy seguro de
que Francesca no hizo nada, o sea, no corre peligro su libertad a causa de la
muerte de su tía. Nunca habrá pruebas contra ella.
—Voy a ver si conseguimos a alguien más para reconocer el cuerpo.
Algunos de sus hermanos, tal vez—da un paso atrás—. Y que no te extrañe
si los investigadores te dan una visita, el caso está abierto, y es inevitable
que quieran a hablar con Francesca—avisa, alejándose.
Inclino la cabeza como despedida.
—Gracias, viejo—le suelto, por no obligarla a ir a ver el cuerpo—. Y no
te preocupes, estaremos atentos por si vienen…
No sé quién carajo habrá asesinado a la tía de Francesca, pero intuyo
que esto nos va a traer molestias, será como un gordo grano en el culo. Voy
a tener que mover algunas fichas y averiguar entre mis contactos los
detalles de toda esta mierda. Mejor estar unos pasos delante, sólo por si
acaso.
Me sorprendió muchísimo la forma en la que Francesca tomó la noticia
del asesinato de su tía. Esperé algo parecido a un ataque de histeria
después de la sorpresa, y llanto. Nada más lejos que eso de la realidad, su
expresión sólo permaneció en blanco por un largo rato después. Nada. Ni
una sola repercusión, y no supe si eso era malo o bueno.
Luego de que René se fuera, corrí escaleras arriba y estuve una maldita
hora tratando de reunir información suficiente, quería tener las cosas más
claras antes de ir a dar la noticia. Supe que Juan Cruz el hermano de
Francesca fue finalmente a reconocer el cuerpo. Y efectivamente, se hizo
oficial el asesinato de Olga Montana. Fue lo poco que pude reunir.
La primera en saberlo fue Adela, la llamé a mi oficina y se lo solté
cuanto antes. Se sorprendió, no dijo nada por un rato, hasta que explotó en
una interminable ola de maldiciones e insultos que hubiese descolocado a
cualquiera viniendo una chica tan pequeña. Se puso furiosa. Por un lado
creo que se alegró, una mínima parte. Ya que, más que nadie, le deseó lo
peor a Olga por lo que le hizo a Francesca. Aun así, al igual que yo, ella
entendió que esto puede significar más problemas para su cuñada, y ahora
mismo no queremos alterar el curso de las cosas. Porque, carajo, ¡todo
estaba yendo bien!
— ¿Estás bien?—me acerco a Francesca, susurrando.
Estamos en el altillo, hace un par de horas que ella lo sabe y no ha
dicho ni una sola palabra, ni siquiera muestra indicios de haber procesado
del todo la información. Ahora mismo la encuentro en la cocina, sus manos
apoyadas en la encimera, sus ojos cerrados. Creo que está a punto de
hiperventilar. Afirma despacio, sin dirigirme la mirada. Me freno junto a
ella, lo más cerca que puedo permitirme, roso mi palma a lo largo de su
espalda. La noto tensarse, tanto que me lleva a querer quitar mi tacto, una
bola de desilusión subiendo de mi estómago a mi pecho. A final, no lo hago
porque así como vino la tensión desaparece paulatinamente, y me permite
mantener mi toque.
—Yo… me estoy esforzando para entenderlo—dice, su tono bajo y
rasposo como si hubiese pasado años desde que habló por última vez.
Escucho a Adela ir en busca de la bebita cuando comienza a lloriquear.
Nos deja tener nuestro momento a solas, y le doy una enorme bienvenida a
eso.
—Sé que es difícil…
—No siento nada—me corta en seco.
Inmediatamente jadea y su tez se vuelve translúcida. Da un paso lejos
de mí, su respiración enloquece. No entiendo qué es lo que le pasa, la
observo entrar en pánico con mis ojos entrecerrados, tratando de leer su
reacción. Es como si tuviera miedo. Miedo de mí.
—L-lo si-siento—tartamudea, no se atreve a mirarme—. Siento in-
interrumpirte… no volverá a pasar, lo juro—las últimas palabras salen a
borbotones, unas tras otras, temblorosas.
Una áspera pelota se atasca en mi garganta cuando entiendo lo que
está haciendo. Se está disculpando por hablar encima de mí,
interrumpiéndome. Elevo una mano hacia ella para tranquilizarla, pero
obtengo un reflejo incluso peor: otro paso brusco hacia atrás, se cubre la
cara con el brazo y lloriquea por lo bajo. Esconde su rostro de mí y detiene
el aliento. Esperando. Esperando un jodido golpe.
—Francesca—murmuro su nombre, siento que voy a perder el control
de mis emociones de un segundo a otro—. Cariño, tranquila… No voy a
hacerte daño.
Me obligo a ir a ella y despejar su rostro pálido, alejo sus manos y peino
su pelo oscuro lejos de sus ojos grandes y asustados. Levanto su mentón y
la fuerzo a encontrar mi mirada, la humedad de la suya se va esfumando
hasta que sólo queda un brillo de entendimiento.
—Tranquila—prosigo—. Soy yo, León… Y yo mismo me cortaría el brazo
antes de lastimarte, Francesca…
Sigo repitiendo dulces palabras, notando poco a poco cómo entran en
ella y se va ablandando mientras la sostengo, mi calor transmitiéndose a
ella.
—Perdón…
Chasqueo la lengua, negando con mis ojos cerrados. Una fuerte onda
llena de lamento envolviéndome. El dolor me carcome por dentro. No hay
nada más horrible que ver a una mujer encogerse porque espera que la
golpees. Acaba de romperme en un millón de pequeños fragmentos, y tengo
que juntarme a mí mismo antes de desmoronarme por completo frente a
ella. Necesita un pilar, alguien fuerte y estable que esté a su lado. Y ese
tengo que ser yo.
—No quiero que te disculpes, cariño—murmuro contra su pelo.
Me cuido de no soltar mis palabras con mucha violencia, aunque por
dentro estoy bullendo. Siempre que estoy en su presencia procuro hablar
suavemente, ahora mismo podría haber dicho que no se disculpe y eso
habría sonado como una orden. Por el contrario, elijo usar otro juego de
palabras que le indiquen un deseo, no una demanda. Para una persona
normal no habría diferencia en la oración, las dos serían lo mismo, pero
para ella sí. O eso supongo. Estoy esforzándome acá, aun sin saber bien lo
que debo hacer.
— ¿Francesca?
— ¿Sí?—la oigo sisear bajito, deteniendo el aliento.
—Sos libre—le digo, le acaricio el pelo—. Siempre serás libre conmigo…
No responde, sólo permanece allí apaciguándose mientras le brindo
cercanía aunque sin abrumarla. El mensaje es claro, puede ser ella misma
cada vez que esté en mi presencia, nunca deberá disculparse por decir algo
que considere malo, o por cometer algún error. Nunca tendrá que bajar la
mirada al suelo cuando me hable, ni se guardará nada dentro de sí por
miedo.
— ¿Está todo bien?—aparece Adela en la arcada que une la cocina con
el resto del apartamento.
Le dedico un asentimiento y poco a poco voy alejándome de Francesca,
que ahora ya no se muestra pálida sino que sus mejillas han tomado color y
sus ojos no están alarmados. Mis hombros caen, acompañados de un
silencioso suspiro que sale desde mis profundidades, antes congeladas por
la preocupación. Mis músculos afectados se debilitan porque sé que ha
entendido mi punto. Se ve mejor que un minuto atrás, y necesito creer que
es por mí. Gracias a mi apoyo.
Al día siguiente aparecen los investigadores, acompañados por René. Y
no esperaba menos, después de descubrir que Francesca hizo una denuncia
contra su tía casi dos meses atrás, es lógico que aparezcan más temprano
que tarde. Por suerte, la noche anterior, después de tocar un par de
canciones para ella, le avisé que esto podría pasar y estuvo agradecida
cuando le prometí que estaría a su lado para que se sintiera más segura. Me
gustó ver esa expresión de agradecimiento, su cuerpo dejando atrás la
tensión al saber que me tendría justo allí cuando llegara el momento. Me
llenó el pecho de alivio darme cuenta de que me estaba dejando entrar y que
en cierto modo yo le hacía sentir segura.
Nos reunimos en el bar, aprovechando que es temprano, y los invito a
todos a sentarse. Enseguida subo a buscarla, y la encuentro esperándome,
no duda en tomar mi mano cuando la tiendo en su dirección. Bajamos,
dejando a Adela cuidando a los pequeños. Algo por lo que no se ve muy
contenta, ya que también quiere estar acá con nosotros y ponerse al tanto
de todo. Santiago se queda con ella para apaciguar su mal humor. Así que
sólo somos Francesca y yo enfrentando a dos investigadores y un policía.
René no me asusta, tenemos un respeto mutuo, y no creo que sospeche que
tengo a varios de los suyos de mi lado y que la ley es nada respetada en este
recinto. Y es mejor que todo se mantenga de este modo.
En cambio, los investigadores, son otra historia. Ellos van a querer
escarbar muy, muy profundo.
Entonces, otra vez me encuentro anonadado al ver la forma en la que
Francesca encara el interrogatorio. Serena, con ojos limpios, apenas un
mínimo temblequeo que quizás sólo yo noto al tenerla justo a mi lado. Ella
responde con su verdad, que es la que vale. A medida que avanzamos me
parece ver que todos están conformes y confían en su palabra. ¿Quién no lo
haría? Es una mujer transparente y emana pura sinceridad. No creo que
este trío llegue a pensar que es capaz de tener algo que ver con toda la
mierda que le haya pasado a su tía. Sí, le disparó a un hombre meses atrás,
pero fue en defensa propia y al menos en ello está cubierta.
Al final de todo, describe al hombre con quien vio por última vez a su
pariente. El cómplice. Cabello corto, rubio oscuro, ojos castaños. Alto,
delgado, atlético. Ningún tatuaje a la vista. Simple, parecía provenir de
buena clase ya que sonaba bien hablado. Y eso es todo, yo me mantengo
alerta mientras la escucho dar los pocos detalles, con la esperanza de
reconocerlo, de algún lado. Es muy probable que tal vez un criminal
encuentre a otro, ¿no? De todos modos, sabemos que fue ingresado con
herida de bala en la clínica del pueblo y de allí pueden venir más pistas.
Seguramente no usó su nombre verdadero, calculo que fue más inteligente
que eso. Da igual, tengo fe en que van a dar con él.
Al terminar, todos se levantan de sus lugares, dando una despedida
respetuosa. Acompaño a cada cual a sus respectivos coches. Estoy
tranquilo, al menos por ahora esto no parece traer tormentas en nuestra
dirección. Estaba preocupado, demasiado, ya que mañana por la mañana
marchamos y no quería irme dejando a Francesca sola con un potencial
problema arribando por la puerta. Confío en que todo se mantendrá
tranquilo mientras no me encuentre por acá. Santiago se queda y sé que lo
hará bien en mi lugar, por si ocurre cualquier cosa. La verdad es que no
puedo quedarme, este viaje es mi responsabilidad, estoy comprometido con
esto desde que se retrasó a causa de la nieve y dejarlo pasar y enviar a otro
al frente no es, ni de lejos, una opción.
Francesca sigue en su lugar y me acomodo nuevamente junto a ella una
vez que vuelvo del exterior. Nos quedamos en silencio unos cuantos
minutos, se mira las manos fijamente, completamente engullida por sus
pensamientos.
—Lo hiciste perfecto—la animo, deslizo una de mis manos para envolver
las suyas unidas sobre la mesa.
Otro período desprovisto de palabras prosigue, se hace largo, pero
nunca llega a ser tedioso. No parecemos ponernos nerviosos al respecto.
Francesca es una mujer silenciosa y no se esfuerza por llenar los espacios
vacíos.
—Sabes que podés decirme lo que estás pensando—le digo, aprieto sus
manos en la mía—. Estoy acá para lo que sea que necesites… Podés confiar
en mí…
Sus irises de chocolate ascienden y se posan en los míos.
—Lo sé—responde con su característica voz bajita y tímida.
Una sonrisa ancha florece en mis labios, y alcanzo a divisar un leve
rubor manchando sus mejillas antes de que desvíe la atención lejos. Por
otro lado, su semblante se mantiene pasivo. Por un momento me dejo
convencer de que existe la posibilidad de que la afecte más de lo que
demuestra. No puedo evitar sentirme esperanzado ante eso. Ambiciono
destrozar todos esos muros levantados por el miedo y la inseguridad, y
ganarme un lugar en su alma.
—Mañana temprano salimos de viaje—comienzo, resignándome a tener
que decírselo—. Voy a estar ausente por medio mes, quizás un poco más…
Me detengo y espero, atento. Advierto cómo su rostro cae en una
expresión de desolación, intenta esconderlo todo lo que puede y no lo logra
muy bien. He aprendido a leer sus señas, que, aunque no varíen tanto,
dicen bastante. Bueno, así que no soy el único entristecido por tener que
partir. Ambos vamos a extrañar nuestros momentos de música y conexión.
Reconozco que estuve retrasando la noticia porque temía esto. Me parte el
corazón que se vea tan desesperanzada. Y a la vez, esto me confirma que
estamos, más o menos, en la misma página. Que desea mi presencia de la
misma forma que yo la suya.
Alejo mi toque de sus manos y lo llevo a la terminación de uno de sus
largos mechones de cabello, froto entre mis dedos. Una sutil demostración
de cariño y familiaridad. Pretendo que lo sienta.
—Hey—le envío mi mejor media sonrisa astuta al ganarme su interés de
nuevo—. ¿Vas a extrañarme?
Un intento de broma para lanzarla fuera del sombrío estupor, un
intenso deseo de provocarle una sonrisa a sos labios siempre inmóviles y
apretados. Aunque bonitos. Y, en cambio, tengo que congelar mi intención,
ya que sus pupilas están fijas en las mías y me ven con una profundidad
que me derrite entero. Me toma plenamente desprevenido.
—Sí—contesta, simplemente.
Y ahí está, ese latido al corazón correspondiendo esa mínima, pero
importantísima palabra. Me muevo en mi silla, inclinándome más cerca, no
se aleja y lo agradezco, ahora mis dos manos van en busca de las suyas y
las cubren protectoramente.
—También voy a extrañarte, Francesca—confieso—. Mucho, mucho más
de lo que puedas imaginarte…
8
Francesca
«El teléfono sonó y me dirigí a atenderlo, con cuidado, esperando que
Álvaro lo hiciera primero. Pero él no salió de su oficina así que me encargué
de ello. No sé realmente a quién esperaba encontrar del otro lado, a
cualquiera menos a Adela.
— ¿Francesca?—preguntó, su tono de voz cauteloso.
Mi cuerpo se tensó de inmediato, en silencio mis oídos zumbaron y casi
pierdo el equilibrio. No pude decir nada, en su lugar me eché a temblar y por
el rabillo del ojo vi la puerta de la oficina abrirse, al otro lado de la sala de
estar.
—No es un buen momento—solté inestable.
Podía sentir a Álvaro acercarse.
—Está bien… Pero, por favor, quiero saber si están bien…
Fingí desinterés y tragué con fuerza antes de hablar.
—Lo siento, equivocado—dije, sin expresión.
Quería colgar pero mi cuerpo no respondía a mis demandas
desesperadas a causa del creciente nerviosismo invadiéndome. Álvaro vino
hacia mí, pasos tranquilos, ojos entrecerrados. Su espalda recta, sus anchos
hombros parecían doblar su tamaño cada vez que respiraba y sus manos se
flexionaron en puños a los lados.
— ¿Con quién estás hablando?—escupió.
No fui capaz de responder con la rapidez que esperaba, por eso me quitó
el tubo de las manos y tironeó mis cabellos de la nuca, tan fuerte que me
quitó el aire.
— ¿Hola?—habló por el teléfono, fulminándome con su mirada plateada—
. ¿Quién carajo es?
Creo que respondió a su pregunta y sus dedos se clavaron en mi brazo, el
dolor es punzante y me entra una nueva desesperación.
— ¿Con quién estabas hablando, Francesca?—me zamarreó.
Apenas vi venir lo siguiente, levantó su mano sujeta al teléfono y me
golpeó con él justo a un lado de la sien. Un hilillo de sangre caliente comenzó
a bajar desde la herida y estuve entre mareada y estupefacta porque nunca
antes me había dado en el rostro. Porque la gente podía notarlo y
sospecharía. Él se cuidada de ello.
Ahí fue que lo supe…
Supe que esto me iba a costar caro, él tenía claro que yo estaba
mintiendo, que del otro lado no había alguien equivocado. Entendí que este
podría ser mi último día, sus ojos prometían mucha sangre. Más de lo que
alguien como yo podía soportar.
—Por favor—lloriqueé, recibí otro golpe—. Por favor…no.
Soltó el tubo, quedó colgando, balanceándose de un lado a otro, y se
abalanzó sobre mis huesos. Su primer puño conectó en pómulo, eso me lanzó
al suelo y ya no pude moverme porque cayó sobre mí y colocó violentos
puñetazos sin fin en mi rostro.
— ¡Ayúdame!—grité, aunque no había esperanzas de que Adela
estuviese escuchando del otro lado—. ¡Ayúdame, por favor!
Mi intento de auxilio empeoró todo. Sangre llenó mi boca y no sentí más
los golpes, mi carne se anestesió, mi mente abandonó mi cuerpo. El choque de
mi cabeza contra el suelo inundó mis oídos, ya no pude escuchar nada más.
Mi vestido estaba destrozado, manchado con mis propias gotas de intenso
carmesí. Pensé que jamás había sangrado tanto como ahora.
Iba a morir. Estuve completamente segura de que él quería matarme.
Perdí el conocimiento, no supe por cuánto tiempo. Sólo sé que desperté
mientras estaba siendo acarreada sobre el hombro de Álvaro escaleras
arriba. No conseguía ver alrededor, ya que mis ojos estaban casi
completamente apretados, hinchados y a punto de estallar. Mi pelo oscuro
bailaba al compás de sus pasos, el lindo peinado ya desaparecido, ese que
me había esforzado tanto en arreglar en la mañana, sólo porque a él le
gustaba que me viera ‘atractiva’ todo el tiempo. Mis brazos colgaban a la par,
sin fuerzas. Noté los morados en ellos, la piel pálida manchada salvajemente.
Y mi respiración no era más que un pitido entrecortado y débil.
Me lanzó sobre la cama y mi espalda sonó, mis huesos quejándose al
rebotar. Y terminó de rasgar mi vestido, siseaba palabras e insultos mientras
lo hacía, pero nunca pude entender nada, no tenía la voluntad de ponerle
atención. Se bajó los pantalones y la ropa interior y se introdujo en mi canal
con la misma violencia de siempre, enroscó sus dedos en mi pelo a los lados
de mi cabeza y se meció con potencia. Tanta, que estuvo cansado enseguida,
jadeando contra mi rostro.
Abel comenzó a llorar y eso despertó todos mis sentidos, aun así mis
energías estaban drenadas, mi cuerpo no tenía fuerzas para moverse. Mis
ojos magullados se llenaron y mi llanto silencioso se acopló al suyo. Pensé en
lo que iba a pasarle a él cuando su padre terminara conmigo, deseé haber
sido más fuerte que esto, haber escapado cuando todo empezó. Quise volver
atrás y no dejar que el miedo me estancara. Si yo no hubiese sido esta mujer
tan débil mi bebé no habría venido a este mundo horrible. Lagrimas lavaron
caminos en mi rostro desfigurado y ensangrentado.
Yo quería una segunda oportunidad para revertir las cosas, ya no me
quedaba nada. Ni nadie. Sólo el bebé que trataba de llamarme con sus
gimoteos. Sólo deseaba que Álvaro desapareciera para siempre, que nunca
hubiese existido. Por un instante quise ser la pequeña niña de nueve años
que se escondía bajo la cama y entraba en un mundo irreal, olvidándose de
todo. Me soñé siendo despreocupada, menos agradecida, más abierta y feliz.
Con más carácter.
Más fuerte.
Encerré en puños la manta de la cama y apreté hasta que mis dedos
dolieron, no pude detener mi tristeza, la desolación consumiéndome. Me fui
apagando, el presente dejó de existir y mi cerebro se llenó de una confusa
neblina. Hasta que, de un segundo a otro, todo cambió. Lo noté aunque
estaba casi inconsciente.
Abel paró de llorar, Álvaro salió de mí, abandonó mi cuerpo. Alguien más
entró en la habitación, gente. No supe quiénes ni cuántos, sólo escuché cómo
le daban su merecido al monstruo de mis pesadillas. Una voz conocida, de
mujer joven, se fue acercando, tratando de colarse en mi cabeza y yo lo único
que pude decir fue el nombre de mi hijo. No comprendí del todo qué era lo que
estaba pasando, simplemente percibí un cambio en la energía alrededor de
mí. Todo se volvió menos terrible.
Yo intenté obligar a mi mente a entender que estábamos siendo
salvados.»
Se suponía que las pesadillas se habían terminado, pero las lágrimas
corriendo por mis sienes y el sudor cubriendo mi cuerpo me advierte lo
contrario. No están fuera. Absurdamente asumí que se fueron un par de
semanas atrás para no volver. La sensación de suciedad me abruma
nuevamente, es asquerosa e insoportable y el deseo que correr y sacármela
de encima es poderoso. Me deslizo hacia el borde y bajo mis pies descalzos
al suelo, miro el vacío por un momento, mi respiración estabilizándose
segundo a segundo. A continuación camino en dirección al baño, y mojo mi
rostro con agua helada. Me estremezco.
Estudio fijamente el inodoro, deseando chocar mis rodillas en el suelo,
junto a él. La necesidad de quitarme la suciedad pica, tanto dentro como
fuera de mi cuerpo.
Hace una semana desde que León partió, me deja descolocada la
intensidad con la que lo extraño. Él hace mi vida mejor. A su lado no me
siento enlazada e inmovilizada, sino respetada y admirada. Libre. Él me
prometió que siempre será así cada vez que estemos cerca. Me empuja a ver
las cosas con un poco de color, nada es gris cuando sus ojos buscan los
míos y me sonríe. Me pregunto si las pesadillas se deben a que está lejos, a
que me acuesto en las noches sintiendo que me falta algo en el interior. Es
la ausencia de la rutina de escuchar su guitarra lo que le quita el sentido a
mis días.
No es lo mismo sin él, y no gano nada con negármelo a mí misma.
No creo que depender así sea bueno para mí. Me repito una y otra vez
que todo aquellos que hace por mí es a causa de la lástima. Compasión por
toda la mierda por la que tuve que pasar. ¿Qué humano no se sentiría así
con respecto a mí? Esa es la explicación a todo. Por ello no debería estar
sintiéndome así. Además, tarde o temprano voy a tener que irme y dejarlo
atrás.
Mi mente regresa a la mañana que nos despedimos. Recuerdo que no
quería bajar a darle el adiós. Me mantuve en el altillo todo el tiempo que
pude, por más necesidad que tuviera de ir a verlo antes de que se fuera por
medio mes. Lo hice bien, hasta que escuché los motores roncos de las
motos encender, casi todos al mismo tiempo. Fue ensordecedor, pero
agradable al oído, el problema era que eso significaba que ya se marchaban.
Le eché un vistazo a Esperanza, dormida y en paz, me convencí de que sólo
me ausentaría por un par de minutos. Entonces abrí la puerta y salí,
mientras bajaba las escaleras me atacó una desesperación por llegar abajo
lo antes posible, una necesidad inexplicable. Corrí, atravesando el bar hasta
la puerta del frente y no alcancé a pisar el exterior, ya que me choqué
contra un ancho y firme pecho. Un par de manos enormes y tatuadas me
sostuvieron antes de que caiga al suelo sobre mi espalda. Levanté los ojos y
ahí estaban los suyos, azules, intensos, amables. Brillaron con una sonrisa
que debilitó mis piernas.
—Hola, querida—su boca se curvó hacia arriba, un poco escondida
entre su abundante barba rubia oscura.
Tragué y di un paso atrás, ya que noté que estábamos demasiado cerca.
Me tomé unos cuántos segundos para que su imagen penetrara en mi
retina. Estaba muy abrigado. Llevaba una gruesa campera de cuero negro
con abrigo dentro, vaqueros oscuros abrazaban sus largas y atléticas
piernas, las botas de motociclista terminaron el conjunto. No comprendí por
qué mi corazón se puso a galopar tan de repente, acelerado. Sentí mis
mejillas calentarse, por más frío que estuviera haciendo ahí junto a la
puerta. Se había atado el pelo en una cola baja, unas gafas de aviador
colgaban en su cuello.
—Estaba por subir a despedirme—murmuró.
No resolví de inmediato cómo esconder mi turbación cuando levantó su
mano y arrastró su pulgar por mi pómulo. Una caricia de lo más extraña,
aunque acogedora, y casi me permito cerrar los ojos para sentirla más en
profundidad y perderme en ella. Su tacto quemó en mi piel, y… me encantó
la sensación que creció en mi pecho. El nerviosismo quedó atrás en un
suspiro. Tuve la necesidad de protestar cuando se retiró, de buscar su
mano con la mía y llevarla nuevamente a mi rostro.
—Casi sin darnos cuenta voy a estar de regreso—dijo.
No le creí, yo sabía que los días se harían eternos. Y al posar mi
atención en la suya caí en la cuenta de que él tampoco estaba convencido.
En mi estómago revolotearon cosquillas al tiempo que se inclinaba y
apoyaba sus labios en mi frente. La barba me rosó y las yemas de sus dedos
se deslizaron por el borde de mi cuello, esta vez cerré mis párpados y aspiré
con la hermosa sensación que él me transmitió. Jamás en mi vida fui
tratada de esta forma por alguien más aparte de mis padres adoptivos. Los
latidos de mi corazón se volvieron frenéticos, y me impregné con su aroma
antes de que diera un paso atrás.
Un par de bocinas sonaron afuera y él giró su cabeza para fulminar a
los culpables.
—Somos la primera tanda—explicó, dándome una media sonrisa, las
esquinas de sus ojos arrugándose atractivamente—. Once, yo al frente.
Enredó su dedo índice en un mechón de mi pelo, siempre que me tenía
cerca hacía eso. Me gusta. ¿Hay algo en él que no me cautive?
—A la media hora, ese camión de ahí nos seguirá los pasos, respaldado
de cerca por dos motos—me contó—. Y a los siguientes treinta minutos,
saldrán los otros once, Alex irá al mando de ese segundo grupo.
Señaló a Alex que estaba apoyado en su moto encendiendo un cigarrillo,
viéndose relajado, seguro porque no se tenía que ir hasta dentro de una
hora después. Asumí que salían en tandas por disimulo, ya que un camión
yendo por la ruta, custodiado por más de veinte motos llamaría demasiado
la atención. Además el letrero de este decía algo sobre una marca de lácteos.
Camuflaje. No supe lo que llevaban ahí adentro, sólo entendí que no era
nada bueno, por eso preferí no saber nada en absoluto. León siguió
poniéndome al tanto, parecía que le interesaba que yo entendiera cómo
funcionaba su mundo. Y, me agradó eso. Mientras lo hacía, sacó un
pañuelo negro de su bolsillo se lo ató en la cabeza, eso logró que pareciera
un pirata. Luego calzó un par de gruesos guantes, y me abrazó durante un
nanosegundo antes de despedirse.
Verlo montar su gran moto, hacer señas con las manos a su grupo y
acelerar yendo primero, seguido por dos filas de cinco, se sintió como una
poderosa patada en la boca del estómago. Me quedé inmóvil viendo cómo
desaparecían, volviéndose lejanos. Mi interior se vació.
Durante toda mi vida me sentí incompleta, pero en ese mismo instante,
el vacío se hizo más intenso, desgarrador. Supe que iba a extrañarlo más de
lo que creí en un principio.
Vuelvo al presente, como recién salida de un trance, y me encuentro a
mí misma sentada en el piso del baño, mi espalda apoyada en la pared y
mis rodillas abrazadas contra mi pecho. Mi mente se aclara, allí reacciono,
dándome cuenta de que esa insostenible urgencia de limpiarme desde
adentro se ha ido. En su lugar insiste una presión nueva, distinta a
cualquiera que haya sentido antes. Es como un leve estado de angustia. Y
sé que ha sido provocado por mis pensamientos dedicados a León.
Suspirando, apesadumbrada, decido regresar a la cama con el calor de
mis hijos. Abrazarlos y así intentar dormir de nuevo. Espero no tener más
pesadillas.
Y me repaso a mí misma que tengo que terminar con esta dramática
manera de extrañar a León. Porque no es normal. Tampoco puede ser sano.
Las semanas van pasando y los Leones se retrasan. No dejo que eso me
afecte de ninguna manera, durante el día me mantengo ocupada y animada.
Decido tomar valentía y bajar al bar más seguido, cada tarde en la que
Adela se prepara y ordena todo antes de la noche. Allí estoy
acompañándola, con Esperanza en brazos, mientras Abel corretea por ahí
con Tony. Todo está tranquilo, apenas hay gente por los alrededores y eso,
en cierto modo, hace que no me sienta tan presionada. Y antes de que todo
enloquezca y se abarrote, estoy de regreso arriba para darles la cena a mis
hijos y prepararlos para la cama.
También, visitamos seguido a Lucre que ya apenas puede moverse y
está atascada en la cabaña, sin energías para nada. Pasamos tiempo con
ella, nuestra compañía le hace bien, ya que se muere de aburrimiento. Una
chica tan eléctrica como ella apenas aguanta esta situación. Podemos ver
que no la está pasando muy bien, sus bebés han crecido de golpe el último
mes, casi no puede mantenerse en pie. Por ella también he decidido salir
más de mi escondite, y se siente bien.
Las charlas y tardes de té o chocolate se vuelven los momentos más
esperados del día. No llevo a Esperanza conmigo cada vez, todavía hace
demasiado frío para sacarla a la intemperie, por eso siempre se queda
alguno de los chicos vigilándola. Santiago, la mayoría de las veces, y otras
tantas, Max. Cada vez que su chica necesita un respiro entre amigas él
marcha al bar para despejarse, también. Creo que él lo está pasando fatal,
siente en sus huesos y corazón lo que su mujer. Y veo que ambos están
aterrados por lo que pueda traer este último tramo del embarazo. No falta
mucho para que los gemelos decidan salir, Lucre repite todo el tiempo que
no puede soportarlo más y que necesita que nazcan cuanto antes. La
entiendo, aunque mis embarazos no tienen nada que hacer al lado del de
ella. Es terrible con sólo mirarla.
Así han sido mis últimos días, y reconozco que me conforta socializar.
Realmente me estoy encariñando con el lugar y las personas que le rodean.
Ya puedo decir que Lucre, Adela y yo somos amigas. No confidentes, ya que
no hablo de mis sentimientos con ellas, aunque sí lo hagan conmigo. Pero
no se ven como si esperan más de mí, y me agrada que no estén
preocupadas en indagar mis secretos.
Estamos a miércoles, ya diecisiete días han pasado desde la partida del
grupo, y me encuentro dando una mano a Adela en la cocina mientras
Esperanza duerme en su carrito, el que Adela y Santiago le regalaron
cuando cumplió su primer mes. Es imposible que no me sienta en deuda
con ellos y con todo el recinto. En especial, con León. Pero ahora mismo me
ocupo en no pensar en ello, supongo que el tiempo me va a dar la
posibilidad de devolver todo lo que han hecho por nosotros.
— ¿Es todo lo que hace?—pregunta Adela, inclinándose a mirar a su
sobrina.
Me doy la vuelta, dejando de ordenar los cubiertos en el cajón de la
mesada.
— ¿Qué?—pregunto, sonriendo.
—Dormir—se ríe ella—. Apenas la he visto despierta, creo que se
duerme cada vez que cree que su tía va a verla…
Niego, riendo apenas por lo bajo.
—Es lo que hacen los bebés, los primeros meses duermen muchísimo—
explico, entretenida.
Ella rodea el carro y viene a mi lado, sigue enjuagando vasos y copas.
Es como si eso es lo único que hace todo el tiempo, hoy es bastante
tranquilo, aunque hay ocasiones en las que con solo ver la montaña de
utensilios para lavar me dan ganas de quitar la vista hacia otro lado. Sin
embargo, ella lo hace sin problemas, y hasta en tiempo récord. Le gusta su
trabajo, puedo verlo. Vivir con los Leones la hace inmensamente feliz. El
amor de Santiago la mantiene brillando. Y me alegro muchísimo por ella,
todavía recuerdo la primera vez que la vi, entrando por la puerta de la
casona. Parecía una indigente, su aspecto era enfermizo y casi no había
carne cubriendo sus huesos. Álvaro no sólo había estado rompiéndome a
mí, sino también a su hermana pequeña. Es por eso que me arriesgué a
socorrerla, independientemente de si me descubrían y me ganaba una
paliza animal. Yo sentí como que necesitaba hacerlo. Valió la pena, porque
el sentimiento de tenderle mi mano y hacerla libre me hizo bien por dentro.
Santiago aparece, silencioso, busca una botella de agua de la heladera
mostrador y vuelve a salir. De vez en cuando pienso que es una especie de
fantasma, un rato aparece allá, al siguiente está del otro lado. Nunca podés
leerlo del todo, y jamás dice alguna palabra sólo por decirla. Vive rodeado de
un aura misteriosa, y es imposible atravesarla. Para todos, menos Adela.
Me giro de nuevo para mirarla y la encuentro dando una ojeada
lastimosa al lugar donde antes estuvo su novio.
— ¿Pasa algo?—me preocupo.
Se encoje de hombros.
—Digamos que estamos, como… atravesando una crisis…—murmura,
áspera.
Me tenso y trato de leer su expresión. Si Santiago y ella tienen crisis,
¿qué esperanza hay en el resto de las parejas de los mortales? Ella parece
entender lo que pienso, no necesito preguntar para que entre en detalles.
—Cree que voy a cambiar de opinión con respecto a no tener hijos—
dice, y le echa un vistazo a Esperanza—. Está inseguro y cerrado, tiene
miedo. Porque si de un día para el otro decido que deseo ser madre, tendrá
que dejarme…
Deja ir un suspiro apesadumbrado.
—Me gustan los bebés, ¿está bien?—escupe, le permito descargarse—.
Pero eso no quiere decir que quiera tener uno… Eso no me hace material
para madre…
Está enojada y frustrada, no hace falta nada más para que se muestre
su vena violenta.
—No sé cómo hacérselo entender, es un idiota—hace una mueca y
revolea la mano, quitándole importancia al asunto—. Pedazo de mierda, se
hace el superado y es un miedoso…
—Te estoy escuchando—salto al escuchar la voz de él viniendo desde la
puerta que une la cocina con la barra.
Los ojos de Adela brillan peligrosos de un instante a otro, y lo siguiente
que hago es tomar mi carrito y procurar irme lejos de la tormenta lo antes
posible.
—Siempre escuchas cuando te conviene—le dice ella, seca.
Lo está ignorando mientras trabaja cuando me salgo de allí, dejándolos
con su privacidad. Creo que tienen bastante para hablar, simplemente no
creo que esta pelea dure tanto. Se compenetran bien, son, de lejos, la pareja
más sólida que he visto. Y la más exótica, sin duda. Son un gran cuadro
para ver, todo fuego intenso y compenetración. Están en la misma página,
Santiago no debería sentirse inseguro.
Entro en el bar y rodeo la barra, dirigiendo el carrito. Veo que ya hay un
pequeño grupo de chalecos acomodados en una mesa, están charlando y
riendo bastante alto, pero decido que puedo quedarme un poco más. La
puerta se abre al mismo tiempo que tomo asiendo en una de las mesas,
cerca de la escalera, cuidando que Esperanza pueda seguir su sueño
tranquilo. Una mujer entra y observa cada rincón del lugar con interés
pintado en su atractivo rostro. La veo caminar con seguridad en dirección a
la barra. Los Leones de la mesa se callan y se quedan viéndola fijamente,
me doy cuenta de que jamás la han visto antes por acá. Lleva un par de
vaqueros ajustados y no puedo evitar sentir una pisca de envidia por cómo
hacen que sus largas y firmes piernas se vean. No hay dudas de que a ellos
les gusta lo que ven. Su pelo largo, castaño claro, baja por su espalda en un
mar de ondas danzantes, su rostro es igual de hermoso. Se ve que está en
mitad de la treintena, o puede que incluso más, no se sabe ya que aun así
se ve hermosa. Un manto de frustración aparece en su semblante porque
nadie le presta atención. Gira su cabeza y se atasca viendo a Abel y Tony
jugar en el hueco de la escalera, sus ojos verdes brillan, aunque no puedo
distinguir cual es el sentimiento que se instala allí. Parece entrar en una
especie de trance emocional hasta que algo le hace click un minuto después
y su atención se desvía.
Hacia mí.
Trago, porque esos enormes pozos verde claro se vuelven demasiado
interesados y comienza a acercarse, balanceando sus caderas con gracia. Y
en ese momento la reconozco, porque jamás podría olvidar a la chica
viajando en la espalda de León aquella tarde cercana al verano. Recuerdo su
belleza y la forma en la que me miró con aires de suficiencia. Su dedo medio
en dirección a la adolescente de quince años que miraba embobada a su
hombre.
Para cuando llega a mí estoy tan tensa que podría resquebrajarme y
partirme en pedacitos.
—Buenas—me sonríe, y es tan falsa que me dan ganas de esquivar su
rostro—. Estoy buscando a León, ¿se encuentra?
Pestañeo, siento como si fuerza incapaz de responder, pero abro la boca
para hacerlo. Afortunadamente Adela llega para rescatarme.
—No…—dice por mí—. Él está de viaje, vaya a saber cuándo vuelve.
No se ve muy feliz con la recién llegada.
—Oh—los ojos de la mujer se vuelven un poco peligrosos, se ve que
reconocen a una buena contrincante cuando la ven—. Bueno, supongo que
tendré que volver en otro momento…
Se encoje de hombros, aunque puedo ver la ira subiendo por su cuello.
Adela asiente casi irrespetuosa, es como si estuviera encantada de echarla.
—Podés dejarle un mensaje, le será dicho—suelto, sintiendo como que
esto es un poco injusto para la mujer.
Adela a veces puede ser hiriente.
—No, cariño—me sonríe ella, su cuello serpentea hacia mí y su forma de
mirarme me hace materializar en mi mente la imagen de una víbora antes
de atacar—. El mensaje sólo puede ser intercambiado entre él y yo…—de
nuevo tengo la oportunidad de ver esa sonrisa autosuficiente.
No hace falta nada más para saber que el contexto de sus palabras es
total y absolutamente sexual. Se da la vuelta y sale, la tensión todavía me
mantiene presa minutos después, porque no puedo olvidar la forma en la
que me miró por encima de su nariz. ¿Qué sabe ella de mí?
—Puta—sisea Adela, ofendida en mi nombre.
— ¿La conoces?—quiero saber.
—No, jamás la vi en mi vida—responde, todavía viendo la puerta por
donde ella se fue—. Y estoy bastante segura de que León no es la clase de
tipo que se relaciona con perras como esa…
Bueno, lamento tener que refutar esa última parte. León es la clase de
hombre que se relaciona con mujeres así. Lo he visto con mis propios ojos.
Hago una mueca de dolor.
Esa es mi pequeña parte maléfica hablando en mi lugar. Niego dentro
de mi cabeza. Porque, pensándolo bien, eso fue hace mucho tiempo, cuando
León era muy joven, y ahora que he tenido la oportunidad de conocerlo un
poco más, puedo pensar que Adela tiene razón y tal vez por eso esa mujer
no se ha visto nunca por estos lugares.
“Las personas cambian, crecen”, me convenzo. Sobre todo porque no me
resigno a aceptar que él es capaz de estar con ella en la actualidad.
León
«Había estado conteniendo las lágrimas por demasiado tiempo, no podía
llorar porque me sentía culpable, desmerecedor de obtener al fin mi fase de
duelo. Dos meses ya habían pasado desde la muerte de papá y me sentía
muerto en vida. Porque jamás me di cuenta de las señales. Todo en él
indicaba que había vuelto a caer en su adicción, todo. Y no lo noté. Nada. Y si
lo hubiese hecho, él todavía estaría vivo, acá conmigo. Ayudándome a
levantar mi cabaña, mi próximo negocio. Fuera cual fuese este último.
Todo era culpa mía.
Supongo que no quería darme cuenta, es decir, era demasiado evidente.
Había adelgazado de golpe, tenía ojeras cada maldito día, sus ojos estaban
demasiado dilatados la mayoría del tiempo. Todas y cada una de las
evidencias estuvieron agitando las manos frente a mí por meses. No quise
verlo. No quise aceptar que papá estaba de nuevo metido en la mierda. Y esta
vez mamá no estuvo allí para rescatarlo.
Se suponía que debía ser yo quien lo ayudara ahora.
Habíamos estado tocando en un pequeño lugar de la ciudad, un pub
tranquilo e hicimos suficiente dinero. Estábamos dispuestos a tomar unos
tragos después del momento, relajarnos, así volveríamos al pueblo un rato
después. Entonces mi celular comenzó a vibrar en mi bolsillo, el nombre de
Greg parpadeando en la pantalla. A las dos de la madrugada. Y mi corazón
se aceleró esperando lo peor.
—Tenés que venir, León, algo no está bien con tu padre—esas fueron sus
palabras.
Aterradoras.
Bastaron para que saliera disparado, mis compañeros me siguieron sin
preguntar. Para el momento en que llegué a la casa de papá, la policía y la
ambulancia estaban allí, recordé la forma en la que las luces cortaban la
noche y rasgaban mi pecho tan dolorosamente con el miedo. De inmediato
supe que esto era realmente malo. Mucho más de lo que mi imaginación había
arrastrado durante el viaje.
Salté fuera del coche y corrí hasta la puerta, paramédicos y policías se
abarrotaban allí, pedí permiso. En realidad grité que me dejaran pasar,
entrando en pánico, perdiendo el control de mí mismo. Ellos me dejaron, y al
entrar vi a Greg de pie en el comienzo del pasillo. Desecho en lágrimas. Mi
corazón se hundió en mi pecho, cayendo a mis pies.
— ¿Qué?—siseé, faltándome el aire.
Negó y se abalanzó sobre mí, abrazándome. La mitad de mí entendía
todo, la otra simplemente se sintió anestesiada. Miré alrededor y pude ver las
caras caídas de todos, la mayoría conocía a papá y lo quería. Me llené de
valor y caminé a la habitación, allí una enfermera me miró con pena cruzando
sus ojos amables. Y corrí mi atención de ella, colocándola en la cama. Donde
papá estaba recostado, cubierto de vómito y los médicos esperaban a los
peritos.
Nadie podía moverlo, porque estaba muerto.
Estaba muerto.
Mi mente no quiso entenderlo, sólo fui capaz de quedarme allí de pie
mirándolo, sin procesar la idea. Estuve a un lado viendo todo, hasta que se lo
llevaron. Fue como ser un espectador desde detrás de una pantalla, lo estaba
viviendo, no sintiendo. Mi mente no tomó lo que estaba pasando como si fuera
la realidad, simplemente se congeló en nada. Al igual que mi cuerpo. Pero el
dolor intenso en mi pecho crecía, ese era el único indicio de que esto era
realmente catastrófico para mí.
Porque ahora estaba solo. Mis padres ya no estaban conmigo.
Y sentí frío. Como cuando te destapas en la noche, habiendo perdido tu
manta al final de los pies. Mamá y papá habían sido mi manta caliente, y
ahora simplemente ya no estaban. Ni siquiera podía despertar y encontrarla
al final de la cama para volver a cubrirme, ya no había calor. No quedaba
nada. Y uno nunca espera perderlo todo tan temprano, primero a los
dieciséis, luego a los veinte. Sólo se convence de que sus padres serán
eternos.
— ¿Qué fue?—me las arreglé para carraspear a través del nudo en mi
garganta—. ¿Qué le pasó?
La enfermera miró el suelo, seguramente deseando no tener al hijo del
fallecido frente a ella, preguntando. La gente temía a los desmoronamientos,
prefería no tener que consolar. Ella no debía preocuparse porque yo estaba
lejos del llanto, no sabía muy bien qué era lo que me estaba pasando. No
entendía por qué me sentía como si toda la fuerza y las emociones hubiesen
abandonado mi cuerpo. Estaba vacío.
—Todo indica que fue una sobredosis.
Y eso me golpeó con fuerza. Me derribó quitándome el aire de una
sacudida. Papá había vuelto a las drogas y yo había estado lo
suficientemente ocupado con mi mierda como para darme cuenta. Escuché a
Greg llorar más allá, y supe que él se sentía igual de horrorizado que yo.
¿Cómo fue posible que nadie se diera cuenta?
Y ahora, dos meses luego, tampoco obtenía respuestas. Sólo navegaba en
culpa, lamentos, en los “y si”. Y esa mierda no servía de nada, era inútil
porque nada iba a devolverme a mi viejo. Me froté los ojos con mis dedos, un
poco de humedad saliendo de ellos, pero no la suficiente.
— ¿Por qué tuve que mudarme de su casa?—pregunté en voz baja—. ¿Por
qué tuve que irme si ambos vivíamos bien?
Creía que si yo me hubiese quedado con él, quizás lo habría podido
salvar. Advertir mucho mejor las evidencias. Sin embargo, yo era un pendejo
y quería más privacidad. Para hacer cosas de pendejos, claro. Quería mi
propio espacio y, ni bien pude permitírmelo, me mudé a un apartamento
alquilado. Papá había estado decepcionado y no quería dejarme ir, pero no
puso trabas.
— ¿Otra vez con eso?—dijo Sandra desde la cocina.
No respondí, ella había echo mucho para consolarme, pero nada fue
suficiente. La culpa, el dolor, no se iban. Y pensaba que nunca en mi vida
desaparecerían.
—Fue el destino—siguió ella, se sentó frente a mí en la mesa—. Cuando
nos toca, nos toca.
Agradecí su intento de hacerme sentir bien, pero no funcionó. Sólo repetía
lo mismo una y otra vez. Ya sabía que no quería que me culpara, ella siempre
decía que la culpa era la peor mierda que existía y mejor dejarla afuera. Me
pregunté cómo se dejaba afuera un sentimiento tan poderoso e invasor como
ese. Sólo ella sabía, supuse.
Estiró un brazo y tocó mi mano.
—León—susurró, seria—. Tengo que decirte algo…
Cansado, llevé mis ojos a los suyos, verdes y brillantes. A veces pensaba
que era un ángel, y al minuto siguiente ella hacía algo que la definía más
como un demonio. Pero seguramente eso hacía que me gustara tanto, era
cambiante y alocada. Intensa. A veces podía ver un poco de malicia reflejada
en su forma de ver, pero no me parecía alarmante, siempre pensé que todos
teníamos algo de eso en nuestro sistema. Lo que pasaba con ella era que no
le interesaba esconderlo.
— ¿Qué?
Tomó un respiro, se enderezó en su silla.
—Estoy embarazada—soltó, se quedó inmóvil atenta a mi reacción.
El primer movimiento que hice fue fruncir el ceño mientras las palabras se
colaban poco a poco en mi cabeza. Tardé unos cuántos minutos en
entenderlas. Y cuando lo hice algo en mí hizo el click. Sonreí, y en ese
instante todo fue más claro, los alrededores recuperaron color. Mi corazón
reaccionó.
La noticia me hizo feliz, me sacó un poco del pozo en el que me había
acurrucado por meses.
Sandra no dijo nada más, se quedó allí viendo cómo mi semblante
cambiaba y se aflojó cuando le dediqué otra sonrisa, esta vez más ancha. La
verdad es que en ese momento no me importaron las circunstancias que
gritaban que traer un bebé ahora no era una buena opción para nosotros. Tan
jóvenes, inexpertos, ni un poco acomodados en el mundo responsable de los
adultos. Yo ni siquiera había empezado mi propio negocio, todavía
considerando mis posibilidades, aunque ya estaba en marcha la construcción
de mi cabaña, la que estaba levantando con la herencia de mamá. Me dije
que estaríamos bien, tendríamos un hogar y eso era una de las cosas más
importantes. El resto llegaría solo, teníamos tiempo de arreglarlo.
— ¿No estás enojado?—preguntó ella, cautelosa—. ¿No estás asustado?
—No—negué de inmediato—. Estoy bien. Me siento… feliz—sonreí y me
froté los ojos.
En ese momento deseé que papá estuviera acá, para correr a contarle la
noticia. Y con ese pensamiento se abrió una puerta, comencé a llorar, primero
un par de lágrimas. Luego un mar de ellas. Así comenzó el duelo de verdad.
¿Se podía llorar de dolor y felicidad a la vez? Creo que yo lo hice ese día.»
9
Francesca
«Alguien me ha dicho que la soledad
se esconde tras tus ojos
Y que tu blusa adora sentimientos
que respiras.
Tenés que comprender que no puse tus miedos
donde están guardados.
Y que no podré quitártelos,
si al hacerlo me desgarras.»
Es sábado por la mañana y ya tengo listos a mis niños para comenzar el
día, Abel está sentado en su manta sobre el suelo, una montaña de
ladrillitos y juguetes a su alrededor, se mantiene entretenido mientras
ordeno el lugar. Puse a Esperanza en su huevito portátil, junto a su
hermano, ella está silenciosa como siempre, observando su alrededor con
interés. Ha crecido muchísimo el último mes, está hermosa. Y Abel es un
amoroso hermano mayor, la cuida y es muy unido. Me quedo allí estirando
las sábanas de la cama, poniéndoles atención. Y de repente, en la radio
empieza a sonar una de mis canciones favoritas.
No puedo evitar sentir esa necesidad de balancearme en el ritmo suave,
tararear la letra. Puede que haya tenido una noche un poco exaltada e
interrumpida por pesadillas, con pocas horas de sueño, pero decidí hacerle
caso al consejo de Isabel. Intentar crear mis propios buenos momentos. Me
recomendó poner música por las mañanas, mientras atiendo a mis bebés y
hago mis tareas diarias. La verdad es que me costó, porque no me sentía
con ánimos de querer escuchar nada, sólo silencio. Pero me obligué a mí
misma a hacerlo porque tengo que dejar de ser tan apagada. Se supone que
no quiero que mis hijos me vean deprimida. Así que, fue poner los pies en el
suelo y dirigirme al pequeño equipo de música que hay en la mesa del
rincón, en el estante bajo el televisor.
No me arrepiento, de hecho, ha habido un cambio drástico en mi humor
desde la hora anterior.
Mi hija elige ese momento para aburrirse y berrear por atención. Voy a
ella, tomándola en mis brazos y colocándola contra mi pecho. Entonces
bailo al compás, al mismo tiempo que trato de reconfortarla. Funciona, se
tranquiliza de inmediato y eso hace que siga moviéndome de un lado a otro,
cierro los ojos.
«No quiero soñar mil veces las mismas cosas,
ni contemplarlas sabiamente.
Quiero que me trates suavemente…»
Con el paso de los años me olvidé de las cosas que gustaban, la música
entre ellas, de adolescente era mi cable a tierra y tuve la suerte de ir a
varios eventos. Nada alocado, yo no era así, de vez en cuando iba con mis
padres a las óperas o al teatro a ver comedias musicales. Me gustaba
compartir eso con ellos. Aunque no tanto como la música nacional. Un par
de veces fui con mis amigas del colegio a conciertos aleatorios en la zona.
No sé cómo, pero en algún momento entre la adolescencia y la adultez
me apagué. Los veinte vinieron y se fueron, entré y salí de la universidad
con un título que jamás ejerceré, no volví a ver a mis amigas de la escuela
ya que todas se mudaron a la capital, y terminé llegando a los veinticinco
casada con un monstruo. El resto ya se sabe. Me pregunto cómo fue que se
me pasaron esos años, supongo que estaba más apegada a mis padres
adoptivos de lo que creí en su momento. Si Álvaro no hubiese aparecido,
seguro estaría igual de perdida y sola. No era buena en socializar, por eso
no tuve muchos novios en mi vida. Ahora me doy cuenta de que desperdicié
mis mejores años, debería haber disfrutado más. Ahora ya no me siento
joven.
Otra canción comienza y apenas lo noto, sigo flotando, mi bebé en
brazos con su puñito en la boca, sus grandes ojos castaños me observan de
cerca. Le sonrío. Un ruido ronco se entromete entre la música suave,
entrecierro los ojos y agudizo mis oídos, tratando de conectar. Lo he oído
antes. Es como un montón de…
Mis pies se clavan fijos en el suelo, los latidos de mi corazón se aceleran
y mi vista se desenfoca. Una bruma extraña me invade, una sensación
nueva. No sé cómo definirla, es como una especie de exaltación interna.
Detengo el aliento y me giro, casi corriendo, pasando la puerta, después las
escaleras. Abel me sigue, curioso, y cuando me quiero dar cuenta estoy
entre un mar de tipos en el bar, colándome entre ellos. Ciega. Enfocada sólo
en un único objetivo desesperado. No me reconozco a mí misma, por un
lado me asusta, por otro no me importa nada.
Nada más que él.
El olor a cuero y tierra mojada se impregna en mi nariz, es agradable,
fresco. Algunos hombres se están deshaciendo de sus abrigos, otros
bromean y ríen con los pocos que se encuentran para recibirlos. Me aferro a
mi hija y me entremezclo más, no puede ser que sean tantos. Alguien me
choca y se disculpa, ni siquiera le dedico una segunda mirada. ¿Dónde
está? La respuesta no se demora en llegar.
Una mano se posa en mi hombro y me gira con cuidado, apenas tengo
tiempo de levantar la mirada antes de que un par de fuertes brazos nos
encierren. Me quedo allí, me dejo abrazar, y me doy permiso para
ablandarme contra su pecho ancho, apoyo mi frente en él y cierro los ojos.
No sé cuál es mi problema, pero en este mismo instante no me interesa la
solución. Se siente demasiado perfecto, me transmite cálida paz y me aleja
del mundo real.
—Hola, cariño—su voz se cuela en mis oídos y hace picar mi nariz.
Veinte días. Veinte. Para cualquiera no es nada, para mí fueron como
una década. No me entiendo, no quiero aceptar esto. Pero sí, tiene que
haber una explicación, un nombre para esto que me pasa. Sin embargo, no
estoy segura sobre si quiero etiquetar de una vez estos ensordecedores
latidos en mi pecho.
—Subí y no te encontré—dice, sin soltarnos, a Esperanza parece
gustarle estar entre los dos—. Así que… ¿decidiste bajar al fin?
Asiento, mi cabeza frota su chaleco.
—Para buscarte—digo, y me sorprende que mi sinceridad se suelte así
de mi boca.
Creo que León tiene un don, uno que hace que las personas se sientan
confiadas al hablar, porque saben que él respetará y entenderá sus
palabras. O, al menos, él tiene ese poder conmigo. El aire abandona mis
pulmones cuando él me estrecha más en sus brazos, como si no quisiera
dejarme ir jamás. Es su reacción a mis palabras. Toma un profundo suspiro
que hace que su torso se hinche y desinfle lentamente.
—Te extrañé, incluso más de lo que pensé que haría—murmura, su voz
se oye intensa y llena de emoción—. Fue el peor viaje de toda mi vida.
¿Es demasiado? Nos conocemos desde hace muy poco, apenas hemos
tenido contacto, no sabemos mucho el uno del otro y aun así nos cuesta
estar separados. Es una clase extraña de conexión, aterradora porque no le
encuentro un margen lógico. Y por más que no quiera tener nada que ver
con esto, es más fuerte que cualquier negativa que me imponga. Él me hace
sentir bien y, en esta etapa de mi vida, quiero sentirme así, tanto si esto es
duradero o no. Lo quiero, lo tomaré hasta que ya no quede nada.
Ni siquiera me importa si vuelvo a sentirme vacía al final del sueño.
León y yo sólo nos quedamos abajo por un ratito, después él nos
acompaña de nuevo arriba. Dice algo sobre tomar una ducha caliente por
una vez en su vida, mientras sus pasos casi rozan mis talones. Nos sigue
hasta el altillo y una vez allí voy directo a dejar a mi hija a su huevito, Abel
no vuelve a su lugar sobre la manta, sino que se queda junto a León,
tratando de llamarle la atención. Él le sonríe y se agacha para darle una
buena charla amistosa, siento mi cuerpo caldearse mientras los veo
interactuar.
Me introduzco en la cocina antes de que mi cabeza se convierta en una
fábrica de ilusiones y sueños que jamás se cumplirán. Intento ponerla a
maquinar qué cocinará para el almuerzo. En eso estoy cuando León viene a
por mí, apoya su cadera estrecha en la encimera y me mira sacar los
alimentos de la heladera, sus brazos cruzados. La cabeza levemente
inclinada a un costado, siento sus ojos en cada superficie de mi cuerpo.
— ¿Te puedo ofrecer algo?—me atrevo a preguntar, intentando matar el
rubor que pinta mis mejillas—. ¿Desayunaste? El viaje los debe haber
dejado hambrientos…
Da unos pasos más cerca y corre la cortina de cabello que separa mis
ojos de los suyos, con cuidado me obliga a levantarlos y encontrarlo.
—Estoy bien—engancha el pelo detrás de mi oreja—. Sólo tengo que
correr a esa bendita ducha—sonríe.
Pestañeo confundida porque siento que mi boca quiere hacer eso mismo
y, por el contrario, el intento muere prematuramente. No sé qué más decir,
así que comienzo a picar el ají y la cebolla, procurando no ponerme nerviosa
por su cercanía y la forma en la que parezco entretenerlo con sólo hacer
algo tan mundano como cocinar. De un momento a otro lo veo recular,
despacio, ya saliendo de la cocina, seguramente yendo a buscar su ropa
para bajar a las duchas del bar. Abandono lo que estoy haciendo para
seguirlo, y antes de que salga por la puerta, suelto sin más.
— ¿Querés almorzar con nosotros?—con la pregunta se me escapa todo
el aire y tengo que cuidarme de no jadear por el esfuerzo que significa dejar
a un lado la timidez.
León se gira justo en el vano, sus irises azules brillando más que
nunca. Puedo distinguir que le ha sorprendido mi ofrecimiento. Avanza de
nuevo hacia mí, frente a frente. Y tengo que mirarlo por debajo de mis
pestañas, no lo suficiente envalentonada como para alzar mi mentón
directamente.
—Puedo cocinar para todos—esta última frase va perdiendo fuerza
hacia el final.
Mi maldita inseguridad.
Sus labios se estiran en una comisura, alcanzo a verlo por debajo de su
barba. Apenas estoy preparada en el instante en que rompe aún más la
distancia entre los dos, escarba en mi mirada. No sé qué está buscando, en
realidad. No me retiro, absorbo su proximidad.
—No es necesario que hagas eso por mí, ¿sabes?—murmura, su boca
casi soldada en mi pelo, justo en la altura de la sien.
Inflo mis pulmones, fuerzo a mis ojos a permanecer abiertos ya que
quieren cerrarse para sentir exclusivamente la intensidad con la que él me
habla. Su forma de tratarme se siente como si me tocara todo el tiempo, se
mete bajo mi piel. Cada vez.
—Ya sé—susurro, casi sin potencia—. Pero quiero…
El calor en mi cara ya quema completamente, y tengo la bochornosa
certeza de que estoy ruborizada hasta el nacimiento del cabello.
Simplemente no sé el por qué, sólo le estoy ofreciendo comer. Conmigo. Mi
comida. Y no es que sienta la obligación, sino porque deseo esto. Me recito
por dentro que estoy teniendo en cuenta otro consejo de Isabel. Transmitir
lo que quiero, sin reservas. Sin miedo. Levanto la vista a él y lo encuentro
sonriendo, como si le encantara demasiado la idea de almorzar juntos.
—Bueno—acepta—. Me encantaría. Muchísimo.
Me muerdo el labio con fuerza al verlo dar la vuelta e irse a su oficina.
Creo que está feliz por mi invitación, y eso hace crecer mi corazón hasta casi
reventar y salirse de mi pecho. Quisiera conseguir una palabra que describa
a la perfección lo que está latiendo en mi interior. Supongo que no existe
una.
Regreso a mi labor y me esfuerzo en preparar el mejor plato de
albóndigas con salteado de arroz que alguna vez haya hecho, es lo que
mejor me sale. O eso me ha dicho la cocinera de mis padres a lo largo de los
años. Le agradaba tenerme alrededor en su lugar de trabajo, yo sentía un
gran cariño por ella y aceptaba todas sus sugerencias. Lástima que
mientras vivía con Álvaro perdí mi confianza y entrar en la cocina
significaba una gran cantidad de presión por hacerlo bien. Ya no lo hacía
porque me gustara, sino para complacer a alguien que nunca, jamás estuvo
contento con nada de lo que yo hiciera. Esta vez me obligo a relajarme y
hacerlo también por mí.
Unos cuarenta minutos después León vuelve, ya duchado y cambiado
con ropa limpia. El aroma de su perfume se reparte por toda la habitación,
mientras viene a mí preguntando si necesito ayuda. Niego y le doy un
vistazo rápido notando su pelo mojado suelto y revuelto, su barba algo más
corta y retocada, pienso que nadie podría llevar esa apariencia mejor que él.
Y con eso vuelvo mi atención a la salsa y la revuelvo. Él, sin decir nada más,
rebusca en las alacenas por los platos, vasos y cubiertos, así se encarga de
colocar la mesa, dejándola lista para sentarnos a comer. Lo escucho hablar
con Abel, decirle que tiene que ordenar los juguetes y lavarse las manos.
Ambos se encargan de ello, y me abraza una terrible curiosidad que me
hace necesitar asomarme a mirar cómo guardan todo y entran en el baño
para asearse, pero temo que mi corazón no lo aguante. No necesito
obsesionarme más con León, aunque es absurdo, ya que acabo de invitarlo
a dar otro paso dentro de nuestras vidas.
Al estar los alimentos bien cocidos apago el fuego de las hornallas y
revuelvo en busca de un recipiente en el que llevar todo a la mesa.
Encuentro una fuente de vidrio y decido que irá bien. Todo está silencioso al
otro lado, Abel y León han dejado de hablar. Mezclo las albóndigas, el arroz
y la salsa y lo llevo a la mesa. Casi se me resbala todo de las manos al ver la
secuencia pasando frente a mis ojos, me esfuerzo por no perder el control.
De todos modos, es imposible no enternecerme hasta lo más recóndito de mi
ser. Abel está ya acomodado en la mesa, tiene un pedazo de pan en la mano
y está ocupado mordisqueándolo, ajeno a todo lo demás. Esperanza ya no se
encuentra en su huevito, ahora está en los brazos de León, que la sostiene
cerca de su cara, de pie junto al ventanal, compenetrado en el exterior. La
imagen es por demás abrumadora, me descoloca totalmente verlo
sosteniendo a mi bebé como si eso es lo ha estado haciendo desde hace
mucho tiempo. Ella ni siquiera está alarmada. En realidad es una bebita de
lo más buena, pacífica, no llora con facilidad, sólo cuando está muy
cansada o tiene hambre. Está acostumbrada a pasar de brazos en brazos.
Coloco la fuente en la mesa, sin quitar mis ojos de la espalda de León,
hasta que se da la vuelta y viene a nosotros. Sin decir nada lo encuentro a
medio camino y me pasa a Esperanza, la cual vuelve a su sillita. Se chupa
los dedos de la mano y, al mismo tiempo, nosotros tomamos nuestros
lugares. Le sirvo primero a mi hijo, colocando sólo un poquito en su plato.
En silencio no me pierdo ninguno de los movimientos de León al estirarse y
cortar la carne en pequeños trozos para él, al mismo tiempo que lleno su
plato, un nudo sólido creciendo en mi garganta. Comemos mayormente en
silencio, a la hora de invitarlo no sabía que eso significada pasar suficiente
tiempo juntos como para tener que sacar temas de conversación y yo soy
malísima con ello.
—Carajo—suelta él, su boca llena, y veo que prácticamente ha ingerido
más de media porción en pocos bocados—. Esto está buenísimo…
No respondo, sólo le doy la mejor sonrisa que tengo. Una bastante leve,
por cierto.
—En serio—sigue—. Hacía tiempo que no probaba algo tan bueno…
—Es sólo el hambre del viaje—me ruborizo, intento desviar el tema, ya
que me ponen nerviosa los halagos.
Niega y espera a tragar antes de seguir hablando.
— ¡Claro que no!—salta y se limpia con la servilleta—. No te quites
mérito, Francesca. Créeme. Acepta que cocinas como los dioses.
Trago, y no sé en qué dirección proyectar mis ojos, otra vez sintiendo el
calor subir por mi cuello. Por suerte Abel se coloca sobre sus rodillas en la
silla y tironea de la manga de mi camisa.
—Más— pide.
Le sonrío y, antes de reponer su plato, le limpio la cara y las manos que
están pegoteadas con salsa por todos lados. Escucho a León reírse, y sus
carcajadas roncas son como música para mis oídos. Y creo que jamás pensé
de ese modo sobre la risa de un hombre.
— ¿Ves?—dice—. Abel piensa igual. ¿O no, chico? ¿Está rica la comida?
Mi hijo asiente riendo, y se atiborra de nuevo, sus manos y cara
volviendo a ensuciarse. Nos invade otro tramo de silencio, entonces me
destapo y le pregunto qué tal estuvo el viaje, él responde que fue excelente,
que se atrasaron unos días, pero que no significó un problema. Al menos no
para el negocio, en cambio para él sí. Porque me extrañó, en especial por las
noches, al no tener nuestro momento de música habitual. Me atrevo a
confesarle que también extrañé eso.
Él está lleno de sinceridad cuando dice cosas así, y opino que debo ser
igual que él. León es una de las pocas personas con las que considero la de
verdad expresarme lo mejor que pueda y ser plenamente transparente. Es
comprensivo, respetuoso y de muchas maneras cariñoso. Es imposible no
abrirse a él, aunque sea un poco. Y, viniendo de mí, esto es un gran
progreso.
Luego del almuerzo León me ayuda a levantar todo de la mesa y a lavar,
para así poder ir en busca de una siesta. Se nota su cansancio, las ojeras
que éste le provoca, lo apagado que se encuentra. Entiendo que tantas
horas viajando sobre una moto puede ser cansador. Y tiene bien merecidas
unas cuantas horas de sueño. Yo sigo su ejemplo, recuesto a los niños, les
obligo a dormir un rato, sobre todo a Abel, así a la noche no colapsa tan
temprano. Podría hacer lo mismo, pero solo me quedo vestida, acostada en
la cama, reviviendo una y otra vez nuestro momento en el almuerzo. Se
sintió mágico, más allá de mis miedos y silencios, fue bueno estar incluso
más cerca de él. Y verlo interactuar con mis hijos, tratarlos como si fueran
suyos. Mentiría si dijera que ninguna imagen esperanzadora pobló mi mente
en algún que otro instante en el que, sin querer, soñé despierta.
Durante la tarde visito a Lucre con Adela, como hemos hecho durante
semanas, y al volver al bar me encuentro con una sorpresiva visita. Juan
Cruz. Verlo bajar de su coche en un lugar como este se me hace raro, no
hay nadie que encaje menos aquí que él, todo trajeado y pulcro. Su pelo
rubio peinado hacia atrás y sus ojos azules mirando los alrededores con
desconfianza. Cuando me ve se entrecierran y me estudia de arriba abajo,
se ve preocupado. Algo completamente fuera de lugar en él. Nunca fuimos
muy cercanos, de hecho no fui capaz conectar lo suficiente con mis
hermanos adoptivos a lo largo de los años. Seguro viene a verme por todo el
asunto del asesinato de Olga. La verdad es que he enterrado eso muy en lo
profundo de mi mente, sin querer darle demasiadas vueltas. Apenas he
pensado en ello, y prefiero que todo siga por el mismo curso.
Lo invito a pasar al único lugar donde vamos a poder hablar tranquilos,
el altillo. No parece correcto, ya que no se siente como mi hogar y es como si
no tuviera el poder de traerlo para que suba conmigo. Sin embargo, me
convenzo de que León no tendrá problema con eso. Tomamos asiento en la
pequeña mesa del rincón, me pone un poco nerviosa que él observe todo con
detenimiento. Es como si estuviera evaluándolo. Es un lugar bastante
espacioso, limpio y luminoso, por eso creo que termina aprobándolo. En
realidad, no sé qué hace acá y por qué le interesa esto.
—Me alegro de que estés bien, Francesca—dice.
Asiento, sin tener la necesidad de responder nada. Sólo espero que vaya
al grano.
—Supongo que te enteraste de lo que le pasó a Olga—comienza—. Es
bastante horroroso, tuve que ir a reconocer el cuerpo. Espero que se sepa
quién fue el asesino…
Le dedico otra cabezadita.
—Supe lo de tu denuncia, estoy muy apenado de que hayas tenido que
pasar por eso… Cuando llamaste para pedir dinero creí que era para tus
necesidades, ya sabes… nunca me imaginé de que te estaban chantajeando.
Quito mi mirada de su cara, la reparto por todo el lugar, no sé a qué ha
venido, me pone nerviosa. Él nunca pareció interesarse por mí en absoluto.
Y de repente lo tengo en frente luciendo todo preocupado, tratando de llegar
a mí.
— ¿En qué puedo ayudarte?—me rindo y le pregunto.
Él se inquieta en su silla, se aclara la garganta.
—Bueno… vengo a buscarte—se inclina hacia mí—. Puedo ayudarte,
creo que lo mejor sería que vengas conmigo…
Frunzo mi entrecejo, sin entenderlo en absoluto. ¿Viene a buscarme?
¿Por qué? Es raro que a estas alturas esté haciendo esto. Ahora no necesito
su ayuda, puede que la haya necesitado cuando Álvaro murió y los medios
me persiguieron por semanas enteras. Allí, su poder podría haberme servido
de algo. No es lindo que tu esposo abusivo se “suicide”, dejando una carta
donde pide perdón por todas las cosas horribles que me hizo y que todo el
maldito mundo tuviera la posibilidad de leer. Eso me dejó justo en el ojo de
la tormenta. Ahora estoy en paz, no necesito nada de él.
— ¿Por qué?
—Porque, ¿te das una idea de dónde estás viviendo? ¿Con quién?—se
inclina, susurrando.
Calor sube por mi cuello, y esta vez el rubor no es a base de timidez o
vergüenza, sino por una creciente irritación. Y yo jamás me enojo por nada.
Pero que él venga y juzgue a estas personas me deja un muy mal sabor de
boca. Sí, es cierto que yo también estuve en esa posición, como aquella vez
que ayudé y le advertí a Adela que tuviera cuidado de dónde iba a meterse.
Pero ahora toda mi perspectiva cambió, soy una persona diferente. Y la
ayuda que he recibido de esta gente no será igualada jamás. Estoy más que
agradecida. Les debo demasiado, no me alcanzará la vida para devolverlo.
— ¿Cuál es el problema?—insisto, mi voz saliendo un poco
entrecortada.
—Francesca—él me habla como si yo fuera una adolescente de quince
años—. Estos son criminales…
Mi respiración se acelera y tengo que esforzarme mucho para quedarme
quieta en mi lugar. Lo observo con una expresión que no dice
absolutamente nada, mi mirada fija parece ponerlo nervioso.
— ¿En serio?—murmuro, seca—. ¿Y dónde dice eso? ¿Dónde están las
pruebas?
Pestañea y se echa hacia atrás, me mira mostrándose un poco
confundido.
—Bueno, se rumorea…
—Sí—lo corto, como jamás he hecho en mi vida—. Se rumorea—trago mi
frustración, si yo fuera otro tipo de persona habría puesto los ojos en blanco
con burla—. Sabes, en realidad un rumor no es prueba de nada…
—Francesca, estoy tratando de ayudarte—dice.
—Te mandó Alicia, ¿no?—le pregunto.
Sé que esto no se le habría ocurrido si no fuera por su esposa, ella ha
estado sintiendo lástima por mí desde que todo comenzó. Nunca salió de
Juan Cruz la actitud de venir a ayudarme antes, por eso ahora, al saber
dónde estoy viviendo, Alicia le ha convencido para que venga a rescatarme.
Seguro de ha horrorizado al imaginarme en manos de un ejército de
“criminales”. Creen que no tengo ningún otro lugar al cual ir. Y, sí, es cierto,
pero me iré de acá cuando esté preparada. Y por mí misma, no con su
ayuda ni la de nadie.
—Agradezco tu preocupación, Juan—suspiro, dejando todo esto pasar,
deseando que se marche—. Acá me tratan bien…
Sus cejas se alzan casi hasta el nacimiento de su cabello.
— ¿De verdad?—su pregunta es sincera, sin malicia—. He estado
averiguando… Navarro, el líder, ha estado preso por violencia…
Aprieto los dientes y cierro mis puños bajo la mesa. ¿A dónde quiere
llegar?
—Él le pegaba a su novia, fue detenido por eso, hace algunos años—
sigue, y parece aflojarse cuando ve que mi tez empalidece.
Trago saliva con fuerza, mi espalda tensa, mi corazón quejándose ante
eso. No puede ser, él tiene que estar mintiendo para convencerme. León no
es capaz de algo así. ¡Jamás!
—No es verdad—siseo, mi aliento fallando.
—Lo es, he averiguado sus antecedentes—insiste—. Vení conmigo,
Francesca, sabes que es lo mejor para tus hijos. Podés quedarte con
nosotros un tiempo hasta que consigas tu propio lugar, prometo ayudarte
con eso…
Niego, tragando mis lágrimas.
—No quiero, acá me tratan bien. Me gusta—le aseguro—. Voy a
quedarme con Adela, estaré bien.
Espero que se vaya antes de que comience a hiperventilar, las cosas que
dijo me duelen tan en lo profundo, que me cuesta respirar. No quiero sentir
nada al respecto, sobre todo porque sé que eso tiene que ser una mentira.
Me niego a creerlo.
—Decime la verdad, Juan Cruz—sigo—. ¿Por qué estás haciendo esto?
Se hunde entre sus hombros, un deje de culpabilidad arrasando con su
mirada cristalina. Puedo ver que sus intenciones son genuinas, que de
verdad quiere ayudarme. Pero sólo me irrita con sus prejuicios. Es tan snob
como todos aquellos con los que se codea. Se ha olvidado de donde
proviene, del mismo agujero negro que yo.
—Yo… le prometí a papá que te cuidaría...
Sí, bueno. Un poco tarde para eso, me digo en el interior. Suspiro y le
pido amablemente que se vaya, le prometo que me mantendré en contacto
por si acaso y lo despido. Obviamente es mentira, nunca hubo cercanía
entre nosotros y ya no me interesa tener nada que ver con él y su caritativa
esposa. O sus promesas a papá. Que haga su camino de regreso a su vida,
mientras yo trato de lidiar lo mejor que puedo con la mía.
León
No lograría jamás explicar con palabras la clase de infierno que pasé
durante esos últimos veinte días. Tan increíble como inexplicable. No
paraba de pensar en cómo estaría Francesca, si estaba siendo cuidada y
reconfortada, si se encontraba sola la mayor parte del tiempo, si estaba
yendo a terapia. Quería estar al tanto de todo. Y cada maldita noche me
acostaba con un enorme agujero en el pecho, porque claro, todo mi ser
sentía que faltaba algo. Mis momentos nocturnos con ella habían llegado a
convertirse en una de las experiencias más significativas de mis días, me
había acostumbrado tan rápido a ella, que perdérmelas provocaba que me
costara dormir. Ya era tarde para emprender el camino de la negación, yo ya
no tengo dudas.
La quiero.
Al principio sentía una fuerte atracción por ella, más que nada porque
deseaba ayudarla. Verla mejor. Porque, con sólo conocerla de vista, uno se
da cuenta de lo lastimada que está su alma pura, y sentí la necesidad de
repararla. Yo quise darle seguridad, y en el proceso gané otros sentimientos.
Ahora mi corazón late con fuerza por varios motivos cuando la veo. Ya no es
sólo el querer tenderle una mano lo que me hace querer su compañía, es
ella. Por completo. La quiero.
La quiero para mí incluso con más potencia, y por eso estoy dispuesto a
luchar con todos sus miedos. Todos-y-cada-uno-de-ellos. No creo que a estas
alturas pueda dejarla ir si me lo pide.
He tenido novias, he sentido cariño por ellas, las he cuidado y me he
forzado a convertirme en el mejor caballero que puede ser alguien como yo.
Pero creo que jamás me sentí enamorado hasta la médula, hasta que el
sentimiento se vuelve insostenible en el interior. Lo que siento por
Francesca va más allá de la clase de amor pasajero, es más que un cariño
suave. Ella me provoca serias ansias de posesión. Cuidado, sutileza,
paciencia. Con solo una pequeña mirada de ese par de grandes ojos oscuros
estoy de rodillas, y no me importa aclarar ante el mundo que viviría en esa
posición si es por ella. Sólo por ella. Es abrumadora la rapidez con la que ha
logrado enlazarme.
Durante el almuerzo hice todo lo que pude por mantenerme tranquilo,
nivelar la emoción que me provocó su decisión de compartir algo así
conmigo. Cavó hondo en mí el hecho de que se esforzara en pedirme algo
que quería realmente y, nada más y nada menos, que un almuerzo juntos.
Más cercanía, y yo me moría por tener eso desde hace ya bastante tiempo. Y
hasta me ha dejado abrazarla al llegar, ir más allá en el contacto. Así que, la
verdad, si ese infierno de veinte días significa que ella se abrirá más
conmigo, entonces habrá valido la pena el sufrimiento al final. Y sería capaz
de volverlo a vivir.
Después de conseguir una larga y reparadora siesta, decido salir de mi
oficina para ir un rato al bar, creo que me merezco un poco de relajación y
un trago con mis muchachos. Al abrir la puerta y salir en dirección a las
escaleras me topo con una desconcertante sorpresa. Una que,
sinceramente, no me agrada en lo más mínimo. Juan Cruz Abbal. El
hermano adoptivo de Francesca.
Lo primero que hago al verlo, todo forrado en su traje caro y quilos de
gel pegados en su cabello rubio, es preguntarme qué mierda está haciendo
él en mi recinto. Quiero ir y encararlo, pero me digo que tiene el derecho de
visitar a su hermana. El problema en todo esto es que, desde que Francesca
está bajo mi techo, él ni ha dado señales de vida. Y eso me da incluso más
mala espina. Me acerco sigilosamente a él, me reconforta la forma en la que
su rostro pierde color ante mi grandeza. Es un petiso estirado y marica, y
voy a averiguar qué lo trajo al fin a ver a su hermana.
—Abbal—carraspeo en su dirección.
Da una pequeña cabezadita tensa.
— ¿Qué te trae por mi casa?—pregunto, yendo al grano.
Lo escucho tragar con fuerza. No sé cuál es la necesidad de ponerse así
de nervioso, no me lo voy a comer. Por ahora.
—Bueno… sólo vine a ver a Francesca—dice, se endereza el cuello de la
chaqueta.
— ¿En serio?—ironizo.
Él parece tomar confianza, se alza en toda su miserable estatura.
—Sí, de hecho, vine a buscarla para levármela—alza su mandíbula, y
debajo de mi piel la sangre empieza a bullir—. Creo que estará mejor en la
ciudad conmigo y mi esposa. Somos familia.
Me alejo un paso de él, ya que, si me quedo donde estoy, soy muy capaz
de enviarlo escaleras abajo, a causa de una buena patada en el culo. Imbécil
de mierda. Me apoyo en la pared y apenas estoy pensando con claridad
cuando enciendo un cigarro.
—Así que… son familia—comento, secamente.
Asiente, alisándose la chaqueta cara. ¿Cuál es su maldito problema?
Puede dejar de hacer eso.
—Sí, y creo que ella no puede vivir acá, con tantos…—se frena, sus
labios se sellan y permanece inmóvil frente a mí.
Con eso me despego de la pared, acabo muy cerca de él irguiéndome en
toda mi grandeza, logrando ponerlo más nervioso. A este, yo lo voy a curar.
— ¿Qué?—pregunto, quiero ver si se atreve—. ¿Tantos qué?
Se aclara la garganta, frunciendo el entrecejo tanto que lo hace verse
aún más ridículo y patético.
—Vamos, Navarro, ¿me vas a hacer decirlo?—intenta descomprimir con
un risita sabihonda que me vuela la tapa de los sesos—. Todo el mundo
sabe quiénes son ustedes…
— ¿Quiénes somos?—alzo mis cejas.
“Decilo”, me digo por dentro. “Decilo y dame un buen motivo para partirte
esa cara de bebé rico y llorón”. Encaja su mandíbula, y, cuando creo que no
es capaz, lo suelta.
—Ustedes son criminales—escupe, con aires de suficiencia—. Todo el
mundo sabe eso…
Suelto una risita muy lejos de pertenecer a un humor risueño. Quiero,
tan intensamente, abrirlo en canal y ahorcarlo con sus propias tripas. Sin
embargo, él sólo es capaz de provocarme un vómito verbal, y la verdad, es
que importa muy poco si logro ser hiriente o mezquino. El hijo de puta se lo
merece.
—Caso número uno—comienzo, lo arrincono contra la pared—. Mira
quién habla, el gusano que cree que algún día va a convertirse en mariposa,
¿qué te crees? ¿Eh? ¿Acaso te has olvidado de donde saliste, mercenario?
Tuviste suerte de que una buena familia como los Abbal te haya
encontrado, si eso no hubiese pasado ¿quién serías ahora mismo? Nada,
sólo un poco más de escoria en este mundo. Ah, espera, lo sos igualmente,
con dinero o sin él, así que no cuenta. No importa la plata que tengas,
seguís siendo una mierda barata que mira a todos por encima de su nariz
porque cree que puede comprar el mundo sólo por usar un traje caro…
»Déjame decirte, enano de porquería, que el mundo no se puede
comprar y ojo a quién ofendes, porque la vida da mil vueltas, no vaya a ser
que algún día necesites de la ayuda de estos “criminales” a los que hoy
miras con asco y repugnancia. Pobre miserable de mierda…
No dice nada, aún no ha dejado de arrugar su nariz, el puto engreído.
Seguro lo hace a propósito, creyendo que es una buena forma de llevarme la
contraria.
—Caso número dos: deja en paz a Francesca, ella no necesita rodearse
de gente egoísta y materialista como vos y los tuyos—escupo en su cara, el
humo de mi cigarro crea una nube entre él y yo, me gusta la mueca de asco
que le provoca—. Y no creas que no te he leído, imbécil. “Somos familia…
somos familia”—canturreo, burlándome—. ¿Dónde carajo estuvo su familia
meses atrás? ¿Eh? ¿Dónde estabas cuando Echavarría murió y el mundo se
desmoronó sobre ella? ¿Dónde estaban ustedes familia amorosa, cuando su
tía se aprovechó de ella? ¿Dónde estaban cuando dio a luz a su hija? A ver,
decime. Quiero una respuesta convincente.
No hay nada que objetar por su parte, es obvio que no tiene ni la más
puta idea de lo que puede agregar para rivalizar con mi discurso.
—No sabe, no contesta—digo, secamente—. Yo sí sé, todos ustedes,
lacras, estaban muy ocupados unos con otros, metiéndose un palo bien en
el fondo del culo. Mientras que nosotros, como los “criminales” que somos,
acogimos a una mujer embarazada y sola, le dimos un techo y la cuidamos.
Porque nosotros, los criminales, parecemos saber mucho más del significado
de la palabra familia que cualquier mierda rica como vos. Así que, no me
vengas con cuentos chinos, petiso engreído. Acá lo único que veo es un
intento deplorable de caridad política…—sus ojos se abren más
profundamente, porque se acaba de dar cuenta de que le saqué la ficha.
Me rio por lo bajo, amargamente.
—Sí, todos sabemos que estás pensando entrar en política ¿qué mejor
que empezar por ayudar a la hermanita abandonada y sola con sus dos
pequeños hijos? Una buena historia que contar, ¿no? Puedo tolerar muchas
cosas en mi vida, pero la falsedad y la bosta apestosa de la hipocresía, no.
¿Me escuchas?
Sigue sin hablar, y hay un leve latido en la vena de su frente. Eso me
reconforta, porque como no puedo aplastarlo con mi bota, al menos logro
acabarlo siendo sincero respecto a mis sentimientos hacia él.
—Caso tres, y es una sugerencia—tomo en un puño el frente de su
chaqueta planchada y lo zamarreo al mismo tiempo que gruño—. Vas a salir
rajando de acá, dentro de los siguientes cinco segundos, y si te vuelvo a ver
rondando por mi propiedad voy a dar órdenes a mis criminales para que
hagan con vos todo lo que quieran. Lo que quieran. Y… bueno—me encojo
entre mis hombros—, somos unos sádicos hijos de puta y nos gusta
divertirnos a lo grande con culitos como el tuyo…
Se pone tan pálido que me dan ganas de reírme por lo que resta del
año, el pobre pedazo de desgraciado. Ha acabado tan empapado en sudor
que ya puede nadar en él. Lo suelto, empujándolo en dirección a las
escaleras. Las baja tropezándose y casi cayendo en el piso del bar.
Entonces, cuando me quiero acordar, está fuera y corriendo hacia su lujoso
coche. Miserable tipo idiota, estoy seguro de que no tendrá las agallas de
volver a pisar mi territorio.
La noche se encuentra bastante movida, no creo que los chicos se
vayan a la cama hasta dentro de un par de horas, después del viaje quieren
pasar el tiempo, como siempre. Eso no me deja espacio para bajar al bar
más tarde y tocar para Francesca. Así que se me ocurre que podemos ir a
algún otro lugar, bueno, no hay demasiadas opciones aparte de la oficina.
En el altillo están durmiendo los niños.
Me quedo hasta las dos de la madrugada tomando un par de copas con
todos, festejando que la última entrega fue sin contratiempos. Generalmente
lo hacemos porque en este negocio nunca nada es seguro, y cada vez que
salimos a la carretera es una odisea, cualquier cosa puede pasar. Desde
algún que otro accidente, emboscada o cualquier mal entendido con los
destinatarios. Estamos expuestos a problemas como esos y, por más que a
mí me guste ser prolijo, de vez en cuando algo falla y en este lado del
mundo se pagan caras consecuencias. Por eso tenemos este tipo de ritual
después de cada viaje.
Luego de dar las buenas noches, asciendo las escaleras perezosamente
y entro en mi cuarto, ordeno un poco, ya que después de mi siesta de la
tarde dejé todo hecho un lío. Estiro las mantas del colchón en el suelo y
guardo los papeles en los que estuve trabajando en uno de los cajones del
escritorio, después nivelo la luz, dejando sólo encendido un velador.
Espero que Francesca no tenga reparos en pasar tiempo conmigo en un
lugar tan pequeño, haré lo que sea para no incomodarla. Siempre. Eso si
accede a venir, ya que esta tarde después de echar a Juan Cruz fui a verla,
la encontré más cerrada de lo normal últimamente. No quise presionarla
mucho, pero supe que la visita de su hermano no fue muy productiva que
digamos.
Una vez que dejo la guitarra apoyada sobre las mantas salgo a buscarla.
Golpeo apenas la puerta porque no quiero despertarlos. ¿Estará ella
también dormida? Por lo visto no, porque enseguida la puerta se entorna y
puedo verla del otro lado, en la oscuridad. Me da una mirada de ojos
grandes y brillantes. Le dedico una sonrisa. No me hace falta decir nada,
ella sale afuera, como si supiera mis intenciones. Espera, mientras me
quedo clavado en el pasillo impregnando en mis pupilas su imagen. El pelo
largo y oscuro, su silueta delgada y pequeña, las mejillas apenas rosadas.
Unos segundos después reacciono y me giro para volver a la oficina, ella me
sigue sin mediar palabra. Me reconforta, a más no poder, ver que no
necesitamos de muchas palabras para entendernos mutuamente.
Una vez dentro ella arrima la puerta, no la cierra del todo porque
necesita estar más atenta, por si alguno de sus hijos despierta y llora. Me
dejo caer en el colchón con un largo suspiro, y después me hago con mi
guitarra. Francesca se dirige al sillón desocupado frente a mí y toma
asiento. Esta vez va vestida con ropa que le queda demasiado suelta, no hay
pijamas o camisones. No sé si me siento desilusionado o agradecido por eso.
Mi lado indecoroso ha bajado la cabeza, ya que ama ver sus piernas. El otro,
el decente, el que todavía me obliga a ser un caballero, se siente aliviado. No
quiero sentirme culpable por desearla, por querer ver sus piernas desnudas.
O su cuerpo, dicho sea de paso. Soy un hombre y la quiero, la deseo como
mujer. Sin embargo sé que entrar en ello ahora no es una buena idea,
todavía queda un largo camino por delante antes de que se me permita
rosarla un poco más. Amarla tanto como quiero.
Mantengo la esperanza de que tarde o temprano suceda.
Abrazo mi guitarra, pero no hago más, sólo permanezco en mi posición
observándola. Está distinta, puede que se encuentre ruborizada y curiosa
por lo que la rodea en la habitación, pero hay una puerta que se ha cerrado
para mí. Así que, no sé si comenzar a tocar e ignorar el hecho, o ir directo al
grano. Me inclino por lo segundo, ya que es bueno que seamos sinceros y
hablemos de las cosas, quiero que se abra y confíe tanto como pueda en mí.
— ¿Pasa algo? Desde que tu hermano vino hoy has estado un poco
rara—suelto, sin reservas.
Espero de su parte lo mismo, pero entenderé si no es capaz de hablar
tan claramente conmigo. Sus ojos se posan en mí y su semblante está en
blanco por un largo intervalo de tiempo en el que mi corazón reacciona con
nerviosismo.
Niega.
—Sólo…—empieza, se traba, soy paciente hasta que prosigue—. Él
quería que me fuera con él.
Asiento, escondo la mueca de desagrado que quiere amoldarse a mi
cara. No quiero ser brusco, pero el tipo saca lo peor de mí desde nuestro
agarrón esta tarde. Ha entrado en mi lista negra, sin dudas.
—Dijo…—desvía la mirada, inquieta.
Si el maldito pudo decirme todo aquello a la cara no puedo imaginar lo
que fue capaz de contarle a Francesca.
—Dijo que somos unos criminales, ¿no?—pruebo, mi voz suave.
No responde, pero sé que he dado en el clavo.
—No somos trigo limpio, Francesca, no voy a mentirte—suspiro, apoyo
mi espalda en la pared y me rasco la nuca—. Hacemos cosas que, sin duda,
nos podrían llevar a prisión, pero no somos malos… nos cuidamos entre
nosotros, somos una gran familia. Y si querés, vos también podés formar
parte de ella…
Veo cómo todo su cuerpo se atiesa al tiempo que baja la mirada a su
regazo, detiene el aliento. Alcanzo a notar desde mi lugar que está aturdida,
aunque no sé si es por mi confesión o por mi referencia a dejarla entrar en
mi clan y pertenecer a él. Dejamos que el silencio nos invada por unos
minutos, hasta que ella eleva su rostro de nuevo, recuperada.
—No los juzgo, nunca más podría hacer eso—dice, respirando con
fuerza—. Han hecho demasiado por mí y mis bebés, ustedes son buenas
personas. Lo sé. No me importa lo que hacen para ganarse la vida…
Bueno, esperaba una respuesta, pero sin duda, no una como esa. Y me
hace feliz que ella piense de esa forma. Confía en nosotros, se siente
agradecida. No puedo evitar que una sonrisa florezca en mis labios, ella
vuelve a esquivarme. Y, por algún motivo, una especie de vibra extra, siento
que todavía hay algo dando vueltas entre nosotros. Aun percibo aquella
puerta cerrada, no estoy logrando entrar.
— ¿Qué más?—pregunto, interesado—. Te dijo algo sobre mí, ¿verdad?
Calor empieza a subir por mi cuello cuando ella titubea, seguramente
preguntándose si puede decírmelo o no. Ese hijo de puta me las va a pagar,
sea lo que sea que haya tenido la osadía de contar. Me va a conocer. No digo
que sea alguna mentira, simplemente estoy seguro de que ha escarbado
bien en nosotros. Incluso algo más en mí.
—Sea lo que sea—advierto—, no voy a reaccionar de mal modo. No
tengas miedo de mí…
Espero, paciente. Por dentro todo está bullendo, esperando lo peor.
Cuando veo que va a hablar me preparo para calmar cualquier reacción
explosiva que pueda llegar a venir después.
—Dijo que fuiste detenido por golpear a una… mujer—se frena, clavada
en mi expresión.
Estoy seguro de cómo me veo justo ahora, una masa de color rojo
profundo, una tracción que tira de mí en todas direcciones, menos la
correcta. Por dentro me imagino a mí mismo asesinando a ese miserable
hijo de puta. Por supuesto tenía que escavar en ello para sacarlo a la luz.
Nada más y nada menos que para colocar a una víctima de violencia de
género en mi contra. Calmo mi respiración, que ya se está pareciendo a un
rugido escandaloso. Me doy cuenta de que mis manos están pegadas en la
superficie de mi guitarra con tanta fuerza que mis dedos han perdido color.
Tomo una lenta aspiración, exhalo con la misma delicadeza antes de
hablar.
—Fui detenido por golpear a mi chica—comienzo—. Eso no significa que
sea verdad. Ella—me detengo, no quiero entrar en detalles, no deseo
enterrarme en esa mierda porque no es bueno para mí—. Ella me enfureció,
y reconozco que le di un empujón, sí… pero no golpeo mujeres, ¿está bien?
Jamás sería capaz de eso. Estaba enojado y desesperado, me llevó al límite.
No es una excusa, ya lo sé… pero es todo lo que tengo para decir al
respecto. Tómalo o déjalo.
Me tomo un momento antes de volver a mirarla, avergonzado. No por lo
que acabo de contar, sino porque una pequeña parte de mí no se lamenta
haber hecho lo que hizo en aquel entonces. Era joven, estúpido, estaba
haciéndolo como mejor podía. Y ella estaba siempre allí, tirando de la soga,
llevándome al límite una y otra vez. Sandra fue egoísta y cruel, pero la culpa
fue mía por creer que había esperanza para nosotros como familia. Ahora,
doce años después, me doy cuenta de que nunca hubo una mínima
posibilidad de que lo hiciéramos bien. Ese fue el comienzo de todo el
desastre que vino después.
—Está bien—susurra Francesca, notando cuan afectado me ha dejado
esta conversación—. Te creo. En realidad, no te veo capaz de hacerlo. Yo…
sólo necesitaba sacarme esa duda. Gracias por decírmelo.
Asiento, suelto mi cabello y me froto la cabeza, intentando
tranquilizarme. La noche no está yendo como yo quería, necesito mi tiempo
con ella porque es sincero y pacífico. Esta mierda ha sacado afuera lo peor
de mí.
— ¿Querés…—ella traga, buscando las palabras—. ¿Querés hablar de
eso?
Se siente culpable, puedo verlo. Me froto los ojos con cansancio y niego
casi imperceptiblemente.
—Tal vez más adelante—respondo, sabiendo que ella va a entenderme.
Está de acuerdo moviendo su cabeza, por primera vez me envía una
débil sonrisa, se la devuelvo, sintiendo nivelarse todas mis emociones en el
interior. Poco a poco estoy de vuelta, yo, el verdadero León. No aquella
réplica violenta, frustrada y dolida.
—Vayamos al grano—murmuro, posicionando mi guitarra.
Toco un par de canciones, logrando un cambio en la atmósfera, ella me
escucha atentamente, recorriéndome con su mirada de chocolate. Sé que
disfruta de mi música tanto como yo tocándola para ella. Su presencia
suaviza todos mis bordes, me lleva a la superficie en un pestañeo. Después
de mi casi explosión siento que puedo respirar de nuevo y seguro eso se
debe a su cercanía. De un momento a otro, sale de la silla, levantándome
una mano para que no me detenga, se va a supervisar el sueño de los niños
y vuelve enseguida. En esta ocasión, se anima a sentarse en el colchón
junto a mí, apoyando su espalda en la pared. Me mira con ojos
entrecerrados, dejándose ir con la melodía.
Si fuera otra mujer, podría interpretar esto como una jugada rosando el
peligro del fuego y yo, sin más vueltas, la ayudaría a quemarse. Pero no,
esta es Francesca siendo atraída por mi música tal como una polilla a la
luz. Puede que Echavarría la haya roto tanto que jamás volverá a ser la
misma que seguramente alguna vez fue, pero hay algo que dejó dentro de
ella y es una especie de rara inocencia. O más bien, ignorancia. Francesca
no tiene ni idea de la intensidad con la cual la deseo, tanto física como
emocionalmente, eso la hace más atractiva para mí. No lo nota, es inmune a
esta tensión creciente entre los dos. Y se encuentra tan cerca, que con tan
sólo estirar mi brazo podría tocarla, arrimarme. Besarla.
A causa de mis pensamientos me detengo en seco, y en el proceso lucho
para contener los incontables remolinos de pensamientos y anhelos
encerrados en mí.
—Alguna sugerencia no me vendría nada mal—carraspeo, mis ojos
entrecerrados en ella.
Gira su rostro en mi dirección y me observa, puedo ver claramente
cómo su mente se pone en marcha. Pensando, también distingo algo de
duda, cautela. No se anima a pedir lo que sea que esté deseando. Decido
darle un empujoncito.
—Cualquier cosa—murmuro—. Lo que quieras.
Sus mejillas toman un fuerte color rosado justo antes de abrir la boca y
decirlo.
— ¿Podrías cantar?—pregunta, sus ojos muy abiertos.
Trago y me muerdo el interior de la mejilla. Quiero negarme, nunca he
cantado delante de nadie aparte de mi viejo, además seguramente mi voz
está oxidada por falta de uso. Mi consumo de cigarrillo tampoco ayuda. Y
aún así, ¿cómo puedo decir que no? Me está viendo con tanta esperanza en
sus ojos brillantes que no puedo hacerlo. Jamás tendré las agallas de
negarle nada a ella. Se ve como si el hecho de escucharme cantar fuera el
regalo más valioso que pudiera recibir en la vida.
—Está bien si no querés—se encoje entre sus hombros, tratando de
quitar importancia—. Entiendo…
La interrumpo con los primeros acordes de la próxima canción, atento a
su rostro, una pequeña sonrisa apenas estirando mis comisuras. Tres
segundos después, estoy cantando. Mi pecho tronando. No esfuerzo mucho
la voz, sólo es un ronco tono bajo, más un tarareo débil. Nunca fui de
cantar de manera correcta y clara, mi forma es más relajada y sencilla.
«Muchacha ojos de papel,
¿A dónde vas?
Quédate hasta el alba.
Muchacha pequeños pies,
no corras más,
quédate hasta el alba.
Sueña un sueño,
despacito entre mis manos,
hasta que por la ventana
suba el sol.
Muchacha piel de rayón,
No corras más.
Tu tiempo es hoy.»
A medida que avanzo, su sonrisa se vuelve más y más grande, y es tan
pura y feliz que no puedo retener la mía de vuelta. En este mismo momento,
no es Francesca, la mujer que rescatamos del infierno y que vive llena de
miedos. No es su alma rota la que está sonriendo ante mi voz. Es una chica
hermosa, sintiendo la música en su interior.
Una piedra intenta crecer entre mis cuerdas vocales a causa de una
emoción poderosa, porque advierto que con esto la estoy ayudando a
olvidar. A sanar. Es como si le estuviese devolviendo las ganas de vivir. Y si
yo fuera más débil, estaría siendo reducido a un mar de lágrimas, porque
esto es crudamente conmovedor. El piso se está moviendo debajo de
nosotros, puedo asegurarlo.
«Y no hables más muchacha,
corazón de tiza,
cuando todo duerma
te robaré un color.
Y no hables más muchacha,
corazón de tiza,
cuando todo duerma
Te robaré un color.»
Recuesta su cabeza en la pared, casi perfilada en mi dirección, perdida,
cierra los ojos, la curva en sus labios permaneciendo intacta y profunda.
Deseo abrazarla, atraerla hacia mi costado, rodearla. Y nunca, nunca más
dejarla ir. Y así es como la noche cambia, los minutos pasan y nos
compenetramos en un solo ser. Podría tocar por días enteros si eso significa
que va a regalarme más sonrisas embelesadas como esta.
—Nunca antes había visto una sonrisa más bella que esa—susurro
bajito, cuando acabo el tema—. Lo juro.
Abre sus párpados y entran en mi campo de visión sus irises de
chocolate. Se sonroja hasta el nacimiento del cabello, y es tan dulce que
hace que mi corazón salte incluso más rápido. Espero que se eche atrás y se
avergüence. No, eso no sucede. Sus labios nunca flaquean, y sigue mirando
mis ojos como si me adorara.
Mierda, esto de demasiado.
Bajo mi atención, posándola en su frágil mano apoyada sobre la palma,
entre los dos. No estoy pensando en absoluto cuando la alcanzo con la mía
y la tomo. Acaricio el dorso con mi pulgar, escucho cómo su respiración se
detiene un par de segundos antes de retomar.
— ¿Otra?—pregunto, volviendo a su rostro suave y ruborizado.
Me responde con un par de cabezaditas entusiastas.
—A sus órdenes—murmuro.
Tengo que soltar su mano para seguir, y lo hago a regañadientes. Paso
a la siguiente y así hasta que el tiempo se va, sin que siquiera seamos
conscientes. Y no me importa nada, sólo ella y su expresión de felicidad.
10
León
«Estaba a un día de distancia al pueblo cuando me llamó Greg. Sandra
había entrado en trabajo de parto, un poco antes de tiempo. Me aseguró que
todo estaba yendo bien, pero no esperé más y me di la vuelta, dejando a mis
compañeros seguir solos.
No hacía mucho tiempo que habíamos empezado con esto, la posibilidad
apareció unos meses atrás. Dinero rápido, y eso era lo que yo estaba
necesitando. La herencia de mamá ya casi se había terminado, con ella
acabé la construcción de la cabaña, el bar y el taller. La verdad es que no
estaba levantando vuelo con rapidez, los forasteros eran los que más se
acercaban, generalmente buscando trabajo y yo no quería dejar a nadie
afuera. Especialmente porque eran buenas personas, humildes trabajadores,
leales. Supongo que ese era uno de mis grandes defectos, el querer ser
generoso con todos. Así que acepté la alianza en este negocio negro. Me
sentía un poco culpable, mi padre no me había educado para esto, estaba
yendo por mal camino. Sin embargo no me detuve, y aquí estaba
convirtiéndome en un criminal. Yo, el hijo de uno de los policías más queridos
del pueblo.
Aceleré mi moto a todo lo que daba con tal de llegar lo antes posible,
estuve cerca. Pero no lo suficiente. Cuando entré en la habitación Sandra ya
estaba en su cama agotada tras dar a luz, rodeada de sus padres, recibiendo
su apoyo. Si expresión ofendida envió en dirección a mi pecho un rayo de
culpabilidad. Revisé la habitación en busca de mi hijo.
—Está recibiendo su chequeo—dijo ella secamente.
Asentí, Greg y Laura me abrazaron dándome las felicitaciones. Estaban
felices, y no paraban de repetir que Pedro era hermoso. Que me enamoraría
con solo verlo. Ya lo creía, aunque yo estuve agarrado de las pelotas desde
que supe que existía. Miré a Sandra desde mi posición, al final de la cama,
esquivó mis ojos. Así que, en esa página estábamos. Me dolió pero entendí
cómo se sentía. Le fallé.
Una enfermera entró, el pequeño y rubio Pedro en sus brazos y quise
lanzarme sobre ella y sostenerlo, pero dejé que se lo diera a Sandra primero.
Ella lo recibió, pero apenas lo miró, sólo no podía sacar su mirada
envenenada de mi rostro. Estaba sucio, despeinado y todo mi cuerpo dolía
por el viaje en moto, no debería acercarme demasiado a ellos, de todos modos
no pude resistirme e inclinarme para contemplar a mi hijo. Sandra se tensó,
como si quisiera alejarlo de mí, como venganza.
—No seas vengativa, Sandra—carraspeé bajito, sin querer que sus
padres me oyeran.
Ella tenía razones para estar enojada, pero ese no era un adecuado
momento de discutir. Acabábamos de ser padres.
—Me dejaste sola para tener a mi hijo—gruñó, no le importó ocultar la
conversación de Greg y Laura.
Ellos notaron la tensión y por respeto decidieron salir, aunque antes me
dedicaron una mirada de congoja y compasión. Sabían sobre el carácter de
su hija. Además, ellos jamás intervendrían en nuestros asuntos, eran buenos
padres, sin embargo esto no era asunto de ellos. Y han tenido varias
oportunidades de frenar nuestras locas peleas.
—Lo sé, y lo siento—dije, en voz baja, de verdad estaba dolido por eso—.
Me perdí el nacimiento de mi bebé, ¿crees que no me siento mal por eso?
Frunció los labios, sus ojos verdes puestos delante, ignorándome. Pedro
dormía plácidamente en sus brazos y quise tomarlo, sostenerlo por horas.
— ¿Por qué tuviste que meterte en esa mierda?—lloriqueó, aunque no
había rastros de ninguna lágrima—. Sabía que esto iba a pasar.
Eché un suspiro silencioso al aire, llamando a la paciencia. Ella tenía un
punto, y lo había estado usando por meses.
—Lo estoy haciendo por nuestro futuro, Sandra—dije, despacio—. Para
que vivamos bien.
Negó.
—Había miles de cosas para hacer, en las que trabajar—escupió, aun si
mirarme.
Está bien, tenía razón. Pero yo sólo hice lo que sentí en ese momento, y la
verdad, me gustaba el camino en el que estaba yendo todo el asunto. Quería
darle lo mejor de lo mejor a mí familia. Creí que esta sería una buena opción.
Ahora estaba comenzando a sentirme mal por eso, quizás me apresuré, no lo
pensé lo suficiente. Tal vez cometí un error por ser joven y pensar que era lo
correcto. Lo cierto es que fui impulsivo. Y si miraba las cosas desde mi punto
de vista, no había problemas, porque me agradaba lo que estaba haciendo.
Pero ahora mismo, desde el lado de ellos, supuse que se veía como una
actitud egoísta la mía.
—Pensé que sería lo mejor—me dejé caer en la otra cama, junto a la
suya, mis hombros caídos.
Pasamos por un largo período de duro silencio. Pedro se removió en sus
brazos y corrí a tomarlo, ya que ella estaba demasiado ocupada fulminando
el resto de la habitación. No había forma de combatir los enojos de esa mujer.
Sostuve a mi bebé y me perdí en su imagen, olvidándome de su gruñona
madre. Hasta que ella habló.
—Ya que estás tan ocupado en ganar dinero fácil—suelta, despectiva—.
Quiero una casa en la ciudad. La cabaña está en medio de la nada, es
desolador. Y el pueblo está muerto. Quiero vivir en la ciudad.
Genial. ¿Cómo puede tener tantas ganas de pelear cuando acaba de ser
madre? Apreté mis dientes, intentando que ella no arruinara mi momento con
mi hijo.
—No es dinero fácil, Sandra—dije, intentando mantenerme pasivo—. Es
dinero rápido, pero no fácil. Y hace meses decidiste que la cabaña estaba
bien, ¿por qué ahora sales con eso? No voy a hacer una casa en la ciudad,
estás loca.
Sus manos temblaron cuando engancharon en edredón.
—Sos egoísta, León, siempre pensás en vos mismo—dijo, intentando
llegarme dentro.
Lastimarme.
—Cuando nos mudamos juntos sabías que esto era lo que íbamos a
tener.
¿Por qué este momento tenía que ser tan agridulce? Sólo quería un
segundo en paz para conocer a mi hijo, ¿acaso ella no sentía lo mismo?
—Bueno, ahora que sé lo que es, prefiero otra cosa.
—No hay otra cosa, esto es lo que tenemos—acabé.
No volví a sacar el tema, la ignoré, me enfoqué en Pedro que ya había
abierto los ojos y me estaba mirando. Me pregunté si podía reconocerme con
claridad, si veía claro. Estaba tan enamorado que me olvidé de todo lo
demás. Un tiempo después volvieron las enfermeras y tuve que darles mi hijo
para que lo acomodaran con Sandra, para amamantarlo. Me quedé viendo
fijamente toda la escena, admirado.
Aun así, insistía esa presión en el centro de mi torso que punzaba con
dolor. Y opacaba todo, colocando un manto oscuro en este momento que se
suponía que debía ser especial. Y el horror que acompañaba esa certeza de
que todo aquello que había soñado tener, se estaba desmoronando. Sentí
miedo, muchísimo, porque ahora parecía que Sandra y yo no éramos
suficientes para Pedro.
No lo merecíamos.»
A medida que las semanas van pasando, no podría estar más motivado,
porque entre Francesca y yo se ha reforzado el vínculo. Más poderoso,
especial. Somos incluso muchísimo más cercanos que antes, parece que me
he ganado su confianza. Toda ella. Habla conmigo, está más abierta y
receptiva y hasta me ha dejado entrar en su vida y la de sus hijos. Los
acompaño a almorzar o cenar de vez en cuando y la llevo, como siempre, a
las dos sesiones de terapia por semana. El viaje es agradable, como si entre
los dos la soledad significara magia. Ya no necesito ser tan cuidadoso con
mis palabras y acciones en su presencia, sólo me mantengo a raya con el
contacto físico, ignorando mi necesidad de rozarla continuamente. Estoy
verdaderamente feliz con estos avances, me siento muy cerca de tocar el
cielo con las manos. Me llena de alivio y euforia que ella ya no me mire con
miedo, o baje sus ojos al suelo sobrepasada de timidez. No significa que ya
no lo haga, sino que, a estas alturas, es menos frecuente.
Estoy sorprendido de lo que todo esto me hace sentir. Jamás he sido
capaz de experimentar esta clase de sentimientos tan vívidos y vigorosos.
Son tan potentes que es como si fueran capaces de lanzarme de rodillas si
me llego a descuidar. Derrumbarme. Y aun así, no provocan que me juzgue
débil, sino invencible. Quiero caer. Estoy cayendo.
Entro en el altillo antes de la hora de la cena, encuentro a Francesca
cambiando a Esperanza después de darle un baño. La bebita patalea y
mueve los bracitos con energías reaccionando a las palabras que su madre
le dice, tratando de sacarle una sonrisa. Cuando la levanta, al terminar,
estoy justo ahí para tomarla en mis brazos. Me la tiende sin dudar a la par
que me dedica una pequeña sonrisa, sus mejillas absorbiendo color. Algo
que sucede muy, muy seguido últimamente. Y me vuelve loco saber que la
afecto de tal forma que el sonrojo ya se ha vuelto parte diaria de ella. Atrás
quedaron su enfermiza palidez y el vacío de sus ojos.
Entra en la cocina y la sigo, tratando de empaparme con la imagen
grácil que demuestra al prepararse para inaugurar la cocina esta noche. Me
pregunta qué me gustaría comer y le respondo que prefiero que me
sorprenda, cualquier cosa que haga será deliciosa, eso lo tengo seguro.
Una cuantas veces la he obligado a hacerse a un lado para dejarme a mí
de encargado, no se siente justo que siempre cocine ella. En la primera
ocasión, preparé algo de carne al horno. Y recuerdo que se vio indecisa de
comerlo cuando lo puse en su plato. Disimuladamente, me fijé en la forma
en que miraba su ración, como si tuviera veneno. La revolvió un poco con el
tenedor, y, por un rato, no dije nada, hasta que decidí hacer un comentario
inocente al respecto. Me moría por saber qué la detenía de comer mi
comida, me puse inseguro, pensando que quizás no le había gustado. Pero
pensé enseguida en que no la vi probándola siquiera, así que no tenía
sentido.
— ¿No tenés hambre?—pregunté, atento.
Ella esquivó mis ojos, palideciendo. En ese mismo instante me di
cuenta de que se había encerrado en el pasado, que su mente le había
puesto trabas. Me imaginé un millar de explicaciones al por qué temía tanto
comer lo que yo le había preparado con entusiasmo.
—Yo…—no pudo seguir.
Despacio, se levantó de su silla y enfiló hacia el baño. Por un segundo
me obligué a permanecer en mi lugar diciéndome que no debía presionarla.
Pero realmente no pude, la seguí y empujé cuidadosamente la puerta para
que no me la cerrara en la cara. Me metí en el diminuto espacio con ella,
viendo la manera en la que perdía el control gradualmente. Me advertí que
yo podía luchar contra ello, fuera lo que fuera. Y lo hice.
—Habla conmigo, cariño—le susurré, completamente negado a
permitirle que me aleje—. Confía en mí.
Me acerqué, encerré su rostro con mis manos y lo levanté hacia mí. Sus
ojos humedecidos estuvieron en primer plano, mi alma tembló. Mi pecho
dolió.
—Lo siento—se disculpó, su tono inestable y tímido.
—No te disculpes, todo está bien—le aseguré.
—Es que es ridículo—lágrimas comenzaron a mojar sus mejillas—. Sé
que es tonto y, aun así, no puedo dejarlo afuera…
— ¿Qué?—pregunté—. ¿Qué es?
Lo siguiente que dijo casi me derriba en el suelo, dentro de mi torso mi
corazón tronó, retorciéndose. Creo que sangré por dentro a causa de ello.
—Si como esa comida…—murmuró, pestañeando para eliminar las
gotas saladas—. No me vas a pedir algo a cambio, ¿verdad?
Al principio sus palabras no tuvieron sentido para mí, me quedé viendo
muy fijamente su rostro empapado, ya no lloraba pero su vulnerabilidad
estaba por todos lados a nuestro alrededor. Cuando al fin entendí lo que
quería decir, el aire abandonó de golpe mis pulmones. Fuego se encendió y
recorrió mis venas.
—Francesca—siseé, bajito, junto con mi aliento—. Dios, Francesca…
Mi vista se empañó un poco, tragué el áspero bulto estancado en mi
garganta. Enterré todas las emociones muy en el fondo de mí y la rodeé con
mis brazos, la apreté. Ella me dejó, se aflojó un poco.
—Sos libre conmigo, siempre—enfaticé, firme—. Lo prometí, ¿te
acordás?
Tomó aire por la nariz, correspondiendo mi abrazo, y asintió. La sostuve
y la oí llorar un poco más durante un par de minutos, antes de que Abel
viniera a buscarnos, curioso porque lo habíamos dejado solo en la mesa.
Francesca, como la mujer de hierro que es, se secó el rostro, disimulando,
mientras arrastré al niño de nuevo a comer, entreteniéndolo. Ella volvió
como si nada hubiese pasado, le serví más comida caliente y empezó a
comer. Despacio, tranquila, confiando poco a poco.
Mi corazón se partió en millones de fragmentos esa noche, y solté un
par de lágrimas cuando al fin estuve solo, luego de despedirla al final de
nuestra rutina de música. Sentía tanta rabia, tanta impotencia. Preso de un
enorme sentimiento de injusticia y dolencia por ella. Me pregunté por qué
en el mundo existían mujeres que debían pasar por eso. ¿Por qué Dios
permitía que cayeran en manos de hombres como Echavarría? Y me
convencí de que yo tenía que ser la persona que matara todos sus miedos,
que le devolviera la confianza en sí misma y el resto. Que le enseñara que en
el mundo sí existía gente que se preocupaba y era capaz de amarla.
Esta noche comemos en silencio, como casi siempre. Hablo con Abel
que ya lo está logrando bastante fluido, le ayudo a cortar su carne mientras
Francesca nos observa en silencio. Me gustaría saber qué está pensando,
supongo que es algo lindo, porque su rubor se ha intensificado y hay un
comienzo de sonrisa en sus labios llenos. Al acabar, seguimos con lo
habitual, que es lavar los platos y pasar el rato hasta que los niños están
dormidos, así después ir a la oficina y tocar.
Entrar en ese pequeño espacio es como el equivalente a meterse dentro
de una burbuja, lejos de la realidad. Ambos creamos un mundo paralelo,
donde no existe nada más aparte de nosotros acompañados de mi guitarra.
Nos acomodamos sobre las mantas del colchón y el tiempo se encapsula.
Toco por un rato, canto un par de veces, y estoy completamente atento a
ella. Funciona como un imán para todos mis sentidos, y quiero poseerla de
todas las maneras imaginables que existen, porque sé que es la única con la
que puedo sentir todo esto. Nunca me pasó antes, y tengo la certeza final de
que nunca pasará en el futuro de nuevo.
—Una vez te escuché cantar—murmura ella, cortando una
introducción.
Está apoyada contra la pared y sus ojos están a medio cerrar, como si
estuviera tan relajada que casi llega al comienzo del sueño. La música para
y la estudio, esperando que siga.
—Caminaba de regreso a casa desde la escuela—comienza—. Era el día
de mi cumpleaños número nueve y… estaba triste. Me acuerdo que tomé el
camino más largo porque no quería cruzarme con ninguno de mis
compañeros de clase, ellos siempre se burlaban de los agujeros de mis
zapatillas…—no me mira a la cara, sólo está apoyada con su rostro hacia el
techo, tragando con fuerza en cada pausa—. Iba por una vereda, mirando
abajo, cuando una melodía me distrajo y quise saber de dónde venía—
sonríe, casi imperceptiblemente, pero tomo nota de ello—. Me topé con el
tronco ancho de un árbol, supe que del otro lado había alguien tocando…
Se frena y espero, mi pecho se siente agitado, no puedo respirar y mi
aliento se atasca en mis pulmones. No logro moverme. Es la primera vez que
se aventura a hablar tanto conmigo, es… fortalecedor. Épico. Apenas puedo
creerlo.
—Era tan hermoso, que me senté allí a escuchar y esperaba que la
persona del otro lado no me notara. Planeé escuchar un ratito y después
irme—en el paréntesis sus ojos me encuentran—. Estabas cantando ese
tema de ‘La Bersuit’: ‘Mi Caramelo’… Me quedé fascinada.
Allí es cuando me acuerdo. La niña que salió corriendo de la nada
cuando Sandra se acercó y la descubrió, en ese momento estuve confundido
porque jamás escuché a alguien acercarse, y no entendía de dónde había
salido esa niña de pelo largo y oscuro.
—Me acuerdo—sonrío, pensativo—. Sandra te espantó…
Los ojos se Francesca me muestran un brillo extraño cuando nombro a
la mujer, aunque lo esconde de inmediato y no logro deducir el significado
de esa reacción.
—Estaba aterrorizada y avergonzada cuando ella me descubrió—
suspira, un intento de risita sale por entre sus labios y mi corazón estalla
ante ello—. No supe a quién pertenecía la voz hasta que llegaste con tu
padre aquel día, meses después, y me alejaron de mis verdaderos padres…
Suelto un chiflido, recién ahora percatándome la magnitud de todo
aquello. Ella era tan pequeña, sólo nueve años.
—Por eso me mirabas como si yo fuera un héroe—me rio bajito.
Asiente.
—Bueno…—su cara se pinta de rojo—fue emocionante descubrir que
eras aquel que cantaba y tocaba su guitarra en el árbol…
Ambos suspiramos al mismo tiempo, asumiendo todo eso. Yo, por mi
lado, estoy a punto de estallar de emoción por estar teniendo esta
conversación, por el hecho de saber que ya no se encuentra cerrada a mí,
que me ha dejado entrar. Ya no existe el tartamudeo de por medio, la
inseguridad, la vergüenza. Mi lucha está dando sus frutos.
—Sobre todo—agrega, en un susurro cauteloso—, porque recuerdo
estar allí sentada y pensar que tu canción era el regalo que Dios había
decidido enviarme por mi cumpleaños…
Carajo. ¿Cómo es que nunca dice nada y de un momento a otro sale con
eso? Me mata. Tengo que acoplar todas mis fuerzas para evitar
emocionarme hasta las lágrimas. Me concentro en meter aire
tranquilamente por mis conductos. No consigo borrar la imagen que se
cuela en mi mente: ella, de niña, sentada al otro lado del árbol, pensando
que estaba recibiendo un regalo especial por su cumpleaños número nueve.
Solitaria, soñadora. Y supe que pocas cosas le habían sido dadas y, casi
seguramente, ninguna con un amor profundo durante sus primero diez
años. Y eso me hace mierda por dentro.
Francesca envía ese poder punzante con el que logra hacerme doblar
sobre mí mismo por el golpe que significa entender su vida, sus
sufrimientos. Sus momentos de felicidad. ¿Qué puedo decir? Seguramente
ni una mínima sílaba sin ponerme a llorar como un bebé, siento una
tremenda presión entre mis costillas, y ese dolor no me deja pensar con
claridad.
Me aclaro la garganta, buscando las palabras correctas para decir, pero
ella me gana.
— ¿Podrías cantarla?—pide, inocentemente.
Asiento, dando una cabezada bastante brusca. Todavía estoy teniendo
dificultades con mi voz. Afino la guitarra, tomándome todo el tiempo del
mundo.
—Toda la vida—respondo, antes de comenzar.
Este es un tema hermoso, con una buena dosis de nostalgia y
sentimiento de pérdida. Era mi favorito cuando era joven, lo tocaba una y
otra vez sin cansarme, me producía mucho en el interior. Y yo siempre
trataba de buscar canciones que me llegaran al corazón. La letra puede
resultar muy directa para algunas personas, sin embargo creo que
Francesca y yo entendemos el verdadero sentido. Recito, poniendo todo el
sentimiento, si significa tanto para ella, daré lo mejor de mí. La burbuja se
estrecha y, de un instante a otro, nos percibo a los dos más cerca que
nunca, el ambiente es mágico. Cálido. Como si hubiésemos hecho esto por
años y años sin parar.
— ¿Francesca?— la llamo, ni bien ejecutar el último acorde.
Ese enorme y exótico par de ojos se posa en los míos, ni siquiera parece
existir distancia entre nuestras contemplaciones.
— ¿Sí?
Trago, sin embargo, no estoy asustado. Sólo ansioso. Porque opino, en
este mismo instante, que ella merece saberlo. Debo decírselo, porque me
parece que voy a explotar si no lo hago.
—Creo…—musito, yendo en busca de su mano con la mía—. Creo que
me estoy enamorando de vos…
Los dos nos volvemos estatuas al mismo tiempo, contemplándonos
mutuamente, ella se atiesa por un par de segundos y eso me lleva a sentir
algo de miedo. No espero que me rechace, tampoco que me acepte. La
verdad es que ella no podría decir nada y estaría bien para mí, no se lo dije
porque necesitaba una respuesta. Sólo quería que supiera que aquí sí hay
un hombre que ve maravillas en ella y que está empezando a quererla con
una intensidad abrumante. No quiero presionarla, nada está más lejos de la
realidad.
No me pierdo la forma en la que sus ojos se empañan y se muerde el
labio con fuerza, nerviosa. Su respiración enloquece, al compás de la mía.
Supongo que no se lo cree y tiene que tomarse un tiempo para hacerse a la
idea. Aun así, ella sostiene mi mano de vuelta, no me ha alejado. Me digo en
el interior que eso puede ser una respuesta positiva. Y estoy al borde de
agregar algo más cuando un portazo suena en el bar y alguien sube
corriendo las escaleras.
— ¿León?—me llaman, casi gritando.
Francesca salta en su lugar y los dos nos ponemos de pie,
frenéticamente.
— ¿Sí?—digo, yendo hacia la puerta.
—Es Lucre…—dice Max, su voz se está yendo varios decibeles arriba—.
Los gemelos están viniendo…
Así como llegó y lo anunció, se fue. Incluso antes de que yo abriera la
puerta y me dirigiera a él. Miro a Francesca, que se abraza a sí misma,
mirando en todas direcciones menos hacia mí. Me acerco, y froto sus
brazos.
—Anda a dormir—le digo—. Podemos hablar de esto cuando estés
preparada, ¿está bien?
Asiente, le beso la frente como despedida y luego se va, dejándome solo
en mi oficina. Escucho su puerta cerrarse y suelto un suspiro de
agotamiento. Hoy ha sido una noche llena de intensidad, pienso mientras
tomo mi abrigo y mi celular para llamar al Perro. Y eso que todavía quedan
más sorpresas. Me preparo y salgo, obviamente dispuesto a acompañar a
mis chicos en este momento tan especial. Todos esperamos a los gemelos
Medina con ansias y expectación. Estoy seguro de que todo saldrá
perfectamente.
Los Leones están creciendo cada vez más.
Francesca
“Creo que me estoy enamorando…”
Corro hacia el altillo como si mi vida dependiera de ello, no miro atrás,
a su puerta cerrada. Acaba de dejarme sola porque sabe que necesito un
momento. Un tiempo bastante largo en soledad. Mi mente es un caos
absoluto, estoy hiperventilando para el momento en el que me encuentro
arriba sola, puntos negros acaparando mi vista. Creo que estoy pasando por
un leve estado de principio de pánico. El verdadero problema es que no sé
por qué.
León acaba de decirme algo que jamás esperé escuchar. Ni de él ni de
algún otro hombre. Es irreal, me confunde. Y gran parte de mí no tiene la
capacidad de creerlo con facilidad, de hecho, me niego rotundamente a
hacerlo. No le creo. Si se está enamorando es porque ve cosas buenas en
mí, y no estoy segura de las tenga. Una mujer como yo no enamoraría a un
hombre como él, ¿cómo sería eso? Soy una miedosa, aborrezco que me
toquen y me miren. No tengo personalidad, nunca la tuve. Soy sólo un saco
de nada, ¿cómo una mujer como yo puede inspirar sentimientos como esos en
alguien más?
Él está confundido, tiene que estarlo. Pasar tanto tiempo conmigo le ha
llevado a creer que siente eso por mí. En realidad no es así, la compasión le
está jugando una mala pasada.
“Estúpida” insiste una pequeñita e insignificante voz dentro de mí, viene
de la parte de mí que todavía sueña y se permite ser una romántica. Ella sí
le cree, es una boba porque va a terminar sufriendo tarde o temprano. Las
personas no me quieren, no despierto eso en ellas, sólo soy capaz de llenar
sus corazones con lastima. Eso las lleva a querer ayudarme. Como los
Abbal, ellos me vieron pequeña y sola, sin nadie que me protegiera y me
adoptaron. La lástima y la misericordia, muchas veces se hacen pasar por
cariño.
León no está enamorándose, sólo es un buen hombre que quiere
ayudarme. “Es uno sensato, estúpida, si dice que te quiere es porque debe
ser verdad”. Bueno, supongamos que eso es cierto, las cosas no pueden ser
más distintas ahora, nada cambiará, porque no tengo nada para darle. Yo
no podría hacer feliz alguien como él. Yo sólo tengo que pensar en mis hijos,
ellos me necesitan lo más entera posible. Y tengo que decirle a León esto, lo
entenderá. Sé que lo hará.
Entonces, ¿por qué estoy llorando? ¿Por qué estoy tan destrozada?
Será porque quisiera corresponderle. Porque desearía ser otra mujer
ahora mismo, no ésta chatarra que aún ni ha juntado sus pedazos, y tal vez
nunca lo logre. Quisiera poder alegrarme de que un hombre como León me
quiera, como haría cualquier otra. Si embargo, sólo sé, en lo profundo de mi
corazón, que esto no puede ser. No puedo acertarlo, porque sé que no soy
suficiente.
Ni para él, ni para nadie.
He estado intentando decírselo, pero no he encontrado la oportunidad.
Hace una semana que los gemelos de Lucre y Max nacieron y todo el recinto
se encuentra revolucionado, apenas he visto a León. Y muy pocas veces a
solas, me sorprende que él no haya tenido la necesidad de sacar el tema, y
eso, aunque sea incorrecto, me lleva a bajar la guardia y sentirme un poco
más aliviada. Los días se van y ambos parecemos haber llevado a un
segundo plano aquel momento y esas palabras tan puntuales. De todos
modos, estamos conscientes de que flotan entre los dos continuamente.
Crean una atmósfera extraña y espesa. Admito que en realidad, nos
volvimos cuidadosos. No sé sus motivos de evasión, sólo me hago cargo del
mío, y es el puro e intenso miedo. Y cobardía, más de lo que cualquier
persona tiene permitido mantener en su sistema, y aun así me refugio en
ella. Otro motivo por el cual él no me necesita en su vida, ¿quién quiere a su
lado a alguien tan aprensiva?
Me tardo unos cuantos días en aparecer por la cabaña de Lucre, no
quiero estorbar, porque sé que cuando alguien pasa por un acontecimiento
tan especial como un nacimiento, las visitas abundan y todo el mundo
quiere permanecer cerca. Por eso decido ir cuando las aguas se calman. Los
gemelos son hermosos, y no importa qué tan temprano sea para decirlo, se
nota que van a parecerse mucho a Max, han sacado casi todos los rasgos de
él. No es que lo conozca demasiado, pocas veces lo he visto de cerca. Lo
único que sé, y que nadie por acá se ha perdido, es que Lucre y él se aman
infinitamente. Con la clase de amor que se hizo fuerte entre tropiezos y
adversidades. Y esos son los que se vuelven invencibles, pase lo que pase.
Estoy al tanto de la historia porque la he escuchado, tanto de Lucre
como de Adela. Ya que nunca me dejan afuera de las conversaciones de
chicas. Ellas son especiales, con historias especiales. Deduzco que en este
clan cada uno de los miembros ha transitado por caminos difíciles y
arrastran historias de vida muy particulares. Los Leones parecen ser un
refugio, una familia que permanece constantemente con los brazos abiertos.
Y no hay que ser muy suspicaz para darse cuenta de que esto es así gracias
al líder. León es experto en integrar y mantener sólida la unión entre todos.
Me alegra haberlos encontrado, sinceramente.
Mi próxima sesión con Isabel es hoy y me preparo a mí misma para
hacer uso de mi poca confianza y hablar claro sobre mis sentimientos.
Santiago es el encargado de llevarme esta vez, y escondo muy en lo
profundo el desaliento que significa no pasar tiempo con León.
Una vez allí, en nuestros lugares, acompañadas por el té ya servido, le
cuento a Isabel lo que León me confesó una semana atrás. Sí, necesité todos
esos días para poder hacerme a la idea y sacar todo de mi sistema. Y acabo
aceptando que vale la pena, ella es directa y me entiende. Sabe a la
perfección cómo me siento por dentro y sobre la tristeza que me consume.
— ¿A qué le temes realmente, Francesca?—pregunta, desde el otro lado
de la mesita, en su lugar habitual.
Esquivo su sabia mirada por un par de segundos e inflo mi pecho con
aire puro antes de hablar.
—A mucho…—suspiro, hago una pausa para acomodar mis ideas y ser
lo más clara posible, ella me espera llena de paciencia.
Sin embargo no sé por dónde empezar y me muerdo el labio,
aguantando las ganas de llorar. Hablar de esto me hace sentir más
insignificante que nunca. Veo el rostro cordial de Isabel mientras considera
mi situación. La analiza y, cuando abre la boca para responder, me preparo,
lo que ella dice siempre me es de ayuda.
—Hace un tiempo me dijiste que estabas asustada porque creías que
estabas obsesionándote con él—toma un sorbo de té, pacífica—. En
realidad, no se trata de una obsesión, ¿sabes?
Trago, niego. No entiendo a dónde quiere llegar. Antes le dije que creía
que estaba obsesionada con él porque era amable conmigo. Y eso me
aterrorizaba. Porque no es bueno para una persona depender tanto de otra.
—La traba en todo esto es que no te das cuenta de la única cosa que
importa, querida—anuncia, sonríe a medias, amable—. Lo primero que
tenés que reconocer es que sí le correspondes. Adentro tuyo sí hay
sentimientos por él.
No contesto, el interior de mi garganta se irrita y me froto las palmas de
las manos nerviosamente contra la tela del vaquero que cubre mis piernas.
—Una vez aceptando eso, la ecuación es la siguiente—prosigue—. Tenés
miedo de creerle y sentirte ilusionada, porque sabes que si te falla o lo
pierdes significará un dolor inmenso. Y por otro lado, tenés terror de que
sus palabras sean verdaderas, porque crees que vas a lastimarlo al no poder
darle todo lo que se merece.
»Estás enamorada, querida. Lo sabes. Pero eso, a tu entender, lo
complica todo. Lo hace peor.
Me estiro en busca de un pañuelo descartable cuando la imagen de ella
comienza a desenfocarse. Mi pecho se sacude y las lágrimas se desbordan.
— ¿Qué es lo que pensás que él merece, Francesca?—pregunta.
Me cede todo el tiempo del mundo para recuperarme antes de
responder.
—Merece muchas cosas que yo no tengo para darle—digo, convencida.
— ¿Qué? ¿Qué merece que vos no tengas?
Me trago la siguiente ola de llanto.
—Una mujer segura—comienzo—. Una que no tenga que mirar el suelo
cuando alguien se le acerca demasiado. Una que sea capaz de tocarlo sin
temblar. Una que no tartamudee a la hora de decir lo que siente o piensa—
gruesas gotas caen desde mis pestañas mientras recito—. Necesita a alguien
feliz.
—Has hecho muchos avances últimamente, ¿qué te hace pensar que no
sos capaz de brindarle todo eso?
Me encojo entre mis hombros, empapando otro pañuelo.
— ¿Te ha tocado?—suelta de improvisto—. ¿Se ha acercado lo suficiente
como para tocarte?
Asiento.
— ¿Y qué sentiste?
Niego.
—No sé… sólo he estado ocupada luchando en mi mente para no
alejarlo cada vez que eso pasa.
—Y no lo alejaste…
—No.
El rostro de Isabel cambia de un instante a otro, su suave seriedad se
escapa dando lugar a una ancha sonrisa, sus ojos brillan con felicidad. Y lo
que se ve como orgullo, también.
— ¿Te das cuenta de que estás transitando por el camino correcto?—se
inclina, me toma la mano—. Francesca, sos una mujer muy fuerte. Vales
mucho, y León lo sabe bien.
La observo, no digo nada al respecto. Me cuesta creerlo, sospecho que
esto va a costar muchísimo trabajo.
— Sólo tenés que verte del mismo modo en el que todos te vemos—
continúa, positiva, intentando meter esa seguridad en mi sistema
atrofiado—. Y si seguimos así, vamos a lograr ese objetivo.
Acepto sus palabras y mis hombros se aflojan, aunque no respondo. La
sesión sigue, intento de abrirme tanto como puedo. Generalmente lo hago
hasta cierto punto, es como si dentro tuviera una barrera que mide la
cantidad de secretos y sentimientos que tengo permitido soltar en cada
sesión. Eso es abrirse poco a poco, sin exponerme de golpe. Según Isabel lo
estoy haciendo excelentemente. A mi modo, yo tengo el poder de llevar el
ritmo, como debe ser.
— ¿Cuál es el consejo de hoy?—pregunto, cuando llega la hora de
marcharme.
Ella me ayuda a entrar en mi abrigo, sonriendo. Siempre espero sus
sugerencias, me ayudan muchísimo.
—Mi consejo es que hables con León—me frota los hombros, me mira
con afecto—. Que te abras como lo haces conmigo, que le cuentes lo que
sentís. El resultado puede sorprenderte, querida.
Me alejo cuando abre la puerta, y me despide levantando la mano
mientras camino hacia la puerta de la camioneta. Este consejo pertenece a
un nivel muy superior en comparación con los anteriores. Me preparo para
unirme en el interior y llevarlo a cabo. No sé cuándo, quizás más temprano
que tarde.
11
León
«Estaba cansado, lo único que quería hacer era colapsar sobre mi cama y
dormir por la eternidad. Estuvimos acomodando una carga durante toda la
tarde, la misma que fuimos a buscar al puerto mucho más temprano. En
veinticuatro horas saldríamos a la carretera para trasladarla a lo largo del
país. Este sería el primer viaje realmente largo que tomábamos la
responsabilidad de hacer.
Estaba emocionado, pero a la vez sentía cierta amargura. Tenía que dejar
a mí hijo por varios días, y las aguas entre Sandra y yo estaban más
revueltas que nunca. Lo correcto sería hablar como dos adultos civilizados y
afrontar una separación. Pero estaba indeciso, porque eso significaba que no
tendría a Pedro conmigo en casa cada día, y mis momentos con él eran mi
cable a tierra. Amaba a mi hijo más que a cualquier otra cosa, incluso más
que a mí mismo. Sin embargo estaba consciente de que siguiendo por el
mismo camino tormentoso, íbamos a terminar por lastimarlo con nuestros
problemas de pareja. Y ya habíamos aguantado más de un año.
Entré en la cabaña y el silencio allí adentro me descolocó, el lugar
siempre era un caos, si no era Pedro jugando con sus juguetes en la sala o
llorando, era Sandra escuchando música demasiado alta o gritando por
alguna cosa, simplemente siendo una loca revoltosa. No éramos unos buenos
padres, y tenía que metérmelo en la cabeza. Tenía que entenderlo de una vez
antes de que todo empeorara. Tan solo el hecho de llegar a casa y verla me
agotaba, y eso era motivo suficiente para actuar al respecto, esto no estaba
yendo bien. En absoluto. Juntos los dos destrozaríamos a Pedro.
Encontré a mi hijo acurrucado en un sillón, tomando su mamadera
mientras miraba dibujitos en la televisión. Busqué a su madre con la mirada,
sin encontrar rastros. Le quité la mamadera a Pedro y la dejé sobre la mesa
antes de ir a ella. El ruido de la ducha me golpeó cuando enfilé en dirección al
pasillo, de inmediato subió por mi cuerpo un calor abrazador. Irrumpí en el
baño, hecho una furia.
— ¡Sandra!—la llamé, seco—. ¿Qué carajo?
Ella detuvo la ducha, bufando, y buscó una toalla para envolverse, salió
de la bañera toda empapada mirándome con ojos peligrosos, sin entender mi
tono enojado.
— ¿Cuál es tu problema?—levantó la voz.
Esto era siempre así, ya no recordaba cuándo fue la última vez que
hablamos sobre cualquier cosa sin gritarnos.
— ¿Que cuál es mi problema?—escupí—. Te estabas duchando mientras
el niño tomaba su mamadera en la sala, Sandra. ¿Cómo podés dejarlo solo de
esa forma? ¡Necesita supervisión, él puede ahogarse!
Se rio sin rastros de humor, burlándose de mí.
—En serio, querido, ¿en qué siglo vivís? Deja al chico que se haga solo, es
lo suficientemente grande para tomar su mamadera…
Mi vista de nubló a causa de un espeso manto rojo. No podía creer lo que
estaba escuchando. No veía la gravedad del asunto, ella creía que un nene de
un año podía tomar solo su mamadera acostado en un sillón sin ningún
adulto cerca para vigilarlo. Podría ahogarse, y no estaba loco, ya había
escuchado sobre un caso de ese tipo un tiempo atrás.
—Estás siendo irresponsable, querida, ¿a quién se le ocurre que el chico
tiene que hacerse solo con apenas un año?
Ella saltó, fulminándome con la mirada.
—Déjame en paz, León. Déjame en paz—me empujó para que la dejara
pasar en dirección a la habitación para cambiarse—. Para vos todo lo que yo
hago está mal, nunca pareces satisfecho.
Ahí empezó de nuevo con sus lloriqueos, con su manera experta de darle
la vuelta a la discusión para hacerme sentir culpable. Porque yo siempre era
el malo y ella la víctima. Pedro nunca era la víctima, y eso era lo más
importante: el niño. Pero no, ella estaba primera siempre. Ella y su maldito
orgullo de mujer. Ni siquiera el orgullo de madre se anteponía.
—Sólo quería darme una ducha caliente—lloró, mientras se ponía las
bragas—. Nunca tengo tiempo para mí. Vos no llegabas, Pedro tenía hambre y
le hice su mamadera. ¡Sólo me tomaría un maldito segundo!
—Un maldito segundo es lo que basta, Sandra—le dije, suspirando.
Me agotaban estas discusiones sin sentido.
—Podrías venir a decírmelo de una mejor manera. ¿No? No. Lo único que
haces es venir a patotearme y tratarme como si fuera basura. Todo lo que yo
hago está mal, nunca hay nada que te venga bien.
Apreté la mandíbula e hice el llamado a la paciencia. No dije nada más,
sólo me di la vuelta y regresé a la sala. Tomé a Pedro en brazos y me fui
directo a la heladera para ver si encontraba algo para picar antes de ir a la
cama. Lo besé en el pelo largo rubio y él se abrazó a mi cuello, descansando
su cabecita en mi hombro. Sandra me siguió, ahora cambiada, completamente
dispuesta a seguir. Su rostro estaba bañado en lágrimas de cocodrilo.
—Decime qué mierda tengo que hacer para que un solo día estés feliz
conmigo—chilla.
Pedro ni siquiera se inmutó con los gritos y lágrimas de su madre, para
este tiempo ya estaba bastante acostumbrado a las escenas.
—No te alcanzo—añadió ella.
—Sandra, yo no te pido que hagas nada, sólo que cuides a Pedro cuando
no estoy, es nuestro bebé y no parece importarte dejarlo por ahí corriendo
peligros, ¿qué clase de madre sos?
Obviamente se ofendió más con mi última pregunta. Miré alrededor, al
desastre que era mi cabaña. A la basura rodeándonos. Esto era doloroso. Yo
ni siquiera le pedía que ordenara o fuera limpia, nunca le exigí nada. Sólo que
fuera una buena madre con Pedro, que lo mantuviera alimentado y limpio. A
veces ni eso obteníamos. Para ella, ser madre significada encajar una
mamadera en su boca y dejarlo sólo para ir a hacer cualquier otra mierda
menos pesada que criar un hijo.
Y me sentía terrible al pensar en esto.
Se dejó caer en una silla, llorando aún más. Suspiré.
—No me amas—aulló—. Nunca me amaste, siempre fui un pasatiempo.
Sólo sexo y nada más. Sólo te importa él.
Era verdad, yo no la amaba, pero sí la quería. Llevábamos muchos años
juntos, y sí, era verdad que nunca tuvimos algo serio, pero ahora era la
madre de mi hijo y yo quería darles lo mejor a ambos. Seguramente, si Pedro
no existiera, si ella nunca se hubiese quedado embaraza, hoy en día no
estaríamos juntos. Pero esto éramos, y yo había estado feliz de crear una
familia. Aunque no una tan disfuncional y caótica.
—Te quiero, Sandra—me acerqué y me senté en la silla frente a ella—.
¿Está bien? Yo te quiero. Sólo necesito que aceptes poner tu otra mejilla en
esto. Necesito que colabores con nosotros. Estamos criando un hijo. Prometo
no gritarte de nuevo…
Se limpió el rostro y sus ojos verdes se calmaron, ya no hubo mierda
brillando ahí. Mis palabras conciliadoras y cansadas habían funcionado y la
fiera estaba calmada. Seguí pidiéndole con voz suave que me acompañara en
mantener a raya esta familia, que me diera una mano. Que nos ayudara a
crecer, porque no sólo era Pedro quien tenía que hacerlo, nosotros también.
Éramos muy jóvenes, necesitábamos dejar los caprichos atrás y ser unos
jodidos adultos de una buena vez. Y al fin escuchó y no intentó discutir.
Entonces intenté convencerme de que ésta era nuestra otra oportunidad, de
que si esto no funcionaba después de un buen diálogo, lamentablemente
íbamos a tener que decidir separarnos. Porque esto no podía ser sano para
nuestro hijo.
Esta debía ser la última y la vencida. Puse toda mi fe en que las cosas
mejorarían. Y, de nuevo, estuve equivocado.»
No he hablado con Francesca sobre lo que ocurrió aquella noche, quiero
darle su tiempo, no me parece inteligente insistirle. Ella está muy herida y
necesita un intervalo para procesar la idea. Lo sé por cómo me miró
después de soltarle mis palabras.
Reconozco que los primeros días estuve hecho un manojo de nervios,
carcomiéndome los sesos y sintiéndome culpable, creía que había sido
empujado por un impulso estúpido y que con ello arruiné todo lo que
teníamos. Con el tiempo volví a la normalidad, me convencí de que ella
necesitaba escuchar lo que yo estaba sintiendo. Tenía que sacarlo dentro de
mí porque seguir tragándomelo no era recomendable. Me dejé llevar por esa
presión de confesarme, y ahora me siento liviano. Y tengo fe en que no la
espanté del todo y que poco a poco irá volviendo, a su modo. Por eso no me
la paso encima todo el tiempo, le dejo espacio. No importa qué tan
desesperado me encuentre por pasar el tiempo cerca.
Ahora me encuentro en mi escritorio, movilizando ciertos papeles
importantes. Es posible que tengamos que salir a la ruta más temprano de
lo que planeé, la carga va a llegar pronto. Hay nuevo y exclusivo material
que vamos a tener que ofrecer, es bueno, tiene mucho potencial, por eso no
creo que tengamos problemas a la hora de sacárnoslo de encima. Estoy
perdido, del todo concentrado en lo que hago, apenas escuchando el barullo
que viene de abajo. Es temprano, no debe haber más de diez hermanos
abajo. Apuesto a que Adela ni ha llegado, todavía.
La puerta es golpeada, logrando expulsarme fuera de mi burbuja y,
después de gritar el permiso, Jorge Medina entra. Su grandeza robando
espacio en mi oficina, su semblante de granito y su aura sobrecargada
hacen que el lugar pierda vida. Vaya a donde vaya, Jorge lleva consigo esa
terrible sensación de desasosiego, no puedo evitar que me afecte la forma en
la que parece muerto en vida. No sé qué cosas habrá vivido, pero estoy
seguro de que lo ha dejado prácticamente anestesiado. Aunque no del todo,
porque he podido ver cómo trata a su hijo, eso me hace pensar que hay
esperanzas, sólo necesita tiempo. El tiempo lo cura todo. O, al menos, nos
enseña a vivir con la carga del dolor.
—Medina—le doy una cabezadita y le señalo la silla frente a mí.
Él la ignora, se pasea como una pantera estudiando su entorno, sus
ojos dorados atentos, precisos, serios. Atormentados.
— ¿Qué te trae por acá?—pregunto.
Sus pozos de oro al fin se posan en mí y se cruza de brazos, yendo a
apoyar el hombro en la pared. Yo ya sabía que no iba a acomodarse cuando
le ofrecí el lugar, cada vez que viene a mi oficina se queda de pie. No sé por
qué lo hará, supongo que no tiene ganas de sentarse.
—He decidido que no voy a unirme a ustedes—dice, su voz retumbando
fuera de sus pulmones—. Cuando todo termine voy a irme, crearé mi propio
clan.
Me recuesto contra el respaldo mientras asiento a sus palabras. Me
parece bien. Yo estaba dispuesto a unirlo al mío, pero si quiere irse y formar
su propio grupo, me parece más que perfecto. Es su decisión, y opino que
con todo lo que ha aprendido en los últimos años, no será un mal líder.
Será bueno, fuerte, y no permitirá que los suyos se vuelvan como las
antiguas Serpientes.
—Me alegra saberlo—aseguro—. Es decir, siempre habrá un lugar para
ustedes en mi clan, pero creo que es un buen proyecto que intentes
empezar de cero.
Asiente, y se frota el pelo corto.
—Empezar de cero con miembros limpios, nada de basura…—comenta
secamente.
Me rio bajo.
—Claro. Y hasta podremos asociarnos, eso sería bueno para todos.
—Es verdad—está de acuerdo—. Sólo vengo a pedirte que nos aguantes
un tiempo más…
Bufo, quitando importancia a eso.
—Tu tiempo en mi territorio no tiene fecha de vencimiento, yo sé que
tenés que ordenar varios asuntos antes de irte—digo, seguro.
—Sí—concuerda, secamente—. El primero de ellos es vengarme. Si
quiero vivir en paz con mi hijo no tengo que dejar vivo a ninguno de los
viejos.
—Estoy de acuerdo—agrego, muy serio.
Claro que tiene que matarlos a todos, no dejar ni uno. Y si necesita
ayuda, acá estoy yo con mis chicos, creo que a todos nos conviene que las
Serpientes se extingan por completo de una vez por todas. Al menos las
viejas lacras, esas que están por ahí afuera, seguramente maquinando más
mierda.
—Bueno, era eso…—dice, frunciendo el ceño, hace eso todo el tiempo—.
Muchas gracias. Todavía no me entra en la cabeza por qué estás haciendo
todo esto por alguien que fue tu enemigo por años… Aun así, te agradezco.
Me encojo entre mis hombros, la verdad es que no soy la clase de
persona que vive de resentimientos.
—Vos lo dijiste—sonrío—. Fuiste mi enemigo.
Se aclara la garganta, después me envía una cabezadita simple como
despedida antes de salirse por donde vino. Silencioso y sombrío. Todo en
ese hombre es oscuro, cada pequeña parte en él es como un enigma.
Tiempo atrás estaba convencido de que era la peor mugre pisando esta
tierra, hoy puedo decir que estoy sorprendido. No es que lo conozca mucho,
pero una vez que lo tuve cerca y hablamos civilizadamente, mi perspectiva
se dio vuelta tal como un panqueque. Con él no estoy equivocado, de verdad
quiere cambiar, ¿y quién soy yo para negarle su oportunidad?
Apenas he vuelto a mirar mis agendas cuando la puerta retumba de
nuevo. Parece que hoy los chicos se han puesto insistentes.
— ¿Sí?—digo, sin levantar la vista de lo que estoy haciendo.
La puerta se abre, luego se cierra y por el rabillo del ojo veo un ajustado
vaquero posarse frente a mí. Pero no es eso lo que me obliga a alzar los ojos
de un tirón sorprendido, sino el fuerte perfume dulzón que hacía años no se
metía por mi nariz.
—Hola, León—una media sonrisa acompaña su saludo.
Tardo algo más de diez segundos en caer en la cuenta de que estoy
mirando directamente a los ojos verdes de la mujer que destrozó mi vida
cuando tenía veintidós años.
«Eran las cuatro de la tarde cuando arribamos el recinto luego de más de
un mes afuera. Me sentía realizado, habíamos logrado pasar el primer viaje
largo y complicado con éxito. El paquete fue entregado sin problemas e
incluso logramos llegar a casa antes del tiempo que habíamos calculado. Los
chicos estaban aliviados de pisar nuestro territorio de nuevo y yo, más que
nadie, necesitaba ver a Pedro.
Entré en el bar un segundo para saludar a los pocos que se habían
quedado, encontré a Laucha tras la barra, encargado felizmente de darles
algo a los recién llegados para refrescar la garganta reseca. Acepté la cerveza
que me tendió, sólo le di unos pocos tragos antes de devolvérsela. Él me miró
fijamente por un tiempo, sus ojos maduros y respetuosos. Noté enseguida que
estaba nervioso, cauteloso mientras se aclaraba la garganta.
—Eh… ¿León?—empezó, inseguro—. Uno de los chicos se dio una vuelta
por tu cabaña hace un rato, como nos pediste que hiciéramos… y algo le
llamó la atención…
Fruncí el ceño, ya preparado para salir corriendo a esa dirección.
— ¿Qué? ¿Sandra y Pedro están bien?—casi chillo.
Asintió de a tirones, levantando su mano para tranquilizarme.
—Sí, ellos están bien—dijo, ignoró a uno de los chicos que le pedía una
bebida—. Pero vio que ella estaba cargando cosas en su coche… como si
estuviera mudándose o algo así…
Mis ojos se abrieron, esto me desconcertaba, pero viniendo de Sandra yo
tenía que saber que podía esperar cualquier cosa. Le palmeé el hombro y le di
las gracias por el aviso, salí del bar tan rápido como pude y me adentré en el
claro que llevaba hasta mi cabaña. En efecto, vi el coche de Greg cargado con
bolsos llenos hasta casi reventar. Me enfureció encontrarme con esto, pero
más loco me puso el saber que estaba esperándome para hacer una escena
antes de dejarme. La había llamado unos cuarenta minutos atrás para
avisarle que estábamos llegando y ella no dijo ni una sola palabra de esto.
Era claro que estaba preparando el terreno, quería agarrarme desprevenido.
Abrí la puerta y la cerré con fuerza, el golpe resonó en toda la casa,
haciendo temblar las paredes. Pedro, cambiado y peinado, recién salido de
un baño, me miró desde la alfombra en el suelo me levantó los brazos como
bienvenida. Mi corazón se aflojó un poco, dejando afuera la presión. Fui hasta
mi hijo y lo levanté del suelo, lo apreté contra mi pecho mientras colocaba
besos por todo su rostro ruborizado y sus mejillas gorditas.
—Papá está de vuelta, chico—le dije, sonriéndole.
Lo devolví a su lugar entre sus juguetes cuando vi a Sandra aparecer
desde el pasillo, cargando otro bolso gigante. Su rostro estaba rojo por el
esfuerzo, y sus ojos brillaron al reconocerme allí de pie. Ella deseaba un
enfrentamiento, por eso me esperó en vez de irse antes de que yo llegara.
Había planeado esto. Sabía que me volvería loco cuando viera que estaba
dejándome de esta manera tan abrupta y desconsiderada. Tomé un respiro,
no le di el gusto. No exploté. En cambio, me acerqué a ella y murmuré.
—Así que me estabas esperando para despedirte…
Asintió, firmemente. La maldad reflejada en todo su rostro de muñeca.
—Así es—confirmó—. Despedite de Pedro…
Siguió camino hacia afuera, todavía maniobrando con el bolso, la seguí.
La encaré, tironeando la enorme cosa de su agarre y lanzándolo lejos. Ya
había soportado muchas cosas de ella, como seguramente ella las mías.
Éramos dos personas llenas de defectos, y ninguno supo cómo convivir con
ellos. Yo creí que esta familia sería perfecta, que sería una buena madre con
carácter, y ella creyó que yo iba a ser un maldito muñeco al que podría
manejar con sus lágrimas de cocodrilo y sus cambios drásticos de humor.
Ninguno resultó ser lo que el otro esperó. Una cosa era nuestro sexo sin
ataduras, otra muy distinta fue nuestra convivencia y sociedad a la hora de
criar a un niño.
— ¿Cómo podés ser tan fría, Sandra?—le dije, frente a frente—. ¿Cómo
podés hacernos esto a los dos? ¿No podías al menos sentarte a hablarlo
conmigo? Hay muchas cosas para considerar a la hora de una separación—
fui levantando la voz gradualmente, pero no llegué al grito enfurecido—.
Tenemos un hijo. No podés tomar todo de un día para el otro e irte a la
mierda. Te estás llevando a un bebé también, lo estás alejando de mí como si
fuera un simple juguete.
Ella se cruzó de brazos y esquivó mis ojos, puso esa expresión torcida
que tanto me enfurecía, lo hacía cada vez que intentaba ignorarme. Como si
yo fuera su padre y ella la niña maleducada siendo castigada por cometer
una travesura grave. Era desesperante.
— ¿No pensás en lo que esto puede significar para él?
Otra vez, sigo sin obtener respuestas de su parte. La tomo del codo con
firmeza y la arrastro dentro de la cabaña, pateando a la pasada el bolso que
antes le quité de las manos. Ella protestó y tironeó, pero que me partiera un
rayo si la dejaba ir. Antes íbamos a hablar como dos adultos civilizados.
—Sentate—ordené, dándole un empujoncito hacia la silla.
No se sentó, se dio la vuelta y me enfrentó.
—Me cansé—escupió—. Me cansé de tener que ser tu sombra, tu ama de
casa, la que vive encerrada en la cocina haciéndose cargo del muchachito
mientras te vas por más de un mes. Me cansé de tus planteos estúpidos y tus
intentos de ser un “adulto serio”—formó comillas con los dedos para enfatizar
ese par de palabras—. ¡No somos adultos serios! ¡Somos una broma de
familia! Una familia con un delincuente como cabeza…
Permanecí clavado en mi lugar como una tensa estaca. Hice muchísima
fuerza para no saltar sobre ella y su egoísta forma de ver las cosas.
—Sí, soy un delincuente. ¡Pero no he visto que te quejes cada vez que
entras por esa puerta acarreando bolsas y bolsas de ropa cara! Estás siendo
alimentada todos los días gracias a este delincuente. ¡No te falta nada,
porque hago lo que hago para tener lo que tenemos!
— ¡Sí me falta!—chilló—. Me falta amor y atención.
Negué frustrado. Me llevé las manos al pelo, quitándolo de mi cara. Solté
un suspiro, enviando más aire tenso alrededor.
— ¿Querés separarte? Bien, pero no me vas a alejar así de mi hijo.
Tenemos que arreglar los horarios, compartir la tenencia…
—Andate a la mierda—siseó y se alejó de nuevo hacia la puerta.
La vena de mi frente empezó sobresalir y la furia hizo que los latidos de
mi corazón se apoderaran de mis oídos. No podía escuchar más que el rugido
en mi interior. No lograba ver más allá del manto rojo que atravesaba mi
percepción. Sandra se volvió un punto fijo que alarmaba a cada uno mis
sentidos, me estaba llevando a explotar como un jodido volcán. La alcancé de
nuevo y tironeé de su brazo, atrayéndola. La obligué a mirarme a la cara.
—No te vas antes de que hablemos—gruñí.
Intentó empujarme, no lo logró, yo era un gigante y enojado hijo de puta
en ese mismo momento.
—Pedro y yo nos vamos a ir, quieras o no—dijo, mirando dentro de mis
pupilas con saña.
No entendía qué le había hecho para que se encontrara tan dispuesta a
herirme de esta forma. Ella deseaba hacerme daño, las señales estaban en
todas partes. Alguna vez su actitud problemática y vengativa me había
atraído, allí mismo me di cuenta de que era el infierno mismo estar al otro
lado, siendo el objetivo.
— ¡No vas a llevarte a mi hijo así!—aullé, zamarreándola.
Esta vez el grito cortó el aire, tanto que Pedro se echó a llorar. Nunca me
había visto de esta forma. Sandra se soltó cuando el llanto me desconcentró.
—No es tu hijo—carraspeó, venenosa.
Ahí estaba, el misil que faltaba. Ese que iba dirigido al centro de mi
pecho, más precisamente a atravesar mi corazón.
— ¿Qué has dicho?—pregunté, mi voz muerta.
Los latidos en mis tímpanos sonaron tal como una cuenta regresiva. Mi
respiración se unió, agitada. Severa. Ella se estaba esforzando para sacarme
de las casillas y no le quedaba mucho para logrando.
—No es tu hijo—repitió, cruel.
Tres, dos, uno. Los latidos fueron contados, la ola de violenta llegó hasta
mí y me arrastró con ella. No estaba pensando con claridad en ese mismo
instante, ni siquiera fui del todo consciente. Vi mis brazos estirarse hacia ella
y lanzarla hacia atrás. Su espalda castigó contra la pared, al mismo tiempo
que jadeaba. No estuve seguro del nivel de fuerza que había usado, y no lo
necesitaba, me horroricé instantáneamente. Más culpable me sentí cuando
ella me miró como si fuera un monstruo. Su semblante empalideció y su
aliento se estancó. Inmóvil, contra el yeso, sus lágrimas se desprendieron de
las comisuras de sus ojos verdes agigantados y mojaron sus mejillas. Se
cubrió la boca, acurrucándose al ver que yo me movía para acercarme. Me
frené, sintiendo frío en todo mi cuerpo.
—No te acerques—murmuró entrecortadamente—. Nos vamos. Y no nos
detendrás porque te juro que jamás vas a volver a ver a Pedro…
Le hice caso, permanecí en mi lugar, anonadado. Temblando por lo que
había hecho. La vi dirigirse hacia nuestro hijo y levantarlo. Después corrió al
coche y se fue. Lo que siguió no lo recuerdo bien, sé que estaba entumecido y
perdido. La realidad se volvió dudosa, mi entorno dejó de parecer seguro. Yo
creí que estaba en medio de una pesadilla.
Dos horas después desperté, uno de los chicos vino a buscarme. La
policía se encontraba en el bar. Me querían a mí. Había agredido a mi mujer y
tenía que pagar por eso.»
12
León
— ¿Qué estás haciendo acá?—suelto inexpresivamente.
Me mantengo en mi silla, fingiendo despreocupación. Ya aprendí a
actuar inmune frente a ella, años y años analizando nuestra relación. Las
cosas que hice mal, las que hice bien. La mierda enferma que ella tenía en
la mente. No me sorprendí cuando supe que había entrado en la droga,
años después de separarnos, Sandra estaba hecha para los problemas. Me
sentí realmente mal por sus padres, ellos no merecían recoger la basura que
su hija desechaba. Pero al fin y al cabo, me cerré a todo lo que tuviera que
ver con ella.
Y ahora tiene la osadía de meterse en mi casa.
Finge timidez ante mi pregunta, lleva su mirada más allá de mí y se
frota las manos nerviosamente delante de ella. Nada ha cambiado, por lo
que veo. El mismo juego de cabello castaño largo y liso, ojos esmeraldas y
cuerpo con curvas de infarto. No se ve como una mujer de treinta y siete
años. Tiene suerte de ser de esas pocas personas a las que los años y la
droga no las destrozaron tanto.
—Sólo quise pasar a saludar…
La miro como si me acabara de contar un mal chiste. ¿De verdad?
¿Quiso pasar a saludar al hombre al que le hizo la vida imposible años atrás
tanto que hasta lo dejó sin nada? Porque eso fue lo que hizo, no soy un
resentido, pero tengo memoria. Y mi vida al fin está bien ahora, sin ella. De
hecho, todo comenzó a ir bien cuando dejó de contaminar el aire que yo
respiraba.
—Hola—digo—. Y adiós—corto, secamente.
Se muerde el labio, su mandíbula tiembla. Y sé lo que sigue en su
libreto. Llanto, ese exasperante intento de dar lástima. Teatro barato. No me
muevo de mi lugar cuando rodea un poco el escritorio, intentando llegar
más cerca de mí. Se frena, indecisa porque no parezco interesado, ni
alarmado.
—Has cambiado—susurra.
No digo nada, la miro de arriba abajo, me encanta ver que le
desconcierta no encontrar ninguna reacción de mi parte. Ya no tiene poder
sobre mí, porque el chico inmaduro que consiguió hace años atrás, ya
creció. Ahora soy un hombre, uno al que no le gusta tropezar dos veces con
la misma piedra.
—Crecí, Sandra—carraspeo, le doy una media sonrisa falsa—. Crecí.
Algo de lo que estoy seguro, no habría hecho si te hubieses quedado en mi
vida.
Frunce los labios, frustrada. Alcanzo a notar un destello de furia
queriendo hacer acto de presencia, para mi sorpresa, logra esconderlo bajo
la superficie de inmediato.
Tenía diecisiete cuando ella lanzó su cuerda y me rodeó en un lazo para
atraerme. Era un pendejo, inmaduro, me gustaban las mujeres hermosas.
Ella era una. También me volvía loco su sexo desenfrenado y su loca
personalidad explosiva. Fui un adolescente estúpido y fui fácil. De hecho me
mantuvo tan apretado y encerrado como pudo durante varios años. Aprendí
lo que provocada el estar cerca de ella por las malas, tropezando y
tropezando con la mierda. Cayendo de culo en ella. Lamento tanto no haber
sido más inteligente y menos cobarde cuando supe que las cosas entre los
dos no funcionarían. Ese tendría que haber sido el momento de cortar
nuestra enfermiza relación.
—Por lo que veo, vos seguís siendo la misma—agrego, encogiéndome de
hombros.
—Papá me dijo que no querías saber nada de mí—se remueve—. Pero yo
necesitaba verte.
— ¿Por qué?—pregunto, mi voz firme.
Una lágrima baja por su mejilla y toma aire para frenar el llanto.
—Porque… no sé… siento que lo nuestro no se ha cerrado del todo.
Todavía existe algo que nos une…
Se limpia la cara, y da otro paso hacia mí. Cuando me quiero dar
cuenta ha caído de rodillas ante mi silla al mismo tiempo que su llanto
explota con más potencia. Me atieso, tragando con fuerza mi amargura. Que
ella esté haciendo esto me descoloca y me pone un poco violento. Parece que
no aprendo a dejar los malos sentimientos encerrados. Sí, es verdad que
algo nos une, algo grande y doloroso. Un agujero negro. Pero no pienso
hacerme cargo frente a ella.
—No hay nada más entre nosotros—digo, duramente—. Nada, Sandra.
Métetelo en la cabeza. No hay nada, te encargaste de eso vos solita.
Niega, aprieta la tela de mis pantalones en un puño a la altura de mis
pantorrillas.
—Dijiste que me habías perdonado—gime, se agita, tironeando de mí—.
Lo prometiste. Me perdonaste.
No respondo, aprieto los dientes. Llevando la silla hacia atrás para que
no pueda tocarme más.
—No parece que lo hayas hecho, me mentiste—se arrastra de rodillas,
sin darme espacio.
—Te perdoné—aseguro—. Lo hice. Pero la gente no entiende el
significado de eso, ¿no? No entendés, ¿Verdad? Que te haya perdonado no
significa que tengas lugar en mi vida de nuevo. No, Sandra, de ninguna
manera. Yo te perdone, asunto cerrado. No sos bienvenida a volver.
¿Por qué se arrastra? ¿Por qué tiene la necesidad de humillarse de este
modo? Diez años han pasado. Diez. Una jodida eternidad. ¿Y ahora tiene la
necesidad de verme e imponerme esta escena? Creía que ella había recibido
ayuda psicológica, que estaba mejor. Por lo visto sigue igual, o peor que
antes. ¿Les habrá mentido a sus padres? ¿Seguirá drogándose?
—Necesito que me perdones, León—su agarre se vuelve firme y siento la
presión de ello por todos lados. Me vuelve loco, no hay nada que quiera
menos que esta mierda—. Necesito que me perdones por todo lo que hice.
Suspiro, perdiendo la paciencia.
—Te perdoné hace años, Sandra. ¡Ya está!—casi grito.
Niega, entonces sube frenéticamente sus manos por mis piernas, salto
como si hubiese tirado leche hirviendo sobre mi regazo cuando descubro
que quiere llegar a la cinturilla de mis vaqueros.
— ¡¿Qué mierda?!—gruño, fuera de mí.
Quito sus manos de mí, sin muchos miramientos y la levanto del codo.
Se acabó, esto no da para más. Esquivo el escritorio, avanzando decidido
hacia la puerta, estoy tan ciego y afectado que tardo muchísimo en darme
cuenta de que la puerta ya está abierta. Y descubro que se halla alguien allí,
de pie. Mirándonos. Inmóvil. Me tenso al posar mis ojos en los redondos y
grandes de Francesca. Ella respira con dificultad, viendo la forma en la que
arrastro a Sandra del brazo. Me freno, soltando a la mujer bruscamente, y
le ruego silenciosamente con la mirada que no huya de mí. Que no crea
nada de lo que su cabeza imagina ahora mismo.
Sandra nota la forma en la que Francesca y yo nos enlazamos sin
siquiera movernos o tocarnos y, como ya no es el centro de atención, se seca
la cara e intenta recomponerse. Apenas soy consciente de ella, sobra en esta
habitación, y me encuentro aterrado de que Francesca se vea afectada por
lo que acaba de presenciar. Sandra se dirige a ella y espera a que se corra a
un lado para poder salir, Francesca lo hace enseguida y después se queda
allí viéndola irse hacia las escaleras. La sigo, pero no voy más allá, me
estanco cerca de Francesca.
—Tenés prohibida la entrada a mi propiedad de nuevo, Sandra—le digo
a su espalda, ella se da la vuelta—. ¿Entendés? No quiero volver a verte de
nuevo, entre vos y yo no hay nada. Se acabó.
Aprieta los dientes y, en vez de fulminarme a mí con la mirada, se fija
en Francesca, casi pegada a mi costado. No estoy seguro de lo que significa
eso, pero no tengo tiempo de analizarlo. Pongo toda mi atención en la mujer
temblorosa junto a mí, tengo miedo de su reacción. Ella me devuelve la
mirada, preocupada. Y sé que puede leerme, sé que ve dentro de mí todo el
dolor que acaba de florecer de la nada. Yo aprendí a esconderlo bien, pero
de vez en cuando él sale y se reluce. A veces uno se cierra tanto, que llega
un momento en el que tiene que explotar. Francesca lo entiende. Y es por
eso que estira su mano y entrelaza sus dedos finos entre los míos. Al fin
siento como que puedo respirar de nuevo, profunda y limpiamente.
Mi corazón vuelve a su lugar, paz pura apoderándose de él.
Francesca
Veo que León se encuentra muy afectado por su encuentro con esa
mujer, algo que me remueve por dentro dolorosamente. Le ofrezco mi mano,
sin siquiera pensarlo dos veces, lo único que quiero en este momento es que
se tranquilice y vuelva a ser el hombre de siempre. El que no lleva los ojos
azules empañados de tristeza. Mi toque parece surtir efecto y él tironea de
mí para envolverme en un abrazo apretado y consolador. Respiro con fuerza
por la presión que crece en mi centro, aunque no tengo la terrible necesidad
de apartarme y correr. Me hace feliz estar aquí porque sé que le hace falta
apoyo.
Con movimientos suaves me separo un poco y lo dirijo otra vez dentro
de la oficina, y una vez allí cierro la puerta para tener más privacidad. Él
requiere un poco de espacio, y yo creo que puedo dárselo. Camina en
dirección al colchón en el suelo y se lanza encima, a la vez arrastrándome
contra él. Acabo sentada a su lado, tan cerca que mi costado se suelda al
suyo, sin dejar ni un mínimo espacio entre los dos. Me gusta el calor que
me transmite. Subsistimos rodeados de silencio, lejos de ser incómodo, es
reparador. Para él porque le ayuda a abastecerse en el interior y a mí
porque me va llenando gradualmente de seguridad para poder hablar con él
sin impedimentos.
— ¿Querés hablar de ello?—pregunto.
León dirige sus ojos a los míos, conectamos por varios segundos.
Alcanzo a notar cómo su mirada se cristaliza, volviendo a ser el puro azul
que conozco, se ablanda conmigo. No dice nada, sólo traga con fuerza,
mostrándome cómo sube y baja su nuez de Adán aun detrás de su
abundante barba rubia oscura. Todavía sujeta mi mano, la levanta y se
queda observándola, metido en su mente. Espero, si quiere contarme estará
bien, y si no, no importa. Él ha sido paciente y amable conmigo, yo seré del
mismo modo. Quiero tener eso entre nosotros.
—Sandra y yo tenemos historia—empieza, su tono apagado—. Empecé a
salir con ella a los diecisiete, estuvimos viéndonos por años. No era serio, era
sólo sexo, ya sabes…
Asiento aunque no me esté viendo directamente, todavía enfocado en
nuestras manos enganchadas, juega distraídamente con mis dedos. Y me
maravillo con la imagen que crea su piel tatuada con la mía tan pálida, es
un cuadro que me gusta muchísimo.
—Era cómodo, se volvió como una costumbre—sigue—. Éramos chicos,
estábamos bien así, sin ataduras… Entonces se quedó embarazada. Fue en
un momento crítico para mí, mi padre había muerto y estaba desolado, solo,
perdido en la culpa porque jamás me di cuenta de que él había vuelto a
consumir drogas. Cuando Sandra me dio la noticia me alegré, eso me dio
fuerzas, no me importó que fuéramos demasiado jóvenes e inestables. Me
hizo feliz.
Mi corazón tiembla por el sufrimiento que desprenden sus palabras, con
eso me demuestra lo terrible que debe de haber sido para él la pérdida de su
padre. Pienso en que me hubiese gustado estar allí para él, en lugar de ella.
Sandra no me gusta, es mala, lo vi en sus ojos las pocas e insignificantes
veces que la crucé en mi vida. No sigo pensando en ello, ya que sigue con su
torturador relato. Me cuenta con lujo de detalles cómo fue el resto del
embarazo, la convivencia entre ellos dos, la historia fue poniéndose peor al
nacer el bebé. Decir que aquella época fue difícil para él se queda corto. Fue
el infierno, lo único que estaba en su lugar y le daba alivio era su bebé.
¿Y dónde está él? ¿Dónde está su hijo? Me da mucho miedo saberlo.
—Tuve errores, una infinitud de ellos—explica, tragando el bulto de
emoción con fuerza—. No es bueno para mí recordármelos ahora, lo único que
puedo decir es que debería haberme separado de ella antes de que todo se
fuera al carajo. Antes de que las cosas se pusieran realmente feas. Y no lo
hice, por eso lo que vino después fue todo culpa mía.
»Llegué a casa de un largo viaje y encontré a Sandra cargando bolsos en
el auto de su padre, decidida a irse. Me llené de rabia porque no me
escuchaba, sólo quería alejarme de mi hijo, castigarme de alguna forma
porque lo que yo le daba no le alcanzaba. No le bastó con querer arrancar a
Pedro de mi lado, sino que, en el calor del momento, me soltó que no era mi
hijo. Me hizo mierda, me destrozó. Y no importaba que yo supiera en mi
corazón que era mío de verdad, me dolía la forma en la que quería herirme
con semejante mentira, nunca creí que ella fuera capaz de ser tan cruel. La
empujé, sí, lo hice. La agredí. Y vi lo afectada que estuvo después de eso.
Entendí que si yo era capaz de asustar a una mujer como ella, entonces
había hecho algo muy malo. Cargó al niño en el coche y se lo llevó, no
intercedí porque estaba muy sorprendido y espantado con lo que había
hecho… Tampoco luché cuando la policía vino a buscarme, en ese momento
pensé que me merecía un castigo.
Deseo hacerle entender que no, que él no hizo nada malo ese día. ¿Qué
persona con sangre corriendo por sus venas puede aguantar tanta
crueldad? No es justo que ella haya usado a su hijo para lastimarlo. Me
gustaría convencerlo de que lo entiendo, que él no tiene la culpa por la
maldad de Sandra, quien lo manipuló por años y años. Ella destruyó la
familia con su egoísmo, e interpuso a su bebé entre los dos porque supo que
con eso doblegaba a León como quería. Ella no merece la culpa de este
hombre, de hecho, no merece nada de lo que él le dio en su momento.
—Me encerraron en una celda, Sandra había declarado y yo no tenía
nada que hacer al respecto, sobretodo porque estaba destrozado y no tenía
fuerzas para defenderme. Tampoco quería, porque había agredido a una
mujer y me sentía la peor mierda pisando la tierra. Seguramente iba a salir
pronto, me darían una orden de alejamiento, la verdad es que no escuché
demasiado mientras el abogado hablaba…
» Greg, el padre de Sandra, vino corriendo ni bien lo supo, gritando que
era imposible que yo hiciera algo así. Lo dejaron verme y le aseguré que lo
había hecho, que había empujado a su hija. Él, inexplicablemente, estuvo de
mi lado, no importó cuántas veces lo asumí. Se movió para que me soltaran
cuanto antes. Yo era como un hijo para él, y supe que le dolía verme en esa
posición. No aceptó la versión de Sandra, y se puso en campaña para
sacarme cuanto antes de ahí.
León se detiene, sus ojos se establecen en una lejanía, fijos en la nada
misma. Hundido en sus recuerdos, nadando en ellos y en la tortura que
significan. Ejerzo presión en nuestras manos enganchadas, intentando
darnos apoyo, a ambos. Porque intuyo que lo que está por venir será
doloroso, me preparo sabiendo que terminaré con el corazón roto.
León
«No estaba seguro de las horas que llevaba allí en la celda, sentado en el
suelo frío, mis hombros caídos. Greg se fue temprano, en busca de ayuda, y
todavía no había vuelto. La noche llegó y fui iluminado por una débil luz
alejada de donde yo me encontraba. Levanté las rodillas y apoyé los codos,
restregándome la cara. Pensé en todos y cada uno de los errores que cometí
con Sandra, uno de ellos fue tratar de ser un jodido adulto responsable con
ella. Ella no era importante, sólo mi hijo. Debía ser un buen padre para él,
nada más. En cambio quise formar una familia, no quería dejarla sola en
esto, y todo se enredó a causa de eso. Ahora ella me había alejado, poniendo
a la ley entre mi hijo y yo.
Estaba esforzándome muchísimo para no odiarla.
Mi suspiro resonó en aquel oscuro hueco y cerré mis ojos. En ese mismo
momento fue cuando escuché el barullo venir desde las oficinas. Gritos,
empujones. Reconocí la voz de Greg diciendo mi nombre, parecía que estaba
llorando y eso me alarmó. Me levanté de un salto y me derrumbé contra las
rejas, él estaba rogando que lo dejaran verme. Los guardias frenándolo
porque el horario de visitas había terminado. Estuvo allí insistiendo no sé por
cuanto tiempo, hasta que se lo concedieron. Greg apareció ante mí deshecho,
su rostro curtido empapado en lágrimas.
— ¿Qué?—pregunté, desesperado.
Se llevó las manos a la cabeza, negando. Por un segundo creí que
colapsaría a mis pies.
—Hijo—balbuceó, ahogándose.
— ¿Qué carajo está pasando?—casi grité, su estado me volvía loco.
Se limpió la cara, sus movimientos inestables.
—Hubo un accidente—se las arregló para decir.
Mi cuerpo se heló, me quedé inmóvil mirándolo, esperando por más.
—Una picada en el acceso al pueblo, uno de los coches perdió el control—
tembló, su llanto volvió—. E-ella… Sandra iba en él… Yo… Pedro…
No pudo seguir, y los latidos de mi corazón se aceleraron cuando el
nombre de mi hijo salió de sus labios empapados.
—Por Dios—susurró, su garganta cerrándose.
— ¿Dónde está mi hijo?—me sujeté a los barrotes con fuerza.
Greg dio un paso atrás, sin parar de negar con su cabeza. Parecía que no
quería decir el resto. Quise salirme de la celda y zamarrearlo.
— ¿Dónde está mi hijo?—insistí—. ¿DÓNDE ESTÁ?
—Él… s-salió despedido…—dijo, un susurro que apenas llegó hasta mi
sitio.
Tragué, y mi pecho se endureció, dejé de respirar, sentí un escalofrío
bajar por mi espalda.
— ¿Dónde está Pedro?—seguí preguntando, no lograba entender lo que él
trataba de decir—. ¿Dónde carajo está mi bebé?
Él se atragantó con sus mocos, bajó la mirada al suelo.
—Lo siento—dijo, sin aire.
— ¿Está en el hospital?— quise saber, ignorando su llanto
ensordecedor—. ¿Está en el hospital?
—No, hijo—sus hombros temblaron y cayeron—. Él no está en el hospital.
Mis respiraciones empezaron a rivalizar con sus gimoteos, mi garganta
cerrándose. Sentí como si alguien me jalara hacia abajo, al suelo, incluso más
profundo. Mi corazón bombeó con ímpetu, punzando en mis oídos.
—Entonces, ¿dónde está?—no dijo nada—. ¿Dónde está? Llévame con él.
Como no reaccionaba empecé a gritar y golpear las rejas, los policías se
alarmaron y vinieron a ver lo que estaba pasando. Me paseé de un lado a
otro, rascándome la cabeza. Mi cuerpo parecía entender lo que estaba
pasando, sudaba, dolía, mi vista se desenfocaba. Pero en mi cabeza la
historia era diferente, ella no se hacía cargo de la idea.
— ¿Y Sandra?—me frené.
—E-ella está bien...
Negué.
— ¿Y qué pasa con Pedro?—el hecho de que yo no aceptara las cosas
ponía peor a Greg.
—Dios, hijo—se quejó, a punto de caer al suelo.
Volví y me sujeté a los barrotes.
—Llévame con él, Greg—supliqué—. Quiero verlo. Llévame con él.
Necesito abrazarlo. ¿Dónde lo tienen?
No dijo nada, escondió su cara detrás de su brazo, completamente
negado a verme frente a frente. Mis rodillas se aflojaron y tuve que agarrarme
más fuerte, tanto que mis nudillos se volvieron blancos.
—Sácame, Greg—pedí—. Sácame. Llévame con mi hijo. ¡SACAME DE
ACÁ! QUIERO IR CON ÉL. NECESITO IR A VERLO.
Los guardias no se podían mover, mientras yo me movía en la jaula como
una animal salvaje privado de su libertad. Tiré de mi cabello, arrancando
mechones, la presión en mis costillas era insoportable. Me faltaba oxígeno,
sentía frío en todo mi cuerpo.
— ¿Está en el hospital?—me frené, de nuevo preguntando lo mismo.
Nadie contestó.
—Sáquenme—aullé—. ¡Sáquenme! Quiero ir con mi hijo. NECESITO VER
A MI BEBÉ.
Tomé una silla que había en el rincón y la estrellé contra los barrotes,
todo el mundo saltó con el impacto. Greg se cubrió la cara con las manos.
—Debería ser ella—susurré, él se encogió—. Debería ser ella. HIJA DE
PUTA. No le bastó con alejarlo de mí. Debería ser ella.
—Lo sé, hijo—lo escuché lloriquear.
—Greg—mi garganta soltó un quejido agudo, caí de rodillas aferrándome
a las rejas—. Greg, sácame. Sácame de acá. Pedro me necesita ahora, Greg.
Tengo que ir con él.
—Voy a hacer todo lo que esté a mi alcance, lo juro, hijo.
Salió arrastrando los pies, a punto de caer sin energía. Me quedé en mi
lugar, sobre mis rodillas dobladas. Lágrimas comenzaron a bajar por mis
ojos, pero por dentro yo no entendía el motivo. No había nada en mi mente,
estaba en blanco. Entumecida, completamente negada a aceptar la noticia.
Greg me sacó horas y horas después, ya eran las seis de la mañana del
día siguiente. Y dejé que me llevara a donde fuera, porque no era capaz de
ser consciente. Me subió al coche y arrancó. No me llevó al hospital, no. Me
quedé viendo con ojos muertos la entrada de la sala de velorios ante mí. Me
bajé del coche como si estuviera yendo con cansancio al supermercado. Mis
manos temblaban, mi respiración errática. No había otro indicio de que esto
era malo. Realmente malo para mí.
Antes de entrar Greg comenzó a llorar de nuevo, esta vez un pañuelo en
su mano, acallando sus sollozos. Lo miré con ojos incoloros, lo que vio en mi
cara lo puso peor. Abrió la puerta para mí, y fue allí que un mar de lloriqueos
arrasó con mis oídos, me tensé. Llevé mis ojos al montón de gente, alcancé a
reconocer a Laura, que se encorvaba sobre sí misma haciéndose más
pequeña de lo que ya era. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué estaba yo acá?
Greg me dirigió y no me resistí, aunque mis pies querían retroceder. En mi
pecho fue creciendo una sensación de espanto. Llegué hasta la multitud y
sentí como si un lazo grueso me rodeara el cuello, se volvió más y más
apretado. Entonces bajé la mirada y lo vi. No, no era Pedro. No era mi bebito.
No. No había nada más que una caja de madera. Un ataúd.
No uno normal.
Un ataúd diminuto.
El mundo a mi alrededor desapareció. Lo único que fui capaz de oír fue
un insistente pitido en mis oídos, como una alarma, al mismo tiempo mis
entrañas se estrujaron. Me llevé una mano al pecho, sin poder dejar de mirar
el cajón. Estaba cerrado, no me dejaba ver lo que había adentro. Pero yo ya
sabía. Todos acá sabían lo que allí adentro había. Con el entendimiento
llegaron las palpitaciones, el mareo. Mi cuerpo se atiesó, alguien me frotó la
espalda, nunca supe quién. La gente me susurraba cosas, nunca supe qué.
No me importaban ellos. No me importaba nada porque ya no tendría conmigo
a mi bebé.
Caminé llevándome por delante a casi todos, me posicioné junto a la caja.
—Quiero verlo—dije, monótono, sin mirar a nadie.
No obtuve respuesta, sólo más llanto.
—Quiero verlo—insistí—. Ábranlo. Déjenme ver.
Un hombre pequeño y moreno se me acercó, su mirada cautelosa. Su
semblante serio y profesional.
—Lo siento, señor—me anunció en voz baja y respetuosa—. Ya ha sido
soldado, no se puede abrir.
Negué.
—Necesito que lo abran—repetí—. Quiero tocarlo. Quiero verlo por última
vez…
Laura vino, y me tomó del brazo. Intentó llevarme hacia atrás, no pudo
moverme. Me quedé clavado en mi lugar y me incliné sobre el ataúd, tocando
la superficie lisa y brillante. Estaba fría, y empezó a rociarse con mis
lágrimas. Era tan pequeño, que hasta podría tomarlo en mis brazos y llevarlo
por mí mismo. Era tan diminuto y, sin embargo, contenía dentro mi vida
entera. Mi todo. Me estaba quedando vacío. No me quedaba nada.
Capté un movimiento por el rabillo del ojo, y algo me empujó a levantar mi
vista. La vi a ella, allí de pie, estrujándose las manos delante del cuerpo. Su
rostro rojo y mojado. Estaba sana, intacta. Sólo un rasguño insignificante en
el pómulo, y una gasa en el costado de la cabeza. Nada más. Y ahí estaba en
pie, mientras nuestro hijo pagaba por su imprudencia.
Señalé el ataúd.
—Deberías ser vos—le dije, ella no tuvo la valentía de mirarme a los ojos,
la gente jadeó—. Deberías ser vos.
Sandra lloró más, se encogió.
—Deberías estar en su lugar—mi voz flaqueó, mis lágrimas caían al
suelo—. Perra egoísta. Mala madre. ¿Por qué mierda lo llevaste a esa picada?
¿Qué tiene que hacer un niño en esa mierda? Decime, Sandra…
Arremetí contra ella, no pude llegarle, ya que alguien me frenó,
impidiéndome llegar a ella.
—No quiero volver a verte en mi vida… Me quitaste todo, Sandra… ¿Cómo
pudiste?
Los hombres que estaban allí, mis amigos y otros conocidos, me llevaron
afuera mientras Sandra se despedía de Pedro. Me mantuvieron lejos por una
media hora hasta que la alejaron para sedarla, entonces pude volver junto a
mi hijo. Me arrodillé junto al cajón, y apoyé mis manos en él. Me imaginé que
estaba abrazándolo, que rodeaba su cuerpito y lo estrechaba contra mí. Soñé
que me sonreía y decía “Papá” por primera vez.
Nunca escucharé su voz. Nunca le enseñaré a montar. Nunca lo veré dar
sus primeros pasos sin tambalearse. Nunca más me despertaré con su llanto
en medio de la noche. Y jamás podré darle consejos sobre chicas.
Ya no estaba, mi bebé ya no estaba. Y yo ahora era un condenado al que
ya no le quedaba nada.
Me había quedado solo.
Otra vez. »
Francesca
León deja de hablar y yo lo único que puedo hacer es llevarme la mano
libre al rostro para limpiarlo. Me estoy ahogando en lágrimas, un dolor
constante y progresivo se sitúa entre mis costillas, y sé que mi corazón está
irreversiblemente roto por ellos. Por León y su bebé perdido. Por la familia
que Sandra destrozó y por la culpa y desazón que él siente gracias a eso. No
sé qué decirle para que entienda que todo, todo lo que hizo por ella y su
bebé fue lo correcto. Él no es el villano, no importa cuántas veces Sandra
quiso hacérselo creer. Los errores que cometió fueron pequeños, lógicos
viniendo de un chico de veinte años. Él amó a su familia desde el primer
segundo, cosa que dudo que ella haya hecho.
¿Cómo alguien puede ser tan mala?
—Lo siento—susurro contra su hombro, he empapado su ropa.
Él me responde con un apretón en la mano, aun entrelazada a la suya.
Se retuerce para verme a los ojos, él los tiene nublados pero no hay
humedad alrededor. Lo que es peor, porque la turbación que hay en ellos es
arrebatadoramente potente, y me lastima tanto que no pueda soltar la
tristeza como todos los demás solemos hacer.
—No lo sientas—me pide, su voz quebrada.
—No puedo evitar que me duela tu dolor—me atrevo a decir, aun
llorando silenciosamente—. Quisiera quitártelo de adentro.
Pero ese tipo de sufrimiento es el que se carga por el resto de los días,
me aclaro por dentro. No logro imaginar lo que significa perder a un hijo.
Asiente, aun su mirada en la mía, incluso alza su mano para limpiar las
gotas que caen de mis pestañas. Es tan dulce, delicado y amable conmigo.
Nadie lo adivinaría con sólo verlo, porque es grande, magnífico, hosco en
ocasiones, y ofrece una imagen dura y altiva. Aparenta ser invencible. Y, por
el contrario, es un hombre tan equilibrado, puro, sensible y leal como
pocos.
—He aprendido a llevarlo—cerciora—. No dejo que me derribe, aunque a
veces, ciertamente, quiero arrastrarme de rodillas y dejar que me venza. He
aprendido a amar la vida, con sus altos y bajos, porque me queda mucho
camino por recorrer y no quiero que todo se vuelva negro. Quiero vivir, y sé
que al final voy a encontrarme con él. Mi Pedro—sonríe triste.
Elevo mis dedos, acaricio su hombro todo el camino hacia arriba,
entonces llego hasta los despeinados mechones de cabello oscuro y rozo las
puntas. Jamás me he atrevido a hacer algo así, con nadie a parte de mis
hijos, las yemas me hormiguean y aprecio cómo él se mitiga mucho más con
mi toque. Descubro que hacer esto es mi nueva cosa favorita, podría insistir
por horas y horas, jamás me cansaría. Ahora, que León me ha mostrado
una parte de su alma torturada y ha abierto mucho más su corazón ante
mí, siento que puedo hacer lo mismo. Porque intuyo que él no va a fallarme,
me permito confiar.
—La perdonaste—adivino, porque se ve como algo que él haría.
Por un lado quiero seguir hablando de esto, para que lo saque todo, por
otro me da miedo le haga mal. Me transmite un asentimiento, juguetea con
mis dedos. No parece afectarle más que yo siga indagando.
—Tardé meses y meses en hacerlo—dice, pensativo—. Vino miles de
veces al recinto a buscarme, a rogar mi perdón. La recibí cuando estuve
preparado, cuando supe que podría mirarla a la cara sin desearle lo peor.
Me costó mucho. Me gusta ser un hombre justo, odio el resentimiento, pero
con ella, el sentimiento amargo era enorme. Me corrompía por dentro.
Muchas veces deseé su muerte, estaba tan enojado y herido. Bueno… soy
humano, y tuve que luchar contra eso. La perdoné porque para mí
significaba acabar un capítulo de mi vida. Dejar todo atrás y seguir
adelante, por más que el drástico final me persiguiera para siempre. Fue
una despedida, un cierre. Y la perdoné, sinceramente, no lo hice obligado.
Lo hice porque sentí que ya era hora.
Lo observo, me embeleso. Cada momento que paso junto a él equivale a
más sentimientos hospedándose y abultándose en mi interior. Es una
persona digna de admirar, digna de amar. Ojalá yo fuera capaz de tener,
aunque sea, una mínima pisca de cada una de sus virtudes. La capacidad
de perdonar, de ver las cosas desde un punto positivo. Su fortaleza de
seguir de pie incluso cuando cualquier otro se habría rendido al ver que ya
no le quedaba nada. La vida le ha quitado demasiado, y aquí está, fuerte,
seguro, inquebrantable. Un luchador.
¿Qué puedo ofrecerle yo a un hombre como este?
—Hablamos bien por primera vez en mucho, me atreví a aclarar ciertas
cosas—se anima a seguir—. ¿Por qué había sido tan imprudente de llevar al
niño en esa dirección? Contó que estaba dando vueltas con sus amigos,
divirtiéndose y el conductor de otro coche desafió a su amigo, en el calor del
momento jamás pensaron en lo peligroso que podría ser.
Mueve la cabeza a los lados, seguramente recordando todo aquello.
» ¿Sabes? Sandra era egoísta y cruel, pero no lo hizo a propósito. Creo
que pudo más su ambición de diversión, su juventud alocada, se olvidó de
que llevaba a su hijo en el regazo. ¿Es una buena excusa? No, no lo es. Fue
imprudente y pagó su error. Pedro pagó el error—chasquea la lengua
negando con lamento—. Podría haber levantado cargos contra ella. Si yo
hubiese querido, habría ido a la cárcel y sus amigos también, pero ¿para
qué? Eso no me devolvería a Pedro. Así que, la perdoné y la dejé ir. Se fue a
la capital, no la volví a ver hasta hoy y fue un golpe duro. Después de tanto
tiempo, no puedo evitar que tenerla en frente me parta al medio.
La calma viene y nos abraza, y el ambiente ahora se siente menos
pesado. León se desahogó conmigo y el hecho de haberle servido de apoyo
me hace sentir llena y satisfecha conmigo misma. Como casi nunca antes lo
estuviese. Él se relaja y se echa hacia atrás, apoyando su espalda en la
pared, con el movimiento me obliga a ir con él, porque me tiene amarrada
de los hombros, no está dispuesto a dejar que me aleje. Tampoco quiero. Así
que, no me niego esta grata sensación que recostarme contra su cuerpo.
Usando su pecho de almohada. Oigo los latidos de su corazón, su
respiración acompasada. Sus dedos doblados en la curva de mi hombro son
cálidos y firmes, me gusta. Mucho más que cualquier otra cosa.
Meses atrás ni de lejos habría imaginado esta situación. Estaba cerrada
en miedos, aterrada de los hombres y el contacto. Hasta de las miradas. Y
ahora mismo, en brazos de León, acumulo más esperanzas de que puedo
llegar a ser normal al final de todo, de que no estoy perdida a causa de lo
que me pasó. Que no todo es negro, sino que de a poco va apareciendo algo
de luz. Paso a paso, se ve el camino más claramente.
— ¿León?—le llamo, murmurando.
No lo estoy viendo a la cara, pero sé el momento exacto en el que él me
brinda toda su atención, su mirada calienta mi coronilla. Sé que no debería
decir lo que quiero ocultándome entre la cortina de cabellos, pero es la
única forma que puedo enfrentar. Por ahora.
— ¿Sí?—pregunta, su voz retumba en mi oído apoyado en su pecho.
—Me gusta que me abraces—percibo el calor subir de inmediato a mis
mejillas, por suerte él no puede verlo.
Me siento como una adolescente en presencia de su primer amor, todo
esto es muy nuevo para mí. Sus dedos acarician arriba y abajo mi brazo y
no puedo dejar adentro el suspiro que se escapa, el cosquilleo en mi vientre.
Su tacto es arrollador para todos mis sentidos.
—Amo abrazarte—dice, su tono enronquecido.
Me estremezco, y él lo nota, eso intensifica mi rubor.
—Sos un buen hombre—sigo, después de tragar hacia adentro el
nerviosismo inquieto que me corroe.
Enrosca un largo mechón de mi pelo en sus dedos.
—Al menos una parte de mí lo es—corrige, suspirando.
Niego, no lo creo. Toda su persona es valiosa, al menos para mí así es. Y
supongo que toda la gente que lo rodea, que no es poca, piensa igual. Es un
excelente líder, y todo el mundo lo adora.
—Con respecto al otro día…—empiezo, quitando el tapón que me
prohibía hablar de ello, de mis sentimientos—. Yo… más temprano venía a
verte porque quería hablar de eso…
—Adelante—me alienta, amable.
—Me asusté al escucharte decirlo—cuento, poso mi mirada en ninguna
parte, atenta a las palabras que quiero decir.
—Lo sé—musita, nunca deja de rosarme—. Sé que te asusté, quizás me
apresuré…
Niego de inmediato.
—No… sólo me tomaste por sorpresa—aseguro, intentando
tranquilizarlo—. Yo… creo que… me siento igual.
Deja de respirar un momento, las elevaciones de sus pectorales se
detienen y siento su corazón galopar con más rapidez.
—También siento…c-cosas—trago. Un ejemplo de ello es ese cosquilleo
en mi estómago, una sensación hermosa, como si fuera capaz de volar alto
en cualquier momento—. Sí, siento cosas por vos. Me gusta que pasemos
tiempo juntos.
La verdad es que he sentido algo muy profundo por León desde que lo oí
por primera vez, y se intensificó cuando al fin lo tuve en frente. De niña era
sólo una admiración hacia su talento, su porte. Fue mi héroe y yo lo
alababa. De adolescente, su imagen tomó otro significado en mi mente, otro
rumbo, directo a la laguna del enamoramiento. Lo que apresó mi corazón
aquella tarde que lo vi pasar en su moto, con su novia detrás, fue grande.
Yo estaba moribunda y reencontrarlo fue como un golpe de reanimación. Un
choque de electricidad directo al pecho.
Todo aquello fue perdiendo forma cuando crecí, y en la adultez terminó
por desdibujarse. Perdí en el camino a todos aquellos anhelos adolescentes.
Pero, definitivamente, todo volvió a su lugar cuando supe que éste León, el
que ahora mismo está abrazándome, es además aquel chico y hombre joven
del pasado. Es como si una gran parte de mi verdadero yo hubiese encajado
de nuevo donde debería estar. La pieza del rompecabezas amoldándose en el
espacio vacío. Este hombre me devolvió muchas cosas. Me hizo ver el
mundo con algo más de color y me dio esperanza. ¿Cómo podría mantenerlo
apartado? No, no puedo. Tengo que confiar, en mi interior sé que no me va a
defraudar.
—Pero… yo—me freno, tratando de encontrar las palabras correctas
para decir—. Yo no sé… todavía no me siento capaz…
León se remueve, entonces percibo su respiración más cerca de mi
oreja, eso agita la mía también.
—Lo sé, te entiendo—me asegura, barre el pelo lejos para ver mi perfil—
. Vas a marcar el ritmo, Fran—la manera en la que sale mi nombre
abreviado de sus labios me eriza la piel—. Yo voy a darte todo el espacio que
te haga falta, iremos poco a poco. No hay necesidad de apresurarse. Lo que
siento, lo que vos y yo tenemos, es grande. Es fuerte. Y el tiempo de proceso
valdrá la pena. Prometo que voy a esperarte y, a la vez, ayudarte en esto. Y
juro que respetaré tus momentos y reservas. Yo, lo único que deseo es
tenerte cerca. ¿Me dejaras quedarme a tu lado, Francesca?
Mi nariz pica y mis ojos se llenan, es imposible que mis conductos
lagrimales se mantengan secos cuando él me habla de esa forma tan gentil
y segura. Sus promesas cavan hondo en mí, las creo, ¿cómo no podría? A
León le creo todo, es más fuerte que cualquier reticencia que tenga en el
interior. Más poderoso que mis aprensiones.
—Sí, te dejaré—contesto, mis labios estirándose un poco a los lados.
Él me dedica una genuina y ancha sonrisa, mira la mía con fijeza. Se
queda allí mucho tiempo, sus ojos espesándose con un ardor nuevo y
vigoroso, por un instante pienso que va a inclinarse un poco más y besarme
en los labios. Detengo el aliento, la mitad de mí esperándolo con
expectación, y la otra rogando por algo más de tiempo. No sé si pueda
superarlo. De todos modos no importa, porque se vuelve a reclinar sobre su
espalda, su brazo rodeándome con más consistencia, oprimiéndome contra
él. Me dejo descansar, otra vez, en su pecho. Tranquila. En paz.
Deseo que mi cabeza cure alguna vez, porque sólo eso me permitirá
disfrutar de la compañía y el cariño de este hombre. Sólo así podré
entregarme al cien por cien.
13
Francesca
Los días empezaron a mejorar, dejando atrás el invierno. No es que no
haga frío, pero al menos el sol no permanece tan cubierto por las nubes
oscuras. La nieve ha ido despareciendo poco a poco, y se puede caminar
tranquilamente por los alrededores del recinto. Eso me permite abrigar a
Esperanza y al fin sacarla al exterior. Hoy venimos con Adela y Abel a visitar
a Lucre y sus gemelos, que están cada día que pasa más grandes y
regordetes. Nos sentamos en la sala y charlamos mientras cada una cuida a
sus hijos. Adela vigila a los más grandes, Tony también se ha unido a jugar,
mientras que nosotras atendemos a los pequeños. Los bebés Medina están
todavía en la etapa durmiente con solo un mes de nacidos, apenas están
despiertos. En cambio, Esperanza está llena de energía y se mantiene
curiosa de su entorno. Viaja de brazos en brazos y recibe fiesta de todos
lados. Ya sonríe y hasta se le escapan gorgoteos de felicidad.
—No va a poder negar que es tu hija—dice Lucre, mientras juega con
ella, moviéndola arriba y abajo—. Será una copia tuya…
Sonrío y Adela está de acuerdo. Todas miramos a mi hija con atención
mientras sonríe y se lleva las manos a la boca. Es verdad que se parece a
mí, obtuvo todos mis rasgos, aun así creo que será más hermosa. Y más
feliz. Me voy a encargar de ello, le voy a dar tanto amor que se ahogará en
él. A ella y a Abel, los dos lo merecen más que nadie.
Ahora mismo no veo como algo negativo que me haya quedado sola para
criarlos, me las arreglaré para ser suficiente para ambos. Saldremos
adelante. Además, tienen una tía de oro que daría lo que fuera por sus
sobrinos. Son afortunados. Y yo también, su apoyo ha sido más que
substancial, diría que es uno de los motivos por los cuales he mejorado.
—Y los gemelos van a ser una réplica de Max—se ríe Adela.
Lucre pone los ojos en blanco, pero después lanza al aire una
carcajada.
—En todos los sentidos, ya me veo en unos años queriendo
enderezarlos—sienta a Esperanza sobre su pierna, la acuna en el hueco de
su brazo—. Van a ser terribles.
Todas sonreímos, seguramente figurándonos en la mente una imagen
de los dos ya crecidos, con sonrisas de hoyuelos y travesura en los ojos.
—Y mujeriegos—agrega Adela.
En respuesta recibe una fulminante mirada de la madre.
—No me mires así, lo escuché hablar con los hermanos… O mejor
dicho, lo escuché jactarse de eso—se burla.
Todas nos reímos sin poder parar por un buen rato, porque Lucre lanza
juramentos y amenazas hacia su hombre, aunque no suenan verdaderas, ya
que apenas se aguanta la diversión. Creo que jamás en la vida me he
divertido así por tanto tiempo, estar con ellas también me hace bien. Me
olvido de todo y, sin siquiera notarlo, sonrío con facilidad. Todavía sigo
siendo tímida, lo voy superando gradualmente. Ellas son de gran ayuda al
respecto.
Adela se levanta cuando el agua para el mate está lista y vuelve ya con
todo arreglado para seguir la vuelta. En eso está cuando sus ojos se posan
en mí, tratando de leerme.
— ¿Y nuestra Francesca?—pregunta, una sonrisa torcida levanta la
comisura de sus labios—. Me parece a mí o ¿estás pasando mucho tiempo
con León?
Abro los ojos de golpe y, al segundo siguiente, me percato del calor
subiendo por mi cuello directo a mis mejillas. De hecho, toda mi cara se
siente como si se estuviera cocinando a fuego lento.
—Ohhhhh—Lucre me mira, fechoría en su expresión—. ¿En serio?
Niego con la cabeza, muy avergonzada. Las chicas se dan cuenta y
están a punto de decir algo más, cuando la puerta se abre y Max entra,
acompañado por Santiago y León. Trago, y procuro no mirar tan
directamente al líder. Las chicas saben leer entre líneas, y no estoy segura
de cómo me siento en cuando a que ellas sepan mi cercanía con él.
Estos últimos días se ha intensificado nuestra interacción,
prácticamente vivimos juntos. Él viene cada día al almuerzo y, a veces, a la
cena. Me ayuda a cuidar a los niños cuando intento poner en orden el altillo
y limpiar. Por las noches, una vez que los acuesto, nos vamos a la oficina y
nos aislamos de todo el mundo. Por horas somos sólo él y yo, la música. Y
nos mantenemos cerca, apenas un par de centímetros. Me estoy
familiarizando con su toque y sus roces. Y estoy apreciando a más no poder
nuestro contacto.
—León está organizando un encuentro este fin de semana—comenta
Max, se sienta al lado de su mujer y la aprieta contra él—. Asado.
Lucre salta.
— ¡Sí!—casi grita, entusiasmada—. Ya me olvidé del tiempo que hace
que no disfruto de un buen asado.
León toma el lugar justo en frente de mí, al otro lado de Lucre y en
seguida alza a Esperanza para apoyarla contra su pecho.
Hay algo inexplicable, aunque poderoso, que aprieta mi pecho cada vez
que lo veo ser tan cariñoso con mis hijos. Intento no quedarme viéndolo
fijamente como una boba, por eso llevo mi atención a Adela. Me inquieta
encontrarla repasándome con los ojos entrecerrados, suspicazmente. Pasea
entre León y yo, ida y vuelta. Me sonrojo y termino bajando la vista a mi
regazo, donde están mis manos. Por suerte, Santiago la levanta de su lugar
bruscamente para sentarse él, y después la deja acomodarse sobre sus
piernas, eso hace que ella se entretenga y se olvide de mí.
Me pregunto si ellos dos han arreglado del todo sus problemas de
inseguridades. Yo creo que sí, Adela no ha vuelto a contarme nada y
siempre confía en mí para desahogarse. Será porque soy buena escuchando
a la gente, y apenas agrego bocado.
—El domingo—aclara León.
El resto asiente, conforme y dispuesto. Él me mira entonces, sus ojos
azules hablándome. Es claro que me está invitando también, espera que
esté allí, que cene con él y su familia. Mi primera reacción es negarme
impulsivamente, pero luego pienso en que es hora de que me integre más.
Ya he aparecido en el bar varias veces cuando ha estado casi vacío, ahora
me toca ir y rodearme del grupo entero. Ser parte. Será una comida
tranquila, no habrá música alta o alcohol en abundancia. Lucre irá con sus
bebés, yo puedo ir con los míos. Puedo hacer esto. Por él. Por mí. Claro que
puedo.
Lo haré.
León
Organizar una comida para tantas personas requiere tiempo y dinero,
pero creo que es un buen momento para esto, valdrá la pena. Hemos
atravesado por ciertas situaciones este año, demasiadas. El conflicto con las
Serpientes y el ataque, fue lo más significativo. Pensar en lo cerca que
estuvimos de perder todo me eriza la piel, por suerte pudimos gritar victoria
en el desenlace. Perdimos hombres, corrió mucha sangre bajo nuestros pies,
pero había que elegir entre eso o morir y extinguirnos. Supimos
defendernos, a nosotros y nuestro territorio. Si queríamos formar familias y
crecer, era algo necesario.
Por eso me pareció una buena idea hacer algo para celebrar. Además,
los gemelos de Max y Lucre están ya entre nosotros y han traído con ellos
un aire fresco y rehabilitador. Cuando nuevas vidas nacen, llegan también
buenos augurios. Esperanza. Hay varias cosas por las que tenemos que
estar agradecidos, y esta noche vamos a levantar las copas y brindar por
ellas.
También voy a hacerlo por Francesca y sus hijos, porque me hace feliz
poder ayudarlos y tenerlos en el recinto. Y por lo que ha florecido entre
nosotros, un cariño que va directo a convertirse en algo grande e intenso.
Quiero agradecer al destino por volverla a poner en mi camino, ella me hace
feliz. Y quiero significar lo mismo para su vida y la de su familia. Deseo
formar parte y, si sigue abriéndose a mí, creo que lo lograré. Nos
necesitamos, ya que los dos nos ayudamos a sanar nuestras almas
mutuamente. El otro día fue un gran ejemplo de eso, cuando me consoló
después de chocarme con Sandra, fue como un golpe en medio del pecho
para mí. Una puñalada que revivió aún más a mi corazón. Me tomó de la
mano, me abrazó, me sostuvo contra ella mientras vomitaba mi dolor. El
mismo que tuve guardado dentro por años y años. Luego se recostó contra
mí y me dejó acariciarla, entonces me confesó que se estaba sintiendo igual
que yo con respecto a nosotros. Ese momento nos unió muchísimo más,
marcó el punto final de una página para así dar la vuelva a la siguiente.
Estoy satisfecho con los resultados, con la relación que estamos forjando.
Hace una hora, Adela la encerró en el altillo, llevaba un bolso con ella
cuando la empujó hacia allí, sacándola de la oficina para alejarla de mí. Dijo
que quería hacerle un cambio de estilo. Me hizo estallar en carcajadas la
expresión de pánico que invadió el rostro pálido de Francesca, obviamente
no quería saber nada con la idea de usar ropa nueva. Escuché a Lucre y
Adela hablar sobre eso un par de días atrás, maquinando, esas dos son de
terror. Y la pobre Francesca no tiene nada que hacer contra ellas. De todas
maneras, mentiría si dijera que no me siento curioso al respecto. Ansío ver
el cambio.
Salgo al exterior por la puerta trasera de la cocina y me dirijo hacia los
muchachos que eligieron encargarse de encender los carbones y colocar las
parrillas. Ya todo está listo para completar con la carne, así que voy en
busca de las bolsas y encargarme. Estoy a mitad de camino de llenar la
superficie cuando uno de los hermanos se me acerca, su ceño fruncido. Me
avisa que hay un coche sospechoso en la entrada del recinto y que sería
bueno que vayamos a inspeccionar. Me encojo de hombros, y a ciegas busco
un trapo húmedo para limpiarme las manos. No sé quién puede llegar a ser,
mejor fijarnos. Espero que no sea nada que nos arruine la noche, eso
cambiaría drásticamente mi humor. Aseguro que puedo encargarme yo solo,
le dejo mi lugar para que siga con el trabajo. Mejor que nos apuremos si no
queremos cenar a medianoche.
Atravieso el bar y lo dejo atrás, desde la puerta del frente. Camino en
dirección al coche, un BMW reluciente. Entrecierro los ojos para tratar de
ver las personas que hay dentro. No he visto nunca uno como este por los
alrededores, es raro, aunque no me transmite inseguridad. Antes de que
llegue a él, la puerta trasera se abre y lo primero que veo es un pie
enfundado en un alto tacón chocando el suelo. Una chica jovencita y muy
delgada sale de él y cierra. Entrecierra los ojos y tiembla cuando la brisa
fresca la golpea en la cara y desliza el pelo largo, castaño, hacia atrás. Me
meto las manos en los bolsillos y la estudio, curioso. Intento no hacerla
sentir nerviosa, aunque no creo que lo haga más de lo que ya está.
Su forma de vestir me dice mucho, no es de por aquí. Más exactamente,
parece pertenecer a la gran ciudad. Seguramente Buenos Aires. Su porte y
elegancia es otra de las cosas por las que me doy cuenta. Sus ojos son de
un azul medianoche y su tez es blanca, lechosa. Fina, delicada, rica. ¿De
dónde salió? ¿Y qué la trae por estos lados?
—Señorita—inclino la cabeza para saludar.
—Hola—dice, su voz cantarina y aguda me agrada.
Se abraza a sí misma y mira en todas direcciones menos hacia mí. Está
afectada e inquieta, es lógico, este lugar puede resultar muy intimidante
para una chiquilla como ella.
— ¿Puedo ayudarte?—le pregunto, amable.
Sostengo mi paciencia al ver que duda, y se siente insegura. Después de
un momento se envalentona y decide continuar.
—Estoy buscando a Santiago Godoy—bueno, eso es algo totalmente
sorpresivo—. Según la información que tengo, él vive en este lugar.
Mis párpados se cierran hasta que la estoy viento a través de una
pequeña rendija. No es sospecha, sólo que ahora mismo, estoy tan curioso
que apenas me puedo quedar quieto. Ella está acá en busca de La Máquina,
eso es raro.
— ¿Puedo saber por qué?—eso es mitad procedimiento de precaución,
mitad fisgoneo. Lo reconozco.
Infla sus mejillas y hace saltar sus talones, y eso me parece un gesto de
lo más dulce. Revolea los pozos azules en todas direcciones, otra vez
dudando.
—Él…—traga, frunce los labios maquillados con brillo—. Él es mi
hermano…
Okey. Ahora sí estoy estupefacto. ¿Su hermano? Está bien, yo no sé
absolutamente nada sobre el pasado de Godoy, pero jamás imaginé que
había dejado atrás a alguien más. Simplemente asumí que ya no le quedaba
familia, además de Lucas Giovanni que es su medio hermano. Ahora esto,
acaba de dejarme boquiabierto. ¿Qué hago? Supongo que el primer paso es
invitarla a pasar, no quiero que se enferme ya que parece que se está
muriendo de frío.
—Está bien, cariño—digo, siendo suave—. Vayamos adentro a buscar a
tu hermano.
Se muerde el labio y se sobresalta un poco, seguramente había estado
esperando una confirmación. Veo que sus irises se espesan, humedad
invadiéndolos, y eso me llega al interior de muchas formas. La pobre chica
se ve perdida, pero a la vez desesperada por ir a buscar a Santiago. Deduzco
que hace mucho, muchísimo tiempo que no lo ve.
Al llegar a la entrada me percato de que estamos casi todos. Lucre ya
está en una mesa, sus hijos yendo de acá para allá entre los hermanos. Max
está en la barra, el resto se ha sentado o dispersado por ahí tratando de
ordenar las mesas y los lugares que quedan libres. No veo a Francesca por
ningún lado, supongo que pronto bajará. De verdad espero que se anime.
Pero si no lo hace, entenderé.
La chica—ahora que pienso, no le he preguntado su nombre entre todo
el asombro—se detiene en el umbral y observa alrededor con ojos como
platos. Rebusca entre la gente, uno por uno, sin duda tratando de localizar
a la persona que busca. No creo que vaya a encontrarse con lo que imagina,
tengo la sospecha de que va a estar afectada por la imagen que hoy
manifiesta Santiago, La Máquina, Godoy.
Ella se da cuenta de que la gente la mira con curiosidad e interés, ya
que es raro ver a alguien como de su estilo en este lugar, sin embargo, está
concentrada en su búsqueda. Y detengo el aliento cuando lo localiza,
obviamente, en su lugar habitual, en su mesa del rincón. Solitario. Procesa
la imagen, puedo ver que se encuentra contrariada, e incluso más asustada
que antes al ver que su hermano no es el mismo que recuerda. Aun así,
emprende camino en su dirección y se para justo en frente de él. El rostro
de Santiago se eleva al ver los extraños zapatos que lleva. No veo cambio en
su rostro cuando la mira a la cara, aunque sus ojos se oscurecen,
poniéndose casi negros. La reconoce, y al hacerlo se pone de pie lentamente,
alzándose en toda su estatura. No importa la medida de sus tacones, sigue
siendo pequeñita al lado de cualquiera de estos hombres.
Uno de los chicos viene a mí desde las parrillas, me habla, pero no estoy
prestándole atención, completamente concentrado en el reencuentro de los
hermanos. Se miran fijamente por segundos interminables, no se dicen
nada. Entonces veo cómo la delicada espalda de la chica se atiesa y su
brazo sale disparado hacia arriba con una rapidez alucinante, su mano
estalla contra el costado de la cara de Godoy y todo el mundo se paraliza.
Un jadeo colectivo se enciende.
Inmediatamente, una Adela furiosa salta desde la barra y corre en
dirección a ellos. Así es como la cosa se enloquece un poco, aunque no es
nada que Santiago Godoy no pueda controlar. Eso seguro. Se lleva a las dos
mujeres afectadas lejos de los curiosos, seguramente para arreglar las cosas
con privacidad. Creo que al hombre le va a llevar tiempo, ya que las dos
chicas se ven muy heridas, Bianca porque su hermano la dejó atrás y Adela
porque le ocultó todo lo que tiene que ver con ella, que no es algo
insignificante.
Decido darle un vistazo al asado, y veo que le falta cerca de una hora
para terminar de hacerse, así que decido tomar una ducha rápida, antes de
sentarnos todos en nuestros lugares y comer.
Francesca
Adela sale del altillo, dejándome sola. Tengo el ceño fruncido, no es
desagrado, aunque me siento rara. No sé si este cambio de estilo me
favorece, tampoco si me termina de gustar. He pasado por muchos cambios
en mi vida; de niña usaba ropa de segunda mano, lo primero que
encontraba o me donaban. Nunca eran bonitas, y no es que eso me
importara, la verdad. Existían cosas más importantes que me tenían
ocupada, como sobrevivir el día a día por mí misma. En la adolescencia tuve
lo mejor, mi madre adoptiva me arrastraba a hacer compras seguidamente y
juntas elegíamos los conjuntos. Generalmente eran vestidos de diseñador,
alguna que otra pieza combinada, joyas y adornos. A veces me parecía
demasiado, sin embargo no lo decía, porque quería complacerla. No tuve el
corazón de rechazar nada que de lo que mis padres hacían por mí. Y al
casarme con Álvaro, mi estilo se volvió más remarcado, él me ordenaba
vestir impecables vestidos, lucir peinados elaborados, levar el maquillaje
justo y prolijo, y las mejores joyas. Su esposa de ninguna manera debía
verse menos femenina y elegante.
De modo que, ahora mismo, verme en un ajustado vaquero desgastado
y una blusa corta que casi muestra mi estómago, con un recatado, pero no
tan cubierto, escote, me hace sentir algo incómoda y extraña conmigo
misma. Aunque debo reconocer que la vista en el espejo no me desagrada
por completo. El estilo es, sin duda, muy Adela. Estos últimos meses he
estado usando ropa demasiado grande como para mi cuerpo, y me resulta
inquietante que el dobladillo de la camisa se me suba demasiado, no quiero
mostrar mi ombligo, mucho menos las estrías que mis dos embarazos
dejaron. Son horribles. Tendré cuidado con eso.
Voy en busca de mi hija y la sitúo en su huevito, ya listas las dos para
bajar. Procuro no comenzar a sudar como loca de inmediato, mientras me
deslizo por las escaleras, el ruido me indica que ya hay demasiada gente
amontonada. Me repito por dentro que tengo que superar mi pánico hacia
las multitudes y al roce con las personas. Ya es momento. Después de todo
he estado permitiendo que un hombre se me acerque y me toque
continuamente, sin importar que sólo ocurra de un modo inocente. Eso
debería funcionar como un preparativo. Además, ya me mezclé una vez ¿no?
Aquella en la que corrí a buscar a León, el día que llegaron de viaje. Estaba
tan ansiosa que me olvidé de todo lo que me rodeaba.
Entro, me mezclo entre los hermanos, muchos de ellos me dan una
ojeada e inclinan sus cabezas como saludo de bienvenida. Hago lo mismo,
sin retener mucho mi mirada en ellos. Me adentro más allá y reconozco a
Lucre ya acomodada en una mesa, vigilando a los chicos que sostienen sus
bebés. También se ve algo preocupada, y le pregunto por eso cuando llego a
ella, tomo el lugar junto al suyo.
— ¡Te perdiste la escena de la noche!—me dice, mientras me siento—.
Se ve que Santiago tenía una hermana perdida, jamás le dijo a nadie sobre
ella. Ni siquiera a Adela. Y… adivina qué—me mira, expectante.
Me encojo de hombros, y busco entre la gente por Adela y Santiago. No
los veo por ningún lado.
— ¿Qué?—pregunto, curiosa.
—Esa hermanita acaba de aparecer—suelta, y la observo, preocupada—
Sí. Ha venido. Salió prácticamente de la nada, se paró frente a su hermano
y le dio una cachetada, deberías haberlo visto—sigue contando, se ve
inquieta—. Se armó una buena, Adela saltó y casi la arrastra de los pelos,
pensó que era una amante—escupe una seca carcajada—. ¿Te imaginas a
Santiago con una amante? Yo no, con la única que encaja es con la loca de
Adela. Pero entiendo que ella haya sacado esa conclusión…
Doy una débil cabezadita, tengo que hacer un esfuerzo para seguirle la
corriente a esta chica porque habla muy rápido, generalmente. Ahora
mismo está exaltada y eso la acelera aún más.
—Ahora se fueron. Santiago se las llevó a ambas a su departamento,
supongo que tiene muchas cosas que explicar. A las dos por igual. ¡No
puedo creer que no le haya dicho nada a Adela sobre esto! Yo estaría
furiosa. Se veía tan herida—se lamenta—. Cuando vea a La Máquina voy a
soltarle más de un sermón, no puedo creer que haya sido tan tonto.
Niega y chasquea la lengua, entonces Max viene cargando uno de los
bebés que berrea con furia. Ella se queja y bromea con él, ya que siempre
que ellos lloran, a la primera que buscan es a la madre. Nadie se aguanta
por mucho tiempo las lágrimas de ningún bebé. Sonrío por eso,
entendiéndolo, y después me tomo un segundo para recorrer el lugar con
atención. Me sorprende ir perdiendo poco a poco el sigilo y el miedo, me
siento integrada con rapidez. Nadie me presta mucha atención, la verdad,
todos están charlando o pasando el tiempo mientras toman refrescos. Otros
se han amontonado en la esquina, jugando al billar. O a las cartas. Mi
cuerpo se va a aflojando gradualmente.
Encuentro en un rincón a Abel, está jugando con Tony, ambos
despreocupados y alegres. En cada ocasión se los ve con algún juguete
diferente, ahora mismo tienen un juego de motos que no he visto antes. No
sé quién se los habrá dado, los consienten demasiado. Van a malcriarlos. Y
no estoy en contra de ello, me parece que ambos niños merecen ese trato.
Intuyo que Tony tiene una dura historia detrás, al igual que mi amado Abel.
Sólo espero que mi hijo no sea lo suficiente consciente de todo lo que ha
estado pasando a su alrededor tiempo atrás. Con suerte nada de lo que
pasó va a afectarlo en el futuro.
La puerta medio escondida al costado de la barra se abre y me
entretengo, notando que León sale, viniendo desde la zona de la piscina y el
gimnasio. Tiene el pelo mojado suelto, puesto detrás de las orejas, seguro a
causa de una ducha. Pierdo la capacidad de respirar al recorrerlo de arriba
abajo, mis entrañas hormigueando. Hay algo en la imagen de él con el pelo
sin atar que me deja incapacitada para llevar a cabo cualquier otra acción
que no sea observarlo. Todo él es un cuadro difícil de ignorar, y no sé cómo
describir la sensación que me abriga cada vez que lo tengo de pie justo
frente a mí. Ni siquiera consigo pestañear. No me ve, se para y habla con
algunos de los chicos, sigue la misma proyección a medida que avanza.
Siempre prestando atención cada vez que alguien se le acerca a decir algo.
Es atento y gentil con todo el mundo. Hace que sea imposible no
obsesionarme más y más con él. Y, sí, lo considero como una obsesión
porque a estas alturas ya no me importa. Enamorada, obsesionada. Es casi
lo mismo, y creo que tengo mucho de las dos encima.
Algo amarra mi muñeca y me lleva a desconectar el trance en mi
cabeza, me giro para toparme con Lucre que tironea de mí para que me
ponga de pie. Lo hago siguiéndola, le pide a uno de los chicos ya
acomodados en la mesa que mantenga un ojo en Esperanza que está
dormida en su huevito, entonces me dirige más cerca de la barra, en
dirección a León y el pequeño grupo a su alrededor. A medida que nos
acercamos mis pasos pretenden ralentizarse. Lo veo reír alto por algo que
alguno de los chicos le dijo y, a continuación, gira el rostro, clavando sus
ojos en mí. Trago violentamente. La sonrisa en su cara se borra, como si
nunca hubiese pasado por allí, sus pupilas se agrandan y el color azul
cristalino de sus irises se oscurece. Advierto cómo estruja su mandíbula
bajo su barba. Así, su mirada baja, baja y baja. Y ya no se está fijando en
mi rostro, sino en mis piernas, llegando a mis caderas, luego mi cintura y
vientre. Más arriba. Al saber que se pasea por mis senos recibo una
descarga de electricidad en mi espalda baja. Mi boca se reseca, y necesito de
repente un trago de refresco, con hielo. El calor casi insostenible que sube
por mi pecho y cuello hasta mi rostro hace que me tambalee un poco. Creo
que nunca lo vi mirarme de esa manera. Es tan penetrante, me afecta de
miles de formas desiguales. Y todas agradables, tengo que reconocer.
Nos unimos a la ronda, Lucre me posiciona junto a él, y acabamos tan
cerca que mi lateral se pega al suyo. El ardor aumenta, drásticamente.
Incluso empeora, porque eleva su palma abierta y la estaciona al término de
mi columna, la blusa se levanta y siento las yemas de sus dedos rozar mi
piel delicadamente. Me estremezco y se da cuenta de ello, por eso desvío mis
ojos de su rostro y me enfrasco en la conversación. O finjo que lo hago,
porque estoy en todos lados menos aquí mismo. Mi cabeza es una nube gris
de vapor, no logro concentrarme en nada aparte de su contacto. Hablan,
hablan y hablan. León y yo permanecemos mudos. Creo que también está
compenetrado sólo en mí, eso hace latir tan rápido mi corazón que mi
cuerpo se agita, siento los bombeos en mis tímpanos. En algún momento
que no recuerdo, nos avisan que la comida ya está lista y nos dispersamos,
León se aleja de mí y no me gusta el frío que me invade.
Permito que Lucre me dirija de vuelta a la mesa, respiro y me siento, me
ocupo de que mi bebé esté tranquila, aun dormida. Abel corre hacia mí y
pide sentarse en mi regazo. Lo acomodo y voy sirviendo ensalada en mi
plato como hace el resto, mientras nos van sirviendo la carne. Estoy
ocupada alimentando a mi hijo en el momento en que escucho la silla justo
mi costado ser arrastrada, a continuación León se deja caer en ella. Me da
una sonrisa y barre el pelo lejos de mi cara, como hace casi en toda
oportunidad que consigue.
La puerta del bar se abre y eso me distrae, me fijo enseguida en Adela,
que está entrando con Santiago. Tiene los ojos rojos, como si hubiese
llorado, él parece frustrado también, pero van agarrados de la mano y eso
me tranquiliza. Detrás de ellos viene una chica muy joven, jamás la vi antes,
camina acurrucada entre sus hombros, como si quisiera esconderse de
todos. Toma asiento al lado de su hermano. O eso asumo, por lo que contó
Lucre hace un rato.
Cerca de media hora después arriba otra pareja, también con un bebé.
Reconozco a la chica, es la enfermera que me atendió aquel día en el que
Adela me sacó de la casona y me trajo al recinto, salvándome de una muerte
segura. El día que todo terminó. Se llama Lucía, y es acompañada por un
gigante rubio, que es hermano de Lucre, por lo que entiendo. Él trae en
brazos al bebé que es una réplica de él, pero en vez de ojos grises, tiene
unas enormes y redondas esferas verdes. Parece un muñeco. Me quedo
viendo cómo Lucre salta sobre ellos y los aprieta en un abrazo. Seguido se
roba al niño y lo revolea con entusiasmo. Me rio, no puedo evitarlo, ella
desprende tanta energía. León se levanta para recibir a la familia, estrella la
mano amistosamente con él—su nombre es Lucas—, y después rodea a
Lucía.
—Perdón por la tardanza—comenta ella, parece que va a desaparecer
entre los brazos de León, es muy pequeña—. Acabo de terminar mi turno en
el hospital, hoy fue movido.
Él poca importancia le da y los invita a unirse. Se ve incluso más
contento de tenerlos en el grupo.
—Ya estamos todos—da un aplauso y vuelve a su lugar.
El resto de la cena es tranquila, hay música baja y el ambiente es muy
familiar y cálido. Todos ríen, charlan, bromean. No puedo evitar sentirme
cercana a todos ellos. León a mi lado se ve muy feliz y eso provoca que mi
corazón se altere con el mismo sentimiento. Me gusta verlo sonreír e
interactuar con todos, y no hace falta ser adivino para saber que esto es
para lo que vive, lo que lo llena, y nunca en la vida podrán alejarlo de la
gente y el lugar. Todo esto forma parte de él, es él. Su esencia. Sin el clan se
sentiría vacío.
Después de comer nadie se mueve de su lugar, veo a los gemelos
cambiar de niñera a lo largo de la mesa. También le toca esa suerte a
Esperanza, que parece estar en plena salsa. Es una bebita muy simpática, y
la gente no puede evitar dedicarle monadas. Me mantengo en mi lugar sin
poder apartar la atención de todos, hasta que me percato de alguien dando
un salto sobre la barra. Es Max, y está de pie allá arriba, intentando llamar
la atención de todos. En menos de un par de segundos el bar enmudece,
dándole espacio.
— ¿Qué?—Lucre, a mi lado, frunce la entre ceja—. ¿Qué trata de hacer?
Soy la única que la escucha, no me preocupo en responder, porque
supongo que ya lo sabremos. Miro a León, él me da una sonrisa de lado,
toda sabihonda, se estira perezosamente en la silla y apoya el brazo en mi
respaldar.
—Bueno—Max empieza, interrumpe nuestra mirada, lo veo rascarse la
sien despeinándose en el proceso, se ve nervioso—. No soy bueno en esto,
pero trataré de no embarrarlo…
Todos escuchan atentamente, Lucre empieza a removerse en su silla.
Creo que todos en esta habitación tenemos una leve sospecha de lo que esta
escena significa.
—Como todos acá saben, aquella rubia de infarto—señala a Lucre, ésta
se encoje, poniéndose roja—. Sí, ella, la que se quiere esconder. ¡No te
cubras, cariño!—se ríe cariñosamente—. Esa rubia que no quiere
reconocerme y me deja en ridículo, es la mujer que amo con todo mi jodido
corazón, con toda mi maldita alma negra. ¡Cariño, no me destroces así!
Lucre se rinde y se asoma, irguiéndose en su silla. Se ríe, acompañada
del resto, de a poco acostumbrándose a la atención extra.
—Así me gusta más, amor—suspira él teatralmente, hace carcajear a
todo el mundo. No conocía esta vena bromista de él, le hace ver más
atractivo—. Saben…—suspira, y se pone serio de una vez. Intenso—. No lo
he estado haciendo bien durante algunos años, la verdad es que estaba
perdido. Estuve perdido toda mi vida, y… sé que puede sonar cliché, pero me
recuperé a mí mismo gracias al amor de esa hermosa mujer. La dulce
Lucrecia. Ella es tan fuerte, tan pura, que no paro de pensar en que no soy
suficiente hombre para ella. Pero, como soy un egoísta hijo de puta, voy a
dejar pasar eso, porque no puedo vivir sin ella. Lo he intentado y ha sido
detestable… como bien dijo aquel amigo mío, vivir sin ella me convertía en
una babosa arrastrada e insignificante. Deprimente. Y ahora que repaso el
pasado con más claridad fui eso… fui eso y miles de cosas más, todas malas.
Aun creo que no hay nada rescatable en mí, es verdad, no sé qué habrá visto
Lucre que la enamoró tanto. No soy especial, sólo soy un tipo común que
acarrea errores y tormentos. Sin embargo, esa mujer que vale oro me ama, y
estoy tan jodidamente agradecido por eso… Tanto, que cada vez que
despierto por las mañanas y la veo junto a mí, el sentimiento me golpea tan
fuerte que los ojos se me llenan de lágrimas. Sí… llámenme marica. Lo soy.
Soy todo eso y más por ella…
Junto a mí, escucho a Lucre aspirar ruidosamente por la nariz, se lleva
las manos a la cara, limpiando las lágrimas que comenzaron a deslizarse
desde sus ojos. Eso hace que un nudo de emoción obstruya mi garganta.
—Es por eso que quiero aprovechar este evento, ya que estamos todos,
quiero que sean testigos del amor, de la felicidad que siento. Tan grande que
apenas cabe dentro de mí. Lucre, mi vida—la busca con la mirada, sus ojos
se ablandan cuando la ve llorar—. Te amo. También te admiro, muchísimo.
Como mujer, como madre, como persona. Sos maravillosa, única, y me haces
el hombre más feliz del universo, ¿te lo he dicho? Sí, creo que como un millón
de veces, y nunca está de más repetirlo. Quiero darte todo lo que te mereces,
quiero hacerte feliz, a vos, a nuestros bebés. Me has dado lo más grande y
valioso que un hombre puede tener.
»Ese día, cuando trajiste a nuestros hijos al mundo, me arruinaste. Creí
que no podía amarte más, pero estaba equivocado. Me enamoré diez veces
más ese día, y durante todo este mes, lo hice otras diez. Y sé que será así
para toda la vida, cuando crea que ya no me entra más, vendrás y plantarás
otra ración de amor. Jamás voy a tener suficiente de nosotros, cariño. No sé
qué más puedo decir, que ya no haya dicho. Sólo te quiero hacer la última
pregunta: ¿Le pondrías el sello final a esta etapa y así abrir otra, amor?
¿Serías mi esposa? Así puedo gritar que sos mía a los cuatro vientos. ¿Me
harías ese impagable honor? Quiero ser tu esposo, quiero que cierres con
candado los grilletes en estas muñecas, porque nada me haría más feliz que
pertenecerte por el resto de mi vida. ¿Te casarías conmigo?
Lucre apenas puede hablar, se atraganta con sus lágrimas. Y veo que
no es la única, Lucía está acurrucada contra su marido sonándose la nariz.
Adela mira a la pareja ida y vuelta con una sonrisa enternecida en la cara. Y
yo estoy a un paso de dejar salir gotas gruesas de mis ojos. Los hombres
están callados, sonríen, y esperan con expectación la respuesta de Lucre.
Ella se pone de pie muy lentamente, intentando juntar sus emociones.
—Por Dios—dice por lo bajo, recuperándose—. No sabía que el carnicero
podía ser tan dulce…—comenta, limpiándose las comisuras de los ojos—.
Qué bueno, no lo elegí tan mal—todos ríen ante sus palabras—. La verdad
es que… me tomaste desprevenida, querido. Jamás me lo imaginé. Y no es
necesario, lo sabes, soy tuya. Lo fui desde que tenía quince simples y
miserables años y lo seré hasta mi último suspiro. Pero estaría mintiendo si
dijera que esto no me hace feliz y que no quiero casarme con vos… Sos el
único hombre que he amado, y obvio que quiero pertenecerte, incluso más
de lo que ya lo hago… Definitivamente sí, quiero ser tu esposa…
Max sonríe intensamente y salta desde la barra, corre hacia ella,
sorteando sillas y mesas, tropezándose con sus hermanos. Y termina
estrellándola, encerrando su delgado cuerpo contra su pecho. La estrecha, y
la besa por todo el rostro, bebiendo sus lágrimas. Mi corazón se acelera por
semejante acto de ternura y amor puro. Se despegan un segundo y él saca
de su bolsillo una pequeña caja cubierta de terciopelo azul. La abre y le
pone un hermoso y delicado anillo en el dedo, sólo para volver a rodearla,
mientras sigue lloriqueando, sobrepasada de tanta emoción. Son
acompañados por los aplausos y ovaciones de todos los hermanos.
Nunca he visto una escena más preciosa, pienso mientras me seco los
ojos. Y se me cruza por la cabeza que… realmente me gustaría experimentar
esa clase de amor profundo e interminable.
León se levanta y abre los brazos para darle las felicitaciones a la
pareja. Sus labios están estirados en una ancha curva, feliz por lo que
acabamos de presenciar. Mi respiración se traba cuando sus ojos azules
brillan en los míos, me da una mirada larga y eficaz que me derriba. Lo
esquivo y me muerdo el labio, aguantando la punzante sensación en mi
pecho, una pelota creciendo en mi estómago. Todo este asunto me puso
sensible y temblorosa. Me paro sobre mis pies inestables y también saludo a
los comprometidos, sólo para tomar la manija del huevito de mi hija y
emprender mi camino a las escaleras, necesito un período a solas.
Mientras me escapo me percato de la firme presión en la cara trasera de
mis ojos, mi enfoque se nubla. No fue bueno desear algo como eso para mí,
se me hace tan inalcanzable. Siento que no lo merezco. La vida ha sido cruel
conmigo desde el principio de los tiempos, sólo a mi tonto corazón se le
ocurre por un segundo que pondrá en mi camino la posibilidad de un amor
como ese. Sobre todo cuando sé que me encuentro limitada en todo lo que
tenga que ver con ello. Debo meterme en la cabeza que nunca voy a poder
darle ese tipo de felicidad a un hombre. Álvaro se encargó perfectamente de
eso.
Me resguardo en el altillo, dejando a Esperanza en su cuna, ya vestida
con su pijama. Mientras me inclino y la cubro con las mantas, me voy
quebrando lentamente, percibiendo cómo en lo más profundo de mi centro
se destruyen algunas esperanzas recién nacidas. Despido más lágrimas en
el proceso.
Estoy irguiéndome en el instante en que la puerta se abre de golpe y la
grandeza de León ingresa a través de ella. Se detiene en seco al ver la
humedad en mis mejillas, los puños se le cierran a los lados. Trago, clavada
en el piso, su contemplación me acaricia desde la distancia, y siento como si
mi cuerpo levitara.
—Francesca—murmura, su voz afectada.
Mis labios se sacuden cuando los abro e intento decir algo coherente.
—E-eso fue hermoso—sorbo por la nariz.
Él me encara, apenas he pestañeado cuando se frena soldando su
pecho en el mío. Mis pulmones dejan de responder y mi piel arde, entonces
él se inclina y, sin mediar palabra, posiciona sus labios sobre los míos. Me
ahogo por la impresión, por la clase de contacto que ya había olvidado. Su
respiración golpea en mi mejilla mojada y me estremezco de pies a cabeza.
El beso deja se ser fijo, su boca se mueve, lenta y persuasivamente, me
lleva a responder. Suspiro, su olor golpeando en mis orificios nasales. Mis
manos se mueven por sí mismas y se plantan en su pecho, cierro los ojos y
me dejo llevar. Esto provoca que él me rodee, sus manos grandes se apoyan
con firmeza en mi cintura y me acerca. Más, más, hasta que ya no hay
espacio entre los dos. Su barba no me resulta molesta, de hecho, me
estimula. Y mis inhalaciones enloquecen por completo a medida que el beso
se incrementa. León lame mis labios y me aprieto contra él, mientras que
me enredo en su telaraña suave y atractiva. Acabo abriendo mi boca para
dejarle entrar, porque me induce de la manera más irresistible que he
experimentado jamás. Su lengua me acomete y me sobresalto, pero jamás
podría separarme. Nunca en la vida.
Percibo su mano en mi nuca, ejerciendo presión, mis rodillas ceden y él
me sostiene. Camina, llevándome hacia atrás y, al instante continuo, me
encuentro apretada entre una pared y él. Me cuelgo de su cuello, y
consiento que el beso se vuelva más y más posesivo y ardiente. León gruñe
y me obliga a gemir en su boca, su lengua enterrándose más allá. Amo su
sabor. También la manera en la que mis extremidades se ven reducidas
hasta parecerse a la gelatina. Y cómo mi piel se calienta y eriza en partes
iguales. Divido más mi boca, no estoy siendo consciente de lo que hago, mi
cuerpo reacciona como si hubiese hecho esto miles de veces. No siento
pánico cuando León me arrincona aún más, perdiendo el control, comiendo
de mis labios y el interior de mi boca. Se presiona contra mi frente, su mano
viaja a mi cadera, hasta se posa en una de mis nalgas y no puedo tragarme
el jadeo que se me escapa.
Estoy en el cielo. Y todo porque un hombre me está besando. Me está
tocando. Y ambos nos restregamos con impaciencia y hambre.
Tomo una profunda y ruidosa bocanada de aire porque él se desprende.
Mi vista empañada no ve más allá de su duro pecho enfundado en una
camiseta negra. Mi boca está abierta, mis labios dormidos parecen haber
aumentado el doble de su tamaño. Y laten. Al igual que mi corazón en el
hueco recóndito entre mis costillas.
—Perdón…—él arruga en entrecejo—. Yo… perdí el control…
No sé qué me posee a continuación, sólo entiendo que me niego
rotundamente a escuchar cualquier disculpa de su parte. Incluso impido
que se aleje, lo abrazo por el cuello, mis manos enterrándose en su pelo
largo y abundante. Y me coloco en puntas de pie para llegar a sus labios de
nuevo. Se sorprende por mi movimiento, es lógico, viniendo de mí, pero
enseguida se recupera. Atosiga mi boca con más fervor que antes,
aceptando el permiso que le di al tomar la iniciativa. Y nos besamos hasta
que nos cansamos, hasta que mis labios duelen y mis pulmones colapsan
rogando por una pausa. Nos desenganchamos e inmediatamente León
entierra su rostro en mi cuello, inclino mi cabeza a un costado para
permitirle el acceso y reparte pequeños besos a lo largo. Cierro los ojos, me
apoyo sin fuerza en la pared, si él no me sostuviera ya habría caído al suelo.
Nunca me habían dado un beso como este antes, ni acariciado así. En
la vida se me había aflojado de este modo el cuerpo. Todavía estoy en shock,
completamente sorprendida, y a la vez, satisfecha. Porque León ha sido el
primero, y porque no hubo nada que nos hiciera parar. Ningún temblor, ni
una pisca de pánico. Porque sé que se trata de él, y lo único que este
hombre le brinda a mi vida y mi cuerpo es felicidad y bien estar.
Confianza.
Ahora, ¿Cómo se me ocurriría acabar con los sueños que flotan desde lo
más hondo de mí? No podría dejar afuera la ilusión que se expande a
borbotones por todo mí ser. No luego de esto.
Imposible destrozar la vertiginosa necesidad de que esto nunca se
acabe.
14
León
Besar a Francesca es incomparable a cualquier cosa que haya
experimentado antes. Se siente así de perfecto, como tocar el cielo con las
manos. Esperé mucho tiempo por esta ocasión, una maldita eternidad
desde que supe que la quería para mí. La sensación es formidable, incluso
puedo sentirla en la terminación de los dedos de mis pies. La electricidad
me recorre el cuerpo, y es esto lo que necesitaba sentir. Es esto lo que le
hacía falta a mi vida. A los treinta y cinco años he vivido lo suficiente como
para saber lo que quiero a estas alturas. Confieso que creí que jamás lo
obtendría.
Después de mi historia con Sandra fui cauteloso y distante con las
mujeres que tuve, la mayoría eran amantes por períodos cortos de tiempo.
Era solo sexo y ni un poquito más, nada de perder tiempo en intentar
conocerlas, aunque la vena sociable que llevo dentro intentara esforzarse a
obligarme. Me esforcé en convencerme de que podía tener relaciones
sexuales con una mujer sin verdaderas ataduras, sin palabras de por
medio, con sólo un “hola y adiós”. Siempre y cuando ellas estuvieran
dispuestas al trato, claro.
Me sorprendió en su momento la cantidad de mujeres que fui capaz de
cruzar a lo largo del camino que sólo iban en busca de diversión. Uno nunca
cree que ellas estarán dispuestas a entregarse una vez sin implicarse
románticamente, ya que siempre se dijo que son más emocionales que los
hombres. Bueno, no todos los hombres, yo no me considero uno. Creo que
soy muy emocional, no en el sentido de enamorarme con facilidad, sino a la
hora de preocuparme por los otros. Por eso me costaba eso de buscar a una
chica por una noche, quizás un par más, y después dejarla libre sin
arrepentimientos. No quería que se encariñaran conmigo, ni yo con ellas. Al
final, con el tiempo, resultó ser más fácil. Me acostumbré a eso. Fue bueno
mientras duró. En la actualidad ya me siento mayor, he vivido y enfrentado
mis limitaciones. Y me hace falta otro montón de ciertas cosas.
Por este último par de años he estado ocupado trabajando en la
superación del pasado que tuve con Sandra. Sí, aun. Lo había dejado en un
rincón, en modo de espera, porque no quería reconocer y enfrentarme al
hecho de que había fallado tan miserablemente con respecto a ella. Antes
sólo procuraba no volver a enredarme de esa manera con otra.
¿Y ahora?
Ya estoy listo.
Preparado de verdad. Lo estuve cuando vi a Francesca de nuevo, luego
de que se estrellara contra una de mis SUV. La quise cuando se sujetó a mí
para ganar fuerzas y traer a su hijita al mundo. Y la pretendí con más vigor
cuando supe que ella fue aquella niña de diez que rescatamos con papá
tantos años atrás. Estoy irremediablemente enamorado de ella, me he
involucrado tanto en su vida, en sus avances. En su sanación. Que ya no
hay escapatoria para mí, y estoy encantado de que esta mujer me enganche
y nunca más me deje ir. Sé que queda mucho camino por recorrer, pero ya
hicimos juntos este gran tramo, podremos acabar todos los que necesitemos
y más, a partir de este período.
Me adueño de la boca de Francesca con ardor, en nombre de todos
estos meses que he pasado soñando con este momento. Le transmito a
través de mi intensidad que la deseo, como a nadie nunca. Ella necesita
saberlo, entender que la quiero sinceramente en todos los sentidos que
pueda ser capaz de imaginar. Me aprieto, estrujándola más contra la pared,
aunque no tan demandantemente. Me contengo porque sé que algunas de
sus heridas más profundas aún no han cicatrizado. Pero el hecho de que me
esté respondiendo el beso e incluso lo haya iniciado ha plantado
demasiadas semillas en mi interior como para contarlas. Esto significa que
me quiere de la misma manera y que está luchando contra todos sus
miedos para poder llegar a mí a través de este canal tan íntimo.
A regañadientes separo mis labios de los suyos, de pasada lamiéndolos
con suavidad. No puedo esconder la pequeña sonrisa encantada que se
posa en mi semblante porque ella se estremece y arquea gracias a eso.
Estamos unidos desde nuestro frente y averiguo que está muy consciente
del abrupto crecimiento de mi masculinidad, que punza entre los dos. Estoy
caliente con sólo un par de besos—intensos, pero besos al fin y al cabo— y
estoy seguro que eso no me pasaba desde que tenía quince. Esta unión me
ha revivido en muchos aspectos. Jamás pensé que con el correr de los años
uno podía perder ciertas emociones, al ser olvidadas por el cuerpo. El
contacto de Francesca me renueva, las trae a todas de regreso. Y soy un
preso feliz de esa conmoción vertiginosa y embriagadora.
Rodeo el rostro ruborizado de Francesca y, mientras acaricio sus
preciosos labios llenos y magullados, la dirijo a la cama. Ella cae de
espaldas, suspirando, con los ojos entrecerrados estancados en los míos.
Me recuesto a su lado, pegado a su costado, y me apoyo en un codo para
poder verla desde arriba. No interrumpo las caricias, paseo las yemas de
mis dedos por cada punto de la superficie de su cara, el cuello largo, pálido
y elegante, la clavícula. No llego al nacimiento de sus pechos, eso es algo
que tal vez todavía se establece fuera de los límites. En cambio, deslizo
hacia abajo el costado del cuello de su camisa y descubro su hombro. La
beso allí, la recorro con la punta de mi nariz, y noto cómo se le eriza la piel
en puntos diminutos y sobresalientes. Su respiración se sacude hacia
afuera, sin poder ser retenida por mucho tiempo.
Me inclino y pruebo nuevamente el sabor de la piel del hueco de su
garganta y la rodeo con mi brazo libre, atrayéndola. Mi palma acaba en el
espacio desnudo de su cintura ya que la camisa se le ha enroscado más
arriba. No consigo refrenar el impulso de arrastrarla toda la ruta que me
lleva a su vientre, mis dedos reclaman cada zona. Se atiesa cuando rodeo su
ombligo con blandos movimientos circulares con mí pulgar, aun así no me
aparta. Se le corta el aliento y me observa fijamente, frente a frente, yo me
deleito al verla tan perturbada, con sus labios hinchados y rojos, las pupilas
dilatadas y una fina capa de sudor en la piel. Todo fue desencadenado por
mis besos y toques.
— ¿Q-querés hacerlo?—susurra contra mi mejilla, elevando el rostro al
mío.
Alzo mis cejas, sin dejar de pasear mi tacto por su piel, profundizo en
sus ojos. Están brillantes y espesos, pero no puedo asegurar si se encuentra
dispuesta a dar el siguiente paso.
—No…—digo, muy bajito.
Traga y se remoja los labios. Pestañea y el brillo se apaga apenas. Me
pregunto si esperaba realmente que dijera que sí. No logro deducir si mi
respuesta la alivia o la desilusiona. Se remueve y su muslo presiona mi
entrepierna, me trago el jadeo que aguijonea en la parte baja de mi
garganta. Mi pene late y tengo que esforzarme en reacomodar mis neuronas
nuevamente, ya que se salieron de contexto por unos largos segundos. La
coherencia tarda un poco en volver.
—Pero estás excitado—observa, ni siquiera pestañea al mirar dentro de
mis pupilas.
Me aclaro la garganta, porque su muslo se ha vuelvo bastante inquieto
de repente.
—Sí—mis cuerdas vocales suenan resquebrajadas—. Lo estoy.
Su entrecejo se arruga apenas, como inconscientemente, y eso me dice
que en su cabeza están pasando demasiadas cosas. Seguramente se está
preguntando por qué no quiero seguir si mi cuerpo pide a gritos hacerlo.
Separo mi mano de su bajo vientre y la llevo a su mejilla para acariciarla.
—Estoy excitado porque quiero hacer el amor—murmuro, suavemente—.
Y hacer el amor significa unir. Compartir—le sonrío—. Vos tomas de mí, yo
tomo de vos… Estoy excitado porque te deseo. No sólo tu cuerpo, sino todo lo
que significas. Y eso no quiere decir que quiera obtener todo ahora, ya.
Necesito complacerte al mismo tiempo que tenerte, y es la idea de eso lo me
excita. Pero no estás preparada, yo sé que necesitas tiempo para acabar con
tus reservas. Cuando estés lista, lo vamos saber. Y en ese momento, nos
entregaremos por igual, en la misma medida. Nunca seré yo el que te tome,
Francesca, siempre nos tomaremos el uno al otro. Mutuamente.
Francesca se ablanda con mi explicación, sus párpados caen hasta casi
cerrarse y estudia las líneas de mi cara con una expresión plenamente nueva
en la suya. Paz. Eso significa. Paz. Está relajada y tranquila porque sabe que
no me lanzaré sobre ella para tener lo que quiero. Entiende que el hecho de
que mi ropa interior esté a punto de explotar no me convierte en un animal
necesitado y demandante. Puedo esperar, porque la quiero dispuesta a
recibirme. Para hacer el amor.
Así termino por caer en la cuenta de que ella en realidad se alivió cuando
dije que no quería hacerlo esta noche. Y me duele en el corazón tener la
certeza de que no se habría negado si yo hubiese respondido lo contrario.
Todavía queda en su sistema esa chispa de sumisión que Echavarría
profundizó en su sistema.
— ¿León?—me llama, suspirando.
La abrazo contra mi pecho y después ruedo para quedar boca arriba, ella
descansa su mejilla en mi pectoral.
— ¿Sí, cariño?
Se eleva sobre mi cuerpo para poder alcanzar mi mirada, la advierto
tragar saliva, sus mejillas volviendo a tomar un oscuro rubor, yo la espero
pacientemente hasta que su interior le permite hablar.
—Te amo—suelta, bajito, tímida.
Suena como un suspiro que viene desde lo más recóndito de su pecho.
Su corazón gritándolo con sinceridad y arrebato. Enredo mis manos en su
largo y sedoso pelo, entonces la acerco.
—También te amo, Fran—dirijo mis labios a los suyos—. Te amo con todo
mi corazón—digo contra ella.
A continuación la beso y me propongo llevarla de nuevo a ese estado en
el que ni siquiera es capaz de recordar su nombre. No hay nada más dulce
que el interior caliente de su boca, y la pureza de sus reacciones a mis besos.
Me siento pleno por primera vez en mucho, mucho tiempo.
Francesca
«Un cactus suaviza mis yemas con su piel,
tiene cien años, sólo florece una vez.
En tu nombre…
En tu nombre…
Y tiene un veneno más amargo que hiel,
con sólo invocarte voy a convertirlo en miel.
En tu nombre…
En tu nombre…
Y cuando te busco no hay sitio en donde no estés.»
León toca su guitarra y canta, recostado a mi lado en la cama, mientras
palmeo la espaldita de Esperanza que recién acaba de ser alimentada con su
biberón. Ya no estoy produciendo leche, por lo que el médico me ha dado una
en polvo para reemplazarla. No es raro, con Abel me pasó lo mismo, ni
siquiera llegué a los cinco meses.
Abel se encuentra recostado entre nosotros y no quita los ojos de la
guitarra. Hipnotizado totalmente. León acapara la atención de los tres sin
apenas esfuerzo, es inevitable. Incluso mi bebita está cayendo en un trance,
a punto de dormirse. Se me hincha el corazón al permanecer así, los cuatro.
León trata a mis bebés como si fueran suyos, y hemos pasado demasiado
tiempo juntos desde nuestro primer beso hace casi una semana.
Podría intentar expresar con palabras lo que simboliza para mí su
mirada, o intentar hacer entender lo que me provocan sus besos, o pretender
que se puede siquiera describir lo que me hacen sentir sus caricias. Pero
necesitaría, al menos, ayuda de los casi siete mil idiomas existentes, frases
hechas y palabras bonitas, y aun así, me faltarían argumentos, definiciones y
comparaciones para que el mundo entienda lo que me quiero decir.
Nunca en mi vida experimenté algo como esto.
Me sigue sorprendiendo día a día. Sería capaz de pasarme horas
mirándole a los ojos. Es tan simple, con girar mi cabeza y encontrarme con
ellos que ya estoy sonriendo inconscientemente. Ven a través de mí, a través
de toda máscara. Y yo no puedo parar de observarlos porque me muestran
un mundo completamente distinto a cualquiera que conozca y prometen
dármelo, directamente. Me gusta verme a través de su mirada, me lleva a
darme cuenta de otros aspectos de mí misma que no conocía o no era capaz
de ver.
León me hace sentir hermosa con una mirada, protegida con un abrazo,
deseada con un roce, y mareada con un beso.
Esperanza se duerme en mi pecho y Abel sigue por el mismo camino,
León me mira con profundidad mientras sus dedos juegan con las cuerdas.
Un momento más y se detiene, fijo en mí.
—Múdate conmigo a la cabaña—lanza, muy serio.
El corazón me da un vuelco. Abro la boca para decir algo, no sale nada,
estoy más que estupefacta. Esos profundos pozos azules no se desvían lejos
de mí, el silencio que nos rodea se espesa, y no sé qué responder.
— ¿Q-qué?— suelto, tartamudeando—. ¿Cómo?
—La cabaña de Max y Lucre ya está lista, desocuparán la mía este fin de
semana—cuenta, apoyado relajadamente en el respaldo de la cama—. Quiero
mudarme a mi casa, siempre y cuando ustedes vengan conmigo…
Trago vigorosamente. Claro, Lucre nos mostró su cabaña casi terminada
hace un par de semanas, ellos creían que se mudarían cuando los bebés
tuvieran un par de meses, pero al parecer la obra avanzó en buen tiempo y
ya pueden ocupar su nuevo hogar. Lo sabía, pero jamás se me cruzó por la
cabeza que León querría volver a vivir ahí con nosotros.
— ¿No crees que es muy pronto?—pregunto, tensa.
Irnos a vivir juntos es un gran, gran paso. Es como saltearse varias
baldosas y etapas en una relación. León deja a un lado la guitarra y se
inclina sobre mí, cuidándose de no aplastar a Abel. Roza mi mejilla con su
pulgar, poniendo esa bella mueca de cariño en su cara. Estoy
acostumbrándome mucho a ella.
—Cuando se trata de nosotros dos, sé que esto no es precipitado—dice,
susurrando—. Soy lo suficientemente mayor para estar seguro de que es lo
correcto. Te amo, esa es la única razón que vale para mí. Además, ¿no crees
que casi hemos estado viviendo juntos todo este tiempo?—sonríe y me besa
en la comisura de los labios.
Bueno, si lo plantea de ese modo, es verdad. Prácticamente estamos
viviendo juntos ahora, aunque nunca dormimos en la misma cama. El
pensamiento de eso me provoca un gran conjunto de escalofríos a lo largo del
cuerpo. Y hormigueos acompañándolos.
— ¿De verdad querés que vayamos a vivir a tu cabaña?—pregunto,
cerciorándome.
No sé por qué me cuesta tanto creer que León me haya pedido estar así
de juntos. Convivir. Estar junto a él al ir a dormir, y también al despertar. Me
pregunto cómo será. Antes dormía con Álvaro en la misma cama, pero eso no
cuenta, nunca nos acurrucamos juntos, ni nada parecido. Y las relaciones
sexuales eran el infierno mismo. Pero con León sé que no será del mismo
modo, va a ser nuevo para mí.
—Claro que quiero—sonríe con entusiasmo—. Podemos hacer un
intento—agrega—. Si no prospera, podés volver al altillo, o ir a donde
quieras… Aunque eso no va a hacer falta, porque somos perfectos juntos.
Mi cuerpo se calienta cuando su sonrisa se vuelve lobuna, decir que
apuesta con toda su seguridad a nuestra convivencia se queda corto. Y eso
me lleva a creer lo mismo, la esperanza que me brinda es muy grande.
Decido arriesgarme también.
—Está bien—murmuro, sonrosándome.
Nos amamos, sería una tonta si dijera que no. Quiero estar más cerca de
él, no lo niego. Me muero por eso. Simplemente, en el fondo, espero poder
brindarle todo aquello que una mujer puede darle a un hombre, porque si no
lo logro, tendré que marcharme. Por el bien de los dos.
No necesitamos llevar más que nuestras pertenencias, la cabaña está
completamente amueblada. Así que, para la hora de acarrear cosas, tengo
sólo un par de bolsos de ropa y algunos chiches. Mientras dejo todo a un
lado de la puerta y espero que León venga a buscarnos para irnos, pienso en
que no hay nada del todo mío en ese equipaje. Es decir, no tengo
pertenencias realmente. Todo es prestado o regalado, nada es mío. Arribé en
este lugar llevando puesto sólo un camisón. Lo único de valor que nos queda
es el coche, que algunos de los hermanos están reparando en el taller. Caigo
en la cuenta de que mi situación sería lamentable si nunca hubiese llegado a
este lugar, si nunca hubiese puesto mi última escasa confianza en Adela.
Agradezco que su imagen haya parpadeado en mi mente al momento de
escapar.
Y lo cierto es que estoy en deuda con todos.
Un par de golpes en la puerta me alejan de esos pensamientos y a
continuación de dar el permiso Adela entra, sus enormes ojos plateados
posados en mí. Está sorprendida. Ella y yo no nos hemos visto mucho estos
últimos días, la hermana de Santiago, Bianca, la ha mantenido ocupada
bastante. A los dos, en realidad. Las cosas están algo calientes, han dejado
que la chica se quede con ellos, ahora vive en la habitación que tenían libre.
Santiago ha tenido que dar muchísimas explicaciones durante un tiempo, y
parece que entre los tres las cosas están rudas. Lucre me dijo que Bianca
parece una buena chica, dulce y algo tímida, espera que se quede un tiempo
y los ánimos entre ellos cambien pronto.
— ¿Qué es todo esto?—pregunta, agitada.
Me pongo roja por la vergüenza. Y me siento culpable por no haberle
dicho, no quería meter más cosas en su cabeza. Ella está pasando por un
montón ahora mismo, preferí no molestar.
— ¿Te estás mudando con León?—se acerca, inquieta—. ¿Y no me dijiste
nada?
—Perdón—le digo, encogiéndome—. No quería…
— ¡Oh-por-Dios!—casi grita—. Esto es tan inesperado… ¡Pero tan
bueno!—se lanza sobre mí y casi me deja sin aire dentro de su abrazo—.
¡Estoy feliz por ustedes! Esto me pone muy, muy contenta, Francesca…
Le devuelvo el abrazo, y la emoción en su voz provoca que se me estreche
la garganta. Me alegra en gran medida que ella acepte esto, que nos apoye.
León y yo no hemos dicho nada de este comienzo de relación, estamos siendo
sigilosos, se siente como que todavía es muy pronto. Al menos para mí. De
todas maneras, estoy al tanto de que todos lo tienen muy bien sabido ya.
—Ustedes van a ser muy felices—me frota los brazos, mirándome con
afecto—. Él es el hombre perfecto para ustedes… he visto cómo te mira.
Todos sospechamos que está perdido por vos, y siento que también lo querés.
¿No es cierto, Fran? ¿Lo querés?
Mis ojos se llenan, no sé por qué. Será porque la veo tan entusiasmada
por nosotros. Ya no recuerdo la última vez que alguien se puso así de feliz
por mí, por algo que yo hiciera. Ella cree que la decisión que hemos tomado
no es precipitada, sino que la apoya totalmente.
—Sí—respondo, segura—. Sí, lo quiero.
Sus labios se estiran anchos, sus irises más brillantes.
—Lo mereces—susurra—. Mereces un hombre como él. Los dos merecen
este amor…
León entra de golpe a través de la puerta y posa su atención en las dos,
nos sonríe cauteloso porque ve que mis ojos están un poco llorosos. Adela no
da tiempo a preguntas, se tira sobre él, apretándolo. Él le palmea la espalda
y alza las cejas hacia mí, con preguntas.
—Gracias—le dice Adela.
Lo suelta e inmediatamente sale por la puerta, apurada. En un abrir y
cerrar de ojos se ha ido, y nos deja a los dos llenos de incertidumbre por su
comportamiento. Creo que la llegada de Bianca la tiene más alterada de lo
que pensé. León da unos pasos más en mi dirección y me atrae, sus manos
enganchadas en mi cintura. Calor sube desde mi pecho, como pasa siempre
que me toca.
—Ella está feliz por nosotros—le explico, ignorando la sequedad de mi
boca.
Asiente, una media curva en sus labios llenos y rodeados de barba.
Después se inclina, con el movimiento me obliga a torcer mi cuello para
exponerlo, y besa mi piel lentamente y a lo largo. Cierro los ojos, dejando
escapar un grupo de suspiros. Esperanza berrea sobre la cama, buscando
atención y me alejo, por un segundo me siento culpable porque estuve a
punto de olvidarla. Termino de abrigarla y León va en busca de los bolsos.
—Abel ya está en la cabaña con Alex—avisa al mismo tiempo que
bajamos la escalera.
Atravesamos el bar casi vacío ya que es muy temprano en la tarde. El día
es agradable, el sol se esconde de a ratos, pero no hace mucho frío. Al llegar
a la cabaña encontramos a Gusto fumando afuera, apoyado en la pared. Nos
saluda con una inclinación de cabeza, León le dice algo de pasada antes de
entrar, él se ríe y después me da una amable sonrisa de ojos chispeantes que
le devuelvo a medias. Puede que León haya deshecho la mayoría de mis
barreras, pero todavía me quedan algunas para el resto de los hombres.
En la sala nos topamos a Alex sentado en los sillones, Abel está a su lado
y me sorprende lo quieto y tranquilo que se ve. En sus manitos hay una taza
mediana de plástico, y toma de ella mientras mira televisión.
—Hola, chico—León deja los bolsos a un lado y le despeina el pelo—.
¿Qué estás tomando?
Abel quita sus ojos de los dibujitos y lo mira, sus ojos turquesas brillan.
Me pregunto cómo se siente él con respecto a León, es pequeño pero creo que
entiende su entorno bastante ya. ¿Lo verá como una figura importante?
Quiero decir, hasta ahora el hombre ha rondado alrededor nuestro muy
seguido. Pero desde hoy la cosa se va a poner más firme, vamos a vivir con él.
Con el tiempo creo que los lazos van a volverse más estrechos, y eso es otra
de las cosas que temo. Si nuestra convivencia no funciona, también va a
romperse el corazón de mi hijo.
—Jugo—le responde, su habla un poco atravesada pero clara.
Tiene un poco de bigote amarillo. Sonrío, no puedo guardarlo. Busco con
la mirada el huevito de Esperanza, Alex se da cuenta y se apresura a
conseguirlo del rincón donde alguien más lo había dejado antes.
—Gracias—me obligo a decir.
Hay algo con este chico que transmite armonía y seguridad. Sus ojos,
tengo que decirlo, son únicos y preciosos. No creo que exista un par igual.
Puedo ver que su mirada es pura y sincera. Me sonríe y asiente ante mi
agradecimiento, después posa su atención en mi hija mientras la dejo
acurrucada en la sillita.
Es resto del día me ocupo en ordenar, nos visita Lucre de una
escapadita, diciendo que está agotada de ordenar todo en su nueva casa,
pero feliz y satisfecha con el resultado. La cabaña de ellos es sencilla y
funcional. Espaciosa. Más allá de que ella podría permitirse lujos es bastante
simple y la decoración muy acogedora, Lucre tiene un buen gusto para eso.
Se nota que está contenta por tener ya un lugar propio para vivir donde criar
a sus hijos.
La noche llega y todos estamos agotados, así que León y yo cocinamos
algo rápido y fácil, así Abel no se duerme en la mesa durante la espera. Ni
bien termina su plato lo llevo a ponerse su pijama, y lo recuesto en su nueva
cama. Vamos a ver cómo pasa la noche en la habitación desconocida y sin su
mamá al lado, por ahora no parece disgustado por el cambio. De hecho, ha
tomado todo muy bien, eso me tiene asombrada. Sería lógico que los últimos
eventos lo hubiesen afectado, sin embargo, ha sido todo lo contrario. Le
acaricio el pelo durante su transición directo al sueño, y lo observo fijamente
por largo rato. Él es un niño feliz, a pesar de todo lo que hemos tenido que
vivir, este lugar parece que le hace bien y le gusta. Y Tony ha sido de gran
apoyo, han hecho buenas migas y son inseparables. Me alegra que mi hijo lo
esté haciendo así de bien, es un alivio más para mi corazón.
Dejo el velador encendido, con la densidad un poco débil, y me voy de
vuelta a la cocina para terminar de comer y juntar. Me encuentro con que
León quitó la comida fría de mi plato y ha puesto nueva, más caliente. Creo
que me va a costar acostumbrarme a que haga cosas así para mí, es amable
por naturaleza, le sale sin esfuerzo, como un reflejo. Y son pequeños gestos
que para mí hacen toda la diferencia.
Antes de apagar todas las luces e irnos a dormir, le doy el biberón a
Esperanza así al rato la acuesto en la cuna, junto a la cama de Abel. Al
momento de entrar en la habitación que voy a compartir con León mi cuerpo
empieza a sudar copiosamente, mis manos tiemblan. No sé qué esperar, o
qué hacer, en realidad. Veo que la luz está encendida y escucho que va de
acá para allá rebuscando en los cajones, seguramente alguna ropa para
ducharse. Trago y me decido a entrar, lo veo revolear una toalla sobre su
hombro y tomar una muda limpia de ropa interior. Me quedo inmóvil a un
lado de la puerta, ¿puedo hacer esto?
— ¿Crees que esto está bien?—pregunta, parándose frente a mí, quita el
pelo de mi cara—. Puedo ir al sofá o, incluso, hay una cama desocupada en
la otra habitación.
En realidad, debería ser yo la que diga eso. La cama desocupada está en
la pieza que mis hijos comparten, si yo no quisiera seguir con esto, podría
dormir allí. Pero quiero…
—Está bien—asiento—. Puedo hacerlo.
— ¿Estás segura?—insiste—. No quiero presionarte…
Yo sé que lo que menos desea es hacerme sentir incómoda. Y aprecio
muchísimo eso. Pero no estoy segura si esto me inquieta, sólo estoy algo
contrariada. Dormir junto a él es excitante en muchos aspectos, pero no
puedo fingir que no me produce ni una pisca de miedo, porque sería falso.
Tengo miedo, pero no estoy dispuesta a dejarme vencer por él.
—Quiero esto—le digo, sueno lo más segura de lo que soy capaz.
Me regala un asentimiento, sus hombros cayendo algo flojos. Me sonríe,
y besa mi frente para después perderse dentro del cuarto de baño. Trato de
no buscar en mi mente alguna imagen que tenga que ver con él duchándose
mientras me cambio, lo que es muy, muy difícil porque la ducha se escucha
desde donde estoy y aviva mi imaginación. Si antes estaba sudorosa, al
instante de meterme entre las sábanas, después de asearme, se siente más
como que estoy empapada. Y trato de meter aire en mis pulmones de un
método más civilizado. Apoyo el lateral de mi cabeza en la almohada y
espero, mis oídos obsesionados con los sonidos que vienen desde el baño. Me
pregunto si alguna vez podría compartir una ducha con él, eso hace picar
cada pequeño poro en la superficie de mi piel.
Tal vez… algún día.
La puerta se abre y él sale, apenas me muevo de mi posición, deteniendo
mi respiración. No lleva puesto nada más que un bóxer, eso me hace tragar.
Lo siento remover las mantas y meterse dentro, el colchón a mi espalda de
hunde.
—No uso pijama, ¿está bien eso?—pregunta, esperando atentamente mi
respuesta.
Silenciosamente ruego a mis cuerdas vocales que funcionen a la
perfección.
—Umm… sí, está bien.
Escucho algo parecido a un siseo venir de él, y me doy cuenta de que
está riéndose por lo bajo, eso hace que mis músculos se aflojen. No sé por
qué todavía le estoy dando la espalda, igual parece no importarle. Se termina
de recostar y sin esperarlo arroja un brazo sobre mí y me abraza.
Dios mío. Su torso húmedo se pega a mi espalda y tengo que refrenarme
para no saltar sobre mí misma. Con su abrazo me arrastra más allá,
entonces pasamos a probar por primera vez la famosa posición de la
cucharita. No puedo respirar. Mi cuerpo comienza a arder, desde la punta de
los dedos de mis pies hasta mi cuero cabelludo. Me estoy regando en sudor y
nervios porque realmente espero que no se dé cuenta de mi situación. Y noto
que estoy lejos de tener un ataque de pánico, esto es sólo inquietud por estar
tan pegada a él.
—Buenas noches—susurra, en su voz se nota el cansancio.
Por eso decidimos no tener nuestro ritual de guitarra hoy, ya que antes
de trasladarnos, ayudó con los demás a cargar el último mobiliario que trajo
el camión a la cabaña de Lucre y Max.
—Buenas noches—murmuro, mi garganta reseca.
Con un suspiro me estiro y apago la luz del velador, con la oscuridad se
me acerca gradualmente el agotamiento y empiezo a sentir cómo mi cuerpo
se amortigua en los brazos de León. El sudor se va, junto con el calor
sofocante de los nervios de minutos antes. Lo escucho respirar pesadamente,
su pecho inflándose y desinflándose contra mi espalda y me produce un
efecto que nunca antes tuve la fortuna de sentir. Una mezcla de calma,
seguridad y adormecimiento. Creo que va a gustarme demasiado compartir la
cama con él con el tiempo. Me gustaría voltearme y observarlo dormir, tal
como una acosadora. Pero me termino quedando como estoy, hasta que mis
párpados se aprietan y mi consciencia se escapa por la ventana.
No sé a qué hora en medio de la noche me despierto, un poco
confundida, me cuesta caer en la cuenta de que el brazo que me rodea es de
León y que es la primera vez que comparto esta cama con él. Ayer nos
mudamos juntos, me digo, para aclarar mi cabeza. Parpadeo y me remuevo,
me quedo inmóvil, despertando de golpe porque me percato de un bulto
sobresaliente acunado entre mis nalgas, mi aliento se atasca. No me puedo
mover, intento que mi respiración no se oiga en toda la pieza, pero es difícil.
En la vida había despertado en medio de la noche sintiendo una erección
contra mi parte trasera. Pestañeo, creo que él está dormido, ¿o no? Su
respiración es lenta y pesada, yo creo que sí.
De nuevo ese insistente calor se instala en mí, puedo advertir cómo
algunos rincones de mi cuerpo se humedecen por el sudor. La parte baja de
mi nuca, el valle entre mis pechos, mi cuello. Me muerdo el labio, creo que
debería ir al baño a refrescarme, pero no quiero salirme y despertarlo.
Bueno, tengo que hacerlo. Me remuevo de nuevo, pero de una manera muy
extraña, no como si mi cuerpo quisiera irse de la cama, se pareció más a un
meneo. Sin pensar con claridad, lo vuelvo a hacer, frunzo el ceño, la erección
de León crece un poco más. Lo sentí a la perfección. También escucho a la
perfección el siseo que se escapa de mi garganta.
León se agita y el ritmo de su respiración cambia, de hecho por un
momento creo que ha dejado de respirar. Me quedo muy, muy quieta, no voy
a poder sostener por tanto tiempo este ardor, quiero patear las mantas lejos.
No concibo por qué mi cabeza no deja de pensar en cosas extrañas, ya
debería ignorar su erección y seguir durmiendo, soy una mujer de veintiocho
años. Soy una adulta, ya muy madura.
— ¿Estás despierta?—surge la voz de León muy cerca de mi oído.
Me sobresalto, con eso me sueldo más a su entrepierna.
— ¿E-eh?—se me escapa.
Estoy atontada, no logro procesar lo que me pasa. Él viene más cerca y
planta un beso en mi hombro desnudo, su mano en mi estómago se va
deslizando hasta el borde de mi cintura.
—Lo siento—susurra, ronco.
Está quitando el brazo por encima de mí y me apresuro, sin pensar, a
retener su mano con la mía para mantenerla en su lugar.
— ¿Por q-qué?—digo casi inaudible, mi voz temblando.
Lo percibo levantarse, apoyado en un codo, puedo ver por el rabillo del
ojo que se asoma e intenta mirarme.
—Te la estoy apoyando—dice, su tono dulce.
Mis ojos se abren como platos. Cierto.
—Oh—se me escapa, bajo—. Está bien.
Aun así no lo dejo ir, sus dedos se mueven y acarician apenas a la altura
de mi ombligo por encima de mi camisón, pasa un rato largo antes de que se
mueva y lo sienta apretarse más contra mí.
—Cariño—susurra, tenso—. Tengo que alejarme, esto se está poniendo
un poco…
Se frena, nunca tuve la oportunidad de escucharlo así de afectado. Trago
saliva sonoramente, me está pidiendo que lo deje ir, el problema es que me
estoy sintiendo muy bien estando así con él. Incluso, ya no me incomoda su
dureza. Me parece que mis bragas están pegajosas, la sensación no me
disgusta, es agradable. Pero sería egoísta de mi parte mantenerlo así si está
incómodo. Estoy a un paso de desenroscar nuestros dedos cuando él se
acerca y desencadena una ola de besos en mi cuello, permanezco quieta por
unos segundos sin embargo el aire sale a borbotones de mi boca y tengo que
morderme el labio para no hacer ruiditos extraños. Un par de pestañeos
después y me estiro para darle más acceso, su mano se abre en mi vientre y
se pasea lentamente. Pensé que la sensación de estar cocinándome viva no
podía empeorar, estaba equivocada. ¿Y el sudor? Está por todos lados ahora.
Me arqueo y él me encuentra con sus caderas, y esto ocurre casi sin que
lo queramos, es instantáneo. O al menos para mí, porque es mi cuerpo quien
lo hace sin que mi mente lo ordene.
Reparo que se mueve más allá, arrastrándose a mi cadera y sus dedos
emprenden la tarea de enroscar el dobladillo de mi pijama para subirlo. Me
atraganto con mi propia saliva cuando al fin toca mi piel expuesta, ahora ya
no puedo ocultar mis aspiraciones desesperadas. Contornea de nuevo mi
cintura, ahora piel con piel, y sus besos llegan a mi mandíbula, cierro los
ojos ante la sensación. Es… exquisita. No encontraría otra palabra para
describirla. Me gusta, me gusta demasiado y no entiendo por qué una
pequeña parte de mi mente quiere que lo detenga.
— ¿Estás bien?—respira en mi oído.
Me estremezco. Y asiento repetidas veces sin encontrar mi voz. Entonces
me toma desprevenida y cuela su otro brazo en el hueco de mi cuello, mi
mentón se tuerce y captura mis labios en los suyos. Estoy tan sorprendida
por el movimiento que gimo más alto en su boca. Su lengua escarba en mis
profundidades y pierdo un poco más el control. Nunca, y repito, nunca en la
vida, me sentí de este modo. Y, aunque hay una punzada de reserva dentro
de mí, no puede ganarle a esta impresión. León se frota más duro, y tengo
que reorientarme en la habitación porque me siento perdida al segundo
siguiente.
—No debería estar haciendo esto—dice, carraspeando, en realidad no
hay ni una mínima nota de caducidad en sus palabras.
No digo nada, creo que mi respuesta es clara, a ninguno de los dos
cuerpos les importa lo que pensemos. Su áspera y demandante palma se
arrastra hasta mi bajo vientre y ni siquiera se me cruzan por la cabeza las
marcas sobresalientes de mis estrías o la flacidez de esa zona, su tacto es
caliente y lento. Suave, y me doy cuenta de que a él le gusta tocarme de ese
modo, ¿cómo podría detenerlo? Estira el elástico de mi ropa interior me toma
desprevenida cuando va más allá, y se interna entre mis piernas. Salto,
tiemblo, y aprieto su muñeca, dividida entre dejarlo seguir o rogarle que
pare.
—Soy yo, cariño—su aliento rocía debajo de mi oído—. No te haré daño,
lo prometo.
Abro la boca, jadeando, no lo alejo. Le permito tocarme, aunque el miedo
ahora haya tomado un poco más la iniciativa. Su dedo medio se interna entre
mis labios vaginales, mis pulmones queman aire en el interior y duelen
cuando dejo de respirar abruptamente. Frota mi clítoris, casi de manera
imperceptible, pero eso envía todas las descargas de electricidad a lo largo de
mis terminaciones nerviosas. Mi vista se desenfoca, porque mis ojos se han
espesado con una humedad muy lejana a parecerse al llanto.
Con mi mano libre formo un puño en la almohada para el tramo en el
que rota la yema de su dedo en movimientos circulares sobre ese punto
específico, me hace vibrar y gemir como jamás pude en el pasado.
—León—se me escapa su nombre débilmente entre jadeos e inquietud.
Mis caderas no pueden quedarse quietas ahora, y eso incita a que su
erección obtenga más estímulo por la presión de mis nalgas, él gruñe. Y ese
único sonido me lleva al borde del abismo. Mi boca se abre repentinamente y
deja ir un largo sonido, muy raro, como si me estuviera evacuando desde
adentro. No lo puedo detener, al igual que las ondas que atiesan mi cuerpo y
fuerzan a mi sexo a oprimirse una y otra vez. Sin parar.
A través de un manto que me mantiene como en otra dimensión escucho
a León maldecir, lo percibo sintiendo mi orgasmo en su mano enterrada en el
hueco de entre mis piernas. Su dedo aún no ha parado de masajear mi
clítoris, y es por eso que todavía me encuentro atrapada en la electricidad, en
mi espalda baja y a lo largo de mis piernas que no se inmovilizan todavía.
—Nunca viví algo igual—comenta él, áspero, su pene está aguijoneando
con fuerza en mí.
Con cuidado quita su mano de mi ropa interior y suspiro, mis pies se
retuercen. Hasta ahora estoy respirando con dificultad pero he vuelto a
tierra, y es por eso que mis mejillas se ponen rojas de vergüenza. ¿Qué? ¿Qué
fue eso? ¿Qué pasó? Se suponía que no estaba lista, ¿verdad?
León se separa de mí, esta vez no tengo fuerzas para retenerlo, se deja
caer de espaldas, se ve agotado. Y satisfecho. Algo de que estoy segura que es
engañoso, porque recuerdo la sensación de su virilidad hinchada en mi
trasero sólo unos segundos atrás. Me muevo por primera vez en un largo
período y también termino de espaldas, hasta que consigo la valentía
suficiente como para buscar su mirada. Él me está sonriendo dulcemente.
—Dormí—ordena cariñosamente.
Se reacomoda en sus almohadas y abre un brazo para invitarme a
recostar mi mejilla en su pecho. Cuando lo hago oigo los rápidos y desiguales
latidos de su corazón.
—Pero…—intento decir que no soy tonta y que me doy cuenta de que se
quedó sin obtener su parte.
—Yo estoy bien—dice contra mi pelo.
¿Será verdad? No lo creo, pero aun así no discuto, porque no estoy
segura de poder hacer algo para aliviarlo. Quizás debería darle placer con mi
mano, como él mismo acaba de hacer.
—Dormí, Francesca—pide, advierto la curva de sonrisa en su tono—. Está
todo bien… Lo prometo.
Si lo dice así… Me ablando contra su pecho, mis pestañeos se vuelven
insistentes y cuando menos me espero termino durmiéndome, acurrucada
contra su costado.
15
León
Lo que ocurrió anoche fue inesperado, no creí que pasara nada entre
nosotros la primera vez que compartiríamos cama. Juraba que Francesca
estaba aterrada de dormir conmigo, entonces, en medio de la noche, de
repente, comenzó a frotarse contra mí. Vi su confusión, su lucha interior por
entender lo que su cuerpo estaba haciendo, pero también fui testigo de su
excitación. Su disfrute. Y fue eso lo que me empujó a dar el siguiente paso.
En un principio tuve el impulso de separarme y correr en la dirección
contraria, no quería hacerle daño o asustarla. Mi cuerpo ganó, a causa de la
necesidad de probar si podía llevarla por el camino, directo al borde. Lo hice,
y salió perfecto. Fue épico. No tengo con qué compararlo. Ni siquiera me
importó aguantar el dolor, mis huevos estuvieron azules y molestos el resto
de la noche. Tuve que superarlo y dormir. A pesar de eso, estaba satisfecho,
feliz por ablandarla y amoldarla, por subir nuestro primer escalón en
dirección al erotismo. La sensualidad que desprendió a medida que la
trazaba con mis manos me dejó sin habla, explotó mi cabeza en miles de
fragmentos. Incapacitado. Derrotado.
Desde que desperté no he podido dejar de pensar en ello. Abrí los ojos y
ahí estaba ella, acurrucada todavía contra mí. Después de nuestra pequeña
pausa de sueño sólo una vez escuchamos a Esperanza llorar, enseguida fue
a calmarla y estuvo de vuelta, sin preguntas sin reservas se pegó a mí de
nuevo. Y yo fui el tipo más feliz del universo en ese mismo momento en el
que se durmió, pacífica en mí. No me hace falta nada más que tenerla en mis
brazos por las noches y observarla dormir por las mañanas. ¿Qué más puedo
pedir?
Ahora la veo ocuparse de sus hijos, atenta, dándoles el desayuno en la
mesa. Con una mano sostiene el biberón de la niña y con la otra endereza la
taza de plástico en las manos de Abel para que no derrame su leche. Es
alucinante verla hacer ese tipo de actividades con sus hijos. Me uno a ellos y
me ocupo del niño para que ella pueda seguir preocupándose por Esperanza.
No debería hacer todo al mismo tiempo. Acá hay ayuda extra, y voy a poner
todo mi empeño para que sea así siempre.
Abro el paquete de galletitas para él y le ayudo con su taza, me deja,
incluso me sonríe mientras le hablo. Le pregunto si le gusta su nueva
habitación, es algo callado por eso responde con asentimientos pero no me
deja afuera y eso es un alivio para mí. Quiero ganarme los hijos de Francesca
también. Para ella deseo ser el hombre perfecto, y para sus hijos, el padre
ideal. Puedo hacerlo, tengo vena para esto. Es lo que he deseado siempre.
Estanco mi repaso en ella, al fin, para encontrar su rostro todavía
adormecido todo sonrosado. Sus mejillas profundamente rojas, noto su
garganta cuando traga apretadamente. Sí, necesita un momento. Está
avergonzada por su comportamiento de anoche, y lo que con él provocó.
Espero que no se sienta culpable, fue hermoso, creo que debería estar
orgullosa de ello. No hay nada malo en ella, es hermosa, sexy y me vuelve
loco. Ahora, después de aquello, apenas puedo esperar para hacerla mía
como corresponde. Pero no voy a presionar, estamos sólo transitando el
comienzo. Recién está despertando.
Acaba de alimentar a Esperanza y yo llevo a Abel al baño para lavarle las
manos pegoteadas, después lo ayudo a cambiarse el pijama. Volvemos a la
sala y se acomoda en el suelo para jugar con sus ladrillitos. Intento no
relacionar esa imagen con la de Pedro sentado en su corralito, justo en ese
sitio exacto. Me desvío, metiéndome en la cocina, no es saludable pensar en
ello, es por eso que no había vuelto a vivir en la cabaña, los recuerdos de mi
pequeño hijo de un año me persiguen a cada rincón que vaya. Me cruzo de
brazos y observo a Francesca lavar las tazas usadas, con una sola mano
mientras sostiene a su bebé. Sí, debería ayudar, nunca permitir que haga
tantas cosas a la vez, pero me deleito viéndola. Esperanza tiene sus ojazos
fijos en mí y no puedo evitar sonreír como un bobo e ir a sacársela de los
brazos. Veo que Fran sonreír al ver que nos vamos, y me dejo caer en el sofá
con el pequeñito cuerpo apoyado en mi pecho. Esperanza intenta mantenerse
arriba sobre sus bracitos, pataleando. Abel se ríe cada vez que se cae a los
costados y la sostengo para que no ruede hasta el suelo, incluso la niña
sonríe al escuchar la risa de su hermano. Mierda, son preciosos. Me doy
cuenta de que quiero pasar más tiempo con ellos también, son dulces e
inocentes y merecen una figura paterna, y yo estoy dispuesto. Jamás estuve
tan seguro de algo en mi vida, quiero que esta familia sea mía. Me pongo de
pie y dejo a la niña en su huevito, Abel gatea hasta ella y le da un pequeño
perrito de peluche, trata de engancharlo en su mano para que ella lo tome.
Busco a Fran y la encuentro en la habitación, cambiándose. Salta y se
baja la blusa antes de que obtenga un destello de su sostén, y me río por lo
bajo, no puedo evitarlo. Me sonríe cuando se da cuenta de lo que acaba de
hacer, aunque su rostro está teñido de rojo. No me puedo mantener
apartado, la acorralo. No se encoge, deja que la atraiga por la cintura y dirija
mi boca hambrienta a la suya, me devuelve el beso y mi corazón da un
vuelco. La aprieto contra las puertas del guardarropa y se cuelga de mi
cuello, tomándome de regreso. Me muero por tocar su piel, si tan sólo sus
piernas estuvieran desnudas para poder rozarlas con mis manos, sin
embargo, las cuelo por su camiseta y recorro su espalda, me doy ese gusto.
Su piel cambia de tibio a caliente en un nanosegundo. Esquivo la tira de su
sujetador, no quiero ceder a la tentación de soltarla para ir después a sus
pechos.
Nos separamos un momento para conseguir oxígeno y nos quedamos
quietos, sosteniéndonos. Nos miramos a los ojos y decimos todo lo que
queremos a través del puente de nuestras contemplaciones.
—Anoche…—empieza, jadeando.
—Anoche fue lo más sexy que le ha pasado a mi vida—la interrumpo—.
Fue especial…
Aprieta los labios juntos, no sabe qué agregar a eso, en sus ojos puedo
percibir que se alegra por mis palabras, le dan confianza. Necesito que crea
que es capaz de ser hermosa, sensual y que puede excitar a un hombre.
Necesito que su autoestima suba niveles, y a este ritmo voy logrando ese
objetivo excelentemente.
—Sí, fue especial—concuerda.
Sonrío y vuelvo a besarla hasta que sus rodillas empiezan a tambalearse,
amenazando con dejarla caer. Luego de recuperarse del asalto de debilidad
volvemos a la sala con los niños.
—Tengo que estar con Isabel a las dos—dice, mientras vuelve a poner en
su lugar algunos juguetes que Abel repartió por el suelo.
Me congelo, frunzo el ceño. No puedo llevarla a esa hora, tenemos una
carga que recoger en el puerto, y en esos asuntos siempre prefiero estar
presente. Es justo a la luz del día y tengo que supervisar toda la mierda.
Supuestamente son piezas para los motores de las motos, autos, y otros
vehículos, pero nada es más lejano a la realidad. Si nos agarran bajando la
basura que traficamos nos vamos directo al horno con papas.
—No puedo ir, cariño—me lamento—. Justo tengo trabajo que hacer a
esa hora…
—Está bien—acepta, no se ve desilusionada ni nada y eso me hace sentir
menos culpable. Pero se suponía que yo la llevaría a sus sesiones—. Puedo
llamar a un remis.
Niego. Nada de remises.
—Voy a pedirle a Santiago que lo haga—digo—. Si él no puede, mando a
Alex, ¿está bien?
Asiente. Permanece en silencio un momento, sigilosa, sé que quiere decir
algo al respecto. Espero para ver si tiene la valentía de sacarlo.
—Pero no quiero que molestes a tus chicos por eso, puedo ir por mí
misma—asegura, retrucando.
Sonrío, porque sin darse cuenta está discutiendo conmigo, replicando
mis palabras. Se ha soltado a sí misma, ya no tiene miedo de mí. Ha bajado
la guardia y me da a entender su deseo de no querer depender ni de mí, ni de
nadie que pertenezca al recinto.
—Uno de ellos va a llevarte, tranquila—digo, me acerco y le acaricio el
pelo lacio a lo largo—. No es una molestia ni nada por el estilo, sos de la
familia ahora. Ustedes son mi familia.
Francesca
Isabel me sonríe al mismo tiempo que nos levantamos y juntamos las
tazas de nuestras infusiones terminadas para llevarlas al fregadero. Le he
contado todo, eché a un lado la modestia y la vergüenza y lo dejé ir.
Principalmente porque quería desahogarme. Isabel apenas pudo guardarse
su alegría de saber que me había mudado con León y dormí junto a él. Y le
dejé tocarme de una manera tan íntima. Tuve mi primer orgasmo en años, y
fue tan arrollador y perfecto. Cada vez que lo recuerdo se me debilitan las
piernas y mi bajo vientre hormiguea, pidiendo más.
Isabel asegura que estoy preparada para ir más allá, sólo tengo que
enfocarme en León y todo lo que hace para darme placer, tener presente en
la mente que es él quien me está tocando. No creo que sea difícil, anoche se
hallaba a mi espalda, nunca vi sus ojos o su rostro mientras le permitía
levantar mis barreras y llevarme al límite. Y no se cruzó en mi cabeza
ninguna imagen de mi traumado pasado. Su toque fue tan suave, lento y me
fue envolviendo hasta que se hizo demasiado tarde como para pensar en
retroceder, mis pensamientos estaban dormidos y ese momento sólo le
perteneció a mi cuerpo y el suyo.
La cordura no existe cuando se trata de sexo, eso había escuchado decir
alguna vez. Pero no había sido capaz de experimentar algo así a través de los
años. Antes, cada vez que Álvaro me tocaba, era incluso más consciente de
mí misma que en otras ocasiones, todo a causa del asco y el dolor que me
obligaba a sentir. En cambio, anoche, mientras León masajeaba
paulatinamente mi clítoris, me perdí, cualquier vestigio de consciencia quedó
hecho papilla en un pequeño rincón oscuro de mi cabeza. Mi cuerpo bailó al
ritmo y fui libre por primera vez en mucho tiempo.
—Estoy muy feliz con estos avances, Francesca—anuncia Isabel,
estamos avanzando hacia la puerta—. Sabía que lo lograrías…
Sonrío, no respondo, porque a mi entender todavía me quedan muchas
cosas por superar, pero sería una tonta si no reconociera ahora todos los
avances que he hecho a lo largo de estos meses de terapia. No sólo mis
encuentros con Isabel me han ayudado, sino también todo ese tiempo que he
pasado con León. Él me fue abriendo como un capullo, con su amabilidad y
paciencia. Se fue acercando, me fue rodeando, y cuando me quise acordar
estaba en sus brazos, rogando por dentro que no me soltara de nuevo.
Insisto, correr hacia Adela y al recinto fue una bendición para mí y mis hijos.
Ahí encontré mi verdadero camino.
Salgo, no sin antes saludar con un beso en la mejilla a Isabel, y veo ya
una de las camionetas estacionada, esperándome. Alex está en el volante,
hablando por teléfono. Sacudo mi mano hacia la casa antes de que ella cierre
la puerta, avanzo hacia la camioneta metiendo las manos en mi abrigo fino.
Estoy pensando en que me agrada el hecho de no llevar tantas capas de ropa
pesada, el sol en lo alto le da un poco más de calidez a los días.
Casi llevo medio camino cuando alguien tironea de mi brazo, no es
violento, pero sí demandante. Alzo la vista para toparme de cerca con un
brillante par de ojos verdes, que me miran con malicia. Me tenso,
clavándome en el lugar.
— ¿Qué tenemos por acá?—pregunta Sandra, filosa.
No digo nada. Ella camina a mí alrededor una vuelta entera,
estudiándome de pies a cabeza hasta que vuelve a colocarse frente a mí, no
sé por qué lo hace. En mi mente reproduzco alguna escena imaginaria donde
el gato juega con el ratón hasta matarlo cuando se cansa, eso es lo que
parece ella viéndome de ese modo. Y es claro que yo no soy el elegante gato a
punto de cazar un buen bocado. Esa es ella. La ratita se parece más a mí.
—No sos muy habladora, ¿no?—dice, poniéndome nerviosa—. Aunque
eso es engañoso, yo lo sé bien. Las calladitas siempre resultan ser las más
rapiditas.
Intento no posar mis ojos suplicantes en la camioneta, pero por dentro
estoy deseando que Alex nos vea y se baje. El problema es que sólo
parecemos dos mujeres simplemente charlando, no hay nada que pueda
alarmarlo. A no ser que Sandra se decida a golpearme o algo por el estilo. Y
al profundizar en sus peligrosos ojos, parece que es lo que quiere hacer.
—Fuiste rápida para poner las garras en el Leoncito, ¿no?—se ríe,
chirriante y desagradable—. Decímelo a mí, querida. Él es la clase de tipo
que lo vale, tan buenazo, transparente, sincero. Rudo sólo cuando tiene que
serlo. Fue el mejor hombre que tuve—suspira, con lamento, no sé si es
fingido o no—. Y el mejor amante—oigo un siseo parecido al de una serpiente
venir con esas últimas palabras. ¿O me lo imaginé?
¿Por qué es así de odiosa? Puedo sentir su maldad con solo el peso de su
mirada. ¿Cómo puede hablar así del hombre con el que tuvo un hijo hace
tanto tiempo? Un bebé que falleció. Actuar de este modo con respecto a León
debería dolerle.
—No tenés nada que hacer a su lado—sigue—. ¿Qué puede darle una
mujer tan vacía como vos? Apuesto a que el gusto de tu vagina es igual de
insulso—me estremezco con su duro vocabulario y ella lo nota, lo disfruta—.
¿Te ha probado ya? No importa, cuando lo haga va a dejarte… es demasiado
hombre para vos.
Trago, mis manos forman puños en mis bolsillos.
—Ni siquiera me conoces—digo, sale sin que siquiera lo piense.
Chasquea la lengua y contornea sus caderas más cerca de donde estoy.
—Oh, te conozco—asegura—. Te conozco bien. Yo sé cómo son las de tu
tipo, las que fingen ser unas pobrecitas para aprovecharse… ¿Ya has
encontrado el papá perfecto para tus hijos? Claro que sí, León es fácil
anzuelo. La compasión es una buena herramienta, él es un debilucho cuando
se trata de eso… ¿Crees que te ama? Claro que no, él sólo te tiene lástima.
Avívate.
Un nudo crece de golpe en mi garganta, claro que no le creo. Es una
mala persona, yo sé sobre todas esas terribles cosas que le hizo a León
cuando eran jóvenes. Está tratando de afectarme, manipularme con sus
hirientes palabras. Tengo que mantenerme fuerte para no dejarla entrar. Doy
un paso al costado, lejos de ella y emprendo nuevamente mi camino hasta la
SUV.
—No te olvides de lo que te dije, querida—canturrea ella—. No querrás
quedar como una estúpida al final, córrete a un lado antes de que la lástima
se acabe y te deje tirada por ahí. Él y yo tenemos historia, larga e intensa
historia…—“sí, como no”, me digo por dentro—. Voy a recuperarlo, ganaré su
perdón, entonces vos y tus hijos irán a parar a la basura, donde pertenecen
desde siempre.
»Irán al mismo lugar donde terminó la fina tía Olga…
Me paralizo, todo mi cuerpo volviéndose helado, a un par de metros de la
camioneta. Me doy la vuelta como un látigo para verla, se está riendo en
largas y maléficas carcajadas al mismo tiempo que se aleja. ¿Qué sabe de mi
tía Olga? ¿Por qué ha dicho eso? Mi respiración se acelera y me apresuro a
subir junto a Alex. Él nota que estoy afectada, me pregunta si estoy bien y
asiento en silencio, por suerte no insiste. Procuro estarme quieta por el resto
del viaje, metiendo bocanadas de aire muy despacio para tranquilizarme.
Sandra sólo quiso asustarme para alejarme de León, pero no lo va a lograr.
No importan sus amenazas enfermas, no conseguirá doblegarme.
Demasiado tiempo he pasado bajo el control de otras personas, ella no se
convertirá en una más de ellas.
— ¿Estás bien?—me cuestiona León.
Asiento sin decir nada más. Creo que ya ha llegado a la décima vez que
pregunta, está preocupado. Es lógico. Estuve rara durante el resto del día a
causa de mi encuentro fortuito con Sandra.
Sus ojos azules me escanean, punto por punto mi expresión, intentando
descubrir algo que mi callada boca no quiera ceder. Estamos solos en la sala,
los niños ya duermen, y el silencio nos rodea junto con la leve oscuridad.
Sólo dejamos encendida una lámpara en el rincón, creando una atmósfera
cálida mientras él disfruta de un trago y yo de una infusión caliente antes de
ir a la cama.
—Alex me dijo que al salir de terapia te demoraste en la vereda,
charlando con una mujer—suelta, me atieso—. Y cuando subiste al coche
estabas inquieta… Por la descripción que me dio siento que pudo haber sido
Sandra…
Espera una reacción de mi parte que se lo confirme. No quería decirle,
fue un evento desafortunado y estuve luchando para olvidarlo. Lo mejor que
puedo hacer es ignorar cualquier cosa que esa horrible mujer haya dicho,
sólo quería herirme. Y si bien me descolocó, haciéndome sentir incómoda, no
me llegó a lo profundo.
— ¿Era ella?—insiste.
—Sí—me rindo—. No fue nada, sólo quiso molestar con tonterías…
Los ojos de León se oscurecen, puedo ver cómo se van cubriendo por el
producto de la ira. Por eso no quería traer a puerta este asunto, lo afecta. No
quiero que se enoje ni viva inquieto por las locuras de Sandra. Ella sólo
quiere atención, está aburrida desde que llegó al pueblo y su enfermiza
psique la incita a hacer este tipo de acciones. Deduzco todo eso a raíz de la
cantidad de cosas que me ha ido contando él este último tiempo con respecto
a su relación con ella. Sandra es de esas personas a las que no les gusta ver
al resto felices, entonces intenta pinchar la burbuja. Volvió por León, lo vio
conmigo, ahora estoy en la mira de su interés. Sólo hay que esperar a que se
canse y por eso lo mejor es ignorarla.
— ¿Qué tipo de tonterías?—su tono es bajo, lo retiene en su garganta
para no sonar brusco, pero puedo sentir desde mi posición frente a él que
está enfureciendo.
Me encojo de hombros, quitando importancia. La verdad, es el último
tema que quiero hablar ahora mismo. El ambiente era agradable y el
fantasma de Sandra lo arruinó.
—Cosas que a veces algunas mujeres dicen para herir a otra—digo, doy
un sorbo a mi taza—. ¿Qué importa?
Él termina su vaso de un trago rabioso para después plantarlo en la
mesa ratona con algo de fuerza agregada. Me sobresalto con el sonido, pero
de inmediato me calmo. Es él. León. Nada de lo que él haga me lastimaría. Es
normal, no como Álvaro que cuando estaba molesto venía directo a mí para
desahogarse.
—Voy a hablar con ella—escupe—. Me va a escuchar.
Traba la mandíbula con brusquedad y se frota los ojos, cansado. O
frustrado. No sabría decir. Quizás ambas. Me levanto de mi lugar y voy a él,
me quedo quieta de pie mirándolo. Me niego a que vaya a verla.
—Por favor, sólo déjalo pasar—suplico.
No quiero que se acerque a Sandra, sé que le afecta, le duele y no
soporto verlo sufrir. Me hiere el destello de aquella vez en la que parecía un
pequeño niño a punto de llorar arrastrándola para que se fuera del recinto.
Prefiero cualquier cosa, menos que se vuelva a sentir de ese modo.
—No me importa ella o las cosas que diga—aseguro—. Lo mejor es
ignorarla, porque sólo quiere llamar la atención.
León me observa a la cara atentamente, no responde y necesito que me
diga que no va a ir a hablar con ella.
—Si vas, significa que su treta para molestarnos resultó y va a volver a
hacerlo—explico, él se va ablandando—. Entonces todo se convertirá en un
círculo vicioso de nunca acabar…
Me retuerzo las manos por delante de mí, nerviosa. Espero que me
prometa que no irá a buscarla para explotar su enojo, porque es verdad que
considero que eso es justamente lo que desea. Volver a enloquecerlo,
arrastrarlo al límite como aquella vez en la que lo alejó de su hijo para
después encerrarlo en la cárcel.
Los irises azul claro de León se purifican y noto exactamente el instante
en que su cuerpo se mitiga. Me dedica una sonrisa dulce y mi inquietud se
derrite.
—Tenés razón—dice, suspira—. Ahora vení acá.
Pestañeo, intentando entender lo que quiere decir. Palmea sus piernas
enfatizando sus palabras. Dudo, y al segundo siguiente estoy tragando con
anticipación, lo que me lleva a obedecerle. No porque me sienta obligada,
sino porque quiero. Me acomodo sobre su firme regazo y trato de no
acelerarme ante el contacto. Su enorme cuerpo exuda calor e intensidad y en
lo que dura un pestañeo estoy sintiendo subir el rubor por mi cuello.
Quita todo el pelo que cae a los costados de mi rostro, empujándolo
hacia atrás, cayendo por mi espalda. Descubre un punto justo detrás de mi
oreja y se acerca para besarlo. Ya, con sólo ese único movimiento, mi vista se
espesa y mi cerebro comienza fallar. Se arrastra más arriba y engancha mi
lóbulo entre los dientes, tengo que esforzarme para evitar que mis ojos den la
vuelta sobre sí mismos, aunque el aire se me escapa de golpe y a eso no
puedo esconderlo. Advierto la dureza crecer en sus pantalones, me sofoco.
—Me encanta ver cómo te sonrojas—me dice al oído y tiemblo.
Eso provoca que mi cara se caliente mucho más, y apenas puedo
soportarlo. Giro un poco para verlo y obtengo su boca en la mía, sus manos
me sostienen y me devora como si fuera un adicto. Su lengua me invade y
traspasa el sabor del whisky a la mía. Eso no me produce rechazo, al
contrario, mezclado con su gusto me dirige más al límite. Álvaro nunca me
besó en la boca, sólo apenas al principio de la relación, aunque jamás de este
modo tan hambriento. Y eso me libera. Me alegro de que los besos de León y
el whisky no me acarreen por caminos oscuros y me aporten recuerdos
indeseables.
Me suelta para que pueda respirar, entonces va paseando sus labios por
mi mandíbula a mi cuello. Mis manos en sus hombros forman puños de
necesidad. Y, de la nada, sin que yo lo espere, se eleva saliendo del sofá
conmigo en brazos. Me aferro a él mientras se interna en el pasillo en
dirección a la habitación. Meto aire en mis pulmones maniáticamente con
anticipo. ¿Estoy lista? ¿Siente él que lo estoy?
Con cuidado descansa mi espalda en el colchón y sin apoyarse encima
de mí y aplastarme regresa a mis labios, no necesita incitarme para que los
abra y le dé la bienvenida, ya es como un acto reflejo a estas alturas. Mis
manos en su cuello, juegan con la base de su nuca, sin siquiera pensarlo le
suelto el pelo del agarre desprolijo que siempre lleva. Los gruesos mechones
se escurren entre mis dedos y es una sensación única. Gimiendo estoy
cuando se desprende y se sostiene sobre mí, sus ojos empañados se
estancan en los míos, y sé que se ven del mismo modo.
—Podemos…—tomo una pausa para aclarar un momento mi mente—.
¿Podemos intentarlo? —la pregunta sale en voz baja, apenas un susurro.
Si él no estuviera tan cerca seguro no lo habría escuchado. Su aliento
choca con el mío, las puntas de las narices pegadas. Me pierdo en el vigor de
su mirada a la par que su pulgar viaja desde mi sien a mi mejilla.
—Si eso es lo que querés—advierte—. La decisión es toda tuya.
No quiere que continúe si no estoy segura, si aún me encuentro cerrada
a ello. Pero no es así como mi cuerpo se siente, su cercanía ya no me asusta,
sólo me induce a un estado de paz interior que, estoy segura, nada ni nadie
ha logrado en mi interior antes. Por primera vez en mi vida, entre sus brazos
y bajo su poderoso cuerpo, no hay incertidumbres, no hay miedos. No existe
nada más que nosotros y esta creciente necesidad de poseernos. Ansío ser
suya y que al mismo tiempo, sea mío. Como bien dijo aquella vez, hacer el
amor es compartir, y estoy dispuesta a entregar mi parte y aceptar la suya. Y
unirnos en un solo ser.
—Quiero—lo tranquilizo—. Creo que estoy lista…—. En realidad, siento
como si lo estuviese desde hace bastante tiempo.
Él sale de encima de mí y, de pie junto a la cama, estira una mano para
que yo la tome. Lo hago sin esperar un mínimo segundo y le permito
encaminarme a donde sea que él quiera ir. No es muy lejos, apoya sus manos
en mis hombros, desde mi espalda y me doy cuenta de que ambos estamos
frente al espejo de cuerpo entero colgado en la pared, al lado del
guardarropa. Nos observamos detenidamente en el reflejo, la imagen de los
dos resulta ser un shock para mis sentidos. Porque nunca tomé un momento
para imaginar cómo nos veríamos para el resto del mundo así, tan juntos.
Tan cerca. Y no es un mal sentimiento, me gusta cómo nos vemos.
Compenetrados. En la misma página.
Me cautiva.
— ¿Qué ves?—interroga, apacible.
Su pecho está pegado a mi espalda, y su tacto cae hasta encajar en mis
caderas, estable.
—Nos veo a nosotros, cerca—digo, es lo primero que viene a mi cabeza,
demasiado obvio. Su cercanía me confunde, algo que no me ayuda a
conectar.
— ¿Qué tan cerca?—susurra, sus pupilas dilatadas se deslizan a lo largo
de mi cuello.
Su mirada compenetrada como si pudiera ver mi interior, rompiendo
todos mis escudos. Paso saliva por mi garganta reseca.
—Muy—siseo, muy bajo.
Sus manos suben a mi cintura, levantando mi blusa, así que ahora sus
palmas están tocando mi piel, directamente. El fervor que me transfiere se
extiende por el resto de mi organismo, como si acabara de inyectarme alguna
droga en las venas. Me hallo atontada, mareada, mi corazón alterándose a
medida que las agujas de reloj prosperan.
— ¿Qué ves cuando te miro?—prosigue.
Mi vista se empaña, pero no me pierdo la forma en la que me recorre el
cuerpo. Sólo tiene su enganche en una zona, pero sus ojos lo estiran a todos
lados, como mil manos recorriéndome al mismo tiempo.
—Energía—no sé qué decir, esa palabra se queda corta—. Deseo.
Ambición—sigo sin dar en la tecla justa—. Apetito.
—Anhelo—ofrece, me busca en el espejo, nuestras contemplaciones
chocando al mismo tiempo—. Te quiero. Siempre y cuando también me
quieras. Necesito que me necesites.
Sus palmas se arrastran más arriba y me atraganto cuando abordan en
la base de mis pechos. El arco del sujetador le obstruye el camino.
—Te necesito—le dejo saber, estremeciéndome.
Entonces toma la tela de mi blusa y la saca por mi cabeza, levanto los
brazos sin resistencia. La miro caer al suelo, despidiéndola como una gruesa
capa desnudando mi corazón. Mis ojos se llenan porque ahora estoy
accediendo a que vea mi piel pálida. No quiero pensar en las estrías, las
marcas a lo largo de mi vientre. Mi aliento se atasca porque las rosa con los
dedos, la piel se me pone de gallina.
—Estas, más que cicatrices—dice en mí oído—, son un homenaje. Las
mujeres deberían estar orgullosas de ellas. Las elogio, porque son la prueba
de la fortaleza en el ser de cada madre. No son feas, son hermosas. Y son
parte de vos. No me impiden amarte, sólo me hacen quererte más. Porque, al
contrario de lo que pensás, sos fuerte. Valiente. Y te admiro.
Desprende el botón de mis vaqueros, pestañeo y un par de lágrimas
caen. Estoy emocionada y excitada a la vez. ¿Cómo lo hace? Inmediatamente
después se quita su camisa y al fin veo su pecho desnudo con claridad.
Parece más grande ahora, incluso más poderoso, sus filosos músculos
creando relieves desde sus hombros a la cinturilla del pantalón. Es
intimidante y a la vez magnífico. Ahora, en el cuadro, puedo ver toda la piel
expuesta. Yo, recatada. Él, salvaje, con su pelo despeinado y su grandeza, la
piel más oscura que la mía. Como leche y caramelo. Alcanzo a ver algunas
cicatrices allí y allá en su superficie.
Aun perdida en él, percibo sus duros nudillos nadar en mi espalda, a
continuación mi sostén se afloja y, mientras aloja besos en mi cuello,
logrando desprender suspiros de mis labios, desliza los breteles y la prenda
acaba en el suelo, delante de mis pies. Apenas puedo pestañear lejos de la
vista de mis pechos llenos, desnudos, justo delante de sus ojos. Sé que los
está viendo también, y su respiración comienza a golpear en mi piel con más
urgencia. No me muevo lejos al notar que cuela sus brazos por mis costados
y sus palmas abiertas los acunan. Mis pezones se arrugan y laten en
respuesta.
—Mis manos no podrían lastimarte en absoluto—anuncia, su voz
áspera—, van a adorar cada pequeño rincón tuyo que logren alcanzar…
Ejerce una presión mínima y jadeo, quiero cerrar los ojos y abandonarme
a la conmoción.
—Mis ojos no desean verte llorar, nunca de tristeza y sufrimiento—
asegura—. Lo único que ansían es descubrirte, día tras día. Noche tras
noche. Sin fin.
Desciende, mis pechos caen libres, vuelve a la cintura de mis vaqueros,
le ayudo a resbalarlos, con urgencia punzando en el interior de mis costillas.
En un santiamén estoy luciendo únicamente mis bragas blancas. Me muerdo
el labio porque sus dedos juegan con el borde.
Recién ahora entiendo lo que estaba tratando de hacer: batallar con las
inseguridades que todavía quedaban almacenadas en mí. Me convenció de
que soy digna de ser admirada y amada. Que más allá de mis cicatrices,
exteriores e interiores, puedo ser deseada. Deseada por él, y con eso me
basta. No puedo pedir nada más. Esto es más, mucho más, de lo que he
soñado jamás.
Obligada amablemente a darme la vuelta y enfrentarlo, conecto nuestros
labios y León profundiza el beso hasta que mis piernas se desencajan y casi
caigo al suelo. Me sustenta y lánguidamente me lleva a la cama, antes de
subir, él me incita a desprender sus pantalones. Quiere que yo también tome
el control. Compartir, ya lo dijo. Aunque no me molestaría ceder a él, no me
asusta que maneje la situación, ya que esto para mí es como volver a perder
la virginidad. Ya he olvidado lo que simboliza el placer.
Separo el cierre y, con cuidado, comienzo a deslizar la pieza por sus
piernas, mis extremidades inestables y mis mejillas más rojas de lo normal
cuando su bóxer apretado aparece ante mi perspectiva. Es blanco y de
alguna forma hace que su virilidad aparente ser inmensa. Intento no
ponerme nerviosa por eso. La penetración no es un acto de tortura, al
contrario de lo que haya experimentado en el pasado. Y su pene no es un
arma para dañar. Me lo repito hasta que sus pantalones están fuera y caigo
de espalda en el colchón.
Él enseguida acude también, no sobre mí, sino que se acomoda contra
mi costado, su antebrazo colocado bajo mi cabeza. Enterrada en mi
abundante pelo, su mano me sostiene mientras me besa, cada vez con más
ardor. Y, a la sazón, con la que está libre, me recorre desde el borde de mi
ropa interior hasta mis pechos, los roza con las yemas de sus dedos hasta
que, de pronto, sujeta uno con firmeza y lo amasa. Tiemblo y jadeo con
fuerza en su boca ante la sorpresiva impresión.
Me abandona de un momento a otro. Desorientada, espero el próximo
movimiento y mi columna vertebral da un tirón de sobresalto después de que
mete uno de mis pezones en el calor de su boca y succiona. Abro los ojos
para encontrarlo viéndome directamente. Sus dientes raspan sin dolor y
gimoteo, una pelota de fuego formándose en mi bajo vientre. Mis bragas ya
están irremediablemente mojadas y saber eso me enciende más. Porque mi
cuerpo revive poco a poco, como si hubiera permanecido hibernando durante
una eternidad.
León renuncia a mis pechos y procede atravesando mi estómago en
dirección a mi centro. Embriagada levanto mis caderas y él separa mis
bragas, ni siquiera me importa que esté conociendo sin reparos mi
entrepierna, completamente abierta a él. Lo observo con los párpados
entornados a la par que frota mis muslos retirados. Su rostro está serio y
concentrado y, cuando localiza mi clítoris con el pulgar, arqueo mi espalda
siseando con potencia. Él me da una media sonrisa, una mezcla de
satisfacción y travesura, y así emprende una serie de estimulaciones sólo con
sus yemas que tienen mis piernas bailando y temblando en poco tiempo.
Presiono los ojos cerrados intentando no perderme ninguna de las ondas de
placer que arrasan gradualmente mi cuerpo.
Mi consciencia despierta cuando él se estanca y abro los ojos viendo
cómo sus músculos se contraen al inclinar su cabeza más abajo. Tomo una
bocanada de aire, tensándome.
« ¿Qué puede darle una mujer tan vacía como vos? Apuesto a que el gusto
de tu vagina es igual de insulso.»
Las palabras de Sandra atraviesan como un rayo de tormenta el espesor
de mi mente, quitándome fuera de la bruma del deseo. Me atieso y suelto un
pequeño gemido de lamento por entre mis labios entreabiertos. León se fija
en mí, preocupado.
— ¿Esto está bien?— murmura, su voz envía electricidad a lo largo de
mis venas—. Podemos parar…
Lo recorro, pongo atención en la situación en la que estamos. Él
suspendido sobre mí, si boca a medio camino de mis labios vaginales. El
interior de mis paredes húmedas se retuerce en necesidad. No, quiero esto.
Quiero que me pruebe. No importan las venenosas palabras de una mala
mujer. No, esto es de nosotros dos. Sólo nuestro.
—No…—jadeo, me meneo en desesperación—. Necesito esto. Te necesito,
por favor…
Sus pupilas se devoran el azul cielo de sus irises, hacen que su forma de
estudiarme se vuelva bestial y determinada. Se relame los labios y yo hago lo
mismo como reflejo. Estoy suspirando sin parar incluso antes de que conecte
su lengua en mi empapado rincón privado. Brinco, un leve gritito escapando
desde lo más hondo de mi garganta, me retuerzo y los poros de mi piel se
erizan. Paso a estar en otra dimensión que se siente irreal, fantástica. Mis
piernas reaccionan por sí solas, en un impulso quieren cerrarse, pero no por
pudor sino por la chispa que las recorre.
Una gruesa y resbalosa capa de sudor aparece en mi piel, brilla ante la
escasa luz dorada del velador. Me pongo frenética, oigo y aprecio cómo
succiona mi clítoris, tal como un pobre hombre sediento en busca de agua.
Sus manos abiertas se deslizan entre las sábanas y mis nalgas, las aprietan
hasta dejar marcas rojas y lloriqueo. No puedo hacer llegar aire a mis
pulmones con efectividad y colapsan.
—Sí, cariño—carraspea él, dándome un empujoncito, ya no puedo
callarme, aunque quiero—. Eso es. Preciosa.
Abre bien la boca y la deja caer abarcando casi toda mi área descubierta,
come de mí. Consume de mi carne y, al verlo y sentirlo, estallo en mil
pedazos. Me deshago en la superficie plana y acolchada, mi cuerpo entero
aplastado, siendo atacado por diminutas puntadas de placer que me
sacuden. Mi espalda se endurece creando un pulcro y elegante arco, a
continuación me debilito. León levanta mi zona baja del colchón, elevándola
en el aire sólo con la fuerza de sus brazos, sus bíceps tatuados se abultan
mientras me tiene arriba por el trasero, y mis piernas descansan temblorosas
en sus hombros. Nunca fui testigo ni visual, ni sensorial, de algo como esto.
Me estaciona de regreso y se despega, así gatea hasta colocarse todo
encima de mí y sin pausa viene en busca de mi boca. Enrosco puños en su
pelo largo mientras nos besamos y transmite a mi lengua el sabor de mis
jugos, me excito más a causa de eso, si puede ser posible. Se ocupa de bajar
su bóxer y dejar libre su masculinidad. No puedo evitar tragar mi cautela al
tener un primer plano de ella. Todo en mí quiere asustarse y correr en la
dirección opuesta. Es grande, más de lo que imaginé. Y si Álvaro antes me
rompía sin llegar a tener su tamaño… no quiero saber lo que él me hará en el
interior. Se acaricia a sí mismo, no puedo dejar de mirar incluso si hace que
mi corazón galope con más fuerza a causa de la turbación.
—Podes tocarme—avisa.
Al oír su voz, su aliento cerca de la comisura de mis labios, dirijo mis
ojos a los suyos y ve que estoy aterrada.
— ¿Querés parar?—dice, agitado—. Podemos parar, cuando quieras. Lo
juro.
Trago y repaso mis labios con mi lengua. No, no quiero parar, no importa
el terror que sienta ahora mismo. Se irá. Tiene que irse de una vez, porque
ahora quiero sentir, vivir. No puedo ser más su prisionera. Lágrimas llenan
mis conductos, aun así ordeno a mi mano avanzar y asir su pene. La espalda
de León se encorva y sus labios apretados pitan aire hacia afuera, entonces
lo acaricio, cualquier reserva abandonándome a medida que obtengo poder y
le llevo a perder el balance. Paseo mi puño arriba y abajo, encantada con la
expresión de éxtasis en su rostro ensamblado en una mueca tirante. Consigo
ver cada una de las venas sobresalientes de su torso y rostro. Y todos sus
músculos en alerta, duros como una roca. En este momento, a mis ojos
empañados de emoción y placer, es el hombre más entrañable y magnífico
que existe en esta tierra.
Y me doy cuenta de que es mío.
—León—digo pegada a su boca entreabierta—. Quiero me hagas el amor.
Muerde mi comisura en respuesta, a la par que se reacomoda entre mis
piernas empuñando su pene en dirección a mi abertura. Clavo con fuerza mi
incisivo en mi labio, acallando los gemidos de miedo que quieren aventarse
entre los dos. Cierro mis ojos y en el proceso dejo ir un par de lágrimas.
—Me va a doler—digo con voz baja y temblorosa—. Va a arder, me
quemará.
—No, cariño—me asegura, se inclina y encierra mi rostro en sus
manos—. Estás lista para mí, vas a tomarme con facilidad. Lo prometo.
Para probarlo introduce dos dedos en mí y los mueve lentamente,
volviendo a instalar ese manto de confusión y embriaguez, echando afuera
mis ideas pesimistas. Respiro fuerte y él consume mi aliento. Se dirige a sí
mismo con más decisión, y percibo cómo se infiltra, centímetro a centímetro.
Lo rodeo por los hombros, aferrándome mientras se pierde entre mis
muros, mi tacto resbala de su espalda sudorosa. Me sostiene una pierna
doblada a la altura de la rodilla con un brazo, con la otra limpia las gotas
saladas que derramé desde mis pestañas. Respiro con más dificultad
mientras me va llenando, hasta que no queda nada más. Estoy albergándolo
hasta la empuñadura. León detiene el aliento y me observa atentamente, sus
pupilas dispersadas y la vena en su frente sobresaliendo en cada latido.
Estoy ensimismada en el efecto de mi sexo dilatado y amoldado alrededor del
suyo, noto como palpita y me contraigo. Muevo mis caderas, provocando que
sisee y cierre los ojos. Devastado.
No hay dolor, sólo placer.
Mi cuerpo se apacigua y suspiro, entonces él comienza a balancearse.
Sale de mí y me estremezco, gimo cuando golpea para entrar por completo
otra vez. Recorro su espalda resbalando hacia abajo, hasta las elevaciones de
sus nalgas, las acaricio, y todo se aloca de un segundo a otro. León gruñe
haciéndole justicia a nombre, le da cada vez más énfasis a los enviones,
provocándome un grito y de inmediato cubre mi boca con la suya. Sé que los
niños están durmiendo muy cerca, pero no puedo mantenerme en silencio,
es imposible. Arrastro las uñas cada vez menos consciente de la realidad que
nos rodea, drogada en éxtasis, sin posibilidad de volver atrás. Ya pasamos el
límite, no existe el retorno.
León introduce una mano entre los dos y me pellizca un pezón, me ahogo
y con eso llega el final del espiral. Se apoya en sus palmas para no perderse
mi desenlace. Mi cuello se estira hacia atrás y suelto un aullido ronco, él
intensifica sus movimientos y mis pechos bailan bruscamente, clavo las uñas
en su pelvis, no sé si quiero que frene o me castigue con más fuerza. Por las
dudas se calma y me muerde bajo la oreja. Tentáculos invisibles y vibrantes
se adueñan de todas y cada una de mis terminaciones nerviosas, dejando
afuera mi naturaleza tímida. No sé quién soy, sólo sé que ansío ser esta
nueva mujer de ahora en adelante.
Un momento después de calmarme, él se impulsa más allá en busca de
su liberación. No se demora demasiado en obtenerla, por eso se sale de mi
interior con tosquedad y derrama su semen en las sábanas, junto a mí. No
me pierdo el espectáculo, su mandíbula encajada, su rugido de dientes
apretados, su entrecejo arrugado y los párpados oprimidos con el delirio
final. Se desploma, ya sin ímpetu, con mitad inferior sobre mí y su torso
inerte sobre el colchón. Recién ahí respiro aire limpiamente, armonía
acompañando la incapacidad de nuestros huesos. No me puedo mover y,
estoy segura, él tampoco.
Fue tan bueno que probablemente estaremos fuera de juego hasta que el
sol se asome.
16
León
La claridad que acompaña el día me palmea la cara y me obliga a apretar
los párpados con fuerza. No quiero levantarme, me gustaría pasar todo el
puto día en esta cama, bajo las sábanas, despertando la sexualidad de la
mujer que tengo al lado. Incontables veces. Hasta estar tan seco y saciado
que el pene no se me levantaría por una semana. Sí, parece algo así como un
excelente plan ahora mismo. Ella se remueve y sus piernas se enredan más
en la mía, la calidez de la fricción provoca que mi sangre corra en dirección al
sur, en poco tiempo luzco una erección monumental que mantengo
aplastada contra el colchón. Francesca gime en sueños y que Dios me tenga
en su gloria. Necesito otra ronda. Y mil más.
¿Cómo carajo explico lo que la noche anterior significó para mí? Nunca
me sentí así. Soy el tipo más afortunado del universo, tengo el amor y la
confianza de la mujer más hermosa, dulce y asombrosa que he conocido
jamás. Francesca es todo lo que buscaría alguien como yo. Y sí, es verdad
que cuando llegó yo no estaba nadando en un mar de mujeres para elegir, y
me alegro por ello. El solo hecho de verla arribar al recinto, estrellándose, me
hizo caer en la cuenta de que ansiaba con fuerza que fuera mía. Mi corazón y
mi mente jamás estuvieron más de acuerdo que en aquel día, mientras la
veía parir a su hija, luchando contra el dolor y la soledad. Aferrándose a mí.
Allí me llené de convicción, yo ambicioné ser su ancla, su sostén. Para toda
la vida. Y no sé cómo agradecer que con el tiempo haya logrado confiar en mí
tanto como para entregarse. Sólo Dios sabe lo que sufrió, y aun así pudo
permitirme entrar. No voy a joder esto, ella me ha dado la oportunidad de
volver a amar con esta única intensidad después de perder a Pedro. Su
presencia y su amor son vitales para mí.
Despego mi mejilla de la almohada y volteo mi rostro, la observo con mis
ojos entrecerrados dormir boca arriba, cubierta con la sábana hasta el
nacimiento de sus pechos. Puedo notar sus pezones sobresalir bajo la tela,
me muerdo el interior de la mejilla. Tengo una de mis piernas metida entre
las suyas, lo único que me queda por hacer es deslizar la rodilla más arriba y
frotarla, estoy seguro de que despertaría de inmediato, excitada. Me alzo
sobre un codo y hecho hacia atrás los largos mechones de pelo que ahora
mismo me joden la vista.
Necesito llegar a mi mesa de luz, conseguir un condón, porque voy a
tener mi dosis mañanera y esta vez no debo olvidar la protección. Vuelvo la
cabeza a mi derecha y doy un respingo.
— ¡Puta mierda!—siseo por lo bajo, congelándome en un par de ojos
plateados que me miran soñolientos.
Por Dios, ¿cómo no me di cuenta de que el niño estaba en la habitación?
Carajo. Mi corazón va a mil por segundo. Lo estudio un momento, él hace lo
mismo, su cabeza inclinada hacia un lado con curiosidad. Las puntas de su
pelo oscuro están destacando en todas direcciones, tiene la marca de la
almohada en una mejilla regordeta y sonrojada. Entrecierro los ojos y él se
tambalea en sus talones con sus manos tomadas en la espalda. ¿Qué fue lo
que vio? Me fijo si su madre está bien tapada y suspiro aliviado al ver que sí.
¿Mi culo? Bajo las sábanas. Bien. ¿Por cuánto tiempo nos ha mirado dormir?
Trato de repasar si hice algo indecente: sólo desperté y observé a Francesca.
Nada más. Creo.
—Buen día, chico—le susurro, mi voz sofocada—. ¿Hace mucho que te
despertaste?
Pestañea un par de veces y niega, sigue saltando en sus talones
descalzos. ¿Está esperando que alguno de los dos nos levantemos? Supongo
que sí.
— ¿Estás esperando la leche, chico?—quiero saber.
Me dedica una sonrisita angelical. Sí, claro que sí. No tengo ni la más
pálida idea de la hora que es, pero si el niño despertó antes que nosotros, no
debe ser muy temprano que digamos.
—Bueno, espérame en la cocina que ya voy a hacerte el desayuno—le
ordeno, aun hablando bajo.
No se mueve, lo miro expectante. Necesito que se vaya, así puedo buscar
mis calzoncillos. ¿Por qué me mira tanto? ¿De verdad no hice nada mientras
estaba en la habitación? ¿Qué pasa si vio algo impropio? Empiezo a palpar el
colchón buscando. Tiene que estar, anoche me lo quité aquí mismo. Ruedo
sobre mi espalda, quitando mis extremidades de las de Francesca. Me siento
y levanto la sábana. Ahí está, arrugado al final del colchón. Lo alcanzo de
una estirada e intento ponérmelo sin darle al niño un espectáculo prohibido
de mi pene hinchado. Él me observa mientras hago malabares para estar
decente antes de salir de la cama. Una vez hecho, me tapo con las manos y
consigo mi vaquero del suelo, poniéndomelo en tiempo récord.
Le hago señas a Abel para que venga conmigo, de pasada los dos le
echamos una ojeada a su madre que sigue profundamente dormida. Me da la
impresión de que es la primera vez que no se despierta para atender a sus
hijos a tiempo, debe estar agotada de verdad. Y sonrío porque sé la causa.
Ingreso en el baño del pasillo, ya que no quise ir al nuestro para no
despertarla. Me aseo rápido, dejando la puerta entornada porque Abel
permanece allí, esperando. Después, entro en la habitación de los niños para
chequear a Esperanza, que aún duerme.
En la cocina, lo primero que hago es poner el canal de los dibujitos, así
el niño me espera frente a la tele a la par que le caliento la leche. Suerte que
sé cómo se la prepara Francesca, soy observador. Al dejar la taza y el plato
de galletitas dulces en la mesa, él se arrodilla en su silla y sin más vueltas
ataca su desayuno, ignorándome. Suspiro.
Lo cierto es que tiene una mirada intensa y me asusté como la mierda al
verlo a mi lado, junto a la cama. Todavía sigo creyendo que hice algo malo en
su presencia. En la bruma del sueño. Me sorprende demasiado el parecido
con su padre, el niño no tiene la culpa, tan dulce e inocente. Y nunca sabrá
de la existencia de su progenitor abusivo, tendrá el privilegio de crecer sin
ningún recuerdo de él, posiblemente. Me alegro por eso. Así que, me corrijo,
el chico no se parece al monstruo, sino a su tía. Los mismos ojos que
taladran en lo profundo, la misma expresión grave. No pueden negar que son
familia. Por eso será que me intimidó. Puede que no haya tocado a su madre,
pero quise en mi cabeza, con todo el ardor, y se sintió como si él lo supiera
con sólo echarme un largo vistazo penetrante.
Un quejido llega a mis oídos desde el pasillo y corro a la niña antes de
que despierte a Fran, la mujer merece un rato para sí misma. Descanso.
Siempre está cuidando de sus hijos, un respiro le vendrá bien. Antes, cuando
vivían en el altillo, Abel pasaba mucho tiempo en el bar, siempre vigilado por
algunos de los hermanos o Adela. Incluso Santiago lo mantenía en la mira
cada vez que su chica estaba muy ocupada con su trabajo. Estos últimos
días el niño no fue por allí, y Tony vino a jugar acá.
Tomo a la bebita en brazos, no está llorando, sólo se queja porque
también es su hora del desayuno, le hablo y se tranquiliza mientras me las
arreglo para preparar su leche en polvo. Tengo todo controlado y unos
minutos después ella ya está vaciando su mamadera en mis brazos. La
observo fijamente mientras se saborea con los ojos entreabiertos, me
devuelve la atención y me pregunto qué estará pensando en su cabecita.
Será un clon de su madre; los mismos ojos oscuros grandes, como
enormes piscinas de chocolate derretido, la piel pálida y el cabello castaño.
Apuesto que será esbelta como ella, y grácil al caminar. Me voy a ocupar de
que sea una niña protegida y feliz, irá por la vida segura de sí misma y del
amor de los que la rodean. Igual con Abel. No pasarán las mismas miserias
que vivió Francesca.
Frunzo el ceño al retroceder sobre mis pensamientos, estoy dando por
hecho que estaré allí en un futuro. Tal vez parezca que me estoy
apresurando, pero no me importa, pretendo estar. Lo haré siempre y cuando
Fran quiera. Ellos tres son mi familia ahora.
Distingo movimiento por el rabillo del ojo y corrijo mi enfoque para caer
sobre Francesca, allí en la entrada del pasillo, bostezando, despeinada y
envuelta en una fina bata blanca. Le sonrío y la recorro comiéndola con los
ojos, olvidando un instante que tengo a su bebé en brazos. Se ve un poco
contrariada y avergonzada.
—Buenos días—la recibo.
Ella repite mis palabras bajito.
—Lo siento—dice, acercándose—. Me quedé dormida, es inaceptable.
Me rio y después chasqueo la lengua. De ninguna maldita manera va a
disculpase.
—Lo que es inaceptable es que me pidas perdón por eso—le digo,
poniéndome un poco serio.
Sus mejillas se tiñen de rojo. Esperanza acaba su biberón y la levanto en
mis manos para apoyarla en mi pecho. Francesca me ve hacer, y escondo
una sonrisa hinchada de astucia cuando advierto que, en realidad, no puede
quitar los ojos de mi torso desnudo.
—Hay que cambiarle el pañal—le anuncio—. ¿Ves? Te dejé algo de
trabajo—bromeo.
Noto que se traga la risa por un par de segundos hasta que no puede
retener la sonrisa que se extiende en su rostro. Dios, es dulce cuando sonríe.
Me levanto de la silla y le doy a su hija al llegar a mí, mientras que la cambia
en la habitación, donde tiene todo lo que necesita, preparo algo para que
ambos desayunemos antes de empezar oficialmente el día.
Si todas las mañanas planean ser así, voy a pensar que vivo en el cielo.
Soy el tipo más afortunado del mundo, ¿ya lo había dicho? No importa,
insisto en que lo soy.
Francesca
Me siento la peor madre del mundo, ¿cómo pude quedarme dormida de
ese modo? Tengo bebés que atender. ¿Y qué si León no estuviese? Bueno, si
fuera así yo no me habría pasado de largo en un principio, ¿o sí? Suspiro,
desengancho las sábanas de nuestra cama, las arrugo para después llevarlas
al lavadero. Pienso en la forma en la que León se derramó en ellas la noche
anterior y mi centro se contrae. Tuve que darme una ducha de inmediato
después de desayunar, todavía podía sentir mis fluidos a la espera de más.
Me aclaro la garganta y obligo a mi mente a ponerse en blanco. Mientras
coloco ropa de cama limpia, le hablo a Esperanza que está en su huevito
llevándose un juguete a la boca, soltando una charla en su idioma
indescifrable. Abel ronda por la habitación, como si la estuviese evaluando.
No me pierdo sus movimientos.
Desde que nuestras vidas comenzaron a encaminarse en una mejor
orientación, he notado que mi niño no actúa como otros de su misma edad,
se ve maduro. Me da miedo que todo ese tiempo, confinados en la casa de
Olga le haya afectado de alguna manera. Y sería toda mi culpa. Es, la
mayoría de las veces, muy callado, sólo me tranquiliza su curiosidad
constante ya que es común. Aun así, hay algo extremadamente inteligente y
conocedor en su mirada, como un alma vieja. Como si hubiese visto
demasiado a lo largo de su existencia. Y sólo tiene dos. Bueno, casi, su
cumpleaños es la semana que viene. Otra de mis preocupaciones, quiero que
tenga una pequeña fiesta, ya es consciente de eso y lo disfrutaría. Otra cosa,
tiene a Tony, ya no es un solitario.
Le voy a pedir algo de dinero prestado a Adela, se lo devolveré cuando
venda el coche y algunas cosas que hay en la casona. Me queda la gran
decisión de qué hacer con ella, supongo que también la venderé, me da pena
porque es como una reliquia familiar, pero si Adela no la quiere, ¿qué puedo
hacer yo? Personalmente no deseo volver a pisar sus baldosas relucientes por
lo que me queda de vida. Demasiados recuerdos del infierno. Allí comenzó la
barbarie, y lo último que quiero es revivirla.
Coloco la bola de sábanas bajo mi brazo y levanto el huevito de mi hija
por la manija, para moverme al lavadero. Me volteo para buscar a Abel y se
me escapa un gritito horrorizado al ver que ha abierto el cajón de la mesa de
luz de León y tiene en sus manos una caja de condones. Calor sube
súbitamente a lo largo de mi cuerpo. Acomodo a Esperanza de nuevo en el
suelo, con cuidado, para apresurarme hacia él. Está agitando la cosa en su
oreja. Por Dios, me va a dar algo.
—Abel—le digo, se la quito de las manos—. Bebé, esto no es para jugar.
Camino hacia la cómoda y la guardo entre la ropa interior de León.
— ¿Y pala qué es?—me pregunta, su expresión inocente ansiosa por
saber.
Inflo los cachetes, sabiendo que mi cara se parece más a un foco de luz
tintado de rojo, como esos que hay en los boliches. Alzo las cejas, tomándolo
de la mano y llevándolo conmigo a la puerta. León me dijo que lo encontró
junto a la cama mirándonos cuando se despertó. Nos reímos incómodamente
un poco sobre eso. Ahora mismo no sé qué decir.
—Es para… trabajar—le digo—. Y no se toca, ¿está bien? Tampoco se
pueden abrir los cajones de los muebles—le advierto.
Él sale de la pieza por delante de mí y su hermana, de un pestañeo a
otro ya se olvidó del asunto y el alivio que siento es aplastante. Pasamos
directo al lavadero y pongo en marcha el lavarropas, echándole un vistazo a
mi hija que se ha prendido al chupete y se ve a punto de sucumbir al sueño.
Le sonrío. Me encuentro saliendo derecho hacia la cocina cuando la puerta
del frente se abre y escucho un par de ligeros pasos de tacón entrar en la
sala. Inmediatamente después escucho a Adela gritar un saludo a su
sobrino.
— ¿Cómo están?—pregunta al verme.
—Muy bien, gracias—le sonrío.
Ella entrecierra los ojos con suspicacia. Sí, sólo ella puede notar un
doble sentido en mi contestación. Y sólo porque sonreí un mínimo más de lo
habitual.
—León te trata bien, ¿eh?—me da una media sonrisa peligrosa.
Muy bien, el segundo momento incómodo de la mañana. ¿Hasta cuándo?
Mi sonrojo hace todo el trabajo de la contestación, claramente.
—Qué raro despierta antes del mediodía—digo, para cambiar de tema.
Bufa, se ve cansada.
—Trabajo—explica, se inclina para mirar a la bebita dormida—. A la
tarde voy a ir de compras, tenemos la heladera vacía. Como siempre. Pero
eso no puede seguir así, porque tenemos a Bianca, y ella tiene que comer
algo mejor que comida refrigerada. No es que se queje ni nada, pero quiero
ser hospitalaria, aunque no nos llevemos muy bien—se ríe—. Así que, me
levanté para ordenar el bar, y así tener la tarde libre.
Tomo una galleta del plato en la mesa y la parto con mis dientes.
— ¿Querés acompañarme?—pregunta, dejándose caer en una de las
sillas—. Supermercado, después podemos merendar por ahí…—ofrece.
Asiento. Sí, me vendría bien. Además también hay que meter algunas
cosas en nuestra heladera y las alacenas, tenemos lo justo.
—Sí. Y quería pedirte un pequeño favor—trago, odio hacer esto—. Abel
cumple dos el martes que viene, y quiero festejarlo. No es que haya mucha
gente para invitar—sonrío, poniéndome colorada—. Pero no hicimos nada
para su primer añito, y me siento una terrible mamá…
Su rostro se ilumina.
—Oh, sí—se entusiasma—. Obvio. Vamos a comprarle adornos e
ingredientes para hacer cosas ricas—dice alzando la voz para que él la
escuche desde la sala.
Tomo otra galleta.
—Es sólo algo de dinero, prometo que te lo voy a devolver cuando mi
coche esté listo y pueda venderlo—le aseguro.
Los ojos turquesas de Adela se ablandan y me dispara una dulce
sonrisa, que no pega en absoluto con su personalidad.
—Fran, deja de preocuparte por eso—me pide, su voz en un tono
amable—. Vamos a hacer esa pequeña fiesta de cumpleaños, el dinero no me
interesa. Tómalo como un regalo de mi parte para él.
Mi nariz pica, pero evito completamente que mis ojos se agüen. Ya estoy
cansada de ser tan emocional. Pero me afecta muchísimo tener que pedir
favores, y me golpea duro en el pecho que ella esté siempre tan dispuesta a
ayudarme. Concuerdo sin decir nada más al respecto, porque lo único que
siento, son ganas de patalear, frustrada conmigo misma. En unos minutos,
vacío el plato de galletas dulces mientras entramos en otros temas banales.
Entonces, abordo la siguiente cuestión que quiero hacerle, tratando de no
pintarme de rojo intenso tan rápido.
— ¿Sabes el número de la ginecóloga que me revisó—me freno, no sé
cómo referirme a ese día—aquella vez?
Adela mastica su chicle por unos cuantos segundos, haciéndome un
escáner profundo con sus ojos de hielo. Tenía planeado preguntarle a Lucre
por su médico de confianza, pero me incliné más por Adela, siento más
confianza con ella. Tengo que tener mi chequeo, y conseguir una receta para
las píldoras anticonceptivas.
—No…—dice, pensativa—pero puedo averiguarlo.
Muevo la cabeza, pestañeando. Ella toma nota de mi rubor y me enoja.
¿Cómo puedo ser tan transparente? Parezco la tímida amiga que es la última
del grupo en perder la virginidad, y el resto la ataca con preguntas
incómodas. Tengo veintiocho años y hablar de sexo me pone toda temblorosa
y avergonzada. Uff.
—Lo estás haciendo con León—no logro descifrar si es pregunta o
afirmación.
Trago, después lo confirmo porque no me sirve de nada negarlo.
—Necesito empezar la píldora—agrego.
Apoya un codo en la mesa y descansa su mentón en su mano, la sonrisa
de dientes blancos que me envía se asemeja más a la de un tiburón.
— ¿Y es bueno?—lanza.
Bueeeeno. Me estoy quemando viva, incluso percibo como si mis ojos
fueran a saltar hacia afuera por la presión en mi cerebro. Me encojo de
hombros, no sé cuántas veces. No es que tenga mucho con qué comparar. Lo
que vale es cómo me hizo sentir, y fue demasiado bueno como para
describirlo. Ninguna explicación le haría justicia. Decir que toqué el cielo se
queda corto. Fue la mejor experiencia de toda mi vida, y quiero repetirla. Si
es posible hasta mi último aliento.
Adela se echa hacia atrás en su lugar y se ríe.
—Era broma—sus carcajadas son roncas y desiguales—. Sé que debe ser
bueno—me guiña un ojo—. Estoy feliz por los dos, amo verlos juntos. Son el
uno para el otro. Y no estoy chamuyando, es verdad. Espera, ¿yo diciendo
cosas cursis? ¿Cuándo?
Las dos reímos y al fin me aflojo, olvidando la timidez. La verdad es que
no puedo pedir más nada. Tengo a Adela, y ya puedo llamarla mi mejor
amiga. Tengo al lado al hombre perfecto, y lo amo con locura. Dos hermosos
hijos. Soy feliz.
Y el pensamiento de eso me tiene sonriendo por el resto del día.
Después del almuerzo acuesto a los niños, una pequeña siesta antes de
viajar a la ciudad no es mala idea. No quiero que se cansen tan rápido y se
molesten. León comió algo a las apuradas y volvió a irse, tenía trabajo que
hacer en el taller, organizar ciertas cosas. No me dijo cuales, y no pregunté
tampoco, creo que cuanto menos sepa sobre ello, mejor. La ignorancia es
felicidad. No es que esté en contra de lo que el clan hace, sus actividades no
me afectan en absoluto, sólo prefiero mantenerme al margen, no quiero tener
que vivir con miedo por conocer los riesgos.
El silencio de la cabaña es agradable, con él me ocupo de buscar algo
decente para ponerme entre mi ropa, la que Adela y Santiago trajeron de la
casona semanas atrás. Lo poco que me queda de ella. Y no está resultando.
Todo supera la línea de lo caro y extravagante. Supongo que me quedaré con
un par de conjuntos y al resto lo donaré, o se lo ofreceré a una tienda de
segunda mano. Rescato un vestido largo hasta las rodillas, muy sencillo, de
mangas tres cuartos y cuello redondo, color ciruela. No tiene casi ningún
detalle extra, por eso me gusta. Afuera el aire es agradable, no caluroso pero
si muy cerca de lo primaveral, me va a ir bien. Lo acompaño con un par de
zapatos chatos, rosa viejo.
Son cerca de las tres de la tarde cuando la puerta del frente se abre y las
botas de León chocan contra el piso de la sala. Lo escucho rondar por la
cocina mientras me levanto el pelo largo y liso en una cola de caballo alta.
Hace mucho, muchísimo tiempo que no me paraba frente a un espejo para
arreglarme. Lo hacía siempre bajo el techo de Álvaro, pero aquel no era mi
estilo. El maquillaje y el pelo tan marcados y perfectos, los vestidos
impecables. No iba conmigo. Me gusta más el look desenfadado, y ahora
puedo lucirlo. No me pongo maquillaje, no tengo. Algo más que me gustaría
comprar, solamente lo esencial, tal vez más adelante. Salgo a través del
pasillo y me choco con León, sentado en el living, está leyendo un pequeño
fajo de papeles y tiene un vaso de agua en la otra mano. Su concentración se
rompe al verme, su sonrisa florece como si fuera un acto reflejo cada vez que
aparezco. Amo ese gesto en él.
—Pensé que estabas durmiendo también—dice, relajado contra los
almohadones.
Me revisa de pies a cabeza y chifla. Me sonrojo de paso a la cocina para
tener también un poco de agua.
—Acosté a los bebés un rato, después vamos a ir con Adela a la ciudad—
le cuento, sirviéndome—. Vamos a hacer algunas compras, ¿querés que te
traiga algo?
De la nada me rodea la cintura con los brazos y casi me atraganto con
un sorbo, sorprendida. Nunca lo escuché acercarse. Roza mi vientre con sus
palmas abiertas y dejo ir un leve suspiro. Me besa en el cuello, su barba hace
cosquillas y la piel se me eriza desde los brazos a los muslos. Entonces
atrapa mi lóbulo entre los dientes, mis caderas se balancean hacia atrás
instantáneamente, buscando las suyas.
—Lo único que quiero es arrugar este vestido—ronronea en mi oído.
No me da tiempo a decir nada, levanta la falda, arrastrando su mano por
el exterior de mi muslo, pasando al interior. Sin pedir permiso se cuela entre
mis bragas. Detengo el aliento en el momento justo que la yema de sus dedos
conectan con mi clítoris. Salto y me aferro a la mesada, olvidando el vaso de
agua que antes tuve en mi mano. Frota y jadeo.
— ¿Se puede?—prosigue, respirando con fuerza.
No puedo hablar por un momento, concentrada en la humedad que
comienza a amontonarse en mi centro, hace que la fricción se vuelva más y
más placentera a cada segundo. Me mojo los labios con la punta de la
lengua, cerrando los ojos en éxtasis. Debería estar asustada; él detrás de mí,
acorralándome contra la encimera, empujando su erección contra mi culo.
Pero estoy lejos de eso, mis piernas no tiemblan de miedo sino porque el
placer es tan intenso que las obliga a ceder. Nuestras respiraciones
aumentan el nivel y es lo único que inunda la cocina.
—Sí—siseo, respondiendo a su pregunta anterior.
El vestido es la última cosa que me interesa ahora mismo. Mi réplica
parece brindarle más poder, y no me queda otra que dejar salir el grito que
punza bajo mi garganta reseca cuando aprecio sus dedos deslizarse más allá.
Penetrándome. Su mano libre juega con uno de mis senos cubiertos en mi
escote. Me descarrila lejos del control y, de golpe, ya no está soldado a mí.
Sino que me da la vuelta con precisión para poder besarme, su boca
aplastando la mía con vigorosidad. Sí, después de anoche, los dos
necesitamos esto. Respondo a su ritmo tanto como puedo, me sorprendo a
mí misma con la calidad de mi soltura.
León me arrastra con él por el pasillo hasta la habitación, su lengua
nunca interrumpiendo la invasión de mis profundidades. Sus manos en mi
nuca aflojan mi cola, y en el calor del momento no me importa nada. Cierra
la puerta al entrar, espero que si alguno de los niños despierta podamos
escucharlo. No me suelta ni siquiera cuando vamos hasta la cómoda para
conseguir protección. Le avisé más temprano que había movido la caja, lejos
de Abel. No se vio avergonzado ante la anécdota, le divirtió, y más al notar
que yo estaba ruborizada hasta el nacimiento del cabello.
—No quiero que te contengas como anoche—me las arreglo para decir
entre inhalaciones mientras se enfoca en abrir la caja—. Estoy lista para
seguir tu ritmo…
Sus ojos azules vidriosos por el deseo suben a los míos.
— ¿Mi ritmo?—me estudia, el paquete plateado del condón entre sus
dedos—. ¿Estás segura?
Meto mi labio inferior hinchado entre mis dientes, asiento sin dudar. No
quiero que frene sus impulsos por ser cuidadoso conmigo. Confío en él, y lo
quiero como es, por lo tanto puedo recibir toda su fuerza, simplemente
porque sé que no me hará daño. Jamás.
Tira la caja de nuevo entre su ropa interior, al segundo siguiente soy
levantada en el aire y sentada sobre la cómoda, algunas cosas que estaban
allí arriba caen al suelo y observo todo con ojos grandes, empañados y
asombrados. Sube mi falda y, de un arrastre, mis bragas son lanzadas al
otro lado de la habitación. Remolca mi culo desnudo hasta el borde, mis
piernas abiertas y listas para recibirlo, entonces se inclina y lame mi
humedad. Con el impacto de su lengua y boca, caigo hacia atrás y mi cabeza
se golpea contra la pared, no hay dolor, sólo perdición. Clamo y me retuerzo,
mis ojos cerrados, mi boca abierta, los dedos enterrados en su pelo largo. Me
aferro en puños, temblando. Escucho mi boca decir algunas frases
entrecortadas, no tengo ni idea de la coherencia en ellas. Se intensifican al
sentir el filo de sus dientes en los bordes de mis labios empapados.
Al pestañeo que sigue encuentro su rostro a un centímetro del mío, y
estanca sus ojos azules en mi mirada anestesiada, al mismo tiempo que me
penetra con los dedos, usando el pulgar para masajear círculos en el
pequeño nudo hinchado de terminaciones nerviosas. Me sostiene la cabeza
para que no caiga floja hacia atrás, obligo a mis párpados a no cerrarse y
retener sus pupilas en las mías, me arrastra a la deriva. Estoy a un paso de
algo grandioso, tan sólo uno, una ola de gimoteos anunciándolo. Sin
embargo, me lo niega, deslizando afuera la longitud de su tacto. Allí mismo
se los dirige a la boca y los introduce, chupando. Con eso pierdo el hilo de
cualquier pensamiento quejumbroso creciendo por la falta de atención en mi
zona sur. Trago con fuerza, una reacción animal dentro de mí desea que él
comparta mi sabor conmigo.
Desnuda uno de mis pechos, bajando la tela del vestido por el hombro y
bajando mi sostén por el aro. Sin quitar sus ojos de los míos arrastra la
lengua por mi pezón, juega con él. Lo arruga, me tienta, lo molesta con los
dientes, y mi garganta se atasca, se ahoga porque no sabe si gemir o gritar
por clemencia. La lengua de León comienza el ascenso, visita el nacimiento
de la elevación, mi clavícula, mi cuello. La humedad que va dejando es como
un camino marcado a fuego, que se termina en la base de mi oreja. A
continuación lame con la punta la comisura de sus labios y escucho la
cobertura del condón rasgarse después de que sus pantalones terminen en el
suelo. No me pierdo cómo reviste su pene a lo largo, acariciándose con
cuidado en el proceso. Puedo distinguir desde mi posición cada trazo y vena
sobresaliente y tensa bajo la piel de terciopelo que lo cubre. Me muerdo el
labio cuando apunta hacia mí, se lleva a sí mismo a mi entrada. Trago y me
besa, lloriqueo en su boca a medida que se empuja dentro. Y clavo con fuerza
las uñas en sus hombros.
Al principio las embestidas son lentas, suaves, intentando que mis
paredes se adapten y respondan, paulatinamente va ganando intensidad.
Hasta que la cómoda debajo de mí empieza a quejarse por los movimientos
bruscos. Quiero gritar, León me lo impide con sus besos, otra vez tomando la
iniciativa para no despertar a los niños. Pero, por Dios, ¿cómo puedo
retenerlo dentro? ¿Quién lo haría? Si ni siquiera la tímida y jodida Francesca
es capaz. Sus besos se interrumpen y me eleva, tomándome del culo, camina
hacia atrás. A la cama. Caemos juntos, revotando en el colchón, su peso
caliente y sudoroso sobre mí. Mientras sus caderas bailan entre mis piernas
se quita la camisa, evidenciando ante mis ojos la gloria de su torso desnudo,
tatuado. Sus abdominales marcados sobresalen en cada movimiento y no
puedo dejar a un lado mis manos, lo acaricio, resbalando mis dedos por la
superficie irregular.
En uno de los avances logra un movimiento circular que provoca que su
pene golpee un punto exacto en mi interior, y la bola de fuego en mi bajo
vientre se expande como si la hubiesen rociado con gasolina. Sollozo, él se
vuelve más agudo y las colisiones de su pelvis contra la mía resuenan en
toda la habitación, creando una constante cortina que acompaña mis
gemidos, cada vez más altos y excedidos. Mi espalda se arquea
sorpresivamente y el orgasmo me abraza sin avisar de ante mano, el choque
es devastador y mis ojos ruedan hacia atrás, la descarga atraviesa mi
garganta y esta vez León no está en sus cabales como para ahogarla, me
deshago en pequeñas partículas sobre la cama, formando puños en la colcha
hasta que mis dedos se duermen poniéndose blancos. El ronco aullido que se
dispara parece venir desde mis mismísimas entrañas, y sé que más tarde voy
a estar descolocada al recordarlo.
Yo apenas conozco esta parte de mí.
La primera contracción es tan tensa e interminable que es suficiente
para voltear a León. Su inmenso cuerpo de atiesa elevado sobre mí, la luz del
sol que entra por la ventana crea un halo de erotismo que alarga mi estado
de coma cerebral. Todo esto sucede tras una bruma que sólo puede ser
conseguida a causa del efecto de embriaguez que provoca el acto sexual.
Sería algo así como dejarse arrastrar por alguna poderosa droga. No hay
realidad, sólo abandono en una dimensión desconocida.
León yace sobre mí, entre mis piernas, mientras su miembro sigue
agitándose en mi interior. En cada ola, él se estremece y gruñe junto a mi
oído. Permanezco quieta, apenas respirando, miro el techo pero no estoy
reparando en detalles. Lo único que existe para cada uno de mis sentidos es
el hombre que tengo encima. Su olor, su sudor, su sabor. Nada más.
Ni siquiera me acuerdo de mi nombre.
León
Francesca y Adela suben a una de las SUV con los niños. Me ofrecí a
cuidar de Abel mientras tanto, pero las dos concordaron en llevarlo también.
Dos de los míos las dirigen a la ciudad para hacer todas esas compras.
Obligué a Fran a tomar mi dinero para eso, porque ahora lo mío es suyo. No
se vio muy convencida, voy a tener que trabajar en eso. Si quiere festejar el
cumpleaños de Abel, yo quiero pagar. Bueno, Adela también. Estoy dispuesto
a compartir gastos. Y se avergüenza por tener que depender del dinero de
otros, aunque no debería.
Me enciendo un cigarro, apoyado a un lado de la puerta del bar y los veo
irse. Fran baja un poco el vidrio trasero y me saluda agitando una mano. Se
ve radiante y me gusta pensar que es así por mí. ¿Nuestra segunda vez
durante la siesta? Alucinante, estoy seguro de que lo vivió como yo. Y
arrugué el maldito vestido, tuvo que plancharlo después de tomar una nueva
ducha. No pareció importarle en absoluto. Una vez que volvió a estar
presentable quise volver a dejarme llevar por el impulso animal. Me contuve,
sino esa prenda color ciruela no habría sobrevivido a un segundo asalto. Le
sonrío y veo el vehículo marchando hasta desaparecer, cruzando con el coche
de Greg, entrando al estacionamiento.
Lo veo pararse y bajar, tomando sus muletas el asiento del
acompañante. Hace tiempo que no viene por acá, su reunión familiar con la
hija perdida debe de haberlo tenido ocupado. Avanza despacio hasta mí, lo
espero con paciencia, nunca yendo a ayudarlo, no aprecia ese tipo de
atención. Cuando llega, le palmeo el hombro como saludo y entramos en el
bar a servirnos algún trago. No importa qué tan temprano sea, con él es un
ritual. Elegimos una mesa y voy en busca de dos vasos.
— ¿Qué me contás, viejo?—le pregunto, sentándome frente a él.
Empieza una perorata sobre el clima agradable y los trabajos de
artesanía en el patio de su casa. Se ve intranquilo, pero no le interrumpo, lo
dejo divagar. Me doy cuenta de lo anciano que se ve, parece haber envejecido
cinco años en pocas semanas. Me preocupa. Toma su whisky como si
estuviera sediento.
— ¿Estás bien?—le suelto cuando acaba.
Asiente, frunciendo el ceño.
— ¿Laura? ¿Sandra?—insisto, no quería nombrarla, pero este es Greg y
no se ve bien—. ¿Todo bien con ellas?
Sus desgatados ojos se entristecen, sus hombros caen. Niega, como
lamentándose.
—No hemos visto a Sandra desde hace unas de semanas—explica,
haciendo girar su vaso vacío en la mesa—. Desapareció. De un día para el
otro su cuarto estaba ordenado y limpio, todas sus pertenencias ausentes.
Por dentro, siento cómo crece una inmensa ola de rabia, quiero escupir
un montón de maldiciones que no le harían nada bien. Por eso me
permanezco en silencio, diciéndole las peores cosas a Sandra en mi cabeza.
¿Por qué está insensible? Laura y Greg son sus padres, podría tener un poco
más de consideración con ellos.
—Y nuestros ahorros desaparecidos, también—agrega, hundiéndose más
entre sus hombros.
Y con eso último ya no puedo retenerme.
—La puta madre—estrello un puño en la mesa, haciendo saltar nuestras
bebidas—. Pedazo de mierda desagraciada—gruño.
Asiente, no la defiende. A estas alturas ya no se puede defender a
alguien que se volvió indefendible.
—Lo siento, hombre—le digo, entristecido por él.
Suelta un hondo suspiro, y mira a lo lejos.
—Ya me di por vencido, ¿sabes?—cuenta, su voz cansada—. Esta es la
última desilusión que le permito darme. Tuve paciencia todos estos años, por
Pedro, porque había perdido a un hijo y sé que necesitaba nuestra ayuda y
cariño. Le pagué una institución cuando entró en las drogas, la ayudé a
conseguir miles de trabajos decentes cuando salió. Nunca nada le alcanzó,
siempre prefirió los problemas. Después de lo que te hizo debería haberle
negado la palabra, ella es egoísta y cruel…
—Tanto que es capaz de robarle a sus propios padres—carraspeo
duramente, lleno de ira.
Se frota los ojos, dándome la razón con solo un movimiento de cabeza.
—Nunca va a cambiar… Aun así sigue siendo mi hija—dice
apretadamente—. Sigue siendo esa bebita que crie, y me pregunto todo el
tiempo qué fue lo que hice mal…
Frunzo el entrecejo y niego.
—No lo sé—escupo—. No creo que ustedes hayan hecho algo mal…
algunas personas son así sin motivo alguno… Fueron los mejores padres que
cualquiera podría tener, lo hicieron bien. Ella les ha fallado a ustedes, Greg.
Estira el vaso hacia mí y, de una escapada a la barra, nos sirvo a ambos
un poco más. Él parece necesitarlo, y yo estoy aquí, para lo que sea. Ahora
mismo sé que quiere desahogarse.
—Lo peor de todo es Laura—prosigue cuando vuelvo—. Ella se lo tomó
peor, la desilusión que Sandra le dio la tiene muy deprimida. Intenté
llamarla, aunque sea para que nos diera una explicación. Si necesitaba
dinero podría haberlo pedido, nosotros se lo habríamos dado. Su teléfono no
funciona, se la ha tragado la tierra.
— ¿Decís que se fue hace ya semanas?—mi mente revolucionándose.
Ella estaba en el pueblo ayer, cuando molestó a Francesca a la salida de
terapia, en la casa de Isabel. No le digo nada a Greg, no quiero que se sienta
aún peor, ya está destrozado lo suficiente. En todo este asunto hay algo raro,
desapareció de la casa de sus padres, pero sigue rondando por la zona.
Vaya a saber en qué está metida esa mujer.
Francesca
Adela se agacha junto a Abel, mostrando dos velas enormes con forma de
número dos, quiere lograr que él elija una. Recorro el resto del cotillón,
concentrada, con Esperanza en mis brazos. Estoy fascinada por tantos
colores y artículos alegres, todo el brillo. La fiesta de Abel será sencilla, ya se
lo dije a su tía, ella no parece haberme escuchado muy bien. Casi no va a
haber niños alrededor, seremos la mayoría adultos. Sólo quiero que sople sus
velitas por primera vez y disfrute de algunas golosinas con Tony y Lucio, el
niño de Lucía y Lucas Giovanni. Se lo merece. Los mayores tendremos una
cena tranquila en la noche, nada demasiado enredado. Quizás me ocupe de
cocinar.
Adela se queda satisfecha con las elecciones de Abel, que dudo entienda
mucho de lo que ella intenta hacer. Toman las bolsas de las compras y
salimos del cotillón para ir directo al supermercado. Nuestro chofer
designado estaciona tranquilamente en el aparcamiento y todos nos bajamos.
Abel sigue a su tía corriendo hacia los carritos, toman uno y se ríe cuando
ella lo alza y mete dentro. Se pasean, tomando alimentos de las góndolas, yo
los persigo de cerca y también aporto lo mío. Cuando entramos en la zona de
lácteos cubro más a mi bebé con una manta, ya que el ambiente es más frío
por las heladeras. Tomo algunas leches, yogures y postres que sé que a Abel
le encantan. A la salida también escojo algunas tabletas de chocolate, para
León.
En realidad, me quedo pensando, es lo único que sé que realmente le
gusta. No sabemos muchas cosas sobre nosotros, la verdad, algo que iremos
haciendo con el tiempo, seguramente. Nuestro amor es distinto a cualquier
otro, nos enamoramos sabiendo las partes más difíciles de nuestras
historias, las que nos marcaron y nos convirtieron en quienes somos ahora.
No empezamos por lo simple. Así que no debería preocuparme mi ignorancia
respecto a sus gustos en la comida o su color favorito.
— ¿Señorita Abbal?—me llama alguien desde la distancia.
Estoy paseando entre los pasillos de góndolas, buscando a Adela y Abel
cuando lo escucho. Me volteo para ver una pequeña mujer morena
apresurarse en mi dirección. Me cuesta un momento reconocerla, tomando
nota de su pelo tirante en un rodete en la nuca y sus ojos grandes y amables.
Ella cuidaba a mi padre en las noches cuando estaba enfermo. Me quedo
clavada en mi lugar mientras se aproxima, está agitada y parece que le
interesa mucho hablar conmigo.
Se detiene ante mí, tomando bocanadas grandes de aire. Le doy una
pequeña sonrisa cautelosa.
—Señorita Abbal—se lleva una mano al pecho—. ¿Cómo está? He
querido encontrarla durante todo este tiempo.
Sujeto a mi hija con más firmeza en mi pecho.
—Hola, María—la saludo—. Estoy muy bien, espero que usted también.
Me da una pequeña sonrisa.
—Todo en orden—se tranquiliza un poco antes de seguir—. He pasado
mucho tiempo tratando de localizarla, ¿sabe? Incluso fui hasta la casa de su
tía, antes de que…—duda—, ya sabe…
Asiento, paciente. No me siento cómoda hablando con ella. Hasta ahora
la gente alrededor no se ha interesado mucho en mí, a estas alturas ya ni se
deben acordar de que mi historia fue expuesta en todos los medios
nacionales. Y si lo hacen, intentan ser disimulados y agradezco el gesto.
Justamente, María no me ayuda a mantener mi perfil bajo si va gritando mi
nombre desesperadamente por ahí. Además, es un contacto directo con mi
pasado, y el dolor que significó perder a papá.
—Nunca tuve la oportunidad de hablar de lo que pasó aquella noche—
susurra, acercándose a mí para que nadie más escuche.
Me tenso, y mi primer impulso es salir corriendo, sólo que mis pies no
responden y me obligan a pasar por esta situación.
— ¿Aquella noche?—pregunto, perdiendo el aliento.
—La noche que murió el señor Abbal—se agita, sus ojos castaños se ven
afectados.
Levanto la vista como reflejo para encontrarme a Adela al final del
pasillo, me está mirando, preguntando con sus ojos si necesito una mano
extra para sacarme de encima a la señora. Abel corre hacia mí y se agarra a
mi falda, como si un sexto sentido le avisara que su madre se siente un poco
alterada.
—No pude decírselo a nadie por mucho tiempo, su marido me tenía
amenazada—la piel se me eriza porque se refiere a Álvaro—. Pero ahora él no
puede hacerme nada… yo… necesito decírselo, señorita…
No respondo, mis ojos se mojan, y observo en todas direcciones menos a
la mujer. Ella insiste.
—Tengo que decirle, usted merece saber—da otro paso hacia mí—. Yo sé
que ya ha pasado mucho tiempo, sólo no puedo guardarlo más. No ahora que
la tengo en frente… La noche que su padre murió, Álvaro estuvo con él. Él
llegó muy tarde en la noche, lo sorprendió durmiendo y cuando se marchó,
corrí a ver al señor…—la vista de María se espesa—. Estaba muerto. Álvaro
tuvo algo que ver con eso. Él lo mató. Me mantuvo callada con amenazas
cuando supo que yo sospechaba…
Mis piernas se debilitan y, de la nada, las manos de Adela llegan al
rescate, me sostienen antes de que mi hija se deslice de mis brazos. Por un
leve momento pierdo el hilo de la realidad, dejo de estar en medio de un
supermercado, el ruido que me rodea se desvanece. No existe nada más que
mi respiración descontrolada y los latidos de mi corazón punzando en mis
tímpanos.
— ¿Qué fue lo que le dijo, señora?—pregunta duramente Adela, mientras
sigue sirviéndome de apoyo.
María pestañea, como recién dándose cuenta de lo que acaba de
soltarme, y en un maldito supermercado.
—Yo… yo…—no sabe qué responder.
—Háganos el favor de desaparecer—gruñe mi amiga—. Si no quiere que
llame a la seguridad y la saquen a patadas…
—Pero… pero… yo—María está a punto de llorar.
—Váyase—la corta—. Haga lo que le digo si no quiere tener problemas
conmigo, ¿escucha?—le grita.
La señora da un paso hacia atrás, afectada por la rudeza con la que es
tratada. Trago con fuerza al verla darse la vuelta y volver por donde vino.
Estoy volviendo en mí para el instante en el que escucho a Adela llamar por
teléfono a los chicos que se quedaron en el estacionamiento. En menos de
cinco minutos se arriman a nosotros. Uno se hace cargo del carro con las
compras para pasar por las cajas y el otro me ayuda a volver a la camioneta,
Adela nos persigue de cerca con los niños.
Una vez en el asiento trasero de la SUV, me tranquilizo, lejos de
cualquier multitud y de María. Adela me consigue una botella de agua de las
bolsas que el tipo está cargando en el baúl. Estoy casi recuperada al
arrancar y tomar la carretera de salida de la ciudad, directo al recinto.
Necesito a León. Que me abrace, me bese y me ayude a olvidar.
— ¿Puedo saber qué te dijo?—susurra ella a mi lado, preocupada,
balanceando a Esperanza—. ¿Se trata sobre mi hermano?
No quito mi atención embotada de la ventanilla, fija en el exterior, a la
par que avanzamos. Permanezco sin responder no sé por cuánto tiempo,
hasta que mi boca se abre.
—No me dijo nada que yo ya no supiera—me limpio una lágrima que se
escapa por el borde de mi ojo derecho.
Ella no insiste, entiende que necesito espacio.
Yo había olvidado el dolor del pasado. Sentí que por una vez no existía
nada persiguiéndome allí afuera que tuviera que ver con todo lo que viví
tanto tiempo atrás. María tuvo que aparecer y explotar la burbuja en mi
cara. No vale de nada esconder la basura bajo la alfombra si llega un
momento en el que hay que limpiar. Quise abandonar a un lado lo que me
lastimaba, darle lugar a las experiencias que me hacen bien.
Debo aprender que el pasado no se olvida. Se supera, pero nunca se
borra.
17
León
Un rato después de despedir a un sombrío Greg, la SUV entra por el
estacionamiento. Me llama la atención que las chicas hayan vuelto tan
rápido, no hace más de dos horas que se fueron. Atravieso la salida
frunciendo el ceño con preocupación, directo al estacionamiento. Las puertas
traseras se abren primero, Adela se baja sosteniendo a Esperanza con un
brazo, ayudando a Abel con el otro. Por la otra, una solitaria y temblorosa
Francesca aparece, veo lágrimas estancadas en sus ojos cuando los levanta
hacia mí. Me pongo frenético, sintiendo terror por lo que puede haberle
sucedido estando lejos de mí. Ella reacciona ante mi presencia y corre,
cerrando nuestra distancia en un abrazo que me deja sin aliento. Me rodea
con sus brazos por la cintura, apretándome, un llanto silencioso enterrado
en mi camisa. La aprieto, golpeado con la desesperación que destila su
delgado cuerpo.
Me tomo un segundo en prestarle atención a Adela que se está
acercando, sus ojos turquesas serios y alarmados. Me hace señas para que
me lleve a Fran lejos, ella se hará cargo de los niños por un rato, hasta que
se encuentre mejor.
—Fran—murmuro, ella se aferra más—. Cariño, vayamos a la cabaña.
Ahí podemos estar más tranquilos.
Tarda un momento en entender, entonces me deja dirigirla a través del
claro mientras se estremece y le seco las lágrimas con mis pulgares.
Entramos en casa, me dejo caer en el sofá, acomodándola en mi regazo.
Esconde su cara mojada en mi cuello, le permito desahogarse, hasta que es
capaz de hablar.
—Perdón—susurra, separándose para verme—. Yo…
—Shhh—peino su pelo hacia atrás—. Las disculpas son innecesarias.
La observo, sus labios se sacuden y le doy una triste sonrisa de
consuelo, terminando de secar las gotas gruesas que deja caer.
—Una de las últimas veces que Álvaro me golpeó…—comienza,
atragantándose—insinuó que algo le había hecho a mi padre. Me dio a
entender que murió a causa de él…
No tiene que decir más para que por mis venas se derrame el fuego
abrazador de la ira pura, como braza líquida imparable. Hoy no parece ser
un buen día para ninguno de los dos.
—Estaba teniendo dificultades para hacerme llorar—sorbe por la nariz—.
Él amaba mis lágrimas, vivía para provocarme llanto. Y yo ya había dejado de
llorar cada vez que se desquitaba conmigo, estaba anestesiada. Sólo me
perdía en mi cabeza cada vez que abusaba de mí, y eso lo hacía querer ser
más y más cruel… Entonces, una noche, mientras me golpeaba soltó que me
haría desaparecer como hizo con Raúl…
Más lágrimas vienen después de eso, y estoy entre levantarme de este
sillón y romper todo en esta sala o ponerme a llorar con ella. Sin embargo,
elijo ser fuerte, firme en mi posición para consolarla. No necesita de mis
explosiones.
—Obtuvo lo que quiso, lloré. Esa noche y los días que siguieron. Hasta
que simplemente decidí no creerle—se mira las manos, en una desgarradora
pausa—. Me convencí de que lo dijo sólo para lastimarme. Aunque en el
fondo, muy en el fondo, algo me gritaba que era verdad. Papá había
comenzado a estorbarlo, encontraba siempre la oportunidad para ordenarme
que dejara de llamarlo, que no lo visitara más de una vez a la semana…
Estaba molesto y se deshizo de él.
»Hoy, en el supermercado, una de las mujeres que cuidaba a papá en las
noches cuando estaba enfermo, me abordó… Ella me aseguró que Álvaro
estuvo la noche en la que Raúl murió. Él fue la última persona que lo visitó.
María… me dijo que fue amenazada para mantener el silencio…
No puedo evitar que los ojos se me llenen ante su siguiente explosión,
odio verla tan infeliz, tan desconsolada. Es una necesidad para mí verla
sonreír como lo hizo estos últimos días. Le acaricio la espalda y la nuca, le
digo las mejores palabras que se me ocurren para hacerla sentir mejor. Pero
ella sólo necesita sacarlo afuera.
—Él me lo quitó—solloza, y mi corazón se desgarra—. Él me quitó a la
última persona que me quedaba.
Cierro los ojos con lamento, la empujo contra mí y le permito llorar hasta
que ya no le queden más energías. Me abraza de vuelta y me conforta el alma
saber que le hago bien, que mi presencia la ayuda.
—Quisiera despertar mañana sin un pasado—murmura con su voz
apagada su cabeza descansando en mi hombro—. Como si mi vida fuera una
hoja en blanco para llenar con cosas buenas a partir de ahora…
La escucho respirar con dificultad, agotada, y un par de lágrimas se me
escapa por las esquinas de mis ojos.
— Nunca me pregunté por qué la vida me había elegido con tanta
crueldad, sólo tomé mi destino sin hacerme cuestiones tontas e inservibles.
Acepté todo, fui una perfecta sumisa. Y no me gusta la autocompasión. Pero
ahora necesito ser feliz, ya no puedo soportar más dolor… ¿Es mucho pedir?
Ya no quiero ser una prisionera.
Sus palabras me destrozan, me hacen mierda por dentro. Me limpio los
ojos y me preparo para hablarle, para convencerla.
—Llegó el momento de ser feliz—le certifico, tomo su rostro en mis
manos y la obligo a mirarme—. El destino nos unió y estoy agradecido, quiero
hacerte feliz. Odio profundamente tus lágrimas, lo único que deseo en la vida
con tanta intensidad es verte sonreír.
Sus pestañas mojadas repiquetean.
—Podemos borrar el doloroso pasado creando nuevos recuerdos, y para
eso tenemos que vivir el ahora. ¿No fueron perfectos nuestros primeros días
juntos? Podemos crear docenas y docenas de ellos. Con cada día que pase,
más lejos estaremos del pasado y del dolor. Nosotros, vos y yo—enfatizo
señalándonos—, tenemos el poder ahora. Tenemos una hermosa familia, y el
futuro es prometedor.
Acaricio su mejilla húmeda con el pulgar y me tranquilizo al ver que el
interior de sus ojos se despeja.
—Sos mi felicidad, Francesca—le aseguro, emocionado—. Quiero ser la
tuya, también. ¿Me dejas?
Se queda fascinada en mi rostro, el llanto cesando, mis palabras
entrando en la bruma de su desesperación. Asiente despacio, reaccionando.
Estira su temblorosa mano y las yemas de sus dedos me rozan el pómulo y la
mejilla áspera. Nuestras contemplaciones se clavan una en la otra,
inamovibles, la intensidad y el amor puro adueñándose del instante.
—Te amo—me murmura, su tacto paseando a mi cuello—. Te amo con
todo mi corazón. Jamás creí que sentiría esta clase de amor, y sí quiero que
me hagas feliz. De hecho, ya me haces feliz, lo juro.
—Te amo—devuelvo, pleno de una sensación única, que apenas lograría
describir—. Sos todo para mí.
Me recuesto en los almohadones y ella hace lo mismo sobre mí. Le
percibo mirarme desde abajo, fijamente por mucho tiempo. Le regreso el
escrutinio, dándole una sonrisa cerrada, me acaricia el pecho, rociándome
con su calidez. Revela en respuesta una sonrisa llorosa, y atrapo su última
gota antes de que se pierda, deslizándose al vacío.
—La felicidad comienza con una sonrisa—susurro.
Cierra sus párpados, la curva en sus labios en ensancha y siento que los
latidos de mi corazón se multiplican con la promesa de que todo va a estar
bien pronto. Vamos a lograr superar los altos y bajos, este es el comienzo de
algo grande, algo que nadie ni nada tendrá el poder de quitarnos. Fran se
remueve encima de mí, estirándose, sus labios alcanzan los míos y nos
besamos. Apreso su cabeza en mis manos y la sostengo, el beso va subiendo
los escalones de la intensidad, hasta casi explotar entre los dos. Ella abre su
boca para permitirme entrar y lo hago, me adueño de sus húmedas y
calientes profundidades con mi lengua, impregnándome con su sabor dulce.
Los rastros del llanto anterior desvaneciéndose gradualmente.
—Te necesito—dice contra mi boca, sus ojos suplicantes en los míos—
Necesito sentirte, olvidarlo todo. Empezar desde cero…
El chocolate de sus irises brilla, anhelante. Me necesita tanto como yo, y
sé que puedo combatir el sufrimiento que ahora mismo invade su interior. Sé
que conseguiré darle todo eso lo que necesita para terminar de sanar. Sólo
yo. Jamás le negaría nada.
—Deseo que me hagas el amor, León.
No hay sonrojos, ni timidez. Sólo una cruda sensación de ansiedad, me
quiere, sólo a mí. Se recuesta en mi hombro y me levanto sobre mis pies, con
ella en brazos. Con pasos pesados atravieso el pasillo y entramos en la
habitación. El día está cayendo, y me prometo por dentro que, para cuando
la noche llegue, ella ya se habrá liberado de su tormento.
La puerta es aporreada cerca de las cinco de la tarde y no necesito correr
a abrir, Adela, Santiago y Bianca entran sin esperar respuesta. La última
viéndose nerviosa, revoleando los ojos por el interior de la cabaña con
cautela. Durante el tiempo ha estado con nosotros no se ha dejado ver
demasiado, se la pasa encerrada con su hermano, supongo que tienen
mucho tiempo que recuperar. La chica resalta en este lugar, a la legua se
nota que no encaja. Tiene un particular gusto para vestirse, siempre con
tableadas faldas y tops que cubren poca piel, pero lo recompensa siempre
con algún que otro abrigo igual de raro que todo el resto del conjunto. A la
chica le gustan los colores, también, especialmente el rojo, por lo que veo.
Cada vez que aparece deja a docenas de hermanos en shock, con el cerebro
en pause, no creo que ella se dé cuenta en absoluto, pero es hermosa y
delicada como una flor. Santiago aparenta no darse cuenta, pero sé que tiene
en la mira silenciosa a los tipos que se comen a su hermanita con los ojos.
Me gustaría saber qué pasa por su cabeza. O mejor no.
Adela rebusca con la mirada a su sobrino.
—Francesca lo está cambiando en la habitación—le aclaro, y ella enfila
por el pasillo como si fuera su casa.
Se escuchan gritos después de eso, junto con la risita aguda de Abel.
Sonrío y me muevo por la sala, Bianca se acomoda en un sofá, Santiago se
queda de pie al lado de la ventana. Estoy intentando sacarles algunas
palabras cuando más golpes suenan, y abro, encontrándome con Lucre y su
carrito doble, Tony concentrado en ayudarla a empujar.
— ¡Hola a todos!—chilla ella, entrando—. ¿Dónde está el cumpleañero?—
quiere saber.
Tony saca un enorme regalo de la parte de abajo del carro, donde
también hay un gran bolso que supongo que lleva dentro todo lo que Lucre
necesita para sus bebés.
—Acá está—lo trae Adela de la mano—. Todo hecho un hombre.
Me rio cuando veo al niño vestido un desgastado vaquero y una camiseta
negra, lo más parecido al estilo del clan, sólo que sin chaleco. Él se suelta de
su tía y corre hacia su amiguito, ya dispuestos a jugar. Los dos abren el
regalo y se entretienen con él, olvidándose del entorno. Fran se interna en la
cocina para acomodar la comida en platos y una vez hecho, pasa a la sala y
la deja en la gran mesa que acomodé durante la siesta, después se sienta con
Lucre, Adela y Bianca a charlar cosas de mujeres, obvio, dejándonos afuera a
los hombres. Me uno a la Máquina en la ventana, la abro y enciendo un
cigarro.
— ¿Cómo lo llevas con tu hermana?—le pregunto, queriendo saber,
genuinamente.
Sus ojos azul medianoche profundo se clavan en la chica, que está
sonriendo por algo que la charlatana de Lucre está diciendo. Ya parece
menos preocupada entre las chicas, parece que le agradan. Fran también se
une en la conversación y me hormiguea el pecho al verla tan suelta. Y se ve
hermosa, parece haber florecido estos últimos días. Lleva el pelo largo atado
en una cola alta, unos vaqueros que se ajustan a sus caderas deliciosamente
y un top—no tan pequeño como los que usa Bianca—, de color negro con los
hombros descubiertos. Lo mejor de todo son las botas de tacón, esas
completan mis ansias de llevármela al cuarto y olvidarnos de los invitados.
Me contengo a duras penas, sabiendo que podré hacerlo en la noche, cuando
todos se vayan y los niños duerman.
Santiago se encoje en sus hombros.
—Ahora mejor—es lo único que dice.
No esperaba más, sé que él no va a soltar mucho y sobre todo si se trata
de temas personales. Me conformo con saber que se están llevando bien,
supongo que tendremos a Bianca por un largo tiempo más.
Me giro para soltar el humo hacia el exterior y me encuentro con Max y
Alex viniendo, cada uno lleva en las manos un gran bulto de papel de regalo,
se ven bastante pesados. Pasan la entrada y saludan a todos de palabra, Max
se acerca a Abel y le enseña el regalo, entre ellos dos y Tony rompen la
envoltura y descubren una especie de triciclo que simula ser una moto. Más
bien una Harley, y parece hecho casero con piezas de nuestro taller. Se ve
llamativo y macizo, una jodida buena invención. Los pequeños se quedan
viéndola con sus boquitas abiertas, encantados. El Perro llama a Tony, así
revelan la otra, del mismo estilo pero diferentes colores, para él. Entonces no
van a pelear por tener la misma.
— ¿Qué cosas son esas?—se asombra Lucre, levantándose de su lugar
como todas.
Los niños ya están subiéndose a sus recientes adquisiciones,
empujándose alrededor de la mesa, llenando la habitación de chillidos
felices.
—Son mini Harleys, Alex, Jorge y yo las hicimos—le cuenta Max,
atrayéndola a sus brazos—. Nos llevó más o menos dos días.
Todos nos maravillamos, sin poder quitar la atención de los dos chicos
que parecen estar en el mismísimo paraíso. Me rio, eso fue una idea
estupenda, ¿cómo no se me ocurrió? Ah, sí, estaba hurgando bajo las
sábanas con mi mujer, en cada pequeño momento que pudimos tener a
solas. Me gustan esas cosas, estos chicos son el futuro del clan, tienen que
tener su primera moto, obviamente. Aunque sean de juguete.
— ¡Qué originales!—dice ella—. Más vale que les hagan otro par a Nico y
Tomi, pronto.
Todos nos carcajeamos por eso.
—Más vale, cuando puedan caminar, Lucre—agrega Adela.
El resto de la tarde pasa del mismo modo, vivaz y tranquila. Llegan los
Giovanni también, cuando cae el sol, para cenar con nosotros. Y Lucio, que
recién empieza a caminar, se las arregla como puede para estar a la altura de
los dos niños mayores. Las mujeres se turnan para ayudar a Fran a rellenar
la comida de la mesa, y los hombres salimos al exterior a fumar. De pronto,
al estar en medio de la ronda con los ojos en el interior de mi cabaña, se
enciende en mi centro una abrumadora sensación. ¿En qué momento el clan
se convirtió en esto? De hombres solteros y compenetrados sólo en nuestro
inmoral trabajo pasamos a ser enamorados padres de familias,
completamente asentados y felices. ¿Cómo fue que cambió todo tan de
repente? Apenas me di cuenta, y creo que estos chicos a mi alrededor,
tampoco.
Bueno, Santiago no quiere saber nada con tener hijos, pero tiene a Adela
y se desvive por ella, a su ardiente manera. Y Alex no ha conseguido a nadie,
y no veo que vaya a ser difícil para él, ya que las chicas lo persiguen como
moscas a la comida. Aunque él las rechaza. Siempre. Y eso me tiene un poco
curioso. Me pregunto si haría lo mismo con aquella esbelta chica fina de
puros ojos medianoche y una excesiva preferencia por los colores vivos, que
ahora mismo lo está observando embobada. Él tiene ese efecto en las
mujeres, de cualquier edad, parece que esos ojos de lobo tienen el poder de
un embrujo que las hipnotiza hasta el punto en que se olvidan hasta sus
propios nombres.
Acabamos nuestros cigarros y vamos a sentarnos en la mesa cuando nos
llaman a cenar. Busco mi lugar junto a Fran, ella tiene a Esperanza en
brazos, Abel espera a mi lado y ni siquiera lo pienso cuando lo alzo y lo
coloco en mi regazo. Los ojos de Francesca se iluminan, y un principio de
sonrisa se estampa en su rostro suavizado. Me inclino, cruzando un brazo
sobre sus hombros arrimándola a mí y apoyo mis labios en los suyos,
sorprendiéndola a ella y a los demás. Por supuesto, no pueden faltar los
vítores de los hombres y las risitas de las mujeres. Francesca se pone roja
como un tomate, y me río por lo bajo cuando no sabe qué hacer. Cuando la
atención se dispersa lejos de nosotros, su color se normaliza, aunque no
demasiado.
El resto de la noche luce un liviano rubor en sus mejillas, y sé que no es
timidez, simplemente es felicidad. Toda ella brilla, y por eso mi mundo
también.
Francesca
Deslizo mi pulgar lentamente por la superficie lisa, no puedo quitar mis
ojos de la pantalla. Estoy ya metida en la cama, León aseándose en el baño.
Tomé la cámara digital para ver las tomas y no puedo borrar esta pequeña e
incontrolable sonrisa. La foto final fue tomada al término de la cena por
Lucrecia. Abel soplando sus velas por segunda vez en el día. Él estaba de pie
en una silla, inclinado sobre la torta a la que ya le faltaba un pedazo por las
porciones que corté en la tarde. Aparezco a su lado, sonriendo y a la misma
vez ayudándole a apagar las llamas. Al otro lado, en la izquierda de mi hijo,
sale León sosteniendo a Esperanza y se está riendo sin perderse nuestro
momento. Hay algo extremadamente celestial en la escena inmóvil, es tan
genuina y espontánea, que mi garganta se enrosca en un fuerte nudo
apretado que no me deja respirar. Los ojos se me llenan de humedad,
estancados. No puedo dejar de mirarla.
— ¿Qué estás mirando?—salta León sobre el colchón, haciéndome
revotar también.
Me muerdo el labio con emoción y le tiendo la cámara. Con una sonrisa
curiosa él clava su atención en la foto, el tiempo se detiene mientras lo
observo mirarla fijamente, como acabo de hacer. Su rostro encasilla un gesto
dulcificado, y estoy segura de que se siente del mismo modo que yo al
respecto.
—Hay que encuadrarla—dice en voz media baja—. Es especial.
Asiento a las dos reflexiones. Me encantaría encuadrarla en un
portarretrato y verla cada día al rondar por la casa.
—Nunca tuve una foto más bonita que esa—le cuento.
Me han hecho muchísimas a lo largo de mi estancia con los Abbal, pocas
conservo de esa época. No soy fotogénica ni nada por el estilo, pero ¿esa foto
en familia? Me ha llegado al corazón, porque me golpeó la idea de lo que
parecíamos. Ahora somos una familia. Los cuatro. Eso me lleva al momento
en el que oí a Tony y Abel hablar entre ellos mientras jugaban, al mismo
tiempo que Adela y yo limpiábamos el desorden. Estaba lo suficientemente
cerca para entender con claridad lo que se decían.
—Yo no tengo mamá—dijo Tony, entretenido con un autito de colección—
. Mi papá me dijo que se fue al cielo. A ella le gustan las flores, y en el cielo
hay muchas…
Abel no respondió nada enseguida, sólo se detuvo de jugar y levantó la
vista hasta mí, atento. Como si estuviese cerciorándose de que yo estaba
cerca.
—Mi mamá está acá—comprobó con su enredado vocabulario y sus ojos
turquesas puestos sólo en mí, con esa expresión tan seria que lo caracteriza.
Tony me miró entonces, con el flequillo castaño dorado tapándole los
ojos color oro. Eso no parecía molestarle ni interrumpirle la vista.
—Sí—estuvo de acuerdo—. ¿Y tú papá se fue al cielo?
Abel negó sin dudar.
—No—soltó, entretenido de nuevo con sus nuevos juguetes.
Tony volvió a su juego también, pero no pasó mucho tiempo hasta que
Abel se frenara y alzara sus ojos hacia el final de la habitación, donde León
se estaba riendo en alto a causa algo que alguno de los chicos dijo. Estudié a
mi hijo sin siquiera pestañar.
—Está ahí—dijo, señalándolo.
Me enderecé en toda mi estatura recibiendo la descarga eléctrica cada
terminación, estacada en mi lugar. Tony miró a León y asintió, ninguno de
los dos volvió a sacar de nuevo el tema sobre sus padres. Y yo tuve que
alejarme de las personas un momento, dentro de la cocina, para tomarme un
respiro a solas. Porque mi hijo de dos años había relacionado a León como su
figura paterna, sin siquiera pensarlo dos veces. Y eso provocó que mi corazón
se desbocara, y mis ojos se espesaran con un grueso manto de humedad.
León me acaricia el vientre, expulsándome de cualquier pensamiento en
el fondo de mi mente. Ha dejado la cámara en su mesa de luz y se está
inclinando para besarme. Le respondo, atrayéndolo con mis manos en su
cuello, mis dedos cosquilleando en el pelo rubio oscuro largo, a la altura de
la nuca. Divido mi boca para invitarlo a entrar y un río de electricidad
desciende por mi espalda cuando me da lo que quiero y ahonda el encuentro,
hasta que estoy jadeando en desesperación. Me muevo sobre mis rodillas y
avanzo hacia él, sentándome a horcajadas en sus caderas, gruñe y la sangre
en mis venas empieza a correr con velocidad, llevando calor intenso a todos
mis rincones. En especial a mis entrepiernas, donde estoy acunando la
erección de León, que crece de golpe.
Me froto y sus músculos se endurecen, respondiendo. Apresa mis labios
con los dientes al separarme y recorro con mis manos sus pectorales
desnudos, marcando un camino lento hacia abajo. Las suyas se cuelan bajo
mi camisón fino, alzando la falda por mis muslos hasta estacionar en mis
nalgas desnudas. Sus ojos brillan con viveza y sonrío, ignorando mi sonrojo.
No llevo ropa interior. Supongo que, mientras me cambiaba, alguien
reemplazó a la vieja Francesca colocando a otra más traviesa en su lugar.
Fue un impulso, no me arrepiento ni avergüenzo de él.
León
Clavo mis dedos firmemente en su carne blanca y la atraigo más cerca,
hasta que sus llenos pechos están soldados al mío. Mis ásperos y anchos
dedos juegan en su piel, adentrándose más y más en los rincones íntimos, mi
aliento perdiendo el control. Entre sus piernas abiertas, encuentro consuelo,
rosando sus labios externos ya húmedos y preparados para una invasión. Me
muevo más allá, deslizo dos dedos en su canal y lo percibo contraerse a mí
alrededor, el rostro de Francesca justo frente a mí se relaja. Con un suspiro
sus ojos se entrecierran y menea las caderas en una danza lenta y sensual
que aniquila mis neuronas.
La noto bajar sus manos, perdiendo las reservas, se tropieza con la
barrera de la cinturilla de mi bóxer. No creo que vaya más allá, por eso bajo
la guardia. Pero estoy nadando plenamente en la equivocación, porque ella
sigue el juego, se arriesga en la apuesta y levanta la tela para introducirse,
salto y silbo entre dientes al advertir sus dedos cálidos rozando mi glande.
Tengo que respirar lentamente para trabajar en bajar los niveles de
exaltación.
—Fran—susurro agitado—. Vas a matarme.
Me dedica una sonrisa adormecida, como si estuviese flotando en una
bruma paralela a la realidad, dejándose llevar por el instante, y la beso en la
mejilla, rozándola con la punta de la nariz. Después me adueño de sus
labios, al mismo tiempo que le agrego ritmo a mis penetraciones desde atrás,
sus nalgas separadas para mí. Algo estalla en mi cerebro porque se anima a
formar un puño alrededor de mi pene, y me acaricia. Al principio lento y
suave, probándome, y luego más decidido, firme. Mis dientes se aprietan en
un chasquido y cierro los ojos, perdiendo el hilo de todo, aunque nunca
interrumpo mis atenciones a su sexo. La respiración de Fran ya ha perdido
toda clase de calma y sus caderas se manifiestan aceleradamente,
sacudiéndose a la vez, casi en el borde.
—Espera—me pide, inmóvil, sus párpados apretados y sus labios rojos e
hinchados a un centímetro de los míos.
Le obedezco y en un suspiro se aleja de mí, con el movimiento mis dedos
se escapan de su interior. Por un momento no entiendo lo que pretende. Y a
continuación se inclina, descubre del todo mi virilidad, empujando fuera la
tela negra de mi ropa interior. No puedo hablar, pierdo la capacidad a
medida que la contemplo descender su rostro, apuntando mi pene a su boca
con su puño.
—Fran—medio le advierto, medio gimo con el pensamiento de sentir su
sedoso interior a mi alrededor.
Me ignora y abre los labios abarcando la punta, brinco y me atraganto
con la sensación, el calor húmedo se afirma celestialmente en mi zona más
sensible. Dirijo mis manos inestables a su pelo y lo sostengo fuera de su
cara, para embeberme de esta imagen increíble. No me pierdo cómo se
despliega en cada avance, tomando más centímetros de mí, succionando. Así
marca un compás que me lleva por el camino del delirio y tengo que
recordarme todo el tiempo que los niños duermen en la otra habitación antes
de destrabar maldiciones y gruñidos por doquier.
Estiro el brazo en búsqueda del condón escondido bajo el pie del velador
y me contengo, separándola amablemente para poder enfundarme. Se limpia
las comisuras con el dorso de la mano y la agarro de la nuca para colisionar
nuestras bocas, meto la lengua en sus cavidades para probarme a mí mismo
mezclado en su sabor, así escala nuevamente sobre mí y se penetra a sí
misma, tomándome con la mano. Gime ruidosamente. El camisón al fin
desaparece, mostrando ante mi vista el precioso par de blandos y rellenos
pechos que aprieto en mi agarre doble, estancando sus chillidos con mis
labios. Le permito cabalgarme dirigiendo completamente la situación,
cediéndole el mando, porque estoy demasiado debilitado y cerca del borde
como para tomar el poder. Además, ella necesita esto, obtener dominio y
perder la sumisión que tanto la esclavizó por años.
Clava las uñas en mi cuello al llegar a la cima, dejándose caer hasta que
estoy llenándole hasta la empuñadura. Su pelvis danza, tensándose y
agitándose con los espasmos. Las contracciones alrededor de mi miembro
son suficientes para terminar de volar la capa de mis sesos. Ruedo sobre su
cuerpo convulsionante, oprimiéndolo, y en un par de estocadas más me vacío
por completo, rujo en su oído y ella me regala cortitos gimoteos bajos que se
van apagando sucesivamente.
No parece importarle en absoluto que todo mi peso permanezca
desplomado sobre sus huesos. Me acaricia la espalda, con apariencia
drogada y me muevo apenas para plantar besos a lo largo de su sien, mejilla
y comisura de labios colmados.
No se demora mucho rato en dormirse, feliz por el día perfecto que
vivimos y satisfecha de nuestra forma de amarnos. La observo perderse, con
mis párpados pesados y nuestra piel enfriándose. Me pregunto mil veces qué
fue lo que realmente hice para merecer la esencia de esta mujer tan bella y
única.
Francesca
—Abel—llamo desde la cocina por encima del chisporroteo de la cebolla
salteándose en el sartén—. Necesito que juntes todos esos juguetes de la
mesa, para poner los platos…
Pongo la carne a cocinar y oigo a Esperanza llorar desde su huevito, ya
no le parece divertido permanecer allí mientras el mundo se mueve de acá
para allá. Ahora su lugar favorito son los brazos de alguien, desde donde no
puede perderse nada de lo que sucede alrededor. La levanto, besándole la
frente, de inmediato sonríe. Sí, eso se llama malas costumbres. Echémosle la
culpa a León, que no pierde oportunidad para alzarla. Paso al comedor y la
mesa ya está vacía, Abel está colocando el último ladrillito en su caja
correspondiente. Frunzo el ceño y me acerco.
— ¿Qué estás haciendo?—le pregunto.
Él me mira seriamente por un segundo, después se baja de la silla y lo
persigo por toda la sala hasta que deja la caja al lado de otra similar, juntas
en un rincón.
—Oldeno—dice.
Ya veo. Hay demasiadas cajas en este lugar, ¿cómo fue que las
consiguió?
— ¿Por qué los ordenas así?—quiero saber, curiosa.
Arrodillado junto a sus piezas guardadas, coloca primero la caja más
grande, como base y, encima, acomoda las demás, en pirámide. De las más
grandes a las más pequeñas. No me responde, está ocupado seleccionando
los ladrillos de color rojo, separándolos en una bolsa de cartón. Embobada,
observo cómo reorganiza sus juguetes por tamaño y color.
— ¿Por qué los separas?—presiono, alarmada.
Eleva el rostro hacia mí, sin dejar su labor.
—Los dojos con los dojos—empieza, mis ojos como plato—. Los azules
con los azules…
Mi boca cae abierta.
— ¿Quién te enseñó eso?
—Nadie—responde.
Ignorándome, se levanta sobre sus pies nuevamente y corre a la cocina.
Abre las puertas del bajo mesada y recoge los platos. Tres de ellos, para ser
más exacta, apenas puedo pestañar mientras los lleva a la mesa y los coloca,
sabiendo los lugares. Escucho a León entrar por la puerta delantera de la
cabaña y caminar hacia nosotros, se frena a mis espaldas. No puedo mirarlo
pero lo siento rodear mi cintura con una mano.
— ¿Qué pasa?—me pregunta al ver mi expresión anonadada.
—Míralo—le digo.
Los dos le prestamos atención a Abel, que ahora ha ido en busca de los
cubiertos, ni siquiera puedo conectar mi mente con mi boca para ordenarle
que se lave las manos antes de poner la mesa. Él toma tres tenedores y dos
cuchillos—tampoco reacciono ante la peligrosidad de ello—, y los va dejando
a los lados de los platos. Al terminar estudia concentrado la superficie,
cayendo en la cuenta de que faltan los vasos. Se encarga de eso, también.
—Él no sabe contar, ¿no?—susurra León cerca de mi oído.
—Lo hace por relación, creo—digo, sin quitar mis ojos de mi hijo—. Sabe
que uno es para vos, otro para mí y el que resta para él…
No dice nada, observándolo con ojos entrecerrados. Tratando de deducir.
—Anda a mirar sus juguetes, en el rincón—le murmuro, señalando el
lugar con la cabeza.
León se va, llevándose a Esperanza con él, así yo puedo terminar de
cocinar. Ahora sí le pido a Abel que marche a lavarse las manos al baño del
pasillo, me sorprende que lo haga sin rechistar. Generalmente es así,
obediente, se puede esperar que sea diferente con la edad que tiene. Pero
todo lo contrario, parece mucho mayor. Su inteligencia me desconcierta.
— ¿Le enseñaste los colores?—viene León después de revisar en la sala.
Niego, sonriendo a medias. No le enseñé los colores, tampoco. Aunque
debería, ¿no? Ya es hora. Aun así los sabe, quizás por repetición o porque
nos ha escuchado hablar sobre eso alguna vez, algo que no recuerdo haber
hecho. Quizás Adela le enseñó, y también a ordenar así los juguetes, por
tamaño. ¿O simplemente lo hace por instinto?
—Es impresionante—chifla León, mientras me mira adelantar mi trabajo.
Me limpio el sudor con el antebrazo cuando acabo. Mi hijo ya está
sentado en su lugar, esperando en silencio. Su actitud es tan extraña, se
supone que los niños de dos años son revueltos, ¿no? Y les cuesta hacer caso
y aceptar órdenes. Las actitudes de Abel están muy lejos de eso.
— ¿Qué te parece si le conseguimos alguna guardería?—me pregunta
León al sentarnos a comer.
Le corta la carne en pequeños trozos, y le pregunta si quiere salsa por
arriba. Abel niega, arrugando la nariz. Me rio y me limpio la boca con la
servilleta.
—Me parece una buena idea—le digo.
El niño necesita interactuar más con chicos de su edad, está siempre
rodeado de adultos y sólo juega con Tony en las tardes. He empezado a notar
que ellos dos solos se terminan cansando y aburriendo con rapidez.
Podríamos hablarlo con Jorge, también, aunque Tony es más grande. Creo
que ya tiene edad para empezar el jardín de infantes.
— ¿Tenés terapia hoy?
—Ajá—confirmo, levantando a Esperanza, mi plato ya vacío—. A las
cuatro. Alex y Adela me van a dejar de pasada a la ciudad, tienen que hacer
unos mandados.
—Sí, pedido de bebidas y otro par de trámites para el bar—explica él,
sirviéndose más.
Abel se para sobre la silla y se estira hacia León, tironeando su manga.
Estoy a punto de corregirlo y ordenarle severamente que vuelva a
arrodillarse, cuando habla y nos deja mudos.
—Papá, más—le pide.
León se congela, sus ojos cristalizados cambiando de mi rostro al del
niño.
— ¿Qué dijiste?—sisea sin aliento.
Mis labios se estiran hasta que no dan para más, formando una
gigantesca sonrisa mientras mi corazón bombea con fuerza.
—Más—repite el niño.
—No, ¿cómo me llamaste?—insiste, su voz poniéndose toda ronca y
profunda.
Abel pestañea y mira la fuente de puré, ansioso, no responde a la
pregunta de su padre. León le sirve con el pulso tembloroso, sin siquiera
mirar lo que está haciendo, no puede quitar su afectada contemplación de la
carita de Abel.
— ¿Cómo se dice?—le reto.
—Gracias—mi hijo obedece antes de meterse puré en la boca.
— ¿Gracias qué?— pincho.
—Gracias, papá…
Satisfecha, me fijo en León que sigue inmóvil. A continuación, muy, muy
lentamente, se sale de la silla y se pierde por el pasillo. Me alarmo, y mi
instinto me obliga a seguirlo.
— ¿Mi amor?—lo alcanzo en la puerta de nuestra habitación, se está
paseando de un lado a otro, inquieto—. ¿Estás bien?
—Dame un momento—jadea, levantando su índice al cielo y mirando en
suelo.
Está hiperventilando, la vista se me llena de agua al verlo tan alterado.
—Por años—escupe, agitado—. Durante años soñé con esa palabra
saliendo de los labios de Pedro… Dormido o despierto, no importaba, la
imagen siempre estaba allí, creando patrones. Volviéndome loco. Perder un
hijo te convierte en un condenado de por vida…
Mis lágrimas caen al mismo tiempo que las suyas. Esperanza se
remueve, sintiendo nuestras mismas emociones, y la aprieto más contra mi
pecho.
—Entonces ustedes llegaron… hacen este vacío más llevadero… siento
como si pudiera volver a respirar—se lleva una mano al pecho—. El dolor no
se va a ir, su ausencia siempre me perseguirá… Pero los tengo a ustedes, mi
familia, mi consuelo, mi felicidad… mi todo.
Me acerco y con mis dedos barro las gruesas gotas que caen desde sus
pestañas. Verlo romperse de esta manera tan cruda me derriba
completamente. Necesito contenerlo, sostenerlo.
—Abel acaba de romperme el corazón—murmura, seca mis rostro al
mismo tiempo que hago lo mismo con el suyo—, de la forma más dulce que
existe…
—Te amamos—le sonrío entre lágrimas.
Asiente, sorbiendo por la nariz, recuperándose.
—Y yo los amo…—me besa en la frente—con delirio.
Me alzo sobre las puntas de mis pies y estampo mi boca en la suya, el
beso es tierno, gentil. Y estoy completa.
Estamos completos.
Cargo el huevito en el asiento trasero del camión, junto a mí. Dejo a Abel
con León y me llevo conmigo a Esperanza. No es que no tenga con quien
dejarla, sino porque Isabel hace tiempo viene insistiendo en conocer a mis
bebés. No sé si todos los terapeutas actúan así, se me ocurre que no, pero
ella es más como una amiga y me gustaría cumplirle el deseo. Más adelante
puedo llevar a Abel, aunque sea por cinco minutos antes de empezar la
sesión. De paso, quiero que ella me dé un consejo sobre él, posiblemente
existe algo especial pasando con mi niño.
—No te preocupes, Fran—dice Adela subiendo al asiento del
acompañante—. No hay nada malo en Abel.
Alex se acomoda tras el volante.
—El chico es brillante—agrega, me sonríe desde el espejo retrovisor.
Les conté sobre nuestro descubrimiento del mediodía antes de
disponernos a arrancar, ahora todo el mundo quiere enseñarle cosas a Abel,
creen que es superdotado. Estoy asustada sobre eso. Puede que todo el
mundo piense que es algo admirable, pero no lo será para el niño. Si es como
todos creen, va a tener que lidiar con muchos sucesos a lo largo de su
crecimiento. Por supuesto tendrá todo el apoyo de mi parte como madre,
puedo ayudarlo. Sólo no quiero que se sienta distante con el resto.
Atravesamos el viaje charlando sobre temas sin importancia, Alex
participando poco y nada, concentrado en manejar. No importa todo lo que
haga para parecer invisible, un hombre como él está lejos de serlo. Callado o
no, es llamativo y cualquier mujer encuentra difícil la tarea de quitarle la
mirada de encima. Y él apenas aparenta darse cuenta del efecto que provoca,
y eso, si puede ser posible, hace que lo consideren incluso más irresistible.
Él se estaciona frente a la casa de Isabel y me apeo, cargando de la
manija la mecedora de Esperanza. Mientras la acarreo hasta la entrada,
especulo que ya es hora de usar el carrito, se está poniendo algo pesado el
juego de bebé y sillita, mi espalda se queja. Agitada, golpeo la puerta y dos
segundos después la sonrisa de mi terapeuta me recibe. Chilla al ver a mi
bebé y se abalanza sobre ella. Nos tomamos un ratito para sentarnos en el
sofá y le permito cargarla. Se nota la dulzura y dedicación que siente por los
niños, eso me lleva a preguntarme por qué será que no tuvo ninguno. A veces
atravesamos circunstancias inesperadas de la vida que no nos permiten
experimentar ciertas etapas que deseamos mucho. Conjeturo que es un hijo
en su caso. Llego a esa conclusión por la manera en la que vislumbra a
Esperanza, sus ojos tan radiantes de enamoramiento.
Nos suspendemos así por unos cinco minutos, mi hija sonriendo ante los
mimos de Isabel. Entonces distingo una sombra desplazarse por el interior
de la cocina, dirijo mi atención hacia la zona. Hay alguien allí, se escucha
movimiento. Algo muy raro, ya que todas las veces que he venido hemos
estado solas.
Isabel nota mi curiosidad.
—Ah—dice, devolviendo a la bebita en su huequito—, tenemos compañía.
Sandra tuvo su sesión antes y se ofreció a preparar nuestro té antes de irse…
Mis cuerdas vocales se encajan y no soy capaz de hablar con claridad
por un pequeño intervalo de tiempo.
— ¿Sandra?—. ¿Escuché bien el nombre? ¿Cuántas posibilidades hay de
que sea la misma persona a la que mi mente se vincula?
Muchas, definitivamente. Allí mismo la veo atravesar la arcada con dos
tazas en sus manos, meneando llamativamente las caderas. Como siempre
que me la he topado, luce el pelo suelto a lo largo de la espalda, liso y
brillante. Sus ojos verdes se clavan en los míos, malicia entreteje por ellos
como el relámpago en medio la tormenta eléctrica. Permanezco congelada en
mi lugar. En mis entrañas retorciéndose un millón de alarmas, activadas por
el presentimiento de problemas avecinándose.
— ¡Hola!—una sonrisa ultra falsa dobla su rostro severo—. Acá les dejo
sus bebidas… Espero que tengan una productiva reunión.
Las deposita en la mesita, nunca desviando su amenazante vigilancia
lejos de mí. Posteriormente se posa en mi hija y la espalda se me pone recta,
la piel de mi cuerpo erizándose en un escalofrío, del todo inquietante.
Mis hombros se ceden cuando ella se mueve, tomando distancia de
nosotras, y encuentra su abrigo en el perchero a un costado de la salida. Se
lo coloca, al mismo tiempo que Isabel y yo la observamos. La primera con
una sonrisa confianzuda, que le lleva a deducir que ellas dos se conocen
desde hace bastante tiempo. También por la forma en la que se hablan y
despiden. Recuerdo la vez anterior, cuando ella me abordó a la salida de esta
casa, probablemente estaba viniendo a visitar a Isabel y se tropezó conmigo.
Y, como toda víbora, tuvo que mostrar los colmillos y lanzar un poco de
veneno en mi cara. Me ve como una provocación, cuando sólo soy un
pequeño ratoncito indefenso a su lado, con sólo levantar un pie me
aplastaría con la suela. Termino aflojándome al notar que se aferra el
picaporte y se marcha, chillando una despedida de lo más chillona y
superficial.
Nuestra sesión comienza de inmediato, me hago con la taza en la mesita,
al mismo tiempo que Isabel. Aunque no la pruebo. Por algún motivo me
retraso en ingerirla, una insistencia en mi interior gritando un aviso. No
quiero tocar ni tragar nada que esa mujer tan ruin haya creado con sus
manos. Pueden estar manchadas con malas intenciones. Quizás estoy siendo
exagerada y paranoica. O quizás no. Prefiero ser precavida.
Y lo bien que me resulta.
Porque cerca de un cuarto de hora luego de iniciar, Isabel se balancea
precariamente en su lugar, perdiendo equilibrio. Devuelvo mi taza a la mesa
poniéndome de pie casi saltando, alarmada.
— ¿Estás bien?— le pregunto.
Se aferra a mi brazo, frunciendo el ceño, eso me aterra súbitamente.
—Estoy un poco mareada—murmura, su voz oyéndose rara, aplastada—.
Algo me debe haber caído mal.
Intenta ponerse en pie y le resulta imposible, apenas logro sostenerla al
caer de nuevo en su lugar, su cuerpo perdiendo impulso.
— ¿Qué sentís?—insisto.
Pestañea, el movimiento en cámara lenta, mirando el vacío.
—No sé—se ahoga, empieza a respirar con dificultad, y percibo que está
asustada—. Voy a desvanecerme…
Con esa última frase cae inconsciente sobre los cojines del sillón, ahogo
un chillido. Me esfuerzo para no entrar en pánico, ya que no serviría de
nada, desesperada meto la mano en mi bolsillo trasero del vaquero para
tomar mi celular. Mis dedos temblorosos apenas serviciales. Ni siquiera
alcanzo a desbloquearlo, ya que algo rígido y frío presiona el lateral de mi
cráneo. Me atieso, aterrada, deteniendo el aliento en mi garganta.
—Vas a darme esa cosa, ahora mismo—dice el tono helado de Sandra,
muy cerca de mí.
Dejo caer el aparato al suelo, no porque ella me lo pidió, sino a causa de
un reflejo instantáneo, en respuesta a mi turbación. Trago con demasiada
fuerza inútilmente, el nudo en mi garganta no se disuelve. Estoy cien por
ciento segura de que, lo que tengo apoyado en la cabeza, es el orificio letal de
una pistola.
Cierro los ojos para no caer en un agujero negro, paralizada. Me sustento
en la superficie, apenas en el borde. Es casi imposible estirar la calma,
porque flota sobre mi cabeza la certeza de que mi hija y yo estamos en
verdadero peligro.
18
Francesca
—Sentate ahí—indica rígidamente, apretando la boca de su arma en mi
hombro, dirigiéndome.
Me muevo, al parecer no lo suficientemente rápido como quiere, porque
me empuja con más violencia, seguramente creando un moratón en mi
espalda. Su pistola se siente fría y sólida, bien podría tener el mismo efecto
que una puñalada por detrás. Deseo resistirme, me está alejando de
Esperanza, sin embargo obedezco. Intuyo que Sandra es capaz de cualquier
cosa. Mi estado de pánico empeora. Me dejo caer en el sofá de un cuerpo, mis
ojos cautelosos cayendo en la mujer, los suyos me recorren con severidad.
Me estando en la imagen de mi hija en su huevito, al otro lado, tan lejos de
mí, eso aviva más el frío y la desolación. Necesito su calor, sostenerla, saber
que se encuentra bien.
— ¿Por qué haces esto?—murmuro, mi voz no tan segura como pretendo.
Sandra se pasea campante por la sala, como si fuera su casa. Su arma
bien a la vista, me sorprende la seguridad con que la lleva. Y me asusta.
— ¿Va a estar bien?—insisto, sobre Isabel.
La mujer se para junto a la ventana, mirando al exterior con
impaciencia. Está esperando a alguien. Estamos perdidas, lo sé.
—Está dormida, va a estar así por un par de horas—explica con
entonación helada, se desplaza hasta la señora dormida y la observa, su
boca torcida con burla—. Pobrecita, ella estaba decidida a ayudarme… Es
increíble lo que un par de lágrimas puede hacerle a la gente, ¿sabes? Y una
buena justificación, también. Las personas en este pueblo se compadecen de
mí, por mi perdida… La compasión es un arma muy poderosa y, cuando
puedo, me aprovecho de ella. Vos debes saber muy bien a lo que me refiero…
Sigue caminando, sus ojos brillan con palpable amenaza, me remuevo y
sonríe con saña.
—Vos y yo somos iguales. Las dos nos aprovechamos de la lástima de la
gente… No te creas mejor que yo, Francesca. El papel de mujer destrozada te
sale bien, pero no compro esa fachada…
Amargura crece entre mis costillas, ella es una loca desalmada. No sé a
dónde quiere llegar con sus acciones, tampoco lo que quiere hacer conmigo.
Sólo deseo que no mezcle a mi hija es todo esto. Mi respiración enloquece
con sólo pensar que mi bebé se encuentra en esta clase de situación.
—Como te decía, sólo tuve que venir a Isabel y llorar mi culpa por la
muerte de mi bebé—suspira, fingiendo enternecerse—. Ella siempre tratando
de arreglar a la gente…
— ¿Cómo podés ser tan insensible?—se me escapa, y una vez que
empiezo no puedo parar—. Es horrible la forma en la que hablas de la
muerte de tu propio hijo…
Se encoge de hombros, como si acabara de hablarle sobre alguna
nimiedad sin sentido. Ella realmente nunca mereció a Pedro, la peor parte de
esto es que se encargó de quitárselo a León también, que sí merecía el amor
de su hijo. Y el niño merecía vivir, también.
—Algunas personas somos distintas al resto, no lidiamos con los duelos
de la misma manera que los demás—explica, seria, sus tacones volviendo a
la ventana—. Yo perdí a mi hijo y fue mi culpa, nunca lo negué. Jamás
escapé del papel que me tocó en todo eso. Y ya pagué, estuve mil veces en el
infierno y salí de él mil más…
»No hace falta que venga una virgen santa como vos a decirme ese tipo de
cosas. No me juzgues, Francesca, porque puedo hacer lo mismo y no te va a
gustar…
No entiendo cómo es que va a juzgarme, no he hecho nada malo. No
molesto a la gente, y pocas personas me conocen de verdad. Por no decir sólo
una: León. Incluso así estaría siendo algo inexacta, porque yo tampoco
entiendo demasiado sobre mi verdadera personalidad, pero sé que está
surgiendo y con eso me conformo. Es León quien me potencia.
—Yo no te juzgo—me las arreglo para agregar—. Son tus acciones las
que hablan por sí solas.
Sandra gira su cabeza como un látigo en mi dirección, la esmeralda de
sus ojos refulgiendo con fuego.
—No analices las cosas que hago, hija de puta—escupe, violenta de un
pestañeo a otro—. Quédate callada en ese lugar, si volvés a decir cualquier
otra pavada voy a volarle los pequeños sesos a tu hija…
Me estremezco cuando apunta a mi bebé con su pistola para enfatizar
sus palabras. Me aferro con uñas a mis lados, en los brazos del sofá,
cerrando mis párpados.
—Yo puedo analizar las tuyas—el siseo de serpiente poniéndome los
pelos de punta—. Necesitas a alguien que te mantenga. Tu marido loco
estaba en la ruina, los dejó desamparados… Y León estuvo ahí para
recompensar, ¿no es cierto? Fue fácil cazarlo, seguramente. Pero las cosas
cambian con el tiempo, yo lo sé bien. Él nunca te va a amar más que a su
maldito club de pordioseros. Llega un momento en el que te quedas
estancada en su casa, jugando a la ama de casa, mientras él se va de
parranda, acostándose con prostitutas de ruta…
Niego, sintiendo crecer una poderosa rabia en mi interior, que hace bullir
mi sangre. Ésta corre a través de mis oídos, forzando en ellos un pitido
insistente. No me gusta que hable así de él, ni de su clan.
—No…—niego—. Él me ama.
Sandra carcajea secamente.
—Pobre infeliz, Franci. Pobre-estúpida-infeliz—ronda a nuestro alrededor
acariciando su arma—. E ilusa.
Rechazo sus palabras, la respuesta punza en mi garganta. Tengo en
cuanta que debo quedarme en silencio, sumisa a su presencia. Pero hay
tanto punzando en mi interior, que no logro mantenerlo dentro del límite.
—No sé, puede ser que no hayas entendido el punto clave—suelto,
mirándola a la cara, calor arrasando mis extremidades inquietas—. Quizás
no fuiste suficiente para él porque no amaste a su club. Los Leones vienen
con él, son parte de él. Si no los amas, no lo amas a él en absoluto…
—Cállate—carraspea, temblorosa.
—El clan es una familia—la ignoro.
Me estoy metiendo en el lodo, empeorando las cosas, este impulso me
pica como nada lo ha hecho antes. Voy a pagarlo caro, tengo que callarme.
No. No puedo.
—Y al contrario de vos, ellos me dejaron entrar… Yo sí soy parte.
Incluso yo me sorprendo por el veneno que sale de mi boca, esas ansías
locas de lastimar a Sandra. Trago, mis manos poniéndose a temblar, porque
puedo notar que he levantado el telón y la bestia asoma la cabeza para
comenzar el show. Detengo el aliento, esperando el impacto. No soy buena en
eso de devolver a la gente su propia medicina. Y no es un buen momento
para hacerlo ahora mismo, no cuando existe un arma de fuego en medio de
la discusión. La perra que llevo dentro no eligió ser inteligente y salir otro
día.
Sandra tiembla como una hoja al viento, sudando. Y sé que le he dado
donde más le duele, después de todo, nunca consiguió que León la amara.
Levanta el brazo y me señala con el revólver, mis jadeos en busca de aire
limpio se atragantan. Espero lo peor. En cambio, nunca dispara en mi
dirección, sino que cambia la dirección, justo donde Esperanza permanece
dormida. El click chasquea en mis oídos.
— ¡NO!—grito saliendo de mi asiento.
Caigo de rodillas en el mismo momento en el que dispara, la explosión
retumbando en mi cabeza, formando ecos que me castigan. Después del
estallido es mi llanto desgarrador el que llena la sala, incluso hasta la casa
entera. Mis lágrimas caen al suelo sin parar, mis palmas apoyadas, apenas
me doy cuenta de que me encuentro aun gritando, haciendo sangrar mi
garganta. Sandra me arrastra por el suelo, levantándome de los pelos, apoya
el arma en mi mejilla. Y es allí que mis oídos se despejan y reaccionan, me
estremezco.
Mi hija está llorando.
Está viva.
—Vas a pagar por esto, pedazo de mierda—me grita en la cara, su aliento
en mi nariz.
No me importa, nada lo hace, porque mi bebé está bien. El disparo no
impactó en ella. Sandra me lanza al suelo nuevamente, recibo de inmediato
un puñetazo en mi pómulo, permanezco derrotada, el costado de mi rostro
latiendo. Mi cabeza punzando a la altura de las sienes. Me patea en el
estómago y ruedo sobre él, me obliga a permanecer abajo, presionándome la
mejilla en el suelo frío. Su pistola cavando una marca en mi sien. Mis palmas
abiertas a los lados de mi cabeza, sudan y mis dedos se ponen blancos.
—Tuve a León mucho antes de que apareciera ese estúpido clan—
escupe, ¿todavía está tan ofendida por lo que dije?—. Ellos fueron quienes se
interpusieron entre nosotros…
“No”, quiero decirle, “nunca lo comprendiste. Nunca te interesó su persona
en realidad”. Pero me freno. Ya aprendí. No debo molestarla. Además, esto no
tiene ni un poco de sentido. ¿Está apuntándome con un arma por
competencia a causa de un hombre? Está demente. No puede estar más
ahogada en el mar del rencor.
—Me cansé de esta mierda—carraspea con rabia—. ¿Dónde se metió ese
idiota?—patalea en el suelo a mi lado.
Después se aleja de mí.
El llanto de mi hija de intensifica, asustada y abandonada en el rincón
del sofá. Necesito llegar a ella, tiemblo, pestañeando. La adrenalina se me
dispara y rebusco con mis ojos alguna cosa con la cual defenderme. Estoy
junto a la chimenea, a sólo unos pasos, me deposito en el atizador de la leña,
apoyado de pie en un costado. Mi respiración se dispara, ansiosa, y mi
corazón enloqueciendo en desesperación. Sólo tengo que arrastrarme un
poco, presto atención a Sandra, ella está de nuevo en la ventana. En lo que
dura un par de segundos, me muevo, y como un rayo consigo la pieza larga
de hierro, escondiéndola bajo mi cuerpo.
La mujer está nerviosa, no hay señales de quien sea quien esté
esperando, eso la distrae.
— ¿Qué vas a hacer con nosotras?—pregunto, gimiendo.
Más bien fingiendo. No es que no sienta dolor, sólo estoy acostumbrada a
él, puedo ignorarlo. No me afecta, ella tiene que pensar que me tiene
controlada.
—Van a venir con nosotros, cuando este hijo de puta inservible se decida
aparecer—maldice, más para sí misma que para mí—. Voy a pedir un buen
rescate por ustedes, sé que el clan tiene dinero de sobra…
Ah. Así que esto no tiene nada que ver con su obsesión con León.
—Ya que la treta de tu inservible tía no funcionó—agrega—. Las cosas
son mejores cuando las hace uno mismo…
Me congelo, perdiendo la capacidad de respirar. La observo desde mi
lugar en el suelo mientras se acerca sonriendo con malicia. Jamás se vio más
peligrosa que ahora mismo. Trago.
—La mataste—susurro.
No sé en qué parte del enredo entra Sandra, pero con sólo echarle un
vistazo sé que tuvo mucho que ver.
—La idiota fue seducida y manejada a nuestro antojo—se ríe, fría—. A lo
que nos lleva la necesidad, ¿no? Un poco de sexo y listo, magia. Nada fue
más fácil que convencerla para que le robara a su propia sobrina… Pobre
estúpida. Por supuesto, cuando descubrió que estaba siendo usada, tuvimos
que matarla… Lo que sucede con las perras molestas, es que pueden
volverse una carga muy pesada…
Se acerca, balanceando sus caderas, sus botas de plataforma resonando
en el suelo. Las veo detenerse al nivel de mis ojos, mi mejilla ha empezado el
suelo con sudor, me sacudo sabiendo que tengo que actuar. Sólo rezo para
no fallar en el intento. Se agacha y el hecho de que me subestime provoca el
nacimiento de un enojo nuevo que se fuerza en mí. Nunca nadie cree que voy
a tomar represalias, soy así de débil a los ojos de los demás.
—Levántate—ordena, apoyando sus manos en sus rodillas, a medias
flexionadas, el arma apuntando abajo.
El pelo le cae alrededor de la cara, dándole un aire más espeluznante. No
dejo que su rostro torcido en esa mueca agria me desconcentre. Me remuevo,
arrugando el gesto por un dolor que apenas siento. Sé lo que parezco ahora
mismo, toda sudada con mi rostro mojado en lágrimas. Debilidad, parezco
una pobre mujer doblegada, pero estoy lejos de sentirme de ese modo en este
mismo instante.
No permito que el llanto de mi hija me desespere.
— ¡Levántate y calla a la pendeja!—me patea el costado para apurarme—
. Es insoportable, me duele la cabeza.
Se frota la frente y uso su guardia baja en mi favor. Me vuelco en mi
espalda, aferrando el atizador, con el impulso del movimiento de mi cuerpo
giro el brazo firmemente y el filo de la punta le corta el rostro. Sandra grita y
cae hacia atrás, llevándose las manos hacia la rasgadura por donde sale un
incontrolable río de sangre. El hierro largo se me zafa de las manos, y lo
ignoro, renunciando a él. Me coloco de pie lo más rápido que puedo,
corriendo hacia ella. O mejor dicho hacia el arma que dejó caer. Parece que
la herida que le infringí es muy profunda, ya que en cuestión de segundos
ella se empapa en sangre, desde la cara, al cuello y el pecho. Sostengo el
arma y le apunto, intentando mantener a raya mi pulso inestable.
Gime y se retuerce, hasta que me mira y se echa a reír.
— ¿Qué?—se esfuerza por levantarse y sentarse en el suelo usando las
manos ensangrentadas, mis ojos se abren perturbados al encontrarse frente
a frente con el corte que cruza su fisonomía. Va desde la mejilla a la nariz, la
piel horrorosamente abierta y deformada—. ¿Vas a dispararme?
No respondo, sigo encarándola con precisión. Decidida. Ella no
demuestra estar consciente de la magnitud de su herida, aunque debe de
dolerle.
— ¿Vos vas a dispararme?—vuelve a preguntar, burlona.
—No—escucho una voz firme a mi espalda—. Ella no va a dispararte…
pero yo sí.
Me volteo, sorprendida, para encontrarme con un par de ojos plateados,
llenos de ira y promesas de venganza. La sed de sangre parpadea en el brillo
de las pupilas de Adela mientras apunta su pistola a la cabeza de Sandra.
Bajo la guardia, mis hombros caen en alivio, lo primero que hago al
reaccionar es correr hasta mi hija que aun llora desconsoladamente. La tomo
en brazos, revisándola enloquecidamente por si está herida, suspiro y
derramo gruesas lágrimas, mi corazón recibiendo un sedante porque está
intacta. La aprieto en mi pecho y le canto con acento tembloroso y bajo, poco
a poco se va tranquilizando con mi calor y mis palabras suaves. Permanezco
en un rincón, alejada del lugar en donde yace Sandra en el suelo.
Sin quitar su impactante mirada plateada de ella, Adela avanza, su
semblante indicando lo enojada y dispuesta a hacer daño que se encuentra
ahora mismo. Sandra no dice nada, solamente mira fijamente cómo se
avecina a ella, el sonido de sus botas como pesadas agujas de reloj marcando
los segundos finales.
—Te metiste con mi familia, perra—le dice Adela, apretando los dientes—
. Y no pienso dejarlo pasar.
Se detiene en el aparador, una fila de botellas de licor en fila permanecen
a la vista, todas sin abrir. Adela toma una y sigue hacia la mujer en el suelo.
—Levántate—ordena, sus párpados entrecerrados con odio—. Levántate,
puta de mierda—le patea las piernas.
Sandra se las arregla para hacerlo, lentamente, la pérdida de sangre la
tiene debilitada y atontada.
—Se siente bien jugar al gato y al ratón con personas más débiles, ¿no es
cierto?—le sonríe, mostrando los dientes blancos—. Se terminó la mierda,
ahora vas a tener que lidiar conmigo.
Para darle poder a su amenaza, alza la botella y en un único y certero
movimiento, tan rápido que casi no se ve, la golpea con fuerza a un costado
de la cabeza, derribándola. Sandra gime en el suelo, su sangre salpicándolo
todo. Cierro los ojos, ahora que mi cuerpo se ha enfriado, la violencia me
pone los pelos de punta. Tiene que ser imposible que su cráneo esté sano
después de eso, el impacto en seco retumbó en la habitación. La mujer se
arrastra por el suelo, intentando alejarse, creando un camino escarlata. Ya
no puedo ver esto. Me deslizo más lejos, desviando mis ojos cuando Adela la
desmaya de una patada, dejándola fuera de juego.
Recién ahí me presta atención, el hielo de sus ojos derritiéndose.
—Fran—ahora parece otra persona, menos ruda— ¿Están bien?
Repasa mi cara con atención, mi pómulo late, así que seguro hay una
gran contusión a la vista.
—Estamos bien—asiento, temblando.
Mis dientes castañean, estuve tan cerca de la muerte. Por segunda vez
en mi vida. Y mi bebé, también. Adela estira el brazo y me sostiene del codo,
dirigiéndome amablemente hasta la cocina, su pistola colgando de su mano
libre. Caigo en la cuenta de que junto a la puerta trasera de la casa hay más
movimiento, distingo a Alex, de pie. Está muy serio, y a medida que avanzo
en su dirección para salir al jardín, me entero de que tiene a un hombre
reducido, apuntándole directo a la cabeza, su bota aplastándolo por el cuello
contra la gramilla, manteniéndolo abajo. Inmóvil. Mi atención cae sobre el
tipo, lo reconozco al instante, no necesito un doble repaso. Es el mismo que
estaba en la cocina de la casa de mi tía Olga. El mismo al que disparé
aquella tarde, para luego escapar y correr hacia Los Leones. Tiene las manos
abiertas a los lados de su cuerpo, su rostro a la vista. Él me observa a través
del hilillo de sangre que baja desde su ceja abierta y los orificios nasales.
Adela se vuelve a meter adentro, para vigilar a la dormida Sandra. Ni loca va
a dejar que se le escape.
En cuestión de minutos se oyen motos acelerando y rugiendo al otro lado
de la calle, y me electrizo al ver a León entrando rápidamente en el patio
donde nos encontramos. Corre hacia nosotros como un toro desesperado.
Atemorizado y enfurecido al mismo tiempo. Lo primero que hace al llegar es
estudiarme y envolverme en sus brazos, se lamenta por mi contusión y le
repito en varias ocasiones que estamos bien. Mis ojos se llenan por la
sensación protección que nos brinda y no quiero que me suelte nunca más.
Necesito que me lleve a casa. Pero aún no lo hace, con cuidado, se separa
para poner toda su vigilancia en el hombre limitado por su colega en el suelo.
—Fue una suerte que nos detuviéramos en la cuadra… Pensamos que
habíamos perdido los papeles y las facturas del bar, y empezamos a revolver
por todos lados—cuenta él, agachándose junto al tipo, soldando la punta de
la pistola a su cabeza—. Nos dimos cuenta de que su coche estaba dando
vueltas alrededor de la manzana, vigilando algo. El instinto nos hizo actuar.
No estábamos equivocados al creer que Francesca podría estar en peligro…
El rostro de León se transforma, y mi corazón late con miedo porque
jamás tuve la oportunidad de ver esta versión de él. Irreconocible. El hombre
intenta removerse y él inclina su gigante cuerpo sobre él. Sin que nadie lo
espere, descubre una navaja de su bolsillo y traspasa su mano con la hoja,
clavándola en el césped. El prisionero grita y Alex entierra su cara contra el
suelo, haciéndole comer gramilla. Probablemente para que no alarme a los
vecinos.
Doy un paso atrás, impresionada.
—No te muevas, mierda olorosa—carraspea bajo, León—. Con los míos
no se jode, vas a pagar esto con creces.
—Es el mismo al que le disparé…—suelto en un impulso—. Él estaba
chantajeándome, era el cómplice de mi tía. Él y Sandra la asesinaron…
Tirito.
— ¿Sandra?—escupe, incrédulo.
—Está adentro—le explica Alex—. Adela la tiene.
León se lleva las manos a la cabeza, suspirando con fuerza. Tiene los
ojos cerrados y lo conozco lo suficiente para estar segura de que se está
culpando a sí mismo por no verlo venir. Pero, obviamente, nadie podría
haberlo hecho. Yo creía que Sandra era una mala mujer, pero nunca se me
ocurrió que su nivel de maldad llegara a este nivel tan despreciable. Y sé que
él estaba en la misma posición.
— ¿Dónde está la SUV?—pregunta León, recuperándose de la sorpresa
desagradable.
—La dejamos unas cuadras más allá, no los queríamos alarmar y
espantar. Vinimos a pie—responde el Perro.
León asiente y susurra algo sobre ir a buscarla para llevarnos a casa.
Alex saca una jeringa de su bolsillo y la destapa con los dientes,
inmediatamente clava la aguja en el cuello del tipo y le inyecta el líquido. Un
par de minutos más tarde queda inconsciente. Así, el Perro se marcha,
desapareciendo hacia el frente de la casa, deduzco que va a buscar el
vehículo. Mientras esperamos, León vuelve a empujarme entre sus brazos,
permanecemos así hasta escuchar el zumbido de la SUV y me dirige hacia
ella. Por el camino nos cruzamos con Santiago y Max, ambos rostros severos,
que se encargan de levantar el cuerpo del hombre y arrastrarlo hasta el baúl.
Ningún vecino nota todo el espectáculo, porque han subido la culata de la
camioneta por el camino de graba junto a la casa, prácticamente metida
dentro del patio.
A continuación, Santiago entra en la casa y sale con Adela, acarreando a
Sandra, que tiene el mismo destino que su compañero. León no mira
directamente a ella, de hecho, se esfuerza en ignorarla. Entiendo cómo se
siente con respecto a esto, y quiero que todo se termine al fin y vuelva a ser
él mismo. Sin dolor o culpabilidad en su corazón.
—La drogamos también, por si el noqueo dura poco—nos cuenta
Santiago—. Tenemos un par de horas hasta que despierten. El Perro y yo nos
quedamos a limpiar la mierda, Max te sigue de cerca hasta el recinto—se
voltea hacia su chica y la despide con un beso corto en el cuello.
Me subo en el asiento del acompañante, Adela en el trasero y León tras el
volante. El silencio en el coche es palpable, me enfoco en el costado de la
ruta, todavía percatándome de los latidos en el costado de mi rostro.
Esperanza está inquieta aun, quejándose en mis brazos, le froto la espalda e
intento tranquilizarla susurrándole al oído. León estira el brazo y toma su
manito en la suya, acariciándola. Después busca la mía y las entrelazamos,
suspiro por su contacto, sintiendo que todo vuelve a encajar en su lugar.
León
No lo puedo creer. Estoy furioso. Y sorprendido, aunque sé que no
debería estarlo. Yo, más que nadie, tendría que haber deducido qué cosas
podría llegar a maquinar Sandra. Hay algo en ella que la lleva siempre por el
peor camino, tan en lo profundo que es difícil de vencer. Esta vez, aunque me
duela en el alma, no puedo perdonarla. No puedo enterrar en el olvido que ha
lastimado a mi mujer, y puso en peligro a Esperanza. ¡Una pequeña e
inocente bebé! Ha jugado de nuevo con las personas que amo, amenazando
con quitármelas. Otra-jodida-vez.
¿Cuál es su maldito problema?
Ahora, yo lo siento muchísimo, por el pasado, por Greg y Laura, pero
esto se terminó. No lograré dejarlo pasar. Es un peligro real para nosotros,
para Francesca y sus hijos, yo quiero darle lo mejor a mi familia. Sandra está
loca, desquiciada. No sé si siempre fue así y lo escondió bien, o todos estos
años ha estado llenándose más y más de maldad. Sí, era problemática,
egoísta y caprichosa, pero de ahí a ser una asesina… Es increíble.
Simplemente me ha descentrado y me siento culpable por no haber protegido
a Francesca como debe ser.
Hemos encerrado a Sandra, aún inconsciente y, mientras vuelve en sí,
voy a encargarme de su compañero. Otra cosa que a todos nos dejó
descolocados fue enterarnos de que es el mismo tipo al que Fran disparó
cuando escapó de la casa de su tía. Y, agregándole a la ecuación, que todo
este tiempo estuvo trabajando con Sandra. Cuando Olga Montana no les
sirvió más se deshicieron de ella, como si fuese un simple juguete. Es por eso
que me estremezco al saber lo cerca que Fran estuvo de terminar en sus
manos, lo lejos que son estos dos son capaces de llegar.
Hace años están metidos en esto él y Sandra, estafando, chantajeando y
secuestrando personas para conseguir buen dinero. Cualquier cosa por unos
billetes. Hasta robarle a sus propios padres y asesinar.
—Tenías alguna idea de lo que significaba meterte con nosotros—le
pregunto, seco.
Su cara es una paleta de colores, hinchada y amoratada. Y eso que no le
he tocado un pelo, Alex fue quien lo golpeó para reducirlo antes de que llegue
a Sandra que contenía a Francesca y Esperanza dentro de la casa. No hace
mucho que despertó, todavía está atontado.
—No es inteligente molestar a un grupo como el nuestro—sigo cuando no
responde—. Lo que les hacemos a quien nos jode no es muy agradable.
Suspira, resignado.
— ¿Qué iban a hacer con ellas?
Traga, y al fin lleva sus ojos a los míos.
—Nos llevaríamos a Francesca y pediríamos un rescate—responde
hablando por primera vez.
Está tranquilo, no parece más afectado, sólo un insistente temblor. Es
lógico, sabe que el final está justo aquí, frente a sus ojos. De él depende que
sea lento y doloroso o súbito. Y también depende de mí humor, el cual se
mantiene a raya, pero no sé por cuánto tiempo.
— ¿Nada más? ¿Así de simple?—quiero saber, entrecerrando los ojos.
— ¿Qué otra cosa podría ser?—explota bruscamente, su cara poniéndose
roja.
Me pongo de pie y doy un paso sobre él, mi puño conecta con el costado
de su cara, su boca rebalsa de sangre. Escupe a un costado, siseando por el
dolor.
— ¿Quiénes carajo son ustedes?—pregunto—. ¿Para quién trabajan?
Tiembla, su vista abajo. Eso me dice que no piensa soltar nada más. A
ver hasta qué punto dura su lealtad.
— ¿Cuántos son además Sandra y vos?—insisto.
Tienen que ser alguna corporación, Fran me contó que el día que
llegaron a la casa de su tía eran dos coches caros, con un total de cinco
hombres, entre ellos este cretino. Gruño y le doy de comer otro de mis puños,
no soy paciente cuando se trata de respuestas. Si tengo más enemigos ahí
afuera tengo que saberlo, para estar preparado.
—Vas a hablar—rujo, perdiéndome poco a poco—. Acá hablan o hablan.
No hay opciones.
— ¿Qué te hace pensar que somos más? ¿Eh?—dice, removiéndose las
ataduras—. Somos solo dos personas, dos delincuentes a los que les gusta
desplumar a la gente rica…
Otro golpe en el mismo lugar, y ese lado de su rostro de vuelve
irreconocible. Los nudillos se me magullan y me gusta la sensación, hacía
tiempo no los usaba. Mis puños son duros, generalmente son mi mejor arma
mano a mano. Me he encargado de que sea así durante años.
—Decime cómo mierda se llama tu agrupación, no soy tonto, hijo de
puta. Sé que ustedes dos solos jamás podrían llegar lejos, ni una sola vez.
Me da una sonrisa de dientes ensangrentados.
—Chu-pa-me-la—escupe el suelo, y me observa por debajo de sus
pestañas sudadas.
Bueno, eso me da escusas para sacar mi as bajo la manga. Ese que
nunca falla, el que provoca terror desmesurado con sólo un único vistazo. Lo
rodeo alejándome, y parto en busca de mis cajas sobre los estantes.
Generalmente no hago esto si logro encontrar respuestas de otro modo, con
golpes y amenazas. Pero ahora estoy apurado, porque después quiero hablar
con Sandra. Y deseo que todo este asunto de mierda sea rápido, y se termine
de una puta vez, porque lo único que necesito como nada es estar con mi
mujer. Y que este par de hijos de puta hayan roto nuestra paz me tiene muy
molesto e impaciente. Consigo lo que busco y vuelvo a mi punto de partida,
hago señas a Max para que aprese la cabeza del tipo y le obligue a abrir la
boca a la fuerza. Lo hace, el otro se revuelve y lucha, pero está atado y Max
es un hombre fuerte. Cuando lo tiene justo como lo quiero, introduzco el
objeto en su boca, presionando. Es grande como para entrar con facilidad, y
puedo escuchar cómo se le aflojan los dientes delanteros. Grita, sus ojos
muy abiertos con pánico.
—Esto es lo que hace la pera—explico, sonriendo—. Lo primero que
produce es angustia, luego dolor. Y lo mejor es que las dos van aumentando
mientras más pase el tiempo. ¿Querés empezar?
No puede hablar, la pieza de tortura le impide articular, y su boca está
tan abierta que lágrimas de ahogamiento empiezan a caer por sus ojos.
Apenas puede pestañear.
— ¿Vas a responder a todo lo que te pregunte?—indago, mis músculos
tensos, por la ansiedad de conseguir lo que quiero—. ¿Vas a ser un buen
tipo?
Respira con agitación, su nuez de Adam subiendo y bajando, sacudida.
Sigue sin replicarme, totalmente negado. Suspiro, exasperado. Yo no voy a
torturar a Sandra para sacarle información, de ella me interesan otros
asuntos, él es la única opción que me queda. Doy una pequeña rosca a la
pera y los ojos se le abren más, un chillido de horror escapándosele. Para
nosotros el movimiento es apenas imperceptible, para él, que lo siente
incrustado en su boca, es demasiado. La presión en su mandíbula debe ser
desesperante. La angustia aumenta generosamente, el dolor sólo una pizca.
— ¿Cambiaste de opinión?
Gimiendo, con el sudor bajando por sus sienes y cuello, asiente. Leo en
su rostro el miedo, y sé que el sentimiento lo lleva a ceder. Es que, la verdad,
no le quedan otras opciones, más que morir después de ser torturado. Y si
puedo evitar usar esta cosa aterradora, mejor. Hasta ahora, no ha habido
oportunidad. Sólo una única vez tuve que refrenarme con insistencia de
hacerlo. Y fue contra Álvaro Echavarría. Realmente quise obligarlo a pasar la
peor y más brutal de las torturas, pero me incliné por la objetividad,
cerrándole las puertas a las emociones impulsivas. No había otra opción
mejor en ese entonces, si es que no queríamos que su muerte cayera sobre
nuestras cabezas. Mejor evitar cualquier sospecha.
Quito el objeto de su boca, aflojando más aun sus dientes que chirrían
contra el hierro mientras lo muevo. Se estremece de dolor, lloriqueando.
Cuando la aterradora cosa está afuera, Max le suelta la cabeza y ésta se le
afloja, el mentón pegándose contra el pecho. Cierra sus ojos, recuperándose,
sangre nueva se filtra por entre sus labios. Sus respiraciones violentas son lo
único que se escucha en el lugar.
—Éramos un grupo de quince, y no mentí cuando conté a qué nos
dedicábamos—dice, me vuelvo a sentar frente a él, la pera en mi mando para
que no la pierda de vista—. Cuando vimos todas esas noticias sobre la
muerte de Echavarría, se nos ocurrió que podíamos venir a rasguñar algo del
dinero que le quedaba a la viuda. Se dijo que estaba en quiebra, pero no lo
creímos, esos hijos de puta siempre tienen dinero. Sabíamos que algo le
debía quedar… ya sabes, lo que ellos consideran poco, para nosotros es
bastante…
Escupe más sangre en el suelo. Estoy haciendo acopio de todas mis
fuerzas para no elevarme sobre él y sacarle la mierda a golpes, para después
usar la pera sin medidas ni límites. Hay que ser la peor mierda del mundo
para venir a joder a una pobre mujer embarazada y arruinada.
—Antes de actuar queríamos tener las cosas bien claras, así que fui el
elegido para seducir a Olga, la tía… Le fui sacando información, poco a poco,
la fui envolviendo, convenciéndola para robar el dinero e irnos del país los
dos… Fui bueno, ella me creyó todo y ni siquiera dudó a favor de su
sobrina…
»Cuando descubrimos que en realidad la viuda no tenía mucho, los
demás perdieron interés y se bajaron, no les interesaban los cinco millones
que supuestamente quedaban, según las cuentas de Olga. Si se los dividían
no era mucho para ninguno, no valía la pena. Entonces Sandra vino a mí con
un plan: podíamos quedarnos y seguir esto los dos solos. Cinco dividido dos,
sonaba muy bien. Así que, eso hicimos… Y al descubrir que Olga había
estado equivocada, que no podía conseguir más de dos millones, estuve
enfurecido…
—Y la mataron…—interrumpí.
—No… antes la sobrina nos descubrió y me disparó. Me salvé por un
pelo. Estuve atascado en el hospital, Olga me hizo pasar por su nuevo novio,
e inventamos una historia sobre un asalto y pasó… Al volver todo a la
normalidad, Sandra la asesinó… ni siquiera lo vi venir, sólo apareció, levantó
el arma y apuntó a la cabeza… Me sorprendí un poco, pero enseguida
tomamos el dinero y rajamos…
—No rajaron, se quedaron en el pueblo—le corrijo, rotundo.
Asiente, no muy convencido.
—Quiso quedarse, insistió tanto que acepté. No supe qué tenía en mente,
estuvimos viéndonos poco por un tiempo, se quedó en la casa de sus padres
y yo me fui a la ciudad… Entonces, de un día para el otro, me llamó diciendo
que tenía un nuevo asunto, que podíamos sacar bastante dinero… y eso me
trae aquí y ahora…
Me paseo de acá para allá, retirando el pelo que cae en mi cara.
—Así que Sandra fue la de la idea…—carraspeo amargamente—. ¿Qué
quería hacer con Francesca?
Él no duda antes de seguir.
—Juro que no lo sé, sólo me interesaba la plata que prometió—asegura—
. Pero estaba muy ensañada con esto, desesperaba. Se parecía más a un
deseo muy personal, me di cuenta que esto no era solo por plata…
—Había algo más, otras intensiones—agrego, y él concuerda.
Me estremezco, intento no meter terribles teorías en mi cabeza,
Francesca y Esperanza están a salvo. Esto no fue más lejos, y todo gracias a
la intuición de Alex y Adela. No es ni productivo ni saludable pensar en
cualquiera de los destinos que podrían haber sucedido. Ya son improbables,
ninguno de ellos tiene lugar ya.
Camino hacia Max, y le susurro.
—Que te diga los nombres completos de los otros integrantes de la
banda, anótalos… Cuando acabe con Sandra voy a comprobarlos, necesito
estar prevenido por cualquier cosa, aunque me da la impresión de que son
inofensivos, no creo que tengan nada contra nosotros… Pero, nunca se sabe.
—Correcto, mejor prevenirnos—acepta, acatando mis órdenes.
—Mantenlo vigilado, si crea problemas, me llamas de inmediato. Una vez
que todo esté hecho, voy a decidir si lo mato o no…—me freno y miro al
prisionero—. Supongo que no me queda otra opción que hacerlo, no es
alguien confiable…
Está de acuerdo y me deja ir. Decidido, salgo del galpón y me dirijo con
pasos pesados y firmes hacia el taller, tengo que enfrentar a Sandra. Que me
explique sus motivos, necesito entender por qué hay tanta mierda dentro de
ella. Llamé a Greg, él merece saber todo, y además, estoy seguro de que
también desea explicaciones. Esto va a ser duro, tanto para él como para mí.
Ellos también son mi familia, fueron un gran sustento cuando me quedé sólo
sin mis padres, incluso cuando Sandra me lo dio y quitó todo en el corto
lapso de dos años. Y ahora nos toca enfrentar esto, mirarla a la cara y sacar
sus confesiones. Me lleno de coraje y prospero, no me detengo ni siquiera a
tomar un respiro. Quiero que sea rápido, puntual, así podemos volver a la
normalidad. No me sirve de nada negarlo, me duele tener que hacer esta
porquería, ella fue la madre de mi hijo, para bien o para mal.
Y temo descubrir más mal en ella del que ya he visto.
Greg ya está en la puerta, esperándome. Su semblante lo dice todo, no
necesito indagar profundo para saber que está destrozado. Y eso que todavía
no hablamos con su hija, ni siquiera hemos empezado. Le palmeo el hombro
y lo dirijo adentro, despacio. Apenas puede trasladarse con sus muletas, pero
ni loco permanecería lejos de esto, él lo necesita al igual que yo. Por eso
precisamente le avisé sobre el asunto. Abrimos el portón, éste emite un
chirrido agudo que estremece mis tímpanos.
No hace falta mover la vista para buscarla, allí está, ahí mismo. En
medio de todo. Amarrada a su silla, el pelo cayendo a los lados de su rostro
desfigurado, sangre seca manchando su piel pálida. Está sudada,
seguramente por el dolor que le provoca la herida y la sangre derramada. Sus
ojos enseguida conectan con los míos, me reconocen aunque parezcan
perdidos. Adela, fija en un rincón, está mirándola duramente con sus ojos
plateados. Quiere venganza, está esperando por ella, cruzada de brazos y
apoyada contra la pared. La promesa es firme, contundente. Todos en la
habitación lo entendemos. No la echo, decido que puede quedarse, no hay
nada que ocultar a estas alturas.
Greg traga, su cuerpo tambaleante. Le consigo una silla, y acepta
sentarse, sabe que de otra forma no podrá sortear la situación.
—Hija… hija—susurra, un nudo de tristeza transformando sus
palabras—. ¿Qué has hecho?
Sandra lo mira de reojo, por debajo de sus pestañas, no hay nada en
expresión fría. Ilegible.
—No te das una idea del dolor que les has causado a tus padres,
Sandra—le suelto, mi tono endurecido.
El conjunto de esmeraldas huecas se traslada confusamente hacia mí,
mi corazón da un salto al conectar mi mirada con ellas. No hay nada allí,
nada. Por lo menos antes había ira y descontrol, y eso era mejor que esto.
No hay alma.
—Lo siento, papá—escupe, sus labios resecos—. Yo sé que siempre
quisiste que mamá pariera algo mejor…
Greg niega apretando sus párpados con lamento.
—No—la corrige—. Siempre te he amado con toda mi alma…
—Pero ahora la cagué, ¿no es cierto?—le persigue ella, frunciendo la
boca en una mueca cruel.
—No puedo negar que me defraudaste, Sandra—le dice, derrotado—. Te
he dado todo, he hecho todo mi esfuerzo por ustedes, por la familia… No
entiendo cómo llegaste a esto…
— ¡MEEEN-TI-RO-SO!—canturrea ella, haciéndonos saltar, totalmente
desprevenidos—. Mentiroso hijo de puta.
El hombre se sacude, todo su cuerpo inestable.
—Siempre deseaste que fuera varón—se sacude en la silla, hiriéndolo
con sus palabras—. ¡Siempre quisiste cambiarme por él!—me señala con el
mentón, bruscamente—. ¡Siempre lo preferiste sobre mí!
Lucha en la silla, gritando como un animal enfurecido, retorciendo sus
ataduras. Greg barre la mirada, bajándola al suelo, culpable y afectado.
Frunzo el ceño, por dentro siento un potente pinchazo al ver todo el rencor
que consume a Sandra.
—Eso no es cierto—susurra el hombre a mi lado—. No es verdad.
— ¡Todos ustedes me arruinaron!—nos acusa—. Nunca pensaron en mí,
en lo que yo sentía… Me culparon, en sus cabezas me acusaron de matar a
mi bebé a propósito…
Mis ojos se humedecen y esta vez soy yo quien acaba por descender la
mirada a mis pies, pestañeando para despejarme. Meto un lento respiro por
mi nariz, intentando apaciguar mis latidos. Sandra llora, derrama gruesas
lágrimas a la par que su padre, pero las de él son de dolor y tristeza, las de
ella son de aborrecimiento.
—Pero está bien, es verdad, yo me subí al maldito auto y me divertí con
la idea de una carrera. Soy culpable—se resigna—. Ustedes dos pueden
seguir siendo el par perfecto, padre e hijo, no me importa. Apestan, los odio…
Y ojalá hubiese sido yo aquel día, así hoy no estaría viendo sus repugnantes
caras…
—Ya, Sandra—intento frenarla—. Para un poco.
Me fulmina, algo muy, muy maligno cruzando su rostro.
—Deja de jugar al ángel bueno, León—me dice con rudeza—. También es
tu culpa. Pedro se murió por tu culpa también…
Se me escapa el aire de golpe, como si ella misma hubiese caminado
hasta mí y enterrado su bota de tacón en la boca de mi estómago. Me mareo
por unos segundos, el dolor quemándome por dentro.
— ¿Se sintió bien?—agrega—. ¿Echarnos de tu vida? Se sintió bien que
el último lazo que nos unía se muriera, ¿no?
—Cállate—siseo, sin fuerzas.
—Confesalo, León—insiste, saliva saltando de sus labios, ensañada como
un perro rabioso—. Te alegraste de que se muriera, porque ya no tendrías
que lidiar con la perra que te jodía la vida…
— ¡Ca-lla-te!—aúllo perdiendo el enfoque.
Me anticipo hacia ella, su risa amarga dañando mis oídos, mis pasos
retumbando entre las cuatro paredes. Estoy respirando con más violencia,
mi pecho expandiéndose hasta casi reventar. Flexiono mis puños a causa de
las ansias de provocar daño circulando a través de mí. Adela me intercepta,
empujándome hacia atrás, frenando mi impulso.
—No, León—susurra, formando puños en mi camisa, sólo yo la oigo—.
No hagas nada que después lamentes…
Me ablando, tiene razón, tiene toda la maldita razón. Ya la agredí una vez
y nunca pude limpiar la culpa, no puedo volver a hacerlo. Yo no soy así.
Permanezco quieto como una estatua, volviendo en mí, aunque siento que
puedo caer al suelo y enroscarme en una gran bola de mierda. La tortura de
tener que revivir aquella noche en la que perdí a mi bebé me deshace como
ácido bañándome de pies a cabeza.
—Estás enferma, hija—lloriquea Greg, sin energías—. Te has ido hace
tiempo…
—Yo te amaba, León… aun te amo—sigue Sandra, afilando sus cuchillas
verbales—. Y te quería para mí sola, pero tenía que compartirte con él, con
tus mugrosos, con Pedro… ¡con todo el puto mundo! Nunca tuviste tiempo
para mí…
Está loca, realmente loca. Acaba de decir que me odia hace un minuto.
—Estás demente—gruño, frotándome los ojos.
Se ríe áspera, y asiente.
—Lo estoy y ya pueden meterme una bala en los sesos—avisa,
entrecerrando sus pestañas húmedas—. Ya estoy lista, no me importa más
nada. Pero antes… antes tenés que saber la verdad…
—No—le digo, agotado—. No necesito saber más nada… Sólo quiero que
me digas que ibas a hacer con Francesca…
Se encoge de hombros, restando importancia.
—Solamente quería algo de dinero—sonríe de lado, espeluznante—.
Necesitaba efectivo…
—Conseguiste dinero chantajeándola—aprieto mi mandíbula,
exasperado.
Alza una ceja.
—Me lo gasté, quería más. Me pareció divertido darle otro susto a la
arrastrada—suspira, Adela se tensa, muy cerca de ella, vigilándola como un
halcón—. Sabes que te usa, ¿no? Necesita un papá para sus bonitos bebés, y
sabe que sos perfecto para eso, te estás poniendo viejo… melancólico… Sos
fácil de cazar, ¿nadie te lo dijo nunca?
Clavo mi mirada en ella, diciéndole todo sólo con ese único movimiento.
Con mis dientes apretados, no puedo evitar lanzar una bomba en su
dirección para defendernos a mí y a la mujer que amo. A mi familia.
—Yo sé que no—digo, agrio—. No es así, confío en ella…Y la amo.
Estoy siendo vengativo, incisivo, atroz. Todo lo que no suelo ser casi
nunca, y menos con una mujer. Pero, que Dios me ayude, necesitaba dejarlo
ir. Dañarla de algún modo. Y me apacigua una décima el brillo de molestia
que cruza sus pupilas anchas e inhumanas. Aspira oxígeno con fuerza,
obligándolo en su sistema a través de sus fosas nasales hinchadas, encaja
los dientes con salvajismo.
—Bueno—dice, tranquila—. De alguna forma tenés que reemplazar a tu
hijo muerto, ¿no?
—SANDRA—brinca Greg, cansado y agitado por su perversidad.
Esta vez estoy hermético, no le permito llegarme al centro y causarme
más dolor.
—Pero ahora, déjame decirte la verdad…—esconde el mentón,
mirándome fijamente por entre sus pestañas, entrecerrando sus párpados
con sentencia—. Pedro no era tuyo.
Dejo salir una seca y hastiada carcajada, negando con la cabeza, ya no
se le ocurre más nada para dañarme. Vuelve a recurrir a la misma mierda de
siempre para doblegarme.
—No era tu hijo, León—empuja, muestra los dientes dispuesta a
machacarme—. Era tu hermano.
19
León
Por unos segundos no reacciono, el silencio en el galpón es palpable.
Greg se ha puesto de pie y se agarra tensamente del respaldo de la silla.
Estaco mi atención en Sandra, sin realmente creer lo que está diciendo. “No”,
me digo por dentro, “no puede ser verdad esta mierda”.
—Mentira—carraspeo, seco—. No te creo una mierda.
Me paseo de un lado a otro, tirándome del pelo, afectado. Me duele el
estómago y noto como si el mundo se hubiese sentado encima de mis
costillas, impidiéndome llenar de aire mis pulmones.
—Él estaba perdido—sigue ella ignorando el nivel de desesperación que
hace eco en la habitación—. Necesitaba alivio, y yo se lo di.
Se ríe, enfermiza. Me carcome el interior mirarla a la cara, me hace
sentir indispuesto, a punto de desmayarme en el suelo. Adela la rodea,
ojeándola con ansias de destrozarla, y ansío poder darle la maldita orden.
Quiero desmembrarla ahora, he perdido cualquier mínimo de lastima y
cautela por ella. Ya no me importa quién es o qué papel haya tenido en mi
pasado, u cuánto le importe a la gente que aprecio, no quiero volver a verla
nunca más. Arruinó mi vida. Greg está inmóvil, apenas respirando, el shock
vaciando el color de su rostro. Acaba de envejecer diez años con el impacto.
—Me lo crucé un día, estaba deshecho en lágrimas—cuenta ella,
transformando sus expresiones de un segundo a otro, como una loca
desquiciada—. Le dije que no podía seguir así. ¡Vamos! Habían pasado años,
carajo. Ya era hora de olvidar a la perra. ¿Qué tenía? ¿Una vagina de oro?
—No hables así de mi madre, puta de mierda—escupo, ya no hay filtro
que me frene.
Adela, exasperada, sin ya poder aguantarse, se detiene frente a ella y
cruza su rostro herido con un derechazo que la suspende, grogui, gimiendo y
colgando de su sitio. Pero es poco para que la víbora deje de sisear con la
lengua.
—Le regalé un poco de coca—dice, y con eso me doblo sobre mí mismo,
apoyando mis manos en las rodillas, el suelo de repente empieza a girar a mi
alrededor, puntos negros nublando mi enfoque—. No me culpes. Todos ven lo
malo de eso. Pero yo le di lo que necesitaba, él lo estaba pidiendo con
desesperación. Yo lo ayudé a salir del pozo, deberías agradecerme.
—No, no lo ayudaste—la corrijo, ahogado—. Acabaste de hundirlo.
Se tensa, su mirada viene acompañada de dagas que se entierran en
medio de mi pecho.
— ¡ESO es lo que él quería!—refuta a gritos—. ¿Acaso nadie se da
cuenta? Fui la única que lo entendió, que leyó en lo profundo, yo supe lo que
necesitaba. ALIVIO. Quería caer de una vez, quería irse. Yo lo ayudé.
—Deja de decir esa mierda, Sandra—me acerco, aun manteniéndome a
distancia—. ¡Carajo!—estallo mi puño contra pared más cercana, mis huesos
resuenan, no hay dolor aparte del que me carcome en el fondo—. No mereces
nada de lo que la vida te dio.
Me sonríe, esta vez se ve como si se compadeciera de mí. Usa y desusa
máscaras como una experta, ella sabe actuar, sólo que acá ya no engaña a
nadie. Ya ha mostrado la clase de demonio que es y las desalmadas tácticas
a las que recurre para ganar el juego.
—Estuve allí porque su hijo lo abandonó—siguió apuntándome a la
yugular, escurriendo mi dolor y bañándose en él—. Yo le di el consuelo que
necesitaba…
— ¡DROGA! Le diste droga a un adicto recuperado, ¡perra enferma!—
aúllo, moribundo.
Sé que reaccionando así le estoy dando lo que quiere, malditamente lo
sé. Sin embargo, no puedo parar, cada órgano interno estallando hacia fuera.
Me tiene dando vueltas en círculos, arruinado en un espiral que se aprieta y
me pincha la piel como un jodido alambre de púas.
—Lo sé—dice, en voz baja, su tono letal—.Y ya está, no se puede cambiar
el pasado, ¿no? Mejor pregúntame cómo engendramos a tu hermanito…
La térmica salta, toda mi locura chicaneada en lo profundo de mí llega a
su punto máximo, levanta la cabeza buscando violencia en el
enfrentamiento.
— ¡TE-VOY-A-MATAR!—corro en su dirección, esta vez mis garras bien
afiladas y no voy a retractarme al final.
De-ninguna-maldita-manera.
Adela se mete en mi camino y colisiona con mi potencia, gruñe cuando
termina desplomada en el suelo, derribada con hosquedad. Pero se acomoda
y levanta para luchar conmigo. Su energía no es suficiente para aplacarme,
acaba a un lado sin problemas. Mis manos se cierran en el cuello blanco y
delgado de Sandra, lo estrujo con mis dedos como acero y ella se sofoca,
atragantándose. Su rostro es teñido de rojo intenso en sólo segundos, los
ojos verdes saltando de sus órbitas con una invasión de ramificaciones como
telarañas escarlatas caminando hacia sus irises. Adela grita por ayuda,
pellizcando cualquier parte de mí que alcanza para desprenderme de la
miserable perra que quiero quebrar con mi impulso.
Brazos fuertes se tienden sobre mí, lanzándome hacia atrás y
arrebatándomela de las manos. Forcejeo, mis rugidos rompiendo los oídos de
todos, retumbando en el agujero. Plantan mi espalda en el suelo en un
sonido seco, me retienen entre tres. Godoy me da un puñetazo y espabilo con
sus ojos medianoche fijos en los míos, diciendo un millón de palabras con
sólo una mirada. Voy a arrepentirme si sigo, lo haré, no importa la sed de
sangre que ahora me corroe. Necesito alejarme de este lugar.
Las respiraciones violentas de Sandra llegan a mis oídos, no puedo verla,
pero escucharle me hiela.
—Si te sirve de consuelo—dice, su voz quebradiza y ronca, débil pero aún
dispuesta a romperme de forma irremediable—. Fue sólo una vez, el día
antes de su muerte. Tómalo como un regalo de despedida de su parte, antes
de irse al infierno…
Intento levantarme, brusco, llevándome a todos por delante. En medio de
la reacción, golpeo a quienes me rodean, derribo a alguien, no sé quién. Oigo
mis gritos de combate, mi garganta quejándose porque no estoy obteniendo
lo que deseo inmediatamente. Soy grande y he perdido la cordura, no pueden
frenarme, no importa cuántos hijos de puta vengan a por mí. Estoy
convirtiéndome en un desalmado, perdiendo mi control y mis principios
como nunca antes imaginé que haría. Me dan la vuelta, boca abajo, con mis
manos pegadas a la espalda. Hay una ronda de hermanos rodeándome,
diciéndome palabras de aliento para que me tranquilice. Que yo no soy de
este modo, éste no es el líder que ellos conocen.
— ¿León?—se filtra una débil y dulce voz entre todo el jaleo.
Y es suficiente para calmarme una décima. Los cuerpos encima de mí se
despejan un poco, sin aflojar el correcto control de la fuerza. Me ablando,
cuando aparece el rostro de Francesca en mi campo de visión, por delante de
la luz, que forma un halo a su espalda. En ese momento la relaciono con un
ángel. Mi ángel. Sólo mío. El único que tiene el poder de salvarme. Hay
lágrimas en las puertas de sus párpados, mojando sus pestañas.
—Estoy bien—le digo a todos—. Estoy bien.
— ¿Amor?—llama ella de nuevo, viniendo hasta donde estoy—. Todo está
bien, cariño. Ya pasó—quita el pelo de mi cara—. Todo va a mejorar, estoy
acá. Tu familia está acá. Saldremos adelante—susurra.
—Sí, lo sé—respondo, mi tono aguado, espeso.
Entonces advierto un leve pinchazo al costado de mi cuello.
—Lo sentimos, jefe—susurra Alex a mi espalda—. Todo estará mejor
cuando despierte…
—Sí—concuerda Francesca.
Entonces me voy.
Francesca
León se remueve sobre la cama, su cabeza apoyada en mi regazo. Le
peino el cabello fuera del rostro, viendo como sus pestañas repiquetean
alejándolo fuera del sueño inducido. Disimuladamente, antes de que esté
consciente del todo, me limpio las lágrimas que no he parado de despedir
desde que lo encontré en aquel estado tan descontrolado y expuesto. No
quiero que me vea llorar.
Nunca nadie lo había visto así, todos estaban asustados y conmovidos.
Por fuera explotaba como un guerrero enfurecido, con todas sus fuerzas
canalizadas en un solo objetivo: hacer daño. Verdadero daño. Pero, por
dentro, yo lo vi bien, las ventanas de sus ojos me permitieron llegar allí, y no
encontré nada más que vulnerabilidad. La furia la camuflaba con maestría. Y
comprendí a la perfección lo que él sentía. En realidad, se estaba rompiendo
en millones y diminutos trozos. Y yo más que nadie entiendo lo que ello
significa: tendrá de reconstruirse a sí mismo desde los cimientos.
Sin embargo, aquí estoy, tal como él lo hizo por mí. Lo sacaré adelante,
porque juntos nos potenciamos, nos fortalecemos. Ni mi pasado, ni el suyo,
ni Sandra nos derrumbaran. Imposible. Nuestro amor es la cura para el
dolor que quiebra paredes en nuestro ser.
—Hola—susurro, enlazando mis ojos en los suyos.
Está confundido aún, levitando por encima de la realidad. Su estado era
tan demoledor que tuvieron que sedarlo, no iban a poder retener por mucho
tiempo su nivel de violencia. Entierro el recuerdo, es mejor que no me vea
estresada y triste, ya demasiado tiene con lo que lidiar.
—Está todo bien, mi amor—sigo, pasando las yemas de mis dedos por
sus párpados, frente y pómulos—. Te amo con mi vida. Lo superaremos
juntos.
Sus pestañas repiquetean y por ellas se filtra una única y gruesa lágrima
que se arrastra hasta su sien, la atrapo antes de que se extravíe entre el
nacimiento de su pelo rubio oscuro. No dice nada por un largo período de
tiempo, todavía incapacitado por las drogas, pero alcanzo a distinguir el
destello de sus recuerdos regresando, junto con la verdadera y pura
conciencia. Me inclino y lo beso entre las pobladas cejas, rosándolo con la
punta de mi nariz, aspirando su aroma. Aprieta sus párpados dándose el
permiso de apreciar mi blando contacto.
—Ella…—comienza.
—Shhh—lo aplaco, llevando mi mano por lo ancho de su pecho tenso.
Toma un profundo respiro, pone en movimiento su mano para atrapar la
mía, entrelazo nuestros dedos y le transmito mi calor, mi apoyo. Mi amor. Mi
vida entera. Ahora mismo lo daría todo para que vuelvan a él aquellas
amplias sonrisas y el constante brillo en los ojos que lo caracterizaba. Todo
porque él elegía vivir con felicidad, sin importar nada más. Y ahora han
querido quitársela. Traeré de vuelta esa original versión de él, enterraré esta.
Nos lo juro en mi interior a los dos.
—Pedro no es mío—murmura, débil, apenas parece su voz.
Pego mis labios en su frente, no me pierdo el hecho de que su frase
acaba de ser dicha en presente. Así que ella le dijo que Pedro no era su hijo
al fin y al cabo. No podría imaginar ni aunque quisiera la clase de
padecimiento que León está pasando justo ahora.
—Sí, sí es tuyo—le corrijo—. Siempre lo será. Fuiste el papá que todo
niño debería tener. Es tuyo, cariño. Es tu bebé. No importa la sangre que le
haya dado vida, sino la mirada en tus ojos cuando lo veías. Y lo miraste con
el amor profundo de un padre.
En una pesada respiración despega su espalda del colchón y su cabeza
sale de mis piernas, y se sienta con sus hombros caídos en el borde de la
cama mirando el suelo. Me parte el alma en pedazos ver toda su vitalidad
reducida a este estado tan apaciguado. Todo dentro de mí exige el retorno de
su luz.
—No quiero volver a verla—carraspea, tembloroso mitad rabia mitad
agotamiento.
Me arrodillo y me pego a él, mi pecho en su espalda, mi brazo rodeando
su cuello por delante. Eleva su mano y encuentra mi muñeca para aferrarse,
su agarre es frío y firme, como si me necesitara con urgencia.
—Eso ya no es problema…—le aseguro junto al oído.
No apruebo la violencia, yo la viví en carne propia, y lo mejor para mí es
no tener nada que ver con ella. Pero después de lo que esa horrible mujer
hizo, no me importa afirmar que está teniendo lo que merece, en manos de
Adela. Es claro, porque ninguno de los hombres de este clan se sentiría bien
dándole su merecido a una mujer. No importa lo mala que sea, el daño que
haya hecho, ellos nunca lo harían. Por eso aplacaron a León, porque sabían
que si él se salía con la suya y le infringía daño, jamás se lo perdonaría a sí
mismo. Además, Greg estaba allí, presenciando todo. Y, ahora que llego a él
en mis pensamientos, sé que necesito darle la noticia a León. Algo más por lo
cual sufrir, pero no podría escondérselo.
— ¿León?—le froto el pecho, moviéndome para sentarme a su lado,
soldada a su costado—. Tengo que decirte algo…
Sus ojos vacíos se llenan de inmediato con preocupación.
— ¿Qué?—se agita.
Me muerdo el interior de las mejillas, deseando que esta tormenta pase
rápido. Necesitamos estabilidad nuevamente, todos.
—Es Greg—musito, despacio. León se atiesa, deteniendo el aliento—. Él
colapsó mientras los chicos intentaban acarrearte a la cabaña—le cuento, le
tomo el rostro firmemente, manteniendo su enfoque en el mío, la
desesperación tomando más impulso en su interior—. Él está bien,
cariño…—le aseguro, insistiendo varias veces en el hecho—. Está fuera de
peligro, pero tuvo un infarto… el disgusto fue grande.
León chasquea los dientes al mismo tiempo que sus párpados encajan
juntos, la respiración se le acelera y con mi tacto hago todo mi esfuerzo para
que se mantenga quieto, tranquilo.
—Está en el hospital del pueblo, ya despertó, Laura llamó para avisar,
hace una hora—sigo, y se va ablandando gradualmente—. Se encuentra
estable, gracias a Dios.
— ¿Cuánto dormí?—pregunta.
—Casi tres horas…
Suspira y se frota los ojos, exhausto por toda esta situación.
—No puedo creer que toda esta mierda esté pasando—dice, cabizbajo con
la voz apretada. Toma mi mano entre las suyas y permanecemos quietos—.
Todo se fue al carajo en un abrir y cerrar de ojos. Es todo tan… irreal.
—Lo sé—le recorro el cuello con los dedos, suavemente y él cierra sus
ojos, apreciándolo—. Pero ya se termina… Yo sé que te hizo mucho daño, sea
lo que sea que te haya dicho… lo superaremos juntos…
Él eleva sus ojos y encuentra los míos, hay esperanza en mi mirada y
noto el momento exacto en el que se percata de ella, entonces sus irises
brillan, contagiándose.
—Sí, lo sé—se inclina y me besa la comisura de los labios, sólo un
mínimo roce, pero nos revive a los dos. El sentimiento que hay entre nosotros
es inmenso, y suficiente—. Todo mejorará, siempre y cuando te tenga
conmigo…
Sonrío, llorosa.
—Para siempre—susurro entrecortadamente.
Entonces me besa en respuesta, nuestros labios amoldándose,
fusionándose de la manera más increíble. Nos reanima el contacto, funciona
como una leve anestesia al dolor, y por un momento no hay sobras extras
sobre nuestras cabezas. Esto me recuerda a cierta canción que cantó para mí
en una ocasión, no recuerdo su nombre, pero sí un pequeño fragmento.
Unas pocas palabras, que ahora mismo parecen funcionar como un mensaje,
una insignia en cual creer.
“Ahí donde la vida duele, curan los ojos del amor”.
—Vayamos a ver a Greg—pide cuando nos despegamos.
Asiento, y lo sigo a través de la casa amarrada a su mano.
Salimos del hospital, aun afligidos pero más tranquilos por la mejoría de
Greg. Tenemos que estar agradecidos de que sólo haya sido un susto y no
pasara a mayores. Aunque el dolor es palpable y será potente por un tiempo,
porque Sandra los dejó desmembrados. Ambos estuvieron de acuerdo, a
escondidas de Laura, en dejar todo como está, no revolver más en el tema. El
hombre no quiere que su esposa pase por lo mismo, mejor mantener el
secreto. Yo no dije nada, no era mi papel el de opinar, pero por dentro estuve
de acuerdo. Mejor obviar los detalles, porque al fin y al cabo, será suficiente
con el verdadero gran golpe de la noticia de la muerte de su hija. Porque,
aunque no haya nada confirmado, yo no soy tonta. Sandra no va a pasar este
día, Adela o quien sea, se encargará de ello.
Dos horas después, salimos de la habitación y recorremos los pasillos de
la instalación tomados de la mano y en silencio. León no me ha soltado desde
que despertó, y me siento perfectamente ajustada al ser su pie de apoyo en
esto. Nos necesitamos mutuamente, ambos estamos conectados con un rigor
inquebrantable. Su sufrimiento es mi sufrimiento. Subimos en la SUV y nos
vamos del estacionamiento. Mientras ajusto mi cinturón miro a León
conducir fuera, con fijeza. Está tan serio, tan apagado, y es la primera vez
desde que lo conozco que soy testigo de ese estado. Y sé que no hace mucho
tiempo que estamos juntos, pero sé quién es, cómo es, por eso me destroza el
corazón verlo así.
— ¿Podemos hacer una parada en un lugar antes de volver?—pregunta,
girando su rostro inexpresivo hacia mí.
Asiento sin dudar, lo que sea que necesite.
Dejé a los niños con Max y Lucre, probablemente se turnaran para
cuidarlos con algunos de los chicos mientras estamos afuera, me conforta
saber que tenemos esa clase de apoyo incondicional. En este momento tan
crítico nos hace falta más que nunca. León elige un camino de tierra que
lleva a las afueras del pueblo, lo recorremos por unos diez minutos antes de
ver, en la lejanía, las rejas negras de entrada al cementerio. Mi nariz
comienza a picar repentinamente, me preparo en lo emocional para afrontar
esto, porque ahora ha llegado mi momento de ser la fuente de fuerza para los
dos. El camión se frena a un lado y nos apeamos al mismo tiempo. Camino,
poniéndome a la par de los pasos largos y lentos de León, enganchando mis
brazos en el suyo, colgando a su costado.
Mis ojos se elevan a los suyos y recibo una media sonrisa de gratitud y
pesadumbre.
Paseamos apagados, alrededor de los caminos marcados en las filas de
las tumbas, mi vista por delante y en el suelo porque intento que este lugar
no me afecte. Sorpresivamente, nos detenemos y volteamos de frente a las
lápidas. Son cuatro. Trago apretadamente al leer el nombre de Pedro en la
última. Después repaso el resto, leyendo atentamente. Los padres de León
están en el medio, y en el otro extremo me encuentro con otra que nunca
esperé.
—Antes de que yo naciera, mis padres tuvieron otro bebé—cuenta,
mirando fijamente las cuatro placas de mármol blanco—. Murió a las dos
horas de vida, el embarazo de mamá fue difícil y tuvieron que interrumpirlo
antes de tiempo, hubo complicaciones y Julián no lo consiguió…
Aprieto los dientes con fuerza, pero es imposible no derramar lágrimas.
—Después de eso lo volvieron a intentar, una y otra vez—sigue,
suspirando—. Todos terminaron en aborto antes de llegar siquiera a los
cuatro meses de gestación. No les quedaban más esperanzas. Entonces,
sorpresivamente, llegué yo—sonríe casi imperceptible, perdido en el pesado—
. Fue otro embarazo complicado, incluso peor que el primero, ellos lo vivieron
como una pesadilla, el miedo de perder otro hijo los paralizaba, no se
animaban a sonreír ni a disfrutar del avance de los meses, fue duro… Más de
lo que yo o cualquiera puede imaginar.
» Cuando la vida te golpea tantas veces, no te permitís sostener la fe por
más tiempo, simplemente te volvés cauteloso… Logré sortear los ocho meses
y también tuve que nacer antes de tiempo, pero superé todas las trabas. De
ahí viene mi nombre, ellos me llamaron León por mi fortaleza, porque luché
por vivir y superé las dificultades. Salí vencedor… será porque yo tuve la
esperanza que ellos habían perdido, y al nacer, se las devolví. ¿Pero sabes
qué creo? No fui yo el fuerte, fueron ellos. Y el amor que sentían a pesar de
todo. Fui el regalo que Dios les dio después de tanto sufrimiento. Y agradezco
haber tenido esos padres.
»Por todo esto y por muchos otros motivos fui feliz cuando Sandra me
dijo que estaba embarazada. Un bebé nunca debe traer las sensaciones de
molestia, infortunio y duda. Sí de inseguridad y miedos, porque eso es
normal. Me acordé de la lucha de mis padres por traer un hijo al mundo, y
cómo mi llegada los había iluminado. ¿Cómo podía enojarme porque iba a ser
padre? Yo había perdido el mío tan poco tiempo atrás, y fue un obsequio
precioso recibir la noticia. No me importó mi inestabilidad financiera, mi
juventud, mi inmadurez. Desde ese momento empecé a planear mi vida para
darle lo mejor a mi hijo, nada más me gobernó fuera de eso. Me armé girando
alrededor de las circunstancias.
Camina, yendo más hacia la izquierda, y allí, al final se estanca entre la
tumba de su padre y Pedro. Lo sigo de cerca, siempre permaneciendo a su
lado, sosteniendo su mano, entrelazando nuestros dedos. El viento azota mi
cabello y algunas hebras se pegan en la humedad de las mejillas.
—No lo puedo culpar—susurra observando la placa de su padre. La voz
le tiembla y se frota los ojos con los dedos—. No puedo odiarlo.
Cierro los ojos, gruesas gotas filtrándose y cayendo por mis mejillas. Mi
corazón se sacude en su rincón, palpitando como si el de León le enviara sus
aflicciones a través de un oscuro canal, la conexión derribándome. No sé qué
pudo haber pasado entre Sandra y su padre aquella vez, seguramente nunca
nadie lo sabrá además de ellos. No hay explicaciones que vayan a salir a la
luz ahora. Lo que me parte el alma en pedazos es ver lo que esto le hace a
este hombre fuerte y noble. No merece pasar por algo así. Le provoca un
daño colosal, y por eso siento resentimiento hacia ellos. En especial por
Sandra, porque ella era la pura maldad personalizada.
León se repone, y aspira profundamente por la nariz para continuar.
—Tampoco lo puedo juzgar, no me sale de adentro hacer eso. No sé bien
lo que pasó, cómo fueron las cosas. Sandra y yo no éramos pareja. Yo me fui
de su casa, lo dejé solo, aun sabiendo que estaba depresivo. ¿Cómo podría
sentarme acá y odiarlo?—grita la pregunta, como si esperara que alguien
además de nosotros lo escuche—. Es fácil ofenderme y entrar en el juego del
resentimiento. Y siento que no puedo perder tiempo con eso, no quiero
envenenarme así. Tengo opciones más productivas para elegir vivir.
»Él me dio todo, hizo lo que pudo. Su vida no fue fácil, y ¿yo? Yo le falté a
la promesa de mamá, me pidió que lo cuidara y lo hice sólo por un tiempo…
No sé en qué instante mi vida comenzó a girar hacia otras direcciones. Pero
ya está, lo hecho está hecho. A partir de ahora mismo dejo ir el pasado, lo
dejo atrás por fuerte elección. Porque elijo la felicidad, como bien me aconsejó
mamá. No me sirve esto, ¿para qué? ¿Para qué, si es un callejón sin salida?
No va a ningún lado. No tengo a papá en frente para pedir aunque sea una
pobre explicación.
Se dobla sobre sí mismo, respirando con dificultad y me inclino como
reflejo para frotarle la espalda. Me dejo caer con él cuando se sustenta
clavando sus rodillas en el césped.
—No me importa ser un blando—murmura, perdiendo energías—. Lo
único que quiero ahora es que mi vida regrese de nuevo a la normalidad.
Quiero amar a esta hermosa mujer que tengo al lado, quiero ser un padre
para sus hijos, si ella me deja. Deseo una familia, y es lo único que me va a
ayudar a repararme de esta mierda que me acaba de golpear. Nada más—
mira fijo las letras marcadas, como si fuera su propio padre el que estuviera
en ese mismo sitio, escuchándolo—. En alguna otra ocasión nos cruzaremos
de nuevo, quizás ese será el momento de explicarnos lo que sucedió, y tal vez
pedirnos perdón el uno al otro. Vos estás muerto ahora, viejo, y yo estoy vivo,
no puedo dejar que esto me consuma, porque tengo un excelente futuro por
delante… y esta vez nada ni nadie va a arruinarnos la felicidad.
Me seco la cara con las mangas de mi abrigo a la par que nos alzamos en
nuestros pies, después él me mira, cruzando su humedad con la mía. Alzo
mis manos para limpiar la piel bajo sus ojos azules ahogados bajo un manto
de lágrimas que punzan ansiosas por seguir a las demás. A continuación, me
alzo sobre las puntas de mis zapatos y lo beso en los labios, transmitiéndole
sostén y serenidad. Antes de irnos, nos movemos hacia la tumba de Pedro y
él se besa los dedos, apoyándolos en el sonrojado bebé rubio y sonriente que
aparece en la pequeña foto.
—Pronto estarías cumpliendo trece—dice, se esfuerza por corregir su
tono inestable—. Te he dicho miles de veces lo que amaría que estuvieras acá
conmigo. Lo repito cada maldita vez que vengo, y sé que desearías lo mismo.
Siempre faltará un cacho de mi alma, el que te llevaste cuando te fuiste.
Nunca intenté recuperarla, es tuya, sobrevivo día a día con este agujero en el
pecho. Y nada nunca podrá llenarlo… pero necesito abastecer mi otra parte,
la que aún vive… la que aún está conmigo. Yo sé que lo entendés.
»Y me importan una mierda los hechos, fuiste mío. Sos mío. ¿Sabes? Lo
que ha pasado ahora no cambia nada. Siempre vas a ser mi bebé. Y ya
volveremos a encontrarnos, estoy seguro. La vida nos puede separar, pero
nunca romper nuestra conexión. Estás en mi corazón todos los días. Te amo,
hijo.
Nos quedamos unos minutos más dejando que la brisa nos ampare, que
las silenciosas lágrimas agoten sus reservas. Esto es una despedida, aquí
mismo León ha dejado el dolor y ha prometido seguir por el camino que le
hace bien. Él sólo quiere felicidad, vivir el presente y soñar con el futuro que
merece. Conmigo, con la familia que sé que podemos llegar a crear. Él es el
padre de mis hijos, y es el amor de mi vida. Nos tenemos el uno al otro, y no
me hace falta nada más para saber que juntos obtendremos el mejor
porvenir.
Está sólo a una corta distancia, llegaremos a él pronto.
20
Francesca
—Está todo bien, lo prometo—insisto—. Ya no te preocupes.
Isabel lloriquea desde el otro lado de la línea, no puede con la culpa. Ella
jamás esperó que Sandra fuera capaz de hacer algo así. Confió en ella, se
creyó la desesperación con la que fue a pedirle ayuda para superar la pérdida
de su bebé y el alejamiento de las drogas. Isabel, con su inmensa alma
bondadosa, no pudo negarle su apoyo. No la culpo, nadie en este pueblo
conocía realmente a Sandra, lo que saben de ella es todo a base del pasado.
Su niñez, su adolescencia que, aunque complicada, jamás creó problemas
graves a nadie, y su adultez, hasta que perdió a su bebé. Después de eso ella
se fue el pueblo y todos perdieron el hilo de su vida. Incluso sus padres poco
sabían de sus andanzas.
—Es que todo lo que ha pasado es mi responsabilidad—sigue ella,
sorbiendo por la nariz—. Yo realmente me hago cargo y te pido perdón. Les
pido perdón a todos. Conozco a Sandra desde pequeña, al igual que a León y
muchos de los otros hijos del pueblo, nunca imaginé que ella escondía tanta
fealdad en el interior. Ha cambiado tanto, y no fui capaz de ver la maldad
que la consumía.
Me froto la frente y suspiro. Estoy frustrada porque se sienta tan mal,
pero la comprendo, de cierta forma.
—Prometo que acá nadie te culpa, lo que pasó estuvo fuera del alcance
de todos para poder evitarlo. Lo importante es que no pasó a mayores, y ya
está resuelto—la animo.
Lo cierto es que los chicos le mintieron, convenciéndola de que Sandra
había ido a la cárcel. También, le pidieron por favor que no contara nada a
nadie del pueblo, porque Laura no debía enterarse. Demasiados disgustos
había sufrido ya la mujer a causa de su hija. Isabel lo aceptó sin problemas.
—Nos vemos el martes que viene en la terapia, ¿está bien?
Del otro lado escucho cómo ella se va a calmando poco a poco antes de
estar de acuerdo conmigo.
—Me alegro de que sigas confiando en mí, Fran—murmura ella,
sorbiendo—. Nos vemos en la próxima sesión, claro que sí—me dedica una
pequeña risita temblorosa antes de despedirnos.
Ya más tranquila, corto la llamada y apoyo el teléfono a un lado,
sintiéndome mejor por arreglar las cosas con mi terapeuta. Lo que le dije es
verdad, nadie la culpa a ella por nada. Y no dejaría de ir a mis sesiones
porque la aprecio y gracias a su sustento he podido salir gradualmente del
pozo y seguir adelante. Y sé que todavía queda camino por recorrer y lo
quiero hacer junto a Isabel. No tengo dudas.
— ¿Están preparados?—pregunta Adela, entrando por la puerta sin
aviso, expulsándome de mis pensamientos.
Bianca la acompaña, trae de la mano a Tony. Ambas vienen en busca de
los niños para llevarlos al bar, no son más de las seis de la tarde y el clan ha
organizado una comida, más íntima que la anterior. Quieren que León se
recupere lo antes posible, todos ellos necesitan al viejo líder de vuelta. Abrigo
a Esperanza y se la tiendo a su tía para que la tome en sus brazos, la manija
del huevito va para su cuñada, a su lado. Mientras se lo engancha en el
brazo, pide a Abel que tome la mano de su amigo así emprenden camino por
el claro, en cadena. Antes de salir por la puerta, Adela me dedica un guiño,
sabiendo que con esto me deja más espacio con León, la privacidad no es un
privilegio el cual estemos disfrutando últimamente. Aunque estamos bien,
pasar tiempo con Abel y Esperanza le ayuda a sanar, está muy
comprometido con ellos, los ama. Ya los siente suyos, pensándolo bien, creo
que nunca fueron otra cosa que nuestros niños a sus ojos. Nuestros.
Cierro la puerta sacudiendo la mano a mi hijo como despedida, me
sonríe y se marcha con el resto. Está contento de ir al bar, parece que es su
lugar favorito en el mundo. De él y de Tony. Será que les gusta sentirse parte
de los hermanos, la admiración hacia ellos crece día a día.
Cierro con llave y atravieso el pasillo hasta las habitaciones, antes de
entrar en la nuestra descubro que ya se ha levantado y está tomando una
ducha. León ha dormido mucho estos días, el agotamiento vino con el dolor
de los últimos golpes, y tomarse un respiro de las obligaciones y sus chicos le
ha sentado muy bien. Entro y le echo un vistazo alrededor, la ropa para lavar
en el suelo y la cama desordenada, lo ignoro por el momento. Ahora tengo
otras cosas en mente. Paso mi camisa por la cabeza, quitándomela, la dejo
caer sobre el montón de ropa usada en el rincón. Le siguen inmediatamente
los vaqueros y mi conjunto interior. A continuación, me cuelo en el cuarto de
baño y el vapor me envuelve. El agua corre y golpea los azulejos del suelo
creando ecos que lo cubren todo y, con sólo cruzar la puerta, ya se siente
como abandonar la realidad y entrar en un mundo paralelo. Lejos de todo. No
espero mucho para abrir los cristales y entrar en el cubículo con él.
Lo primero que hago es apoyar mi mejilla en el centro de su espalda
mojada, luego filtrar mis brazos por sus costados hasta apoyar mis palmas
en sus pectorales. No se tensa con mi toque, al contrario, se ablanda como si
estuviera esperándolo y deseándolo como ninguna otra cosa, frota el agua
que le cae en la cara. Suspiro, metiendo el aire caliente y húmedo por mis
orificios nasales mientras mi cuerpo comienza a rociarse también. Pronto,
todo mi torso está soldado al suyo, su piel resbaladiza surtiendo efectos
bienvenidos en mis senos, en especial, a mis pezones que se endurecen
contra él.
Sus grandes manos se tienden sobre las mías, correspondiendo al abrazo
y entretejiendo nuestros dedos, oigo su corazón latir en sus profundidades, y
un suspiro aligerarse a través de sus labios. No logro registrar el tiempo que
permanecemos en esta posición, nuestras respiraciones atravesando una
metamorfosis, de lentas a superficiales. De un instante a otro me encuentro
deslizando mis palmas, descendiendo desde su pecho a su vientre marcado,
trazo el relieve con las yemas de mis dedos, y me percato de todos los
músculos que se atirantan manifestándose con mi contacto. Un
estremecimiento silencioso lo cala cuando acabo más abajo, lo más cerca de
su pelvis. La presión de sus manos en las mías me arrastran a acariciarlo
directamente en su virilidad ya tiesa y grande, preparada. Mi puño, bajo el
suyo, se deja dirigir y el ritmo va creciendo frenéticamente, hasta que
estamos temblando de anticipación.
Su otra mano deja ir la mía y se apoya en los azulejos frente a él, su
gruñido retumbando en el hueco donde nos perdemos el uno en el otro. Le
beso la espalda a lo ancho, bebiendo las gotas gruesas de agua caliente que
se reciclan, y me obliga a cerrar más ceñidamente mis dedos en su pene, él
acelera los movimientos de nuestros puños al advertir mi lengua lamerlo y
mis dientes rozarlo. Súbitamente, se desenreda y gira de frente a mí, así
castiga mi boca con la suya, invadiéndola sediento y necesitado. Sus dedos
avanzan directo entre mis piernas, perdiéndose en mi sexo ya mojado y en
alerta, gimo en sus labios cuando se fuerza dentro.
Me penetra al mismo tiempo que me arrincona contra la pared
resbaladiza. Juega conmigo mansamente, logrando introducirme en un
trance condensado, donde pierdo cualquier capacidad de pensamiento
racional, mi mente sólo encendida y concentrada justo en el lugar donde él
entra, sale y masajea con precisión, aflojándome las piernas hasta que ya
casi no puedo sostenerme.
—Te extrañaba—dice junto a mi oído, despejando el cabello detrás de mi
hombro.
Sí, lo sé. Yo también echaba esto de menos. La conexión, la perdición.
Necesitaba que los dos nos olvidáramos de nuestros nombres y empujáramos
nuestros cuerpos a unirse y sentir estas excitantes oleadas de goce. A ambos
nos hacía falta la desconexión con el mundo a nuestro alrededor.
León me penetra con más insistencia añadiendo dos dedos más y me
arqueo contra los azulejos, cerrando los ojos. Me muerdo el labio y aun así
mis lloriqueos llenan el espacio vaporoso, incrementándose porque se
arrastra hacia abajo y lame mis pechos, pausada y tormentosamente. Me
estremezco, la piel se me eriza y él muerde. Me sobresalto con la sensación
agradable que envía olas de electricidad en todas direcciones a través de mi
cuerpo.
Las penetraciones se vuelven salvajes y abro más las piernas para darles
la bienvenida, mi centro se contrae y no espera más para explotar. Esta vez
León no acalla mis largos quejidos y entremezclados jadeos, permite que los
dos disfrutemos de la pérdida del control. La fuerza de mi sostén me
abandona, mientras me oigo a mí misma crear ecos de éxtasis que nos
rodean y nos roban el aliento.
Ni siquiera estoy reparada de los asaltos y contracciones cuando me
voltea y con movimientos suaves estira mis manos a apoyarse en la pared, mi
espalda ondea y, sin siquiera estar consciente de lo que hago, froto mi culo
contra su sexo hinchado y sensible. No me pone nerviosa el hecho de que no
puedo verlo desde mi posición, por el contrario, me vuelve un poco más loca.
El pelo cae a los lados de mi cara, grumoso y empapado, mis palmas se
adhieren en los azulejos calientes y tiemblo al sentirlo frotarse contra la
humedad pegajosa de mis labios íntimos. Me divide, pero nunca penetra, va
de adelante hacia atrás creando una fricción que me tiene rogando en poco
tiempo, ya otra vez hambrienta. Lo único en lo que puedo pensar es en
cuanto deseo su sexo llenándome por completo.
—Por favor—le pido, mascullando ahogada.
Ni siquiera estoy segura si es audible, aunque no importa, porque sigue
jugando conmigo. Quizás ignorándome, o realmente sin escucharme. Sólo se
introduce unos pocos centímetros, estirando mi entrada y, mientras me
contraigo dándole la bienvenida, se escapa y me deja otra vez con esa
insoportable sensación de vacío.
—Por favor, León—le pido, y esta vez sí que sonó alto y desesperado.
Me parece oír una risita de su parte, pero no logro estar segura. Sólo
noto que despeja mi pelo hasta que cae sólo desde un hombro y se encorva
para besarme la espalda, remontando hasta el cuello. Los sonidos de succión
son mi ruina. Bailo mis caderas, buscando atención y él amasa mis glúteos,
clavando sus dedos tan sólidamente que me provoca un ramalazo de dolor.
No me encrespa, porque inexplicablemente el placer se vuelve más punzante
y agudo. Me pellizca con los dientes el punto justo detrás del oído y allí es
cuando se entierra en mí desde atrás, el impulso afloja mis manos y termino
con la mejilla aplastada contra los mojados mosaicos. Cada avance de sus
caderas me quita el aire, mis pulmones sin poder reunir lo suficiente. Hay
fuertes e insistentes chillidos, estoy negada a aceptar que son míos, aunque
es imposible no hacerme cargo. Jamás detoné de este modo.
León apoya su peso en una mano junto a mi cabeza y se da más envión,
irrumpiendo con poderío, su pelvis golpeando mis nalgas, el ritmo creando
detonaciones repetitivas. Su brazo libre se introduce entre la pared y yo, y
me acaricia los senos y el vientre hasta que baja para provocar mi clítoris,
mientras sus impulsos se vuelven más y más implacables. Capto cómo se
hincha entre mis muros y todo su enorme cuerpo se endurece detrás de mí.
Allí mismo ruge y me muerde el cuello, las yemas de sus dedos me llevan por
el camino final, mientras se derrama en mi interior. Me sacudo con su última
estocada, mis rodillas se transforman en papilla inestable y él me sostiene
rodeándome a la altura de la cintura para que no ceda y me derrumbe, a la
par que los dos perdemos la dirección de nuestras gargantas. Gruñe, me
retuerzo, aúllo y lo acuno en mis profundidades hasta que no queda nada.
Sólo dos cuerpos sin energía, apretándose contra el rincón de la ducha.
El peso de León me estruja quitándome el aire y es lo que menos me
interesa, esto es lo más cercano a estar en el cielo. Gradualmente, ambos
latidos, respiraciones y temperatura corporal van regresando a la
normalidad. Jadeo al apreciar cómo se retira de mi interior, lentamente, mi
sexo vacío se contorsiona y suspiro, mi piel erizándose por última vez.
Me invierte unos segundos después, así estamos de frente una vez más,
y nos besamos pacífica y profundamente. No me muevo cuando toma uno de
los jabones y comienza a lavarme, le permito hacer. Adormecida y floja.
Satisfecha. Con mis párpados pesados estudio su rostro y le sonrío,
paseando mis manos por su pecho hasta abrazarlo por el cuello y elevarme a
besar sus comisuras.
—Te amo—le murmuro.
Se inclina y apoya su nariz en la mía.
—Te amo, también—sonríe, sus ojos brillan.
Lo aprieto, apoyando mi mejilla junto a su corazón, el mío bombea con
locura y los ojos se me llenan de lágrimas, porque poco a poco puedo sentir
que está volviendo a ser el de antes. Y me hace feliz saber que mi presencia y
cariño lo ayudan a curar. Tanto como él hizo conmigo.
Salimos de la cabaña y el frío aire de la noche nos circunda súbitamente,
por eso me ajusto el frente del abrigo, encogiéndome. León cierra la puerta a
su espalda y se viene sobre mí, pasando un brazo por mis hombros,
apretándome contra su costado. Me acurruco, caminando despacio dejando
atrás el claro. Cuando el bar aparece ante nuestra vista, nos extrañamos por
el inusual silencio que viene desde el interior, y al asomarnos desde las
ventanas descubrimos que está completamente vacío. León y yo nos miramos
con duda y preocupación, mientras entramos por la puerta.
Un ruido viene desde la cocina, segundos antes de que Adela aparezca y
nos sonría desde la arcada.
—Estamos todos atrás—avisa.
La seguimos, León frunciendo el ceño.
— ¿Atrás?— pregunta.
Abandonamos la puerta de la cocina y Adela nos dirige por entre los
árboles. A medida que nos perdemos, noto un intenso resplandor iluminar
los alrededores, acompañado de las risas y voces festivas de todos.
Descubrimos que han avivado una gran fogata, la cual rodean
perezosamente, mientras se preparan para la cena. El ambiente es íntimo,
cálido y chispeante. Una ancha sonrisa nace en mi rostro cuando distingo
que León está sorprendido y entusiasmado con la idea.
Nos aproximamos, tomados de la mano y los demás nos sonríen y llaman
con bienvenida. Lucre levanta la mano, saludando mientras mueve adelante
y atrás el carrito de los gemelos. Max y Santiago están alrededor de la
parrilla, atendiendo el asado. Alex está apoyado en un árbol con Gusto y
Jorge, los tres disfrutando sus cigarros, compenetrados en lo que están
hablando. Adela se deja caer junto a Bianca, que permanece junto al fuego,
Esperanza en el hueco de su codo, y una manta sobre sus hombros que las
cubre. Está sonriente y parece que le encanta formar parte de la escena, se
ve como si estuviera empezando a encajar.
León me besa en la sien y me suelta para que vaya con ellas y él enfila
hasta el grupo junto al árbol. No me pierdo la alegría con la cual lo reciben,
palmeándole el hombro y convidándole un cigarro. Sonrío mientras no le
quito la mirada de encima y me acomodo junto a Bianca. Abel viene
corriendo hacia mí y me da un afanoso apretón en torno al cuello y, antes de
que siga jugando con Tony, le cierro más los botones del abrigo. Los dos
niños desaparecen, quemando energías sin parar con sus triciclos.
—Ya, en serio—dice Adela, diversión escondida en su voz—. Deja de
mirarlo así, vas a ponerlo incómodo.
Giro mi cabeza para encontrarme con el rostro ruborizado de Bianca, ríe
por lo bajo, negando a su cuñada. No caigo en la cuenta de lo que están
hablando hasta que las dos vuelven a posar la atención en Alex.
—Es que es un poco difícil hacer eso—cuchichea la chica, ajustando la
manta alrededor de mi hija.
Me rio y también me fijo en Alex. Está apoyado en el tronco aún, relajado
y ocioso, tiene el cabello castaño desordenado y la barba bastante crecida, se
ve muy atractivo. Sin contar con que el fuego aviva sus ojos de lobo, incluso
más de lo habitual. Concuerdo en que es impactante su imagen y comprendo
que Bianca permanezca tan embobada con él. Parecería un modelo si no
estuviera enfundado en tatuajes y cuero. Se ve más como el irresistible chico
malo. Bueno, supongo que todos los integrantes de esta hermandad entran
en la misma página. Son la clase de hombres por los que los padres decentes
advierten a sus hijas. Rudeza y encanto no eran capaces de ir de la mano
hasta que estos muchachos nacieron y se juntaron sobre esta tierra.
Para mí, son más que sólo un grupo de chicos malos. Y opino que
cualquier mujer querría ser amada por uno de ellos, sin duda alguna.
Y el amor de mi vida es el líder.
—No le gusta la atención—cuenta Adela, todavía fijándose en él.
Bianca suelta una risita.
—Ni siquiera se da cuenta—dice—. Seguiré a escondidas.
Deja escapar un suspiro y posa de nuevo sus ojos enamoradizos en el
hombre, otra vez.
—Estos no son como los hombres que aparecen en tus novelitas
adolescentes y comedias románticas, ¿sabes?—le avisa Adela.
Bianca forma un puchero en sus labios, y finge estar ofendida pero se
nota que lo que sea que diga Adela no la afectaría en lo más mínimo.
—No soy tan ingenua como aparento—remata, volviendo a la seriedad.
Adela y yo la observamos atentamente por un rato, intentando
descifrarla. Ella sólo mantiene los ojos en el grupo de hombres, entretenida.
Hasta que Max grita a todos que se arrimen porque ya está lista la cena.
Reparten el pan para armar los sándwiches con la carne que sigue. Los
hombres se consiguen sus cervezas y se mantienen de pie, y las mujeres nos
adueñamos de las mantas en el suelo. Tomo a Esperanza de los brazos de
Bianca para que ella pueda cenar tranquila, la acomodo contra mí y sigue
durmiendo como si nada, seguro debe haber estado pasando de mano en
mano mientras no estuve y ha quedado agotada.
Comemos entre bromas, charlando sobre temas banales y sin sentido,
dejándonos llevar por el momento, suavizados y con la guardia baja. Sin
nada que opaque la experiencia. Oigo al otro lado de la fogata las graves
carcajadas de León que está poniéndose al día con los demás, y es
refrescante saber que esto le sienta de maravilla. Todo está volviendo a ser
como antes.
—Están bien, ¿no?—me interrumpe una voz a mi derecha.
Me encuentro con que Adela se ha cambiado de lugar, al otro lado de mí,
y está atenta a mi rostro, interesada en nuestra situación actual.
—Sí—sonrío—. Todo va mejorando día a día. Estamos perfectos—le
aseguro.
Ella sonríe y toma un sorbo de su cerveza, lleva su escrutinio a los
hombres, se fija en León y luego en Santiago, que también se ha integrado y
parece disfrutar del intercambio, aunque no sonríe tanto como los demás.
Eso es mucho pedir para él, tiene una personalidad muy particular.
—Gracias—le suelto, mi tono bastante firme y al extremo sincero—.
Gracias por todo lo que hiciste por nosotros. No sólo por mí y los niños, sino
por León… y por haber tomado el mando de la situación, días atrás.
Nunca le pregunté qué pasó con Sandra, y prefiero mantenerme en la
ignorancia. La verdad es que no me importa, me alcanza con que no nos
moleste nunca más, y Adela ya aseguró que eso está garantizado. Me aterra
pensar en lo que pudo haber pasado, ella estaba muy enojada y estuvo
encantada de hacerse cargo de la mujer. No creo que alguno de los hermanos
estuviera dispuesto a hacer algo al respecto, por más mala que fuera ella. No
puedo hacer menos que respetar esa postura. En cambio, con el tipo que
acompañaba a Sandra no fueron tan prudentes, él también pagó.
En poco tiempo viviendo con ellos entendí varias cosas, y ciertas reglas
particulares. Acá no nos rige la justicia. En este mundo, el que las hace las
paga. Existe la venganza y parece ser el plato principal en cada conflicto, no
les tiembla el pulso a la hora de obtenerla con creces. Es un universo
paralelo, donde hay muchísimo mal, pero también existe el bien. Yo soy parte
ahora y la verdad es que ninguna de sus políticas me asusta, es el lugar
donde he revivido después de años estando adormecida y reducida no sólo
por Álvaro, sino también por la vida misma. Ésta es la única gente con la
cual no me siento fuera de lugar. Y, por sobre todas las cosas, es el único
sitio en el mundo donde me he sentido amada por completo y sin reservas.
Donde mis bebés y yo conseguimos nuestra segunda oportunidad.
—Ustedes son mi familia, Fran—dice ella, clavando sus pozos plateados
en los míos, francos—. Haría lo que sea por la gente que quiero.
Eso es lo que recubre el recinto a diario: lealtad. Parece ser un profundo
valor arraigado en cada uno de los miembros de este clan. Así que, ¿cómo
podría juzgarlos? Están en mi corazón.
León rodea el fuego y se aproxima, sus cálidos ojos estacados en los
míos, sonrientes. Le devuelvo el gesto, dulcificándome. Él se instala a mi
espalda y abre las piernas que acomodarme entre ellas, suspiro y cierro los
ojos amortiguando mi espalda en su pecho. Peina mi cabello largo hacia
atrás, y despeja mi cuello para plantar una cadena de besos a lo largo.
Instantáneamente me incorpora justo en medio de un trance. Y unos
minutos después salgo despedida para encontrar a Gusto frente a nosotros,
sonriente, con una pizca de picardía en los ojos oscuros. León eleva la vista y
frunce un poco el entrecejo al percatarse de que él le está tendiendo su
guitarra.
—Es hora de que nos deleite por un rato, jefe—pide, sus comisuras hacia
arriba.
Detengo el aliento, sabiendo que a León le cuesta exponerse y cantar
para los demás. Y caemos en la cuenta de que a nuestro alrededor se han
reunido todos. Max y Lucre, y Adela y Santiago están en una posición similar
a la nuestra, enredados, y nos observan expectantes. Bianca ha quedado
plantada junto a Alex y también está ansiosa por música. Tragando, León
acepta la guitarra, y muy despacio voy alejándome de él, para darle espacio
de movilidad.
—Sabía que ya te la ibas a cobrar, hijo de puta—le dice a Gusto, aunque
no se ve enojado en absoluto.
El chico se ríe y se lanza por un lugar, al otro lado de la hermana de
Santiago.
—Tuve que irrumpir en tu casa para conseguirla, espero que mis
esfuerzos valgan la pena—dice, haciéndose con una cerveza.
—Ya vas a tener tu merecido por corromper mis guitarras—escupe León,
pero todos sabemos que está bromeando.
Abel y Tony se cansan de correr alrededor y se desploman cansados
entre nosotros. El primero elige acurrucarse contra mí, entonces estiro mi
brazo enfundado con una de las mantas y nos envuelvo a los tres, Esperanza
sigue dormida. El segundo permanece cerca de su padre, entre él y Max que
tiene a Lucre rodeada.
—Bueno…—se filtra la voz cautelosa de León junto a mí—. ¿Alguna
propuesta?
Nadie dice nada, todos lo observan, esperando que él tome el control.
—Elegí lo que sientas que quieras compartir con nosotros—le murmuro,
inclinándome sobre él.
Él agradece mi sugerencia dedicándome una sonrisa, la duda
abandonando sus ojos. Cierra la distancia entre nuestras bocas y me besa de
una forma dulce y caliente, que me tiene perdida por varios segundos
después de alejarnos. Me ruborizo al detectar que toda la reunión vio eso,
por suerte nadie dice nada al respecto. Y todo se olvida en el momento en
que los dedos de León toman la iniciativa sobre las cuerdas, creando los
acordes de una canción que ya ha cantado para mí, y que es una de mis
favoritas por el profundo sentido de humanidad que irradia. Sé que a León lo
identifica.
Su voz cruza el claro y los demás, alrededor, detienen el aliento
congelados. Hipnotizados porque León se abre ante ellos.
Soy mi propia religión, mi soberano, yo me enseño.
Pretendo ser real y todavía soy un sueño.
Soy mi propio enemigo y me importa la derrota.
Tu mirada se me nota, es mi cáscara y mi ropa.
Los ojos se me inundan y sonrío cuando o suyos, tan azules y
resplandecientes por el reflejo del fuego, me dan una profunda mirada, siento
como si viera todo dentro de mi alma.
Yo soy, aun no soy mío y aunque quiera ser mi dueño,
envejezco y me hago grande y todavía no me tengo.
Soy mi dolor, soy mi condena, soy el veneno de mis venas.
Soy mi remedio, soy mi cura, la enfermedad es mi cordura.
Tengo duras las pupilas, tengo corta la mirada.
Y si en el fondo hay algo bueno, lo imagino, no lo veo.
Tengo celos, tengo envidia, tengo bronca y me lastimo.
No piensen que soy humilde, yo sólo me subestimo.
Y aunque me parezca a todos y me confunda con la gente,
soy como nadie, soy diferente.
Soy mi maestro, mi referente.
Soy lo que siento, lo que me pasa,
ese es mi templo, esa es mi casa.
Soy como nadie, soy diferente.
Yo soy mi Dios, mi referente.
Soy legal, clandestino.
Un cordero y un asesino.
Munición sin escopeta,
un caballo salvaje en una carreta.
Soy leal, soy celoso.
Tengo códigos como un mafioso.
Los dementes me acompañan,
mis amigos no me extrañan.
Soy temerario, perseguido,
malpensado, retorcido.
Estoy enfermo de humanidad,
bebiendo luz de la oscuridad.
Como aun no soy consciente, necesito de la gente.
Por dentro soy vulnerable,
por fuera autosuficiente.
Soy la fuerza del vapor, una mezcla de agua y fuego.
Yo soy semilla de sol, un enviado del cielo.
Me desvela descubrir el corazón tras tanto velo.
Soy luz intermitente, soy pájaro que aún no vuelo.
Cuando de nuevo llega el estribillo me tomo un instante para repasar los
rostros de los demás, el sentimiento que León le da a la canción los tiene
atrapados. Lucre y Bianca lloran en silencio y los hombres se mantienen
inmóviles, incapaces de quitar los ojos del líder. Adela tiene un brillo emotivo
en la mirada, podría traducirla como profunda admiración.
Ahí en esa podredumbre está la fuerza de la flor.
Ahí donde la vida duele, curan los ojos del amor.
Ahí cambias la suerte por el impulso de crear.
Ahí reconocernos es suficiente, es empezar a cambiar.
Vuelvo mi atención al hombre que amo, y él me da una sonrisa débil
detrás de sus palabras cantadas. Mi corazón crece el doble de su tamaño
entre mis costillas, y golpea con potente insistencia. Más lágrimas
abandonan mis ojos, la conmoción erizándome la piel. Sigo escuchándolo al
mismo tiempo que acurruco más a mis hijos contra mí calor.
Ahí en esa podredumbre, se encuentra en compost de mi flor.
Ahí donde la vida duele, se abren los ojos del amor.
Ahí en el pozo de la desidia, germinan ganas de crear.
Ahí reconocernos es suficiente, es empezar a cambiarnos.
Soy lo que siento, lo que me pasa.
Ese es mi templo, esa es mi casa.
Soy como nadie, soy diferente.
Yo soy mi Dios.
Ahora, en la última parte de la canción Lucre se une, creando un coro
con él. Aplausos acompañan el ritmo y más voces se van sumando. Incluso
Bianca entona la letra como si fuera un himno. Y en cierta forma lo es, esto
define a León. Los Leones, este lugar, su guitara, esta gran familia. Nosotros.
Mis hijos y yo.
Sueldo mis ojos en él, sólo en él, y el entendimiento me golpea,
calentándome desde el interior. León es mi salvación, cambió mi vida por
completo. Le ha dado un giro entero a mi mundo, no para ponerlo patas
arriba, sino para enderezarlo y darme motivos para creer que merecía las
oportunidades que me fueron dadas. Para creer que es posible que un
hombre como él ame a una mujer como yo.
Él me dio felicidad, seguridad, amor. Junto a él descubrí quién soy yo en
realidad: una mujer que vale mucho, una madre. Alguien que tiene mucho
para entregar todavía. Estaba perdida y él me encontró, me trajo de regreso
al mundo real, donde sí hay maldad, pero ya no permito que me llegue
adentro. Y me protege. Me devolvió el amor propio, la seguridad, el deseo, las
ganas de seguir.
Meses atrás habría sido imposible imaginarme así, junto a él, siendo
abrazada y besada. Permitiendo que sus brazos me abriguen, sus labios me
recorran y sus ojos me devoren con hambre. Si me lo hubiesen dicho con
antelación me habría horrorizado y asustado, porque no me sentía capaz de
abrirme a un hombre, no después de todo lo que viví. Pero, ¿ahora? Ahora
mismo no me imagino una vida sin él, sin despertar cada mañana y verlo
abrir sus ojos azules soñolientos iluminados por el sol, con su pelo rubio
oscuro despeinado. No me imagino mis días sin presenciar su instinto
paternal hacia nuestros hijos.
Vuelvo a la realidad cuando la música para y escucho a las mujeres
sorber por la nariz mientras se secan las mejillas, los hombres encienden sus
cigarros en silencio, aun sin habla por el sentimiento que nos invadió al
comenzar la canción. León deja la guitarra a un lado y se estira hacia mí,
barre las gotas que caen desde mis pestañas y suelda su boca en la mía.
Enardecido y feliz.
— ¿Qué estás pensando?— me susurra, rozándome los labios con los
suyos.
Sonrío, mirando directo a sus pupilas.
—En lo afortunada que soy de haberte encontrado—musito, mi voz
temblorosa por el llanto anterior—. Lo pensé cuando era una niña de diez
años, y lo pienso ahora…Estoy infinitamente agradecida de que la vida te
haya puesto en mi camino de nuevo. Sos mi felicidad, mi todo… Y te amo con
una fuerza que jamás pensé que llegaría a tener.
El azul de sus irises se espesa y su expresión risueña lo abandona para
colocar en su semblante el más intenso y magnífico escrutinio, lleno de
cariño.
—Estoy seguro de que no merezco la bendición de tu presencia en mi
vida—dice, firme y ronco, su pulgar paseando lentamente por mi cuello—.
Pero no me importa, en esto voy a ser egoísta, porque simplemente me
moriría si no te tengo. Ustedes son mi fuerza, le dan un millón de sentidos a
mi vida… Y te amo como nunca antes pensé que sería capaz de amar—me
besa la frente y cierro los ojos con la sensación—. Creí que lo sabía todo
sobre el amor. Sin embargo, estaba equivocado. De lo que no tenía ni idea
era que podía romper todos los malditos límites de una persona, en tal
medida, que se pierde a sí misma para siempre…
»Yo ya no soy mío, soy tuyo.
Trago el nuevo bulto reciente en mi garganta, llevo una mano a su rostro
y le acaricio la mejilla áspera.
—Y yo soy tuya, hasta mi último aliento—juro.
León me devolvió la vida, me ayudó a renacer. Y quiero vivir el resto de
mis días a su lado, es lo único que le pido al destino.
El dulce sabor de la venganza
El sentimiento de venganza está mal, es enfermizo. O eso he escuchado
en varias ocasiones. ¿En serio? No voy a tomar ese principio, en realidad, me
importa una mierda si el diablo me arrastrará por esto. Las personas sacan
lo peor de mí cuando se meten con lo que es mío. Francesca, Abel y
Esperanza son mi familia, tal como cualquiera de los Leones. Al igual que
Santiago. Son míos. Si alguien los amenaza de alguna manera, se las tendrá
que ver conmigo. Por eso ahora mismo estoy siendo gobernada por la sed de
venganza. Una que pienso saciar sin reservas, sin principios de humanidad.
Una persona pierde sus derechos en el mismísimo instante en el que viola los
de otra. Así funciona desde este otro lado.
Quien me las hace, las paga.
No me importa que me toque el papel de sádica. Ya hay sangre en mis
manos, he apuñalado a un hombre, y hasta he empuñado armas, volándoles
los sesos a una docena más. No hay remordimientos, ellos eran el enemigo. O
matas o mueres. A estas alturas he aprendido mucho sobre la vida de este
lado de la cuerda, acá no existe otra justicia que ésta. La gente debe pagar
por lo que hace con sangre. Con muerte. Las lacras no pueden escapar y
disfrutar de la libertad, porque ellos simplemente acaban volviendo para
joderte. Siempre. Por eso mejor bien dormidos y a tres metros bajo tierra, al
menos te quedas con la seguridad de que no van a robarte la calma una
segunda vez.
Me paseo sobre mis botas, los tacos resonando en el galpón del taller. Me
cruzo de brazos y observo a esta linda damita loca que yace inconsciente
atada a una silla. Ella tuvo la osadía de molestar a la gente que aprecio, y en
este oscuro lugar soy la única que puede devolverle el favor con creces. Mis
compañeros se niegan a infringirle cualquier daño, por más perra hija de
puta que sea. Nadie lastima mujeres en este lugar. Es por eso que el trabajo
queda completamente en mis manos. Y, que conste, si el asunto no fuera así,
igualmente habría elegido tomar la iniciativa. Esta no se me puede escapar.
Está acabada. La noqueé mientras cuatro hermanos intentaban reducir
a León, ella seguía rociando veneno en todas direcciones, ensañada, y tuve
que frenarla. Es de las que disfrutan del dolor de los demás, y ahora quiero
ver cómo se las arregla estando del otro lado, recibiendo su merecido. Va a
verme disfrutar su sufrimiento, voy a ser su maldito reflejo. Y no le va a
gustar.
— ¿La llevamos al galpón?—pregunta Santiago desde la entrada.
Camino hasta él, parándome justo en sus narices. Inclina la cabeza a un
lado mientras me repasa ida y vuelta mecánicamente con sus ojos como la
medianoche. Estiro mi índice y arrastro la punta de la uña por su cuello, a lo
largo.
—Tengo una idea mejor—sonrío de lado, y sé que mis ojos muestran un
brillo peligroso.
El brillo peligroso que a él le excita. Alza una ceja, y es el único
movimiento que su rostro de granito me muestra.
—Bien—dice, por lo bajo.
Me levanto sobre las puntas de mis pies y dirijo mi boca roja a la suya,
descubro mis dientes y me robo su labio inferior antes de besarlo con ardor y
dejarlo ir.
—No vas a necesitar ayuda, entonces—prueba de nuevo.
Niego, aflojando el puño en su ropa, y camino hacia atrás volviendo a mi
punto de partida. Desato a la zorra durmiente y dejo caer su cuerpo laxo al
suelo, ni me preocupa si se golpea en el proceso. Ajusto nuevamente las
cadenas en sus muñecas y tobillos. La hago rodar boca arriba y consigo el
balde de agua helada que la Máquina acaba de dejar junto a la puerta. Con
precisión lo vuelco entero sobre su cara y torso. La puta boquea de regreso a
la realidad, su rostro rajado por la mitad reviviendo, sus ojos inestables se
posan en mí. Lo primero que hace es sonreír, una expresión de locura
acompañando el gesto.
— ¿Qué vas a hacer, chiquita?—pregunta, su lengua trabándose en cada
palabra—. ¿Crees que te tengo miedo?
Me río, negando con burla. Busco una tijera entre todas las
herramientas que hay acá. Y después de conseguirlas me dirijo hacia ella,
inclinándome. Expulsa una bola de saliva al tenerme al alcance, no esperaba
menos de la víbora, por eso la evado con facilidad. Como respuesta, la giro
una vez más sobre su estómago con tosquedad, y sujeto sus muñecas
atadas, las levanto, alejándolas de su espalda hasta que no da para más y
empieza a quejarse y removerse. Un único embate con mi bota y el hueso del
codo chasquea, el grito que desgarra su garganta hace temblar las paredes
del oscuro y frío cuarto.
Está gimiendo para el momento en que cambio su posición a la anterior
y comienzo a cortar sus ropas para quitárselas. Apenas se mueve, dejándome
terminar con mi trabajo, el dolor en su brazo la tiene paralizada para mi
beneficio. Acabo, dejándola en su simple y diminuta tanga negra de encaje.
Respira con dificultad, ni siquiera prestándome atención.
—Ya jodiste lo suficiente, zorrita—rujo ahogadamente cerca de su cara—.
Se terminó tu mierda.
Saco una mordaza de bola desde mi bolsillo y se la coloco, ajustando el
cuero tanto como mi fuerza me deja. Ahora la que manda, tanto física como
verbalmente soy yo.
—Tomaremos un breve paseo, chiquita—le aviso, llamándola de la misma
forma que hizo antes conmigo.
Gime detrás de la bola de goma cuando la muevo, su brazo dislocado
baila al ritmo. Me paro junto a su cabeza y me agacho para ajustar mis
manos en la longitud de su pelo liso y castaño. Entonces la arrastro, ignoro
sus quejas mientras su piel desnuda y pálida raspa contra el suelo sucio. Me
detengo para tomar aliento al llegar a la puerta, entonces me fijo en la
distancia que hay entre el taller y el galpón, no es demasiada, pero va a
servir. El recorrido va a doler, el piso entre los árboles está lleno de ramas
caídas y gramilla. Me preparo y emprendo mi tarea, acarreándola de los
pelos, aullidos ahogados se entremezclan con el silencio de la noche, cortan
la calma de los alrededores. El sonido de su cuerpo extendiéndose es como
música para mis oídos, reparo en las huellas que vamos dejando en el lodo,
las ramas removidas y quebradas. Sandra llora y sus lágrimas son recibidas
como mi jodido regalo de navidad.
— ¿A cuánta gente has hecho llorar a lo largo de tu vida?—le pregunto
mientras forcejeo con su peso.
Con cada tirón de pelo y avance, ella se encoje, le duele y a mí me
encanta. La roto a mitad de camino, la piel sucia y raspada de sus tetas y
torso a la vista. Sigo, sus gritos aumentando detrás de la mordaza, ya que
entre los raspones y el brazo roto, tiene mucho daño con el que lidiar.
—Ahora vas a tener la cuota final que te corresponde—le prometo.
Llegamos a duras penas al galpón, hago a un lado la puerta y entramos.
Agotada, la cierro para que nadie nos moleste y después dejo a un lado el
cuerpo de Sandra, así tomo asiento para recuperar el aliento, mientras la
miro llorar en el suelo. Su mejilla abierta ha comenzado a sangrar de nuevo y
las gotas caen al suelo, mezcladas con la sal de sus lágrimas. Bah, seguro no
es sal, sino veneno. Y su sangre, ácido.
Me recupero en pocos minutos y voy directo a ella para empezar. La
atraigo hasta la silla que siempre usamos, hago uso de toda la maldita
energía que me queda para sentarla y amarrarla para que se mantenga
erguida. La observo por un tiempo, tomando nota de la suciedad y la sangre
seca de los raspones en sus piernas y torso, que se infla y desinfla a causa
de las desesperadas bocanadas de aire que intenta meter en sus pulmones.
Está asustada, intenta esconderlo con un ceño fruncido de lo más ridículo,
pero que no se crea que no tomé nota de sus lágrimas mientras la arrastraba
como se merecía.
—Vamos a limpiarte un poco, ¿qué te parece?—comento, recorriendo el
lugar.
Encuentro un balde en un rincón y contemplo la idea. No, mejor no.
Tengo algo mejor. Me dirijo a la puerta y llamo al primer hermano que
aparece ante mi vista, es Alex, y le pido que me traiga una de las mangueras
que se enganchan en la bomba de agua del patio, asiente sin siquiera
preguntarme para qué. No hay nadie que quiera saber los detalles del
asunto. Me dirijo hasta mi chica y la desengancho de la silla, la empujo al
suelo reiteradamente y de su boca salen ahogados chillidos que me hacen
pensar que está maldiciendo. Me gustaría escucharla, pronto voy a quitarle
la mordaza, decido por dentro. La ruedo, busco otra cadena para unir las de
sus tobillos y muñecas en cada uno de sus extremos, la arrastro hasta el
centro del lugar y le echo un vistazo al gancho que cuelga del techo. Bien,
esto no hace mucho que ha sido colocado, creo que nadie lo usó. Seré quien
lo estrene.
En la pared se encuentra la ruleta, que hago girar desde la manita hasta
que el sistema de gruesas cadenas empieza a desenroscarse, sigo hasta que
el gancho está casi rozando el suelo y allí mismo lo uno a las ataduras de sus
tobillos. Una vez hecho todo el trabajo, me ocupo, a duras penas, de subirla,
enroscando las cadenas otra vez. Poco a poco el cuerpo de Sandra se va
elevando; primero sus piernas, luego sus caderas, su espalda, su cabeza.
Hasta que toda ella está colgando del techo, balanceándose con la cabeza
abajo. Ruidos interminables llegan hasta mi sitio desde su boca
incapacitada.
Me río a carcajadas. Y observo la escena con gran diversión, su largo
pelo sucio suspendido, su rostro tiñéndose de rojo, casi morado por la
presión corriendo a su cráneo. La herida en su cara retoma el sangrado
abundantemente por la situación en la que está su cuerpo. Jadea
violentamente al quitarle la mordaza, hilos de saliva cayendo desde el objeto
y su boca. Hago una mueca de asco y justo en ese segundo Alex me golpea
para entregarme la manguera. Le pido que haga correr el agua y recibe la
orden sin problemas.
— ¡Hija de puta!—aúlla ella cuando la primera corriente de agua fría y
potente se estrella contra su pecho.
Grita, se remueve y me maldice de miles maneras diferentes, hasta que
pierde el aliento. Yo sólo la ignoro, viendo el efecto que el baño consigue en
ella, el agua está helada y en menos de dos minutos la tengo castañeando los
dientes con violencia. Cuando me canso de sus vómitos verbales coloco la
abertura de la manguera justo en su cara y el agua la calla. Se le cuela por la
boca y la nariz, y se atraganta. Sigue ahogada por un rato después de que le
grito a Alex que corte el torrente.
Se sacude sin parar y lloriquea mientras me alejo y enciendo un cigarro.
Salgo a la intemperie, abandonándola allí colgada y me apoyo contra la
pared, relajada.
— ¿No te da remordimientos?—me pregunta el Perro, deslizándose
conmigo hasta sentarnos en el suelo.
Niego, despido el humo por entre mis labios, él me imita.
—No—respondo, mirando a lo lejos—. No si no pierdo el enfoque. No si
me recuerdo a cada segundo las cosas malas que hizo.
Asiente, pensativo.
— ¿A vos?—quiero saber, estudiando su rostro— ¿Cómo es que no te
alejaste como los demás? ¿No te altera saber que estoy torturando a otra
mujer?
Suelta una seca carcajada, negando con el cigarro en sus labios.
—Ella usó a su hijo muerto para hacerle daño a León, incluso hizo lo
mismo cuando estaba vivo. Apuntó a un bebé con un arma, amenazó a otra
mujer indefensa. Mató, también. ¿Merece mi compasión? Que se joda…—
escupe.
Lo observo con los ojos entrecerrados, jamás lo había visto así de agrio y
rencoroso. Aunque concuerdo con él, esta víbora hizo cosas muy malas, y lo
peor, metió a su hijo en el medio. Usó su muerte para destrozar a León, para
hacerlo papilla. No merece nuestro respeto.
Seguimos en silencio por un rato, escuchando las quejas y llanto que
vienen desde el interior del galpón. No creo que falte mucho antes de que
pierda el conocimiento. Una vez que lo haga voy a mojarla de nuevo para que
despierte. Lo haré tantas veces como pueda, hasta que esté casi en las
puertas del infierno. No va a salir de esta, si yo la entregara a la policía ella
sería enviada a un loquero y declarada inimputable, por su inestabilidad
mental. Pero ella no está loca, sólo desquiciada y resentida. Su locura es sólo
un papel que actúa para justificar su maldad. No la quiero en una
institución, ni tampoco en una cárcel. De eso se puede salir, en cambio de la
muerte no.
Ya es hora de que León y Francesca vivan en paz.
— ¿Cuándo mataste por primera vez?—le pregunto al Perro, simple
curiosidad.
Él termina su nicotina y tira lejos la colilla, frunciendo el entrecejo
mientras sopla la nube de humo.
—Cuanto tenía diecisiete, justo antes de escaparme y llegar aquí—
murmura, sus ojos de lobo endureciéndose—. Y fue rápido, debería haber
sido más lento y doloroso…—carraspea, su expresión volviéndose sombría.
Nunca lo vi así, jamás. Siempre es suave y encantador, uno nunca
imaginaría que tiene una vena violenta. Sólo una vez fui testigo de su
perversión, aquella en este mismo lugar, mientras la Máquina torturaba al
calvo, recuerdo bien su sugerencia de arrancarle los ojos. Pero incluso en ese
momento él estaba relajado y risueño, no endurecido o enojado.
—Sos todo un misterio, Perro—le digo, sonriendo, al mismo tiempo que
me levanto.
La perra se ha desmayado y tengo que seguir con mi trabajo. Escucho su
risa a medida que se aleja para conectar la bomba una segunda vez. Creo
que dice algo parecido a que seguramente es el más aburrido de todos los
hermanos. Niego, riéndome bajito, creo que su pasado lo es todo, menos
aburrido. Eso aviva más mis ganas de saber. Tal vez alguna vez nos
enteraremos de lo que esconde.
Paso las siguientes dos horas despertando a la zorra, una y otra vez.
Hasta que decido bajarla antes de que le explote el cerebro. Con cuidado, ya
cansada, acepto la ayuda de Alex para volver a instalarla en la silla, ella está
agotada, ha perdido color y si no estoy equivocada, pronto comenzará a rogar
que la matemos. Consigo un nuevo cigarrillo y me paseo alrededor,
observándola, depredadora. Los tacones de mis botas negras retumban,
creando ecos, que funcionan como una cuenta regresiva.
— ¿Te gusta la música?—pregunto, jugando.
Después de todo, aprendí del mejor. ¿O no? Ella no se mueve, sus
extremidades temblando sin parar, su cuerpo al borde del colapso. Le doy un
puñetazo en su lado sano cuando veo que sus párpados amenazan con
cerrarse, ella salta y gimotea, sangre saliendo de sus orificios nasales.
—Bueno, no importa, a mí sí me gusta—ofrezco y camino hasta los
parlantes.
Conecto mi celular y busco entre la lista de canciones, elijo ‘Big Bad Wolf’
de ‘In This Moment’ y subo el volumen hasta que no da para más. Le da al
momento un poco más suspenso y brutalidad. Los gritos y gruñidos se
comen los de ella cuando la quemo con la punta encendida de mi cigarrillo y
le suelto el humo en el rostro. Me preparo para que vuelva a escupirme, pero
no lo hace. Aprendió la lección. Sonrío al respecto.
— ¿No tuviste suficiente ya?—dice, apenas se escucha pero logro captar
sus palabras.
—No—contesto—. Aún no. ¿Acaso tuviste suficiente con León? De alguna
forma tenés que pagar toda la mierda que le hiciste.
Aprieta los dientes mientras apago mi cigarro aplastándolo contra su
muslo. Jadea desde lo profundo de su garganta.
—Debería darte una leve muestra de lo que es el infierno—digo,
rascándome la barbilla.
De inmediato, consigo una nueva cadena y un soplete. Me calzo unos
guantes especiales y comienzo quemar la pieza, calentándola poco a poco. Al
mismo tiempo, no le quito los ojos de encima a la mujer, que me ve hacer, su
respiración enloqueciendo más a cada segundo. Me acerco al estar lista, y le
muestro mi mejor sonrisa angelical, antes de apoyar el hierro en la piel
desnuda de su abdomen. Su cuerpo revive con el dolor, comienza a
removerse para alejarse, grita y patalea. Derrama más lágrimas, se resiste
hasta que pierde todas las energías almacenadas en su cuerpo débil. Alejo la
cadena y ella cae hacia a delante, su cuello ya sin lograr sostener su cabeza
por más tiempo.
Repito el proceso de calentar el hierro, y camino hasta posarme en su
espalda.
—Mejor morir erguida, ¿no?—susurro en su oído.
Paso la cadena por en encima de su cabeza, sujetándole de los extremos
y me retiro hacia atrás, tirando fuertemente. El grito vence la música y hace
vibrar mis tímpanos. Siento el chisporroteo de la piel de su cuello al
quemarse, antes de alejarme. Llora, gruesas e interminables gotas cayendo
sobre sus muslos desnudos.
—Por favor—ruega, cuando ya he repetido el procedimiento en unas
cuántas sesiones más.
Las zonas de piel achucharrada, rojas y oscurecidas contrastan con el
resto, lechoso y suave. Sus pechos se agitan a causa del llanto, las
respiraciones aceleradas y sus jadeos entrecortados. Me pide una y otra vez
que termine con esto.
—No es nada en comparación con lo que va a pasarte allá abajo,
seguramente—digo con voz inocente, refiriéndome a las quemaduras.
Se atraganta y escupe saliva mezclada con sangre, seguramente por
morderse tanto la lengua en cada ola de insoportable dolor al contacto con
las cadenas ardientes.
Suspiro.
He perdido la noción del tiempo que ha pasado desde que entramos en el
galpón y la cuenta de los cigarros que me he ido fumando. Cada uno de mis
músculos se queja con cansancio, también pidiendo que me detenga. A lo
largo de la noche, Sandra se ha meado y vomitado encima, y el olor es
nauseabundo ya. Así que decido que es momento de lavarla por última vez.
Alex sigue firme afuera, no importa cuántos gritos y pedidos de ayuda haya
escuchado por parte de ella, siempre se mantuvo apartado, aunque sin dejar
de estar a mi disposición.
El agua corre desde la manguera y me apresuro para agarrarla y lavar la
mierda sobre Sandra. Está tan ida que ya ni se sobresalta por la cortante
temperatura. Si no la mato yo ahora, terminará muriéndose sola en poco
tiempo. Creo que podría usar un millón de tácticas más en ella, pero ya ha
colapsado y no queda nada más por hacer. Ha sufrido, ha gritado y pedido
clemencia. Y ha llegado el momento de que se abra un agujero en el suelo y
caiga en el mismísimo infierno.
El agua deja de correr y me estanco firmemente frente a ella, sacando mi
pistola desde la cinturilla trasera de mis vaqueros. Coloco la fría boca del
arma en su frente y estudio su rostro. Ya no hay reacción en ella.
—Mírame—le ordeno.
Su llanto se reanuda, porque sabe que ha llegado el momento. Despacio,
hace acopio de las últimas fuerzas que le quedan y dirige su mirada vidriosa
a la mía.
—Al final, terminaste siendo una pobre debilucha, tan cobarde como
pensé que serías—escupo, mis dientes apretados—. Es fácil doblegar a la
gente usando el dolor de una pérdida, o amenazar personas más débiles
sosteniendo un arma. Es simple jugar ese juego, ¿no es así?—no se mueve ni
responde, pero no espero que lo haga—. Se terminó todo, ahora.
Sus respiraciones se estancan mientras abundantes lágrimas corren por
sus mejillas mojadas, rasgadas y amoratadas, tiembla de frío y también de
desasosiego.
—Si te sirve de consuelo—sonrío, mostrando mis sientes—. Tal vez
puedas encontrarme y cobrarte venganza por esto en el infierno.
Entonces, allí mismo, sin esperar más, aprieto el gatillo.
Entre cintas doradas
Volver a casa.
Hace tiempo esa simple frase se convirtió en algo más, no es sólo un
grupo de palabras dichas a la pasada. Antes, volver a casa significaba algo
vacío. Pasaron muchísimos años desde que la expresión perdió fuerza y
sentido. Volver o no volver, era lo mismo, porque su hogar siempre iba
consigo, fuera a donde fuera. Su clan, sus hermanos. No existía diferencia
entre irse y regresar. Pero ahora todo ha cambiado. Ahora cada vez que sale
a la carretera se lleva sólo una parte con él, cuando la otra mitad de su
corazón se queda. Se queda en casa. Así que ahora, la frase “volver a casa”
tiene otra connotación. Más profunda, más tangible. Cada vez que León
regresa, se siente completo. Completo porque la mujer que ama lo espera, en
compañía de sus dos hijos que se han convertido en su mundo entero.
Siempre supo que uno, en la vida, nunca suma sin restar. Ha perdido
mucho a lo largo de los años, el pasado hoy se recuerda con cierto aire de
tristeza y melancolía, por los que se fueron, por los que se perdieron. Por el
amor que murió incluso antes de florecer en toda su inmensidad. Pero León
sabe las reglas, la vida te da, te quita. Si quiere, te arrastra por el lodo para
después colgarte a secar, sucio y sin fuerzas. Ya pasó por eso, entiende que
ha llegado su hora de ver la vida en millones de colores diferentes. Es verdad,
nunca fue un hombre que se rindiera fácilmente o se dejara hundir por el
dolor. Él es la personificación de aquella frase tan cliché: lo que no te mata te
fortalece.
Sobrevivió al sufrimiento y hoy recibe la recompensa, cada día al
despertar. Cada vez que enfoca sus ojos azules en aquellos pozos de
chocolate fundido que pertenecen a su mujer, la que le regala sonrisas
nuevas, cada vez más anchas y genuinas. La madre que brilla en cada
amanecer, porque también supo resistir, y ahora puede alimentarse del amor
verdadero y la felicidad completa. Y la recompensa está también en la
inocente expresión de sus dos bebés, y en el nombre con el cuál han elegido
bendecirlo: papá.
Con el ruido de las docenas de motos, los expectantes comienzan a salir
del bar, entusiasmo tomando sus rostros. A León le pasa eso que se repite
cada vez que arriba el recinto después de un viaje, corto o largo: se le mojan
los ojos. Y el corazón da un vuelco para emprender así una cabalgata a la
maravillosa sensación de casi explotar de anticipación. Felicidad. El cuerpo
se le despierta, ignorando el agotamiento, sus músculos alterados por las
ansias de correr y encerrar a su familia entre sus brazos.
Francesca aparece en su campo se visión, mientras ahoga el motor de su
moto y se apea, quitándose el casco. Sonríe y emprende la caminata de
acercamiento, pero a medio camino es derribado. Un pequeño niño de pelo
oscuro y ojos plateados rompe la distancia corriendo sobre sus pequeños
pasos, hasta golpear contra él y abrazarlo, atando las piernas largas de su
padre porque no se aguanta la espera de verlo avanzar. Abel está feliz de
tener a su padre de vuelta, y León se agacha así lo levanta en brazos.
—Hola, campeón—le besa el costado de la cabeza—. ¿Me extrañaste?—le
pregunta, caminando.
Abel asiente, una enorme y pura sonrisa transformando su rostro
pequeño y genuino. No avanza ni cuatro pasos más, cuando siente un par de
brazos delicados y suaves rodearlo. Desliza los ojos chispeantes de su hijo
para ver de frente el semblante sonrosado de Francesca, que busca su
contacto con desesperación. Sostiene a Esperanza contra ella, que con casi
un año, lo mira con adoración y le dedica una risita, mientras se chupa el
pulgar. El pelo ondulado oscuro despeinado enmarca su rostro pálido,
resaltando el juego de ojos grandes idénticos a los de su madre. Con el brazo
libre las rodea y atrae, primero besa a la pequeña en la frente, para luego
caer en los labios de Fran, que obtiene una descarga de energía después de
casi un mes de extrañarlo a morir.
Alrededor, todos abrazan a sus familias, risas y gritos de bienvenida
llenan el recinto y en este momento está la certeza de que no hay nada que
podría acabar con este ambiente tan festivo.
León suspira, los huesos de su espalda tronando.
—Vayamos a casa—pide, susurrando en el oído de su mujer—. Necesito
un baño, y pasar tiempo con ustedes antes de caer rendido…
Fran asiente y se toman de las manos, dejando poco a poco el barullo a
sus espaldas. De pasada, saludan a Lucre y Max, también afectados por la
separación de semanas, él sostiene a sus gemelos en cada brazo,
aplastándolos contra su pecho mientras devora la boca de su mujer. Adela,
no muy lejos, ya está colgada del cuello de Santiago, completamente negada
a dejarlo ir.
En la cabaña, mientras León se ducha, tomándose su tiempo, Fran
prepara una cena temprana, sabe que no queda mucho para que él caiga
desmayado, sin importar los horarios. Afuera ya está de noche y el viento frío
crea un sonido relajante entre los árboles de los alrededores. Abel la ayuda a
ordenar la mesa y una vez que todos se sientan en torno a ella, sirve la
comida. Hablan sin parar, León les cuenta sobre las escuelas rurales donde
siempre se toman el tiempo de parar para visitar y solidarizarse. Los
paisajes, los contratiempos, que nunca suelen ser muchos pero tampoco
escasean, y una lista más de aventuras. Fran lo escucha con atención y
admiración, y a Abel se le ocurre preguntar por todo, producto de su
inmensa curiosidad, (la que sus padres siempre se esfuerzan en avivar,
nunca frenar).
Después de cenar León se va a la cama grande con los chicos, allí juegan
y pasan el rato mientras Fran realiza los últimos quehaceres del día y se une
a ellos. Es la rutina de cada noche, a veces papá toca la guitarra y canta,
otras los fomenta a acompañarlo. Abel siempre se muestra dispuesto, la
música parece ser uno de sus intereses favoritos, al igual que las motos. No
quedan dudas de que está, cien por ciento, avivado por León, y le seguirá los
pasos completamente a medida que vaya creciendo.
Permanecen en ese estado hasta que los niños se duermen entre medio
de los dos y León apenas puede aguantar el peso de sus párpados. Ambos los
llevan a su dormitorio, el que provisoriamente comparten, ya que pronto
comenzarán las obras para agrandar la cabaña. Al volver a la cama se
acurrucan y charlan en voz baja, entre besos y caricias, hacen el amor. No
importa qué tan cansado esté León, necesita a su mujer como el mismísimo
aire que respira. Súbitamente se duerme después, y Francesca lo mira se
recarga con su imagen pacífica y hermosa por horas y horas, hasta que el
sueño la vence también y se deja arrastrar.
La claridad del sol la despierta por la mañana, y repiquetea las pestañas,
hasta recuperar del todo su conciencia. Aplastada por el abrazo de León se
queda un ratito más bajo las sábanas, enredada con él. Entonces sin
importar la hora, decide levantarse e ir en busca de sus bebés. Convencida
de que la sorpresa debe ser hoy. Despacio, en susurros y arrumacos, Abel y
Esperanza se despiertan paulatinamente.
—Shhh—se lleva el índice a los labios, avivando el entusiasmo de sus
hijos—. Vamos a darle un regalo a papá.
Abel abre los ojos, su atención acaparada totalmente. La niña, en
cambio, no entiende mucho pero les sigue la corriente. Repite los
movimientos de su madre, pidiendo silencio también. Con los pies descalzos
todos cambian de habitación y, antes de que Abel salte encima de su padre
dormido, Fran consigue una pequeña caja blanca cuadrada, envuelta entre
cintas doradas, escondida en el guardarropa. Se arrodilla en el borde de la
cama, al mismo tiempo que el niño llama a León saltando y riendo, viendo
cómo le cuesta a él despegar sus párpados. Una sonrisa adormecida les
indica que ya está medio despejado y Fran se inclina para besarle la
comisura de los labios.
—Buenos días—canturrea, sonriendo con dulzura.
Despeinado y con ojos entrecerrados se apoya en un codo y recibe el
golpe de abrazo que Esperanza le da, cayendo casi sobre su cara. Todos se
ríen, incluso la niña pierde el chupete, imitándolos.
— ¡Regalito para papá!—avisa Abel.
León, curioso, se fija en la caja y se sienta contra el respaldar antes de
que ella se la dé para que la abra.
— ¿Es tu cumple, papá?—pregunta Abel, mirando el regalo.
—No—niega León y lo despeina de un manotazo.
—No, pero eso no importa—dice Fran, a su vez alisando los mechones de
pelo negro—. No es necesario un cumpleaños para dar regalos—le cuenta.
El chico asiente y espera a que León desate las cintas doradas.
—Mmm—canta él—. ¿Qué será?—crea perspectiva en los demás.
Las cintas caen, y la tapa forrada en blanco le sigue. León descorre el
papel que recubre el interior y revela algo que lo desconcierta por un
momento. Tiene que pestañear varias veces para conectar el sentido de ese
obsequio.
Escarpines.
Paralizado mete la mano y saca uno, observa el material tejido en lana
blanca, elevándola ante la mirada de todos. Su mirada azul cielo se barre
hasta Francesca que lo mira con ojos grandes y redondeados, expectación y
humedad en ellos.
— ¿Qué es esto?—pregunta, sin aliento.
Ella sonríe, no puede hablar, muy cerca de estallar. León vuelve a revisar
dentro del paquete, sus cejas levantándose bruscamente cuando descubre
otro objeto. Más sólido, largo. Con pulso inestable lo alcanza y alza para verlo
claramente.
Un test de embarazo.
— ¿Francesca?—casi se ahoga.
Un test de embarazo que marca dos clarísimas rayitas rojas. Positivo.
Ella se limpia una lágrima antes de que caiga. Ya ha pasado por esto,
dos veces. Pero esta tercera es distinta, porque hay alguien a su lado a quien
correr con la noticia para hacerlo feliz. Llora porque sabe lo que esto significa
para León, no hay una explicación precisa para describir lo que ella siente al
ser testigo de su reacción.
— ¿Fran?—prosigue él, sin habla—. ¿Estás?... ¿E-estás embarazada?
A ella se le escapa una risita, algo llorosa. Es que parece que él aún no
cae en la cuenta de esto. Las pruebas están allí, pero aun así necesita que
ella se lo confirme. Desesperadamente. Porque parece ser un sueño.
—Sí, cariño—le reafirma, sorbiendo por la nariz—. Estamos esperando
un bebé.
León no dice nada, boquiabierto. Claro que no se lo esperaba, al igual
que ella. No hacía mucho que había comenzado las pastillas anticonceptivas
cuando cometieron el pequeño desliz, uno diminuto, que desembocó en esto.
Otro bebé.
—Un bebé—salta Abel, sus ojos plateados, enormes.
—Sí, mi vida—le asegura su madre—. Vos y Esperanza van a tener un
hermanito…
Vuelve su atención a León y lo descubre todavía mirándola fijamente, la
prueba de embarazo todavía en sus dedos. Pasan varios segundos hasta que
reacciona, soltando todo sobre las sábanas y estirándose para tomarla y
tirarla contra él. La abraza, apretándola hasta quitarle el aire y a su vez
tiembla, la emoción agarrotándolo. Fran le rodea el cuello con sus brazos y
atrapa su boca en la suya, sólo un intenso mínimo instante, ya que no se
olvidan de que están en presencia de los niños. Enseguida él los reúne
también, teniendo lugar para todos en sus brazos. Su familia.
La familia que se va a agrandar pronto.
—No sé qué decir—jadea, afectado—. No lo puedo creer…
Fran se seca los ojos, de nuevo húmedos, y le da un besito cariñoso en la
sien a Esperanza que los mira a todos, sin comprender la situación en
absoluto.
—Ni siquiera puedo explicar cómo me siento—sigue él, con los ojos
azules brillando por un manto de nacientes lágrimas—. Sólo puedo asegurar
que soy el tipo más feliz del mundo, y que te amo. Los amo a los tres… a los
cuatro, mejor dicho—cuela una mano y la apoya en el vientre de Fran y ella
ya no se aguanta el llanto—. Y prometo que les voy a dar lo mejor de lo
mejor… y carajo… no sé cómo seguir…
Esconde el rostro en el hueco del cuello de su mujer y madre de sus
hijos. Ella enseguida siente las gotas caer en su piel, correr hacia abajo. Le
besa la frente, cerrando los ojos. Y lo único en lo que puede pensar es en que
por fin ha encontrado un lugar, y un corazón para reclamar y amar. Y no
puede estar menos que agradecida con la vida, porque puso a este magnífico
hombre frente a ella y les ofreció esta segunda oportunidad que no tiene
precio alguno. Fran ya no tiene dudas, el felices por siempre la alcanzó
cuando entró al recinto por segunda vez. En ese momento en el que León le
agarró la mano y le donó fuerzas para traer a su hija al mundo.
Y está segura, ya nada podrá romper esta burbuja de felicidad, porque
esto es lo que todos merecen. Y mucho más.
De tal palo, tal astilla
La adolescente morena se baja hecha una furia del asiento trasero del
camión y pisotea en dirección al claro, su bolso rebotando contra sus
caderas. El pequeño grupo de chicos jóvenes que se amontona junto a la
puerta del bar vitorea y le lanza bromas, ella los ignora, su vista hacia
adelante. El conductor se apea también segundos después, riendo y
rascándose la sien, entretenido. Su pelo negro largo por encima de los
hombros se revuelve por la brisa. Le sigue los pasos a su hermana,
mostrándole el dedo medio al grupo perdiendo el tiempo más allá. Ellos le
dedican señas obscenas soltando carcajadas exageradas. El chico se lleva
una mano a la entrepierna como respuesta. Más gritos y bromas surgen,
algunos lo llaman para que se una, pero los deja atrás.
No hace más que entrar en la cabaña que oye el berrinche de su
hermana.
— ¡Mamá!—su rostro ruborizado intensamente con frustración—. ¡Tu
hijo golpeó a Lorenzo en la salida de la escuela! Tenés que parar esto…
Francesca sale de la cocina con sus ropas llenas de harina y un
repasador en las manos, observa con ojos risueños a su hija. Después
arrastra su atención al chico que recién acaba de pasar la puerta.
— ¿Por qué lo golpeaste, Abel?—pregunta, seria.
Él se recuesta contra la pared, sus dedos pulgares escondidos en los
bolsillos de los vaqueros desgastados y sucios de grasa. Había estado
reparando su moto cuando su padre le pidió que fuera a buscar a su
hermana al colegio.
—Él la tocó bajo la falda—se encoge de hombros, sus ojos plateados
brillando con determinación—. Y ya le había advertido que si lo veía
tocándola, iba a romperle todos los huesos.
Francesca aprieta los dientes para no reírse. Julián, de casi catorce
años, que se encuentra en la mesa completando sus tareas de la escuela,
levanta la vista y no puede evitar reírse. Él siempre se divierte cuando hay
conflictos en la casa, es el más parecido a su padre, no sólo físicamente. Si
no desde todos los aspectos.
—Solamente me tocó el muslo, no seas exagerado—patalea Esperanza—.
¡Y es mi novio!
Abel tuerce el gesto en una mueca de desagrado, Julián lo copia.
—Me niego a aceptar a ese concheto como cuñado—objeta,
inescrutable—. Además, ¡tenés quince!
Ella le muestra el dedo medio.
— ¡Es verdad!—salta el menor de los hermanos, Elías, viniendo desde los
dormitorios—. ¡Tenés quince! Y a mí tampoco me gusta ese, con su nariz
parada… Marica.
Esperanza lo señala con el índice, sus ojos chocolate refulgiendo con
exasperación.
—Vos cállate y deja de copiarle las palabras a papá. Lorenzo no es
marica. ¡Y tengo casi dieciséis!—chilla—. ¡Mamá! —busca su apoyo,
desesperada.
Francesca levanta las manos, rindiéndose. Vuelve a meterse en la cocina,
encogida entre sus hombros. Niega con la cabeza.
—Yo no me meto, tu padre es mejor en estos asuntos—se lava las
manos.
Abel y Elías se ríen al mismo tiempo, encantados. El más chiquito, tan
intensamente que hasta saltan lágrimas de sus ojos castaños. Julián mira a
su única hermana con los ojos entrecerrados, sabe que no tiene nada que
hacer ante su padre.
— ¡Nooooo!—niega vigorosamente la adolescente—. Papá está de acuerdo
con Abel, mamá—lloriquea—. El otro día le palmeó el hombro, ¡dándole
permiso para pegarle! Y se viven riendo de él…—insiste arrugando la nariz.
—Porque ES un marica—añade Elías, volteándose y siguiendo a su
madre, seguramente para atacar la heladera y vaciarla, como siempre.
El pelo rubio le cae por la frente y casi le tapa los ojos oscuros, burlones.
Él no se queda nunca atrás en ninguna discusión, y más cuando se trata del
indeseable novio de su hermana. Es insoportable, y nadie en el recinto lo
quiere. Es más, Abel y Tony ya han estado planeando sorprenderlo a
escondidas y amenazarlo para que deje de joder con Esperanza. Todo el
mundo sabe que la usa porque es linda y popular y, a espaldas de ella, habla
mentiras sobre el sexo que no están teniendo. Elías sólo tiene once años,
pero está al tanto de todos los chismes de sus hermanos. Y casi siempre está
del lado del mayor, porque es fuerte e inteligente y Esperanza sólo es una
impulsiva adolescente irracional.
—Oh-por-Dios—reniega la morena—. Me voy de acá.
Corre a su habitación, abandona sobre la cama todos sus artículos del
colegio y sale de nuevo fuera de la cabaña, rozando el hombro de su hermano
mayor, sin despedirse. Seguramente a buscar alguna aliada en su grupo de
amigas.
—Yo también—avisa Abel, toma una manzana de la canasta de frutas y
sigue a su hermana en la distancia por el claro, hasta llegar al bar. Por
detrás Julián también se acerca, apresurado.
El barullo allí es impresionante, todos están afuera porque es hora de la
lucha. Una o dos veces a la semana, los más jóvenes reciben tips de peleas
de los más grandes. Para Abel es muy divertido sentarse a ver cómo La
Máquina aplasta a los gemelos, son tan arrogantes que les hacen bien unos
buenos rapapolvos a sus enormes egos. Se dirige hasta el capó de unos de
los camiones y se recuesta encima, junto a Tomás y Franco. El primero se
enciende un cigarro y sopla el humo frente a su rostro.
—Que no te vea tu madre—carraspea Franco, al ser el menor de todos,
está siempre escandalizado por cualquier cosa.
Tomás se hunde entre sus hombros y le echa el ojo a sus padres, que se
encuentran saliendo del bar junto a Adela. Se apoya en su codo y observa a
su hermano que está a punto de recibir una paliza segura de Santiago.
—Siempre cree va a superarlo—dice Franco, muy serio.
Abel y Tomás se burlan con la primera llave de cabeza de la Máquina
sobre el chico. A lo lejos se escucha la carcajada de Max y León, Julián
también se ha ido a sentar con ellos. No hay dudas de que esto sólo sirve
para diversión. Menos para Nicolás, claro.
—A él nunca le vamos a ganar, pero esto nos sirve como aprendizaje.
Aprender del mejor, y todo eso—cuenta Abel, relajándose y entrecerrando los
ojos por el sol.
Todo el mundo está en el estacionamiento, animado. Incluso Esperanza
con las demás hijas de los miembros más cercanos. Nicolás se rinde en poco
tiempo, dejando de lado el orgullo, y prácticamente se arrastra hasta sus
amigos. El sudor le pega el pelo castaño en la frente y su cara es más
parecida a la de un maduro tomate recién lavado, brillante y rojo. Se viene
masajeando la espalda baja y escupiendo el suelo con una mueca agria.
—A ese…—gruñe, rencoroso, mirando de reojo a Santiago—. A ese, algún
día, lo voy a voltear.
Abel suelta una carcajada, los demás lo siguen.
—Tal vez cuando él tenga ochenta—comenta.
Nicolás le roba el cigarro a su hermano y casi se lo termina de una
pitada. Ignora el grito enfurecido de Lucre más allá, que todavía sigue
luchando para que sus hijos no empiecen con vicios de tan chicos. Ya están
pisando los dieciséis y son unos rebeldes, Abel piensa que ya es tarde para
enderezarlos. Perderá la batalla.
Una moto entra en los límites, zumbando con poderío, y se estaciona con
las demás. El conductor se quita el casco y deja que su abundante pelo
castaño dorado se le caiga sobre los hombros. Mientras camina hasta el
grupo, se lo ata en la nuca en un nudo descuidado. El grupo de las
adolescentes se queda callado, viéndolo pasar frente a ellas con la boca
abierta. Tony les guiña un ojo, seductor. Todas responden, menos
Esperanza, ella le frunce el ceño y desvía la mirada. Decidida a no simpatizar
con nadie que esté del lado de su hermano.
—Apareciste, pedazo de mierda—Abel choca los puños con los suyos.
Hacía bastante que su mejor amigo no pasaba a visitar a los Leones, su
padre lo tenía a las vueltas en su clan.
—Seh—entrecierra los ojos dorados y les da una media sonrisa.
—Deja las pajas, amigo, te sacan tiempo—responde Abel, jugando.
Tony se encoge entre sus hombros, su mirada brilla con picardía.
—Ah—suspira—, no sé… acá el superdotado sos vos.
Abel tuerce el gesto porque le dieron vuelta a la broma, después pone los
ojos en blanco. Sólo sabe Dios cuantos chistes se ha tenido que bancar por el
nivel de su Cociente Intelectual y por acabar el maldito secundario a los
dieciséis. Los gemelos se ríen al mismo tiempo y Franco los sigue por lo bajo,
más discreto, hasta que abre la maldita boca.
—Me han dicho que de tan superdotado llegas a las sesenta pajas
diarias.
Ahora las carcajadas abarcan casi todo el recinto, los demás los miran
con curiosidad. Abel fulmina a Franco con sus ojos de hielo. El pendejo
siempre aparenta ser callado pero de vez en cuando tiene alguna que te
manda a guardar en la primera oportunidad.
—En realidad, no—responde, ablandándose—. Eso es imposible. Soy tan,
tan superdotado, que no me entra en la mano.
— ¡Ohhhhhhhhhhh!—saltan los gemelos, extasiados.
Las risotadas no pueden ser más ensordecedoras ahora. Franco recibe
unas palmadas en la cabeza, malteada de gemelos.
—“Turn down for what”, Franqui—carcajea Tony, doblándose sobre sí
mismo.
—Asqueroso—salta una vocecita desde el techo del camión.
Todos se voltean a ver, encontrando a una pequeña pelirroja chupando
una paleta de golosina. Las pecas en su cara resaltan con los rayos de sol.
No tiene más de diez, pero parece haber entendido toda la conversación.
—Deja de ser una chusma—se queja Franco, frunciendo el ceño a su
hermanita—. Andá con tus amigas.
Ella le sonríe, dulce.
—Acá estoy cómoda—refuta—. Además, me interesa saber más de las
pajas… ¿cómo se hacen?
Tony no se aguanta la risa y explota, los gemelos quieren disimular
seriedad, tampoco duran mucho.
—Dios Santo—suelta Abel, después se deja llevar.
Franco está aún serio y rojo hasta el nacimiento del cabello. Sus ojos de
lobo entrecerrados con incredulidad.
—Te voy a…
— ¿Qué vas a qué?—salta una voz profunda acercándose.
Todos giran para encontrarse con el imponente Perro, que mira a su hijo
con advertencia.
—Nada—se desinfla Franco.
—Llévate a tu hija si no querés que pierda tan rápido su inocencia—le
dice uno de los gemelos, picardía en los ojos.
El Perro alza tanto las cejas que casi se le mezclan con el comienzo del
pelo.
—Papá, ¿cómo se hacen las pajas?—pregunta ella, todos detienen el
aliento—. Porque me acabo de enterar que Franco hace sesenta por día…
—Carajo—escupe Tony, por lo bajo.
Alex no dice nada, se estira hasta alcanzar a su hija y se la lleva en
brazos lejos de toda esa mala junta. Dios no quiera que aprenda más cosas
inapropiadas para una niña de diez. Mientras se alejan, ella le muestra el
dedo medio a su hermano, una sonrisa de demonio incrustada en su cara.
Éste se indigna.
—Voy a matarla mientras duerme—dice en voz baja.
—Espera un poco, déjala crecer—salta Tomás, entrecerrando los ojos a la
niña que ya se olvidó del grupo.
— ¿Por qué?
—A ver si termina siendo como tu madre, no queremos perdernos eso—
sigue Nicolás.
Franco se encoleriza.
—Ustedes son unos hijos de puta—escupe.
—Oh, espera, el otro día dijiste que mi mamá estaba buena—dice Tomás,
frunciéndole el ceño.
— ¡Fue una broma!—se excusa el otro.
—No fue una broma, lo decías en serio—Abel pone más leña al fuego.
—Pendejos…
—Yo hasta digo que mi madrastra está buena también, ¿y qué?—insiste
Tony.
—Yo ni la miro, a ver si tu padre me corta el pene antes de que incluso
pueda volver a usarlo. Ese sí que da miedo—le dice Nicolás.
— ¿Más miedo que La Máquina?— pregunta Tony, viendo cómo se acerca
Santiago al grupo.
—Por las dudas nunca me fijé si la tía Adela estaba buena—susurra
Abel—. No soy tan morboso…
—Seh, yo sí… y tu tía sí que está para darle…
Esos juegos de morbosidad se dan seguido entre el grupo, a nadie parece
importarle, ellos se divierten de ese modo.
— ¿Quién sigue?—pregunta La Máquina, ya sobre ellos.
Nadie habla, porque nadie quiere ser humillado por él.
—Vos—mira directo, con ojos inexpresivos, sólo a Tony.
Éste alza las cejas, revoleando los ojos. Se hace el desentendido.
—Fuiste—le susurra Abel a su lado—. Te escuchó, ahora te va a dar una
paliza inolvidable…
Fin
Lista de canciones
Mi caramelo - La Bersuit
Vivir sin tu amor - Luis Alberto Spinetta
La Ciudad de la Furia – Soda Stereo
Tighten up – The Black Keys
Wonderwall – Oasis
All I need – Within Temptation
Broken – Seether Ft. Amy Lee
Sisters – Divididos
Trátame suavemente – Soda Stereo
Muchacha (ojos de papel) – Luis Alberto Spinetta
Yellow Ledbetter – Pearl Jam
Cactus – Gustavo Cerati
Adiós – Gustavo Cerati
Juntos a la par – Pappo
El Arriero – Versión Divididos
Soy mi soberano – Gustavo Cordera
Big bad Wolf – In This Moment
Lo que viene…
Agradecimientos
Como cada vez que acabo una historia me atrapa esta familiar
sensación de vacío, esa que implica dejar ir un ciclo para abrir otro. Pero no
sólo es eso, también siento que ha llegado el momento de volver a
agradecer. Nunca se va a ir esta agradable sensación de gratitud, y me
parece esencial recalcarlo ahora.
Este año que se acaba ha sido el mejor en mucho tiempo, y hubo mucha
gente ahí, en el otro lado, desde distintas partes del mundo, empujándome
siempre para adelante. Leyéndome, esperándome y estrechándome una
mano para lo que sea que necesite. Incluso consigo más y más apoyo a
medida que pasa el tiempo y eso es impagable. Y es por todas esas buenas
vibras que hoy sigo haciendo esto y he tomado el gran envión para no
frenarme, a pesar de aquellas contras que de vez en cuando aparecen,
pero que logro dejar a un lado. Cosas que siempre pasan y son parte de la
vida que hay que saber superar.
Así que, nunca me voy a olvidar de esto, porque es mi alimento y
sustento, y siempre lo será. Tal vez algún día se me cumpla el deseo de
trabajar exclusivamente de lo que amo, pero si no sucede, ya no importa: los
tengo a ustedes. Con que solo les den una pequeñita oportunidad a mis
historias, soy feliz para toda la vida. Lo demás es secundario.
Después de todo, las pasiones son más que renombre y un cheque a fin
de mes. Y escribir para los que disfrutan de la lectura y la aman tanto como
yo, es lo que más me llena el corazón.
Esto va para las chicas que me leen día a día en el foro Simply Books:
Mayrucha, Sigain3, Mimi, Beth, Keniia20, Vero Morrison, Ilenna, Mari_p15,
Zayda24, Almita, CID, Vivi, Yayels, Duneska, Manesegovia, Katheleón25,
Rohangely, Gabymrtnz y Paulatona. Gracias por el apoyo diario y todo el
aliento, para mí son un gran empujón de crecimiento todos los días.
Además, les envío un enorme reconocimiento a todos los que estuvieron
pendientes y alertas a cada adelanto que fui posteando en mi blog durante
estos meses de espera, gracias por el aguante. Y, también, a todos aquellos
que eligen utilizar un período de su tiempo para abrir este archivo y leerlo.
Termine siendo productivo o no para cada uno, la oportunidad por sí sola
significa muchísimo.
Gracias totales.
¡Y hasta la próxima! ♥
¡Los invito y espero en mi sitio! Para seguir compartiendo
opiniones y novedades. ¡Siempre bienvenidos!
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