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Liam - Maya R. Stone

Este documento presenta una introducción a la historia de Liam Turner, el mayor de los hermanos Turner. Liam es el exitoso CEO de una compañía con sede en Los Ángeles. En la fiesta para celebrar un nuevo contrato, Liam habla con su hermana Avery y expresa escepticismo sobre el amor verdadero. Avery cree que algún día alguien podría romper las barreras emocionales de Liam. La madre de Liam quiere que él se comprometa con Melody, pero Avery no confía en ella. El documento estable

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Liam - Maya R. Stone

Este documento presenta una introducción a la historia de Liam Turner, el mayor de los hermanos Turner. Liam es el exitoso CEO de una compañía con sede en Los Ángeles. En la fiesta para celebrar un nuevo contrato, Liam habla con su hermana Avery y expresa escepticismo sobre el amor verdadero. Avery cree que algún día alguien podría romper las barreras emocionales de Liam. La madre de Liam quiere que él se comprometa con Melody, pero Avery no confía en ella. El documento estable

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LIAM

Hermanos Turner
Vol. 1
Dos mundos que van a colisionar.
Pasión, erotismo y romance asegurados.

MAYA R. STONE
Uno.
LIAM.

—Es una vista maravillosa, señor Turner, no me canso de apreciarla. Desde aquí es fácil
imaginar que uno es dueño del mundo.
La voz alta y chillona del Director de Marketing sacó a Liam de su distraída apreciación del
horizonte tras el cristal. Asintió, casi como por inercia; sus ojos habían estado mirando la noche
brillante sin verla, ignorando el espectáculo de los edificios y avenidas totalmente vestidos en
luces amarillas y rojas, y la impresionante posibilidad de tener a Los Ángeles a sus pies.
Ser el dueño de uno de los edificios más altos de la ciudad y tener esa vista todos los días la
había vuelto rutinaria, por lo que le sorprendía la admirada apreciación que todos los invitados
desplegaban.
—Espero que esté disfrutando de esta celebración —señaló, procurando que su voz denotara
una amabilidad que no sentía.
Socializar sin objeto lo aburría, como casi todo últimamente. El entusiasmo que lo embargaba
al tener un desafiante proyecto entre manos se había diluido al cerrar el contrato que hoy
celebraban, por lo que el tedio había regresado como un manto frío.
—¿Cómo no hacerlo? La fiesta es un éxito .Agradezco la invitación.
—Lo merecen, todos ustedes. El trabajo que han realizado estas semanas ha sido notable y mi
empresa se congratula de tener empleados así.
La voz ronca, la leve sonrisa de circunstancias que no llegaba a sus ojos, las frases armadas,
todo mostraba amable frialdad; había un inevitable desapego en el trato que el mayor de los
hermanos Turner prodigaba a sus subalternos. El hombre que había interrumpido las cavilaciones
de Liam entendió que esas frases serían todo lo que podría arrancar del gran jefe esa noche.
Ya era extraño que no le hubiese respondido con monosílabos, no era poco habitual que sus
interacciones se limitaran a miradas y gruñidos o a memos que llegaban por correo electrónico.
Liam Turner era un hombre parco y directo, uno que apenas dejaba entrever una faceta más social
en el fragor del trabajo, aunque esto se expresara en órdenes imperativas y férreas orientadas a
dirigir el conglomerado de varias empresas de las cuales era el CEO y principal accionista.
Un millonario exitoso y pujante, un líder implacable, un soltero más que codiciado, eran los
títulos que los periódicos y revistas solían escribir sobre él.
Liam dio un sorbo a su whisky y dejó vagar apreciativamente su vista por el enorme espacio
que era el ático del edificio más alto del Downton de la ciudad, tope de las oficinas y hoy
transformado en sala de recepción y por el que deambulaban, reían y bebían los activos más
importantes de su compañía y los socios más emblemáticos, así como los clientes más selectos de
su cartera.
Una risa se elevó por encima del bullicio general y le hizo ver que Melody trataba de atraer su
atención. Suspiró. Su madre, una vez más, se empeñaba en restregar en sus narices a la que
consideraba la candidata ideal para que su primogénito se casara y formalizara, en un gesto que lo
convirtiera en un hombre “con visión familiar”.
Elevó uno de las comisuras de sus labios con desdén; por supuesto que para su frívola madre
esa muñeca de clase alta que era Melody Hunt, con su cuerpo de gimnasio y quirófano, vestida en
impecable vestido de diseño y zapatos que gritaban Loubouin, era la mujer ideal para un hombre
como él.
Dejó que su vista recorriera a la platinada con apreciación, decidiendo que esa noche la
follaría sin piedad, con esos tacones de quince centímetros como único atuendo. ¿Cómo podía
desairar el hambre que se notaba en la mirada que lo fulminaba sin sutilezas? No había nada de
eso en Melody, aunque su madre creyera que era una correcta mujer de clase alta. A la rubia le
gustaba el sexo y lo disfrutaba sin tapujos.
De todos modos, no se engañaba, sabía que ella también apostaba por el compromiso y un
anillo. Como carnada, ese cuerpo de escándalo y ser la hija de uno de los clientes más importantes
de Liam. No tenía intenciones de proponerle algo tan serio. Tal vez en un futuro, podría ser la
correcta. Una mujer de clase alta, que sabía cómo comportarse, que tenía claro lo que era ser una
linda imagen al lado de un hombre de éxito. Parecía lo correcto, pero no lo haría pronto o sin
pensarlo más.
El toque sutil en su brazo le hizo mirar al costado y al ver a su hermana Avery sonrió
abiertamente. Ella, su pequeña hermana, no tan pequeña ya a sus dieciocho, era una de las pocas
que lograba que sus ojos verdes se avivaran y enternecieran.
— Hola, pequeña —la saludó con un abrazo y un beso en la frente—. ¡Qué bueno que pudiste
venir!
Ella sonrió y devolvió el abrazo. La diferencia de quince años se hacía notar entre ambos.
Avery era el resultado de uno de los últimos empujes del viejo Turner sobre su aristocrática
mujer, cuando ya esta pensaba que con cuatro hijos varones era más que suficiente para dar por
cumplido su rol.
Avery había sido la niña mimada por sus hermanos, ignorada por su padre por su condición de
mujer y poco apreciada por su madre, como no fuera para martirizarla por su peso, su poca
habilidad para socializar o su escasa dedicación a las compras y los artículos de lujo.
Liam siempre la había sentido frágil y expuesta, su protegida, aquella que merecía su cariño y
su tutela. La adoraba, sentimiento que el resto del mundo no podría creer, si fuera visible. A los
ojos de la mayoría, Liam Turner era un despótico y ambicioso bastardo que solo veía y reconocía
a los demás si esto le resultaba beneficioso para sus negocios.
No es que a él le importara transmitir esa u otra imagen, le era indiferente el resto, mientras
pudiera cuidar de su familia. Aunque sus hermanos, ya mayores, despotricaran por su constante
monitoreo y se lo hicieran saber con fastidio, él era único que podía guiarlos y mantenerlos por un
camino saludable.
Así había sido desde que tenía memoria: él había sido más padre de sus hermanos de lo que
nunca podría haber sido su progenitor biológico, el canalla de Steven Turner, un adicto al trabajo,
al sexo y a hostigar a sus hijos. Como cada vez que lo pensaba, la furia le recorrió. Con una mueca
buscó quitar al bastardo de su cabeza, sabedor de que esto lo conducía a la tristeza y el dolor.
No había dinero que quitara el mal sabor que los recuerdos traían de tanto en tanto. El
cansancio extremo del trabajo, el sexo duro y el entrenamiento físico parecían ser los únicos que
lo alejaban de pensar en ese pasado.
—Liam, ¿cómo no venir? Es un gran momento para la empresa, para ti—La voz de Avery lo
ayudó a volver a su realidad—. Me alegro que hayas cerrado ese trato tan bueno, nuestra madre
está fascinada, y algo preocupada también.
Él rodó sus ojos y sonrió.
—¿Por dónde pasan esta noche las preocupaciones de nuestra madre?
—Tu soltería. Debes asentarte, crear tu propia familia, eso es lo que dice —sonrió ella—. Y
tal parece que Melody es la candidata ideal para ti.
—¿Lo crees? —la miró retador y con una semi sonrisa, a sabiendas de que ella no podía
tolerar a las mujeres como la rubia.
—No dudo de que nuestra madre lo vea así. Melody es una mujer que vive de las apariencias y
agrega valor a un hombre de empresa. Sería “un gran activo para Liam” —imitó a la inefable Beth
Turner, su madre, con una voz impostada que lo hizo reír.
—¿Crees que nuestra progenitora está interesada en tener nietos?
—¿Que le recuerden que envejece y debe pasar más seguido por el quirófano? No creo—Avery
le guiñó un ojo, para luego quedar pensativa. No dejaba de ser triste que bromearan sobre la
superficialidad de su madre, porque era algo que había herido a todos—. ¿Tú crees que es la
mujer para ti, Liam?
—No lo sé, tal vez —dijo él, sin convicción.
—¿Alguien tan vacío y sin sentimientos reales? ¿Qué hay del amor? Parece que todo se reduce
a tratos.
—Ay, hermanita —meneó la cabeza—. No existe eso que llamas amor verdadero. Tú sueñas
con el romance, esas novelas que lees te han proyectado una idea del mundo y los hombres que no
existe.
—Que tú no creas en ello porque te has construido esa pared que es una coraza para tu corazón
no implica que no exista alguien perfecto que te pueda querer por quién eres en verdad —defendió
ella su postura.
—¿Quién se acercaría a mi sin pensar en quién soy o qué puedo hacer por ella? Seamos
honestos —su voz destilaba incredulidad.
—Alguien que te vea de verdad —dijo ella con cariño.
Liam era un hombre bueno que no podía o no quería dejarse ver en verdad, lo tenía claro.
—Eso del amor para siempre y las parejas que comen perdices es una tontería, Avery.
—Melody es una perra —dijo ella, volviendo al punto.
—¡Vocabulario, hermanita! —fingió escandalizarse él.
—No hay ropa, maquillaje sofisticado o outfit de moda que pueda disfrazar cuán vana y vacía
es. Jamás podría satisfacer tu necesidad de cariño.
—Supones que tengo algo así —bufó él y ella sonrió.
—Sé que es así, soy tu conciencia.
—Hermana menor, no tengo conciencia. No me puedo dar ese lujo, soy un tiburón en aguas
oscuras. Mis rivales verían a la conciencia como sangre sobre la que precipitarse.
—Tan frio y estoico como te muestras, tan grandote y musculoso como eres, tan lejano como
quieres mostrarte, te conozco —le divirtió ver la seria exposición de Avery—. Llegará el día en
que alguien rompa esa pared y te sacuda.
—Parece que lo disfrutarías —arrugó el entrecejo.
—Claro que sí. Veré con alegría que una mujer te mueva el piso. Una de verdad. No le des
lugar en tu vida a Melody —sentenció.
—Anda, ve. Disfruta de la fiesta y no te pongas en tren de rezongar a tus hermanos —le dio una
palmadita en su espalda y le sonrió—. Allá están Alden y Ryker y necesitan tus reprimendas más
que yo.
Dos.
LIAM.

Sus dos hermanos se veían serios y aburridos, aunque factiblemente a la caza de algunas chicas
que quisieran entretenerlos más allá de la fiesta. Suspiró. Estaba cansado y si bien el motivo del
festejo lo satisfacía, pues era el cierre de uno de los negocios más importantes de los últimos años
y como tal debía ser anunciado con bombos y platillos a la prensa y a los rivales, no veía la hora
de que todo terminara. Follar, descansar, dormir, esas eran sus prioridades ahora mismo.
Comenzaba a hastiarse de sonreír y hablar sin mayor sentido.
—Liam, querido —se volvió para recibir a su madre, que se había acercado con Melody a su
lado.
La blonda lo miraba sin pudor, recorriendo cada uno de los músculos de su cuerpo,
adivinándolos con lascivia. Sonrió en respuesta y deslizó su vista deleitándose con esos senos
enhiestos y levantados, dos bolas inmóviles que hacían un escote fenomenal y que eran la mejor
promoción de la opulencia de un bisturí de primera.
La falda del vestido apenas cubría la mitad de sus muslos y daba vista a sus piernas
kilométricas, unas que se hacían más largas con esos tacones con los que su miembro ya había
comenzado a fantasear. Ella sonrió con placer ante el escrutinio y su vista hambrienta se posó con
descaro en la carpa evidente de su pantalón. Su madre continuó hablando mientras ambos se
devoraban.
—Melody me dice que la tienes un tanto abandonada. Le he comentado que sin duda este éxito
que hoy coronas ha de ser la principal explicación.
—Madre— le sonrió con cierta frialdad—. Dices bien.
Le encantaba el sexo y ella era una mujer sin inhibiciones, aunque algo en él se rebelaba ante el
juego. Le hastiaba la facilidad y la falta de desafío que implicaba Melody. Su cuerpo reaccionaba
con obvia facilidad al físico privilegiado de la hembra, su miembro la quería ya, pero su mente no
parecía acompañar el deseo.
Una noche con ella sería una gimnasia sucia, sudorosa y apasionada, pero vacía de
sentimientos. Bufó ante los desvaríos de su mente. ¿Sentimientos? Avery lo había impresionado
más de lo necesario. Buscó concentrarse y vio que la rubia platinada pasar la lengua con cadencia
por el labio superior para luego morder el inferior.
—Extraño tu compañía. Nuestras salidas tan divertidas.
En el momento en el que ella levantó su brazo aparatosamente para arreglar su cabello, una
bandeja inoportuna se interpuso y las copas que portaba se deslizaron, volcando el contenido
sobre la persona que servía, salpicando unas gotas a Melody. Esto provocó el exagerado grito de
fastidio y rabia de la mujer, que dio paso a la transformación de su rostro en una máscara fría y
desdeñosa. Su voz se elevó:
—¡Es inaudito que una persona tan torpe pueda servir en un lugar tan selecto! —increpó a la
moza—. ¿Sabes el valor de este vestido? No alcanzaría toda una vida de tu salario para pagarlo.
Aunque imagino que mover todo ese cuerpo con fluidez debe ser imposible.
—Yo… Mil perdones, fue un mal paso —la voz temblorosa y baja, llamó la atención de Liam,
que en un principio había torcido la vista para no aguantar la perorata destemplada de Melody.
No le gustaba que esta mostrara su carácter caprichoso en público y menos aún que hostigara
sin necesidad a quienes trabajaban. Al mirar a la mujer implicada en el incidente, se vio
impactado por el rostro arrebolado y los ojos aterrados de una mujercita de mediana estatura y de
curvas rotundas que el uniforme apenas podía contener.
La diatriba venenosa de Melody continuó, pero para Liam fue evidente que si alguien había
sido afectado por el encontronazo era la pequeña moza. Sus ojos se concentraron en los senos
traslúcidos por la camisa empapada. Su masculinidad se sacudió al notar esos globos abundantes
y gloriosos, pesados y con los pezones como roca por el frio líquido.
No podía despegar la vista y sin duda ella, aún en su confusión, percibió su mirada porque el
tono rojizo de sus mejillas aumentó. Liam se regodeó con esas cumbres y luego de unos segundos,
con pesar, elevó su vista y la clavó en esos ojos de una negrura casi insondable, aunque aguados,
probablemente al borde del llanto por los insultos y la misma situación.
Tenía una cara hermosa de nariz recta y unos labios gruesos y pulposos. que suplicaban ser
besados. Al menos esa fue la convicción que le atravesó como una flecha. En el medio de un salón
en el que había mujeres de una riqueza espectacular, impactantes en su brillos y joyas, con estados
físicos impecables, él sintió el deseo furioso y urgente de besar a esa desconocida y sentir sobre
sí el peso de sus pechos opulentos. Debían sentirse deliciosos entre sus manos.
Hizo una mueca y procuró esconder la monumental erección y el dolor que sintió en sus
testículos, obvias reacciones de deseo primario y urgente. Reacción que le dejó sin aliento al
someterla a la razón implacable. Tenía que estar muy mal para pensar así.
La aparición del maître calmó los ánimos y las disculpas exageradas y untuosas hacia Melody
fueron el momento en que la protagonista de su fantasía usó para salir de la vista de la furiosa
rubia. Sin poder evitarlo, la siguió. La vio colarse en uno de los baños y como un vulgar espía fue
tras ella, como un autómata que no pudiera dejar de seguir las imperiosas órdenes de una libido
desbocada.
Por la puerta entornada, obvia evidencia del aturdimiento de la mujer, vio cómo se quitaba la
camisa con agitación tratando de secar el estropicio del líquido con el secamanos. Por el reflejo
del espejo pudo apreciar los senos cremosos, que parecían rogar ser acariciados. Imaginó sus
dedos deslizándose hasta tocar esos pezones que se transparentaban tras el encaje del corpiño. Su
garganta seca y sus ojos no perdieron detalle.
El movimiento más atrás y las voces hicieron que retrocediera con renuencia, desalentado de
que la imagen desapareciera de sus ojos. Pero se obligó, no correspondía que lo sorprendieran
fisgando a una mujer en un baño, cual si fuera un adolescente calentón.
Justo cuando salía se encontró con el maître, que se acercó para pedir disculpas, tal vez
pensando que estaba molesto, pero él sacudió la cabeza. No quería explicaciones, no era
necesario. La vio aparecer y notó que palidecía al verlo, probablemente creyendo que estaba
siendo expulsada. Nerviosa, se acercó con rapidez, su timidez y nervios probablemente
sobrepasados por la necesidad del empleo:
—No volverá a suceder, me disculpo nuevamente por la torpeza.
Mas que las palabras, le traspasaron la urgencia y la emoción de sus ojos intensos. Se obligó a
hablar, urgido por la necesidad de tranquilizarla.
—No es nada grave —dijo, en tono bajo.
¿Qué coño le pasaba? La cabeza le decía que esto era un absurdo. ¿Por qué preocuparse por
alguien que no conocía? Mientras lo pensaba, las palabras del jefe fueron duras, más de lo
necesario.
—Has sido descuidada y sin duda has desaprovechado la oportunidad que la empresa te ha
dado.
—Fue un accidente sin importancia —medió, buscando frenar el tono inflexible del hombre,
que tan complaciente como era con él y Melody, se volvía duro para sus subalternos.
<<Excesivo>>, pensó.
—No es el primero —el maître pretendía congraciarse con él y maldita gracia que le hacía.
Había una desesperación tan profunda en los ojos aguados que Liam sintió que lo sacudían esas
emociones, algo que no solía pasarle: él no se preocupaba por nadie más que por sus hermanos.
—Por supuesto que la limpieza del vestido de la señorita Melody será descontado de tu
salario.
La palidez y las lágrimas que se escaparon de sus ojos bellos desarmaron a Liam, que convirtió
sus manos en puños para evitar que sus dedos viajaran hasta esas mejillas suaves para enjugar
esas lágrimas que traicionaban la orgullosa necesidad de contenerse.
—No creo que eso sea necesario.
—Así es la política de nuestra empresa —contestó el hombre—. La satisfacción del cliente es
lo primordial.
Liam hubiera querido decir que su satisfacción en este momento sería que ella no llorara y lo
dejara abrazarla, pero fue tan ridículo que solo pudo darse vuelta y dejarlos atrás, enfurecido por
su propia estupidez. Estaba claro que estaba más cansado de lo que creía.
Regresó a la fiesta, pero esta había perdido todo interés para él. Revisó el ático con su mirada
mientras fingía interés en las conversaciones inocuas y agotadoras y miró a cada uno de los
integrantes del staff que servían, pero la joven ya no se encontraba entre ellos. Luego de un rato,
se acercó al maître y le indicó de manera autoritaria que quería saber el nombre de la joven que
había protagonizado el incidente. Este se amedrentó y pretendió deslindar a la empresa de
cualquier mal paso, cosa que él rápidamente aceptó.
—Es una empleada temporal, normalmente no trabaja en este tipo de eventos, mas estamos
escasos de personal. Usted sabe— dijo nervioso.
—El nombre —demandó.
—Amelia Sanders —contestó con rapidez.
—No debe preocuparse—Liam le sonrió, procurando diluir su ansiedad—. Esta empresa ha
trabajado durante mucho tiempo con nosotros y lo ha hecho de manera excelente. Esto fue
simplemente un percance menor— le sonrió con frialdad.
—Por supuesto. De todas maneras, ella ha sido despedida y su paga de esta noche retenida
para pagar por el estropicio.
Liam asintió, como si concordara con la medida, aunque a la interna pensó que era un castigo
muy duro para alguien que evidentemente necesitaba ese empleo. Su palidez y desesperación
habían sido evidentes. Ella había trabajado toda la noche y unas gotas de champagne la convertían
en una paria sin empleo ni paga. Era demasiado. Decidido, tomó su teléfono y contactó a su amigo
Jett.
—Jett, necesito que ubiques a una persona.
—Buenas noches a ti, genio —contestó con sorna—. Veo que tus habilidades sociales mejoran.
—Ya deja eso. Amelia Sanders. Quiero saber todo sobre ella. Y lo necesito para mañana.
—Dame algún dato más. ¿Sabes la cantidad de personas que puede haber con ese nombre? ¿Es
cliente, familiar de uno de tus colaboradores?
—Estuvo trabajando en la fiesta esta noche en la empresa de cáterin. La que te perdiste-
sindicó.
—Sabes que detesto ese tipo de reuniones de la egolatría. No me van. Y sé que tú las odias
también, así que no entiendo cómo sigues participando de ellas.
Había un dejo de reconvención en la voz de su único amigo, un tono que dejó pasar.
—Te paso de inmediato el nombre de la empresa.
—¿Qué ocurrió con esa mujer? ¿Algo que deba saber?
—Esa mujer me movió el mundo hoy, sin siquiera hablarme-confesó, llanamente. Su confianza
con Jett era extrema-. Es la primera que lo ha logrado en años. Mi cerebro y mi pene están de
acuerdo en que deben explorar este misterio.
—Hablas como un maldito loco —rio el otro.
No desconocía la intensidad y la cruda personalidad de Liam, pero esto parecía mucho.
—Esa mujer va a ser mi amante. Debo ubicarla.
—Wooow, no acierto a saber si estás muy borracho o te han abducido y transformado. No
pareces tú.
—Lo sé —suspiró—. Por eso debo encontrarla. Sacarme las ganas y drenarla del sistema.
—Claro, muy metódico. ¿Has pensado que tal vez no quiera?
El tono de chanza le fastidió.
—No se me ha negado nadie hasta ahora.
—En buena hora podría ser la primera.
—Creí que eras mi amigo.
—Lo soy. Por eso quiero que esa veta bastarda tuya tenga su merecido. Tranquilo, lo haré.
—Para mañana al mediodía; Jett. Quiero saber dónde vive, con quién, qué secretos tiene.
—Sabes que no puedes tener todo lo que quieres, ¿no es así?
Sin responder, le cortó. Ohhh, sí que tendría a esa mujer. No había tenido deseos de follar a
alguien con tanta urgencia. Era imperativo que la encontrara, no había límite que no cruzaría para
hacerlo, decidió.
Suspiró y se dirigió a su oficina, dejando atrás la fiesta. En la soledad de su gran despacho,
alejado del ruido, esbozó una sonrisa de satisfacción. Por fin un desafío o al menos la posibilidad
de uno. Esperaba que esa mujer de cabello cobrizo y curvas de escándalo estuviera a la altura.
No habría Melody esa noche, no había posibilidad de que pudiera concentrarse en satisfacer a
la esbelta platinada sin pensar en la desconocida. <<Amelia>>, musitaron sus labios deleitándose
en el recuerdo de su busto. Y sin poder evitarlo la excitación lo ganó y le hizo descubrir su
miembro, tomándolo con fuerza y cerrando los ojos mientras lo acariciaba y se masturbaba con la
imagen de esas tetas tal y como las había visto en el espejo, imaginando que esos labios pulposos
gritaban su nombre al correrse.
Su descarga fue intensa y satisfactoria, más de lo que el sexo le venía
brindando hacía un tiempo ya largo. Si la mera imagen lo ponía así, daba
por descontado que la realidad sería magnífica. Necesitaba a esa mujer y
la tendría, se empecinó mientras se lavaba las manos y la cara. Cuando
una idea o un deseo se apoderaba de su cabeza estaba perdido hasta que
no la concretaba.
Tres.
AMELIA.

Llegó a su pequeña casa en la zona oeste de la gran ciudad, agotada y dolida, sin energías. Lo
único que quería era arrebujarse en el sillón de la entrada, envuelta en su cobertor favorito, y
fingir que era un fuerte que la protegería de toda su maldita realidad. Sin desvestirse ni seguir su
habitual ritual para ir a dormir, solo quería llorar y sacarse el amargo regusto de la derrota que la
envolvía como una ajustada piel.
<<Ya deberías estar acostumbrada, nena>>, se instó, <<nada parece ir bien hace años, ¿por qué
debería ser distinto esta noche?>>. Hubiera querido gritar su frustración, pero no pudo más que
llorar apagando el ruido al morder el almohadón, para que su desesperación no llegara al
dormitorio superior en el que su tía y su hermana Tina descansaban. Tenía que dejarlas dormir, su
tía lo hacía poco y siempre con dolor, no podía dejar las afectara la rabia, tristeza y desesperación
en el que esa oportunidad de trabajo la habían sumido.
¡Qué ilusa había sido el día anterior, expectante y nerviosa por la oportunidad! Era la primera
vez que la empresa le permitía trabajar en un evento de tanta categoría, normalmente asistía en
reuniones familiares de clase media o empresariales de corporaciones pequeñas.
Trabajar en uno de los principales rascacielos del Downtown, en ese ático del Imperio Turner
implicaba una mejoría notable en su salario. El comienzo de la noche había sido soñado: el lugar
era de alta alcurnia y la fiesta una selección de lo más granado de la sociedad de Los Ángeles y de
California.
Todo había ido de maravilla la primera hora de la recepción; ella había logrado adaptarse al
ritmo del resto del staff, que eran ágiles y eficientes, y había servido tragos desplazándose entre
los vestidos Gucci, Calvin Klein, Prada y más, diseños maravillosos que reconocía de las revistas
de alta costura que solía devorar. Su pasión era el diseño y aunque su condición económica le
había impedido continuar sus estudios, el conocimiento práctico que su tía le había impartido y el
amor por la costura le permitían maravillarse ante las telas, los cortes y los brillos.
Tal vez fue eso lo que la distrajo por un segundo y la hizo fallar en su labor cuanto más atenta
debió estar. Un paso en falso, apenas un error de centímetros la llevó a chocar la bandeja con el
brazo en alto de una rubia adinerada que charlaba justo con el multimillonario dueño de todo el
edificio y la empresa.
Ese momento fatal había sido el fin del sueño. Con estupor, había tratado de controlar la
bandeja, sin éxito, y las copas del más fino champagne, probablemente cientos de dólares en
líquido burbujeante y frío, se habían derramado sobre sus pechos, dejando en evidencia su
posición y torpeza.
La ostentosa y bella rubia apenas había sido salpicada por unas gotas, mas sus chillidos
escandalosos hicieron del incidente algo más grave de lo real. No había sido rápida en reaccionar,
estupefacta; debió haberse mostrado más amable y ayudarla, pero se sintió tan inerme que no
pudo.
Al horror por su descuido se sumó el calor de sentirse expuesta, algo que se acentuó al notar la
mirada intensa y voraz en los ojos de ese hombre impresionante de metro noventa que era Liam
Turner.
Lo había observado en varias ocasiones mientras controlaba que las mesas estuvieran
rebosantes de manjares y las copas servidas. Sus colegas le habían contado que era el mayor de
los hermanos Turner y lo había admirado con cautela. Ese era el tipo de hombre que la derretía,
aunque ¿a quién no?
La masculinidad se filtraba por cada poro de ese cuerpo ancho y musculoso que se adivinaba
con claridad ceñido como un guante por el impecable traje oscuro de tres piezas de diseño. La
tela abrazaba sus miembros y ella había pensado que no podía haber un hombre más hermoso. La
mandíbula cuadrada y con una sombra de barba, los labios gruesos como cincelados, el cabello
castaño impecablemente peinado. Todo él era el epítome del éxito, la masculinidad y la belleza.
Era un Dios griego, habían suspirado en la cocina varias. Un hombre millonario en la cima del
mundo. Un hombre inalcanzable.
Había desnudado su torpeza justo a su frente, mostrándose absurda e inútil, cuando debía estar
escondida de su vista o siendo invisible, que era lo que correspondía. Y, sin embargo, hipó,
metida de pleno en el repaso del incidente, él la había recorrido con sus ojos con una expresión
diferente al fastidio. Él había fijado sus ojos como saetas en sus senos, sin despegarlos mientras la
rubia hacía su pataleta y ella temblaba. Con lujuria.
O al menos eso imaginó. Lo más factible era que estuviese conteniendo los deseos de echarla
del lugar sin más. Cuando pudo despegarse y el maître llegó, ella había escapado, musitando
torpes disculpas y había procurado secar la camisa. Sabía que debía regresar raudamente a su
tarea si quería conservar su empleo. No podía seguir alelada ante la visión del hombre, era
absurdo creer que un millonario sexy y sin límites como ese podría fijarse en una mujer de clase
tan baja como ella, con sobrepeso y cuya torpeza acababa de ser apreciada por los más
encumbrados y favorecidos seres de Los Ángeles. Su mente lo volvió a considerar al recordarlo,
mientras se tapaba más y los hipidos suaves eran sustituidos por sollozos.
¿Quién o qué era ella? Nadie. Una fracasada poca cosa que vivía como podía en un barrio bajo
del Oeste de Los Ángeles, una honesta pero quebrada mujer de veinticinco años que sostenía
como podía a su familia. Alguien que solo podía soñar con estar al lado de un hombre como
aquel, y ¡vaya si lo había hecho bien!
Su intento de risa no fue más que mueca. Tenía que dormir, recomponerse, no podía hostigarse
y golpear su herida autoestima más. Era más fácil pensarlo, claro. Las palabras del maître
volvieron a ella: <<Eres un desastre, una mala empleada. Nos has puesto en ridículo>>, había
espetado mientras le exigía la inmediata devolución del uniforme y la despedía sentenciando que
no tendría paga pues la empresa debería hacerse cargo de la limpieza del traje de esa rubia
platinada. Así que aquí estaba, despedida y más pobre que antes.
En el preciso momento en el que más necesitaba ese dinero para hacerse cargo de las
interminables cuentas que la enfermedad de su tía implicaban, además de sostener los estudios de
Tina. Lo había arruinado por soñar despierta, por apreciar la riqueza cuando lo único que tenía
que hacer era servir bebidas. ¡Tonta, mil veces tonta! Hipando y volviendo sobre esa mirada
cuando se le derrumbaba la vida. ¿Por qué no podía quitar de su mente esos ojos que la habían
hecho sentir deseada?
<<Espabila, Amelia>>, se dijo en voz alta, dándose toques en las mejillas para reaccionar.
<<Estás en graves aprietos, tu situación económica apesta y no puedes darte el lujo de creer que
alguien te va a rescatar de ella>>. No sería ese millonario y magnífico en su apostura el que
vendría por ella a solucionar las urgencias de su bolsillo. Ese corazoncito romántico y soñador
suyo, alimentado por tantas series y libros de príncipes encantadores le había arruinado el
cerebro, bufó.
La realidad era grave como para perderse en fantasías imposibles. <<Recuerda, Amelia. Soñar
es para ricos, ninguna frase de autoayuda va a pagar la electricidad, el gas, los alimentos, las
medicinas. Repite tu mantra: soñar duele>>. Respiró, mientras su contestataria mente decía que a
pesar de todo, soñar seguía siendo gratis.
Buscó recomponerse y pensar qué hacer. El empleo en la empresa de cáterin había sido
bastante constante en el último año y le había dado la posibilidad de ganar el dinero necesario.
Pero estaba perdido y no tenía caso llorar sobre la leche derramada. O el champagne, se corrigió.
No tenía otra posibilidad que pedir doble turno en la cafetería de mala muerte en la que
trabajaba y rogar que el maldito de su jefe, Bratt, le concediera esas horas extras. Se regodearía
con su necesidad, eso lo tenía claro, se lo haría difícil y buscaría aprovechar para volver con sus
asquerosas insinuaciones. Resistiría, lo rechazaría, esquivando sus manoseos.
¿Como su vida no había ido más que en bajada los últimos años? Le dolía rememorarlo, sentía
que nadaba en las profundidades de un mar oscuro sin llegar a la superficie, boqueando por aire,
sin éxito. Un día sí y otro también. No era solo su vida laboral, la amorosa también era un
desastre. Y todo eso comenzaba a pesar en su autoestima. Más de lo habitual.
Hubo un tiempo, cinco años atrás, en el que se había imaginado una vida: sería una pequeña
empresaria de la moda, independiente, con planes para convertir sus modelos en papel en
tendencia. Usaría las redes para promocionarlos, el boca a boca de los clientes. Su tía tenía
muchos y algunos podían ayudar. Mas todo se había desvirtuado cuando la querida tía Meg
enfermó y el dinero comenzó a ser cada vez más escaso y las cuentas más elevadas.
Por supuesto que cuidar a su familia era prioritario y aliviar el sufrimiento de Meg había sido
lo primero en sus tribulaciones. Era la madre que no habían tenido, las que las había criado y
enseñado, con amor y paciencia, asumiendo el rol que la muerte temprana de su hermana, madre
de Amelia y Tina, había dejado.
El cáncer era una enfermedad terrible, deterioraba el cuerpo y la mente, carcomiendo con dolor
a quien lo sufría, haciendo que los que los amaban sufrieran impotentes. Se hacía más complicado
cuando el dinero no alcanzaba. << ¿Qué podría saber de rigores esa muñeca de fantasía que era la
tal Melody, esa rubia elevada en sus imponentes zapatos?>>, pensó con rabia.
El mundo era injusto, el atuendo de una sola de aquellas mujeres de la fiesta equivalía a años
de salario y de agachar su espalda y cansar sus tobillos. Y bastaba un grito destemplado por unas
gotas de bebida para quitarle ese dinero a Amelia, una propina para cualquiera de esos
ricachones. Unas gotas, unos gritos, su torpeza, la precipitaban más abajo de lo que estaba.
Sintió que el pánico la invadía de a poco y se obligó a respirar y acompasar su mente con su
corazón, para que la primera calmara al segundo. No podía darse el lujo de caer, tenía que
fortalecerse. <<Inhala, exhala, Otra vez. Tranquila, tú puedes. Tú puedes. Resiste. Debes dormir
un poco. Respira, otra vez>>, se aleccionó hasta que sintió que el peso en su pecho se alivianaba.
A las 6:00 tenía que estar en pie para dejar dispuesto el desayuno y el almuerzo para Meg y
Tina. Su turno en la cafetería comenzaba a las 8:00 y tendría un largo día por delante. Si conseguía
convencer a Bratt, podría hacer alguna hora extra. No podía darse el lujo de arruinar su única
fuente de ingreso.
Parecía que no estaba tan lejos de la verdad su ex, Ben, cuando le decía que siempre se podía
estar más abajo y que ella se empeñaba en comprobarlo. <<Torpe, gorda, romántica empedernida,
frígida>>, solía decirle. La mujer de la fiesta, Melody, había asumido que su torpeza se debía a su
físico voluptuoso. Cuando el río suena, agua trae, eso decía el refrán. Si había constantes en su
vida, esos eran los epítetos que la denostaban. Esta noche su propia voz interna la castigaba
aceptando que no era más que eso. Solo unos ojos verdes, por unos segundos intensos, parecían
decirle que era atractiva. Y eran un sueño, una fantasía.
Cuatro.
LIAM.

Disminuyó la velocidad y dejó que su auto de alta gama se acercara a la acera, el motor
ronroneando con suavidad, hasta detenerse totalmente. Miró en derredor con escepticismo no
exento de preocupación; el lugar no era de los mejores y el barrio aún menos, pero era el sitio que
su amigo Jett había sindicado como el trabajo de Amelia y aquel no solía cometer errores.
Era muy bueno en buscar información y personas, no en vano era quien se encargaba de la
seguridad digital de su empresa y muchas otras. Se había mostrado más que interesado en Amelia,
varias de tus fotografías ahora en su celular, y le hizo saber que le gustaba. No lo dudó, ambos
compartían gustos en relación a las mujeres voluptuosas.
De todas maneras, le dijo que veía su accionar exagerado y él mismo no acertaba a saber con
claridad que era lo que lo llevaba a actuar como lo estaba haciendo, molestándose en ir a por
alguien que había visto apenas un rato. Alguien que lo había impresionado de forma evidente,
sacudiendo su mundo, de habitual estructurado y reglado.
Que ella no llevaba una vida fácil, se desprendía de la información: trabajaba mucho y en dos
empleos. Se corrigió, uno; le quedaba uno como consecuencia de lo que había pasado en su ático
la noche anterior. Tenía una tía y una hermana adolescente y al parecer la enfermedad de la
primera la obligaba a constantes y costosos tratamientos médicos. De eso daba cuenta el drenaje
constante de dinero que había sufrido una única cuenta bancaria que hoy estaba casi vacía.
Era increíble todo lo que podía averiguar Jett, desnudando la más cruda intimidad de
cualquiera que fuera su objetivo. Él, se corrigió, era él quien había transformado a esa bella chica
en objetivo, reconoció sin pudor. No solía tenerlo cuando algo le interesaba.
Había pasado por su casa en ese barrio espantoso y la pequeña residencia evidenciaba el
desgaste y la necesidad de pintura y reparaciones, aunque no contrastaba notablemente con el resto
del vecindario. Poca gente circulaba a esa hora y no había evidencia de actividad en la casa. Ella
estaría trabajando, sin dudas.
Había sentido la necesidad de saber todo de ella y conocer su entorno para poder aproximarse
con seguridad. Detestaba moverse a ciegas, en lo personal o profesional, contar con datos le
permitía controlar las variables y los riesgos. Sacudió la cabeza, casi divertido. Su mente trataba
a esa bonita mujer como un blanco y respondía como estaba adiestrada: convirtiéndola en presa,
acechando y considerando caminos aptos. Se sintió como un acosador y la idea no le gustó.
Tamborileó con dos dedos sobre el volante mientras alisaba su camisa, en forma automática.
Con la cafetería a pocos metros, se preguntó si era inteligente bajar o debía pasar de todo y
olvidar a la mujer. Era lo que su lógica le imponía, pero esta estaba algo embotada por las
urgentes oleadas que venían del sur de su cuerpo, alentadas por las fantasías que le sacudían
desde la noche anterior.
No era un hombre inseguro ni cobarde, solía confrontar lo que lo preocupaba. Y la pulsión no
se quitaba; había estado intentándolo por horas. Corrió sus habituales diez kilómetros, masacró su
piña de boxeo hasta que los nudillos le dolían, sin éxito. Al ducharse, había tenido que aliviarse
sin remedio, volviendo a imaginarla entregada a él y enterrado hasta sus testículos en su coño
tibio, entre sus rotundos muslos.
Cómo alguien podía meterse tan adentro suyo, volverlo tan duro y mantenerlo así, sin
provocarlo expresamente, era un misterio. <<No es ella, eres tú>>, se increpó. Y supo que tenía
que hacer algo al respecto. Tomar control de la situación.
Se había vestido en lo que consideraba un elegante sport y a pesar de eso supo que estaría
fuera de tono con el ambiente. No lo pensó con vanidad, sino por practicidad, sabía el precio de
lo que vestía. Incluso su auto era una tentación en este lugar, estaba seguro, pero no tenía previsto
demorar demasiado. Apenas lo suficiente para echar a andar su plan.
Uno que había ido hilando en el correr de la mañana y que no era más que la pantalla tras la
cual se escondían sus deseos. No podía ir a ella con la verdad, cruda y dura, de que la quería
entre sus brazos y sus piernas. De algún modo y sin conocerla, supo que esto la espantaría de él
sin más.
No podía esperar a que dejara su turno, no tenía claro cuando sería y no estaba acostumbrado.
Él imponía los tiempos, no al revés. Por lo que entrar al sitio era lo más rápido. Decidido, se
apeó con tranquilidad y se dirigió a la cafetería. A esta hora la asistencia debía ser menor; ya
había pasado el momento en que la gente iba por el desayuno y no era momento para almorzar.
Seguro habría tranquilidad suficiente como para que ella pudiera escuchar lo que tenía para
proponerle.
Ya adentro, buscó una mesa lejos del mostrador, en el que de reojo vio a un hombre de
facciones distendidas que de inmediato le desagradó, por instinto. Procuró darle la espalda al
sentarse, sintiendo que sus lo atravesaban de seguro preguntándose quién era y qué hacía por el
lugar.
Barrió el local con la mirada hasta dar con ella, Amelia. Atendía a dos hombres, tomando su
pedido con simpatía, para luego moverse con gracia en procura de sus bebidas. Liam fue
consciente de las miradas apreciativas que ellos deslizaron por su trasero y sus senos, envueltos
en un uniforme que los potenciaba.
La lujuria se alimentó al ver sus curvas y algo similar a los celos apretó sus puños. Detestó
esas miradas, esos vistazos de apreciación y murmullos que supo la ponderaban. Ella era
demasiado para ese par que la miraba como si fuera un objeto, alguien a quién follar. << ¿No es lo
que buscas tú?>>, sindicó su mente.
Tenía claro que sí, pero había más. Una mujer así tenía que ser apreciada, considerada, catada
como una fina joya. Apretó los dientes al notar que uno tocaba su brazo y ella se ponía dura y
alerta. Esa mujer era suya, no podía dejar que cualquiera sintiera que podía siquiera rozarla.
Se sorprendió de la insensatez de su pensamiento y trató de relajarse. Su intensidad a veces era
sobrecogedora, incluso para él mismo. Volvió a recuperar sobriedad al ver que ella lidiaba bien y
sin problemas con los imbéciles. Chica lista.
Cuando vio que quedaba libre, levantó su brazo llamándola, con cierto imperio en el gesto.
Solo cuando se acercó y le sonrió, dispuesta a tomar su pedido, le reconoció y la variación de
colores de su rostro le hizo preguntarse qué pensaba en realidad. ¿Le temía, le preocupaba que él
estuviera aquí?
No estaba acostumbrado a hacerse ese tipo de interrogantes. Las mujeres solían mostrarse
solícitas y encantadas en su presencia, coquetas. Amelia le miraba fijo y nerviosa, y le encantó ver
que enrojecía y su boca se abría en una adorable O, sin emitir palabra. Sus pequeñas manos se
restregaron en la falda y por fin, luego de varios segundos de mirarlo y hacer gestos con su boca,
le saludó.
—Ehhh, buenos días. Bien … Bienvenido
—Buenos días, Amelia —ella boqueó al escuchar su nombre y él sintió una punzada
placentera.
Dios, se veía tan inocente, tan transparente, que sus sentidos bramaron.
—Señor… Yo... Buenos días.
—Tal vez me recuerdas, soy Liam Turner —ensayó una presentación que supo era innecesaria.
Ella sabía quién era él, lo tenía claro.
—Lo sé —contestó bajito, batiendo sus pestañas tupidas de manera rápida y mordiendo su
labio inferior en un gesto de nervios que resultó ultra sensual.
Estaba convencido de que cada uno de los gestos de esa mujer, involuntarios y espontáneos,
eran divinas expresiones de una sensualidad escondida. No había nada de artificio en ese rostro
de muñeca y en ese cuerpo lujurioso y exuberante que lo excitaba como hacía tiempo nadie lo
hacía. Ella era como una fruta plena y madura, mal presentada y rodeada de un contexto que
impedía apreciarla en su plenitud. Pero él era capaz de distinguirla y se encargaría de dotarla de
aquello que necesitaba para que brillara. Solo para él. Si aceptaba. Y tenía que aceptar.
—Señor Turner.
—Dime Liam. Solo Liam.
—Solo Liam…Perdón— Ella se disculpó por la repetición y volvió a enrojecer y él sonrió
ante su aturdimiento—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Voy a tomar un café y quiero que te sientes conmigo.
Ella se sorprendió, mirando alternativamente a él y al hombre de la barra, que la observaba
con ojos entrecerrados.
—No puedo. Mi jefe…
—Seguro podrá entender que te tomes unos minutos.
—No…No es un hombre que entienda —la convicción de su voz lo sacudió.
De seguro era un bastardo que la hacía trabajar sin descanso por un salario miserable.
—Lamento escucharlo. Tengo una propuesta que hacerte. Una que puede cambiar tu vida —si
tenía poco tiempo, debía aprovecharlo para generar la suficiente intriga como para motivarla.
Ella lo miró con perplejidad. Claro, ¿qué esperaba? No lo conocía prácticamente.
—¿Una propuesta? —repitió, mirándolo con sus enormes ojos llenos de asombro.
—Así es —reafirmó él, sin apartar la mirada de su boca túrgida—. No me parece que te
pueden pagar mucho aquí.
—No, es verdad —dijo ella, con gesto evidente de no entender nada—. Su visita… ¿Tiene que
ver con lo que pasó anoche?
—Digamos que en parte sí
—No puedo pagar por el estropicio, pero el maître me descontó el sueldo, supongo que… —se
apuró ella, con temor.
—No tienes que preocuparte por eso —buscó contener su preocupación.
No quería que lo asociara con estrés o problemas.
—El vestido de esa señorita, no fue tanto —la voz se elevó apenas, en una queja minúscula que
dio cuenta de lo frustrada que estaba.
—Claro que no lo fue, querida —no pudo evitar el tono condescendiente. Ella despertaba su
deseo de protección—. Claramente la más afectada fue tu camisa… Y tú
Su voz, naturalmente grave, se había vuelto ronca y su mirada clara la miraba con fijeza,
procurando que no delatara el deseo que lo llenaba y hacía doler su bajo vientre. Sintió el impulso
de doblar a esa mujer sobre la mesa y acariciarla sin fin hasta arrancarle gemidos desesperados y
que le pidiera que la hiciera suya. Ella no podía ver la excitación que le producía cada vez que
movía sus caderas y meneaba su trasero, o una parte de su escote bajaba.
—Iré por un café. Debe tomar algo si va a quedarse —pareció reaccionar para moverse hacia
el mostrador y servir el líquido, probablemente debatiéndose entre la curiosidad por sus palabras,
lo extraño de su presencia y la necesidad de su trabajo.
Vio que el hombre que indicó como jefe la tomaba de un brazo y se lo apretaba y su rostro se
demudó, sintiendo que una ola de furia fría subía desde su estómago hasta su rostro. Era palpable
la violencia en la actitud inquisidora y en el apretón del que ella se deshizo con brusquedad.
Cuando volvió unos minutos más tarde, la notó nerviosa y le dijo:
—Ese hombre te hizo daño. Eso es violencia laboral —su voz era fría y demandaba respuesta.
—No es nada que no pueda manejar. Quiere que trabaje más rápido y sin distracciones.
Necesito… —había súplica en su voz.
—No quiero provocar más complicaciones —sentenció con brusquedad—. Esta es mi tarjeta.
Te espero hoy a las 17 en mis oficinas. Tengo una propuesta que puede ayudarte. Sé que atraviesas
problemas económicos graves y un trabajo como este no te ayudará a resolverlos. Y nada puede
hacerte soportar a un hombre abusivo como evidentemente es tu jefe.
—¡Espere! —ella le tocó el brazo cuando ya se levantaba y luego lo quitó, sonrojada por el
gesto—. ¿Cómo sabe…? ¿Qué tipo de propuesta?
—Lo sabrás. A las 17:00. Te estaré esperando.
Había casi una promesa en su voz. Necesitaba…Se corrigió, quería que ella aceptara, pero no
quería asustarla. Él estaba en una posición de poder y ella en una de necesidad. Había una
asimetría obvia en el trato que pretendía ofrecerle.
Mas él no era un maldito cobarde que necesitara escudarse en su dinero para ganarla. No le
pediría nada que no pudiera darle. No tomaría nada que ella no quisiera entregarle. El suyo era un
juego algo torcido, pero tan jodidamente excitante que lo tenía en vilo. Apenas podía esperar a
tenerla frente a sí y ver su cara cuando le contara lo que había pensado para ella.
Cinco.

AMELIA.

Se sentó a dar cuenta de su almuerzo en un costado de la estrecha cocina de la cafetería, el


menos poblado de trastos. Agradeció estar sola y sin cháchara alrededor, pues Bratt había llamado
al encargado de la cocina para increparle, como era usual. El abusivo utilizaba cualquier excusa
nimia o queja de algún cliente para descargar su ira sobre alguno de ellos. No había estado ajena
a eso.
Suspiró, masticando con lentitud. Tenía una bola en el estómago provocada por la ansiedad. Su
vida parecía haberse convertido en una ruleta rusa de emociones. Necesitaba ese tiempo para
recomponerse y lograr que su mente razonara y dejara de estar en las nubes. ¡Él había venido hasta
aquí, a este sitio que de seguro ni sabía podía existir, a verla! Liam Turner quería verla y tenía
algo para proponerle.
Parecía tan descabellado, un sueño. Ese hombre se había colado en sus retinas apenas al verlo
anoche, cada vez que había podido sus ojos volvían a él y su apostura, en medio de la fiesta, como
un gran imán. Solo respirar cerca de él era de locura.
¿Qué querría de ella? ¿Sería posible que el incidente de la noche anterior tuviera
consecuencias posteriores? Tal vez quería resarcimiento por los estropicios causados al vestido.
Aunque él le dijo que no era grave. Querida, la llamó, recordó, boqueando. Y si… ¿Y si era el
novio de la tal Melody y buscaba vengarse por ella?
Una vendetta, entrecerró los ojos. No, sacudió la cabeza. Un millonario moviéndose a un barrio
bajo, a una cafetería mugrosa para reclamar venganza por un vestido. Mal argumento para
cualquier film. Ella no tenía nada para darle, no podía pensar en algo que él pudiera querer con
ella. Ese tipo de personas estaban acostumbrados a salirse con la suya.
¿Podría ser que su torpeza hubiera resultado en problemas para la imagen de esa gente? Hoy
día los periodistas estaban siempre alertas para dar a conocer todo lo que les pasaba a las
celebridades, a los ricos y famosos. Su mente imaginó la foto que haría la cara de Melody y sus
gritos en fotografías. La ridiculizarían, sería objeto de chanzas. Se alarmó y casi se sintió enferma.
La culparían, la llevarían a juicio por … por algo. Tomó su celular y buscó en las redes
sociales, primero el perfil de la empresa de Turner. Su mano temblaba. Encontró de inmediato las
fotografías de la gala, hermosas y vibrantes, y las pasó con desesperación esperando que no
hubiera ninguna que la incriminara. No la había, se tranquilizó, para luego razonar que la empresa
jamás publicaría algo así.
Si había algo malo, sería en las publicaciones de los tabloides y revistas que solían retratar las
vidas y fiestas de los famosos. Encontró varias fotografías en ellos, pero ninguna que evidenciara
nada incorrecto. Respiró y trató de recomponerse. La visita de ese hombre la había
desestabilizado y no podía seguir así. Tenía que concentrarse en el trabajo actual y en su familia,
en sus preocupaciones.
¿Cómo haría para mantener la casa, pagar las facturas y las medicinas necesarias, además que
lograr que Tina pudiera seguir estudiando? Esto la hizo volver en sí y tomó el celular para atender
lo importante. Envió mensaje a Sharon, bendita fuera su mejor amiga. Se conocían desde
pequeñas, habían sido compañeras en el colegio y la secundaria, atravesando juntas las buenas y
también las amarguras de ser adolescentes marginadas por no corresponder a los estándares
promedio de inteligencia y belleza.
Sharon era enfermera, se había graduado, continuando sus estudios, lo que ella no había podido
hacer. Su amistad no había medrado, por el contrario, era bastón que la sostenía una y otra vez.
Solía pasar todas las mañanas antes de su trabajo para cerciorarse del estado de su tía Meg y
aliviar sus dolores de ser necesario, así como ayudar a Tina en alguna tarea. Era un ángel, la
hermana de la vida con la que el destino la había premiado. Siempre podía contar con ella y eso
era invalorable. Sabía que también era así al revés, ella estaba para contener las inseguridades y
preocupaciones de Sharon cuando era necesario. Aunque menudo par hacían ambas en ese sentido.
La respuesta que sonó de inmediato la tranquilizó: todo estaba bien en su casa.
<<¿Cómo estuvo el trabajo anoche?>>, el nuevo mensaje daba cuenta de la curiosidad de
Sharon por la fiesta. Normalmente tendrían mucho cotilleo sobre los personajes famosos, sus
vestidos, sus alhajas, sus zapatos. Sharon adoraba los zapatos.
<<No te haces una idea de lo mal que fue. Te cuento en la noche, el imbécil de Bratt me
llama>>
<<Pizza y vino en casa>> fue la respuesta inmediata.
Vaya si necesitaba a su amiga y desahogarse con ella, contarle lo que le había pasado. Reirían,
maldecirían, sollozarían y se emborracharían sin remordimiento. Su garganta se cerró al pensar
qué otras novedades se acumularían de aquí a la noche, en especial si pensaba ir a esa cita… No
era cita, era… ¿Qué era lo que tenía a las 17, exactamente? Que la mataran si entendía. Pero iría,
claro que iría, no podía mentirse fingiendo que lo iba a pensar.
La urgencia hizo que sus manos temblaran al lavar su taza. No tenía nada elegante que ponerse,
nada para cambiarse. Debería ir con el uniforme de trabajo. No había traído una muda alternativa
y era impensable comprar algo, no podía permitirse un gasto superfluo más. Rio con burla. Nunca
hacia gastos innecesarios, hacía meses que no compraba nada que le alegrara las noches.
Por otro lado, ¿por qué habría de hacerlo? No trabajaba para él, ¿qué podía ir mal por
presentarse con indumentaria de trabajo? No es como que él no hubiera adivinado que era una
mujer sin recursos. Una que acababa de recibir una invitación intempestiva que aún no sabía bien
por quéaceptaba. Lo único claro para ella es que iba a ir y no tenía que ver exclusivamente con el
tono con el que el señor Turner…Liam, había utilizado en la cafetería, sino que su propia pulsión
la obligaba a ir y estar un poco más de tiempo en su cercanía. Como una polilla pequeña que no
puede despegarse de la luz. <<Esas que mueren de un manotazo>>, se burló.
¿Qué podía buscar un millonario que lo tenía todo? Si fuera algo simple lo harían sus
secretarios, guardaespaldas, directivos, toda la gente que danzaba alrededor de alguien como él.
Esto era algo distinto, tenía que serlo. A ver, no era tonta, había visto su mirada de lujuria sobre
ella, aunque luego había desechado esa posibilidad. Pero ella podía reconocerlas, las veía a
menudo en los clientes que se insinuaban con asquerosa mala intención, dejándole saber todo lo
que harían con sus senos. El mismo Bratt no dejaba de mirarlos y lo había descubierto más de una
vez…tocándose. El recuerdo le hizo estremecer con disgusto.
Se acomodó el cabello con nervio. ¿Tal vez Liam Turner era de esos hombres a los que le
gustaban las mujeres con curvas? Bufó. ¿Por qué siquiera lo pensaba? Se enojó, sabiendo que sus
fantasías volvían a enredarla. <<Vamos, Amelia, reacciona y vive tu realidad. ¿Cómo podría Liam
Turner verte de ese modo? Si quisiera a alguien con curvas, podría llamar a cualquiera de esas
modelos de tallas grandes que son una belleza>>.
Ella estaba acostumbrada…No, no podía ponerlo así. ¿Cómo se acostumbra una al desprecio y
al doble sentido que muchos hombres utilizaban? O las mismas mujeres. Las palabras hirientes
para referirse a su físico. Su anatomía era irreductible, y así lo había demostrado; incluso en los
momentos en los que había procurado castigarla sometiéndola al hambre, su cuerpo había
permanecido estoico. Era su naturaleza, una que hubiera sido adorada en los años cincuenta, pero
que en el presente la arrojaba a la penumbra.
Debía agradecer que su tía la hubiera defendido a ultranza, siempre sosteniendo que era bella y
que tenía que estar orgullosa. <<Tu cuerpo de sirena, en forma de reloj de arena, tal vez no
condice con los cánones actuales en los que esas muertas de hambre se aprietan>>, sostenía.
<<Pero eres tú y debes alzarte sobre tus prejuicios y lo de los otros. Llegará alguien que te quiera
por quién eres, por cómo eres, alguien que disfrutará intensamente de lo que puedes entregar,>>.
Si no había caído del todo en pozos depresivos por los disgustos y malas experiencias amorosas
había sido por ella, que había sostenido su mano.
Había sido especialmente necesario ese cariño y apoyo incondicional, de ella, de Tina y de
Sharon, para superar el amargo sabor que le había dejado el fiasco asqueroso y removedor que
había sido su falso noviazgo con Ben. Esa víbora malnacida que la había engañado, se había
burlado de ella sin piedad, por una simple apuesta. Había confiado en él tanto como para
entregarle aquello que guardaba para el “verdadero amor”.
Su virginidad, pensó con amargura. Había sido una simple moneda de cambio para que Ben
ganara su pulseada con sus amigos. ¿Se podía ser tan canalla? Sip, él era la prueba. Y ella el
resultado. En el camino había arrasado con su ingenuidad, con los sentimientos que había
depositado en él, con la confianza en los otros. Ella se había entregado como una tonta y su
corazón había sido vapuleado. De nada valía que luego él se hubiera mostrado contrito y le dijera
que había disfrutado del tiempo juntos.
La traición había sido mayúscula, dolorosa. La había sumido en noches de interminable auto
desprecio y llanto, hasta que pareció que quedaba seca por dentro. Había llorado mucho, tanto.
Por su ingenua visión del amor y de los hombres, por su credulidad, por su escaso orgullo que la
hizo aceptar lo inaceptable. Por negar lo que su corazón sentía; que era agraviada, disminuida,
desdeñada y usada. Se había aferrado a la ilusión del cariño dejando de lado todo sentido de
preservación.
Reconocerlo fue duro y la llevó al límite; lloró por todo. Tal vez más por su propia actitud que
por Ben en sí mismo, eso podía reconocer hoy, en la lejanía. Se había enamorado del hecho de que
alguien se detuviera a mirarla, de que alguien la considerara bella, deseable. ¡Cuánta razón tenía
su tía! Creyó haber encontrado a un príncipe, pero no era más que un sapo.
<<Tienes que recordarlo Amelia. Cuando algo parece demasiado bueno, tiene trampa>>. Tenía
que reforzar sus defensas y mostrarse entera. No podía claudicar frente al primer hombre que
mostrara algo de interés. Empero, no era fácil cuando este era alguien que se parecía a un ángel
musculoso, con ojos como un mar verde y dinero para tapar buena parte de la ciudad de Los
Ángeles.
No es que esta última parte la conmoviera como punto central. Por más que necesitara dinero,
para ella lo primero era la persona, sus dotes, su humanidad. Era lo que aspiraba que vieran en
ella. La voz de su jefe recordando que su tiempo libre finalizaba la trajo a la realidad, esa gris y
monótona que la envolvía como un manto.
La intensidad de la labor la sumergió hasta las 3:30 de la tarde en la que sus pies ya no
resistían. Se sentía cansada y agobiada, deseosa de retornar junto a sus afectos. Y todavía tenía
por delante el encuentro con Liam, lo que la ponía de los nervios. Lo más sensato era correr y
esconderse en su casa, suspiró. Como una cobarde, escapar de cualquier situación compleja que él
quisiera adjudicarle. No podía ser bueno, no creía que fuera a serlo, se repetía.
De todas formas, se dirigió al baño y trató de mejorar su aspecto para dar una impresión menos
mala, no tan decadente como la que el espejo mostraba. Se refrescó y peinó, dando brillo a su
cabello cobrizo que ató en una cola de caballo alta. El delineador que siempre llevaba en su bolso
le permitió avivar sus ojos y disimular en parte las ojeras. Aplicó labial, uno discreto qué más
que colorear daba brillo a sus labios y esparció un poco por sus pómulos. No podía hacer más,
decidió. Con inquietud y expectativa se dirigió a la salida y tomó el primer taxi que encontró.
Tentada estuvo en dos ocasiones de pedirle que diera vuelta y la llevara rauda a su casa, pero se
contuvo. <<El mundo es de los valientes, Amelia>, se dijo.
Cuando estuvo frente al enorme rascacielos, punto central de las empresas Turner, sitio que la
noche anterior la había visto irse llorando desconsolada, un estremecimiento eléctrico recorrió su
columna vertebral y la hizo detenerse, dudando. Estaba a tiempo de volverse atrás. Si lo hacía, no
vería más a ese hombre, probablemente. No sabría qué quería de ella, que propuesta tenía para
hacerle. ¿Una oportunidad de cambiar su vida, de mejorar? ¿Un golpe más, problemas?
Nada parecía anunciar esto último, no tenía sentido el miedo. Tomó aire y con decisión se
dirigió a la entrada, donde un portero tomó su nombre y le habilitó la entrada tras comprobar que
estaba en su lista. No pareció sorprenderse de su ropa o ,si lo hizo, tuvo la suficiente decencia
como para no hacerlo ver.
Amelia estaba segura de que no era nada común que una mujer tan mal vestida atravesara la
entrada de este edificio. El hombre la dirigió a la recepción, donde un guardia corpulento y
trajeado la recibió y la guio hasta un ascensor que no había visto la noche previa. Aunque el
servicio de cáterin había entrado por la puerta de servicio, claro, no había forma de haberlo visto,
pensó nerviosa.
—Toque el botón rojo y la dirigirá a las oficinas del señor Turner —le hizo saber y ella
asintió.
No había como perderse, había pocos botones y ninguno correspondía a pisos específicos.
Exhaló con fuerza, aunque mantuvo su postura estoica. Debía haber cámaras por todos lados en
este sitio. No sabía que esperar y por dentro temblaba por la inminencia de tener enfrente, otra
vez, a Liam Turner.
Seis.
LIAM.

Se sintió aliviado al desprenderse de la presencia de su hermano Alden quien, como si supiera


sus intenciones, se había presentado esa tarde de sábado en las oficinas con intenciones de
trabajar, algo que de habitual no realizaba los fines de semana. Su hermano solía tomar los
sábados y domingos para resguardarse a solas, como el ermitaño que era desde hacía cinco años.
La razón de esta presencia y de su ánimo de conversación preocupada era laboral: quería dejar
en evidencia sus reticencias, preocupado por las implicancias de los cambios estructurales que
los nuevos clientes exigían a sus diseños arquitectónicos.
Alden era un artista, un consumado arquitecto que diseñaba lugares hermosos y le costaba
mucho aceptar cambios. Lo escuchó tanto como pudo, consciente de que su metódico hermano
necesitaba que reforzaran su convicción de que ningún detalle importante se perdería en el camino
hacia la concreción de sus maquetas. Al mirar su Rolex y ver que apenas quedaban quince minutos
para la hora en la que había citado a Amelia, lo despidió sin mayores contemplaciones ni más
trámites, impaciente, ganándose una mirada entre fastidiada y curiosa de Alden.
Había impuesto un ímpetu extra en su tono y probablemente se filtró un dejo de ansiedad en su
expresión, no habitual en él, que no solía perder la línea ni la sangre fría. Debía reconocer que la
inminencia del nuevo encuentro con Amelia lo ponía un tanto… No sabía cómo definirlo. No era
nervioso, estaba acostumbrado a manejar el estrés y hablar con una mujer no se lo generaba.
Expectante, motivado, deseoso, serían expresiones más ajustadas. Y eso no le disgustaba, lo hacía
sentir más vivo, más humano.
Se había debatido toda la tarde entre dos ideas contrarias: la de que sería mejor que no viniera
y la urgente necesidad de que lo hiciera. Justificaba la primero en la convicción de que no era
momento para dar inicio a una relación de la que pudiera arrepentirse. La segunda idea tuvo
mayor peso, en definitiva, pues a esas alturas era obvio que nada le gustaría más que arrepentirse
de involucrarse con ella. <<Tonterías>>, farfulló. << Me muero por hacerle cosas de las que no
me arrepentiría para nada>>. Además, que no se presentara no le haría bien a su ego. No toleraba
bien el rechazo.
Se echó atrás, piernas sobre el escritorio y brazos detrás de la nuca, en actitud de relax. Se
volvió a preguntar si no estaba yendo demasiado lejos, si lo que había decidido no era una total
locura. ¿Qué pensaría esa mujer, a todas luces ingenua y honesta, de la cruda oferta que pensaba
hacerle?
No es como si fuera la primera vez que un hombre importante le ofrecía algo así a una mujer.
Pero él jamás lo había hecho. Nunca había tenido la necesidad o el deseo. ¿Por qué ahora, por qué
con ella? Porque lo había impactado, no había otra explicación y no se detendría a analizarlo
mucho más.
Había estado sopesando, eso sí, una forma de presentar sus deseos que no fuera dura o
insensible, buscando endulzar la que podía sonar como una pregunta ofensiva. No estaba en su
espíritu hacerla sentir mal o menos. Por el contrario. Desearla tanto no hacía más que enaltecerla
ante sus ojos. Mas como su propia cabeza no estaba clara al respecto, temía sonar como un ruin
depredador que usaba su posición para ganarse a una mujer.
No obstante, no encontraba otra forma que la verdad para expresarse. No le gustaba mentir, no
lo hacía con sus clientes ni con su familia. Su honestidad, a veces brutal, era uno de los baluartes
que defendía a ultranza. Uno de los valores que lo destacaban y él mismo era consciente de que no
eran muchos los que poseía.
El sonido del intercomunicador le hizo saber que ella había llegado. Bien, asintió, con una
sonrisa canalla desplegándose. Llegaba puntual, probablemente transida de curiosidad. Se
preguntó si ella adivinaría sus intenciones. Qué más daba ya, si no lo había hecho, la sorpresa la
haría insultarlo e irse con rapidez, o, si la había juzgado mal, aceptaría sin más. No lo creía, pero
la gente era una caja de sorpresas. Las mujeres, en particular.
Se incorporó y se dirigió a la entrada del ascensor que comunicaba directamente con su
oficina. Era su escape privado y le aseguraba la intimidad en este lujoso conglomerado. Al abrirse
las puertas, la visión de Amelia, algo encogida y con evidente cara de duda lo sobrecogió. Estaba
hermosa, aun cuando vestía el uniforme de la cafetería.
<<El mismo atuendo>>, consideró con sorpresa. Él estaba acostumbrado a que las mujeres se
prepararan para la guerra y usaran todas las armas de seducción que tenían para confrontarlo. Era
poco usual que una mujer ingresara en su edificio con una vestimenta tan insulsa. Las empleadas
de sus empresas ganaban muy bien y lo hacían notar en sus trajes o vestidos de diseño. Levantó
una ceja como expresión del pensamiento tan irónico que lo atravesó. Tantas mujeres habían
procurado impactarlo con aparatosidad y lujo y esto lo lograba espontáneamente una mujer con su
naturalidad y su exuberancia.
Amelia esbozó una sonrisa nerviosa y se quedó quieta, sin saber muy bien qué hacer, por lo que
él adelantó una mano con caballerosidad, procurando que se sintiera bienvenida a su lugar.
<<Indefensa, tímida, soberbia>>, esos tres adjetivos se colaron en su mente mientras la conducía a
uno de los sillones y la invitaba a sentarse.
—Bienvenida, Amelia —le sonrió con amabilidad, una que no solía brotar a menudo pero que
para ella nacía sin forzar.
Ella se aclaró la garganta y trató de gesticular. Era probable que se sintiera fuera de lugar y
nerviosa ante su presencia. Luego sonrió y Liam sintió que salía el sol. Así, tal cual. Raro,
decidió, pero tenía la cualidad de disipar cualquier tensión, que no fuera la sexual, obvio.
—Lo siento, es probable que esté fuera de lugar con esta ropa, pero no tenía opción de
cambiarme. Lamento presentarme así. Los tiempos —ensayó una disculpa.
Él se sentó a su lado y le sonrió de vuelta.
—No tienes que disculparte por nada —le aseguró, dando una palmadita a su mano. Quería
tranquilizarla, que se sintiera a gusto y segura con él—. ¿Qué te puedo ofrecer de beber? ¿Un café,
refresco, algo más fuerte?
—No, no. Si usted desea la puedo traer —ella intentó incorporarse.
—No estás aquí para servirme, Amelia —acotó, mientras pensaba al menos tres formas en que
podía hacerlo.
—Sí, bien, perdón. Es la costumbre —bajó la cabeza y él no pudo evitar tomar su barbilla con
dos dedos y elevarla, para que lo mirara, con el respingo subsecuente.
Parecía que no estaba habituada a gestos de ese tipo. <<Eres un desconocido, idiota, un hombre
poderoso que le pide venir y tiene un planteamiento para hacerle, luego del incidente en este
mismo edificio, el que hizo que la despidieran. La citas en tu oficina con grandilocuencia, genio.
Ha de estar que no cabe en sí de ansiedad>>. No le gustó pensarlo, quería que pensara en él de
otra forma.
—Estoy… algo nerviosa —dijo ella, sus mejillas arreboladas, los ojos brillantes y los
pequeños dientes mordiendo el labio inferior de esa boca tentadora, gesto mecánico, pero
sumamente excitante.
Liam sintió que la libido endurecía su miembro, sin control de la fantasía que colocaba a esa
boca envolviendo su hombría, mientras esos ojos grandes y profundos lo miraban con fijeza, por
lo que se incorporó con agilidad, dirigiéndose al bar. Tenía que lidiar con la excitación que
tenerla allí le provocaba y su hábito de hombre dominante e impositivo que buscaba obtener lo
que quería sin dilaciones.
Nada de eso iba a funcionar con una mujer tan sensible y genuina como era ella. Lo sentía en
sus huesos, lo percibía con mirarla: su actitud modesta con las manos cruzadas sobre su falda,
esos ojos que bajaban y no sostenían su mirada, probablemente disminuidos por el lujo y
autoridad que emanaba de su oficina y el edificio todo. No hacía valoraciones egocéntricas, era lo
que era.
El sitio estaba diseñado para impresionar y mostrar al mundo el éxito y la riqueza del
conglomerado Turner. Hombres muy poderosos se sentían inquietos aquí. ¿Como no lo haría una
mujer de clase trabajadora? Ella no podía saber que, para él, lo más impactante de esta habitación
era ella, eso lo entendía él.
—Quiero que estés tranquila, no estás aquí porque hayas hecho nada mal. La propuesta que
tengo para ti es simple, pero antes debo explicarte algunas cosas.
Ella se enderezó atenta y Liam no pudo evitar deslizar su vista hacia el escote moderado que su
camisa armaba, un sugerente canal entre esos senos que lo traían loco desde la noche anterior. Era
un hombre de pechos, no cabía duda, y los de ella lo llamaban a apreciarlos de mil formas. Dio
vuelta para servirse el whisky y se obligó a enfocarse y apartarse de esa mirada honda que
parecía calarlo.
—Eso…Me parece curioso y no acierto a entender qué puede querer de mí —ella agregó, un
tanto más suelta.
—Entiendo tu confusión. Soy un hombre importante y con mucho dinero, eso ya lo sabes y no lo
digo con ostentación. Mucha gente trabaja para mí y me congratulo de ser un jefe serio, en
ocasiones, muy severo. Pero trato de ser justo. Sé que lo que ocurrió contigo anoche no lo fue.
Ella volvió a morderse los labios y asintió.
—Fue una torpeza, pero necesitaba ese dinero —murmuró.
—Tal vez esto te sonará mal y habla de mi como un desconsiderado absoluto, pero también sé
que ese incidente jugó a mi favor.
—No lo entiendo —ella desmesuró sus ojos, confundida.
—De no haber sido por esas copas derramadas, no hubiera detenido mi mirada en ti —de
inmediato se corrigió, maldiciéndose por su comentario, que la ruborizó—. No lo tomes a mal,
esas fiestas suelen aburrirme hasta el delirio. Demasiados brillos, demasiada gente haciendo
ostentación de su riqueza y sus logros. Todo me parece igual y solo deseo que termine.
Ella asintió, una vez más.
—Tú debes tener una visión bastante ácida de las fiestas de los ricos y famosos.
Su rubor le confirmó que acertaba.
—La suma del líquido que derramé anoche podría alimentar a una familia por días —musitó.
—Siempre es bueno recibir la visión externa. Solemos estar dentro de una burbuja y olvidarnos
del resto del mundo. En fin, el asunto es que te vi. Y me gustó mucho. Ese champagne tan caro
nunca se vio tan exquisito —su tono bajó algunas décimas para volverse ronco.
El leve sonido que ella emitió, sus ojos más abiertos y la deliciosa abertura de sus labios en
forma de O le hizo ver cuánto la sorprendió.
—Yo... Esto...
—Descuida, no digas nada. Puedo entender perfectamente que estés sorprendida. No suelo ver
mujeres como tú a mi alrededor.
<<Deja el tono grandilocuente y soberbio si quieres ganarte su voluntad>> se advirtió.
—No tiene que decirlo, puedo entender eso— el tono de voz de ella bajó y algo indefinible
cruzó su rostro. Una mueca un tanto triste.
—No me malentiendas. Es un halago —ella lo observó con incredulidad—. Las mujeres que
trabajan o pululan en mi círculo son muñecas perfectas en su exterior. El dinero compra muchas
cosas.
—Y la carencia del mismo prohíbe muchas —sentenció ella con amargura.
—No lo sé con certeza, me temo.
—Apuesto a que no —sonrió ella, sin dureza.
—Noto en ti actitudes que no son comunes y me gustan. Naturalidad, expresión fiel de
sentimientos, vergüenza. Me gustan mucho tus ojos, transparentan lo que sientes.
—Y mis senos —ella lo miró fijo, casi severa—. No tiene que ser tan sutil, suele ser lo
primero y a veces casi lo único que ven de mí.
Su cruda declaración lo desarmó. Ella no se lo decía provocativa ni expectante, simplemente
parecía querer desnudar su sentir, casi como si pensara que todo lo dicho era una mascarada para
tapar un deseo procaz.
—¿Estoy siendo tan evidente? Vaya, me jactaba de ser un jugador más hábil —sonrió, sin
acercarse ni mostrarse ansioso—. Claro que me encantan tus senos, soy un hombre de gustos
elevados. No te confundas, lo que dije antes es verdad, mucho. Y también me provoca tu boca, la
curva de tu cuello, tus caderas y tu cola. Toda tú eres una deliciosa combinación de curvas de
infarto. Adoro las curvas, la Naturaleza lo es.
Ella pareció haberse quedado sin palabras ante la descripción, abriendo y cerrado su boca,
para finalmente optar por un simple:
—Vaya.
—Espero que esa sea una expresión de conformidad.
—Bueno… No sé bien qué decir ahora mismo.
—¿Gracias? Son piropos, algo impropios y directos, pero muestran mi admiración.
—El caso es… Que no sé bien adónde va esta conversación y…. No tengo buenas
experiencias. Odiaría que…
—No dudo que la mayoría de los hombres adore tu silueta.
—No lo hacen —contestó mecánicamente—. No soy el modelo en onda.
—Muchos no suele apreciar la verdadera belleza. No me considero por encima de esos
hombres, Amelia. Confieso que la visión de eso globos turgentes me ha tenido en vilo desde
anoche —su discurso derrapaba, pero no pensaba volver atrás—. Empero, no es lo único que vi
en ti, como te dije antes. No estarías aquí solo por eso. No es que sea poca cosa, hermosa.
Cualquier hombre con dos dedos de frente daría mucho por estar contigo y disfrutarte.
La verdad, desnuda de matices, sonó cruda y ella se sonrojó con intensidad; su rostro se tensó y
comenzó a incorporarse.
—No quiero que te vayas—él se acercó y se puso enfrente—. No te he propuesto nada aún.
—Puedo suponer por dónde va su propuesta y debo decirle que se la puede meter donde mejor
le quede.
Su tono alto y algo histérico lo preocupó, aunque su postura digna le encantó. No tanto ver que
dos lágrimas se deslizaban por sus mejillas. De pronto se sintió un bastardo completo, no mejor
que los ejecutivos de alto vuelo que solían pagar por sexo o usar su poder para obtener placer.
Como su padre lo había sido. No podía desdecirse, pero si explicarse mejor y lo intentaría. Ella
no escuchaba aun lo que tenía para pedirle.
—Amelia… —la atajó cuando se dirigía a la salida, con toda la dignidad que podía—. Solo
escucha. Entiendo que estás enterrada en una situación jodida, sé de la enfermedad de tu tía, de
cómo sostienes a tu hermana, cómo trabajas sin cesar por salarios magros. Necesitas ayuda.
Intuyo, por tu reacción, que estás más allá de lo cansada de que traten de usarte como un objeto.
No es lo que pretendo
—¿No? ¿En verdad? ¿No es eso lo que quiere usted también? ¿Pretende compadecerse de mi
situación, como dice tan livianamente? Supongo que para que caiga y pueda joderme, follarme
hasta que se canse y luego arrojarme rápidamente al cesto de las olvidadas, apenas su veleidoso
corazón millonario encuentre una nueva diversión —la voz sonó dolida y supo que ella se
arrepentía de su exabrupto al instante.
—Quiero follarte hasta el desmayo, no hay ninguna duda de eso—Se acercó y acarició sus
antebrazos, ante lo que ella se echó atrás—. Pero no quiero tenerte como un juguete. Me gustas
como hace mucho tiempo no me gustaba una mujer. Esas curvas tuyas me han vuelto loco y los
rasgos de carácter que veo en ti también me atraen. No quiero una muñeca, quiero a una mujer
sensual que se anime a una relación libre y sin compromisos. Y por la forma en la que me miraste
ayer y lo haces ahora no me parece que te sea indiferente. Dime, ¿qué fue lo que te atrajo hoy
aquí? ¿Qué pensabas te iba a proponer?
Ella posó sus manos en su pecho, procurando imponer distancia.
—No tenía idea. No soy una mujer tan abierta como para hacer eso que pretende, no quiero
algo que me quiebre en más pedazos.
—No quiero jugar contigo, Amelia. No te endulzaré la verdad. Quiero disfrutarte, pero también
quiero que goces entre mis brazos. Quiero que seas mi amante. Y quiero ayudarte. Es un trato
justo. Que recibas tanto como yo al satisfacer el deseo que me corroe.
La palidez de ella y la falta de palabras le hicieron ver qué probablemente había ido
demasiado lejos.
—¿Me está pidiendo que sea su amante y pretende pagarme?— La incredulidad era palpable en
su tono y en el intenso restregar de sus manos.
—¿No te gustaría? No me considero un hombre mal parecido.
Tenía claro que no lo era y si bien el dinero solía ser el aliciente para que muchas mujeres se
acercaran a él, no eran indiferentes a su cuerpo tallado por el ejercicio diario y el boxeo.
—¿Bromea? Usted es el sueño de cualquier mujer —dijo ella, sin perder su expresión
mortificada.
Liam sonrió. Hasta en eso ella era especial, incapaz de jugar o utilizar lo que él le estaba
diciendo en su favor. Otra mujer estaría haciendo planes y gozando de la posibilidad de conseguir
beneficios económicos o profesionales por poder acercarse a él.
—Pero yo no soy una prostituta —su barbilla se elevó altiva y digna.
—Jamás pasó por mi cabeza, te lo aseguro.
—¿Por qué me propone algo así? ¿Por qué a mí? —la voz titubeante y la forma en qué mordía
su labio inferior le mostró que ella contenía el llanto.
—¿Es tan extraño que me gustes y que te pida que nos conozcamos más?
—No quiera jugar conmigo. Estoy segura de que no sería tan cruel y crudo con alguien de su
misma posición económica.
Le molestó qué pensara que era capaz de algo así, y luego se calmó. Ella no lo conocía. No
podía saber que esta era la forma en la que procedía en la vida y en los negocios. Era directo,
frontal, tomaba lo que quería o necesitaba. Ella ameritaba ir con calma; su lógica era diferente, tal
vez acostumbrada al destrato y a las inseguridades.
—Te equivocas. No me conoces, pero esto es lo que soy. Cómo soy. No pienses mal, te juro
que a cualquier otra mujer que me hiciera sentir lo que tú le estaría haciendo la misma propuesta,
así fuera la persona más importante de la ciudad o del mundo. Voy por aquello que me gusta.
—Como un niño rico que no puede dejar de tener el juguete que desea —completó ella—. Con
el que se encapricha.
Era dura dentro de su ingenuidad y pegaba con acierto, mas eso no lo arredró.
—Esto es simple. Me atraes, mucho. Y aspiro a que puedas sentir lo mismo, explorar esto.
—Esta…atracción. Es algo impensable. Somos dos personas distintas y muy alejadas.
—Pensé que yo sería el racional y tú la sentimental, pero esto parece ir al revés. ¿Puedes
decirme con total honestidad que no estás interesada en mí? ¿Qué no te sientes mínimamente
atraída por lo que te propongo?—El silencio fue mejor que una respuesta y le dio más argumentos
—. Tu cuerpo despierta una indescriptible fascinación en mí. Quiero explorarte. Quiero que seas
mía, aunque no te voy a engañar. Esta intensa sensación física que me provocas no implica
emociones ni compromisos posteriores—Procuró ser honesto y claro. No estaba en él generarle
falsas expectativas.
—Es…algo que parece tan vacío, tan exento… —murmuró ella, más para ella misma.
—Quiero una respuesta —el tono fue casi perentorio.
—No, no puedo dar una sin más. Tengo que pensar… —le contestó, firme y sin permitir que la
sobrepasara con su energía y mando.
—El lunes, entonces. Espero tu respuesta, te daré mi tarjeta—Se movió para conseguir una de
ellas y se la entregó—. No te voy a pedir tu teléfono, no quiero que pienses que tienes ninguna
presión extra. Créeme que puedo ser intenso en mi afán de que aceptes, por eso me freno. Si, como
deseo, acuerdas con la posibilidad de explorar la pasión y la sexualidad, espero que me lo hagas
saber pronto.
La tomó del brazo con suavidad y la acompañó hasta el ascensor. Ella parecía haber perdido la
capacidad de hablar, parpadeaba sin parar y el rojo de sus mejillas había cobrado mayor fuerza.
Cuando desapareció de su vista, sonrió. Era más deliciosa de lo que había pensado en primera
instancia, una perla genuina. Deseó que el tiempo pasara rápido y que ella fuera capaz de ver a
través de la niebla de prejuicios y pruritos de una educación tradicional.
Ambos tenían mucho para ganar. No todos los días se recibía una propuesta de un
multimillonario, aunque no había querido dar énfasis a ese aspecto. Si aceptaba, se aseguraría de
rodearla de facilidades y apoyarla para que pudiera salir de esa situación económica que la
oprimía. Si fuera un hombre más honorable, uno de verdad, lo haría igual, de hecho.
Probablemente lo hiciera aun si se negaba. Pero necesitaba probarla, saciarse, quitarse esa
incertidumbre y el desasosiego que le provocaba el rememorar sus curvas y sus labios.
Siete.
AMELIA.

Se tambaleó apenas las puertas del elevador se cerraron frente a ella y demoró unos segundos
en pulsar el botón para descender; temblando. Le parecía estar dentro de un sueño o una película,
tan extraña era esa situación inesperada. Hasta le había quitado la capacidad de hablar claro o
decidir. Si al ingresar no había tenido idea de cuál podría ser la oferta de Liam, al escucharle
mientras la planteaba con tanta claridad y casi desapego, como si fuera una decisión de negocios
más, ella se sintió asediada por emociones encontradas.
La convicción de que no se había equivocado al medir la lujuria en la mirada de ese hombre, el
sentirse deseada, la sorpresa de que entre tantas bellas y elegantes mujeres era ella la que tenía un
lugar de privilegio en el pensamiento y en las fantasías de alguien tan poderoso como Liam Turner,
todo se unió para que se sintiera liviana y encendida, casi como si por sus venas corriera lava.
Por otro lado, la certeza de que él quería disfrutar de su cuerpo y que no había ni un solo
interés en el compromiso emocional o deseo de involucrarse con ella a otro nivel que el físico, así
como la sombra de la ayuda económica que sobrevoló, aunque no fue expresamente desarrollada,
la hicieron sentir sucia. Él la deseaba sí, había sido claro, tan claro con sus términos que ella por
momentos pareció derretirse, embelesada. No obstante, ese deseo era imperioso y la arrinconaba,
él era tan intenso al expresarse que temía perder control y caer como una muñeca rota, sin
defensas. No podía exponerse a algo así, ¿no? Era demasiado directo, falto de la delicadeza
necesaria para un acercamiento efectivo entre dos personas que querían intimar.
<<Vamos, Amelia, nena, ¿en qué piensas?>>, se dijo mientras salía del lugar. <<¿Crees que a
él le interesa el cortejo, los detalles románticos que a ti te molan y que hacen a la esencia de un
noviazgo? No es lo que te está ofreciendo. Es sexo puro y sin envoltorios, por eso fue por ti a la
cafetería y por eso te citó hoy. Nada de adornos, nada de flores, nada de velas. Desea estar
contigo y no se corta con aquello que desea. Punto. Lo tomas o lo dejas>>.
Su mente era un caos y en el pecho su corazón palpitaba acelerado y con una convicción firme:
deseaba a ese hombre como no había deseado a nadie antes. Todo él la derretía, la provocaba y la
encendía. No era para menos, parecía perfecto, el epítome del macho alfa: alto, musculoso, con
rasgos varoniles y una masculinidad a tope que parecía llevarse todo por encima. Ella incluida.
Con todo lo equivocado e inmoral que la propuesta parecía contener, la emoción de que se
dirigiera a ella y la mirara como lo había hecho, como si quisiera comerla, la había dejado casi
sin fuerzas. No supo de dónde sacó carácter para no entregarse allí mismo, como pudo mirarlo
firme y decirle lo que era necesario y correcto: que debía reflexionar, pensar, considerar. Y no lo
lamentaba, bastante mal lo había pasado en las oportunidades en que se lanzaba sin paracaídas a
relaciones que la habían lastimado. Salvo que él no le proponía una. Quería un ligue, nada más.
Se dirigió con lentitud a la acera en procura de un taxi que la llevara rápidamente a su casa. No
estaba en condiciones de esperar al transporte público, quería estar ya en el refugio que era su
dormitorio, con su familia y allí pensar. El poco tráfico del sábado operó en su favor y cuando
estaba ya en camino, recibió el mensaje de Sharon para recordarle que se reunían hoy en su casa.
Contestó de inmediato para confirmar, con alivio.
Agradecía la posibilidad de verse, necesitaba alguien a quien contar todo y de quien pudiera
obtener consejo, el de una amiga como Sharon, que podía entenderla y hacerle ver lo que ella no y
guiarla. Qué hacer, qué camino tomar con lo que Liam Turner le ofrecía. No era algo que pudiera
soltar frente a su tía o a su hermana Tina. Esta tenía dieciocho años y era una joven realista, pero
ante sus ojos seguía siendo su pequeña hermanita, a la que no podría contar la turbia oferta que
ese millonario le había hecho. Y peor, que ella estaba considerando.
Estar inmersa en esta inquietud cuando tenía problemas graves de otra índole le pareció
mezquino. ¿Cómo era posible que pesara más la figura de Liam que las implicaciones de haber
perdido uno de sus trabajos, con la subsecuente complicación económica y riesgos para los suyos?
Él había dicho que sabía todo, ¿la había hecho investigar? Había incluso sugerido que la podía
ayudar y esto le hizo sentir mal sabor de boca. Si fuera una mujer menos limitada, más abierta,
tomaría la posibilidad que le ofrecía sin dudar y sacaría todo el jugo, exprimiendo ese deseo en su
beneficio. Probablemente él esperaba algo así de ella.
Al llegar, se sintió feliz. Tina y su tía estaban en el living mirando una serie policial y se las
veía animadas y contentas. Les dio un beso y la recibieron con cariño. Tina vio su cara y la hizo
sentar, para luego traerle un café y un trozo de tarta que había hecho siguiendo una receta de la TV.
Le encantaba cocinar y experimentar tanto como los números.
—Hija, te ves agotada —se preocupó la tía Meg—. Trabajas demasiado.
Amelia sonrió de vuelta y negó. Verla sin dolores y levantada le hacía sentir bien y valía
cualquier esfuerzo que hiciera.
—Nada que una ducha y una noche de diversión con Sharon no quiten.
—Esa bendita niña, tan buena como tú —se emocionó Meg.
—¿Cómo estuvo la noche? Debe haber sido una fiesta muy importante, en el centro y en ese
edificio —inquirió Tina, curiosa.
—Sí, fue buena —dijo ella, sin más detalles. No les diría que había perdido el trabajo, no tenía
sentido preocuparlas—. ¿Cómo va todo? —inquirió.
—Bien, la verdad, estoy encantada —sonrió con ilusión su hermana—. Cada vez me gusta más.
No te negaré que debo esforzarme, hay algunos cursos complicados.
—Nada que no puedas manejar —sonrió confiada—. Eres el cerebrito de esta familia.
—Pues entonces tú eres el corazón —respondió Tina, con amor en su voz.
Se adoraban y complementaban en las tareas y en el cuidado de su tía y Amelia aspiraba a que
pudiera hacer una carrera que le permitiera depender de sí misma y no sufrir las limitaciones de
trabajos mal pagos y jefes horribles. Bien podía pasarle a ella, pero le había prometido a su
madre al morir que la cuidaría.
La nostalgia de pensar que hacía once años que estaban sin su querida mami la desanimó, pero
se recuperó enseguida. Meg las había adoptado como suyas y a su vera habían crecido, con cariño
y cuidado constante que había hecho que las presiones económicas se sintieran menos. Todo esto
había cambiado desde que su pobre tía se enfermó. Frenó sus pensamientos, negándose a
adentrarse en la nostalgia.
—No sé cómo pueden mirar eso —se quejó al ver la disección de un cadáver en una mesa de
autopsia.
—Es muy entretenido —defendió Tina y su tía rio.
—Amelia, no vamos a mirar esas series melosas insufribles hoy —su tía le hizo una pulla
suave y ella rio.
Le encantaban las historias románticas, que le iba a hacer. Un rato más tarde, luego de una
ducha larga, eligió ropa agradable que le hiciera pensar que salía a celebrar la vida. Un vestido
algo ajustado y zapatos de tacón, perfume y buena energía para salir. Esperó que Sharon pasara
por ella en su pequeño auto y se dirigieron al coqueto restaurante que solía ser su lugar de
encuentro, pegado a la zona de locales de baile. Si no estaban muy cansadas, podrían bailar y
disfrutar un poco más de lo habitual. Lo necesitaba, desconectar.
Sharon la envolvió en un abrazo afectuoso y la buena energía de su personalidad la hizo
recuperar las ganas de salir y divertirse. Era una mujer alegre por naturaleza y estar a su lado era
una buena forma de sobreponerse, toda ella era una inyección de optimismo. Sharon era un poco
más alta que ella, dotada de similares curvas sinuosas que Amelia, aunque su musculatura era
mucho más evidente como consecuencia de las caminatas, la bicicleta y sesiones de gimnasio, al
que acudía por gusto y con pasión.
Era generosa y vivaz, criada en un ambiente cariñoso, alguien que no dudaba en ayudar y en
comprometerse con causas que a veces parecían perdidas o difíciles. En muchos casos la propia
Amelia se había considerado así, una causa perdida, por más que Sharon le indicara, con
severidad, que no se valoraba en su justa medida. Tampoco ella lo hacía en verdad, eso pensaba
Amelia. Era una mujer hermosa, abnegada y a pesar de eso, nada de suerte en el amor. Pasar con
ella algunas horas luego de tanto que había acontecido entre el viernes y el sábado era una
liberación. Con Sharon podía mostrarse auténtica, sin caretas.
Mientras manejaba no dejó de hacerle preguntas, deseosa de saber qué había pasado y cómo
había estado la fiesta de la noche anterior.
—Me has tenido en ascuas, niña. Sabes lo curiosa que soy, me muero porque me cuentes algo
de los ricos y famosos que conociste anoche.
—Pues sí que fue toda una nochecita —asintió Amelia—. No lo sabes bien.
—De hecho, vamos a empezar por ahí, nada de realidades duras, que por tu cara se nota son
varias —estacionó y bajaron, caminando con tranquilidad al pequeño restaurante.
La noche estaba fresca, pero era agradable caminar entre las múltiples personas que
deambulaban y entraban a los bares y lugares de comida dispuestos a disfrutar del sábado. Se
sintió una más, despreocupada, al menos de momento. Tomaron asiento en una de las mesas cerca
de la ventana y Sharon se apresuró a pedir una botella de vino.
—Tus mensajes crípticos me han tenido de cabeza —se adelantó sonriendo, sus bellos ojos
grises iluminados y a tono con su vestido blanco—. Nada, nada —le indicó—. Primero, lo
primero —miraron como la moza destapaba el vino y llenaba dos copas. Sharon tomó uno e indicó
a Amelia a hacer lo mismo—. Por nuestra amistad y el futuro que tenemos y que ya nos llegará —
sonrió y Amelia hizo lo mismo—. No tengo actividad mañana y deduzco que tú tampoco. Así que
hoy se bebe y se baila, amiga.
—Sí, señora —asintió Amelia, sonriente—. Menos mal que me paraste, venía dispuesta a
echarte por delante todas mis cuitas, pero vamos a divertirnos. Nada como el alcohol para apagar
dolores. O amortiguarlos por un rato.
—Eso, y mucha pizza. La combinación no será muy chic, pero como mola —se rio.
Llamó a la moza para solicitar la comida.
—Sabes que se va directo a nuestras caderas e igual insistes —se quejó Amelia.
—Ya nos lamentaremos mañana, mientras nuestras cabezas estallen por la resaca. Vamos a lo
nuestro. ¿Fotos de anoche?
—En las redes sociales encontré varias. Las estuve mirando hoy temprano, ya sabrás por qué.
—Veamos —aplaudió Sharon encantada—. Quiero ver zapatos. Por cierto, ¿ya viste estos?
Elevó sus pies y Amelia sonrió al ver las hermosas sandalias rojas de pulsera y tacón de 10
centímetros que su amiga llevaba. Ya los había visto, pero dejó que ella los mostrara y
describiera. Sabía cuánto adoraba hacerlo.
—¡Son Jimmy Choo! Claro que de otra temporada y en rebaja, pero, aun así —suspiró y su
rostro denotó el placer que sentía.
—¡Divinas! —concordó Amelia.
Su amiga ahorraba por meses para darse un lujo así cada tanto y, a falta de ocasiones de fiesta,
las usaba sin culpa y con gusto para salir con ella. Ella sentía lo mismo por los vestidos, aunque
en su caso pensar en un diseño exclusivo era una utopía. Hacía su propia ropa y amaba la
confección, aunque las telas más hermosas estuvieran fuera de su presupuesto.
—Dime, ¿cómo estuvo? ¿Había muchas mujeres despampanantes? Estuve mirando qué
Empresas Turner ES un conglomerado de negocios de la construcción, no me digas que en su
mayoría eran hombres aburridos y viejos.
—Había de todo. Fue una fiesta muy selecta y te morirías si supieras el precio total de todo.
Caviar del mejor, champagne, etc.
—¿Cómo era el lugar?
—Un ático gigantesco en el edificio. La familia Turner posee todo el edificio.
—Suena muy importante —sentenció Sharon.
— No lo sabes tú bien —agregó.
Ocho.
AMELIA.

Algo en su tono llamó la atención de su amiga que la observó esperando a que se explicara.
Amelia se había perdido momentáneamente en el recuerdo del principal de las empresas, en su
mente perfectamente perfilado ese hombre alto y musculoso, de mirada impactante que esa misma
tarde le había dicho las frases más lascivas que hubiera escuchado, en un tono de deseo tal que
todavía la hacía vibrar.
—Había unos diseños espectaculares— recuperó el habla—. Tan exquisitos que no podía dejar
de mirar. Gucci, Balenciaga, Dior. Lo más sofisticado del mundo de la moda estaba presente.
—Veamos esas fotos.
Desbloqueó su teléfono y buscó las imágenes, algunas de las cuales había guardado, tanto le
habían gustado los vestidos. Le señaló algunos de los modelos y aprovecharon a cotillear de telas,
peinados y apliques. Sharon acertó en casi todos los diseñadores de zapatos y no era raro, los
conocía de memoria por estar horas extasiada frente a las vidriera virtuales y físicas de
exposición de las grandes galerías. En una de las fotos apareció la imagen de Melody y Amelia
bufó.
—¡Esta es la mujer por la que me echaron! —sentenció.
Así dicho parecía demasiado serio.
—¿Te echaron?-la mandíbula de Sharon pareció desencajarse-. ¿Qué pasó? Cuéntame todo,
detalle por detalle.
—Me distraje, ante tanto brillo, debo ser honesta. Iba con una bandeja de copas y me acerqué a
ofrecerlas a un grupo en el preciso momento en que esta rubia hacía un gesto con el brazo. Tocó mi
bandeja y las copas de champagne se volcaron.
—¿Dom Perignon?—Sharon chilló.
—Exacto, lo mejor del mundo para esos millonarios. Muchos dólares líquidos encima de mi
camisa y de mis senos. Y algunas gotas en su vestido.
Sharon desorbitó sus ojos.
—¡Debe haber hecho un escándalo! Tiene todo el aspecto de bruja —la miró más de cerca,
haciendo zoom a la foto—. Esas rubias esqueléticas con hambre siempre están a la busca de
alguien sobre quien descargar su estrés.
Amelia sonrió ante la obvia subjetividad de su amiga, que pretendía animarla.
—Pues sí que gritó y se molestó de tal forma que el maître estuvo con ella en un segundo. Pedí
disculpas y corrí a recomponerme como pude, pero me despidieron de inmediato. Y sin paga,
porque me descontaron el dinero para pagar los gastos de tintorería.
—¡Qué mal momento debes haber pasado!—Sharon tomó su mano.
—Sí, la verdad es que me sentí torpe. Además, me dijo cosas bastante feas.
—¿Qué cosas?
—Que mi aspecto ya denotaba que no podría hacer el trabajo con agilidad. Ya sabes, lo
clásico.
—¡Perra! —empinó su copa y luego la miró—. Te prohíbo ponerte mal por eso.
—No, eso ya no me importa. El problema es que perdí una fuente de ingreso que me
solucionaba mucho. La agencia de cáterin no era un empleo constante, pero me servía. No sé qué
voy a hacer ahora.
—No te desanimes, algo vas a conseguir.
—Le pedía a Bratt algunas horas más en la cafetería, pero ya sabes cómo es.
—¡Ese cretino inmundo! —hizo un gesto de odio. Lo conocía y lo detestaba, siempre con algún
comentario insidioso o chabacano en la boca—. No debes dejarte caer. Vales mucho y llegará tu
momento de brillar— la confortó y ella asintió, aceptando el mimo.
—No es todo lo que tengo para contarte. Ni siquiera lo más grande —dijo, dando un gran
mordisco a su pizza y masticando, mientras Sharon la observaba con expectativa.
Cuando pareció que no terminaba de masticar, la atosigó.
—¡Cuenta ya!
—Hoy en la mañana Liam Turner fue por la cafetería.
—¿Ese es…? —La miró expectante—. ¿Te refieres a uno de los dueños de la empresa?
—El jefe máximo.
—¿Y qué quería? No te habrá ido a amenazar… Esos millonarios son increíbles. ¿Es que fue a
increparte por el vestido de la tal Melody? ¿Es su novia? —Sharon tendía a hablar sin parar
cuando se ponía tensa o algo la sacaba de su tranquilidad.
—Tranquila, tranquila —la calmó, pues había elevado la voz y algunos rostros se volvían
hacia ellas—. En realidad, fue a hacerme una propuesta.
—¿Una propuesta? —estaba perdida.
—Pensé lo mismo que veo en tu cara. Bueno, como no podíamos hablar en la cafetería porque
Bratt estaba insufrible, me citó en su empresa y fui hoy por la tarde.
—Ay, Dios, qué nervios me estás dando. ¡No pares, dime más!
—Empezó por decirme que no tenía que preocuparme por nada y que sabía que el despido fue
un exceso.
—¡Claramente!
—Yo había estado preocupada, pensé que me podrían demandar. Si había fotos de esa mujer en
mala postura en las fiestas en las redes, no iba a ser bueno. Luego me dijo que se había interesado
en mí, y sabía de mis problemas económicos. Dijo que le gusto mucho y…
—¿Y? —la instó a completar la frase, con los ojos entrecerrados.
—Que quiere que sea su amante.
—¿Qué? —gritó y ella le apretó la mano, sonrojada hasta las orejas, haciendo un gesto para
que bajara el tono. Sharon cerró los ojos y respiró, para luego seguir—. ¡Esto es inaudito,
increíble! Están rodeados de lo más importante, tienen casi todo a su alcance y creen que pueden
conseguirlo todo. ¡Qué desfachatez! ¿Qué dijo cuando lo rechazaste?
Amelia bajó la cabeza.
—Bien, en verdad...
—¿No le dijiste que no? —agregó, con sorpresa, pero ahora interesada.
—Fue dulce y no me hizo sentir mal. Por el contrario…
Amelia sentía que era verdad. Liam había sido amable, honesto y sumamente sensual. No podía
sustraerse a la atracción enorme que ejercía sobre ella.
—Cuéntame punto por punto todo—Sharon sirvió más vino.
—Anoche mismo, creía haber sentido su interés . El …bueno…
—Me imagino, te miró los senos.
—Fue más que eso. Hoy, en la cafetería y en su despacho. Me miró, me vio. No es solo una
mirada de deseo, aunque me hizo saber con claridad y hasta con palabras muy gráficas, que le
gusto y mucho.
—Sí, me hago una idea, amiga. Muchos hombres te miran así, y ni te detienes a considerarlo.
¿Por qué con él?
—Te confieso que estoy tan azorada y sorprendida de que un hombre como él se haya
molestado en venir por mí y me mire como lo hace.
—No deberías. Eres una mujer preciosa, mucho más que cualquiera de esas que estaban
anoche, te lo puedo asegurar. Te has acostumbrado a infravalorarte y te has creído el discurso que
algunos imbéciles, tu ex incluido y tu jefe actual, te han tirado encima. ¿Te gusta este hombre?
—¡Claro que sí! Es impresionante. Es un hombre formidable, atractivo, te juro que por un
momento me sentí un pajarillo frente a una serpiente, no en el mal sentido— se corrigió.
Sharon la escuchaba mientras tipeaba en su móvil, obviamente buscando hacerse una idea
gráfica del dechado de virtudes.
—¡Aquí está! Woww, Santa María de los hombres sexys! Te entiendo —la miró—. Es un
espécimen abrumador.
Le mostró las imágenes que aparecían en línea, cada una de ellas mejor que la otra.
—Ese es.
—Yummy. Si un hombre así viniera por mí no tendría que rogarme para que me quitara las
bragas.
Amelia sonrió, mordiendo su labio inferior.
—Estoy a medias entre la incredulidad, el halago y el terror. Sé que lo que me propone es
inmoral.
—¿Se atrevió a ofrecerte dinero? ¿Te trató como a una cualquiera?
—No, no. Dejó entrever que conoce mis problemas económicos. Se movió con rapidez para
saber de mí.
—Esos hombres son objetivos de muchas cazafortunas, de ambos sexos. No es extraño.
—Me hizo saber con meridiana claridad sus intenciones. Te va a sonar horrible, pero casi me
derrito cuando me dijo que me desea, que quiere hacerme suya. No sé, me hizo sentir…Mujer.
—Amiga, ¡cómo no entenderte! Tú y yo hemos pasado mierda juntas, ¿no es así? Desprecio y
ninguneo, más desengaños —terció Sharon, con un dejo de tristeza en su voz.
—Lo sé. También fue muy enfático al aclarar que no tiene intenciones de involucrarse
sentimentalmente.
—Práctico y al blanco. Un tiburón de los negocios. Su honestidad es algo a valorar.
—Me sentí extraña, como si no fuera yo. Le escuché sin inmutarme, en el momento me pareció
hasta algo natural. Como si una parte de mi creyera que …Anhelara aceptar. No quiero que me
juzgues mal.
Sharon la observaba con seriedad y Amelia sintió que se ruborizaba. Sabía que estaba dando
consideración a una oferta que no era más que sexo vacío, pero no podía dejarlo atrás.
—Vamos, Amelia, soy yo. Jamás vería mal que hagas algo que te llene. Te detendría si fuera
una locura total, si estuviera tu vida en peligro. ¿Qué puedes perder en esta propuesta? ¿Años de
celibato, tiempo con tu consolador, las telarañas de tus zonas íntimas?
Rieron y apuraron la bebida.
—¿En serio lo piensas?
—No veo mal disfrutar del sexo, más si es con alguien así. Aquí lo que importa es lo que tú
sientes y quieres. Y doy por sentado que lo deseas a rabiar. De no ser así, le hubieras abofeteado
cuando te lo propuso y te hubieras ido rápido de ese lugar sin mirar atrás, sin siquiera plantearte
la duda.
—¿Cómo no me va a gustar? ¿Cómo no me voy a sentir halagada de que un hombre así, alguien
que puede tener a quien quiera con un chasquido de dedos, me desee a mí? —afirmó.
—Cariño, te has acostumbrado, por la fuerza de los hechos, a hacer el gusto y el bien a los
otros. ¿Por qué no tomar lo que se te ofrece con tanta libertad? ¿Dar cabida a tu deseo, tener algo
solo para ti?
—Porque está mal. Porque no puede durar.
—¿Según quién? Además, si te convences de antemano de que será sexo y nada más, podrás
disfrutarlo sin etiquetas, sin esperar más. Podrás dejar que las cosas fluyan.
—Sabes que no soy así. Tampoco tú lo eres. No somos chicas para un rato, no queremos eso.
Queremos todo.
—¿Nos ha ido bien? No —su voz se elevó un tanto para afirmar lo obvio—. Cambia el
objetivo. Deja de pensar en el felices para siempre. ¿Por qué no liberar tu mente de ataduras y
apostar por algo que puede ser lo más lindo que te puede pasar?
—Porque no va a durar.
—Tal vez no. Tal vez sea algo breve. No obstante, ¿si es de tal intensidad que te deja el mejor
recuerdo de tu vida?
—No quiero que piense que quiero algo de él.
—Está clarísimo que quieres algo de él —guiñó el ojo con picardía.
—Algo económico, me refiero.
—Lo pensará y se va a desengañar. No necesitas tomar ni pedir nada que no sea el disfrute de
su cuerpo y algunos regalos. Un hombre así se mueve en otros estratos, está acostumbrado a lo
mejor del mundo. Vino por ti, amiga. Da una bofetada a ese ego maltrecho que tienes y menéalo
para que todas las perras lo vean.
Volvieron a reír de manera ruidosa, ajenas a las miradas.
—Pensarme en esa situación me hace sentir vértigo, me consume de nervios… Y de deseo —
reconoció, bajito.
—Amelia, me pasaría igual —tocó su mano y le sonrió con aliento—. Estás en un momento de
tu vida en el que apenas puedes superar las funciones básicas. Trabajas sin descanso, te desvelas
por Tina y tu tía, te preocupa el futuro de ambas. No has pensado en ti hace mucho, en lo que
anhelas, en tu futuro. Sé cuánto amas a tu familia, pero también mereces tener algo. Esto puede ser
algo, grande, disfrutable.
Amelia sabía que tenía razón.
—Me muero por tener algo con ese hombre —confesó.
—No lo dudes, ve por él. Llámalo ya —la instó, tomando su móvil—. Dile que sí, que estás
dispuesta a tener una relación con él. Y entonces, haz todo lo que puedas para disfrutarlo al
máximo. Él quiere gozar de ti, tú has lo mismo. Hazte valer.
—¿Cómo hacer para no comprometer mi corazón? —expresó su reticencia más grave. Amelia
jamás había tenido sexo por el simple placer del mismo.
—Sabiendo que no puedes hacerlo. O pagando el precio —le contestó con crudeza—. Si al
final te dejas llevar y te destroza, será porque decidiste ser valiente. ¿De verdad quieres vivir los
próximos años pensando qué hubiera pasado si?
Amelia supo que Sharon tenía razón.
—Amiga, no sé qué haría sin ti. Tenía miedo de que me juzgaras. Yo misma no he dejado de
hacerlo.
—Nunca haría eso. De la misma forma que sé que tú no lo harías conmigo. Quiero que seas
feliz. Que disfrutes. Y este es un primer paso, uno que reafirme tu confianza y te haga ver lo
hermosa y bravía que eres, para que en un tiempo te sientas confiada y decidas que mereces más
de lo que tienes y ese… Ese será el momento en que te comerás el mundo y dejarás atrás a todos
los que te hicieron pelota. ¡Por las mujeres anchas y buenorras, amiga! ¡Para que haya más
millonarios sabrosos para ellas!
Amelia rio y levantó su copa. Estaba decidida. Lo estaba.
Nueve.
LIAM.

Avanzó los últimos metros por el camino arbolado que conducía a la lujosa mansión familiar en
pleno corazón de Beverly Hills. La casa refulgía como una joya en su blanca elegancia, orlada por
la miríada de bajorrelieves austeros que le daban carácter y prestancia. Cómo era habitual cada
domingo, la familia se reunía impulsada por la batuta de su madre, a quien le gustaba juntar a
todos sus hijos en un ritual que se había vuelto aún más cerrado luego de la muerte de su padre,
hacía de eso cinco años.
No había excusa que eximiera a ninguno de los cinco si estaban en la ciudad, y eso era más que
habitual en él, salvo las contadas ocasiones en que viajaba por negocios. No es que a Liam le
disgustara esta reunión, por el contrario, la consideraba su tiempo de desconexión con el exigente
mundo en el que se movía. Estar con sus hermanos era retrotraerse en el tiempo, pues las pullas y
chanzas no habían cambiado mucho desde que eran niños y aún discutían y peleaban por lo más
tonto.
Eran hombres, con vidas independientes, para bien o para mal, pero conservaban el cariño y el
instinto de protección con el que se habían apiñado desde pequeños para defenderse del destrato y
violencia física y verbal de su progenitor. Ese sentimiento era en particular fiero para con Avery,
la más pequeña. Y como el mayor que era se había acostumbrado a mantener un ojo atento en los
suyos, expectante a sus novedades y sus inquietudes. Como el bastardo controlador que era, a
decir de Ryker. Como si este no fuera igual
Aparcó justo al lado de los vehículos de Alden y Ryker, extrañado de que este último estuviera
allí temprano. Viernes y sábados solía dormir hasta entrada la mañana para descansar de su
cacería nocturna, que le llevaba por los clubs en onda, en procura de quien calentara su cama.
Claro que los domingos era infaltable en la mansión Turner, único reducto donde se sentía en casa,
como él.
El único que no estaría era Ethan, como siempre en viaje por el mundo en alguna de esas
aventuras deportivas de alto riesgo que tanto lo desafiaban y alejaban. Ethan y Avery, los más
pequeños y quienes más preocupaban a Liam. Temía escuchar alguna vez que su tozudo y alocado
hermano se hubiera roto la crisma en alguna montaña nevada perdida del mundo. Aver Era su
pequeña. La había protegido siempre y tenía especial cuidado de que se sintiera feliz y contenida,
que pudiera crecer para olvidar el dolor de su niñez.
Suspiró, mientras descendía y cerraba la portezuela de su deportivo. Cada domingo lo mismo,
sentirse en casa, pero también la espina de recordar un pasado de privaciones emocionales y
violencia. Se recompuso y elevó sus hombros, para ingresar. El saludo y la voz de Avery desde un
costado del jardín le detuvieron y su boca se distendió en una sonrisa cariñosa.
—¡Liam, espera por mí, hermanito!
Traía consigo un ramo de flores con las que imponer un toque más cálido a las mesas
habitualmente aristocráticas que su madre solía presidir. A su hermana le gustaba lo sencillo y más
austero, en especial lo natural. Así se vestía y funcionaba, siempre al borde de sacar a su madre
de quicio.
—¡Hermanita, estás radiante!
Le dio un beso en la mejilla y la tomó por la cintura para subir con ella las escaleras que
conducían al salón central, escuchando las voces que daban cuenta de que el aperitivo había
comenzado temprano. Liam no pudo evitar el gesto de fastidio al notar que no estaban solos. Su
madre, porfiada y calculadora como era, no había tenido mejor idea que invitar a Melody al
almuerzo de la familia.
Era una afrenta y un gesto de descuido de su parte, uno que le fastidió de manera particular.
Traer a esa chica a una instancia íntima era demasiado. Una cosa es que no tuviera problema en
follarla en su apartamento de tanto en tanto, algo casual. Que se la quisieran imponer por fórceps
era mucho. La rubia pasó de su gesto serio, probablemente sin considerarlo, así de liviana era. Le
sonrió con artificio, y se meció para alcanzarlo, seguida por la mirada desinhibida y voraz de
Ryker, que sonrió a Liam con sorna. Sabía lo que este sentía.
Enfundada en un vestido más propio de una celebración de alfombra roja que de un domingo,
Melody se acercó a él dejando que sus senos lo rozaran al darle un beso en la mejilla. Era tan
cruda en su exhibicionismo y tácticas que no entendía cómo su madre la consideraba un buen
partido. Ah, sí, los millones y millones de su padre justificaban y perdonaban su pose de zorra.
Contuvo la acidez de su juicio, molesto con ella sin razones reales, y compuso el gesto a pesar del
fastidio. Podía fingir, pero no daría cabida a esta niñata acostumbrada a tener lo que quería.
—Madre —tomó la mano extendida y la besó.
No solía aceptar con gusto los besos en la mejilla, estropeaban su maquillaje. Lo habían
aprendido desde pequeños.
—Querido, te ves algo cansado.
—Normal, trabaja tanto para el bien de todos —la voz de Melody, nasal y molesta, se hizo oír.
—Tan cierto. Hijo, no deberías dedicar tantas horas…
—Estoy bien —cortó de plano la habitual perorata con la que su madre pretendía mostrar algo
de interés en el rol materno.
—Trabaja demasiado, pero así son los excelentes resultados que obtiene —la voz chillona de
Melody se hizo sentir, otra vez.
—Si, nuestro hermanito es un dechado de virtudes. Necesita una mano femenina que lo sostenga
—el tono irónico de Ryker lo pinchó e hizo que lo mirara con advertencia implícita en sus ojos.
Esperaba que se comportara y no iniciara una de sus habituales discusiones. Le encantaba sacar
de quicio a su madre con su vocabulario, además de poner a Alden de malas, tanto como a él.
—Iré a saludar a Beatrice— indicó, pasando por alto el gesto fastidiado de su madre.
Beatrice era el ama de llaves, una institución dentro de la casa y algo así como el alma de esa
mansión pomposa. Era la mujer que en realidad les había criado, brindándoles amor y contención
cuando las largas ausencias de sus padres, siempre en viajes de negocios o placer, se hacían sentir
en la vida de los cinco hermanos. La que curó sus raspones, enjugó sus lágrimas, escuchó sus
maldiciones y les abrigó cuando la violencia se hacía dura y marcaba a todos. ¿Qué hubiera sido
de ellos sin Beatrice? No soportaba pensarlo. La encontró en la cocina, su reducto, cuidando el
punto de los alimentos y dando instrucciones al personal con la voz y trato cálido que la
caracterizaban.
—Beatrice —llamó su atención y ella distendió su boca en una sonrisa amorosa, extendiendo
sus brazos.
Había sido una mujer hermosa y a pesar de la edad conservaba la voluptuosidad de sus caderas
y la amplitud en sus senos. Apretada a su pecho, cuando niño, había llorado y maldecido, había
contado sus humillaciones y despechos. En su oído atento había desgranado sus sueños y
ambiciones. Ella había actuado del mismo modo con todos y era adorada sin límites por los cinco.
Hoy era la que cuidaba y trataba de orientar y ayudar a Avery, la única mujer y por ello, a
juicio de Liam, la más indefensa. Su madre todavía seguía demasiado imbuida en su vida social
como para preocuparse de los suyos de manera profunda. No había considerado jamás que sus
hijos la necesitaran, que su niña podría tener preguntas, miedos, desafíos. Para ella, Beatrice
había sido la empleada ideal, aunque la detestara, en el fondo, con sentimientos que Liam no podía
entender.
Su madre no era una mala mujer, pero Liam pensaba que no había sido feliz y eso la había
amargado y vuelto egoísta e incapaz de amar de verdad. Ninguno de ellos había sido feliz a la
sombra de un padre obsesionado con su trabajo y la perfección, que castigaba sin control el error
y que no tenía tiempo para la familia. Un hombre que veía en su esposa un adorno bello y un
vientre para procrear la estirpe. Solo así se podía entender que hubiera tenido cinco críos.
—Estas ojeras bajo tus ojos demuestran que duermes poco, mi niño. Mucho trabajo y poca vida
real no es bueno, Liam —le dijo con cariño, acariciando su mejilla.
—Descanso poco, es verdad —solo a ella podía reconocerle su cansancio.
—Escuché del éxito de tu último negocio. Tu madre estaba exultante ante tanto despliegue de
glamour y poder en la fiesta del viernes—Él rodó sus ojos y ella sonrió—. Debes tomarte tiempo
y restablecerte. ¿Sigues solo? —le preguntó en tono más bajo mientras tomaba su brazo y se
dirigían al jardín.
—Así es.
—Muchacho, necesitas a una mujer que te quiera a tu lado, una que te mime como te mereces.
Una mujer de verdad, no ese patético saco de huesos que invitó hoy tu madre.
La voz y la expresión seca hicieron ver la profunda desaprobación hacia Melody.
—Es una mujer bella —terció Liam, sin convencimiento.
—Y vacía. Un envase vacío. Tan triste. Lo peor es que tu madre está empeñada en metértela
por los ojos —el rictus de su boca mostró a las claras lo que opinaba sobre las elecciones de su
madre.
—No me interesa. Deberías saberlo —sonrió.
—Lo sé, pero a veces la soledad y el cansancio son malos consejeros. Tienes que divertirte
más, disfrutar de la vida. Llevas demasiada responsabilidad sobre tus espaldas, casi como si te
castigaras. Sé que los negocios son importantes, pero si los haces el foco de tu vida siempre habrá
otros, más grandes, otros que no puedes dejar pasar. Y cuando quieras pensar, estarás viejo.
—Calma, calma, viejita, me pintas un futuro gris y no es mi intención.
—Búscate una buena mujer. Dale oportunidad a alguien.
—En eso estoy —sonrió y le dio un beso.
—¡Liam! —la voz chillona desde la puerta acristalada indicó que Melody lo había encontrado
y le llamaba con un gesto imperioso.
Beatrice suspiró.
—No muerdas esa carnada.
—No lo haré —prometió.
Pasó al lado de la rubia sin darle mayor entidad y ella hizo un gesto de fastidio, enfurruñada,
siguiéndole de cerca. Fue un almuerzo agradable, a pesar de ella y sus intentos de monopolizar la
conversación con sandeces, que fueron cortadas una y otra vez por los hermanos, hasta casi
deslucirla al final. Incluso fue bueno a pesar de que Alden parecía más melancólico y de mala
cara de lo habitual.
No parecía recuperarse de la decepción amorosa sufrida dos años atrás y eso le preocupaba.
Alden siempre había sido el más callado y retraído, a pesar de su brillante intelecto. Liam lo veía
frágil y desengañado y no le gustaba. Les hizo un gesto a los otros y estos asintieron. Deberían
tratar de hacer algo por él. Al promediar la tarde, luego del café y la habitual charla de
sobremesa, decidió que era hora de marcharse.
Cortó, sin paciencia, el intento de Melody de ir con él y aprovechó el salvavidas que Ryker le
brindó al ofrecerse a llevarla a su casa. El muy sinvergüenza no tendría ningún remordimiento en
tomar ventaja del factible enfado de la platinada, pero le importaba menos que nada. Esperaba que
su actitud de desapego fuera suficiente muestra de su desinterés y alejara a esa mujer de él.
Si le parecía hueca antes, luego del incidente del viernes su opinión había caído más. No la
quería cerca de él ni de sus hermanos, más estos eran adultos y, en el caso de Ryker, alérgico a
cualquier compromiso que implicara más de un polvo. No habría mujeres trofeos en las camas de
los hermanos Turner; el matrimonio de sus padres había sido demasiado evidencia de lo mal que
eso acababa.
Antes de salir de la propiedad el recuerdo de Amelia hizo que revisara su teléfono. Le
resultaba llamativo que ella no le hubiera contactado. Habían pasado menos de veinticuatro horas,
pero su expectativa lo carcomía, como no le había pasado con ninguna mujer anterior. Su falta de
respuesta inmediata lo había impactado más de lo que pensó, y en varias oportunidades
posteriores a su encuentro se había reprochado su promesa de no llamarla. No era como si no
pudiera conseguir su teléfono, empero, mostraría demasiada ansiedad.
Tenía que darle espacio, ella no parecía una mujer que considerara ofertas sexuales. Aunque su
cuerpo invitaba al pecado, eso era obvio. Le gustaba a rabiar, era el tipo de mujer que lo ponía sin
más: perfecta en su voluptuosidad, sensual en el desconocimiento de lo que sus sinuosas curvas le
provocaban. No podía, no quería perder la chance de tener sexo con ella, de disfrutarla hasta
saciarse y más.
Beatrice tenía razón; se sentía solo. No había encontrado una mujer que lo movilizara tanto
como para hacerla su novia o para que pensara en formar una familia. Era curioso que la primera
que lo hiciera detener la mirada y lo hiciera gastar energías en buscarla estuviera tan alejada del
ideal de mujer que su madre o Melody representaban. En todo caso, Amelia era la que había
logrado conmoverlo físicamente tanto como para su simple recuerdo lo enervara y sirviera de
fantasía para correrse en soledad.
Esperaba que lo llamara. Había dejado en ella la decisión. Se preguntó qué haría si pasaba el
lunes, plazo que él mismo había establecido, y no tenía una respuesta favorable. Lo lógico sería
dejarlo pasar, avanzar. Pero se conocía, era un hombre de obsesiones. Y el rostro de esa mujer
comenzaba a acercarse peligrosamente a una.
Encendió el motor y justo cuando retrocedía, el sonido del mensaje entrante de su celular le
hizo mirar la pantalla, y entonces, una enorme sonrisa se plasmó en su rostro. Un número
desconocido que le enviaba un mensaje revelador, casi como si su mente lo convocara:
DESCONOCIDO Soy Amelia. He estado pensando en tu oferta. Me gustaría...
Abrió el cuerpo del mensaje, pero aparecía incompleto. Antes que la curiosidad se abriera
paso, un nuevo mensaje trajo el resto de la idea.
DESCONOCIDO Perdón, estoy algo nerviosa y apreté enviar sin querer, antes de
terminar de escribir. Acepto tu proposición. Pero me gustaría establecer algunas reglas
La voz de Alden lo distrajo entonces:
—Lo único que te puede arrancar una sonrisa así es la perspectiva de un negocio desafiante.
Le sonrió.
—Algo así.
Completó la maniobra de salida y aceleró, para dejar la propiedad con apuro. El domingo
acababa de mejorar, se dijo. Estaba exultante, excitado. Debía responderle, era muy factible que
escribir esos mensajes le hubiera costado bastante y no podía correr el riesgo de que se
arrepintiera. Detuvo el vehículo un poco más adelante, fuera de la vista y el camino de sus
hermanos y antes que nada, agendó el número con el nombre Dulce Amelia, para luego tipear la
respuesta:
LIAM. Me hace muy feliz tu respuesta. Estaba esperando que te decidieras. Estoy
dispuesto a que charlemos lo que sea necesario y no quiero más que tu tranquilidad. ¿Te parece
reunirnos hoy?
Podía parecerle demasiado pronto y lo mostraba ansioso, pero ¿qué más daba? Ya sentaría las
bases él, una vez estuvieran frente a frente.
DULCE AMELIA. Estoy libre
LIAM. ¿A las 18?
Ella tardó unos minutos en responder:
DULCE AMELIA. Está bien. Te enviaré la dirección en la que estaré.
Probablemente no quería que viera su casa o su entorno. O que su familia lo viera e inquiriera
en qué se metía. Si eran muy cercanos, podrían juzgarla o interponerse, aunque era una mujer
adulta. De todos modos, le dejaría claro que no debía ver lo que comenzaba entre ellos como algo
deshonesto o inmoral. Eran dos personas independientes y solteras que buscaban disfrutar.
Esperaba que no hubiera nadie importante en su vida, pensó entonces. No lo había considerado,
tendría que averiguar mejor. Aunque no lo creía, ella no aceptaría estar con él si fuera así.
LIAM. Perfecto. Un vehículo te recogerá a esa hora. Me encanta poder verte otra vez.
DULCE AMELIA. Okey, gracias
<<Gracias a ti, hermosa>>, pensó. <<Se me va a hacer agua la boca mientras te espero>>.
Dejó el móvil a un lado y tomó el volante con satisfacción, volviendo a conducir.
Diez.

AMELIA.

Guardó su teléfono en su bolso, nerviosa y alterada por la conversación virtual. Era oficial,
había pasado de imaginarse y fantasear con Liam a confirmarle que quería ser su ligue. Ese era el
término para una relación sexual sin aspiraciones a enseriarse, ¿no? Había pasado buena parte de
la noche del sábado y la mañana del domingo pensando qué hacer, qué decisión tomar, si aceptar o
no la oferta, la agridulce proposición de Liam Turner de dormir juntos.
Dormir, vaya eufemismo, rezongó. Finalmente, cediendo a lo que en verdad quería, se había
decantado por obedecer a sus deseos, apoyada en las expresiones de Sharon. Esfuerzo aparte
había sido armarse del valor para escribirle. Se debatió ante la idea de que él la viera como una
descocada atrevida o que se hubiera arrepentido de hacer una propuesta. Aunque nada en él
sugería que esa acción fuera espontánea, lo percibía más como un estratega, alguien que
consideraba seriamente lo que quería y sus riesgos.
Había escrito varios mensajes para borrarlos de inmediato, hasta que los nervios en sus dedos
le hicieron apretar y enviar uno de ellos, uno incompleto. Fue la señal de que no había marcha
atrás La respuesta rápida y entusiasta del otro lado le dio valor y la tranquilizó. Una vez estuvo
concertado el encuentro, pasó varias horas pensando cómo vestirse para no parecer una triste
mujer sin mundo ni sofisticación.
Pero, en especial, consideró cómo plantear sus límites para marcar el terreno con algunas
reglas propias que le dieran control. Quería seguridad de que al ingresar al territorio de Liam y
meterse solita en la boca del lobo, pudiera actuar acorde a la decisión que había tomado en frío.
No tenía leñador que la salvara, eran ella solita y su alma. No podía dejar fluir la relación sin
asegurarse de que los términos estaban claros para ambos. Solo sexo, nada de compromiso, nada
de regalos que parecieran sobornos o sustitutos de una paga que la haría sentir indigna y sucia.
Él la estaba esperando y en verdad eso le imponía un nivel de nervios y de excitación extra.
Era un hombre de mundo, acostumbrado a lo mejor. De seguro había una larga cola de mujeres
ansiosas por meterse en su cama y formar parte de su vida. Mujeres más hermosas, sofisticadas,
mundanas y con todas las armas de seducción a sus pies. Ella no tenía mucha experiencia sexual y
en su lista de ligues eran más las cruces que los tics.
Sus relaciones habían sido bastante lamentables y en honor a la verdad, pocas veces había
logrado tener un orgasmo. Y nada de fuegos artificiales ni campanas. Temía que él se
decepcionara y el encuentro se convirtiera en una frustración. Una que de seguro la hundiría en el
hondo agujero negro de la auto conmiseración. Pasó su mano por el rostro para borrar toda
negatividad y le envió mensaje a Sharon, quien le respondió de inmediato:
SHARON. Amiga, te ves nerviosa.
AMELIA. Acepté. Ya envié el mensaje y tengo una cita. Quiero decir…
Se ruborizó. No podía cometer el error de considerar su próximo encuentro sexual como una
cita normal.
SHARON. Bien, bien por ti-emoticones de aplausos-. ¡No puedes echarte atrás!
AMELIA. Lo sé
SHARON. Tenemos que enfocarnos
La imaginó con expresión decidida en su rostro
SHARON. Ese hombre vio la superficie, esa bella fachada tuya, Amelia. Y le gustó tanto
como para ir por ti y asediarte. Debes darle más. Tienes conocer a la Amelia verdadera.
AMELIA. No sé si eso no será un buen afrodisíaco.
SHARON. No te me vengas abajo. Tú vales y eres una mujer divertida, sensual y quieres
vivir. No lo dejas traslucir, pero lo anhelas. No harías esto de no ser así.
AMELIA. Cierto
Su amiga lograba que su coraje y su esperanza renaciera, que su confianza se afirmara y no se
hundiera en el fango del auto sabotaje.
SHARON. Debes lograr que compruebe que lo que imaginó contigo es diez veces menos
de lo que en verdad tienes para él.
AMELIA. Ay, Sharon, que me sobrevaluas. Soy bastante insulsa.
La respuesta demoró en llegar y veía que su amiga escribía.
SHARON. Para nada. Lo fuiste con esos remedos de hombre con los que te relacionaste,
que te absorbieron y chuparon tu energía. No hay estrella que pueda brillar en un cielo
nublado. Piensa en ti como en un astro brillante que estuvo tapado por nubarrones grisáceos. Y
ahora tiene el cielo despejado para que sus destellos se noten fuertes y claros.
AMELIA. No te recuerdo tan poética.
SHARON. Estoy tomando un curso de escritura creativa. No preguntes. Ya lo hablaremos
cuando sea el momento.
Asintió con solemnidad. Sharon era un amor de persona y siempre estaba haciendo algo para
mejorar la vida de otro, así que era probable que tuviera que ver con eso.
AMELIA. ¿Te molesta si voy por tu casa y me preparo ahí? Liam enviará un coche por
mí y no quiero que mi tía o Tina me vean en esto.
Sintió algo de remordimiento, pero no quería mentir o faltar a la verdad si le preguntaban,
prefería que se mantuvieran por fuera.
SHARON. Genial. Deseaba que me pidieras que te ayudara con tu look.
AMELIA. No podría hacerlo sin ti
Lo dijo con cariño y profundo agradecimiento.
SHARON. Vamos a hacer de ti la mujer que cause el mayor impacto que el señor Turner
recuerde. Debes elegir la ropa interior más sexy que tengas.
AMELIA. No es que tenga mucho.
SHARON. Un tanga y un sostén de encaje que levante a tus chicas.
AMELIA. Sí. Tengo algo así.
Fue y rebuscó en un cajón. Había comprado un hermoso conjunto de bragas hacía mucho
tiempo, cuando todavía el romance con su ex parecía destinado al éxito.
SHARON. Tienes que ponerte el vestido negro qué trajiste a mi fiesta de cumpleaños. Es
hermoso y muestra lo mejor de ti. Es sexy y te representa bien.
Amelia había pensado justamente en ese, diseñado y cosido por ella misma. Le encantaba, con
el orgullo que el creador siente por un logro.
SHARON. Y tienes que usar las sandalias de tacón más altas que tengas.
AMELIA. ¿Tú crees? No estoy acostumbrada
No quería hacer el ridículo y rodar o torcerse un tobillo.
SHARON. No puedes ir a un encuentro sexual con esa ropa interior y ese vestido sin
tacones agujA. Ese hombre va a alucinar.
AMELIA. Ojalá tuviera la mitad de confianza que tú tienes.
SHARON. Tengo confianza en ti y en tus atributos. ¡Estoy tan emocionada por ti! Oye,
ahora que lo pienso, ¿no tendrá un amigo para mí tú señor Turner?
AMELIA. No sé nada de él-Grabó un audio, mientras acomodaba su ropa-. Es increíble
que haya tomado una decisión tan importante sin ninguna consideración. ¿Y si es un asesino
serial? ¿Y si lo que quiere es aprovecharse de mí y después se deshace de mi cuerpo? Seguro
que muchas víctimas tienen la misma actitud incauta que yo.
SHARON. Veo que te ha estado mirando esas series de forenses que le encantan a Tina.
Todo irá bien, ya lo verás. Te estaré esperando para ayudarte. Te voy a maquillar y peinar.
AMELIA. No quiero ir demasiado recargada o sentirme como si no fuera yo.
SHARON. Tranquila. Algo natural y suave que realce tus facciones y limpie el cansancio
de tu cara. Tampoco soy una profesional en esto de la belleza.
AMELIA. Eres una amiga incondicional y te quiero mucho.
La respuesta fueron muchas caritas con besos.
Se puso en actividad y seleccionó la ropa y los implementos que necesitaría, doblándolos y
guardándolos en su bolso. Después se duchó, tomando más tiempo del habitual, apostando a que el
agua la tranquilizara y diera reposo a su mente, que no cesaba de crear imágenes de alto contenido
erótico. No recordaba haber experimentado esta ansiedad sexual antes, esta expectativa.
Si no se calmaba se iba a congelar por fuera al verlo, mientras ardía por dentro. Cuando estaba
muy nerviosa no pensaba bien y tendía a parecer infradotada. Cuando tuvo todo listo se despidió
de Tina y de su tía contándoles que iba a casa de Sharon pues habían quedado de ver una película
juntas. No debería haberles mentido, pero se sentía un poco culpable. Por supuesto que no
preguntaron nada extra y la despidieron con cariño.
Sharon la esperaba, todo dispuesto en su departamento para hacer la transformación de rana a
princesa, para lo cual su amiga se puso manos a la obra de inmediato. Dejó que peinara su cabello
que, libre de la cola de caballo y producto del mimo del cepillo, pronto brilló con tonos cobrizos.
Sus bucles naturales se formaron más prolijamente merced al serum especial que le extendió, de
un delicioso aroma cítrico. Luego de varios intentos por hacer un peinado más complejo, terminó
dejando que su cabellera cayera libre sobre sus hombros y espalda.
—Así, natural y exótico —dijo Sharon para sí.
Luego se dedicó a maquillarla, perfilando sus ojos y aplicando máscara a sus pestañas, que
parecieron engrosarse. Delineó sus labios y usó un labial rojo sangre que ella quiso eliminar, por
sugerente, pero Sharon se mostró inflexible al respecto. Cuando la sesión terminó, Amelia se miró
con apreciación y sonrió. Le gustaba lo que veía y Sharon se mostró satisfecha.
Fue al baño y se vistió con cuidado para no estropear el look y se calzó las sandalias. Al
reaparecer, se miró al espejo y Sharon la rodeó, como la maníaca de los detalles que era,
observándola, hasta que le dio el veredicto:
—¡Estás preciosa! —sonrió complacida—. ¡Pero estás temblando, tan dura como una piedra!
Relájate, tienes que disfrutar el momento que se avecina. Es la decisión que tomaste y estoy feliz
por ti, porque elijas hacer algo que deseas. Recuerda que aceptaste, pero nada te obliga y puedes
detenerlo cuando quieras. No puede haber dos interpretaciones en esto. Tú elegiste y puedes
cambiarlo. No dejes que nadie te haga pensar lo contrario.
Amelia asintió. Necesitaba esto, que le infundieran confianza extra, que alguien la acompañara
y le dijera que todo estaba bien y no hacía mal en dejarse llevar.
—Estoy super nerviosa. Espero no arruinar nada, voy a sudar tanto. ¿Crees que…? —la idea
de no gustarle, de que fuera un juego la cruzó.
—Recuerda que te mereces lo mejor del mundo y eres una mujer maravillosa—La abrazó y
Amelia agradeció el gesto, que devolvió redoblado.
—Es casi la hora. Enviará un coche. ¡Tengo una mezcla de ansiedad con nervios, con
expectativa y miedo! Un cóctel, vamos.
—Anda, disfruta. Es un sueño, algo mágico, como en las telenovelas.
—Espero que no devenga en un thriller —dijo, mordiéndose el labio inferior—. Con la suerte
que tengo…
—Nada de eso. Y no te culpes ni te obligues a nada. Se tú misma y no te obligues a aceptar
mierda ninguna. Ningún hombre puede imponerte nada, por más hermoso, millonario o sexy que
sea.
—Es todo eso —suspiró—. Lo sé, lo sé.
El sonido en el teléfono la sorprendió y abrió el mensaje.
—Está afuera.
—Pues ve, ¿a qué esperas? Estaré observando desde tras las cortinas. Quiero que te contactes
conmigo una vez cada hora. Respóndeme. Un << estoy bien>>, una carita, algo. No estaré
tranquila si no lo haces.
—No te preocupes.
Tomó su bolso y se obligó a caminar con elegancia sobre los tacones, luego de trastabillar la
primera vez. Observó en derredor y en la esquina vio el auto de vidrios negros que esperaba por
ella. Tragó hondo y se obligó a avanzar, paso a paso. La comían los nervios.
Cuando estaba a unos metros un chofer de impecable traje se apeó y le hizo una reverencia
mientras le abría la puerta trasera. Sonrió con timidez y agradeció, introduciéndose en el lujoso
vehículo. Había una división que separaba la sección trasera de la delantera y su primera
percepción fue que era enorme, con dos asientos largos enfrentados.
Se quedó sin aliento de inmediato al ver que Liam la esperaba en uno de ellos, con una enorme
sonrisa. Los ojos brillantes y penetrantes parecieron quemarla; la miraba con lenta apreciación y
asintió al final. No pudo más que maldecir su timidez que se manifestó en la sequedad de boca y
tenazas en su garganta. Esa mirada… Esa mirada encendía fuego adentro suyo y sus pezones
fueron los primeros afectados, duros y prietos como nunca. Rogó que la tela del brasier lo
disimulara.
—Amelia, buenas noches —la voz de barítono sonó clara y profunda, inyectando vibraciones
en sus oídos.
¿Se podía ser tan sexy? Dios, si solo verlo y escucharlo le hacía esto a su cuerpo, seguro que
colapsaría apenas la rozara.
—Buenas noches —pudo articular, y sonrió con debilidad. <<Razona, mujer, muéstrate
compuesta o va a creer que eres una tonta sin cerebro>>—. No pensé que vendrías.
—Un gesto de caballerosidad, pero también de temor de mi parte —la miraba, no le daba
tregua y ella estaba inmóvil y muy recta.
—¿Temor? —se extrañó.
—De que te arrepintieras. Si no aparecías en un rato, seguro que hubiera aporreado esa puerta.
Aunque me temo qué tal vez no sería bien recibido.
—Es la casa de mi amiga Sharon.... Ella es como una hermana.
—Estás hermosa. Mucho —dijo, acercándose a ella.
Se ruborizó. Él tomó su mano y la besó con suavidad. Una sensación eléctrica recorrió su brazo
y fue directo a sus pezones otra vez, para ponerlos como diamantes. Qué decía, como adamantio.
Ese era el material durísimo en las garras de Wolverine, ¿no? <<Céntrate, Amelia, atiende, no
divagues>>.
Él se movió para sentarse a su lado y de inmediato la envolvió el olor de su loción; masculina,
poderosa y exquisita. Era un pecado oler tan bien. Sus antebrazos rodearon su cintura y ella lo
dejó hacer. Ahí iba su voluntad, huyendo por motus propio ante las primeras expresiones
corporales.
Se sumó la calidez del aliento masculino rozando su mejilla y todo fue un combo casi mágico.
Su mirada, su toque, su olor y su aliento: todo eso le estaba proporcionando la experiencia más
sensorial y alucinante que hubiera tenido. <<¡Qué mierda de relaciones has vivido, Amelia!>>,
reconoció. <<Nadie antes te conmovió tanto con tan poco>>.
—Quiero que te sientas tranquila y segura conmigo. Sé que quieres que hablemos antes, pero si
me permites, haré algo que he deseado desde el primer momento en que te vi.
Ella levantó la vista con curiosidad y pestañeó cuando los labios de él se acercaron y
aprisionaron los suyos en un gesto primero suave que pronto se tornó caliente y devorador y que la
atrapó sin más, incitándola a responder. Él había tomado su nuca para apretarla contra sí y su otra
mano se deslizó para acariciar su mejilla, lo cual la movilizó y sin pensarlo más, envolvió sus
brazos sobre su cuello y le devolvió el beso con ardor, abriendo la boca para que su lengua la
explorara.
Nunca la habían besado así, como si quisieran arrebatarle el aliento, con hambre, comiéndole
la boca sin pausa. Respondió del mismo modo hasta qué pareció quedarse sin respiración. Cuando
se separaron, se miraron por varios segundos, él aun rozando su rostro con un dedo, delineando
sus labios y sonriendo con gesto tan seductor que sintió que era otro golpe a su confianza.
—Intuía que eras intensa y este beso acaba de confirmarlo —dijo, sin dejar de mirarla.
—Yo… —buscó recomponerse y que no se trasluciera cómo estaba de afectada—. Quiero que
sepas que no ha sido fácil para mí aceptar esto…Dar este paso. Supone ir en contra de varias
cosas que daba por sentado.
—¿Como cuáles? —él atrapó una de sus manos y la acarició con un dedo, haciendo vibrar a su
piel.
—Bien… Eh…—Él tenía un efecto muy fuerte sobre ella, tanto que le costaba articular y dejar
de seguir esa mano que hacía círculos en su palma y se extendía a su brazo, enviando mensajes
sensoriales directos a su bajo vientre—. En principio, nunca he tenido una relación que tenga que
esconder a mi familia y que solo me comprometa a nivel físico.
—Si te conforta saberlo, yo tampoco —susurró en su oído, mordiendo el lóbulo de su oreja
para arrancarle un respingo y un estremecimiento.
La distraía, la enervaba. Pero se concentró.
—No puedo creer que no estés acostumbrado a los ligues ocasionales.
—Sí, a eso sí. No es exactamente lo mismo que te propuse.
Volvió a acercar sus labios a su lóbulo, esta vez para pasar su lengua y toda ella tembló ante el
contacto.
—Piensa en esto como en una exploración, Amelia. Una bonita, excitante, sensual exploración
de nuestros cuerpos. Una que puede llevarnos un tiempo largo, si nos sentimos bien, si, como creo,
nos complementamos. No poner etiquetas es dar rienda suelta a las posibilidades, ¿no lo crees?
Ella puso la mano en su pecho, con suavidad. Necesitaba decir lo que creía, sin la distracción
que él imponía a sus sentidos.
—Necesito una etiqueta, una que me proteja. Una que le ordene a mi mente qué pensar y qué
creer. No he tenido buenas experiencias. No quiero que esto me estalle en la cara y termine
lastimándome.
—No está en mí hacerlo—él detuvo sus caricias y la miró a los ojos—. Quiero que ambos la
pasemos bien. Quiero tener todo contigo, todo lo sexual. No haré nada que no quieras. No te
pediré nada que vaya contra tus deseos. Una negativa tuya será la premisa qué detendrá cualquier
acción de mi parte.
—No quiero nada que no sea tu tiempo. Esta no será una relación con regalos o que incluya
nada extra de tu parte.
Él la observó, un tanto más serio.
—Okey—él asintió—. Entiendo lo que tratas de hacer. No veo mal regalar algo bonito a
alguien que está dentro de mis afectos.
—No es lo que soy o seré —le dijo con seriedad—. No nos engañemos o usemos eufemismos.
—Bien —señaló.
Sin más, atrapó otra vez su boca y la embistió, esta vez dejando que sus manos se deslizaran
por sus curvas, delineando su cintura, su cadera, atrayéndola hacia él para finalmente sentarla
sobre su falda con facilidad, como si no pesara nada. Hizo que estirara sus piernas sobre el
asiento y las acarició, con un dedo tocando sus sandalias.
—Sexy, muy sexy —musitó, deslizando otra vez hacia arriba, acariciando su muslo y luego la
curva de su cola, sin detenerse.
Ella lo dejó hacer, sin poder emitir sonido, cada trazo sobre ella se sentía como una cinta de
calor que llevaba humedad a su pelvis. Era casi vergonzoso. Casi, si no fuera tan bueno. El
vehículo comenzó a enlentecer la marcha y Amelia pudo ver que se acercaban al edificio donde
hacía menos de cuarenta y ocho horas había pasado mal.
—¿Ahí vamos? ¿A tus oficinas? —se sorprendió.
En verdad no había pensado adonde la llevaría, supuso que a un hotel.
—Anexo a ellas tengo un departamento muy cómodo y bien provisto. Paso ahí buena parte de
mi tiempo. Estaremos tranquilos y tendremos la intimidad necesaria.
Ella asintió, cada vez más tensa, y él lo percibió, masajeando su cuello y rozando sus labios.
—No estés nerviosa. Veo que tiemblas y tus mejillas están encendidas.
—Solo necesito distenderme. Estoy decidida y no voy a dar un paso atrás —aseguró.
—¿Me deseas, Amelia?
La acercó, ojos y labios a un palmo, sus alientos confundidos.
—Sí— contestó ella muy quedo.
Claro que lo deseaba, tanto que ahora fue ella la que buscó su boca. Él la envolvió en sus
brazos y la atrajo hasta fundirla en su pecho, deslizando luego una mano para que se posase
brevemente en su barbilla y luego dirigirse hacia sus senos, que acarició por encima del vestido,
haciendo foco en uno de los pezones. La sensación de urgencia de esa caricia tan íntima fue
directa a su entrepierna. Entonces, él abandonó sus pechos para tomar su mano y la dirigió hacia
su pelvis mientras le decía:
—Mira cómo me pones, mira lo que provocas en mí, Amelia.
La dureza de su miembro, que apretaba el pantalón y lo elevaba, le cortó la respiración. Sin
poderlo evitar acarició su miembro haciendo que este latiera contra ella y creciera aún más.
—Vamos a detenernos —susurró él—. No quisiera que tu primera impresión de mí se
asemejara a la de un adolescente cachondo que no puede contenerse.
Por primera vez Amelia sonrió, seriamente satisfecha de que Liam le demostrara que tenía
poder sobre él y que se sentía cautivado y apasionado por ella. Si había tenido dudas al respecto,
estas comenzaban a disiparse con rapidez, sustituidas por la necesidad de entregarse a él de todas
las formas posibles.
Once.

AMELIA.

El automóvil los condujo a un estacionamiento subterráneo, desde el que el ascensor privado


los llevó a las oficinas de Liam. Él no dejó de abrazarla y acariciarla, besándola con pasión
durante todo el breve trayecto. Ya en el interior, la condujo con suavidad al sillón en el que la
tarde anterior habían hablado con mucha más formalidad. Parecía que hacía más tiempo de eso,
Amelia sentía que habían pasado mucho más de veinticuatro horas.
Aquí estaba, pegada al cuerpo de Liam, cuyos dedos se deslizaban con habilidad por su
espalda, sin perder tiempo en tonterías, directo al punto, buscando la cremallera del vestido. La
bajó con calma y dejó su espalda expuesta, a la vez que la giraba para apreciar su piel desnuda y
acariciarla. Su piel parecía despertar bajo su toque sutil y enervante.
—Bonito tatuaje —le dijo al dejar expuestas la frase que hacía tres años se había hecho
grabar: Amar es vivir—. Imagino que tiene un sentido específico —señaló mientras su boca
encendía su clavícula y sus dedos iban ahora hasta sus senos, mientras la recostaba contra su
pecho.
—Lo tiene —dijo, sin ahondar, cerrando sus ojos y mordiendo sus labios, a la vez que dejaba
escapar un suave gemido al sentir la presión de sus dedos en sus pezones.
Se regodeó con ellos, rozándolos con las yemas de sus pulgares, absorbiendo contra sí los
temblores de Amelia y permitiendo que su cabeza reposara en su hombro. En la base de su
espalda ella sintió la dureza de su miembro presionando y tragó saliva. Estaba pasando, se estaba
entregando a él y disfrutando de algo que era mucho más que un polvo rápido. Él se tomaba su
tiempo con ella, la exploraba y buscaba sus reacciones y sus puntos erógenos, a tal punto que ella
creía estar en las nubes.
—Hermosa, sabes que lo eres, ¿verdad? Tan suave, tan llena —susurró él.
Ella no lo creía, pero sus palabras le permitían soñarlo. La giró entre sus brazos y besó sus
labios, mordiéndolos y lamiéndolos con placer, para luego tomar la tela que reposaba en sus
caderas y deslizar la prenda con suavidad hasta sus tobillos La piel se erizó al paso de sus dedos
que parecían dejar surcos de fuego. Él se separó un palmo para apreciarla con ojos entrecerrados,
que parecieron volverse más oscuros.
—Eres la perfección hecha mujer— anunció y ella se mordió los labios, impactada y
emocionada—. Mírate. Si el pecado tuviera expresión física, tú lo serías.
—No me considero bella —corrigió ella, avergonzada.
La mayoría del tiempo detestaba sus imperfecciones y que él se tomara tanto tiempo para
observarla la ponía tensa. ¿Cuánto podría tardar en darse cuenta de que era más ancha de lo
habitual?
—Debes creerlo, eres mi tipo de hembra. Rotunda —su mano se pegó a un pecho, amasándolo,
y la otra recorrió sus nalgas, haciendo igual—. Llena, voluptuosa. Me excitas de una manera
increíble.
Sus dos manos, grandes y no tan suaves como pudo pensar dado su trabajo de escritorio,
acunaron y sacudieron sus senos, elevándolos, amasándolos. Con urgencia nacida de la lujuria, se
sumergió en el escote, deslizando su lengua. Se apresuró a desprender el brasier, dejando libres
los pesados globos.
—Naturales, suaves, gloriosos —dijo y de inmediato uno de sus pulgares pellizcó de una
manera enloquecedora el pezón expuesto, mientras su boca se ocupaba del otro, lamiendo y
chupando, logrando que Amelia vibrara—. ¡Tan bellos, tan exquisitos!—. La punta de su lengua se
movía con pericia, mientras sus ojos disfrutaban de las expresiones de éxtasis que ella dibujaba
—. ¿Cuánto hace que un hombre no disfruta de tu cuerpo? Quiero que me cuentes, quiero que me
digas lo que sientes.
—Yo…— Dio un gritito al sentir mordisco, que le provocó sensaciones a medias entre el dolor
y el placer.
—¿Cuánto hace que no sientes sobre ti las manos de un hombre, Amelia? ¿Cuándo fue la última
vez que te entregaste con esta pasión?
—Hace demasiado. Pero no así —pudo farfullar, doblemente excitada porque los dedos de él
se colaban bajo el elástico del tanga y comenzaban a explorar sus zonas más íntimas.
—No quiero que nadie más que yo pose sus manos ni su boca sobre ti —demandó.
—Solo tú —asintió, sin dudar.
—Mientras estés conmigo, mientras nos veamos, eres mía. Me perteneces. Estos gemidos estos
suspiros —deslizó sus dedos y recorrió sus pliegues íntimos, para luego hundir uno de sus dedos
en su coño, haciendo que diera un saltito y echara la cabeza atrás, gimiendo más profundo—. Esta
humedad es solo mía —aseguró, retirando el intimo contacto, y a continuación, para sorpresa
absoluta de Amelia, chupó el dedo que brillaba húmedo, con fruición, con la sonrisa más canalla
del mundo—. Este es el sabor más jodidamente delicioso que he probado.
Los ojos desmesurados por la sorpresa, la boca semiabierta, la actitud de abandono, toda ella
era la imagen de la sensualidad.
´—Estás tan preparada.
Con un movimiento brusco rompió el elástico de sus bragas, apoderándose de la ínfima prenda
y llevándola hasta su nariz, aspirando, para luego guardarla en el bolsillo de su pantalón, ante su
mirada atónita.
—Un souvenir —sonrió.
Se quitó la camisa, pero permaneció con el pantalón en el cual se evidenciaba claramente la
excitación de su miembro, al que Amelia miró como embobada. Entonces, la tomó por las caderas
con ambas manos y la elevó y ella dio un grito:
—¡Peso demasiado!
—Tonterías. Eres perfecta y yo no soy un alfeñique. ¿De qué me serviría tanto gimnasio y
boxeo si no puedo levantar a una mujer? Soy un hombre bien desarrollado.
—Lo noté —dejó escapar ella.
<<El ejemplar masculino más jodidamente hermoso que he conocido. No sé qué hago aquí>>,
pensó.
Él se sentó en un sillón y la puso sobre su falda, abriendo sus piernas y dejándola expuesta a
sus dedos, que empezaron a moverse lentamente, el índice rozando de manera circular el clítoris
mientras el mayor, pícaro explorador se introducía en su vagina.
—Estás tan mojada tan excitada— Ella suspiró con abandono mientras se permitía olvidar todo
límite y dejaba que él la sumergiera más y más en el placer—. Voy a arrancarte todos los
orgasmos que tienes acumulados. Te voy a hacer gozar como no lo ha hecho nadie y voy a marcar
cada uno de tus rincones, con mi boca, con mis dedos, para finalmente hundirme en ti y sacudir
todas tus inhibiciones —recitó.
—Eres de los que hablan mucho —susurró Amelia con un esbozo de sonrisa mientras su bajo
vientre parecía arder ante la invasión, a la que se rendía sin lucha.
—No lo sabes bien, pequeña.
—No tengo nada de pequeña.
—Tienes todo muy bien puesto y en su justa medida para hacer un conjunto extraordinario —
sentenció.
Aumentó el ritmo de sus presiones hasta que ella sintió que en su vientre se formaba una bola
de placer que crecía sin remedio hasta explotar, expandiendo calor y placer en ramificaciones
abruptas hacia sus miembros, todo lo que dejó escapar en un grito crudo que anunció, entre
temblores, un orgasmo de magnitud extrema.
—¡Eso, nena, córrete para mí! —dijo él con voz ronca, excitado ante el espectáculo mayúsculo
de esa hembra abierta y palpitante por y para él.
Cuando su cuerpo se calmó, la elevó entre sus brazos, con premura, colocándola sobre su
hombro y avanzando para abrir la puerta que conducía al dormitorio. Allí, la dejó caer sin
ceremonias sobre el colchón, en el que rebotó, asombrada por la exposición cruda de hombre de
las cavernas de Liam.
Sin dejar de mirarla se quitó los pantalones y el bóxer con rapidez, dejando a la vista su
miembro duro y grueso, excitado entre sus largas y musculosas piernas separadas, en una de las
cuales apreció un tatuaje qué hizo aún más sensual la imagen. Él tomó su pene y lo masturbó,
descubriendo el glande brilloso de líquido pre seminal.
La imagen era de un erotismo mayúsculo y el miembro pareció crecer ante los ojos de Amelia,
que tragó saliva sin poder desprender la vista de esa maravillosa exhibición de masculinidad
depredadora que la volvió a poner en órbita, el dolor del deseo otra vez instalándose en su coño.
Cuando él se movió y avanzó con lentitud se llevó las manos a la cara, que parecía arder.
Liam, cerniéndose sobre ella, pero apoyado el peso de su cuerpo en los brazos, le hizo abrir
las piernas con sus rodillas y sin más preliminares, colocó el glande entre sus pliegues. Sus ojos
brillaban tumultuosos.
—¿Estás lista para mí, Amelia?—Ella asintió—. No seré gentil, ni suave. En estos momentos
te deseo tanto que solo quiero penetrarte y hacerte volar alto, ¿entiendes? Quiero llenarte,
hundirme en ti.
No podía más que afirmar con su cabeza, incapaz de articular palabra; parecía que su garganta
se había cerrado. Le observó estirarse para abrir un cajón de su mesa de noche y tomar un condón,
que extendió con pericia en toda la extensión de su falo, en un movimiento que por sí solo fue
demoledor por lo erótico.
Luego, sin más prolegómenos, sintió que ingresaba en ella. Fue consciente de cada porción de
su vagina que se llenó de él, al principio de forma incómoda, su estrechez abrazando el gran pene
con dificultad. Él estuvo quieto unos segundos, dejando que las paredes de su vagina se
acostumbraran a esa maravillosa calidez y tamaño y luego comenzó a empujar, lento y rápido y
otra vez lento hasta que su cara comenzó a mostrar que no podía detener el placer, lo que le excitó
doblemente.
—Respira, abre ese precioso y apretado coño para mí. Deja que mi verga lo acaricie —le dijo.
Ella asintió y se acomodó, envolviendo las caderas de Liam con sus piernas para darle paso,
dejándose llevar alto, a punto de explotar de tensión, sintiendo que sus dedos se concentraban en
su clítoris y este la ponía otra vez a cien. Nuevamente el calor de un orgasmo maravilloso se gestó
en ella y cuando él vio lo que sucedía, le dijo:
—Córrete otra vez para mí, muéstrame lo mucho que te excito, cuánto te gusta mi verga en ti.
Sus estocadas, sus caricias, su lenguaje sucio, todo la elevó; el éxtasis la alcanzó, sintió que su
cuerpo se despegaba y volaba y una maravillosa bruma la envolvió, a la vez que escuchaba el
gruñido de Liam en su empuje final de liberación.
Les costó unos minutos recomponerse, durante los cuales ambos respiraron agitados y en
silencio. Él se retiró de ella, con renuente lentitud, para tenderse a su lado.
—Wooww —dijo ella, quedo, conmovida y exhausta, sin poder creer que el sexo pudiera
sentirse tan impresionante.
—Esto ha sido mucho mejor de lo que me había imaginado, Amelia y te confieso que ya me
había hecho muchas expectativas. Has superado con nota todas mis fantasías.
Ella se ruborizó y dejó escapar una sonrisa nerviosa, buscando algo con que cubrirse. Él rio,
divertido, agregando:
—Un poco tarde para la timidez. Uno de los rasgos que te hace tan encantadora.
Se incorporó para ayudarla, alcanzándole el corpiño y el vestido, acariciando su mejilla, para
luego decirle, mientras se dirigía al baño.
—No te apures en vestirte, hermosa. Quiero disfrutarte más. Tomemos tiempo para eso. Luego
cenaremos y te regreso a tu casa. Estoy muy satisfecho de que hayas aceptado, Amelia. Esto va a
ser muy bueno —prometió.
—Ya lo es— dijo ella, ruborizada.
—Tu sinceridad tu pasión y tu belleza son bálsamos refrescantes, hermosa Amelia —señaló.
Doce.
AMELIA.

Bostezó una vez más, vez mientras dejaba la orden de la mesa 6 en el pincho para que el
cocinero preparara la comida. La voz de Bratt, insidiosa y chillona, la interpeló.
—¿Estás descansando poco? Tal vez sales demasiado. ¿O es que has conseguido algún hombre
que te folle?
Desagradable y guarro, eso era él, entre otras cosas. Odiaba las licencias que se tomaba con
ella, cada vez más.
—No es asunto tuyo —cortó seca y brusca.
—Me preocupo por ti—él chasqueó su lengua—. Sabes que estaría encantado de tenerte en mi
cama, estoy a tu disposición.
Lo ignoró esta vez y se movió ante el ladrido de Sean, el cocinero, para tomar la orden y
llevarla al grupo de mujeres que se apiñaban en una de las mesas. Estaba cansada, aunque esto no
tenía que ver con agotamiento laboral exclusivamente. Era el sexo, practicado en cantidad y
calidad, que le hacía doler músculos que no recordaba tener. <<Liam>>, pensó. Ese hombre había
logrado despertar todos sus sentidos, acariciando y besando todo a su paso, como un terremoto
que arrasaba hasta dejarla agotada de pasión, para volver a encenderla poco después.
Desprenderse de su presencia había sido difícil y, conseguido, había sido inútil; la necesidad de
volver a estar entre sus brazos había regresado de inmediato.
Había dormido poco el resto de esa noche, encerrada en su dormitorio y rememorando con
delicia e incredulidad cada momento, cada beso y caricia, volviendo a sentir calor ante las más
osadas. Sus pezones, su coño, su garganta, los lóbulos de sus orejas, sus labios, todo tenía su
marca. Su olor, su calor. Revivió cada instante, buscando que quedara grabado en su mente.
Sus frases, sus palabras, a veces sucias y excitantes, otras tiernas y admirativas, habían vuelto
a sonar en la soledad de su dormitorio. Vaya si sabía cómo colarse en el pensamiento y en la
libido de una mujer Eso era seguro. Un cuerpo esculpido, atlético y musculoso, forjado para
abrazar, envolver, levantar. Se deleitó una y otra vez en la memoria de sus dedos recorriendo el
pecho amplio, su pack de abdominales tan marcados y esas largas piernas, tatuadas.
Había sido todo un espiral de emociones, deseos y acciones y volvían una vez y otra también,
dificultando su sueño y ahora su trabajo. No importaba qué pudiera decir Bratt ni cuantas veces
bostezara, valía mil veces la pena no dormir para vivir, para disfrutar un hombre como él. Le
parecía un milagro que alguien tan impactante como Liam, un diez en todos los sentidos, la
deseara cómo le había demostrado que lo hacía.
No había dobleces en la forma en que la tomaba y en las expresiones de su mirada. Eran lujuria
y deseo puro los que lo empujaban a explorarla y a hacerla correr sin parar. Todo nervio, toda
indecisión y duda se habían disuelto entre sus brazos, durante las horas que habían compartido. La
había hecho sentir enaltecida, valorada, atesorada. Algo invaluable para ella, acostumbrada a ir
detrás y recibiendo conmiseración y burlas.
No es que fuera la constante, en verdad. Era el remanente de años de burlas y no apreciación en
su adolescencia, cuando los chicos iban por las esbeltas y perfectas y ella era alguien de quien
burlarse. O el premio consuelo de quien la deseaba, pero no quería exponerse al ojo del público.
El mensaje de Sharon cortó sus pensamientos. Con emoticones y muchos signos admirativos le
recordaba que había olvidado la consigna de conectarse cada hora, luego de hacerlo al comienzo
de la noche.
AMELIA. ¡¡Lo lamento!! Es que fue una noche tan particular, tan mágica, que perdí toda
referencia, contestó de inmediato.
Había visto la serie de mensajes de Sharon por la mañana, los últimos breves, y había
respondido entonces con un breve Estoy bien. Ahora, su amiga comenzó a encadenar demandas de
detalles. Sabía que de no haber tenido que trabajar en el hospital la hubiera tenido a primera hora
en la cafetería. Debía estar en un momento de tranquilidad de su guardia, pues los mensajes
llegaron sin descanso.
SHARON. Quiero detalles. Jugosos, exhaustivos, escabrosos. ¿Es tan imponente como se
ve?
Supongo, por el silencio de tu celular toda la noche, que debe haber sido espectacular.
¿Sexo sin parar? ¿No te pidió nada raro? ¿Nada de tríos o hamacas sexuales o juguetes?
Se ruborizó y contuvo su sonrisa. Sharon leía demasiado BDSM para su salud mental. Comenzó
a escribir rápido, aprovechando los minutos de descanso en la cafetería y que Bratt estaba
enzarzado en una de sus habituales discusiones con Sean.
AMELIA. Nada raro, amiga. Fue maravilloso, apenas tengo palabras para describirlo
Sharon escribiendo. No la desanimaría tan rápido:
SHARON. ¿Estuvo a la altura de lo que imaginaste?
Se mordió el labio, súbitamente conmovida.
AMELIA. Fue mucho más
La respuesta tuvo muchos corazones.
SHARON. Me alegro nena. Estuve un poco ansiosa y nerviosa por ti. Temí que ese
hombre no fuera más que otro de los sapos con los que solemos encontrarnos. Un ególatra
acostumbrado a que le sirvan en todo sentido. Ya me entiendes.
¿Cómo no hacerlo? Ambas tenían una larga historia de toparse con especímenes desagradables,
irrespetuosos y egoístas.
AMELIA. Es un hombre de una masculinidad impresionante. Demandante, aunque
generoso, si entiendes lo que quiero decir.
La loca de su amiga no cejó:
SHARON. Entiendo, y por eso quiero saber más. Detalles. Me lo debes, vivo a través
tuyo y este romance de novela me tiene loca.
No, no irían por ese lado. No romance, debía aclararlo cada vez que esa palabra apareciera:
AMELIA. No es un romance. Los términos entre ambos están claros. Es un vínculo de
mutuo acuerdo para disfrutar del sexo.
Quería evitar que la ilusión de una relación romántica se filtrara en su mente y en cualquier
conversación que tuviera que ver con Liam. No quería olvidar que había especificado con
claridad en qué consistía y no había compromiso sentimental. No podía darse el lujo de pensarlo
siquiera como remota posibilidad.
SHARON. Vale. Pero no te exonera de contarme. Tenemos que juntarnos.
AMELIA. Tengo una semana complicada. Bratt se ha propuesto llenar los huecos y me
ha asignado horarios cortados.
SHARON. ¡Ese cabrón! Deberías renunciar.
AMELIA. Necesito trabajar. Es lo que hay. Al menos por ahora.
SHARON. También tengo unos días complicados. Algunas compañeras han enfermado y
tuve que asumir sus guardias. Cuando nos veamos tendremos los ojos detrás de la nuca. Pero,
dime, ¿en qué quedaron?
No habían hablado de eso.
AMELIA. Nada. Cenamos, tuvimos, mucho sexo, luego me envió a casa.
SHARON. Hay que dejarlo fluir. Si, como imagino, lo impactaste, será él quien mueva
sus fichas de inmediato.
AMELIA. Me dijo que no me considera un simple ligue de una noche.
SHARON. Eso es bueno. Alégrate. Tus fines de semana serán mucho más intensos de
aquí en más.
No podía más que esperar que así fuera, que la honda impresión que él había dejado en ella
fuera al menos la mitad en él. Imaginaba que tendría una vida ajetreada y llena de compromisos,
en cualquiera de los cuales podría conocer a una mujer varias veces mejor que ella. De la misma
forma que se había sentido prendado por ella en un evento, podía pasar con otras. La conciencia
de esto la hizo entristecer. Era demasiado bueno para durar. ¿Pasaría Liam de ella sin dificultad,
como una página insulsa? Tenía que bajar sus expectativas o iba a darse un golpe grande, decidió.

Al llegar el viernes se sentía agotada, su mente un mar de dudas, deseando saber de él y


esperando un mensaje que la llevara otra vez al lugar donde había sido tan intensamente feliz,
hacía cinco días. Cinco largos días en los que había chequeado su móvil de manera constante,
para decepcionarse cada vez.
Su parte racional trataba de aterrizar sus emociones y hacerle ver que era casi seguro que se
hubiera hecho ilusiones falsas, equivocadas, gestadas por las dulces palabras y el néctar que ese
millonario había derramado sobre ella, fruto de una pasión momentánea. Su mente le decía que
tenía que estar preparada para el desengaño.
No obstante, su cuerpo respondía sin pudores a las fantasías que los recuerdos despertaban.
Había recurrido a masturbarse, deseando que el vibrador, su amigo durante tantos años, fuera el
miembro de Liam insertándose en ella sin piedad para llevarla a la cima. Le fascinaba y detestaba
por partes iguales esa sensación extraña de sentirse parte de un juego amoroso que no tenía
posibilidades de concretarse. Se forzó a mantener su libido en orden en horas del trabajo, que era
mucho y agotador.
En su casa se dedicó a compartir tiempo y conversar con Tina por horas, obligándose además a
mirar los realities de cocina y alta costura que a su tía Meg le encantaban. Estos últimos los
devoraba ella también y le hacían sentir más cerca de lo que amaba. Notaba a su querida tía un
poco más pálida, aunque, como de costumbre, ella sonrió y la disuadió de preocuparse. Tina
estaba cada vez más ocupada en la preparación de sus exámenes y pruebas y a Amelia le gustaba
que por las noches tuviera momentos para ella. No tenía amigos más que virtuales y era callada y
responsable.
Dios sabía que su hermana se encargaba de la casa sin queja. Sabía que, con su actitud
humilde, su vestimenta ancha y sus lentes de montura debía ser considerada una nerd, pero a ella
no le importaba. Era lo mejor que podía pasar, esa actitud prescindente de cualquier cosa que no
fuera su familia y su estudio. Eso la ayudaría a progresar, a alcanzar lo que le proveería de un
futuro mejor. Eso deseaba. Ojalá pudiera hacerle las cosas más sencillas.
Cuando ya había perdido ilusión, llegó el mensaje de Liam y esto la sumió de nuevo en la
niebla de la ansiedad y la tensión sexual. Era increíble que unas pocas palabras anunciaran tanto.
Para ella, eran el paraíso.
LIAM. ¿Nos vemos hoy? ¿Puedo enviar coche por ti?
Suspiró extasiada y un dejo de alivio la recorrió. Por una vez le supo bien que su mente lógica
hubiera sido batida: él la había vuelto a llamar y ella deseaba estar con él, disfrutar de sus
caricias y de su cuerpo más de lo que creía posible. No dudó.
AMELIA. A las 19:00 termina mi turno en la cafetería. Tal vez es un poco tarde.
<<Que no lo sea, que diga que no importa>>, rogó, esperando la respuesta
LIAM. Para nada, es perfecto. Nos vemos.
Un estremecimiento la recorrió, sin poder evitarlo. Cerró sus ojos y se imaginó ante sí a Liam y
el calor subió a su cara, tensa y deseándolo: sus abdominales duros y tallados, su boca que
incitaba al pecado y que la había comido sin pudor, esa voz ronca que tanto la ponía. No podía
esperar a estar con él.
Lamentó que el mensaje no hubiera llegado unas horas antes, pues podría haber traído alguna
ropa diferente. Se había despertado sobre la hora esa mañana, con escaso tiempo para otra cosa
que no fuera una ducha, un café y correr por el transporte. La razón de eso: su agitada imaginación,
que no tenía otro tema que él. Lo veía, lo recordaba, lo soñaba despierta. <<Voy a verlo una vez
más>>, sonrió.
Serían ella y su uniforme ingresando a ese lujoso edificio. No era importante, considerando que
era una Cenicienta moderna. Salvo que ella era una versión menos idealizada: curvy, sin
hermanastras malvadas, sin expectativa de casamiento con el príncipe. Liam tenía toda la estampa,
él sí se apegaba al esquema. Supuso que habría alguna princesa dorada para él. No le sentó bien
pensarlo, así que frenó su imaginación. Algo de magia había, para ella. Y la disfrutaría tanto como
pudiera, decidió.
Las horas se le volvieron interminables, sus manos cada vez más tembleques al avanzar la
tarde. A las 18:30 su trabajo finalizó y fue con rapidez al precario baño para el personal e hizo lo
que pudo para mejorar su aspecto cansado y sudoroso. Lo único que le gustaba era su ropa
interior: nueva y osada. Le gustaba sentirse sexy. Pensó que su lencería de muerte combinaba
terrible con sus zapatillas, pero tendría que funcionar.
El mismo vehículo y chofer la esperaron esta vez, aunque él no estaba adentro, lo que la
decepcionó un tanto. Viajó tratando de relajarse, descansando su cuerpo, disfrutando de la música
funcional y del olor agradable del cuero. Cuando arribaron, el chofer descendió presto a abrirle la
portezuela y ella le sonrió. Él permaneció serio y le dijo:
—El señor Turner espera que se comunique por el intercomunicador para habilitar el ascensor.
Ella asintió y obediente, se dirigió al aparato, anunciándose cuando escuchó la voz sensual de
Liam. Apenas tuvo que esperar unos instantes para que el elevador abriera sus puertas y se
sorprendió sobremanera al encontrarse con su figura alta y vestida en impecable traje de tres
piezas. Su aspecto quitaba la respiración, parado con sus piernas separadas y sus manos en los
bolsillos, mirándola de arriba abajo con una expresión que solo pudo calificar como hambre
Sintió que sus bragas se mojaban sin remedio ante la visión y apretó su bolso para encontrar algo
de seguridad.
—Bienvenida otra vez, Amelia—Le tendió la mano y ella se adelantó para ingresar y pararse
justo a su frente, dudosa.
Él se acercó, alzando su mano sobre ella para tocar el botón del ascensor correspondiente y el
intenso olor de su fragancia, a cuero, madera y cítrico, impactó sus sentidos y le invitó a morderse
los labios De inmediato, con el elevador en movimiento, él también lo hizo, envolviéndola y
arrinconándola contra la pared, tomando sus dos brazos y llevándolos arriba, sosteniéndolos con
una de sus grandes manos mientras la otra recorría sin pudores cada una de sus líneas.
Se rindió de inmediato a ese toque que la quemaba, sensación que se redobló cuando él inclinó
su cabeza y tomó su boca con ardor, mordisqueando sus labios e introduciendo su lengua en ella
en un beso de reclamo al que respondió sin censura. La mano que jugaba y exploraba se cernió
sobre su camisa y la desabotonó con habilidad y sin prisa, dejando expuesta su parte superior.
Entonces dejó de besarla y se concentró en mirar y moldear sus senos por encima de la tela, sin
piedad, pellizcando sus pezones. Amelia gimió conmovida y caliente, adelantando su torso para
que continuara con esas caricias que la volvían loca.
—Extrañé estas bellezas, estas nenas preciosas —aseguró él, tomándolas por la base y
elevándolas, para dejarlas expuestas a su observación, para luego besar la piel y quemarla con su
lengua. Ella gimió con abandono—. Deja tus brazos arriba, Amelia —le dijo con una sonrisa y
desprendió el corpiño con delicadeza. Libres de su cárcel, los senos se mecieron y sus aureolas
destacaron, duras y excitadas.
No tardó nada en deslizar su boca hacia ellas, usando la punta de su lengua para lamerlas y
luego chuparlas, degustándolas, sorbiéndolas, haciendo que pequeños relámpagos, corrientes
placenteras viajaran por todo el cuerpo de Amelia, directos a su pelvis, mojándola, dejándola sin
voluntad de nada que no fuera disfrutar de él y entregarse a sus deseos.
Él recorrió cada porción de sus senos, dibujando sus lados y protuberancias con su aliento
cálido y su saliva, hundiéndose en la uve de su escote, mordiendo con suavidad la piel, para
curarla con la lengua.
—Este es el mejor par de tetas de toda California, Amelia, no puedo dejar de devorarlas, de
tocarlas —la observó con seriedad no exenta de lujuria, una extraña combinación—. Soy un
hombre de senos, me gustan, los disfruto. Contigo esto se hace glorioso. Tan suaves, cremosas y
pesadas, deseando ser besadas y adoradas. No voy a decepcionarlas, bella. No quiero que nadie
más que yo las tenga, las disfrute. Son mías, tan mías —continuó acariciando y chupando un poco
más.
Ella solo pudo asentir, en total rendición. ¿Ante quién otro podía brindarse de esta forma? ¿Qué
otro podría arrancarle tantos jadeos y gemidos encadenados y encenderla con sus palabras? El
ascensor se había detenido hacia un buen rato, pero era evidente que no tenía intenciones de
abandonarlo hasta que su lujuria estuviera contenida. Sus manos abandonaron los senos para
dirigirse al vuelo de su falda, que elevó hasta sus caderas para dejar en evidencia las bragas que
apenas cubrían su sexo.
—Bella, traviesa y tan cachonda que me hace arder —gruñó, cubriendo con su mano el pubis,
que apretó sobre la tela, para luego apartarla con dos dedos, colándose a la cálida intimidad de su
sexo.
Amelia sentía sus piernas débiles y se sostuvo de sus hombros mientras él exploraba sus
pliegues con la punta de sus dedos, recorriendo toda la extensión de su raja y enviando punzadas
de placer que hicieron cerras sus ojos y apretar sus labios.
—Lo que temía —susurró él en su oreja, su cálido aliento estremeciendo su oído. Ella le miró
sobresaltada—. Sufre usted un severo caso de humedad y calentura. Y solo hay un remedio para
eso.
—¿Cuál? —musitó ella su voz estrangulada.
Él sonrió, sin responder y deslizándose con suavidad y enloquecedora lentitud, se arrodilló.
Separó sus piernas y pronto tuvo su cabeza sumergida entre su coño, lamiéndolo sin piedad,
deleitándose en el clítoris con pequeños círculos, separando sus pliegues con sus dedos hasta que
ella sintió que se ahogaba de placer. Sus grandes manos acariciaban sus nalgas y la apretaban más
contra su boca. Nunca le habían hecho un cunnilingus tan voraz, tan abrasador. Nunca nadie la
había probado de esta forma, comiéndosela con gula. La ansiedad desesperada hizo que sus
brazos bajaran y procurara meterlo más en ella, si esto era posible. Él se separó y la miró,
reprobatorio:
—No, no, no. Brazos arriba. Estás a mí merced y yo tomo las decisiones. Piernas muy abiertas.
Algo en ella quiso rebelarse, pero luego se abandonó a la idea de que Liam impusiera el qué y
el cómo. Y también el cuándo. Todo lo que quería era a él en ella, sobre ella, con ella. Supuso que
más adelante tendría tiempo para tocarlo y disfrutarlo.
—Este es el coño más dulce y delicioso que he probado nunca. Tan rosa, tan jugoso,
chorreando para mí —la lamía sin parar, el ruido de su lengua audible al chasquear sobre sus
fluidos.
Él se deleitaba con su intimidad, tomando su excitación e imponiendo con su ritmo sensaciones
crecientes que preludiaban un intenso desenlace. Las vibraciones eléctricas que logró arrancar de
su clítoris comenzaron a formar un nudo denso de energía devastadora que amenazaba expandirse
y estallar.
Sus pezones le dolían, necesitados, y fue desobediente al llevar sus manos a ellos y
acariciarlos con lentitud, totalmente abandonada a la sensación de éxtasis, marea que nació en su
bajo vientre y se extendió hasta cada uno de los rincones de su piel impactado su cerebro como
una onda expansiva. Se encontró vibrando y temblando mientras él retiraba su boca para seguir
estimulándola con sus dedos mientras la miraba fijo y le decía:
—¡Córrete, dame toda tu miel!
Sintió que se elevaba, qué perdía noción de su cuerpo en un orgasmo tan brutal que fue un
encadenamiento de varios. Sintió que gritaba su nombre y sus brazos se apoyaban en su pecho,
mientras él rodeaba su cintura con sus fuertes brazos, impidiendo que cayera redonda una vez que
los espasmos fueron cediendo. Pareció que había corrido varios kilómetros, su pecho jadeante, su
corazón palpitando, su respiración agitada.
—¡Dios! —dijo en un murmullo.
—Me han dicho que soy muy bueno, pero no creo que tanto como él —le sonrió—. Pensé que
era buena idea recibirte de una manera que te convenciera de que a mi lado tienes asegurada una
velada espectacular.
—No lo dudé nunca —contestó, buscando su ropa.
<< ¿Quién no lo pensaría? Tu sola presencia es la imagen de un sueño húmedo>>, pensó.
Trece.

—¿Pensaste en mí estos días? —le preguntó mientras le alcanzaba su ropa.


—Tal vez —dijo, algo críptica, mientras se vestía prestamente.
A ella le daba algo de pudor estar expuesta frente a él. Ridículo, si atendía a que se había
entregado sin barreras y sus dedos y lengua habían escaneado su cuerpo. Tal vez no le gustaba
estar en desventaja, después de todo, él no había perdido una solo prenda.
—Apuesto a que sí lo hiciste. No obstante, frente a esa respuesta tan poco convincente, me
esforzaré al máximo hoy para evitar que la siguiente vez que te pregunte tengas otra contestación
vaga—Sonrió, divertido, seguro de que lograba el impacto que buscaba—. Empecemos por cenar.
Me apetece que me acompañes. Has tenido una larga jornada y me imagino que estás muy cansada
y con hambre.
—Eso creo —asintió.
—Trabajas demasiado.
—No hay otra alternativa —contestó Amelia, elevando sus hombros, sin queja.
—Hay un pequeño restaurante aquí mismo, en el edificio. Es muy privado, he pedido que nos
preparen la mesa y un menú que te va a encantar. ¿Qué dices?
¿Qué decía? No podía evitar estar muy sorprendida de que él quisiera hacer algo más que
follar y que además pudieran tener algo de público, testigos que los vieran. Desde el punto uno
imaginó la suya como una aventura despojada de magia, con encuentros secretos. Un hombre tan
poderoso debía cuidar su imagen, lo entendía.
No podía ser bueno que le conectaran con alguien tan por debajo de su target habitual. Seguro
esto generaría habladurías; toda ella era muestra de alguien de una escala social inferior. No es
que se considerara menos que él u otros como él, pero la realidad no podía esconderse. Y Amelia
no era afecta a tapar el sol con un dedo.
—No creo que mi ropa pueda ubicarse bien en un restaurante —dijo, con timidez—. Solo tengo
mi uniforme.
—Mi error no haberte avisado antes. Pero soy un hombre de recursos y planear de antemano.
Ven.
La condujo hasta el dormitorio y ella se dejó guiar. El olor a él, a su colonia, a su
masculinidad, trepó de inmediato a su nariz. La habitación era gigante, en colores oscuros y
sobrios. La enorme cama reinaba en el espacio y encima vio un vestido hermoso, de un corte
impecable, en un color pastel muy claro. La visión le quitó el aliento y se adelantó, sin poder
evitarlo, a apreciarlo en detalle. Levantó la percha y tocó la tela, dibujando con un dedo los trazos
de la costura y supo que era de un diseñador exclusivo. Se percibía en el vuelo, la caída, la tela.
—¡Precioso, una belleza! Tan elegante en su corte.
—Es tuyo —le dijo él.
—No, no, no puedo aceptarlo —negó, dejándolo en su sitio.
—¿Por qué no? Está aquí, tú estás aquí, te he invitado a cenar y no tengo la menor duda de que
te sentará como un guante.
—No puedo aceptar este regalo. Es demasiado y no es necesario.
—¿Demasiado, querida? —esbozó una sonrisa de incredulidad—. No es nada, un capricho. El
mío. Me encantaría que lo uses. Y estoy seguro que mueres por vestirlo —incitó, apostando a su
debilidad.
—No estoy segura, Liam. Claro que me fascina.
—Es hermoso, realmente bello. Se verá perfecto en ti.
La férrea negativa a aceptar nada se vio removida por la ilusión que vio sus palabras. La
vocecita malévola que conspiraba en su mente le susurró que no era tan terrible. Un vestido, un
regalo. ¿Era tan malo?
—De todos modos, sería un sacrilegio vestir algo tan bello con mis zapatillas —agregó,
encontrando la excusa perfecta.
Él elevó una de sus cejas, mirando sus All Star con diversión, asintiendo y guiñando un ojo.
Todo lo que lo hacía ver más joven y distendido, ergo, más sexy, si cabía, pensó ella.
—¿No creerás que no pensé en los zapatos?
Se dirigió a un mueble sobre el que había una caja. La tomó y se la tendió. Ella la abrió y dio
un gritito al descubrir las delicadas sandalias nude, de tacón altísimo, que hacían perfecto juego
por el vestido. No era una especialista en calzado, como Sharon, pero la suela roja le permitió
reconocer de inmediato que eran Louboutin. Si su amiga las viera estaría en el cielo de los
zapatos.
—¿Te gusta? ¿Son adecuados?—él estaba a su lado y la miraba, sus facciones casi
inexpresivas.
—Nunca había tenido en mis manos algo tan bonito. Pero hablamos de que…
—Solo es ropa y se verá adecuada en el restaurante. Tú lo dijiste, no viniste preparada.
—Debería asearme —ella habló más para sí, confundida.
No podía vestir eso luego de haber trabajado horas. Era pecado.
—Esa sí que es una idea condenadamente buena—él elevó su voz y ella lo miró. Su rostro
mostraba a las claras su intención—. Me aseguraré de que cada rincón de tu cuerpo esté impoluto
para ese vestido.
La mirada era oscura y punzante y ella tragó saliva, otra vez presa de sus ojos y deseando
sentirlo en su interior. Liam se adelantó para pegarse a ella, que no podía más que dejarlo hacer,
perdida toda inhibición por el deseo que experimentaba. Dejó que le quitara la camisa, otra vez,
con lentitud exasperante, cada botón una tortura, pues se las ingenió para tocar mucha piel cada
vez. Cuando sus pechos quedaron expuestos, él se apresuró a tomarlos y sopesarlos, con lujuria
creciente.
—¿Me permites? —ella puso sus manos en el pecho y él la miró.
Amelia se aseguraría de estar en igualdad de condiciones esta vez. Se acercó y le quitó el
chaleco, desabotonando la camisa para dejar su pecho libre. Era majestuoso, un conjunto de
músculos perfectamente dibujados. No pudo evitar tocarlo, palparlo, dibujar sus abdominales con
sus palmas. La tentación la pudo y acarició el borde de sus pectorales con la punta de su lengua,
bajando por la línea del esternón. Sintió su estremecimiento y le encantó.
—Eres demasiado bien formado y musculoso para ser un hombre en un despacho y con un
teléfono todo el día.
—Me encantan los deportes. Tengo mi propio gimnasio. Practico boxeo—él le contestó
mientras repetía su acción en sus senos, dejando hilos de fuego sobre ella.
Azuzada por el deseo, ella descendió su mano, por la uve que se perdía hacia el bajo vientre,
para chocar con su pantalón. Lo miró y le vio expectante, esperando sus movimientos, por lo que
desabotonó el pantalón, haciendo que corriera por sus caderas, empujando impaciente la tela que
se pegaba en su trasero, acariciándolo, sintiéndolo duro como piedra.
Tiró hacia abajo la tela, urgida, arrastrando bóxer y pantalón hasta los tobillos, dando libertad
a su polla, que se bamboleó frente a ella, gruesa y larga, un mástil elevado. Jadeó, nerviosa y con
su boca hecha agua. No pudo resistir la tentación de lamer las gotas de líquido preseminal con un
lengüetazo, lo que hizo que Liam gimiera en aprobación.
—Envuelve tu mano en la base —la guio—. Y acarícialo. Así —le vio echar la cabeza atrás,
complacido, mientras ella hacía correr la piel y liberaba el glande—. Eso, más fuerte. Ahora,
tómala con tu boca, esos labios calientes y húmedos. ¡Ay, nena, no sabes cómo he esperado esto!
Tu boca tomando mi verga de esta forma, succionando y haciéndome ver las estrellas.
Amelia hacía su mejor esfuerzo por tomar todo su miembro, tanto como podía, pero qué
diablos, era enorme. Y suave, tan suave. Era poderoso sentir que él gemía por lo que le hacía. El
pensamiento redobló su accionar y el lenguaje sucio la motivó más. Cosa que no solía, pero estaba
visto que todos sus límites se movían con él.
—Chúpame fuerte, eso. Envuelve mi glande en tu lengua, acarícialo con tus labios—él casi
rugió—. ¡Cómo me pones! Voy a follar tu boca, nena —se movió en estocadas firmes, pero no
violentas, y ella lo dejó hacer, acariciando sus testículos.
El ritmo fue ganando intensidad y ella no se amilanó, sabiendo que le proporcionaba un placer
ingente pero también disfrutando la manera en la que él le follaba la boca.
—Amelia, me voy a correr —buscó sacar su miembro de ella, pero Amelia estaba más allá de
lo poseída y apretó sus glúteos para mantenerlo envuelto.
Al tener vía libre, él incentivó sus empujes y con un grito se corrió duro y abundante. Amelia
tragó el semen, caliente y amargo, buscando que cada gota contara, desesperada por sentirlo,
saborearlo. Jamás había hecho eso antes, lo había pensado como algo feo, desagradable. Mas
nada lo era con él, no con él. Otra de sus paredes que caía bajo el paso arrollador de Liam Turner.
—Eres una mujer, espectacular, Amelia—él susurró en su oído—. Tan sexy, tan femenina—. La
ayudó a incorporarse y la besó, haciendo que sus labios y sus lenguas mezclaran los sabores de
ambos. ¿Qué podía ser más íntimo?-. Ambos necesitamos ese baño.
Catorce.
AMELIA.

Abrumada. Sobrepasada por las sensaciones, por la lujuria. Confundida y asustada. Así estaba.
Lo que le provocaba la cercanía con este hombre no dejaba de sorprenderla. Toda ella se
transformaba en un cúmulo de sensaciones expuestas y a flor de piel con él. Bastaba su tono de
voz, un roce de su piel, su lengua y sus labios para convertirla en una antorcha incandescente.
Sus relaciones anteriores le habían mostrado el sexo como algo anodino, un mundo que ahora
podía sólo calificar como gris y deslucido. Liam, en apenas dos encuentros, estaba logrando que
conociera lo que de verdad eran la pasión y el placer, empujando todas sus barreras, logrando que
aflorara su sensualidad.
El sexo era más que el misionero y las posturas fijas que solo beneficiaban al hombre. Liam
era generoso, daba tanto como tomaba. Para ser exacta, la había elevado a las nubes y ahí la
mantenía. La hizo sentir muy bien haber devuelto ese placer. Tragó saliva y le siguió al baño.
Él ya estaba bajo la ducha, el agua corriendo por su cuerpo cincelado. Ver su perfil, la curva
firme de su trasero y su pene todavía erguido, volvió a jaquear su mesura. Sus ojos se hicieron una
fiesta con él y su boca se hizo agua. Los ojos verdes que la instaban a otra ronda la llamaron y
como un autómata, sin otra voluntad que la de ser suya, se dirigió hacia él, su hambre recrudecida.
Era asombrosa la facilidad con la que ese hombre la ponía una y otra vez en estado de
excitación. No se había considerado alguien particularmente sexual. Nada de lo que había vivido
la había preparado para esta colosal relación.
El agua tibia y el vapor la envolvieron y se sintió jalada y envuelta por los brazos poderosos
de Liam, que la puso de espaldas a él y la apretó contra su pecho. Sintió su miembro firme
presionando su trasero y abrió sus piernas por inercia, movimiento que él amplió con su mano
izquierda, mientras la derecha la empujaba por la espalda y ella lo dejó hacer. Obedeció el
impulso de adelantarse y colocó sus brazos contra la pared. Sentir sus dedos en sus pliegues
íntimos volvió a ponerla a cien, cosquillas y electricidad recorriendo su coño, que se mojó otra
vez, pulsando casi doloroso por su toque.
—Por favor… —jadeó
—¿Por favor qué, Amelia? —su susurro ronco la invitaba a hablar claro, a hacerle saber qué
sentía.
—Quiero más…
—¿Quieres más de mis caricias? ¿Quieres mis dedos adentro de tu coño? ¿Follándote duro?
—Sí —gimió.
—¿O quieres mi boca? ¿O mi polla enterrada en ti hasta las pelotas? —mordió levemente su
cuello.
—Dios… —arqueó su espalda. ¡Cómo la ponía que él le hablara sucio!—. ¿Estoy muy mal si
quiero todo? —cerró los ojos, avergonzada de mostrarse tan abierta a su crudeza.
—Nena golosa —rio él complacido—. No puede haber maldad en desear. Y todo vas a tener,
preciosa. No es que no esté loco por dártelo.
Sus dedos se colaron en su vagina y la exploraron, abriéndola, tocando su punto G una y otra
vez, provocando que gimiera sin detenerse. Luego y por un breve segundo la abandonaron y fue su
miembro el que se colocó en la entrada de su coño y de un solo envión se incrustó en ella, para
comenzar a embestirla con fuerza, haciendo que su cuerpo se tensara y se sacudiera por la fuerza
de sus empujes.
—¡Tan apretada, tan buena, tan rica! —gruñó él, sin detenerse.
El agua corriendo entre ambos, las pieles mojadas en contacto y sonando con fuerza al chocar,
el coro de gemidos y murmullos llenando la habitación, todo creaba una atmósfera de sexualidad
extrema. Liam tocaba su clítoris sin desmayo y hundía con fuerza su miembro presionando su
vagina en un ángulo que hacía maravillas sobre su punto G.
Todo complotó para que Amelia se rindiera y se elevara en un increíble tercer orgasmo, que la
atravesó como un rayo. El prosiguió su ritmo demoledor, tocándola sin parar, y cuando su pene
pareció latir en preparación, lo retiró rápido, derramando su semen en la parte baja de su espalda
y en su trasero, como una marca que, aunque el agua fue lavando, permanecería como una
sensación indeleble en su piel.
Él la soltó y procedió a poner jabón en gel en sus manos, distribuyéndolo con suavidad sobre
ella, restregando con suavidad y cuidado cada rincón de su piel. Amelia lo dejó hacer, embriagada
por lo recién vivido y por las tibias manos que ahora la recorrían con morosidad. Luego se volvió
a él e hizo la mismo, sintiéndose pequeña ante su tamaño, en puntas de pies para enjabonar su
torso y su espalda, disfrutando de cada trazo de piel que sus dedos recorrieron, mientras él la
observaba y dejaba hacer.
—Tienes los músculos de un luchador —le dijo.
—Practico mucho. Trabajo y entreno, esas son mis actividades —susurró, él, acariciando su
mejilla para luego darse vuelta y alcanzar las toallas limpias.
La visión de su trasero de dios griego la perturbó y se puso roja hasta las raíces cuando él la
descubrió.
—¿Te gusta lo que ves? —se aproximó, con una sonrisa suficiente y la envolvió en la tela seca,
haciéndola girar y dando una nalgada que la hizo saltar—. Ni siquiera se acerca a lo delicioso que
se ve tu culito, Amelia. Venga, apresurémonos a vestirnos para poder disfrutar de esa cena. Si te
miro otra vez, mi vena cavernícola va a surgir y no te dejaré salir de esta cama por horas.
Sintió su mirada mientras se vestía. Había algo muy erótico en hacerlo frente a un hombre que
parecía devorarla con los ojos. Sentir la tela lujosa deslizarse sobre su piel fue una maravilla y
cuando se observó de cuerpo entero en el gran espejo, se asombró. Claro que había un mérito
indudable en el lujo: ¿quién podría lucir mal con esa ropa y esas sandalias?
—Eres una obra de arte —sentenció él mientras se incorporaba y también se vestía.
Por un momento, la intimidad de vestirse juntos y prepararse hizo que Amelia sintiera que
parecían un matrimonio bien avenido en tránsito a un evento, casi una cita. Entonces, se obligó con
fuerza a eliminar cualquier idea de ese tipo. No podía cometer el error de imaginar una intimidad
que significara más que sexo. Del bueno, del que hacía vibrar. Se miró otra vez en el espejo y
arregló su cabello con sencillez.
-Esto es demasiado-le dijo, mirándolo seria-. Este vestido estos zapatos. No tienes que
comprarme nada.
-Lo sé, pero me gusta verte así, envuelta en algo tan exclusivo que no hace más que resaltar que
tú lo eres. Única. Piénsalo como un capricho de mi parte.
-No puedo darme esos lujos.
-Aprovecha entonces. Es mi gusto.
Sonrió y asintió con timidez cuando él se acercó para tomarla por el brazo, para conducirla
afuera. Tal como había dicho, el restaurante era pequeño y no había más nadie. El ambiente era
majestuoso, aunque sobrio. La música suave y la iluminación incitaban a la conversación.
Él retiró la silla para que ella se sentara y ella suspiró. Un detalle encantador de un hombre que
era un caballero. A ella, autosuficiente como era, le gustaban esos pequeños gestos, que no
adjudicaba a machismo y si a galantería.
-Ordené el especial del día, espero no te moleste que haya tomado esa decisión por ti.
-Claro que no-sonrió ella.
Se sentía un poco descolocada, como si estuviera en un sitio diferente al que le correspondía,
fingiendo ser algo que no era. Lo de ella hubiera sido la cocina, no el gran salón. Algo de eso
debió traslucirse en su actitud, porque él tomó su mano y le dijo.
-Somos dos personas charlando y comiendo. El entorno puede ser formal, pero no hay más que
eso, Amelia. La idea es que lo disfrutes y que puedas contarme algo de ti.
Se mojó los labios y asintió.
-No hay mucho por decir. ¿Qué quieres saber?
-Sé dónde trabajas, sé que tienes una familia muy pequeña. Cuéntame de tus sueños.
Hizo un mohín. Esa era una buena pregunta.
-Mis sueños están a la espera de que la realidad se modifique-señaló, pensativa.
-¿Qué quieres decir? Lo bueno de soñar es romper la barrera de lo que es para imaginar cómo
cambiarlo.
-Sí, pero bueno, ya sabes, las obligaciones, las dificultades, posponen pensar y proyectarse.
-¿Qué es lo que deseas, Amelia?
Ella suspiró y se encogió de hombros.
-Hubo un tiempo en el que pensé que me podría dedicar al diseño de modas.
-¿En verdad? Eso explica tu fascinación por el vestido, la tela y cada uno de los detalles.
Entiendo que a las mujeres les gusta la ropa y los zapatos, pero la manera en que apreciaste cada
uno de los lados del vestido pareció extrema.
-Nunca creas que una mujer tiene demasiado de observar un vestido hermoso. Pero sí, me
encanta diseñar y coser. Soy más bien autodidacta, he pasado años accediendo a todo blog, curso
gratis y revistas que hable o enseñe sobre ello. Te podría hablar sin parar de las colecciones, de
las semanas de la moda-el entusiasmo la ganó-. Mi tía Meg me enseñó a coser y a usar su
máquina. Comencé con un plan de trabajo hace algunos años. Quería crear mi marca, usar las
redes para atraer clientes.
-¿Y qué pasó con eso?
-La realidad, como te decía. La enfermedad de mi tía trastocó todos mis planes-la tristeza se
coló en su voz.
-¿Es grave?
-Tiene cáncer. La han operado varias veces, ha tenido épocas mejores y peores.
Lamentablemente, las metástasis no han dejado de producirse
-Lo lamento mucho-le dijo, en verdad afectado por la tristeza que se notaba en su voz.
-Si, es horrible ver cómo alguien a quien amas se deteriora y no poder hacer demasiado para
evitarlo.
-Tienes a tu hermana, también.
-Sí, Tina-su rostro se iluminó-. Mi pequeña…Bueno, no así. Tiene dieciocho, aunque para mí
siempre será mi hermanita.
-Te entiendo a la perfección. Me pasa con los míos, pero en especial con Avery.
-Ella estudia Ciencias Económicas y quiero darle una oportunidad para que sea alguien.
-Así que eres el sostén de tu familia.
-Un pobre sostén-hizo un gesto de pesar-. Pero no hablemos más de esto. Cuéntame de ti.
-Bien, suena justo. Soy el mayor de cinco hermanos. Dirijo las empresas de la familia y me
encargo de las decisiones.
-Debe ser sumamente estresante y complejo.
-Lo es-afirmó-. Pero al morir mi padre, era obvio que yo debía asumir esa función. Alguien
tiene que hacerlo. De todos modos, Alden y Riker, dos de mis hermanos, trabajan a mi lado.
-¿Este era tu sueño?-indagó ella y él se quedó meditabundo.
-Eso supongo, Amelia. Mi realidad tampoco me permite moverme demasiado, aunque parezca
raro. Gran fortuna, grandes decisiones. Amelia-tomó su mano-. Esto que tenemos. Me gusta, me
hace sentir cómodo y me satisface de muchas formas.
Ella le sonrió de vuelta
Quince.
LIAM.

Luego de despedir a la dulce mujercita que había encendido su noche, se acercó a la


acristalada superficie del ventanal, perdiéndose en la magnífica vista de las luces de Los Ángeles
a sus pies. Bebió un largo sorbo de su vaso de whisky y lo paladeó con placer. Tanto como le
gustaba, no podía compararse con el sabor que aún guardaba su boca, el embriagante e íntimo de
Amelia.
No se había equivocado cuando la había visto, su ropa empapada y su cara abochornada en
aquella fiesta, cuando supo que tenía que tenerla en su cama. El sexo con ella no se igualaba a
nada que hubiera tenido antes. Bien estaba que ninguna relación anterior, más o menos larga, había
sido algo serio, pero esto que acababa de vivir con Amelia era intenso, superaba sus expectativas
más altas.
La pasión y entrega que esa mujer le regalaron, la forma sublime en la que gimió cuando la
acariciaba, sus quejidos cuando sus dedos rozaron sus zonas más erógenas, esas que lo llamaban
como el agua a un sediento, sus grititos lujuriosos cuando se corrió, todo había sido de una
sensualidad impactante. Había logrado multiplicar sus propias sensaciones y que sintiera hambre
de ella apenas la despedía y no la tenía a su merced, su boca añorando sus pechos y su dulce y
apretado coño.
Su miembro volvió a tensarse, inquieto y voraz como si desdeñara el hecho de que hacía
apenas minutos que terminaba de disfrutar de las profundidades cálidas de la boca y vagina de
Amelia. Esta sensación de permanente calentura que lo atosigaba era lo que su hermano Ryker
esgrimía en su defensa cuando él le reprochaba sus constantes devaneos y amoríos, su ir y venir
sobre las relaciones, su actitud de picaflor constante.
Suspiró, intentando justificarse. En su caso era algo que solo Amelia generaba, solo ella había
conseguido que su presencia y su recuerdo lo enervaran sin pausa. Suponía que esto iría
remitiendo una vez que sus encuentros se volvieran repetidos y la novedad que representaba en su
vida desapareciera. Sorbió otro trago de su whiskey, pensativo. Eso esperaba. Tanto como
disfrutaba de su presencia y su sensualidad, sentía que estar con ella le hacía perder objetividad y
que el eje racional que de habitual lo mantenía en su sitio se conmovía. Y eso no era bueno.
Lo había asombrado e intrigado por partes iguales su entrega, sin exigencias materiales; tan
desconfiado como era, sabía que no se podía fingir la expresión de sorpresa de ella al ver el
vestido y los zapatos, como si fuera algo de otro mundo que él tuviera el gesto de regalarle
objetos. Cualquier mujer en su posición vería natural recibir regalos costosos, incluso lo habría
sugerido. Joyas, viajes, una tarjeta dorada.
No obstante, ella había abierto sus ojos y su boca con total confusión e incertidumbre. Eso no
era nada para él, simples detalles, pero supuso que para alguien que trabajaba arduamente durante
toda la semana y que conocía el valor monetario de esos objetos, era algo obscenamente caro. Lo
había pensado de manera mecánica y había solicitado a su asistente que lo adquiriera y había
hecho un buen trabajo. Ese vestido estaba hecho para ella, le sentaba como un guante y envolvía
de maravilla sus líneas sensuales y curvas, dotándolas de elegancia y sofisticación. No es que
esas cualidades no estuviesen en ellas, pero se destacaban plenamente.
Tener diálogo y cenar juntos había sido mejor de lo esperado. Había dudado al planearlo;
después de todo, la idea era follar sin consecuencias. Algo en ella, empero, le hacía querer
retenerla un poco más. O tal vez era algo en él, suspiró. Soledad, demasiada. En definitiva, había
sido una buena idea, la velada había sido de una calidez y sencillez como las que no recordaba.
Habían hablado sobre todo de ella, de su familia y eso le permitió conocerla un poco más. Poco
había hablado sobre su propia vida, mas había dejado entrever la unión con sus hermanos.
Había pensado despedirla desde el restaurante, mas ella le había pedido volver para recuperar
su uniforme, ya que lo necesitaría al otro día. No esperó que le pidiera unos minutos y saliera
cambiada y con el dichoso uniforme puesto. Le había sonreído, argumentando lo que pareció
lógico: ella no quería volver a su casa con una vestimenta que no podía justificar. Le había dicho
que quería mantener esto para sí y que su familia no lo supiera. Supuso que tal vez la juzgarían.
Pensó que llevaba el vestido en su gran bolso, pero al encontrarlo junto a los zapatos,
prolijamente arreglados sobre su cama, se había desconcertado. ¿Por qué no los había tomado?
Eran suyos, se lo había establecido claro. Luego vio la nota garabateada a un lado:
Ha sido una noche hermosa... Pero esto no es algo que pueda llevarme. Es demasiado y
no busco nada extra en esta relación. Puedes guardarlo para otra ocasión, me encantaría
vestirlo para ti. No significa que no aprecie el bello gesto. Me sentí una princesa y eso, créeme,
no es poco.
Gestos como este lo desconcertaban. Por Dios Santo, eran objetos, un vestido, zapatos. No
haría ningún mal llevándoselo. Él quería que los tuviera. Esa obsesiva necesidad de Amelia, en el
discurso y en las acciones, de marcar a cada paso el que estaba consciente de los límites que él
había impuesto a su vínculo le molestaba. Extraño, él sabía qué debía agradecerlos.
Implicaban que no se hacía falsas ilusiones, que no esperaba más, las que eran sus
preocupaciones al esbozarle su propuesta. ¿Cuál era su problema? Lo pensó un rato, dando
vueltas, hasta que decidió que era relativamente simple: el que Amelia no aceptara su regalo lo
hacía consciente de que era él quien más tomaba en la relación y eso la hacía mejor que él. Al
descartar con delicadeza lo que quería darle, ella era la que le daba un vuelco al trato. Le imponía
su dignidad y le hacía ver que estaba en su cama porque así lo decidía y sin intenciones
ulteriores.
No era necesario, no lo era, meditó. Le encantaría que ella disfrutara de los beneficios de
acostarse con un hombre rico como era él. Eso podría poner la relación en un esquema cómodo
que podría manejar sin remordimientos. ¡Carajo! ¿Por qué demonios no podía tomarse las cosas
con liviandad, como su padre o Ryker? ¿Por qué tenía que problematizar y analizar cada paso que
daba?
No le pasaba con los negocios o las relaciones con sus pares, era el terreno que mejor lidiaba.
Pero cuando las cosas pasaban al terreno personal, cuando se acercaban un poco a su esencia, se
volvía un condenado freekie, susceptible y temeroso. <<Miedo>>, pensó con disgusto. Siempre
estaba el miedo. A perder pie, a dar un paso en falso que lo precipitara por el camino que su
progenitor había transitado sin complejidades.
Esa senda que lo había convertido en un ser frío y materialista, que tomaba todo de los demás,
hiriendo y creyendo que el dinero podía solucionar cualquier desmán o carencia. Suspiró. Su peor
escenario, volverse un cerdo sexista y sin sentimientos por el entorno, familia incluida, no era
algo cercando, tenía que calmarse. Se castigaba demasiado: él amaba a los suyos, se preocupaba.
Evitaba herir a las mujeres que le gustaban.
Lo cierto es que ninguna lo había movilizado como Amelia lo lograba, a pesar de no tener nada
en común. Era una mujer dulce y una amante de poca experiencia, pero deseosa de complacerlo.
Se entregaba sin dobleces y lo que más quería era que la pasara bien, colmar su pasión y que no
tuviera miedo con él. Él se sentía renovado con ella, era justo que obtuviera algo a cambio.
Notaba en sus ojos, transparentes como cristal, que ella atesoraba sus frases y palabras de
admiración al desnudarla y rozar cada una de sus curvas. Que sonreía con placer cuando él se
encendía y la embestía con fuerza y casi de manera cavernícola, fruto del deseo que ella
despertaba. Que disfrutaba del sexo, pero en especial de sentirse anhelada. No había nada
impostado en sus miradas y en sus expresiones. Tampoco las había en las de él: cada palabra de
admiración, cada suspiro satisfecho, sus gruñidos de disfrute, no eran más que verdades como
puños. Ella era perfecta, deseable, sublime en su voluptuosa sensualidad.
Por lo que intuía, sus relaciones amorosas previas habían sido desastrosas. El mohín de
contrariedad al mencionar a su ex, uno que pretendió disfrazar de indiferencia, no logró disimular
sus ojos velados y el rictus triste de su boca. Eso, sumado a sus palabras, habían sido más que
reveladores: <<No he sido inteligente, me dejé llevar por mis emociones con mi última relación.
Dejé que me usara y me convirtiera en vertedero de sus miserias y con ello apagué mi
personalidad. Hirió la percepción que tengo de mí misma. Pero es pasado>>, se había recuperado
rápidamente y le había sonreído.
Había que ser muy bastardo para herir a esa mujer gratuitamente, pensó. Había hombres que se
complacían en romper y desdeñar a las mujeres y eso, a su juicio, era temor. Ningún tipo bien
plantado y seguro podía más que sentirse bendecido de que alguien como Amelia lo hiciera foco
de su interés. Estaba decidido a no dejar un recuerdo así en la mente de Amelia. No importa cuán
corto fuera su vínculo, cuán laxo fuera este, haría lo que estuviera en sus manos para no ser
recordado con un amargo sabor de boca.
Por lo pronto, quería más, necesitaba más de ella y manejarse con la verdad no solo era de
rigor de acuerdo a su ética, sino que era imprescindible para que se sintiera cuidada. Varias cosas
eran seguras: ella le gustaba a rabiar, la quería en su cama con cruda pasión y quería gozar y que
ella se encendiera entre sus brazos y sus piernas. No sabía cuánto podría durar su relación, cuánto
se mantendría así de urgido y necesitado de poseerla, pero iba a asegurarse de que ella mantuviera
su autoestima e incluso la superara.
Haría su deber ratificarle cada vez que se encontraran, con su pasión y su lenguaje, lo
magnífica que era. Porque una mujer tan exquisita merecía ser adorada, idolatrada. Ella tenía que
ser consciente de lo bella que era y de que tendría la oportunidad de un amor verdadero en otros
brazos menos egoístas que los suyos. Cuando su vínculo terminara, estaría fortalecida y podría
superarlo incluso a él. Aunque ahora mismo no le hiciera ninguna gracia pensar que otro pudiera
poner un dedo sobre ella, era claro que esta fascinación pasaría y ambos deberían seguir con sus
vidas.
Debía hacer su misión buscar la manera de que ella pudiera aceptar algo más que su tiempo y
sus caricias en el tiempo que compartieran. Algo que mejorara su situación económica y le
permitiera orientarse a cumplir sus sueños. Eso era, esa era la clave, decidió: encontrar una fisura
en su postura que le permitiera premiarla sin tocar su orgullo. Sin sentir que la compraba.
Encontrar un objetivo le hizo sentir aliviado. Podría volver a ella sin pensar que abusaba de su
posición. Se aflojó la camisa y se dijo que era tiempo de descansar. Tenía varias ocupaciones en
la mañana siguiente, entre ellas lidiar con la mierda que Alden parecía dispuesto a dejar caer en
el proyecto que lideraba. Su hermanito estaba insufrible y no sentía que tuviera energía para
confrontarlo sin ayuda.
Texteó a Ryker; él sabía cómo convencer a Alden de deponer sus armas y colaborar. Y ya que
estaba en el tema familiar, recordó que era tiempo de hacer algo para lograr que Ethan regresara y
finalizara con esa actitud de rebelde sin causa ni pausa que ostentaba. Era tiempo de que se
hiciera cargo de alguna de las responsabilidades del conglomerado Turner. Era tiempo de que
volviera con ellos.
Pensar en esto lo decidió a dar un paso que no había considerado antes, pero que se abrió paso
como una luz. Avery. Avery también tenía que estar al tanto de todo, participando. La había visto
caída este último tiempo. No había pensado que le podría interesar participar en los negocios,
pero tampoco le había preguntado. Ella era tan dueña de todo como ellos. No le gustaba la forma
en que su madre la dejaba de lado y sabía que tanto tiempo libre no podía ser bueno. Ella no
parecía encontrar un lugar, había dejado de buscar qué estudiar o en qué trabajar. Era momento de
sacudirla. La mayoría de las mujeres trabajaba y mucho. Amelia era un buen ejemplo de esto.

Descansó mejor de lo que venía haciendo durante las últimas semanas, plenas de trabajo y
preocupaciones. El intenso ejercicio físico, la liberación de la ansiedad y endorfinas que significó
el sexo con Amelia obró de maravillas en su ánimo y le insufló buen humor. Más puntos para
agregar a la lista de pros que se acumulaban para mantener a esa mujer en su cama y en sus brazos,
entre sus piernas o en su boca, fantaseó.
Recibió a sus hermanos con una actitud bastante menos compuesta de lo habitual, con una
sonrisa abierta que Alden fue el primero en recibir, aunque no modificó la mirada ceñuda y actitud
enfurruñada que parecía pegada a él hacía un tiempo. De lo que Liam no se salvó, sin embargo,
fue del comentario sarcástico de Ryker, que lo observó:
—Algo te pasa, es definitivo. Estás diferente. Casi pareces…feliz. Si no te conociera, podrías
pasar por un ser humano.
—Tonterías —trató de cortar.
Sabía que una vez que una idea se plantaba en la cabeza de Ryker, no cejaba hasta encontrar la
razón o explicación. Y no quería hablar de Amelia con ellos. Era suya, su secreto. Su dulce y
apasionado secreto, decidió.
—No, no, no. Ya lo noté el domingo anterior. Estás diferente —gruñó Alden, sumándose al
escrutinio con una mueca calculadora—. ¿Qué es?
—También lo vi —escuchó la voz de Avery, que ingresaba en ese instante.
—Vamos, hermanita, no tú— Eres mi defensora —ella le dio un beso y una sonrisa cariñosa.
—Tienes algo escondido, campeón —insistió Ryker—. No tiene nada que ver con los negocios.
—Es cierto—Avery hizo un mohín, su ceño algo fruncido, con curiosidad.
Liam sabía que a ella le encantaría enterarse de lo suyo con Amelia, pero no había nada que
detallar, en realidad. Esa mujercita era una estrella fugaz, aunque placentera, en su mundo. Quería
mantenerla alejada.
—Dejen sus teorías locas. Lo último que deseo es lidiar con tu paranoia, Ryker. Tenemos que
definir varias cosas. Avery está aquí porque creo que es hora de que se integre a los negocios.
—A tiempo —asintió Ryker.
—Claro que sí, bienvenida al emocionante mundo de la Corporación Turner, hermanita.
¡Yupiii! —sentenció Alden, rodando sus ojos.
—Alden, deja de ser tan idiota —señaló Liam, fastidiado.
—Me tomó por sorpresa que me llamaras. No voy a pegar una, pero estoy feliz de estar con
ustedes. Me ahogo en casa —confesó.
El brillo de sus ojos hizo ver que Liam no se había equivocado al hacerla venir.
—Creo que es necesario que empieces a involucrarte en los negocios de la familia. Debí
habértelo pedido antes.
—Pensé que no me querías aquí —confesó ella.
—Claro que sí, pequeña, simplemente quería darte tu espacio.
—Lo agradezco, aunque me resulta difícil encontrar mi norte ahora mismo.
—Pasas demasiado tiempo con mamá —chasqueó su lengua Alden.
—Eso es imposible— dijo Ryker—. Nuestra madre no tiene tiempo para nada que no sea su
ajetreada vida social.
—No, pero la presiona —sentenció Alden—. Lo único que mamá considera conveniente para
Avery es un casamiento glamoroso con un hombre que la pueda lucir a su costado.
—Jamás seré algo así —dijo ella, envalentonada—. No seré el adorno de nadie.
Liam sabía que ese era su mayor temor. No quería jugar el mismo rol que su madre había tenido
por años. No importaba cuánto dinero manejara su madre, cuán elegante fuera su vida. Todos
tenían claro que por décadas había sido un accesorio bonito para su padre. No había tenido
tiempo ni ganas de ser una madre. Era la cruda realidad.
—Estar presente en las reuniones e involucrarte en las distintas funciones de nuestras empresas
te permitirá encontrar lo que deseas hacer. Quiero que te sientas cómoda y valorada hermanita —
le sonrió.
—Puedes empezar trayendo café —sugirió Ryker, recibiendo la mirada furibunda y el empujón
de Avery, que le hizo soltar una risotada, tras la cual la abrazó con calidez.
—Bien, comencemos—Liam les señaló las sillas y todos se dirigieron a la mesa redonda—.
Necesitamos una definición del proyecto del centro de convenciones y hotel de lujo del centro.
Alden, tus pruritos están retrasando la ejecución de las obras.
—Me resisto a que decisiones externas a las técnicas modifiquen algo en lo que puesto tanto
tiempo y energías—Alden cruzó sus brazos en actitud defensiva.
—No se trata de indicaciones caprichosas, hermano. Entiendo tu postura y valoro el trabajo
que realizas. Estos clientes quieren tu diseño. Apenas señalan algunas contingencias vinculadas a
cuestiones de seguridad.
—Realizar esos ajustes implicaría modificar el diseño.
—Pues hazlo —señaló Ryker—. Eres lo suficientemente creativo como para realizar algo
bueno aceptando las disposiciones externas. Si no te sientes capacitado para ser flexible, podemos
pedirles a otros arquitectos que lo realicen.
Alden sintió que había desafío en la voz de Ryker.
—¡Nadie va a tocar mi proyecto!
—Pues hazlo tú. Y rápido —dijo Liam.
—Si alguien puede ajustar un diseño hermoso y convertirlo en algo mejor, ese eres tú, Alden
—intervino Avery con cariño—. Dales lo que desean en el envoltorio que a ti más te guste.
—Es poco tiempo.
—Te conseguiré alguna semana más si consideras los cambios.
—Está bien —aceptó gruñendo.
Liam suspiró, aliviado y miró a Ryker y Avery. Formaban un buen equipo.
Estuvieron juntos por casi dos horas, revisando contratos, determinando futuras inversiones y
prospectos de negocios. Al finalizar, decidieron ir a comer juntos, pero Liam desechó la
invitación.
—No me digas que te quedarás otra vez en la soledad de tus dominios —dijo Ryker.
—Tengo planes —dijo, tratando de ser vago.
Su hermano entrecerró los ojos y sonrió aviesamente.
—Claro que los tienes. Y deben ser condenadamente sexys para que deseches la oportunidad
de decirnos cómo vivir nuestras vidas. No puedo esperar a ver lo que estás guardando.
—No hay nada que debas saber.
—¿Hay una mujer? —preguntó Avery.
—Hay algo, nada serio.
—¡Cómo si pudieras hacer algo que no lo fuera! —se burló Ryker.
—Me alegro tanto—Avery sonrió alegre.
—No es nada que vaya a prosperar—Liam trató de atajar cualquier esperanza de su hermana
de verlo con novia.
—Que estés follando ya es un milagro —rio Ryker—. Estabas por volverte monje de clausura.
—Oh, de seguro se encargaría de dirigir los negocios y nuestras vidas desde un monasterio —
gruñó Alden, aunque menos serio.
Los despidió sin decir más y luego llamó a su secretaria para establecer algunos puntos de su
agenda de la próxima semana. Cuando finalmente dio por terminada la jornada de trabajo, decidió
que era tiempo de pensar en un plan que le permitiera disfrutar de Amelia esa noche. No era para
nada un monje, solo bastante más discreto que Ryker. Tampoco era un adicto al sexo, pero la miel
de Amelia le atraía tanto que no podía parar de pensar en ella y su miembro no tenía descanso.
Esperó impaciente la respuesta de ella a su mensaje invitándola.
La contestación demoró un rato y no fue tan satisfactoria como quisiera. Ella tenía que trabajar
hasta tarde. Había tomado un turno extra en la cafetería. Un esfuerzo grande para ella, pensó. Algo
necesario al haber perdido ingresos extras. Ella necesitaba el dinero y eso era algo que él podría
solucionar sin mayores esfuerzos, mas estaba fuera de toda consideración. Insistió con otro
mensaje, sin querer parecer incomprensivo, pero cada vez más urgido de tenerla a él.
LIAM. Si me lo permites, te espero con mi vehículo. Entiendo que vas a estar cansada, pero
tengo un jacuzzi en mi apartamento. Es ideal para evaporar el agotamiento y me encantaría
que pasemos juntos algunas horas. Disfruto estar contigo.
La respuesta no tardó en llegar y fue finalmente positiva, lo que le produjo satisfacción. Su
invitación implicaba que la llevaría a su apartamento, algo que no había hecho con mujer alguna.
Sus conquistas o ligues solían conocer su oficina o un hotel, pero nunca su casa. Amelia, sin
embargo, bien valía la pena. Ella era diferente.
Dieciséis.
AMELIA.

No había exagerado nada al decir a Liam que estaba agotada, pero parecía que bastaba la
perspectiva de encontrarse con él para desvanecer buena parte de su cansancio. Al final de la
labor, a su cansancio se sumaba el fastidio con su jefe. Bratt se tomaba más licencias, como si el
hecho de que ella dependiera de este único trabajo le hiciera tener derechos sobre ella. Podía
contenerlo, aunque sus manos se volvían cada vez más impertinentes y desagradables.
Si esto continuaba así era cuestión de tiempo para que tuviera que abofetearlo y con ello
llegaría el despido que tanto temía. Había decidido que era necesario volver a empezar la
búsqueda de otros empleos, patear las calles y las agencias con su currículo. Tina le insistía una y
otra vez en lo importante que era que promocionara sus habilidades de diseño de ropa y entendía
que tenía razón. No perdía nada con intentarlo, con ofrecer sus servicios en línea.
Si tuviera más tiempo. Las clientas de su tía, incluso sus hijas o sobrinas bien podían dar
referencias de su labor. Comenzaría con ello mañana mismo, decidió. Podía hacer algo con la
vieja máquina de su tía y con sus manos. Ahorrar para comprar una profesional. Crecer,
proyectarse. Soñar.
Ver a Liam apoyado en el capó del vehículo, con las piernas cruzadas y las manos en los
bolsillos de sus jeans, mirándola con fijeza, le hizo dar un vuelco al corazón. Era un hombre tan
viril, tan apuesto; desplegaba encanto y todo él gritaba riqueza, tanto que parecía un absurdo que
estuviera en las afueras de esta cafetería, en un barrio tan externo a su círculo, esperándola.
Sacudió su cabeza agitando ideas negativas que probablemente el cansancio traía y dejó filtrar
el mantra que Sharon había picoteado en su cerebro por años: <<Te mereces todo lo bueno que te
pase. Ama la vida y disfruta lo que tiene para ti>>. La sonrisa se coló en sus labios y en sus ojos;
él la hacía sentir bien.
Al acercarse al automóvil Liam se despegó para estrecharla en un abrazo y besarla con ardor,
con el que lavó cualquier pensamiento que no fuera sobre él, sobre ambos, y la metió de lleno en
la marea de deseo que inexorablemente la invadía cuando lo veía. Su boca la devoró, succionado,
mordisqueando sus labios, acariciando su interior con la lengua que quemaba, sus manos a ambos
lados de su cara, con sus dejos acariciando sus pómulos y sus ojos a un palmo. Casi sin aliento se
separaron y él sonrió.
—Deliciosa. Gracias por aceptar venir conmigo. Espero no haber sido demasiado demandante.
—Está bien. Aunque en verdad voy a tener que traer algún cambio de ropa.
—Creo que te ves aún mejor sin ellas—él había acercado su boca a su oreja y le susurraba,
provocando que su piel se enervara—. Desnuda, llena de mí, es como mejor te ves.
Sus palabras la hicieron temblar. Lo notó encendido y esa sensación de sentirse plena y dueña
de la lujuria que le provocaba la volvió a envolver. Podía parecer absurdo, no tenía ningún
derecho sobre él, no podía esperar demasiado, pero cuando estaban juntos, se sentía poderosa.
La tomó de la mano y la condujo a su lujoso auto deportivo, abriendo con caballerosidad su
portezuela. Amelia se sintió envuelta por el intenso olor a cuero y confort, los que se asociaron al
de su perfume. Afrodisíaco, él lo era.
—Lo prometido es deuda, preciosa. Tengo todo listo. Comida china, jacuzzi, una noche para
mimarte.
—Suena fantástico-suspiró, llevándose la mano al cabello. Él conducía con pericia y muy
rápido, algo que de habitual la ponía nerviosa. Claro que quién podría ir lento en un vehículo de
esta clase—. Bonito auto.
—Te ves cansada —la miró de reojo.
—Es normal, son muchas horas. Me siento bien, de todas formas.
No quería que su realidad opacara las horas que compartían. Ya era bastante triste tener que
sobrellevarla. Liam representaba un espacio de libertad y disfrute para ella, no quería
involucrarlo en su pobreza. Una que no podría entender o interesar. Ella quería que el mundo real
quedara afuera con él, vivir la aventura que representaba, la ilusión de no tener cargas. Con él
podía fingir que los problemas e inquietudes no existían.
—Así que me llevas a otra de tus casas. Eres un hombre de recursos.
—En verdad este es mi departamento, el lugar donde vivo. Mi reducto.
Le extrañó que lo dijera de esa manera, como si fuera un sitio exclusivo. Sin embargo, la
invitaba a él.
—No quisiera molestar.
—No eres molestia, Al contrario. Es mi placer mostrártelo. Confío en poder liberarte de todo
tu cansancio para poder disfrutarte como te mereces.
Recorrieron la distancia hasta el lujoso edificio en Beverly Hills, uno que le quitó la
respiración. Se internaron en el aparcamiento y desde allí al pent-house. Era enorme, decorado de
manera austera y muy masculina, dominado por los tonos oscuros de maderas excelentes y pinturas
en estilo de vanguardias. La visión de la ciudad, extraordinaria.
—Eres dueño de las alturas de Los Ángeles —se dio vuelta para mirarlo, luego de admirar la
vista.
—Ser la tercera generación en la dirección de una empresa de constructores tiene sus
beneficios —sonrió él—. Ven.
La hizo avanzar y tomar asiento en un sillón tan maravilloso que sintió que cada uno de los
puntos de su espalda y de sus piernas estaban sobre una nube.
—El paraíso —susurró, cerrando los ojos con deleite.
—Descansa unos minutos. Tendré lista la cena en menos de lo que esperas.
De inmediato se escuchó música de fondo, relajante. Lo observó moverse con agilidad por la
cocina. El sitio tenía dos niveles, supuso que la escalera guiaba a los dormitorios. Estaban en una
estancia enorme en la que los espacios se determinaban por escalones. Era lujoso, aunque sin
extravagancias. Como él, pensó, cerrando sus ojos otra vez, sumida en un agradable sopor.
—Despierta —sintió el cálido susurro en la oreja y dio un respingo.
Se había dormido, vergonzosamente.
—Lo lamento.
—No te disculpes conmigo. Me dijiste que estabas cansada. Pero debes comer.
Su estómago había estado cerrado buena parte del día, pero ante el olor y la visión de los
alimentos, se le hizo agua la boca. Dio buena cuenta de lo que él le sirvió y cuando vio que la
observaba embelesado, se llevó la mano a su boca.
—Lo lamento. Debo parecer una glotona.
—Para nada. Me encantan las mujeres que no tienen problemas en mostrar sus emociones y
deseos. Que ríen con ganas, que comen, que follan —ella se ruborizó—. Y tú todo lo haces así —
sonrió y extendió su mano para limpiarle algo de su labio superior—. ¿Cómo estuvo tu día,
además de agitado?
Lo observó. Él estaba más relajado que otras veces y con ganas de conversar.
—Igual que siempre —se encogió de hombros—. Nada especial. No es un trabajo para nada
desafiante.
—Puedo imaginarlo. ¿Qué tal tu jefe?
—Con manos demasiado largas —se le escapó y luego se arrepintió, al ver que su gesto de
desagrado.
—¿Te acosa?
—Lo intenta, pero no te preocupes, lo tengo a raya. Puedo lidiar con él, aunque no significa que
me guste.
—Estoy seguro de que podrías conseguir algo mejor.
—No es tan sencillo, créeme lo he intentado de todas las maneras. Hasta que me desanimé. No
obstante, estoy decidida a hacerlo una vez más.
—Sabes que podría ayudarte.
—No, no es lo que quiero. No hablemos de eso. ¿Tú estás bien?— le preguntó con candidez.
—Muy bien —respondió.
Liam no tenía costumbre de dar detalles de su vida y, sin ser a Beatrice o sus hermanos, no
tenía a quien darlas. Ni se molestaba en hacerlo; se había habituado a lidiar con su mierda o sus
alegrías solo. A nadie más le interesaba saber qué pasaba en verdad por su mente o su corazón,
acorazado como estaba.
El mundo solía dar por sentado que estaba bien. En una posición como la suya, con tanto dinero
y poder, ¿qué podría ir mal? Mucho, pero no era adecuado o inteligente mostrarlo. Las
debilidades se trataban en secreto. No es que él se quejara, era algo que venía con el paquete. Lo
había entendido muy joven.
Ella asintió ante la breve frase, entendiendo que fuera reacio a confesiones, sin cuestionarlo.
Una vez terminaron, Liam tomó su mano y la llevó a una habitación extraordinaria, con un jacuzzi
espectacular que burbujeaba de manera deliciosa. La vista a las luces y los brillos de la noche de
la ciudad daban un marco extraordinario; de hecho, el lugar parecía flotar en el espacio.
—Es… —ella había quedado sin palabras y él la miró sonriente.
—Déjame ayudarte, bonita. Esta noche quiero atender cada una de tus necesidades —la voz era
baja y grave, insinuante.
La puso con su espalda contra su pecho y desprendió los botones de su camisa uno a uno, sin
evitar rozar su piel, tocando sus senos en el camino, masajeándolos y rozándolos cuando
estuvieron expuestos, primero a través de la tela del corpiño y luego desabrochando este para
ocuparse activamente de cada uno.
—No puedo saciarme de ti. Tus pechos me enloquecen. Estas tetas maravillosas tuyas están
fijas en mis retinas.
Sus pulgares rozaron los pezones, que se volvieron piedra y absorbieron las caricias,
trasladándolas directas a su coño y a su cerebro, humedeciendo el primero y derritiendo al
segundo. Gimió sin poder evitarlo. Él recorrió su piel, dibujando su clavícula y bajando a su
cintura, luego a sus caderas, para desprender el cierre de la falda y bajarla, arrastrando las bragas
en el proceso. Desnuda, expectante, llena de su toque, sintió que le soltaba el cabello y con
suavidad se pegó a él, saboreando los besos y mordiscos que bajaron a lo largo de su cuello,
desde el lóbulo de su oreja hasta su escote.
La tomó de un brazo y la hizo girar, para pegar todo su frente a él, sus senos contra su pecho
duro, su estómago y pelvis contra su miembro rígido, que pugnaba por atravesar el jean. La miró
con hambre y antes de que ella hiciera nada, le tomó la boca y la besó con ansia devoradora.
Luego y suspirando, se separó de ella para tomar su mano y llevarla al jacuzzi, donde la ayudó a
entrar. Ella dio un gritito de gozo al experimentar la tibieza del agua, así como los chorros
dirigidos estratégicamente para aliviar su espalda.
Se sentó y se estiró complacida, mientras de reojo miraba como él se quitaba toda su ropa y se
apresuraba a unírsele. Se puso detrás, moviéndola contra sí y ella quedó presa entre sus piernas.
Él acarició sus muslos y caderas, jugando con sus senos, para luego dirigir sus dedos a su centro,
tocándolo desde el clítoris a su roseta, para luego concentrar su roce circular en el puñadito de
nervios que era su clítoris, haciendo que ella arqueara su espalda.
—La dulzura de tu embrujo está haciendo que mi cuerpo te extrañe cada vez más, que quiera
tener muy cerca —le susurró—. No puedo dejar de pensar en tus pechos, coronados por estos
pezones rosados que tanto me gusta acariciar. Imaginarme entre tus pliegues, mojándome con tus
fluidos, me pone tenso varias veces al día y acompaña mis sueños húmedos. ¿Te tocas
recordándome? —la incitó.
—Sí, sí —contestó con su voz estrangulada.
La presión del dedo mayor sobre su clítoris se hizo más intensa y los eléctricos deseos se
ramificaron e hicieron aumentar la temperatura de su bajo vientre.
—Dime qué quieres.
—Quiero…sentir. Quiero gritar de placer. Quiero olvidarme de todo en tus brazos.
—Todo te daré y más, mucho más. Incorpórate —le ordenó y ella se paró sin dudar.
Apenas estuvo en pie sintió que le separaba las piernas con cuidado. El riesgo de resbalar no
era menor. Liam se movió y de rodillas, enterró su rostro en su coño, con decisión y maestría. Su
lengua comenzó a haces estragos en ella y se dobló, impulsada por inenarrable placer, apoyando
sus manos en sus hombros.
En ningún momento dejó de comerla, su lengua se movía firme, redondeando su punto
neurálgico y desplazándose por sus hinchados labios vaginales. Sentía que se mojaba más y más y
él se regodeaba con sus jugos, lamiéndola sin piedad, agitando toda su sangre y enviando ondas a
sus músculos, que se volvieron gelatina.
Comenzó a temblar ante la inminencia del orgasmo y él no paró, impiadoso, haciendo que sus
gemidos se volvieran quejidos y luego gritos y cuando los espasmos alcanzaron su clímax, su
mente pareció estallar, envolviéndola en una niebla, donde no veía nada, donde solo sentía y
jadeaba, su respiración entrecortada y todos sus sentidos pulsando desesperados. Cuando pudo
recomponerse, él la sostenía.
—Es extraordinaria la manera en que respondes a mis caricias.
—Me llevas hasta el cielo y desde ahí caigo —dijo ella al calmar su respiración, sus pezones
todavía duros y clavados en la masa de músculos que eran el tórax y los abdominales de su
amante.
Su miembro palpitaba y horadaba su estómago, de tal forma que debía doler. Consciente de
ello, supo que era tiempo de atenderlo, y descendió de manera natural. Lo miró y vio sus ojos
turbios clavados en ella. Abrió su boca, sin dejar de observarlo y extendió su lengua, rozando su
glande con la punta, para luego tomar todo su grosor y hacer que su miembro avanzara hasta la
garganta, su lengua trabajando sin piedad sobre el largo. Con su otra mano tomó los testículos y
los apretó y acarició. Disfrutó de su sabor, su boca y su lengua, arriba y abajo sin piedad, cada
tanto liberándolo para hacer que su lengua lamiera por toda la extensión.
Amelia nunca había sentido la urgencia de dar sexo oral; las veces que lo había hecho habían
sido pocas y desagradables. Nada se acercaba a esto ni por asomo; sentía la necesidad de darle
placer, su verga en su boca la encendía y la hacía sentir poderosa, fuerte. Ver la expresión de
placer intenso en él, su cabeza hacia atrás, fue liberador. Mientras mamaba su miembro, llevó su
mano a su clítoris para masturbarse. Quería que ambos llegaran juntos.
—Amelia, sal, me voy a correr —gruñó él, pero ella apretó su boca y aumentó el ritmo.
Sintió la descarga cálida y poderosa de él corriendo por su garganta cuando el orgasmo lo
sacudió, demoledor. Ella se corrió entonces, sin desprender su boca del pene, quitando todo
vestigio de semen mientras temblaba.
—¡Diablos, Amelia! Eso fue lo más sexy que he visto. Eres maravillosa.
Pasada la adrenalina del momento, ella se retrajo un poco y se sonrojó. No podía creer que se
hubiera atrevido a tanto. Él percibió su vergüenza y sonrió, tomando su barbilla.
—Eres la contradicción en persona. La cosita más bonita y sexy, tímida y atrevida a la vez. Te
prometí qué te relajarías. Pensemos en esto como una terapia de shock. Masajes relajantes y el
mejor sexo. La noche es larga y te deseo tanto, hermosa. Te dejaré descansar un rato, pero
pretendo arrancarte todos los orgasmos posibles.
Ella suspiró y se refugió en su abrazo, recostándose a él mientras los chorros de agua y las
caricias de él la relajaban y la envolvían. Era el paraíso. Breve, acotado, con fecha de caducidad,
pero lo era.
Diecisiete.
LIAM.

Era increíble lo rápido que habían transcurrido esos dos meses; lapso pleno de buenos
momentos y el mejor sexo de su vida. Amelia era una mujercita, apasionada sexy y dulce,
absolutamente diferente a todas las mujeres que hubiera tratado antes. Trabajadora y orgullosa,
incapaz de aceptar o tomar nada extra, esquivando con una sonrisa lo material, entregándose a él
por entero.
No sólo disfrutaba de su cuerpo, de su sensualidad; charlar, cenar, bailar, escuchar música o
mirar el cielo se volvían planes increíbles con ella. En más de una ocasión se inquietó ante la
posibilidad de estar yendo demasiado lejos; él no había considerado tener algo más que una
relación casual. Sin embargo, no dudaba en invitarla a sus lugares más íntimos sin sentirse
invadido.
Había noches en que sentía necesidad física y mental de su compañía, de detenerla solo para él
y disfrutarla, y no dudaba en esquivar sus previsiones o excusas con pequeños chantajes. Nada
material funcionaba con ella, pero ofrecerle una noche estrellada en las alturas de Los Ángeles o
una película romántica era un plan que solía funcionar. A Liam esto le volaba la cabeza; con ella,
solo tenía que ser él.
Era más sencillo convencerse a sí mismo de que no estaba dando un paso demasiado grande
que convencer a Amelia. Ella trabajaba prácticamente toda la semana en horarios de locos,
cubriendo su turno y el de otros, cada vez que su jefe le ofrecía. Además, se movía incesante por
agencias de trabajo presentando su currículum. Hubiera resultado sencillo adjudicarle un puesto
en alguna de sus empresas, algo sencillo como asistente, pero jamás se lo permitiría.
La sola mención de esa posibilidad había resultado en que ella se había cerrado y se había
negado sistemáticamente a recibir cualquier ayuda. Era porfiada y cabezona, más que él mismo;
empero, entendía que necesitaba aferrarse a la idea de que no le debía nada, de que podía hacer
las cosas a su manera, que era la forma difícil.
Lamentaba que tuviera que sostener así a su familia y que hubiera debido abandonar sus
sueños; el mundo podía ser bastante injusto, si consideraba que personas como su madre y sus
amistades vivían con lo mejor sin mover un dedo. Se reprochaba ver a su madre o a sus pasadas
amantes de esa forma, pero no había otra realidad. Él mismo había recibido todo servido, aunque
hoy día se desgastara en mantenerlo. Como fuera, cada instante, cada noche con ella valían mucho
y era un hombre que entendía de placeres. Ella era una mujer para saborear lento y sin prisas. Una
noche no le bastaba, su cuerpo comenzaba a sentir que la quería más.
Por ello pensó que disfrutar de su casa de playa en Santa Mónica era el contexto ideal. Era su
refugio, al que escapaba cada vez que necesitaba un impasse, despegarse de lo laboral y
distenderse. Invitar a Amelia se sintió correcto. Ella lo apreciaría, era un sitio privilegiado con
una maravillosa vista, con acceso directo a la arena y el mar. No había llevado a ninguna mujer
allí antes. Era casi un santuario, pero Amelia encajaría bien en él. Junto a él.
Extendió la invitación por el fin de semana, procurando ensalzar las virtudes del sitio, foto
incluida. Sabía que para ella implicaría no trabajar y con ello una quita económica, pero también
estaba convencido que debía desconectar. Se estaba haciendo daño con la falta de descanso y él
quería asegurarse de que lo tuviera. Con él.
Quería ser el culpable de otro tipo de agotamiento en ella, el que deviene del placer. Recibir su
respuesta positiva, luego de algunas horas de negociación en la que él no dudó en jugar con todo
lo que tenía (promesas de masajes, caminatas en la playa, enseñarle a surfear y más), lo hizo sentir
más satisfecho que nunca. Y hasta ansioso, entusiasmado.
Era extraño que un hombre que podía tener cien mujeres con el golpe del meñique se sintiera
orgulloso de que esa mujercita aceptara una cita por la que muchas matarían. No obstante, él solo
la quería a ella. Y ella le daba su tiempo y sus caricias. Era mucho más de lo que podía decirse de
la incontable cantidad de mujeres que pululaban en los altos ambientes buscando un esposo que
las mantuviera, un amante que las encumbrara, la influencia que les diera un trabajo o una posición
económica favorable que las dejara bien paradas.

AMELIA.

La casa era absolutamente hermosa en un estilo sobrio y de líneas limpias, sin por ello dejar de
dar cuenta de la fortuna y posición de su propietario. Contuvo la respiración al mirar atrás y
observar el maravilloso paisaje en el horizonte, cielo azul y verde mar uniéndose en una línea. El
aire fresco y la tibieza del sol en su piel la hicieron cerrar los ojos con deleite.
Habían sido contadas las oportunidades en que ella y su familia habían disfrutado de la playa,
por supuesto en zonas menos exclusivas que esta. Un chispazo de nostalgia trajo a su mente las
excursiones realizadas, los aprontes de comida en una canasta, las risas, los juegos en el agua, los
castillos en la arena. Ella, Tina y su tía. Esos tiempos alegres habían quedado muy atrás; las
emergencias económicas y de salud habían hecho de su vida algo mecánico. Los últimos años
apenas si había tenido tiempo para disfrutar.
La invitación de Liam le había tomado por sorpresa y en un principio estuvo tentada de
desecharla. La primera excusa fue que no podía dejar su trabajo y eso tenía bastante de verdad.
Bratt era un miserable negrero y aunque ella disponía de días que no había sacado en su favor, la
necesidad de dinero la había hecho trabajar sin cesar. Otro punto que la había echado un tanto
atrás había sido la creciente intimidad con Liam. El acceso que le daba a espacios que él mismo
declaraba como exclusivos y suyos creaba una cercanía y un aparente avance en su relación que,
solo de permitirse considerarlo, daba alas a sus esperanzas y eso no era nada bueno. Amelia creía
que era bueno tener sueños, tener expectativas, mas hasta un cierto límite. No era inteligente
construir sobre bases tan endebles como eran las que existían entre ella y Liam.
La tentación, sin embargo, había sido demasiada y la insistencia del hombre era proverbial.
Casi podría pensarse que había bipolaridad en el discurso de ese millonario que defendía a capa y
espada la idea del sexo por el sexo en sí mismo y, no obstante, pugnaba constantemente por
compartir momentos que lo trascendieran. Tan obnubilada como la tenía, Amelia se daba cuenta y
temía.
De no haber tenido a Sharon detrás instándole a vivir cada instante y atesorarlo, hubiera
desechado la posibilidad. Pero no tenía tanta fuerza de voluntad. Pasar dos días afuera de su casa
era todo un hito y no había forma de hacerlo sin hacer saber a su familia lo que pasaba. Algo había
dejado entrever hacía unas semanas, ante la obviedad de que las noches del sábado para el
domingo habían pasado a pertenecer a ese hombre. Había introducido su figura de manera
ambigua, sin dar más detalle que su nombre y habían respetado su reserva. Confiaban en ella.
No les dijo la verdad, pero tampoco les mintió, aunque sabía bien que la omisión podía contar
como una mentira o una verdad a medias. Consideró que era suficiente que supieran que se veía
con alguien, que se estaban conociendo. Alguien que la hacía feliz, pero sobre el que no tenía altas
expectativas de mantener. Incluso en su intimidad, donde no las necesitaba, alzaba barreras de
protección.
En el fondo sabía que pretendía mucho más que algo físico con él, pero no era posible. Tomaba
lo que él quería ofrecerle. Si Tina escuchara la descarnada verdad se preocuparía y tacharía de
inmoral y aprovechado a Liam. La confrontaría para que viera lo bajo que la hacía caer. Desde
afuera se debía ver así, lo intuía. Pero ella había comenzado a conocerlo y sabía que detrás de ese
frío exterior él era un hombre que se interesaba por ella y sus asuntos, que podía ser dulce y
galante, además de era un amante excepcional.
No había hecho nada para engañarla, nada le había prometido que no fuera sexo. Y, aun así,
quería darle más. No aceptaba sus joyas o su ropa, sus ofertas de ayuda laboral, que todo eso
hubo. Sí tomó todo el tiempo y oportunidades de encuentros que le propuso, disfrutando de una
intimidad que era mucho más que sexo.
Sabía todo de ella y algo de él había fluido en las conversaciones, aunque le costaba abrirse.
Cuando hablaba de sus hermanos, los ojos se volvían más cálidos, en especial al mencionar a su
hermana Avery o incluso cuando bromeaba sobre lo inconstantes, demandantes o gruñones que
eran sus hermanos. Le había hablado de Beatrice, algo así como una nana todoterreno que los
había criado.
Casi no había hablado de sus padres y la mirada se había endurecido al mencionarlos. Él había
reconocido que adoraba a Beatrice y en ese momento deseó ser como ella. Amada. Esa palabra
sonaba tan bien en sus labios. Cuando sus charlas derivaban a facetas tan íntimas e interesantes
ella disfrutaba, pero sabía que cada uno de estos apuntes de su personalidad solo contribuían a
complicar todo.
Y ahora, acá estaba, en su casa en la playa, en ese paradisíaco y cotizado lugar de Santa
Mónica, a punto de pasar dos días con él. Ansiedad a full era lo que la llenaba. Se apresuró a
volver la vista a la casa y pretendió cargar su bolso, tarea que Liam se apresuró ejecutar.
—Permíteme ser el caballero que necesitas —su sonrisa seductora la sonrojó y la hizo
parpadear.
Una ráfaga de aire limpio empujó la falda de su vestido arriba y ella la alisó, tratando de
contener el revoloteo. Era un modelo bonito que había diseñado ella misma y que no había tenido
oportunidad de usar. La tela era sutil y adecuada para la temperatura. Se sintió bonita, libre, sin
pesos. Liam la hacía sentir así. Cuando la miraba con apreciación, cuando la piropeaba y no se
cortaba en decirle todo lo que le hacía sentir y experimentar, ella brillaba. Así lo sentía.
—Te vas a divertir y la vamos a pasar muy bien —sintió el brazo de él que la tomaba por los
hombros y la conducía desde el aparcamiento hasta la entrada principal, una puerta majestuosa de
madera labrada y oscura.
—No lo dudo —ella sonrió y lo miró, volviendo a pensar que la fortuna le sonreía, aunque
fuera por tiempo limitado.
Playa, el hombre más seductor que había conocido, los mejores orgasmos del mundo. Era
bastante más de lo que había tenido en años. El romance no estaba en el esquema, pero sí la
galantería y el buen trato. De haber podido sumar el amor a eso hubiera sido el paraíso y nadie
vivía allí, todo el mundo cargaba mochilas pesadas y situaciones imperfectas.
—Eres mi invitada y tendrás toda mi atención estos dos días. Me alegra mucho que hayas
aceptado.
—¿Bromeas? —agregó—. Soy yo quien está agradecida, este es un lugar maravilloso.
—Espero que hayas traído bañador. No puedo esperar a verte con poca ropa, preciosa —dijo
en tono ronco mientras la abrazaba por la cintura y la pegaba a sí para darle un beso devorador, al
que ella respondió de la misma forma, abrazándose a su cuello y apretando su cuerpo contra él
para disfrutar de la tibieza del contacto.
Liam se despegó al cabo de unos segundos, con renuencia, y tomó su mano para conducirla
adentro. La habitación a la que accedieron era un salón muy amplio y luminoso, con preciosa vista
al agua y al atardecer. Luego, la dirigió escaleras arriba para ingresar al que supuso el dormitorio
principal, dominado por una cama enorme con un maravilloso dosel labrado en madera y hierro
forjado que le quitó el aliento. La decoración y los muebles eran en tonos oscuros y crema y de
alguna forma Amelia podía conectar la personalidad de Liam con esta casa. Era sobria, intensa,
con clase, pero sin ostentación.
—Me encanta —giró sobre sí misma y se acercó al ventanal.
Los brazos musculosos la envolvieron y Liam le susurró al oído:
—Tengo pensado un maravilloso fin de semana. Buena comida, paseos en la playa, el descanso
que necesitas y mereces. Y mucho, mucho sexo—Ella se estremeció. Notaba sobre si la dureza del
miembro de Liam casi insertándose en la parte baja de su espalda—. No puedo esperar a poner
mis manos en tu cuerpo, mi mente me ha jugado malas pasadas todos estos días.
Se apresuró a subir la falda del vestido y ella le dejó hacer, sintiendo como su mano se
introducía en sus bragas y apartaba el elástico hasta llegar a su coño, deslizando las yemas de sus
dedos por sus pliegues, logrando que ella jadeara excitada.
—Liam… —gimió, doblándose con placer.
—Tan tibia, siempre tan deliciosa —hundió uno de sus dedos en la intimidad de su vagina,
pero de inmediato se retiró, despegándose de ella, que se sobresaltó.
Él se dirigió hacia la puerta contigua, que era un enorme vestidor, y luego de unos segundos
reapareció, con una sonrisa canalla que paralizó el corazón de Amelia. Era un hombre tan
seductor que no podía evitar sentir un vuelco cada vez que lo veía acercarse y la miraba, toda ella
se enervaba.
—Preparé algunas sorpresas para ti —le dijo, con destellos en sus verdes ojos.
—¿Qué tipo de sorpresas? —contestó intrigada.
—De esas que entusiasman y permiten jugar.
—¿A qué te refieres?
Todo lo que hizo fue mostrarle un pequeño objeto redondo, que no reconoció.
—En el sexo hay muchas formas de disfrutar. Algunas incluyen juguetes —le dijo, observando
su reacción.
—No es lo mío —contestó Amelia, nerviosa.
—Tranquila, jamás haré nada que te incomode, pero te puedo asegurar que esto es placentero.
—¿Qué es? —la curiosidad pudo más.
—Es un juguete sexual. Un pequeño vibrador que se inserta en el coño. Puede proveerte
sensaciones maravillosas.
—¿Y a ti en qué te beneficia? —no pudo evitar preguntar.
Amelia no desconocía lo bueno que podía ser un vibrador en ausencia de un hombre, mas era
reacia por principio a cualquier novedad que no hubiera sido introducida por ella misma o que
conociera previamente.
—Esto se trata de ti, de tu placer. Pero también es algo egoísta. Cada vez que te acabas entre
mis brazos es un espectáculo maravilloso. Me perturba y me transporta ver tu cara y escuchar tus
gritos. Esto agregará diversión. Te lo puedo colocar ahora y puedes disfrutarlo mientras comemos,
mientras damos un paseo.
Amelia consideró unos instantes la propuesta, mordiendo sus labios. Podía imaginar las
sensaciones, la mirada de él sobre sí, pero tenía límites.
—No me atrevería a exponerme a la vista de otros de esta manera.
—Eso le agrega picardía al asunto —guiñó un ojo, seductor—. Imagínate, tu coño temblando y
tú intentando no mostrar el placer. Nadie, salvo yo, tiene que saberlo.
—¿Y qué pasa si me corro en presencia de alguien?
—Solo pensarlo me pone a mil. Tu corriéndote, yo mirando y viendo cómo te contienes —
susurró Liam, tomando su mano y haciendo que envolviera y acariciara su miembro por encima
del pantalón.
Su enorme erección pugnaba por escapar y sintió el calor. Sin hablar más, él la empujó con
suavidad sobre el lecho y la hizo recostar sobre su espalda.
—Abre tus piernas para mí —ordenó, su mirada entornada, evidentemente excitado.
Amelia asintió, sintiendo como las manos grandes la acariciaban desde los tobillos y subían
luego por sus muslos, mientras su boca iba dejando besos que fueron encendiendo su sangre. Los
labios se abrieron para dar paso a la lengua, que se dirigió en círculos hacia su pelvis.
Con un rápido movimiento, rompió su tanga y dejó al descubierto su intimidad, lubricada por la
charla y las caricias. Con suavidad la tomó de las pantorrillas e hizo que sus rodillas se elevaran.
Alternó su lengua atravesando en canal desde su clítoris hasta su roseta y de ahí de vuelta,
distribuyendo sus fluidos y haciendo que rogara, elevando sus caderas hacia él.
—Por favor... Liam… Quiero…
—Sé muy bien lo que quieres y te lo voy a dar. Más tarde. Ahora vamos a probar—él usó sus
dedos y ella sintió de pronto la sensación de algo firme y duro que se introdujo en su coño, por lo
que dio un respingo—. Con calma —susurró él mientras soplaba su cálido aliento y la elevaba
con sensaciones increíbles.
De pronto, Amelia sintió un cosquilleo que la dejó sin aliento. Los ojos de Liam la observaban,
chequeando cada una de sus reacciones. Sonrió abiertamente cuando la vio estremecerse a
instancia de los impulsos placenteros que las vibraciones en el interior de su vagina despertaban,
extendiéndose por las paredes y trasladándose por todos sus nervios. Sus pezones se
endurecieron. Entonces, la vibración se apagó y comenzó a recomponerse. Pero cuando estaba por
recuperarse, volvió a reaparecer.
—Es un juguete muy interesante—él se acercó reptando, quedando sobre ella, comiendo su
boca y hundiendo su lengua, lamiendo, mordisqueando—. Este pequeño control lo opera —le
mostró un botón entre sus dedos—. Esto enciende y apaga a voluntad el dispositivo. ¿Te gusta? —
Ella contuvo el aire y luego asintió, cediendo a su evidente lujuria—. Así que, preciosa, tengo tu
coño a mi merced.
Amelia pensó que no necesitaba eso para hacerlo. Él se levantó y operó el control para que se
encendiera. Su mirada la recorrió mientras temblaba y se sacudía, sus talones hundiéndose en el
colchón al aumentar la vibración, sus dientes mordiendo su labio inferior, sus manos buscando
sostén. Él observaba cada gesto, cada rasgo de su cara que se conmovía y se crispaba ante los
empujes del pequeño vibrador, hasta que evidentemente la imagen de ella se volvió tan dolorosa
que bajó el cierre de sus jeans y liberó su enorme polla, que emergió dura y plena.
Amelia sintió que su deseo se potenciaba y se incorporó sin mediar palabra, para tomar el
miembro en su boca tan profundo como pudo. Quería darle placer, disfrutar del cuerpo de ese
hombre del que se confesaba adicta. Él apagó el aparato, seducido por la idea de ella haciéndole
un oral. Amelia redondeó la corona de su glande con la punta de su lengua, para luego recorrer
toda la extensión, lamiendo con gula, y luego la tragó hasta la garganta, para volver atrás una vez
más, acariciando con sus labios y sus dientes, suavemente, cada milímetro del grueso miembro. Él
había llevado su cabeza atrás mientras adelantaba aún más su polla. Entonces, otra vez encendió
el vibrador y la presión en su coño hizo que apretara el pene y lo succionara aún más duro.
—¡Voy a follarte la boca mientras tu coño vibra como poseído! —le dijo, tomando su nuca para
aplicar suave presión y no dejarla ir—. ¿Me dejarás correrme en tu boca?
El suave gesto con el que ella asintió, su boca llena sin poder emitir sonido, hizo que el ritmo
de los embates creciera, como si el permiso lo hubiera enloquecido. Amelia lo tomó,
acomodándose, sintiendo su desesperación, que era también la suya. El gruñido de Liam fue el
aviso de que se corría y su semen brotó caliente. Lo tragó gota a gota, mientras cedía a su propia
liberación, empujada por el intenso erotismo del momento y al placer que el vibrador había
provocado en su interior.
Abrió su boca para liberarlo y se tendió atrás, los últimos espasmos todavía sacudiéndola.
Mientras la bruma aún la cubría, se sintió repentinamente vacía cuando Liam quitó el juguete de su
coño.
-Ya tendremos oportunidad de volver a probarlo.
De inmediato, dos de sus dedos pujaban dentro de ella, penetrando hasta tocar su punto G,
volviendo a encenderla. Esto acompañado por la lengua, qué trabajó con calma, alternado fricción
y suaves mordiscos sobre su clítoris, en pocos minutos más la hicieron correrse duro. Comenzó
como un nudo apretado en la base de su espalda, uno que se desató y pareció estallar
disolviéndose en miles de vibraciones que alcanzaron cada una de sus células y le volaron la
cabeza.
Gritó, sus manos hundidas como garras en el colchón, sus caderas en el aire, su boca sin poder
parar de gemir. Liam no dejó de lamerla hasta que los últimos estertores la agitaron. Cuando se
incorporó para mirarla una sonrisa satisfecha atravesaba todo su rostro, haciéndolo ver más
guapo, si cabía.
Dieciocho.
AMELIA.

Se tapó la cabeza, con vergüenza sintiendo que sus piernas temblaban sin fuerzas. Había sido
tan intenso, tan crudo, tan abiertamente se había expuesto ante él que temió que él pensara lo peor.
—No te cubras, no te ocultes de mí. Este ha sido el sexo más hermoso de toda mi vida —le
dijo, quitando la sábana de su rostro con firmeza, mientras le tomaba ambas mejillas y la besaba
con suavidad—. Me fascina tu belleza y tu entrega. Dulce Amelia —se incorporó y ella casi llora
de felicidad al notar su mirada reconfortante, [Link] te recuperes, puedes prepararte
para ir a la playa. Vamos a aprovechar las últimas horas de sol.
Asintió, mordiéndose los labios. Le vio irse y se acostó sobre un lado, todavía débil y
conmovida. Luego de algunos minutos se decidió y se preparó, higienizándose para colocarse su
traje de baño y un vestido camisero abierto de gasa. Él la esperaba escaleras abajo y le tomó la
mano, para llevarla fuera. Sentir la arena bajos sus pies descalzos, tibia y húmeda, fue un placer
reconfortante.
—Es un lugar maravilloso —sonrió, mirando en derredor.
—Lo es —dijo él.
Con su bañador como única pieza de ropa él lucía espectacular y parecía más joven.
Musculoso, bronceado, con todo su cuerpo tonificado y su perfil recostado en el horizonte, era un
perfecto dios o vikingo. Lo que estuviera mejor, decidió ella. Su belleza masculina imponía.
Amelia se sintió tímida al exponer sus atributos y sus curvas a plena luz. Cuando había empacado
deseó haber tenido un bañador enterizo, pero en verdad las pocas veces que había ido a la playa
en los últimos años había sido para disfrutar del sol en todo su cuerpo, en especial en su estómago
y espalda. Las dos piezas habían sido buenas entonces.
Ahora, frente a ese hombre de porte perfecto, su escueto triángulo cubriendo su zona baja era
bastante revelador. Lo mismo ocurría con el torso, pero de esa parte de su cuerpo se sentía un
tanto más orgullosa. No hubo, empero, más que miradas de deseo y frases agradables de parte de
Liam, que no dejó de comerla con los ojos. Eso se sintió bien y entibió su autoestima, haciendo
que se relajara y disfrutara.
Alternaron entre caminata y baño y se divirtieron, casi en plan de amigos. O como si fueran
novios, metidos en la charla intrascendente o en aspectos más hondos. Sentirse a gusto y en
confianza los llevó a descubrirse y a bajar barreras. Liam le inquirió sobre sus relaciones
amorosas y ella le desgranó sus decepciones, en especial de la última, sin rencor o tristeza. Le
habló de todo lo que quería para su hermana Tina, de sus miedos por su tía, de sus esperanzas
laborales, de sus problemas constantes con Bratt, de su amistad con Sharon, a la que describió
como su loca amiga plena de recursos buena voluntad y dispuesto hacer todo para que ella
estuviera bien.
Liam se abrió para describir a su familia, mostrando con sus frases a cada uno de sus cuatro
hermanos, describiéndolos con anécdotas y citando como Beatrice les había incentivado y
ayudado a crecer y estar unidos. El día pasó entre paseos, baños, conversaciones. Cuando llegó la
noche y las estrellas coparon la oscuridad del cielo nocturno, la charla continuó entre comida y
bebida. Amelia no recordaba haber estado tan en paz y feliz, sintiendo que podía ser ella,
dejándose llevar. Y cuando la hora de la cama arribó, nuevamente se vio inmersa en el deseo y la
novedad
Liam parecía decidido a hacerle conocer todo lo que lo hacía disfrutar. Cuando le mostró las
esposas la hizo temblar. Había leído sobre el bondage, pero jamás había pensado experimentar la
sensación de estar atada al dosel de la cama mientras su amante tomaba y disfrutaba de cada
centímetro de su piel. La sensación de inmovilidad, de estar constreñida, no hizo sino aumentar el
placer. Esa noche él le arrancó la mayor cantidad de orgasmos que recordaba. En verdad, si
juntaba las veces que este hombre la había hecho correr, superaban ampliamente toda su
experiencia amorosa.
Lo que hablaba mal de estas, por lo que Amelia prefería pensar que esto daba cuenta de la
pasión y el deseo que Liam despertaba en ella. Nunca había sentido algo tan intenso por otro
hombre. Si tuviera que elegir lo que más le gustaba de estar con él, a pesar de lo difícil que sería,
pues todo era una gozada, serían su actitud dulce con ella, la certeza de la conexión entre ambos y
el hecho de sentirse deseada.
Cuando él le decía lo hermosa que era, ella sentía que estaba en la cúspide. Si a esto le
agregaba que Liam era el hombre más sexy que hubiera visto y además la escuchaba y se
preocupaba por lo que sentía, le pareció que era mucho. Trataría de disfrutarlo todo lo que
pudiera, haciendo atrás sus reparos, dejándose llevar para descubrir todo lo que podía brindarle.

Con una gran taza de café, sentada en el enorme balcón, bañada por la luz del amanecer y el
arrullo del agua que rompía a pocos metros, trabajaba sin cesar en sus bocetos. Se había
levantado tan temprano como acostumbraba, a pesar del agotamiento físico provocado por las
sesiones amatorias que habían hecho de su noche una delicia.
Liberada del bloqueo que la había asolado estos últimos meses en los que el cansancio y el
trabajo excesivo habían bloqueado su mente, esta parecía fresca y su mano se movía con pericia
trazando imágenes que originaban indumentaria. El saber que era poco factible que algún día
pudiera convertirlas en algo real no medraba el deleite que le producía plasmar sus sueños en el
papel. Lo que para otro podía ser una falda, un pantalón, un vestido, para ella era mucho más.
No se consideraba una artista, pero se sabía creativa y tenía claro que le gustaría lograr: una
línea de ropa bonita, sensual, elegante, para mujeres como ella. Las referencias técnicas que tenía
las había logrado de su tía y de un breve curso que había podido realizar hacía algunos años. Leía
y veía tutoriales de manera constante, llevando a la práctica muchos durante los años. Había
dejado de hacerlo sin poderlo evitar. Liam había traído con él la inspiración. En este momento
creaba por la satisfacción de hacerlo.
—Estas muy concentrada —la voz ronca de Liam llamó su atención y miró un costado,
sonriendo al sexy hombre que aún en bata mañanera lucía como un millón de dólares.
—No hay que hacer esperar a la inspiración.
Él se adelantó y observó sus bocetos, tomando varias de las hojas que yacían en desorden en la
mesa.
—¿Esto es lo que quieres hacer? De poder emprender algo, ¿esto es lo qué harías?
Había curiosidad en su pregunta y ella asintió.
—Un sueño simple el mío.
Al lado de lo que eran sus empresas y sus edificios, lo suyo podía ser risible. Mas él la miró
con seriedad.
—No hay sueños simples, Amelia. Es lo que nos impulsa a seguir.
—Sí. Parece un poco lejano ahora —luego de decirlo se arrepintió.
No podía permitir que la realidad se colara en lo que vivía ahora, que era una fantasía de corto
plazo.
—Hay muchas posibilidades para emprendedores. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, es probable. No es tan fácil para aquellos que no disponemos de capital o gente con
buenas conexiones.
—Puedo contactarte con gente que te facilitaría
—Te agradezco —le interrumpió—. De veras, pero no es eso lo que nos une.
-No pretendo que lo sea—él se sentó a su lado—. No es malo dejarse ayudar cuando uno lo
necesita.
—Eso lo sé. Pero en el contexto que nos une, no es algo que esté dispuesta a aceptar —su voz y
expresión seria le hicieron ver que era un tema sellado.
El no insistió. Era probable que su ofrecimiento fuera sincero, pero coincidía con ella en no
dejarse llevar por nada más que la pasión que los conectaba. Se sirvió un café y se sentó frente a
ella, observándola. Contrario a lo que hubiera creído, no se sintió molesta ni coartada. Él le
permitió volver a reconcentrarse un rato. Luego, con un respingo recibió el repentino beso en la
base de su cuello y las manos que la rodearon tomando sus senos le hicieron soltar el lápiz.
—Déjame ver cuán creativa puedes ser en otras áreas —le susurró él con ardor.

LIAM.

El fresco de la noche movía suavemente las cortinas y el murmullo del agua que rompía en la
playa elevaban la sensación de paz. Lejos de la rutina y con el calor de Amelia contra su cuerpo,
envuelta en su brazo, se sentía en total calma. De seguro esto era por lo menos extraño;
normalmente su posición era alerta, chequeando debilidades propias y ajenas, buscando grietas
por donde colarse para hacer el mejor negocio, pendiente de las fluctuaciones de los mercados,
del cumplimiento de los contratos.
Aquí no, con ella no. Podía aflojarse y mostrarse sin dobleces, lo que era tan bueno como
preocupante. Se estaba amoldando a ella y a las sensaciones que le provocaba y eso sólo haría las
cosas más difíciles. Cuando llegara el momento ineludible de dejarla atrás, de terminar esto tan
intenso que tenían, este tipo de pensamientos solo haría las cosas más difíciles para ambos. <<¿Es
así? ¿Es ineludible que todo termine?>>, se animó a cuestionarse.
Ella se movió en sueños, volviéndose hacia él, y no pudo evitar maravillarse ante esos rasgos
perfectos: esos labios pulposos que tanto le gustaba sentir sobre sí, la suavidad de su piel, el
cabello esparcido como un manto sobre la almohada y cubriendo una parte de su mejilla. Lo
apartó con suavidad, con un dedo, despejando el rostro. Este era el momento de más intimidad que
recordaba haber vivido con una mujer.
Y le asustó. Retiró su mano rápido y se levantó, inquieto. Estaba pensando demasiado,
dejándose llevar. Necesitaba ejercitar, quemar energías hasta que su cerebro dejara de pensar lo
que no debía. Con decisión, bajó al gimnasio del subsuelo y se aprestó a agotarse. No supo cuánto
tiempo pasó azotando la bolsa de boxeo, saltando la cuerda, haciendo flexiones y sentadillas. Fue
el agotamiento el que finalmente le hizo desistir y moverse arriba. Amelia estaba en la cocina
tomando café y le sonrió al verlo.
—Hace un rato que me desperté. Te busqué, exploré todo y te vi. No quise molestarte
interrumpiendo.
—Estaba ejercitando —le dio un beso suave-. Tú no me molestas, Amelia-le dio un suave beso
en los labios.
Ella respondió de la misma manera y deslizó un dedo por sus pectorales, dibujando cada
músculo.
—De esa forma has esculpido tu cuerpo. Me preguntaba cómo mantenías cada uno de estos
deliciosos abdominales —había tímida picardía en su voz y él se sintió movilizado por su actitud.
—Amelia, todo este cuerpo sueña con tenerte. Una vez que me bañe.
—¿Por qué esperar?— La voz de ella sonó ronca—. Debo confesar que verte así me enciende.
La abrazó y avanzó, tomándola por los glúteos para posarla sobre el mostrador. Levantó su
falda y vio que no vestía bragas.
—Nena traviesa —gruñó.
—Tenía la esperanza de que vinieras por mí —se sonrojó.
—Te voy a devorar sin piedad —se sumergió entre sus muslos y acarició sus pliegues con
hambre devorador.
Ella gimió, dejándolo hacer, retorciéndose complacida. Cuando los jadeos le mostraron lo
excitada que estaba, la abrazó y la movió hacia la pared, empotrándola con suavidad, pero urgido,
colocando su pene en su entrada húmeda, haciendo entonces una pausa para mirarla a los ojos.
—Pensé que todo este ejercicio mataría mi dureza matinal, pero tú logras que sea permanente-
Se enterró en ella de una, calando hondo y sin pausa, la embistió en estocadas constantes—.Tal
vez parezca un adolescente, pero no voy a durar mucho —rugió, sintiéndose al borde de venirse.
—Siento lo mismo —dijo ella entre estertores, lo que hizo aún más duro sus empujes.
Apenas segundos transcurrieron hasta que ambos sintieron que se encendían y sus cuerpos se
elevaban disolviéndose, sus mentes en la niebla placentera del éxtasis sexual. <<Mía, mía para
follar, mía para disfrutar>>, pensó mientras se derramaba en ella, tan hondo como podía,
queriendo quedarse a vivir en su calor, en su placer.
Diecinueve.
LIAM.

Era difícil que Amelia saliera de su sistema, pues cada encuentro, cada intimidad compartida,
cada vez que follaban, él se sumergía más y más en el universo de su sonrisa, en la suavidad de
sus caricias y en la inquietante profundidad de sus ojos. Cada vez que la tomaba, que derramaba
su pasión en ella y disfrutaba de la concreción de su lujuria en todas las formas imaginables, se
comprometía más. Lo entendía y eso lo retraía.
Luego de su fin de semana en Santa Mónica, todo pareció precipitarse. Había esperado algunos
días para volver a contactarla, esperando que todo decantara y su buen juicio prevaleciera, pero
eso había resultado imposible. Al cabo de menos de lo que hubiera sido razonable, estaba
deseando tenerla a su lado. Como si su cuerpo la necesitara y no pudiera mantenerse ajeno a ella,
como si fuera un adicto y ella su sustancia, la que le quitaba buena parte de su lógica y hacía que
su cuerpo y su mente se desfasaran. Cayó una y otra vez en la tentación, semana tras semana, a
veces logrando resistir un poco más.
Mas cuando la abstinencia se volvía prolongada, Amelia aparecía en su retina en el medio de
las reuniones más serias y aburridas. Acostada sobre su mesa, abierta para él, con sus grandes
ojos incitándola a tomarla, a que la poseyera sin descanso y gozara de su sexo tibio y delicioso.
Estas distracciones no habían pasado desapercibidas para sus hermanos, que le observaban,
picados y asombrados. Por fortuna, a pesar de su insistencia por saber qué o quién lo afectaba así,
aún lograba conservar el secreto de Amelia. Era suya, su secreto. No sabía por cuánto tiempo lo
sería: suya para disfrutar, suya para compartir momentos, para no estar solo y sentir que la vida
tenía otro sentido además de hacer dinero y entrenar.
Amelia y sus hermanos lo ataban a tierra y le daban lo que necesitaba para no caer en una
espiral de desasosiego. Estaba agotado y comenzaba a perder la fuerza y la convicción que lo
habían mantenido durante tanto tiempo a cargo de los negocios de la familia. Esta realidad se le
hacía cada vez más evidente. En verdad, el contacto y la presencia de ella lo habían sensibilizado.
Los años inmersos en la férrea conducción del conglomerado Turner lo habían vuelto más agrio de
lo que deseaba y lo habían alejado de la naturalidad de las relaciones. Esa que sentía recuperaba
en las charlas y los encuentros con Amelia. Pensar en perder esto era duro y retrasaba la decisión.
Que esto había impactado en su humor era evidente y también para sus hermanos. Fue claro que
los tres habían intercambiado impresiones y se lo hicieron notar en la comida dominical. A las
pullas de Ryker se sumó la intriga de Avery, que le preguntó directamente si estaba viendo
seriamente a alguien.
—Por favor, que no sea Melody —le dijo.
Se rio. Sabía que ella esperaba su negativa y por eso se lo preguntó sin su presencia, que
parecía haberse vuelto una constante los domingos, lo que hablaba a las claras de que su madre
tenía un plan.
—No te preocupes —le guiñó un ojo—. No está en mi agenda tener algo ahora ni nunca con esa
mujer.
—Por Dios, guiñó un ojo —dijo Alden—. ¿Quién eres tú en el cuerpo de Liam?
Lo miró condescendiente.
—¿Estás viendo a alguien, entonces? —volvió a la carga Avery.
Le hizo sonreír esa ansiedad por saber. Tenía claro que venía desde las mejores intenciones.
—Podría decirse.
Fue deliberadamente ambiguo. ¿Cómo cuenta uno lo satisfecho y completo que se siente por
tener a una mujer que hace de sus noches y de sus horas un deleite? Alguien que es tan encantador
y honesto que no parece tener cabida en su mundo. Alguien a quien no puede dejar de tocar o cuya
sonrisa le llena. Alguien a quien ha dado un plazo en su vida. Alguien que le da tanto y que se ha
colado hondo, que parece tener poder sobre él.
Uno que no podía permitir que tuviera. Liam comenzaba a notar que la relación trascendía el
deseo y lo veía también muy claro en los ojos bellos de Amelia. No podía permitirse generar
falsas expectativas, en ella ni en él. Sabía que había sido claro desde el inicio, pero todo había
sido tan bueno que comenzaba a trascender los objetivos iniciales.
—¿Cómo así? —dijo Avery.
—Puedo decirte que estoy viendo a alguien, pero no es importante.
—Es extraño. Ha logrado cambiarte y mejorar tu ánimo. Distraerte —sentenció Alden.
—Mi ánimo no tenía ningún problema.
—Claro. No es importante, pero ya no gruñes, no se te ve amargado ni a punto de estallar. La
piel y el rostro se tensan de lo bien que estás. Pero no es nadie, seguro —dijo Ryker—. ¿Me
puedes pasar el teléfono de ese alguien? Si no planeas que sea algo permanente. Podría disfrutar
de lo mismo. El tratamiento que da parece muy bueno.
La sola idea de que alguien tocara a Amelia hizo que una pesada bola se instalara en su
estómago y miró a Ryker con encono. Le molestaba siquiera imaginar que otro la acariciara, la
besara o la penetrara como lo hacía él, para recibir sus gemidos de pasión. Sabía que era un
maldito bastardo, pero no podía evitarlo. Ella era suya.
—Tranquilo, no me saltes a la yugular —se retiró su hermano—. Esa relación que tienes, esa
mujer, no es alguien tan liviano como nos quieres hacer creer —sentenció con una carcajada.
—¿De qué mujer hablan, Liam?
La pregunta de Melody, que había llegado sin que se percataran, interrumpió la conversación y
el fastidio se hizo patente en todos, pero la blonda pareció inmune.
—Nada que pueda interesarte —contestó Liam, sin dar espacio para más interrogatorio.
—De seguro nadie importante, querida —intercedió la mujer mayor, haciendo un gesto a su
hijo para exigir compostura, que él ignoró.
—Deseaba verte hoy. Has estado ausente —sonrió Melody, sin insistir en el tema. Liam no
contestó-. Hay un gran evento en la empresa de mis padres, la semana próxima. Va a ser una fiesta
súper exclusiva y me encantaría tenerte a mi lado.
—Por supuesto que irá. Liam es un caballero —intercedió su madre, contestando por Liam
como si fuera un pequeño, lo cual lo molestó más.
No había hecho bien su tarea cuando era niño, ¿a qué venía su interés por su futuro?
—Es muy importante para mí. Mi padre ha decidido darme más responsabilidades y soy la
organizadora. He tomado la decisión de que la fiesta será de estricta etiqueta. Dorado y negro —
dijo, con seriedad.
—Impresionante responsabilidad —dijo Alden, con malicia, a lo cual Melody no contestó.
—Será maravilloso. No dudo que lograré que acuda lo más granado del Estado. No puedes
faltar a mi lado, Liam.
Este no se molestó en contestar. Ni se le ocurría acudir. Prefería estar con Amelia que ahogarse
toda una noche en alcohol para evitar la cháchara insoportable de Melody.
—Siempre cuentas conmigo si Liam no puede ir —argumentó Ryker, haciendo una reverencia.
Melody lo miró y le sonrió, pero era evidente, que su presa era Liam. Hizo un gesto coqueto y
tocó a este en el hombro, haciendo que la cadera se posara en su costado, gesto que este
rápidamente evitó, caminando hacia el comedor.
—Lamento decir que tengo planes para ese día. No creo poder ir. Ahora, ¿les parece si
comemos? —apuró el paso.
El rostro de Melody mostró su contrariedad, pero la madre de Liam le hizo un gesto y lo dejó
pasar.
Veinte.
AMELIA.

Se apresuró, descendiendo del coche con rapidez y sin esperar a que el chofer le abriera la
puerta, como era habitual. Bratt la había demorado, otra vez molestándola con sus insinuaciones.
Se volvía más atrevido y ella comenzaba a temer que sus constantes intentos de contacto físico
degeneraran en cuestiones más serias. Ella estaba resistiendo y le fastidiaba que él no pudiera
dejar el acoso de lado. Sus esfuerzos por acceder a otro empleo no habían tenido éxito hasta el
momento, por lo que debía seguir.
Suspiró con ruido, intentando sacar el malhumor y disgusto de su sistema. Se detuvo por un
segundo para alisar su vestido. Al menos había podido cambiarse de ropa y se sentía bonita con
ella. Estaba orgullosa de esta prenda, que era un diseño propio, producto de uno de los bocetos
producidos en Santa Mónica. Había conseguido una tela hermosa en oferta, en un color limón que
le sentaba y la hacía sentir elegante y fina. Digna de Liam, apropiada. Su relación continuaba y se
maravillaba que ya hubieran transcurrido tres meses desde su primer encuentro. Para ella, al
menos, era algo significativo y alentaba la esperanza de poder disfrutarlo más.
Hacía varias semanas que se encontraban en el departamento del centro, dejando atrás las
primeras citas en el edificio de la empresa. Cada vez se sentía más segura junto a él; que la
mimaba con sus miradas de deseo e interés, que se solazaba con las caricias en su piel, con sus
besos, todo lo que alimentaba su autoestima. Por otro lado, su constante interés por su sueño y el
estímulo que le daba para ir por él la habían hecho considerar con seriedad el investigar opciones
para poder lanzarse como una pequeña empresaria.
Él incluso la había sorprendido un día con un plan de negocios a pequeña escala, hecho
exclusivamente para ella, que señalaba costos, posibles fuentes de financiación, una de las cuales
quedó descartada de inmediato, por ser él mismo. Y lo más dulce y genial que había hecho, a lo
que no pudo resistirse, fue regalarle una máquina de coser industrial, que encontró instalada un día
en su casa, al arribar.
Tina y su tía la habían esperado ansiosas y extasiadas, curiosas y desesperadas por que hiciera
uso de ella. No había podido decir que no a eso, aunque luego había insistido hasta la saciedad
que era lo único que iba a aceptar y solo porque no podría ver la cara de dolor de su tía si la
devolvía. Ella misma estaba emocionada y reconocía que le daba otras posibilidades. Había
amado ese gesto de impulso de Liam, que en definitiva planteaba que se preocupaba por su
bienestar y su futuro.
Ya en el edificio, se montó distraída en el ascensor, pensando en él. Al abrirse las puertas, se
dirigió al pent-house con decisión, sabiendo que él la esperaba, anhelando que borrara la semana
de pura mierda que Bratt le había hecho pasar. A pocos pasos, se detuvo. Su corazón dio un salto
al ver a la magnífica mujer que golpeaba con insistencia la puerta del apartamento. Amelia la
reconoció sin necesidad de hacer mucha memoria, era Melody, la rubia platinada con quien había
tenido el conflicto la noche que había conocido a Liam.
Con un vestido maravilloso y joyas que hubiera dejado ciego a cualquiera, vestida y peinada
de infarto, golpeaba la puerta con impaciencia. Parecía la imagen de la riqueza y el glamour. A su
lado, con el vestido del que se había sentido tan orgullosa hasta ahora, ella parecía la nada.
Frenética, nerviosa, no supo que hacer y luego trató de volver atrás, pero justo en ese instante la
blonda se dio vuelta y la vio. Posiblemente hubiera pasado inadvertida ante ella en otro contexto,
pero este piso solo tenía dos apartamentos. Y Melody la conocía, al menos la había visto bien al
insultarla cuando derramó su champagne.
—Tú…Te conozco, ¿no es así? —la mujer entrecerró los ojos, buscando en su memoria—.
¿Quién eres? —Se acercó a Amelia, que parecía haber quedado clavada en el lugar y no podía
soltar palabra, aunque su mente pugnaba porque sus labios dijeran algo inteligente—. ¿Vienes a
ver a Liam? ¿Eres la mujer que se está follando?
La vulgaridad y desprecio de su voz, rápidamente devenido de cuidadosa a chillona, hicieron
que Amelia se sonrojara. De algún modo parecía que Melody sabía algo de ella.
—No voy… —comenzó a responder, pero la rubia se le vine encima.
—¡Te reconozco ahora, pájara! Eres la que me derramó champagne en aquella fiesta. ¡Veo que
lo hiciste con toda intención! Te follas a Liam y crees que puedes ser rival para mí, ilusa —rio
con un desagradable sonido—. Está claro lo que eres y debes ser buena si lo has entretenido hasta
ahora. Pero se te termina el tiempo, putita. Liam es mío, es cuestión de tiempo que nos
comprometamos oficialmente y nos casemos.
Amelia boqueaba, impactada por la violencia en las palabras y los ojos de Melody, que
parecía haber perdido la compostura. No pudo contestar, sentía que su garganta se había hecho un
nudo. En ese momento Liam abrió la puerta, envuelto apenas en una toalla, evidencia de que
estaba duchando. Su mirada de estupor las recorrió a ambas, desconcertado. Amelia temblaba,
pero Melody se recuperó de inmediato, poniendo su mejor cara, como si nada hubiera ocurrido.
—¡Liam, querido! —le dio un beso—. ¿Cómo es posible que no estés listo aún? —hizo un
frenético aspaviento—. Vamos tarde, amor.
Si no hubiera visto la mirada de desconcierto de Liam y hubiera recordado que él mismo le
había pedido que viniera, Amelia hubiera creído el teatro de Melody. Se hubiera dado vuelta sin
pensar, para irse.
—¿Qué haces aquí, Melody?
La confusión en sus ojos era evidente y su boca hizo un rictus que Amelia reconoció como
contrariedad.
—¿Qué hago aquí? —Melody elevó una ceja y su voz se elevó, nerviosa—. ¿No recuerdas
nuestro compromiso, la fiesta de mi padre? Prometiste a venir conmigo. Es nuestra noche, tú
dijiste...
—No —cortó seco él, pasando la mano por el cabello—. Tú hablaste y yo te dije que tenía
planes.
—Tú madre dijo… ¡No puedes dejarme plantada de esta manera!
—¿A ti te parece que mi madre decide por mí? —dijo él, frío y fastidiado—. Lo lamento, pero
esto no funciona así. Deberías haber tomado la oferta de Ryker. Llámalo, es probable que esté
disponible. Hazlo rápido.
Su rostro se dirigió a Amelia, cambiando la mirada de frialdad por una cálida, una que hizo
que Amelia se aflojara.
—¡No puedo creer que me dejes de lado por esta…! Por esta... ¿Este es tu plan? ¿Un revolcón
con una mesera? —la voz de Melody se hizo dura—. Es totalmente ofensivo que prefieras pasar el
rato con esta gorda. Oh, no dudo te la debe chupar muy bien, pero mírala…Ni un atributo
destacable. Los hombres que se dejan gobernar por sus penes pierden, Liam.
Amelia sentía su cuerpo arder de furia y humillación, temblando, aunque incapaz de articular
palabra. Era esa la forma en la que desgraciadamente había respondido al acoso, en el pasado y
parecía que nada cambiaba. El dolor le quitaba toda capacidad de defensa. Fue Liam el que, frío y
con su cara vuelta una máscara, cortó finalmente a Melody:
—Debes irte, Melody. Deja de decir tonterías. No tengo compromisos con nadie. Y eso te
incluye.
La rubia apretó sus dientes y lo miró con rabia, para luego recobrar su compostura.
—Espero que recapacites. No estaré esperándote. No puedo creer que tengas tan poca clase.
—Vete.
El taconeo furioso y el subsecuente empujón a Amelia dieron cuenta de la explosiva salida, y
Amelia sintió que los ojos quemaban su espalda cuando las puertas del ascensor se cerraron. Se
sentía incapaz de moverse o pensar con claridad. El ataque había sido arrogante y doloroso.
—Amelia…—él se acercó y la abrazó.
Ella trató de contener sus lágrimas, pero las palabras habían calado hondo y no fue posible.
Otra vez volvía a sentirse la adolescente acomplejada. ¿Qué era ella, con su absurdo vestidito
casero, frente a Melody? Ante Liam. Nada. Así se había sentido. Como si la realidad se derramara
con violencia, para despertarla. Era imposible que saliera ilesa.
Acababa de abrir la puerta a sus sentimientos y estos decían, sin sombra de dudas, que amaba a
ese hombre que la miraba sin entender por qué estaba inmóvil y parecía no reaccionar. Ella, la
poca cosa y con poca clase, la que había aceptado ser la amante de Liam, sin vínculos
sentimentales, lo amaba. Él había sido muy claro, nada de sentimientos. Y Melody, en su horrible
clasismo, tenía razón. La que estaba equivocada era ella.
—Liam, creo que… Esa mujer tiene razón. No tiene caso— dio la vuelta y con pesar se dirigió
a las escaleras, pero los brazos de Liam la detuvieron.
—Amelia, no te alejes de mí. No dejes que Melody te afecte. Que afecte lo nuestro. Nada de lo
que dijo es cierto. Es contigo que quiero pasar la noche. No le prometí nada y no me interesa.
Anda, ven —le sonrió y la condujo otra vez a su apartamento.
Amelia se dejó llevar, sabiendo que estaba mal, que estaba jodida, que le iba a doler pronto el
ser tan débil. Pero lo quería, quería estar con él. Y de algún modo, hoy, esta noche, era suyo. Este
hombre bello, poderoso, sexy, había despedido a la elegante Melody para estar con ella. Eso tenía
que valer. Cedió. Se equivocaba, lo sabía, pero no podía evitarlo. Lo necesitaba. Lo que pudiera
darle.
Veintiuno.

AMELIA.

Salió del sitio con rapidez, procurando compensar el tiempo perdido. Había pasado la noche
entera en el apartamento de Liam y se había dormido esa mañana. Él se había ido temprano y le
había dicho que podía quedarse tanto como quisiera, lo que agradeció. Pero había dormitado y se
retrasaba para el trabajo. Cerró los ojos y un estremecimiento le trajo el recuerdo de la pasada
noche, otra más en la que habían compartido esos instantes abrumadores e íntimos que se
acumulaban.
El episodio con Melody la pasada semana no había roto la magia: la forma en la que él había
revertido sus palabras, como la había acariciado y besado, con fuego y pasión, la habían
convencido de que podía funcionar. Claro que era riesgoso, estaba comprometiéndose en cuerpo y
alma en algo que se volvía cada vez más incierto. Suponía que él tenía algunos sentimientos hacia
ella; tenía claro que no era solo sexo lo que vivían, pero no le había expresado nada.
Y Amelia había decidido que prefería el riesgo, lo había considerado: escapar de él por miedo
a sufrir no tenía sentido. Estaba hasta las manos por ese hombre; el dolor que sentía cuando no
estaba con él, la forma en que lo extrañaba, hacía que corriera cada vez que la llamaba.
Ya en el estacionamiento, a diez metros del vehículo, la figura de las dos mujeres la hizo
detener en seco. Una de ellas era Melody, perfectamente vestida, como si fuera asistir a una fiesta
a primera hora de la mañana. A su lado y no menos compuesta, una mujer de una elegancia innata,
aunque mayor, la miraba con frialdad, midiéndola con una mirada que Amelia no pudo clasificar
sino como intimidante. Melody se adelantó, pero fue la mujer mayor la que habló:
—Tenemos que hablar.
—No sé qué…—Amelia murmuró nerviosa.
La voz de Melody, chillona, la sobresaltó:
—Liam, querida, Liam pasa. ¿Crees que vamos a permitir que lo sigas enredando?
—Te confundes…
—Deja el teatro, sabemos perfectamente quién eres. La puta que mantiene y que parece creer
que puede obtener algo de él, además de una buena follada.
—Melody— la voz de la mujer sonó dictatorial y llevaba implícita una reprimenda.
—Disculpa mi lenguaje, querida—Melody la miró y ensayó una disculpa, pero luego volvió su
mirada aviesa a Amelia—. Este tipo de mujeres solo entiende cuando alguien es directo.
—No sé qué es lo que quiere ni tampoco… —dijo Amelia.
—Soy la madre de Liam —cortó la otra—. Tengo entendido que, de algún modo, él se ha
enredado contigo. No sé qué clase de artimañas has usado, mas te puedo asegurar que no permitiré
que te sigas beneficiando de su gentileza. Ni siquiera puedo entender que ve en ella —miró a
Melody con extrañeza y luego su desprecio se volcó en Amelia.
—Ni siquiera una pista—Melody pareció estremecerse.
—Tan falta de clase, evidentemente sobrealimentada.
Amelia se sintió tan herida; hablaban como si no estuviera, como si fuera un elemento de
estudio. No podía emitir sonido, conteniendo la respiración, su pulso acelerado parecía enviar
sangre por su cuerpo a velocidad inusitada. Las miradas, la actitud, el desprecio era tal que deseó
que un agujero negro la tragara.
—¿Cuánto quieres por dejar a mi hijo en paz? —la mujer mayor había sacado una chequera y,
bolígrafo en mano, la miraba.
Amelia sacudió su cabeza, sin poder creerlo.
—Vamos una cifra. Las de tus clases solo entienden ceros.
—No te excedas. No lo vales —sentenció Melody.
Amelia levantó su cabeza con toda la dignidad que pudo y se aclaró la garganta. Estas dos
podían ser el ejemplo más claro de elegancia, sofisticación y dinero, podían tener el glamour del
mundo, pero no pisotearían su dignidad.
—No las escucharé más. No tengo nada que decirles, salvo que me dan pena. Usted —se
dirigió a la mujer mayor—, no tiene siquiera una idea de lo maravilloso que su hijo. Con todo el
poder que tiene, jamás ha actuado de la forma tan baja que usted lo ha hecho.
—Mi hijo es un tonto sentimental —hizo un mohín despectivo—. Es mi deber sacarle de
encima a las arribistas escaladoras que creen en mejorar su estatus a través del sexo.
—Se equivoca, pero no importa. No me conoce.
—Ni siquiera me interesa.
—Estamos iguales. No se preocupe. Su hijo está seguro conmigo, tenemos nuestros asuntos muy
claros.
Sin más y a pesar del temblor de sus piernas, se obligó a caminar y las rodeó, pasando también
de largo al vehículo que la esperaba, dejando detrás al chofer, que la miró desconcertado. Amelia
nunca había necesitado tanto respirar aire puro. Esas dos…No la conocían, no sabían cómo era y
tenían la peor imagen de ella. No tenía que importarle, pero eran parte del círculo de Liam. Uno
que jamás la aceptaría.
No es que él siquiera se hubiera planteado introducirla en él. De todas maneras, venían a ella,
para expulsarla, para hacerle ver que era inadecuada. Era una ilusa si creía que él en algún
momento querría algo más que sexo. En su afán por tener algo de él, por compartir horas, había
dejado que el fantástico sexo compartido la engañara, haciéndola pensar que le pertenecía. Era
una falacia y de nuevo se lo recordaban. Como esa manecilla que golpea la puerta, cada tanto, le
decían que despertara de su fantasía. Ella era nadie. Él pronto la dejaría atrás. Y se llevaría su
corazón con él. O mejor, lo dejaría quebrado, devastado, en pedazos.
Tenía que ser fuerte y romper el hechizo, decidió, caminando sin parar y dando vueltas a las
ideas sin parar. Era preferible un desengaño a tiempo que el rechazo y la patada cuando él se
cansara de ella. No podría soportarlo, no podría soportar su indiferencia y el abandono. Limpió
sus lágrimas, sentada en un banco. Se sentía cansada, sin esperanzas. Ni siquiera tenía ganas de
trabajar.
Ya se había hecho tarde, de todas formas. Sus pensamientos atormentados la habían hecho
caminar por dos horas. Necesitaba descansar, desconectar. Se lo merecía. Merecía estar en su
casa y con su familia, protegida. En el refugio que era su espacio. Sacó su móvil y envió un
mensaje a Bratt, y luego tomó el transporte para ir a su casa. Ignoró sistemáticamente los mensajes
de su jefe despotricando y amenazando con despedirla. Que lo hiciera. No podía soportarlo más.
Apenas llegó se dirigió a su habitación, pasando rápido frente a Tina y su tía, diciendo que se
sentía cansada y probablemente estaba por engriparse. Era imposible que no notaran sus ojos
rojos e hinchados, pero nada dijeron. En su habitación, finalmente, lloró en silencio, ahogando sus
sollozos con la almohada.
Comenzó lento, pero pronto se volvió una catarata. Dolía mucho querer sin ser correspondido.
Dolía entregarse queriendo dar todo sabiendo que el otro devolvía una parte. Dolía ser poca cosa
y no encajar. Dolía tener que tomar una decisión tan difícil cuando todo le gritaba que no lo
hiciera, que no arrancara de su vida lo único que le daba calor y la completaba. El golpe en la
puerta y la voz preguntando si estaba bien la hicieron reaccionar. Sus seres queridos no merecían
que ella se desmoronara.
—Estoy agotada —contestó.
—Sé que hay algo más —su hermana entró y se sentó a su lado, acariciando su mano.
Se mantuvo en silencio unos minutos.
—He estado saliendo con alguien.
—Lo sé, es obvio. Tu ánimo cambió, pasas noches afuera, el fin de semana en la playa. Esa
persona te hizo muy bien. Pero eso parece haber cambiado.
—No me ha hecho mal. Él no cambió. Pero me he concientizando de que soñé demasiado alto.
Y la caída es dolorosa.
—Hermanita…
—No te preocupes por mí, Tina. Estaré bien. Esto no mata a nadie.
—Duele.
—Sí. Es parte de vivir.
Tina le sonrió, aunque esto no alcanzó a sus ojos. La vio rara.
—¿Qué pasa, Tina?
—La tía no se ha sentido bien —susurró—. No quisiera decirte esto justo ahora, pero me temo
que los dolores están volviendo y eso no son buenas noticias.
Amelia se secó las mejillas y se incorporó.
—Tenemos que llevarla al médico, que le hagan chequeos.
—Amelia, sabes lo que dijeron los especialistas la última vez.
—No podemos…
—Ella está cansada. No quiere ir. Ha sufrido mucho y sabe que es inútil. Su enfermedad ha
estado controlada, pero no ha remitido.
—Con otros medicamentos y sesiones de quimioterapia —esgrimió.
—Sufriría, Amelia, sin posibilidad real de cura. No quiere terminar su vida en una cama,
dolorida.
Se derrumbó, abrazando sus rodillas.
—No quiero que sufra.
—No podemos hacer demasiado. Contenerla, disfrutar de ella. Sabes cómo es. Terca hasta el
final.
—Lamento tanto que hayas tenido que llevar la casa y ayudarla. Debí…
—No has podido hacer más. Te has roto la espalda para darnos lo que necesitamos —le dijo
Tina con énfasis, abrazándola.
Amelia se recostó y cerró los ojos, agotada.
—Y, aun así, todo se diluye en nuestras manos. No manejamos nada.
—Si empeora la llevaremos, claro. Para que le den calmantes. Pero ella está en paz con la idea
de morir.
—No lo puedo aceptar —sollozó.
—Tampoco yo. Pero hemos de tener esperanza de que podrá disfrutar sus últimos meses.
La esperanza era algo que Amelia sabía que duraba poco, pero se aferró a esa idea.
Confrontada a la inevitabilidad del decaimiento de su tía, a la inminencia de uno de sus temores
más grandes, su sufrimiento por Liam parecía algo fuera de lugar.

+++
El correr de los días hizo que los pronósticos más tristes se fueran concretando. Su tía fue
consumiéndose con rapidez y Amelia no podía soportarlo, verla deteriorarse le partía el corazón
en dos. Aferrada a la idea de estar con ella y ayudar a Tina, desestimó las llamadas de Liam y sus
mensajes, respondiendo con evasivas y luego directamente, para hacerle saber que había desistido
del trato. Escribir ese mensaje fue una de las cosas más dolorosas que recordaba, pero no podía
distraerse de lo importante. Había tomado la decisión antes de saber lo de su tía, pero esto había
reforzado la idea.
AMELIA. Liam, te agradezco infinitamente el tiempo vivido, las risas, el apoyo, el
placer. Me sentí contenida y halagada, intensamente feliz por tu interés y tu pasión. Pero
ambos, tal vez tú más que yo, sabíamos que tenía tiempo de finalización. He decidido ser la que
termine con esto. Te confieso que has significado mucho para mí. No puedo seguir, a riesgo de
romperme, de quebrar este que ha sido el mejor trato que alguna vez he hecho. No he podido
mantener mis sentimientos ajenos, aunque lo intenté. Espero que no te quedes con un mal
recuerdo mío. Tengo el mejor de ti.
Apretar enviar fue todo un esfuerzo y aguantar impasible la serie de mensajes de vuelta,
inquiriendo razones y pidiendo hablarlo personalmente, casi la quebró. Durante varios días, se
sucedieron los ramos de flores, las notas, los mensajes, en una andanada que no esperó y que hizo
todo más difícil. Las palabras dulces y la inesperada necesidad de él por explicaciones la
desarmaron.
Resistió como pudo, con el corazón en la mano, amparada por Tina y Sharon, que no decían
nada. No se atrevían, su cruda decisión tomada. Lo que Liam experimentaba era sorpresa,
incredulidad, dedujo. Era un hombre acostumbrado a tener la última palabra, a ganar. Pero este no
era un juego. Era su vida, su corazón. Se concentró en su familia, dejando de lado su trabajo, pues
Tina no podía lidiar sola con la situación cada vez más difícil.
Una que al final se tornó irreversible y las obligó a hospitalizar a la tía. Con esta decisión
llegaron los apremios económicos. Sin un seguro médico bueno que cubriera la permanencia y el
tratamiento hospitalario, los gastos médicos se fueron acumulando y esto desesperó a Amelia.
No saber cómo resolverlo le llevó a pedir un préstamo a Bratt, ya que Sharon no tenía el
dinero. Mas las condiciones que este impuso fueron tan dantescas e inmundas que las desechó de
inmediato, horrorizada por su falta de humanidad y de límites. Lo único que pudo pensar, aunque
la sola idea le costaba el mundo, fue pedir dinero a Liam.
Su orgullo no podía ponerse en el medio del tratamiento paliativo de su tía, decidió. Darle la
mejor muerte posible era lo único que podía hacer. No tenía nadie más a quien recurrir, a quien
pedirle dinero, no tenía expectativa. ¿Qué valía su orgullo frente a la posibilidad de que su tía
pudiera pasar su último tiempo cuidada y muriera con dignidad? La idea de esto la llevó
finalmente a enviarle un mensaje. Esperaba que él entendiera.
AMELIA. Liam, espero de todo corazón que no malinterpretes este mensaje. He luchado
para tratar de evitar esto. Pero no tengo otra posibilidad. Eres mi última esperanza. Se que no
me debes nada, y esto va en contra de lo que muchas veces proclamé.
Necesito con urgencia la suma de dinero que ves en esa imagen que adjunto; es para
cubrir los gastos médicos de mi tía. Ella está viviendo los últimos momentos de su enfermedad
y sin seguro médico los cuidados paliativos no serán posibles. ¿Podrías hacerme un préstamo?
Sé cómo debe sonar, y lo lamento tanto. Trataría de devolverte esa suma a la brevedad, te
puedo firmar los documentos que me pidas. Entenderé si no puedes considerarlo.
La respuesta no se hizo esperar y suspiró con fuerza, sollozando, al recibirla. Escueta, pero
clara.
LIAM. Lamento saber que tu tía está en tan mala situación. Sé cuánto la amas. Por
supuesto que tienes ese dinero a tu disposición, Amelia. ¿Cómo podría no considerarlo?
Pásame todos los datos del seguro médico y todo estará cubierto.
Temblando, llena de agradecimiento, le contestó.
AMELIA. Gracias. No sabes lo que significa para mí.
Veintidós.
LIAM.

Liam sentía el peso del mundo sobre sus hombros. Habían pasado tres meses, tres largos y
solitarioS meses desde la última vez que había visto Amelia, del último momento en que la había
besado y le había hecho suya, en que habían compartido la más dulce y apasionada intimidad.
Jamás imaginó, al abandonar el lecho de su departamento aquel aciago lunes a hora muy temprana,
luego de besar sus suaves labios, que sería la última vez.
El desconcierto regía su vida desde entonces, volviendo miserable lo que había sido hasta
hacía bien poco su normalidad. La ruptura había sido inesperada y se había precipitado sobre él
con la velocidad de una tormenta de verano, pero lo había sumido en la oscuridad. Esa era su
sensación, pura y cruda. Como si todo fuera un antes y un después de Amelia.
Recibir el sucinto mensaje de abandono lo había sorprendido. Sin ninguna advertencia, sin
ningún desencadenante, sin nada que hiciera prever el desenlace. Al desconcierto y perplejidad
había seguido la rabia. ¿Cómo se atrevía a dejarlo? ¿No era capaz de ver cómo se
complementaban? ¿Todo lo que él había cambiado por ella?
Luego, la ironía de la situación se había hecho obvia. Lo que Amelia había hecho era lo que él
pretendía hacer en algún momento más adelante, algo que había venido posponiendo porque le
dolía pensar en un adiós. ¿Por qué le impactaba tanto? Sí, su orgullo estaba herido, pero no pasó
mucho hasta que fue entendiendo que lo que sentía iba más allá de un sentimiento de vanidad.
Comenzó por extrañarla físicamente, empero, pronto la cruda realidad se evidenció: le partía
en dos no tenerla, toda ella. Sus risas, su charla, cenar y mirar TV, la intimidad, compartir. No
guardó su reacción, no se comió sus sentimientos, pues no paró de enviar mensajes y detalles que
la trajeran de vuelta. La necesitaba. Quería recuperarla.
Solo luego de una semana pudo entender, pasada su tormenta interna, lo que el mensaje de
adiós significaba. Ella terminaba todo porque había empezado a sentir algo por él. Involucró sus
sentimientos. Esos que él, como el auténtico bastardo manipulador que era, le había dicho que no
podían entrar en juego. Esos que él mismo había sido el primero en incorporar, rompiendo, sin
intenciones y sin demostrarlo, lo que había sido la esencia del trato inicial. <<Sexo sin
sentimientos mis pelotas>>, se dijo entonces. No se podía estar más comprometido.
Esta convicción le asustó. No estaba acostumbrado a manejar estos sentimientos. Y si se
equivocaba. ¿Si lo que sentía en verdad era abstinencia de ella? Su química era tan buena, tan
vibrante, que era posible. No podía ceder a la tentación de ir por ella y confesar algo de lo que no
estaba seguro, que suponía. El tiempo decantaría las cosas, decidió.
Cuando algunos domingos después de lo ocurrido su ánimo se encontraba peor de lo previsto y
nada parecía mejorar, su madre le dio a entender que estaba preocupada por él. La escuchó sin
mover un músculo y no emitió palabra.
—Has cambiado mucho. Te has vuelto débil. Si tu padre estuviera aquí…
—Madre… —quiso cortar Ryker.
Sus hermanos pretendieron frenar el discurso, pero fue inútil.
—Si mi padre estaría aquí, tú no podrías vivir con libertad, derrochando dinero en idioteces y
maquinando para que tus hijos se casen con quienes tu club de bridge considere candidatas —
interrumpió Liam, con frialdad.
—No te permito. Te he criado…
—Permíteme discrepar ahí —se involucró Alden—. Beatrice nos crio.
—Coincido —dijo Liam—. Ya que estamos en esto, en confesiones, te diré fuerte y claro que
no tengo intenciones de comprometerme, casarme o siquiera estar cerca de Melody.
—¿Esto tiene que ver con esa mujerzuela con la que te revuelcas en tu apartamento? De verdad,
Liam —los ojos de su madre se desmesuraron, mostrando su furor.
Liam la miró con ira:
—Lo que haga de mi vida es asunto mío.
—Eres la cabeza de la familia Turner. Lo que hagas nos impacta.
—No veo que nos haya impactado mucho. De ser así, la vida amorosa de papá nos hubiera
sumido en el oprobio —sentenció Ryker, ganándose la furibunda mirada de su madre.
—Puedes elegir mejor, hijo. Es terrible la falta de clase y aspecto de esa mujer.
—No hables de ella.
—Mira, ya comencé el tema y pienso seguir. Tienes a una mujer exquisita dispuesta a
comprometerse contigo. Melody es todo lo que un hombre querría para sí.
—No me interesa.
—¿Y si lo hace esa desarreglada, obesa y aprovechada? Melody me habló de ella.
—¡No quiero que hables de ella!
—¡Traté de sacártela de encima! Esas fulanas hablan el idioma del dinero.
Liam sintió que veía rojo. ¿Había pago a Amelia para que lo dejara? ¿Ella lo había aceptado?
—¡Ella no es así!
—Su numerito de digna lo hizo bien. Pero es cuestión de tiempo para que acepte. Seguro que si
le ofrezco una cifra más alta…
—¿A eso te acostumbraste con las amantes de nuestro padre? —fue Ryker el que intervino.
Liam respiraba con furia. Se había atrevido a confrontar a Amelia, a ofrecerle dinero. ¿Qué
pensaría de él, de ellos? Claro que había sido digna, ella era la mujer más integra, más entera que
conocía. El viejo sentimiento de desilusión lo invadió, ese que siempre lo rodeaba cuando su
madre actuaba.
—No puedes dejarnos ser, ¿verdad? Tienes que juzgar a todos por tu torcido sentido de la vida.
—Hijo, esa mujer es todo lo que detesto. Va contra lo que somos.
—Lo que eres —intervino Avery, con desprecio—. Tú eres la que cree que nuestro dinero nos
da derecho a todo. Y que lo que mostramos es lo que somos. Tú eres la que cree que ser feliz es
lucir ropas y joyas. No nosotros.
—Espero que tu acción no sea la que precipitó el que Amelia tomara la decisión de… —cortó
su frase y la miró furibundo—. Te juro por lo que más quiero que si fue así, no pisaré esta casa
nunca más. No me verás más, si es que eso te importa. Y de paso te digo que es la mujer que me
enamoró, la única que ha logrado conmoverme. He sido tan obtuso como para no considerarla en
todo su valor. Pero eso va a cambiar. Haré todo lo que sea posible para tenerla a mi lado.
—¡No puedes hacer eso! ¿Qué dirá Melody, su familia, nuestros amigos?
—No es algo de lo que me voy a hacer cargo. Y tú tampoco deberías. Aunque sé que eso es
mucho pedir.
Su tono era tenso; la ira lo envolvía y sus hermanos le rodearon para atemperar la discusión.
De continuar, diría cosas que lamentaría de por vida. Su madre era así, no tenía cura ni jamás
comprendería. Avery lo abrazó por la cintura y lo llevó a la sala contigua al jardín, pidiéndole que
se sentaran. Miró preocupada a Alden y Ryker y estos le devolvieron la mirada de consternación.
Este no parecía Liam, no el que conocían; el tranquilo, frío y calculador que hacían las veces de
árbitro entre ellos.
—Es increíble… Atreverse a juzgarla y humillarla —dijo—. Todo para conseguir que me
comprometa con alguien tan vacío como Melody. Esa mujer no vale siquiera la mitad de Amelia.
¿La perdí por ellas, por lo que le dijeron? —se tomó el rostro con las manos y suspiró, cansado y
aturdido.
Los tres hermanos se miraron, Alden y Avery haciendo un gesto a Ryker, para que procediera a
hablar, pero este parecía sin discurso, probablemente impactado por la reacción temperamental, el
vacío de su mirada y por su actitud de derrota. Poco a poco Liam comenzaba a tener la convicción
de que su madre y Melody, esas dos artificiales mujeres, habían tenido el atrevimiento de ir a por
Amelia y la habían tratado como una cualquiera, como una mujerzuela.
Sabía lo sensible que era, su aversión a ser considerada una escaladora, su constante lucha
porque él no le diera nada que significara que su nexo era más que disfrute y tiempo compartido.
¿Cuán tocada y vilipendiada se habría sentido ante la injusticia y la prepotencia?
—Liam, debes calmarte. No se puede esperar más de nuestra madre que insensibilidad y
superficialidad.
—No dudó en herirme al atacar a Amelia.
—A su modo, egoísta y cobarde, debe haber pensado que protegía a la familia. Pero no puedes
pensar que esa mujer está perdida. Si la quieres, si…
Suspiró, desalentado, haciendo la cabeza hacia atrás y estirando los pies. Era la imagen de la
insatisfacción.
—Culpo a mamá por esto, que fue grave. Estoy seguro que precipitó la decisión de Amelia.
Pero también tengo mucho por lo que culparme.
No dijo más, sus pensamientos eran turbulentos. No había sido más benevolente que su madre.
No había sido sincero con Amelia, había estado en guardia siempre, levantando paredes que
frenaran lo que sentía por ella, tratando con desesperación que nada se le fuera de las manos. En
su obsesión por controlar, no le había dado nada que no fuera sexo y algunos momentos de
apertura.
No la había hecho saber lo que sentía, ni siquiera lo había confesado ante sí mismo y ahora se
le presentaba con meridiana claridad. Se daba cuenta de cuánto la amaba cuando la había perdido.
No la merecía, él no merecía a alguien como Amelia en su vida. Y ella había decidido que no iba
más.
¿Cómo no iba a hacerlo? Él era un bastardo con dinero, no muy diferente a su padre. Se levantó
con agitación y se dirigió a la salida, sin hacer caso a lo que sus hermanos le decían o
recomendaban. Necesitaba estar solo, procesar esto que era una herida abierta, algo que le dolía
desde lo más hondo. Necesitaba estar en la soledad, lamer sus heridas sin testigos.
Veintitrés.

LIAM.

Si la revelación que le atravesó como un rayo ese domingo lo impactó, el tiempo que siguió no
hizo nada por atemperar su desasosiego. Los días transcurrieron lentos y vacíos, y nada de lo que
hizo lo arrancó de la tristeza. Ni siquiera el trabajo agotador, en el que buscó sumergirse, lo
ayudó. Entre jornadas llenas de gente y papeles que cada vez detestaba más a noches trágicamente
desoladas, los días fluyeron.
Nada era igual, no podía serlo. Sin la sonrisa y la mirada de esa mujer sobre él, nada valía la
pena realmente. Trató de llegar a Amelia, pero no contestaba sus mensajes ni llamados. No pudo
verla de salida en el café, no estaba trabajando y eso lo confundió. Sabía que necesitaba el dinero.
¿Habría conseguido algo más adecuado? Deseó que así fuera. La idea de que ella lo hubiera
sacado de su vida totalmente lo sumió en la desesperanza.
Entonces, el mensaje de texto le trajo el crudo y desesperado pedido de dinero. En las pocas
palabras fue capaz de entrever la magnitud de su desesperación. Necesitaba dinero y él le daría
todo lo que pidiera y más. Imaginaba cuánto debió costarle atreverse a contactarlo para algo así.
Su primera intención, luego de hacer todo para agilizar la transferencia que cubriera los costos del
seguro médico, fue ir hacia ella. Luego, lo pensó mejor.
Amelia estaba sufriendo, pasando momentos familiares delicados. No podía ir ante ella con su
egoísta pedido de tiempo y atención, como si fuera un chico malcriado. Tanto como quería
consolarla, abrazarla y decirle que todo estaría bien, no tenía ese lugar en su vida, tristemente. Lo
había perdido por cretino.
Darse cuenta de esto lo hundió más y por primera vez en su vida, su coraza se resquebrajó,
dejando que su tarea y su función se vieran sacudidas. Su labor como CEO del conglomerado
Turner dejó de ser el timón de su vida y si no trascendió más de lo deseado fue porque tanto Alden
como Ryker se convirtieron en sus bastones. Unos contra los que despotricó, a los que insultó, a
los que negó sistemáticamente información sobre sí mismo y sus sentimientos. El dolor de
perderla era solo suyo y lo corroía.
El único consuelo real que encontró fue el alcohol, que pasó a ser un amigo que no preguntaba
ni reprochaba, que adormecía y no permitía sentir. Era débil y lo aceptaba. Solo con Avery pudo
abrirse un poco más; su hermana era insistente y se preocupaba por él. Solo ante ella reconoció
que amaba a Amelia y que la había tratado como un bastardo. Que no la había sostenido ni
defendido, que no la había reconocido ni tratado como la mujer que tenía su corazón en su mano.
—¿Es Amelia la persona que hizo esos bocetos tan hermosos que me mostraste?
Asintió.
—Nunca aceptó nada de mí. Ni ropa, ni joyas, ni viajes. Apenas mi tiempo, momentos, charlas.
Nunca entendí, hasta hoy, la riqueza de eso. Me dio amor a manos llenas y fui tan imbécil que no
lo pude reconocer. Hasta que me dejó. Es probable que en parte esto lo alimentó la actitud de
nuestra madre.
—Aún no perdono a mamá por hacer algo así. Sumarse a esa cabeza hueca de Melody —dijo
Avery.
—La perdí. La perdí —repitió, con su rostro desolado, la viva imagen de la desazón.
—Si eres un hombre de verdad, el que nos ha dirigido todo el tiempo desde que tenías
conciencia, no aceptarás eso como una verdad—Ryker entró en ese momento—. Te levantarás e
irás a por ella. Vas a luchar. No es de un Turner entregarse de esta cobarde forma que has elegido.
—No voy a …
—Ryker tiene razón—Alden también había ingresado—. Y te vamos a apoyar, en lo que sea.
Esa tal Amelia debe valer mucho si tu cabeza y tu corazón colapsaron por su ausencia.
—Lo vale, claro que lo vale —afirmó Liam, aturdido—. Pero no sé qué podría hacer. He
intentado…
—Has hecho lo que acostumbras. Negociar, tratar de darle cosas. Cosas que, por lo que dices,
no esta dispuesta a tomar—Ryker le contestó—. Debes pensar con mayor claridad y ver qué
necesita de ti, de verdad.
—Ella no quiere lo que puedo darle —contestó—. Quise mimarla, consentirla, ayudarla…De
la forma que sé.
—De la forma que viste a nuestro padre proceder —sentenció Avery—. La misma que detestas.
Por lo que entiendo, Amelia no quiere más que tu amor.
—Es probable que sea tarde. No sé qué siente por mí de verdad. Dijo que me liberaba, que
había comprometido sentimientos. Cuando me acerqué a ella por primera vez —confesó—, le dije
que quería sexo sin compromisos.
—Normal —dijo Ryker.
—¿Normal?-chilló Avery-. ¿Cómo va a ser normal? ¡Las mujeres queremos mucho más que
eso!
—Ella aceptó, ¿o no?
—Probablemente porque era la manera de acercarse a ti —dijo Avery—. Mírate, eres guapo,
sexy, ¿quién no querría? Tal vez creyó que era lo que podía tener contigo y lo aceptó. Y cuando
vio que quería más, lo que no podías darle, decidió cortar. Debe ser doloroso darse cuenta de que
la persona que queremos nunca va a tomarnos en serio.
—¡No jugué con ella!
—No digo eso. Trato de ponerme en su lugar. Quizás lo hizo como una medida de protección.
No involucrarse más para no terminar con su corazón roto sin remedio.
—Eres una sentimental, hermanita —suspiró Ryker—. Y me temo que nuestro hermano más
rudo, o el que parecía serlo, es igual que tú. Por fortuna me tiene a mí —sonrió con suficiencia,
ganándose las miradas airadas de los demás.
—Tú eres el cinismo hecho hombre —agregó Alden.
—Por eso me necesitan. Soy su protección. La voz de la razón.
—¿Qué dice tu voz, oh, gurú de la racionalidad? —inquirió Alden con sorna.
—La única manera de recuperar a nuestro CEO y hermano es lograr que la tal Amelia vuelva
con él. Y eso implica ir por todo. Se me ocurre que Amelia es un desafío. Y si esa mujer lo quiere,
si puede aceptar toda su mierda, hay que traerla a nuestro lado. Tienes que luchar por ella.
—Ella está pasando mal. Su tía está muriendo. Hizo el enorme esfuerzo de pedirme dinero para
pagar su seguro —elevó la vista para confrontar las miradas—. Sé que les parece raro, que parece
un pedido lógico de alguien que busca aprovecharse, pero…
—Sé que solicitaste a tu asistente que hicieran un giro de mucha cantidad y me llamó la
atención. Te confieso que lo investigué —señaló Alden, sin hacer caso de la mirada indignada—.
No se puede ser lo suficientemente precavido. Tú conoces a esa mujer, nosotros no. Y comprobé
que fue con tal fin.
—¿Cómo te atreviste?
—Tenía que saber si había algo de verdad en las palabras de nuestra madre. Me preocupo por
ti. Mírate, hombre. Eres nuestro hermano mayor, el que siempre nos sostuvo, el hombre fuerte e
implacable tiburón de los negocios y estás convertido en un bebé llorón —increpó Alden.
—Maldito seas —se levantó y le tiró un puñetazo, pero falló.
—Y estás debiendo demasiado.
Se volvió a sentar.
—Como sea. Es cierto que su tía está moribunda. Está quebrada. Trabajó sin cesar hasta hace
unos días, en que perdió el empleo.
—Por eso no la vi. Ese jefe suyo es un …
—Es un bastardo, sí. Lo comprobé de primera mano. Así como estuve en el hospital. Esa pobre
mujer tiene los días contados. Su hermana, bonita, por cierto —guiñó un ojo Alden, ante la
exasperación de todos—, estudia Ciencias Económicas y le va bien. Pero depende del trabajo,
ahora inexistente, de Amelia.
—Tenemos un plan —dijo Avery, cortando el discurso de sus hermanos, que tenía a Liam en
vilo—. Los diseños que me mostraste son muy buenos. Entiendo que quizá podría comenzar una
pequeña empresa con presencia a través de las redes y que podemos potenciar con algo de capital.
Nada demasiado elaborado ni grande. Nuestra corporación sustenta muchos proyectos y
microemprendimientos. Vi mucho potencial en sus diseños. Estoy segura de que puede tener éxito.
—Ella jamás aceptará nada mío.
—No tiene por qué hacerlo. Sería un ofrecimiento que se le haría a través de alguien de su
entorno, alguien que nos ayude a llegar a ella.
— Ella solo tiene a su hermana Tina y a su tía.
Liam comenzaba a pensar que podía haber una chance y se sintió entibiado. Por primera vez
sentía que eran sus hermanos los que lo sostenían. Los vapores del alcohol comenzaron a
evaporarse.
—Su amiga Sharon. Son íntimas. Amelia la considera casi una hermana. La ha ayudado
siempre.
—Me contactaré con ella —dijo Avery—. Nos encargaremos de la logística. Tendrás que tener
paciencia. Esto va a llevar un tiempo. Debes darle espacio. Va a sufrir. Tenemos que darle una
salida que le permita recomponerse. Y una vez que su vida comience a resolverse, deberás tomar
el toro por los cuernos. Ella debe saber que la amas y estás dispuesto a todo por ella. Como en las
novelas-guiñó su ojo y él suspiró, recordando la lata que le había dado denostando los dramas
románticos.
Y él estaba hasta el cuello en uno.
—Lo único que tengo claro en este momento es que amo a esa mujer.
—Nunca pensé escuchar algo así— Ryker levantó las manos al cielo y rodó los ojos—. Y que
seríamos parte de ello.
—Gracias —los ojos de Liam estaban vidriosos. Avery lo abrazó.
Veinticuatro.
AMELIA.

Día tras día abría los ojos con pesadez y trataba de movilizarse de la cama. Se sentía tan
cansada. Le costaba emprender la rutina, el simple hecho de levantarse y tratar de conducirse de
manera normal en el actual contexto era demasiado. Su corazón y su cabeza se encontraban
agotados. La muerte de su querida tía, luego de días de espera y cuidados, había sido extenuante
para ella.
Sabía que debía sobreponerse y que su tía Meg se encontraba en paz, descansando por fin luego
de años de dolor. Empero, no podía evitar extrañarla y compadecerse a sí misma por su egoísmo.
Debería estar sosteniendo a Tina y sin embargo era su hermana menor la que la movilizaba.
La primera semana había sido de inmovilidad. Su mente se había cerrado, como si demasiadas
cosas se hubieran acumulado para que pudiera funcionar. Se sentía como una diminuta hoja en un
vendaval. Sin trabajo, con su familia reducida y con el amor de su vida lejos, parecía que caía en
un abismo sin fin.
Con tristeza podía aceptar la inevitabilidad de la muerte, pero la separación física y
sentimental de Liam corroía como ácido, dolía sin parar. Sabía que él no había entendido lo
repentino de su accionar. Le había exigido explicaciones una y otra vez, mensaje tras mensaje,
llamándola repetidamente, e hizo su mejor esfuerzo para no contestar.
Su decisión no se mantendría si lo escuchaba, lo sabía, por eso trató de evitar su voz, su
mirada. Se sentía vacía de esperanzas a la vez que llena del amor que sentía por él, que se le
desbordaba en el pecho. Esa era justamente la razón de su huida, ese era el problema. Ella lo
amaba, él la deseaba. Por fin había entendido que la pasión de Liam era también la suya, pero no
le bastaba.
Él no lo entendía así, sus mensajes la interpelaban, la envolvían, apelaban a su vínculo, a lo
que habían compartido:
LIAM. ¿Por qué no me respondes?
LIAM. Te extraño. ¿No sientes lo mismo?
LIAM. ¿Puedes decir con franqueza que no me quieres a tu lado?
LIAM. Pensé que teníamos una relación. Hablemos.
Era factible que la desazón e incomprensión que los mensajes denotaban, a pesar de su
brevedad, tuvieran que ver con el orgullo herido de ese hombre acostumbrado a tenerlo todo. No
podía responderle. ¿Qué decirle? ¿Que su cuerpo extrañaba sus caricias, el sexo, los momentos de
intimidad? Claro que lo quería a su lado. Tenían una relación adulta y consensuada, pero ya no era
suficiente para ella.
Tenía que reconocer que aquellas dos mujeres frías y elegantes que la habían interpelado y
humillado con sus miradas y palabras tenían algo de razón. Estar juntos hacía mal, pero a ella.
Para él era algo circunstancial, y se engañaba a sí misma si no lo reconocía. Tenía que
reordenarse y avanzar, con sus dientes apretados, desobedeciendo a los latidos del corazón que
apelaban a ir por él y atendiendo a su cabeza para seguir, para recuperarse.
Con el correr de las semanas y siempre con la sombra de su hermana detrás, empujándola,
instándola a levantarse, logró levantarse. Fue Tina junto a Sharon las que se sentaron con ella
frente al ordenador y la obligaron a reconocer lo que quería hacer, de verdad, con su vida
profesional. La ayudaron a ordenar sus carpetas y sus bocetos, a depurarlos, a emplear el ingenio
para adecuar ropas de segunda mano con buenas telas para acercarse a sus diseños.
Tina la ayudó a crear su perfil profesional en las redes sociales, a diseñar una marca y un logo,
a interactuar con los interesados que comenzaron a aparecer. Esto le fue dando perspectiva y pudo
canalizar su energía y su tristeza en lo creativo y en lo manual. Pronto comenzó a llenarse de la
idea de que una parte de su vida debía enderezarse.
El resto de las cosas las hacía mecánicamente; en su mente la tristeza y la nostalgia estaban
presentes desde que amanecía hasta que cerraba sus ojos en la noche. Y eso lo sabían Tina y
Sharon. Al principio no lo cuestionaron, pero pronto comenzaron a buscar que se desahogara.
Sharon era de las que creía que lo que no se dice envenena y Tina podía ser muy persistente:
—Vamos, hermana. Eres fuerte y puedes hacer lo que desees. Lo estás demostrando al
aventurarte con tu sueño. Pero sé que te carcome el no estar con ese hombre. ¿Por qué no
respondes sus mensajes? Soy consciente de que lo amas.
—Claro que sí —aseguró—. El problema no es ese —le dijo con tristeza—. No puede haber
una verdadera relación entre nosotros.
—¿Eso lo decidiste tú?
—Claramente no, no estaría tan desgarrada. Liam no ha dicho que me ama ni que quiere volver
conmigo. Simplemente me extraña, extraña la pasión que compartimos, la cama —se sonrojó al
reconocerlo, pero Tina rodó los ojos.
—Tengo la mayoría de edad y no soy lerda, aunque te comportes como si estuviera en el kínder.
Sé lo que es la piel entre dos personas.
—Hay mucho, mucho de eso entre nosotros —reconoció—. Pero para mí, es más. Él dice que
desea verme. Sé que lo que desea es tener sexo.
—Lo estás dando poco crédito. Podría tener a cualquiera en su cama. Lo googlé. Es mega
guapo y millonario.
—Lo es —su mente se perdió en la añoranza.
—Esos ramos de flores que no dejan de llegar y esas tarjetas parecen pedir más que sexo —
argumentó Sharon, que había escuchado en silencio, sabedora de que no podía apurar a Amelia o
se cerraría de plano a hablar.
—No puedo hacerme ilusiones.
—¡Debes hacerte ilusiones! ¿Cómo vas a superar esto si no lo haces? Tienes que poner el
corazón en algunas de las áreas de tu vida, hermanita. Si no vas dar una chance a Liam, déjalo
atrás, no vuelvas una y otra vez a él en tu mente. Concéntrate en conseguir tus sueños.
—Lo hago.
—Mira, Amelia—Sharon dijo con cautela—. Con respecto a eso, tengo una novedad que puede
ayudar—Amelia y Tina la miraron, con curiosidad—. Hace unos días conocí a una mujer que es
una inversionista interesada en promover nuevas ideas. Muy simpática, joven, entusiasta. Y con
mucho dinero. Le conté de ti. Le interesaron tus bocetos.
—¿Cómo…?
—Le envié fotos —señaló Tina.
—Y miró tus redes. Leyó tu visión y lo que quieres hacer con tus diseños. Todo eso de crear
para una mujer real, para dar belleza y sensualidad a las mujeres con curvas. Quedó encantada.
Quiere financiar tu empresa y convertirla en algo más grande.
Amelia miró con sorpresa. Era difícil creer que una oportunidad así apareciera de pronto. Pero
la vida era dulce y amargo. ¿no era así? Había caído tan bajo que solo podía ir hacia arriba otra
vez, la escalera era de subida.
—Dinos que lo considerarás. Tengo los datos de contacto.
Asintió. Lo pensaría.
—Sí, muy bien —aplaudió.
Amelia sabía que ambas estaban más allá de lo preocupada por ella. Tenía que levantarse de
esta situación. Suspiró. Las tareas más sencillas le llevaban un buen tiempo y le costaba
concentrarse. Rememoraba cada uno de los instantes vividos con Liam. Releía sus mensajes, que
no cesaban, como si él hiciera su cruzada reconquistarla por el móvil.
Él no parecía cansarse y debía reconocer que la entibiaba que siguiera preocupándose o
interesándose a pesar de que ella permanecía en silencio. El tenor de sus palabras parecía ser
muestra de un interés que trascendía placeres del encuentro sexual, pensaba a veces, aunque
cuando ese tipo de ideas la llenaban, procuraba desmontarlas.
LIAM. Te extraño. Quiero pensar que te pasa lo mismo. ¿Nos encontramos?
LIAM. Quisiera que me dijeras que pasó entre nosotros para que decidieras
unilateralmente dejarme.
LIAM. Lamento muchísimo lo que ha ocurrido con tu tía. Espero que puedas superarlo.
Tienes la fuerza para hacerlo.
LIAM. Amelia, añoro nuestros encuentros. Te confieso que en la soledad de mi
apartamento falta tu presencia y tu risa.
LIAM. Estoy en mi casa de Santa Mónica. ¿Recuerdas lo bien que la pasamos? Como si
eso fuera posible.
LIAM. No dejo de pensar en ti. ¿Alguna vez vas a volver a darme la oportunidad? No
desisto de lo nuestro, Amelia. Aunque te escondas detrás de tu dolor, que entiendo, o detrás de
esas paredes que levantaste. Lo que te puedan haber dicho no cuenta. Contamos nosotros y lo
que sentimos.
Este último fue el único mensaje que contestó, alterada por el tono y lo que dejaba
entrever:
AMELIA. Lo nuestro nunca dejó de ser encuentro de cuerpos. Lo entendí desde el
principio, como pediste. Ahora, es momento de movernos adelante.
Había contestado procurando mostrar un desapego que no sentía y le había costado lágrimas.
Tenía que reconocer su persistencia. Pero ella tenía que levantarse y rehacer su vida, tenía que
deshacerse de las esperanzas de que algo real ocurriera entre ambos. Suponía que él se había
acostumbrado a eso: a su cuerpo, a sus encuentros, que habían establecido una intimidad que para
él era cómoda. Eso es lo que Liam extrañaba.
Ella no podía fingir que eso era suficiente. Le había sido arrojado a la cara, con brutal
desprecio, lo poco que era para Liam. El hecho de que jamás la aceptarían en su círculo, y no es
que él se lo hubiera ofrecido. Tenía que seguir por ella, por Tina, por Sharon, que se desvivía
porque su situación mejorara. Debía hacer todo lo posible para lograr superarse. Si fracasaba no
sería porque no lo había intentado.
Veinticinco.
LIAM.

Habían transcurrido dos largos y solitarios meses. Cinco desde que había tocado por última
vez a Amelia. Su vida se había precipitado por un largo tobogán de nostalgia y tristeza, de
solitarias noches y fines de semana y no había forma de que los encuentros con sus hermanos lo
mejoraran, a pesar de que se notaba que estaban inquietos por él e intentaban distraerlo. Ni
siquiera era factible que otra mujer pudiera aliviar esa constante necesidad física que sus fantasías
y sus recuerdos alimentaban.
Era Amelia a quién necesitaba, no podía haber nadie más. Lejos habían quedado el orgullo y la
vanidad de pensar de que podía trascenderla o de que tener sexo pudiera quitarla de su sistema. Si
cabía, habían hecho que se insertara más bajo su piel. La forma en la que habían compartido sus
cuerpos y su tiempo no habían hecho más que cerrar su relación puntada por puntada y acercarlos.
A estas alturas, tenía bien claro que lo suyo no había sido solamente un crush, un deseo sexual, la
necesidad del desahogo. Ella había calado profundo, en su mente y en su alma. No solo extrañaba
disfrutar de ella y enterrarse en su dulce intimidad extrañaba todo. Quería todo.
Por eso, había desahogado su frustración y su ansiedad en los mensajes de texto que envió sin
parar, producto de su soledad y su nostalgia, deseando que llegaran a ella, que dieran cuenta de lo
que sentía. Solo tendría descanso cuando Amelia entendiera que estaban hechos el uno para el
otro. Sabía lo absurdo que esto le hubiera sonado 6 meses atrás, tan ridículo cómo sonaría para su
madre, pero esta era hoy su realidad ineludible.
Porque estaba convencido de que quería todo el paquete, aceptó y fomentó lo que en principio
pensó que era una idea destinada a morir, el plan de Avery y Ryker de ayudarla a sostenerse
económicamente y potenciar sus diseños. Este plan había funcionado y logró horadar la barrera
inexpugnable que Amelia sostenía contra apoyos económicos que vinieran de él. Por eso es que el
nombre de las empresas Turner no figuraba en los contratos y Amelia no tenía idea de dónde
provenían los fondos que estaban dando curso a su emprendimiento.
Todo se había hecho a través de una de las asistentes de Ryker y Amelia ignoraba que esa
mujer que Sharon le había presentado era una simple pantalla detrás de la cual estaban los
hermanos de Liam. El plan de negocios, el de marketing y la asistencia financiera no eran más que
la forma que habían encontrado para potenciar a la que Avery había calificado como una gran
diseñadora, intuitiva, que tendría éxito apenas se difundiera lo buena que era. Era la manera de
que cumpliera sus sueños y él no podía más que esperar a que esto la condujera a él, en un futuro
próximo.
Hubo noches duras en las que tuvo que contener la terrible necesidad de estar con ella.
Instantes en los que debió trabar sus puertas y sostenerse con fuerza del volante de su coche para
no bajar y perseguir a esa mujer enloquecedoramente bella que ondulaba sus curvas por las aceras
como si las conquistara. La observó de lejos, sintió celos de cada hombre que vio darse vuelta
para mirarla. Cualquiera que fue testigo de su conducta la calificaría de acoso, aunque pasivo.
Agradeció que ella no lo hubiera visto en ninguna de las oportunidades en las que la miró
sorber café, embebida en papeles, o conversando con Sharon o Tina, a veces sonriente, la mayoría
con un tinte triste y meditabundo. La hubiera querido consolar contra su pecho cada vez; cuánto
hubiera dado por besarla, por tomar sus labios y acariciar sus mejillas. Mas se contuvo cada vez,
mordiéndose, obligándose a esperar.
Si no había cometido desastres en la dirección de las empresas y en el control de la vida
financiera de las corporaciones era porque sus hermanos lo habían sostenido. Habían estado ahí
para él. No había querido hablar con su madre desde que supo que era una de las razones por las
que Amelia se había alejado de él. Tal vez si no se hubiera dado la muerte de la tía de Amelia, si
no se hubiera encadenado esas circunstancias que habían hecho de la vida de ella algo miserable,
él hubiera ido por todo. Pero sabía que ella necesitaba levantarse, empoderarse y creer
nuevamente en sí misma para poder confiar en él.
Tanto como se sentía contenido por sus hermanos sabía que debía agradecer a esa gran amiga
que era Sharon. No había dudado en plegarse a la idea de Avery, sabiendo que le hacía bien a
Amelia. Avery le había dicho que era una mujer extraordinaria, fiel y no había posibilidad de que
su secreto estuviera al descubierto al menos hasta que Amelia estuviera de pie y firme.

Y eso era esta noche, esta noche en la que finalmente el proyecto se presentaba oficialmente.
Amelia se plantaba como diseñadora y la empresa comenzaba a vivir. No dudaba de que había
sido el mercadeo de Ryker y la mano de Avery las que habían hecho que las cosas rodaran, aunque
sin el talento de Amelia, nada hubiera funcionado.
De esto daban cuenta los comentarios en las redes sociales y la retroalimentación que clientas
satisfechas hacían, en especial algunas amigas de Avery de la alta sociedad, interesadas en
promover nuevos valores, que le darían Amelia la clientela suficiente que pagaría por sus diseños
y que harían crecer a su compañía.
Esta noche estaría con ella, quisiera o no. No podía perderse el verla emocionada,
empoderada. Necesitaba decirle que apenas respiraba sin ella. Que lo quería todo. Que no sólo
extrañaba su cuerpo, sino que quería relación completa, que ella era su destino.
Bien lo había dicho Beatrice varias semanas atrás cuando le había confesado lo que le ocurría,
cuando la mujer se había preocupado por sus ausencias reiteradas, por la forma en la que su
apacible manera de conducirse se rompía con enojos por el rencor que sentía hacia su madre:
<<Debes ir por lo que quieres. Has vivido muchos años para preservar el sueño de otros. Estas
empresas, la riqueza, lo que tus antecesores fundaron. No dudo que debes mantenerlo, pero no a
costa de deponer tu vida. Y esta pasa por otro lado, detrás de los negocios. El amor es lo que nos
llena y lo que nos hace grandes. Hijo, siempre supe que tu sensibilidad afloraría, tu verdadera
naturaleza aparecería cuando alguien te hiciera ver que los números no tienen alma y que las
personas que valen la pena son las que te brindan su corazón>>.
>>Eso es Amelia para mí. La amo.
>>¿Ella lo sabe?
>>No, pero lo sabrá. Espero que no sea tarde
>>Seguro que no. Esa niña, por lo que me dices, debe amarte mucho para haber soportado tus
actitudes de niño rico.
>>Fui un idiota —confesó.
>>Tal vez, pero ya no. Ve por ella, mi niño>>.
Así que aquí estaba, compuesto y decidido, aunque nervioso. Exteriormente firme, ansioso por
dentro, deseando que Amelia pudiera perdonar los errores que había cometido y aceptarlo de
vuelta. Tragó grueso desde su rincón, observando cómo se movía con gracia, sonriendo y bella,
tan hermosa que brillaba.
Decidido, esperó a que el evento cobrara esplendor, la escuchó emocionada presentar su
empresa, la escuchó agradecer, la vio circular y reír. Cuando el evento comenzó a diluirse, se
preparó. Era su turno.

+++
AMELIA.

Elevada sobre esos tacones de vértigo que su patrocinador le había hecho llegar, unos stilettos
fabulosos que la hacían sentir poderosa y bella, realzando la prestancia del vestido rojo de
creación propia que la envolvía como abrazándola, Amelia sintió que renacía. Reconciliados y
recompuestos los pedazos en que su vida se había compartimentado, volvía a levantar cabeza. Y
de qué forma.
¡Lo había logrado! Aquí estaba, en la fiesta de presentación de SU empresa. La concreción de
su sueño. Apenas podía creerlo. Con una copa de champagne en la mano, miró a su alrededor y se
maravilló del grupo numeroso, variopinto y sofisticado que se había dado cita para el lanzamiento
oficial de Soft Curvy Designs, su marca, ya instalada en las redes sociales y que hoy abría al
púbico su sede física.
Había sido todo tan rápido, tan vertiginoso. Aunque, en honor a la verdad, esto era el fruto de
años de creaciones, de bocetos, de carpetas con ideas, de imaginar. La inyección de capital que
apareció casi como un milagro, como un tronco en medio de los rápidos de su vida, había hecho
posible crear una pequeña empresa, la que hoy se hacía pública y formal.
Todavía no tenía claro cómo había conseguido Sharon ese contacto que había acelerado las
cosas y había puesto todo en movimiento, pero como aquella decía <<cosas buenas le pasan a la
gente buena>>. Tenía que creerlo. Seguramente era algo cósmico que planteaba que no todo podía
ir mal por tanto tiempo, que la vida debía acomodarse en algún momento y los pedazos tenían que
unirse.
Se sentía orgullosa de lo que había logrado. El dinero había sido importante, vital, pero ella
había debido dedicar casi cada hora, día y semana de denodada labor para que cada una de los
hermosos conjuntos y vestidos que ahora lucían en maniquíes y modelos circulando entre los
invitados fuera real. ¡Y todo estaba vendido! Era increíble.
Esto implicaba, por fortuna, más trabajo a partir del día siguiente. Había interesados que
habían solicitado catálogos para promover en sus blogs y redes. Esta era la mejor publicidad.
Incluso estaban presentes representantes de revistas que ella solía leer y adoraba, cuyas críticas
darían un ímpetu importante a la naciente empresa. Esto trascendía sus sueños, era mucho más de
lo que había imaginado.
Como el sueño de la Cenicienta. Pero no tenía pensado escapar ni perder su zapato. El príncipe
azul no vendría, pensó en un instante de desaliento que se obligó a apartar. Ya había llorado y
sufrido por ese amor, por Liam. No podía permitirse traerlo a este instante de felicidad, porque de
seguro la nostalgia y la dolorosa sensación la harían ver como una triste perdedora. Lo era, a nivel
personal. Mas su historia empresarial, la de la concreción de sueños, comenzaba en este momento
y no lo arruinaría.
Y no lo hizo. Cuando debió subir al pequeño estrado para agradecer y explicar su motivación y
el espíritu de su colección, lo hizo con la solvencia y la soltura de quien ha sabido por años
cuáles eran sus sueños:
—Estos diseños que hoy ven la luz y todos los que vendrán son para mujeres que, como yo,
necesitan sentirse bellas. Mujeres qué necesitan saber que son hermosas, a su modo único e
intransferible, y que están ansiosas de vestir de esa forma. Con indumentaria que las haga sentir
sexys, cómodas, que explote y potencie sus siluetas. Mujeres que no temen lucir sus curvas, que se
enorgullecen de ellas y no se esconden. Que usan colores, que van por lo atrevido, lo casual o lo
formal.
Agradeció a todos los que la acompañaban, en especial a Tina y Sharon, a la empresa madrina
y elevó una oración a su tía. Sonrió ante el rotundo aplauso y luego charló y volvió a mostrarse
amable y agradecida con quienes se acercaron a felicitarla.
Así por dos horas, que se le hicieron cortas. ¿Cómo no sentir que el tiempo vuela cuando se
está en el momento que se deseó por tanto tiempo? Cuando la reunión comenzó a diluirse y los
invitados a retirarse, suspiró. El cansancio empezó a invadirla. Dio la vuelta, dispuesta a
emprender los últimos aspectos del festejo, la parte más fea que era la de recolectar y guardar, y
entonces, su corazón se detuvo.
—¡Liam! —susurró, mientras quedaba clavada en el piso y no podía dejar de mirar adelante,
donde él estaba detenido, mirándola a su vez, fijo y recorriéndola, con tal intensidad que se
tambaleó.
¡Él estaba aquí! Más elegante y hermoso de lo que recordaba, si cabía. Tal y como lo
fantaseaba. No había pasado un día en que Amelia no se perdiera en la contemplación de lo que
habían vivido. No había un momento en que sus ojos no volaran y sus oídos no extrañaran su voz
sensual y esos brazos que la habían envuelto y la habían hecho soñar y vivir.
Su amante, su sueño, su amor. Él había desaparecido de su vida en el mismo momento en que
este proyecto había arrancado, luego de semanas de perseguirla con mensajes y llamados que
había resistido contestar, sabedora de que si lo hacía era el fin de su decisión. Esa que había
tomado con pesar, obligada por la necesidad de proteger su corazón. Tarde.
Cuando sus mensajes dejaron de llegar, supuso que se había cansado de que no tuvieran
respuesta, de que sus regalos fueran devueltos. Y aunque eso era lo que había buscado, cortar toda
relación la había sumido en la tristeza, aún más. Muchas noches se dijo que lo que habían vivido
era más que suficiente, más de lo que él le había prometido desde el inicio. Más de lo que
cualquiera habría obtenido de él.
Tal vez había sucumbido a los brazos de Melody o alguna otra mujer de clase, como su madre
había dicho. No había contenido la curiosidad malsana y había buscado sus redes, pero estaban
calmas y solo compartían información empresarial. Fotos en eventos, siempre solo o escoltado
por la que supo era su hermana. O sus otros hermanos, a los que fue poniendo cara. Lloraba cada
vez que lo veía tan hermoso y lejano, su corazón sangrando.
Y ahora estaba aquí. En su noche especial, comiéndola con la mirada, haciéndole saber con sus
ojos que la lujuria y el deseo de ella todavía estaban en él. ¿Era posible? Y de serlo, ¿qué tenía
que hacer? Ella amaba a ese hombre de una manera irracional, no podía resistirlo, se dijo, sin
poder desprender la mirada de su cara, boqueando y sonrojada.
—Amelia— la voz sensual y ronca con la que la nombró mientras avanzó hacia ella, con
rapidez como si temiera que huyera, más el beso en su mejilla la hizo enrojecer hasta la raíz y
sintió que su centro se calentaba y humedecía, tras la conocida sensación eléctrica que la recorría
cada vez que estaba con él—. ¡Estás hermosísima! —los ojos se deslizaron por toda su anatomía
deteniéndose en cada uno de sus rincones, recordando con la mirada que le pertenecían y ella lo
sabía bien—. Estoy feliz por ti, Amelia, este es un éxito rotundo. Sabía que sería así.
La satisfacción de su rostro era palpable.
—Gracias— dijo ella en voz baja, mordiendo su labio inferior, perdida la capacidad de
charlar.
No podía hablar de tonterías casuales con él, el chit chat con Liam no cabía. Entre ellos no
cabía hablar del tiempo, de las tendencias.
—No he dejado de seguir cada uno de tus pasos.
—Pensé qué…
—¿Qué? —acercó su boca a su oreja y su aliento la estremeció, mientras él le susurraba—.
¿Qué había abandonado? ¿Qué había aceptado tu absurda intención de dejarme? Jamás desisto de
aquello que quiero.
—Liam… —ella estaba a su merced, su cabeza turbia de confusión y deseo, mareada por el
impacto de verlo allí, haciendo palpable y evidente su interés en ella.
—Si acaso, durante estos meses mi decisión se alimentó más y más.
—Liam… —tan tonta como parecía, su boca y su mente invocaban su nombre, sin permitirle
articular sus peros o levantar defensas para sostener la decisión que la había hecho dejar de verlo.
—Sé lo que ocurrió. Sé que tuviste que tolerar los insultos de Melody y de mi madre. Me
avergüenza que mi sangre te haya humillado. No puedo pedirte disculpas suficientes. Quiero que
sepas que nada de lo que dijo representa lo que siento por ti.
—Me causó dolor, lo reconozco —dijo en tono bajo— Sin embargo, fue un elemento más en mi
decisión.
—Lo sé —le tomó la mano. Se veía contrito y nervioso—. Sé que hiciste lo que creíste
correcto para no salir herida. Confieso que me enloqueció perderte.
—Yo…—Tenia que frenarlo, tenía que impedirse caer en su embrujo, no podía.
—No, Amelia, deja que hable. No voy a intentar convencerte de que vuelvas a ser mi amante.
Esto que siento transciende mi inicial deseo. Podría habértelo dicho antes, meses atrás —pareció
enredarse demasiado—. Pero estabas tan triste, tan hundida.
—Estuve muy triste —dijo ella, con lágrimas en los ojos. La coraza se resquebrajaba, a su
pesar. Dos gotas fluyeron y él enjugó ambas con sus pulgares, para tomar su nuca y llevarla contra
su pecho—. Estaba perdida.
—Lo sé, cariño. Pero mírate ahora, recuperada, fuerte, feliz.
—Me siento esperanzada. Mi tía querría que siguiera. Mi hermana está más fuerte también.
Tengo esto… —señaló el despliegue que estaba siendo recogido.
—Esto es grande y el éxito está descontado —asintió él, separando su cara de su pecho y
haciendo que lo mirara—. Es tiempo de hablar de nosotros.
—Liam… No hay nosotros.
—Quiero todo contigo —alzó él la voz.
—Lo nuestro es imposible. Tú mismo lo dijiste, no es lo que quieres.
Ella trató de racionalizar la situación. Entre sus deseos de tenerlo otra vez y la confusión que él
parecía tener, las cosas podían ir por terreno escabroso y ella caería, sin remedio. No podía
sucumbir otra vez, dolería demasiado.
—No entiendes, Amelia.
—Mira... —el dedo de él se posó en sus labios y la instó a callar.
—Me equivoqué, me equivoqué —envolvió sus pómulos, con cuidado—. No me arrepiento de
haber iniciado esta relación contigo, para nada. Al comienzo fue un trato algo sórdido e injusto
para ti, que nació de mi deseo crudo y puro. Fuiste un flechazo en mi vida. Pero eso me permitió
conocerte. No te voy a negar que me atrajo tu cuerpo, que te deseo de una manera poderosa. Pero
no te quiero solo en mi cama. Y no importa lo que pienses o lo que te han dicho. Eres suficiente
para mí. Eres mucho más de lo que merezco. Eres la mujer más entera, más bella y más auténtica.
Amelia estaba muda, extasiada ante el fervoroso discurso que él había lanzado sin parar, casi
sin respirar, como si lo hubiera contenido y ya no pudiera más. Como si de verdad necesitara que
ella lo supiera. La miraba de una forma tan nueva, tan despojada de nada que no fuera honestidad
que tembló.
No podía creer que él, poderoso y orgulloso, hermoso Liam, se hiciera presente en un evento
público y se expusiera de manera tan cruda a ella. No podía creer que él estuviera diciendo que
quería algo más que sexo con ella. Que la quería. ¿Eso era lo que decía?
—Sí, eso es lo que digo. Lo gritaré si es necesario —parece que había hablado en voz alta y él
lo confirmaba.
Su corazón temblaba y palpitaba. Esta noche, de por si maravillosa, se estaba transformando en
sublime. Entonces, fueron interrumpidos por voces apresuradas y las luces de una cámara que se
encendió frente a ambos, tomándolos por sorpresa. Parpadearon y se acomodaron para contestar
el impertinente interrogatorio que una mujer, evidentemente periodista, les lanzó.
—Nos complace encontrar a uno de los solteros más codiciados de LA en este evento. Las
solteras californianas conocen a Liam Turner. ¿Qué trae a un empresario tan poderoso por aquí, a
un evento tan fuera de su rango de actividad?
Amelia se puso seria, pensando que esto se iba de las manos, pero Liam se posicionó frente a
la cámara sonriendo con indulgencia, mientras contestaba:
—Este es un evento en el que tengo especial interés.
—No le sabíamos asociado al mundo de la moda.
—Mi asociación es indirecta. Esta hermosa y talentosa diseñadora qué es Amelia es una amiga,
una muy especial —guiñó el ojo y la periodista hizo un gesto de complicidad, que reflejó a la
cámara.
Liam tomó la cintura de Amelia y la recostó contra sí, ante su incredulidad. ¿Es que él no era
consciente de que esto iba a ser repicado por todos lados?
—¿Podemos decir que tendremos noticias pronto? ¿Qué el soltero de LA ha encontrado su
horma? —volvió a la carga la mujer.
—Eso es un tanto aventurado, aunque no negaré que trabajo en eso—él sonrió y ella sintió que
desfallecía—. Cruzo mis dedos para tener buenas noticias pronto.
—Muchas mujeres van a suspirar por esto —dijo la periodista—. Un motivo más para lucir
estos bellos vestidos, televidentes—. Conquistan corazones.
La cámara se apagó y periodista y camarógrafo se retiraron, previo agradecimiento. Amelia
estaba inmóvil, sin poder emitir sonido. Luego de unos segundos, tartamudeó:
—No…No es conveniente que…que
—¿No soy conveniente para ti, Amelia? —él la abrazó por la cintura—. ¿Romperás mi
corazón, otra vez?
—Es que… No sabes…
—Sé que no puedo estar sin ti—Su boca se acercó y su aliento se mezcló con el suyo—.
Quiero estar contigo, Amelia. Te propongo un nuevo trato.
—¿Qué trato? —dijo ella, en voz muy baja.
—Quiero que aceptes ir a una cita conmigo. Quiero vivir contigo todos los momentos que no
tuvimos. Quiero mostrarle al mundo qué tú eres la mujer te amo. No deseo ni puedo estar con
alguien que no seas tú.
¿Él había dicho te amo?
—Repítelo —ordenó.
—Te amo, Amelia. Sé que es demasiado y tal vez estoy siendo un loco y tú no sientes lo
mismo.
—Te amé desde el comienzo, idiota —ella alzó la voz, permitiendo que lo que sentía explotara
por encima de cualquier barrera—. ¿Crees que, de no haberlo hecho, habría aceptado ser tu
amante?
Liam besó y cubrió con sus labios los hipos y sollozos de liberación y alivio de ella.
—Te he extrañado tanto, amor mío. Creí que enloquecería sin ti. Vas a tener que perdonarme
mucho. Soy algo manipulador y un hombre posesivo. Controlador. No podía vivir sin ti, por eso
hice todo lo que pude para volver a tenerte.
—¿Por qué me dices esto? —ella se separó, confusa—. ¿Qué hiciste qué?
—Porque no voy a aceptar que ninguno de esos hombres que te mira con hambre se acerque
siquiera unos metros a ti. Porque además hecho cosas que tal vez te enojen. He tramado para
conseguirte.
—Y tuvo ayuda —la voz de Sharon la trajo de nuevo a su evento.
Se separó de Liam y miró a su amiga, al lado de quien estaba una hermosa y elegante joven que
le pareció conocida.
—Esta es Avery. Es la principal representante de la compañía que financió el proyecto.
Amelia hizo un asentimiento y dio la mano a la mujer, que la miraba fija y seria.
—Estamos muy contentos —dijo entonces—. Tus vestidos son hermosos. Confieso que me
adelanté a reservar el blanco de brillos apenas lo vi. Y me encanta tu catálogo.
—No podré nunca agradecer suficiente el apoyo que me han dado.
—No me lo agradezcas. O al menos, demuéstramelo sin enojarte, Amelia. Soy la hermana de
Liam.
La sorpresa fue mayúscula, pero luego entendió por qué le parecía conocida. No entendía.
Miró a uno y a otro. No sabía qué pensar o sentir.
—No te pongas mal—Sharon la abrazó—. Te merecías esto y más.
—Claro que sí —asintió Avery—. Tenías un conjunto maravilloso de diseños archivados en
una carpeta. Una cantidad de sueños en forma de bocetos. Necesitabas una ayuda para liberar tu
talento y para alcanzarlo. Solo fuimos un instrumento. Decidimos que alguien tan talentoso como
tú merecía la oportunidad.
—Te dije que no quería nada —su voz se elevó algo molesta, mirando a Liam.
—No está mal pedir ayuda. Todos necesitamos una mano, un empujón, un abrazo cuando
estamos mal. Y nosotros queríamos ayudar a Liam—Avery sentenció.
Amelia la miró. ¿Ayudar a Liam? Estaban hablando de una suma ingente de dinero para ella,
para ayudarla a ella.
—Él estaba desesperado—Avery se acercó y abrazó a Liam—. No podíamos ver a nuestro
hermano así. Quiero que sepas que sufrió al estar lejos. Le costó verbalizar cuánto te amaba
porque es un poco torpe.
—Para eso estamos nosotros, sus hermanos. El pobre bastardo no podía respirar sin ti —una
voz desconocida interrumpió. Un hombre muy guapo se acercó.
—Este es Ryker. Mi otro hermano Él se encarga de la parte de marketing y logística de nuestras
empresas —sonrió Avery.
—Amelia, saca a mi hermano de su miseria. Está haciendo de nuestras vidas un infierno.
La voz seductora, la sonrisa insinuante pero la evidente preocupación con que sus ojos se
cerraban al mirar a Liam, todo desarmó a Amelia. Estaba él, su amor, Liam, rodeado de sus
hermanos, apoyándolo para que ella volviera con él. Ella. Volviera. Con él. Él. La. Quería.
Respiró tratando de calmarse y entender. Esto era muy grande. Mucho. Él había logrado
finalmente el objetivo de pagarle con algo. Pero lo había hecho desde el amor, podía verlo en sus
ojos. En la actitud de sus hermanos. Que se presentaran y que le hicieran ver que la querían y
aceptaban al lado de su hermano y que estaban convencidos que era la mujer para él encendió algo
en ella. Sus ojos se humedecieron y se quebró, sollozando, tomando su cara entre las manos.
—No llores, amor—Liam se acercó y la abrazó.
—Esto es increíble. No sé qué decir.
—Que me aceptas en tu vida otra vez. Por favor, no me haga rogar. Lo haré si es necesario.
—Algo que me encantaría ver —susurró Ryker, recibiendo un codazo de Avery—. ¿Qué? El
hombre ha sido un pesado siempre. Un poco de miseria le va bien.
Liam lo ignoró, abrazando a Amelia contra su pecho mientras su boca susurraba:
—Tendrás que perdonarme muchas veces. Soy muy imperfecto. No te merezco, pero te adoro y
no puedo vivir sin ti.
—Tienes suerte de que me pase lo mismo —ella sonrió, cediendo.
Los labios de Liam encadenaron besos desde su lóbulo hasta su nariz y su mano tomó su
barbilla para darle un beso suave e intenso, un beso que pedía permiso y que se apretó.
—Dime qué te irás conmigo esta noche. Que esta será la primera de muchas. Que volverás a
vibrar en mis brazos y que me harás el hombre más feliz del mundo.
—Sí —respondió sin dudar, ya decidida.
La besó y apretó contra sí, suspirando.
—Esta noche se merece una celebración especial. Tenía la esperanza de poder convencerte.
Iremos donde quieras. Tengo reservaciones en varios lugares. ¿Lo quieres sobrio, elegante,
íntimo? ¿Bailar? Lo tengo todo listo. Pero quiero que estemos juntos. Quiero que el mundo sepa
que eres mía.
—Creo que eso queda cubierto con tus declaraciones en cámara. Mañana las revistas se harán
eco de la noticia de que uno de los solteros más codiciados está fuera del ruedo.
—Como debe ser. Este soltero tiene dueña —la besó.
—Esto es demasiado para mí —se escuchó la voz de Ryker—. Necesito mucho whiskey para
olvidar toda esta basura romántica —se encaminó a la puerta, mientras Liam reía y Amelia se
sonrojaba.
—No te preocupes, Amelia —sonrió Avery—. Sé ve más rudo de lo que es. Sharon, ven
conmigo. Celebremos. Estos dos van a necesitar sitio.
Las miraron marchar y luego sus ojos volvieron a atarse, con hambre.
—¿Qué dices? Tú mandas.
—Tú apartamento. Quiero todo lo que me perdí estos meses. No puedo esperar— dijo ella con
una sonrisa.
—No te haces una idea de lo que te he deseado, lo que he extrañado tus caricias, tus gemidos.
Tus manos y boca sobre mí.
—Todo lo tendrás. A cambio, quiero lo mismo.
—Tendrás más, mucho más. Te quiero en mis noches y en mis días, hermosa. No te voy a dejar
ir. Te ataré a mi cama y a mi vida.
—No será necesario. No necesitas atarme porque te amo.
Desenlace.
LIAM y AMELIA

Avanzó hacia el balcón, con las dos copas en su mano, alcanzando a Amelia que lo esperaba
semi recostada en un sillón amplio de dos cuerpos, embebida en la imagen de la noche estrellada
que daba un marco espectacular al momento. La contempló en silencio por un momento, con
ternura y avidez, apreciando su bello rostro iluminado por una sonrisa en su rostro relajado.
Bajó su vista para apreciar el escotado vestido de tela suave y mórbida que transparentaba
cada una de las curvas de esa silueta que lo enloquecía y ya conocía de memoria. Trago grueso,
emocionado al pensar que este instante representaba la perfección. Ella en su casa, en su cama, en
su vida. Él dueño de su tiempo y de su amor.
El camino que había elegido, que había abrazado con devoción, Amelia aceptándolo a su lado,
eso era la felicidad. ¡Cuánto se había engañado todos esos años en los que creyó que vivir
consistía en gobernar las empresas con mano firme y sostener un imperio económico! Nada de eso
lo había hecho realmente feliz o completo.
Lo podía reconocer ahora que tenía Amelia a su lado. Agradeció haber tenido la suficiente
entereza como para percatarse a tiempo del error que cometía. Fue la fuerza y la convicción de
Amelia la que lo hicieron despertar. La ayuda invaluable de sus hermanos había logrado que, una
vez que pudo verbalizar que la amaba y no quería perderla, la recuperara. Había encontrado su
perdón y su amor a manos llenas.
Ella se dio vuelta y le sonrió, extendiendo su brazo para tomar la copa.
—¿Por qué brindamos? Y no es que no crea que tenemos muchos motivos, amor.
—Por nosotros. Por este amor que crece cada día.
—No puedo dejar de reconocer que cada vez hablas más dulce —sonrió emocionada, haciendo
un gesto para que él se sentara a su lado.
Él lo hizo, y la tomó con cuidado para sentarla en su falda.
—Despiertas mi modo más sensible, algo que no creí posible y que me expone constantemente
ante Ryker.
—Ese hermano tuyo es bastante cínico, pero no me engaña —le guiñó un ojo—. Tuvo la
suficiente sensibilidad para apoyarte cuando podría haber cuestionado tu elección.
—Nunca lo haría, ese no es él.
—Ninguno de tus hermanos lo harían, creo yo. Me falta conocer a Ethan, pero supongo que no
será la excepción.
—Ethan es… Ethan. Pero no, tampoco le importan esas boberías clasistas. Ese es terreno
exclusivo de mi madre —la abrazó y la atrajo para tomar su boca en un beso apasionado al que
ella se sumó con gusto.
Cuando se separaron, murmuró sobre su boca.
—Ella nunca me va a aceptar, ¿no es así?
—No importa. En realidad, no importa la opinión de mi madre. No cuenta.
Amelia sabía que, aunque sonara duro y cruel, era así. Él ya le había advertido que su madre no
la aceptaría y que era algo que no influía. Sí se preocupó porque conociera a Beatrice, la cálida
mujer que lo había criado y con la que habían cenado en varias ocasiones. Ella y Amelia habían
simpatizado de inmediato y la mujer no había dejado de contarle anécdotas sobre su niñez y
adolescencia. Amelia entendió el cariño y la ternura que él y sus hermanos sentían por esa mujer.
El apoyo incondicional de Liam había permitido que la empresa de Amelia creciera paso a
paso y él estaba a su lado para asesorarla, pero le daba la libertad y autonomía creativa que
necesitaba para crecer y sentir que había logrado el éxito a pulso. Habían transcurrido ocho meses
desde la presentación formal de la empresa y desde que habían vuelto a disfrutar de la pasión y
amor.
La situación económica de Amelia había mejorado sustancialmente y eso permitía que Tina
estuviera holgada y con posibilidades de dedicar tiempo y esfuerzos ingentes a su propia carrera
de Contabilidad, cosa que llenaba de alegría a Amelia.
Liam había reasumido su función como CEO de las empresas en una postura más relajada, más
dispuesto a delegar tareas. En el tiempo en el que había estado pendiente de Amelia e indeciso
sobre su futuro había comprobado que sus hermanos asumían sus tareas a la perfección y le
sustituían bien, podía confiar en que realizaban un excelente trabajo.
Liam se permitió disfrutar, de los tiempos y de la intimidad con Amelia. Hacía dos meses que
le había pedido que viviera junto a él y Amelia había aceptado, luego de sus pruritos iniciales. El
principal había sido el temor de dejar sola a Tina, pero ahí había sido Sharon la que la había
obligado a que viera que su hermana ya era una mujer adulta que podía manejar su propio espacio
y hacer sus propias decisiones. Siempre la tendría como respaldo, la propia Sharon estaría para
visitarla y llamarla, amiga como era de ambas. Y Tina visitaba bastante seguido el departamento,
cosa que encantaba a Liam porque era una jovencita amable y simpática, con sentido del humor,
inteligente. Y hacía feliz a su mujer.
Este fin de semana en particular eran tan solo ellos en la casa de Santa Mónica. Liam estaba
algo nervioso, la decisión que había tomado lo emocionaba. Había pedido Avery que lo ayudara a
elegir el mejor anillo de compromiso para Amelia, estaba decidido a sellar su destino de manera
inequívoca.
Quería que el mundo supiera sin sombra de duda que Amelia era su mujer. Avery le había
guiado entendiendo ambos que Amelia no iba por la fastuosidad o el dinero, sino por lo sencillo y
elegante. Así era el anillo que tenía en este momento en su bolsillo.
—Brindemos también por los años de pasión y amor que tenemos por delante. Lado a lado.
Amelia, me has hecho muy feliz. Estos meses que llevamos juntos conviviendo me ha reafirmado
que somos el uno para el otro. No soy muy dado a los convencionalismos, espero hacerlo bien. La
puso a un lado en el sillón con cuidado y se arrodilló a su frente. Amelia desorbitó sus ojos y
llevó una mano a su boca:
—No me dirás qué… —su garganta seca y un nudo en ella.
El sacó una pequeña cajita de su bolsillo y la abrió. El anillo de oro blanco con incrustaciones
de piedras preciosas destelló y Amelia sollozó.
—¿Quieres ser mi esposa?
—¿Estás seguro? —susurró.
—Amelia, por favor. Nunca he estado más seguro de algo —acarició su barbilla, mirándola
con ternura.
—Sí, sí, sí, sí —decidida, dejando detrás sus temores, se abalanzó sobre él, haciendo que
ambos cayeran sobre la gruesa alfombra de lana cruda, riendo y girando.
Él la abrazó por la cintura y luego ahuecó sus glúteos, elevándola para que quedara sobre él, a
horcajadas. Acarició la parte baja de su espalda, para luego tomar su mano y colocar el anillo en
su dedo. Luego, la atrajo contra sí, haciéndola yacer sobre su pecho, abrazándola con total cariño.
—Nunca pensé que esta historia terminaría de una manera tan bonita —murmuró Amelia—.
Cuando me ofreciste ser mi amante.
—Ese no fue mi mejor momento. Pero en verdad me habías dejado mudo y te deseaba a morir.
Me sentí atraído a ti desde el inicio.
—Yo acepté porque me pasó igual. Cuando tuve que alejarme, sentí que mi alma se partía. Y
cuando volviste a mí y me confesaste que me amabas, mi corazón estalló. Hoy siento una paz y un
amor que me sobrepasan.
—No podría haberlo dicho más bonito, hermosa mía.
Se sentó y la hizo incorporar, para luego hacer lo mismo y elevarla, ella tomándose de su
cuello y enredada las piernas en sus caderas. La condujo al dormitorio y la dejó caer con cuidado
sobre el lecho, reptando para quedar sobre ella, sostenido en la fuerza de sus brazos. Trazó besos
por su clavícula, su cuello y su rostro, para luego hundirse en su escote. Con dedos hábiles desató
el vestido y expuso sus pechos.
—Hermosa.
Se inclinó, acariciando uno de los pezones que ya se erguían como timbres, mientras rozaba
con su pulgar el otro, haciendo que todas las sensaciones vibraran en el centro del placer de
Amelia, que gimió, cerrando sus ojos y gimiendo. Liam deslizó una de sus manos para envolver su
sexo y atravesó el canal de su coño, embebiéndose de la humedad de sus fluidos.
—Siempre tan húmeda para mí.
—Siempre —jadeó ella, atrayéndolo hacia sí, apurándose a desprender su pantalón y
empujándolo hacia los tobillos con sus piernas flexionadas.
Sentir la dureza de su pene le hizo tragar saliva. El gesto abrupto y rápido de él rompiendo sus
bragas la sobresaltó y un estremecimiento de anticipación la ganó.
—¡Fóllame, fóllame ya!
—Voy a hacerte el amor. Cada vez que te tomo, lento o duro, lo que hago contigo es por amor.
La corona de su pene se insertó en los pliegues del coño con exasperante lentitud, paladeando
la sedosa sensación de bienvenida que ese espacio húmedo y cálido realizaba. La ansiedad y la
pasión fueron poniendo velocidad a lo que al comienzo fueron suaves estocadas, pero producto de
los gemidos y jadeos de ella, de las caricias y besos, se transformaron en embestidas.
—No puedo ir lento contigo.
—Quiero toda tu polla en mí, quiero que me lleves al cielo —dio un grito de placer al sentir la
profundidad que él alcanzaba en una nueva arremetida.
—¿Estás bien?
—Sí, estoy llena de ti.
—Solo yo, el único —sentenció gruñendo de manera casi cavernícola.
—Solo tú, solo tú en mi coño y en mi corazón —jadeó, mientras sentía los espasmos
recorriéndola, sacudiendo todo su ser hasta que pareció perder el sentido, montada en un placer
ideal, llevando consigo a un enloquecido Liam, que empujó dos veces más para derramarse en lo
profundo de su amante.
Sin separarse, todavía dentro de ella, dejó transcurrir unos instantes, gozando de la más pura
intimidad, recuperando su aliento. Luego, se acurrucó y la atrajo contra su pecho, recorriendo con
sus besos su hombro y su cuello. Estos momentos posteriores eran los que más atesoraba y sabía
que Amelia adoraba que se quedara a su lado.
El sonido del móvil cortó la magia unos minutos después y aunque trató de permanecer
indiferente, el que luego fuera el móvil de Amelia sonando le hizo incorporar. Ambos tomaron sus
dispositivos y vieron que tenían mensajes y llamadas de Ryker, quien había adoptado la costumbre
de llamar a Amelia cuando Liam lo ignoraba.
Ian resopló y le llamó. Sabía que Ryker no le molestaría de no ser algo importante.
—¿Qué pasó? —Escuchó con atención y Amelia vio que su rostro se crispaba—. Sabía que
algo como esto iba a pasar tarde o temprano. ¿Cuán grave es? —Escuchó la respuesta y suspiró.
Amelia abrazó su cintura. Fuese lo que fuese, estaría ahí para él—. Toma el avión y ve por él,
Ryker. No aceptes un no por respuesta. Ya ha sido suficiente de libertinaje sin compromisos.
Escuchó una vez más y luego cortó.
—¿Qué es que pasa, Liam?
—Ethan —bufó—. Ethan pasa.
Era el hermano pequeño y del que menos sabía. Liam le había dicho que era un amante del
peligro y de los deportes de riesgo, un deportista de élite, que viajaba por el mundo y por el que
siempre estaban preocupados.
—¿Qué ocurrió con él?
—Tuvo un accidente en una pista de esquí. Tiene varias quebraduras. Está estable, pero tiene
para varios meses de inmovilidad. Pretende seguir por su cuenta, pero ya ha sido suficiente.
—¿Qué harás?
Amelia sabía que Liam tenía una veta sobreprotectora con sus hermanos y que Ethan no se la
había hecho fácil.
—Está en Suiza. Ryker irá por él en nuestro avión privado y lo traerá.
—Woww, no sabía que tenían su propio avión —dijo ella.
—Es que eres tan encantadoramente prescindente de mi patrimonio, hermosa, que no te ha
interesado conocerlo. Es útil para los negocios. Y en este caso, ideal. Él vendrá a casa. No es su
deseo y no son las mejores circunstancias.
—No se las va a poner fácil si es tan independiente y está imposibilitado.
—Es insoportable, tiene un mal genio de temer. No obstante, espero que se digne a reconocer
que durante un tiempo nos necesitará a su lado. Ese del que tanto ha querido huir —reflexionó, con
un dejo de dolor.
—Todo saldrá bien —lo abrazó, tratando de reforzar la postura de Liam.
—Eso espero. Afortunadamente tenemos los medios para cuidarlo bien. No hay nada inmediato
que podamos hacer. Ryker se encargará de todo. Volvamos a la cama.
-Tú siempre me haces las mejores invitaciones —sonrió Amelia con intensidad.
La tomó en sus brazos mientras ella reía.
—Te amo. Ser tu amante es lo mejor que me pasó.
—Esto no va a durar, querida mía. He decidido promover tu estatus al de esposa. Eso está
decidido.
—Acepto el ascenso. Siempre y cuando me ames de la misma forma que hasta ahora. Dicen que
el matrimonio puede matar el romance.
—No hay fuerza humana que me impida amarte, Amelia. ¿Sientes lo mismo?
—¿Cómo no sentirlo? —lo besó—. Te metiste en mi corazón como un huracán.
—Futura señora Turner, ¿me permite follarla una vez más?
—Pensé que nunca lo pedirías —rio y lo abrazó, envolviéndolo con brazos y piernas,
besándolo como si el mundo se acabara.
Ambos podían sentirlo: eran dos almas que se habían convertido en una, así como sus cuerpos
lo hacían cada vez que se tocaban, encendiéndose y fusionándose. La historia de amor se
afianzaba más y más.
Lo que había comenzado como un juego sexual había escalado hasta convertirse en una historia
de amor completa. Bien había valido cada paso que habían dado juntos. Y los que les esperaban.

FIN

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