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Sor Luisa Ruffino
Sor Luisa nace en Orbssano (Turín) el 17 de Enero de 1866, profesa en
Turín el 1º se Septiembre de 1886, muere e Punta Arenas (Chile) el 15
de Septiembre de 1951i.
Agustín Rufino y Ángela de Martini, un 17 de Enero de 1886, vieron
florecer su amor con un hermoso regalo de Dios, el nacimiento de una
hija, que bautizaron con el nombre de Luisa.
Siendo muy pequeña, una bendición de Don Bosco y la intervención de
María Auxiliadora, le ayudan a liberarse de la molestia ocasionada por haberse tragado una
moneda, que el médico no logro extraerle. La eficacia de esta bendición de inmediato dio la
serenidad de sus padres y la niña recobró su alegría.
Ya adolescente, y precisamente en una de estas visitas a la Auxiliadora, Luisa tuvo la fortuna
de participar en una Eucaristía celebrada por Don Bosco, recibir de sus manos la sagrada
comunión y una bendición especial. Tenía un carácter vivísimo, sus padres le ayudaban a
controlarse y la educaban en la obediencia, el trabajo, y a las pequeñas renuncias.
Cuando Luisa sintió que Dios la invitaba a la vida religiosa y debía dejarlo todo para responder
a su llamado, surgió una gran indecisión pues, como hija única debía dejar sus amados padres,
para quienes era sostén, alegría y esperanza. Recurrió a la oración, se aconsejó y terminó
conversando con Don Agustín, su padre. También él dudó, pero más pudo la fe profunda en el
Amor de Dios, y junto a su esposa le entregaron a la querida hija.
En 1882, a los 17 años ingresa a la Casa de Nizza Monferrato que acogió a Luisa durante un
año como postulante, allí comenzó a conocer y asimilar el “espíritu de Mornés” que en esta
casa de la Auxiliadora se vivía con alegría y autenticidad.
Luego de la vestición religiosa, en 1884, fue enviada, a Padova, donde vivió su tiempo de
Noviciado, como ayudante en la ropería del Instituto que los hermanos salesianos habían
abierto hacía pocos años .
Para ella fue un tiempo hermoso y muy bien aprovechado, tiempo vivido entre jóvenes y las
Hermanas empeñadas en una absoluta fidelidad a las Constituciones sirviendo al Señor, en el
cotidiano, con serena generosidad.
El 1886 Sor Rufino regresó a Turín donde tiene la fortuna de emitir los santos votos de la
primera profesión en manos de don Bosco estando presentes sus padres. Percatándose el
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Santo Fundador de la conmoción de los padres y también de su preocupación, les
aseguró que aquella
queridísima hija, no le faltaría nada y perseveraría fielmente en la vocación que el Señor la
había llamado.
Sor Luisa permaneció en la casa-madre de Nizza. Después de pocos meses el Señor llamó
consigo a su madre Ángela, todavía joven. El llanto de Sor Luisa fue intenso por aquella
perdida, pensando que sería más pesada para su papá que sobre ella. Ambos fueron
generosos con el Señor acogiendo con fe esta prueba tan penosa para ellos.
Parece extraño y también impensable que en menos de un año, Sor Luisa hija de Agustín, es
elegida para ir a las misiones de América Latina. Y así fue en realidad, podemos imaginarnos la
pena de esta separación en aquellos tiempos definitiva.
Sor Luisa en estas circunstancias es admitida a la profesión perpetua, tenía veintidós años.
Antes de concluir el año 1888, precisamente el 3 de diciembre desembarcaba en las playas de
Punta Arenas. Todo un acontecimiento para aquellas religiosas llegar a tierras australes. Eran
cuatro jóvenes religiosas Hijas de María Auxiliadora guiadas por la heroica misionera madre
Ángela Vallese.
Al final del ochocientos, Punta Arenas capital chilena de la Región Magallánica, era una colonia
militar más que una ciudad. Las casas eran bajas todas de madera; los caminos llenos de
hierba donde los animales pastaban en libertad.
También las hermanas tenían una humilde casita de madera, pero junto a ella una capilla que
servía de iglesia parroquial. Se iniciaba el verano austral en la novena de la Inmaculada; que
fue un buen augurio para su trabajo.
En aquella capilla en la que penetraba el viento, las primeras misioneras de la Patagonia
sintieron resonar en su alma la razón de encontrarse allí: ¡Da mihi animas!… y la exigencia de
vivir en el cotidiano el ¡cetera tolle!…
En la solemnidad de la Inmaculada, 8 de diciembre de 1888 iniciaron el oratorio festivo
honrando a la Purísima con una modesta y fervorosa procesión.
Rápidamente la gente se encariño con las hermanas, enviando con agrado sus hijas al oratorio.
Sor Luisa logró aprender pronto la lengua y convertirse en una entusiasta maestra de
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catecismo. Buscaba a las niñas de casa en casa junto a otra hermana, luchando
contra el viento que parecía arrastrarlas.
Luego de minuciosas visitas Monseñor Fagnano decidió la apertura de las misiones en la
inexplorada Isla Dawson. Sor Ruffino es enviada como responsable junto a la joven novicia
uruguaya de dieciséis años Filomena Michetti.
La novicia habla así de Sor Ruffino y de la misión en la Isla Dawson, a la que habían llegado el
22 de Junio de 1890: “Fuimos huéspedes de una habitación que por dos meses servía de
cocina, comedor, dormitorio, sala de catecismo, canto y costura… me pareció, -en la primera
expresión- austera, rígida y minuciosa. Se lo manifesté a madre Ángela Vallese: La santidad de
Sor Rufino me asusta, temo no llegaré a ser una religiosa como ella. La madre me respondió
diciendo que el interior de Sor Ruffino estaba lleno de amable bondad.
Vivíamos aisladas de la civilización entre los indios. Frecuentemente privadas de lo necesario.
Ella era muy delicada de salud pero vivía fielmente la vida común, fue para mí modelo de la
santa Regla que yo aprendí a conocer. Algunas veces la encontraba cansada y pálida,
-Sor Michetti era fuerte y de óptima salud-, yo para alegrarla inventaba historietas
extravagantes que le hacían reír aunque no tuviera ganas.
En Dawson los primeros años fueron muy duros y Sor Luisa estuvo siempre allá y trataba de
hacer la vida más fácil y llevadera.
Las dificultades del trabajo entre indios se suscitaban al querer ayudarlos aprender las normas
de una vida más civilizada: como lavarse, peinarse, limpiar los parásitos, ordenar los lugares
donde vivían. Algunos indios tenían llagas y enfermedades en su cuerpo que el director
recomendaba curar. Sor Ruffino, delicada por naturaleza, obedecía ciegamente.
Ella misma tenía cuidado con la limpieza y el orden de la pequeña capilla que preparaba con
esmero. Para solemnizar las ceremonias en los días festivos usaba un viejo armonio que Sor
Ruffino lograba hacer funcionar para cantar. Su voz bonita sobresalía de la pequeña casita
solitaria. Le agradaba un canto mariano que seguramente le hacía recordar que el rostro de la
Virgen, se confundía con el de su mamá Ángela.
En los momentos de dificultad la escuché repetir: ‘É tanto il bene che mi aspecto, che ogni mi é
diletto’. Al observar tanta paciencia y fortaleza de ánimo yo quedaba admirada. Nunca la
escuché murmurar. Me decía: ‘San Francisco de Sales decía que una acción puede tener 99
aspectos negativos y uno bueno, nosotros debemos considerar este último. Solo Dios ve las
intenciones.’
Cuando la misión en la Isla Dawson estaba bien encaminada, Sor Ruffino es enviada a la
Candelaria en la Tierra del Fuego, donde las dificultades fueron más difíciles que en la Isla
Dawson. El lugar más alejado y aislado, de difícil comunicación y con un clima más rígido.
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Por ejemplo: en los inicios, fue grande la desconfianza de los padres para acercar
los niños a las Hermanas. En esta ocasión también venció el amor. Cuando se
dieron cuenta que eran verdaderamente amados desapareció la desconfianza.
Algunos de ellos, -los Onas por ejemplo-, se resistían a la limpieza personal, es la misma Sor
Luisa que cuenta: “Un día viene a visitarme un cacique con su esposa y su pequeño hijo. Al
intentar lavar la cara al pequeño, la mamá comienza a llorar y gritar, al mismo tiempo, el
esposo se enfureció amenazando quemar la casa. Cuando la mujer vio al niño limpio y con un
nuevo vestido, recobró la calma solicitando ser lavada también ella. Al regalarle un nuevo
vestido de color rojo, el preferido de las indias, se puso contenta. Su esposo recobró la calma y
concluyó demostrando satisfacción”.
Sor Ruffino animaba a sus hermanas con el ejemplo, era incansable en todo, movida por el
amor hacía aquellas almas que deseaba conducir a Dios. En Julio de 1896, la madre general
Madre Catalina Daghero, visita las casas de América Latina; cuando llegó a la misión de la
Candelaria, al ver la pobreza con la que vivían sus hijas se conmovió hasta las lágrimas.
Cuando las dificultades iniciales se estaban superando, justamente en diciembre del mismo
año 1896, un violento incendio destruye en pocos minutos la casa de la misión. Si no hubo
víctimas fue por una protección especial de la Virgen.
Por casualidad, se encontraba en el puerto un barco de Punta Arenas que realizaba una ruta
no muy frecuente. Ya estaba a punto de partir; el director previendo las dificultades a las que
debían someterse las hermanas propone a la directora regresar a Punta Arenas en espera de
la reconstrucción. Sor Ruffino no aceptó y exhortó a las hermanas a superar cualquier sacrificio
con tal de no abandonar a las jóvenes indias que vivían con ellas en la misión.
“Las pobrísimas barracas servían de capilla, dormitorio, comedor y escuela… por la noche se
podía contemplar desde nuestra cama el precioso cielo austral con la luminosa “Cruz del
Sur”…
Cuando llovía o nevaba teníamos que levantarnos y refugiarnos en un ángulo de la pieza para
cobijarnos; la comida se cocinaba en una esquina del patio. Para romper la oscuridad de la
noche se quemaba la grasa, y para calentarnos rodeábamos en círculo alrededor del fuego. Y
así – concluye el relato de Sor Ruffino- aún en aquellas miserables condiciones nos sentíamos
contentas, porque las indias, en ese momento más que en otras ocasiones, se manifestaban
dóciles y cariñosas”.
Reconstruía la casa-misión y recomenzado el trabajo con cierta regularidad, Sor Ruffino es
llamada por la superiora a Punta Arenas. Su débil contextura estaba muy debilitada, por esto
fue enviada por un tiempo a Montevideo para restablecerse.
Después de un tiempo regresó a su querida Patagonia, permanece todavía en Punta Arenas,
desempeñando el servicio de portera. Luego en 1902 no vuelve a La Candelaria sino a la Isla
Dawson como directora de la casa del “Buen Pastor” que acogía adolescentes en riesgo. En
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medio de ellas realizó notables transformaciones, varias de estas adolescentes
fueron madres de familias y fervorosas cristianas.
No sabemos con certeza en que año Sor Luisa tienen la gran alegría de abrazar a su querido
papá Agustín que llegó hasta Punta Arenas para encontrarse con su hija. Ciertamente la
valentía del amor llevó a este buen anciano a las playas australes en Punta Arenas donde
permanece algún año. Después partió deseoso de morir en su patria.
A este respecto nos cuenta Sor Magdalena Maratti, que vivió con ella en la casa Sagrada
Familia los últimos años de su vida: “Sor Ruffino nos narraba con frecuencia, en el recreo, un
acontecimiento de su vida: ‘cuando era niña vivía con una tía a quien su papá le había asignado
el cuidado, ésta quería llevarla a ver a don Bosco, Luisa se resistía porque no quería ver un
santo vivo. Pero un día llegaron a Turín de madrugada. Ya había personas esperando y le
correspondía su turno. Ella no quiso pasar. Entró su tía y luego de un rato salió a buscarla pero
se negaba a pasar, hasta que don Bosco salió y Luisa aceptó entrar. Don Bosco le habló de
Nizza donde había muchas niñas y hermanas, ella aceptó ir a Nizza a estudiar, pero nunca para
ser religiosa. Después de algunos meses en Nizza solicitó ser admitida en el Instituto y
posteriormente misionera entre nosotros.
Estas cosas se las contaba también a las niñas en los recreos y las tenía entretenidas e
interesadas.
El papá de Sor Luisa, -continúa Sor Magdalena- viajó a Punta Arenas en busca de su hija para
llevársela de regreso a Italia, ella respondió: ‘Papá no tengo permiso de mis superioras para
viajar a Italia’. Él regresó nuevamente, esta vez con el permiso escrito de las superioras, para
que su hija regresara. Nuevamente Sor Luisa respondió: ‘Sí, tú tienes el permiso escrito pero yo
no lo tengo’. El papá que era Cooperador Salesiano y alojaba en los Salesianos, se disgustó
tanto, que buscó un hotel donde permanecer hasta su regreso. Sor Magdalena afirma que el
diseño del monumento al Indio, ubicado en la plaza principal de la ciudad fue diseñado por el
papá de Sor Luisa”.
Sor Alma Calchi que también vivió junto a Sor Luisa, sus últimos años, nos cuenta que Sor
Luisa hacia su meditación después del desayuno y olvidándose del tiempo permanecía toda la
mañana en la capilla. Las hermanas que sabían de este acontecimiento disfrutaban de su
candidez.
Tenía como preocupación que la lámpara del Santísimo –entonces de aceite- que estuviera
siempre encendida. Cuando se apagaba iba directamente a avisar a la directora, recorriendo
hermana por hermana invitándolas a arreglar a lámpara. En estos afanes Sor Luisa se olvidaba
de la lámpara y de la capilla; esta situación ocasionaba hilaridad y simpatía en la comunidad.
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La escuché también, que cuando estaba en la Isla Dawson y tenía nostalgia,
tomaba la escoba y se ponía a cantar alabanzas u otros cantos en el segundo piso
de la casa, a la que accedían por una escalera que el hermano salesiano quitaba y ponía para
que los indios no las raptaran.
Me impresionaba su serenidad y alegría. Siempre que pasaba por la capilla encontraba a
alguna de estas hermanas de la primera hora, acompañando al Santísimo Sacramento. Hasta
aquí el testimonio de quienes la conocieron.
La salud de la heroica misionera cuando ya no estaba en la vanguardia; pasó de una casa a
otra casa de la Inspectoría en el oficio de portera.
Sor Ruffino, en los últimos tiempos, llevada por el excesivo celo de salvar a las almas, hacia
que sus intervenciones resultasen indiscretas. Ciertamente el Señor le perdonaba porque ella
había llegado a la Patagonia precisamente para salvar las almas y deseaba salvar tantas…
pero especialmente aquellas que llegaban a su portería.
Sus últimos años, los pasó en la enfermaría de la casa Sagrada Familia de Punta Arenas. Hasta
que pudo ayudó en la mantención de la ropa de los hermanos, trabajo que realizaba con
prestancia y delicadeza. Su espíritu como la había afirmado Sor Michetti se mantenía siempre
en Dios.
Delicada en su trato estaba siempre pronta a ofrecer alegremente el mejor lugar, la silla más
cómoda, la taza más fina para sus hermanas. Era en verdad el ángel de las pequeñas
atenciones.
El Gobierno de Chile condecoró a Sor Luisa con la Orden al Mérito “Bernardo O’Higgins”, por
sus sesenta años de vida misionera en Tierras Magallánicas. El Municipio de Punta Arenas
reconoció su trabajo otorgándole la Medalla de Oro. Ella lo acepta porque la distinción no era
sólo para ella sino para todo el Instituto. Para mí dijo Sor Luisa: “la más bella condecoración es
el crucifijo”.
No se dejó turbar por su parálisis, siempre había anhelado el cielo y en este momento estaba
para alcanzarlo.
Ella que había amado y confiado tanto en la Virgen, permaneció junto a la cruz de una vida
misionera vivida con alegría y heroísmo.
En su último viaje, es acompañada por Virgen de los Dolores que en el día de su fiesta.
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i M. SECCO FMA, “Facciamo Memoria, cenni biografici delle fma defunte nel 1951”, Roma, Istituto FMA 1998.