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Sacramentos y Liturgia en la Iglesia

El documento habla sobre la celebración litúrgica de la Iglesia, incluyendo quienes celebran, como celebrar, cuando celebrar y donde celebrar. Explica que toda la asamblea celebra, pero algunos tienen roles especiales como ministros ordenados. También describe los diferentes tiempos litúrgicos a lo largo del año y los lugares comunes dentro de las iglesias.

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Sacramentos y Liturgia en la Iglesia

El documento habla sobre la celebración litúrgica de la Iglesia, incluyendo quienes celebran, como celebrar, cuando celebrar y donde celebrar. Explica que toda la asamblea celebra, pero algunos tienen roles especiales como ministros ordenados. También describe los diferentes tiempos litúrgicos a lo largo del año y los lugares comunes dentro de las iglesias.

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MÓDULO III

«LA IGLESIA, LOS SACRAMENTOS


Y LA MORAL»

ISCR de Almería (UPSA)


DECA: Infantil y Primaria
(modalidad online)

Prof. Lic. D. Juan Carlos Morales Morell


INDICE

ASIGNATURA 2
«SACRAMENTOLOGÍA»
La celebración liturgia de la Iglesia
Tema 1. Los sacramentos, signos de fe
Tema 2. Sacramentos de la iniciación cristiana
Tema 3. Los sacramentos de la curación
Tema 4. Los sacramentos al servicio de la comunidad
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77379554 Fecha: 2022.10.10
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ASIGNATURA 2
«SACRAMENTOLOGÍA»

LA CELEBRACION LITURGIA DE LA IGLESIA

I.- ¿Quién celebra?

El Catecismo afirma que «la Liturgia es "acción" del "Cristo total"


(Christustotus). Los que desde ahora la celebran participan ya, más allá de los signos,
de la liturgia del cielo, donde la celebración es enteramente comunión y fiesta»
(Catecismo, n. 1136). Es decir, mediante la liturgia, y a través, de los sacramentos, el
Espíritu Santo en la Iglesia nos hace celebrar y participar en el misterio de la salvación.
Es toda la asambleala que celebra, ya que las acciones litúrgicas no son acciones
privadas, sino celebraciones de toda la Iglesia, no obstante, afectan a cada miembro de
la Iglesia de manera diferente, según la diversidad de órdenes, funciones y participación
(cf. SC 26). Cuando hablamos de que es la asamblea la que celebra, nos estamos
refiriendo a toda la comunidad de los bautizados.

Pero «todos los miembros no tienen la misma función» (Rom 12,4). Algunos son
llamados por Dios en y por la Iglesia a un servicio especial de la comunidad. Estos
servidores son escogidos y consagrados por el sacramento del Orden, como
representantes de Cristo-Cabeza para el servicio de todos los miembros de la Iglesia:
Son los obispos, y en comunión con ellos los sacerdotes y diáconos (cf. PO 2 y 15). No
obstante, también existen otros ministerios particulares, no consagrados por el
sacramento del Orden, y cuyas funciones son determinadas por los obispos según las
tradiciones litúrgicas y las necesidades pastorales: Los acólitos, lectores, monitores…etc
(SC 29).

II.- ¿Cómo celebrar?

Una celebración sacramental está impregnada de signos y de símbolos. En la


vida humana, signos y símbolos ocupan un lugar importante. El hombre, siendo un ser a
la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de
signos y de símbolos materiales. Como ser social, el hombre necesita signos y símbolos
para comunicarse con los demás, mediante el lenguaje, gestos y acciones. Lo mismo
sucede en su relación con Dios: lavar y ungir, partir el pan y compartir la copa, pueden
expresar la presencia santificante de Dios y la gratitud del hombre hacia su Creador.

El pueblo de Israel recibe de Dios signos y símbolos que marcan su vida


litúrgica; no son ya solamente acontecimientos sociales, sino signos de la Alianza de
Dios en favor de su pueblo. Entre estos signos litúrgicos se puede nombrar la
circuncisión, la unción y la consagración de reyes y sacerdotes, la imposición de manos,
los sacrificios y, sobre todo, la Pascua. La Iglesia ve en estos signos una prefiguración
de los sacramentos de la Nueva Alianza.

Estos signos van a ser asumidos por Cristo, que va a dar un sentido nuevo a los
hechos y a los signos de la Antigua Alianza, sobre todo al Éxodo y a la Pascua (cf. Lc
9,31; 22,7-20). Desde Pentecostés, el Espíritu Santo realiza la santificación a través de
los signos sacramentales de su Iglesia. Los sacramentos de la Iglesia no anulan, sino que
purifican e integran toda la riqueza de los signos y de los símbolos del cosmos y de la
vida social.

Toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre,


en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de
acciones y de palabras. La liturgia de la palabra es esencial e insustituible en las
ceremonias litúrgicas. Es necesaria para alimentar la fe de los fieles. Esto implica que,
en toda celebración sacramental, de modo especial en la eucaristía, existe una
celebración de la palabra. Así pues, en todo sacramento, junto con el rito especifico de
ese sacramento, encontraremos una liturgia de la palabra. No olvidemos que la liturgia
es lugar privilegiado también para la catequesis.

Es importante también el canto y la música. «Quien canta, reza dos veces», y la


experiencia muestra la eficacia que la música tiene para la solemnidad de las
ceremonias. Se celebra también con ayuda de las imágenes sagradas que forman parte
de la catequesis de los fieles desde el principio de la vida de la Iglesia.

III.- ¿Cuándo celebrar?

El domingo es el día del Señor, que sustituye al sábado de los judíos, es el día
santo, el día para Dios, con todas sus consecuencias. Un día de descanso dedicado
especialmente a tratar a Dios, centrándonos en la celebración principal del cristiano que
es la eucaristía1. Además, la celebración se desarrolla a través de diversos tiempos
litúrgicos a lo largo del año. En este tiempo se celebran los misterios principales de la
vida de Jesucristo, partiendo del momento más importante que es el tiempo pascual,
donde celebramos la muerte y resurrección de Jesús.

El año litúrgico comienza con el Adviento, cuatro semanas para preparar el


nacimiento del Señor. Por lo tanto, el primer domingo de adviento se considera el
primer domingo del año litúrgico. Es uno de los tiempos fuertes, especialmente
reservados por la Iglesia para adoptar una actitud de conversión. Así llegamos a la
Navidad, tiempo de la manifestación de Jesucristo, y que termina con su Bautismo en el
Jordán.

1
«La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo,
celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón "día del Señor" o domingo.
En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la
Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los
«hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (1 Pe, 1,3). Por
esto el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de
modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades,
a no ser que sean de veras de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de
todo el año litúrgico». (SC106).
El otro tiempo fuerte es la Cuaresma, cuarenta días que nos preparan para el
momento culminante del año litúrgico que es la Semana Santa y la Pascua. Después de
la Semana Santa, durante varias semanas se celebra la Pascua, la Ascensión, terminando
con la fiesta de Pentecostés, que celebra el don del Espíritu Santo2. En las demás
semanas del año se desarrolla el tiempo ordinario, a través del cual, en la liturgia, la
Iglesia nos va presentando los diversos misterios de la Redención, y vamos celebrando
las fiestas de María y de los santos.

Los diversos momentos del tiempo litúrgico se van subrayando con los colores.
El color morado es propio de los tiempos de penitencia, el adviento y la cuaresma, y
también en las misas de difuntos. El color blanco, propio de la Pascua, la Navidad y de
las fiestas de los santos. El rojo se usa en la fiesta de Pentecostés y es el habitual en las
fiestas de los mártires. El verde, es el propio del tiempo ordinario.

IV.- ¿Dónde celebrar?

El culto cristiano no está unido, en principio, a un lugar determinado como


ocurría para Israel, donde el Templo era esencial. En realidad, lo único importante es
que se reúnan para dar culto a Dios: «Incorporados a Cristo por el Espíritu Santo, somos
el templo del Dios vivo» (Catecismo, n. 1179). A pesar de todo, a partir de un momento
histórico determinado, como fue la época de Constantino, se procuran construir lugares
adecuados para el culto. Dentro de las Iglesias podemos distinguir unos lugares
habituales, necesarios para la celebración:

a) Presbiterio es el lugar dedicado a los que van a ser los ministros que van a
dirigir la acción litúrgica.
b) Altar es el elemento más importante dentro de la Iglesia, porque en él se
renueva el sacrificio de Cristo. Está en el centro del presbiterio, en el lugar más
visible, y debe ser sólido y digno.
c) Sagrario Es el lugar donde se deposita la Eucaristía para que pueda ser
distribuida a los enfermos, y para que sea objeto de culto por parte de todos los
fieles. Por tanto, tiene que estar en un lugar decoroso y que facilite la oración.
d) La sede del obispo o del sacerdote Es el lugar desde el cual el ministro dirige
la acción litúrgica.
e) Ambón Es el lugar de la liturgia de la palabra.
f) Pila bautismalSede del sacramento del bautismo, es imprescindible en las
Iglesias parroquiales.
g) Confesionario Sede para celebrar el sacramento de la penitencia.

Aunque estrictamente no haría falta ninguno de los lugares que hemos


enumerado para la celebración de los sacramentos, ya que en caso de necesidad se
pueden administrar en cualquier lugar, también es evidente que es mucho más fácil la

2
«A partir del "Triduo Pascual", como de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la Resurrección llena todo
el año litúrgico con su resplandor. El año, gracias a esta fuente, queda progresivamente transfigurado por
la liturgia. Es realmente "año de gracia del Señor" (cf Lc 4,19). La economía de la salvación actúa en el
marco del tiempo, pero desde su cumplimiento en la Pascua de Jesús y la efusión del Espíritu Santo, el fin
de la historia es anticipado, como pregustado, y el Reino de Dios irrumpe en el tiempo de la humanidad».
(Catecismo, n. 1168)
realización de la liturgia sacramental en la medida en que existen lugares adecuados,
que ayuden a entender a los fieles que están participando en una acción sagrada.

TEMA 1
LOS SACRAMENTOS, SIGNOS DE FE

1.- INTRODUCCIÓN

El hombre se compone de alma y cuerpo, de una dimensión externa y de otra


interior. Por eso, el hombre manifiesta de forma sensible sus estados de ánimo y
sentimientos con palabras, imágenes y símbolos. La fe, en cuanto respuesta a Dios no es
solo una convicción o un sentimiento interno, sino que se expresa en palabras, símbolos
acciones y ritos. Así pues, los sacramentos son formas visibles de la gracia, como decía
San Agustín, no solo suponen la fe en quien los reciben, sino que además la alimentan.
La palabra sacramento, del término latino sacramentum, expresaba relación con lo
sagrado. Los primeros cristianos empiezan a usarla para traducir el término griego
mysterion. Este término griego en el Nuevo Testamento se refiere al plan salvador que
Dios tiene pensado para la humanidad, plan salvífico que nos ha sido revelado en
Jesucristo. Es decir, es Cristo quien nos ha desvelado y mostrado con su vida, muerte y
resurrección cual es el destino que Dios tenía pensado para cada persona. De ahí se pasó
fácilmente a denominar con ese término a las realidades sagradas propias del
cristianismo como eran el bautismo y la eucaristía; la razón es clara, estos actos (los
sacramentos) nos ponen en contacto con el misterio de nuestra salvación.

Será San Agustín quien profundizará con más precisión en el significado


teológico de lo que significa sacramento. Parte de la definición de sacramento como
«signo sagrado que se refiere a cosas divinas»3. Destaca, pues, que en todo sacramento
hay un signo o realidad visible que nos remite o hace referencia a algo invisible. Todo
signo es evocador de algo que no se ve, por ejemplo, una carta escrita con cariño,
físicamente –en su realidad material- no es más que un papel escrito, sin embargo, para
quien la recibe le evoca y traslada a un universo de sentimientos y emociones que va
más allá de la pura materialidad del papel.

A lo visible del sacramento San Agustín lo llama elemento (luego Santo Tomás
lo llamará materia) y palabra (Santo Tomás lo designará como forma). Por ejemplo, en
el bautismo el elemento/materia es el agua y la palabra/forma es la expresión «Yo te
bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo».

Será, sin embargo, Santo Tomás de Aquino quien realizará una sistematización
completa de la teología de los sacramentos. Veamos algunas de sus conclusiones más
oportunas para nuestra reflexión:

• Para Santo Tomás lo fundamental es que los sacramentos han sido instituidos
por Cristo. Gracias a esta institución podemos afirmar que es una realidad
sagrada en tanto en cuanto que santifica al hombre. Esto es lo propio de los
sacramentos, que nos santifican.
• Al ser instituidos por Cristo los sacramentos nos transmiten la gracia que
significan. Volvamos al ejemplo de la carta; ésta solo me remite a la realidad
que evoca, pero no me la hace presente (me recuerda el cariño de alguien, pero
es un cariño que solo es evocado). Los sacramentos no solo nos recuerdan algo

3
R.A. PARDO MANRIQUE, Celebrando y viviendo la fe. La Iglesia, los sacramentos y la moral (Burgos
2019) 53.
que hizo Jesucristo, y que pertenece al pasado, sino que realmente me lo hacen
presente. Por ejemplo, cuando recibo el bautismo, realmente me confiere la
gracia (don de Dios), no solo me la recuerda; al bautizarme soy hecho ―Hijo de
Dios‖ realmente. Por eso, más adelante, afirmaremos que sin signos eficaces.
• San Agustín –como hemos visto- hablaba de elemento y palabra, Santo Tomás
hablará de materia y forma, terminología que ha llegado hasta nosotros.

Un papel decisivo en la doctrina católica de los sacramentos la va a tener en


Concilio de Trento (1545-1563) después de sus controversias con la reforma
protestante. En síntesis, viene a afirma los siguiente4:

• Los sacramentos han sido instituidos por Cristo, recogiendo una afirmación ya
presente en la tradición de la Iglesia, y por tanto la Iglesia no tiene poder de
cambiarlos, solo de conservarlos.
• Trento afirmará que son siete, «ni más ni menos».
• Son medios que dan la gracia. Esto quiere decir que su eficacia depende de Dios
y no del que lo recibe. Es lo que se afirma con la expresión latina «ex opere
operato». Es decir, el sacramento comunica la gracia a todas las personas, no a
unos mejor que a otros.
• Por su parte quien lo recibe no debe poner obstáculos a los sacramentos, aunque
actúen a pesar de la disposición del sujeto. No se debe entender la acción de los
sacramentos de forma ―mecánica o mágica‖.
• Trento afirma que hay tres sacramentos que imprimen un carácter indeleble, y
por eso mismo solo se pueden recibir una vez en la vida: bautismo, confirmación
y orden sacerdotal.
• Los sacramentos son eclesiales; instituidos por Cristo, Él los ha confiado a su
Iglesia. Para administrar valida y eficazmente los sacramentos se debe de hacer
respetando la liturgia, la materia y la forma, así como por parte del que lo recibe
la intención consciente de aceptar lo que el sacramento significa

Según el catecismo de la Iglesia podemos definir sacramento como «signos eficaces


de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, por los cuales nos es
dispensada la vida divina» (n.1131).

En esta definición cada palabra tiene su sentido. Por eso es necesario entender
bien que quiere decir la Iglesia cuando define de esta manera los sacramentos.
Veámoslo. con un poco de detenimiento:

a.- Signos: Los sacramentos son signos. San Agustín decía que el «signo es una
cosa que, además de la imagen que pone en los sentidos, hace que de por sí, venga al
pensamiento otra cosa distinta» (De Doctrina christiana, II, 1,1). Cuando hablamos de
los sacramentos entendemos que lo que vemos, el rito que se realiza, está manifestando
algo que está oculto, que no podemos alcanzar con los sentidos porque es una realidad
sobrenatural.

b.- Decimos además que son eficaces, es decir, que producen un efecto en la
persona que recibe el sacramento. Pero además hemos de entender que detrás de cada
signo hay una enseñanza. Por eso dice el Catecismo que en cuanto signo también tiene
4
Cf. Ibid. 57-59
un fin instructivo5. El ministro debe preocuparse de enseñar a los fieles todo lo que el
sacramento representa, teniendo presente las enseñanzas del Antiguo Testamento y del
Nuevo Testamento. Son signos eficaces, y esta es la gran diferencia con cualquier otro
símbolo, incluso con los rituales no sacramentales o con otros signos de otras religiones.
No solo representan algo, sino que dan algo, lo comunican: «Celebrados dignamente en
la fe, los sacramentos confieren la gracia que significan. Son eficaces porque en ellos
actúa Cristo mismo. Él es quien bautiza, Él es quien actúa en sus sacramentos con el fin
de comunicar la gracia que el sacramento significa»6.

Esta relación entre el sacramento y la fe del que lo recibe es uno de los


principales retos pastorales: ¿se puede administrar un sacramento a alguien sin fe? No
cabe duda de que debe excluirse el rigorismo (solo lo reciben aquellos con un nivel alto
de madurez en la fe) y el laxismo (todo el mundo, más allá y con independencia de su
fe, lo puede recibir), pero ciertamente, sin un mínimo de apertura interior a la fe, no se
puede recibir válidamente el sacramento, y mucho menos, dar fruto. Hay unas
condiciones que hacen que el sacramento sea válido. En principio, el sacramento tiene
un poder en sí mismo, porque es una realidad sobrenatural. Es lo que expresa la teología
con la expresión ex opere operato, es decir, el sacramento no actúa en virtud del hombre
que lo recibe o que lo administra, sino por el poder de Dios mismo (cf. Catecismo,
1128). En principio, pues, los sacramentos son eficaces por su propio poder, pero ya se
entiende que dependerán de unas condiciones mínimas.

Tenemos que saber qué se requiere para que ese sacramento sea válido. Por eso
el Catecismo añade que «siempre que un sacramento es celebrado conforme a la
intención de la Iglesia, el poder de Cristo y de su Espíritu actúa en él y por él,
independientemente de la santidad personal del ministro. Sin embargo, los frutos de los
sacramentos dependen también de las disposiciones del que los recibe»7.

Además de la validez del sacramento debemos hablar de su fructuosidad, es


decir, que el sacramento que se administra de fruto en quien lo recibe. Para la eficacia o
fruto del sacramento hacen falta, por lo tanto, unas mínimas disposiciones del ministro y
también del que lo recibe. Es necesario que el ministro celebre el sacramento conforme
a la intención de la Iglesia, y además es necesario que lo haga conforme establece la
Iglesia (por ejemplo, no se puede bautizar con vino, ni consagrar algo que no sea pan).

Influye también en la eficacia las disposiciones del sujeto. Si un penitente no


está arrepentido de un pecado, hace invalida la confesión. Todo esto podría hacer pensar
en un cierto automatismo, como si lo de menos fuera la situación real del ministro y del
sujeto, pero en realidad la fe está presente siempre. Es imprescindible, en primer lugar,
la fe de la Iglesia, que determina las condiciones esenciales. Además, es necesaria la fe
del sujeto.

c.- La gracia. Son signos eficaces de la gracia. Ésta es el favor, la ayuda gratuita
que Dios nos da para responder a su llamada de ser hijos y participes de su naturaleza
divina8. La gracia nos cambia, nos diviniza, nos hace hijos de Dios. Es lo que se llama
gracia santificante, y que se recibe en el bautismo y la penitencia. Los demás
sacramentos (confirmación, eucaristía, unción de enfermos, orden y matrimonio)
5
Cf. Catecismo, n.1123.
6
Ibid, 1127.
7
Ibid, 1128.
8
Cf. Ibid, 1996.
aumentan esa gracia santificante que ya hemos recibido. Este es el motivo por el que
estos cinco sacramentos se deben recibir en estado de amistad con Dios y con los
hermanos (libres de pecado)9. Como veremos más adelante, cada sacramento otorga
también unas gracias específicas, que se conoce con el nombre de gracias
sacramentales, «estas son dones propios de los distintos sacramentos»(Catecismo
2003)10.

d.- Instituidos por Jesucristo. Los sacramentos no son invención del hombre,
ni los ha establecido la Iglesia11. Descubrimos en las acciones y palabras de Jesús
durante su vida pública como va disponiendo de cada sacramento, y la Tradición de la
Iglesia ha identificado esos momentos. La Iglesia ha enseñado que son siete, que es el
número bíblico que indica perfección y plenitud.

Es este un tema controvertido pues en el dialogo con los hermanos protestantes


(solo hablan de dos sacramentos –bautismo y la cena del Señor- o a lo sumo tres, si se
añade la penitencia) surge la pregunta de en qué momentos Jesús los fundó. En
necesario tener aquí en cuenta la distinción entre fundador y fundamento. Jesús es el
fundamento de los sacramentos, pues todos remiten a acciones, gestos, y actitudes con
los que en su vida transmitía la misericordia de Dios a aquellos que más la necesitaban,
y se acercaban a él. Por ejemplo, Jesús encargó con mucha insistencia a sus discípulos
que se acercaran a los enfermos, que los confortaran, y le hicieran experimentar en esos
momentos de fragilidad de la vida, la paz y el consuelo de Dios; que les hicieran
experimentar como en su dolor estaba Dios consolando y salvado.

Por tanto, más que buscar las palabras concretas en las que Jesús los instituyó, la
iglesia remite a las actitudes y gestos de Jesús que están en el fondo. Por eso Jesús es el
fundamento de todo sacramento. Con todo, la tradición de la Iglesia ha ido señalando
los momentos fundacionales de los sacramentos por parte de Cristo12:

I. El sacramento del bautismo es identificado en el mismo bautismo de Cristo por


Juan. Ahora bien, es en el mandato a los discípulos de bautizar a todos los
pueblos donde encontramos la institución más directa de este sacramento13.
II. El sacramento de la confirmación es instituido el día de la resurrección. En la
aparición de Cristo a sus apóstoles les hace entrega de la participación en su
misión y el don de la paz. Para ello les da el don del Espíritu Santo14.

9
Cf. R. A. PARDO MANRIQUE, Celebrando y viviendo la fe. La Iglesia, los sacramentos y la moral, cit.,
66.
10
Así por ejemplo el bautismo nos da la gracia sacramental de vivir como hijos de Dios, la confirmación
nos robustece en la fe y nos da fuerza para confesarla; la gracia matrimonial ayuda a que los cónyuges
sean buenos esposos…etc
11
«Adheridos a la doctrina de las Santas Escrituras, a las tradiciones apostólicas y al sentimiento unánime
de los Padres, profesamos que los sacramentos de la nueva Ley fueron todos instituidos por nuestro Señor
Jesucristo (DS 1600-1601)» (Catecismo, n. 1114).
12
Cf. R.A. PARDO MANRIQUE, Celebrando y viviendo la fe. La Iglesia, los sacramentos y la moral, cit.,
61-63.
13
«Id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del padre, y del Hijo y
del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 17-19).
14
«Al anochecer aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas
cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: ―Paz a vosotros‖. Y
diciendo esto, les enseño las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: ―Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo‖. Y dicho esto,
III. El sacramento de la eucaristía es clara su institución en la última cena, cuando
Jesús les dice a sus apóstoles «haced esto en memoria mía» (Lc 22,119).
IV. El sacramento de la penitencia: Durante su vida Jesús se acercó a aquellas
personas que habían sido dejadas por su sociedad al borde del camino de la vida;
lo hizo para decirles que ante Dios eran especiales, y para ello les perdonó los
pecados. Jesús, tenía poder para perdonar los pecados y ese mimo poder se lo
transmite a los discípulos como hemos recordado al hablar de la confirmación
(cf. Jn 20,23).
V. El sacramento de la unción de los enfermos: Jesús se conmovió de forma
especial ante los enfermos, y pidió a sus discípulos que siguieran su misma
labor. Dice el evangelio de san Marcos «Llamó a los doce y los fue enviando e
dos en dos […]. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos
demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban (Mc 6, 7.12ss).
Más adelante, cuando estudiemos este sacramento veremos como la Carta del
Apóstol Santiago nos dice que era una práctica que se dio muy pronto en las
primeras comunidades.
VI. El sacramento delorden sacerdotal. En la última cena Jesús da a sus apóstoles el
poder y el mandato de repetir la eucaristía en memoria suya.
VII. El sacramento del matrimonio para Jesús es especial –más adelante veremos su
peculiaridad e importancia- en el sentido en el que él entiende que es una
realidad querida por Dios que el amor humano entre un hombre y una mujer sea
signo del amor de Cristo a cada uno de nosotros.

e.- Confiados a la Iglesia. Esto implica dos cosas importantes; una, que es la
Iglesia quien decide cuales son los sacramentos, como hemos visto, y por otra parte, que
los sacramentos los administra la Iglesia con los matices que más adelante
estudiaremos: «Los sacramentos son "de la Iglesia" en el doble sentido de que existen
"por ella" y "para ella". Existen "por la Iglesia" porque ella es el sacramento de la
acción de Cristo que actúa en ella gracias a la misión del Espíritu Santo. Y existen "para
la Iglesia", porque ellos son "sacramentos [...] que constituyen la Iglesia" (San Agustín,
De civitate Dei 22, 17; Santo Tomás de Aquino, Summatheologiae 3, q.64, a. 2 ad 3), ya
que manifiestan y comunican a los hombres, sobre todo en la Eucaristía, el misterio de
la Comunión del Dios Amor, uno en tres Personas». (Catecismo, n. 1118).

No tienen sentido ni valor fuera de la Iglesia. Por eso, porque son de la Iglesia,
instituidos por Jesucristo, necesarios para la salvación, nadie puede modificar o
manipular ningún sacramento. Los ministros son administradores solamente. Al estudiar
cada sacramento haremos referencia a quién es el ministro. Ahora solo diremos que hay
ministros consagrados y no consagrados, que hay ministros ordinarios y extraordinarios.
Los ministros ordinarios son los habituales, pero hay circunstancias en que se puede
recurrir a un ministro extraordinario por falta del ordinario o por la urgencia en la
administración de un sacramento (por ejemplo, el bautismo en peligro de muerte). Los
ministros consagrados son los obispos, sacerdotes y diáconos, pero hay un sacramento
que, de modo ordinario, tiene un ministro no consagrado como es el matrimonio, donde
se consideran ministros a los propios contrayentes.

sopló sobre ellos y le dijo: ―Recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonéis los pecados, les quedan
perdonados, a quienes se los retengáis les quedan retenidos» (Jn 20,19-23)
El signo sacramental se compone de dos elementos íntimamente unidos: la
palabra sacramental y el signo sacramental, que mutuamente se complementan. Tanto el
agua, como el aceite, el pan y el vino, la imposición de las manos, la confesión de los
pecados, etc, tienen una significación profunda. Así, a la ablución con agua se
acompaña con la palabra («Yo te bautizo en el nombre del Padre, …») que declara la
finalidad del signo. Por otra parte, los sacramentos responden a situaciones
fundamentales de la vida humana, situaciones en las que el hombre se pregunta por el
sentido de la vida y por la salvación.

f.- Por los cuales nos es dispensada la vida divina: Cuando el catecismo dice
que estos signos nos dispensan la vida divina, se refiere a la gracia de Dios y otra
realidad que es el «carácter», que veremos más adelante: «Los tres sacramentos del
Bautismo, de la Confirmación y del Orden sacerdotal confieren, además de la gracia, un
carácter sacramental o "sello" por el cual el cristiano participa del sacerdocio de Cristo
y forma parte de la Iglesia según estados y funciones diversos. Esta configuración con
Cristo y con la Iglesia, realizada por el Espíritu, es indeleble (Concilio de Trento: DS
1609); permanece para siempre en el cristiano como disposición positiva para la gracia,
como promesa y garantía de la protección divina y como vocación al culto divino y al
servicio de la Iglesia. Por tanto, estos sacramentos no pueden ser reiterados».
(Catecismo, n. 1121).

g.- Necesarios para la salvación. La Iglesia afirma que para los creyentes los
sacramentos son necesarios para la salvación. Es cierto que no en todos los sacramentos
existe la misma necesidad. Matizando en cada caso, entendemos la enseñanza del
Catecismo porque, en principio, los sacramentos son instituidos por Jesucristo para que
podamos tener vida divina, para que tengamos facilidad en la vida cristiana y,
prescindiendo de los sacramentos, es difícil progresar según el querer de Dios.

2.- LOS SACRAMENTOS, COMO SIGNOS DE CRISTO

Jesucristo es el sacramento de Dios para los hombres, es decir, Jesucristo es el


signo de la presencia de Dios en medio de la vida de los hombres. Es, pues, el
sacramento original, del que todos los demás sacramentos son un desarrollo. Todos los
sacramentos fueron instituidos por Cristo. De esta manera, la Iglesia no puede modificar
el contenido (sustancia) de los sacramentos, solo puede modificar su forma litúrgica,
adaptándola a las diferentes épocas y culturas.

El número de los sacramentos es siete. La enumeración completa y la doctrina


expresa de los mismos no aparece hasta el siglo XII, aunque esto no significa que los
siete pertenecieran a la vida de la Iglesia desde tiempos inmemoriales (las Iglesias
ortodoxas coinciden en esta práctica con la Iglesia católica). Los siete sacramentos
forman una unidad orgánica, en cuyo centro están los dos grandes sacramentos: el
bautismo y la eucaristía.

Los siete sacramentos se pueden, pues, dividir en tres grandes grupos:

a.- Sacramentos de la Iniciación cristiana:


1.- El Bautismo.
2.- La Confirmación.
3.- La Eucaristía.
b.- Los Sacramentos de Curación:
1.- La penitencia.
2.- La unción de los enfermos.

c.- Los sacramentos al servicio de la comunidad:


1.- El sacramento del Orden.
2.- El sacramento del matrimonio.

En los sacramentos y a través de ellos, el mismo Señor es quien actúa en medio


de nosotros por medio de su gracia. Él es el verdadero dispensador de los sacramentos,
como dice S. Agustín, es el que bautiza, el que consagra y el que perdona los pecados.
Y como en los sacramentos está presente el mismo Cristo, por ellos somos injertados en
su misterio pascual, injerto que tiene una triple dimensión:

1.- Por una parte, los sacramentos son signos que recuerdan la obra de nuestra
salvación. Recordar, en sentido bíblico no es quedase en el pasado, sino hacer actual lo
que sucedió.

2.- En segundo lugar, son signos de salvación, esto es, que dan la gracia salvadora,
(signos eficaces dice el Catecismo) que es anticipación de la salvación que se dará de
forma plena, al final de los tiempos.

3.- Por eso son signo de esperanza, nos lanzan a un futuro mejor.

3.- LOS SACRAMENTOS COMO SIGNOS DE SALVACIÓN ¿CUAL ES


EL EFECTO DE LA GRACIA?

Como hemos dicho, los sacramentos no producen la gracia que significan de


forma automática y mágica, sino que su eficacia presupone la fe. Pero la fe no es la que
produce la gracia, sino que la recibe. ¿En qué consiste esta gracia de los sacramentos?

a.- Por una parte, participamos en el ministerio y misión de Jesucristo.

b.- Nos hacemos, por otra, partícipes de su vida.

c.- La participación en la misión de Cristo se expresa diciendo que el sacramento


imprime carácter. Es decir, significa que el bautismo, la confirmación y el orden nos
hacen participar de la misión de Cristo, poniéndonos definitivamente a su servicio y al
de su evangelio. Por ello no pueden recibirse más que una vez.

d.- Por otra, participamos realmente en la vida de Jesús, en su muerte y


resurrección. Por eso, para nosotros los sacramentos no son simples signos o símbolos,
ni ceremonias o meras manifestaciones de sentimientos interiores, sino que son
necesarios para salvación.
4.- LOS SACRAMENTOS SON SIGNOS DE LA IGLESIA15

Con esto afirmamos que fuera de los casos urgentes, los sacramentos se
administran en la celebración litúrgica. La liturgia no es solo ritos y ceremonias, sino
que pensamos que en ella actúa el mismo Cristo. Jesucristo actúa en su Iglesia y a través
de su Iglesia, por eso los sacramentos son signos que expresan la salvación (la Iglesia es
el sacramento de salvación), pero a su vez, la van edificando.

Los sacramentos tienen un carácter comunitario, no son acciones privadas, de


un modo especial la eucaristía. Este carácter comunitario se ve en que, si se exceptúa la
comunión en la eucaristía por parte del sacerdote que celebra, nadie puede administrarse
a sí mismo un sacramento, sino que es otro quien lo administra.

¿Quién puede administrar los sacramentos? El ministro. Como los sacramentos


son signos de la Iglesia, para su validez se pide que el que los administra realice el signo
esencial del sacramento del modo fijado por la Iglesia y que tenga intención de hacer lo
que la Iglesia hace. La acción de los sacramentos proviene, no de la santidad personal
de quien los da, sino del mismo Jesucristo que es el verdadero ministro. Por eso, aunque
es necesario que el ministro se esfuerce por vivir lo que realiza, sin embargo, para que la
administración de un sacramento sea válida no se requiere la santidad subjetiva del
ministro por lo dicho.

¿Quién puede recibir los sacramentos? Para recibir los sacramentos dignamente
y con fruto se necesita la fe y una buena disposición a recibir la gracia. Si no se da esta
disposición, es necesario la intención de recibir el sacramento. Por eso no es válido el
sacramento que se recibe bajo coacción.

5.- LOS SACRAMENTALES

En necesario distinguir entre sacramentos y sacramentales. Lo propio de los


sacramentos es la transmisión de la gracia de Cristo, siempre que se cumplan todos los
requisitos. En los sacramentales, sin embargo, no se puede hablar de una eficacia
semejante a la de los sacramentos. En ellos, se da una preparación para la recepción de
la gracia y una disposición para cooperar con ella, no una eficacia ex opere operato.
Entre los sacramentales podemos hablar de las exequias, de las bendiciones, …etc

15
Existen signos sagrados semejantes a los sacramentos, pero que no están instituidos por Cristo sino por
la Iglesia. Son signos que nos recuerdan la acción de Dios en nuestras vidas y su bendición. Estos no dan
directamente la gracia, sino que nos preparan para recibirla. Se llaman sacramentales y son sobre todo
las bendiciones. Cuando las bendiciones tienen carácter permanente, hablamos de consagración.
TEMA 2
SACRAMENTOS DE LA INCIACIÓN CRISTIANA

I.- EL BAUTISMO

1.- EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO

Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito
central, mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa "sumergir",
"introducir dentro del agua"; la "inmersión" en el agua simboliza el acto de sepultar al
catecúmeno (=aquél que se prepara para recibir el bautismo) en la muerte de Cristo, de
donde sale por la resurrección con Él (cf. Rom 6,3-4; Col 2,12) como "nueva criatura"
(2 Cor 5,17; Ga 6,15). Es un sacramento que es conocido también con varios nombres
(cf. 1215-1216):

a) Baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo” (Tit 3,5), porque


significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu.
b) Se le conoce también como “iluminación”; el bautizado, "tras haber sido
iluminado" (Hb 10,32), se convierte en "hijo de la luz" (1 Tes 5,5), y en "luz" él
mismo (Ef 5,8).

2.- EL BAUTISMO, SACRAMENTO DE LA FE

Nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles que Pedro predicaba a Jesús
crucificado. Quienes le escuchaban, le preguntaron «¿qué tenemos que hacer
hermanos? Pedro le contesto: Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo
para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch
2,37ss). Desde el principio, la conversión estuvo unida al bautismo, siendo éste, ya
desde la Iglesia primitiva, la puerta de entrada y el fundamento de toda la vida cristiana.
De hecho, como dirá el Concilio Vaticano II (cf. SC 71), junto a la confirmación y la
Eucaristía, forman los sacramentos de la iniciación cristiana16.

16
«Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, san
Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: "Convertíos [...] y que cada uno de vosotros se
haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del
Espíritu Santo" (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús:
judíos, hombres temerosos de Dios, paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece
siempre ligado a la fe: "Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa", declara san. Pablo a su
carcelero en Filipos. El relato continúa: "el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los
suyos" (Hch 16,31-33)» (Ibid., n. 1226).
Para la Iglesia primitiva fue determinante el hecho de que Jesús participara en el
bautismo de Juan: «Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a
Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: “soy yo el que
necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?” Jesús le contestó: “déjalo ahora,
Conviene que así cumplamos toda justicia”. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se
bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba
como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz desde el cielo que decía.” Este
es mi hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3, 13-17). De esta manera narra San
Mateo el bautismo de Jesús. Es bueno recordar que el agua tiene un poder simbólico
presente en muchas culturas y religiones; se asocia a que las aguas poseen la capacidad
de dar vida, pero también tienen un poder destructor. Y junto con la vida y la muerte,
nos evoca también su capacidad para limpiar y purificar.

Según observamos en el texto evangélico, Jesús se acercó a recibir el bautismo


de manos de Juan, un bautismo de penitencia. En el mundo judío estaba muy extendido
el ritual de la ablución con agua para obtener la pureza ritual. Juan predicaba que
aquella sociedad se había olvidado de Dios, y se dejaba guiar por otros intereses; cada
uno debía mirar su corazón para descubrir que era lo que le apartaba de Dios y
convertirse, es decir, reemprender el camino que nuevamente te acercaba a Él. Para ello
administraba un bautismo simbólico, que quería expresar este deseo de cambiar.

Sin embargo, Jesús al recibir el bautismo de Juan recibe también el Espíritu


Santo, uniéndose agua y Espíritu. Lo nuevo, sin embargo, en el bautismo cristiano
consistirá en que éste se realiza en el nombre de Jesucristo. Para Juan el Bautista, el
bautismo era expresión interior de un deseo de cambio (no es pues un signo eficaz), que
se expresaba mediante el bautismo. El bautismo cristiano, sin embargo, no solo es un
signo del deseo de cambio, sino que es una verdadera participación en la vida de Cristo.

Además de este bautismo del Espíritu debemos destacar otro bautismo del que
habla Jesús. Él hace referencia al bautismo de su pasión, donde podemos hablar de un
bautismo de sangre. Si el bautismo significa incorporarnos a la muerte y resurrección de
Cristo, aquellos que aman hasta el extremo de dar su vida por amor se incorporan
igualmente al misterio de Cristo, son hechos hijos de Dios pos su amor sin límites.

Por esto el bautismo es signo de la fe. Desde los tiempos primitivos, el bautismo
de los adultos está precedido por un periodo de preparación que se llama catecumenado.
Los niños se bautizan en la fe de los padres, de ahí que antes de su bautismo sea
necesaria una catequesis bautismal con los padres y padrinos. Pero, el bautismo no solo
requiere la fe, sino que además el mismo sacramento contribuye a que la fe siga
creciendo a lo largo de toda la vida.

¿Qué es el catecumenado?

Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se recorría un camino
de iniciación que constaba de varias etapas, y que tenía elementos esenciales: el anuncio
de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el
Bautismo, el don del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística.

Esta iniciación ha variado mucho a lo largo de los siglos, siempre según las
circunstancias. En los primeros siglos de la Iglesia, la iniciación cristiana conoció un
gran desarrollo. No obstante, desde que el Bautismo de los niños fue la forma habitual
de celebración del sacramento, éste se ha convertido en un acto único que integra de
manera muy abreviada las etapas previas a la iniciación cristiana17. El Concilio
Vaticano II ha restaurado para la Iglesia latina, "el catecumenado de adultos, dividido en
diversos grados" (SC 64).

Hoy, pues, en todos los ritos latinos y orientales, la iniciación cristiana de


adultos comienza con su entrada en el catecumenado, para alcanzar su punto culminante
en una sola celebración de los tres sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de
la Eucaristía (cf. AG 14; Código de Derecho Canónicos (CIC) can.851. 865-866). En el
rito oriental, aun cuando se trate de niños, los tres sacramentos de la iniciación se
administran a la vez, mientras que en el rito romano se continúa durante unos años de
catequesis, para acabar más tarde con la Confirmación y la Eucaristía, cima de su
iniciación cristiana

3.- EL BAUTISMO, SACRAMENTO DE UNA VIDA NUEVA

El Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, es el pórtico de la vida


en el Espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. «Por el Bautismo
somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros
de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión»
(Catecismo, n. 1213). El signo del bautismo consiste en la ablución con agua, a la vez
que se pronuncia la fórmula: "Yo te bautizo en el nombre del padre, y del Hijo y del
Espíritu Santo". El agua es el signo de purificación y de vida. Expresa muy bien el
doble fruto del bautismo:

a.- por una parte, nos perdona el pecado (purifica). Los bautizados se han
"revestido de Cristo" (Ga 3,27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que
purifica, santifica y justifica (cf1 Co 6,11; 12,13).

b.- por otra, nos da una vida nueva, nos hace hijos de Dios. Para el apóstol san
Pablo por el Bautismo participamos en la muerte de Cristo; el creyente es sepultado y
resucita con Él: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús,
fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la
muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio
de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,3-4; cfCol
2,12).

Al recibir el bautismo participamos de la misión de Jesucristo de "Sacerdote,


profeta y rey" que se expresa en la celebración con la unción con el santo crisma en la
cabeza. El bautismo, como decíamos, imprime carácter, esto es, crea en el bautizado un
sello que le marca definitivamente. Es verdad que se puede pecar, incluso perder la fe,
pero la llamada a dedicar la vida al servicio de Cristo y los demás permanece para
siempre. Por eso, no puede repetirse: «Incorporado a Cristo por el Bautismo, el
bautizado es configurado con Cristo (cf. Rom 8,29). El Bautismo imprime en el

17
«La Iglesia entiende, que cuando un niño recibe el bautismo debe continuar su formación, que ayude a
que la gracia recibida en el bautismo sea fructífera: «Por su naturaleza misma, el Bautismo de niños exige
un catecumenado postbautismal. No se trata sólo de la necesidad de una instrucción posterior al
Bautismo, sino del desarrollo necesario de la gracia bautismal en el crecimiento de la persona. Es el
momento propio de la catequesis» (Ibid., n.1230).
cristiano un sello espiritual indeleble (character) de su pertenencia a Cristo. Este sello
no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de
salvación (cf. DS 1609-1619). Dado una vez por todas, el Bautismo no puede ser
reiterado (cf. Catecismo, 1272).

4.- LA CELEBRACIÓN DEL SACRAMENTO DEL BAUTISMO: RITOS


Y PARTES

En los gestos y las palabras de esta celebración, podemos encontrar expresadas


todas las riquezas de lo que este sacramento significa y realiza en cada nuevo bautizado.

a) La señal de la cruz, al comenzar la celebración, señala el sello de Cristo sobre el


que le va a pertenecer y nos indica igualmente que en la cruz él nos ha regalado
la salvación.

b) La Palabra de Dios ilumina a los candidatos y a la asamblea, y suscita la


respuesta de la fe, que es inseparable del Bautismo.

c) La oración del exorcismo y la unción con el óleo de los catecúmenos: Puesto


que el Bautismo significa la liberación del pecado se pronuncia el exorcismo
sobre el candidato. Además, éste es ungido con el óleo de los catecúmenos. Así
preparado, puede confesar la fe de la Iglesia.

d) El agua bautismal es entonces consagrada mediante una oración de epíclesis


(=oración para pedir el don del Espíritu Santo). La Iglesia pide a Dios que, por
medio de su Hijo, el poder del Espíritu Santo descienda sobre el agua, a fin de
que los que sean bautizados con ella renazcan a una vida nueva (cf. Jn 3,5).

e) Sigue entonces el rito esencial del sacramento: el Bautismo propiamente, que


significa y realiza la muerte al pecado y la entrada en la vida de la Santísima
Trinidad. El Bautismo es realizado de la manera más significativa mediante la
triple inmersión en el agua bautismal. Pero desde la antigüedad puede ser
también conferido derramando tres veces agua sobre la cabeza del candidato18.

18
«En la Iglesia latina, esta triple infusión va acompañada de las palabras del ministro: "N., yo te bautizo
en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". En las liturgias orientales, estando el catecúmeno
vuelto hacia el Oriente, el sacerdote dice: "El siervo de Dios, N., es bautizado en el nombre del Padre, y
del Hijo y del Espíritu Santo". Y mientras invoca a cada persona de la Santísima Trinidad, lo sumerge en
el agua y lo saca de ella» (Ibid., n.1240).
f) La unción con el santo crisma significa el don del Espíritu Santo al nuevo
bautizado. "ungido" por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido
sacerdote, profeta y rey‖19.

g) La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha "revestido de Cristo" (Gal


3,27).

h) El cirio que se enciende en el Cirio Pascual, significa que Cristo ha iluminado al


neófito (=recién bautizado).

i) El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Único que es Jesucristo.


Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro.

5.- ¿QUIÉN PUEDE RECIBIR EL BAUTISMO?

Dice el Catecismo de la Iglesia que «es capaz de recibir el Bautismo todo ser
humano, aún no bautizado, y solo él" (CIC, can. 864: CCEO, can. 679)» (Catecismo, n.
1246). En los orígenes de la Iglesia, cuando el anuncio del Evangelio está en sus
primeros tiempos, el Bautismo de adultos era la práctica más común, y en ella el
catecumenado (preparación para el Bautismo) ocupaba un lugar importante. La práctica
de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está
atestiguada explícitamente desde el siglo II.

No obstante, hoy se ha planteado de nuevo la cuestión de este bautismo. En una


sociedad cristiana estaba asegurada la educación religiosa de los niños. En cambio, hoy,
en una sociedad pluralista y secularizada, muchos niños no llegan a hacer nunca un acto
de fe personal.

Frente a esto, muchos optan por la necesidad de dejar a la libre decisión del
bautizando cuando sea mayor. Lo cierto es que una educación neutra es una "ilusión".
Los padres imprimen su sello e influyen siempre en el desarrollo educativo de sus hijos.
Hablando en términos positivos podemos indicar tres aspectos que fundamentan la
práctica de bautizar a los niños pequeños:

1.- Ser cristiano por el bautismo es un don por el que Cristo se adelanta a
nuestros actos. No es una gracia en la que nosotros necesitamos dar el primer paso.
Muchas veces pensamos que la fe es una conquista del esfuerzo del hombre.

2.- Ya desde el principio el niño es incorporado a la comunidad de los creyentes.

19
«En la liturgia de las Iglesias de Oriente, la unción postbautismal es el sacramento de la Crismación
(Confirmación). En la liturgia romana, dicha unción anuncia una segunda unción del santo crisma que
dará el obispo: el sacramento de la Confirmación que, por así decirlo, "confirma" y da plenitud a la
unción bautismal» (Ibid., n. 1242).
3.- La fe no es algo cerrado, sino en crecimiento20. Todos tenemos la obligación
de madurar en nuestra fe. Por eso en el NT no solo se dice que para que se administre el
bautismo hace falta la fe; también se nos recuerda que el mismo bautismo nos ayuda a
crecer en la fe. Existe una cierta reciprocidad, entre fe y bautismo. El Bautismo es el
sacramento de la fe (cfMc 16,16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de
creyentes. Sólo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles. La fe que se
requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está
llamado a desarrollarse. Así pues, en todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe
crecer después del Bautismo.

6.- ¿QUIÉN PUEDE ADMINISTRAR EL BAUTISMO?

Compete a la autoridad eclesiástica. En la Iglesia primitiva era propia del obispo.


Más tarde, se confió también a los presbíteros y diáconos. No obstante, siendo necesario
para la salvación, en caso de necesidad, cualquier cristiano, e incluso cualquier persona
con uso de razón (también un no bautizado) puede administrar el bautismo si los hace
conforme a la intención de la Iglesia (es necesario tener en cuenta que el verdadero
dispensador es el mismo Jesucristo)21.

7.- LOS EFECTOS DEL BAUTISMO

Dice el Catecismo que «los distintos efectos del Bautismo son significados por
los elementos sensibles del rito sacramental. La inmersión en el agua evoca los
simbolismos de la muerte y de la purificación, pero también los de la regeneración y de
la renovación. Los dos efectos principales, por tanto, son la purificación de los pecados
y el nuevo nacimiento en el Espíritu Santo (cf. Hch 2,38; Jn 3,5)» (Catecismo, n.1262).
Los efectos de la gracia de este sacramento son:

a) Nos introduce en la vida de fe, por tanto, es la puerta que abre el acceso a los
otros sacramentos.

20
«Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también
el papel del padrino o de la madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo
bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana (cf. CIC can. 872-874). Su tarea es una
verdadera función eclesial (officium; cf SC 67). Toda la comunidad eclesial participa de la
responsabilidad de desarrollar y guardar la gracia recibida en el Bautismo» (Ibid., n.1255).

21
«Son ministros ordinarios del Bautismo el obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el
diácono (cf. CIC, can. 861,1; CCEO, can. 677,1). En caso de necesidad, cualquier persona, incluso no
bautizada, puede bautizar (cf. CIC can. 861, § 2) si tiene la intención requerida y utiliza la fórmula
bautismal trinitaria. La intención requerida consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar. La
Iglesia ve la razón de esta posibilidad en la voluntad salvífica universal de Dios (cf 1 Tm 2,4) y en la
necesidad del Bautismo para la salvación (cf Mc 16,16)» (Ibid., n. 1256).
b) Somos liberados del pecado.«Por el Bautismo, todos los pecados son
perdonados, el pecado original y todos los pecados personales, así como todas
las penas del pecado (cf. DS 1316). En efecto, en los que han sido regenerados
no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de
Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado, la más grave de las
cuales es la separación de Dios». (Catecismo, n. 1263).

c) Nos hace Hijos de Dios y herederos.«El Bautismo no solamente purifica de


todos los pecados, hace también del neófito "una nueva creatura" (2 Cor 5,17),
un hijo adoptivo de Dios (cf. Gal 4,5-7) que ha sido hecho "partícipe de la
naturaleza divina" (2 P 1,4), miembro de Cristo (cf. 1 Cor 6,15; 12,27),
coheredero con Él (Rom 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf. 1 Cor 6,19)»
(Catecismo, n. 1265).

De la misma manera que un hombre necesita vivir en sociedad, también el


cristiano necesita el espacio donde compartir su fe, la Iglesia. Por eso, desde siempre el
bautismo también se entendió como la incorporación a la Iglesia. Al quedar unidos a
Cristo, quedamos unidos entre nosotros (comunión). La incorporación a la Iglesia,
encuentra su expresión concreta en la pertenencia a una comunidad que es la parroquia.
Somos incorporados a su Iglesia (miembros de Cristo) y participamos de su misión (cf.
Catecismo, n. 1267).

8.- LA NECESIDAD DEL BAUTISMO PARA LA SALVACIÓN

Respecto al bautismo la Iglesia ha afirmado siempre la necesidad de recibirlo,


pues es la entrada de la salvación22. Así lo encontramos en el final del evangelio de
Marcos «El que crea y se bautice se salvará» (Mc 16,16) y también en el diálogo de
Jesús con Nicodemo, donde Jesús insiste en la necesidad de nacer ―del agua y del
espíritu‖ para entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3,5).

No obstante, la tradición cristiana ha creído siempre que había dos modos de


suplir el bautismo, el bautismo de sangre (el martirio) y el bautismo de deseo. Todo
esto nos conduce a la situación de aquellas personas que no se han encontrado con el
anuncio del evangelio. Ya desde el s. XVI la reflexión de la iglesia admite que el deseo
de la fe y del bautismo pueden ser implícitos, es decir, en todos aquellos que orientan su
vida en función de Dios y haciendo el bien a los demás, sin conocer el evangelio, es
posible la salvación. Estos no se salvan por sus obras, sino porque la gracia actúa en
ellos de forma invisible vinculándolos a Cristo y a su iglesia. Ya hemos visto como el
Vaticano II expresó la convicción de la salvación de aquellos que no pertenecen de
manera visible a la iglesia23.

22
«El Señor mismo afirma que el bautismo es necesario para la salvación (cf. Jn 3,5). Por ello mandó a
sus discípulos a anunciar el evangelio y bautizar a las naciones […]. El bautismo es necesario para la
salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este
sacramento […]. Dios ha vinculado la salvación a este sacramento del Bautismo, pero su interpretación
salvífica no queda reducida a los sacramentos» (Catecismo n 1257)
23
Cf B. SESBOÜÉ, Invitación a creer. Unos sacramentos creíbles y deseables (Madrid 2010) 118-120.
II.- LA CONFIRMACIÓN

Como toda vida, también la vida cristiana esta llamada a crecer y madurar. El
sacramento de la confirmación sirve, sobre todo, para fortalecer, robustecer y
perfeccionar la gracia del Bautismo. Es un sacramento específico, está íntimamente
relacionado con el Bautismo. De hecho, junto con la Eucaristía, los tres forman los
sacramentos de la iniciación cristiana.

Hemos dicho que el bautismo nos da el Espíritu Santo. Pero el NT también nos
habla de otra donación distinta a la del bautismo, que es la que se concede por la
imposición de las manos. El texto es de Hch y dice: «Cuando los apóstoles que estaban
en Jerusalén se enteraron de que Samaria había recibido la Palabra de Dios, enviaron
a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por los fieles para que recibieran el
Espíritu Santo; aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el
nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.»
(Hch 8,14-17). En este texto se nos dice que por la imposición de las manos a los
cristianos del lugar se les confiere de un modo especial el Espíritu Santo.

1.- LA CELEBRACIÓN DE LA CONFIRMACIÓN

Un momento importante que precede a la celebración de la Confirmación, pero


que, en cierta manera forma parte de ella, es la consagración del santo crisma. Es el
obispo quien, el Jueves Santo, en el transcurso de la misa crismal, consagra el santo
crisma para toda su diócesis.

Cuando la Confirmación se celebra separadamente del Bautismo, como es el


caso en el rito romano, la liturgia del sacramento comienza con la renovación de las
promesas del Bautismo y la profesión de fe de los confirmandos. Cuando es bautizado
un adulto, recibe inmediatamente la Confirmación y participa en la Eucaristía. En el rito
romano, el obispo extiende las manos sobre todos los confirmandos, gesto que desde el
tiempo de los apóstoles significa la transmisión de un poder.

Sigue el rito esencial del sacramento. En el rito latino, «el sacramento de la


Confirmación es conferido por la unción del santo crisma en la frente, hecha
imponiendo la mano, y con estas palabras: "Recibe por esta señal el don del Espíritu
Santo‖. El beso de paz con el que concluye el rito del sacramento significa y manifiesta
la comunión eclesial con el obispo y con todos los fieles» (cf. San Hipólito Romano,
Traditioapostolica, 21).

2.- EL SIGNO DE LA CONFIRMACIÓN Y SUS EFECTOS

El signo de la confirmación es la unción con el santo crisma en la frente, que se


realiza juntamente con la imposición de las manos y mediante las palabras «recibe por
esta señal el don del Espíritu Santo». Y hemos hablado de la imposición de las manos.
Esta significa, no solo bendición, sino también delegación o transmisión de un poder.
Respecto a la unción con aceite (crisma) hay que decir que es un signo muy antiguo. Se
encuentra ya atestiguado en la consagración de reyes y sacerdotes. El aceite es signo de
abundancia, de purificación y también de curación24.

El efecto de la confirmación es del desarrollo y fortalecimiento del don del


Espíritu recibido en el bautismo. El efecto del sacramento de la Confirmación es la
efusión especial del Espíritu Santo, como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles
el día de Pentecostés. Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y
profundidad a la gracia bautismal:

— nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir "Abbá,
Padre" (Rm 8,15).;

— nos une más firmemente a Cristo;

— aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;

— hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia (cfLG 11);

— nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe
mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo

3.-EL MINISTRO DE LA CONFIRMACIÓN

El ministro originario de la Confirmación es el obispo. En Oriente es


ordinariamente el presbítero que bautiza quien da también inmediatamente la
Confirmación en una sola celebración. Sin embargo, lo hace con el santo crisma
consagrado por el patriarca o el obispo, lo cual expresa la unidad apostólica de la
Iglesia. En el rito latino, el ministro ordinario de la Confirmación es el obispo. Aunque
el obispo puede, en caso de necesidad, conceder a presbíteros la facultad de administrar
el sacramento de la Confirmación, conviene que lo confiera él mismo.

Si un cristiano está en peligro de muerte, cualquier presbítero puede darle la


Confirmación.

4.- ¿QUIÉN PUEDE RECIBIR LA CONFIRMACIÓN?

Todo bautizado, aún no confirmado, puede y debe recibir el sacramento de la


Confirmación (cf. CIC can. 889, 1). Puesto que Bautismo, Confirmación y Eucaristía

24
«En el rito de este sacramento conviene considerar el signo de la unción y lo que la unción designa e
imprime: el sello espiritual. La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas
significaciones: el aceite es signo de abundancia (cf. Dt 11,14, etc.) y de alegría (cf. Sal 23,5; 104,15);
purifica (unción antes y después del baño) y da agilidad (la unción de los atletas y de los luchadores); es
signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas (cf Is 1,6; Lc 10,34) y el ungido irradia
belleza, santidad y fuerza. Todas estas significaciones de la unción con aceite se encuentran en la vida
sacramental. La unción antes del Bautismo con el óleo de los catecúmenos significa purificación y
fortaleza; la unción de los enfermos expresa curación y consuelo. La unción del santo crisma después del
Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación, es el signo de una consagración. Por la Confirmación,
los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la
plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda "el buen olor de Cristo"
(cf. 2 Co 2,15)» (Ibid., nn. 1293-1294).
forman una unidad, de ahí se sigue que «los fieles tienen la obligación de recibir este
sacramento en tiempo oportuno» (CIC, can. 890), porque sin la Confirmación y la
Eucaristía, el sacramento del Bautismo es ciertamente válido y eficaz, pero la iniciación
cristiana queda incompleta.

La edad de la confirmación es un problema especial25. No se trata tanto de una


cuestión dogmática cuanto pastoral. En los primeros siglos la confirmación se
administraba inmediatamente después del bautismo y juntamente con la Eucaristía. Esta
práctica se sigue observando en la Iglesia oriental. En la Iglesia latina esta vinculación
entre Bautismo, Confirmación y Eucaristía sigue formando una unidad en el Bautismo
de adultos. En el bautismo de los niños se aplaza a una edad posterior. El catecismo
habla de uso de razón. Hasta hace poco, la edad era muy variable porque dependía de
cuando el obispo visitara la parroquia. El Código de Derecho Canónico dice que cada
Conferencia Episcopal determinará la edad más adecuada. En España está situada en
torno a los 14 años.

También se debe recordar que el confirmando tiene un padrino o madrina en el


sacramento de la confirmación. Su misión es igual que la del bautismo, ayudar en la
madurez de fe de su ahijado espiritual.

III.- LA EUCARISTÍA

1.- INTRODUCCIÓN: FUENTE Y CUMBRE DE LA VIDA CRISTIANA

La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido


incorporados a Cristo y a su Iglesia por el Bautismo, y configurados más profundamente
con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la
comunidad en el sacrificio mismo del Señor. El concilio Vaticano II habla de la
Eucaristía como la fuente y la cumbre de la vida Cristiana (LG 11)26. Si nos
remontamos a las primeras comunidades cristianas, descubrimos ya en ellas como el
primer día de la semana, el día del Señor (cf. Ap 1,10), se reunían para partir el pan
(=expresión con la que en el NT se designa la eucaristía). Así, por ejemplo, el libro de
los Hechos de los Apóstoles nos dice que «Eran constantes en escuchar la enseñanza de
los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hech. 2,42).

Y es que las primeras comunidades siempre tuvieron conciencia de la unión de


la eucaristía con Jesucristo. Por eso, si queremos comprender la eucaristía, hemos de
preguntarnos por su origen en Jesucristo, ya que ha sido instituida por Él. En este
sentido, podemos hablar de una triple fundación de la Eucaristía en Jesucristo:

1.- Jesús se reunía para comer, pero

25
«La costumbre latina, desde hace siglos, indica "la edad del uso de razón", como punto de referencia
para recibir la Confirmación. Sin embargo, en peligro de muerte, se debe confirmar a los niños incluso si
no han alcanzado todavía la edad del uso de razón» (Ibid., n.1307).
26
«La Eucaristía es "fuente y culmen de toda la vida cristiana" (LG 11). "Los demás sacramentos, como
también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se
ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo
mismo, nuestra Pascua" (PO 5)» (Ibid., n.1324).
2.- la eucaristía se instituye en la última cena de Jesús, la noche antes de
su muerte y

3.- se confirma en las apariciones en las que el Señor resucitado come


con sus discípulos.

1.- Las comidas que Jesús realizó en su vida histórica tenían un sentido especial.
Constituían un signo anticipado de la comida que tendrá al final de los tiempos. Para los
judíos, las comidas eran importantes porque significaban la unión y la fraternidad, el
compartir en torno a una misma mesa en la que todos son hermanos. Por eso, las
comidas de Jesús tenían ese matiz de signo de salvación, que ya había comenzado para
con los pobres, y que se manifestaba en la comunión con Dios y en la comunión de los
hombres entre sí.

2.-La última cena tuvo, en cambio, un sentido especial. El Señor hizo algo
nuevo, ya que anticipo su entrega a la muerte ―por muchos‖ e hizo participar de ella a
sus discípulos. Así, en la cruz y en la resurrección los discípulos encontraron la clave, la
ratificación, que les ayudó a entender las palabras de Jesús en la última Cena. El Señor
Jesús, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el Sacrificio
Eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el
sacrificio de la cruz, y confiar así a la Iglesia el memorial de su muerte y resurrección
(cf. SC 47).

Es esta una práctica que enraizó inmediatamente en la Iglesia primitiva. Así, el


apóstol Pablo nos dice que el transmite una tradición muy antigua, que él ha encontrado
en las comunidades primitivas.

3.- Jesús se va a aparecer a los discípulos, según el NT, una vez resucitado para
comer de nuevo con ellos. Por ejemplo, los discípulos de Emaús, le van a reconocer al
partir el pan.

2.- INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA

El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había
llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una
cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor (cf. Jn 13,1-17). Para dejarles
una prueba de su amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su
Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y
ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, "constituyéndoles entonces
sacerdotes del Nuevo Testamento" (Concilio de Trento: DS 1740)27. Los tres evangelios
sinópticos y san Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía;
por su parte, san Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras
que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de
vida bajado del cielo (cf. Jn 6).

27
«El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de
partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el
mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los
suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su
resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, "constituyéndoles entonces sacerdotes
del Nuevo Testamento" (Concilio de Trento: DS 1740)» (Ibid., n. 1337».
Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en
Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre: «Llegó el día de los Ázimos, en
el que se había de inmolar el cordero de Pascua; [Jesús] envió a Pedro y a Juan,
diciendo: "Id y preparadnos la Pascua para que la comamos"[...] fueron [...] y
prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles; y les dijo:
"Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo
que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios" [...] Y
tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: "Esto es mi cuerpo que va a ser
entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío". De igual modo, después de cenar,
tomó el cáliz, diciendo: "Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser
derramada por vosotros"» (Lc 22,7-20; cf. Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).

Al celebrar la última Cena con sus apóstoles, Jesús dio un sentido nuevo a la
cena de la Pascua Judía. En efecto, su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es
anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía. Y Jesús, dice «Haced esto en
memoria mía». El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras, no pide
solo recordar lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica del memorial de Cristo, de
su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre. Desde el
principio, como hemos citado, la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. «Acudían
asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción
del pan y a las oraciones [...] Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con
un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con
sencillez de corazón» (Hch 2,42.46).

Desde las comunidades primitivas la Iglesia celebra la Eucaristía en el domingo,


porque es el día en que el Señor ha resucitado (―el primer día de la Semana‖) 28. Muy
pronto, a partir del siglo II, se le conoce con el nombre de Eucaristía (=acción de
gracias), porque en ella celebramos nuestra liberación. Como desarrollaremos a
continuación, la Eucaristía es sacrificio que actualiza la salvación acontecida de una vez
para siempre en la muerte y resurrección del Señor, y que nos da vida. De la misma
manera que el maná en la Antigua Alianza, la Eucaristía es el alimento del Pueblo de
Dios en la Nueva Alianza. El maná del desierto fue solo una prefiguración del
verdadero pan de Dios que ha venido para dar vida al mundo.

3.- LOS NOMBRES DE ESTE SACRAMENTO

La riqueza de este sacramento se expresa mediante los distintos nombres que se


le da. Cada uno de estos nombres evoca alguno de sus aspectos. A la celebración de este
sacramento se le conoce también como:

a) Eucaristía porque es acción de gracias a Dios.

28
«Era sobre todo "el primer día de la semana", es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús,
cuando los cristianos se reunían para "partir el pan" (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días, la
celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la
Iglesia, con la misma estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia» (Catecismo,
n.1343).
b) Banquete del Señor (cf. 1 Cor 11,20) porque se trata de la Cena que el Señor
celebró con sus discípulos la víspera de su pasión y de la anticipación del
banquete eterno del Reino de los cielos.

c) Fracción del pan porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por
Jesús cuando bendecía y distribuía el pan. Con esta expresión los primeros
cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cf. Hch 2,42.46; 20,7.11)
Expresa que todos los que comen de este único pan partido, que es Cristo, entran
en comunión con él y forman un solo cuerpo en él.

d) Asamblea eucarística porque la Eucaristía es celebrada en la asamblea de los


fieles, convocada por Dios.

e) Memorial de la pasión y de la resurrección del Señor.

f) Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador.

g) Comunión, porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace
partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo (cf. 1 Cor
10,16-17).

h) Santa Misa porque se termina con el envío de los fieles ("ite, missaest") a fin de
que cumplan en vida cotidiana lo que han celebrado.

4.- LA PRESENCIA DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA

Cristo está presente en la celebración de la Eucaristía de diversos modos29:

a.- En la comunidad reunida, porque como dice el evangelio "donde dos o más
están reunidos en mi nombre allí estoy yo" (Mt 18,20).

b.- Está presente en las palabras y en la persona del que preside (sacerdote).

c- Está presente en la Eucaristía, presente bajo las especies eucarísticas,


verdadera, real y sustancialmente30. De ahí su primacía frente a otros sacramentos,
29
«Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros" (Rom 8,34),
está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia,
"allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre" (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos
(Mt 25,31-46), en los sacramentos de los que Él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del
ministro. Pero, "sobre todo, (está presente) bajo las especies eucarísticas" (SC 7)» (Ibid., n.1373).
30
«El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por
encima de todos los sacramentos y hace de ella "como la perfección de la vida espiritual y el fin al que
tienden todos los sacramentos" (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q. 73, a. 3). En el
Santísimo Sacramento de la Eucaristía están "contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y
porque no solo confiere la gracia, sino que hace presente en nosotros la fuente misma de
la gracia. Según la doctrina de la Iglesia, la presencia real de Cristo en el pan y el vino
se basa en las palabras de Jesús en su última cena: «Esto es mi cuerpo...esta es mi
sangre» (Mc 14, 22.24 y paralelos). Para los hebreos cuerpo no significa solo una parte
del hombre, sino toda la persona, así como sangre significa la sustancia vital del
hombre. De esta manera, Jesús interpreta su muerte diciendo que es su propia vida la
que se entrega, y ese mismo es el significado de la Eucaristía.

Las palabras del relato de la institución que el sacerdote dice no son un simple
recuerdo, sino una oración de bendición sobre el pan y el vino, que se pronuncia en
nombre y en la persona de Jesucristo. Así pues, la presencia de Cristo en la Eucaristía
no es para nosotros fruto de una acción mágica o mecánica, sino que responde a la
petición del Espíritu Santo en una oración dirigida a Dios Padre en nombre de Jesucristo
(epíclesis).

Frente a las interpretaciones que se han dado a lo largo de la historia (presencia


simbólica o espiritual; reforma) la Iglesia ha expuesto siempre la presencia real de
Jesucristo, a la vez que ha expresado que esta presencia, en cuanto misterio de fe, tiene
un carácter singular. Para afirmar tal verdad la Iglesia habló de la transustanciación.
Esta doctrina no pretende ser una explicación racional del misterio de la Eucaristía, sino
afirmar que la presencia real y sustancial de Cristo no cambia la apariencia empírica del
pan y del vino y por tanto la presencia de Cristo no debe entenderse espacialmente.

Por otra parte, la Iglesia ha sostenido la presencia permanente de Jesucristo en el


pan y el vino aún fuera de la celebración de la Eucaristía. Esto se muestra en la
antiquísima costumbre de conservar la eucaristía que sobra y de llevar la comunión a los
enfermos fuera de la misma misa31. El sagrario (tabernáculo) estaba primeramente
destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los
enfermos y ausentes fuera de la misa. Por la profundización de la fe en la presencia real
de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración
silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe
estar colocado en un lugar particularmente digno de la Iglesia; debe estar construido, de
tal forma, que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el
santísimo sacramento.

5.- LA EUCARISTÍA ES TAMBIÉN SACRIFICIO

Pero la presencia de Cristo en la Eucaristía no significa solo la presencia de su


persona, sino también la actualización de su obra, especialmente de su entrega en la
cruz. Esto es lo que se quiere decir cuando hablamos del carácter de sacrificio de la
cruz. Los profetas del AT, y más en el NT (cf. Heb), cambiaron la concepción que otras

la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero"
(Concilio de Trento: DS 1651). «Esta presencia se denomina "real", no a título exclusivo, como si las
otras presencias no fuesen "reales", sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y
hombre, se hace totalmente presente» (MF 39)». (Ibid., n.1374).
31
«El culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo
bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente
en señal de adoración al Señor. "La Iglesia católica ha dado y continúa dando este culto de adoración que
se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración:
conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las
veneren con solemnidad, llevándolas en procesión en medio de la alegría del pueblo" (MF 56)». (Ibid., n.
1378).
religiones tenían del sacrifico. No se trata de ofrecer nada externo a nosotros y hacerlo
muchas veces. Cristo en la cruz no le ofrece algo al Padre, sino que se ofrece a sí
mismo. A diferencia del AT, no ofrece muchos sacrificios, solo uno que tiene una
validez permanente.

En las palabras de Jesús en la última cena él nos dice "Haced esto en memoria
mía". Para la Biblia el término memorial no significa recordar, sino actualizar aquello
que se recuerda, hacerlo presente hoy32. Por eso no se trata de un sacrificio nuevo e
independiente al de la cruz. La Eucaristía es la actualización sacramental del sacrifico
de la cruz que tuvo lugar una vez para siempre: «Cumplimos este mandato del Señor
celebrando el memorial de su sacrificio33. Al hacerlo, ofrecemos al Padre lo que Él
mismo nos ha dado: los dones de su creación, el pan y el vino, convertidos por el poder
del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo:
así Cristo se hace real y misteriosamente presente»34.

Pero ¿se puede decir que la eucaristía sea sacrificio de la Iglesia al mismo
tiempo? Se trata de una cuestión discutida con otras confesiones cristianas. Para los
católicos, Jesucristo nos incorpora a su sacrificio, ya que, por el bautismo, somos su
cuerpo. Por tanto, como comunidad unida a Él por el bautismo, los cristianos deben
ofrecerse a sí mismos, su vida debe ser un "aquí estoy".

6.- LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE UNIDAD Y DE LA CARIDAD

La celebración de la Eucaristía llega a su cumbre en el momento de la comunión.


El fruto de ésta es principalmente la unión personal e íntima con Cristo. La enseñanza
de la Iglesia distingue un doble modo de comunión que se dan unidos:

1.- La comunión sacramentalEn la que se recibe realmente el cuerpo de Cristo.

2.- La comunión espiritual Que expresa la unión con Cristo en el deseo


autentico de recibirlo. Por eso, para que la comunión de fruto, es necesario recibirla con
este deseo. De ahí la importancia de una buena disposición. En ella es, pues,
fundamental la reconciliación (por eso toda celebración de la Eucaristía comienza con la
petición de perdón).

Pero la comunión que la Eucaristía realiza no es solo la de cada cristiano


individualmente con Cristo, sino también la unidad de todos los cristianos entre sí. Es
por esto que San Agustín, y así lo recoge el Concilio Vaticano II, llamaba a la eucaristía
32
«En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los
acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los
hombres (cf. Ex 13,3). En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma,
presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la
pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que
conformen su vida a estos acontecimientos». (Ibid., n.1363)
33
«Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial
de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: "Esto es mi Cuerpo que será
entregado por vosotros" y "Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros"
(Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre
misma que "derramó por muchos [...] para remisión de los pecados" (Mt 26,28)». (Ibid.,n. 1365).
34
«Cumplimos este mandato del Señor celebrando el memorial de su sacrificio. Al hacerlo, ofrecemos al
Padre lo que Él mismo nos ha dado: los dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el poder
del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo: así Cristo se hace
real y misteriosamente presente» (Ibid., n. 1357).
―signo de unidad y vinculo de caridad‖. De esta manera, la celebración de la Eucaristía
nos impulsa a practicar la caridad entre los hombres: «No podemos compartir el pan
eucarístico, si no estamos dispuestos a compartir el pan de cada día y a trabajar por un
mundo más justo y fraterno».

7.- LA EUCARISTÍA, ESTRUCTURA Y PARTES DE LA


CELEBRACIÓN

Desde el siglo II, según el testimonio de san Justino mártir, tenemos las grandes
líneas del desarrollo de la celebración eucarística. Estas han permanecido invariables
hasta nuestros días a través de la diversidad de tradiciones rituales litúrgicas. He aquí lo
que el santo escribe, hacia el año 155, para explicar al emperador pagano Antonino Pío
(138-161) lo que hacen los cristianos:

«El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que
habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de
los profetas, tanto tiempo como es posible. Cuando el lector ha terminado, el que preside
toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas. Luego nos
levantamos todos juntos y oramos por nosotros [...] (San Justino, Apologia, 1, 67) y por
todos los demás donde quiera que estén, [...] a fin de que seamos hallados justos en nuestra
vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación
eterna. Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros. Luego se lleva al que
preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados. El presidente los toma
y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo
y da gracias (en griego: eucharistian) largamente porque hayamos sido juzgados dignos de
estos dones. Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias, todo el pueblo
presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén. [...] Cuando el que preside ha hecho la
acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre vosotros se llaman diáconos
distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua "eucaristizados" y los llevan a
los ausentes» (San Justino, Apologia, 1, 65).

La celebración de la Eucaristía consta de dos partes: la liturgia de la palabra y la


liturgia de la Eucaristía, a las que se puede añadir los ritos iníciales y la conclusión.
Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística constituyen juntas "un solo acto de culto",
en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de
Dios y la del Cuerpo del Señor. De ahí la siguiente estructura:

I.-la reunión, la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración


universal;

II.- la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de
gracias consacratoria y la comunión.

El desarrollo de la celebración

a.-Todos se reúnen. Los cristianos acuden a un mismo lugar para la asamblea


eucarística. A su cabeza está Cristo mismo que es el actor principal de la Eucaristía. Él
mismo es quien preside invisiblemente toda celebración eucarística. Como representante
suyo, el obispo o el presbítero (actuando in persona Christi capitis) preside la asamblea,
toma la palabra después de las lecturas, recibe las ofrendas y dice la plegaria eucarística.
Todos tienen parte activa en la celebración, cada uno a su manera.
b.- La liturgia de la Palabra en la que se escucha la Sagrada Escritura, y después
la homilía que invita a acoger esta palabra, y a ponerla en práctica; vienen luego las
intercesiones por todos los hombres.

c.- La presentación de las ofrendas (el ofertorio): entonces se lleva al altar, a


veces en procesión, el pan y el vino que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de
Cristo en el sacrificio eucarístico, en el que se convertirán en su Cuerpo y en su Sangre.
Es la acción misma de Cristo en la última Cena, "tomando pan y una copa".

d.- La Anáfora: Con la plegaria eucarística, oración de acción de gracias y de


consagración llegamos al corazón y a la cumbre de la celebración:

1.- En el prefacio, la Iglesia da gracias al Padre, por Cristo, en el


Espíritu Santo, por todas sus obras, por la creación, la redención y la
santificación.

2.- En la epíclesis, la Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu Santo


sobre el pan y el vino, para que se conviertan por su poder, en el Cuerpo
y la Sangre de Jesucristo.

3.- En el relato de la institución, la fuerza de las palabras y de la acción


de Cristo y el poder del Espíritu Santo hacen sacramentalmente
presentes, en el pan y el vino, su Cuerpo y su Sangre.

4.- En la anámnesis que sigue, la Iglesia hace memoria de la pasión, de


la resurrección

e.- Tras el rito del padre nuestro, de la paz y de la fracción del pan, viene el
momento de la comunión, en ella los fieles reciben el Cuerpo y la Sangre de Cristo que
se entregó "para la vida del mundo" (Jn 6,51).

f.- Termina la celebración con la bendición final y el envío. Se trata de vivir lo


que celebramos fortalecidos por la misma gracia del Señor que hemos recibido.

8.- EL DÍA DEL SEÑOR

Desde siempre la Iglesia ha puesto de relieve que el Domingo es el día en que


celebramos la Resurrección de Cristo35. Según los evangelios, Jesús resucita “el primer
día de la Semana‖ (Mt 28,1). Y sigue diciendo que a los ocho días despues, Jesús se
aparece de nuevo (cf. Jn 20,26). Son varios los testimonios que tenemos, como hemos
visto, y que recuerdan, como desde el principio, los cristianos se reunían para celebrar
la Eucaristía.

9.- LOS FRUTOS DE LA COMUNIÓN

1.- La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la


comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús.
35
«La Iglesia obliga a los fieles "a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia" (cf. OE
15) y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, s i es posible en tiempo pascual (cf. CIC can. 920),
preparados por el sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda vivamente a los fieles
recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los
días». (Ibid., n. 1389).
2.- La comunión nos separa del pecado. La Eucaristía no puede unirnos a Cristo
sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros
pecados36. Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la
Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta
caridad vivificada borra los pecados veniales.

3.- La Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más


participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se
nos hará romper con Él por el pecado mortal. La Eucaristía no está ordenada al perdón
de los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliación. Lo propio
de la Eucaristía es ser el sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia.

4.- La unidad del Cuerpo místico: La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben
la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos
los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia.

5.- La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en


la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo, debemos reconocer a Cristo en los más
pobres, sus hermanos (cf. Mt 25,40).

36
«Cada vez que lo recibimos, anunciamos la muerte del Señor (cf. 1 Co 11,26). Si anunciamos la muerte
del Señor, anunciamos también el perdón de los pecados. Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es
para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que
peco siempre, debo tener siempre un remedio» (San Ambrosio, De sacramentis 4, 28).
TEMA 3
LOS SACRAMENTOS DE LA CURACIÓN

«Por los sacramentos de la iniciación cristiana, el hombre recibe la vida nueva


de Cristo. Ahora bien, esta vida la llevamos en "vasos de barro" (2 Co 4,7).
Actualmente está todavía "escondida con Cristo en Dios" (Col 3,3). Nos hallamos aún
en "nuestra morada terrena" (2 Co 5,1), sometida al sufrimiento, a la enfermedad y a la
muerte. Esta vida nueva de hijo de Dios puede ser debilitada e incluso perdida por el
pecado». (Catecismo, n. 1420). El Señor Jesucristo, que perdonó los pecados y curó a
los enfermos, (cf. Mc 2,1-12), quiso que su Iglesia continuase, en la fuerza del Espíritu
Santo, su obra de curación y de salvación. Esta es finalidad de los dos sacramentos de
curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los enfermos

IV.- LA PENITENCIA

Son varios los nombres con los que se conoce este sacramento, según se acentúe
uno u otro rasgo del mismo:

a) Se le denomina sacramento de conversión porque realiza sacramentalmente la


llamada de Jesús a la conversión (cf. Mc 1,15), la vuelta al Padre (cf. Lc 15,18)
del que el hombre se había alejado por el pecado.
b) Sacramento de la penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de
conversión, de arrepentimiento y de reparación.
c) Sacramento de la confesión porque la declaración o confesión de los pecados
ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento.
d) Se le denomina sacramento del perdón porque, por la absolución sacramental
del sacerdote, Dios concede al penitente "el perdón [...] y la paz".
e) Sacramento de reconciliación porque otorga al pecador el amor de Dios que
reconcilia: "Dejaos reconciliar con Dios" (2 Cor 5,20).

¿Por qué un sacramento de la Reconciliación después del Bautismo?

La conversión a Cristo, el nuevo nacimiento por el Bautismo y los demás


sacramentos de la iniciación cristiana nos han hecho "santos e inmaculados ante Él" (Ef
1,4). Sin embargo, la vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprime la
fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que
permanece en los bautizados, de ahí la necesidad de un sacramento que, tras el
bautismo, nos reconcilie con Dios y con el hermano.

En el evangelio Jesús llamada a la conversión. Comienza anunciando que, para


pertenecer al Reino, es necesario convertirse y tener fe (Mc 1,14ss). Su misión en la
tierra es salvadora, quiere liberar al hombre de sus pecados. Por lo tanto, la conversión
segunda es tarea para siempre, es decir, siempre vamos a estar necesitados de perdón.
Para que el sacramento sea válido, se necesita la conversión interior.

Es un sacramento que puede ser entendido desde la mano tendida por Dios
cuando el hombre se aleja. En este sentido, la parábola del hijo pródigo (Lc 15) nos
puede ayudar a comprender las dimensiones de lo que significa el perdón en la Biblia.

Crisis actual del Sacramento

En los primeros siglos la disciplina de este sacramento era muy rigurosa: los
penitentes, tras haber confesado sus culpas al obispo, debían pasar por austero periodo
de reparación, tras el cual recibían públicamente el perdón. Paulatinamente el
sacramento va a centrarse en la celebración privada: cada penitente debía expresar el
perdón de sus pecados y después recibía la absolución. Formula que perdurará hasta
nuestros días. Ciertamente hoy asistimos a una crisis del sacramento de la penitencia
que puede estar motivada por varios factores:

 Crecimiento de la indiferencia religiosa en la sociedad.

 Pérdida del sentido del pecado.

 Inadecuada concepción del pecado.

 Deficiencias en la práctica pastoral que ha dado lugar a su falta de estima.

Es, pues, un sacramento de gran importancia, pues solo a través de Él


recomponemos la relación con Dios. En este sacramento, el hombre experimenta que es
un hijo de un padre que, en vez de acusar y reprochar, se enternece y perdona.

El sacramento del perdón

Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros


pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el
pecado grave. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de
convertirse y de recuperar la gracia.

A lo largo de los siglos, la forma concreta según la cual la Iglesia ha ejercido


este poder recibido del Señor ha variado mucho. Durante los primeros siglos, la
reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves
después de su Bautismo (por ejemplo, idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada
a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia
pública por sus pecados, a menudo, durante largos años.

Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición


monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica "privada" de la
Penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia
antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces
de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote. Esta nueva práctica preveía
la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así el camino a una recepción
regular del mismo en nuestros días.
A través de los cambios se descubre una misma estructura fundamental.
Comprende dos elementos igualmente esenciales:

a) por una parte, los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu
Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción;
b) y por otra parte, la acción de Dios por el ministerio de la Iglesia. Por medio del
obispo y de sus presbíteros, la Iglesia, en nombre de Jesucristo, concede el
perdón de los pecados,

La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el elemento esencial de


este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón. Realiza la
reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través
de la oración y el ministerio de la Iglesia37.

Los actos del penitente

a.- El examen de conciencia que significa caer en la cuenta de aquellos pecados


que he cometido en mi vida, y me apartan de Dios y de su Iglesia.

b.- El dolor de los pecados, que incluye el arrepentimiento o contrición. Implica


tomar conciencia de que nos hemos separado de Dios y del hermano, y el deseo de
volver a la comunión desde el arrepentimiento.

c.- Propósito de no volver a pecar (propósito de enmienda)

d.- La confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista simplemente


humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. La confesión de los
pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la
Penitencia: «Según el mandamiento de la Iglesia "todo fiel llegado a la edad del uso de
razón debe confesar, al menos una vez al año, fielmente sus pecados graves"» (CIC can.
989).

e.- Cumplir la penitencia. Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso


hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la
reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige
esto. Hablamos de la satisfacción. Liberado del pecado, el pecador debe todavía
recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus
pecados: debe "satisfacer" de manera apropiada o "expiar" sus pecados. Esta
satisfacción se llama también "penitencia".

¿Cuál es el ministro de la penitencia?

Son los obispos y sacerdotes38. Es el obispo quien tiene la jurisdicción propia de


perdonar y que puede a su vez transmitirla a los demás sacerdotes. Merece especial

37
«Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su
Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la
Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo» (Ritual de la Penitencia, 46. 55)
38
«El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe
unirse a la intención y a la caridad de Cristo (cf. PO 13). Debe tener un conocimiento probado del
comportamiento cristiano, experiencia de las cosas humanas, respeto y delicadeza con el que ha caído;
atención el llamado sigilo sacramental (secreto de confesión) por el que bajo ningún
concepto se pueden revelar los pecados escuchados en confesión; infringir esta norma
conllevaría penas canónicas muy severas. Dada la delicadeza y la grandeza de este
ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que
oye confesión está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus
penitentes le han confesado, bajo penas muy severas. Este secreto, que no admite
excepción, se llama "sigilo sacramental", porque lo que el penitente ha manifestado al
sacerdote queda "sellado" por el sacramento (cf. Catecismo, n 1467).

Efectos del sacramento:

1. Reconcilia con Dios. Consigue la paz y la tranquilidad interior y un profundo


consuelo espiritual.

2. Reconcilia con la Iglesia.

3. Aumenta la gracia, la acción de Dios en nosotros.

Celebración del Sacramentos.

Los elementos principales del rito están recogidos en el Catecismo (n. 1480):
Saludo y bendición del sacerdote, Lectura de la palabra de Dios para iluminar la vida,
confesión de los pecados, Imposición de las manos y absolución del sacerdote y la
penitencia.

A su vez, hay tres modos de celebrar este sacramentos39: El primero es el


ordinario, y que la Iglesia recomienda habitualmente, es la confesión individual de
cada uno. Hay otro modo, llamado celebración comunitaria, que se utiliza sobre todo
en momentos en los que conviene reunir a una comunidad de fieles para preparar el
sacramento. Además, existe la posibilidad de la absolución colectiva para casos de
extrema necesidad. En estos casos debe quedar claro que el penitente tiene que
confesarse según el modo ordinaria, cuando tenga ocasión para hacerlo.

debe amar la verdad, ser fiel al magisterio de la Iglesia y conducir al penitente con paciencia hacia su
curación y su plena madurez. Debe orar y hacer penitencia por él confiándolo a la misericordia del
Señor».(Catecismo, n. 1466).
39
«En casos de necesidad grave se puede recurrir a la celebración comunitaria de la reconciliación con
confesión general y absolución general. Semejante necesidad grave puede presentarse cuando hay un
peligro inminente de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para oír la
confesión de cada penitente. La necesidad grave puede existir también cuando, teniendo en cuenta el
número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente las confesiones individuales en
un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa suya, se verían privados durante largo
tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión. En este caso, los fieles deben tener, para la
validez de la absolución, el propósito de confesar individualmente sus pecados graves en su debido
tiempo. Al obispo diocesano corresponde juzgar si existen las condiciones requeridas para la absolución
general. Una gran concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de peregrinaciones no
constituyen por su naturaleza ocasión de la referida necesidad grave». (Ibid., n. 1483).
V.- LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

«Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros,


toda la Iglesia entera encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado para
que los alivie y los salve. Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de
Cristo; y contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios" (LG 11) (Catecismo, n. 1499).

La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más


graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su
impotencia, sus límites y su finitud. Incluso la enfermedad puede conducir a la angustia,
al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra
Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo
que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la
enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él.

El hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante


Dios se lamenta por su enfermedad (cf. Sal 38) y de Él, que es el Señor de la vida y de
la muerte, implora la curación (cf. Sal 6,3; Is 38). La enfermedad se convierte en
camino de conversión (cf. Sal 38,5; 39,9.12) y el perdón de Dios inaugura la curación
(cf. Sal 32,5; 107,20; Mc 2,5-12). Israel experimenta que la enfermedad, de una manera
misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley,
devuelve la vida: «Yo, el Señor, soy el que te sana» (Ex 15,26). El profeta entrevé que
el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados de los demás (cf.
Is 53,11).

Si miramos la misma vida de Jesús en el Evangelio, descubrimos rápidamente


como éste se conmovió ante la enfermedad. Cristo que ha experimentado nuestra
flaqueza, dio pruebas de una compasión muy particular para con los enfermos y para
cuantos estaban afectados por el padecimiento físico. Ellos fueron los primeros y más
privilegiados destinatarios de su acción salvadora. Uno de los rasgos distintivos de su
misión y ministerio era la cercanía con los que sufrían y en su curación se encontraba un
signo de la presencia del Reino, una huella de que Dios comienza a ir transformando
con su bondad el corazón de aquellos que más sufren.

Como dice el Catecismo en el número 1503 «La compasión de Cristo hacia los
enfermos y sus numerosas curaciones del dolor, son un signo maravilloso de que "Dios
ha visitado a su pueblo" y de que el Reino de Dios está cerca" (...). Su compasión hacia
todos los que sufren le lleva a identificarse con ellos: "Estuve enfermo y me visitasteis"
(Mt 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de
los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que
sufren en su cuerpo y en su alma».

Durante mucho tiempo este sacramento fue llamado extremaunción40 y se


consideraba como una ayuda extrema ya en el momento de la muerte. Sin embargo, la
Iglesia ha querido recordar, de un modo expreso, que este no es exclusivamente el

40
En la tradición litúrgica, tanto en Oriente como en Occidente, se poseen desde la antigüedad testimonios
de unciones de enfermos practicadas con aceite bendito. En el transcurso de los siglos, la Unción de los
enfermos fue conferida, cada vez más exclusivamente, a los que estaban a punto de morir. A causa de
esto, había recibido el nombre de "Extremaunción". A pesar de esta evolución, la liturgia nunca dejó de
orar al Señor a fin de que el enfermo pudiera recobrar su salud si así convenía a su salvación (cf. DS
1696).
sentido. Se trata de sostener, confortar y fortalecer mediante la gracia sacramental al
enfermo o al anciano en los momentos en los que fragilidad se hace presente en la vida,
y que no tiene por qué ser siempre el final de la misma.

Institución

Ya hemos afirmado que Jesús en el evangelio curó a los enfermos y envió a sus
discípulos a esa misma misión. Estimuló su misma actitud ante el sufrimiento en sus
discípulos, y le animó a compadecerse de los que sufren (cf. Mt 25,40), por eso les
encarga esta misma misión de acercarse a los enfermos (cf. Mt 10,8; cf. Mc 6, 13; ...).
El propio Jesús instituye el sacramento. En su manera de actuar, de acercarse y
comportase con los enfermos, descubre la Iglesia la necesidad de este sacramento. Ya
en los mismos tiempos apostólicos encontramos esta práctica, que incluso es recogida
por el NT en la Carta del Apóstol Santiago (5,14-15): «¿Está enfermo alguno de
vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren sobre él y le unjan con
oleo en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo... y si hubiera
cometido pecado le serán perdonados».

La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un sacramento
especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad: la Unción de
los enfermos: «Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor
como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente dicho, insinuado
por Marcos (cf. Mc 6,13), y recomendado a los fieles y promulgado por Santiago,
apóstol y hermano del Señor» (Concilio de Trento: DS 1695, cf. Sant 5, 14-15).

El sujeto que lo recibe y el ministro

Puede recibir este sacramento el enfermo y el anciano. Esto es, aquellas personas
que experimentan la fragilidad y lo quebradizo de la existencia humana. No se debe
administrar dos veces en la misma enfermedad, pero si en el caso de recaída. Está
previsto que los ancianos, a partir de cierta edad, puedan recibir la unción una vez al
año, aun cuando no posean una enfermedad explícita41.

El ministro para administrar la unción es el obispo y el sacerdote. ninguna otra


persona puede hacerlo válidamente, ni siquiera en peligro de muerte42.

Rito y Efectos

41
«La Unción de los enfermos "no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir. Por
eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por
enfermedad o vejez» (Catecismo, n. 1514). «Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede,
en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el curso de la misma
enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción
de los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las personas de edad
avanzada cuyas fuerzas se debilitan» (Catecismo, n. 1515).
42
«Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la Unción de los enfermos (cf. Concilio de
Trento: DS 1697; 1719; CIC, can. 1003, CCEO. can. 739,1). Es deber de los pastores instruir a los fieles
sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben animar a los enfermos a llamar al sacerdote para
recibir este sacramento. Y que los enfermos se preparen para recibirlo en buenas disposiciones, con la
ayuda de su pastor y de toda la comunidad eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente a
los enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas» (Ibid., , n. 1515).
Dice el catecismo en el número 1519: «La celebración del sacramento
comprende principalmente estos elementos; los presbíteros de la Iglesia imponen en
silencio las manos a los enfermos, oran por los enfermos en la fe de la Iglesia; es la
epíclesis propia de este sacramento; luego ungen al enfermo con oleo bendecido, si es
posible, por el obispo. Estas acciones litúrgicas indican las gracias que este
sacramento confiere». Según lo expuesto, podemos señalar en el rito:

 Imposición de las manos.


 Oración por el enfermo (epíclesis).
 unción con oleo bendecido.
 Palabras de la unción: «Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia,
te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que libre de tus
pecados, te conceda la salvación y te conforte en la enfermedad».

Los efectos aparecen bien descritos en las palabras del rito:

 Es ante todo un don particular del Espíritu Santo: «La gracia primera de este
sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las
dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la
vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe
en Dios, y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente la
tentación de desaliento y de angustia ante la muerte (cf. Hb 2,15). Esta asistencia
del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación
del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios (cf. Concilio
de Florencia: DS 1325). Además, "si hubiera cometido pecados, le serán
perdonados" (Sant 5,15; cf. Concilio de Trento: DS 1717)» (Catecismo, n.1520).

 Una gracia que confiere consuelo y fortaleza en la enfermedad.

 La unión a la Pasión de Cristo. Por la gracia de este sacramento, el enfermo


recibe la fuerza y el don de unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo: en
cierta manera es consagrado para dar fruto por su configuración con la Pasión
redentora del Salvador. El sufrimiento, secuela del pecado original, recibe un
sentido nuevo, viene a ser participación en la obra salvífica de Jesús.

 Una gracia eclesial. Los enfermos que reciben este sacramento, «uniéndose
libremente a la pasión y muerte de Cristo, contribuyen al bien del Pueblo de
Dios» (LG 11). Cuando celebra este sacramento, la Iglesia, en la comunión de
los santos, intercede por el bien del enfermo. Y el enfermo, a su vez, por la
gracia de este sacramento, contribuye a la santificación de la Iglesia, y al bien de
todos los hombres por los que la Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo, a Dios
Padre.

 Supone el perdón de los pecados, y en caso extremo, prepara para el encuentro


salvador con Dios Padre («te conceda la salvación»).
Desde siempre la Iglesia cree y confiesa que hay un sacramento específico para
la enfermedad, la unción; es un sacramento de la enfermedad y no de la muerte, y que
ayuda al enfermo creyente a vivir la debilidad conforme al sentido de la fe.

TEMA 4
LOS SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA
COMUNIDAD

Los sacramentos que hemos visto hasta ahora eran necesarios para el
crecimiento espiritual de cada individuo. El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía
son los sacramentos de la iniciación cristiana. Fundamentan la vocación común de todos
los discípulos de Cristo, que es vocación a la santidad y a la misión de evangelizar el
mundo. Confieren las gracias necesarias para vivir según el Espíritu en esta vida. Ahora
vamos a ver los dos últimos, que no solo atañen al individuo, sino al crecimiento de la
misma comunidad. Están orientados también a la salvación de los demás.

El Orden y el Matrimonio, están ordenados a la salvación de los demás.


Contribuyen ciertamente a la propia salvación, pero esto lo hacen mediante el servicio
que prestan a los demás. Confieren una misión particular en la Iglesia y sirven a la
edificación del Pueblo de Dios.

En estos sacramentos, los que fueron ya consagrados por el Bautismo y la


Confirmación pueden recibir consagraciones particulares. Los que reciben el
sacramento del Orden son consagrados para «en el nombre de Cristo ser los pastores de
la Iglesia con la palabra y con la gracia de Dios» (LG 11). Por su parte, «los cónyuges
cristianos, son fortificados y como consagrados para los deberes y dignidad de su
estado por este sacramento especial» (GS 48,2).

VI.- EL ORDEN

La palabra Orden designaba, en la antigüedad romana, cuerpos constituidos en


sentido civil, sobre todo el cuerpo de los que gobiernan. Ordenación indicaba que uno
entraba a formar parte de este ordo. En la Iglesia hay cuerpos constituidos que la
Tradición, apoyada en la Sagrada Escritura (cf. Hb 5,6; 7,11; Sal 110,4), llama desde los
tiempos antiguos con el nombre de ordenes: así la liturgia habla del orden de los
obispos, el orden de los presbíteros y el orden de los diáconos. Había otros ordenes
como el de los esposos, el de los catecúmenos, etc…La integración en uno de estos
cuerpos de la Iglesia se hacía por un rito llamado ordenación, acto religioso y litúrgico
que era una consagración, una bendición o un sacramento.
Hoy la palabra está reservada al acto sacramental que incorpora al orden de los
obispos, de los presbíteros y de los diáconos, y que va más allá de una simple elección,
designación, delegación o institución por la comunidad, pues confiere un don del
Espíritu Santo que permite ejercer un "poder sagrado", que sólo puede venir de Cristo, a
través de su Iglesia.

En el Antiguo Testamento el pueblo elegido fue constituido por Dios como «un
reino de sacerdotes y una nación consagrada» (Ex 19,6; cf. Is 61,6). Pero dentro del
pueblo de Israel, Dios escogió una de las doce tribus, la de Leví, para el servicio
litúrgico (cf. Nm 1,48-53). Los sacerdotes fueron establecidos «para intervenir en favor
de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los
pecados» (Hb 5,1). Instituido para anunciar la palabra de Dios (cf. Ml 2,7-9) y para
restablecer la comunión con Dios mediante los sacrificios y la oración, este sacerdocio
de la Antigua Alianza, sin embargo, era incapaz de realizar la salvación, por lo cual
tenía necesidad de repetir sin cesar los sacrificios, al menos una vez al año. No obstante,
la liturgia de la Iglesia ve en este sacerdocio prefiguraciones del ministerio ordenado

Todas estas prefiguraciones del sacerdocio de la Antigua Alianza encuentran su


cumplimiento en Cristo Jesús, «único [...] mediador entre Dios y los hombres» (1 Tm
2,5). Jesucristo es el Único Sacerdote. El sacrificio redentor de Cristo es único,
realizado una vez por todas. Y por esto, se hace presente en el sacrificio eucarístico de
la Iglesia. Lo mismo acontece con el único sacerdocio de Cristo: se hace presente por el
sacerdocio ministerial.

Dice el evangelio de San Marcos que «(Jesús) subió al monte, llamó a los que
quiso y se acercaron a Él. Designó entonces a doce, a los que llamó apóstoles, para que
lo acompañaran y para enviarlos a predicar con poder de expulsar a los demonios»
(Mc 3,13-15). Jesús elige a aquellos que serán la cabeza del nuevo Pueblo de Dios; a los
doce apóstoles, a los que les confía la tarea de continuar su misión.

La palabra sacerdote significa mediador. En casi todas las religiones los hay. En
la fe cristiana hay un único sacerdocio, que es el de Cristo, pues al ser verdadero Dios y
verdadero hombre, ejerce perfectamente esta mediación. Ya hemos visto que todo
cristiano, desde su bautismo, participa de este sacerdocio único y se hace a su vez
también mediador. Pero, además, en la Iglesia está también el sacerdocio ministerial, de
tal manera que hay unas personas que, representando a Cristo y sucediendo a los
apóstoles, administren los sacramentos.

1.- DOS MODOS DE PARTICIPAR EN EL ÚNICO SACERDOCIO DE


CRISTO

Uno es el sacerdocio común de los fieles y otro es el sacerdocio ministerial


jerárquico. Ambos están ordenados el uno al otro, ambos, en efecto, participan, cada
uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo. La diferencia entre sacerdocio común y
sacerdocio ministerial es, sin embargo, esencial y no solo de grado:

1. El sacerdocio ministerial, por el poder sagrado de que goza, configura y dirige al


pueblo sacerdotal, realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y
lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo.
2. Los fieles, en cambio, participan en la celebración de la Eucaristía en virtud de
su sacerdocio real o común, y lo ejercen al recibir los sacramentos, en la oración
y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y
el amor que se traduce en obras. El sacerdocio común de los fieles se
fundamenta en la consagración bautismal.

2.- EL SACEDOCIO MINISTERIAL:

A.- In persona Christi Capitis...

En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente
en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo. Es lo que la Iglesia expresa al decir que el
sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa in persona Christi Capitis (en la
Persona de Cristo Cabeza) (cf. LG 10; PO 2,6). Por el ministerio ordenado,
especialmente por el de los obispos y los presbíteros, la presencia de Cristo como
cabeza de la Iglesia se hace visible en medio de la comunidad de los creyentes (cf. LG
21).

Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste


estuviese exento de todas las flaquezas humanas, de errores, es decir, del pecado. No
todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del
Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada, existen muchos
otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el
signo de la fidelidad al evangelio.

B.- “In nomine totiusEcclesiae” (En nombre de toda la Iglesia).

El sacerdocio ministerial no tiene solamente por tarea representar a Cristo ante la


asamblea de los fieles, actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a
Dios la oración de la Iglesia (cf. SC 33) y sobre todo cuando ofrece el Sacrificio
Eucarístico (cf. LG 10). "En nombre de toda la Iglesia", expresión que no quiere decir
que los sacerdotes sean los delegados de la comunidad. Es toda la Iglesia, cuerpo de
Cristo, la que ora y se ofrece. El sacerdocio ministerial puede representar a la Iglesia
porque representa a Cristo.

3.- LOS TRES GRADOS DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

En la Iglesia hay tres grados en el sacramento del orden que son el episcopado,
el presbiterado y el diaconado:

a.- El primer grado del orden es el episcopado. Los obispos reciben, en cuanto
sucesores de los apóstoles, la plenitud del sacramento del orden (cf. LG 21). Tienen en
común el cuidado de toda la Iglesia, si bien, cada uno preside ordinariamente una
diócesis. La palabra obispo, proviene del griego episcopos, y designa la misión de
cuidar y velar por el rebaño, viendo lo que le conviene.

b.- El segundo grado es el presbiterado. Esta es una palabra que significa


"anciano", son cooperadores del obispo y participan de su misión de edificar, santificar
y gobernar la Iglesia. La principal misión de los sacerdotes es el culto eucarístico.
c.- Los diáconos, que significa "servidores", tienen una función de servicio en la
diócesis en la persona del obispo o de otro sacerdote. Están llamados a predicar el
evangelio, asistir al ministro que preside la eucaristía, bautizar y bendecir los
matrimonios y presidir la oración oficial de la asamblea. El diácono puede ordenarse
para ser sacerdote (diácono transeúnte) o para ser diacono permanente.

4.- EL RITO DE LA ORDENACIÓN

Es un rito solemne, constituido por:

a.- La imposición de las manos y por la oración consacratoria. Por este gesto se
significa la transmisión del oficio de pastor, como un don particular del Espíritu Santo,
que permanece para siempre. El rito esencial del sacramento del Orden está constituido,
para los tres grados, por la imposición de manos del obispo sobre la cabeza del
ordenando, así como por una oración consacratoria específica que pide a Dios la efusión
del Espíritu Santo y de sus dones apropiados al ministerio para el cual el candidato es
ordenado (cf. Pío XII, Const. ap. SacramentumOrdinis, DS 3858).

b.- Para los obispos se da también la unción del crisma en las manos, la entrega
de los evangelios, el anillo, la mitra y el báculo como señal de la misión apostólica.

c.- Para los presbíteros, además de la unción, se entrega la patena y el cáliz, que
es la ofrenda del pueblo de Dios,

d.- A los diáconos se les entrega el libro de los evangelios.

El ministro43 de este sacramento es siempre el obispo, y el sujeto es el varón


bautizado que debe tener siempre la formación necesaria. La misión de los discípulos
prolonga la que Cristo ha recibido del Padre. No se trata, pues, de una simple
delegación, no es un intermediario sin más, sino un signo visible del mismo Señor. En
la Iglesia católica latina, para el sacerdocio es requisito el celibato (se ha visto desde
siempre necesaria la entrega plena, y por tanto la disponibilidad). La Iglesia católica de
rito oriental, por razón de tradición, ha conservado siempre la posibilidad de que se
ordene a una persona que puede estar casada, no se admite, en cambio, que se case a un
sacerdote célibe.

5.- QUIÉN PUEDE RECIBIR ESTE SACRAMENTO

Nadie tiene derecho a recibir el sacramento del Orden. En efecto, nadie se arroga
para sí mismo este oficio. Al sacramento se es llamado por Dios (cf. Hb 5,4). Como
toda gracia, el sacramento sólo puede ser recibido como un don inmerecido. El Código
de Derecho Canónico dice que «Sólo el varón (vir) bautizado recibe válidamente la
sagrada ordenación» (CIC can 1024). El Señor Jesús eligió a hombres (viri) para formar
el colegio de los doce Apóstoles (cf. Mc 3,14-19; Lc 6,12-16), y los Apóstoles hicieron
lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores (1 Tm 3,1-13; 2 Tm 1,6; Tt 1,5-9). Todos
los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son

43
«Dado que el sacramento del Orden es el sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los
obispos, en cuanto sucesores de los Apóstoles, transmitir "el don espiritual" (LG 21), "la semilla
apostólica" (LG 20). Los obispos válidamente ordenados, es decir, que están en la línea de la sucesión
apostólica, confieren válidamente los tres grados del sacramento del Orden (cf. DS 794 y 802; CIC can.
1012; CCEO, can 744; 747)» (Ibid., n.1576).
ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes, y que tienen
la voluntad de guardar el celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12). Llamados a
consagrarse totalmente al Señor y a sus "cosas" (cf. 1 Co 7,32), se entregan enteramente
a Dios y a los hombres44.

6.- LOS EFECTOS

El Catecismo en el n. 1581 dice que, por este sacramento, y mediante una gracia
especial, el sacerdote se configura a Cristo, recibe la capacidad de actuar como
representante de Cristo. Al igual que el bautismo y la confirmación, el sacerdocio
imprime carácter, es decir, no puede retirarse, ni se pierde nunca la marca impresa por la
gracia en el alma del ordenado.

Como en el caso del Bautismo y de la Confirmación, esta participación en la


misión de Cristo es concedida de una vez para siempre. El sacramento del Orden
confiere también un carácter espiritual indeleble y no puede ser reiterado ni ser
conferido para un tiempo determinado (cf. Concilio de Trento: DS 1767; LG 21.28.29;
PO 2).

VII.- EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

1.-EN LA SAGRADA ESCRITURA

Al hablar del matrimonio partimos de un hecho que lo hace especial, y es que el


matrimonio es una institución humana, lo que se llama una realidad creatural. Es decir,
una realidad creada, tan antigua como la humanidad, que ha conocido evoluciones
diversas y distintas expresiones culturales. Por tanto, la institución del matrimonio no es
propia del cristianismo. La realidad natural del matrimonio se apoya en que el ser
humano es un ser relacional; relación que se da entre las personas de sexo diferente (Gn
1,27), estrechamente ligado a la fecundidad (Gn 1,28), y que culmina en una comunión
total de vida que la biblia expresa diciendo que hombre y mujer forman «una sola
carne» (cf. Gn 2,23-24)45. Nos encontramos ante una realidad creada que va a ser signo
para expresar otra realidad. En efecto, el amor esponsal se convierte en signo de otro
44
«En las Iglesias orientales, desde hace siglos está en vigor una disciplina distinta: mientras los obispos
son elegidos únicamente entre los célibes, hombres casados pueden ser ordenados diáconos y presbíteros.
Esta práctica es considerada como legítima desde tiempos remotos; estos presbíteros ejercen un ministerio
fructuoso en el seno de sus comunidades (cf. PO 16). Por otra parte, el celibato de los presbíteros goza de
gran honor en las Iglesias orientales, y son numerosos los presbíteros que lo escogen libremente por el
Reino de Dios. En Oriente como en Occidente, quien recibe el sacramento del Orden no puede contraer
matrimonio» (Ibid., n.1580).
45
«La Sagrada escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: "No es bueno
que el hombre esté solo" (Gn 2, 18). La mujer, "carne de su carne" (cf Gn 2, 23), su igual, la criatura más
semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como una "auxilio" (cf Gn 2, 18), representando así a
Dios que es nuestro "auxilio" (cf Sal 121,2). "Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su
mujer, y se hacen una sola carne" (cf Gn 2,18-25). Que esto significa una unión indefectible de sus dos
vidas, el Señor mismo lo muestra recordando cuál fue "en el principio", el plan del Creador (cf Mt 19, 4):
"De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6)». (Catecismo, n.1605
amor, de la alianza entre Dios y el pueblo. En la perspectiva cristiana, una realidad
creatural como es el matrimonio se convierte en sacramento, en signo visible del amor
de Cristo por la Iglesia (Ef 5,25. 31-32)46.

En la Biblia el sacramento del matrimonio es visto como símbolo del amor de


Dios con su Pueblo. Según la Sagrada Escritura, en el designio de Dios, el hombre y la
mujer están llamados a la unidad: «Por esta razón dejará el hombre a su padre y a su
madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gen 2,24). La relación
matrimonial muestra una reciprocidad tan profunda, que a veces en el AT aparece como
símbolo de la relación del amor entre Dios y su pueblo (p.e. Os 1-3).

Jesús hablará también de la alianza matrimonial como un don y como una tarea.
En la época en la que Cristo vino al mundo, se respetaba en general el matrimonio de un
hombre con una mujer entre los judíos, pero se admitía la posibilidad de repudio de la
mujer por parte del hombre. Jesucristo vuelve las cosas al origen recordando el designio
inicial "hombre y mujer los creo", y recordando la dignidad de la mujer, igual a la del
varón, dando al matrimonio el carácter de indisolubilidad (lo que Dios ha unido, que no
lo separe el hombre).

La Iglesia, desde los orígenes, ha visto en el vínculo nupcial un signo de la unión


de Cristo y la Iglesia. Así, San Pablo dice en la Carta a los Efesios, recogiendo el pasaje
del Génesis citado «por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y su unirá a
su mujer y serán los dos una sola carne. Es este un gran misterio y yo lo refiero a
Cristo ya su Iglesia» (Ef. 5,31). A partir del testimonio bíblico, la Iglesia ha
considerado la indisolubilidad como elemento fundamental tanto del matrimonio natural
como del matrimonio entre cristianos. La unión entre varón y mujer, indisoluble por
naturaleza, realiza su verdad en la fidelidad y el bien de la prole.

2.- LA CELEBRACIÓN DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

En el sacramento del matrimonio, los cónyuges son los mismos ministros y al


mismo tiempo los que lo reciben, se unen el uno al otro en un compromiso de toda la
persona y toda la existencia, por una elección libre que se funda en el amor47. Y este
amor implica la fidelidad. El sacerdote actúa como ministro de la Iglesia. Lo
fundamental del matrimonio es el consentimiento, en el que los esposos manifiestan
públicamente su amor ante Dios y la comunidad reunida, pidiendo ser fortalecidos con
su gracia y bendición.

La Iglesia considera el intercambio de los consentimientos entre los esposos


como el elemento indispensable "que hace el matrimonio" (CIC can. 1057 §1). Si el
consentimiento falta, no hay matrimonio. El consentimiento consiste en "un acto

46
Cf. COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, La reciprocidad entre fe y sacramentos (Madrid 2020) n.
135.
47
«Según la tradición latina, los esposos, como ministros de la gracia de Cristo, manifestando su
consentimiento ante la Iglesia, se confieren mutuamente el sacramento del matrimonio. En las tradiciones
de las Iglesias orientales, los sacerdotes –Obispos o presbíteros– son testigos del recíproco
consentimiento expresado por los esposos (cf. CCEO, can. 817), pero también su bendición es necesaria
para la validez del sacramento (cf. CCEO, can. 828)» (Ibid., n. 1623).
humano, por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente" (GS 48,1; cf. CIC can.
1057 §2): "Yo te recibo como esposa" — "Yo te recibo como esposo".

El matrimonio es una realidad creatural. Por el bautismo el vínculo natural se


eleva a signo sobrenatural. Es decir, la unión entre dos cónyuges bautizados, se
convierte en sacramento en el sí mutuo que ellos se dan. El consentimiento (decirle a la
otra persona que la amas y deseas compartir tu vida con ella en amor y fidelidad) se
convierte en un acto humano y religioso a la vez. Dice el Código de derecho canónico:
«La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un
consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges
y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la
dignidad de sacramento entre bautizados» (c. 1055).

Por consiguiente, el «si» que se ofrecen los contrayentes crea un vínculo


matrimonial indisoluble a imagen de la alianza de Dios con los hombres. Así se
comprende mejor lo que ya adelantábamos, y es que no es ministro ordenado quien
confiere el sacramento para la iglesia latina. Los ministros son los propios contrayentes.
En las iglesias orientales si que se necesaria la bendición del sacerdote.

El sacerdote (o el diácono) que asiste a la celebración del matrimonio, recibe el


consentimiento de los esposos en nombre de la Iglesia y da la bendición de la Iglesia. La
presencia del ministro de la Iglesia (y también de los testigos) expresa visiblemente que
el Matrimonio es una realidad eclesial. El rito dice así:

«Estamos aquí, junto al altar, para que Dios garantice con su gracia
vuestra voluntad de contraer Matrimonio ante el ministro de la Iglesia y la
comunidad cristiana ahora reunida. Cristo bendice copiosamente vuestro
amor conyugal, y él, que os consagró un día con el santo Bautismo, os
enriquece hoy y os da fuerza con un Sacramento peculiar para que os
guardéis mutua y perpetua fidelidad y podáis cumplir las demás obligaciones
del Matrimonio. Por tanto, ante esta asamblea, os pregunto sobre vuestra
intención.

Escrutinio

N y N, ¿venís a contraer Matrimonio sin ser coaccionados, libre y


voluntariamente?

R. Sí, venimos libremente.

¿Estáis decididos a amaros y respetaros mutuamente, siguiendo el modo de vida


propio del Matrimonio, durante toda la vida?

R. Sí, estamos decididos.

¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, y a


educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?

R. Sí, estamos dispuestos.


Consentimiento

Así, pues, ya que queréis contraer santo Matrimonio, unid vuestras manos, y
manifestad vuestro consentimiento ante Dios y su Iglesia.

Yo, N, te recibo a ti, N, como esposo/a y me entrego a ti, y prometo serte


fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y
así amarte y respetarte todos los días de mi vida.

Bendición y entrega de los anillos

El Señor bendiga (+) estos anillos que vais a entregaros uno al otro en señal de
amor y de fidelidad.

N, recibe esta alianza, en señal de mi amor y fidelidad a ti. En el nombre del


Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Bendición y entrega de las arras

Bendice (+) Señor, estas arras, que N y N se entregan, y derrama sobre ellos la
abundancia de tus bienes.

N, recibe estas arras como prenda de la bendición de Dios y signo de los bienes
que vamos a compartir».

Así, el amor conyugal exige para un cristiano la libertad, la indisolubilidad, la


fidelidad y la fecundidad (estar abiertos a la vida, no negarla). Si faltara algunos de los
requisitos expuestos en el rito la Iglesia puede declarar la nulidad de un matrimonio.

3.-LAS PROPIEDADES Y BIENES DEL MATRIMONIO

Para que haya sacramento matrimonial se requieren necesariamente tres


elementos:

a. El consentimiento expresado en libertad. Cualquier falta de libertad por parte de


los cónyuges puede ser motivo de nulidad, es decir, de que no haya habido
matrimonio.
b. La aceptación de una unión exclusiva para toda la vida. La unidad y la fidelidad
son propiedades esenciales del matrimonio. (el bien de la fidelidad). De este
amor fiel y exclusivo brota la unidad e indisolubilidad del matrimonio (el bien
del sacramento).
c. La apertura a los hijos. El matrimonio es entendido como una comunidad de
vida y amor que a su vez abre (no lo excluye sistemáticamente) ese amor a la
vida y a la educación de los hijos (el bien de la prole).

En la práctica pastoral la Iglesia también se ocupa de aquellos matrimonios rotos por


diversas circunstancias. Contrariamente a lo que muchas veces se opina, la iglesia anima
al diálogo y a la acogida. A esta realidad parece oportuno responder desde dos textos del
Catecismo alemán para adultos:
«No obstante, la Iglesia ha sufrido desde el principio la dolorosa experiencia de que
también el matrimonio entre cristianos puede fracasar. Hay situaciones en las que resultan
inútiles todos los esfuerzos que se hacen para salvar el matrimonio; es preciso considerar
entonces, como recurso extremo, la separación de los esposos. Es este un camino que la Iglesia
acepta. La comunidad eclesial debe ayudar a estas personas para que puedan hacer frente a su
difícil situación y mantener la fidelidad (cf. FC 83).

Muchos de los que se divorcian contraen nuevas nupcias fuera de la Iglesia. Hay que
juzgar con imparcialidad la situación de estos separados que se casan de nuevo por lo civil. Pues
existe una diferencia importante entre quienes, a pesar de sus sinceros esfuerzos para salvar el
matrimonio anterior, han sido injustamente abandonados, y quienes han destruido un matrimonio
válido por culpa grave personal. Es importante tener presente que aquellos cristianos no se hayan
excluidos de la iglesia. Los sacerdotes y toda la comunidad deben ayudarles con amor solícito,
para que no se consideren separados de la Iglesia, de cuya vida pueden y deben participar como
bautizados. Pueden y deben, sobre todo, oír la palabra de Dios, participar en la celebración de la
Eucaristía, rezar asiduamente y cooperar en las obras de amor al prójimo y de las iniciativas
encaminadas a fomentar la justicia. ―La iglesia debe orar por ellos, darles ánimo, mostrarse como
madre misericordiosa y fortalecerles así en la fe y la esperanza (FC 84)»48

4.- MATRIMONIOS MIXTOS Y DE DISPARIDAD DE CULTOS49.

Debido al fenómeno migratorio y a que vivimos en una sociedad cada vez más
plural e intercultural, es necesario conocer lo que sucedería cuando un creyente católico
pretendiera contraer matrimonio con un no católico. Nos encontramos con lo que se
llama matrimonio mixto y matrimonio de disparidad de cultos:

 Matrimonio mixto es el que se contrae entre un católico y un cristiano


(bautizado) no católico.

 Matrimonio de disparidad de culto es el contraído entre un católico y un no


creyente o no cristiano.

Para la validez es necesario lo que se llama la dispensa eclesiástica. Sin ésta, el


matrimonio es nulo. Y para que se otorgue la dispensa, es necesario una declaración
expresa por parte del cónyuge no católico en el que afirma que no excluye ninguno de
los fines del matrimonio, ni obstaculizara la educación católica de sus hijos.

5.- LOS EFECTOS DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

a.- El vínculo matrimonial El consentimiento por el que los esposos se dan y


se reciben mutuamente es sellado por el mismo Dios con un vínculo que es para siempre
(cf. Mc 10,9). Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo, de
modo que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto
jamás.

b.- La gracia del sacramento del MatrimonioEstá destinada a perfeccionar el


amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble50.

48
Del Catecismo católico alemán para adultos I, 434. Cita tomada de R.A. PARDO MANRIQUE,
Celebrando y viviendo la fe. La Iglesia, los sacramentos y la moral, cit., 112.
49
«En numerosos países, la situación del matrimonio mixto (entre católico y bautizado no católico) se
presenta con bastante frecuencia. Exige una atención particular de los cónyuges y de los pastores. El caso
de matrimonios con disparidad de culto (entre católico y no bautizado) exige aún una mayor atención»
(Ibid., n. 1633).
6.- LOS BIENES Y LAS EXIGENCIAS DEL AMOR CONYUGAL

a.- Unidad e indisolubilidad del matrimonioEl amor de los esposos exige, por su
misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que
abarca la vida entera de los esposos.

b.- La fidelidad del amor conyugal El amor conyugal exige de los esposos, por su
misma naturaleza, una fidelidad inviolable. El auténtico amor tiende por sí mismo a ser
algo definitivo, no algo pasajero.

c.- La apertura a la fecundidadEl amor de los esposos exige estar abiertos a la vida, a
la procreación, pues no solo es un bien, sino un fruto y consecuencia del amor de los
esposos.

50
«Cristo es la fuente de esta gracia. "Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al
encuentro de su pueblo por una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo
de la Iglesia, mediante el sacramento del Matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos" (GS
48,2). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus
caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros (cf Ga 6,2), de estar "sometidos
unos a otros en el temor de Cristo" (Ef 5,21) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo»
(Ibid., n. 1642).

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