Sacramentos y Liturgia en la Iglesia
Sacramentos y Liturgia en la Iglesia
ASIGNATURA 2
«SACRAMENTOLOGÍA»
La celebración liturgia de la Iglesia
Tema 1. Los sacramentos, signos de fe
Tema 2. Sacramentos de la iniciación cristiana
Tema 3. Los sacramentos de la curación
Tema 4. Los sacramentos al servicio de la comunidad
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Pero «todos los miembros no tienen la misma función» (Rom 12,4). Algunos son
llamados por Dios en y por la Iglesia a un servicio especial de la comunidad. Estos
servidores son escogidos y consagrados por el sacramento del Orden, como
representantes de Cristo-Cabeza para el servicio de todos los miembros de la Iglesia:
Son los obispos, y en comunión con ellos los sacerdotes y diáconos (cf. PO 2 y 15). No
obstante, también existen otros ministerios particulares, no consagrados por el
sacramento del Orden, y cuyas funciones son determinadas por los obispos según las
tradiciones litúrgicas y las necesidades pastorales: Los acólitos, lectores, monitores…etc
(SC 29).
Estos signos van a ser asumidos por Cristo, que va a dar un sentido nuevo a los
hechos y a los signos de la Antigua Alianza, sobre todo al Éxodo y a la Pascua (cf. Lc
9,31; 22,7-20). Desde Pentecostés, el Espíritu Santo realiza la santificación a través de
los signos sacramentales de su Iglesia. Los sacramentos de la Iglesia no anulan, sino que
purifican e integran toda la riqueza de los signos y de los símbolos del cosmos y de la
vida social.
El domingo es el día del Señor, que sustituye al sábado de los judíos, es el día
santo, el día para Dios, con todas sus consecuencias. Un día de descanso dedicado
especialmente a tratar a Dios, centrándonos en la celebración principal del cristiano que
es la eucaristía1. Además, la celebración se desarrolla a través de diversos tiempos
litúrgicos a lo largo del año. En este tiempo se celebran los misterios principales de la
vida de Jesucristo, partiendo del momento más importante que es el tiempo pascual,
donde celebramos la muerte y resurrección de Jesús.
1
«La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo,
celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón "día del Señor" o domingo.
En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la
Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los
«hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (1 Pe, 1,3). Por
esto el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de
modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades,
a no ser que sean de veras de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de
todo el año litúrgico». (SC106).
El otro tiempo fuerte es la Cuaresma, cuarenta días que nos preparan para el
momento culminante del año litúrgico que es la Semana Santa y la Pascua. Después de
la Semana Santa, durante varias semanas se celebra la Pascua, la Ascensión, terminando
con la fiesta de Pentecostés, que celebra el don del Espíritu Santo2. En las demás
semanas del año se desarrolla el tiempo ordinario, a través del cual, en la liturgia, la
Iglesia nos va presentando los diversos misterios de la Redención, y vamos celebrando
las fiestas de María y de los santos.
Los diversos momentos del tiempo litúrgico se van subrayando con los colores.
El color morado es propio de los tiempos de penitencia, el adviento y la cuaresma, y
también en las misas de difuntos. El color blanco, propio de la Pascua, la Navidad y de
las fiestas de los santos. El rojo se usa en la fiesta de Pentecostés y es el habitual en las
fiestas de los mártires. El verde, es el propio del tiempo ordinario.
a) Presbiterio es el lugar dedicado a los que van a ser los ministros que van a
dirigir la acción litúrgica.
b) Altar es el elemento más importante dentro de la Iglesia, porque en él se
renueva el sacrificio de Cristo. Está en el centro del presbiterio, en el lugar más
visible, y debe ser sólido y digno.
c) Sagrario Es el lugar donde se deposita la Eucaristía para que pueda ser
distribuida a los enfermos, y para que sea objeto de culto por parte de todos los
fieles. Por tanto, tiene que estar en un lugar decoroso y que facilite la oración.
d) La sede del obispo o del sacerdote Es el lugar desde el cual el ministro dirige
la acción litúrgica.
e) Ambón Es el lugar de la liturgia de la palabra.
f) Pila bautismalSede del sacramento del bautismo, es imprescindible en las
Iglesias parroquiales.
g) Confesionario Sede para celebrar el sacramento de la penitencia.
2
«A partir del "Triduo Pascual", como de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la Resurrección llena todo
el año litúrgico con su resplandor. El año, gracias a esta fuente, queda progresivamente transfigurado por
la liturgia. Es realmente "año de gracia del Señor" (cf Lc 4,19). La economía de la salvación actúa en el
marco del tiempo, pero desde su cumplimiento en la Pascua de Jesús y la efusión del Espíritu Santo, el fin
de la historia es anticipado, como pregustado, y el Reino de Dios irrumpe en el tiempo de la humanidad».
(Catecismo, n. 1168)
realización de la liturgia sacramental en la medida en que existen lugares adecuados,
que ayuden a entender a los fieles que están participando en una acción sagrada.
TEMA 1
LOS SACRAMENTOS, SIGNOS DE FE
1.- INTRODUCCIÓN
A lo visible del sacramento San Agustín lo llama elemento (luego Santo Tomás
lo llamará materia) y palabra (Santo Tomás lo designará como forma). Por ejemplo, en
el bautismo el elemento/materia es el agua y la palabra/forma es la expresión «Yo te
bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo».
Será, sin embargo, Santo Tomás de Aquino quien realizará una sistematización
completa de la teología de los sacramentos. Veamos algunas de sus conclusiones más
oportunas para nuestra reflexión:
• Para Santo Tomás lo fundamental es que los sacramentos han sido instituidos
por Cristo. Gracias a esta institución podemos afirmar que es una realidad
sagrada en tanto en cuanto que santifica al hombre. Esto es lo propio de los
sacramentos, que nos santifican.
• Al ser instituidos por Cristo los sacramentos nos transmiten la gracia que
significan. Volvamos al ejemplo de la carta; ésta solo me remite a la realidad
que evoca, pero no me la hace presente (me recuerda el cariño de alguien, pero
es un cariño que solo es evocado). Los sacramentos no solo nos recuerdan algo
3
R.A. PARDO MANRIQUE, Celebrando y viviendo la fe. La Iglesia, los sacramentos y la moral (Burgos
2019) 53.
que hizo Jesucristo, y que pertenece al pasado, sino que realmente me lo hacen
presente. Por ejemplo, cuando recibo el bautismo, realmente me confiere la
gracia (don de Dios), no solo me la recuerda; al bautizarme soy hecho ―Hijo de
Dios‖ realmente. Por eso, más adelante, afirmaremos que sin signos eficaces.
• San Agustín –como hemos visto- hablaba de elemento y palabra, Santo Tomás
hablará de materia y forma, terminología que ha llegado hasta nosotros.
• Los sacramentos han sido instituidos por Cristo, recogiendo una afirmación ya
presente en la tradición de la Iglesia, y por tanto la Iglesia no tiene poder de
cambiarlos, solo de conservarlos.
• Trento afirmará que son siete, «ni más ni menos».
• Son medios que dan la gracia. Esto quiere decir que su eficacia depende de Dios
y no del que lo recibe. Es lo que se afirma con la expresión latina «ex opere
operato». Es decir, el sacramento comunica la gracia a todas las personas, no a
unos mejor que a otros.
• Por su parte quien lo recibe no debe poner obstáculos a los sacramentos, aunque
actúen a pesar de la disposición del sujeto. No se debe entender la acción de los
sacramentos de forma ―mecánica o mágica‖.
• Trento afirma que hay tres sacramentos que imprimen un carácter indeleble, y
por eso mismo solo se pueden recibir una vez en la vida: bautismo, confirmación
y orden sacerdotal.
• Los sacramentos son eclesiales; instituidos por Cristo, Él los ha confiado a su
Iglesia. Para administrar valida y eficazmente los sacramentos se debe de hacer
respetando la liturgia, la materia y la forma, así como por parte del que lo recibe
la intención consciente de aceptar lo que el sacramento significa
En esta definición cada palabra tiene su sentido. Por eso es necesario entender
bien que quiere decir la Iglesia cuando define de esta manera los sacramentos.
Veámoslo. con un poco de detenimiento:
a.- Signos: Los sacramentos son signos. San Agustín decía que el «signo es una
cosa que, además de la imagen que pone en los sentidos, hace que de por sí, venga al
pensamiento otra cosa distinta» (De Doctrina christiana, II, 1,1). Cuando hablamos de
los sacramentos entendemos que lo que vemos, el rito que se realiza, está manifestando
algo que está oculto, que no podemos alcanzar con los sentidos porque es una realidad
sobrenatural.
b.- Decimos además que son eficaces, es decir, que producen un efecto en la
persona que recibe el sacramento. Pero además hemos de entender que detrás de cada
signo hay una enseñanza. Por eso dice el Catecismo que en cuanto signo también tiene
4
Cf. Ibid. 57-59
un fin instructivo5. El ministro debe preocuparse de enseñar a los fieles todo lo que el
sacramento representa, teniendo presente las enseñanzas del Antiguo Testamento y del
Nuevo Testamento. Son signos eficaces, y esta es la gran diferencia con cualquier otro
símbolo, incluso con los rituales no sacramentales o con otros signos de otras religiones.
No solo representan algo, sino que dan algo, lo comunican: «Celebrados dignamente en
la fe, los sacramentos confieren la gracia que significan. Son eficaces porque en ellos
actúa Cristo mismo. Él es quien bautiza, Él es quien actúa en sus sacramentos con el fin
de comunicar la gracia que el sacramento significa»6.
Tenemos que saber qué se requiere para que ese sacramento sea válido. Por eso
el Catecismo añade que «siempre que un sacramento es celebrado conforme a la
intención de la Iglesia, el poder de Cristo y de su Espíritu actúa en él y por él,
independientemente de la santidad personal del ministro. Sin embargo, los frutos de los
sacramentos dependen también de las disposiciones del que los recibe»7.
c.- La gracia. Son signos eficaces de la gracia. Ésta es el favor, la ayuda gratuita
que Dios nos da para responder a su llamada de ser hijos y participes de su naturaleza
divina8. La gracia nos cambia, nos diviniza, nos hace hijos de Dios. Es lo que se llama
gracia santificante, y que se recibe en el bautismo y la penitencia. Los demás
sacramentos (confirmación, eucaristía, unción de enfermos, orden y matrimonio)
5
Cf. Catecismo, n.1123.
6
Ibid, 1127.
7
Ibid, 1128.
8
Cf. Ibid, 1996.
aumentan esa gracia santificante que ya hemos recibido. Este es el motivo por el que
estos cinco sacramentos se deben recibir en estado de amistad con Dios y con los
hermanos (libres de pecado)9. Como veremos más adelante, cada sacramento otorga
también unas gracias específicas, que se conoce con el nombre de gracias
sacramentales, «estas son dones propios de los distintos sacramentos»(Catecismo
2003)10.
d.- Instituidos por Jesucristo. Los sacramentos no son invención del hombre,
ni los ha establecido la Iglesia11. Descubrimos en las acciones y palabras de Jesús
durante su vida pública como va disponiendo de cada sacramento, y la Tradición de la
Iglesia ha identificado esos momentos. La Iglesia ha enseñado que son siete, que es el
número bíblico que indica perfección y plenitud.
Por tanto, más que buscar las palabras concretas en las que Jesús los instituyó, la
iglesia remite a las actitudes y gestos de Jesús que están en el fondo. Por eso Jesús es el
fundamento de todo sacramento. Con todo, la tradición de la Iglesia ha ido señalando
los momentos fundacionales de los sacramentos por parte de Cristo12:
9
Cf. R. A. PARDO MANRIQUE, Celebrando y viviendo la fe. La Iglesia, los sacramentos y la moral, cit.,
66.
10
Así por ejemplo el bautismo nos da la gracia sacramental de vivir como hijos de Dios, la confirmación
nos robustece en la fe y nos da fuerza para confesarla; la gracia matrimonial ayuda a que los cónyuges
sean buenos esposos…etc
11
«Adheridos a la doctrina de las Santas Escrituras, a las tradiciones apostólicas y al sentimiento unánime
de los Padres, profesamos que los sacramentos de la nueva Ley fueron todos instituidos por nuestro Señor
Jesucristo (DS 1600-1601)» (Catecismo, n. 1114).
12
Cf. R.A. PARDO MANRIQUE, Celebrando y viviendo la fe. La Iglesia, los sacramentos y la moral, cit.,
61-63.
13
«Id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del padre, y del Hijo y
del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 17-19).
14
«Al anochecer aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas
cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: ―Paz a vosotros‖. Y
diciendo esto, les enseño las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: ―Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo‖. Y dicho esto,
III. El sacramento de la eucaristía es clara su institución en la última cena, cuando
Jesús les dice a sus apóstoles «haced esto en memoria mía» (Lc 22,119).
IV. El sacramento de la penitencia: Durante su vida Jesús se acercó a aquellas
personas que habían sido dejadas por su sociedad al borde del camino de la vida;
lo hizo para decirles que ante Dios eran especiales, y para ello les perdonó los
pecados. Jesús, tenía poder para perdonar los pecados y ese mimo poder se lo
transmite a los discípulos como hemos recordado al hablar de la confirmación
(cf. Jn 20,23).
V. El sacramento de la unción de los enfermos: Jesús se conmovió de forma
especial ante los enfermos, y pidió a sus discípulos que siguieran su misma
labor. Dice el evangelio de san Marcos «Llamó a los doce y los fue enviando e
dos en dos […]. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos
demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban (Mc 6, 7.12ss).
Más adelante, cuando estudiemos este sacramento veremos como la Carta del
Apóstol Santiago nos dice que era una práctica que se dio muy pronto en las
primeras comunidades.
VI. El sacramento delorden sacerdotal. En la última cena Jesús da a sus apóstoles el
poder y el mandato de repetir la eucaristía en memoria suya.
VII. El sacramento del matrimonio para Jesús es especial –más adelante veremos su
peculiaridad e importancia- en el sentido en el que él entiende que es una
realidad querida por Dios que el amor humano entre un hombre y una mujer sea
signo del amor de Cristo a cada uno de nosotros.
e.- Confiados a la Iglesia. Esto implica dos cosas importantes; una, que es la
Iglesia quien decide cuales son los sacramentos, como hemos visto, y por otra parte, que
los sacramentos los administra la Iglesia con los matices que más adelante
estudiaremos: «Los sacramentos son "de la Iglesia" en el doble sentido de que existen
"por ella" y "para ella". Existen "por la Iglesia" porque ella es el sacramento de la
acción de Cristo que actúa en ella gracias a la misión del Espíritu Santo. Y existen "para
la Iglesia", porque ellos son "sacramentos [...] que constituyen la Iglesia" (San Agustín,
De civitate Dei 22, 17; Santo Tomás de Aquino, Summatheologiae 3, q.64, a. 2 ad 3), ya
que manifiestan y comunican a los hombres, sobre todo en la Eucaristía, el misterio de
la Comunión del Dios Amor, uno en tres Personas». (Catecismo, n. 1118).
No tienen sentido ni valor fuera de la Iglesia. Por eso, porque son de la Iglesia,
instituidos por Jesucristo, necesarios para la salvación, nadie puede modificar o
manipular ningún sacramento. Los ministros son administradores solamente. Al estudiar
cada sacramento haremos referencia a quién es el ministro. Ahora solo diremos que hay
ministros consagrados y no consagrados, que hay ministros ordinarios y extraordinarios.
Los ministros ordinarios son los habituales, pero hay circunstancias en que se puede
recurrir a un ministro extraordinario por falta del ordinario o por la urgencia en la
administración de un sacramento (por ejemplo, el bautismo en peligro de muerte). Los
ministros consagrados son los obispos, sacerdotes y diáconos, pero hay un sacramento
que, de modo ordinario, tiene un ministro no consagrado como es el matrimonio, donde
se consideran ministros a los propios contrayentes.
sopló sobre ellos y le dijo: ―Recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonéis los pecados, les quedan
perdonados, a quienes se los retengáis les quedan retenidos» (Jn 20,19-23)
El signo sacramental se compone de dos elementos íntimamente unidos: la
palabra sacramental y el signo sacramental, que mutuamente se complementan. Tanto el
agua, como el aceite, el pan y el vino, la imposición de las manos, la confesión de los
pecados, etc, tienen una significación profunda. Así, a la ablución con agua se
acompaña con la palabra («Yo te bautizo en el nombre del Padre, …») que declara la
finalidad del signo. Por otra parte, los sacramentos responden a situaciones
fundamentales de la vida humana, situaciones en las que el hombre se pregunta por el
sentido de la vida y por la salvación.
f.- Por los cuales nos es dispensada la vida divina: Cuando el catecismo dice
que estos signos nos dispensan la vida divina, se refiere a la gracia de Dios y otra
realidad que es el «carácter», que veremos más adelante: «Los tres sacramentos del
Bautismo, de la Confirmación y del Orden sacerdotal confieren, además de la gracia, un
carácter sacramental o "sello" por el cual el cristiano participa del sacerdocio de Cristo
y forma parte de la Iglesia según estados y funciones diversos. Esta configuración con
Cristo y con la Iglesia, realizada por el Espíritu, es indeleble (Concilio de Trento: DS
1609); permanece para siempre en el cristiano como disposición positiva para la gracia,
como promesa y garantía de la protección divina y como vocación al culto divino y al
servicio de la Iglesia. Por tanto, estos sacramentos no pueden ser reiterados».
(Catecismo, n. 1121).
g.- Necesarios para la salvación. La Iglesia afirma que para los creyentes los
sacramentos son necesarios para la salvación. Es cierto que no en todos los sacramentos
existe la misma necesidad. Matizando en cada caso, entendemos la enseñanza del
Catecismo porque, en principio, los sacramentos son instituidos por Jesucristo para que
podamos tener vida divina, para que tengamos facilidad en la vida cristiana y,
prescindiendo de los sacramentos, es difícil progresar según el querer de Dios.
1.- Por una parte, los sacramentos son signos que recuerdan la obra de nuestra
salvación. Recordar, en sentido bíblico no es quedase en el pasado, sino hacer actual lo
que sucedió.
2.- En segundo lugar, son signos de salvación, esto es, que dan la gracia salvadora,
(signos eficaces dice el Catecismo) que es anticipación de la salvación que se dará de
forma plena, al final de los tiempos.
3.- Por eso son signo de esperanza, nos lanzan a un futuro mejor.
Con esto afirmamos que fuera de los casos urgentes, los sacramentos se
administran en la celebración litúrgica. La liturgia no es solo ritos y ceremonias, sino
que pensamos que en ella actúa el mismo Cristo. Jesucristo actúa en su Iglesia y a través
de su Iglesia, por eso los sacramentos son signos que expresan la salvación (la Iglesia es
el sacramento de salvación), pero a su vez, la van edificando.
¿Quién puede recibir los sacramentos? Para recibir los sacramentos dignamente
y con fruto se necesita la fe y una buena disposición a recibir la gracia. Si no se da esta
disposición, es necesario la intención de recibir el sacramento. Por eso no es válido el
sacramento que se recibe bajo coacción.
15
Existen signos sagrados semejantes a los sacramentos, pero que no están instituidos por Cristo sino por
la Iglesia. Son signos que nos recuerdan la acción de Dios en nuestras vidas y su bendición. Estos no dan
directamente la gracia, sino que nos preparan para recibirla. Se llaman sacramentales y son sobre todo
las bendiciones. Cuando las bendiciones tienen carácter permanente, hablamos de consagración.
TEMA 2
SACRAMENTOS DE LA INCIACIÓN CRISTIANA
I.- EL BAUTISMO
Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito
central, mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa "sumergir",
"introducir dentro del agua"; la "inmersión" en el agua simboliza el acto de sepultar al
catecúmeno (=aquél que se prepara para recibir el bautismo) en la muerte de Cristo, de
donde sale por la resurrección con Él (cf. Rom 6,3-4; Col 2,12) como "nueva criatura"
(2 Cor 5,17; Ga 6,15). Es un sacramento que es conocido también con varios nombres
(cf. 1215-1216):
Nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles que Pedro predicaba a Jesús
crucificado. Quienes le escuchaban, le preguntaron «¿qué tenemos que hacer
hermanos? Pedro le contesto: Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo
para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch
2,37ss). Desde el principio, la conversión estuvo unida al bautismo, siendo éste, ya
desde la Iglesia primitiva, la puerta de entrada y el fundamento de toda la vida cristiana.
De hecho, como dirá el Concilio Vaticano II (cf. SC 71), junto a la confirmación y la
Eucaristía, forman los sacramentos de la iniciación cristiana16.
16
«Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, san
Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: "Convertíos [...] y que cada uno de vosotros se
haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del
Espíritu Santo" (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús:
judíos, hombres temerosos de Dios, paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece
siempre ligado a la fe: "Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa", declara san. Pablo a su
carcelero en Filipos. El relato continúa: "el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los
suyos" (Hch 16,31-33)» (Ibid., n. 1226).
Para la Iglesia primitiva fue determinante el hecho de que Jesús participara en el
bautismo de Juan: «Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a
Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: “soy yo el que
necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?” Jesús le contestó: “déjalo ahora,
Conviene que así cumplamos toda justicia”. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se
bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba
como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz desde el cielo que decía.” Este
es mi hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3, 13-17). De esta manera narra San
Mateo el bautismo de Jesús. Es bueno recordar que el agua tiene un poder simbólico
presente en muchas culturas y religiones; se asocia a que las aguas poseen la capacidad
de dar vida, pero también tienen un poder destructor. Y junto con la vida y la muerte,
nos evoca también su capacidad para limpiar y purificar.
Además de este bautismo del Espíritu debemos destacar otro bautismo del que
habla Jesús. Él hace referencia al bautismo de su pasión, donde podemos hablar de un
bautismo de sangre. Si el bautismo significa incorporarnos a la muerte y resurrección de
Cristo, aquellos que aman hasta el extremo de dar su vida por amor se incorporan
igualmente al misterio de Cristo, son hechos hijos de Dios pos su amor sin límites.
Por esto el bautismo es signo de la fe. Desde los tiempos primitivos, el bautismo
de los adultos está precedido por un periodo de preparación que se llama catecumenado.
Los niños se bautizan en la fe de los padres, de ahí que antes de su bautismo sea
necesaria una catequesis bautismal con los padres y padrinos. Pero, el bautismo no solo
requiere la fe, sino que además el mismo sacramento contribuye a que la fe siga
creciendo a lo largo de toda la vida.
¿Qué es el catecumenado?
Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se recorría un camino
de iniciación que constaba de varias etapas, y que tenía elementos esenciales: el anuncio
de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el
Bautismo, el don del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística.
Esta iniciación ha variado mucho a lo largo de los siglos, siempre según las
circunstancias. En los primeros siglos de la Iglesia, la iniciación cristiana conoció un
gran desarrollo. No obstante, desde que el Bautismo de los niños fue la forma habitual
de celebración del sacramento, éste se ha convertido en un acto único que integra de
manera muy abreviada las etapas previas a la iniciación cristiana17. El Concilio
Vaticano II ha restaurado para la Iglesia latina, "el catecumenado de adultos, dividido en
diversos grados" (SC 64).
a.- por una parte, nos perdona el pecado (purifica). Los bautizados se han
"revestido de Cristo" (Ga 3,27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que
purifica, santifica y justifica (cf1 Co 6,11; 12,13).
b.- por otra, nos da una vida nueva, nos hace hijos de Dios. Para el apóstol san
Pablo por el Bautismo participamos en la muerte de Cristo; el creyente es sepultado y
resucita con Él: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús,
fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la
muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio
de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,3-4; cfCol
2,12).
17
«La Iglesia entiende, que cuando un niño recibe el bautismo debe continuar su formación, que ayude a
que la gracia recibida en el bautismo sea fructífera: «Por su naturaleza misma, el Bautismo de niños exige
un catecumenado postbautismal. No se trata sólo de la necesidad de una instrucción posterior al
Bautismo, sino del desarrollo necesario de la gracia bautismal en el crecimiento de la persona. Es el
momento propio de la catequesis» (Ibid., n.1230).
cristiano un sello espiritual indeleble (character) de su pertenencia a Cristo. Este sello
no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de
salvación (cf. DS 1609-1619). Dado una vez por todas, el Bautismo no puede ser
reiterado (cf. Catecismo, 1272).
18
«En la Iglesia latina, esta triple infusión va acompañada de las palabras del ministro: "N., yo te bautizo
en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". En las liturgias orientales, estando el catecúmeno
vuelto hacia el Oriente, el sacerdote dice: "El siervo de Dios, N., es bautizado en el nombre del Padre, y
del Hijo y del Espíritu Santo". Y mientras invoca a cada persona de la Santísima Trinidad, lo sumerge en
el agua y lo saca de ella» (Ibid., n.1240).
f) La unción con el santo crisma significa el don del Espíritu Santo al nuevo
bautizado. "ungido" por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido
sacerdote, profeta y rey‖19.
Dice el Catecismo de la Iglesia que «es capaz de recibir el Bautismo todo ser
humano, aún no bautizado, y solo él" (CIC, can. 864: CCEO, can. 679)» (Catecismo, n.
1246). En los orígenes de la Iglesia, cuando el anuncio del Evangelio está en sus
primeros tiempos, el Bautismo de adultos era la práctica más común, y en ella el
catecumenado (preparación para el Bautismo) ocupaba un lugar importante. La práctica
de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está
atestiguada explícitamente desde el siglo II.
Frente a esto, muchos optan por la necesidad de dejar a la libre decisión del
bautizando cuando sea mayor. Lo cierto es que una educación neutra es una "ilusión".
Los padres imprimen su sello e influyen siempre en el desarrollo educativo de sus hijos.
Hablando en términos positivos podemos indicar tres aspectos que fundamentan la
práctica de bautizar a los niños pequeños:
1.- Ser cristiano por el bautismo es un don por el que Cristo se adelanta a
nuestros actos. No es una gracia en la que nosotros necesitamos dar el primer paso.
Muchas veces pensamos que la fe es una conquista del esfuerzo del hombre.
19
«En la liturgia de las Iglesias de Oriente, la unción postbautismal es el sacramento de la Crismación
(Confirmación). En la liturgia romana, dicha unción anuncia una segunda unción del santo crisma que
dará el obispo: el sacramento de la Confirmación que, por así decirlo, "confirma" y da plenitud a la
unción bautismal» (Ibid., n. 1242).
3.- La fe no es algo cerrado, sino en crecimiento20. Todos tenemos la obligación
de madurar en nuestra fe. Por eso en el NT no solo se dice que para que se administre el
bautismo hace falta la fe; también se nos recuerda que el mismo bautismo nos ayuda a
crecer en la fe. Existe una cierta reciprocidad, entre fe y bautismo. El Bautismo es el
sacramento de la fe (cfMc 16,16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de
creyentes. Sólo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles. La fe que se
requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está
llamado a desarrollarse. Así pues, en todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe
crecer después del Bautismo.
Dice el Catecismo que «los distintos efectos del Bautismo son significados por
los elementos sensibles del rito sacramental. La inmersión en el agua evoca los
simbolismos de la muerte y de la purificación, pero también los de la regeneración y de
la renovación. Los dos efectos principales, por tanto, son la purificación de los pecados
y el nuevo nacimiento en el Espíritu Santo (cf. Hch 2,38; Jn 3,5)» (Catecismo, n.1262).
Los efectos de la gracia de este sacramento son:
a) Nos introduce en la vida de fe, por tanto, es la puerta que abre el acceso a los
otros sacramentos.
20
«Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también
el papel del padrino o de la madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo
bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana (cf. CIC can. 872-874). Su tarea es una
verdadera función eclesial (officium; cf SC 67). Toda la comunidad eclesial participa de la
responsabilidad de desarrollar y guardar la gracia recibida en el Bautismo» (Ibid., n.1255).
21
«Son ministros ordinarios del Bautismo el obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el
diácono (cf. CIC, can. 861,1; CCEO, can. 677,1). En caso de necesidad, cualquier persona, incluso no
bautizada, puede bautizar (cf. CIC can. 861, § 2) si tiene la intención requerida y utiliza la fórmula
bautismal trinitaria. La intención requerida consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar. La
Iglesia ve la razón de esta posibilidad en la voluntad salvífica universal de Dios (cf 1 Tm 2,4) y en la
necesidad del Bautismo para la salvación (cf Mc 16,16)» (Ibid., n. 1256).
b) Somos liberados del pecado.«Por el Bautismo, todos los pecados son
perdonados, el pecado original y todos los pecados personales, así como todas
las penas del pecado (cf. DS 1316). En efecto, en los que han sido regenerados
no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de
Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado, la más grave de las
cuales es la separación de Dios». (Catecismo, n. 1263).
22
«El Señor mismo afirma que el bautismo es necesario para la salvación (cf. Jn 3,5). Por ello mandó a
sus discípulos a anunciar el evangelio y bautizar a las naciones […]. El bautismo es necesario para la
salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este
sacramento […]. Dios ha vinculado la salvación a este sacramento del Bautismo, pero su interpretación
salvífica no queda reducida a los sacramentos» (Catecismo n 1257)
23
Cf B. SESBOÜÉ, Invitación a creer. Unos sacramentos creíbles y deseables (Madrid 2010) 118-120.
II.- LA CONFIRMACIÓN
Como toda vida, también la vida cristiana esta llamada a crecer y madurar. El
sacramento de la confirmación sirve, sobre todo, para fortalecer, robustecer y
perfeccionar la gracia del Bautismo. Es un sacramento específico, está íntimamente
relacionado con el Bautismo. De hecho, junto con la Eucaristía, los tres forman los
sacramentos de la iniciación cristiana.
Hemos dicho que el bautismo nos da el Espíritu Santo. Pero el NT también nos
habla de otra donación distinta a la del bautismo, que es la que se concede por la
imposición de las manos. El texto es de Hch y dice: «Cuando los apóstoles que estaban
en Jerusalén se enteraron de que Samaria había recibido la Palabra de Dios, enviaron
a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por los fieles para que recibieran el
Espíritu Santo; aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el
nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.»
(Hch 8,14-17). En este texto se nos dice que por la imposición de las manos a los
cristianos del lugar se les confiere de un modo especial el Espíritu Santo.
— nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir "Abbá,
Padre" (Rm 8,15).;
— nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe
mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo
24
«En el rito de este sacramento conviene considerar el signo de la unción y lo que la unción designa e
imprime: el sello espiritual. La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas
significaciones: el aceite es signo de abundancia (cf. Dt 11,14, etc.) y de alegría (cf. Sal 23,5; 104,15);
purifica (unción antes y después del baño) y da agilidad (la unción de los atletas y de los luchadores); es
signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas (cf Is 1,6; Lc 10,34) y el ungido irradia
belleza, santidad y fuerza. Todas estas significaciones de la unción con aceite se encuentran en la vida
sacramental. La unción antes del Bautismo con el óleo de los catecúmenos significa purificación y
fortaleza; la unción de los enfermos expresa curación y consuelo. La unción del santo crisma después del
Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación, es el signo de una consagración. Por la Confirmación,
los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la
plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda "el buen olor de Cristo"
(cf. 2 Co 2,15)» (Ibid., nn. 1293-1294).
forman una unidad, de ahí se sigue que «los fieles tienen la obligación de recibir este
sacramento en tiempo oportuno» (CIC, can. 890), porque sin la Confirmación y la
Eucaristía, el sacramento del Bautismo es ciertamente válido y eficaz, pero la iniciación
cristiana queda incompleta.
III.- LA EUCARISTÍA
25
«La costumbre latina, desde hace siglos, indica "la edad del uso de razón", como punto de referencia
para recibir la Confirmación. Sin embargo, en peligro de muerte, se debe confirmar a los niños incluso si
no han alcanzado todavía la edad del uso de razón» (Ibid., n.1307).
26
«La Eucaristía es "fuente y culmen de toda la vida cristiana" (LG 11). "Los demás sacramentos, como
también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se
ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo
mismo, nuestra Pascua" (PO 5)» (Ibid., n.1324).
2.- la eucaristía se instituye en la última cena de Jesús, la noche antes de
su muerte y
1.- Las comidas que Jesús realizó en su vida histórica tenían un sentido especial.
Constituían un signo anticipado de la comida que tendrá al final de los tiempos. Para los
judíos, las comidas eran importantes porque significaban la unión y la fraternidad, el
compartir en torno a una misma mesa en la que todos son hermanos. Por eso, las
comidas de Jesús tenían ese matiz de signo de salvación, que ya había comenzado para
con los pobres, y que se manifestaba en la comunión con Dios y en la comunión de los
hombres entre sí.
2.-La última cena tuvo, en cambio, un sentido especial. El Señor hizo algo
nuevo, ya que anticipo su entrega a la muerte ―por muchos‖ e hizo participar de ella a
sus discípulos. Así, en la cruz y en la resurrección los discípulos encontraron la clave, la
ratificación, que les ayudó a entender las palabras de Jesús en la última Cena. El Señor
Jesús, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el Sacrificio
Eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el
sacrificio de la cruz, y confiar así a la Iglesia el memorial de su muerte y resurrección
(cf. SC 47).
3.- Jesús se va a aparecer a los discípulos, según el NT, una vez resucitado para
comer de nuevo con ellos. Por ejemplo, los discípulos de Emaús, le van a reconocer al
partir el pan.
El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había
llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una
cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor (cf. Jn 13,1-17). Para dejarles
una prueba de su amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su
Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y
ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, "constituyéndoles entonces
sacerdotes del Nuevo Testamento" (Concilio de Trento: DS 1740)27. Los tres evangelios
sinópticos y san Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía;
por su parte, san Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras
que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de
vida bajado del cielo (cf. Jn 6).
27
«El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de
partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el
mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los
suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su
resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, "constituyéndoles entonces sacerdotes
del Nuevo Testamento" (Concilio de Trento: DS 1740)» (Ibid., n. 1337».
Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en
Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre: «Llegó el día de los Ázimos, en
el que se había de inmolar el cordero de Pascua; [Jesús] envió a Pedro y a Juan,
diciendo: "Id y preparadnos la Pascua para que la comamos"[...] fueron [...] y
prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles; y les dijo:
"Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo
que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios" [...] Y
tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: "Esto es mi cuerpo que va a ser
entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío". De igual modo, después de cenar,
tomó el cáliz, diciendo: "Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser
derramada por vosotros"» (Lc 22,7-20; cf. Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).
Al celebrar la última Cena con sus apóstoles, Jesús dio un sentido nuevo a la
cena de la Pascua Judía. En efecto, su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es
anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía. Y Jesús, dice «Haced esto en
memoria mía». El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras, no pide
solo recordar lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica del memorial de Cristo, de
su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre. Desde el
principio, como hemos citado, la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. «Acudían
asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción
del pan y a las oraciones [...] Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con
un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con
sencillez de corazón» (Hch 2,42.46).
28
«Era sobre todo "el primer día de la semana", es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús,
cuando los cristianos se reunían para "partir el pan" (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días, la
celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la
Iglesia, con la misma estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia» (Catecismo,
n.1343).
b) Banquete del Señor (cf. 1 Cor 11,20) porque se trata de la Cena que el Señor
celebró con sus discípulos la víspera de su pasión y de la anticipación del
banquete eterno del Reino de los cielos.
c) Fracción del pan porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por
Jesús cuando bendecía y distribuía el pan. Con esta expresión los primeros
cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cf. Hch 2,42.46; 20,7.11)
Expresa que todos los que comen de este único pan partido, que es Cristo, entran
en comunión con él y forman un solo cuerpo en él.
g) Comunión, porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace
partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo (cf. 1 Cor
10,16-17).
h) Santa Misa porque se termina con el envío de los fieles ("ite, missaest") a fin de
que cumplan en vida cotidiana lo que han celebrado.
a.- En la comunidad reunida, porque como dice el evangelio "donde dos o más
están reunidos en mi nombre allí estoy yo" (Mt 18,20).
b.- Está presente en las palabras y en la persona del que preside (sacerdote).
Las palabras del relato de la institución que el sacerdote dice no son un simple
recuerdo, sino una oración de bendición sobre el pan y el vino, que se pronuncia en
nombre y en la persona de Jesucristo. Así pues, la presencia de Cristo en la Eucaristía
no es para nosotros fruto de una acción mágica o mecánica, sino que responde a la
petición del Espíritu Santo en una oración dirigida a Dios Padre en nombre de Jesucristo
(epíclesis).
la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero"
(Concilio de Trento: DS 1651). «Esta presencia se denomina "real", no a título exclusivo, como si las
otras presencias no fuesen "reales", sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y
hombre, se hace totalmente presente» (MF 39)». (Ibid., n.1374).
31
«El culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo
bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente
en señal de adoración al Señor. "La Iglesia católica ha dado y continúa dando este culto de adoración que
se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración:
conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las
veneren con solemnidad, llevándolas en procesión en medio de la alegría del pueblo" (MF 56)». (Ibid., n.
1378).
religiones tenían del sacrifico. No se trata de ofrecer nada externo a nosotros y hacerlo
muchas veces. Cristo en la cruz no le ofrece algo al Padre, sino que se ofrece a sí
mismo. A diferencia del AT, no ofrece muchos sacrificios, solo uno que tiene una
validez permanente.
En las palabras de Jesús en la última cena él nos dice "Haced esto en memoria
mía". Para la Biblia el término memorial no significa recordar, sino actualizar aquello
que se recuerda, hacerlo presente hoy32. Por eso no se trata de un sacrificio nuevo e
independiente al de la cruz. La Eucaristía es la actualización sacramental del sacrifico
de la cruz que tuvo lugar una vez para siempre: «Cumplimos este mandato del Señor
celebrando el memorial de su sacrificio33. Al hacerlo, ofrecemos al Padre lo que Él
mismo nos ha dado: los dones de su creación, el pan y el vino, convertidos por el poder
del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo:
así Cristo se hace real y misteriosamente presente»34.
Pero ¿se puede decir que la eucaristía sea sacrificio de la Iglesia al mismo
tiempo? Se trata de una cuestión discutida con otras confesiones cristianas. Para los
católicos, Jesucristo nos incorpora a su sacrificio, ya que, por el bautismo, somos su
cuerpo. Por tanto, como comunidad unida a Él por el bautismo, los cristianos deben
ofrecerse a sí mismos, su vida debe ser un "aquí estoy".
Desde el siglo II, según el testimonio de san Justino mártir, tenemos las grandes
líneas del desarrollo de la celebración eucarística. Estas han permanecido invariables
hasta nuestros días a través de la diversidad de tradiciones rituales litúrgicas. He aquí lo
que el santo escribe, hacia el año 155, para explicar al emperador pagano Antonino Pío
(138-161) lo que hacen los cristianos:
«El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que
habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de
los profetas, tanto tiempo como es posible. Cuando el lector ha terminado, el que preside
toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas. Luego nos
levantamos todos juntos y oramos por nosotros [...] (San Justino, Apologia, 1, 67) y por
todos los demás donde quiera que estén, [...] a fin de que seamos hallados justos en nuestra
vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación
eterna. Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros. Luego se lleva al que
preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados. El presidente los toma
y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo
y da gracias (en griego: eucharistian) largamente porque hayamos sido juzgados dignos de
estos dones. Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias, todo el pueblo
presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén. [...] Cuando el que preside ha hecho la
acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre vosotros se llaman diáconos
distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua "eucaristizados" y los llevan a
los ausentes» (San Justino, Apologia, 1, 65).
II.- la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de
gracias consacratoria y la comunión.
El desarrollo de la celebración
e.- Tras el rito del padre nuestro, de la paz y de la fracción del pan, viene el
momento de la comunión, en ella los fieles reciben el Cuerpo y la Sangre de Cristo que
se entregó "para la vida del mundo" (Jn 6,51).
4.- La unidad del Cuerpo místico: La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben
la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos
los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia.
36
«Cada vez que lo recibimos, anunciamos la muerte del Señor (cf. 1 Co 11,26). Si anunciamos la muerte
del Señor, anunciamos también el perdón de los pecados. Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es
para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que
peco siempre, debo tener siempre un remedio» (San Ambrosio, De sacramentis 4, 28).
TEMA 3
LOS SACRAMENTOS DE LA CURACIÓN
IV.- LA PENITENCIA
Son varios los nombres con los que se conoce este sacramento, según se acentúe
uno u otro rasgo del mismo:
Es un sacramento que puede ser entendido desde la mano tendida por Dios
cuando el hombre se aleja. En este sentido, la parábola del hijo pródigo (Lc 15) nos
puede ayudar a comprender las dimensiones de lo que significa el perdón en la Biblia.
En los primeros siglos la disciplina de este sacramento era muy rigurosa: los
penitentes, tras haber confesado sus culpas al obispo, debían pasar por austero periodo
de reparación, tras el cual recibían públicamente el perdón. Paulatinamente el
sacramento va a centrarse en la celebración privada: cada penitente debía expresar el
perdón de sus pecados y después recibía la absolución. Formula que perdurará hasta
nuestros días. Ciertamente hoy asistimos a una crisis del sacramento de la penitencia
que puede estar motivada por varios factores:
a) por una parte, los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu
Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción;
b) y por otra parte, la acción de Dios por el ministerio de la Iglesia. Por medio del
obispo y de sus presbíteros, la Iglesia, en nombre de Jesucristo, concede el
perdón de los pecados,
37
«Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su
Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la
Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo» (Ritual de la Penitencia, 46. 55)
38
«El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe
unirse a la intención y a la caridad de Cristo (cf. PO 13). Debe tener un conocimiento probado del
comportamiento cristiano, experiencia de las cosas humanas, respeto y delicadeza con el que ha caído;
atención el llamado sigilo sacramental (secreto de confesión) por el que bajo ningún
concepto se pueden revelar los pecados escuchados en confesión; infringir esta norma
conllevaría penas canónicas muy severas. Dada la delicadeza y la grandeza de este
ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que
oye confesión está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus
penitentes le han confesado, bajo penas muy severas. Este secreto, que no admite
excepción, se llama "sigilo sacramental", porque lo que el penitente ha manifestado al
sacerdote queda "sellado" por el sacramento (cf. Catecismo, n 1467).
Los elementos principales del rito están recogidos en el Catecismo (n. 1480):
Saludo y bendición del sacerdote, Lectura de la palabra de Dios para iluminar la vida,
confesión de los pecados, Imposición de las manos y absolución del sacerdote y la
penitencia.
debe amar la verdad, ser fiel al magisterio de la Iglesia y conducir al penitente con paciencia hacia su
curación y su plena madurez. Debe orar y hacer penitencia por él confiándolo a la misericordia del
Señor».(Catecismo, n. 1466).
39
«En casos de necesidad grave se puede recurrir a la celebración comunitaria de la reconciliación con
confesión general y absolución general. Semejante necesidad grave puede presentarse cuando hay un
peligro inminente de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para oír la
confesión de cada penitente. La necesidad grave puede existir también cuando, teniendo en cuenta el
número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente las confesiones individuales en
un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa suya, se verían privados durante largo
tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión. En este caso, los fieles deben tener, para la
validez de la absolución, el propósito de confesar individualmente sus pecados graves en su debido
tiempo. Al obispo diocesano corresponde juzgar si existen las condiciones requeridas para la absolución
general. Una gran concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de peregrinaciones no
constituyen por su naturaleza ocasión de la referida necesidad grave». (Ibid., n. 1483).
V.- LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS
Como dice el Catecismo en el número 1503 «La compasión de Cristo hacia los
enfermos y sus numerosas curaciones del dolor, son un signo maravilloso de que "Dios
ha visitado a su pueblo" y de que el Reino de Dios está cerca" (...). Su compasión hacia
todos los que sufren le lleva a identificarse con ellos: "Estuve enfermo y me visitasteis"
(Mt 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de
los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que
sufren en su cuerpo y en su alma».
40
En la tradición litúrgica, tanto en Oriente como en Occidente, se poseen desde la antigüedad testimonios
de unciones de enfermos practicadas con aceite bendito. En el transcurso de los siglos, la Unción de los
enfermos fue conferida, cada vez más exclusivamente, a los que estaban a punto de morir. A causa de
esto, había recibido el nombre de "Extremaunción". A pesar de esta evolución, la liturgia nunca dejó de
orar al Señor a fin de que el enfermo pudiera recobrar su salud si así convenía a su salvación (cf. DS
1696).
sentido. Se trata de sostener, confortar y fortalecer mediante la gracia sacramental al
enfermo o al anciano en los momentos en los que fragilidad se hace presente en la vida,
y que no tiene por qué ser siempre el final de la misma.
Institución
Ya hemos afirmado que Jesús en el evangelio curó a los enfermos y envió a sus
discípulos a esa misma misión. Estimuló su misma actitud ante el sufrimiento en sus
discípulos, y le animó a compadecerse de los que sufren (cf. Mt 25,40), por eso les
encarga esta misma misión de acercarse a los enfermos (cf. Mt 10,8; cf. Mc 6, 13; ...).
El propio Jesús instituye el sacramento. En su manera de actuar, de acercarse y
comportase con los enfermos, descubre la Iglesia la necesidad de este sacramento. Ya
en los mismos tiempos apostólicos encontramos esta práctica, que incluso es recogida
por el NT en la Carta del Apóstol Santiago (5,14-15): «¿Está enfermo alguno de
vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren sobre él y le unjan con
oleo en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo... y si hubiera
cometido pecado le serán perdonados».
La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un sacramento
especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad: la Unción de
los enfermos: «Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor
como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente dicho, insinuado
por Marcos (cf. Mc 6,13), y recomendado a los fieles y promulgado por Santiago,
apóstol y hermano del Señor» (Concilio de Trento: DS 1695, cf. Sant 5, 14-15).
Puede recibir este sacramento el enfermo y el anciano. Esto es, aquellas personas
que experimentan la fragilidad y lo quebradizo de la existencia humana. No se debe
administrar dos veces en la misma enfermedad, pero si en el caso de recaída. Está
previsto que los ancianos, a partir de cierta edad, puedan recibir la unción una vez al
año, aun cuando no posean una enfermedad explícita41.
Rito y Efectos
41
«La Unción de los enfermos "no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir. Por
eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por
enfermedad o vejez» (Catecismo, n. 1514). «Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede,
en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el curso de la misma
enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción
de los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las personas de edad
avanzada cuyas fuerzas se debilitan» (Catecismo, n. 1515).
42
«Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la Unción de los enfermos (cf. Concilio de
Trento: DS 1697; 1719; CIC, can. 1003, CCEO. can. 739,1). Es deber de los pastores instruir a los fieles
sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben animar a los enfermos a llamar al sacerdote para
recibir este sacramento. Y que los enfermos se preparen para recibirlo en buenas disposiciones, con la
ayuda de su pastor y de toda la comunidad eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente a
los enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas» (Ibid., , n. 1515).
Dice el catecismo en el número 1519: «La celebración del sacramento
comprende principalmente estos elementos; los presbíteros de la Iglesia imponen en
silencio las manos a los enfermos, oran por los enfermos en la fe de la Iglesia; es la
epíclesis propia de este sacramento; luego ungen al enfermo con oleo bendecido, si es
posible, por el obispo. Estas acciones litúrgicas indican las gracias que este
sacramento confiere». Según lo expuesto, podemos señalar en el rito:
Es ante todo un don particular del Espíritu Santo: «La gracia primera de este
sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las
dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la
vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe
en Dios, y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente la
tentación de desaliento y de angustia ante la muerte (cf. Hb 2,15). Esta asistencia
del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación
del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios (cf. Concilio
de Florencia: DS 1325). Además, "si hubiera cometido pecados, le serán
perdonados" (Sant 5,15; cf. Concilio de Trento: DS 1717)» (Catecismo, n.1520).
Una gracia eclesial. Los enfermos que reciben este sacramento, «uniéndose
libremente a la pasión y muerte de Cristo, contribuyen al bien del Pueblo de
Dios» (LG 11). Cuando celebra este sacramento, la Iglesia, en la comunión de
los santos, intercede por el bien del enfermo. Y el enfermo, a su vez, por la
gracia de este sacramento, contribuye a la santificación de la Iglesia, y al bien de
todos los hombres por los que la Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo, a Dios
Padre.
TEMA 4
LOS SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA
COMUNIDAD
Los sacramentos que hemos visto hasta ahora eran necesarios para el
crecimiento espiritual de cada individuo. El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía
son los sacramentos de la iniciación cristiana. Fundamentan la vocación común de todos
los discípulos de Cristo, que es vocación a la santidad y a la misión de evangelizar el
mundo. Confieren las gracias necesarias para vivir según el Espíritu en esta vida. Ahora
vamos a ver los dos últimos, que no solo atañen al individuo, sino al crecimiento de la
misma comunidad. Están orientados también a la salvación de los demás.
VI.- EL ORDEN
En el Antiguo Testamento el pueblo elegido fue constituido por Dios como «un
reino de sacerdotes y una nación consagrada» (Ex 19,6; cf. Is 61,6). Pero dentro del
pueblo de Israel, Dios escogió una de las doce tribus, la de Leví, para el servicio
litúrgico (cf. Nm 1,48-53). Los sacerdotes fueron establecidos «para intervenir en favor
de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los
pecados» (Hb 5,1). Instituido para anunciar la palabra de Dios (cf. Ml 2,7-9) y para
restablecer la comunión con Dios mediante los sacrificios y la oración, este sacerdocio
de la Antigua Alianza, sin embargo, era incapaz de realizar la salvación, por lo cual
tenía necesidad de repetir sin cesar los sacrificios, al menos una vez al año. No obstante,
la liturgia de la Iglesia ve en este sacerdocio prefiguraciones del ministerio ordenado
Dice el evangelio de San Marcos que «(Jesús) subió al monte, llamó a los que
quiso y se acercaron a Él. Designó entonces a doce, a los que llamó apóstoles, para que
lo acompañaran y para enviarlos a predicar con poder de expulsar a los demonios»
(Mc 3,13-15). Jesús elige a aquellos que serán la cabeza del nuevo Pueblo de Dios; a los
doce apóstoles, a los que les confía la tarea de continuar su misión.
La palabra sacerdote significa mediador. En casi todas las religiones los hay. En
la fe cristiana hay un único sacerdocio, que es el de Cristo, pues al ser verdadero Dios y
verdadero hombre, ejerce perfectamente esta mediación. Ya hemos visto que todo
cristiano, desde su bautismo, participa de este sacerdocio único y se hace a su vez
también mediador. Pero, además, en la Iglesia está también el sacerdocio ministerial, de
tal manera que hay unas personas que, representando a Cristo y sucediendo a los
apóstoles, administren los sacramentos.
En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente
en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo. Es lo que la Iglesia expresa al decir que el
sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa in persona Christi Capitis (en la
Persona de Cristo Cabeza) (cf. LG 10; PO 2,6). Por el ministerio ordenado,
especialmente por el de los obispos y los presbíteros, la presencia de Cristo como
cabeza de la Iglesia se hace visible en medio de la comunidad de los creyentes (cf. LG
21).
En la Iglesia hay tres grados en el sacramento del orden que son el episcopado,
el presbiterado y el diaconado:
a.- El primer grado del orden es el episcopado. Los obispos reciben, en cuanto
sucesores de los apóstoles, la plenitud del sacramento del orden (cf. LG 21). Tienen en
común el cuidado de toda la Iglesia, si bien, cada uno preside ordinariamente una
diócesis. La palabra obispo, proviene del griego episcopos, y designa la misión de
cuidar y velar por el rebaño, viendo lo que le conviene.
a.- La imposición de las manos y por la oración consacratoria. Por este gesto se
significa la transmisión del oficio de pastor, como un don particular del Espíritu Santo,
que permanece para siempre. El rito esencial del sacramento del Orden está constituido,
para los tres grados, por la imposición de manos del obispo sobre la cabeza del
ordenando, así como por una oración consacratoria específica que pide a Dios la efusión
del Espíritu Santo y de sus dones apropiados al ministerio para el cual el candidato es
ordenado (cf. Pío XII, Const. ap. SacramentumOrdinis, DS 3858).
b.- Para los obispos se da también la unción del crisma en las manos, la entrega
de los evangelios, el anillo, la mitra y el báculo como señal de la misión apostólica.
c.- Para los presbíteros, además de la unción, se entrega la patena y el cáliz, que
es la ofrenda del pueblo de Dios,
Nadie tiene derecho a recibir el sacramento del Orden. En efecto, nadie se arroga
para sí mismo este oficio. Al sacramento se es llamado por Dios (cf. Hb 5,4). Como
toda gracia, el sacramento sólo puede ser recibido como un don inmerecido. El Código
de Derecho Canónico dice que «Sólo el varón (vir) bautizado recibe válidamente la
sagrada ordenación» (CIC can 1024). El Señor Jesús eligió a hombres (viri) para formar
el colegio de los doce Apóstoles (cf. Mc 3,14-19; Lc 6,12-16), y los Apóstoles hicieron
lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores (1 Tm 3,1-13; 2 Tm 1,6; Tt 1,5-9). Todos
los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son
43
«Dado que el sacramento del Orden es el sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los
obispos, en cuanto sucesores de los Apóstoles, transmitir "el don espiritual" (LG 21), "la semilla
apostólica" (LG 20). Los obispos válidamente ordenados, es decir, que están en la línea de la sucesión
apostólica, confieren válidamente los tres grados del sacramento del Orden (cf. DS 794 y 802; CIC can.
1012; CCEO, can 744; 747)» (Ibid., n.1576).
ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes, y que tienen
la voluntad de guardar el celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12). Llamados a
consagrarse totalmente al Señor y a sus "cosas" (cf. 1 Co 7,32), se entregan enteramente
a Dios y a los hombres44.
El Catecismo en el n. 1581 dice que, por este sacramento, y mediante una gracia
especial, el sacerdote se configura a Cristo, recibe la capacidad de actuar como
representante de Cristo. Al igual que el bautismo y la confirmación, el sacerdocio
imprime carácter, es decir, no puede retirarse, ni se pierde nunca la marca impresa por la
gracia en el alma del ordenado.
Jesús hablará también de la alianza matrimonial como un don y como una tarea.
En la época en la que Cristo vino al mundo, se respetaba en general el matrimonio de un
hombre con una mujer entre los judíos, pero se admitía la posibilidad de repudio de la
mujer por parte del hombre. Jesucristo vuelve las cosas al origen recordando el designio
inicial "hombre y mujer los creo", y recordando la dignidad de la mujer, igual a la del
varón, dando al matrimonio el carácter de indisolubilidad (lo que Dios ha unido, que no
lo separe el hombre).
46
Cf. COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, La reciprocidad entre fe y sacramentos (Madrid 2020) n.
135.
47
«Según la tradición latina, los esposos, como ministros de la gracia de Cristo, manifestando su
consentimiento ante la Iglesia, se confieren mutuamente el sacramento del matrimonio. En las tradiciones
de las Iglesias orientales, los sacerdotes –Obispos o presbíteros– son testigos del recíproco
consentimiento expresado por los esposos (cf. CCEO, can. 817), pero también su bendición es necesaria
para la validez del sacramento (cf. CCEO, can. 828)» (Ibid., n. 1623).
humano, por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente" (GS 48,1; cf. CIC can.
1057 §2): "Yo te recibo como esposa" — "Yo te recibo como esposo".
«Estamos aquí, junto al altar, para que Dios garantice con su gracia
vuestra voluntad de contraer Matrimonio ante el ministro de la Iglesia y la
comunidad cristiana ahora reunida. Cristo bendice copiosamente vuestro
amor conyugal, y él, que os consagró un día con el santo Bautismo, os
enriquece hoy y os da fuerza con un Sacramento peculiar para que os
guardéis mutua y perpetua fidelidad y podáis cumplir las demás obligaciones
del Matrimonio. Por tanto, ante esta asamblea, os pregunto sobre vuestra
intención.
Escrutinio
Así, pues, ya que queréis contraer santo Matrimonio, unid vuestras manos, y
manifestad vuestro consentimiento ante Dios y su Iglesia.
El Señor bendiga (+) estos anillos que vais a entregaros uno al otro en señal de
amor y de fidelidad.
Bendice (+) Señor, estas arras, que N y N se entregan, y derrama sobre ellos la
abundancia de tus bienes.
N, recibe estas arras como prenda de la bendición de Dios y signo de los bienes
que vamos a compartir».
Muchos de los que se divorcian contraen nuevas nupcias fuera de la Iglesia. Hay que
juzgar con imparcialidad la situación de estos separados que se casan de nuevo por lo civil. Pues
existe una diferencia importante entre quienes, a pesar de sus sinceros esfuerzos para salvar el
matrimonio anterior, han sido injustamente abandonados, y quienes han destruido un matrimonio
válido por culpa grave personal. Es importante tener presente que aquellos cristianos no se hayan
excluidos de la iglesia. Los sacerdotes y toda la comunidad deben ayudarles con amor solícito,
para que no se consideren separados de la Iglesia, de cuya vida pueden y deben participar como
bautizados. Pueden y deben, sobre todo, oír la palabra de Dios, participar en la celebración de la
Eucaristía, rezar asiduamente y cooperar en las obras de amor al prójimo y de las iniciativas
encaminadas a fomentar la justicia. ―La iglesia debe orar por ellos, darles ánimo, mostrarse como
madre misericordiosa y fortalecerles así en la fe y la esperanza (FC 84)»48
Debido al fenómeno migratorio y a que vivimos en una sociedad cada vez más
plural e intercultural, es necesario conocer lo que sucedería cuando un creyente católico
pretendiera contraer matrimonio con un no católico. Nos encontramos con lo que se
llama matrimonio mixto y matrimonio de disparidad de cultos:
48
Del Catecismo católico alemán para adultos I, 434. Cita tomada de R.A. PARDO MANRIQUE,
Celebrando y viviendo la fe. La Iglesia, los sacramentos y la moral, cit., 112.
49
«En numerosos países, la situación del matrimonio mixto (entre católico y bautizado no católico) se
presenta con bastante frecuencia. Exige una atención particular de los cónyuges y de los pastores. El caso
de matrimonios con disparidad de culto (entre católico y no bautizado) exige aún una mayor atención»
(Ibid., n. 1633).
6.- LOS BIENES Y LAS EXIGENCIAS DEL AMOR CONYUGAL
a.- Unidad e indisolubilidad del matrimonioEl amor de los esposos exige, por su
misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que
abarca la vida entera de los esposos.
b.- La fidelidad del amor conyugal El amor conyugal exige de los esposos, por su
misma naturaleza, una fidelidad inviolable. El auténtico amor tiende por sí mismo a ser
algo definitivo, no algo pasajero.
c.- La apertura a la fecundidadEl amor de los esposos exige estar abiertos a la vida, a
la procreación, pues no solo es un bien, sino un fruto y consecuencia del amor de los
esposos.
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«Cristo es la fuente de esta gracia. "Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al
encuentro de su pueblo por una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo
de la Iglesia, mediante el sacramento del Matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos" (GS
48,2). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus
caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros (cf Ga 6,2), de estar "sometidos
unos a otros en el temor de Cristo" (Ef 5,21) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo»
(Ibid., n. 1642).