100% encontró este documento útil (1 voto)
34 vistas50 páginas

La Importancia de Confesarse Bien

Este documento habla sobre la importancia de confesarse bien. Explica que las confesiones mal hechas son una de las principales causas de la condenación eterna de las almas. Cuenta la historia de una joven que recibió un mensaje después de la muerte de una amiga exhortándola a confesarse bien porque Jesús es muy bueno. También cita a varios santos que advierten que las confesiones mal hechas son muy numerosas y pueden condenar a las personas.

Cargado por

entraleya
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
34 vistas50 páginas

La Importancia de Confesarse Bien

Este documento habla sobre la importancia de confesarse bien. Explica que las confesiones mal hechas son una de las principales causas de la condenación eterna de las almas. Cuenta la historia de una joven que recibió un mensaje después de la muerte de una amiga exhortándola a confesarse bien porque Jesús es muy bueno. También cita a varios santos que advierten que las confesiones mal hechas son muy numerosas y pueden condenar a las personas.

Cargado por

entraleya
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

CO N FESA O S BIEN

LUIS J. CHIAVARINO, Pbro.

C O N FESA O S BI EN
¡SI SUPIERAIS CUAN BUENO ES JESUS!

6a EDICION

A vda. San M artín 4350 C hacabuco 28 - 1er. Piso


F L O R I D A (Bs. A s.) B U E N O S A I R E S
Título en italianos
Confessatevi ben»

Traducción d e;
P. Pacifico Albero, O. F. M.

Nihil obslai

P. Juan M. Bartolamasi, S. S. P.

Florida, 30 de Mayo de 1952

im p r im a t u r

Buenos Aires, 2 de Junio de 1952


Mons. Dr. Antonio Rocca
Obispo de Augusta y Vie. General

QUEDA HECHO EL DEPOSITO QUE MABCA LA LEY


PROTESTA DEL AUTOR
A catando el Decreto del Papa
U rbano V III , declaramos que a los
hochos narrados on este libro, que
no estén contenidos en la Sagrada
Biblia, no piolundemos darles otra
fo quo la purnmont© humana. So -,
molemos, además, el presente libro
on un todo á lu A utoridad Ecle­
siástica.
EL POR QUE DE ESTA OBRITA

Agotada por completo la primara edición, y a reque­


rimiento de muchos celosos sacerdotes, me he decidido a
reeditarla, después da revisarla y ampliarla algún tan­
to, en atención a que, entre las muchas obras, más o me­
nos extensas que tratan del misino asunto, quizás ningu­
na ha logrado declarar con mayor sencillez y claridad:
('ilá-iila sea la are cien ei a de la Confesión.
29 La grandísima importancia que tiene el confesar­
se bien.
39 La necesidad de frecuentarla lo más posible, y de
otras muchas cosas referentes a este asunto.
Caro lector, léela, hasta el fin, y de seguro me darás
las gracias, pues mi único intento ha sido invitarte a
probar por experiencia cuán bueno es Jesús.
Por recompensa, sólo te pido, lector, que me enco­
miendes a Dios en tus oraciones.
Vuestro amigo

Pbr o . L. J. C h ia v a r in o

San Benito Belbo (Alba, Italia) 1929.


CAUSA PRINCIPAL DE LA CONDENACION
DE LAS ALMAS

D i s c í p u l o .— Padre, ¿quiere explicarme el por qué


del título de este librito?
M a e s t r o .— Escucha ol .siguiente caso: Se cuenta de
una jovencita, que habiendo c;iído desgraciadamente en
uno de aquellos pee,'idos, que más vergüenza dan confe­
sarlos, vivía inuy frisle y desconsolada. Así pasaron mu­
chos meses, sin que ninguna de sus compañeras pudiera
conocer la causa de tanta aflicción. Entretanto falleció
santamente otra muchacha muy virtuosa, íntima amiga
suya. Pocos días después de sepultada, una noche, en lo
más profundo del sueño, nuestra jovencita oye llamarse
por su propio nombre; reconoce la voz de su compañera
difunta que le repetía: —“ Confiésate bien... ¡si supieses
cuán bueno es Jesús! — Confiésate bien... ¡si supieses
cuán bueno es Jesús!” .
Tomó como revelación del cielo aquella voz, cobró
ánimo; resuelta ya, confesó aquel pecado que tanta ver­
güenza le daba confesarlo y por el que tanto había llo­
rado. Desde aquel instante experimentó tal alivio y tan­
to consuelo, que a todos refería lo que le sucedía, repi­
tiendo a su vez: “ ¡Probadlo y veréis cuán bueno es Je­
sús !’ \
D. — ¡Ah, sí! Lo creo enteramente, pues yo mismo
he experimentado mil veces tal verdad.
M. — Entonces da rendidas gracias a Dios, y sigue
confesándote bien. ¡A y de aquél que se descarriare por
las sendas de los sacrilegios! Será para él la mayor de
las desgracias; quién sabe si continuará así hasta la
muerte y acabará por perderse eternamente.
— 10 —

D. — ¿ Es, pues, un gran mal la confesión mal hecha ?


M. — Es la principal causa de la condenación de las
almas. *
D. — ¿De veras, Padre?
M. — Certísimo. Las Confesiones mal hechas son la
causa de la perdición eterna de muchas almas.
D. — Padre, usted exagera.
M. — De ningún modo; no soy yo quien lo dice: lo
aseguran los santos más duchos en las vías del espíritu;
lo contempló en una visión Santa Teresa.
# # #

Estaba la Santa en oración y he aquí que al punto


ve abrirse ante sus ojos un abismo profundísimo, todo
repleto de fuego, encendido en vivas llamas y precipi­
tarse numerosísimas, como los copos de nieve en invier­
no, las infelices almas. Espantada la santa alza los ojos
al cielo y exclama: —“ Dios mío, Dios mío!, ¿qué es lo
que veo ? — ¿ Quiénes son tantas almas precitas ? — Se­
guramente son de pobres infieles, de idólatras, de turcos,
de, judíos...” — No, Teresa, le responde Dios. Sepas que
las almas que ves ahora precipitarse en el infierno, por
permisión mía, son todas ellas almas de cristianos como
>tú.
— Pero serán almas de gente que ni creían ni prac­
ticaban la religión, ni frecuentaban los sacramentos.
—■No, Teresa, no. — Sepas que todas estas almas son
de cristianos, bautizados como tú, que como tú creían y
practicaban...
— Mas no se habrán confesado nunca, ni en la hora
de la muerte...
— Son almas que se confesaban y que se confesaron
en el trance de la muerte...

— ¿Cómo, pues, Dios mío, se condenan?

— j Se condenan porque se confesaron mal!... Yé, Te­
resa, cuenta a todos esta visión y conjura a todos los
obispos y sacerdotes a no cansarse nunca de predicar so­
bre la importancia de la confesión y contra las confe­
— 11 —

siones mal hechas, a fin de que mis amados cristianos


no vengan a convertir la medicina en veneno y a servir­
se para su daño de este Sacramento, que es el Sacramen­
to de la misericordia y del perdón.
D. — ¡ Jesús mío! —¿Son, pues, tantas las confesio­
nes mal hechas?
M. — San Alfonso, San Felipe Ncri, San Leonardo
de Porto Mauricio están de acuerdo en afirmar que,
ciertamente, las confesiones mal hechas son sin número.
Los que pasan su vida en el confesionario y a la cabece­
ra de los moribundos, saben que dicen la pura verdad.
Y nosotros, en nuestras oraciones apostólicas, predican­
do ejercicios y misiones, d e b e m o s afirmar lo mismo. El
padre Sarnelli, en ,su obra. “ MI Mundo Santificado” ,
exclama : “ Verdaderamerile, son sin número las almas
que hacen confesiones sacrilegas: lo s a b e n en parte los
misioneros que [Link] lar^a. experiencia y lo .sabremos
todos con sumo estupor en el valle de Josafat. Y no sólo
en las grandes ciudades, sino también en las pequeñas
poblaciones, en las mismas comunidades; entre gentes que
pasan por piadosas y devotas; se cometen a montones
los sacrilegios” .
* #

El padre Tranquillini, de la Compañía de Jesús, ha­


biendo sido llamado para asistir a una señora gravemen­
te enferma, marcha con solícita premura y la confiesa;
mas al tiempo de ir a darle la absolución, siente una
mano de hierro que se lo impide.
— Señora, le dice, tal vez se habrá olvidado Usted
alguna cosa...
— No, Padre, hace ocho días que me estoy prepa­
rando.
Habiendo orado brevemente el Padre, de nuevo in­
tenta absolverla, mas, de nuevo, la misma mano se lo
impide.
— Dispense, señora, insiste el Padre, tal vez no se
atreve a confesar algún perdón...
— ¿ Oómo ? Usted me ofende. ¿ Quiere Usted suponer
que me atreva a cometer un sacrilegio?
Por tercera vez pretende el Padre absolverla y por
tercera vez la misma mano se lo impide.
No pudiendo comprender qué misterio se ocultaba
en un hecho tan extraordinario, se arrodilla y llorando
ruega a la señora que no se engañe a sí misma, que no
quiera condenarse.
— ¡Padre, dícele entonces, hace quince años que me
confieso mal!
He aquí cómo es fácil encontrar casos de malas con­
fesiones.
D. — No siga, Padre; tiemblo de espanto.
M. — Más vale temblar aquí, que arder allá. Y aquí
viene muy a propósito la aseveración de San Juan Bos-
co, quien en uno de sus opúsculos, sobre la confesión, di­
ce textualmente: “ Os aseguro que mientras escribo, me
tiembla la mano al considerar el número de cristianos
que se condenan solamente por haber callado o por no
haber confesado sinceramente ciertos pecados” .
D. — ¿Solamente per no haber confesado sincera­
mente ciertos pecados?
M. — Sin duda. — Quien, por ejemplo, se confiesa
de malos pensamientos, habiendo cometido también accio­
nes, o sea actos impuros; quien se confiesa de haber
cometido tales actos solo, siendo así que los cometió con
otros; quien calla el número determinado de los pecados
o las circunstancias; quien, interrogado por el confesor,
responde falsamente; etc. Todos éstos se confiesan mal.
D. — ¿Qué piensan estos infelices?
M. — Creen que más adelante podrán remediarlo to­
do, es decir, se confiesan para vivir como antes; cuando
toda confesión se debe practicar como si fuese la última
de la vida.
• # #
Cierto día se confesó con un célebre misionero una
mujercilla del vulgo. De vuelta de confesarse, por casua­
lidad, pasó sobre la losa que cubría una tumba. Gasta­
— 13 —

da por el tiempo, la losa cedió al peso de la mujer, la


cual de golpe se cayó dentro de la fosa entre cráneos y
huesos. Imagínese el espanto de los circunstantes y, so­
bre todo, el terror y los gritos de aquella pobrecilla. —
Cuando, después de muchas fatigas fué sacada de allí
abajo, aunque casi incólume, sin pérdida de tiempo co­
rre al confesonario de nuevo y le dice al Padre: hasta
ahora me he confesado para vivir, mas ahora que he vis­
to la muerte cara a cara, quiero confesarme p:tra morir.
Y reparó con una buena confesión la que antes había he­
cho mal.
D. — ¡Oh, cuánto es terrible el pensamiento de la
muerte!
M. — Terrible es, pero muy saludable, y precisa­
mente por esto debemos tenerle presente cada vez que
vamos a confesarnos.
*= # #

Entre los muchísimos casos maravillosos que se cuen­


tan de San Juan Bosco se lee el siguiente: Se estaban
practicando en el Oratorio Salesiano de Turín los san-
tos ejercicios espirituales, y mientras todos, alumnos y
conversos, con gran seriedad y piadosa circunspección
procuraban sacar fruto espiritual para sus almas, un
joven reacio a toda buena exhortación y a los más solí­
citos cuidados de Don Bosco y de los otros Superiores,
se obstinaba en no quererse confesar en aquella circuns­
tancia. Toda clase de recursos habían tentado aquellos
buenos Padres para reducirlo a mejor consejo, mas inútil­
mente. El repetía siempre la misma cantilena: “ Otra
vez, ahora n o ... Después lo pensaré... No me puedo
decidir ahora” .
Con estas excusas se llegó hasta el último día; en­
tonces Don Bosco recurre a una estratagema. Tomando
una hoja de papel escribió estas palabras: “ ¿ Y si me mu­
riera esta noche?” ... y se fué a depositarla entre la sá­
bana y la almohada del pobrecito. Llegada la noche, to­
dos se fueron a dormir; también nuestro joven distraí­
— 14 —

damente se desnuda; mas he aquí que al querer meterse


en la cama, se encuentra con aquel papel. — Una ex­
clamación de estupor se escapa de sus labios, toma luego
el papel, lo mira, lo desdobla y viendo que hay algo escri­
to, aguza los ojos y lee: “ ¿Y si me muriera esta no­
che?... Don Bosco” . — ¡Don Bosco!, exclama, y Don
Bosco es un santo. . . sabe lo que tiene que suceder. . .
¿Quién sabe si sucedería lo que él teme? ¿Y si me murie­
ra esta noche? Yo no quiero morirme, quiero vivir, lo
quiero con toda mi alma... Entretanto, para no ser nota­
do de sus compañeros, se acuesta, se tapa y procura con
todo ahinco dormirse. Pero, ¡ qué! ¿ dormir en aquel es­
tado?... ¿con aquellas palabras que le punzan como agu­
da espina?... ¡Imposible! — Da vueltas y más vueltas en
la cama, cierra bien los ojos... todo inútil; oye siempre
muy vivamente el sonido de aquellas palabras, le parece
ver el infierno abierto, a Jesús que le condena, y dice
para sí: “ ¡Pobre de mí! ¡Si realmente me hubiera de
morir!” ... Un escalofrío lo invade, suda a mares... — ¡Ah,
no, exclama, no quiero ir al infierno, quiero confesar­
me !... — Se encomienda a María Auxiliadora, a su An­
gel custodio, y en seguida, resueltamente se viste, sale
despacio, baja la escalera, atraviesa los corredores, sube
a la habitación de Don Bosco y llama.
Don Bosco, que como buen padre esperaba, abre y
pregunta:
— ¿Quién es? — ¿Qué deseas a estas horas?
— ¡ Oh, Don Bosco! quiero confesarme.
— Pasa adelante, ¡si supieses con cuánto anhelo te
esperaba!
Introducido en la antesala, se arrodilla, se confiesa
con la más dolorosa y sincera confesión. Lleno del ma­
yor consuelo, con el perdón que Jesús le ha otorgado, se
vuelve feliz y tranquilo a la cama. — Se acabó el miedo;
ya no le espanta el pensamiento de la muerte. —“ Oh!,
dice, qué contento estoy! Aunque hubiera de morirme
esta noche, no me importa, experimento la gracia de
"Dios, soy amigo de Jesús!” — Se duerme plácidamente
y sueña... que tiene el Paraíso abierto, los Angeles regó-
— 15 —

cijndos vuelan a su derredor cantando los más bellos


loores, los más dulces himnos.
1 ). — ¡Dichoso joven!

M. — Y dichosos también aquellos que creen y se


aprovechan debidamente del gran tesoro que poseemos
on la confesión, que seguramente se librarán del infierno.
Muy de otro modo le pasó a la miserable del suceso que
voy a referir.
* # #
Habiendo sido llamado San Leonardo de Porto Mau­
ricio para asistir a una moribunda, fuése allá inmodiala-
monte, acompañado de un hermano lego. Confesada la
on forma sale. tranquilo en busca del compañero que le
esperaba en la antesala. Ya se disponía el Santo a mar-
[Link], cuando el hermano, muy triste y asustado, le
d ice:
-P adre Leonardo, ¿qué significa lo que he visto?
-¿Qué cosa?
— He visto una mano horrendamente negra, que se
movía en la antecámara, y apenas salió Usted se entró
con la rapidez del rayo en el aposento de la enferma.
A tal relato San Leonardo vuelve atrás, se dirige
hacia la moribunda y ¡oh terrible escena! aquella mano
negra ahogaba a la desgraciada, que con los ojos exorbi-
tados y la lengua fuera, moría gritando: “ ¡Malditos sa­
crilegios, malditos sacrilegios!” .
D. — Oh Padre, verdaderamente las malas confe­
siones son la causa principal de la condenación de las
almas.
M. - - Guerra, pues, a la mentira, y guardemos siem­
pre candorosa sinceridad en la confesión.

FUNESTÍSIMA CAUSA DE
LAS MALAS CONFESIONES

D t sc íput .o . - -Dínamo Padre, ¿cuál es la causa prin


cipal de las malas confesiones?
— 16 —

M a e s t r o . — Pueden ser varias, pero la más princi­


pal es siempre el miedo, es decir, aquella maldita ver­
güenza, engendro del diablo, que a muchos cierra la bo­
ca para que callen ciertos pecados o para que no mani­
fiesten el número verdadero. ¿»Sabes cómo se conduce el
demonio cuando quiere inducir a alguno a pecar? Se le
acerca y con mil tramoyas le sugiere que peque. “ Ea,
abalánzate a aquel pecado... ¿Tan gran mal piensas que
es? Dios es bueno... No te castigará... Ya te confesarás
luego, te perdouará, y... asunto concluido” . Una y otra
vez; hoy, mañana y pasado, no ceja en su porfía, hasta
que acaba por triunfar, es decir, por arrancar el con­
sentimiento y arrastrar al pecado y tal vez a la repeti­
ción de los pecados. En cambio, cuando el pobrecito pe­
cador, agobiado por el remordimiento, resuelve ir a con­
fesarse, muda su táctica: se le acerca de nuevo y le di­
ce: — “ ¿Cómo te atreverás a manifestar tal pecado?...
Se asombrará el confesor... te reñirá... lo llevará a
mal. . . quizás te niegue la absolución. . . E'a, no temas,
más tarde te confesarás. . . hay tiempo. . . siempre es
hora” . ..
D. — ¿Es esa la táctica del demonio?
M. — Esa es ciertamente. El mismo lo declaró a San
Antonio, Arzobispo de Florencia.
«• # #

Un día vió este Santo al demonio junto al confeso­


nario y le increpó diciendo:

— ¿Qué haces ahí, bestia feroz?
Respondióle: — Estoy esperando para hacer una res­
titución.
— ¿Qué restitución?, dime, embustero.
— Vengo a restituir el miedo y la vergüenza que he
robado a los pecadores en el acto de hacerles cometer los
pecados.
D. — Creo haber leído que también Don Bosco vió
al demonio en parecidas circunstancias.
M. — Justamente. — Oye cómo sucedió.
— 17 —

lina tarde estaba el santo sacerdote confesando en


el coro de la Iglesia de San Francisco de Sales de Tu-
rin. Mran muchos los jóvenes que se habían reunido, es­
perando turno para confesarse.
Confesáronse diez, veinte, llega finalmente uno que,
después de confesar parte de sus pecados, para.
— ¡ Adelante! dícele Don Boseo, que por luz divina,
leía en la conciencia de su hijo espiritual. — ¡Adelan­
te!... ¿Y el otro?...
— No tengo más, Padre. No tengo más.
— No temas, hijo, continuó el santo. El confesorno
to lia de reñir, ni castigar, él siempre perdona, lo perdo­
na lodo en nombre de Dios. ¡Anim o! . ¡confiésate bien!
•No tengo otros pecados, ninguno más.
Pero ¿por qué, hijo mío, quieres hacerunacon­
fesión sacrilega, dar que reír al demonio y hacer llorar
.’I <•!est is ?
Os lo aseguro, Padre, no tengo nada más.
l'jiitonces Don Bosco, que comprendía el peligro en
qne se hallaba aquel pobre joven, inspirado de lo alto,
corta de repente la inútil porfía y le dice: — Bueno, mi­
ra quién está aquí detrás, a la espalda... El muchacho
Ne vuelve en seguida, exhala un grito de terror y arro­
jándose al cuello de Don Bosco exclama:
— Sí, Padre, tengo aún otro pecado... y confiesa
el pecado que no osaba confesar.
Los compañeros que estaban en la iglesia y que oye­
ron el grito, apenas salieron le rodearon, queriendo saber
el por qué de aquel grito. El, sonriente, aunque todavía
asustado, les dice:
- I j o vais a saber. -Tenía un pecado que no me
atreví a, a d e c l a r a r . . . D o n [Link] lo l e y ó e n m i c o n c i e n c i a . . .
vi al d e m o n i o en f i g u r a d e un g r a n m o n o c o n o j o s d e
f u e g o , l a r g a s uíias, p r e p a r a d o p a r a a t r a p a r m e .
I). D o n H o s c o era. un s a n i o . ¡ Q u é d i c h a confe­
sarse con un s a n i o ! /, N o es v e r d a d , P a d r e ?
M. T o d o s los c o n f e s o r e s r e p r e s e n t a n a J e s u c r i s t o ;
J e s u c r i s t o s i e m p r e es S a n t o , t o d o lo s a b e, t o d o l o v e , se
c o m p a d e c e de tod o, t o d o lo p e r do na .

fi. C onfoiaoi bion.


D. — Sin embargo el demonio se ocupa en engañar
y traicionar en la confesión.
M. ■— Siempre, ciertamente.
Como el lobo que apresa a las ovejas por la gargan­
ta, para que no puedan balar, y se las lleva y las devo­
ra, así procede el demonio con ciertas almas; les apre­
sa la garganta para que no confiesen los pecados, y así
las arrastra miserablemente al infierno.
D. — ¡ Ah bribón sin vergüenza! ¿ Y habría quien
engañado una vez, se preste de nuevo al juego de este
astuto impostor ?
M. — Muchos, muchísimos. ¡ Ay de aquél que empie­
za a entrar por este camino! Y, generalmente, por este
camino van los que se dan al pecado impuro. Casi nun­
ca hay dificultades en confesar los pecados contra la fe,
las blasfemias, las profanaciones de los días festivos, las
desobediencias, venganzas y hasta los pecados de hurto;
pero si se han de confesar pecados impuros, o se tienen
que manifestar ciertas circunstancias que los acompaña­
ron, o si es grande el número de ellos, entonces suele aco­
meter una maldita vergüenza que cierra sacrilegamente
la boca. Y, puesto que las confesiones sacrilegas, ordina­
riamente nunca van solas, después de una se hace otra,
continuando así por años y años, juntándose, por lo co­
mún, a esos sacrilegios las comuniones sacrilegas. Y no
es raro el caso de aquellos que, habiendo comenzado a
eallar sus pecados graves desde la primera confesión,
llegan a viejos sin haberse confesado bien nunca, ni repa­
rado tamaño desorden de su alma.
Es increíble, exclama el P. Da Bérgamo, es increíble
cuán propensa sea la juventud a esta pasión del miedo
o rubor, y de ahí la facilidad con que los jóvenes siguen
callando los pecados, por no sufrir la pena de confe­
sarlos.
San Leonardo atestigua haber tenido a sus pies pe­
nitentes que habían estado varias veces en el trance de
la muerte sin haber vencido, ni siquiera entonces, el ru­
bor que les cerraba la boca para confesar ciertos peca­
dos.
— 19 —

Han Alfonso recomienda qne se hable frecuentemen­


te con fervor en la predicación y en los catecismos de
esta «ríala vergüenza de callar los pecados, y persuadir
al pueblo de la ruina que acarrean a sus almas las malas
confesiones, porque esta plaga de las malas confesiones
reina en todas partes, especialmente en los pueblos pe­
queños. Y, puesto que a la gente suelen impresionar los
ejemplos, recomienda que se cuenten muchos ejemplos
de personas que se han condenado por callar pecados en
la confesión.
IX — Cuénteme, pues, algunos, Padre.
M. — Con mucho gusto.
# # #

Se cuenta de una niña que a los 7 años había tenido


la desgracia de cometer un pecado de impureza. Por ver­
güenza no se atrevió a confesarlo nunca. Cayó grave­
m e n t e enferma, llama al confesor, se confiesa, recibe el
Santo Viático y la Extremaunción y muere. Todos, su
madre, sus hermanas y sus amigas lamentaron su muer-
le, pero se consolaban creyéndola salva y santa, cuan­
do a los tres días de enterrada, mientras iba el sacerdo­
te a celebrar la Santa Misa por su alma, siente que le
tiran de la casulla para detenerle y una voz triste y las-
limera le dice: —“ Padre, no vaya a celebrar por mí
porque estoy condenada; condenada por los pecados que
c a l l é en mis confesiones desde los siete años” .

* # #

Otra muchacha de trece años, comulgó por Pascua


c o n t o d a s s u s compañeras, mas he aquí que apenas reci­
be la Sani a. H o s t i a , le viene como un sobresalto, se estre­
m e c e y c a e d e r r i b a d a al suelo. La gente acude espanta­
da y la l l e v a n a. una casa vecina. Al acabarse la función,
el P á r r o c o se a p r e s u r a para verla en la cama donde se
r e v o l v í a , p e r d i d o el conocimiento; la llama por su nom­
bre y le d i c e : “ U n e n ánimo. Encomiéndate a Jesús, al
— 20 —

mismo Jesús que has recibido en la Comunión ” . A estas


palabras ella abre los ojos del todo y llena de horror
exclama; “ ¿A Jesús, a Jesús?... ¡Ah no! He recibido a
Jesús en pecado, he cometido sacrilegio por los pecados
que callé en la confesión” . Y continuando revolviéndo­
se, poco después expiró entre la conmoción y el espanto
de todos.
* * *

Otro joven también se confesó mal, por miedo o


vergüenza de confesar ciertos pecados, y apenas recibió
la Hostia Santa, abre la boca y se echa a gritar: “ Ay,
¡ qué ascua de fuego, ay, que me quemo! ’ \ — El sacer­
dote, se inclina, mira, ve que la Hostia se había cam­
biado, efectivamente, en ardiente ascua de fuego. La
extrajo en seguida y se salvó aquel joven; más todos los
presentes, comprendieron que Jesús no acaricia a los
sacrilegos.
Más terrible es el hecho siguiente que, además, de­
muestra cuán triste cosa sean ciertos escándalos tanto
para quienes los dan, como para quienes los reciben,
particularmente en la juventud.
Lo refiere Ausonio Franco en sus escritos.

« # #

Zarpaba del puerto de Génova un buque para Mar­


sella. Entre los pasajeros, iba una noble señora, la cual
pronto notó la presencia de una señorita vestida de luto,
de aspecto triste, que se sentaba en el extremo de un
banco del puente superior de la nave; de vez en cuando
alzaba los ojos llorosos hacia la playa, exhalando profun­
dos suspiros, y luego, tapándose la cara con las manos,
prorrumpía en amargos sollozos. Con la mayor afabili­
dad aquella señora, acercándose despacio y con muy
delicados y gentiles modos, después de no pocas fatigas,
le arrancó la siguiente confesión:
“ Pertenezco a una distinguida familia de Génova;
vivía feliz en compañía de mis papás y una hermana de
— 21 ~

veinte años, dos años menos que yo. Cierto día enfermó
de tan terrible enfermedad que en breve la redujo al
trance de la muerte.
Urgentemente se llamó al Sacerdote, se confesó, re­
cibió el Viático y la extremaunción y antes de morir,
aprovechando un momento en que estaba sola a su cabe­
cera, me toma de la mano y apretándome fuertemente,
con voz apagada, me dice:
— ¡Me muero, hermana! Me siento morir y que es­
toy condenada al infierno. ¿Recuerdas, Luisita, ciertas
palabras que me dijiste hace años, en tal ocasión? Pues
bien, jamás las he olvidado... Esas palabras me fueron
ocasión de pecados... Me confesé, mas aquellos pecados
los callé siempre... He recibido el Viático sacrilegamen­
te.! ¡Me siento morir y que voy al infierno... pero por
1 ii culpa!

Me arrodillé a sus pies, le pedí perdón y ella, to­


mándome la mano muy fuertemente: — ¡ Sí, te perdono,
me dice, te perdono, mas por tu culpa voy al infierno!
Y expiró.
Ayer la llevaron al cementerio, y esta mañana, me
escapé de casa, me embarqué en esta nave, no sé a dónde
iré; sin duda acabaré mal. Considere mi desventura” .
En este momento el estampido de un cañón anuncia
que la nave está junto al puerto. Todos los pasajeros an­
dan atareados en busca de sus valijas. En tal confusión
In sonora pierde de vista a aquella infeliz. Pregunta a
t o d o s , la busca por el barco, en el puerto, en la playa,
p o r lodas partes, pero inútilmente; desgraciadamente
tiene que persuadirse de que, loca del dolor, se arrojó
ul iri;ir.
IVT. '--¿Qué nos enseñan estos ejemplos?
I). - Le aseguro que son terribles y capaces de de-
moMlnir cuán gran mal sean las malas confesiones.
M. No debe parecerte, pues, extraño que se insis-
[Link] lanío sobre la sinceridad en las confesiones. Yo que
desde mis primeros años de sacerdocio, por la gracia de
Dios, Iii ve la, dicha de dedicarme a catequizar y predi-
•nr, lanío n jóvenes como adultos, y continúo al presen-*
— 22 —

te en la misma tarea consoladora y fructuosísima, no he


dejado nunca mi costumbre de hablar frecuentemente
acerca de la necesidad de confesarse con sinceridad, j
nunca me he arrepentido de ello.
¡ Oh, cuántos jóvenes y adultos he confortado, co­
rregido, salvado en los ejercicios espirituales, en las mi­
siones y hasta en las simples conferencias y discursos
con esta sal que debiera condimentar toda predicación í
D. — Muy bien dice, Padre; en efecto ninguna pre­
dicación se escucha tan a gusto como la que versa sobre
la confesión.

i AY DE AQUEL QUE COMIENZA!

D i s c í p u l o . —-Padre, ¿acaso la causa de que tantos


se dejen engañar del demonio para callar sus pecados en
la confesión y repetir tales sacrilegios, no serán los sa­
cerdotes y confesores que no indagan, no interrogan, no
impiden que se hagan malas confesiones?
M a e s t r o . — ¡Pobres sacerdotes y confesores! —
Ellos saben y ven muchas veces que ciertas almas dejan
bastante que desear, pero frecuentemente temen faltar
al recato, temen pecar por falta de delicadeza al inte­
rrogar para poner en claro ciertas cosas. Y así, con cier­
tas personas, no se atreven del todo a interrogarlas, por
si no es prudente: se deja correr el agua por su cauce,
y Dios proveerá. Del mismo modo, que un padre y una
madre siempre quieren pensar bien de sus hijos, y sien­
ten al tener que dudar de su conducta, de su inocencia,
así el pobre párroco, el confesor con respecto a sus hi­
jos espirituales.
D. — ¿Y entonces?
M. — Entonces se tira adelante hasta que Dios pon­
ga su mano. He aquí porque en ocasión de ejercicios es­
pirituales, de misiones, por Pascua y en otras semejan­
tes, se hallan frecuentemente algunos que habiendo te­
nido la desgracia de callar alguna vez ciertos pecados
on la confesión, han continuado cometiendo tales sacri­
legios por años y más años, hasta que tocados por una
gracia especial, y habiendo encontrado un confesor pa­
cí¡ente y experimentado pueden, finalmente, abrir los
ojos y tranquilizar su conciencia atormentada largo tiem­
po por crueles remordimientos.

« * *

Se predicaban los ejercicios espirituales en una im­


portante parroquia de Piamonte. En aquellos días se
confesaba a más no poder, y observé a cierta persona de
aspecto muy triste y compungido, que merodeaba alre­
dedor de los confesionarios. No le dí importancia; mas
he aquí, que una tarde se arrodilla a mis pies y me dice:
— Padre: ayúdeme, soy muy desgraciada. Hace
q ilince años que me confieso mal, no he hecho más que
«acrilegios... y prorrumpió en llanto.
— Bueno, anímese Ud., repúsele, Dios tendrá mise­
ricordia de TJd.; Jesús será también infinitamente mi­
sericordioso y bueno para con Ud. Dígame: ¿Cuántos
años tiene? — ¿Cómo fué a enredarse en estos pecados?
— Tengo 27 años; a ,los 12 apenas, por causa de una
curiosidad ilícita, cometí mi primer pecado, el cual no
me atreví a confesar. Con aquel sacrilegio me acerqué a
la Comunión, y desde aquel día fué una ininterrumpi­
da cadena de pecados y sacrilegios hasta el presente.
Mucho he rogado, mucho he llorado, he hecho peregri­
naciones, mas todo inútilmente. Me confesaba cada mes
y aún con más frecuencia; en ocasión de ejercicios espi­
rituales, he hecho confesiones generales, pero siempre
este pecado lo he callado de pura vergüenza.
— Y ¿quedaba TJd. satisfecha de sus confesiones,
tranquila en sus comuniones?
— ¡Oh, Padre, si su pióse qué agudos remordimien­
tos, qué espinas punzaban mi corazón cada vez!
— ¿Y por qué pasó tanto tiempo en esta forma!
— ¡Porque fui una estúpida, por eso! Un tremendo
miedo de las reprensiones del confesor, me cerraba la
— 24 —

boca y un gran respeto humano de mis compañeras, me


empujaba a la Comunión en este estado.
— ¿Cuánto tiempo hace que se confesó?
^— ¡ Ah, Padre! me he confesado ya tres veces en
esta misión, con tres diversos confesores, siempre con el
propósito firme de resolverme de una vez a decirlo todo,
más llegado el momento, sentía como un cruel nudo que
me apretaba la garganta y siempre callé tal pecado.
— Y ahora, ¿ cómo lo ha podido manifestar ?
— Padre, su sermón de esta tarde sobre la necesidad
de confesarse bien, aquellas palabras que usted repetía:
“ probadlo y veréis cuán bueno es Jesús” , me han con­
movido y me he decidido a ello a toda costa.
Ayudada por el confesor, hizo una de aquellas con­
fesiones generales, las más consoladoras, y recibida la
absolución, no acababa de repetir: — Basta ya de peca­
dos y de sacrilegios. Lo diré a todos que he probado y
he visto cuán bueno es Jesús.
D. — Estos casos son consoladores, ¿no es verdad,
Padre?, y menos mal que todavía se corrigen a tiempo.
M. — Más ] cuántos no se enmiendan ni siquiera en
la hora de la muerte! Es cosa para llorar, pero muy
cierta. No es raro encontrar moribundos que ya con un
pie en la sepultura se obstinan en callar los pecados no
confesados o mal confesados desde su juventud, y en
este estado entran en la eternidad.
D. — ¡Pobrecitos!
M. — Llámales, más bien desgraciados. ¡ Ay del que
comienza!
D. — Y la misericordia infinita de Dios ¿no vendrá
en su ayuda?
M. — ¿ Se puede suponer que siempre quiera Dios
usar de misericordia en el trance de la muerte con quie­
nes durante su vida, abusando de su misma misericordia,
le han injuriado con tales sacrilegios? Y además, la ma­
yor parte de las veces, no invocan la misericordia divi­
na, antes la desprecian frecuentemente.
Varios hechos te persuadirán de lo que te voy di­
ciendo.
— 25 —

El Padre Dal Río refiere de una joven sirvienta


que se confesaba con frecuencia, porque así lo deseaba su
noñora, mas por vergüenza, se obstinaba en callar los pe-
<•-;»<los deshonestos. Cayó gravemente enferma por prime­
ra. vez y a ruegos de la señora se confesó, pero sacrilega­
mente. Una vez que sanó, después de muchos cuidados,
n o lía con frecuencia burlarse de sus compañeras, y po­

ner en ridículo el celo de su ama y el del Confesor, por


inducirla a que se confesase bien.
Recayó segunda vez más gravemente enferma, y la
Hoííora mandó de nuevo llamar al sacerdote, el cual vino
y con toda piedad y paciencia que Dios concede en se­
mejantes casos procuró inducir a aquella desgraciada a
qne hiciera una sincera y dolorosa confesión. Todo fué
múlil. Siempre obstinada, durante su larga agonía en
defenderse y en callar los pecados, rehusaba hasta el re­
pelí r las jaculatorias e invocaciones que le sugería el
confesor, mostrándose fastidiada de aquellas cosas y
aún de la presencia del sacerdote. Y cuando, por fin,
¿n(<\ viéndola en el término de su vida, le ruega que
hese (>1 crucifijo, ella, con un esfuerzo supremo, lo aleja
de mal modo de sí y mirándolo con desprecio dice: “ Qui-
twl de mi vista ese Cristo, que no tengo necesidad de
MI” .
Luego, volviéndose de espaldas, con un horrible sus­
piro, expiró aquella alma impenitente y sacrilega. ¡A y
del (pie comienza!
# * #
OI ro caso semejante refiere el Padre Agustín de Fu-
híKiwiiio, del que fué testigo él mismo. Una infeliz mujer
«mlliihu en la confesión los pecados más graves. No obs-
tiiMl.o lo.s sermones que oía contra esta vergüenza sacrí-
lotfn, ri<> obstante las más amorosas exhortaciones, y los
iiiíin agudos r('mordimientos de conciencia, no se decidía
ii a p r o v e c h a r s e . Agotada la misericordia de Dios, la
hirió con una violenta enfermedad que la puso en tran­
co de !/i muerte. ¡Se llamó en seguida al confesor, mas la
iiifcli'/ .'ipon;iK lo vió, exclamó:
26 — <

— Padre, habéis llegado a tiempo de ver bajar al


infierno a una falsa penitente. Me confesaba con fre­
cuencia, mas dejándome siempre los pecados más graves.
— Pues bien, confiésatelos ahora, le responde el sa­
cerdote.
— No puedo, no puedo, gritó desesperada. Pasó ya
el tiempo de la misericordia y ha llegado ya el de la
justicia.
Y enfureciéndose y contorciendo rabiosamente su
cuerpo, expiró, dejando en todos los presentes la más
triste y horrible impresión.
te m #

Refiere San Alfonso de un señor, que en aparien­


cias tenía buena conducta, pero que se confesaba mal,
que habiendo caído gravemente enfermo, fué a visitarlo
el Párroco, el cual le exhortó a que recibiera los Sacra­
mentos, pues se encontraba en peligro de muerte. El en­
fermé, no obstante, rehusaba confesarse.
— ¿Y porqué, mi caro señor, no se quiere confesar?
— ¡Ah, responde el enfermo, porque estoy conde­
nado! Dios, en castigo de mis sacrilegios, me quita la
voluntad y la fuerza para repararlos.
Dicho esto empezó a morderse la lengua y a revol­
verse desesperadamente y a gritar: “ ¡Maldita lengua,
maldito silencio, malditos sacrilegios!” .
No fué posible convencerle, hasta que, finalmente,
murió.
« # «

Más terrible aún es el hecho siguiente que se lee en


la vida de San Francisco de Borja.
Un gentilhombre, que vivía habituado a los vicios
más abominables, fué atacado de una enfermedad mor­
tal. Los parientes y amigos estaban alrededor para in­
ducirlo a pensar y proveer por su alma y para que se
dispusiera a hacer una buena confesión; más el solo
nombre de la confesión bastaba para ponerlo furioso. Se
• h 27 "*■

llamaron varios sacerdotes y finalmente al mismo San


Francisco de Borja, el cual, viendo la obstinación, de
aquel moribundo, pensó en recurrir al Crucifijo. Tomán­
dolo, pues, con la mano, se acerca al lecho y en nombre
del mismo Jesús, que murió por nosotros, le conjura a
qne doblegue su obstinación y se confiese. El enfermo no
quiere saber nada, sacude la cabeza y se vuelve de es­
paldas. Entonces San Francisco se va frente al enfermo
y le repite con mayor dulzura las exhortaciones e insis­
tencias de antes, pero el enfermo de nuevo se vuelve a
la otra parte para no escucharlo y ¡oh terrible prodigio!
el crucifijo que tenía el Santo en la mano, desclavó su
•nano derecha y tomando de la sangre que en aquel mo­
mento brotó de su costado abierto como si estuviera vivo,
la arrojó al rostro de aquel obstinado, diciendo en voz
nlla: “ Esta sangre que no quieres para tu salvación,
que sea para tu condenación eterna” . A tales palabras
y a vista de tales cosas el moribundo lanza un grito des­
garrador y muere en el acto.
D. — Basta, Padre, son cosas que le llenan a uno
de espanto. Yo por mi parte, jamás querré cometer sa-
[Link].
M. — ¡Muy bien! manten tan santa resolución. Y
i por qué dejarse dominar del demonio mudo, pisotear
la .sangre de Jesucristo, trocar la medicina en veneno y
obligarle a condenarnos, cuando su deseo más ardiente
en .salvarnos?

E,L DEMONIO MUDO

Dixoíi’ulo. — Padre, no hace mucho ha nombrado


IM. al demonio mudo; ¿qué es eso del demonio mudo?
Makstko. — Es el demonio de la impureza o des­
h o n e s t i d a d . Jesús mismo lo llama así en el Santo Evan­
gelio.
I). Qué cosa es impureza o deshonestidad?
M. Son todos los pecados prohibidos en el sexto
— 28 —

y noveno mandamiento, es decir, las acciones, las mira­


das, palabras o deseos malos y la infidelidad y malicia
en el matrimonio.
D. — 5 Es pecado rnxiy grave el de la impureza?
M. —•Es gravísimo y abominable a lo,s ojos de Dios
y de los hombres. Rebaja a quien lo comete a la condi­
ción de los brutos, es causa de muchos otros pecados j
provoca los más terribles castigos, tanto en esta vida co­
mo en la otra.
La Sagrada Escritura designa al pecado impuro con
los nombres más infames: “ delito pésimo, cosa detesta­
ble, cosa horrible, maldad in n o m in a b le San Pablo de­
clara expresamente: “ Neque molles, neque fornicarii,
neque adulteri, regnum Dei possidebunt” . Es decir, que
ni los muelles, los que pecan a solas; ni los fornicadores,
los que pecan con otra persona; ni los adúlteros, los que
son infieles al matrimonio, irán al Paraíso.
D. — jPobres de nosotros! Es preciso ir alerta.
M. — Ciertamente. Los Santos Padres están concor­
des en decir que la impureza es el pecado que mayor
número de personas arrastra al infierno.
D. — ¿De veras?
M. — Sí, por cierto. San Agustín afirma: así como
la soberbia ha poblado el infierno de ángeles rebeldes,
así la deshonestidad lo llena de hombres. Y San Alfon­
so añade que todo cristiano que se condena, se condena
o por deshonestidad, o entra allí manchado también con
ese feo pecado.
D. — ¿Cuál será la causa de ello?
M. — Son dos los motivos principales: l 9 Porque
los pecados de la deshonestidad se cometen fácilmente;
2 9 porque quien a ellos se habitúa difícilmente se en­

mienda.
D. — ¿Por qué se cometen con tanta facilidad?
M. —No debe creerse que los pecados de deshones­
tidad consisten tan solamente en la fornicación, adulte­
rio y otras nefandades por el estilo; éstos son los más
graves. Para pecar mortalmente contra la pureza, bastan
1«n miradas lascivas, las lecturas obscenas, las canciones
— 29 —

impúdicas, los gestos o palabras de doble sentido, los ga­


lanteos licenciosos, los actos deshonestos y hasta los pen-
Hiimientos y complacencias internas y los deseos impuros
cuando son deliberadamente consentidos.
D. — Y ¿por qué son tan difíciles de corregir?
M. — Porque, frecuentementé, un pecado llama a
otro pecado, una impureza a otra impureza, hasta que
on breve se forja una cadena que ya no se rompe nunca.
También aquí puede decirse ¡A y del que comienza!
I). — Así ha de ser. Mas la confesión, ¿no sirve para
nada? ¿No basta para romper esa cadena?
M. —'La confesión siempre es un medio poderosísi­
mo, cuando se hace bien; mas aquí está el peligro, el en-
Kiiiío del demonio mudo, que procura amordazar la len­
gua, para que se callen o se confiesen mal estos pecados,
romo antes hemos visto.
1). — ¡A h! Si los que caen en estos pecados se con­
fesasen siempre bien, ¿no es verdad, Padre, que pronto
ho corregirían de la deshonestidad ? La confesión tendría
on olios virtud suficiente para contrarrestar sus perver­
tís inclinaciones.
M. — Exactamente. El demonio mudo es amigo de
lii.s tinieblas, la confesión aporta la luz al alma y la luz
nlniyenta los pecados.
1). — Entonces, ¿es que la misericordia de Dios
abnndona al pecador deshonesto?
IYT. — No, precisamente es lo contrario. Dios no aban­
dona al pecador deshonesto, sino que éste abandona a
l)i(w, o porque no piensa en El, o lo que es peor, des-
I>n>oi.'Índole como hemos visto anteriormente; por lo cual
n In deshonestidad se la apellida madre de la impeni-
Iencía final; y así es dicho de los santos que, “ vida des­
honesta, muerte impenitente
I). ¿Por qué será la madre de la impenitencia
ftmtlf
I\1 . - Porque los moribundos deshonestos, general-
iiionlo, tío se confiesan. Los tales o no quieren confe­
tti rué, o no so resignan a dejar el pecado, o no se arre­
pienten como debieran.
— 30 —

D. — ¿Hasta en aquella ñora suprema?


M. — Sí, aún entonces. Prefieren perder el Paraíso
e irse al infierno antes que confesarse debidamente.

m * #

Martín Lútero era monje agustino; a causa de un


amor impuro abandonó el convento, se rebeló contra la
Iglesia, fundó el protestantismo, y con su vida rota, dió
los más graves escándalos.
Bien entrada la noche se hallaba una vez al balcón
de una posada con su compañera de pecado, Catalina
Bora. El cielo estaba limpio y miríadas de estrellas cen­
telleaban alegremente. Ella, tal vez asqueada de aquella
vida de remordimientos, de repente, vuelta a Lútero le
dice: “ ¡Mira, Martín, cuán bello es el cielo!” . A estas
palabras Martín, recostando su cabeza sobre Catalina y
exhalando un profundo suspiro, exclama: “ ¡Sí, Catali­
na, bello es el cielo pero no es para nosotros! ” — ¡ Des­
graciado! Sentía perder el Paraíso y acarrearse el in­
fierno, pero confesaba su imposibilidad de salir de aquel
atolladero, y poco después moría en aquella misma po­
sada con señales de la más terrible desesperación y tra­
gándose sus propios excrementos. Vida deshonesta, muer­
te impenitente.
* * *
Teodoro Beza, sucesor de Calvino, y corifeo de la
reforma protestante, atacado de una mortal enfermedad,
fué visitado por San Francisco de Sales, que con su ce­
lo apostólico intentó por todos los medios a su alcance,
inducirlo a abjurar el error, entrar de nuevo en la Igle­
sia Católica y disponerse a una muerte cristiana.
Lloraba Teodoro al oír las fervorosas exhortaciones
del Santo Obispo, mas de vez en cuando suspirando de­
cía : i Imposible! — Finalmente, insistiendo el Santo por
saber el por qué de aquella palabra “ imposible” , Teo­
doro, haciendo un esfuerzo supremo, apoyándose sobre
uno de sus codos, retiró la cortina que ocultaba una aleo-
— S i­

bil y señalando a una mujer allí escondida, dijo: “ He


jtlií el por qué de mi imposibilidad de convertirme y sal­
varme” .
La muerte y el infierno antes que dejar el pecado.

m # *

En la ciudad de Espoleto, vivía una joven bien pa­


recida, pero de muy disolutas costumbres, entregada en
absoluto a la vanidad y a los bailes.
Avisada diferentes veces para que se corrigiese, siem­
p r e despreciaba orgullosarnente las caritativas amones-
lliciones, pagándolas con locas burlas. Su propia madre,
complacida de la hermosura y desenfado de su hija, go-
. ¡ilia de verla cortejada de muchachos amantes y dejaba
•nrrcr las cosas, con la esperanza de que de este modo,
h a l l a r í a un buen partido, y que pasado el fervor de la
juventud, entraría alguna vez en juicio.
i Oh ciega y desaconsejada madre, que por no corré­
is'Ha engañas a tu propia hija y la dejas correr hacia
el deshonor y la ruina! ¿Qué sucedió?
Enfermó gravemente aquella desgraciada hija. Al-
/ninas personas respetables del vecindario que iban a
11• ;i:¡í iría le exhortaban, a que llamase al sacerdote, reci­
biera los Sacramentos, y se preparase para la muerte.
T e r o In miserable, obstinada, decía: “ ¡Cómo, yo tan jo­
ven, l ; m hermosa, he de morir! ¡Imposible!, yo no quie­
ro morirme!” . Llegó por fin el sacerdote; éste a su vez,
lo conjuraba a que tuviera juicio, que se encomendase a
Mmi ím Sma., que le podría sorprender la muerte... “ Qué
m uel le ni qué ocho cuartos... Yo he de sanar... no he de
m o r i r m e , no quiero” .
Al Tin viendo que tanto le insistían, y notando que
le iluin faltando las fuerzas, en un esfuerzo supremo
c\chimó llena de rabia: “ Bien, si es así que me he de
m o r i r , ven tú, oh diablo y llévate mi alma!” . Cubrién-
do-;e la cara con la sábana, murió desesperada. “ Vida
ih '.lnnirxla, muerte desesperada
l'lMcuclin este último y horroricémonos.
— 32 —

Un caballero de rotas costumbres, tenía consigo des­


de algún tiempo atrás una muchacha tan malvada como
él. A quien le hablaba de despedirla le contestaba con un
desdeñoso “ no puedo” . Pero vínole la muerte y se en­
cargó de hacerlo.
Enfermó de gravedad el desgraciado caballero, y
en los últimos momentos vino un sacerdote a prepararle
para el terrible paso a la eternidad. Con tanta caridad
le trató, que el enfermo muy compungido le dijo: “ Con
mucho gusto, aún cuando he llevado una vida tan escan­
dalosa, quiero morir bien con una santa confesión” .
— ¿Queréis, pues, recibir los Sacramentos como per­
tenece a un buen cristiano?
— Con mucho gusto los recibiré, si Ud. se digna
administrármelos.
—Mas para esto es preciso que antes despidáis a
aquella joven, ocasión de vuestros pecados.
— ¡Ah, Padre, eso sí que no puedo haeerlo!
— Y, ¿por qué no podéis? Podéis y debéis hacerlo,
mi caro señor, si queréis salvaros.
— ¡ Digo, que no puedo!
— Pero ¿ no comprendéis que la muerte, que tenéis
tan cerca, tiene que quitárosla por la fuerza?
-—¡ No puedo, Padre, no puedo!
— De esta forma, ni yo puedo absolveros, ni admi­
nistraros los Sacramentos, perderéis el Paraíso y os pre­
cipitaréis en el infierno.
— ¡No puedo!
— ¿Es imposible que no os resolváis a cambiar de
parecer? Pensad en vuestro honor y estima, si morís
excomulgado.
“ No puedo” , repite por última vez el desgraciado,
y asiéndola del brazo, la acerca a sí, y abrazándola con
vehemencia, entre aquellos impuros brazos, exhala su
alma impura. “ Vida deshonesta, muerte impenitente” .
D. — Tremendo, pero justo castigo de Dios. ¿ Será
posible, Padre, que no se pueda abandonar el pecado?
— 33 —

Cuenta S. Agustín que cierto hombre, por más que


se le avisase, rogase y conjurase a que abandonase una
casa, que con grande escándalo frecuentaba, jamás se le
pudo inducir a ello, diciendo que no podía de ninguna
manera. Cierto día ocurrió que en aquella misma casa le
sobaron la badana de lo lindo.
¿Lo creerás? No volvió a aquella casa; desapareció,
como por encanto, la pretendida imposibilidad, y en lo
sucesivo, ni siquiera pasaba por delante de la casa.
“ Quod non fecit Dominus, concluye el Santo, fecit
baculus” .
Lo que Dios no hizo, ni el amor de su alma, lo con-
niguió el palo.
D. —-¡ Qué buen remedio, Padre, para quitar a mu­
chos la imposibilidad de abandonar los pecados y sus
ocasiones! ¡ Qué sermón tan eficaz sería el del palo!

EL PECADO DE LAS TERRIBLES


CONSECUENCIAS

D i s c í p u l o . — Padre, ha dicho Ud. que la deshones­


tidad es el pecado de más terribles consecuencias.
M a e s t r o . —■Exacto. La deshonestidad roba las fuer­
zas para toda obra generosa. Sansón, el más fuerte de
Ius hombres, por haberle dotado Dios de una fuerza
rxl r:i<;rdinaria, se entrega a un amor impuro, queda re­
ducido a juguete de Dáiila, cómplice de sus pecados, la
mal por tres veces lo entrega y vende a sus enemigos.
La deshonestidad entorpece el juicio. Salomón, el
unís sabio de los hombres, se deja dominar de las muje-
re* amalecitas, y abandonando al Dios verdadero, se da
u l/i idolatría.
La, deshonestidad corrompe el corazón. Enrique
VIII, el más cristiano de los emperadores, enamorado
de Ana. Bolena, repudia a la reina su consorte, abandona
l/i Iglesia Católica, convierte a Inglaterra en una nación
protesta uto, y muere excomulgado por el Papa.

I , C onfuimos bion .
— 34 —

La deshonestidad acarrea la pérdida de la fe. Si nn


gran núcleo de cristianos no creen, lian perdido la fe,
ha sido a causa de la deshonestidad.
De hecho ¿cuándo empieza la juventud a abandonar
los rezos, a desertar de la Iglesia, a no frecuentar a los
Sacramentos? Desde el momento en que se da a con­
versaciones obscenas, a malas compañías, a la impureza.
No hace mucho, me encontré con un médico conocido
mío; habiéndole reprendido dulcemente por qué no prac­
ticaba ya la religión, me contestó: — Mieniras no me
case, no seré creyente ni practicaré la religión. — Con
ello confesaba, y era la pura verdad, que si había per­
dido la fe era por la deshonestidad.
La deshonestidad ocasiona los más negros delitos.
¿Por qué Herodes hizo decapitar a San »Juan Bau­
tista? ¿Por qué tantos pobres suicidas, tantos desgra­
ciados infanticidas, por qué tanta infancia abandonada?
— Siempre la deshonestidad.
La deshonestidad consume la salud, disminuye las
fuerzas, acorta la vida. El hecho de abundar en nues­
tros días los jóvenes enfermizos, las enfermedades secre­
tas, la vejez prematura, el haberse multiplicado tanto los
hospitales para los tísicos, raquíticos, dementes, las in­
clusas para niños abandonados por sus padres, da fe del
mal que reporta a la salud el vicio de la deshonestidad.

# * *

En la América del Sur y en las Guayanas existe un


animal, llamado vampiro que sorbe la sangre de los hom­
bres, cuando los encuentra dormidos, y así que está har­
to vuela, dejando la herida sangrando, lo que produce
la muerte muchas veces. Pues bien, la deshonestidad
también chupa la sangre, disminuye las fuerzas y con­
sume la vida del que se entrega a ella.
La deshonestidad es semejante a la llama de una
vela: o se apaga la llama, es decir, se abandona este vicio,
o consume la vela, o sea, acaba con la vida. Pero ¡cuán­
tos no quieren creer y derrochan la juventud, la salud,
— 35 —

el honor, la alegría y la paz, acarreándose una muerte


l»iviii;il nra y deshonrada! Piensan los tales aspirar per-
l'nnifs de rosas, y por el contrario, tragan el veneno y
ne punzan con agudas espinas.
V ya que he nombrado las rosas, escucha un hecho
lii;.I úrico que viene al caso.
Kliogábalo, emperador romano, abrigando sospechas
<l<< (pie. sus generales y cortesanos intentaban traicionar­
le. pensó ganarles por la mano y castigarlos terrible-
nienle. Hechos los preparativos con la mayor cautela,
11>m invitó a todos a un magnífico convite. Al punto de
l e v a u f a r los manteles, cuando reinaba la más franca ale­
larí.-i y las músicas tocaban las más regocijadas notas, he
n< i¡i¡ u n a grandísima sorpresa. jSe abren los artesonados
•le ar|nella gran sala, y desde lo alto comienza a caer una
<[Link] lluvia de rosas bellas, frescas y perfumadas!
A tal novedad, llega al colmo la alegría, toca hasta
«’I ex l remo el delirio, todos saltan de contento y gritan:
I Viva Eliogábalo, viva el emperador! Y toman de aque­
lla'; rosas, aspiran su perfume, las restregan por su cuer­
po, \ se multiplican los aplausos y los vivas.
Entretanto el emperador sale disimuladamente; se
»•ierran herméticamente las puertas por fuera y sigue
y mí acrecienta la lluvia, llega a ser molestísima, tanto
«pie cubre las mesas y los convidados, los cuales se des­
va nci-en a causa del asfixiante perfume. Buscan desaho­
go por todas partes, pero están cerradas las puertas, las
v e n t a n a s están altísimas y atrancadas con gruesos ba­
rróles. Comprendieron el engaño, aunque demasiado tar­
d e , y lodos hubieron de morir allí, sofocados por el per­
fume y por el peso de aquellas bellísimas rosas.
I). - -/ Es ésta, Padre, la historia lamentable de los
qne se entregan a los placeres de la impureza?
M. -Tú lo has dicho. ¡Desgraciados los jóvenes
que, engañados por el perfume lascivo y seductor de ta­
len rn:;as, pasan sus más bellos sueños clamando: ¡amor,
iiiiinr! K1 amor, es decir, el vicio, se trocará presto en
veneno (pie los castigará terriblemente.
— 36 —

Conocí a un joven, sano y robusto como el que más,


que habiéndose dado a esto vicio, murió a los diecisiete
años de muerte tan rabiosa y convulsa, que causaba ho­
rror a los que lo rodeaban y a poco su cadáver tomó un
aspecto tan deforme y su rostro so volvió tan horrible,
que hasta sus parientes no le podían mirar, y los pocos
que se atrevieron a entrar en aquella Imbibición, ates­
tiguaron no haber visto jamás cosa tan espantosa y te­
rrible.
# # *

Murió otro joven dado a la deshonestidad, y su


cuerpo, horriblemente hinchado, despedía tal hedor que
se le hubo de sacar de casa antes de tiempo. Los com­
pañeros más intrépidos no se atrevieron a llevarlo al
cementerio, por el nauseabundo hedor, y se tuvo que
cargar sobre un carrito tirado por un jumento. líl cuar­
to en que falleció se hubo de desinfectar varias veces
antes de poderlo volver a habitar.

# 4* #

Se cuenta de una muchacha, habituada a cosas im­


puras, que habiendo muerto con una muerte aparente­
mente cristiana, su madre y sus hermanas la vistieron
de blanco, la adornaron con flores y colocada sobre la
cama, le pusieron un crucifijo en las manos, pajra que,
como es costumbre, las compañeras pudieran verla por
última vez y rogar por ella.
Mas ¡oh prodigio! Aquel crucifijo se escapó de sus
manos y por más que se hizo por sujetárselo entre las
manos todo fué inútil; siempre se le encontraba caído
encima de la cama. Jesús no quería permanecer entre
aquellas manos que habían sido instrumentos de pecado.
D. — Espantoso es todo esto. Mas, ¿no tendrá reme­
dio alguno quien se haya habituado funestamente al pe­
cado? ¿No habrá esperanza de enmienda y corrección?
M. — Hay manera de corregirse y enmendarse y
consiste:
— 37 —

l v En una voluntad absolutamente resuelta.


29 En evitar y alejar las ocasiones.
'A? En la frecuencia de los sacramentos.
Pero, más que nada, en una voluntad resuelta.
# * *

San Agustín llevó una vida libertina hasta los trein­


ta años, mas apenas abrió los ojos a la verdad fue tal la
vergüenza que se apoderó de él, que se convirtió, se orde­
nó de sacerdote, llegó a ser Obispo y santo y el más céle­
bre de los doctores, es decir, defensor de la Iglesia.

* * *

San Ignacio de Loyola, también a los treinta años,


se disgustó de la vida militar, a la que se había dedicado,
y con una voluntad resuelta, llamó a la puerta de un
convento, se entregó allí a ásperas penitencias, lavó sus
pasadas culpas y fundó la Orden de los Jesuítas o Com­
pañía de Jesús, de la que es orgullo y gloria.

* # *

Camilo de Lelis, de una noble familia de los Abra­


zos, también de joven se dió a las diversiones y alegrías
mundanas, mas a los veinticinco años reparó sus erro­
res con un torrente de lágrimas, se hizo religioso y con­
sagró su vida al socorro de los enfermos y moribundos.
¿Qué diré de una Magdalena Penitente, de una Pe­
lagia, de una Margarita de Cortona, que de vaso de co­
rrupción y piedras de escándalo se convirtieron en lirios
del Paraíso? Su voluntad resuelta bastó para salvarlas.
En segundo lugar, evitar las ocasiones y alejarlas
de sí.
Aprendamos también en esto de los Santos.
Santo Tomás de Aquino, joven noble y elegante,
fué encerrado en un castillo y allí tentado por una mu­
jer infame; no pudiendo librarse de otro modo, se vale
de la siguiente estratagema; toma del hogar un tizón y
dirigiéndose a la mujer, exclama: “ O te marchas, o te
quemo” , con lo que puso en fuga a la desvergonzada
mujer.
# * *

A San Francisco de Sales, noble también, y bien


parecido, a los diez y ocho años, siendo estudiante en
Padua, una señorita con pocos modos, se atrevió a abra­
sarle. ¿Qué hizo él? Prepara un salivazo y se lo arroja
en la cara de la impúdica joven dieiéndole: “ ¡ Yrete de
aquí, emisora de Satanás!” .
Al jovencito Díscoro, después de vencer todas las
insidias de los enemigos de su fe, obligáronle a acostarse
en un lecho de rosas. En la imposibilidad de librarse de
quien le inducía a pecar, se encomienda a Dios y cor­
tándose con los dientes su lengua, la arroja al [Link] de
la malvada tentadora, que bañada con la sangre de un
mártir, huye horrorizada, llora y se convierte.
D. —’ Mas, éstos, Padre, eran santos...
M. —■Entonces, todavía no lo eran, obrando con tal
esfuerzo se hicieron. Aún sin ser santos se puede y se
debe ser valeroso; basta con ser cristiano de verdad.
Fjscucha:
* *
Una joven conocida mía, devolvía en carta cerrada
a un soldado libertino una infame carta, dieiéndole:
“ Indigna de mí que soy cristiana y de ti que eres mili­
tar” . Otra joven, contestando a una carta desvergon­
zada de su novio, le escribía: “ Nunca será mi marido
un deshonesto. Desde hoy quedan cortadas toda clase
de relaciones entre tú y yo” .

* * *

No hace mucho, en Turín, entre la gente de la pla­


taforma de un tranvía, un lascivo pisaverde se permitió
no sé qué broma descarada a una señorita muy apuesta.
— 39 —

Esta, volviéndose con desdén, le endilgó una bofetada


n aquel tonto, diciéndole en alta voz: “ ¿Quiere saber
por qué?” .
—•Gracias, responde el desvergonzado, no tengo ne­
cesidad, y descendió apresuradamente con el pañuelo a
la nariz.
D. — ¡Bien, muy bien! Merece la medalla.
M. — Otra medalla igual merece esta otra, también
conocida mía, la cual a un mal educado que le susurraba
al oído cierta cosa menos honesta le endilgó no ya una
sino dos sonoras bofetadas, agregando: ‘ Estoy dispues­
ta a repetirlo siempre” .
D. — ¡Bien hecho! Si todas hicieran igual se les
apartarían los moscardones, ¿no es así, Padre?
M. — Así es. Y los que no son moscardones se li­
brarían de ciertas moscardas, es decir, de ciertas mucha­
chas sin vergüenza.
También se debe evitar el ocio; ¡ay de los ociosos!
En los momentos de ocio es precisamente cuando el de­
monio impuro asalta y hace sus víctimas.
D. — ¿Será conveniente tratar entonces al demonio
a salivazos y a bofetadas?
M., — Seguramente. Y en tercer lugar para librarse
de la impureza es menester frecuentar los Sacramentos.
La confesión quincenal, o a lo menos mensual y la co­
munión con la mayor frecuencia posible. En los sacra­
mentos es donde el demonio impuro queda desenmas­
carado y vencido. Nada teme tanto, porque nada le es
más fatal. Es imposible que continúe en la impureza,
dice San Felipe de Neri, y lo repite San Juan Bosco, el
que con frecuencia se confiesa y comulga con las debi­
das disposiciones.
Mira, el mundo no puede creer que se mantengan
castos tantos miles do sacerdotes, religiosas y religiosos,
y no se puede pot-Kuadir cómo tantos 0 11 la flor de la
juventud, se pueden mantener puros y castos en medio
de tan grande corrupción; mas, ¿sabes por qué? Porque
no comprende la arcana fuerza de los Sacramentos, por­
que no sabe, o no quiere saber que todos ellos se lavan
— 40 —

frecuentemente y se purifican en el baño saludable de


la Sangre de Jesucristo en la confesión, y más frecuen­
temente se alimentan con su Cuerpo Santísimo en la
Comunión.
Pocos años hace, un joven abogado decíale en tono
de broma a un amigo sacerdote: '— Estoy persuadido de
la sinceridad de tu fe, admiro tu abnegación, mas no
puedo creer en tu honestidad, no creo en el celibato. El
celoso sacerdote, herido en punto tan delicado, dícele:
— Está bien, pruébalo y te convencerás.
— ¿ Cómo ?
— Frecuenta algún tanto la Confesión y la Comu­
nión.
Cambiaron de conversación, mas otra vez se volvió
sobre el mismo asunto y a los seis meses el abogadillo
elegante cambiaba la toga de los tribunales por la sotana
del seminarista. En menos de un año fué admitido a las
órdenes sagradas, era sacerdote, y al presente es un aci­
calado predicador y defensor intrépido de la honestidad
y del celibato eclesiástico. Lo probó y quedó convencido
por este sacramento milagroso.
D. — Padre, ¿la honestidad reporta algunas venta­
jas?
M. — Muchas y nobilísimas. La pureza es como el
lirio que sobresale entre las demás flores por su perfu­
me y candor; ella se adueña de los tesoros de Dios. El
hombre puro y honesto se siente y se muestra siempre
tranquilo, no teme sospechas ni chismes; no tiene la men­
te embarazada de fantasías obscenas e inmundas; no se
siente ligado ni esclavo de otra persona: goza de una
paz íntima inestimable. Su vida es plácida, y serena es
también su muerte. Tiene muy fundada esperanza, o más
bien, seguridad, de su eterna salvación. Muy grande y
especial será el premio y gozo que poseerá en el Paraíso.
Concluyo con un ejemplo histórico.
# * •

El célebre Mozart, a los veinticinco años había lie-


— 41 —■

gado al apogeo de su gloria, y el día en que cumplía


esos floridos años, 27 de enero de 1881, pudo decir a la
asamblea que lo festejaba, las siguientes textuales pala­
bras: “ Juro delante de Dios que durante toda mi vida
no he tenido ni tengo nada que reprocharme en lo to­
cante a la impureza. He aquí el secreto de mi buena
suerte y de mis triunfos” .
Sé sentía puro y por eso también se sentía grande.
¿Cuántos pueden decir otro tanto?

DIOS NUNCA NIEGA EL PERDON

D i s c í p u l o . — Al que se arrepiente a tiempo y se


confiesa bien, Dios le perdona siempre, ¿no es verdad,
Padre ?
M a e s t r o . — Sí, Dios perdona siempre a todo aquel
que reconoce sus pecados y se arrepiente como debe.
¿Recuerdas la parábola del Hijo pródigo?
D. — La he oído cien veces y la encuentro siempre
bellísima y muy consoladora. Cuentemela, Padre.
M. — Se escapa de casa aquel desgraciado hijo, di­
sipa todo su haber en extravíos. Reducido a extrema
miseria, se ve obligado a guardar cerdos, y hasta com­
parte las bellotas de los inmundos animales para no mo­
rir de hambre. Cansado al fin de una vida tan misera­
ble, aguijoneado por un vivo remordimiento, resuelve
volver a la casa paterna. Se sobrepone a la vergüenza,
y resuelto, exclama: “ Surgam et ibo ad pairem, meum” .
“ Me levantaré e iré a mi padre” . Vuelve, on efecto, y
apenas llega, se arroja a los pies de su padre y le dice:
“ Padre, perdóname, pues he pecado” .
El, el padre, que desde el triste día do la partida
de su hijo, jamás tuvo paz ni roposo, no lo reprende ni
lo aleja de s í; sino, por el contrario, lo tiende los bra­
zos, lo levanta, lo estrecha contra su pocho, lo besa en la
frente, lo cubre con su capa, para que nadie le vea en
aquel estado. En seguida dice a sus criados: “ Vayan de
— 42 —

prisa y traigan el mejor vestido para que se lo ponga


a mi hijo, traigan el anillo de oro, los collares preciosos
para adornarle. Y ustedes, dice a otros, maten el terne­
ro más cebado y preparen un gran convite, inviten a
los parientes y amigos; llamen también a los músicos;
quiero hacer una gran fiesta, porque ha vuelto mi hijo
que tenía por perdido” .
Pocas horas después todo está listo: llena la sala de
los invitados, 1a. comida sobre la mesa. El afortunado
hijo, que poco antes movía a compasión el verle, aparece
galanamente vestido, radiante de alegría, al lado de su
padre. Y colocado en el sitio de honor pasa a ser el Bey
de la fiesta.
¿Sabes lo que significa la parábola? El hijo pródigo
es el pecador, el padre es Jesús. Cada vez que el peca­
dor miserable se arrodilla a los pies del confesor, y arre­
pentido le dice Padre, perdóname porque he peca­
do” , se repite la misma escena. E'l confesor que repre­
senta a Jesús, levanta a aquel pobrecillo, lo estrecha
entre sus brazos, le da el beso del perdón, lo reviste de
la gracia santificante, lo adorna con sus consejos, lo
lleva a las bodas de Jesús que es la Comunión, y el mi­
serable que .pocos momentos antes era esclavo del demo­
nio, presa del infierno, se convierte en el rey de 3a
fiesta; porque como sabes, lo ha dicho el mismo Jesu­
cristo: “ Mayor fiesta se hace en el cielo por un peca­
dor que se convierte, que por noventa y nueve justos
que ya están en gracia de Dios” .
D. — Bendita confesión! es verdaderamente el sa­
cramento del perdón y del consuelo. Entonces, ¿por qué
no se confiesan todos?
M. — Porque no se conoce suficientemente lo que
es la confesión, ni se ama a Jesús, i Ah si todos lo co­
nocieran y sintieran, como lo conoció y sintió aquella
mujer del Evangelio!
# * *
D. — ¿Se refiere a la adúltera? Cuéntelo, Padre,
también es un hecho bellísimo y consolador.
— 43 —

M. —Un día fué presentada a Jesús una mujer


sorprendida en adulterio, para que la condenase, según
la ley, a morir apedreada. El, viéndola tan avergonza­
da y arrepentida como estaba, se inclinó, empezó a es­
cribir en tierra con el dedo unas misteriosas palabras, y
mientras escribía, poco a poco, los que la acusaban se
fueron retirando confusos y cabizbajos. Cuando se fue­
ron todos, Jesús incorporándose y dirigiéndose a aque­
lla mujer pecadora, le dijo: — /.Ninguno te ha conde­
nado? — Ninguno, señor,— dijo temblando la mujer.
— Pues bien, ni yo tampoco te condeno, vete en paz y
no quieras más pecar.
Esta es, carísimo, la voluntad de Jesús: no de con­
denar sino de perdonar, y aunque todo el mundo nos
condenase, El nos absolverá, sin exigir de nosotros otra
cosa que la resolución de no volver a pecar más.
D. — Pero, El era Jesús, o sea, Dios, mas ¿el con­
fesor estará dispuesto siempre a perdonar?
M. — Sí, el confesor siempre perdona, por graves y
enormes que sean los pecados, porque él representa a
Jesús. Oye lo que refiere uno de los más célebres ora­
dores franceses: Monsabré.

# «= *=

Al final de aquella terrible revolución que causó


tantas víctimas de sangre inocente, un miserable viejo,
tan pobre cuanto malvado había sido, solo y desampa­
rado de todos, se moría en una buhardilla de París.
Acudió a su lecho un joven sacerdote; a q u é l le r e c i b i ó
muy temeroso y después de angustiosos s u s p i r o s , le d i j o
de esta manera: “ Oigame y d í g n e s e no m a l d e c i r m e : F u í
sirviente de una noble familia q u e me c o l m ó d e b e n e ­
ficios. Cuando llegaron los t e r r i b l e s d í a s d e la revolu­
ción, mi corazón ingrato r e l r i h u y ó cotí la. m á s negra,
traición. Me concerté c o n los r e v o l u c i o n a r i o s y les reve­
lé el escondrijo en que se habían refugiado mis amos,
los consigné en las manos de sus asesinos, los acompañé
al patíbulo, me apoderé de sus bienes, que malgasté en
— 44 —

francachelas y desarreglos... i Ah, Padre, soy un mons­


truo! Vea, vea Ud. quiénes eran mis amos, tan ama­
bles, tan buenos” ... y al mismo tiempo abría un estuche
que contenía sus retratos.
¡ Horror! El sacerdote reconoció en aquellos retra­
tos a sus propios padre y madre...
¡Espantosa escena! El ministro de Dios, de pie, pá­
lido, tembloroso, anegado en lágrimas, miraba al asesino
de su familia. El moribundo, como un espectro, se en­
derezaba sobre el miserable jergón y mostrando su des­
nudo y descarnado pecho, decía: “ ¡Vengúese de mí,
vénguese de m í!” El Sacerdote se acordó que en aquel
momento no era un simple hombre, sino el representante
de Jesucristo, e inclinándose sobre el asesino y ponién­
dole en los labios el Crucifijo, para sofocar así los gri­
tos de desesperación que profería, le dijo: “ Amigo mío,
hermano mío, hijo mío, estáis muy equivocado. Yo soy
Jesucristo y Jesucristo no se venga sino que perdona” .
Siempre abrazado al moribundo, lo absuelve, lo consue­
la y el mendigo muere perdonado y bendecido, entre los
brazos de aquel a quien había envenenado la vida.
D. — Padre, después de estos hechos, ¿qué temor
puede haber de manifestar los pecados al confesor? ¡Oh,
verdaderamente la confesión es el sacramento del per­
dón y del consuelo! Si yo tuviera mil lenguas querría
clamar con todas ellas al mundo entero: ¡ Probad y ved
cuán bueno es Jesús!
M. — Nada de miedo, pues; ninguna vergüenza;
confiésate siempre bien, no solamente por librarte del
infierno, sino también para tener, aún acá abajo, con­
suelo y paz, y porque de una buena confesión, puede
depender todo nuestro porvenir.

# #

La beata Angela de Foligno había cometido en su


juventud tales culpas, que nunca había osado confesar­
las. Así anduvo bastante tiempo, pero después, los re­
mordimientos de conciencia no la dejaban sosegar ni d?
— 45 —

día ni de noche. Después de haber rogado mucho se re­


solvió por fin valerosamente a hacer una confesión sin­
cera de todos sus pecados y sacrilegios.
Esta dolorosa y franca confesión le valió la más rica
fortuna, ya que además de la paz y alegría de corazón
que con ella consiguió, tuvo la virtud do hacerla santa,
y he aquí que desde más de seiscientos años a esta par­
te, la Iglesia y el mundo entero la honran con el título
de beata.
* «■ #

La Venerable María Fornari cuenta de sí misma,


que siendo niña, tuvo la desgracia de cometer algunas
faltas contra la modestia. Apenas conoció la gravedad
de tales faltas, no las cometió más, pero, por vergüenza,
no osó confesarlas, y así siguió añadiendo sacrilegios a
sacrilegios. Siempre con el corazón angustiado, resol­
vió hacerse religiosa. Entró, en efecto, en el convento de
Todi, en la Umbría; vistió el santo hábito, hizo la pro­
fesión, pero siempre con el infierno en el corazón. ¡ Qué
días tan miserables y angustiosos! Finalmente en la no­
vena de la Asunción, sintió en su alma la inspiración
de pedir a María Santísima aquella gracia tantas veces
solicitada inútilmente y tan de corazón lo hizo, que al
instante sintió una gran resolución y valor de manifes­
tar sus culpas, no sólo al confesor, sino también a toda
la comunidad.
Reparó todos sus errores pasados con una confesión
general y empezó a vivir tan santamente, que se elevó a
una gran perfección.
Ves, pues, carísimo, que mediante la confesión, Je­
sús no sólo perdona los pecados, mas nos concede la vir­
tud de podernos hacer santos; por eso con razón afir­
man los teólogos que la confesión es el medio principal
de santificación.
D. — Padre, ruegue por mí para que pueda apro­
vecharme debidamente.
— 46 —

PADRE TIERNO

D i s c í p u l o . — Dígame, Padre, ¿al oír en confesión


ciertos pecados, o el número si es muy crecido, no se
asombrará el confesor... no lo llevará a mal. . no per­
derá la estima del penitente. . . , no le negará la abso­
lución ?
M a e s t r o . — ¿De qué se tiene que asombrar? El, sea
cual fuere el confesor, conoce ya el mundo. Tus peca­
dos los ha oído mil veces; todo cuanto le digas no será
nuevo para 61. Y, además, él está allí, no para oír mila­
gros, sino miserias. Ni llevará a mal que le digas cosas
muy gordas, porque los pecados, no le ofendieron a él;
antes bien como tierno Padre se sentirá más movido a
compasión hacia ti, y se alegrará, pensando que perdo­
nando mucho, aumentará el gozo y la gloria de Dios.
¿Acaso los pescadores, cuando con la red sacan pesca­
dos grandes, lo llevan a mal?
D. — No, por cierto; antes se alegran mucho.
M. — Pues bien, eso le sucede al confesor. Escucha
ahora.
«= #

- Fué un día a confesarse con San Luis Beltrán un


pobre pecador, cargado de grandes pecados. Aunque
estaba completamente arrepentido, tenía, sin embargo,
mucho miedo y vergüenza ; por eso, a cada pecado mi­
raba disimuladamente al confesor, para ver qué impre­
sión le causaba. Observando que el confesor no se alte­
raba por nada, se animó, manifestó hasta los más su­
cios y enormes; y entonces vió que se dibujaba en los
labios del confesor una dulcísima sonrisa. Interrogado
si tenía otros pecados, respondió muy triste:
— Padre, debo añadir todavía una cosa, pero no me
atrevo.
— ¿Cómo que no te atreves, siendo así que has con­
fesado ya tantos, con tanto valor?
—■Es que lo he cometido aquí, en este momento.
— 47 —

— Tanto mejor, lo mataremos vivito y coleando.


— Pero, Padre, lo he cometido contra lid ....
—¿Contra mí? ¿Qué importa? Si he de perdonarte
los pecados que cometiste contra Dios, ¿por que no te
perdonaré uno contra mí?
— Padre, cuando al confesarme aquellos pecados tan
gordos, vi a Ud. que se sonreía, dije para mis adentros:
“ Seguramente el Padre los ha cometido aún mayores
que yo” .
No bien hubo dicho esto, San Luis Beltrán, más
sonriente aún, le contestó:
— No, por la gracia de Dios, no he cometido esos
grandes pecados, aunque podría haberlos cometido, si el
Señor no me hubiera ayudado con su santa gracia. ¿ Sa­
bes por qué me sonreía? porque a medida que con dolor
y sinceridad ibas confesando tus culpas, veía yo alejarse
al demonio y entrar en ti la gracia de Dios.
M. —'Esos son, carísimo, los sentimientos del con­
fesor. El no se fija en los pecados, atiende a las dispo­
siciones y al ánimo con que los confiesa el penitente.
Cuando yo todavía no era sacerdote, no me podía
persuadir mucho de esto, mas en la práctica del minis­
terio he tenido ocasión de convencerme de que realmen­
te es así. Precisamente por esto, en mis sermones, hablo
con frecuencia de la sinceridad en la confesión, y lo
haré siempre con mucho gusto.
D. — ¿Y el confesor no pierde en nada la estima
del penitente, por los pecados que confiesa?
M. — No sólo no la pierde, sino que la aumenta,
porque reconoce el esfuerzo que le cuesta hacer para con­
fesarse bien, porque piensa en la buena voluntad que
tiene de enmendarse, y en que Jesús le colmará de fa­
vores y gracias.
* * •

Un día se presentó a San Francisco de Sales una


señora, la cual, después de una confesión general en que
se había acusado de muchas miserias, recibida la abso­
lución y antes de irse, se decidió a preguntarle:
— 48 —

— Y ahora, ¿qué piensa Ud. de mí?


— Pienso que es Ud. una santa.
— Dispense, Padre, pero me figuro que Ud. se bur­
la de mí.
— No, de ningún modo; pienso que es Ud. una santa,
desde el momento que ha tenido el valor y la gracia de
Dios suficiente para hacer una confesión tan sincera
y dolorosa.
El confesor, pues, repito, no pierde la estima que
tenía del penitente, sino que la tiene mayor, a medida
que son más y más graves los pecados acusados y per­
donados, y más sincera y dolorosa la confesión. Mucho
menos negará la absolución.
D. — Padre, ¿no se niega nunca la absolución?
M. — Solamente en casos rarísimos, es decir, cuan­
do el penitente no está dispuesto a dejar el pecado o la
ocasión próxima de pecar, o a reparar, en cuanto puede,
el daño o escándalo ocasionado con sus pecados, o bien
cuando tiene el propósito de continuar en su mala vida.
En todos estos casos, sería inútil la absolución o
más bien perjudicial, porque se cometería sacrilegio tan­
to por parte del confesor, como del penitente, por el
abuso del Sacramento.
#• # *

Cuenta el Padre Fusignamo, que un caballero tenía


una mala costumbre desde mucho tiempo atrás, y no
obstante, no faltaba confesor que le absolviese. Su pobre
mujer lloraba, y no cesaba de representar a su marido
el pésimo estado en que se encontraba. Mas él, sonrien­
do, le replicaba: “ No seas tonta, ¿a qué tomarte tanto
cuidado de mí? Si fuera tan gran mal como dices, no
me absolvería el confesor” . Siguió hasta la muerte con
su torpe deshonestidad. Mas, después de muerto se apa­
reció a su mujer todo rodeado de llamas y sobre las es­
paldas de otro, ambos terriblemente atormentados, y con
desesperados gritos le dijo: “ Estoy condenado, por 110
haber dejado a tiempo la ocasión de mis pecados, y éste
— 49 —

que me lleva sobre las espaldas, es el confesor que me


absolvía, aun cuando sabía que yo era indigno” .
D. — jDesgraciados de los dos! Y cuando el peni­
tente está arrepentido y bien dispuesto, ¿siempre le
absuelve el confesor?
M. — Sí, siempre le absuelve y le perdona aunque
se trate de los más enormes pecados.

• • •

El doctísimo teólogo francés Juan Gaume, refiere


que uno de aquellos malvados que durante la revolu­
ción Francesa se habían manchado con los más horri­
bles delitos y hasta muchas veces habían derramado la
sangre de los sacerdotes, vino a caer gravemente enfer­
mo. Tenía hecho el horrible juramento, de que no en­
traría en su habitación ningún sacerdote y que si entra­
ba no saldría vivo. Agravándose cada vez más la enfer­
medad, un buen sacerdote ofreció su vida por la salva­
ción de aquel infeliz. Al verlo el enfermo, montó en có­
lera y recogiendo las pocas fuerzas que le quedaban
exclamó:
— ¿Cómo, un sacerdote en mi casa? ¡Tráiganme un
arma!
— ¿ Qué queréis hacer ? — le pregunta con la mayor
dulzura el sacerdote.
— ¡Matarte, pues has osado llegar a mi presencia!
¿No sabes que estas manos han degollado a doce sacer­
dotes ya?
— Os equivocáis, mi caro hermano, falta uno para
ese número; el duodécimo no murió. Ese soy yo. Dios me
ha conservado la vida para salvaros.
— ¿Para salvarme? Y ¿quién podrá salvarme de
tantos delitos?
—Vuestro arrepontimionlo y mi absolución.
— Pero tú no lo sabes todo, cuando te lo cuente no
podrás menos que maldecirme.
— ¿Maldeciros? ¡Nunca jamás!
— ¿Y me absolverás todavía?

4. Confesaos bien.

También podría gustarte