LA MORALIDAD DE LOS ACTOS HUMANOS
El concilio Vaticano II en su documento "Gaudium et spes" (Gozo y Esperanza) nos dice
que somos la única criatura "a la que Dios ha amado por sí misma" por el hecho de que
nos ha creado "a su imagen y semejanza".
Nosotros, desde nuestra concepción, estamos destinados a la felicidad eterna y dotados
para ello de un alma espiritual e inmortal.
Dios nos dio inteligencia y voluntad y además somos libres. Estamos hechos para
buscar incesantemente la verdad, la belleza y el bien.
Por tener inteligencia, podemos distinguir entre el bien y el mal, gracias a la ley moral
que resuena en nuestro interior y que llamamos conciencia.
LA LIBERTAD DEL HOMBRE
Los animales están regidos por instintos, pero no son libres. Tan solo nosotros gozamos de la facultad de decidir lo
que queramos. Somos dueños de nuestros propios actos. "Quiso Dios, dejar al hombre en manos de su propia
decisión" (Si 15,14)
La libertad es poder, por medio de la razón y la voluntad obrar o dejar de hacer, hacer esto o aquello. Por el libre
albedrío cada uno dispone de sí mismo.
La libertad por lo tanto, implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. Al optar por el bien, el hombre crece y se
perfecciona; al elegir el mal, nos autodestruimos. No hay verdadera libertad sino cuando elegimos el bien, porque el
que opta por el mal, está siendo en realidad esclavo del pecado. (Rom 6,17).
Solamente nosotros somos responsables de nuestros actos.
El problema de la Libertad.
La libertad del hombre no es absoluta; tiene sus límites y puede equivocarse. De hecho no hemos sabido usar
nuestra libertad y desde el principio nos hemos e quivocado, engañado y hemos sido esclavos del pecado (Jn 8, 34).
LA MORALIDAD DE LOS ACTOS HUMANOS
La libertad hace al hombre un sujeto moral. Por lo tanto sus actos pueden ser juzgados como buenos o malos.
La moralidad de los actos humanos depende de tres cosas: el objeto elegido, la intención (el fin que se busca) y las
circunstancias de la acción.
El objeto elegido es la materia del acto humano, lo que queremos hacer y que nuestra conciencia reconoce estar bien
o mal hecho, por ejemplo dar limosna o robar.
Pero aparte del objeto, es muy importante la intención con la que actuamos, puedo dar limosna para quedar bien ante
los demás y la aparente buena acción queda corrompida por la intención de satisfacer la vanidad.
Quede claro que el fin no justifica los medios. No podemos hacer un mal con la intención de hacer un bien, por
ejemplo condenar a un inocente para evitar una revuelta o matar a un niño con el aborto para procurar comodidad a
la madre.
Y hay que considerar todavía las circunstancias, que pueden disminuir o agravar la bondad o la malicia de un acto.
Podemos actuar violentamente por miedo a la muerte o bien hacerlo con premeditación, alevosía y ventaja.
Hay sin embargo actos que de por sí, independientemente de intenciones o de circunstancias, son siempre ilícitos por
razón de su objeto intrínsecamente malo, como por ejemplo, la blasfemia, el perjurio, la fornicación o el adulterio.
EL DICTAMEN DE LA CONCIENCIA
La moralidad de los actos del hombre depende al final, de la conciencia de cada quien. Nadie puede ser obligado a
actuar en contra de su conciencia.
La conciencia moral es un juicio de la razón por el que reconocemos la moralidad de un acto. Es preciso por lo tanto
que nuestra conciencia dependa de una razón perfectamente informada. Una de las tareas más importantes de todos
es formar correctamente nuestra conciencia de modo que las influencias negativa (miedos,
complejos, ambiente, relajado, etc.) no nos lleven a preferir el propio juicio dañado por el
pecado a las enseñanzas del Evangelio.
La conciencia puede estar afectada por la ignorancia, dando por resultado juicios
erróneos. "Cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien, poco a poco, por
el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega" (GS 16)
Es por eso que la instrucción religiosa es de primera necesidad. El desconocimiento de Cristo
y su Evangelio, los malos ejemplos, las pasiones, la pretendida autonomía de la conciencia, el
rechazo de la autoridad de la iglesia, conducen a desviaciones fatales como puede ser por
ejemplo la aceptación del aborto.
Hay que reconocer, sin embargo, que puede existir una ignorancia invencible en la cual el
sujeto no podía haber sabido la maldad de un acto. Consecuentemente su juicio fue erróneo
sin culpabilidad. Es preciso trabajar por conocer la voluntad de Dios y corregir los errores de la
conciencia moral mal formada, porque de cualquier manera a sabiendas o no, un acto malo
ofende a Dios y daña al prójimo y al que lo comete.
(Tomado y adaptado de [Link]
Prof. Jilbert Buelot Chávez