Identidad Argentina y Pueblos Indígenas
Identidad Argentina y Pueblos Indígenas
Índice
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Módulo 3: Pueblos indígenas. Violencias de larga duración entre el pasado y el presente
En esta clase las y los invitamos a revisar frases y afirmaciones sobre nuestra identidad nacional que,
probablemente, escuchamos, leímos y reproducimos como docentes alguna vez. Son ideas que se
han producido a lo largo de la historia y de las que nos hacemos eco casi sin darnos cuenta: las hemos
naturalizado.
En los últimos años, nuevos estudios históricos y antropológicos buscan discutir y profundizar estas
imágenes que se han instalado como “mitos”. Esto requiere de una profunda reflexión y
consideramos que las aulas son un lugar ideal para exponer y analizar ideas afianzadas en el sentido
común de las y los argentinos.
Existen muchas afirmaciones que forman parte de las representaciones que tenemos sobre el origen
y la composición de nuestra población. En muchas de ellas, se niega la existencia y presencia actual
de pueblos indígenas (también de las y los afrodescendientes). A continuación, analizaremos aquellas
que, desde diversas lógicas, buscan eliminar o invisibilizar a la población indígena:
Estas afirmaciones que enumeramos se vinculan con la práctica de “invisibilización del indígena” e
intentan presentarse como "datos" cuando en rigor son prejuicios con, como veremos, muy poca
base de realidad. Son afirmaciones fáciles de "digerir" que tienden a mostrar una parte deseada de
nuestra identidad para ocultar una diversidad importantísima de pueblos y culturas que viven en la
Argentina desde tiempos previos a la existencia del Estado. Utilizaremos estas frases a fin de
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debatirlas en las sucesivas clases. Comencemos, entonces, con el desglose y análisis de las seis
afirmaciones propuestas más arriba.
Argentina tuvo una alta tasa de inmigración, sobre todo hacia fines del siglo XIX y en las primeras
décadas del siglo XX. En nuestro país, la noción del “crisol de razas” se utilizó como parte de un
discurso dominante que permitía mostrar un proceso de homogeneización, mediada por la acción
estatal (y en particular la escuela) y por la idea del “paso del tiempo” como elementos centrales que
operaban para el “mestizaje”, la “asimilación” y la “incorporación” de los diversos componentes de
la población.
El “crisol de razas” remitía a la “mezcla” entre criollos e inmigrantes, en mayor parte europeos
(italianos, gallegos, polacos, vascos, rusos, entre tantas colectividades) a los cuales se les sumó un
contingente importante de población árabe, denominados “turcos” por su procedencia del Imperio
Otomano. De forma contraria, el componente poblacional indígena quedó fuera de la “identidad
nacional” dado que se consideró que, inexorablemente, estaba en proceso de extinción física y/o
cultural. En buena medida, el avance militar-estatal sobre las regiones pampeano-patagónicas y
sobre el gran Chaco, y la prédica evolucionista de la época, habilitó un discurso hegemónico a partir
del cual los pueblos originarios eran extintos ya por las armas y/o por la evolución natural de las
sociedades “más avanzadas”, quedando así fuera del “crisol de razas” que se atribuía la
representación de la sociedad nacional argentina.
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La problemática que encierra esta idea de “crisol de razas” es doble: por un lado, se interpreta que
la simple “convivencia” genera una nueva identidad a partir de la fusión de poblaciones (razas). Por
otro lado, tiende a valorar implícitamente unas poblaciones sobre otras, en este caso a las razas
europeas que eran valoradas y debían civilizar a los criollos, operación que marginaba, reducía y
ocultaba la presencia indígena (y afro) en las representaciones. Los pueblos indígenas quedaban
insertos dentro de la retórica que los exponía como “los últimos exponentes de una raza indómita…”,
operación que los expulsaba del presente y a futuro los invisibilizaba.
En ambas situaciones los pueblos originarios que habitaban y habitan en Argentina fueron víctimas
de un discurso que los disolvió y los marginó dentro de la narrativa histórica nacional.
Recursos:
[Link]
La historieta que sigue a continuación fue publicada a principios del siglo XX. Su contenido nos
permite reflexionar acerca de cómo se registraba la presencia indígena y establecer posibles
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relaciones con las identidades nacionales que circulan en la actualidad.
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encuentra el inglés es feliz con whisky y res. /6. Mucho al ruso le contenta
ser una zar de compra y venta. /7. El turco feliz se siente vendiéndolo
¡todo a vente! / [Link] chino aquí mete baza porque lo protege Plaza. / 9
Como aquí el indio ha acabado, ahora nos viene importado. (Viñeta
extraída de la Revista Caras y Caretas. 1906.)
Si la/os argentinas/os descendemos de los barcos, es justo preguntarse: ¿quiénes son aquellas/os
que hoy se reconocen como indígenas? ¿Son descendientes de quienes vivían en estas tierras desde
tiempos previos a las conquistas y a las migraciones masivas?
En esta charla TEDX ¿Quiénes somos los argentinos y las argentinas? se reflexiona acerca de la famosa
frase de Octavio Paz y de los procesos de construcción de identidades nacionales. ¿Qué afirmación
se realiza respecto a la identidad argentina? ¿Por qué se dice que no todos los barcos se encuentran
incluidos? ¿Qué fenómenos quiere destacar al modificar las letras de las canciones que se cantan en
los estadios de fútbol?
A su vez, desde una mirada diferente, compartimos un video sobre el Colectivo Identidad Marrón en
el cual se marcan invisibilidades y visibilidades actuales en torno a la identidad argentina y los
desafíos que implica repensar las identidades “reales” y aquellas que son impuestas a través de
imágenes, películas y series.
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La idea del desierto ha sido (y continúa siendo) muy potente para imaginar la región pampeana
patagónica. En buena medida el “desierto” es aceptado como la imagen de un espacio geográfico de
gran extensión territorial y baja demografía. Pero es importante advertir que esta representación
también se vincula con la deshumanización y homogeneización que se impuso a las sociedades
indígenas.
Durante la primera parte del siglo XIX se hacía mención a diversas “tribus” de indígenas (por ejemplo,
la gente de Catriel, los Salineros, los Rankülches, entre otras) que mantenían relaciones heterogéneas
con el Estado, tales como la diplomacia, la cooperación, el intercambio comercial, la participación en
ejércitos provinciales o nacional, el enfrentamiento, el sometimiento etc. Sin embargo, hacia el
último cuarto del siglo XIX, el discurso estatal se modificó de forma sustancial y dio lugar a la imagen
de un indígena homogéneamente concebido como representante de sociedades bárbaras,
traicioneras, viciosas y parasitarias, que debían ser suprimidas por la superioridad y el orden de la
civilización estatal.
Domingo Faustino Sarmiento fue un precursor del discurso “civilizatorio” en nuestro país. En 1845
escribió Civilización y Barbarie, vida de Juan Facundo Quiroga, texto que en parte produjo en un
abierto enfrentamiento al rosismo, pero también en respuesta a las ideas vigentes de “poblar” el
país.
Decía Sarmiento:
La inmensa extensión del país que está en sus extremos enteramente despoblada… el mal que aqueja
a la República Argentina es la extensión: el desierto la rodea por todas partes (...) Al sur y al norte
acéchanla los salvajes que aguardan las noches de luna, para caer, cual enjambres de hienas, sobre
los ganados que pacen en los campos y sobre las indefensas poblaciones… (1993 [1845], p.23)
Esta frase nos remite a ideas vigentes en la actualidad que queremos debatir en esta clase: por un
lado, la imagen de una Argentina despoblada antes de la inmigración, y por otro los prejuicios
hegemónicos sobre los pueblos indígenas que continúan vigentes hasta nuestros días.
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Conocer más:
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¿Los mapuche son chilenos?
La idea de “extinción” asociada a la conquista militar de la Pampa y la Patagonia se complementa con
otros discursos que, sin ninguna base histórica, continúan gozando de aceptación en el imaginario
colectivo de las/os argentinas/os. Entre ellos se destaca la “araucanización de las pampas”, seudo
teoría que sostiene que “los mapuche son chilenos" e invadieron las “pampas argentinas” tras una
serie de enfrentamientos bélicos a comienzos del siglo XIX; en este proceso, los “mapuches chilenos”
habrían combatido y exterminado a los “tehuelches argentinos”, instalándose de ese modo en el sur
del país.
Con distintos matices, este argumento formulado en la década de 1940 por Salvador Canals Frau,
pero que tiene su antecedente en el político Estanislao Zeballos, hizo hincapié en el enfrentamiento
y desvirtuó la complejidad de una serie de eventos históricos que, lejos de regirse por identidades
fijas y estáticas (mapuche-chileno/tehuelche-argentino), poseía particularidades, relaciones y
tensiones al interior de las autonomías indígenas. Estas relaciones fueron revisadas por estudios
antropológicos e históricos desde mediados de los años ochenta del siglo XX hasta nuestros días. Los
nuevos estudios proporcionaron evidencia histórica y arqueológica que demuestra la presencia
mapuche en ambos lados de los Andes desde, al menos, el siglo XI d.C.
Estos hallazgos, provenientes de la investigación científica, se han venido confirmando durante los
últimos treinta años, coincidiendo con los relatos históricos de las comunidades. Sin embargo,
algunas notas editoriales de medios de comunicación de tirada nacional y regional continúan
acudiendo hoy a las explicaciones originadas en los albores de la llamada conquista, hacia fines del
siglo XIX, que fueron retomados y sistematizados en la década del cuarenta del siglo XX bajo el rótulo
de “araucanización de las pampas”. De este modo continúan desconociendo, ignorando o
desacreditando la evidencia científica y la memoria histórica de los pueblos indígenas.
Entonces, ni los mapuche son chilenos, ni los tehuelche son argentinos, ni los primeros extinguieron
a los segundos. Más bien, los intentos de exterminio de la población tehuelche y mapuche tuvieron
como responsables al propio Estado argentino a través de las campañas militares de fines del siglo
XIX.
Sin embargo, la vigencia de la “chilenidad mapuche” persiste, a tal punto que cualquier persona
nacida en nuestro país adquiere la nacionalidad argentina automáticamente por derecho de suelo
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(jus solis) sin importar el origen de sus antepasados, en cambio los mapuches, supuestamente, siguen
siendo chilenos, aunque ellos y varias generaciones anteriores hayan nacido aquí e incluso puedan
demostrar que habitaban estas tierras antes de la conformación del Estado nacional argentino.
En este punto es importante señalar que estas falacias se vinculan con los conflictos del presente, en
relación con la apetencia de las tierras de las comunidades por parte de distintos sectores que, a su
vez, colisionan con los derechos territoriales de los pueblos originarios reconocidos por la
Constitución Nacional (volveremos sobre este punto en clases posteriores). Para profundizar sobre
estas cuestiones, incluimos a continuación algunas apreciaciones publicadas en medios de
comunicación masivos, así como fragmentos de trabajos de investigación y fuentes referidas a la
“araucanización de las pampas”:
Pero atención: en esa historia, que tiene muchos capítulos y muchos matices, no hay buenos y malos.
No hay ángeles. No hay víctimas. No hay “mapuches”. No hay “genocidio”. No hay habitantes
originarios, o mejor dicho sí los hay: originarios de Chile. (Diario La Nación, Rolando Hanglin, “La
cuestión mapuche”, 2009).
[Los mapuche] son cobardes, se escudan en la defensa de "derechos ancestrales". Buena es la ocasión
para recordar que no existe una etnia mapuche, sí que se llaman araucanos y provienen de Chile,
mismos que masacraron a los tehuelches realmente originarios de esta región. Espero que algún día
pidan disculpas. (Diario Río Negro. Carta de lectores, enero de 2013).
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Las denominaciones (de los indígenas) fueron efectuadas por los españoles y no necesariamente
coinciden con la que los propios grupos se han dado a sí mismos (autónimos). Además, suelen
corresponderse con las terminologías utilizadas para denominar a otros pueblos en su afán de
ordenamiento para la dominación. Así, entendemos que el término “araucano” constituye en realidad
una atribución efectuada por “otros” (exónimo). En cambio, la categoría de “mapuche” se
corresponde con una identidad que engloba diferentes parcialidades (territoriales, dialectales, etc.) y
que implica la propia identificación y el distanciamiento de las denominaciones que tradicionalmente
fueron popularizadas por los conquistadores. La forma como conciben a los diferentes grupos tales
lecturas de las identidades, deja fuera de todo análisis el cambio sociocultural, las relaciones hispano-
criollas e indígenas muy anteriores a la Conquista del Desierto y las grandes transformaciones
operadas a partir de la inserción de los pueblos indígenas en las sociedades nacionales. Al no poder
comprender (o desconocer) estos procesos, se recurre a la pretendida “invasión” o “absorción” como
única explicación posible para dar cuenta de la aparición o desaparición de los diferentes grupos
indígenas. (Trentini, et. alt. 2010, p. 191)
Recursos:
12
Enlace:
[Link]
enterramiento-mas-
[Link]#:~:text=El%20enterramiento%20m%C3%A1s%20antiguo%20en,San%20
Mart%C3%ADn%20de%20los%20Andes.
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Recursos:
En los siguientes tres de los dieciocho fascículos de la colección Pueblos indígenas
en la Argentina. Historias, culturas lenguas y educación podrán profundizar en
los pueblos mapuche y tehuelche en su diversidad, como sujetos de derecho,
tanto individual como colectivo, con sus historias e identidades, con sus vicisitudes
y reivindicaciones, desde una mirada actual:
[Link]
[Link]
[Link]
Una de las paradojas actuales, es que pese a existir una importante cantidad de
información y normativas que reconocen los derechos de los pueblos originarios,
como la propia Constitución Nacional de nuestro país, continúan surgiendo nociones
que recurren a la idea de “indígenas terroristas”, asociados a la violencia y con
vínculos con grupos internacionales, falsas acusaciones que encuentran gran eco en
los grandes medios de comunicación y en ocasiones, incluso, forman parte de
operaciones mediáticas.
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Diario Clarín, 27/11/2017. [Link]
reservado-advierte-grupos-radicalizados-patagonia_0_HyB4fPOxf.html
Como hemos visto en los apartados anteriores, en el siglo XIX los sectores dominantes del país
consideraban que la ocupación de los supuestos “desiertos” (Pampa-Patagonia y también el Gran
Chaco) encarnaba una suerte de “cruzada civilizatoria” contra el mundo “salvaje” de estas zonas,
ocupadas originalmente por indígenas. Estas dos porciones de nuestro actual territorio argentino
fueron percibidas como espacios vacíos de civilización y llenos de salvajismo, representaciones que
legitimaron y hasta pretendieron ennoblecer las campañas militares de “pacificación”, sometimiento
y reducción de los indígenas.
La “incorporación” de estos espacios fue proclamada como una obligación para el Estado-nación
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argentino y moderno que se estaba creando en un momento histórico (segunda mitad del siglo XIX)
donde Argentina tomaba una nueva posición en el mercado mundial. Las campañas militares más
conocidas hacia el “desierto Verde” fueron la de 1884, a cargo de Benjamín Victorica (ministro de
Guerra y Marina del presidente Julio A. Roca) y la de 1911, al mando del coronel Rostagno, cuyo
objetivo fue la incorporación del territorio ubicado en el chaco centro occidental.
En los últimos años distintos investigadores se dedicaron a analizar los discursos producidos sobre
esta región en el contexto colonial y republicano de expansión. El antropólogo Pablo Wright (2008)
planteó que el Gran Chaco fue percibido como un desierto y una frontera interna de Argentina. Al
analizar los diarios de varios viajeros y exploradores de fines del siglo XIX, encontró que hubo otras
imágenes que coexistían con la del desierto y referían a la región como un espacio de libertad que
permitía un encuentro existencial con un mundo esencial y natural, cualidades encarnadas en las
formas de vida indígena desarrolladas en contacto con el monte. En un sentido similar, Mariana
Giordano señala que el territorio del Chaco era percibido como un desierto vacío de civilización al
mismo tiempo que una tierra prometida dados sus ríos caudalosos, sus tierras fértiles y su flora y
fauna exuberante (Giordano 2005, pp. 44-46).
Términos como salvajismo, barbarie y ferocidad eran los utilizados habitualmente para referirse a los
indígenas del Gran Chaco y fueron muy comunes en la época colonial, persistiendo hasta las primeras
décadas del período republicano en los relatos de exploradores, militares y funcionarios
gubernamentales. Sin embargo, fueron variando las maneras de pensar la naturaleza y la concepción
respecto de los pueblos indígenas según el observador: los misioneros los veían como objeto de
evangelización, los militares en campaña, los dueños y/o encargados de los ingenios y obrajes
“elemento de trabajo”, mientras que los primeros antropólogos consideraban a los indígenas como
objeto de estudio.
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contradictorias respecto a lo que había pasado con los indígenas en el actual territorio argentino. El
punto de partida de dicho relato es una supuesta “extinción” generada por la “Conquista del
Desierto”. Extinción celebrada como un éxito civilizatorio que, tiempo después, adquirió en algunos
sectores de la sociedad la forma de lamento o denuncia en términos de una pérdida de culturas
originarias. De tal modo, en el imaginario dominante de la Argentina los indígenas son pensados
como marginales, pocos en número, sobrevivientes en algún rincón del territorio o bien impuros, en
tanto ya habían sido asimilados —mestizados— con la población criolla. El aporte de Troulliot es
nodal dado que apunta a aquellos procesos históricos que no han sido transmitidos o narrados hasta
el punto de convertirlos en procesos impensables o “no eventos”. Aplicado a la Argentina y sus
políticas en las campañas militares de sometimiento, las consecuencias para los pueblos originarios
no forman parte de los relatos históricos del Estado-nación argentino y, por tanto, inhabilitan la
posibilidad de comprender y analizar la historia de los pueblos indígenas y su existencia en el
presente.
En ese contexto, las políticas de exterminio no fueron alcanzadas por la historia argentina, salvo en
la propia historiografía militar que autodenominaba a la expansión estatal como una gesta patriótica.
Se daba por sentado que nuestro país era un país sin indios, conformado por un aluvión inmigratorio
y, por tanto, “descendía de los barcos”. Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XX, diversos
investigadores comenzaron a indagar en el destino final de los indígenas sometidos y a utilizar el
concepto de “invisibilización” para explicar las políticas de silenciamiento de “lo indígena”.
Enrique Mases es uno de los investigadores que pertenece a este último grupo. Publicó en al año
2002 una de las primeras obras que analizaba en forma sistemática, a través de fuentes oficiales,
eclesiásticas y periodísticas, el proceso de reducción, deportación y distribución de los indígenas
desde los territorios incorporados en Pampa y Patagonia hacia los polos de desarrollo económico del
país, el impacto de esa situación en la opinión pública —principalmente porteña— y los debates
suscitados por el devenir de los indígenas sobrevivientes hasta su total incorporación en el cuerpo
de la nación. De igual forma, Marcelo Lagos (2000) hizo lo propio para el Gran Chaco, analizando las
políticas de violencia sistemática con el avance sobre la frontera del nordeste argentino.
Desde entonces, una serie de trabajos han revelado las políticas de dispersión, de desestructuración
social y de concentración, así como otras formas de invisibilización/sustitución de la identidad de
indígenas, a través de bautismos o de la incorporación forzada a las filas del ejército o la marina.
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También son conocidos los sistemas de distribución de prisioneros que fueron implementados a
partir de la década de 1870, no solo en la “Conquista del Desierto”, sino también en la “Conquista
del Desierto Verde”. La invisibilización fue, entonces, una política que incluyó el desmembramiento
de las comunidades indígenas, procesos de “desmarcación” identitaria, además de prácticas de
incorporación violenta de niñas/os, mujeres y hombres a espacios institucionales ajenos (desde las
Fuerzas Armadas, hasta reducciones estatales y misiones religiosas, pasando por casas de familias y
estancias de terratenientes o ingenios azucareros en el norte). Este tipo de políticas sumaron, a la
apropiación del territorio indígena, la enajenación de los “cuerpos”, de las identidades de los sujetos
que dejaron de ser percibidos por el imaginario social como indígenas para subsumirse en sectores
marginales bajo las denominaciones de “peones”, “domésticas” o, simplemente, “paisanos”.
A modo de cierre
En esta clase centramos la mirada sobre algunas frases y afirmaciones afianzadas en el sentido común
respecto de la identidad argentina. Reflexionar sobre ellas nos permite pensar los sentidos creados
antes, durante y después de las campañas militares de finales del siglo XIX, observando un proceso
de larga duración en la práctica de invisibilización y extranjerización de las sociedades, pueblos y
naciones indígenas hasta la actualidad. Trabajamos con la imagen creada del ser nacional y la
coherencia insoslayable entre dicha imagen y la negación de los Pueblos Originarios que “habitaban
el desierto”. Además, pusimos en tensión los discursos xenófobos, racistas y excluyentes que colocan
al pueblo mapuche bajo la nacionalidad chilena, desde periodos previos al avance estatal hasta
nuestros días. Por otro lado, observamos de forma crítica las nociones de desierto y en particular la
de desierto verde, entendiendo que las palabras hacen a la comprensión de los procesos y que nunca
son inocentes: es el desierto uno de esos términos que caló profundamente en nuestros sentidos y
que legitimaron la ocupación del territorio indígena, en Pampa y Patagonia como en el Gran Chaco.
Todas estas nociones y discursos confluyen en un país que imagina su identidad como
exclusivamente originada por los barcos europeos, obturando la posibilidad de pensar en una
Argentina con una cultura diversa y que reconoce, en la actualidad, cerca de cuarenta pueblos
indígenas.
Esta imagen de la identidad nacional ha sido producida y reproducida en las escuelas por
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generaciones, y cristalizada a través de explicaciones y representaciones en los libros de texto. El
desafío consiste en repensar nuestras propias prácticas de enseñanza, nuestros propios imaginarios,
para complejizar y discutir en las aulas estas concepciones erróneas y/o inexactas largamente
instaladas.
Para cerrar, proponemos consultar los mapas de pueblos y comunidades indígenas que elabora y
actualiza el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI). Este mapa, lejos de pretenderse completo,
es –al menos– una fotografía incompleta de nuestra sociedad diversa, ¿lo conocían? ¿Qué diferencias
encuentran entre esta imagen y los croquis con población originaria que suelen publicarse en los
libros de texto que se utilizan en las aulas?
[Link]
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Foro de intercambio:
Frases como “Argentina es un crisol de razas”, “los argentinos descendemos de los barcos” o
“Argentina es un país sin indios”, se han consolidado en imaginarios colectivos y discursos
dominantes en un proceso histórico de larga duración.
En este foro les pedimos dos tareas: (1) que nos cuenten ¿qué otras frases conocen
dentro del imaginario nacional o local que contribuyan a la invisibilización/negación
de los pueblos originarios? En caso de tener experiencias personales en espacios
escolares u otros ámbitos, nos gustaría leerles para reflexionar sobre las identidades
habilitadas y aquellas que son excluidas de la “argentinidad”, y (2) en relación con
el punto anterior queremos que nos compartan tres palabras que hayan leído o
escuchado y sean representativas en la construcción negativa o negadora de los
pueblos indígenas en nuestro país. Con ellas confeccionaremos una nube de
palabras que sintetizará las nociones más habituales acerca de esta temática.
Créditos
Autores: Cristina Gómez
Cómo citar este texto:
Gómez, Cristina (2023). Clase 1: Imaginarios colectivos y discursos dominantes acerca de la identidad argentina
y los pueblos indígenas. Pueblos indígenas: violencias de larga duración entre el pasado y el presente. Buenos
Aires: Ministerio de Educación de la Nación.
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Módulo 2: Pueblos indígenas. Violencias de larga duración entre el pasado y el presente
En la clase anterior presentamos algunos mitos –frases y afirmaciones ancladas en el sentido común–
en torno a las representaciones sociales de los indígenas en Argentina. En la presente clase vamos a
desarrollar la llamada Conquista del Desierto (1879-1885): el avance estatal en la región del sur y
oeste de la provincia de Buenos Aires, así como también sobre la actual provincia de La Pampa, el sur
de Córdoba, San Luis y Mendoza; además de la región norpatagónica de Neuquén y el norte de Río
Negro. Veremos también las graves consecuencias del proceso de avance sobre los territorios
indígenas, especialmente la política de campos de concentración y el sistema de distribución de la
población indígena sometida, y algunos aspectos acerca del destino de gran cantidad de población
originaria que sobrevivió al accionar del Ejército y de la Marina.
El periodo en cuestión abarca desde 1870 a 1890, etapa que marcó un quiebre en nuestra historia
como país que se proyecta hasta nuestros días. Durante décadas, la historiografía nacionalista y
liberal caracterizó las campañas militares como “exitosas” dado que posibilitaron la incorporación de
millones de kilómetros de tierras para la producción agropecuaria, en tiempos de inserción del país
al mercado internacional de capitales bajo el desarrollo del modelo económico agroexportador. Estos
relatos “triunfalistas” invisibilizan las políticas estatales aplicadas contra los indígenas para lograr el
sometimiento de las comunidades. En esta segunda clase abordaremos la Conquista del Desierto y
desarrollaremos los siguientes temas:
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Las y los invitamos a recorrer estos contenidos y a poder vincularlos con lo que hemos aprendido en
nuestras propias trayectorias escolares, con nuestras visiones y perspectivas sobre estos procesos
históricos, y con los modos de abordarlos en las escuelas, contemplando las injusticias y los reclamos,
materiales y simbólicos, que perduran en el presente.
Recurso
Estas páginas reúnen documentos relevantes que dan cuenta de la participación
de los Pueblos Originarios en los procesos revolucionarios de Mayo. Además
revisita las posturas de Moreno, Castelli, Monteagudo y Belgrano respecto a los
derechos de los pueblos indígenas.
[Link]
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El libro también aborda los movimientos de resistencia en el mundo andino a
fines del siglo XVIII, como las rebeliones de Tupac Amaru II y Tupac Katari.
La estrategia de Alsina, que recibió fuertes críticas, consistía en la realización de una zanja de cientos
de kilómetros a lo largo del territorio, desde Bahía Blanca, en la provincia de Buenos Aires, hasta
Italó, en el sur de Córdoba. Su realización empleó gran cantidad de soldados y se volvió inviable en
zonas donde la dureza del piso obligó a levantar un muro. Más allá de eso, fue esta zanja la que sentó,
en buena medida, las bases para el avance definitivo. Alsina ordenó establecer fortines cada una
legua (poco más de cinco kilómetros), dependientes de una serie de comandancias militares (Italó,
Trenque Lauquen, Carhué, Guaminí y Puán), ubicadas estratégicamente y conectadas mediante el
flamante telégrafo.
En el mapa que sigue a continuación podemos observar en rojo la frontera hasta 1876, y en azul el
avance de la frontera y las comandancias militares fundadas ese año. Véase “Plano General de la
Nueva Línea de Fronteras sobre Pampa”, confeccionado por el ingeniero Jordan Wisocky en marzo
de 1877. Diseño: Laura Ruggiero.
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Recursos:
Si querés conocer más sobre las relaciones interétnicas entre los pueblos
indígenas y los estados en la etapa previa a la Conquista del Desierto, podés
descargar y leer este material en el sitio web de [Link]
Pueblos indígenas y Estado: aportes para una reflexión crítica en el aula: Pampa
y Patagonia
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La avanzada se inició en 1876 aunque la zanja quedó trunca tras el fallecimiento de Alsina, a fines de
1877. De los más de 600 kilómetros proyectados, el trazado fue menor a 400. Sin embargo, lo que se
lee como una estrategia “defensiva” fue, en efecto, la incorporación de más de cincuenta mil
kilómetros cuadrados de tierras obtenidos para el gobierno central, en desmedro de las comunidades
indígenas que se vieron limitadas de acceder a pasturas y aguadas.
En conclusión, el Estado colocó al ejército en la “ruta hacia Patagonia”, con bases seguras y
comunicadas, y el resultado fue el aumento notable de su eficacia ofensiva. Lo interesante es ver
cómo hemos aprendido, y muchas veces enseñado, la estrategia de Alsina como estrategia defensiva.
Es decir, pese a tratarse de un importante avance sobre el territorio indígena, la historiografía la
caracterizó como defensiva y los docentes hemos repetido esa caracterización en contraposición a la
política “ofensiva” de Roca.
Los diarios del gobierno vienen anunciando que Alsina va a realizar muy pronto la espedición al
desierto, y con tal motivo entonan en coro himnos de alabanzas en honor del hidrográfico ministro.
Todo esto no pasa de ser una gran farsa. Alsina no ha pensado ni piensa en semejante espedición. Ya
lo veremos y nos convenceremos todos. ¿A qué no la realiza Alsina? (“Espedición al desierto”. La
Nación, Nº 1642. 12 de enero de 1876).
Y unos meses más tarde cuando se concretó la estrategia de Alsina, el diario lo fustigaba con ironía
y lo llamaba émulo de Mambrú:
Dr. Alsina ha avisado por telégrafo que Freire [que se encuentra en la Laguna del Monte”, 36 leguas
más afuera de la línea de frontera] tenga un encuentro con los indios. El émulo de Mambrú ha
olvidado que, entre tanto, él sigue comiendo, bebiendo y durmiendo a pierna tendida en el pueblo del
Azul sin importarle un comino de todas las desgracias que su presencia en la frontera ha producido,
y pensando solo en gozar de la vida a espensas del tesoro que lo sostiene. ¡Y hay quien pone en duda
el talento de nuestro ministro de la guerra! (“Avisos de Mambrú”. La Nación Nº 1717. 13 de abril de
1876).
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Argentino Roca, impuso la falsa idea de la estrategia defensiva. A contrapelo, pensemos que: (1) la
zanja de Alsina es conocida como la “última frontera” porque ha sido el "último límite” con las
sociedades indígenas –vale la pena recordar los lineamientos de avance a partir de la ley 215–;
además (2) fue una frontera particular, porque no fue un espacio de “relación” con las comunidades
indígenas, sino que fue un “límite” de corta duración (1876-1879) con el “indio enemigo”. De modo
que la frontera alsinista puso fin a la práctica de tratados y negociaciones con los pueblos indígenas,
y debe comprenderse como parte del avance estatal, acompañado por un cambio de discurso sobre
el indígena que fue caracterizado a partir de entonces como un enemigo bárbaro, salvaje y
deshumanizado.
Hacia 1878, el Estado argentino emprendió numerosas acciones contra los pueblos originarios:
durante ese año las tropas nacionales, mediante 23 expediciones, asesinaron a más de 400 indígenas
y apresaron a otros 4.500 (según las fuentes, 900 hombres y más de 3.600 mujeres, niñas/os y
ancianas/os).
Entre los apresados por el poder central, se encontraban prestigiosos lonkos (jefes) como Pincén,
Epumer y Juan José Catriel. Roca, ministro de Guerra y Marina desde 1878, organizó el avance militar
con el objetivo de finalizarlo el 25 de mayo de 1879. El mensaje era claro: “La Conquista del Desierto”
era una gesta patriótica que daba conclusión, definiendo el cuerpo de la nación, al proceso iniciado
con la Revolución de Mayo.
Distintos estudios históricos y antropológicos han demostrado que el reparto de tierras, avalado por
el Estado, fortaleció la estructura económico-social basada en la concentración de tierras en “pocas
manos” y la consolidación, en el marco del modelo agroexportador, del poder y riqueza de los
terratenientes. Los territorios “incorporados” equivalen a casi cuarenta millones de hectáreas. Buena
parte de estos territorios pasaron a manos privadas, muchos fueron concesionados y luego
privatizados, y otros se consignaron como tierras fiscales. En cualquier caso, dejaron de estar bajo el
dominio político de las sociedades indígenas. La privatización de tierras se realizó a partir de una serie
de normas legales, entre ellas la Ley N° 947 de octubre de 1878 (que reglamentaba y operativizaba
la Ley 215). De esta forma, y mediante un empréstito, se autorizó al Poder Ejecutivo a invertir
1.600.000 pesos (que luego se amplió a 2.200.000 pesos) para llevar adelante el avance militar hasta
la frontera del Río Negro.
26
Fragmento de la Ley N° 947 sancionada en 1878.
El Poder Ejecutivo queda autorizado para levantar sobre la base de todas las
tierras públicas mencionadas una suscripción pública para los gastos que
demande la ejecución de la ley. A medida que avance la línea de frontera se harán
mensurar las tierras y levantar planos, dividiéndose en lotes de 10.000 hectáreas,
con designación de sus pastos, aguadas y demás calidades, todo lo cual se hará
constar en un registro especial denominado Registro Gráfico de las Tierras de
Frontera.
Esta ley, que no hacía mención alguna a la población indígena, autorizaba al gobierno central a
vender títulos de propiedad sobre las extensiones de tierra conquistadas y a conquistar. Dichos
títulos permitían repartir propiedades desde 10.000 hasta 30.000 hectáreas, pero en la práctica, en
muchos casos, se superaron las extensiones propuestas llegando a más de 100.000 hectáreas (para
tener noción de las dimensiones, observen que la actual Ciudad Autónoma de Buenos Aires tiene
20.000 hectáreas).
Por todo lo expuesto, se puede decir que el avance estatal constituyó una empresa mixta que
combinó capitales privados y recursos estatales. Como resultado de dichas acciones, pasaron al
dominio privado 5.498 leguas cuadradas (casi 14 millones de hectáreas): 1.399 ubicadas en la
provincia de Buenos Aires; 3.159 en el territorio de La Pampa, 594 en el sur de Córdoba; 66 en el sur
de San Luis; 46 en el sur de Mendoza y 232 en Río Negro.
27
Posteriormente, en 1882, se sancionó la Ley N° 1.265 de Remate Público. A través de ella se
remataron en Buenos Aires, y en las embajadas argentinas de París y Londres, más de cinco millones
de hectáreas. Por su parte, la Ley N° 1.628 de Premios Militares fue un tercer andamiaje jurídico.
Sancionada en 1885, otorgó concesiones directas de tierras entre La Pampa y Tierra del Fuego a los
expedicionarios del Desierto, distribuyendo así 4.750.741 hectáreas a 541 oficiales del ejército.
En muchos casos, estos bonos, entregados a soldados y oficiales, fueron vendidos a terratenientes
que ampliaron así sus propiedades. De forma casi paralela, en 1884, se sancionó la Ley N° 1.501 de
Concesión de Tierras Públicas para Ganadería, conocida como “Ley del Hogar”. Con esta ley se
buscaba ordenar la subdivisión de las tierras fértiles en lotes de 625 hectáreas destinados para la
venta a pequeños pobladores sin tierra, para así crear colonias agrícolas-pastoriles. Lo cierto es que
esta medida abrió la posibilidad a la población indígena, sobreviviente del avance estatal, a “recibir”
tierras: por ejemplo, en el actual territorio de Chubut, en Colonia San Martín, se radicó el cacique
Valentín Sayhueque y su comunidad, y en Colonia Cushamen se estableció la tribu del cacique
Nahuelquir. Estas colonias fueron escasas en número y tuvieron grandes problemas, pues las tierras
entregadas eran inadecuadas para la práctica de la ganadería extensiva.
A su vez, la Ley N° 1.532 de 1884 creó oficialmente, hacia el sur, los Territorios Nacionales de La
Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, mientras que en el noreste del
país se crearon los Territorios Nacionales de Misiones, Formosa y Chaco, los que pasaron a ser
administrados por gobernadores que elegía el Poder Ejecutivo Nacional. Dicha ley indicaba:
“(…) las tribus indígenas que morasen en el territorio de la gobernación (…) [debían crear], con
autorización del Poder Ejecutivo, las misiones que sean necesarias para traerlos
De esta manera, en el texto de la ley, se reconocía la preexistencia de los pueblos originarios, pero
ubicándolos en un grado inferior de “evolución” frente a los criollos. Entonces, mientras grandes
extensiones de tierra eran entregadas a un grupo restringido de inversores nacionales y europeos,
se dio lugar a algunas radicaciones (transitorias y sin títulos de propiedad) para algunas comunidades
indígenas. Estas entregas de tierras (y la consecuente pérdida territorial para los indígenas) es, en
buena medida, el origen de gran cantidad de conflictos y disputas actuales en torno a la propiedad
28
privada o comunal de la tierra, y en torno a su ocupación ancestral. Es, a su vez, una práctica que
excede a la Conquista de Pampa y Patagonia y que se compara con el avance territorial en el Gran
Chaco y en regiones que eran vistas como marginales.
29
En ambos casos se efectuaron cambios de nombres propios, rupturas de lazos de parentesco,
imposición de creencias religiosas, actos de violencia, prohibición de prácticas sociales propiamente
indígenas. Prácticas que también tuvieron lugar fuera de estos dos dispositivos.
Para comenzar, responderemos a una pregunta que nos parece central para el tema: ¿por qué
hablamos de “campos de concentración”?
A partir de esa categorización, se desprenden todos los dispositivos de control utilizados para
transformar al indígena en un ser “útil” a la sociedad. A modo de ejemplo, en otras latitudes, hacia
fines del siglo XIX, en el largo periodo de guerras por la independencia cubana, los militares españoles
encerraron y concentraron a un número importante de población cubana. Estos campos
(denominados de "reconcentración") eran lugares en los que se buscaba regenerar/reeducar a la
población rebelde en favor de la Corona española y romper los lazos con los grupos que buscaban la
independencia. También encontramos otros casos bien documentados de campos de concentración
a fines del siglo XIX, como los implementados por Inglaterra en Sudáfrica en la segunda guerra anglo-
30
bóer (1899-1902)1, y en Filipinas por parte del ejército de ocupación estadounidense en la misma
fecha.
Una pregunta válida que surge con frecuencia sobre este concepto es si un campo de concentración
es, necesariamente, un campo de exterminio. Lo cierto es que el campo de exterminio opera como
un tipo particular de campo de concentración. Pero su finalidad específica es eliminar físicamente a
ese grupo concentrado. En otras palabras, todo campo de exterminio es campo de concentración,
pero no todo campo de concentración es campo de exterminio. Éstos últimos, denominados también
fábricas de la muerte, fueron puestos en funcionamiento en la década de 1940 por parte del nazismo
con la finalidad de exterminar a las personas de religión judía y a otros colectivos, y fueron
emparentados a los campos de concentración, percepción que funcionó como un velo para el
discernimiento de otros dispositivos concentracionarios.
Sin embargo, la Isla Martín García no fue el único sitio donde se concentraron indígenas. En Puán
(provincia de Buenos Aires), en Valcheta y Chichinales (Río Negro) y en Junín de los Andes (Neuquén),
se encontraron registros de la existencia de lugares de encierro. A estos campos de concentración
del sur debemos sumar aquellos creados por el Estado, en los inicios del siglo XX, bajo el rótulo de
“Reducciones de Indígenas”, en las actuales provincias de Chaco y Formosa, verdaderos sitios de
encierro que funcionarán hasta mediados del siglo XX. Por otro lado, es importante señalar que
1La segunda guerra anglo bóer (1899-1902) fue un conflicto entre el imperio británico y la población bóer o afrikaneer, migrante
europea, especialmente de Países Bajos, que se había establecido en la zona durante el siglo XVII. El objetivo británico era apoderarse
de la región, en el marco del imperialismo, para derrotar a la población local. Para ello implementó, entre otras estrategias, campos
de concentración en las que confinó tanto a boers como a población nativa.
31
algunos contingentes de indígenas fueron concentrados en cuarteles de la ciudad de Buenos Aires
(Retiro, Palermo, Once y Chacarita) y en los de Tigre (provincia de Buenos Aires).
Según fuentes documentales, en noviembre de 1877 el Ejército Argentino asesinó a más de 150
indígenas catrieleros (denominados “indios amigos”) y envió a la comandancia militar de Puán,
provincia de Buenos Aires, a otros 400 (entre ellos mujeres y niños), que luego fueron encerrados en
Martín García.
En 1879, el inglés George Newbery llegó a la zona en el afán de obtener tierras, y describió la siguiente
escena: “(…) fuimos hasta una toldería que rodeaba un manantial a orillas de un pequeño lago que
mi baquiano llamó Puán lo que quedaba eran unas chozas cubiertas con cueros cercados por un ancho
paredón… Cuando estábamos suficientemente cerca para poder apreciar mejor a este paredón
pregunté a mi baquiano que propósito servía ya que los otros fortines llevaban una fosa que cercaba
a un mangrullo... Esto produjo en Luán un arranque de indignación; a través de su furioso caudal de
palabras supe que Puán había servido de campo de concentración (…)
Don Anastasio Ledesma, gaucho, alambrador y soldado de las expediciones al desierto, contaba en
1957, que en 1878:
(…) se dieron grandes sableadas contra los indios del cacique Pincén. La primera operación grande
fue un encierro de indios en Curamalal, después de algunos hechos aislados a sable o a carabina.
Cuando tomamos muchos prisioneros los jefes dispusieron que los lleváramos a Puán pero los indios
viejos se resistieron a marchar. Agotados todos los recursos hubo orden de degüello a los más
rebeldes para ejemplo del resto de la tribu.
Recurso:
Una Historia Para Escuchar es un programa radial conducido por los
historiadores Pilar Pérez y José Luis Díaz. En este programa podés conocer más
sobre el campo de concentración de indígenas en Valcheta (Río Negro) Campo
de concentración de Valcheta – Radio Nacional
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Lista de prisioneros del campo de concentración de Valcheta (Pérez, 2011)
Por lo dicho, está claro que el proyecto de avance llevado adelante por el Estado nacional no fue
unívoco, ni homogéneo. Hubo políticas de exterminio y aquellas que se centraron en la
desarticulación de las sociedades indígenas y su utilización como mano de obra semiesclava. Muchos
indígenas destinados al confinamiento fueron obligados a marchar a pie, escoltados por el Ejército o
por particulares contratados, hasta los puntos de embarque. Estas caminatas, en muchos casos,
llevaron a la muerte a una gran cantidad de mujeres, ancianas y niños que no soportaron las
condiciones inhumanas del traslado. Estos traslados hacia los campos de concentración o hacia los
puntos de distribución forzada sirvieron al doble propósito de abaratar el costo de racionamientos
destinados a las tribus, y evitar asimismo los gastos al erario que hubiera demandado implementar
el sistema de colonias en sus lugares de origen.
La “conversión forzada” de los indígenas en recursos productivos contribuyó a saldar las falencias de
un mercado de trabajo exiguo en las zonas de crecimiento económico. Las investigaciones sobre
Martín García permiten aseverar que los indígenas ingresaron por su condición de tales, y que fueron
catalogados como aptos para el trabajo (“disponibles”), o “inútiles o débiles”, y que la isla funcionó
como un campo de concentración “civilizador”.
En el campo de concentración de la Isla Martín García, según los registros, intervinieron misioneros
cristianos, docentes y médicos. Pero sobre todo la Armada Argentina, que utilizó la mano de obra
indígena para la explotación de canteras (piedras y arena que se destinaba al empedrado de Buenos
Aires) o como marineros. A pesar de trabajar como soldados, los indígenas no podían salir de su
33
confinamiento, mientras que a los criollos se les daba la “baja” tras un lapso de 2 o 4 años. Para
comprender el papel de estos lugares de encierro en el proceso de invisibilización, es importante
tener en cuenta también el “borramiento” de las identidades realizado a través del mecanismo de
sustitución e imposición de nombres. El Ejército desarrolló este tipo de prácticas pues, como decía
Luis María Campos:
(…) que siendo indios que algunos ni tienen nombres, se acepta el medio que indica de darles uno,
haciéndoles comprender deben tenerlo presente (…). (AGA, caja 15276, 28/03/1876).
De igual forma, la Iglesia (a través de sus misioneros) reemplazó nombres en los actos bautismales,
tomando en ciertos casos el del sacerdote, el de los padrinos o el de la isla (Martín Isla o Martín
García). El confinamiento de los indígenas permitió su control y utilización como mano de obra, pero,
como veremos en el siguiente apartado, estos espacios no fueron los únicos ni los más importantes
en términos económicos. Finalmente, es de suma importancia comprender que no solo se enviaron
indígenas de la frontera Sur, también llegaron contingentes de mujeres, niños y hombres del Gran
Chaco, lo que indica que el sistema concentración de Martín García era parte de una planificación
sistemática genocida. Sobre este punto volveremos al final de esta clase.
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clasificación realizada por personal de la isla Martín García. AGA, 30/4/1882, caja
15.282.
El sistema de repartos
Como indicamos anteriormente, una vez apresados, los indígenas eran trasladados y confinados en
distintos espacios dependientes del Ejército y la Marina. Pero, también, una gran cantidad de ellos
fueron distribuidos de manera forzada en emprendimientos productivos (estancias, ingenios,
viñedos, canteras, etc.) y para el servicio doméstico en las ciudades, en especial en el caso de niñas/os
y mujeres, donde sufrieron distintas formas de violencia. La distribución forzada se efectuaba de
forma inmediata a la captura, o podía estar “mediada” por la estadía en algún espacio de
concentración estatal.
(…) sean entregados al Señor Don Gregorio Torres (…) once indios de los existentes en esa isla [de
Martín García], con sus mujeres respectivas e hijos. (…) Luís María Campos [firma]. (AGA. Caja 15279,
12/03/1879).
El traslado forzado de indígenas incluyó a distintas zonas del país, con la consecuente desarticulación
y el desmembramiento de sus comunidades. En otro documento de 1886 puede leerse:
(…) entregados al Sr. Gobernador del Territorio de Misiones coronel Don Rudecindo Roca [hermano
de Julio Argentino] los indios con sus familias que se encuentran en la isla de Martín García y que han
revistado hasta ahora en calidad de indios presos. (AGA, caja 15286).
El sistema de distribución no sólo se implementó dentro Buenos Aires y en los Territorios Nacionales
recientemente creados, también en Mendoza hubo repartos en favor de Rufino Ortega (oficial
expedicionario, terrateniente y gobernador de la provincia), además del caso de numerosos
indígenas que fueron enviados a diversas estancias o a las plantaciones de caña de azúcar, en
Tucumán.
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Recurso: en este fragmento de la película Tierra adentro (2011) se narra la
carta que Jacinto Segundo Puelpán le escribe a su esposa mientras se
encontraba confinado en Martín García. Mediada por padres misioneros,
Puelpán da cuenta de su derrotero, la de sus hijos apresados y brinda un claro
panorama de las prácticas de sometimiento, concentración y reparto que
realizaban las Fuerzas Armadas. En este pasaje del film se describe, además, el
sistema de distribución y la colección de restos indígenas que hasta hace
algunos años se exhibía en el Museo de La Plata.
Llegan los indios prisioneros [a Buenos Aires] con sus familias. La desesperación, el llanto no cesa. Se
les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos a pesar de los gritos, los alaridos y las
súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano,
36
unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra el seno al hijo
de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia de los avances de la
civilización.
Esta breve crónica nos da una dimensión del daño causado por el sistema de distribución, práctica
que continuó hasta finalizadas las expediciones militares. En este punto podemos preguntarnos:
¿cómo es posible que estas acciones de violencia, reclusión y desplazamiento forzadas hayan sido
normadas por procedimientos burocráticos y jurídicos?
37
Pampa y Patagonia, y en el Gran Chaco con los pueblos indígenas, esto es
asesinatos, desarticulación social de las comunidades, desmembramientos
familiares, deportaciones, campos de concentración, traslados, torturas,
violaciones, imposición de nombres y repartos, todos delitos perpetrados por el
Estado Nacional contra personas y comunidades en función de su pertenencia a
un grupo víctima (pueblos indígenas), podemos afirmar que lo que sucedió fue
un proceso genocida que, al igual que tantos otros ocurridos a lo largo de la
historia mundial, ha sido negado o tergiversado, sobre todo a partir de las
historiografías nacionalistas que describieron las prácticas estatales
naturalizándolas como parte de un proceso civilizatorio inexorable.
No se busca, a partir de estos comentarios, cerrar el debate en torno a la
utilización del término, sino dejar abierta la posibilidad válida de usarlo,
descartando las impugnaciones que mencionan la inexistencia del
concepto de genocidio para fines del siglo XIX. Recordemos que la idea de
Raphael Lemkin, quién acuñó el término en 1944, era la de darle nombre a
un crimen que ya existía. Como lo explicita la propia Convención para la
Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio: “Reconociendo que en
todos los períodos de la historia el genocidio ha infligido grandes pérdidas
a la humanidad”. De hecho, en la actualidad, existe un amplio consenso en
reconocer genocidios ocurridos antes de la consagración de la Convención de
1948, como es el caso del nazismo o del genocidio armenio. Sin ir más lejos, la
República de Alemania ha reconocido el genocidio que cometió contra el pueblo
herero y nama, en la actual Namibia, entre 1904 y 1907.
[Link]
namibia/a-57697051
38
los Andes, pero luego otras columnas o posteriores expediciones realizadas en los años
subsiguientes, rompieron con los asentamientos ancestrales, las ubicaciones conocidas o los caminos
habitualmente transitados. Para muchas familias indígenas, la Conquista del Desierto significó la
pérdida de gran parte de sus miembros, que al ser asesinados o trasladados desconocieron sus
destinos posteriores. Así, perseguidas, derrotadas y abatidas, muchas optaron por entregarse para
acompañar a sus líderes apresados.
A la vez, los intentos por sobrevivir de la población indígena incluyeron la adaptación al nuevo estado
de situación que imponía la propiedad privada y las relaciones capitalistas. En ese escenario, la
proletarización, es decir, incorporarse en actividades productivas a cambio de un salario informal,
comenzó a formar parte de la vida de los indígenas sobrevivientes que se vieron forzados a
abandonar sus recientes territorios. Esto sucedió, sobre todo, como consecuencia de la práctica de
incautar el ganado que los militares realizaban frecuentemente, obturando así la posibilidad de los
indígenas de autosostenerse. Comenzaron entonces, de este modo, los largos peregrinajes de los
indígenas por amplias zonas del territorio nacional, en búsqueda de lugares de asentamiento y
posibilidades de trabajar. Ya sea como parte de antiguas “tribus” o como individuos “descendientes”
de indígenas, estos son marcados como paisanos, puesteros o crianceros y, en casos de situaciones
conflictivas (reclamos por tierras, etc.), pueden ser objetivados como “indígenas peligrosos”;
“chilenos”; “intrusos”; “inmorales” entre otros adjetivos. Por otra parte, el fin de las campañas
militares no supuso el fin del temor real a una nueva irrupción del ejército, o de distintos cuerpos
represivos estatales como la policía fronteriza, creada en los territorios nacionales de Chubut y Río
Negro en 1911.
Dicha fuerza, impulsada por el Ministerio del Interior, se encontraba habilitada a ejercer con toda
legitimidad el apresamiento, la tortura en escenas públicas o la muerte de las personas sospechadas
de actos vandálicos o de colaboración con ellos (Pérez, 2013), en clara connivencia con los grandes
capitalistas latifundistas como la Compañía de Tierras del Sud, de origen británico.
La Fronteriza vive en el recuerdo de los pobladores, en muchos casos señalada como la principal
responsable de despojos y crueldades, aún más que las tropas militares. Resultó una fuerza punitiva
que armaba civiles, diseminando el terror en los pobladores cordilleranos bajo la justificación del
"bandolerismo" y de un discurso que articuló con sectores privados en torno a la "inseguridad" de la
región. En este panorama, los indígenas que habían logrado no ser apresados anteriormente se
39
encontraban despojados de sus familiares y de sus tierras, aterrorizados por el temor a una nueva
invasión y, en no pocas ocasiones, desperdigados por distintos puntos de la región.
Ante el veloz avance de la propiedad privada, de las relaciones capitalistas y del crecimiento de
algunos poblados, las familias indígenas no pudieron continuar con sus prácticas comunitarias.
Además, se interrumpió la enseñanza de la lengua, dejaron de transmitirse los aspectos centrales de
la cultura indígena, y se fueron incorporando en las nuevas estancias que requerían mano de obra
para las actividades rurales, como peones o puesteros.
Mis suegros, los Moyano eran descendientes de mapuche. En ese tiempo se dedicaban a la junta de
maíz, de girasol, en cuadrillas, todos los Moyano trabajaban en eso, era el trabajo que había, lo hice
yo también, toda la gente, la esquila que eran dos meses, dos meses y medio, y ya venía la cosecha
que eran dos o tres meses, y después la junta de maíz marzo a mayo, y así, siempre algún trabajo
rural había, por supuesto en distintos lados, juntabas veinte o cincuenta hectáreas y así, íbamos de
campo en campo, se transportaba toda la familia completa y se armaba el ranchito en una punta.
Estaban los Moyano, los Chico, los Ibáñez, los Toledo, los Colín, los Araujo que vienen después, viste,
¿qué pasaba? Mario yo voy a trabajar en tal lado, y entonces me llamaba y así, íbamos con la “zorra”,
un eje, dos fierros, un chapón, un caballo y te íbamos, tres o cuatro leguas, y llevábamos a unos, y
luego otros, a veces por un mes, toda la familia, eso existió siempre, parábamos en el mismo campo,
a veces arreglabas con la comida, en ese tiempo se cazaba liebres, se vivía.[1]
Mi abuela era Honoria Gallo, era de Catriló, Pampa, era ranquel creo, vino con un Giménez, un
gallego, mi mamá Valentina Giménez, nació acá, nosotros nacimos acá, mi papá iba a distintas
estancias, trabajaban y se iban a otro campo, mi papá era puestero, íbamos todos, nosotros somos
diez, después se vino para acá al pueblo, compró acá en Trenque Lauquen, era todo baldío. Después
seguimos trabajando en el campo, esquilaba, arriaba, yo también empecé con él, cuando el campo
se puso feo nos vinimos para el pueblo.[2]
En algunos casos puntuales, ciertas familias pudieron agruparse y lograr visibilizarse en torno a un
cacique, y desde allí gestionar con mayor o menor éxito, la cesión de tierras en algún punto de Pampa
y Patagonia. Sin embargo, para aquellos que no fueron sometidos y confinados, el proceso en general
significó la invisibilización de los indígenas como actores sociales y arraigó la noción de la extinción
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de dicha población del territorio argentino.
El problema del indio, como mencionamos anteriormente, dejó de ser tal en tanto las autonomías
indígenas fueron desmembradas, sus territorios apropiados y su población repartida y/o incorporada
de modo desmarcada, en clave individual. El indígena, devenido “paisano”, perdía así su pertenencia
colectiva y nutriría el escalafón más bajo de los sectores populares del flamante Estado argentino.
Un relato de crisoles, inmigrantes, ferrocarriles y capitales extranjeros borraría las trayectorias de los
pueblos indígenas y los eyectaría del gran relato de la historia nacional.
A modo de cierre
En esta clase hemos recorrido un intenso camino que incluyó el sometimiento indígena pero también
la recuperación de las experiencias y trayectorias posteriores a las campañas militares que
atravesaron el final del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. En la clase 3 ingresaremos a otro
espacio, el del Gran Chaco. Un territorio que sigue siendo pensado (en el imaginario porteño) como
impenetrable. Un territorio asolado, también, por el avance militar, la discriminación y la violencia
sobre aquellos pueblos que, siendo los dueños del monte, han sido despojados de sus territorios y
explotados como fuerza de trabajo semiesclavo.
Foro de intercambio
41
Bibliografía
Delrio, Walter. (2005). Memorias de expropiación. Sometimiento e incorporación indígena en la
Patagonia. 1872-1943. Editorial de la Universidad de Quilmes.
Lenton, Diana y Sosa, Jorge. (2018). Itinerarios de los prisioneros de las campañas de la Frontera Sur
por los ingenios azucareros de Tucumán y Misiones. En el país de nomeacuerdo. Archivos y memorias
del genocidio del estado argentino sobre los pueblos originarios (1870-1950). Lugar: Viedma: 137 -
200.
Nagy, Mariano. (2019). Genocidio: derrotero e historia de un concepto y sus discusiones. Dossier "A
70 años de la Convención para Prevención y la Sanción del delito de Genocidio (CONUG):
Actualización del debate en torno a los pueblos indígenas". Memoria americana, FFyL-UBA, vol 27,
número 2: 10-33.
Nagy, Mariano y PAPAZIAN, Alexis (2018). De todos lados, en un sólo lugar. La concentración de
indígenas en la isla Martín García. (1871-1886). En el país de no me acuerdo. Archivos y memorias
del genocidio del Estado argentino sobre los pueblos originarios, 1870-1950 San Carlos de Bariloche:
IIDyPCA, Universidad Nacional de Río Negro, CONICET: 69-98.
Pérez, Pilar. (2011). Historia y silencio: la Conquista del Desierto como genocidio no-narrado. Corpus.
Archivos virtuales de alteridad americana; Lugar: Buenos Aires, vol. 1: 1.
Pérez, Pilar. (2013). Modos históricos de construcción de una excepcionalidad normalizante en los
márgenes del estado argentino. Identidades; Lugar: Comodoro Rivadavia; vol. 1:107 - 115.
42
Créditos
Autores: Cristina Gómez
[1] Entrevista realizada por Mariano Nagy a Ángel Mario Villarreal en el mes de diciembre de 2010.
[2] Entrevista realizada por Mariano Nagy a Rubén Rodríguez en el mes de diciembre de 2010.
43
Módulo 3: Pueblos indígenas. Violencias de larga duración entre el pasado y el presente
En la clase anterior analizamos los procesos del avance estatal entre 1870 y 1890 en Pampa y
Patagonia. Hicimos énfasis en el quiebre que significaron las campañas militares para la población
originaria y para la historia de nuestro país, en el proceso privatizador de tierras y en la política
llevada adelante con los indígenas que fueron sometidos. Esta clase recorre, también, el proceso de
expansión estatal, pero en el llamado Gran Chaco argentino, y dedicaremos un apartado a analizar el
proceso de conquista en el Noroeste Argentino (NOA). Hemos dividido el desarrollo en seis puntos:
Las y los invitamos a leer y analizar estos contenidos, tomando como referencia lo que en las
escuelas, tradicionalmente, se aborda sobre esta región en el contexto de organización y
consolidación del Estado nacional argentino.
44
el oeste y el este del Gran Chaco en relación a las modalidades de la conquista.
Para este curso consideraremos el proceso de conquista del Chaco en sus rasgos más relevantes y
nos centraremos en dos –de muchas– campañas militares: la comandada por el General Benjamín
Victorica, en 1884, y la llevada adelante por el Coronel Enrique Rostagno, en 1911. En este punto es
válido contextualizar la expedición de Victorica que se inicia unos años después de comenzada la
Conquista del Desierto en Pampa y Patagonia (1879-1885). En principio porque las campañas en el
sur catapultan a Roca como presidente de la nación, cargo que ejercería en dos ocasiones (1880-
1886 y 1898-1904), y desde el cual utilizaría el “éxito” en Pampa y Patagonia para justificar la idea de
ir por el Gran Chaco; luego porque el clima de época manifiesta el triunfo del proyecto roquista, con
la eliminación de disidencias (victoria sobre la provincia de Buenos Aires por la federalización del
territorio de la ciudad de Buenos Aires en 1880) y la imposición de la “civilización” frente a los
“obstáculos” para la consolidación del Estado-Nación-Territorio argentino (mediante la Conquista del
Desierto) y en tercer lugar, pero no menos importante, porque el inicio de las campañas al Noreste
fueron precedidas por fuertes debates en el Congreso, donde surgieron intensas críticas al accionar
estatal en Pampa y Patagonia, especialmente por el tratamiento que el ejército y la marina le daban
a los prisioneros indígenas (Lenton, 2005), como podrán leer más adelante.
En concreto, las acciones de Victorica consistieron en una operación bisagra con respecto a las
anteriores por lo masivo, sistemático y violento de su accionar. Implicó un cambio en el discurso
hegemónico sobre el modo en que debían ser sometidas y tratadas las comunidades indígenas del
Chaco. Por su parte, la campaña de Rostagno fue el último gran avance sobre las poblaciones
originarias, instaurando un control territorial del Estado que marcaría el fin de los espacios
fronterizos en la región.
2
Para ampliar esta temática se recomienda Beck (1994), Silva (1998), Mapelman y Musante (2010).
45
Es importante señalar que las campañas impulsadas en las últimas décadas del siglo XIX se
enmarcaron en un proceso de desarticulación del modo de vida cazador-recolector-pescador de las
poblaciones indígenas chaqueñas. La acumulación capitalista en el norte argentino y la demanda de
mano de obra estacional en los ingenios azucareros de Jujuy y Salta fueron cruciales para las políticas
oficiales llevadas adelante con la población indígena en el contexto de consolidación del moderno
Estado argentino.
La gobernación del Chaco, creada en 1872, fue el primero de los Territorios Nacionales fundados por
la Argentina fuera de las provincias históricas (ver apartado sobre el NOA). Su capital se ubicó en Villa
Occidental hasta 1879, cuando, por el laudo arbitral del presidente estadounidense Rutherford
Hayes, esa franja del territorio pasó al Paraguay. Esto obligó a buscar otra sede para la capital de la
gobernación, y para ello se eligió a la actual ciudad de Formosa, llamada en ese entonces Villa
Formosa.
En 1884, a la par del comienzo del sometimiento definitivo de las comunidades indígenas de la región
y de la ocupación de los territorios para su exploración y delimitación, la gobernación del Chaco se
dividió en dos mediante la ley 1532 de organización de los Territorios Nacionales: el Territorio
Nacional del Chaco con capital en Resistencia, y el Territorio Nacional de Formosa con su capital
homónima. El artículo 11 de dicha normativa establecía para el gobernador del Territorio Nacional:
46
Procurará el establecimiento en las secciones de su dependencia, de las tribus indígenas que morasen
en el territorio de la gobernación, creando, con autorización del Poder Ejecutivo, las misiones que
sean necesarias para traerlos gradualmente a la vida civilizada.
Debemos remover las fronteras con los indígenas; éstos deben caer sometidos o reducidos bajo la
jurisdicción nacional, pudiendo entonces entregar (tierras) seguras a la inmigración y a las
explotaciones de las industrias de la civilización.3
En esa ocasión, como vimos, Roca, quien cinco años atrás había comandado las invasiones militares
a Pampa y Patagonia, comparó ambas campañas y dejó en claro los intereses que movilizaban al
gobierno argentino:
Las decisiones del gobierno argentino, tomadas en el seno del Congreso de la Nación, de avanzar
militarmente sobre los sujetos indígenas no eran un mero “producto de la época”, tal como se intentó
justificar a través de la historiografía oficial y como aún suele ser explicado por los defensores de las
campañas militares. Por el contrario, en esas sesiones del Congreso también se levantaron voces
opositoras como las de Aristóbulo del Valle denunciando los métodos, asesinatos y secuestros
llevados adelante por el ejército en Pampa y Patagonia y se preguntaba si se haría lo mismo en el
3
Citado por Lenton (2005).
4
Citado en Mapelman y Musante (2010).
47
Chaco5.
Fragmento del discurso del Senador Aristóbulo del Valle sobre la futura
Campaña de Victorica.
Hemos reproducido las escenas bárbaras, -no tienen otro nombre- las escenas
bárbaras de que ha sido teatro el mundo, mientras ha existido el comercio civil,
de los esclavos. Hemos tomado familias de los indios salvajes, las hemos traído a
este centro de civilización, donde todos los derechos parece que debieran
encontrar garantías, y no hemos respetado en estas familias ninguno de los
derechos que pertenecen, no ya al hombre civilizado, sino al ser humano: al
hombre lo hemos esclavizado, a la mujer la hemos prostituido; al niño lo hemos
arrancado del seno de la madre, al anciano lo hemos llevado a servir como esclavo
a cualquier parte; en una palabra, hemos desconocido y hemos violado todas las
leyes que gobiernan las acciones morales del hombre.6
Mediante la campaña militar de 1884, que incluyó regimientos de caballería, batallones de infantería
terrestre y fluvial, las fuerzas armadas confluyeron en el centro de la región chaqueña sometiendo a
importantes caciques y sus comunidades.
Los indígenas quedaron privados del acceso a las costas de los ríos Bermejo y Salado así como a las
cañadas del Paraná y sus afluentes y, fundamentalmente, se vio reducido su acceso a los montes para
cazar y recolectar. Privados de estos alimentos, se vieron obligados a vender su fuerza de trabajo
iniciando así un prolongado proceso de proletarización. De este modo, en la parte este del territorio
chaqueño, los indígenas acabaron por incorporarse a la industria del tanino y los obrajes (allí existían
grandes bosques de quebracho colorado que fueron intensamente explotados por largos años y hoy
se encuentran en grave estado de vulnerabilidad). A su vez, en la zona del centro-oeste chaqueño7
5 Lenton (2005 y 2010). En el artículo de Lenton (2010) también se menciona y publica un editorial del diario La Nación
del año 1878 en el que se denuncia una masacre de ranqueles en Pozo del Cuadril, San Luis, como un Crimen de Lesa
Humanidad.
6 Véase Lenton (2005). Este trabajo realiza una pormenorizada investigación sobre todas las discusiones
parlamentarias en torno a los pueblos indígenas a lo largo de los siglos XIX y primeras décadas del siglo XX.
7 El centro-oeste chaqueño es una amplia región fitogeográfica situada en las llanuras centrales de América Latina y
ambientalmente se compone de bosques secos tropicales y subtropicales. Abarca el sudeste de Bolivia, el oeste de
Paraguay y en la Argentina, el oeste de las provincias de Formosa y Chaco, casi todo el territorio de Santiago del Estero,
el oriente de Jujuy, Salta, Tucumán y el extremo norte de Córdoba.
48
se transformaron en mano de obra para los ingenios azucareros ubicados en las provincias de Salta
y Jujuy.
Finalmente, en 1911 el Coronel Enrique Rostagno comandó una expedición militar sobre los actuales
territorios de Chaco y Formosa con el objetivo de lograr el sometimiento final de las comunidades
indígenas de la región y de llevar el control de las fronteras interiores hasta el Río Pilcomayo (actual
límite con Paraguay).
Aunque una amplia mayoría de textos académicos, divulgativos y escolares producidos sobre la
llamada Conquista del Desierto Verde define este avance militar como el último, con posterioridad se
siguieron llevando adelante operaciones militares en la región.
La campaña del Rostagno comenzó en septiembre de 1911 y duró aproximadamente dos meses. Se
emprendió con cuatro regimientos de caballería que partieron desde diferentes puntos de la región.
Durante esta operación se incorporaron territorios del centro-oeste chaqueño que todavía se
encontraban bajo el control indígena que habían logrado mantenerse al margen del Estado nacional.
Esto trajo aparejado una nueva situación para la población indígena:
(…) los indígenas perdieron el acceso a los ríos, perdieron sus caballadas. Se crearon las condiciones
para la entrada en el centro-oeste chaqueño de nuevos “pobladores” (obrajeros, agricultores,
ganaderos) que con su sola presencia redujeron los campos de caza de los indígenas y espantaron a
los animales. Al mismo tiempo, el contacto, y en especial el trabajo, en los obrajes del este y en los
ingenios del noroeste fueron creando en los indígenas hábitos de consumo que solo podían satisfacer
con dinero (Iñigo Carrera, 1988, p. 11).
8
Una gran parte de este apartado se basa en Gómez (2011).
49
De todas maneras, en la zona del río Pilcomayo existían todavía muchas tolderías pilagás y qom. Así,
mediante esta campaña el gobierno se propuso establecer el dominio estatal total sobre el territorio
occidental chaqueño, proteger a las colonias ganaderas que comenzaban a establecerse en la margen
derecha del río Pilcomayo, y asegurar la incorporación de los indígenas a la agroindustria azucarera
de la región:
Hago conocer también a V.E. que obra en mi poder para hacer las gestiones ante el Ministerio de
Agricultura, una solicitud que me han entregado 50 pobladores que moran en el Pilcomayo inferior y
que son propietarios de más de 20.000 cabezas de ganado. Estas personas piden al gobierno por mi
intermedio, establecerse con una colonia agrícola pastoril en las tristes y solitarias costas del estero
de Patiño, aprovechando la protección que contra Pilagaes, Sotaigaes, Chunupíes, etc. tan numerosos
en nuestras costas del Pilcomayo y en las que pertenecen a los países limítrofes, les dan las tropas del
C/5 y C/9 [Regimiento 5° y 9° de Caballería], que acaban de ocupar esas regiones (Informe del Coronel
Rostagno, citado en Iñigo Carrera, 1984, p. 45).
El citado historiador Iñigo Carrera analiza, en sucesivos trabajos, el despliegue y los efectos de estas
campañas militares en el Gran Chaco. Puntualmente señaló el proceso de disociación que, mediante
la incorporación violenta a través de la coacción física y económica, sufrieron los grupos indígenas de
sus condiciones materiales de existencia basadas en el antiguo modo de vida cazador-recolector, y
su incorporación al modo de producción capitalista en la industria del algodón, el obraje y el azúcar.
Es importante resaltar que, al mismo tiempo que se estaban llevando adelante las campañas
militares, se fueron creando los principales ingenios azucareros en la región, como Las Palmas
(Chaco), Ledesma (Jujuy), San Martín del Tabacal (Salta), y también decenas de empresas obrajeras.
En simultáneo se comenzaron a tender las principales líneas de ferrocarril que cruzaban la región; el
ferrocarril unía los ingenios del noroeste con el Río Paraná, y permitió mantener el tránsito
económico entre las zonas del oeste y el este chaqueño.
50
Fuente: Beck (1994). Línea de fortines en 1912.
Estas prácticas de sometimiento de las comunidades tuvieron como contraparte diversas acciones
de resistencia. Por ejemplo, en 1916, tobas del lado boliviano atacaron y expulsaron de la margen
izquierda del Pilcomayo a varios ganaderos. La sublevación fue repelida mediante un movimiento
militar conjunto entre soldados bolivianos y argentinos.
En síntesis, este derrotero histórico, caracterizado por el avance sobre los territorios y una fuerte
disminución en la libertad de los indígenas para trasladarse libremente, resultó determinante para el
sometimiento de las comunidades. Así, dominadas y en condiciones de subalternidad, fueron
incorporadas al Estado nacional y al modo de producción capitalista.
Tras las campañas de Rostagno la violencia estatal no cesó, sino que fue naturalizando y
puntualizando cada vez más los territorios y cuerpos a “incorporar” y “pacificar”. A modo de ejemplo,
las comunidades indígenas del oeste del Territorio Nacional de Formosa mantuvieron cierto grado
de autonomía, pero comenzaron a negociar, intercambiar y, en muchos casos, entrar en conflicto
51
con los pobladores criollos venidos del Chaco salteño (Gordillo, 2004) que se conectaba con mayor
fuerza al oeste formoseño vía pueblos como los de Embarcación y Metán. Así, la expansión e
incorporación del oeste formoseño estuvo ligado al avance de la frontera ganadera sobre los sitios
de caza, pesca y recolección que originalmente utilizaban los indígenas, en particular grupos qom,
pilagá y chulupí, que habitaban en ambas márgenes del río Pilcomayo y se mostraban dispuestos a
defender sus dominios territoriales y formas tradicionales de vida. La llegada del ferrocarril y la línea
Formosa-Salta (1915-1931) generará un verdadero cambio en la región, con el surgimiento de
pequeños poblados a la vera del tren como Ingeniero Juárez, Las Lomitas, Pozo del Mortero y Laguna
Yema.
El Chaco Salteño
En la región del chaco salteño el establecimiento de pobladores criollos se
remonta al siglo XVIII con la concesión de tierras (mercedes en la colonia) y luego
estancias, chacras y solares para aquellos colonos establecidos en Orán, fundada
en 1794 a orillas del Bermejo. Durante 1850 y 1860 en esta zona comenzó a
impulsarse el poblamiento de criollos mediante la instalación de una línea de
fortines a lo largo del Bermejo (Fuerte Aguirre en 1864; Gorriti, Güemes y Belgrano
en 1867, y luego de la campaña de 1884 los fortines de Lavalle, Warnes y Arenales
en la zona del Bermejito y Teuco) y a partir de 1856, la fundación de misiones
franciscanas para la reducción de los wichis (Teurel, 2005). Predominaba también
el interés por abrir una vía fluvial entre el Chaco y el Litoral, por ello en 1871 se
creó la Compañía de Navegación del Bermejo. La colonia más importante fue
Rivadavia, fundada en 1862. El principal incentivo para la colonización del chaco
salteño eran las tierras aptas y disponibles para la ganadería, ya que de allí
provenía gran parte de los vacunos que abastecían a las provincias del noreste, en
particular Tucumán (beneficiada con el desarrollo de la industria azucarera),
Bolivia y la región minera de Chile. A pesar de las condiciones precarias de vida,
los departamentos salteños del Chaco Occidental mostraron un incremento
demográfico notable, hasta que las pasturas comenzaron a agotarse. A ello hay
que sumar que hacia 1869-70 el Bermejo cambió su curso, coadyuvando al
estancamiento de las poblaciones que se habían fundado a sus orillas.
52
¿Y el Noroeste argentino? Del dominio colonial a Abra de la Cruz y Quera
Si consideramos los procesos y avances estatales de la conquista de la población indígena desde una
perspectiva regional, podríamos dividir al actual territorio de nuestro país en tres grandes zonas:
Pampa y Patagonia que abordamos en la clase 2, el Gran Chaco que estamos analizando en esta clase
y lo que puede denominarse las provincias “históricas”, esto es gran parte del Noroeste argentino
(Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja, Tucumán y Santiago del Estero) provincias del litoral y secciones de
las actuales provincias de Buenos Aires, Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe.
Esta última región se diferencia de las anteriores porque, en ella, la conquista colonial se hizo efectiva
desde el siglo XVI. Varias de estas provincias (fundadas por conquistadores españoles) terminarían
definiendo sus límites en el periodo republicano, dado que muchos de sus territorios eran espacios
fronterizos compartidos o en disputa con grupos indígenas (por ej. Mendoza, San Luis y Córdoba,
norte de Santa Fe, Chaco salteño, etcétera).
A modo general, puede afirmarse que las provincias “históricas” fueron parte del proceso conocido
como la Conquista de América, mientras que Pampa y Patagonia y el Gran Chaco fueron incorporadas
por el accionar del Estado nacional argentino en la segunda mitad del siglo XIX.
Recursos:
Pueden profundizar en la larga y milenaria historia de los pueblos de la actual
provincia de Jujuy en “Quebrada de Humahuaca, más de 10.000 años de historia:
[Link] Y en la misma colección “Puna de Jujuy,
más de 10.000 años de historia”:
[Link]
53
En este punto cabe aclarar que el dominio español no fue total y encontró serias resistencias. El
ejemplo más emblemático es el largo periodo de casi un siglo que demoraron las autoridades
imperiales en someter a los pueblos originarios de los Valles Calchaquíes. Allí, a partir de la segunda
mitad del siglo XVI hubo tres levantamientos indígenas. El primero, liderado por Juan Calchaquí en
1562, con réplicas hasta fines de esa centuria. El segundo, entre 1627 y 1643, liderado por Chalimin
y con proyección en toda la región y, finalmente, el tercero y último levantamiento general de los
Valles, liderado por Bohórquez en 1659 y recién derrotado en 1666. Los españoles, luego de vencer
estas resistencias, “reubicaron” a las poblaciones Quilmes y Amaichas. Los primeros fueron
desnaturalizados en Salta, Tucumán, Córdoba, Santa Fe y mayoritariamente en el puerto de Buenos
Aires. Allí se conformó la Reducción de Exaltación de la Santa Cruz de los Quilmes, que dio origen
luego a la ciudad actual de Quilmes en la costa rioplatense (Sosa y Lenton, 2015). Como explica
Florencia Carlón (2007), los grupos relocalizados sufrieron un proceso acelerado de desarticulación
étnica, acrecentado por los efectos del cambio geográfico-ambiental y la explotación económica a la
que fueron expuestos.
Recurso
En “La clase del día: La resistencia diaguita” de la página de [Link] podés
encontrar más información acerca del proceso de resistencia, conquista y
54
desnaturalizaciones de los pueblos Quilmes en los Valles Calchaquíes y sobre el
destino de la ciudad sagrada.
Más allá de las diferencias regionales, a fines del siglo XIX el Noroeste de nuestro país también fue
escenario de campañas o acciones militares por parte del ejército argentino contra los pueblos
indígenas. Nos referimos a dos episodios: las batallas de Abra de la Cruz (diciembre de 1874) y Quera
(enero de 1875) respectivamente. El conflicto surgió a raíz del proceso de privatización de tierras en
la Puna y la Quebrada de Humahuaca, en la provincia de Jujuy, que benefició a las grandes familias
terratenientes (algunas de ellas descendientes de encomenderos coloniales) y provocó el
descontento de los arrenderos indígenas despojados de tierras comunales, quienes fueron obligados
por parte de los latifundistas a abonar todo tipo de impuestos, algunos legalmente abolidos, como el
de “servicios personales”:
(En 1870) “Los reclamos de los indígenas frente al Poder Ejecutivo Provincial se hicieron más
frecuentes. Los principales reclamos caían sobre Fernando Campero, el propietario de las haciendas
de Casabindo y Cochinoca. Los cuestionamientos ponían en tela de juicio la legitimidad, e incluso la
existencia de sus títulos y resaltaban el carácter ausentista del terrateniente, un General boliviano
residente en Tarija. Los desmedidos aumentos en las cargas tributarias hicieron que los arrenderos
indígenas se organizaran bajo la coordinación de Laureano Saravia, comerciante y Coronel de la Puna,
y de Anastasio Inca, un indígena arrendero de Suripugio, y otros “cabecillas”, emprendiendo acciones
contra Campero”.
El gobierno jujeño exigió los títulos de propiedad, Campero no cumplió y en 1872 las tierras fueron
expropiadas y declaradas fiscales. Esto desató más rebeliones y la negativa indígena de pagar
impuestos “coloniales”, además de episodios de violencia. En julio de 1874, los terratenientes
organizaron la destitución del gobernador y colocaron a José María Álvarez Prado, un latifundista
local, al frente del gobierno. Prado derogó la expropiación, le devolvió las tierras a Campero, organizó
una campaña punitiva, y marchó al frente de unos 300 hombres de la Guardia Nacional hacia el norte.
Al ser derrotado el 3 de diciembre de 1874 en el Abra de la Cruz le solicitó ayuda y refuerzos al
presidente Avellaneda. Un nuevo enfrentamiento se dio un mes después, el 4 de enero de 1875, en
Quera, donde mil hombres mejor pertrechados vencieron la rebelión y la resistencia de 700
55
indígenas. Tras la derrota de los rebeldes, comenzó una campaña de rastrillaje que terminó en la
masacre de los sobrevivientes y sus familias, jamás reconocida por el Estado argentino, y que
configura junto con las Campañas “del desierto” de Pampa-Patagonia y del Chaco, una tríada de
violencia de Estado contra los pueblos originarios (Lenton, Piaggi, Seldes y Salas, 2016).
INDIOS COMUNISTAS
En el marco de las rebeliones indígenas de la Puna de la década de 1870, el trabajo
de Lenton, Piaggi, Seldes y Salas rescata la primera acusación de comunista hacia
un grupo indígena, y tal vez hacia un grupo social en Argentina. Seguramente,
influenciados por la rebelión de la Comuna de París, en Francia, en 1871, las
excusas para avalar la represión no dudaron en emparentar las prácticas
comunitarias originarias con el fenómeno comunista, aunque, como continúa
sucediendo en la actualidad, las reivindicaciones realizadas por indígenas se
caractericen siempre como parte de una manipulación o instigación de otros
grupos que se abusan de la inocencia de las comunidades y los arrastran a la
56
protesta. Estos prejuicios obturan la posibilidad de creer que la organización
indígena sea producto de necesidades y motivaciones propias.
Las reducciones civiles estatales fueron presentadas como un cambio de paradigma que apuntaba a
la pacificación, pero, como afirma Iñigo Carrera (1984), sólo fueron posibles por el avance militar.
Son los oficiales a cargo de las expediciones quienes proponían en sus informes la creación de
“reducciones”. El Ministerio de Agricultura confeccionó el Decreto 3626 del año 1911, que fundó la
Reducción de Napalpí en Chaco y donde se explicita el espíritu de este sistema:
1º) Es un deber constitucional del Gobierno de la Nación la reducción pacífica de las tribus indígenas.
(…)
3º) Una prolongada experiencia ha puesto de relieve las aptitudes del indio del Chaco y Formosa, para
el trabajo en los ingenios de azúcar, los obrajes de madera y las cosechas de algodón, construyendo
así un importante factor económico que es indispensable conservar.
Cómo se puede inferir, las reducciones se implementaron en medio de una creciente necesidad de
mano de obra y un fuerte proceso de privatización de la tierra en el Gran Chaco. Además de las
grandes extensiones, uno de los modos de apropiación del territorio indígena fue a través de la
asignación de tierras a colonos “blancos” con los cuales el Estado buscaba promover el desarrollo
agropecuario. De este modo, en las primeras dos décadas del siglo XX fueron entregadas 2.500.000
57
hectáreas a colonos y terratenientes, cifra que representa el 25 por ciento del territorio provincial
(Giordano, 2005).
En cada reducción fueron sometidas diferentes comunidades indígenas. En Napalpí, qom y mocovíes;
9 La Comisión Honoraria de Reducciones de Indios fue creada en 1916 por decreto del presidente Victorino de La Plaza.
Dependía de la Dirección General de Territorios Nacionales, del Ministerio del Interior y centralizaba las funciones de la
Comisión Financiera Honoraria de la Reducción de Napalpí que había sido creada en 1912 para administrar la reducción
de Napalpí. Se suponía que funcionaría hasta la creación del Patronato Nacional de Indios que finalmente nunca se creó
y tenía entre sus objetivos la misión de “proteger” y “organizar el trabajo” de los indígenas.
58
en Bartolomé de las Casas y Ameghino, pilagás y qom; y en Muñiz, wichis. Un informe de la Comisión
Honoraria de Reducciones Indígenas (CHRI) del año 1936 describe cómo era la estructura edilicia de
la reducción de Napalpí:
Se compone de diversos edificios, con una administración, casas para los empleados blancos, almacén
de provisión, escuela y depósito para las cosechas. Al ingresar a la colonia, el administrador los
impone de sus deberes (a los indígenas) (…) y son alojados en vivienda de paja y adobe (…) Para sus
necesidades inmediatas se les da un crédito y al final de la cosecha, verificada la venta, se les
descuenta del total lo adelantado en víveres, útiles o ropa (…). (CHRI, Nº4, 1936).
Las reducciones fueron espacios en los que se reforzó la relación de dominación y subordinación
entre funcionarios estatales e indígenas. Los primeros ejercían tareas de control en diversas áreas,
ya que dentro de las reducciones había un gran número de instituciones, con diferentes funciones:
1) Materiales: las reducciones eran “empresas económicas estatales” donde los indígenas eran
obligados a trabajar en condiciones de servidumbre (sin una paga equitativa por su labor, sin libertad
de movilidad y, obviamente, sin derechos laborales). Trabajaban en el desmonte, en la producción
de rieles para el ferrocarril, en la cosecha del algodón, mandioca, etcétera.
3) De control: el sistema de reducciones convivió con las tropas militares como parte de la conquista
armada del Chaco que se extendió hasta 1938, cuando se concretó la conquista definitiva del
territorio.
La estrategia “pacífica” de las reducciones necesitó su contraparte “violenta” a través del accionar
militar en la región, que no solamente las posibilitó, sino que se mantuvo durante casi treinta años
debido a que los indígenas continuaron resistiendo la expansión estatal de diversas formas. Esta
coexistencia de las reducciones y la presencia del ejército implicó una clasificación entre los indígenas
entre quienes eran considerados “decentes” —los que poseían documentos que certificaban su
condición de “pacificados” dentro de una reducción— y aquellos que eran denominados
“montaraces” —quienes podían ser atacados por las tropas dada su condición salvaje—. Los
59
indígenas reducidos utilizaban sus “pasaportes” para evitar conflictos con las tropas de ocupación o
la policía, sobre todo cuando debían ir de un lugar a otro saliendo de la reducción.
El sistema de deudas es central para comprender cómo funcionaban las reducciones. Este se iniciaba
cuando las familias ingresaban a la reducción y se les entregaba una serie de víveres y bienes. Dicha
“entrega” era el inicio de una deuda que nunca iba a ser saldada. Al ingresar a las reducciones, las
familias indígenas recibían tierras para el cultivo y para labores específicas en explotación maderera.
Todo lo producido por los trabajadores indígenas era comprado por el administrador de la reducción
a precio vil. Además, cada reducción tenía su almacén y los indígenas estaban obligados a comprar
allí (no tenían permitido salir a otro lugar), lo cual hacía que pagarán un precio desmedido. Como
afirma Arengo (1996), el poder de la deuda es una de las formas que adquiere la dominación ya que
produce una relación social de dependencia. Muchos administradores de reducciones comenzaron a
denunciar a los indígenas cuando no pagaban sus deudas.
Dentro de la reducción, el trabajo era controlado por los capataces que hacían rondas diarias. Existe
gran cantidad de informes confeccionados por los administradores en los que detallan la “poca
laboriosidad”, la “ineptitud” o la condición de “bueno”, “malo” o “regular” de los indígenas
reducidos.
Sin embargo, como anticipamos, este control despiadado sobre familias indígenas reducidas
coexistió con procesos de resistencia. En diversos relatos de quienes formaron parte de las
reducciones se menciona cómo “escapaban” de ellas, mientras que caciques de la zona fueron
denunciados por los administradores por “llevarse a su gente” y vaciar la reducción (Musante, 2018).
Otras formas de resistencia, como el caso de las sublevaciones de Napalpí, Zapallar y Rincón Bomba
que veremos a continuación, tuvieron consecuencias más trágicas para las familias indígenas del
lugar.
60
Entre Pampa, Patagonia y el Gran Chaco. Procesos históricos y
configuraciones actuales
Una perspectiva comparada respecto del avance estatal en Pampa, Patagonia y el Gran Chaco arroja
aspectos en común, pero también especificidades. En principio, podemos advertir diferencias en el
marco temporal, dado que en el sur del país el gobierno impuso el fin de las autonomías
comunitarias, el control y el reparto de los territorios y los cuerpos indígenas, en el transcurso de la
década de 1880. Si bien el proceso fue complejo y se extendió por mucho tiempo más a través de la
intervención de la policía fronteriza o de fuerzas paraestatales financiadas por capitales privados, es
indudable que el inicio oficial de las campañas militares en el Gran Chaco se debate en el Congreso
Nacional teniendo en cuenta las consecuencias y las críticas sobre la Conquista del Desierto.
A diferencia del Gran Chaco, no se practicó en el Sur la lógica de las reducciones estatales, modalidad
que en el Norte permitió contar con mano de obra disponible y territorialmente estacionada.
Es decir, en Pampa y Patagonia primó la concentración y luego el reparto de prisioneros para distintas
funciones, pero no tuvo lugar, como en el Gran Chaco, la implementación de reducciones a cargo del
Estado, quien, en esos espacios, en gran parte del siglo XX, disciplinó y organizó a las comunidades
para explotarlas como fuerza de trabajo en actividades productivas. Cabe aclarar, sin embargo, que
muchos de los indígenas sometidos en los primeros tramos de la Conquista del Desierto Verde
también fueron confinados en campos de concentración como el de la isla Martín García.
Otra cuestión diferencial fueron las masacres de indígenas que tuvieron lugar en Chaco (Napalpí,
1924 y El Zapallar, 1933) y Formosa (La Bomba, 1947) originadas por la pervivencia de las nociones
de barbarie y salvajismo combinadas con el temor a ciertas formas de organización o reclamos de las
comunidades indígenas.
En la actualidad existen numerosos conflictos territoriales y reclamos por justicia, los que no pueden
61
aislarse de procesos históricos y reivindicaciones sobre los distintos derechos de los pueblos
indígenas. Pero es importante advertir que, en buena medida, los conflictos territoriales resurgen
como resultado de una nueva etapa de ocupación del espacio social agrario en el país producida en
las últimas décadas, que ha tenido como consecuencia la expulsión de comunidades y familias
indígenas que no poseen títulos de propiedad de la tierra, sino que, en ocasiones, cuentan con
permisos precarios de ocupación o títulos a nombre de individuos particulares, pero que no incluyen
a todo el grupo que forma parte de la comunidad. Estas situaciones legalmente precarias, en un
contexto de creciente interés por el espacio rural para su utilización con fines inmobiliarios, agrícola-
ganaderos, turísticos y/o mineros, puso en jaque a familias que, generación tras generación, se
habían criado en los márgenes productivos.
Esto también afectó a muchas familias indígenas que vivían en pueblos y ciudades, pero que, debido
a los procesos de reemergencia étnica y reconocimiento de derechos, habían comenzado a desandar
sus itinerarios forzados y a revitalizar su relación con el territorio de sus ancestros o de su propia
niñez. De ahí que tanto recuperaciones como defensas territoriales se vinculen con el resurgimiento
de identidades indígenas desde ámbitos rurales y urbanos. A estas recuperaciones, jurisprudencias y
convenios internacionales, los organismos de justicia locales han respondido lentamente en el
reconocimiento de derechos, produciéndose en ocasiones lamentables situaciones de violencia y
desalojo. Pero también actualmente somos testigos de una visibilización de la problemática indígena
y de fallos favorables a los intereses de los pueblos originarios que van en consonancia con el
creciente respeto a los derechos humanos que emergió a partir de la recuperación democrática de
1983.
Foro de intercambio
En los últimos años han logrado cobrar mayor visibilidad tres de los episodios más
trágicos perpetrados contra la población indígena en las actuales provincias de
Chaco y Formosa. Hablamos de las masacres de Napalpí (1924), Zapallar (1933) y
Rincón Bomba (1947). Les proponemos leer con atención las notas que se detallan
a continuación y mirar el documental Octubre Pilagá que explica con gran detalle la
62
masacre de La Bomba (1947):
Napalpí:
Los puntos principales de la sentencia del Juicio por la verdad de Napalpí (1924)
Zapallar:
[Link]
Rincón Bomba:
63
¿Conocían estos hechos? ¿Sabían que los testimonios de los sobrevivientes y sus
descendientes permitieron dar luz a estos eventos traumáticos de nuestra historia?
¿Estaban informados sobre los juicios llevados adelante sobre estas masacres?
En el Foro, les proponemos que a partir de los puntos principales de la sentencia del
Juicio por la Verdad de Napalpí, seleccionen un punto y observen, analicen y
argumenten su importancia para la no repetición de estos crímenes de lesa
humanidad. Compartamos la reflexión en el foro.
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Barco Edita, pp. 61-88
Teurel, Ana (2005). Misiones, Economía y sociedad. La frontera chaqueña del Noroeste Argentino en el siglo
XIX. Bernal, Universidad Nacional de Quilmes.
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Créditos
Autores: Cristina Gómez
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Módulo 3: Pueblos indígenas. Violencias de larga duración entre el pasado y el presente
● Sometimiento y después. Los indígenas desde el fin de las campañas militares hasta la
primera mitad del siglo XX.
● Los pueblos originarios entre 1955 y 1983: incorporación, militancia y represión.
● La recuperación democrática y el presente: normativización y emergencia (1983-2016).
● Pueblos indígenas y escuela. Los desafíos de una relación compleja.
Introducción
En esta última clase les proponemos pensar sobre la relación entre los pueblos indígenas y el Estado
desde el presente, analizando algunos sucesos fundamentales de los siglos XX y XXI, y enfocándonos
en los abordajes educativos en relación al tema.
A la par de la construcción del Estado nacional, hacia fines del siglo XIX, se consolidó un sistema
educativo que, como vimos en las clases anteriores, pregonó y difundió la idea de un país
monocultural de origen migrante europeo. En esa perspectiva, luego de abordar la Conquista del
Desierto, solemos encontrar que los manuales escolares desarrollan, en general, un relato de
crisoles, inmigrantes, ferrocarriles y capitales extranjeros que borran la existencia y la presencia de
los pueblos indígenas. En ocasiones se incluyen nociones vagas y ambiguas y se los describe como en
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vías de extinción o protagonistas de un tiempo pasado. Esos relatos se han cristalizado y forman parte
de distintas publicaciones escolares que, por lo menos, se difundieron hasta el final de la última
dictadura militar argentina (1976-1983), cuando la recuperación democrática dio lugar, de manera
gradual, a posturas críticas del proceso de construcción nacional y se encararon prácticas educativas
más respetuosas de la diversidad cultural.
La Ley de Educación Nacional del año 2006 establece como parte de los fines y
objetivos de la política educativa nacional “asegurar a los pueblos indígenas el
respeto a su lengua y a su identidad cultural, promoviendo la valoración de la
multiculturalidad en la formación de todos/as los/as educandos/as” (Cap. II, art.
11). De este modo, mediante dicha ley, la Educación Intercultural Bilingüe (EIB)
comienza institucionalmente al formar parte del sistema educativo nacional como
una de las ocho modalidades que este reconoce junto a los tres niveles de
educación obligatoria (Inicial, Primaria y Secundaria) y a la Educación Superior
(Cap. IX, arts. 52 a 54).
A partir de la aprobación de la Ley de Educación Nacional, el Consejo de
Educación Federal de Educación (CFE) empieza a revisar y a modificar los
Núcleos de Aprendizajes Prioritarios (NAP) que prescriben los contenidos
curriculares mínimos obligatorios para todos los niveles educativos.
Por ejemplo, los NAP establecen que durante la Educación Primaria la escuela
deberá ofrecer situaciones de enseñanza que promuevan en los alumnos y
alumnas “la construcción de la identidad nacional respetuosa de la diversidad
cultural”.
Del mismo modo, durante el Ciclo Básico de la Educación Secundaria en el área
de la Formación Ética y Ciudadana la escuela deberá promover “el
reconocimiento de los derechos políticos, sociales, económicos y culturales de
los pueblos originarios, los afrodescendientes y otras minorías a partir de las
formas de resistencia de estos grupos en la actualidad”.
Por otro lado, para favorecer a una nueva mirada del proceso de construcción
nacional, los NAP establecen que durante el Ciclo Orientado de la Educación
Secundaria, en Ciencias Sociales y Formación Ética y Ciudadana, deben
propiciarse situaciones de enseñanza que “promuevan el reconocimiento de
genocidios y crímenes masivos como casos extremos de discriminación y
negación de la identidad, con especial referencia a: la conquista de América, la
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conquista del “Desierto”, el genocidio armenio, el Holocausto-Shoá, el Apartheid,
el terrorismo de Estado en Argentina, y otros casos actuales”.
Este y otro tipo de normativas, programas y proyectos son muy importantes porque implican un
cambio de perspectiva: el abandono de la prédica y las caracterizaciones racistas y discriminatorias
sobre la población originaria, discurso que enmarcaba el relato celebratorio y acrítico del proceso de
conformación estatal. Por otro, invita a pensarnos desde un lugar diferente, no como parte de una
identidad nacional excluyente de origen europeo y distinta respecto del resto de América Latina, sino
como un país pluricultural en el cual se valorizan las identidades diversas.
Para el resto, la tónica general fue la circulación por distintos espacios, la proletarización de sus
integrantes en tareas rurales y el servicio en estancias o en la periferia de los incipientes poblados. El
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acceso a la tierra, en la mayoría de las historias de las comunidades, habla de la adquisición de un
lote familiar en los márgenes a través de la compra y no por cesiones a un grupo, salvo excepciones.
En ese escenario, la proletarización comenzó a formar parte de la vida de los indígenas sobrevivientes
de las campañas militares. Comenzaron, entonces, los largos peregrinajes de los indígenas por
amplias zonas (Delrio, 2005), siempre con el temor a cuestas de una nueva irrupción del ejército, y
en búsqueda de lugares de asentamiento y posibilidades de trabajar, ya no como comunidad
indígena, sino como individuos (des)marcados y catalogados como “paisanos”.
Así, el “problema del indio” dejó de ser tal en tanto las autonomías indígenas y su población fue
repartida y/o incorporada de modo desmarcada en clave individual, por lo general, en el escalafón
más bajo de los sectores populares del flamante Estado argentino.
Este momento histórico, que narra el pasaje de la vida comunitaria a la incorporación subordinada,
es trascendental para recuperar los sucesos posteriores y la presencia indígena durante el siglo XX y
en la actualidad y, a la vez, permite confrontar con la construcción de una narrativa escolar que
cristalizó las nociones de extinción del indígena, caracterizado como un actor social del pasado.
El presidente de la República recibió ayer en audiencia a la delegación de caciques venidos del Sur, de
la región inmediata a la cordillera en que viven, solicitan el título definitivo de las tierras que ocupan
desde muchos años, y que ellos consideran más necesario ahora que el gobierno practica una
investigación (…). Respondió el presidente a la delegación que el Gobierno se ocupara del asunto,
dando a los indios todo lo que en justicia les correspondiera afín de que pudieran continuar llevando
70
la vida tranquila a que están entregados, labrando el porvenir del suelo patrio. (en Pérez 2013, p.571).
En los años que siguieron al encuentro con el gobierno, los caciques de la Patagonia continuaron
impulsando una organización que pudiera representar a los indígenas de los Territorios Nacionales
del Sur. Primero con una comisión que, con tenacidad y pese a las persecuciones, logró hacerse
visible, y luego formalmente con la creación, en 1920, de la Asociación Nacional del Aborigen (ANA),
organización que logró interpelar a las autoridades mediante peticiones y denuncias, representando
a comunidades y a familias “sueltas”. En especial, esta asociación llevó a cabo una persistente
campaña para evitar desalojos, eximir el pago del pastaje –un canon anual que permitía el pastoreo
en tierras fiscales y que despertaba múltiples demandas–, y fomentó la participación de sus
referentes en el Estado. Al mismo tiempo que se daban estas acciones, se llevaban adelante masacres
como la de Napalpí (1924), que abordamos en la clase anterior, y los fusilamientos en Santa Cruz,
frente a la demanda de los peones rurales en las huelgas de la década de 1920, acontecimiento
conocido como Patagonia Rebelde o Patagonia Trágica, y que tuvo como protagonista al teniente
Héctor Varela, un militar que había integrado las expediciones contra los indígenas durante la
Conquista del Desierto.
Años más tarde, la irrupción del peronismo impulsó un cambio de perspectiva desde el Estado en la
relación con los pueblos indígenas. Si bien se crearon organismos específicos como la Dirección de
Protección al Aborigen, que reemplazaba a la Comisión Honoraria de Reducciones de Indios (CHRI)
fundada en 1916, que pregonaba la “protección” como un deber estatal, por otro lado el desarrollo
de diversas prácticas de regulación y normalización terminó subsumiendo al actor indígena dentro
del “pueblo trabajador” de la Nueva Argentina, condición necesaria para ser receptores de la justicia
social. Es decir, los beneficios de lo que Torre y Pastoriza (2002) denominan la “democratización del
bienestar” se dieron en tanto sujetos proletarizados que comenzaron a gozar de una política de
ampliación de derechos y no por su adscripción identitaria originaria o comunidad indígena.
10
Decreto 28.169 de 1944.
71
de incorporación en trabajos rurales como peones o jornaleros, a partir de derechos como el
descanso, las vacaciones, y mejores condiciones laborales normativizadas por la Secretaría de
Trabajo y Previsión.
En esa línea, la política de tierras del peronismo que incluyó algunas expropiaciones de grandes
extensiones y creación de granjas, especialmente en la provincia de Buenos Aires, si bien no benefició
a las comunidades de forma directa, éstas asistieron por primera vez a un accionar estatal concreto
de reparación bien distinto a la experiencia de despojos violentos y reparto de los territorios en
grandes estancias a actores privados dinamizada desde la Conquista del Desierto (1878-1885).
Por tanto, es imposible responder respecto en qué medida el peronismo pudo haber ejercido una
atracción para habilitar membresías o militancias partidarias y/o sindicales al justicialismo. Lo que sí
es un hecho es la certeza de encontrar referentes indígenas actuales, con pasados migrantes propios
o familiares, con antepasados, o ellas/os mismos incluso, vinculadas/os a militancias tradicionales
(partidos, sindicatos, etc.). Esta situación está ligada a un fenómeno que también involucró a las
poblaciones indígenas: las migraciones internas que tuvieron lugar a partir de las décadas de 1930 y
1940.
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tierras. Tres meses de iniciada, la marcha llegaba a Buenos Aires.
La llegada despertó simpatías, pero también miradas de desaprobación. Estas
miradas encontradas sobre los indígenas se dieron dentro del mismo peronismo,
que recibió presiones de sectores terratenientes (D’Addario, 2015). El diputado
justicialista Guillot, en un debate parlamentario, expresaba el discurso
paternalista y conservador al calificar a los kollas como “extraños (que)… no
entienden de principios jurídicos, (...) no han leído nada; pero ellos saben que en
la noche de los tiempos, por mandato divino, Dios puso sobre la tierra a sus
antepasados para regalarles el pedazo sobre el que habían apoyado sus
plantas. ... Son más sencillos en su mentalidad de niños…”. Guillot despolitizó al
Malón de la Paz, le sustrajo capacidades políticas a los kollas, pero a la vez
procurando restar peligrosidad al pedido de expropiación y devolución de tierras
(Lenton, 2010).
El 3 de agosto de 1946 Perón recibió a los representantes de el Malón de la
Paz, quienes le entregaron sus peticiones. Las autoridades alojaron a los
kollas en el Hotel de Inmigrantes donde aguardaron casi un mes una
respuesta a sus peticiones. En ese lapso los indígenas pasaron de ser
reconocidos por distintos medios hasta caer en el olvido. Hacia fines de
agosto fueron desalojados del hotel y “envagonados” a la fuerza en un tren que,
custodiado por el Ejército, los llevó hasta Abra Pampa (Jujuy). Sin embargo, tres
kollas lograron escapar de la formación y se quedaron en Buenos Aires, donde
fueron recibidos por el Teniente Bertonasco y lograron llegar nuevamente a
Perón, donde renovaron sus pedidos. Poco cambió en los años subsiguientes,
aunque como consecuencia de la movilización, en 1949 se impulsó la
expropiación de algunas estancias puneñas (Reyero, 2010) que por diversas
trabas burocráticas no se materializaron en entrega de tierras a las comunidades
indígenas.
El joven Atahualpa Yupanqui conoció en Tucumán al Malón de la Paz. Tras el
desalojo escribió una carta, que en un fragmento expresaba:
Hermano Kolla, te lo advertí, hermano Kolla. Recuerdas que te hablé de
Condorcanqui, de Katari, de Pillipico? Ellos también como tú, se echaron el sol al
hombro y caminaron senderos del Ande hasta las Pampas desiertas (…) Te vi
pasar por los caminos del Tucumán, saludé tu esfuerzo con mi mayor alarido.
(…) Tú, indio del Ande, mestizo de la Puna, huésped de Buenos Aires, fuiste
echado a patadas. Roto quedó tu erkencho. Destrozado tu bombo. Con las
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hilachas de tu pobre poncho enjugaste tu llanto. Tu llanto, hermano kolla. ¡Cómo
me duele tu llanto que es el mío y el de todos los que animamos nuestro corazón
para mostrar la injusticia de tu voz!
Otro aspecto importante es que, con la salvedad de Tierra del Fuego, a fines de la década de 1950
los Territorios Nacionales incorporados a partir de las campañas militares del siglo XIX ya se habían
convertido en provincias, lo que planteó escenarios específicos respecto a las políticas indigenistas y
la relación con las comunidades. Un ejemplo de esto son las acciones del Movimiento Popular
Neuquino (MPN) que, durante la década de 1960, activó una política de reconocimiento de
comunidades y la regularización de tierras tanto para indígenas como para estancieros.
Entre 1966 y 1968 se llevó adelante un censo indígena (inédito hasta ese
momento) que mostró la existencia de unos 165.000 originarios entre un
total de 23 millones de personas. Cálculo “conservador” dado que el censo
tuvo serias deficiencias, fue realizado por etapas a lo largo de un período
prolongado y solo cubrió a comunidades indígenas rurales que “cumplieran” con
“requisitos étnicos” como hablar el idioma nativo.
El dispositivo, impulsado por el gobierno de Arturo Illía en 1965 a través de un
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decreto (3.998/65) a priori reconocía 16 pueblos indígenas e incluía preguntas
acerca de 14 ítems: ubicación geográfica, número de habitantes, toponimia,
ocupación, alfabetización, salud, estructura política y religión. Podés consultarlo
completo aquí:
[Link]
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En cuanto a los indígenas, hemos mencionado el proceso de migraciones internas hacia las ciudades
–congruente con el desarrollo urbano producto de la industrialización por sustitución de
importaciones iniciado en la década de 1930– y, en muchos casos, las adscripciones en movimientos
y organizaciones políticas y sindicales. Al mismo tiempo, y a tono con un contexto de fuerte ebullición
política y de demandas sociales, también se dieron procesos de organización y encuentro. Entre ellos
podemos destacar la Primera Asamblea Indigenista Chaqueña, realizada en 1958 en Resistencia, que
fomentó la conformación de cooperativas agrícolas, y el “Cursillo para Líderes Indígenas del
Neuquén”, llevado a cabo en junio de 1970 en la Escuela Mamá Margarita de Pampa del Malleo,
organizado y conducido por sacerdotes cercanos al obispo Jaime De Nevares y que llevó a la
75
fundación de la Confederación Indígena Neuquina (CIN).
Con el golpe del 24 de marzo de 1976 se impuso el terrorismo de Estado en todo el país y la violencia
represiva alcanzó todos los ámbitos sociales, políticos y culturales. En ese contexto es difícil
establecer si la represión sobre los indígenas devino por su militancia en el movimiento indígena, o
si por el contrario su persecución correspondió a su actuación en otros movimientos sindicales,
políticos, etc., por fuera de su actuación “indígena”. El estudio de los destinos sufridos por varios
militantes originarios revelan que los casos variaron entre el “exilio interno tranquilo” hasta la tortura
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y la desaparición. En cualquiera de los casos, lo que ha sido constante es la desestimación política de
funcionarios y representantes indígenas, coincidente con la aseveración extensamente difundida de
que los originarios no tenían pensamiento político, o este les había sido inculcado por “infiltrados”
no indígenas.
En el plano simbólico, 1979, el año del centenario de la Conquista del Desierto11, expresó un hito que
amalgamó la relación entre Estado y pueblos indígenas mediante una operación que, a partir de la
recuperación de un proceso histórico (las campañas militares contra los indígenas), brindó la
argumentación para los dispositivos represivos del terrorismo de Estado que se estaban
instrumentando. En ese marco se creó una Comisión de Homenaje que impulsó distintos eventos,
congresos y publicaciones sobre la “epopeya” de la conquista, “gesta” que posicionaba al Ejército
nacional como baluarte de “argentinidad” ante los elementos disolventes. De este modo, los
indígenas del siglo XIX, devinieron en los subversivos del siglo XX (Ottini, 2020).
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las comunidades mapuche de Aluminé. El 22 de agosto de 1976, cuando tenía
23 años, fue secuestrado en su casa del barrio Villa Florencia de la capital
neuquina por un grupo de tareas perteneciente al Ejército. Hoy es una de las
víctimas de la política de desaparición de militantes políticos incluida en la causa
judicial denominada “Escuelita II” por el Centro Clandestino de Detención
cercano al Batallón de Ingenieros 181 de la ciudad de Neuquén, donde se probó
que Aigo estuvo detenido junto con otros militantes barriales (entre ellos hay
varios mapuche: Nelly Curiman, los hermanos Pinchulef, etc.). La relación entre
el Terrorismo de Estado y el genocidio histórico de los mapuche fue
explícitamente mencionada por los testimoniantes durante las audiencias.
Abelardo Coifin era miembro del Lof Namuncura, entonces llamado Agrupación
San Ignacio, en la provincia de Neuquén. El 25 de mayo de 1973 comenzó su
mandato como primer Diputado mapuche en la Legislatura provincial, en el
bloque del FREJULI. Coifín realizó enérgicos reclamos por la cuestión territorial
mapuche, entre las que se destaca su denuncia acerca del despojo a las
comunidades de 70.000 hectáreas en la provincia, a manos del Ejército. Durante
el 2do Parlamento Nacional de 1973 fue acusado de “montonero” y atacado por
un integrante del grupo de tareas de Raúl Guglieminetti. El golpe militar de
marzo de 1976 interrumpió su mandato. No fue detenido y falleció poco antes del
regreso de la democracia.
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detenidos 32 mineros de El Aguilar y un sacerdote. Nueve de aquellos mineros
están hoy desaparecidos. Bazán fue liberado en julio de 1977, hasta su nueva y
definitiva desaparición en Termas de Reyes en octubre de 1978.
La reglamentación de esta ley en 1989 dio creación al Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI);
ente que ejecuta y fiscaliza las normativas relativas a los pueblos indígenas. Años más tarde, en 1994,
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se consiguió la incorporación del Artículo 75, inc. 17 en la flamante Constitución Nacional, el cual
reconoce, entre otras cuestiones, la preexistencia de los pueblos indígenas respecto a la
conformación del Estado argentino.
En 1992 las campañas contra los festejos por el V Centenario del llamado “Descubrimiento de
América” impulsaron debates públicos que incrementaron la visibilidad de los pueblos originarios y
sus demandas y despertó la preocupación de los servicios de inteligencia del Estado, como la
Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA), organismo que se
infiltró en los encuentros y eventos para difundir y organizar los contrafestejos ese 12 de octubre 12.
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emerge cuando los originarios se organizan y demandan. Desde esta perspectiva,
las comunidades no poseen motivaciones o agenda propia sino que son parte de
engaños y manipulaciones de agrupaciones no indígenas.
En la actualidad, una de las demandas centrales de los indígenas es el territorio. Como hemos visto
a lo largo de las clases, esta cuestión no es para nada nueva. Sin embargo, hacia mediados de los
años noventa se presentan algunas particularidades en las luchas territoriales: los cortes de ruta, las
tomas de edificios y espacios públicos, y la recuperación territorial como práctica de justicia se
convirtieron en herramientas dentro de las dinámicas reivindicativas y organizativas de algunas
agencias indígenas. En esa línea, merece particular consideración la Ley 26.160, sancionada en 2006,
que impulsó el Relevamiento Territorial de Comunidades Indígenas, declaró “la emergencia en
materia de posesión y propiedad de las tierras que tradicionalmente ocupan las comunidades
indígenas” (art. 1) y suspendió “la ejecución de sentencias, actos procesales o administrativos, cuyo
objeto sea el desalojo o desocupación de las tierras contempladas en el artículo 1º”. A su vez, la Ley
dispuso que: “La posesión debía ser actual, tradicional, pública y encontrarse fehacientemente
acreditada” (Art. 2).
Los relevamientos previstos por la Ley comenzaron a realizarse por todo el país progresivamente, y
han arrojado importantes resultados con el reconocimiento de diversos territorios a favor de los
pueblos indígenas. Sin embargo, que el plazo inicial de cuatro años debió prorrogarse en varias
ocasiones ya que en muchas provincias aún no se haya concluido la tarea, también es un síntoma de
las limitaciones para la aplicación y cumplimiento de las normativas.
Las demoras no pueden entenderse si no se considera que las demandas por las tierras han desatado
la reacción de grupos de poder y medios de comunicación que han intentado deslegitimarlas, como
en Patagonia con los mapuches y en el NEA con los guaraníes, con acusaciones de extranjería de estos
grupos o incluso disparatadas acusaciones de alianzas con grupos terroristas de lugares distantes de
nuestro país. En los últimos años, y hasta la actualidad, hemos visto, escuchado y/o leído discursos
de odio que enfatizan el peligro del indígena, sobre todo en cuanto los reclamos pasan a estar
centrados en el acceso a la tierra. Estos discursos, lamentable pero lógicamente, se han traducido en
represión, asesinatos, y desapariciones que vuelven a marcar el racismo implícito con el que se
manejan ciertas problemáticas cuando atañen a pueblos originarios.
81
A su vez, las migraciones y la situación en ciudades y pueblos deviene un tema fundamental para
pensar a los originarios en el presente en función de que, en la actualidad, más de la mitad de los
indígenas vive en contextos urbanos y periurbanos. Este dato es de vital importancia para el abordaje
en el aula. Cuando hablamos de indígenas, un buen punto de partida es conocer la situación actual y
romper con el estereotipo de comunidades radicadas en parajes rurales. No porque no existan estas
últimas, sino porque vivir en un pueblo o ciudad, como parte de una organización o sin adscripción a
una comunidad, es una de las tantas situaciones y modalidades de ser y de vivir como pueblo
originario en el siglo XXI.
Al respecto existen estudios académicos que analizan las trayectorias y migraciones indígenas hacia
la ciudad de Buenos Aires y el conurbano, y cómo las experiencias previas en diversas organizaciones
y movimientos confluyeron en los años noventa, descentralización neoliberal mediante, en procesos
de organización política y demandas étnicas. En ese contexto, la autonomía de los municipios que
fomentó el artículo 123 de la Constitución Nacional de 1994 y la aparición de nuevos distritos,
impulsó a distintas familias indígenas a delinear objetivos específicamente etnopolíticos vinculados
a reclamos por el reconocimiento, la identidad y los territorios en el marco de una mayor
participación política en Buenos Aires y la capitalización de experiencias políticas barriales de décadas
pasadas.
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Mirta Millán, ser docente y mapuche en la provincia de Buenos Aires
Mirta Millán nació en Río Chico, un pequeño pueblo de Río Negro, y en el 2000
conoció a Darío Puñalef en un parlamento indígena llevado a cabo en Olavarría.
De familia numerosa, Mirta narra que sus hermanos han nacido en distintas
provincias y circunstancias y que por cuestiones de salud, cuando era pequeña,
su padre ferroviario pidió el traslado a Bahía Blanca, donde transcurrió gran
parte de su vida. En la actualidad es integrante de la comunidad indígena urbana
Pillán Manké y es directora de la Escuela de Educación Estética N° 3 de
Olavarría, provincia de Buenos Aires:
En tal sentido, es interesante reflexionar sobre estos temas en el ámbito educativo. Poder indagar
acerca de la composición intercultural de nuestros pueblos y ciudades, en especial en un presente
en el cual muchos originarios han debido migrar hacia zonas urbanas o periurbanas, entre otras
razones, fundamentalmente, por la pérdida de sus territorios o por las condiciones de explotación
impuestas. Las aulas nos brindan un espacio propicio para repensar quiénes somos, quiénes
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queremos ser y cómo abordar la diversidad cultural desde el presente y no como una historia de
otros, de pueblos que ya no existen. Apostamos a que el hecho de poder repensar nuestra identidad
a partir de la revisión de los procesos históricos, la relación entre Estado(s) y pueblos indígenas y el
análisis de las trayectorias de los originarios, permita construir un nosotros distinto, una escuela que
se reconozca en la diversidad.
Proponemos un último apartado donde analizaremos enfoques clásicos e históricos sobre los
pueblos originarios y esbozamos algunos lineamientos para abordar el tema en las escuelas.
En principio, como vimos en la clase 1, la escuela fue uno de los dispositivos fundamentales en
consolidar la noción de una identidad nacional sin indígenas, institución que tuvo la misión de
fomentar la cohesión nacional, sentidos de pertenencia, la moralización de la sociedad y el
mantenimiento del orden social (Lionetti, 2007), aspectos para los cuales la enseñanza patriótica
cumpliría un rol determinante.
En ese marco, las campañas militares son inscriptas en un encadenado celebratorio y elogioso de
presidentes que incluyen a Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca. Por ejemplo, en uno de los libros
escolares escritos a fines del siglo XIX pero que en la década de 1930, cuarenta años después, seguía
formando parte del material utilizado en los establecimientos, un apartado dedicado a Avellaneda
sugiere: “El hecho más importante de su gobierno fue la expedición al desierto, iniciada por el Dr.
Alsina y felizmente terminada por el General Roca, que dio seguridad a los campos y entregó a la
colonización 15.000 leguas de territorios”. (Aubin, José María, 1936. Historia Nacional. Ed. Estrada,
5to grado). Como puede observarse, la Conquista del Desierto es descrita en términos exitosos y no
se mencionan sus consecuencias, al menos para los pueblos indígenas. Tal vez una de las mejores
síntesis de estos libros que resaltaban los logros de los próceres fue un texto oficial de 1909 para la
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escuela primaria, adoptado por concurso, cuya autoría es de Enrique de Vedia:
Breve y directo, en esas líneas se exhiben tres tópicos clásicos sobre el tema: 1) los indios eran
salvajes; 2) Los originarios ya no existen en nuestro país (¡no queda ni uno solo! se alegra el alumno);
y 3) la singularidad de la Argentina en ser la “única nación americana sin indios dentro de sus
fronteras”.
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A lo largo de las siguientes décadas, diversas publicaciones hicieron hincapié en el “problema del
indio” sintetizado en un actor social violento y salvaje que invadía las estancias. De modo implícito
se daba por sentado que el territorio le pertenecía a los criollos. No se mencionaba allí la constante
expansión territorial de los estados provincial primero y nacional después. Por otro lado, la
descripción de los indígenas era reducida a sus actividades bélicas y se ignoraban las relaciones
interétnicas caracterizadas por, además de la violencia que era bidireccional, los vínculos
comerciales, los acuerdos diplomáticos, los intercambios epistolares, etc. De este modo, la violencia
estatal es caracterizada como una respuesta:
Así, con matices, el relato se mantuvo hasta la recuperación democrática de 1983 y se fue
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modificando, especialmente, con la fragmentación del sistema educativo dispuesto por la Ley Federal
de Educación de 1993 que delegó la organización, estructura y el financiamiento del sistema
educativo en cada una de las provincias. Como consecuencia, los antiguos manuales se tornaron
inservibles y una nueva generación de textos, publicados en general por grandes empresas
editoriales, con otros enfoques, diseños e incorporación de tecnologías, dieron lugar a perspectivas
menos celebratorias y más apegadas a los procesos históricos. Con mayores avances en algunos
temas y con la continuidad, en algunos casos, de los mismos problemas de sus antecesores, o con la
aparición de frases ambiguas e intentos de una escritura supuestamente neutral y objetiva, el
sometimiento indígena dejó de ser narrado como una política digna de elogio:
“Los indios consideraban a los blancos como los invasores de un territorio que
les pertenecía… los criollos pensaban que los indígenas eran salvajes que no
debían ser considerados como seres humanos. Creían que eran un obstáculo
para el avance de la civilización. El final de la historia previsible: tiñó de sangre
las pampas” (Ciencias Sociales 6, Estrada, 1998).
“en pocos meses murieron cerca de 1600 indios y otros 14000 fueron sometidos
a los blancos…” y se plantea la pregunta “¿qué es respetar una cultura distinta?”
(Ciencias Sociales 6 EGB. Santillana, 2000).
“por la crueldad con la que se atacó a los indígenas, ya que para lograr el
objetivo de unificación del territorio nacional, se sometió, expulsó y exterminó a
las tribus de la región” (H1. Historia Argentina y latinoamericana (1780-1930),
Tinta Fresca 2006).
Como ya se mencionó, una nueva normativa, sancionada en 2006, la Ley de Educación Nacional N°
26.206, le dio otro lugar e importancia a la temática e impulsó diversas políticas educativas, entre
ellas la elaboración de materiales y la implementación de cursos de capacitación como el que están
cursando aquí. En correlato, en los últimos años otros recursos van ampliando la perspectiva e
incorporando contenidos más propicios para las escuelas. Con todo, siguen existiendo manuales y
diseños curriculares con nula renovación y actualización en los abordajes sobre el tema.
Finalmente, más allá del acceso a las publicaciones, es posible pensarnos como docentes situados en
el aula y compartir algunas ideas y nociones. ¿Qué planteos nos permiten acercarnos de manera
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efectiva al abordar el tema y cuáles no? Enumeramos algunos de los “errores” más comunes:
● Ubicación de los pueblos indígenas en el pasado. “Vivieron”, “realizaban”, “habitaron”, etc. Hay
un uso de verbos en pretérito y sin un anclaje temporal preciso, desconectando estos pueblos
con los procesos actuales de reivindicaciones culturales y territoriales.
● Confección o presentación de mapas étnicos con faltantes de pueblos, errores conceptuales (no
considerar al pueblo mapuche, por ejemplo) y/o con límites ficticios o erróneos.
● Utilización de imágenes del pasado sin descripciones del tiempo y espacio de dichos materiales.
Suele acudirse a cualquier imagen para cualquier pueblo, siempre que "muestre" un pasado
remoto.
● Descripción de los pueblos indígenas siempre en contextos rurales, obturando las posibilidades
de pensar originarios en las ciudades y pueblos.
Para cerrar, algunas consideraciones para comenzar a abordar el tema indígena en el aula:
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● Pensar a los pueblos indígenas desde el presente, remarcar su actualidad y el reconocimiento
que existe tanto en normativas como en organismos estatales (Ministerio de Educación; INAI,
etc.).
● Apelar a fuentes confiables. Censos, registros oficiales, trabajos académicos y material didáctico
están disponibles en la web.
● En relación con lo anterior, leer e investigar acerca del tema, reflexionar y repensar cuáles son
nuestras percepciones iniciales, algo fundamental en este tema, cargado con la influencia de
discursos hegemónicos de larga data que han atravesado generaciones.
● Propiciar un abordaje situado. ¿En mi localidad o provincia hay indígenas? ¿Cuál es la historia
de dichas comunidades en la región donde vivo? ¿Existen relatos que abordan el tema? Si no los
hay, ¿por qué será?
● Reponer la historia de las relaciones interétnicas entre pueblos originarios y estados desde una
perspectiva crítica que contemple no solo los intereses de las autoridades y beneficiarios de
aquel entonces sino también las consecuencias para las comunidades.
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● Analizar la construcción de otredades en las narrativas escolares y el lugar que nos asignaron los
relatos históricos. En general el tema plantea a un nosotros (blancos) en contraposición a un
ellos (los otros, los indígenas). En estas interpretaciones, suelen mencionarse supuestos
beneficios generales que se concentraron en un grupo de personas y plantearse, de modo
contrafáctico, panoramas sombríos en caso de que el genocidio de los pueblos indígenas no se
hubiera perpetrado.
● En línea con lo anterior y el tema de este curso, atender a deconstruir los discursos que explican
la violencia estatal como justificación de progreso y destino inexorable para quienes se
opusieron.
Foro:
Luego les proponemos que construyan un texto para el foro, a partir de las siguientes
preguntas: ¿qué aspecto, contenido o temática les gustaría reformular y llevar a sus
aulas? La idea de sus intervenciones en este foro de la clase 4 es que identifiquen
algunos de los contenidos que vimos y señalen por qué les gustaría o les parece
importante abordarlos en sus clases? La intervención debe incluir entonces: 1) la
elección de un tema, tópico o contenido bien concreto y 2) explicar brevemente porque
lo han seleccionado para trabajar.
Importante: sus intervenciones de la clase 4 serán la base desde la que partirán para la
elaboración del Trabajo final del curso.
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Sitio de la Modalidad de Educación Intercultural Bilingüe del Ministerio de Educación de la Nación:
[Link]
Bibliografía
D’Addario, L. (2015). “El primer peronismo y las políticas estatales hacia los pueblos originarios.
Aproximaciones y perspectivas para el análisis”. Signos en el tiempo y rastros en la tierra (ISSN 1851-
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Ottini, S. (2020). Espejos Genocidas. El homenaje al centenario de la Conquista del Desierto durante
la última dictadura cívico militar en Argentina, tesis de licenciatura en antropología, Facultad de
Filosofía y Letras (UBA). Disponible en:
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ence=1&isAllowed=y
Pérez, P. (2016). Archivos del silencio. Estado, indígenas y violencia en Patagonia Central, 1878-1941.
Buenos Aires: Prometeo.
Torre, J.C. y Pastoriza, E. (2002). La democratización del bienestar. En J. C. Torre (Dir.), Los años
peronistas (1943-1955). Buenos Aires: Sudamericana, pp. 257-312.
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Créditos
Autores: Cristina Gómez
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